SINOPSIS
¿Cuál es la mejor manera de ganar confianza después de años con el chico equivocado? Hayden
Owens, el defensa más atractivo del hockey profesional, mi mejor amigo seguro de sí mismo y mi
nuevo entrenador de citas.
Me enseñará a ser jugadora, pero me convence de practicar con él.
Somos amigos desde hace años, pero nuestras lecciones de coqueteo y nuestros besos de práctica
superan los límites de la amistad.
Somos compañeros de habitación, pero dormimos en la misma cama.
Me compra un juguete como favor... pero me ayuda a usarlo.
¿Todas esas cosas de las relaciones que siempre ha evitado? Parece que ya no le importan.
La regla número uno de ser jugador es no tener apegos, pero cuando Hayden me ve ligar con otros
chicos, se pone tan celoso que me pregunto...
Tal vez mi compañero me ha estado esperando todo este tiempo.
CAPÍTULO 1
HAYDEN
—Deja de mirar a darcy—, dice Jordan mientras cambia mi vaso vacío por
una nueva cerveza.
Aparto mi atención de tres mesas más allá, donde mi amiga y compañera de
piso está en una cita con un tipo cuya mirada no deja de desviarse hacia sus
tetas.
— No estoy mirando.
Mis ojos vuelven al pelo de Darcy, rubio pálido y brillante bajo la luz del
bar. Es su primera cita tras romper su compromiso con mi mejor amigo, Kit.
Está de espaldas a mí, así que no puedo ver su expresión.
—¿Qué opinas de él? — Le pregunto a Jordan. —No creo que se haya reído
ni una vez.
La cita de Darcy es la que más habla.
Jordan pone los ojos en blanco.
—Ella está bien.
— Sé que está bien.
Como el barman veinteañero y dueño del Filthy Flamingo, el bar de mala
muerte que frecuentamos después de los partidos de los Vancouver Storm,
Jordan ha tenido mucha experiencia viendo citas que se han ido al garete.
En una cita, sin embargo, Darcy debería estar más que bien. Este tipo
debería estar cayendo a sus pies, haciendo lo que sea por su atención.
Darcy Andersen es el paquete completo. Inteligente, divertidísima y
guapísima, con un bonito pelo rubio pálido, ojos verde mar y una adorable
nariz que se le levanta en la punta. Y es la mayor fan de la serie romántica
de fantasía La Espada del Norte, que es como nos conocimos hace ocho
años, cuando me senté a su lado en el primer curso de inglés de la
universidad, llevando una camiseta de la serie de libros.
Se la van a zampar en un santiamén.
No es que me importe. Es agradable tenerla para mí solo después de que
haya estado viviendo en Calgary con Kit durante cuatro años, eso es todo.
Jordan arquea una ceja.
—¿Y por qué estás aquí sentado como su padre sobreprotector?
Se me hace un nudo en el pecho, pero le sonrío perezosa y confiado.
—¿Qué, no puedo tomarme una copa yo solo?
— Nunca estás solo, fiestero.
Suelto una carcajada apretada. Sabía que deberíamos haber ido a otro sitio.
En el equipo de hockey Vancouver Storm, soy el alma de la fiesta. El
divertido que reúne a todo el mundo para ir al Filthy Flamingo después de
los partidos. El bar de mala muerte con carteles de grupos, cerveza barata y
luces en el techo es donde preferimos pasar el rato. Es raro que nos
reconozcan aquí, y si los otros clientes nos reconocen, nunca se atreverían a
decir nada delante de Jordan.
Sin embargo, Darcy quería venir aquí.
— Le dije a Kit que la cuidaría después de que rompieran.
Me froto la nuca. Después de jugar juntos al hockey desde que éramos
adolescentes, el chico es mi mejor amigo, aunque ahora juguemos en
equipos diferentes de la NHL.
—Y estaba nerviosa por lo de esta noche, así que me ofrecí a sentarme unas
mesas más allá para apoyarla.
— Por apoyo.
— Sí. Por si pasa algo.— Sueno a la defensiva, así que lanzo otra de esas
sonrisas arrogantes. — Puedo ser muy intimidante.
Como defensa, soy un tipo grande. Trabajo con algunos de los mejores
preparadores físicos, dietistas y entrenadores del deporte profesional, y eso
se nota.
— Sí.— El resopla con una mirada plana. — Sí que eres aterrador.
Le dedico una sonrisa encantadora, pero mi mirada vuelve a Darcy.
—Ve a ver de qué están hablando.
— Owens, déjala en paz.
Levanto las manos en señal de rendición.
—Prometo no interferir a menos que ella me envíe la señal.
Tira el posavasos al suelo, le dije antes a Darcy, haciéndola reír, y te
llamaré con una falsa emergencia.
Jordan niega con la cabeza, pero su boca se tuerce con irónica diversión.
—Ustedes dos son ridículos.
Vuelve a la barra y mi mirada se desliza de nuevo hacia Darcy. Se tira de la
manga. Se mueve en su asiento. Mira por encima del hombro.
Hago una pausa con mi cerveza a medio camino de la boca.
Él dice algo que hace que sus hombros se tensen. Vuelvo a estar en alerta
máxima, deseando poder leer los labios, cuando su posavasos de papel sale
volando de la mesa y cae al suelo. Sonrío y me llevo el teléfono a la oreja
cuando suena.
—¿Hola?—, contesta preocupada.
— Algo, algo disculpa.
Ella jadea, y yo sonrío más ampliamente en la parte posterior de su cabeza.
—Dios mío. ¿Qué? ¿Estás bien?
— Me queda medio por ciento de batería y elegí llamarte a ti en vez de al
911.—Mi pecho se expande, chispas crujiendo y saltando detrás de mi
esternón. Sonrío como un tonto. — Podría bajar por el lateral del edificio,
pero este es el ático y estoy desnudo.
—¿Te ha atropellado un coche?— La oigo intentando no reírse.
— Sí. Desnudo. Estaba haciendo flexiones y el conductor se distrajo.
Provoqué un choque en cadena de diez coches.
—¿Y estás en el hospital?
— Sí, y no paran de mirarme los músculos.— Suspiro. — Me hace sentir
cosificado, como un trozo de carne. No sé cómo voy a superar esto sin ti.
Desde tres cabinas más allá, noto cómo pone los ojos en blanco. No soy un
tímido alhelí. Cubre una carcajada con una rápida tos.
— Pobrecito. Suena aterrador. Enseguida voy. ¿Y Hayden?
—¿Sí, Darce?
— No llores. Todo va a salir bien.
Cuelga y me río.
Ves, ese es el tipo de cosas que deberíamos estar haciendo. No ella en una
cita con un tipo que no puede dejar de babear por sus tetas.
______
—¿Desnudo en el patio?— Darcy se deja caer en el reservado de enfrente
unos treinta segundos después de pasar con el tipo. — ¿En serio?
Mi sonrisa coqueta se ensancha.
—Por algo tengo una llave ahí fuera.
Pone los ojos en blanco, pero sonríe.
—Supongo que no es tu príncipe azul si necesitábamos la llamada de
emergencia.
— Ni de cerca.—Apoya la frente en las manos. — Eso fue un desastre.
No debería alegrarme tanto oír esto.
—Lo siento.
— Dijo soy de una familia grande, y tenemos bebés grandes, con cabezas
grandes.— Me ve doblado, riendo, y me mira con dureza, aunque se le
tuerce la boca. — Deja de reírte.
—¿Qué? Te está avisando de antemano.
Se queja.
—No paraba de hablar de su futura boda y de cómo su madre lo tenía todo
planeado.— Su cara bonita se encoge. — Y luego quería besarme fuera.
Se me cae la sonrisa.
—¿Lo hiciste?
Es la ex de Kit. Ella está fuera de los límites, y ella es su propia persona que
puede tomar sus propias decisiones, pero pienso en las manos de un tipo
sobre ella, y quiero romper algo.
— Claro que no.— Su expresión se vuelve horrorizada. — Mentí y dije que
tenía un herpes labial, y que era una forma de herpes, así que no
deberíamos.
Aliviado, me río con la bebida.
—Tendré que acordarme de eso.
— Como si fueras a necesitarlo, con el desfile de supermodelos con las que
sales.
Hago una mueca.
—No es un desfile.
Hace un ruido de disgusto. Sus ojos se quedan en el suelo, la boca torcida
hacia abajo en las esquinas.
—¿Qué pasa?
Menea la cabeza, parpadea.
—Nada.
— Darce—, le digo.
Sus ojos se encuentran con los míos, y ella tira de esa labio alfepado
inferior entre sus entre los dientes.
—Pensé que una cita sería divertida, pero fue horrible. El quería todas las
cosas que yo no quiero.
Mi maldito corazón. No soporto verla así.
—¿Cuál es la prisa? Sólo ha pasado un mes.
— La prisa es que desperdicié…— Se interrumpe, los ojos se vuelven
cautelosos.
—¿Desperdiciaste qué? ¿El tiempo? ¿Perder el tiempo? Estuvieron juntos
ocho años.
— Nada. — Ella sacude la cabeza. — Estoy empezando de nuevo aquí en
Vancouver. Nueva ciudad, nuevo equipo en el trabajo, nuevo apartamento
en cuanto encuentre uno.
—¿Nuevo apartamento?— La miro con cara de ¿qué más da? — Vas a vivir
conmigo.
— No, me quedo contigo. No puedo quedarme allí.
— Claro que sí.
Me lanza una mirada plana.
—Hayden. No puedo pagar ese lugar.
— No dijimos ni una palabra sobre el alquiler.
Y no voy a aceptar un centavo de de ella. Ella tiene un buen trabajo, pero
con lo mucho que yo tengo y lo divertido que es por fin vivir juntos, siento
que me está haciendo el favor.
Ella echa la cabeza hacia atrás exasperada.
—No empieces.
— Sólo digo que gano millones de dólares al año.
Le lanzo una sonrisa arrogante.
—No necesito tu triste dinerito de actuario.
Ella niega con la cabeza, pero se ríe.
—Dios, tu ego. Quizá me necesites para mantenerlo a raya.
— Me encantaría.
— De todos modos.— Me hace un gesto para que me vaya. — Además de
todo eso, nuevo estado sentimental. Soltera.
Titubea en la última palabra, frotándose el estómago con una mano como si
estuviera nerviosa.
La ruptura de Kit y ella no es asunto mío, pero cuando me llamó para darme
la noticia, seguía tan jodidamente disgustada, y yo...
No pude hacer nada. Es Darcy. También es mi amiga. Animarla, distraerla,
es mi trabajo.
— No tienes que volver a salir con nadie.— Agarro mi vaso con más
fuerza. Debería salir conmigo. — Sólo diviértete.
— Sí.
Se le iluminan los ojos y me hace un gesto.
—Divertirse. Sí. Llevo un mes sentada en el sofá deprimida por la ruptura y
—traga saliva—estaba dispuesta a romper con él hace mucho tiempo.
Me fuerzo a no reaccionar.
—No lo sabía.
Ni siquiera sé por qué rompieron. No ha querido hablar de ello, así que no
la he presionado. Cuando esté lista, me lo dirá.
Pero tengo mucha curiosidad. ¿Él hizo algo? Siempre parecían tan felices
juntos.
— El tipo de esta noche estaba dispuesto a presentarme a su extensa familia
—, continúa. — Quería cisnes en la boda, Hayden.— Me mira
fijamente y yo tiemblo de risa. — Cisnes y caballos. Lo tenía todo
planeado. Sólo quería meter a alguien.—Pone cara de asco. — Sólo quiero
una distracción divertida. ¿Dónde están esos tipos?
Le guiño un ojo.
—Aquí mismo, nena.
Ella resopla.
—Dios mío. Eres como su líder. Llévame a ellos.
Debería estar acostumbrado, pero la etiqueta escuece, especialmente
viniendo de ella.
Nunca quise tener esta reputación. Nunca he conocido a una mujer con la
que esté interesado en algo a largo plazo. Si detecto algún interés en
comprometerme, no la invito a salir. No le insinúo nada a nadie, ni le doy
líneas, pero siempre me aseguro de que todos lo pasen bien.
Soy una cara bonita, un buen par de abdominales, y un muy, muy buen
polvo, y no pretendo ser nada más.
— Espera.— Sus ojos se entrecierran. — Tienes citas, pero nunca te
encariñas.
Por encima del borde de la copa, la miro interrogante.
—¿De acuerdo?
— Siempre te diviertes. Eres increíble en esto de las citas y has tenido años
de práctica. Seguro que has tenido cientos de citas.
—¿A dónde quieres llegar con esto?— Sea donde sea, no me gusta.
Sus labios se inclinan y sus ojos brillan con interés.
—Quiero ser como tú.
—¿Devastadoramente guapo?
Sonríe más.
—No, un jugador. Hayden, quiero que me enseñes a ser un jugador.
CAPÍTULO 2
DARCY
La sonrisa de Hayden se disuelve como si fuera lo último que esperaba que
dijera.
— Puedes ser mi wingman.
No sé por qué no me di cuenta antes. Hayden Owens es increíblemente
guapo, una rica estrella de hockey, el alma de la fiesta, una persona
increíblemente adorable y el jugador más importante que conozco. Cada
semana sale con una chica nueva.
Hayden tiene la vida que yo quiero: pura diversión y ningún compromiso, y
siempre tiene el control. Nadie lo aplasta. Nadie toma las decisiones por él.
Después de Kit, estoy harta de ser cómplice en la vida de un tipo.
Sonrío más a Hayden, que parece asustado.
— En todos los años que estuvimos juntos, Kit y yo nunca tuvimos una cita
de verdad. Fuimos a una fiesta y luego estuvimos juntos. La fiesta del
hockey.
Fue el viernes de la primera semana de universidad, la primera semana en
que Hayden y yo nos conocimos en clase de inglés.
Parpadea, frunce el ceño, mira hacia otro lado.
—Sí, lo recuerdo.
— Claro. Tú estabas allí.
Después de charlar toda la semana antes de clase, pensé que Hayden iba a
pedirme salir... Ahora no es el momento de pensar en eso, así que alejo el
pensamiento.
Está fuera de mi alcance. Sale con supermodelos, actrices e influencers, y
todas y cada una de ellas son altas, de pelo oscuro y tetas enormes. Nada
que ver conmigo, con mi baja estatura, mi pelo y mis ojos pálidos y mi falta
total de curvas.
No es que me importe. Somos amigos.
— Nunca he coqueteado con un chico—, continúo. — Nunca he invitado a
salir a un chico. Ni siquiera he salido nunca por San Valentín ni me han
regalado flores.
Intento superarlo, seguir adelante y no pensar en Kit, pero cuanto más me
alejo de la ruptura, más me enfado. Después de intentar romper con él en
diciembre, Kit me pidió que esperáramos hasta después de las vacaciones.
Tenía partidos importantes en los que centrarse, dijo.
Sin embargo, en Nochevieja, delante de todos sus compañeros de Calgary y
de los compañeros de Hayden en Vancouver, Kit me propuso matrimonio.
¿Quién hace eso?
Me quedé helada. No quería avergonzarle, así que le dije que sí y, a la
mañana siguiente, rompí de verdad.
La preocupación parpadea en la mirada de Hayden.
—¿Nunca te llevó a una cita de verdad?
Me doy golpecitos con la lengua en el labio superior, conteniendo la verdad.
Son mejores amigos y no quiero que Hayden sienta que tiene que elegir
entre nosotros, así que paso por alto los detalles de la ruptura.
Al otro lado de la mesa, me observa atentamente.
— Quiero decir... estábamos en la escuela, así que no teníamos dinero y
estábamos ocupados estudiando y jugando al hockey. Si nos arreglábamos,
era para eventos de hockey.
Sus bonitos ojos azules se detienen en mí y su mandíbula se flexiona.
—¿Por qué no dijiste nada?
— Ahora no importa.
Le hago un gesto para que lo deje.
No quiero quedarme en el pasado. Tengo veintiséis años, es hora de
recuperar el tiempo perdido y vivir todas esas divertidas experiencias de
citas que me perdí.
Su boca se desliza en una sonrisa perezosa y coqueta.
—¿Quieres flores, Darcy? Te compraré flores.
Suelto una carcajada. Siempre puedo contar con Hayden para animar el
ambiente.
—Ya me entiendes. Quiero arreglarme, ir a un buen restaurante, que me
digan que estoy guapa y luego volver a casa y acostarme contra la pared.
Se atraganta con la cerveza y tose.
— O, por ejemplo, en la ducha.— Me encojo de hombros con expresión
desconcertada. — No sé. Dondequiera que la gente tenga rollos súper
apasionados. Y luego no quiero volver a ver a ese hombre.
Sigue tosiendo y sus pómulos se ponen rosados.
—¿Estás bien?
—Sí—, grazna, sin mirarme.
— Tú mismo lo has dicho. Necesito divertirme.
— Divertirte conmigo. Salir después de los partidos y ver Espada del Norte.
Nuestra serie de libros favorita es ahora un programa de televisión. Su
sonrisa se atenúa un poco.
—No con un típo que habla por encima de ti y parece que intenta adivinar
tu talla de sujetador.
Me estremezco al oír su voz. No es habitual en él. Pero es protector porque
somos amigos.
—Me miraba las caderas para ver qué tamaño de bebé podía sacar.
Hayden aprieta los dientes y bebe otro largo sorbo de cerveza.
— Siempre sabes qué hacer o decir. Te has acostado con cientos de mujeres.
Se queja.
—No cientos.
— Con muchas. Si las juntáramos, probablemente no cabrían en este bar...
—Está bien.— Su expresión se vuelve plana. — Lo entiendo.
— No te estoy avergonzando sexualmente. Quiero ser como tú. ¿Cómo se
mejora en algo? Haz lo que hacen los profesionales. Aprende de los
mejores. Ni siquiera sé por dónde empezar. No sé cómo acercarme a un
chico.
Me mira durante un largo momento, pasándose la mano por su desordenado
pelo rubio dorado. Parece a punto de decir que no, pero un chico pasa por
delante de nuestra mesa, y la mirada de Hayden se endurece antes de que
sus ojos se encuentren con los míos.
— De acuerdo.
—¿De verdad?
— Con una condición. — Se inclina hacia mí, con los ojos brillantes. —
Múdate conmigo permanentemente. No tiene sentido que busques tu propia
casa cuando yo tengo la habitación libre. Además, no me gusta vivir solo.
¿Otra vez esto? Hayden vive en el ático, y su apartamento es precioso.
Ventanas de dos pisos con vistas a la ciudad, una enorme cocina y sala de
estar, un amplio patio con bañera de hidromasaje y jardín. Incluso el
dormitorio de invitados es más bonito que cualquier habitación de hotel en
la que me haya alojado.
Cuando le llamé la semana pasada desde Calgary para contarle lo de Kit y
yo, insistió en que viniera a Vancouver. Ni siquiera lo dudó. Debió de oír
algo en mi voz -algo frustrada, decepcionada y rota- y me convenció de que
una nueva ciudad era exactamente lo que necesitaba.
Sin él, estaría de vuelta en Calgary, probablemente revolcándome, no
divirtiéndome en un bar.
— Ya has hecho mucho por mí.— Le doy una media sonrisa. — No quiero
aprovecharme.
Después de cuatro años fuera, Hayden es el único amigo que me queda en
Vancouver. La mayoría de mis amigos de Calgary eran en realidad amigos
de Kit, y he perdido el contacto con mucha gente de la universidad.
Hayden es todo lo que tengo ahora. No puedo estropearlo.
— Vancouver es una pesadilla para los alquileres—, dice, y noto que intenta
mantener un tono informal. — No querrás acabar viviendo con un bicho
raro que se cuela en tu habitación y te huele las bragas.
Se me escapa una risa horrorizada.
—Qué asco.
— Y si me encuentras en tu habitación—, añade con una sonrisa pícara, —
solo me aseguro de que me quedan bien.
— Qué asco.— Escupo entre risas. — No te pruebes mis bragas. Las
estirarás.
— Sí, lo haré.— Sus cejas se arquean y envía una mirada puntiaguda a su
entrepierna. — Por delante.
Se me calienta la cara, pero noto cómo se desvanecen los restos de
decepción de mi cita.
— Tus cosas ya están en mi casa.— Se encoge de hombros anchos y
tonificados. — Y quiero a tus padres, pero sé que no quieres vivir con ellos.
Viven en un tranquilo suburbio a una hora de Vancouver.
—Tendrás que ir y venir en coche cada partido en casa, y luego será tarde, y
acabarás quedándote a dormir en mi casa.
Me lanza una mirada de "¿qué vas a hacer?", como si estuviera decidido.
Disimulo una sonrisa.
—Estás tan seguro de que iré a todos tus partidos.
—Irás.
Se me revuelve el estómago por la forma arrogante en que lo dice y por su
sonrisa confiada.
Hayden siempre consigue lo que quiere en la vida. Es el compañero
perfecto para enseñarme a tener citas.
—¿Y cuando tienes citas en casa?
Juego con el posavasos de papel sobre la mesa.
—Tener una compañera de piso te va a quitar el estilo.
Esta semana no ha tenido ninguna cita ni ha invitado a nadie. Es
probablemente un récord para él.
Se aclara la garganta, mirando hacia otro lado.
—No te preocupes por eso. Es el trato que te ofrezco, Darce. Tómalo o
déjalo.
No hay mucha elección, ¿verdad? Además, vivir con Hayden durante la
última semana ha sido fácil y divertido.
— Trato hecho.
Su gran mano rodea la mía mientras nos estrechamos, y un zumbido de
electricidad recorre mi sangre al contacto de su cálida palma contra la mía.
Nuestras miradas se cruzan y me quedo sin aliento.
Sea cual sea el carisma de Hayden, quiero un poco de él.
— Esto va a ser muy divertido—, le digo. — Y aprendo rápido.
Luce una sonrisa tensa que no le llega a los ojos.
—No puedo esperar.
CAPÍTULO 3
DARCY
Hayden y un jugador del equipo contrario chocan contra las tablas delante
de nosotros, y el cristal se sacude. Me mira desde la primera fila y me lanza
una sonrisa infantil y juguetona.
Le devuelvo la sonrisa y sacudo la cabeza mientras él patina tras el disco,
con una pequeña emoción en el pecho.
No debería ser tan excitante ver a mi amigo jugar al hockey, sobre todo
porque acabo de quedarme soltera.
Pero lo estoy. Hay algo en Hayden jugando a este brutal deporte de contacto
que me tiene cautivada.
A nuestro alrededor, en el estadio, los aficionados animan y gritan a los
árbitros por las faltas cometidas. Es un mar de camisetas de los Storm de las
últimas décadas, y me siento un poco fuera de lugar sólo con mi abrigo de
invierno.
— Estamos encantadas de que te hayas unido a nosotras—, dice Pippa
Hartley con una sonrisa tímida pero amistosa, inclinándose junto a su
hermana Hazel para mirarme. Ambas llevan sus propias camisetas de las
Storm. Las conocí el año pasado a través de Hayden. — Es mucho más
divertido sentarse aquí que en el palco.
Suena el silbato y el juego se detiene. Jamie Streicher, el huraño y serio
portero de los Storm, se gira hacia la red frente a nosotros para beber agua.
Sus ojos se dirigen directamente a Pippa, su prometida, e incluso a través de
la máscara de portero, es evidente cómo se suaviza su expresión.
Cada vez que los veo juntos, no puede apartar los ojos -o las manos, si está
lo bastante cerca- de ella. Hayden dice que fueron juntos al instituto y que
se reencontraron cuando ella fue contratada como su ayudante la temporada
pasada. Ahora es cantautora y lanzó su primer álbum el año pasado.
Se supone que los famosos tienen un ego enorme y son groseros y
exigentes, pero parece que la fama no ha cambiado a Pippa ni un ápice.
— Sí, sabes que ese es tu asiento ahora, ¿verdad?— Hazel sonríe con las
cejas levantadas. — Ahora te sientas con nosotros, aquí abajo donde está la
acción.
Me muerdo la sonrisa.
— Si insistes.
— Insistimos. Ahora eres nuestra.
Hazel vuelve al partido y mira a su prometido, Rory Miller, el engreído y
burlón capitán del equipo. También fue al instituto con ella, Jamie y Pippa,
aunque Hazel parecía odiarlo a muerte hasta que empezaron a salir a
principios de esta temporada.
Este invierno, Hayden me susurró que sospechaba que sólo fingían salir
para darle celos a su horrible ex, pero no hay nada falso en la forma en que
le mira ni en el brillante anillo de diamantes que lleva en el dedo.
Además de trabajar como fisioterapeuta para el equipo, Hazel da clases de
yoga y hace poco abrió su propio estudio de fitness inclusivo y positivo
para el cuerpo aquí en Vancouver. Ha pasado a trabajar como fisioterapeuta
un día a la semana para el equipo mientras pone en marcha el estudio.
—¿Te encuentras bien?
Me mira abiertamente. Tengo la sensación de que podría contarle cualquier
cosa ahora mismo y no me juzgaría.
—¿Con la ruptura y todo eso?
— Hazel—, dice Pippa pacientemente. — Puede que no quiera hablar de
ello.
Hazel se encoge de hombros.
—Está bien si no quiere. Pero sería una mala amiga si no le preguntara y le
ofreciera mi apoyo. Que le den a ese tipo, por cierto.
Me río en silencio.
—No, Kit no es un mal tipo.
— Me da igual. La mayoría de los jugadores de hockey son basura, excepto
Streicher y Rory.— Su boca se inclina hacia arriba. — Hayden también es
bastante bueno. Se aseguró de que Rory llegara a casa aquella noche que
bebió demasiado y se hizo un tatuaje. Parece que siempre cuida de sus
amigos.
Me mira de reojo.
— Lo hace.— Trago saliva. — Hayden es el mejor.
— Entonces—, dice Hazel en voz baja, — como te pregunté, ¿estás bien?
— Creo que sí…— Se me escapa una risa ligera e insegura. — No tengo ni
idea. Siento que estoy aguantando, dadas las circunstancias.
— Yo también.— Su boca esboza una sonrisa irónica. — Creo que lo estás
haciendo muy bien.
— Basta de hablar de mí. ¿Qué tal el estudio?
— Es un montón de trabajo, pero—, sonríe, los ojos brillantes, — es
bastante grande. No se siente como el trabajo cuando estoy allí, ¿sabes?
cuando estoy allí no me siento como si estuviera trabajando.
Me habla de la creación del horario de clases, la contratación de profesores
y personal de recepción, y del interés que ya ha despertado entre la
población local.
— Parece demasiado bueno para ser verdad, que pueda hacerlo todos los
días. Ahora es mi trabajo—, dice. — Lo haría gratis.
Sus palabras me provocan un tirón en el pecho, la sensación de que Hazel
tiene algo que yo quiero. No son celos, quiero que tenga el trabajo de sus
sueños. Es envidia, porque mujeres como Hazel y Pippa persiguen sus
sueños.
Ojalá pudiera parecerme más a ellas, pero ya me he quemado antes. Mi
trabajo de actuario puede ser aburrido, pero es seguro. Nadie sale herido.
— Y siempre que dudo de mí misma—, añade, mirando a Rory, que se está
alineando para un cara a cara, — Miller está justo detrás de mí, diciéndome
que puedo hacer cualquier cosa.
El anillo de la mano izquierda de Hazel capta la luz, brillando y
centelleando. Me viene a la mente el anillo que le devolví a Kit hace un mes
y siento un dolor punzante en el pecho. Sin embargo, cuando levanto la
vista hacia Hazel, se está mirando la mano con expresión soñadora.
— Tu anillo es precioso
Una piedra azul pálido con matices grises, rodeada de pequeños y delicados
diamantes en una banda de oro rosa.
— Gracias. — Su boca se curva en una sonrisa. — Me sorprende lo
mucho que me gusta. Nunca le di mucha importancia a las joyas ni a los
anillos de compromiso, pero…— Se muerde el labio. — Tiene un
significado. Rory podría regalarme un anillo pop y probablemente me
encantaría.
Tengo una sensación extraña en el pecho, un susurro de algo que nunca he
tenido. Un completo y absoluto enamoramiento de alguien.
— Pippa, ¿estás en un descanso de tu gira por un tiempo?— le pregunto.
Asiente y se coloca un mechón de pelo rubio detrás de la oreja.
—Hasta la boda en abril. Estoy escribiendo otro álbum hasta entonces,
entre los preparativos de la boda y muchos paseos por el bosque con Daisy.
Me lanza una mirada dubitativa.
—¿Es seguro asumir que Kit no vendrá a la boda?
—¿Eso arruina las cosas? Puedo encontrar una fecha si necesitas que los
números se igualen o lo que sea.
— No, supuse que irías con Hayden.
—¿Qué?— Mis ojos se abren de par en par. ¿Como una cita? —¿Por qué?
¿Dijo eso?
— No—, dice lentamente, mirando a Hazel. — Pero ahora son
compañeros de piso, ¿no? ¿No es eso lo que dijo?
Se me escapa el aire de los pulmones.
—Sí. Compañeros de piso. Sí. Eso tiene sentido. Y somos amigos.
Probablemente ya trae una cita.
Alguien alta, con pelo largo y oscuro y tetas enormes, como las mujeres con
las que siempre sale.
Pippa y Hazel se miran.
—No lo hará—, dice Pippa.
— Qué bien.— Abro mucho los ojos. — Quiero decir, no es bueno. Quiero
decir que estoy aliviada. No.— Sacudo la cabeza. — Esto está saliendo mal.
Me gusta salir con Hayden, y eso es todo.
Y la idea de tener que ver a su cita reírse de sus chistes y tocarle toda la
noche me hace sentir rara.
Intercambian una mirada ponderada.
—¿Qué?
Mis ojos se desvían entre ellos. Estoy siendo muy rara. Seguro que se
arrepienten de haberme pedido que saliera con ellos.
Hazel respira hondo.
—Sospechamos...
— Nada—, la interrumpe Pippa. — No sospechamos nada. Es estupendo.
Vivir juntos parece algo bueno.
— Lo es...
Con los ojos entrecerrados, me muerdo el labio.
Hazel levanta una ceja.
—Dilo.
— No me deja pagar el alquiler.
Pippa aprieta los labios en una línea, tratando de no sonreír, y Hazel sonríe
abiertamente.
—¿En serio?— pregunta Hazel como si fuera lo mejor que ha oído nunca.
—¿No te deja pagar el alquiler? Interesante. ¿Porque es tan buen amigo?
Pippa le da un codazo.
—Para ya.
Exhalo un largo suspiro, pensando en cómo lo acorralé en la cocina esta
mañana.
—Es tan frustrante. Cada vez que saco el tema, cambia de tema, y cuando
le presiono me dice que no me preocupe. Que no está precisamente
necesitado de dinero.
Las transferencias electrónicas siguen caducando cuando él se olvida
convenientemente de aceptarlas o finge perder las notificaciones en su
correo electrónico.
Hazel se ríe.
—Estos tipos son tan jodidamente engreídos.
— No quiero aprovecharme de él.
— No lo haces.—Ella pone los ojos en blanco. — Le encanta tenerte
allí. Y estoy segura de que puedes encontrar formas de compensarle que no
tengan nada que ver con el dinero.
Enarco las cejas y me pongo a cien.
—Uh...
— Eso sonó más sugerente de lo que quise decir. Sólo quiero decir que
estos típos pueden comprar cualquier cosa, así que dale lo que el dinero no
puede comprar.— Se encoge de hombros. — Sólo sé su amiga. Mira sus
partidos y anímale. Llévale a mis clases de yoga para que pueda patearle el
culo. Mira ese extraño programa de fantasía con él.
—¿La Espada del Norte? No es rara. Sólo es la mejor serie romántica de
fantasía que he leído.
Hazel arruga la nariz.
—Tampoco tu.
— Es muy buena. Te presto mis ejemplares, pero tienes que devolverlos.
Hazel pone los ojos en blanco, pero sonríe.
—A mí me dijo lo mismo. Hayden y tú hacén buena pareja.
Un calor burbujea en mi estómago ante sus palabras, y no puedo evitar
sonreír. Mi mirada se posa en él, en el hielo -rápido, fuerte y decidido- y un
escalofrío me recorre.
Nunca pasaría nada con Hayden, lo sé. Kit era de voz suave, un poco pasivo
y más de mi nivel, pero ¿Hayden? Es más grande que la vida, tanto en
apariencia como en personalidad. Podría tener a cualquiera.
¿Y esta noche? Voy a empezar a aprender sus maneras.
CAPÍTULO 4
HAYDEN
A veinte segundos del final del tercer periodo, estamos empatados con
Chicago.
La sangre me corre por los oídos mientras Volkov y yo perseguimos a
los delanteros del otro equipo por el hielo. Como defensas, tenemos una
misión: mantener el disco lejos de nuestro portero.
Mi mirada se dirige hacia Darcy, que está sentada con Hazel y Pippa
detrás de la red, y me invade una oleada de determinación.
Miller se echa hacia atrás para disparar y, mientras el disco se dirige
hacia la red, contengo la respiración. Vuelvo a tener esa sensación en el
pecho de la que no he podido librarme últimamente. Como si algo no fuera
bien.
El disco pasa por encima del portero y el público estalla, rugiendo.
— Ha sido una jugada preciosa, chicos—, dice Miller, envolviéndome
en un fuerte abrazo mientras suena la bocina de la portería y las luces
parpadean a nuestro alrededor.
Sonrío y me río cuando Miller me empuja, pero lo hago a la fuerza y me
siento como un idiota por ello. Mi equipo ha marcado; debería estar
encantado. Hacemos un último cara a cara que dura tres segundos, termina
el partido y salimos del hielo arrastrando los pies.
Darcy me mira, me sonríe tímidamente y me saluda con la mano. Me
siento orgulloso y le guiño un ojo a través del cristal. Es agradable tenerla
aquí en los partidos, viéndome jugar y charlando con Hazel y Pippa.
Vuelvo a pensar en la otra noche, cuando me pidió que fuera su
compinche. He intentado no pensar en ello, esperando que se olvidara de su
petición.
— Owens—, dice el entrenador Ward mientras patinamos fuera del
hielo. — No hay prensa post-partido para ti. Reúnete conmigo en mi
despacho.
Siento un peso en el estómago. ¿Si el entrenador quiere verte después de
un partido? No es nada bueno.
_____
—Te voy a poner en el ataque—, dice Ward, echándose hacia atrás en la
silla de su despacho para mirarme con esa calma y tranquilidad suyas.
Lo miro fijamente, preguntándome si he oído bien.
Tate Ward ronda la treintena, es joven para ser entrenador de la NHL y
probablemente demasiado guapo, si lees los comentarios en las redes
sociales de Storm. Hace una década, el tipo era jugador del Vancouver,
batiendo récords a diestro y siniestro, pero después de que una lesión de
rodilla pusiera fin a su carrera, se dedicó a entrenar.
Tras una temporada y media con los Vancouver Storm, se está haciendo
famoso por dar grandes golpes de efecto basándose en sus instintos. Sin
embargo, cuando sólo quedan dos meses y medio para que acabe la
temporada y hay posibilidades de llegar a los playoffs, cambiar a un jugador
de posición es el mayor cambio que ha hecho hasta ahora.
Miro fijamente a Ward durante un largo momento.
—¿Hasta que vuelva Kerrington?
Uno de nuestros delanteros, Kerrington, se lesionó en un partido hace
un par de semanas.
Un sutil movimiento de cabeza.
—Permanentemente. Kerrington está fuera para el resto de la
temporada. Se lo comunicaré al equipo en el entrenamiento de mañana.
Exhalo un largo suspiro. A nadie le gusta oír que su amigo y compañero
de equipo está acabado.
Pero eso no explica por qué estoy aquí. Incluso con Kerrington fuera,
Ward tiene trece delanteros para elegir, y yo soy uno de los mejores
defensas de la liga. Mis cejas se juntan.
Soy el tipo de apoyo. Soy el tipo que juega bien con los demás y
prospera con Volkov, el gilipollas más gruñón del equipo. Soy el músculo
de reserva, no la estrella.
— Sólo he jugado de defensa—, le digo a Ward.
Su sonrisa aumenta.
—Eso no es cierto, Owens.
Me acuerdo de hace un mes. El partido de exhibición que jugamos
contra Calgary en una pista al aire libre en Whistler. Miller sugirió que
jugara un turno como delantero como último recurso.
—El Clásico de la Liga.
Asiente una vez.
—Sí.
— Eso no fue un juego real.— No contó para nuestra temporada
regular. —Fue sólo por diversión.
Sus ojos se entrecierran mientras me estudia en silencio, y la
incomodidad se retuerce en mi pecho.
— No soy la estrella.
Ward pone cara de pensativo.
—¿Y si lo eres?
Cruzo los brazos sobre el pecho, tratando de convocar a mi afable, de
buen carácter sonrisa, pero no la encuentro.
— Es tu decisión—, añade, sin dejar de mirarme, — pero creo que es lo
correcto, y me gustaría que lo hicieras.
Los playoffs son dentro de tres meses, a finales de abril, y tenemos una
buena oportunidad. Ward siempre nos empuja a desempeñar nuestro papel,
a centrarnos en nuestras posiciones para servir al equipo. La defensa es la
posición que conozco y en la que mejor me desenvuelvo.
¿Pero estoy prosperando? ¿O sólo estoy haciendo que funcione? El
partido se repite en mi cabeza y reaparece la extraña sensación que sentí en
el pecho cuando marcó Miller. Algo ha cambiado y no puedo precisarlo,
pero tengo la horrible sospecha de que sólo va a empeorar.
Frente a mí, Ward espera con su habitual paciencia. Cuando se convirtió
en entrenador, el Vancouver Storm cambió para mejor. A diferencia del
entrenador anterior, no tiene ego y trabaja de tú a tú con todos los jugadores
del equipo, desde las estrellas de primera línea hasta los novatos de cuarta.
Conoce a todos los miembros de la organización del Storm por su
nombre, incluso a la gente con la que no interactúa, como el personal de
limpieza, los contables y los conductores de Zamboni. Por el amor de Dios,
conoce a la gente que trabaja en la concesión.
Un equipo, dice siempre. Admiro eso del tipo, que trata a todo el mundo
con respeto, que hace que todos se sientan incluidos y valorados.
Me vuelvo a pasar la mano por el pelo. La fecha límite para los
traspasos es en marzo, y no me interesa irme. Volkov, Miller, Streicher,
Hazel, Pippa... son mi familia. Darcy también está aquí, en Vancouver, y la
idea de tener que volver a alejarme de ella me hace sentirme decidido.
No quiero darle a Ward ninguna razón para cambiarme, y aún más,
quiero que se sienta orgulloso.
— De acuerdo.— Se me aprieta el pecho mientras asiento con firmeza.
— Me apunto.
—Esperaba que dijeras eso.— Una sonrisa de satisfacción se dibuja en
sus facciones. — Empiezas a entrenar con los otros
delanteros mañana por la mañana.
CAPÍTULO 5
DARCY
—¿Segura que no estás cansada?— pregunta Hayden cuando nos
sentamos en una mesa del Filthy Flamingo después del partido.
El estrecho y cochambroso bar de Gastown tiene carteles de grupos
musicales enmarcados por todas las paredes de madera y luces
parpadeantes en el techo.
—No tenemos que quedarnos mucho.
He estado aquí unas cuantas veces cuando visitaba Hayden, y es mi bar
favorito de Vancouver. Con su entrada oculta en un callejón oscuro y
tranquilo, es el lugar de reunión secreto de los Vancouver Storm, sobre todo
después de los partidos.
Jordan, la camarera guapa y hosca de pelo largo y oscuro, sirve bebidas
detrás del mostrador, y detrás de ella hay colgadas fotos de los clientes
habituales, incluido el equipo.
Le lanzo una mirada de sorpresa.
—Ni hablar. Quiero salir.
Kit siempre quería irse directo a casa después de los partidos. Tenía que
sacarlo a rastras con su equipo, o con Hayden cuando estábamos en la
ciudad. La rabia en mi sangre sigue hirviendo a fuego lento.
Hayden sonríe.
—Buena chica.
Arrugo la cara hacia él y se ríe entre dientes. Hazel, Rory, Jamie, Pippa
y el compañero defensivo de Hayden, Alexei, están aquí, así como otros
jugadores y compañeros. Todos están animados tras la victoria y el bar está
lleno de risas y conversaciones.
Jordan nos deja nuestras bebidas y Hayden y yo chocamos nuestras
copas.
— Salud. — Me mira fijamente.
Le devuelvo la mirada, abriendo los ojos.
—Salud.
—¿Qué están haciendo?— Hazel pregunta, mirando entre nosotros
divertida.
—Tienes que hacer contacto visual cuando brindas—, explica Hayden,
como si fuera obvio.
Asiento con la cabeza.
—O tienes siete años de mal sexo.
Hayden adopta una expresión afectada.
—No podemos correr el riesgo.
Hazel se ríe.
Yo especialmente no puedo arriesgarme, con lo aburrida que ha sido mi
vida sexual en los últimos años.
A mi lado, Hayden apoya el brazo en la parte superior de la cabina,
rozando accidentalmente mi hombro, y un hormigueo recorre mi espina
dorsal.
—Hay algo muy importante de lo que tenemos que hablar, Darce.
—¿De qué?— Se me abren los ojos.
Su expresión es tan seria.
—Tu cumpleaños.
Se me escapa una carcajada.
—Ah. Eso.
— Sí. Eso.— Sus ojos chispean de interés. —¿Qué hacemos?
Mi cumpleaños no es hasta abril, faltan meses.
—Nada. Las eliminatorias empiezan por ese entonces; no quiero hacer
una gran cosa cuando necesitarás concentrarte.
— Puede que no lleguemos a las eliminatorias.
Pongo los ojos en blanco, pensando en su velocidad y agilidad sobre el
hielo esta noche.
—¿Con tu forma de jugar? Lo harán.
Su sonrisa sube un poco más.
—No intentes distraerme. Tenemos que hacer una fiesta. Es el primer
año desde el colegio que la pasaremos juntos.
Hago un gesto de no compromiso. En la universidad, mi cumpleaños
coincidía con el final de los exámenes, así que hacíamos grandes fiestas e
invitábamos a todos nuestros conocidos. Sin embargo, desde que nos
licenciamos, mis cumpleaños son mucho más tranquilos. Ante la idea de
cumplir un año más, se me revuelve el estómago.
Es cierto. Esta sensación. Por eso ya no hago grandes fiestas. Odio
cumplir un año más cuando mi vida se siente tan estancada y desalineada.
Como si estuviera en la vía equivocada, yendo en la dirección equivocada.
Sin embargo, las cosas están cambiando. Hayden me va a enseñar a ser
una jugadora, y voy a tener todas esas divertidas experiencias de citas que
me perdí.
—¿De qué quería hablar Ward después del partido?— le pregunto,
cambiando de tema.
Vacila.
—Me está poniendo en la ofensiva.— Los chicos lo miran, interesados.
— De verdad.
Rory mira a Hayden con curiosidad, su boca se inclina por segundos.
—Interesante.
Hayden se encoge de hombros y mira a Alexei.
—Sí. Mañana se lo hará saber al equipo.
Alexei hace un leve sonido de reconocimiento, cruza los brazos sobre el
pecho y frunce el ceño ante la mesa. Los medios de comunicación llevan
años especulando sobre su inminente retirada. Sigue siendo un jugador
fuerte, pero este deporte es brutal para sus cuerpos. Esta noche ha recibido
un duro golpe y, al caminar hacia el bar, se ha resentido el costado
izquierdo.
— Creo que es un movimiento inteligente.
La habitual sonrisa pícara y juguetona de Rory es reemplazada por algo
pensativo y de apoyo. El capitán, me doy cuenta. Rory Miller finge ser
arrogante y llamativo, pero ama a su equipo y quiere lo mejor para sus
jugadores.
— Ha mencionado el Clásico de la Liga—, añade Hayden.
— Eso es exactamente en lo que estaba pensando.— Rory asiente,
inclinándose hacia él. — Funcionó, Owens, y creo que Ward también se dio
cuenta.
Hayden simplemente se encoge de hombros, y me tomo un momento
para imaginármelo en la nueva posición.
Es fácil de llevar, amable y relajado. Quiere que todo el mundo se sienta
incluido; siempre ha sido así, incluso en la universidad, cuando invitaba a
todos los de nuestro piso a las fiestas, incluso al chico raro que nunca salía
de su habitación. Es lo que más me gusta de él, que es tan abierto y
cariñoso. Nunca se abre camino al frente como otros chicos. Quizá por eso
le ha ido tan bien en defensa.
Sin embargo, a veces me pregunto si piensa que no merece ser la
estrella y cómo sería si se abriera paso hasta el frente. Los defensas
protegen al portero, pero los delanteros marcan goles y se llevan la gloria.
Me imagino a Hayden sobre el hielo, yendo a por lo que quiere con un
enfoque depredador. Mi mente cambia de escenario y lo veo persiguiendo a
una mujer, con la mirada fija en ella y esa sonrisa suya tan atractiva y
confiada, acorralándola con su cuerpo y haciendo que su corazón lata más
deprisa.
Dejando claro que la desea.
Un escalofrío me recorre, se posa entre mis piernas y me aclaro la
garganta.
—¿Estás bien?
Hayden sonríe y arquea una ceja con curiosidad. Los demás han vuelto
a su conversación, sin prestarnos atención.
—Bien.— Mi voz suena aguda y rara, así que vuelvo a aclararme la
garganta. — Ya lo veo, juegas a la ofensiva.
Me mira con extrañeza.
—¿En serio?
— Mhm.
Hayden es un tipo grande como los otros defensas, pero hay algo en su
forma de jugar -fluida y fácil, como si llenara los huecos en el hielo- que
me hace pensar que se está conteniendo. Como si jugara para otros, pero no
para sí mismo.
Mis pensamientos se dirigen a los modelos analíticos que tengo
guardados en mi portátil en casa. Hace un par de años, encontré una
conferencia sobre análisis de hockey en YouTube. Vi un vídeo tras otro de
gente hablando de cómo utilizan los datos y el análisis estadístico para
encontrar patrones y predecir resultados. Estos datos ayudaban a los
equipos a jugar mejor, a recuperarse antes de las lesiones y a marcar más
goles.
Creé mis propios modelos para ver si era capaz. A diferencia de mi
aburrido trabajo diario, era todo lo que me gustaba de las matemáticas en la
universidad: cómo ayudan a que el mundo tenga sentido, cómo puedes
predecir prácticamente el futuro comprendiendo el pasado.
Hacía siglos que no las abría, pero quizá podría usarlas para ayudar a
Hayden.
Desecho la idea rápidamente.
Los Vancouver Storm tienen todo un equipo de entrenadores para
ayudar a los jugadores a dar lo mejor de sí mismos. No necesitan que se
involucre una mujer a la que le gusta meter números en un programa como
pasatiempo.
Equivocarse en estas cosas tiene consecuencias. La vergüenza me duele
detrás del esternón. Mis errores pueden afectar a otras personas.
—¿Darcy?— Hayden estudia mi cara con preocupación. —¿En qué
estás pensando?
— En nada. — Me fuerzo a reír, apartando los recuerdos de mi primer
trabajo fuera de la escuela, los recuerdos que creía haber enterrado tan bien.
Saco el móvil. — He estado leyendo sobre ser jugador.
Me dedica una sonrisa irónica, con los ojos brillando bajo las luces del
bar.
—¿Investigaste?
— Por supuesto. — Lo miro con cara de tonta. —¿Acaso me conoces?
Niega con la cabeza, sin dejar de sonreír.
—Bien, Andersen, ¿qué has encontrado?
Abro la página marcada.
—Cómo ser un jugador 101.
CAPÍTULO 6
DARCY
—No.— Hayden se ríe, mirando por encima de mi hombro la pantalla
de mi teléfono. — Esto no es real.
— Sí que lo es. Espera.— Su aroma a recién salida de la ducha me
inunda, limpio y penetrante, y mi estómago se revuelve. — Regla número
uno: Un jugador siempre está seguro de sí mismo y tranquilo
Miro a Hayden, que está a mi lado, estirado con su brazo sobre la parte
superior del asiento, e igualo su lenguaje corporal. Aparta el brazo para
dejarme espacio. Soy más baja que él, así que tengo que estirarme para
alcanzar la parte superior de la cabina. No parezco ni segura ni relajada,
pero a Hayden le hace gracia.
Levanto la barbilla, le dirijo una sonrisa sórdida y le guiño un ojo.
—Hola, nene, ¿cómo estás?
Resopla.
—Tienes un talento natural.
— Gracias.— Me río entre dientes y vuelvo a mi lista. “—Regla
número dos: Ten un apartamento digno de un jugador. Sofás de cuero y un
televisor de pantalla grande harán que las mujeres se sientan como en casa.
— Mi expresión se vuelve dudosa. — No sé si eso es cierto, pero tu
apartamento es bonito.
No mentía durante su llamada de emergencia: vive en el ático de su
edificio en el barrio de Gastown. Es un apartamento tipo loft con detalles de
ladrillo, ventanas de dos pisos con vistas a North Shore, una amplia cocina
y un enorme patio con bañera de hidromasaje, zona de estar cubierta y
mucha vegetación. Es perfecta para recibir a gente y organizar fiestas, y
estoy segura de que impresionaría a cualquier chico con el que saliera.
Sin embargo, me imagino llevando a los chicos allí después de las citas
y siento una extraña punzada en el estómago. Hayden es mi amigo, y salí
con Kit delante de él durante año, así que no debería importar, pero
¿acostarse con un chico mientras Hayden está en su habitación, o peor,
mirando? Eso me da mala espina.
— Nuestro apartamento—, dice.
Lo miro con curiosidad.
—¿Mmmh?
—Has dicho 'tu apartamento', pero ahora también vives allí.— Su boca
se inclina hacia arriba. — Ese era el trato. Me lo prometiste.
Siento calor en el centro del pecho.
—Pero te pertenece. Y yo no pago alquiler.
Se encoge de hombros.
—Detalles.
— Hayden.
Me mira a los ojos, y la comisura de su boca se desliza hacia arriba en
una sonrisa infantil.
— Darcy.— Abro la boca para protestar, pero me corta. — Me gusta
tenerte como compañera de piso. Te gusta vivir allí, ¿verdad?
— Por supuesto.
Es mucho más ordenado que Kit y lava toda su ropa. Yo uso el baño
principal, y él tiene el suyo pegado a la habitación, así que no nos peleamos
por la ducha. Me gusta volver a casa después del trabajo para verle cuando
está en la ciudad y no jugando un partido.
—Me siento como si estuviéramos de vuelta en la universidad, viviendo
en dormitorios.
— Bien. — Se inclina y baja la voz. — Así que deja de discutir.
Me río, y mi corazón se estruja de afecto por este tipo. Por muy famoso
que sea, por mucho dinero que gane o por ser uno de los mejores jugadores
de la liga, es amable.
— Cualquier cambio que quieras hacer en el lugar—, añade, — me
parece bien.
—¿Cualquier cambio?
Entrecierro los ojos, intentando no sonreír y delatar la sorpresa que le
tengo preparada para cuando lleguemos a casa.
—Así que si quisiera colgar una bola de discoteca gigante en medio del
salón y pintar el suelo de naranja neón, ¿te parecería bien?
Sonríe.
—Suena divertido.
— Eres el típo más agradable del mundo, ¿verdad? O tal vez sólo
quieres que eche un polvo.
A medio trago, tose. Una vez recuperado, señala mi teléfono con la
cabeza.
—¿Cuál es la número tres?
— Regla número tres—, leo. — Parece un jugador, no un cuadrado.
Muéstrales a esas señoras que estás aquí para pasar un buen rato, no mucho
tiempo. No querrás que nadie piense que tienes madera de marido, así que
tu peinado, tu ropa y tu coche deben reflejar tu verdadera naturaleza de
jugador. Peacocking dará a tu juego un impulso de combustible para
cohetes, lubricando la conversación.— Hago una mueca. — Qué asco.
Mi expresión cambia al asimilar las palabras y miro mi jersey de lana.
Un jersey idéntico al que llevaba la otra noche, pero de otro color. Este
jersey es cálido y duradero. Queda bien con vaqueros, pero también puedo
combinarlo con tacones bajos y llevarlo a la oficina.
El precio es razonable. Para ser una prenda de vestir, es de lo más
responsable y, sin embargo, no me encanta. No pasa nada. No me
entusiasma llevarlo y no creo que me quede tan bien.
En la universidad, solía llevar una camiseta de The Northern Sword
todo el tiempo. Así nos conocimos Hayden y yo: la reconoció y empezamos
a hablar antes de clase.
¿Por qué ya no uso cosas así?
—¿No es un poco ruidosa?— me preguntó Kit una vez que llevé a casa
un vestido naranja chillón. Algo en el vibrante color mandarina me había
hecho muy feliz. —¿De verdad quieres destacar así?
Le hago una mueca a Hayden.
—Parezco material de matrimonio.
— Vamos—, dice Hayden, lanzándome una mirada de incredulidad.
—Es verdad.—Me señalo a mí misma. — Parezco
responsable, como si siempre pagara mis impuestos a tiempo y hago los
cambios de aceite cuando debo y tomo un suplemento de vitamina D.
Él arquea una ceja, con los ojos brillantes.
—Haces todas esas cosas.
— Exactamente. — Le doy un manotazo y se ríe. —¿No lo ves? Tengo
que vestirme y parecer alguien que no traes a casa a mamá. Eso es lo que
intenta decir la regla número tres. Estás aquí para pasar un buen rato, no
mucho tiempo.
— Espera.— Rory se inclina hacia delante con una sonrisa curiosa. —
¿Qué estás leyendo?
— Es una lista sobre cómo ser un jugador.— Levanto mi teléfono. —
La encontré en internet. Todos detienen su conversación para escuchar,
confundidos.
—Hayden es mi nuevo compañero.
Hay un largo silencio en la mesa antes de que los labios de Hazel se
separen con sorpresa, los ojos encendidos de interés.
—¿En serio?
Siento calor en las mejillas, pero me obligo a sentarme más erguida.
—Sí. Acabo de salir de una relación de ocho años y no voy a perder ni
un segundo más.
Hazel y Pippa intercambian otra de esas miradas ponderadas. Rory mira
a Hayden, y hay algo en sus ojos que yo tampoco puedo leer.
Jamie se queda mirando a Pippa como si fuera un bocadillo que quiere
comerse.
—¿Qué?— Miro de una cara a otra, con la preocupación subiendo por
mi garganta.
— Crees que es una tontería. Crees que es una mala idea.
—¡No!— Pippa se anima. — Acabas de salir de una larga relación y te
mereces divertirte. Y Hayden es la persona perfecta para esto.
Hazel mueve las cejas mirando a Hayden.
—Exacto. Ustedes dos se lleván muy bien.
Hayden aparta la mirada antes de señalar mi lista.
— No necesitas cambiar tu apariencia, Darce.
— Sé que no necesito hacerlo, pero ¿y si quiero?— Algo urgente fluye a
través de mí. — Estoy empezando de nuevo. ¿Por qué me visto como
la versión de mí misma que dejé en Calgary?— Me miro. — Debería
comprarme ropa nueva.
—¿Qué le pasa a tu ropa?—pregunta Pippa, con el corazón roto. — Me
encanta ese jersey.
— Me puse este jersey en una cita y el chico prácticamente me presentó
a su madre en el acto—, les digo a ella y a Hazel, haciéndolas sonreír. — Es
responsable. No quiero parecer responsable, quiero parecer sexy. Quiero
parecer alguien con quien te diviertes, no alguien con quien te pasas la vida.
Y quiero llevar ropa que me guste, no ropa con la que me sienta neutral.
Hazel me hace un gesto apreciativo con la cabeza.
—Puedo estar de acuerdo con esto, pero no me pidas consejos de moda.
— Señala sus leggings de yoga. — Todo lo que llevo es de lycra. Es fácil
moverse.
Los ojos de Rory parpadean con interés.
—No me quejo.
— No seas asqueroso.— le dice, pero está sonriendo, y mi corazón da
un golpe divertido.
—¿Sabes con quién estaría bien ir de compras?— Pippa le dice a su
hermana. — Georgia.
Los ojos de Hazel se abren de par en par de entusiasmo.
—Sí.
Al final de la mesa, Alexei hace un ruido de disgusto.
—Si quieres que Darcy vacíe sus ahorros, tal vez. Es una mala
influencia.
— Disculpa.— Hazel lo mira con dureza.— Que no te lleves bien con
ella no significa que sea una mala influencia. ¿Qué es esto, segundo grado?
— Es una de las doctoras del equipo y te encantará—, me confiesa
Pippa. — Lleva los mejores zapatos.
Me invaden sentimientos alegres y ligeros, y reprimo una sonrisa para
no parecer demasiado ansiosa.
—Me apunto. Solo di cuándo.
— Genial. — Pippa sonríe. — Organizaré algo.
Hayden me mira con expresión recelosa, así que le doy un codazo
juguetón.
—¿Qué es pavonearse?
— Llevar algo atrevido que la gente comente.
Lleva una chaqueta negra de caparazón blando que realza el color de
sus ojos azules, una camiseta blanca y unos vaqueros. Nada llamativo ni
atrevido.
—Tú no haces eso.
Aparece su sonrisa coqueta.
—No me hace falta.
Resoplo.
—Bueno, está claro que sí.
Me tira de un mechón de pelo y siento un agradable cosquilleo en el
cuero cabelludo.
—¿Corte al ras?
Me río entre dientes.
—Es un look estupendo, pero no estoy segura de poder llevarlo.
Me viene a la cabeza el recuerdo de una conversación que tuve con Kit.
—Siempre he querido teñirme el pelo de morado—, le dije. Desde que
era pequeña. Un morado pálido, como la lavanda.
Hizo una mueca.
—Realmente no quieres hacerte eso en el pelo, ¿verdad? — preguntó.
— Parecería infantil. Tu pelo es bonito tal y como está.
Dios, era molesto. Tenía una imagen específica de la mujer ideal, y
ahora que me he distanciado un poco de la relación y he tenido tiempo de
amontonar todos esos recuerdos, veo que nunca encajé en esa imagen.
Le mostré destellos de quién soy realmente, y él lo desaconsejó. ¿Qué
dice eso de mí?
Aunque quizá tenía razón sobre el pelo. Sería mucho. Dudo que el pelo
morado pálido encajara bien en mi estirada oficina de seguros. Hayden me
da un codazo, observando mi cara.
—¿Qué más hay en esa lista?
— Regla número cuatro: tener siempre un plan. Ahí es donde entras tú,
por supuesto. Tengo todo lo demás cubierto.
Hayden no dice nada, así que leo la última de la lista.
— Regla número cinco: nunca te encariñes.
Mi boca se tensa en una sonrisa torcida, pero parece forzada.
—No hay posibilidad de eso, obviamente.
Hayden me observa durante un largo rato.
—¿Estás segura de que quieres hacer esto?
Hay algo serio en la forma en que me está mirando, como si estuviera
preocupado de que esté cometiendo un gran error.
No se siente como un error, sin embargo. Se siente como mi única
opción. No puedo volver a ser quien era antes, dejando que alguien tome las
riendas de mi vida.
Incluso ahora -pasando el rato en el bar con todo el mundo, hablando y
riendo y sin preocuparme por si nos quedamos hasta demasiado tarde para
Kit, a quien le gustaba acostarse pronto- empiezo a sentirme yo misma otra
vez.
Seguro que a Hayden le preocupa que me rompan el corazón. Si me
enamorara de alguien, volvería a perderme. Simplemente lo sé. No soy
como Hazel o Pippa, que tienen un fuerte sentido de sí mismas. Todavía
estoy descubriéndome a mí misma.
— Absolutamente—, le digo. — La probabilidad de que me enamore de
alguien es cero. No busco nada serio.— Sonrío para demostrarle que estoy
totalmente bien. — Entonces, ¿cuándo empezamos? ¿Ahora?
Se frota la nuca.
—Aquí no, con todo el mundo mirando. Salgamos mañana, solos tú y
yo.
—¿Y me enseñarás a ligar?
Se pasa la lengua por el labio superior, con los rasgos tensos.
—Sí.
La emoción y los nervios me recorren.
—Mañana sera.
CAPÍTULO 7
DARCY
—Podríamos tenerlo en el Filthy Flamingo.
Hayden me abre la puerta cuando llegamos a casa.
Entro en el apartamento y mi hombro roza su pecho; él da un repentino
paso atrás y yo frunzo el ceño.
Las primeras veces pensé que me lo estaba imaginando. Hayden es un
tipo susceptible. A lo largo de los años, me ha rodeado con el brazo en
innumerables ocasiones. Me lleva a caballito, me alborota el pelo y nunca
duda en envolverme en un fuerte y cálido abrazo de oso.
Pero desde que me mudé, ya no me toca. Ya no me abraza, no me rodea
con el brazo. Esta noche en el bar, movió el brazo antes de que pudiera
rozarle accidentalmente. Y ahora, está retrocediendo para darme espacio.
—¿Darce?
Actúa como si mi piel estuviera hecha de arañas o algo así.
—¿Hmm?— Me quito los zapatos.
— Tu cumpleaños, que no he olvidado, a pesar de que cambiaste de
tema antes.
Suspiro, pero sonrío.
—¿A qué viene esa duda?— Me coge la chaqueta y me la cuelga.
—La liga nos da este año una semana de descanso entre la temporada y
los playoffs. Es algo nuevo que Ward impulsó.
Mis labios se separan con sorpresa.
—Vaya. Es increíble.— Los jugadores suelen estar agotados cuando
acaba la temporada, y llegan a los playoffs cansados y lesionados, sin dar lo
mejor de sí mismos.
—Podríamos hacer la fiesta entonces, unos días después de tu
cumpleaños, una vez acabada la temporada regular. Y no sé tú—, dice
Hayden por encima del hombro, entrando a grandes zancadas en la cocina
abierta, — pero a mí me encanta cualquier excusa para una fiesta.
— Soy muy consciente.— Tuerzo la boca en una sonrisa.
— Me han llamado fiestero.
Saca su botella de agua de la nevera y se bebe la mitad, con la fuerte
línea de su garganta balanceándose.
Puede que una gran fiesta de cumpleaños sea exactamente lo que
necesito. Será como una fecha límite. Para entonces lo tendré todo resuelto.
La urgencia y la excitación chispean en mi interior.
— Bien,—Le lanzo una sonrisa indulgente. — Hagámoslo.
Mi mirada se desvía hacia la puerta del patio y una carcajada amenaza
con brotar. Escondí algo ahí antes y he estado esperando todo el día a que
Hayden llegara a casa y se tropezara con ello.
—¿Está cerrada la puerta del patio? — pregunto,
fingiendo inocencia. — Siempre me pongo nerviosa con ese tipo de cosas.
Resopla.
—Estamos en el vigésimo piso. ¿Crees que alguien va a escalar el
edificio?— Hace un simpático ruido burlón. — Te mantendré a salvo de
intrusos, Darce.
Muerdo mi sonrisa y finjo estar preocupada.
—¿Puedes comprobarlo de todas formas? Por favor.
Su expresión se suaviza.
—Por supuesto.
Hayden atraviesa el salón hasta las puertas del patio, ve al gnomo de
jardín asomado a la ventana y casi da un respingo.
—¡Joder! No.
Se estremece.
Yo me parto de risa.
—¿De dónde ha salido eso?
—¡Oh Dios mío, es Daniel!
Pongo una enorme sonrisa de bienvenida y saludo con la mano al
gnomo de porcelana espeluznante que he comprado hoy. Se me saltan las
lágrimas de tanto reír.
—Por fin ha encontrado dónde vives. Dice que te ha estado buscando.
— Darcy.
Hayden se pasa una mano por la cara, mirando el adorno de jardín con
asco y desdén.
Daniel el Gnomo de Jardín ha estado siguiendo a Hayden desde que su
abuela me lo regaló cuando la visitamos para comer un día durante nuestro
tercer año en la universidad.
El mayor error que cometió Hayden fue decirme lo mucho que odia a
los enanos de jardín y lo espeluznantes que le parecen.
—Y tiene un sombrero nuevo.— Me acerco al cristal y saludo al gnomo
con la mano. — Me alegro de volver a verte, Daniel. ¿Qué es eso?— Me
agacho y me llevo la mano a la oreja, fingiendo escuchar. —¿Quieres
dormir en la cama de Hayden?
Hayden se encoge.
—Deja esa puta cosa espeluznante fuera, donde debe estar. O mejor
aún, deshazte de ella.
— Dijiste que podía hacer el cambio que quisiera.
— No ese cambio. Cualquier cosa menos eso.
Retrocede por el salón, coge su botella de agua y se dirige hacia el
pasillo que lleva a nuestros dormitorios.
—Quizá tengamos suerte y un pájaro se la lleve y la tire al océano.
Me tiembla el pecho de risa.
—Buenas noches, Hayden.
En la entrada del pasillo, se detiene y me sonríe.
—Buenas noches, Darcy.
Quizá se niegue a tocarme por alguna razón, pero empiezo a ver lo
divertido que será vivir con Hayden.
CAPÍTULO 8
HAYDEN
—Owens, no estamos en el campo de prácticas—, llama Miller a la
mañana siguiente durante el entrenamiento. — No retrocedas tanto.
Resoplo una carcajada y ajusto mi swing, enviando el disco a toda
velocidad hacia Streicher en la red.
— Bien.
Miller me observa mientras trabajo con el resto de los discos.
Junto a los tableros, Ward toma notas. Es uno de nuestros
entrenamientos más ligeros de la semana. Nos centramos en los detalles,
como los golpes de muñeca y los tiros rápidos, pero no sé si estoy a la
altura de sus expectativas.
Finalmente, Ward hace sonar su silbato.
— Ya está bien por hoy—, nos dice, señalando al banquillo. Los
delanteros de tercera línea salen al hielo y nosotros nos alejamos patinando.
Mi mirada se desvía hacia el otro extremo de la pista, donde Volkov
trabaja con el segundo entrenador y el defensa de segunda línea que me ha
sustituido en la primera línea. Me resulta extraño no jugar más con él, como
si llevara zapatos nuevos que necesito estrenar.
—¿Qué es eso de enseñar a Darcy a ser un jugador?— pregunta Miller
con una sonrisa burlona mientras nos dirigimos a los vestuarios.
Contengo un gemido. Esperaba que se le olvidara, pero conociendo a
Rory Miller, era imposible. Adopto mi propia sonrisa pícara.
—¿Por qué? ¿Quieres participar en esas clases?
Se ríe.
—Esos días ya pasaron para mí, amigo. Estoy encerrado de por vida.
Una sonrisa de orgullo se dibuja en su cara y siento una extraña punzada
en el pecho.
En el vestuario, me quito la camiseta de entrenamiento y me siento a
desatarme los patines mientras Miller bebe agua.
—Siente que se ha perdido cosas mientras estaba con Kit y quiere
volver a salir con alguien. ¿Quién mejor para enseñarle que el maestro?
Hincho el pecho y le dedico una sonrisa arrogante.
En este momento, no me parece algo de lo que estar orgulloso. He
tenido muchas citas. ¿Y qué?
—¿Por qué no practica contigo?— Me inclina la barbilla, sonriendo.
— Somos amigos.
Me mira fijamente durante un buen rato. En diciembre fuimos a un bar
y la noche acabó conmigo dejando a una Miller muy borracha en su
apartamento para que Hazel le hiciera un tatuaje nuevo. Probablemente no
se acuerde de la charla que tuvimos sobre Darcy y Kit ni de lo raro que me
sentí cuando Kit insinuó que se iban a comprometer.
Al menos, espero que no se acuerde.
— Somos amigos—, se hace eco Miller. —¿Y por eso insististe en que
viviera contigo?
— Sí.
—¿Y por eso vas a enseñarle a follar con otros típos?
Me recorren unos celos agudos y calientes, y me rechinan las muelas.
Elijo un punto en la pared de enfrente y le hago un agujero con la mirada.
—No es así.
— Claro que lo es—, dice Miller. — Vas a enseñarle todo lo que sabes y
luego la enviarás a vivir feliz para siempre con otro típo.
Respiro hondo por la nariz, intentando controlar la rabia que me invade.
Odio esa imagen.
Aquella noche, en el bar, un tipo pasó por delante de nuestra mesa, con
los ojos puestos en Darcy. Si yo no estuviera allí, se pararía a hablar con
ella. Le invitaría una copa, quizá dos o tres.
Darcy es inteligente, la persona más inteligente que conozco, pero es un
peso ligero. Tal vez inventaría alguna excusa tonta y transparente para
llevarla a su casa. Tal vez ella no quiere, pero no sabe cómo decir que no.
Quizá ha bebido demasiado como para volver a casa sola.
La pesadilla me hiela la sangre.
Gracias por vigilarla -me envío Kit cuando se entera de que se queda
en mi casa.
Comer gravilla suena mejor que ver cómo Darcy aprende a ligar, pero al
menos así puedo vigilarla.
—Quiere mi ayuda.— Me quito los patines. — Es mi compañera de
piso y mi amiga, y acaba de salir de una relación. No voy a ser un maldito
asqueroso, ligando con ella y haciéndolo raro cuando ella claramente no
quiere eso.
Ella eligió a Kit antes que a mí, después de todo. Si me quisiera, ¿no
habría hecho algo en los últimos ocho años?
No soy el tipo con el que las mujeres se establecen. Soy el tipo con el
que se desahogan. Jessica Haley lo dejó claro en undécimo curso cuando
perdimos la virginidad el uno con el otro y luego me dejó.
Me esforcé tanto en asegurarme de que nuestra primera vez fuera buena
para ella, que se sintiera cómoda y segura y que disfrutara, que se lo contó a
sus amigas. Se lo contó a todo el mundo. Después de romper, su amiga
Keeley me encontró en una fiesta, me metió en un armario y me dijo que
quería experimentar mis habilidades de primera mano.
Sucedió en una fiesta el fin de semana siguiente con otra chica. Y el fin
de semana siguiente. No alardeé de estos encuentros, pero las chicas
hablaron y me gané la reputación de jugador.
Sr. Perfecto.
Ahora, me votaron en el instituto. Aún recuerdo cómo Kit se reía hasta
ponerse colorado, doblado con el anuario abierto.
Las mujeres no eligen a un tipo como yo, no a largo plazo. Estoy bien
con eso, y lo acepté hace mucho tiempo.
— Le dije a Driedger que cuidaría de ella—, admito, frotándome la
nuca. — Quiere aprender a salir, así que le enseñaré a salir.
Me pongo en pie y adopto una expresión despreocupada que transmite
lo poco que me importa esto, lo indiferente que soy.
—Darcy y yo nos divertimos juntos, y a mí me da igual con quién salga.
Además, ya no siento eso por ella.
Le lanzo una sonrisa confiada.
—Y te olvidas de una cosa, Miller.
—¿Sí?— Arquea una ceja, con la boca ladeada en esa jodidamente
molesta. —¿Qué cosa?
— No es mi tipo—, miento. — Me gustan altas, morenas y con curvas.
Ese es el tipo de mujer con la que salgo, pero no es mi tipo.
Mi tipo es Darcy Andersen.
— Hayden es el jugador más grande que conocerás, le dijo Kit en la
fiesta, sonriéndome.
Lo dijo como si fuera algo bueno, cuando en realidad, aplastaba mis
posibilidades con la primera chica con la que realmente había conectado.
Me dedicó una sonrisa cómplice. — Ya lo veo. Es demasiado guapo
para ser monógamo.
Demasiado para pensar que podría empezar de cero.
Se me desencaja la mandíbula y en los ojos de Miller parpadea algo que
no me gusta. Compasión, creo.
— No me lo creo—, dice.
Me devano los sesos buscando algo gracioso e irreverente que decir,
pero me quedo en blanco. Odio que sea más listo de lo que parece y actúa, y
realmente odio no ser lo bastante listo para engañarle.
Me da una palmada en el hombro al pasar y me tenso.
— No pasa nada—, dice y se dirige a las duchas. — Estaré aquí cuando
estés listo para un consejo.
CAPÍTULO 9
HAYDEN
—Entonces, si quiero demostrarle a un chico que estoy interesada,
¿cómo empiezo?— pregunta Darcy esa noche en el bar de Yaletown que
elegí para que pudiéramos hacerlo sin riesgo de que mis compañeros de
equipo nos vieran.
¿Y por eso vas a enseñarle a follar con otros típos?
Las palabras de Miller después del entrenamiento me provocan una
nueva oleada de tensión.
—¿Hayden?
— Sí.— Me aclaro la garganta, centrándome en Darcy. — Bien.
Coqueteo. Uh, es fácil. Vas a encontrar a alguien que te interese, y luego
hacer contacto visual.
Ella tararea, asimilando esto. Está guapa esta noche, con el pelo suelto y
un poco ondulado alrededor de los hombros. Pero siempre está guapa, con
su nariz pequeña e inclinada, sus pómulos altos y su boca en forma de
corazón.
Mis ojos se posan en su regazo. Se retuerce las manos y siento una
oleada de protección.
—Oye. — Mi voz se suaviza mientras inclino la barbilla hacia sus
manos. —¿Qué pasa?
Pone cara de incertidumbre y se encoge de hombros.
—¿Nerviosa?
— Un poco. Nunca he hecho esto antes.
Resisto el instinto de rodearla con el brazo.
—Esto va a ser un paseo en el parque para ti, te lo prometo. Si le prestas
atención a cualquier típo, se va a quedar con la lengua en el suelo. Eres
preciosa.
Sus cejas se levantan y su sonrisa se vuelve burlona.
—¿Soy preciosa?
No quería decir eso. Me encojo de hombros como si se lo dijera a las
mujeres todos los días.
—Ya lo sabías.
—Quiero decir—, hace una mueca,—no necesariamente. Nunca me lo
has dicho.
Porque siempre he tenido muy controlados esos pensamientos. Pongo
una sonrisa irónica.
—No te pongas muy nervioso así. Eso es cosa mía.
Se ríe entre dientes.
—Lo siento, no voy a amenazar tu ego. Así que miro fijamente a los
ojos de un típo desde el otro lado de la barra. Entendido.
Abre los ojos al máximo, me clava la mirada sin pestañear, los iris
brillan con la risa reprimida.
—¿Te estoy seduciendo, Hayden?—, susurra con voz escalofriante.
— No. — Le devuelvo la mirada, con mi propia expresión extraña y
espeluznante, conteniendo una carcajada. — Se te ha olvidado sonreír.
Ella esboza una sonrisa vacía, sin alma, sin pestañear, y los dos nos
echamos a reír.
Suelto un suspiro exagerado.
—Esto va a dar más trabajo del que pensaba.
— Prometo comportarme y no actuar como una muñeca poseída de una
película de terror al menos hasta la tercera cita.— Da un sorbo a su bebida y
lame la sal del borde, y tengo que apartar la mirada. —Bien, contacto visual
con un chico durante un par de segundos, pequeña sonrisa. ¿Y luego qué?
— Luego, si es listo, aparecerá como un perro en busca de una golosina.
—¿Y si no lo hace? ¿Y si es tímido o algo así?
— Si un chico está interesado, te lo hará saber.
Las palabras salen con más fuerza de lo que quiero decir.
— No te conformes con nada menos que un chico que adore el suelo
que pisas.
Como yo, dice la voz en mi cabeza, pero la ignoro.
Hace un zumbido pensativo, asintiendo para sí misma, digiriendo esto.
—¿No estaba eso en tu lista de jugadores? ¿Ser confiado y tranquilo?
Eres un buen partido, así que compórtate como tal.
Sonríe, y cada tono de verde de sus ojos brilla.
—Tú también eres un buen partido.
Nuestras miradas se posan la una en la otra, y es uno de esos momentos
perfectos en los que estamos los dos solos y pienso, tal vez. Tal vez si las
cosas fueran diferentes. Si me hubiera arreglado esa primera semana y le
hubiera pedido salir antes de que Kit apareciera.
Incluso si estuviéramos juntos, sólo sería cuestión de tiempo hasta que
Darcy viera lo que todos los demás ven, y entonces todo se vendría abajo.
— De acuerdo.— Ella respira profundamente. — Hagámoslo.
El mal presentimiento que he estado arrastrando todo el día se hace más
grande y más fuerte, pero estamos haciendo esto para que ella pueda
sentirse segura de sí misma, para que pueda tener el control mientras sale, y
para que pueda recuperar el tiempo perdido. Somos amigos y necesita mi
ayuda.
— Primero, encuentra a alguien que te guste.
La mirada de Darcy se mueve por el bar. Sus ojos se detienen en una
persona detrás de mí antes de volver a mirar los míos.
—¿Ves a alguien?
Mi voz es tensa y agarro el vaso con más fuerza.
Una pequeña inclinación de cabeza.
—Me ha mirado.
— Bien.
Nada bien. Odio esto. Cada instinto protector y posesivo de mi cuerpo
late como un tambor. Necesito todo mi control para no girarme a mirar al
tipo.
— La próxima vez que mire, haz la sonrisa. No la espeluznante.
Resopla, se mueve y cruza las piernas, mira detrás de mí y, un momento
después, su boca se curva en la sonrisa tímida más bonita que he visto
nunca.
Es como un cuchillo en mis entrañas.
—¿Así?—, susurra, volviendo a mirarme. Trago saliva.
—Exactamente así.
—¿Ahora esperamos?
Vuelve a dar un sorbo a su bebida, buscándome en los ojos.
— Si estuvieras con una de tus amigas, diría que sí, pero como estás
conmigo—, me señalo con un gesto, — no se va a acercar. Por ser yo tan
grande y fuerte.
Flexiono un bíceps y ella se ríe con su bebida. Se me dibuja una sonrisa
en la cara y se me quita la tensión del pecho.
— Puedes ser muy intimidante. ¿Qué sugieres? — Su sonrisa decae y
sus facciones se inundan de preocupación. — Por favor, no te vayas.
Maldita sea si mi corazón no da vueltas en mi pecho al oír eso.
—No me voy a ninguna parte.
Se me ocurre una idea y miro por encima del hombro al grupo de
chicos. Probablemente funcione: uno de ellos lleva un sombrero de
Tormenta.
—¿Cuál?— Le murmuro a Darcy.
— El de cuadros verdes—, dice en voz baja.
El hombre de la camisa de cuadros verdes se inclina mientras su amigo
habla. Sus ojos se mueven hacia Darcy y luego de nuevo a su amigo. Echo
un vistazo al grupo en busca de alguna señal de alarma, pero parecen un
grupo normal de chicos.
El objetivo de Darcy vuelve a mirarla y sonríe, fingiendo escuchar a su
amigo mientras vigila cada movimiento de Darcy.
Llamo la atención de la camarera y se acerca. No puedo creer que esté a
punto de hacer esto.
—¿Podemos pedir una ronda de bebidas para ese grupo del final de la
barra, por favor?— Darcy mira con curiosidad, y yo le doy una sonrisa
plana. — Sólo mira.
— Owens.— Sombrero de Tormenta me asiente con interés. —¿Con
quién te gusta más jugar?
Ni sesenta segundos después de que les enviáramos las bebidas, los
chicos se pasaron por aquí para darnos las gracias y decirme lo fans que
eran. Soy un gran compinche, así que presenté a Darcy como mi compañera
de piso y les invité a tomar una copa con nosotros en el bar.
— Volkov, sin duda.
Solo escucho a medias, esforzándome por oír la conversación de Darcy
y Camisa verde.
Mi rodilla rebota con energía inquieta. Ver a Darcy hablar con otro
hombre mientras él la mira fijamente con estrellas en los ojos me sienta
jodidamente mal. Cada músculo de mi cuerpo está tenso y siento en el
pecho un extraño impulso protector de cogerla de la mano y sacarla de aquí.
En cuanto a la confianza, parece que le va bien. Se muerde mucho el
labio, como cuando está nerviosa, pero no me da la sensación de peligro
extraño.
—...no sé si tienes planes para el resto de la noche—, le dice camisa
verde a Darcy, con expresión esperanzada, — pero íbamos a volver a mi
casa...
— No podemos—, suelto, poniéndome en pie. — Tenemos que irnos.
Darcy me dedica una extraña sonrisa, y yo me apresuro a buscar una
explicación para no parecer su prepotente guardaespaldas. Si fuera el
acompañante de alguien más, Volkov o alguno de los otros chicos del
equipo, estaría encantado de acompañarla y seguir con la fiesta.
No me gusta la idea de Darcy en el apartamento de este tipo, sin
embargo. Cualquier cosa que nos acerque a su dormitorio, que es lo que
está tratando de hacer-porque cualquiera con ojos querría a Darcy en su
cama- me cabrea y me da náuseas.
— Tenemos eso mañana por la mañana.
Levanto las cejas hacia ella antes de llamar la atención del camarero por
la cuenta.
—Con Streicher, Pippa y Daisy. Así que deberíamos irnos.
Miento entre dientes. A veces, Pippa y Hazel organizan excursiones en
la costa norte de Vancouver con Pippa y el perro de Streicher, y yo las
acompaño, pero mañana no hay nada, y Darcy lo sabe.
— De acuerdo.—Sonríe, y el brillo travieso en sus ojos parece privado,
sólo para nosotras. Nuestro pequeño secreto. — La excursión.
—¿Streicher?— Camisa verde pregunta. —¿Como Jamie
Streicher?
Darcy sonríe y le hace un gesto con la cabeza.
—Sí.
Le hace ojos de luna.
—Me encantan las excursiones.
Lucho contra un giro de ojos en respuesta a su descarado intento de
conseguir una invitación.
— Genial.
El camarero pasa con la cuenta y yo pago, apartando suavemente la
mano de Darcy cuando intenta entregarme la cuenta su tarjeta. Me saltan
chispas por el brazo y retiro la mano.
— En Vancouver hay muchas excursiones estupendas—, añado.
Me interpongo entre ellos para ayudar a Darcy a ponerse el abrigo
mientras el tipo retrocede para dejarnos espacio. Estoy siendo un gilipollas
territorial y todo lo contrario de un compinche, pero no puedo contenerme.
Pongo una mano en la espalda de Darcy, olvidando mi norma de no
tocarla.
—Encantado de charlar con ustedes, chicos. Que pasén una buena
noche.
— Espera.— Los ojos de camisa verde brillan de sorpresa al ver a
Darcy. —¿Puedo...?— Se ríe ligeramente, sacando su teléfono. —¿Me das
tu número?
Me mira, con la mirada llena de incertidumbre.
— Perdió su teléfono—, miento, arrastrándola fuera de allí sin mirar
atrás. — Quizá la próxima vez.
Un momento después, estamos fuera, en el frío aire nocturno, y puedo
respirar de nuevo.
CAPÍTULO 10
DARCY
—Eso fue un desastre total,— le digo a Hayden mientras caminamos
por la calle, de vuelta al apartamento.
Sus cejas se levantan alarmadas.
—¿Qué quieres decir? — Sus ojos brillan. —¿Te hizo sentir incómoda?
¿Qué te ha dicho?
Mira detrás de nosotros, a la barra, con la mandíbula tensa.
— No. Dios mío, relájate. Fue muy amable. Yo soy la que estaba rara e
incómoda. No teníamos nada de qué hablar. De nada. En un momento dado,
le pregunté si 'venía aquí a menudo', como un tipo sórdido en el bar de un
hotel.
Me estremezco al recordarlo.
Hayden sonríe.
