LABBÉ, Carlos
LABBÉ, Carlos
más de guionista cinematográfico y letrista de canciones, y crítico literario; con un fuerte compromiso
sociopolítico de izquierdas, desde 2010 vive entre Santiago y Brooklyn-New York. Narrador premiado
desde muy joven:, en el Instituto Inglés de Rancagua ganó en 1988 el Premio al mejor relato en categoría
infantil por su cuento «Juan Sin Nombre», y en 1993 el Premio al mejor relato en categoría intermedia
por el cuento «La fiesta»; en 2010 la revista Granta lo incluyó en la lista de los 22 mejores narradores en
lengua española menores de 35 años, y en el 2024 ganó el Premio Literal “Latin American Voices” de
literatura en español para Canadá y Estados Unidos.
Durante su adolescencia en Rancagua, donde estudió en el Instituto Inglés, participó durante dos años en
el taller literario de la Casa de la Cultura de esa localidad, en cuya revista publicó en 1993 sus dos prime -
ros cuentos. Se licenció en Letras en la Universidad Católica, con una tesina sobre Juan Carlos Onetti,
antes de obtener una maestría en con una tesis sobre Roberto Bolaño. Además de su trabajo literario y
académico, Labbé ha incursionado en la música pop, primero como partícipe del dúo Ex Fiesta y de la
banda Tornasólidos y luego como solista: Es autor de las letras de los discos Doce canciones para Eleodo-
ra (2007) y Monicacofonía (2008). En cine ha coescrito con el director chileno Cristóbal Valderrama los
guiones de las películas Malta con huevo (2007, Premio Pedro Sienna al mejor guion en el 2008), Yo soy
Cagliostro y El nombre (2015). Fue editor de Planeta Chile; en 2008 fundó y es coeditor, junto con Móni-
ca Ríos y Martín Centeno, de Sangría Editora, donde publicó la antología de 52 cuentos Lenguas (diecio-
cho jóvenes cuentistas chilenos), con prólogo propio y epílogo de Enrique Vila-Matas; y ejerce la crítica
literaria en la revista Sobre Libros, que también dirige.
Entre sus novelas están: Libro de plumas ( Ediciones B, Chile, 2004), Navidad y Matanza (Periférica, Cá-
ceres, 2007; publicada en alemán en 2010 y en inglés en 2014), Locuela (Periférica, 2009; publicada en
inglés en 2015), Piezas secretas contra el mundo (Periférica, 2014), Coreografías espirituales (Periférica, ,
2017) y Viaje a Partagua (Punto de Vista, Madrid, 2021); es asimismo autor de los libros de relatos Ca-
racteres blancos (Sangría, Chile, 2010; Periférica, España, 2011), que reúne cuentos escritos en los siete
años anteriores; y Cortas las pesadillas con alebrijes (Sangría, 2016)
POESÍA (p.1). RELATOS: de “Caracteres blancos”, 2010 (pp.3-15); otros: Los poseídos desposeí-
dos, 2013 (p.15), Fábula del falso cardumen de pirañas, 2018 (p.17), Del establecimiento del
establecimiento, 2020 (p.18) y Un cuento no-blanco de Navidad, 2020 (p.28).
POESÍA
Llama en la nieve
El grano de arena suspendido en el fondo del mar
Es un planeta soy un planeta eres un planeta
Y te daré todo si te detienes
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Porque su gasa sangrante sostuviera todavía, sí, esta casa sin coraza toda entera que ha quedado a
la intemperie ahora,
una franja
hecha de gasa
nos aprieta está más viva que antes
y nos sostiene:
Gaza, Gana
Lo que nunca jamás debió ser apostado
Se alza, se desata
cuando cada nombre lleva sangre pues
la aprieta la sostiene —eso es lo que delata
se dilata
LA NUEVA ESCUELA
Escribir después de Gaza Escribir Un Adorno
Escribir «después de #Gaza» Escombro
Escribir Escribir después de Gaza Y después, allá abajo, encima de todo
Escribir de Adorno Escribir
LO QUE ES SABER
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RELATOS: de “Caracteres blancos” (2010): “PRIMER DÍA DE AYUNO (p.4): La anfibolo-
gía (p.4), Vida breve (p.6) y Capítulo de una novela interrumpida (p.10); y del “SEGUNDO
DÍA DE AYUNO” (p.12): Memorándum (p.13); otros: Los poseídos desposeídos, 2013 (p.15),
Fábula del falso cardumen de pirañas, 2018 (p.17), Del establecimiento del establecimiento,
2020 (p.18) y Un cuento no-blanco de Navidad, 2020 (p.28).
Un verano estábamos en una playa de Mar del Plata con un grupo de amigos
argentinos, más o menos diez hombres y mujeres muy jóvenes, la mayoría
atractivos, con edad de tener tiempo de sobra para discutir durante horas
sobre cosas sin importancia como si fueran lo más serio del mundo. Recuer-
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do que yo recién había salido de la universidad y había viajado a Argentina
ese verano. Mi principal interlocutor me parecía, extrañamente, más viejo
que yo; era más descarado en la conversación, parecía saber muchos más
nombres de libros y autores, aunque en realidad era muy joven, tenía el pelo
largo, la voz muy ronca, un rostro angulado, un cuerpo atlético. Tomaba
mate y se llamaba Julio. El resto del grupo estaba echado sobre las toallas,
con anteojos oscuros, bikinis, cerveza, discos compactos y cigarrillos. Cada
cierto tiempo animaban la discusión con un comentario favorable a Julio o a
mí, con protestas o risas.
–No, loco, vos estás equivocado. ¿O acaso me querés decir que vas a escribir
como Oliverio Girondo? Sos un amargo, che.
Uno de los muchachos se rió en voz baja, mientras una chica recitaba un diá-
logo de la película de Subiela inspirada en parte por obras de Girondo. Otro le
tiró arena a la chica.
Permanecí en silencio mientras encendía un cigarro, lo que me daba tiempo
para pensar una respuesta que no fuera ofensiva con el pobre Girondo, cuyo
poemario En la masmédula me gusta bastante, aunque detesto su Espanta-
pájaros. En eso, de repente escuché cómo una voz a tres metros nos llama-
ba.
–Chicos, eh, chicos. Escuchen. Vos, muchacho, vení.
Julio me señaló con un movimiento de cabeza a una gorda nona que estaba
sentada en una vetusta silla de madera. Un vestido desteñido y con vuelos la
cubría del cuello a los pies. Sobre la cabeza un tul blanco le tapaba el pelo
claro. Movía su mano desde ella hacia mí, y su boca rechoncha esbozaba una
sonrisa de lo más seria.
Caminé hacia ella.
–¿Vos sos chileno, eh? –me dijo la viejita, mientras me ofrecía un cigarro que
acepté–. Sentate un momento, que me gustaría hablar con vos.
Fumé.
–Sabés que recién los escuché a vos y a tu amigo charlando, así, sin querer,
sobre no sé qué pavadas. Ustedes hablan tan alto que cualquiera se entera.
–Si la molestamos, señora, bueno...
–No, qué decís. En la playa cualquiera hace lo que le viene en gana, para eso
estamos de vacaciones. Lo que me llamó la atención fue un nombre que vos
dijiste. Hablaste que no te gustaría escribir como tal tipo, no recuerdo bien,
¿Ribeira?
–El que hablaba, señora, era mi amigo. Me estaba preguntando si yo quería
escribir como Girondo.
–Ese. Me podés repetir su nombre, por favor, pibe.
–Oliverio Girondo. Oliverio Girondo, poeta de Buenos Aires.
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La vieja movía su cabeza con satisfacción mientras yo pronunciaba el nom-
bre del poeta. Con una sonrisa volvió a estirar la mano hacia alguien que es-
taba a su derecha, lejos. Llamó a gritos:
–Facundo, Facundo.
Dos o tres metros más allá, en una silla de playa, había un anciano leyendo
el diario que correspondió su mirada. A su lado, boca abajo, recién tendidos
en sus toallas después de darse un baño, un adolescente muy espigado junto
a su padre y su madre, un hombre de pronunciados bigotes y una corpulenta
mujer de cabellos claros ostensiblemente teñidos, nos miraban. El adolescen-
te y el anciano movieron la cabeza hacia la viejita, como autorizándola, como
si la tradujesen. Luego empezaron a cuchichear entre ellos.
–Verás, pibe. Yo tengo un nieto, Facundo, que es un genio. Escribe que es un
fenómeno. Todavía va a la secundaria y ganó premios con sus cuentos, pre-
mios fuertes, dicen, porque la guita que ha recibido nos permitió venirnos
este verano al balneario. Verás. Cuando te escuché hablando con tu amigo,
vos o él dijeron el nombre de este poeta, Girondo. Resulta que mi Facu lleva
dos meses soñando con ese nombre, con algo que quiere escribir donde apa-
rece ese nombre. La biblioteca de allá, de Avellaneda, no es muy grande,
igual algo ha podido investigar sobre ese sujeto. Pero nada le ha servido.
Dice que lo que sueña no tiene nada que ver con poesía, pero que ahí está,
desde el principio, ese nombre, Oliverio Girondo.
La conversación me parecía extravagante. Busqué la mirada de los chicos, de
Julio, pero los vi tendidos sobre la arena riéndose a carcajadas de algo que
podía igualmente ser mi situación o alguna de las anécdotas de cualquiera
de las noches que habíamos pasado.
–Escuchá. Yo te voy a indicar quién es mi nieto para que te sentés con él a
charlar sobre el tal Girondo. Quizás lo podás ayudar. Después venís para acá
y yo te paso unos pesos por la molestia. ¿Bien?
Le dije que sí, me levanté y crucé la arena hacia la familia de Facundo, que
me miraba amenazadoramente. El sol era inclemente a esa hora y la frente
me palpitaba. Lo que en realidad quería hacer era meterme al mar y nadar
un poco. En el camino se me unió Julio.
–¿Che, qué te dijo la vieja, te retó?
Le conté brevemente la historia de Facundo.
–Si es cierto que el pendejo se hizo millonario con unos cuentos será re bue-
no, el puto Rimbaud.
El hombre de los bigotes y su rubia mujer se habían marchado. El anciano
seguía leyendo el diario, mirándonos de soslayo cada cierto tiempo para veri-
ficar que no estuviéramos planeando algo contra su nieto. El púber seguía
boca abajo, sobre su toalla, haciendo montones de arena.
–Tu abuela me dijo que viniera a verte. Es por algo relacionado con Oliverio
Girondo.
–Ya sé. También escuché la conversación de ustedes.
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Siguió por un momento acumulando arena. Julio no tuvo paciencia y se diri-
gió al anciano para pedirle un cigarro. El muchacho, Facundo, aprovechó la
distracción de mi amigo para levantarse de golpe y caminar hacia la orilla.
Llevaba una mochila.
–Tu amigo no me da confianza. Vos, chileno, sí. No me preguntés por qué. A
mi familia le llevo contando hace dos meses la historia de que sueño con un
cuento, tuve que hacerlo porque un día no pude levantarme de tanto que ha-
bía pensado durante la noche. Pero la verdad es que llevo dos años soñando
con un libro que tengo que escribir.
–¿Un libro de cuentos?
–Una novela, chavón. Una novela completa, del principio al final. Todas las
historias, todos los narradores, los nombres de los capítulos.
–Qué suerte –dije, extrañado y escéptico.
