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El Paisaje y Su Sombra - Cápitulo 2: Ciudad y Territorio

El ensayo explora el paisaje urbano desde una perspectiva que trasciende las nociones tradicionales de paisaje natural y pictórico, analizando las experiencias del viajero y el turista. Se argumenta que la complejidad de la vida urbana contemporánea se compensa con una disposición ético-estética que permite encontrar felicidad en medio de la infelicidad de la ciudad. A través de esta reflexión, se busca redefinir la relación entre el ser humano y el espacio urbano, enfatizando la importancia de la experiencia estética en la vida cotidiana.
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El Paisaje y Su Sombra - Cápitulo 2: Ciudad y Territorio

El ensayo explora el paisaje urbano desde una perspectiva que trasciende las nociones tradicionales de paisaje natural y pictórico, analizando las experiencias del viajero y el turista. Se argumenta que la complejidad de la vida urbana contemporánea se compensa con una disposición ético-estética que permite encontrar felicidad en medio de la infelicidad de la ciudad. A través de esta reflexión, se busca redefinir la relación entre el ser humano y el espacio urbano, enfatizando la importancia de la experiencia estética en la vida cotidiana.
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II.

Ciudad y territorio

Desafios 19.indb 71 30/01/2009 12:29:19 p.m.


Del viajero al turista:
estética y política del
paisaje urbano*
Enver Joel Torregroza Lara**

Artículo recibido: 20/07/2008


Evaluación par interno: 13/08/2008
Evaluación par externo: 18/09/2008

Resumen
El propósito de este ensayo es promover reflexiones sobre el paisaje urbano que
vayan más allá del concepto de paisaje natural y de la noción de paisaje como
objeto de representación pictórica. Gracias a una excursión inicial por la esté-
tica de la impureza propuesta por Mathieu Kessler, se describen los modos de ser
del viajero y del turista: dos de los posibles enfoques perceptivos del paisaje que
implican, cada uno a su manera, una particular disposición para la felicidad en
el espacio geográfico. Semejante descripción ético-estética se amplia para recorrer,
en sus complicidades, tensiones y paradojas, el modo de ser “citadino” o “ciuda-
dano” de quien transita la ciudad contemporánea. Se defiende así la idea de que
el exceso de ciudad que constituye ontológicamente la urbe contemporánea es en
parte compensado —felicidad en la infelicidad— con la disposición ético-estética
del transeúnte urbano.

Palabras clave: Estética, ontología, ética, política, ekística, paisaje urbano,


ciudad, viajeros, turismo, ciudadanía.

*
El presente ensayo fue en su mayor parte el resultado de discusiones desarrolladas en el se-
minario “El problema del espacio en la estética contemporánea”, bajo la tutela de la profesora
Amalia Boyer, en el Doctorado en Filosofía de la Universidad Javeriana en Bogotá. Agradezco
a todos los participantes del seminario sus agudas críticas y precisas recomendaciones.
**
Profesor principal e investigador, Centro de Estudios Políticos e Internacionales, facultades
de Ciencia Política y Gobierno y de Relaciones Internacionales, Universidad del Rosario,
Bogotá, Colombia. Correo electrónico: [email protected]

Desafíos, Bogotá (Colombia), (19): 71-103, semestre II de 2008

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Del viajero al turista: estética y política del paisaje urbano / 73

Of the traveler to the tourist: a


esthetics and politics of the urban
landscape
Abstract
The aim of this essay is to promote thought on urban landscapes that go further
than the concept of natural landscapes and than the notion of a landscape as an
object of pictorial representation. Thanks to an initial digression of the esthetics
of impurity proposed by Mathieu Kessler, the traveler’s and tourist’s way of being
are described: two of the possible landscape’s perceptive focuses that imply, each
in their own way, a particular disposition towards joy in the geographical area.
Such ethical-esthetic description is widened to cover, the “urban city dweller” or
the “citizen’s” ways of being and transiting the contemporary city within its
complicities, pressures and paradoxes; thus defending the idea that the excess city
which ontologically constitutes the contemporary metropolis is in part compensated
–happiness in unhappiness– with the ethical-esthetic disposition of the temporary
urban resident.

Key words: esthetics, ontology, ethics, policy, ekistics, urban landscape, city,
travelers, tourism, citizenship.

Desafíos, Bogotá (Colombia), (19): 71-103, semestre II de 2008

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74 / Enver Joel Torregroza Lara

Est igitur nocivum civitati,


vel ex loci dispositone,
vel ex quibuscumque aliis
rebus deliciis superfluis abundare.
Tomás de Aquino,
De regimine principium, II, 4

Introducción
El propósito de este ensayo es proponer un concepto de paisaje
urbano distante de las restringidas nociones de “paisaje natural” y
de “pintura de paisaje”. En la primera sección se describe la forma
corriente de concebir y experimentar el paisaje como objeto de placer,
escenario para las acciones humanas y espacio natural opuesto a la
ciudad. Tal descripción permite comprender por qué se acostumbra
asociar el paisaje a la naturaleza y a la pintura.

Con el fin de tomar distancia de las formas más corrientes de hablar


sobre el paisaje, en la segunda sección se describen los modos de ser
del viajero y del turista, mediante una breve excursión por la “estética
de la impureza” propuesta por Mathieu Kessler.1 El viajero y el turista
constituyen dos de los posibles enfoques perceptivos del paisaje que
implican, cada uno a su manera, una particular y distinta disposición
para la felicidad en el espacio geográfico.

En la tercera y última sección, la descripción ético-estética de ambos


modos de ser se amplía para recorrer, en sus complicidades, tensiones
y paradojas, el modo de ser “citadino” o “ciudadano” de quien transita
la ciudad contemporánea. Se defiende allí la idea de que el exceso de
ciudad que constituye ontológicamente la urbe contemporánea es en
parte compensado —felicidad en la infelicidad— con la disposición
ético-estética del transeúnte urbano.

1
Kessler, Mathieu. El paisaje y su sombra. Barcelona: Idea Books, 2000.

Desafíos, Bogotá (Colombia), (12): 71-103, semestre II de 2008

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Del viajero al turista: estética y política del paisaje urbano / 75

1. Formas habituales de concebir el paisaje

1.1. El paisaje como pintura


El paisaje usualmente ha sido considerado un tema estético. No por-
que la actividad filosófica occidental le haya dedicado, en el campo de
trabajo conocido como “estética”, un volumen amplio de reflexiones.
Por el contrario, lo cierto es que la filosofía no ha hablado mucho
sobre el paisaje, sino indirectamente al hablar de la naturaleza. Así se
crea que lo dicho sobre el paisaje es por ahora suficiente —me refiero,
por ejemplo, a las reflexiones sobre la simpatía como objeto propio
de la pintura de la naturaleza en la Estética de Hegel—, el paisaje no
es un tema ni recurrente ni central en la filosofía.2 Afirmar que el
paisaje usualmente es considerado un tema estético significa, más
bien, que para el entendimiento común este constituye una realidad
que genera placer.

Por estético no se entiende aquí la satisfacción desinteresada que ca-


racteriza, según Kant, el juicio puro de gusto. Según el filósofo alemán,
“cada cual debe confesar que el juicio sobre la belleza de algo en el
que se mezcla el menor interés es muy parcial y no es un juicio puro
de gusto”.3 Así, si demuestro interés en la existencia del edificio que
observo, el placer que me provee su visión no es puramente estético,
es un placer contaminado por el deseo de mantener la causa de mi
deleite. La satisfacción pura que provee la belleza no se rebaja, para
el puritano de Könisberg, al goce placentero de quien se deleita con
agrado en la existencia del objeto.4 Algo distinto ocurre en la forma
corriente de tratar las cosas: los paisajes se aprecian o desprecian,

2
Hay excepciones notables, pero igual marginales, no por débiles sino por ignoradas, como
la Estética del paisaje natural, de José María Sánchez de Muniaín Gil, donde se pone en tensión la
estética kantiana y la tomista a propósito del paisaje. También hay que destacar la obra, más
reciente, de Tetsuro Watsuji, Antropología del paisaje, donde la reflexión heideggeriana sobre
la existencia se “espacializa”, desarrollando una consideración ontológica y antropológica
del paisaje.
3
Kant, Immanuel. Crítica del juicio. México: Porrúa, 1991, § 2.
4
Sigo aquí la lectura que hace Kessler de Kant. Mi propósito no es discutir sutilmente posibles
interpretaciones de la filosofía kantiana, sino mostrar el contraste entre el uso filosófico de
la noción de estética y el uso popular cuando se habla de paisajes.

