Desafíos de la Educación Emancipadora
Desafíos de la Educación Emancipadora
ISBN 978-987-1026-79-1
1. Pedagogía. 2. Inclusión Escolar. 3. Educación Sexual Integral. I. Núñez, Pedro II. Balagué, Claudia, comp.
CDD 370.6
Este libro es una producción del Ministerio de Educación de la Provincia de Santa Fe.
La igualdad de acceso
Durante largo tiempo, la educación escolar fue un bien escaso, reserva-
do a una élite social y a algunos alumnos excepcionalmente “dotados”. Recién
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secundaria y superior. Un sistema educativo que abre ampliamente las puertas
de sus escuelas secundarias y universidades, distribuyendo así más amplia-
mente algunos bienes educativos, es más justo que un sistema que realiza una
selección precoz.
En este marco, se piensa en términos de democratización absoluta (Merle,
2002), en términos de distribución general de bienes educativos, sin entrar en
detalles en cuanto a los bienes mismos y a su delicada distribución. Con algunos
diplomas sucede lo mismo que con algunos bienes de consumo, es por ello que
un sistema masivo es más justo que uno cerrado. En un país como Francia,
hasta mediados del siglo XX, la justicia educativa consistía en extender la edad
de la escolaridad obligatoria, diferir la selección, otorgar becas, establecer
condiciones similares para niñas y niños. Al ampliar la oferta escolar, se esperaba
que la escuela difundiera una cultura común, más precisamente, una cultura
La igualdad de oportunidades
Cuando ya no se evalúa una escuela según el número de niños esco-
larizados sino según el porcentaje de niños de origen humilde que accede a
niveles superiores de enseñanza, se pasa de la igualdad de acceso a la igual-
dad de oportunidades. Este modelo prima actualmente en las sociedades que
consideran que todos los individuos son esencialmente iguales y que las po-
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generación hacia una movilidad social perfecta, es decir, a una redistribución
novedosa de los individuos en las diversas posiciones de la jerarquía social.
Esta concepción de la justicia educativa está tan profundamente instala-
da que, hoy en día, es la piedra angular de las críticas a los sistemas educativos,
en la mayoría de las sociedades modernas y democráticas. Sin embargo, hay
-
te, es una concepción demasiado exigente ya que supone que la escuela es
capaz de neutralizar los efectos de las desigualdades sociales y culturales, aun
cuando la sociología de la educación señala que no es algo sencillo y que esas
desigualdades se amplían de mil maneras en la escuela (Duru-Bellat, 2002).
Asimismo, esta concepción implica que la escuela sea perfectamente neutra,
que esté de alguna manera “por fuera de la sociedad” y que no ceda frente a
las demandas desiguales de las familias. La igualdad de oportunidades exige
también que las clases más favorecidas estén dispuestas a renunciar a algu-
nos privilegios educativos para que la competencia sea perfectamente equita-
tiva, algo cuanto menos optimista. En segundo lugar, esta norma de justicia es
extremadamente cruel al suponer que los alumnos son plenamente respon-
sables de sus éxitos y fracasos, ya que la equidad en la competencia escolar
estaría formalmente garantizada (Young, 1958). En la práctica, la igualdad de
oportunidades no dice nada respecto del tratamiento a dar a los vencidos,
quienes no podrían quejarse de su suerte porque las reglas de la competen-
menor de este modelo, es que se basa en una idea de mérito según la cual
los individuos serían los únicos responsables de sus rendimientos escolares,
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pacidad de construir una justicia social que excede las simples fronteras de
la educación. Es por esto que en numerosos países, la escuela se presentó
como incapaz de cumplir sus promesas, incluso siendo bastante más justa
que en los tiempos en que la sola igualdad de acceso no amenazaba a las
modalidades “aristocráticas” de la reproducción social. Esta concepción de las
La igualdad de resultados
La igualdad de oportunidades, concebida en términos de competencia
equitativa, no dice nada respecto de las brechas tolerables entre vencedores
y vencidos, entre los mejores alumnos y los peores, porque los menos favore-
cidos tienen a priori las mismas oportunidades de logro. Entonces, la igualdad
de oportunidades no se opone a que las brechas se amplíen, como puede
suceder en una competencia deportiva, donde el número de participantes au-
menta la distancia entre los campeones y la masa de practicantes. En tales cir-
cunstancias, tal como lo exige la teoría de la justicia de Rawls, la competencia
meritocrática debe ser moderada por un “principio de diferencia” que limite los
efectos discriminatorios de la competencia meritocrática: las desigualdades
producto de la competencia meritocrática son justas en tanto no degraden la
suerte de los más débiles o cuando, incluso, las mejoren. Luego, el modelo de
justicia cambia y el sistema educativo más justo es aquel que reduce las des-
igualdades entre los mejores y los peores, o bien el modelo que hace que los
resultados promedio de los hijos de obreros y de los hijos de ejecutivos sean
relativamente similares.
