“Arraigados en Dios“
Para leer la Biblia con provecho
Devocional
Lecturas bíblicas diarias
Traducciones del alemán
“Zeit mit Gott”
Tema: ¿Cargado o enriquecido por regalos? –
Impresiones del salmo 13
(14 días)
Prohibida la reproducción total o parcial sin la autorización del editor.
©Diakonissenmutterhaus Aidlingen
¿Cargado o enriquecido por regalos? –
Impresiones del salmo 13
(14 días)
Día 1
Sal. 13:1-6
Participiar de una caminata en grupo puede ser algo muy lindo. Por lo
general uno lleva una mochila con comida y bebida para la travesía.
Sabiendo que ahí llevo algo que me fortalece y me refresca después de
una subida muy agotadora, me alivia el peso de la carga. Dos aspectos
me ayudan: Por cada pausa en el camino para alimentarme estoy más
cerca de la meta y después del intervalo la mochila está menos pesada.
Pensando en la jornada de nuestra vida, ¿no es así que muchas
veces llevamos una mochila muy cargada y pesada, aunque sea
invisible? Lo pesado, sin embargo, no se refiere a comida, sino mas bien
son cuestiones que nos llevan más y más al agotamiento.
Pueden ser preocupaciones por la situación de nuestra nación como
también dolores personales tanto del alma como del cuerpo que no se
pueden apagar como el calor de la cocina, cuando llega a ser
demasiado. También pueden ser malentendidos que nos agotan o
percances que nos quitan fuerza, nervios y dinero. También la
monotonía en nuestra labor diaria puede quitarnos el gozo de la vida.
¿Cómo vemos entonces nuestra vida, cargada o enriquecida por
dones? Escuchamos los comentarios de tres obreros en una cantera,
cuando se les preguntó por su trabajo. El primero respondió con
desgana y cansancio: “Yo golpeo piedras”. El segundo contestó con tono
parecido: “Yo gano dinero para sustentar a mi familia”. Pero el rostro del
tercero estaba iluminado, cuando con cierto gesto afirmó: “Yo edifico una
catedral”.
¿Qué nos podría ayudar respecto a las piedras que nos son carga,
para conseguir esa visión en nuestra propia vida (comp. 1.Co. 6:19.20)?
David nos invita a acompañarle en su camino de la desesperación a la
canción de confianza. ¿Le seguiremos? (Comp. Sal. 103:1-5; 68:19.)
Día 2
Sal. 13:1.2; 50:15; Ro. 8:15-17
En nuestra vida acontecen muchas diferentes situaciones.
Experimentamos cosas lindas y penosas; emocionantes y monótonas,
tiempos en los que nos sentimos como en las alturas y de repente nos
encontramos en profundidades. Muchas de estas situaciones no las
podemos controlar, a pesar de planificar conscientemente y tratar de
asegurarnos. Entonces aparecen preguntas y cuestionamientos, no
importa si las personas conocen a Dios o no: “¿por qué tuve que pasar
por esa experiencia, que todavía me persigue hasta en mis sueños?
¿Por qué debo vivir con este diagnóstico? ¿Por qué me resulta tan
pesada esa pérdida? ... “ ¿Habrá una salida de ese círculo vicioso de
preguntas?
También David conocía estas preguntas. Pero él iba por otro camino.
Aparentemente es una pequeña diferencia, sin embargo de este modo
elige otra dirección: “¿Hasta cuándo, Señor? ¿Me olvidarás para
siempre? ¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí? ¿Hasta cuándo
pondré consejos en mi alma, con tristeza en mi corazón cada día?
¿Hasta cuándo será enaltecido mi enemigo sobre mí?” (v.1.2)
Cuatro preguntas graves se levantan como una pared entre él y su
Dios y aparentemente lo separan de su Señor. Pero justo aquí comienza
la ayuda. Él conoce y nombra el destinatario para sus preguntas:
“¡Jehová!” En hebreo se usa Yahveh, que expresa la relación con
nosotros los humanos de manera singular: “Yo estoy continuamente a
disposición de vosotros y actúo” (comp. Éx. 3:14).
