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Abdalá Bucaram: Populismo y élites en Ecuador

El documento analiza la figura de Abdalá Bucaram en el contexto político ecuatoriano, destacando la polarización de opiniones que genera entre las élites y los sectores populares. Se explora cómo las élites construyen una imagen negativa de Bucaram, contrastándolo con su oponente Jaime Nebot, y se discute la persistencia del populismo en la política ecuatoriana a pesar de los intentos de modernización y racionalización por parte de las élites. Finalmente, se argumenta que estas élites se legitiman a través de su oposición al populismo, considerándolo un obstáculo para el progreso y la modernidad en el país.
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Abdalá Bucaram: Populismo y élites en Ecuador

El documento analiza la figura de Abdalá Bucaram en el contexto político ecuatoriano, destacando la polarización de opiniones que genera entre las élites y los sectores populares. Se explora cómo las élites construyen una imagen negativa de Bucaram, contrastándolo con su oponente Jaime Nebot, y se discute la persistencia del populismo en la política ecuatoriana a pesar de los intentos de modernización y racionalización por parte de las élites. Finalmente, se argumenta que estas élites se legitiman a través de su oposición al populismo, considerándolo un obstáculo para el progreso y la modernidad en el país.
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Abdalá es el repugnante otro*

Carlos de la Torre**

Con excepción de su tío Assad Bucaram, tal vez ningún político ecuatoriano
haya tenido la habilidad de Abdalá de despertar pasiones tan encontradas. Si
bien para muchos es “el líder de los pobres”, para las elites es la encarnación
de todo lo negativo. Esta sección analiza las imágenes que las elites políticas y
los medios de comunicación social, que se consideran modernizantes, cons-
truyeron sobre Bucaram. También se estudia el miedo que éste despertó en la
“gente bien,” las elites económicas establecidas que dicen tener “buen” apelli-
do y “finas” costumbres y que, por lo tanto, se consideran como los guías mo-
rales naturales de todos ecuatorianos.

Civilización o barbarie

Su actuación tiene el pecado original de la explotación taimada de los senti-


mientos populares, mediante el uso de lugares comunes, que no reflejan otra
cosa que la ambición de un hombre que a falta de condiciones de estadista, de
perfecta definición doctrinaria y de programa concreto recurre a la expresión
efectista... allí donde se hace demagogia con el empeño bastardo de explotar
los sentimientos de las masas con fulgurantes promesas encubridoras de farsas

* Tomado de Un solo toque: populismo y cultura política en el Ecuador, CAAP, Quito, 1996
** Sociólogo. Profesor de Northeastern University; Boston.
328 Carlos de la Torre

allí, repetimos, no hay contenido democrático alguno sino el afán de usar to-
dos los medios, por indecorosos que sean, para alcanzar las posiciones expec-
tantes del poder.
Los tiempos no son idolátricos. No pueden ser porque pasó ya la época de
los providenciales. Al demagogo y al caudillo ha sucedido el verdadero hom-
bre de Estado, que encarna principios, personifica aspiraciones colectivas, y
concreta ideales. La propia organización de los partidos, como fuerzas orien-
tadoras de la vida política de los pueblos, implica la extinción de caducos mol-
des de matices absolutamente personalistas en los sistemas de gobierno...1
Estos manifiestos que parecerían describir a los candidatos de la segunda
vuelta electoral de la campaña presidencial de 1996, Abdalá Bucaram y Jaime
Nebot, fueron escritos hace cincuenta y dos años en la contienda entre “el
candidato popular” José María Velasco Ibarra y el liberal Miguel Angel Albor-
noz. Esta elección como se conoce nunca se realizó por Ia insurrección popu-
lar del 28 de mayo de 1944. Asombra que después de los cambios ocurridos
en la sociedad ecuatoriana en los últimos cincuenta años, todavía perduren
ciertos temas y representaciones en el debate político.
Tal vez, la imagen más fuerte que la campaña televisiva socialcristiana usó
en contra de Abdalá fue la contraposición de dos figuras: un Nebot vestido de
estadista responsable con traje y corbata que coquetamente sonríe y guiña el
ojo; frente a un Abdalá, con el torso desnudo cubierto de sudor, bebiéndose
desaforadamente un vaso de licor (Abdalá dice que de agua). Esta imagen apa-
reció en propagandas en la prensa con el pie de foto “dos formas de mirar ha-
cia el futuro del Ecuador: progreso o destrucción...,” La civilización y el pro-
greso que prometía la “seriedad de estadista” de Nebot frente a la “barbarie”
de los sectores suburbanos personificados en Abdalá.
Esta representación maniquea de la realidad política no sólo sintetizaba la
estrategia socialcristiana de atemorizar el electorado con la amenaza de la
“irracionalidad” y el “barbarismo” de Abdalá, también era una elaboración
más directa y burda de cómo algunas elites constituyeron la coyuntura electo-
ral. El mismo Nebot, el 21 de mayo declaró al Diario El Comercio que Buca-
ram “es un hombre que representa todo lo que no debe ser un presidente de
la República”. Posteriormente se comparó con Abdalá en un discurso en Ma-