Desafíos, Bogotá (Colombia), (19): 71-103, semestre II de 2008

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valen por el placer que producen y la estimación que se les otorga


depende del deseo de aquel que los contempla.

Como no todos tenemos la misma clase de relación con el paisaje,


este pareciera estar dispuesto para ser degustado según el parecer de
cada quien. El paisaje —se dice— es objeto de goce estético. Por
eso mismo, se cree que no hay conocimiento sobre el paisaje distinto
de la experiencia subjetiva, siempre de carácter individual. El paisaje
queda así por fuera de toda pretendida observación científica, no
porque la ciencia no hable de paisajes, sino porque el goce no es su
objetivo principal.

Como las posturas estéticas no son universalmente compartidas, se


cree que ninguna cuestión estética es objetiva; sobre todo tratán-
dose de paisajes. Mientras que en otros campos de apreciación
estética se admite la existencia de autoridades competentes en la
materia, que pueden emitir juicios mucho más depurados que los
de una persona común, el paisaje parece pertenecer al terreno de lo
que está abierto a todos, pudiendo ser juzgado sin reservas. Por su-
puesto, esto sólo se admite en relación con el paisaje “directamente”
observado por un espectador, sin defensas; después de todo, existen
reservas con respecto a la capacidad de cualquiera de emitir un juicio
aceptable sobre la pintura de un paisaje.

Que el paisaje sea considerado un tema estético también significa que


es considerado como un campo de trabajo de arquitectos y diseñado-
res, pues son ellos los que se encargan profesionalmente de tenerlo en
cuenta a la hora de diseñar, construir y ambientar un espacio para el
hombre. Motivados por la filosofía, arquitectos y diseñadores también
han tenido que pensar hasta qué punto en este espacio el ser humano
encuentra su destino; si es un espacio del hombre.5 Semejante cuestión
ha resultado crucial para pensar todo aquello que se quiere decir
con la expresión “espacio humano”: el espacio del hombre en la era
de los viajes espaciales, el espacio acomodado a los requerimientos

5
Ver, por ejemplo, el libro La arquitectura como experiencia. Espacio, cuerpo y sensibilidad, de
Alberto Saldarriaga Roa.

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Del viajero al turista: estética y política del paisaje urbano / 77

del hombre, el espacio como un quantum mínimo de extensión para


que un cuerpo pueda darse, y —siguiendo a Heidegger— el es-
pacio que el ser humano le otorga libremente al espacio, el espacio
liberador y liberado.6 En este sentido, uno de los mayores retos a
los que se enfrenta la arquitectura contemporánea tiene que ver con
pensar conjuntamente dos espacios ontológicamente diferentes: el
geométrico (de la técnica) y el plástico (de la escultura).

La arquitectura contemporánea también ha dado lugar a aproximaciones


discursivas sobre el espacio en las que la categoría “paisaje” resulta ser
la más general y central, abarcando tanto lo urbano como lo no urbano;
aunque lo ha hecho más por una moda estetizante o un hábito de la retó-
rica ecológica que por una decisión consciente.7 Según la forma corriente
de entender el asunto, la tarea de arquitectos y diseñadores sigue siendo
la de producir espacio a escala humana; un espacio en el que el paisaje
tenga algún lugar, ya sea como entorno, como jardín o como pintura.

En el concepto tradicional y común del espacio arquitectónico como


un espacio diseñado para el hombre, el paisaje parece tener el lugar
de lo accesorio, del decorado o del marco; forma de relacionarse
con el paisaje que corresponde a la idea de este como escenario para
grandes obras, marco en el que se desarrollan empresas o se desen-
cadenan acontecimientos. Así lo señala la historia de su lugar en la
pintura occidental; antes de la pintura impresionista liberada en sus
objetivos gracias a la aparición de la fotografía, antes del paisaje de
la pintura de género del realismo bucólico del siglo XIX, antes de la
pintura flamenca del XVI, el paisaje en la pintura había sido apenas
un marco para las acciones divinas o humanas.8

6
Heidegger, Martín. Observaciones relativas al arte-la plástica-el espacio. Pamplona: Universidad
de Navarra, 2002.
7
Basta consultar algunos textos para confirmar el uso de la noción de paisaje como recurso
para introducir discusiones ecológicas en los campos de la arquitectura y de la política: Placing
nature: Culture and Landscape Ecology, de Joan Nassauer et al.; Unnatural Horizons: Paradox and
Contradiction in Landscape Architecture, de Allen Weiss; Recovering Landscape: Essays in Contempo-
rary Landscape Architecture, editado por James Corner; Landscape Ecology Principles in Landscape
Architecture and Land-Use Planningk, de Henche Dramstad; y Landscape and Sustainability, de
John Benson y Maggie Roe.
8
“Nunca en el Renacimiento italiano fue el paisaje, sino tardíamente, otra cosa que simple
fondo del asunto expresado en el muro, en la tabla o en el lienzo (…) Cuando el primitivismo

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Cuando se habla de paisajes también se trata, generalmente, de imá-


genes: representaciones pictóricas que buscan recrear la experiencia
visual de un paraje, que proyectan en una superficie bidimensional
lugares soñados destinados a estimular nuestra imaginación, o simple-
mente fotografías que tratan de capturar en un instante el esplendor,
la belleza o el sobrecogedor espectáculo de algún paraje del mundo.
Cabe preguntarse desde ya hasta qué punto el paisaje experimentado
por el observador que lo contempla no está por principio confi-
gurado por el paisaje representado, figurado, fotografiado o incluso
soñado. Resulta difícil pensar hoy en día en el paisaje sin tener en
cuenta cómo el modo en que este es representado ordena nuestra
simple percepción cotidiana de los parajes.

Muchos parajes que visitamos ya han sido vistos de algún modo. No


sólo porque literalmente hemos visto imágenes de los mismos con
anterioridad, sino también y sobre todo porque nuestros espacios
culturales nos ofrecen, de manera continua, imágenes de paisajes
que educan nuestra mirada. El reto de pensar hoy en día la diferencia
entre la imagen y la realidad, la virtualidad y la realidad, tiene que ver
más con la forma como las imágenes dan forma a nuestro mundo
cotidiano que con el supuesto lugar subsidiario que ocupan las
imágenes en relación con “lo real”.9 En un sentido importante,
pero a menudo exagerado, el diagnóstico contemporáneo reconoce
la virtualidad de la realidad que llamamos cotidiana.10

flamenco llegaba a su cima, a fines del siglo XV, con artistas tan pulcros como lo fue Ge-
rardo de San Juan, esos fondos de paisaje llegaron a ser algo más, de suerte que en una obra
como, por ejemplo, San Juan Bautista en el desierto, del citado maestro (…) la figura parece
un pretexto para poder explayarse en el hermoso paisaje.” (Puig y Perucho, B. La pintura de
paisaje. Barcelona: Meseguer, 1948: 23-25; ver también: Kessler, M. El paisaje y su sombra).
9
Para un planteamiento completo de los problemas aquí sugeridos consúltese el excelente
libro Los límites de la estética de la representación, editado por Adolfo Chaparro.
10
Por poner ejemplos pertinentes, algunas recientes consideraciones teóricas llegan al ex-
tremo de diluir la ciudad “real” en sus representaciones, concluyendo que la ciudad elude
todo tipo de definición (Shields, Rob. “A Guide to Urban Representations and What to do
About It: Alternative Traditions of Urban Theories”) o defienden la inexistencia de una
ciudad “objeto” diluida en topologías puramente subjetivas (Preziosi, Donald. “Oublier La
Città”). Incluso, se ha hecho costumbre asumir la imposibilidad ontológica y epistemológica
de pensar el espacio geográfico de la ciudad como espacio estructurante, en una problemá-
tica reducción del especio geográfico a lo que la lógica de las imágenes nos enseñan de él, a
las diversas reparticiones discursivas de lo visible e invisible (Deriu, Davide. “Opaque and

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Adicionalmente, pero no menos significativo, también es necesario


reconocer, como lo hace Mathieu Kessler, que la noción de paisaje
y la experiencia correspondiente, al menos tal y como usualmente la
entendemos, surgió recientemente en Occidente.11 Una idea análoga
de paisaje surgió antes en Oriente, pero sus rastros no van más allá de
la pintura china del siglo V, aunque algunos proponen que incluso
antes.12 El paisaje que experimentamos, pensamos o representamos
los occidentales es una ocurrencia moderna, difícil de rastrear en
tiempos clásicos. Su historia coincide, sugestivamente, con la de su
representación pictórica en Occidente y explota, en un notable fe-
nómeno inflacionario, con la creación de las técnicas fotográficas y
de producción digital de imágenes. Nuestra idea cotidiana de paisaje
está atravesada por su representación, por su imagen.