Al nombrar a Dios con este nombre, la pregunta más difícil de David
se torna en un lamento ante Dios, al que él pertenece. Él reconoce esa
relación y se la apropia. De esa manera encuentra la hendidura en la
pared separadora que lo quiere mantener en el aislamiento. Él clama a
su Dios y se aferra a Él con su queja. Este camino también existe para
nosotros. (Comp. Sal. 91:14-16; Ro. 8:35-39.)
Día 3
Sal. 13:1; 22:1-26
En el camino de la fe quisieramos evitar varias etapas. Quizás
inconscientemente tenemos la expectativa que con Dios a nuestro lado
deberían haber menos problemas. Entonces estamos frustrados cuando
en el camino de la vida hay un tramo “en construcción” y debemos hacer
un rodeo. Quizás Dios quiere bajar la velocidad de nuestra vida.
Entonces estamos obligados de parar o frenar las corridas
acostumbradas. Sin pensar llegamos a conocer en tales situaciones a
personas que de otra manera no hubiera sido posible. Ellas han vivido
épocas similares y estos encuentros pueden ser un verdadero obsequio
para nosotros. Probablemente nuestro agradecimiento de “la pausa
obligada” no llega en seguida. Por medio de David se nos exhorta
exponer nuestro dolor y la queja a aquel que nos creó (comp. Sal. 6:2-
4).
No se nos revela en este salmo cuál ha sido la causa de la aflicción de
David, pero él nos deja ver la gran profundidad: “¿Hasta cuándo,
Jehová? ¿Me olvidarás para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás tu
rostro de mí? A veces nos sentimos olvidados y abandonados de aquel
que nos prometió Su fidelidad. Puede ser por un dolor que nos
conmueve profundamente. El temor de no ser aceptados ante la
presencia de Dios, quien nos conoce totalmente y nos puede proteger,
puede ser una tremenda crisis para nuestra fe.
Martín Lutero describe una situación así con palabras fuertes: “Se
golpean y luchan el diablo y el corazón que quiere ser piadoso ... Es una
tremenda batalla espiritual, en la que ni el poder, ni la sabiduría, ni una
espada pueden ayudar, sino solo Dios, sino todo está perdido”. (Comp.
Sal. 31:9-14.)
Día 4
Sal. 13:2; 16:5-11; Lc. 10:19.20
“¿Hasta cuándo pondré preocupaciones en mi alma, con tristezas en
mi corazón cada día? ¿Hasta cuándo será enaltecido mi enemigo sobre
mí?” David no puede ni quiere “ahogarse” con estas preguntas, él las
grita directamente delante de su Señor, quien le prometió su fidelidad.
Las preocupaciones de su corazón, el poder superior del enemigo a
quien tiene por delante y la invisibilidad de Yahveh le motiva a un acto
de fe: “a pesar de”.
Él quiere decir: “No es posible que Yahveh, cuyo nombre afirma su
fidelidad a su pacto, se olvidará de uno de aquellos que viven de su
pacto”. Bajo esa tensión viene movimiento en su oración. Su queja llega
a la petición: “Mira, respóndeme, oh Jehová Dios mío (v.3). Como
persona del antiguo pacto David sabe: Mi vida está amarrada a una
persona, a Dios. “En cuanto a mí, el acercarme a Dios es el bien” (Sal.
73:28).
La ausencia de Dios significa para él muerte, pero su presencia es
vida. Por eso sus ruegos se rigen por la restauración de esa relación,
por una nueva inclinación de gracia, sin la cual David no puede vivir.
No siempre pasamos las situaciones de nuestra vida así como David
lo expresa en este salmo. Mas bien en nuestra sociedad de múltiples
opciones aparecen muchos deseos y algunos quizás se cumplen. No
obstante si nuestras posibilidades se disminuyen o si de repente nos
sobrevienen problemas como un tsunami, todos nosotros necesitamos la
respuesta a la pregunta: ¿Quién es o qué es lo escencial en mi vida que
me sostiene, cuando todo lo demás se derrumba? (Lea Sal. 73:23-28.)