1 Manifiestos del Partido Liberal publicados en El Telégrafo de Guayaquil el 13 y el 19 de mayo de


1944.Tomados de mi libro (De la Torre 1993).
Abdalá es el repugnante otro 329

chala diciendo: “en esta tarima no hay ningún bailarín ni improvisado, hay un
hombre con propuestas.”2
Las declaraciones de Jaime Nebot no se diferencian de la manera en que
la prensa construyó a los candidatos. Por ejemplo, el Expreso del 29 de junio
comparó a Nebot, como un hombre que representa “la seriedad y la mesura,”
con Abdalá, candidato falto “de seriedad.”, El Comercio del 3 de julio nos in-
formaba que mientras Nebot es “más serio y racional” a “Abdalá Bucaram se
le notó incómodo alrededor de una mesa de trabajo donde el tono baja y las
ideas hacen parte de la agenda. Las plazas públicas le sientan mejor” porque
su “base social...celebra sus vociferaciones y sus efectos de tarima” La serie de
artículos de Thalía Flores y Fermín Vaca que contrastaban los dos candidatos
en el periódico Hoy los comparó en términos maniqueos. Simón Espinosa
anotó el 2 de julio que mientras la política exterior estaría en “buenas manos”
con Nebot, “ojalá no haya fricciones” con el Perú con Bucaram. El psicólogo
VIadimir Serrano comparó las personalidades de los dos políticos el 1 de ju-
lio en los siguientes términos: Nebot “no muestra rasgos o discursos extraños”,
es decir, es normal, la personalidad de Abdalá, al contrario, tiene “rasgos preo-
cupantes”. El 4 de julio, Mario Jaramillo Paredes aseguró, con autoridad, que
el “problema regionalista” es menos grave con Nebot que representa un parti-
do político de “base nacional” mientras que el Partido Roldosista Ecuatoria-
no, según este académico, es un partido “de la Costa.”
La mayoría de los editorialistas compartieron esta línea argumentativa.
Benjamín Ortiz, Director de Hoy, concluyó su editorial del 10 de junio con
la observación de que “Nebot es una derecha con proyecto a largo plazo” y
Bucaram es “un misterio insondable”. Antonio Kure escribió en El Telégrafo
del 27 de junio que “Nebot presenta propuestas de solución claras, específi-
cas, realizables, y su opositor que con histrionismo nos describe generalidades,
y nos ofrece que el mal sea de muchos, para consuelo de los tontos.”
Este corto recuento de las visiones de la prensa y de algunos editorialistas
sobre las imágenes de los rivales políticos en las últimas elecciones no sólo ilus-
tran el “carga montón” de los medios de comunicación en contra de Bucaram.
El que estas imágenes no difieran de las que se construyeron sobre Velasco Iba-
rra y Albornoz hace cincuenta y dos años y de Velasco Ibarra y Galo Plaza en
1960 es más relevante. ¿Qué nos dicen estas imágenes sobre como las elites