—Eres un sórdida; ¿qué puedo decir?
Me río.
—¿Cómo voy a ser un jugador si soy tan sórdida?
— Te las arreglarás.— Sus facciones se tensan. — Seguro que camisa
verde pensó que era lindo.
Le miro de reojo. Esta noche no parece tan despreocupado y alegre y
bullicioso como de costumbre.
—¿Estás bien?
— Sí. — Arquea una ceja. —¿Por qué?
—Querías irte a casa pronto.
Levanto el brazo y apoyo el dorso de la mano contra su frente,
fingiendo comprobar si tiene fiebre.
—Debes de estar muy enfermo.
Suelta una carcajada y aparta la mirada.
—Sólo estoy cansado.
— Oh.— Asiento. — Tiene sentido.
Aunque en realidad no lo tiene. Hayden es un ave nocturna. Le encanta
quedarse despierto hasta tarde, y es extrovertido. Estar rodeado de gente lo
energiza. Le encanta mover la fiesta a un segundo, tercer o cuarto lugar.
Sin embargo, si pienso en la situación desde su punto de vista, quizá ver
al ex de su mejor amiga ligando no sea su idea de un momento divertido.
Rompí el corazón de su mejor amigo, y ahora sigo adelante. Probablemente
piense que no tengo corazón. Tal vez esté resentido conmigo por eso.
Se me revuelve el estómago al pensar que Hayden alberga frustraciones
conmigo. Es tan amable que nunca diría nada que me molestara.
Sin embargo, sigue sin sentarme bien.
— Gracias por lo de esta noche.— Le doy una sonrisa de
agradecimiento. — Sé que probablemente fue como enseñar a andar a un
bebé. Tengo suerte de tenerte como amigo.
Sin pensarlo, le rodeo la cintura con el brazo como he hecho cientos de
veces.
— Tú también, Darce.
Me da un rápido y amistoso apretón en el hombro antes de alejarse, y
siento una punzada de vergüenza.
Definitivamente está evitando tocarme. Está enfadado porque dejé a Kit
y le rompí el corazón a su mejor amigo.
No puedo enumerar todas las razones por las que Kit y yo no somos el
uno para el otro sin que se haga raro entre ellos, así que mantengo la boca
cerrada, pero nada de eso me sienta bien.
— Me encanta que tu piso esté tan cerca de bares y restaurantes—, le
digo a Hayden mientras abre la puerta.
Sus ojos se entrecierran, pero brillan con burla.
—Nuestro apartamento.
— Sí. Nuestro apartamento. — Estoy a punto de meter los zapatos en el
armario de la entrada cuando me detengo, frunciendo el ceño.
—¿Dónde se ha metido todo tu equipo?
Ayer, el armario estaba lleno de cosas de hockey. Hoy está medio vacío.
Hayden se encoge de hombros.
—Moví algunas a mi armario, otras a la taquilla de abajo.
—¿Por qué? No estorbaba.
— Sí estorbaba. Apenas cabía tu abrigo.— Hace una mueca. — Y huele
a sudor. Sé que apesta, aunque no hayas dicho nada.
— No noté nada. Siempre hueles bien.
— Quiero que tengas suficiente espacio para tus cosas. Como dije, en
nuestra casa.
Mi cara se calienta de placer. A veces olvido lo considerado que puede
ser Hayden, cómo siempre piensa en el bienestar de los demás.
—Gracias.
— Ni lo menciones—, dice por encima del hombro, caminando hacia la
cocina. —¿Agua?
Asiento con la cabeza y me sirve dos vasos antes de dirigirse al salón, y
yo lo sigo.
— Bueno, ha sido una noche desperdiciada.— Me tumbo en el sofá a su
lado. — Lo siento.
Sacude la cabeza y sonríe.
—Lo has hecho muy bien. Lo siento, yo... —me mira- —te saqué de allí
antes de que pudieras conseguir su número.
— Ya estaba pensando en una estrategia de salida después de decirle
que olía raro.
A mitad de sorbo, Hayden empieza a reírse y a toser con el agua.
Le doy unas palmadas firmes en la espalda. Su camiseta está tan
caliente bajo mis dedos, y los planos de su espalda están sorprendentemente
tonificados.
Se aclara la garganta sin dejar de reír.
—Tengo que oírlo.
— Olía a lápices, ¿pero peor? ¿A lápices podridos?
Los hombros de Hayden tiemblan, y le pellizco las costillas, lo que sólo
le hace que se ría más.
— Leí un estudio en el que los investigadores creían que es parte de
nuestro sistema evolutivo, cuando pensamos que los miembros del sexo
opuesto apestan.
—Creían que significaba... — Gimo, enterrando la cara entre las manos.
— No quiero repetirlo. Esto es exactamente por lo que necesito lecciones
sobre cómo ser suave como tú.
Me agarra las manos y me las aparta de la cara, sonriendo.
—Vamos.
Hago una mueca de dolor tan fuerte que me va a salir un músculo.
—Le dije que nuestro ADN no era compatible y que podríamos ser
parientes lejanos. Hablé durante cinco minutos sobre el estudio y luego le
expliqué claramente que no me olía bien.
Echa la cabeza hacia atrás y suelta una sonora carcajada. El corazón me
da un vuelco en el pecho, encantada de entretenerlo.
— No parecía importarle si seguía queriendo tu número—, dice una vez
que se ha serenado.
— Sí.
Los nervios y las dudas me revuelven el estómago. Frunce el ceño,
observándome.
—¿Qué es esa cara?
Respiro hondo e intento expresar mis sentimientos con palabras, algo
que nunca se me ha dado bien. Puedo estar todo el día haciendo ecuaciones
y patrones, pero no me resulta tan fácil escudriñar la tensión y la
preocupación que se arremolinan.
— Esta noche ha sido estresante y aterradora—, admito, dejando
escapar un suspiro tembloroso. — No me sentí como un jugador.
En lugar de tener el control, sentí que las cosas me pasaban a mí.
Hayden hace un zumbido bajo y comprensivo.
—Mierda, Darce. Lo siento.
— No, no fuiste tú. Estuviste genial. Te necesitaba allí.
Su boca se inclina hacia arriba, y le devuelvo la sonrisa.
— Siento que me estoy zambullendo demasiado rápido, pero no quiero
sentarme y esperar.— Me invade la impaciencia. — La regla número cuatro
es tener siempre un plan, y yo me lancé a ligar sin saber los siguientes
pasos.
La idea toma forma en mi cabeza, afilándose.
—Si camisa verde no oliera a lápices mohosos, y tal vez sí me gustara,
¿cómo le demostraría que quiero volver a su casa?
En el sofá a mi lado, Hayden calla durante un largo momento.
—Podrías practicar conmigo.
Arqueo las cejas.
—Estoy practicando contigo.
Se pasa una mano por el pelo.
—No, como, practicar conmigo.
— Oh.
Parpadeo, mirándole fijamente a los ojos. Hayden tiene unos ojos
azules, claro en el centro con anillos oscuros.
—Como, usarte.
Se me acelera el pulso. ¿Por qué suena tan sucio? No lo dice así.
— Sí.— Traga saliva, entrelaza los dedos y los apoya en su vientre
plano. — Si te hace sentir más cómoda.
Los nervios se apresuran a través de mí, pero no son temblorosos y
pesados como lo fueron cuando tuve que hablar con aquel tipo. Estos son
más ligeros, están más arriba en mi pecho, revoloteando y zumbando y
burbujeando a través de mí. Nervios del tipo excitado.
Esto no es lo que tenía en mente cuando quise que Hayden me enseñara
a ser jugadora, pero mi cerebro se engancha a esta idea, preguntándose
cómo sería. Probablemente nunca tendré otra oportunidad de experimentar
el coqueteo con Hayden Owens.
Además, él es el experto. Lo ha hecho montones de veces.
Hazlo, me susurra un sentimiento impulsivo y diabólico.
—Me encanta estar preparada.
El corazón me late más deprisa y de repente soy consciente de lo macho
que es Hayden. Cuánto espacio ocupa y qué grandes son sus manos. Lo
bien que huele.
— Y sigo siendo tu compañero.
Sus ojos se posan en mi boca.
— Exactamente.
No se va a encariñar, él no es así, y esto no es nada más que él ayudando
a su amiga.
Muevo las piernas en el sofá, de cara a él.
—Así que estoy en un bar, charlando con un chico, y quiero... que las
cosas avancen. ¿Qué hago?
La mandíbula de Hayden se aprieta por un breve momento.
—Quieres ligar.
—Claro.
Ni siquiera puedo imaginarme sintiéndome preparada para eso, pero se
supone que debo estar practicando y preparándome.
—¿Cómo puedo dejarlo claro?
La larga línea de su garganta funciona, y su mirada cae a mi boca de
nuevo.
—Tócalo.
Mi expresión se vuelve alarmada mientras las imágenes se agolpan en
mi mente.
Él esboza una sonrisa.
—No como agarrarle el paquete, Darce. Tócale el brazo, inventa una
excusa para tocarle las manos. Di que quieres comparar el tamaño de las
manos.
Arqueo una ceja.
—¿Ese viejo truco? No puede funcionar.
Me dedica una sonrisa cómplice, y siento una extraña punzada de
inquietud al imaginármelo probándolo con otras chicas.
— Vaya, qué manos tan pequeñas tienes.— Extiendo la palma de la
mano. — Apuesto a que mis manos son el doble de grandes que las tuyas.
Resopla, me da la mano a regañadientes y junta las palmas.
Qué interesante.
La sensación de su palma callosa contra la mía me recorre la conciencia.
Cada nervio de mi mano se enciende, hormiguea, acapara toda mi
atención. Ni siquiera me hace gracia que su mano sea mucho más grande
que la mía, y mi mente se va inmediatamente a lugares sucios.
Debe de ser proporcional. Es decir, tiene que serlo. Es un tipo grande;
por supuesto que tiene manos grandes, y... La polla de Hayden es
probablemente enorme. Se me seca la boca. He oído los rumores.
Retira su mano y siento la palma fría.
— Añadiré eso a mi caja de herramientas, aunque parezca un poco de
instituto.— Le sonrío burlonamente. —¿Qué otros trucos tienes?
—Encontrar otras formas de tocarlo. — Sus cejas se fruncen. — No le
importará, créeme.
—¿Así?
Apoyo la mano en su brazo. Es un poco incómodo, pero su piel está
caliente. No se aparta como si le quemara, eso ya es algo.
Me sonríe, asiente con la cabeza y sus facciones se relajan.
—Mhm.
—¿O así?— Levanto la mano, fingiendo ver algo en su pelo. — Oh,
creo que tienes algo en el pelo.
Se ríe entre dientes, pero cuando hundo los dedos en su espesa
cabellera, suelta un profundo suspiro, con los párpados medio cerrados.
Siento un aleteo de placer en el pecho. Le gusta que juegue con su pelo.
Me pregunto qué más le gusta.
— Tienes el pelo muy suave.
Le paso los dedos por el cuero cabelludo, arrastrándolos por los lujosos
mechones, y su mandíbula hace un tic.
—Voy a empezar a robarte el acondicionador.
— Sí.— Su voz es áspera. — Perfecto.
De mala gana, aparto la mano. La tensión flota en el aire mientras
Hayden me observa, esperando mi próximo movimiento, y ese impulso me
ataca de nuevo.
— O...
Llevo la mano a su muslo. Está tan caliente a través de la tela de sus
vaqueros negros y, bajo mi mano, sus músculos se tensan.
Hayden tiene los muslos de un atleta profesional: fuertes, gruesos,
musculosos. Por las vacaciones en la playa y las fiestas en la piscina de los
últimos años, sé que, bajo sus vaqueros, están cubiertos de vello rubio
dorado.
Sin embargo, tener mi mano en su muslo no es lo mismo que ver cómo
se estira su bañador por detrás de mis gafas de sol. Me recorre un pulso de
calor que me eriza la piel.
—¿Así? — Lo miro a los ojos.
— Sí. — Asiente, con las fosas nasales abiertas y la respiración agitada.
— Exactamente así. Lo estás haciendo muy bien.
Un extraño impulso me lleva a acariciarle el muslo con el pulgar,
presionando ligeramente el músculo grueso y tenso.
Me doy cuenta de que Hayden tiene una boca bonita. Para tener una
cara tan fuerte, sus labios tienen una forma sorprendentemente delicada, y
me pican los dedos al trazarlos.
— Qué bien. — Me coge la muñeca y la deja caer sobre mi regazo
como si estuviera ardiendo, dándome la espalda. — Le has cogido el truco.
Tienes talento natural.
La vergüenza se apodera de mí. Probablemente tenía la mandíbula
desencajada mientras le frotaba furiosamente el muslo.
Un jugador está atento a las señales de que sus avances no son
deseados, decía la lista. No seas asqueroso.
— Genial.— Me acomodo el pelo detrás de la oreja, fingiendo que no lo
hice raro. — Ha sido fácil.
— Me voy a la cama. — Se levanta bruscamente, sin mirarme, y se
dirige al pasillo, con los hombros y la espalda tensos. — Tengo que
ducharme. Buenas noches.
— De acuerdo.— Me escuece el orgullo al ver cómo se esfuerza por
alejarse de mí. — Buenas noches. Gracias por tu ayuda—, le digo.
La puerta de su habitación se cierra y, un momento después, oigo el
agua de la ducha. Me quedo sentada, encogida. No pudo escapar lo bastante
rápido.
Que me sirva de recordatorio. Es mi compinche y nada más.
CAPÍTULO 11
DARCY
—Hey—, dice Hayden detrás de mí mientras espero en la entrada del
estadio unos días después. Se acerca con expresión perpleja, mirando a su
alrededor. — He oído que había una chica guapa esperando aquí abajo…—
Su mirada me encuentra y su cara cae de forma exagerada y cómica. — Oh.
Tiemblo de risa.
—Muy gracioso. Hola.
— Hola. ¿Estás esperando a Georgia?
Sonrío y asiento con la cabeza.
—Vamos de compras.
—Debería bajar en cualquier en cualquier momento.
Nuestras miradas se sostienen por un largo momento, y pienso en hace
unas noches, cuando tenía mi mano en su muslo. Estuve toda la noche
dando vueltas en la cama, preocupada por haber cometido un error fatal en
mi amistad y haberlo estropeado todo, pero a la mañana siguiente, Hayden
actuó como si no hubiera pasado nada.
Sin embargo, sigo pensando en ello.
— Discúlpenos—, dice alguien, trabajando con otra persona para llevar
un oso de peluche gigante a través del vestíbulo.
— Hola, chicos.
Hayden les sonríe amistosamente y mi mirada se detiene en el corazón
gigante del pecho del osito.
¿Quieres ser mi Valentín? está cosido en el corazón. Siento que se me
tuerce la boca.
— Mañana vamos al hospital infantil—, explica Hayden.
Se me escapa un sonido de agradecimiento. Desde que empezaron a
poner adornos en las tiendas hace unas semanas, le tengo pavor al día de
San Valentín. Kit y yo nunca lo celebrábamos. Él siempre viajaba por
trabajo, o poníamos alguna excusa sobre lo ocupados que estaban los
restaurantes, cosa que a mí me parecía bien. Nunca fue gran cosa para mí.
Sin embargo, la idea de ver mañana parejas felices por todas partes me
produce un frío pavor.
Hayden cambia de expresión y se pone extrañamente serio.
—Oye, ¿Darce? Hay algo que quería preguntarte...
— Tú debes de ser Darcy—, me dice una mujer de espeso pelo castaño
y amplia sonrisa mientras atraviesa el vestíbulo sobre sus tacones. —
Owens dijo que parecías el hijo ilegítimo de un hada y una magdalena, y
veo exactamente a lo que se refiere.
Me sonríe, y sus ojos color whisky son tan sorprendentemente bonitos -
todo en ella lo es- que me quedo atónito.
— Hola, soy Georgia.
Le estrecho la mano cuidada. Con Hayden, estoy acostumbrada a su
carisma. He tenido ocho años para adaptarme, pero ¿con esta mujer? Me
siento como si acabara de conocer a una celebridad.
Así que este es uno de las médicas del equipo. Georgia no puede tener
más de treinta años, pero se desenvuelve con una seguridad que yo nunca
tendré. Su pelo cae en cascada alrededor de sus hombros en largos rizos. Su
maquillaje es impecable y sus pecas adorables. Su abrigo de tweed marrón
es profesional pero elegante, y combina a la perfección con sus tacones de
terciopelo verde esmeralda.
Sus pantalones de vestir terminan justo por encima de un voluminoso
lazo de terciopelo verde en cada tira del tobillo. Seguro que le han hecho un
dobladillo especial para estos zapatos.
— Vaya. — Parpadeo y ella y Hayden se ríen. — Hola. — Le enarco
una ceja a Hayden. —¿Una magdalena con hadas?
Se encoge de hombros y sonríe.
Georgia le lanza una mirada irónica.
—Deberías oír las cosas que dice de ti. Cuando vamos a almorzar, él es
como, Darcy esto, y Darcy aquello-
—Está exagerando—, interrumpe Hayden, y las puntas de sus orejas se
ponen rosadas.
El placer me invade y contengo una sonrisa. Estoy a punto de burlarme
de él, pero suena el ascensor, se abren las puertas y Alexei sale con el bolso
y la chaqueta puestos, probablemente en dirección al aparcamiento.
Nuestras miradas se cruzan y me hace un gesto de aprobación con la
cabeza.
— Darcy—, me saluda antes de mirar a Georgia con expresión
malhumorada. —¿Ya le ha clavado las garras, Dr. Maligna?
Ella se pone rígida.
—¿Quién te ha dejado salir de la residencia, abuelo?
Sus facciones se endurecen y su mirada se posa en sus pies.
—Esos no son apropiados para la oficina.
—Eso es mucho para alguien con cuatro dientes.
Ella le dedica una sonrisa fría, sin inmutarse por su intimidante
presencia. Sus fosas nasales se ensanchan, y Hayden y yo las observamos
como si fuera un partido de tenis. Estoy asombrado; ella es mi nuevo icono.
— Tengo todos los dientes—, dice Alexei en voz baja y mortal.
— Por ahora. Te has roto todos los demás huesos, así que es cuestión de
tiempo que escupas chicles. Me sorprende que no tengas una plaza de
aparcamiento reservada en el hospital.
Hago una expresión de curiosidad a Hayden, y sus cejas se mueven una
vez, los ojos encendidos de diversión.
Alexei se eleva sobre ella y la mira con la mandíbula rígida.
—Ya no eres mi médica. No malgastes tu valiosa energía en mí, que
podrías emplear en buscarte un marido rico.
Georgia suspira como si estuviera cansada de él.
—Ya basta de energía masculina por hoy.— Les hace un gesto a los
chicos antes de enlazar su brazo con el mío. — Ahora vamos a gastar
dinero.
— Lo que mejor sabes hacer—, murmura Alexei en voz baja,
alejándose. Hayden resopla.
—Nos vemos en casa, Darce. Que te diviertas. Adiós, Georgia.
—Espera.
Doy un paso hacia él, y Alexei se detiene, esperando a Hayden. —
Querías preguntarme algo.
Hayden frunce las cejas y mira a los otros dos.
— Te lo preguntaré más tarde, en casa. No es importante.
Mientras se van, Alexei le da a Georgia una mirada hostil por encima de
su hombro. Ella hace un gesto amistoso con el dedo, pero en cuanto le da la
espalda, su mano se convierte en el dedo corazón.
— Supongo que Alexei y tú no se lleván muy bien—, digo mientras
salimos del vestíbulo.
Salimos y ella sonríe al cielo.
—Qué bien, no llueve. — Sus ojos se deslizan hacia mí. — Digamos
que menos mal que ya no soy el médico del ruso. Mi bisturí podría resbalar
y cortarle su parte favorita.
Me río entre dientes.
—Tú no operas a jugadores.
— Lo sé.
Me dedica una sonrisa inocente y un poco salvaje, y yo me río más
fuerte.
—¿No te parece atractivo?
Pone cara de horror.
—¿Volkov? Estás de bromeando, ¿verdad?
Una risa avergonzada brota de mí mientras caminamos por la calle.
—Creo que es atractivo de una forma que da miedo. Tiene esa cosa
despiadada y misteriosa.
Georgia pone cara de asombro.
—En realidad no es tu tipo, ¿verdad?
— Dios, no—, me apresuro a decir. — Me gusta reír, y no creo que
Alexei sepa hacerlo.
Nacido en Rusia, su familia emigró a Canadá cuando él era niño. No
tiene acento, pero hay algo serio, vigilante y un poco depredador en Alexei
que me parece atractivo para la persona adecuada.
— Y me gustaría alguien un poco más amigable—, añado.
— Como Hayden.— Su boca se inclina hacia arriba.
— No, no como Hayden. — Mi cara se pone roja. — Sólo somos
amigos.
¿Qué es lo que hace que la gente llegue a esa conclusión
constantemente?
— De todas formas, no hagas caso a lo que ha dicho Alexei sobre tus
zapatos. — Mis ojos se detienen en los bonitos lazos, tan femeninos y con
vuelo. — Son preciosos.
Saca el pie y los admira con un suspiro de felicidad mientras esperamos
a que cambie la luz.
—Los zapatos brillantes me alegran, sobre todo cuando llueve todos los
días. Los inviernos aquí pueden ser un fastidio.
Miro mis mocasines de trabajo. No son feos ni nada por el estilo. Tienen
una pequeña hebilla dorada y son cómodos. Hacen juego con el resto de mi
vestuario corporativo. Cuando se gastan, me compro un par idéntico.
Sin embargo, no son exactamente inspiradores, y definitivamente no me
animan. Mi mirada se desplaza hacia los zapatos de Georgia.
Cuando vuelvo a levantar la vista, ella arquea una ceja.
—¿Necesitas estar a solas con mis pies?
Le dirijo una sonrisa rápida y algo cohibida.
—No, quiero comprarme unos zapatos como los tuyos. No tengo dónde
ponérmelos y no combinarían con nada de lo que tengo, pero...
— Si esperas a tener la oportunidad de llevar las cosas divertidas que
tienes, estarás esperando un tiempo—, dice suavemente. — Ponte lo que te
gusta, ya sea para una cita o para ir al supermercado. — Su boca se curva.
— Tendrías que haber visto las miradas que me echaban los estudiantes de
medicina. Los profesores también. Creo que un par como estos te quedaría
bien—, dice cuando cambia el semáforo y cruzamos. — Te
compraremos un par esta noche. Un par de zapatos nuevos es como un
omega-3 para el alma.
Su sonrisa se vuelve tímida y juguetona.
—Soy médica, así que sé de lo que hablo.
Contengo una gran sonrisa, vacilante. Con su ropa a medida, su pelo
brillante y sus zapatos poco prácticos, Georgia tiene el aire arreglado y
pulido del dinero antiguo.
—No sé si puedo permitirme comprar en los sitios que tú compras.
Me hace un gesto para que lo deje.
— Suelo comprar en consignación. Odio gastar dinero. — Mira hacia
atrás, hacia el estadio que aún se ve a unas manzanas de distancia. — Pero
no se lo digas al ruso. Cree que soy una princesita mimada y rica.
Entrecierro los ojos y, bajo mi mirada de estudio, ella se mueve como si
se sintiera incómoda.
—¿Por qué piensa eso?
— Es más fácil, supongo.— Se detiene delante de un escaparate y me
dedica una amplia y emocionada sonrisa. — Ya hemos llegado. Vamos a
comprarte ropa bonita.
CAPÍTULO 12
DARCY
—Mira,esto es interesante.
Media hora después, Georgia tiene un montón de ropa reunida para que
me la pruebe. Su cabeza se inclina mientras estudia un minivestido de flores
brillantes que parece sacado de los años setenta.
Mis cejas se levantan.
—Parece el Chesterfield de mi abuela.
— Entonces tu abuela tiene muy buen gusto. No sabes si te gustan las
cosas hasta que te las pruebas, Darce.
Sonrío al oír mi apodo.
—¿Te parece bien que te llame Darce?—, pregunta. — Así te llama
Hayden.
Se me encoge el corazón.
—Por supuesto.
Cuando mi mirada vuelve al vestido, la incertidumbre me sube por la
garganta. Es tan brillante, como el vestido mandarina que doné cuando me
mudé del lugar que compartía con Kit.
— No sé. Es muy brillante. Llevo mucho gris, blanco y negro.— Me
encojo de hombros. — Ya sabes, colores fáciles.
Fuerte, le oigo decir. Como si llamar la atención o destacar fuera algo
malo.
Bajo la mirada hacia el vestido tostado que tengo agarrado en la mano,
algo que cogí porque puedo ponérmelo para ir a trabajar. Es aburrido y no
me inspira nada.
Sin embargo, cuando miro el vestido que sostiene Georgia, algo se
enciende en mi pecho. Es un vestido que llevaría una mujer divertida y
segura de sí misma, una mujer como Georgia.
—¿Por favor?— me pregunta Georgia con voz suplicante, mirándome
con ojos inocentes de cierva.
Mi boca se tuerce en una sonrisa divertida.
—¿Me estás manipulando?
— Sólo es manipulación si funciona. — Vuelve a dejar el vestido en el
perchero encogiéndose de hombros. — Además, acabas de salir de una
relación, ¿verdad?
Mis músculos se tensan.
—¿Te lo ha dicho Hayden?
— No, pero solía decir 'mis amigos Darcy y Kit', y ahora solo dice 'mi
amiga Darcy'. Y ustedes están viviendo juntos, así que...
Se encoge de hombros, estudia una chaqueta, me mira y se la trae.
—¿Así que tengo que llevar el vestido que vomitaron los 70 porque
acabo de romper con mi novio?— pregunto con una sonrisa.
Georgia asiente con entusiasmo.
—Sí. Gracias. Ya lo entiendes. Es el comienzo de una nueva etapa de tu
vida. Te has mudado de ciudad y ahora estás soltera. ¿Por qué no comprarte
un vestido nuevo? Hazte un nuevo corte de pelo. Apuntarte a un club de
atletismo y luego ir sólo a la primera sesión porque la gente es demasiado
dura. Hacerte la manicura con purpurina dorada y quedate con ella tres
semanas.
A Kit le encantaría el vestido moreno.
Pero, ¿qué quiero yo? Me da escalofríos. ¿Qué tipo de colores me gusta
llevar?
— Es el momento perfecto para reinventarse, Darcy. Madonna se
reinventa cada década, y si te cagas en su época de Ray of Light, ya no
somos amigas.
— Yo nunca lo haría.— Me río entre dientes.
— Bien. Sabes, cuando tengo un día de mierda y empiezo a sentirme
mal, miro mis zapatos y pienso: Ah, sí, soy la maldita doctora Georgia
Greene. — Sonríe. — La confianza viene de dentro, pero está bien
empezarla con algo externo.
Oh Dios ahí está ese sentimiento creciendo dentro de mí otra vez, como
si fuera a decir algo raro. Como cuando dije esa estupidez sobre el tipo del
bar que no olía bien.
— Cuando era niña, tenía una muñeca sirena con el pelo morado—,
suelto. — Y me parecía tan bonita—, añado, sintiéndome rara, como si
acabara de tropezarme en público o algo así.
En lugar de reírse, sus ojos se iluminan.
—Estarías guapísima con el pelo morado.
— Como un lavanda pálido—, explico.
Ella asiente con más fuerza, con la mirada fija en mí pero ligeramente
desenfocada, como si se lo estuviera imaginando.
—Totalmente. Quedaría precioso con tus ojos verdes.
Me imagino mi pelo en tonos morados suaves, suelto alrededor de los
hombros, como sacado de un cuento de hadas.
¿No es poco profesional? Kit me preguntó por mi idea del pelo morado.
El pelo es un gran paso y un gran compromiso, pero ¿un vestido? Mi
mirada se desliza hacia el atrevido vestido que Georgia vuelve a poner en el
perchero.
Una jugadora viste con confianza y estilo.
Agarro el vestido y Georgia grita de emoción, aplaudiendo. Media hora
más tarde, tengo una selección decente de artículos en mi pila de "sí".
—Aún no he visto el vestido de flores—, dice Georgia.
Detrás de la cortina, estoy en sujetador y ropa interior, mirando el
vestido en la percha.
Lo he estado evitando. No sé por qué. Es un caos de rosa suave y
naranja melón y púrpura pastel, con fragmentos de verde azulado.
— Creo que no tengo los zapatos adecuados para esto—, le digo.
— Probate el vestido.
Esto es estúpido. No sé por qué estoy dudando. Empujo más allá de los
extraños sentimientos, abro el vestido y me lo pongo. Oh.
Oh.
No hay espejo en el probador, pero cuando subo la cremallera lateral
oculta, el vestido me sienta de maravilla. El forro es suave contra mi piel y
la tela tiene un peso reconfortante. No es ni demasiado ajustado ni
demasiado holgado, y tiene el largo perfecto. Soy menuda, así que los
vestidos suelen quedarme demasiado largos, pero este vestido me llega a la
mitad del muslo.
Corro la cortina y Georgia se queda boquiabierta. Luego cacarea
victoriosa. Cuando estoy frente al espejo, se me cae la mandíbula.
Ella sonríe a nuestros reflejos con suficiencia.
—El universo nos envió aquí esta noche para que pudiéramos
encontrarte ese vestido.
No parece que lleve puesto el sofá de mi abuela. No parece un proyecto
artístico de parvulario que haya salido mal. El vestido es coqueto y
caprichoso, y muy, muy setentero, pero de una manera divertida.
—Pensé que el estampado sería demasiado.
Levanta las manos, encantada.
—¿Qué he dicho?
—Tienes un don.
Hace una reverencia.
—Gracias, gracias. Hónrame usándolo y no dejándolo en tu armario.
— Trato hecho.
Sonrío, todavía admirando mi aspecto.
La emoción baila en mi pecho y me erizo unos centímetros. Esta es la
magia especial de la que hablaba Georgia: un nuevo corte de pelo, unos
zapatos divertidos que te animan, un nuevo color de esmalte de uñas. Y
aunque nunca me he puesto algo tan brillante, no siento que me esté
obligando a cambiar.
Tal vez esta sea quien he sido todo el tiempo, y creo que me gusta.
CAPÍTULO 13
HAYDEN
La puerta de la entrada se abre esa noche mientras estoy preparando la
cena, y Darcy entra con un puñado de bolsas de su viaje de compras con
Georgia.
— Hola—, me llama, sonriendo y dejándolas en el armario.
— Hola.— Saco las verduras asadas del horno. — Justo a tiempo. ¿Has
comido?
— No, Georgia tenía que ir a una clínica donde trabaja como voluntaria.
Viene a ponerse a mi lado, y cuando su brazo roza el mío, doy un paso
hacia el fregadero para poner algo de espacio entre nosotros.
—¿Hay suficiente?— Se frota distraídamente el brazo donde nos
tocamos. — Comes mucho.
Me río y le sirvo un plato.
—Hice más para ti.
Esperaba que llegara a casa a tiempo. Mi barbilla se inclina hacia las
sillas de la isla.
—Ve a sentarte.
Me sonríe agradecida. — Gracias.
— De nada.
La sigo y dejo un plato delante de ella antes de sentarme en el taburete
de al lado.
—Parece que la compra ha sido un éxito.
— Georgia me obligó a comprar un montón de cosas e hicimos un plan
para ir de nuevo en unas semanas. — Ella toma un bocado y sus ojos se
cierran mientras mastica. — Dios mío—, murmura, y su suspiro de
felicidad y satisfacción va directo a mi ingle. — Esto está buenísimo. La
remolacha y el queso de cabra combinan a la perfección.
Trago saliva, mirándole la boca. Una extraña y masculina sensación de
orgullo se expande en mi pecho mientras ella disfruta de la cena que le he
preparado.
Levanto la mirada hacia la suya y nos miramos. Pienso en la otra noche,
cuando me pasó sus delicados dedos por el pelo y me tocó el muslo.
Me sentí tan jodidamente bien que apenas podía soportarlo. En cuestión
de segundos, la tenía dolorosamente dura, y estuve a punto de tirar de ella
hacia mi regazo allí mismo para que pudiera sentir lo bien que había
funcionado su coqueteo. En lugar de eso, me corrí en la ducha, ahogando
mis gemidos en la mano mientras imaginaba aquella dulce boquita
alrededor de mi polla, tragándomela.
— Georgia es un poco intensa, pero me gusta. Creo que ahora somos
amigas.
Ella come otro bocado de comida, y veo como el bocado desaparece,
sus labios deslizándose sobre el tenedor.
— Georgia es genial.— Desvío mi atención de cosas en las que no
debería estar pensando. — Ella no toma mierda de ninguno de los chicos.
Especialmente Volkov, lo que lo irrita a más no poder.
—¿Vas a enseñarme lo que has comprado?
Se muerde el labio, vacila, pero sus ojos brillan de emoción.
Arqueo una ceja y empiezo a sonreír.
—No me digas que te ha hecho comprar un catsuit de cuero o algo así.
Se ríe.
—No. Me ha hecho comprarme un vestido diferente de lo que me
pondría normalmente, pero me encanta.
— Enséñamelo.
Arruga la nariz.
—No lo sé.
Olvido mi promesa de no tocarla y le doy un codazo.
—Vamos.
Me lanza una mirada larga y deliberada.
—Bien, pero no me lo voy a probar para ti.
Se baja del taburete y se dirige a la puerta, donde tiene la bolsa de la
compra. Entonces saca un vestido naranja, rosa y morado.
Sonrío de oreja a oreja. Es tan divertido y bonito. Tan Darcy.
—Me encanta, Darce. Gran elección.
También es corto, y Darcy tiene unas piernas estupendas. Lisas,
tonificadas y suaves.
—¿En serio?— Ella sostiene el vestido, estudiándolo con una pequeña
sonrisa. — Supongo que necesito algo bonito si acabo
teniendo una cita.
Se me tensan los pulmones y me la imagino con ese vestido que la hace
sentir guapa y especial sentada frente a un puto típo que le hace ojitos. Los
celos se apoderan de mis entrañas y me rechinan los dientes.
Me mira con el ceño fruncido.
—¿Qué pasa?
— Nada.
Aclaro mi expresión, pero su mirada curiosa se detiene en mí.
—¿Qué querías preguntarme hoy, en el vestíbulo?
Mis nervios saltan, pero agradezco el cambio de tema, y ahora sé
exactamente dónde va a llevar ese vestido.
— Estaba pensando que podríamos ir a cenar.
Se encoge de hombros.
—Claro.
Pedimos comida para llevar todo el tiempo, y lo hice sonar demasiado
casual.
— No, como... Salgamos en una cita.
Me paso la mano por el pelo. Si los chicos del equipo me vieran así de
nervioso, no acabaría nunca. Su ceño se frunce de confusión.
—Una cita.
Cree que le estoy tirando los tejos. Cree que le estoy pidiendo salir de
verdad.
— Porque dijiste que te ponía nerviosa salir con gente nueva ahora, y te
gusta conocer todos los pasos siguientes—, añado rápidamente. — Así que
tengamos una cita de práctica. Como amigos. Y como tu compinche.
Me aclaro la garganta. Joder, Owens. Arregla tus mierdas. Esto es
vergonzoso. Es como si fuera yo el que necesita lecciones.
—Bien.— Parece aliviada. — Cita de práctica, como amigos.
Su expresión es difícil de leer, pero puedo ver su mente trabajando.
— A menos que hayas cambiado de opinión.
— No.— Abre mucho los ojos. — No he cambiado de opinión. Es una
buena idea. — Asiente para sí misma. — Definitivamente deberíamos tener
una cita.
Es mi mejor amigo, y nunca diría esto en voz alta, pero Kit es tan
jodidamente tonto por todas las oportunidades que perdió con Darcy.
¿Nunca la llevó a una una cita de verdad? Increíble.
— Esa cita con el tipo que no paraba de hablar de bodas y bebés no
contó—, digo por alguna razón.
Ella sonríe.
—Tú solo quieres ser el primero.
Me invaden sentimientos calientes y posesivos, y a la parte primitiva de
mi cerebro le gusta la idea de ser el primero en todo lo que concierne a
Darcy.
—Me has pillado.— Le dirijo una sonrisa coqueta. — Vamos, Darce,
alimenta mi ego.
Pone los ojos en blanco.
—Tu ego es lo suficientemente grande, pero sí, me apunto. ¿En que
estabas pensando
—Mañana.
Hay una larga pausa entre nosotros en la que su ceño se arruga con
adorable confusión, y me pregunto si he ido demasiado lejos.
— Mañana es San Valentín.
— Sí.— El pulso me late en los oídos como si estuviera haciendo
ejercicios sobre el hielo. — Lo sé. Dijiste que nunca habías salido en San
Valentín.
— No he salido.
—Bueno, soy tu compinche y estamos practicando, así que es mi trabajo
enseñarte cómo debe ser.
Sus cejas se levantan, pero sonríe.
—Te tomas tu papel muy en serio, por lo que veo.
— El más serio. — Yo también sonrío. Cuando estoy con ella, no puedo
evitarlo. — Mereces saber lo que vales.
Mis palabras se quedan en el aire, rondando peligrosamente cerca de la
verdad: que estoy decepcionado y furioso porque Kit nunca la mimó como
se merece, y que estoy decepcionado y furioso porque nunca me di cuenta.
Kit la tuvo durante ocho años, ¿y no salió con ella ni una sola vez?
Que se joda por hacerla sentir así. Que se joda por no tratarla bien.
Quizá yo también sienta un orgullo territorial por ser el primero en salir
con Darcy en San Valentín. Ella es un encanto. Es lista, divertida, guapa y
amable, y quiere salir el día de San Valentín.
Aunque ahora no quiera una relación y sólo seamos amigos, quiero que
Darcy tenga lo que quiera. Es tan sencillo como eso.
Me cruzo de brazos y me apoyo en la encimera.
—¿Qué dices?
La comisura de su boca se curva en una sonrisa tímida, y quiero
arrastrar mi pulgar sobre su labio inferior, sólo para ver qué pasaría.
— Me encantaría salir contigo el día de San Valentín.
— Para practicar—, añado, para que no piense que me estoy haciendo
una idea equivocada. — Porque soy tu ayudante.
— Claro. — Ella asiente con fuerza. — Totalmente.
— Bien.
— Sí. Bien.
Nos miramos fijamente durante un largo momento, sonriendo, y algo se
expande en mi pecho.
Tampoco le digo que nunca he salido en San Valentín.
Siempre he tenido cuidado de no engañar a las mujeres: nada de
conocer a la familia del otro, nada de quedarse a dormir en casa del otro y,
desde luego, nada de salir el día de San Valentín. Eso es para una relación
seria.
Mañana, sin embargo, voy a mostrarle a Darcy exactamente cómo debe
ser tratada.
_____
Más tarde, me tumbo boca arriba, con la cabeza apoyada en la
almohada, y miro fijamente al techo, escuchando los suaves sonidos de la
habitación de Darcy mientras se prepara para irse a la cama: el ir y venir al
baño para lavarse los dientes, el deslizamiento amortiguado de los cajones
de la cómoda y, tal vez me lo esté imaginando, pero el crujido de las
sábanas cuando se mete en la cama.
Mañana tiene que ser especial y memorable. Tiene que ser el mejor puto
día de San Valentín que haya tenido nunca.
¿Debería estar haciendo esto? Kit cree que estoy cuidando de ella y
asegurándome de que está bien, no cambiando su vida. Por sus mensajes
periódicos preguntándole cómo está, sospecho que él se está tomando la
ruptura peor que ella.
Sin embargo, cojo el teléfono y abro el chat de grupo con Miller,
Streicher y Volkov.
Necesito su ayuda, les envío.
CAPÍTULO 14
DARCY
La noche siguiente, le puse los toques finales a mi maquillaje mientras
esperaba a Hayden.
Me veo bien. Mi cabello es suave, brillante y cooperativo, y estoy
usando mi perfume favorito, un aroma de vainilla naranja, y el vestido que
compré ayer.
La emoción me tiemblando. Mi primer cita de San Valentín.
Hayden aparece en la puerta de mi habitación y suelta un silbato largo y
bajo.
— Mírame. Sus ojos se acercan a mí.
La vista de Hayden Owens con un traje azul marino a medida me hace
olvidar mi propio nombre. Podría besar a su sastre por la forma en que los
pantalones y la chaqueta de alguna manera lo hacen parecer aún más alto y
ancho, y por cómo el azul marino profundo y rico hace que sus ojos sean
aún más brillantes. Es el tono perfecto de azul marino, que resalta su
cabello corto y rubio dorado.
— Guau—, digo, sin palabras.
Se supone que los jugadores de hockey son grasientos, sudorosos y
desdentados, pero Hayden Owens es ese viejo Hollywood, brillante e
impresionante tipo de guapo. En cualquier época, su amplia sonrisa, su
fuerte mandíbula y sus mortales ojos azules habrían hecho que la gente se
asombrara.
Debería ser fácil olvidar lo guapo que es porque hemos sido amigos
durante mucho tiempo, pero no lo es. Nunca me acostumbraré a lo guapo
que es.
Mi mirada se engancha en su cabello grueso, recién recortado y peinado
con producto, y pienso en lo suave que estaba cuando arrastré mis dedos a
través de él la otra noche. Cómo sus ojos cayeron medio cerrados. La forma
en que su voz tomó ese borde arenoso y áspero que me hizo apretar los
muslos.
Mi piel se calienta y me limpio la garganta.
—¿Te has cortado el pelo?
Sus ojos suben y bajan de mi figura: mis piernas desnudas, mi vestido,
mi escote, mi cabello.
—Tengo que estar bien para mi cita de esta noche—, dice distraído.
Siento su mirada como si me estuviera tocando. Un escalofrío pasa por
mi columna vertebral.
Él arquea una ceja, con un aspecto engreido.
—Sabes cómo hacer que un chico se sienta especial, Andersen.
El calor florece en mi pecho, y nos miramos durante un largo momento.
Hay una sensación efervescente detrás de mi caja torácica, moviéndose
hacia mi esternón, y mi respiración se recupera.
Oh, no.
Estoy enamorado de Hayden.
Recuerdo la forma urgente en que saltó cuando le toqué el muslo, como
no podía escapar lo suficientemente rápido. Cómo se alejó de mí en la
cocina anoche. Cómo ya no pondrá su brazo alrededor de mis hombros ni
me estropeará el pelo.
Me ha dicho un millón de veces cómo corta las cosas con las mujeres en
el momento en que siente que se están apegando, porque es lo correcto
cuando sabe que no querrá una relación.
Fue muy, muy claro que esta noche se trata de la práctica y de que él me
maneje, y nada más. Repitió la palabra amigos unas doce veces para ser
más claro.
Si un chico está interesado, te lo hará saber, dijo la otra noche.
No puedo estar enamorado de Hayden. Es un jugador total, es mi amigo
y, lo más importante, es mi compañero. Apenas soportó que tocara su
pierna. Él no quiere esto, así que no voy a tener ideas. Solo está siendo
amable, porque eso es lo que es.
— Deberíamos ir.
Miro hacia otro lado y me pongo un par de pendientes. Darcy tonta,
desmayanda por un amigo que está a millas de mi alcance.
Nos dirigimos a la sala de estar, pero al final del pasillo, me detengo en
seco, con la mandíbula caída.
La isla de la cocina está cubierta de ramos de rosas rojas. Múltiples
ramos. Nunca había visto tantas rosas en un solo lugar.
—¿Para mí?— Murmuro, el corazón se levanta.
Hayden está detrás de mí, tan cerca que puedo sentir el calor de su
cuerpo.
—No, son para mí. -La fuerte línea de su garganta funciona mientras
traga, frotando la parte posterior de su cuello. — Por supuesto que son para
ti. Eres mi cita.
Toco una de las flores, rozando la punta de mi dedo sobre el suave
pétalo mientras el deleite me atraviesa. Cuento los jarrones en el mostrador.
— Ocho.— Él mira hacia otro lado, cruzando los brazos sobre su pecho.
— Uno por cada año que hemos sido amigos.
Mi corazón se aprieta.
—Hayden. — La palabra sale tan suave, y estoy a punto de derretirme
en un charco. — No tenías que hacer esto.
—Darcy, esto es lo que hace la gente cuando saca a alguien en el Día de
San Valentín.
— No creo que lo hagan. — Calculo un precio. Añade un 20 por ciento
para el Día de San Valentín. Multiplicar por ocho.— Definitivamente no
hacen esto.
Se encoge de hombros.
—Esto es lo que te mereces, y quería hacerlo especial para ti.
Mi corazón se rompe en mi pecho.
—Ya lo es.
— También es la primera vez para mí—, admite con una sonrisa juvenil
y triste. — Nunca le he comprado flores a nadie.
Eso me gusta demasiado.
—Me siento honrada.
Nos sonreímos el uno al otro, y su olor me arrastra. Dios, huele bien.
Cálido y masculino, limpio y fresco de su ducha. Siento la excitación entre
mis piernas.
Es la semana de mi ciclo en la que estoy sumamente cachonda, y son las
hormonas las que nublan mis pensamientos, me digo a mí misma. No me
voy a excitar la forma en que huele mi mejor amigo.
No voy a hacer algo estúpido y arruinarlo todo.
Le arqueo una ceja.
—Sin embargo, estoy empezando a cuestionar tu juicio cuando se trata
de citas.
Se ríe un poco, pero entra en mi espacio. Me congelo mientras él se
acerca para tocar mis pendientes, inspeccionándolos. La forma en que se
enfoca en ellos, frunce el ceño y entrecerra los ojos, hace que mi
respiración se entire. O tal vez sea el cepillo de sus dedos contra mi cuello
mientras desenreda mi cabello de ellos.
Él da un paso atrás abruptamente.
— Bonito—, dice, dándome una sonrisa rápida y firme, y no sé si está
hablando de los pendientes o de mí.
Los pendientes. Probablemente los pendientes.
—¿Vamos?— Sueno sin aliento.
Él asiente, los ojos todavía están puestos en mí, y mi corazón hace un
giro divertido y emocionado.
Una campana de advertencia suena en mi cabeza, y me pregunto si esta
fecha fue mala idea.
CAPÍTULO 15
DARCY
—Este restaurante parece un jardín de hadas—, le digo a Hayden,
inclinándome y observando el local.
Es uno de los restaurantes más populares de Vancouver, con flores
tropicales y exuberante vegetación que caen de los techos, acogedoras
chimeneas y una iluminación cálida y romántica que proyecta un resplandor
dorado por toda la sala. En un rincón, una banda toca música ambiental
para el mar de mesas para dos.
Hayden me dedica una rápida sonrisa.
—Me alegro de que te guste.
Me doy cuenta de que aquí hay una fuerte energía de pareja. Mucha
gente se coge de la mano, muchos ojos saltones y algunos se sientan en el
mismo lado de la mesa.
Una pareja se está dando de comer.
Resoplo y miro a Hayden para ver su reacción, pero su mirada está fija
en la carta de vinos. Bajo la mesa, su rodilla rebota a un ritmo rápido. Le
miro con el ceño fruncido.
—¿Estás bien?
Levanta la mirada.
—¿Sí? ¿Por qué?
Por reflejo, pongo la mano en su rodilla. Paso la mano suave para
calmarlo, pero todo su cuerpo se sacude y vuelca su vaso de agua,
empapando el mantel blanco.
— Mierda. — Busca la servilleta para limpiarlo. — Lo siento.
Lo miro confusa y divertida. Nunca le había visto así.
—¿Qué te pasa esta noche? Se supone que tú eres el genial y seguro de
sí mismo. Yo soy la torpe.
Sonríe tímidamente y un tono rosado se extiende por sus pómulos
mientras traga saliva.
—Estoy un poco nervioso.
Sacudo la cabeza, sonriendo.
—Soy yo.
— Sí.
Su gran pecho sube y baja con una respiración profunda, y asiente,
aunque no parece convencido.
— Debería estar nervioso. Probablemente es aquí donde traes a todas
las supermodelos con las que sales.— Le sonrío, burlona. — Tengo mucho
a lo que estar a la altura.
Sus dedos se tensan sobre la carta de vinos, pero me dedica una sonrisa
tensa. Algo dentro de mí se hunde. La idea de Hayden con otras chicas
nunca me había molestado, así que ¿por qué ahora?
— No has tenido citas últimamente.
Desde que me mudé, no ha tenido ni una sola cita ni un solo amiga en
casa.
Se encoge de hombros.
—He estado ocupado.
No más que una temporada normal.
—Has encontrado mucho tiempo para salir conmigo.
—¿Ya estás harta de mí?—Su boca se inclina hacia arriba.
Sonrío.
—No. Me encanta vivir contigo.
Eso ha sonado raro. Debería haber dicho que me gusta vivir contigo. No
que me encanta.
Jesús, Darcy.
Su garganta funciona, y su sonrisa se suaviza.
—A mí también me encanta vivir contigo, Darce.
Algo retumba en mi corazón, pesado y agradable, y tengo que apartar
mi mirada de sus profundos ojos azules.
—No quiero que andes de puntillas a mi alrededor.
— No lo hago.
— Eres bienvenido a tener mujeres en casa. — Un mal sabor me
llena la boca, y la idea me produce náuseas, lo cual es totalmente injusto.
Hayden puede hacer lo que quiera. — Puedo encontrar algún sitio donde
estar o ponerme auriculares con cancelación de ruido o ir a pasar el rato a
casa de Hazel y Rory...
— Darcy.— Su mirada se enciende con intensidad. — No pasa nada.
— Somos compañeros de piso, así que trátame como a cualquier otro
compañero. Quiero decir, tenías mujeres cuando vivías con Josh, ¿verdad?
No sé por qué estoy insistiendo tanto.
Le tiembla la mandíbula.
—No quiero seguir hablando de esto.
Mi estómago se retuerce de malestar. Bien, puede que no seamos tan
buenos amigos como pensaba.
—Está bien . Lo siento.
— No, no pasa nada. — Se frota el puente de la nariz. — Estoy tratando
de concentrarme en la temporada. — Aparta la mirada un momento y luego
vuelve a mirarme a los ojos. — Y me gusta salir contigo.
El corazón me da un vuelco.
—A mí también me gusta salir contigo.
Hace una pausa, vacila, me mira a la cara.
—A veces me pregunto cómo sería. Una relación—, explica, desviando
la mirada. — Veo a Streicher y a Miller poniendo ojitos de corazón a sus
prometidas y—se encoge de hombros, y vuelve a aparecer ese entrañable
toque rosado en sus pómulos —no parece tan malo.
Me río y arrugo la nariz.
—Ni siquiera te imagino con novia. — Desde que lo conozco, siempre
ha mantenido una actitud informal. — Hayden, lo odiarías. Especialmente
después de años de libertad. Rory y Hazel, y Pippa y Jamie, todos están en
la fase de luna de miel. Kit y yo también estuvimos ahí una vez.
Las cosas estaban tan bien, hasta que dejaron de estarlo. Hasta que la
brillante novedad desapareció. Hasta que empecé a darme cuenta de lo
equivocados que estábamos el uno para el otro.
— No digo que lo que nos pasó a Kit y a mí les vaya a pasar a ellos—,
continúo. — De hecho, creo que son perfectos juntos, pero hay muchos
aspectos en una relación con los que no tienes que lidiar cuando mantienes
las cosas casuales.— Exhalo un suspiro, pensando. — No tienes que ir a
cenas familiares con la otra persona, no hay regalos de cumpleaños ni de
Navidad, y no tienes que escucharla despotricar sobre el trabajo al final del
día.
Sus ojos se mueven por mi cara y la comisura de su boca esboza una
sonrisa reacia.
—No suenan tan mal.
Sólo lo quiere porque nunca lo ha probado. Le atrae la novedad, no
necesariamente el compromiso.
— San Valentín, por ejemplo.— Hago un gesto entre nosotros. — Este
año es divertido porque es nuestra primera vez.
Sus ojos brillan con algo al oír esas palabras, pero continúo.
—¿Pero imagínate tener que hacerlo todos los años?— Hago una
mueca. —¿Las flores, reservar la cena, comprar los regalos? Es mucho.
Su mirada está llena de una emoción que no puedo identificar.
—Como he dicho, no suena tan mal.
Me río entre dientes.
—Creo que es una situación del tipo 'la hierba siempre es más verde'.
No pasa nada si no estás hecho para la monogamia. No todo el mundo lo
está. A tu manera, nadie sale herido ni decepcionado.
Se aclara la garganta y sus cejas se mueven una vez.
—Sí, probablemente tengas razón.
Pero hay algo en su expresión que me hace reflexionar. Una tranquila
vulnerabilidad.
— Estaría haciendo un flaco favor a las mujeres del mundo si me
retirara del juego.
Vuelve a sonreír arrogantemente, pero sus palabras tienen un toque
amargo.
No me gusta cómo lo dice. Entrecierro los ojos. Estoy aprendiendo a ser
un jugador porque Hayden tiene la vida perfecta, pero ahora me pregunto si
estaba equivocado.
Me pregunto si Hayden es tan feliz como parece.
— O harías muy, muy feliz a una mujer—, suelto, porque no me gusta
que hable así de sí mismo.
Se ríe, pero con un tono agudo y sin gracia, como si no me creyera.
— En fin. — Se inclina hacia delante y echa un vistazo al restaurante
antes de que sus ojos se crucen con los míos. — Nunca he traído a nadie
aquí. Llamé al dueño esta mañana a primera hora y le supliqué una reserva.
Le dije que quería traer aquí a una chica hermosa para que comiera la mejor
comida de la ciudad. A veces hacemos cenas de equipo aquí, así que estuvo
encantado de ayudarme.
Nuestras miradas se sostienen y se me hace un nudo en la garganta.
Hermosa, ha dicho. La palabra revolotea en mi cabeza como una mariposa.
Sus ojos recorren la carta de bebidas.
—Te gusta el merlot, ¿verdad?— Frunce el ceño, concentrado,
pensando. — Probablemente deberíamos pedir una botella.
Asiento con la cabeza, dedicándole una extraña sonrisa. Aparece el
camarero y Hayden pide con una familiaridad que me sorprende. El chico
que conozco de la universidad bebe cualquier cerveza de barril.
—¿Quieres beber algo más?—, me pregunta, y niego con la cabeza, sin
palabras.
El camarero se va corriendo y él me sonríe divertido mientras me quedo
mirándole.
—¿Quieres decirme algo?—, me pregunta, sonriendo más.
— Pides el vino como un experto. Nunca te he visto beber vino.
— Claro que sí.
— No, no lo he hecho.
Esbozo una sonrisa bobalicona. Es mejor en esto de las citas de lo que
pensaba. No sé por qué estaba tan nervioso esta noche.
—Te he visto hacer un bong de cerveza de dos pisos sobre una rodilla.
Hiciste quinientos chupitos de gelatina para una fiesta que organizabas. Y
siempre pides cerveza cuando salimos.
— Darcy, no seas ridícula. — Su expresión se vuelve seria. — Ya lo
comprobé, y no tienen chupitos de gelatina aquí.
Me eché a reír, y una sonrisa de complacente a través de sus hermosos
rasgos, como si le encantara hacerme reír.
— Y tal vez no lo sepas todo sobre mí—, añade.
Mi pulso se dispara. Viviendo juntos, he perdido la cuenta de las cosas
que nunca noté con él: lo ordenado que está, cómo saca el reciclaje de su
vecino anciano, lo feliz que está de tomar una foto o firmar algo para
cualquiera que lo detenga en la calle.
— Tal vez no.
Él sabe cómo pedir vino en un buen restaurante porque está bien
practicado para beber y cenar con mujeres, me doy cuenta con un pellizco
detrás de mis costillas. Tal vez no esté saliendo en este momento, pero
pronto volverá a la normalidad. Llevando a las chicas a casa. Dormir con
ellas al otro lado de la pared.
Cosas que debería estar aprendiendo a hacer. Me vuelvo a pensar en el
presente. No voy a pensar en el futuro; necesito centrarme en por qué
estamos aquí, para poder practicar.
— Entonces, si estuvieras en una cita ahora mismo—, pregunto, —¿de
qué hablarías?
Se encoge de hombros.
—Solo cosas normales.
Es tan agradable y coqueto como línea de base; apuesto a que si
realmente estuviera tratando de meterse en los pantalones de una chica, se
derretirían de inmediato. Mis rodillas presionan juntas debajo de la mesa.
¿Cómo es eso, sentirme tan atraída y excitada por alguien que no puedo
soportarlo?
—¿Como qué?
Pruébalo conmigo, te lo ruego.
Se rastrilla una mano en la parte posterior del cabello.
—Hablamos de su trabajo, a dónde va de vacaciones, a qué se dedica
para divertirse.
Eso suena como el tipo de cosas de las que hablé con ese tipo la otra
semana en el bar, excepto que la conversación no fluyó en absoluto.
—Practiquemos.
Me mira con una chispa juguetona en los ojos. Mi corazón salta. Este es
el Hayden que conozco, divertido, seguro y tonto.
— Entonces, Darcy.— Se inclina hacia adelante y me da una sonrisa
seductora y arrogante. —¿Qué te hizo invitarme a salir?
Me muerdo la risa y me agarro el pecho dramáticamente con una mirada
lejana.
— Estabas de pie en la mesa en medio de la barra, flexionando esos
grandes músculos...
Sus cejas se balancean y sonríe más, entretenido.
— Y pensé, ese es un hombre. Luego rugiste y te abriste la camisa, y
me desmayé.
— Y te pillé.— Su sonrisa es magnífica mientras se insta hacia atrás en
su silla, mirándome. — Te despertaste en mis brazos, echaste un vistazo a
mis músculos ondulados y te desmayaste de nuevo.
La risa brota de mí y él sonríe sobre su copa de vino. Detrás de él, la
banda comienza a moverse por el restaurante, haciendo una serenata a las
parejas.
— Mi turno.
¿Quiere jugar a este juego? Jugaré.
Los dientes de Hayden brillan mientras se encoge de hombros, jugando
con el tallo de su copa de vino.
—A por ello. Soy un libro abierto.
Él toma el vaso para tomar un sorbo, y estoy distraído por lo caliente
que se ve así, bebiendo vino tinto con un traje caro. Se ajusta a las líneas de
su cuerpo como un guante, la camisa blanca y nítida hace que su piel brille.
El juego. Correcto. Haciéndonos incómodos el uno al otro con
preguntas.
—Entonces, Hayden. — Bajo la voz. —¿Qué tipo de porno ves?
Se ahoga con su sorbo de vino, y la gente a nuestro alrededor mira
mientras él se aclara la garganta.
—¿Es tan malo, ¿eh?— Me meto con él, devolviéndole la risa. — Debe
ser las cosas realmente pervertidas.
Se aclara la garganta de nuevo, mirando la mesa, su vaso, el suelo, en
cualquier lugar menos yo.
—Sí, eso es todo. Las cosas realmente pervertidas.
—¿De qué estamos hablando?
Me inclino hacia adelante, bajando mí voz. Dios, esto es muy divertido.
Un millón de veces mejor que tratar de navegar una conversación incómoda
con alguien nuevo.
—¿Azotes? ¿Cosas de orina? ¿Gente sentada en pasteles?
— Todo lo anterior.
Sus orejas son rosadas y su voz es tensa, y no se encuentra con mis ojos.
Está mintiendo.
— En serio. — Mis ojos se estrechan. Ahora necesito saber. —¿Qué
tipo de porno?
Se mueve con el cuello de su camisa, mirando a su alrededor.
—¿Puedes dejar de decir la palabra porno, por favor?
El deleite burbujea en mi garganta, pero contengo la risa.
—¿Qué, no te gusta cuando hablo de porno?— Levanto la voz en la
última palabra, y alguien en la mesa junto a nosotros deja caer su tenedor.
Cualquier vergüenza que deba sentir se borra por lo divertido que es esto.
— Qué mojigato eres, Hayden.
Baja la cara en sus manos.
—No puedo llevarte a ningún lado—, murmura, pero puedo ver sus
rasgos apretados en una sonrisa.
— Estás ocultando algo.
Juego con el tallo de mi propia copa de vino, con mucho poder, y
cuando levanta la cabeza, sus ojos se quedan en los míos.
Parece tan jodidamente culpable.
— Debe ser muy bueno si ni siquiera quieres decírmelo.—, me hago un
gesto a mí mismo, —A tu mejor amiga en todo el mundo.
No sé por qué dije eso. Kit es obviamente su mejor amigo. Solo soy el
compañera de cuarto.
—¿Podemos hablar de otra cosa?
Quiero seguir presionando sus botones. Es divertido darle la vuelta a las
tornas y avergonzarlo por una vez, pero también necesito saberlo. No es
asunto mío y está cruzando un millón de límites de amistad, pero la idea de
que Hayden esté acostado en su cama con la mano envuelta alrededor de su
polla se acorre en mi cabeza. Me imagino sus abdominales ondulando, su
cara tensa de placer mientras ve un vídeo en su teléfono.
— Señor, ¿a su hermosa cita le gustaría que le hicieran una serenata?
Uno de los miembros de la banda interrumpe, de pie detrás de mí.
Todo mi cuerpo retroede y me retuerzo.
—No—, solpeo, con los ojos muy abiertos. — No, gracias.
La sonrisa de Hayden se vuelve traviesa.
—Sí. Sí, le encantaría.
CAPÍTULO 16
DARCY
—No la escuches—, le dice Hayden al músico, con los ojos brillantes.
— Sólo está siendo modesta. Le encantaría una canción.
Incluso mientras le dirijo una mirada de muerte que promete dolor,
sonrío. La banda empieza a tocar y la canción es tan romántica, ridícula y
humillante que cierro la boca para no reírme. Los ojos de Hayden brillan,
rebosantes de diversión, y algo feliz, cálido y líquido se desborda en mi
pecho.
La cantante canturrea y Hayden me sonríe y asiente con la cabeza.
Mi estómago se tensa por la risa contenida, pero me niego a ser grosera
y ofender a la banda. Hayden saca su teléfono y graba mientras yo
permanezco sentada, cautiva. Se hace un gesto con los labios y esboza una
sonrisa, y una carcajada estalla en mí. La cubro con una tos, pero los
músicos no están convencidos.
— Lo siento mucho—, le digo a la banda, que nos mira mal. — No nos
estamos riendo de ti.
Terminan -creo que se han saltado algunas estrofas por nuestras extrañas
reacciones- y se van a torturar a otra pareja.
— Vaya. — Sonrío a Hayden. — Muchas gracias. Eres un gran amigo.
— Valió la pena. Parecía que estabas a punto de romperte una costilla.
Aunque tengo la cara roja y estoy avergonzada, no puedo dejar de
sonreír. Si esto es celebrar el día de San Valentín, me lo he estado
perdiendo.
_____
Estamos esperando la cuenta cuando un camarero pasa por detrás de
Hayden, llevando una tarta gigante con bengalas.
Me inclino hacia él, pensando en las bromas que le hice antes sobre el
porno, e inclino la barbilla hacia la tarta.
—¿Eso te excita?— susurro, con una mueca de dolor. —¿Necesitas una
servilleta para el regazo?
Él gime, frotándose la frente.
—Dios, qué rara eres.
— Lo sé. — Le sonrío. — Y me quieres de todas formas.
Quería decir. Y le gusto de todas formas.
Estoy a punto de cambiar de tema cuando el camarero aparece de nuevo
en nuestra mesa, deslizando un plato entre nosotros.
— Aquí tengo un tiramisú.
Me pone dos cucharas.
Frunzo el ceño.
—No hemos pedido...
— Invita la casa.— Sus ojos brillan de emoción antes de desaparecer.
Hayden y yo intercambiamos una mirada extraña.
—Quizá sea fan de Storm—, pienso.
Aunque ella me miraba a mí, no a Hayden. Cucharas en mano, los dos
nos inclinamos para comer. Lo vemos al mismo tiempo.
Un anillo de compromiso.
Se me para el corazón. Me siento mal. Mi cuchara flota en el aire.
Hayden me mira con los ojos muy abiertos, pero yo no puedo apartar la
mirada del anillo de diamantes que hay en el plato.
Está colocado suavemente sobre el tiramisú, inocente, brillando bajo la
cálida luz del restaurante. Es parecido al que me regaló Kit, con un gran
diamante central y una banda de oro blanco.
En el borde del plato está escrito "¿Quieres cásarte conmigo?" con
sirope de chocolate, y todos los sentimientos de felicidad y disfrute que he
ido acumulando a lo largo de la velada se esparcen como canicas.
En mi mente, estoy de vuelta en el bar en Nochevieja mientras Kit se
arrodilla ante mí y todo el mundo se queda mirando, esperando mi
respuesta.
— Lo siento mucho. — La camarera reaparece, con cara de vergüenza
mientras coge el plato. — Me he confundido de mesa.
—¿Puede traernos la cuenta, por favor?— Hay un tono autoritario en el
tono de Hayden que nunca he oído. — Tan pronto como sea posible.
— Por supuesto.
La camarera echa un vistazo a mi expresión devastada y hace otra
mueca de dolor. Probablemente piensa que estoy decepcionada porque el
anillo no era para mí.
—¿Estás bien?
La mano de Hayden cubre la mía mientras la camarera se aleja a toda
prisa.
— Sí.
Intento aclarar mis ideas y volver al presente. De vuelta a la diversión
que estábamos teniendo hace sólo unos minutos.
—Estoy bien. Ha sido raro.
Su mano está tan caliente que, sin pensarlo, le doy la vuelta a la mía
para que quedemos palma con palma, ansiando más contacto. El leve roce
de sus callos contra mi piel me tranquiliza y levanto la mirada para
encontrarme con la suya.
La tensión detrás de mis costillas se libera y exhalo.
—Estoy bien. De verdad.
—Lo sé.
Su mirada es tan dulce y cariñosa. Sé que me coge de la mano sólo
porque está preocupado, y no significa nada, pero la intimidad hace que se
me corte la respiración. Cada nervio de la palma de mi mano hormiguea
contra el suyo. Apuesto a que un escáner de mi cerebro mostraría que se
enciende como un petardo.
— Intenté romper con Kit en diciembre.
No sé por qué estoy admitiendo esto cuando me dije a mí misma que
mantendría la boca cerrada al respecto para que no afectara a su amistad.
Pero quiero explicar mi extraña reacción al anillo de compromiso y no
quiero arriesgarme a que Hayden piense que fui descuidada con el corazón
de Kit.
La mirada de Hayden se agudiza y su mano se flexiona alrededor de la
mía.
—¿Qué?
—¿Recuerdas aquel evento benéfico de patinaje en el que te disfrazaste
de elfa?— Me froto la mano libre sobre el estómago, sobre todos los nudos
que se tensan al recordarlo. —¿Y sacó el tema de tener hijos y casarse y
esas cosas?
Hayden tensa la mandíbula y asiente una vez.
— Esa noche rompí con él. — Se me cae la cara. — O lo intenté.
—¿Intentaste?—, repite en voz baja y mortal.
Resoplo con fuerza mientras el recuerdo de la expresión aplastada de
Kit inunda mi cabeza.
—Quería centrarse en el hockey durante el próximo mes porque tenía
muchos partidos importantes. Dijo que deberíamos hablarlo en enero.
La expresión de Hayden es ilegible.
—¿Y qué querías hacer?
— Quería romper. — Las palabras salen con más fuerza de lo que
quiero decir. — Quería romper con él en agosto, pero era su cumpleaños, y
no puedes romper con alguien cerca de su cumpleaños, y además empezaba
la temporada y él estaba fuera mucho...
— Así que esperaste hasta enero.
Su mandíbula tintinea de nuevo,con una expresión dura.
— Eso es lo que acordamos.
Trago saliva y frunzo el ceño.
— Y luego te lo propuso en Año Nuevo delante de todo el mundo.
Asiento con la cabeza, mordiéndome el labio.
— Joder—, murmura, soltando un fuerte suspiro y apretando su mano
alrededor de la mía. — Joder, Darce.
—No quiero que le eches la culpa.— Sacudo la cabeza, haciendo una
mueca de dolor. — Creo que pensó que resolvería las cosas...
— No le pongas excusas. — Sus ojos se clavan en los míos, agudos e
intensos. — Fue algo muy jodido por su parte.
— No quiero interponerme entre ustedes . Sólo quería explicar por qué
me asusté.
Sus ojos son suaves como el terciopelo, tan amables, comprensivos y
cariñosos que me dan ganas de dejarme caer en su regazo, rodearlo con los
brazos y enterrar la cara en su cuello para poder aspirar su cálido aroma y
dejar que me reconforte.
Fue algo muy jodido por parte de Kit, y el alivio de que Hayden piense
lo mismo hace que toda la tensión de mi pecho se disuelva.
Hayden frunce el ceño al ver nuestras manos, aparta la suya y el
momento se acaba.
—Lo siento—, murmura.
Intento no desinflarme. Es un tipo susceptible, excepto conmigo.
El camarero trae la cuenta y Hayden pone los ojos en blanco cuando
intento sacar la tarjeta de crédito.
— Darcy, no.— Su voz es firme mientras paga. — Ni lo intentes.
El camarero se va y yo le sonrío agradecida.
—Gracias.— Recojo la servilleta de mi regazo y la dejo caer sobre la
mesa, esbozando una sonrisa confiada. — Vámonos a casa. Te he traído una
cosita.
—¿Ah, sí?— Sonríe, y ahí está mi Hayden otra vez.
Quiero decir, no mi Hayden. El viejo Hayden que conozco y amo.
Como... Como sea.
— Genial.— Se levanta y me ayuda a ponerme el abrigo. — Porque yo
también te compré algo.
CAPÍTULO 17
HAYDEN
—¿Qué tal lo he hecho esta noche? — me pregunta Darcy por encima
del hombro mientras la ayudo a quitarse el abrigo.
Sus ojos recorren el apartamento, las flores que le he comprado, y
sonríe.
— Andersen, lo has hecho genial. Ha sido la mejor cita de mi vida. —
Le lanzo una sonrisa coqueta para hacerle creer que estoy bromeando. —
Sobresaliente.
No puedo dejar de pensar en lo que Kit le hizo, proponiéndoselo delante
de todos. La expresión de asombro de su cara cuando él se arrodilló es muy
diferente en retrospectiva.
Me sentía culpable por pensar que no parecía tan emocionada como
debería. Ahora sé cuánta razón tenía.
Se agacha para quitarse los tacones.
—¿La mejor cita de tu vida? Le dices eso a todas las chicas.
— La mitad de las cosas de las que hablamos, no se las digo a otras
chicas.
No hablo de qué tipo de porno me gusta ni les doy lecciones sobre cómo
tocar a los típos. Y te aseguro que no derramo agua sobre la mesa porque
estoy sudando como un adolescente nervioso.
Ella reprime una sonrisa, radiante de placer, y el corazón se me estruja
en el pecho. Llevo toda la noche intentando no mirarla, pero no puedo
evitar que mi mirada se detenga en ella.
Joder, qué guapa es. Me invade un orgullo engreído que se expande en
mi pecho. Darcy sale de la cama, sin maquillaje y con el pelo hecho un
desastre, y bien, lo admito, me siento atraído por ella. Pero esta noche,
¿arreglada?
Está despampanante, y se ve así para mí.
Mi mirada se posa en el dobladillo de su vestido corto y en la piel suave
y tersa de sus piernas. Me pregunto qué bragas llevará. A Darcy le gusta
que las cosas estén alineadas y coordinadas, que tengan sentido, así que
creo que combinan con uno de los colores de su vestido.
Me viene a la mente la hilera de bragas que colgaron en el baño para
secarse hace un par de días. Tuve que coger algo de debajo del lavabo
cuando ella no estaba en casa.
El par rosa claro, seguro.
— La mejor cita de tu vida hasta ahora—, dice Darcy, levantando una
ceja. — Puede que no me apague.
Palidezco y me entran unas ganas irrefrenables de echármela al hombro
y llevarla a mi dormitorio.
Abre los ojos de par en par y se lleva las manos a la cara.
—Estaba bromeando—, gime, enrojeciendo bajo sus dedos. — Lo
siento. Era una broma. Intentaba ser graciosa y me ha salido raro.
— No pasa nada. — Se me escapa una risa ronca. ¿Está intentando
matarme? — Sé que estabas bromeando. Voy a quitarme el traje.
En mi habitación, me pongo unos pantalones deportivos y una camiseta.
A través de la pared, la oigo moverse por su habitación: abrir y cerrar
cajones, sus pasos ligeros y luego el chasquido de las perchas del armario.
El ruido que hace al quitarse el vestido es probablemente fruto de mi
imaginación. Las paredes no son tan finas. Aun así, la imagino de pie, a tres
metros de distancia, en sujetador y bragas.
Se me aprieta la entrepierna. Joder. Las cosas que le haría a Darcy
Andersen sólo con mi lengua. Trabajaría con ella durante horas, sacándole
hasta la última gota de placer, llevando su cuerpo hasta límites que no sabía
que existían.
La lujuria se apodera de la base de mi columna y respiro hondo,
pasándome una mano por la cara antes de volver al salón. Cuando la veo,
mis pasos vacilan. Está sentada en el sofá con las piernas cruzadas, en
leggings y una sudadera negra con capucha.
Un sentimiento de posesividad se apodera de mí.
—¿Esa sudadera es mía?
Sus ojos se clavan en los míos.
—Sí. ¿Está bien? Estaba en el sofá y todas las mías están en la lavadora.
Le queda grande y es lo más lindo que he visto nunca. Joder, me gusta.
Me gusta mucho.
Ni siquiera puedo imaginarte con novia, dijo antes, incrédula. El
recuerdo me pellizca con fuerza, justo detrás de las costillas.
— No pasa nada—, murmuro.
Aun así, la imagino sin pantalones, solo con mi sudadera y unas bragas.
Sin sujetador. Piel lisa y suave. Puede que esté en mi regazo. Puede que me
rodee el cuello con los brazos.
Quizá nos estemos besando.
Me doy la vuelta, deseando haberme dado una ducha fría antes de
cambiarme.
— Aún no me has contestado—, dice mientras tomo asiento en el sofá y
me estiro.
—¿Sobre qué?
— Sobre qué tipo de porno ves.
La sangre me sube a la polla y me inclino hacia delante con los codos
sobre las rodillas y la cabeza entre las manos, pensando en las cosas menos
excitantes que puedo para frenar mi erección. El olor de la equipación de
hockey. El dolor cuando me rompí la clavícula en el instituto. El aspecto de
los pepinillos, arrugados y verdes.
Nop. Sigo imaginándomela sentada en mi regazo con la sudadera
puesta, gimiendo en mi oído mientras le quito la ropa interior y le meto los
dedos entre las piernas. Me recorre otra descarga de lujuria.
Sería tan fácil hablarle de la pareja de OnlyFans que llevo años
observando. Son un matrimonio joven y sus vídeos no parecen el típico
porno. A veces son apresurados, desesperados e intensos, a veces son
lentos, somnolientos y perezosos, pero siempre parecen reales. Nunca se
ven las caras, pero ella es menuda y tiene el pelo largo y rubio pálido. Él
tiene una complexión y un color de pelo similares a los míos.
Se parecen a Darcy y a mí. Finjo que somos nosotros. Es mi secreto
vergonzoso. Uno que me llevaré a la tumba. Finjo que los vídeos son los
que hicimos juntos, sólo para nuestros ojos, y que es ella la que rebota en
mi polla, jadeando, temblando y gimiendo. Es mi cabeza entre sus piernas,
sacando su orgasmo. Es el dedo anular de Darcy el que brilla. Finjo que
estamos casados y que es mi mano la que aprieta la suya durante nuestros
orgasmos.
— No me acuerdo—, murmuro entre las manos.
Ella se ríe.
—Mentiroso.
En cuanto lo vea, lo sabrá. Especialmente si se entera de que son los
único porno que veo. He perdido interés en todo lo demás.
—Bien, hora de los regalos.— Me da una pequeña bolsa de regalo. —
Vi esto en Etsy la semana pasada y pensé en ti.
Le sonrío rápidamente.
—No debiste.
Dentro de la bolsa, mis dedos encuentran un suave algodón y saco la
camiseta para mirarla. La imagen de la parte delantera es una ilustración de
todos los personajes de La Espada del Norte.
— Es de un artista local de Vancouver—, añade Darcy, con un toque de
timidez en la voz.
Mi pecho se inunda de calor mientras miro fijamente las líneas de la
ilustración.
—Nadie me ha comprado nunca ropa, excepto mi madre.
Darcy gime.
—Genial. ¿Soy como tu madre?
Me río.
—No, no me refería a eso. Es bonito. Me encanta.
Siento como si me cuidara. Como si fuera suyo.
Me levanto y me quito la camiseta, y sus ojos se abren alarmados.
—¿Qué haces?
— Probándomelo.
—¿Ahora?
— Quiero asegurarme de que me queda bien.
La satisfacción me golpea el pecho cuando los ojos de Darcy se
detienen en mi estómago tenso.
Trabajo duro. Mi cuerpo es mi trabajo y sé cómo soy. Por la forma en
que me mira, Darcy también lo sabe.
— Disculpe, señora.— Chasqueo los dedos, sonriendo y señalando a mi
cara. — Ojos aquí arriba.
Ella levanta la mirada, su cara se vuelve de un adorable color rosa.
— Lo siento.
Me río entre dientes.
—No pasa nada. Adelante, mírame, Andersen.
— Dios mío. — Se da la vuelta mientras cambio de posición para
mostrar más músculos. — Para, ególatra.
Se le escapa una risa avergonzada y sonrío con más fuerza.
—¿Te estoy incomodando?— Flexiono los bíceps, de uno en uno, y ella
suelta una carcajada. —¿Tienes demasiado calor? ¿Hace calor aquí o soy
yo?
—¿Esto funciona con las mujeres?
— No lo sé. Yo no actúo así con las mujeres. Saldrían corriendo.
Nunca me río o actúo así con las mujeres con las que salgo.
No me río así con nadie más que con ella. Darcy hace un zumbido de
satisfacción y yo cedo y me pongo la camiseta por encima de la cabeza.
—¿Qué te parece?
Extiendo los brazos para que me dé su aprobación, y ella sonríe,
asintiendo con la cabeza mientras su mirada me recorre, fijándose en mi
pecho, mis hombros y mi cintura.
— Me queda bien. — Me mira a los ojos y levanta las cejas en forma de
pregunta. —¿Te gusta?
— Me encanta.
Me encanta, joder. Me gusta que me compre ropa y que lleve mi
sudadera. Me gusta salir a cenar y sentarme en el sofá a su lado después en
la casa donde vivimos juntos.
— Una más.
Cuando tomo asiento a su lado en el sofá, la línea de su garganta
funciona y me tiende un paquete plano envuelto del tamaño de un libro.
— Dios, Andersen, me estás mimando.
Se mueve y apoya la rodilla en el sofá. Aunque no nos tocamos, noto el
calor de su cuerpo. Retiro el papel de regalo y el corazón se me sube a la
garganta.
Es una foto enmarcada de nosotros en la universidad. En tercer curso,
creo. Vamos vestidos de verde, con sombreros de plástico baratos que
compramos en el pub del Día de San Patricio. Uno de mis brazos la rodea
por el hombro y las dos levantamos las manos teñidas de verde hacia la
cámara, sonriendo de oreja a oreja.
— Es demasiado sentimental, ¿verdad?— Hace un gesto de dolor. — Lo
siento. Es que me encanta esta foto. Es mi favorita.
El dolor en mi pecho se despliega, ocupando más espacio.
—Hola.
Engancho mi brazo alrededor de ella como en la foto, tirando de ella
contra mí. Mi regla de no tocar a Darcy pasa a un segundo plano.
—Cállate—, murmuro, burlon.
— No tienes que mostrarlo ni nada—, protesta.
Le tapo la boca con una mano, ahogando su risa.
—Cierra la boquita, ¿bien? — Digo suavemente para hacerla reír de
nuevo, con un cosquilleo en la piel al sentir su sonrisa bajo mi palma.
—Me encanta.
Le doy un beso rápido y firme en la frente.
Ahora ya no me siento tan raro por el segundo regalo que le hago. Va a
decir que me he gastado demasiado, pero esta foto enmarcada de Darcy y
yo no tiene precio.
Además, va a odiar mi primer regalo, y no puedo esperar.
—¿Por qué sonríes?—, pregunta.
Sonrío más.
—Estoy deseando darte tu regalo.
Me dirijo a mi habitación, meto la caja pequeña en el bolsillo y llevo la
grande al salón.
—No tenías que comprarme nada—, dice, con los ojos llenos de
curiosidad cuando la dejo sobre la mesita. La caja es ligera pero grande,
ocupa la mitad de la mesa. — Ya tengo flores para toda la vida.
— Oh, espera a desenvolverlo para darme las gracias.
Intento no sonreír demasiado mientras vuelvo a tumbarme en el sofá.
Retira el papel y su expresión curiosa se convierte en un ceño fruncido y
sin gracia.
— Hayden.
Empiezo a reírme a carcajadas mientras ella mira la caja con repulsión.
—Por favor, dime que es una broma y que no es eso lo que hay dentro.
—Ábrela y descúbrelo.
Dios, esto es divertido.
Abre la solapa de la caja y gime.
—¿Hablas en serio?
CAPÍTULO 18
DARCY
—Para el día de san Valentín, ¿me has comprado una almohada con
forma de pecho de hombre?
A Hayden le brillan los ojos de diversión. Este es Hayden en su máximo
esplendor, sonriente y relajado, con sus largas y tonificadas extremidades
extendidas por el sofá.
—Para acurrucarse. ¿Te gusta?
Hago un ruido estrangulado, pero empiezo a reírme.
—¡No!
En la caja, una mujer exuberante tiene el brazo de peluche apoyado en
el hombro.
—¿Es un mensaje? ¿Debería practicar primero con objetos inanimados?
Finge parecer preocupado.
—¿Querías el de pelo en pecho?
Me giro sobre él, incapaz de contener mi curiosidad.
—¿Era una opción?
— Sí. — Le brillan los ojos. — No estaba seguro de cuáles eran tus
preferencias. — Levanta el pecho de peluche y se lo pone sobre el hombro.
— Puedes sentarte en el sofá y ver la tele con él.
Me estremezco.
—Parece tan pequeño a tu lado.
Me dedica una sonrisa cómplice y coqueta, y yo pongo los ojos en
blanco.
— No seas raro.
Rezo para que no se quite la camiseta y empiece a flexionar de nuevo.
Mi piel aún está caliente de cuando lo hizo antes.
— Bueno.
Tira el pecho del hombre en una silla cercana, suspirando como si
estuviera decepcionado.
—Siento que odies tu regalo. Soy un ayudante terrible. — Se mete la
mano en el bolsillo y saca una caja de terciopelo negro. — No tuve tiempo
de envolver ésta.
—No pasa nada. — Entrecierro los ojos y la miro con desconfianza. —
Demasiado grande para ser un anillo de compromiso, así que eso está bien.
Su sonrisa vacila y aprieto la boca. Siempre digo algo equivocado.
— Lo siento. Sólo pensaba en lo de antes, supongo.
Abro la caja y todas las sensaciones extrañas desaparecen.
La pulsera es preciosa. Una delicada cadena de oro con pequeños
grupos de hexágonos y brillantes piedras transparentes. Paso la yema del
pulgar por encima, memorizando las texturas.
—¿Son panales?
Su mirada es fácil y cálida.
—Mhm.
Mantenemos el contacto visual durante un largo momento y me
pregunto si lo recordará.
