Tema 2 Dios en El Pensamiento Griego
Tema 2 Dios en El Pensamiento Griego
TEODICEA
Bachiller en Filosofía y Teología – 2º Curso
Modalidad Presencial
Teodicea
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1
Platón, Leyes X, 888 a-b
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Índice
1ª LECCIÓN: LA PREGUNTA FILOSÓFICA POR DIOS 7
§ 1. Dios: objeto de la filosofía 8
§ 2. Pensar hoy el Absoluto 14
§ 3. Creer hoy en el Absoluto 21
§ 4. La estructura antropológica de la pregunta por Dios 49
§ 5. Dios que viene a la idea 57
§ 6. Saber y creer: Dios como problema y misterio. 61
§ 7. El problema del lenguaje sobre Dios en una cultura cientista 68
§ 8. El filósofo ante Dios 81
§ 9. Aclaración terminológica: Teodicea, teología natural y teología filosófica. 89
Excursus A: Dios y la Filosofía de la religión. 102
1. Metafísica y religión 103
2. Dios y la Filosofía de la Religión 107
3. El modelo predominante: Filosofías de la Religión etsi Deus non daretur 109
4. De la Teología natural a la Filosofía de la Religión 112
5. La dos grandes líneas históricas de la Filosofía de la Religión 122
Conclusiones 124
Excursus B: La filosofía en su uso teológico. Oportet Philosophari in Theologia 128
1 ¿Qué es teología? 131
2. ¿Qué es filosofía? 135
3 El uso teológico de la filosofía 139
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Resumen:
La primitiva filosofía griega no puede ser tenida sólo como una mera filosofía
de la naturaleza como viene diciéndose con frecuencia. Este malentendido
surge seguramente por influjo del positivismo y de la clasificación comtiana
que hace de la filosofía el estadio crítico respecto a la religión. Lo que
sostenemos es que el acercamiento racional a la naturaleza produjo al
mismo tiempo un pensamiento cosmológico y teológico en el que ahora
queremos introducirnos.
Esquema:
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Desarrollo:
§ 1. El mito y la teología
1.1 Ha sido Heidegger quien más a fondo se ha preguntado últimamente por cómo entró Dios
en la filosofía. Pero en realidad hay una pregunta mucho más radical que ésta y es la que
se interroga por el origen mismo del concepto de Dios antes de haber llegado a la
filosofía. Es un hecho que la idea de Dios ha sido un continuum en la conciencia humana.
Ya dijimos con Benveniste que, incluso cuando el lenguaje indoeuropeo no disponía aún
de ningún término común para “designar ni la religión misma, ni el culto, ni el sacerdote,
ni siquiera ninguno de los dioses personales… [éste] se reagrupaba ya en “la noción
misma de ‘dios’ (deiwos), cuyo ‘sentido propio’ es ‘luminoso’ y ‘celeste’; en calidad de
tal el dios se opone a lo humano que es ‘terrestre’” (Émile Benveniste, Le Vocabulaire
des institutions indo-européennes, Paris, Minuit, 1969 t.II, p. 180 Trad. De M. Armiño,
Madrid, Tauros, 1983, p. 345). Otros han pensado que “Dios ha llegado tarde en la
historia de las religiones” y que el misterio habría ocupado antes su lugar (G. van der
Leeuw). Ver Marcel Gauchet, El desencantamiento 35ss)
En todo caso es evidente que el fenómeno o el hecho religioso se dio antes que la
filosofía y que la cuestión de Dios brotó precisamente en ese contexto humano de
relación con la trascendencia esencial. La posterior reflexión sobre este horizonte que
desborda el mundo de lo inmediatamente dado es a su vez la que provocó el
pensamiento filosófico. Por esta razón nos dedicaremos en primer lugar a estudiar el
trasfondo religioso (oficial o público y también el mistérico especialmente el orfismo
(G. Reale, Storia della filosofía antica I, 23ss) del que surge la filosofía griega, la primera
que podemos denominar con tal nombre. Damos por inconsistente la tesis de la presunta
derivación de la filosofía del Oriente en Reale I, 12ss, E. Zeller, Die Philosophie der
Griechen in ihrer geschitlichen Entwicklung I, 37ss).
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Tesis 1.1: Estamos tratando de decir simplemente que el paso del mito al logos no fue tan
lineal y tajante como a veces se piensa (así W. Nestle, Historia del espíritu griego y Del
mito al logos). El mito y la filosofía (el logos que la anima) son sobre todo dos formas de
hablar (cf. Jose Carlos Bermejo Barrera en “Mito y filosofia” en Carlos García Gual,
Historia de la filosofía antigua Trotta) Y entre esos dos tipos de discursos no ha existido
nunca un proceso sustitución de uno por otro. Hay aspectos míticos que siguen latiendo
en la consideración de los primeros filósofos sirviéndoles estos de estímulo y referencia
determinante para el desarrollo de su filosofía (ver Cassirer, Filosofía de las formas
simbólicas II. El pensamiento mítico (Mexico 1972) 88-101) y, viceversa, la reflexión
filosófica ha influido cada vez más a modo de auténtica ilustración en las
manifestaciones todavía míticas de los primitivos poetas griegos. (Ver Marcel Gauchet,
El desencantamiento 92ss.)
1.2 Resulta enormemente instructivo atender las relaciones que las siguientes épocas han
mantenido con el mito. Desde la aplicación alegórica en la edad media y su restauración
en el renacimiento con el enorme prestigio de Corpus Hermeticum (tratados griegos y
latinos de los primeros siglos de nuestra era recogiendo las revelaciones de Hermes
Trismegisto –tres veces grande-), la filosofía hermética y su papel en el neoplatonismo
florentino (Giordano Bruno), la lucha ilustrada contra la superstición y su descalificación
de los mitos, o la valoración positiva de Vico como algo distinto de lo racional, hasta la
obra de Creuzer sobre simbólica y mitología de los pueblos antiguos, especialmente de
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los griegos de 1810 que tanto influyó en Hegel (y que con su consideración del papel del
sacerdote pasó a ser considerársele como agente de los jesuitas en Alemania) -el símbolo
es esa nueva forma de pensar de una época que quiere encontrar lo mismo que el
idealismo un sentido, expresar lo infinito por medio de lo finito-, las interpretaciones de
los historicismos con su desvirtuación de los mismos poniendo el acento en las
circunstancias externas, políticas, históricas, culturales que dieron lugar a los mitos en
lugar de la propia estructura interna, pasando por el camino abierto por los ingleses
(Frazer) en línea evolucionista de la historia de los pueblos en la que los mitos perpetúan
cada una de las fases de los mismos (magia, religión y ciencia) y este influjo de la escuela
de Cambridge tendrá su continuación con los estudios sociológicos de Durkheim tan
influyentes en Claude Lévi-Strauss cuyas interpretaciones del mito juntos con las de
Freud marcarán el siglo pasado) (Cf. Bermejo…o.c.)
Tesis1.2 : No se puede decir, por tanto, que la concepción de los primeros filósofos griegos
haya sido exclusivamente una reflexión sobre la naturaleza absolutamente desligada
de cualquier pensamiento sobre Dios. (Seguiré fundamentalmente a W. Jaeger, La
teología de los primeros filósofos griegos). Si queremos aproximarnos a lo que hemos
denominado como primera teología filosófica tenemos que comenzar aludiendo a ese
germen teológico que encontramos en los filósofos presocráticos y rastrearlo, incluso,
en las primeras manifestaciones escritas de la cultura mítica griega con Homero y
Hesíodo a la cabeza.
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Tesis 1.3: El concepto de teología natural o filosófica nace, pues, teniendo por base la
oposición establecida por san Agustín entre el único Dios natural (jusei qeoV) de los
filósofos y los muchos dioses instituidos por los hombres (qesei qeoi). Y en estos últimos
entran tanto los míticos de las fábulas del teatro como los del estado o ciudad (Civ Dei
VI, cap VI). Esta distinción va a resultar fundamental para establecer las diferencias
entre los géneros teológicos y supone, de hecho, la base del concepto de teología
natural. Mientras las teologías mítica y política son consideradas productos
convencionales exclusivos del hombre, la teología física, denominada también natural,
es la que cultiva la comprensión racional universal de la realidad.
1.4 En este rastreo que estamos comenzando del hablar de Dios en la filosofía, en esta
introducción histórica en la teología filosófica, tenemos que empezar diciendo que el
término mismo de Teología había nacido en realidad antes de que tuvieran lugar estas
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Tesis 1.4: Afirmamos, pues, que la teología es, en principio, una creación de los griegos y no
solo de los que consideramos filósofos, sino también de los primeros poetas griegos
como vamos a ver a continuación. Y lo primero que vamos a ver aparecer en el
nacimiento de la teología filosófica es el conflicto que se va a dar ya, in nuce, entre la
tradición mítica y la aproximación natural o racional al problema de Dios. En efecto,
para el mundo griego Dios se volvió un problema y desde la República y las Leyes antes
citadas, es decir, con los primeros esbozos de teología, toda filosofía que se precie (a
excepción, claro está, de ola escéptica) tendrá que culminar en una teología marcada
con los acentos particulares de cada escuela. Lo que ahora queremos explicar es,
precisamente, ese giro decisivo dado por estos filósofos en conexión con todo el primer
pensamiento cultural griego. Jaeger calificó este dinamismo como la conversión hacia
el centro divino de las cosas en su Humanismo y teología 113.
1.5 Acabamos de decir que Aristóteles, al recibir el término teología de manos de Platón y
su escuela, lo eleva hasta el punto de emplearlo para calificar su “ciencia de los primeros
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principios”. La teología es la corona o la meta de todo estudio filosófico del Ser (Met E I,
1026ª 10). Pero contradictoriamente contamos con pasajes en los que el mismo
Aristóteles parece colocar también bajo esta misma designación de teólogos a ciertos
no-filósofos como Hesíodo y Homero contraponiéndolos con total rotundidad con el
pensamiento de los auténticos filósofos o físicos. Da la impresión que esta última tesis
de Aristóteles sostiene que la filosofía “científica” de los primeros físicos comenzaría
exactamente allí donde acaba la “teología” de los poetas. La teología representaría
según esta idea un tipo de sabiduría sí, la propia de los amantes de los mitos, aunque
que no llegue, sin embargo, a la altura de la filosofía. Esta contradicción viene dada por
la posición con la que Aristóteles enjuicia la labor de los que él denomina como teólogos.
Y es que estos poetas representarían con su invención de los dioses antropomórficos el
estadio mitológico del pensamiento humano. A su manera, los teólogos poetas habrían
atisbado también el problema, aunque desde una aproximación distante aún de la
aproximación racional llevada a cabo por los filósofos.
Pues bien, es a partir de esta radical separación aristotélica entre pensamiento mítico y
pensamiento filosófico de donde surge, precisamente, la extendida concepción de que
el período platónico-aristotélico es el único que debe ser tenido como el auténtico
iniciar de la reflexión sistemática de la teología. Toda la filosofía anterior, la
presocrática, no habría desarrollado, en cambio, ningún tipo de pensamiento
sistemático sobre lo teológico. Ahora, cuando la filosofía llega a su madurez, puede
recogerse por fin, racionalmente, aquella chispa de verdad que subyacía en los viejos
planteamientos míticos. Y por esta razón Aristóteles puede denominar ya el culmen de
su obra como plena teología sin que con ello se mancille su tarea filosófica. Según esta
teoría, los presocráticos, aunque se diferenciasen radicalmente de la concepción mítica
de los teólogos poetas, tampoco habrían desarrollado ningún tipo de pensamiento
teológico. Aristóteles, como primer historiador de la filosofía, nos tiene acostumbrados
también a las primeras deformaciones a las que la sometió. Solo la filosofía madura de
Platón y la suya propia tuvieron las condiciones necesarias para recoger el primitivo
impulso teológico de las concepciones míticas elevándolo hasta la altura de formalizar y
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Nuestra postura, sin embargo, va a ser contraria a esta posición impuesta modernamente
a partir de la anterior distinción y, sobre todo, de la calificación de “físicos” recibida por
estos primeros filósofos por parte también del mismo Aristóteles. En efecto, lo que se
viene resaltando de estos pensadores son, principalmente, sus logros como cultivadores
de la ciencia natural perdonándoseles el haber mezclado su reflexión con otros
elementos cuasi mitológicos. La interpretación moderna se divide así en dos escuelas
que coinciden en el fondo en la minusvaloración del elemento teológico en los
presocráticos: la escuela metafísica, heredera de los sistemas hegelianos y demás
idealistas alemanes, se detienen en Platón, Aristóteles y los otros filósofos
especulativos (Eduard Zeller, Die Philosophie der Griechen in ihrer geschichtlichen
Entwicklung, Leipzig: Reisland 1963, 6 vol.); los positivistas modernos destacaron, en
cambio, el carácter empírico y científico de los primeros presocráticos desechando a su
vez cualquier interpretación teológica de los mismos (John Burnet y Theodor Gomperz).
