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Carta de un niño al cielo

La historia narra la vida de Raúl, un niño de doce años que enfrenta la pérdida de su madre y la soledad en el barrio Esperanza. En un intento de conectar con ella, roba una cometa para enviarle una carta escrita con su despedida y sentimientos de tristeza. A pesar de su situación, Raúl mantiene la esperanza de que su mensaje llegue al cielo donde cree que su madre está.

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Carta de un niño al cielo

La historia narra la vida de Raúl, un niño de doce años que enfrenta la pérdida de su madre y la soledad en el barrio Esperanza. En un intento de conectar con ella, roba una cometa para enviarle una carta escrita con su despedida y sentimientos de tristeza. A pesar de su situación, Raúl mantiene la esperanza de que su mensaje llegue al cielo donde cree que su madre está.

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CARTA AL CIELO

Jhon Walter Torres Meza

Un sol dorado del mes de agosto ríe con la tarde, las lomas juegan con el viento y mecen en los
aires sus pastos y flores silvestres. Una multitud, extasiada con la altura, goza al ver sus cometas
alcanzar el cielo, como si en aquel papel sus cuerpos ascendieran al paraíso. Un lánguido niño
mira con tristeza a las personas y observa el hilo de una madeja que sube un objeto de larga cola.
Raúl, un niño de doce años, flaco, trigueño y de ojos cafés, con una ausencia insípida en el alma,
mira a los jóvenes reír elevando sus cometas; quisiera tener una, daría todo por ella, contempla
aquel bello instante donde un juguete infantil se eleva para hacernos creer que estamos cerca del
firmamento. Raúl lleva pantalones cortos, camisa rota, cara sucia, pies descalzos y en la mirada,
una melancolía que para un niño es imposible soportar. Vive en un barrio llamado Esperanza; su
casa está vacía; hace dos días que su madre murió, no comprende el porqué, extraña su angelical
rostro, sus manos blancas y puras, envejecidas y maltratadas de tanto lavar y planchar. Siente en
el aire un olor materno. Recuerda los momentos que pasaron juntos, ella trabajaba en la tienda de
don Francisco, un viejo gordo y de grueso bigote, con su salario compraba el mercado y
preparaba unos fríjoles exquisitos; Raúl siempre comía dos platos, el delicioso olor impregnaba la
casa. Sus ojos deslizan unas lágrimas saladas y recuerda lo que debe hacer, lo que tiene que
hacer. A su lado derecho encuentra un niño menor de aproximadamente nueve años, con una
larga sonrisa y una camisa azul que muestra la risa del Tío Sam. Raúl corre rápido en su dirección y
arrebata su cometa, se aleja empuñando el hilo y cuando cree que está solo, saca de su bolsillo un
sobre arrugado con letras poco legibles y lo envuelve a la madeja, con la fuerza de su brazo,
como queriendo lanzar el hilo al infinito, arroja el torno al aire libre. A lo lejos,
mira Raúl cómo el objeto de larga cola lleva una carta escrita para su madre. El viento, mensajero
de sueños sopla fuerte y la tarde pintada de color oro abre entre las nubes un portal donde los
ángeles nos observan.

Una fría y enorme mano toma al niño del brazo y lo lleva al cuartel de policía donde la ley de
Colombia condena a diario a miles de ladrones. El comandante Octavio Meza, con una mirada
sombría lo interroga:

—A ver mijo ¿Por qué hizo eso? Pero si apenas sos un mocoso de doce años y ya robás,
¿Dónde vivís, ¿cómo te llamás?

El niño contesta con rabia y vergüenza

—Mi nombre es Raúl López. Vivo en el barrio Esperanza, no soy ningún ladrón, mi mamá me
enseñó que robar es malo y trabajar es una bendición pues así ganamos el pan.

—Pues parece que no aprendió nada, porque usted está aquí por robar la cometa de un inocente
niño, y a ver ¿Dónde está su mamá?

Raúl deja escapar una lágrima y contesta sin titubear. Observa fijo y con un espíritu altivo al
comandante.

—Mi mamá se marchó hace dos días, se fue sin despedirse y quedé solo en el mundo pues no
tengo papá ni familiar alguno, solo don Francisco, el de la tienda, me ayudó a enterrar a mi
mamá. Ella, estoy seguro, está en el cielo.

El comandante Octavio con una repentina conmiseración, pregunta:

—Mijo ¿Y qué decía esa carta?

—Esa carta era mi despedida y sé lo que decía de memoria:

Agosto 15 – 1969

Hoy el mundo parece ser extraño.

Al levantarme, miré tu cama y no estabas,

me dieron ganas de llorar, pero recordé que decías que pasaría y que fuera fuerte. Don
Pedro me trajo comida en un porta y dijo que madrugara a trabajar el lunes.
Te extraño tanto,

saqué los billetes debajo del colchón y los guardé en el baúl,

los utilizaré como tú dijiste, cuando ya no tenga nada que comer. No siento
hambre, ni ganas de estudiar; todo fue tan rápido, cuando llegué de la
escuela ya no estabas, no te despediste.
Quisiera escribir algo que leyeras y supieras cuanto te quiero y que vacío me siento. El cielo
será hermoso, pues al verlo siempre pensaré en ti.
Esta carta va en una cometa que sé la recibirás allá en el cielo. Te
quiero.

Tu hijo Raúl López.

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