¿Se acuerda? Hace unos años, me metí de lleno en el tema de las abejas.
No pude hablar de otra cosa durante semanas. Las abejas saben contar. Sus
colmenas están construidas de forma organizada, metódica y matemática. A
pesar de ser un insecto diminuto, las abejas trabajan juntas para construir
colmenas fuertes y estables con estos hexágonos.
Es lo que me gusta de las matemáticas, su asombro y maravilla. Está en
todas partes en la naturaleza.
Mis ojos se dirigen a las brillantes piedras preciosas.
—Dime que no son diamantes, Hayden.
— Claro. — Una sonrisa de satisfacción se extiende por sus apuestos
rasgos. —Son diamantes.
— Hayden.—Intentaba regañarlo, pero me sale más suave de lo que
quería.
— Son de laboratorio—, añade, observándome. — Te conozco.
Me quedo sin palabras. Los diamantes cultivados en laboratorio, o
diamantes sintéticos, tienen la misma composición que los diamantes
tradicionales (la misma dureza, estructura y, a veces, mayor claridad), pero
no se extraen de las minas, sino que se cultivan mediante calor y presión.
Son otro ejemplo de cómo las matemáticas y la ciencia mejoran nuestro
mundo.
— Me encanta—, susurro, sonriendo a Hayden, con el placer
envolviéndome las costillas. — Es demasiado.
Hayden sonríe y se encoge de hombros, y se me revuelve el estómago.
Nadie me ve como él, y no sé qué hacer con eso.
— Gracias.
Intento abrazarlo, pero él me rodea con los brazos y me atrae hacia su
pecho duro.
— Encantado, Darce.
Su voz me llega al oído y me eriza la piel. Contra mí, su pecho sube y
baja con su respiración constante, y mi mente se traslada a antes, cuando se
quitó la camisa.
Músculos. Crestas. Piel suave y dorada. Una ligera mancha de vello
rubio oscuro le recorre los pectorales definidos, los abdominales y la cintura
de los pantalones.
Quería contar cada uno de sus músculos con la lengua. Quería presionar
mis labios contra su clavícula y luego rozar cada uno de sus abdominales,
sentirlos saltar bajo mi boca cuando su respiración se entrecorta.
Me viene a la cabeza la imagen de pasar las palmas de las manos por su
pecho terso mientras estoy encima de él, a horcajadas sobre sus caderas
delgadas, bajando por su gruesa longitud. La excitación se apodera de mí.
Mi enamoramiento es más fuerte que nunca y tengo muchas ganas de
follarme a mi mejor amigo.
La tela de su camiseta es suave al contacto con las yemas de mis dedos,
y él está muy caliente. Hayden huele a bosque fresco y limpio. Inhalo
profundamente y siento un hormigueo en el cuero cabelludo. Su olor hace
algo en mi cerebro, hace que mis pensamientos se agudicen y se centren en
él y solo en él.
El abrazo debería haber terminado hace unos segundos, pero sigue
abrazándome con fuerza. Estoy a punto de cometer una estupidez.
— Echo de menos esta parte—, murmuro contra él.
Su voz es grave, su aliento me hace cosquillas en la oreja.
—¿Qué parte?
— El afecto físico.— Los nervios se agitan a mi alrededor. Debería
dejar de hablar. — Abrazos. Echo de menos los mimos.
Echo de menos el sexo, y cada neurona de mi cabeza se pregunta cómo
sería con él.
Hay electricidad en el aire, tensa y chispeante como en los momentos
previos a una tormenta. Se aparta unos centímetros con expresión seria, la
respiración entrecortada, y se me eriza el vello de la nuca. Tiene todo el
muslo apretado contra el mío, tan sólido y tonificado. Sus ojos son de un
azul tan aplastante que podría caer en ellos.
Su mandíbula se flexiona y traga saliva.
—Entonces deberíamos abrazarnos.
CAPÍTULO 19
HAYDEN
Los ojos de Darcy se ensanchan, las pupilas se ensanchan más allá de
cada tono de verde en sus iris, y mis tambores de sangre en mis oídos.
¿Por qué dije eso?
Porque la quiero. La quiero tanto, joder. Estar tan cerca de ella es una
agonía, inhalar su olor y sentir el calor de su piel, ver sus bonitos y
regordetes labios curvados en una sonrisa de complacente en respuesta al
regalo que elegí para ella.
En la cena, afirmó que comprar regalos era una desventaja de estar en
una relación, pero comprar sus regalos de San Valentín fue lo más
destacado de mi semana. Gastar dinero en ella me dio una creciente
sensación de orgullo masculino. Comprarle cosas podría convertirse en una
adicción si lo dejo.
¿Y ahora estoy proponiendo que nos abracemos? ¿Qué demonios estoy
haciendo?
Mi brazo todavía está alrededor de su hombro, y no puedo moverlo. Ella
es tan cálida. Su pelo huele muy bien. Mi control está destrozado.
Soy su compañero, y ella no está interesada en nada serio, pero quiero
que piense demasiado con claridad.
—Abrazarnos. — Mi voz suena ronca, así que me aclaro la garganta.
Jesús. Estoy actuando como un adolescente en la noche del baile de
graduación. — Deberíamos abrazarnos, ya que lo echas de menos.
El autodesprecio gotea en mi sangre. Soy el peor, joder. Kit piensa que
la estoy cuidando, y en cambio, estoy encontrando formas de tocarla.
Sin embargo, la manipuló proponiéndole matrimonio delante de todos
cuando sabía que ella quería romper, así que que se joda ese tipo.
Las campanas de advertencia suenan al borde de mi conciencia, pero las
ignoro. Cristo, quiero besarla. Si fuera inteligente, me dirigiría directamente
a mi habitación…
Solo, y liberar toda esta frustración sexual reprimida en la ducha con mi
frente contra los azulejos, amortiguando mi gemido.
Sin embargo, no soy inteligente. No en lo que respecta a Darcy.
— Como amigos—, agrego, con el corazón latiendo. Ella puede ver a
través de mí, estoy seguro, pero estoy volando colina abajo sin frenos. —
Estoy seguro de que hay algo de ciencia sobre cómo es bueno para la gente.
— Oxitocina. — Ella moja sus labios. — Se libera cuando la gente lo
toca. Animan a los padres a hacerlo con los recién nacidos.
La tensión está en el aire.
— Lo haré.— Me trago. — Pero solo si puedo ser el bebé.
Ella se echa a reír, y a pesar de que mi pulso está en mis oídos, Sonríe.
Algunos nudos en mi pecho se relajan, y me bajo en el sofá, sosteniendo
mis brazos abiertos. Como si fuera la centésima vez que hemos hecho esto,
ella se agata contra mí, de espaldas a mí, y así como así, nos abrazamos.
Es lo mejor que he experimentado.
El instinto me agarra por la garganta mientras me inclo a su alrededor,
acercándola a mí. Ella es tan suave, tan cálida, un ajuste tan perfecto contra
mí. Estamos alineados el uno contra el otro, y me pregunto si ella puede
sentir mi corazón acelerado.
¿Qué estoy haciendo? ¿Me importa?
—¿Está bien?— Murmuro.
— Mhm.— Ella se gira, mirando por encima de su hombro. —¿Puedes
respirar? Mi cabello probablemente te esté asfixiando.
— Estoy bien.
Podría morir así. Ella huele como el cielo.
Estoy tomando cada pizca de mi control para no presionar mi nariz
contra la parte posterior de su cuello. En cambio, despoyo mi barbilla en la
parte superior de su cabeza.
¿Es así como es tener novia? ¿Es esto lo que me he estado perdiendo
durante años?
Sin embargo, nunca sería así con nadie más. No es el acto de abrazar a
una mujer, es abrazar a Darcy lo que está enviando mi cuerpo y mi mente a
la sobremarcha.
¿Sabes qué? A la mierda.
Conducido por mi tonto cerebro de cavernícola, presiono mi nariz
contra la parte posterior de su cuello e inhalo profundamente.
Toda la sangre de mi cuerpo corre a mi polla, y en tres segundos, estoy
duro como el acero. Mis labios se parten por el intenso impulso de empujar
contra ella.
Joder.
Una vez leí un artículo en el que una estrella porno dijo que cuando
tiene problemas de rendimiento en el set, huele la parte posterior del cuello
de su coprotagonista femenina. Algo sobre las feromonas. Se lo dije a todo
el mundo en el bar, y Miller lo intentó con Hazel. Dijo que no funcionó.
Bueno, ahora está funcionando, joder.
Me duelen las bolas de excitación y mi polla se tensa contra mis
pantalones. Si Darcy se mueve aunque sea una pulgada, lo sentirá.
El pánico me atraviesa, cortando mi lujuria cegadora. Necesito una
ducha fría. Necesito masturbarme. Joder. No. Solo necesito salir de aquí.
Darcy suelta un suspiro contento y cambia, y mi mente se queda en
blanco mientras su culo vuelve a presionarme.
Ella tensa.
Me tenso.
Ninguno de nosotros está respirando.
Ella abre la boca para decir algo, pero casi salgo volando del sofá. Me
apresuro a ponerme de pie y me alejo. Vi su reacción al anillo esta noche;
no puedo estar haciendo esto. Esto no es lo que ella quiere.
Voy a arruinarlo todo.
— Tengo que irme a la cama. — Estoy a mitad de camino de la
habitación. — Gracias por, eh. Sí. Buenas noches.
Momentos después, estoy en la ducha, con agua corriendo por mi
cuerpo. Estoy tan duro que me duele, y ya estoy a punto de llegar. Una
mano apoya contra las baldosas, y la otra agarra mi erección, deslizándose
hacia arriba y hacia abajo a lo largo mientras mi mente corre con imágenes
de Darcy.
Ella de rodillas a mis pies, bonitos labios de felpa envueltos alrededor
de mi ancho, llevándome hasta la parte posterior de su boca mientras su
mirada se eleva hacia la mía.
Yo de rodillas frente a ella, un brazo alrededor de sus caderas para
mantenerla firme, su pierna sobre mi hombro, mi lengua profundamente
dentro de ella, sintiendo su retorce y convulsionar sobre mí. Mi cara se
empapó de su excitación. Escuchando cada jadeo y gemido.
El placer se enrolla alrededor de la base de mi columna vertebral, mis
bolas se aprietan y mi liberación me golpea con éxtasis agudo. Cierro los
ojos cuando me vengo, respirando con dificultad, amortiguando mi gemido.
Como siempre, espero que este lanzamiento se deshaga del deseo
persistente por ella. La atracción hacia ella, la intensa atracción que parece
crecer cada día.
Sin embargo, no es suficiente. Nunca lo es.
CAPÍTULO 20
DARCY
A la mañana siguiente, estoy esperando en la cocina entre los ocho
ramos de flores, respirando su aroma floral y ensayando lo que voy a decir,
cuando aparece Hayden, con la bolsa colgada al hombro y listo para partir a
un tramo de siete días de partidos fuera de casa.
Mi mirada se posa en su pecho y sonrío automáticamente.
—Llevas puesta la camiseta.
Él la mira y levanta la boca.
—Claro que la llevo.
Después de lo de anoche, lo nuestro no parece raro, así que eso es
bueno.
Por las mañanas, Hayden está tan guapo, con los ojos azules
soñolientos, húmedo de la ducha y la barba rubia oscura cubriendo su
afilada mandíbula. Me pican los dedos de tocarla, rasparla con las uñas.
No. Después de lo de anoche, nada de tocarlo. Ha hecho bien en
dejárselo corto.
Se me calienta la cara al recordarlo. Dios, qué vergüenza.
Sus ojos se dirigen a mi muñeca.
—Y llevas la pulsera.
Encuentro la delicada cadena y jugueteo con ella como hice toda la
noche cuando no podía dormir. Es duro dormir sola en la cama; siempre he
dormido mejor con alguien al lado. Encima, estuve preocupada toda la
noche por si estropeaba las cosas con Hayden.
— Claro que sí. — Le dedico una rápida sonrisa. — Te llevaré al
aeropuerto.
Parpadea, separa los labios y su expresión se vuelve de disculpa.
—Volkov viene a recogerme.
— Oh.— Pensaba aprovechar el tiempo en el coche para disculparme
por lo de anoche. — No lo había pensado.
—No pasa nada. Deberías estar durmiendo, no haciéndome de chófer.—
Suelta el bolso y se dirige al armario del vestíbulo para coger las botas. —
Vuelve a la cama.
Si no hablamos de anoche, será raro, y Hayden es prácticamente todo lo
que tengo ahora. No quiero que piense que me estoy haciendo una idea
equivocada sobre nosotros.
No puedo joder las cosas con él. Simplemente no puedo.
— No puedes irte todavía. — Intento no sonar frenética. — Eres un
zombi sin tu café matutino.
Pulso el botón de la cafetera exprés y la máquina se pone en marcha. Un
momento después, un chorro de espresso gotea en la pequeña taza.
Sus ojos pasan de la cafetera a mí, con una expresión de desconfianza
en sus facciones.
—Iba a tomarme un café en el aeropuerto.
— El café del aeropuerto es un asco. El nuestro es mucho mejor.
Sus ojos se calientan al oír la palabra "nuestro".
—Supongo que tengo unos minutos.
Toma asiento en la barra de la cocina y acepta el espresso que le tiendo.
La taza parece cómicamente diminuta en sus enormes manos.
— Así que…— Me muevo para poder verle alrededor de las flores y me
apoyo en la encimera, concentrándome en no retorcerme las manos ni
inquietarme. — Anoche.
Se queda quieto y nuestras miradas se cruzan.
— Lo siento mucho. — Lo miro fijamente mientras me late el corazón.
— Nos abrazamos y me puse cachonda.
Hayden tose a medio sorbo, mirando fijamente a un punto del suelo, y
mi cara se inflama con más fuerza. Apretada contra su cuerpo, mis
hormonas se apoderan de mí y me empujan contra él.
Estaba duro. Trago saliva, recordando cómo su intimidante erección
empujaba contra mí.
Tal y como sospechaba, es proporcional. Me estremezco al recordarlo.
Sé lo que ha pasado: se ha excitado porque es un humano de sangre
caliente que necesita sexo con regularidad, algo que no ha tenido
últimamente porque pasa todo el tiempo conmigo. Es un buen amigo, así
que cuando básicamente le rogué que me abrazara, dijo que sí.
Necesito demostrarle que no estoy interpretando la respuesta de su
cuerpo y que nada ha cambiado entre nosotros.
— No es para tanto.
Regla número uno: Muéstrate siempre segura de ti misma y tranquila.
—Me tomó por sorpresa porque no me había sentido así en mucho
tiempo.
—Estoy perdiendo el hilo.
Le hago un gesto con la mano y él arquea una ceja divertido.
—¿Soy qué?
— Grande. Alto. Ancho. Musculoso. Hueles bien. — Con cada palabra,
su sonrisa aumenta. Mi piel está demasiado caliente. — Deja de sonreír.
—¿Qué tiene de malo sonreír?
— Pareces engreído.
— Me acabas de decir que te pongo cachonda.
— Me pongo—, recalco. — Que me ponía cachondo porque estaba
apretado contra ti...-Dios mío.
No sólo me apreté contra él. Apreté mi culo contra él como una gata en
celo. Hayden escupe una carcajada en su pequeña taza de café.
— Basta.—Pongo una voz severa, luchando contra una sonrisa mientras
el alivio me recorre.—Intento hablar en serio.
Frunce el ceño ante su taza, pensativo.
—Si huelo bien, ¿significa que no somos parientes lejanos?
Suelto una carcajada.
—No, probablemente no. Hueles increíble.
Me sonríe, se vuelve a sentar en su silla y un calor me recorre el
estómago.
— Mi cuerpo ha reaccionado. Eso no significa nada. Nada ha cambiado
entre nosotros.
Regla número cinco, la más importante de todas: Nunca te encariñes.
—Sí. — Su sonrisa se atenúa y su barbilla se inclina en un apretado
movimiento de cabeza. — Lo sé.
— Tomé tu oferta de mimos y la convertí en inapropiada. Me estás
ayudando y eso es todo.
Su boca se aplana.
—Sí. Eso es.
Y luego vino la ducha de después. Cada vez que me toca va a la ducha
después. Trato de no pensar demasiado en eso. Sé que no soy su tipo, pero
¿necesitar ducharse después de tocarme?
Ay.
— Genial. Así que los dos estamos de acuerdo en que no fue para tanto.
La sonrisa de Hayden es tensa.
—Ya lo he olvidado.
Pego mi propia sonrisa. Esto es exactamente lo que quiero, así que no sé
por qué escuchar eso es tan decepcionante.
Su teléfono suena y lo saca del bolsillo.
—Volkov está abajo.— Se levanta y pone la taza en el lavavajillas. —
Gracias por el café.
—Por supuesto. — Las palabras salen demasiado altas y demasiado
alegres. — Que tengas un buen viaje. Estaré pendiente de tus partidos.
Me guiña un ojo.
—Adiós, Darce. No te metas en líos.
No es hasta que la puerta se cierra y oigo el ping del ascensor llegar que
me doy cuenta de que voy a echarle mucho de menos durante la próxima
semana.
CAPÍTULO 21
HAYDEN
—Bonita camiseta—, comenta Miller mientras cargo la maleta en el
compartimento superior del avión.
— Gracias. — Esta camiseta es ahora mi posesión más preciada. — Me
la regaló Darcy.
Sus cejas se levantan con interés mientras me dejo caer en mi asiento.
—¿Supongo que el día de San Valentín fue bien?
Mi exhalación es pesada mientras pienso en el lío que he montado.
Miller se ríe.
—Así de mal, ¿eh? Muy bien, dile al experto qué va mal para que
podamos arreglarlo.
Suelto una carcajada seca de incredulidad.
—¿"Experto"? Estás bromeando , ¿verdad? Hazel te odiaba hasta la
semana pasada.
—¿A Darcy no le gustaban las flores?
— Le gustaron.— Cruzo los brazos sobre el pecho y miro por la
ventana. — También le gustó la pulsera que le regalé.
Miller silba.
—¿También una pulsera?— Sonríe de oreja a oreja. — Ahora estás
pensando. ¿Cuál es el problema?
— Nosotros…—, le dirijo una mirada, — nos abrazamos.
—¿Abrazaron?—, repite en voz alta, y los chicos que nos rodean nos
miran.
— Cierra la puta boca—, siseo. — Alguien te va a oír.
— Culpa mía. No quisiera que alguien supiera que tú y Darcy se
abrazaron fuera del matrimonio.
— Nos estábamos abrazando como amigos. No significaba nada.
Suena tan jodidamente estúpido en voz alta.
Se me queda mirando un buen rato y se echa a reír.
—¿Se abrazaron como amigos?
—Es una cosa.
No es una cosa. Necesitaba tocarla y me estalló en la cara cuando me
dejó claro que nunca iba a pasar nada. Que mi cuerpo la excitaba pero que
nunca, nunca iba a pasar nada entre nosotros.
Dijo que no significaba nada. Así soy yo. Una cara bonita y un buen
polvo. Incluso Darcy, que me conoce mejor que nadie, puede ver eso.
Y aún así, por alguna razón, metí la foto enmarcada de nosotros en mi
bolso para llevarla en mi viaje por carretera. Me gusta torturarme, supongo.
O quizá simplemente la eche de menos.
Miller mira por encima de los asientos.
—Oye, Streicher, ¿quieres que nos acurruquemos luego? ¿Como
amigos?
Unas filas más allá, Streicher le lanza una mirada hosca.
Miller se vuelve hacia mí con alegría en los ojos.
—Perdona, ¿decías?
Me bajo el ala de la gorra de béisbol sobre la frente y me hundo en mi
asiento, la señal tácita de que me estoy echando una siesta; no me molestes,
pero Miller me levanta la gorra.
— Owens. — Su sonrisa se atenúa un poco mientras busca mi
expresión. —¿Qué estás haciendo?
En mi mente, veo la expresión petrificada de Darcy cuando el anillo de
compromiso apareció en su plato durante la cena.
—Nada. No está preparada para una relación.
— Entonces ayúdala a estar lista. Enséñale cómo podría ser.
Se me hace un nudo en la garganta de preocupación.
—El último tipo lo intentó, ¿recuerdas? Y se asustó.
Miller tararea, pensando.
Si no quería una relación duradera con Kit, el hombre de los sueños de
toda mujer, ¿cómo se va a sentir cuando se le pase el efecto de mi brillante
novedad?
Ward aparece en el pasillo y nos da una carpeta a cada uno.
—Caballeros.
— Entrenador.
Él sigue adelante, y yo hojeo el paquete de juego-carpetas con nuestro
itinerario de viaje, asignación de habitaciones, calendario de partidos y
notas sobre cada partido. Una Polaroid se desliza entre las páginas.
Suelto una carcajada de sorpresa al ver la foto de ese estúpido gnomo
metido en mi cama, con la cabeza sobre la almohada y un antifaz.
En el reverso, la letra de Darcy dice: ¡Buena suerte! Estaré viendo tus
partidos (y durmiendo en tu cama). - Daniel
Debe de haber hecho esto cuando yo estaba en el entrenamiento o algo
así. No puedo dejar de sonreír. Mis pensamientos se desvían hacia el vídeo
que grabé anoche de Darcy mientras le daban una serenata.
Saco mi teléfono.
Será mejor que Daniel no se masturbe en mi cama mientras no estoy,
le mando un mensaje a Darcy.
Su respuesta es inmediata.
¿Dónde se supone que va a hacerlo? Tiene necesidades.
Mi sonrisa se ensancha y todas las sensaciones extrañas de anoche y de
esta mañana se desvanecen. En el patio como una persona normal.
Ella responde con un GIF de Jim Carrey haciendo arcadas, y yo miro el
móvil, me pongo los auriculares y subo el vídeo de ella de anoche, con cara
de mortificada mientras le cantan una serenata.
Los cafés matutinos porque sabe que soy inútil antes de la cafeína, la
camiseta de nuestra serie de libros favoritos, nuestros chistes tontos
compartidos como el del gnomo espeluznante... mi vida es mejor cuando
vivimos juntos.
Siempre digo que Kit es mi mejor amigo, pero no lo es. Es Darcy.
No soy tan tonto como para seguir negando lo que siento por ella, pero
no voy a actuar en consecuencia y estropear lo mejor que me ha pasado
nunca.
CAPÍTULO 22
DARCY
Hayden aparece en la puerta de mi habitación una semana después y
cierro de golpe el portátil.
— Ni siquiera te he oído llegar a casa.
— Lo sé. — Me dedica una sonrisa curiosa e inclina la barbilla hacia el
portátil. —¿Estás trabajando?
Intento averiguar por qué los Vancouver Storm son tan malos en las
jugadas de poder cuando utilizan a todos sus mejores hombres en ellas.
Mientras veía los partidos de Hayden en la televisión esta semana, algo
de mis viejos modelos analíticos me llamó. Es fácil perderse en los números
cuando estoy concentrada, y me he encontrado trabajando hasta más allá de
la hora de acostarme casi todas las noches.
Esta semana, una cosa ha quedado meridianamente clara: nunca
llegarán a los playoffs si no pueden mejorar sus posibilidades de marcar
durante los power plays.
— Son cosas del papeleo—, miento.
Aunque son sólo por diversión, y no es que vaya a enseñárselas a nadie.
Lo último que quiero es que Hayden me diga que me retire.
Nos miramos fijamente durante un largo rato e intento no pensar en los
abrazos. Hemos evitado cuidadosamente hablar de ello o de San Valentín
mientras nos enviábamos mensajes durante toda la semana.
También intento no pensar en la foto que le regalé y en que, al mirar por
la puerta abierta de su dormitorio, no la he visto expuesta. Tampoco está en
el salón.
Probablemente la metió en un cajón y se olvidó de ella. No sé qué
esperaba.
— Estaba pensando…—, empiezo.
—¿Qué estás...?—, dice él al mismo tiempo. Los dos soltamos unas
risas ligeras e incómodas.
—Lo siento. — Le hago un gesto. — Continúa.
Él niega con la cabeza.
—No. Tú.
Se me revuelve el estómago. No sé por qué estoy nerviosa.
—He estado pensando en San Valentín.
—¿Ah, sí?— Tiene un tono raro en la voz y me mira a la cara.
— Sí.— Frunzo el ceño, moviendo los dedos de los pies contra el suelo.
— Estaba muy rara con lo del anillo de compromiso.
Sacude la cabeza.
—Oh, Darce. No te preocupes por eso.
— Pero lo he estado. Imagínate si estuviera en una cita de verdad con
un típo de verdad. No es que tú no seas un típo de verdad. — Hago una
mueca. — Ya sabes lo que quiero decir.
Hace un ruido de reconocimiento, con la boca inclinada hacia abajo.
— Sería muy raro.
Una pizca de rabia me atraviesa, porque incluso después de que mi
relación con Kit haya terminado, sigue volviendo para atormentarme, y
estoy desesperada por quitármelo de encima.
—Si estás libre esta noche, me encantaría llevarte a otra cita de práctica.
— Le sonrío tímidamente. — Te prometo que no me volveré loca si me
ponen algún anillo de compromiso en el plato.
— Uh.
Pone cara de duda y se me revuelve el estómago.
— No puedes—, digo rápidamente. — Estás ocupada. Claro que lo
estás. No pasa nada.
— No. Me han invitado a una fiesta.
— Qué bien.
Asiento con la cabeza. Me siento estúpida. Es el típo más bueno de la
NHL. Por supuesto que lo invitaron a una fiesta. "
—Impresionante.
— No, Darce. — Se ríe ligeramente. — Lo siento, lo estoy diciendo
todo mal. Me han invitado a una fiesta del reparto de La Espada del Norte.
Miller colgó una foto mía con la camiseta que me regalaste en el avión, y el
estudio de producción la vio.
— Yo también la vi.
¿Quién no vio esa foto? La comunidad de libros online perdió la cabeza
ante la idea de que Hayden Owens amara La Espada del Norte.
— Sí, así que—, exhala un suspiro, —¿qué piensas?
— Creo que deberías ir. — Me fuerzo a sonreír. — Apuesto a que habrá
muchas mujeres allí.
Coqueteando con él. Riéndose de sus chistes. Baboseando sobre él
mientras yo me siento en el sofá de casa e intento no pensar en ello.
Me lanza una divertida mirada de incredulidad, sacudiendo la cabeza.
—Dios mío. Andersen, te estoy pidiendo que vengas conmigo.
Parpadeo.
—Cállate.
Sonríe.
—¿Eso es un sí?
—¿En serio?—Levanto mucho la voz.
— Sí—, se ríe. —¿Con quién más voy a ir? ¿Volkov?
— Hayden. — Corro hacia él y le doy una palmada en el hombro, y
vuelve a reírse. —¡Cállate!
— No quieres ir. Lo comprendo.
Hago un ruido ahogado y él sonríe con más fuerza, con los ojos
brillantes.
—¡Quiero ir!
— Hmm.— Inspecciona mi cara. — No sé. No parece que te guste.
— Me apetece. Quiero ir. Por favor.— Entrelazo mis dedos y le sonrío.
— Por favor, llévame a la fiesta.
— Sabía que tendría que sacarte a rastras. —Suspira antes de sonreírme
y se dirige a su habitación. — Déjame cambiarme y nos vemos en la cocina
cuando estés lista. Podemos cenar antes.
Asiento con la cabeza y corro a prepararme.
CAPÍTULO 23
DARCY
Cerrado por evento privado, dice el cartel del restaurante de Gastown
cuando llegamos a la fiesta del reparto de La espada del norte.
—¿Nombre?—, nos pregunta el tipo de la puerta con un portapapeles en
la mano.
— Hayden Owens y Darcy Andersen—, dice Hayden con confianza,
como si hiciera esto todo el tiempo, y yo tomo nota mentalmente. Hayden
cumple la regla número uno: actuar con confianza y tranquilidad.
El tipo coge nuestros abrigos y nos hace un gesto para que entremos.
—¿Ya has puesto mi nombre en la lista?
— Tenía el presentimiento de que dirías que sí, y no iba a ir sin ti.
Dentro, veo inmediatamente a tres miembros del reparto, junto con un
puñado de otros actores que no trabajan en la serie. Y tres músicos.
— Hay mucha gente famosa aquí—, le murmuro a Hayden, mi
autoconciencia en aumento.
Me pone la mano en la espalda, como si percibiera mi inquietud.
—No te preocupes—, me murmura al oído, con su aliento haciéndome
cosquillas en el cuello. — Soy un tipo normal.
Se me escapa una carcajada y me tranquilizo. Se inclina más para
mirarme a los ojos.
— No me iré de tu lado, ¿bien?
La gratitud se expande a través de mí.
—De acuerdo.
— Vamos.— Me empuja hacia la barra. — Vamos a tomar
algo.
Más tarde, después de haber conocido a un puñado de miembros del
reparto, Hayden y yo nos sentamos cerca de la barra de abajo, observando a
los asistentes a la fiesta.
— Ahí está Aurora.
Señalo sutilmente a la estrella de la serie, que se está riendo con alguien.
Es mi personaje favorito, la criada práctica y trabajadora a la que todos
subestiman. Cuando libera sus poderes secretos, es imparable.
Cerca de allí, el actor que interpreta a Cadius, el Príncipe Dorado, está
rodeado de mujeres y ríe a carcajadas. Cadius es otro de mis personajes
favoritos, pero no hasta más adelante en la serie. Es entonces cuando
realmente empieza a recordarme a Hayden.
Al principio, Cadius es el príncipe mimado y demasiado confiado al que
le han dado todo hecho. No tiene ni idea de cómo funciona el mundo real,
ni empatía, ni idea de lo privilegiado que es. Recibe una dura llamada de
atención cuando Aurora y él emprenden la búsqueda de su prometida
secuestrada al principio del primer libro.
Pero aprende. Se esfuerza y escucha a Aurora, y llega a preocuparse por
los plebeyos más que por su ego o su imagen. Hace sacrificios por las
personas de su vida y encuentra formas de ser un mejor líder.
Es amable y compasivo, y haría cualquier cosa por la gente a la que
quiere. Cuando Aurora está a punto de derrumbarse, le hace bromas para
animarla y le dice que puede hacer cualquier cosa. Cuando su poder salió a
la superficie y ella lo liberó, él siempre supo que ella podía hacerlo.
Sin embargo, el actor que interpreta a Cadius no es tan guapo como
Hayden, y cuando leo los libros, es a Hayden a quien imagino en esas
fantásticas aventuras.
En el otro bar, la actriz que interpreta a la reina Amatista nos echa un
vistazo y una sensación de malestar se me revuelve en el estómago.
— La reina Amatista te está poniendo ojitos.
Intento mantener un tono informal mientras bebo un sorbo.
—¿Ah, sí?— Hayden me mira los labios alrededor de la pajita.
— Sí. — Cuando entramos, ella pidió hacerse una foto con él, pero él
me arrastró a mí también. — Mencionó que no había visto mucho de
Vancouver, como cuatro veces.
Se encoge de hombros.
—No es que vaya a tener tiempo para hacer turismo. Me hablaban de
sus horarios de rodaje. Tienen cero tiempo libre.
No puedo decir si está siendo deliberadamente obtuso o no.
—Hayden, el único turismo que quería hacer era en tus pantalones.
Me lanza una sonrisa pícara.
—¿Mi polla?
—Mhm.— Asiento con la cabeza, ahogando una carcajada. — Quiere
conocer al pequeño Hayden.
Su expresión se vuelve cómplice y arrogante.
—No es pequeño.
Dios, lo recuerdo. Me acaloro.
—No es asunto mío. — Pongo cara de desinterés, aunque estoy muy,
muy interesada en saber más. — Y no estoy juzgando.
— Oye.
Se inclina hacia delante, me mira a la cara, y yo empiezo a reírme. Me
mira fijamente con expresión seria y burlona mientras le brillan los ojos.
—No es pequeño, ¿bien? Es enorme, como un bate de béisbol. Es un
monstruo. Las mujeres lo llaman Godzilla.
Me hago la indignada.
— Nadie la llama así.
— Lo harían si yo se lo pidiera—, añade sonriendo. — Muchas mujeres
pueden dar fe de que no es pequeño.
— Seguro. — Un mal sabor me llena la boca. Me meto la pajita entre
los labios y doy un largo sorbo para quitármelo. — Seguro que a la reina
Amatista le encantaría comprobarlo.
Hace un ruido de reconocimiento.
— Es exactamente tu tipo—, digo por alguna razón, porque no puedo
callarme.
—¿De qué estás hablando?
— Ya sabes. Súper alta, pelo largo y oscuro, tetas grandes. — Hago una
forma de reloj de arena con mi mano. — Gran trasero. Cintura diminuta.
La reina Amatista probablemente podría aplastarme la caja torácica con
sus muslos mientras yo lloraba pidiendo clemencia.
Hayden me mira con el ceño fruncido.
— Todas las mujeres con las que sales encajan en esa descripción.
Mira hacia otro lado, con la mandíbula tintineando como si quisiera
decir algo.
—¿Darcy?
Trago saliva.
—¿Qué?
— Cállate—, dice suavemente, sonriendo, y yo resoplo de mí misma.
— Ya. Estamos en una nueva cita—, digo. — Nada de
intentar liarte con otras mujeres.
— Mírate. — Se acerca y pone su brazo alrededor de mi hombro. —
Aprendes rápido.
Para variar, esta noche se está poniendo cariñoso y el placer me recorre.
— Me ha enseñado el mejor.
Su sonrisa se atenúa y retira el brazo.
—¿Qué tal el trabajo esta semana?
— Bien. — Me encojo de hombros. Me hace un gesto con la mano para
que continúe, y le dirijo una mirada plana. — Mi trabajo no es material de
conversación para una cita.
Me mira un momento y no puedo leer su expresión.
—Solías hablarme hasta por los codos de las cosas en las que
trabajabas. — Entrecierra los ojos y mira hacia otro lado, pensativo. — Tu
proyecto escolar en cuarto de carrera. ¿Lo de la beca?
— El modelo de predicción Women in STEM.
Utilizaba datos del gobierno para determinar qué chicas que entraban en
la universidad tenían menos posibilidades de acabar basándose en las
dificultades económicas.
—De hecho, lo siguen utilizando hoy en día para asignar becas y
financiación. Con datos actualizados cada año, claro.
Su boca esboza una sonrisa orgullosa y su cálida mirada me recorre.
— Es una pasada, Darce.
— Lo fue. Utilizar las estadísticas para ayudar a la gente hizo que aquel
proyecto fuera tan divertido; ni siquiera parecía un trabajo.
—Tienen una rama de la organización en Vancouver y algunos eventos
próximamente. Puede que vaya a alguno.
— Y tú deberías encontrar un trabajo que te haga sonreír así.
Resoplo.
—La mayoría de los trabajos no hacen feliz a la gente, y yo no tengo
nada de qué quejarme. Mi trabajo está bien. Pago las facturas, tengo
vacaciones y unas prestaciones estupendas. Me pagan el teléfono, lo cual
está bien. Y me pagaron el envío de mis cosas aquí cuando me trasladé a la
oficina de Vancouver. — Esbozo una sonrisa optimista. — No está tan mal.
Ladea la cabeza y levanta una ceja como si no me creyera.
— Y sí, puede que una gran parte de mi trabajo consista en ahorrar
dinero a la compañía de seguros prediciendo cuánto costarán los pacientes a
largo plazo, y ellos utilizan nuestros datos para determinar las primas, lo
que en última instancia enriquece a los propietarios, pero eso es una gran
parte del campo actuarial. Y eso es un negocio. — Me encojo de hombros.
— A la hora de la verdad, muchos trabajos tienen que ver con el dinero.
Una vez tuve un trabajo que me encantaba, nada más salir de la
universidad. Y luego lo jodí todo. Es mejor así, con un trabajo aburrido.
Nadie sale herido y a nadie despiden.
Se frota la mandíbula.
—Sé que no soy tan inteligente como tú...
— Lo eres, Hayden. No digas eso. — Odio cuando hace comentarios
así, como si fuera un atleta tonto. — Hay muchas maneras de ser inteligente
que no tienen nada que ver con la escuela o las matemáticas. Las
habilidades sociales, la amabilidad y la compasión cuentan igual.— Mi
expresión se vuelve irónica. — Y siempre has sacado buenas notas en el
colegio.
Hay poca luz aquí, pero casi parece que se está sonrojando.
—Intentaba decir que mereces tener un trabajo que te entusiasme, no
solo uno que aguantes. Algo que no te parezca un trabajo.
Nos miramos durante un largo rato, sonriéndonos el uno al otro, e
incluso con la poca luz del restaurante, sus ojos brillan. Mi mirada sigue la
afilada línea de su mandíbula, su barba incipiente, y me pican los dedos por
seguirla.
Es realmente guapo de otro mundo. En otra vida, estaría en esta fiesta
de reparto como uno de los actores.
Pero no es por eso por lo que me siento afortunada de estar aquí con él.
Hayden es una de las personas más amables que conozco, y a pesar de la
constante atención que recibe por su aspecto o su carrera, o de que es
esencialmente una celebridad en una ciudad que adora el hockey, no se le
ha subido a la cabeza. Podría chasquear los dedos y hacer que las mujeres
cayeran rendidas a sus pies, pero está sentado en una fiesta con su amigo
tonto de la universidad.
— Por eso no hablo de mi trabajo en las citas.— Mi sonrisa es
despectiva. — Me estoy inventando una regla número seis para ser un
jugador: no hables de cosas aburridas en las citas. Habla sólo de temas
divertidos y sexys.
Sonríe.
—Temas divertidos y sexys—, repite.
— Como...
Me devano los sesos buscando algo divertido.
— Como…— Hace un gesto de continuar. —Estoy deseando
oírlo.
—Como cuál es tu posición sexual favorita.
CAPÍTULO 24
DARCY
Hayden parpadea como si me hubiera crecido otra cabeza.
—¿Qué?
Parece tan serio y afectado que empiezo a reírme.
—Hayden, no seas tan tenso. Sé que tienes una.
Sus ojos destellan calor, su mirada baja hasta mi boca y traga saliva.
— No lo sé. Depende de la situación y de cómo me sienta.— La mirada
oscura de sus ojos me produce un escalofrío. — Probablemente en la
postura que la haga correrse más fuerte.
Se me revuelve el estómago al imaginarme a Hayden en la cama,
prestando toda su atención a su compañera mientras hace que se corra. Mi
pulso empieza a latir con fuerza entre las piernas y me bebo el resto de la
bebida hasta el hielo.
—¿Tú?—, pregunta suavemente.
Mi mente se ha quedado en blanco y no recuerdo ni una sola postura.
Sólo pienso en Hayden en la cama y en cómo sería. Su cuerpo es ridículo, y
unido a su naturaleza reflexiva y amante de la diversión, acostarse con
Hayden Owens podría ser una experiencia que cambiase mi vida.
No me extraña que se rumoree que es un dios del sexo.
Me lo imagino encima de mí, apretándome contra la cama con su
tamaño y su peso. Estoy boca abajo y, cuando me penetra, se me ponen los
ojos en blanco ante su intensa plenitud, la sensación de sus labios en mi
nuca y el estruendo de su gemido.
Me arde la piel.
—¿Aquella en la que estoy boca abajo, tumbada?— Mi voz suena fina y
aguda. —¿Y él está encima de mí?—Me aclaro la garganta.
— Esa es buena. — Tiene la voz ronca y agarra el vaso con tanta fuerza
que se le ponen blancos los nudillos. — Es más fácil darte un orgasmo del
punto G.
Parpadea.
Me pica la curiosidad.
—¿La mayoría de los típos saben cómo darle a una chica un orgasmo
del punto G? Es el punto en la pared frontal del...
— Sé lo que es el punto G, Darcy.
Sus ojos se cierran brevemente.
Claro que lo sabe.
—Sé que lo sabes.
Se me pone la cara roja e intento no imaginarme a Hayden en mi cama,
con los dedos hundidos en mi interior, acercándome al orgasmo. El calor
me recorre el vientre y cruzo las piernas, apretando fuerte.
—¿Y qué pasa con los otros típos? — Lo miro de reojo. —¿Es algo de
lo que se habla en el vestuario?
— La verdad es que no.
Su expresión es inusualmente plana, totalmente desprovista de humor o
burla, y la vergüenza me invade. Dios mío. Acabo de hacerle una pregunta
horrible a mi compinche.
—¿Sabes qué?— Levanto la voz y me río para aliviar la tensión. — Haz
como si nunca hubiera preguntado. Esto es mortificante. Creo que estoy
borracha.
Eso hace que Hayden resople divertido, y la sonrisa que se dibuja en su
cara alivia un poco mi humillación.
—No estás borracha.
— No estoy borracha—, confirmo. — A veces digo tonterías. Lo siento.
Iba por una conversación divertida y coqueta, y nos he llevado directamente
a lo raro e inapropiado.
— No.— Sacude la cabeza, sonriendo un poco. — No pasa nada.
Puedes preguntarme lo que quieras. — Su mirada se desliza hacia mí,
curiosa. —¿Por qué me lo preguntas?
Mi cara vuelve a arder. La respuesta es embarazosa.
— Darce—, insinúa, empezando a sonreír.
—¿Porque creo que nunca he tenido uno?—Me estremezco. — No
quiero ponerte en una posición incómoda. No se lo dirás a nadie, ¿verdad?
No quiero que la gente piense que Kit es mala en la cama o algo así.
Era sólo vainilla. Un poco pasivo y tentativo. Apresurado. Aburrido,
susurra una voz en mi cabeza. Egoísta.
Hayden sacude la cabeza, con la boca achatada.
—No diré ni una palabra.
—¿Te mencionó Kit alguna vez algo sobre esas cosas?
La alarma relampaguea en sus ojos.
—¿Cosas de sexo?
Asiento con la cabeza.
— No. Bueno…— Se pasa una mano por el pelo, adoptando una
expresión incómoda. — En diciembre, dijo algo que implicaba que ustedes
dos no estaban realmente…— Sus ojos se cruzan con los míos.
—Sí.
— Durmiendo juntos.
Estoy segura de que Hayden tiene mil preguntas, pero es demasiado
educado para hacerlas. En los últimos seis meses de nuestra relación, Kit y
yo tuvimos sexo dos veces. Sabía que las cosas no estaban bien, y me
convencía a mí misma de romper con él, y acostarnos juntos no me parecía
sincero. Como si le estuviera mintiendo o dándole falsas esperanzas.
Me mira de reojo.
—¿Quieres hablar de ello?
— No.— Suspiro. — Sí. No sé. No pasó nada. ¿El sexo fue alucinante y
te cambió la vida? No. Sólo fue sexo. Fue cómodo, predecible y agradable.
— Agradable—, repite Hayden en un tono extraño, mirando al frente.
— Sí. Agradable. Sencillo. Así es el sexo en una relación.
Otra razón por la que no estoy ansiosa por volver a algo a largo plazo.
Quiero mis divertidos años de enganche.
— Fuimos el primero del otro.— Trago más allá de un nudo,
revolviendo el hielo en mi vaso.— No sabíamos lo que hacíamos. Yo sigo
sin saberlo, obviamente. Así que tengo curiosidad por lo que hay ahí fuera.
— Sin embargo, la idea de tontear con un tipo extraño hace que mis
músculos se tensen de mala manera. — Cuando esté lista.
— Cuando estés lista—, repite.
Nos quedamos en silencio durante un buen rato, y cada segundo que
pasa me arrepiento de haber abierto la bocaza.
—¿Has probado algún juguete?— pregunta Hayden, mirándome.
— Una vez—, admito. Gracias a Dios que esto está oscuro.
Probablemente mi cara tenga el color de un tomate. — No me gustó. Fue…
— Busco las palabras. —¿Agresivo? ¿Aterrador? ¿Se sintió como una
lijadora eléctrica en mis partes femeninas?
— Jesús—, murmura Hayden.
No menciono que Kit lo compró. Le decepcionó que no funcionara
como él quería y no volvimos a hablar de ello.
— Hacía mucho ruido y me distraía, y no dejaba de preocuparme que
los vecinos pudieran oírlo…— Se me escapa una carcajada y Hayden
levanta las comisuras de los labios, pero sus ojos siguen atentos y
preocupados. — No me gustó—, vuelvo a decir.
Otro silencio y mi cara se calienta aún más.
— Hay otros juguetes ahí fuera.— Se queda mirando su bebida. Veo
cómo se le mueve la nuez de Adán mientras traga. — Más tranquilos.
— Seguro que los hay, pero no soy lo bastante valiente para entrar en
una tienda y preguntar.— Me estremezco de vergüenza. — Y cada vez que
miro en Internet, me siento abrumada por la cantidad de opciones. Hay
literalmente miles de juguetes en Internet. ¿Cómo sé cuál es el mejor?
¿Pido diez y los pruebo todos?— Hago una mueca. —¿Y qué hago con los
que no me gustan? ¿Los tiro a la basura? ¿Y si alguien los ve?
A Hayden le tiemblan los hombros de la risa y cierro la boca.
—¿Ves?— Le dirijo una mirada. — Este es mi problema. Lo pienso
todo demasiado.
— Sí.— Me devuelve la sonrisa, con afecto en los ojos. — Estás
demasiado metida en la cabeza.
Hace un zumbido bajo, y haría cualquier cosa por saber qué tiene en la
cabeza.
— Te veo pensando—, le digo. — Escúpelo.
Duda.
—Puedo ayudarte.
Su voz es grave y un poco áspera, un suave rasguño que me hace
estremecer la nuca, y sus ojos destellan calor.
El fuego me recorre y, de nuevo, mi mente se dirige a la zona de peligro,
imaginando su boca en mi cuello y su mano recorriendo mi cuerpo,
colándose bajo mi ropa, deslizándose por mis bragas, acariciándome.
Imagino sus ojos vidriosos de calor y su sonrisa coqueta y divertida
mientras me retuerzo bajo él.
Yo diría que no deberíamos estar haciendo esto. Lo sé, me susurraría
con una sonrisa perversa. El deseo se aprieta entre mis muslos.
— Preguntaré por ahí y encontraré algunas sugerencias—, continúa. —
Para juguetes.— Se le hace un nudo en la garganta. — Puedo preguntar a
las mujeres que conozco.
La vergüenza sustituye a los pensamientos cachondos, y quiero
hundirme en el suelo. No se refería a ayudarme así.
— No pasa nada. — Hago una mueca. — No quiero que todo el mundo
se entere de esto.
— No voy a decirles que es para ti. — Frunce el ceño. — Esto queda
entre nosotros. Nunca hablaría de tus cosas personales con nadie. — Su
mandíbula se mueve y cruza los brazos sobre el pecho. — Es importante
que te sientas cómoda con lo que te gusta.— Vuelve a tragar saliva y me
mira a los ojos. — En la cama.
Los pensamientos cachondos vuelven a mi cabeza, pero los expulso.
—Tienes razón. ¿Cómo voy a pedirle a alguien que haga algo si no
puedo hacerlo yo misma?
Flexiona la mandíbula y parece que quiere decir algo más, pero el
camarero se acerca y la conversación se acaba.
CAPÍTULO 25
HAYDEN
Sigo pensando en follarme a Darcy en su postura sexual favorita cuando
Patrick Grant, el protagonista masculino de La Espada del Norte, que
interpreta al príncipe Cadius, se nos acerca en el bar, y todo mi cuerpo se
tensa.
Es el personaje favorito de Darcy.
—¿Quién es esta cosita tan linda?—, le pregunta, sonriéndole como si
quisiera devorarla.
Ella sonríe.
—Soy Darcy.
— Claro que lo eres.
Tiene los dientes demasiado blancos y su cara tiene ese aspecto perfecto
y esculpido que he visto en otras personas de Hollywood. Su acento
británico ni siquiera suena real.
No me gusta, y no me gusta cómo mira a Darcy.
— No estás en el programa, ¿verdad?— Él la estudia con interés y
arrogante confianza, como si supiera que tiene esto en la bolsa. — Me
habría acordado de ti.
— No—, se ríe ella. — No soy actriz.
Los ojos de Grant se abren de par en par como si no pudiera creérselo, y
me doy la vuelta, sacudiendo la cabeza. Este maldito tipo. Probablemente
utiliza esta frase una vez a la semana.
—¿No eres actriz?—, repite, como si fuera lo más chocante que ha oído
en su vida. — Bueno, tu belleza está desperdiciada.
— No, no lo está—, le contesto con un tono cortante.
Pero ella se ríe.
— Soy actuaria.
— Brillante. — Se le ven todos los dientes demasiado blanqueados. —
Me encantan los pájaros.
Darcy reprime una sonrisa, y yo respiro tranquilamente, estudiando su
reacción.
Ella no piensa realmente que su ignorancia es linda, ¿verdad? Es
gracioso cuando bromeo con que trabaja con pájaros. Con este tipo, es
simplemente molesto.
—¿Qué sugieres que haga en mis tardes libres en Vancouver, querida
Darcy?— Grant pregunta, y mi mano se aprieta a mi lado.
Sentimientos de protección me recorren y aprieto los dientes, porque
puedo ver exactamente a dónde va esto.
— Ve a ver un partido de hockey.
Ella me da una sonrisa privada que me dan ganas de agarrarle la mano.
— Fantástico. Me encanta el hockey sobre hielo.
—¿En serio?" Se ilumina. "¿Eres fan del hockey?
— Demasiado. El más grande. — Me mira con una sonrisa tensa, como
si estuviera entrometido en su cita o algo así. —¿Y quién es este joven
fornido?
Un fanático del hockey. Le doy una sonrisa audaz y amistosa, apretando
los dientes todo el tiempo.
—Hayden Owens.
Nos damos la mano. Aprieto un poco más y él hace una mueca de dolor.
—Hayden está en el Vancouver Storm—, le dice Darcy.
— Ah, sí.— Grant asiente y se frota la barbilla como si fuera Gandalf.
— Me pareció que te había reconocido.
— Seguro que sí.
Le doy una sonrisa apretada, sosteniendo su mirada con desafío.
No me gusta este típo. Ni una puta pizca. No me gusta cómo mira a
Darcy, no me gusta cómo se ríe de sus chistes, y no me gusta cómo mueve
el brazo para apoyarlo en la barra detrás de ella. Su lenguaje corporal es
claro: está interesado.
El corazón se me sube a la garganta cuando abre la boca.
Va a invitarla a salir.
Por instinto, le agarro la mano.
—Vamos a tomar otra copa. —Digo por encima del hombro, apartando
a Darcy. — Ha sido un placer charlar contigo, Peter.
Parpadea sorprendido, pero la rodeo con el brazo y la llevo al bar de
arriba.
— Podríamos haber pedido en el bar en el que estábamos—, dice Darcy
mientras tiro de ella escaleras arriba.
— Este es más tranquilo.
Llegamos al bar y pido otra ronda, sin quitarle la mano de encima a
Darcy.
No debería tocarla así, pero mis instintos protectores están a flor de piel.
—Es más guapo en la vida real—, comenta mientras nos sirven las
bebidas. — Creo que le aclaran el pelo para la serie. Además, le has
llamado Peter. ¿Te has dado cuenta?
— No es tan guapo—, murmuro. — Está oscuro aquí. Hace que todos
parezcan más guapos.
Me dedica una sonrisa divertida, con los ojos clavados en mí, y yo me
muevo bajo su mirada.
—¿Qué?
Sonríe más. —¿Por qué actúas tan raro?
Le quito la mano de la parte baja de la espalda.
— No lo hago.
— Lo haces.
Me doy la vuelta, manteniendo un ojo en la parte superior de las
escaleras para que Grant no suba bailando el vals tras ella.
— Dios mío. — Ella sonríe más. —¿Estás celoso?
Me burlo.
—No.
Sus ojos se iluminan. Es demasiado lista para mis tonterías.
—Sí, lo estás. Estás celoso.
Respiro hondo y me paso la mano por el pelo.
—Necesito otra copa.
— Hayden.
—Bien .—La miro. — Sí. Estoy celosa. Te miraba como-
Me corto. Como si quisiera follársela. Como si quisiera hacer todas las
cosas con las que he soñado y fantaseado durante años.
—¿Como qué?
— Te miró como si ya lo tuviera en la bolsa, Darce. — Eso es. Esa es la
verdad, sólo que no toda la verdad. — Y no me gusta la idea de que un tipo
te dé por sentada.
O llevársela a casa. O tocarla. O mirándola.
— Hey.— Su mano se posa en mi brazo y me sonríe con una sonrisa
paciente y divertida. — Sigues siendo mi número uno.
Mi cuerpo se relaja y suelto un suspiro.
—Lo sé.
Grant aparece al final de las escaleras, pero ve mi expresión dura y se
dirige a un grupo de compañeros de reparto.
— No estoy interesada en él. ¿Y si lo estuviera? Hasta yo sé que no
debo hacer nada mientras estoy en una cita con otra persona.
Me da un codazo juguetón, y los nudos de mi pecho se aflojan para que
pueda respirar de nuevo.
—Tendría otra vez en otra cita de práctica. Estaríamos eternamente
haciendo citas de práctica.
Su sonrisa es burlona, pero salir en citas de práctica para toda la
eternidad con Darcy me suena muy bien.
Pero ese no es mi trabajo, mantenerla toda para mí. Se supone que debo
enseñarle las cuerdas.
—¿Estás lista para pasar a citas con chicos de verdad?— Estudio su
cara, buscando cualquier señal de que ha terminado con esto. — Quiero
decir, ¿prospectos reales?
Arruga la nariz y niega con la cabeza.
—Todavía no. ¿Te parece bien?
— Bien. Sí—, me apresuro a decir. — Por supuesto. Sabes que estoy
aquí para lo que necesites.
Idiota, susurra una voz en mi cabeza.
— Lo sé. — Ella sonríe. — Entonces, si esto fuera una cita de verdad—,
dice llevándose la copa a los labios. Sin mi permiso, mis ojos se detienen en
su boca fruncida alrededor de la pajita. —¿Dirías que va bien?
— Sí.
De vez en cuando, Grant echa un vistazo a Darcy y me sube la tensión.
—¿Alguna nota?
— No.
La miró de nuevo. Cruzo los brazos sobre el pecho, y hacemos contacto
visual. Le sostengo la mirada, arqueando una ceja como diciendo te reto,
joder.
Darcy me dedica una sonrisa indulgente.
—No me lo pongas fácil. Estoy intentando aprender. Debes tener algún
comentario.
Apoyo el brazo en la parte superior del asiento en el que estamos
sentados. No la toco, pero mi lenguaje corporal es claro.
Es mía.
— Lo estás haciendo muy bien.
Cuando la miro a los ojos, todos los sentimientos de celos y
territorialidad se desvanecen y nos quedamos solos ella y yo. Como debe
ser.
—Me lo estoy pasando muy bien contigo.
Deberíamos habernos quedado en casa. No sé por qué abrí la bocaza y
le conté lo de la fiesta del reparto de esta noche.
Porque le encanta el programa, me recuerdo. Porque se está divirtiendo.
Porque está descubriendo lo que quiere, y salir y crear nuevos recuerdos es
una parte importante de ello.
— Así que si esto fuera una cita real y estuviera yendo muy bien, ¿qué
harías después?
—¿Qué quieres decir?
—¿Cuál es tu próximo movimiento? ¿Le pides una segunda cita? ¿Le
das pistas para que vuelva a casa contigo?— Su boca se levanta y quiero
besarla. — Enséñame tus movimientos.
— Inventaría una excusa para besarte.
Oh, mierda. Realmente acabo de decir eso.
Sus labios se separan, la sorpresa aparece en sus ojos.
—¿Cómo qué?
Mi pulso se acelera, y recuerdo vagamente jurar no hacer mierdas como
esta.
Pero él está allí, mirándola, y ella está a mi lado, tan hermosa, guapa y
dulce, y la parte inteligente de mi cerebro ha pasado a un segundo plano.
— Como... Patrick Grant no deja de mirarte y no quiero que piense que
tiene una oportunidad.
Se le corta la respiración y sus ojos se dirigen a la barra, donde Grant la
está mirando mientras escucha a otra persona hablar.
—Él no piensa eso.
— Lo piensa.
Se señala a sí misma.
—¿Yo?— Ella abre mucho los ojos y lo mira. —¿Él? Simplemente
extraño.
Joder, no tiene ni idea de cómo es ni de lo divertida y encantadora que
es. Ni puta idea.
— No es tan raro, Darce. — Muevo la mandíbula y me pongo frente a
ella en el asiento. — Aunque sería lo más humano.
—¿Qué, besar?
— Sí. — Trago saliva, observando su expresión en busca de cualquier
signo de incomodidad o vacilación. — No quieres provocarlo.
Besar a Darcy cerraría de golpe la puerta de la posibilidad a Patrick
Grant, enviaría un mensaje alto y claro.
Y más que nada, realmente, realmente quiero hacerlo. Hace años que
quiero besarla. Mi rodilla rebota de anticipación mientras estudio su cara.
Exhala un largo suspiro y asiente.
—No quiero engañarlo. Ya lo sabes. — Tira de su labio inferior entre
los dientes mientras se le forma una arruga entre las cejas.
— Probablemente también sea bueno practicar.
Levanto una ceja para preguntarle.
— Kit no es el único chico al que he besado. Besé a un chico en el
instituto, pero teníamos dieciséis años y fue fuera y con prisas y un poco…
— Junta las palmas de las manos y yo suelto una carcajada sorprendida. —
¿Incómodo?—, dice, riendo y haciendo una mueca de dolor.
— Vaya. — Sonrío. —¿Besas muy fuerte?
— No—, balbucea, riendo más fuerte. — No lo creo. Kit nunca se ha
quejado.
Otra punzada de celos me golpea en las tripas.
— Estoy encantado de ayudarte—, digo, mirándole la boca.
Las campanas de alarma que sonaban en mi cabeza se desvanecen, y
todo lo que puedo pensar es en lo mucho que la deseo. La sangre me late en
los oídos mientras veo cómo se mete el labio inferior entre los dientes.
— De acuerdo. — Ella asiente. — Entonces deberíamos besarnos.
Le paso una mano por debajo de la barbilla y acerco su cara a la mía.
Nuestros ojos se cruzan y mi corazón se acelera, y me pregunto si esto es un
error antes de bajar mi boca a la suya.
CHAPTER 26
DARCY
Los labios de Hayden se encuentran con los míos y mis pensamientos se
derrumban como un castillo de naipes.
— Joder, Darce—, murmura, acercando su boca a la mía, haciendo que
mis labios se abran y deslizándose en su interior.
Joder, sí.
Su lengua se introduce entre mis labios, acariciando lentamente los
míos, y me pierdo en su calor, en el aroma limpio y masculino que me
inunda y en su sabor, como a chicle de menta y bourbon del old-fashioned
que se está bebiendo. Mi conciencia se concentra en el lugar donde nos
tocamos: sus labios contra los míos, su muslo presionándome y su lengua
explorando suavemente mi boca.
El suave roce de su barba contra mi piel. Nunca había sentido los labios
tan sensibles, pero de repente puedo sentirlo todo. Cada roce y cada presión
de la boca de Hayden sobre la mía, la misma boca que me ha sonreído, y
sonreído coquetamente durante años.
La música suena cerca, pero apenas la oigo. Me acerco más a Hayden,
la electricidad me recorre el cuerpo y se posa en mi vientre. Su mano está
en mi pelo y la otra se acerca a mi mandíbula, inclinándome como él quiere.
Besar a mi mejor amigo es algo perfectamente natural. No quiero
dejarlo nunca, es como algo que me he estado perdiendo y, en cuanto
termine, tendré la molesta sensación de haberme dejado algo en casa.
Se aparta un centímetro, respira entrecortadamente mientras me estudia.
Tiene los ojos oscuros, pesados y vidriosos de una forma que hace que el
corazón me lata con más fuerza.
—¿Está bien? — Suena ronco.
Asiento con fuerza, recuperando el aliento y lo que me queda de
cordura.
—Sí. ¿Te pareció bien?.
Asiente y sus ojos se posan en mi boca.
—Ajá.
—¿No fue malo?
Suelta una carcajada.
—Desde luego que no.— Me mira por encima hombro. — No creo que
lo haya visto.
—¿Quién?— Mis cejas se juntan.
— Grant.
Oh. Cierto. A él. Nuestros ojos se encuentran, y mi pulso se acelera ante
la intensidad en sus ojos.
— Deberíamos hacerlo de nuevo—, dice Hayden en voz baja que envía
calor a la base de mi espina dorsal, — sólo para estar seguros.
— Sí. Bien.— Sueno sin aliento. — Sólo para asegurarme de que lo
vea. — Presiono mis labios hinchados. —¿Algún consejo para mí?
Su mandíbula se flexiona y vuelve a mirarme la boca.
—Puedes tocarme esta esta vez. Si quieres.
Dios, sí, quiero.
—No estaba segura de si estaba bien.
Su boca se tuerce y la larga línea de su garganta se inclina.
— No pasa nada. Está definitivamente bien. Estamos practicando.
— Claro.
Casi me río, porque practicar con Hayden es mucho más intenso de lo
que esperaba. Estoy mareada.
Le rodeo la nuca con una mano y atraigo su boca hacia la mía.
Un ruido bajo de aliento retumba en su interior y me arqueo contra la
dura pared de su pecho mientras él me toma la boca, esta vez con más
urgencia. El beso de Hayden se vuelve exigente, desesperado y adictivo.
Hundo los dedos en el suave vello de su nuca y se le corta la respiración.
Chupo suavemente la punta de su lengua y él gime en mi boca. Se
estremece cuando le rozo el cuero cabelludo con los dedos.
El analista de datos abandonado que llevo dentro adora este juego.
Mi mano libre se posa en su clavícula y deslizo las yemas de los dedos
bajo el cuello de su camiseta para captar su calor. Siempre he querido tocar
esta parte de él, pasar los dedos por el vello de la parte superior de su
pecho.
Le doy un ligero mordisco en el labio inferior y sus grandes manos me
agarran el culo con un rápido movimiento antes de ponerme en su regazo.
— Dios, hueles tan jodidamente bien—, dice, presionando una línea de
besos por el cuello.
Así es como debe ser un beso, susurra una vocecita en mi cabeza. No es
un solo beso, son cien, en cien lugares diferentes de mi cuerpo. Me han
besado el cuello, pero no así.
Nunca así.
Es la experiencia sexual más intensa, erótica e íntima de mi vida, y los
dos seguimos con la ropa puesta.
— Y lo estás haciendo muy bien—, me dice entre besos, mientras me
sube y me baja la mano por el muslo como si quisiera tocarme lo más
posible.
Siento los pechos pesados y doloridos, desesperados por que sus manos
los cubran. Me retuerce la mano en la nuca mientras me toma la boca,
profundizando en ella, y un delicioso cosquilleo me recorre el cuello, la
espalda y la piel. No suele ser tan dominante. Es mi Hayden bobalicón,
dulce y divertido, pero me agarra por detrás del pelo y me mueve como
quiere, como si fuera para su placer.
La excitación me recorre, aguda y sorprendente. Es como si el abrazo de
la semana pasada hubiera subido a once. Cada terminación nerviosa de mis
labios es rozada, chupada, mordisqueada y acariciada, y cuando me muevo,
siento la dura barra de la erección de Hayden presionándome entre las
piernas.
La presión me hace saltar chispas detrás del clítoris y abro mucho los
ojos, sin ver nada. La broma de Hayden de antes sobre no ser pequeña me
resuena en la cabeza, y gimo. La atrapa con la boca, aplicando una suave
succión a mi lengua, y mi cerebro se derrite.
Si así es besar a Hayden, ¿cómo será en la cama?
Me estremezco. Estamos en público, pero no me importaría nada que
Hayden me pusiera boca arriba, me bajara los pantalones y me cogiera aquí
mismo. Minutos después de admitir que nunca había tenido un orgasmo en
el punto G, siento que probablemente podría tener uno si seguimos
besándonos un rato más.
Me besa como si estuviera desesperado por mí, como si llevara años
esperando esto, como si no quisiera que acabara. Como si quisiera ir más
lejos. La dura presión de su erección contra mi vientre provoca una oleada
de aleteos por todo mi cuerpo.
Me quedo sin aliento y él emite un leve sonido de aprobación en mi
boca. Me doy cuenta de que acabo de estrecharme contra él.
— Dios, Darcy—, gime contra mis labios. — Por fin, joder.
Me estremezco de excitación. Quiero esto. Quiero que vaya mucho más
lejos, en este sofá, delante de todos.
Se aparta y mi corazón late con fuerza al ver la mirada territorial de
Hayden. Ahora hay algo diferente, pero estoy demasiado concentrada en
cómo me mira, aturdido y frustrado.
Respira hondo y parpadea, y la mirada desaparece de sus ojos.
— Probablemente sea suficiente práctica—, murmura, me agarra por la
cintura con sus grandes manos y me sienta a su lado.
Todos mis instintos me piden a gritos que vuelva a subirme a su regazo,
pero asiento con la cabeza y me aliso el pelo. Aún siento un cosquilleo en el
cuero cabelludo cuando me lo agarra.
— Gracias—, murmuro, recuperando el aliento.
¿Qué demonios acaba de pasar?
Coge su bebida y se bebe el resto sin mirarme.
—De nada.
CAPÍTULO 27
HAYDEN
Cuando llegamos a casa de la fiesta, mi corazón todavía late con fuerza
y todavía estoy dolorosamente duro.
—¿Cómo fue eso para una repetición ?— Darcy pregunta con una
sonrisa autocrítica mientras abro la puerta principal.
Mi mente corre con los pensamientos de nuestro beso. Nuestra
conversación sobre los orgasmos del punto G. La forma en que Patrick, el
puto Grant, la miró. La necesidad reprimida todavía se precipita a través de
mí sin ningún lugar a donde ir, y voy a estallar en mi piel.
Toda esta noche ha sido un ejercicio de control, y estoy en mi límite.
Ese beso. Ese puto beso lo cambió todo, y no sé qué hacer.
— Lo hiciste genial, Darce.— Le quito el abrigo y lo cuelgo. — Marcas
completas.
Su bonita boca se estira en una sonrisa de complacencia, y estoy
inundado con el recuerdo del gemido necesitado que hizo cuando la metí en
mi regazo.
— Debería irme a la cama. — Se muerde el labio, jugando con la
pulsera que le compré. — Voy a una de las primeras clases de yoga
de Hazel. — Sus cejas se levantan; su boca se aplana en una sonrisa
apaciada. — Y probablemente quieras ducharte, ¿verdad?
Me tenso.
—¿Qué?
Ella lo sabe. Mi instinto se endurece. Joder. ¿Cuánto tiempo hace que lo
sabe? ¿Cuánto sabe ella? ¿Ella lo sabe todo?
Su boca se retuerce y pone los ojos en blanco.
—Cada vez que me tocas, corres a la ducha para lavar mis gérmenes.
¿Eso es lo que ella piensa? ¿Que creo que es asquerosa o algo así?
Ella echa un vistazo a mi expresión golpeada y se ríe, pero está tensa.
—Hayden. Está bien. — Ella me da palmaditas en el hombro. — Solo
me estoy burlando de ti.
No, no lo es. Puedo decir por el tono de su voz que está herida.
Joder. El dolor me corta el pecho. Sus sentimientos están heridos. Mis
cejas se juntan mientras lucho para explicar la situación sin soltar todo.
—Buenas noches, Wingman—, dice sobre su hombro, caminando hacia
su dormitorio.
Estoy justo detrás de ella, poniéndome al día en largos pasos.
—Espera.
Ella se gira con una mirada curiosa.
—¿Mm?
Mis pies me llevan hacia adelante hasta que estoy a un pie de distancia,
de pie más cerca que nosotros.
— Hay algo que quiero que sepas.
Mi pulso truena en mis oídos. ¿Qué estoy haciendo? Debería dejarla ir
dormir, y ambos podemos olvidar que toda esta noche sucedió.
Aunque no puedo.
—No se supone que el sexo sea agradable—, le digo en voz baja,
mirándola.
Los ojos se agrandan mientras recuerda nuestra conversación.
Ella parpadea rápidamente, los labios se separan, y el diablo dentro de
mí quiere besarla.
Otra vez.
— Y no se supone que sea predecible.
Se supone que es como ese beso que tuvimos, pero no sé cómo decirlo
Que sin que todo se desmorone.
Sin embargo, ella necesita saberlo. Ella merece tenerlo todo. Esta fase
¿Se trata de que ella averigüe lo que quiere?
Bueno, quiero que tenga lo que se merece.
— Se supone que lo consume todo.
Mi voz es una escofina, y la sangre se apresura hacia mi polla mientras
pienso en cómo se sintió sentada en mi regazo.
—Tan caliente que sientes que te vas a incendiar. Todo en lo que puedes
pensar es en la persona con la que estás, cómo se siente, cómo saben y
huelen, y cómo suenan sus gemidos. Cómo hacer que lo hagan de nuevo.
Su pecho sube y baja con respiraciones desiguales, y sus pupilas se
expanden, soplando ampliamente.
— Hacer que vengan es tu único objetivo, ¿y cuándo lo hacen? Lo
quieres todo de nuevo. Eres adicto a ellos. Desesperado por hacerlos venir
tan jodidamente duros.
El apartamento está en silencio, excepto por los sonidos de nuestra
respiración desigual.
Apoyo una mano en la pared junto a la cabeza de Darcy, elevándose
sobre ella, y ella se inclina hacia arriba, mirándome con los ojos muy
abiertos.
—Y cuando no pueden volver, cuando te ruegan que termines dentro de
ellos, tu control finalmente se rompe y pierdes la cabeza. No es como nada
más en el mundo. Todo se detiene y solo son tú y ellos.
Sus pestañas revolotean, y me estoy imaginando a Darcy debajo de mí
en mi cama, tensándome mientras alcanzamos nuestro punto máximo
juntos.
— El sentimiento es tan intenso que no puede ser real. De alguna
manera, lo sobrevives y no puedes esperar a hacerlo de nuevo. Tienes que
hacerlo de nuevo. — Mis labios se ciernen cerca de su oreja. — Follarlos se
ha convertido en un antojo que no puedes ignorar.
Nunca he tenido sexo así, pero me lo puedo imaginar. Me lo puedo
imaginar, joder.
Su atención sobre mí es adictiva, la forma en que absorbe mis palabras,
cómo sus ojos parpadean con sorpresa y emoción. Estoy completamente
duro, dolorido por ella y rezando para que no mire hacia abajo.
El poder corre a través de mí. Se siente bien tomar el control de esta
manera, pararse sobre ella mientras ella me mira con esa expresión de
asombro. Por una vez, se siente bien no ser tan considerado y amable.
Inhalo su olor profundamente en mis pulmones, conteniendo un gemido.
—Así es el sexo, Darcy. Es sudoroso, intenso y cambiante de la vida.
Al borde del control, inslojo mi boca contra su mejilla, presionando un
suave beso allí, viendo cómo sus ojos se ensanchan aún más.
— Buenas noches, Darce.
— Buenas noches—, susurra.
Siento su mirada mientras me dirijo a mi habitación y cierro la puerta.
Más tarde, acostado en la cama, revivo nuestro beso con mi mano
alrededor de mi polla, acariciándome cada vez más cerca del borde de la
liberación, hasta que el placer corre por mi columna vertebral, mis bolas se
aprietan y me derramo por todo mi estómago con un gemido bajo y
dolorido que ni siquiera trato de amortiguar.
Recogiendo el aliento, mirando por la ventana, sé que ya no puedo
negar mis sentimientos por ella.
Me gusta. Siempre me ha gustado. No va a desaparecer, no importa
cuánto lo intente.
¿Y enseñarle las cosas que quiere aprender? Podría matarme.
CAPÍTULO 28
HAYDEN
La noche siguiente, Miller y yo nos sentamos en el banquillo durante un
partido, con los ojos puestos en el hielo.
—¿Cómo te sientes, amigo?— Él pregunta.
Agarro mi botella de agua y tomo un trago largo.
—Nunca mejor—, miento.
El beso de anoche se repite en mi cabeza, una y otra vez. Me desperté
esta mañana duro como el acero, pensando en el gemido suave y sin
aliento que hizo cuando le chupé la lengua.
Soy un puto imbécil. Se supone que debo cuidarla, ayudarla, y en
cambio, me masturbo mientras pienso en ella.
Miller me mira con una mirada divertida de incredulidad.
—Pareces distraído.
Apreto los dientes, porque sé lo que dicen los comentaristas deportivos.
¿Qué está haciendo Tate Ward, moviendo a uno de sus mejores
defensores a una nueva posición dos meses antes de los playoffs? Ward
lo puso en la primera línea cuando parece más un jugador de segunda
o tercera línea.
Desde que cambié de posición, he estado acumulando las asistencias,
pero sin goles. Ward no ha dicho una palabra, pero sé que no estoy
jugando de la manera que él quiere que lo haga. Cuando Volkov y yo
jugamos juntos como pareja defensiva, funcionó porque me convertí en
lo que él necesitaba que fuera.
—Te lo paso y tú me lo devuelvas. — Miller me considera durante
mucho tiempo. — Estás reteniendo. Todavía estás jugando como un
defensor.
Tiene razón en que estoy distraído. Todo lo que puedo escuchar es ¿la
mayoría de los chicos saben cómo darle a una chica un orgasmo en el
punto G? Tenía un juguete... No me gustó. ¿Cuál es tu posición sexual
favorita?
Darcy Andersen me va a matar, joder. Trago fuerte, mirando hacia
donde ella se sienta con Hazel y Pippa.
— Está bien.— Miller asinte, siguiendo la dirección de mi mirada con
una sonrisa consciente. — Veo cómo es.
El aire sale de mis pulmones en una exhalación pesada.
—Nos besamos.
Él se ilumina.
—Eso es genial.
— No fue así.— Mi agarre se aprieta en mi palo. — Fue una vez. Solo
estaba...
— Déjame adivinar. ¿Ayudándola?— Él sonríe. — Porque eres su
compañero.
Mi silencio es una respuesta suficiente, aparentemente. Miller inclina la
cabeza, entrecerrando los ojos en mí con una sonrisa creciente.
— Tengo una idea.
— Miller, no necesito tu consejo para citas.
Él se ríe.
—Creo que sí, pero no se trata de citas. Se trata de Hockey. — El miedo
se acumula en el hoyo de mi estómago ante las travesuras en sus ojos.
— Darcy está aprendiendo a ser una jugadora, ¿verdad?
Mis ojos se cortaron a los suyos, y realmente no me gusta hacia dónde
va esto.
— Ser un jugador se trata de variedad.— Él sostiene mi mirada con
desafío. — Y hay muchos chicos solteros en el equipo a los que les
encantaría ayudar a Darcy. Ya sabes, con la práctica.
La protección traquetea a través de mí, y lo miro con los dientes
apretados tan fuerte que podrían agrietarse. Está tratando de sacarme de
mí y meterse bajo mi piel. La parte racional de mi cerebro me dice que
lo ignore.
Aunque no puedo. Amo a estos chicos como a mi familia, pero la idea
de que toquen a Darcy, que ella se siente en su regazo y les acaricie el
pelo mientras se besan, envía rabia a través de mi sangre.
Miller me sonríe más.
—Ese es un nuevo look tuyo, Owens. Normalmente eres tan alegre.
— Sé lo que estás haciendo—, le digo .
—Genial. — Se vuelve hacia el hielo con una sonrisa de complacente
que me hace querer romper algo. — Anota un gol esta noche, o haré
una sugerencia la próxima vez que estemos todos en el bar. Pon un
pequeño bicho en el oído de Darcy, ¿sabes?
Todos los músculos de mi cuerpo se tensan.
—Ella no quiere eso.
—¿Por qué no dejas que ella decida eso? Es una mujer adulta, Owens.
Ella puede hablar por sí misma.
A veces se pone nerviosa, y es nueva en lo de las citas. Necesita a
alguien que se tome su tiempo con ella y que no la apure.
Y no quiero que bese a otro chico, joder.
— Caballeros—, Ward nos dice a Miller y a mí, junto con el otro
delantero, antes de que pueda decirle a Miller que retroceda. — Estás
despierto.
Con mi corazón en la garganta, trepamos por encima de las tablas.
— Solo un gol—, llama Miller mientras nos alineamos para un
enfrentamiento.
Tomo el lugar de hielo central, la urgencia se me atraviesa a medida que
me pongo en posición.
Mi pulso se acelera en mis oídos mientras pienso en uno de los otros
jugadores con Darcy. El árbitro deja caer el disco, y mi cuerpo se hace
cargo. Lo arranco y me deslego hacia la red, golpeando la sangre.
Mis instintos son diferentes esta vez. Como jugador de hockey, la
competencia se ha metido en mí desde la infancia, y dejé que me
impulsara. Por una vez, en lugar de pensar en lo que necesitan mis
compañeros de equipo, pienso en lo que quiero.
Y realmente, realmente quiero marcar un gol. Realmente quiero a Darcy
para mí.
Corro hacia la red, viendo al portero prepararse. Los fans están de pie,
animando. Yo golpeo el disco hacia la red. Navega más allá del portero.
La multitud entra en erupción con ruido, y la victoria se precipita a
través de mí como un incendio forestal. A través del cristal, Darcy se
encuentra con mis ojos con una hermosa sonrisa orgullosa, y le guiño,
sonriendo tanto que me duele la cara.
Hazel y Pippa usan las camisetas de sus chicos, pero Darcy solo está en
su abrigo, y la versión de mí que acaba de empujar más allá de todos
para marcar un gol quiere verla usando mi nombre en su espalda.
— Ahí vamos, joder—, grita Miller, saltando encima de mí para
celebrar el gol, y Darcy se ríe. Una poderosa emoción se dispara a
través de mí.
En el banquillo, Ward me da un asentido complacido.
Ahí vamos, joder, de hecho.
CAPÍTULO 29
DARCY
Después del partido, espero a Hayden en casa, agazapada detrás del sofá
en el oscuro apartamento. Se abre la puerta y aprieto los labios para no
echarme a reír.
—¿Darce?— Le oigo mover el interruptor de la luz de un lado a otro,
pero el apartamento sigue a oscuras; he accionado el interruptor para que
las luces no funcionen. —¿Que mierda?—, murmura.
Nos besamos y no puedo dejar de pensar en ello. Nos besamos y hemos
estado fingiendo que no ocurrió. Necesito demostrarle a Hayden que no me
estoy poniendo rara por eso, que nuestra amistad no ha cambiado.
Aunque no sea del todo cierto.
— Hayden—, ronco con voz aguda y espeluznante.
Él gime y yo me tapo la boca con una mano para amortiguar la risa.
—Hayden, te estaba esperando.
Sigue probando el interruptor de la luz.
—Tienes algunos problemas serios, Darcy.
—Tengo tanta hambre, Hayden.
— Vas a darme pesadillas, y entonces tendré que dormir en tu cama
todas las noches.— Hay una sonrisa en su voz. —¿Es eso lo que quieres?
En la oscuridad, detrás del sofá, sonrío. Hayden en mi cama, calentito,
somnoliento y mimoso, ¿probablemente sólo en calzoncillos? Lo acepto.
Enciendo la linterna e ilumino la cara sonrosada de Daniel. Antes le
puse ojos saltones para darle más dramatismo.
— Tengo hambre de sangre... ¡tu sangre!
Tiro de la cuerda que até a la base del gnomo para que Daniel se deslice
hacia Hayden.
— No.
Oigo los pasos rápidos de Hayden por el pasillo hacia su habitación
mientras me parto de risa.
—Hayden, sólo quiere saludarte—, llamo, todavía temblando de risa.
Después de encender las luces del apartamento y esconder a Daniel en
un armario, Hayden vuelve a entrar en la cocina.
— Felicidades otra vez por tu gol—, le digo mientras se prepara un
batido. Vuelvo a ver a Hayden patinando con fuerza hacia la red con una
mirada depredadora y la expresión de alivio y orgullo cuando marcó. —
Parece que te estás adaptando a la nueva línea.
Él hace un ruido de reconocimiento, tragando un tercio del batido.
—Sí. Supongo que sí.
— Se sentío bien marcar, ¿verdad?
Nuestras miradas se cruzan y, por millonésima vez, pienso en nuestro
beso y en lo que sintió su boca en la mía, en lo empalmado que se puso sólo
de besarnos.
Es un tipo sexual. Está acostumbrado a tener mucho sexo.
Probablemente no hace falta mucho para ponérsela dura, y no tiene nada
que ver conmigo. Los hombres se estimulan fácilmente.
Follar con ellos se ha convertido en un antojo que no puedes ignorar,
dijo sobre el sexo.
— Sí, Darcy.— Su manzana de Adán se mueve mientras traga, y su
mirada baja hasta mi boca. — Me sentí muy bien.
Sus ojos se calientan, pero aparece su habitual sonrisa juvenil y
amistosa.
—Gracias por venir a mi partido.
— No tienes que darme las gracias cuando me diste una entrada en
primera fila. Además, me gusta ver hockey.
La energía del estadio, la velocidad a la que se mueve el juego y la
brutal competición sobre el hielo: no hay deporte como el hockey. A la
parte analítica de mi cerebro le encanta encontrar patrones en la forma en
que los jugadores trabajan juntos, en los acontecimientos que se repiten a lo
largo del partido, como un jugador que favorece a un lado o dos jugadores
que juegan especialmente bien juntos. Probablemente por eso no dejo de
pensar en los modelos de hockey de mi portátil.
Ver la sonrisa de oreja a oreja de Hayden después de hundir el disco en
la red también me encendió como una bengala.
Mi mirada se desplaza por la amplia extensión de su pecho y puedo oler
su gel de baño o su desodorante. Todavía tiene el pelo húmedo de la ducha
que se dio después del partido, y pienso en cómo se relajó bajo mis dedos
cuando se lo toqué.
Me entran ganas de abrazarlo, pero no quiero que piense que me estoy
haciendo una idea equivocada. Ahora que estoy soltera y pasamos tanto
tiempo juntos, hay un trasfondo de tensión entre nosotros con el que no
quiero jugar demasiado.
Anoche, juro que oí un gemido grave en su habitación. Podría haber
sido cualquier cosa, probablemente él reaccionando a algo en su teléfono,
pero lo oí y se me erizaron todos los pelos del cuerpo al imaginármelo
acariciándose la polla.
¿Estaba pensando en nosotros? ¿Estaba tan excitado como yo por ese
beso?
No. Ahora parece totalmente normal, como si nunca hubiera pasado, así
que yo también debería estarlo.
— Debería irme a la cama—, digo rápidamente.
— Sí, yo también. — Me sonríe rápidamente. — Tengo entrenamiento
por la mañana y tú tienes trabajo.
— Bueno, buenas noches.
—Buenas noches, Darce.
_____
Me estoy metiendo en la cama veinte minutos después cuando mi
teléfono zumba con una llamada entrante. La foto de Kit parpadea en la
pantalla, y mi corazón salta a mi garganta. No hemos hablado desde que
rompimos.
Es tarde. Algo debe estar mal.
— Oye—, respondo, inmediatamente preocupada. —¿Estás bien? ¿Qué
pasa?
— Todo está bien. — La familiaridad de la voz de Kit tira de algo en mi
pecho. — Solo, eh, quería ver cómo estabas.
Mi pulso se ralentiza a la normalidad.
—Estoy bien.
La renuencia en mi tono es Obvio. No es una emergencia, ¿y me está
llamando tan tarde? Es medianoche en Calgary. Algo se siente fuera.
