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Celestino Andrés Araúz M.

El ensayo analiza la reivindicación del hecho histórico del 10 de noviembre de 1821, cuando se proclamó la independencia de Panamá del dominio español, destacando la obra del historiador Ernesto J. Nicolau que corrigió la fecha tradicionalmente aceptada. Se discute la falta de reconocimiento de este evento en la historiografía nacional y la fragmentación social y política del país, que dificultó la formación de una identidad nacional unificada. Además, se mencionan las rivalidades entre las regiones y la resistencia de los habitantes del interior ante el control de la ciudad capital, que reflejan las tensiones que perduraron en la historia panameña.
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Celestino Andrés Araúz M.

El ensayo analiza la reivindicación del hecho histórico del 10 de noviembre de 1821, cuando se proclamó la independencia de Panamá del dominio español, destacando la obra del historiador Ernesto J. Nicolau que corrigió la fecha tradicionalmente aceptada. Se discute la falta de reconocimiento de este evento en la historiografía nacional y la fragmentación social y política del país, que dificultó la formación de una identidad nacional unificada. Además, se mencionan las rivalidades entre las regiones y la resistencia de los habitantes del interior ante el control de la ciudad capital, que reflejan las tensiones que perduraron en la historia panameña.
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Ensayo

CÁTEDRA, N.º 20, AGOSTO 2023 - JULIO 2024, PP. 23-40 ISSN L 2523-0115

REIVINDICACIÓN DE UN HECHO HISTÓRICO: 10 DE


NOVIEMBRE DE 1821
Celestino Andrés Araúz M.
Universidad de Panamá. Panamá
cifhu@[Link]

E [Link]

ntre las publicaciones hechas por la Comisión del Bicentenario


(1821-2021), establecida en la Vicerrectoría de Extensión, en aquel
entonces bajo la gestión del profesor Denis J. Chávez, con el aval de
la Rectoría de la Universidad de Panamá para conmemorar los 200
añosde la independencia de Panamá del gobierno español en 1821,
ocupa unsitial importante la reedición del libro del historiador Ernesto
J. Nicolau: El Grito de la Villa (10 de noviembre de 1821). Capítulo de
Historia de Panamá. El mismo se imprimió, inicialmente, con el
auspicio del Ministerio deEducación, en 1961.

Una obra meritoria


Sin duda se trata de un valioso libro que representa la reivindicación de
un hecho histórico, hasta ese momento prácticamente desconocido, con
el que se inició el proceso emancipador, en noviembre de 1821. Después
de poco más de una centuria, en 1928, el historiador Nicolau dio inicio a
su empeño de demostrar, avalado con fuentes primarias y colecciones
documentales que consultó en el Archivo Nacional de Colombia (hoy
Archivo General de la Nación) y como se patentizó en el Acta respectiva
-que reprodujo por primera vez- que el grito de independencia de la Villa
de Los Santos se realizó el 10 y no el 13 de noviembre de 1821.
Esto último, equivocadamente, se afirmaba, por la tradición oral e incluso
por las fuentes impresas que en aquel tiempo circulaban en distintos
puntos del país. Posteriormente, Nicolau amplió su investigación, siempre
sustentada con documentos de primera mano, sobre el invisibilizado tema
del movimiento independentista del 10 de noviembre de 1821 que plasmó
en su extenso artículo: La Villa de Los Santos y Natá, dado a conocer en
el Boletín de la Academia Panameña de la Historia de junio-octubre de
1936. Dos décadas y media después, culminó su paciente, pero tenaz labor
de esclarecimiento histórico con el libro que hoy es objeto de análisis.

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Como bien señaló recientemente el distinguido colega, oriundo de la


provincia de Los Santos, Milcíades Pinzón Rodríguez, en el prólogo de la
reedición ampliada del libro de Nicolau: “En un centenar de páginas el
historiador compendia los hechos más notables del Grito Santeño y aporta
documentación que no deja lugar a dudas sobre la existencia del hecho
histórico. Tanto más importante ya que presenta un enfoque integral
sobre los sucesos que el lector puede seguir en los hechos exógenos y
endógenos que son necesarios para valorar y comprender el escenario
en donde se produce la independencia de Panamá de España…” (Nicolau,
2021, pág. 8).
Resulta insólito, por decir lo menos, que en la historiografía nacional
tuvo que transcurrir más de 100 años para el esclarecimiento definitivo
de un suceso histórico relevante de una etapa crucial de comienzos del
siglo XIX. Ahora, examinado a la luz de las fuentes de archivos y antologías
documentales. Por lo tanto, con mucha más credibilidad que la tradición
oral deformada a través de un tiempo de larga duración que daba lugar
a malentendidos y tergiversaciones sobre un hecho fundamental en
nuestro pasado decimonónico.

Ausencia de la identidad nacional


Por otra parte, se puede explicar la nula o escasa importancia dada a
un suceso acaecido en el mundo rural, si se tiene presente la hegemonía
de la ciudad capital en todo el territorio istmeño en el ámbito económico,
político, social y hasta cultural. Los criollos citadinos se caracterizaron por
su mentalidad mercantil, volcada a las actividades económicas terciarias
y con clara influencia externa, por razones obvias. No es casual que la
construcción de una moderna ruta transístmica terrestre, acuática o mixta
por parte de naciones marítimas extranjeras para convertir a Panamá en
un emporio mercantil o país hanseático, fuese el principal y casi único
objetivo de la oligarquía urbana, en todo el transcurso del período de
unión a Colombia e inicios del siglo XX (1821-1903).
Mientras tanto, los habitantes del interior del país, con una economía
precapitalista, concentrada en las faenas agropecuarias, principalmente,
o en un comercio de mediana escala, se les percibía por los notables de
la ciudad capital como “los otros”, es decir, aquellos que se caracterizaban
por el atraso y la barbarie, además de ser levantiscos. En cierta manera,
la capital del Istmo representaba la “civilización” y sus habitantes la
consideraban una “ciudad letrada”, aunque, en verdad, según testimonios
de la época, la “instrucción pública”, como entonces se denominaba a la
educación, estaba en una situación deplorable y sin visos de superarse.

