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Reseña de "Harry Potter 3" de Cuarón

La reseña de Lucas Gagliardi sobre 'Harry Potter y el prisionero de Azkaban' destaca cómo Alfonso Cuarón transforma la adaptación cinematográfica al combinar el espanto con la maravilla, ofreciendo una nueva perspectiva sobre la historia. A través de un enfoque más emocional y dinámico, Cuarón logra capturar el crecimiento de los personajes y la complejidad de la trama, a la vez que introduce elementos de madurez y cambio. La película se presenta como una notable construcción cinematográfica que refleja la transición de la inocencia a la adultez, resonando con las preocupaciones del director.

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  • estética,
  • adaptaciones literarias
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Reseña de "Harry Potter 3" de Cuarón

La reseña de Lucas Gagliardi sobre 'Harry Potter y el prisionero de Azkaban' destaca cómo Alfonso Cuarón transforma la adaptación cinematográfica al combinar el espanto con la maravilla, ofreciendo una nueva perspectiva sobre la historia. A través de un enfoque más emocional y dinámico, Cuarón logra capturar el crecimiento de los personajes y la complejidad de la trama, a la vez que introduce elementos de madurez y cambio. La película se presenta como una notable construcción cinematográfica que refleja la transición de la inocencia a la adultez, resonando con las preocupaciones del director.

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  • adaptaciones literarias

Gagliardi, Lucas

El espanto y la maravilla van de


la mano: Reseña sobre Harry
Potter y el prisionero de
Azkaban (2004)
Letraceluloide

2015, vol. 9, nro. 48

Gagliardi, L. (2015). [Reseña de] El espanto y la maravilla van de la mano: Reseña sobre Harry Potter y
el prisionero de Azkaban (2004). Letraceluloide, 9 (48). En Memoria Académica. Disponible en:
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El espanto y la maravilla van de la mano
Reseña
Lucas Gagliardi

Letraceluloide. Revista virtual de cine y literatura (2015),


Año 9 Número 48, ISSN Nº1851-4855

Harry Potter y el prisionero de Azkaban (Harry Potter and the prisioner of Azkabn). Dirección:
Alfonso Cuarón. Basada en la novela homónima de J. K. Rowling. Reino Unido, 2003.
Guión: Steve Kloves. Elenco: Daniel Radcliffe, Emma Watson, Rupert Grint, Robbie
Coltrane, Julie Christie, Michael Gambon, Gary Oldman, Maggie Smith, Emma
Thompson, David Thewlis, Alan Rickman.: Profesor en Letras por la Universidad
Nacional de La Plata.