Día 5
Sal. 27:4-14; Jn. 14:1-6
El que ha aceptado su dependencia de Dios puede pedir como un
niño. Entonces el que pide llega a ser uno que recibe. Por eso Dios una
y otra vez exhorta a su pueblo tanto en el antiguo como en el nuevo
pacto: “Entonces me invocaréis ... y oraréis a mí, y yo os oiré; y me
buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón.
Y seré hallado por vosotros, dice Jehová” (Jer. 29:12-14).
Los salmistas conocen bien la demanda de Dios: “Mi corazón ha dicho
de ti: ‘Buscad mi rostro’. Tu rostro buscaré, oh Jehová” (Sal. 27:8; comp.
34:4.10). El Señor Jesús dice muy claramente: “Pedid, y se os dará;
buscad, y hallaréis ...” (Mt. 7:7a; lea Mt. 7:7b.8).
Estamos acostumbrados a decidir muchas veces por nuestra propia
cuenta y actuar de acuerdo y no pensamos pedir a nuestro Padre
celestial por Su dirección y ayuda. El obsequio de Su cercanía lo
reconocemos muchas veces recién cuando ya no vemos una salida
posible y estamos confundidos, o cuando tenemos que llevar cargas que
sobrepasan nuestras fuerzas. Entonces recién nos dirigimos a Dios.
¿Cargados u obsequiados? A menudo los obsequios más valiosos
que vienen de la cercanía e inclinación de nuestro Creador y Redentor
hacia nosotros, los encontramos justo en medio de las dificultades. A
veces recién ahí nos damos cuenta que Dios el Señor nos añora y sufre
cuando lo olvidamos o buscamos poco la conversación con Él (comp.
Jer. 2:32; 23:26.27).
Si llegamos a reconocer esto, entonces podremos incluso entender lo
difícil y pesado en nuestro camino como una invitación a buscar la
conversación con aquel que da una vida que no se derrumba ni se
quiebra. (Comp. Jn. 10:27-30.)
Día 6
Sal. 13:3; Dn. 6:10; Mr. 1:35
“¡Mira, ...!” Así comienza David su pedido. Es el ruego por la mirada
directa y con eso pide la confirmación de ser aceptado por Dios. Paul
Gerhardt muchos años más tarde lo expresó como sigue: “Si Dios está a
mi favor, ¿qué importa que todo está contra mí? Cada vez que yo clamo
y oro, todo eso tiene que retroceder. Si tengo a “la cabeza” como mi
amigo y soy amado por Dios, ¿qué podrá hacerme todo el grupo de
enemigos y adversarios?”
El que goza de la mirada bondadosa de aquel que tiene todo el poder
en el cielo y en la tierra, ese puede estar confiado y firme sabiendo que
Dios oye. Así puede decir junto con Paul Gerhardt: “Lo sé y lo creo
firmemente y lo alabo sin temor que Dios el más alto y el mejor es mi
amigo y Padre; y que pase lo que pase Él está a mi lado y aquieta la
tormenta y las olas y todo lo que me trae dolor”.
Con esa esperanza también es posible poder escuchar el silencioso
hablar de Dios en medio de todo el bullicio y ruido alrededor nuestro. Por
eso llega David al segundo pedido, el ruego por un encuentro: “ ...
Respóndeme, oh Jehová Dios mío”. ¿Acaso no es esta la disposición de
aceptar la voluntad de Dios en nuestra vida? A eso estamos invitados
cada mañana de nuevo, también al mediodía y a la tarde, incluso en la
noche (comp. Sal. 5:3; 92:1-5).
El jefe de una editorial cristiana invita a las 12 horas del mediodía a
sus colabradores a declarar juntos lo siguiente a Dios: “Señor, nuestro
Creador, nos acercamos a ti al mediodía y te confesamos: No
pertenecemos al trabajo, tampoco pertenecemos a hombres, ni nos
pertenecemos a nosotros mismos. Nosotros te pertenecemos a ti.
