Biomedicina: algunos rasgos y limitaciones1
Eduardo L. Menéndez
En principio recordemos que la biomedicina en tanto institución y proceso social se caracteriza por
su constante aunque intermitente modificación y cambio y no por su inmovilidad, y cuando señalo
esto no me refiero sólo a cambios técnicos y científicos, sino a cambios en sus formas dominantes
de organizarse e intervenir no sólo técnica sino económica, social y profesionalmente. Por lo cual el
análisis que estamos realizando en este texto no refiere a la biomedicina que se practicaba en 1850,
en 1920 o 1950, sino a las tendencias que se desarrollan desde los 60’ y 70’ hasta la actualidad.
Quiero subrayar que para ciertas miradas a-históricas, estos cambios – o por lo menos algunos de
ellos – suelen ser leídos en términos de crisis, generando en algunos casos la idea que la
biomedicina estaría en una situación de crisis permanente; más aun para algunas tendencias habría
un casi constante derrumbamiento de la misma, augurándose su reemplazo más o menos inmediato
por algunas formas de atención “alternativas”. Otras tendencias biomédicas por el contrario están en
una suerte de exitismo cientificista, que sólo concibe el cambio en términos de progreso técnico más
o menos infinito, pero que demuestra escasa sensibilidad para detectar y explicar los cambios
institucionales, culturales y económico/políticos que afectan el saber médico. Estas orientaciones – y
por supuesto otras – simplemente las señalamos pero sin analizarlas, ya que lo que lo que buscamos
es, por una parte, subrayar que los cambios y modificaciones no tienen que ver necesariamente con
crisis ni con progresos tecnológicos, y por otra que uno de los aspectos más significativos de las
modificaciones y cambios que observamos en biomedicina, son las que se expresan a través de su
proceso de expansión.
En los contextos desarrollados y subdesarrollados denominados occidentales, y pese al incremento
de medicinas paralelas y alternativas, la forma de atención que más se expande directa o
indirectamente sigue siendo la biomedicina. Lo cual además nos conduce a reconocer, que si bien en
algunos países occidentales se están estableciendo y desarrollando actividades correspondientes a
otras tradiciones médicas académicas, sin embargo en los países que han originado dichas
tradiciones como Japón, India o China está expandiéndose e inclusive pasando a ser hegemónica la
biomedicina, siendo ésta la que subalterniza y/o desplaza a las medicinas académicas locales. Es el
conjunto de estos procesos, que alcanza su expresión más notoria en la expansión del consumo de
medicamentos producidos por la industria químico/farmaceútica, el que respalda nuestro análisis. En
países como México dicha industria en forma directa o a través del sector salud ha conseguido
colocar algunos de sus productos en los lugares más remotos y aislados del país siendo actualmente
parte de las estrategias de atención de los diversos grupos étnicos mexicanos. Pese a la evidencia de
esta tendencia se prefiere afirmar la pérdida de importancia de la biomedicina a través de lo que
ocurre en algunos campos como el psiquiátrico, dado que en varios países se observa un constante
descenso en el número y/o porcentaje de psiquiatras. [...]
Lo señalado no significa negar que existen situaciones conflictivas, cuestionamientos e inclusive
desarrollos de formas de atención que parcialmente reemplazan o complementan a la biomedicina,
sino que significa asumir la existencia de procesos de cambio que afectan a las instituciones y
profesiones, incluido el sector salud y respecto de los cuales se generan modificaciones que deben
ser analizadas en su real significación. Tampoco negamos que algunos de estos procesos adquieren
el carácter de crisis, pero para asumirlo habría que definir que se entiende por crisis, cuáles son sus
1
Extractado del artículo "Modelos de atención de los padecimientos: de exclusiones teóricas y articulaciones prácticas",
publicado en Ciéncia & Saùde Coletiva, 8 (1): 185-207, 2003
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indicadores y cuáles son sus consecuencias tanto para la biomedicina como para los conjuntos
sociales.
Desde esta perspectiva frente a situaciones de conflicto y/o de cambio o – si se pretende – de crisis,
la biomedicina hasta ahora ha encontrado siempre “soluciones” que siguen asegurando su
expansión, y donde reiteradamente el eje de su impulso y justificación está centrado en la
biologización de su enfoque profesional y técnico. Posiblemente la mayor crisis operada dentro de la
biomedicina, por lo menos a nivel de los críticos, se dio entre mediados de los 60’ y fines de los 70’.
