MISAL ROMANO
Renovado por decreto del Concilio Ecuménico Vaticano II,
promulgado por la autoridad del Papa Pablo VI
y revisado por el Papa Juan Pablo II.
II
SAGRADA CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO
Prot. n. 166/70
DECRETO
Una vez establecido el Ordo celebrationis eucharisticæ y aprobados los
textos pertenecientes al Missale Romanum mediante la Constitución
Apostólica Missale Romanum, promulgada por Su Santidad Pablo VI, el 3 de
abril de 1969, esta Sagrada Congregación para el Culto Divino recibió del
Sumo Pontífice el mandato de promulgar esta nueva edición del Misal
Romano, realizada conforme a los Decretos del Concilio Vaticano II, y la
declara como edición típica.
En lo tocante al uso del nuevo Misal Romano, se permite que pueda
emplearse ya la edición latina tan pronto como aparezca editada, haciendo las
oportunas acomodaciones en lo que se refiere a las fiestas de los santos,
mientras se espera la implantación definitiva del nuevo calendario; y se deja
al cuidado de las Conferencias Episcopales el preparar las ediciones en lengua
vernácula, señalando el día en que, una vez confirmadas por la Santa Sede,
entrarán en vigor.
Sin que obste nada en contrario.
En la sede de la Congregación para el Culto Divino, día 26 de marzo de
1970. Jueves Santo en la Cena del Señor.
BENNO Card. GUT
Prefecto
A. BUGNINI
Secretario
III
SAGRADA CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO
Prot. N. 1970/74
ACERCA DE LA SEGUNDA EDICIÓN TÍPICA
Al tener que imprimir de nuevo el Misal Romano, han sido introducidas
variaciones y nuevos textos, para que esta nueva edición responda a los
documentos promulgados después de la primera edición de 1970.
En la «Instrucción», cuyos números marginales no se cambian, se
describen los ministerios de acólito y lector, en lugar de los números que
trataban del subdiácono (núms. 142-152).
Otro cambio de cierta importancia está en la parte del Misal que
contiene las Misas rituales y por diversas necesidades. Algunos formularios
han sido completados con las oportunas antífonas de entrada y de comunión.
Además se han añadido los textos de la Misa ritual para la dedicación de una
iglesia o un altar, la Misa para la reconciliación y, entre las Misas votivas, los
textos de las Misas de Santa María Virgen, Madre de la Iglesia y del Santísimo
Nombre de María.
Se han introducido algunas variantes de menor importancia en los títulos
y en las rúbricas, para que mejor respondan a las palabras o expresiones que
aparecen en los nuevos libros litúrgicos.
El Sumo Pontífice Pablo VI, con su autoridad aprobó esta segunda
edición del Misal Romano, y la Sagrada Congregación para el Culto Divino
ahora la publica y la declara como edición típica.
Corresponderá a las Conferencias Episcopales introducir, en las
ediciones en lengua vernácula que preparan, las variaciones contenidas en
esta segunda edición del Misal Romano.
Sin que obste nada en contrario.
En la sede de la Congregación para el Culto Divino, día 27 de marzo del
Año Santo de 1975, Jueves Santo en la Cena del Señor.
JAMES ROBERT CARD. KNOX
Prefecto
+ A. BUGNINI
Arz. Tit. de Dioceleciana
Secretario
IV
CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO
Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS
Prot. N. 143/00/L
DECRETO ACERCA DE LA TERCERA EDICIÓN TÍPICA
Empezando el tercer milenio de la Encarnación del Señor, pareció bien
preparar una nueva edición del Misal Romano, que recogiera los documentos
los más recientes de la Sede Apostólica y especialmente el nuevo Código de
Derecho Canónico y que se sujetara a varias necesarias enmiendas y
adiciones.
En lo tocante a la Instrucción General del Misal Romano, fueron
introducidas algunas variaciones congruentes con el lenguaje y sobre todo con
los modelos de los otros libros litúrgicos y también aconsejadas por la
experiencia pastoral. Se exponen más claramente los casos admitidos acerca
de la facultad de distribución de la Sagrada Comunión bajo las dos especies;
fue agregado el capítulo IX de composición totalmente nueva, donde se
esboza una vía para concertar convenientemente el Misal Romano con las
necesidades pastorales.
Se agregan otras fórmulas para las celebraciones introducidas
recientemente en el Calendario Romano General. El Común de la
Bienaventurada Virgen María se enriqueció con nuevos formularios de Misa
para fomentar el culto de la Madre de Dios. Del mismo modo, en otros
Comunes, en las Misas compuestas por varias necesidades o para diversas
circunstancias, además en las Misas por los difuntos el orden de las oraciones
alguna vez fue cambiado para observar una más cuidadosa congruencia de
los textos. En las Misas de Cuaresma, según la antigua costumbre litúrgica, se
introdujo para cada día la oración sobre el pueblo.
En el apéndice para el Ordinario de la Misa se encuentran también la
Plegaria Eucarística para la Reconciliación, además la Plegaria Eucarística
especial que puede emplearse para diversas necesidades.
El Sumo Pontífice JUAN PABLO II el día 10 del mes de abril de 2000
aprobó con su autoridad esta tercera edición del Misal Romano y la
Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos ahora la
edita y la declara típica.
Las Conferencias de Obispos velarán para que, dentro de un tiempo
conveniente, a partir de la presente tercera edición típica, las nuevas
versiones en lengua vernácula se hagan fielmente y con exactitud, habiendo
sido corregidas cuidadosamente las versiones precedentes aún en uso, de
acuerdo con la autenticidad del texto original Latino, para ser aprobadas por
la Sede Apostólica, según la norma del derecho.
V
Además, esta tercera edición típica latina del Misal Romano puede
emplearse en la celebración de la Santísima Eucaristía, a partir del día en que
se haga de derecho público, sin embargo, entrará en vigor en la Solemnidad
del Cuerpo y de la Sangre de Cristo en el año 2000.
Sin que obste nada en contrario.
En la sede de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los
Sacramentos, el día 20 de abril del año del Gran Jubileo 2000, Jueves santo en
la Cena del Señor.
JORGE A. CARD. MEDINA ESTÉVEZ
Prefecto
+ FRANCISCO PÍO TAMBURRINO
Arzobispo Secretario
VI
CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO
Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS
CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA
«MISSALE ROMANUM»
CON LA QUE SE PROMULGA
EL MISAL ROMANO
RENOVADO POR MANDATO
DEL CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II
PABLO OBISPO
SIERVO DE LOS SIERVOS DE DIOS
EN MEMORIA PERPETUA DE ESTE ACTO
El MISAL ROMANO, promulgado en 1570 por Nuestro Predecesor san Pío V,
por decisión del Concilio de Trento1, ha sido siempre considerado como uno de
los numerosos y admirables beneficios que se derivaron de aquel sacrosanto
Concilio para toda la Iglesia de Cristo. En efecto, durante cuatro siglos
constituyó la norma de la celebración del sacrificio eucarístico para los
sacerdotes de rito latino y fue llevado, además, a casi todas las naciones del
mundo por los misioneros, heraldos del Evangelio. Ni se debe olvidar que
innumerables santos alimentaron su piedad y su amor a Dios con las lecturas
bíblicas y las oraciones de este Misal, cuya parte más importante remontaba,
en lo esencial, a san Gregorio Magno.
Pero, desde que comenzó a afirmarse y a extenderse en el pueblo
cristiano el movimiento litúrgico que, como afirmaba Nuestro Predecesor Pío
XII de venerada memoria, debe ser considerado como un signo de las
disposiciones providenciales de Dios sobre nuestra época y como un paso
saludable del Espíritu Santo por la Iglesia, 2 se percibió claramente que los
textos del Misal Romano necesitaban ser revisados y enriquecidos. El mismo
Predecesor Nuestro, Pío XII, inició esta obra de revisión con la restauración de
la Vigilia pascual y de la Semana Santa, que constituyeron el primer paso de
la adaptación del Misal Romano a las exigencias de la mentalidad
contemporánea.3
El reciente Concilio Ecuménico Vaticano II, con la Constitución Sacrosanctum
Concilium, ha puesto los fundamentos para la revisión general del Misal
Romano: en efecto, ha establecido, en primer lugar, que «los textos y los ritos
se han de ordenar de manera que expresen con mayor claridad las cosas
santas que significan»4, luego, que «se revise el Ordinario de la Misa, de modo
que se manifieste con mayor claridad el sentido propio de cada una de las
partes y su mutua conexión, y se haga más fácil la piadosa y activa
participación de los fieles»5; después, que «se abran con mayor amplitud los
tesoros de la Biblia, a fin de que la mesa de la palabra de Dios se prepare con
más abundancia para los fieles»6; finalmente, que «se elabore el rito de la
concelebración y se incluya en el Pontifical y en el Misal Romano». 7
1
Const. Apost. Quo Primum, die 14 iulii 1570 data.
2
Cfr. Pío XII, Allocutio iis, qui primo Conventui ex omni natione de Liturgia pastorali, Assisii habito, interfuerunt, die 22
sep. 1956: A.A.S. 48 (1956) pág. 712.
3
Cfr. S. CONG. PARA LOS RITOS, Decr. Dominicae Resurrectionis, del 9 de feb. de 1951: A.A.S. 43 (1951), págs. 128 y
siguientes; Decreto General Maxima redemptionis nostrae mysteria, del 16 de nov. de 1955: A.A.S. 47 (1955) págs. 838 y
siguientes.
4
CONCILIO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, núm. 21.
5
Cfr. Ibíd.. núm. 50.
6
Cfr. Ibíd.. núm. 51.
7
Cfr. Ibíd.. núm. 58.
VIII
No se debe pensar, sin embargo, que esta revisión del Misal Romano sea
algo improvisado, ya que los progresos realizados por la ciencia litúrgica en
los últimos cuatro siglos le han preparado el camino. Después del Concilio de
Trento, el estudio de los «antiguos códices de la Biblioteca Vaticana y de
otros, reunidos de distintas procedencias», como asegura la Constitución
Apostólica Quo primum, de Nuestro Predecesor san Pío V, sirvió no poco para
la revisión del Misal Romano. Pero, desde entonces, han sido descubiertas y
publicadas antiquísimas fuentes litúrgicas; y, además, los textos litúrgicos de
la Iglesia Oriental han sido conocidos e investigados más profundamente.
Todo esto ha determinado que aumentara cada día el número de los que
deseaban que estas riquezas doctrinales y espirituales no permanecieran en
la oscuridad de las bibliotecas, sino que, por el contrario, se sacaran a la luz
para iluminar y nutrir la inteligencia y el ánimo de los cristianos.
Presentamos ahora, en sus líneas generales, la nueva estructura del
Misal Romano. En primer lugar figura la Ordenación General que constituye
como el «proemio» de todo el libro; en ella se exponen las nuevas normas
para la celebración del sacrificio eucarístico, sea en lo que se refiere a los ritos
y a la función propia de cada uno de los participantes, sea en lo que concierne
a los objetos y lugares sagrados.
La principal innovación de esta reforma afecta a la llamada Plegaria
Eucarística. Aunque en el rito romano la primera parte de esta Plegaria, es
decir, el prefacio, asumió a lo largo de los siglos muchas formas, la segunda
parte, en cambio, llamada Canon Actionis, a partir de los siglos IV-V adquirió
una forma invariable. Por su parte, las liturgias orientales admitieron siempre
una cierta variedad de Anáforas. Así pues, aparte del hecho de que la Plegaria
Eucarística haya sido enriquecida con un considerable número de prefacios,
procedentes de la antigua tradición romana o de nueva composición,
prefacios que presentan con mayor claridad las principales etapas del misterio
de la salvación y que ofrecen numerosos y ricos motivos de «acción de
gracias», hemos establecido que a dicha Plegaria Eucarística se añadan tres
nuevos Cánones. Sin embargo, por razones de carácter pastoral y para
facilitar la concelebración, hemos ordenado que las palabras del Señor sean
idénticas en cada uno de los formularios del Canon. Por tanto, establecemos
que en cada Plegaria Eucarística se pronuncien las siguientes palabras:
-Sobre el pan: Tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo,
que será entregado por vosotros.
-Sobre el cáliz: Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi
sangre, sangre de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros
y por muchos para el perdón de los pecados. Haced esto en conmemoración
mía.
La expresión Este es el sacramento de nuestra fe, sacada fuera del
contexto de las palabras del Señor y dicha por el sacerdote, sirve de
introducción a la aclamación de los fieles.
Por lo que se refiere al Ordinario de la Misa, «los ritos, conservando
intacta la sustancia, han sido simplificados». 8 Se han omitido, en efecto,
«aquellas cosas que, con el correr del tiempo, se duplicaron o fueron añadidas
sin particular utilidad»9, lo que se verificaba sobre todo en los ritos del
ofertorio, de la fracción del pan y de la Comunión.
8
Cfr. Ibíd.. núm. 50.
9
Cfr. Ibíd.. núm. 50.
IX
A esto se añade que «se han restablecido, de acuerdo con la primitiva
norma de los santos Padres, algunas cosas que habían desaparecido a causa
del tiempo»10, entre las que figuran la homilía 11, la oración universal o de los
fieles12 y el rito penitencial o de reconciliación con Dios y con los hermanos, al
inicio de la Misa; rito al que, como era conveniente, ha sido restituida su
importancia.
Además, según la prescripción del Concilio Vaticano II, de que «en un período
determinado de años, se lean al pueblo las partes más significativas de la
Sagrada Escritura»13, el conjunto de las lecturas dominicales ha sido
distribuido en un ciclo de tres años. Los domingos y los días festivos a la
lectura de la Epístola y del Evangelio se antepondrá una lectura tomada del
Antiguo Testamento o, en el tiempo pascual, de los Hechos de los Apóstoles.
De esta manera tendrá mayor relieve el progreso ininterrumpido del misterio
de la salvación, presentado con los textos mismos de la revelación divina.
Esta considerable abundancia de lecturas bíblicas, que permite presentar a los
fieles en los días festivos las partes más significativas de la Sagrada Escritura,
se completa con las otras lecturas de los Libros Sagrados, previstas para los
días laborables.
Todo esto ha sido ordenado de tal manera que estimule cada vez más
en los fieles el hambre de la palabra de Dios 14, y, bajo la acción del Espíritu
Santo, impulse al pueblo de la nueva Alianza hacia la perfecta unidad de la
Iglesia. Vivamente confiamos que la nueva ordenación del Misal permitirá a
todos, sacerdotes y fieles, preparar sus corazones a la celebración de la Cena
del Señor con renovado espíritu religioso y, al mismo tiempo, sostenidos por
una meditación más profunda de las Sagradas Escrituras, alimentarse cada
día más y con mayor abundancia de la Palabra del Señor. De aquí se seguirá
que, según los deseos del Concilio Vaticano II, la divina Escritura constituya
para todos una fuente perenne de vida espiritual, un instrumento de
incomparable valor para la enseñanza de la doctrina cristiana y, finalmente,
un compendio sustancial de formación teológica.
En esta revisión del Misal Romano, además de los cambios aportados a
las tres partes de las que ya hemos tratado, es decir, la Plegaria Eucarística, el
Ordinario de la Misa y el Leccionario, otras secciones han sido también
revisadas y considerablemente modificadas: el Propio del tiempo, el Propio y
Común de los Santos, las Misas rituales y las Misas votivas. Una atención
particular se ha dedicado a las oraciones, cuyo número ha sido aumentado, de
modo que a las nuevas necesidades correspondan fórmulas nuevas, y cuyo
texto ha sido críticamente establecido a la luz de los antiguos códices. En este
punto cabe señalar que todas las ferias de los principales tiempos litúrgicos,
Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua, han sido dotadas de oración propia.
Hemos sólo de añadir que, aunque el Gradual Romano no haya sido
cambiado, al menos por lo que al canto se refiere, la conveniencia de lograr
una mayor comprensión ha conducido a restaurar el salmo responsorial, que
San Agustín y San León Magno mencionan con frecuencia, y a adaptar, según
la oportunidad, las antífonas de entrada y de comunión para las Misas
rezadas.
10
Cfr. Ibíd.. núm. 50.
11
Cfr. Ibíd.. núm. 52.
12
Cfr. Ibíd.. núm. 53.
13
Cfr. Ibíd.. núm. 51.
14
Cfr. Amós 8, 11.
X
Para terminar, Nos queremos dar fuerza de ley a cuanto hemos expuesto
hasta ahora acerca del nuevo Misal Romano. Cuando Nuestro Predecesor san
Pío V promulgó la edición oficial del Misal Romano, lo presentó al pueblo
cristiano como un instrumento de unidad litúrgica y como un documento de la
pureza del culto en la Iglesia. De modo análogo Nos, acogiendo en el nuevo
Misal, según la prescripción del Concilio Vaticano II, las «variaciones y
adaptaciones legítimas»15, confiamos que los fieles lo recibirán como un
instrumento para testimoniar y confirmar la mutua unidad: de tal manera, no
obstante la gran variedad de lenguas, una e idéntica oración, más fragante
que el incienso, subirá al Padre de los cielos por la mediación del sumo
Sacerdote, nuestro Señor Jesucristo, y en la unidad del Espíritu Santo.
Ordenamos que las prescripciones contenidas en esta Constitución
entren en vigor el día 30 del próximo mes de noviembre del corriente año,
primer domingo de Adviento.
Queremos, además, que cuanto hemos establecido y prescrito tenga
fuerza y eficacia ahora y en el futuro, sin que obsten, si fuere el caso, las
Constituciones y Ordenaciones Apostólicas emanadas de Nuestros
Predecesores, o cualquier otra prescripción, incluso digna de especial mención
y derogación.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día de Jueves Santo, 3 de abril de
1969, año sexto de Nuestro Pontificado.
PABLO VI, PAPA
15
Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, núms. 38-40.
INSTRUCCIÓN GENERAL
DEL MISAL ROMANO
XII
PROEMIO
1. Cuando iba a celebrar con sus discípulos la Cena pascual, en la cual
instituyó el sacrificio de su Cuerpo y de su Sangre, Cristo el Señor, mandó
preparar una sala grande, ya dispuesta (Lc 22, 12). La Iglesia ha considerado
siempre que a ella le corresponde el mandato de establecer las normas
relativas a la disposición de las personas, de los lugares, de los ritos y de los
textos para la celebración de la Eucaristía. Tanto las normas actuales, que han
sido promulgadas con base en la autoridad del Concilio Ecuménico Vaticano II,
como el nuevo Misal que la Iglesia de rito Romano en adelante empleará para
la celebración de la Misa, constituyen un argumento más acerca de la solicitud
de la Iglesia, de su fe y de su amor inalterable para con el sublime misterio
eucarístico, y testifican su tradición continua e ininterrumpida, aunque se
hagan algunas innovaciones.
Testimonio de fe inalterada
2. La naturaleza sacrificial de la Misa afirmada solemnemente por el
Concilio Tridentino16, en armonía con la tradición universal de la Iglesia, ha
sido expresada nuevamente por el Concilio Vaticano II, al pronunciar estas
significativas palabras acerca de la Misa: «Nuestro Salvador, en la Última
Cena, instituyó el sacrificio eucarístico de su Cuerpo y de su Sangre, con el
cual iba a perpetuar por los siglos, hasta su retorno, el sacrificio de la cruz y a
confiar así a su Esposa, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección». 17
Lo que así fue enseñado por el Concilio está sobriamente expresado por
fórmulas de la Misa. Así lo pone ya de relieve la expresión del Sacramentario
llamado Leoniano: «cuantas veces se celebra el memorial de este sacrificio se
realiza la obra de nuestra redención». 18 Esto se encuentra acertada y
cuidadosamente expresado en las Plegarias Eucarísticas; pues en éstas el
sacerdote, al hacer la anámnesis, se dirige a Dios en nombre también de todo
el pueblo, le da gracias y le ofrece el sacrificio vivo y santo, es decir, la
ofrenda de la Iglesia y la víctima por cuya inmolación el mismo Dios quiso
devolvernos su amistad19; y ora para que el Cuerpo y la Sangre de Cristo sean
sacrificio agradable al Padre y salvación para todo el mundo. 20
De este modo, en el nuevo Misal, la norma de la oración (lex orandi) de
la Iglesia responde a la norma perenne de la fe (lex credendi), por la cual,
somos amonestados, a saber, que el sacrificio, excepto por la forma distinta
como se ofrece, es uno e igual en cuanto sacrificio de la cruz y en cuanto a su
renovación sacramental en la Misa. Y es el mismo sacrificio que Cristo, el
Señor, instituyó en la última cena y que mandó celebrar a los apóstoles en
conmemoración suya, por lo cual la Misa es al mismo tiempo sacrificio de
alabanza, de acción de gracias, propiciatorio y satisfactorio.
16
CONCILIO ECUMÉNICO TRIDENTINO, Sesión XXII, día 17 de septiembre de 1562: Denz.-Schönm. 1738-
1759.
17
CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium,
núm.47; cfr. Constitución Dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium, núms. 3. 28; Decreto sobre
el ministerio y la vida de los Presbíteros, Presbyterorum ordinis, núms. 2, 4, 5.
18
Misa vespertina en la Cena del Señor, oración sobre las ofrendas; cfr. Sacramentario Veronense,
ed. L.C. Mohlberg, núm. 93.
19
Cfr. Plegaria Eucarística III.
20
Cfr. Plegaria Eucarística IV.
XIII
3. También el admirable misterio de la presencia real del Señor bajo las
especies eucarísticas, confirmado por el Concilio Vaticano II 21 y por otros
documentos del Magisterio de la Iglesia 22, en el mismo sentido y con la misma
autoridad con los cuales el Concilio de Trento lo había declarado materia de
fe,23 es manifestado en la celebración de la Misa, no sólo por las palabras de la
consagración, por las cuales, Cristo, por la transubstanciación, se hace
presente, sino también por la disposición de ánimo y la manifestación de
suma reverencia y adoración que tienen lugar en la Liturgia Eucarística. Por
esta misma razón se exhorta al pueblo cristiano a que el Jueves Santo en la
Cena del Señor y en la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y de la Santísima
Sangre de Cristo, honre con peculiar culto de adoración este admirable
Sacramento.
4. En verdad, la naturaleza del sacerdocio ministerial propia del obispo y
del presbítero, quienes en la persona de Cristo ofrecen el sacrificio y presiden
la asamblea del pueblo santo, resplandece en la forma del mismo rito, por la
preeminencia del lugar reservado y por el ministerio mismo del sacerdote.
Más aún, el contenido de este ministerio está expresado y es explicado clara y
ampliamente por la acción de gracias de la Misa Crismal del Jueves santo, día
en que se conmemora la institución del sacerdocio. En ese prefacio se explica
la transmisión de la potestad sacerdotal llevada a cabo por la imposición de
las manos; y se menciona la misma potestad, refiriéndola a los ministerios
ordenados, como continuación de la potestad de Cristo, Sumo Pontífice del
Nuevo Testamento.
5. Pero, en la naturaleza del sacerdocio ministerial se manifiesta otra
realidad de gran importancia, a saber, el sacerdocio real de los fieles, cuyo
sacrificio espiritual es consumado por el ministerio del Obispo y de los
presbíteros en unión con el sacrificio de Cristo, único Mediador. 24 En efecto, la
celebración de la Eucaristía es acción de la Iglesia universal; y en ella cada
uno hará todo y sólo lo que le pertenece conforme al grado que tiene en el
pueblo de Dios. De aquí la necesidad de prestar particular atención a
determinados aspectos de la celebración, a los cuales, algunas veces, en el
decurso de los siglos se prestó menos cuidado. Porque este pueblo es el
pueblo de Dios, adquirido por la Sangre de Cristo, congregado por el Señor,
alimentado con su Palabra; pueblo llamado a elevar a Dios las peticiones de
toda la familia humana; pueblo que, en Cristo, da gracias por el misterio de la
salvación ofreciendo su sacrificio; pueblo, por último, que por la Comunión del
Cuerpo y de la Sangre de Cristo se consolida en la unidad. Este pueblo,
aunque es santo por su origen, sin embargo, crece continuamente en santidad
por su participación consciente, activa y fructuosa en el misterio eucarístico. 25
Manifestación de una tradición ininterrumpida
21
CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium,
núms. 7, 47; Decreto sobre el ministerio y la vida de los Presbíteros, Presbyterorum ordinis, núms.
5, 18.
22
Cfr. Pío XII, Carta Encíclica Humani generis, día 12 de agosto de 1950: A.A.S. 42 (1950) págs.
570-571; Pablo VI, Carta Encíclica Mysterium Fidei, día 3 de septiembre de 1965: A.A.S. 57 (1965)
págs. 762-769; Solemne Profesión de fe, 30 de junio de 1968 núms. 24-26: A.A.S. 60 (1968) págs.
442-443; Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum Mysterium, día 25 de mayo
de 1967, núms. 3 f, 9: A.A.S. 59 (1967) págs. 543. 547.
23
Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO TRIDENTINO, Sesión XIII, día 11 de octubre de 1551: Denz-Schönm. 1635-
1661.
24
Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Decreto sobre el ministerio y la vida de los Presbíteros,
Presbyterorum ordinis, núm. 2.
25
CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium,
núm. 11.
XIV
6. Al dar a conocer las normas que deben seguirse en la revisión del
Ordinario de la Misa, el Concilio Vaticano II mandó, entre otras cosas, que
algunos ritos “fueran restablecidos de acuerdo con la primitiva norma de los
Santos Padres”,26 usando, a saber, las mismas palabras que san Pío V escribió
en la Constitución Apostólica “Quo primum”, con la cual fue promulgado, en
1570, el Misal Tridentino. Ciertamente, por esta misma conformidad de las
palabras, se puede señalar por qué razón ambos Misales romanos, aunque
entre ellos medie una distancia de cuatro siglos, recogen una misma e
idéntica tradición. Pero si se examinan los elementos internos de esta
tradición, se entiende cuán acertada y felizmente el primero es completado
por el segundo.
7. En los momentos difíciles, en los que ciertamente se ponía en crisis la fe
católica acerca de la naturaleza sacrificial de la Misa, acerca del sacerdocio
ministerial y de la presencia real y permanente de Cristo bajo las especies
eucarísticas, San Pío V se vio obligado ante todo a salvaguardar la tradición
más reciente, atacada sin verdadera razón y, por este motivo, sólo se
introdujeron cambios mínimos en el rito sagrado. Ciertamente, el Misal del año
1570 se diferencia apenas muy poco del primero de todos, Misal que apareció
impreso en 1474, el cual, a su vez, reproduce fielmente el Misal de la época
de Inocencio III. Se dio el caso, además, que los Códices de la Biblioteca
Vaticana sirvieron para corregir algunas expresiones, pero esta investigación
de “antiguos y probados autores” se redujo a los comentarios litúrgicos de la
Edad Media.
8. Hoy, en cambio, aquella “norma de los Santos Padres”, que seguían los
correctores del Misal de San Pío V, fue enriquecida con innumerables escritos
de eruditos. Al Sacramentario Gregoriano, editado por primera vez en 1571,
siguieron los antiguos sacramentarios romanos y ambrosianos, repetidas
veces editados con sentido crítico, así como los antiguos libros litúrgicos de
España y de las Galias, que han aportado muchísimas oraciones de gran
belleza espiritual, ignoradas anteriormente.
Hoy, tras el hallazgo de tantos documentos litúrgicos, se conocen mejor
las tradiciones de los primeros siglos, anteriores a la constitución de los Ritos
de Oriente y de Occidente.
Además, con el progreso de los estudios de los Santos Padres, la
teología del misterio eucarístico ha recibido nueva luz por la doctrina de los
más eminentes Padres de la antigüedad cristiana como San Ireneo, San
Ambrosio, San Cirilo de Jerusalén, San Juan Crisóstomo.
9. Por eso, la “norma de los Santos Padres” pide, no sólo que se conserven
aquellas cosas que nuestros inmediatos predecesores nos transmitieron, sino
que también se abarque y se estudie profundamente todo el pasado de la
Iglesia y todas las formas de expresión con las que la fe única se ha
manifestado en contextos humanos y culturales tan diferentes entre sí, como
pueden ser los correspondientes a las regiones semitas, griegas y latinas. Esta
perspectiva más amplia, nos permite ver cómo el Espíritu Santo suscita en el
pueblo de Dios una maravillosa fidelidad en la conservación inmutable del
depósito de la fe, aunque haya tanta variedad de ritos y oraciones.
26
Cfr. Ibíd. , núm. 50
XV
Acomodación al nuevo estado de cosas
10. El nuevo Misal, entonces, mientras testifica la ley de la oración de la
Iglesia romana y protege el depósito de la fe transmitido por los últimos
Concilios, supone a su vez, un paso importantísimo en la tradición litúrgica.
Pues cuando los Padres del Concilio Vaticano II reiteraron las
aseveraciones dogmáticas del Concilio Tridentino, hablaron en una época muy
distinta, y por esta razón pudieron aportar sugerencias y orientaciones
pastorales totalmente imprevisibles hace cuatro siglos.
11. El Concilio Tridentino ya había reconocido el gran valor catequético
contenido en la celebración de la Misa, pero no le fue posible deducir todas las
consecuencias prácticas. De hecho, muchos solicitaban que se permitiera el
uso de la lengua vernácula en la celebración del sacrificio eucarístico. Pero el
Concilio, teniendo en cuenta las circunstancias que se daban en aquellos
momentos, juzgó que era su deber inculcar nuevamente la doctrina tradicional
de la Iglesia, según la cual el sacrificio eucarístico es, ante todo, acción de
Cristo mismo, del cual, por tanto, no se ve afectada su eficacia propia por el
modo como de él participan los fieles. En consecuencia, se expresó con estas
palabras, a la vez firmes y moderadas: “Aunque la Misa contiene gran materia
de instrucción para el pueblo fiel, sin embargo, no pareció conveniente a los
Padres que, como norma general, se celebrara en lengua vernácula”. 27 Y
declaró que debía ser condenado quien juzgara que “debe reprobarse el rito
de la Iglesia romana por el que se pronuncia en voz baja la parte del Canon y
las palabras de la consagración, o que la Misa deba ser celebrada sólo en
lengua vulgar”28. Sin embargo, si por una parte prohibió el uso de la lengua
vernácula en la Misa, por otra parte, mandaba que los pastores de almas lo
suplieran con una conveniente catequesis: “para que las ovejas de Cristo no
padezcan hambre... el santo Sínodo manda a los pastores y a cuantos tienen
cura de almas que frecuentemente en la celebración de la Misa, por sí
mismos, o por medio de otros, expliquen algo de lo que se lee en la Misa, y
que, por lo demás, expliquen algún misterio de este santísimo sacrificio,
principalmente en los domingos y en los días festivos”. 29
12. Por eso, el Concilio Vaticano II, congregado para adaptar la Iglesia a las
necesidades de su oficio apostólico en estos tiempos, miró profundamente,
como lo hizo el Concilio de Trento, el carácter didascálico y pastoral de la
sagrada Liturgia.30 Y aunque ningún católico niega la legitimidad y eficacia del
sagrado rito celebrado en latín, también pudo conceder que: “En no pocas
ocasiones el empleo de la lengua y vernácula puede ser de gran utilidad para
el pueblo”, y autorizó su uso.31 El ardiente interés con que fue acogido en
todas partes este decreto hizo que, bajo la dirección de los Obispos y de la
misma Sede Apostólica, se permitiera el uso de la lengua vernácula en todas
las celebraciones con participación del pueblo, con lo cual se entiende más
plenamente el misterio que se celebra.
27
CONCILIO ECUMÉNICO TRIDENTINO, Sesión XXII, Doctrina sobre el Santísimo Sacrificio de la Misa,
capítulo 8: Denz-Schönm. 1749.
28
CONCILIO ECUMÉNICO TRIDENTINO, Sesión XXII, Doctrina sobre el Santísimo Sacrificio de la Misa,
capítulo 9: Denz-Schönm. 1759.
29
14. CONCILIO ECUMÉNICO TRIDENTINO, Sesión XXII, Doctrina sobre el Santísimo Sacrificio de la Misa,
capítulo 8: Denz-Schönm. 1749.
30
CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium,
núm. 33.
31
CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium,
núm. 36.
XVI
13. Sin embargo, aunque el uso de la lengua vernácula en la Sagrada
Liturgia es un instrumento de suma importancia para expresar más
abiertamente la catequesis del Misterio, contenida en la celebración, el
Concilio Vaticano II advirtió también que debían ponerse en práctica algunas
prescripciones del Tridentino no en todas partes acatadas, como la homilía los
domingos y los días festivos,32 y la posibilidad de intercalar moniciones dentro
de los mismos ritos sagrados.33
Con mayor interés aún, el Concilio Vaticano II al recomendar
especialmente que “la participación más perfecta es aquella por la cual los
fieles, después de la Comunión del sacerdote, reciben el Cuerpo del Señor,
consagrado en la misma Misa” 34 exhorta a llevar a la práctica otro deseo de
los Padres del Tridentino, a saber, que para participar más plenamente en la
Eucaristía, “no se contenten los fieles presentes con comulgar
espiritualmente, sino que reciban sacramentalmente la comunión
eucarística.”35
14. Movido por el mismo espíritu e interés pastoral, el Concilio Vaticano II
pudo examinar, con una nueva consideración, lo establecido por el Tridentino
acerca de la Comunión que se recibe bajo las dos especies. Puesto que hoy
nadie pone en duda los principios doctrinales del valor pleno de la Comunión
en la que se recibe la Eucaristía bajo la única especie del pan, permitió
algunas veces la Comunión bajo las dos especies, cuando, de hecho, por la
forma más clara del signo sacramental se ofrezca a los fieles una oportunidad
especial para captar más profundamente el misterio en el que participan. 36
15. De esta manera, la Iglesia, mientras permanece fiel a su misión de
maestra de la verdad, custodiando “lo antiguo”, es decir, el depósito de la
tradición, cumple también con su deber de examinar y emplear
prudentemente “lo nuevo” (cfr. Mt 13,52).
Así, de manera más abierta, una parte del nuevo Misal, ordena las
oraciones de la Iglesia a las necesidades de nuestro tiempo; tales son,
principalmente, las Misas rituales y por diversas necesidades, en las que
oportunamente se combinan lo tradicional y lo nuevo. Y así, mientras que
algunas expresiones provenientes de la más antigua tradición de la Iglesia
han permanecido intactas, como lo descubre el mismo Misal Romano, editado
tantas veces, otras muchas han sido acomodadas a las actuales necesidades
y circunstancias; otras, por el contrario, como las oraciones por la Iglesia, por
los laicos, por la santificación del trabajo humano, por la comunidad de las
naciones y por algunas necesidades propias de nuestro tiempo, han sido
elaboradas íntegramente, tomando los pensamientos y muchas veces hasta
las mismas expresiones de los recientes documentos conciliares.
Al usar textos de tan antiquísima tradición, valorando la nueva situación
del mundo actual, pareció que no se hacía agravio a tan venerable tesoro si se
cambiaban ciertas expresiones, con el fin de adaptarlas convenientemente al
lenguaje teológico de nuestro tiempo y para que respondieran de verdad a la
32
CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium,
núm. 52.
33
CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium,
núm. 35,3.
34
CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium,
núm. 55.
35
CONCILIO ECUMÉNICO TRIDENTINO, Sesión XXII, Doctrina sobre el Santísimo Sacrificio de la Misa,
capítulo 6: Denz-Schönm. 1747.
36
CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium,
núm. 55.
XVII
condición presente de la disciplina de la Iglesia. De aquí que algunas
expresiones relativas al juicio y al uso de los bienes terrenos, fueron
modificadas, y también algunas otras que se refieren a formas externas de
penitencia, propias de la Iglesia de otras épocas.
Es así, entonces, como las normas litúrgicas del Concilio de Trento han
sido razonablemente completadas y perfeccionadas en varias partes por las
normas del Vaticano II, que llevó a término los esfuerzos por acercar más a los
fieles a la Liturgia, esfuerzos realizados durante cuatro siglos, y especialmente
en los últimos tiempos, debido principalmente al interés que por la Liturgia
suscitaron San Pío X y sus sucesores.
XVIII
CAPÍTULO I
IMPORTANCIA Y DIGNIDAD DE LA CELEBRACIÓN
EUCARÍSTICA
16. La celebración de la Misa, como acción de Cristo y del pueblo de Dios
ordenado jerárquicamente, es el centro de toda la vida cristiana para la
Iglesia, tanto universal, como local, y para cada uno de los fieles. 37 Pues en
ella se tiene la cumbre, tanto de la acción por la cual Dios, en Cristo, santifica
al mundo, como la del culto que los hombres tributan al Padre, adorándolo por
medio de Cristo, Hijo de Dios, en el Espíritu Santo. 38 Además, en ella se
renuevan en el transcurso del año los misterios de la redención, para que en
cierto modo se nos hagan presentes.39 Las demás acciones sagradas y todas
las obras de la vida cristiana están vinculadas con ella, de ella fluyen y a ella
se ordenan.40
17. Por esto, es de suma importancia que la celebración de la Misa, o Cena del
Señor, se ordene de tal modo que los ministros y los fieles, que participan en
ella según su condición, obtengan de ella con más plenitud los frutos, 41 para
conseguir los cuales Cristo nuestro Señor instituyó el sacrificio eucarístico de
su Cuerpo y de su Sangre como memorial de su pasión y resurrección y lo
confió a la Iglesia, su amada Esposa.42
18. Esto se podrá conseguir apropiadamente si, atendiendo a la naturaleza y a
las circunstancias de cada asamblea litúrgica, toda la celebración se dispone
de modo que lleve a la consciente, activa y plena participación de los fieles, es
decir, de cuerpo y alma, ferviente en la fe, la esperanza y la caridad, que es la
que la Iglesia desea ardientemente, la que exige la misma naturaleza de la
celebración, y a la que el pueblo cristiano tiene el derecho y que constituye su
deber, en virtud del Bautismo.43
19. Aunque en algunas ocasiones no se puede tener la presencia y la
participación activa de los fieles, las cuales manifiestan más claramente la
naturaleza eclesial de la acción sagrada, 44 la celebración eucarística siempre
está dotada de su eficacia y dignidad, ya que es un acto de Cristo y de la
Iglesia, en el cual el sacerdote lleva a cabo su principal ministerio y obra
siempre por la salvación del pueblo.
37
Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 41; Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium, núm.11; Decreto
sobre el ministerio y la vida de los Presbíteros, Presbyterorum ordinis, núms. 2. 5. 6; Decreto
sobre el oficio pastoral de los Obispos, Christus Dominus, núm. 30; Decreto sobre el Ecumenismo,
Unitatis redintegratio, núm. 15; Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum
mysterium, día 25 de mayo de 1967, núms. 3 e. 6: A.A.S. 59 (1967) págs. 542. 544-545.
38
Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 10.
39
Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 102.
40
Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 10; Decreto sobre el ministerio y la vida de los Presbíteros, Presbyterorum
ordinis, núm. 5.