Desde este punto de vista, la mejor escuela no es la que permite que
algunos hijos de pobres accedan a la élite, sino aquella en que los hijos de
pobres tienen rendimientos y recorridos escolares relativamente similares a
los de los niños provenientes de estratos sociales más favorecidos. Entonces,
se priorizan las políticas que reducen las brechas, y los estudios comunes no
selectivos son más decisivos que la equidad de la competencia. Las miradas
del observador y del responsable político no se dirigen tanto hacia el porcen-
taje de hijos de pobres en las grandes universidades sino hacia el nivel de los
tolerables sabiendo que el mejor sistema escolar es el que reduce las desigual-
dades, aunque sea al precio de una baja movilidad. En general, las sociedades
socialdemócratas del norte de Europa privilegian este modelo destinado a los
desfavorecidos, aunque las élites se quejen de la baja del nivel y de la competi-
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tividad. La fortaleza de esta concepción de la justicia educativa es que se ubica
desde el punto de vista de los más débiles y de los vencidos del sistema, esto
la distingue de la igualdad de oportunidades. Además, este principio de justicia
se traduce en el presupuesto y es inmediatamente visible: menos presupuesto
Tensiones y debates
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dalidades y en los distintos establecimientos. Los defensores de la igualdad
de oportunidades acusan a los defensores de la igualdad de resultados de
hacer bajar el nivel, en tanto que estos últimos critican a los primeros por ser
elitistas y por no preocuparse del fracaso escolar. Francia eligió decididamente
un sistema dual que yuxtapone la igualdad de acceso y la igualdad de resul-
tados para la enseñanza secundaria y la universidad de masas, y un sistema
de igualdad de oportunidades extremadamente competitivo en la selección de
justicia educativa, porque sugiere que las desigualdades producidas por la es-
cuela son necesariamente justas y sus efectos sociales a la salida de la misma
serían, a su vez, fatalmente justos. Ahora bien, no consideraríamos justa una
escuela que otorgue todas las ventajas sociales a los que más lo merecen y que
les quite a los otros toda ayuda escolar. No consideraríamos justa una escuela
donde los vencedores acaparen todas las posiciones sociales prestigiosas y
bien remuneradas, y donde los vencidos estuvieran destinados al desempleo
y a la pobreza, aunque la competencia escolar sea indiscutiblemente justa.
Un establecimiento educativo que emitiera un diploma sin ningún valor en
el mercado de trabajo no podría ser justo y es poco probable que los alumnos lo
frecuenten durante un largo tiempo. Pero un establecimiento educativo que tu-
viera una suerte de monopolio del acceso al empleo tampoco sería justo porque
alumnos que no lo lograran. Por ello, cuando las jerarquías educativas determi-
nan fuertemente el acceso al empleo, la estructura social tiende a ser más rígida
y a perpetuarse, porque las categorías sociales dominantes invierten muy fuer-
temente en la educación de sus hijos para mantener su posición. Y esto no es
en abstracto, en Francia, por ejemplo, algunos prestigiosos establecimientos de
formación superior captan el monopolio del acceso al empleo para la clase diri-
gente, casi condenando a los alumnos sin formación universitaria al desempleo
y a la precariedad. Las desigualdades educativas parecen aquí ser multiplicadas
por las desigualdades sociales que ellas mismas generan y legitiman.