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Se trataba, en realidad, de un país fragmentado, cuyo eje central era la


zona de tránsito. Carecía, hasta mediados del siglo XIX, de modernas vías
de transporte y comunicación. En aquel, tiempo, el Istmo de Panamá se
caracterizaba por su exigua población, el aislamiento y la dispersión de sus
habitantes. Todo esto en un territorio pequeño en extensión, conformado
por densas selvas y montañas inexploradas, valles, ríos, lagunas, pantanos,
ciénagas y otros accidentes geográficos que el hombre no había podido
dominar. La naturaleza imponía sus condiciones y parecía insalvable e
invencible. Es más, cuando se construyó el ferrocarril transístmico por
parte de un consorcio estadounidense, cuyas ganancias revertían al
extranjero, tampoco sirvió para superar el distanciamiento y la integración
de los pueblos del interior del país, y lo mismo ocurrió a principios del siglo
XX con el Canal Interoceánico. Todo ello, en pleno auge del capitalismo.
Esto también dio lugar a la afluencia de sentimientos de pertenencia,
arraigados en extremo a cada lugar de origen de los habitantes en los
respectivos poblados o villas. En su gran mayoría, estos no percibían que
formaban parte de una identidad nacional que, por lo demás, ni siquiera
estaba configurada, inclusive en todo el territorio que comprendía la
República de Colombia. Así permaneció a lo largo del siglo XIX y durante
varias décadas del XX. Primaba lo telúrico, en el imaginario político colectivo.
Por eso, el término istmeño o panameño que entraña la identificación o
apego a una demarcación más amplia, delimitada y común, tardó en hacer
su aparición y consolidarse en la entidad denominada nación. Los gentilicios
eran muy limitados y carecían de aceptación general. Por poner un solo
ejemplo: un santeño, un natariego o un veragüense, eran simplemente
eso y nada más. Pero también entre las mismas localidades del interior del
país había antagonismos y rivalidades ancestrales de distinta naturaleza,
que a veces desembocaban en pugnas duraderas y excesiva violencia. En
definitiva, se era del sitio específico en donde se nacía, vivía o moría. No
está demás advertir que los hechos políticos también se valoraban con este
criterio. Los acontecimientos independentistas del 10 y 28 de noviembre de
1821, así lo demuestran. Inclusive en sus respectivas actas.

Rivalidades históricas
En efecto, los santeños, no solo proclamaron la independencia de la
dominación española y manifestaron su deseo de vivir bajo el sistema de
gobierno republicano adoptado por Colombia, si no también expusieron
la rivalidad existente con otros pueblos del partido que podrían oponerse
a esta medida. Más aún, temían, con justificada razón, que el coronel
José de Fábrega, a la sazón encargado del mando en el Istmo, recurriera
a las vías de fuerza y con la superioridad militar a su cargo reprimiera el
movimiento independentista. (Acta de Independencia de la Villa de Los
Santos del 10 de noviembre de 1821).

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Por añadidura, en la carta que el cabildo de la Villa le envió al Libertador


Simón Bolívar, con la que, sin duda, adjuntaron la mencionada Acta en la
misma fecha, a la vez que le explicaban los motivos de la decisión asumida,
se colocaban bajo sus auspicios y exhibían la actitud “vacilante”, arrogada
al principio por parte de los notables de Veraguas y Ocú, oposición que
quedó “bien presto desvanecida” (Pizzurno, 1997, pág. 266).
Poco después del Grito de la Villa de Los Santos, específicamente el 17
de noviembre, se estableció en la ciudad de Panamá una junta de Guerra
que comisionó a José María Chiari y Juan de la Cruz Pérez, para que “por
medios pacíficos”, hicieran desistir a santeños y natariegos de la decisión
tomada y se sometieran nuevamente al gobierno español. Pero su gestión
resultó un rotundo fracaso (Nicolau, 2021, págs. 29-50).
Tampoco prosperó el hábil ardid utilizado por las élites citadinas en el
Acta del 28 de noviembre de 1821, sumando ipso facto a santeños y
natariegos, mediante el artículo I que textualmente dice: “Panamá,
espontáneamente y conforme al voto general de los pueblos de su
comprehensión, se declara libre e independiente del gobierno español”.
Mientras el II indica: “El territorio de las provincias del Istmo pertenece al
Estado de Colombia, a cuyo Congreso era a representarle oportunamente
su diputado”. Pero en el artículo XII, el último, contradice abiertamente
lo expresado en el I, en estos términos: “los precedentes capítulos se
imprimirán y circularán a todos los pueblos del Istmo para que cesen las
desavenencias que los agitan, remitiendo los auxilios que necesita esta
capital para llevar a cabo tan gloriosa empresa” (…).
No se desconocía en Colombia la profunda división política y la
controversia a dm i n i s tra t i v a r ei n an t es en el Istmo de Panamá.
El vicepresidente, general Francisco de Paula Santander, fue el que
inicialmente recibió en Bogotá la carta que el cabildo de la Villa de Los
Santos le envió al Libertador, junto al Acta de independencia proclamada
el 10 de noviembre de 1821. Por eso, de inmediato, mostró preocupación
por este estado de cosas y le escribió a Bolívar informándole sobre las
“diferentes interpretaciones de los pueblos del Istmo, renovando sus
actos de unión y obediencia al pueblo de Colombia”. Pero le advirtió que
“estaban divididos en reconocer la autoridad provisoria establecida en
Panamá”. Es decir, al gobierno encabezado por el coronel José de Fábrega.
Ante esta caótica situación, y pese a la distancia existente entre las
ciudades de Panamá y Bogotá, Santander no perdió el tiempo. El 9 de
febrero de 1822, mediante decreto ejecutivo, erigió el departamento del
Istmo de manera provisional, integrado por las provincias que antaño
formaban parte del gobierno español y con los mismos límites que
entonces tenían. A la vez, nombró al coronel venezolano José María