–No me cargués, es un quilombo. Todas las noches con el mismo rollo, que
tal mujer se opera las tetas, que tales tipos se disfrazan de un solo personaje,
que hay un protagonista que escribe todas las tardes una novela.
–Bueno, eso es lo que hay que hacer para escribir una novela. Sentarse todos
los días a escribirla. La historia ya la tienes en la cabeza.
–No. Callate, no me interrumpás. El problema es que no logro dar con el or-
den de la historia, tengo como cincuenta capítulos simultáneos en mi cabeza.
Y cuando me despierto tampoco me acuerdo del puto nombre de algún per-
sonaje. Es como si ellos me escondieran la cara o la tuvieran borrada. Lo úni-
co que sé es que hay uno que se llama Oliverio Girondo.
Intenté imaginarme una novela protagonizada por Girondo y no me costó ha-
cerlo. De hecho, en estos tiempos es fácil encontrar algo por el estilo. Es
como leer a Bolaño, Piglia o Vila-Matas, pensé. Tomar un escritor que de ver-
dad existió y ficcionalizar su proceso de escritura, su ciudad, sus amores, sus
amistades. Borges lo hacía, ¿o no?
Me rasqué la cabeza. Habíamos caminado largo rato por la orilla de la playa,
hasta alejarnos de los lugares donde se concentraba la gente.
–Pensándolo bien, Girondo debe ser un personaje secundario, porque que yo
sepa él no escribió novelas. Quizás es una novela del ambiente literario de
Buenos Aires en los años treinta y cuarenta, que era muy interesante. Esta-
ban Borges, Bioy y las Ocampo, estaba Arlt, estaban Girondo con Onetti, Al-
fonsina Storni.
–Dejá de hablar pavadas, loco. Leé.
Facundo abrió la mochila y extrajo un cuaderno. Nos sentamos en la arena
mientras atardecía. No quise ponerme a leer de inmediato, me distrajo la fi-
gura de una mujer joven en buzo y peto que venía trotando por la arena. La
muchacha levantó la vista y nuestras miradas se cruzaron; tenía el pelo ne-
gro, unas facciones largas muy hermosas. Se detuvo junto a nosotros y nos
pidió un cigarro. Facundo escarbó en su traje de baño para ofrecerle una ca-
jetilla. Me saludó y yo le respondí.
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–Vos sos del interior.
–No. Soy chileno.
–¿De vacaciones? –siguió.
Se veía que tenía ganas de conversar. Tal vez le he gustado, pensé, incrédu-
lo. Facundo se había quedado en silencio. Miraba el mar y también fumaba.
La muchacha me miró a los ojos. Me inquietó darme cuenta de que los suyos
no tenían ningún color. Tal vez se debía a la luz del crepúsculo.
–No debería fumar si estoy corriendo.
–Sí, no debe ser bueno.
–Mirá –dijo, cambiando súbitamente la entonación de la voz. Se acercó y giró
su espalda hacia mí. Con la mano derecha se tomó el pelo oscuro y dejó al
descubierto la base de su nuca, mostrándome cómo sobresalía bellamente
en su cuello el hueso que es la primera vértebra de la columna–. Te voy a
contar algo que se me vino a la cabeza cuando los vi conversando tan anima -
dos. Venía corriendo y sentí una punzada en el cuello. Debe ser un tumor,
pensé. Esta noche va a ocurrir algo que va a cambiarlo todo.
Encendí otro cigarrillo, aturdido. Entretanto, la muchacha se sentaba en la
arena, junto a Facundo.
Empezaron a conversar.
–¿Y? ¿Qué esperás? –me dijo el muchacho de pronto, hastiado–. Ponete a
leer.
Abrí el cuaderno y bastaron dos páginas para entender. Ahí estaba el hombre
solo en su departamento mientras a su mujer le hacían una ablación de la
mama derecha. Ahí estaba él, oyendo el viento de Santa Rosa. Ahí estaba el
médico inyectándole morfina a otra mujer. Ahí estaba la hermana de la mu-
jer, a los diecisiete años, y la vieja prostituta que cantaba chansons al piano,
de la cual estaba enamorado perdidamente el mejor amigo del protagonista.
Ahí estaba el sacerdote con su discurso desesperanzado y ateo, ahí la prosti-
tuta joven al otro lado de la pared, exclamando «mundo loco». Estaban las
frases cortas, sobrecargadas de comparaciones, los capítulos discontinuos, la
simétrica derrota de cada uno de los personajes y el viaje a la ciudad imagi-
naria de Santa María. Estaba el epígrafe en inglés y el diminuto rol de Giron -
do en el asunto: la novela, publicada en 1950, está dedicada a Norah Lange y
Oliverio Girondo.
Yo estaba eufórico, como si hubiera presenciado una revelación. La noche ya
había caído, sin luna y sin estrellas, sobre la playa de Mar del Plata. Sólo po-
día distinguir el contorno de las sombras. Le hablé a Facundo.
–Has estado soñando con una novela que ya fue escrita. Se llama La vida
breve y es de Onetti.
–¿Cómo sabés?
–Mi tesis para licenciarme en literatura se llamó «Escribir y leer el espacio: la
puesta en escena de la escritura en La vida breve de Juan Carlos Onetti».
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Dije todo esto escrutando el mar, embargado por la melancolía de ese hori-
zonte gris tan plano. Al cabo de unos segundos me volví hacia Facundo com-
pasivamente, buscando en su cara la desesperación de soñar con libros que
ya han sido escritos por otros, la desesperación de que las historias que no
nos permiten dormir ni siquiera provengan de nosotros mismos.
Pero no lo encontré. Iba corriendo, ya a mucha distancia, de la mano con la
muchacha.
Recuerdo particularmente un viaje a Algarrobo con mi mujer y mi hija, hace algunos años. Era
enero y hacía calor. Llegamos un viernes en la tarde, dejamos nuestras cosas en la casa y corri-
mos a bañarnos. Ellas se metieron de inmediato al mar. Yo, por mi parte, me tendí sobre la toalla,
boca abajo, y me dormí. Estaba exhausto. Me había pasado las últimas cuarenta y ocho horas
frente al computador intentando redactar un artículo que me había pedido el suplemento de cultu-
ra de un diario. Tenía que hablar de Nathaniel Hawthorne, de cuyo nacimiento o muerte, no me
acuerdo, se celebraba un aniversario importante. Mi mujer había leído hacía poco un temible
cuento de Hawthorne titulado «Ethan Brand, capítulo de una novela interrumpida». Según ella,
yo debía proclamar que el escritor puritano era uno de los abuelos de la obsesión de la narrativa
actual, amparado en la frase con que concluía el relato: «los restos de Ethan Brand se deshicieron
en muchos fragmentos».
Aunque era evidente que mi mujer se estaba riendo de mí, no me pareció un mal punto de partida
para el artículo. Investigué un poco y descubrí que el cuento mencionado estaba incluido en el
volumen The Snow Image. El nombre del libro me pareció fascinante. Sin embargo, me empeñé
en escribir lamentaciones sobre el hecho de que la sugerente frase de Hawthorne se hubo trans -
formado en un lugar común de la tecnología. Al cabo de múltiples borradores, me di por vencido:
no podía poner en palabras por qué me parecía trágico que la maravilla de esa snow image ahora
fuera una manera de nombrar un defecto en las pantallas de la televisión. Así que salí a la calle, a
tomar aire. En el momento que me paré en la esquina, esperando la luz verde, vi a mi mujer a lo
lejos, en la otra cuadra. Estaba de espaldas a mí. Por un segundo noté que alguien la tenía abraza-
da y que su cara se unía a la de otra persona en un beso. Luego enfoqué la mirada y me di cuenta
de que ella estaba de pie frente a la vitrina de una tienda de ropa. Enfrente de ella estaba sólo su
propio reflejo en el vidrio. Cuando nos encontramos, me preguntó cómo iba eso de la hipérbole y
me besó en la mejilla. Esa misma tarde partimos a la playa.
Soñé que me despertaba y caminaba hacia el agua con mi hija. Ella me tomaba de la mano, pi-
diéndome que la acompañara a las rocas en busca de conchitas. Era un sueño bastante realista,
sentía cómo la aspereza de las rocas me dañaba la planta de los pies. Descubríamos una poza en
la que había un sol de mar viscoso. Ella me pedía que metiera la mano, porque le atemorizaba la
oscuridad de las algas que teñían el agua marina. Recuerdo que la marea empezaba a subir sobre
la playa, que mi mujer construía murallones de arena alrededor de nuestras cosas para no mojarse
o peor, para que no se la llevara la resaca. Mi hija lloraba, porque ya no veía a la mamá desde las
rocas. Luego yo lograba por fin desprender el sol de mar de la superficie a la que estaba adherido
y comenzaba a nevar.
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Me desperté sobresaltado por el frío. El cielo se había abochornado y empezaba a correr un vien-
to estival. Mi hija jugaba cerca con un balde, palas y arena mojada. Me vio temblar, abrir los ojos
y levantarme de pronto.
–Papá, ¿por qué soñamos? –me preguntó.
–No sé. Debe de ser por lo mismo que una toalla se tiene que secar cuando se moja.
–¿Por qué?
En ese momento mi mujer regresó desde las rocas. Quería que nos bañáramos los tres juntos. Le
dije que ya. Entonces, de repente, mientras caminábamos, me vino de golpe el recuerdo de una
antigua novela que alguna vez intentamos escribir en conjunto con viejos amigos. Tuve que sen-
tarme sobre la arena a pensar en la naturaleza de ese recuerdo. Mi mujer interpretó mal mi movi -
miento, hizo un chasquido con la lengua y se alejó hacia las olas, murmurando en mi contra.
Hace tiempo que venía lamentándose de que ya no había comunicación entre nosotros. Yo trataba
de entender, la amaba más que nunca, sin estridencias ni vacíos, como el ruido del mar de noche,
le decía cuando estábamos acostados en nuestra habitación de la casa de Algarrobo, pero ella se
hacía la dormida. Entonces era yo el que me quejaba, de manera silenciosa y con tristeza. Me
invadía una pena abisal o infantil, dependiendo de con qué quisiera compararla; da lo mismo, me
invadía y yo intentaba pensar en otra cosa que no fuera el sinsentido, la muerte, la soledad, por
medio de la contemplación detenida de las junturas de la madera en la pared de enfrente a nuestra
cama de dos plazas. Esa noche me pregunté por qué la madera cruje con la temperatura y no 39
se quiebra. También vino a mi memoria un montón de historias que los siete amigos nos dejamos
en papeles sobre las camas durante ese verano en el lago Ranco. Traté de recuperar la trama que
integraba esas historias, pero no pude. Sólo los rostros de cada uno de ellos. De los siete. Las
risas, las discusiones, qué serios éramos, qué inteligentes. Una vez me levanté al baño y no quise
encender las luces de la casa porque había luna llena y la noche estaba preciosa. En un momento
miré hacia el living y noté un bulto sobre el sillón, que se movía. Gemía. Gemían. Nunca pude
saber de quién se trataba. Recordé otra tarde en que jugamos durante diez horas a las cartas por-
que llovía mucho y no se podía salir. Estábamos encerrados. Y no más recuerdos. Imágenes neva-
das. Sólo el ahora, el susurro del mar y la respiración de mi mujer, que se mantenía con los ojos
cerrados a mi lado. La besé en la mejilla. Ella también los había conocido. Pero no a todos, y eso
me tranquilizó. Sólo había sido amiga de la que me había invitado ese verano al lago.