Una escuela justa debe estar asociada entonces a un sistema de mul-
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tiplicación de oportunidades mediante el cual, aquellos que fracasaron en la
escuela tengan otra oportunidad, con posibilidades de ganar. La calidad de los
sistemas de formación profesional continua contribuye entonces a la justicia
-
ciones, sin que esto pese arduamente sobre el destino de los individuos. Cuan-
tas más oportunidades de redistribución de los individuos en los empleos,
ellos podrán multiplicar sus chances y apelar así a formas de mérito que la
escuela no reconoce. En otras palabras, no es posible analizar la justicia del
sistema educativo ignorando las políticas de formación profesional y los modos
de contratación de las empresas. Una escuela relativamente injusta asociada
ser más justa que una escuela menos injusta, cuya situación de monopolio en
el acceso al empleo transforma automáticamente los destinos educativos en
destinos sociales (Shavit y Müller, 1998). El sistema educativo alemán, a título
de ejemplo, es bastante menos favorable a la igualdad de oportunidades que
el francés, pero esta desventaja es compensada con la excelencia del sistema
de formación profesional, mediante el cual la brecha entre los ingresos de los
ejecutivos y de los obreros es más reducida que en Francia (Maurice, Sellier y
Sylvestre, 1982). Entonces, la justicia de los sistemas educativos depende de
las políticas de formación y de empleo y no de las políticas educativas. Es a
menudo difícil hacer comprender este argumento a los actores de la educación
que piensan que la relación diploma-empleo va de suyo y que creen, a veces,
que la escuela es la única responsable de la vocación mesiánica de crear un
mundo justo. La profesión docente es una de las cuales en donde la relación
diploma-empleo es más estrecha.
estudios no perjudique a las familias desfavorecidas. Como los hijos de las fa-
milias pudientes cursan a menudo carreras largas, estos sistemas de becas y
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de apoyos reequilibran los mecanismos de transferencia hacia los menos favo-
largas, de hecho reservadas a los más favorecidos, estaría ligado a una trans-
ferencia desde los más pobres, que pagan generalmente impuestos indirectos,
hacia los más ricos, que tienen el monopolio de estos estudios.
En general, la preocupación por la justicia educativa invita a interrogarse
promover una mayor equidad. Pero esto supone que se disponga de datos só-
lidos sobre los costos de las formaciones, el origen social de los alumnos y
las carreras profesionales ligadas a estos estudios. También supone que se
-
tico responsable de crear sujetos, la tesis de la decadencia de la institución
puede ser sostenida para el caso de la escuela francesa, que construyó un
modelo de socialización derivado de una forma religiosa. Este argumento es
válido también para la mayoría de los sistemas educativos latinoamericanos
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provenientes de escuelas católicas y proyectos democráticos, progresistas y
nacionales ligados a la construcción de escuela pública. Ahora bien, este mo-
delo de escuela está en decadencia actualmente, incluso en las escuelas pú-
blicas y laicas (Dubet, 2002).
El programa institucional
-
mación de los individuos, la modernidad del siglo XIX y de la primera mitad del
siglo XX asumió una forma escolar y un modelo de socialización, que yo carac-
terizo como un programa institucional. La palabra programa debe ser entendi-
da en el sentido informático, el de una estructura estable de información pero
-
contenidos transmitidos.
1. Valores y principios fuera del mundo. Como lo demostró Durkheim, la
escuela fue “inventada” por las sociedades que tenían una historicidad, es de-
cir, las sociedades capaces de ponerse en valor y transformarse, desarrollan-
do un modelo cultural ideal susceptible de salvar verdaderamente a los niños
de las tradiciones y costumbres. En este sentido, la escuela estuvo siempre
en la escuela, que está bajo el reino de una trascendencia, salvándola del úni-
co régimen de la utilidad social de los diplomas y del desarrollo económico. La
escuela republicana francesa quiso formar ciudadanos franceses, adhiriendo
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a las representaciones “sagradas” de la nación, de la razón y de la república,
más allá de sus diferencias de clases. Que esta escuela moderna haya servido
al desarrollo del capitalismo no nos lleva a considerarla como una herramienta
al servicio del capitalismo y de la industrialización; el escaso lugar y valor que
le otorgaba a los aprendizajes prácticos bastan para demostrarlo.
2. La vocación. Desde que el proyecto educativo es concebido como
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religiosas regulares, la disciplina escolar era autónoma y “racional”, con un
sistema de castigos y recompensas diferente de las costumbres sociales; la
disciplina escolar solo se remitía a ella misma.