1.2. Paisaje natural y paisaje urbano


Cuando pensamos en paisaje también solemos pensar, en y por princi-
pio, en el paisaje natural. Para algunos, incluso, el paisaje es sinónimo
de naturaleza.13 La relación del ser humano moderno occidental con
la naturaleza se puede leer no sólo en la historia de la reflexión que
se presenta a sí misma como filosófica, sino también en la de las
múltiples representaciones del paisaje, sean literarias o pictóricas, que
se iniciarían quizás con Petrarca en el siglo XIV.14 Que la naturaleza
sea concebida como paisaje y que este sea entendido, por lo general,
como paisaje natural es una señal del lugar que ocupa la naturaleza
en la cultura moderna. Ejemplo de ello es el simple hecho de que nos
lancemos continuamente a pensar el lugar que ocupa la naturaleza
en nuestra cultura, y no tengamos la tendencia a pensar más bien el

Transparent: Writings on Urban Representations and Imaginations”). Como el mismo Deriu


señala, resulta riesgoso asumir acríticamente la categoría de representación y cómodamente
poner entre comillas el término “ciudad”, no sólo porque tales prácticas del discurso de los
estudios culturales son estériles y reduccionistas, como Deriu señala, sino también porque
olvidan la riqueza de la vivencia humana en el espacio geográfico. Las recientes exageraciones
teóricas quizás se deban a la recurrente incapacidad de algunos discursos académicos para
pensar el espacio de modo no geométrico.
11
Kessler, op. cit.
12
Pischel, Gina. Breve historia del arte chino. Barcelona: Labor, 1967; Puig y Perucho, op. cit.
13
Ver, por ejemplo, el artículo “Paisaje”, de Bernard Lassus, en el libro de Daniela Cola-
franceschi, Land&ScapeSeries: Landscape+100 palabras para habitarlo.
14
Puig y Perucho, op. cit.

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lugar que ocupa nuestra cultura en la naturaleza; o también, el que


creamos poder distinguir, con tan aparente claridad, la naturaleza de
la cultura.

Por cultura hay que entender aquí, entre otras cosas, un concepto
de ciudad y la ciudad misma como realidad. Parecería extraño que
se vinculen dos conceptos que por lo general no son identificados;
simplemente sigo la sugerencia straussiana15 de traducir polis por
cultura, para hacer comprensible la idea de ciudad antigua al mismo
tiempo que se ilumina la idea moderna de cultura (si se me perdona
el pleonasmo, pues la idea de cultura es moderna). La noción de
cultura es cultural; esto implica, sencillamente, que la cultura mo-
derna occidental es la de la ciudad moderna occidental, cuyo modelo
se extiende progresivamente por el mundo, hasta tal punto que se ha
llegado a creer que la ciudad moderna occidental es el mundo (o,
por lo menos, que el mundo sólo puede ser pensado como ciudad
moderna occidental).16

Esta ciudad no es, por supuesto, la ciudad de la antigua Grecia; no


es la polis, cuyo contorno aristotélico se esforzaron por restablecer
Hanna Arendt y Leo Strauss.17 Tampoco es la urbe romana, cabeza
del orbe romano, cuyas móviles fronteras rodean el mare nostrum,
más allá de las cuales hay barbari. Tal ciudad no es el versátil puer-
to alejandrino, polis y urbe a la vez, abierta desde su fundación, y
en virtud de su particular emplazamiento, a las múltiples lenguas,
a todos los ritos, comercios, tráficos y saberes, donde la filosofía
sembró sus novedosos templos y donde la fe cristiana brotó de las
catacumbas para querer abrazar a todas las naciones.

15
Strauss, Leo. La ciudad y el hombre. Buenos Aires: Katz, 2006.
16
Vale la pena pensar hasta qué punto este tema subyace a todo proyecto de teoría de las
relaciones internacionales. Por ejemplo, Stanley Hoffmann señaló en una ocasión (Teorías
contemporáneas de las relaciones internacionales) que el papel arquitectónico de la teoría de las
relaciones internacionales en el mundo contemporáneo es análogo al papel arquitectónico
atribuido por Aristóteles a la ciencia política en la polis. Que semejante propuesta no ha
quedado en el aire se puede constatar en The Restructuring of International Relations Theory, de
Neufeld, p. 12.
17
En La condición humana, y en La ciudad y el hombre, respectivamente.

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Tal ciudad no es la Civitas Dei, no es la Ekklesia ni la Umma, pero tam-


poco es el alcázar, ni la villa, ni la fundación colonial; no es ya el burgo
siquiera. Así algo de todas estas viejas ciudades la atraviesen, la ciudad
moderna occidental es, más bien, por donde se la mire, un exceso de
ciudad. Un exceso, por tanto, de politización, urbanización, culturización
y civilización. La ciudad en nuestros tiempos se ha desbordado, se ha
extendido más allá de los límites que antiguamente la contenían en un
espacio amurallado. No sólo estamos pensando aquí en el evidente
proceso de hiperurbanización de finales del siglo XX y comienzos
del XXI, asociado al crecimiento demográfico; también pensamos en
la ausencia contemporánea de espacios que no estén cobijados por la
sombra citadina, que no sean estudiados por su ciencia, imaginados
por su arte o administrados por su política.

No en vano se puede decir que el paisaje natural es un resultado his-


tórico de la ciudad moderna occidental,18 y añado, una consecuencia
inevitable, aunque contingente, de su exceso; otra prueba, por tanto,
de la novedad histórica del paisaje como imagen, como experiencia y,
en suma, como realidad en la historia de Occidente. El paisaje natural
(y la naturaleza como paisaje) compensa el exceso de ciudad moderna
occidental; surge como un fenómeno de compensación, para usar una
expresión desarrollada con precisión por Odo Marquard (quien sigue,
a su vez, una idea de Joachim Ritter).19 En esta misma línea, el paisaje
natural también compensaría el exceso de ciudad contemporánea, el
de simultaneidad de todas las culturas y épocas, el de co-presencia de
todos los sucesos en las babélicas plazas de Internet y el teléfono
celular: puesto que el exceso no es sólo “hacia fuera”, sino también
“hacia dentro”; no es sólo la extensión de la ciudad a todas partes,
sino también la concentración de todo el globo en cada punto.

Ante el agobio, la ausencia de aire, la falta de espacio, el exceso de


ruido, la masificación, la acelerada hipertecnificación, la invasión con-
tinua del espacio interior, ya casi exangüe y en algunos casos ausente,
el paisaje natural surge como el otro espacio necesario de escape,

18
Como lo recuerda Gerard Vilar en su postfacio a El paisaje y su sombra, de Kessler.
19
Marquard, Odo. Filosofía de la compensación. Barcelona: Paidós, 2001.

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solaz, alivio que compensa, felicidad en la infelicidad —el concepto es de


Marquard también—;20 la ausencia de espacio, pero también el vacío
del mismo y su gigantismo en las ciudades contemporáneas.

A la vez, el paisaje natural es un excedente de la urbe contemporánea;


hace parte también de su exceso, no simplemente como uno de sus
productos, efectos o logros, sino también, y paradójicamente, como
aquello que la produce, al trazar sus contornos, al llenar sus espacios
e, incluso, al hacer posibles los conceptos con los cuales la pensamos,
como cuando hablamos, por ejemplo, de “la selva de cemento”. Sin
paisaje natural, sin ese excedente, que también es un exceso, no hay
urbe contemporánea, no hay ciudad moderna occidental. Operando
bajo la extraña lógica del suplemento —el concepto es de Derrida—,21
que completa lo que parecía completo, que sustituye aquello que era
insustituible, el remedio para la enfermedad de la ciudad que es el
paisaje natural se revela también como su veneno, contaminando el
espacio de la urbe en su pretendida pureza cultural y, en ocasiones,
amenazando la ciudad misma.

Ambivalente como un fármaco el paisaje no está, entonces, fuera ni


dentro de la ciudad, desplazándose continuamente y convirtiendo la
ciudad en naturaleza y la naturaleza en ciudad. Semejante tráfico
de espacios no sólo nos habla del carácter natural de lo urbano, de la
ciudad como paisaje, sino también del carácter urbano de lo natural,
del paisaje como ciudad; pista indispensable para pensar el paisaje
urbano en su deuda con la naturaleza y la naturaleza en su deuda con
la ciudad moderna occidental.

