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COHEN, Marcelo

Marcelo Cohen fue un destacado novelista, narrador y traductor argentino, conocido por su innovación en el género fantástico contemporáneo en español. A lo largo de su carrera, escribió trece novelas y diez libros de cuentos, creando el universo del 'Delta Panorámico' y el idioma 'deltingo', además de recibir múltiples premios literarios. Su obra, caracterizada por un estilo personal y un enfoque en realidades fantásticas, ha sido traducida a varios idiomas y ha influido en la literatura contemporánea.
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COHEN, Marcelo

Marcelo Cohen fue un destacado novelista, narrador y traductor argentino, conocido por su innovación en el género fantástico contemporáneo en español. A lo largo de su carrera, escribió trece novelas y diez libros de cuentos, creando el universo del 'Delta Panorámico' y el idioma 'deltingo', además de recibir múltiples premios literarios. Su obra, caracterizada por un estilo personal y un enfoque en realidades fantásticas, ha sido traducida a varios idiomas y ha influido en la literatura contemporánea.
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MARCELO COHEN (ciudad de Buenos Aires, 29 de Septiembre de 1951 - 17 de Diciembre de 2022), nove-

lista y narrador, ensayista y crítico literario, periodista cultural e infatigable traductor (de las lenguas
inglesa, francesa, italiana, portuguesa y catalana); fue uno de los más destacados innovadores del género
fantástico contemporáneo en español, habiendo sido traducido Ha sido traducido al inglés, al francés y al
sueco. Su obra narrativa la componen trece novelas y diez libros de cuentos; creó el espacio geográfico y
social imaginario del «Delta Panorámico», que desarrolló en varios de sus libros, con su propio idioma: el
«deltingo». Además, en el año 2003 fundó la revista cultural Otra Parte, que hasta su fallecimiento v
codirigió con su esposa. Entre otros galardones, recibió en 2004 el Premio Konex en la categoría de nove-
la del quinquenio 1999-2003, en 2012 el Premio de la Crítica de la Fundación El Libro por su novela Bala-
da y en el 2022 el Rosa de Cobre de la Biblioteca Nacional en reconocimiento a toda su obra.
Su padre emigró a la Argentina a la edad de cinco años. Su madre tenía cuatro hermanas. El mismo
Cohen ha señalado que en su casa no abundaban las obras literarias, y que su entorno, de clase media,
más la nostalgia que a veces había en su hogar, lo llevó a evadirse con una literatura fantástica más bien
sombría, con autores como Kafka, Philip K. Dick, Italo Calvino, J. G. Ballard, además de William Faulkner.
También leyó varios poetas que algunas personas de su entorno le acercaron, como Fernando Pessoa,
Eugenio Montale, Giuseppe Ungaretti, Ezra Pound y César Vallejo.
En 1963 comenzó a cursar Secundaria en el Colegio Nacional de Buenos Aires. Trabajó desde los catorce
años, fue recadero y vendedor de chocolates entre otras ocupaciines más. A comienzos de los setenta se
relacionó con el grupo del taller literario Mario Jorge de Lellis, de orientación marxista, integrado entre
otros por Daniel Freidemberg, Jorge Asís, Irene Gruss, Jorge Aulicino, Rubén Reches o Alicia Genovese.
Luego comenzó a estudiar letras en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires
pero no terminó la carrera, pero estudió inglés, italiano y portugués en varios institutos y academias e
institutos. En 1976, mientras viajaba por Europa, el Golpe de Estado argentino lo llevó a retrasar su re-
greso al país, quedándose a vivir en Barcelona hasta su regreso en 1996, año en que volvió a radicarse en
Argentina con su esposa Graciela Speranza, a la que había conocido unos años antes: tras su vuelta a
Buenos Aires, colaboró con frecuencia en el suplemento cultural del diario Clarín, uno de los primeros en
reconocer la valía de sus primeros libros, cuando aún estaba exiliado.
Fue articulista en los diarios La Vanguardia -hasta 1995- y El País: entre 1979 y 1981 colaboró en el su-
plemento literario “Babelia” del segundo. En 1980 se convirtió en redactor de la revista literaria Quime-
ra. Desde que en 1982 cerrara la revista El viejo topo —de la cual era Jefe-redactor—, comenzó a consoli-
darse en el oficio de traductor, habiendo vertido al español más de cien libros entre narrativa, ensayo,
poesía y teatro, de cinco idiomas, entre los cuales se encuentran: Fausto de Christopher Marlowe; El
alquimista, de Ben Jonson; Lady Susan, de Jane Austen; Los cuadernos de notas de Henry James; Sobre
poesía y poetas de T.S. Eliot; Ventanas Altas de Philip Larkin; Exhibición de atrocidades de J. G. Ballard;
Poesías escogidas, de A.R. Ammons; Adagia, de Wallace Stevens; El precio era alto, dos volúmenes de
cuentos de Scott Fitzgerald; La máquina blanda y El billete que explotó, de William Burroughs; Escritos
sobre Joyce de Italo Svevo; Quincas Borba de Machado de Assis y Felicidad clandestina, de Clarice Lispec-
tor, entre muchos otros, como Nathaniel Hawthorne, John dos Passos, Martin Amis, Giacomo Leopardi,
Quim Monzó o Raymond Roussel: una de sus más prestigiosas traducciones del francés al castellano es
precisamente el Locus solus de éste.