2 El Universo 3 de julio, 1996.


330 Carlos de la Torre

ven el acontecer político? ¿Por qué se construye la política como la lucha en-
tre la racionalidad de un candidato que augura el “progreso y la modernidad”
contra el populismo que encarna la irracionalidad, “el atraso y el caos” ¿Por
qué pese a la estigmatización de los candidatos populistas, éstos siguen ganan-
do elecciones en el Ecuador?
Murray Edelman anota que los líderes políticos “son transformados en
objetivizaciones de cualquier asunto que preocupe o guste a los observadores
de la escena política”(1988:39). En el Ecuador, los analistas políticos están
obstinados en manufacturar a los líderes populistas como la negación de los
valores que deberían caracterizar a la política. Sus seguidores son imaginados
como la encarnación de la antirazón. Son vistos como masas que están “fuera
de las estructuras universales de la razón y de la democracia y que por lo tan-
to tienen que ser incorporadas a la fuerza”(Butler 1995:40). Esta preocupa-
ción por corregir lo que se percibe como el rumbo errado de la política nacio-
nal, no es monopolio de quienes tienen el poder para construir la realidad des-
de los medios de comunicación. También las elites políticas que se autodeno-
minan modernizantes y algunos científicos sociales comparten esta obsesión.
Al igual que en otros países latinoamericanos, las elites ecuatorianas han
buscado obstinadamente la modernidad. Ésta ha sido entendida como la
emulación de los códigos de comportamiento económico, cultural y, sobre to-
do, político de las potencias occidentales. Pero la anhelada modernidad siem-
pre se ha escapado de las manos. Los proyectos de las elites han sido cuestio-
nados y subvertidos por la resistencia de los sectores populares a estas versio-
nes excluyentes de la modernidad y del progreso. El retorno a la democracia
es el último intento de alcanzar esta ansiada modernidad.
Para comprender este último afán de innovación política de las elites ecua-
torianas surgidas en torno al aparato estatal y a la expansión de la economía
desde los años cincuenta, lo mejor es remitirse al análisis de Osvaldo Hurta-
do sobre el significado del nuevo sistema de dominación política. Según este
arquitecto de la transición a la democracia “la expansión económica origina-
da en el petróleo termina por liquidar la estructura del poder generada por la
hacienda y, por lo tanto, su expresión política, el bipartidismo conservador-li-
beral”(1988:337). Estos cambios socio-económicos “que traerían consigo la
consolidación de la sociedad urbano-capitalista” (ibíd.) requerían de un nue-
vo sistema de dominación política basado en partidos políticos ideológicos
fuertes que a diferencia del “multipartidismo hipertrofiado” del pasado garan-
Abdalá es el repugnante otro 331