—¿Qué hay de ti?
Exhala un fuerte suspiro.
—Te echo de menos. Estaba pensando en ti en el Día de San Valentín.
La culpa me golpea como un tren de carga, porque excepto por el anillo
de compromiso, no estaba pensando en él en absoluto en el Día de San
Valentín. Estaba demasiado ocupado divirtiéndose con Hayden. Mi
estómago se endurece en una roca.
No sé qué decir. No lo extraño; solo siento alivio.
—Vi una foto tuya y de Hayden en alguna fiesta—, añade Kit.
La fiesta del elenco, probablemente.
—Conoces a Hayden. — No menciono la camisa que le di comenzó
todo el asunto. — Lo invitan a muchas fiestas.
— Parece que te estás divirtiendo en Vancouver.
—Lo estoy. — Más hilos de incomodidades a través de mí. — Estoy
conociendo gente nueva y probando cosas nuevas. — Pienso en cuando
mencioné el pelo morado hace años, y la forma en que hizo una cara como
si fuera una mala idea. — Y me teñí el pelo—, miento.
—¿Qué?
No debería estar probándolo así. Tal vez sienta la necesidad de darle
otra oportunidad de redimirse, no para que podamos volver a estar juntos,
sino para que al menos pueda dejar atrás mi ira. O tal vez quiero borrar ese
mal recuerdo con uno más agradable.
— Me teñí el pelo de morado.— Juego con el borde de mi edredón. —
Es de color púrpura pálido como una sirena y me encanta.
Hace un ruido vacilante.
—¿Por qué? Antes me gustaba tu pelo.
— Porque…— Me esfuerzo por las palabras, tambaleando de decepción
e irritación. Es mi pelo, pero él lo está haciendo sobre él. — Porque yo
quería. ¿No es suficiente?
Él no responde, y un espiso de ira y dolor me empuja profundamente
detrás de mi esternón. Es solo un color de pelo, pero está haciendo que
suene como si hubiera robado un coche o algo así.
Él suspira.
—¿Cuándo vienes a casa?
Las palabras se me caen de la cabeza. Estoy aturdido. Me siento allí,
parpadeando ante nada, sin saber qué decir.
— No voy a volver a casa.
— Necesitas sacar estas cosas de tu sistema, y esperaré hasta que lo
hagas, pero cuando estés listo para volver, todo sigue aquí para ti.— Un
latido de silencio. Es como si ni siquiera hubiera escuchado lo que acabo de
decir. — Todavía no puedo dormir en tu lado de la cama.
¿Sacar estas cosas de mi sistema? No quiero volver a mi antigua vida.
Me gusta ir de compras con Georgia y usar vestidos bonitos cuando salgo a
cenar con Hayden y aprender a ser una jugadora. Hayden hace que todo sea
despreocupado y divertido. Estoy lleno de culpa por lastimar a Kit, pero
todo dentro de mí grita que lo que está diciendo está mal.
No lo amo, no de la manera que debería, pero no sé cómo decirlo sin
empeorarlo mucho.
— Tal vez sea hora de que consigas una cama nueva…— Empiezo,
pero Kit me corta.
—¿Quieres mudarte a un nuevo apartamento? Nos moveremos.
¿Quieres hacer un viaje juntos después de que termine la temporada?
Iremos a donde quieras ir, siempre y cuando estemos de vuelta para el
campo de entrenamiento. Lo que quieras, Darcy, es tuyo.
Aspiro con una respiración aguda. Lo que yo quiera, siempre y cuando
funcione para él, su horario y su carrera. Lo que quiera, siempre y cuando
sea la persona que él quiere que sea.
— No.— Mis uñas se clavan en mi palma mientras forzo las palabras.
— Me refería a lo que dije cuando rompimos. No estamos bien el uno para
el otro. Necesito que lo entiendas. Por favor, deja de esperarme. — Cierro
los ojos. No lloraré. — No estoy lista para casarme contigo o tener hijos
contigo.
—Así que no tenemos que hacer esas cosas de inmediato. Esperaré—,
dice con frustración. — Esperaré todo el tiempo que quieras.
— No.— Mi cara se arruba y me pican los ojos. Joder. Odio cuando no
escucha así. Esta conversación es completamente unilateral. Diga lo que
diga, va a creer lo que quiera. — Nunca estaré lista, y nunca querré esas
cosas contigo.
Las palabras salen más fuertes de lo previsto, con más fuerza, y él está
callado durante mucho tiempo en el otro extremo de la llamada.
— Guau.— Esa palabra está cargada de una amargura que me hace
arder la garganta.— Siento que ni siquiera sé quién eres.
Esa es mi culpa, porque me acosé con la corriente y me desvanecí en el
trasfondo de su vida. Nunca pedí nada y nunca me puse a mí mismo
primero. Me dejé ser la persona que él quería en lugar de ser yo.
Dios, esto es tan jodidamente difícil. Romper el corazón de Kit de
nuevo no era algo que estuviera preparado para hacer, pero pienso en la
forma en que Hayden sale con total transparencia y amabilidad, nunca
engañando a nadie.
— Estoy empezando a salir—, le digo, forzando las palabras. — Y creo
que tú también deberías. Es hora de seguir adelante el uno del otro.
Escucho su risa baja e infeliz.
—Increíble. Tengo que irme. Adiós, Darcy.
Él termina la llamada, y las lagrimas se derraman, corriendo por mis
mejillas. Los sollozos se estremezan a través de mí. Mi almohada está
empapada, y mi cara está hinchada y caliente.
Hay un suave golpe en mi puerta.
—¿Darce? ¿Estás bien?
El tono bajo y suave de la voz de Hayden envía otra ola de lágrimas a
mis ojos.
— Sí—, grazno, el pánico se disparó a través de mí. Hayden no puede
verme llorar. — Estoy bien. Me voy a la cama ahora. Buenas noches.
No dice nada, pero puedo sentir que está esperando al otro lado de la
puerta.
—Estoy entrando.
CAPÍTULO 30
DARCY
Cuando Hayden abre la puerta de mi habitación y me ve acurrucada en
la cama, llorando, su expresión se endurece.
— Eh.—La cama se hunde cuando se sienta a mi lado, pasándome la
mano por el pelo. —¿Qué pasa?
— Ha llamado Kit.
Su mano sigue en mi pelo. —¿Qué?
Recapitulo la conversación mientras las lágrimas siguen cayendo.
Mientras escucha me acaricia el pelo, observándome con preocupación.
Cuando termino, se tumba a mi lado y me abraza contra su pecho, tirando
de mí medio encima de él.
— Cariño—, murmura, con la boca en la sien y el aliento en la mejilla.
Después de lo mucho que me ha asustado nuestro beso de práctica, no
deberíamos estar haciendo esto, pero huele tan bien. El latido de su corazón
en mi oído me tranquiliza y es tan cálido. También me gusta cuando me
llama cariño. Probablemente llama así a montones de mujeres, pero no me
importa. Estoy tomando todo el consuelo que puedo conseguir en este
momento.
—¿Crees que estoy cambiando?— Pregunto en voz baja.
Pasa un rato sin que diga nada, pero su brazo me rodea la espalda.
—Sí y no. Estás aprendiendo a hacer cosas nuevas y estás descubriendo
quién eres sin él. — Su mano se posa en mi pelo, cálida y pesada. —
Pero sigues siendo la misma Darcy que todos conocemos y amamos.
— Yo también me siento así. — Me seco una lágrima. — Me siento la
misma persona, solo que mejor.
Su mano acariciándome el pelo, combinada con sus latidos lentos y
constantes bajo mi oreja, me tranquilizan.
—Se pondrá bien—, murmura Hayden. — Sólo necesita tiempo. Como
tú.
_____
A la mañana siguiente me despierto con la luz del sol entrando a
raudales en mi habitación porque olvidé cerrar las persianas.
Tanto física como emocionalmente, me siento como nueva y con la
mente despejada. Por primera vez en mes y medio, he descansado bien y no
tengo los ojos secos y arenosos. Suelo dar vueltas en la cama toda la noche,
pero no recuerdo haberme despertado ni una sola vez. Es el mejor sueño
que he tenido desde que rompí con Kit.
También estoy abrazada a Hayden mientras duerme semidesnudo en mi
cama.
Se me dispara el pulso, tropiezo y tropiezo, y parpadeo, con los ojos
muy abiertos. Seguimos en la misma posición que anoche, pero el edredón
nos cubre.
Hayden solo lleva unos calzoncillos negros ajustados, y aunque yo sigo
en camiseta, he perdido el pantalón del pijama y solo llevo ropa interior.
Está de espaldas, metiéndome cerca de él con un brazo alrededor de mi
espalda. Mi muslo está metido entre los suyos y me aprieto contra él, con
todo mi peso sobre él, de la cabeza a los pies. Incluso ha atrapado mis pies
fríos entre sus pantorrillas.
Hay algo en la suavidad de su expresión, en las hermosas líneas de su
rostro, en la inclinación de su boca, incluso cuando duerme, que hace que se
me apriete el corazón. Cuando empiezo a apartarme de él, con cuidado de
no despertarlo, su brazo se tensa y me aprisiona contra su cuerpo.
Su respiración cambia y sus ojos se abren, sombríos y adorables a la luz
de la mañana. Su boca esboza una sonrisa tranquila.
Siento un cambio en el cuerpo, como si las nubes se despejaran.
— Te has dormido. — Su voz es grave. El vello de su pecho, rubio
dorado y bien recortado, se extiende por su torso musculoso y se desliza por
sus abdominales hasta la cintura. — No quería despertarte.— Se mira a sí
mismo. — Me habré quitado la ropa mientras dormía. Lo siento. Tenía
calor.
Puedo sentir exactamente lo caliente que está cuando me tumbo así
sobre él. Se me escapa un patético sonido de reconocimiento y asiento con
la cabeza, recorriendo con la mirada todas las líneas y crestas de su cuerpo
perfecto.
Dios, está tan bueno. Es tan grande. Hayden es... demasiado. Pecho
ancho, miembros gruesos y muslos musculosos. Me muevo de nuevo, y la
impresionante erección que me presionó mientras practicábamos el beso en
la fiesta del reparto... Me aprieta la cadera.
Nuestras miradas se cruzan y mi mente se queda en blanco. El calor
crece detrás de mi clítoris. Siento el impulso irrefrenable de pasarle la
palma de la mano por el pecho, por encima de su tensa longitud. Tirar de la
cintura de sus calzoncillos y dejar que su erección se libere.
Me lo metería entre los labios y me lo llevaría hasta el fondo de la boca.
Siento una profunda presión entre las piernas cuando imagino cómo sonaría
su gemido. Quizá me pondría la mano en la nuca. Quizá me diría lo bien
que me siento.
Su respiración se vuelve agitada cuando baja la mirada hacia mi boca.
Le dije a Hayden que el sexo se supone que debe ser cálido y predecible,
pero la dura barra de su excitación contra mi cadera no se siente dulce ni
relajante.
Se siente como si quisiera follarme a mi mejor amigo.
— Darce—, respira, como una pregunta mezclada con una súplica, y la
mirada ardiente de sus ojos derrumba mi determinación. Me acerco un
centímetro a su boca...
Algo empieza a tintinear en mi habitación y nos separamos
bruscamente. La alarma de un teléfono que viene del suelo. Me zafo de él y
se inclina hacia el lado de la cama.
—¿Soy yo o eres tú?— pregunto, buscando mi teléfono.
— Soy yo.
Apaga la alarma y baja las piernas al suelo para sentarse mirando hacia
otro lado. Mis ojos recorren su tonificada espalda y su cintura antes de
desviar la mirada hacia otro lado.
Yo también sigo en bragas. Creo que estoy mojada. ¿Se dará cuenta?
Dios mío. Hayden se levanta y me sigue con la mirada mientras me cubro
con el edredón.
Se da la vuelta.
—Debería prepararme para el entrenamiento.
— Yo también. Quiero decir, debería prepararme para trabajar.
Sus hombros parecen tensos mientras inclina la barbilla hacia la cama.
—Lo siento.
— No.— Mis cejas se disparan. — Fui yo. Me quedé dormida y tú eres
un buen amigo.
Hace un tic con la mandíbula y se frota la nuca.
—Sí.
Una extraña pausa entre nosotros.
— La próxima vez, usaré el muñeco de pecho de hombre que me
regalaste—, bromeo, pero él
no se ríe.
Probablemente está asustado de que me ponga pegajosa o me haga una idea
equivocada sobre nosotros.
—Bueno, bien. — Le doy una sonrisa alegre para mostrarle que no voy a
hacer esto raro. — Que tengas un buen día de entrenamiento. ¿Nos vemos
esta noche?
Asiente con fuerza, sin mirarme.
—Llegaré tarde. Voy a la liga de cerveza con Miller.
— Qué bien.—Él y Rory a veces juegan en un equipo de hockey del
centro recreativo con un grupo de chicos normales. — Será divertido.
— Sip. Nos vemos.
— Nos vemos.
Cierra la puerta de la habitación tras de sí, y yo me dejo caer sobre las
almohadas, exhalando un largo suspiro.
Dormir medio desnuda en la misma cama con mi compañero de cuarto
y compinche es... y no volveré a hacerlo, por muy bien que me sienta.
_____
Esa tarde, después del trabajo, he parado en una farmacia para comprar
más pasta de dientes cuando me llama la atención una hilera de botes de
colores en la estantería.
Tinte temporal para el pelo.
Estarías guapísima con el pelo morado, me dijo Georgia.
Hago una pausa y bajo el morado para inspeccionarlo.
Ese impulso impulsivo y diabólico que llevo dentro se despierta. Tengo
ganas de hacer algo salvaje.
—¿Por qué? me preguntó Kit anoche con desdén, y siento una punzada
de resentimiento en el estómago. — Antes me gustaba tu pelo.
La ira me sube a la garganta mientras miro fijamente el frasco.
No hay ninguna buena razón para teñirme el pelo de morado. No me va
a perjudicar en mi carrera, probablemente será difícil de mantener y no hay
garantía de que quede bien.
Y, sin embargo, la emoción me recorre, haciendo que se me revuelva el
estómago. Es como el vestido que Georgia encontró para mí: no lo sabré
hasta que me lo pruebe.
Además, creo que me hará feliz, y quizá eso sea suficiente.
Puede que ya no sea la antigua Darcy.
CAPÍTULO 31
HAYDEN
El apartamento está en silencio cuando llego a casa después de la liga
de cerveza, y mis ojos se posan en la caja de envío que hay sobre la mesa
junto a la puerta principal.
El juguete sexual que le compré a Darcy.
Comprarlo fue un gran error, sobre todo después de cómo nos hemos
despertado esta mañana, con mi polla prácticamente taladrándole un
agujero en el muslo.
No se lo voy a dar.
Dejo el bolso en el suelo, saco el jersey que le he comprado y lo dejo
sobre la encimera. Este regalo es apropiado para nuestra relación.
Sea lo que sea nuestra relación ahora. Me acuerdo de anoche, de su
aspecto cuando abrí la puerta de su habitación y la vi llorar, y el dolor se me
retuerce en el pecho.
Kit no sabía lo que tenía con Darcy Andersen. No la valoraba. No la
vio, ¿y ahora cree que va a volver?
Estos pensamientos que tengo sobre ella deberían hacerme sentir
culpable, pero no es así. Nunca la mereció, y la única culpa que siento es
haber tardado ocho años en darme cuenta de ello.
En la cocina, caliento la comida. Luego ojeo los resúmenes deportivos
de la noche mientras miro por el pasillo, escuchándola.
Las luces están encendidas, sus zapatillas están en el armario de la
entrada y sus llaves están en la mesa junto a la puerta, pero no ha salido a
saludarme como de costumbre.
Esta mañana se ha tapado con las sábanas como si estuviera incómoda.
Se me revuelven las tripas.
Definitivamente no le voy a dar el juguete ahora.
—¿Darce?— Llamo, caminando por el pasillo. La puerta de su
dormitorio está abierta y la habitación vacía, pero hay un rayo de luz bajo la
puerta del baño.
— Hola—, dice desde el otro lado de la puerta. La oigo pasearse por el
cuarto de baño.
Algo no va bien. ¿Me está evitando por lo de esta mañana?
—Vamos a ver la tele.
— Um.— Los pasos se detienen. — No, gracias. Ve tú.
Hay un tono preocupado y distraído en su voz, y frunzo el ceño,
cruzando los brazos sobre el pecho.
—Te he traído un regalo para pedirte perdón por lo de esta mañana.
Maldita mentiroso, susurra mi cerebro. Le he comprado el jersey porque
quiero ver mi nombre en su espalda.
— Déjalo en la mesa de la cocina y lo veré en un rato.
Suena rara, como si estuviera estresada o ansiosa.
—¿Estás enferma?
— No, estoy bien.
Me agarro la nuca. ¿Es la regla?
—Hay un frasco de aspirinas debajo del fregadero, y no me importa
comprar tampones, Darce. A los hombres de verdad no les asusta la regla.
Añado esto último en tono de burla, intentando animarla.
Se ríe y mi pecho se tranquiliza.
—Es bueno saberlo, pero no es mi regla.
— No me voy a ninguna parte hasta que me digas qué te pasa.
Una larga pausa.
—Hayden. Metí la pata. No te rías, ¿bien?
— Reírme de qué...
Abre la puerta y me quedo boquiabierto. Su antes rubio pálido es ahora
brillante, horrible púrpura de dibujos animados. Un tono realmente
chocante y feo.
Sus cejas hacen juego.
Nos miramos durante un largo rato con los ojos muy abiertos antes de
que me lleve el puño a la boca para contener la carcajada.
— Dijiste que no te reirías—, grita, dándome una palmada en el brazo.
— No estaba de acuerdo—, me las apaño, conteniéndome a duras
penas, casi derrumbándome de alivio al ver que algo no va realmente mal.
—¡Hayden! Parezco Grimace de McDonald's.
Se vuelve hacia el espejo con expresión afligida.
Aúllo, doblado y apoyada contro la pared. Se parece a la gran mancha
morada o a uno de los Teletubbies.
—¿Tinky-Winky? ¿Eres tú?
Un ruido mortificado sale de su garganta, pero se echa a reír. Intenta
cerrar la puerta, pero yo la cojo y me meto en su espacio. Los dos
jadeamos.
Así es como se supone que tenemos que ser Darcy y yo, y por eso no
puedo cagarla. Cuando sólo somos amigos, somos perfectos juntos.
Me entran ganas de besarla, pero las reprimo.
— Joder, Darce. — Tiro de un mechón morado brillante entre mis
dedos. Su pelo sigue suave como la seda, y el baño huele fresco y dulce
como sus productos capilares. —¿Qué has hecho?
Se encoge de hombros.
—Estaba muy enfadada después de mi llamada con Kit y me apetecía
hacer algo drástico. Quería algo ligero y bonito, pero esto es demasiado
intenso. Parece...
—¿Barney el dinosaurio?
Intenta mirarme con desprecio, pero vuelve a echarse a reír.
—¿Por qué te has hecho las cejas?— Respiro con una expresión
incrédula.
— No lo sé—, gime mirando su reflejo.
— Todo va a salir bien. — Extiendo los brazos. — Ven aquí.
Ella da un paso adelante en mi abrazo, apoyando su cabeza contra mi
pecho, y mi barbilla llega a la parte superior de su cabello.
Me da un vuelco el corazón al sentirla contra mí.
—No te preocupes, — murmuro, — sigues siendo preciosa.
En mis brazos, se tensa.
— Ya sabes, en plan amiga—, añado.
— Lo sé—, dice a la defensiva.
Nos quedamos ahí un largo rato y le paso la mano por la espalda para
consolarla.
— Supongo que Kit tenía razón.
Lo dice como si fuera una broma, pero hay un elemento añadido de
vulnerabilidad que hace que entrecierre los ojos.
—¿De qué estás hablando?
— Se lo planteé en el pasado y no le gustó la idea. — Sus dedos
golpean en mi pecho, ligeros y distraídos. — Anoche volvió a salir el tema.
Me molestó su tono crítico.
Un trozo de rabia me golpea las tripas.
—No me lo habías dicho.
—No es para tanto.
— Sí que lo es, Darce.
Le sorprende mi tono.
— Puedes teñirte el pelo del color que quieras.
Su boca se ladea y en sus ojos brillan chispas de diversión. Miro nuestro
reflejo en el espejo.
—Bueno, obviamente lo sabía mejor que yo.
—Lo arreglaremos.
— Me he lavado el pelo cuatro veces esta noche. No sale.
— Llamemos a un profesional. Le pediré ayuda a mi amiga Layla.
—¿Una amiga?— Ella arquea una ceja con una sonrisa burlona.
— No esa clase de amiga.
La miro. Todas las mujeres con las que he salido
son amables y geniales, pero me siento raro de que Darcy conozca a una de
ellas.
—Viene aquí a cortarme el pelo cuando tengo la agenda llena durante la
temporada. Ella podrá arreglarlo.
Darcy se mete el labio inferior entre los dientes.
—¿Estás seguro?
— Seguro.
Saco mi teléfono para enviarle un mensaje a Layla antes de abrir la
aplicación de mi cámara y sacar una foto de Darcy y su ridículo pelo.
Sus ojos se abren de par en par cuando se da cuenta de lo que estoy
haciendo, y yo tiemblo de risa.
—¡No!—, grita. — No quiero pruebas de esto.
Me coge el móvil, pero ya lo estoy guardando en el bolsillo.
— Yo sí.— Le enarco las cejas, con un placer que me invade. — No
quiero olvidarlo nunca.
— Dámelo—, me ordena.
Vuelvo a reírme.
—No.
— Entonces bórralo.
— Tampoco. — La fulmino con la mirada, apartando sus manos cuando
intenta volver a coger el teléfono. — Me encanta que tengas la mitad de mi
tamaño pero creas que puedes dominarme.
Suspira, dando un paso atrás con una mirada decidida, pero está
luchando contra una sonrisa.
—Vas a ponerlo en camisetas o algo así.
— Ahora estás pensando. Conseguiré una para todos los del equipo.
—Divertidísimo. — Ella suelta una risa seca y falsa antes de que su
expresión se vuelva curiosa. —¿Qué fue eso que dijiste de un regalo?
En la cocina, Darcy saca la camiseta de la bolsa y la levanta con una
sonrisa esperanzada.
—¿Para mí?
Me río.
—Sí, para ti. Para que puedas ponértela en mis partidos. — Nuestras
miradas se cruzan y no puedo leer su expresión. — Si tú quieres.
Obviamente, puedes ponerte lo que quieras.
Su mirada se detiene en mí.
—¿Quieres que me lo ponga?
Debería decir algo tranquilo y despreocupado, pero me limito a asentir.
Sus ojos se calientan y sonríe suavemente. Dios, es tan jodidamente
guapa, incluso con el pelo raro.
—Entonces, quiero hacerlo.
Sin dejar de sonreír, se lo pasa por la cabeza. Le queda un poco grande,
pero de una forma jodidamente adorable que me hace querer cogerla en
brazos y echármela al hombro en una extraña exhibición cavernícola.
Me aclaro la garganta, intentando no parecer demasiado complacido.
—Te queda bastante lindo.
—¿Tú crees?
Me mira a través de las pestañas, las manzanas de sus mejillas saltan
con su sonrisa.
— Mhm.— Un cálido placer se expande por mi pecho. — Y encajarás
perfectamente con Pippa y Hazel.
Deseo, supongo, que ella encaje completamente con ellas. Que me
animaría y me apoyaría de la misma forma que las hermanas Hartley
apoyan a sus chicos.
Como si estuviéramos juntos.
Debería aclararlo, pero dejo que la insinuación perdure, probándola.
—Gracias—, dice, bajando la mirada pero sin dejar de sonreír. — Me
encanta.
— De nada.
—¿Puedo devolvértelo?
— De ninguna manera.
Suelta una leve carcajada, las pestañas se agitan y, joder, quiero besarla.
— Hace un rato llegó un paquete para ti—, dice, mirando la caja sobre
la mesa auxiliar, echando un jarro de agua fría sobre los estúpidos
sentimientos que intento ignorar.
— Sí. — Me aclaro la garganta y retrocedo un paso. — Lo he visto.
Sus ojos se detienen en mi expresión y enarco las cejas, tratando de
parecer normal y no como si intentara ocultar el juguete sexual que le he
comprado.
—¿Qué es?— Me mira con una pequeña curva en la boca.
—¿Qué es qué?
—¿Qué hay en la caja?
—No lo sé.
Su mirada se agudiza y su sonrisa aumenta.
—Pues ábrela.
— La abriré más tarde.
— Hayden.— Ella se acerca a la caja, y yo me abalanzo sobre ella,
agarrándola y metiéndola detrás de mi espalda. Se queda boquiabierta y se
le ilumina la cara con una sonrisa acusadora y cómplice. — Lo sabía. Estás
ocultando algo. ¿Qué hay en esa caja?
Mi cerebro se queda en blanco.
—¿Privado?
Su sonrisa es burlona y preciosa.
—¿Una de esas cosas sexuales raras que definitivamente no te van?—,
pregunta bajando la voz, moviendo las cejas de forma sugerente mientras
intenta no reírse.
— Sí. — Asiento con la cabeza. — Eso es.
Me mira fijamente durante un largo instante antes de lanzarse hacia
delante, pero en lugar de coger la caja, me clava los dedos en las costillas,
justo debajo del pectoral, y se me escapa una carcajada.
— Dime qué hay en la caja—, me exige, riendo mientras yo jadeo. — O
te haré cosquillas hasta que te desmayes.
— Darce—, gimo, temblando de risa, intentando apartar sus manos. —
Juegas sucio.
— Así es, Wingman, no tengo piedad.
Añade una segunda mano, clavándose en el otro lado de mis costillas, y
accidentalmente dejo caer la caja en un forcejeo para alejarme de ella,
riendo todo el tiempo.
—Bien—, jadeo, recuperando el aliento. — Es un juguete sexual.
Se lleva las manos a los costados.
—¿Qué?
Hago una mueca firme con la boca.
—Dijiste que te abrumabas cuando investigas y no querías entrar en una
tienda, así que pregunté a un grupo de amigos y me dijeron que éste era el
mejor. — Mis ojos se clavan en los suyos. — Para orgasmos del punto G.
¿Por qué he dicho eso último?
— Oh.— ¿Se está sonrojando? Parece que se está sonrojando. —
Gracias.
Parece aturdida mientras mira la caja.
— No tienes que usarla—, me apresuro a decir, alcanzando la caja. —
No es apropiado.
— No.— Extiende la mano y yo la retiro para no tocarla sin querer. —
No es inapropiado. Eres mi compinche.— Mira entre la caja y yo. — Sólo
estás pendiente de mí.
— Sí. — Asiento con la cabeza.
—Sí. — Ella asiente y vuelve a morderse los labios. — No es raro.
Estoy deseando usarlo y tener todos esos orgasmos del puntoG—, añade,
empezando a reírse.
Gimo y cierro los ojos, y ella se ríe aún más. Joder, cómo me lo
imagino. Ella tumbada en su cama, gimiendo y moviendo el juguete entre
sus piernas, cada vez más cerca de su orgasmo, mientras yo estoy tumbado
en mi cama, al otro lado de la pared.
— Sí, bueno—, cojo la caja y se la doy. — Aquí tienes. Que te diviertas.
— Gracias.— Se pasa una mano por la cara roja antes de aceptarlo. —
Me voy a la cama. — Sus ojos se abren de par en par. — No para, como,
usarlo o algo así. Es que ha sido un día muy largo con el pelo y todo eso.
Asiento con la cabeza y sonrío.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
En mi habitación, me tumbo en la cama y miro al techo.
Owens, ¿qué estás haciendo?
Respiro hondo, escucho cómo se cierra la puerta de su habitación y sus
pasos ligeros al meterse en la cama.
¿Qué coño estás haciendo?
CAPÍTULO 32
DARCY
—¡Tu pelo!
Pippa se ilumina cuando tomo asiento antes del partido de la tarde
siguiente. Sonríe de oreja a oreja con los ojos muy abiertos, llevando una
camiseta de los Storm, y siento que mi cara se pone rosa.
—¿Te gusta?
Levanto la mano para tocar un mechón de color lavanda pálido, el color
previsto. Layla, la peluquera, me ha arreglado el pelo mientras trabajaba
desde casa esta mañana, y ha utilizado un bálsamo secador que huele
increíble y me deja el pelo supersuave.
Pippa asiente con entusiasmo.
—Me encanta. Es tan tú.
Mi corazón se estruja de felicidad.
—A mí también me encanta.
Sonrío a Hazel, que está a su lado, con su propia camiseta de los Storm.
—Hola, Hazel.
— Hola, preciosa.— Me guiña un ojo.—El morado es muy tú. Queda
genial con tu color de ojos.
— Gracias a los dos.
Que le den a Kit por decirme que no quedaría bien. Me veo increíble
con pelo morado.
—¡Y tienes un jersey!— añade Pippa, radiante.
Me sonrojo y asiento con la cabeza.
—Sí. Hayden me lo regaló.
—¿De verdad?—Hazel sonríe como si supiera algo que yo ignoro. —
Muy amable por su parte.
Me encojo de hombros.
—Sí. Pero así es él, siempre comprando regalos para la gente.
Como el juguete sexual que me compró y en el que llevo pensando todo
el día.
—Vamos a hacernos una foto con nuestras camisetas—, dice Pippa,
sacando su teléfono. — Estamos lindísimas.
Me inclino y sonrío mientras Pippa saca la foto. Un momento después,
las luces del estadio se atenúan, los aficionados empiezan a animar y el
locutor pronuncia los nombres de los jugadores a medida que entran en el
hielo.
— Me alegro mucho de que vengas al juego con nosotros—, me dice
Pippa al oído por encima del ruido del estadio.
Le sonrío tímidamente. — Yo también.
—¡Número cuarenta y dos, Hayden Owens!—, dice el locutor, y yo
aplaudo y vitoreo.
Hayden pasa patinando y nuestros ojos se cruzan. Su mirada pasa de mi
camiseta a mi pelo antes de guiñarme un ojo, y mi corazón da un vuelco.
Cuando marca un gol en el segundo periodo, me pongo en pie de un
salto, gritando y animando. Rory y Alexei patinan hacia él para celebrarlo,
pero él me sonríe a través del cristal.
— Mi amuleto de la buena suerte—, dice señalándome.
Después del partido, Hayden entra en el palco reservado a los amigos y
familiares de los jugadores, y sus ojos me encuentran de inmediato.
— Hola. — Me mira el pelo. — Estás preciosa.— Menea la cabeza. —
Tu pelo está precioso—, dice, corrigiéndose.
— Ni siquiera has hecho ningún comentario sobre mis cejas.
Su boca esboza una sonrisa. Layla me las arregló, y han vuelto a su
color normal, teñidas de unos tonos más oscuros que mi rubio pálido.
—Me gustaba el morado.
— No.— Le doy un manotazo.
Su sonrisa juguetona es tan desarmante.
— A nadie le gustaba el morado. No sé en qué estaba pensando.
— Bonito jersey.— Me inclina la barbilla. — Quien te la haya
comprado debe ser una gran persona. — Me sonríe coquetamente. — Y
guapo.
Me río, poniendo los ojos en blanco.
—Sí, y muy modesto.
La coquetería desaparece de su sonrisa, dejando sólo calidez y aprecio.
— Me ha gustado verte con él esta noche.
Me da un vuelco el corazón y juego con el dobladillo de las mangas.
—Me ha gustado ponérmelo.
Hayden merece tener a alguien que le apoye. Merece tener lo mismo
que tienen Rory y Jamie, aunque no busque pareja ni compromiso.
Su comentario el día de San Valentín sobre que una relación no tenía tan
mala pinta se me queda grabado, seguido del destello de decepción en sus
ojos cuando le insté a que se alejara de ella.
Los regalos, las fiestas, las citas. Sería un novio estupendo, si quisiera
eso.
—Vamos a tomar algo con todo el mundo—, sugiere, mientras recorre
con los ojos las líneas de mi jersey. Mi mirada se posa en su chaqueta
bomber azul marino y en la imagen de la camiseta que lleva debajo.
— Espera. — Frunzo el ceño y cojo la cremallera de su chaqueta,
tirando ligeramente de ella hacia abajo antes de que se me escape un sonido
mortificado y me tape la boca con la mano. — No llevas eso.
Pone cara de confusión, pero le brillan los ojos y se le levantan las
comisuras de los labios.
—¿Qué quieres decir?
Abro los laterales de su chaqueta y miro fijamente su camiseta. Una
imagen de mí, con el pelo y las cejas morados, me devuelve la mirada. Se
me abren los labios y los ojos de par en par mientras alargo la mano para
impedir que saque la foto.
La foto que hizo anoche.
—¡Hayden!— Mi voz es estrangulada. —¿De dónde has sacado esto?
— Oh, ¿esto?— Se mira la camiseta como si se acabara de dar cuenta
de que lleva una foto mía en el pecho. —¿Cómo ha llegado esa foto ahí?
Me parto de risa mientras mis manos se dirigen al dobladillo de su
camiseta y empiezo a quitársela.
—Quítatela. Ahora mismo.
— Guau, Darcy—, se burla, agarrándome de las muñecas y sonriendo
de oreja a oreja. — Al menos espera a que lleguemos a casa para
desnudarme.
Juguete sexual, me susurra mi cerebro. La enorme erección de Hayden.
El gemido que emitió desde el otro lado de la pared la otra noche.
— Llevas—intento quitarle la camiseta, pero él es risiblemente fuerte
comparado conmigo —¡una estúpida foto de mi cara!
— Oh, ¿no te lo había dicho?— Su voz es tan inocente, pero esos ojos
azules brillan como piedras preciosas. — Yo también te he traído una.
Saca el móvil y me enseña la confirmación por correo electrónico de la
otra camiseta que encargó a toda prisa, con fecha de ayer por la noche.
—Está en casa. Envío el mismo día.
Miro la foto con la boca apretada en una línea plana mientras una
presión delirante y burbujeante sube por mi garganta.
—Es una foto de aquel calendario benéfico del año pasado.
Sonríe.
—Te acuerdas.
Claro que me acuerdo. Dios santo. Una organización benéfica organizó
un calendario con los chicos más guapos del hockey profesional para
recaudar fondos para los jóvenes LGBTQIA+, y Hayden fue en enero. Kit
se partió el culo de risa ante la foto de su mejor amigo flexionando la
camiseta.
Siempre me ha parecido raro que el mundo entero pudiera ver tanto de
su cuerpo, por no hablar de la sonrisa coqueta y amistosa de su cara.
Se supone que esa sonrisa coqueta es sólo para mí.
—¿Me has puesto tu propia foto en una camiseta?— Levanto las cejas.
— Vaya. Simplemente vaya.
Esa presión efervescente y encantada amenaza con escaparse, y me
duele la cara de contener la sonrisa.
Por la forma en que me sonríe expectante, lo sabe.
—Puedes reírte.
— No me río.
— Parece como si quisieras.
— No quiero. Y si me riera, sólo te animaría.
— Pues siento que odies tanto mi cuerpo.— Mira alrededor de la
habitación. — Deberíamos irnos al bar.
— Hayden.— Intento no sonreír y fallo. — Cámbiate. Ahora.
Me lanza una mirada suplicante.
—Realmente quiero usar mi camisa nueva.
Sus ojos se ablandan y me lanza esa mirada inocente y triste, como la
perra de Pippa y Jamie, Daisy, cuando quiere una golosina.
—Por favor, Darce. — Se inclina y me abraza, empujándome. Es grande
y cálido y huele bien, y mi determinación se derrite como mantequilla en
una sartén caliente. — Quiero ponerme mi camiseta nueva.
Me está tocando de verdad sin correr a su habitación, vomitando de
asco. Eso es un paso adelante.
—Bien—, suspiro. — Pero llevas la chaqueta abrochada. — Sonríe y
me guiña un ojo. — Ya veremos.
CAPÍTULO 33
DARCY
Entramos en el Filthy Flamingo y Jordan se fija dos veces en mi pelo
antes de hacerme un gesto apreciativo con la cabeza.
—Bonito pelo. Te queda muy bien.
— Gracias.
Intento reprimir la sonrisa. Estoy actuando muy mal, sonrojándome por
unos pequeños cumplidos.
Nos sentamos en una mesa grande y, después de que Jordan se pasea
con bebidas, la conversación gira en torno al partido.
— Ya no se oyen quejas por haberte trasladado a la ofensiva, ¿verdad?
— le pregunta Rory a Hayden con una sonrisa orgullosa, y ambos me miran
brevemente.
Hayden se encoge de hombros y da un sorbo a su cerveza.
— Ward quiere más goles en el juego de poder—, añade Alexei. —
Dice que estamos dando largas.
Me da un escalofrío y pienso en los modelos de hockey con los que he
estado jugando en el portátil durante la comida. Me dije que no seguiría
mirándolas, pero no puedo evitarlo.
Rory se pasa una mano por el pelo, frunciendo el ceño.
—No sé qué hacer. Hacemos los ejercicios que practicamos.
— Quizá deberías cambiar los equipos de juego de poder—, sugiero
ligeramente, pasando la uña por una costura de la manga de mi camiseta.
La mesa se queda en silencio. Mierda. No debería haber dicho eso.
—¿Qué quieres decir?— pregunta Rory. — Ponemos a nuestros
mejores chicos en los juegos de poder.
Hay un traqueteo de nervios en mi estómago. Cuando me equivoco, me
equivoco de verdad, y puede tener consecuencias desastrosas, pero hay una
sensación persistente de que tengo razón en esto.
—Intercambiar jugadores cambia la probabilidad de puntuar—, suelto,
con el pulso acelerado.
Debería callarme y dejar de hablar. Trago saliva.
Jamie se inclina hacia mí y me observa con atención.
—¿Cómo lo sabes?
— Es licenciada en estadística—, dice Hayden con seguridad.
Le lanzo una mirada dura.
—Um.— Bajo la atenta y curiosa mirada de todos, no puedo conseguir
una respiración completa. No estoy acostumbrada a ser el centro de
atención. -Construyo modelos estadísticos de hockey.
Silencio.
— Por diversión—, añado. Oh, Dios. Probablemente piensen que soy
muy rara. — De todos modos...
—¿Tienes los modelos contigo?— Rory pregunta.
— Están en mi portátil.
Me lo traje a la oficina cuando llegué tarde por la mañana, y vine
directamente al partido desde el trabajo.
Los ojos de Hayden brillan con interés.
— Enséñanoslo, Darce.
Esto se está volviendo real, así que busco una excusa.
—No voy a sacar mi portátil en el bar como un idiota.
Hayden me mira mientras su mano se dirige a la cremallera de su
chaqueta, y yo suelto una carcajada. Él sonríe, moviendo las cejas, dejando
claro el mensaje.
Enséñanos las modelos o les enseñaré tu foto en mi camiseta.
—Bien—, digo rápidamente, riendo. — Te las enseñaré, pero no les des
mucha importancia. Sólo estoy jugando.
Jamie se encoge de hombros.
—No puede hacer daño.
Podría, si me equivoco. Nadie ha comprobado mi trabajo. Sólo estoy
introduciendo números y analizando patrones, pero no están probados. ¿Y
si me equivoco? Podría ser contraproducente para el equipo. El otro equipo
podría marcar un gol. El Storm podría perder el partido. En el deporte
profesional, cada gol cuenta y cada partido importa.
Los chicos se apiñan alrededor de mi portátil mientras cargo mi modelo
de juego de poder.
—Su porcentaje de juego de poder a partir de esta noche es —ajusto el
modelo para los dos que han tenido durante el partido— ligeramente
superior al 20%. No es el peor de la liga, pero tampoco es genial.
Los chicos se sientan en silencio, escuchando.
— Su primera línea de juego de poder tiene a Alexei en la defensa, pero
si lo cambian por otro defensor como Jayden, y cambian a Rory por uno de
sus delanteros de segunda línea, digamos Dylan Lockwood—, hago los
cambios en el modelo, y escupe un nuevo número, —su probabilidad de
anotar en el juego de poder sube al 27 por ciento. Una de las más altas de la
liga—, añado, empezando a sentirme cohibido. — Sé que parece increíble,
y probablemente esté equivocado porque nadie lo ha verificado...
—¿Eres maga?— me pregunta Rory, esbozando una sonrisa de sorpresa.
— No. — Me río entre dientes. — Sólo una idiota, supongo.
— Esto es increíble.— Se inclina para leer los resultados en mi pantalla
de nuevo.
—¿Verdad?— Hayden asiente a Rory. — Siempre ha sido
buena en estas cosas.
Mi corazón da un tonto salto en mi pecho mientras sentimientos cálidos
y felices burbujean a través de mí.
Alexei me estudia con expresión seria.
—¿Por qué crees que el porcentaje de anotación aumenta cuando no
estoy en el equipo?
— Ya estás mucho tiempo en el hielo durante los partidos. — Mi frente
se arruga al pensar en las diferentes iteraciones que hice. — Los jugadores
que tienen menos tiempo en el hielo en ese periodo a veces rinden mejor
durante los dos minutos de un power play. También puede ser que seas más
un defensa defensivo, ¿sabes? Mientras que si cambiamos a un defensa que
juegue un poco al ataque, aumentan las posibilidades de llevar el disco al
otro extremo del hielo.— Me encojo de hombros. — No estoy segura.
Probablemente haya una gran explicación, pero aún no la he encontrado.
La mirada de asombro de los chicos hace que se me revuelva el
estómago de emoción y orgullo. A mi lado, Hayden me guiña un ojo,
sonriendo, y mi confianza crece.
— También hice uno para los penaltis, ya que es otro punto débil.
Rory me mira herido, pero sonríe.
—Ouch.
— Lo siento.
Se me calienta la cara.
Se ríe y me hace un gesto para que me vaya.
—Enséñanoslo.
Mis dedos vuelan sobre el teclado cuando saco el modelo de penalti con
varias configuraciones de jugadores.
—¿Qué es esto?— Hazel se apoya en el respaldo de la cabina para leer
por encima de mi hombro.
— Darcy nos está enseñando magia matemática—, explica Rory.
Yo me río.
—No es magia, son sólo estadísticas. También hice una para lesiones
comunes, prediciendo tiempos de recuperación.
Sus ojos se iluminan, y sé que he enganchado su lado fisioterapeuta.
—Enséñamelo.
Repaso los modelos con ellos, explicando mi razonamiento y mis datos.
—¿Lo sabe Ward?—, pregunta Jamie.
Abro mucho los ojos.
—No. Dios mío.— Hago una mueca. — Esto es sólo por diversión.
Todos me miran como si hablara otro idioma.
— No se lo digas a Ward—, añado. — Es una tontería.
— No es una tontería—, interrumpe Hayden, frunciendo el ceño. — Tú
te ganas la vida así.
—Mi trabajo es diferente.— Se me calienta la cara. — Trabajamos en
equipos, con miles de puntos de datos, y los modelos pasan por una intensa
verificación.
Hay tan poca responsabilidad y riesgo que casi da risa. Mis clientes son
empresas: si meto la pata, pagan un poco más o un poco menos, pero nadie
sale herido. Nadie se queda sin seguro, atención o apoyo.
— Esto podría ayudarnos de verdad—, añade Alexei en voz baja.
Siento una punzada de culpabilidad, pero luego recuerdo lo devastador
que fue ser la razón por la que despidieron a otra persona, y mi culpa se
evapora.
— Sólo estoy jugando con los números. Deberías dejar la analítica a los
expertos.
— Enséñame otra vez ese juego de poder.
Rory alcanza mi teclado para ir a la siguiente pestaña pero
accidentalmente cierra la ventana y...
Una imagen del juguete rosa caliente que Hayden me compró llena la
pantalla, y mi corazón se me sube a la garganta. A mi lado, Hayden se pone
rígido.
— Usar tu nuevo G-Spot Banger es fácil con estos tres pasos—, dice
una tranquilizadora voz de mujer dice en el vídeo mientras sostiene el
juguete sexual. Todo el mundo se queda en silencio, mirando.
— Desliza el Banger dentro...
— Dios mío.
Cierro de golpe el portátil, con la cara más caliente superficie del sol
mientras todos me miran en shock.
Rory suelta un aullido de risa mientras Alexei y Jamie miran mi pantalla
horrorizados. Hazel aprieta la boca para ocultar una sonrisa. No puedo
mirar a Hayden.
— Puedo explicarlo.
No puedo explicarlo, y es exactamente lo que parece. Estaba nerviosa
por usar el juguete que me regaló Hayden, así que anoche busqué en la
página web de la empresa. Pensé que había cerrado la página.
Oh, Dios. Estaba en mi portátil en el trabajo. Aunque incluso
compañeros de trabajo viendo eso sería mejor que esto. Rory me da un
codazo.
—Hazel también tiene ese. Le devuelve la mirada con una pregunta en
la cara. —¿Verdad?
Ella asiente, riéndose.
—Sí. Es el que le dije a Hayden que comprara.
¿Saben que Hayden me lo compró? Un ruido horrorizado sale de mi
garganta. Quiero desaparecer en el aire.
— Nadie vio nada.— La voz de Hayden es alta y firme, y dirige a todos
una mirada severa. —¿Verdad, chicos?
Alexei mira fijamente al frente.
—Yo no vi nada. Se me cayeron las lentillas.— Nuestros ojos se cruzan
antes de que desvíe la mirada. — Y tampoco he oído nada.
Parece más incómodo de lo que me siento yo.
— Yo tampoco. — Rory luce la sonrisa más grande mientras le brillan
los ojos. — Acabo de ver tu magia matemática.
Cerrando los ojos, suplico en silencio que el suelo se abra y me trague.
No puedo volver a enfrentarme a estos típos.
—¿Qué tal otra ronda de bebidas?— pregunta Rory, y todo el mundo
empieza a levantarse y a volver a sus asientos a la vez.
Hayden me mira, con los ojos brillantes y la boca apretada como si
intentara no reírse.
—¿Estás bien?
— No. — Todavía puedo sentir lo rosada que tengo la cara. — Me
quiero morir.
Resopla y cierra los ojos.
—No pasa nada, Darce. Esas cosas le pasan a todo el mundo.
Mi expresión se vuelve incrédula, pero empiezo a reírme.
—¿De verdad? ¿Le pasa a todo el mundo?
— Sí. Todo el tiempo. — Se frota la fuerte mandíbula, pensativo. —
Pero si quieres que los distraiga, puedo hacerlo.
Sus dedos se ciernen sobre la cremallera de su chaqueta, y yo me
abalanzo hacia delante para agarrarle la muñeca, riendo.
— No te atrevas. — Su piel está caliente cuando le aparto la mano de la
cremallera. — Ya he mostrado demasiadas rarezas. No quiero que me dejen
sin invitación la próxima noche de bar.
Deja caer la mano y me dedica una sonrisa cómplice.
—Por encima de mi cadáver. Sabes que eres uno de los nuestros,
¿verdad?
Mi mirada se desplaza por el bar, hacia Rory y Hazel que hablan con
Pippa y Jamie en el reservado de al lado, hacia Alexei y algunos de los
otros chicos que charlan -capto las palabras power play porcentualmente en
su conversación- y hacia Jordan que mezcla bebidas detrás de la barra. Me
dedica una sonrisa rápida y tranquila.
En Calgary no tenía un grupo de amigos como este. A Kit no le gustaba
salir después de los partidos. Incluso cuando estábamos en Vancouver,
Hayden y yo teníamos que arrastrarlo. El equipo de Calgary no era tan
unido como los chicos del Storm de Vancouver.
Miro a mi alrededor, a la nueva vida que estoy creando para mí, y mi
corazón se aprieta.
Sí, soy rara y torpe, pero tengo la sensación de que no les importa. Me
gusta estar aquí y siento que por fin empiezo a encontrarme a mí misma.
CAPÍTULO 34
HAYDEN
El apartamento está congelado cuando llegamos a casa esa noche.
— Parece que el aire acondicionado está encendido.
Le señalo el termostato. Esta más frío de lo normal aquí, pero el calor
está encendido como siempre.
Darcy golpea una mano en su frente.
—Dejé mi ventana abierta. Lo siento, me gusta tener aire fresco allí
durante todo el día. Iré a cerrarla.
Ella camina por el pasillo hacia su habitación, y yo la veo alejarse, veo
mi nombre en su espalda en letras grandes y audaces.
El orgullo se extiende por mi pecho y la esquina de mi boca se
engancha.
¿Verla animándome, usando esa gran sonrisa después de que marqué un
gol esta noche? Casi me hizo olvidar la estúpida forma de Miller de
motivarme a ser más asertivo en el hielo.
Y la forma en que se iluminó esta noche, contándole a todo el mundo
sobre sus modelos de hockey, así es como quiero que hable de su trabajo.
Cada vez que menciono su trabajo, pone los ojos en blanco y cambia de
tema. Sé que no la está haciendo feliz.
Sin embargo, ella merece la felicidad. Ella se merece todas las cosas
buenas.
Desde su dormitorio, escucho un ruido amortiguado de frustración.
—¿Estás bien?— Pregunto, yendo a su habitación.
—Sí—, ella vuelve a llamar. Cuando me detengo en la puerta, está
luchando con la ventana, tratando de cerrarla. — Está atascado.— Ella
retroede para estudiarlo. — Creo que un pájaro voló hacia él y dobló la
pantalla.
Me aerco y me inclino para mirar. Tiene razón: el marco de la pantalla
está doblado y ahora la ventana no se desliza en la pista. Debido a que
estamos en muchos pisos, las pantallas no salen fácilmente, de lo contrario
simplemente lo sacaría. Algo sobre el código de construcción.
— Hay un número de mantenimiento al que puedo llamar.
Saco mi teléfono de mi bolsillo trasero, encuentro el número y marco,
dándole a Darcy una sonrisa rápida mientras suena.
—¿Es esto una emergencia?— Un chico responde. El fondo es tan
ruidoso que tiene que gritar.
— Uh.— Miro a Darcy y me da una mirada extraña. —¿No?
—Estoy lidiando con una tubería reventada en el segundo piso y está
inundando cuatro apartamentos—, dice el tipo. — Envíame un mensaje de
texto con el problema y lo resolveré tan pronto como termine aquí.
— Lo tengo. Gracias.
Los cuelgo y empiezo a escribir un texto detallando el problema y el
número de nuestro apartamento.
—Podría tardar un tiempo.
— Oh. — Darcy se muerde el labio, mirando la ventana y luego el reloj
de su tocador. Es casi medianoche. — Debería irme a la cama. Es una
noche de trabajo. Tal vez pueda venir a arreglarlo mañana por la mañana.
Le frunzo el ceño.
—Aquí hace mucho frío.
— Cerraré la puerta para que no haga frío en el resto del apartamento.
—No, Darce.— ¿Ella piensa que estoy preocupado por mí mismo? —
No quiero que pases demasiado frío.
— Me pondré una sudadera con capucha. Está totalmente bien.
Una expresión infeliz se asienta en mi cara. Esto no me gusta. Es pleno
invierno. Ella va a estar fría.
—Puedes dormir en mi cama.
—¿Qué?Ella parpadea.
Ya estoy decidido.
—Tú duermes en mi cama, y yo dormiré en el sofá.
La fuerza de mis palabras me sorprende, pero la idea de Darcy en mi
cama se arraiga en mi cerebro y crece, extendiéndose como la pólvora,
enviando calor y chispas por mi columna vertebral. A la parte cavernícola
de mi cerebro le gusta esta imagen.
— No tienes que hacer eso—, dice en voz baja, mirando mi cara.
¿Eso es alivio o decepción? Mis ojos se cortaron a su escritorio y
aterrizaron en el juguete sexual que le compré antes de apartar la mirada.
— Darcy, no quiero que duermas en un heladera toda la noche.
Preocuparme por si estás lo suficientemente abrigada me mantendrá
despierto toda la noche, y mañana tenemos otro partido. — Le inclino una
sonrisa alentadora.—Y necesito descansar.
— Dormiré en el sofá—, dice ella. — Ya que necesitas descansar.
— No.— Sacudo la cabeza, todavía con una sonrisa. Ella es tan linda,
especialmente con esta camiseta. Nunca quiero que se lo quite. — He
tomado una decisión. Soy un caballero, ya sabes.
Las comisuras de su boca se inclinan más alto.
—No dije que no lo fueras.
Su garganta funciona, y sus ojos trazan sobre mi boca, mi mandíbula,
mi cuello. Mi mente va a nuestro beso de práctica en la fiesta del elenco y
cómo se sintió cuando la metí en mi regazo. Cómo se sintió cuando nos
despertamos juntos, su cabeza en mi pecho, el pelo se derramaba sobre mi
piel.
Su boca se retuerce como si estuviera deliberando, y su mirada se eleva
hacia la mía.
—Dijiste que necesitabas descansar.
Yo arqueo una ceja, y ella se mueve sobre sus pies, mirando hacia otro
lado.
— No es gran cosa si ambos dormimos en tu cama—, dice,
encogiéndose de hombros.— Somos amigos.
Mi pulso se acelera y respiro profundamente en mis pulmones.
Cada vez que me acerco a ella, es casi demasiado bueno para soportarlo,
y el control se afloja.
Sin embargo, la última vez que nos despertamos juntos fue el mejor
sueño que había tenido. Probablemente fue una coincidencia.
Sin embargo, ¿y si no lo fuera?
— Estoy bien con eso si tú lo estás—, digo, manteniendo mi tono
casual.
— Totalmente bien.
La tensión se agrieta y aparece en el aire, y ella suelta una ligera risa.
—Prepárate para ir a la cama, entonces.
CAPÍTULO 35
HAYDEN
Diez minutos después nos metemos en la cama, sin mirarnos. Mi
corazón late más fuerte en mi pecho mientras ella se acomoda debajo del
edredón a mi lado, hundiendo en la almohada y adaptándose para sentirse
cómoda. Cuando la miro, mi pulso da un salto extraño.
Se siente extrañamente familiar y cómodo, subirse a la cama con Darcy
así. Como si lo hayéramos hecho mil veces.
—¿No vas a tener demasiado calor?— Ella pregunta, mirando mi
camiseta y pantalones cortos de gimnasia.
Voy a hervir de adentro hacia afuera, pero no puedo subirme a la cama
junto a ella solo con mis calzoncillos como suelo usar para dormir.
—Estaré bien.
Una de sus cejas se levanta.
—Hayden. Sé que duermes solo en calzoncillos. Está bien.
Dudo. —¿Estás segura?
Ella asiente.
—Mhm. Promesa. Me guardaré las manos para mí misma.
Me río, me tiro de la camisa por encima de la cabeza y la tiro a la silla.
Sus ojos se arrastran por mi torso con interés antes de mirar hacia otro
lado rápidamente. ¿Me estaba... mirando? El orgullo se expande en mi
pecho. Me tiro de mis pantalones cortos, y sus ojos se cortan hacia mí, a
mis calzoncillos ajustados, antes de que mire al techo.
— Será mejor que no ronques—, le digo.
Ella sonríe y me patea con sus pies fríos.
— Tus pies—, siseo, alejándome. — Son como el hielo.
— Lo siento.
Ella mueve los dedos de los pies contra mi pantorrilla.
Me alejo la pierna, riendo.
—Eso es todo. Dormirás en el pasillo.
Ella se ríe de nuevo, y yo sonrío, moviéndome a mi lado para estudiarla.
—Es como tener una fiesta de pijamas—, dice, mirando sobre mi cara.
— No lo sabría. No tengo fiestas de pijamas con mujeres.
Sus cejas se juntan en una expresión desconcertada.
—Me refería a una fiesta de pijamas, como cuando eras niño, pero
ahora tengo más preguntas. — Las comisuras de sus labios se inclinan
mientras me estudia. —¿Realmente? ¿Nunca has dormido en la misma
cama que una mujer?
Sacudo la cabeza.
—Quiero decir, la otra noche, después de que Kit te llamara...
— Correcto.— Ella traga, mordiendo su labio.
— Pero eso fue...
— Diferente.
— Sí. — Ella asiente. — Diferente.
Un largo latido de silencio.
—Las fiestas de pijamas llevan a desayunar juntos—, lo admito, — y
eso lleva a que la gente se encariñe.
Desayunamos juntos todo el tiempo, mi cerebro me lo recuerda. Ella me
prepara café todas las mañanas cuando estoy en la ciudad. Es la mejor parte
de mi día, sentado en la cocina con ella mientras se ve toda somnolienta y
linda, hablando de nuestros planes para el día.
Ella tararea, mirándome.
—Así que tal vez seas tú quien ronca.
Me río a carcajadas.
—Lo que sea. No me culpes cuando las ventanas empiecen a temblar
porque estás aserrando troncos.
Su sonrisa se extiende ampliamente, y agradezco a ese pájaro tonto por
volar hacia su ventana y hacer que esta situación suceda.
— Voy a apagar la luz—, le digo, y ella asiente.
Alcanzo el hombro y apago la lámpara, oscureciendo la habitación.
Incluso con las persianas cerradas, un suave brillo de las luces de la ciudad
afuera se cuela.
Escucho el sonido de nuestra respiración, pero mi mente vuelve al bar
esta noche. Cómo se veía tan aterrorizada por la idea del equipo usando sus
modelos de hockey. Un recuerdo resurge: hace años, ella hablando con
emoción animada sobre su nuevo trabajo.
Durante seis meses después de graduarnos de la universidad, Darcy
trabajó para el Departamento de Agricultura de Canadá como analista de
datos. Todavía recuerdo la forma en que sonaba su voz cuando hablaba de
su trabajo, llena de interés y emoción.
—¿Oye, Darce?
—¿Mmm?
—¿Qué pasó en tu primer trabajo?
Ella nunca me dijo por qué consiguió un nuevo trabajo, solo que estaba
trabajando en otro lugar antes de cambiar de tema. Sin embargo, ella nunca
tuvo esa chispa cuando hablaba de trabajo.
No hasta esta noche.
— La cagué y me despidieron—, dice en voz baja. — Y conseguí que
alguien más fuera despedido.
Todavía puedo distinguir su perfil en el dormitorio oscilo mientras mira
al techo.
—¿Qué pasó?
Ella exhala por la nariz.
—Estábamos haciendo un estudio sobre granjas a pequeña escala, sobre
quién podía usar el dinero de la subvención de manera más efectiva, y mi
modelo estaba equivocado.
Nuestras miradas se encuentran antes de que ella mire hacia otro lado, y
tengo el impulso abrumador de tirar de ella contra mi pecho y decirle que
no es su culpa, que va a estar bien.
— Mi jefe lo revisó, pero subí el equivocado. La gente se perdió la
subvención del gobierno debido a eso, y solo nos enteramos cuando fuimos
auditados.
Ella traga.
Me duele el pecho por el dolor de su voz.
—¿Y te dejaron ir?
Ella asiente.
—Sin embargo, también dejaron ir a mi jefe. Y ella era una madre
soltera.— Su expresión se arruga y mi cuerpo se tensa. — Ella era tan
amable, Hayden. Ella era una jefa tan buena. Pasó tanto tiempo
entrenándome y explicándome cosas. Me di cuenta de que realmente le
encantaba el trabajo, ¿sabes?
Asento, sin saber qué decir. Odio verla con este dolor. Odio que esto le
haya pesado durante años y la haya hecho sentir que no es capaz.
— Tenías veintidós años. Estabas recién salido de la escuela.
—Debería haberlo sabido mejor. — Ella respira hondo y lo deja salir
lentamente. — Algunas de esas granjas a pequeña escala tuvieron que
cerrar y vender tierras. Algunos de ellos habían sido granjas familiares
durante generaciones. Mi error hirió a mucha gente.
No digo nada durante mucho tiempo. Solo la observo y me pregunto
cómo sería si eso no hubiera sucedido. Si todavía estuviera en ese trabajo y
amara su carrera.
Dios, quiero ver a Darcy amar su carrera de nuevo. Quiero verla
iluminarse como lo hizo esta noche.
—Todo el mundo comete errores.
— Sí. Todo el mundo comete errores, pero a veces lastiman a la gente.
Es por eso que trabajo en seguros—, admite con una media sonrisa irónica.
— Nadie sale herido. Ancianos ricos podrían perder un poco de dinero,
pero nadie sale del negocio y nadie es despedido.
Ella me da una sonrisa rápida y tranquilizadora, como si estuviera
suavizando la conversación y toda su vulnerabilidad. Pero sus palabras
anudan en mi pecho, enganchándome y rascándome.
Sus ojos se cierran y se acomoda más bajo mi edredón.
—Buenas noches, Hayden.
Quiero más para ella. Quiero que se sienta en la cima del mundo, que
esté entusiasmada con el trabajo y que sienta que está marcando la
diferencia. Quiero que se arriesgues y vea que a veces valen la pena.
— Buenas noches, Darce.
_____
Me despierto a la mañana siguiente en cucharita con Darcy, su cuerpo
metido contra mi pecho, cálido y suave, cabello bonito por todas partes y su
dulce aroma en mi nariz. Intensos sentimientos de comodidad y posesividad
pasan por mí.
Ella encaja justo contra mí, como si estudiéramos hechos el uno para el
otro.
En su sueño, ella suspira y mueve sus caderas, presionando su culo
hacia mí. La sangre cae en mi polla y me duelen las pelotas.
Ella suelta un gemido bajo y lo hace de nuevo. Mi mandíbula se aprieta
de lo bien que se siente la presión contra mi polla, lo bien que se siente para
ella quererme así. El impulso de tirar de la parte inferior de su pijama hacia
abajo y balancearse contra su coño barre a través de mí, pero en cambio,
aprieto mi agarre alrededor de ella, agarrándola más fuerte contra mí,
dejando que mis labios caigan a la piel expuesta entre su hombro y cuello.
No debería estar haciendo esto, pero estoy medio dormido y no pienso
con claridad. Su piel es tan jodidamente suave debajo de mi boca, y podría
pasar horas así, solo burlándose el uno del otro.
Su respiración cambia y se endurece antes de que su cabeza se saca y
nuestras miradas se encuentran. Sus ojos se agrandan.
— Lo siento.
Ella se aleja, y yo tiro de mi brazo hacia atrás, rodando sobre mi
espalda.
Afortunadamente, entre mis calzoncillos ajustados y el edredón grueso,
ella no puede ver mi erección tensa y cuánto disfruté de lo que acabamos de
hacer.
Al otro lado de la cama, me da una sonrisa suave y ligeramente
avergonzada, luciendo tan jodidamente hermosa a la luz de la mañana.
—¿Has dormido bien? ¿No te estaba pateando o murmurando sobre la
secuencia de Fibonacci?
Me río, sacudiendo la cabeza.
—Dormí como una roca.
La realización se hunde en mis entrañas. No es una az, entonces, que
duerma mejor que nunca con Darcy en mi cama.
Nos miramos el uno al otro por unos momentos.
— Yo también— , susurra.
Nuestros ojos se encuentran de nuevo y mi corazón palpita más fuerte.
Quiero quedarme en la cama con ella para siempre, solo acostado aquí
hablando. Mi mente vuelve a anoche en el bar.
—Me gusta que vuelvas a jugar con tus modelos de hockey.
Ella pone los ojos en blanco.
— Sin embargo, te hacen feliz, ¿verdad? Tal vez eso sea suficiente.—
Alcanzo un mechón de su cabello púrpura claro y lo cubro a través de su
labio superior como un bigote.
Debajo de él, ella sonríe.
— Es agradable verte emocionada por las cosas de nuevo.
Ella hace un zumbido agradable y reflexivo.
Mis ojos caen hacia su boca, y la necesidad de tirarla hacia atrás contra
mí y besarla corre a través de mí. Nuestras miradas se encuentran, y algo
brilla en sus ojos. Por un momento, creo que ella podría sentir lo mismo.
— Debería levantarme y prepararme para el trabajo—, susurra.
— Sí. — Asento. — Volveré a llamar al chico de mantenimiento por tu
ventana. Estará arreglado para cuando llegues a casa esta noche.
Ella me da una sonrisa agradecida y se va, cerrando la puerta de mi
habitación detrás de ella, y yo me acuesto allí, escuchando los sonidos de
ella preparándose para el trabajo mientras envuelvo mi mano alrededor de
mi polla y le doy golpes lentos y tortuosos, burlándose de mí mismo hasta
que escucho la puerta principal cerrarse cuando ella se va.
Con algunos golpes más rápidos y ásperos, me vengo duro, la luz blanca
ciega mi visión y el placer corre como una corriente caliente a través de mis
venas mientras disparo por todo mi estómago con un gemido. Nunca puedo
venir en silencio. Mi respiración entra y sale de mis pulmones mientras mi
cabeza se llena de pensamientos de Darcy suave, dulce y follable. Mi
Darcy.
Como siempre, el orgasmo no es suficiente. Después, la quiero más que
nunca. El impulso de tomar el control aumenta. Es la misma sensación que
tuve en el hielo la otra noche cuando marqué el gol.
Más tarde, de camino a la cocina, me detengo en la puerta de su
dormitorio, mirando la caja sentada en su escritorio, sin abrir más allá de la
caja de envío original.
El juguete sexual.
Mis pensamientos se mueven hacia el vídeo instructivo que apareció en
su portátil anoche. No es mi problema, y no me voy a involucrar. No
importa lo mucho que quiera intervenir, ayudarla y hacerla sentir segura.
Haz que venga.
Me obligo a caminar hacia la cocina, despejando los pensamientos de
ella de mi cabeza mientras llamo de nuevo al tipo de mantenimiento para
que arreglen la ventana.
No. Es. Mi. Problema.
CAPÍTULO 36
HAYDEN
A los diez minutos del partido contra Boston, tenemos nuestro primer
juego de poder. Todos los chicos que estaban en el bar la noche en que
Darcy habló de sus modelos analíticos se miran unos a otros.
Ella duda de sí misma, pero yo no.
—¿Qué tal si cambiamos los equipos de juego de poder?— Sugiero a
Ward en el banco.
Levanta una ceja y me da una mirada larga.
—¿Los equipos con los que he seleccionado cuidadosamente y con los
que he pasado toda una temporada entrenando?
Miro a Miller, cuyos ojos se iluminan de curiosidad, antes de asentir con
la nientimiento a Ward.
—Sí. Creo que deberíamos probar algo diferente.
La esquina de la boca de Ward hace tic.
—De acuerdo, Owens. ¿Qué quieres hacer?
— Cambiemos a Volkov por Novotny.— Jayden Novotny es el defensor
de segunda línea que Darcy sugirió, que juega más ofensivamente que
Volkov. — Y Miller para Lockwood.
—¿Quieres sacar a Miller del hielo durante un juego de poder?
Miller y yo intercambiamos una mirada, y él mueve las cejas, sin
ofrecer ninguna ayuda.
— Sí.— Asento con la ninte a Ward. — Yo lo hago.
—¿Miller?— Ward lo mira. —¿Algo que decir?
— No. — Miller nos sonríe. — Solo estoy emocionado de probarlo.
Ward sacude la cabeza, con un toque de sonrisa en la boca.
—Ve a buscarlos, Chicos.
El equipo revisado toma posición para el enfrentamiento, y agarramos el
disco.
Novotny lanza y teje alrededor de su defensor mientras el ruido de las
gradas crecen.
Él da un tiro, y el portero de Boston se desvía. Hay un colectivo oh de
decepción momentánea antes de que Lockwood agarre el disco.
Quedan veinte segundos en el reloj de power play.
Él me pasa y yo tomo la foto. Esta vez, el disco navega hacia su Neto.
La arena ruge de ruido y la bocina de la portería suena mientras nuestros
chicos me rodean. La sangre pesa en mis oídos y miro a Darcy sentada
detrás de la red, radiante y vitoreando.
¿Ves? Mi expresión dice, y ella solo sonríe más fuerte.
— Owens. — Ward se acerca en el camerino. — Buen trabajo esta
noche. Me gusta ese pensamiento fuera de la caja sobre el juego de poder.
— Él sacude la cabeza. — No es fácil asumir riesgos como ese, pero a
veces valen la pena.
— No fue idea mía. Es mi—me tropiezo sobre cómo llamarla—
compañera de cuarto, Darcy. Es actuaria y juega con modelos analíticos por
diversión.
— Por diversión—, hace eco Ward, pero está sonriendo.
Me río.
—Sí. Tiene un título en estadística y le encantan ese tipo de cosas.
—¿Ella está buscando trabajo?
— No lo sé.
Algo baila en mi pecho. Darcy trabajando para el equipo. ¿Qué tan
jodidamente genial sería eso? Apuesto a que le gustaría mucho más que su
aburrido trabajo de seguros. Tal vez ella llegue a la carretera con nosotros a
los partidos fuera de casa. La idea de que se entusiasme con su trabajo, se
ilumine y haga algo que ama, hace que la esperanza se eleve dentro de mí.
—Deberías preguntarle a ella.
La expresión de Ward se vuelve reflexiva y asiente a sí mismo.
—Tal vez lo haré.
CAPÍTULO 37
DARCY
El fin de semana siguiente Georgia y yo volvemos a salir de compras
cuando me lleva a una tienda tranquila.
Es un mar de lencería. Aferro con más fuerza las bolsas de la compra.
Ya he comprado un par de tacones "follame", como los llama Georgia, y un
par de tops en su tienda de segunda mano favorita.
Mi mirada se dirige a una silla de terciopelo al fondo de la tienda, cerca
del probador.
—Estaré allí. Tómate tu tiempo.
— No. He visto tu ropa interior.— Me lanza una mirada de lástima,
refiriéndose a la vez que me ayudó con una cremallera y utilizó la frase
saco de patatas del presupuesto con respecto a mis bragas. — Esto es una
intervención.
Le dirijo una mirada herida.
—¿Qué le pasa a mi ropa interior?
Me mira un estante de tangas de gasa.
—¿Quieres que te responda o quieres sentirte guapa y sexy?
Encuentra mi talla y me la da antes de buscar entre los sujetadores a
juego.
— No necesito ropa interior cara para sentirme sexy.
Se me calienta la cara al pensar en la semana pasada, cuando me
desperté en la cama de Hayden y rechiné contra su gruesa erección.
Con esa cosa, no me extraña que no tenga problemas con las mujeres.
Trago saliva.
— No lo tienes—, musita Georgia mientras echa un vistazo a más
prendas increíblemente sexys con las que pareceré una completa tonta,
como una niña jugando a disfrazarse. — Pero ayuda.
— No creo que esté lista para empezar a salir con gente.
No menciono cómo Hayden y yo nos besamos en la fiesta del reparto o
cómo definitivamente me sentía preparada para eso.
—La lencería no tiene que ser para otras personas. Es para ti. — Su
boca se inclina en una sonrisa pícara. — Hay poder en tener un secreto. A
veces, cuando el ruso hace sus comentarios de zorra o me mira a los pies,
creo que lo que llevo debajo de la ropa te derretiría los ojos.— Se queda
mirando al vacío durante un buen rato antes de salirse de él y sonreírme. —
Pruébate algunas prendas. Si no te gustan, no tienes por qué comprarlas.
Navegamos por la silenciosa tienda durante unos minutos más, y los
nervios me revuelven el estómago ante la idea de llevar esas prendas. No sé
por qué; no es que vaya a verlos nadie.
Quizá porque siento que es otra forma de dejar atrás mi antiguo yo.
O quizá porque cada vez que pienso en una de las prendas de encaje, me
pregunto si a Hayden le gustaría. Me quedo mirando un liguero color crema
e imagino sus grandes manos desabrochando los pequeños broches, y un
escalofrío me recorre la espalda.
— Debe de ser agradable tener la casa para ti sola cuando los chicos no
están—, dice Georgia.
El equipo ha estado fuera durante cinco días, viajando para los partidos
fuera de casa, y no, no ha sido agradable tener el lugar para mí sola.
Echo de menos a Hayden.
— Dormimos en la misma cama—, suelto.
Su mano se detiene sobre una mesa antes de que sus ojos interesados se
dirijan a los míos y una sonrisa se dibuja en su boca.
—Continúa.
— Porque mi ventana estaba atascada.
Me mira con asombro.
—¿Me tomas el pelo?
— Hablo en serio—, me ahogo riendo. — Mi ventana no se cerraba y
hacía frío y quería que durmiera bien para el partido y…— Me corto
cuando Georgia sonríe más ampliamente.
— Ajá. — Su tono está cargado de incredulidad y sonríe como un gato.
—¿Querías que durmiera bien? Qué amable.
Me arde la cara. Puedo poner todas las excusas del mundo, pero la
verdad es tan obvia: quería volver a dormir en la misma cama que Hayden.
La forma en que olía a la mañana siguiente y la sensación de su cuerpo duro
y ancho envuelto alrededor del mío se entrelazan en mi memoria y se me
eriza la piel.
— Y, um, nos despertamos haciendo la cucharita y él tenía una erección
y yo accidentalmente me molí contra ella.
He estado pensando en todo esto sin parar y todo está saliendo a la
superficie.
— Mmm.— Ella asiente, satisfecha. — Esas son las cosas de las que
quiero oír más.
Todavía no he usado el juguete que me regaló. Si lo hago, pensaré en él,
y me preocupa lo que pasará después. Me gustará demasiado.
Ya me gusta demasiado. Tal vez lo he hecho durante mucho tiempo. Ya
no lo sé.
Nuestras miradas se cruzan y algo en mi expresión hace que la suya se
suavice.
— Es mi mejor amigo y mi compinche y hay un millón de razones por
las que no deberíamos involucrarnos.
Hace un ruido pensativo que suena como un acuerdo a regañadientes.
— Todavía estoy descubriendo cosas. — Todavía me estoy
descubriendo es lo que quiero decir pero no sé cómo.—No quiero
descarrilar eso.
Ella tararea, asintiendo con comprensión.
—No puedo discutirlo. — Una sonrisa tensa se dibuja en su boca. —
Los hombres lo estropean todo.
Su tono es tenso. Quiero saber más, pero me hace señas para que me
acerque al camerino.
— Basta de rodeos—, me dice por encima del hombro.
Quince minutos después, miro mi reflejo en el probador.
Es la luz cálida y favorecedora que me hace ver tan bien. O el fondo de
la gruesa cortina de terciopelo que tengo detrás. O quizá sea el olor fresco y
reconfortante tienda huele fresca y reconfortante, a vainilla y limón.
O puede que sea simplemente el aspecto que tengo con lencería de alta
gama. El placer y el orgullo me recorren mientras respiro hondo y veo
cómo mi escote se eleva por encima del sujetador. El delicado morado de
las flores bordadas hace juego con mi pelo y el ajuste es perfecto. El tejido
es suave y lujoso, como si alguien hubiera dedicado tiempo y esfuerzo a
confeccionarlo. Algo en mi pecho se expande, hinchándose y haciéndome
parecer un poco más alta.
Creo que mis otros sujetadores son de la talla equivocada, porque mis
tetas no suelen tener este aspecto.
—¿Soy un genio o qué?— exclama Georgia desde el otro lado de la
cortina.
Aunque ni me lo imagino, al final tendré que volver a tomarme en serio
las citas. Según la lista, un jugador siempre está seguro de sí mismo y
tranquilo, y llevar algo así debajo de la ropa me daría el empujón que tanto
necesito.
Lo que llevo debajo de la ropa te derretiría los ojos, decía antes. Me
estremece la idea de que Hayden me vea así. O incluso de llevarlo cerca de
él, sin que se entere.
Eso nunca ocurrirá, pero es divertido pensarlo.
—Sí—, respondo, mordiendo una sonrisa.
_____
Salgo del ascensor de nuestra planta al mismo tiempo que Hayden sale
del apartamento de enfrente.
— Gracias por tu ayuda, cariño—, le dice nuestra anciana vecina, Greta,
antes de verme y sonreír con calidez. — Hayden me estaba ayudando con
las ventanas superiores a las que no puedo llegar.— Ella le dedica una
orgullosa inclinación de cabeza. —Es un buen limpiacristales.
Hayden y yo nos reímos entre dientes. El tipo gana millones como uno
de los mejores jugadores de hockey del mundo, pero no está demasiado
orgulloso de limpiar las ventanas de su anciana vecina. Se me estruja el
corazón.
— Es un buen limpiacristales—, le digo con una sonrisa.
— Es un joven muy simpático. — Sus ojos se arrugan con una sonrisa.
— No los hacen así muy a menudo.
Se mueve, incómodo con este elogio, y yo le sonrío.
—Lo sé. Es uno entre un millón.
— No dejes escapar a éste.
Me guiña un ojo antes de cerrar la puerta.
En el silencioso pasillo, Hayden y yo nos echamos a reír.
—¿Qué tal el vuelo?— Le pregunto, abriéndole la puerta. Él llegó a
casa hoy temprano.
— Bien. — Ladea la barbilla hacia mis maletas. —¿Haciendo más
compras?
— Georgia y yo fuimos después del trabajo.
Hace un ruido de satisfacción.
—¿Qué compraste?
— Unos tops, un par de zapatos.
Y algo de lencería muy sexy de la que nunca le contaré.
Se sienta en la isla de la cocina mientras dejo las bolsas.
—Enséñamelo.
Aparto la bolsa con la lencería -por suerte, la bolsa de papel es blanca y
no lleva el nombre de la tienda- y saco los dos tops que he comprado. Me
mira divertido mientras abro la caja de zapatos, pero cuando levanto un
tacón de terciopelo azul pálido, se le borra la sonrisa.
— Georgia me convenció para que los comprara. Sé que son diferentes
de lo que suelo llevar, y son de terciopelo, así que puedo ponérmelos como
dos días al año aquí, pero…— Me encojo de hombros. — Son divertidos
para la primavera.
Y los quería. Me sentía sexy, madura y elegante con ellos.
— Creo que se llaman zapatos follame.
Los mira fijamente, con una voz áspera que me eriza la piel.
El calor se apodera de mí.
—¿Lo son? — Levanto la voz. — No lo sabía.
Traga saliva, parpadea y mira hacia otro lado.
—¿Qué hay en esta bolsa?
Alarga la mano hacia la bolsa de papel blanco, y la alarma se dispara a
través de mí.
— No, no...
Saca un delicado sujetador balconette de color crema con bonitas flores
de color púrpura suave cuidadosamente cosidas a la tela de gasa.
Me quedo paralizada al ver la lencería en sus fuertes manos. Durante un
largo instante, se queda mirándola antes de volver a meter la prenda de
encaje en la bolsa. Nuestras miradas se cruzan, sus pómulos adquieren un
adorable tono rosado y me arde la cara.
Me encojo de hombros con una sonrisa avergonzada.
—Georgia me obligó a comprarlo.
— Sí. — Se pasa la mano por el pelo, la larga línea de su garganta se
mueve mientras traga saliva. — Es genial. La lencería es genial.
— Vestirse como una jugadora y todo eso.
Un músculo le tiembla cerca de la sien y su mirada se mueve sobre mí,
parpadeando con algo. ¿Se está imaginando que lo llevo puesto?
No, claro que no.
Se levanta y vuelve a mirar la bolsa de lencería antes de apartar la
mirada.
—¿Has cenado?
Niego con la cabeza.
Sus ojos brillan y mueve las cejas al ver mis tacones nuevos. La tensión
se disipa y vuelvo a respirar.
— Vamos a dar una vuelta con tus zapatos nuevos.
CHAPTER 38
HAYDEN
—Pronto florecerán los cerezos.
Darcy levanta la cara para mirar los árboles mientras volvemos a casa
después de cenar.
Me viene a la mente el sujetador de encaje que saqué de su bolso en el
apartamento. Las flores bordadas eran diminutas, delicadas y muy bonitas.
No puedo dejar de pensar en el aspecto que tendría con él puesto. En cómo
se sentirían esas flores bajo mis labios mientras le doy suaves besos en la
parte inferior de los pechos, provocándola.
Es exactamente el tipo de cosa que le compraría, si le comprara
lencería.
Cosa que no hago.
Pero que estoy pensando y he estado pensando toda la noche. ¿Qué más
hay en esa bolsa blanca en el apartamento? ¿Un par de bragas a juego? Me
viene la imagen de ella estirada en mi cama, sonriéndome, con el conjunto a
juego mientras decido dónde tocar primero. Darcy con la lencería que ha
elegido, con la que se siente sexy... es casi demasiado para soportarlo. Y
luego esos zapatos que he estado mirando toda la noche.
Nunca me han gustado los pies, ¿pero cuando Darcy lleva unos tacones
tan sexys como esos? Dios santo.
Necesito alejarme de ella antes de hacer algo estúpido. Necesito
masturbarme. Necesito besarla otra vez. Necesito sacármela de la cabeza,
porque me estoy volviendo loco.
Me mira expectante y vuelvo al presente.
—¿Qué?
Se ríe, con los ojos verdes iluminados por la suave luz del atardecer.
—Dije que echaba de menos los cerezos en flor de Vancouver.
Exhalo con fuerza.
—Sí. Son... muy bonitos.
Su mirada se detiene en mí, con las cejas arqueadas por la
preocupación.
— Estás callado esta noche. ¿Todo bien con el hockey?
— Todo genial.
Mi sonrisa es confiada y coqueta, pero sus ojos se entrecierran como si
viera a través de mí.
—¿Te gusta jugar en ataque?
— Sí—, admito. — Aunque todavía no siento que esté donde tengo que
estar.
Incluso con el tonto truco de Miller para motivarme, algo no va del todo
bien. El malestar se aloja en mi pecho como un grano afilado. Pero al
menos nos ha quitado la presión mediática a Ward y a mí.
— Algo cambió en torno a tu partido con New Jersey.— Inclina la
cabeza y me mira. — Tu media de asistencias bajó, pero empezaste a
marcar más goles.
Mi sonrisa es más genuina, porque me encanta cuando deja salir su
cerebro matemático. Apuesto a que también sabe los porcentajes exactos,
pero se contiene porque no quiere parecer una tonta.
Aunque me gusta cuando es una tonta. Darcy hace que las matemáticas
parezcan calientes.
—¿Ah, sí?— Le arqueo una ceja burlona.—No creo que eso sea del
todo correcto.
Sus ojos brillan con determinación.
—Tu índice de asistencias bajó un 29%, pero tu media anotadora
aumentó un 32,4%. Si sigues así la próxima temporada, serás uno de los
tres mejores anotadores de la liga.
Una sonrisa de satisfacción se dibuja en mi cara.
—Entendido.
Ella pone los ojos en blanco y sonríe.
—Me has engañado.
— Me encanta que me hables de matemáticas, nena.
Resopla.
—Se supone que me tienes que enseñar a ligar, no a espantarlos.
—¿De qué estás hablando?
— No puedo hablar de estadísticas con otros típos,— dice, como si
fuera obvio. — Es aburrido y raro. Sueno como un robot.
Se me endurecen las tripas con la frase otros típos.
—Hablar de las cosas que amas es sexy, Darce. Siempre deberías hablar
de estadísticas en las citas.
La palabra citas me sabe a arena en la boca. Sólo citas conmigo, me
encantaría añadir.
— Tú eres diferente.
Una cuerda me punza en el pecho.
Ella suspira.
—Otros típos no quieren oír hablar de ello.
—¿Otros típos siendo Kit?— pregunto antes de poder contenerme.
Ella se encoge de hombros, lo cual es suficiente respuesta para mí.
