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Manual 2020

El comentario del Evangelio del 9 de febrero de 2025 reflexiona sobre la importancia de la humildad y la aceptación del llamado de Dios, a través de las experiencias de Isaías, Pablo y Pedro. Se destaca que la fe no se alcanza de manera instantánea, sino mediante un proceso gradual de aprendizaje y vivencia en comunidad. El autor invita a los cristianos a vivir su fe activamente, poniendo sus dones al servicio de los demás y siguiendo el ejemplo de Jesús en su misión.
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El comentario del Evangelio del 9 de febrero de 2025 reflexiona sobre la importancia de la humildad y la aceptación del llamado de Dios, a través de las experiencias de Isaías, Pablo y Pedro. Se destaca que la fe no se alcanza de manera instantánea, sino mediante un proceso gradual de aprendizaje y vivencia en comunidad. El autor invita a los cristianos a vivir su fe activamente, poniendo sus dones al servicio de los demás y siguiendo el ejemplo de Jesús en su misión.
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Comentario al Evangelio del Domingo, 9 de febrero de

2025
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09 de febrero de 2025

Queda mar adentro.

Queridos hermanos, paz y bien.

Reconozco que un poco de envidia me da leer eso de que “la gente se agolpaba en torno a
Jesús para oír la Palabra de Dios”. En otras épocas, eso pasaba también en nuestros
templos. En Rusia, donde trabajo, no suele agolparse la gente, menos en Navidad y la
noche de Pascua. Será que no tenemos el carisma de Jesús. Eso, por supuesto, no impide
que nos entreguemos a la causa como el que más.

Con lo que sí nos podemos sentir identificados es con lo que sintió el profeta Isaías: “Ay de
mí, estoy perdido”. Esa sensación surge a menudo al encontrarse con el Señor, porque
sentimos que no somos dignos de ese regalo. Sobre todo, cuando nos hemos propuesto

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muchas veces ser mejores, no volver a pecar, y no nos sale bien. Repetimos los mismos
errores, una y otra vez. Surge la tentación de rendirse. “¿Para qué esforzarse, si nada
cambia?”

El problema, quizás, es que lo queremos hacer todo nosotros. Sin dejar que Dios
intervenga. Hay que dejar que el ángel purifique nuestros labios y, en consecuencia, el
corazón. Entonces todo cambia, y es posible ver la vida de otra manera, y aceptar la misión
que el Señor nos encomienda. Y la mies es mucha, ya lo sabemos. “¿A quién enviaré?”
Cuando hemos sentido que Dios, a pesar de todo, nos acepta sin condiciones, podemos
ofrecernos para ser enviados. Donde sea necesario. Para que otros también lo sepan. Hace
mucha falta.

Es lo que sintió san Pablo, con toda seguridad, “por la gracia de Dios”, que le permitió ser lo
que fue. En la segunda lectura, el Apóstol de los gentiles hace una muy buena síntesis de
nuestra fe, antes de agradecer al buen Dios que le haya permitido cambiar de vida, de
perseguidor a apóstol, sin mérito por su parte.

Pablo se aplica en serio a explicar lo que es la razón de nuestra fe. Parece ser que, en
nuestros días, a muchos les pasan como a los corintios del tiempo de Pablo. Eso de creer
en todo lo que dice la Santa Madre Iglesia no les va. En vez de resurrección, algunos creen
en la reencarnación, diez mandamientos parecen demasiados, ciertas cosas de las que dice
el Santo Padre suenan “antiguas” y hay cosas que aceptan y otras que no de la doctrina
eclesial. Una fe a la carta, en definitiva. Como en los restaurantes. Como casi todo en la
vida moderna.

Quizá el problema esté en la falta de catequesis, de preparación. Y en la ausencia de


vivencias profundas. A la fe no se llega de repente, como no llegó de repente a ser apóstol
san Pablo, ni se convirtieron en cristianos de repente los corintios. Es necesario un avance
gradual, apoyado en la Biblia, la Tradición y empujado por el Espíritu Santo. San Pablo nos
presenta su experiencia, para que también nosotros leamos personalmente la Palabra y la
escuchemos en las celebraciones de la comunidad, seamos parte activa de la Iglesia, de
modo que el Espíritu nos vaya empapando poco a poco y pueda guiarnos.

De esta manera, también nosotros, cristianos del siglo XXI, podremos vivir nuestra fe, si no
igual que la vivieron los habitantes de Corinto, sí de una forma similar. Como verdaderos
discípulos del Señor, en la vida cotidiana. Entregados a la causa del Reino. Como Jesús.