II
Mi mujer abrió el ojo derecho. Me preguntó por qué ahora tenía cara de pena. No le respondí.
–Te quiero mucho –dije luego.
–Sabes –murmuró casi dormida–, a veces me gusta pensar en la amistad que tenían Hawthorne y
Melville. Pienso en nosotros dos. Y no sé cuál sería cuál. A veces yo soy Melville, a veces tú eres
Melville. Pero a veces me confundo y tengo que acordarme de Sartre y la Simone de Beauvoir
para quedarme tranquila.
Entonces me dieron ganas de llorar, cuando me di cuenta de lo jóvenes que éramos.
–Un joven jamás tiene conciencia de su juventud –respondió ella, sarcásticamente.
Le gustaba darme besos en los ojos. También me entristecía la conducta de mi hija ante los dibu-
jos que le hice en la arena mojada, cuando me pidió que le explicara por qué había querido rega-
larle nuestras toallas a un vagabundo, quien no las había aceptado.
–¿Es un papá con una mamá y una hija en la playa? –me preguntó.
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–No. No sé.
Por primera vez mi hija me miró seriamente.
–El papá está loco. Hace cosas que no se pueden explicar.
Me senté en la arena para recordar mejor. Mi mujer me seguía mirando con rencor hasta que se
fue corriendo a nadar. Después, en la noche, antes de abrazarla y decirle que mejor se callara y
viniera para acá, me contó que cuando estaba en la playa se empezaba a sentir como Virginia
Woolf. Sin duda quería provocarme, así que yo le respondí que más bien se parecía a Alfonsina
Storni. Ella se levantó bruscamente, me lanzó una zapatilla y se fue a dormir con nuestra hija.
Claro que volvió al rato. Yo, mientras tanto, había tomado un cuaderno y había trazado nueva -
mente el dibujo que había hecho sobre la arena. Cuando mi mujer volvió a la cama, se lo mostré y
le pregunté qué creía que era.
–Fácil –susurró–. Somos nosotros dos cuando jóvenes, imaginando con quién nos casaríamos.
Él tomó conciencia de que los dedos de su mano estaban palpitando cuando los puso entre los de
ella, igual que ella creía que su lengua y sus labios empezaban a hincharse a medida que dejaba
de leer, hasta que se quedó en silencio.
El único ruido provenía de sus tripas. Y de los ojos también, pensaban. Él le había pedido varias
veces que le soplara el interior de los párpados –al parecer tenía arena– en vano, porque tampoco
ella le contaba que apenas le era posible distinguirlo entre la resolana; creía que en ese instante y
a toda hora el brillo del desierto le raspaba el reverso de los ojos como si fuera trasparente. El
único ruido provenía de sus tripas, pero ella y él se habían interrumpido más de una vez, con una
voz famélica, asustados:
–¿Escuchaste eso?
La privación les hizo sentir incluso que hacía frío ahí, en pleno mediodía, cuando él se limpió la
entrepierna, despegó su cuerpo sudoroso del de ella, rodó por el suelo y volvió a preguntarle so-
bre las tormentas, sobre la lluvia y si ella sabía de alguna vez que granizara en el desierto. La
carcajada de ella se volvía un espasmo, por eso se quedaban quietos, se pasaban la mano por la
cara y también así se ponían a salivar, ya que la traspiración les traía una memoria desesperada
del sabor de cada uno de los condimentos que usaban en la cocina hasta apenas dos días atrás, por
años y años, cada fin de semana e incluso en la noche, cuando después de la jornada de trabajo
extenuante ni siquiera tenían apetito pero necesitaban preparar un arroz, una ensalada, unas ver-
duritas en soya para que sus cuerpos volvieran a tener algo en común, pensaba cada uno de ellos
sin decirlo. Ella había decidido agachar la cabeza que le zumbaba, proyectar una leve sombra
sobre el cuaderno y llevárselo a pocos centímetros de los ojos para leer y que se distrajeran; sin
embargo, el olor del papel, de la tinta alba, del pegamento en el lomo incluso se hicieron insopor -
tables hasta la última palabra.
Dejó que sus dedos se desasieran de los de él, se levantó y dio largos pasos sobre el suelo salado
hasta el montón de ropa, de entre el cual extrajo uno de los botellones tibios. Tragó algunos sor-
bos y se puso a escupir cuando él empezó a mirarla desde lejos, riéndose porque ella hacía la mí-
mica de una fuente de agua.
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En el momento de envolver de nuevo el botellón con lo que hasta ayer era su pantalón favorito
pudo ver entre la sombra que ella misma proyectaba en el suelo una piedra de un color levemente
rojizo. Se inclinó a observarla con detenimiento para hacer a un lado una puntada con el sabor de
la cúrcuma que le venía desde cierto lugar que no reconocía ya en su carne: un caracol de mar se
retorcía con la frescura del agua marina antes de fosilizarse sobre la piedra que ahora tenía sobre
su mano, que estiraba hacia él después de venir corriendo para mostrársela.
Estuvieron hablando de los fósiles que habían visto; en una excursión a las montañas cuando él
era chico, y en el museo ella, varias veces a través de una vidriera. Estaba fascinada porque nunca
había podido tocar uno de esos, y sin embargo se trataba de una simple piedra con una forma inu-
sual, dijo. Cuando empezaba a esconderse el sol y se sentían ya más livianos habló sobre un pro-
verbio que un hombre –con el que justamente había ha48 blado toda una tarde en Osaka sobre la
bulimia, la abstinencia y la privación– le había dibujado en una servilleta. Y luego movió el dedo
sobre la arena:
※ミイラ取りがミイラになる
Pero ya era de noche y no había una sola estrella en el enorme cielo que los protegía, así que
mientras se abrazaban y se iban durmiendo sin apuro alguno él le preguntó qué significaban esas
letras que no podía ver. Y ella le iba explicando palabra por palabra, como en un sueño: «ten cui-
dado con ir a cazar momias y convertirte en momia».
De: José Segovia, guardia de Seguridad Ciudadana Roja nº 46, Municipalidad de Santiago.
A: Dirección de Seguridad e Información, Municipalidad de Santiago.
Aproximadamente a las 10:00 (diez) horas de la mañana de 10-7-2001 (diez de julio de dos mil
uno), un sujeto de comportamiento dudoso salió del inmueble público Biblioteca Nacional, cami-
nó hasta la esquina de las calles Huérfanos y Estado, y se detuvo. Vestía como estudiante de edu-
cación superior, pero su rostro y gestos no correspondían a aquella tipificación, ya que no poseía
barba ni cabello largo. No fumaba ni hablaba en voz alta. No portaba mochila, bolso ni reloj, sin
embargo llevaba consigo un cuaderno, un libro y un lápiz. Me comuniqué con Carabineros, quie-
nes confirmaron mi alarma.
De inmediato me dispuse a vigilar su accionar, que paso a describir a continuación:
1. El sujeto caminaba con pausa inadecuada, tratándose de un día hábil en el centro cívico, duran -
te horas de oficina.
2. En ocasiones miraba de manera peligrosa a algunas personas que realizaban actividades nor-
males. Incluso uno o dos individuos se detuvieron y lo increparon verbalmente por su actitud.
3. Posteriormente, a la altura de Huérfanos con Miraflores, el sujeto permaneció quieto durante
15 (quince) minutos, alternando su mirada entre los vehículos que transitaban y las luces del se -
máforo. Desde mi posición tuve que pedir el apoyo del guardia Azul nº 21 (veintiuno) Miguel
Espinosa cuando constaté que el individuo sospechoso llevaba 13 (trece) minutos sin moverse
delante de la señalética de la calle Estado donde se indica “Antigua Calle del Rey”.
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4. El sujeto posiblemente forma parte de las redes ilegales de la Plaza de Armas, pues tocó con la
palma de la mano la cabeza de una niña de aproximadamente 5 (cinco) años que caminaba por
calle Victoria Subercaseaux con su madre.
5. Al mediodía, el individuo se sentó en una banca de la calle Lastarria y comenzó a hacer notas
en su cuaderno. Adjunto a usted fotocopia de la página que el sujeto escribía en el momento en
que procedí al arresto, y cuyo original se encuentra en Tribunales.
“Voy a recorrer dos caminos para intentar encontrar eso que está en Santiago pero que no puedo
ver. Esos dos caminos fueron las dos líneas que se cruzaban en el sueño que tuve anoche, cuando
por fin pude dormirme tras pensar y pensar cómo escribiría sobre el alma de una ciudad. Son dos
los caminos, las calles por las que voy a caminar hasta llegar al centro de mi búsqueda.
“La primera calle es la línea del tiempo. En la Biblioteca Nacional revisé algunos cuentos de la
historia de Santiago: Santiago fue fundado el 12 de febrero de 1541; Santiago fue otro después
que Michimalonco la arrasó; Santiago era una plaza marchita por donde caminaban las familias
incompletas de los españoles que en el sur vivían con los Mapuches; ninguna de las pequeñas
batallas de ese acuerdo comercial que se llamó la Independencia ocurrió en Santiago; en Santiago
nunca ha habido una lucha armada, sólo las represalias de Ibáñez y Pinochet; en Santiago primero
mataron a los jóvenes nazis, luego a los comunistas y finalmente a los pobres; el salitre sólo trajo
palacios y miseria a Santiago. Yo no sé nada de la ciudad donde nací, la línea del tiempo se me
termina cuando entiendo que la historia no es una línea, sino varias espirales sin forma que se
alejan y vuelven cuando uno las cree perdidas.
“El sueño de anoche era así: yo caminaba por diferentes épocas de Santiago en una misma calle,
hasta que me topaba con un graffiti de la actual calle Lastarria. Era un dibujo de dos líneas, una
horizontal y otra vertical, que se cruzaban en un punto y luego seguían. La segunda línea, la verti-
cal, es la línea del espacio. Lo que se dice una línea sincrónica: pararme en una esquina para con -
cluir algo a partir de todo lo que observo ahí, como el ideal descriptivo, la utopía materialista. Por
eso traje el libro de George Perec que no he leído, Tentativa de agotar un lugar parisino, donde el
perecquiano narrador se sienta en un barucho a anotar en su libreta cada cuerpo que cruza la calle
y vereda de enfrente. Por supuesto —creo— al final el narrador debe reconocer su fracaso: las
variaciones de un lugar nunca se van a agotar.
“Estoy sentado en un banco de Lastarria. Acaba de pasar frente a mí un anciano que pasea a su
perro. Cada mediodía lo hace. Pasa un tipo pedaleando en un carro de frutas y verduras, este debe
ser el camino que hace todos los días rumbo a la Vega Central. Cae una gota de óleo color crema
en uno de los adoquines de la calle, proveniente de la fachada del edificio que están remodelando.
El trazo de carbón sobre el papel de la muchacha que dibuja el frontis de la iglesia del Opus Dei.
Es hermosa, tiene el pelo corto, oscuro, y sus ojos me miraron un segundo por encima de los
anteojos de marco cuadrado. Pasan tres oficinistas. Uno de ellos se mete al cine. Un tipo pisa una
hoja que está en el suelo y la hoja cruje. El cartel del restaurante. Los adoquines de la calle. El
auto que se estaciona. Así tampoco voy a llegar al punto negro que estaba en la intersección de
las dos líneas de mi sueño, por eso Perec fracasó en su intento. Necesitaría una vida, paciencia y
mucho más que dos ojos para describirlo todo. Siempre voy a ver una sola cara (la mía), y el resto
de las personas pasarán a mi lado sin que las pueda describir. Y el silencio. Y el esmog.