Estas consideraciones preliminares nos permiten afirmar que, a pesar


de los esfuerzos teóricos contemporáneos, el paisaje suele ser enten-
dido como un tema propio de la perspectiva estética que privilegia el
ojo, como marco, imagen y paisaje natural. Tales formas de entender
el paisaje están por supuesto articuladas. La perspectiva estética que
destaca la posición del observador o espectador que contempla está

Marquard, Odo. Felicidad en la infelicidad. Buenos Aires: Katz, 2006.


20

21
Derrida, Jacques. De la gramatología. México: Siglo XXI, 1971; La diseminación. Madrid:
Fundamentos, 1975.

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íntimamente asociada a la posesión de una imagen o representación:


capturar la mejor imagen posible desde un mirador. A su vez, una
de las posibles formas de relacionarse con la naturaleza, con el pai-
saje natural, es justamente la de obtener una imagen del conjunto
de lo observado, un panorama que permita atrapar el conjunto en
un cuadro. El paisaje sirve de fondo para la fotografía que se hace
tomar el turista: protagonista envanecido por la soberbia de un paisaje
dispuesto sólo para él, al menos por un instante. El paisaje natural,
antes de ser visto como tal, ha servido y sigue sirviendo como marco
de otras representaciones, escenario del acaecer del mundo.

Determinado el paisaje natural como escenario para la acción humana


y como objeto de contemplación visual, ha quedado subordinado a
las preocupaciones, quehaceres y necesidades del ser humano, y por
esta vía, ha quedado subordinado también a las lógicas de la vida
social, al espacio de la cultura, la ciudad, la civilización y la políti-
ca. Se destaca aquí entonces una cierta concepción del espacio del
paisaje natural como depósito de bienes para el ser humano —sea
que se lo explote o se lo proteja—, marco en el que corren las ac-
ciones humanas —sean de explotación o de protección— y mera
representación visual; concepción que le hace eco a la tendencia del
pensamiento occidental a sobrevalorar la vista como órgano superior
del conocimiento. Por ello, pensar el paisaje no natural requiere no
sólo un desplazamiento de las fronteras entre los conceptos de
paisaje natural y paisaje urbano —trabajo que ya está supuesto en
la noción común de paisaje—, sino también un distanciamiento del
paisaje como imagen —de aquellas consideraciones estéticas que le
otorgan un lugar destacado a la mera perspectiva, la contemplación
y la observación—, al mismo tiempo que del paisaje como fuente de
bienes y marco de acciones.

2. Del paisaje puro al impuro

2.1 La contemplación desinteresada del espacio geográfico


Una de las características del pensamiento moderno es su empeño por
distinguir espacios distintos, trazando entre ellos fronteras conceptua-
les que permitan deambular por cada uno de ellos sin contaminarse

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de los otros. Por supuesto, tal empeño es moderno no porque “antes”


no se lo haya intentado, sino sobre todo por el tipo novedoso de dis-
posición geográfica que propone su característica distribución de los
espacios. Jacques Rancière ha propuesto la noción de régimen para
describir las formas principales como se distribuye el espacio de lo
visible y lo decible, descubriendo la política implícita en toda estética
y la estética implícita en toda política,22 a partir de una concepción
restringida de la política como disenso que des-estetiza y libera de
compromisos éticos la política de repartición de espacios de las ins-
tancias cada vez más invisibles pero efectivas de las instituciones del
poder tradicional.23

Aquí es suficiente pensar, con cierta ingenuidad, en disposiciones


geográficas cuyo rastreo es más fácil de efectuar: mientras que en el
orden del mundo ptolemaico hay una jerarquía de esferas que se incluyen
unas a otras, en el orden moderno occidental hay más bien esferas
y, en ocasiones, sólo planos, que eventualmente se intersectan pero
que por principio se encuentran separados.

La distribución del espacio en esferas separadas —la política, la esté-


tica, la moral, la religiosa, la científica, etc.— no implica que se hayan
dejado de formular relaciones jerárquicas entre ellas: sólo señala que
lo que ocurre en un espacio no tiene porqué afectar esencialmente a
otro. Semejante idea de esferas no concéntricas permitió, sin duda,
en el mundo moderno occidental, el auge de los mundos parale-
los, los mundos posibles y hasta la idea misma de hacer mundos,
multiplicando indefinidamente la compleja relación entre espacios
excéntricos ya anunciada en el dualismo platónico y subrayada en

22
Rancière, Jacques. Le partage du sensible. Esthétique et politique. Paris: La Fabrique Éditions,
2000; Sobre políticas estéticas, Barcelona: Museo d’Art Contemporani de Barcelona, Universitat
Autònoma de Barcelona, 2005.
23
La idea de Rancière de la política como partición y repartición de espacios comunes es
muy potente y en cierta medida la sigo, pero no comparto su idea de que el lugar de la
política (que él entiende como desacuerdo) está por fuera de los espacios institucionales de
la policy. Semejante concepción de la política debe ser enfáticamente rechazada por los
peligros que implica, entre los cuales se encuentra facilitarle a la lógica del capital su control
tecnocrático del espacio político, sin necesidad de recurrir a la política. Rancière necesitaría
leer En defensa de la política, de Bernard Crick.

Desafíos, Bogotá (Colombia), (12): 71-103, semestre II de 2008

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Del viajero al turista: estética y política del paisaje urbano / 85

los dualismos cristiano y cartesiano.24 Por ello, no es extraño aún en


nuestro tiempo pensar que el espacio estético es distinto al moral o
al político. Nos atrevemos a pensar, por supuesto, sus puntos de en-
cuentro, sus fronteras indecisas, sus zonas de hibridación, mestizaje y
contaminación mutua; pero todo ello lo hacemos, inevitablemente, gra-
cias a una previa distribución de espacios definidos en su pureza.25

Como ya señalamos, en Kant está claro, por ejemplo, que el juicio


estético, el juicio a propósito de la belleza de un objeto, no tiene
nada que ver con el conocimiento del objeto, con su utilidad y ni
siquiera con su existencia.26 A la luz de la estética kantiana, lo que
convierte a la mirada humana del paisaje en estética es su desinterés
por la eventual utilidad, beneficio o conocimiento que provee tal
contemplación. Según esto, el paisaje sería tema estético justamente
porque con él podemos tener una relación desinteresada que nos per-
mite satisfacernos con su imagen de forma pura, sin contaminarnos
de preocupaciones hedónicas, eudemónicas, políticas o científicas.

La idea de una contemplación desinteresada no es nueva: define la


actitud teórica de quien busca y contempla la verdad en la filosofía
de Aristóteles. Cuando los hombres ya se han liberado de todas su
necesidades, dice Aristóteles (Met.: 981b20), pueden consagrarse al
ocio, entrar en el espacio teórico de la plena libertad que nos otorga

24
Lo que haya que comprender por distribución de espacios en las diferentes modernidades
occidentales, junto con las diferencias inherentes a las diversas formas de modernidad occi-
dental, es algo que habrá que pensar en otro lugar, también de modo espacial o geográfico,
con el fin de afrontar metódicamente las ampliamente reconocidas dificultades de la filosofía
de la historia. Las reflexiones contenidas en este ensayo quizá sirvan de herramienta para
pensar esos espacios geográficos como paisajes y no sólo como espacios continentes.
25
Prueba de ello son las reflexiones recientes en arquitectura, que tratando de inspirarse
en las filosofías de Heidegger y Derrida, y en otras tendencias llamadas posmodernas,
discuten a propósito de las fronteras entre paisaje y ciudad. En muchas de estas discusiones
el paisaje funge como símbolo de lo estético y la ciudad como símbolo de lo político. Ver
City as Landscape, de Tom Turner quien propone un tratamiento “post-posmoderno” de los
temas arquitectónicos. Mucho más claras y pertinentes son, sin embargo, las elaboraciones
teóricas, durante los años 90, del llamado “suburbanismo” como frontera entre ciudad y
naturaleza a partir de la cual se piensa la ciudad (ver: Suburbanismo y el arte de la memoria, de
Sébastien Marot). Para una síntesis de las teorías urbanas, modernas y posmodernas, hasta
1990 ver “Modern Urban Theory in Question” de Philip Cooke.
26
Kant, op. cit.

Desafíos, Bogotá (Colombia), (19): 71-103, semestre II de 2008

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86 / Enver Joel Torregroza Lara

la verdad que se nos muestra libremente. Sin embargo, no es extraño


que en Aristóteles sea justamente esta actitud, este modo de relacio-
narse, el que constituya el modo de vida más elevado posible para el
hombre (Eth.Nic.: 1177a15 y ss.) aquél en el que la virtud del hombre
es posible de manera plena.