Por un largo período, el modelo republicano francés sostuvo fuertemente
el santuario escolar, rechazando la presencia de los padres, empresarios y
los análisis de las instituciones realizados por Foucault, porque no creo que se
trate de una simple astucia del poder sino, más bien, de un modo histórico de
formación del sujeto mediante un “programa” cuya forma permaneció estable
durante largo tiempo.
Se pueden subrayar tres ventajas de este modelo. La primera ventaja es
que basa la autoridad de los docentes en valores y principios indiscutibles, y el
maestro dispone entonces de una autoridad que es la de la propia institución.
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La segunda ventaja es que, al ser la escuela un santuario, tiene la capacidad
-
tades se debe a su entorno: desigualdades sociales, renunciamientos de las
menos de veinte años, los sociólogos y los intelectuales eran más proclives a
criticar la forma institucional de la educación y del control que a defenderlos
de las amenazas exteriores, siguiendo en esto las enseñanzas de Goffman y de
Foucault. Sin embargo, numerosos análisis críticos, el de La reproducción en
particular, piensan la escuela en términos de programa institucional, progra-
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sociedades modernas, menos requieren de un universo de sentido común que
los programas institucionales tienen por vocación socializar.
equivalentes, pero la experiencia reciente pone en evidencia que los dos fenó-
menos están lejos de ser idénticos. Asimismo, la defensa de la gran cultura y las
exigencias de la vida económica y, más ampliamente, las de la vida en sociedad
no se superponen. En Francia, los espíritus serios no pueden seguir pensando
que la libertad, la igualdad y la fraternidad se refuerzan mutuamente. En con-
plantea como un problema que debe ser zanjado con el debate político, porque
ya no están prescriptos “naturalmente” por los valores de la institución.
Un hecho más importante todavía: la legitimidad de la cultura escolar
ya no se impone con la misma fuerza en las sociedades donde la cultura de
masas, sin importar cómo se la juzgue, debilita el monopolio cultural de la
-
tura escolar era la única que les permitía ampliar sus horizontes, salir de sus
rutinas y limitaciones, de sus pueblos y ciudades. Actualmente, estos niños se
escapan directamente de los límites de su propio mundo social por la gracia de
los medios de comunicación. Se podrá condenar la vulgaridad y la imbecilidad
de los medios de comunicación masiva, pero no se puede dejar de admitir que
ofrecen una verdadera alternativa en un mundo ampliado. La escuela está
entonces compitiendo con culturas cuyas capacidades de seducción con res-
pecto a niños y adolescentes no son nada despreciables y, desde hace treinta
años, los docentes se preguntan cómo capturar esa cultura que especula con
la rapidez, el zapping y la seducción, principios contradictorios con el rigor de
los ejercicios escolares.
2. La profesión reemplaza a la vocación. Cuando los valores que fundan
la institución se perciben como inciertos y contradictorios hay menos posibili-
dades de asentar allí la autoridad, y el modelo de la vocación se debilita. Ya
no se espera que los docentes encarnen algunos principios fundamentales, se
-
carse con valores fundamentales al modo “clerical”, sino en sentirse realizado
subjetivamente con sus habilidades profesionales, según el ethos protestante
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por la formación pedagógica extendida, el desarrollo del trabajo en equipo, la
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tica. La escuela, aun siendo laica, deja de ser una orden religiosa regular para
volverse una burocracia profesional.
El cambio de naturaleza de la vocación provoca un desplazamiento de la
legitimidad profesional. Ya no basta con “creer”, hay que demostrar que uno es
-
ralismo, porque también procede de la laicización de las instituciones y de la
obligación que se les impuso de tener que rendir cuentas. Solo tener que rendir
cuentas a sí mismo y a sus superiores sigue siendo monopolio del sacerdocio,
religioso o laico, civil o militar.
-
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cada vez más complejas que demandan más administración y, además, su
conducción plantea mayores problemas en todos los países. El centralismo
y la uniformidad ya no pueden garantizar la regulación de los sistemas que
desarrollan mercados internos, haciendo que compitan establecimientos, mo-
dalidades y disciplinas.
