Conceptos Jurídicos Fundamentales Explicados
Conceptos Jurídicos Fundamentales Explicados
SUMARIO: I.
Introducción. II. Clasificación de los conceptos jurídicos fundamentales.
III. Derecho objetivo y derecho subjetivo. IV. Relación jurídica. V. Deber jurídico.
VI. Derecho real y derecho personal. VII. Hechos y actos jurídicos. VIII. Concepto de persona.
IX. Persona física y persona moral. X. Principio y fin de la personalidad individual.
1. INTRODUCCIÓN
¿Qué debemos entender por derechos fundamentales? ¿Cuáles son los conceptos jurídicos
fundamentales? Éstas y otras interrogantes podrían surgir de este importante tema. Nos
concretaremos a señalar que los derechos fundamentales establecen facultades del
individuo en sus relaciones sociales para su desarrollo como persona derivados de su
libertad y dignidad. Es decir, constituyen el “núcleo básico, ineludible e irrenunciable, del
status jurídico del individuo”.
2. Los derechos fundamentales están ligados a la dignidad de la persona, son la proyección
positiva, inmediata y vital de la misma; constituyen la condición de su libertad y
autodeterminación. El desconocimiento o conculcación (atropello) vulnera la dignidad e
impide el desarrollo individual y personal. Por ello, su disfrute resulta imprescindible; son
condición de la democracia como sistema político, la cual no puede existir sin el
reconocimiento y el ejercicio de los derechos fundamentales. Los preceptos que contienen
derechos fundamentales están en la Constitución y son objeto de protección en sus
diversas disciplinas.
II. CLASIFICACIÓN DE LOS CONCEPTOS JURÍDICOS FUNDAMENTALES
El estudio y análisis de los conceptos jurídicos fundamentales han sido objeto de preocupación y
acuciosas investigaciones de parte de los juristas en su afán por enumerarlos y clasificarlos, entre
ellos, Hans Kelsen, quien propone la siguiente clasificación:
A. el hecho ilícito o antijurídico;
B. la sanción; el deber jurídico;
C. el derecho subjetivo;
D. el sujeto de derecho o persona jurídica,
E. y la responsabilidad jurídica.
El primer concepto jurídico fundamental, esto es, el hecho ilícito o antijurídico, está indicado en
el postulado kelseniano como hecho condicionante de la sanción. Es la conducta (acto antijurídico)
de aquel individuo contra el cual se dirige la sanción.
La sanción jurídica es impuesta por los órganos del Estado cuando los individuos no observan la
conducta debida.
El derecho subjetivo, según Kelsen, queda sobrentendido en virtud de que, frente al obligado a
observar determinadas conductas, existe el pretensor y, a su vez, el órgano que tiene el deber
jurídico de sancionar y exigir el cumplimiento.
El deber jurídico significa la existencia de una norma válida que ordena determinado
comportamiento. Para Kelsen, la existencia de un deber jurídico consiste en “la validez de una
norma de derecho que hace depender una sanción de la conducta contraria a aquella que forma
el deber jurídico”.
Es simplemente la norma de derecho en su relación con el individuo a cuya conducta la misma
norma enlaza la sanción. Es la “obligación de obedecer la norma del derecho”.3 El sujeto de
derecho constituye otro elemento fundamental referido al sujeto del deber y sujeto de la sanción
ante el hecho ilícito o antijurídico.
La responsabilidad jurídica es la consecuencia que se presenta por la sola voluntad de un sujeto
que quiere imponerse deberes para conferir derechos a otro sujeto siempre que el orden jurídico
lo permita.
III. DERECHO OBJETIVO Y DERECHO SUBJETIVO
Según el criterio predominante, el derecho en su sentido objetivo “es un conjunto de normas”, de
“reglas de conducta”. Estas normas o reglas de conducta tienen siempre “un carácter imperativo;
suele verse en él un conjunto de prohibiciones, de normas que dispensan y obligan”.
El derecho objetivo, en opinión de Rafael de Pina, “es el conjunto de las normas que forman el
sistema jurídico positivo”. El distinguido jurista mexicano Óscar Morineau entendía por derecho
objetivo “la norma bilateral que regula la conducta”. Por su parte, existen autores que otorgan
prioridad al derecho objetivo. Señalan que, si no existiera la norma, no podría derivarse de ella un
derecho subjetivo. Para Morineau tal posición no es sostenible, ya que el derecho subjetivo y el
objetivo se implican: “no es posible que exista una norma sin autorizar conducta, pues ella es la
autorización de conducta y no es posible que exista el derecho subjetivo si no existe la norma que
lo otorga [...]. El derecho subjetivo es, por definición, la autorización de la conducta hecha por la
norma, a un sujeto”.