Entre sus libros podemos destacar las novelas El oído absoluto, El sitio de Kelany, Balada y Donde yo no
estaba; colecciones de cuentos como Hombres amables, El fin de lo mismo, Relatos reunidos, y volúme-
nes de ensayos como Buda y ¡Realmente fantástico! y otros ensayos.
En cuanto a su poética, cabe decir que la escasa cercanía al género realista en su producción literaria lo
mantiene cerca de lo fantástico y de la ciencia ficción, aunque no es estrictamente correcto encasillarlo
en géneros específicos, aún más cuando los límites de éstos se han vuelto con los años menos definidos,
siendo una de las características más destacadas de su narrativa -a diferencia de muchos autores de fan-
tasía de ciencia ficción que desarrollan cronologías de futuros posibles bien definidos en el espacio y el
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tiempo- el recurso a realidades fantásticas que, no obstante presentarse como temporal y geográfica -
mente indefinidas, por el contexto y los problemas que confrontan sus personajes se revelan claras ex-
trapolaciones de situaciones del presente. Y por lo que a su estilo se refiere, se lo reconoce por su prosa
poco corriente y sus creaciones semánticas: todas sus obras poseen un estilo personal muy marcado, en
el cual se pueden hallar adjetivos, expresiones, y diversas innovaciones lingüísticas (neologismos como
julinfo, frigatona, pulqui o palabrística, nombres como Viol Minago, Aliano D'Evanderey o la isla Múrmo-
ra) que pretenden definir su singular universo.
Desde que en el 2001 creó en el libro de relatos Los acuáticos el mencionado espacio geográfico y social
imaginario del «Delta Panorámico», en ese archipiélago de islas de río vienen transcurriendo sus novelas
y cuentos: cada isla tiene su propia geografía, su flora y fauna, su historia y costumbres, religión y siste-
ma político; también comparten rasgos como la moneda o las invenciones tecnológicas, siendo el princi-
pal denominador común de esta suerte de Unión Panorámica el Deltingo: un idioma hermoso y dispara -
tado que Cohen va inventando mientras ilumina nuevas regiones de ese territorio humano. Como se
trata de un futuro lo suficientemente lejano para que todo haya pasado otra vez de nuevo, el resultado
es una distopía retrofuturista que -en palabras del propio Cohen- “es un mundo que se parece al nuestro
dentro de diez minutos. Porque yo escribo sobre posibilidades fantásticas, sobre lo por venir, o sobre lo
que veo agigantado dentro de un tiempo en los síntomas del nuestro”. El ciclo de relatos cinematográfi-
cos que inauguró en La calle de los cines y con el que agregó otra dimensión a ese universo ficcional, lo
continuó en Llanto verde, cuyos once cuentos constituyen una deslumbrante galería de géneros, tramas,
personajes y procedimientos, que se proyectan en la mente de los lectores como películas entrañables
que han realizado los directores y directoras del Delta.
El escritor del «Delta Panorámico» y cinéfilo, que firma con las iniciales MC, “cuenta” algunas de sus
películas favoritas del Delta en sendos volúmenes. En LA OBSERVACIÓN. Una película del Delta Panorá-
mico (2015), el protagonista es Olán Ravipolu, un comerciante de setenta y siete años que una tarde, de
forma abrupta, toma conciencia de que sus energías se están acabando. Lo bueno y lo malo de su situa-
ción es que no está solo. ¿Qué será entonces de Durma, su mujer, cuando él ya no esté? Intentando res-
ponder a esta pregunta, Olán indagará en los silencios de su matrimonio, y en esos segmentos de vida
que transcurren cuando él no está presente. SESIÓN CONTINUADA. Dos películas del Delta Panorámi-
co reúne dos piezas fílmicas: la primera de ellas, Hay que pagar (un romance moral) narra la historia de
Flugo, un hombre que se siente en deuda por haber huído sin pagar durante el incendio de un pequeño
restaurante; y lo que parece a primera vista un escrúpulo moral exagerado va tornándose una búsqueda
más profunda e incierta de la que no escapan los encuentros con Otami, su joven amante; en la segunda,
Rubí y el Lago Danzante, una familia acoge una perrita en una época donde rige la “compasión total”
hacia los animales y en la cual está prohibida la tenencia de mascotas. Esto implica un riesgo para la fa-
milia, que se ve finalmente involucrada en las intrigas del tráfico de animales.