Amén”.
Día 7
Sal. 13:3.4; Hch. 9:1-18
David está agotado por las preocupaciones y aflicciones de su
corazón y las continuas disputas con un enemigo. Si son personas o
potestades no se nos aclara. Sea quien fuere, la realidad que él vive es
confusa, desalentadora y lo hace sentirse paralizado. Por eso David se
dirige en toda su impotencia a Dios con el pedido por liberación de la
oscuridad interior y del temor: “Alumbra mis ojos, para que no duerma
de muerte; para que no diga mi enemigo: Lo vencí, mis enemigos se
alegrarían, si yo resbalara”.
Si Dios alumbra los ojos de una persona, entonces ha pasado algo
muy grande. Comparámoslo con alguien que nació ciego, y de repente
se le obsequia la vista: Esta persona experimenta una realidad
completamente nueva, que a su vez cambia toda la situación de su vida.
Jesús se encontró con un hombre así: Lc. 18:35-43. De un mendigo se
hizo un discípulo de Jesús que adoraba a Dios.
Otro hombre experimentó esto también, tanto en el sentido espiritual
como físico, Saulo de Tarso. Su actual comprensión de servir a Dios y
“culto racional” era aprisionar y matar a personas que amaban a Jesús,
el Hijo de Dios. Con celo fanático estaba viajando hacia Damasco para
allí también hallar a creyentes.
Pero llegando cerca de la ciudad de repente escuchó una voz y
instintivamente le pregunta: “¿Quién eres, Señor?” La respuesta le debe
haber sorprendido muchísimo: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues”
(Hch. 9:5). Esa conversación aconteció en una luz tan radiante, que
Saulo por tres días quedó ciego.
Después de esto otro escuchó la voz de Dios. Él debía abrirle los ojos
a este perseguidor de cristianos para su futura comisión. Con oración y
la imposición de manos Saulo, que después se llama Pablo, debía tener
una nueva visión acerca de Jesús, del culto auténtico a Dios y de su
nuevo camino de servicio. Una vida nueva estaba delante de él. (Lea Fil.
3:4-11; Ro. 12:1.2.)
Día 8
Sal. 13:3.4; 86:1-17
Si Dios puede alumbrar los ojos de una persona para que vea Su
realidad, experimentará nueva fuerza para vivir y la esperanza que no
avergüenza. Después que Pablo mismo lo había experimentado,
también su intercesión tenía ese propósito: “Alumbrando los ojos de
vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os
ha llamado, y cuáles las riquezas de la gloria de su herencia en los
santos, y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros
los que creemos ...” (Ef. 1:18-20).
Sin importarle aquello que era la razón de la oscuridad que sentía
David, él se tira con toda su persona a los brazos de Dios, sin pedir
venganza por los enemigos, ni restauración de salud si hubiera una
enfermedad. Él no pone ninguna condición. Cualquiera que fueren sus
anhelos, ahora le importa solamente la afirmación de su relación con
Dios.
Hoy quiero examinar mi corazón: ¿Puedo confiar en mi Señor de tal
forma que pueda entregarle todos mis deseos y soltarlos? ¿Estoy
dispuesto a tomar Su mano y seguirle según Sus propósitos? (Comp.
Mr. 10:17-23.28-30; Lc. 9:24.25.)
En la luz de Dios David ve ahora su propia impotencia frente al poder
de los enemigos. Si Jehová no interviene, ellos triunfarán y se alegrarán
de su debilidad. Esa expectativa significa mucho peligro no sólo para él.
Su pedido se dirige al poder y a la honra de Dios: ¿Acaso este Dios, por
cuya palabra y misericordia David llegó a ser su propiedad, no podrá
ahora intervenir en esa aflicción? Parece que David quería decir:
“Guarda mi alma, pues yo soy tuyo. ¡Decláralo a todo el resto del
mundo!” (Comp. Sal. 86:2.)
