GUIÓN TEATRAL
Obra “Don Quijote de la Mancha”
Grupo no. #1 Lengua y Literatura
Reparto:
Narradores (voces)
Guate Rosales Edwin Omar
Jiménez Franco Alba Gabriela
Gutierrez Cepeda Dafneh Judith
Personajes:
Don Quijote (García Gonzáles Andy Abdiel)
Sancho Panza (Iboy Santos Isaac Joaquín)
Dulcinea (Herrera Icute Helen Estrella)
Sobrina de Don Quijote (Garcia Arias Karla Jeanett)
Ama (Guzmán Franco Elizabeth Abigail)
Labradora vieja (Jiménez Franco Alba Gabriela)
Labradora insolente (Gutierrez Cepeda Dafneh Judith)
Labradora tonta (Gúzman Rustrián Jéssica)
Ventero (Guas Monzón Yordin Abel)
Mozo (Giron Martínez Walter Giovanni)
Cura (López Juárez Bryan René)
Bachiller (Divas Coutiño Kevin Alexander)
Pueblerinos comerciantes
1. Guate Rosales Edwin Omar
2. López de Leon Kimberly Paola
3. Icute Alvarez Maricruz
CUADRO PRIMERO
Entrada a una posada de la Mancha.
NARRADOR (Omar):
En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho
tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y
galgo corredor. Don Alonso Quijano, que así se llamaba, tenía unos cincuenta años,
era delgado y vivía con su sobrina, su ama y un criado. Sus dos mejores amigos eran
el maestro Nicolás y el cura del lugar. Su pasión eran los libros de aventuras y, de
tanto leer, el pobre hidalgo acabó por perder el juicio, dando con la idea de hacerse
él mismo caballero andante e irse por el mundo en busca de aventuras. Así, lo
primero que hizo, fue limpiar unas armas viejas que guardaba.
DON QUIJOTE: El mundo precisa de mi brazo y de mi valor. Hasta aquí es llegado
Alonso Quijano, el de la vida pacífica y retirada, y ahora, por mi voluntad, nace Don
Quijote de la Mancha, caballero andante. ¡Mundo, no desesperes, que enseguida
acudo en tu auxilio! Y vos, emperatriz de la belleza, Aldonza de mi corazón, a quien
hoy bautizo como Dulcinea del Toboso, sabed que cuantas hazañas haga serán en
prueba del amor sin límites que os profeso.
DON QUIJOTE: (Llegando a la posada) La vista no me engañó. Castillo debe ser ést
e donde podré esta noche recogerme.
VENTERO:(Llega el ventero, hombre gordo, flemático y un tanto burlón). Señor
caballero, sed bienvenida a esta posada, donde podéis disponer de todo cuanto hay
en ella, excepto de lecho, que ninguno tenemos.
DON QUIJOTE: Para mí, señor castellano, cualquier cosa basta, que, como caballer
o andante, mi descanso es pelear.
VENTERO: En tal caso, bien puede apearse del caballo, que aquí tendrá ocasión de
no dormir en todo un año.
DON QUIJOTE: (Con los pies en tierra firme y sin armadura) Valeroso señor, no me
moveré jamás de donde estoy hasta no ser armado caballero por vuestra generosa
mano.
VENTERO: Er… Si éste es el deseo de vuestra merced, eso ha de hacerse.
DON QUIJOTE: Gracias os doy, señor, por ello. Esta noche velaré mis armas en la
capilla de vuestro castillo, y mañana me habréis de armar caballero, para cumplir mi
deseo de ir yo por las cuatro partes del mundo haciendo justicia a los débiles y a las
doncellas necesitadas.
VENTERO: Valeroso señor, capilla no tenemos por estar en obras. Mas aquí mismo
podéis velar las armas a vuestro gusto. A la mañana se harán las debidas
ceremonias y quedaréis armado caballero.
NARRADOR (Gaby):
Esa noche Don Quijote veló sus armas en lo que él creía capilla del castillo, que no
era sino un pilón de agua y un pozo. A la mañana siguiente, el ventero con su libro de
cuentas en la mano, llamó a Don Quijote y le hizo ponerse de rodillas. Mientras leía
una oración, cogió una espada, le dio un golpe en el cuello y otro en la espalda.
Despidió entonces el ventero a Don Quijote sin reclamarle ni un céntimo con tal de
perderlo de vista.