RELATOS: La gran cadena de los panaderos, 2012 (p.2); tres relatos-reseña de Películas del Del-
ta Panorámico (breve vocabulario de deltingo: p.9): LA OBSERVACIÓN, 2015 (p.12) y SESIÓN
CONTINUA, 2017: Hay que pagar (un romance moral) (p.17) y Rubí y el Lago Danzante (p.20);
otro: Fantasía española (p.24).

LA GRAN CADENA DE LOS PANADEROS (relatos de “Verano 12” en el bonaerense Pá-


gina/12 del 08//02/2011)
[A propósito de la filosofía estética literaria]… en dos escritores que admiro y diferentes entre sí
a más no poder, Macedonio Fernández y William Burroughs, encontré una idea penetrante: la
literatura debe aspirar a conmover integralmente la conciencia del lector... Desde mi punto de
vista, un buen cuento es el que ofrece una sensación verdadera –o la actualiza–…. Estas cualida -
des no son exactamente técnicas; son del orden de lo sensual, y por qué no del idealismo poéti -
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co, que es una forma del pensamiento. Las sensaciones verdaderas son poco comunes en un
mundo lleno de mediaciones, tapizado de copias y fingimientos. Pero si el lenguaje es el gran
instrumento de sujeción y control también puede ser un tímpano de lo más sensible. Entre esas
dos posibilidades se libran los combates literarios… Desde mi punto de vista, un buen cuento es
el que ofrece una sensación verdadera –o la actualiza–, y ofrecer una sensación requiere haber
sentido, o tener la nostalgia de haber sentido o haber pensado un sentimiento. Estas cualidades
no son exactamente técnicas; son del orden de lo sensual, y por qué no del idealismo poético,
que es una forma del pensamiento. Las sensaciones verdaderas son poco comunes en un mun-
do lleno de mediaciones, tapizado de copias y fingimientos… Entre esas dos posibilidades se
libran los combates literarios... Ahora bien, un desarrollo estético fatal pone periódicamente al
cuento moderno ante una disyuntiva estrecha: o vuelve al romanticismo (es “una representa-
ción profética”, como pedía Novalis), o se exalta a sí mismo como dispositivo perfecto, “maqui-
nita”, y por esa vía cae de nuevo en la superstición técnica y sucumbe a la preceptiva... La salida
al falso dilema la entreví por ejemplo en Kafka, Buzzatti, Felisberto Hernández, Virgilio Pinera,
John Cheever, James Ballard o, para ser más contemporáneo, en M. John Harrison y la extraor-
dinaria Kelly Link, el núcleo de cuyos cuentos suele ser algo que se ha captado con más de un
sentido y por eso perdura, como esa música de un concierto que uno puede recomponer horas
después, de vuelta en casa, a partir de unos fragmentos que se estamparon en la memoria.
Cuentos que abjuran de la perfección, a veces conjuntos de escenas dispersas, como si hubieran
soñado, sin conseguirla del todo, una forma todavía desconocida. A veces el camino hacia la
sensación verdadera da un largo rodeo por lo fantástico. Otras veces el rodeo es realista. De
hecho, el cuento le enseña a la vida que los rodeos no existen. Siempre existe un solo camino, y
en general el pathos radica no en haber tomado el camino malo sino en haber tomado el único
posible, pero sufrir la errónea sospecha de que podía haber otro. La médula de los cuentos que
siempre quise emular, me parece, es una imagen en la cual tienden a confluir varios contenidos
mentales, o entran en relación percepciones diversas. Si el cuento consigue reunirlas, el efecto
en el lector es el de un despertar a la experiencia, algo que en el mundo siempre está a punto
de perderse. Quizá por todo esto nunca escribí un cuento en base a una anécdota, propia o
recogida, ni deformando o ampliando una anécdota, ni sometiéndola a inversiones, desplaza-
mientos, condensaciones o transformaciones, como explica Freud que hacen los sueños para
figurar un mensaje intolerable. No: lo que me gusta es idear nexos entre dos o más motivos
cualesquiera que aparecen de repente en la cabeza y se niegan a abandonarla. No siempre el
procedimiento me permitió entender por qué esos motivos estaban ahí, ni la imagen que obtu -
ve uniendo varias fue reveladora, pero al menos me permitió llegar a la conclusión de que, muy
a menudo, lo que narra un buen cuento es la historia del descubrimiento de un error. O sea, la
historia de un despertar. En el cuento que sigue, el que despierta es un panadero”.