Nunca presumió de que ella tuviera un título de estadística. Las pocas
veces que lo vi presentársela a la gente en eventos, la llamaba su novia, y
eso era todo. Nada de que era actuaria o licenciada en matemáticas o que le
encantaba la fantasía romántica o que era la campeona de bolos entre
nosotros tres.
No la trataba como si fuera su propia persona.
— Oye.— Dejo de caminar y cojo su muñeca.
El sol se está poniendo y la luz dorada brilla en su pelo morado pálido.
Bajo mi mano, la pulsera que le regalé se desliza entre nosotros. La
lleva todos los días. Siento un golpe de orgullo masculino posesivo, seguido
del impulso de comprarle más joyas.
— Deberías hablar de estadísticas en las citas. Si cree que es raro, es un
perdedor inseguro, ¿bien? Los hombres de verdad no se sienten
amenazados por una mujer con un gran cerebro que sabe manejarse con una
calculadora gráfica.
Cierra los ojos y ríe en silencio. Bajo mis dedos, su piel es tan suave.
—Hace años que no uso una calculadora gráfica.
— Sí, pero podrías, ¿no?
Sonríe y pone los ojos en blanco.
—Mhm. Eso es lo que pensaba. ¿Quieres mi consejo? Espera a un tipo
que quiera TI-83 toda la noche.
Su pecho tiembla de risa.
—¿Qué significa eso?
— No lo sé. — Sacudo la cabeza y exhalo un fuerte suspiro como si
estuviera excitado. Lo estoy, un poco. — Pero suena caliente.
— Eres muy raro—, dice, empezando a andar de nuevo.
Le suelto la muñeca, siguiéndola a paso tranquilo.
—Tus recomendaciones funcionaron la otra noche en el partido.
Su mirada se desvía hacia la mía, con los ojos muy abiertos, antes de
sacudir la cabeza, sin darle importancia.
— El equipo tuvo suerte.
— No es suerte. Eso es lo que siempre dices de estas cosas, ¿verdad?
No es suerte, es una circunstancia prevista. Tenías razón, Darce. Tus
cálculos cuadraban.
Se muerde el labio, y yo espero en silencio que cambie de opinión,
olvidando todo lo ocurrido en el pasado.
—Tienes razón, soy un genio increíble— , dice en mi ensoñación.
Una sonrisa se dibuja en su boca.
—Todavía no me has dicho qué ha cambiado.
—Miller dijo que si no marcaba un gol, te emparejaría con uno de los
novatos. — Incluso ahora, los sentimientos de protección se disparan en
mis entrañas. — No de una manera espeluznante. Iba a animarles a que te
pidieran salir o a que hablaran contigo en el bar.
Los ojos de Darcy chispean de diversión.
—¿No tienen como veinte años?
— Uno tiene dieciocho.
Se ríe.
—¿Por qué iba a salir con alguien de dieciocho años? Sería como salir
con mi hermano pequeño.
Siento alivio.
—Sí, no sé por qué pensó que funcionaría.
— Quiero decir, funcionó.
Me lanza una mirada mordaz.
Parece estúpido, ahora que lo pienso. ¿Por qué le iba a gustar a Darcy
un chico recién salido del instituto? Me fuerzo a encogerme de hombros. Se
me calientan las orejas.
—No quería que te sintieras incómoda.
— Hayden. — Me da un codazo en la costilla. La forma en que dice mi
nombre hace que mi sangre se caliente y se espese como la miel.—A veces
eres demasiado dulce, ¿lo sabías?
— No digas eso.
Siento una opresión en el pecho, el corazón bombea con fuerza.
Me mira raro, pero cuando dice cosas así, en ese tono cariñoso,
mirándome como si yo fuera algo más que una cara bonita y un buen polvo,
siento esperanza.
Es peligroso.
Abre la boca para decir algo, pero hace un gesto de dolor y mira hacia
sus pies.
—¿Qué pasa? ¿Qué te pasa?
— Estos zapatos. — Se inclina para tirar de la correa. — Me duelen.
¿Cómo hace Georgia para usar zapatos así todos los días? Me dijo que me
pusiera cinta adhesiva en los dedos, pero no teníamos en casa.
Comienza a caminar de nuevo, pero la expresión de dolor permanece en
su rostro.
La preocupación se apodera de mí y vuelvo a ponerle una mano en la
muñeca para detenerla. "
—No puedes andar, Darce. Te van a salir ampollas.
— Ya tengo ampollas. No pasa nada. Estamos a dos manzanas de casa.
Miro sus zapatos. Estúpidos zapatos sexys, causándole dolor. Podría
llamar a alguien para que me lleve, pero sería más rápido caminar, y mis
instintos me gritan que lleve a Darcy a casa para que pueda quitarse los
tacones.
De espaldas a ella, me arrodillo.
—Súbete.
—¿Qué? No, estoy bien.
— No lo estás. Te duelen los pies.— Verla con dolor hace que me duela
el pecho. — Podemos hacerlo por las buenas o por las malas.
—¿Por las malas?
Me levanto y la cojo en brazos, llevándola a lo bombero por la acera, y
ella se ríe a carcajadas. La gente nos mira y una mujer mayor nos sonríe.
—¡Bien, bien!— Darcy me palmea el pecho. — Cooperaré.
La pongo en pie y desciendo, enlazando mis manos bajo sus muslos
mientras ella me rodea el cuello con los brazos. Está calentita contra mí y
siento que sonrío cuando su pelo me hace cosquillas en la nuca.
— Buena chica.
CAPÍTULO 39
HAYDEN
Unos minutos después, Darcy abre la puerta de nuestro apartamento y
yo la llevo dentro.
— Ya puedes bajarme—, se ríe.
La llevo a su dormitorio y la dejo en su cama antes de arrodillarme en el
suelo, con las manos en la fina correa de sus tacones.
— No tienes que…—, empieza, pero ya le he quitado el zapato y me
dirijo al otro.
—¿Necesitas una venda?— Le examino el pie y le rodeo el delicado
tobillo con los dedos. — No estás sangrando.
Ella niega con la cabeza mientras su boca se tuerce en una sonrisa
renuente pero complacida, y mi corazón tartamudea.
—Siempre me cuidas tan bien.
Le guiño un ojo.
—Para eso estoy aquí.
— Estás aquí para más que eso.— Me recorre con la mirada y me erizo
la piel ante su intensa atención. — Siempre me gusta salir contigo.
Pienso en la lencería que ha comprado, que se va a poner para otro típo,
y me entran ganas de hacer algo.
— Bueno, buenas noches.
Me levanto y le echo el edredón por encima de la cabeza.
— Son las nueve—, ríe desde debajo, apartándolo, con el pelo revuelto
y adorable. — Es demasiado pronto para dormir.
Me quedo apoyado en la puerta. Debería irme. Mis ojos recorren su
habitación y se posan en la caja de su escritorio. Sólo se ve una esquina
bajo una pila de papeles.
Todas las noches me acuesto en la cama, escuchando ese juguete, pero
aún no lo he oído. No sé qué haré cuando lo oiga. Sólo de pensar que lo está
usando al otro lado de la pared, me sube la sangre a la ingle.
—¿Cómo está el juguete?
¿Por qué he preguntado eso?
Su mirada se enciende de sorpresa y se dirige a la mía, luego se aleja de
nuevo.
—No lo he usado.
Hay una larga pausa de silencio.
— Me intimida—, se apresura a decir sin mirarme. Sus mejillas
enrojecen de la forma más adorable. — Quiero hacerlo. Supongo que estoy
nerviosa. Lo cual suena estúpido.
— No.— Me paso una mano por el pelo. — No es estúpido. Puedes
sentirte como quieras.
Nuestros ojos se encuentran antes de que ambos desviemos la mirada.
Una larga pausa de silencio. El corazón me late en los oídos.
— Quizá podrías ayudarme—, dice, y mi pulso se acelera. — Por
ejemplo, darme algunos consejos.
La línea de su garganta se mueve mientras traga.
Mi mirada se desliza hacia su top, se detiene en el escote y me la
imagino con la lencería de antes.
No deberíamos. No deberíamos meternos en este terreno. Cada vez me
resulta más difícil fingir que hago esto por la bondad de mi corazón.
—¿Es eso lo que quieres?
Intento respirar con normalidad.
Ella asiente, y mi sangre se agita de nervios y expectación.
— Pero quiero decirte algo. — Sus cejas se fruncen y baja la mirada. La
vulnerabilidad de su expresión me hace querer estrecharla entre mis brazos
y abrazarla con fuerza. — Eres mi mejor amigo.
El corazón me da un fuerte golpe en el pecho.
—Tú también eres mi mejor amiga, Darce.
—¿En serio?
Su boca esboza una sonrisa de lo más dulce.
No puedo evitar una risita. ¿Cómo puede no saberlo? Paso cada
momento libre con ella.
—Sí, claro.
—¿No Kit?— Su sonrisa se atenúa un poco y me duele el pecho.
Un sentimiento feo y frío me recorre. No presumía de ella. No la
valoraba. La tuvo durante años y no la valoró como se merecía.
— Después de lo que me contaste sobre Año Nuevo—, admito,
tomando asiento a su lado en la cama, — no quiero a alguien así en mi vida.
Decirlo en voz alta es un alivio.
—¿En Navidad, cuando se fue a Ontario a visitar a la familia y pasamos
el rato jugando a videojuegos y comiendo bombones?— Le dedico una
sonrisa irónica, y su boca se curva. — No lo eché de menos. — Mi meñique
se desplaza un centímetro hasta tocar el suyo. — Pero te habría echado de
menos.
Nunca antes había podido admitirlo, ni siquiera reconocerlo, porque eso
me convertiría en un puto gilipollas por tener esos pensamientos sobre la
chica de mi amigo.
Pero ya no es su chica.
La sorpresa se enciende en sus bonitos ojos verdes. Su boca se inclina
en una pequeña sonrisa esperanzada.
—Yo también te habría echado de menos.
Siento algo en el pecho y, durante un largo rato, nos miramos. La
tensión flota en el aire y ella no aparta el dedo del mío.
— Si hacemos esto—, empieza, mordiéndose el labio con mirada
insegura, y mi polla se crispa, — después no puede ser raro.
— De acuerdo.
Asiento con fuerza. Eso es lo último que quiero: que nuestra amistad dé
un giro forzado e incómodo que acabe con ella mudándose y nosotros
dejando de hablarnos. Mi pesadilla.
—No será raro. — Me invade la determinación. — No lo permitiremos.
¿Mis crecientes sentimientos por Darcy? Permanecerán encerrados
exactamente donde están.
— Sólo te estoy enseñando a usar el juguete.
Mis ojos se detienen en su boca, regordeta y bonita. — Podemos ser
adultos.
— Totalmente.
Mueve la garganta y mete el labio inferior entre los dientes.
Recuerdo lo que sentí al besar ese labio inferior, al tirar de él con mis
propios dientes, y el grito de placer que emitió. La excitación me recorre y
me aprieta el cuerpo.
— Necesitas entrar en calor.
—¿Calentar?— Parece aturdida.
Me aclaro la garganta.
—Calentarte.
— Oh.— ¿Está respirando más fuerte de lo normal? — Tal vez
deberíamos ver algo de porno o algo así. — La comisura de sus labios se
levanta y nuestras miradas se cruzan. — Nunca me dijiste qué tipo de cosas
raras te gustan.
¿La pareja que se parece a nosotros? No puedo enseñárselo. Lo sabrá. Y
aún así saco mi teléfono, porque ¿por qué Darcy no debería tener acceso a
porno sano y seguro?
—Hay un video que podría gustarte.
Me conecto a mi cuenta de OnlyFans. Solo estoy suscrita a una página,
así que es fácil de encontrar.
—Es un matrimonio. — Me desplazo por sus vídeos hasta localizar el
que estoy pensando. — Ella no se corre en este vídeo, pero lo disfruta.
Incluso hablar de esto con Darcy me la pone dura.
—Es todo sobre ella. Quizá sea una buena forma de empezar.
Respiro hondo y estudio su cara. Está nerviosa, pero hay un destello de
fuego en sus ojos.
— Me parece bien.
Traga saliva y se recoge el pelo detrás de las orejas.
¿La versión competitiva de mí que se cebó con el estúpido desafío de
Miller la otra semana en el hielo? Se despierta. ¿Quiere esas divertidas
experiencias de citas que se perdió? Voy a hacer que esta sea la más
memorable de su vida.
— No hace falta que vengas. — Mi voz es baja, y mi corazón late con
más fuerza mientras nuestros ojos se fijan. — Puedes disfrutarlo. Esto es
para ti.
— Claro.— Ella asiente. — Genial.
— Puedes cambiar de opinión en cualquier momento. Y siempre
seremos amigos, pase lo que pase.
Tranquila, asiente. Me acomodo a su lado en la cama, apoyado en el
cabecero, y apoyo el teléfono entre los dos contra una almohada.
—¿Lista?
Asiente y pulso el botón de reproducción.
CAPÍTULO 40
DARCY
En la pantalla ella se acuesta en el colchón mientras él entierra su
cabeza rubia dorada entre sus piernas, arrastrando su lengua sobre ella una
y otra vez. Su mano se enreda en su cabello, su anillo de bodas brilla en la
luz del sol de la tarde.
— No te detengas—, respira mientras le tira del pelo.
Deja salir un gemido bajo y dolorido, los músculos de la espalda se
tensan y el calor se agita en la parte baja de mi abdomen. Ella se arquea, y
cuando su mano serpentea hasta su pecho, jugando con un pezón
pellizcado, siento el tirón excitado en mi propio cuerpo.
Echo un vistazo a Hayden acostado a mi lado, mirando. Se parecen a
nosotros. No es solo el color del pelo del chico o que es básicamente una
losa de músculo cincelado como Hayden, o que ella probablemente tenga el
mismo tamaño de vestido que yo y tenga el pelo de un tono similar al mío
antes de teñirlo.
Es que él la toca con facilidad cómoda, posesiva pero amorosa. Me
recuerda a cómo Hayden me besó en la fiesta del elenco, como si yo fuera
suya y me cuidara mejor que nadie.
Hayden ve el vídeo con concentración, con las manos cruzadas sobre su
estómago plano. Su respiración es desigual, pero no mueve un músculo.
Ella jadea de nuevo en la pantalla, e incluso cuando mis músculos
íntimos se apretan y la humedad se acumula entre mis piernas, siento un
giro de envidia. Quiero eso, y quiero que Hayden sea el que lo haga.
Sé cómo usar el juguete. El vídeo que vi, el que sonaba a todo volumen
en el bar, estaba muy claro. Es que me preocupa pensar en Hayden todo el
tiempo que lo use. Usarlo se siente como un paso adelante hacia algo muy,
muy arriesgado y desordenado.
Cerca del final del vídeo, en lugar de venir, ella tira de su brazo, y él se
sube para pasar por encima de ella, besándola dulcemente, suavemente, con
tanto amor. Es tan tierno y cariñoso que me duele el corazón. ¿Este es el
tipo de porno que le gusta a Hayden? Pensé que sería algo rápido, caliente y
frenético.
El vídeo termina y ninguno de nosotros se mueve. El calor pulsa a
través de mí, reuniéndose entre mis piernas.
—¿Hayden?
Respiro, incapaz de sacar mi mirada de la pantalla, pero
extremadamente consciente del hombre acostado en la cama a mi lado.
—¿Sí?— Su voz es ronda.
— Creo que estoy bien.— Me mojo los labios. — Ahora estoy
excitada.
Él asiente rápidamente, respirando hondo.
—Bien. Sí.
Nos miramos el uno al otro, la tensión en el aire, y apenas puedo
detenerme de trepar encima de él.
—¿Quieres que me vaya?— Pregunta en voz baja, estudiándome con
los con párpados pesados.
Sacudo la cabeza. Su mirada se oscurece.
—¿Quieres irte?— Pregunto en voz baja.
Sosteniendo mi mirada, él sacude la cabeza.
—No.
Mi pulso tropieza con la intensidad de sus ojos, y me pregunto si, tal
vez, él quiere esto tanto como yo. Por la impresionante erección que se
tensa contra la parte delantera de sus pantalones, sé que está excitado.
Son solo nuestros cuerpos, me digo a mí misma. Por supuesto que
estamos excitados después de ver porno. Todavía podemos ser mejores
amigos después. No perderé la cabeza por él.
Se para y camina hacia mi escritorio, y mi corazón late con fuerza
mientras desempaqueta el juguete de espaldas a mí, los músculos saltando
debajo de su camiseta. Lo trae de vuelta a la cama, y el colchón se hunde
cuando se arrodilla sobre él. El juguete rosa en su mano está curvado como
una U.
— Esta parte—, señala un lado, — te chupa el clítoris, y esta parte—,
señala el otro extremo, — vibra contra tu punto G.— Su garganta funciona.
— Y puedes ajustar la configuración con estos botones.
Asento con la noción y trago profundamente.
—Tú lo haces.
En el fondo de mi cerebro, la parte racional de mí tiene los ojos muy
abiertos y el pánico, preguntándose por qué estoy jugando con fósforos y
querosen así, pero la ignoro.
—Tal vez podrías usarlo conmigo—, aclaro.
Tampoco creo que esté respirando.
—¿Estás segura?
Asento. Quiero esto. Un dolor se acumula detrás de mi clítoris, y mis
bragas están húmedas. Y huele tan bien y es tan caliente y guapo y amable
y perfecto y lo quiero. Solo lo quiero a él. Es tan simple como eso.
Quiero que Hayden me haga sentir como el tipo del vídeo hizo sentir a
su pareja.
Sosteniendo sus ojos, me desabrocho los vaqueros y me los quito.
— Joder—, murmura, rastrillándose los dedos por el pelo, arruinándolo.
Sus ojos se oscurecen y se drogan mientras su mirada se desliza sobre mis
piernas y bragas. Siento escalofríos a través de mí.
Es esa mirada cristalina y excitada en sus ojos lo que me empuja a
quitarme la parte superior, y ahora estoy sentada en mi cama solo con mis
bragas y sujetador mientras los labios de Hayden se separan como si fuera
la mujer más sexy del planeta.
Es un sentimiento poderoso, que deja a Hayden Owens sin palabras.
— También deberías quitarte la camisa y los pantalones—, susurro. —
Me sentiría más cómoda de esa manera.
El lado de su boca se engancha y asinte antes de tirar de su camiseta
sobre su cabeza. Veo cada músculo de su torso saltar y bailar con el
movimiento, y cuando desabrocha su cinturón con manos fuertes, otra
oleada de excitación pasa a través de mí.
— Podemos parar en cualquier momento—, dice, quitándose los
pantalones.
Mis ojos van a la longitud gruesa distorsionando la parte delantera de
sus calzoncillos. Puedo imaginar cómo se sentiría bajo mi palma, firme y
pulsante.
—Lo sé.
— Y no hay presión para venirte.
Asento de nuevo, conteniendo un resoplido. Por lo mojadas que están
mis bragas y el calor que se enrolla en mi estómago, estoy más preocupada
por venir en el momento en que me toca con el juguete.
Él barre su mirada sobre mí, acostado contra las almohadas, con el pelo
desordenado, estoy segura, antes de respirar profundamente.
— Tan serio—, susurro.
Él resopla, una sonrisa rápida rompiendo sus hermosos rasgos.
Parece que despierta un poco del Hayden que conozco, las burlas,
amigables, el chico amante de la diversión.
— Voy a deslizar esto en tus bragas—, dice, sosteniendo mi mirada y
acercando el juguete a mí, y mis rodillas se separan más.
No puedo creer que estemos haciendo esto. No puedo creer que esto sea
real. Él engancha un dedo debajo de la pierna de mis bragas y desliza el
juguete contra mí, instintivamente me arqueo mientras la sensación se
dispara a través de mí.
CAPÍTULO 41
DARCY
Hayden hace una pausa con el juguete rozando apenas mi clítoris, el
centro de toda mi atención.
—Háblame, Darce.
— Bien—, consigo decir, con los abdominales y los muslos en tensión.
Me duele el clítoris de lujuria. Creo que se me doblan los dedos de los pies.
— Está bien. Estoy bien.
—¿Estás segura?
— Ajá—, gimo.
Empuja el otro extremo de la U dentro de mí, y mis ojos se cierran.
Los ojos se me cierran, los labios se me abren y me agarro al edredón
mientras la presión y el estiramiento del juguete hacen que el calor me
recorra. Las chispas se acumulan en mi abdomen. El juguete ni siquiera está
encendido y mi orgasmo está al caer.
— Joder, qué mojada estás—, susurra con reverencia, mirándome entre
las piernas y tensando la mandíbula.
Estoy casi cubierta por las bragas, pero hay una mancha húmeda en la
tela, y su ancho pecho sube y baja rápidamente mientras la estudia. Sus ojos
se desvían hacia los míos y siento otra oleada de calor.
—¿Qué tal se siente?
— Apretado.
Suelta un gemido desesperado y dolorido, y sus ojos se cierran un
instante.
—Voy a encender la succión.
Asiento con la cabeza y, cuando pulsa el botón, empieza a zumbar. Lo
noto, pero no está centrado en mi clítoris. Arqueo las cejas.
—No creo que esté en el sitio correcto.
Se le levanta la comisura de los labios.
—Lo sé.
Desliza la succión en un lento círculo alrededor de mi clítoris, sin llegar
a tocar el sensible manojo de nervios donde lo necesito. Otra oleada de
calor me recorre al darme cuenta de que Hayden se está burlando de mí.
— Tienes que aprender a ser paciente. — Suena ronco.
Se me eriza la piel. ¿Dónde está mi dulce y divertido Hayden, y quién
es esta versión de él que me dice lo que tengo que hacer?
— Confía en mí—, añade, y cuando nuestras miradas se cruzan, una
corriente eléctrica me recorre.
No sabía que llevara esto dentro, pero me gusta muchísimo. Da vueltas
alrededor de mi clítoris, haciéndome subir más y más. No sé si pedirle que
use el juguete conmigo ha sido la mejor o la peor decisión de mi vida. La
parte vibratoria de mi interior aún no está encendida, pero siento suaves y
placenteros empujones contra mi pared frontal. El placer se enrosca en mis
músculos, acumulándose y tensándose.
— Estás empapando el juguete—, murmura, observando cómo lo
introduce entre mis piernas. Con la otra mano, se apoya en la cama.
Siento el impulso de agarrarlo y llevármelo al pecho para que pueda
tocarme por todas partes.
—Más—, jadeo.
Él arquea una ceja, su lado arrogante aflora de una forma más oscura
que nunca.
—¿Sí?
Aprieto los labios y me retuerzo contra el juguete para que me presione
más.
—Por favor.
Su boca se tuerce en una sonrisa drogada.
—Creo que has tenido suficiente paciencia—, dice en un murmullo
bajo, y con un ligero movimiento del juguete, la succión se posa en mi
clítoris.
Aprieto los dientes ante el intenso tirón del placer entre mis piernas.
—Oh, Dios—, suspiro, arqueándome ante sus caricias.
— Te gusta, ¿verdad?
Sigue con esa sonrisa de suficiencia que viaja entre la mía y el juguete,
deteniéndose en todo lo que hay entre medias: mis pechos, mis pezones -
pellizcados y doloridos a través de mi fino sujetador-, mi vientre, mis
bragas.
Niego con la cabeza, intentando mantener los ojos abiertos. Noto la
expresión de necesidad y desesperación en mi cara. Dios, esto es tan
intenso. Nunca había sido así, ni sola ni con Kit.
— Dime que es bueno, Darcy.
— Es bueno. — Mis caderas se inclinan hacia el juguete y mis
pensamientos se reducen al calor y la presión entre mis piernas. — Es tan
bueno.
— Jesucristo.
Hay una mancha húmeda en la parte delantera de sus boxers. La idea de
hacer que Hayden pierda semen con esto aumenta la presión dentro de mí
un poco más.
Desearía poder ver su polla. Ojalá pudiera tocarlo. Ojalá tuviera sus
dedos dentro de mí y su lengua girando sobre mi clítoris.
Los ojos de Hayden se cruzan con los míos, brillantes y fundidos.
—Voy a encender la otra parte.
Dios, esto me va a matar. Lo sé. Pulsa el otro botón y un ruido sordo e
intenso empieza a retumbar contra mi pared frontal. La presión en lo más
profundo de mi abdomen se duplica, se triplica, se expande y crepita,
haciendo que mis piernas se tensen y tiemblen. Apenas puedo soportar la
emoción caliente y chispeante que me recorre la base de la columna
vertebral.
—¿Te gusta?
Su voz es arenosa mientras me observa con atención, y su frente está
húmeda de sudor.
— Estoy tan cerca—, gimo.
—¿Qué necesitas?
— Tócame—, jadeo. — Necesito que me toques.
Hace un ruido bajo y complacido en su pecho, y entonces su mano está
en mi muslo, recorriendo mi piel con un movimiento posesivo y codicioso.
Me roza la cadera, el vientre, la tela del sujetador antes de que sus dedos
pellizquen el pico rígido y necesitado de mi pecho. Siento el tirón entre las
piernas como una cuerda. Se me encogen los dedos de los pies.
El brillo ardiente y fascinado de sus ojos, la forma en que sus bíceps se
tensan y se ondulan, el ronroneo de su voz, todo ello me empuja hacia el
límite. Incluso la suavidad del edredón debajo de mí es demasiada
sensación en este momento.
Hayden me mira como si fuera el mejor momento de su vida, como si
no pudiera creer lo que está pasando. Como si fuera a recordar cada
segundo de esto.
—¿Vas a correrte en el juguete que te compré, cariño?
No hay duda de quién manda aquí, y me sorprende lo mucho que me
gusta esto. Asiento con la cabeza.
— Bien.
El tono dominante y petulante de su voz, unido a la mirada complacida
de sus ojos, me lleva al límite y caigo. Mis músculos aprietan el juguete y él
gime. Oleadas de placer me recorren mientras me arqueo, y cuando
extiendo la mano, él entrelaza sus dedos con los míos y aprieta.
— Hayden.
Mi voz es débil, y una pizca de mi conciencia nota lo cálida que está su
mano, lo bien que me siento al sostenerla así.
— Jesús, me encanta oírte gemir mi nombre así.
Me desmayo, sosteniendo su mirada como un salvavidas mientras mis
nervios arden y unas pulsaciones urgentes y deliciosas me hacen temblar. Y
cuando por fin mi clímax empieza a remitir, baja la intensidad del juguete.
—Un poco más—, me insta, bajando aún más la succión y la vibración
durante los últimos espasmos. — Hasta que aguantes.
Asiento con la cabeza y cierro los ojos mientras él alarga mi orgasmo
con el juguete.
— Buena chica—, ronronea, y me recorre una sensación de calor.
Apaga el juguete y lo desliza suavemente fuera de mí, y yo me hundo en
el edredón con un suspiro de saciedad. La preocupación me invade cuando
Hayden se aparta de la cama para dejar el juguete a un lado.
Pero cuando vuelve a la cama y se tumba a mi lado, me relajo.
—Ven aquí. — Me estrecha contra su pecho y aspiro una bocanada del
embriagador y delicioso aroma de Hayden Owens. — Buen trabajo—,
murmura contra mi sien.
Suelto una ligera carcajada.
—Tú has hecho todo el trabajo.
— Creo que nuestro amigo, el G-Spot Banger, es el verdadero MVP
esta noche.
Sonrío en su pecho firme y me muerdo la verdad: que nunca me habría
corrido tan fuerte si él no hubiera estado, provocándome, observándome,
haciéndome sentir tan deseada y desesperada.
No querría hacer esto con nadie más que con él. No puedo imaginarme
tener esta experiencia con un típo al que acabo de conocer.
Me inclino hacia atrás para mirarle a los ojos.
—No es raro, ¿verdad?
Se le dibuja algo en la cara que no puedo leer antes de que niegue con la
cabeza.
—No, no es raro—, dice en voz baja. Me pasa la mano por el pelo y,
aunque no es algo romántico y no somos así, bajo la cabeza hasta su pecho
y escucho los latidos de su corazón.
Mi mirada se posa en su enorme erección y mis pensamientos se
vuelven sucios y depravados. ¿Qué sentiría entre mis labios y volvería a
proferir esos gemidos de dolor? ¿Me miraría y haría esa cosa de apretar la
mandíbula que hace a veces?
Deslizo los dedos por su pecho y sus abdominales perfectos, y se le
corta la respiración. Pero en cuanto llego a la cintura de sus calzoncillos, su
mano me rodea la muñeca, cálida y firme.
— Esta noche no. — Me lleva la mano al pecho. — Esta noche se
trataba de ti.
Traga saliva, con la mirada fija en la mía. Parece como si no quisiera
decir nada más. En lugar de eso, retira el edredón para cubrirnos con él, sin
dejar de estrecharme contra su pecho.
— Duérmete—, me susurra en la sien, y cierro los ojos.
Su rechazo me escuece, pero es lo mejor. Si tenemos sexo, me
encariñaré. Enamorarme de un jugador es una forma fantástica de que me
rompan el corazón en pedazos, y la idea de estropear las cosas con Hayden
es demasiado pesadilla como para arriesgarse.
CAPÍTULO 42
HAYDEN
Después de que la respiración de Darcy se vuelva constante, la muevo
cuidadosamente de mí y salgo de la cama, dirigiéndome al baño en mi
habitación. Cierro la puerta del baño detrás de mí y chupo el orgasmo de
Darcy de mis dedos, los ojos se cierran mientras un gemido amenaza por mi
garganta.
Dios mío, su gusto. Estoy tan duro que me duele. No puedo pensar con
claridad. Sigo pensando en los ruidos que hizo, el pequeño pellizco de
agonía entre sus cejas mientras se corría, y cómo gemía mi nombre.
Rechazar su oferta fue lo más difícil que he hecho, pero aceptarla sin
decirle cómo me siento, cómo me he estado sintiendo durante mucho
tiempo, no se siente bien.
No es raro, ¿verdad? Ella preguntó.
Resoplo, aplanando mis manos contra el mostrador para recuperar el
aliento. Esa experiencia cambió toda mi puta vida, pero no, no fue raro.
Todo lo contrario.
Se sintió más bien que nada. Se sentía como lo que deberíamos haber
estado haciendo durante años.
Levanto la cabeza, mirando en el espejo. Estoy en ello ahora, y no hay
manera de que me vaya a echar.
— Estás tan jodido—, susurro a mi reflejo.
Después de una ducha rápida y un orgasmo insatisfactorio que ocurre en
un tiempo récord, vuelvo a la habitación de Darcy. Todavía está
profundamente dormida, respirando suavemente con el pelo derramado por
toda la almohada.
Debería volver a mi propia cama, pero en lugar de eso, me subo a su
lado. En su sueño, suspira y se acurruca contra mí, relajándose, y mi
corazón da un par de fuertes latidos.
La relación entre compañero y estudiante entre Darcy y yo necesita
cambiar, pero estoy aterrorizado de que todo se vaya a la mierda.
CAPÍTULO 43
HAYDEN
—Jesús, Owens, estás en llamas esta noche—, dice Miller sobre el
rugido de los fanáticos, enganchando su brazo alrededor de mi cuello y
empujándome mientras me río.
Con diez segundos restantes en el partido contra Washington, acabo de
marcar mi tercer gol del partido: un hat-trick. Mi mirada va directamente a
Darcy, que está sentado detrás de la red con Pippa y Hazel, y mi corazón
salta a mi garganta. Ella está de pie, animándome y radiante.
No puedo dejar de pensar en lo que hicimos anoche.
—¿Qué te pasa esta noche?— Volkov pregunta con una curiosa
inclinación hacia su boca. — Estas diferente.
Me encojo de hombros, sacudiendo la cabeza.
—Simplemente me siento bien, supongo.
No solo me siento bien; me siento jodidamente ilimitado. Los objetivos
son míos para la toma. ¿Ese hilo de dominio que sentí conduciéndome
anoche? Se enfurece en mi sangre, agudizando mis sentidos.
Resulta que me gusta tener el control de esta manera.
— Algo sucedió de nuevo—, dice Miller mientras termina el juego y
patinamos del hielo hasta los vestuarios.
Joder, sí, lo hizo. Mi sonrisa engreída se extiende de oreja a oreja.
—No sé de qué estás hablando.
Me estudia con una sonrisa.
—Entre tú y Darcy. Algo sucedió. Puedo sentirlo.
Otra oleada de ese poderoso sentimiento protector me golpea, el mismo
que me atravesaba anoche mientras sostenía su orgasmo en la palma de mi
mano, mientras la guiaba y la persuadiba más cerca de él, reteniendo y
burlándose de ella hasta que apenas pudo soportarlo más.
—¿Están juntos ahora?— Volkov nos sigue al camerino.
Mis hombros se levantan con mi sonrisa.
—Solo nos estamos divirtiendo.
Más diversión que nunca. Vivir con Darcy es mucho mejor de lo que
esperaba, y no voy a joderlo.
—Eso es una mierda.
La frustración se eleva en mí.
—No entiendes.
— Lo entiendo. — Volkov me mira fijamente. — Haz un movimiento, o
algún otro tipo lo hará.
Esto entre Darcy y yo es tan frágil. No puedo apresurarlo.
—Ella no está interesado en los novatos. Se lo conté y los llamó niños.
Volkov y yo nos miramos fijamente. La tensión se rompe en el aire, y
mis músculos se ponen tensos. Sus fosas nasales se ensanchan.
Este puto típo. Él siempre piensa que sabe mejor.
—¿Y si la invitara a salir?— Pregunta en un tono bajo.
Mi pecho se aprieta con pavor.
—¿Qué?
— Dijiste que ella no quiere salir con un niño. — Me da una mirada
llena de desafío, y la parte competitiva de mí levanta la cabeza. — No soy
un niño, y sé exactamente lo que estoy haciendo.
Un impulso de protección me atraviesa. La idea de ellos juntos me hace
hervir la sangre.
—Déjalo ir, joder, Volkov.
— No creo que lo haré.
La esquina de su boca se desliza hacia arriba, pero su sonrisa no es
amigable; es consciente y engreída, y por primera vez, quiero golpearlo,
joder.
—¿Qué, no confías en mí?
Su tono es ligero, casi juguetón, pero hay algo agudo en sus ojos.
— Ella nunca lo hará.
Ella no está interesada en Volkov. Ella habría dicho algo antes de ahora.
¿Verdad?
Me dispara una mirada arrogante.
—¿Por qué no la dejamos decidir?
CAPÍTULO 44
DARCY
Unos dias después me dirijo a la oficina de Georgia en el estadio cuando
oigo mi nombre detrás de mí.
— Hola, Darcy. — El entrenador Tate Ward camina a paso lento para
alcanzarme. Me sonríe amistosamente y arruga los ojos.
— Hola.
Parpadeo, dispuesta a que siga pasando, pero se detiene y sigue
mirándome con una mirada que intuyo que quiere hacerme sentir cómoda.
—¿Tienes un momento?
Miro por el pasillo hacia el despacho de Georgia. Llego unos minutos
antes.
—¿Sí?
¿Cómo sabe siquiera quién soy?
— Bien.— Me hace un gesto para que le siga por donde ha venido. —
Hablemos en mi despacho.
Ante mi expresión dubitativa, sonríe.
—No tardaremos mucho. El Dr. Greene me ha dicho que vas a comer,
así que no te entretengo.
Pienso en los partidos de esta semana y en cómo les están funcionando
las sugerencias que les hice sobre el juego de poder. No se suponía que
dijeran que era mi sugerencia. ¿Quién coño soy yo? Sólo una chica
cualquiera haciendo el tonto en su ordenador. Y ahora Ward está a punto de
ponerme en mi sitio.
Un frío nudo de preocupación se forma en mi estómago mientras le sigo
como si fuera al despacho del director.
Va a ser como si me despidieran otra vez. No puedo ir a los partidos y
sentarme en primera fila después de esto.
Abre la puerta de cristal de su despacho y me hace señas para que entre.
—Eres analista de Eckhart-Foster, ¿verdad?
— Sí.
Tomo asiento en uno de los sillones frente a su escritorio, con el corazón
empezando a latirme con fuerza.
—Y licenciada en Estadística por la Universidad de Columbia
Británica.
Se sienta y me mira con expresión pensativa. En su escritorio hay una
foto enmarcada de una niña con una gran sonrisa y coletas a los lados de la
cabeza.
—Lista del decano.
Trago saliva. ¿Cómo sabe todo esto? ¿Va a demandarme o algo así?
—Has investigado.
Sus ojos se calientan.
—Ya somos dos. Cuéntame más sobre estos modelos analíticos.
Creo que la mejor política es ser lo más franco posible.
—Son sólo por diversión, y se lo dije a los chicos. Es todo información
pública de la página web de la liga y datos de los partidos. No hay nada
patentado. No voy a sacar beneficio de ello, ni a venderlo, ni a compartirlo
con nadie. — Me arde la cara y quiero hundirme en el suelo. —
Nunca fue concebido para ser utilizado. Es sólo algo con lo que jugueteo en
mi portátil. Me gusta utilizar datos históricos para ver si puedo predecir el
futuro. Nunca quise que nadie lo descubriera. Les dije que no se había
comprobado.
Ward guarda silencio mientras espera a que termine.
— Lo siento mucho—, añado, llevando mi mirada a mis manos en el
regazo.
—¿Por qué?
— Porque no soy ningúna experta, y sin embargo me estoy metiendo
con la vida de la gente y no tengo ni puta idea de lo que hago.
Frunce el ceño con preocupación.
—Parece que sí sabes lo que estás haciendo. Suena como si fueras un
experto.
¿Es una broma? Nos miramos fijamente, él con una expresión extraña
que no puedo leer, su boca se inclina en una sonrisa divertida.
— No te entiendo.
— Ven a trabajar para el equipo.
Lo miro fijamente durante un largo rato de silencio.
—¿Qué? — pregunto finalmente.
Se ríe entre dientes.
—Me encantaría que te unieras al departamento de Vancouver Storm.
Vuelvo a parpadear.
—¿Por qué?
Sonríe.
—Porque, Darcy, no sólo eres claramente inteligente y tienes talento,
sino que hacer algo así gratis y por diversión significa que lo haces de
corazón, y eso es una parte importante del equipo que estoy construyendo.
Me lo imagino: trabajando para el equipo como analista y jugando con
mis modelos de hockey todos los días. Trabajar para Ward ya parece mucho
mejor que mi jefe actual, que se preocupa más por los beneficios que por
sus empleados. Ya veo por qué a Hayden y a los chicos les gusta tanto este
hombre. Y sería divertido trabajar todo el día con estadísticas de hockey,
descubriendo nuevos patrones en los datos.
— Nuestro departamento de análisis está formado por tres jugadores de
hockey retirados. —, continúa Ward. — Nadie con tu experiencia analítica.
Serías un gran activo para el equipo. — Sus oscuras cejas se levantan.
— Nos vendrías muy bien. Están deseando que te incorpores.
—¿Sería la única analista de estadísticas?
— Sí.
Enumera una generosa cifra salarial, pero apenas la oigo.
—¿Así que todos confiarían en mis números?
Ser la única analista es exactamente lo contrario de lo que quiero. La
presión sería diez veces mayor.
Arquea una ceja.
—El departamento de análisis trabaja en equipo.
—Pero nadie podría comprobar mis números.
La presión cae sobre mi pecho como un peso y me cuesta respirar.
Ward abre la boca para decir algo, pero yo ya estoy de pie.
— Ya tengo trabajo.— Mi temblorosa sonrisa es educada pero firme. —
Pero gracias. Te lo agradezco de verdad.
Me estudia como si fuera algo curioso antes de asentir una vez.
— De acuerdo. Si cambias de opinión, ya sabes dónde encontrarme. La
puerta siempre está abierta.
— Claro que sí—, le digo, sabiendo muy bien que no volveré a cruzar
esa puerta.
Antes de ir a comer, Georgia y yo pasamos por la pista, donde los
chicos descansan durante el entrenamiento. Ella habla de algo con uno de
los jugadores del banquillo. Hayden charla con Alexei y Rory sobre el
hielo. Cuando me ve, se acerca patinando con una sonrisa tensa.
Me invaden los recuerdos de la otra noche con él y el juguete, y se me
pone la piel de gallina. Nunca me había corrido tanto.
Cuando intento tocarle después, me detiene. Porque no tenemos una
relación. Sólo me estaba ayudando.
— Hey.
Se detiene delante de mí en el hielo y me mira con curiosidad.
No hemos hablado de lo que pasó, pero intento actuar con normalidad
para demostrarle que no me estoy volviendo pegajosa.
— Georgia y yo vamos a comer y necesitaba dejar una receta—, le
explico, mirándola a unos metros de distancia.
— Claro. — Asiente antes de que su mirada vuelva a mí. —¿Qué tal el
día?
— Bien. ¿Y a ti?
Vuelve a asentir, dedicándome una pequeña sonrisa.
—Bien.
Pienso en lo bien que me sentí al despertarme a su lado la otra mañana y
lo bien descansada que estaba después de dormir contra él toda la noche.
Me muerdo el labio inferior.
—Ward me ha ofrecido un trabajo.
Sus ojos se abren de par en par y una sonrisa orgullosa se dibuja en sus
facciones.
—¿Lo hizo? Eso es genial, Darce.
— No lo acepte, por supuesto.
—¿Por qué no?
Se apoya en las tablas, concentrado en mí, y mi estómago se llena de
mariposas . Su atención es tan embriagadora.
— Es que…— No quiero volver a hablar del pasado. — No creo que
sea lo correcto para mí.
Los labios de Hayden se separan como si quisiera discutir, pero Alexei
se detiene a nuestro lado.
— Darcy. — Inclina la barbilla a modo de saludo, y yo me relajo ante la
interrupción. —Hola.
Le doy una sonrisa rápida.
— Muy bien, listos para irnos. Gracias por esperar—, dice Georgia a mi
lado antes de que su mirada se posa en Alexei. — Oh. Tú otra vez.
Le arquea una ceja llena de cicatrices.
—¿Hay alguna razón por la que no asistiría a un entrenamiento
programado regularmente?
Ella levanta un hombro despreocupado.
—Me imaginé que necesitas más descanso que los otros jugadores.
La mirada que le lanza es francamente gélida antes de volver su
atención hacia a mí.
—Me gustaría hablar con Darcy en privado un momento.
A su lado, las fosas nasales de Hayden se agitan. Creo que nunca he
visto eso suceder.
—¿Por qué?
Alexei le sostiene la mirada, y hay una extraña tensión entre ellos.
— Hay algo que quiero preguntarle.
La mandíbula de Hayden se tensa.
—No veo por qué no puedes preguntárselo delante de mí.
Los chicos se miran fijamente durante lo que parece una eternidad.
Georgia y yo intercambiamos una mirada desconcertada.
—Bien.— Alexei se vuelve hacia mí y, aunque no diría que sonríe, su
expresión se suaviza, como si hiciera un esfuerzo por no intimidarme. Se
aclara la garganta. — Darcy, creo que deberíamos salir.
Hay un silencio tenso y, por segunda vez en el día, me pregunto si he
oído bien. Georgia suelta una carcajada aguda, mientras Hayden fulmina
con la mirada a Alexei.
—¿En una cita?— repito.
—En una cita—, confirma Alexei, sin dejar de mirarme a la cara.
Separo los labios, sorprendida, y lo miro fijamente.
Siempre me ha gustado Alexei. En el hielo, protege ferozmente a sus
compañeros de equipo, pero nunca he visto un ápice de esa agresividad
masculina fuera del hockey. Su comportamiento es tranquilo, vigilante y
fuerte, como un abeto gigante. Bajo su imponente exterior y las duras líneas
de su rostro, sé que en realidad es amable, tranquilo y leal a sus amigos.
Podría haberle dicho a Georgia que Alexei estaba bueno de una forma
que daba miedo, pero no siento nada romántico por él. Miro a Hayden, pero
su expresión tensa no me dice nada.
Vuelvo a pensar en lo que hicimos la otra noche y en lo bien que me
sentí al despertarme con él.
Nunca te encariñes, dicen las reglas del juego. Creo que estoy
empezando a hacerlo, pero no quiero que Hayden lo sepa.
Además, practicar con otras personas es el siguiente paso lógico. No
puedo tener citas con mi compinche para siempre. Eso sólo terminará mal.
— No busco nada serio—, le digo a Alexei, encontrándome con sus
ojos.
—Yo tampoco.
Georgia murmura algo a mi lado que no puedo oír, y Hayden está quieto
como una estatua, observándonos.
— De acuerdo.— Le hago un gesto con la cabeza a Alexei. — Vamos a
tener una cita.
Hayden se pone rígido y su mirada se desvía hacia mí.
—No tienes que salir con él si no quieres.
— Lo sé.
Le doy una sonrisa tranquilizadora para mostrarle que no me siento
amenazada o intimidada por Alexei.
— Lo estoy deseando.
Hayden aspira con fuerza, y algo destella en sus ojos que hace que mi
corazón lata con más fuerza. Es la misma dominación que vi la otra noche,
cuando se burló de mí con el juguete.
— Hagamos que sea una cita doble—, dice, poniéndose más erguido.
—¿Seguro que quieres hacerlo?— le pregunta Alexei.
—Seguro—, responde Hayden. Mira a Georgia. —¿Georgia? ¿Quieres
tener una cita?
Alexei arquea las cejas.
—Es un conflicto de intereses.
— Ella no es mi médico—, responde Hayden. Los jugadores se reparten
entre los dos médicos del equipo. — Y tampoco es la tuya. ¿Verdad,
Georgia?— Le pregunta Hayden. — No es un conflicto de intereses que
salgas, porque ninguno de nosotros es paciente tuyo.
Todos se quedan callados, esperando su respuesta.
— Debería decir que no a este drama—, me murmura, — pero también
siento que podría ponerse interesante. — Me mira de reojo. —¿Qué te
parece?
No creo que tenga ningún interés romántico en Hayden, pero todavía
tengo un pequeño grano duro en el estómago ante la idea. Aunque él no es
mío.
—Creo que será divertido.
Me sonríe.
—Genial. — Asiente a Hayden. — Te toca, Owens.
— Genial.— Me mira.
Alexei mira entre nosotros, expresión ilegible.
—Genial.
— Genial—, digo, insegura de lo que acaba de pasar.
CAPÍTULO 45
HAYDEN
La noche de la cita doble, apoyo una mano en el marco de la puerta de
la habitación de Darcy, observando cómo se prepara.
Está impresionante, con el pelo suelto y bonito alrededor de los
hombros y un top del tono de las rosas que le compré para San Valentín. Y
es para él. Mis fosas nasales se agitan.
Esta mañana he visto la lencería que compró colgada en el baño, pero
cuando he pasado hace media hora, ya no estaba.
Se la ha puesto para salir con él. Debería apoyarla, pero me siento
enfermo y cabreado.
— Hola.— Ella me ve. — Estás muy guapo.
— Gracias.
Esta noche vamos a un restaurante informal, así que voy vestido con
vaqueros, una camiseta y un jersey de punto que Darcy dijo una vez...
— Ese color azul hace que tus ojos parezcan el océano.— Me sonríe.
— Lo sé. — Siento que no puedo respirar. — Lo recuerdo.
Tararea, sonríe de nuevo y se vuelve hacia el espejo mientras se pasa los
dedos por el pelo. Desde que se lo tiñó, lo lleva más suelto, como si
estuviera orgullosa de él y quisiera lucirlo.
Mi mirada se posa en su atuendo y se me tensa un músculo del pecho.
Esos vaqueros le abrazan el culo por todas partes. ¿Y el top rojo que lleva?
Le ciñe la cintura y el pecho, pero las mangas le quedan holgadas. Mis
manos encajarían perfectamente en la curva de su cintura.
Sé lo que está haciendo Volkov. La invitó a salir para darme celos. No
siente nada por ella. Cualquier tipo que la vea con este atuendo, sin
embargo, no podrá quitarle las manos de encima. Y puede que esta noche
cambie de opinión.
Se queda boquiabierta al ver mi expresión.
—¿Qué?
—¿Eso es lo que llevas puesto?
Se le borra la sonrisa y su mirada se dirige al espejo veo incertidumbre,
y me odio. Mi tono acusador me hace parecer un gilipollas controlador.
— No, joder. Lo siento.— Me froto el puente de la nariz. — Me ha
salido mal. Es que es diferente de lo que llevas normalmente. — Señalo su
top. — Rojo—, añado, porque soy un imbécil al que no se le ocurren
palabras.
Ella arquea una ceja mirando su reflejo.
—¿Mal diferente?
— No—, me apresuro a decir. — Estás preciosa. Siempre lo estás.
Sonríe, y algo dulce me duele en el pecho. Hay una chispa en Darcy
estos días, algo brillante floreciendo dentro de ella.
Nuestros ojos se encuentran, y hay tanto que quiero decir.
No te vistas para él; vístete para mí, para empezar.
Quedémonos en casa para que pueda tenerte toda para mí, tal vez.
Es una tortura, enseñarte a salir con otros chicos.
Su teléfono zumba y miro hacia otro lado, con la sensación de
descontento hirviendo a fuego lento en mis entrañas. Volkov ha insistido en
recoger a Darcy aquí en lugar de reunirse con nosotros en el restaurante.
—¿Hola?—, contesta ella, lanzándome una sonrisa. — Hola. ¿Quieres
que bajemos?— Ella escucha un momento. — Te veo en un minuto.
Le llama y se mete el móvil en el bolsillo trasero antes de rebuscar en su
neceser de maquillaje.
—¿Tú...?— Me paso una mano por el pelo. —...¿tienes alguna pregunta
sobre esta noche? ¿Quieres algún consejo?
Menea la cabeza y se aplica un pintalabios a juego con el top. Me fijo
en el movimiento, fascinado mientras se pasa la varita por los labios
carnosos.
— No. Me siento muy cómoda con Alexei. No me preocupa.
Esa energía tensa y posesiva me atraviesa y cruzo los brazos sobre el
pecho para ocultar los puños cerrados.
—Cómoda. Genial.
— Todas tus lecciones están dando sus frutos.— Me lanza una mirada
dubitativa. —¿Estás bien? Has estado raro toda la semana.
Trago saliva sin que se me haga un nudo en la garganta. Toda la semana
he estado inquieto pensando en esta noche. Temiéndola. Dando vueltas
entre inventarme una excusa para irme -para no tener que verla brillar con
su resplandeciente luz sobre Volkov -y decirme a mí mismo que será mucho
peor si me quedo en casa, esperando y preguntándome.
Cuando no estaba pensando en la cita, pensaba en cómo sonaba cuando
se corría. En cómo me miró una fracción de segundo antes de su orgasmo,
con los labios entreabiertos y los ojos abiertos de sorpresa, como si no
pudiera creerlo. Cómo apretó mi mano con la suya y fue la experiencia más
íntima de mi vida.
— Estoy bien. — Le fuerzo una sonrisa tranquilizadora. — No he
dormido bien esta semana.
Nuestros ojos se cruzan y, por su expresión confusa, me pregunto si
estará pensando en las veces que nos hemos despertado juntos. Tengo el
sueño ligero, pero dormí como un muerto con su cabeza sobre mi pecho,
mis brazos a su alrededor y su olor en mi nariz.
Llaman a la puerta principal.
— Ese será uno de ellos.
Pasa junto a mí y capto su perfume, cálido y dulce, antes de seguirla.
Incluso antes de llegar al vestíbulo, los oigo discutir.
— Me sorprende que seas capaz de quedarte despierto hasta tan tarde—,
oigo murmurar a Georgia a través de la puerta.
— A mí me sorprende que no le hayas pedido a Owens que te recoja en
un Bentley—, replica Volkov, frío y desinteresado. — O que su chófer le
deje en el restaurante.
Darcy abre la puerta y los dos se miran fijamente, Georgia se las arregla
para mirar a Volkov por debajo de la nariz a pesar de que es medio metro
más alto que ella.
Se despiertan y se vuelven hacia nosotros al unísono. Georgia sonríe de
oreja a oreja, y Volkov curva la boca en un saludo cortés mientras saluda a
Darcy con la cabeza, pero ambos irradian tensión.
Volkov también lleva un enorme ramo de flores.
— Hola—, chirría Darcy, mirando entre ellos. —¿Todo bien?
— Todo genial.
Georgia entra, me envía un guiño amistoso antes de que su mirada
recorra el apartamento y silbe.
—Bonito lugar.
Volkov le entrega las flores a Darcy.
—Son para ti.
Se me revuelve el estómago al verla tan sorprendida y contenta.
—¿Para mí?
Sus ojos se desvían hacia mí, y ahí está esa estúpida, petulante mirada
en su estúpida cara de nuevo.
—Para ti, Darcy.
Se queda mirando el ramo.
—Son preciosos. Gracias.
— No parecen frescas—, muerdo e inmediatamente me arrepiento
cuando Georgia se tapa la boca con la mano y se da la vuelta. —
Deberías ponerlas en agua antes de que mueran.
Cállate la boca, pienso, pero no puedo. Me limito a mirar fijamente a
Volkov y me pongo a mi altura mientras él me arquea una ceja. Estoy
siendo un capullo, pero no me importa.
Darcy me mira extrañada.
—A mí me parecen estupendas.
Le quita las flores y él la sigue hasta la cocina.
Cuando no alcanza el jarrón del estante superior, doy un paso adelante
instintivamente, pero el puto Volkov está allí, ayudándola a bajarlo.
—¿Qué?—, murmura Georgia, sonriendo, —¿no hay flores para
mí?
Le dirijo una mirada de disculpa y vergüenza. He estado tan
concentrado en que Darcy saliera con Volkov que olvidé que yo también
tenía una cita esta noche.
—Lo siento.
Me hace un gesto con la mano, sonriendo.
—No pasa nada. Somos amigos, Owens. Sólo estoy aquí por el
entretenimiento.— Sonríe. — Y tú pagas la cena.
Darcy pone las flores en la mesa de la cocina, admirándolas.
—Qué bonitas. Me encanta recibir flores.
Le compraré flores todos los días por el resto de la eternidad.
— Las vi y pensé en ti—, le dice Volkov. — Hacen juego con
tu pelo.
— Hacen juego. Buen ojo.
Darcy se inclina para oler la flor de color púrpura pálido que tiene más
cerca.
— Mírate. — Le fulmino con la mirada, los músculos de mis hombros
se tensan.—Un auténtico Casanova.
Georgia resopla, y Darcy me dedica una sonrisa burlona.
—Quizá Alexei debería darme clases de citas.
Volkov hace un ruido divertido con la garganta y unos celos punzantes
me apuñalan en las tripas.
— Parecen flores de funeral—, digo, odiándome a mí mismo.
Parezco gilipollas. Estoy siendo gilipollas, pero no puedo parar. Todo
esto se está convirtiendo en un puto desastre.
Salimos del apartamento y cierro mientras Darcy conduce a Volkov y
Georgia al ascensor.
Bien, Georgia habla a sus espaldas, dándome un doble pulgar hacia
arriba sarcástico. Muy suave.
Se me encienden las fosas nasales e inspiro profundamente justo cuando
se abre la puerta del ascensor y Volkov pone una mano en la parte baja de la
espalda de Darcy.
Me recorre otra oleada de celos. Esta va a ser una noche jodidamente
larga.
CAPÍTULO 46
DARCY
—Deberías vestir más de rojo—, dice Alexei a mitad de la cena, y a mi
lado, Hayden se tensa.
Esta noche ha sido un gran error. Debería haberlo consultado con él
antes de aceptar salir con Alexei. Está claro que no quiere que salga con
otro de sus amigos por si la cosa se complica como pasó con Kit.
Pero también, esta es mi cita, y él es el que quería venir.
— Gracias.— Inclino la barbilla hacia Georgia. — Georgia conoce
todos los buenos lugares para ir de compras. Y es divertido llevar algo fuera
de mi zona de confort.
— La doctora es una profesional gastando dinero.
Alexei se echa hacia atrás, mirando fijamente sus zapatos.
Pone los ojos en blanco y se vuelve hacia mí.
—Tendremos que ir otra vez. Necesito un vestido para la boda de
Streicher y Pippa.
Cierto. Es dentro de un mes, durante la semana entre el final de
temporada y la primera ronda de los playoffs.
Hayden y yo nos miramos, y su expresión se suaviza. Le doy una
sonrisa tranquilizadora para mostrarle que estoy bien, que estoy deseando
que llegue.
— Me encantan las bodas. — Georgia muestra una expresión
melancólica. — Estoy deseando que llegue la suya.
— Ya lo creo.— Alexei da un sorbo a su bebida. —¿Un jugador de
hockey y una cantante famosa? Será como un mercado de carne de
ricachones para ti. Por fin atraparás a uno de los tuyos.
— No seas ridículo. Nunca me casaré.— Ella le envía una sonrisa
cómplice, como si conociera sus secretos. — Pórtate bien conmigo, ruso, o
no te ayudaré a levantarte cuando tires la cadera en la pista de baile.
—No voy a ir. No voy a bodas. Y tú eres la que renunció a ser mi
médica.
— A diferencia de algunos médicos, yo no tengo complejo de Dios. Sé
cuando mi paciente es una causa perdida.
— Quizá no seas muy buen médico, porque me siento más fuerte que
nunca.
Su mirada se endurece.
—Jubílate.
— No.
La mano de Georgia se estremece sobre la mesa, como si estuviera a
punto de alcanzar su cuchillo.
El camarero viene a limpiar los platos, y la extraña energía en la mesa
se disuelve. Miro a Hayden: tiene la mandíbula tensa, los hombros tensos y
su atención se desplaza entre Alexei y yo.
—¿Estás bien?— susurro. Mi mirada se fija en sus ojeras y siento una
punzada de compasión en el pecho. — No pasa nada si quieres irte a casa
pronto.
— No me voy. — Mira fijamente a Alexei, que sonríe satisfecho. — Me
aseguraré de que llegue bien a casa—, le dice a Hayden. — En algún
momento.
—Soy tu ayudante—, dice Hayden, con la atención aún puesta en
Alexei. — Y no te perderte de vista.
Algo me punza en el pecho. Está usando el mismo tono de voz que usó
la otra noche. Un poco más, dijo, con los ojos clavados en mí mientras yo
aguantaba el placer. Tanto como puedas soportarlo.
— Darcy—, me interrumpe Alexei, inclinándose hacia mí,
estudiándome.—Tienes algo en el pelo.
Me llevo una mano al pelo y me lo cepillo, pero Alexei me coge la
muñeca, suave pero firme.
— Yo lo saco—, dice.
Hayden respira agitadamente.
Mientras Alexei me quita lo que tengo en el pelo, Hayden lo mira
fijamente con la mandíbula tensa.
—¿Eh?— Alexei frunce el ceño. — Me pareció ver un trozo de las
flores de antes. Ya sabes, las que te regalé.
— Ah.— Parpadeo. —Bien.
— Supongo que me equivoqué.
Alexei me sonríe.
En un destello explosivo, Hayden se pone en pie y me agarra de la
mano. Abro la boca para preguntarle qué está haciendo, pero ya me está
poniendo de pie.
Saca su cartera y deja un par de billetes sobre la mesa antes de sacarme
de la proximidad de Alexei.
Alexei se limita a sonreír tras nosotros.
— Se acabó la cita—, dice Hayden. — Nos vamos a casa.
CAPÍTULO 47
DARCY
Afuera , Hayden sigue cogiéndome de la mano mientras abre la puerta
de un taxi que lo espera y me hace un gesto para que suba, con expresión
estruendosa. Le dice al taxista nuestra dirección y me tiende la mano para
que me ponga el cinturón.
Me quedo mirándole con la boca abierta.
—¿Me lo vas a explicar?— pregunto, incrédula.
— Cuando lleguemos a casa.
Hago un ruido de frustración.
—Hayden...
— Cuando. Lleguemos.
El viaje a casa es corto, gracias a Dios, y cuando entramos en el
ascensor, la energía tensa irradia de él en oleadas.
Regla número siete de ser un jugador, añado: No salgas con los amigos
de tu compinche.
Una pequeña, esperanzada y estúpida parte de mí quiere que sea porque
está tremendamente celoso, pero Hayden no se pone celoso. Ya me habría
dado cuenta.
Cuando llegamos a casa, ni siquiera me mira. Capto las líneas afiladas
de su perfil mientras tira su abrigo sobre una de las sillas de la cocina.
— Me voy a la cama. Buenas noches—, dice en voz baja, quitándose
los zapatos de una patada y sin guardarlos en el armario como hace
siempre. A continuación, se dirige a nuestras habitaciones sin decir nada
más.
Me quedo en el vestíbulo, con la chaqueta y los zapatos puestos,
escuchando cómo se cierra la puerta de su habitación.
Oh, diablos, no. Sacudo la cabeza, con la frustración creciendo en la
boca del estómago.
En unos segundos estoy delante de su puerta, golpeándola con los
nudillos.
—Hayden.
No contesta.
Vuelvo a llamar.
—Hayden.
— Ahora no, Darce.
— Sí, ahora.— Sin pensarlo, abro su puerta. — Voy a entrar—,
añado, cuando la puerta ya está abierta.
Hayden está de pie en calzoncillos, mirándome.
Ni siquiera su oscuro humor puede restarle valor a lo guapísimo que
está, todo músculos poderosos y tonificados y pelo rubio dorado.
Dios, está tan bueno.
—¿Dónde está tu ropa?
Sueno indignada, como si no fuera yo la que ha abierto la puerta de
golpe.
Se pone las manos en las caderas.
—Me voy al gimnasio.
—¿Ahora?
Incluso tiene esos músculos en V apuntando a la cintura de sus boxers.
El otro día no me fijé en ellos porque estaba demasiado ocupada teniendo el
orgasmo más intenso de mi vida.
— Sí.
— Creía que te ibas a la cama.
Exhala un ruido áspero, paseándose por la habitación, agitado.
—Necesito hacer algo.
— Lee un libro—, sugiero suavemente.
Odio pelearme así con él. Se siente mal.
—Mira La Espada del Norte.
Sacude la cabeza.
—No puedo sentarme ahora.
— Arráncame, entonces. — Le dirijo una mirada mordaz. — Quizá eso
ayude. Claramente te he cabreado.
Cruza los brazos sobre el pecho.
—¿De qué estás hablando?
Una risa sin humor de completa puta incredulidad se me escapa.
— Hayden. Mira. Siento haber salido con Alexei. He aprendido la
lección. Pero te comportaste como un completo gilipollas tanto con Georgia
como con Alexei toda la noche. Y luego, cuando intenté poner en práctica
las cosas que me has estado enseñando, me sacaste de allí como a una
adolescente que se ha pasado de la hora de acostarse.
Su garganta funciona, y me da una expresión de dolor.
— Aceptas ser mi compañero, pero luego actúas como un gilipollas
territorial toda la noche. Así no actúan los amigos. — Lo que me ha estado
molestando durante meses pasa a primer plano. — Y tú ya no me tocas—,
añado en voz baja. Sus ojos me queman.
—¿Y la otra noche?
Se me revuelve el estómago. El juguete, la forma en que sus dedos
tiraban de mis pezones, provocándome placer. La forma en que utilizó el
juguete para que me corriera más fuerte que nunca. Y cómo entrelazó sus
fuertes dedos con los míos al final.
— No como la otra noche. O la otra mañana.— Trago saliva. — No me
abrazas. Ya no me rodeas con el brazo. No me…— Suena tan estúpido.
— No me haces cosquillas. Y te apartas para que no te toque sin querer.
El silencio se hace pesado entre nosotros por un momento. Entonces se
ríe, pero no es su típica risa alegre y feliz de Hayden. Es amarga, frustrada,
como si le doliera.
— Ya no te toco. — Sacude la cabeza para sí mismo. — Sí, ya no te
toco, Darce. No puedo.
Sus ojos se agudizan, clavándose en mí, y da un paso adelante. Luego
otro. Hasta que estamos a centímetros de distancia y puedo sentir su calor.
—¿Quieres saber por qué?
¿Para oírle decir las palabras hirientes en voz alta?
—Sé por qué.
Me doy la vuelta, pero sus dedos se acercan a mi barbilla, inclinando mi
cara hacia la suya.
Un cosquilleo de placer me recorre ante el gesto dominante.
— Continúa. — Me mira fijamente a los ojos, desafiándome. — Dilo.
—Le rompí el corazón a Kit. Le hice daño a la persona que te importa.
— No.— Exhala pesadamente, pero sus dedos permanecen bajo mi
barbilla. — No podrías estar más equivocada, Darcy. Sé que no eras feliz
con él. Y después de las cosas que hizo, de cómo te propuso matrimonio
cuando sabía que no lo querías, no me importa que le rompieras el corazón.
Se le hace un nudo en la garganta al verme.
— Entonces no quieres que me haga una idea equivocada sobre tú y yo.
—Equivocada otra vez.
Mi corazón late con fuerza ante la mirada desesperada y hambrienta de
sus ojos.
—¿Por qué, entonces?
— Deberías irte. — Deja de mirarme, pero su mirada permanece fija en
la mía. — Antes de que cometa un error.
Un escalofrío me recorre.
—¿Qué clase de error?
El calor se enciende en sus ojos y me atraviesa, enroscándose y
retorciéndose entre mis piernas en una deliciosa presión. Su atención se
posa en mis labios como si recordara cómo se sintieron contra los suyos en
la fiesta del reparto.
Dios, ojalá nos hubiéramos besado la otra noche.
—¿Quieres saber por qué no te toco? — Sus ojos azules se oscurecen un
poco. — Porque si empiezo, no paro.
Su extraño estado de ánimo esta semana. Lo enojado que estaba cuando
Alexei me invitó a salir. Cuando Alexei apareció con flores, Hayden parecía
que quería matarlo.
No le molesta que siga adelante.
No puede ser verdad. Va en contra de todo lo que sé de él.
— Dilo.
Trago saliva, con el corazón palpitante, y niego con la cabeza.
Equivocarme en esto me humillaría.
— Dilo.
—Celoso—, suelto. — Actúas como si estuvieras celoso.
Hay tensión entre nosotros, crepitante y eléctrica.
Ladea la cabeza, con la respiración agitada.
—¿Quién no lo estaría, Darce?
Pero está tan bueno. Es el deportista popular que podría tener
cualquiera.
Soy la chica rara a la que le gustan las matemáticas, a la que despidieron
y que nunca fue la adecuada para mi ex. Parpadeo, buscando una forma de
explicarlo sin parecer patética.
—Sólo pensé...
—¿Qué pensaste?
— Que no soy tu tipo. Eres tan...
Me sacudo, con los pensamientos desordenados y turbios.
—¿Soy tan qué?
Mi corazón galopa, retumbando en mis oídos.
—Puedes tener a cualquiera.
— Odio oírte decir eso—, dice en voz baja. —¿Sabes por qué salí
con mujeres que no se parecen en nada a ti?
Sin palabras, niego con la cabeza.
— Porque no quería que me recordaran a ti. Porque intentaba
convencerme de que no sentía nada por ti. — Su nuez de Adán sube y baja
mientras traga, con las pupilas dilatadas. — Pero nunca funcionó. Siempre
pienso en ti.
Mi mente se tambalea; estoy mareada, aturdida, mis pensamientos se
aceleran y giran como un molinete, aferrándose a algo. Esto no tiene
sentido. Es una alucinación. Me he resbalado y me he golpeado la cabeza
fuera del restaurante, y en cualquier momento abriré los ojos y veré a
Hayden, Alexei, Georgia y los paramédicos inclinados sobre mí mientras
yazgo en la acera.
—Eres mi tipo—, dice Hayden como si le doliera. — Más que nadie.
Su cabeza cae sobre mi hombro, e inhala profundamente, su puño llega
a la pared junto a mi cabeza en su temblorosa exhalación.
—Te deseo, Darcy—, murmura contra mi cuello, y me estremezco. —
Te deseo tanto que no puedo mantenerme alejado. Si quieres que las cosas
sigan como están, tienes que salir de mi habitación ahora mismo.
No me importa que seamos mejores amigos. No me importa que esto
vaya a complicarlo todo. Sólo necesito que me toque, ahora mismo, que
haga algo con esta intensa presión que ha creado entre mis piernas.
Necesito ver cómo sería lo nuestro. Sólo una vez.
Apoyo una mano en el pecho de Hayden, sintiendo el galope de los
latidos de su corazón. Sus ojos me queman, impotentes pero oscuros de
lujuria.
— No quiero que las cosas sigan como están—, susurro, y su boca se
estrella contra la mía.
CAPÍTULO 48
DARCY
Hayden reclama mi boca con una urgencia que revuelve todos mis
pensamientos.
— No más citas dobles—, dice contra mis labios, y yo asiento con la
cabeza.
Sus dedos se hunden en mi pelo y los míos en los suyos. Toda la
frustración que irradia se transforma en algo más agudo y ardiente cuando
me abre los labios y me acaricia por dentro, explorando y saboreando.
Me aprieta contra la pared. Creo que gimo. Si esto es un error, es el
mejor que he cometido nunca.
— Dios, sí—, gime cuando me chupa suavemente la punta de la lengua.
— No más citas en absoluto. ¿Entendido?
— Ajá.
No lo hacemos para practicar o para enviar un mensaje a un actor que
no me interesa. Ya no me está enseñando las cuerdas o probando para ver si
soy lo suficientemente buena besando.
Lo hacemos porque queremos. Porque no podemos soportarlo más.
Porque necesitamos ver qué pasa después. No estoy segura de lo que está
pasando, pero soy una participante dispuesta, permitiendo que Hayden tome
lo que quiere.
Que soy yo, por la forma en que su gruesa erección me presiona el
estómago. Me estremezco y un escalofrío me recorre la espalda.
—¿Tienes frío?—, murmura entre besos.
Niego con la cabeza y él me atrapa el labio inferior entre los dientes.
—Bien.
Este beso es distinto al de la primera vez, como si un interruptor se
hubiera encendido dentro de Hayden. Está iluminado, concentrado,
motivado... es el mismo algo diferente que ha estado hirviendo a fuego
lento bajo la superficie durante semanas, levantando la cabeza durante los
partidos cuando marca goles.
Con una mano en el dobladillo de mi top, arrastra la yema de un dedo
sobre la franja de piel desnuda entre él y mis vaqueros, y toda mi atención
se concentra en el lugar donde me toca.
— Quítamelo.
La orden en su voz envuelve otra deliciosa espiral de calor en la base de
mi columna vertebral. Tanteo con la cremallera antes de que me levante la
prenda por encima de la cabeza.
Se le hace un nudo en la garganta mientras me mira fijamente el pecho y
recorre con la mirada el bonito y delicado sujetador de encaje.
— Llevo días pensando en esto. Esto —engancha un dedo
bajo el tirante y deja que chasquee suavemente contra mi piel —me ha
estado volviendo loco desde que lo vi.
Sus dedos rozan los bordes del encaje, la parte superior de mis pechos,
mis hombros, y la piel se me pone de gallina.
—¿Para quién te lo has puesto esta noche?—, pregunta en voz baja.
— Para ti—, susurro, con el corazón latiéndome con fuerza. Me
imagino la reacción de Hayden mientras me lo pongo.
Su boca se engancha, y creo que le devuelvo la sonrisa mientras apoyo
las palmas de las manos en su pecho firme.
— Eso es lo que me gusta oír—, murmura mientras vuelve a acercar su
boca a la mía.
Besar a Hayden es tan delicioso. Sin esfuerzo, pero necesario, como
respirar. Nunca, nunca quiero parar, y por la forma en que sus manos
recorren mis caderas, mis brazos, mi pelo, sin detenerse en ningún sitio,
como si intentara memorizar mi cuerpo con el tacto, creo que él tampoco
quiere parar.
Somos mejores amigos. Somos compañeros de piso. Él es el jugador de
la vida de la fiesta que no está interesado en el compromiso.
Puede que no sea ese tipo, sin embargo, y puede que ya no me importe
que esto pueda complicar las cosas.
Sólo lo quiero a él, y quiero que tenga lo que quiere.
Su barba raspa suavemente mi barbilla mientras su lengua acaricia la
mía, dispersando mis pensamientos, y cuando mis rodillas chocan contra
algo, me doy cuenta de que me ha llevado de espaldas a la cama.
Me baja y me hundo en el edredón mientras su olor me inunda.
—Me encanta estar en tu cama—, admito mientras me desabrocha el
botón de los vaqueros. Sus ojos se calientan.
—A mí también me encanta que estés en mi cama.
Levanto las caderas para que me quite los vaqueros. Sus ojos recorren
mi ropa interior. Es un mechón de encaje fino que apenas cubre nada, y por
la forma en que sus ojos se oscurecen mientras se pasa una mano por el
pelo, exhalando con fuerza, a Hayden le gustan.
— Te compraremos más—, dice, mirándolas fijamente.
Lo dice como si fuéramos pareja. Eso debería provocarme terror, pero
no lo hace. Me gusta la idea de que compremos lencería juntos, de que sus
ojos brillen de calor cuando me vea con ella puesta.
Se sube encima de mí, apoyando los codos a ambos lados de mi cabeza,
mirándome con deseo y afecto antes de que su boca caiga sobre la mía.
Nuestro beso es ardiente, rápido y desesperado, todo lenguas y dientes y
labios y jadeos. Nos olvidamos de respirar.
Su erección me presiona el vientre y yo me arqueo contra ella,
separando las piernas y dejando espacio para que Hayden se acomode entre
mis caderas. Su peso sobre mí es un lujo. El calor de su piel me estremece.
Me enreda los dedos en la nuca y me inclina la cabeza mientras rompe el
beso y me recorre la mandíbula y el cuello con la boca.
— Hueles de puta madre—, gime, y una oleada de humedad me recorre
las piernas. — Siempre hueles tan bien. Y sabes tan jodidamente dulce.
Me pellizca el punto sensible bajo la oreja y un ruido de necesidad sale
de mi garganta.
— Necesitas más, ¿verdad?
Asiento con la cabeza, conteniendo a duras penas el sí, por favor. La
comisura de sus labios se inclina hacia arriba, complacida y cómplice.
Sus dedos encuentran un pezón pellizcado y juega con él a través del
fino encaje de mi sujetador. Cada tirón de sus dedos tira de entre mis
piernas, calentándome, aumentando la presión y el calor.
Me sumerjo aún más en las sensaciones de su lengua contra la mía. Mi
ropa interior está empapada y mis caderas se inclinan contra él, buscando
más. Finalmente, su mano baja desde mi pecho y acaricia la parte delantera
de mis bragas.
El contacto me recorre de placer y gemimos al mismo tiempo.
— Estás muy mojada.
Me mira la cara con fascinación, me frota con firmeza en círculos
amplios y se me cierran los ojos.
—No cierres los ojos—, me dice en voz baja y firme. Tiene un tono
burlón, como si fuera un juego. — No te atrevas.
Los abro y aprieto los labios para contener el gemido, y su boca se
engancha a mí mientras me frota en círculos más firmes. La necesidad se
apodera de mi cuerpo, tenso y caliente.
— Eso está bien, ¿verdad?
Asiento con la cabeza. Tararea, sonríe con esa sonrisa oscura y vidriosa,
mirando entre mi cara y el lugar donde su mano trabaja entre mis piernas.
—¿Qué vamos a hacer esta noche, Darce? — Su tono es bajo y
perezoso mientras sus labios rozan mi piel. —¿Qué vamos a tachar de tu
lista?
Me aparta el sujetador, deja libre el pezón y succiona el sensible pico.
Mi cuerpo se tensa y jadeo.
—¿Hmm? — Me mira y levanta la mano. Mis caderas lo siguen,
exigiendo contacto, pero él se limita a rozar con sus dedos la cintura de mi
tanga, las costuras sobre mis caderas, burlándose de mí. —¿Qué va a ser?
Va a obligarme a decirlo. No sé a dónde se fue mi dulce y divertido
Hayden, pero me encanta esta versión de él. La versión que está al mando y
se deleita en el poder.
Mis ojos se posan en sus labios.
—Tu boca.
—¿Ah, sí?— Su sonrisa se engancha. —¿Dónde quieres esta boca,
Darcy?
Me da besos calientes y mordisqueantes en el hombro, en el estómago y
luego en la cadera. Me tenso por la expectación.
—Enséñamelo, cariño.
Que me llame cariño me deja indefensa. Se me acelera el pulso cuando
mi mano baja serpenteando y se posa sobre mis bragas.
—¿Aquí? — Me frota lenta y firmemente sobre la tela y yo me agarro a
su mano. — Dilo, Darcy.
— Sí—, me apresuro a decir, zumbando de energía contenida. — Ahí.
Hayden me mira la cara mientras desliza la mano por debajo de la tela.
Con el roce de sus dedos, se me corta la respiración y su sonrisa drogada
aumenta.
— Jodidamente empapada—, susurra, arrastrando las yemas de sus
dedos en círculos sobre mi clítoris.
Puse los ojos en blanco. Sabe exactamente lo que necesito, es como si
estuviera en mi cabeza.
—¿Confías en mí?
— Por supuesto.
Sé que aunque no pueda ir, Hayden no se pondrá de mal humor ni a la
defensiva. Simplemente me estrechará entre sus brazos y me besará.
— Buena chica.
Aparta la mano y se sienta sobre sus tacones, arrodillado mientras me
quita las bragas. Con sus manos en la parte interna de mis muslos, presiona
mis piernas abiertas. Mi pulso salta con la vulnerabilidad, extendida debajo
de él, incapaz de esconderse.
Pero nuestros ojos se encuentran y él murmura una maldición en voz
baja. Es tan hermoso que no sé dónde mirar: su cara hermosa, su cabello
jodido y desordenado, el pecho tallado, los hombros y el abdomen
espolvoreados de pelo, o los muslos fuertes apoyados en la cama.
— Me encanta esa mirada en tu cara, tan desesperada por tocarte.
Se detiene, mirándome con una expresión que se parece mucho a la
reverencia.
Nadie me ha mirado así.
Desliza su mano entre mis piernas, cepillando cada nervio sensible que
termina con su palma plana, y mis muslos se aprietan mientras el calor
corre a través de mí.
— Estás tan guapa aquí.— Él observa cómo su mano se mueve sobre mí
con una mirada acristalada en su rostro. — Tan suave y húmedo.
El calor se acumula y palpita entre mis piernas, y cada vez que me
cepilla el clítoris, la electricidad me atraviesa. Su polla se tensa contra sus
calzoncillos y siento otro dolor necesitado.
— Hayden. — Lo alcanzó, pero su mano llega a mi muñeca y ata sus
dedos con los míos.
La diversión brilla más allá del hambre en sus ojos.
—Ten paciencia.
Hace un ruido de frustración y me arqueo contra su mano, buscando
más fricción, pero él se inclina hacia adelante y sujeta su antebrazo sobre
mis caderas, sosteniéndome.
— Vas a esperar—, me dice, y mi sangre se calienta a la orden en su
tono.
Es mi burla, divertido Hayden, pero con autoridad y dominio, y
realmente me gusta.
— He esperado tanto tiempo por esto. No quiero apresurar las cosas. —
Él mira entre mis piernas con una sonrisa juguetona y caliente.—Y cuanto
más te haga esperar, más difícil te vendrás.
Él me cepilla el clítoris de nuevo y yo medio suspiro, medio gruño. Se
ríe, borracho de poder, con los ojos oscuros de lujuria. Más y más alto, me
enrolla, hasta que mi piel está tan caliente que podría estallar en llamas.
Puedo ver mi liberación en el horizonte, pero él me detiene, jugando
conmigo y tomándose su tiempo.
—¿Por qué no probamos un tipo diferente de orgasmo en el punto G?—
Pregunta con esa voz baja y seductora que me relaja y me pone tenso en
anticipación. —¿Qué opinas de eso?
Me mojo los labios, y sus ojos siguen el movimiento.
—Está bien.
— Se va a sentir intenso, ¿de acuerdo?
— Uh-huh.
Mi respiración es desigual y estoy tan excitada que podría estallar en
llamas.
Con su enfoque enfocado en mi cara, me mete un dedo dentro.
Mis ojos retrocede en mi cabeza a la quemadura de placer que dispace
los pensamientos.
— Ahí.— Su voz baja y rica me hace temblar. — Justo ahí.
Asento, incapaz de formar palabras. Hayden parece un dios, arrodillado
entre mis piernas con esa expresión de poder y control en su hermoso
rostro. Mi mirada recorre cada cresta y músculo de su torso, hombros y
brazos, enfocándose finalmente en su tenso antebrazo mientras trabaja su
dedo dentro de mí.
Añade un segundo dedo, y la plenitud dolorida me hace ver estrellas. Él
mete los dedos hacia adelante, frotando mi pared frontal, y yo me aferro a
su mirada. Los sonidos húmedos de él follándome con su mano me
empujan más alto.
No puedo creer que esto esté pasando. No puedo creer que estemos
haciendo esto. No puedo creer lo bien que se siente. El placer de sus
gruesos y largos dedos dentro de mí está más allá de todo lo que he
experimentado. Mi mirada se eleva hacia el techo, desenfocada y con tapas
pesadas mientras llega a partes de mí que no sabía que existían.
—Oye, oye, oye. — Su voz es baja y relajante, y le miro hacia atrás. Su
boca se inclina hacia una sonrisa de complacenza. — Allí. Bueno. Sigue
mirándome, ¿de acuerdo?
Asiento con la cabeza, encontrándome con su mirada fascinada, y otra
ola de calor se mueve a través de mí. Esto es mejor que el juguete. Un
millón de veces mejor. Podría morir e ir al cielo de Hayden tocándome así.
— Lo estás haciendo tan bien, cariño.
Me estremezco de placer, agarrando su mano más fuerte mientras mis
músculos se tensan a su alrededor.
Su sonrisa se inclina.
—¿Te gusta cuando te llamo así?
— Sí—, jadeo.
— Estás cerca, ¿verdad?
— Uh-huh.
Su pulgar empuja mi clítoris, dibujando círculos lentos y firmes, y es
suficiente. Me inclo por el borde, la visión se difumina y los labios se
separan en un gemido bajo mientras cada nervio de mi cuerpo se dispara a
la vez.
Al igual que con el juguete, este orgasmo es diferente: más bajo, más
profundo y más fuerte. El calor y la presión burbujean, derritiendo mis
pensamientos, y me arqueo y me agacho contra su mano mientras me
trabaja a través del orgasmo, diciendo cosas como ahí vamos y una chica
tan buena y qué puta vista eres, Darce, viniendo así en mis dedos.
— Hayden—, jadeo, y él gime.
El placer me atraviesa, y hay un crujido agudo y delicioso en mi sangre
mientras me aferro al recordatorio de que Hayden, mi mejor amigo, el tipo
que conozco desde hace años, me está haciendo sentir de esta manera.
Su expresión está enfocada, su sonrisa oscura mientras su atención
cambia entre mi cara y donde su mano está enterrada dentro de mí, como si
mi placer fuera su placer. Con nuestros dedos entrelazados, me aprieta la
mano una vez, y yo le devuelo.
Sus golpes se ralentizan a medida que bajo, y su sonrisa se inclina más
alto.
— Respira—, dice en voz baja, trepando sobre mí y besándome. Su
lengua arrastra sobre la mía, devorándome mientras ambos trabajamos para
recuperar el aliento. Su piel es tan cálida, y cuando se retira para sonreírme,
estoy flotando.
Entre mis piernas, su erección se empuja, se esfuerza contra sus
calzoncillos, y tengo una idea malvada por mi cuenta.