Las críticas iban dirigidas hacia la pérdida de eficacia de la biomedicina, hacia el desarrollo de una
relación médico/paciente que no sólo negaba la sujetividad del paciente sino que incrementaba la
ineficacia curativa, al desarrollo de una biomedicina centrada en lo curativo y excluyente de lo
preventivo, en un énfasis de las actividades asistenciales que incrementaba constantemente el costo
económico de la atención de la enfermedad, a las constantes situaciones donde se registraban
transgresiones a la ética médica, etc., etc., etc.
Varias de estas críticas están a la base de las propuestas de Atención Primaria Integral desarrolladas
desde los 60’, pero que luego de un primer impacto redujeron las expectativas de sus propuestas, así
como disminuyeron también las críticas. Pero en los 80’ y sobre todo en los 90’ reaparecen las
críticas, denunciando otra vez la ineficacia de la biomedicina puesta de relieve en el retorno de la
morbimortalidad por tuberculosis broncopulmonar, cólera o dengue, en la imposibilidad de curar la
mayoría de las enfermedades crónicas ya que hasta ahora sólo es posible controlarlas; en el
incremento constante de la desnutrición, en la persistencia de problemas éticos, etc., etc., etc. Pero
nuevamente estas críticas están disminuyendo, y el eje estrutucturador sigue estando colocado en el
biologicismo de la manera de pensar y actuar biomédica. La biomedicina sigue depositando sus
expectativas en el desarrollo de una investigación biomédica que da lugar al surgimiento de
explicaciones biológicas de los principales padecimientos y de soluciones basadas en la producción
de fármacos específicos, así como incide en la constante biologización de las representaciones
sociales del proceso s/e/a.
Más allá de críticas y crisis, lo que observamos es una continua expansión de la biomedicina que
afecta su relación con las otras formas de atención. Dicha expansión se caracteriza por un proceso de
continuidad/discontinuidad, donde la continuidad está dada por el constante aunque intermitente
proceso de expansión basado en la investigación biomédica, en la producción farmacológica y en la
medicalización no sólo de padeceres sino de comportamientos; y la discontinuidad por las
orientaciones críticas surgidas al interior y fuera de la propia biomedicina, así como por las
actividades y representaciones impulsadas por las otras formas de atención y especialmente por las
prácticas de los diferentes conjuntos sociales para asegurar la atención y solución real y/o imaginaria
de sus padecimientos.
Este proceso de expansión se da básicamente en dos niveles; por una parte a través de las
actividades profesionales que se realizan y que refiere a los niveles de cobertura de atención
alcanzados, al número de profesionales, al número de camas de hospitalización, al número de partos
atendidos institucionalmente, al número de cesáreas, a la cobertura de inmunización, etc., etc., etc.,
comparados – o no – con los indicadores de las otras formas de atención. Estas tendencias han sido y
son estudiadas para posibilitar la planificación de los recursos, para elevar la calidad de los servicios
o para reducir costos, pero también pueden ser utilizadas como indicador que puede evidenciar el
desplazamiento o suplantación de otras formas de atención por la biomedicina, o viceversa.
Pero además la expansión opera a través de lo que se denomina proceso de medicalización, es decir
un proceso que implica convertir en enfermedad toda una serie de episodios vitales que son parte de
los comportamientos de la vida cotidiana de los sujetos, y que pasan a ser explicados y tratados
como enfermedades cuando previamente sólo eran aconteceres ciudadanos. Este proceso implica no
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sólo que los sujetos y grupos vayan asumiendo dichos aconteceres ciudadanos en términos de
enfermedad y no de lo que tradicionalmente han sido, es decir conflictos y padeceres, sino que pasen
a explicarlos y atenderlos, en gran medida a través de técnicas y concepciones biomédicas. Esta
medicalización supone no sólo convertir en problema de salud determinadas situaciones cotidianas –
como fue y es el caso de la hiperkinesis infantil-, sino convertir en problema quirúrgico la situación
de parto a través de la generalización de la cesárea en países como México, donde un alto porcentaje
de los partos en las instituciones oficiales y privadas se hacen a través de cesáreas innecesarias.