A la puerta de su panadería Braulio Fossey se repone de parte de la jornada en una silla de plásti-
co. Son las seis y media de la tarde. Una luz pletórica cavila al borde de Fossey como si dudara
de poder mostrarse en las muchas facetas de su cuerpo, o un rapto de caridad la detuviera. Aun-
que está fresco, bajo la bata no muy limpia la piel de Fossey no se eriza ni reacciona. La acidez
del aire no llega a ser corrosiva. Fossey ha entornado los ojos. Entre los párpados asoma un fes-
tón blanco que mantiene la luz a raya. Al lado de la silla hay un parasol verde y rojo, junto al pa -
rasol una mesa de plástico y en la mesa un vaso con granizado de limón. Unos bichitos voladores
van a inmolarse en los añicos de hielo. Los que no mueren siguen zumbando al borde del vaso.
La conciencia de Fossey prepara sus polirritmias para un momento supremo, aunque Fossey se ha
identificado tanto con la silla que él mismo se pregunta si lo sabe, si sabe que se acerca un mo -
mento imponderable. El colosal corpachón resplandece en su inmanencia. Fossey descansa y
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vela. Es buena parte del todo. No todo el todo, porque algo diferente de él se apresta a importu-
narlo.
Este Fossey derramado en la silla es un hombre intenso y desprendido. Más de sesenta y cinco
años ya. Discordias superficiales; lucidez intermitente. Tiene la carne fofa por las cantidades de
pan que ha comido y firme por los miles de panes que ha amasado y acarreado; tiene la piel blan -
cuzca de harina y rubicunda por el calor del horno. Expresivas pompas de pensamiento se des -
prenden de la calva de engrudo seco, pero la luz se apresura a capturarlas y las revienta. La boca
de Fossey agradece con un pliegue risueño. Después se pliega en otro sentido, el sentido de la
sombra. Fossey se rinde a la silla como si ya hubiera cumplido, no sabe con qué.
En la mente se abre un intervalo. A espaldas de Fossey, el cuerpo rendido se disputa el cristal con
muchos otros reflejos y con el cartel que él mismo pintó hace unos años: Panadería El Firmamen-
to. Detrás del escaparate la jovial mujer de Fossey y su hija mayor venden uno que otro pastel o
los regalan a los mendigos del vecindario, y al fondo, en un rectángulo de penumbra ambarina, el
aprendiz vigila la última horneada, que más tarde Fossey repartirá a pulso por fondas y cafetu-
chos de la zona. Al lado de la panadería el hijo mayor repara motos en el taller que Fossey cons-
truyó después de comprar el local de la panadería. Más allá una vendedora de empanadas atiende
las súplicas de su novio en un pequeño telefonín visuable. El aire huele a levadura y canela. A la
puerta de la panadería las azaleas de la señora de Fossey arden sin consumirse en un rosado triun-
fal.
Todo está en su punto, incluso el caos. La verdad, Fossey, que hoy amasó los primeros panes a
las cinco de la mañana, no ignora totalmente con qué ha cumplido. Tampoco ignora que ya no
quiere sólo media hora de quietud para beber limonada. El mantra de su conciencia le repite que
está muy cansado, pero mucho. Es un rumor que anima a esperar algo, probablemente la indife -
rencia. Como si esperase lograr la indiferencia, Fossey está majestuosamente derrumbado en la
silla. Por ahora gana el cansancio. Lo que el pan no tiene de peso lo tiene de volumen.
A un lado y otro del parasol abstraídos peatones andan chocándose por la acera. Hay un ritmo
cardíaco en la decepción de los comercios. El rincón de las imágenes – Bálsamos naturales – Fre -
nos y dirección del automotor – Frutas por unidad - Minicomponentes y clases de audio – Se ha -
cen llaves. Delante de Fossey la avenida es un estruendoso algoritmo de camiones. Las vías del
tren elevado se desgañitan en chirridos. Marañas de smog irisan la luz. A pocos metros de la silla
de Fossey una banda de adolescentes juega con esos dados que en cada cara traen una imagen
famosa que parece gesticular. El hardware físico de los muchachos no logra disfrutar, ni saber
quién gana o pierde en cada tirada, porque le han comprado el juego a un reducidor de bienes
robados y el programa está en otro idioma. Avanzada como está su atrofia gramatical, tampoco
pueden comunicarse sensaciones complejas, ni acaso tenerlas. Sin embargo gritan. Dejame a mí
que a esa tarada le hincho un ojo – Mirá, mirá cómo le entra la pena – Dos que se ríen y soy un
campeón. Aunque el entusiasmo de los muchachos no se aviene en un espacio mental unitario,
como red orgánica tienen una entidad. Sus alaridos compiten con los bocinazos. Ahora que termi-
nan de rodar por las baldosas, los tres dados muestran la cara ilusionada de la misma cantante,
que en cada uno canta una melodía diferente. Bailoteando sobre esa disonancia una chica grita
“Hurra” y levanta velozmente el pozo de las apuestas. Es la hija mediana de Fossey, una desafo -
rada, y nadie se atreve a discutirle si es cierto que ha ganado o no, ni siquiera Fossey.