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Carreño, intendente y gobernador de la provincia de Panamá. A Fábrega


lo designó gobernador de Veraguas de donde era oriundo (Santander,
1876, pág. 288).
Desde Cartagena, rumbo a Panamá, Carreño le informó a Bolívar que,
si bien en el Istmo todo estaba “decidido en favor de Colombia, y mucho
más ante los españoles”, temía que en aquel territorio ocurriera lo que
se dio al principio de la revolución en Colombia, es decir, las discordias
internas. La Villa de Los Santos que había sido la primera en proclamar
la independencia, no quería obedecer a Panamá como capital. Mas en
lo que si estaban de acuerdo unos y otros era en apoyarse mutuamente
“para la defensa contra los españoles”. Los santeños también alegaban
que su desavenencia era porque en Panamá aún subsistía el régimen de
gobierno español. Por ello, rehusaban obedecer hasta que se promulgara
la Constitución y las leyes que regían en Colombia. Estos documentos ya
iban rumbo a Panamá y, por lo tanto, Carreño esperaba que los santeños
se calmaran. Si no era así, se proponía “trabajar incansablemente para
apagar el régimen de la discordia original que el atribuía a “la falta de
experiencia y a la ignorancia” (Santander, 1876, págs. 49-50).
El 24 de febrero de 1822, se juró la Constitución de Cúcuta en la ciudad
de Panamá. Solo entonces los santeños y natariegos reconocieron al nuevo
gobierno instalado en la capital del Istmo. Pero esta situación coyuntural
solo momentáneamente atenuó las pugnas existentes entre algunos de
los habitantes del interior del país con los notables citadinos. Los hechos
posteriores así lo demostraron.
A comienzos de 1827, el comandante general del Istmo Manuel Muñoz
le informaba al Libertador que “el espíritu público” se hallaba “enervado
y abatido”, la población marchaba en “la más completa relajación, por el
temperamento y educación”, “la licencia y el libertinaje” formaban “esta
máquina política, la ambición de mando y de dinero” eran sus ejes y “la
inmoralidad” el espacio en que giraba. Por eso, los ciudadanos se habían
propuesto “rechazar toda contribución y casi a mano armada” querían
“romper los vínculos sociales”. En “la ciudad de Los Santos” se sublevaron
200 hombres, atropellaron al alcalde, negándose al pago de la capitación
y se apoderaron de las armas que allí existían. Igual conducta se observó
en todo el cantón. Por eso Muñoz temía que esta chispa prendiera en todo
el departamento (O’Leary, 1981, págs. 521-524).
A mediados del siglo, se dieron protestas populares en Veraguas y Los
Santos, por razón de los elevados impuestos y abusos de las autoridades
regionales, aunque no prosperaron. Pero a inicios del Estado Federal
de Panamá, la imposición de las contribuciones provocó sublevaciones
campesinas en Los Santos dirigidas por Pedro Goytía, lo cual ocasionó la

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intervención del ejército federal. El movimiento fue duramente reprimido


y sus principales cabecillas encarcelados. Pero las autoridades locales
tuvieron que promulgar un nuevo acuerdo sobre contribuciones lo que
implicó el reconocimiento tácito de la razón de la lucha campesina.
El gobierno federal decretó una amnistía general para todos los
sublevados y momentáneamente la paz retornó a la convulsionada región,
pese al descontento que existía porque se había suprimido la provincia
de Azuero poco después de la creación del Estado Federal. Enconadas y
sangrientas pugnas partidistas, entre liberales y conservadores, además
del forcejeo caciquista por el poder y dominio de la tierra, así como
rivalidades familiares, sumieron a la región en un clima de violencia e
inestabilidad que tuvo repercusiones que afectaron, en gran medida, el
desenvolvimiento del federalismo en el Istmo de Panamá (Pinzón, 2017).

Predominio de la mentalidad urbana


En los albores de 1859, un periódico publicado en la ciudad de Panamá,
jactanciosamente decía: “El único caserío que haí en todo el Istmo que
tenga el aspecto de ciudad o se asemeja algo a lo que en el mundo lleve
este nombre, es Panamá: el resto de ellos, unos se componen de chozas de
paja, presentando la apariencia de un villorio; i otros, aunque en su mayor
parte son de teja, las casas están construidas a la rústica i colocadas sin
orden, con raras excepciones; si a esto se agrega el número de personas
de inteligencia que en ellas se encuentra, hemos concluido de hacer la
pintura de los pueblos del interior del país” (Reformador, 1854).
No resulta extraño, por ende, que la élite citadina exaltara al máximo la
independencia del 28 de noviembre de 1821 e ignorara, deliberadamente,
lo ocurrido en la Villa de Los Santos y en otras partes del mundo rural.
De allí, que, como era lógico, Mariano Arosemena, conspicuo miembro
del patriciado urbano y firmante del acta de independencia del 28 de
noviembre, se dedicara, en diversas formas, a hacerle loas a este
acontecimiento, secundado por los otros integrantes de la élite local. En
1834, compuso un himno a esta gesta que publicó en el periódico el Vigía
del Istmo. Dos años después, hizo un poema dedicado a la fecha aludida
que reprodujo en Los Amigos del país.
Mediante ley de 4 de diciembre de 1862, la Asamblea Constituyente,
a instancias de Mariano Arosemena, dispuso el reconocimiento de “los
importantes y arriesgados servicios personales y pecuniarios prestados
por los Próceres de la Independencia del Istmo, y agradecida venera su
memoria”. Igualmente, determinó que “las familias de los Próceres de la
Independencia del Istmo”, tenían derecho a colocar sus retratos “por el
orden en que firmaron el Acta de Independencia en la sala de sesiones