41
Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núms. 14. 19. 26. 28. 30.
42
Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 47.
43
Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 14.
44
Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 41.
XIX
A él, pues, se le recomienda que, en cuanto pueda, celebre
cotidianamente el sacrificio eucarístico.45
20. Puesto que la celebración de la Eucaristía, como toda la Liturgia, se
realiza por medio de signos sensibles, por los cuales se alimenta, se robustece
y se expresa la fe,46 procúrese al máximo seleccionar y ordenar aquellas
formas y elementos propuestos por la Iglesia que, teniendo en cuenta las
circunstancias de personas y lugares, favorezcan mejor la participación activa
y plena, y respondan más idóneamente al aprovechamiento espiritual de los
fieles.
21. Así, pues, esta Instrucción se propone dar, tanto los lineamientos
generales con los cuales se ordene idóneamente la celebración de la
Eucaristía, como exponer las normas para la disposición de cada forma de
celebración.47
22. Es de suma importancia la celebración de la Eucaristía en la Iglesia
particular.
Efectivamente, el Obispo diocesano es el primer dispensador de los
misterios de Dios en la Iglesia particular a él encomendada, es el moderador,
el promotor y el custodio de la vida litúrgica. 48 En las celebraciones que se
realizan, presididas por él, pero principalmente en la celebración eucarística
celebrada por él mismo y con la participación del presbiterio, de los diáconos
y del pueblo, se manifiesta el misterio de la Iglesia. Por esto mismo, la
celebración de las Misas solemnes debe ser ejemplo para toda la diócesis.
Y así, él debe empeñarse en que los presbíteros, los diáconos y los fieles
laicos comprendan siempre más profundamente el genuino sentido de los
ritos y de los textos litúrgicos y, de esta manera, alcancen una activa y
fructuosa celebración de la Eucaristía. Para el mismo fin vigile celosamente
que sea cada vez mayor la dignidad de dichas celebraciones, para lo cual
servirá muchísimo que promueva la belleza del lugar sagrado, de la música y
del arte.
23. Además, para que la celebración responda más plenamente a las
prescripciones y al espíritu de la Sagrada Liturgia y para que crezca su
eficacia pastoral, en esta Instrucción General y en el Ordinario de la Misa, se
proponen algunas acomodaciones y adaptaciones.
24. Estas adaptaciones, que consisten solamente en la elección de algunos
ritos o textos, es decir, de cantos, lecturas, oraciones, moniciones y gestos,
para que respondan mejor a las necesidades, a la preparación y a la índole de
los participantes, se encomiendan a cada sacerdote celebrante. Sin embargo,
45
Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Decreto sobre el ministerio y la vida de los Presbíteros,
Presbyterorum ordinis, núm. 13. Código de Derecho Canónico, canon 904.
46
Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 59.
47
Obsérvese lo que está estatuido acerca de las celebraciones especiales: cfr. para las Misas en
grupos particulares: Sagrada Congregación para el Culto Divino, Instrucción Actio pastoralis, día
15 de mayo de 1969: A.A.S. 61 (1969) págs.806-811; para las Misas con niños: Directorio de Misas
con niños, día 1 de noviembre de 1973: A.A.S. 66 (1974) págs. 30-46; sobre la manera de unir las
Horas del Oficio con la Misa: Instrucción general de Liturgia Horarum, núms. 93-98; sobre la
manera de unir algunas bendiciones y la coronación de una imagen de la bienaventurada Virgen
María con la Misa: Ritual Romano: Bendicional, Praenotanda núm.28; Ritual de coronación de una
imagen de la bienaventurada Virgen María, núms. 10 y 14.
48
Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Decreto sobre el oficio pastoral de los Obispos, Christus
Dominus, núm. 15; Cfr. también Concilio Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia,
Sacrosanctum Concilium, núm. 41
XX
recuerde el sacerdote que él es servidor de la Sagrada Liturgia y que a él no le
está permitido agregar, quitar o cambiar algo por su propia iniciativa 49 en la
celebración de la Misa.
25. Además, en el Misal, en su sitio, se indican algunas adaptaciones que,
según la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, corresponden o al Obispo
diocesano o a la Conferencia de los Obispos 50 (cfr. más adelante núms. 387;
388-393).
26. Sin embargo, por cuanto se refiera a cambios y a adaptaciones más
profundas que tengan que ver con tradiciones y con la índole de pueblos y
regiones que, según el espíritu del artículo 40 de la Constitución sobre la
Sagrada Liturgia, deban introducirse por utilidad o por necesidad, obsérvese lo
que se expone en la Instrucción “La Liturgia Romana y la inculturación” 51 y
más adelante (núms. 395-399).
49
Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 22.
50
Cfr. también el CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia,
Sacrosanctum Concilium, núms. 38. 40; PABLO VI Constitución Apostólica Missale Romanum, págs.
XXX.
51
CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS , Instrucción Varietates
legitimae, día 25 de enero de 1994: A.A.S. 87 (1995) págs. 288-314
XXI
CAPÍTULO II
ACERCA DE LA ESTRUCTURA DE LA MISA,
SUS ELEMENTOS Y SUS PARTES
I. LA ESTRUCTURA GENERAL DE LA MISA
27. En la Misa, o Cena del Señor, el pueblo de Dios es convocado y reunido,
bajo la presidencia del sacerdote, quien obra en la persona de Cristo (in
persona Christi) para celebrar el memorial del Señor o sacrificio eucarístico. 52
De manera que para esta reunión local de la santa Iglesia vale
eminentemente la promesa de Cristo: “Donde dos o tres están reunidos en mi
nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18, 20). Pues en la ceLebración
de la Misa, en la cual se perpetúa el sacrificio de la cruz, 53 Cristo está
realmente presente en la misma asamblea congregada en su nombre, en la
persona del ministro, en su palabra y, más aún, de manera sustancial y
permanente en las especies eucarísticas.54
28. La Misa consta, en cierto modo, de dos partes, a saber, la Liturgia de la
Palabra y la Liturgia Eucarística, las cuales están tan estrechamente unidas
entre sí, que constituyen un solo acto de culto. 55 En efecto, en la Misa se
prepara la mesa, tanto de la Palabra de Dios, como del Cuerpo de Cristo, de la
cual los fieles son instruidos y alimentados. 56 Consta ADEMÁS de algunos ritos
que inician y concluyen la celebración.
II. DIVERSOS ELEMENTOS DE LA MISA
La lectura de la Palabra de Dios y su explicación
29. Cuando se leen las sagradas Escrituras en la Iglesia, Dios mismo habla a
su pueblo, y Cristo, presente en su palabra, anuncia el Evangelio.
Por eso las lecturas de la Palabra de Dios, que proporcionan a la Liturgia
un elemento de máxima importancia, deben ser escuchadas por todos con
veneración. Aunque la palabra divina en las lecturas de la sagrada Escritura se
dirija a todos los hombres de todos los tiempos y sea inteligible para ellos, sin
embargo, su más plena inteligencia y eficacia se favorece con una explicación
viva, es decir, con la homilía, que viene así a ser parte de la acción litúrgica. 57
52
Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Decreto sobre el ministerio y la vida de los Presbíteros,
Presbyterorum ordinis, núm. 5; Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium,
núm. 33.
53
Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO TRIDENTINO, Sesión XXII, Doctrina sobre el Santísimo Sacrificio de la Misa,
capítulo 1: Denz-Schönm 1740; cfr. PABLO VI, Solemne profesión de fe, día 30 de junio de 1968,
núm. 24: A.A.S. 60 (1968) pág. 442.
54
Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 7; PABLO VI, Carta Encíclica Mysterium Fidei, día 3 de septiembre de 1965: A.A.S.
57 (1965) pág. 764; Sagrada Congregación de ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, día 25
de mayo de 1967, núm.9: A.A.S. 59 (1967) pág 547.
55
Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 56. Sagrada Congregación de ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, día 25
de mayo de 1967, n 3: A.A.S. 59 (1967) pág 542.
56
Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núms. 48. 51; Constitución dogmática sobre la divina Revelación, Dei Verbum, núm.
21; Decreto sobre el ministerio y la vida de los Presbíteros, Presbyterorum ordinis, núm. 4.
57
Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 7; 33; 52.
XXII
Las oraciones y otras partes que corresponden al sacerdote
30. Entre las cosas que se asignan al sacerdote, ocupa el primer lugar la
Plegaria Eucarística, que es la cumbre de toda la celebración. Vienen en
seguida las oraciones, es decir, la colecta, la oración sobre las ofrendas y la
oración después de la Comunión. El sacerdote que preside la asamblea en
representación de Cristo, dirige estas oraciones a Dios en nombre de todo el
pueblo santo y de todos los circunstantes.58 Con razón, pues, se denominan
«oraciones presidenciales».
31. También corresponde al sacerdote que ejerce el ministerio de presidente
de la asamblea congregada, hacer algunas moniciones previstas en el mismo
rito. Donde las rúbricas lo determinan, está permitido al celebrante adaptarlas
hasta cierto grado para que respondan a la capacidad de los participantes;
procure, sin embargo, el sacerdote conservar siempre el sentido de las
moniciones que se proponen en el Misal y expresarlo en pocas palabras Al
sacerdote que preside le compete también moderar la Palabra de Dios y dar la
bendición final. A él, además, le está permitido introducir a los fieles, con
brevísimas palabras, a la Misa del día, después del saludo inicial y antes del
rito penitencial; a la Liturgia de la Palabra, antes de las lecturas; a la Plegaria
Eucarística, antes del Prefacio, pero nunca dentro de la misma Plegaria; e
igualmente, dar por concluida toda la acción sagrada, antes de la despedida.
32. La naturaleza de las partes “presidenciales” exige que se pronuncien
con voz clara y alta, y que todos las escuchen con atención. 59 Por
consiguiente, mientras el sacerdote las dice, no se tengan cantos ni oraciones
y callen el órgano y otros instrumentos musicales.
33. Y en efecto, como presidente, el sacerdote pronuncia las oraciones en
nombre de la Iglesia y de la comunidad congregada, mientras que algunas
veces lo hace solamente en su nombre, para poder cumplir su ministerio con
mayor atención y piedad. De tal manera que las oraciones que se proponen
antes de la lectura del Evangelio, en la preparación de los dones, así como
antes y después de la Comunión, se dicen en secreto
Otras fórmulas que ocurren en la celebración
34. Ya que por su naturaleza la celebración de la Misa tiene carácter
“comunitario”60, los diálogos entre el celebrante y los fieles congregados, así
como las aclamaciones, tienen una gran importancia 61, puesto que no son sólo
señales exteriores de una celebración común, sino que fomentan y realizan la
comunión entre el sacerdote y el pueblo.
35. Las aclamaciones y las respuestas de los fieles a los saludos del
sacerdote y a las oraciones constituyen el grado de participación activa que
deben observar los fieles congregados en cualquier forma de Misa, para que
se exprese claramente y se promueva como acción de toda la comunidad. 62
58
Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 33.
59
Cfr. SAGRADA CONGREGACIÓN DE RITOS, Instrucción Musicam sacram, día 5 de marzo de 1967, núm.
14: A.A.S. 59 (1967) pág. 304.
60
Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núms. 26-27; Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium,
día 25 de mayo de 1967, núm. 3 d: A.A.S 59 (1967) pág. 542.
61
Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núms. 30.
62
Cfr. SAGRADA CONGREGACIÓN DE RITOS, Instrucción Musicam sacram, día 5 de marzo de 1967, núm.
16 a: A.A.S. 59 (1967) pág. 305.
XXIII
36. Otras partes muy útiles para manifestar y favorecer la participación
activa de los fieles, y que se encomiendan a toda la asamblea convocada, son
principalmente el acto penitencial, la profesión de fe, la oración universal y la
Oración del Señor.
37. Finalmente, de las otras fórmulas:
a) Algunas poseen por sí mismas el valor de rito o de acto, como el
himno del Gloria, el salmo responsorial, el Aleluya, el verso antes del
Evangelio, el Santo, la aclamación de la anámnesis, el canto después de la
Comunión.
b) Otras, en cambio, como los cantos de entrada, al ofertorio, de la
fracción (Cordero de Dios) y de la Comunión, simplemente acompañan algún
rito.
Las maneras de pronunciar los diversos textos
38. En los textos que han de pronunciarse en voz alta y clara, sea por el
sacerdote o por el diácono, o por el lector, o por todos, la voz debe responder
a la índole del respectivo texto, según éste sea una lectura, oración, monición,
aclamación o canto; como también a la forma de la celebración y de la
solemnidad de la asamblea. Además, téngase en cuenta la índole de las
diversas lenguas y la naturaleza de los pueblos.
En las rúbricas y en las normas que siguen, los verbos “decir” o
“pronunciar”, deben entenderse, entonces, sea del canto, sea de la lectura en
voz alta, observándose los principios arriba expuestos.
Importancia del canto
39. Amonesta el Apóstol a los fieles que se reúnen esperando unidos la
venida de su Señor, que canten todos juntos salmos, himnos y cánticos
inspirados (cfr. Col 3,16). Pues el canto es signo de la exultación del corazón
(cfr. Hch 2, 46). De ahí que San Agustín dice con razón: “Cantar es propio del
que ama”,63 mientras que ya de tiempos muy antiguos viene el proverbio:
“Quien canta bien, ora dos veces”.
40. Téngase, por consiguiente, en gran estima el uso del canto en la
celebración de la Misa, atendiendo a la índole de cada pueblo y a las
posibilidades de cada asamblea litúrgica. Aunque no sea siempre necesario,
como por ejemplo en las Misas fériales, cantar todos los textos que de por sí
se destinan a ser cantados, hay que cuidar absolutamente que no falte el
canto de los ministros y del pueblo en las celebraciones que se llevan a cabo
los domingos y fiestas de precepto.
Sin embargo, al determinar las partes que en efecto se van a cantar,
prefiéranse aquellas que son más importantes, y en especial, aquellas en las
cuales el pueblo responde al canto del sacerdote, del diácono o del lector, y
aquellas en las que el sacerdote y el pueblo cantan al unísono. 64
41. En igualdad de circunstancias, dése el primer lugar al canto gregoriano,
ya que es propio de la Liturgia romana. De ninguna manera se excluyan otros
géneros de música sacra, especialmente la polifonía, con tal que sean
63
SAN AGUSTÍN DE HIPONA, Sermón 336, 1: PL 38, 1472.
64
SAGRADA CONGREGACIÓN DE RITOS, Instrucción Musicam sacram, día 5 de marzo de 1967, núms. 7.
16: A.A.S. 59 (1967) págs. 302, 305.
XXIV
conformes con el espíritu de la acción litúrgica y favorezcan la participación
de todos los fieles.65
Como cada día es más frecuente que se reúnan fieles de diversas
naciones, conviene que esos mismos fieles sepan cantar juntos en lengua
latina, por lo menos algunas partes del Ordinario de la Misa, especialmente el
símbolo de la fe y la Oración del Señor, usando las melodías más fáciles. 66
Gestos y posturas corporales
42. Los gestos y posturas corporales, tanto del sacerdote, del diácono y de
los ministros, como del pueblo, deben tender a que toda la celebración
resplandezca por el noble decoro y por la sencillez, a que se comprenda el
significado verdadero y pleno de cada una se sus diversas partes y a que se
favorezca la participación de todos. 67 Así, pues, se tendrá que prestar atención
a aquellas cosas que se establecen por esta Instrucción general y por la praxis
tradicional del Rito romano, y a aquellas que contribuyan al bien común
espiritual del pueblo de Dios, más que al deseo o a las inclinaciones privadas.
La uniformidad de las posturas, que debe ser observada por todos
participantes, es signo de la unidad de los miembros de la comunidad
cristiana congregados para la sagrada Liturgia: expresa y promueve, en
efecto, la intención y los sentimientos de los participantes.
43. Los fieles están de pie desde el principio del canto de entrada, o bien,
desde cuando el sacerdote se dirige al altar, hasta la colecta inclusive; al
canto del Aleluya antes del Evangelio; durante la proclamación del Evangelio;
mientras se hacen la profesión de fe y la oración universal; además desde la
invitación Oren, hermanos, antes de la oración sobre las ofrendas, hasta el
final de la Misa, excepto lo que se dice más abajo.
En cambio, estarán sentados mientras se proclaman las lecturas antes
del Evangelio y el salmo responsorial; durante la homilía y mientras se hace la
preparación de los dones para el ofertorio; también, según las circunstancias,
mientras se guarda el sagrado silencio después de la Comunión.
Por otra parte, estarán de rodillas, a no ser por causa de salud, por la
estrechez del lugar, por el gran número de asistentes o que otras causas
razonables lo impidan, durante la consagración. Pero los que no se arrodillen
para la consagración, que hagan inclinación profunda mientras el sacerdote
hace la genuflexión después de la consagración.
Sin embargo, pertenece a la Conferencia Episcopal adaptar los gestos y
las posturas descritos en el Ordinario de la Misa a la índole y a las tradiciones
razonables de los pueblos, según la norma del derecho. 68 Pero préstese
atención a que respondan al sentido y la índole de cada una de las partes de
la celebración. Donde existe la costumbre de que el pueblo permanezca de
rodillas desde cuando termina la aclamación del “Santo” hasta el final de la
65
Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 116; cfr. también allí mismo, núm. 30
66
Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 54; SAGRADA CONGREGACIÓN DE RITOS, Instrucción Inter Oecumenici, día 26 de
septiembre de 1964, núm. 59: A.A.S. 56 (1964) pág. 891; Instrucción Musicam sacram, día 5 de
marzo de 1967, núm. 47: A.A.S. 59 (1967) pág. 314.
67
Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núms. 30. 34; cfr. también allí el núm. 21.
68
Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 40; CONGREGACIÓN PARA EL CULTO DIVINO Y LA DISCIPLINA DE LOS SACRAMENTOS ,
Instrucción Varietates legitimae, día 25 de enero de 1994,núm. 41: A.A.S. 87 (1995) pág. 304.
XXV
Plegaria Eucarística y antes de la Comunión cuando el sacerdote dice “Éste es
el Cordero de Dios”, es laudable que se conserve.
Para conseguir esta uniformidad en los gestos y en las posturas en una
misma celebración, obedezcan los fieles a las moniciones que hagan el
diácono o el ministro laico, o el sacerdote, de acuerdo con lo que se establece
en el Misal.
44. Entre los gestos se cuentan también las acciones y las procesiones, con
las que el sacerdote con el diácono y los ministros se acercan al altar; cuando
el diácono, antes de la proclamación del Evangelio, lleva al ambón el
Evangeliario o libro de los Evangelios; cuando los fieles llevan los dones y
cuando se acercan a la Comunión. Conviene que tales acciones y procesiones
se cumplan decorosamente, mientras se cantan los correspondientes cantos,
según las normas establecidas para cada caso.
El silencio
45. Debe guardarse también, en el momento en que corresponde, como
parte de la celebración, un sagrado silencio. 69 Sin embargo, su naturaleza
depende del momento en que se observa en cada celebración. Pues en el acto
penitencial y después de la invitación a orar, cada uno se recoge en sí mismo;
pero terminada la lectura o la homilía, todos meditan brevemente lo que
escucharon; y después de la Comunión, alaban a Dios en su corazón y oran.
Ya desde antes de la celebración misma, es laudable que se guarde
silencio en la iglesia, en la sacristía, en el “secretarium” y en los lugares más
cercanos para que todos se dispongan devota y debidamente para la acción
sagrada.
III. CADA UNA DE LAS PARTES DE LA MISA
A) RITOS INICIALES
46. Los ritos que preceden a la Liturgia de la Palabra, es decir, la entrada, el
saludo, el acto penitencial, el Señor, ten piedad, el Gloria. y la colecta, tienen
el carácter de exordio, de introducción y de preparación.
La finalidad de ellos es hacer que los fieles reunidos en la unidad
construyan la comunión y se dispongan debidamente a escuchar la Palabra de
Dios y a celebrar dignamente la Eucaristía.
En algunas celebraciones, que se unen con la Misa, según la norma de
los libros litúrgicos, se omiten los ritos iniciales o se realizan de modo
especial.
Entrada
47. Estando el pueblo reunido, cuando avanza el sacerdote con el diácono y
con los ministros, se da comienzo al canto de entrada. La finalidad de este
canto es abrir la celebración, promover la unión de quienes se están
congregados e introducir su espíritu en el misterio del tiempo litúrgico o de la
festividad, así como acompañar la procesión del sacerdote y los ministros.
69
Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 30; SAGRADA CONGREGACIÓN DE RITOS, Instrucción Musicam sacram, día 5 de marzo
de 1967, núm. 17: A.A.S. 59 (1967) pág. 305
XXVI
48. Se canta, o alternándolo entre los cantores y el pueblo o, de igual
manera, entre un cantor y el pueblo, o todo por el pueblo, o todo por los
cantores. Se puede emplear, o bien la antífona con su salmo como se
encuentra en el Graduale Romanum o en el Graduale simplex, o bien otro
canto que convenga con la índole de la acción sagrada, del día o del tiempo
litúrgico,70 cuyo texto haya sido aprobado por la Conferencia de los Obispos.
Si no hay canto de entrada, los fieles o algunos de ellos o un lector,
leerán la antífona propuesta en el Misal, o si no el mismo sacerdote, quien
también puede adaptarla a manera de monición inicial (cfr. n. 31).
Saludo al altar y al pueblo congregado
49. Cuando llegan al presbiterio, el sacerdote, el diácono y los ministros
saludan al altar con una inclinación profunda.
Sin embargo, como signo de veneración, el sacerdote y el diácono besan
el altar; y el sacerdote, según las circunstancias, inciensa la cruz y el altar.
50. Concluido el canto de entrada, el sacerdote de pie, en la sede, se signa
juntamente con toda la asamblea con la señal de la cruz; después, por medio
del saludo, expresa a la comunidad reunida la presencia del Señor. Con este
saludo y con la respuesta del pueblo se manifiesta el misterio de la Iglesia
congregada.
Terminado el saludo del pueblo, el sacerdote, o el diácono o un ministro
laico, puede introducir a los fieles en la Misa del día con brevísimas palabras.
Acto penitencial
51. Después el sacerdote invita al acto penitencial que, tras una breve
pausa de silencio, se lleva a cabo por medio de la fórmula de la confesión
general de toda la comunidad, y se concluye con la absolución del sacerdote
que, no obstante, carece de la eficacia del sacramento de la Penitencia.
El domingo, especialmente en el tiempo pascual, a veces puede hacerse
la bendición y aspersión del agua en memoria del Bautismo, en vez del
acostumbrado acto penitencial.71
Señor, ten piedad
52. Después del acto penitencial, se tiene siempre el Señor, ten piedad, a no
ser que quizás haya tenido lugar ya en el mismo acto penitencial. Por ser un
canto con el que los fieles aclaman al Señor e imploran su misericordia, deben
hacerlo ordinariamente todos, es decir, que tanto el pueblo como el coro o el
cantor, toman parte en él.
Cada aclamación de ordinario se repite dos veces, pero no se excluyen
más veces, teniendo en cuenta la índole de las diversas lenguas y también el
arte musical o las circunstancias. Cuando el Señor, ten piedad se canta como
parte del acto penitencial, se le antepone un “tropo” a cada una de las
aclamaciones.
Gloria a Dios en el cielo
70
Cfr. JUAN PABLO II, Carta Apostólica Dies Domini, 31 de mayo de 1998, núm. 50: A.A.S. 90 (1998)
pág. 745
71
Cfr. más adelante, págs. XXX
XXVII
53. El Gloria es un himno antiquísimo y venerable con el que la Iglesia,
congregada en el Espíritu Santo, glorifica a Dios Padre y glorifica y le suplica al
Cordero. El texto de este himno no puede cambiarse por otro. Lo inicia el
sacerdote o, según las circunstancias, el cantor o el coro, y en cambio, es
cantado simultáneamente por todos, o por el pueblo alternando con los
cantores, o por los mismos cantores. Si no se canta, lo dirán en voz alta todos
simultáneamente, o en dos coros que se responden el uno al otro.
Se canta o se dice en voz alta los domingos fuera de los tiempos de
Adviento y de Cuaresma, en las solemnidades y en las fiestas, y en algunas
celebraciones peculiares más solemnes.
Colecta
54. En seguida, el sacerdote invita al pueblo a orar, y todos, juntamente con
el sacerdote, guardan un momento de silencio para hacerse conscientes de
que están en la presencia de Dios y puedan formular en su espíritu sus
deseos. Entonces el sacerdote dice la oración que suele llamarse “colecta” y
por la cual se expresa el carácter de la celebración. Por una antigua tradición
de la Iglesia, la oración colecta ordinariamente se dirige a Dios Padre, por
Cristo en el Espíritu Santo72 y termina con la conclusión trinitaria, es decir,
con la más larga, de este modo:
Si se dirige al Padre: Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y
reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los
siglos.
Si se dirige al Padre, pero al final se menciona al Hijo: (Él) que vive y
reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los
siglos.
Si se dirige al Hijo: Tú que vives y reinas con el Padre en la unidad del
Espíritu Santo y eres Dios por los siglos de los siglos.
El pueblo uniéndose a la súplica, con la aclamación Amén la hace suya la
oración.
En la Misa se siempre se dice una sola colecta.
B) LITURGIA DE LA PALABRA
55. La parte principal de la Liturgia de la Palabra la constituyen las lecturas
tomadas de la Sagrada Escritura, junto con los cánticos que se intercalan
entre ellas; y la homilía, la profesión de fe y la oración universal u oración de
los fieles, la desarrollan y la concluyen. Pues en las lecturas, que la homilía
explica, Dios habla a su pueblo,73 le desvela los misterios de la redención y de
la salvación, y le ofrece alimento espiritual; en fin, Cristo mismo, por su
palabra, se hace presente en medio de los fieles.74 El pueblo hace suya esta
palabra divina por el silencio y por los cantos; se adhiere a ella por la
profesión de fe; y nutrido por ella, expresa sus súplicas con la oración
universal por las necesidades de toda la Iglesia y por la salvación de todo el
mundo.
72
Cfr. TERTULIANO, Adversus Marcionem, IV, 9: CCSL 1, pág. 560; ORÍGENES, Disputatio cum
Heracleida, núm. 4, 24: SCh 67, pág. 62; Statuta Concilii Hipponensis Breviata, 21: CCSL 149, pág.
39
73
Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 33.
74
Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 7.
XXVIII
Silencio
56. La Liturgia de la Palabra se debe celebrar de tal manera que favorezca la
meditación; por eso hay que evitar en todo caso cualquier forma de
apresuramiento que impida el recogimiento. Además conviene que durante la
misma haya breves momentos de silencio, acomodados a la asamblea
reunida, gracias a los cuales, con la ayuda del Espíritu Santo, se saboree la
Palabra de Dios en los corazones y, por la oración, se prepare la respuesta.
Dichos momentos de silencio pueden observarse oportunamente, por ejemplo,
antes de que se inicie la misma Liturgia de la Palabra, después de la primera
lectura, de la segunda y, finalmente, una vez terminada la homilía. 75
Lecturas bíblicas
57. Por las lecturas se prepara para los fieles la mesa de la Palabra de Dios y
abren para ellos los tesoros de la Biblia. 76 Conviene, por lo tanto, que se
conserve la disposición de las lecturas, que aclara la unidad de los dos
Testamentos y de la historia de la salvación; y no es lícito que las lecturas y el
salmo responsorial, que contienen la Palabra de Dios, sean cambiados por
otros textos no bíblicos.77
58. En la celebración de la Misa con el pueblo, las lecturas se proclamarán
siempre desde el ambón.
59. Según la tradición, el servicio de proclamar las lecturas no es
presidencial, sino ministerial. Por consiguiente, que las lecturas sean
proclamadas por un lector; en cambio, que el diácono, o estando éste
ausente, otro sacerdote, anuncie el Evangelio. Sin embargo, si no está
presente un diácono u otro sacerdote, corresponde al mismo sacerdote
celebrante leer el Evangelio; y si no se encuentra presente otro lector idóneo,
el sacerdote celebrante proclamará también las lecturas.
Después de cada lectura, el lector propone una aclamación, con cuya
respuesta el pueblo congregado tributa honor a la Palabra de Dios recibida
con fe y con ánimo agradecido.
60. La lectura del Evangelio constituye la cumbre de la Liturgia de la
Palabra. La Liturgia misma enseña que debe tributársele suma veneración,
cuando la distingue entre las otras lecturas con especial honor, sea por parte
del ministro delegado para anunciarlo y por la bendición o la oración con que
se prepara; sea por parte de los fieles, que con sus aclamaciones reconocen y
profesan la presencia de Cristo que les habla, y escuchan de pie la lectura
misma; sea por los mismos signos de veneración que se tributan al
Evangeliario.
Salmo responsorial
61. Después de la primera lectura, sigue el salmo responsorial, que es parte
integral de la Liturgia de la Palabra y en sí mismo tiene gran importancia
litúrgica y pastoral, ya que favorece la meditación de la Palabra de Dios.
75
Cfr. Misal Romano, Ordo lectionum Missae, segunda edición típica, núm. 28.
76
Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 51.
77
Cfr. Juan Pablo II, Carta Apostólica Vicesimus quintus annus, día 4 de diciembre de 1988, núm.
13: A.A.S. 81 (1989) pág. 910.
XXIX
El salmo responsorial debe corresponder a cada una de las lecturas y se
toma habitualmente del leccionario.
Conviene que el salmo responsorial sea cantado, al menos la respuesta
que pertenece al pueblo. Así pues, el salmista o el cantor del salmo, desde el
ambón o en otro sitio apropiado, proclama las estrofas del salmo, mientras
que toda la asamblea permanece sentada, escucha y, más aún, de ordinario
participa por medio de la respuesta, a menos que el salmo se proclame de
modo directo, es decir, sin respuesta. Pero, para que el pueblo pueda unirse
con mayor facilidad a la respuesta salmódica, se escogieron unos textos de
respuesta y unos de los salmos, según los distintos tiempos del año o las
diversas categorías de Santos, que pueden emplearse en vez del texto
correspondiente a la lectura, siempre que el salmo sea cantado. Si el salmo no
puede cantarse, se proclama de la manera más apta para facilitar la
meditación de la Palabra de Dios.
En vez del salmo asignado en el leccionario, puede también cantarse el
responsorio gradual tomado del Gradual Romano, o el salmo responsorial o
aleluyático tomado del Gradual Simple, tal como se presentan en esos libros.
Aclamación antes de la lectura del Evangelio
62. Después de la lectura, que precede inmediatamente al Evangelio, se
canta el Aleluya u otro canto determinado por las rúbricas, según lo pida el
tiempo litúrgico. Esta aclamación constituye por sí misma un rito, o bien un
acto, por el que la asamblea de los fieles acoge y saluda al Señor, quien le
hablará en el Evangelio, y en la cual profesa su fe con el canto. Se canta
estando todos de pie, iniciándolo los cantores o el cantor, y si fuere necesario,
se repite, pero el versículo es cantado por los cantores o por un cantor.
a) El Aleluya se canta en todo tiempo, excepto durante la Cuaresma. Los
versículos se toman del leccionario o del Gradual.
b) En tiempo de Cuaresma, en vez del Aleluya, se canta el versículo
antes del Evangelio que aparece en el leccionario. También puede cantarse
otro salmo u otra selección (tracto), según se encuentra en el Gradual.
63. Cuando hay solo una lectura antes del Evangelio:
a) En el tiempo en que debe decirse Aleluya, puede tomarse o el salmo
aleluyático o el salmo y el Aleluya con su versículo.
b) En el tiempo en que no debe decirse Aleluya, puede tomarse o el
salmo y el versículo antes del Evangelio, o solamente el salmo..
c) El Aleluya o el versículo antes del Evangelio, si no se canta, puede
omitirse.
64. La Secuencia, que sólo es obligatoria los días de Pascua y de
Pentecostés, se canta antes del Aleluya.
Homilía
XXX
65. La homilía es parte de la Liturgia y es muy recomendada, 78 pues es
necesaria para alimentar la vida cristiana. Conviene que sea una explicación o
de algún aspecto de las lecturas de la Sagrada Escritura, o de otro texto del
Ordinario, o del Propio de la Misa del día, teniendo en cuenta, sea el misterio
que se celebra, sean las necesidades particulares de los oyentes. 79
66. La homilía la hará de ordinario el mismo sacerdote celebrante, o éste se
la encomendará a un sacerdote concelebrante, o alguna vez, según las
circunstancias, también a un diácono, pero nunca a un laico. 80 En casos
especiales, y por justa causa, la homilía puede hacerla también el Obispo o el
presbítero que esté presente en la celebración sin que pueda concelebrar.
Los domingos y las fiestas del precepto debe tenerse la homilía en todas
las Misas que se celebran con asistencia del pueblo y no puede omitirse sin
causa grave, por otra parte, se recomienda tenerla todos días especialmente
en las ferias de Adviento, Cuaresma y durante el tiempo pascual, así como
también en otras fiestas y ocasiones en que el pueblo acude numeroso a la
Iglesia.81
Es conveniente que se guarde un breve espacio de silencio después de
la homilía.
Profesión de fe
67. El Símbolo o Profesión de Fe, se orienta a que todo el pueblo reunido
responda a la Palabra de Dios anunciada en las lecturas de la Sagrada
Escritura y explicada por la homilía. Y para que sea proclamado como regla de
fe, mediante una fórmula aprobada para el uso litúrgico, que recuerde,
confiese y manifieste los grandes misterios de la fe, antes de comenzar su
celebración en la Eucaristía.
68. El Símbolo debe ser cantado o recitado por el sacerdote con el pueblo
los domingos y en las solemnidades; puede también decirse en celebraciones
especiales más solemnes.
Si se canta, lo inicia el sacerdote, o según las circunstancias, el cantor o
los cantores, pero será cantado o por todos juntamente, o por el pueblo
alternando con los cantores.
Si no se canta, será recitado por todos en conjunto o en dos coros que se
alternan.
Oración universal
78
Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 52; cfr. Código de Derecho Canónico, canon 767, 1.
79
Cfr. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Inter Oecumenici, día 26 de septiembre de
1964, núm. 54: A.A.S. 56 (1964) pág. 890.
80
Código de Derecho Canónico, canon 767, 1; Pontificia Comisión para la auténtica interpretación
del Código de Derecho Canónico, respuesta a la duda acerca del canon 767,1: A.A.S 79 (1987)
pág. 1249; Instrucción interdiscasterial sobre algunas cuestiones acerca de la cooperación de los
fieles laicos en el ministerio de los sacerdotes, Ecclesiae de mysterio, día 15 de agosto de 1997,
artículo 3: A.A.S. 89 (1997) pág. 864.
81
Cfr. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Inter Oecumenici, día 26 de septiembre de
1964, núm. 53: A.A.S. 56 (1964) pág. 890.
XXXI
69. En la oración universal, u oración de los fieles, el pueblo responde en
cierto modo a la Palabra de Dios recibida en la fe y, ejercitando el oficio de su
sacerdocio bautismal, ofrece súplicas a Dios por la salvación de todos.
Conviene que esta oración se haga de ordinario en las Misas con participación
del pueblo, de tal manera que se hagan súplicas por la santa Iglesia, por los
gobernantes, por los que sufren diversas necesidades y por todos los hombres
y por la salvación de todo el mundo.82
70. Las serie de intenciones de ordinario será:
a) Por las necesidades de la Iglesia.
b) Por los que gobiernan y por la salvación del mundo.
c) Por los que sufren por cualquier dificultad.
d) Por la comunidad local.
Sin embargo, en alguna celebración particular, como la Confirmación, el
Matrimonio o las Exequias, el orden de las intenciones puede tener en cuenta
más expresamente la ocasión particular.
71. Pertenece al sacerdote celebrante dirigir las preces desde la sede. Él
mismo las introduce con una breve monición, en la que invita a los fieles a
orar, y la termina con la oración. Las intenciones que se proponen deben ser
sobrias, compuestas con sabia libertad y con pocas palabras y expresar la
súplica de toda la comunidad.
Las propone el diácono, o un cantor, o un lector, o bien, uno de los fieles
laicos desde el ambón o desde otro lugar conveniente. 83
Por su parte, el pueblo, de pie, expresa su súplica, sea con una
invocación común después de cada intención, sea orando en silencio.
C) LITURGIA EUCARÍSTICA
72. En la última Cena, Cristo instituyó el sacrificio y el banquete pascuales.
Por estos misterios el sacrificio de la cruz se hace continuamente presente en
la Iglesia, cuando el sacerdote, representando a Cristo Señor, realiza lo mismo
que el Señor hizo y encomendó a sus discípulos que hicieran en memoria de
Él.84
Cristo, pues, tomó el pan y el cáliz, dio gracias, partió el pan, y los dio a
sus discípulos, diciendo: Tomad, comed, bebed; esto es mi Cuerpo; éste es el
cáliz de mi Sangre. Haced esto en conmemoración mía. Por eso, la Iglesia ha
ordenado toda la celebración de la Liturgia Eucarística con estas partes que
responden a las palabras y a las acciones de Cristo, a saber:
1) En la preparación de los dones se llevan al altar el pan y el vino con
agua, es decir, los mismos elementos que Cristo tomó en sus manos.
2) En la Plegaria Eucarística se dan gracias a Dios por toda la obra de la
salvación y las ofrendas se convierten en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo.
82
Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 53.
83
Cfr. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Inter Oecumenici, día 26 de septiembre de
1964, núm. 56: A.A.S. 56 (1964) pág 890.
84
Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 47; Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, día 25
de mayo de 1967, núms. 3 a. b: A.A.S. 59 (1967) págs. 540-541.
XXXII
3) Por la fracción del pan y por la Comunión, los fieles, aunque sean
muchos, reciben de un único pan el Cuerpo, y de un único cáliz la Sangre del
Señor, del mismo modo como los Apóstoles lo recibieron de las manos del
mismo Cristo.
Preparación de los dones
73. Al comienzo de la Liturgia Eucarística se llevan al altar los dones que se
convertirán en el Cuerpo y en la Sangre de Cristo.
En primer lugar se prepara el altar, o mesa del Señor, que es el centro
de toda la Liturgia Eucarística,85 y en él se colocan el corporal, el purificador,
el misal y el cáliz, cuando éste no se prepara en la credencia.
En seguida se traen las ofrendas: el pan y el vino, que es laudable que
sean presentados por los fieles. Cuando las ofrendas son traídas por los fieles,
el sacerdote o el diácono las reciben en un lugar apropiado y son ellos quienes
las llevan al altar. Aunque los fieles ya no traigan, de los suyos, el pan y el
vino destinados para la liturgia, como se hacía antiguamente, sin embargo el
rito de presentarlos conserva su fuerza y su significado espiritual.
También pueden recibirse dinero u otros dones para los pobres o para la
iglesia, traídos por los fieles o recolectados en la iglesia, los cuales se
colocarán en el sitio apropiado, fuera de la mesa eucarística.