ticen la estabilidad democrática (Ibíd.:330). Por lo tanto “la democracia ecua-


toriana... dependía de la conformación de un moderno régimen de partidos”
(Hurtado 1990:51) Con esta intención se legisló una ley de partidos políticos
que requería que éstos posean “una ideología, un programa, una organización
nacional, y un número de afiliados que debían representar al menos al 0.5%
del padrón electoral. Los partidos perdían su reconocimiento legal si no obte-
nían al menos el 5% de los votos emitidos en dos elecciones consecuti-
vas”(ibíd:57).
El afán de crear un sistema de dominación político “racional y moderno”
no se ha concretado. No sólo se ha legislado en contra de la ley de partidos
ideada por Hurtado, sino que, además, se observa que existe un mundo polí-
tico muy lejano a sus esperanzas modernizadoras. Los analistas políticos han
demostrado que en el Ecuador se vota por personalidades y no por ideologías;
que el número de partidos políticos se incrementa cada vez más; que los par-
tidos son débiles y recurren a prácticas clientelares; y que la política está, de-
sacreditada (Isaacs 1991:221-239). Al igual que en Brasil el elector vota por el
diputado a cambio de promesas de favores personales o corporativos; el dipu-
tado apoya al gobierno a cambio de cargos y concesiones que, a su vez, distri-
buirá entre sus electores... Se crea una esquizofrenia política: los electores des-
precian a los políticos, pero continúan votando por ellos (Murillo de Carval-
ho 1995:166).
El relativo fracaso de este intento de crear un sistema de partidos políti-
cos ideológicos demuestra que no se puede legislar sobre la necesidad impe-
riosa de construir partidos ideológicos que representan intereses clasistas sin
antes constatar cómo se dan los mecanismos de participación popular y de ac-
ceso a los recursos estatales. Éstos se han dado a través del paternalismo, del
clientelismo y del patronazgo y no con la lucha ideológica partidista. Además,
pese a los procesos de cambio social, la realidad cotidiana de muchos ecuato-
rianos, como se analizará en el segundo capítulo, todavía se basa en el pater-
nalismo y en la búsqueda de personas con autoridad dentro de la comunidad
que funcionen como padrinos que los protejan en la vida cotidiana. Entonces
la búsqueda del mesías y de figuras que den protección todavía responde a las
necesidades de muchos ecuatorianos que, además, ven con mucho escepticis-
mo a la política. Esta es vista más como una posible fuente de acceso a esca-
sos recursos que como una solución a problemas estructurales.
332 Carlos de la Torre

Pese a que la intención de crear partidos ideológicos fue progresista, este


proyecto demuestra un desdén y menosprecio a los sectores populares que
aparecen como niños -adultos qué todavía no conocen cuáles son sus verda-
deros intereses, ni las formas racionales del convivir político. Las elites políti-
cas modernizantes asumen el papel de educadoras del pueblo. Ellas guiarán a
los sectores populares hacia lo que entienden como el futuro racional y mo-
derno de la historia del país, sin respetar ni tomar en consideración, las for-
mas populares de hacer política.
La sobria realidad del relativo fracaso del último empeño modernizador, en
lugar de llevar a una reflexión por parte de las elites modernizantes -políticos y
medios de comunicación - sobre cuáles son los problemas de tratar de imitar
modelos políticos desarrollados en otras sociedades (Franco 1993), de las limi-
taciones de una democracia entendida sólo en sus aspectos políticos (Cueva
1988) o de las bases sociales de la democracia (Sánchez-Parga 1991; Pachano
1996), les lleva a acusar a los dirigentes populistas y a sus seguidores de encar-
nar todos los problemas que hacen que esta democracia no funcione. Así, se
sugiere a los seguidores de Bucaram que dejen de vociferar por un demagogo
y analicen racionalmente su voto; esto es, que voten en su contra.
La figura del líder populista cumple una función crucial para la auto–le-
gitimación de estas elites políticas renovadoras. Ya que el líder populista y sus
seguidores son vistos como la anti–razón y la anti-modernidad que impiden
el progreso del país, se justifica la existencia de estas elites, en tanto éstas tie-
nen la responsabilidad moral de dirigir al país hacia la anhelada modernidad
y, además, tienen la obligación de orientar a las masas sobre cuáles son sus ver-
daderos intereses, alertándolas sobre como los demagogos se aprovechan de
ellas. Las elites modernizantes, con estos argumentos elitistas que dividen a la
sociedad entre elites dirigentes y masas que deben ser encauzadas, se autenti-
fican. Argumentan que siempre se necesitará de ellas para que encaucen la
opinión pública. Los sectores populares aparecen como masas irracionales, o,
en él mejor de los casos, como niños-adultos que no tienen la madurez polí-
tica para conocer sus verdaderos intereses por lo tanto son engatusados y ma-
nipulados por el líder populista de turno.
Las elites modernizantes no sólo encuentran su razón de ser en la lucha
contra la anti-modernidad del populismo, también ven a este fenómeno co-
mo un residuo del pasado a punto de desaparecer. Así se unen a los científi-
cos sociales que con títulos provocadores nos hablan de la “Agonía del Popu-
Abdalá es el repugnante otro 333