Para Aristóteles no es indispensable pensar la contemplación teórica,


la forma más alta de conocimiento, por fuera del espacio de la ética;
es más, constituye la ética que él privilegia, el modo de ser feliz que
corresponde con la esencia del hombre. En Kant, en cambio, la noción
misma de felicidad es ya una contaminación desde el punto de
vista moral.27 La búsqueda de la felicidad ya no implica una ética
de la virtud, sino una del cálculo y del efecto, en donde la clásica no-
ción de phrónesis queda desdibujada en una prudencia calculada. La
noción de felicidad, al estar empíricamente condicionada, no puede
ser admitida desde esta perspectiva en el espacio de la moral pura ni,
mucho menos, en el de la estética pura.

Desde el punto de vista de la estética pura, tan hábilmente expuesta por


Kant, demostrar algún interés por el paisaje es entregarlo a los place-
res concretos, empíricos, coyunturales, históricos y, por ello, impuros
de un ser humano determinado. Quien ve en el paisaje una fuente de
recursos, un depósito de bienes, lo contempla utilitariamente y por
ello no puede verlo en su belleza. Quien se asoma al paisaje con el
decidido propósito de gozarlo, sólo ve en él un medio con miras a la
obtención de un fin placentero y, por ello, no alcanza la pureza es-
pontánea y desprendida de la contemplación estética: no alcanza el
paisaje que se ofrece como libre favor, sin objeto ni causa.28

El paisaje adquiere por tanto su posición estética cuando se lo encuen-


tra libre de los intereses muy mundanos del ser concreto, carnal y
sensible. Sin embargo, semejante acontecimiento sólo parece ocurrir
cuando el paisaje justamente surge como pintura, como representación
expuesta ante los ojos, dispuesta a ser contemplada, pero que en su

27
Kant, Immanuel. Fundamentación de la metafísica de las costumbres. Barcelona: Ariel, 1996.
28
Kessler, op. cit.

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Del viajero al turista: estética y política del paisaje urbano / 87

ser-paisaje no puede siquiera ser tocada y mucho menos pisada. Las


distinciones kantianas, siguiendo a Kessler, inducen a pensar que
es el arte representacional el lugar privilegiado en el que lo universal
de la naturaleza se desprende y eleva en correspondencia con el sujeto
puro de la contemplación estética.

2.2. La estética de la impureza de Kessler


En El paisaje y su sombra, Mathieu Kessler abre caminos y despeja
terrenos al defender una estética del paisaje en donde la percepción
visual es apenas un componente más de las variadas relaciones con
el paisaje que puede tener cualquier paisano. Esta estética del paisaje,
amén de implicar los otros sentidos despreciados por la monarquía de
la vista, nos habla de las actitudes, disposiciones y virtudes relacionadas
con la andadura del paisaje; es decir, toda una serie de aspectos éticos
indisociables de la experiencia estética del paisaje in situ, notoriamente
distante de aquella que puede soportar un visitante extraviado obser-
vando imágenes colgadas en un museo.29 Así, Kessler nos hace pensar
en algo casi olvidado: los paisajes se caminan, no sólo se contemplan.
Semejante paso filosófico le basta para proponer un concepto de
paisaje mucho más potente, rico y vital.

Partiendo de la óptica del espectador desinteresado que percibe espon-


táneamente la belleza pictórica, descrita según el molde de la estética
kantiana, Kessler salta jovialmente, con dinamismo nietzscheano, a la
experiencia del viajero que borra a cada paso la distinción entre sujeto
y objeto. La excursión filosófica trazada por Kessler diluye incluso
las nociones mismas de sujeto y objeto.30 Mediante una genealogía
filosófica que pone en evidencia los diferentes tipos de aproximación
subjetiva sobre el espacio geográfico, distinguiendo los modos del viajero,
el turista, el explorador, el aventurero y el conquistador, Kessler desa-
rrolla una estética del paisaje que nos recuerda el carácter dinámico
de nuestra experiencia con el espacio geográfico (pays) recorrido,
en la que el interés ético “contamina” el supuesto desinterés de toda
perspectiva estética.31

29
Ibíd., p. 34.
30
Ibíd., p. 53.
31
Ibíd., pp. 49 y ss.

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Semejante estética de la “impureza” permite pensar, más allá de


Kessler, no sólo nuestra relación ético-estética con el paisaje natural,
sino también nuestra relación ético-estética con el paisaje urbano, en
el espacio de una urbe sin tiempo y en el tiempo de una urbe sin es-
pacio. Lejos de oponer la ética a la estética, de oponer un modo de
vida a una vida de la moda, de oponer una vida natural a una vida
moderna, la estética de la impureza de este autor nos recuerda el
vínculo entre la actitud y la visión, entre la disposición y la percep-
ción: vínculo que se hace manifiesto cuando pensamos la felicidad,
esto es, la virtud del placer y el placer de la virtud. Por ello, antes
de acercarnos en la sección final de este artículo a la problemática
relación entre paisaje urbano, felicidad y política, debemos realizar,
siguiendo las reflexiones de Kessler, una excursión extramuros que
haga posible tal aproximación.

Kessler aprovecha las distinciones kantianas para desandar el ca-


mino que trazan. En un primer itinerario, subraya las antinomias
que sostienen posibles relaciones con el paisaje.32 Al ser entendido
este como un libre favor, sin objeto y sin causa, brota con claridad
la oposición entre lo visible y lo táctil, entre lo desinteresado de la
mirada y lo interesado del tocar, que dibuja la frágil frontera entre un
placer (satisfacción) que no toca y otro que acaricia (deleite); frontera
que encuentra su realización en las pinturas de paisajes colgadas en
las paredes de los museos, por donde se pasean distantes los especta-
dores extraviados. Sólo viendo el paisaje, no tocándolo, el espectador
encuentra un placer puro y, sin embargo, tenso, ya que el paisaje en
su conjunto parece “estar a la mano” sin estarlo. Lo que allí expresa
—evento que se reproduce, por supuesto, ante un paisaje visto desde
un mirador— trasciende toda mirada y no se deja atrapar, por tanto,
por la siempre latente “vulgar obscenidad” del ser concreto que lo
observa, liberándolo, a su vez, de sus carnales trabas.

Kessler recuerda, en todo caso, cómo la pintura de paisaje y la


correspondiente apreciación estética desinteresada suponen tanto
un concreto espacio geográfico previo, que hace posible la pintura
y su contemplación, como la travesía por ese espacio geográfico, su

32
Ibíd., pp. 9-27.

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Del viajero al turista: estética y política del paisaje urbano / 89

andadura.33 En la experimentación del espacio geográfico no sólo


vemos; también tocamos, oímos, olemos, saboreamos y pisamos. La
relación concreta con el espacio geográfico no es puramente visual,
puesto que implica una variedad de sensaciones y sentimientos aso-
ciados con las propiedades concretas del paisaje en cuestión. Quien
vive el espacio geográfico, quien lo atraviesa paso a paso, no se limita a
contemplar el paisaje —si es que una contemplación pura semejante
a la kantiana es posible—, ya que está interesado en su existencia.

Gracias a ese interés es que se deja permear por las vicisitudes del
paisaje, por sus accidentes, develando una relación esencial con
el paisaje que no es —sugestiva particularidad— con su esencia es-
colásticamente concebida. Su actitud interesada paradójicamente lo
acerca a la posibilidad de que el paisaje le dé forma a sus pasos, a
su camino y a su modo de vida. Quien transita el paisaje con interés
se encuentra más abierto a que el paisaje lo convierta, lo atraviese,
o sencillamente lo canse o estimule, lo agote y lo impulse; a la vez
que se encuentra más lejos de la posibilidad de someter al paisaje a
una mirada que lo cubra.

Pasear implica una valoración particular de los elementos del espacio


geográfico que hacen factible su andadura, que la hacen humana. La
vivencia del espacio geográfico enriquece la noción de paisaje, otor-
gándole cuerpo a la experiencia estética, en la medida en que vincula
la tendencia a la pasividad, característica de la percepción visual, con
la actividad que provocan el olfato, el tacto y el oído; transforma,
entonces, la visión en percepción activa, estimulando por lo menos
una contemplación más interesada y menos “teórica”. En suma, la
vivencia del espacio geográfico integra en la actividad del caminante
la satisfacción desinteresada de la contemplación estética, como un
elemento más de su interés en el paisaje.