El derecho objetivo es, pues, el derecho como ordenación o norma, mientras que el derecho
subjetivo “es el derecho como prerrogativa o facultad”. Existe desde tiempo atrás una distinción
que ya es clásica entre los juristas: “1ª Ius est norma agendi (derecho en sentido objetivo). 2ª Ius
est facultas agendi (derecho en sentido subjetivo)”.
En la base del derecho está la necesidad de autorizar la conducta de los sujetos.
El derecho subjetivo es una derivación del objetivo, y tiene su reverso en el deber jurídico, pues lo
que implica facultad o poder para una persona; para otras, es motivo de sometimiento o
restricción que limita su actividad. Derecho objetivo, derecho subjetivo y deber jurídico son tres
aspectos que “se presuponen y complementan mutuamente”. El derecho norma es el lado
objetivo, el derecho potestad y el deber jurídico constituyen el lado subjetivo.
Las normas jurídicas son reglas de conducta y acción, actúan sobre las voluntades conscientes
capaces de observar determinadas formas de proceder.
El poder que deriva de la norma constituye “el derecho subjetivo, la facultas agendi”. El derecho
en sentido subjetivo es la facultad de los individuos y de las entidades colectivas para obrar de
conformidad con la norma, la cual garantiza sus fines e intereses para exigir de los otros lo que es
debido.
El derecho subjetivo existe en función de la libertad, pero, al mismo tiempo, es garantía, es
facultad de “obrar de un modo autónomo en conformidad con la norma”. Compete al sujeto
“actuar y exigir que los demás respeten el ejercicio de aquella facultad”. El derecho subjetivo
implica la posibilidad de reclamar en favor de uno la protección de los bienes jurídicos y de utilizar
los medios necesarios para ello.
En tal virtud, es evidente que, al lado de las normas imperativas que crean deberes jurídicos,
existen normas facultativas que son “las que convierten los bienes jurídicos en derechos
subjetivos”. En ningún caso hay derecho subjetivo sin sujeto.
Por tal circunstancia, Del Vecchio define el derecho subjetivo como “la facultad de querer y
pretender, atribuida a un sujeto”.
El autor mencionado distingue dos elementos integrantes del derecho subjetivo:
a) la posibilidad de querer y de obrar, y
b) la posibilidad de exigir el respeto de los demás. En definitiva, para Radbruch, el derecho
subjetivo no es más que “el derecho para cumplir el deber”.
El derecho subjetivo es la “posibilidad de ser, de pretender o de hacer algo, de manera
garantizada dentro de los límites atributivos de las normas jurídicas”
.
Sólo existe cuando la situación subjetiva implica la posibilidad de una pretensión unida a la
exigibilidad de una prestación o de un acto de otro sujeto. En suma, la posibilidad de pretender
algo tal como se haya expresado en la norma y la probabilidad para que un sujeto pretenda y exija,
con garantía, lo que la norma le atribuye.
IV. RELACIÓN JURÍDICA
La vida social jurídicamente relevante se fundamenta en relaciones jurídicas. Corresponde al
derecho establecer entre los hombres una red complicada de relaciones que constituye “una
especie de tejido que afecta la vida social”.
El hecho de que la norma jurídica exprese una vinculación con el destinatario revela la existencia
de “una relación jurídica entre éste y aquélla”. Incumbe a las normas jurídicas establecer entre los
“sujetos a quien se asigna el poder y a quien se impone el deber”. Es necesaria la preexistencia de
la norma que imprima la forma fijando los “límites de las exigibilidades recíprocas”.
La ausencia de una norma que las determine implicaría el que “no haya relaciones jurídicas”. Los
hechos y las relaciones sociales sólo tienen significación para el derecho si están “insertos en una
estructura normativa”. Por consiguiente, los requisitos necesarios para que haya relación jurídica
son una relación intersubjetiva, un vínculo entre dos o más personas y que este vínculo
corresponda a una hipótesis normativa, de la cual se deriven consecuencias obligatorias.