74. Acompaña a esta procesión en la que se llevan los dones, el canto del
ofertorio (cfr. n.37 b), que se prolonga por lo menos hasta cuando los dones
hayan sido depositados sobre el altar. Las normas sobre el modo de cantarlo
son las mismas que para canto de entrada (cfr. n. 48). El canto se puede
asociar siempre al rito para el ofertorio, aún sin la procesión con los dones.
75. El sacerdote coloca sobre el altar el pan y el vino acompañándolos con
las fórmulas establecidas; el sacerdote puede incensar los dones colocados
sobre el altar, y después la cruz y el altar mismo, para significar que la
oblación de la Iglesia y su oración suben como incienso hasta la presencia de
Dios. Después el sacerdote, por el sagrado ministerio, y el pueblo por razón de
su dignidad bautismal, pueden ser incensados por el diácono, o por otro
ministro.
76. En seguida, el sacerdote se lava las manos a un lado del altar, rito con el
cual se expresa el deseo de purificación interior.
Oración sobre las ofrendas
77. Depositadas las ofrendas y concluidos los ritos que las acompañan, con
la invitación a orar junto con el sacerdote, y con la oración sobre las ofrendas,
se concluye la preparación de los dones y se prepara la Plegaria Eucarística.
En la Misa se dice una sola oración sobre las ofrendas, que se concluye
con la conclusión más breve, es decir: Por Jesucristo, nuestro Señor; y si al
final de ella se hace mención del Hijo: (Él) que vive y reina por los siglos de los
siglos.
El pueblo uniéndose a la súplica con la aclamación Amén, hace suya la
oración.
85
Cfr. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Inter Oecumenici, día 26 de septiembre de
1964, núm. 91: A.A.S. 56 (1964) pág. 898; Instrucción Eucharisticum mysterium, día 25 de mayo
de 1967, núm. 24: A.A.S. 59 (1967) pág. 554.
XXXIII
Plegaria Eucarística
78. En este momento comienza el centro y la cumbre de toda la celebración,
esto es, la Plegaria Eucarística, que ciertamente es una oración de acción de
gracias y de santificación. El sacerdote invita al pueblo a elevar los corazones
hacia el Señor, en oración y en acción de gracias, y lo asocia a sí mismo en la
oración que él dirige en nombre de toda la comunidad a Dios Padre, por
Jesucristo, en el Espíritu Santo. El sentido de esta oración es que toda la
asamblea de los fieles se una con Cristo en la confesión de las maravillas de
Dios y en la ofrenda del sacrificio. La Plegaria Eucarística exige que todos la
escuchen con reverencia y con silencio.
79. Los principales elementos de que consta la Plegaria Eucarística pueden
distinguirse de esta manera:
a) Acción de gracias (que se expresa especialmente en el Prefacio), en la
cual el sacerdote, en nombre de todo el pueblo santo, glorifica a Dios Padre y
le da gracias por toda la obra de salvación o por algún aspecto particular de
ella, de acuerdo con la índole del día, de la fiesta o del tiempo litúrgico.
b) Aclamación: con la cual toda la asamblea, uniéndose a los coros
celestiales, canta el Santo. Esta aclamación, que es parte de la misma
Plegaria Eucarística, es proclamada por todo el pueblo juntamente con el
sacerdote.
c) Epíclesis: con la cual la Iglesia, por medio de invocaciones especiales,
implora la fuerza del Espíritu Santo para que los dones ofrecidos por los
hombres sean consagrados, es decir, se conviertan en el Cuerpo y en la
Sangre de Cristo, y para que la víctima inmaculada que se va a recibir en la
Comunión sirva para la salvación de quienes van a participar en ella.
d) Narración de la institución y consagración: por las palabras y por las
acciones de Cristo se lleva a cabo el sacrificio que el mismo Cristo instituyó en
la última Cena, cuando ofreció su Cuerpo y su Sangre bajo las especies de pan
y vino, y los dio a los Apóstoles para que comieran y bebieran, dejándoles el
mandato de perpetuar el mismo misterio.
e) Anámnesis: por la cual la Iglesia, al cumplir el mandato que recibió de
Cristo por medio de los Apóstoles, realiza el memorial del mismo Cristo,
renovando principalmente su bienaventurada pasión, su gloriosa resurrección
y su ascensión al cielo.
f) Oblación: por la cual, en este mismo memorial, la Iglesia,
principalmente la que se encuentra congregada aquí y ahora, ofrece al Padre
en el Espíritu Santo la víctima inmaculada. La Iglesia, por su parte, pretende
que los fieles, no sólo ofrezcan la víctima inmaculada, sino que también
aprendan a ofrecerse a sí mismos,86 y día a día se perfeccionen, por la
mediación de Cristo, en la unidad con Dios y entre ellos, para que finalmente,
Dios sea todo en todos.87
g) Intercesiones: por las cuales se expresa que la Eucaristía se celebra
en comunión con toda la Iglesia, tanto con la del cielo, como con la de la
tierra; y que la oblación se ofrece por ella misma y por todos sus miembros,
vivos y difuntos, llamados a participar de la redención y de la salvación
adquiridas por el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
h) Doxología final: por la cual se expresa la glorificación de Dios, que es
afirmada y concluida con la aclamación Amén del pueblo.
86
Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium,
núm. 48; Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, día 25 de mayo
de 1967, núm. 12: A.A.S. 59 (1967) págs.548-549.
87
Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 48; Decreto sobre el ministerio y la vida de los Presbíteros, Presbyterorum
ordinis, núm. 5; Sagrada Congregación de Ritos Instrucción Eucharisticum mysterium, día 25 de
mayo de 1967, núm. 12: A.A.S. 59 (1967) págs.548-549.
XXXIV
Rito de la comunión
80. Puesto que la celebración eucarística es el banquete pascual, conviene
que, según el mandato del Señor, su Cuerpo y su Sangre sean recibidos como
alimento espiritual por los fieles debidamente dispuestos. A esto tienden la
fracción y los demás ritos preparatorios, con los que los fieles son conducidos
inmediatamente a la Comunión.
Oración del Señor
81. En la Oración del Señor se pide el pan de cada día, que para los
cristianos indica principalmente el pan eucarístico, y se implora la purificación
de los pecados, de modo que, en realidad, las cosas santas se den a los
santos. El sacerdote hace la invitación a la oración y todos los fieles,
juntamente con el sacerdote, dicen la oración. El sacerdote solo añade el
embolismo, que el pueblo concluye con la doxología. El embolismo que
desarrolla la última petición de la Oración del Señor pide con ardor, para toda
la comunidad de los fieles, la liberación del poder del mal.
La invitación, la oración misma, el embolismo y la doxología con la que
el pueblo concluye lo anterior, se cantan o se dicen en voz alta.
Rito de la paz
82. Sigue el rito de la paz, con el que la Iglesia implora la paz y la unidad
para sí misma y para toda la familia humana, y con el que los fieles se
expresan la comunión eclesial y la mutua caridad, antes de la comunión
sacramental.
En cuanto al signo mismo para dar la paz, establezca la Conferencia de
Obispos el modo, según la idiosincrasia y las costumbres de los pueblos.
Conviene, sin embargo, que cada uno exprese la paz sobriamente sólo a los
más cercanos a él.
Fracción del Pan
83. El sacerdote parte el pan eucarístico, con la ayuda, si es del caso, del
diácono o de un concelebrante. El gesto de la fracción del Pan realizado por
Cristo en la Última Cena, que en el tiempo apostólico designó a toda la acción
eucarística, significa que los fieles siendo muchos, en la Comunión de un solo
Pan de vida, que es Cristo muerto y resucitado para la salvación del mundo,
forman un solo cuerpo (1Co 10, 17). La fracción comienza después de haberse
dado la paz y se lleva a cabo con la debida reverencia, pero no se debe
prolongar innecesariamente, ni se le considere de excesiva importancia. Este
rito está reservado al sacerdote y al diácono.
El sacerdote parte el pan e introduce una parte de la Hostia en el cáliz
para significar la unidad del Cuerpo y de la Sangre del Señor en la obra de la
redención, a saber, del Cuerpo de Cristo Jesús viviente y glorioso. La súplica
Cordero de Dios se canta según la costumbre, bien sea por los cantores, o por
el cantor seguido de la respuesta del pueblo el pueblo, o por lo menos se dice
en voz alta. La invocación acompaña la fracción del pan, por lo que puede
repetirse cuantas veces sea necesario hasta cuando haya terminado el rito. La
última vez se concluye con las palabras danos la paz.
Comunión
XXXV
84. El sacerdote se prepara para recibir fructuosamente el Cuerpo y la
Sangre de Cristo con una oración en secreto. Los fieles hacen lo mismo orando
en silencio.
Después el sacerdote muestra a los fieles el Pan Eucarístico sobre la
patena o sobre el cáliz y los invita al banquete de Cristo; además, juntamente
con los fieles, pronuncia un acto de humildad, usando las palabras evangélicas
prescritas.
85. Es muy de desear que los fieles, como está obligado a hacerlo también
el mismo sacerdote, reciban el Cuerpo del Señor de las hostias consagradas
en esa misma Misa, y en los casos previstos (cfr. n. 283), participen del cáliz,
para que aún por los signos aparezca mejor que la Comunión es una
participación en el sacrificio que entonces mismo se está celebrando. 88
86. Mientras el sacerdote toma el Sacramento, se inicia el canto de
Comunión, que debe expresar, por la unión de las voces, la unión espiritual de
quienes comulgan, manifestar el gozo del corazón y esclarecer mejor la índole
“comunitaria” de la procesión para recibir la Eucaristía. El canto se prolonga
mientras se distribuye el Sacramento a los fieles. 89 Pero si se ha de tener un
himno después de la Comunión, el canto para la Comunión debe ser
terminado oportunamente.
Téngase cuidado de que también los cantores puedan comulgar en el
momento más conveniente.
87. Para canto de Comunión puede emplearse la antífona del Gradual
Romano, con su salmo o sin él, o la antífona con el salmo del Graduale
Simplex, o algún otro canto adecuado aprobado por la Conferencia de los
Obispos. Lo canta el coro solo, o el coro con el pueblo, o un cantor con el
pueblo.
Por otra parte, cuando no hay canto, se puede decir la antífona
propuesta en el Misal. La pueden decir los fieles, o sólo algunos de ellos, o un
lector, o en último caso el mismo sacerdote, después de haber comulgado,
antes de distribuir la Comunión a los fieles.
88. Terminada la distribución de la Comunión, si resulta oportuno, el
sacerdote y los fieles oran en silencio por algún intervalo de tiempo. Si se
quiere, la asamblea entera también puede cantar un salmo u otro canto de
alabanza o un himno.
89. Para terminar la súplica del pueblo de Dios y también para concluir todo
el rito de la Comunión, el sacerdote dice la oración después de la Comunión,
en la que se suplican los frutos del misterio celebrado.
En la Misa se dice una sola oración después de la Comunión, que
termina con conclusión breve, es decir:
- Si se dirige al Padre: Por Jesucristo, nuestro Señor.
- Si se dirige al Padre, pero al fin se menciona el Hijo: Que vive y
reina por siglos de los siglos.
88
Cfr. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, día 25 de mayo de
1967, núms. 31. 32: A.A.S. 59 (1967) págs.558-559; Sagrada Congregación para la Disciplina de
los Sacramentos, Instrucción Immensae caritatis, día 29 de enero de 1973, núm. 2: A.A.S. 65
(1973) págs. 267-268.
89
Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inaestimabile donum,
día 3 de abril de 1980, núm. 17: A.A.S. 72 (1980) pág. 338.
XXXVI
- Si se dirige al Hijo: Tú, que vives y reinas por los siglos de los
siglos.
El pueblo hace suya la oración con la aclamación: Amén.
D) RITO DE CONCLUSIÓN
90. Al rito de conclusión pertenecen:
a) Breves avisos, si fuere necesario.
b) El saludo y la bendición del sacerdote, que en algunos días y
ocasiones se enriquece y se expresa con la oración sobre el pueblo o con otra
fórmula más solemne.
c) La despedida del pueblo, por parte del diácono o del sacerdote,
para que cada uno regrese a su bien obrar, alabando y bendiciendo a Dios.
d) El beso del altar por parte del sacerdote y del diácono y después la
inclinación profunda al altar de parte del sacerdote, del diácono y de los
demás ministros.
XXXVII
CAPÍTULO III
OFICIOS Y MINISTERIOS EN LA CELEBRACIÓN DE LA
MISA
91. La celebración eucarística es acción de Cristo y de la Iglesia, es decir, del
pueblo santo congregado y ordenado bajo la autoridad del Obispo. Por esto,
pertenece a todo el Cuerpo de la Iglesia, lo manifiesta y lo implica; pero a
cada uno de los miembros de este Cuerpo recibe un influjo diverso según la
diversidad de órdenes, ministerios y participación actual. 90 De este modo el
pueblo cristiano “linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo
adquirido”, manifiesta su ordenación coherente y jerárquica. 91 Que todos, por
lo tanto, sean ministros ordenados o fieles laicos, al desempeñar su ministerio
u oficio, hagan todo y sólo aquello que les corresponde. 92
I. OFICIOS DEL ORDEN SAGRADO
92. Toda celebración legítima de la Eucaristía es dirigida por el Obispo, ya
sea por su propio ministerio, ya por ministerio de los presbíteros, sus
colaboradores.93
Cuando el Obispo está presente en una Misa para la que se ha
congregado el pueblo, conviene sobremanera que sea él quien celebre la
Eucaristía y que los presbíteros, como concelebrantes, se le asocien en la
acción sagrada. Y esto se hace, no para aumentar la solemnidad exterior del
rito, sino para significar con más vivo resplandor el misterio de la Iglesia, que
es “sacramento de unidad”.94
Pero si el Obispo no celebra la Eucaristía, sino que encomienda a otro
para que lo haga, entonces es conveniente que sea él mismo quien, revestido
de estola y capa pluvial sobre el alba, con la cruz pectoral, presida la Liturgia
de la Palabra y al final de la Misa imparta la bendición. 95
93. En virtud de la potestad sagrada del Orden, también el presbítero, quien
en la Iglesia puede ofrecer eficazmente el sacrificio “in persona Christi”, 96
preside al pueblo fiel aquí y ahora congregado, dirige su oración, le proclama
el mensaje de la salvación, asocia al pueblo en la ofrenda del sacrificio a Dios
Padre por Cristo en el Espíritu Santo, da a sus hermanos el Pan de la vida
eterna y participa del mismo con ellos. Por consiguiente, cuando celebra la
Eucaristía, debe servir a Dios y al pueblo con dignidad y humildad, y en el
modo de comportarse y de proclamar las divinas palabras, dar a conocer a los
fieles la presencia viva de Cristo.
94. Después del presbítero, el diácono, en virtud de la sagrada ordenación
recibida, ocupa el primer lugar entre los que ejercen su ministerio en la
90
Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 26.
91
Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 14.
92
Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 28.
93
Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium,
núms. 26. 28; Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, núm.42.
94
Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 26.
95
Cfr. Ceremonial de los Obispos, núms. 175-186.
96
Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium,
núm. 28. Decreto sobre el ministerio y la vida de los Presbíteros, Presbyterorum ordinis, núm. 2.
XXXVIII
celebración eucarística. En efecto, ya desde la primitiva era de los Apóstoles,
el Orden Sagrado del Diaconado fue tenido en gran honor en la Iglesia. 97 En la
Misa, al Diácono le corresponde proclamar el Evangelio y, a veces, predicar la
Palabra de Dios; proponer las intenciones en la oración universal; ayudar al
sacerdote, preparar el altar y prestar su servicio en la celebración del
sacrificio; distribuir la Eucaristía a los fieles, sobre todo bajo la especie del
vino, e indicar, de vez en cuando, los gestos y las posturas corporales del
pueblo.
II. MINISTERIOS DEL PUEBLO DE DIOS
95. En la celebración de la Misa, los fieles hacen presente la nación santa, el
pueblo adquirido y el sacerdocio real, para dar gracias a Dios y para ofrecer la
víctima inmaculada, no sólo por manos del sacerdote, sino juntamente con él,
y para aprender a ofrecerse a sí mismos.98 Procuren, pues, manifestar esto por
medio de un profundo sentido religioso y por la caridad hacia los hermanos
que participan en la misma celebración.
Por lo cual, eviten toda apariencia de singularidad o de división, teniendo
presente que tienen en el cielo un único Padre, y por esto, todos son
hermanos entre sí.
96. Formen, pues, un solo cuerpo, al escuchar la Palabra de Dios, al
participar en las oraciones y en el canto, y principalmente en la común
oblación del sacrificio y en la común participación de la mesa del Señor. Esta
unidad se hace hermosamente visible cuando los fieles observan
comunitariamente los mismos gestos y posturas corporales.
97. No rehúsen los fieles servir con gozo al pueblo de Dios cuantas veces se
les pida que desempeñen algún determinado ministerio u oficio en la
celebración.
III. MINISTERIOS PECULIARES
Ministerio del acólito y del lector instituidos
98. El acólito es instituido para el servicio del altar y para ayudar al
sacerdote y al diácono. Al él compete principalmente preparar el altar y los
vasos sagrados y, si fuere necesario, distribuir a los fieles la Eucaristía, de la
cual es ministro extraordinario.99
En el ministerio del altar, el acólito tiene sus ministerios propios (cfr.
núms. 187 - 193) que él mismo debe ejercer.
99. El lector es instituido para proclamar las lecturas de la Sagrada
Escritura, excepto el Evangelio. Puede también proponer las intenciones de la
97
Cfr. Pablo VI, Carta Apostólica Sacrum diaconatus Ordinem, día 18 de junio de 1967: A.A.S. 59
(1967) págs. 697-704; Pontifical Romano, De Ordinatione Episcopi, presbyterorum et diaconorum,
Segunda Edición Típica, 1989, núm. 173.
98
Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium,
núm. 48; Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, día 25 de mayo
de 1967, núm. 12: A.A.S. 59 (1967) págs. 548-549.
99
Cfr. Código de Derecho Canónico, canon 910, 2; Instrucción interdicasterial sobre algunas
cuestiones relativas a la cooperación de los fieles laicos en el sagrado ministerio de los
sacerdotes, Ecclesiae de mysterio, día 15 de agosto de 1997, artículo 8: A.A.S. 89 (1997) pág.
871.
XXXIX
oración universal, y, en ausencia del salmista, proclamar el salmo
responsorial.
En la celebración eucarística el lector tiene un ministerio propio (cfr.
núms. 194 -198) que él debe ejercer por sí mismo.
Los demás ministerios
100. En ausencia del acólito instituido, pueden destinarse para el servicio del
altar y para ayudar al sacerdote y al diácono, ministros laicos que lleven la
cruz, los cirios, el incensario, el pan, el vino, el agua, e incluso pueden ser
destinados para que, como ministros extraordinarios, distribuyan la sagrada
Comunión.100
101. En ausencia del lector instituido, para proclamar las lecturas de la
Sagrada Escritura, destínense otros laicos que sean de verdad aptos para
cumplir este ministerio y que estén realmente preparados, para que, al
escuchar las lecturas divinas, los fieles conciban en su corazón el suave y vivo
afecto por la Sagrada Escritura.101
102. Es propio del salmista proclamar el salmo u otro cántico bíblico que se
encuentre entre las lecturas. Para cumplir rectamente con su ministerio, es
necesario que el salmista posea el arte de salmodiar y tenga dotes para la
recta dicción y clara pronunciación.
103. Entre los fieles, los cantores o el coro ejercen un ministerio litúrgico
propio, al cual corresponde cuidar de la debida ejecución de las partes que le
corresponden, según los diversos géneros de cantos, y promover la activa
participación de los fieles en el canto. 102 Lo que se dice de los cantores, vale
también, observando lo que se debe observar, para los otros músicos,
principalmente para el organista.
104. Es conveniente que haya un cantor o un maestro de coro para que dirija
y sostenga el canto del pueblo. Más aún, cuando faltan los cantores,
corresponde al cantor dirigir los diversos cantos, participando el pueblo en la
parte que le corresponde.103
105. También ejercen un ministerio litúrgico:
a) El sacristán, a quien corresponde disponer diligentemente los libros
litúrgicos, los ornamentos y las demás cosas que son necesarias en la
celebración de la Misa.
b) El comentarista, a quien corresponde, según las circunstancias,
proponer a los fieles breves explicaciones y moniciones para introducirlos en
la celebración y para disponerlos a entenderla mejor. Conviene que las
moniciones del comentador estén exactamente preparadas y con perspicua
sobriedad. En el ejercicio de su ministerio, el comentarista permanece de pie
en un lugar adecuado frente a los fieles, pero no en el ambón.
c) Los que hacen las colectas en la iglesia.
100
Cfr. Sagrada Congregación para la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción Immensae
caritatis, día 29 de enero de 1973, núm. 1: A.A.S 65 (1973) págs. 265-266. Código de Derecho
Canónico, canon 230, 3.
101
Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 24.
102
Cfr. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Musicam sacram, día 5 de marzo de 1967,
núm. 19: A.A.S. 59 (1967) pág. 306.
103
Cfr. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Musicam sacram, día 5 de marzo de 1967,
núm. 21: A.A.S. 59 (1967) págs. 306-307.
XL
d) Los que, en algunas regiones, reciben a los fieles a la puerta de la
iglesia, los acomodan en los puestos convenientes y dirigen sus procesiones.
106. Conviene que al menos en las iglesias catedrales y en las iglesias
mayores, haya algún ministro competente, o bien un maestro de ceremonias,
con el encargo de disponer debidamente las acciones sagradas para que sean
realizadas con decoro, orden y piedad por los ministros sagrados y por los
fieles laicos.
107. Los demás ministerios litúrgicos que no son propios del sacerdote o del
diácono, y de los que se habló antes (núms. 100 - 106) también pueden ser
encomendados, por medio de una bendición litúrgica o por una destinación
temporal, a laicos idóneos elegidos por el párroco o por el rector de la
iglesia.104 En cuanto al ministerio de servir al sacerdote en el altar, obsérvense
las normas dadas por el Obispo para su diócesis.
IV. DISTRIBUCIÓN DE LOS MINISTERIOS
Y PREPARACIÓN DE LA CELEBRACIÓN
108. Uno sólo y el mismo sacerdote debe ejercer el ministerio presidencial en
todas sus partes, exceptuadas aquellas que son propias de la Misa en la que
está presente el Obispo (cfr. antes n. 92).
109. Si están presentes varios que puedan ejercer un mismo ministerio, nada
impide el que se distribuyan entre sí las diversas partes del mismo ministerio
u oficio. Por ejemplo, un diácono puede encargarse de las partes cantadas y
otro del ministerio del altar; si hay varias lecturas, conviene distribuirlas entre
diversos lectores; y así en lo demás. Pero de ninguna manera conviene que
varios se dividan entre ellos un único elemento de la celebración: por ejemplo,
que una misma lectura sea leída entre dos, uno después del otro, a no ser que
se trate de la Pasión del Señor.
110. Si en la Misa con el pueblo solo está presente un ministro, ejerza éste los
diversos ministerios.
111. La efectiva preparación de cada celebración litúrgica hágase con ánimo
concorde y diligente, según el Misal y los otros libros litúrgicos, entre todos
aquellos a quienes les atañe, sea en lo relativo al rito, sea en lo relativo a la
pastoral y a la música, bajo la dirección del rector de la iglesia, y oídos
también los fieles en lo que a ellos directamente se refiere. De todas maneras,
el sacerdote que preside la celebración siempre tiene el derecho de disponer
aquellas cosas que a él mismo le incumben.105
104
Cfr. Pont. Cons. de Legum textibus interpretandis, respuesta a la duda propuesta acerca del
canon 230, 2 A.A.S. 86 (1994) pág. 541.
105
Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 22.
XLI
CAPÍTULO IV
DIVERSAS FORMAS DE CELEBRAR LA MISA
112. En la Iglesia Local atribúyase ciertamente el primer lugar, por su
significado, a la Misa que preside el Obispo, rodeado por su presbiterio, sus
diáconos y sus ministros laicos, 106 y en la que el pueblo santo de Dios participa
plena y activamente, pues allí se tiene la principal manifestación de la Iglesia.
En la Misa que celebra el Obispo, o en la que está presente sin que
celebre la Eucaristía, obsérvense las normas que se encuentran en el
Ceremonial de los Obispos.107
113. Dése también mucha importancia la Misa que se celebra con una
determinada comunidad, sobre todo con la parroquial, ya que representa a la
Iglesia universal en un tiempo y en un lugar determinados, y en especial a la
celebración comunitaria del domingo.108
114. Pero entre las Misas celebradas por algunas comunidades, ocupa un
lugar especial la Misa conventual, que es parte del Oficio cotidiano, o la Misa
que se llama “de comunidad”. Y aunque estas Misas no conlleven ninguna
forma peculiar de celebración, sin embargo, es muy conveniente que se
hagan con canto, y sobre todo con la plena participación de todos los
miembros de la comunidad, sean religiosos o sean canónigos. Por lo cual, en
ellas ejerza cada uno su ministerio, según el Orden o el ministerio recibido.
Conviene, pues, que todos los sacerdotes que no están obligados a celebrar
en forma individual por utilidad pastoral de los fieles, a ser posible,
concelebren en ellas. Además, todos los sacerdotes pertenecientes a una
comunidad, que tengan el deber de celebrar en forma individual para el bien
pastoral de los fieles, pueden también concelebrar el mismo día en la Misa
conventual o “de comunidad”.109 Es preferible, pues, que los presbíteros que
están presentes en la celebración eucarística, a no ser que estén excusados
por una justa causa, ejerzan como de costumbre el ministerio propio de su
Orden y, por esto, participen como concelebrantes, revestidos con las
vestiduras sagradas. De lo contrario llevan el hábito coral propio o la
sobrepelliz sobre la sotana.
I. MISA CON EL PUEBLO
115. Se entiende por “Misa con el pueblo” aquella que se celebra con
participación de los fieles. Conviene, pues, en cuanto sea posible, que la
celebración se realice con canto y con el número adecuado de ministros,
especialmente los domingos y las fiestas de precepto;110 no obstante, también
puede celebrarse sin canto y con un solo ministro.
106
Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, núm.
41.
107
Cfr. Ceremonial de los Obispos, núms. 119-186.
108
Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 42; Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium, núm. 28; Decreto
sobre el ministerio y la vida de los Presbíteros, Presbyterorum ordinis núm. 5. Sagrada
Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, día 25 de mayo de 1967, núm. 26:
A.A.S. 59 (1967) pág. 555.
109
Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, día 25 de mayo de
1967, núm. 47: A.A.S. 59 (1967) pág. 565
110
Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, día 25 de mayo de
1967, núm. 26: A.A.S. 59 (1967) pág. 555; Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Musicam
sacram, día 5 de marzo de 1967, núms. 16. 27: A.A.S. 59 (1967) págs. 305. 308.
XLII
116. En cualquier celebración de la Misa, si está presente un diácono, éste
debe ejercer su ministerio. Es conveniente, de todas formas, que al sacerdote
celebrante ordinariamente lo asistan un acólito, un lector y un cantor. Pero, el
rito que se describirá más abajo prevé también la posibilidad de un mayor
número de ministros.
Lo que debe prepararse
117. Cúbrase el altar al menos con un mantel de color blanco. Sobre el altar,
o cerca de él, colóquese en todas las celebraciones por lo menos dos
candeleros, o también cuatro o seis, especialmente si se trata de una Misa
dominical o festiva de precepto y, si celebra el Obispo diocesano, siete, con
sus velas encendidas. Igualmente sobre el altar, o cerca del mismo, debe
haber una cruz adornada con la efigie de Cristo crucificado. Los candeleros y
la cruz adornada con la efigie de Cristo crucificado pueden llevarse en la
procesión de entrada. Sobre el mismo altar puede ponerse el Evangeliario,
libro diverso al de las otras lecturas, a no ser se lleve en la procesión de
entrada.
118. Prepárense también:
a) Junto a la sede del sacerdote: el misal y, según las circunstancias, el
folleto de cantos.
b) En el ambón: el leccionario.
c) En la credencia: el cáliz, el corporal, el purificador, y según las
circunstancias, la palia; la patena y los copones, si son necesarios; a no ser
que sean presentados por los fieles en la procesión del ofertorio: el pan para
la Comunión del sacerdote que preside, del diácono, de los ministros y del
pueblo y las vinajeras con el vino y el agua; una caldereta con agua para ser
bendecida, si se hace aspersión; la patena para la Comunión de los fieles; y
todo lo necesario para la ablución de las manos.
Es loable que se cubra el cáliz con un velo, que puede ser del color del
día o de color blanco.
119. En la sacristía, para las diversas formas de celebración, prepárense las
vestiduras sagradas (cfr. núms. 337 - 341) del sacerdote, del diácono y de los
otros ministros:
a) Para el sacerdote: el alba, la estola y la casulla o planeta.
b) Para el diácono: el alba, la estola y la dalmática, la cual, sin embargo,
puede omitirse por necesidad o por menor grado de solemnidad.
c) Para los otros ministros: albas u otras vestiduras legítimamente
aprobadas.111
Todos los que se revisten con alba, usarán cíngulo y amito, a no ser que
por la forma del alba no se requieran.
Cuando se tiene procesión de entrada prepárese también el
Evangeliario; los domingos y festivos, si se emplea incienso, el incensario y la
naveta con el incienso; la cruz que se llevará en la procesión y los candeleros
con cirios encendidos.
111
Cfr. Instrucción interdicasterial acerca de algunos asuntos de la cooperación de los fieles laicos
en el ministerio de los sacerdotes, Ecclesiae de mysterio, día 15 de agosto de 1997, artículo 6:
A.A.S. 89 (1997) pág. 869.
XLIII
A) MISA SIN DIÁCONO
Ritos iniciales
120. Reunido el pueblo, el sacerdote y los ministros, revestidos con sus
vestiduras sagradas, proceden hacia el altar en este orden:
a) El turiferario con el incensario humeante, cuando se emplea
incienso.
b) Los ministros que llevan los cirios encendidos y, en medio de ellos,
el acólito u otro ministro con la cruz.
c) Los acólitos y los demás ministros.
d) El lector, que puede llevar el Evangeliario, mas no el leccionario,
un poco elevado.
e) El sacerdote que va a celebrar la Misa.
Si se emplea incienso, el sacerdote antes de iniciar la procesión, pone
incienso en el incensario y lo bendice con el signo de la cruz, sin decir nada.
121. Mientras se hace la procesión hacia el altar se ejecuta el canto de
entrada (cfr. núms. 47-48).
122. Al llegar al altar, el sacerdote y los ministros hacen inclinación profunda.
La cruz adornada con la imagen de Cristo crucificado y tal vez llevada en
la procesión, puede erigirse cerca del altar para que se convierta en cruz del
altar, la cual debe ser una sola; de lo contrario, déjese en un lugar digno. Los
candeleros se colocan sobre el altar o cerca de él; es laudable poner el
Evangeliario sobre el altar.
123. El sacerdote se acerca al altar y lo venera con un beso. En seguida,
según corresponda, inciensa la cruz y el altar rodeándolo.
124. Terminado esto, el sacerdote se dirige a la sede. Terminado el canto de
entrada, estando todos de pie, el sacerdote y los fieles se signan con la señal
de la cruz. El sacerdote dice: En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu
Santo. El pueblo responde: Amén.
En seguida, vuelto hacia el pueblo y extendiendo las manos, el
sacerdote lo saluda usando una de las fórmulas propuestas. El mismo
sacerdote, u otro ministro, puede también, con brevísimas palabras, introducir
a los fieles en el sentido de la Misa del día.
125. Sigue el acto penitencial. Después se canta o se dice el Señor, ten
piedad, según lo establecido por las rúbricas (cfr. n. 52).
126. En las celebraciones que lo requieren, se canta o se dice el Gloria (cfr. n.
53).
127. En seguida el sacerdote, con las manos juntas, invita al pueblo a orar,
diciendo: Oremos. Y todos, juntamente con el sacerdote, oran en silencio
durante un tiempo breve. Luego el sacerdote, con las manos extendidas, dice
la colecta. Concluida ésta, el pueblo aclama: Amén.
Liturgia de la palabra
128. Concluida la colecta, todos se sientan. El sacerdote puede presentar a
los fieles, con una brevísima intervención, la Liturgia de la Palabra. El lector se
dirige al ambón y, del leccionario colocado allí antes de la Misa, proclama la
XLIV
primera lectura, que todos escuchan. Al final el lector dice: Palabra de Dios, y
todos responden: Te alabamos, Señor.
Entonces, según las circunstancias, se pueden guardar unos momentos
de silencio, para que todos mediten brevemente lo que escucharon.
129. Después, el salmista, o el mismo lector, recita o canta los versos del
salmo y el pueblo, como de costumbre, va respondiendo.
130. Si está prescrita una segunda lectura antes del Evangelio, el lector la
proclama desde el ambón, mientras todos escuchan, y al final responden a la
aclamación, como se dijo antes (n. 128). En seguida, según las circunstancias,
se pueden guardar unos momentos de silencio.
131. En seguida, todos se levantan y se canta Aleluya u otro canto, según
corresponda al tiempo litúrgico (cfr. núms. 62-64).
132. Mientras se canta el Aleluya u otro canto, si se emplea el incienso, el
sacerdote lo pone y lo bendice. Después, con las manos juntas, y
profundamente inclinado ante el altar, dice en secreto: Purifica mi corazón.
133. Entonces si el Evangeliario está en el altar, lo toma y, precedido por los
ministros laicos que pueden llevar el incensario y los cirios, se dirige al
ambón, llevando el Evangeliario un poco elevado. Los presentes se vuelven
hacia el ambón para manifestar especial reverencia hacia el Evangelio de
Cristo.
134. Ya en el ambón, el sacerdote abre el libro y, con las manos juntas, dice:
El Señor esté con ustedes; y el pueblo responde: Y con tu espíritu; y en
seguida: Lectura del Santo Evangelio, signando con el pulgar el libro y a sí
mismo en la frente, en la boca y en el pecho, lo cual hacen también todos los
demás. El pueblo aclama diciendo: Gloria a Ti, Señor. Si se usa incienso, el
sacerdote inciensa el libro (cfr. núms. 276-277). En seguida proclama el
Evangelio y al final dice la aclamación Palabra del Señor, y todos responden:
Gloria a Ti, Señor Jesús. El sacerdote besa el libro, diciendo en secreto: Las
palabras del Evangelio.
135. Si no hay un lector, el mismo sacerdote proclama todas las lecturas y el
salmo, de pie desde el ambón. Allí mismo, si se emplea, pone y bendice el
incienso, y profundamente inclinado, dice Purifica mi corazón.
136. El sacerdote, de pie en la sede o en el ambón mismo, o según las
circunstancias, en otro lugar idóneo pronuncia la homilía; terminada ésta se
puede guardar unos momentos de silencio.
137. El Símbolo se canta o se dice por el sacerdote juntamente con el pueblo
(cfr. n 68) estando todos de pie. A las palabras: y por la obra del Espíritu
Santo, etc., o que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, todos se
inclinan profundamente; y en la solemnidades de la Anunciación y de Navidad
del Señor, se arrodillan.
138. Dicho el Símbolo, en la sede, el sacerdote de pie y con las manos juntas,
invita a los fieles a la oración universal con una breve monición. Después el
cantor o el lector u otro, desde el ambón o desde otro sitio conveniente,
vuelto hacia el pueblo, propone las intenciones; el pueblo, por su parte,
responde suplicante. Finalmente, el sacerdote con las manos extendidas,
concluye la súplica con la oración.
XLV
Liturgia Eucarística
139. Terminada la oración universal, todos se sientan y comienza el canto del
ofertorio (cfr. n.74).
El acólito u otro ministro laico coloca sobre el altar el corporal, el
purificador, el cáliz, la palia y el misal.
140. Es conveniente que la participación de los fieles se manifieste por la
presentación del pan y el vino para la celebración de la Eucaristía, o de otros
dones con los que se ayude a las necesidades de la iglesia o de los pobres.
El sacerdote ayudado por el acólito o por otro ministro recibe las
ofrendas de los fieles. Al celebrante llevan el pan y el vino para la Eucaristía; y
él los pone sobre el altar; pero los demás dones se colocan en otro lugar
adecuado (cfr. n. 73).
141. El sacerdote, en el altar, recibe o toma la patena con el pan, y con
ambas manos la tiene un poco elevada sobre el altar, diciendo en secreto:
Bendito seas, Señor, Dios. Luego coloca la patena con el pan sobre el corporal.
142. En seguida, el sacerdote de pie a un lado del altar, ayudado por el
ministro que le presenta las vinajeras, vierte en el cáliz vino y un poco de
agua, diciendo en secreto: Por el misterio de esta agua. Vuelto al medio del
altar, toma el cáliz con ambas manos, lo tiene un poco elevado, diciendo en
secreto: Bendito seas, Señor, Dios; y después coloca el cáliz sobre el corporal
y, según las circunstancias, lo cubre con la palia.
Pero cuando no hay canto al ofertorio ni se toca el órgano, en la
presentación del pan y del vino, está permitido al sacerdote decir en voz alta
las fórmulas de bendición a las que el pueblo aclama: Bendito seas por
siempre, Señor.
143. Habiendo dejado el cáliz sobre el altar, el sacerdote profundamente
inclinado, dice en secreto: Humilde y sinceramente arrepentidos.
144. En seguida, si se usa incienso, el sacerdote lo echa en el incensario, lo
bendice sin decir nada, e inciensa las ofrendas, la cruz y el altar. El ministro
de pie, a un lado del altar, inciensa al sacerdote y después al pueblo.
145. Después de la oración Humilde y sinceramente arrepentidos, o después
de la incensación, el sacerdote, de pie a un lado del altar, se lava las manos,
diciendo en secreto: Lava del todo mi delito, Señor, mientras el ministro vierte
el agua.
146. Después, vuelto al centro del altar, el sacerdote, de pie, de cara al
pueblo, extendiendo y juntando las manos, invita al pueblo a orar, diciendo:
Oren, hermanos, etc. El pueblo se levanta y responde: El Señor reciba. En
seguida, el sacerdote, con las manos extendidas, dice la oración sobre las
ofrendas. Al final el pueblo aclama: Amén.
147. Entonces el sacerdote inicia la Plegaria Eucarística. Según las rúbricas
(cfr. n. 365), elige una de las que se encuentran en el Misal Romano, o que
están aprobadas por la Sede Apostólica. La Plegaria Eucarística por su
naturaleza exige que sólo el sacerdote, en virtud de su ordenación, la profiera.
Sin embargo, el pueblo se asocia al sacerdote en la fe y por medio del silencio,
con las intervenciones determinadas en el curso de la Plegaria Eucarística,
que son las respuestas en el diálogo del Prefacio, el Santo, la aclamación
después de la consagración y la aclamación Amén después de la doxología
XLVI
final, y también con otras aclamaciones aprobadas, tanto por la Conferencia
de Obispos, como por la Sede Apostólica.