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de la Asamblea, y en la Gobernación, de una manera permanente o en los


días de festividad pública y oficiales, y especialmente el 28 de noviembre”.
Del mismo modo laudatorio, se indicó que, en las festividades
públicas y oficiales en conmemoración del 28 de noviembre de 1821,
“los Próceres de la Independencia”, tendrían “asiento a la derecha del
Gobernador del Estado”. Se estipuló, también, que cuando “los Próceres
de la Independencia quisieran “asistir a las sesiones de alguna corporación
legislativa del Estado lo avisarían a su presidente” y se le concederían “los
primeros asientos del ala derecha, en el orden de prelación en que están
sus firmas en el acta de independencia”.
De otro lado, el Estado Soberano de Panamá, eximió “de todo servicio
oneroso y forzoso, y de toda contribución o empréstito personal a los
Próceres de la Independencia del Istmo”.
Más aún, se dispuso que al entierro de los “próceres de la independencia”
asistiría la fuerza pública que hubiese en el Estado en que tuviera lugar la
inhumación y le harían “los honores militares correspondientes al primer
jefe del Estado”. También concurrirían “los funcionarios y empleados
públicos en traje de luto”; el cual guardarían “por tres días, llevando un
lazo negro en el brazo izquierdo”. Por último, se decidió que cada “Prócer
de la Independencia del Istmo”, tenía “derecho a un área de tres metros
en cuadro en el cementerio de Panamá”; para que sus deudos pudieran
“colocar en ella los restos y levantarles monumentos” (Arosemena, 1971,
págs. 181-182).
En síntesis, a los próceres de la independencia del 28 de noviembre
de 1821, no solo se les otorgaron y rindieron honores de diversa índole
en vida, sino tributos especiales hasta después de la muerte. Era un
homenaje de eterna gratitud. En cambio, los santeños que encabezaron
la gesta del 10 de noviembre de aquel año, tuvieron que esperar mucho
tiempo para que se le reconociera la relevancia de esta fecha en nuestro
devenir histórico. Si bien, el historiador Ernesto J. Castillero Reyes, indica
que fue en 1874, cuando se inició la celebración del Grito de La Villa de Los
Santos, pero se pensó que era el 11 de noviembre, aunque posteriormente
la fecha conmemorativa se pasó al 13 de noviembre. Se atribuyó esta
decisión a José María Núñez Roca, oriundo de Santa Marta, que residía en
la Villa, fundamentándose en la tradición oral. Pero no hay precisión que
históricamente justifique esta medida (Velarde, 2021).
De Mariano Arosemena son las conocidas y tantas veces citadas
palabras, que en que el contexto histórico que expongo, considero muy
oportunas. Las plasmó inicialmente en un folleto publicado en enero de
1868, bajo el título de Apuntamientos Históricos 1801-1840, que se suspendió
a su deceso y muchos años después, en 1949, muy ampliado, lo dio a

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conocer el historiador Ernesto J. Castillero R. En esta ocasión, Arosemena


no ocultó el desdén y el temor que lo produjo a la élite citadina el acto
independentista del 10 de noviembre de 1821, en estos términos: “En la Villa
de los Santos aparece un movimiento revolucionario, aunque de manera
irregular i deficiente, pues sus habitantes no declararon el gobierno que
se daban, ni cosa alguna sobre los negocios de la transformación política:
novicios se contentaron con llamarse independientes. Sin embargo, ese
levantamiento del pueblo santeño hizo una fuerte impresión en la capital…”
(Arosemena, Apuntamientos históricos (1801-1840), 1999, págs. 125-126).
En su clásico y múltiples veces consultado opúsculo El Estado Federal
de Panamá, el doctor Justo Arosemena, hijo de Mariano, si bien reconoció
que en la independencia del 28 de noviembre las “intrigas y el oro” fueron
las armas empleadas por los criollos citadinos para deshacerse de los
españoles, en cambio no dijo ni una sola palabra sobre el Grito de la Villa
de Los Santos y también guardó silencio en relación con el movimiento
separatista del 26 de septiembre de 1830, encabezado por el general José
Domingo de Espinar. Evidentemente, pesó mucho en este “olvido”, el
hecho de que Justo Arosemena pertenecía a la élite de la ciudad capital
que no veía con buenos ojos, tanto a los habitantes del interior del país
como a la gente del arrabal de Santa Ana. Esta última, compuesta, en
su gran mayoría por negros y mulatos que apoyaron a Espinar y tenían
fricciones con los patricios de San Felipe.
Un gran vacío caracteriza a la historiografía panameña, si es la que
hubo, durante la segunda mitad del siglo XIX y en los albores del XX.
No obstante, en 1898. Francisco Posada en su directorio general de la
Ciudad de Panamá y Reseña Histórica, indicó con algunos errores y no
pocas superficialidades: “Los panameños creyeron llegada la ocasión,
por tanto, tiempo suspirado, y empezaron a activar los preparativos
para su independencia. Eran les adictos, por fortuna, los miembros del
Ayuntamiento. La ocasión se le presentaba admirable y los panameños
no la dejaron pasar inadvertida. La ola en Panamá crecía por momento,
pero como la capital que era y llena de elementos contrarios, que tenía
que dominar, debía proceder con prudencia.
Así, tocó a la Villa de Los Santos la gloria de dar el primer grito, que
fue repercutido (sic) en el acto por otros tantos pueblos. La capital estalló
seguidamente también: era inmensa la popularidad de la independencia,
y no hubo dique que pudiera contenerla.
El 28 de noviembre de 1821 el ayuntamiento, arrostrando todas las
contingencias que pudieran surgir de tan grave paso, convocó a todas las
corporaciones militares, civiles y eclesiásticas a una Junta General en la
cual se proclamó la independencia del Istmo del Gobierno de España y se