Tesis 1.5: Lo que hay que tener en cuenta es que en estos autores clásicos la teología se halla
ya claramente diferenciada de las demás áreas de pensamiento, pudiendo por ello
mismo ser tratada por separado y de manera sistemática. Pero esta diferenciación no
se da aún en la filosofía de los primeros filósofos para quien la filosofía formaba un
todo. Este dato impide prescindir sin más del contenido teológico de estos pensadores
como convencionalmente se ha venido haciendo. De hecho, la postura que aquí
defendemos es la misma que llevó a Cicerón en su De natura deorum y a San Agustín en
De civitate Dei, a nombrar como primeros teólogos a aquellos filósofos que van desde
Tales a Anaxágoras. Ulrich von Wilamowitz, La fe de los helenos y Hermann Diels (las
doxografias y los fragmentos de los presocráticos) fueron de los primeros en romper,
por su parte, con el anterior prejuicio, introduciendo el pensamiento de los filósofos
dentro del desarrollo religioso del pueblo griego. Conviene, pues, que antes de que nos
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2.1 Analizado el problema de la relación entre los primeros filósofos griegos y la teología,
tenemos que volver a referirnos en este momento a la cuestión de la continuidad entre
estos filósofos y los más antiguos poetas griegos. Este es un tema que se incluye dentro
del marco más amplio de la conexión entre mitología y filosofía o entre mito y logos
anteriormente ya referida. Hay que saber, sin embargo, que antes que los mitos y antes,
por tanto, de la transmisión que de ellos realizaron los primeros poetas, existía ya una
primitiva creencia religiosa mucho más ingenua y simple. Hablamos de una cultura
minoico-cretense anterior a la misma cultura griega (ca 2000 a.C.) en la que
encontramos establecidos ya un culto alrededor de ciertos lugares sagrados. De esta
época y de la era micénica posterior proceden creencias tan decisivas para los griegos
como las ricas mitologías y la adoración al mismo Zeus, por ejemplo. La veneración de
los muertos y antepasados también arranca de esta cultura primitiva así como la
creencia en la necesidad ineludible (ανάγκη) del destino, de las moiras, que imprimirá
un sello duradero en el universo de las ideas religiosas griegas (he seguido aquí a
Emerich Coreth, Dios en la historia... 16). Nuestro interés por esta cultura arcaica se limita
únicamente a situarla como antecedente primero de las manifestaciones religiosas de
los griegos de cuyas ricas mitologías surgirá ya el primer pensamiento mítico-teológico
en los poemas de los primeros poetas.
Como hemos indicado, en su Met. A, 983b 28 y 982b 11; 983b 6 Aristóteles denomina
críticamente a los contemporáneos de Hesíodo y a todos los teólogos como los primeros
teologizadores (πρώτοι θεολογησαντες) distinguiéndolos a su vez de los primeros
filosofadores (πρώτοι φιλοσοφησαντες Ambos grupos pertenecerían no obstante a
un estadio primitivo, no desarrollado por tanto, del pensamiento filosófico posterior, o
sea, la filosofía propiamente dicha configurada a partir de él mismo. La distinción básica
radica en el modo de proceder, en el método mítico (μυθικως σοφιζομενοι Met B,
1000ª 4 y 18) empleado por esos teólogos a diferencia de las demostraciones rigurosas
(apodícticas) propias de los filósofos. Se trata de la distinción esencial entre el hablar
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mítico y el pensar lógico de los filósofos, ente el mito y el logos; términos cuyos
significados, ciertamente, se han desarrollado en direcciones casi opuestas a pesar de la
cercanía etimológica de los términos (decir, narrar –decir, enunciar).
2.2 Esta consideración ciertamente peyorativa del mito ha sido constante en la reflexión
occidental, se extiende desde Platón hasta nuestros días. Para Platón, además, el mito
no solo constituye un error como dijeron ya Jenófanes o Heráclito, sino una auténtica
perversión. Si la ruta del conocimiento consiste según el autor de la República en la
ascensión que nos lleva de las apariencias a la realidad, de la materia a la forma, en ese
camino tres son los personajes ab-errantes, que nos tuercen nuestro rumbo a las ideas.
Estas tres figuras son el poeta, el artista y el sofista. Los tres construyen un mundo de
apariencias que nos alejan del conocimiento de las verdaderas formas. Y como no
podemos eliminar del todo ni el arte, ni la poesía, ni la retórica, el filósofo, verdadero
contemplador de la ideas, tiene en su encargo de gobernar la ciudad controlar todas
esas otras manifestaciones y formular las verdades filosóficas según las mismas a fin de
que la multitud pueda acceder a las auténticas verdades para las que no están
capacitados. Vemos pues una cierta ambivalencia con respecto a los mitos. Si por un lado
son producto del error y de una cultura popular y deben ser censurados, surge la
posibilidad al mismo tiempo de servirse de ellos de forma alegórica para ilustrar, para
el verdadero cultivo de la sabiduría. (cf. Kurt Hübner, La verdad del mito hay traducción,
Cassirer, Filosofía de las formas simbólicas II El pensamiento mítico. Idea: el mito subsiste
en la filosofía y la determina esencialmente. No podemos superar el núcleo mítico de la
cultura y asistimos frente a Weber a una remitologización Ver Estrada, Dios en las
tradiciones filosóficas I)
2.3 Las versiones literarias de los mitos son ya una cristalización cultural y nos alejan de la
mentalidad primitiva. Hablamos con Levi-Strauss de una racionalización del mito. Se ha
dicho, no obstante, que habría que diferenciar entre las leyendas épicas de Homero
(siglo VIII a.C.) y las teogonías al modo de la de Hesíodo (ca 700 a.C.). La diferencia
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estaría en que en el caso de Hesíodo nos hallamos con ambos pies todavía en la esfera
de la veneración puramente fetichista de la naturaleza, mientras que con Homero
asistimos a una especie de transformación, a la animación de esta misma naturaleza
venerada cada vez más en forma antropomorfizada (Theodor Gomperz, Pensadores
griegos. T 1, 59s). Es verdad que Homero expresa, aun de forma mítica, nociones
eminentemente empíricas, por ejemplo al describir en la Ilíada al río Océano como
origen y fuente de todas las cosas. Pero es que en ese mismo poema se dice también
que el Océano es la fuente y el origen del que dimanan los dioses y la madre Tetis.
Afirmaciones de este tipo parecen acercar más que alejar a ambos rapsodas. En cualquier
caso, la teogonía de Hesíodo da muestras también de un marcado carácter teológico al
mezclar elementos tradicionales acerca de los dioses con una actividad intelectual
subjetiva de tipo cuasi-racional. Hesíodo, en efecto, comienza relatando su vocación
personal recibida de las Musas cuando guardaba sus ovejas en las faldas del monte
Helicón: “Sabemos decir muchas mentiras con apariencia de verdades; y sabemos,
cuando queremos, proclamar la verdad”. (Teog 28s.)
Por el momento, el poeta se siente capacitado para revelar el origen de todos los dioses
reinantes y nos dirá también cómo se originó el mundo y el orden actual, el cosmos
(Teog 33 cf. 105ss). Divinidad y cosmos aparecen íntimamente relacionados. Y para ello
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se verá obligado a recoger todos los mitos existentes tratando de armonizarlos bajo el
postulado básico de que también los dioses han tenido un origen. La generación se
convierte así en la clave para interpretar el origen de todo lo que existe. Como vemos
aquí late ya, sin duda, un atisbo de pensamiento racional al pretender reducir el
nacimiento de dioses y mundo al esquema de las generaciones. Estamos ya ante un
proceso de abstracción. Naturalmente se trata todavía de una concepción mítica que no
tiene presente las ideas de causa y efecto pero resulta suficiente para poder hablar ya
en este momento de un esbozo teológico que se va a encontrar un desarrollo mucho
más claro, si se quiere, en su otra obra titulada Los trabajos y los días.
El problema de las dificultades, del peso de los días, reclamaban también en este momento
una explicación adecuada y ésta la explicita Hesíodo en el mito de Prometeo y Pandora.
El robo del fuego y la creación de la primera mujer dan origen al mal y a la
responsabilidad de manera comparable al relato bíblico de la caída. El mal o sufrimiento
y el mismo reinado de los dioses se presentan, sin duda, como los nuevos problemas
que Hesíodo va a plantear de modo original. En un mundo que comienza a poner en tela
de juicio el logro del orden del estado y de la comunidad, hasta los mismos dioses
pueden ser cuestionados. El mundo no es sino su campo de batalla en el que Zeus
acabará triunfando frente a los rebeldes castigados en un mundo inferior. Zeus gobierna
el mundo desarrolado con la ayuda del Orden (ταξις) y de la Justicia (δικη). Se trata, en
el fondo, de un argumento eminentemente teológico, tratando de explicar, de justificar
la injusticia humana como un atentado contra la autoridad moral de Zeus y su divina
justicia.
Y no solo la vida humana se reflexiona desde el prisma teológico, sino que se retrocede hasta
la cosmogonía. Si Cielo (Urano) y Tierra (Gea) son los dos fundamentos del mundo
visible, ántes era el Caos (Teog 106). Aquí, como más tarde en el mismo Aristóteles (Fis
208b 31), el caos es un espacio entre el cielo y la tierra (la misma raiz c indica resquicio,
abertura, bostezo) y no el desorden confuso contrario al cosmos que leemos en el tohu
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2.4 Será, la futura filosofía la que tendrá que enfrentarse al problema del origen no originado,
el problema del αρχη. De momento, lo que Hesíodo ha efectuado al teologizar los viejos
mitos de los dioses es, por una parte, vigorizar su contenido filosófico acotando y
sistematizando los hechos y, por otra, ha otorgado a esos mismos mitos una
trascendencia religiosa que no poseían. Podemos hablar por tanto de una cuasi-
racionalización del mito (Estrada, Dios en las tradiciones… 33; G. S. Kirk, J. E. Raven y M.
Schofield, Los filósofos presocráticos, 24). El poeta se presenta ya como una cristalización
cultural alejada de alguna manera de la mentalidad primitiva. Y a él volverán
críticamente sus ojos los grandes filósofos aludiendo frecuentemente a la concepción
del caos y del comienzo de las cosas.
Pero no solo levantará una respuesta crítica, sino que su influencia positiva se deja sentir
también directamente en la peculiar concepción de Eros, como el primero de los dioses
en cuya presencia y desde su poder se unen Cielo y Tierra. La idea de un amor cósmico
será desarrollada más tarde por Protágoras o Empédocles. Para éste último la Φιλια se
convierte en la causa eficiente de toda la unión de fuerzas cósmicas. Este colocar a Eros
como un dios al comienzo de la serie entera de procreaciones a modo de hipóstasis
mítica ha sido inicido por Hesiodo y creará escuela. También la palabra creadora de
Yahve, la repetida locución “y dijo Dios” después de cada acto creador será
hispostasiada en el Logos inicial colocado como principio elemental en umbral del
evangelio de Juan (En arce en o logoV). La diferencia es que este Logos es una
propiedad de Dios colocado fuera del mundo creado desde su personal fiat, mientras
que los dioses griegos se sitúan dentro del mundo como descendientes de Cielo y Tierra
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por obra de Eros, fuerza primigenia perteneciente igualmente al mundo. En todo caso,
vemos como en Hesiodo aparece el germen de la búsqueda de un principio natural
único, característica indudable de los filósofos posteriores.
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3.1 Jonia fue el suelo que vio nacer tanto la concepción épica de Homero como la primera
filosofía. Es verdad que la Teogonía de Hesíodo, a pesar de haberla considerado ya
enteramente griega, posee aún muchas influencias de los mitos orientales. Hay que
considerar, por tanto, a los primeros filósofos jonios y a su impulso por comprender el
mundo en términos universales, como una nueva y más radical forma del pensar
racional motivada, seguramente, por un complejo cambio político y social que provocó,
a su vez, una nueva Weltanschauung. Lo que comienza a diferenciar a poetas y filósofos
es, principalmente, su punto de partida. Éste no se extrae ya de ningún mito, sino de las
realidades dadas en la experiencia, en las cosas existentes ( ). Pero ¿qué son las
cosas? Las “cosas” son primeramente los bienes domésticos, las propiedades
personales, y se identifica en el lenguaje jurídico con ουσια. Muy pronto pasa a significar
todo lo que “existe”. El sentido primero de la palabra como la utilizaron los poetas y los
primeros filósofos de la naturaleza es, pues, el que apunta a la existencia inmediata de
las cosas, las que están ahí individualmente de un modo tangible. Lo que hace el lenguaje
filosófico primitivo es ampliar su alcance doméstico hasta abarcar todo lo percibido.
Todavía Parménides emplea el término ta onta en este sentido primigenio. Solo a partir
de Platón recibe un significado metafísico al contraponer el mundo invisible de los
noúmena respecto a los onta.
Lo que sucede es que al tomar los primeros filósofos como punto de partida las cosas, se
prescinde de las fuerzas celestes, misteriosas, los dioses de los que nos hablaban los
mitos y los poetas porque Zeus y todo lo demás no pertenecen al reino de los onta. La
actitud frente al mito, por tanto, deberá cambiar necesariamente. Los mitos no
consideran las cosas que existen y por eso no representan ningún conocimiento
auténtico del mundo. El género mítico pasa a ser criticado de forma negativa. La
pregunta que nos hacemos es si los poetas que hemos visto como primeros teólogos
reciben por su parte el mismo trato que se dispensa a los mitos.
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3.2 Según la interpretación moderna, los primeros filósofos se distancian de los poetas
teólogos al restringir su conocimiento a los hechos comprobables por los sentidos. De
hecho, cuando Aristóteles se refiere a ellos los denomina oi jisikoi justificándolo
porque se dedicaban a especular sobre todo lo físico y las cosas (Met G 3, 1005ª 31).
Partiendo de esta catalogación se ha venido tratando a los filósofos jonios como filósofos
de la naturaleza, más aún, estaríamos ante los primeros naturalistas en oposición a la
teología de los mitos. Con ello se comete creo yo un craso error al derivar el significado
natural moderno del primitivo término de jusiV. Pero este es un término griego
abstracto que procede a su vez de la voz junai, con la que se nombraba el proceso de
surgir o de desarrollarse de algo. La jusiV de las cosas denotaba el origen y desarrollo
de ellas. La palabra genesiV sería, justamente, un término sinónimo de jusiV (Leyes
892 c). Cuando Homero dice que Océano es la génesis de todas las cosas está diciendo
en consecuencia lo mismo que si hubiera empleado el término de physis (Iliada XIV,
246). Aquí no se habla todavía de una sustancia, sino de un proceso.