A lo lejos se suceden varios ruidos. Frenadas, choques, alaridos de dolor, una explosión, latigazos
de luz giratoria. Un patrullero hiende el tráfico para incrustarse en la batahola. Corren vecinos
gritando La pisó, la pisó, mientras otros gritan Al hospital del quemado. De la cloaca que hay a
los pies de la silla sube un hedor a tripa. La luz entra en un vórtice, pero ante la colosal inmovili -
dad de Fossey recupera nerviosamente el equilibrio. Todo huye o prefiere no tocarlo. Fossey re -

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posa dentro de su campo de fuerzas, a la espera de algo que podría suceder en el momento menos
pensado.
Esperar aumenta el cansancio. Un rezongo de la nariz chata comprime toda una vida. Muchos
creen conocer la utilidad de lo útil. Muchos ignoran la utilidad de lo inútil. ¿Cómo saber si los
muertos no se arrepienten de desear la vida? ¿Y esto quién lo dice? La hiriente agudeza de esa
voz arruga la frente de Fossey. Una ceja tironea, como resistiéndose a un falso llamado divino.
Majestad. Majestad. Pasa el tiempo y al fondo de la panadería el aprendiz vigila la horneada que
Fossey deberá repartir. Las bolsas de pan van a pesar bastante cuando en cada fonda Fossey las
saque de la camioneta, y eso es porque está cansado. Una vez más, y varias veces aún, tendrá que
contar lo que ha visto en la vida y en el día, explicar por qué reparte el pan él mismo, retribuir el
amor que le dan; tendrá que inventar consejos y cantar tonadas a los nietos, y oír chistes que con -
tará sin gracia, volverá a emocionarse con la frescura de su mujer. Tendrá que amasar. Hacerse
radiografías. Lavar la dentadura postiza. Operarse una vez más de la hernia, despertarse de la
anestesia. Contar el dinero de la caja y repartirlo. Padecer los pies planos bajo sus noventa y seis
kilos. Tendrá que ver morir, todavía. Tendrá que transmitir experiencia a los chicos, él, que sería
tan poco propenso a modificar vidas ajenas, si supiera en qué dirección conviene. Cansancio y
majestad.
Con un crujido hueco la mandíbula inferior de Fossey cae de pronto sobre el pecho monumental,
como una puerta de ventilación activada por un termostato; pero por cansado que esté Fossey, y
hasta plácido, la temperatura mental no le afloja. Tampoco es que Fossey necesite mucho aire
interior. Quiere seguir adelante. Para seguir adelante necesita un descanso. Cuanto más adelante
siga más grande será la necesidad. Este debate es grandioso; de ahí quizá la placidez. Fossey no
querría entregar a la muerte sus escombros. Los escombros temen y crujen y él tiene que ir pen-
sando en la paz. Pero ahora le bastaría alargar la mano para atrapar el momento imponderable.
Los ruidos del tráfico y el aroma a canela se ordenan en un mandala. En la luz tan amarilla la
enharinada mole del cuerpo de Fossey es un iceberg de tiempo que se funde por la médula. Ya no
sabe si está plácido en su silla o el cansancio le impedirá volver a levantarse. Adelante. Quieto.
Hacia el tránsito.
Hay una tradición en la isla que recomienda plantar el gran árbol viejo e inútil en las llanuras de
la nada. Los que todavía la escuchan piensan que es más farmacéutica que metafísica. Fossey
siempre ha mantenido su tradicionalismo en segundo plano, para no desentonar con las actualiza -
ciones del medio ambiente. Desde ese segundo plano, rendido en la silla, piensa ahora en las lla-
nuras de la nada. Pero la tradición dice que el anciano cansado sólo puede retirarse de los afanes
cuando haya recibido el esclarecimiento. Pero lo esclarecido sólo aparece cuando el cansancio es
auténtico e insuperable. Sólo entonces el anciano puede ir a plantarse en las llanuras de la nada.
Dejar el timón en manos frescas; apreciar sin desvelo el horizonte que no alcanzará: hay una bo -
cha de expresiones para expresar el gran derecho a hacer sebo. Los chicos las desdeñan porque
son frases que exigen cierto dominio sintáctico. Pero antes incluso de retirarse el candidato debe
reconocer él mismo que algo se le reveló, con una certidumbre tan precisa que cuando lo cuente
los demás comprendan en un santiamén que ese hombre es un sabio. Tiene que dejarlos boquia -
biertos. Entonces sí el árbol viejo podrá ir a echar raíces donde dice la tradición, para los que la
escuchan.