CAPÍTULO 49
HAYDEN
Estar así con Darcy me cambia la vida. Nunca olvidaré su gemido dulce
y necesitado ni su expresión de incredulidad cuando su cuerpo palpita con
el orgasmo.
Me late la sangre de orgullo y ruedo sobre mi espalda, llevándomela
conmigo para que se siente a horcajadas sobre mis caderas, con la boca a
escasos centímetros de la mía y una expresión de saciedad en todo su bonito
rostro.
Ya no quiero quedarme al margen, fomentando la confianza de Darcy
solo para enviarla a los brazos de otro tipo. Me cansé de ser su compinche.
La deseo y voy a demostrárselo.
Mantengo el contacto visual mientras chupo el sabor perfecto de mis
dedos, algo en lo que he estado pensando desde que usé el juguete con ella.
Mi boca se curva en una sonrisa de satisfacción.
—Me encanta cómo dices mi nombre.
Me mira con el pelo revuelto y la cara, el cuello y el pecho sonrojados,
y yo sonrío con más fuerza.
— Y me encanta tu aspecto actual—, admito.
Ella resopla.
—¿Como si me acabara de atropellar un coche?
—¿Así es como te sientes?— Levanto una ceja burlona y deslizo mi
mano por la parte baja de su espalda antes de acariciarle el culo. — Debería
volver a intentarlo.
—No—, se ríe. — Todavía no. Necesito descansar. — Inclina la cabeza
y entierra la cara en mi cuello, y se me eriza la piel. — Ese fue el mejor
orgasmo que nunca he tenido—, susurra contra mi hombro.
Un deseo intenso y posesivo se apodera de mí y la rodeo con mis
brazos.
—Sabes exactamente qué decir para hacerme sentir como el puto
hombre.
Se ríe y levanta la cabeza para sonreírme.
Dios, es jodidamente impresionante. El color de sus ojos, cada pestaña,
la inclinación de su nariz, su arco de Cupido y la hinchazón de sus labios:
cada parte de Darcy es perfecta. Como si la naturaleza le hubiera dado lo
mejor de todo, seleccionado a mano para ella.
— Eres un ángel.— Le paso el pelo por detrás de la oreja. —¿Lo sabes?
Sus ojos se calientan con diversión y las líneas perfectas de su boca se
inclinan en una bonita sonrisa.
— A veces—, dice, antes de que sus caderas se inclinen contra mi
erección.
Mi cuerpo responde, se tensa por la necesidad y el aire sisea entre mis
dientes.
—Joder. — Mis párpados se entrecierran.
Ella me observa con curiosidad mientras vuelve a apretarme la polla, y
mi mandíbula se afloja. El deseo se apodera de mí. Estoy tan cerca que
estoy a punto de derramarme en los calzoncillos. Mis dedos se clavan en
sus caderas para detenerla.
— Darcy...
— Mi turno—, susurra. Sus párpados caen y aprieta los labios en una
línea apretada mientras lo hace de nuevo, con un dulce ceño fruncido entre
las cejas.
Después de tantos años de forzar mis sentimientos, ver a Darcy
disfrutando contra mi polla me lleva rápidamente al límite. Sus labios se
separan y sus tetas me oprimen el pecho mientras sube y baja por mi
dolorida polla. Deberíamos parar antes de que pierda el control, pero no
puedo. Estoy demasiado enganchado a la forma en que me mira, como si
fuera suyo.
— Esto es tan bueno—, susurra, cerrando los ojos. —¿Por qué hemos
esperado tanto?
Mis pelotas se tensan y mis ojos se abren de par en par mientras pierdo
el control.
— Mierda, Darce…—, me atraganto, agarrándola y sacudiéndome
contra ella. Me sube fuego por la espalda. — Voy a...
Baja la boca hasta mi oreja, me pellizca el lóbulo y se acabó.
Un calor blanco me recorre, me recorre la sangre y me aprieta la
entrepierna. Me libero y gimo con impotencia, con un sonido ronco y
entrecortado en su cuello, con los dientes rozándole la piel.
La aprieto tanto contra mi pecho que probablemente no pueda respirar,
pero no me queda otro pensamiento en la cabeza que la abrumadora
necesidad de follármela con fuerza y hacerla mía. Soy vagamente
consciente de sus labios en mi sien, pero toda mi atención se centra en ella
arrastrando su húmedo coño por mi erección y en los suaves y alentadores
ruidos que me susurra al oído. Mi liberación cede y me quedo tumbado,
mirándola a los ojos, con el aire entrando y saliendo de mis pulmones.
Joder. La vergüenza me golpea y hago una mueca, gimiendo.
—¿Qué? — Darcy se ríe.
— Acabo de correrme en calzoncillos como si tuviera diecisiete años
otra vez.
Qué manera de demostrarle que sé lo que hago.
Se ríe en mi cuello.
—Estuvo caliente.— Me pasa los dedos por mi pelo e inhala, su nariz
enterrada en mi cuello. — Mañana voy a soñar despierta con eso.
Hundo la mano en su pelo e inclino su boca hacia la mía, haciendo que
abra los labios. Nuestro beso es lento, profundo e íntimo.
¿Cómo podía dudar de que Darcy y yo éramos el uno para el otro? Esto
lo es todo. Es como si no existiera nada más cuando estamos juntos.
Después de asearnos, nos tumbamos en la cama, Darcy arropada contra
mi pecho y explorando mi cuerpo con ligeras y burlonas caricias.
Le doy un beso en la sien.
—¿Recuerdas el día de San Valentín, cuando me preguntaste qué tipo de
porno veía y me puse raro?
Ella asiente.
— No quería enviártelo, porque son exactamente iguales a nosotros y es
el único porno que he visto en años.— Levanto la cabeza para sostenerle la
mirada con fijeza. — Imagino que somos nosotros.
La comisura de sus labios se tuerce en una pequeña y adorable sonrisa.
—Ah.
— Sí. ¿Y mencionaste que siempre me ducho después de tocarnos,
después de abrazarnos y después de que intentaras ligar conmigo?
Ella asiente, con las cejas juntas.
— Es porque me excitaste tanto, Darce, que necesitaba correrme, y no
puedo hacerlo en silencio. — Mi boca esboza una sonrisa perezosa. —
Como ya sabes.
Traga saliva y se sonroja.
—Oh.
— Sí.
Hay un destello de sorpresa en sus ojos, y sé que, dentro de su cabeza,
esta procesando esta información.
No pasa nada. Le daré tiempo para que lo asimile.
— Eres muy lindo cuando te pones nervioso.
Se ríe en mi hombro antes de mirar hacia la puerta, dudando.
—No vas a volver a tu cama—, le digo.
Quizá sea mi imaginación, pero creo que se siente aliviada.
—Mandon.
Beso su frente, la inhalo, acaricio mi mano sobre su espalda.
—¿Quieres agua?
Ella niega con la cabeza, respira hondo y suelta el aire lentamente,
relajando su cuerpo contra el mío. Escucho su suave respiración mientras se
duerme y mis pensamientos empiezan a aclararse.
He dejado de ser su compinche y haré lo que haga falta para convencer
a Darcy de que es mía.
Necesitará tiempo para procesarlo, y lo último que quiero es meterle
prisa. Decirle que ella es para mí, que es la única mujer que he querido y
querré, la hará entrar en pánico.
Así que le daré tiempo. Le quitaré presión.
Mi corazón da un tirón incómodo. ¿Y si le muestro lo bien que
podríamos estar juntos, pero sigue sin ser suficiente?
Sólo una cara bonita y un buen polvo.
La rodeo con el brazo. En sueños, suspira y se acurruca más en mi
pecho, y la determinación me inunda.
Estoy corriendo hacia un precipicio con un latiguillo de freno cortado.
Mi única opción es pisar el pedal a fondo y esperar que lo despeje.
CAPÍTULO 50
DARCY
Me despierto en la cama de Hayden, envuelta en sus brazos. Sus
sábanas están más suaves que nunca y la suave luz del sol se filtra en la
habitación mientras sus exhalaciones me hacen cosquillas en la nuca. En su
mesilla está la foto de la universidad, la que le regalé por San Valentín.
Arrugo las cejas y parpadeo al verla, conteniendo una sonrisa. ¿Estuvo ahí
anoche?
Debe de notar el cambio en mi respiración, porque el brazo que tiene
extendido sobre mi pecho se tensa, atrayéndome hacia él.
—Buenos días—, murmura contra mí, con la voz ronca por el sueño.
— Buenos días.
Me deleito en la comodidad de este momento durante unos cuatro
segundos antes de que las preguntas empiecen a revolotear por mi cerebro.
¿Fue ese el mejor, más sucio y más vívido sueño de mi vida, o dejé que
mi mejor amigo y compinche me diera el mejor orgasmo de mi vida? ¿Lo
ha disfrutado tanto como parecía?
¿Está enloqueciendo?
¿Lo estoy yo?
¿Se arrepiente de lo que hicimos?
¿Me arrepiento yo?
Me doy la vuelta para que estemos frente a frente, y mi corazón da un
vuelco ante la mirada soñolienta de su guapo rostro.
— Tienes mala cara.
Alargo la mano para alisársela, pero los gruesos mechones vuelven a
levantarse, haciéndome reír. Su sonrisa es soñolienta, feliz y adorablemente
infantil.
—¿Quieres desayunar?
Niego con la cabeza. Podría quedarme aquí tumbada con él para
siempre.
La noche anterior se repite en mi cabeza: él sacándome del restaurante,
él perdiendo la paciencia y besándome, la forma desesperada y necesitada
en que me hizo correrme más fuerte que nunca, y todas las cosas que dijo.
¿El porno que yo creía que se parecía a nosotros? Él también lo creía. Lo
veía porque pensaba que se parecía a nosotros.
Siento un cosquilleo en la piel al recordar todas las veces que nos hemos
tocado o sonreído en los últimos ocho años, y ahora miro esas interacciones
bajo una nueva luz. ¿Son recientes estos sentimientos?
Deben de serlo. Lo sabría si no lo fueran.
¿Verdad?
—¿Qué pasó anoche?— Susurro, y la preocupación comienza a través
de mí.
Hemos sobrepasado tanto la línea de los amigos que ni siquiera tiene
gracia.
Pero no estoy segura de dónde aterrizamos.
Me mira durante un momento.
—Creo que hicimos algo que queríamos hacer desde hace mucho
tiempo. — Su boca se tuerce. — Dime que me equivoco.
— No te equivocas.— Se me acelera el pulso.
Digo que sólo somos amigos y que él es sólo mi compinche, pero en los
últimos meses, es cada vez más difícil creerlo.
Sin embargo, es un jugador. Hayden Owens va de mujer en mujer. Él
mismo lo dijo, no se compromete, es más fácil así.
Podría cambiar de opinión. Yo podría cambiar de opinión. Pensé que
amaba a Kit y estaba tan equivocada; ¿qué pasa si Hayden y yo nos
involucramos, y resulta que estoy equivocada de nuevo?
Es mi mejor amigo, y si nos rompemos el corazón mutuamente, no
habría vuelta atrás. Nuestra amistad habría terminado, y la idea de que
Hayden no estuviera en mi vida me da ganas de llorar.
Trago saliva y él me pasa el pulgar por el entrecejo.
—¿Qué pasa ahí?—, pregunta en voz baja.
— Estoy pensando.
Sacude ligeramente la cabeza, preocupado.
—No hagas eso.
Sonrío, pero sigo dudando.
— No quiero estropear las cosas entre tú y yo.
Es tan extraño, tumbados sobre la almohada, hablando en voz baja
mientras entra el sol. Extraño y, sin embargo, completamente normal y
natural.
—Hay muchas razones por las que no deberíamos hacer esto.— Hace
una pausa, con el ceño fruncido. — Veamos adónde va.
Sé adónde irá. O él se aburrirá en una relación, o yo me daré cuenta de
que estoy exactamente donde estaba hace un año: atrapada. Hayden es tan
diferente a Kit, pero quizá el problema no sea el chico con el que estoy. Tal
vez soy yo.
Tal vez me disuelvo en la vida de quien sea con quien estoy saliendo.
La idea de enamorarme de Hayden y volver a perderme me aterroriza.
Sólo he empezado a encontrarme a mí misma. No estoy preparada para
hundirme de nuevo en la vida de otra persona y perder todo lo que he
descubierto sobre quién soy.
— Necesitas un plan, ¿verdad?— Su boca se tuerce y sus ojos se
vuelven cálidos de afecto.
Resoplo divertida, porque me conoce muy bien. Odio el acantilado de la
incertidumbre.
—Sí. Un plan estaría bien.
— De acuerdo. La boda de Jamie y Pippa. Esperamos hasta entonces
para tomar una decisión. Iremos juntos.
Los dos ya estábamos planeando ir a la boda, pero la idea de ir juntos
como novios hace que me dé un vuelco el corazón. Recuerdo las palabras
de Pippa meses atrás: se supuse que irían juntos.
—¿Y hasta entonces?
Se lleva la mano a la boca y me da una serie de besos suaves y
prolongados en la palma abierta. El roce de su barba hace que se me corte la
respiración.
— Hasta entonces, sigo dándote lecciones. Te enseño todo lo que
quieres experimentar y aprender. — Traga saliva. — No tenemos que
comprometernos a nada. Podemos divertirnos, como tú querías.
Debería sentirme aliviada de que me quite así la presión, pero en lugar
de eso, algo me atrapa y se engancha detrás de las costillas.
Hayden Owens nunca se calma. Claro que sí. Soy una novedad para él,
pero ya se le pasará. ¿Eso que dijo anoche sobre salir con mujeres que no se
parecían a mí? Seguro que es verdad. Pero no cambiará lo que es en el
fondo. Incluso ahora, está gestionando mis expectativas, haciendo hincapié
en la diversión y la falta de compromiso mientras acordamos una fecha
final.
Sus ojos se clavan en los míos.
—Pero solo yo. Nadie más. No quiero compartirte. Te quiero toda para
mí.
La determinación con la que lo dice es tan diferente de su habitual
actitud despreocupada. Un escalofrío me recorre la espalda. Me pregunto
cómo sería ser completamente poseída y apreciada por Hayden Owens.
Me pone encima de él. Mis piernas caen a ambos lados de su cuerpo, a
horcajadas sobre sus caderas, y él me sonríe con ojos brillantes de interés y
picardía.
—¿Qué me dices, Darce? — La comisura de sus labios se desliza en
una sonrisa coqueta. —¿Quieres divertirte?
Aprender a ser un jugador ha consistido en tomar lo que quiero. ¿Qué es
lo que quiero?
Quiero esto. Es tan tentador que apenas puedo soportarlo. Quiero jugar
con Hayden y tener el mejor sexo de mi vida y despertar con él. Puedo
divertirme pero mantenerme distante. Estoy explorando quién soy, y tal vez
esto es exactamente lo que necesito. Es sólo un mes; no me enamoraré de
él.
No me enamoraré.
Tuerzo la boca con una sonrisa irónica.
—De acuerdo.
Mi pulso se acelera en excitada anticipación, y una sonrisa complacida
se extiende en las facciones de Hayden mientras asiento con la cabeza.
— Bien. — Sus ojos se calientan. — Esperaba que dijeras eso.
_____
Esa noche, cuando empieza el partido, hay algo diferente en Hayden. A
los pocos segundos de caer el disco, está en una escapada hacia la red de
Filadelfia.
A mi alrededor, el público empieza a gritar, y yo estoy de pie,
observando con fascinación cómo patina con dos defensas detrás de él.
Lanza el disco y, cuando golpea el fondo de la red, el estadio estalla de
ruido.
— Es un animal—, le grita un tipo detrás de mí a su amigo mientras los
jugadores del Vancouver rodean a Hayden en el hielo a seis metros de
distancia. — Owens es un animal esta noche.
Sonrío a lo grande, viendo a Hayden irradiar orgullo por su gol. Se
vuelve hacia mí y su sonrisa me revuelve el estómago.
— Ese gol era para ti—, me dice Hazel al oído con una sonrisa burlona.
Pongo los ojos en blanco.
—No, no era para ti.
Hayden se acerca patinando, sus ojos se posan en mi camiseta y su
sonrisa se vuelve complacida y posesiva. Pienso en sus manos en mis
caderas esta mañana, me recorre como si fuera su dueña, y un agradable
escalofrío me recorre.
Me guiña un ojo y me ruborizo de placer.
Mi amuleto de la buena suerte, me dice con la boca a través del cristal
antes de irse patinando más allá del banquillo, chocando los guantes con el
resto del equipo.
—¿Hay algo que quieras compartir con la clase?— pregunta Hazel
mientras mi sonrisa se amplía aún más. Pippa sigue sonriendo, encantada y
curiosa.
— No—, digo, sonriendo de oreja a oreja, y ellas me devuelven la
sonrisa.
Sólo nos estamos divirtiendo, me digo.
En la caja de después, me encuentra nada más entrar por la puerta.
Sonrío cuando se acerca a grandes zancadas. Camina con esa determinación
que hace que la gente se aparte de su camino. Alguien le llama por su
nombre, pero su mirada no se aparta de la mía.
— Hola…—, empiezo a decir, pero me lleva la mano a la nuca y me
atrae hacia él, encontrándose con mi boca en un beso duro, narcotizante y
necesitado que me hace perder la cabeza.
Me derrito contra él y dejo que tome lo que quiere. Me agarra el pelo
con firmeza, tirando suavemente de él para que abra más la boca, y suelta
un gemido bajo y complacido.
Se aparta para mirarme a los ojos y, en su mirada, el calor parpadea
divertido ante cualquier expresión mía.
Empieza a sonreír.
—Hola.
Las tres neuronas que me quedan me ayudan a parpadear.
—Hola.
Sonríe más.
—Eres tan jodidamente hermosa.
No me suelta,sin embargo. Estamos en medio del palco, rodeados por el
resto del equipo, y se me eriza la piel con el peso de sus miradas.
— Todo el mundo puede vernos—, susurro.
— Mhm. — Me estrecha en un abrazo y presiona su boca contra mi sien
en un dulce beso.
Al otro lado de la habitación, Hazel, Rory y Alexei nos observan. Hazel
mueve las cejas y sonríe, Rory esboza una amplia sonrisa e incluso Alexei
tiene una expresión más cálida de lo habitual.
Mi boca esboza una sonrisa burlona mientras deslizo la mano hacia el
culo de Hayden y lo agarro, y él echa la cabeza hacia atrás, riendo.
CAPÍTULO 51
HAYDEN
—¿Seguro que vas a estar bien sola?— le pregunto a Darcy cuando
llega a la zona de salidas del aeropuerto.
Es nuestro último tramo de partido fuera de casa de la temporada, y no
quiero dejarla.
— Lo prometo. — Me sonríe rápidamente.—No soy una niña. Sé
cuidarme sola.
— Lo sé. — Pero me gusta cuidar de ella y asegurarme de que tiene
suficiente comida en la nevera. — Puedes llamar o mandar un mensaje
cuando quieras. O puedes llamar a mis padres si necesitas ayuda con algo.
Asiente con la cabeza y me mira, y algo me oprime el pecho. Por fin las
cosas van bien entre nosotros, y marcharse ahora me da mala espina. Pero
sé que es bueno tomarse las cosas con calma y darle tiempo para que lo
asimile. El último tipo la precipitó y no quiero acabar como él.
Mis pensamientos se centran en el mensaje sin respuesta que llevo en el
bolsillo. Dentro de unas semanas volverá a Vancouver para un partido y
quiere que quedemos para tomar algo y ponernos al día.
No quiero verlo. Por lo que a mí respecta, está fuera de nuestras vidas,
pero una parte de mí quiere arremeter contra él por lo que hizo.
— Buen viaje.
Darcy esboza una pequeña y tímida sonrisa mientras sus ojos recorren
mi cara. En los últimos días lo ha hecho más a menudo: me mira
abiertamente, me estudia.
Me gusta tener toda su atención.
Se me calienta la entrepierna y bajo la boca hasta la suya, mordiéndole
el labio inferior. Ella suspira, posa la mano en mi pecho y alisa la parte
delantera de la camiseta que lleva puesta, sobre la parte delantera de la
camiseta que me regaló el día de San Valentín. Mi camiseta favorita, mi
posesión más preciada.
Pero mi cuerpo está frustrado y, por la forma en que me clava las uñas,
ella también.
—¿Por favor?—, susurró esta mañana mientras se apretaba contra mí.
He necesitado todo mi control para no hundirle la polla hasta el fondo.
No la apresuro, me recuerdo mientras reclamo su boca. Darle tiempo
para que se adapte a esta nueva dinámica entre nosotros, una dinámica que
quiero que sea permanente. Y eso significa que aún no hay sexo.
Por mucho que ambos lo deseemos.
— Vas a perder el avión—, susurra entre besos.
—Da igual.
Se ríe entre dientes. Dios, es jodidamente preciosa. Mi corazón se
retuerce y agarro su muñeca, jugueteando con la pulsera, rozándola con los
dedos, algo que hago siempre que la tengo cerca. La beso de nuevo,
arrancándole un suave y dulce gemido.
— El asiento trasero es lo bastante grande si quieres cambiar de opinión
—, bromea entre besos, como si le faltara el aire, y yo me río.—Los
cristales son tintados.
Joder, quiero oírla correrse otra vez. Me retiro antes de dejarme llevar.
— Voy a echarte de menos—, admito, mirándola a los ojos. Nunca se lo
había dicho a una mujer. Debería sentirme incómodo, pero no es así.
— Yo también voy a echarte de menos.
Tira de su labio inferior entre los dientes y, con una maldición, vuelvo a
besarla, aspirándola, enredando los dedos en su suave pelo.
— Uno más.
Se ríe contra mi boca y marco su rostro perfecto con las manos.
— No hagas nada salvaje mientras esté fuera, ¿bien? — Bajo mis
labios, sonríe. — Guárdalo para cuando llegue a casa y podamos ser
salvajes juntos.
— Trato hecho—, susurra.
Si no salgo del coche ahora, nunca lo haré. Le doy un último beso en la
boca antes de bajarme, justo cuando Volkov sale del coche detrás de mí.
Me saluda con la cabeza y yo aspiro profundamente. No hemos hablado
desde la cita doble de la semana pasada. Se inclina para mirar por la
ventanilla del coche y saluda a Darcy con la mano.
Ella baja la ventanilla y le devuelve el saludo.
—Hola, Alexei.
—Hola.— Mira entre nosotros antes de levantar una ceja hacia Darcy.
—¿Quieres salir otra vez?
Se ríe, pero los celos rugen a través de mí, y mi mandíbula se aprieta. Sé
que me está jodiendo, Darcy sabe que me está jodiendo, pero aun así.
Cuando se trata de Darcy y de salir con otros chicos, no puedo pensar con
claridad.
— No—, digo, y la comisura de los labios de Volkov se tuerce. — Está
ocupada.— Me inclino para encontrar su mirada y mi expresión se relaja.
— Adiós. Gracias por traerme.
Sonríe.
—Adiós.
Volkov y yo la vemos alejarse. Ya tengo ganas de volver a casa con ella.
— De nada—, dice Volkov con una mirada de reojo mientras entramos
en el aeropuerto.
Me rechinan los dientes.
—¿Por qué?
— Un empujón en la dirección correcta.
— Que te jodan.
Se ríe. El muy gilipollas se ríe de verdad. Lo miro atónito.
Creo que nunca le había visto reír. Mostramos nuestras identificaciones
en la entrada del área de seguridad y el tipo nos hace pasar.
— Sabes que tengo razón. — Sube la maleta a la cinta para que la
escaneen y su expresión se vuelve más seria. — Me alegro de verte
contento .
— Siempre estoy contento.
— No así.
Mi corazón da un par de fuertes golpes, porque tiene razón. He pasado
años diciéndome a mí mismo que soy el tipo de hombre con el que las
mujeres se divierten pero no se asientan.
Sin embargo, Darcy me hace sentir que soy más, y quizá lo sea.
Volkov y yo nos acomodamos en nuestros asientos y, unos minutos
después, Miller entra en el avión, me encuentra y suelta un cacareo de
victoria.
— Ahí está mi hombre. — Me sacude los hombros con una gran sonrisa
de comemierda en toda la cara. — Sr. Darcy Andersen, como, vivo y
respiro.
Le doy un empujón, pero me río, con el orgullo expandiéndose por mi
pecho. Se arrodilla en el asiento frente a nosotros, mirando hacia atrás.
— Entonces, ¿qué pasa? ¿Ahora están juntos?
Me encojo de hombros, intentando no sonreír demasiado.
—Estamos viendo cómo van las cosas.
Casi me río de lo poco sinceras que parecen las palabras. Claro que
estamos juntos. No voy a dejarla marchar.
En el pasillo, cuando Streicher mete su maleta en el compartimento
superior, me mira como si estuviera loco y yo levanto las manos.
— No quiero meterle prisa.
Miro por la ventanilla, pensando en las entregas de flores que tengo
reservadas para todos los días mientras estoy fuera de la ciudad. Una
sonrisa de satisfacción se dibuja en mi boca.
—Sólo nos estamos divirtiendo.
Volkov y Miller intercambian una mirada, y a Miller le brillan los ojos.
— Estaré pendiente de la fecha—, dice Miller antes de darse la vuelta y
tomar asiento.
Sonrío por la ventana, imaginándomelo, antes de encontrar una foto de
Darcy y yo de la fiesta del reparto y la pongo de fondo en mi teléfono.
Cuando reparten los paquetes de juegos, abro el mío y veo una foto
instantánea de ese estúpido gnomo en mi jacuzzi, llevando las gafas de sol
de Darcy. Pensando en ti - xo Daniel está escrito en su letra.
Volkov mira la foto.
—Ustedes son raros.
Me duele la cara, sonrío tan fuerte.
—Lo sé.
No me gustaría que fuera de otra manera.
CHAPTER 52
DARCY
Estoy haciendo algo que no debería estar haciendo en absoluto -mirar la
cinta del partido y recopilar datos- cuando suena el timbre de la puerta
principal en mi teléfono. Se me dibuja una sonrisa en la cara y en el pecho
se me agolpan sentimientos cálidos y eufóricos, porque creo que sé de qué
se trata.
—¿Diga?
— Tengo una entrega para Darcy Andersen.
Lo sabía.
—Suba.
Le abro, y minutos después, el repartidor llama a la puerta.
—Tercera vez esta semana.— Sonríe entre el enorme ramo de flores y
yo, y mi cara se calienta.
Esos sentimientos eufóricos se dan la mano y giran en un gran círculo
antes de caer y suspirar.
El primer ramo era de naranjas y amarillos, el de ayer era de diferentes
tonos de morados y el de hoy es de rosas suaves y femeninos.
— O alguien ha metido la pata hasta el fondo, o está enamorado.
Suelto una carcajada seca mientras firmo la entrega.
—No está enamorado.
Sólo nos estamos divirtiendo. Hayden Owens no se enamora.
— Lo que tú digas. — Me saluda con la mano. — Nos vemos pronto,
estoy seguro.
Me río entre dientes, le doy las gracias y cierro la puerta antes de sacar
mi teléfono.
Hayden responde a mi llamada FaceTime al segundo timbrazo.
—¿Otra?— Enfoco la cámara hacia el ramo gigante en la encimera de la
cocina. —¿Qué estás tramando?
—¿Qué quieres decir?— Sonríe, tumbado en la cama, apoyado en el
cabecero de la habitación del hotel.
Mis dedos recorren uno de los delicados pétalos de una bonita rosa rosa.
—Me estás mimando.
¿Y?
Suelto un suspiro, aún sonriendo como una boba. Hayden me ha
enviado un ramo todos los días desde que se fue a jugar fuera. Puedo
comprar mis propias flores, pero no lo hago, y tengo que admitir que que
me las regalen es diferente, más dulce y significativo.
— Y es demasiado.
—¿Te incomoda que te envíe flores?— Su voz grave hace que me pique
la nuca.
— No—, admito.
—¿Te estás arrepintiendo de lo que hablamos?
El corazón se me atasca en la garganta.
—No. Desde luego que no.
— Bien. — Sus ojos se vuelven suaves.—Yo tampoco.
Se me revuelve el estómago. Lo echo de menos como una loca y no
puedo esperar a que llegue a casa para empujarlo al suelo, sentarme a
horcajadas sobre sus caderas y apretarme contra él hasta que sus ojos se
oscurecen y se empañan.
Pero las flores son algo serio. Las flores parecen una relación. No
quiero que me rompan el corazón justo cuando empiezo a sentirme yo
misma otra vez.
— Dijimos que sólo íbamos a divertirnos—, le digo en voz baja.
— Comprarte flores es divertido. Me gusta gastar dinero en ti, Darce.
¿Algún problema?
Al oír su tono de voz, autoritario y a la vez burlón, esbozo una sonrisa.
—No.
— Bien. ¿Qué vas a hacer esta noche?
Mi atención se dirige a la pantalla del portátil. No voy a aceptar el
trabajo con Ward y debería dejar los análisis a los profesionales.
— Darce—, balbucea Hayden, viendo la culpa en toda mi expresión. —
¿En qué lío te estás metiendo?
Resoplo una carcajada. — En nada. — Respiro hondo. —Bien, estaba
viendo el partido de la otra noche.
—¿En serio?
Le miro extrañada.
—Claro que sí. Y me puse tu camiseta durante el partido, claro.
Sus ojos brillan de orgullo.
—No lo sabía. ¿Por qué te sorprendes? Me encanta verte jugar. De
todos modos, el juego de la otra noche. Ward sigue emparejando a Alexei
con nuevos defensas, y no funciona.
Vuelvo a tener esa sensación, la que me llevó a comprobar los números
de las configuraciones de los Storm para el juego de poder y los penaltis.
— Hay un chico que juega al hockey en la universidad, Luca Walker. —
Se me acelera el pulso. — Creo que jugaría bien con Alexei.
Hayden levanta las cejas.
—¿Ah, sí?
— Jugó un partido en la NHL el año pasado, y no le fue bien, pero creo
que fue algo puntual. — Sacudo la cabeza, frunciendo el ceño. — Fue
sólo un partido, y hay muchas razones por las que un chico no juega bien.
Es joven, pero tiene muchas características similares a las tuyas.
Luca Walker es un poco descuidado, pero tiene talento.
—Ward tiene muchos veteranos en el equipo, pero si me fijo en cómo
juegan los equipos a lo largo de, digamos, cinco años, tienen más jugadores
jóvenes que siempre están desarrollando. Ahora mismo hay pocos jóvenes
en el equipo. Muchos de los jugadores tienen veinticinco años o más.
—¿Crees que los Storm deberían fichar a este chico?
— Merece la pena intentarlo para ver si Alexei juega bien con él.
El plazo de traspasos de la liga se acerca rápidamente, y después de eso,
los equipos quedan fijados para el resto de la temporada y los playoffs. Es
probable que los Storm estén en los playoffs este año, pero no hay
garantías. Si estoy en lo cierto, un cambio como éste podría marcar la
diferencia.
—Deberías decirle algo a Ward.
Él arquea una ceja.
—Deberías.
Mis pensamientos van a la oferta de trabajo en mi correo electrónico de
ayer por la mañana.
En caso de que cambies de opinión, Ward escribió.
El miedo me frena, y me odio por ello. Me aterroriza que mis datos no
se sostengan y eso lleve a que los Storm queden fuera de la carrera por los
playoffs. Hay carreras en juego. Alguien podría resultar herido. El equipo
quiere tanto ganar los playoffs, y nunca me perdonaría si se lo estropeo.
Hayden es un elemento totalmente nuevo de por qué no puedo aceptar
este trabajo. Estaría trabajando estrechamente con él. Probablemente
viajaría con el equipo. Esto, lo que sea que estemos haciendo con sus dulces
besos en mi cuello y durmiendo en la misma cama cada noche, tiene fecha
de caducidad.
Y luego tengo que ver cómo se acerca a otras chicas, las colma con sus
sonrisas burlonas y las arrastra a su regazo.
No puedo ver eso. No puedo aceptar el trabajo.
Me encuentro con la mirada curiosa de Hayden y sacudo la cabeza con
una pequeña sonrisa.
—Va a saber de quién viene—, dice.
— Dile que se puso en contacto contigo una adivina.
Sigue sonriendo, negando con la cabeza.
—Bien, diré algo, pero estoy seguro de que será tan sutil como un saco
de piedras.— Su mirada se posa en mí durante un largo momento. —¿Y si
aceptas el trabajo, Darce?— Sus ojos brillan. —Sería divertido
trabajar juntos, ¿verdad? Ward siempre lleva a uno o dos analistas de viaje.
Podríamos quedarnos a dormir.
Contra mi voluntad, sonrío, imaginándomelo. Ver películas juntos en el
avión. Colarnos en la habitación del otro a altas horas de la noche, enredar
las sábanas y dormirnos juntos, exhaustos.
Estaría bien volver a amar mi trabajo y utilizar mis habilidades para
algo interesante en lugar de malgastarlas en algo que no me importa.
— Alexei se jubilará dentro de unos años, quiera o no. ¿Y si soy la
razón por la que nunca llega a la última ronda de los playoffs?
Tengo miedo, no lo digo.
Me estudia con expresión seria.
—¿Pero y si eres la razón por la que el equipo llega a los playoffs? ¿Y si
puedes ayudarnos? El riesgo es compartido, Darce. Nadie va a señalarte con
el dedo por una jugada que hayamos ejecutado. Hay muchas razones por las
que las jugadas no funcionan. El futuro del equipo no depende de ti.— Su
boca se inclina. — Además, sabes lo que haces. ¿Ese error que cometiste?
Eso fue hace años.
Tarareo, asintiendo y desviando la mirada. Parece como si hubiera
ocurrido ayer.
— Ojalá nunca te hubiera pasado esa mierda—, murmura, suspirando.
— Eres brillante, Andersen. Todo el mundo puede verlo menos tú. Y
mereces tener la vida que quieres.
Se pone de lado, apoya la cabeza en el codo y apoya el teléfono en la
almohada. Mientras lo hace, veo algo en la mesilla de noche detrás de él.
— Espera. — Me inclino hacia él, entrecierro los ojos y se me
encienden chispas en el pecho. —¿Qué hay en la mesilla detrás de
ti?— pregunto, aunque puedo verlo perfectamente.
Su expresión se aquieta y ni siquiera mira por encima del hombro.
—La foto que me diste—, dice con una mueca de culpabilidad, como si
hubiera hecho algo malo.
El corazón me late con más fuerza.
—¿Te la llevaste?— Se frota la mandíbula, mirando hacia otro lado.
— Siempre me lo llevo de viaje.
Oh Dios. Es tan dulce. No hay relación en mi vida como la que tengo
con Hayden. Mis ojos se pinchan de emoción. Si arruinamos esto de
divertirnos, nunca me perdonaría perderlo como amigo.
— Anoche dormí en tu cama—, admito.
Y la noche anterior. Y probablemente duerma en su cama esta noche.
Me mantengo distante, de verdad, pero duermo mejor en su cama con su
olor en mi nariz. No espero que dure para siempre.
Una sonrisa de satisfacción se dibuja en su boca.
—¿De verdad?
— Mhm. — Se me calienta la cara. —¿Te parece bien?
— Sí. — Su sonrisa se ensancha. — Está más que bien. Me encanta
pensar en ti en mi cama, en casa, esperándome. — Sus ojos se cierran
mientras suspira. — Joder, qué cachondo estoy.
Se me escapa una risa sorprendida.
—Hayden.
— Lo siento.— Sonríe, pero hay una pizca de agonía en su expresión
que me revuelve el estómago. — Es que te echo de menos.
— Yo también te echo de menos.
Hay un momento de silencio en el que nos miramos el uno al otro. Dios,
ojalá estuviéramos juntos ahora mismo. Ojalá pudiera hundir mis dedos en
su pelo y ayudarle a relajarse.
— Deberíamos ir a comprar muebles este fin de semana—, dice.
Le hago una mueca divertida. Tiene todo el piso lleno de muebles.
—No necesitamos nada.
— Sí, pero…— Se encoge de hombros, sonriendo. — Son todos los
muebles que tenía cuando te mudaste. Debería parecerse a nuestra casa,
¿no? Quiero que parezca que tú también vives allí.
Pero, ¿y después de la boda de Jamie y Pippa? Quiero preguntar. Si
volvemos a ser sólo amigos, no puedo volver a dormir en mi propia cama y
mantener las manos quietas como si nada hubiera pasado.
—¿Esto es por mi lista?— Pregunto. — ¿El tema del cojín digno de un
jugador?
Parece como si hubiera hecho esa lista hace siglos. La idea de invitar a
un tipo extraño a nuestra casa me hace retroceder.
Le tiembla la mandíbula.
—No. — Desvía la mirada y la tensión de su expresión se aclara. —
Hice que un diseñador comprara todo eso, pero quiero algo que se parezca a
nosotros. — La comisura de sus labios se levanta. — Quiero que parezca
nuestra casa.
Siento un cálido tirón en el pecho y trago saliva. Elegir muebles nuevos
con él me parece sospechosamente propio de una novia. Debería poner
mejores límites, pero cuando me lo imagino, me encanta la idea de un hogar
que Hayden y yo hayamos personalizado juntos.
— Yo también quiero eso.— Durante un largo momento, nos sonreímos.
—¿Llegas a casa el jueves por la noche?
Él asiente, con la mirada posada en mí mientras esboza una pequeña
sonrisa.
— Te recogeré en el aeropuerto.
— No hace falta que hagas eso. Puedo conseguir que me lleven.
— Quiero hacerlo.
Otra cosa de novias que no debería estar haciendo. Algo se me ocurre, y
me doy una palmada en la frente.
—Espera. No puedo. Tengo ese evento de Mujeres en STEM el jueves
por la noche. El roller disco para recaudar fondos.
Me hundo decepcionada. Hayden hace tanto por mí, y dejarlo en el
aeropuerto a principios de semana lo hizo tan feliz.
— No te preocupes.— Me hace un gesto para que me vaya. —¿Esto es
lo de los setenta?
Asiento con la cabeza.
—Estamos recaudando fondos para la matrícula, para enviar a la
universidad a chicas con pocos recursos. Lástima que no puedas venir.— Se
me tuerce la boca. — Te encantaría.
—Podrías decir que nos estamos probando una dentadura postiza que
encontramos en la playa, Darce, y probablemente me divertiría mientras
estuvieras allí.
Me dan arcadas y él se ríe.
Está enamorado, dijo el repartidor. Ese gol era para ti, dijo Hazel.
Y trae la foto de nosotros en la carretera con él. El corazón me late con
más fuerza en el pecho.
— He comprado más lencería—, suelto.
Sus cejas se levantan.
—¿En serio? — Sus ojos se oscurecen, y la fuerte línea de su garganta
se mueve mientras traga saliva. —¿Para mí?
— Para mí—, le digo con una sonrisa burlona. — Pero sí, también para
ti.
—Enséñamela.
Mi cara se pone rosa, pero estoy encantada.
—No.
Se sienta en la cama, concentrado en la pantalla con fascinación.
—Por favor. — Me río.
—Tendrás que esperar a verlo cuando llegues a casa.
Su cabeza cae hacia atrás y gime.
—Darce, cuando llegue a casa vas a enseñarme mucho más que la
lencería nueva.
Me recorre un escalofrío y reprimo mi sonrisa excitada, con la mente
llena de imágenes sucias.
—Me muero de ganas.
CAPÍTULO 53
DARCY
“HEY, DARCY?” Carmelita asks at the Vancouver Women in STEM event on
Thursday.
CAPÍTULO 53
DARCY
—Hey, Darcy?— pregunta Carmelita en el evento Vancouver Women in
STEM del jueves.
Suena ABBA en el equipo de sonido y una bola de discoteca cuelga de
lo alto de la pista mientras miembros de la organización patinan con niñas
de colegios locales y sus padres, muchas de ellas con ridículos disfraces de
los años setenta.
— Phoebe necesita ayuda en la parte delantera—, dice. —¿Estarás bien
aquí unos minutos?
— Por supuesto. Ve a hacer lo tuyo.
Me aprieta el brazo.
— Gracias, cariño.
Observo la pista y sonrío a Georgia, que habla con un grupo de
adolescentes sobre su trabajo.
Me observan absortas y, aunque no oigo lo que Georgia dice, me doy
cuenta de lo contagioso que es su entusiasmo por el trabajo.
Insistió en asistir al evento para tener un lugar donde ponerse las botas
blancas hasta la rodilla que compró por capricho el año pasado, pero creo
que es una tapadera. Le encanta su trabajo. Igual que Carmelita, que diseña
pilas de combustible para vehículos de hidrógeno.
Muchas de las mujeres aquí presentes se iluminan cuando hablan de
trabajo. Ése es el objetivo de actos como éste con niñas de primaria y
secundaria: mostrarles opciones y hacer posible que sigan una carrera que
les guste. Casi al final del acto, Carmelita entregará las becas, que
esperamos ayuden a alguien a emprender el camino de hacer lo que le
gusta.
Siento una extraña nostalgia en el pecho. Parece que todo el mundo ama
su trabajo menos yo.
El Storm aún no ha fichado a Luca Walker. He estado molestando a
Hayden por actualizaciones diarias, pero aún nada.
Su avión debería estar a punto de llegar. La emoción revolotea en mi
estómago y, aunque me lo estoy pasando bien aquí, no veo la hora de llegar
a casa y subirme a mi jugador de hockey caliente y desgarrado como un
árbol.
Quiero decir, no mi jugador de hockey. Sólo temporalmente el mío,
supongo.
Ayer llegó una caja: un conjunto de lencería verde menta, tan delicado,
suave y bonito. Con amor, Hayden, decía la tarjeta, que apoyé en su
mesilla de noche y sonreí mientras me dormía.
Ahora llevo puesta la lencería. Vuelvo a mirar la hora. Espero que su
vuelo llegue a tiempo y pueda verle antes de dormirme.
¿A quién quiero engañar? Me quedaré despierta hasta el amanecer para
verlo. Así es como le echo de menos.
— Hola—, dice una voz grave y familiar detrás de mí. —¿Me ayudas a
atarme los patines?
Una serie de chispas y estallidos recorren todo mi cuerpo y me doy la
vuelta, casi cayéndome al ver a Hayden Owens con una horrible camisa de
seda de flores, pantalones de campana y unas enormes gafas de sol
naranjas. Sonríe mucho y sujeta un par de patines alquilados. Se ha afeitado
el bigote. No es justo lo bueno que está, incluso así.
— Me alegro de verte—, murmura, entrando en mi espacio y apoyando
las palmas de las manos en la barandilla detrás de mí. — Estás hermosa.
Como para comérte.
Me besa la comisura de los labios y mi pulso se tambalea, ebrio y
desorientado.
— Estás aquí.
Parpadeo incrédula.
Hundo las manos en su pelo y sus párpados caen a medias antes de que
atraiga sus labios hacia los míos. Él gime y yo lo inhalo, besándolo,
mostrándole lo mucho que lo he echado de menos mientras reclama mi
boca. Me rodea con los brazos y me hundo en su amplio y sólido calor.
Alguien nos silba, pero no me importa. Solo quiero a Hayden.
— Tenemos que ir más despacio, Darce—, me dice sonriendo. — Estos
pantalones ya aprietan demasiado, y aquí hay niños.
Resoplo una carcajada y me echo hacia atrás para mirar su atuendo.
—Pareces Austin Powers.
Si Austin Powers estuviera interpretado por un muñeco Ken de tamaño
natural con una dentadura perfecta.
Me guiña un ojo.
—Oh, compórtate. Se supone que estás en un avión. — Mi mirada se
clava detrás de él y suelto una carcajada. —¿Ese es Rory?
Rory lleva un mono completo de Elvis con peluca negra y aviadores, y
se está haciendo una foto con un grupo de chicas adolescentes.
Hayden sonríe.
—Sí.
Todo el equipo está aquí, todos vestidos de alguna manera. Incluso
Alexei lleva unas gafas de sol grandes y brillantes que probablemente
alguien le impuso.
Me siento como si estuviera lleno de aire caliente, como si pudiera
flotar.
—Creía que tu vuelo no llegaba hasta después.
— Darcy, deberías haber visto a este tipo en el hotel esta mañana—,
dice Rory al pasar, empujando a Hayden. — Era un sargento instructor,
llamando a las puertas para que la gente se levantara al amanecer.
Hayden pone los ojos en blanco.
—Da igual.
Rory tose mentira, sonriendo a Hayden.
—Creo que necesita un poco de atención extra esta noche. Está
enfermo.
Enfermo de amor, dice con la boca.
Hayden lo empuja y me sonríe. Mi cara se calienta, pero no puedo dejar
de sonreír.
— No le hagas caso—, murmura Hayden.—Se golpeó mucho la cabeza.
Me río, pero mi atención se centra en Alexei, que está firmando una
camiseta con Carmelita. Hayden sigue mi línea de visión.
—Hemos traído merchandising para que lo subastes.
—¿Carmelita?— Rory la llama, levantando su teléfono. —¿Puedes
enviarme el enlace para las donaciones? Quiero publicarlo en mis redes
sociales.
Hayden me envuelve con sus brazos y capto su aroma: cálido, especiado
y limpio. Tan familiar que me duele el corazón.
—¿Puedo robarte un rato?
Parece que todo el mundo lo tiene controlado, así que asiento con la
cabeza y cojo la mano extendida de Hayden. Me lleva hasta un banco.
— Yo lo haré—, dice con firmeza cuando cojo mis patines. Luego se
arrodilla frente a mí. Me guiña un ojo mientras me aprieta los cordones.
En la pista de patinaje, patinamos en grandes bucles, escuchando una
ridícula música disco e intercambiando sonrisas íntimas. Me tambaleo sobre
los patines, pero él me coge de la mano. Sé que si me desvío o tropiezo, él
estará ahí para agarrarme.
Suena una canción que le encanta y él se enciende, baila mientras
patinamos y contagia su energía alegre y tonta por toda la pista. Pronto,
todo el mundo está bailando y haciendo el tonto, y yo me río de los
divertidísimos movimientos de baile de Hayden.
Hace un movimiento de empuje y yo lo miro burlona.
— Ten cuidado con eso—, le digo mirándole la entrepierna. — Sé con
lo que estás haciendo.
— Andersen.— Parece escandalizado. — Esto es un evento familiar.
— Así que probablemente no debería hacer esto, ¿verdad?
Aparto un centímetro el cuello de mi vestido y la mirada de Hayden se
posa en el delicado tirante verde menta del sujetador que me envió.
Sus ojos brillan de deseo antes de poner cara de dolor y gemir.
—Juegas sucio.
Me parto de risa.
—Me alegro mucho de que estés aquí—, admito.
Sus ojos se calientan de afecto.
—Yo también.
Me da un beso, luego me coge de la mano y me hace girar.
Kit nunca venía a eventos como estos. Si no estaba jugando al hockey,
estaba descansando o jugando al golf. Todo giraba a su alrededor.
Hayden es tan diferente. No sé por qué tuve que mudarme con él y
hacer lo que sea para verlo. Me divierto más con él que con nadie. En
retrospectiva, me doy cuenta de que me apetecía salir con él en nuestros
viajes a Vancouver más de lo que debería una mujer en una relación con
otra persona.
Si me lo permitiera, podría enamorarme de Hayden más que de nadie.
¿Patinar con él y hablar por teléfono antes de dormir y hablar de
estadísticas con él? Se siente tan bien.
Cuando termine la boda de Jamie y Pippa y lo que sea que Hayden y yo
estemos haciendo, voy a intentar recordar esta sensación. Esto es lo que me
perdí durante años con el hombre equivocado.
CHAPTER 54
DARCY
—Dios, te he echado de menos. — Hayden me aprieta contra la pared
en el ascensor, chupándome el cuello. — Pensaba en ti constantemente.
La piel se me pone caliente y me arqueo contra él como un gato
mientras me recorre un cosquilleo.
—Utilicé el juguete de tu cama.
Se detiene y deja caer la cabeza sobre mi hombro con un gemido
torturado. Yo sólo me río. Las puertas del ascensor se abren y, con una
sonrisa, se inclina y me echa por encima del hombro.
— Cásate con ese hombre—, me sisea Carmelita después de que
Hayden donara en privado cien mil dólares al fondo de becas Women in
STEM.
— Esto es innecesario—, me río, boca abajo, mientras me lleva hasta la
puerta principal y la abre. — Cualquiera podría ver.
— Que lo vean. — Dentro, se quita los zapatos mientras me agarra por
detrás de los muslos para mantenerme firme. — Sabrán que estamos
ocupados el resto de la noche.
Siento calor entre las piernas.
—¿No me dirás que vaya más despacio?
— No.— Suelta el bolso y se dirige a su dormitorio. — Ha sido una
idea estúpida.
En su habitación, me pone suavemente de pie. Al instante siguiente, su
boca vuelve a estar sobre la mía. Luego, sus manos se posan en el
dobladillo de mi vestido y lo levantan por encima de mi cabeza. Cuando ve
la lencería que me ha comprado, sus ojos se oscurecen y echa la cabeza
hacia atrás.
—¿Estás bien? — Me río.
— No. — Él gime, frunciendo el ceño ante mi lencería. — Estoy tan
duro que duele.
Hago un ruido bajo, comprensivo, y, sosteniéndole la mirada, llevo la
mano a la parte delantera de sus pantalones, palmeándolo. Sus labios se
separan mientras aprieto su dura longitud.
— Pobre Hayden.
Mis dedos lo recorren de arriba abajo, jugueteando.
Él asiente, palpitando contra mi mano.
—Pobre de mí.
Me río, y él sonríe antes de desabrocharse la camisa, empujándola fuera,
y los pantalones.
Dios, es guapísimo. Me tomo un momento para mirarlo fijamente
mientras me sonríe. Enrolla la mano en mi pelo y me besa la mejilla, la
mandíbula, el cuello.
—¿En qué pensabas cuando usabas el juguete?
— En ti.
— Sé más concreta.
Me chupa la piel de la oreja y mis ojos se cierran y mis ojos se cierran
mientras la humedad corre entre mis piernas.
—¿Recuerdas el vídeo que me enseñaste? Con su…— Aprieto los
labios labios, avergonzada. No estoy acostumbrada a pedir lo que quiero, y
menos en situaciones sexys. —¿La cabeza entre sus piernas?— Mi voz se
vuelve chirriante.
Se ríe contra mi piel.
—Ah, sí. Esa la he visto unas cuantas veces.
—¿Cuántas?
— Como cien.
Me río.
—Vaya.
Me hace retroceder hasta que mis rodillas chocan contra la cama y me
empuja para que me siente antes de subirse encima de mí. Me dejo caer
contra las almohadas, hipnotizada por la forma en que me mira, como si no
supiera por dónde empezar.
Su mirada se posa en la mía, ligera y burlona, mientras sus dedos
recorren el encaje de mi sujetador.
—¿Qué pasa con el vídeo?
— Quizá podrías... hacer eso.
Lo miro explorar, recorriendo mis tirantes de encaje. Siento los pechos
tensos y doloridos, desesperados por su atención.
— Bajar sobre ti.
Sus dedos encuentran un pezón pellizcado a través de la tela, me
muerdo el labio y asiento.
Me baja el sujetador y me mira la cara mientras juega con el pico
fruncido. Me recorre un calor abrasador que se acumula entre mis muslos.
—Lamer tu coño.
— Hayden.— Me ruborizo.
Deja caer la cabeza hasta mi pecho y atrae mi pezón entre los labios. Se
me escapa un ruido ahogado ante la atracción narcotizante de sus labios, el
deslizamiento caliente de su lengua.
—¿Hacer que te corras en mi cara?—, murmura contra mí.
Me río, intentando centrarme en la conversación.
—No te avergüences.
Me rodea, me desabrocha el sujetador y me lo quita.
Y entonces su boca está de nuevo en la punta rígida, sus dedos en la
otra.
—No sabes cuántas veces me he cogido el puño pensando en
chupártela.
Más excitación inunda mis bragas, y cuando las roza por delante, aspira
un suspiro agudo.
—Ya están mojadas.
Dibuja un círculo firme y el placer me recorre. Respiro con dificultad al
verle disfrutar de mi cuerpo. Me dedica una sonrisa diabólica y desliza los
dedos bajo la tela.
Gemimos juntos ante la divina sensación de sus dedos rodeando mi
clítoris.
—¿Alguna vez te ha hecho correrte así? ¿Con la boca?
Niego con la cabeza. La presión aumenta a medida que arrastra una
deliciosa fricción sobre los nervios sensibles. En sus hombros, mis uñas se
clavan en su piel.
Me quita las bragas, dejándome completamente desnuda. Una parte de
mí quiere sentirse tímida y avergonzada, pero la mirada hambrienta de sus
ojos quema cualquier cohibición.
Hayden me desea y yo quiero que me tenga.
—¿Darcy?
Es cierto. Su pregunta.
—Lo intentó. — Mis cejas se pellizcan con el recuerdo. — Hace mucho
tiempo. En la escuela. No funcionó.
Hace un ruido sordo e infeliz con la garganta, mirándome el coño
mientras sus dedos vuelven a trabajar, girando y haciéndome subir más y
más.
—Y entonces se dio por vencido.
Parpadeo, sin saber qué decir. Sí, eso es exactamente lo que pasó.
—Yo también me rendí.
— No voy a dejar que te rindas. Vamos a quedarnos aquí hasta que estés
contenta, vengas o no. Sólo disfruta esto. ¿De acuerdo?
Asiento con la cabeza.
Se coloca entre mis piernas, con las manos en el interior de mis muslos,
separándolos. Se me acelera el pulso. Esto está pasando de verdad. Hayden
está a punto de chupármela.
Cuando su lengua caliente recorre mis nervios, el placer me recorre
como un cohete. Mis caderas se arquean sobre la cama. Vuelve la cara hacia
mi muslo y me besa con fuerza, inspirando con fuerza y soltando un gemido
agónico.
—Jesucristo—, murmura contra mi piel antes de volver a deslizar su
lengua por mi coño.
Se me encogen los dedos de los pies. Aprieto el edredón. En el centro
de mi columna, empiezan a saltar chispas.
—¿Sabes lo que hice después de usar el juguete juntos, Darce?
Es tan extrañamente excitante, oírle usar mi nombre abreviado, el que
ha que ha usado durante años, mientras disfruta de mi excitación. Los
mundos chocan y me sorprende lo bien que encajan.
—¿Qué? — balbuceo.
Me explora sin prisas, mojando, chupando y tirando con los labios.
Siento cada sensación.
— Me has mojado la mano—, dice en voz baja.
Me hace un círculo caliente en el clítoris con la lengua y se me nubla la
vista. Nunca me había sentido tan atraída por esto, pero por la forma en que
parece saborearme, parece que esto es más para él.
Y eso es muy, muy excitante.
— Me he chupado los dedos, Darcy—, murmura antes de deslizar su
lengua dentro de mí.
Suelto un gemido y el placer se acumula en mi interior al imaginarme a
Hayden metiéndose los dedos en la boca y saboreándome.
—Sabías tan jodidamente dulce. Igual que ahora.
Otro largo lametón por mi costura. Jadeo y Hayden me agarra la mano y
se la lleva a la cabeza.
Su sonrisa es puro pecado.
—Tírame del pelo cuando te corras, cariño.
Yo también agarro los mechones con la otra mano y mis dedos se
hunden en sus gruesos mechones. Intento reírme de su arrogancia, pero me
sale como un suspiro. Me levanta los muslos para que descansen sobre sus
fuertes hombros. El contacto con su piel es exactamente lo que no sabía que
quería. Sus manos se detienen en mis muslos, apretando y alisando mi piel
para reconfortarme.
A un ritmo lento y pausado, me explora con los labios, la lengua y los
dientes. Juega conmigo. Se burla de mí. Me hace subir y me mantiene ahí.
No me importa si me corro. Podría quedarme aquí tumbada para siempre
bajo Hayden mientras me penetra como si lo necesitara.
Vuelve a acercarse a mi clítoris y lo atrae entre sus labios,
encontrándose con mi mirada fascinada y chupando con fuerza. Pongo los
ojos en blanco y se me escapa el aire de los pulmones en un jadeo ahogado.
Y en lo más profundo de mi cuerpo, mis nervios empiezan a romperse.
Estoy segura de que voy a correrme. Hace un ruido de satisfacción ante
mi reacción y vuelve a hacerlo, chupando el apretado capullo. Pestañeo mil
veces seguidas mientras me salen chispas.
— Qué bien—, gimo, como si el calor de su mirada no me dijera que
sabe exactamente lo bien que me siento.
Su mano se mueve entre mis piernas y, un momento después, sus
gruesos dedos me penetran.
— Hayden—, jadeo.
La plenitud de sus dedos me duele de la forma más deliciosa y
alucinante. Empiezo a perder el control, con los nervios tensos y crispados.
Con los talones clavados en su espalda, le tiro del pelo y él gime en señal de
agradecimiento.
El orgasmo crece en mi interior.
—¿Qué pasa, Darce?—, canturrea, pero vuelvo a tirarle suavemente del
pelo y se calla con un zumbido de felicidad.
— Esto es lo que quería hacer la semana pasada—, gime contra mi
coño, moviendo los dedos, frotando la pared frontal como hizo el juguete.
— Así es como realmente quería que te corrieras.
Se aferra a mi clítoris y su lengua se mueve sobre él. La succión y la
fricción, combinadas con sus dedos que me llenan y me hacen trabajar, me
llevan al límite.
El placer me recorre el cuerpo y mis caderas se agitan contra la boca
devoradora de Hayden mientras me corro con fuerza. Me recorre una oleada
tras otra de calor y sensaciones. Mis pensamientos se evaporan; sólo soy un
conjunto de nervios que se disparan mientras él gime entre mis piernas,
guiándome con ruidos bajos y alentadores. Mis músculos sufren espasmos
en torno a sus dedos y me mareo por la pérdida de control, el éxtasis
abrumador, el zumbido de la sangre por mis venas.
Como la última vez, lo alarga, observando mi cara y ralentizando sus
movimientos, haciéndome descender suavemente hasta que me convierto en
un charco sin aliento.
— Dios mío—, suspiro cuando se sube a mi lado y me estrecha contra
él.
La sangre sigue latiéndome en los oídos, pero una sensación de lujo,
saciedad y pesadez me recorre el cuerpo.
— Eres muy bueno en eso.— Trago saliva y cierro los ojos. — No sabía
que pudiera ser así.
Sus labios me tocan la sien y me da un beso en el nacimiento del pelo.
Su voz baja en mi oído y me eriza la piel.
— Créeme, el placer fue todo mío.
Sin embargo, su erección se tensa contra mi cadera. El calor de su
cuerpo me abrasa a través de la tela de sus calzoncillos. Estoy harta de
esperar. Quiero hacerle sentir lo que acaba de hacerme sentir.
En el fondo, en la parte más secreta de mi conciencia, me duele el
corazón al saber que esto se va a acabar, esta dinámica fácil, sin esfuerzo y
emocionante que hemos encontrado, y que nunca volveré a encontrar algo
así.
Lo que significa que tengo que hacer que valga la pena mientras dure.
Con mi propia sonrisa perversa, rodeo su cuerpo con la palma de la
mano. Sus labios se entreabren por la sorpresa y el deseo se refleja en sus
ojos.
Me toca a mí.
CHAPTER 55
HAYDEN
—No digas “no está noche”. — Sus ojos resllan de interés y curiosidad
mientras su mirada se detiene en mi polla y me da un apretón firme.
Mis bolas se aprietan con la necesidad.
—Mierda.
— Quiero verte.
Ella arrastra sus dedos arriba y abajo de mi longitud.
Al igual que la última vez, puedo sentir la presión alrededor de la base
de mi columna vertebral, el fuerte dolor en mis bolas. Perder el tiempo con
Darcy me lleva allí diez veces más rápido.
—Ya estoy tan jodidamente cerca.
—Pruébalo.
Dejo reírme de su expresión decidida pero juguetona.
—Me vas a matar, joder, ¿lo sabes?
Su bonita boca se retuerce en una sonrisa feliz, y me quito los
calzoncillos. Mi polla brota libre, dura y goteando pre-cum, y el primer
contacto de sus dedos contra mi piel desnuda hace que mis caderas se
masturben de la cama.
— Guau—, respira, mirándolo con una reverencia que debería
avergonzarme, pero en cambio hace que la sangre lata más fuerte por mis
venas. — Sabía que eras proporcional, pero…
Ella estudia mi polla, suavizando las yemas de sus dedos por la parte
inferior, y yo lucho por respirar, se siente tan jodidamente bien.
—¿Pero...?
— Suena cliché.
— Dilo.
Apenas puedo sacar las palabras.
— Eres muy grande, y desearía que me follaras.— Su boca se inclina.
—¿Feliz?
Mi polla salta en su mano mientras mis bolas se aprietan. ¿Acostado
aquí con ella así, con ella haciendo esos ojos interesados en mí?
— Sí, Darce, estoy feliz.
Ella explora y juega con mi erección, y la envuelvo con un brazo para
mantenerla cerca.
—¿Está bien?— Ella pregunta. —¿Que solo estoy... yendo despacio así?
— Es jodidamente increíble”— me raspo mientras ella me acaricia más
y más alto hasta el éxtasis. —¿Me bésas?
Ella hace un pequeño y dulce zumbido complacido y vuelve a rozar sus
labios sobre los míos. Mi pulso se espesa con las sensaciones de nuestro
beso perezoso, y la forma sin prisas y amorosa en que me toca me derrite
mi cerebro, dejando solo pensamientos de ella y este momento.
Es muy diferente con Darcy. Un millón de capas nuevas y mejores.
Puedo sentir que nuestra relación está cambiando, y puedo sentir que yo
mismo está cambiando.
Esto. Esto aquí mismo: nosotros acostados enredados juntos y
disfrutando del placer del otro está más allá de cualquier cosa que haya
experimentado. Y no vamos a volver a la forma en que las cosas eran.
La excitación golpea a través de mí, y estoy goteando pre-cum por toda
su mano mientras mi liberación se agita y se reúne alrededor de la base de
mi columna vertebral. Ella sigue besándome. La intimidad desconocida de
esto debería aterrorizarme, pero no es así.
Hundo mi mano en la parte posterior de su cabello, besándola más
fuerte mientras aprieta su control sobre mi polla, y ella gime en mi boca.
Me duelen las pelotas; mis caderas no pueden entrar en su agarre.
—¿Como esto?— Ella susurra.
Asento con la cabeza, mi corazón late con fuerza y mi cabeza da
vueltas. Siento que estoy borracho.
—Así de eso. Estoy tan jodidamente cerca—, murmuro, con la voz
áspera y baja.
— He estado pensando en cómo te ves cuando vienes—, ella susurra
entre besos, y la idea de Darcy fantaseando conmigo envía electricidad
crujido a través de mí.
La presión hierve en la base de mi columna vertebral, y meto mis
caderas en su mano en movimientos bruscos e incontrolados.
— Voy a venirme—, advierto, viendo su hermosa cara mientras mi
mundo comienza a desmoronarse.
Mi corazón late contra mi caja torácica, mis pensamientos se difuminan
y mis labios se separan contra los de ella. Cubro su mano con la mía, y me
masturbamos juntos. Un gemido roto sale de mi garganta mientras mis
bolas se aprietan en éxtasis y me corro por todas nuestras manos y mi
estómago.
He estado soñando con ella masturbándome así durante años, y sin
embargo es mejor de lo que pensé que podría ser.
— Maldito infierno—, jadeo mientras ella me acaricia a través de él.
Con interés y deseo, su mirada se balancea entre mi cara y mi polla, con
los ojos muy abiertos mientras dreno mi liberación. Termino con un gemido
bajo, mareado y agotado.
Darcy sonríe contra mi hombro.
—¿Te sientes engreído contigo mismo, Andersen?
Ella arquea una ceja, los labios se curvan más.
—Mucho.
Su mano está cubierta en mi liberación, y un impulso oscuro y posesivo
se eleva a través de mí. Mi mirada recorre su cuerpo, sobre las delicadas
curvas de su pecho, y me imagino viniendo sobre ella.
Haciéndolo mía.
Levanto mi mano a su boca.
—Abre.
Sosteniendo mis ojos, ella separa sus labios, y su dulce lengua rosada
sale contra mi piel, probando mi liberación. Su garganta funciona mientras
traga, y mis pensamientos se quedan en blanco. Los impulsos poderosos y
posesivos rugen a través de mí, y la sangre corre hacia mi ingle.
Me estoy poniendo duro otra vez.
Ella se muerde el labio con una sonrisa. Estoy tan jodidamente jodido
por ella.
Necesito levantarme para limpiarme, pero mi cuerpo se siente pesado y
más relajado que nunca.
— No creo que pueda soportarlo—, admito con una sonrisa
avergonzada, respirando mientras recuperaba el aliento.
Se ríe.
—¿Eso es algo bueno?
— Sí, cariño. — Bajo mis labios a los de ella, besándola suave y
suavemente. — Es algo bueno.
CHAPTER 56
DARCY
Hayden y yo volvemos a casa después de desayunar en una cafetería
grasienta cercana cuando señala el escaparate de una tienda.
— Eso te quedaría muy bien.
Me detengo en seco. Es parecido al vestido que me compré el año
pasado, el de color mandarina que colgaba en mi armario con las etiquetas
puestas hasta que lo doné.
El que Kit dijo que era demasiado chillón.
Del que desearía no haberme deshecho. Al regalarlo sin ponérmelo, le
dejé ganar.
— Es tan brillante—, digo, como si fuera capaz de quitarle los ojos de
encima. Como si no sintiera un tirón urgente en el pecho hacia él.
— Pruébatelo.
— No tengo dónde ponérmelo.
No sé por qué me resisto tanto. Es sólo un estúpido vestido.
No es sólo un estúpido vestido, insiste una voz en mi cabeza. Es algo
más. Es esa parte de ti que no era suficiente para él.
— Puedes usarlo en la boda de Jamie y Pippa.
Necesito un vestido para su boda. Si Georgia estuviera aquí, ya me
estaría llevando a la tienda.
Hayden ni siquiera sabe del vestido que compré y doné; eso debe
significar algo, ¿no?
— De acuerdo. — Asiento con decisión. — Me lo probaré.
_____
—Estás preciosa— es lo primero que dice Hayden cuando salgo del
probador. Se apoya en la pared y me recorre con la mirada, con expresión
atónita.
Me siento guapa. Al igual que el vestido que me probé con Georgia
aquella vez, el vestido me queda perfecto, como si lo hubieran diseñado
para mí.
Pero es más que eso. Llevar este vestido es como una victoria. Como si
estuviera un poco más cerca de donde quería estar hace tantos meses,
cuando salí de Calgary, perdida y confusa.
—¿No es demasiado—intento no ahogarme con la palabra —ruidoso?
Pone cara de ridículo.
—De ninguna manera. ¿Y a quién le importa si lo es? Eres guapísima.
¿Qué tiene de malo destacar?
— Voy a la boda de otra persona.— Estudio mi reflejo, y mi estómago
da un vuelco de excitación al ver cómo el vestido roza mi cuerpo. — No
quiero destacar demasiado y robarles protagonismo.
— Mientras no te subas a la mesa e intentes quitártelo, creo que estás
bien. A Pippa no le importan mucho los focos; sólo le importa tocar música.
Además —sus ojos se suavizan y me dedica una sonrisa dulce y alentadora
—, me gusta cuando llevas colores vivos. Da la sensación de que ya no
intentas esconderte.
Cuando me pongo este vestido, ya no me siento como la chica que
nunca fue lo bastante buena para Kit o la chica que consiguió que la
despidieran a ella y a su jefe y mentor. Me siento como Darcy Andersen, la
mujer a la que le encanta la fantasía romántica, mejorar el mundo con las
matemáticas y a la que le encanta reírse con su mejor amigo, Hayden. La
mujer que se ha creado una nueva vida aquí en Vancouver partiendo de la
nada.
Con este vestido, me siento yo misma.
Sus ojos recorren mi figura, su garganta trabaja y se ajusta. Una sonrisa
se dibuja en mi boca.
—¿Estás bien?
— No—, se ríe, aparta la mirada antes de que su mirada vuelva a mi
cuerpo, y sus ojos brillan con calor.
Me acerco, caminando despacio, y sus ojos vuelven a recorrerme.
Se humedece los labios y sus pómulos se sonrosan.
Me echo el pelo hacia atrás y su mirada se posa en mis clavículas.
—¿Te estoy excitando?
— Sí. — Me agarra por la cintura y me aprieta contra él mientras yo
tiemblo de la risa. — Y si no paras, te seguiré de vuelta al camerino.
Me roza la oreja con los labios y me estremezco de placer.
— Quién me iba a decir que reaccionarías así ante un vestido.
— No es el vestido, Darce. — Su aliento es cálido en mi cuello. — Eres
tú.
_____
En el vestuario, casi me atraganto con el precio de la etiqueta.
Es mucho. Como dos meses de alquiler, si estuviera pagando alquiler.
Pero no lo hago. Debido a la insistencia de Hayden en que yo viviera
allí libre, he ahorrado un poco de dinero extra en los últimos meses. Nunca
había gastado esta cantidad en una prenda, pero no es sólo una prenda, es
algo que me hace sentir hermosa, especial y única. Me hace sentir yo
misma.
— Te lo llevaré a la entrada—, dice Hayden a través de la cortina, y le
doy la percha.
Cuando me dirijo a la entrada, me está esperando con una gruesa bolsa
de papel con una caja blanca dentro.
— Es muy raro—, dice, sacudiendo la cabeza con el ceño fruncido, pero
le brillan los ojos. — Nos lo han regalado.
Detrás de él, la dependienta finge estar ocupada, pero nos echa miradas
furtivas, sonriendo para sí misma.
Suspiro, sonriendo.
—Hayden.
Su mano se acerca a la parte baja de mi espalda y me guía fuera de la
tienda.
—Dijo: Por favor, señor, llévese este vestido. Nos está haciendo un
favor.
— No dijeron eso y definitivamente no te llamaron señor. Vos lo
compraste.
— Y yo dije: por favor, déjeme pagarlo, y ellos insistieron.
Rodea mi mano con su mano mientras caminamos hacia el apartamento.
Me río. Intento ser severa, pero me río.
— Te lo voy a devolver. No puedes dejarme vivir gratis contigo y
comprarme vestidos carísimos. No es justo. Ya estoy en deuda contigo.
— Eh.— Deja de caminar y sus cejas se pellizcan. — No digas eso,
¿bien? No me debes nada. Deja que te lo compre.— Me dedica una sonrisa
paciente y divertida. — Considéralo un regalo de cumpleaños adelantado.
Claro, es dentro de dos semanas. Los nervios se me revuelven en el
estómago. Se suponía que para entonces lo tendría todo resuelto. Entre mis
crecientes preocupaciones por Hayden y la oferta de trabajo en la que
pienso al menos cuatro veces al día, nada parece resuelto. Nada está del
todo bien.
— Sabes que voy a hacer que tu cumpleaños sea especial, ¿verdad?—
Hayden me lanza una mirada divertida. — Vamos a celebrarlo.
— No tenemos que hacer nada.
— Yo quiero hacerlo. Quiero que sea especial para ti. — Me da un beso
rápido en la sien y me rodea el hombro con el brazo, estrechándome contra
él.
Se me aprieta el corazón y me inclino hacia él, sonriendo. No debería
dejarme llevar así por él, pero cada vez me cuesta más parar.
Quizá un cumpleaños memorable con Hayden no me vendría mal.
CAPÍTULO 57
DARCY
Estoy haciendo un agujero en la alfombra del salón cuando Hayden
llega a casa del entrenamiento.
—¿Y bien?
— Estás... ¿guapa?— Sus cejas se mueven con confusión.
— Hayden. — Le lanzo una mirada exasperada y él se echa a reír.
Estoy en leggings y su vieja sudadera de hockey, con el pelo recogido
en un moño desordenado en lo alto de la cabeza.
—¿Qué? — Me agarra de las caderas y me hace retroceder hasta que
estoy contra la pared, con sus labios en mi cuello, haciéndome estremecer.
— Me gusta cuando te pones mi sudadera. Estás tan mona con ella.
— A mí también me gusta. — Me quedo sin aliento cuando sus dientes
me pellizcan el lóbulo de la oreja. — Es suave y huele a ti.
Me chupa la piel sensible de debajo de la oreja y mis labios se
entreabren en respuesta.
Desde que empezamos a salir, me he dado cuenta de que Hayden es
incluso más cariñoso físicamente de lo que pensaba. ¿Pensaba que era muy
cariñoso cuando éramos amigos?
No. Ese era su afecto en modo light. Cada vez que estamos en la misma
habitación, sus manos están sobre mí -en mi pelo, alrededor de mi cintura,
en mi muslo- o si estamos caminando, tiene una entrelazada con la mía.
Y, sin embargo, no nos deja llegar hasta el dormitorio. Me estoy
poniendo cachonda. Mientras sus labios me aprietan el cuello y sus dedos
se cuelan bajo el dobladillo de la sudadera, jugueteando con la cintura de
mis leggings, el calor se enrolla entre mis piernas. Su aroma me inunda,
limpio y fresco de su ducha después del entrenamiento, y suspiro.
Suspiro.
—Deja de distraerme. La fecha límite de traspasos es esta noche. ¿Ha
fichado Ward a Luca Walker?
Saca el móvil para mirar el correo electrónico. Ward envía notas al
equipo cada vez que alguien se une a la organización.
—Todavía no.
Hago un ruido estrangulado de frustración. Sé que ya se lo ha
comentado a Ward.
— También le envié un mensaje a Alexei sobre él. No ha respondido.
Me muerdo el labio inferior, con las tripas hechas un nudo. He estado
viendo más partidos universitarios de Walker, y la persistente sensación de
que podría prosperar en el Storm se hace más fuerte cada día.
El año escolar se acaba. Ahora es el momento de elegirlo. Antes de que
lo haga otro.
Miro la hora. Probablemente Ward aún esté en el estadio. Mis pulmones
se expanden con una gran bocanada de aire antes de encontrarme con la
expresión curiosa y entretenida de Hayden.
— Tengo que ir al estadio—, le digo, cerrando el portátil y metiéndolo
en el bolso.
—¿Ahora?
— Ahora mismo.
Sonríe.
—Genial. Vamos.
_____
La recepcionista se ha ido por la tarde, así que agradezco que Hayden
esté aquí para hacerme pasar a las tranquilas oficinas. Toma asiento en el
vestíbulo privado fuera de las oficinas corporativas y me envía un guiño
juguetón.
—Ahora mismo voy. A por ellos, tigre.
Asiento con el corazón en la garganta. No puedo creer que esté a punto
de hacerlo.
La puerta de la oficina de Ward está abierta y golpeo rápidamente
mientras entro.
— Hola—, digo, más alto de lo previsto, y él levanta la vista. Me aclaro
la garganta y bajo el volumen a un nivel socialmente aceptable.—Lo siento.
Hola.
La diversión baila en sus ojos.
—Hola, Darcy.
No parece sorprendido de verme.
— Tienes que fichar a Luca Walker.
Pongo mi portátil en su escritorio para que pueda ver la pantalla antes
de acercarme a su lado.
—Aquí están mis datos. — Hojeo los modelos. — He revisado cada
partido universitario suyo que pude encontrar... ¿La misma corazonada que
tuve sobre las jugadas de poder y los penaltis de los Storm? Siento lo
mismo por este tipo.
Señalo la pantalla con urgencia, con el corazón latiéndome en los oídos.
Ahora mismo ni siquiera me reconozco. La antigua Darcy lo habría dejado
pasar y luego se habría resentido en secreto con Ward y conmigo misma por
el resto de la eternidad, mientras se decía a sí misma que estaba bien.
No sé dónde está esa versión de mí, ¿pero la persona que soy hoy? Sabe
que tiene razón.
— Tienes que reclutarlo antes de que lo haga otro.
Ward me estudia pensativo durante un largo momento y yo contengo la
respiración.
—Lo sé—, dice finalmente.
—¿Lo sabes?— Niego con la cabeza. — Entonces, ¿a
qué se debe el retraso? ¿El dinero?
Se echa hacia atrás en la silla.
—Ven a trabajar para mí.
Estoy a punto de protestar, pero niega con la cabeza.
— No sé cuál es el problema. — Señala mi portátil. — Esto es lo que
tienes que hacer.
Algo en el fondo de mi pecho grita. Mi mente revolotea en el evento
STEM, a Georgia, a los chicos de la Tormenta. Toda esa gente que ama su
trabajo.
¿Por qué no puedo tener eso? ¿Por qué no merezco dejar atrás el
pasado, aprender y seguir adelante? Estoy harta de que el pasado me
retenga.
Me siento en el sillón frente a su mesa y junto las manos entre los
muslos.
—Es mucha presión.
Él asiente.
— Sí.
— Muchos ojos puestos en el equipo.
Especialmente esta temporada, en la que están mejor clasificados que en
años anteriores. Los aficionados están entusiasmados.
— Definitivamente.
El silencio se extiende entre nosotros, y mis pensamientos giran hacia
mi aburrido trabajo. La idea de quedarme allí otros veinte o treinta años me
produce un frío pavor en la boca del estómago.
¿Me odiaría a mí misma si mirara atrás y deseara haberlo hecho de otra
manera? ¿Me arrepentiría de no haber aceptado un trabajo que me hace
vibrar de emoción?
— Somos un equipo,— dice Ward en voz baja. — Nunca voy a dejarte
sola. Ganamos juntos, perdemos juntos.
Tengo tanto miedo de volver a fracasar, pero ¿qué pasa con todo lo que
podría perder? ¿Y si es el mejor trabajo de mi vida y es exactamente donde
necesito estar? Podría ayudar a la gente en este puesto.
Se me ocurre algo y mi mirada se dirige a la de Ward. Algo que podría
incendiar todo esto.
— Tengo un conflicto de intereses.
Sus ojos se entrecierran.
—Continúa.
Busco las palabras para explicar lo que está pasando entre Hayden y yo
y no encuentro nada.
—Hayden Owens.
Él hace un ruido de reconocimiento y asiente, observando el paisaje
fuera de las ventanas de la oficina que dan a la ciudad. Finalmente, se
vuelve hacia mí y se encoge de hombros.
—No me preocupa. Tenemos otros tres analistas para vigilar los
conflictos y se lo comentaré al propietario y al equipo jurídico, pero a
menos que estés muy metido en las apuestas deportivas...
— No lo estoy—, me apresuro a decir.
Ward se ríe.
—Me lo imaginaba.— Sus cejas oscuras se arquean y la última pregunta
persiste en su silencioso despacho. — Arriésgate, Darcy.
En el vestíbulo, Hayden se levanta cuando aparezco corriendo por la
esquina.
—¿Cómo ha ido?
— Acepté el trabajo.
Suelta una carcajada sorprendida y me coge cuando salto a sus brazos.
—Acepté el trabajo de analista en el equipo.
La sonrisa orgullosa de Hayden es devastadoramente atractiva.
—¿En serio?
— Ajá.
Siento como si volara, como si mi corazón estuviera a punto de estallar
en una nube de destellos.
— Esa es mi chica.
Me rodea con los brazos y grito de sorpresa cuando me hace girar antes
de inmovilizarme contra la pared. Su boca choca contra la mía. Somos una
maraña de labios, gemidos y dientes, mis manos en su pelo, mis piernas
alrededor de su cintura.
— Estoy tan orgulloso de ti—, dice entre besos devoradores.
Me siento tan jodidamente bien siendo libre, como si por fin volara
después de años enjaulada.
Alguien se aclara la garganta y nos quedamos paralizados. Ward está a
tres metros de distancia, con las cejas muy arqueadas, sosteniendo mi
portátil.
— Olvidaste esto.
Mi cara se calienta.
—Gracias—, chillo.
Ward se ríe y sacude la cabeza. En cuanto dobla la esquina, Hayden y
yo nos miramos y nos echamos a reír.
CAPÍTULO 58
DARCY
—Me voy arriba—, me dice Erik, uno de los otros analistas, en la
explanada inferior del estadio. Se refiere al palco privado para el propietario
y los analistas, un espacio tranquilo donde podemos ver el partido esta
noche, analizar datos en tiempo real y coordinarnos con los entrenadores en
el banquillo.
Le dirijo una rápida sonrisa y señalo el pasillo que conduce a los
vestuarios.
—Subo enseguida.
No he visto a Hayden desde esta mañana, cuando me fui a trabajar.
Llevo su camiseta, y quiero que lo sepa antes del partido, que siempre tiene
a alguien animándolo.
Erik me saluda con la mano antes de desaparecer.
Hace menos de una semana que empecé como analista de los Storm,
pero ya me siento como en casa. Los otros analistas -Erik, Craig y Jerome-
me invitaron a comer el primer día para celebrar mi llegada al equipo, y
hemos pasado toda la semana encerrados en la sala de conferencias
mientras les enseñaba los modelos, viendo viejas cintas de partidos u
observando los entrenamientos. Todos son jugadores retirados, pero con las
ganas que tienen de trabajar conmigo para resolver problemas, siento que
somos un equipo. No me siento para nada como una extraña.
Ha sido muy divertido. Ni siquiera sabía que el trabajo pudiera ser así.
Un joven jugador pasa con su traje, se dirige a los vestuarios, pero su
mirada se fija en mí y se detiene.
Luca Walker llegó el lunes por la mañana y lleva toda la semana
entrenando con Alexei, aprendiendo las jugadas defensivas.
Sólo lo he visto en el hielo, practicando, normalmente con casco, pero
de cerca parece mucho más joven. Es alto y ancho como Hayden, pero con
el pelo oscuro ondulado y rasgos delicados y pícaros.
Tiene las mejillas pintadas de un saludable rosa y los ojos grises
brillantes. Me recuerda al príncipe de uno de mis libros de fantasía
romántica: un chico arrogante e injustamente hermoso.
Sus ojos se posan en mi pelo morado.
—¿Darcy Andersen?
Su oscura ceja se arquea y una sonrisa juguetona se dibuja en su boca.
— Esa soy yo.
— Así que es a ti a quien tengo que agradecer que estés aquí esta noche.
Me invade un sentimiento cálido y suelto una risita.
—Veamos cómo juegas antes de darme las gracias.
Se aprieta el pecho como si estuviera herido, los ojos le bailan con
humor.
— De acuerdo, ya veo cómo es. Me encantan los retos. — Algo brilla
en sus ojos, una pizca de vulnerabilidad, y se mete las manos en los
bolsillos. — Pero lo digo en serio. Lo que sea que hayas visto en mí, te lo
agradezco. Después del partido de principios de año, yo…— Desvía la
mirada con una sonrisa tensa. — Pensé que no iba a suceder, ¿sabes?
Si había alguna duda en mi mente de que este trabajo es donde se
supone que debo estar, se evapora. Lo que hago importa, y Luca es la
prueba de ello.
El riesgo merece la pena.
—De nada.
Su mirada despierta interés y sonríe más alto.
—¿Qué haces después del partido? Salgamos.
Quiero decir que estoy agarrada, pero dudo que Hayden nos clasifique
así.
—Eres un poco joven para mí.
Su sonrisa es pura seducción cuando me mira la boca.
—No me molesta si a ti no te molesta. — Me guiña un ojo. — Siempre
me han gustado las chicas listas.
Es divertido y adorable, pero como lo sería un hermano pequeño.