La perspectiva cambia cuando consideramos la idea según Tales (624-546 a.C.) de que el
Agua, sobre la que flotaba la tierra, era el origen (en el sentido de arch) de todas las
cosas (Met 983b 6). La diferencia está en que en este momento se prescinde ya de
cualquier alegoría o metáfora y en que se pretende aclarar, además, no solo el comienzo
del devenir temporal, como en Hesíodo, sino la razón interna, el principio a partir de lo
cual todo es y permanece siendo, o sea, lo que lo constituye ontológicamente
podríamos decir nosotros. Naturalmente, Tales no puede todavía distinguir como le
objeta Aristóteles, entre principio o causa material y formal, entre causa eficiente y final.
Pero tampoco debemos suponer sin más que el agua de la que Tales habla como razón
de todo sea únicamente el elemento material, empírico, sino lo que ella significa. El agua
es símbolo que va más allá, señalando la fuerza fundamental de la que brota está
inundado todo.
El origen en cuanto fysis de todo se toma, pues, del mundo de la experiencia física de la que
el agua representa, evidentemente, una parte visible en lo húmedo. Como vemos, algo
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importante ha cambiado radicalmente en esta teoría física del origen respecto de los
mitos teológicos de la creación. Es cierto, sin embargo, que también Tales otorga a este
origen un significado metafísico y no solo material como le acusó Aristóteles. Este
sentido metafísico se confirma en una de las sentencias atribuida a él también desde
Platón diciendo que “todo está lleno de dioses” (panta plhrh qewn: De anim 411a;
Leyes 899b; cf. Hermann Diels Walther Kranz, Die Fragmente der Vorsokratiker (Berlin:
Weidmann, 1974) ¿Qué quería decir realmente Tales con este epigrama fundamental a
la hora de estudiar el espíritu teológico de la primera filosofía griega?
3.3 A nosotros se nos ha sustraído la posibilidad de poder pensar con él hundiendo los ojos
en las mismas cosas donde se detuvo. Sabemos que su sentencia despertó el interés de
Platón al ver en ella una prueba histórica contundente contra la catalogación atea de la
primitiva filosofía de la naturaleza. Tales nos mostraría cómo se vuelve de nuevo otra
vez a la misma verdad básica de la que se había partido (Leyes 967ª). Y eso a pesar de
que Platón procura siempre mofarse de los presocráticos. Del mismo Tales comenta la
anécdota de cómo cayó a un pozo mientras miraba hacia arriba “ávido por observar las
cosas del cielo, le pasaban desapercibidas las que estaban detrás de él y delante de sus
pies” (Teeteto 174a). Podría entenderse esta frase en el sentido de que los dioses o las
fuerzas divinas configuran todo desde esa razón que llamamos agua. Como si ésta
misma fuese, tal vez, la expresión simbólica de la movilidad, de la fluidez que está
presente en todas las cosas. Todo está animado, todo está vivo, todo es de alguna forma
partícipe de lo divino. Tales nos habría dicho lo mismo que dirá después Heráclito
cuando hable del devenir del todo, del panta rei.
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movimiento. Todo está animado por tanto. De aquí se abre un largo camino que acabará
desembocando en la interpretación estoica del mundo como cosmos animado por V
al que se identificará a su vez con la mente divina.
La realidad es que nosotros no tenemos más que esta interpretación de la sentencia atribuida
a Tales por parte de Aristóteles y que Platón también había citado aunque sin mencionarle
expresamente. Sí podemos decir que los dioses de Tales no parecen ser ya los mismos
de los que nos hablaban los poetas y los mitos. Tales, al menos, habla de forma distinta
sobre la naturaleza de estos dioses. No están aparte en Urano o en el Olimpo, sino que
el mundo que nos rodea, que nos envuelve cotidianamente, es el que está lleno de
dioses, está animado con estas fuerzas. Esto tiene una importancia decisiva porque
indica que si bien nosotros no podemos conocer racionalmente sino aquello que
experimentamos, esto no implica, sin embargo, tener que desterrar necesariamente lo
Divino. Tales habría abierto así la puerta para que conociendo la realidad de la j V
en la experiencia podamos conocer también lo Divino al palpar sus efectos.
En este mismo sentido, Aristóteles nos ha referido una historieta relativa a Heráclito. Nos
narra cómo estando éste en su casa cerca del fuego vio aproximarse a unos visitantes
que vacilaban a la hora de entrar. Heráclito entonces les gritó “Entrad. También aquí
hay dioses” (De part animarum 645ª 17). Probablemente Heráclito aprovecha la ocasión
para defender su teoría de que el fuego era el principio de las cosas. Pero para nosotros
se convierte en toda una invitación cuando nos disponemos a adentrarnos en la teología
de los griegos. También ellos hablaron de los dioses y no solo de la naturaleza, también
ellos hicieron teología.
4.1 Vamos a dar ahora otro paso pues estudiando la posición teológica de Anaximandro (610-
545 a.C.). El pensar de este filósofo se convierte ciertamente en el primer atisbo de
TEMARIO
filosofía al haberse aproximado al mundo por primera vez como un todo previo al que
intenta extraer su sentido racional. En la primera pieza literaria de filosofía de la que
tenemos referencia titulada peri physeōs (en realidad se trata de una cita que Simplicio,
un escrito neoplatónico mil cien años posterior al autor del fragmento, introduce en un
comentario a la Física de Aristóteles, y que le llega además a través de un comentario a la
misma obra por otro autor que refiere lo conservado por el primer historiador: Teofrasto,
discípulo de Aristóteles), Anaximandro buscaba encontrar la clave oculta de la estructura
de la realidad, la estructura cósmica más allá de la variabilidad aparente. El confía en
poder averiguarla y este optimismo es justamente el que señala la pretensión milenaria
de la filosofía de poder domeñar la realidad, de que el hombre y su razón triunfen frente
a un mundo rudo y contingente que lo amenaza misteriosamente. Los dioses van
desapareciendo aunque persistan sus nombres y se le siga tributando culto. El nuevo
problema es “de donde” surgen las cosas, cuál es su origen.
TEMARIO
4.2 Nos vamos a servir de nuevo de Aristóteles quien en su Física 203a 16 dice acerca del
apeiron algo asombroso y es que: “En cuanto es un principio (arch), tiene que ser algo
que no se genere ni se corrompa. Pues lo que se ha generado tiene necesariamente que
terminar, y toda corrupción tiene igualmente un término. Por ende, como hemos dicho,
de suyo carece de principio, antes bien es –así se lo concibe- el principio de todo lo
demás. Y abraza todas las cosas (periecein apanta ) y gobierna todas las cosas
(panta kubernan), según declaran aquellas gentes que no afirman ninguna otra causa
además de lo apeiron, como el espíritu (nouV) o el amor (jilia). Y esto, dicen, es lo
Divino (to qeion). Pues es inmortal (aqanaton) e indestructible (anwleqron), como
sostiene Anaximandro y la mayoría de los filósofos naturales” (Fis III, 203 b, 6).
De hecho, hay un precedente en un verso órfico que dice que “Zeus es principio, medio y
fin”. Esta idea, por de pronto, no se parece en nada a la genealogía de los dioses de
TEMARIO
Hesiodo pues de lo que se trata en el verso citado es de la eternidad y del ser de ese
Dios seguramente porque está ya bajo la influencia de la filosofía. Pero ¿ha pensado
esto mismo Anaximandro con su idea de apeiron? Esta es la pregunta que queremos
contestar.
4.3 Lo que buscamos es el posible significado teológico del apeiron según lo ha formulado
Anaximandro. Y para ello analizamos las consideraciones ontológicas que forman su
base. Lo apeiron, dijimos, “abraza todas las cosas y gobierna todas las cosas”. En otro
pasaje de la Física, Aristóteles entiende este apeiron como la materia (hyle), es decir,
más que abrazar las cosas estaría abrazado a ellas como tal materia (Fis 207b 35ss). Pero
esto no es lo que habría dicho Anaximandro como acabo de decir. Lo apeiron abraza y
gobierna activamente como sumo principio que es. El pensamiento griego es en este
punto sinfónico haciendo de este principio el rey de cielo y tierra. (cf. Filebo 28 c). Lo
apeiron sería lo que luego vino a ser para la filosofía posterior el Todo (olon: cf Fis 207ª
18ss). Tenemos pues que lo Ilimitado es no nacido e imperecedero, que abraza y
gobierna todas las cosas. Pues bien, esto es –sigue diciendo Aristóteles- “lo Divino
(to qeion). Pues es inmortal (aqanaton) e indestructible (anwleqron), como sostiene
Anaximandro y la mayoría de los filósofos naturales” (Fis III, 203 b, 6).
Lo Divino (to qeion) no se utiliza aquí como un predicado más del apeiron, sino que es
introducido como adjetivo en forma sustantivada e independiente indentificándolo con
el principio racional de lo Ilimitado. Esta expresión abre escuela en la filosofía griega y
así, cuando se hable de la idea de un sumo principio (el ens perfectissimum de
Aristóteles o el fuego que da forma al mundo en los estoicos) enseguida se procede a
afirmar de él que tiene que ser “lo Divino”. Anaximandro, por tanto, parte de la
experiencia y concluye racionalmente en la idea de una primera causa cuyos predicados
son los mismos que atribuía la fe religiosa a los dioses, Homero, por ejemplo. El último
paso consiste en identificar el sumo principio con lo Divino. Y este método es el que se
TEMARIO
Resulta lógico, igualmente, que se predique de él la inmortalidad pues esta característica era
la marca distintiva, el sello de los dioses. El pensamiento mítico hacía de este rasgo, en
efecto, la propiedad más esencial de unos dioses inmortales a los que, sin embargo, se
los representaba en forma humana. La diferencia con el pensamiento racional es que
éste llega a la idea de algo inmortal y divino buscando un origen de todas las cosas que
a su vez carezca de origen. Este aspecto es el que no había sido atendido todavía en los
poetas. Los dioses de los que nos hablan son inmortales porque viven para siempre pero
la posibilidad de que no hayan tenido principio u origen no es contemplada por un
Hesiodo, por ejemplo, cuya mayor preocupación fue establecer la genealogía precisa de
dioses, hombres y cosas. Incluso el Caos, como vimos, tenía origen. Este fue el punto
flaco de la teogonía en el que se fijaron los primeros filósofos para ir más allá. Por eso el
primer principio del que nos habla Anaximandro es inmortal y no tiene tampoco
principio. No es solamente infinito, es eterno. Con él aparece, por tanto, un nuevo
concepto de lo Divino.
TEMARIO
4.4 Pero todavía nos falta un último aspecto para completar esta aproximación a la teología
y la teogonía de Anaximandro y es su posible teodicea. De él se nos ha transmitido
indirectamente a través de Simplicio, un neoplatónico que comentaba a Aristóteles, un
fragmento valiosísimo en el que se habla lo apeiron de Anaximandro del que surgen los
mundos: “Pero cualesquiera que sean las cosas de donde procede la génesis de las cosas
que existen, en esas mismas tienen éstas que corromperse por necesidad; pues estas
últimas tienen que cumplir la pena y sufrir la expiación que se deben recíprocamente por
su injusticia, de acuerdo con los decretos (taxiV) del Tiempo” (Simpl, Fis 24, 13s.).
Nietzsche vio en este pasaje de Anaximandro una referencia a la pena que tiene que
sufrir las cosas por el hecho mismo de existir. Estaríamos, según él, ante el primer
filósofo pesimista (Los filósofos preplatónicos, 54). Supondría de hecho la concepción de
que la individuación misma de las cosas constituye un crimen o una apostasía contra la
unidad primordial por la que tienen necesariamente que expiar (Filosofía en la tragedia
antigua de los griegos I, (Leipzig: Kroener) 429). El surgir de una cosa es considerada
injusta porque al llegar a la existencia elimina la posibilidad de que otra sea. Esta
injusticia debe ser subsanada volviendo a ser cosa del pasado, hundiéndose en el fondo,
en su razón, en orden a que surja otra cosa. La existencia debe ser expiada por medio de
la muerte y del perecer.
TEMARIO
La escena remite al contexto judicial donde se resuelven los pleitos de la vida diaria. Alguien
disputa con otro por haber cogido más de la cuenta sea por la fuerza o por la astucia. Se
ha roto o desequilibrado la justicia que para los griegos es lo igual. La injusticia
(a-dikia) debe subsanarse y por ello el culpable será sentenciado a pagar daños y
perjuicios. El juez al que se nos remite en este caso es el Tiempo. El decreta la orden, la
pena. En esta concepción del tribunal del Tiempo subyace la idea de que el correr del
tiempo descubrirá y vengará todo acto de injusticia. De nuevo la idea griega de la
necesidad, de remitirse al destino fijado. Tengamos presente, sin embargo, que esta
época es la que va a ver elaborar la idea de justicia sobre la que se edificarán el estado
y la sociedad. La justicia no es una convención entre los hombres, sino una norma
inmanente a la realidad misma.
4.5 Con Anaximandro empieza, sin duda, la visión cósmica del universo. Todo lo que
acontece en el mundo natural es completamente racional por estar sujeto a una norma
universal estable. Esta norma universal fija es la justicia divina. Lo que en Hesiodo era
todavía queja y lloro ante los males, ante la generación y corrupción, aquí encuentra
una explicación justificadora. Estamos ante la primera teodicea estrictamente filosófica
que echa a andar de la mano, como vemos, de la filosofía de la naturaleza, la teología y
la teogonía. Esta única idea del kosmos se va a generalizar y universalizar por la
genialidad del espíritu griego hasta alcanzar todos los estratos de la existencia. Hasta la
misma forma de considerar la organización del estado derivará tanto de las eternas leyes
del Ser como de la religión. El estado se entiende como recreación de la idea de Dios y
del gobierno divino que éste ejerce sobre el mundo según lo hayamos revelado en la
naturaleza.