Fossey ha vivido todos los pasajes que le correspondían. Se destetó a tiempo de una madre no
poco absorbente. Pasó él solito de la niñez a la virilidad y de la virilidad a la hombría, luego de la
hombría al amor, de la jactancia al compañerismo, de la obsecuencia a la firmeza, de la ambición
a la humildad, de la diletancia a la concentración, de la sordera a la atención, del hambre a la sa -
tisfacción, de ser hijo a ser padre y de ser padre a ser abuelo, de la insatisfacción al contento y de

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la precaución a la entrega, todo esto en palabras de la tradición que ya nadie escucha, y, como
nadie le daba instrucciones, cada pasaje le costó una barbaridad de esfuerzo. Ni siquiera sabe si
realmente pasó en cada ocasión al otro lado, o meramente se hizo la idea. Ignora si hacerse la
idea no es ya un modo de haber pasado las pruebas. Está la posibilidad de que su cuerpo monu-
mental se haya quedado siempre del lado de allá del primer pasaje, y Fossey sea aún un niño
exhausto que aún tiene por delante una vida de labores. Qué horror. Desde luego que esta igno-
rancia dificulta el pasaje de por sí trabajoso que tiene que dejarlo listo para ir a plantarse en las
llanuras de la nada. El asesor espiritual de Fossey le ha dicho que una combinación de acoples
amorosos con su mujer y retención de la semilla le darán una nitidez mental muy grande, al cabo
de varias sesiones; así, lúcido a fuerza de penetrar sin derramarse, le dará grandes placeres a la
mujer y entrará lozano en el derecho al descanso. En cambio el médico de Fossey dice que exci -
tarse a menudo sin descargar la semilla terminaría matándolo de cáncer de próstata, esto antes de
haber hecho el tránsito a las llanuras de la nada. De modo que Fossey viene haciendo el amor con
su mujer como siempre.
Fossey sólo quiere una excusa íntima. No cree que vaya a explotarla. Es para su tranquilidad,
para poder estarse dos o tres horas más por día mirando cómo pasan camiones por la avenida.
Hay incluso un aromo mustio, en la remota vereda de enfrente, donde al mediodía van a picotear-
se unas tortolitas.
La luz ha caído uno o dos grados, como si el gentío que rodea a Fossey se hubiera aunado para
correr una cortina. Atrás se redobla el olor a masa puesta al horno. También adelante la fetidez de
la cloaca. No queda mucho tiempo. No falta casi nada para tener que empezar una vez más. To-
dos esperan verlo cargar las bolsas de pan en la camioneta para decir Ahí va Fossey a repartir el
pan del atardecer. Fossey piensa en lo apacible que es abandonarse a la silla y se cansa más. Pue-
de que esta mezcla insostenible de placidez y agotamiento sea el anuncio de un saber, el salvo-
conducto.
Las manazas de Fossey se crispan hasta donde se lo permite el tamaño, la consistencia y la pere-
za. El plexo metódico eleva y declina en su tejido. La conciencia se deslinda en una doble cinta
helicoidal y es como si la cabeza redonda se ovalara. Inmovilidad. Majestad. Un esfuerzo.
Nace una visión.
Por encima de los vahos del tráfico, lamiendo casi los techos, unas nubes menudas derivan como
retoños de las vidas que Fossey no vivió. A Fossey lo reconfortaría este encuentro con sus posibi-
lidades truncas si se imaginase al menos qué puede haber dejado de ser él. Respira, y el aliento
aparta la luz. La imaginación de Fossey trabaja brutalmente sobre las nubecitas platinadas. Late
una vena. Las nubes se desdoblan, segregan cada una un ser acabado y exhausto, cumplido, dife-
rente. Se ven claro, estos Fosseyes. Lívidamente atraviesan las ristras de camiones, los espectros
de un hombre con gran aparato de herramientas colgadas de un correaje, otro con el pelo y la ropa
manchados de pintura, otro con arreos de taxista, otro con una bolsa de cemento al hombro, todos
corpulentos, y algunos más dentro de la gama de profesiones que día a día Fossey ve en su barrio.
Esos espectros son de una niñez larga y macerada, un desasosiego tan inocente que Fossey que -
rría acunarlos. Pero la compasión lo impacienta y, como si entendieran que no van a revelarle
nada, los Fosseyes opcionales revientan en una miríada de centellas.
Es una pobre pirotecnia. Fossey resopla. Llovizna de vidas deshechas sobre humo de escapes.
Ruedan otra vez los dados. Si tocás te parto la jeta. La tradición dice que el que muere sin haber
descansado pasea su ansiedad por las azoteas de los vivos. Duros como corchos, los labios de
Fossey murmuran una pregunta. Las centellas quedan suspendidas a ras del pavimento, donde
caben entre los autobuses, y como si un deseo las elevara se agrupan en dos o borbotones, se sub -
dividen y configuran en nuevas pautas. Ahora son todos panaderos. Con el poder de penetración
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típico de las visiones, ocupan el cuerpo de Fossey. Desde adentro lo coronan como último esla-
bón provisorio de la inmemorial cadena de hacedores de pan. Son tantos que si les diera por po-
nerse a amasar el cuerpo de Fossey estallaría. Y en cierto modo vibra, lo bastante para que los
chicos holgazanes quieran apartarse unos metros. Se van con sus dados y sus frases faltas de po-
tencial, de subjuntivo, ese idioma donde nada cuaja. En cierto modo es una reverencia. Pero Fo-
ssey no siente satisfacción sino pesadumbre. La pachorrienta hélice de la conciencia se pone a
moler la noble tropa de predecesores de Fossey, y después de hacerlos pasta sigue raspando las
paredes del cráneo, y eso duele. Es decepción, es desesperación, es lo poco que falta para que el
pan esté horneado, para tener que amasar el de mañana: es la confianza de la familia en que Fo -
ssey seguirá saliendo muchos años a repartir el pan de la noche. Todo tan compacto que al fin
Fossey se escapa.