Ese Jesús que, en el Evangelio, sale de Nazaret, donde había estado en la sinagoga, y
vuelve al lago de Genesaret. Está buscando, nos damos cuenta, compañeros de camino
para su misión, con Él al principio, y luego, por supuesto, continuar con este proyecto
cuando ya no esté físicamente presente en este mundo.

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Antes de llamar a los que consideró adecuados, no puede evitar predicar a aquellos que
están en la orilla del lago. Porque su misión le pedía permanentemente hablar de su Padre,
a tiempo y a destiempo. Como hoy, cuando Jesús se acerca a nosotros, mientras estamos
en las cosas de cada día, en la vida cotidiana, allá donde nos encontremos.

Es curioso ver cómo Cristo se dirige a Pedro y a sus compañeros. Dicen los que entienden
de esto que, para lograr una buena pesca, hay que salir de noche. Si no habían recogido
nada, podemos suponer que no estarían de muy buen humor. Y encima un carpintero se
acerca a decirles lo que tienen que hacer. Podría Pedro haberle dicho eso de “zapatero, a
tus zapatos”, o mejor, “carpintero, a tus muebles”. Pero algo vería en Cristo, le habría
escuchado hablando a la gente, y ya empezaría a sentir que en ese hombre había algo
especial. Así que le hace caso. Y mereció la pena.

La reacción de Pedro ante la pesca milagrosa no deja lugar a dudas. Simón reconoce que
no es digno de estar cerca de Aquél que puede realizar ese milagro. Como el profeta de la
primera lectura. Ahora ya no hay un ángel que purifique, es el mismo Jesús el que le dice
“No temas”. El encuentro con Cristo ha cambiado su vida y, desde ese momento, será
pescador de hombres. Junto con su hermano Andrés, con Santiago y con Juan. Comienza a
formarse el grupo de los Discípulos, que irán con Cristo a todas partes, para hacer lo que Él
hacía y continuar con su obra.

Es bonito saber que siempre hay una cita de cada uno de nosotros con Dios. No todos nos
hemos llevado el susto, o hemos tenido la suerte de disfrutar de una manifestación tan clara
de Dios. Pero también somos capaces, en la sencillez de la oración, en el reconocimiento de
la plegaria, de encontrarnos con Dios. ¡Qué hermoso es pensar que a la hora que yo quiera
tengo audiencia con Dios! Que en cualquier momento que yo quiera recogerme en oración,
Dios me está esperando y me está escuchando. Esto también nos lo quieren revelar estas
lecturas, que todo hombre tiene esa revelación íntima de Dios en su propio corazón.

A veces, podemos pensar como Isaías, como Pablo, como Pedro: – “¡Señor soy un
pecador!” No importa. Dios no se complace en humillarnos por nuestros pecados, sino que
Dios sabe que el hombre por sí no puede pretender la amistad con Él, ni mucho menos la
colaboración con su obra. Y entonces despierta este sentimiento de humildad para llamarlo
el mismo Dios: – “No temas: desde ahora, serás pescador de hombres.”

Y si piensas que no puedes predicar el Evangelio, porque no es para todos, sí puedes hacer
alguna otra cosa. Pedro puso su barca a disposición del Maestro; Tú quizás puedas poner
tus dones, tu coche, tu tiempo, como signo de que quieres vivir de otra manera, olvidándote
de ti mismo, interesándote por los demás, ayudando a los necesitados, no solo
materialmente. Porque la fe en Jesús significa escuchar su voz, y no las voces que, a tu
alrededor, te invitan a centrarte sólo en ti mismo, a ser egoísta, a no mirar más allá de tus
muros.

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Se trata de demostrar qué o quién rige tu vida, la sabiduría del mundo o la sabiduría del
Evangelio. No se trata de cambiar de vida radicalmente, como hicieron los Discípulos – a no
ser que seas un asesino a sueldo, o un atracador de bancos, entonces sí – sino de vivir para
una misión, la misión de Jesús. Desde luego, da vértigo. Pero, repito, tenemos las palabras
de la Escritura. “No temas” –le dice a Isaías– tú que te sientes con labios impuros, se te
purifican, y se te perdona todo. Y a Pablo también, siempre reconociéndose pecador, lo ha
hecho el gran colaborador de su obra. Y a cada uno de nosotros, a ti, también. “Rema mar
adentro”. Intenta vivir así, solamente por amor, pensando en dar alegría y vida a todos
nuestros hermanos. Como Jesús.

Vuestro hermano en la fe,


Alejandro Carbajo, CMF

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