Esto presupone la intervención de dos elementos: el material, constituido por el presupuesto de
hecho o relación social apta para la regulación jurídica; y el formal, que determina la consecuencia
jurídica que recae sobre la relación de hecho. La existencia de una obligación supone siempre la
de una relación, ambas van “inseparablemente unidas, sin relación no hay obligación”. Al imponer
la norma obligaciones y atribuir pretensiones, es indudable que vincula al sujeto de la obligación
con el de la exigencia, al deber con el poder. Esto es lo que constituye la relación jurídica. Toda
relación de derecho es “un ligamen entre la norma y el destinatario”.
La relación jurídica sólo es posible entre personas, es decir, entre sujetos de derecho. Ésta surge
siempre con ocasión de algo, ya sea por un acontecimiento natural o un acto de la voluntad.
El hecho condicionante engendra relaciones jurídicas relevantes, las cuales pueden incluir
“facultades y deberes a los que en ella intervienen”. En opinión de Legaz y La cambra, aparecen
como elementos de la relación:
a) la norma,
b) la persona,
c) el hecho condicionante,
d) la correlatividad de situaciones jurídicas,
e) la prestación y
f) la sanción.
Miguel Reale distingue cuatro elementos fundamentales de la relación jurídica:
a) un sujeto activo, que es el titular o el beneficiario principal de la relación;
b) un sujeto pasivo, considerado así por ser el deudor de la prestación principal;
c) el vínculo de atribución, capaz de ligar a una persona con otra, frecuentemente de manera
recíproca o complementaria, pero siempre de forma objetiva, y
d) un objeto, que es la razón de ser del vínculo constituido.
En suma, podemos agregar, con Aníbal Bascuñán Valdés, que en los circuitos normativos
intervienen:
A. el hecho condicionante,
B. los sujetos,
C. el objeto
D. y la sanción entre los cuales existe el enlace de una relación que se transmuta en jurídica
(deber ser) y, en ocasiones, en vínculo de derecho.
V. DEBER JURÍDICO
El derecho es regulación de la conducta exterior del hombre. La realización de los supuestos que
las normas jurídicas presuponen produce determinadas situaciones jurídicas que son las distintas
circunstancias de la existencia personal, en las que se contiene todas las posibilidades de la vida
del sujeto de derecho, conforme a las cuales puede realizar diversas formas de comportamiento.
El sujeto de derecho puede “crear, para sí o para otros, por medio de su libertad jurídica nuevas
situaciones”, las cuales pueden consistir en el “nacimiento, transmisión, modificación o extinción
de facultades y deberes”. El deber jurídico consiste en la “necesidad de observar cierto
comportamiento (acción y omisión) que viene impuesto por las normas reguladoras de la relación
o personas que intervienen en él”.
Cuando la finalidad de la norma consista en provocar la acción en los deberes positivos, por ejemplo, el
deber de pagar impuestos, votar, tomar las armas, etcétera, el precepto autoriza la acción de la persona
obligada otorgándole un derecho subjetivo; pero, al mismo tiempo, le prohíbe la omisión “imponiéndole
un deber jurídico”.
Así, pues, estar jurídicamente obligado a determinado comportamiento significa que la conducta contraria
es antijurídica y como tal representa “la condición de una sanción establecida por la norma”.
Es sujeto del deber el responsable de la sanción estipulada. La existencia de un deber jurídico es la validez
de una norma de derecho que hace depender una sanción de la conducta contraria a aquélla que forma el
deber jurídico. Éste es, simplemente, la “norma que enlaza la sanción, la conducta opuesta es condición de
la sanción y constituye el contenido del deber jurídico”.
En principio, podemos afirmar que el fundamento del deber jurídico radica en la “necesidad misma del
derecho”. El derecho subjetivo no puede desligarse del deber jurídico, ya que aparece bajo la forma de la
facultad, cuyo efecto puede ser directa o indirectamente la producción de una norma de derecho. Por
tanto, el acto facultativo es el supuesto para la creación de una norma jurídica; se halla definido en la norma
y debe a ésta su existencia, no tiene existencia propia. El deber y el derecho subjetivos se encuentran
fundidos recíprocamente, puesto que “no pueden existir el uno sin el otro. Siempre coexisten en la
regulación jurídica”.39 El deber jurídico queda justificado cuando aparece como objeto correlativo del
derecho subjetivo, integrando el concepto de consecuencia de derecho. Por lo tanto, el deber jurídico es
aquella acción del sujeto por medio de la cual y, por virtud de ella, participa en el “proceso creador del
derecho”,40 en razón de la imposición de deberes de otro sujeto, y la creación de situaciones jurídicas
nuevas en beneficio propio o en el de un tercero. Por este motivo, el deber jurídico adquiere sentido y
queda
VI. DERECHO REAL Y DERECHO PERSONAL Los derechos subjetivos se diversifican en dos direcciones:
derechos reales y derechos personales.