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adhirió al de la Nueva Granada (sic). A continuación, Posada reproduce el


Acta de Independencia del 28 de noviembre de 1821, pero no el de la Villa
de Los Santos, porque, en aquel entonces, este documento era totalmente
desconocido (25-26).
En cuanto a la historiografía extranjera del decimonono, no está demás
advertir que el prestigioso historiador estadounidense Hubert Howe
Bancroft en su voluminosa obra: Historia de la América Central (1890),
uno de cuyos volúmenes contiene varios capítulos referentes al Istmo de
Panamá, al referirse al movimiento emancipador de la Villa de Los Santos,
sigue, casi que, al pie de la letra, los planteamientos adversos hechos por
Mariano Arosemena sobre este suceso:
“…Este era el momento más propicio que podían esperar los
amigos de la independencia, y no vacilaron en aprovecharlo”.
(El desplazamiento de Juan de la Cruz Mourgeón a Ecuador
encargando del mando en el Istmo al coronel José de Fábrega).
“Se celebraron reuniones secretas en las cuales elaboraron sus
planes. Mientras esto sucedía en Panamá, estalló en la Villa
de Los Santos un movimiento revolucionario que causó gran
alarma en la capital por cuanto que no era resultado de un
plan preconcebido. En realidad, en esta revolución, apenas
se proclamó la independencia no pretendía establecer forma
alguna de gobierno. Después de una apresurada consulta
al gobernador, las autoridades locales y otros oficiales
prominentes resolvieron reprimir por medios corteses el
disturbio, y se enviaron, al gobernador, comisionados a los
Santos para restablecer la paz, si fuese posible”. Pero, en su
opinión, esta medida solo era para ganar tiempo: “Entre los
amigos de la independencia, los más impacientes deseaban
que la misión fracasara y que se afianzara el espíritu de sedición
que existía en el Istmo y que se expresaría abiertamente una
vez que la capital diera la señal…” (Brancoft, 1890, págs. 25-26).
Por su parte, el reconocido botánico y biólogo alemán Berthold
Seeman, en su Historia del Istmo de Panamá, que se publicó por entregas
en el periódico Star and Herald a comienzos de 1868, cuando se ocupó
de la independencia de Panamá en 1821, ni siquiera mencionó al Grito de
la Villa de Los Santos. En sus palabras. “Hacia fines de 1821, los españoles
despacharon casi toda la guarnición de Panamá a reforzar sus ejércitos
en Quito. Los habitantes de Panamá, dejados a sus anchas, no pudieron
resistir la tentación de imitar el ejemplo de los estados vecinos. Secundados
por toda la provincia istmeña se declaran independientes de la Corona de
España el 28 de noviembre de 1821…” (Seeman, 1959).

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Cambios paulatinos de interpretación sobre el Grito de la Villa


Juan Bautista Sosa y Enrique J. Arce, en el Compendio de Historia de
Panamá, publicado en 1911 que constituye el primer libro de historia oficial
desde la “época antigua”, el descubrimiento conquista y colonización por
España hasta el nacimiento de la República de Panamá, decían
textualmente: “En estas circunstancias estalló el 13 de noviembre en la
Villa de Los Santos un movimiento en favor de la independencia, ejemplo
que siguieron varios pueblos vecinos como Pesé y Natá y aunque aquellos
actos previnieron al gobierno y pudieron retardar la acción general en todo
el territorio, predispuso sin embargo a los espíritus ardientes a secundar
prontamente esos brotes espontáneos del patriotismo” (Arce, 1971, pág.
199).
En dos obras divulgativas, también aparece el error de la fecha
mencionada. Así, en Panamá en 1915, se decía, entre otras cosas: “El 13 de
noviembre de 1821 los vecinos de la Villa de Los Santos se pronunciaron
contra las autoridades locales, atacaron y tomaron el cuartel y lanzaron
el primer grito de independencia en el Istmo” (Noviembre, 1928, pág. 49).
En tanto que el Libro Azul, publicado en español e inglés, se afirmaba,
con errores históricos muy saltantes: “…se fomentó la deserción de las
fuerzas acantonadas y el 13 de noviembre de 1821 estalló en la Villa de Los
Santos un levantamiento que fue secundado por las poblaciones de Pesé
y Natá. El gobierno en presencia de tales hechos, cuyo origen no ignoraba
resolvió representar un acto de presencia, por encima del cual el pueblo
invadió la plaza principal y pidió la reunión de un cabildo abierto. Reunido
éste, en la casa consistorial, declaró libre e independiente el territorio
panameño (sic) libre de la dominación española y la anexión política a la
Gran Colombia (sic). Esta declaración fue comunicada al pueblo desde
los balcones de la Casa consistorial por don José Vallarino Jiménez (sic)
y recibido con positivo entusiasmo”. (William Scoullar (compilador) 1912-
1917:28).
Se debe tener presente, por el significado histórico que entraña, que el
12 de marzo de 1915, el presidente de la República Belisario Porras, oriundo
de Las Tablas, inauguró oficialmente la provincia de Los Santos, creada
mediante leyes dictadas a finales de 1914 y comienzos del año siguiente.
Su superficie era de 3,805.4 km2 y la integraron siete distritos, a saber:
Tonosí, Pedasí, Macaracas, Guararé, Pocrí, Las Tablas y Los Santos (Velarde
O. V., 2016, pág. 7).
Con motivo del centenario de la independencia del 28 de noviembre
de 1821 y el Grito de Independencia de la Villa de Los Santos, la revista
Preludios publicada por el Instituto Nacional, les rindió homenaje a ambos
hechos históricos. Por ello, reprodujo los siguientes artículos: “Relación

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de los sucesos que dieron lugar a nuestra independencia por el prócer