2.3 Genealogía del viajero y el turista


En una primera instancia, el paisaje es la percepción subjetiva del
espacio geográfico. Lo que la pintura de paisaje revela es justamente

33
Ibíd., p. 15.

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90 / Enver Joel Torregroza Lara

el desprendimiento del observador que logra una visión de conjunto


de una presencia armoniosa que no privilegia ninguno de sus elemen-
tos, instaurando una relación sin eficacia, sin propósito deliberado, sin
objeto. Sin confundirse con las representaciones sublimes de espacios
desbordados, que manifiestan la intención de comunicar las fronteras
que trascienden la experiencia humana, el paisaje se atiene en su
belleza a los límites humanos de un espacio geográfico concreto, ni
muy grande como para que exceda nuestra mirada —desvinculándose
de nuestra condición humana—, ni muy pequeño como para que su-
braye la presencia de algún elemento en su composición, impidiendo
así liberarlo de nuestros intereses cotidianos.

Como percepción subjetiva, como visión, el paisaje, sin embargo, se


mantiene en sus móviles límites porque está constituido a la medida
de nuestros pasos. En la genealogía que Kessler desarrolla de los
diversos modos de relacionarse con el paisaje, ofrece una prueba
más de cómo una estética de la pura contemplación no es suficiente
siquiera para explicar la pintura del paisaje, puesto que esta supone no
sólo el espacio geográfico, sino también aquellas vivencias de este, en
las que los pasos, la andadura, pesan más que la mirada distante
del observador.34

Según Kessler, se pueden distinguir cinco formas de aproximación


al espacio geográfico que pueden jerarquizarse en función de su ca-
pacidad para ajustarse a una experiencia estética del paisaje descrita
según parámetros kantianos.35 En primer lugar, está el viajero en
quien la contemplación desinteresada —paradójica pero lógicamen-
te— encuentra su fuente última en virtud de su disposición feliz a
apreciar el paisaje más allá de cualquier interés de dominio, dejando
libre al paisaje y permitiendo que este constituya sus propias tensiones

34
Ibíd., pp. 23 y ss.
35
Los enfoques perceptivos descritos por Kessler no son los únicos posibles. Una tarea futura
sería pensar la relación con el espacio geográfico de un nómade, un migrante, un refugiado,
un caravanero, un peregrino, un vagabundo, un enviado o un diplomático. Es probable que
haya diferencias significativas ético-estéticas entre conquistadores y colonizadores, entre
santos y misioneros y entre aventureros, comerciantes y hombres de negocios. Se abren
pues aquí prometedores campos de reflexión que Kessler no aborda.

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Del viajero al turista: estética y política del paisaje urbano / 91

corpóreo-anímicas.36 En segundo lugar, se encuentran aproximaciones


“no auténticas”—según Kessler— con el paisaje: el turista, el con-
quistador, el aventurero y el explorador. No son auténticas, ya que
el viajero es el único tipo antropológico que corresponde con la
autarquía del paisaje desde el punto de vista de una estética pura. El
viajero cultiva una ética de virtudes corpóreo-anímicas atléticamente
formadas por la disposición accidental del espacio geográfico que
recorre, y eso lo aproxima a las formas “no auténticas” de relacio-
narse con el paisaje.

Aunque la caracterización última de las virtudes del viajero la hace


Kessler en términos nietzscheanos, esto es, como potencia, fuerza o
voluntad más allá del bien y del mal, que no procura otro interés
que alimentarse a sí misma, el modo de ser del viajero lo podemos
describir nosotros aristotélicamente como un justo medio entre
los excesos del turista y los del aventurero.

El turista consume el espacio geográfico, se apropia del paisaje de


forma mediata por la vía de la imagen panorámica, gustoso en cons-
tatar la existencia del paraje, pero no se deja —según esta caracteriza-
ción extrema— atravesar por la experiencia de la andadura. El turista
desarrolla una relación distante con el espacio geográfico in situ.

Al turista le corresponde el sitio,37 no el paisaje. En el recorrido pre-


determinado (tour) diseñado expresamente para ser consumido, el
turista tiene muy pocas oportunidades para experimentar el paisaje
como lo haría el viajero. Según Kessler, el turista es un consumidor
de sitios, un pseudoviajero que quema o agota etapas logrando un
placer viciado por su carácter violento. Cada vez que puede, desflora
el espacio geográfico prostituido.38 Según esta descripción, el paisaje
apenas sugerido en el sitio sólo alcanza la dignidad empobrecida de
una postal. El turista instrumentaliza el espacio geográfico; para él, es
sólo un medio al servicio del beneficio hedónico que procura.39

36
Cfr. Kessler, op. cit., pp. 18 y 43.
37
Prefiero “sitio” a “lugar” para evitar confusiones con el uso ya extendido de “lugar” en
sentido heideggeriano.
38
Kessler, op. cit., p.19.
39
Kessler sigue aquí, de algún modo, a Kant.

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92 / Enver Joel Torregroza Lara

En el otro extremo de la móvil escala que permite definir las vir-


tudes del viajero, se encuentra el aventurero, sagaz expedicionario
interesado en la obtención de bienes y en su comercio. Orientado a
los negocios concretos, no dispone del ocio del viajero. Al comerciar
con el espacio geográfico, al concentrar la mirada en los recursos que
ofrece, el aventurero no obtiene del paisaje sino un país. El viajero
tiene algo del aventurero y algo del turista. Del aventurero hereda la
libre aventura, sin alcanzar la proximidad con el espacio geográfico
que éste logra. Del turista hereda en cambio la intención hedónica,
dejando libre al paisaje en la libertad que este ofrece, de forma tal
que no lo instrumentaliza.40

El conquistador y el explorador, por su parte, se encuentran más


lejos del viajero, no sólo porque su enfoque perceptivo los lanza
a la dominación del espacio geográfico, sino porque desde el punto
de vista de las etapas sucesivas del descubrimiento geográfico, le
anteceden. Mientras que al explorador le corresponde la tierra en
toda su extensión, como espacio de posible elaboración cartográfica,
mapeo y dominio cognitivo —revelándose por tanto como símbolo
e incluso paradigma del científico moderno—, al conquistador le
compete la tarea de control simbólico y militar del país que el aven-
turero explota.

Por supuesto, todos estos caracteres pueden coincidir, con intensidad


y distribución variable, en el mismo “sujeto”. Lo significativo aquí es
destacar que en estas escalas sugeridas por Kessler, a partir de los
códigos subyacentes de la estética pura kantiana, la sobrevalora-
ción del viajero recuerda el espíritu romántico que toma distancia
tanto del proceso de exploración – conquista - explotación de la
moderna ciencia occidental, como del disfrute desvergonzado e irre-
verente del turista moderno occidental que consume sitios. Opera aquí
aquella lógica, recurrente en el mundo moderno, que desprecia sus
empresas y su ser empresa, alimentando la ya larga serie de discursos
antimodernos que se articulan bajo la sombra del odio teológico y
teleológico al consumo, al mundo civil - burgués, a la ciencia moderna
y, en suma, a la ciudad moderna occidental.

40
Kessler, op. cit., pp. 33 y ss.

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La felicidad así concebida, la del viajero kessleriano, está vedada


al turista, quien en estos ordenamientos jerárquicos cae en el bajo
fondo de lo vulgar, condenándose a estar atado a las cadenas de
la caverna del consumo, del mercado y del infecto capital. Víctima
de las sucias lógicas del capitalismo, menor de edad con a su cuerpo
sometido, ignorante e irresponsable animal que no es capaz de ser
libre, el turista —el citadino de viaje fuera de su ciudad— que goza
del sitio que visita se convierte así en otro argumento de la ya
corriente condena moral a las empresas modernas, en otro topos del
odio al consumo.

Kessler, por supuesto, da un paso adelante y propone una caracte-


rización del viajero que no depende tanto de las distinciones de la
estética pura kantiana. En vez de oponer espacio geográfico a paisaje,
o tierra – país - sitio a paisaje, desarrolla un esquema distinto para
señalar el justo medio virtuoso que define al viajero, sin subrayar su
disposición a una contemplación desinteresada, pura y no violenta
que no hiera la virginal natura.41 De esta forma, evita la idealización
romántica de la naturaleza, señalando con precisión las propiedades
del paisaje concreto que el viajero vivencia y crea. En esta forma de
considerar el paisaje, que Kessler denomina su segunda excursión,
el viajero concilia los extremos de la sumisión al espacio geográfico
—propia de aventureros y conquistadores— con la dominación de
los paisajes, característica de los exploradores y turistas.42

Se invierten aquí, por tanto, las relaciones. El espectador abstracto


del museo llega a identificarse con el turista al ocupar el lugar de
quien domina con la mirada el espectáculo del paisaje hecho imagen.
A su vez, el lugar de aventureros, exploradores y conquistadores se
reordena. El explorador está al otro extremo del aventurero y el con-
quistador, ya que como el turista y el espectador abstracto del museo
busca dominar el espacio geográfico con la mirada, manteniéndose
distante de él. Por su parte, aventureros y conquistadores se encuen-
tran sometidos en total dependencia al espacio geográfico. El viajero

41
Ibíd., pp. 33 y ss.
42
Ibíd.

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94 / Enver Joel Torregroza Lara

se parece aquí más a estos últimos, en la medida en que se distancia


de la perspectiva del espectador desinteresado (que viaja o habita
el mundo como museo), al trazar una ruta interesada a la que rinde
homenaje con cada uno de sus pasos.