Día 9
Jn. 8:12; Ef. 5:1-11; 6:10-13
Si una persona es librada de la oscuridad, puede nuevamente elegir la
dirección en la cuál quiere caminar. Además puede pedir: “Padre
celestial, hágase tu voluntad desde ahora en mi vida”. Solamente junto
al Señor el hombre puede encontrar protección ante los poderes
esclavizantes que amenazan su vida. El que busca su libertad en otras
cosas, caerá nuevamente en dependencias. Pero el que busca la luz de
la verdad de Dios experimentará aquello que Jesús el Hijo del Dios
viviente promete: “La verdad os hará libres” y “si el Hijo os libertare,
seréis verdaderamente libres” (Jn. 8:32.36).
Es solo Su nombre que puede liberar de estos poderes peligrosos,
pues por Su muerte en la cruz Jesús les ha quitado su poder: “Por lo
cual Dios ... le dio un nombre que es sobre todo nombre” (Fil. 2:9), y por
eso “no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que
podamos ser salvos” (Hch. 4:12), de cualquier esclavitud.
No sabemos cómo experimentó David el poder de sus enemigos. Pero
su refugio en la lucha era el Señor, quien antes había librado a su
pueblo de la esclavitud de Egipto.
¿Cuáles son las potencias que me quieren esclavizar a mí? Como
hombres del nuevo pacto podemos refugiarnos en Jesús exclamando:
“Jesús, Hijo de David, ¡ten misericordia de mí!” (Mr. 10:47; comp. 1.Jn.
3:8; 5:4.5)
En Su nombre podemos renunciar a todas las potestades de las
tinieblas que nos quieren enredar en odio, pensamientos de venganza,
impurezas, falta de perdón y muchas otras.
David había sido liberado de eso. Ya no tenía que fijarse con temor en
el enemigo, sino él había experimentado: Ni hombres, ni poderes
pueden evitar la confianza en Yahveh y el gozo por Él.
Día 10
Sal. 13:5.6; Jer. 17:7.8; 1.P. 1:13
“Mas yo en tu misericordia he confiado; mi corazón se alegrará en tu
salvación. Cantaré a Jehová, porque me ha hecho bien”. Parece como
un cambio de la mirada muy decisiva, sentimos este “mas yo”. David no
se queda pegado en la situación lamentable, sino se levanta para
apoyarse completamente en el Señor. Ya lo había expresado en su
pedido que su vida depende de la bondadosa mirada del Señor. Así
también ahora señala que él cuenta y confía en nada más que la
inmerecida inclinación del Señor, en Su amor y gracia. Ya en el pasado
vivió de esa bondad de Dios y ahora ninguna otra cosa puede cambiar
su situación. En esto pone su confianza.
No se nos dice concretamente si había esperado ayuda de otros,
quizás de amigos o príncipes (comp. Sal. 41:9; 146:3), o de riquezas o
de un armamento (comp. Pr. 11:28; Is. 31:1), o de su propia fuerza o
justicia (comp. Is. 30:12; Ez. 33:12). A todo esto no tenemos respuesta.
Pero David ahora expresa su decisión: “Mas yo en tu misericordia he
confiado”. Él reconoce la única seguridad para la vida humana.
También a nosotros se nos invita a experimentar lo mismo: El que se
dirige personalmente con su pedido urgente al Señor experimentará el
obsequio de una nueva confianza. Es un regalo de Dios que uno debe
aceptar conscientemente. Solo así podemos tranquilizarnos y
motivarnos nuevamente, y esto honra al Señor.
Muchas situaciones en nuestra vida pasan sin intervención nuestra.
Pero podemos decidirnos a confiar en el Señor en medio de la dificultad.
Como David experimentaremos: La mirada de fe en el más poderoso
nos libra del temor al enemigo. Se produce un nuevo movimiento en
nuestro corazón que lleva a la alabanza de Su gracia (comp. Sal. 28:7).