TEMARIO
TEMARIO
5.1 Decir por último que esta teología natural de los jonios sigue su marcha con Anaxímenes
que identifica el primer principio de Anaximandro con el aire en un intento de explicar
la vida en el mundo. Sostiene que el aire mantiene y domina el cosmos de la misma
manera que la psique domina y gobierna nuestros cuerpos (Aecio I 3,4). El término yuch
significa ya en este tiempo tanto aire como alma. Se trata, pues, de animar al apeiron
de Anaximandro considerando que lo Divino también debe contener el poder de pensar,
indispensable para gobernar todas las cosas. El Aire es para Anaxímenes lo divino
(Cicerón, De natura deorum… 10,26; Agustín, De Civ. Dei… VIII,2) al menos los dioses o
los innumerables mundos de los que nos habla habrían nacido de este Aire Infinito que
abarca y domina todo.
Nos damos cuenta que en la segunda mitad de este importante siglo VI a.C. tenemos ya los
dos pilares fundamentales de la fe filosófica griega, a saber: el de un Dios
intelectualizado (también al judaísmo le cabe este honor) y el de la creencia en un alma
de origen divino y destino metafísico. Estas concepciones, es verdad, no comenzaron
siendo fruto directo del genio filosófico griego, sino que surgieron de la creencia religiosa
como hemos visto. La forma primera de la creencia en el alma la encontramos de hecho
en Homero al hablar en la Ilíada de las almas (yucaí) de los héroes. Son especies de
sombras que se precipitan en el Hades mientras ellos mismos son pasto de los perros y
aves de rapiña (Ili., I,3-5, XXIII cf. Erwin Rohde, Psique- La idea del alma y la inmortalidad
entre los griegos original de 1921). Esta alma no tiene sustancialidad, es una pura sombra
a la que también se la denomina ídolo por su parecido externo con la figura de la persona
muerta. La opinión de Rohde es que se trata de una transposición del mundo de los
sueños. La actividad de la conciencia dormida produce un tipo de desdoblamiento que
parece asemejarse a lo que sucede en el momento de la muerte. El ídolo de la persona
estaría presente en la persona durante toda su vida; permanece dormido cuando ella
está despierta y activo en los sueños. Y este ídolo o psyche abandona el cuerpo en el
momento de la muerte. Esta teoría animista comprende la psyche homérica como una
TEMARIO
5.2 Cuando Anaxímenes emplee después de Homero la palabra yuch, lo hará en el sentido
primero de alma y no en el de vida: “Así como nuestra psyche, que es aire, nos mantiene
juntos y nos gobierna, así el pneuma o el aire abarca el cosmos entero” (Aecio I,3,4). El
aire o pneuma es la substancia sin límites que está en la base de todo Devenir. El aire es
el sostén de la vida y anima todo. Y lo que dice Anaxímenes es que así es el alma que nos
mantiene juntos y nos gobierna (sugkratei hµaV). El paso a concebir el alma
incluyendo la idea de conciencia está aquí ya sino dado a punto de abrirse camino. De
hecho, el aire en Anaxímenes se presenta tan divino como el ápeiron de Anaximandro
que también gobierna, por cierto, el mundo. Solo un alma como conciencia o razón
puede ser interpretada de este modo como alma del hombre.
Así pues la tendencia de la palabra yuch fue la de ensanchar su significado más allá de su
primer sentido como aliento-vida hasta englobar en ella los fenómenos de la
conciencia. quµóV, la otra palabra empleada por Homero para designar pasión,
voluntad, alma, significaba originariamente algo colindante al sacrificio. Sugeriría
realmente un chorro de sangre caliente. Y absorbe todos estos sentidos. (En sentido
distinto, la areth, que primigeniamente denotaba el valor y la fortaleza viril en la lucha
pasó a representar toda clase de humana excelencia, de virtud). Pues bien, esta alma
TEMARIO
que ha ensanchado su significado más allá del aliento vida hasta incluir también el
dominio de lo espiritual y consciente, es el sustrato en el que brota la doctrina de la
metempsicosis. La transmigración de las almas de las creencias religiosas de los órficos
y pitagóricos del siglo VI se asienta ya en esta forma de alma unidad de vida y espíritu
que aparece ya independiente del todo del cuerpo.
5.3 Lo importante ahora es darnos cuenta que la teoría de la divinidad del alma constituye
un hito en la historia de la idea filosófica de Dios. La íntima experiencia que tiene el alma
con un mundo más alto, la experiencia de lo divino que tiene el alma, representa una
adquisición para la naciente teología filosófica. Desde Platón y Aristóteles la vedad de
Dios no solo se asienta racionalmente a través de las diversas pruebas, sino que se
admite otra fuente de certeza más emotiva fundada en esa experiencia religiosa antes
descrita. La experiencia de lo Divino es caracterizada como verdadera pasión del alma
(paqein) a diferencia del mero aprendizaje intelectual (µaqein).
TEMARIO
“Yo también soy de raza divina” había sentenciado Orfeo y sin esta experiencia de tipo
religioso nunca habría podido Sócrates ni la Grecia posterior haber resaltado el valor
del alma hasta el punto de hacer de su cuidado y preservación del mal la cosa más
importante de la vida (Fedón). Y tampoco podría haber pasado sin la base de esta
concepción de lo Ilimitado de los primeros hilozoístas, de la cual salen todas las cosas
existentes, hasta el Espíritu que desempeña tan gran papel en las concepciones
teológicas de la naturaleza forjadas por Anaxágoras y Diógenes.
TEMARIO
6.1 De todas maneras, nosotros seguimos ahora viendo avanzar las ideas teológicas de los
jónicos a través de otro filósofo perteneciente a la llamada escuela itálica. Muchos de
los filósofos establecidos en la Italia meridional y Sicilia eran, en realidad, emigrantes o
refugiados griegos. Jenófanes vino de Colofón en el Asia Menor, Pitágoras de Samos y
Parménides nace en Elea que no era sino una colonia fundada por refugiados de Asia
Menor. Nos interesamos especialmente por Jenófanes (570-470), un poeta crítico, un
afamado y errante recitador satírico (fue el creador de los silloi) que tal vez no podamos
considerar del todo como un filósofo avant la lettre, pero que fue, sin duda, un
revolucionario intelectual de extraordinaria influencia. Sea como poeta o como filósofo,
Jenófanes ha sentido como nadie hasta entonces el problema de Dios. Lo que él hizo
principalmente es percatarse de la distancia abismal entre la nueva filosofía y las viejas
tradiciones míticas representadas por Homero, el hombre “de quien todos los hombres
han aprendido desde el comienzo” (Rep 606e). Y va a ser en el problema de Dios donde
esta distancia se perciba de forma más radical denunciando la concepción antropomófica
de los dioses: “…un dios es el sumo entre los dioses y los hombres; ni en su forma, ni en
su pensamiento es igual a los mortales” (Jen B 13). Lo que Jenófanes hace es negar que
la forma de Dios sea humana y con ello explicita por primera vez las consecuencias para
la concepción de la naturaleza divina que conllevan las doctrinas de la nueva filosofía.
Todo ello hace que merezca el título de teólogo porque ha seguido un método para
abordar el problema de Dios (Marcelino Legido, El problema de Dios en Platón 202)
Pero no solo en su forma Dios es más que los hombres, sino también en su mismo
pensamiento. Dios “ve como un todo, piensa como un todo, oye como un todo” (Jen B
24). Este Dios no es ya lo Divino impersonal de Anaximandro. Este Dios es el mismo de
una práctica religiosa que Jenófanes se va a encargar a su vez de purificar. Si la
representación homérica hacía de la velocidad del movimiento de los dioses una señal
de su poder, el Dios de Jenófanes “…siempre permanece en el mismo lugar sin moverse;
ni es propio de él moverse acá y allá, cambiando de lugar” (B 26). Incluso su misma forma
TEMARIO
6.2 Aún con todo, el esfuerzo de Jenófanes de purificar la visión antropomórfica e inmoral
de los dioses no se distancia de la vieja concepción que los terminaba entronizando en
el cielo. En efecto, dice Aristóteles que Jenófanes concibió su idea del Dios Uno “con sus
ojos puestos en el universo entero” (Met 986b 21), o sea, trayendo ante su vista la divina
unidad. Este Dios Uno (eiV qeoV) se ha puesto en relación con el Ser Uno de Parménides
(Karl Reinhardt en su Parménides) y a día de hoy sigue la polémica de quién fue el primero
en hablar y quién recibió en este aspecto la influencia principal. Jenófanes, en realidad,
no estuvo interesado en plantear el problema del Uno lógico, ni del Uno material, sino
que levantando simplemente los ojos al cielo entero dijo que lo Uno era Dios según
hemos visto en Aristóteles. Esto no obsta para ver en él un hombre ilustrado que, atento
al pensamiento filosófico de su tiempo, vió con total nitidez la perturbación que éste
introducía en el pensamiento religiosos tradicional. En este sentido, Jenófanes es un
testigo de la ilustración crítica que supuso la filosofía para la religión.
TEMARIO
puede acceder, sin embargo, con grandes dificultades dadas las limitaciones de nuestra
percepción.
TEMARIO
6.4 Pero el motivo filosófico no fue el único que motivó a este autor. Jenófanes está imbuido,
igualmente, de un sentimiento directo de veneración ante la sublimidad de lo Divino. El
motivo religioso le conduce a condenar las insuficiencias y falsedades de la religión
tradicional y a buscar lo más sublime para la Divinidad. Se trata de una verdadera
elevación moral de lo Divino. No es propio ni digno de Dios, por ejemplo, moverse acá y
allá. Y en este considerar de lo ajustado a algo radica justamente el genio griego que
busca el canon, la medida de las cosas en la proporción armónica. Este sentido de la
armonía y de la proporción lo aplican no solo al arte, sino también a la ética, la política
y en cualquier otra aprehensión de la realidad. Respecto al tema de Dios, es evidente que
aquí encontramos una primera cristalización de este principio pretendiendo averiguar
qué es lo propio, lo adecuado, lo que armoniza con la idea de Dios “participando” de
ella y, por el contrario, qué otras consideraciones deben ser rechazadas por
inapropiadas. Los estoicos inventarán un término nuevo para designar esta categoría
teológica de “lo que armoniza con la naturaleza divina” al hablar de lo qeoprepeV, lo
que se adecúa al modo de ser divino. Y de los estoicos pasó a los padres de la Iglesia
hasta llegar a convertirse en una de las claves de la teología cristiana. Pero es que
cuando Platón diseñe el plan de su teología como base para su concepción política,
comenzará expulsando a Homero y a los demás poetas precisamente por haber hecho
a los dioses injustos y mentirosos e intentará hablar de Dios tal como es (Rep 379a ss).
Recordemos la invitación platónica: “lo más importante es pensar correctamente
(orthos: oρθwς) a propósito de los dioses” (Leyes X, 888 a-b). ¿Cómo no ver detrás de
este modo recto, ortodoxo de hablar de Dios, el eco de la figura de Jenófanes?
La influencia de Jenófanes, como vemos, fue muy amplia. Ya hablamos, sin embargo, que la
relación entre Jenófanes y Parménides no acaba de despejarse aún cuando optamos por
las tesis de Aristóteles indicando el distinto hablar de lo Uno por parte de ambos
autores. Al concentrar Jenófanes su atención sobre la totalidad del cielo
(eiV ton olon ouranon), dijo que el Uno, el dios, existe (Met 986b 21). Pero esta unidad
TEMARIO
Podemos decir para finalizar que la divinidad que él contempla es una divinidad suprema
racional que actúa en el mundo como puro pensamiento. Y este actuar no debe ser
pensado como una mera actividad especulativa. Se trata de una mezcla de conocer y
querer, una reflexión práctica 256 . Dios agita y domina todo con la fuerza de su
pensamiento. Por primera vez se dota al principio divino de razón eficiente conduciendo
directamente a la teología de Platón y Aristóteles.
256
Gigon cit. por Marcelino Legido o.c. 204
TEMARIO
§ 7 La teología de Parménides
Con su poema épico-didáctico expuso una doctrina nueva y audaz. El paralelismo con la
Teogonía de Hesíodo es más que evidente sobre todo en la primera de las dos partes en
las que divide su poema. Allí nos topamos otra vez con el Eros de Hesíodo y otras
divinidades que proceden igualmente de la misma Teogonía. Lo importante es que
Parménides relega despectivamente todas ellas a la segunda parte de su poema, es
decir, a aquella que se ocupa de la doxa, del mundo de la apariencia en contraste con
la vía abierta en la primera parte que es la de la Verdad, la concepción misma de su Ser
eterno.
TEMARIO
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7.2 El doble significado de toda esta imaginería es, en este poema conservado gracias a Sexto
Empírico, de todo evidente. Más allá del medio poético utilizado, el filósofo pretende
mostrar un camino “alejado de los senderos de los hombres” y que como tal ningún
mortal puede encontrar. Una guía superior le conduce, las hijas del propio Helios e
incluso ellas deben quitarse los velos que cubrían sus cabezas en este nuestro mundo
de tinieblas. Gracias a su intervención puede el poeta introducirse en el reino de la luz
donde le recibe la diosa. La revelación que ésta le confía hace del poeta un ser por
encima de todos los demás hombres a los que, por otra parte, deberá proclamar la divina
verdad combatiendo con dureza “las ilusiones de los hombres”. Se trata sin duda de una
experiencia religiosa de carácter iniciático que transfigura la vida. El lenguaje recuerda
el renacimiento religioso propio de estos ritos al lamentarse, por ejemplo, de los
hombres que “andan extraviados” por el camino del error, o cuando se refiere a los
“espíritus peregrinantes”. El mismo Sexto opina que se trata de una alegoría de
iluminación, como un tránsito de la ignorancia de la Noche al conocimiento de la Luz.