Se encuentra en el justo medio, entre quien se entrega plenamente


a las vicisitudes del espacio geográfico y no se puede liberar de la
necesidad, por un lado, y quien tomando distancia de ese mismo
espacio lo somete a un punto de vista privilegiado y proyecta ante
sí una pintura del paisaje sin carne, aliento o vida, por el otro. En el
viajero, el país del aventurero y el sitio del turista se integran en un lugar
sobre el que se habla, pero también a partir del cual se habla. La carne
abigarrada del paisaje es materia dinámica ―valga el pleonasmo―
susceptible de transformaciones en la andadura del viajero: a cada
paso su actitud de poeta, de intérprete, le permite recrear el paisaje
en múltiples perspectivas que corresponden con los accidentes, idas
u vueltas, del espacio geográfico. El paisaje hecho lugar, cuyos límites
concretos son los que señala el cuerpo, deja de ser así concebido desde
la estética pura que desprecia las determinaciones espaciotemporales,
dando paso a una estética impura que atiende a la variedad de tiempos
que se viven en la andadura del espacio geográfico.43

Kessler logra, por tanto, reubicar al viajero en un distinto juego de


posiciones, al desprenderse del esquema temporal que supone la historia
del descubrimiento del espacio geográfico. Entre el sometimiento pleno
a dicho espacio y el dominio distante de la escena, entre la nece-
sidad y el desinterés, el viajero encuentra un nuevo lugar. Según
Kessler, la disposición propia de quien toma distancia del espa-
cio geográfico, pretendiendo no ser afectado por sus variaciones
superficiales concretas, también se encuentra en el santo, mientras
que el interés rastrero por las necesidades más prosaicas típico del
aventurero, lo encontramos también en el criminal.44

El viajero no sólo se encuentra entre la pura teoría del santo y la pura


práctica del criminal, no sólo conjuga en una sola forma de felicidad

43
Ibíd., p. 37.
44
Ibíd., pp. 53 y ss.

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Del viajero al turista: estética y política del paisaje urbano / 95

disposiciones contrarias, sino que también se opone al mismo tiempo


a ambas, en la medida en que no busca la felicidad que lo constituye,
sino que la supone. Siguiendo aquí las enseñanzas de Nietzsche,45 Kessler
invierte con precisión la relación estandarizada entre paisaje y felicidad:
el viaje no se realiza con el propósito de lograr metas morales o estéticas,
puesto que es una cierta disposición ético-estética previa la que hace
posible el viaje, el viajero, el lugar y el paisaje que le corresponden.

El viajero cultiva por tanto una serie de virtudes que no pueden


ser leídas como un recetario moral. Su ética se opone a las morales
contradictorias y simétricas del santo y el criminal, en las que la re-
sistencia y la diversión son virtud y vicio en un caso, y vicio y virtud
en el otro, y en las que el paisaje en realidad se evita en una suerte de
autoengaño. Kessler no lo dice así, pero es claro que en este esquema,
muy útil por cierto, el santo y el criminal están ambos contaminados
por una preocupación política:

Reflexionemos sobre esta genealogía del paisaje: ¿qué son un


aventurero o un criminal, y que son un santo o un misionero? Nos
hallamos ante dos inaptitudes iguales para la consideración del
paisaje: los primeros están repletos de la preocupación por los in-
dividuos; sólo se interesan por sí mismos y por su prójimo, aunque
no fuese más que para traicionarlo; los segundos, son los celadores
de Dios sobre el mundo terrestre, que designan la antesala del
Más Allá. Unos y otros se interesan muchísimo por los hombres,
ya sea que los amen o que los odien, por deber o por interés,
poco importa; no respetan las distancias; son los amigos de los
lugares confinados, cerrados, sin aire y sin perspectiva real. El
sólo espectáculo para los unos, el ajetreo para los otros, y como
punto en común un utilitarismo, un cálculo y un recuento más o
menos hábil del gasto de actividades y de fuerzas. Tanto para el
santo como para el criminal, actuar es hacer una cosa con vistas
a otra: el provecho, la salvación, poco importa. Han actuado, pero
han abandonado su acción a ella misma: un simple trabajo, un

45
En particular, Humano demasiado humano. Kessler también se apoya en su lectura de Ecce
homo, los Fragmentos póstumos, La ciencia jovial, Así habló Zaratustra, y, por supuesto, La genealogía
de la moral.

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simple medio, una alienación temporal con vistas a una ganancia


problemática. ¿Vale la pena ese sacrificio? 46

3. Política y paisaje

3.1. La política del paisaje


El viajero aristócrata de Kessler, el individuo solitario que se debe al
paisaje y al que el paisaje se debe, el héroe nietzscheano que goza sólo
a su favor, que trabaja sólo por sí mismo, liberado de trabas morales
en su conversión entretenida, en su conversión distractiva que lo aleja a la
vez del santo y el criminal ―seres que se engañan a sí mismos al evitar
el paisaje―, parece sólo ser posible, de nuevo, fuera de la ciudad. A
pesar de la potencia otorgada a la vivencia del paisaje, a pesar de
la rica consideración de la experiencia del caminante como suelo en
el que se arraiga una jugosa estética de la impureza, la cual permite
ir más allá de la lógica de la representación, del paradigma del sujeto-
espectador y de la consideración distante del paisaje como superficie
pictórica, la disposición ético-estética del viajero de Kessler, descrita
en clave nietzscheana, establece una distancia rotunda entre el espacio
natural y el social, entre el paisaje y la ciudad. Kessler reconoce que
“a medida que Nietzsche progresaba en su obra, se alejaba de la vida
urbana”.47 La disposición ético-estética de semejante viajero poco o
nada tiene que ver con la de un citadino; es más, se le opone:

Se opone aquí la salud del viajero a la santidad del contemplativo,


y la concentración del paseante plácido a la diversión del ciudada-
no extraviado, ansioso. El viajero es también un ciudadano, pero
mientras que él se encuentra a sí mismo perdiéndose en el paisaje,
el individuo subjetivo se pierde al negarse a abandonarse a él.48

La señal distintiva del citadino es la ansiedad, la angustia, la premura y


el gasto de tiempo que lo convierte siempre en un turista en el sentido
despectivo del término, en el de una lógica que repite el esquema de
la estética pura, condenando su apropiación del paisaje como sitio
dispuesto para el consumo; señalando vicariamente su incapacidad

46
Kessler, op. cit., p. 59.
47
Ibíd., p. 57.
48
Ibíd., p. 66.

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para vivir el paisaje y dejarse afectar por él. La ciudad, a su vez, es


pensada sólo desde las categorías del contrato, la moral pactada
y la organización acordada y recíproca que persigue la seguridad y la
preservación de los bienes. A ella Kessler le opone la ética del paisaje
que se funda en la gratuidad del encuentro y no en la comunidad.
Del paisaje y su ética queda excluida la ciudad: una ciudad reducida
al espacio de la moral social y a “la acción política a gran escala y con
vocación centralizadora”.49

En suma, la política, el espacio de la ciudad, queda de nuevo, en virtud


de su pecado original, de su contaminación inherente, del hecho de
disponer siempre del espacio geográfico al servicio de algún interés
político, social, económico o científico, sacrificada en el altar de una
estética, más sutil, pero no por ello menos brutal. El citadino queda
por este procedimiento reducido a lo que ha sido siempre en este
esquema: un sujeto extraviado, no-aventurero, entregado a diversiones
vulgares que no lo fortalecen como individuo; en fin, un villano, un
criminal que carece de la dignidad del pirata o del bandolero, pues
no es capaz siquiera de aventurarse con rigor más allá de su ratonera.
Así considerado, el citadino resulta ser el opuesto absoluto en el que
se conjugan todos los vicios a los que se oponen las diversas virtudes
propias de aquellas formas de vida que sí implicarían movimiento:
no es un viajero, ni un santo, ni un criminal aventurero, ni un explo-
rador y, apenas, de vez en cuando, un vulgar turista. Pero el citadino
sí se mueve.