Mientras la tarde palidece, las últimas resistencias musculares se desvanecen en una entrega total.
La silla de plástico se ofrenda sin una queja. Fossey se ha dormido.
Es una nube. Dentro de esta nube menuda, a la deriva en un bel canto de atardecer, la conciencia
está tan plena como abarcadora es la visión. Una nube puede desprenderse de su marco de cielo,
bien que la avenida truene de camiones, si tiene muchas ganas de acercarse a una escena. Aunque
las nubes ven con una nitidez de presente inamovible, sin intermitencias ni rayas, tienden a sinte-
tizar las imágenes. Son muy subjetivas. Silencio. Discreción. Imagen absoluta. A la puerta de su
panadería Braulio Fossey se repone de parte de la jornada en una silla de plástico. Son las seis y
media de la tarde. Una luz pletórica cavila al borde de Fossey como si un rapto de caridad la de -
tuviera. Aunque está fresco, la acidez del aire no llega a ser corrosiva. Fossey ha entornado los
párpados. Nada en su piel se eriza ni reacciona. Al lado de la silla hay un parasol verde y rojo y
sobre la mesa de plástico unos bichitos se inmolan en un taller de nubes. Firmamento en el su -
brepticio hedor a tripa horneada. La conciencia de Fossey zumba como amarillentos añicos de
hielo. Polirritmias de un momento imponderable se acercan a importunar al corpachón demarra-
mado en la silla. Discordias intermitentes, lucidez superficial, este hombre sería parte del todo si
la carne fofa no hubiera transportado la piel blancuzca. A las llanuras de la nada todas las bolsas
de pan que ha comido mantienen la piel firme por el calor de calvas pompas de pensamiento. La
luz de engrudo pliega la boca en el sentido de la sombra. Majestad. Quietud. Balanceo del hori-
zonte que no alcanzará. Chirridos en la cadena de hacedores de pan. Velozmente suplica el far-
phone una batahola de dados pastosos. La espalda no sabe con qué ha cumplido. Lo que el pan no
tiene de peso lo tiene de reflejos en las llanuras de la nada. Una policromía detrás del escaparate
recoge al aprendiz y la hija menor de Fossey en un rectángulo de penumbra. La mujer de Fossey,
el cuerpo jovial rendido. Los crotos del vecindario atienden los logros del horizonte que no alcan-
zará. Levadura y canela del mantra de la conciencia repitiendo el taller de motos. El aire incluso
el caos gritan de entusiasmo en un iceberg de tiempo que se funde por la médula. Panadería Am -
barina no ignora con qué ha cumplido. Quietud. Firmamento. Se hacen llaves irisadas a un redu-
cidor de otro programa. Majestad. De una ceja tironea el pozo de las apuestas. Ebriedad que él
mismo pintó hace unos años. El aire en media hora repite que está exhausto del horizonte que no
alcanza. Fossey derrumbado en el pan como si esperase conquistar la indiferencia. Las seis de la
mañana, no ignora lo que el pan tiene de peso. Majestuosamente un rumor de Alineación y vida
intermitente. Marañas de peatones en un estruendoso algoritmo de ansia majestuosa. El ritmo
cardíaco de los Minicomponentes hiere la batahola defraudada. Una red orgánica de la hija me-
diana trae la julinfa le hincho un ojo de un espacio interior unitario. En la inmovilidad colosal el
firmamento se agudiza. Pisan los muertos la decepción de disfrutar quién gana o pierde. Inutili-
dad de cantantes diferentes quema los dados desgañitándose en un vórtice de camiones de llanu-
ra. Dos o tres grados de luz tienen que declinar el pan en una camioneta de radiografías. Un sal-
voconducto para la perplejidad del firmamento acuna a Fossey la semilla de plástico, pero las
tortolitas en acoples amorosos retienen el tránsito hacia las llanuras de la nada. Entrega. Precau-
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ción. Firmeza. Contento. Placer de la señora Fossey recoge la perspicacia de un momento impon -
derable. Truena el mantra del nieto al abuelo. La pintura del padre instruye si ha pasado las prue-
bas. Aun si un niño monumental da lucidez para jactarse, da raíces de platino en la llanuras de la
nada, la indiferencia escalerece la cadena de los panaderos, con tal certidumbre que el anciano es
coronado en timón de manos que no alcanzan. Escapa el pensamiento en nubes menudas. Sobre
la nariz de engrudo el grandioso debate del firmamento. Luces giratorias de temperatura mental
en granizado de pies planos. Pletóricos bichos rojizos se inmolan en pirotecnia de camiones. Un
patrullero cumplido ulcera el firmamento. Noventa y seis kilos de estruendo se disputan una ima -
gen en imperceptible evolución gestual, en atrofia sintáctica, en smog caritativo, y por las azoteas
remotas pasea el cansancio que no entrega a la muerte sus escombros. Grasiento platino del man-
dala. Se aúna el cuerpo esclarecido para alcanzar el rezongo del momento imponderable. Y así la
nube sigue y sigue componiendo lo que mira, desaforada como la hija menor del hombre que
descansa en la silla, tan ruidosa que Fossey empieza a comprender dormido aún que está soñando
y pide, pide que la nube lo toque, pide tocarse como si lo esclareciera un ángel, y siente en la me -
jilla el dorso algo pesado de la mano, y se despierta.