También yo puedo decidir hoy y decir: “Señor Jesús, yo confío en ti”.
Día 11
Sal. 13:6; 118:1-14; Lc. 2:25-32
“Mas yo en tu mirsericordia he confiado; mi corazón se alegrará en tu
salvación. Cantaré a Jehová, porque me ha hecho bien”. ¿Habrá
cambiado ya la situación externa de David? ¿Se habrán ido los
enemigos? ¿Se desapareció la enfermedad? ¿O puede ser que él
experimentó en la oración el toque de Dios que lo libró de la angustia a
pesar de las existentes cargas, y que él pudo gozarse de Su gracia? No
lo sabemos.
Sin embargo con ojos “alumbrados” vio a su Salvador en Su gracia.
Esto produce un gozo en él que es independiente de la situación actual
y este gozo lo impulsa a alabar por su salvación. Él tiene que anunciar lo
bueno que hizo Dios en él.
Sea lo que fuere que impulsó a David a la queja, por la bondadosa
intervención de Dios esto se cambió en alabanza. Pues cuando la ayuda
de Dios (Jeshua) llega a nuestra aflicción, el orador reconoce: El
vencedor está aquí, y yo le pertenezco. (Comp. Sal. 118:15-17.29.)
David era un “cantor de alabanza” de la gracia de Dios en el antiguo
pacto. Los oradores del nuevo pacto conocen a aquel que es la ayuda
de Dios en persona: Jesús el Hijo de Dios. Como el Resucitado, Él tiene
poder para atravesar puertas cerradas y llegar a sus asustados
discípulos y prometerles: Paz a vosotros (Jn. 20:19). Ellos tenían que
saber lo que desde entonces todos los hijos de Dios pueden escuchar y
experimentar.
Paul Gerhardt lo expresó como sigue: “Nada, nada me puede
condenar, nada me puede desanimar; pues al infierno y sus llamas
apaga la sangre de mi Salvador. No me puede asustar sentencia, ni
atemorizar desastre, pues mi Salvador me cubre con Sus alas, Él es
aquel que me ama”.
¡Este regalo de Su amor nadie nos lo puede quitar!
Día 12
Sal. 13:1.2; 8:1-9; Jn. 14:16-18.23
El salmo 13 es el lamento de una sola persona. “¿Es tan importante?”,
podríamos preguntar. “¿Se preocupa Dios de veras de aquello que
acontece en el corazón de una persona?” A veces nos subestimamos a
nosotros mismos. Puede ser que otros nos dijeron: “Tú no eres
importante. Lo que piensas no interesa.
Para Dios somos importantes. Pues Él nos ha diseñado y formado a
cada uno de nosotros. Esa certeza debe motivarnos en nuestra oración
y en nuestra identidad, para que podamos expresar: “Te alabaré; porque
formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo
sabe muy bien. ... Mi embrión vieron tus ojos, y en tu libro estaban
escritas todas aquellas cosas que fueron luego formadas, sin faltar una
de ellas” (Sal. 139:14.16). Este maravilloso secreto motiva al orador a la
exclamación: “¡Cuán preciosos me son, oh Dios, tus pensamientos!”
¡Dejémonos modelar por los pensamientos de Dios acerca de nuestra
vida! ¡Creámosle que Su amor para con nosotros existe desde la
eternidad! Él ya nos conoció con nuestro nombre mucho antes que
alguien pensaba acerca de nosotros (comp. Ef. 1:3-14). Por eso Él se
preocupa por aquello que está pasando en nosotros. Él es el trino Dios
que quiere llegar a nosotros y morar, habitar en nosotros para que Su
ayuda se efectúe en nosotros ahora y para la eternidad.
Entonces podremos cantar con Paul Gerhardt: “Mi corazón se estalla,
casi se rompe y no puede estar triste. Estoy lleno de alegría y
alabanzas, veo el brillo del sol. El sol que me alumbra es mi Señor
Jesucristo y lo que me hace cantar es aquello que está en el cielo”.