CUADRO SEGUND0
Días más tarde. Campo de la Mancha. Don Quijote y Sancho Panza, su escudero,
caminan perezosamente por la llanura. Amanece.
NARRADOR (Dafneh):
Durante varias semanas, Don Quijote tuvo riñas con personas de aquellas tierras,
bien por el deseo de los lugareños profesasen la hermosura de su doncella Dulcinea,
o bien por no entender sus hazañas como las más heroicas jamás recordadas. Don
Quijote llamó a un labrador vecino suyo, Sancho Panza, hombre bueno, pobre y de
pocas luces, y sobre todo de fácil convencer, para ofrecerle ser escudero de tan
importante señor.
SANCHO: No tiene que olvidársele a vuestra merced la ínsula que me tiene
prometida; que yo la sabré gobernar por grande que sea.
DON QUIJOTE: No sufras, Sancho, que puede que antes de seis días gane yo
varios reinos y te corone rey de uno de ellos.
SANCHO: Tiene razón mi amo, pero no me gusta andar a pie por esos caminos de
Dios.
DON QUIJOTE: (Oteando el horizonte) La ventura va guiando nuestros pasos mejor
de lo que esperaba. Mira allí, amigo Sancho, treinta o más desaforados gigantes con
quienes pienso luchar.
DON SANCHO: ¿Qué gigantes?
DON QUIJOTE: Aquellos que ves allí de los brazos largos.
SANCHO: Mire vuestra merced que aquellos no son gigantes, sino molinos de
viento, y lo que en ellos parecen brazos, son aspas.
DON QUIJOTE: Bien se ve que no estás cursado en esto de las aventuras. Eso son
gigantes, y, si tienes miedo, quítate de ahí.
SANCHO: ¡Pero mire vuestra merced, que…!
DON QUIJOTE: (Lanzándose al galope contra los imaginados gigantes) ¡No huyáis
cobardes, que un solo caballero es el que os acomete! (Clava la lanza en una de las
aspas y es levantado por los aires y arrojado violentamente al suelo)
SANCHO: ¡Válgame Dios! ¿No le dije a vuestra merced que mirase bien lo que
hacía, que eran molinos de viento?
DON QUIJOTE: Calla, amigo Sancho. Esto es obra de mi enemigo el mago Frestón,
que ha vuelto a los gigantes en molinos para quitarme la gloria de vencerlos.
SANCHO: (Ayudándole a ponerse de pie) ¿Estáis muy dolorido, señor?
DON QUIJOTE: No está permitido a los caballeros andantes quejarse de herida
alguna, aunque se les salgan las tripas por ella.
SANCHO: ¿Y también los escuderos deben hacer lo mismo? Porque yo, señor, he
de quejarme del más pequeño dolor que sienta.
DON QUIJOTE: Como escudero bien puedes quejarte a tus anchas, Sancho. Mas lo
que no debes hacer nunca, ni, aunque me veas en el mayor peligro, es echar mano a
tu espada para defenderme.
(Pueblerinos comerciantes gritan para promocionar su puesto).
LABRADORA INSOLENTE ( DORÓTILA): Que es lo que mira ese viejo
sinvergüenza
LABRADORA VIEJA (FAUSTINA): Quiere hablarte a ti
LABRADORA TONTA ( JOSEFINA): No, a ti, es a ti, no lo mires
LABRADORA VIEJA (FAUSTINA): Mira con lo que se vienen ahora los señoritos
LABRADORA INSOLENTE (DORÓTILA): ¿Quién será?, ¿Estará loco?, hay que
averiguar, vengan.
LABRADORA INSOLENTE (DORÓTILA): Oiga! ¡¡¡Por qué me está mirando de
manera tan indecente!!!
DON QUIJOTE: Disculpe bella dama, pero creo que se ha equivocado, yo estoy
viendo a mi amada Dulcinea…
LABRADORA INSOLENTE (DORÓTILA): Como sea, y apártese que tenemos
prisa… Josefina, Faustina vámonos…
SANCHO: Descuide vuestra merced, que será muy bien obedecido en esto porque
yo soy hombre pacífico y enemigo de meterme en riñas o pendencias. Pero mi señor,
no traemos medicinas apropiadas con las que curaros.
DON QUIJOTE: No tendríamos necesidad de medicinas si yo recordara la receta
para hacer el bálsamo de Fierabrás.
SANCHO: ¿Qué bálsamo es ése?