Lo que las investigaciones y reflexiones actuales han cuestionado es la visión omnipotente y
unilateral con que eran – y todavía son observados por algunos autores – estos procesos, según la
cual la biomedicina podía imponer casi sin modificaciones y oposiciones sus maneras de explicar y
atender los padeceres, y sin tomar en cuenta las resignificaciones, reacciones y acciones de los
sujetos y grupos sobre los cuales actuaba.
Son estas tendencias las que operan en las relaciones de la biomedicina con los conjuntos sociales y
con los otros saberes médicos; siendo especialmente la medicina alopática la que establece las
condiciones técnicas, sociales e ideológicas dentro de las cuales se desarrollan las relaciones con los
otros saberes. El análisis de algunas de las características estructurales de la biomedicina nos
permitirá observar lo que estamos señalando. La biomedicina actual se caracteriza por una serie de
rasgos técnicos, profesionales, ocupacionales, sociales e ideológicos que hemos analizado en varios
trabajos, y que no sólo expresan la orientación dominante de la medicina alopática, sino que algunas
de dichas características evidencian el tipo de relación que la biomedicina establece con los
conjuntos sociales estratificados así como con las otras formas de atención.
A nivel de lo que denomino Modelo Médico Hegemónico (MMH) he descripto y analizado
alrededor de unas treinta características estructurales, de las cuales sólo comentaré algunas que nos
permitan especialmente observar ciertas tendencias que orientan las relaciones de la biomedicina
con las actividades de autoatención, aclarando que cuando hablo de MMH referido a la medicina
alopática, lo hago en términos de una construcción metodológica manejada en un alto nivel de
abstracción, de tal manera que como todo modelo constituye un instrumento heurístico para la
indagación de la realidad, pero no constituye la realidad. Es como construcción metodológica que
considero que las principales características del MMH son las siguientes: biologismo, a-sociabilidad,
a-historicidad, aculturalismo, individualismo, eficacia pragmática, orientación curativa, relación
médico/paciente asimétrica y subordinada, exclusión del saber del paciente, profesionalización
formalizada, identificación ideológica con la racionalidad científica, la salud/enfermedad como
mercancía, tendencia a la medicalización de los problemas, tendencia a la escisión entre teoría y
práctica (Menéndez, 1978; 1981; 1983; 1990a).
El rasgo estructural dominante de la biomedicina es el biologicismo por lo menos a nivel
ideológico/técnico, dado que es el factor que no sólo refiere a la fundamentación científica del
diagnóstico y del tratamiento, sino que constituyen el principal criterio de diferenciación con las
otras formas de atención. Si bien el saber biomédico, especialmente en algunas de sus especialidades
y orientaciones, toma en cuenta los niveles psicológicos y sociales de los padecimientos, la
biomedicina en cuanto institución tiende a subordinarlos o excluirlos respecto de la dimensión
biológica. La dimensión biológica no es meramente un principio de identificación y diferenciación
profesional, sino que es el núcleo de la formación profesional del médico. El aprendizaje se hace a
partir de contenidos biológicos, donde los procesos sociales, culturales y psicológicos son
anecdóticos, y donde no hay información sistemática sobre otras formas de atención. Es de la
investigación biológica, bioquímica, genética que la biomedicina extrae sus principales
explicaciones y sobre todo sus principales instrumentos de curación. Esta afirmación no ignora la
importancia del trabajo médico cotidiano, incluida la investigación clínica, pero el mismo aparece
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como un campo aplicativo y subordinado al campo de investigación que es el que genera las
explicaciones y el tipo de fármaco específico a utilizar por los clínicos. El paso a primer plano de la
investigación genética en los últimos veinte años ha reforzado aun más esta tendencia (Menéndez,
2002).