El derecho real se define como el “poder ejercido directamente por una persona sobre una cosa”. Confieren
a su titular un “poder inmediato y directo sobre otra persona o sobre un bien material”.
En el derecho real, se impone a todos la “obligación siempre negativa de respetar el derecho del titular”.
Esto es, todos tienen el deber de no impedir al titular que ejercite su derecho. Mientras que no sea
perturbado, es oponible a todo el mundo, debe ser definido como una “obligación pasiva universal,
obligación de todos de no perturbar al titular en el ejercicio de su derecho sobre la cosa”. Cuando es
perturbado, se “dirige contra aquel que lo turba”. Concede un disfrute permanente erga omnes, frente a
todo el mundo: todas las personas, indistintamente, deben respetarlo.
El derecho personal es aquel “poder de una persona sobre otra”. Éste se dirige desde el momento de su
nacimiento contra una “determinada persona” y se traduce comúnmente en obligaciones. Para García
Máynez, en los derechos reales intervienen:
c) el objeto de la obligación, que consiste, ya sea en un hecho positivo, ya en la prestación de una cosa, ya
en abstención”.
Los derechos personales inciden sobre las prestaciones de los hombres, los reales, sobre sus cosas. Sin
embargo, el frenesí dinámico de una vida jurídica alargan el camino que lleva de un derecho real a otro
mediante una cadena de derechos personales, en la cual “los objetos jurídicos están incesantemente en
camino.
Los derechos reales son calificados comúnmente de absolutos y los personales, de relativos. El titular de
un derecho absoluto tiene la posibilidad de actuar sobre una cosa determinada y exigir, de todo el mundo,
que se respete su conducta. Aquí, el deber correlativo es de abstención. En el caso de un derecho relativo,
el acreedor tiene derecho a la conducta del sujeto pasivo o deudor. Por lo tanto, el deber correlativo
consistirá en el deber de hacer o de no hacer a cargo de un sujeto determinado. En suma, la distinción entre
derecho absoluto y relativo es —según Morineau— “la que considera al primero como facultamiento de la
propia conducta y al segundo lo sujeta a la facultad de la conducta ajena”.
Para concluir, agregaremos con García Máynez que los derechos personales o de crédito consisten en la
facultad de una persona llamada acreedor para exigir de otra, llamada deudor, un hecho, una abstención o
la entrega de una cosa, y los derechos reales, en la facultad correlativa de un deber general de respeto que
una persona tiene de obtener directamente de una cosa todas o parte de las ventajas que ésta es
susceptible de producir.
La norma jurídica por su estructura lógica es una regla hipotética: los supuestos previstos en la parte
condicional de la norma son los hechos jurídicos, y la parte dispositiva se refiere a los efectos de tales
hechos, los cuales implican siempre una alteración en el mundo del derecho y, en particular, el nacimiento,
la modificación o la extinción de relaciones jurídicas. Los hechos dotados de eficacia jurídica son “los hechos
jurídicos”.
Las relaciones jurídicas pueden ser originadas por eventos naturales o por ciertas condiciones de hecho,
independientes de la voluntad humana. Los fenómenos meramente físicos (los que no pertenecen a un
sujeto) no son por sí ni lícitos ni ilícitos, son extraños e indiferentes al derecho. Sin embargo, pueden asumir
indirectamente una importancia jurídica, en cuanto pueden constituir el presupuesto considerado por las
normas como condición para su aplicabilidad. En tal sentido, pueden distinguirse —según Del Vecchio—
dos especies: hechos simples y hechos jurídicos. Los hechos simples son los que “no producen
consecuencias relevantes para el derecho (fenómenos meteorológicos) y los hechos jurídicos son aquellos
que producen tales efectos”; esto es, que son tomados en consideración por las normas para hacer
depender de ellos el nacimiento, la modificación o la extinción de una obligación o facultad. Pueden citarse,
como ejemplos, el nacimiento, la muerte, alcanzar la mayoría de edad, el aluvión, etcétera.
En virtud de tales acontecimientos, se producen efectos jurídicos, conductas que transforman la realidad y
son producto de la naturaleza o resultado de la actividad del hombre. El hecho es, pues, transformador de
una realidad del mundo exterior, es un suceso temporal y espacialmente localizado que provoca, al ocurrir,
un cambio en lo existente. Cuando la ley enlaza con un acontecer de esta especie de consecuencias
normativas, aquél “se transforma en hecho jurídico”.