Mariano Arosemena” en el que aparece la opinión de este sobre el
“movimiento revolucionario” en la Villa de Los Santos, que como se vio, lo
consideraba “irregular y deficiente”, además de expresar otros juicios de
valor muy negativos; un artículo apoteósico dedicado al coronel José de
Fábrega; “Pro Panamá” de Manuel Roy y “El grito de la Villa de Los Santos”
de Horacio Moreno, fechado en Los Santos en enero de 1921, publicado
inicialmente por El Eco (Moreno, 1976).
En este último, se decía: “He aquí como el 13 de noviembre de 1821 tocó
a su fin al régimen colonial español, el 12 se reunieron en el caserío de
Las Peñas los patriotas capaces de tomar las armas, encabezados por
los señores Gregorio y Juan Andrés Vásquez (de) (Juana Prieta), Juan de
Dios Gómez (de), (Las Peñas) Eduardo y José Ignacio Mendieta y Eduardo
Garrido con sus familiares y armados de machetes, cuchillos, lanzas y
escopetas de mechas (…). Pero lo duro del tiempo que la tenacidad de la
lluvia trastornó en parte, el asalto que estaba combinado para en las tres
primeras horas de la noche".
Luego estos excepcionales hombres, como si fuesen militares
aguerridos, movilizaron sus compañeros y se endilgaron a la población sin
más escudo que la fe en el triunfo (…)”. Y tras una descripción imaginaria,
detallada y exaltada sobre los sucesos de la Villa de Los Santos, Moreno
finalizaba indicando: “El Acta de estos hechos transcendentales, que es el
movimiento más glorioso, puesto que anunciaba la aurora de la libertad,
fue conducida a Panamá por Juan Ortega; este heroísmo no tardó en
tener su resonancia, pronto los capitalinos imitaron su ejemplo, y surgió el
memorable y glorioso 28 de noviembre (Moreno, 1976, págs. 13-14).
Tanto las muchas veces citadas observaciones críticas de Mariano
Arosemena sobre el movimiento de independencia de la Villa de Los
Santos, como el entusiasta panegírico a favor de esta por Horacio Moreno,
carecían de un soporte documental que respaldara sus puntos de vista.
Fue el historiador Ernesto J. Nicolau, como dije, quien demostró con
fuentes primarias en 1928, 1936 y 1961 otros aspectos invisibilizados hasta
entonces en relación con el Grito de la Villa de Los Santos.
Pese a la contundente aclaración histórica hecha por Nicolau, el 13 de
noviembre de 1928, en el editorial de un periódico publicado en la ciudad
de Panamá, se afirmaba que ese día se conmemoraba “el aniversario
del primer grito de independencia lanzado en la histórica ciudad de Los
Santos por un puñado de valientes patriotas. La fecha era “grandiosa, no
solo para vieja y altiva Villa de Los Santos, sino para toda la República” que
apreciaba “en todo su valor el gesto patriótico de los precursores de la
emancipación de la Madre Patria”.

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A continuación, advertía que era verdad que había sido el 10, el día en
que el Ayuntamiento de la “libre ciudad, como la llamaron los miembros
de esta alta corporación, que se reunieron para acordar, mediante la
participación del pueblo” separarse de la dominación española. Pero no
fue sino el 13 cuando los brazos vigorosos de ese movimiento los Vásquez,
Garridos y Mendietas, correspondieron en la acción levantada y enérgica,
a las aspiraciones hondamente sentidas por todos los hijos de aquella
Villa legendaria y altruista”.
Se reconocía que el 10, fue, “como muy claramente” lo decía “la
elocuente acta encontrada en los archivos colombianos por el inteligente
joven Ernesto Nicolau, el día del juramento de independencia”. Pero el
13 la fecha que ahora “se conmemoraba con júbilo, (era) el día grandioso
en que los santeños cumplieron con entusiasmo y lealtad esa promesa
solemne de libertad y dicha”.
De ahí que no había razón “para variar el calendario de los días
cívicos”. Que el 13 de noviembre continuara “siendo fecha gloriosa para
toda la república y que los héroes auténticos de esa jornada, lo que
cristalizaron en hermosa realidad los ideales libertarios de los miembros
del Ayuntamiento santeño”, despertaron siempre en los corazones bien
puestos un sentimiento, un hondo sentimiento de gratitud”.
Por eso, “en el aniversario del primer grito de independencia lanzado
por los Vásquez, Garridos y Mendietas”, en la ahora tranquila y dormida
Villa de Los Santos, el periódico se asociaba “al justo regocijo que embarga”
el espíritu de todos los buenos panameños y enviaba un saludo cordial
al altivo pueblo santeño, representado por su progresista alcalde Martín
Maltez (Noviembre, 1928).
No obstante, esta pretendida solución salomónica para fusionar una
fecha creada por la tradición con un hecho históricamente comprobado
por los documentos de la época no podía prosperar y no prosperó
A partir de los años 30, se notan cambios significativos en las colecciones
documentales de carácter histórico y en algunos aportes particulares de
la historiografía panameña en torno al movimiento emancipador de la
Villa de Los Santos. En este sentido, cabe resaltar la compilación hecha
por el historiador Ernesto J. Castillero R. titulada: Documentos Históricos
de la Independencia del Istmo de Panamá, publicada por el Instituto
Nacional, en 1930. Esta obra antológica se inicia con: “La inmortal Acta de
la Independencia de Los Santos, el 10 de noviembre de 1920” (Castillero,
1930, págs. 5-7). Pero no presenta ningún comentario o juicio de valor sobre
este documento. Lo mismo puede decirse con respecto a la antología
que llevó a cabo Rodrigo Miró y que tituló: Documentos Fundamentales
de la Nación panameña. Publicada en 1953, por iniciativa de la Junta

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Nacional del Cincuentenario (Miró, 1953)