Quiero subrayar, para evitar equívocos, que al señalar el peso del biologicismo no ignoro
obviamente sus aportes; ni tampoco niego el uso por parte del personal de salud de relaciones
personales, incluida la dimensión psicológica, no sólo en la relación afectiva con el paciente sino en
la estrategia curativa y hasta diagnóstica, pero estas habilidades personales aparecen como
secundarias desde la perspectiva de la biomedicina en términos de institución y de formación
profesional. El biologicismo inherente a la ideología médica es uno de los principales factores de
exclusión funcional de los procesos y factores históricos, sociales y culturales respecto del proceso
salud/enfermedad y de las otras formas de atención consideradas por la biomedicina como formas
culturales, y en consecuencia excluidas o por lo menos subalternizadas. Pero un aspecto importante
a recordar, es que el médico no tiene formación profesional sobre los factores y procesos sociales y
culturales que inciden en el desarrollo y mantenimiento de los padecimientos; salvo en el campo
salubrista donde puede haber formación sistemática, el resto del personal de salud incluye estos
aspectos, si es que le interesa, a través de sus posibilidades y habilidades personales y no de una
formación técnica específica. No obstante no es el factor que más me interesa analizar, ya que para
mi el más decisivo es observar si el personal de salud considera estos factores como importantes de
manejar a nivel de su acto médico, y de ser importantes ¿cómo los utilizaría para contribuir a aliviar,
controlar o curar el padecimiento? Y frente a este interrogante debemos reconocer que en el nivel de
la intervención la mayoría de los médicos dejan de lado dichos aspectos; una cosa es reconocer que
la situación de extrema pobreza y marginalidad incide en la desnutrición, y otra poder operar con
dichos factores en la intervención clínica más allá de un proceso de rehabilitación que no puede
evitar la recidiva, a menos que existan programas de alimentación complementaria. Prácticamente
ningún médico ignora esta influencia, aunque una parte prefiera hablar de malnutrición y subrayar
ciertos aspectos de ésta más que los de desnutrición, lo cual en función de lo que venimos
desarrollando es sin embargo secundario. Si bien el personal médico puede asumir la importancia de
factores como la extrema pobreza en el desarrollo y mantenimiento de problemas de salud, a nivel
técnico e institucional su manejo de estos aspectos es, por decirlo suavemente, limitado. Y esta
limitación la podemos observar a través de los aspectos más decisivos del trabajo médico.
Desde por lo menos la década de los 50’ diferentes tendencias de la psicología, de la sociología, de
la antropología y de la misma biomedicina vienen señalando la importancia de la relación
médico/paciente, para el diagnóstico y para el tratamiento, y en consecuencia la necesidad de
mejorarla, de hacerla más simétrica, de incluir no sólo la palabra del paciente sino sus referencias
socioculturales, dado que las mismas tienden a ser excluidas por la mayoría de los médicos. De allí
que parte del mejoramiento de la calidad de los servicios médicos está depositada justamente en la
modificación de aspectos de la consulta. De esto son conscientes gran parte de los médicos, y
reiteradamente se propone la necesidad de mejorar dicha relación, incluyendo dar más tiempo a la
palabra del paciente. Dentro del campo antropológico se ha desarrollado una corriente liderada por
médicos de formación antropológica que desde la década de los 70’ y sobre todo desde los 80’
vienen proponiendo la necesidad de que el médico no sólo posibilite que el paciente narre su
enfermedad, sino que el facultativo aprenda a decodificar cultural y medicamente el significado de
dichas narrativas. Esta propuesta tiene sus dos principales centros de influencia en las escuelas de
Medicina de Harvard y de Berkeley donde trabajan respectivamente Kleinman que en el caso de este
último ha implicado el desarrollo de un programa especial de formación de médicos dentro de esta
concepción. Estos, pero también autores pertenecientes a otras tendencias como la denominada
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antropología médica crítica, proponen la articulación de las distintas formas de atención como parte
de la intervención biomédica o si se prefiere de los servicios de salud. Pero debemos recordar que,
más allá de algunas particularidades, esta propuesta reitera lo señalado por diferentes corrientes
desde por lo menos la década de los 20', y subrayo lo de la reiteración, porque dicha propuesta opera
más en el plano de la reflexión teórica y de las experiencias universitarias que en el plano de los
servicios de salud, los cuales – por lo menos en algunos aspectos significativos – suelen orientarse
en un sentido inverso de lo recomendado por los que analizan y reflexionan sobre la relación
médico/paciente y su papel dentro de los servicios de salud oficiales y/o privados. Si observamos
sistemas de salud como el británico o el mexicano ¿qué es lo que econtramos? Encontramos que
pese a reconocer las criticas señaladas respecto de las características dominantes en la relación
médico/paciente y la necesidad de revertir la orientación de los servicios, lo que se desarrolla en los
hechos es una tendencia a reducir cada vez más el tiempo de la relación médico/paciente y
especialmente el tiempo dado a la palabra del paciente. Es decir, se potencian la tendencia histórica
de la biomedicina para establecer una relación asimétrica y las dinámicas institucionales actuales
que tienden a reforzar dicha orientación de la biomedicina más allá de los discursos y reflexiones de
los científicos sociales y de las propias autoridades sanitarias.