Es muy conveniente que el sacerdote cante las partes de la Plegaria
Eucarística, enriquecidas con notación musical.
148. Al iniciar la Plegaria Eucarística, el sacerdote extiende las manos y canta
o dice: El Señor esté con ustedes; el pueblo responde: Y con tu espíritu.
Cuando prosigue: Levantemos el corazón, eleva las manos. El pueblo
responde: Lo tenemos levantado hacia el Señor. En seguida el sacerdote, con
las manos extendidas, agrega: Demos gracias al Señor, nuestro Dios, y el
pueblo responde: Es justo y necesario. A continuación el sacerdote, con las
manos extendidas, continúa con el Prefacio; y una vez terminado éste, con las
manos juntas, en unión con todos los presentes, canta o dice en voz alta:
Santo (cfr. n. 79b).
149. El sacerdote prosigue la Plegaria Eucarística según las rúbricas que se
encuentran en cada una de ellas.
Si el sacerdote celebrante es un Obispo, en las Plegarias, después de las
palabras: con tu servidor el Papa N., agrega conmigo, indigno siervo tuyo, o
después de las palabras: de nuestro Papa N., agrega: de mí, indigno siervo
tuyo. Pero si el Obispo celebra fuera de su diócesis, después de las palabras:
con nuestro Papa N., agrega: conmigo, indigno siervo tuyo, con mi hermano
N., Obispo de esta Iglesia de N.
El Obispo diocesano, o el que en el derecho se le equipare, se debe
nombrar con esta fórmula: juntamente con tu servidor el Papa N. y con
nuestro Obispo (o: Vicario, Prelado, Prefecto, Abad) N.
En la Plegaria Eucarística pueden nombrarse los Obispos Coadjutores y
Auxiliares, pero no los otros Obispos, casualmente presentes. Cuando hay que
nombrar a varios, se emplea la fórmula general: y nuestro Obispo N. y sus
Obispos auxiliares.
En cada Plegaria Eucarística hay que adaptar las fórmulas ante dichas a
las reglas gramaticales.
150. Un poco antes de la consagración, el ministro, si se cree conveniente,
advierte a los fieles con un toque de campanilla. Puede también, según las
costumbres de cada lugar, tocar la campanilla en cada elevación.
Si se usa incienso, el ministro inciensa la Hostia y el cáliz, cuando son
presentados al pueblo después de la consagración.
151. Después de la consagración, habiendo dicho el sacerdote: Este es el
Sacramento de nuestra fe, el pueblo dice la aclamación, empleando una de las
fórmulas determinadas.
Al final de la Plegaria Eucarística, el sacerdote, toma la patena con la
Hostia y el cáliz, los eleva simultáneamente y pronuncia la doxología él solo:
Por Cristo, con Él y en Él. Al fin el pueblo aclama: Amén. En seguida, el
sacerdote coloca la patena y el cáliz sobre el corporal.
152. Terminada Plegaria Eucarística, el sacerdote con las manos juntas, dice
la monición antes de la Oración del Señor; luego, con las manos extendidas,
dice la Oración del Señor juntamente con el pueblo.
XLVII
153. Concluida la Oración del Señor, el sacerdote solo, con las manos
extendidas, dice el embolismo Líbranos de todos los males, terminado el cual,
el pueblo aclama: Tuyo es el reino.
154. A continuación el sacerdote solo, con las manos extendidas, dice en voz
alta la oración: Señor Jesucristo, que dijiste; y terminada ésta, extendiendo y
juntando las manos, vuelto hacia el pueblo, anuncia la paz, diciendo: La paz
del Señor esté siempre con ustedes. El pueblo responde: Y con tu espíritu.
Luego, según las circunstancias, el sacerdote añade: Dense fraternalmente la
paz.
El sacerdote puede dar la paz a los ministros, pero permaneciendo
siempre dentro del presbiterio para que la celebración no se perturbe. Haga
del mismo modo si por alguna causa razonable desea dar la paz a unos pocos
fieles. Todos, empero, según lo determinado por la Conferencia de Obispos, se
expresan unos a otros la paz, la comunión y la caridad. Mientras se da la paz,
se puede decir: La paz del Señor esté siempre contigo, a lo cual se responde:
Amén.
155. En seguida el sacerdote toma la Hostia, la parte sobre la patena, y deja
caer una partícula en el cáliz, diciendo en secreto: El Cuerpo y la Sangre de
nuestro Señor Jesucristo unidos en este cáliz. Mientras tanto, se canta o se
dice por el coro el Cordero de Dios (cfr. n.83).
156. Entonces, el sacerdote dice en secreto y con las manos juntas la oración
para la Comunión Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, o Señor Jesucristo, la
comunión de tu Cuerpo y de tu Sangre.
157. Concluida la oración, el sacerdote hace genuflexión, toma la Hostia
consagrada en la misma Misa y, teniéndola un poco elevada sobre la patena o
sobre el cáliz, vuelto hacia el pueblo, dice: Éste es el Cordero de Dios, y
juntamente con el pueblo, agrega: Señor, no soy digno.
158. Después, de pie vuelto hacia el altar, el sacerdote dice en secreto: El
cuerpo de Cristo me guarde para la vida eterna, y come reverentemente el
Cuerpo de Cristo. Después, toma el cáliz, dice en secreto: La Sangre de Cristo
me guarde para la vida eterna, y bebe reverentemente la Sangre de Cristo.
159. Mientras el sacerdote sume el Sacramento, se comienza el canto de
Comunión (cfr. n. 86).
160. Después el sacerdote toma la patena o el copón y se acerca a quienes
van a comulgar, los cuales de ordinario, se acercan procesionalmente.
No está permitido a los fieles tomar por sí mismos el pan consagrado ni
el cáliz sagrado, ni mucho menos pasarlo de mano en mano entre ellos. Los
fieles comulgan estando de rodillas o de pie, según lo haya determinado la
Conferencia de Obispos. Cuando comulgan estando de pie, se recomienda que
antes de recibir el Sacramento, hagan la debida reverencia, la cual debe ser
determinada por las mismas normas.
161. Si la Comunión se recibe sólo bajo la especie de pan, el sacerdote,
teniendo la Hostia un poco elevada, la muestra a cada uno, diciendo: El
Cuerpo de Cristo. El que comulga responde: Amén, y recibe el Sacramento, en
la boca, o donde haya sido concedido, en la mano, según su deseo. Quien
comulga, inmediatamente recibe la sagrada Hostia, la consume íntegramente.
Pero si la Comunión se hace bajo las dos especies, obsérvese el rito
descrito en su lugar (cfr. núms.284 -287).
XLVIII
162. En la distribución de la Comunión, pueden ayudar al sacerdote otros
presbíteros que casualmente estén presentes. Si éstos no están dispuestos y
el número de comulgantes es muy grande, el sacerdote puede llamar en su
ayuda a ministros extraordinarios, es decir, acólitos ritualmente instituidos o
también otros fieles que hayan sido ritualmente delegados para esto. 112 En
caso de necesidad, el sacerdote puede designar fieles idóneos “ad actum”
(sólo para esta ocasión).113
Estos ministros no se acerquen al altar antes de que el sacerdote haya
comulgado, y siempre reciban de la mano del sacerdote celebrante el vaso
que contiene las especies de la Santísima Eucaristía que van a ser distribuidas
a los fieles.
163. Terminada la distribución de la Comunión, antes de cualquier otro
detalle, el sacerdote bebe íntegramente él mismo, en el altar, el vino
consagrado que quizás haya quedado; pero las hostias consagradas que
quedaron, o las consume en el altar o las lleva al lugar destinado para
conservar la Eucaristía.
El sacerdote regresa al altar y recoge las partículas, si las hay; luego de
pie, en el altar o en la credencia, purifica la patena o el copón sobre el cáliz;
después purifica el cáliz diciendo en secreto: Haz, Señor, que recibamos, y
seca el cáliz con el purificador. Si los vasos son purificados en el altar, un
ministro los lleva a la credencia. Sin embargo, se permite dejar los vasos que
deben purificarse, sobre todo si son muchos, en el altar o en la credencia
sobre el corporal, convenientemente cubiertos y purificarlos en seguida
después de la Misa, una vez despedido al pueblo.
164. Después el sacerdote puede regresar a la sede. Se puede, además,
observar un intervalo de sagrado silencio o cantar un salmo, o un cántico de
alabanza, o un himno (cfr. n. 88).
165. Luego, de pie en la sede o desde el altar, el sacerdote, de cara al pueblo,
con las manos juntas, dice: Oremos; y con las manos extendidas dice la
oración después de la Comunión, a la que puede preceder un breve intervalo
de silencio, a no ser que ya lo haya precedido inmediatamente después de la
Comunión. Al final de la oración, el pueblo aclama: Amen.
Rito de conclusión
166. Terminada la oración después de la Comunión, si los hay, háganse
breves avisos al pueblo.
167. Después, el sacerdote, extiende las manos y saluda al pueblo, diciendo:
El Señor esté con ustedes, a lo que el pueblo responde: Y con tu espíritu. Y el
sacerdote, une de nuevo las manos, e inmediatamente pone la mano
izquierda sobre el pecho y elevando la mano derecha, agrega: La bendición de
Dios todopoderoso y, mientras traza el signo de la cruz sobre el pueblo,
prosigue: Padre, Hijo, y Espíritu Santo, descienda sobre ustedes. Todos
responden: Amén.
112
Cfr. Sagrada Congregación para los Sacramentos y el Culto Divino, Instrucción Inaestimabile
donum, día 3 de abril de 1980, núm. 10: A.A.S. 72 (1980) pág. 336; Instrucción interdicasterial de
algunos asuntos acerca de la cooperación de los fieles laicos en el sagrado ministerio de los
sacerdotes, Ecclesiae de mysterio, día 15 da agosto de 1997, artículo 8: A.A.S. 89 (1997) pág.
871.
113
Cfr. más adelante el Apéndice, Rito para designar un ministro para distribuir la Sagrada
Comunión “ad actum” (ocasionalmente). (edición actual, pág. XXX).
XLIX
En algunos días y ocasiones, según las rúbricas, esta bendición se
enriqueces y se expresa con la oración sobre el pueblo o con otra fórmula más
solemne.
El Obispo bendice al pueblo con la fórmula correspondiente, haciendo
sobre el pueblo tres veces el signo de la cruz.114
168. En seguida, después de la bendición, con las manos juntas, el sacerdote
agrega: Pueden ir en paz, y todos responden: Demos gracias a Dios.
169. Entonces el sacerdote venera como de costumbre el altar con un beso y,
hecha al altar inclinación profunda con los ministros laicos, se retira con ellos.
170. Pero si a la Misa sigue alguna otra acción litúrgica, se omite el rito de
conclusión, es decir, el saludo, la bendición y la despedida.
B) MISA CON DIÁCONO
171. Cuando en la celebración eucarística está presente un diácono,
desempeña su ministerio vestido con las vestiduras sagradas. El Diácono, en
general:
a) Asiste al sacerdote y está a su lado.
b) En el altar sirve, en lo referente al cáliz y al libro.
c) Proclama el Evangelio y puede, por mandato del sacerdote que
celebra, hacer la homilía (cfr. n. 66).
d) Dirige al pueblo fiel mediante oportunas moniciones y enuncia las
intenciones de la oración universal.
e) Ayuda al sacerdote celebrante en la distribución de la Comunión, y
purifica y arregla los vasos sagrados.
f) Desempeña los oficios de otros ministros, él mismo, si no está
presente alguno de ellos, según sea necesario,.
Ritos iniciales
172. Cuando el diácono lleva el Evangeliario, lo tiene un poco elevado y
precede al sacerdote mientras se acercan al altar, de lo contrario, irá a su
lado.
173. Cuando llega al altar, si lleva el Evangeliario, omitida la reverencia, se
acerca al altar. Luego, una vez depositado el Evangeliario sobre el altar, lo
cual es recomendable, juntamente con el sacerdote venera el altar con un
beso.
Pero si no lleva el Evangeliario, hace inclinación profunda al altar del
modo acostumbrado, juntamente con el sacerdote, y con él venera el altar con
un beso.
Por último, si se usa incienso, asiste al sacerdote en la imposición del
incienso y en la incensación de la Cruz y del altar.
174. Incensado el altar, se dirige juntamente con el sacerdote a la sede y allí
permanece a su lado y le ayuda, según sea necesario.
Liturgia de la palabra
175. Mientras se dice el Aleluya u otro canto, si se usa incienso, asiste al
sacerdote en la imposición del incienso; luego, profundamente inclinado ante
114
Ceremonial de los Obispos, núms. 1118-1121.
L
el sacerdote, le pide la bendición, diciendo en voz baja: Padre, dame tu
bendición. El sacerdote lo bendice, diciendo: El Señor esté en tu corazón. El
diácono se signa con el signo de la cruz y responde: Amén. Luego, hecha la
inclinación al altar, toma el Evangeliario que había sido colocado sobre el
altar, y se dirige al ambón, llevando el libro un poco elevado, precedido por el
turiferario con el incensario humeante y por los ministros con cirios
encendidos. Allí saluda al pueblo, diciendo con las manos juntas: El Señor esté
con ustedes, después a las palabras Lectura del santo Evangelio, signa con el
pulgar el libro y después a sí mismo en la frente, en la boca y en el pecho,
inciensa el libro y proclama el Evangelio. Terminado éste, aclama: Palabra del
Señor, y todos responden: Gloria a ti, Señor Jesús. En seguida venera el libro
con un beso, diciendo en secreto: Las palabras del Evangelio, y vuelve al lado
del sacerdote.
Cuando el diácono asiste al Obispo, le lleva el libro para que lo bese, o él
mismo lo besa, diciendo en secreto: Las palabras del Evangelio. En las
celebraciones más solemnes el Obispo, según las circunstancias, imparte la
bendición al pueblo con el Evangeliario.
Por último, el Evangeliario puede llevarse a la credencia o a otro lugar
conveniente y digno.
176. Si no está presente otro lector idóneo, el diácono proclamará también
las otras lecturas.
177. Las intenciones de la oración de los fieles, después de la introducción del
sacerdote, de ordinario las dice el diácono desde el ambón.
Liturgia Eucarística
178. Terminada la Oración Universal, el sacerdote permanece en la sede y el
diácono, con la ayuda del acólito, prepara el altar; pero es a él a quien le
concierne el cuidado de los vasos sagrados. Asiste también al sacerdote en la
recepción de los dones del pueblo. Luego entrega al sacerdote la patena con
el pan que será consagrado; vierte vino y un poco de agua en el cáliz,
diciendo en secreto: El agua unida al vino; y luego presenta el cáliz al
sacerdote. Esta preparación del cáliz puede también hacerse en la credencia.
Si se usa incienso, asiste al sacerdote en la incensación de las ofrendas, de la
cruz y del altar, y después, él mismo o el acólito, inciensa al sacerdote y al
pueblo.
179. Durante la Plegaria Eucarística, el diácono está junto al sacerdote, pero
un poco detrás de él, para cuando sea necesario servir en lo que se refiera al
cáliz o al misal.
Desde la epíclesis hasta la elevación del cáliz el diácono, de ordinario,
permanece de rodillas. Si están presentes varios diáconos, uno de ello puede
imponer incienso en el incensario para la consagración e incensar durante la
elevación de la Hostia y del cáliz
180. Para la doxología final de la Plegaria Eucarística, de pie al lado del
sacerdote, tiene el cáliz elevado, mientras el sacerdote eleva la patena con la
Hostia, hasta cuando el pueblo haya aclamado: Amén.
181. Después de que el sacerdote haya dicho la oración de la paz y: La paz
del Señor sea siempre con ustedes, y que el pueblo haya respondido: Y con tu
espíritu, el diácono, según las circunstancias, hace la invitación a la paz,
diciendo, con las manos juntas y vuelto hacia el pueblo: Dense fraternalmente
la paz. Él la recibe del sacerdote y puede darla a los ministros más cercanos.
LI
182. Habiendo comulgado el sacerdote, el diácono recibe del mismo
sacerdote la Comunión bajo las dos especies y después ayuda al sacerdote a
distribuir la Comunión al pueblo. Pero si la Comunión se hace bajo las dos
especies, él ofrece el cáliz a quienes van a comulgar, y terminada la
distribución, en seguida consume reverentemente en el altar toda la Sangre
de Cristo que haya quedado, ayudado, si fuere el caso, por los otros diáconos
y presbíteros.
183. Terminada la distribución de la Comunión, el diácono vuelve al altar con
el sacerdote, recoge las partículas, si las hay, lleva el cáliz y los otros vasos
sagrados a la credencia y allí los purifica y los arregla como de costumbre,
mientras el sacerdote vuelve a la sede. Está permitido, sin embargo, dejar en
la credencia, sobre el corporal, debidamente cubiertos los vasos que deben
ser purificados y purifícalos inmediatamente después de la Misa, una vez
despedido el pueblo.
Rito de conclusión
184. Dicha la oración después de la Comunión, el diácono da al pueblo los
breves anuncios, que quizás haya que hacer, a no ser que sacerdote mismo
prefiera hacerlos.
185. Si se emplea la oración sobre el pueblo o la fórmula de bendición
solemne, el diácono dice: Inclínense para recibir la bendición. Una vez que el
sacerdote haya impartido la bendición, el diácono despide al pueblo, vuelto
hacia él, diciendo con las manos juntas: Pueden irse en paz.
186. Luego, juntamente con el sacerdote, venera el altar con un beso, y
hecha la inclinación profunda, se retira del modo en que había entrado.
C) MINISTERIOS DEL ACÓLITO
187. Las funciones que el acólito puede ejercer son de diversa índole y puede
ocurrir que varias de ellas se den simultáneamente. Por lo tanto, es
conveniente que se distribuyan oportunamente entre varios; pero cuando sólo
un acólito está presente, haga él mismo lo que es de mayor importancia,
distribuyéndose lo demás entre otros ministros.
Ritos iniciales
188. En la procesión hacia el altar, puede llevar la cruz en medio de dos
ministros con cirios encendidos. Cuando hubiere llegado al altar, erige la cruz
junto al altar para que sea la cruz del altar; pero si no se puede, la lleva a un
lugar digno. Después ocupa su lugar en el presbiterio.
189. Durante toda la celebración, corresponde al acólito acercarse al
sacerdote o al diácono, cuantas veces tenga que hacerlo, para presentarles el
libro y ayudarles en lo que sea necesario. Por tanto conviene que, en la
medida de lo posible, ocupe un lugar desde el que pueda ejercer
oportunamente su ministerio, junto la sede o cerca del altar.
Liturgia Eucarística
190. En ausencia del diácono, concluida la oración universal, mientras el
sacerdote permanece en la sede, el acólito pone sobre el altar el corporal, el
purificador, el cáliz, la palia y el misal. Después, si es necesario, ayuda al
sacerdote a recibir los dones del pueblo y, según las circunstancias, lleva el
pan y el vino al altar y los entrega al sacerdote. Si se usa incienso, presenta el
LII
incensario al sacerdote y lo asiste en la incensación de las ofrendas, de la cruz
y del altar. Después inciensa al sacerdote y al pueblo.
191. Cuando sea necesario, el acólito ritualmente instituido, como ministro
extraordinario, puede ayudar al sacerdote en la distribución de la Comunión al
pueblo.115 Y si se da la Comunión bajo las dos especies, en ausencia del
diácono, ofrece el cáliz a los que van a comulgar o sostiene el cáliz cuando la
Comunión se da por intinción.
192. Y asimismo, el acólito instituido, terminada la distribución de la
Comunión, ayuda al sacerdote o al diácono en la purificación y en el arreglo
de los vasos sagrados. En ausencia del diácono, el acólito ritualmente
instituido lleva los vasos sagrados a credencia y allí los purifica los seca y los
arregla del modo acostumbrado.
193. Terminada la celebración de la Misa, el acólito y los otros ministros,
juntamente con el diácono y el sacerdote, regresan procesionalmente a la
sacristía de la misma manera y en el mismo orden en el que vinieron.
D) MINISTERIOS DEL LECTOR
Ritos iniciales
194. En la procesión hacia el altar, en ausencia del diácono, el lector, vestido
con la vestidura aprobada, puede llevar el Evangeliario un poco elevado, caso
en el cual, antecede al sacerdote; de lo contrario, va con los otros ministros.
195. Cuando hubiere llegado al altar, hace inclinación profunda con los
demás. Si lleva el Evangeliario, se acerca al altar y coloca el Evangeliario
sobre él. Después, juntamente con los otros ministros ocupa su lugar en el
presbiterio.
Liturgia de la palabra
196. Desde el ambón hace las lecturas que preceden al Evangelio. Y en
ausencia del salmista puede también proclamar el salmo responsorial después
de la primera lectura.
197. En ausencia del diácono, después de la introducción del sacerdote,
puede proponer desde el ambón las intenciones de la oración universal.
198. Si no hay canto de entrada ni de Comunión y los fieles no dicen las
antífonas propuestas en el Misal, puede decirlas en el momento oportuno (cfr.
núms. 48.87).
II. LA MISA CONCELEBRADA
199. La concelebración, con la que se manifiesta provechosamente la unidad
del sacerdocio y del sacrificio, como también de todo el pueblo de Dios, por el
mismo rito está mandada: en la ordenación del Obispo y de los presbíteros, en
la bendición de un Abad y en la Misa Crismal.
Sin embargo, se recomienda a no ser que el provecho de los fieles
requiera o aconseje otra cosa:
115
Cfr. Pablo VI, Carta Apostólica Ministeria quaedam, día 15 de agosto de 1972: A.A.S. 64 (1972)
pág. 532.
LIII
a) Para la Misa vespertina en la Cena del Señor.
b) Para la Misa que se celebra en los Concilios, en las Reuniones de
Obispos y en los Sínodos.
c) Para la Misa conventual y para la Misa principal que se celebra en las
iglesias y en los oratorios.
d) Para las Misas que se celebran en cualquier tipo de reuniones de
sacerdotes, tanto seculares como religiosos.116
Sin embargo, es lícito a cada sacerdote celebrar de manera individual la
Eucaristía, pero no en el mismo tiempo en el que se tiene concelebración en la
misma iglesia u oratorio. No obstante, el Jueves santo en la Cena del Señor y
en la Misa de la Vigilia pascual, no se permite ofrecer el sacrificio en forma
individual.
200. Los presbíteros peregrinos sean admitidos con gusto a la
concelebración, siempre que se haya comprobado su condición de sacerdotes.
201. Donde hay un gran número de sacerdotes, la concelebración puede
hacerse varias veces en el mismo día, cuando la necesidad o la utilidad
pastoral lo aconsejen; sin embargo, deben tenerse en tiempos sucesivos o en
lugares sagrados diversos.117
202. Corresponde al Obispo, según las normas del Derecho, ordenar la
disciplina de la concelebración en todas las iglesias y oratorios de su diócesis.
203. Hónrese de manera particular la concelebración en la que los presbíteros
de una diócesis concelebran con su propio Obispo, especialmente la Misa
estacional en los días más solemnes del año litúrgico, la Misa de ordenación
de un nuevo Obispo de la diócesis o de su Coadjutor o Auxiliar, la Misa
Crismal, la Misa vespertina en la Cena del Señor, las celebraciones del Santo
Fundador de la Iglesia local o del Patrono de la diócesis, los aniversarios del
Obispo y, finalmente, con ocasión del Sínodo o de la visita pastoral.
Por la misma razón se recomienda la concelebración cuantas veces los
sacerdotes se reúnen con el propio Obispo, sea con ocasión de los ejercicios
espirituales o de alguna reunión. En estos casos se manifiesta de forma más
perceptible el signo de la unidad del sacerdocio y de la Iglesia, que es propio
de toda concelebración.118
204. Por una causa especial, como sería el mayor sentido que tiene un rito o
de una festividad, se concede facultad de celebrar o concelebrar varias veces
en el mismo día, en los siguientes casos:
a) Si alguien celebró o concelebró el Jueves Santo en la Misa Crismal,
puede celebrar o concelebrar también en la Misa vespertina en la Cena del
Señor.
b) Si alguien celebró o concelebró en la Misa de la Vigilia Pascual, puede
celebrar o concelebrar la Misa en día de Pascua.
c) En la Navidad del Señor todos los sacerdotes pueden celebrar o
concelebrar tres Misas, con tal de que ellas se celebren a su tiempo.
d) El día de la Conmemoración de todos los fieles difuntos, todos los
sacerdotes pueden celebrar o concelebrar tres Misas con tal de que las
116
Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 57; Código de Derecho Canónico, canon 902
117
Cfr. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, día 25 de mayo de
1967, núm. 47: A.A.S. 59 (1967) pág. 566.
118
C. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, día 25 de mayo de
1967, núm. 47: A.A.S. 59 (1967) pág. 565.
LIV
celebraciones se hagan en diversos tiempos y observando lo establecido
acerca de la aplicación de la segunda y de la tercera Misa. 119
e) Si alguien concelebra con su Obispo o su delegado en un Sínodo y en
la visita pastoral, o con ocasión de reuniones de sacerdotes, puede de nuevo
celebrar otra Misa para utilidad de los fieles. Lo mismo vale, observando lo
que debe observarse, para las reuniones de religiosos.
205. La Misa concelebrada se ordena, en cualquiera de sus formas, según las
normas que se deben observar comúnmente (cfr. núms. 112-198), observando
o cambiando lo que más abajo se expondrá.
206. Ninguno jamás pretenda tomar parte de una concelebración, ni sea
admitido en ella, una vez que la Misa haya ya empezado.
207. En el presbiterio prepárense:
a) Sillas y folletos para los sacerdotes concelebrantes.
b) En la credencia: un cáliz de suficiente capacidad o varios cálices.
208. Si no está presente un diácono, los ministerios propios de éste serán
desempeñados por algunos de los concelebrantes.
Si tampoco están presentes otros ministros, las partes propias de ellos
pueden ser encomendadas a otros fieles idóneos; de lo contrario serán
cumplidas por algunos concelebrantes.
209. Los concelebrantes, en la sacristía o en otro lugar apropiado, se revisten
con las vestiduras sagradas que suelen utilizar cuando celebran la Misa
individualmente. Pero si hay una justa causa, por ejemplo, un gran número de
concelebrantes o falta de ornamentos, los concelebrantes, con excepción
siempre del celebrante principal, pueden omitir la casulla o planeta, poniendo
la estola sobre el alba.
Ritos iniciales
210. Cuando todo está debidamente preparado se hace, como de costumbre,
la procesión hacia el altar por en medio de la Iglesia. Los sacerdotes
concelebrantes preceden al celebrante principal.
211. Cuando llegan al altar, los concelebrantes y el celebrante principal,
hacen inclinación profunda, veneran el altar con un beso y después se dirigen
a la silla que les fue asignada. Pero el celebrante principal, dado el caso,
inciensa la cruz y el altar, y va a la sede.
Liturgia de la Palabra
212. Durante la Liturgia de la Palabra los concelebrantes ocupan su propio
lugar y se sientan y se levantan, de la misma forma como lo hace el
celebrante principal.
Iniciado el Aleluya, todos se levantan, excepto el Obispo, quien pone
incienso al turíbulo sin decir nada, y bendice al diácono o, si no hay un
diácono presente, al concelebrante que proclamará el Evangelio. Pero en la
concelebración que preside un presbítero, el concelebrante que proclama el
Evangelio cuando no está presente un diácono, ni pide ni recibe la bendición
del concelebrante principal.
119
Cfr. Benedicto XV, Constitución Apostólica Incruentum altaris sacrificium, día 10 de agosto de
1915: A.A.S. 7 (1915) págs. 401-404
LV
213. La homilía la hará de ordinario el celebrante principal o uno de los
concelebrantes.
Liturgia Eucarística
214. Al celebrante principal corresponde la preparación de los dones (cfr.
núms. 139-146), durante la cual los demás concelebrantes permanecen en
sus lugares.
215. Después de haber dicho el celebrante principal la oración sobre las
ofrendas, los concelebrantes se acercan al altar y permanecen cerca de él,
pero de tal modo que no impidan el desarrollo de los ritos y que la acción
sagrada pueda ser bien presenciada por los fieles, ni que sean impedimento al
diácono cuando, por razón de su ministerio, debe acercarse al altar.
El diácono desempeñe su propio ministerio cerca del altar, sirviendo,
cuando sea necesario, en lo que se refiere al cáliz y al misal. Sin embargo, en
cuanto sea posible, permanezca un poco detrás de los sacerdotes
concelebrantes, quienes están de pie cerca del concelebrante principal.
Modo de proclamar la Plegaria Eucarística
216. El prefacio lo canta o lo dice solo el celebrante principal; el Santo, en
cambio, lo cantan o lo dicen todos los concelebrantes juntamente con el
pueblo y los cantores.
217. Terminado el Santo, los sacerdotes concelebrantes prosiguen la Plegaria
Eucarística en el modo descrito más abajo. Solo el celebrante principal hace
los gestos, a no ser que se indique de otra manera.
218. Las partes que dicen conjuntamente todos los concelebrantes y,
especialmente, las palabras de la consagración, las cuales todos están
obligados a pronunciar, deben decirse de tal modo que los concelebrantes las
acompañen en voz baja y que la voz del celebrante principal se escuche
claramente. De esta manera las palabras serán comprendidas más fácilmente
por el pueblo.
Es muy loable que se canten las partes que deben ser dichas
simultáneamente por todos los concelebrantes y que en el misal están
embellecidas con nota musical.
Plegaria Eucarística I o Canon Romano
219. En la Plegaria Eucarística I o Canon Romano, Padre misericordioso lo
dice solamente el celebrante principal con las manos extendidas.
220. El Memento de los vivos (Acuérdate, Señor,) y la Conmemoración de los
Santos (Reunidos en comunión) conviene encomendarlos a uno u otro de los
concelebrantes, y él solo dice estas oraciones, con las manos extendidas y en
voz alta.
221. Acepta, Señor, en tu bondad, lo dice solamente el celebrante principal,
con las manos extendidas.
222. Desde Bendice y santifica, oh Padre, hasta Te pedimos humildemente,
Dios todopoderoso, el celebrante principal hace los gestos, pero todos los
concelebrantes dicen todo simultáneamente, de este modo:
LVI
a) Bendice y santifica, oh Padre, con las manos extendidas hacia las
ofrendas.
b) El cual, la víspera de su Pasión y Del mismo modo, acabada la cena,
con las manos juntas.
c) Las palabras del Señor, si parece conveniente, con la mano derecha
extendida hacia el pan y hacia el cáliz; pero en la elevación miran la Hostia y
el cáliz y luego se inclinan profundamente.
d) Por eso, Padre, nosotros, tus siervos, y Mira con ojos de bondad, con
las manos extendidas.
e) Te pedimos humildemente, Dios todopoderoso, inclinados y con las
manos juntas hasta las palabras: al participar aquí de este altar y, en seguida,
se enderezan, signándose a las palabras seamos colmados de gracia y
bendición.
223. La intercesión por los difuntos (Acuérdate también, Señor, de tus hijos) y
Y a nosotros pecadores, siervos tuyos, conviene encomendarlos a uno u otro
de los concelebrantes y él solo las pronuncia con las manos extendidas y en
voz alta.
224. A las palabras Y a nosotros, pecadores, siervos tuyos, todos los
concelebrantes se golpean el pecho.
225. Por Cristo, Señor nuestro, por quien sigues creando es dicho sólo por el
celebrante principal.
Plegaria Eucarística II
226. En la Plegaria Eucarística II Santo eres en verdad, Señor, es dicho sólo
por el celebrante principal, con las manos extendidas.
227. Desde Por eso te pedimos que santifiques, hasta Te pedimos
humildemente, todos los concelebrantes lo dicen simultáneamente, de este
modo:
a) Por eso te pedimos que santifiques, con las manos extendidas hacia
las ofrendas.
b) El cual, cuando iba a ser entregado a su Pasión y Del mismo modo,
acabada la cena, con las manos juntas.
c) Las palabras del Señor, si parece conveniente, con la mano derecha
extendida hacia el pan y hacia el cáliz; pero en la elevación miran la Hostia y
el cáliz y luego se inclinan profundamente.
d) Así, pues, Padre, al celebrar ahora, y Te pedimos humildemente, que
el Espíritu Santo con las manos extendidas.
228. Las intercesiones por los vivos Acuérdate, Señor, de tu Iglesia y por los
difuntos Acuérdate también de nuestros hermanos, conviene encomendarlas a
uno u otro de los concelebrantes y las pronuncia él solo con las manos
extendidas, en voz alta.
Plegaria Eucarística III
229. En la Plegaria Eucarística III Santo eres en verdad, Padre, es dicho sólo
por el celebrante principal, con las manos extendidas.
230 Desde Por eso, Padre, te suplicamos, hasta Dirige tu mirada, sobre la
ofrenda lo dicen simultáneamente todos los concelebrantes, de este modo:
a) Por eso, Padre, te suplicamos, con las manos extendidas hacia las
ofrendas.
LVII
b) Porque él mismo, la noche en que iba a ser entregado y Del mismo
modo, acabada la cena, con las manos juntas.
c) Las palabras del Señor, si parece conveniente, con la mano derecha
extendida hacia el pan y hacia el cáliz; pero en la elevación miran la Hostia y
el cáliz y luego se inclinan profundamente.
d) Así, pues, Padre, al celebrar ahora el memorial y Dirige tu mirada
sobre la ofrenda de tu Iglesia, con las manos extendidas.
231. Las intercesiones: Que Él nos transforme en ofrenda permanente, Te
pedimos, Padre, que esta Víctima de reconciliación y A nuestros hermanos
difuntos conviene encomendarlas a uno u otro de los concelebrantes, quien
las pronuncia en voz alta, solo, con las manos extendidas.
Plegaria Eucarística IV
232. En la Plegaria Eucarística IV Te alabamos, Padre santo, porque eres
grande hasta llevando a plenitud su obra en el mundo, son dichas sólo por el
celebrante principal, con las manos extendidas.
233. Desde: Por eso, Padre, te rogamos, hasta Dirige tu mirada, sobre esta
Víctima lo dicen simultáneamente todos los concelebrantes, de este modo:
a) Por eso, Padre, te rogamos, con las manos extendidas hacia las
ofrendas.
b) Porque Él mismo, llegada la hora y Del mismo modo, tomó el cáliz con
las manos juntas.
c) Las Palabras del Señor, si parece conveniente, con la mano derecha
extendida hacia el pan y hacia el cáliz; pero en la elevación miran la Hostia y
el cáliz y luego se inclinan profundamente.
d) Por eso, Padre, al celebrar ahora el memorial y Dirige tu mirada sobre
esta Víctima con las manos extendidas.
234. La intercesión Y ahora, Señor, acuérdate, de todos aquellos y Padre de
bondad, que todos tus hijos nos reunamos conviene encomendarlas a uno u
otro de los concelebrantes y él solo las pronuncia, con las manos extendidas.
235. Respecto a las otras Plegarias Eucarísticas aprobadas por la Sede
Apostólica, obsérvense las normas determinadas para cada una de ellas.
236. La doxología final de la Plegaria Eucarística es pronunciada solamente
por el sacerdote celebrante principal y, si se quiere, juntamente con los otros
concelebrantes, pero no por los fieles.
Rito de la comunión
237. Después, con las manos juntas, el celebrante principal dice la monición
antes de la Oración del Señor, y en seguida, con las manos extendidas,
juntamente con los demás concelebrantes, quienes también extienden las
manos, y con el pueblo, dice la Oración del Señor.
238. Líbranos de todos los males, Señor, es dicho sólo por el celebrante
principal, con las manos extendidas. Todos los concelebrantes, juntamente
con el pueblo, dicen la aclamación final: Tuyo es el reino.
239. Después de la monición del diácono o, en su ausencia, de uno de los
concelebrantes: Dense fraternalmente la paz, todos se dan la paz. Los que
están más cerca del celebrante principal reciben la paz de él antes que el
diácono.
LVIII
240. Mientras se dice Cordero de Dios, los diáconos o algunos de los
concelebrantes, pueden ayudar al celebrante principal a partir las Hostias, sea
para Comunión de los concelebrantes, sea para la del pueblo.
241. Terminada la “inmixtión” o bien, la mezcla del Cuerpo y de la Sangre del
Señor, sólo el celebrante principal, con las manos juntas, dice el secreto la
oración Señor Jesucristo, Hijo de Dios vivo, o Señor Jesucristo la comunión de
tu Cuerpo y de tu Sangre.
242. Terminada la oración antes de la Comunión, el celebrante principal hace
genuflexión y se retira un poco. Los concelebrantes, por su parte, uno tras
otro, se acercan al centro del altar, hacen genuflexión y toman
reverentemente del altar el Cuerpo de Cristo, lo tienen con la mano derecha,
poniendo debajo la izquierda y se retiran a sus lugares. Sin embargo, los
concelebrantes también pueden permanecer en sus lugares y tomar el Cuerpo
de Cristo de la patena que el celebrante principal, o uno o varios de los
concelebrantes sostienen, pasando ante ellos; o también pasándose la patena
uno a otro hasta el último.
243. Después, el celebrante principal toma el Hostia consagrada en esa
misma Misa, y teniéndola un poco elevada sobre la patena o sobre el cáliz,
vuelto hacia el pueblo dice: Éste es el Cordero de Dios, y prosigue con los
concelebrantes y con el pueblo, diciendo: Señor, no soy digno.
244. En seguida, el celebrante principal, vuelto hacia el altar, dice en secreto:
El Cuerpo de Cristo me guarde para la vida eterna, y come reverentemente el
Cuerpo de Cristo. Del mismo modo hacen los concelebrantes, dándose ellos
mismos la Comunión. Después de ellos, el diácono recibe del celebrante
principal el Cuerpo y la Sangre del Señor.
245. La Sangre del Señor se puede tomar o bebiendo directamente del cáliz o
por intinción, o con una cánula, o con una cucharilla.
246. Si la Comunión se recibe bebiendo directamente del cáliz, puede
emplearse uno de estos modos:
a) El celebrante principal de pie, al centro del altar toma el cáliz y dice
en secreto: La Sangre de Cristo me guarde para la vida eterna y bebe un poco
de la Sangre del Señor y entrega el cáliz al diácono o a un concelebrante.
Después distribuye la Comunión a los fieles (cfr. núms.160 -162).
Los concelebrantes, uno tras otro, o de dos en dos, si se emplean dos
cálices, se acercan al altar, hacen genuflexión, beben la Sangre, limpian el
borde del cáliz y vuelven a sus asientos.
b) El celebrante principal en el centro del altar, de la manera
acostumbrada bebe la Sangre del Señor.
Pero los concelebrantes pueden beber la Sangre del Señor
permaneciendo en sus lugares y bebiendo del cáliz que les ofrece el diácono o
un concelebrante, o también pasándose seguidamente el cáliz. El cáliz
siempre se purifica o por el mismo que bebe o por quien presenta el cáliz.