DON QUIJOTE: Uno con el que no hay que temer ni a la muerte. Y, cuando haga el
bálsamo y lo guardes en tus alforjas, lo que debes hacer si me ves malherido, es
darme a beber sólo dos tragos, y me verás quedar más sano que una manzana.
SANCHO: Pues si esto es así, yo renuncio desde aquí al gobierno de la prometida
ínsula para desear únicamente como pago de mis servicios la receta de ese bálsamo
del Feo Blas.
NARRADOR (Omar):
Pasaron jornadas de mucho caminar y menos comer, en las que Sancho sólo
pensaba que lo mejor sería volverse a casa. Estuvieron en varias posadas en las que
conocieron a personas singulares, tales como una criada llamada Maritornes, mujer
sobrada de carnes y menguada de entendimiento. Pero don Quijote seguía
pensando en aventuras…
DON QUIJOTE: (Oteando de nuevo el horizonte con excitación) ¡Ah, Sancho! ¡Éste
va a ser el día en que nuestros nombres serán recordados para siempre! ¿Ves
aquella polvareda que allí se levanta? Son ejércitos guiados por los más valerosos
caballeros.
SANCHO: Señor, debe ser cosa del encantamiento, pero yo no veo ninguno de esos
caballeros ni ejércitos que decís.
DON QUIJOTE: ¿Cómo, Sancho? ¿No oyes el relinchar de los caballos, el tocar de
los clarines y el tronar de los tambores?
SANCHO: (Se oyen balidos de ovejas). No oigo otra cosa sino muchos balidos de
ovejas y carneros.
DON QUIJOTE: El miedo que tienes te hace que ni veas ni oigas a derechas.
SANCHO: ¡Vuélvase vuestra merced, señor don Quijote, que voto a Dios que son
carneros y ovejas lo que va a embestir!
DON QUIJOTE: (Arremetiendo contra las ovejas y ensartando alguna de ellas con su
lanza) ¡Venid a mí!
NARRADOR (Gaby):
En ese momento, una lluvia de piedra es lanzada por los pastores de las ovejas
hacia Don Quijote, derribándolo y quedando malherido.
SANCHO: (Llegándose a don Quijote que se queja malherido) ¿No le decía yo,
señor don Quijote, que se volviese, que lo que iba a acometer no eran ejércitos, sino
manadas de carneros?
DON QUIJOTE: Esto es cosa del mago enemigo mío, que, por envidia de mi gloria,
ha vuelto los escuadrones de soldados en manadas de ovejas.
SANCHO: Señor, ¿estáis malherido?
DON QUIJOTE: No te importe, Sancho. Dame un trago del bálsamo que preparamos
días atrás y verás cómo me restablezco de mis heridas como si nada hubiera
pasado.
NARRADOR (Dafneh):
Sancho ayuda a montar a su señor, el cual se resiente de los golpes y queda
ladeadosobre su montura. Cabalgan ambos un rato en silencio, mientras la noche
comienza a tender su manto sobre la llanura.
SANCHO: ¿Puedo deciros algo, señor?
DON QUIJOTE: Habla, Sancho.
SANCHO: Os vengo mirando y verdaderamente tiene vuestra merced la más mala
figura que he visto en mucho tiempo. El que os viera desdentado y torcido sobre
Rocinante no dudaría en llamaros el Caballero de la Triste Figura.
DON QUIJOTE: Me agrada el sobrenombre, Sancho. Que todo caballero andante lo
tiene, y de ahora en adelante yo me haré llamar el Caballero de la Triste Figura, y así
quedará escrito en la historia de mis hazañas. Pero querido Sancho, a partir de hoy
procuraré no hablar tanto contigo, que en ninguno de los libros de caballería que he
leído jamás he hallado que ningún escudero hablase tanto con su señor.
SANCHO: No hablaré, mi señor don Quijote, que al buen callar llaman Sancho, y en
boca cerrada no entran moscas.
CUADRO TERCERO
Atardecer. Un camino de la Mancha. Empieza a refrescar.
NARRADOR (Omar):
Estaban don Quijote y Sancho otro día muy contento charlando sobre asuntos de
ínsulas y caballeros. Pero ambos guardaron silencio al ver que, por el camino, venía
un enorme carro guiado por un mozo y lleno de banderas y escudos reales. Cuando
el carro estuvo cerca, don Quijote avanzó unos pasos y dio el alto al mozo.