Estos acontecimientos engendrados por la actividad humana o puramente material producen “un efecto
jurídico”,57 el cual puede ser “en favor o en contra de una o varias personas”.
En general, podemos agregar que los hechos adquieren relevancia para el derecho y reciben el calificativo
de jurídicos cuando “sus características coinciden con los datos establecidos en la hipótesis de la norma”.59
Las acciones humanas, cuando son objeto de la deliberación y decisión, producen consecuencias jurídicas
y pueden “constituir, modificar o extinguir una relación jurídica”.60 Es decir, implican una invasión en la
esfera jurídica de las personas y, por consiguiente, dan legitimidad jurídica a la oposición, con las
correspondientes sanciones civiles (reparación del daño) o, a veces, también penales, en el caso de los actos
ilícitos.
Con frecuencia, los autores establecen una diferenciación entre actos jurídicos y negocios jurídicos. Para
Miguel Reale, negocio jurídico es aquel “tipo de acto jurídico que no sólo se origina por un acto de voluntad,
sino que implica una declaración expresa de voluntad creadora de una relación entre dos o más sujetos”.
En opinión de Giorgio del Vecchio, el negocio jurídico puede definirse como “un acto voluntario y lícito que
produce consecuencias jurídicas”. Es la actuación de la fuerza creadora que compete en el campo jurídico
a la voluntad privada. Es preciso señalar que una voluntad por sí sola no puede modificar el orden jurídico
ni crear derechos, sino que para ello es necesario estar de acuerdo con una norma. Lo cual no excluye que
ésta pueda surgir por virtud de las mismas voluntades que producen los actos o negocios jurídicos.
Como ejemplos típicos de los negocios jurídicos, podemos citar, además de los contratos en todas sus
innumerables especies, el testamento, la aceptación o repudio de una herencia, el reconocimiento de un
hijo natural, la revocación del mandato, etcétera. El negocio jurídico puede consistir en el acto de voluntad
de una sola parte (como en el caso del testamento), o bien en el acuerdo de las voluntades de dos partes
(el caso de los contratos). Los negocios jurídicos —según este criterio— se distinguen en unilaterales y
bilaterales. En suma, podemos agregar que el acto, en sentido jurídico, supone un hecho humano producido
por voluntad consciente y exteriorizada. Cuando el acto produce, conforme a las disposiciones del derecho
objetivo, un efecto jurídico es llamado acto jurídico. Éste es estrictamente el resultado de la conducta del
hombre; pero no de cualquier conducta, sino de aquélla que “intencionalmente ha querido y buscado la
realización de las consecuencias jurídicas que se dan”.
Por lo tanto, el elemento básico diferencial entre el hecho y el acto jurídico consistente en que,
“produciendo ambos consecuencias en el mundo del derecho, sólo éste es resultado de la voluntad del
hombre”. Existen diversas clasificaciones de los hechos y actos jurídicos, tanto de la doctrina francesa como
de la italiana, que no analizaremos en detalle.
El acto jurídico es: una manifestación exterior de la voluntad, bilateral o unilateral, cuyo fin directo es
engendrar, sobre el fundamento de una regla de derecho o de una institución jurídica, en contra o en favor
de una o varias personas, un estado, es decir, una situación jurídica permanente y general, o, al contrario,
un efecto limitado de derecho que se reduce a la formación, modificación o extinción de una relación de
derecho.65 De lo anterior podemos concluir que en los actos jurídicos interviene la voluntad humana, con
la intención de producir los efectos previstos en las normas jurídicas.
c) Actos mortis causa e intervivos. Los primeros son aquellos en que los efectos dependen de la muerte
de su autor y los intervivos, cuyos efectos no están sujetos a la muerte del autor del acto.
d) Atributivos y no atributivos. Los efectos atributivos consisten en aumentar el patrimonio de una o
varias de las partes que en ellos intervienen, en cambio, en los actos no atributivos, el patrimonio de
sus autores no se modifica.
e) A título oneroso y a título gratuito. Son actos a título oneroso aquellos que producen provechos y
gravámenes recíprocos; en los actos gratuitos, el provecho es solamente para una de las partes.
f) De disposición y de obligación, en los actos de disposición, su autor transmite o se desprende de
una cosa o del derecho que le pertenece; en los actos de obligación, se compromete a realizar un hecho
o acto jurídico en favor de otra persona.