4. La autonomía del individuo. La creencia fundamental de las institu-
ciones en la disciplina liberadora se desmorona progresivamente con la emer-
gencia de la representación de sujetos, a los que se consideran preexistentes
al trabajo de socialización institucional. La escuela ya no solo acoge alumnos
sino también niños y adolescentes que tienen que construirse de manera au-
tónoma y “auténtica” como sujetos de su propia educación. En todas partes, la
pedagogía del proyecto y del contrato reemplaza insensiblemente a las viejas
disciplinas de memorización y repetición. En un país republicano, jacobino y
universalista como lo fue la Francia republicana se vio emerger el problema de
las diferencias entre culturas, religiones, géneros y, paradójicamente, la escue-
la de masas está obligada a tener en cuenta la singularidad de los individuos.
En última instancia, el antiguo modelo de formación está muy desesta-
bilizado y la relación pedagógica se vuelve un problema porque sus marcos
ya no son tan estables y porque un gran número de alumnos y estudiantes
ya no son, a priori, “creyentes”. Las “órdenes religiosas regulares” se vuelven
“órdenes seculares” y el trabajo de los docentes y alumnos es mucho más in-
cierto y difícil. En todas partes, los maestros deben construir las reglas de vida
y las motivaciones de los alumnos. En todas partes, los maestros tienen que
comprometer cada vez más su personalidad puesto que el solo cumplimiento
de los roles profesionales no alcanza para hacer su trabajo. Paralelamente, los
alumnos deben motivarse e interesarse más de lo que lo hacían en el marco
Tanto los profesores como sus alumnos están inmersos en múltiples experien-
cias que están bastante alejadas del imaginario construido por el programa
institucional de los siglos pasados.
Un sentimiento de crisis
Esta larga evolución es vivida actualmente como una crisis por los ac-
tores de la escuela y, particularmente, por los docentes. La legitimidad de la
escuela y de su cultura se debilitó porque dejó de ser sagrada para transfor-
marse en un servicio cuya utilidad se discute punto por punto y se mide con
evaluaciones y encuestas nacionales e internacionales. La autoridad educativa
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se enfrenta a problemas nuevos que provienen de la “novedad” de ciertos pú-
blicos escolares y de la distancia creciente entre la cultura de masas basada en
la rapidez, la satisfacción inmediata y el derecho a la autenticidad, y la cultura
escolar que apela al trabajo, al esfuerzo y, diversamente, a los resultados y
-
rigos que son poco a poco desposeídos o privados del apoyo de la sociedad. El
trabajo es cada vez más difícil y estresante porque los alumnos ya no se pueden
conquistar y la escuela no puede deshacerse, con la misma facilidad con que lo
hacía en los tiempos de las instituciones, de aquellos alumnos que le molestan.
-
jes de una máquina ciega, que los ignora, los desacraliza y los rebaja.
Todo esto genera un sentimiento de nostalgia hacia la escuela de antaño
cuyos defectos se olvidan poco a poco. Basta con ver, en Francia, hasta qué
punto un buen número de sociólogos, invocando algunos análisis de Bourdieu
y de Passeron, esconde el tema de la reproducción detrás del de la defensa
de “la escuela republicana” adornada con todas las virtudes. La crítica de la
reproducción se debilita frente a la denuncia del neoliberalismo que amenaza
a la institución. Por cierto, estos sentimientos no son nuevos pero actualmente
olvidado toda su tradición crítica. La nostalgia no es más que la otra cara del
sentimiento de crisis que se ampara de los individuos cuyo mundo parece de-
rrumbarse a sus pies.
Así se constituyen las críticas antineoliberales o antiultraliberales que
interpretan esta evolución vivida como una agresión externa a la escuela, es
decir, como un esquema institucional clásico. Tenemos que precisar inmedia-
tamente que, en el caso francés, el presupuesto público para la educación no
dejó de crecer desde los años setenta, tanto globalmente como en el costo
asignado a cada alumno: de 1974 a 2000 el aumento del presupuesto para
educación fue de 96 % mientras que el número de alumnos solo se elevó a 16
%. Estamos en una situación muy diferente de la de ciertos países de América
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de una suerte de “complot” o proyecto ultraliberal. ¿Cómo explicar esta creen-
que Francia siendo más liberales, mientras que en Finlandia la escuela es tan
buena como en los otros países, siendo menos “liberal”. Los diversos trabajos
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tivos que otros.