Cuando cada uno haya comulgado vuelve a su asiento.
247. En el altar, el diácono bebe reverentemente toda la Sangre de Cristo que
quedó, ayudado, si es el caso, por algunos concelebrantes; después traslada
el cáliz a la credencia y allí él mismo, o el acólito ritualmente instituido, lo
purifica, lo seca y lo arregla (cfr. n. 183).
248. La Comunión de los concelebrantes también puede ordenarse de
manera que cada uno comulgue en el altar el Cuerpo e inmediatamente
después la Sangre del Señor.
LIX
En este caso, el celebrante principal toma la Comunión bajo las dos
especies como de costumbre (cfr. n. 158), observando, sin embargo, el rito
para la Comunión del cáliz elegido en cada caso, que seguirán los demás
concelebrantes.
Terminada la comunión del celebrante principal, se deja el cáliz a un
lado del altar sobre otro corporal. Los concelebrantes se acercan uno tras otro
al centro del altar, hacen genuflexión y comulgan el Cuerpo del Señor; pasan
después al lado del altar y beben la Sangre del Señor, según el rito escogido
para la Comunión del cáliz, como se dijo antes.
De la misma manera, como se dijo antes, se hacen también la
Comunión del diácono y la purificación del cáliz.
249. Si la Comunión de los concelebrantes se hace por intinción, el celebrante
principal sume el Cuerpo y la Sangre del Señor de la manera acostumbrada,
teniendo cuidado, sin embargo, de que en el cáliz quede suficiente cantidad
de la Sangre del Señor para la Comunión de los concelebrantes. Después el
diácono, o uno de los concelebrantes, dispone de modo apropiado el cáliz en
el medio del altar, o a un lado, sobre otro corporal, junto con la patena que
contiene las partículas de Hostias.
Los concelebrantes, uno tras otro, se acercan al altar, hacen
genuflexión, toman una partícula, la mojan en parte en el cáliz y, poniendo el
purificador debajo de la boca, comen la partícula mojada y, en seguida, se
retiran a sus sitios como al inicio de la Misa.
También el diácono recibe la Comunión por intinción, el cual responde
Amén al concelebrante quien le dice: El Cuerpo y la Sangre de Cristo. El
diácono, por otra parte, bebe en el altar toda la Sangre que quedó, ayudado,
si es el caso, por algunos concelebrantes; traslada el cáliz a la credencia y allí
él, o un acólito ritualmente instituido, como de costumbre, lo purifica, lo seca
y lo arregla.
Rito de conclusión
250. Todo lo demás, hasta el fin de la Misa, lo hace como de costumbre (cfr.
núms. 166-168) el celebrante principal, permaneciendo los concelebrantes en
sus sillas.
251. Los concelebrantes antes de retirarse del altar, hacen inclinación
profunda al altar. Pero el celebrante principal venera el altar con un beso
como de costumbre.
III. MISA EN LA QUE SÓLO PARTICIPA UN MINISTRO
252. En la Misa celebrada por el sacerdote, a quien sólo un ministro asiste y
le responde, obsérvese el rito de la Misa con pueblo (cfr. núms. 120-169); el
ministro, según las circunstancias, dice las partes del pueblo.
253. Con todo, si el ministro es un diácono, él mismo cumplirá las funciones
que le son propias (cfr. núms. 171-186) y además realizará las otras partes del
pueblo.
254. No se celebre la Misa sin un ministro, o por lo menos algún fiel, a no ser
por causa justa y razonable. En este caso se omiten los saludos, las
moniciones y la bendición al final de la Misa.
LX
255. Antes de la Misa se preparan los vasos necesarios en la credencia o
sobre el altar al lado derecho.
Ritos iniciales
256. El sacerdote, se acerca al altar y, hecha inclinación profunda junto con el
ministro, venera el altar con un beso y se dirige a la sede. Si el sacerdote
quiere puede permanecer en el altar; en este caso, también el misal se
prepara allí. Entonces el ministro o el sacerdote dice la antífona de entrada.
257. Después el sacerdote con el ministro, estando de pie, se signa con el
signo de la cruz y dice En el nombre del Padre; vuelto hacia el ministro lo
saluda, eligiendo una de las fórmulas propuestas.
258. En seguida se hace el acto penitencial, y, según las rúbricas, se dice el
Kyrie y el Gloria.
259. Luego, con las manos juntas, dice: Oremos, y después de una pausa
conveniente, dice, con las manos extendidas, la oración colecta. Al final, el
ministro aclama: Amén.
Liturgia de la palabra
260. Las lecturas, en cuanto sea posible, se proclamarán desde el ambón o
desde el facistol.
261. Dicha la colecta, el ministro hace la primera lectura y el salmo; y cuando
corresponda, también hace la segunda lectura con el versículo para el Aleluya
u otro canto.
262. Después, profundamente inclinado, el sacerdote dice: Purifica mi
corazón, y en seguida lee el Evangelio. Al final dice: Palabra del Señor, a lo
que el ministro responde: Gloria a ti, Señor Jesús. Después el sacerdote
venera el libro con un beso, diciendo en secreto: Las palabras del Evangelio
borren nuestros pecados.
263. En seguida, el sacerdote, según las rúbricas, dice el Símbolo juntamente
con el ministro.
264. Sigue la oración universal, que también puede decirse en esta Misa. El
sacerdote introduce y concluye la oración, pero el ministro dice las
intenciones.
Liturgia Eucarística
265. En la Liturgia Eucarística todo se hace como en la Misa con pueblo,
excepto lo que sigue.
266. Terminada la aclamación al final del embolismo que sigue a la Oración
del Señor, el sacerdote dice la oración Señor Jesucristo, que dijiste; y luego
agrega: La paz del Señor esté siempre con ustedes, a lo que el ministro
responde: Y con tu espíritu. Según las circunstancias, el sacerdote da la paz al
ministro.
267. En seguida, mientras dice con el ministro Cordero de Dios, el sacerdote
parte la Hostia sobre la patena. Terminado el Cordero de Dios, hace la
“inmixtión”, o sea la mezcla del Cuerpo y de la Sangre del Señor, diciendo en
secreto: El Cuerpo y la Sangre.
LXI
268. Después de la “inmixtión”, es decir, la mezcla del Cuerpo y de la Sangre
del Señor, el sacerdote dice en secreto la oración Señor Jesucristo, Hijo de
Dios vivo o Señor Jesucristo, la comunión de tu Cuerpo; después hace la
genuflexión, toma la Hostia y, si el ministro recibe la Comunión, vuelto hacia
él y teniendo la Hostia un poco elevada sobre la patena o sobre el cáliz, dice:
Este es el Cordero de Dios, y con él agrega: Señor, no soy digno. En seguida,
vuelto hacia el altar, sume el Cuerpo de Cristo. Pero si el ministro no recibe la
Comunión, hecha la genuflexión, el sacerdote toma la Hostia y, vuelto hacia el
altar, dice una sola vez en secreto: Señor, no soy digno, y El Cuerpo de Cristo
me guarde y en seguida sume el Cuerpo de Cristo. Después toma el cáliz y
dice en secreto: La Sangre de Cristo me guarde y bebe la Sangre.
269. Antes de dar la Comunión al ministro, el ministro, o el mismo sacerdote
dicen la antífona de Comunión.
270. El sacerdote purifica el cáliz en la credencia o en el altar. Si se purifica el
cáliz en el altar, puede ser llevado por el ministro a la credencia, o se deja a
un lado del altar.
271. Terminada la purificación del cáliz, es conveniente que el sacerdote
guarde un intervalo de silencio; en seguida dice la oración después de la
Comunión.
Rito de conclusión
272. El rito de conclusión se cumple como en la Misa con pueblo, omitido el
Pueden ir en paz. El sacerdote, como de costumbre, venera el altar con un
beso, y, hecha inclinación profunda juntamente con el ministro, se retira.
IV. ALGUNAS NORMAS MÁS GENERALES
PARA TODAS LAS FORMAS DE MISA
Veneración del altar y del Evangeliario
273. Según la costumbre tradicional, la veneración del altar y del Evangeliario
se cumple con el beso. Sin embargo, donde este signo no concuerda con las
tradiciones o la índole de alguna región, corresponde a la Conferencia de los
Obispos determinar otro signo en lugar de éste, con el consentimiento de la
Sede Apostólica.
Genuflexión e inclinación
274. La genuflexión, que se hace doblando la rodilla derecha hasta la tierra,
significa adoración; y por eso se reserva para el Santísimo Sacramento, así
como para la santa Cruz desde la solemne adoración en la acción litúrgica del
Viernes Santo en la Pasión del Señor hasta el inicio de la Vigilia Pascual.
En la Misa el sacerdote que celebra hace tres genuflexiones, esto es:
después de la elevación de la Hostia, después de la elevación del cáliz y antes
de la Comunión. Las peculiaridades que deben observarse en la Misa
concelebrada, se señalan en sus lugares (cfr. núms. 210-251).
Pero si el tabernáculo con el Santísimo Sacramento está en el
presbiterio, el sacerdote, el diácono y los otros ministros hacen genuflexión
cuando llegan al altar y cuando se retiran de él, pero no durante la
celebración misma de la Misa.
LXII
De lo contrario, todos los que pasan delante del Santísimo Sacramento
hacen genuflexión, a no ser que avancen procesionalmente.
Los ministros que llevan la cruz procesional o los cirios, en vez de la
genuflexión, hacen inclinación de cabeza.
275. Con la inclinación se significa la reverencia y el honor que se tributa a
las personas mismas o a sus signos. Hay dos clases de inclinaciones, es a
saber, de cabeza y de cuerpo:
a) La inclinación de cabeza se hace cuando se nombran al mismo tiempo
las tres Divinas Personas, y al nombre de Jesús, de la bienaventurada Virgen
María y del Santo en cuyo honor se celebra la Misa.
b) La inclinación de cuerpo, o inclinación profunda, se hace: al altar, en
las oraciones Purifica mi corazón y Acepta, Señor, nuestro corazón contrito; en
el Símbolo, a las palabras y por obra del Espíritu Santo o que fue concebido
por obra y gracia del Espíritu Santo; en el Canon Romano, a las palabras Te
pedimos humildemente. El diácono hace la misma inclinación cuando pide la
bendición antes de la proclamación el Evangelio. El sacerdote, además, se
inclina un poco cuando, en la consagración, pronuncia las palabras del Señor.
Incensación
276. La turificación o incensación expresa reverencia y oración, tal como se
indica en la Sagrada Escritura (cfr. Sal 140, 2; Ap 8, 3).
El incienso puede usarse a voluntad en cualquier forma de Misa:
a) durante la procesión de entrada;
b) al inicio de la Misa para incensar la cruz y el altar;
c) para la procesión y proclamación del Evangelio;
d) después de ser colocados el pan y el vino sobre el altar, para
incensar las ofrendas, la cruz y el altar, así como al sacerdote y al pueblo;
e) En la elevación de la Hostia y del cáliz después de la consagración.
277. El sacerdote, cuando pone incienso en el turíbulo, lo bendice con el signo
de cruz sin decir nada.
Antes y después de la incensación se hace inclinación profunda a la
persona o al objeto que se inciensa, exceptuados el altar y las ofrendas para
el sacrificio de la Misa.
Con tres movimientos del turíbulo se inciensan el Santísimo
Sacramento, las reliquias de la santa Cruz y las imágenes del Señor expuestas
para pública veneración, las ofrendas para el sacrificio de la Misa, la cruz del
altar, el Evangeliario, el cirio pascual, el sacerdote y el pueblo.
Con dos movimientos del turíbulo se inciensan las reliquias y las
imágenes de los Santos expuestas para pública veneración, y únicamente al
inicio de la celebración, después de la incensación del altar.
El altar se inciensa con un único movimiento, de esta manera:
a) Si el altar está separado de la pared, el sacerdote lo inciensa
circundándolo.
b) Pero si el altar no está separado de la pared, el sacerdote, al ir
pasando, inciensa primero la parte derecha y luego la parte izquierda.
La cruz, sí está sobre el altar o cerca de él, se turifica antes de la
incensación del altar, de lo contrario cuando el sacerdote pasa ante ella.
LXIII
El sacerdote inciensa las ofrendas con tres movimientos del turíbulo,
antes de la incensación de la cruz y del altar, o trazando con el incensario el
signo de la cruz sobre las ofrendas.
Las purificaciones
278. Siempre que algún fragmento de la Hostia se haya adherido a los dedos,
sobre todo después de la fracción o de la Comunión de los fieles, el sacerdote
debe limpiar los dedos sobre la patena y, o según la necesidad, lavarlos. Del
mismo modo, deben recogerse los fragmentos que hubiera fuera de la patena.
279. Los vasos sagrados son purificados por el sacerdote, o por el diácono o
por el acólito instituido, después de la Comunión o después de la Misa, en
cuanto sea posible en la credencia. La purificación del cáliz se hace con agua
o con agua y vino, que tomará el mismo que purifica. La patena, como de
costumbre, límpiese con el purificador.
Préstese atención a que lo que quizás quedare de la Sangre de Cristo
después de la distribución de la Comunión, se beba inmediata e íntegramente
en el altar.
280. Si se cae la Hostia o alguna partícula, recójase con reverencia; pero si se
derrama algo de la Sangre del Señor, lávese con agua el lugar donde hubiere
caído y, después, viértase esta agua en el “sacrarium” (o piscina) colocado en
la sacristía.
Comunión bajo las dos especies
281. Cuando la sagrada Comunión se hace bajo las dos especies el signo
adquiere una forma más plena. De esta forma, en efecto, el signo del
banquete eucarístico resplandece más perfectamente y expresa más
claramente la voluntad divina con que se ratifica la Alianza nueva y eterna en
la Sangre del Señor, así como también la relación entre el banquete
eucarístico y el banquete escatológico en el reino del Padre. 120
282. Procuren los sagrados pastores recordar, de la mejor manera posible, a
los fieles que participan en el rito o que intervienen en él, la doctrina católica
sobre las formas de distribución de la sagrada Comunión, según el Concilio
Ecuménico Tridentino. En primer lugar, recuerden a los fieles que la fe católica
enseña que también bajo una sola de las dos especies se recibe a Cristo todo
e íntegro y el verdadero Sacramento; y que, por consiguiente, en lo tocante a
su fruto, no se priva de ninguna gracia necesaria para la salvación a quienes
sólo reciben una de las especies.121
Enseñen además, que en la administración de los Sacramentos,
dejando intacto lo que constituye su sustancia, la Iglesia tiene la facultad para
determinar o cambiar aquello que juzgue más conveniente para su veneración
o para la utilidad de quienes los reciben, según la diversidad de las
circunstancias, tiempos y lugares. 122 Y en el mismo sentido, exhorten a los
fieles para que se interesen por participar más intensamente en el sagrado
rito, en el cual resplandece de manera más plena el signo del banquete
eucarístico.
120
Cfr. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, día 25 de mayo de
1967, núm. 32: A.A.S. 59 (1967) pág. 558.
121
Cfr. Concilio Ecuménico Tridentino, Sesión XXI, 16 de julio de 1562, Decreto sobre la Comunión
eucarística, capítulos 1-3, Denz-Schönm 1725-1729.
122
Cfr. CONCILIO ECUMÉNICO TRIDENTINO, Sesión XXI, 16 de julio de 1562, Decreto sobre la Comunión
eucarística, capítulo 2, Denz-Schönm 1728.
LXIV
283. La Comunión bajo las dos especies se permite, además de los casos
expuestos en los libros rituales:
a) a los sacerdotes que no pueden celebrar o concelebrar el sacrificio;
b) al diácono y a los demás que desempeñan algún ministerio en la
Misa;
c) a los miembros de las comunidades en la Misa conventual o en la
denominada “de comunidad”, a los alumnos de los seminarios, a todos los que
se dedican a los ejercicios espirituales o participan en una reunión espiritual o
pastoral.
El Obispo diocesano puede establecer para su diócesis las normas
acerca de la Comunión bajo las dos especies, que también han de observarse
en las iglesias de los religiosos y en pequeños grupos. A este mismo Obispo se
da la facultad de permitir la Comunión bajo las dos especies cuantas veces
esto le parezca oportuno al sacerdote, al cual, como pastor propio le está
encomendada la comunidad, con tal de que los fieles estén bien instruidos y
que esté ausente todo peligro de profanación del Sacramento, o que el rito se
torne más dificultoso por la multitud de participantes, o por otra causa.
En cuanto al modo de distribuir a los fieles la sagrada Comunión bajo
las dos especies y a la extensión de la facultad, las Conferencias de Obispos
pueden dar normas, una vez aprobadas las disposiciones por la Sede
Apostólica.
284. Cuando se distribuye la Comunión bajo las dos especies:
a) el diácono, como de costumbre, sirve con el cáliz o, en su ausencia,
un presbítero o también un acólito ritualmente instituido u otro ministro
extraordinario de la sagrada Comunión; o un fiel, a quien, en caso de
necesidad, se le confía este ministerio “ad actum”; (para esta ocasión;)
b) lo que quizás quede de la Sangre de Cristo, es bebido en el altar por
el sacerdote o por el diácono, o por el acólito ritualmente instituido, quien
sirvió con el cáliz y que también purifica, seca y arregla los vasos sagrados de
la manera acostumbrada.
A los fieles, que quizás quieran comulgar solo bajo la especie de pan,
déseles la sagrada Comunión de esta forma.
285. Para distribuir la sagrada Comunión bajo las dos especies, prepárese:
a) un cáliz de suficiente capacidad o varios cálices si la Comunión se
hace bebiendo directamente del cáliz, pero previendo siempre prudentemente
que al final de la celebración no quede de la Sangre de Cristo más de lo que
es prudente para ser bebida.
b) Si se hace por intinción, las hostias no sean demasiado delgadas ni
demasiado pequeñas, sino de un espesor mayor que el de costumbre, para
que las hostias mojadas en parte con la Sangre del Señor puedan ser
cómodamente distribuidas.
286. Si la Comunión de la Sangre del Señor se hace bebiendo del cáliz, quien
va a comulgar, después de haber recibido el Cuerpo de Cristo, pasa al ministro
del cáliz y permanece de pie ante él. El ministro le dice: La Sangre de Cristo;
quien va a comulgar responde: Amén; y el ministro le entrega el cáliz, para
que lo lleve a la boca el mismo que va a comulgar, con sus manos. El que va a
comulgar bebe un poco del cáliz, lo devuelve al ministro y se retira; el ministro
limpia el borde del cáliz con el purificador.
LXV
287. Si la Comunión del cáliz se hace por intinción, quien va a comulgar,
teniendo la patena debajo de la boca, se acerca al sacerdote, quien sostiene
el vaso con las sagradas partículas y a cuyo lado se sitúa el ministro que
sostiene el cáliz. El sacerdote toma la Hostia, moja parte de ella en el cáliz y,
mostrándola, dice: El Cuerpo y la Sangre de Cristo; quien va a comulgar
responde: Amén, recibe del sacerdote el Sacramento en la boca, y en seguida
se retira.
LXVI
CAPÍTULO V
DISPOSICIÓN Y ORNATO DE LAS IGLESIAS
PARA LA CELEBRACIÓN DE LA EUCARISTÍA
I. PRINCIPIOS GENERALES
288. Para celebrar la Eucaristía el pueblo de Dios se congrega generalmente
en la iglesia, o cuando no la hay o es muy pequeña, en otro lugar apropiado
que, de todas maneras, sea digno de tan gran misterio. Las iglesias, por
consiguiente, y los demás lugares, sean aptos para la realización de la acción
sagrada y para que se obtenga una participación activa de los fieles. Los
mismos edificios sagrados y los objetos destinados al culto divino sean, en
verdad, dignos y bellos, signos y símbolos de las realidades celestiales. 123
289. De ahí que la Iglesia busca continuamente el noble servicio de las artes
y acepta las expresiones artísticas de todos los pueblos y regiones. 124 Más
aún, así como desea vivamente conservar las obras y los tesoros de arte
dejados en herencia por los siglos pretéritos 125 y también, en cuanto es
necesario, adaptarlos a las nuevas necesidades, trata de promover las nuevas
formas de arte acordes con la índole cada época.126
Por eso, al escoger e instruir a los artistas y también al elegir las obras
destinadas a las iglesias, búsquese un preeminente valor artístico que
alimente la fe y la piedad y que responda de manera auténtica al sentido y al
fin para el cual se destinan.127
290. Todas las iglesias serán dedicadas o, por lo menos, bendecidas. Sin
embargo, las catedrales y las iglesias parroquiales serán dedicadas con rito
solemne.
291. Para la recta construcción, restauración y adaptación de los edificios
sagrados, todos los interesados deben consultar a la Comisión Diocesana de
Sagrada Liturgia y de Arte Sagrado. Y el Obispo diocesano usará el consejo y
la ayuda de dicha Comisión siempre que se trate de dar normas sobre este
particular, de aprobar los planos para la construcción de nuevos edificios o de
dar juicio sobre cuestiones de alguna importancia en esta materia. 128
292. El ornato de una iglesia contribuya a su nobleza y simplicidad, más que
a la suntuosidad. Sin embargo, en la selección de los elementos que tienen
que ver con el ornato, procúrese la autenticidad y que sirvan para instruir a
los fieles y para dar dignidad a todo el lugar sagrado.
123
Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núms. 122-124; Decreto sobre el ministerio y la vida de los Presbíteros, Presbyterorum
ordinis, núm. 5; Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Inter Oecumenici, día 26 de
septiembre de 1964, núm. 90: A.A.S. 56 (1964) pág. 897; Instrucción Eucharisticum mysterium,
día 25 de mayo de 1967, núm. 24: A.A.S. 59 (1967) pág. 554; Código de Derecho Canónico, canon
932, 1
124
Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 123.
125
Cfr. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, día 25 de mayo de
1967, núm. 24: A.A.S. 59 (1967) pág. 554
126
Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núms. 123. 129; Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Inter Oecumenici, día 26
de septiembre de 1964, núm. 13 c: A.A.S. 56 (1964) pág. 880.
127
Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núms. 123.
128
Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 126; Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Inter Oecumenici, día 26 de
septiembre de 1964, núm. 91: A.A.S. 56 (1964) pág. 898.
LXVII
293. La adecuada disposición de la iglesia y de sus complementos, que deben
responder de forma apropiada a las necesidades de nuestro tiempo, requiere
que no sólo se tenga cuidado de aquellas cosas que pertenecen más
directamente a la celebración de las acciones sagradas, sino que también se
prevea aquello que busca que los fieles tengan la conveniente comodidad,
que suelen preverse en los lugares donde el pueblo se congrega
habitualmente.
294. El pueblo de Dios, que se congrega para la Misa, posee una coherente y
jerárquica ordenación que se expresa por los diversos de ministerios y por la
diferente acción para cada una de las partes de la celebración. Por
consiguiente, conviene que la disposición general del edificio sagrado sea
aquella que de alguna manera manifieste la imagen de la asamblea
congregada, que permita el conveniente orden de todos y que también
favorezca la correcta ejecución de cada uno de los ministerios.
Los fieles y los cantores ocuparán el espacio que más les facilite su
activa participación.129
El sacerdote celebrante, el diácono y los otros ministros ocuparán un
lugar en el presbiterio. Se prepararán allí mismo los asientos para los
concelebrantes; pero si su número es grande, dispónganse en otra parte de la
iglesia, en todo caso cerca del altar.
Todo esto, aunque deba expresar la disposición jerárquica y la
diversidad de ministerios, sin embargo debe constituir una íntima y coherente
unidad, por la cual resplandezca claramente la unidad de todo el pueblo
santo. La naturaleza y la belleza del lugar y de todo el ajuar sagrado deben
fomentar la piedad y mostrar la santidad de los misterios que se celebran.
II. ARREGLO DEL PRESBITERIO
PARA LA ASAMBLEA (SYNAXIS) SAGRADA
295. El presbiterio es el lugar en el cual sobresale el altar, se proclama la
Palabra de Dios, y el sacerdote, el diácono y los demás ministros ejercen su
ministerio. Debe distinguirse adecuadamente de la nave de la iglesia, bien sea
por estar más elevado o por su peculiar estructura y ornato. Sea, pues, de tal
amplitud que pueda cómodamente realizarse y presenciarse la celebración de
la Eucaristía.130
EL ALTAR Y SU ORNATO
296. El altar, en el que se hace presente el sacrificio de la cruz bajo los signos
sacramentales, es también la mesa del Señor, para participar en la cual, se
convoca el Pueblo de Dios a la Misa; y es el centro de la acción de gracias que
se consuma en la Eucaristía.
297. La celebración de la Eucaristía, en lugar sagrado, debe realizarse sobre
el altar; pero fuera del lugar sagrado, también puede realizarse sobre una
mesa apropiada, usando siempre el mantel y el corporal, la cruz y los
candeleros.
129
Cfr. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Inter Oecumenici, día 26 de septiembre de
1964, núms. 97-98: A.A.S. 56 (1964) pág. 899.
130
Cfr. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Inter Oecumenici, día 26 de septiembre de
1964, núm. 91: A.A.S. 56 (1964) pág. 898.
LXVIII
298. Es conveniente que en todas las iglesias exista un altar fijo, que
signifique más clara y permanentemente a Cristo Jesús, la Piedra viva (1Pe 2,
4; Ef 2, 20); sin embargo, para los demás lugares dedicados a las
celebraciones sagradas, el altar puede ser móvil.
Se llama Altar fijo cuando se construye de tal forma que esté fijo al suelo
y que, por lo tanto, no puede moverse; se llama “móvil” cuando se puede
trasladar.
299. Constrúyase el altar separado de la pared, de modo que se le pueda
rodear fácilmente y la celebración se pueda realizar de cara al pueblo, lo cual
conviene que sea posible en todas partes. El altar, sin embargo, ocupe el lugar
que sea de verdad el centro hacia el que espontáneamente converja la
atención de toda la asamblea de los fieles. 131 Según la costumbre, sea fijo y
dedicado.
300. Dedíquese el altar, tanto el fijo como el móvil, según el rito descrito en el
Pontifical Romano; adviértase que el altar móvil sólo puede bendecirse.
301. Según la costumbre tradicional de la Iglesia y por su significado, la mesa
del altar fijo debe ser de piedra, y ciertamente de piedra natural. Sin embargo,
puede también emplearse otro material digno, sólido y trabajado con
maestría, según el juicio de la Conferencia de Obispos. Pero los pies o
basamento para sostener la mesa pueden ser de cualquier material, con tal de
que sea digno y sólido.
El altar móvil puede construirse con cualquier clase de materiales
nobles y sólidos, concorde con el uso litúrgico, según las tradiciones y
costumbres de las diversas regiones.
302. La costumbre de depositar debajo del altar que va a ser dedicado
reliquias de Santos, aunque no sean Mártires, obsérvese oportunamente.
Cuídese, sin embargo, que conste con certeza de la autenticidad de tales
reliquias.
303. Es preferible que en las iglesias nuevas que van a ser construidas, se
erija un solo altar, el cual signifique en la asamblea de los fieles, un único
Cristo y una única Eucaristía de la Iglesia.
Sin embargo, en las iglesias ya construidas, cuando el altar antiguo
esté situado de tal manera que vuelva difícil la participación del pueblo y no
se pueda trasladar sin detrimento del valor artístico, constrúyase otro altar fijo
artísticamente acabado y ritualmente dedicado; y realícense las sagradas
celebraciones sólo sobre él. Para que la atención de los fieles se distraiga del
nuevo altar, no debe ornamentarse el altar antiguo de modo especial.
304. Por reverencia para con la celebración del memorial del Señor y para
con el banquete en que se ofrece el Cuerpo y Sangre del Señor, póngase
sobre el altar donde se celebra por lo menos un mantel de color blanco, que
en lo referente a la forma, medida y ornato se acomode a la estructura del
mismo altar.
305. Obsérvese moderación en el ornato del altar.
Durante el tiempo de Adviento el altar puede adornarse con flores, con
tal moderación, que convenga a la índole de este tiempo, pero sin que se
anticipe a la alegría plena del Nacimiento del Señor. Durante el tiempo de
131
Cfr. Ibíd.
LXIX
Cuaresma se prohíbe adornar el altar con flores. Se exceptúan, sin embargo,
el Domingo Laetare (IV de Cuaresma), las solemnidades y las fiestas.
Los arreglos florales sean siempre moderados, y colóquense más bien
cerca de él, que sobre la mesa del altar.
306. Sobre la mesa del altar se puede poner, entonces, sólo aquello que se
requiera para la celebración de la Misa, a saber, el Evangeliario desde el inicio
de la celebración hasta la proclamación del Evangelio; y desde la presentación
de los dones hasta la purificación de los vasos: el cáliz con la patena, el copón,
si es necesario, el corporal, el purificador, la palia y el misal.
Además, dispónganse de manera discreta aquello que quizás sea
necesario para amplificar la voz del sacerdote.
307. Colóquense en forma apropiada los candeleros que se requieren para
cada acción litúrgica, como manifestación de veneración o de celebración
festiva (cfr. n. 117), o sobre el altar o cerca de él, teniendo en cuenta, tanto la
estructura del altar, como la del presbiterio, de tal manera que todo el
conjunto se ordene elegantemente y no se impida a los fieles mirar
atentamente y con facilidad lo que se hace o se coloca sobre el altar.
308. Igualmente, sobre el altar, o cerca de él, colóquese una cruz con la
imagen de Cristo crucificado, que pueda ser vista sin obstáculos por el pueblo
congregado. Es importante que esta cruz permanezca cerca del altar, aún
fuera de las celebraciones litúrgicas, para que recuerde a los fieles la pasión
salvífica del Señor.
EL AMBÓN
309. La dignidad de la Palabra de Dios exige que en la iglesia haya un lugar
conveniente desde el que se proclame, y al que durante la Liturgia de la
Palabra, se dirija espontáneamente la atención de los fieles. 132
Conviene que por lo general este sitio sea un ambón estable, no un
simple atril portátil. El ambón, según la estructura de la iglesia, debe estar
colocado de tal manera que los ministros ordenados y los lectores puedan ser
vistos y escuchados convenientemente por los fieles.
Desde el ambón se proclaman únicamente las lecturas, el salmo
responsorial y el pregón pascual; también puede tenerse la homilía y proponer
las intenciones de la Oración universal. La dignidad del ambón exige que a él
sólo suba el ministro de la Palabra.
Es conveniente que el nuevo ambón se bendiga antes de destinarlo al
uso litúrgico, según el rito descrito en el Ritual Romano. 133
SEDE PARA EL SACERDOTE CELEBRANTE Y OTRAS SILLAS
310. La sede del sacerdote celebrante debe significar su ministerio de
presidente de la asamblea y de moderador de la oración. Por lo tanto, su lugar
más adecuado es vuelto hacia el pueblo, al fondo del presbiterio, a no ser que
la estructura del edificio u otra circunstancia lo impidan, por ejemplo, si por la
gran distancia se torna difícil la comunicación entre el sacerdote y la
asamblea congregada, o si el tabernáculo está situado en la mitad, detrás del
132
Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Inter Oecumenici, día 26 de septiembre de 1964,
núm. 96: A.A.S. 56 (1964) pág. 899.
133
Cfr. Ritual Romano, Bendicional, edición típica 1984, Bendición con ocasión de la inauguración
de un nuevo ambón, núms. 900-918 (Bendicional en castellano, núms. 1002-1021).
LXX
altar. Evítese, además, toda apariencia de trono. 134 Conviene que la sede se
bendiga según el rito descrito en el Ritual Romano, antes de ser destinada al
uso litúrgico.135
Asimismo dispónganse en el presbiterio sillas para los sacerdotes
concelebrantes y también para los presbíteros revestidos con vestidura coral,
que estén presentes en la celebración, aunque no concelebren.
Póngase la silla del diácono cerca de la sede del celebrante. Para los
demás ministros, colóquense las sillas de tal manera que claramente se
distingan de las sillas del clero y que les permitan cumplir con facilidad el
ministerio que se les ha confiado.136
III. DISPOSICIÓN DE LA IGLESIA
LUGAR DE LOS FIELES
311. Dispónganse los lugares para los fieles con el conveniente cuidado, de
tal forma que puedan participar debidamente, siguiendo con su mirada y de
corazón, las sagradas celebraciones. Es conveniente que los fieles dispongan
habitualmente de bancas o de sillas. Sin embargo, debe reprobarse la
costumbre de reservar asientos a algunas personas particulares. 137 En todo
caso, dispónganse de tal manera las bancas o asientos, especialmente en las
iglesias recientemente construidas, que los fieles puedan asumir con facilidad
las posturas corporales exigidas por las diversas partes de la celebración y
puedan acercarse expeditamente a recibir la Comunión.
Procúrese que los fieles no sólo puedan ver al sacerdote, al diácono y a
los lectores, sino que también puedan oírlos cómodamente, empleando los
instrumentos técnicos de hoy.
LUGAR DE LOS CANTORES Y DE LOS INSTRUMENTOS
MUSICALES
312. Los cantores, teniendo en cuenta la disposición de cada iglesia,
colóquense de tal manera que aparezca claramente su naturaleza, es decir,
que ellos hacen parte de la comunidad congregada y que desempeñan un
oficio peculiar; donde se haga más fácil el desempeño de su oficio y a cada
uno de los cantores se les permita cómodamente la plena participación
sacramental en la Misa.138
313. Colóquense en un lugar apropiado el órgano y los demás instrumentos
musicales legítimamente aprobados, para que puedan ser ayuda, tanto para
los cantores, como para el pueblo que canta; y donde puedan ser
cómodamente escuchados por todos cuando intervienen solos. Es conveniente
134
Cfr. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Inter Oecumenici, día 26 de septiembre de
1964, núm. 92: A.A.S. 56 (1964) pág. 898.
135
Cfr. Ritual Romano, Bendicional, edición típica, 1984, Bendición con ocasión de la inauguración
de una nueva cátedra o sede presidencial, núms. 880-899 (Bendicional en castellano, núms. 981-
1001).
136
Cfr. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Inter Oecumenici, día 26 de septiembre de
1964, núm. 92: A.A.S. 56 (1964) pág. 898.
137
Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 32.
138
Cfr. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Musicam sacram, día 5 de marzo de 1967,
núm. 23: A.A.S. 59 (1967) pág. 307.
LXXI
que el órgano se bendiga según el rito descrito en el Ritual Romano, antes de
destinarlo al uso litúrgico.139
Durante el tiempo de Adviento empléense con tal moderación el órgano
y los demás instrumentos musicales, que sirvan a la índole propia de este
tiempo, teniendo en cuenta de evitar cualquier anticipación de la plena alegría
del Nacimiento del Señor.
El sonido del órgano y de los demás instrumentos durante el tiempo de
Cuaresma se permite sólo para sostener el canto. Se exceptúan el domingo
Laetare (IV de Cuaresma), las solemnidades y las fiestas.
LUGAR DE LA RESERVA DE LA SANTÍSIMA EUCARISTÍA
314. Para cualquier estructura de la iglesia y según las legítimas costumbres
de los lugares, consérvese el Santísimo Sacramento en el Sagrario, en la parte
más noble de la iglesia, insigne, visible, hermosamente adornada y apta para
la oración.140
Como norma general, el tabernáculo debe ser uno solo, inamovible,
elaborado de materia sólida e inviolable, no transparente y cerrado de tal
manera que se evite al máximo el peligro de profanación. 141 Conviene,
además, que se bendiga según el rito descrito en el Ritual Romano antes de
destinarlo al uso litúrgico. 142
315. Por razón del signo conviene más que en el altar en el que se celebra la
Misa no haya sagrario en el que se conserve la Santísima Eucaristía. 143
Por esto, es preferible que el tabernáculo, sea colocado de acuerdo con
el parecer del Obispo diocesano:
a) o en el presbiterio, fuera del altar de la celebración, en la forma y en
el lugar más convenientes, sin excluir el antiguo altar que ya no se emplea
para la celebración (cfr. n. 303);
b) o también en alguna capilla idónea para la adoración y la oración
privada de los fieles,144 que esté armónicamente unida con la iglesia y sea
visible para los fieles.
139
Cfr. Ritual Romano, Bendicional, edición típica, 1984, Bendición de un órgano, núms. 1052-
1067 (Bendicional en castellano, núms. 1166-1179).
140
Cfr. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, día 25 de mayo de
1967, núm. 54: A.A.S. 59 (1967) pág. 568; Instrucción Inter Oecumenici, día 26 de septiembre de
1964, núm. 95: A.A.S. 56 (1964) pág. 898.
141
Cfr. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, día 25 de mayo de
1967, núm. 52: A.A.S. 59 (1967) pág. 568; Instrucción Inter Oecumenici, día 26 de septiembre de
1964, núm. 95: A.A.S. 56 (1964), pág. 898; Sagrada Congregación para los Sacramentos,
Instrucción Nullo umquam tempore, día 28 de mayo de 1938, núm. 4: A.A.S. 30 (1938) págs. 199-
200; Ritual Romano La Sagrada Comunión y el Culto eucarístico fuera de la Misa, edición típica
1973, núms. 10-11. (Edición típica oficial CEC 1975, Culto eucarístico fuera de la Misa, núms. 10-
11, págs.14-15); Código de Derecho Canónico, canon 938, 3.
142
Cfr. Ritual Romano, Bendicional, edición típica 1984, Bendición con ocasión de la inauguración
de un nuevo Sagrario eucarístico, núms. 919-929. (Bendicional en castellano, núms. 1022-1032).
143
Cfr. Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, día 25 de mayo de
1967, núm. 55: A.A.S. 59 (1967) pág. 569.
144
Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción Eucharisticum mysterium, día 25 de mayo de
1967, núm. 53: A.A.S. 59 (1967) pág. 568. Ritual Romano La Sagrada Comunión y el Culto
eucarístico fuera de la Misa, edición típica 1973, núm. 9. (Edición típica oficial
CEC 1975, Culto eucarístico fuera de la Misa, núms. 11, pág.15); Código de Derecho Canónico,
canon 938, 2; Juan Pablo II, Carta Dominicae Cenae, día 24 de febrero de 1980, núm. 3: A.A.S. 72
(1980) págs. 117-119.