2. Elementos de existencia del acto jurídico A. La voluntad y su manifestación Hemos dicho que la voluntad
humana es un factor determinante en la naturaleza de los actos jurídicos. Durante mucho tiempo, la
autonomía de la voluntad ha sido la expresión de libertad en las relaciones jurídicas que ha caracterizado
al derecho privado; la voluntad de los particulares y la posibilidad de regular sus propios intereses en un
elemento esencial del acto jurídico. Para que se produzcan los efectos deseados, es necesario que la
voluntad se manifieste por medio de la declaración; es necesario que se dé a conocer. Por ello, el Código
establece, en el artículo 1,794, que para la existencia del contrato se requiere:
“I. Consentimiento. II. Objeto que pueda ser material del contrato”. Ahora bien, la voluntad o el
consentimiento puede ser expreso o tácito. Es expreso cuando se manifiesta verbalmente, por escrito o por
signos inequívocos.
El tácito resultará de hechos o de actos que lo presupongan o que autoricen a presumirlo (artículo 1,803).
Todo el que consiente en obligarse hacia otro, lo hace con la consideración del fin que se propone alcanzar.
Este puede ser: crear, transmitir, modificar o extinguir derechos y obligaciones. Obligarse sin tendencia —
ha dicho Henri Capitant— “a un fin, es acto propio de locos [...]; el fin constituye parte integrante de la
manifestación de voluntad creadora de la obligación [...], la obligación no es más que un medio para
alcanzar un fin”.
b) la voluntad de declarar por medio de una conducta externa lo que el sujeto quiere”.
Es la voluntad y su declaración la que nos permite conocer los efectos jurídicos que pretenden producir los
sujetos. Aquélla debe exteriorizarse o manifestarse de manera libre y espontánea, ya que, de no ser así,
surgirán vicios en la misma.
B. Los vicios de la voluntad Se entiende por vicio de la voluntad “todo elemento que interviene en la
formación de ésta, privando al sujeto del conocimiento de la realidad (error, dolo), o de la libertad para
decidir (violencia)”. Un acto así realizado tendrá una existencia imperfecta o defectuosa, por lo que el
derecho pone al alcance de las partes el instrumento jurídico necesario para invalidarlo: la nulidad.
Existe un error de hecho y de derecho; ambos invalidan el contrato cuando recaen sobre el motivo
dominante de la voluntad de cualquiera de los que contratan (artículo 1,813).
El error de cálculo sólo da lugar a que se modifique. El error es la falsa apreciación o conocimiento de una
cosa o realidad o el total desconocimiento de ella. Esto origina en el sujeto la deformación de su voluntad;
es decir, un sentido distinto al que se hubiera formado de no existir tal circunstancia. El dolo es cualquier
sugestión o artificio que se emplee para inducir a error o mantener en él a alguno de los contratantes.
Se entiende por mala fe la disminución del error de uno de los contratantes, una vez conocido (artículo
1,814). Ahora bien, el dolo o mala fe de una de las partes y el que proviene de un tercero anulan el contrato
si ha sido la causa determinante de este acto jurídico. Esto quiere decir que, a causa de él, el negocio ha
podido realizarse.
El motivo que vicia la voluntad es el error provocado por las maniobras, que hacen que la víctima incurra o
permanezca en el error. Cuando el dolo sea determinante de la voluntad del sujeto, significa que “sea causa
jurídicamente relevante, para decidir a quien lo sufre, a celebrar el acto”.
La violencia consiste en “emplear fuerza física o amenazas que importen peligro de perder la vida, la honra,
la libertad, la salud o una parte considerable de los bienes del contratante, de su cónyuge, de sus
ascendientes, de sus descendientes o de sus parientes colaterales dentro del segundo grado”, así lo dispone
el Código Civil. Rojina Villegas explica que la violencia puede ser física o moral.
Existe violencia física cuando: por medio del dolor se coacciona la voluntad a efecto de que se exteriorice
en la celebración de un acto jurídico [...]; la violencia moral, existe cuando por medio de amenazas o
intimidaciones se pone en peligro la vida, la honra, la libertad, la salud o el patrimonio del autor del acto
jurídico, de su cónyuge, de sus ascendientes, de sus descendientes o de sus parientes colaterales, hasta el
segundo grado.
La violencia ejercida en contra del autor del acto produce en él un temor bajo cuya acción celebra el acto.
El vicio de la voluntad consiste “en el temor que se hace sentir a la víctima, por medio de las amenazas”.