DON QUIJOTE: ¿Adónde vais, hermano? Decidme, ¿qué lleváis en este carro y qué
banderas son ésas?
MOZO: Sir, el carro no es mío sino del mister de Orán, el cual envía al Rey a big lion.
Las banderas indican que esto es cosa de Su Majestad. For that, ruego a su merced
que se aparte del camino.
DON QUIJOTE: ¿Y es grande ese león?
MOZO: Nunca ha pasado semejante fiera from Africa to Spain. Os lo digo yo, que
soy leonero de oficio and never he llevado otro tan enorme y feroz como éste.
DON QUIJOTE: Pues no soy yo hombre que se espante ante un fiero león. Así que
abrid esa jaula y le daré a conocer quién es don Quijote de la Mancha.
MOZO: Por nada del mundo abriré esta jaula. Si lo hago, sólo seremos una pequeña
merienda para el felino.
DON QUIJOTE: ¡Ah, bellaco! ¡Juro que si no abres pronto esa jaula me obligarás a
meterte en ella!
MOZO: Si así actúa, sir, más vale que abra la jaula, pero antes le pido que me deje
salvar a mis mulas, que son lo único que tengo, y que después pueda yo correr hasta
aquel árbol.
SANCHO: ¡Ay, mi señor! Mire que aquí no hay encantamientos ni nada que se le
parezca. ¡Que yo he visto entre esas rejas a un león más grande que una montaña!
DON QUIJOTE: ¡Abra de una vez esa puerta!
MOZO: Sean testigos de que abro las jaulas contra de mi voluntad.
NARRADOR (Gaby):
El carretero abrió las rejas y corrió para ponerse a salvo acompañado de Sancho y
de su rucio. Asomó entonces un león que se desperezó porque venía dormido. Luego
se estiró cuan largo era y bostezó. Por fin sacó la cabeza fuera de la jaula y miró a
todas partes rugiendo.
DON QUIJOTE: (Pie a tierra y espada en ristre). ¡Bestia feroz, ven a mí y no seas
cobarde!
NARRADOR (Dafneh):
Pero el bueno del león se dio la vuelta y mostró el trasero al Caballero de la Triste
Figura, echándose de nuevo a dormir.
DON QUIJOTE: ¡Mozo! ¡Azote a este pávido león que no quiere luchar conmigo!
MOZO: ¡Eso no lo haré! ¡Im-not-crazy! Quede contento vuestra merced con lo que ha
hecho, que nadie podrá ya igualar tanta valentía.
DON QUIJOTE: Dices bien, hermano. Cierra pues esa jaula y cuenta por esos
mundos de Dios cuanto aquí has visto.
MOZO: Prometo contar tan valerosa hazaña al mismísimo Rey.
DON QUIJOTE: En tal caso, decid a Su Majestad que el autor de esta hazaña fue el
Caballero de los Leones, pues sabed que de aquí en adelante cambiaré mi nombre
de Caballero de la Triste Figura por ese otro.
CUADRO CUARTO
Posada en las cercanías de Sierra Morena. En la puerta la sobrina de don Quijote, el
señor cura y el bachiller Sansón Carrasco, quien asediaba a la sobrina.
NARRADOR (Omar):
La sobrina de Don Quijote y sus amigos estaban muy preocupados por las locuras
del hidalgo, de las que se hablaba en todos los pueblos y mesones de la comarca.
Por ello, pensaban comedias para poder llevarlo de vuelta a casa.
CURA: Andad dentro y poneos los disfraces para salir convertidos tú en la princesa
de Micomicona y tú en su paje, no sea que se presente nuestro Alonso Quijano y nos
desbarate el engaño para volverlo a su casa.
SOBRINA: (Mirando a lo lejos) Quien viene por ahí es Sancho Panza, su escudero.
BACHILLER: Vamos dentro.
CURA: Buen Sancho, ¿dónde vas solo sin tu amo, el valeroso caballero don Quijote
de la Mancha?
SANCHO: Mi señor don Quijote queda detrás de la posada, al pie de la montaña,
haciendo penitencia por su señora la emperatriz Dulcinea del Toboso, a quien llevo
una carta.
CURA: ¿Quién es esa Dulcinea del Toboso? Nunca oí su nombre antes, ni que
hubiera emperatrices en el Toboso.