lismo” (Fernández, I.; Ortiz, G. 1988) del absurdo de seguir tratando de des-
cubrirlo, pues ya se agotó la discusión académica sobre este fenómeno que,
eso sí, perdura en la alucinación de algunos sociólogos y periodistas mal in-
formados que no han leído de sus últimos descubrimientos (Menéndez-Ca-
rrión 1992).
Pero el populismo, se niega a desaparecer. A diferencia de quienes lo cons-
truyen como “el otro” que está afuera de las estructuras “universales” de la mo-
dernidad y de la democracia, este fenómeno representa, más bien, la resisten-
cia de los sectores populares a proyectos de modernización excluyentes. Al
igual que en el siglo diecinueve que las promesas de libertad y democracia re-
sultaron en el empobrecimiento, exclusión y represión de los sectores popula-
res, que se rebelaron a través de diferentes movimientos caudillistas,3 el popu-
lismo es una forma moderna de resistencia a estas nuevas interpretaciones de
la modernidad. Judith Butler anota que bajo la supuesta universalidad de la
modernidad democrática “los sujetos son construidos a través de la exclusión,
esto es, creando sujetos desautorizados, presujetos, figuras de la vileza, pobla-
ciones borradas del horizonte” (Butler 1995: 47).
Así, en las tres últimas contiendas electorales, los abdalasistas y su líder
fueron vistos como la negación de diferentes versiones de la modernidad y de
la racionalidad de la política, las elecciones de 1988 se presentaron como la
lucha entre el proyecto “modernizador y progresista” de la Izquierda Demo-
crática en contra de la “irracionalidad” del suburbio y de la Bahía de Guaya-
quil personificados en Abdalá Bucaram (Fernández, I.; Ortiz, G. 1988). Lue-
go de la crisis da la llamada centro-izquierda, el proyecto modernizador es asu-
mido por la derecha neoliberal. La globalización, la apertura del mercado y el
fin de las políticas redistributivas del Estado caracterizan a esta nueva versión
de “la modernidad” y de la “racionalidad” vista desde el mercado. En las últi-
mas elecciones, Nebot, como lo señaló Alberto Acosta en un editorial en Hoy
el 12 de junio de 1996, apareció cómo “el candidato de las mil respuestas re-
novadoras. A través de un proyecto económico definido pretende adecuar to-
da la sociedad en su marcha acelerada hacia una mayor apertura y liberaliza-
ción.” El único obstáculo para que estas políticas se lleven a cabo residía, se-
gún este político, en la obstinación de algunos electores que se dejaban enga-
ñar con la retórica vacía y falsa de Bucaram. En resumen, según las diferentes

3 Consúltese el sugerente libro de Bradford Burns (1980).


334 Carlos de la Torre

elites que dicen ser modernizantes, el proyecto del siglo diecinueve de “civili-
zar” a la “barbarie” popular continúa vigente.
El proyecto civilizador de las elites no sólo que margina y silencia a los sec-
tores populares en nombre de la modernidad, también su versión de la mo-
dernidad frente a la supuesta antimodernidad del populismo bucaramista es
cuestionable. Como se analizará en el tercer capítulo, el abdalismo es un mo-
vimiento multiclasista de quienes están al margen de los círculos establecidos
y reconocidos del poder. Este es un movimiento que busca la renovación de
las elites. Entonces, ¿quiénes representan la modernidad? ¿Son modernas unas
elites de origen terrateniente que legitiman su poder en la exclusión a los sec-
tores populares? O, ¿es moderna la alianza interclasista de sectores, situados
fuera de los círculos establecidos del poder, que a través de Bucaram busca
abrir espacios de movilidad social?