LXXII
316. Cerca del sagrario, según la costumbre tradicional, alumbre
permanentemente una lámpara especial, alimentada con aceite o cera, por la
cual se indique y honre la presencia de Cristo.145
317. Tampoco se olviden de ninguna manera las demás cosas que para la
reserva de la Santísima Eucaristía se prescriben según las normas del
Derecho.146
LAS IMÁGENES SAGRADAS
318. En la Liturgia terrena la Iglesia participa de aquella celestial,
pregustando lo que se celebra en la santa ciudad de Jerusalén, hacia la cual se
dirige peregrina, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios; y venerando
la memoria de los Santos, espera tener compartir con ellos su suerte y gozar
de su compañía.147
Así, pues, según una antiquísima tradición de la Iglesia, expónganse en
las iglesias a la veneración de fieles, 148 las imágenes del Señor, de la
Santísima Virgen y de los Santos. Dispónganse de tal manera que los fieles
sean conducidos a los misterios de la fe que en ese lugar se celebran. Y, por lo
tanto, evítese que su número aumente indiscriminadamente. De aquí que se
haga la disposición de las imágenes con el debido orden, para que la atención
de los fieles no se desvíe de la celebración misma. 149 Por lo tanto, de ordinario,
no haya más de una imagen del mismo Santo. En general, por cuanto se
refiere a las imágenes en el ornato y en la disposición de la iglesia, mírese
atentamente la piedad de toda la comunidad y a la belleza y dignidad de las
imágenes.
145
Cfr. Código de Derecho Canónico, canon 940; Sagrada Congregación de Ritos, Instrucción
Eucharisticum mysterium, día 25 de mayo de 1967, núm. 57: A.A.S. 59 (1967) pág. 569; cfr. Ritual
Romano La Sagrada Comunión y el Culto eucarístico fuera de la Misa, edición típica 1973, núm.
11. (Edición típica oficial CEC 1975, Culto eucarístico fuera de la Misa, núm. 11)
146
. Cfr. especialmente Sagrada Congregación para los Sacramentos, Instrucción Nullo umquam
tempore, día 28 de mayo de 1938: A.A.S. 30 (1938) págs. 198-207; Código de Derecho Canónico,
cánones 934-944.
147
Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 8.
148
Cfr. Pontifical Romano, Rito de Dedicación de una iglesia y de un altar, edición típica 1977,
capítulo IV, núm. 10. Ritual Romano, Bendicional, edición típica, Bendición de las imágenes que se
exponen a la pública veneración de los fieles, núms. 984-1031. Bendicional en castellano, núms.
1091-1141
149
Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 125.
LXXIII
CAPÍTULO VI
COSAS QUE SE NECESITAN PARA LA CELEBRACIÓN DE
LA MISA
I. EL PAN Y EL VINO PARA LA CELEBRACIÓN DE LA
EUCARISTÍA
319. La Iglesia, siguiendo el ejemplo de Cristo, ha usado siempre pan y vino
con agua para celebrar el banquete del Señor.
320. El pan para la celebración de la Eucaristía debe ser de trigo sin mezcla
de otra cosa, recientemente elaborado y ácimo, según la antigua tradición de
la Iglesia latina.
321. La naturaleza del signo exige que la materia de la celebración
eucarística aparezca verdaderamente como alimento. Conviene, pues, que el
pan eucarístico, aunque sea ácimo y elaborado en la forma tradicional, se
haga de tal forma, que el sacerdote en la Misa celebrada con pueblo, pueda
realmente partir la Hostia en varias partes y distribuirlas, por lo menos a
algunos fieles. Sin embargo, de ningún modo se excluyen las hostias
pequeñas, cuando lo exija el número de los que van a recibir la Sagrada
Comunión y otras razones pastorales. Pero el gesto de la fracción del pan, con
el cual sencillamente se designaba la Eucaristía en los tiempos apostólicos,
manifestará claramente la fuerza y la importancia de signo: de unidad de
todos en un único pan y de caridad por el hecho de que se distribuye un único
pan entre hermanos.
322. El vino para la celebración eucarística debe ser “del producto de la vid”
(cfr. Lc 22, 18), natural y puro, es decir, no mezclado con sustancias extrañas.
323. Póngase sumo cuidado en que el pan y el vino destinados para la
Eucaristía se conserven en perfecto estado, es decir, que el vino no se
avinagre, ni el pan se corrompa o se endurezca tanto que sea difícil poder
partirlo.
324. Si después de la consagración o cuando toma la Comunión, el sacerdote
advierte que no había sido vino lo que había vertido, sino agua, dejada ésta
en un vaso, vierta en el cáliz vino y agua, y lo consagrará, diciendo la parte de
la narración que corresponde a la consagración del cáliz, pero sin que sea
obligado a consagrar de nuevo el pan.
II. LOS UTENSILIOS SAGRADOS EN GENERAL
325. Así como para la edificación de las iglesias, también para todos los
utensilios sagrados, la Iglesia admite el género artístico de cada región y
acoge aquellas adaptaciones que están en armonía con la índole y las
tradiciones de cada pueblo, con tal que de todo responda adecuadamente al
uso para el cual se destina el sagrado ajuar.150
También en este campo búsquese cuidadosamente la noble simplicidad
que se une excelentemente con el verdadero arte.
326. En la elección de los materiales para los utensilios sagrados, además de
los que son de uso tradicional, pueden admitirse aquellos, que según la
150
Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 128.
LXXIV
mentalidad de nuestro tiempo, se consideren nobles, durables y que se
adapten bien al uso sagrado. La Conferencia de Obispos será juez para estos
asuntos en cada una de las regiones (Cfr. n. 390).
III. LOS VASOS SAGRADOS
327. Entre lo que se requiere para la celebración de la Misa, merecen especial
honor los vasos sagrados y, entre éstos, el cáliz y la patena, en los que el vino
y el pan se ofrecen, se consagran y se consumen.
328. Háganse de un metal noble los sagrados vasos. Si son fabricados de
metal que es oxidable o es menos noble que el oro, deben dorarse
habitualmente por dentro.
329. A partir del juicio favorable de la Conferencia de Obispos, una vez
aprobadas las actas por la Sede Apostólica, los vasos sagrados pueden
hacerse por completo también de otros materiales sólidos y, según la común
estimación de cada región, nobles, como por ejemplo el ébano u otras
maderas muy duras, siempre y cuando sean aptas para el uso sagrado. En
este caso prefiéranse siempre materiales que ni se quiebren fácilmente, ni se
corrompan. Esto vale para todos los vasos destinados a recibir las hostias,
como son la patena, el copón, el portaviático, el ostensorio y otros
semejantes.
330. En cuanto a los cálices y demás vasos que se destinan para recibir la
Sangre del Señor, tengan la copa hecha de tal material que no absorba los
líquidos. El pie, en cambio, puede hacerse de otros materiales sólidos y
dignos.
331. Para las hostias que serán consagradas puede utilizarse
provechosamente una patena más amplia en la que se ponga el pan, tanto
para el sacerdote y el diácono, como para los demás ministros y para los
fieles.
332. En lo tocante a la forma de los vasos sagrados, corresponde al artista
fabricarlos del modo que responda más a propósito a las costumbres de cada
región, con tal de que cada vaso sea adecuado para el uso litúrgico a que se
destina, y se distinga claramente de aquellos destinados para el uso cotidiano.
333. Respecto a la bendición de los vasos sagrados, obsérvense los ritos
prescritos en los libros litúrgicos.151
334. Consérvese la costumbre de construir en la sacristía el “sacrarium” en el
que se vierta el agua de la purificación de los vasos y de la ropa de lino (cfr. n.
280).
IV. VESTIDURAS SAGRADAS
335. En la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, no todos los miembros
desempeñan el mismo ministerio. Esta diversidad de ministerios se manifiesta
exteriormente en la celebración de la Eucaristía por la diferencia de las
vestiduras sagradas que, por lo tanto, deben sobresalir como un signo del
servicio propio de cada ministro. Con todo, es conveniente que las vestiduras
sagradas mismas contribuyan al decoro de la acción sagrada. Estas vestiduras
sagradas con las que se visten los sacerdotes y el diácono, así como también
151
Cfr. Pontifical Romano, Ritual de Dedicación de una iglesia y de un altar, edición típica 1977,
Rito de bendición de un cáliz y de una patena; Ritual Romano, Bendicional, edición típica 1984,
Ritual de Bendición de objetos que se usan en las celebraciones litúrgicas, núms.1068-1084.
(Bendicional en castellano, núms. 1180-1222)
LXXV
los ministros laicos, bendíganse oportunamente, según el rito descrito en el
Ritual Romano, antes de ser destinadas al uso litúrgico. 152
336. La vestidura sagrada para todos los ministros ordenados e instituidos, de
cualquier grado, es el alba, que debe ser atada a la cintura con el cíngulo, a
no ser que esté hecha de tal manera que se adapte al cuerpo aun sin él. Pero
antes de ponerse el alba, si ésta no cubre el vestido común alrededor del
cuello, empléese el amito. El alba no puede cambiarse por la sobrepelliz, ni
siquiera sobre el vestido talar, cuando deba vestirse la casulla o la dalmática,
o sólo la estola sin casulla ni dalmática, según las normas.
337. La vestidura propia del sacerdote celebrante, en la Misa y en otras
acciones sagradas que se relacionan directamente con la Misa, es la casulla o
planeta, a no ser que se determinara otra cosa, vestida sobre el alba y la
estola.
338. La vestidura propia del diácono es la dalmática, que viste sobre el alba y
la estola; sin embargo, la dalmática puede omitirse por una necesidad o por
un grado menor de solemnidad.
339. Los acólitos, los lectores y los otros ministros laicos, pueden vestir alba u
otra vestidura legítimamente aprobada en cada una de las regiones por la
Conferencia de Obispos (cfr. n. 390).
340. El sacerdote lleva la estola alrededor del cuello y pendiendo ante el
pecho; pero el diácono la lleva desde el hombro izquierdo pasando sobre el
pecho hacia el lado derecho del tronco, donde se sujeta.
341. El sacerdote lleva el pluvial, o capa pluvial, en las procesiones y en otras
acciones sagradas, según las rúbricas de cada rito.
342. En cuanto a la forma de las vestiduras sagradas, las Conferencias de
Obispos pueden establecer y proponer a la Sede Apostólica las adaptaciones
que respondan a las necesidades y a las costumbres de cada región. 153
343. Para la confección de las vestiduras sagradas, además de los materiales
tradicionales, pueden emplearse las fibras naturales propias de cada lugar, y
además algunas fibras artificiales que sean conformes con la dignidad de la
acción sagrada y de la persona. La Conferencia de Obispos juzgará estos
asuntos.154
344. Es conveniente que la belleza y la nobleza de cada una de las vestiduras
no se busque en la abundancia de los adornos sobreañadidos sino en el
material que se emplea y en su forma. Sin embargo, que el ornato presente
figuras o imágenes y símbolos que indiquen el uso litúrgico, evitando todo lo
que desdiga del uso sagrado.
345. La diversidad de colores en las vestiduras sagradas pretende expresar
con más eficacia, aún exteriormente, tanto el carácter propio de los misterios
de la fe que se celebran, como el sentido progresivo de la vida cristiana en el
transcurso del año litúrgico.
152
Cfr. Ritual Romano, Bendicional, edición típica 1984, Ritual de Bendición de objetos que se
usan en las celebraciones litúrgicas, núm. 1070. (Bendicional en castellano, núm.1182.)
153
Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 128.
154
Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm.128.
LXXVI
346. En cuanto al color de las vestiduras, obsérvese el uso tradicional, es
decir:
a) El color blanco se emplea en los Oficios y en las Misas del Tiempo
Pascual y de la Natividad del Señor; además, en las celebraciones del Señor,
que no sean de su Pasión, de la bienaventurada Virgen María, de los Santos
Ángeles, de los Santos que no fueron Mártires, en la solemnidad de Todos los
Santos (1º de noviembre), en la fiesta de San Juan Bautista (24 de junio), en
las fiestas de San Juan Evangelista (27 de diciembre), de la Cátedra de San
Pedro (22 de febrero) y de la Conversión de San Pablo (25 de enero).
b) El color rojo se usa el domingo de Pasión y el Viernes Santo, el
domingo de Pentecostés, en las celebraciones de la Pasión del Señor, en las
fiestas natalicias de Apóstoles y Evangelistas y en las celebraciones de los
Santos Mártires.
c) El color verde se usa en los Oficios y en las Misas del Tiempo
Ordinario.
d) El color morado se usa en los Tiempos de Adviento y de Cuaresma.
Puede usarse también en los Oficios y Misas de difuntos.
e) El color negro puede usarse, donde se acostumbre, en las Misas de
difuntos.
f) El color rosado puede usarse, donde se acostumbre, en los
domingos Gaudete (III de Adviento) y Laetere (IV de Cuaresma).
g) En los días más solemnes pueden usarse vestiduras sagradas
festivas o más nobles, aunque no sean del color del día.
Sin embargo, las Conferencias de Obispos, en lo referente a los colores
litúrgicos, pueden determinar y proponer a la Sede Apostólica las
adaptaciones que mejor convengan con las necesidades y con la índole de los
pueblos.
347. Las Misas Rituales se celebran con el color propio o blanco o festivo;
pero las Misas por diversas necesidades con el color propio del día o del
tiempo o con color violeta, si expresan índole penitencial, por ejemplo, núms.
31. 33. 38; las Misas votivas con el color conveniente a la Misa que se celebra
o también con el color propio del día o del tiempo.
V. OTROS OBJETOS DESTINADOS AL USO DE LA IGLESIA
348. Además de los vasos sagrados y de las vestiduras sagradas, para los que
se determina un material especial, el otro ajuar que se destina, o al mismo
uso litúrgico,155 o que de alguna otra manera se aprueba en la iglesia, sea
digno y corresponda al fin para el cual se destina cada cosa.
349. Téngase especial cuidado de que los libros litúrgicos, principalmente el
Evangeliario y el Leccionario, destinados a la proclamación de la Palabra de
Dios y que por esto gozan de especial veneración, sean en la acción litúrgica
realmente signos y símbolo de las realidades sobrenaturales y, por lo tanto,
sean verdaderamente dignos, bellos y decorosos.
350. Póngase, además, todo el cuidado en los objetos que están directamente
relacionados con el altar y con la celebración eucarística, como son, por
ejemplo, la cruz del altar y la cruz que se lleva en procesión.
351. Procúrese diligentemente que también en las cosas de menor
importancia, se observen oportunamente los postulados del arte y que
siempre se asocie la noble sencillez con la elegancia.
155
En cuanto a la Bendición de objetos que en las iglesias se destinan al uso litúrgico, Cfr. Ritual
Romano, Bendicional, edición típica 1984, parte III. (Bendicional en castellano, núms.1180-1222)
LXXVII
LXXVIII
CAPÍTULO VII
ELECCIÓN DE LA MISA Y DE SUS PARTES
352. La eficacia pastoral de la celebración aumentará ciertamente si los
textos de las lecturas, de las oraciones y de los cantos corresponden
convenientemente, en cuanto sea posible, a las necesidades, a la preparación
espiritual y a la índole de los participantes. Esto se obtendrá
provechosamente empleando la variada posibilidad de elección que se
describe más abajo.
Por consiguiente, al preparar la Misa, el sacerdote prestará atención al
bien común espiritual del pueblo de Dios más que a su propia inclinación.
Recuerde, además, que la elección de estas partes debe hacerse de común
acuerdo con aquellos que tienen alguna participación en la celebración, sin
excluir de ninguna manera a los fieles en aquello que a ellos se refiere más
directamente.
Pero ya que se presentan múltiples posibilidades de elegir las diversas
partes de la Misa, es necesario que el diácono, los lectores, el salmista, el
cantor, el comentador y el coro, antes de la celebración, cada uno por su
parte, sepa bien qué textos le corresponden y no se deje nada a la
improvisación. En efecto, la armónica sucesión y ejecución de los ritos
contribuye mucho a disponer el espíritu de los fieles para participar en la
Eucaristía.
I. ELECCIÓN DE LA MISA
353. En las solemnidades, el sacerdote deberá seguir el calendario de la
iglesia en la que celebra.
354. En los domingos y en las ferias de Adviento, Navidad, Cuaresma y
Pascua, en las fiestas y en las memorias obligatorias:
a) Si la Misa se celebra con pueblo, el sacerdote seguirá el calendario
de la iglesia en que celebra.
b) Si se celebra la Misa, en la cual participa un solo ministro, el
sacerdote puede elegir el calendario de la iglesia o el calendario propio.
355. En las memorias libres:
a) En las ferias de Adviento, desde el 17 hasta el 24 de diciembre, los
días que corresponden a la Octava de Navidad y las ferias de Cuaresma,
excepto el Miércoles de Ceniza, y en las ferias de Semana Santa, se dice la
Misa del día litúrgico correspondiente; y de la memoria quizás inscrita en el
calendario general, puede tomarse la colecta, con tal de que no coincida con
el Miércoles de Ceniza o con una de las ferias de Semana Santa. En las ferias
del Tiempo Pascual las memorias de los Santos pueden celebrarse
ritualmente íntegras.
b) En las ferias de Adviento antes del 17 de diciembre, en las ferias
del tiempo de Navidad desde el 2 de enero y en las ferias del Tiempo Pascual,
puede elegirse la Misa de la feria, o la Misa del Santo, o la de uno de los
santos de los que se haga memoria, o la Misa de algún santo que esté inscrito
ese día en el Martirologio.
c) En las ferias del Tiempo Ordinario, puede elegirse la Misa de la
feria, o la Misa de una memoria libre que quizás caiga ese día o la Misa de
algún Santo inscrito ese día en el Martirologio o una de las Misas por diversas
necesidades o una Misa Votiva.
LXXIX
Si celebra con el pueblo, el sacerdote procurará no omitir
frecuentemente y sin causa suficiente las lecturas asignadas en el Leccionario
Ferial para cada día, pues la Iglesia desea que de esta manera se prepare a
los fieles una mesa de la Palabra de Dios más rica.156
Por el mismo motivo, elegirá con moderación las Misas de difuntos: pues
cualquier Misa se ofrece tanto por los vivos como por los difuntos y en la
Plegaria Eucarística se tiene una memoria de los difuntos.
Sin embargo, donde los fieles aprecian especialmente las memorias
libres de la bienaventurada Virgen o de los Santos, satisfágase su legítima
piedad.
Pero cuando se da la posibilidad de elegir entre una memoria inscrita en
el calendario general y una memoria incluida en el calendario diocesano o
religioso, prefiérase en igualdad de condiciones y según la tradición, la
memoria particular.
II. PARTES ELEGIBLES DE LA MISA
356. Al elegir los textos de las diversas partes de la Misa, tanto del Tiempo,
como de los Santos, obsérvense las normas que siguen.
Las lecturas
357. Para los domingos y para las solemnidades se asignan tres lecturas, esto
es: del Profeta, del Apóstol y del Evangelio, con las cuales es educado el
pueblo cristiano en la continuidad de la obra de salvación, según el admirable
plan divino. Empléense rigurosamente estas lecturas. En Tiempo Pascual,
según la tradición de la Iglesia, en vez del Antiguo Testamento, se emplea la
lectura de los Hechos de los Apóstoles.
Para las fiestas se asignan dos lecturas. Sin embargo, si la fiesta, según
las normas, se eleva al grado de solemnidad, se agrega una tercera lectura,
que se toma del Común.
En las memorias de los Santos, a no ser que tengan lecturas propias, se
leen habitualmente las asignadas a la feria. En algunos casos se proponen
lecturas apropiadas, esto es, que iluminan un aspecto particular de la vida
espiritual del Santo o de su obra. El uso de estas lecturas no hay que urgirlo, a
no ser que en efecto lo aconseje una razón pastoral.
358. En el Leccionario Ferial se proponen las lecturas para todos los días de
cada una de las semanas y para el transcurso de todo el año. Por tal motivo,
se elegirán estas lecturas preferentemente para el día al cual son asignadas, a
no ser que se celebre una solemnidad o una fiesta, o bien una memoria que
tenga lecturas propias del Nuevo Testamento en las cuales se hace mención
del Santo celebrado.
Sin embargo, si alguna vez la lectura continua se interrumpe en la
semana por alguna solemnidad, por alguna fiesta o por alguna celebración
particular, le está permitido al sacerdote, teniendo presente la ordenación de
las lecturas de toda la semana, componer una con las otras partes de las
lecturas que deberán ser omitidas, o determinar qué textos deberán
preferirse.
156
Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 51
LXXX
En las Misas para grupos particulares está permitido al sacerdote elegir
textos más apropiados a la celebración particular, con tal de que los textos se
elijan de un leccionario aprobado.
359. Existe además, en el Leccionario correspondiente, una selección
particular de textos de la Sagrada Escritura para las Misas Rituales en las que
se celebra algún sacramento o sacramental, así como para las Misas por
diversas circunstancias.
Estos leccionarios se han preparado para que los fieles sean conducidos,
mediante la escucha más apropiada de la Palabra de Dios, a comprender más
plenamente el misterio en el que participan y para instruirlos en un amor más
encendido de la Palabra de Dios.
Por consiguiente, los textos que se proclaman en una celebración deben
ser determinados teniendo presente, tanto los motivos pastorales, como
también la posibilidad de elección en esta materia.
360. Al elegir entre las dos formas que presenta un mismo texto, hay que
guiarse también por un criterio pastoral. Se da, en efecto, algunas veces, una
forma larga y una forma más breve del mismo texto. En este caso, conviene
tener en cuenta la posibilidad de los fieles de escuchar con provecho la
lectura más o menos extensa, como también su posibilidad de oír el texto más
completo, que será explicado después en la homilía. 157
361. Pero cuando se concede la facultad de elegir entre uno y otro texto ya
definido, o propuesto a voluntad, habrá que atender a la utilidad de los que
participan, esto es, según se trate de emplear un texto que es más fácil o más
conveniente para la asamblea reunida, o de un texto que hay que repetir o
reponer, que se asigna como propio a alguna celebración y se deja a voluntad
para otra, siempre que la utilidad pastoral lo aconseje.158
Esto puede suceder cuando el mismo texto debe ser leído de nuevo en
días cercanos, por ejemplo, el día domingo y el día siguiente, o cuando se
teme que algún texto produzca algunas dificultades en alguna asamblea de
fieles. Sin embargo, cuídese de que en la elección de los textos de la Sagrada
Escritura no se excluyan continuamente algunas partes de ella.
362. Además de las facultades para elegir algunos textos más apropiados, de
los cuales ya se habló, se concede facultad a las Conferencias de Obispos, en
circunstancias particulares, para indicar algunas adaptaciones en lo referente
a las lecturas, sin embargo, con la condición de que los textos se tomen de un
leccionario debidamente aprobado.
Las oraciones
363. En cualquier Misa, a no ser que se indique otra cosa, se dicen las
oraciones propias de esa misma Misa.
En las memorias de los Santos se dice la colecta propia o, si falta, la del
Común correspondiente; en cambio, las oraciones sobre las ofrendas y
después de la Comunión, a no ser que sean propias, pueden tomarse del
Común o de la feria del tiempo corriente.
Pero en las ferias del Tiempo Ordinario, además de las oraciones del
domingo precedente, pueden elegirse las oraciones de otro domingo del
157
Misal Romano, Ordo lectionum Missae, segunda edición típica 1981, Praenotanda, núm. 80.
158
Misal Romano, Ordo lectionum Missae, segunda edición típica 1981, Praenotanda, núm. 81.
LXXXI
Tiempo Ordinario o una de las oraciones por diversas necesidades, que se
encuentran en el Misal. Sin embargo, siempre está permitido tomar de esas
Misas la sola colecta.
De esta manera se presenta una más rica abundancia de textos, con los
que se nutre más copiosamente la oración de los fieles.
Sin embargo, en los tiempos más importantes del año, esta adaptación
ya se hace en el Misal, por medio de oraciones propias que se ofrecen para los
días pertinentes en esos tiempos.
Plegaria Eucarística
364. Muchos de los prefacios con los que se enriquece el Misal Romano miran
a que el tema de la acción de gracias resplandezca más plenamente en la
Plegaria Eucarística y a que los diversos aspectos del misterio de salvación se
propongan con luz más abundante.
365. La elección entre las Plegarias Eucarísticas, que se encuentran en el
Ordinario de la Misa, se rige oportunamente por estas normas.
a) La Plegaria Eucarística primera o Canon Romano, que puede
emplearse siempre, se dirá más oportunamente en los días que tienen el
Reunidos en comunión propio, o en las Misas que se enriquecen con el Acepta,
Señor, en tu bondad propio, también en las celebraciones de los Apóstoles y
de los Santos de los que se hace mención en esta misma plegaria; igualmente
en los días domingo, a no ser que por motivos pastorales se prefiera la
Plegaria Eucarística tercera.
b) La Plegaria Eucarística segunda, por sus características peculiares, se
emplea más oportunamente en los días entre semana, o en circunstancias
particulares. Aunque tiene prefacio propio, puede usarse también con otros
prefacios, especialmente con aquellos que presentan en forma compendiosa
el misterio de la salvación; por ejemplo, con los prefacios comunes. Cuando la
Misa se celebra por algún difunto, puede emplearse la fórmula especial,
colocada en su lugar, antes de Acuérdate también de nuestros hermanos.
c) La Plegaria Eucarística tercera puede decirse con cualquier prefacio.
Prefiérase su uso los domingos y en las fiestas. Y si esta Plegaria se emplea en
las Misas de difuntos, puede emplearse la fórmula especial colocada en su
lugar, a saber, después de las palabras Reúne en torno a Ti, Padre
misericordioso, a todos tus hijos dispersos por el mundo.
d) La Plegaria Eucarística cuarta tiene un prefacio inconmutable y
presenta un sumario más completo de la historia de la salvación. Puede
emplearse cuando la Misa carece de prefacio propio y en los domingos del
Tiempo Ordinario. En esta Plegaria, por razón de su propia estructura, no
puede introducirse una fórmula especial por un difunto.
El canto
366. No está permitido sustituir por otros cantos los incluidos en el Ordinario
de la Misa, por ejemplo, para el Cordero de Dios.
367. En la elección de los cantos interleccionales, lo mismo que los cantos de
entrada, ofertorio y Comunión, obsérvense las normas que se establecen en
sus lugares (cfr. núms. 40-41; 47-48; 61-64; 74; 86-88).
LXXXII
CAPÍTULO VIII
MISAS Y ORACIONES POR DIVERSAS NECESIDADES
Y MISAS DE DIFUNTOS
I. MISAS Y ORACIONES POR DIVERSAS NECESIDADES
368. Puesto que para los fieles bien dispuestos la liturgia de los Sacramentos
y de los Sacramentales hace que casi todos los sucesos de la vida sean
santificados con la gracia divina que emana del Misterio Pascual 159 y puesto
que la Eucaristía es el Sacramento de los sacramentos, el Misal proporciona
modelos de Misas y de oraciones que pueden emplearse en las diversas
ocasiones de la vida cristiana, por las necesidades de todo el mundo o de la
Iglesia universal o local.
369. Teniendo presente la más amplia facultad para elegir lecturas y
oraciones, es conveniente que se usen con moderación las Misas por diversas
necesidades, es decir, cuando lo exijan las circunstancias.
370. En todas las Misas por diversas necesidades, a no ser que se determine
expresamente otra cosa, está permitido usar las lecturas feriales y además los
cantos interleccionales que se encuentran entre ellas, si son adecuados a la
celebración.
371. Entre las Misas de este género se cuentan las Misas Rituales, las Misas
por diversas necesidades, las Misas para diversas circunstancias y las Misas
Votivas.
372. Las Misas Rituales se asocian con la celebración de algunos
Sacramentos o Sacramentales. Se prohíben en los domingos de Adviento,
Cuaresma y Pascua, en las solemnidades, en los días dentro de la Octava de
Pascua, en la Conmemoración de todos los difuntos, el Miércoles de Ceniza y
en las ferias de Semana Santa, observando además las normas que se
presentan en los libros rituales o en las mismas Misas.
373. Las Misas por diversas necesidades y las Misas por diversas
circunstancias se eligen para circunstancias determinadas, a veces, o en
tiempos establecidos. De éstas, la Autoridad competente puede elegir Misas a
favor de los que suplican, según lo establezca la Conferencia de Obispos en el
transcurso del año.
374. Si se presenta alguna necesidad más grave, o por utilidad pastoral, por
mandato o con licencia del Obispo diocesano, puede celebrarse la Misa que
está convenga con ella, todos los días, exceptuadas las solemnidades, los
domingos de Adviento, Cuaresma y Pascua, los días dentro de la Octava de
Pascua, la Conmemoración de todos los fieles difuntos, el Miércoles de Ceniza
y las ferias de Semana Santa.
375. Las Misas Votivas de los misterios del Señor, o en honor de la
bienaventurada Virgen o de los Ángeles o de cualquier Santo, o de todos los
Santos, pueden celebrarse de acuerdo con la piedad de los fieles, en las ferias
durante el año, aunque ocurra una memoria libre. Sin embargo, no pueden
celebrarse como votivas las Misas que se refieren a los misterios de la vida del
Señor o de la bienaventurada Virgen María, exceptuada la Misa de la
Inmaculada Concepción de la bienaventurada Virgen María, porque la
celebración de ellos está relacionada con el curso año litúrgico.
159
Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núm. 61.
LXXXIII
376. En los días en que se celebra una memoria obligatoria o una feria de
Adviento hasta el 16 de diciembre inclusive, del tiempo de Navidad desde el 2
de enero, o del tiempo pascual después de la Octava de Pascua, se prohíben
de por sí las Misas por diversas necesidades, por diversas circunstancias y las
votivas. Pero, si una verdadera necesidad o utilidad pastoral lo exige, en la
celebración con pueblo puede emplearse la Misa que, a juicio del rector de la
iglesia o del mismo sacerdote, sea conforme con esa necesidad o utilidad.
377. En las ferias durante el año en las que se celebran memorias libres o se
hace el Oficio de la feria, puede celebrarse cualquier Misa o emplearse
cualquier oración por diversas necesidades, exceptuadas, sin embargo, las
Misas rituales.
378. Se recomienda de manera especial la memoria de Santa María en
sábado, porque en la Liturgia de la Iglesia, en primer lugar, y antes que a
todos los Santos, se tributa veneración la Madre del Redentor. 160
II. MISAS DE DIFUNTOS
379. La Iglesia ofrece por los difuntos el Sacrificio Eucarístico de la Pascua de
Cristo para que, por la comunicación entre todos los miembros de Cristo, lo
que a unos obtiene ayuda espiritual, a otros les lleve el consuelo de la
esperanza.
380. Entre las Misas de difuntos ocupa el primer lugar la Misa Exequial, que
puede celebrarse todos los días, excepto las solemnidades de precepto, el
Jueves santo, el Triduo Pascual y los domingos de Adviento, Cuaresma y
Pascua, observando, además, lo que hay que observar, según las normas del
Derecho.161
381. La Misa de difuntos después de recibida la noticia de la muerte o en la
sepultura definitiva del difunto o en el día del primer aniversario, puede
celebrarse aún dentro de la Octava de Navidad, en los días en que se celebra
una memoria obligatoria o una feria, que no sea el Miércoles de Ceniza o las
ferias de Semana Santa.
Las otras Misas de difuntos, o sea las Misas “cotidianas” pueden
celebrarse en las ferias durante el año en las que ocurren memorias libres, o
se hace el Oficio de la feria, con tal de que realmente se apliquen por los
difuntos.
382. En las Misas exequiales hágase habitualmente una breve homilía,
excluyendo cualquier género de elogio fúnebre.
383. Estimúlese a los fieles, especialmente a los familiares del difunto, para
que también participen por medio de la sagrada Comunión en el sacrificio
eucarístico ofrecido por el difunto.
384. Si la Misa Exequial está directamente unida con el rito de las exequias,
dicha la oración después de la Comunión, y omitido el rito de conclusión, se
hace el rito de la última recomendación o despedida; éste rito solamente se
celebra cuando está presente el cadáver.
160
Cfr. Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución dogmática sobre la Iglesia, Lumen gentium,
núm. 54; Pablo VI, Exhortación Apostólica Marialis cultus, día 2 de febrero 1974, núm.9: A.A.S. 66
(1974) págs. 122-123.
161
Cfr. Misal Romano XXX; CIC, núms. 1176-1185; Ritual Romano, Ordo Exequiarum, ed. typ.
1969.
LXXXIV
385. Al ordenar y escoger aquellas partes de la Misa por los difuntos,
especialmente de la Misa Exequial, que pueden variar (por ejemplo, las
oraciones, las lecturas, la Oración universal), ténganse presentes, como es
razonable, los motivos pastorales respecto al difunto, a su familia y a los
presentes.
Tengan además los pastores especial consideración por aquellos que,
con ocasión de las exequias, están presentes en las celebraciones litúrgicas o
escuchan el Evangelio y sean acatólicos, o católicos que nunca o casi nunca
participan en la Eucaristía, o también que parece han perdido la fe: los
sacerdotes son ministros del Evangelio de Cristo para todos.
LXXXV
CAPÍTULO IX
ADAPTACIONES QUE CORRESPONDEN A LOS OBISPOS
Y A LAS CONFERENCIAS DE LOS OBISPOS
386. La renovación del Misal Romano llevada a cabo en nuestro tiempo, por
mandato de los decretos del Concilio Ecuménico Vaticano II, puso cuidadosa
atención y esmero en que todos los fieles pudieran tener, en la celebración
eucarística, aquella participación consciente y activa, que exige la naturaleza
misma de la Liturgia y a la que los mismos fieles, en virtud de su condición,
tienen derecho y obligación.162
Sin embargo, para que la celebración responda más plenamente a las
normas y al espíritu de la Sagrada Liturgia, en esta Instrucción y en el
Ordinario de la Misa se proponen algunas ulteriores adaptaciones que se
confían al juicio del Obispo diocesano o de la Conferencia de Obispos.
387. El Obispo diocesano, que debe ser tenido como el gran sacerdote de su
grey, de quien deriva y depende en cierto modo la vida de sus fieles en
Cristo,163 debe fomentar, conducir y vigilar en su diócesis la vida litúrgica. A él,
en esta Instrucción, se le confía ordenar la disciplina de la concelebración (cfr.
núms. 202; 374), establecer las normas acerca de los que sirven al sacerdote
en el altar (cfr. n. 107), acerca de la distribución de la sagrada Comunión bajo
las dos especies (cfr. n. 283), acerca de la construcción y disposición de las
iglesias (cfr. n. 291). Y le corresponde a él mismo, en primer lugar, fomentar el
espíritu de la sagrada Liturgia en los presbíteros, diáconos y fieles.
388. Las adaptaciones, de las que se hablará más adelante, que piden más
amplia coordinación, deben ser determinadas en la Conferencia de Obispos,
según la norma del Derecho.
389. Corresponde a las Conferencias de Obispos, en primer lugar, preparar y
aprobar la edición de este Misal Romano en las lenguas vernáculas aprobadas,
para que una vez aprobadas las actas por la Sede Apostólica, se use en las
regiones correspondientes.164
El Misal Romano debe ser editado íntegramente, tanto en el texto
latino, como en las traducciones legítimamente aprobadas a las lenguas
vernáculas.
390. Corresponde a las Conferencias de Obispos definir las adaptaciones que
se indicarán en esta Institución General y en el Ordinario de la Misa, y una vez
aprobadas las actas por la Sede Apostólica, introducirlas en el Misa, como son:
- Los gestos de los fieles y las posturas corporales (cfr. antes n. 43)
- Los gestos de veneración referentes al altar y al Evangeliario (cfr.
antes n. 273).
- Los textos de los cantos de entrada, de preparación de los dones y
de la Comunión (cfr. antes núms. 48; 74; 87).
- Las lecturas que deben ser tomadas de la Sagrada Escritura para
circunstancias especiales (cfr. antes n.362).
162
Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, núm.
14.
163
Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, núm.
41.
164
Cfr. Código de Derecho Canónico, canon 838, 3
LXXXVI
- La forma de dar la paz (cfr. antes n.82).
- El modo de recibir la sagrada Comunión (cfr. antes núms. 160; 283).
- El material del altar y de los utensilios sagrados, especialmente de
los vasos sagrados y, además, el material, la forma y el color de las
vestiduras litúrgicas (cfr. antes núms. 301; 326; 329; 339; 342-346).
Más aun, podrán ser incluidos en el Misal Romano, en un lugar
adecuado, con previa aprobación de la Sede Apostólica, los Directorios o
Instrucciones Pastorales que las Conferencias de Obispos juzguen útiles. 165
391. Compete a estas mismas Conferencias de Obispos examinar con
particular solicitud las traducciones de los textos bíblicos que se usan en la
celebración de la Misa. Pues de la Sagrada Escritura se toman las lecturas que
se explican en la homilía, se cantan los salmos y de su espíritu e inspiración
están embebidas las preces y los cantos litúrgicos, para que de ella reciban su
significado las acciones y los signos.166
Empléese un lenguaje que responda a la capacidad de los fieles y que
sea apto para la proclamación pública que conserve, sin embargo, las
características propias de los distintos modos de hablar contenidos en los
libros bíblicos.
392. Pertenece igualmente a la Conferencia de Obispos preparar con asiduo
empeño la traducción de los otros textos que también, conservada la índole
de cada lengua, reproduzca plena y fielmente el sentido primigenio del texto
latino. En la realización de este trabajo es conveniente considerar los diversos
géneros literarios que se emplean en la Misa, como son las oraciones
presidenciales, las antífonas, las aclamaciones, los responsorios, las súplicas
litánicas, entre otros.
Téngase presente que la traducción de los textos no mira en primer
lugar a la meditación, sino más bien a la proclamación o al canto en el acto de
la celebración.
Empléese un lenguaje acomodado a los fieles de la región y, sin
embargo, noble y dotado de cualidad literaria, quedando en firme como
siempre, la necesidad de alguna catequesis acerca del sentido bíblico y
cristiano de algunas palabras y sentencias.
Sin embargo, es mejor que en las regiones que tienen un mismo idioma,
en cuanto sea posible, haya una misma traducción para los textos litúrgicos,
especialmente para los textos bíblicos y para el Ordinario de la Misa. 167
393. Atendiendo al lugar eminente que tiene el canto en la celebración, como
parte necesaria o integral de la Liturgia, 168 corresponde a las Conferencias de
Obispos aprobar las melodías apropiadas, especialmente para los textos del
Ordinario de la Misa, para las respuestas y las aclamaciones del pueblo, y para
los ritos especiales que ocurren durante el año litúrgico.
165
En atención a esta indicación, la Conferencia Episcopal de Colombia decidió incluir, con la
aprobación de la Santa Sede, una Exhortación Pastoral que aparece en la página XXX.
166
Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, núm.
24.
167
Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, núm.
36, 3.
168
Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, núm.
112.
LXXXVII
Les corresponde también juzgar qué formas musicales, qué melodías y
qué instrumentos musicales pueden admitirse en el culto divino y hasta qué
punto pueden ser realmente adaptados o adaptarse al uso sagrado.
394. Conviene que cada Diócesis tenga su Calendario y su Propio de las
Misas. Pero la Conferencia de Obispos, por su parte, prepare el calendario
propio de la nación o, juntamente con otras Conferencias, el calendario de una
jurisdicción más amplia, para ser aprobado por la Sede Apostólica. 169
En la ejecución de este trabajo hay que preservar y proteger el día
domingo como primordial día de fiesta, por lo cual no se le antepondrán otras
celebraciones, a no ser que de verdad sean de máxima importancia. 170
Téngase cuidado, igualmente, de que no se oscurezca con elementos
secundarios el año litúrgico, revisado por decreto del Concilio Vaticano II.