SANCHO: En realidad es la hija de Lorenzo Corchuelo, Aldonza Lorenzo, de quien
mi señor se ha enamorado hasta los tuétanos, y a la que venera y adora como a una
diosa. Aunque yo sé bien que es moza tan recia, tan brava y tan de pelo en pecho
que bien podría levantar al peso un gorrino con cada dedo.
CURA: ¿Y dices que a tan delicada doncella le llevas una carta de tu señor?
SANCHO: Sí, señor cura, aquí la traigo. (Se palpa el pecho y vuelve a palparse una
y otra vez, para darse cuenta de que no tiene la carta). ¡Ay, triste de mí, que he
extraviado la carta de mi señor amo!
CURA: ¿Tan importante era esa carta, que la lloras tan lastimosamente?
SANCHO: Lo que lloro no es la carta sino una orden que venía con ella en la que mi
amo ordenaba que se me entregasen tres pollinos por mis servicios.
CURA: Tranquilízate Sancho. Vamos a buscar a tu amo. (Salen de la posada la
sobrina y el bachiller disfrazados). Vienen con nosotros la emperatriz del reino de
Micomicón, que pretende solicitar la ayuda de tu señor, y su paje. Y bien puede la
emperatriz, en agradecimiento a los servicios de tu amo, hacerle a él rey de
Micomicón y a ti conde o marqués, y así tendrás todos los pollinos que se te antojen.
SOBRINA: (Con voz fingida y lastimera) ¿Eres tú el escuderísimo del valerosísimo
caballero andante don Quijote de la Manchísima, cuyas hazañas le han hecho
famosísimo como defensor de princesas apenadísimas?
SANCHO: El mismísimo soy, dolorosísima señorisísima, y a vuestros piesísimos me
pongo para lo que vos deseárisis. Que yo y mi señor estamos servidorisísimos de
vuestra altísima señora.
BACHILLER: Mi señora busca con gran desazón a vuestro señor para que le libere
en el reino de Micomicón de un gigantón que le tiene sometido a una gran opresión.
SANCHO: Pues no tengan vuestras mercedes preocupación que, para gigantones,
mi señor don Quijote es el más grande Quijotón, y para derribar a los tales gigantes
le basta y le sobra un buen capón. Que, con mi señor, no hay gigante que tenga
escapación.
NARRADOR (Gaby):
Mientras solucionaban el mundo, apareció don Quijote, que venía de velar por su
señora Dulcinea.
CURA: Aquí llega don Quijote.
SOBRINA: (A los pies de don Quijote). No levantaré mi rodilla del suelo, señor
caballero de la mejor de las caballerías, si antes no me concedéis el favor que os
pido.
DON QUIJOTE: Yo os lo concedo, siempre que no sea en daño o en deshonra de la
dueña de mis pensamientos, mi señora Dulcinea del Toboso.
SOBRINA: Lo que yo os pido, señor, es que vengáis conmigo donde yo os lleve, y
me prometáis no emprender ninguna aventura más hasta no haberme vengado del
gigante que tiene usurpado mi reino.
DON QUIJOTE: Tenéis mi palabra de caballero andante.
SOBRINA: Gracias, señor don Quijote de la Mancha. ¡Oh, que afortunada soy! ¡Ya
siento que vuelvo a ser la dueña de mi reino! Y sabed que mi señor padre dejó
escrito que aquél que derrotase al gigante podría casarse conmigo y sería el dueño
de mi reino y de mi persona.
DON QUIJOTE: Podéis disponer enteramente de vuestra persona, hermosa señora,
porque yo no he de casar con otra que no sea mi señora Dulcinea del Toboso. Y
pongámonos en camino cuanto antes, que ya deseo verme las caras con el gigante
que os oprime y atormenta.
SANCHO: (Llevando aparte a su amo). ¿Ha perdido el juicio vuestra merced, que
rechaza casarse con tan alta princesa como ésta? ¿Es que acaso es más hermosa
que mi señora Dulcinea? Pues yo estoy por decir que no le llega ni a la suela del
zapato. Así, ¿cómo voy yo a lograr mi ínsula? Cásese, cásese enseguida vuestra
merced, y tome el reino que le viene a las manos, y cuando sea rey, hágame
marqués.
DON QUIJOTE: Alto ahí, necio, bellaco, deslenguado, ¿no sabes que a mi señora
Dulcinea le debo el valor de mi brazo, pues sin ella no sería yo capaz de pisar una
pulga?
SANCHO: Sea pues como su merced deseare.