A finales de la década de los años 40, Héctor Conte Bermúdez se
lamentaba: “Al Grito Revolucionario de la Villa de los Santos no se le ha
dado la debida resonancia, ni el país le ha tributado todavía el homenaje
consagrado a los hombres abnegados que el 10 de noviembre de 1821
proclamaron en forma audaz y radical la independencia absoluta de la
monarquía española…”. Fundamentándose en los estudios hechos por el
historiador Nicolau, hizo un minucioso recuento de este evento histórico y
su repercusión en el movimiento independentista del 28 de noviembre de
1821, así como en la adhesión del ayuntamiento de Santiago de Veraguas
a la emancipación por presiones de los cabildos de la Villa de los Santos y
Natá, cuya acta, de profundo sentido religioso, reproducía.
Conte Bermúdez finalizaba su escrito exaltando la importancia
histórica del Grito de Independencia de la Villa de Los Santos: “Son
acreedores, pues estos próceres auténticos, que por un periodo casi
secular, estuvieron ignorados o desconocidos, hasta que la paciente
investigación del inteligente académico señor Nicolau dio a conocer sus
nombres, a que la Asamblea Nacional haga llevar al salón de sus reuniones
un gran lienzo, en el cual interprete el pincel de Roberto Lewis la inmortal
sesión del Ayuntamiento de los Santos cuando proclamó el sistema
democrático de gobierno “para que no fuese subyugada cada día más la
libertad del hombre” o aquella otra en que con arrogante altivez rechazó
las proposiciones de sometimiento a la autoridad real que le llevaron los
comisionados de la Junta de Guerra de Panamá. “Así, el óleo de Lewis en
el augusto recinto sería un homenaje de Justicia y gratitud nacional y un
símbolo permanente de orgullosa afirmación republicana” (Bermudez,
1947).
En cambio, dos años después del escrito de Conte Bermúdez, Juan
Rivera Reyes, ni siquiera mencionó al Grito de La Villa de Los Santos, en
su opúsculo: Significación Histórica del 3 de noviembre de 1903 y del 28
de noviembre de 1821. Indicó que esta última fecha “que los panameños
-estando unidos a Colombia- venían celebrando con grandes pompas
como el Día de su Independencia se viene echando ahora en el olvido
más ofensivo para nuestros próceres de 1821” (Reyes, 1949, pág. 4).
Bonifacio Pereira Jiménez, que hizo la introducción del libro de Nicolau
en 1960, también publicó, ese mismo año, su Historia de Panamá, un
texto ceñido a los programas vigentes para uso de los colegios públicos y
particulares de la República. Como era lógico, incluyó el tema de El grito
de la Villa de Los Santos el 10 de noviembre de 1821, con cierta extensión,
(páginas 176-179).

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Consolidación de un legado historiográfico


De distinta naturaleza es el folleto de Claudio Vásquez que, en 1962, es
decir al año siguiente de la publicación del libro de Nicolau, y sustentado
en la tradición oral, supuestamente respaldado por fuentes documentales,
sostuvo que el primer grito de independencia en el interior del país, no se
dio en la Villa de Los Santos, el 10 de noviembre, sino dos días antes en Las
Tablas.
En verdad, el panfleto titulado: La insurrección de Las Tablas. 8 de
noviembre de 1821. Primer Grito. Primera explicación histórica, simplemente
se limitó a reproducir el expediente de méritos y servicios del gobernador
de la Villa de Los Santos, coronel Segundo Villarreal, con fecha de 5 de
febrero de 1822, al igual que otros documentos, principalmente sobre la
adhesión de los pueblos circunvecinos al episodio donde se suscitó el Grito
del 10 de noviembre de 1821. En definitiva, esta documentación no logra
demostrar lo que sugiere el título del folleto mencionado (Vásquez, 1962).
Al respecto, basta citar, en parte, la respuesta dada al gobernador
Villarreal por parte del alcalde constitucional del pueblo de Las Tablas
Pedro Damián Pérez y el ayuntamiento de este lugar, el 5 de febrero de
1822: “Aunque este pueblo estaba deseoso de sacudir del yugo español
que tanto le mortificara, jamás se atrevió a declarar su intención, porque
se le presentaban, muchos obstáculos que lo embarazaban, por más que
muchos de sus vecinos, se presentaron declarándose decididos a resistir
algunas providencias de los Godos, hasta que tuvo la laudable noticia
que esa Heroica ciudad había abrazado el sistema de independencia y
que habían nombrado a VS Gobernador de ese Partido, cuya elección
tan acertada, y cuerdamente dispuesta fue el motivo que este vecindario
sin temor de los riesgos que pudieran resultar, sin dilatar un punto para
resolver, levantó la voz a favor de la Independencia, y repudió el mando
español…”. (Vásquez, 1962, pág. 16).
Dos años después, en 1964, Juan Antonio Susto en su artículo “La
Villa de Los Santos foco de la independencia de 1821, ante la historia”,
se limitó a trazar un cuadro de las figuras más relevantes oriundas de la
población desde la etapa fundacional hasta el momento en que se dio el
acaecimiento novembrino. (Revista Lotería. Noviembre de 1964: 13-22).
Recientemente, Oscar A. Velarde, afirma que “El hecho de que no exista
un acta de independencia tableña del año 1821, no es razón suficiente
para que la resistencia de los tableños y pocrieños a obedecer algunas
órdenes del gobierno español no pueda ser considerada como “el primer
grito panameño de independencia de España del año 1821”. Al respecto,
recuerda que “los más famosos gritos de independencia de América no
fueron consignados en actas formales emanadas de cabildos abiertos”.