Lo que hace Parménides es utilizar la expresión religiosa para transponer un nuevo mundo
inteletual. El filósofo crea su propio kosmos simbólico para expresar sus doctrinas. Y en
esta construcción él mismo toma partido, asume personalmente el papel singular de
TEMARIO
“Ven, pues; voy a decirte (y te ruego que atiendas bien a mis palabras) / cuáles son la únicas
vías de indagación concebibles. La primera / sostiene que es y no puede no ser; y éste / es
el sendero de la convicción, que sigue la verdad. Pero el otro / afirma: no es y este no-ser
tiene que ser. / Este último sendero, tengo que decírtelo, no puede explorarse. / Pues lo
que no es, ni puedes conocerlo (pues esto / se halla más allá de nuestro alcance), ni
puedes expresarlo con palabras, / pues pensar y ser son uno y lo mismo”.
La idea de las dos vías es un tópico universal. La vía recta y la del error serán vistas muy a
menudo desde el simbolismo religioso-moral por el pitagorismo posterior. La
encontramos ya en la citada obra de Hesíodo, Los trabajos y los días en su doctrina del
estrecho sendero de la areté y el ancho camino de la miseria (286ss). De nuevo vemos
como Parménides traspasa el simbolismo religioso a los desarrollos intelectuales de su
filosofía. El presenta la vía del Ser y la vía del No-ser aunque en otro pasaje las amplía a
una tercera por la que peregrinan los perplejos ignorantes que tienen por existentes
tanto el Ser como el No-ser. Pero esta combinación es inadmisible puesto que las dos
vías se excluyen una a la otra sin posibilidad de que se den a la vez. Los que siguen este
intento son los hombres de dos cabezas que no conocen nada (eidoteV ouden) frente al
TEMARIO
hombre que conoce, al iluminado. Son los que siguen el camino de ida y de vuelta, los
que tienen la idea de que una misma cosa sea y no sea a la vez. ¿No era Heráclito el que
postulaba la doctrina de la unidad de contrarios?
7.4 Sea su contemporáneo Heráclito o la raza entera de los mortales el objeto de la crítica
de Parménides, lo que él rechaza de plano es la ingenuidad de una visión de la
naturaleza como una incesante generación y corrupción. El hecho de que las cosas sean
ahora presentes y que de pronto dejen de existir está en la base de tal concepción. Y
esta es la cuestión que Parménides plantea como absurda, como ilógica porque lleva a
pensar que el ser no es. Para vencer esta contradicción hay que proponer un principio
de razón que no lleve al error.
Los jonios, alejándose de ficciones míticas, tomaron como punto de partida la experiencia
en la que las cosas se nos dan. Y lo que dice Parménides es que estas cosas (ta onta)
no deben ser tomadas como el verdadero Ser pues éste no puede Ser y No-Ser a la vez.
El verdadero Ser no tiene nada en común con el No-Ser y, además, tampoco puede ser
TEMARIO
múltiple como sucede con las cosas, es decir, no puede estar sujeto al cambio ni al
movimiento. Al Ser le es esencial la persistencia, el permanecer en el ser del que nos
hablará Spinoza (conatus in suo esse perseverandi). No hay, pues, ’ónta sino solo ’ón. Y
como esto no es lo que nos dicen los sentidos debemos concluir que ellos nos engañan
y que necesitamos someternos al intelecto (lógoV).
El intelecto nos revela algo de capital importancia: que lo ente no puede ser lo que nos
revelan los sentidos, es decir, algo múltiple y en movimiento. El verdadero ser del que
se percata el intelecto no es tampoco algo mental como dirían los idealistas modernos,
sino que se toma directamente de la experiencia humana. Solo a través del intelecto
conocemos lo real. Y por eso puede terminar identificando pensar y ser: “Pensar y ser
son uno y lo mismo”. O sea que para descubrir lo que verdaderamente hay, o es, solo
podemos guiarnos de ese principio al que después hemos llamada “principio de
identidad”, principio que nos es suministrado, además, por nuestro pensamiento. Y esto
le lleva a la tesis de que las cosas fuera de mí, el ser fuera de mí, es idéntico a mi
pensamiento del ser. De aquí extrae Parménides dos intuiciones esenciales. Primera: que
si yo pienso algo como absurdo eso no podrá ser en realidad y que no necesito salir de
mi mismo para conocer la realidad auténtica del ser. No necesito abrir los ojos y ver para
descubrir el verdadero ser, sino solo mi pensar lógico me abre al ser: Una y la misma
cosas es ser y pensar.
TEMARIO
nos ocupa, la diosa que gobierna todas las cosas de la que luego nos vamos a ocupar.
Puede ser que la crítica a la doxa por parte de Parménides tenga como objetivo último la
doctrina pitagórica pero en todo caso, lo importante está en ver que tras esta explicación
se esconde el peculiar modo de pensar parmenídeo. Es ese mismo pensar el que le lleva
en la primera parte a arrancarse del mundo de la apariencia para remontar a la verdad.
La verdad no está ahí afuera, en las cosas sensibles, sino en el ser. Ese es el verdadero
mundo, el mundo inteligible. Parménides introduce por primera vez la tesis que
distingue entre mundo inteligible y mundo sensible ¿Cuáles son las características
principales de este pensamiento? ¿Qué representa para Parménides el Ser, el tó ’ón?
Estas son las preguntas a las que ahora nos enfrentamos.
7.6 Digamos antes que este Ente o Ser de Parménides ha recibido diferentes
interpretaciones. Se vió en él un principio afín al arché de los filósofos naturales, una
especie de principio del mundo del Devenir. Posteriormente pasó a comprendérsele en
contraposición a lo Ente abstracto y vacío del Platón. En este sentido parecía que lo Ente
no se distinguiría en realidad del hecho mismo de ser. Pero Parménides no es Aristóteles
y no entiende que el mundo, por tanto, pueda ser explicado desde dos aspectos, el de
ser algo existente y ser, a la vez, algo móvil. De hecho se ha dicho que la primera parte
TEMARIO
7.7 Para entender correctamente a este Ser recurrimos al famoso fragmento octavo donde
nos intenta exponer las propiedades de la naturaleza de lo Ente. A estas propiedades
las llama , o sea, postes de señales en el camino de la verdad y son extraídas, por
cierto, a base de negar las características más esenciales del mundo de los sentidos. Así
tenemos que lo Ente es no-generado (agenhton), imperecedero (anwleqron), íntegro
(oulon), único (µounogeneV), inconmovible (atreµeV) y completo (teleion). Añade
después (v. 59 que “ni nunca fue ni será, puesto que es ahora”. Para la mayoría de los
exégetas, Parménides habría evocado en estos versos por primera vez en la historia de
Occidente, el concepto de eternidad257.
En principio podría pensarse que la única vía transitable, la del ser que es nos abriría un
campo de investigación infinito. Si todo lo pensado puede existir, estamos en
condiciones de explorar infinidad de objetos. Lo que sucede es que Parménides va a ir
reduciéndose y ciñéndose a un solo objeto. Esos signos son señales formales que los
versos siguientes se van a encargar de interpretar lo pensado de manera cada vez más
restrictiva. Las señales o signos programáticos del ser se convierten en “cadenas” que
reducen las posibilidades para el Ser. Parménides va a concluir en una forma de
monismo puesto que el único Ser que puede cumplir con tales exigencias y condiciones
es solamente la realidad como un todo, como esfera bien redonda en su totalidad
infinita, sin límites.
257
cf. el estudio de Denis O’Brien en Pièrre “L’être et l’éternité” en Aunbenque (dir.) Études sur Parmenides t. II:
Problèmes d’interpretation (1987).
TEMARIO
Se trata pues de alejarse del mundo del Devenir para acercarse a un Ser absoluto que está
fuera del mundo de la experiencia inmediata de los sentidos. Y no sólo es distinto sino
que está aparte. No sostiene, por tanto, los hechos de la experiencia sustentándolos
desde abajo, ni puede ser considerado como el motor inmóvil de los mismos.
Parménides despoja a su absoluto de todo rasgo y forma mundano-sensible. De esta
manera, Parménides se acerca a la idea de esa “existencia eterna” a la que los milesios
identificaron como primer principio y proclamaron después como divino. También él se
enfrenta al mismo problema y lo resuelve mediante el recurso religioso “de la
revelación de la diosa de la luz, una figura puramente teológica introducida para
resaltar la importancia del verdadero Ser” (Jaeger, 109).
Naturalmente Parménides nunca identificó su Ser con Dios. Podemos hablar del Misterio del
Ser parmenídeo y de la experiencia formal que subyace en el acontecimiento revelador
de su descubrimiento. Podemos hablar, incluso, de un elemento ciertamente religioso
en esa forma en que él resulta afectado y en la manera misma de tratar la alternativa
de la verdad y la apariencia. Lo que nunca podremos hacer es clasificar el objeto de su
indagación como divino. Lo importante es que esta actitud del hombre que conoce,
actitud ciertamente religiosa, va a tener que aceptar que su significación reside en el
valor mismo de lo conocido. En este sentido, el Ser de Parménides como la idea del Bien
en Platón deber ser tenidos como divinos según la religión griega. Y este dato no puede
ser oscurecido por la proyección y reducción que sobre estas ideas ejercemos a partir de
nuestro concepto cristiano de un dios personal.
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Platón, a una nueva figura para comenzar un nuevo curso vital. Y por eso la
pregunta de 614 a 6 sobre lo que permanece allí (ekei) de la esencia del hombre
cuando éste se ausenta de aquí (enqade), de la poliV.
m No podemos, dice Heidegger, intentar explicar a Platón con el neoplatonismo
de tinte cristiano viendo aquí la pregunta por el más allá. Este procedimiento es
el que se ha seguido desde la primera teología cristiana hasta Hegel y Nietzsche.
Pero este proceder es comparable, continúa diciendo, con aquel que quisiera
explicar la fresca hoja del árbol a partir del follaje que cae al suelo (122). Lo que
hay que hacer es explicar a Plantón desde lo griego. Y esto significa que no
podemos responder la pregunta con la que se inicia el mito conclusivo de la República,
o sea, la cuestión sobre lo que le espera a cada hombre después de la muerte,
acudiendo al presupuesto cristiana del “más allá”. Resulta difícil, sin embargo,
liberar a Platón de la interpretación cristiana a que fue sometido desde Filón y
el neoplatonismo agustiniano. Incluso aquellos que se sienten libres de la
comprensión cristiana y pretenden interpretarlo como pagano caen en el mismo
prejuicio pues, al fin y al cabo, lo pagano es entendido como lo contra-cristiano.
También es equivocado, dice Heidegger, pensar a Platón de manera platónica o
con algún tipo de platonismo, con ayuda de la filosofía de Kant o de Hegel. Y
entonces ¿qué significa esa distinción de Platón entre el aquí (enqade) y el allí
(ekei)?
n Desde luego nada que ver con cielo, infierno, limbo o purgatorio. El “allí” griego
es distinto a esas formas. No encontramos nada en nuestras representaciones
parecido a ese mundo subterráneo griego, al Hades de las sombras fantasmales.
Para hablar de este allí Platón introduce un mito. Se trata de responder a la
pregunta sobre lo que rodea a aquellos que han completado el período mortal.
Estamos al final de la Politeia y Platón pone en boca de Sócrates una leyenda, un
mito. Parece como si Platón, en el momento del inicio mismo de la metafísica,
hubiera querido conservar el pensar inicial, el mito. El tema de Platón en este
libro X es la justicia escatológica. Acerca de la justica era, precisamente, el
subtítulo de todo este diálogo. Y uno de los problemas fundamentales es la relación
entre justicia y felicidad cuando observamos cómo el hombre justo muere
víctima del injusto y cómo éste parece triunfar siempre. Ya conocemos la
respuesta de Sócrates comparando el alma humana con la sociedad y
determinando por justicia aquello que se ajusta a la función específica. Así
acabará haciendo corresponder a los filósofos con la razón de los individuos, los
artesanos a sus apetitos y pasiones, los auxiliares a su principio colérico.
Hombre y estado serán clasificados según el predominio de cada uno de estos
elementos. El individuo será feliz por la justicia, por el imperio de la razón; y la
ciudad por el mando de los mejores, de los filósofos. Lo que sucede es que
Sócrates empieza su investigación al revés, yendo del Estado al hombre. El
problema que le preocupa a Platón es justamente el contrario, el de la felicidad
individual: El hombre no puede renunciar a la dicha individual pero el camino
de la justicia, sin embargo, no parece conducirle hasta ella. Hace falta una
plenitud de premios para la virtud y de castigos para el vicio y esto no puede
ponerse en el aquí. Las dos partes del libro X (condenación de la poesía y
representación escatológica de Er) aparecen pues como la pars destruens y la
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debe ser mirado desde el punto de vista moderno de la psicología, sino desde el
fundamento esencial para los griegos. Er, el protagonista del mito, no es
arrojado del allí, del campo de lethe, sino que prevenido de tomar el agua del rio
libre de cuidados, abrió de repente los ojos y vió el alba y a él mismo tendido
sobre la pira (621 b 5ss). El alzar la vista y el ver de la idea, la luz que despunta,
la mañana, el fuego y la pira, expresa algo más que mera simbología figurativa,
expresan el ser griego. De hecho, Sócrates o Platón mismo termina indicando a
Glaucón que “así se ha salvado una leyenda (mitos) y no se ha perdido, y
también podría salvarnos si le obedeciéramos; y luego atravesaremos el río que
fluye en el campo de lethe y no profanaremos el alma, la facultad de decir el
ente” (621 b 8ss).