Así por ejemplo en el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS), que da atención a cerca del
50% de la población mexicana, la media actual del tiempo de consulta es de cinco minutos. Estas
conclusiones no ignoran que existen tendencias que proponen otras formas de relación
médico/paciente, o por lo menos modalidades que posibilitan una mayor expresión de la palabra y
de las acciones del paciente.
La relación médico/paciente se caracteriza, especialmente en el primer nivel de atención pero
también a nivel de especialidades, por la duración cada vez menor del tiempo de la consulta, por
reducir cada vez más la palabra del paciente, pero también por reducir cada vez más la palabra del
propio médico. En la mayoría de las instituciones médicas oficiales ya no se realizan historias
clínicas en el primer nivel de atención o han sido reducidas a enumerar algunos datos
económicos/demográficos y algunas características del tratamiento – generalmente la enumeración
de los tipos de fármacos – consignándose muy escasa información de tipo diagnóstica y de
evolución del padecimiento, etc. La anamnesis médica casi ha desaparecido pese al reconocimiento
técnico de su utilidad. [...]
Por lo tanto observamos la reducción del tiempo de la relación médico/paciente a través de la propia
trayectoria histórica de la biomedicina, trayectoria que además indicaría que el médico ha ido
abdicando de su propia posibilidad de detectar y analizar síntomas respecto de los padecimientos al
referirlos cada vez más a indicadores objetivos. Actualmente la posibilidad de establecer
diagnósticos y tratamientos no se depositan en el análisis de los síntomas, ni en los signos detectados
por el “ojo” y “mano” clínicos, sino en los signos producidos por los diferentes tipos de análisis, es
decir por pruebas objetivas, lo cual ha tenido consecuencias no sólo para la relación médico/paciente
sino para la identificación profesional del médico consigo mismo (Reiser, 1978). Subrayo
nuevamente que no niego ni rechazo la importancia de contar con indicadores diagnósticos
objetivos, sino que estoy analizando las implicaciones que el desarrollo de determinados procesos
puede tener para la biomedicina y para la relación médico/paciente, las cuales no pueden ser
observadas sino se incluye la dimensión histórica, que sin embargo aparece excluida frecuentemente
de la reflexión y de la acción médica. Esta situación de exclusión de la dimensión histórica del saber
médico adquiere características especiales si la referimos a lo que actualmente es el núcleo de la
relación médico/paciente, es decir la prescripción del tratamiento, que en gran medida es la
prescripción de medicamentos.
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Desde la perspectiva que estamos desarrollando la inclusión de la dimensión histórica posibilitaría
observar los beneficios de la prescripción de determinados fármacos para el abatimiento o control de
determinados padecimientos, pero también los efectos negativos de los mismos, tanto en términos de
un uso inmediato que evidencia una determinada eficacia, como en términos de un uso prolongado
que evidencia que dicha eficacia es momentánea, o que su aplicación podría generar más problemas
que los de su no utilización. Estos procesos no aparecen incluidos en la formación profesional ni en
la práctica médica como aspectos reflexivos de su intervención, de tal manera que se genera un
efecto interesante en la relación médico/paciente, según el cual el personal de salud suele achacar a
la ignorancia, falta de educación y/o desidia de la población, lo que por lo menos en determinados
casos fue consecuencia de un determinado uso médico original que la gente aprendió en forma
directa o indirecta a través del propio personal de salud.