“En el sueño el punto negro resultaba ser de súbito un punto luminoso. El punto de encuentro de
las dos líneas de la ciudad de Santiago se salía del tiempo y el espacio. Alma y cuerpo, pero San-
tiago es una ciudad, no un ser humano; está formada de innumerables cuerpos y almas. Mi pre-
gunta –y por eso no dejo de parlotear como una vieja– es por la esencia. Una mujer y un hombre
se besan frente a mí, en Santiago y no en Berlín ni en Cabo Verde: ¿por qué? El pequeñito punto
negro se expande y ahora todo parece estar oscuro, contaminado, aunque es la esencia, y es una
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esencia que todos los santiaguinos queremos cambiar. Entonces lo que está fuera de la ciudad es
lo que anhelamos, el campo, la playa, Buenos Aires, sin tener que irnos de Santiago. ¿Por qué?
En mi sueño, cuando entraba en ese punto negro central yo me disolvía en un lugar fuera del
tiempo y del espacio, en Dios, en lo que está fuera de nosotros y a la vez en todas partes, inclusi-
ve acá adentro. El punto se hacía blanco, tan blanco como la nieve.
“Ahora entiendo: puede que se trate de la nieve de la cordillera allá arriba, de una presencia efec -
tivamente ubicua donde sea que me ubique yo en Santiago. Un francés que vino de visita donde
una prima mía me dijo que para él Santiago era un punto rodeado de cerros. Me dijo que en Fran -
cia, cuando le preguntaran por nuestra ciudad, él iba a decir: ahí todo tiende a ir hacia arriba. En-
tonces, ¿por qué me siento tan cercano al asqueroso suelo de pavimento? Vamos por parte.”
El sospechoso dejó de escribir y permaneció 5 (cinco) horas sentado sin realizar ninguna activi -
dad conocida, evidenciando la anormalidad de su comportamiento. No comió ni habló con nadie
por aproximadamente 8 (ocho) horas. Invadió la privacidad de los peatones en repetidas ocasio-
nes, en las que siguió con la mirada por toda la cuadra a quienes a esa hora ejecutaban sus activi-
dades normales. Un individuo de actividad cuidador de autos lo insultó y el sujeto sólo se cambió
de banco, para seguir intimidando a los transeúntes. Antes de que se consumara la figura delicti-
va, pedí apoyo de Carabineros, Investigaciones y Seguridad Ciudadana Azul, Roja y Especial. El
potencial agresor descubrió mi presencia, dejó de observar hacia el cielo y me miró. No tuve ne -
cesidad de utilizar el arma, puesto que de inmediato se constituyeron a mi lado quince efectivos,
junto a los cuales procedimos al arresto preventivo.
En horas posteriores, mientras el individuo sin identificación era trasladado a un recinto policial,
el vehículo que lo trasladaba sufrió una colisión con un vehículo de actividad comercial vendedor
de frutas y verduras. Aprovechando la confusión, el sujeto se dio a la fuga. A estas horas de la
noche su búsqueda continúa siendo infructuosa.
También había sido un vendedor de autos en alguna localidad de Capital Federal, de Central Jer-
sey o del Piamonte. Escuchaba grabaciones de cantantes con grandes orquestas, pagaba en una
feria por una fotografía junto a alguien cuya cara se disuelve, en los ratos libres gustaba de dibu-
jar retratos a lápiz de la madre, de la abuela, de las tías, de quién. Era dueño de siete pares de pan-
talones de tela, nueve camisas, dos trajes y tres pares de zapatos, más dos cajas de lápices, tres
sobres de papelería. Y poco más. Usaba gomina. Quería creer que era capaz de entonar baladas a
todo volumen al calor del verano hasta que la voz dura cedía y se me transformaba en un canto
dulce que llenaba la tarde –ya cuando nadie estaba trabajando– de cierta emoción que volvería
frágil esa casa; no era necesaria una sola certeza para que los pájaros a esta hora de la madrugada
–cuando todavía está oscuro–, con los sonidos que me salían tan fuerte, llamaran a algo que solo
yo era capaz de adivinar porque nadie más había despertado, algo inminente, decisivo, abruma-
dor, cotidiano como la luz del amanecer que enmudece todo gorjeo. La gente de la casa a veces
lloraba cuando oía eso, era tanta la juventud que no lograría entender por qué.
Tal vez había sido un vendedor de autos no en Central Jersey, sino en Los Olivos, no; a las afue-
ras de Puerto Montt. Cuando me desperté de un salto pensé lo mismo: porque vivo acá en este
momento me estoy inventando un sueño ahí, allá. Pero con el canto de los pájaros contra el cielo
morado a la hora en que no es noche ni mañana se me fue yendo el terror de una certeza: es una
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vida más solamente, es que tuve que venir a vivir aquí para familiarizarme de nuevo con la arqui -
tectura de esas casas, con tales gestos, con el amor por los autos que los cabros de esa edad se
llevan a la tumba en las flamantes carreteras construidas con la plata de sus impuestos y no lo
saben, de manera que no me extrañaba en el sueño que nuestro trabajo, el mío y el de quien me
acompaña, el de un grupo de personas que ya no recuerdo –el cielo se va poniendo azul, empieza
el tráfico–, consistiera en limpiar lo más rápido posible distintas habitaciones cochambrosas de
un barrio obrero ahora abandonado. Nuestro servicio de limpieza disponía de solo unas horas
para dejar todo en orden; mal podíamos ser unos expertos en aseo eficaz si toda la vida nos había-
mos dedicado a escribir; en algún momento de nuestra conversación nos dábamos cuenta –pre-
monitoriamente, se reían algunos– de que no debiera haber tanta diferencia entre ordenar una
pieza patas arriba y sentarse en el suelo a anotarle al cuaderno un montón de frases que obstaculi-
zaran el paso hacia la biblioteca. La habitación que le tocara a quien me estaba acompañando
requería de más trabajo que esta; le escuchaba decir a través de los muros delgados que necesita-
ba guantes porque había sangre, caca y algo que ya no pude oír. Mi labor, en cambio, consistía
principalmente en quitar el polvo y cambiar de lugar las pesadas cajas que entorpecían la disposi -
ción de los muebles, pasarle un paño húmedo a ese escritorio de adolescente con varias fotos en
marcos de metal, recoger los lápices de colores, las gomas y sacapuntas, cuadernos, croqueras,
automóviles de juguete, algún galvano deportivo escolar y el tarro de gomina pegado a una corta
peineta de bolsillo que no me costó nada poner en remojo y devolver al cajón del velador. El pro-
blema era la cantidad de ropa en el suelo, el armario que no se podía cerrar y desde ahí un regue-
ro de camisas blancas, pantalones con la raya de la plancha aún marcada, camisas celestes, el
traje negro y el traje café, al fondo un chaleco beige con una tira blanca alrededor del cuello en V,
junto a los mocasines. El desorden de la ropa trazaba en cierta manera un camino hasta esas cua-
tro o cinco cajas apiladas en medio de la pieza. Ahí alguien había guardado a la rápida cuadernos,
archivadores gigantes cerrados con elástico, álbumes de fotos y decenas de discos de 45 prestados
por la vecina. Era un muchacho sobrio, con poca plata; sin embargo, desde adolescente trabajaba
para ayudar a pagar las cuentas, orgulloso de mantener el orden del espacio propio ante todo:
hacía la cama, guardaba la ropa, desempolvaba y cerraba la ventana, iba a desayunar con las mu -
jeres de la casa a la cocina antes de partir a la Compraventa. El desorden actual de las pilchas se
debió a los nervios de no querer llegar tarde al casamiento, de no poder encontrar su mejor cami-
sa, y de repente descubría que el cinturón nuevo estaba todavía en la tienda; el envoltorio plástico
de la tintorería había quedado amuñado en una esquina detrás de la puerta. Lo más práctico sería
doblar bien toda esa ropa para que cupiera en alguna de las cajas, luego mover estas al centro
para desocupar el espacio y poder dejar hecha la cama. ¿Por qué a nadie se le había ocurrido aga -
rrar el resto de las cosas y terminar de meterlas en esas cajas –que para eso estaban ahí–, ni cerrar
la puerta del armario, ni meter la silla en el hueco del escritorio, ni enderezar las fotos de la pa -
red? El proceso de ordenar me era más grato que la limpieza; se parecía a editar lo que ya está
escrito, decíamos, y cada vez había que escuchar la música para saber qué hacer: cortar o puntuar,
cambiar de párrafo o subir la velocidad con las comas, repetir una línea como si fuera una estrofa,
a lo mejor un mantra. En medio de ese dormitorio bien pintado –el cuadro con el diploma escolar
de nuevo sobre la repisa, junto a los modelos a escala de un Escarabajo y de un Lincoln– se oía
una balada en voz baja. ¿Acaso faltaban fotos en esa pared? ¿Por qué el papel mural en algunas
partes mantenía el color original –era tan evidente la silueta de otros cuadros ahora descolgados?
Me preguntaba eso mientras seguía encajando zapatos, apretando objetos de un envoltorio a otro,
arrugando papeles en la bolsa negra, tarareando cada vez menos distraído una canción cuya melo-
día me iba volviendo a la memoria con todas sus estrofas y me iba devolviendo un coro; no me
acordaba de que mi voz –monótona, irregular, tensa– pudiera agravarse al mismo tiempo que se
hacía suave, material, y de repente estaba entonando a todo pulmón que esa noche en el club de
baile una pareja no quiere marcharse, aunque la mañana está llegando. Sabía que no solamente
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mis colegas del servicio de aseo me escucharían y que no lo estaba haciendo mal, por el silencio
respetuoso que iba respondiéndome a cada verso; también porque nuestra jefa aún no había veni-
do –disciplinada, sobria, impersonal como tendría que ser ella– a reconvenirme por el escándalo
de mi actitud en el lugar de trabajo. La primera inspección se llevaría a cabo en este dormitorio
que se me había asignado. De un momento a otro nuestra jefa ya estaba recorriendo el lugar con -
migo: pasaba el dedo por la superficie de los muebles y movía la cabeza arriba abajo levemente,
aprobaba mi orden para los objetos, la cama estirada como nos enseñara; con un pie fue a tocar
apenas la caja de cartón más grande de entre el montón apilado en el centro, y al instante cayó de
ahí una croquera al suelo, abierta hacia arriba. Uno de los retratos a lápiz había quedado expuesto
hacia nosotros.
No quise cerrarla por si necesitaba guardar algo más, dije en mi defensa.
Recógelo.
Evité encontrarme con la mirada de nuestra jefa, sorprendido de que su voz no dejara escuchar
inflexión alguna de enojo; preferí observar la cara en el retrato del suelo.
Era ella: esa persona que me acompaña y también nuestra jefa, además de mi mamá a los setenta
años. Era igualmente una mujer joven a quien no conozco y a la que sin embargo quise hace mu-
cho. Hacía tanto tiempo que no la veía que me sobrevino una puntada en la sien.
Tranquilo, sonrió nuestra jefa.
El muchacho que vivía acá –él dibujó el retrato, dijo– tuvo que salir ese día demasiado apurado
en su auto. Nunca llegó a la ceremonia. La del retrato es tu tía, esa que vive al otro lado del pasi-
llo.
Entonces dijo el nombre de ella, el de otra tía y uno más.