— Le molesta—, suelta Hayden, de repente a mi lado, con su traje de
antesala. Ni siquiera le he oído acercarse. Alexei está a su lado, mirando a
Luca. — Nada de pegar a los analistas.
Mi pecho tiembla de risa.
—Hola.
Sonrío a Hayden, que está mortalmente guapo.
— Hola. — Su mirada se suaviza. — Estás muy guapa con mi jersey,
Andersen.
—¿Qué he dicho esta mañana?— Alexei le dice a Luca. — Céntrate en
el partido. Déjalo ya.
—¿Te vas a quejar así de mí el resto de la temporada?— Luca pregunta
mientras se dirigen al vestuario.
— Sí. Necesitas una rutina sólida antes del partido que no incluya
perseguir chicas.
Luca suspira.
—Jesús, estás obsesionado con esto de la rutina antes del partido. —
Ladea una sonrisa hacia Alexei, imperturbable por su comportamiento
severo y brusco. — Oye, ¿te has dado cuenta de que ya casi tienes edad
para ser mi padre?
Alexei refunfuña algo mientras cruzan la puerta del vestuario, y Hayden
se queda mirándolos con la mandíbula apretada.
— Malditos novatos engreídos.
— Tú fuiste un novato engreído una vez.
— Yo no era así.
Suelto una carcajada.
—Sí, lo fuiste. Eras exactamente así.
Una sonrisa infantil se dibuja en su cara.
—Yo lo hacía mejor. Más encantador.
— No sé. — Suspiro y miro a Luca como si estuviera enamorada. — Él
es bastante encantador. Y guapo.
Hayden hace un ruido bajo en su garganta, y su mano se acerca a mi
espalda.
—¿Acabas de gruñir?
Vuelve a sonreír y nos sonreímos mutuamente.
—¿Lista para esta noche?
— Creo que sí. — Los nervios me revuelven el estómago. — Estaré
arriba con los otros analistas, vigilando. — Arrugo la nariz. — Me fastidia
no poder sentarme en mi sitio habitual con Hazel y Pippa.
Eso nunca funcionaría: necesito mi portátil y una zona tranquila para
concentrarme y poder hacer recomendaciones en tiempo real con los demás
analistas. Además, nuestros datos y decisiones son confidenciales, así que
la sala debe ser segura. Destacaría como un pulgar dolorido con mi portátil
en primera fila.
— No me digas que estás nerviosa, Darce.
— Un poco.
Es mi primer partido como analista, después de todo.
— Oye.— Se inclina hasta que su boca está a centímetros de mi oreja.
— Vas a estar muy bien ¿si?—Me mira con ojos brillantes.
Cuando lo dice así, le creo.
—Tal vez esta noche finalmente me dejes tener mi perverso camino
contigo.
Aún no hemos tenido sexo. Cuando tonteamos, se le pone tan dura que
debe de doler pero no me deja ir más allá de acariciarlo. Debería apreciar lo
considerado que está siendo, pero también tengo muchas, muchas ganas de
follarme a Hayden.
—¿A tu manera?— Se muerde el labio, con los ojos ardientes. —¿Qué
tenías pensado? ¿Sentarme sobre una tarta? ¿Juego de rol de magos?
¿Cosquillas sexys?
—¿"Cosquillas sexys"?— repito con divertido horror. — Estaba
pensando más bien en empujarte a la cama y cabalgar tu polla hasta que nos
corramos los dos.
Se me queda mirando, sin habla, y me recorre un temblor de timidez. Yo
no digo cosas así. El viejo Darcy no decía cosas así, al menos. Mi nariz se
arruga en vacilación mientras observo la reacción atónita de Hayden.
— Joder.— Apoya la frente contra la mía como si le doliera. — Por
favor, no me la pongas dura antes de que tenga que cambiarme delante de
los chicos.
Me da un beso en la boca y me río, sintiéndome más ligera que el aire.
— Creía que habías dicho que nada de pegarse a los analistas—, me
dice Luca desde el pasillo, y me deshago en carcajadas contra el pecho de
Hayden. Hayden se ríe en mi cuello antes de darme una serie de besos
rápidos y urgentes en el cuello y la mandíbula hasta que llega a mi boca.
— Nos vemos luego,— murmura contra mis labios.
—Nos vemos luego .
CHAPTER 59
DARCY
—Mierda—, susurro mientras el otro equipo marca otro gol más.
El partido es un desastre, y ninguno de los datos que hemos
proporcionado está ayudando. Su defensa golpea con fuerza a Hayden
contra las tablas, y yo me pongo en pie, tapándome la boca con las manos.
Debería haber sido penalti, pero el árbitro no lo pita. Detrás del cristal,
los aficionados se ponen en pie, indignados y gritando al árbitro. El Storm
inicia otra jugada que recomendamos, pero el otro equipo atrapa el disco y
vuelve a marcar, y el estadio se desinfla. Dos goles en menos de treinta
segundos.
— Demasiado para esa jugada—, murmura Erik a mi lado.
Los aficionados se marchan en tropel, las gradas se vacían, y la
decepción y el resentimiento flotan en el aire como una nube espesa y
nociva.
Tengo los pulmones tan apretados que no puedo respirar. Vuelve a
ocurrir. La he cagado y todo es culpa mía. Desde aquí arriba no puedo ver
la cara de Ward, así que miro las imágenes de las cámaras del televisor
hasta que encuentro una del banco. Su expresión no me dice nada; es la
misma mirada atenta, paciente e imperturbable de siempre.
Pero tiene que estar enfadado. Acaba de contratar a un nuevo analista y
todo en este partido ha salido mal.
Cuando termina el partido, estoy abajo, fuera del vestuario de los Storm,
esperando a que Ward termine su habitual informe posterior al partido, con
las uñas clavadas en las palmas de las manos.
Pensaba que mis números eran sólidos, pero la he cagado.
Pensé que esta vez sería diferente, pero no lo fue.
Creía que podía hacerlo, pero quizá no.
La puerta se abre y aparece Ward. Me empujo de la pared, el corazón en
en la garganta.
—¿Tienes un segundo?
— Para ti, Darcy, siempre.— Me dedica una rápida sonrisa, y mis
entrañas se aprietan de nuevo. — Camina conmigo.
Caminamos por el pasillo, y él ralentiza el paso para que no tenga que
trotar para seguir sus largas zancadas.
—Ninguna de las obras ha funcionado esta noche y quiero disculparme.
Voy a hacer una revisión completa en mi tiempo libre de mis datos y las
jugadas y el juego para ver dónde nos equivocamos. Llegaré al fondo del
asunto antes del próximo partido.
Por favor, no me despidas, ruego en silencio.
Estoy seguro de que mi cara refleja vacilación y preocupación, pero no
estoy dispuesto a renunciar. Acabo de llegar.
Ward exhala pesada y frustradamente al doblar una esquina.
—Volkov está herido y no nos lo ha dicho.
Me quedo boquiabierta y abro mucho los ojos.
—¿Qué tipo de lesión?
— El ligamento cruzado. Parece que le ha dado problemas toda la
semana.
Le operaron el año pasado. Parpadeo unas doce veces, pensando en
cómo lo tendría en cuenta. Cambia sus jugadas, lo sé.
— El equipo de analistas habría hecho diferentes recomendaciones para
el juego—, le digo a Ward. — No intento sonar a la defensiva, sólo...
— Lo sé. Y Walker decidió hacer lo suyo en lugar de las jugadas que
practicamos.
No me di cuenta de eso, pero lo habría visto al revisar la cinta del
partido.
La irritación me chamusca detrás del esternón. Ese novato engreído.
— No te preocupes, ya les he arrancado una tira por eso. Esos dos van a
averiguar cómo trabajar juntos aunque les cueste la vida. — La comisura de
su boca se inclina como si lo estuviera deseando, antes de dirigirme una
mirada paciente. — Estabas trabajando con datos malos. No es culpa tuya.
No fue culpa mía. No metí la pata. Hice lo que pude con la información
que tenía.
El alivio se asienta a través de mí, y mi presión arterial desciende a la
normalidad.
— Fue un mal partido, Darcy. — Ward se encoge de hombros. —
Aprendemos de ello y lo hacemos lo mejor que podemos, pero no vamos a
dejar que una noche nos derribe. Así es como un partido se convierte en una
racha perdedora. —Me sostiene la mirada. — Nos caemos, pero nos
volvemos a levantar y lo intentamos de nuevo mañana. ¿Entendido?
Algo en sus palabras y la forma en que cree no sólo en su equipo, sino
también en mí, me anima.
—Entendido.
— Bien.— Me señala el pasillo. — Me necesitan en prensa después del
partido.
Se despide con la mano y yo me quedo ahí, repasando la conversación.
No fue culpa mía. Hice lo que debía. Perder no es el fin del mundo. Nadie
salió herido, y la carrera de nadie ha terminado.
— Darcy.
Levanto la vista y veo a Alexei de pie, con las duras líneas de su rostro
dispuestas en una expresión que casi parece de remordimiento.
La irritación de antes ha vuelto.
—Ward dijo que estás herido.
Gruñe y la irritación se duplica. Mueve la mandíbula y mira a su
alrededor antes de bajar la voz.
— Mi rodilla. Una vieja lesión.
Probablemente no dejó que se curara bien y ahora tiene problemas a
largo plazo. La forma en que jugó durante el partido empieza a tener
sentido.
— No puedo hacer mi trabajo sin datos precisos. Podría haberte
ayudado. ¿Por qué no dijiste nada?
Vacila, suelta un suspiro y no me mira a los ojos.
A sus treinta y tantos años, es uno de los defensas más veteranos de la
liga, y ahora está emparejado con Luca, un joven y fresco novato, lleno de
energía y libre de lesiones. Además, todos los comentarios sobre su
inminente retirada.
No quiere que los entrenadores sepan que está lesionado porque lo
cambiarían o, peor aún, no le renovarían el contrato. Para un jugador mayor
como él, es la sentencia de muerte de su carrera.
— Quieres retirarte en tus propios términos. Quieres que sea tu
decisión.
Me identifico.
— Siento no habértelo dicho.
Me hace un gesto de asentimiento antes de empezar a alejarse, cojeando
un poco.
— Quizá pueda investigarlo.
Se detiene y se vuelve, frunciendo el ceño.
— Utilizo los datos para encontrar soluciones.
Mi mente gira y da vueltas con todas las formas en que podría ajustar
las jugadas.
Por un momento, parece a punto de rechazarme, pero sus facciones se
relajan.
— Sería estupendo. Gracias.
Asiente con la cabeza y levanta el brazo como si fuera a darme una
palmada en el hombro. Cuando nuestras miradas se cruzan, frunce el ceño y
retira la mano.
Contengo la risa.
—Somos amigos. — Me encojo de hombros y le sonrío. — Eso es lo
que hacen los amigos.
Él inclina la barbilla.
—Amigos. — Se gira antes de detenerse. — Sobre la cita
doble.
— Sé que sólo me invitaste a salir para poner celoso a Hayden.
Me mira culpablemente de reojo.
—Necesitaba un empujón.
A pesar de que estoy perfectamente satisfecho con lo que sucedió como
resultado de la doble cita, pongo los ojos en blanco.
— Los chicos tienen razón sobre ti, ¿sabes? Que crees que sabes más.
Hace un ruido bajo que podría ser una carcajada.
—Sí que sé más.
—Sí, sí. — Sonrío. — Da igual.
Hayden aparece en el otro extremo del pasillo, dirigiéndose hacia
nosotros.
—¿Nos vemos en el bar?— pregunta Alexei.
Asiento con la cabeza.
—Nos vemos allí.
Al pasar junto a Hayden, Alexei le da una palmada en el hombro, y la
expresión de Hayden parpadea con tensión.
— Hola. — Me inclino para darle un beso rápido. — Un partido duro.
Suspira. Me duele el corazón porque sé lo mucho que está intentando
que la derrota no le afecte.
— Partido duro, pero vamos al Filthy Flamingo a celebrar la primera
noche de Walker con el equipo. Vamos a sacudírnoslo.
— Me parece bien.
Empezamos a caminar por la larga explanada hacia la salida. Me apoyo
en su hombro, pero capto la mueca de dolor que hace al respirar
agitadamente. Le miro con el ceño fruncido.
—¿Qué te pasa?
Sacude la cabeza con fuerza.
—Nada.
Mis ojos se mueven sobre él, estudiando la tensión de sus hombros.
—Estás herido. — Dejo de caminar. — Ese golpe del tercer periodo.
Me hace un gesto con la mano para que siga caminando.
—Estoy bien. Vamos a divertirnos.
Le toco el hombro y ahoga un gemido de dolor.
—¿Ves? Hayden. Tienes que irte a casa a descansar.
— Descansaré más tarde. — Me guiña un ojo, pero parece forzado. —
Es el primer partido de Walker. Tenemos que celebrarlo. No puedo irme. El
equipo me necesita allí.
— El equipo necesita que te cuides.
Aprieta la boca y mira hacia el pasillo de donde venimos mientras más
jugadores salen del vestuario, hablando y riendo.
Siempre es el alma de la fiesta, se asegura de que los demás se
diviertan. Pienso en cómo hemos tonteado hasta ahora, siempre Hayden
complaciéndome, él poniendo sus necesidades en segundo lugar.
— Nos vamos a casa y te meto en la cama—, le digo, sorprendiéndome
de lo firme que sueno. —Y voy a cuidar de ti.
La fuerte línea de su garganta se mueve mientras traga y me mira a los
ojos, deja escapar un suspiro pesado.
—¿Por favor?— le pregunto.
Me hace un gesto rápido con la cabeza.
—De acuerdo.
El alivio afloja la preocupación de mi pecho y me pongo de puntillas,
con cuidado de no tocar su hombro, y le doy un suave beso en la mejilla.
Su piel está caliente y rasposa por la barba incipiente.
— Gracias—, susurro. — Ahora vamos a casa.
CHAPTER 60
DARCY
En su dormitorio Hayden se pasa cuidadosamente la camiseta por la
cabeza antes de tirarla a la silla. Se lleva las manos al cinturón.
— Yo lo haré.
Empujo sus manos a un lado y él suelta una larga y pesada exhalación,
mirándome con el calor parpadeando tras el agotamiento de sus ojos.
Le desabrocho el cinturón y la emoción se expande en mi pecho. Mis
dedos se introducen en la cintura de sus calzoncillos. Cuando se los quito,
su erección se libera y se me hace la boca agua.
La polla de Hayden es preciosa. Es larga y gruesa, más de lo que estoy
acostumbrada y un poco intimidante, pero los músculos entre mis piernas se
tensan en anticipación.
La rodeo con la mano y su respiración se entrecorta. Bajo mis dedos, su
longitud es dura como el acero.
— Estás tan caliente.
Mi otra mano se acerca a sus huevos y él exhala ásperamente.
— Darce.
Su mano cubre la mía, deteniendo mis movimientos.
—¿Quieres que pare?
— Joder, no.— Nuestros ojos se cruzan, una pregunta surge en los
suyos.
No está acostumbrado a ser el primero. Todos esos años apoyando a
otros, asegurándose de que los demás están bien y divirtiéndose.
— Deja que te saque yo primero—, dice.
Niego con la cabeza.
—Esta noche no. — Le doy una sonrisa suave y alentadora, le agarro la
polla un poco más fuerte, y sus párpados se hunden. —¿Por favor?
Se ríe, probablemente porque está aprendiendo al mismo tiempo que yo
que no tiene defensa contra mí cuando uso esa palabra.
—Si estás segura.
—Estoy realmente —le doy una larga caricia, y su respiración se
entrecorta —realmente, segura.
—¿Puedes quitarte el jersey?
Mi boca se curva.
—¿Qué pasa, no te gusta?
Suelta una carcajada apretada.
—Me gusta. Me gusta de verdad, joder, es que…— Se pasa una mano
por el pelo, vacilante. — Me gustan más tus tetas. He pasado mucho tiempo
imaginándomelas. — Traga saliva, las pupilas se le ennegrecen. — Años.
Mi pulso palpita entre mis piernas y mi mente da vueltas con el subidón
de ser deseada así por Hayden. Lentamente, me quito la camiseta por la
cabeza, luego el jersey y la camiseta. Me quito los vaqueros con una
lentitud de milagro, encantada ante la mirada torturada y desesperada de
Hayden, que me mira con un conjunto de lencería nuevo, de color granate
oscuro y lo bastante transparente como para que vea las puntitas doloridas
de mis pezones. Tengo un lacito cosido entre los pechos y, cuando sus ojos
se posan en él, sé que quiere tirar de él con los dientes.
—¿Qué tal esto?— susurro.
Se limita a tragar saliva, observando mi cuerpo con cara de dolor. Su
polla se retuerce contra su estómago, humedeciéndose.
Levanta los ojos hacia los míos, oscuros y drogados, y vuelve a tragar
saliva.
—¿Es nuevo?
Sonrío.
—Sí, me lo compraste tú.
Hace un par de mañanas, me dejó en la encimera de la cocina una tarjeta
regalo de la tienda de lencería.
Me recorre con la mandíbula las líneas de la lencería sobre el pecho y
los hombros, y luego baja hasta las caderas y los muslos. Su respiración es
agitada e irregular, su pecho ancho y cincelado sube y baja rápidamente.
—¿Te gusta?
Mis dedos recorren la copa de encaje del sujetador.
Él sigue mis movimientos, asintiendo, y yo me muerdo el labio. Me
encanta jugar así con él.
—¿Quieres venir conmigo a la tienda algún día y ayudarme a elegir
algunas cosas?
Vuelve a asentir y yo intento no reírme al ver cómo palpita su erección.
Nos imagino comprando lencería, Hayden apartando la cortina de
terciopelo del probador y deslizando sus dedos dentro de mis bragas,
susurrándome que haga silencio para que los demás no lo oigan mientras
me hace correrme.
—¿Crees que podrías sentarte bien fuera del probador mientras me
pruebo cosas de encaje?
Con expresión impotente, niega con la cabeza. Yo me río.
Su boca se inclina en una sonrisa infantil y juguetona.
—Quítatelo, por favor.
La mirada de Hayden sigue cada uno de mis movimientos mientras me
quito el sujetador y la tanga hasta que estoy desnuda delante de él, con la
piel de gallina bajo el peso de su mirada de adoración.
Ojalá pudiéramos hacer esto para siempre, pero sé que no podemos. Él
no es así, no es lo que quiere.
Pero ojalá las cosas fueran diferentes.
— Eres jodidamente hermosa, Darcy—, dice, como una maldición y
una plegaria. — Siempre lo he pensado.
Mi piel se ruboriza y mi mirada baja hasta la amplia extensión de su
pecho. Un moratón rojo y morado ya está floreciendo bajo la piel de su
hombro, y la preocupación se aloja en mi garganta. En cuanto se meta en la
cama, no lo dejaré salir. Dormirá doce horas como mínimo.
Pero antes voy a hacer que se corra tan fuerte que se desmaye. Tan
fuerte que lo recordará durante años, mucho después de que hayamos
terminado. Mis rodillas golpean el suelo y él murmura un oh, joder. Yo
sonrío. Es hora de que Hayden reciba la atención que se merece.
A un ritmo pausado, recorro su cuerpo con los labios, mirándolo a
través de las pestañas. Su piel es ardiente y suave como el terciopelo. Su
polla está tan dura que mi ego recibe un estímulo permanente. Y cuando
saco la lengua para saborear la humedad de la punta, lanza un gemido.
Esa mirada de incredulidad que lleva, como si esto fuera lo mejor que le
ha pasado... Me emborracho.
Lo cojo entre mis labios y deslizo la lengua a lo largo de toda su
longitud. Sus párpados caen pesados con su exhalación apresurada. Dejo
que me golpee la garganta y él gime, bajo y necesitado, antes de que yo
succione y lo mantenga ahí. A los lados, sus manos se flexionan y se
aprietan. Cojo una y me la pongo en la cabeza.
Su mirada se vuelve más ardiente. Su otra mano se posa en mi nuca y el
calor me recorre. Me encanta estar en esta posición, arrodillada ante él,
haciéndole saber cuánto lo deseo y lo especial e importante que es para mí.
Tiro hacia atrás, chupando la cabeza hinchada, y él da un respingo como si
el placer fuera demasiado. Alrededor de su gruesa circunferencia, sonrío.
Aún no ha visto nada.
Mi mano rodea su base y, despacio, muy despacio, chupo la polla de
Hayden. Su frente está húmeda de sudor. Su respiración entra y sale y sus
dedos se tensan contra mi cuero cabelludo mientras lucha por mantener los
ojos abiertos y fijos en mí. Si es así cuando Hayden me la chupa, entiendo
perfectamente por qué dijo que tu placer es mi placer.
— Dios, tu boca es el paraíso—, gime con un hambre torturada en los
ojos.
Añado aún más succión, arrastrando mi lengua aplastada por la sensible
parte inferior, estudiando cómo se tensan sus músculos.
Sus ojos me queman mientras lo llevo hasta el fondo de mi garganta.
Aprieta la mandíbula y el contacto visual entre nosotros es como una
corriente eléctrica que me atraviesa.
Sus caderas se inclinan, metiéndomelo más en la boca mientras subo y
bajo por su longitud. Al final, él toma el control, follándome la boca lenta y
constantemente con la mandíbula apretada y los ojos oscuros, haciendo los
ruidos más sucios y necesitados. Cada gemido hace que la humedad se
acumule entre mis piernas, y si me agachara y me pasara los dedos por
encima, me correría en menos de un minuto.
Me aprieta el pelo con los dedos, su respiración es agitada y, por un
instante, mira al techo como si rezara.
— Estoy cerca—, suplica. — Tan jodidamente cerca.
Así que voy más despacio.
CHAPTER 61
HAYDEN
Creo que me voy a morir.
Nunca me habían hecho una mamada así, tan pausada pero intensa,
cariñosa e íntima. Estoy a punto de correrme, pero Darcy no me deja. Se
contiene, manteniéndome al borde del abismo, abrasando cada pensamiento
de mi cerebro con la lujuria que me recorre. En la base de mi columna
vertebral, el placer se acumula, caliente y apretado.
Sólo puedo verla a ella.
Darcy es hermosa como un ángel, arrodillada ante mí, prodigándome
atención y placer. Nunca ha sido así. Nunca bajaré del subidón de este
momento, nunca olvidaré lo perfecta que es, lo suave y dulce que es.
Su mano me acaricia sin cesar, aumentando la sensación de agobio.
Recojo su pelo y lo enrollo alrededor de mi puño, con cuidado de no tirar de
él, pero con la firmeza suficiente para mantener su cabeza quieta mientras
mis caderas se aceleran. Soy jodidamente cuidadoso con ella. Alrededor de
mi polla, zumba, cierra los ojos como si le encantara, y en sus brazos se
erizan todos los pelos.
Es todo lo que necesito para acercarme al límite. Mi cuerpo se agarrota,
los músculos se tensan, el pulso me retumba en los oídos.
— Me corro—, digo entrecortadamente, incapaz de controlar el
movimiento de mis caderas mientras sujeto su cabeza.—Quiero correrme en
tu boca—, jadeo, con las pelotas apretadas. —¿Te parece bien?
— Mhm—, murmura a mi alrededor con calidez y afecto en los ojos, y
el último hilo de mi control se rompe.
Su boca es demasiado perfecta, demasiado cálida, suave y húmeda, y la
forma en que su lengua gira sobre la cabeza de mi polla me derrite el
cerebro. Mi cabeza cae hacia atrás mientras me corro, con los ojos
apretados, una presión caliente que me sube por las piernas y me aprieta la
base de la columna como un puño apretado.
Levanto la cabeza justo a tiempo para verla tragarme, con los ojos
clavados en mí, el deslizamiento caliente y resbaladizo de su lengua
rozando la parte inferior de mi polla. Es un orgasmo que dura y dura
mientras ella me succiona, me arrastra al borde de la cordura y me devuelve
con esa boca perfecta.
— Dios, eres tan buena. — No puedo dejar de mirarla. — Qué buena
chica.
Vuelve a tararear, ralentizando el ritmo mientras mi cerebro se
recompone. Se me saltan las lágrimas, y no sé si es por lo fuerte que me he
corrido o porque Darcy se ha corrido.
No sé si es por lo fuerte que acabo de correrme o porque la dulce y
cariñosa atención de Darcy me hace sentir completa por primera vez en mi
vida.
— Ven aquí.
Tiro de ella hasta ponerla de pie y contra mi pecho, aún recuperando el
aliento contra su sien, inhalando su dulce aroma. ¿Siente el latido de mi
corazón? ¿Puede ver su nombre grabado en él con su escritura femenina?
La rodeo con mis brazos, estrechándola contra mí.
— Gracias—, le susurro en el nacimiento del pelo. Me siento tan
inadecuado, pero ella se levanta sobre las puntas de los pies y atrapa mi
boca.
— Ha sido un placer.
El calor y la presión crecen en mi pecho, exigiendo atención.
— Ha sido el analgésico más eficaz que he tomado nunca.
Ni siquiera siento el dolor en mi hombro.
— Pensé que podría ayudar. — Me aprieta el pectoral con una sonrisa
juguetona. — Métete en la cama—, dice suavemente, apoyando las manos
en mi cintura para empujarme hacia atrás.
Me siento en el colchón, con las manos enmarcando su cintura, y
aprieto los labios contra la curva que hay bajo su pecho en lentos y
cortantes besos.
Me lleva las manos al pelo y las arrastra por él, haciéndome sentir un
hormigueo.
— Esta noche no.
Se aparta, fuera de mi alcance, retira el edredón y me hace un gesto para
que entre. Ante mi mirada alarmada e interrogante -no intentará dormir en
su cama esta noche, ¿verdad?-, vuelve a sonreír.
—Voy a traerte hielo y analgésicos. Mañana me lo agradecerás.
Mis instintos protestan, porque nunca me he ido de una experiencia
íntima sin asegurarme de que mi pareja esté satisfecha, pero ella vuelve a
sonreír.
— Esta noche se trataba de ti—, dice.
Me hundo contra las almohadas, mirándola confuso.
—¿Estás segura?
—Mhm.
Sus ojos son cálidos y suaves, el pelo le cae por los hombros, y me da
un vuelco el corazón.
Esto es nuevo para mí, que me pongan primero así. No se espera que
actúe. Por Darcy, estoy ansioso por hacerla feliz, pero hay una parte de mí
enterrada y rota que sigue aterrorizada porque es mi único valor.
Tal vez Darcy es diferente, sin embargo. Si alguien lo es, es ella.
Se dirige a la cocina y yo me tumbo en la cama, recuperando el aliento,
escuchando los latidos de mi corazón en los oídos y los suaves sonidos de
Darcy llenando un vaso de agua, y luego abriendo y cerrando el congelador
antes de que vuelva. Me coloca la bolsa de hielo, envuelta en una toalla,
sobre el hombro y me da los analgésicos y un vaso de agua, supervisando
con una expresión protectora y preocupada mientras me los tomo.
— Estoy bien—, le digo con una pequeña sonrisa. — Ya me han pegado
antes. Es parte del trabajo.
Se le hace un nudo en la garganta y se mete en la cama a mi lado, con
cuidado de no tocarme, pero la atraigo contra mí.
—Lo sé. Pero eso no significa que me guste ver cómo ocurre. Y no
significa que no vaya a cuidar de ti.
Apoya la cabeza en la almohada, me llevo la mano a la boca y le beso
los dedos. Cuando los suelto, los pasea por el lado no herido de mi pecho
con un movimiento tranquilo y perezoso que ralentiza mis pensamientos.
—¿Esto es para mí o para ti?— pregunto, y ella se ríe.
— Cállate—, murmura.
Me doy cuenta de que la quiero. La quiero desde hace años. Quizá
desde que entró a clase de inglés aquella primera semana de universidad, o
la primera conversación que tuvimos sobre La espada del norte, o la
primera vez que abrí las persianas y grité al extraño gnomo que se asomaba
a la ventana mientras ella se desplomaba en mi cama, muerta de risa.
O tal vez me enamoré un poco de ella cada vez que la veía, cada vez
que nos reíamos juntos o nos mandábamos mensajes o nos abrazábamos,
hasta que estuve a tope y perdidamente enamorado de ella.
Cuando apareció en Vancouver, recién soltera y con ganas de empezar
de cero, no tuve ninguna oportunidad. Que pensara que podía fingir que mis
sentimientos no existían, o que sólo éramos amigos, es de puta risa.
Siempre ha sido la chica para mí.
Pienso en el mensaje de Kit.
—Jugamos contra Calgary la semana que viene.
Es nuestro último partido de la temporada.
Sus dedos siguen en mi pecho.
—Lo sé.
— Kit quiere tomar algo y ponernos al día la noche antes.
Levanta la cabeza y me mira con preocupación.
— ¿Qué quieres hacer?
Una larga pausa.
—Quiero dejar las cosas claras con él, y quiero
hablarle de nosotros.
Sus ojos se detienen en mí con incertidumbre antes de asentir.
—De acuerdo.
Apoya la cabeza en mi pecho y cierra los ojos.
Ahora tengo claras mis prioridades. Kit puede ser el pasado de Darcy,
pero yo soy su futuro.
CAPÍTULO 62
DARCY
La mañana de mi cumpleaños, Hayden me despierta con lentos y
perezosos besos por todo mi cuerpo antes de hacerme suplicar que me
libere con su cabeza entre mis piernas.
—¿Quieres tu regalo ahora o más tarde?—, me pregunta después,
tumbado en la cama a mi lado, con el aspecto de un dios griego a la luz de
la mañana.
—¿Es que por fin podemos tener sexo?
Se ríe entre dientes.
—No. Todavía no.
Gimo de frustración. Su lengua en mi clítoris es el paraíso, pero
necesito mucho más de él. Quiero sentirme conectada al máximo. Una parte
de mí está malhumorada: se ha acostado con todas las chicas de la ciudad,
¿pero conmigo no?
¿Qué me pasa?
Me quito esos pensamientos de la cabeza.
—Quiero el regalo ahora, por favor.
Se acerca y me besa entre los pechos, mordisqueando la piel sensible.
—¿Estás segura?
Me río, apartándome de él. — Sí, ahora.
—Bien ,bien.
Se desliza fuera de la cama y me pongo a admirar su magnífico culo
mientras se dirige a su armario. Regresa un momento después con un
pequeño paquete.
—¿Qué será? — musito, entornando los ojos hacia él, que se apoya en
el cabecero mientras deslizo la uña bajo la cinta. — Está claro que es un
libro. Citas para perdedores totales, ¿quizá?
Su mirada es firme y cálida.
—Tú no eres una perdedora.
—¿Cómo ligar, llevarlos a casa y romperles la cabeza?
Su sonrisa se ensancha.
—No te cuesta nada llevarme a la cama.
Me río y le quito el envoltorio restante.
—Kamasutra, tal vez...
Se me cae la mandíbula. La Reina Esmeralda, de A.R. Haddington. Es
el próximo libro de la serie La Espada del Norte, que saldrá a finales de este
año.
No puede ser.
Le lanzo a Hayden una mirada escrutadora, pero él se limita a sonreír
más.
—Hayden. ¿Cómo?
Es imposible conseguir una copia anticipada. La editorial de A.R.
Haddington no envía copias anticipadas por miedo a que se filtren spoilers.
Las entradas para las fiestas de lanzamiento de medianoche de sus nuevos
libros se agotan el mismo día que salen a la venta.
—¿A quién has matado para conseguir esto?
Suelta una carcajada apretada, y hay algo en su expresión que me llama
la atención, como si estuviera nervioso.
—¿Es demasiado?
— No.— Sacudo la cabeza con fuerza.—Me encanta. — Abro la tapa
para comprobar la fecha de impresión y se me para el pulso al ver la firma
en bucle de la portada. — Dios mío.
Para Darcy, valiente como La Espada del Norte. - A.R. Haddington
Parpadeo, atónita.
— Hayden.
Mi voz suena extraña. Es notoriamente reclusiva. No va a medios de
comunicación social, sin apariciones públicas. Nadie sabe cómo es, qué
significan sus iniciales, ni siquiera en qué país vive, y definitivamente no
firma libros.
—En serio. ¿Cómo has conseguido esto?
Levanta su gran hombro en un encogimiento de hombros casual, pero
una sonrisa complacida juguetea en su boca.
—Moví un par de hilos.
Es el nivel de "El diablo viste de Prada". ¿Qué has hecho?
— Hice que el equipo de relaciones públicas de Storm se pusiera en
contacto con el editor. Le hablé de ti.
—¿A quién?
Inclina la barbilla hacia el libro.
—A.R. Haddington.
— No.
Se ríe.
—Sí. Le conté cómo nos conocimos en la escuela y nos unimos por la
serie de libros, y cómo hemos sido amigos durante años. Le conté que
finalmente dejaste tu aburrido trabajo en la aseguradora por un puesto de
analista en el Storm y cómo eres la única mujer en la sala de trabajo, pero
eres valiente e inteligente y te apasiona lo que haces. — Desvía la mirada, y
parece que hay una parte que no me está contando. — También hice una
donación a su organización benéfica favorita.
Se encoge de hombros, sonriendo.
— Hayden. — Me inclino hacia delante y le dirijo una mirada dura,
pero sonriente. —¿Cuánto?
Entrecierra los ojos.
—No me acuerdo.
— Eres un mentiroso—, susurro, con el corazón saliéndose de mi pecho
con afecto y calidez y grandes e intensos sentimientos por Hayden Owens.
Intento decir palabras, pero no tengo ninguna. El corazón me late con
fuerza mientras paso la yema del dedo sobre la firma.
Es el mejor regalo que me han hecho nunca. Es el mejor regalo que
podría haber imaginado.
Sólo Hayden me regalaría algo así, algo que ni siquiera sabía que
quería.
Sólo Hayden me ve así.
— Gracias—, consigo decir, y mis ojos pican, agudos y repentinos. —
Lo siento.
Me doy la vuelta, parpadeando para que no se me salten las lágrimas.
Inmediatamente, me coge y me vuelve hacia él con manos fuertes y
cálidas.
—Eh, eh.— Su voz es suave, calmante, lo que lo hace mucho peor. —
Tranquila. Ven aquí.
Me estrecha contra su pecho, su aroma reconfortante y los planos
cálidos de su torso inundan mis sentidos. Me acaricia lentamente la espalda
mientras yo me inclino hacia él.
— Supongo que te gusta.
Suelto una carcajada.
—Sí, Hayden. Me gusta. Creo que me gusta más que cualquier otra cosa
que tenga.— Me miro la muñeca, la pulsera que sólo me quito para
ducharme. — O tanto como la pulsera.
Un ruido bajo y complacido retumba contra mi mejilla.
—Bien.
Nos quedamos tumbados un largo rato, mirando por la ventana en un
cómodo silencio.
— Vamos a cenar esta noche—, dice Hayden, — pero ¿cómo quieres
pasar el resto del día?
— Contigo.
Hace un leve ruido de agradecimiento y me da un beso en la frente.
—Esperaba que dijeras eso.
— Y Daniel, por supuesto.
— Claro, buscaré una bolsa de piedras y nos lo llevaremos a nadar al
mar.
Nos reímos y noto su sonrisa en mi nacimiento del pelo. Mis labios se
detienen en su cálida barba antes de dejar un rastro de besos a lo largo de su
mandíbula y bajando por su cuello hasta las clavículas. Su respiración se
vuelve agitada y, un instante después, su mano se enrosca en mi pelo.
—¿Qué estás tramando, Andersen?—, pregunta en voz baja y burlona.
Le sonrío y me subo encima de él, a horcajadas sobre sus caderas. Su
erección se aprieta entre mis piernas y sus ojos se oscurecen. Empiezo a
besarle el pecho y el vientre, y su respiración se vuelve agitada.
— Quiero darte las gracias como es debido.
CHAPTER 63
DARCY
—Aquí es donde quería llevarte de vuelta a la universidad—, admite
Hayden esa noche desde el otro lado de la pequeña mesa en el acogedor
restaurante italiano familiar.
Una vela se encuentra entre nosotros, haciendo parpadear una cálida luz
por todas las hermosas líneas de su rostro, y su mirada sobre mí es firme y
amable. Llevo un vestido rosa claro que me recuerda a las flores de cerezo
que vimos hoy.
—¿A qué te refieres?
Él sonríe, pero está tenso y nervioso, e inclino la cabeza, intrigada.
— La primera semana de clases, quería invitarte a salir. Planeé
preguntarte en la fiesta de ese primer fin de semana—, enmienda,
frotándose la parte posterior del cuello.
Mis labios se abren por sorpresa. Esa primera semana de clases, tenía
ganas de ir a clase y ver a Hayden, mi nuevo amigo al que le encantaba The
Northern Sword, tenía los músculos tallados en piedra y tenía una sonrisa
abierta y cariñosa. A pesar de lo guapo y popular que era, todo el mundo ya
parecía conocerlo, probablemente del hockey, y sabiendo que estaba
hilarantemente fuera de mi alcance, me sentí tan a gusto y cómoda con él
desde el principio.
— La fiesta de hockey.
Él asinte.
Esperaba que me invitara a salir esa semana. Pensé que Kit estaba
invitando a la fiesta como amigos, pero cuando llegué allí, hizo que
pareciera que éramos más, y lo seguí. A Hayden no parecía importarle;
estuvo charlando con otras chicas toda la noche, y aunque yo estaba
decepcionada , no le presté demasiada atención.
He pensado en esa semana muchas veces a lo largo de los años, pero
siempre me he dicho a mí misma que no era el tipo de Hayden.
— Pensé que también me ibas a invitar a salir.
Miro hacia abajo el mantel blanco, recordando.
— Esperaba que lo hicieras. Supongo que podría haberte invitado a
salir, pero estabas tan fuera de mi alcance que parecía una gran oportunidad
de rechazo. — Mi boca se retuerce. — Y habría hecho las cosas incómodas,
con nosotros en la misma clase todo el semestre.
Se insla hacia adelante y toma mi mano.
—Nunca estuve fuera de tu alcance. Todo lo contrario.
— Yo era la chica tonta de las matemáticas y tú eras el jugador de
hockey caliente que podía tener a cualquiera.
— No es así como lo veo.
Mi corazón se aloja en mi garganta, y estoy arrastrado por los
sentimientos felices y flotantes. Me encanta la forma en que me mira, como
si lo fuera todo para él.
Quiero decir algo como que todo salió bien al final, pero no sé si lo
hará. Él está probando su mano en este asunto de la relación.
¿Qué pasa si soy la chica que siempre se escapaba, pero una vez que me
tiene, se da cuenta de que la idea de mí era mejor que la realidad?
Él sonríe, sosteniendo mis ojos, y el camarero pasa con mi postre. Una
sola vela se encuentra en medio de la tarta de chocolate, bailando y
parpadeando.
— Feliz cumpleaños, Darcy—, dice Hayden, mirándome con una
sonrisa, rozando su pulgar sobre el dorso de mi mano. — Pide un deseo.
Cierro los ojos, pienso en los últimos meses con Hayden y deseo que
funcione al final.
_____
—¿Te he dicho lo hermosa que eres?— Hayden pregunta mientras
caminamos a casa de la mano.
Me río.
—Unas cuantas veces.
—¿Solo unas cuantas?— Su boca se curva, pero su expresión se vuelve
vigilante y seria. —¿Cómo te sientes con tu cumpleaños?
Mi objetivo es resolverlo todo para mi cumpleaños.
— Sorprendentemente, genial.— Respiro hondo y reúno mis
pensamientos. — Creo que siempre temí mi cumpleaños porque en el
fondo, sabía que estaba en el camino equivocado. El trabajo equivocado, el
tipo equivocado.
No lo tengo todo resuelto, especialmente no con Hayden, pero la vida se
siente mucho mejor que en esta época del año pasado.
— Ojalá pudiera volver a mí mismo hace unos meses, darle un gran
abrazo, y decirle que todo estaría bien. — Con una pequeña sonrisa, lo
empujo. — Supongo que tú hiciste eso.
—¿No me creíste?— Sus ojos brillan.
— No estaba segura. Necesitaba demostrármelo a mí misma.
— Y lo hiciste.
Zumbo un feliz reconocimiento, tomando al hombre a mi lado, mi
corazón pretando con algo cálido e intenso.
—Sí. Lo hice. Soy muy afortunada de tenerte.
Deja de caminar, sostiene mi mirada y traga. Parece que quiere decir
algo, pero en cambio, mira detrás de mí.
Oh. Estamos en la entrada de la pequeña calle lateral donde está el
Filthy Flamingo.
— Vamos a tomar una copa, cumpleañera.
Asento con la niente, sonriendo.
—Claro. Vamos a saludar a Jordan.
Hayden saca su teléfono y envía un mensaje de texto rápido, luego toma
mi mano de nuevo y me lleva por el callejón. Cuando llegamos a la barra
con la puerta sin marcar, la mantiene abierta, pero está oscuro por dentro.
Dudo en la puerta.
— Creo que está cerrado. —¿El viernes por la noche? Eso es raro. No
hay ventanas en el bar, así que no puedo ver nada. —¿Jordan se olvidó de
cerrar la puerta principal? Deberíamos llamarla.
— Enciende la maldita luz—, alguien se queja en la oscuridad, y salto
de mi piel. Suena como Alexei...
Las luces se encienden y mi mandíbula cae en el bar lleno de gente y
globos.
CAPÍTULO 64
DARCY
—¡FELIZ CUMPLEAÑOS!— Gritan, y Hayden me envuelve con sus
brazos por detrás, abrazándome a él.
Me quedo ahí, parpadeando. Todo el equipo de Vancouver Storm y sus
socios llenan la barra, y todos están disfrazados.
— Íbamos a hacer la fiesta la semana que viene, cuando todos tengan
tiempo libre. — Sueno aturdida y un poco sin aliento.
Hayden se encoge de hombros, sonriendo.
—Entonces no sería una gran sorpresa, ¿no?
La mayoría de las mujeres están en vestidos largos y fluidos de aspecto
medieval, excepto Hazel, que se parece a Robin Hood con una espada atada
en la espalda y una cicatriz dibujada en el costado de su cara.
Pippa me saluda, su pelo largo y ondulado se rocía de blanco y sus
pestañas cubiertas de escarcha. Pequeños gorriones están clavados en su
cabello. Georgia lleva una larga capa verde esmeralda, su cabello apilado
encima de su cabeza y dispuesto alrededor de una diadema. En medio de la
diadema, brilla un rubí.
Espera. Conozco ese disfraz.
—¿Esta es una fiesta de disfraces de Northern Sword?— Le pregunto a
Hayden, con los ojos aún más abiertos.
Georgia está vestida como la reina amatista, el personaje principal de La
reina esmeralda. Hazel es claramente Ren, la princesa secuestrada. Rory
lleva pantalones negros ajustados y una camisa negra, abierta hasta la mitad
del pecho, con tatuajes dibujados en el pecho, el cuello y el costado de la
cara: Weston, el lacónico y arrogante rival y secuestrador de Ren, que
termina siendo su compañero destinado después de que ella lo apuñale en
un intento de escapar. Alexei lleva una máscara negra sobre sus ojos y un
arnés de cuero con cuchillos de apoyo: Piers, el guerrero. El disfraz de
caballero de Jamie es Torsten, el hermano responsable y tenso de Ren. Y
Pippa es Magnolia, la solitaria y de corazón blando reina del hielo.
Incluso Jordan detrás de la barra lleva orejas puntiagudas, alguien
probablemente la metió. Ella es Carrot, creo, la camarera irónita y
omnisímita.
—¿Bien?— Georgia le hace gestos a su disfraz, con la mano en la
cadera. —¿Lo clavamos o qué?
Mis labios se parten y hago un ruido de estrangulado, sonriendo.
Algunas personas se ríen.
— No tengo un disfraz—, digo estúpidamente, pero Hayden solo sonríe
y mete la mano en una bolsa de lona cercana antes de sacar una corona y
colocarla en su cabeza.
— Eres el Príncipe Cadius.
Sueno aturdida mientras lo miro fijamente. Se ve tan perfecto y justo
con la corona encima de su cabello ligeramente despeinado.
Se parece al personaje que imaginé cuando leí los libros, antes de que
Patrick Grant fuera elegido como él en el programa. Rubio dorado, más
guapo de lo que creía posible, y sonriente de oreja a oreja.
— Mhm.
Se envuelve una capa roja alrededor de los hombros. Después de volver
a hurgar en la bolsa, saca una capa apelada y plateada.
Me quedo allí asombrado mientras él lo cubre a mi alrededor.
— Y tú—, él levanta otra corona, esta más delicada y espinosa, con
piedras preciosas brillantes, —eres Aurora.
Me lo pone en la cabeza; es mucho más ligero de lo que esperaba.
Aurora, la reina secreta. La leal y valiente doncella que rescata a su
princesa secuestrada. El que todos subestimaron. El orgullo y el deleite se
apretan en mi pecho al ponerme en los zapatos de mi personaje favorito.
Su corona, su capa, mi capa.
—Estos accesorios parecen tan reales.
— Envié un mensaje al elenco y me conectaron con el departamento de
vestuario.
—¡Cállate!— Mis manos vuelan hacia la corona de mi cabeza. —¿Este
es el que realmente usó en el programa?
Hay rumores A.R. Haddington trabajó directamente con el
departamento de accesorios para diseñar los accesorios.
— Excepto para Volkov. — Georgia sonríe, gesticulando su arnés de
cuero. — Él trajo esos de su colección personal.
Él la mira fijamente antes de volverse hacia mí.
—Estos también son accesorios. Feliz cumpleaños.
Me muerdo los labios para no reírme. Todos los fans de la serie esperan
que Queen Amethyst y Piers finalmente se conecten en The Emerald
Queen.
—Todos ustedes se ven increíbles. Muchas gracias. Yo…— Mis
palabras se rompen mientras me ahogo. — No esperaba esto.
Alguien vuelve a encender la música, y a medida que la risa y la
conversación se reanudan, acudo a toda la gente reunida en el bar para mi
cumpleaños. He construido una vida para mí aquí en Vancouver. Tengo
gente. Hayden me besa la mejilla, sonriendo contra mi piel, y me apoyo
contra su pecho, radiante.
La puerta se abre y nos damos la vuelta.
Luca hace el vals con su camiseta de Storm y una peluca ondulada de
color púrpura pálido hasta la cintura. Todos se callan y lo miran fijamente.
— Lo siento, llego tarde.— Me dispara una sonrisa rápida y juvenil. —
Chica problemática.— Su mirada se eleva hacia mi corona y sonríe más. —
Corona de cumpleaños. Me gusta. Feliz cumpleaños, Darcy.
— Gracias, Luca.
Me tapo la boca para amortiguar mi risa de su creciente confusión
mientras se da cuenta de los disfraces de todos.
—¿Qué llevas puesto?— Exige Alexei.
Luca hace un gesto con su peluca.
—Soy Darcy. Mira.
Se da la vuelta, y su nombre en la parte posterior de la camiseta está
cubierto con cinta adhesiva, con las letras OWENS escritas en marcador
negro.
Alexei lo mira fijamente.
—¿Por qué?
— Dijiste que nos estamos disfrazando de Darcy.
— Dije que nos estamos disfrazando como el programa de televisión
favorito de Darcy.
Georgia se está riendo tanto que tiene que agarrarme del brazo para
sostenerse.
— Walker, pareces una sirena.
Luca me hace sonreír rápidamente, no en lo más mínimo avergonzado.
—Lo siento.
Sacudo la cabeza, sonriendo y riendo.
—Nada de lo que lamentar, Luca. Te ves genial.
—¿Verdad?— Él mueve la cabeza, haciendo bailar la peluca. — Estoy
sintiendo este cabello.
Hayden me tira al bar para tomar una copa y mi mirada se fija en la
pizarra con los especiales del día. Un cóctel rosa está dibujado con un
paraguas y un garabato algo encima.
El Darcy - ¡brillante, dulce, burbujeante y sorprendentemente fuerte!
Mi corazón se aprieta.
—¿Una bebida especial? ¿Para mí?— Miro el cartel, luego miro a
Hayden con sorpresa. Él solo sonríe y guiña un ojo. —¿Realmente?
— Fue idea de Georgia—, dice Jordan con una pequeña sonrisa,
llenando una coctelera.
Mi corazón se calienta con afecto y vuelvo a mirar hacia el cartel.
—¿Qué hay al lado del paraguas?
— Una bengala—, dice con una ventaja defensiva, como si no fuera la
primera vez que alguien pregunta. Ella mete algo en el borde de mi vaso,
hace clic en un encendedor y tira de su mano hacia atrás mientras una esfera
de chispas estalla de la bebida. Probablemente mis ojos estén brillando.
—¿Me gusta?— Jordan pregunta con una sonrisa irónica.
Me apoyo contra Hayden, sonriendo tan fuerte que me duelen las
mejillas, mientras me da un beso en el cuello.
—Me encanta.
_____
Más tarde, me siento con Hayden en el bar, viendo a nuestros amigos
disfrutar de la fiesta. Entre desafiar a la gente a fingir peleas de espadas,
Rory sigue desabrochando su camisa más abajo para hacer que Hazel ponga
los ojos en blanco y se ría. Pippa está encaramada en el regazo de Jamie en
la esquina mientras él murmura en su oído. Georgia y Alexei se quedan en
lados opuestos de la barra.
Es el mejor cumpleaños que he tenido.
— Siento que estoy hecha de arcoíris—, le digo a Hayden.
Se sacude de risa.
—Pensé que solo habías tenido dos de esas bebidas.
— Tengo. No estoy borracha. — Me encojo de hombros y le doy lo que
probablemente sea una sonrisa tonta, memorizando este momento.—Solo
estoy feliz. Gracias.
Me acerco para que nuestros muslos se toquen, luego descanso mi mano
en la suya.
—¿Qué te hace pensar que tuve algo que ver con esto?— Él arquea una
ceja burlona, y yo en blanco los ojos, sonriendo más.
Con sus dedos debajo de mi barbilla, inclina mi boca hacia la suya y me
besa tan suave y dulce que mi corazón se humbe.
— Feliz cumpleaños, Darcy—, dice contra mis labios.
CHAPTER 65
HAYDEN
La noche siguiente entro en el tranquilo bar cercano al hotel en el que se
aloja Kit, con la adrenalina por las nubes. Mi mirada recorre las mesas hasta
que lo veo.
Tiene mal aspecto. Tiene ojeras y la cara hundida. El camarero le deja
una cerveza y Kit se bebe la mitad.
No está teniendo una buena temporada. Su contrato con Calgary termina
este año y, más que nunca, necesita mantener altas sus estadísticas, pero
están bajas. Las noticias de esta noche no ayudarán, estoy seguro, pero sólo
con recordar la expresión devastada de Darcy la noche que llamó, o cuando
me contó lo que hizo en Año Nuevo, me recorre una nueva oleada de furia
y protección.
A mi llegada, se endereza.
—Hola.
— Hola. — Me siento frente a él y dejo el móvil sobre la mesa. Me pasa
el menú y niego con la cabeza. — No me quedaré mucho.
Frunce el ceño.
—Pensaba que íbamos a tomar algo.
— Darcy y yo estamos juntos ahora.
No tiene sentido andarse con rodeos. Su mandíbula se afloja y se me
queda mirando por un momento antes de soltar una risa aguda.
—Perdona, creía que habías dicho que Darcy y tú estában juntos.
— Eso es lo que he dicho. Darcy y yo estamos saliendo. Voy en serio
con ella.
Se me hace un nudo en la garganta. Quiero estar para siempre con ella.
A.R. Haddington me envió el anticipo firmado porque le dije que amaba
a Darcy, que la he amado durante años. En una nota privada me deseó
suerte.
Kit suelta otra carcajada amarga y sin gracia.
—Pues va a ser un puto desastre. ¿Qué, te has cansado de los conejitos
de la disco?
La adrenalina me recorre la sangre y aprieto los dientes.
— Te acostaste con todas las tías de Vancouver, ¿y ahora te acostas con
Darcy?— Sacude la cabeza, tragando saliva. —¿Es una cuestión de ego?
¿Follarte a mi chica sólo para demostrar que puedes?
La vergüenza se endurece en mis entrañas, pero me recuerdo a mí
mismo que no soy ese tipo. Está dolido y enfadado, pero mi cabeza late con
todas las cosas que hizo, todas las formas en que la hizo sentir que no era
suficiente, y quiero pegarle.
Pero no lo hago, porque, al igual que Darce, lo dejo en el pasado.
—Ya no es tu chica. — Aprieto los dientes.—Y no es así.
—Vamos.— Su labio se curva. — Sí que lo es. Acabarás con ella en una
semana, como mucho.
El dolor palpita detrás de mi esternón.
—¿Te has parado a pensar si esto es lo que Darcy quiere? ¿No lo ves,
joder?— Sacudo la cabeza. — Ella está mucho mejor ahora que estás fuera
de su vida. En realidad le gusta su vida. Es analista de la Vancouver y
disfruta con su trabajo.
Su cara se tuerce.
—No puedes hablar en serio.
La rabia me atraviesa. Nunca creyó en ella.
—Tiene los conocimientos estadísticos y la experiencia para ello, y le
encanta. El equipo tiene suerte de tenerla. Yo tengo suerte de tenerla. Pero
nunca lo sentiste así, ¿verdad? Sentías que le estabas haciendo un favor.
La tensión hierve en el aire. Desvía la mirada, trabajando la mandíbula.
— La diferencia entre nosotros—, le digo,—es que yo haré lo que haga
falta para hacerla feliz.
Suelta una carcajada de incredulidad y sacude la cabeza.
—Maldita serpiente. Siempre has sentido algo por ella. Estabas
esperando para abalanzarte sobre ella. Me sorprende que no lo intentaras
hace años.
El insulto me quema -yo nunca iría detrás de la novia de mi amigo-,
pero está dolido y enfadado e intenta llegar a mí.
La quiero. Mi comprensión del otro día suena más fuerte que nunca,
pero me siento mal diciéndoselo antes que a Darcy.
— Tuviste tu oportunidad y la cagaste. — Mi voz es baja y firme. —
Sabías que ella no quería comprometerse, y aun así le hiciste la pregunta
delante de todo el mundo.
Me inclino hacia delante, con el pulso acelerado.
—La presionaste para que hiciera algo que no quería.
A Kit se le enciende la nariz.
—Sí, su vida habría sido muy dura. — Su tono destila sarcasmo y
amargura. — Casada con un jugador de hockey profesional que gana
millones al año, viviendo en un sitio bonito, teniendo la boda de sus sueños.
Pobre Darcy.
La ira aumenta, porque incluso ahora, incluso después de que ella haya
roto con él varias veces y le haya dicho que no quiere esa vida, él no lo
entiende. Nunca lo entenderá.
— Sé lo duro que debe ser perderla, pero es hora de seguir adelante.
Una sonrisa amarga se tuerce en su boca.
—Supongo que crees que ahora te toca a ti o algo así.
— No. — Trago saliva. — Es el turno de Darcy. Nunca la viste. Nunca
presumiste de ella. No sabías lo que tenías.
Se ríe, sacudiendo la cabeza.
—Crees que esto va a funcionar. Increíble.
Su tono me raspa, y mis músculos se tensan mientras intento recordar la
forma en que me arropó en la cama con una bolsa de hielo en el hombro,
quitándomela al cabo de veinte minutos mientras me dormía
profundamente, cuidando de mí.
Se preocupa por mí. Sé que le importo. Sólo necesita tiempo, y me ha
demostrado que soy más que el tipo que todos creen que soy.
Habiendo dicho lo que vine a decir, me pongo de pie.
—Nos vemos mañana en el partido.
No contesta mientras salgo por la puerta. A la noche siguiente, ganamos
por tres goles, porque Kit está más concentrado en descargar su frustración
en mí que en defender la red de Calgary.
Me da con el stick en la espinilla, pero Walker le empuja. Ese golpe
debería haber sido penalti, pero el silbato no suena. Un minuto después,
vuelve. Volkov lo bloquea, lo derriba y el público aplaude.
A veces, cuando un equipo quiere eliminar a la estrella del equipo
contrario, hay que señalar a un jugador. Pero no se trata de que marque
goles.
Esto es personal.
—¿Qué coño estás haciendo?—, pregunta Kit a uno de los jugadores del
Calgary. En su banquillo, el entrenador niega con la cabeza, frunciendo el
ceño.
— Di la palabra—, murmura Volkov, mirando a Kit con los rasgos
tensos.
Volkov es el ejecutor de los Storm, un término no oficial que se da al
tipo que restablece el equilibrio en el equipo y protege a los jugadores a los
que persigue el otro equipo.
Pero esta no es su batalla. Es la mía.
—¿Vamos a poner a este maldito payaso en su lugar o qué?— pregunta
Miller, acercándose patinando.
Mi mirada se dirige al palco donde sé que Darcy y los demás analistas
están viendo el partido.
Las peleas son habituales en el hockey. Es una forma de restablecer el
equilibrio en el juego cuando un equipo juega sucio o los árbitros no pitan
penaltis. Mis músculos se tensan de furia. La energía crepita; quiero acabar
con esto.
Pero eso la enfadaría.
Miro a Kit, que la ha perdido por su propia estupidez.
Yo lo tengo todo y él no tiene nada. Me compadezco de él. Está herido,
enfadado y confundido, y no sabe cómo lidiar con ello.
— Ignóralo. El árbitro pitará penalti.
Nos enfrentamos de nuevo, y un minuto más tarde, mientras estoy
luchando por el disco,me golpeo de cara contra las tablas.
El fuego me abrasa el labio. La rabia vibra en mi pecho, creciendo y
creciendo y se acumula. Respiro hondo mientras me pongo en pie. La
sangre me gotea de la cara al hielo. El ruido estalla a mi alrededor: los
aficionados golpean el cristal con los puños, mis compañeros protestan,
suena el silbato.
El estadio enloquece cuando encuentro la mirada de Kit. Está rodeado
de jugadores del Vancouver, árbitros y jueces de línea, pero su atención se
centra en mí.
Sus ojos brillan; no es el chico con el que crecí, mi mejor amigo de la
universidad. Es otra persona.
— Eres una puta vergüenza—, escupo.
—¿Crees que no te va a hacer lo mismo?— Su labio se curva en una fea
mueca. —¿Por qué iba a acabar contigo?
Con un juez de línea entre ellos, Volkov intenta empujar a Kit.
— Cállate.
La tensión hierve en el hielo mientras los árbitros revisan la jugada en
sus pantallas. Los jugadores se rodean unos a otros. Finalmente, el árbitro
patina hasta el centro del hielo y el estadio se queda en silencio cuando
enciende el micrófono.
— Cinco minutos por abordaje.
El estadio aplaude y Kit me lanza otra mirada sucia por encima del
hombro mientras le acompañan al área de castigo.
Intento sentir empatía por él, pero no voy a fingir que soy la misma
persona que hace un par de meses.
Darcy es mía. Tiene que superarlo.
El juego se reanuda, y ejecutamos una jugada que Darcy y los otros
analistas recomendaron a Ward. Miller me pasa a mí, tiro el disco, y golpea
el fondo de la red. El estadio se llena de ruido, suena la bocina de gol y las
luces parpadean mientras Miller, Volkov, Walker y nuestro otro delantero
me rodean para celebrarlo.
— Me encanta darle la razón—, le grito a Volkov por encima del ruido,
con una sonrisa de oreja a oreja.
Mi mirada se cruza con la de Kit en el área y sus fosas nasales se
encienden. Me pongo más alto, enderezo los hombros y le dirijo una mirada
desafiante.
He ganado, dicen mis ojos. Tú has perdido y estás acabado.
En un instante, sale del área y carga contra mí. Oigo a los aficionados
jadear. Aún le quedan cuarenta segundos en el reloj de penaltis.
—¿Lo dices en serio?— Walker cacarea, riendo. — Este típo tiene
ganas de morir. Owens, ¿qué has hecho?
El partido ni siquiera está en juego y el árbitro empieza a pitar, pero Kit
no se inmuta y patina hacia mí. El resto del equipo de Calgary observa con
aprensión.
Volkov le murmura algo a Walker (capto al ex de Darcy) y, cuando Kit
se acerca y levanta el puño, los dos defensas de los Storm lo bloquean y lo
empujan contra el hielo. Los aficionados vuelven a gritar, los silbatos
suenan a diestro y siniestro, e incluso los jugadores del Calgary empujan a
Kit hacia atrás.
— Penalización por conducta antideportiva—, grita el árbitro por el
micrófono, y el público aplaude. Apaga el micrófono y le grita algo a Kit.
Los otros jugadores del Calgary le sacan del hielo mientras lucha con
ellos, intentando llegar hasta mí, y los aficionados rugen. El defensa del
Calgary le da un fuerte empujón a Kit desde el banquillo hasta el pasillo.
—¡Driedger, das asco!—, corean los aficionados mientras desaparece
hacia el vestuario.
— Espero que esta Darcy merezca la pena—, dice Walker sacudiendo la
cabeza. Vale más que la pena, es todo mi mundo.
¿Esta noche? Se lo voy a demostrar.
No puedo esperar más.
CAPÍTULO 66
DARCY
Esa noche, Hayden abre bruscamente la puerta principal sin despegar
los labios de los míos. Se quita la chaqueta de un tirón y la tira al suelo con
prisas.
Llevamos besándonos desde el vestíbulo de abajo. Algo de jugar contra
Kit ha desatado a Hayden. No debería sentir esta emoción por su
posesividad sobre mí, pero la siento.
¿Qué le dijiste a Kit para enojarlo tanto? le pregunté a Hayden después
del partido.
La verdad, respondió.
Le dijo que éramos temporales, eso quiere decir. Una pequeña punzada
de dolor me golpea en el pecho. Cada vez es más difícil aceptar esa
realidad, que esto es sólo por diversión y sólo por unos días más.
La lengua de Hayden barre contra la mía, y mis pensamientos y
preocupaciones se derriten. Aquí y ahora. Eso es lo único que importa.
No voy a preocuparme por el futuro cuando puedo disfrutar del presente
con Hayden.
Me quita la chaqueta de un empujón y apenas puedo respirar, nos
besamos tan fuerte. Me gusta esta faceta suya, en la que va a por lo que
quiere, ya sea en el hielo o ahora mismo, mientras me devora.
—¿Esta noche?— Jadeo, y ambos sabemos lo que quiero decir.
Algo ha cambiado, y no parece que Hayden esté interesado en esperar
más.
Me hace retroceder hasta que me golpeo contra la pared. Entonces
inclina la cabeza y me besa con fuerza. Me tiemblan las rodillas al sentir su
lengua contra la mía. Si no me tuviera contra la pared, me deslizaría hasta el
[Link] aparta, respira con dificultad y apoya la frente en la mía, con los
ojos brillantes de calor.
— Esta noche.
La promesa que encierra esa sola palabra hace que la excitación se me
agolpe en el abdomen. Cierro los ojos y me deleito con la sensación de los
labios de Hayden sobre mi piel, tirando del escote de mi top para
pellizcarme el hombro. Sus manos se desvían hacia el dobladillo de mi
camiseta, levantándolo.
— Desnuda. Ahora.
En esta casa ya no usamos frases completas. Levanto los brazos y él me
quita la camiseta por la cabeza. Luego se quita la suya, dejando al
descubierto su ancho pecho y su cálida piel.
Me baja la tela del sujetador para que sus labios puedan rodear la firme
punta de mi pecho, y yo forcejeo con su cinturón mientras él tantea el cierre
del sujetador. La embriagadora atracción de sus labios sobre mi pezón hace
que recueste la cabeza contra la pared y se me cierren los párpados. El
pulso me palpita entre las piernas.
Hace un ruido bajo y frustrado de urgente impaciencia antes de que su
boca vuelva a la mía y su lengua se introduzca entre mis labios, como si
sesenta segundos fueran demasiados entre un beso y otro.
— Me encanta esta faceta tuya. — Resoplo una carcajada cuando se
frustra con mi sujetador y desgarra el cierre. —¿Acabas de romperlo?
— Probablemente. — Una rápida sonrisa aparece en su cara. Está
sonrojado y respira con dificultad. — Te compraré más.
Se quita los pantalones y los calzoncillos, la polla ya está tiesa y
sobresale mientras saca un condón de la cartera y se lo pone. Vuelve a
acercar su boca a la mía y me besa con fuerza, dejándome sin aliento.
— Ni siquiera te has parado a admirar el regalo que me has comprado.
— La próxima vez.
Me desabrocha los pantalones y me baja las bragas a toda prisa. Me
distrae su olor, tan fresco, limpio, masculino y familiar.
Chillo sorprendida cuando me levanta como si no pesara nada e,
instintivamente, mis piernas rodean sus caderas. Le rodeo el cuello con los
brazos, pero me agarra con firmeza, me toca el culo con las manos y su
polla se apoya en mi clítoris. Al sentir su firme presión contra mis nervios,
me invade la necesidad.
Da un paso para que mi espalda quede apoyada contra la fría pared, y
mis ojos se abren de par en par.
—¿Así?
Me quedo sin aliento y mi mirada recorre el vestíbulo. La espontaneidad
de tener sexo aquí, en un apartamento en penumbra, con las luces de la
ciudad brillando a través de los grandes ventanales, hace que se me
revuelva el estómago de excitación.
— Así.
Su boca se inclina en una sonrisa oscura y seductora que hace que mis
músculos íntimos se contraigan de anticipación. Dios, esto va a ser bueno.
—-Eso es lo que querías, ¿verdad? Eso es lo que dijiste aquella noche
en el bar, que querías que te follaran duro contra la pared.
Mis pensamientos se confunden en una oleada de deseo y asiento. Dios,
sí, quiero eso.
—Sí, por favor.
Mi mirada baja, recorriendo los músculos esculpidos de su pecho, el
pelo rubio dorado hasta llegar a su polla.
Una sonrisa pícara se dibuja en su atractivo rostro.
—No tienes que decir por favor conmigo, pero me gusta mucho, mucho.
Con una mano me levanta, flexionando su tonificado brazo en una
fascinante demostración de fuerza masculina. Olvídate de las espectaculares
líneas de mármol del David de Miguel Ángel. Hayden Owens es la
representación perfecta de la belleza masculina.
Pero mi admiración se interrumpe cuando me toca el pecho. Nuestros
labios vuelven a encontrarse y él juega con mi pezón, extrayendo una
dulzura dolorosa de lo más profundo de mí, como si hubiera una cuerda
conectada a mi centro. Mueve las caderas, deslizando la polla por mi
humedad, y gimo cuando su ardiente dureza me roza el clítoris. Un calor
fundido se arremolina en mi interior.
— Debería ir más despacio—, dice, dejando caer su mano entre mis
piernas, frotando sus dedos sobre mi excitación y observando mi expresión
con fascinación.
Niego con la cabeza, tirando de su pelo, y sus ojos brillan con más
intensidad.
—No lo hagas.
Trabaja en círculos firmes y resbaladizos en mi centro, encendiendo
todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo. Vuelvo a apoyar la cabeza
contra la pared y él me observa la cara con decidida reverencia. La
excitación se aprieta en el vértice de mis muslos y me inunda la urgencia.
— Hayden—, gimo. Mi corazón late tan fuerte que me sorprende que él
no pueda oírlo.—No puedo esperar. Necesito más.
Se queda sin aliento y asiente, alineándose con mi entrada. Me empuja
hacia dentro y un placer agudo me recorre, incluso cuando mis músculos
protestan por lo grueso que es. Me aferro a él, dejando que las sensaciones
me arrastren.
— Respira—, me dice, suave pero autoritario.
Es un poco demasiado grande para mí, y mis labios se entreabren
mientras sostengo su mirada preocupada. Incluso ahora, es tan cariñoso y
cuidadoso conmigo.
— Dios mío. — Apoya su frente contra la mía, mirándome fijamente a
los ojos. — Estás tan jodidamente apretada.
— Eres tan jodidamente grande.
Mi voz suena débil y desesperada, y no me importa que suene a tópico.
Mi atención se centra en mi cuerpo, que se esfuerza por adaptarse a él.
Cualquier incomodidad desaparece mientras la electricidad recorre mi
sangre.
—Continúa.
Me aprieta hasta que sus caderas se encuentran con las mías y estoy a
punto de perder la cabeza por su deliciosa y ardiente plenitud. Mi liberación
se agita, despertando y enroscándose en mis miembros.
—¿Estás bien?—, susurra.
Asiento contra él con una respiración agitada.
—Me siento tan bien—, le susurro. — Llevo tanto tiempo deseándolo.
Se me hace un nudo en la garganta. Bajo mi mano, en la nuca, su piel
está caliente y húmeda por el esfuerzo. Una pequeña mueca de frustración y
agonía se dibuja en su entrecejo. Parece destrozado de tanto contenerse para
no hacerme daño. Le doy un mordisco en el labio inferior y el ruido áspero
y complacido de su garganta me hace sentir una oleada de calor.
— Siento cómo me aprietas—, gime.—Llevo años deseándolo, Darcy, y
de algún modo es mejor de lo que pensaba.
Viento más alto, elevándome al saber que Hayden y yo conectamos
como si esto fuera inevitable. Siempre iba a descubrirlo y verlo; sólo era
cuestión de cuándo.
Mientras mi cuerpo se adapta a su intimidante tamaño, él pasa una mano
por mi piel como si no pudiera saciarse de mí, hasta que por fin su mirada
se encuentra con la mía.
—¿Puedo moverme?—, suplica con los ojos vidriosos y la respiración
agitada.
Tiene el pelo revuelto por mis manos y los ojos desorbitados por la
desesperación mientras se aferra a lo último que le queda de control.
Asiento con la cabeza y él se retira, mirando hacia abajo, donde nuestros
cuerpos se encuentran, antes de volver a penetrarme despacio, observando
mi cara en busca de cualquier signo de incomodidad.
El placer me recorre y mi pulso se acelera.
— Dios—, gimo.
Me penetra de nuevo y siento cada centímetro.
— No sabes cuántas veces he pensado en esto. — Cierra los ojos, con
expresión tensa, y traga saliva. — Nos he imaginado en todas las posiciones
que se te ocurra, en cada superficie de este apartamento. De todos los
apartamentos en los que he vivido.
El calor se arremolina entre mis piernas y la presión aprieta.
Me folla con más fuerza y yo subo más. El cuadro de la pared que
compramos el fin de semana pasado tiembla cuando me penetra, y
probablemente mañana tenga moratones de su mano en el culo. Pero no me
importa. Sólo quiero más.
Su mano encuentra mi clítoris y lo frota en círculos firmes y apretados.
— Hayden.
Mi liberación toma forma y lo tiro del pelo, mirándolo a los ojos. Noto
la expresión de desesperación en toda mi cara.
Sonríe, oscuro y dominante.
—Me encanta cuando gimes mi nombre así, Darcy. Me encanta la forma
en que tu dulce coñito se aprieta a mi alrededor. — Me da besos febriles en
la piel mientras la presión de mi vientre empieza a aumentar y mi vista se
nubla.—Qué buena chica, mojándote tanto para mí, dejando que te folle
duro contra la pared como queríamos los dos.
Le clavo las uñas en el hombro y la comisura de sus labios se levanta.
—¿Te vas a correr por mí, cariño?
— Mhm. — Asiento una y otra vez.
Mis nervios empiezan a crisparse y no existe nada más que nosotros,
aquí y ahora.
— Enséñamelo—, me exige, agarrándome mientras me tenso aún más.
— Muéstrame cómo es cuando te hago sentir bien.
La presión se desborda y me hago añicos. Se me doblan los dedos de los
pies. El calor me recorre mientras mis músculos se estremecen a su
alrededor. Jadeo, gimo su nombre y le suplico que no pare mientras se me
acelera el pulso. Cuando creo que he alcanzado el punto álgido de mi
orgasmo, sigo subiendo, tan alto que creo que voy a morir. Me penetra una
y otra vez, abrazándome como si fuera algo precioso.
Es todo a la vez: íntimo, intenso, caliente, desesperado, hambriento y
todo lo que siempre he necesitado.
Mi liberación disminuye, pero por la mandíbula apretada y la expresión
torturada de Hayden, está cerca. Se aprieta el labio inferior con los dientes y
gime, bajo y hambriento. Sus pómulos se sonrojan por el esfuerzo. El pelo
le cae sobre los ojos. Dios, es tan devastador así, al límite de su control pero
llevándose todo lo que quiere.
— No puedo aguantar mucho más.
—Suéltalo.— Estoy ansiosa por ver a Hayden perder la cabeza mientras
está dentro de mí. —Vente dentro de mí.
Su mano vuelve entre mis piernas y con unos círculos rápidos y firmes,
una segunda liberación me golpea. Dejo escapar un confuso y sorprendido
sollozo de placer contra su piel, estremeciéndome con el orgasmo mientras
más oleadas de calor irradian a través de mí y me aprieto alrededor de su
longitud. No es justo lo bueno que es leyendo mi cuerpo y sabiendo
exactamente lo que quiero.
Pero es su perdición, porque el ruido crudo y roto que sale de su
garganta es puro placer. Con sus fuertes brazos, me estrecha contra su
pecho. Hayden me entierra la cara en el cuello, gime contra mi piel y
palpita dentro de mí. Me siento intensamente protegida cuando repite mi
nombre en mi piel.
Mis pensamientos se disuelven hasta que sólo queda uno: ojalá
pudiéramos hacer esto para siempre. Ojalá Hayden quisiera lo mismo que
yo.
Al cabo de un momento, se aparta con expresión incrédula. El único
ruido en el apartamento es el de mi pulso en los oídos y el de nosotros
recuperando el aliento.
—¿Intentas matarme?—, pregunta, y los dos nos reímos.
Con la punta del dedo, trazo la línea de su labio inferior, pero él se
agacha para atraparme la boca de nuevo.
—Todo lo contrario.
CAPÍTULO 67
HAYDEN
—¿Y esta?— Darcy señala una silla en la tienda de muebles a la que la
llevé después del almuerzo.
Se me agolpan en la mente imágenes de nosotros juntos en las últimas
doce horas: los gemidos que emitía cuando estaba a punto de llegar al
orgasmo, su mirada tranquila antes de que la despertara esta mañana y su
suspiro de placer mientras le lavaba el pelo en la ducha.
La sensación que me cambió la vida al enterrarme en lo más profundo
de su apretado, cálido y húmedo coño, y la forma en que abrió la boca de
sorpresa y placer con la primera embestida.
—¿Hayden?
Miro fijamente la silla.
—Sólo puedo pensar en tener sexo contigo en esta silla.
Ella se sienta encima, frente a mí, cabalgando mi polla mientras yo le
chupo el cuello y deslizo mis dedos alrededor de ese apretado capullo de
nervios que la hace perder el control.
Se le escapa una carcajada de sorpresa y sus ojos brillan.
—¿Estás dolorida?— le pregunto, acercándola más y pasándole los
labios por la sien.
Huele increíble. ¿Cómo he podido controlarme durante ocho años?
Ahora apenas puedo pasar cinco minutos sin tocarla.
Tuerce la boca.
—Un poco.
Hago un ruido bajo y compasivo y le paso una mano por detrás del
suave pelo.
—Lo siento.
— No. — Sacude la cabeza, con las mejillas del mismo color rosado
que momentos antes de correrse. — Me gusta. — Me lanza una mirada
dubitativa, mordiéndose el labio. —¿Es raro?
Se me escapa un suspiro y le sonrío, pasándole el brazo por los
hombros.
—A mí también me gusta.
Cada momento que paso con Darcy se entrelaza más con mi ADN. Se
hace un poco más mía.
Dios, espero que ella sienta lo mismo. Cada vez es más difícil no
derramar mis sentimientos sobre ella.
Su teléfono suena con una llamada de uno de los otros analistas. Se
calla un segundo y sale.
Le sonrío a través de las ventanas, donde habla a mil por hora con ojos
brillantes. Los Storm van a los playoffs y los analistas trabajan horas extras,
pero Darcy no podría estar más contenta con las largas jornadas. Es todo lo
que quería para ella: que por fin amara su trabajo, que le entusiasmara ir a
trabajar por las mañanas.
La boda de Jamie y Pippa es dentro de un par de días, y la preocupación
se me anuda detrás del esternón. Darcy parece más feliz que nunca, pero no
puedo estar segura. Me he equivocado en el pasado. Nunca supe lo infeliz
que era con Kit.
—¿Hayden?
Al oír mi nombre, me giro y se me caen las tripas al suelo.
—Jess.
Probablemente parezca que he visto un fantasma por la forma en que mi
mandíbula se afloja.
Parpadeo sorprendido, pero me recupero y le dirijo una sonrisa
temblorosa.
—Hola, ¿cómo estás?
Jessica Haley, mi novia del instituto, me dedica una enorme sonrisa de
satisfacción.
—Ya estoy mejor. Qué casualidad encontrarte aquí. Qué casualidad.
Se me acelera el pulso y la incertidumbre me recorre las entrañas.
—Sí. La vida es así de curiosa.
— Me acabo de mudar de Saskatoon a Vancouver—, dice con una
sonrisa, fijando su atención en mis brazos y mi pecho. — Estás increíble. —
Su mirada me recorre de arriba abajo y una sensación de inquietud se
instala en mi estómago. —¿Qué hay de nuevo?
— Ya sabes. Hockey.
Miro hacia la ventana, donde Darcy sigue hablando por teléfono. Acabo
de empezar a deshacerme del estereotipo de jugador con ella, y no quiero
que mire y piense que, en cuanto le doy la espalda, estoy ligando con otras
mujeres. Estoy tratando de demostrarle que soy material para novio.
Ni siquiera veo a otras mujeres.
Jess asiente, sus ojos se mueven sobre mí con admiración.
—Sí, te he visto en la tele con vancouver. — Se ríe para sus adentros.
— Todas mis amigas saben que perdí mi virginidad con Hayden Owens.
Algo desagradable me da un tirón en el estómago y lucho contra una
expresión de asco.
—Sí.
Tenemos diez años más, pero vuelvo a sentirme como si tuviera
diecisiete, intentando actuar con frialdad e indiferencia mientras me dice
que se lo ha pasado bien conmigo, pero que prefiere salir con otro chico.
Se mete en mi espacio y baja la voz con una sonrisa reservada.
—Había olvidado lo grande que eres.
Me aclaro la garganta e involuntariamente doy un paso atrás.
—Sí. Siempre he sido alto.
Me paso una mano por el pelo.
El tono de su voz no deja lugar a interpretaciones: está interesada. Miro
a mi alrededor buscando a Darcy, que ya no está en la acera.
— Deberíamos intercambiar números—, dice Jess con una sonrisa.
— Mira, no quiero ser grosero, Jess, pero...
— Hola.
La mano de Darcy se desliza en la mía y se apoya en mí, mirándome
con una bonita sonrisa.
Inmediatamente, me relajo.
Ni siquiera mira a Jess, solo mantiene su mirada afectuosa fija en mí.
—Te he echado de menos, cariño—, me dice con voz suave.
¿Cariño? Mi cerebro empieza a balbucear, vadeando sentimientos
cálidos y lentos mientras le sonrío, probablemente con una expresión tonta
y estúpida.
— Yo también te he echado de menos—, le digo.
¿Qué está pasando? No estoy seguro y no me importa. Sólo quiero que
Darcy me vuelva a llamar cariño.
Darcy se gira y mira a Jess a los ojos.
—Hola.— Extiende la mano. — Soy Darcy, la novia de Hayden.
La confusión se apodera de mí, pero sigo sonriendo, y cuando veo el
borde endurecido de la falsa sonrisa amistosa de Darcy, me doy cuenta.
Está reclamando. Está celosa. La diversión se apodera de mí y sonrío,
sintiendo que se me calienta la nuca. Contengo las ganas de reír. Por fin está
saboreando lo que se siente al ver cómo le tiran los tejos. Cambio su mano a
mi otra palma y subo mi brazo alrededor de su hombro, metiéndola en mi
pecho.
— Jess.
Extiende la mano para estrechar la de Darcy y mira entre nosotros.
Se le desorbitan los ojos.
—¿Tienes novia?—, me repite.
Contra mí, Darcy se pone rígida, y una sensación de asco se dispara
dentro de mí. Este es el momento en que Darcy me mira como si me viera
bajo una nueva luz y dice oh sí, tienes razón, Jess. ¿Por qué me
comprometería con este tipo?
En vez de eso, le sonríe a Jess, y algo en su mirada parece depredador.
— Sólo estamos buscando algunas cosas para nuestro apartamento. —
Sostiene la mirada de Jess. — Donde vivimos. Juntos. Y compartiremos
cama.
Los nudos en mi pecho se aflojan con alivio. No está enfadada, no ha
cambiado de opinión sobre nosotros, pero es territorial como nunca la había
visto. Me gusta esta faceta suya. Mi sonrisa se ensancha cuando la miro.
Qué pequeña tigresa.
—Bien—, dice Jess, con cara de extrañeza, mirando entre nosotras. —
No creía que fueras del tipo novia.
— Lo soy—. Respiro hondo, apretando la mano de Darcy.
— Quiero decir, sé que pensabas que lo eras—, empieza Jess, riendo un
poco. —¿Pero un tipo como tú?— Sus ojos se mueven sobre mí, con la ceja
arqueada, y me tenso. — No puede ser. Pero—, se encoge de hombros, se
anima y sonríe a Darcy, — quizá la gente cambia.
Me entran náuseas y trago saliva.
Darcy me sonríe, inocente como un gatito, pero con rabia protectora en
los ojos.
—Deberíamos irnos, cariño.
Otra vez esa palabra que me gusta. Me trago las sensaciones extrañas y
asiento con la cabeza.
—Ya lo creo. — Le doy a Jess una sonrisa apretada. — Encantado de
encontrarme contigo.
— Lo mismo digo.
Jess nos observa con expresión desconcertada mientras Darcy le hace
un rápido gesto con la mano, desliza la suya en la mía y me saca de la
tienda.
—¿Novia?— le pregunto en la acera.
Se encoge de hombros como si nada, pero no me suelta la mano.
—No me gustó cómo te hablaba.
Me irradia calidez.
—Celosa—, bromeo.
Sus ojos se dirigen a los míos.
—¿Y si lo estoy?
Levanto una ceja y sonrío.
—Pensaba que solo estabamos divirtiéndonos, Darce.
Sus mejillas se sonrojan y mira hacia otro lado, pero mis dedos pasan
por debajo de su barbilla, inclinando su cara para que nuestros ojos se
encuentren.
— Gracias—, le digo. — Nunca nadie me había protegido así. — Le
dedico una sonrisa de suficiencia. — Estuvo bien. Podría acostumbrarme.
Ella me estudia durante un largo momento, la tristeza aumentando en
sus ojos.
—Te lo mereces, Hayden. — Mira hacia la tienda de muebles que hay a
media manzana. —¿Quién era? ¿Y qué quería decir con que no creía que
fueras del tipo de novia?
Los músculos de mi pecho se tensan, pero su mano los alisa, y su
mirada es tan cariñosa y curiosa que me duele el corazón.
Es hora de decirle la verdad.
CAPÍTULO 68
DARCY
—Jess era mi novia del instituto.
Parpadeo, los pensamientos se tambalean. Novia. ¿Novia? Él nunca ha
hablado de ella. Kit nunca la mencionó.
—No sabía que tenías novia en el instituto.
— Uh-huh. — Se mastica el labio inferior.—O, pensé que sí. Después
de que perdimos nuestra virginidad, ella no estaba interesada en más.