Con relación al temor reverencial, esto es, el temor de desagradar a las personas a quienes se debe sumisión
y respeto, no basta para viciar la voluntad. La lesión consiste en que alguno, explotando la suma ignorancia,
notoria inexperiencia o extrema miseria de otro, obtenga un lucro excesivo y evidentemente
desproporcionado; es decir, una notoria “desproporción entre lo que se da y lo que se recibe a cambio”.
En este caso, el Código Civil establece que el perjudicado tiene derecho a exigir la nulidad del contrato o
la reducción equitativa de la obligación, más el pago de daños y perjuicios.
El objeto es posible cuando su realización es compatible con las leyes de la naturaleza o con las normas
jurídicas que deben regirlo necesariamente. El hecho será imposible cuando no puede existir, porque es
incompatible con una ley de la naturaleza o con una norma que debe regirlo necesariamente (artículo
1,828). Sin embargo, no se considerará imposible el hecho que no pueda ejecutarse por el obligado, pero
sí por otra persona en lugar de él. El Código dispone que sólo pueden ser objeto de apreciación todas las
cosas que no estén excluidas del comercio. Están fuera del comercio, por su naturaleza, las que no pueden
ser poseídas por algún individuo exclusivamente; y por disposición de la ley, las que ella declara
irreductibles a propiedad particular.
El objeto de la relación jurídica ha de ser lícito. Es ilícito el hecho que es contrario a las leyes de orden
público o a las buenas costumbres. También se exige que el objeto sea determinado o determinable en
cuanto a su especie, es decir, “se debe especificar concretamente en qué ha de consistir la conducta del
obligado”. También debemos recordar que los actos ejecutados “contra el tenor de las leyes prohibitivas o
de interés público serán nulos”, así como el fin o motivo determinante de la voluntad de los que contratan
“tampoco debe ser contrario a las leyes de orden público ni a las buenas costumbres” . El Código Civil
dispone que la declaración o manifestación de la voluntad no será válida si no reviste una de las siguientes
formas de declaración: solemnes, formales o consensuales.
La forma solemne se refiere a que la voluntad del sujeto ha de ser exteriorizada precisamente en la forma
que el derecho ha establecido y no de otra manera. Por eso, cuando falta la solemnidad prevista en la
norma, a pesar de que existe la voluntad del sujeto, no tiene vida para el derecho. En los actos formales, la
ley ha establecido como requisito para la eficacia del acto que la voluntad se manifieste con la forma
requerida, pero la ausencia de dicha formalidad no afecta la existencia del acto; el hecho de haber sido
declarado de manera defectuosa solamente atañe a su exteriorización.
El acto formal existirá y, aunque viciado o defectuoso, podrá producir efectos. Los actos consensuales
consisten en que la voluntad puede ser declarada válidamente de cualquier forma; las partes exteriorizan
la voluntad de una manera u otra, pero la forma escogida para celebrar el acto es indiferente para el
derecho. El acto produce todos sus efectos, cualquiera que haya sido la forma, siempre y cuando estén
encaminados los medios empleados para dar a conocer de “manera directa, indubitable, cuál es la voluntad
de las partes”.
Para Rafael Rojina Villegas, otro elemento esencial del acto jurídico consiste en el reconocimiento que haga
la norma jurídica de los efectos deseados por el autor del acto. Si la norma jurídica “no reconoce una cierta
manifestación de voluntad, no hay acto jurídico por falta de objeto para producir consecuencias de derecho
que estén amparadas por el ordenamiento”.
3. Elementos de validez del acto jurídico Son elementos de validez de los actos jurídicos: a) que el acto tenga
un objeto, motivo, fin o condición lícitos. A este elemento comúnmente se le llama licitud del acto jurídico;
b) se requiere que la voluntad sea exteriorizada de acuerdo con las formas legales. A este elemento se le
conoce como formalidad del acto jurídico; c) que la voluntad se exprese sin vicio alguno (error, dolo,
violencia, lesión), es decir, que sea una voluntad libre y espontánea, y d) que la voluntad sea otorgada por
persona capaz. Este elemento se denomina capacidad. Cuando no se cumplen algunos de los elementos
mencionados, se produce en el acto la nulidad, ya sea ésta absoluta o relativa, según sea el caso. Y el
contrato puede ser invalidado, tal y como lo dispone el artículo 1,794 del Código Civil.