Luego: ¿no te acuerdas?
En ese momento desperté. No estaba llorando, no sudaba, no grité de pavor, no me había confun -
dido. Afuera, nada más esos pájaros que acá cantan justo antes de que cambie por primera vez la
noche a un color distinto de la madrugada. Y, junto a mí, un suspiro con una exhalación. Me que -
dé confirmando que respiraba profundamente, que dormía. Me pregunté –como quien empieza de
nuevo su arenga– si realmente haber venido a vivir aquí me habría provisto del material para fi -
gurarme un sueño como ese o si, por el contrario, el material de ese sueño me habría guiado a
tomar la decisión de trasladarme a esta localidad. Es la hora –ya terminan de callarse los pájaros–
en que se vuelven chillones los cuestionamientos sobre otras piezas, otros accidentes, otras bala-
das y otros retratos. Hace algo de frío. Mejor cierro un poco los ojos de nuevo. A mi lado la respi-
ración se acelera; la pesadilla debería cambiar cuando ante mi sacudida sobrevienen otros dedos a
tocarme la espalda. Calma. Respira. El motor de un auto da inicio a la mañana. Trato de recordar
dónde quedaba finalmente la Compraventa y en cuál idioma, desde qué momento habíamos deci-
dido dejar de pagar y a cuánto asciende hoy la cuenta pendiente. Me duermo. Los trabajadores no
tenemos nada nuestro que salvaguardar, aúllo; urge destruir todas las garantías, todas las seguri-
dades privadas existentes. Un segundo después me sacude la alarma del reloj despertador
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Al otro lado del agua sólo tres personas tenían lanchas y nada más existían cardúmenes [del galle-
go-portugués cardume: “banco de peces”] de pirañas ponzoñosas, frondas de algas tóxicas, algunas
parras duras. Así que el resto tenía que remar cada día a la orilla de enfrente, hasta llegar a un río
donde los habitantes de allá les tenían autorizada una mínima pesca, a cambio de un tributo de
peces que sólo aceptaban enviado en lanchas.
Cada día, alguien del resto se acercaba a alguno de los tres y les pedía si podían compartir la
lancha para alcanzar la orilla de enfrente, de esa manera se agotarían menos y podrían ocupar más
energía en la pesca en el río. Alguno de los tres respondía siempre lo mismo:
––Tenemos lancha porque somos quienes mantenemos en buena forma el acuerdo con los de la
orilla de enfrente. hemos cultivado, para el beneficio de todos, una amistad con ellos por genera-
ciones. Ellos son importantes, entiéndanlo; sólo reciben a quien los visita en lancha.
Pasaron meses, años, décadas, y el resto ya estaba muy cansado de remar. Por esos días comenzó
una larga tormenta, de manera que se hacía peligrosa la salida en bote y el alimento comenzó a
escasear.
––Todas las personas acá necesitamos las lanchas por igual ––exigieron los del resto a los tres
que las tenían––. Es de vida o muerte.
––Ustedes sólo saben remar, comerse lo que nosotros les damos y dormir. Las lanchas existen
para quienes tienen la capacidad de visitar a los de la orilla de enfrente. Ustedes pueden remar,
nada más; deben aprender a remar mejor.
Hasta que el hambre, el cansancio y la desesperación se hicieron intolerables. Algunas personas
murieron en alta mar, intentando en vano alcanzar el otro lado de la tormenta. El resto no pudo
más. Su cólera no logró ser apagada por los truenos, por la lluvia intensa, ni por las marejadas.
Así que esa noche prendieron fuego a dos de las lanchas y a sus tres dueños.
A la mañana siguiente, la tormenta había amainado.
Una multitud de personas se subió a la tercera lancha, aprendieron rápidamente a conducirla y se
dirigieron a la orilla de enfrente. Fueron horas y horas las que pasaron buscando dónde atracar
con seguridad la máquina, sin éxito, hasta que decidieron estacionarse en aguas profundas y en -
viar a dos de sus mejores nadadoras a tierra firme.
No encontraron una sola persona. No había vestigio alguno de seres humanos en todo el conti-
nente, confirmarían después. Lo que sí encontraron fue un segundo río, atestado de pirañas y de
combustible para lanchas, que se vertía artificialmente en el agua del mar.
A los pocos años de cerrar el vertedero, todo tipo de peces, vegetación y climas habían surgido al
otro lado del agua, ahí donde ahora la gente ahora prefería nadar.
Todas las posibilidades acá serán verosímiles si al final ustedes eligen alguna que no implique
nuestra extinción. La primera que les propongo es que éramos diez jóvenes que le huimos a la
peste y nos escapamos de la ciudad.
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Todas las posibilidades, querrás decir, excepto alguna que no implique dejar de hablar. Dejar de
hablar acá es la muerte.
Discrepo.
Entonces no cuento nada. Me callo. No estaré acá en vida y sí estoy muriendo. Que se sepa.
Si eso quieres, mejor será tener a alguien que escuche. Sigo la posta, en este momento el silencio
palpita muy fuerte. No tengo palabras mías que decir, solamente que humana cosa es tener com -
pasión de lxs afligidxs y, aunque a todxs conviene sentir esa compasión, más normal es que la
sientan aquellxs que ya se enfermaron y encontraron compasión en otrxs. Entre esxs, si hubo al-
guien que necesitara compasión, me cuento yo.
Ven acá. Chupa.
Basta. Sigan fumándose el libro gordo ese. ¿Por qué llevar la conversación así, poniéndose el
parche antes de la herida, anticipándonos a lo que contaremos, pensando en el acto mismo y no
en la acción?
Es verdad que llevamos un buen rato hablando, pero nomás ahora empezaron ustedes con esto de
la verdad, de lo posible, de que es necesario tener claro dónde estamos, qué somos, cuánto el Big
Data y qué nos conviene que escuchen esos que ya todo lo saben.
¡Ay, ya!
¿Sigamos con la historia que estabas contando? Hace demasiada calor como para seguir con lo
de las posibilidades de las posibilidades. ¿Qué mierda de posibilidades, cuando estamos murién-
donos y no hay otra opción que morirse?
La hay. Está la de morir bien o morir en soledad, con tubos en todos tus orificios y sin poder si -
quiera tocar otro cuerpo.
O morir sin poder hablar, también, teniendo tanto que decir. ¿Sigo?
Sigue. Páseme la agüita, eso sí.
Sepan que la peste había caído sobre la ciudad contaminada en plena canícula, de modo que salir
corriendo parecía la única posibilidad de vivir ante la enfermedad de todo el mundo, la enferme-
dad que nos decían siempre existió y que sin embargo se había llevado de repente a los más ad -
mirables cuerpos que en nuestra corta experiencia nos tocara conocer; era también una acción, no
un acto, de suprema dificultad corporal. Esa primera jornada juntxs habíamos corrido sin detener-
nos entre los próximos cadáveres putrefactos que se apilaban en las filas, buscando ser testeados,
contabilizados, trazados, auscultados, medidos, huyéndole a la fiebre tanto como a quienes podía-
mos seguir respirando hondo bajo nuestras mascarillas, ante sus últimas horas, devorándose unos
a otros en sus oficinas, centros comerciales y reuniones dentro de pantallas dentro de pantallas
dentro de pantallas. La aventura para escapar no debía requerir peripecia mayor que la de alcan-
zar un final digno: lograríamos huirle nadando a una ciudad sin costas ni ríos, entonces esas cos-
tas y esos ríos nos arrastrarían a un verde valle fértil oculto entre la ceniza y las llamaradas.
Muy bueno eso. Yo le llamaría el Proemio.
Bueno. Dejémosle ese nombre arcaico, tanto que te gustan. Pero déjenme seguir a mí, de otra
manera no llegaremos nunca y estoy empezando a cansarme.
Dale.
Al comienzo éramos dos.
¿Cómo que dos?
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Espera. Éramos solo dos muchachas y, cuando llegamos ahí, al valle, había otros dos, dos mucha-
chos que de la ciudad de más allá venían. Así que fuimos cuatro. Seis posibles parejas de cuatro
jóvenes libres ante el día, la noche, el silencio, el remanso, la falta de medicina y la lujuria.
Ah, esa frase. Aunque yo no diría necesariamente que éramos muchachas y muchachos. Mejor:
éramos dos muchachxs y había otrxs dos. Así aumentamos las posibilidades de combinatoria.
Que es lo único que te importa.
Sabes que sí, amor.
El punto es que pasaba ya las nueve de la mañana en ese, el segundo día de nuestro escape de la
ciudad, cuando unx de lxs muchachxs, quien a veces se hacía llamar Reinx, se dio el trabajo de ir
cama por cama a levantarnos a todxs los demás. Se nos metió entre las sábanas y así nos conven-
ció, unx por unx, de que era insano, inmoral y poco seguro dormir demasiado durante el día.
Uf. Déjenme a mí seguir.
Justo cuando se ponía buena la cosa.
Escúchate, por favor.
Sigue tú.
Te seguimos. Sí.
Te seguimos por un pequeño prado cual verde y altos los árboles eran, ahí donde en ningún reco-
do el sol de ese verano asfixiante y enfermizo daba de frente y en cambio una suave brisa al día y
a la noche no le daban tregua.
Insisto.
Perdóname.
A mí también.
Siga usted, belleza.
Nos sentamos en la hierba, perdonados. Algunxs se acostaban sobre los otros cuerpos, algunx
más se mantenían con las piernas cruzadas o apoyaban su cabeza en la mochila, o en la agradable
corteza del árbol milenario.
Mejor que no sea milenario.
Ese adjetivo no.
De acuerdo. No importa nada salvo ese momento en que ciertx muchachx, esx que no quería ser
Reinx, pero así lx llamaban porque había sido dirigentx estudiantil, luego concejalx y, antes de
que asolara la peste, candidata, dio el siguiente discurso. ¿Quién se ofrece?
Yo. El sol está fijo y hace mucho calor en los lugares donde están muriendo por miles. Escuchen
esta agua que corre y el zumbido de los insectos entre las viñas con racimos silvestres.
¿Te parece que eso dijo?
Estoy de acuerdo con que debe haber agua que corre y mucha fruta fresca.
Cállate y pásame el racimo, ¿quieres?
¡Que siga, que siga!
Si no me siguen interrumpiendo. Sería un disparate ir a otra parte. Está fresquito aquí y nos senti-
mos bien. No hay señal alguna en los teléfonos, pero nos tenemos entre nosotrxs. Eso dijo.
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Claro.
Podríamos jugar a algo, digamos que dijo también. Sin embargo, entre la destrucción y el dolor y
el recuerdo de esta epidemia que nos hizo dejar atrás la ciudad no cuenta el morbo de los naipes,
ni el dominó, ni las damas.
Otros tipos de combinatorias.
Sigue. En cambio, qué les parece si nos contamos historias.
Eso dijo.
Eso dijo.
Sí, eso dijo.
Pueden ser cuentos de la vida de cada quien o algún asunto inventado a través del cual, de todas
maneras, adivinaremos quién esté narrando y por qué.
Eso va a ser imposible.
De ahí la gracia.
Yo no he dicho nada, justamente para que nadie me identifique. Quiero que crean que me morí
para poder tener la última palabra.
Bonita definición de silencio la tuya.
Solo así podremos conocernos sin pantallas ni mascarillas. No confío en hablar a distancia, no
tengo cómo pagar estos inventos modernos.