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§ 8 La teología de Platón
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4.2.3 Pues bien, los mitos con sus figuraciones y simbolismos, son un buen recurso para
hablar de ese mundo superior, el de las ideas. El mito es una ayuda para que el alma
se autodescubra y manifiesta, a la vez, la relación entre alma, cosmos y divinidad. De
los mitos se va a servir para introducir su teoría de la reminiscencia del alma cf. el
mito del Timeo 30 d o Fedro 229c-230b. En buena medida, la teoría del conocimiento
platónica aparece en el contraste entre esta visión mítica de las formas y la episteme
propia de las certezas empíricas o ciencia de lo inteligible (mito de la caverna). De
esta manera, Platón prolonga y desarrolla el dualismo entre el camino de la verdad y
el de la opinión del poema parmenídeo. Pero con ello deberá pagar también el peaje
que impone todo dualismo: Devaluación del cosmos y del conocimiento sensorial, del
cuerpo a favor de una esencia del hombre racionalizada; absolutización de la esencia
universal de la que deriva el problema de los universales y una depreciación de lo
individual y del mundo de la experiencia.
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4.3.1 La teología de Platón se presenta, pues, como una mezcla de gnosis y de doctrina
salvífica, y en la que la ética se combina con la consideración crítica del mundo
(Estrada, Dios en las tradiciones filosóficas I, 60ss). Ontología, ética y política se
relacionan en Platón de manera estrecha. Los conceptos de imitación (mimesis) y
participación (methesis) serán las claves interpretativas últimas tanto de su filosofía
como de su teología. Mientras en el cosmos noetos, el mundo ideal, se da la identidad
parmenídea entre el ser y el pensar, el mundo sensible se caracteriza por el cambio
continuo y permanente postulado por Heráclito. La orientación hacia lo divino
permite, no obstante, introducir el orden en el inestable mundo sensible a partir del
modelo del mundo inmutable de las ideas. Esta orientación está presidida por una
creciente tendencia monoteísta (el bien, el demiurgo, el alma del mundo) muy en la
línea de Jenófanes.
4.3.2 En la koinonía de las ideas del mundo suprasensible reina una idea, la idea de lo
bueno o del bien (agathon) que converge con lo hermoso y se presenta como síntesis
suprema de lo divino. El bien en Platón no es una cosa buena, sino un abstracto
neutro, esto es, la suma de todo bien, el bien mismo. A esto lo denomina Platón lo
divino (theion) o el Dios (theos). De esta idea del bien que está más allá de la esencia
(Rep 509 b) participan todas las ideas. Cuanto más se es en el orden del ser, más
divino se es. Por eso el principio máximo de las ideas, lo bueno, es lo más divino. Que
esa idea se identifique con Dios sigue siendo, sin embargo, algo discutido a día de hoy
cf. W. Maas, Die Unveränderlichkeit Gottes 1974, 43ss.; D. Ross, La teoría de las ideas
de Platón, Madrid 1986, 283-286; F. M. Conford, Plato’s Cosmology, London 1952 34-
37.
4.3.3 En el libro VI de la República encontramos la famosa comparación de la idea del
bien con la imagen del sol. Lo mismo que la luz del sol permite que percibamos la luz
y los colores del mundo, la idea del bien es la razón de que nosotros conozcamos
(conocimiento objetivo) lo verdadero, lo bueno, lo bello. Todo participa en la idea del
bien que irradia su verdad en todas las cosas haciéndolas cognoscibles. También
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nuestra alma participa en la idea del bien y ella es la que irradia sobre nuestra razón
la luz de la verdad y la capacidad para el conocimiento espiritual (conocimiento
subjetivo). Cognoscibilidad de las cosas y poder conocedor de la razón, conocimiento
objetivo y subjetivo que nos serían posibles sin tener en cuenta la unidad precedente,
la idea suprema verdadero sol del espíritu.
4.3.4 El modo de acceder a este conocimiento es el que relata la alegoría de la caverna
en el libro VII. Pero no se trata solo de un ascenso pedagógico de tipo intelectual, sino
que el conocimiento se ve impulsado por la aspiración del amor (eros). Esto es lo que
se expresa en el Symposion (Banquete). Un amor que se eleva hasta el amor espiritual
de la belleza del alma y se consuma, por fin, en el amor a la idea del bien. La influencia
de este diálogo es enorme sobre todo en lo que se refiere a la tendencia espiritual y
mística de la ascensión del alma y a la unión con Dios (neoplatónicos o el Itinerarium
mentis ad Deum de Buenaventura y otros místicos).
4.3.5 Podemos hablar en cualquier caso de una metafísica teológica en cuanto
propugna esta idea del bien como el verdadero ser del ente. La tradición posterior va
a resaltar el carácter ontológico de estas ideas hasta hacer de ellas pensamientos de
Dios (Plotino, Filón) o realidades inseparables de la esencia divina (atributos
medievales, trascendentales del ser). El problema es que esta idea está más allá de del
ser, de la esencia, de las cosas que son (Rep 509 b). La cuestión está en dilucidar si
esta idea no es una estructura real, sino ideal. Pero Platón ha considerado el mundo
ideal como el auténticamente real (ontos on) más que el mundo empírico. Tampoco
parece que esta idea del bien carezca de esencia y fluya en las cosa sin determinación.
El más allá da la clave. Estar más allá del ser o de la esencia, significa en Platón,
pertenecer al mundo superior de las ideas. Significa que el mundo espiritual es
superior en gran medida al mundo material sensible.
4.3.6 La idea del bien es la suprema realidad, es lo divino de Platón. Este Dios es el
origen de todas las demás ideas. Estas no solo participan de ella y tienden a imitarla,
sino que proceden directamente de la acción de Dios. Él obra todo, el sabía todo y
hacía todo (Rep. 10, 596 c). Él es el hacedor primordial (phytourgos) y el plasmador
del mundo (demiourgos). De su acción, por tanto, proceden todas las ideas y por ella
proceden las cosas del mundo. Con lo cual vemos unirse las dos concepciones
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principales que Platón tiene acerca de la divinidad, a saber: que es la idea del bien y
el configurador del mundo. Para Platón es el demiurgo el que configura el mundo
siguiendo el modelo arquetípico de las ideas. El Dios introduce el orden y la
proporción en las cosas, y es el artesano de los vivientes mortales e inmortales. Nos
acercamos pues al concepto del demiurgo que Platón establece desde la relación
entre Dios y mundo para analizar después la relación entre el demiurgo y el mundo
ideal.
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4.4.2 Todas estas sugerencias en torno al Demiurgo van a ser concretadas de una forma
mucho más perfecta en el Sofista. Allí se menciona ya sin ambages que “nosotros
mismos, todos los animales, y los elementos de los que han brotado, el fuego, el agua
y sus hermanos, todo, como sabemos, es producción y obra de Dios” (266b). El Artífice
del cielo, el Alma y la Inteligencia que dominan y ordenan el mundo eran esbozos que
prefiguraban al DeµiourgoV. Este Dios posee las siguientes cualidades: 1. Es causa que
hace que lo que no es pase al ser (265 b). 2. Dios es causa racional. No obra por azar
o necesidad, sino por “una ciencia y razón divinas”. 3. Su poder creador se extiende,
además, a los seres animados e inanimados.
4.4.3 Esta determinación del obrar de Dios alcanza en el Filebo una definición más
metafísica. Muchos de los argumentos de la Teodicea occidental se deben en buena
medida a estas ideas de Platón. La existencia de Dios va a ser deducida por razones
de orden y causalidad. El orden del cielo y la tierra, la perfecta sucesión de los años,
las estaciones y los meses, nos elevan hacia una causa suprema, pues ninguna de las
cosas que suceden se realizan sin causa (26 e:
Panta ta gignoµena dia tina aitian gignesqai). Donde hay orden hay una
inteligencia pues aquel no es sino su efecto connatural. Ahora bien, no es posible
colocar en el origen del universo un principio desprovisto de razón, obrando al azar
(28d) sino a la Sabiduría y a la Inteligencia (30 c: Sofia kai nouV) que reinan en el
cielo y la tierra. Esta sabiduría e Inteligencia es la que fabrica y ordena todas las cosas.
Pero la inteligencia no puede existir separada sino existiendo en un alma. Es así como
la figura de Dios ordenador acaba por perfilarse de modo adecuado. No se trata de un
mero principio matemático, de una razón despersonalizada, sino de un Dios
identificado con el Dios supremo de la religión tradicional, que posee un alma y una
inteligencia reales: “en la naturaleza de Zeus existe un Alma real y una Inteligencia
real por fuerza de la causa” (30d).
4.4.4 Un pasaje importante desde el punto de vista teológico lo encontramos en el
último escrito atribuido a Platón, las Leyes, donde encontramos la última expresión
del pensamiento platónico sobre la divinidad. La preocupación política de la que
siempre estuvo persuadido Platón, enlaza ahora con la vivencia religiosa. La ciudad
debe fundarse, según él, sobre la religión verdadera. Este fundamento estaba ya en la
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ello, y de forma un tanto exotérica, crea una nueva religión, la de los dioses astrales.
Estos dioses adoptan el aspecto de los dioses tradicionales y todos ellos son
“engendrados de la inteligencia” (890 b). Por encima de ellos, como principio
anterior, está la Inteligencia divina, el Demiurgo que aquí se presenta un poco velado.
4.4.7 El Demiurgo en Patón adquiere tres significados distintos: 1) Artesano. Es el
significado más frecuente. Artesano es el citarista, pintor, médico, gramático, forjador,
zapatero, arquitecto, escultor… Realizan una obra pública en la ciudad y por eso se les
denomina dhµiourgoi. Los artesanos junto con los cultivadores de la tierra
configuran la clase productora de la ciudad. La predilección de Platón por ellos
proviene del mismo Sócrates y al tratar de presentar la Inteligencia divina que forma
el mundo escoge el medio más expresivo que tiene a la mano. El Demiurgo forma el
mundo modelándolo según el proyecto del Bien. La comparación con el carpintero, el
pintor y el arquitecto estaban llenas de expresividad. Las profesiones escogidas giran
en torno a las que siguen un modelo para fabricar sus obras. Con ello vuelve a poner
de manifiesto una de las raíces metafísicas más profundas de su pensamiento: el
carácter paradigmático de las Ideas. 2) Gobernante. Los gobernantes y generales
realizan también una obra pública (leyes 920d ss.) al ser artífices de la salvación de
la ciudad (Rep 395b-c) A veces se habla también del Legislador como el gran artesano.
3) El Artífice del mundo. El Demiurgo como el Gran Artesano del mundo ha sido
empleado por Platón en los diálogos de la última época enriqueciendo el significado
tradicional de la palabra artesano. En la República es el Artífice de los sentidos (507
c) y el Artífice del cielo (530 a), el obreo (ceirotecnhV) que produce la tierra y fabrica
todos los seres vivos y lo que hay en el cielo y en el Hades, bajo la tierra (596 c). En el
Timeo llega a hablar de la acción ordenadora del Padre y Artesano (41 a:
dhµiourgoV pathr te ergwn) que ha organizado el cosmos según el modelo eterno
del mundo ideal (68 e). Él ha fabricado el cuerpo y el alma del mundo, el hombre y los
dioses engendrados (69 c). Dios no crea, sino que forma, ordena. Por eso le conviene
el nombre de Artesano. Pero Dios es también organizador, gobernando el cosmos. Por
eso es el Gran Artesano del mundo.
4.4.8 Podemos concretar la naturaleza de este Demiurgo si atendemos las otras
denominaciones con las que Platón se ha referido a la divinidad. Es primer lugar,
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habla de una naturaleza que es divina y racional. Desde este punto de vista, pasa a ser
denominado igualmente como Dios o como Inteligencia. Dios obra la ordenación del
mundo según su razón y su ciencia. El Demiurgo, por tanto, es identificado como la
Inteligencia divina. Otra calificación es la de “causa divina” (Qeia aitia). El Dios
Demiurgo actúa sobre el mundo con una causalidad eficiente, fabricándolo y
gobernándolo. Nos conduce finalmente hasta una calificación esencial para el
problema de la personalidad de Dios como son los epítetos sobre la paternidad divina.
La investigación en el Timeo de la necesidad de una causa primera de todo lo que
existe lleva a Platón a decir lo siguiente: “Encontrar al Autor y Padre de este Todo
(poihthn kai patera toude tou pantoV eurein) es difícil y es imposible que el que le
encuentre, le dé a conocer a los demás” (Tim 28c cf. 41 a y Pol.). Los calificativos
anteriores habían eliminado ya la posibilidad de concebir al Demiurgo como una
realidad matemática o mecánica. La inteligencia caracteriza a la persona. Eran
epítetos que nos conducían a la dimensión metafísica de la causalidad divina e
inteligente. Ahora se nos descubre una esencia más íntima de Dios. No es sólo
Inteligencia, Causa, Ordenador, Rey, sino ante todo Padre. Su función paternal queda
bien manifiesta en numerosos pasajes del Político y del Timeo. Platón dibuja así una
personalidad de Dios definida como paternidad buena. Este rasgo de la bondad es
especialmente subrayado por Platón hasta hacer de él uno de los principios primeros
de su teología. Dios es el Artesano bueno (dhµiourgoV agaqoV) en el Tim 29 a, la
mejor de las causas (o aristoV twn aitiwn Ibi 37 a). El pasaje del Timeo 29d es, en
este sentido, altamente expresivo. Al preguntarse por la causa por la que el Ordenador
ha organizado y generado este Todo dice: “Era bueno y para el bueno, no existe
ninguna envidia jamás respecto de nada. Extraño a este sentimiento, quiso que todas
las cosas, en cuanto fuera posible, fueran semejantes a él mismo”. La envidia divina
propia de las representaciones míticas que sentía celos de la felicidad de los hombres
es desterrada aquí por completo. Esta es una idea principal que encontramos en la
Rep 379 b al trazar las líneas fundamentales de la teolog,ia para fundamentar la
religiosidad de la ciudad ideal y cuando Sócrates exprese en el momento de su muerte
su fe viva en Dios, Padre bueno (Fed 80 d).
