COMEDIA NOCTURAN
Mientras dormimos, ausente está el delirio y el deseo. Uno yace y la respiración se
acompasa, y se detienen las querellas y armisticios que alternan durante la vigilia. Podría uno
trascurrir así una eternidad, sin más propósito que un sueño sempiterno, inocentes de todo,
ajenos al ruido y a vaivenes; podría no pasar nada, hasta que la muerte atraque y nos lleve a
cuestas, hacia su océano negro, hacia su indescifrable dimensión extremada, hacia su sueño sin
sueños, y dejarnos allí, flotando para siempre como hojas a la deriva, como hebras de humo que
en el cielo han de conocer lo absoluto. Pero el sueño es otra distracción, una trampa en la que
religiosamente caemos, noche tras noche, más cruel y más mezquina; porque, mientras las
ventanas y las puertas de tu casa permanecen cerradas, mientras el telón de los ojos permanece
caído, el flujo sigue ahí, en su marcha eterna y vertiginosa, sólido, temporal, hostil, florecido en
visajes y dolores. Mientras estamos presos en otra comedia, quimérica en toda su extensión, más
ilusoria en sus leyes y ecuaciones, el mundo sigue allá afuera, cercando nuestras alcobas, y
esperan pacientemente que abramos los ojos para confundirnos.
LA SOMBRA
Esa necesidad imperiosa de evidencia, de validación de mí mismo, confirma y reitera mi
invalidez absoluta; al menos entre los lindes de mi nombre, desde el acertijo que respiras y se
extiende desde mi pelo hasta mis uñas. Pese a eta luz arrolladora, pese al fuego insostenible de la
verdad, hay una sombra incrustada en mi vigilia, un velo que nubla desde adentro la cabalidad de
mis sentidos. Es tarde para mí, hace tiempo que renuncié a la inocencia, la serpiente del temor
que mordió el tobillo, y mi sangre ya cansada forma parte del veneno. Oh, tierra enemiga, mundo
hostil, pasaos fallidos y aterradores, que me conducen sin dirección hacia una muerte igual de
enemiga. Sí, soy una sombra, una invención de mi puño y letra, un sueño que quizás no sea ora
cosa. Pero el dolor me valida, me certifica, y me toma de la mano frente al umbral de mi vejez. Él
me comprende, sabe que mi corazón recoge la fatiga del tiempo, y que en su interior se agita un
viento frío, silencioso, y la oscuridad que duerme en una bóveda.