Una simple y no demasiado profunda indagación histórica posibilitaría observar que algunas formas
incorrectas de utilizar los antibióticos, el disulfirán o el cloranfenicol durante las décadas de los 50' y
60' los pacientes lo aprendieron del personal de salud; que el amamantamiento al seno materno fue
cuestionado por parte del equipo de salud durante las mismas décadas sobre todo por razones de
higiene e influyó junto con otros factores en el reemplazo de la leche materna por las fórmulas
lácteas, o que el consumo de ciertas drogas psicotrópicas actualmente consideradas adictivas fueron
impulsadas por los tratamientos médicos inclusive desde la primera infancia respecto de una notable
variedad de padecimientos que van desde las respiratorias agudas a la hiperkinesis.
La aplicación de la dimensión histórica posibilitaría observar la gran cantidad de éxitos
farmacológicos generados desde la biomedicina, pero también la cantidad de usos incorrectos que la
población aprendió directa o indirectamente de la intervención médica, entre ellos el de la
polifarmacia. Si bien este aspecto lo retomaremos luego al hablar de la automedicación, me interesa
subrayar la exclusión de la dimensión histórica porque dicha exclusión cumple varias funciones,
entre ellas la omisión de los efectos negativos no sólo de la prescripción médica, sino de su notoria
influencia en el uso de la automedicación por la población. Lo cual, y lo recuerdo, no es un hecho
del pasado, sino que sigue vigente, como es el caso del mal uso de antibióticos por parte del
personal de salud en los tratamientos de gastroenteritis como ha sido observado reiteradamente a
través de estudios realizados recientemente en países subdesarrollados y desarrollados.
Tal vez los aspectos más excluidos por la biomedicina son los que corresponden al campo cultural;
si bien el personal de salud suele hablar de la significación de la pobreza, del nivel de ingresos, de la
calidad de la vivienda o del acceso al agua potable como factores que inciden en el proceso
salud/enfermedad/atención (proceso s/e/a), sobre todo en los últimos años ha disminuido no tanto el
reconocimiento sino la inclusión de los factores religiosos o de las creencias populares respecto del
proceso s/e/a por parte de la biomedicina. Mientras hace unos cuarenta o cincuenta años, sobre todo
la orientación salubrista, reparaba en la importancia de los factores culturales generalmente como
mecanismos negativos o como procesos que indicaban determinadas tendencias patologizantes en un
grupo social determinado, dichos factores han sido cada vez más excluidos.
En las décadas de los 40’, 50’ y 60’ una parte del salubrismo reconocía que ciertas creencias
culturales podían oponerse a la expansión biomédica, idea que opera en la actualidad por ejemplo
respecto de los programas de planificación familiar o respecto del uso de protecciones en las
relaciones sexuales, pero mientras en dichas décadas se pensaba como modificar culturalmente los
saberes populares, actualmente se piensa a través de qué mecanismos administrativos y médicos
puede generarse esta modificación, para lo cual se proponen diferentes estrategias que van desde la
estimulación económica al equipo de salud para elevar el número de mujeres “controladas”, que
incluye la aplicación de esterilizaciones femeninas y en menor frecuencia masculinas
frecuentemente sin consentimiento informado; pasando por la aplicación de programas contra la
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pobreza donde la planificación familiar aparece como uno de los objetivos básicos de la solución de
la misma o por lo menos de reducción de algunas características consideradas simultáneamente
como efecto/causa de la misma. Es decir que el equipo de salud y/o el de desarrollo social más que
actuar sobre las condiciones culturales opera a través de acciones médicas o de estimulación
económica.
La dimensión cultural es cada vez menos utilizada salvo respecto de ciertos padecimientos, aunque
debe subrayarse que los que más suelen tomarse en cuenta son los procesos sociales y no los
culturales, aun en el caso del Sida o de las adicciones. En las décadas de los 50’ y 60’ toda una
corriente epidemiológica se preocupó por detectar y establecer en América Latina cuáles eran los
patrones culturales de consumo de las sustancias adictivas, que en aquella época se centraba
básicamente en el alcohol, lo cual contrasta con las tendencias epidemiológicas actuales respecto de
las adicciones donde esta preocupación ha desaparecido y no ha sido reemplazada por ninguna otra
búsqueda de factores y procesos culturales. De tal manera que por una parte los especialistas hablan
de la importancia de los comportamientos culturales para la prevención de determinado problema,
pero no se generan las investigaciones para obtener este tipo de información, y menos aun la
aplicación de acciones de tipo cultural.