La repulsión y el miedo a Abdalá

La figura de Abdalá Bucaram no sólo es un catalizador para la generación de


las identidades colectivas de las elites modernizantes. Su figura, vista como la
del “repugnante otro” sirve, además, para que las clases altas de “buen apelli-
do y rancio abolengo” se reafirmen en su condición de líderes morales del país.
Los diferentes grupos sociales se diferencian no sólo por su posición económi-
ca o de clase social, también se distinguen por toda una serie de símbolos de
status. Como lo anota Max Weber éstos se refieren, sobre todo, a diferentes
“estilos de vida”(1946:187). La manera de comer, de vestir, de comportarse,
de llevar el cuerpo, el acento y tono de voz, sirven para diferenciar grupos so-
ciales. Los diferentes grupos sociales son socializados y habituados a pautas de
comportamiento, modales, formas de llevar el cuerpo que señalan y marcan
su posición en la sociedad. Esta socialización que se da en la familia, a través
de la escuela, de los mass media y de los amigos termina conformando un ha-
bitus: maneras de ser y comportarse que se manifiestan casi subconsciente-
mente y, que a su vez, producen y reproducen la estratificación social (Bour-
dieu 1977).
La presencia de Abdalá en la escena política es un constante tema de con-
versación de las clases altas. Les preocupa su vocabulario y su forma de hablar,
su forma de vestir y de vivir, pero lo que más les obsesiona es su cuerpo. De ahí
Abdalá es el repugnante otro 335

que la estrategia socialcristiana apuntara, a través de la televisión, a inundar los


hogares con el torso desnudo de Bucaram para aterrorizar a las clases altas y
medias demostrando su primitivismo y falta de “buenos modales.” Es cierto
que Bucaram ayuda a que las percepciones de la “gente bien” tengan funda-
mentos. En 1988, por ejemplo, Bucaram se comparó con Febres Cordero di-
ciendo “yo tengo los huevos más gruesos que los de Febres. Mejor dicho yo ten-
go huevos y Febres no los tiene”(Fernández, I.; Ortiz, G.; op. cit.:159). Pero el
vocabulario machista de Abdalá no difiere de la estrategia de muchos políticos
de descalificar a sus rivales cuestionando su hombría y valor humano. Por
ejemplo, Rodrigo Borja se refirió al ex-presidente León Febres Cordero como
“el lloroncito de Taura, cobarde por naturaleza... que sólo es hombre cuando
está borracho”4. Febres Cordero se refirió a Borja como “ese enano que preside
la República” y a Bucaram como “vulgar loco ratero.”5 Nebot amenazó con ori-
narse en un parlamentario. Pese a que todos estos políticos, al igual que otros,
usen el insulto machista para descalificar a sus rivales, aunque con un vocabu-
lario por lo general menos grosero, Borja, Febres Cordero y Nebot no son con-
siderados como la encarnación de la patanería y de la falta de cultura. Al con-
trario, se justifican sus arremetidas como “normales en un hombre.”
El terror que despierta Abdalá, entonces, no se explica únicamente por su
vocabulario. Las clases altas también ven con desdén su manera de vestir y de
vivir. Abdalá luce anillos, reloj y gruesas cadenas de oro, que dice le fueron re-
galadas por las cooperativas barriales. “Tengo como 200 y son todas bendeci-
das, entonces mi mujer me pide que las lleve siempre conmigo.”6 A diferen-
cia, de los sectores populares que adornan su cuerpo con cadenas y dientes de
oro para demostrar sus éxitos en la vida, las clases altas ven esto como mani-
festaciones de “muy mal gusto.” En la entrevista se informan que Abdalá no
lleva medias, un horror dentro de las “buenas costumbres” de los sectores al-
tos. La casa de Abdalá fue otro tema de discusión entre las clases altas. No só-
lo se criticó a quien dice ser el líder de los pobres y vive en una mansión; so-
bre todo se cuestionó el gusto de la familia Bucaram Pulley para decorar su
hogar. Este reportaje sobre la casa de Abdalá demuestra lo que las clases altas
consideran de mal gusto. “Blancas son las paredes, el piso de mármol y los