CUADRO QUINTO
Llega un caballero de punta en blanco, con una luna pintada en la armadura.
CABALLERO DE LA BLANCA LUNA: Insigne Don Quijote de la Mancha, yo soy el
Caballero de la Blanca Luna, que vengo a pelear con vos para que declaréis que mi
dama será siempre más bella que la vuestra. Y para que juréis que, si yo venzo, os
retiraréis a vuestra casa, dejando para mí toda la gloria y la fama de la caballería
andante. Pero si sois vos quien me vencéis, podréis añadir a vuestras hazañas las
que yo he realizado y que son innumerables.
DON QUIJOTE: Caballero, ni sé quién sois vos ni si habéis hecho hazaña alguna,
pero lo que sí sé es quién soy yo, y bien se ve que no conocéis a la sin par
Dulcinea… Si queréis luchar, aquí está don Quijote, que os derribará con vuestra
soberbia.
NARRADOR (Dafneh):
Tomo su espada don Quijote y se encomendó a Dulcinea. Emprendieron los dos una
veloz carrera y, al chocar los dos caballeros, don Quijote rodo por el suelo puesto
que el Caballero de la Blanca Luna era más fuerte que el pobre Quijote.
CABALLERO DE LA BLANCA LUNA: (Con la espada sobre don Quijote). Vencido
sois, caballero, así que has de jurar lo prometido.
DON QUIJOTE: ¡Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo y yo el
más desgraciado caballero! ¡No merezco ser!
CABALLERO DE LA BLANCA LUNA: Me basta con que volváis a vuestra casa y no
salgáis en busca de aventuras hasta que pase un año.
DON QUIJOTE: Todo lo prometo y lo juro, menos que haya en el mundo mujer más
bella que Dulcinea.
CABALLERO DE LA BLANCA LUNA: No la habrá si vos no queréis, pero dejad las
armas y vivid en paz y sosiego con vuestra familia hasta que yo os autorice otra vez
a ser caballero andante.
SANCHO: (Arrodillado junto a don Quijote). ¡Mi señor! ¿Tenéis algo roto?
DON QUIJOTE: (Entre sollozos). ¡El alma, buen Sancho, el alma! ¡Aquí se acaba el
andante caballero don Quijote de la Mancha!
NARRADOR (Omar):
En ese momento, el Caballero de la Blanca Luna se quita la celada y aparece el
rostro del bachiller Sansón Carrasco que, como Sancho, contempla apenado a don
Quijote.
CUADRO SEXTO
Aposentos de don Quijote. El hidalgo está en su lecho, rodeado por su sobrina, el
cura y el bachiller Sansón Carrasco. Todos tienen aire triste y compungido.
NARRADOR (Gaby):
Después de que el Caballero de la Blanca Luna venciese a don Quijote, nuestro
hidalgo y su escudero emprendieron regreso a casa. Don Quijote pidió a su sobrina y
a su ama que lo llevaran a la cama, pues no se encontraba muy bien. Probablemente
por tristeza, Alonso Quijano contrajo unas fiebres altas y graves.
DON QUIJOTE: Sobrina mía, bachiller Sansón Carrasco, señor cura, oídme: ya no
soy más don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, y me son odiosas todas las
falsas historias de la andante caballería. He sido un necio y un loco al creer en ellas,
y me arrepiento. Sancho, hermano, perdóname por hacerte caer en el error de que
hubo y hay caballeros andantes en el mundo.
SANCHO: Recupérese vuestra merced, señor mío. Écheme a mí la culpa, diciendo
que por haber cinchado yo mal a Rocinante le derribaron en la última batalla.
Además, usted habrá visto en los libros de caballerías que es cosa normal que los
caballeros se derriben los unos a los otros, y que el que es vencido hoy salga
vencedor mañana.
DON QUIJOTE: Es inútil, buen Sancho. Estoy débil. Fui loco y ya soy cuerdo; fui don
Quijote de la Mancha y vuelvo a ser Alonso Quijano el Bueno, como antes. Lo único
que deseo es quedar en paz con Dios y con los hombres.
SANCHO: ¡Pero ¡qué dice mi señor! ¡Usted sigue siendo don Quijote de la Mancha!
NARRADOR (Dafneh):
Y así fue cómo Don Quijote cerró los ojos dulcemente y sus sanas locuras quedaron
manifiestas de voz en voz hasta llegar aquí, donde hoy lo recordamos.