Pero tanto hace cuarenta años como en la actualidad el sentido fuerte de cómo la biomedicina utilizó
y utiliza la dimensión cultural es de tipo negativo, es decir se observa sobre todo como dichos
factores favorecen el desarrollo de padecimientos o se oponen a prácticas biomédicas que podrían
abatirlos, pero no se incluyen las formas de atención “culturales” que podrían ser utilizadas
favorablemente para abatir los daños. Si bien el uso de algunas de estas formas de atención, sobre
todo las consideradas “tradicionales”, fue propuesta por las estrategias de atención primaria y se han
generado investigaciones al respecto, las mismas han sido escasamente impulsadas por el sector
salud, salvo en determinados contextos y sobre todo en función de una concepción de ampliación de
cobertura a bajo costo y para poblaciones marginales rurales.
Es a través de tomar en cuenta los procesos y factores culturales, que podemos observar la existencia
de otras formas de atención de la enfermedad, cuyas principales diferencias radican no sólo en el
tipo de técnicas utilizadas sino en el sentido y significado cultural con que se las utiliza, residiendo
en ello gran parte de su función cultural más allá de su eficacia específica.
Podríamos seguir enumerando otros rasgos a través de los cuales observar procesos que explicarían
el distanciamiento, subordinación o negación de otras formas de atención por parte de la
biomedicina, pero para concluir con esta revisión sólo nos referiremos al último de los rasgos
enumerados, es decir el que refiere a los criterios a través de los cuales la biomedicina se diferencia
de la mayoría de las otras formas de atención. Si bien hay varios indicadores, el decisivo es el que
refiere dicha diferenciación a principios de racionalidad científica, expresados sobre todo a través de
la dimensión biológica. Y es en este rasgo donde se sintetizan a través de la autoidentificación
profesional con “la ciencia”, la exclusión de las otras formas identificadas justamente con criterios
no científicos y con la dimensión cultural. Si bien la eficacia, la eficiencia o las condiciones de
atención constituyen criterios importantes, el criterio decisivo refiere a la racionalidad
científico/técnica.
El conjunto de estas y otras características del MMH, y no cada característica en si misma tiende a
establecer una relación de hegemonía/subalternidad de la biomedicina respecto de las otras formas
de atención no biomédicas, de tal manera que tiende a excluirlas, ignorarlas o a estigmatizarlas
aunque también a una aceptación critica o inclusive a una apropiación o a un uso complementario
sobre todo de ciertas técnicas, pero siempre con carácter subordinado.
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Aclaro que no niego la importancia de la investigación biomédica, ni los aportes de la farmacología,
ni la capacidad de detección diagnóstica a través de pruebas e indicadores objetivos, si no que lo que
me interesa señalar es que éstas y otras características e instrumentos contribuyen a excluir, negar o
secundarizar las otras formas de atención no biomédicas a través de criterios que sólo refieren a la
dimensión científica del proceso s/e/a.
Modelo Médico Hegemónico. Principales características
(Fuente: Eduardo Menéndez. De sujetos, saberes y estructuras. Lugar Editorial. 2009)
1) Concepciones teórico/ideológicas dominante
a) Biologicismo
b) División cuerpo-alma
c) Evolucionismo
d) Énfasis en lo patológico
e) Individualismo
2) Exclusiones
a) A-historicidad
b) A-socialidad
c) A-culturalidad
d) Exclusión del sujeto
3) Relación instituciones médicas-paciente
a) Asimetría
b) Exclusión del saber del paciente
c) El paciente como construcción
d) Medicalización de los comportamientos
4) El trabajo médico
a) Dominio del trabajo clínico asistencial
b) Diagnóstico y tratamiento basados en la eliminación del síntoma
c) Concepción de la enfermedad como ruptura y desviación
5) Pragmatismo médico
6) Autonomía médica
a) Profesionalización formalizada
b) Identificación con la racionalidad científica
7) Enfermedad y salud como mercancías
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