De acuerdo, pero les pido que no nos aburramos con detalles biográficos: esa novela corta ya me
la leí en el hospital Van Buren, ese triste 30 de marzo cuando recibí el mensaje de papá y mamá,
antes de escaparme a contarlo todo.
Así antes de que cada cual haya terminado su historia habrá atardecido.
Eso dijo.
Sí, eso dijo.
Eso.
Tal vez sufriremos menos agobio al contarnos cuentos y al final de la jornada habremos recupera-
do energías suficientes para seguir, ¿adónde?
Adonde haya qué beber.
Adonde no importe quién dice qué y la persona que lea no esté contando los turnos de diálogo
para pillarnos.
Quedamos en que súbitamente esx muchachx que decía apellidarse Filopán, esx quien había es-
cuchado pacientemente a sus compañerxs durante horas, fingiendo que dormitaba sobre la pierna
derecha de Reinx, pidió con voz ronroneante poder ser quien diera inicio al juego con su cuento.
Yo pensé que ya había empezado.
Y yo lo contrario.
Eso dijo.
Asimismo Filopán, arrebatada la atención de todxs nosotrxs, jóvenes pletóricxs de la belleza que
rodea a sus sobrevivientes, prosiguió su relato.
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Muy bonito.
Es que es el amanecer de un fin de semana, muy temprano.
Te escuchamos.
En un café, frente al océano, están desayunando.
Qué linda voz tiene.
Él viste de fiesta, aunque un poco a mal traer. Ella, que también lleva ropa formal, luce más fres -
ca. Miran el amanecer con pena. Él le acaba de dar a ella una pésima noticia, que no sabemos.
Que no sea la misma noticia que nos tiene acá.
No sabemos.
Ella se niega a escuchar esa noticia de nuevo y le pide que no vuelva a mencionarla.
Bien dicho.
No quiere echar a perder ese horizonte tan bonito después de una noche única. Ella espera que se
acerque el tipo que atiende el local, que sin embargo nunca llega. Está todo el tiempo planeando,
como una manera de no hablar de lo que él quiere que diga, insistentemente, qué va a pedir, qué
es más rico para desayunar, qué engorda menos y ayuda a la resaca, de qué tiene ganas y qué le
va a caer mejor a esas horas después de la fiesta. Vienen de una boda, de un matrimonio que se
llevó a cabo en una casa a la orilla del mar. Algo terrible sucedió ahí, una idea macabra.
No la digas.
Lo que importa es el establecimiento de la idea macabra.
Él intenta convencerla de que hablen de lo que pasó, que le crea, que acepte eso que quiere con -
tarle y que se marche con él. En un primer momento pareciera que él pretende que se acuesten
una vez más, luego que quiere consolarla como un amigo patético que ha estado toda la vida
prendado de ella en vano, finalmente intenta llevarla con él a ese otro lugar ajeno donde ella no
quiere ir; ángel de la muerte que nunca dice muerte, ángel ni lugar ajeno.
No digas.
Ella en un primer momento le pide que se relaje, que disfruten del desayuno, luego se angustia al
recordar la noticia que él acaba de darle; empiezan a rememorar lo que pasó en la fiesta: que la
boda de los amigos en común estuvo muy buena, que una conocida se cayó bailando en la pista,
que se encontraron a distintas horas con este otro en una mesa, discutiendo con un anciano fami-
liar de la novia sobre el perdido valor de la virginidad perdida, que estuvieron casi toda la noche
bebiendo y conversando encerrados en un baño porque pensaban que se había roto la manilla y
tuvieron que salir por la ventana. Que fueron casi los últimos en irse de la boda.
Que, que, que, que.
Que ella se ríe de la coincidencia de haberlo encontrado en el fiestón al cabo de esa infinitud de
años, desde que él se marchara y no le escribiera más. Lo acusa de abandonarla. Él le sigue la
corriente al comienzo. Ella va perdiendo la paciencia.
Empieza a preguntarle qué ha sido de su vida todos estos años, pero él se las arregla para dejar de
hablar de sí mismo en todo momento y repasa los hechos concretos de la fiesta de matrimonio.
Veamos.
Que ella por años sintió una devastadora atracción sexual hacia el amigo en común que se casaba
esa noche.
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El novio.
Que ella tuvo varios encuentros románticos con ese futuro novio hasta que él conoció a la futura
novia y decidió dejar de prestarle atención, a pesar de que cuando novia y novio vivieron una
crisis de desinterés sexual, un par de años después, este volvió a buscarla. Al poco tiempo, sin
embargo, el novio volvió con la novia y fijaron una fecha para casarse. Ella entonces se presentó
ante la novia con intención de contarle que había tenido una larga relación sexual con su novio,
pero no alcanzó a decírselo porque de pronto se habían hecho confidentes. El día de la boda, em-
pero, ella llegó decidida a contar la verdad a quien quisiera oírla, aunque su decisión no fue tanta
como para detener un fiestón preparado durante meses y pagado con múltiples créditos y deudas.
Se dedicó entonces a beber y beber y beber antes de la ceremonia y durante la ceremonia y des-
pués de la ceremonia, ahí fue cuando lo encontró a él, al antiguo amigo, y pasaron la noche bai -
lando, bebiendo, drogándose y teniendo sexo, pues el novio y la novia la habían ignorado cada
vez que ella se les acercaba para hablar.
No pares.
¿Eso dijo?
Creo que terminó su cuento, Filopán.
Sigue ronronéandome, por favor.
Yo diría algo distinto. Acostadxs como estábamos bajo un árbol, junto al arroyo en que se había
convertido el río inexistente en este valle secreto para saborear la historia de Filopán, entendimos
que la dejaría inconclusa con el objetivo de que fuéramos todxs nosotrxs quienes decidiéramos si
continuarla o responderla con otra.
Ella se quiebra ante la verdad.
Llora.
No llora.
Confiesa que le duele ser una persona solitaria, a pesar de que no hace esfuerzo alguno para esta-
blecer comunidad con alguien más.
Le recrimina que la haya abandonado hace años, dice que nunca volvería a tener una amistad
como la suya, a alguien que la entendiera sin fingir que quiere acostarse con ella, sin fingir que
no quiere acostarse con ella.
Nos acostamos una vez más.
No nos levantamos.
Él la abraza, la consuela. Ella le da otro beso, esta vez es un beso apasionado y no por la inmedia-
tez del sexo. Él parece no entusiasmarse. Ella se ríe, le dice que ya pueden dejar de fingir. Que
siempre ha sabido lo que él no ha querido contarle, que eran amigos tan cercanos porque quería
pasar la vida con ella, que la timidez y el exceso de confianza, agrega, que la ética en las relacio-
nes privadas como punto de partida para una transformación política colectiva; que sabe que él
había decidido marcharse cuando la vio a ella teniendo sexo con quien hasta la noche anterior era
la novia en un baño. Ella lo vio salir de ahí, confundido, pero no reaccionó. Desde ese momento
ella había comenzado a compartir con intensidad todo lo que él sentía, desde la distancia y tal vez
por efecto de que él desapareció completamente y no se comunicara más con ella, tal vez porque
eso le servía para comprobar que tales cosas como la amistad, el amor, la confianza y otras abs-
tracciones son culturales, no así la transferencia enigmática de los afectos.
Una persona siempre quiere algo de otra.
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Discrepo.
No hay nada malo en ello.
Que siga.
No está seguro. Sin embargo, actúa como si se enfureciera cuando escucha que ella sabía que él
sabía que ella sabía, aunque sobre todo porque ella le habla de la transferencia enigmática de los
afectos. Levanta la voz el macho, discuten a los gritos.
Discrepan.
Eso argumenta él. Que no hay cómo ponerse de acuerdo. Que vino a buscarla porque nunca pudo
detener la transferencia enigmática de sus afectos, aun si ella le había dejado de parecer intere-
sante como antes, sexualmente atractiva. Ella responde que él es tan obvio, que adivina claramen-
te su siguiente paso y que no caerá en el juego.
Él dirá que si no se marcha con él tendrán que quedarse vagando, juntos o por separado, por mu-
chísimos años y adonde quiera que vayan.
Hasta que se vuelvan a encontrar.
Entonces él está ahí con ella por mero interés personal.
No me parece algo censurable si lo dice de frente.
Escuchen.
Se insultan.
Ella se escapa playa adentro, no quiere saber nada de él.
Yo me leí toda La Biblia.
Yo todo El Mahabarata.
Yo todas Las mil y una noches.
Y yo El Popol Vuh completo, además de El libro del Buen Amor y El Decamerón, desde luego,
antes de salir.
¿Y qué sacaron en limpio después de leer tanto? Si les estoy contando esto es porque creo en el
amor.
Suena cursi.
Eso dijo.
Sí, eso dijo.
Creo en el amor como sustrato constructivo de todas las relaciones sociales, a través de la discu-
sión sobre las diferencias entre el amor de pareja, el amor erótico y el amor grupal, del mismo
modo en que lo hacen sus lecturas clásicas. Ella ahora está mirando el mar. Él se sienta a su lado.
Se quedan un rato en silencio.
Y otro rato.
Y otro.
Ya.
De repente él le dice que todo era mentira. Que ella no está muerta. Que no murió en un accidente
ferroviario camino al matrimonio, borracha como estaba. Que en la fiesta nadie le hablaba sim-
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plemente porque todo el mundo sabía de su larga relación abiertamente sexual con el novio. Tam-
bién le dice que tampoco es verdad que él haya muerto por la epidemia en esa otra ciudad distan -
te. Simplemente, le dice, había dejado de escribir y de llamar a sus amistades del lugar que había
dejado atrás.
O no se lo dice.
No es el ángel de la muerte que viene a buscarla, puntualiza, sin decir ángel ni muerte ni venir a
buscarla.
Ella se muere de risa.
Cómo tan crédulo, queridx. Nunca le creyó, le dice, a pesar de haberle seguido el juego desde la
boda. Están tendidos sobre la arena y se quedan jugueteando con sus cuerpos una vez más, ahora
que saben que esos cuerpos en realidad no existen, tirados ahí en la playa a pleno sol una mañana
como cualquier otra que pareciera domingo después de la enfermedad que todo lo asoló. Ella se
saca la ropa y se mete al mar. Él la sigue.
No te detengas.
Eso dice.
Muy bien.
La historia de Filopán da buen pie para una conversación sobre las relaciones de pareja que se
alargan en el tiempo.
Pero ya no tenemos tiempo.
Miren nomás las llamaradas.
No veo nada.
Las llamaradas que se extinguían en el puente de la ciudad cuando salimos. Aun así votamos por
seguir nuestro escape.
No es lo que diría José Guadalupe, otrx muchachx tanto menos tímido del pequeño grupo que se
estableciera en la cuenca del río inexistente a fundar una civilización sobre las ruinas de la nues -
tra.
Que no es la nuestra.
¿Qué diría?
Diría que algo cambió el curso no solo de lo que estábamos hablando, sino de lo que percibimos
del lugar donde nos refugiamos esta jornada. Que el único lugar de una relación significativa en-
tre dos, cuatro o mil personas es el tiempo que dura esa relación.
Hasta que se quiebra. Hay tantísimos casos de sociedades quebradas que se mantienen indefinida-
mente y prosperan porque su vínculo es ese quiebre, esa quiebra.
Pero, ¿qué es el tiempo en una relación, en un relato? ¿Quién puede siquiera contar algo desde
afuera, cuando la única manera de hablar es con un cuerpo, que si es cuerpo está vivo y está aden-
tro de algo más?