«Te enseñaré el miedo en un puñado de polvo», nos propuso T. S. Eliot en La tierra baldía.
¿Acaso los miedos en lo minúsculo, en lo cotidiano no son los más atrayentes? Así parece
haber razonado Alfonso Cuarón al momento de encarar la trasposición de Harry Potter y el
prisionero de Azkaban, novela de J. K. Rowling. El mexicano propuso un cambio radical
dentro de la franquicia cinematográfica: unir el espanto con la maravilla, la magia con lo
mundano, la risa con el llanto. El resultado es la que probablemente sea la película más
redonda en las crónicas de cierto hechicero inglés de fines del siglo pasado.
Las novelas de Rowling imponen una dificultad para su trasposición: una historia
fragmentada en siete volúmenes; una intrincada trama con resortes narrativos propios del
policial; un mundo repleto de reglas y sorpresas; una galería de personajes ciclópea.
Sumémosle a eso dos películas precedentes con una estética ya establecida y elenco
seleccionado. Pero Cuarón toma las riendas de una carreta en movimiento y la hace sentir
como nueva. Quizá allí radique el principal hallazgo de El prisionero de Azkaban: la
sensación de estar revisitando una casa que conocíamos, pero que sorprendentemente tiene
aire fresco, inquietante y más atrayente de lo que recordábamos.
El realizador Chris Columbus (Mi pobre angelito, El hombre bicentenario) se había
encargado de adaptar los dos libros; la palabra no es inocente: «adaptar». Lo mejor que se
podía decir de sus trabajos seminales es que resultaban «eficientes»; lo peor, que carecían de
inspiración, del vuelo delirante que la materia prima pedía a voz en grito. Es cierto que al
norteamericano lo acompañaba un Steve Kloves aferrado desde su guión a la letra de
Rowling. Esto mantenía la máquina en marcha por la fuerza del material original, pero
restaba mérito al resultado y limitaba la realización cinematográfica a ser una mera
traducción de la palabra a imagen y sonido. En esta oportunidad, mismo guionista y
equipo técnico logran la diferencia.
El trabajo de Kloves, supervisado por Cuarón se siente más cercano a lo que Sergio
Wolf en Cine y literatura. Ritos de pasaje identifica como trasposiciones que respetan la
esencia de los libros-fuente: como en el caso de Matilda (1995, Danny De Vito) que
propone Wolf, El prisionero de Azkabán respeta el argumento pero, ante todo, la sensibilidad
y el marco ideológico (en sentido amplio), agregando o quitando según resulte necesario.
De hecho, esta fue la primera película de la serie abiertamente criticada por cierto sector
del fandom pottérico a causa de su falta de «fidelidad»; entiéndase, por su falta de apego a
los hechos de la novela. El enfoque de Kloves-Cuarón más que seguir una filiación de
descendencia entre novela y película, persigue una relación de un hermanazgo espiritual.
Rowling y Cuarón parecen hablar en la misma sintonía, aunque la expresen con diferentes
palabras.
Aunque Cuarón es un director obsesionado con el color verde (vean si no su no tan
recordada versión de Grandes esperanzas), el tono predominante aquí es el gris. Esto no sólo