4 Hoy, 2 de diciembre, 1991.


5 El Comercio, 6 de junio, 1996, p. A2
6 El Universo, 1 de abril, 1996.
336 Carlos de la Torre

muebles, cada uno con su respectivo forro de plástico... Todo brilla, inclusive
la Última Cena del comedor que es tornasolada... Todo parece estar ahí para
la exposición, inclusive una gran jardinera llena de plantas artificiales.”7
Al describir lo que las clases altas consideran como el mal gusto de Abda-
lá, no pretendo dar una lección sobre las “buenas costumbres” que no tengo,
de esto se encargará si se lo piden, la líder de Pichincha del PRE, Violeta Mo-
lina, que inclusive ha escrito un libro sobre buenos modales. Lo importante
es que un político fogueado y viajado como Abdalá reproduzca a gran escala
el gusto popular en la forma de vestir y de vivir. No conozco si esta forma de
ser es parte de la forma de vida y del habitus de Abdalá o es una estrategia
consciente para diferenciarse de la “gente bien.” Lo cierto es que lo que los
sectores populares lo tienen en pequeño, como un jarro con flores de plástico
o una pequeña cadena de oro, Abdalá lo lleva a lo grande. Estos símbolos de
status social no sólo aterran a la “gente bien”, también, como se analizará a
continuación, explican la identificación popular con “el loco” y su desdén a
los aniñados, personificados en el “niño Nebot.”
El miedo de “la gente bien” a Abdalá también refleja su temor a cómo se
estructuran las relaciones cotidianas de dominación entre diferentes grupos
sociales luego de la abolición de la hacienda tradicional, de la urbanización y
de la parcial democratización de la sociedad que se manifiesta en una relativa
movilidad social en los últimos años. Como lo anota Mary Jackman, las rela-
ciones cotidianas entre grupos desiguales han estado marcadas por una serio
de reglas de etiqueta que garantizan el que cada grupo ocupe su lugar, repro-
duciendo la dominación social (1994:76-77). Los grupos subordinados han
tenido que demostrar deferencia ante sus “superiores.” Pero al desaparecer las
instituciones y las estructuras que regulan estas desigualdades en el trato dia-
rio, los grupos dominantes sentirán una gran aprensión. No solo serán cues-
tionados sobra sus prerrogativas de status, sino que las posibilidades de movi-
lidad social se incrementarán. Debido a que Abdalá es visto como la irrupción
de la chusma en los salones de la “alta sociedad” y como un señor que pese a
tener dinero no tiene clase, en el sentido de “buenas costumbres”, su presen-
cia provoca un gran terror.
El asco a Bucaram como personificación del suburbio o de los “nuevos ri-
cos” constata las hipótesis de Mary Douglas que señalan que todo lo que está