En la elaboración del calendario de la nación indíquense los días (cfr. n.
373) de las Rogativas y de las Cuatro Témporas del año, y las formas y los
textos para celebrarlas,171 ténganse presente otras determinaciones
particulares.
Conviene que en la edición del Misal las celebraciones que son propias
para toda la nación o jurisdicción, se incluyan en su lugar dentro de las
celebraciones del calendario general, pero las que son para una región o una
diócesis, colóquense en un Apéndice particular.
395. Por último, si la participación de los fieles y su bien espiritual requieren
más profundas y variadas adaptaciones para que la sagrada celebración
responda a la índole y tradiciones de los diversos pueblos, especialmente en
favor de los pueblos recientemente evangelizados, las Conferencias de
Obispos podrán proponerlas a la Sede Apostólica, según la norma del artículo
40 de la Constitución sobre la Sagrada Liturgia, para ser introducidas con su
consentimiento.172 Obsérvense atentamente las normas especiales contenidas
en la Instrucción “La Liturgia Romana y la inculturación.” 173
En cuanto a la manera de proceder en esta materia, obsérvese lo
siguiente:
En primer lugar, expóngase detalladamente a la Sede Apostólica la
presentación previa, para que una vez concedida la facultad, se proceda a
elaborar cada una de las adaptaciones.
Habiendo sido debidamente aprobados estos planes por la Sede
Apostólica, se harán los experimentos por el tiempo y en los lugares
determinados. Si fuere del caso, terminado el tiempo del experimento, la
Conferencia de Obispos determinará la continuación de las adaptaciones y
propondrá a la Sede Apostólica una formulación madura del asunto. 174
169
Normas Universales acerca del Año litúrgico y del Calendario, núm. 48-51, págs.000 ; Sagrada
Congregación para el Culto Divino, Instrucción Calendarios particulares, día 24 de junio de 1970,
núms. 4. 8: A.A.S. 62 (1970) págs. 652-653.
170
Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, núm.
106.
171
Cfr. Normas Universales acerca del Año litúrgico y del Calendario, núm. 46, págs., XXX-XXX;
Sagrada Congregación para el Culto Divino, Instrucción Calendarios particulares, día 24 de junio
de 1970, núm. 38: A.A.S. 62 (1970) pág. 660.
172
Concilio Ecuménico Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum
Concilium, núms. 37-40.
173
Cfr. Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción
Varietates legitimae, día 25 de enero de 1994, núms. 54. 62-69: A.A.S. 87 (1995) págs. 308-309.
311-313.
396. Pero antes de que se llegue a nuevas adaptaciones, principalmente en
cuanto corresponde a las más profundas, hay que procurar cuidadosamente
que se promueva la debida, sabia y ordenada instrucción del clero y de los
fieles, que las facultades ya previstas se lleven a efecto y que las normas
pastorales, que responden al espíritu de la celebración, se apliquen
plenamente.
397. Obsérvese también el principio según el cual cada una de las Iglesias
particulares debe estar de acuerdo con la Iglesia Universal, no sólo en la
doctrina de la fe y de los signos sacramentales sino también en los usos
universalmente recibidos de la ininterrumpida tradición apostólica, que deben
observarse, no sólo para evitar los errores, sino también para transmitir la
integridad de la fe, porque la ley de la oración de la Iglesia corresponde a su
ley de la fe.175
El Rito Romano constituye parte insigne y preciosa del tesoro litúrgico y
del patrimonio de la Iglesia Católica, cuyas riquezas contribuyen al bien de la
Iglesia Universal, de tal manera que su pérdida la perjudicaría gravemente.
Este Rito no sólo conservó en el decurso de los siglos los usos litúrgicos
oriundos de la ciudad de Roma, sino que también de modo profundo, orgánico
y armónico, en sí les dio toda su fuerza a algunos otros que se derivaban de
las costumbres y de la índoles de diversos pueblos y de diversas Iglesias
particulares, ya de Occidente, ya de Oriente, adquiriendo así alguna índole
suprarregional. Y en nuestros tiempos la identidad y la expresión de unidad de
este Rito se encuentra en las ediciones típicas de los libros litúrgicos
publicados por la autoridad del Sumo Pontífice y en los libros litúrgicos
correspondientes a éstos, aprobados por las Conferencias de Obispos para sus
jurisdicciones, y reconocidos oficialmente por la Sede Apostólica. 176
398. La norma establecida por el Concilio Vaticano II para que las
innovaciones en la instauración litúrgica no se hagan a no ser que lo exija una
utilidad real y cierta de la Iglesia, y empleando cautela para que las nuevas
formas en cierto modo crezcan orgánicamente a partir de las formas ya
existentes,177 debe también aplicarse al trabajo de inculturación del Rito
Romano.178 La inculturación, además, requiere tiempo abundante para que la
auténtica tradición litúrgica no se contamine apresurada e incautamente.
Finalmente, la investigación de la inculturación de ningún modo
pretende que se creen nuevas familias de ritos, sino atender a las exigencias
de una cultura determinada, pero de tal manera que las adaptaciones
introducidas en el Misal o en otros libros litúrgicos, no sean perjudiciales a la
índole bien dispuesta propia del Rito Romano.179
174
Cfr. Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción
Varietates legitimae, día 25 de enero de 1994, núms. 66-68: A.A.S. 87 (1995) pág. 313.
175
Cfr. Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción
Varietates legitimae, día 25 de enero de 1994, núms. 26-27: A.A.S. 87 (1995) págs. 298-299.
176
Cfr. Juan Pablo II, Carta Apostólica Vicesimus quintus annus, día 4 de diciembre de 1988, núm.
16: A.A.S. 81 (1989) pág. 912; Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los
Sacramentos, Instrucción Varietates legitimae, día 25 de enero de 1994, núms. 2. 36: A.A.S. 87
(1995) págs. 288. 302.
177
Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, núm.
23.
178
Cfr. Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, Instrucción
Varietates legitimae, día 25 de enero de 1994, núm. 46: A.A.S. 87 (1995) pág. 306.
179
Cfr. Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos Instrucción
Varietates legitimae, día 25 de enero de 1994, núm. 36: A.A.S. 87 (1995) pág. 302.
399. Y así el Misal Romano, aunque en la diversidad de lenguas y con cierta
diversidad de costumbres,180 debe conservarse en adelante como instrumento
y signo preclaro de la integridad y la unidad del Rito Romano. 181
180
Cfr. Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos Instrucción
Varietates legitimae, día 25 de enero de 1994, núm. 54: A.A.S. 87 (1995) pág. 308-309.
181
Cfr. Concilio Vaticano II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, núm.
38; Pablo VI, Constitución Apostólica Missale Romanum, pág XXX
NORMAS UNIVERSALES
SOBRE EL AÑO LITÚRGICO Y
EL NUEVO CALENDARIO
ROMANO GENERAL
XCI
CARTA APOSTÓLICA
«MYSTERII PASCHALIS»
DADA EN FORMA DE «MOTU PROPRIO»
POR LA QUE SE APRUEBAN
LAS NORMAS UNIVERSALES SOBRE EL AÑO LITÚRGICO
Y EL NUEVO CALENDARIO ROMANO GENERAL
PABLO VI
El Sagrado Concilio Vaticano II enseña claramente que la celebración del
MISTERIO PASCUAL, que se desarrolla a lo largo del año con un ritmo diario y
semanal, constituye el núcleo esencial del culto cristiano. Por esta razón, es
necesario que en la reforma del año litúrgico, cuyas normas fueron
establecidas por dicho Concilio182 se dé mayor realce al Misterio Pascual de
Cristo, tanto en lo que se refiere a la ordenación del propio del tiempo y del
propio de los santos, como a la revisión del calendario romano.
I
Ciertamente, con el correr de los siglos, aconteció que la multiplicación
de las vigilias, fiestas y octavas y las diversas inserciones dentro del año
litúrgico, llevaron a los fieles a la práctica de las devociones particulares, de
tal modo que sus espíritus se alejaron un poco de los Misterios fundamentales
de nuestra Redención.
A nadie se le oculta, sin embargo, que nuestros predecesores san Pío X y
Juan XXIII, de venerada memoria, dieron algunas disposiciones para devolver
al domingo su primitiva dignidad, de modo que fuese para todos la fiesta
primordial183 y para restaurar al mismo tiempo la celebración de la Cuaresma.
Es igualmente sabido que nuestro Predecesor Pío XII, de venerada memoria,
ordenó que en la Iglesia occidental se restaurase en la Noche de Pascua, la
solemne Vigilia,184 en la que el pueblo de Dios, al celebrar los sacramentos de
la iniciación cristiana, renovase su alianza con Cristo resucitado.
Estos Sumos Pontífices, siguiendo las enseñanzas de los Santos Padres y
la doctrina constante de la Iglesia católica, rectamente pensaban que el ciclo
del año litúrgico no es sólo una evocación de las acciones cumplidas por Cristo
para salvarnos, y sobre todo de su muerte; ni un mero recuerdo de hechos
pasados, aptos para instruir y para nutrir la meditación de los fieles, incluso de
los menos preparados; sino que enseñaban que la celebración del año
litúrgico tiene una particular fuerza y eficacia para alimentar la vida
cristiana,185 lo que también Nos pensamos y declaramos.
Justamente, por tanto, cuando celebramos el misterio del nacimiento de
Cristo186 y de su manifestación al mundo, suplicamos ser transformados en lo
interior por aquél que exteriormente fue como uno de nosotros; 187 y cuando
renovamos la Pascua de Cristo, pedimos a Dios que, cuantos han renacido con
Cristo manifiesten en la vida el sacramento que han recibido por la fe. 188 Pues,
182
Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, núms.. 102-111.
183
Cfr. Ibíd., núm. 106.
184
Cfr. S. CONGREGACIÓN PARA LOS RITOS, Decreto Dominicae Resurrectionis, 9 de febrero de 1951: A.A.S. 43 (1951),
págs. 128-129.
185
S. CONGREGACIÓN PARA LOS RITOS, Decr. Gen. Máxima redemptionis nostrae mysteria, 16 nov. 1955: A.A.S. 47
(1955) pág. 839.
186
SAN LEÓN MAGNO, Sermo XXVII in Nativitate Domini 7,1: PL 54, 216.
187
Cfr. MISSALE ROMANUM (ed. typ. 1962), Oratio de Epiphania (Collecta 2 in Baptismate Domini, infra, pág. 190).
188
Cfr. MISSALE ROMANUM (ed. typ. 1962), Oratio feriae III infra octavam Paschae (Collecta feriae II, infra ocatavam
Paschae, infra, pág. 380).
XCII
como dice el Concilio Ecuménico Vaticano II, la Iglesia al conmemorar los
misterios de la redención, abre las riquezas del poder santificador y de los
méritos de su Señor, de tal manera que, en cierto modo, se hacen presentes
en todo tiempo para que puedan los fieles ponerse en contacto con ellos y
llenarse de la gracia de la salvación.189
La revisión del año litúrgico y las normas que acompañan su renovación
no tienen otro objeto que facilitar a los fieles una intensa comunión por la fe,
la esperanza y la caridad con «todo el misterio de Cristo, desarrollado en el
curso del año»190.
II
A este misterio de Cristo no se oponen en modo alguno las fiestas de la
Virgen María, unida con lazo indisoluble a la obra salvífica de su Hijo, 191 ni las
conmemoraciones de los santos, entre las que se cuentan los aniversarios de
«nuestros señores los mártires y triunfadores», 192 fiestas que brillan con un
resplandor particular. Pues las fiestas de los santos proclaman las maravillas
de Cristo en sus servidores y proponen ejemplos oportunos a la imitación de
los fieles.193 En efecto, la Iglesia católica ha sentido siempre como cosa cierta
y segura que en las fiestas de los santos se anuncia y se renueva el Misterio
Pascual de Cristo.194
No se puede negar, sin embargo, que con el correr de los siglos las
fiestas de los santos aumentaron en exceso, por lo que el Concilio justamente
estableció: «para que las fiestas de los santos no prevalezcan sobre los
misterios de la salvación, déjese la celebración de muchas de ellas a las
Iglesias particulares, naciones, familias religiosas, extendiendo a toda la
Iglesia sólo aquéllas que recuerdan a santos de importancia realmente
universal»195.
Para dar cumplimiento a esta decisión del Concilio Ecuménico, han sido
suprimidos del calendario general los nombres de un cierto número de santos,
concediendo, por otra parte, la facultad de restaurar en las regiones interesa-
das, si lo desean, la conmemoración y el culto de otros santos. La supresión
de los nombres de algunos santos, cuya fama no era universal, ha permitido
incluir en el calendario romano los nombres de los mártires de aquellas regio-
nes en las que la predicación del Evangelio llegó tardíamente. De este modo,
en un mismo catálogo y con la misma dignidad figuran representantes de
todas las naciones, hombres y mujeres esclarecidos o por haber derramado su
sangre por Cristo o por el fulgor de sus virtudes.
Por estas razones, pensamos que el nuevo calendario general,
preparado para el rito latino, corresponde mejor a las formas y a las
necesidades de nuestro tiempo y refleja más adecuadamente la universalidad
de la Iglesia. En efecto, el nuevo calendario presenta los nombres de los
santos más importantes, que ofrecen a todo el pueblo cristiano preclaros
ejemplos de una multiforme santidad. Señalar la utilidad espiritual de esto
para todos los cristianos, resultaría superfluo.
Después de haber pensado diligentemente ante el Señor todas estas
causas, aprobamos con nuestra autoridad apostólica el nuevo calendario
general romano preparado por el Consilium para la aplicación de la
Constitución sobre la sagrada liturgia y las Normas universales relativas a la
ordenación del año litúrgico. Decidimos, además, que entren en vigor el día 1
189
Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, núm. 102.
190
Cfr. Ibíd..
191
Ibíd.., núm. 103.
192
Cfr. Breviarium Syriacum (siglo V), ed. B. Mariani, Roma 1956, pág. 27.
193
Cfr. CONCILIO VATICANO II, Constitución sobre la Sagrada Liturgia Sacrosanctum Concilium, núm. 111.
194
Cfr. Ibíd.., núm. 104.
195
Cfr. Ibíd.., núm. 111.
XCIII
de enero del próximo año 1970, reguladas por los decretos que serán
publicados conjuntamente por la Sagrada Congregación de Ritos y por dicho
Consilium, valederos hasta la edición del misal y del breviario restaurados.
Mandamos también que cuanto se prescribe en esta carta apostólica,
dada en forma de «motu proprio», tenga fuerza y eficacia, sin que obsten
otras constituciones y ordenaciones de nuestros predecesores, incluso las dig-
nas de mención y derogación.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 14 de febrero de 1969, sexto
año de nuestro pontificado.
PABLO VI
NORMAS UNIVERSALES SOBRE EL AÑO LITÚRGICO
Y SOBRE EL CALENDARIO
CAPÍTULO I
EL AÑO LITÚRGICO
1. La santa Iglesia celebra la memoria sagrada de la obra de la salvación
realizada por Cristo y lo hace en días determinados durante el transcurso del
año. El domingo de cada semana -llamado por esta razón «día del Señor»-
rememora la resurrección del Señor, memoria que vuelve a celebrar una vez
al año en la máxima solemnidad de la Pascua, juntamente con su santa
Pasión, mientras que durante todo el año despliega la totalidad del misterio de
Cristo y conmemora las fechas de nacimiento de los santos. Además, en los
diversos tiempos del año litúrgico, la Iglesia, de acuerdo con las observancias
tradicionales, instruye a los fieles por medio de los ejercicios piadosos del
alma y del cuerpo, del adoctrinamiento, de la oración y de las obras de
penitencia y de misericordia.196
2. Los principios que se exponen a continuación pueden y deben aplicarse
tanto al rito romano como a todos los demás ritos, pero las normas prácticas
afectan solamente al rito romano, a menos que se trate de normas que por su
misma naturaleza afecten también a los demás ritos.197
TÍTULO I: LOS DÍAS LITÚRGICOS
I. Sobre el día litúrgico en general
3. Cada día es santificado por las celebraciones litúrgicas del pueblo de Dios,
sobre todo por el sacrificio eucarístico y por el Oficio divino.
El día litúrgico abarca desde la media noche a la siguiente media noche.
Pero la celebración del domingo y de las solemnidades empieza ya en la tarde
del día anterior.
II. Sobre el Domingo
4. El primer día de cada semana, llamado día del Señor o domingo (dies
dominica) la Iglesia, por una tradición apostólica cuyos orígenes arrancan del
mismo día de la resurrección de Jesucristo, celebra el Misterio Pascual. Por
esta razón hay que considerar el domingo como el día festivo primordial.198
5. Debido a su importancia, el domingo solamente cede su celebración a
las solemnidades y a las fiestas del Señor; pero los domingos de Adviento,
Cuaresma y Pascua tienen precedencia sobre todas las fiestas del Señor y
sobre todas las solemnidades. Las que caigan en domingo se transferirán al
lunes siguiente, excepto en el domingo de Ramos y en el domingo de la
Resurrección del Señor.
6. El domingo no admite ninguna asignación perpetua de otra celebración.
196
Cf. Conc. Vat. II, Const. sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, nn. 102-105.
197
Cf. ibid., n. 3.
198
Cf. ibid., n. 106.
XCV
No obstante:
a) el domingo infraoctava de Navidad se celebra la fiesta de la Sagrada
Familia;
b) el domingo siguiente al 6 de enero, la del Bautismo del Señor;
c) el domingo después de Pentecostés, la solemnidad de la Santísima
Trinidad;
d) el último domingo del Tiempo Ordinario, la solemnidad de Nuestro
Señor Jesucristo Rey universal.
7. En los lugares donde no sean de precepto las solemnidades de Epifanía,
la Ascensión y Corpus, señáleseles el domingo como día propio, de la
siguiente manera:
a) La Epifanía, el domingo que cae entre el 2 y el 8 de enero;
b) La Ascensión, el domingo VII de Pascua; y
c) Corpus, el domingo después de la Santísima Trinidad.
III. Sobre las solemnidades, las fiestas y las memorias
8. Aún celebrando el misterio de Cristo durante el año, la Iglesia venera
con un amor particular a la Virgen María y propone como objeto de la piedad
de los fieles las memorias de los mártires y otros santos.199
9. Aquellos santos que tienen una importancia general para toda la Iglesia
se celebran obligatoriamente; los demás, o están inscritos en el calendario
para que puedan celebrarse libremente o bien se deja que les tributen culto
las Iglesias particulares, o las naciones o las familias religiosas. 200
10. Se distinguen y designan de una manera diferente las celebraciones,
según la importancia que tienen: así están las solemnidades, las fiestas y las
memorias.
11. Las solemnidades son los días principales, y su celebración empieza el
día anterior con las primeras vísperas. Algunas solemnidades tienen también
misa propia para la vigilia; si la misa se celebra la víspera tendrá que decirse
al anochecer.
12. Pascua y Navidad, solemnidades principales, tienen una celebración que
se alarga durante ocho días. Ambas octavas se rigen por una normativa
propia.
13. Las fiestas se celebran dentro de los límites del día natural; por tanto, no
tienen primeras vísperas, excepto si se trata de fiestas del Señor que caigan
en un domingo del Tiempo Ordinario o del Tiempo de Navidad y que
sustituyan el Oficio del domingo.
14. Las memorias son obligatorias o libres; su celebración va combinada con
la de la feria en que caen, según las normas expuestas en la Instrucción
General del Misal Romano y en la Liturgia de las Horas.
Las memorias obligatorias que caen en días de Cuaresma, pueden
celebrarse solamente como memorias libres. Cuando el calendario registra
diversas memorias libres en un mismo día, puede celebrarse solamente una y
dejar las demás.
199
Cf. Ibíd., nn. 103-104.
200
Cf. ibid., n. 111.
XCVI
15. Los sábados del Tiempo Ordinario, en los que no ocurra una memoria
obligatoria, se puede hacer memoria libre de la Virgen María.
IV. Sobre las ferias
16. Reciben el nombre de ferias los días de la semana que siguen al
domingo; su celebración tiene reglas distintas según la importancia que se les
atribuye:
a) El Miércoles de Ceniza y las ferias de la Semana Santa, desde el lunes
hasta el jueves inclusive, tienen preferencia sobre las demás celebraciones.
b) Las ferias de Adviento, del 17 al 24 de diciembre inclusive, así como
todas las ferias de Cuaresma, tienen preferencia sobre las memorias
obligatorias.
c) Las restantes ferias ceden la celebración a todas las solemnidades y
fiestas y se combinan con las memorias.
TÍTULO II: DEL CURSO DEL AÑO
17. La Iglesia, en el transcurso del año, conmemora todo el misterio de
Cristo, desde la Encarnación hasta el día de Pentecostés y hasta la Parusía.201
I. El Triduo Pascual
18. Ya que Jesucristo ha cumplido la obra de la redención de los hombres y
de la glorificación perfecta de Dios principalmente por su Misterio Pascual, por
el cual, al morir destruyó nuestra muerte y al resucitar restauró la vida, el
Triduo sagrado de Pascua, es decir, de la Pasión y la Resurrección del Señor,
es el punto culminante de todo el año litúrgico.202 La preeminencia que dentro
de la semana tiene el domingo, la tiene también dentro del año litúrgico la
solemnidad de Pascua.203
19. El Triduo Pascual de la Pasión y de la Resurrección del Señor comienza
con la misa vespertina del Jueves Santo o de la Cena del Señor, tiene su
centro en la Vigilia Pascual y se acaba con las vísperas del domingo de
Resurrección.
20. El Viernes Santo o Feria VI de la Pasión del Señor,204 y allí donde parece
oportuno, también el Sábado Santo hasta la Vigilia Pascual, 205 en todas partes
se observa el sagrado ayuno de Pascua.
21. La Vigilia Pascual, la noche santa de la Resurrección del Señor, se
considera como «la madre de todas las santas Vigilias» 206 durante ella, la
Iglesia espera velando la resurrección de Cristo y la celebra en los
sacramentos. Por consiguiente, toda la celebración de esta Vigilia sagrada ha
de tener lugar durante la noche, de manera que empiece una vez que se ha
iniciado la noche y termine antes de la aurora del domingo.
201
Cf. Conc. Vat. II, Const. sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 102.
202
Cf. ibid., n. 5.
203
Cf. ibid., n. 106.
204
Cf. Pablo VI, Const. Apost. Poenitemini, del 17 de feb. de 1966, II, Párr. 3: A.A.S. 58 (1966), p. 184.
205
Cf. Conc. Vat. II, Const. sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 110.
206
San Agustín, Sermo 219: PL 38, 1088.
XCVII
II. Sobre el tiempo pascual
22. Los cincuenta días que median entre el domingo de Resurrección y el
domingo de Pentecostés se han de celebrar con alegría y júbilo, como si se
tratara de un solo y único día festivo, como «un gran domingo».207
Estos son los días más apropiados para el canto del Aleluya.
23. Los domingos de este tiempo se designan como domingos de Pascua, es
decir, domingos II, III, IV, V, VI y VII de Pascua, después del domingo de
Resurrección: el domingo de Pentecostés clausura este sagrado tiempo de
cincuenta días.
24. Los ocho primeros días del tiempo pascual constituyen la Octava de
Pascua y tienen la celebración como las solemnidades del Señor.
25. El día cuarenta después de Pascua se celebra la Ascensión del Señor,
salvo que allí donde no sea de precepto la Ascensión, se traslade al domingo
VII de Pascua (véase el número 7).
26. Las ferias que van de la Ascensión al sábado antes de Pentecostés,
inclusive, preparan para la venida del Espíritu Santo Paráclito.
III. Sobre el tiempo de Cuaresma
27. La razón de ser del tiempo de Cuaresma es la preparación para la
Pascua: la liturgia cuaresmal prepara a celebrar el Misterio Pascual, tanto a los
catecúmenos, haciéndolos pasar por los diversos grados de la iniciación
cristiana, como a los fieles que rememoran el bautismo y hacen penitencia.208
28. El tiempo de Cuaresma abarca desde el Miércoles de Ceniza hasta la
misa de la Cena del Señor, el Jueves Santo, exclusive.
Desde cuando se inicia la Cuaresma hasta la Vigilia pascual, no se dice
el Aleluya.
29. El Miércoles de Ceniza, considerado en todas partes como día de
ayuno,209 es el día en que se impone la ceniza.
30. Los domingos de este tiempo reciben el nombre de domingos I, II, III, IV
y V de Cuaresma. Al domingo sexto, con el que empieza la Semana Santa, se
le denomina «Domingo de Ramos y de la Pasión del Señor».
31. La institución de la Semana Santa tiene por objeto recordar
cultualmente la Pasión de Cristo a partir de su ingreso mesiánico en Jerusalén.
En la mañana del Jueves Santo, el Obispo bendice los santos óleos y
consagra el crisma durante la misa que concelebra con su colegio de
presbíteros.
IV. Sobre el tiempo de Navidad
32. Después de la celebración anual del Misterio Pascual, nada tiene en
mayor estima la Iglesia que la celebración del Nacimiento del Señor y de sus
primeras manifestaciones: esto tiene lugar en el tiempo de Navidad.
207
San Atanasio, Epist. fest. 1: PG 26, 1366.
208
Cf. Conc. Vat. II, Const. sobre la Sagrada Liturgia, Sacrosanctum Concilium, n. 109.
209
Cf. Pablo Vl, Const. Apost. Poenitemini, del 17 de feb. de 1966,II, Párr. 3: A.A.S. 58 (1966) p. 184.
XCVIII
33. El tiempo de Navidad abarca desde las primeras vísperas de Navidad
hasta el domingo después de Epifanía, o sea, el primer domingo siguiente al 6
de enero, inclusive.
34. La misa de la Vigilia de Navidad es la que se utiliza al anochecer del día
24 de diciembre, ya sea antes, ya después de las primeras vísperas.
El día de Navidad se pueden celebrar tres misas, conforme a la antigua
tradición romana, es decir, por la noche, al clarear la aurora y en el día.
35. Navidad tiene su Octava, ordenada de esta manera:
a) El domingo infraoctava, o bien el 30 de diciembre, tiene lugar la fiesta
de la Sagrada Familia de Jesús, María y José.
b) El 26 de diciembre es la fiesta de san Esteban, el Protomártir.
c) El 27 de diciembre es la fiesta de san Juan, Apóstol y evangelista.
d) El 28 de diciembre, la de los Santos Inocentes.
e) Los días 29, 30 y 31 son de infraoctava.
f) El día primero de enero, octava de Navidad, se celebra la solemnidad
de Santa María Madre de Dios, en la cual conmemora también la Iglesia la
imposición del Santísimo Nombre de Jesús.
36. El domingo que cae entre los días 2 y 5 de enero, inclusive, es el
domingo II después de Navidad.
37. La Epifanía del Señor se celebra el día 6 de enero, a menos que en los
lugares donde no sea fiesta de precepto se le asigne un domingo que caiga
entre el día 2 y el 8 de enero (cfr. n. 7).
38. El domingo siguiente al 6 de enero se celebrará la fiesta del Bautismo
del Señor.
V. Sobre el tiempo de Adviento
39. El tiempo de Adviento posee una doble índole: es el tiempo de
preparación para Navidad, solemnidad que conmemora el primer
advenimiento o venida del Hijo de Dios entre los hombres, y es al mismo
tiempo aquel que, debido a esta misma conmemoración o recuerdo, hace que
los espíritus dirijan su atención a esperar el segundo advenimiento de Cristo
como un tiempo de expectación piadosa y alegre.
40. El tiempo de Adviento comienza con las primeras vísperas del domingo
que coincide con el 30 de noviembre o que es el más próximo a este día y
finaliza antes de las primeras vísperas de Navidad.
41. Los domingos de este tiempo reciben el nombre de domingos I, II, III y IV
de Adviento.
42. Las ferias del 17 al 24 de diciembre inclusive son días destinados a una
preparación más intensa de la Navidad.
VI. Sobre el Tiempo Ordinario
43. Además de los tiempos que tienen un carácter propio, quedan treinta y
tres o treinta y cuatro semanas en el transcurso del año, en las que no se
celebra ningún aspecto particular del misterio de Cristo; más bien este
XCIX
misterio se vive en toda su plenitud, particularmente los domingos. Este
período de tiempo recibe el nombre de «Tiempo Ordinario».
44. El Tiempo Ordinario empieza con el lunes que sigue al domingo después
del 6 de enero y se extiende hasta el martes anterior a la Cuaresma, vuelve a
empezar el lunes después del domingo de Pentecostés y finaliza antes de las
primeras vísperas del domingo primero de Adviento.
De acuerdo con estas indicaciones se emplean los formularios para los
domingos y las ferias de este Tiempo Ordinario, que se encuentran en el Misal
y en la Liturgia de las Horas (Vols. 3 y 4).
VII. Sobre las Rogativas y las Cuatro Témporas del año
45. Las Rogativas y las Cuatro Témporas del año son una ocasión que tiene
la Iglesia para rogar por las diversas necesidades de los hombres;
principalmente por los frutos de la tierra y por los trabajos de los hombres,
dando públicamente gracias a Dios.
46. Con el fin de que las Rogativas y las Cuatro Témporas se adapten a las
diversas necesidades de los lugares y de los fieles, conviene que sean las
Conferencias Episcopales las que determinen el tiempo y la manera como han
de celebrarse.
En cuanto a la extensión de la celebración, durante un día o varios,
sobre su repetición a lo largo del curso del año, la competente autoridad
determinará las normas correspondientes, teniendo en cuenta las necesidades
locales.
47. Para cada día de esas celebraciones se escogerá, de entre las Misas para
diversas necesidades, la más apropiada a la intención por la cual se hacen las
súplicas.
CAPÍTULO II
SOBRE EL CALENDARIO
TÍTULO I: SOBRE EL CALENDARIO
Y LAS CELEBRACIONES QUE HA DE CONTENER
48. El calendario determina el orden de las celebraciones del año litúrgico.
El calendario será general o particular, según exprese el uso de todo el rito
romano, o bien el uso de alguna Iglesia particular o de una familia religiosa.
49. El calendario general registra el ciclo total de las celebraciones, ya sea
las del misterio de la salvación en el propio del tiempo, ya la de aquellos
santos que tienen una importancia universal, por cuya razón todo el mundo
los celebra, como también la de otros santos que son una demostración de la
universalidad y de la continuidad de la santidad en el pueblo de Dios.
Los calendarios particulares contienen más bien las celebraciones
propias, orgánica y convenientemente combinadas con el ciclo general; 210
pues es preciso que cada Iglesia o familia religiosa venere con particular
honor a los santos que le son propios por alguna razón particular.
210
Cfr. S. Cong. Para el Culto Divino, Inst. Calendaria particularia, 24 junio 1970: A.A.S. 62 (1970) págs. 651-653.
C
Una vez compuestos los calendarios particulares por la autoridad
competente, deben ser aprobados por la Sede Apostólica.
50. En la composición de los calendarios debe tenerse presente:
a) Que hay que respetar la integridad del propio del tiempo, de las
solemnidades y de las fiestas, en las cuales se va desplegando y
conmemorando durante el año litúrgico el misterio de la redención: el propio
del tiempo debe tener una preeminencia sobre las celebraciones particulares.
b) Las celebraciones propias han de estar combinadas orgánicamente
con las celebraciones universales, en lo cual se tendrá en cuenta el orden y la
precedencia, para cada caso, según lo que se indica en la tabla de los días
litúrgicos. Para que los calendarios particulares no se recarguen más de lo
justo, cada santo gozará de una sola celebración durante el año litúrgico; si lo
aconsejaran unas razones pastorales, tendrá lugar una segunda celebración
en forma de una memoria libre en honor del traslado o del hallazgo de los
santos patronos o fundadores de Iglesias o de las familias religiosas.
c) Estas celebraciones a título de concesión no deben ser un
desdoblamiento de otras celebraciones que ya tienen lugar en el ciclo del
misterio de la salvación, y no deben multiplicarse más de lo que es
conveniente.
51. Aunque resulte conveniente que cualquier diócesis cuente con su
calendario y su Propio de los oficios y de las misas, ello no obsta para que
tengan calendarios y propios comunes a toda la provincia, a la región, a la
nación o también a un concepto geográfico más amplio; calendarios y propios
comunes que, en tales casos, se prepararán mediante una cooperación
mutua.
Por las mismas razones de conveniencia, este principio puede
observarse en lo que atañe a los calendarios de los religiosos para diversas
provincias de un mismo territorio civil.
52. La confección de un calendario particular se lleva a cabo incluyendo en
el calendario general las solemnidades, las fiestas y las memorias que le son
propias, es decir:
a) En el calendario diocesano, además de las celebraciones de los
Patronos y de la Dedicación de la Catedral, los santos y beatos que tienen una
relación particular con la diócesis, por ejemplo, una relación de origen, de una
estancia prolongada, de la muerte.
b) En el calendario de los religiosos, además de las celebraciones del
título, del fundador y del patrón, los santos y beatos que fueron miembros de
la familia religiosa determinada o que tuvieron una especial relación con ella.
c) En el calendario de cada iglesia, además de las celebraciones propias
de la diócesis o de la familia religiosa, las celebraciones propias de la misma
iglesia registradas en la tabla de los días litúrgicos, así como los santos cuyos
cuerpos guarda la iglesia en cuestión. Los miembros de las familias religiosas
se unen con la comunidad de la Iglesia local para celebrar la dedicación de la
iglesia catedral y el patrón principal del lugar y del territorio donde viven.
53. Cuando alguna diócesis o alguna familia religiosa tiene la dicha de
contar con diversos santos o beatos, es preciso cuidar de que el calendario de
toda la diócesis o de toda la institución no esté excesivamente cargado. Por
consiguiente:
CI
a) Puede haber una celebración conjunta de todos los santos y beatos de
la diócesis o de la familia religiosa, o al menos pueden celebrarse por grupos;
b) Que obtengan tan sólo en el calendario una celebración singular
aquellos santos y beatos que sean importantes para toda la diócesis o familia
religiosa;
c) Que los santos y beatos restantes se celebren solamente en los
lugares con los que tengan especial relación, o allí donde descansan sus
restos.
54. Las celebraciones propias han de estar inscritas en el calendario con la
categoría de memorias obligatorias o libres, a menos que se crea conveniente
modificar esta regla para algunas de estas celebraciones y existan razones
históricas y pastorales que inviten a hacerlo. No obstante, nada impide que
algunas celebraciones, en lugares determinados, sean fiestas con una
solemnidad mayor de la que se le concede en toda la diócesis o en una familia
religiosa.
55. Todos cuantos tengan un calendario propio están obligados a observar
las celebraciones propias de dicho calendario determinado; solamente la
aprobación de la Sede Apostólica otorga el derecho de borrar de un calendario
tales celebraciones o cambiarlas de categoría litúrgica.
TÍTULO II: DÍA PROPIO DE LAS CELEBRACIONES
56. La Iglesia tiene la costumbre de celebrar los santos el día de su muerte;
es una costumbre que debe observarse igualmente en las celebraciones
propias inscritas en el calendario particular.
No obstante, aunque las celebraciones propias tengan un especial
interés para cada Iglesia particular o para una familia religiosa, es muy
conveniente que exista una uniformidad, en cuanto sea posible, en la
celebración de las solemnidades, de las fiestas y de las memorias obligatorias
indicadas por el calendario general.
Por tanto, es preciso observar las siguientes normas en las celebraciones
propias de los calendarios particulares:
a) Las celebraciones registradas por el calendario general se han de
inscribir en el calendario propio el mismo día que lo están en el general; si es
necesario, se puede cambiar la categoría litúrgica.
Lo mismo debe observarse por lo que se refiere a las celebraciones
propias de una sola iglesia, cuando éstas se inscriban en el calendario
diocesano o en el de alguna familia religiosa.
b) Las celebraciones de los Santos no existentes en el calendario
general, asígnense a la fecha del día de la muerte del santo. Pero si se ignora
tal día, entonces la celebración tendrá lugar en otro día que tenga alguna
relación con el santo, por ejemplo, el día de su ordenación, del hallazgo de su
cuerpo o reliquias, o del traslado de éstos. De no ser así, pásese a un día que
esté libre de cualquiera otra celebración en el calendario particular.
c) Si no puede celebrarse en el día de la muerte o en el que tenga
alguna relación con el santo, debido a que en dicho día hay una celebración
obligatoria, aun de grado inferior, del calendario general o particular, pásese
igualmente al próximo día que esté libre.
d) Pero si se trata de celebraciones que, por motivo pastoral, no
pueden cambiarse a otro día, cámbiese entonces la celebración que lo impide.
e) Las celebraciones otorgadas por un indulto, colóquense en un día
pastoralmente apropiado.
CII
f) A fin de que el año litúrgico resplandezca con todo su fulgor, y que
no por ello se vean perpetuamente impedidas algunas celebraciones de los
santos, queden libres de celebraciones particulares los días que suelen
coincidir con la Cuaresma o con la Octava de Pascua, así como los
comprendidos entre el 17 y 31 de diciembre, salvo si se trata de memorias no
obligatorias o de las fiestas citadas en la tabla de los días litúrgicos, n. 8 a, b,
c, d, o de solemnidades que no pueden transferirse a otro tiempo.
Donde sea fiesta de precepto, la solemnidad de San José se
anticipará al sábado precedente, día 18 de marzo, cuando coincida con el
Domingo de Ramos de la Pasión del Señor. Las Conferencias de Obispos, por
su parte, donde no es fiesta de precepto, pueden trasladar la solemnidad de
San José a otro día fuera de la Cuaresma.
57. De haber santos o beatos inscritos conjuntamente en el calendario, es
preciso que se celebren también siempre conjuntamente, mientras el grado
de su celebración sea idéntico, aunque uno o algunos de ellos sean más
propios. En cambio, si uno o algunos de esos santos o beatos tienen un grado
litúrgico superior, celébrese únicamente el oficio de éstos con omisión de los
restantes, excepto cuando sea conveniente asignarles otro día a título de
memoria obligatoria.
58. Por el bien pastoral de los fieles es lícito celebrar, los domingos
ordinarios del año, aquellas celebraciones que caen entre semana y que
tienen mucha aceptación por parte de los mismos fieles, mientras estas
celebraciones puedan ser preferidas al domingo, según las reglas de la tabla
de precedencia. De dichas celebraciones pueden decirse diversas misas,
mientras haya concurrencia de fieles.
59. Entre los días litúrgicos, la precedencia, en cuanto a la celebración,
únicamente se rige de acuerdo con la siguiente tabla.
TABLA DE LOS DÍAS LITÚRGICOS
dispuesta de acuerdo con el orden de precedencia
I
1. El Triduo Pascual de la Pasión y de la Resurrección del Señor.
2. Navidad, Epifanía, Ascensión, Pentecostés.
Los domingos de Adviento, Cuaresma y Pascua.