No es así, si el compromiso es total.
El compromiso total con cualquier otra persona hace que el lugar y el tiempo de la historia que se
cuenta se acomode constantemente a su relato.
Asumes que el amor implica disolverse por completo.
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No. Yo digo que es lo contrario, que es convertirse junto a alguien más en caracteres completa-
mente definidos, perfectamente separados, complementarios sin exclusión mientras en su raíz
sean individuos en diálogo.
Eso dijo.
¿Quién lo dijo?
José Guadalupe.
De acuerdo. José Guadalupe estaba dispuestx a probar su punto con una breve historia que iba
inventándose.
Pero esta historia no funcionaba.
Nos sentamos los siete en una de las bancas de la plaza de ese pueblo seco, perdido y abandonado
en el desierto, donde habíamos llegado después de la larga caminata.
Eso dijo.
No obstante, eran cinco.
Seis.
Y comenzó a declamar ya no una historia, sino el resumen de esta, para así interesar a los buró -
cratas de la nueva sociedad basada en el poder de persuasión de cualquier narrativa, por absurda
que sea.
El establecimiento, dijo, es el cuento de cuatro jóvenes, dos mujeres y dos hombres, que escapan
de una ciudad asolada por una peste hacia un lugar seguro, y en el camino se van contando mu-
tuamente diversos cuentos a través de los cuales se dan a entender.
Prefiero que sean siete, por la combinatoria.
De acuerdo.
De acuerdo.
A medida que recorren todo tipo de lugares diferentes donde buscan establecerse y empezar de
nuevo una sociedad, surgen entre ellos todos los tipos posibles de amor.
Sigo yo.
No, yo.
No yo.
Cada uno de esos lugares, tiempos y vínculos sentimentales remiten a distintos libros de la tradi-
ción del cuentario, que es la única cultura previa que reconocen.
Vamos.
El Decamerón.
José Guadalupe Carrillo García.
Phantasmagoriana.
Destruir dice ella.
La insolación. Arguments.
El de Joyce Mansour.
Sigamos lanzando títulos hasta que lleguemos, ¿pero adónde?
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Cierra los ojos mejor. Dime lo que ves ahora.
Chupa.
Veo el establecimiento.
Eso dijo.
Y luego sigue.
Lxs veo.
Caminan.
Y sigue.
Sigue caminando.
Como título, es evidente.
Buscan un lugar donde establecerse.
También es una invitación a que la persona que está afuera y adentro, la única que puede hacerlo,
y que lee, sea quien defina de qué establecimiento están hablando.
Al interior de qué establecimiento están.
Diez jóvenes, siete mujeres y tres hombres, huyen de la peste al campo. Que comience así el
cuento.
Bonito.
Se parece a esto que tengo tatuado aquí.
¿Qué dice?
Date vuelta.
«En la danza llamada Celos tres hombres y tres mujeres intercambian parejas y cada hombre pasa
una etapa en que se mantiene deliberadamente separado de los otros».
Anne Carson.
Así es. Beba.
Siete primos llegan a un pueblo a buscar a su abuelito.
Tres parejas de expresidentes son los últimos huéspedes del antiguo hotel vacacional del balnea-
rio desolado por los narcos.
Dos poetas aristócratas, un médico y dos hermanas que cambiarán para siempre la historia de la
literatura de horror, se encierran durante una larga tormenta en la casa de un lago.
Prefiero que seamos lxs últimxs ayunadorxs de una huelga de hambre,
Coma.
O dos parejas de oficinistas en un ascensor descompuesto.
Cuatro pacientes de un sanatorio.
Alguien que no es mujer ni hombre, cuya historia nadie más pueda contar.
La masa.
Elija usted una opción.
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Una que le permita cerrar los ojos de una vez.
Y seguir en compañía.
Nació, niño.
En compañía de criaturas, bestias de carga, bichos y alimañas en el lugar destartalado donde se
guarece lo que no tiene casa cuando llueve mucho, donde lo humilde esconde sus herramientas y
comparte el forraje, esta natividad parece evento suficiente para justificar la espera, la esperanza,
la experiencia esta noche en que el calor y el terror del tirano –ese que había ordenado arrebatar
de sus madres a cualquier vástago que le inspirara desconfianza a algún vecino– parecía disiparse
con los vientos inesperados del sur.
Pues es mejor que haya nacido niña.
¿Cómo lo sabes?
Entonces por qué preguntas: qué haces aquí, acaso.
Iván Héctor Mezquín yacía en el suelo de lo que otrora había sido un campo de fútbol, su traje
subcero abierto, la mascarilla antiviral a un metro y medio de distancia, después de que no diera
más de andar en círculos por la cuadra y se desmayara, mientras los carros de policía, los drones
y los custodios paramilitares de los gobiernos comenzaban a cruzar los datos de sus perfiles y sus
reconocimientos faciales antes de caerle, debido a que llevaba el corte de pelo al día, ropa de
marca, perfume; un dron reconoció que el teléfono celular en su mano abierta era el modelo más
reciente, pero estaba descargado. El sujeto biológico, sin embargo, aún respiraba. Esa era una de
las razones por las que se había derrumbado Mezquín esa víspera de navidad: la voz del teléfono
ya no respondía y la de su cuerpo continuaba hablándole, sin entregarle noticia alguna de lo que
tanto quería oír.
Soy otro el espíritu de lo que cuentas, insistía. Soy otro el fantasma de lo que se ha narrado tantas
veces hasta aquí cada fin de año, de otra manera no estarías leyendo esto encandilado en pantallas
opacas; sabes que por eso escribes, para leernos.
Permíteme que abramos una posibilidad distinta al decirlo.
Si tú lo dices, respondió todavía con los ojos cerrados.
Nació una niña.
En compañía de criaturas y deidades, eran tres sus padres y tres sus madres –un burro estéril, una
mula y un hipocampo–, aunque nadie sabía realmente quién era qué, sólo que no descansarían de
cuidarla entre el heno y las arañas y el frío, mientras afuera seguían pasando noche a noche, ma-
ñana a mañana, hordas sin fin de motociclistas que enarbolaban banderas y barbas rojas, encorda-
dos por cepos, gorras con eslóganes, cascos de la guerra mundial, cañones nuevos y escopetas
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viejas, en campaña porque habían conseguido aprobar una ley que declaraba abierta la caza de
seres diferentes a ellos, de cualquier bípedo o cuadrúpedo que buscara cruzar el río grande y bra -
vo en dirección a las ciudades en llamas, chillaban, aquí donde antes hubo un país tan rico, allá
donde la noticia de la destrucción a manos de nuestro propio sistema de representatividad por la
fuerza todavía no llega a las comunidades rurales de donde vendrían en caravana.
Mezquín mantuvo los ojos cerrados, pero ante la noticia que le ofrecía esa voz empuñó firme-
mente el teléfono celular en su mano. No podía ser verdad, se dijo, en un débil intento de inte-
rrumpir el relato ruinoso; pobre niña; este aparato es nuevo y cómo puede ser posible que se haya
descargado; no puede ser verdad que haya nacido niña. El protagonista de nuestro villancico se
preciaba de tener como oficio el de comerciante de historias, de modo que no creía en nada. Ha-
bía fundado una productora audiovisual durante el cambio de siglo y veinte años después no sólo
se había expandido tanto a la piratería de libros electrónicos de nicho como a la renta de innume-
rables versiones de cuentos firmados por autorías importantes –con portafolios de prensa muy
bien trabajados– a las mil y una editoriales independientes de toda Latinoamérica y España, sino
también al aprovisionamiento de títulos para los premios locales de todo el mundo hispano y,
también, a la colocación de sus mayores clientes en el puesto de redactores exclusivos para las
más álgidas microarengas y los más incendiarios minidiscursos según las necesidades operativas
de los candidatos a las cien constantes elecciones del hemisferio; el volumen de negocios de la
oficina literaria que regentaba a punta de insomnio, alcohol y ayahuasca, pese al inmenso volu-
men de su monetarización, había hecho que Mezquín perdiera de vista la historia de amor con
que se había encantado a comienzos de este hermoso año 2020.
¿Cómo lo sabes?, inquirió burdamente esa voz, abigarrada y simple en su objetivo, tan reconoci-
ble para el comerciante de historias como desconocida en su insolencia.
Y por qué lo preguntas. Acaso qué eres, se animó a cuestionarse durante un segundo de clarivi-
dencia.
No sé esperar.
No sabes esperar, le respondió la voz.
No sabía esperar, pues se preciaba de que su título fuera el de Productor Asociado de lo que fuera
que tocara la trama de su negocio, así que decidió que el desperfecto del teléfono celular sería el
punto de giro por el cual no le cabría a él recibir la buena nueva.
¿Quién te crees tú que soy?
No me importa. No existes, espíritu de la nochebuena.
Tú tampoco, comerciante de historias. No me vas a decir que súbitamente ahora te preocupa dis-
criminar entre aquello que existe y aquello que no, aunque de cualquier manera esté almacenado
ya en algún órgano –en tu respiración, seguro– y por eso tenga entidad, porque sabes que cual-
quier almacenamiento puede arrojar interés. O me confesarás que te preocupa la niña.
Es un niño, gritó Mezquín.
Súbitamente su propio grito lo hizo abrir los ojos. No yacía acostado en medio de un campo de
fútbol ni flotaba en el espacio del monólogo interno en una página blanca; estaba de pie, tieso, en
medio de su oficina. Los demás Productores Asociados alrededor suyo, aquellos que ostentaban
su mismo nivel de ingresos y responsabilidades desde que una compañía comunicacional mayor
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lo comprara y decidiera rodearlo de iguales para neutralizarlo, lo miraron con la crueldad acos-
tumbrada. Levantó cada cual una sola ceja, volvió a sorber su café enorme e, indiferente como se
le pedía ser, continuó hablando por los audífonos al interior de su prístino cubículo sellado, la
mano izquierda sobre la calculadora y el ojo en parábola veloz desde la videollamada a la carpeta
de la esquina inferior, desde donde extraería en el momento adecuado la anécdota folclórica exac-
ta que fuera a complacer las necesidades del lobbista que lo contactaba ese momento sagrado
desde una escuela de Taipéi, otra de Temuco, otra de Tampere, otra de Tampa, otra de Tessaoua,
otra de Tesalónica.
No es un niño, dijo a su audífono con indiferencia; el consumidor ideal de hoy es una niña.
No puedes saberlo, respondió la voz. ¿Pero quieres a toda costa que sea un niño quien nazca esta
noche? Ven conmigo.
Ahora el susurro se hacía indistinguible del viento, como si de pronto se encontraran a mediano-
che en una ciudad distante, industrial, neblinosa, en pleno invierno boreal. Mezquín sintió el frío
y la humedad que se colaban a través de su levita oscura y su pantalón de fino tartán ahí, tendido
y por un segundo inconsciente en la nieve, luego de recibir una bofetada por parte del muchacho
de camisa blanquísima que le lustraba las botas como respuesta a la exigencia que le hiciera de
sus dos manos y una pierna para lograr subir al carro entre la nieve, en un tono no muy distinto a
aquel con que le gritaría a su ayudante y a la ayudante de su ayudante porque era martes y el bu -
zón de entrada de su casilla electrónica estaba plagado de mensajes sin leer.
Ten ahí a tu hijo, replicó la voz que abría las vocales, sutil marca de sorna que nuestro comer -
ciante, aun en su inconsciencia, alcanzó a notar.