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4.5.1 Como en el caso del término demiurgo, las palabras eidos, idea, han sido también
adoptadas de la lengua hablada y elevadas a categoría filosófica. En principio, el
sentido de esta palabra fluctúa entre el sentido pitagórico de “modelo” o “figura
geométrica” y el que le otorgaban la ciencia de entonces como “forma física”, “género”
o “especie”. Platón emplea el término idea para referirse a tanto a la apariencia
externa como a la característica o cualidad de algo. Ross considera que el uso dado
por Platón a idea hay que relacionarlo como los problemas morales de los primeros
diálogos en los que Sócrates intenta buscar qué es la virtud, el valor, etc. Son estas
búsquedas las que conducen a Platón a reconocer la existencia de universales y a estas
entidades son a las que nombra como ideas. Sin embargo, Platón no prescinde en su
vocabulario del significado visual del término. Idea también es lo que se ve, lo que se
presenta a la vista. Baste recordar el pasaje de la Rep. 533 d; 518c, 519 b, 527d-e;
Banq 219 a donde habla de los ojos del alma (to thV yuchV oµµa).
4.5.2 Al preguntarse por lo bello, lo bueno, nos vemos conducidos a la pregunta por los
rasgos comunes econtrados en las cosas. Si las ideas no existieran, no sería posible su
conocimiento. Platón sitúa las cosas como Heráclito, en el devenir, en el ser aparente.
Pero es preciso que exista el sujeto cognoscente, que exista también lo conocido y que
exista la acción del conocer (Crat. 440a-c). Este camino que lleva a las ideas puede
emprenderse no solo desde el conocimiento, sino desde el amor que comienza
amando los cuerpos, la belleza que hay en ellos y de ahí asciende a las almas, de las
almas a las virtudes y de éstas a la ciencia. El último peldaño es la belleza en sí. Son
los grados de lo bello descritos en el Banquete 210e-211b. El paralelismo de esta
ascensión estético con la efectuada en la Rep conduciendo al Bien es evidente. La clave
está en que la idea de Bien y la Belleza se convierten. Podemos concluir diciendo que
en la formación de las ideas tal como nos ha sido transmitido por Platón encontramos
dos hechos fundamentales: a) la esencia de las ideas, es decir, la realidad de su ser
frente a las cosas que están en contínuo cambio. Ellas representan la inmovilidad, la
fijeza, la realidad misma de aquellas apariencias. b) su función noética. Para conocer
cualquier cosa, sujeto, cuerpo, alma, hombre, virtud no podemos detenernos en la
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4.6.1 Cuando se trata de explicar la teología platónica, se tiende a hacer de la idea del
Bien un uso abusivo debido seguramente a la lectura exclusiva de algunos textos de
la Rep. Pero la idea del Bien aparece ya en los primeros diálogos. En el Cármides se
nos dice que el hombre será feliz cuando conozca la ciencia única del Bien y del mal.
Vuelven a ser los problemas morales los que llevan al joven Platón a plantearse la
existencia de un Bien altísimo y la aspiración a él por parte del hombre. Este ama el
bien que está en el trasfondo del objeto amado. Este bien primero sería el objeto
último, la meta definitiva a la que aspira el alma cuando ama.
4.6.2 Platón intuye que en el cuerpo, en el alma, en todas las cosas, existe una
estructura interior dispuesta con orden y rectitud. Se trata de un cosmos doméstico
del que surge el bien. Más aún, el bien se confunde con esa disposición ordenada y
propia de cada cosa. La areté de cada cosa, su bien, su idea es algo dispuesto
ordenadamente. He aquí el germen de la metafísica del bien y de toda la teleología
platónicas (Gorgias 476d-499e). Incluso en la Rep., donde el contexto político es el
que dirige las reflexiones sobre la idea de Bien, la dimensión principal sigue siendo la
ontológica. El gobernante necesita el conocimiento del ser para gobernar con rectitud.
El paradigma de su actividad política ha de buscarlo en el mundo ideal. Allí encuentra
las ideas de la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza útiles únicamente en
la medida en que se relacionan con el bien. Por eso es preciso que estos gobernantes
posean el máximo saber, la gran enseñanza que consiste en conocer las relaciones de
estas ideas con el Bien. Una vez más el problema metafísico se vincula con el noético.
Ambos elementos aparecen en el mito de la caverna, en la comparación con el Sol y
en la paideia de los gobernantes: una metafísica del Bien y una teoría del
conocimiento (Filebo 20 d). En este mismo diálogo Filebo Platón completa los
caracteres del Bien diciendo de él que es lo más perfecto o acabado, autosuficiente y
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amado. Todo el que lo conoce, lo busca, lo desea y se esfuerza por conseguirlo. El Bien,
por último, se relaciona con las demás ideas supremas a partir de esa comunión
(koinonia) en la que ellas están.
4.6.3 El problema está en la relación ideas-cosas. Este problema surge inmediatamente
a partir de la división del mundo en dos sectores y ocupa enteramente la vida
filosófica de Platón. Las soluciones que él ha dado se agrupan en dos: La primera
concibe la relación como un vínculo interno, participación, comunión, presencia de
las ideas en las cosas. En el segundo caso, se trata de una relación puramente externa
de imitación o semejanza. Platón se irá decantando cada vez más, sobre todo a partir
del Parménides, por esta segunda solución.
4.6.4 Y la pregunta que volvemos a platear es qué relación guarda el Demiurgo con este
mundo ideas que acabamos de describir. La opinión de los intérpretes fluctúa entre
quienes consideran que el Demiurgo se identifica con las ideas y el que convierte a
éstas en pensamientos del Demiurgo. En el primer grupo se sitúan la mayor parte de
los intérpretes alemanes y franceses. Zeller (La filosofía de los griegos II, 1, 709ss),
por ejemplo, considera que las Ideas son “las causas inmanentes de las cosas” (687).
La idea de Bien, por tanto, está en el fundamento de todo ser, es la “causa por
excelencia”. Zeller identifica esta idea con la divinidad. La Inteligencia del Demiurgo
obra el mundo y esta razón divina no es otra que el Bien (File 22c y Tim 28c). Además,
la idea más alta, aquello que está más allá de la esencia en cuanto ser último, absoluto,
perfecto, no puede estar subordinada a Dios, ni éste tampoco puede estarlo a las ideas
pues él es absoluto y eterno. Gomperz, Wilamowitz, Ritter, Frank, Jaeger siguen esta
tesis afirmando que el Bien y las Ideas constituyen el verdadero Dios de Platón y que
el Demiurgo, más bien, es un elemento puramente mítico. En 1921 publicó A. Diès su
libro Autour de Platon dedicando el capítulo final al Dios de Platón. Coincide con Zeller
al identificar la divinidad con la idea de Bien. Es la divinida por ser esta idea el grado
supremo de “ser”. Pero en la divinidad es preciso distinguir, según él, un aspecto
subjetivo y otro objetivo. El primero en cuanto creador del mundo y el segundo en
cuanto el Demiurgo se ha tomado a sí mismo como modelo para hacerlo a su propia
semejanza (pp 553ss). Distinta es la opinión de la escuela inglesa con Burnet y, sobre
todo, Taylor. La divinidad platónica es el Alma del mundo y el bien no tiene carácter
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divino. Constituye la causa final de la que Dios se sirve para realizar el orden en el
mundo. Stenzel o Ross siguen esta interpretación.
4.6.5 La tesis de algunos comentarista antiguos de que las ideas son los pensamientos
de Dios fue recuperada a principios del siglo pasado por Lutoslawski y Bovet (Le Dieu
de Platon d’après l’ordre chronologique des dialogues p. 64ss). Consideran que Platón
fue concentrándose cada vez más en el alma pasando las ideas a un segundo plano.
Los diálogos de madurez, el Fedro y las Leyes, muestran el interés de Platón por el
alma, por su automovimiento y su acción cósmica. El proceso dialéctico se invierte:
ya no es una marcha ascendente que se eleva desde las cosas a las ideas, sino un
movimiento descendente, el que va de las almas al mundo, al hombre, a las cosas. El
Alma divina da realidad a todo siguiendo el paradigma de las ideas. Pero que Platón
se esfuerce por devolver el ser a las cosas y al mundo que se había perdido ante el
peso adquirido por el mundo ideal, no implica que las ideas tengan por ello que perder
su esencia y quedar convertidas en puros pensamientos. Las ideas, tal como se
expresan los diálogos, no pueden ser formas puras mentales pues hacen referencia
siempre a una realidad esencial que les da consistencia. No son puros pensamientos
sino modelos de los que Dios se sirve para formar el mundo (cf. Parménides, 132 b)
4.6.6 Es verdad que Platón califica a las ideas como divinas pero nunca llama dios ni
divina a la idea suprema, a la idea de Bien. Que la idea de Bien se asemeje a la noción
filosófica cristiana de Dios no nos da derecha a afirmar que Platón la haya reconocido
como tal (Taylor 288; cf Ross 43). Las ideas y la idea de Bien, aunque sean lo supremo
en el orden del conocimiento, no se identifican con el Dios Demiurgo ni tampoco son
sus pensamientos. Para solucionar el problema de la relación entre el Demiurgo y las
ideas tenemos que acudir nuevamente a la relación entre ideas y cosas. Platón califica
a las ideas como teloV y paradeigµa respecto a las cosas. Se trata de una relación
extrínseca que va cobrando cada vez más importancia en la obra platónica en
detrimento de las relaciones intrínsecas. Este proceso va, además, en paralelo con el
desarrollo de la teología del Demiurgo. Las ideas no solo son paradigmas de las cosas,
son también su telos dada su débil y menesterosa realidad. Las cosas, en efecto,
tienden o aspiran al ser y su pobreza se colma en sus ideas. Las cosas y las ideas tienen
una relación teleológica. Cuando observamos la idea de Bien, esta relación se da en
TEMARIO
grado sumo, pues todas las cosas tienden al Bien. En el Fedón, son las cosas las que
tienen al Bien (74-75) y el Gorgias son los hombres los que se dirigen en sus acciones
al Bien por medio de la inteligencia. El hombre tiende al bien como una causa de modo
racional. (499e). En el Banquete, la ascensión a la Belleza se lleva a cabo como una
aspiración al Bien con el que coincide. El que contempla y convive con la Belleza,
engendra la verdadera virtud y se convierte en amigo de Dios al tocar la verdad
(212a). La idea, por tanto, sin ser Dios, es objeto tanto de conocimiento como de amor.
Con el Fedón pasamos de lo humano a lo cósmico. Las cosas están ordenadas del
mejor modo posible por la fuerza demoníaca (99c) que debemos identificar con la
Inteligencia divina. Ella es la que realiza en el cosmos la teleología del bien. También
el político en la República o en la Leyes debe imitar el Bien. Los filósofos pueden llegar
a ser los mejores gobernantes por ser los que llegan al conocimiento del bien de todas
las cosas, condición indispensable para realizar el bien común. Cada cosa que sucede,
que devine, tiende hacia la esencia propia y todo el devenir, en general, tiende hacia
el primer amado, hacia el bien. El bien es en el Filebo la causa final por la que se
sienten atraidas todas las cosas (54c). Y ya vimos como Dios ha hecho las cosas con
un único criterio, el de escoger el estado mejor debido a su bondad. Dios realiza la
idea de lo mejor (30a).
4.6.7 Dos elementos entran en juego en esta teleología del bien que siguen hombre,
ciudad y cosmos: la inteligencia y el propio bien. La inteligencia del hombre, del
gobernante y la de Dios buscan el orden en sus respectivos ámbitos. La inteligencia
tiene el mando por ser el alma, que depende de la razón, la mejor dispuesta para
seguir las huellas del bien y abrazarlo (Gorg 728c-d). El mundo ideal, el Bien,
constituyen, por su parte, el término, su fin. Con ello queda definida la relación entre
el Demiurgo y el mundo de las ideas dentro de las coordenandas de la causalidad. El
Demiurgo es la Inteligencia divina que actúa eficientemente. El mundo ideal es el
proyecto de ser que actúa atrayendo la obra de Dios, y el modelo de ser que actúa
formalizando externamente esta misma obra. Las ideas no se identifican con el
Demiurgo ni son sus pensamientos. Entre ambas realidades existe una separación
pues solo el Demiurgo es Dios. Pero ellas son el ser, el paradigma, el telos de las cosas
según las cuales Dios forma el cosmos visible y lo gobierna.
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4.7.1 Analizada la relación entre el Demiurgo y el mundo ideal, del ser, toca ahora
enfrentarnos al problema de su relación con el mundo del devenir. Esa inteligencia
divina personificada en el Artífice del mundo ¿Cómo ha realizado su acción? ¿Cómo
debemos calificarla? ¿Se trata de una creación, de una fabricación o se halla revestida
de la índole mítica? Desde luego, hay que evitar el término creación. En el Timeo,
vimos como el mundo, que no ha existido siempre, requiere haber llegado a ser desde
un principio. La búsqueda de este principio, calificada como búsqueda del Padre y
Autor, nos conduce directamente a entenderlo radicalmente a partir de la causalidad
(Tim 28). La causa divina ha hecho que el mundo pase del no ser al ser. No es una
causa final, sino eficiente que obra como dynamis, como “poder que hace que lo que
no existía antes, exista después” (Sof 265b). La causalidad divina es dinámica, realiza
eficientemente una obra y es racional. No es la necesidad la que gobierna el mundo,
sino la Inteligencia divina. Por este carácter racional es por lo que la acción divina está
orientada por el Bien, como su causa ejemplar y final que engendra el orden y la
belleza.