El Miércoles de Ceniza.
Semana Santa, desde el lunes al jueves inclusive.
Días de la Octava de Pascua.
3. Las solemnidades del Señor, de la Virgen y de los Santos, inscritas en el
calendario general.
La Conmemoración de todos los fieles difuntos.
4. Las solemnidades propias, o sea:
a) La solemnidad del patrono principal del lugar, del pueblo o de la
ciudad.
b) La solemnidad de la dedicación y el aniversario de la dedicación de la
iglesia propia.
c) La solemnidad del título de la iglesia propia.
d) La solemnidad del título, del fundador o del patrono principal de una
orden o de una congregación.
II
CIII
5. Las fiestas del Señor inscritas en el Calendario general.
6. Los domingos del tiempo de Navidad y los del Tiempo Ordinario.
7. Las fiestas de Nuestra Señora y de los santos del calendario general.
8. Las fiestas propias, o sea:
a) La fiesta del patrono principal de la diócesis.
b) La fiesta del aniversario de la dedicación de la iglesia catedral.
c) La fiesta del patrono principal de la región o de la provincia, o de la
nación o de un territorio más extenso.
d) La fiesta del título, del fundador, del patrono principal de la orden o
de la congregación y de la provincia religiosa, de acuerdo con lo que
prescribe el número 4.
e) Las otras fiestas propias de alguna iglesia.
f) Las otras fiestas inscritas en el calendario de cada diócesis, orden o
congregación.
9. Las ferias de Adviento, del 17 al 24 de diciembre, ambas inclusive.
Los días infraoctava de Navidad.
Las ferias de Cuaresma.
III
10. Las memorias obligatorias del calendario general.
11. Las memorias obligatorias propias, es decir:
a) La memoria del patrono secundario del lugar, de la diócesis, de la
región, de la nación, del territorio más extenso, de la orden o de la
congregación y de la provincia religiosa.
b) Las otras memorias obligatorias inscritas en el calendario de la
diócesis, de la orden o de la congregación.
12. Las memorias libres, que pueden celebrarse de acuerdo con las normas
particulares, descritas en la Instrucción General del Misal Romano y en la
Liturgia de las Horas, en los días mencionados en el n. 9.
En la misma forma, las memorias obligatorias que accidentalmente
coincidan con las ferias de Cuaresma, pueden celebrarse como memorias
libres.
13. Las ferias de Adviento hasta el día 16 de diciembre inclusive.
Las ferias del tiempo de Navidad, del 2 de enero al sábado después de
Epifanía.
Las ferias del tiempo Pascual, desde el lunes después de la octava de
Pascua hasta el sábado antes de Pentecostés inclusive.
Las ferias del Tiempo Ordinario.
60. Cuando concurran diversas celebraciones, se celebra aquella que en la
Tabla de los días litúrgicos ocupe el lugar superior. No obstante, la solemnidad
impedida por un día litúrgico de mayor precedencia, se transfiere a la fecha
más cercana en que no se tenga ninguna de las celebraciones señaladas en
los números del 1 al 8 de la Tabla de precedencia, observando lo prescrito en
el n. 5. La solemnidad de la Anunciación del Señor, siempre que coincida con
algún día de la Semana Santa, se trasladará al lunes posterior al segundo
Domingo de Pascua.
CIV
En este caso, se omiten las demás celebraciones.
61. En el caso de que hayan de celebrarse las Vísperas del Oficio del día y
las primeras Vísperas del día siguiente en un mismo día, tienen preferencia las
Vísperas de la celebración que ocupa un lugar superior en la tabla de los días
litúrgicos; en caso de paridad, ganan las Vísperas del oficio del día.
CALENDARIO ROMANO GENERAL
Y PROPIO DE COLOMBIA
ENERO
Cal. 1 Octava de la Natividad del Señor
SOLEMNIDAD DE SANTA MARÍA MADRE DE DIOS Solemnidad
IV 2 Santos Basilio Magno y Gregorio de Nacianzo,
obispos y doctores de la Iglesia Memoria obligatoria
III 3 Santísimo Nombre de Jesús Memoria
libre
Prid. 4
Non. 5
VIII 6 EPIFANÍA DEL SEÑOR Solemnidad
VII 7 San Raimundo de Peñafort, presbítero Memoria
libre
VI 8
V 9
IV 10
III 11
Prid. 12
Idib. 13 San Hilario, obispo y doctor de la Iglesia
Memoria libre
XIX 14
XVIII 15
XVII 16
XVI 17 San Antonio, abad Memoria obligatoria
XV 18
XIV 19
XIII 20 San Fabián, Papa y mártir
San Sebastián, mártir Memoria
libre
XII 21 Santa Inés, virgen y mártir Memoria obligatoria
XI 22 San Vicente, diácono y mártir
Memoria libre
X 23
IX 24 San Francisco de Sales, obispo y doctor
de la Iglesia Memoria obligatoria
VIII 25 LA CONVERSIÓN DE SAN PABLO, APÓSTOL Fiesta
VII 26 Santos Timoteo y Tito, obispos Memoria obligatoria
VI 27 Santa Ángela de Merici, virgen Memoria libre
V 28 Santo Tomás de Aquino, presbítero y
Doctor de la Iglesia Memoria obligatoria
IV 29
III 30
Prid. 31 San Juan Bosco, presbítero Memoria obligatoria
En Colombia la EPIFANÍA se celebra el domingo que cae entre el 2 y el 8 de
enero.
En Colombia el BAUTISMO DEL SEÑOR se celebra el domingo siguiente a la
EPIFANÍA. Pero si el domingo de Epifanía ocurre el 7 ó el 8 de enero, la Fiesta
del BAUTISMO se celebrará el lunes siguiente a este domingo.
CVI
FEBRERO
Cal. 1
IV 2 LA PRESENTACIÓN DEL SEÑOR Fiesta
III 3 San Blas, obispo y mártir
San Óscar, obispo Memoria
libre
Prid. 4
Non. 5 Santa Águeda, virgen y mártir Memoria obligatoria
VIII 6 Santos Pablo Miki y compañeros, mártires Memoria obligatoria
VII 7
VI 8 San Jerónimo Emiliano
Santa Josefina Bakhita, virgen Memoria
libre
V 9
IV 10 Santa Escolástica, virgen Memoria obligatoria
III 11 Nuestra Señora de Lourdes Memoria
libre
Prid. 12
Idib. 13
XVI 14 Santos Cirilo, monje y Metodio, obispo Memoria obligatoria
XV 15
XIV 16
XIII 17 Los siete Santos Fundadores de la Orden de los
Siervos de la bienaventurada Virgen María Memoria
libre
XII 18
XI 19
X 20
IX 21 San Pedro Damián, obispo y doctor de la Iglesia Memoria
libre
VIII 22 LA CÁTEDRA DE SAN PEDRO, APÓSTOL Fiesta
VII 23 San Policarpo, obispo y mártir Memoria obligatoria
XI 24
V 25
IV 26
III 27
Prid. 28
CVII
MARZO
Cal. 1
VI 2
V 3
IV 4 San Casimiro Memoria
libre
III 5
Prid. 6
Non. 7 Santas Perpetua y Felicidad, mártires Memoria obligatoria
VIII 8 San Juan de Dios, religioso Memoria
libre
VII 9 Santa Francisca Romana, religiosa
Memoria libre
VI 10
V 11
IV 12
III 13
Prid. 14
Idib. 15
XVII 16
XVI 17 San Patricio, obispo Memoria
libre
XV 18 San Cirilo de Jerusalén, obispo y doctor de la Iglesia
Memoria libre
XIV 19 SAN JOSÉ, ESPOSO DE SANTA MARÍA VIRGEN Solemnidad
XIII 20
XII 21
XI 22
X 23 Santo Toribio de Mogrovejo, obispo Memoria obligatoria
IX 24
VIII 25 LA ANUNCIACIÓN DEL SEÑOR Solemnidad
VII 26
VI 27
V 28
IV 29
III 30
Prid. 31
CVIII
ABRIL
Cal. 1
IV 2 San Francisco de Paula, ermitaño Memoria
libre
III 3
Prid. 4 San Isidoro, obispo y doctor de la Iglesia
Memoria libre
Non. 5 San Vicente Ferrer, presbítero Memoria
libre
VIII 6
VII 7 San Juan Bautista de la Salle, presbítero Memoria obligatoria
VI 8
V 9
IV 10
III 11 San Estanislao, obispo y mártir Memoria obligatoria
Prid. 12
Idib. 13 San Martín I, Papa y mártir Memoria
libre
XVIII 14
XVII 15
XVI 16
XV 17
XIV 18
XIII 19
XII 20
XI 21 San Anselmo, obispo y doctor de la Iglesia Memoria
libre
X 22
IX 23 San Jorge, mártir Memoria
libre
San Adalberto, obispo y mártir Memoria
libre
VIII 24 San Fidel de Sigmaringa Memoria
libre
Santa María Eufrasia Pelletier, virgen Memoria
libre
VII 25 SAN MARCOS, EVANGELISTA Fiesta
VI 26
V 27
IV 28 San Pedro Chanel, presbítero y mártir
Luis María Grignon de Montfort, presbítero Memoria
libre
III 29 Santa Catalina de Siena,
virgen y doctora de la Iglesia Memoria
obligatoria
Prid. 30 San Pío V, Papa Memoria
libre
CIX
MAYO
Cal 1 San José Obrero Memoria
libre
VI 2 San Atanasio, obispo y doctor de la Iglesia Memoria obligatoria
V 3 EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ Fiesta
IV 4 SANTOS FELIPE Y SANTIAGO, APÓSTOLES Fiesta
III 5
Prid. 6
Non. 7
VIII 8
VII 9
VI 10
V 11
IV 12 Santos Nereo y Aquileo, mártires
San Pancracio, mártir Memoria
libre
III 13 Nuestra Señora de Fátima Memoria
libre
Prid. 14 SAN MATÍAS, APÓSTOL Fiesta
Idib. 15
XVII 16
XVI 17
XV 18 San Juan I, Papa y mártir Memoria
libre
XIV 19
XIII 20 San Bernardino de Siena, presbítero Memoria
libre
XII 21 Santos Cristóbal Magallanes, presbítero
y compañeros mártires
Memoria libre
XI 22 Santa Rita de Casia, religiosa Memoria
libre
X 23
IX 24
VIII 25 San Beda el Venerable, presbítero y doctor de la Iglesia
San Gregorio VII, Papa
Santa María Magdalena de’ Pazzi,virgen
Memoria libre
VII 26 Santa Mariana de Jesús Paredes y Flórez, virgen Memoria
obligatoria
VI 27 San Agustín de Cantorbery, obispo
Memoria libre
V 28 San Felipe Neri, presbítero Memoria obligatoria
IV 29
III 30
Prid. 31 LA VISITACIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA Fiesta
En Colombia: Domingo VII de Pascua: ASCENSIÓN DEL SEÑOR, Solemnidad
En Colombia: el domingo después de la Santísima Trinidad: EL CUERPO Y LA
SANGRE SANTÍSIMOS DE CRISTO, Solemnidad
CX
CXI
JUNIO
Cal. 1 San Justino, mártir Memoria obligatoria
IV 2 Santos Marcelino y Pedro, mártires
Memoria libre
III 3 Santos Carlos Lwanga y compañeros, mártires Memoria
obligatoria
Prid. 4
Non. 5 San Bonifacio, obispo y mártir Memoria obligatoria
VIII 6 San Norberto, obispo Memoria
libre
VII 7
VI 8
V 9 San Efrén, diácono y doctor de la Iglesia
Memoria libre
IV 10
III 11 San Bernabé, apóstol Memoria obligatoria
Prid. 12
Idib. 13 San Antonio de Padua,
presbítero y doctor de la Iglesia Memoria obligatoria
XVIII 14
XVII 15
XVI 16
XV 17
XIV 18
XIII 19 San Romualdo, abad Memoria
libre
XII 20
XI 21 San Luis Gonzaga, religioso Memoria obligatoria
X 22 San Paulino de Nola, obispo
Santos Juan Fischer, obispo
y Tomás Moro, mártires
Memoria libre
IX 23
VIII 24 EL NACIMIENTO DE SAN JUAN BAUTISTA Solemnidad
VII 25
VI 26
V 27 San Cirilo de Alejandría, obispo y doctor de la Iglesia
Memoria libre
IV 28 San Ireneo, obispo y mártir Memoria obligatoria
III 29 SANTOS PEDRO Y PABLO, APÓSTOLES Solemnidad
Prid. 30 Primeros mártires de la Iglesia de Roma
Memoria libre
Propio de Colombia: Jueves anterior a la Fiesta del Sagrado Corazón: JESUCRISTO
SUMO Y ETERNO SACERDOTE, Fiesta
Viernes posterior al segundo domingo después de Pentecostés: SAGRADO
CORAZÓN DE JESÚS, Solemnidad.
Sábado después del Sagrado Corazón de Jesús: Corazón Inmaculado de María,
Memoria obligatoria.
CXII
CXIII
JULIO
Cal. 1
VI 2
V 3 SANTO TOMÁS, APÓSTOL Fiesta
IV 4 Santa Isabel de Portugal Memoria
libre
III 5 San Antonio María Zaccaría, presbítero Memoria
libre
Prid. 6 Santa María Goretti, virgen y mártir Memoria
libre
Non. 7
VIII 8
VIII 9 NUESTRA SEÑORA DEL ROSARIO DE CHIQUINQUIRÁ,
Patrona de Colombia Fiesta
VI 10 Santos Agustín Zhao Reng y comp. Mártires Memoria
libre
V 11 San Benito, abad Memoria
obligatoria
IV 12
III 13 San Enrique Memoria
libre
Prid. 14 San Camilo de Lelis, presbítero Memoria
libre
Idib. 15 San Buenaventura, obispo y doctor de la Iglesia Memoria
obligatoria
XVII 16 Nuestra Señora del Carmen
(Propio de Colombia) Memoria obligatoria
XVI 17
XV 18
XIV 19
XIII 20 San Apolinar, obispo y mártir
Memoria libre
XII 21 San Lorenzo de Brindis,
presbítero y doctor de la Iglesia Memoria
libre
XI 22 Santa María Magdalena Memoria obligatoria
X 23 Santa Brígida, religiosa
Memoria libre
IX 24 Sarbelio Makhluf, presbítero Memoria
libre
VIII 25 SANTIAGO, APÓSTOL Fiesta
VII 26 Santos Joaquín y Ana,
padres de la Virgen María Memoria obligatoria
VI 27
V 28
IV 29 Santa Marta Memoria obligatoria
III 30 San Pedro Crisólogo,
obispo y doctor de la Iglesia Memoria
libre
Prid. 31 San Ignacio de Loyola, presbítero Memoria obligatoria
CXIV
AGOSTO
Cal. 1 San Alfonso María de Ligorio,
obispo y doctor de la Iglesia Memoria obligatoria
IV 2 San Eusebio de Vercelli, obispo
Pedro Julián Eymard, presbítero Memoria
libre
III 3
Prid. 4 San Juan María Vianney, presbítero Memoria obligatoria
Non. 5 Dedicación de la basílica de Santa María
Memoria libre
VIII 6 LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR Fiesta
VII 7 Santos Sixto II, Papa y compañeros mártires
San Cayetano, presbítero Memoria
libre
VI 8 Santo Domingo, presbítero Memoria obligatoria
V 9 Teresa Benedicta de la Cruz, virgen y mártir Memoria
libre
IV 10 SAN LORENZO, DIÁCONO Y MÁRTIR Fiesta
III 11 Santa Clara, virgen Memoria obligatoria
Prid. 12 Santa Juana Francisca de Chantal, religiosa Memoria
libre
Idib. 13 Santos Ponciano, Papa e Hipólito, presbítero, mártires Memoria
libre
XIX 14 San Maximiliano María Kolbe,
presbítero y mártir Memoria obligatoria
XVIII 15 LA ASUNCIÓN DE LA
SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA Solemnidad
XVII 16 San Esteban de Hungría Memoria
libre
XVI 17
XV 18
XIV 19 San Juan Eudes, presbítero Memoria
libre
XIII 20 San Bernardo, abad y doctor de la Iglesia Memoria obligatoria
XII 21 San Pío X, Papa Memoria obligatoria
XI 22 La Santísima Virgen María, Reina Memoria obligatoria
X 23 SANTA ROSA DE LIMA, VIRGEN
Patrona de América Latina Fiesta
IX 24 SAN BARTOLOMÉ, APÓSTOL Fiesta
VIII 25 San Luis
San José de Calasanz, presbítero Memoria
libre
VII 26 Santa Teresa de Jesús Jornet e Ibars, virgen Memoria obligatoria
VI 27 Santa Mónica Memoria obligatoria
V 28 San Agustín, obispo y doctor de la Iglesia Memoria obligatoria
IV 29 El Martirio de san Juan Bautista Memoria obligatoria
III 30
Prid. 31
CXV
SEPTIEMBRE
Cal. 1
IV 2
III 3 San Gregorio Magno, Papa y doctor de la Iglesia Memoria
obligatoria
Prid. 4
Non. 5
VIII 6
VII 7
VI 8 LA NATIVIDAD DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA Fiesta
V 9 San Pedro Claver, presbítero Memoria
obligatoria
IV 10
III 11
Prid. 12 El Santísimo Nombre de María Memoria
libre
Idib. 13 San Juan Crisóstomo,
obispo y doctor de la Iglesia Memoria obligatoria
XVIII 14 LA EXALTACIÓN DE LA SANTA CRUZ
En Colombia se celebra el 3 de mayo Fiesta
XVII 15 Nuestra Señora de los Dolores Memoria obligatoria
XVI 16 Santos Cornelio, Papa y Cipriano, obispo,
mártires Memoria obligatoria
XV 17 San Roberto Belarmino, obispo y doctor de la Iglesia
Memoria libre
XIV 18
XIII 19 San Jenaro, obispo y mártir Memoria
libre
XII 20 Santos Andrés Kim Tae-gon, presbítero,
Pablo Chong Ha-sang y
compañeros mártires Memoria obligatoria
XI 21 SAN MATEO, APÓSTOL Y EVANGELISTA Fiesta
X 22
IX 23 San Pío de Pietrelcina Memoria obligatoria
VIII 24
VII 25
VI 26 Santos Cosme y Damián, mártires
Memoria libre
V 27 San Vicente de Paúl, presbítero Memoria obligatoria
IV 28 San Wenceslao, mártir
San Lorenzo Ruiz y compañeros, mártires Memoria
libre
III 29 SANTOS ARCÁNGELES MIGUEL, GABRIEL Y RAFAEL Fiesta
Prid. 30 San Jerónimo, presbítero y doctor de la Iglesia Memoria
obligatoria
CXVI
OCTUBRE
Cal 1 Santa Teresa del Niño Jesús, virgen y
Doctora de la Iglesia Memoria obligatoria
VI 2 Santos Ángeles Custodios Memoria obligatoria
V 3
IV 4 San Francisco de Asís Memoria obligatoria
III 5
Prid. 6 San Bruno, presbítero Memoria
libre
Non. 7 Nuestra Señora del Rosario Memoria obligatoria
VIII 8
VII 9 San Luis Bertrán, presbítero Memoria obligatoria
VI 10
V 11
IV 12
III 13
Prid. 14 San Calixto I, Papa y mártir Memoria
libre
Idib. 15 Santa Teresa de Jesús,
virgen y doctora de la Iglesia Memoria
obligatoria
XVII 16 Santa Eduviges, religiosa
Santa Margarita María Alacoque, virgen
Memoria libre
XVI 17 San Ignacio de Antioquía, obispo y mártir Memoria obligatoria
XV 18 SAN LUCAS, EVANGELISTA Fiesta
XIV 19 Santos Juan de Brébeuf e Isaac Jogues,
presbíteros y compañeros, mártires
San Pablo de la Cruz, presbítero Memoria
libre
XIII 20
XII 21
XI 22
X 23 San Juan de Capistrano, presbítero Memoria
libre
IX 24 San Antonio María Claret, obispo Memoria
libre
VIII 25
VII 26
VI 27
V 28 SANTOS SIMÓN Y JUDAS, APÓSTOLES Fiesta
IV 29
III 30
Prid. 31
CXVII
NOVIEMBRE
Cal. 1 TODOS LOS SANTOS Solemnidad
IV 2 CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS
FIELES DIFUNTOS
III 3 San Martín de Porres, religioso Memoria obligatoria
Prid. 4 San Carlos Borromeo, obispo Memoria obligatoria
Non. 5
VIII 6
VII 7
VI 8
V 9 DEDICACIÓN DE LA BASÍLICA DE LETRÁN
Fiesta
IV 10 San León Magno, Papa y doctor de la Iglesia Memoria obligatoria
III 11 San Martín de Tours, obispo y mártir Memoria obligatoria
Prid. 12 San Josafat, obispo y mártir Memoria obligatoria
Idib. 13
XVIII 14
XVII 15 San Alberto Magno, obispo y doctor de la Iglesia Memoria
libre
XVI 16 Santa Margarita de Escocia
Santa Gertrudis, virgen
Memoria libre
XV 17 Santa Isabel de Hungría Memoria obligatoria
XIV 18 Dedicación de las basílicas de los apóstoles
San Pedro y San Pablo Memoria
libre
XIII 19
XII 20
XI 21 La Presentación de la Santísima Virgen María Memoria obligatoria
X 22 Santa Cecilia, virgen y mártir Memoria obligatoria
IX 23 San Clemente I, Papa y mártir
San Columbano, abad Memoria
libre
VIII 24 Santos Andrés Dung Lac,
presbítero y compañeros, mártires Memoria
obligatoria
VII 25 Santa Catalina de Alejandría, virgen y mártir Memoria libre
VI 26
V 27
IV 28
III 29
Prid. 30 SAN ANDRÉS, APÓSTOL Fiesta
Último domingo del Tiempo Ordinario: NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO, REY DEL
UNIVERSO, Solemnidad
CXVIII
DICIEMBRE
Cal. 1
IV 2
III 3 San Francisco Javier, presbítero Memoria obligatoria
Prid. 4 San Juan Damasceno,
presbítero y doctor de la Iglesia Memoria
libre
Non. 5
VIII 6 San Nicolás, obispo Memoria
libre
VII 7 San Ambrosio, obispo y doctor de la Iglesia Memoria obligatoria
VI 8 LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE
LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA Solemnidad
V 9
IV 10
III 11 San Dámaso I, Papa Memoria
libre
Prid. 12 NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE,
PATRONA DE AMÉRICA LATINA Fiesta
Idib. 13 Santa Lucía, virgen y mártir Memoria obligatoria
XIX 14 San Juan de la Cruz, presbítero y
doctor de la Iglesia Memoria obligatoria
XVIII 15
XVII 16
XVI 17
XV 18
XIV 19
XIII 20
XII 21 San Pedro Canisio, presbítero y doctor de la Iglesia
Memoria libre
XI 22
X 23 San Juan Cancio, presbítero Memoria
libre
IX 24
VIII 25 LA NATIVIDAD DEL SEÑOR Solemnidad
VII 26 SAN ESTEBAN, PROTOMÁRTIR Fiesta
VI 27 SAN JUAN APÓSTOL Y EVANGELISTA Fiesta
V 28 LOS SANTOS INOCENTES, MÁRTIRES Fiesta
IV 29 Santo Tomás Becket, obispo y mártir Memoria
libre
III 30
Prid. 31 San Silvestre I, Papa Memoria
libre
Domingo dentro de la Octava de Navidad, o bien, el 30 de diciembre LA
SAGRADA FAMILIA DE JESÚS, MARÍA Y JOSÉ, Fiesta
INSTRUCCIÓN PASTORAL
DE LOS OBISPOS DE COLOMBIA
SOBRE ALGUNOS ASPECTOS IMPORTANTES
EN LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA
1. La Celebración Eucarística es la fuente y la cumbre de toda la vida de la
Iglesia. En ella se encuentran toda la fuerza y la sabiduría de Dios, porque ella
es el Sacrificio Único de la Nueva y Eterna Alianza, que no se repite y que, sin
embargo, se celebra sin cesar hasta la consumación de los siglos, en los
altares del mundo entero. La Eucaristía es presencia real del Hijo encarnado
que celebra su acción de gracias como expresión de la obra salvadora, llevada
a cabo por el Misterio Pascual de su pasión, muerte, descenso, resurrección y
exaltación a la diestra del Padre. Este sacrificio único e irrepetible es el
verdadero sacrificio de reconciliación y de alabanza que, puesto en manos de
la Iglesia, constituye su máximo tesoro en el peregrinar de este tiempo
presente. La Iglesia misma se reconoce esposa del Cordero Inmaculado
cuando en la Sagrada Comunión es invitada al encuentro personal con su
Señor y a compartir con Él la misión efectuada por la perfecta consumación
del amor extremo, en la Cruz y gracias al Espíritu Eterno. En la Cena del
Señor, por lo mismo, la Iglesia descubre su fecundidad admirable y se dispone
para el misterio de una maternidad que verdaderamente da a luz a la nueva
humanidad que tiene su origen en la entrega sacrificial de Cristo Señor.
2. La Conferencia Episcopal Colombiana, reunida del 2 al 6 de febrero de
2004 en su LXXVI Asamblea Plenaria, aprobó la traducción para Colombia del
Misal Romano y, según lo propuesto y presentado por la Comisión Episcopal
de Liturgia, acordó acompañar esta edición con una Exhortación Pastoral
sobre algunos aspectos más importantes que deben ser tenidos en especial
consideración en el país, teniendo como base el capítulo IX y en él,
especialmente, el número 3901 de la Instrucción General del Misal Romano de
la Tercera Edición Típica del mismo. La Eucaristía merece nuestros mejores
esfuerzos y nuestra mejor disponibilidad en cuanto celebración sagrada y el
espíritu de las normas que siguen va solamente en este sentido. Se trata de
un esfuerzo y una motivación fraternal cuyo interés fundamental es la gloria
de Dios y la felicidad de nuestros hermanos desde este mundo y hasta la
eternidad.
1
Este número recuerda los asuntos que la IGMR deja pendientes a la legislación de las Conferencias de Obispos.
CXX
Adaptaciones que se refieren a ciertos ritos o gestos y a las
posturas corporales de los fieles2
3. Se exhorta a todos los fieles, pero especialmente a los ministros
sagrados a que, durante la lectura del Evangelio, como señal de respeto,
veneración y delicada atención, se orienten hacia el ambón.
4. Si se quiere destacar la procesión con las ofrendas, hágase sin
multiplicar los signos. El pan que se trae debe ser el que se presenta para la
consagración; y el vino que se trae es el que servirá para el mismo fin. Fuera
del pan y del vino, sólo conviene que se presenten ante el altar,
eventualmente, las ofrendas para los pobres y para el sostenimiento del culto.
Todo lo demás puede distraer la atención de lo que verdaderamente aporta el
pueblo de Dios al santo sacrificio.
5. Desde la epíclesis y durante todo el relato de la Institución, todos los
fieles se ponen de rodillas, a menos que estén lícitamente impedidos por
alguna clase de enfermedad o dolencia. Este gesto de adoración manifiesta la
fe en la realidad de la presencia del Señor Jesucristo en la Eucaristía y
constituye un valioso elemento en la educación de la experiencia religiosa de
los fieles. Los pastores deben poner especial cuidado en mantener vivos, en
los corazones de los fieles, este gesto y su sentido.
6. Durante la ostensión del Cuerpo y de la Sangre del Señor en el relato de
la Institución se observará un religioso silencio no interrumpido por ninguna
clase de aclamación espontánea o guiada, no por música ni cantos. Cada uno
de los fieles podrá, entonces, expresar su sentimiento religioso desde lo
íntimo del corazón.
7. Se mantendrá la costumbre de ponerse de pie inmediatamente después
de la ostensión del cáliz, terminando el relato de la Institución.
8. Los fieles que deseen hacerlo, pueden extender discretamente los
brazos durante la oración del Señor. Indíquese con toda claridad que es un
gesto opcional y que debe evitarse toda exageración.
9. Las oraciones que siguen al Padre Nuestro son presidenciales y no
conviene que se hagan de manera participada. Si el presidente de la
celebración tiene particular interés en destacar una súplica por la paz, debe
hacerlo en su momento, es decir, en la Oración Universal, o bien, esperar para
hacer una motivación de tipo verdaderamente pastoral en el ambiente que
corresponde a la acción propiamente catequética, fuera de la celebración
eucarística.
10. Se evitarán posturas y gestos adicionales como la elevación de manos
en actitud de juramento durante la recitación del Credo y otros gestos no
previstos por la IGMR para la celebración sagrada. Los sacerdotes y quienes
tienen a su cargo la Pastoral Litúrgica saben que la promoción de gestos
adicionales introduce costumbres que resultan finalmente imposibles de
unificar y causan perplejidad entre los fieles cuando, por los normales
desplazamientos dentro de una ciudad o por razón de cualquier cambio de
domicilio, llegan a Parroquias o a Diócesis en las cuales no se acostumbran.
11. En ningún caso se forzará a los fieles a asumir actitudes o gestos
especiales durante los cantos. Asegúrese siempre completa libertad en este
sentido y, ojalá, la máxima discreción, conscientes de que la celebración
eucarística tiene una función bien determinada en la vida de los cristianos. Los
2
Cfr. IGMR 43
CXXI
fieles, por su parte, tienen derecho a ser educados en el verdadero espíritu de
la Liturgia para que puedan tener una participación verdaderamente plena,
consciente, activa y fructuosa. Por lo tanto, resérvense ciertas expresiones
especiales para otros momentos de reunión de los fieles, fuera de la
Eucaristía, cuando seguramente resultarán, no sólo apropiadas, sino hasta
eficaces en cuanto medios para refuerzo de la tarea evangelizadora.
Veneración del Altar y del Evangeliario3
12. El lector y, en general todos los que asisten al sacerdote o ejercen algún
ministerio en la celebración sagrada, si en sus desplazamientos deben pasar
frente al altar, deténganse un momento e inclinen reverentes la cabeza ante
él.
13. Al terminar la lectura del Evangelio, el sacerdote o el diácono,
especialmente cuando se emplea el Evangeliario, pueden elevar un poco el
libro, antes de la veneración habitual con el beso, y mostrarlo a la asamblea
congregada mientras dicen: Palabra del Señor. Se realizará este gesto en el
espíritu del núm. 1754 de la IGMR, como signo especial de veneración del
Evangeliario y cuidando siempre de educar a los fieles en el sentido profundo
de este signo que no se dirige a la materialidad del libro sino a la grandeza de
su contenido y del Espíritu que lo inspiró.
Forma de intercambiar el signo de la paz5
14. Conviene recordar que el Misal Romano, en las rúbricas
correspondientes en el Ordinario de la Misa, indica que este gesto es opcional.
Se trata del intercambio de un saludo que bien podría calificarse como ritual y
que pretende hacer más explícita la comunión fraterna antes de la comunión
sacramental. Por su índole expresa reconciliación y paz. Pero conviene que se
limite sólo a los más cercanos a cada uno y que no se extienda
innecesariamente, como si sustituyera un saludo omitido al momento del
encuentro, antes de la celebración sagrada. De esta manera, los más
cercanos se pueden decir: La paz sea contigo y responderse: Y con tu espíritu,
o algo parecido. En ningún caso se puede sustituir el canto del Cordero de
Dios por un canto de paz que acompañe este gesto. Y en todo caso debe
evitarse la dispersión en momento tan importante para los fieles que
participan de la Sagrada Comunión.
15. Guárdese la misma discreción entre los concelebrantes cuando, por su
número, harían el gesto innecesariamente prolongado.
Manera de recibir la Sagrada Comunión6
16. Como signo de veneración antes de comulgar, cuando el sacerdote
muestra el Cuerpo del Señor a la asamblea diciendo: Este es el Cordero de
Dios..., los fieles pueden hacer una inclinación de cabeza u otro signo exterior
de adoración. Instrúyaseles para que no falte este signo acompañado de una
actitud interior coherente, consciente y piadosa. Y además para que no se
multipliquen delante del ministro de la comunión otros gestos que dificultan el
ministerio de la distribución del Cuerpo del Señor.
17. En Colombia los fieles recibirán la Sagrada Comunión de pie,
acercándose procesionalmente al sacerdote o al ministro de la Comunión.
3
Cfr. IGMR 273 y 49
4
Parágrafo 2
5
Cfr. IGMR 82
6
Cfr. IGMR 160
CXXII
18. Se puede recibir la Comunión en la mano en todo el territorio nacional.
Pero recuérdese que es una posibilidad que no puede ser impuesta a nadie ni
impedida sin causa razonable. Los fieles tienen el derecho de elegir la forma
como desean recibir la Sagrada Comunión. Ayúdese a quienes deseen recibir
el Santísimo Sacramento en la mano a hacerlo con todo decoro, pulcritud y
devoción. Estén vigilantes los ministros sagrados para evitar abusos y posibles
faltas de respeto. Se recordará a los fieles con frecuencia la forma más
apropiada para disponer sus manos, es decir, la mano derecha bajo la
izquierda, de tal manera que el Cuerpo del Señor se deposite sobre esta
última y quede la derecha lista para llevarlo a la boca. La Comunión se hará
delante del sacerdote o ministro, inmediatamente recibida en la mano. Será
siempre conveniente que quienes optan por esta forma de comulgar revisen
su mano izquierda por posibles partículas que hayan quedado y que también
deben ser consumidas con todo respeto.
19. Los pastores recordarán a los fieles que ni siquiera siendo ministros
extraordinarios de la Sagrada Comunión pueden acercarse a comulgar más de
dos veces en el mismo día.
Otras disposiciones
Servicio a la unidad
20. Los Obispos de Colombia exhortan a los sacerdotes celebrantes a
reconocer cada vez más profundamente la dignidad del Sacrificio y Banquete
de la Eucaristía. En este sentido invitan a proseguir el camino de una
formación litúrgica con raíces sólidas en la teología eucarística de todos los
siglos. Se trata de adquirir cada vez más un verdadero espíritu litúrgico, lejano
de todo rubricismo y, en cambio, siempre disponible para educar a los fieles
en el verdadero sentido de los ritos sagrados. Pastores y fieles deben conocer
las normas contenidas en la Instrucción General del Misal Romano y aplicarlas
con prontitud de ánimo y generosa devoción como un inigualable servicio a la
unidad de la Iglesia del Señor.
Música y canto litúrgicos
21. Se pide a todos seguir las normas existentes 7 y animar a los ministerios
musicales para que sigan con su apostolado tan directamente referido a la
gloria y a la alabanza divinas. Todos los coros y ministerios musicales deben
aprender a distinguir de manera amplia y generosa el ambiente de la iglesia
del ambiente de la congregación de fieles en actividades diversas de pastoral,
tal vez multitudinaria. En el primero se debe observar un religioso respeto y
decoro, hasta el punto de ofrecer siempre un ambiente peculiar que
corresponda al lugar del encuentro de los fieles con el Señor. En el segundo es
lícita la espontánea expresión corporal, el empleo de instrumentos y de ritmos
nuevos, canciones de animación y hasta cierta motivación a la acción, etc. En
las iglesias se deben evitar el estruendo y los espectáculos. La verdadera
alegría en el Señor no riñe con la serena índole de la experiencia religiosa
auténtica. En este sentido se recomienda discreción en el uso de ritmos de
acompañamiento, tanto electrónicos como físicos y se pide a todos, con afecto
pastoral, que eviten en la iglesia todo lo que se parezca a orquestas o bandas
mundanas. El reto del momento en este campo es la creatividad dentro del
buen espíritu y del buen gusto.
22. Se invita a los cantores, coros y ministerios a mantener con celo lo que
la Santa Iglesia desea mantener fielmente, a saber, el texto íntegro y sin
7
En especial el capítulo VI de Sacrosanctum Concilium, núms. 112-121 y la Instrucción Musicam Sacram.
CXXIII
cambios de los cantos del Ordinario de la Misa: Señor, ten piedad, Gloria,
Aleluya, Credo, Santo, Padre Nuestro y Cordero de Dios. Pondrán el mismo
empeño en evitar todo lo que tenga sabor profano, como las letras religiosas
montadas sobre melodías de moda o sobre melodías populares compuestas
para fines distintos al culto sagrado. Y con religioso obsequio colaborarán con
los pastores en el discernimiento de instrumentos, ritmos, melodías y letras
para la Sagrada celebración.
Índole sagrada de las iglesias
23. Las iglesias se reservan al culto divino y a la oración. Por eso se evitará
tener en ellas cualquier clase de reunión de carácter profano e inclusive
reuniones que no correspondan exactamente con la índole propia de la Casa
de Dios. Las iglesias no son lugares para ágapes en los que se comparten
comidas y actividades que desplazan el significado profundo de lo sagrado, ni
siquiera con el argumento de la familiaridad o de la fraternidad. De hecho, el
ambiente peculiar de las iglesias es lo que más puede favorecer un auténtico
crecimiento en el Señor, con el resultado de una fraternidad mejor cimentada
que la que se construye sobre otros fundamentos. De esta manera, conviene
que los pastores se preocupen por abrir y adecuar espacios apropiados para
reuniones pastorales. En casos de extrema necesidad, se solicitará
autorización expresa del Obispo diocesano y se aplicarán puntualmente sus
disposiciones sobre el uso del recinto sagrado.
Exhortación final
24. Los Obispos de Colombia, en el servicio de la Evangelización,
encomendando a todos a la maternal intercesión de Nuestra Señora del
Rosario de Chiquinquirá, invitan a sacerdotes y fieles a abrir de par en par sus
corazones al Señor Jesucristo. El sentido de las normas que la IGMR pide
elaborar a las Conferencias Episcopales debe ser entendido como un servicio
más a la unidad que Cristo quiso y pidió para su Iglesia. En dicho propósito
todos vamos a colaborar. En la celebración de los misterios del Señor en la
Eucaristía, expresamos a todos los colombianos el mejor de los deseos. La
participación frecuente de la Eucaristía será para todos, individual,
comunitaria y socialmente, fuente de justicia y de paz duraderas. La vocación
sobrenatural que todos tenemos se hace manifiesta en la Liturgia terrena que
refleja adecuadamente la dicha de la celebración eterna de la Gloria de la
Trinidad Santísima. Por eso, por todas las maravillas que se ofrecen a la
humanidad en el Santísimo Sacramento del altar, concluimos invitando a una
gran campaña nacional para que todos los fieles de la Iglesia acudan a la
celebración dominical con ánimo festivo y generoso, para una participación
cada vez más plena y consciente, en espíritu de verdadera fe y de comunión,
comunión de hermanos y comunión en el Señor Jesucristo, con el Padre, en el
Espíritu Santo.
+ Fabio Betancur Tirado
Arzobispo de Manizales
Presidente de la Comisión Episcopal de Liturgia