7 El Comercio, 29 de abril, 1996, p. A3.


Abdalá es el repugnante otro 337

fuera del orden provoca imágenes de polución (1966). Abdalá encarna la mo-
vilidad social y el orgullo de quienes han sido vistos como subordinados o
criados serviles de la “gente bien,” pero que ahora exigen su igualdad social
cuestionando sus imágenes del orden social de las elites establecidas. Estos sec-
tores no aceptan su condición servil y demandan igualdad de oportunidades
y de acceso a los espacios antes reservados para la “gente bien,” que reacciona
con aprensión ante esta democratización.
Este pánico se magnifica por la sexualidad de Abdalá. Los grupos domi-
nantes creen tener el deber moral de controlar la sexualidad de los grupos su-
bordinados. Por eso, por ejemplo, regulan la vida sexual de las mujeres de los
sectores populares que se desempeñan como sus empleadas domésticas, a las
cuales también pueden utilizar a su conveniencia (por ejemplo, cuando los
“niños bien” se acuestan con las empleadas domésticas, o salen a buscar “chu-
llas”). Los hombres de los sectores populares son considerados como asexua-
les o como bestias depredadoras que deben ser controladas.8 Bucaram repre-
senta la irrupción incontrolada de la sexualidad popular: baila, enseña su cuer-
po, seduce, en fin, es la encarnación de la sexualidad popular que los sectores
dominantes consideran como peligrosa, repugnante y primitiva.
El incidente que mejor ilustra el miedo de las clases altas a Bucaram y có-
mo su figura les permite recrear identidades colectivas, fue la denuncia de Ab-
dalá en la campaña electoral de 1992 en contra del Banco del Pichincha (de
la Torre 1994: 60-61). Este incidente no es interesante por el carácter de la
acusación, que fue infundada. Tal vez sea un precedente de cómo los amigos
de Abdalá usarán el poder político para cobrarse revanchas con grupos econó-
micos rivales; en este caso el grupo Isaías atacando el grupo Egas-Acosta lue-
go de las disputas por quien controlará el Banco. Pero lo más relevante de es-
ta denuncia es cómo sirvió de catalizador para que “las gentes bien” de Quito
se autoreconocieran, en la figura de Jaime Acosta Velasco, como los líderes
morales naturales del Ecuador.
Como se recordará, Abdalá denunció el supuesto mal manejo de la Reser-
va Monetaria Internacional por parte de personalidades del gobierno socialde-

8 Sería interesante estudiar el papel del racismo ecuatoriano en la construcción de la sexualidad popu-
lar. El caso estadounidense es analizado por Joel Kovel (1984). La subversión de los códigos racistas
cuando los hombres otavaleños tienen aventuras eróticas con gringas es analizado en mi libro (de la
Torre, 1996).
338 Carlos de la Torre

mócrata de Borja y del Banco del Pichincha9. Pese a que las acusaciones resul-
taron infundadas y a que con el tiempo Abdalá dejó de referirse a este episo-
dio, personalidades da la “alta sociedad” ecuatoriana organizaron un “Home-
naje nacional de admiración y desagravio” a la familia Acosta. Se publicaron
suplementos especiales en varios periódicos del país con cientos da firmas de
quienes se solidarizaron con este acto a favor de Jaime Acosta Velasco y su fa-
milia, “víctimas de irresponsables ataques.” La Casa de la Cultura Ecuatoria-
na de Quito contó para el acto con la presencia de casi dos mil personas. Asis-
tieron personajes ilustres tales como el Cardenal Pablo Muñoz Vega, varios ar-
zobispos y obispos, el ex-presidente Osvaldo Hurtado, varios ex-vicepresiden-
tes de la República, el alcalde de Quito, candidatos presidenciales, banqueros,
empresarios, etc., en una palabra “la crema de la sociedad”.
Es interesante que Abdalá haya escogido como blanco de sus ataques a Jai-
me Acosta Velasco, encarnación de los valores morales y cristianos de las eli-
tes quiteñas. Sociológicamente, lo que más llama la atención en este “acto de
desagravio” es que los ataques de Abdalá sirvieron de catalizador para que las
elites y la gente de “buena sociedad” se dieran cita en un acto donde se expre-
se quiénes son los “verdaderos ciudadanos honestos” y quiénes tienen derecho
a dirigir y guiar el país por su alta condición moral. Este acto, a su vez, de-
mostró la calidad de “outsider” de Abdalá, quien se vanagloria de ser odiado
por la oligarquía y logra atemorizar a “la crema de la sociedad” de tal manera
que se congrega para expresar su identidad encarnada en Jaime Acosta como
baluarte de “moralidad, honor, hidalguía y virtud”10.

9 Es importante recordar este incidente por los “rumores” que circulaban entre sectores, medios y altos
en Quito que aseguraban que Abdalá acabará con el Banco del Pichincha.
10 En palabras del intelectual orgánico de las elites quiteñas Jorge Salvador Lara, El Comercio, 20 de
marzo, 1992.
Abdalá es el repugnante otro 339

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