(Comp. Sal. 84:11; Gn. 15:1-6.)
Día 13
Sal. 62:5-8; 1.P. 5:7-11
¿Cómo vemos nuestra vida: Cargada de pesares o de obsequios? Así
nos hemos preguntado. El salmo 13 nos invita a no ignorar lo difícil y
pesado de nuestra vida, ni tampoco a disminuirlo en nuestros
comentarios a pesar de que en realidad sufrimos (comp. 2.Co. 1:9-11).
Nos invita a no encerrar las cargas en una “mochila” invisible y llevarlas
nosotros a través de nuestra vida. No, mucho más David nos alienta en
ese salmo a formar parte del “coro” de aquellos que derraman sus
cargas, quejas, y ruegos delante de Dios. Entonces podremos ser
liberados como él para la alabanza de la gracia de Dios.
David nos anima a imitarlo en su grito de la queja y llegar al pedido
urgente hasta alabar a Dios. Como él hizo una canción de eso, puede
ser posible también para otros unirse a él con las propias cargas y
quejas. Aunque sea una pequeña canción, igual puede ser cantada y
orada por muchos. Es un obsequio especial, que justo por razones de
los pesares nos sentimos unidos con otros, y no nos quedamos en la
soledad. Y la canción está dedicada a aquel que puede ayudar, al único:
nuestro Señor y Salvador. (Comp. Sal. 25:1-3.15-20.) Nuestra mirada se
fija sólo en Su gracia. Aunque nuestras aflicciones sean distintas como
cada uno de nosotros lo es, igual nos une esa esperanza.
De esa manera la canción de una persona también es una invitación
para salir del poder aislador de la tristeza y testificar que la ayuda da
sólo aquel que por el momento parece estar lejos. Pues solamente Él
puede decir la palabra de solución a su hijo, para que llegue a cantar y
alabar nuevamente por la gracia de Dios y que motive a otros en su
alrededor a hacer lo mismo (comp. Mr. 2:1-12).
Día 14
Sal. 13:1-6; 69:1-4.13.16.30; 2.Co. 12:3-10
¿Son un obsequio las cargas? Sí y no. Ellas nos pueden llevar a la
decisión de alejarnos de Dios y ya no querer confiar en Él (comp. Job
2:7-9). Por otro lado nos pueden motivar a tirarnos en los brazos de Dios
para recibir la experiencia de profunda consolación que no nos
hubieramos imaginado (comp. Is. 38:17).
Los temores y las inseguridades nos enseñan el arte de los pequeños
pasos y nos ayudan a comprender a las personas que nunca podían dar
pasos grandes. ¿Acaso no es así que justamente en la experiencia de
tener un encuentro con Dios en el sufrimiento conseguimos un
ensanchamiento de nuestros límites de comprensión, para poder servir a
otros?
Entonces los salmos de lamentaciones no sólo nos ofrecen la
posibilidad de expresión cuando nos faltan palabras propias. Sino ellos
serán una fuente de aliento para buscar a Dios justamente en la
aflicción. A través de tales salmos sabemos que no estamos solos. Otras
personas antes de nosotros experimentaron que el agua les llegaba
hasta el cuello. Ellos clamaron a Dios en la miseria y lo experimentaron
como Salvador.
Por eso Martín Lutero aconseja a una persona que necesita consuelo
en grandes pruebas: “En primer lugar que tal persona no confíe para
nada en sí misma, sino que se aferre y se amarre a las palabras que
Dios le hace ver y que en ellas apoye atrevidamente sus pensamientos y
sus emociones. En segundo lugar no debe pensar que está sola
teniendo estas pruebas, sino que muchos otros (como dice en 1.P. 5:9)
en todo el mundo sufren lo mismo”.
Ante todo lo demás este salmo de lamento quiere ser un testimonio de
la fidelidad y el amor de Dios, en lo cual cada persona se puede refugiar
en su necesidad y saber como David*: Yo soy amado, aun en el
sufrimiento.
*el nombre “David” significa “el amado”.