3.2. El paisaje de la política: una defensa del turista y otros


modos de ser ciudadanos
El citadino se mueve. No sólo porque ocasionalmente es turista
o porque en muy circunscritas y peculiares ocasiones logra viajar
como el paradigma del viajero kessleriano exige. No sólo porque el
citadino a veces es un explorador, un conquistador, un aventurero,
un misionero, un santo o un criminal. Sin lugar a dudas, todos estos
modos de ser son cómplices, comparten sentimientos, disposiciones,
códigos y actitudes tipo, y no se presentan de manera pura en ningún

49
Ibíd., p. 70.

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momento. Sus fronteras no son abismos; los frágiles ropajes que los
separan son móviles como sus pasos. El citadino se mueve por todas
estas razones, pero no son las únicas.

El citadino se mueve además por dos motivos que le son inherentes,


de la misma manera como son inherentes a los otros modos de
vida descritos. En primer lugar, no es un ser perfectamente seden-
tario, mucho menos en la ciudad contemporánea: se traslada, pero
sus traslados no lo dejan incólume, sino que lo transforman. En
segundo lugar, también cultiva modos de vida en correspondencia
con el espacio geográfico y a partir de disposiciones y actitudes que
le dan forma a la perspectiva que tiene del mismo. Es por ello un
ciudadano al que le corresponde la ciudad.

Pero las ciudades no siempre han sido las mismas, como no siempre
ha sido la misma la tierra que el explorador explora. De la misma
forma como la variedad de conquistadores, aventureros, misioneros,
santos y criminales obedece a la variedad de espacios geográficos que
conquistan, aprovechan, convierten o explotan, la variedad de ciuda-
danos responde a la variedad de ciudades. A la polis corresponde
el polites, siendo su contemplación desinteresada una politeia, una
política en sentido clásico. Cuando la ciudad no es Atenas, Esparta
o Mitilene, sino el Mediterráneo, la Ekklesia o la Umma, el ciudadano
es por supuesto distinto.

La noción de ciudadanía se desarrolló en el pensamiento moderno


occidental en correspondencia con la nación. La nación, como el paisaje,
en y por principio, nos ha parecido ser una simple pintura, una ima-
gen o una representación. Pero bastaría una estética de la impureza,
una consideración ético-estética de la nación para encontrar tras ella
y a través de ella los espacios geográficos que en cada caso le han
correspondido: no todos ellos visibles, pero sí perceptibles con los
pasos, el olfato, el oído o el tacto. Tras cada nación imaginada yace no
sólo un espacio geográfico perceptivamente articulado, sino también
una disposición y una actitud. Sin conversión previa no hay ciudad y
todo ciudadano es un converso a su modo.

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La ciudad moderna occidental, la ciudad contemporánea, no es ya


una nación, a menos que trate de suponerse una previa conversión
del ciudadano a una ética cosmopolita, en la que no parece caber ya
ni el cosmos ni la polis. La ciudad contemporánea es más bien un
exceso de ciudad, de cultura, de civilización y de política. Su exceso
se hace evidente en varios niveles: el espacio geométrico que genera
reta toda exploración topológica o cartográfica que pretenda darle
regularidad y orden; al mismo tiempo, el espacio geográfico que
produce es, en realidad, una pluralidad de espacios geográficos
superpuestos, no siempre compatibles. En el espacio de la ciudad mo-
derna occidental coinciden tensamente, en cada caso de manera distinta
en virtud de los accidentes y las variaciones tópicas, ciudades de
todo raigambre y pelambre, poniendo a prueba el afán moderno
de distinguir esferas excéntricas de actividad humana.

Cada ciudad que coincide en la ciudad contemporánea es el resultado


de una disposición distinta con el espacio geográfico y no sólo el
producto pictórico de cada enfoque perceptivo. Pero no sería justo
pensar que cada una de estas ciudades, en este exceso de ciudad, es a
su vez un particular paisaje urbano que corresponde con un viajero
citadino kessleriano. La analogía es incompleta, pues no nos permite
respetar los otros modos de ser en la ciudad excesiva y excedida en
los que no hay una consideración entretenida del paisaje urbano.

En la ciudad moderna occidental caben el explorador, el aventure-


ro, el conquistador, el criminal, el misionero, el santo, el viajero y el
turista. Son ya —he aquí otra prueba del exceso— modos de ser
ciudadanos. Los espacios geográficos a los que responden cada uno
de estos tipos antropológicos son hoy parte de la ciudad excedida y de
contornos difusos. Coinciden con otros espacios geográficos urbanos
y no urbanos que en otros tiempos dieron lugar a otras ciudades y
formas de ciudadanía. Podemos entonces pensar en un viajero que
anda por la ciudad y que descubre un paisaje en el sentido ontológico
trazado por Kessler, pero con ello no damos cuenta de la experiencia
de quien transita el exceso de ciudad, sea cual sea la disposición que
tenga, sea cual sea el paisaje urbano que se represente.

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El exceso de ciudad da forma a quien lo transita, y si bien se relaciona


de forma distinta con quien lo explora, lo explota o lo contempla,
lo cierto es que exige una cierta disposición a todo transeúnte: la de
compensar justamente ese exceso de ciudad. Cada modo de vivir
en correspondencia con cualquiera de las ciudades – del – exceso –
de – ciudad obedece a una disposición previa del espacio geográfico
y a una actitud previa ante el mismo que se ve transformada por la
coincidencia de ciudades, por el tránsito continuo de un paisaje urbano
a otro. Este tránsito es un exceso en sí mismo; el transeúnte citadino
no puede fácilmente equilibrar o conciliar disposiciones y enfoques
perceptivos en ocasiones contradictorios.

La ciudad es templo, mercado, selva, campo, desierto, torre, mar,


camino, autopista y otras cosas a la vez, por lo que el transeúnte se
ve impelido ―impura decisión―, por las múltiples necesidades a las
que se enfrenta, a tomar distancia de su dependencia con respecto al
espacio geográfico del exceso, al mismo tiempo que se ve obligado
―impura decisión― a aproximarse al exceso en cada situación con-
creta. El transeúnte citadino, el urbita, compensa cada exabrupto, cada
ruptura, cada perturbación de su camino diario, de su ruta urbana, con
diversos desplazamientos a otros paisajes urbanos, a otras ciudades
para las que ha aprendido a estar dispuesto.

Lejos de habitar la ciudad, habita lugares, pasa veloz por sitios y


caminos, explora tierras y explota países urbanos, compensando en
cada caso y cada vez que puede, la complejidad con la simplicidad,
el ruido con el silencio, la variedad con la homogeneidad, y vice-
versa. Semejante disposición compensatoria ético-estética no encaja
plenamente con ninguna moral de contornos puros, convierte en
hábito la ausencia de hábitos de largo aliento y deconstruye las
virtudes y los vicios en un modo de vida que exige, como justos
medios, ciertos excesos.

El turista contemporáneo, viajero impuro que consume, explora y


explota paisajes, pero que se permite, en su toma de distancia fotográ-
fica, una cierta libertad en relación con la ciudad excedida, es el tipo
de transeúnte citadino que más se acerca a una relación romántica

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con el paisaje urbano contemporáneo, a esa idea moderna de con-


templación estética que deja libre, en su espontaneidad, al espacio
geográfico percibido. Si quedan aún en el mundo tierras por explorar,
conquistar y explotar, si es que todavía es posible darse el lujo deci-
monónico de aquellos viajeros que lograron justamente andar por
el paisaje gracias a la empresa moderna de exploración – conquista
– explotación, muy probablemente el turista sea un segundón en la
jerarquía estética.

Pero en la ciudad contemporánea el turista es justamente el tran-


seúnte citadino que logra, con lujo envidiable, no cabe duda, para las
medidas de una ciudad sin tiempo y espacio, compensar ―modesta
felicidad en la modesta infelicidad― el exceso de ciudades que atra-
viesa y lo atraviesan, mediante el consumo de sitios y panorámicas,
la perspectiva distante del espectador de museo y la eventual con-
templación tanto de paisajes urbanos diversos, como del paisaje del
exceso citadino. Desvirtuar el modesto modo de ser feliz del transeúnte
citadino, que viaja impuramente por la ciudad contemporánea como
un turista, es poner en cuestión un común modo de ser feliz posible
de los ciudadanos de hoy, minando su real goce impuro a la luz de
posturas ético-estéticas puristas y trascedentes que sólo valoran un
punto de vista.50

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50
Un intento de valoración del turista, argumentado desde la filosofía heideggeriana, se
encuentra en el artículo “Being-on-Holiday: Tourist Dweling, Bodies and Place” de Pau
Obrador Pons.

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