4. La invalidez de los actos jurídicos Antes de iniciar el análisis de la invalidez de los actos, conviene recordar
la inexistencia. El acto jurídico inexistente es para el derecho la nada jurídica. Por tal motivo, si no hay
manifestación de voluntad, no puede existir el acto jurídico. Si hay una manifestación de voluntad, pero no
se propone ningún objeto, tampoco existe el acto jurídico. También puede presentarse la inexistencia del
acto por falta de objeto, porque éste sea imposible física o jurídicamente. Esta imposibilidad equivaldría a
la inexistencia del objeto. En cuanto a la inexistencia de los actos jurídicos, dispone el artículo 2,224 del
Código Civil que por “la falta de consentimiento o de objeto que pueda ser materia de él, no producirá el
acto efecto legal alguno, por lo tanto será inexistente”. A. Nulidad absoluta El artículo 2,225 del Código Civil
indica que la ilicitud en el objeto, en el motivo o en la condición produce la nulidad, ya absoluta, ya relativa,
según lo disponga la ley. Por tal circunstancia, será preciso establecer qué dispone la ley en cada caso. En
el artículo siguiente (2,226), el Código establece las características de la nulidad absoluta: no desaparece
por confirmación o prescripción, no impide que el acto produzca provisionalmente sus efectos, los cuales
serán destruidos retroactivamente cuando el juez pronuncie la nulidad, y de ella puede valerse todo
interesado. B. Nulidad relativa El artículo 2,227 indica que “la nulidad es relativa cuando no reúne todos los
caracteres enumerados en el artículo anterior” (2,226), lo cual permite, además, que el acto produzca
provisionalmente sus efectos.
Por tanto, se produce nulidad relativa cuando no se observa la forma establecida por la ley, cuando existen
vicios de la voluntad de los contratantes y por incapacidad de cualquiera de los autores del acto.
Por último, los actos viciados de nulidad relativa pueden ser convalidados. Es decir, los autores del acto
pueden hacer desaparecer el vicio que producía la nulidad, de manera que la convalidación no es otra cosa
que “la purgación del defecto o la irregularidad que hasta entonces impedía que el acto produjera
plenamente sus efectos”. La ratificación se realiza a través de un nuevo acto, que deben celebrar las partes
para subsanar el defecto o los defectos que padecía el acto en su origen. La confirmación es otra especie
de convalidación, en la cual las partes, sin otorgar de nueva cuenta el acto, y cuando ha cesado la causa de
nulidad, aceptan los efectos producidos y los que en el futuro produzca el acto hasta entonces invalidado.
La ratificación y la confirmación retrotraen sus efectos en que se verificó el acto nulo.
En la antigüedad no todo hombre era persona. En el derecho romano, por ejemplo, los esclavos no lo eran,
porque no se les otorgaba capacidad para tener deberes y derechos, y menos aún para poder transmitirlos.
García Máynez define la persona como “todo ente capaz de tener facultades y deberes”, por lo que tiene
razón Radbruch cuando afirma que “ser persona es el resultado de un acto de personificación del orden
jurídico”. En otro sentido, con frecuencia se ha empleado la palabra persona para designar el papel o
personaje que “el hombre está llamado a representar en la escena jurídica”.
El ser humano, considerado como centro de imputación de derechos y obligaciones, constituye la persona.
El término viene del latín: máscara ha sido algo artificial, una creación de la cultura y no de la naturaleza
[...]; no interesan al derecho todas las calidades reales, físicas o psíquicas de los sujetos, sino algunas
características relevantes como: la nacionalidad, domicilio, edad [...]; estos datos forman juntos la máscara
que cada actor lleva en el drama del derecho.
Esto es, “ante el parecer del orden jurídico”. En cuanto a las personas morales, también denominadas
colectivas, en contraposición con las individuales, el Código Civil establece: Son personas morales:
I. La Nación,
II. los Estados y Municipios;
III. Las demás corporaciones de carácter público reconocidas por la ley;
IV. Las sociedades civiles o mercantiles;
V. Los sindicatos, las asociaciones profesionales . Las sociedades cooperativas y mutualistas, y
VI. Las asociaciones distintas de las enumeradas que se propongan fines políticos, científicos,
artísticos, de recreo o cualquiera otro fin lícito, siempre que no fueren desconocidas por la ley,
VII. Las personas morales extranjeras de naturaleza privada, en los términos del artículo.
En cuanto a la capacidad de obrar, las personas morales pueden “ejercitar todos los derechos que sean
necesarios para realizar el objeto de su institución”. Asimismo, obran y se obligan por medio de los órganos
que las representan, sea por disposición de la ley o conforme a las disposiciones relativas de sus escrituras
constitutivas y de sus estatutos.