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Tal fue el caso en México del Grito de Dolores, en 1810, en Uruguay, el Grito
de Asencio en 1821, en Brasil el Grito de Ipiranga de 1822 y en Cuba, el Grito
de Yara, en 1868 (Velarde O., 2021, pág. 17)

Balance bibliográfico final


En definitiva, el libro del historiador Ernesto J. Nicolau, con diversos
testimonios documentales, permite valorar, en su justa medida, un
acontecimiento histórico como el Grito de la Villa y los participantes
en este, sino también los nombres de los firmantes de los actos de
adhesión al movimiento independentista de los pueblos de Las Tablas,
Pocrí, Macaracas, Pesé, Las Minas, Parita y Ocú, que permanecieron
desconocidos por la historiografía nacional durante poco más de 100
años. Ellos forman parte de lo que posteriormente se conocería como la
“Historia de los de abajo” y la microhistoria.
Digno de destacar, en la gran relevancia que Nicolau, le dio al
papel desempeñado por el caudillo Francisco Gómez Miró, no solo en
la proclamación de la Independencia en Natá, sino también en la
consolidación del movimiento emancipador en La Villa de Los Santos y
la acción conjunta que efectuó con el coronel Segundo Villarreal y otros
líderes santeños para que los indecisos cabildantes de Santiago de
Veraguas se sumaran con su conocida religiosidad a la rebelión del interior
del país que los notables de la ciudad de Panamá intentaron inútilmente
apaciguar.
El historiador Nicolau también incorporó, por primera vez a la
historiografía nacional, una variada documentación sobre otros aspectos
vinculados a las consecuencias inmediatas de la independencia del 28
de noviembre de 1821, a saber: comentarios a la carta que los santeños,
encabezados por Segundo Villarreal le remitieron al libertador Simón
Bolívar, el 10 de noviembre de 1821; la importante función realizada por
la Junta Consultiva integrada por los notables citadinos Manuel José
Hurtado, Blas Arosemena, Juan José Argote, Manuel Urriola, Juan José
Calvo, secundando al coronel José de Fábrega, a la sazón Jefe Superior del
Istmo, así como la correspondencia de este con libertador Simón Bolívar y
el vicepresidente de la República de Colombia, general Francisco de Paula
Santander.
Detalló, así mismo, el primer peligro que afrontó el movimiento
emancipador con la inesperada presencia de las fragatas españolas
“Prueba” y “Venganza” que arribaron al puerto de Panamá procedentes
de Sudamérica y las negociaciones para lograr su retirada; el trágico final
del último gobernante español en el istmo, Juan de la Cruz Mourgeón,
la entrega de Portobelo a los insurrectos, la llegada de los primeros

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contingentes militares enviados por el gobierno colombiano bajo el


mando del coronel venezolano José María Carreño, nombrado intendente
y gobernador de Panamá y la jura de la Constitución de Cúcuta en nuestro
país, el 24 de febrero de 1822, entre otros importantes acontecimientos.
El legado del libro de Ernesto J. Nicolau en la historia nacional aún
puede observarse en la obra de Ernesto J. Castillero R., Raíces de la
Independencia de Panamá (Castillero E., 1978, págs. 24-25) y otros
aportes con notables adiciones teóricas, metodológicas, documentales
y bibliográficas, además de la hermenéutica utilizada. Tal es el caso de
Alfredo Castillero Calvo, principalmente en: 1821. La independencia de
Panamá de España. Factores coyunturales y estructurales en la capital y
el interior (Castillero A., 1971, págs. 16-19); y en La independencia de 1821.
Una nueva interpretación. (Castillero A., 2004) y con mucha más amplitud
en su reciente y monumental: 1821: la independencia de Panamá de
España y su época. (Castillero A., 2021, págs. 504-506, 514-546).
En el contexto del movimiento emancipador encabezado por los
cabildos de La Villa de Los Santos y Natá, Mario José Molina Castillo se ocupó
de examinar en detalle la actitud asumida por los criollos santiagueños
ante las presiones libertarias de aquellos para que éstos se sumaran a la
causa independentista (Molina, 2008, págs. 799-802).
Por mi parte, también consulté, con provecho, la obra de Nicolau en mi
libro de hace más de cuatro décadas. La independencia de Panamá en 1821:
Antecedentes, balances y Proyecciones. Panamá. Academia Panameña
de la Historia, 1980: 90-94. En aquel entonces hice la observación que el
autor de Grito de La Villa “no se preocupó por encontrar los antecedentes
del movimiento, si no que describió con profusión los hechos del 10 de
noviembre, así como la “cooperación de Natá y la ulterior acogida de las
comunidades de Las Tablas, Pocrí, Macaracas, Pesé, Olá, San Francisco
de la Montaña, y la oposición empecinada de Veraguas”. Dije, además, en
esa ocasión, que: “sin duda, el propósito fundamental de Nicolau fue dejar
sentado claramente que el movimiento de La Villa de Los Santos señaló
el camino para la Independencia del istmo, y luego de su aporte esto no
puede ponerse en tela de juicio” (Nicolau, 2021, pág. 91).
Tanto en el Panamá Hispano (1501-1821) como en el Panamá
Colombiano (1821-1903) que hice en coautoría con mi esposa Patricia
Pizzurno Gelós, nos referimos al Grito de La Villa de Los Santos y la carta
que los vecinos de este lugar le enviaron al libertador Simón Bolívar el
10 de noviembre de 1821, así como a las medidas adoptadas por la Junta
Consultiva que secundó al coronel José de Fábrega. Entre estas, el
Reglamento para el comercio del Istmo de Panamá, del 31 de diciembre
de 1821 y la contribución extraordinaria de guerra en todo el país que

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habrían de recaudar en los cabildos cabeceras de Partido, al igual que


una reglamentación permitiendo que continuaran en sus cargos los
gobernadores de Santiago de Veraguas, La Villa de Los Santos y Natá. La
información sobre estas disposiciones post independentistas tuvo como
punto de referencia el libro de Ernesto J. Nicolau: El Grito de La Villa. (10 de
noviembre de 1821).

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