Un cambio endógeno
En un momento marcado por la “religión cívica” de la república, de la na-
ción y del progreso, la decadencia de lo sagrado no podía sobrevivir a la conso-
lidación de la crítica y de la autonomía individual, que participaban plenamente
en el mismo proyecto de la modernidad. ¿Cómo sostener lo sagrado cuando
se admite que el desarrollo y la libertad de los individuos para construir la vida
que consideran buena constituyen una de las fuerzas motoras de la moderni-
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Asimismo, la escuela ya no es un santuario protegido de las pasiones y
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individuos. Se pueden distinguir dos tipos de desafíos, los propios de la escue-
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fíos son propuestos aquí solo a título de ilustración, ellos están estrechamente
ligados a los contextos políticos nacionales.
Autonomía de los actores y control central: el rol de la evaluación. En una
-
tucional de una escuela centralizada, homogénea y organizada por un conjun-
to de normas precisas que van del centro a la periferia ya no es posible, salvo
que se haga de ese marco un decorado simbólico de la única unidad nacional.
Es necesario que los actores básicos y los establecimientos dispongan de un
margen de autonomía y, además, que tengan la capacidad de adaptarse a las
necesidades y demandas de sus alumnos. Sin embargo, esta respuesta de tipo
liberal, que amenaza con la fragmentación del sistema, debe ser compensada
con una fuerte capacidad política que garantice la regulación y la unidad de la
escuela, con una articulación de los medios destinados a los que más lo nece-
sitan, con pruebas comunes a todos los alumnos, con programas nacionales
y con condiciones idénticas para el personal. En otras palabras, sabemos que
-
tonomía de los establecimientos con una fuerte capacidad de gestión, control
y dirección del sistema por el “centro”. La gestión burocrática del programa
institucional debe ser reemplazada por un sistema de evaluación y corrección
permanente de las políticas y prácticas, en función de los resultados. En este
caso, el desafío central es el control y la naturaleza de la evaluación para evitar
que la satisfacción de las herramientas de medición se torne el objetivo de la
educación. Dos principios deberían ser formulados en este campo: primero, la
evaluación de los resultados de los sistemas y establecimientos debería aso-
ciar a los profesionales, usuarios y expertos; el segundo, los criterios de evalua-
ción deberían ser múltiples y contradictorios entre ellos, no deberían reducirse
a los meros aprendizajes de conocimientos, al bienestar de los alumnos y a sus
competencias sociales, deberían ser también criterios de evaluación importan-
tes en una escuela democrática.
La cuestión de la cultura común es esencial porque la escuela sigue sien-
do una herramienta de integración social, que provee a todos los niños de una
sociedad de las competencias y de los conocimientos a los cuales tienen dere-
cho, para que se transformen en ciudadanos activos e individuos autónomos.
-
dades conquistadas por algunas mutaciones culturales, económicas y socia-
les considerables, sino que debe seguir siendo un objetivo fundamental de la
escuela, particularmente, cuando la preocupación por crear élites y adaptar las
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formaciones según las necesidades de la economía pueden alejarnos de esta
ambición. Ahora bien, hay que recordar que nunca la formación de un buen nivel
medio de todos los alumnos fue contradictoria con una enseñanza secundaria y
del Estado, sino que las reglas de funcionamiento, los objetivos apuntados,
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A la manera de Rawls, uno se puede preguntar si la creencia en la igual-
dad de oportunidades no genera nuevas desigualdades cuyas víctimas son los
que fracasaron en la escuela, sin que ellos sean responsables de ese fracaso.
-
tes sean formados como profesionales, como lo son los médicos o ingenieros,
este no es en absoluto el caso en la mayoría de los países, aunque las com-
paraciones internacionales nos informan que los mejores sistemas educativos
tienen también los docentes mejor formados y mejor remunerados. También
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docente no puede estar aislado con su grupo de alumnos y que la educación
es un asunto de todos.
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Introducción: Problemas en la búsqueda de soluciones:
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CARLOS SKLIAR 35
3. Educación Sexual Integral, por un mundo más justo y una escuela más interesante.
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