Aparentemente, sin embargo, yo era lo suficientemente divertido como para
que ella se lo contara a sus amigos. — Su expresión se vuelve irónica. —
Quería ser bueno en la cama, pero resultó ser…— Él traga. — Muy bueno,
supongo. Soy el chico de la conexión, no el chico del novio.
Me paro en la acera en silencio, procesando esto y mirando su cara.
—Eso fue hace mucho tiempo. Solo eras un adolescente.
Él sacude la cabeza.
—No, Darce, ¿no lo ves? Pensé que podía irme en la escuela
secundaria, pero la reputación me siguió a la universidad.
Casi suena como si estuviera molesto por eso. Como si nunca hubiera
querido esta reputación.
—Dijiste que lo cortarías antes de que se pusiera serio. Siempre se lo
dices a las mujeres por adelantado que no estás interesado en una relación.
— Prefiero ser claro desde el principio que ilusionarme.
Oh, Dios. Las reglas son para él, no para las mujeres con las que sale.
Mi corazón se hunde.
La feroz protección me inunda con la idea de que esas chicas lastimen a
Hayden, haciéndole sentir que no valía más que una conexión. Hayden es
espectacular. Él es todo el paquete: amabilidad y humor, Y miradas. ¿Cómo
podrían no haber visto eso?
— Y me ves como todos los demás—, dice en voz baja.
El dolor se envuelve alrededor de mi pecho, apretando, y sacudo la
cabeza.
—No, Hayden, yo no.
— Lo haces—, dice con más fuerza, ojos agudos y vulnerables. — Lo
viste tan pronto como me conociste. ¿Recuerdas esa fiesta, la primera
semana de clases?
La fiesta de hockey.
— Kit dijo que yo era el jugador más grande que conocía y tú estabas de
acuerdo con él. Dijiste: 'Puedo ver eso totalmente'". —Cruza los brazos y
mira hacia otro lado.
— Lo recuerdo. — Mi voz es suave, apenas por encima de un susurro,
mientras el recuerdo se repite en mi cabeza. — Lo recuerdo hablando de lo
fácil que es para ti con las mujeres.
Era tan guapo, divertido y amigable, y toda la semana, había estado
esperando que me invitara a salir. Me decepcionó cuando él no lo hizo.
Cuando Kit dijo que Hayden era un jugador, me aferré a ella como una
razón. No era un reflejo de mí; era solo la forma en que él era.
Hace unos meses, lo llamé "rey de los jugadores". Eres como su líder,
dije. Cuando probó las aguas y dijo que tener novia no se veía tan mal,
básicamente le dije que no estaba hecho para eso.
— Lo siento—, susurro. — Solo pensé…— Sacudo la cabeza. — Lo
siento.
—Está bien.
Su voz es tensa.
No está bien. ¿Cómo podría no haberlo sabido? Conozco a Hayden por
años.
Vi lo que quería ver, porque así era más fácil. Mi mente regresa al
partido contra Calgary y lo furioso que estaba Kit.
—¿Qué le dijiste a Kit?
La última vez que le pregunté esto, dijo que le dijo la verdad, pero
estábamos demasiado distraídos con tener sexo contra la pared para que yo
le preguntara de nuevo.
Los ojos de Hayden se encuentran con los míos y traga con una
respiración firme.
—Que iba en serio sobre ti. Que haré lo que sea necesario para hacerte
feliz.
Me hormiguea la piel. ¿Cómo podría haber estado tan, tan jodidamente
equivocado sobre Hayden? Todos estos años, vi lo que todos los demás
hicieron.
Estaré entregando esta información en mi cabeza toda la noche, toda la
semana. Por años, probablemente. Estaba muy equivocada Pero ahora
mismo, necesito hacer que esta situación sea correcta.
Me pongo delante de él y pongo mis manos planas sobre su pecho,
mirando hacia arriba a sus ojos azul océano. Me da una mirada confusa.
— Hola. — Le doy una pequeña y amigable sonrisa. — Eres Hayden,
¿verdad?
Su boca se inclina y su expresión es confusa, pero asiente.
— Soy Darcy. — Me acerco hasta que casi estoy presionado contra su
cuerpo. — Me he enamorado de ti desde el momento en que te vi en clase.
Su boca se levanta, y algo se agita en sus ojos. Sus manos llegan a mis
codos, sosteniéndome.
—¿Es así como te presentas normalmente, Darcy?
Sacudo la cabeza.
—Solo para ti. No creas que puedes engañarme con tu buena apariencia,
Hayden Owens.
Sus ojos brillan de diversión.
—Oh, ¿sí?
— Uh-huh. Puede que seas el chico más sexy que he visto, pero puedo
decir que eres amable y divertido, y tienes un buen corazón. Eres un
jugador de hockey increíble, no solo por lo rápido y fuerte que eres, sino
porque te preocupas por tu equipo y por hacer que tu entrenador se sienta
orgulloso. Y probablemente te guste el romance de fantasía, ¿no?
— En realidad lo hago. — Su boca se inclina más alto, y mi pecho se
siente mucho más ligero. — Increíble cómo sabes todo esto y acabamos de
conocernos.
Sonrío.
—Y apuesto a que siempre te aseguras de que todos se sientan incluidos
en las fiestas y esas cosas.
— Mi madre dice que la gente siempre recuerda cómo les hiciste sentir
—, añade en voz baja, acariciando un pulgar sobre el dorso de mi mano.
— La forma en que la gente te trata es un reflejo de ellos, no de ti.
La emoción me obstruye la garganta: la ira de que Hayden se haya
sentido así durante tanto tiempo, la culpa de que yo haya contribuido a ello
y la abrumadora necesidad de mejorarlo.
—¿Alguna vez me dirías que me merecía cómo me trató Kit?
— Nunca—, muerde, frunciendo el ceño.—Eso fue por su cuenta,
Darce. Él es el imbécil que no te merecía.
Le doy una sonrisa paciente. ¿Ves? Mi expresión dice.
Algo se asienta en sus ojos. Creo que me cree. Mi corazón se tira, y me
inclino hacia adelante para besarlo.
— Tal vez algunas personas digan que eres un jugador—, susurro contra
sus labios, — pero sé la verdad. Eres mucho más.
CAPÍTULO 69
HAYDEN
Esa tarde caminamos por un tramo del parque donde los árboles se
alinean a ambos lados de la acera, rebosantes de pétalos en tonos blancos y
rosas.
El parque no está demasiado concurrido: unas cuantas personas
haciéndose fotos bajo los cerezos en flor, alguien lanzándole una pelota a su
perro, una pareja haciendo picnic en la hierba sobre una gran manta de
cuadros escoceses. Algunos niños juegan al hockey callejero.
Una brisa desprende las flores de los árboles y se arremolinan a nuestro
alrededor. Ella se detiene e inclina una sonrisa serena hacia el cielo,
observándolas revolotear. Unas cuantas caen sobre su pelo, y hago una foto
mental. Quiero recordarlo para siempre.
— Eres preciosa, Darcy. ¿Te lo he dicho alguna vez?
Darcy me sonríe y me mira fijamente a los ojos. Nunca me había
sentido tan unido a alguien.
— Una o dos veces. Sentémonos—, dice en voz baja, señalando un
banco vacío, y tomamos asiento contra el frío metal.
Eres mucho más, dijo esta mañana, y mi corazón da un extraño golpe.
No puedo creer que le dijera todo eso, pero me siento extrañamente
aliviado de haberlo hecho. Me invade una urgencia insistente.
— No quiero que esto termine, Darce.— La adrenalina corre por mis
venas mientras le desahogo. — No quiero volver a ser sólo amigos después
de la boda. No hay nadie como tú, y nunca he tenido esto —-hago un gesto
entre nosotras, tragando saliva- —con nadie más. ¿Y tú?
Saca la lengua para mojarse el labio inferior y niega con la cabeza. Su
mirada se tiñe de preocupación.
—No te pido que te cases, ni que tengas hijos, ni que te comprometas a
nada para lo que no estés preparada. Siempre iremos a tu ritmo. Solo quiero
que sigas viviendo en el piso, durmiendo en mi cama y dejando que te lleve
a citas. — Le lanzo una sonrisa juguetona, aunque el corazón me late con
fuerza. — Y quiero que sigas llevando lencería.
Se ríe entre dientes.
— Tú eliges. — Él nunca le dio a elegir, pero yo no soy él. — Siempre
te daré la opción, Darcy. Te lo prometo.
Las tres palabras que quiero decir están en la punta de mi lengua, pero
las contengo.
Y ahí está, mi corazón puesto en la palma de su mano. Podría
aplastarme. Podría tirarme a un lado y partirme por la mitad con unas pocas
palabras o una expresión facial. Pero ella vale el riesgo.
Le pido que sea valiente, así que yo también tengo que serlo. Necesito
confiar en que mi mejor amiga y la mujer que amo me ve como algo más
que un rato divertido, un buen polvo y una cara bonita.
Que no soy sólo el alma de la fiesta para Darcy; soy el chico con el que
quiere despertarse cada día, el chico al que cree cuando le digo que puede
hacer cualquier cosa. El chico con el que no puede esperar para hablar de
libros y compartir modelos de hockey.
—¿Y si cambias de opinión?— Juega con las uñas, y su voz es tan
pequeña y asustada que me dan ganas de cogerla en brazos y no soltarla
nunca.
Se me escapa el aliento en una carcajada de incredulidad.
—No lo haré. Sé que no lo haré.
Traga saliva y se mira las manos.
Tú eres lo único para mí, quiero decir, pero es demasiada presión para
ella.
— Arriesguémonos juntos—, le digo.
— Disculpen—, nos interrumpe un niño, de pie frente a nosotros con
algunos otros, y nuestras cabezas se levantan de golpe. Parecen tener unos
nueve o diez años y llevan palos de hockey. —¿Eres Hayden
Owens?
— Claro que sí, colega. ¿Estáis jugando al hockey allí?
El chico asiente y parece que quiere decir algo más.
— Pregúntale—, susurra uno de los chicos, dándole un codazo al
primero.
—¿Quizá quieres jugar al hockey con nosotros?—, pregunta el chico.
Mi brazo se tensa alrededor de Darcy. Normalmente, diría que sí, pero
con ella bajo mi brazo, sentada en un lugar tan hermoso, no quiero
moverme nunca.
—No sé si soy lo bastante bueno para seguiros el ritmo—, les digo,
mirando a Darcy.
Ella me dedica una sonrisa alentadora.
—Deberías jugar.
Uno de los chicos aplaude emocionado, incapaz de contenerse.
—¿Seguro?
Ella asiente, con una sonrisa más amplia.
—Quiero verte jugar. Te animaré.
Intuyo que quiere unos minutos para procesar lo que acabo de decirle.
Darcy es así; necesita tiempo para entender lo que siente por algo.
Le doy un beso rápido en la mejilla.
—No tardaré.
— Tómate tu tiempo. — Se vuelve a sentar en el banco y se pone
cómoda. — Me gusta sentarme aquí y mirar.
Sigo a los chicos hasta donde han colocado una red.
— No me pegues, ¿bien?— les digo, y oigo a Darcy reírse detrás de mí.
— No soy tan dura como parezco.
CAPÍTULO 70
DARCY
Debajo del árbol de cerezo me siento en el banco del parque, viendo a
Hayden jugar al hockey callejero con un grupo de niños. Es tan bueno con
ellos, los anima y los entrena y los anima cuando alguien anota.
Puedo verlo: él teniendo sus propios hijos, enseñándoles a jugar al
hockey, tal vez entrenando a sus equipos y llevándolos a tomar un helado
después, ya sea que hayan ganado o perdido. Me imagino a Hayden con dos
hijas, diciéndoles que son inteligentes y maravillosas y que pueden hacer
cualquier cosa. Luego lo imagino con dos hijos, enseñándoles cómo ser
amables e inclusivos con los demás.
La amenaza de no estar en esa foto con él hace que me duela el corazón.
Pienso en que no estamos en la vida del otro como lo estamos ahora, el
contacto se limita a una llamada telefónica ocasional o a una visita anual, y
estoy inundado de una profunda tristeza.
Él no quiere que esto termine. No hay nadie como yo, dijo, y nunca ha
tenido esto con nadie más. La elección es mía.
Él no es un jugador, ahora lo sé. Nunca lo fue. Siempre quiso más;
simplemente no creía que pudiera tenerlo.
Él podría tener más conmigo, si lo dejo pasar.
¿Cuál es la alternativa? ¿He vuelto a intentar ser un jugador? Mis tristes
intentos de salir me dan ganas de reír. La mejor parte de ser jugador era
pasar el rato con Hayden.
Quería sentirme libre y empoderada. Hayden siempre parecía tener el
control, y yo quería una pizca de eso para mí. Es gracias a él que lo
encontré.
Para mi cumpleaños, deseé que las cosas con Hayden nunca tuvieran
que terminar. ¿Por qué no puedo hacer realidad mi propio deseo? He hecho
de mi vida
Algo de lo que estoy orgullosa. Algo con lo que he soñado.
¿Qué tan despistado sería dejar que un tipo como Hayden se escape?
Yo misma era lo correcto, que lo estaba protegiendo a él o a mí misma,
pero un día, me despertaría lamentando no haber sido más valiente.
¿Y mi miedo a perderme en él como lo hice con Kit? Pienso en volver a
la fiesta organizada para mí, donde todos estaban vestidos con disfraces
tontos e hilarantes. Eso fue para mí, y me hizo muy feliz.
Hayden nunca me dejaría ser nadie más que yo misma.
Él pasa a uno de los niños, sonriendo y llamando aliento, y mi corazón
se retuerce.
La idea de los niños parece tan lejana, pero lo imagino teniendo un hijo
con otra mujer, sosteniendo a su bebé con una sonrisa desocierta, y quiero
llorar y arrancar este banco del parque del suelo.
Tal vez no tenga que terminar. Después de lo que me dijo sobre Jess,
sobre ser empujado a un estereotipo y una reputación que nunca quiso, tal
vez las cosas con nosotros podrían funcionar.
— Vamos a anotar uno para Darcy, ¿de acuerdo?— Hayden le dice a los
niños.
Él prepara el juego, y cuando el niño anota, levanta ambas palmas para
chocar los cinco, entregándoselas a cada niño, iluminando su luz entusiasta
y divertida sobre ellos y haciendo que todos se sientan especiales.
Toma un riesgo, dijo Ward cuando debatí sobre aceptar el trabajo de
analista, y mira lo bien que está resultando.
Sin embargo, las apuestas con Hayden son mucho más altas.
Este es mi patrón, me asusto, así que me quedo quieta. Sin embargo,
Hayden merece mucho más que mi incertidumbre y estirar la mano.
Cuando termina el juego de recogida, Hayden firma autógrafos y se
toma fotos con los niños y los padres. Luego vuelve a correr hacia el banco
y cae a mi lado.
— Eso fue divertido. — Me sonríe, con los pómulos sonrojados y los
ojos brillantes. Algunos pétalos han caído en su cabello.
— Marcaste un gol para mí.
Apoya su brazo sobre mis hombros, sosteniéndome contra su cálido y
sólido pecho, y cuando me sonríe de nuevo, su expresión se suaviza.
— Todos son para ti, Darcy.
Mi corazón se retuerce. Tal vez no me rompa el corazón.
Sus ojos caen hacia mi cabello y su boca se mueve con diversión.
—¿Qué?
Su sonrisa se ensancha.
—Tienes flores de cerezo en el pelo.
Me río.
—Como tú.
Se siente como magia, sentarse aquí con él bajo las flores de cerezo y
luz solar suave. Como si todo estuviera cayendo en su lugar y el momento
se alineara.
No quiero tener más miedo. Quiero todas las cosas buenas que vienen
con tomar las decisiones difíciles.
En la distancia, un camión de helados estaciona, y sonrío. La primavera
finalmente está aquí, y apenas me reconozco en comparación con la persona
que era cuando me presenté en Vancouver este invierno.
—¿Hayden?— Los nervios me atraviesan, pero me los trago.
Sus cejas se juntan de preocupación.
—¿Qué pasa?
Mi boca se seca, pero me concentro en la impresionante miríada de
azules en sus ojos.
—Yo tampoco quiero dejar de hacer esto.
Sus cejas se levantan.
— No quiero que lo que estamos haciendo termine.
Arrastró una respiración profunda, reunióndo valor para levantar la
mirada, y mi estómago se da la vuelta al afecto en su expresión.
—Me estoy enamorando de ti.
Nunca le he dicho esas palabras a un chico, y me pregunto si alguna vez
las ha escuchado.
Una tierna sonrisa se rompe en su rostro.
—Esperaba que dijeras eso.
CAPÍTULO 71
HAYDEN
—¿Darce?— Me quito los zapatos en la puerta principal esa noche,
llevando una bolsa de comida tailandesa para llevar.
— Estoy en el baño—, llama desde el interior del apartamento, una nota
burlona y coqueta en su voz.
La lujuria pasa a través de mí y camino al baño, ya medio duro a la
imagen mental de ella mojada, desnuda y esperándome. Me quito la camisa
en el pasillo y la tiro a un lado. Puedo oler el dulce aroma a vainilla y
naranja de su baño de burbujas.
Abro la puerta del baño.
—Uf
Daniel el Gnomo está en la bañera, rodeado de burbujas, mirándome
con sus ojos de cuentas y sin alma.
— No—, gimo.
Darcy está detrás de la puerta, completamente vestido y doblada, riendo.
—¿Por qué me torturas así?
— Él solo quiere relajarse después de un largo día.
Ella apenas puede conseguir las palabras, se está riendo tanto, y sus ojos
están llorosos.
— Estás enferma, ¿lo sabes?— Me río, sacudiendo la cabeza. —
¿Cuánto tiempo me estuviste esperando aquí?
— Unos diez minutos.
Saco al estúpido gnomo del agua y lo pongo en el suelo.
Voy hacia Darcy, sonriendo con una sonrisa malvada. Sus ojos se
iluminan y da un paso atrás.
Sus palabras de hoy temprano se repiten en mi mente. Sé la verdad.
Eres mucho más.
Tal vez ella tenga razón. Tal vez no soy el tipo que todo el mundo dice
que soy. Tal vez soy el Streicher o el Miller, que puede hacer feliz a su
pareja.
— Lo vas a lamentar.
La recojo y grita de risa. Tal vez pueda hacer feliz a Darcy.
Dios, tengo tantas ganas de ser ese tipo.
—No—, se ríe mientras la llevo al baño, completamente vestida. — Por
favor.
Ella agarra mi cuello, temblando de risa mientras la sumergo , media
pulgada sobre la superficie del agua. Se está riendo tanto que apenas puede
respirar.
—Por favor—, ella ruega de nuevo, y la suelto.
El gnomo es espeluznante como la mierda, pero me encanta verla así,
más feliz que nunca. Nunca quiero que esto termine.
—¿Qué se dice?
— Lo siento—, jadea, agarrándome y tratando de alejarse del agua. —
Lo siento.
—¿Y qué más?
— Daniel también lo siente—, dice ella, con los ojos brillantes, pero
grita cuando la sumerjo una pulgada más abajo, mojando su trasero.
—¡Hayden!
CHAPTER 72
DARCY
El sábado entro en el área principal de la suite que Hayden reservó en
el exclusivo albergue Whistler, vistiendo mi vestido de mandarina. Él hizo
arreglos para que un peluquero y maquillador pasara por aquí esta mañana,
así que mi cabello está medio arriba, medio abajo, en rizos sueltos y fluidos,
y mi maquillaje está hecho de una manera que nunca podría lograr.
Alrededor de mi muñeca, mi pulsera favorita, mi posesión más preciada,
está sujeta.
Me siento como mi mejor yo, mi yo más verdadero. Como si no
estuviera escondiendo o fingiendo ser otra persona.
Hayden está descansando en la sala de estar, y con sus hermosos rasgos,
el corte afilado del traje sobre su poderosa forma, y el telón de fondo del
lago, las montañas y el infinito cielo azul a través de las ventanas detrás de
él, la imagen parece una sesión de fotos de una revista. De una película.
Como si no pudiera ser real.
Él mira hacia arriba desde su teléfono y se le abre la boca.
—¿Qué opinas?— Le doy una pequeña sonrisa.
Él mira fijamente.
—Uh.
—¿Qué?— Miro hacia abajo, frunciendo el ceño, escaneando el
maquillaje manchado en mi vestido.
Hayden sigue mirándome con una expresión aturdida.
— Eres tan hermosa, Darce.
Traga, con los ojos arrastrándose hacia arriba y hacia abajo mirando mi
forma. Cuando su mirada se asienta en mi cara, sus ojos se suavizan.
—Tan bonita que duele. Siempre he pensado eso.
Mi corazón se hincha. No quiero que esto termine, dijo. Tampoco quiero
que esto termine, se lo dije.
Casi se siente demasiado bien para ser verdad, que una chica como yo
pueda terminar con un chico como él. Sin embargo, cuando estoy aquí con
este vestido, con este pelo, con lo que he logrado en los últimos meses, no
me siento como esa chica incómoda y tonta que solía ser.
Algo dulce y brillante se hincha en mi pecho, fluyendo a través de mí, y
me paro una pulgada más alta. Me siento digna de la forma en que Hayden
me está mirando ahora mismo.
Se pone de pie y mete la mano en el bolsillo. Cuando saca la mano,
sostiene una caja de terciopelo rosa pálido.
—Te compré un regalo.
— Me estás mimando.
Sus ojos se calientan.
—Mi actividad favorita.
Él rompe la caja y me la entrega: un par de pendientes brillantes,
piedras preciosas pálidas en los mismos pequeños racimos que mi pulsera.
— Son preciosos.
Hayden solo mira con una sonrisa, de pie detrás de mí con sus manos en
mis caderas mientras me las pongo y admiro mi reflejo en el espejo del
vestíbulo.
—Te mereces lo mejor, y comprarte regalos es una perversión que no
sabía que tenía.
Me río y lo beso en la mejilla.
—Gracias, cariño.
Hace un ruido bajo y complacido y pasa sus labios por mi mandíbula.
Mi aliento se recupera.
— Me encanta cuando me llamas cariño—, murmura.
Me muerdo el labio. Me encanta cuando usa ese tono de voz conmigo,
como si estuviera a punto de volver a meterme en la cama.
— Deberíamos irnos—, susurro.
En la puerta principal, alcanzo mis tacones, pero él me los quita.
— Lo haré.
Me siento, y Hayden se arrodilla frente a mí. Él desliza mi pie en el
zapato, con un adorable ceño fruncido de concentración mientras hace la
delicada correa con sus grandes manos. Él endereza mi pierna, encuentra
mis ojos con una sonrisa descarada y presiona un beso en mi tobillo. Mi
pantorrilla. El interior de mi rodilla. Él cepilla el dobladillo de mi vestido
más alto y besa el interior de mi muslo.
— Vamos a llegar tarde—, me río, con el pulso tropezando.
Pensé que tenía una buena idea del apetito sexual de Hayden, pero era
solo otra cosa que tenía mal sobre él.
Hayden no solo tiene un alto deseo sexual. Hayden es insaciable. Nunca
me he venido tantas veces al día, en la cama a primera hora de la mañana,
en la ucha, inclinado sobre la encimera de la cocina después del desayuno,
en medio de la noche, cuando me despierta con su lengua lamiendo mi
excitación. No pensé que mi cuerpo fuera capaz de hacerlo. Incluso ahora,
necesito apretar mis piernas y puedo sentir que mis bragas se humedecen.
Donde Hayden está involucrado, tal vez yo también soy insaciable.
— Tienes razón.—Dice contra la parte interna de mi muslo, exhala una
respiración pesada como si estuviera sufriendo. — Tenemos que irnos ahora
o nunca lo haremos.
En la puerta, se detiene, mirándome de nuevo, seguido por el lento bob
de su manzana de Adán mientras traga.
—¿Qué es?
Él suelta una ligera risa, sacudiendo la cabeza.
—Solo pensando en lo afortunado que soy de tenerte en mi brazo,
Darce.
— Afortunada.— Tiro de su corbata para acercar su boca. — Siento lo
mismo por ti.
CAPÍTULO 73
HAYDEN
Vemos cómo se casan nuestros amigos Jamie Streicher y Pippa Hartley,
y miro a Darcy a mi lado. Tiene un aspecto tan desgarradoramente
hermoso.
Me dedica una suave sonrisa y se vuelve hacia los novios, y sus
pendientes nuevos captan la luz. Su expresión de asombro, tan encantada y
sorprendida, no hace más que alimentar mi adicción.
Voy a casarme con esta chica. La idea me asaltó hace ocho años,
durante una conversación antes de clase en nuestra primera semana de
colegio. Avergonzado por ello, lo enterré tan rápido como surgió; tenía
dieciocho años, por el amor de Dios.
Sin embargo, lo sabía. Unas cuantas conversaciones con Darcy
Andersen y supe que era la indicada para mí.
Me devuelve la mirada con una expresión burlona y regañona y desvía
la vista al frente. Me estás mirando, me dice, y yo sonrío levantando un
hombro. Me gustas -respondo.
Te quiero, quiero decir.
Ella pone los ojos en blanco y yo vuelvo a centrarme en la razón por la
que estamos aquí.
Pippa lleva un vestido blanco largo que Darcy me dice que es "estilo
boho". Streicher lleva un traje gris oscuro, y su perra Daisy está sentada
entre ellos, con una pequeña pajarita blanca en el cuello. Mira hacia arriba
con ojos atentos, esperando las golosinas que Streicher le ha ido dando a lo
largo de la ceremonia.
Todos los miembros del Vancouver Storm -a excepción de Volkov-
están aquí, incluido Ward. Hazel y Miller, dama de honor y padrino,
intercambian sonrisas durante la ceremonia, probablemente pensando en su
próxima boda.
La madre de Streicher, Donna, y los padres de Pippa, Ken y Maureen,
están sentados en primera fila, sonriendo a la pareja.
Cuando Pippa y Jamie pronuncian sus votos, me escuecen los ojos y el
pecho se me hincha de calor, no solo porque me alegro de que mis amigos
den el siguiente paso en su vida y en su relación, sino porque yo también lo
quiero y, por fin, por primera vez en mi vida, está a mi alcance.
A mi lado, Darcy lleva el vestido naranja, está tan guapa y feliz que me
duele el corazón.
Me estoy enamorando de ti, me dijo en el banco del parque, bajo los
cerezos en flor.
Miro a mi alrededor a los seres queridos de Jamie y Pippa, y quiero esto
para nosotros. Quiero a mi Darcy con el vestido que la hace sentir hermosa,
a la gente que lo es todo para nosotros viéndonos con sonrisas y lágrimas en
los ojos, y una gran fiesta para celebrarlo.
Resoplo.
—¿Estás llorando?— susurra Darcy, metiendo su mano en la mía.
— No—, le susurro.
Su boca se inclina hacia arriba, con los ojos brillantes.
—No pasa nada si lo estás.
— No lo estoy—, insisto, sonriendo. — Y aunque lo estuviera, todos los
demás también lo están.
Vuelve a sonreír, me aprieta la mano y apoya la cabeza en mi hombro
durante el resto de la ceremonia.
—¿Alexei no ha venido?— me pregunta Darcy al oído cuando nos
dirigimos a la sala de banquetes con vistas al lago.
Sacudo la cabeza y miro a mi alrededor.
—Pensé que cambiaría de opinión en el último momento, pero…— Me
encojo de hombros. — Supongo que no.
Ella tararea, con la boca torcida por la preocupación.
— Una vez estuvo prometido—, admito, haciendo una mueca de dolor.
— No le gusta hablar de ello.
_____
Mientras comemos, los novios y los padres pronuncian sus discursos.
— A primera vista—, dice Miller por el micrófono, — mi hosco y serio
mejor amigo parece ser un gilipollas.
Mira a Pippa en busca de confirmación, que asiente con la cabeza.
Todos se ríen, e incluso Streicher esboza una sonrisa.
— Pero todo el mundo en su vida sabe que haría cualquier cosa por los
que quiere. Pippa—, le sonríe Miller, — con tu fuerza y tu valentía, tu ética
de trabajo, tu creatividad y tu amabilidad, todos en esta sala pueden ver por
qué te quiere más que a la vida misma. Daisy—, Miller mira alrededor de la
mesa, donde Daisy está sentada a los pies de Donna, recibiendo caricias,—
lo cambiaste todo cuando intentaste seguir a Streicher a casa aquel día.
Daisy suelta un ladrido agudo y todos vuelven a reír.
Hazel estrecha los ojos hacia Streicher durante su discurso.
—No estaba segura de ti, Jamie, pero me convenciste cuando animaste a
Pippa, la pusiste a su altura y le dijiste que podía hacer cualquier cosa.— Su
expresión se calienta. — Harías cualquier cosa por mi hermanita, y te
quiero por eso. Estoy orgullosa de llamarte mi cuñado.
Mira a Pippa y sus ojos brillan de amor.
— Una vez te dije que ojalá supieras lo increíble que eres, porque serías
imparable.— Se le hace un nudo en la garganta y parpadea con fuerza.
— Ahora lo sabes, y ahora eres imparable. Te quiero. Estoy muy orgullosa
de todo lo que has conseguido y de la persona que eres, y doy gracias al
universo cada día por ser hermanas.
Me escuecen los ojos, porque Hazel normalmente mantiene sus
emociones bajo llave.
—¿Otra vez llorando?— susurra Darcy con una sonrisa burlona.
— No estoy llorando—, le susurro, parpadeando rápidamente.
Ella desliza una mano por mi muslo en un movimiento reconfortante, y
yo deslizo la mía en la suya, sosteniéndola con fuerza.
— Estoy llorando un poco—, admito.
— No pasa nada. — Se inclina y me besa la mejilla. — Me gusta que
seas un romántico en secreto.
Suelto una carcajada avergonzado. Supongo que lo soy. Supongo que
siempre lo he sido.
— Jamie, has sido parte de la familia Hartley desde la primera Navidad
que te uniste a nosotros—, dice Ken, el padre de Pippa, con orgullo,
hinchando el pecho. Maureen está a su lado en el podio, radiante. — Todo
el mundo dice que Jamie y Pippa son los afortunados, pero somos Maureen
y yo los que contamos nuestras estrellas de la suerte, y no sólo porque
recibamos a dos miembros de Vancouver n las vacaciones familiares.
Todos ríen entre dientes. Además de ser un tipo simpático y abierto,
Ken es un fan rabioso del hockey.
—Eres un buen hombre, Jamie. Donna hizo un trabajo increíble
criándote—, les dice a Streicher y Donna, y Streicher se inclina hacia
delante, observando con los codos apoyados en las rodillas. Se le hace un
nudo en la garganta. Donna se enjuga los ojos. — Pippa eligió bien cuando
te eligió a ti.
— Sabía que le gustabas a Jamie—, le dice Donna a Pippa con una
sonrisa durante su turno, — cuando le pregunté si eras guapa y no quiso
mirarme a los ojos.
Pippa se ríe y Jamie sonríe, negando con la cabeza.
Después de cenar, Pippa toca una canción que escribió para Streicher
con la guitarra que él le compró para su primera Navidad, y cuando veo la
mirada que intercambian, él tan orgulloso de ella y ella tan abiertamente
cariñosa, aprieto el brazo alrededor de los hombros de Darcy.
Después bailamos canciones de amor y la abrazo fuerte, respirando su
dulce y familiar aroma.
La quiero, y cada vez me cuesta más contenerme. Cada día me pregunto
si está preparada para escuchar la profundidad de lo que siento por ella.
—¿Quieres volver a la habitación, Andersen?
Me mira a los ojos y asiente con la cabeza. La cojo de la mano y tiro de
ella hacia la puerta.
CAPÍTULO 74
DARCY
En el ascensor hasta nuestra habitación, Hayden me sonríe, luego abajo
a nuestras manos unidas. Su sonrisa es tan suave y anhela, y es tan guapo
con su traje gris, que no puedo respirar por completo.
Cuando el ascensor se detiene en nuestro piso, me lleva a nuestra
habitación, abre la puerta y la mantiene abierta para mí. Entramos en la
suite con vistas al lago, la habitación es demasiado grande y lujosa, pero
cuando le dije esto cuando llegamos, me dio marcha atrás en el dormitorio y
me besó en la cama hasta que olvidé cómo hablar.
Él se arrodilla para ayudarme con mis zapatos, y sonrío mientras traigo
mis manos a sus hombros para mantener el equilibrio. Es muy cuidadoso
con la delgada correa alrededor de mi tobillo, y el gesto cariñoso tira de mi
corazón.
Todos los regalos de cumpleaños que me dio a lo largo de los años.
Todas las veces que me sonreía y su mirada se quedaba un momento más de
lo que lo harían las miradas de otras personas.
Las bodas despiertan emociones dentro de las personas. Lo sé. Y sé que
Hayden y yo somos nuevos y frescos.
Vi a Jamie y Pippa casarse, y en su lugar pensé en Hayden y en mí allá
arriba.
—¿Por qué aceptaste ser mi ayudante?— Pregunto, apenas por encima
de un susurro.
Se sienta de rodillas, mirándome, apoyando sus cálidas y fuertes manos
en la parte posterior de mis pantorrillas.
—Porque él nunca te dio opciones.— Su ceja se frunce como si lo
recordara. —¿Cómo podría decir que no en esa situación?— Su garganta
funciona. — Acepté alentarte y enseñarte a ser un jugador porque quería
que tuvieras elección y control. Quería que te siéntas fuerte y que tomarás
decisiones por ti misma.— Él resopla. — Incluso si me mató, joder, verte
salir con otros chicos.
Mi garganta se aprieta con la emoción. Por primera vez, me siento
realmente visto. Pase lo que pase, Hayden me está cuidando. Siempre lo
estaba.
Es tan desinteresado. El universo usó todos los mejores ingredientes
cuando hicieron Hayden Owens.
Se pone de pie y toma asiento a mi lado. Sus labios presionan mi frente,
las manos enmarcan mi mandíbula.
—¿Qué pasa?
— Nada. — Mi corazón se rompe. — Todo está mejor que nunca.
Demasiado bueno para ser verdad, creo.
Su boca se inclina hacia una sonrisa.
—Conozco la sensación.
— Me dije a mí mismo que eras un jugador y que no querías una novia
o compromiso, porque si querías esas cosas, serías perfecto. — Mi corazón
late más fuerte mientras me mira, escuchando, jugando distraídamente con
mi cabello. — Y entonces no tendría ninguna razón para no sentir todas las
cosas que siento por ti.
—¿Como qué?
Mis manos se asientan en su firme pecho, jugando con las costuras de
su camisa.
—Me daría cuenta de lo amable y cariñoso que eres, de cómo iluminas
cada habitación con tu sentido del humor y tu sonrisa. Cómo eres mucho
más que una cara bonita y un buen polvo. — Mi estómago se retuerce de ira
porque alguien podría haberle dicho eso. — Te preocupas por la gente y
haces que la gente se sienta vista y especial. Creciste mi confianza y me
ayudaste a encontrarme a mí mismo cuando no sabía cómo.
Si alguna vez quisiera esas cosas que tienen Jamie y Rory, la prometida,
la vida tranquila, haría a alguien delirantemente feliz.
Los tirones anhelados apretados en mi pecho. Quiero que ese alguien
sea yo.
Lo quiero.
Su boca se inclina en una suave sonrisa, y mete un mechón de pelo
detrás de mi oreja.
—Verte convertirte en quien quieres ser, Darce, ha sido la mejor
experiencia de mi vida.
Parpadeo, y mi pulso tropieza. Oh, Dios. Me encanta Hayden. Por
supuesto que lo amo.
¿Cómo no podría? Él es maravilloso. Es amable, cariñoso, divertido,
optimista y trabajador. Pero es más que eso. Es que amamos muchas de las
mismas cosas. Que me encanta cómo se encoge cuando escondo a ese
estúpido gnomo alrededor de nuestro apartamento. Que me consiga el
regalo perfecto que no sabía que quería.
Tomo otra respiración profunda, tratando de calmar mi corazón
acelerado, e inhalo un pulmón lleno del olor de Hayden. Me hormiguea la
piel donde está tocando mi cabello, metiéndolo sobre mis orejas y
empujándolo detrás de mis hombros, y estoy inundado de impaciencia. No
quiero pasar otro momento sentado aquí y hablando.
No estoy lista para decirle cómo me siento, pero puedo mostrárselo. Me
meto la mano en la suya y lo meto en el dormitorio.
CAPÍTULO 75
HAYDEN
Ella me ama. Darcy ve más allá de todas las ideas que la gente ha
puesto en mi cabeza sobre quién soy, y me ama. Ella no lo ha dicho, pero sé
que lo siente.
Ella sostiene mi corazón en la palma de su delicada mano.
En el dormitorio, le presiono suaves besos en el cuello, dejando que su
dulce aroma me invada. Está tratando de deshacer los botones de mi
camisa, pero chupo la piel sensible debajo de su oreja, y sus dedos se
equivocan.
— No puedo pensar cuando haces eso—, murmura, así que lo hago de
nuevo, y ella gime.
Nuestros labios se unen y me burlo de su lengua con la mía,
saboreándola, persuadiéndola, reclamándola. Darcy es mía; le digo que con
cada golpe de mi lengua contra la de ella, con cada pincel de mis dedos
sobre su piel, con cada respiración que compartimos. Ella pellizquea mi
labio inferior, empujándome más, y mi pulso se espesa.
Mis dedos llegan a la cremallera lateral, y la deslizo hacia abajo.
—Te quiero con este vestido, pero es hora de que se quite.
Ella se ríe en silencio, concentrándose en deshacer los botones de mi
camisa.
—Te quiero con este traje, pero también es hora de que se quite.
Una sonrisa juguetona tira de su bonita boca, y la atrapo con la mía.
El vestido cae al suelo alrededor de sus tobillos, dejándola en un corsé
sin tirantes con pequeñas flores y una hebilla de tanga.
Tengo la boca agua.
—Nunca envejecerá verte usar algo que te compré que te hace sentir
hermosa.
Ella me da una sonrisa privada. Mi camisa revolotea en el suelo, y sus
manos van a mi cinturón, deshacerlo. Cada cepillo de sus manos contra mi
polla me tiene más fuerte, esforzándome contra mi cremallera, hasta que
finalmente empuja mis pantalones y calzoncillos hacia abajo, hundiéndose
de rodillas.
Mis ojos se agrandan.
—Espera, oh Dios.
Toma mi polla en su boca, mirándome con una sonrisa diabólica, y no
tengo un pensamiento en mi gruesa cabeza excepto sí y Darcy y más. Creo
que estoy gimiendo esas palabras en voz alta mientras ella me chupa,
pasando su lengua a lo largo de la sensible parte inferior. Alrededor de la
base de mi columna vertebral, la presión aumenta. Ella tararea, cerrando los
ojos como si le encantara esto, y la excitaciones corren a través de mí.
— Espera, cariño. — Me retiro de su boca.—Si sigues haciendo eso,
esto va a terminar demasiado pronto. — La llevo a sus pies, contra mi
pecho. — Tu boca se siente demasiado bien. No puedo durar.
Ella se ríe, pero desengancho su corsé, lo tiro a un lado y me pongo de
rodillas, envolviendo mis labios alrededor de la punta de un hermoso pecho.
Le sonrío, llamando la atención por todas sus bonitas tetas mientras me
arrodillo a sus pies.
—Tus tetas tienen la altura perfecta para esto.
— Debe estar destinado a ser—, respira, pero sus palabras se pegan
cuando mi dedo encuentra al otro, jugando y burlándose de ella.
Chupo y rodeo su pezón con mi lengua, sacando suaves jadeos de ella.
Como su mano y me la pongo en la cabeza, y gimo con consuelo y placer
cuando arrastra sus dedos por mi cuero cabelludo.
Me burlo de ella hasta el borde de la locura, pasando mis labios a lo
largo de la costura superior de sus bragas, presionando y rozando su suave
piel, mordisqueando y besando hasta que sus caderas se inclinan hacia mí y
deslizo mis dedos debajo del encaje.
Entre sus piernas, ella es seda mojada. Mis dedos giran, y sus párpados
caen a la mitad, mirando fijamente sobre mí.
— Tan jodidamente suave.— Puedo sentir la sonrisa malvada en mi
boca. El orgullo me golpea al ver su expresión placentera. Estoy haciendo
eso. La estoy haciendo sentir tan bien.—Tan jodidamente mojada para mí.
Ella asiente, respirando con dificultad.
Le quito las bragas, desnofreciéndome. Mis dedos se hunden en ella y
ambos gemimos. Arrasco mis dedos hacia afuera, tomando la expresión
asombrada en su rostro mientras mira, luego bajo mi mirada a ese lugar
entre sus piernas y hundo mis dedos de nuevo en su perfecta y húmeda.
— Dios, eres tan bonita aquí—, le digo antes de arrastrar mi lengua por
su cosura.
El sabor de su humedad tiene abalorios pre-cum en mi polla y mis bolas
me duelen con la necesidad de follarla. Pero esto es demasiado bueno,
demasiado jodido dulce.
—Y sabes tan jodidamente bien.
Un ruido involuntario de placer retumba de mí mientras paso mi lengua
sobre ella, de un lado a otro.
Ella deja caer la cabeza hacia atrás en la felicidad, pero yo me acerco y
agarro suavemente la parte posterior de su cabeza, inclinándola hacia arriba.
Sus párpados se abren. Sus ojos están vidriosos de necesidad, y su cara está
sonrojada de la manera más hermosa.
Mi Darcy perfecta.
—Mantén los ojos abiertos, cariño.
Ella asiente, sin aliento, y más adrenalina gotea en mi sangre. El alto de
Darcy siendo mío es como nada más.
Le doy un beso profundo y chupador en su clítoris, frotando el punto
sensible y crestado dentro de ella de la manera que la lleva al borde, y ella
me tira del pelo tan fuerte que se me lloran los ojos.
— Hayden—, jadea.
En mi hombro, su muslo se tensa. Su talón se mete en mi espalda. Ella
sujeta mis dedos, moliendo su coño contra mí para más fricción. Los ruidos
adictivos y necesitados se escapan de ella, del tipo que hace cuando está a
punto de deslizarse por el borde.
Me encanta cuando ella pierde la cabeza así, y me encanta ser el que lo
haga.
— Voy a venirme. — Su voz es delgada y desesperada, y yo soy un
hombre poseído.—Me vas a hacer venir.
No existen palabras más dulces. Los músculos de Darcy se agarran
alrededor de mis dedos, palpitando mientras jadea y dice mi nombre una y
otra vez, y chupo el dulce brote de nervios, lavando mi lengua sobre él y
absorbiendo cada gota de su sabor que afirma la vida.
Mi corazón se acelera tan fuerte mientras ella se aferra a mí, temblando.
Atraigo su orgasmo todo el tiempo que puedo, siempre y cuando ella lo
tome. El tiempo suficiente para inundar cada centímetro de su cuerpo de
placer y borrar cada pensamiento de su cabeza, excepto yo.
Cuando ella se relaja, me levanto, tirando de ella contra mi pecho, y ella
inclina su cara hacia mí, mirando mi boca, pidiendo un beso. Presiono mis
labios sobre los de ella al instante. Le daría cualquier cosa que quisiera o
necesitara.
Ella me chupa la lengua, y mi cerebro se derrite. Entre nosotros, me
duele la polla de lujuria. Necesito libras a través de mí, pesado y poderoso.
— Joder. — La recojo y la deposito en la cama. La sangre ruge en mis
oídos mientras me subo sobre ella, besándole el cuello. — Necesito estar
dentro de ti, Darce. No puedo esperar.
CAPÍTULO 76
HAYDEN
Me hace un gesto con la cabeza y yo busco la cartera en la mesilla, pero
su mano se posa en mi brazo y me detiene. Hay una pregunta en su mirada.
Me mira a los ojos y el rubor de sus mejillas es tan jodidamente
entrañable que me duele el corazón.
—¿No usamos condón? — Arqueo las cejas.
Ella asiente, y el calor me recorre la espina dorsal. La idea primaria de
correrme dentro de Darcy inunda mi cuerpo de electricidad crepitante.
— Nunca me he corrido sin uno.
— Yo tampoco—, susurra. — Estoy tomando anticonceptivos. Empecé
el mes pasado.
No consigo respirar.
—¿Estás segura?
Ella asiente, mordiéndose el labio con una sonrisa tímida y
avergonzada.
—Lo quiero, Hayden. He estado pensando en ello.
— Jesús.— Hundo la cabeza en el pliegue de su cuello y suelto una
carcajada seca.
¿Ha fantaseado con que me corra dentro de ella? No voy a durar más de
diez segundos.
— Hemos tenido tantas primeras veces juntos —dice jugueteando con
sus dedos en mi pelo, y yo sonrío y asiento con la cabeza.
Todas las importantes han sido con Darcy, y antes de ella nada
importaba.
Hago una muesca en su entrada húmeda y cálida. Sus ojos son eléctricos
y respira con dificultad. Cuando empujo dentro de su calor apretado, estoy
en casa.
— Dios mío—, susurra, cerrando los ojos. — Nunca me
acostumbraré a lo grande que eres.
El placer me sube por la espalda, cosquilleándome y apretándome. No
debería gustarme tanto oír esas palabras, pero así es. Hago una pausa para
que se adapte.
—¿Estás bien? — Aprieto los dientes.
— Mhm. — Suspira, con los ojos en blanco. — Qué bien te siento.
Su coño palpita a mi alrededor y lucho por controlarlo.
Un ruido ronco sale de mí y puedo sentir el placer en mi cara. La forma
en que Darcy se siente a mi alrededor, apretándome, tan cálida, suave y
húmeda, aplasta todos los pensamientos de mi cabeza. Estoy corriendo por
pura necesidad, puro amor por ella.
— Tan jodidamente apretada. — Ya puedo sentir la presión
enroscándose en la base de mi columna. — No duraré.
—¿Necesitas que mencione a Daniel?
Suelto una carcajada, apoyando la cara contra su cuello.
—Eres una pervertida enferma, ¿lo sabías?
Ella suelta una risita y yo levanto la cabeza para sonreírle, apartándole
el pelo de la frente.
— Admítelo. — Sus labios se inclinan en la sonrisa más bonita y
complacida. — Te ayuda pensar en él.
Tiemblo de risa.
La amo. La quiero tanto que mi corazón podría desfallecer.
Pero primero quiero hacer que se corra otra vez. Me mira con tanta
confianza y amor que se me ocurre una idea.
—¿Quieres probar algo nuevo esta noche?
Con los párpados pesados, sus ojos parpadean con interés.
—De acuerdo.
Deslizo mi mano por debajo de ella, rozando con mi dedo el pliegue de
su perfecto culo hasta encontrar su entrada trasera. Se le corta la
respiración.
— Quiero tocarte aquí—, le susurro al oído. — Quiero hacerte
sentirte bien.
Se le hunden los dientes en el labio inferior y me mira con recelo.
—No quiero que duela.
Mis venas vibran con la necesidad de protegerla, de prodigarle placer y
amor y mostrarle todo lo que nunca ha tenido.
—¿Confías en mí?
Ella asiente.
— Iremos despacio. No te dolerá. Te prometo que te sentirás muy bien.
Mejor dde lo que puedas imaginar. Tendré mucho cuidado contigo, Darce.
— Lo sé. — Ella parpadea de nuevo, exhala lentamente y asiente. — De
acuerdo.
Su confianza en mí es embriagadora. Atrapo su boca, mordisqueo su
labio inferior, la beso, antes de chupar mi dedo y volver a su apretado
pliegue, empujando suavemente dentro un milímetro cada vez.
—¿Se siente bien? — Observo su expresión como un halcón.
— Sí—, jadea, parpadeando con los ojos muy abiertos mientras
introduzco el dedo en su interior, haciéndola subir. — Dios mío. Sí.
La satisfacción me recorre.
—¿Qué he dicho?
Sus ojos se cierran y sus labios se entreabren, luego se tensa alrededor
de mi dedo, alrededor de mi polla.
—Dijiste que sería bueno.
— Dime que tengo razón, cariño.
— Tienes razón. — Pone los ojos en blanco. Empieza a temblar. —
Tienes tanta razón. Oh, joder. ¿Hayden?
Aprieto las muelas mientras inspiro profundamente por la nariz.
—¿Mmm?— Sus ojos vidriosos brillan con picardía.
—Fóllame.
Cuando me dice eso, con esa voz, con esa expresión tímida y cariñosa,
no puedo negarme.
Mi control se quema. Saco la polla de su interior, la vuelvo a meter y
gimo al sentir cómo me agarra su coño y cómo su culo perfecto aprieta mi
dedo. Respira con dificultad y frunce el ceño de placer agonizante mientras
la acaricio con los ojos clavados en ella todo el tiempo.
Una corriente eléctrica me recorre las piernas. Estoy demasiado cerca.
Cambio de ángulo y levanto sus piernas para penetrarla más
profundamente. Abre los ojos en cuanto mis embestidas empiezan a rozar
su clítoris. Me clava las uñas en los hombros y sus ojos adquieren esa
mirada lejana que me dice que está cerca.
— Una más—, le ruego. — Por favor, cielo. Sólo una más. Vente por mí
como una buena chica.
Ella asiente y me invade el orgullo. Los dos respiramos con dificultad
cuando me aprieta como un puño. Se me nubla la vista: nunca me
recuperaré de este placer atroz, y no quiero hacerlo.
— Más fuerte—, dice, tensa como un arco. —Más fuerte.
— Buena chica, Darcy. — La dominación me agarra como un puño, y
debajo de mí, ella se derrite aún más. — Acércate a la polla de tu mejor
amigo.
Aprieta los labios y cierra los ojos mientras aprieta mi polla con tanta
fuerza que no puedo soportarlo más. El fuego se apodera de mí. Dejo caer
la cabeza sobre su hombro y grito su nombre. No puedo pensar, no puedo
hablar, me derrito. Es el orgasmo que sigue y sigue, suspendiéndonos en el
tiempo y el espacio. El resto del mundo desaparece. Cada pensamiento,
cada latido, cada célula de mi cuerpo existe para Darcy y sólo para Darcy.
Bajamos respirando con fuerza el uno contra el otro y aprieto los labios
contra su sien, abrazándola con fuerza. Después de limpiarnos, la arrimo
contra mi pecho, donde debe estar.
— Siento que he ganado algo contigo—, le confieso como si fuera un
secreto.
Ella tararea, sonríe y pasa los dedos por mi vientre plano.
—Yo siento lo mismo.
CAPÍTULO 77
DARCY
Me despierto la mañana siguiente con una vista espectacular de Hayden
durmiendo, con el pecho desnudo, la piel dorada, y una expresión suave y
relajada en su hermoso rostro. Duerme profundamente, con el pecho ancho
subiendo y bajando y los labios ligeramente separados.
A través de las ventanas gigantes del dormitorio, las montañas se elevan
del lago, y estoy lleno de una abrumadora sensación de paz. Tengo cuidado
de no despertarlo mientras me deslizo de la cama para hacer café en la
cocina de la suite del hotel.
Todo está perfecto, hasta que reviso mi teléfono.
En el mostrador detrás de mí, la máquina de café expreso de la
habitación del hotel zumba y gotea mientras miro la pantalla de mi teléfono,
frotando el sueño fuera de mis ojos. Solo estoy usando una de las camisetas
de Hayden, mi cabello es un desastre y estoy descalzo, pero mi sueño
relajado se aclara como si me hubieran dorado en agua helada.
Tengo tantas notificaciones que no sé por dónde empezar. Mi pulso se
dispara. Un nuevo chat grupal con Georgia, Hazel, Pippa, Jamie, Rory,
Alexei. Hayden también está en ello, pero obviamente no ha respondido.
Mensajes directos de Georgia, Hazel, Pippa, Alexei. Mensajes de texto de
mis padres, un montón de antiguos compañeros de trabajo y los otros
analistas. Dos llamadas perdidas de Georgia, una anoche y otra esta
mañana. Otra llamada perdida de Alexei. Una llamada de Ward.
Teníamos nuestros teléfonos en modo no molestar para la boda, y
cuando volvimos a nuestra habitación, revisarlos era lo último en lo que
pensamos.
No te asustes, Georgia envió un mensaje de texto anoche. Estamos
lidiando con ello.
¿Lidiando con qué? Entro en pánico más fuerte, pulso acelerado y
estómago en nudos.
Vamos a resolver esto, Alexei envió un mensaje alrededor de la
medianoche.
¿De qué demonios están hablando? Escaneo el chat grupal, todos están
furiosos por una entrevista. Preguntan en qué habitación estamos.
Un mensaje de Kit.
Aparece el nombre y mis ojos se abren, corazón en mi garganta. Busco
en Google a Kit Driedger, y el primer vídeo es una entrevista de prensa de
ayer, después del primer partido de playoffs de Calgary.
La cara de Kit aparece en el vídeo con el logotipo del equipo de Calgary
detrás de él.
— Tú y el delantero de Vancouver Storm, Hayden Owens, son amigos
desde hace mucho tiempo—, dice el entrevistador. — Sin embargo, durante
el partido de la semana pasada contra Vancouver, parecía que lo estabas
apuntando. Los fanáticos están especulando que su comportamiento durante
ese juego es el resultado de que Owens tenga su mejor temporada hasta la
fecha, mientras que sus estadísticas se retrasan. ¿Hay alguna verdad en este
rumor?
Kit dobla sus brazos sobre su pecho, frunciendo el ceño.
—No, no hay verdad en ello. Me importa una mierda él.— Traga con
fuerza. — Y apuesto a que es mucho más fácil tener una buena temporada
cuando estás recibiendo un trato especial del nuevo analista de datos del
equipo, si sabes a lo que me refiero.
Levanta las cejas, y su implicación es clara.
Hay una larga pausa de silencio antes de que todos los reporteros
comiencen a hacer preguntas a la vez. No escucho lo que dicen después
debido a la sangre que bombea en mis oídos.
Algo se arruga en mi pecho.
En un instante, recortó todo lo que hago con el equipo, todo mi arduo
trabajo y pasión por mi trabajo. Me pegó una gran pegatina poco
profesional. La vergüenza aumenta, se enrolla y se hunde en mi estómago, y
me pican los ojos.
¿Cómo podría haber estado tan equivocado con alguien?
—¿Darce?
Se me levanta la cabeza. Hayden avanza hacia mí con el ceño fruncido
preocupado, sin camisa, solo usando sus bóxers negros. Ojalá pudiera
apreciar completamente lo adorable que es, todo somnoliento cuando se
despierta, pero en lugar de eso, estoy tambaleando, girando, luchando.
Todavía sin palabras, le entrego mi teléfono y le di a reproducir. Su
mandíbula se aprieta mientras ve el vídeo, sus músculos se tensan.
—¿Qué carajo?
Miro la pantalla con incredulidad.
—¿Cómo pudo hacer esto?
¿Qué hice para merecer esto? ¿Es realmente con quien estuve durante
ocho años?
— Darce.— Hayden dejan el teléfono y pone sus manos sobre mis
hombros, girándome para enfrentarme a él. — Me ocuparé de esto.
Escaneo el resto de los mensajes, y uno sobresale.
Llámame, un mensajes de texto de Ward.
Lo llamo, pero va directamente a su buzón de voz. Hayden hace su
propia llamada telefónica mientras miro por la ventana. No creo que Ward
me despediría por esto. No he hecho nada malo, pero llamar este tipo de
atención sobre el equipo no es bueno.
Una vez conocí al propietario, un buen hombre de unos sesenta años
con una sonrisa amable. Si bien parece el tipo de paciente en el que puedo
ver que Ward se convierte un día, dudo que él también esté satisfecho con
esto.
Mi mente se remonta a hace cuatro años, cuando me senté en la oficina
de mi jefe cuando me despidió por mi error. Estaba tan concentrado en no
repetir el pasado que ni siquiera lo vi venir. Estuve mirando en la dirección
equivocada todo el tiempo.
El dolor de derribar a alguien conmigo suena agudo y claro como lo fue
ayer. Hayden ha demostrado ser un delantero increíble sin mi ayuda, pero
ahora que los medios de comunicación se han apoderado de nuestra
relación, nunca obtendrá todo el crédito por el trabajo que ha puesto.
— Sí, bien—, dice Hayden en el teléfono. — Estaré allí en dos
horas.
Se despide y cuelga antes de girar hacia mí.
— Necesito hablar con Ward—, le digo.
— Ya está en su oficina. — Hayden se pasa una mano por el pelo. —
Debe haber conducido de vuelta anoche para lidiar con esto.
Mientras todos los demás estaban lidiando con mi lío, yo estaba
envuelto en Hayden y en nuestro propio pequeño mundo.
— Vamos.
Trago y miro alrededor de la suite del hotel. Planeamos pasar el día en
la cama y conducir de vuelta mañana, pero ya no podemos escondernos.
Sé lo que tengo que hacer. Esta vez, no voy a llevar a nadie conmigo.
CAPÍTULO 78
HAYDEN
Llegamos al estadio en un tiempo récord. Apenas hablamos en todo el
trayecto, cada uno consumido por sus propios pensamientos, pero fuera del
despacho de Ward, me detengo, tocándole el brazo.
—¿Puedes esperar fuera?— le pregunto.
Tiene la mandíbula desencajada.
—No. Quiero hablar con Ward.
— Quiero hablar con él primero.
Trago más allá de los cuchillos en mi garganta, apenas mantengo la
compostura. Estoy tan jodidamente enfadado con Kit, pero más que nada,
necesito proteger a Darcy.
—¿Por favor?
— No.— Sus ojos brillan con determinación.
Suspiro. Ella puede ser tan terca cuando quiere algo, lo que todavía
encuentro lindo, incluso si es inconveniente.
—Entraremos juntos.
Después de llamar, oímos un ruido sordo y abrimos la puerta a un Ward
con aspecto cansado detrás de su escritorio.
Nos hace señas para que entremos.
—Vamos a abordar esto.
Tomamos asiento y apoyo los codos en las rodillas, observándole. Es
culpa mía. Cabreé a Kit. Le oculté mis sentimientos por Darcy durante
años. Está tomando represalias contra mí, pero ella está quedando atrapada
en el fuego cruzado.
La amo, y la protegeré para siempre. No quiero hacer esto, pero no veo
otra manera.
— Una vez que los playoffs hayan terminado, me gustaría solicitar
formalmente un intercambio.
Los intercambios se permiten de nuevo tan pronto como terminen los
playoffs. Ella ha trabajado tan duro por su sueño, y yo no seré la razón de
que se acabe. No comprometeré su felicidad.
—¿Qué?— Darcy se inclina hacia delante para mirarme, con la
mandíbula caída y los ojos brillantes de ira. — No.
Detrás de su escritorio, Ward levanta las cejas sorprendido.
— Sí—, le digo antes de volverme hacia Ward. — Cámbiame. Iré a
cualquier parte, y no me importa si juego en defensa o en ataque.
No es del todo cierto. Me encanta jugar al ataque, y se me da bien. Toda
mi forma de jugar ha cambiado en los últimos meses, y mi vida personal
también, pero aceptaré lo que me den y no me quejaré. De esta manera,
Darcy puede permanecer en el trabajo de sus sueños.
No voy a pensar en cómo las cosas eran tan perfectas hasta esta mañana.
No voy a pensar en cómo las cosas podrían haber sido. Cómo podría haber
sido para siempre.
— Puedes hacer el anuncio hoy—, añado, pero Darcy niega con la
cabeza. — Darcy puede conservar su trabajo. No hay conflicto de intereses
y todo el asunto desaparece.
Cada parte de mí se rebela ante la idea de mudarme, dejarla, no verla
durante largos tramos de la temporada, pero no veo otra solución.
— No.— Nunca había oído a Darcy usar una voz tan severa y
autoritaria. Mira a Ward de frente. — Despídeme.
Es mi turno de mirarla sorprendido. Ward empieza a decir algo, pero le
interrumpo.
—¿Esa es tu solución, Darcy? ¿Dejar el trabajo para el que eres
perfecta, después de años odiando tu carrera?
— Puedo encontrar fácilmente un nuevo trabajo en Vancouver—, le
dice a Ward, ignorándome. — La tormenta de mierda mediática desaparece
y puedes contratar a otro analista. Somos muchos ahí fuera.
La miro fijamente, furioso. ¿Cómo puede pensar que es una opción?
Jamás lo aceptaría.
—Por fin vuelves a ser feliz.
— Tú también—, me responde.
Ward se aclara la garganta.
—¿Puedo...?
—¡Eso es gracias a ti!— Mi voz está cargada de urgencia y frustración.
— Por fin soy feliz porque estamos juntos, y haría cualquier cosa por ti.
Cuando nuestros ojos se encuentran, me mira con tanto amor y cariño
que mi corazón se parte por la mitad.
—Te encanta este equipo. Te encanta vivir aquí. Por fin has encontrado
tu sitio. Nunca dejaría que te fueras a otro equipo sólo por mí.
— Lo haría. Por ti, Darcy, haría cualquier cosa.
— Lo sé.— Aprieta los labios y aspira con fuerza. — Y por eso no
puedo dejar que lo hagas. Puedo encontrar un trabajo en Vancouver y
podemos permanecer juntos, pero si te intercambian —traga saliva con
fuerza, frunciendo el ceño hacia sus manos —es una sentencia de muerte
para nosotros.
—No lo es.
— Sí lo es. Será tan difícil, Hayden. ¿Ocho meses separados, con los
horarios de ambos? Apenas hablaremos por teléfono o nos enviaremos
mensajes, y mucho menos nos veremos.— Parece tan jodidamente triste.
Quiero matar a Kit por hacer esto. — Te quedan años de carrera. ¿Cuánto
tiempo podemos seguir así?
Dentro de sus palabras, escucho su verdadera pregunta. Todas esas
cosas que vimos en la boda de Streicher y Pippa, la vida que queremos
juntos, todo eso está en espera hasta que podamos estar juntos de nuevo.
Algunos tipos como Volkov juegan hasta la treintena. Es raro, pero
sucede. No puedo pedirle que espere hasta entonces. Que me espere. Algo
me duele en el pecho.
Odio las dos opciones. Ambas nos quitan algo.
— No sé qué hacer—, admito, restregándome una mano por la cara.
Ward suspira.
— Callense los dos un momento—, dice, no sin maldad. — Cada uno
ha tomado una decisión, pero no es suya. — Nos mira a cada uno con
dureza. — Ninguno de los dos.
Darcy enrojece y yo aprieto los dientes, sentándome en la silla.
— Ninguno de los dos va a ir a ninguna parte.— Cruza los brazos sobre
el pecho. — Y si me hubieras dejado hablar cuando irrumpiste en mi
despacho, te lo habría dicho.
Ward levanta la comisura de los labios como si le hiciera gracia.
Darcy y yo nos miramos, con esperanza en los ojos.
— Soy muy selectivo y deliberado con quién contrato —continúa —, y
sólo contrato a los mejores, incluido un departamento de relaciones
públicas estelar, que ha estado en todo esto desde el segundo en que
Driedger abrió la boca e insultó a uno de los nuestros. — Levanta las cejas
mirando a Darcy. — Este trabajo es una vocación para ti, ¿no? No es sólo
un trabajo. Es tu propósito.
Ella asiente.
—Sí. Por fin siento que estoy en el lugar adecuado.
— Lo sé.
Ward coge el mando de la tele y enciende la pantalla de la pared de
enfrente. Los resúmenes deportivos suenan en silencio y Ward avanza
rápido hasta encontrar lo que busca.
— Esto se emitió hace veinte minutos.
Le da al play y habla el periodista deportivo.
— El entrenador Tate Ward ha hecho una declaración sobre las
acusaciones de conflicto de intereses contra Darcy Andersen, el reciente
analista de datos de los Storm. Darcy Andersen es una increíble analista de
datos estadísticos que aborda su papel con la máxima profesionalidad. Es
un miembro valioso de la familia Storm, y cualquier comentario para
desacreditarla basado en su relación con Hayden Owens es sexista y
degradante, un problema al que las mujeres en STEM se enfrentan cada día.
En nombre de la Sra. Andersen, el Vancouver Storm donará 100.000
dólares a la sección de Vancouver de Women in STEM y convertirá a la
organización sin ánimo de lucro en una de nuestras causas oficiales.
La periodista se vuelve hacia su colega con las cejas levantadas.
— Eso sí que es un mensaje para Driedger.
Tengo el corazón en un puño cuando Ward apaga el televisor y se echa
hacia atrás en su silla, mirándonos.
— El equipo ha publicado en sus redes sociales en tu apoyo. Tus
antiguos compañeros de Eckhart-Foster han hablado de tu profesionalidad y
talento como analista. El grupo Women in STEM obviamente te apoya, y
Jesús, hasta tus antiguos profesores de la universidad están opinando. —
Mira a Darcy. — No dejes que un imbécil amargado por algo personal te
arrastre con él. No te irás. — Me mira con severidad. — Tú no te vas. —
Mira entre los dos. —¿Está claro?
Darcy y yo nos quedamos en shock. Yo no me voy, ella no se va, y el
futuro que queríamos juntos ya no está en peligro. Nos miramos el uno al
otro. Ella empieza a sonreír y yo levanto la boca mientras siento alivio.
— Está claro—, le digo a Ward, sonriendo a Darcy.
— Claro como el agua.
Darcy sonríe aliviada.
— Bien. Ahora, por favor, salid de mi despacho.— Nos saluda con la
cabeza. — Nos vemos el lunes.
Me levanto y le tiendo la mano a Darcy. Cuando ella la toma, la saco de
su oficina.
Cuando por fin estamos fuera del estadio, caminando por el parque bajo
los cerezos en flor, Darcy deja de caminar y se vuelve hacia mí con
expresión preocupada.
— Hay algo que tengo que decirte.
CAPÍTULO 79
DARCY
— Te amo —, le digo a Hayden bajo los cerezos en flor mientras el sol de
abril brilla sobre nosotros, reflejándose en su pelo y haciendo que sus ojos
parezcan más azules que el océano. — Debería habértelo dicho anoche,
pero me quedé paralizada porque tenía miedo. No confiaba en mí misma.
Tenía miedo de hacerte daño o de desaparecer en tu vida.
Me observa con una pequeña sonrisa, escuchando pacientemente, y yo
apoyo la mano en su pecho firme. Bajo mi palma, su corazón late sin cesar.
Una brisa levanta un mechón de pelo que ha caído sobre su frente, y más
flores de cerezo revolotean desde los árboles.
El amor florece a nuestro alrededor, y ahora lo veo tan claro.
¿Cómo pude pensar que me perdería en este hombre? Te equivocas de
nuevo, Darcy. Nunca me lo permitió. Intentó dejarlo todo para que yo
pudiera conservar un trabajo que amo.
— Tú nunca dejarías que eso pasara—, le digo. — Contigo, soy la
mejor versión de mí misma.
Miro por encima del hombro hacia un banco cercano, aquel en el que
nos sentamos hace un par de semanas.
—Me senté bajo los cerezos en flor, viéndote jugar al hockey con esos
niños, y me di cuenta de que mi vida era innegablemente mejor contigo en
ella.
Se me corta la respiración de emoción mientras lo miro.
Con cada fibra de mi ser, espero que él sienta lo mismo.
Anhelo y puro afecto brillan en sus ojos.
—Te amo, Darce. Siempre te he querido. Te quiero más de lo que creía
posible. Me haces sentir la persona que quiero ser. — Se ríe para sus
adentros. — Por eso A.R. Haddington me envió el libro, creo. Le conté la
historia de nosotros, cómo nos gustó sus libros, pero le dije que te quiero y
que te he querido durante mucho tiempo. Sabemos que es una romántica.
Hayden me rodea con los brazos, me atrae hacia él y yo apoyo la cabeza
en su pecho, escuchando los latidos de su corazón. Sus labios encuentran mi
sien y me da un beso.
—¿Siempre?
Se me acelera el pulso cuando me inclino hacia atrás para mirarlo, tan
alto y tan guapo. El hombre de mis sueños, que ha estado delante de mí
todo el tiempo.
— Siempre. Nunca te he querido como a una amiga, Darcy. Tardé un
tiempo en darme cuenta.
— Yo también—, susurro.
Sus manos se enredan en mi pelo y me echa la cara hacia atrás,
atrapando mis labios con los suyos. El beso es suave, dulce y delicado, pero
me aprieta el labio inferior entre los dientes y me pasa un dedo por la nuca,
haciéndome temblar ante la promesa de más cuando lleguemos a casa.
Me da vueltas la cabeza cuando se echa hacia atrás y me guiña un ojo.
—Vamos.
Mientras caminamos hacia casa bajo los cerezos en flor, le miro con una
pregunta en los ojos.
—Te lo dije en cuanto me enamoré de ti. ¿Y tú?
Su boca se inclina en una sonrisa pícara.
—¿Recuerdas aquella noche en la que me hirieron?
—¿El gran golpe?
Asiente con la cabeza.
— Espera. — Me río. —¿Te enamoraste de mí por una mamada?
Hayden se estremece de risa.
—Siempre te he querido, pero fue entonces cuando me di cuenta. —
Respira hondo, sin dejar de sonreírme, con la alegría irradiando del fondo
de sus ojos, de su piel, del aire que le rodea. — Nunca nadie me
había cuidado así, Darcy. Si no estuviera enamorada de ti entonces, eso
habría sellado el trato.
Me duele el corazón por la dulzura de sus palabras.
—¿Hayden?
—¿Sí, Darcy?
— Vamos a casa.
Muevo mis cejas de una manera traviesa que no deja ninguna duda
sobre lo que voy a hacer por él.
Sus ojos se iluminan y se agacha antes de lanzarme por encima de su
hombro.
Grito de sorpresa y me río mientras él empieza a correr calle abajo.
EPÍLOGO
DARCY
Una mañana de principios de septiembre Hayden y yo estamos
tumbados en la cama, recuperando el aliento tras una entusiasta ronda de
sexo matutino.
—¿Listo para la pretemporada?— le pregunto.
— Mhm. — Se apoya en el cabecero de la cama y sonríe como si se le
acabara de ocurrir algo. — Solía temer el final del verano. Creo que porque
siempre significaba que no te vería tanto.
Tarareo, apoyando la barbilla en él.
—Yo también. Siempre te echaba de menos durante la temporada.
Me pasa una mano por la espalda desnuda, jugueteando con mi pelo y
haciéndome sentir un hormigueo.
Al final de la temporada pasada, los Storm fueron eliminados en la
segunda ronda de los playoffs, lo más lejos que el equipo había llegado en
años. Los chicos estaban decepcionados, pero Ward les aseguró que el
camino a seguir era un ascenso lento y constante, y que la próxima
temporada serían aún mejores. Les dijo que estaba orgulloso de cómo
habían jugado y de ser su entrenador.
Miró a Hayden cuando dijo eso, y no pude evitar la sensación de orgullo
y expansión en mi pecho.
Junto con los jugadores, Ward dio el verano libre al equipo de analistas,
pero yo estoy con mi portátil todos los días, retocando los modelos,
revisando las imágenes de los partidos, siguiendo los datos y buscando
patrones.
Hayden me sacó de viaje a Hawai con Jamie, Pippa, Rory, Hazel, Alexei
y Georgia, que siguen sin dirigirse la palabra salvo para hacer comentarios
sarcásticos. Los fines de semana salimos en nuestro nuevo barco,
serpenteando por las islas del Golfo, viendo el sol brillar en el agua.
Tras la tormenta de mierda mediática, los rumores de que Kit ya no se
llevaba bien con sus compañeros de equipo no hicieron más que
amplificarse cuando su contrato finalizó sin renovación.
Ahora es agente libre, pero ningún equipo lo ha fichado. Él creó este lío,
pero aún así le compadezco. Hayden y yo tenemos mucho, y en
comparación, la vida de Kit se ha ido por el retrete.
Que se acabe el verano significa que volvemos a la vida real, pero con
Hayden, nuestra "vida real" es mejor de lo que podía imaginar.
Hay algo que llevo semanas queriendo decirle. Me concentro en pasar el
dedo por las crestas y las líneas de su pecho.
— Estoy lista para un anillo. Quiero decir, si tú quieres. O cuando tú
estés listo para dármelo.
Sus ojos brillan, pero se entrecierran como si estuviera confuso.
—¿Qué quieres decir?
— Quiero decir…— Respiro hondo. — Cuando estés listo para darme
un anillo y dar el siguiente paso, estoy lista para decir que sí.
Se rasca la cabeza, poniendo cara de confusión.
—¿Eso de lo que hablamos al final de la temporada pasada?—
Ensancho los ojos y hago un gesto entre nosotros. —¿Eso por lo que estaba
súper nerviosa en el pasado pero que ya no me pone nerviosa contigo
porque te quiero y quiero estar contigo para siempre?
—¿Quieres tener un perro?
—¡Pídeme que me case contigo!— estallé. —¡Llevo esperando
todo el verano!
Se echa a reír y yo me quedo boquiabierta, pero no puedo evitar reírme
también.
— Hayden. Estás siendo obtuso a propósito.
Su pecho tiembla y la sonrisa que me dedica me calienta de pies a
cabeza.
—Sí, cariño, sé de qué tipo de anillo estás hablando. Lo tengo desde
hace meses.
Se me para el corazón.
—¿Lo tienes?
Su mirada es suave, paciente y gentil.
—Mhm.
—¿Dónde?
Intento levantarme de la cama, pero me aprisiona contra él.
— No es asunto tuyo.
—¿Me lo das ahora?
— No.— Resopla. — Puedes esperar.
— Pero acabo de decir que estoy lista.— Hago un ademán de
apresurarme. — Vámonos.
Se ríe otra vez.
—No voy a proponértelo aquí, Darce. Tiene que ser especial. Te
mereces algo memorable y especial. — Se pasa la mano por el pelo.—
Además, quería comprobar si prefieres elegir el tuyo. Nosotros podemos ir
a una tienda. Puedes encargar que te diseñen algo. Puedes comprar lo que
quieras...
— Quiero lo que hayas elegido para mí.
Más o menos una vez al mes, Hayden me compra una joya. Ha
demostrado tener un gusto increíble, siempre elige piezas especiales y
respetuosas con el medio ambiente. Le he dicho un millón de veces que no
las necesito y que me está malcriando, pero no se deja amilanar.
Mimarme hasta la saciedad parece hacer muy, muy feliz a Hayden
Owens, de hecho, y verle conseguir lo que quiere me hace feliz a mí, así
que todos salimos ganando.
Me tira de un mechón de pelo.
—¿Quieres un café?
Le miro fijamente.
—¿Cómo puedes ser tan despreocupado cuando acabamos de tener una
conversación monumental?
— Para mí no es monumental, Darce. Ha tardado mucho en llegar y he
estado preparada.
Se levanta de la cama y me da una ligera palmada en el trasero.
Lo veo salir de la habitación a grandes zancadas, con los ojos clavados
en su culo tonificado.
—¿De verdad vas a hacerme esperar?
— Frustrante, ¿verdad?—, dice en la puerta, divertido. — Ocho años,
cariño. Ese es el tiempo que te esperé.
Un ruido bajo de impaciencia sale de mí y vuelvo a caer sobre la cama.
Hayden se ríe y sacude la cabeza, con los ojos iluminados.
—Y ha merecido la pena.
_____
Al menos una docena de veces durante las dos semanas siguientes,
Hayden se detiene para atarse el zapato: en medio de la calle, junto a
nuestra mesa cuando salimos a cenar, en un puentecito sobre un arroyo,
incluso en la ducha.
— Esos ni siquiera tienen cordones—, le digo cuando se detiene a
inspeccionar sus zapatillas.
Pone cara de inocencia.
—Creía que había una piedra.
Al final de la semana, cuando se arrodilla en el parque bajo los árboles
con sus hojas otoñales, ni siquiera dejo de caminar. Él trota detrás de mí,
riéndose mientras yo pongo los ojos en blanco y oculto una sonrisa.
—¿Te pone nervioso que diga que no?— le pregunto una mañana
mientras me lava el pelo en la ducha, masajeándome el cuero cabelludo con
acondicionador y derritiéndome el cerebro. —¿Por eso me torturas
así?
— No sé de qué me estás hablando.
— Probablemente te diga que sí.
—¿Probablemente?— Hayden me sonríe, mirándome el pecho mientras
el agua corre por mi piel. — Estás bromeando, ¿verdad?
— Dos pueden jugar a este juego.
Finalmente, casi a finales de septiembre, Hayden y yo paseamos por
nuestro parque favorito bajo el fresco sol otoñal. Nos acercamos al banco
en el que siempre nos sentamos, y su cálida mano se desliza alrededor de la
mía, tirando de mí hacia él.
— Vamos a sentarnos—, me dice.
Me tumbo en el banco. Pero Hayden no se sienta. Se mete la mano en el
bolsillo. Me tiembla el pulso, pero no es la primera vez que intenta
engañarme.
— Ja, ja. — Mi sonrisa es indulgente. —¿Ahora te metes la mano en el
bolsillo? Veo que estás subiendo de nivel. — Miro alrededor del parque. —
Hmm. ¿Dónde se esconde el fotógrafo, eh?
Hayden sonríe.
—A unos treinta metros.
— Muy gracioso.
Se arrodilla y mi confianza se tambalea. La forma en que me sonríe
hace que se me corte la respiración.
— Hoy sí que estás llevando esta broma lejos—, susurro, sosteniéndole
la mirada. Creo que los míos son del tamaño de platillos mientras mi
corazón late con fuerza y mi estómago se revuelve de emoción.
Me dedica otra sonrisa.
—Hoy no es broma.
Sonrío, asintiendo, aspirando profundamente.
—¿Por fin está pasando esto? ¿Me estás sacando de mi miseria?
Se ríe.
—Sí. ¿Estás lista?
Siempre dándome a elegir. Le sostengo la mirada, segura, y asiento con
la cabeza.
Su expresión se suaviza y sus ojos se calientan cuando me coge la
mano.
—Darcy Andersen, mujer de mis sueños, ¿quieres casarte conmigo?
— Sí—, digo sin vacilar, sonriendo. — Sería una suerte.
— Ni siquiera has visto el anillo.
— No me hace falta.
Memorizo este momento: la sensación del sol en mi piel, el sonido de
los pájaros y los niños jugando en el parque, la brisa que levanta el pelo de
Hayden y sus ojos azules como el cielo. El tacto de mi mano en la suya.
— Estoy segura, Hayden, y nada puede hacerme cambiar de opinión.
Arquea una ceja y abre la caja del anillo.
Me quedo boquiabierta.
—Santo cielo.
Miro fijamente la piedra preciosa brillante, de color rosa pálido, rodeada
de pequeñas piedras blancas. Parece sacada de un cuento de hadas, como un
accesorio de La Espada del Norte.
Y va a ser mía. Podré mirarlo todos los días y recordar a Hayden.
—¿Te gusta?
Asiento con la cabeza, sin palabras, y él sonríe más. No me gustan
mucho las joyas, pero Hayden está cambiando eso poco a poco.
— Son todos diamantes cultivados en laboratorio, con oro blanco
reciclado para la banda.
— Es perfecto.— Mi mirada se eleva hacia él. — Tú eres perfecto, y
no puedo esperar a pasar la eternidad contigo.
Me coloca el anillo en el dedo y los dos nos sonreímos antes de que se
levante y me bese.
Esa noche, abrimos la puerta del Filthy Flamingo en medio de un coro
de vítores y aplausos.
— Felicidades, tortolitos—, dice Rory, sonriendo y dándonos copas de
champán.
Todo el mundo está aquí: nuestros amigos, nuestros padres, el equipo y
mis colegas, incluso Ward. Hay una foto ampliada que alguien debe
habernos hecho hoy en el parque, de Hayden arrodillado delante de mí,
sosteniendo el anillo mientras yo miro encantada.
Desde detrás de la barra, Jordan me guiña un ojo mientras mezcla
cócteles.
El Wingman: fuerte, dulce y descarado. La bebida que no sabías que
necesitabas.
Después de que todos nos hayan felicitado, Georgia me aparta para
inspeccionar el anillo.
— Ha quedado precioso.— Su sonrisa es melancólica mientras inclina
mi mano hacia delante y hacia atrás, haciendo que los diamantes brillen con
la luz del bar. — Precioso.
Levanto las cejas con una sonrisa burlona.
—¿Lo sabías?
Se burla.
—Por supuesto. Todo el mundo ayudó. Incluso el ruso gruñón.
Sus ojos recorren la barra. Hayden está hablando con Rory, Jamie y
Alexei, que frunce el ceño en nuestra dirección y luego aparta rápidamente
la mirada.
Georgia suspira otra vez feliz y me aprieta la mano, una sonrisa suaviza
sus facciones.
—Me alegro por ti.
— Gracias, amiga. Probablemente tenemos que agradecerte toda esta
situación. Tú y tu obsesión por la lencería.
Su boca se inclina, petulante y divertida.
—Las dos sólo necesitabais un poco de ánimo.
Sacudo la cabeza, sonriendo. Ni siquiera puedo enfadarme.
—¿Sabes a quién te pareces? Alexei.
Finge tener arcadas, da un sorbo a su bebida y la luz se refleja en su
mano, llamando mi atención.
Abro mucho los ojos. Hay un anillo en el dedo anular de la mano
izquierda de Georgia.
— Espera. — Le cojo la mano para mirar el anillo. —¿Qué es esto?
No suele llevar anillos, y menos en ese dedo.
Se mueve, encogiéndose de hombros.
—Ah, ¿eso?— Se aclara la garganta, la mirada lanzada a través de la
barra hacia algo.
—Sí, esto.
Se da golpecitos en el labio superior con la lengua.
—Me casé—, dice suavemente.
—¿Casada? — Me quedo boquiabierto.—¿Con quién? ¿Por qué? Ni
siquiera sabía que salías con alguien.
— Nunca me casaré—, me dijo el año pasado durante nuestra cita doble.
Su pálida garganta trabaja mientras traga, y finalmente, se encuentra con
mi mirada.
—Volkov.
_____
Hayden y yo volvemos a casa cogidos de la mano, zumbando de
felicidad y de la promesa de lo que está por venir. Probablemente también
de esas bebidas Wingman.
—Supongo que no he sido una buen jugadora, ¿verdad?"
Se ríe.
—No, no lo hiciste, y gracias a Dios por eso.— Su boca se tuerce
mientras me mira. — Yo tampoco lo era. Siempre estaba pendiente de ti.
— Me parece bien. — Le apoyo el hombro.—Al final salió bien. Estoy
deseando casarme con mi mejor amigo, Hayden Owens.
La emoción parpadea en sus ojos.
—No veo la hora de casarme con mi mejor amiga, Darcy Andersen. —
Deja de caminar y, con la mano bajo mi barbilla, inclinando mi cara hacia
arriba, me da un suave beso. — Te amo.
— Te amo, y aunque se me daba fatal, pedirte que me enseñaras a ser
jugadora ha sido lo más inteligente que he hecho.
Se ríe contra mis labios.
Me pongo de puntillas para devolverle el beso, con el corazón tan lleno
de amor por Hayden Owens.
Fin…
Esta traducción se ha realizado de manera altruista, siendo un esfuerzo de una lectora
para lectorxs que comparten la
misma pasión por la literatura.
No buscamos en absoluto menospreciar a los autores que dedican su tiempo a crear estas
obras que tanto apreciamos. Nuestro único objetivo es que la lectura llegue a un público
más amplio.
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