Qué dices, prosiguió el de la camisa blanquísima, mientras le ofrecía la mano a Mezquín después
de la golpiza, y el comerciante de historias se dejó ayudar, tocándose la mejilla palpitante. Ahora
sí somos iguales, continuó el muchacho: dos varones temblando en el inhóspito West End como
ya quisiera el tal Dickens.
La voz volvió a darle un tono leve a su relato: permítame invitarle una pinta de brandy en esa
taberna, apuntó.
Nací libre y moriré así, agregaba cuando ya iba por la segunda botella, como lo fue mi padre y mi
abuelo, y su padre y sus abuelos; Mezquín no estaba seguro de dónde estaba ni de quién era esa
persona tan libre, ironía cruel para un Productor Asociado donde las haya. No sabía qué parte de
sí mismo hablaba, ni siquiera si eso que acababa de ser proferido en realidad era lo que el otro, la
sombra que estaba enfrente suyo en ese cubículo, le había confesado.
Lo único que espero es una revelación, pudo balbucear.
Entonces escucha bien la historia que voy a contarte, retrucó; tal vez pagues por ella, aun si no
piensas que sabes nada del escenario y sus personajes. Cerca de la bifurcación del río Oya, actual
Níger, el niño francés Léger estaba extraviado. Había salido corriendo en pleno puerto de Lokoja.
Luego no supo volver al barco de su tío. Dio vueltas, cruzó un puente y un parque que luego se
convertían en un enorme horizonte. Finalmente estaba, después de horas, perdido en medio de
una interminable sabana. Pero Léger tenía la brújula de bolsillo que le regalara su padre en Oyon -
nax. Su tío lo había convencido de acompañarlo al África Occidental ese verano, adonde iría por
negocios. Así podría sacar la cabeza de los libros, dijo su madre. Sentado, ahora calculaba que
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Lokoja estaba al suroeste. Sólo tenía que seguir la brújula, pensó, justo cuando de un árbol se
abalanzó hacia él un enorme leopardo.
Anwar era uno de los niños más aventajados del grupo de transformadores de su familia Igbo.
Esa mañana había salido a realizar su práctica en solitario. Quería concentrarse en sus capacida-
des de ataque felino; sobre todo ahora que empezaban a llegar noticias de que los europeos escla -
vistas estaban acercándose al territorio de su nación. Estaba agazapado en la copa de un árbol
idagbomunonye cuando escuchó un sonido inusual para su oído de leopardo. Era un niño de su
misma edad. Pero no podía entender lo que había en sus ojos: un niño muy delgado cuya piel
tenía color sol de la mañana. Era la primera vez que Anwar veía lo que hoy llamamos una perso -
na blanca. Debe ser una distorsión de las pupilas felinas que tengo en este momento, reflexiona-
ba. Así que saltó desde el árbol para ofrecerle un buen saludo.
Léger daba gritos de pavor, aun cuando vio que el leopardo se le acercaba amistosamente. Anwar
no se había dado cuenta de que todavía caminaba en su forma felina, hasta que entendió el por
qué de los gritos y la palidez extrema del niño. Así que se transformó de nuevo en humano. Léger
estaba maravillado. Ninguno de los dos hablaba el idioma del otro, sin embargo se entendieron
por morisquetas, sonrisas, imitaciones. Pasaron horas jugando juntos. Léger nunca se había senti-
do tan a gusto con un niño de su edad. Anwar nunca había conocido a un niño con movimientos
tan torpes. Su inmovilidad, pensaba, debe ser una estrategia de defensa que nadie ha visto. En un
momento Anwar pidió, mediante gestos, el permiso de Léger para transformarse en alguien
idéntico a él. Léger lo autorizó. De ese modo pudieron hablar la misma lengua; de ese modo
Anwar supo que los esclavistas habían llegado al caserío cercano y que era el momento de que su
nación se ocultara; de ese modo, también, Léger pudo hacerle saber que él mismo había escapado
del barco de su tío cuando supo que su oficio era comprar y vender personas. Treinta años des-
pués, Léger-Félicité Sonthonax, tal era el nombre completo de ese niño francés, según lo que
terminaba de contar la sombra en su voz, conseguiría que según las nuevas leyes de su país la
esclavitud fuera ilegal; treinta años después, asimismo, Anwar lideraría a su clan de la nación
Igbo a ocultarse en un lugar del continente donde hasta hoy nadie sabe que existen: su clan es uno
de los pocos que jamás fue esclavizado.
Iván Héctor Mezquín, por su parte, no pudo abrir los ojos ni siquiera con el impulso del edifican -
te final de aquella historia. Sólo atinó a dar un suspiro y, por el eco con que el silencio que le su-
cediera reverberaba en el espacio de una larga sala de espera, entendió que tampoco había caído
entre el bullicio de una taberna decimonónica.
Pues bien, Mezquín, hombre desmemoriado y sin raíces, persistió la voz. ¿Te das cuenta ahora de
dónde has venido a pasar la nochebuena, tras dos días sin un respiro de venderte y comprarte en
la pantalla y en el teléfono todas estas historias robadas de libros y libros y más libros que no te
pertenecen, salvo en el cuento de esta navidad que no es blanca?
Una tos interrumpió la acusación que comenzaba.
Se trataba de un rugido sordo y profundo; tal podría ser el grito de una persona que recién nace a
la desesperación y también el esfuerzo final de quien busca alcanzar un respiro, a pesar de que en
la gravedad del ahogo ya conociera la rutina de lo que tal vez nunca podrá alcanzarse y de mane -
ra fácil llegará porque es aire, que es liviano y a todos pertenece. Desde siempre, sí, la niña ten-
dría problemas respiratorios; mocos, flemas, alergias constantes con rinitis, resfríos estacionales,
influenza en un par de ocasiones, e incluso una vez padecería de una bronquitis que la llevaría a
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pasar varios días en el hospital de –encontremos un lugar como cualquier otro y no, no es casual–
San José, California, donde digamos que viviría con su madre, hasta que descubrieran que se trata
de otra infección de coronavirus. De ahí en más iría a todos lados con su inhalador y al cabo su -
friría de un asma atópica crónica, de modo que esa mañana de –si acordamos un tiempo– sep-
tiembre, cuando su madre la despertara para pedirle compañía para un viaje de visita a una vieja
amiga en una reserva cercana, se alarmaría sobremanera.
Su nombre es Celia. El de su madre, Doris.
Eso susurraría Mezquín.
Mami, protestaría, ¿acaso no se ha asomado usted por la ventana hoy?
En efecto, el espectáculo del cielo oscurecido por una densa capa de humo y ceniza iría a ser dan -
tesco en esa región del estado; ese año la temporada de incendios de fines del verano sería la peor
desde que se tuviera registro y Celia prácticamente no habría podido salir de su casa durante las
dos semanas anteriores. Aunque la sola idea le provocaría una tos inmediata, el contacto del abra -
zo de su madre la tranquilizaría sobremanera, tanto que de pronto Celia se hallaría sentada en un
carro a través de la carretera us-101s y su madre, que conduciría, insistiría con una sonrisa enig-
mática que confiara en ella, como siempre, mientras estaría sintonizando un viejo merengue en la
radio.
Mami, protestaría Celia de nuevo, ¿acaso no ha visto usted que abandonamos la carretera, que ya
no estamos de camino a Monterey, sino dentro de otra reserva?
La niña dejaría de rezongar a medida que el carro se internara por senderos cada vez más estre -
chos, no sólo porque la rapidez rítmica de la música sería contagiosa y porque la sonrisa misterio-
sa se mantendría en la cara de Doris, sino principalmente porque habría notado que el cielo vol-
vería a tornarse azul entre los árboles frondosos, y tan verdes en esa parte desconocida de la re-
gión que sus bronquios no parecerían estar en absoluto afectados por los incendios circundantes,
hasta que al final, cuando se detuvieran y saliera a recibirlas una joven mujer de pelo canoso, se
atrevería incluso a descender del carro; ¡el aire sería delicioso ahí, en medio de ese bosque desco -
nocido!
La mujer, que se presentaría como Rosemary, inmediatamente tomaría de las manos a Celia y a
Doris para conducirlas por entre una serie de pasadizos de ramas, luego por un laberinto de fron-
das espinosas, hasta que emergerían a un claro y luego a un riachuelo; junto al riachuelo, un cír-
culo de nueve personas habría encendido una hoguera de troncos secos y ramas sueltas, e irían
alimentando el fuego con sacos de hojas secas que habrían apilado por decenas entre las piedras
de una sección seca del curso fluvial. El primer impulso de Celia habría sido taparse la boca y
correr; estaría en presencia de un grupo de personas que comenzarían incendios intencionales y
ella se ahogaría y ahogaría, eso le iría a aconsejar la voz suya desesperada que escuchara antes de
cada ataque, y sin embargo la sorprendería que su pecho no se cerrara; justamente, ante la llegada
de Celia y Doris, el círculo de personas se habría abierto y entre los desconocidos la niña no sen-
tiría desconfianza alguna, sino libertad para sentarse con las piernas estiradas sobre la tierra hú-
meda y observar el fuego vivo durante largos momentos, tal vez serían horas las que llevaba ahí a
la intemperie. Hasta que se diera cuenta de que Celia y Rosemary se estarían riendo a carcajadas,
que algunos de los desconocidos estarían bailando mientras otros agitarían cascabeles, soplarían
silbatos, tocarían tambores y flautas. Sin embargo, una duda aún crepitaría en su garganta para
amenazarla con que le ardería por completo el aire de su cuerpo y para protestar por última vez:
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¿por qué demonios estarían quemando árboles en este preciso momento en que todo estaba en
llamas?
Claro que sí, dirían las voces desconocidas a coro.
Este es un incendio, pero no un incendio más. La respuesta larga provendría de una voz suave
como la suya.
Un incendio como este debe ser preparado cuidadosamente durante todo el ciclo solar y nosotros
hemos venido preparándolo de la misma manera desde hace más de quinientos ciclos en todos los
bosques.
Sabemos exactamente que se quemarán estos árboles, los de aquí y los de allá, pero nada más que
esos y todo el material seco que se habrá acumulado en el suelo durante toda esta larga temporada
que llamamos un año y que termina con la celebración de lo que llaman una navidad; los incen-
dios grandes que ahora mismo se suceden sin pausa tienen su razón de ser en que nos han prohi-
bido, por cada uno de sus nacimientos salvíficos, nuestros fuegos rituales.
Y sin embargo nació, niño.
En el crepitar de esas llamas que se extendían alrededor suyo, Celia creyó oír por una vez la voz
de su padre, el comerciante mexicano a quien nunca conoció, alcanzado en su camino a la clínica
por el ataque terrorista de los supremacistas blancos y la consecuente quema de las protestas ne-
gras. No le importaría esa voz, empero. Esa tarde Celia escuchó sobre todo a la amiga de su ma -
dre y el baile y la música de la tribu. Cerca suyo cantaría un vireo de Bell, esa ave casi extingui-
da. La reconoció de inmediato. La presencia del humo comenzaría a retirarse de su sistema defi -
nitivamente: era su madre quien la habría llevado ahí para curarla.
El sol se filtraba, irisado al alba, entre sus pestañas.
El juego de colores era la única y mejor narración, concluyó. No más historias, sino la temperatu -
ra del tono en el aroma a pasto fresco sin cortar.
Entonces lo supo: fue una sola la voz sin palabra.
Había nacido.
FIN
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