4.7.2 Por ser dinámica, eficiente y racional la causalidad del dios que forma el mundo,
le conviene el nombre de Inteligencia divina productora. Así se completa la
personalidad del Dios Padre, Autor y Gobernador de este mundo ordenado según los
criterios del bien. La causa divina es la verdadera causa a la que sirve otra concausa
de carácter instrumental, material e irracional. Esta concausa errante actúa a modo
de receptáculo para la actuación divina. La cosmogonía que plantea Platón (en el
Timeo 52-53 y en otros textos) debe ser comprendida en una dimensión
absolutamente metafísica. La realidad y la preexistencia de la materia, su
sustancialidad y actividad o movimiento, excluyen la posibilidad de una creación ex
nihilo. La idea de creación resulta totalmente ajena al pensamiento antiguo al carecer
éste de la idea de “nada”. Al menos la nada absoluta como vacío total del ser fue
desconocida para ellos. Hablaban, sí, de lo otro distinto de lo que existe, de lo informe
que está en potencia para recibir la idea (Sof 256, Arist Met XII, 1069b).
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4.7.7 Lo que tenemos es que en el Timeo, el Alma del mundo ha sido claramente
producida por el Demiurgo a través de la mezcla de esencias. Su condición, al margen
de los detalles imaginativos, es la de haber sido engendrada (36d, 37a, 34c-35a).
También en la Leyes (892ab, 896b,967d) hablan del alma engendrada. En contra se
aduce el texto del Fedro cuando antes de describir el mito, de la teoría del
conocimiento como anamnesis, el mito del carro alado y de la procesión de dioses y
almas para contemplar la realidad inteligible, demuestra la inmortalidad del alma.
Platón aludiría aquí no al Alma del mundo, al Alma entera, sino de cada alma, el alma
en general o alma en sí (245c). Podemos decir, pues, que el Alma del mundo ha sido
engendrada, producida a diferencia del Demiurgo situado en la eternidad esencial. El
Alma está subordinada a aquél. La inteligencia de Dios ha formado el Alma que, como
instrumento ejecutor de sus planes, provoca la realización de la teleología del Bien en
el mundo.
4.7.8 El Demiurgo, por tanto, es distinto del mundo ideal, es la Inteligencia que
contempla un modelo. Y es distinto también del Alma del mundo, en cuanto la
engendra y la gobierna. ¿Qué sentido tiene entonces el Alma y la Razón o Inteligencia
en el Demiurgo? En el Cratilo vimos como al principio ordenador del mundo se le
denominaba nouV kai yuch (400a). Y en el Filebo se nos dijo asimismo que “en la
naturaleza de Dios existe un alma real y una inteligencia real por la dynamis de la
causa” (Fil 30d). Podemos decir que el Dios de Platón es Inteligencia que existe en un
Alma racional y trascendente. Pero esta Alma es distinta del Alma del mundo, también
racional aunque inmanente al mismo (Tim 30 b).
4.8.1 Tenemos que referirnos ahora a las divinidades astrales que Platón introduce
después de describir la formación del cuerpo y del alma del mundo (39e). Son dioses
visibles y engendrados (40d) por el Dios Demiurgo, movidos en consecuencia por el
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Alma del mundo. En el Fedro, Político y Timeo los describe de forma mítica y en las
Leyes intenta demostrar su existencia de forma dialéctica. Se trata de rebatir el
argumento que los ateos esgrimen contra la creencia en los dioses aduciendo que
todo está regido por el azar y la necesidad (889c). Ya dijimos que la argumentación
de Platón intenta desenmascarar el error lógico cometido por los impíos al anteponer
la naturaleza, los elementos, al alma. Analiza las clases de movimientos y encuentra
que el movimiento que consiste en moverse a sí mismo y a los demás desde siempre
corresponde al alma (894). Se trata de una auténtica teodicea a la que recurrirán los
pensadores occidentales a la hora de demostrar la existencia de Dios. Aristóteles le
dará una formulación definitiva. En Platón significa el intento de demostrar la
existencia de unas divinidades astrales presididas por una Inteligencia superior.
4.8.2 Para entender esta nueva religiosidad debemos acercarnos al sentimiento
religioso del mismo Platón. La religiosidad griega fue perdiendo el sentido del
misterio de las divinidades primitivas asociadas siempre a las fuerzas de la
naturaleza. Este naturalismo fue el origen de las estirpes griegas. Los dioses, por la
influencia de Homero en la paideia griega, fueron adquiriendo formas y costumbres
humanas. Y los dioses oficiales se hicieron más distantes. Después del paréntesis de
las guerras médicas, la democracia dará el golpe definitivo a la creencia religiosa. Los
sofistas, haciendo del hombre la medida de las cosas, distinguen entre lo que es por
physis (natural y necesario) y lo que es por nomos (convencional y contingente). La
fe en los dioses posee este carácter. Los dioses son invenciones de un hombre sabio
que quiso establecer el orden político introduciendo en el hombre el temor a una
divinidad. La crítica a la religión había tenido ya un precedente en Jenófanes. La
consecuencia fue un progreso del escepticismos coadyuvado por la agitación política
de Atenas a finales del siglo V. Tucídides y Eurípidea expresarán esta irreligiosidad
que no es, sin embargo, general. Sócrates, Nicias, Sófocles e incluso el propio pueblo,
que ante el hundimiento del culto a los dioses oficiales llena su vacío acudiendo a los
misterios y a la superstición. El culto a Asclepio, el dios médico, resulta más familiar
y próximo al hombre. La diosa Fortuna expresa el desencanto social, político y
económico de un pueblo que está convencido de que el gobierno del mundo está en
manos de la desigual y caprichosa fortuna (Nilsson, Historia de la religiosidad griega).
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4.8.3 Actitud escéptica y atea, por una parte, y religiosidad de viejo cuño en la fe sencilla
y milagrera del pueblo. He aquí la situación de finales del siglo V. Sócrates inicia una
actitud nueva frente a lo religioso. Comparte la crítica de los sofistas contra la falsedad
de los dioses y culto oficial de la ciudad, conoce la física jonia con la que mide los
fenómenos naturales en su verdad y sigue la recta razón. Y, sin embargo, resiste a la
tentación del desarraigo creyendo en un dios justo y bueno que gobierna y ayuda a
los hombres esforzándose por dar un fundamento racional a su fe. Detrás de la última
ofrenda mandada ofrece a Asclepio, se encuentra un dios justo. Esta actitud es la que
hereda Platón y a su luz debemos explicar su teología y su religiosidad.
4.8.4 El sentimiento religioso es algo evidente en sus diálogos a pesar de la ironía con
la que trata a los dioses tradicionales. Un propósito guía a Platón, presentar a Dios
como es (Rep 379a) y por eso se ve obligado en el libro II de la Rep a expulsar a
Homero y sus engañosas figuras divinas de la ciudad. Hay que volver a los viejos
dioses despojándolos del ropaje mítico. Dios es sobre todo bueno e inmutable. Ese
Dios eterno es el Padre y Artífice que organiza el Todo en el Timeo y que se muestra
en su gobierno providente en el libro X de las Leyes. Platón encontró un fundamento
para su teología en una religión cósmica. Junto con el Demiurgo tal como lo hemos ido
viendo perfilar desde el Fedón hasta el Timeo, aparece tardíamente en el
pensamiento platónico el otro gran elemento: los dioses astrales.
4.8.5 Estos son fruto de una nueva visión del cielo adquirida por los recientes
descubrimientos astronómicos que le suministran tanto sus viajes al Sur de Italia
como su relación con Arquitas y, sobre todo, de Eudoxo de Gnido. Frente a la
explicación de los físico jonios, incluido Demócrito, de que los astros vagaban errantes
(planetas), se propuso una explicación del movimiento cósmico por medio de esferas
concéntricas combinadas desde el centro común de la tierra. En las Leyes, Platón nos
informa de esta creencia recta que consiste en afirmar que cada astro recorre el
mismo camino y no muchos, y siempre circular. Pero Eudoxo transmitió además la
idea de la divinidad de estos astros debido, seguramente, a la influencia de su viaje a
Egipto en misión oficial y a su contacto con los sacerdotes (relación ente el Zodiaco
griego y el oriental, correspondencia ente los signos del mismo, los doce meses áticos
y los dioses de la religión oficial). Esta influencia llegó a Platón (los doce dioses
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subordinados que siguen a Zeus en el mito del Fedro). En el Timeo, por tanto, vincula
las viejas figuras de los dioses tradicionales a los dioses astrales vivientes e
inmortales. En parte para salvar la vieja religión d ela ciudad.
4.8.6 Pero la nueva contemplación del cielo ordenado le proporciona no solo una
prueba de la divinidad o divinidades, sino que le permite entrar en comunión con Dios
mismo como Intelecto eterno que lo ha ordenado. En las Leyes, al intentar demostrar
la existencia de estas divinidades frente a los impíos, acabará reconociendo a “la
Inteligencia, Dios eterno entre los dioses” (897 b). El último grado es alcanzar a
contemplar al Padre y Autor del Todo. Tal vez el pueblo no pueda realizar este último
ascenso porque el Dios supremo es difícil de ser manifestado a la mayoría (Tim 28 c),
pero sí podrá, en cambio, venerar a los dioses visibles del cielo.
4.8.7 A la religión cósmica nueva ha de responder un nuevo tipo de espiritualidad, un
nuevo estilo de las relaciones del hombre con Dios. Un hombre, en primer lugar, que
posee en sí algo divino e inmortal. Dios ha dado a los dioses jóvenes que había de
formarle una simiente divina (residuo de las esencias) de la misma Alma que alienta
el cosmos (cf Tim 41d-43a).
1. El Gran Artesano que cuida de Todo se preocupa por la salvación y virtud del
hombre (Leyes 903 b). De Dios ha eliminado Platón la envidia y sus celos ante la
felicidad humana. El principio de su teología es la bondad de Dios. Pero esta bondad
lleva consigo una exigencia de justicia. El hombre se considera ante este Dios justo y
providente, una posesión suya tal como había defendido Sócrates en los momentos
que precedieron su muerte defendiendo la inmortalidad del alma (Fedón 62 d). Pero
el hombre no es un mero instrumento dirigido por Dios, sino dueño y responsable de
sus actos. La moira no es la porción o la parte ineludible dada por los dioses, sino el
propio camino que cada uno elige para vivir (Rep 617 b).
2. Los astros y su armónico orden representan una cantera a la hora de ordenar
la vida personal. Se trata de una espiritualidad basada en la semejanza con Dios.
Necesitamos huir del mundo de los sentido para asemejarnos a Dios (Teeteto 176,
Rep 500c, 613 a). Pero este Dios, nos dice ya en el Timeo, nos ha dado la vista para
contemplar los giros de la Inteligencia en el cielo y, después, copiarlos en nuestra alma
(47 e). Terminemos con un pasaje de las Leyes donde vemos a un Platón que más que
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teólogo quiere mostrar los caminos hacia un Dios justo y paternal: “Ciudadanos, Dios,
que según la palabra antigua, tiene en sus manos el principio, el fin y el medio de todos
los seres, camina rectamente según su naturaleza miestras da sus giros. Le sigue
siempre la Justicia vengadora de los que infringen la ley divina, a la cual, el que quiere
ser feliz, se une y la sigue con modestia y orden, mientras que el otro, hinchado por el
orgullo, exaltada por la riqueza, los honores e incluso la belleza física unida a la
juventud y a la locura, inflama su alma con la hybris en la idea de que no necesita ni
jefe ni guía, considerándose incluso capaz de conducir a otros. Ese es abandonado de
Dios… pero no pasa mucho tiempo sin que pague a la justicia su pena, pena en la que
estarían comprendidos él mismo, su casa y su ciudad. Por eso el hombre ante la
posibilidad de ir por estos dos caminos debe pensar y decidir. Si se decide por se de
los que van en compañía de Dios, debe pensar cual es el modo de vida y el seguimiento
que agrada a Dios. Ya lo decía un proverbio antiguo: lo semejante es amigo de lo
semejante…” (Leyes, 716 b-c). “Para nosotros Dios deber ser la medida de todas las
cosas, e icluso mucho mejor que el hombre, como se suele decir por ahí. Para ser
amado de un ser tal, es necesario asemejarse a él lo más posible y, según este
principio, el que de nosotros es prudente es amado de Dios pues se asemeja a él, pero
el imprudente, resulta desemejante y distinto, lo mismo que el injusto” (Leyes, 716 c-
d).
Este nuevo aspecto de Dios, medida a llenar, modelo a imitar contrasta
obviamente con la frase de Protágoras. La contemplación de los astros nos descubre
la conducta de Dios, los caminos que hemos de recorrer nosotros. No se trata de una
unión mística al modo plotiniano, no es una posesión serena, sino el ejercicio
constante por cumplir la medida divina.
3 Para Platón solo existe un pecado: la ambición de riqueza y de orgullo que
enciende en el alma la llama de la hybris haciéndole perder la actitud humilde y
ordenada (Ley 906 c). No se trata solo de la abstención negativa ante el castigo (como
en la propuesta de Esquilo de una Justicia que nivela el pecado), sino de la imitación
que conduce a la justicia y a la santidad. Los caminos de Dios aunque circulares son
rectos (Leyes 716 a) y el hombre que busca la verdad y renuncia a todo egoísmo,
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adquiere vida plenamente feliz. Es entonces cuando imita a Dios que tiende siempre
al bien y se salva en la justicia (729a-734e).
Salvar la unidad de la fe y de la cultura griega, tal ha sido el propósito de Platón
tratando de trazar un puente entre los intelectuales y el pueblo. Un camino hacia Dios
arraigado en la tradición pero fundamentado ahora en la verdad (Leyes)
§ 8.8 Conclusiones