1
afecta a la fotografía de Michael Seresin –quien trabaja a partir de la desaturación y de
elaboradísimas texturas– sino que el gris infecta la personalidad, los estados de ánimo y las
decisiones. Harry es un adolescente. Se encuentra en una situación de frontera: el momento
de cruces constantes entre el niño y las nuevas responsabilidades; el momento del despertar
sexual y los juegos ya no tan inocentes. Cuarón introduce la sexualidad desde la escena
inicial, en la que el protagonista está en su cuarto, probando su varita mágica a escondidas
de sus parientes (sic), hasta en los constantes roces, abrazos y miradas que inundan el resto
de las secuencias entre los chicos.
Allí reside otra estrategia del director: todo el relato está en constante movimiento, en
una ebullición que a veces es hormonal y en otras ocasiones, no tanto. No queda tiempo
para mesetas narrativas y, sin embargo, la trasposición respira y no se apresura a marcar en
una agenda compromisos ya cumplidos. Todo es inestable y hasta irregular. Los cuadros se
mueven. La cámara casi nunca está quieta, sea para jugar al plano-contraplano durante una
conversación o para realizar elegantes tomas de transición interesadas pro registrar el
cambio de estaciones. Las criaturas mutan constantemente de estados: hombres-lobo,
niños-adolescentes; magos-animagos. Los actores pasan de la alegría a la obnubilación,
manteniéndose dentro de un registro más suelto que en ocasiones anteriores. A su vez, el
tiempo, como se verá, resulta tan fluctuante como la personalidad de un púber. En este
interés por lo inestable, el realizador no solo tematiza el proceso de crecimiento de Harry y
sus amigos sino que captura un aspecto soslayado de la prosa de Rowling: su propensión
por el juego de palabras, por los constantes accidentes escolares, las caídas y las sorpresas,
lo que en definitiva desborda la prolijidad de lo esperado. El director acentúa la sensación
de que la narración es imparable: su cámara realiza imposibles incursiones en el espacio,
trasponiendo puertas, cerraduras y ventanas con facilidad; resignifica la arquitectura de
Hogwarts y su vértigo gótico así como en Grandes esperanzas había resemantizado la costa
sureña estadounidense desde una decadencia devorada por las plantas. Ahora Hogwarts se
siente un personaje más: a veces bello, a veces divertido, a veces amenazante.
Pero no todo es alegre. Dijimos que el gris predominaba, y no solamente en el estado
melancólico de protagonista. El peligro se acentúa. Si antes el peligro estuvo representado
por la presencia de Lord Voldemort (asesino de los Potter) ahora la amenaza también
proviene desde el afuera, pero es aún más tangible: Sirius Black (Gary Oldman) se ha
fugado de la cárcel de los magos y se ha lanzado a una carrera contrarreloj para asesinar al
personaje principal, dado que este convicto fue un vasallo de Voldemort y ahora quiere
vengar a su amo caído. Pero esa no es la única venganza: surgirán nuevas, así como un
pasado marcado por la traición. A su vez, y quizá aún peores que este asesino en potencia,
están los dementores, guardiacárceles de la prisión que da título a este opus. En estas
criaturas, Cuarón se vale del expresionismo, pues parecen criaturas que habitan un cuadro
de Edvard Munch: seres enfermos, cadavéricos que vuelven gris su entorno.
En relación con la obra de Cuarón en su conjunto, se podría decir que esta película
cierra una suerte de trilogía o tríptico. El mexicano inició sus andanzas por la gran pantalla
con una comedia desenfadada (Solo con tu pareja) y encaró luego una serie de films cuyo
tema subyacente es el cambio etario y la pérdida de la inocencia, identificando con esta
última la ingenuidad y la «pureza». En La princesita (1995, sobre la novela de F. Hodgson
Burnet), Sarah debía afrontar la muerte de su padre. Sus cuentos le servían para seguir
adelante, pero el mundo se mostraba más duro de lo que la literatura podía aguantar. En Y
tu mamá también (2001), dos muchachos creían ciegamente en su amistad, la cual llevan al
punto de compartir aventuras sexuales; pero esta creencia tenía bases ilusorias: las
traiciones estaban latentes; las envidias, también. Hacia el final de aquella película, Cuarón
nos mostraba que Julio y Tenoch habían sido demasiado inocentes como para creen que su
código de amistad era realmente inquebrantable y, en consecuencia, se alejaban. En El
prisionero de Azkaban, Harry, Hermione y Ron advierten la necesidad de abandonar la
inocencia para sobrevivir –hecho que será clave en las últimas películas de la serie, cuando
pasen a la clandestinidad–. Los tres deben indagar en el pasado, tomar decisiones y hacerse
cargo de la vida de otros, lo que implica entrar en las turbulentas aguas de la juventud-
adultez, ese momento intersticial. En resumen, lo que este tríptico nos deja es la idea de

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que Cuarón parece valorar la inocencia con cierta simpatía (se dirá que hasta con
nostalgia), pero a la vez reconoce que en los agitados mundos de su cine (y, probablemente,
del real) es necesario abandonarla para seguir adelante.
Dicho esto, El prisionero de Azkaban muestra la destreza de su realizador para adaptar un
material que, inicialmente, parece ajeno, apropiárselo y ponerlo en relación a sus propias
preocupaciones. Pero dejemos de lado la manida teoría del «autor» en el cine y si es posible
el rasgo autoral en el terreno de las superproducciones cuyo costo de producción ronda los
130 millones de dólares. El mexicano redondea una película y parte hacia otros horizontes
(los de la distopía en Niños del hombre; los del espacio en Gravedad). Lo que nos deja es una
notable construcción cinematográfica, habitada por sus coros de niños que cantan
Shakespeare al compás de sendos sapos que croan en 2/4, la preciosa musicalidad con la
que plantea muchos diálogos, una iconografía que agrega cierto toque barroco a las
vetustas mamposterías británicas, y una Emma Thompson como adivina-hippie que
muestra una debilidad morbosa por realizar presagios funestos. Nos regala también una
frase que parece resumir el poder de decisión que le confía protagonista. En boca de Albus
Dumbledore, más gagá y a la vez lúcido que de costumbre, se nos dice: «¿Saben qué? La
felicidad puede encontrarse hasta en la hora más oscura, si tan solo no olvidamos encender
la luz».

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