Ni la tradición ni el asesor espiritual de Fossey han explicado nunca de qué manera llega el escla-
recimiento. Es posible que sea apenas un parpadeo, pero Fossey no tiene tiempo de considerarlo
porque al tocarse la mejilla que la nube acarició se encuentra, depositado en una rugosa cavidad
de su moflete derecho, un objeto cúbico que susurra una canción. Es uno de los dados de látex
con imágenes, que se les ha escapado a los muchachos. Fossey tarda unos buenos segundos en
despegárselo de la piel. La expectativa temerosa de los chicos se debate en frases como muñones
verbales. Ese rumor le facilita a Fossey el afloramiento. En realidad se levanta con tal agilidad
que la silla, mientras Fossey se tambalea por la inercia, cae hacia atrás en una polvareda de hari -
na. La fuerza de gravedad se ha reducido. Y aunque el cansancio perdura, hecho casi agotamien-
to, Fossey termina de estirar el cuerpo en un nimbo de levedad, no porque el sueño fuera una ver -
sión indisciplinada de la realidad que ahora vuelve a incluirlo, sino porque esta realidad que él ve
ahora, los dados en las manos de los ciberbrutos, los camiones, la luz almidonada, los bichos en
el hielo, la panadería El Firmamento, es un arreglo superior a lo que el sueño apuntó.
Todo está igual que antes, pero un poco diferente. En el ocaso hay un centro claro, y en el tráfico
un bullicio curioso, y el cuerpo de Fossey es el todo como si las cosas se alegraran de que haya
vuelto.
Esta diferencia le da permiso. Desde las superpuestas capas de inútiles tejidos de su cuerpo, se
enfrenta con los verbobrutitos. Les arroja el dado. Pero antes de que ellos se abalancen a recoger-
lo Fossey los frena alzando una mano, sólo hasta la altura del abdomen, la palma hacia adelante
con sus costras de harina y sus estrías. No está del todo seguro de lo que va a decir. No obstante
lo dice.
“Ustedes no pueden imaginarse, muchachos, todo lo que hay que ver para el que está dispuesto.”
Los muchachos asienten. Fossey baja la mano y se la limpia en la bata. Para esconder la turbación
se retira. Detrás del chancleteo de sus pies planos, algunos muchachos se rascan; otros ríen como
si se desagotaran. Echando una mirada a las fogosas azaleas del tiesto, Fossey entra en la panade-
ría. Como siempre, la belleza de su mujer lo deja aturdido. A Fossey le basta mirarle los ojos irri-
tados para recordar lo poco que le importa a ella meditar sobre su propio cansancio. Detrás de la
caja, la hija mayor se instruye leyendo un manual de psicometría. Un cliente reflexivo duda ante
varios paquetes de galletas iguales. En la parca iluminación del local se vuelca la luz del atarde -
cer, y en esa confluencia el cansancio de Fossey, la simpatía de la señora de Fossey y el grupo
humano en general titilan en la tensión de un momento imponderable. Esto piensa Fossey. La
señora de Fossey le da un beso y le pregunta si está más repuesto. “Más que repuesto”, dice Fo-

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ssey entonces: “Tuve un sueño”. “No me digas.” “Sí”, dice Fossey, procurando no chocar con la
lámpara de techo: “Tuve un sueño increíble. Un sueño que no cabe en la cabeza. Habría que ser
un burro para querer contar un sueño así. Soñé que era... Me parece que no sé si se puede decir
qué. Me parece que... en fin. Habría que ser un zoquete para pensar que se puede decir lo que
soñé. Yo no creo que alguien haya visto algo así, no creo que alguien lo haya oído. No creo que
haya palabras, no creo que quepa en la cabeza de nadie soñar eso. No se puede decir nada de lo
que soñé; habría que escribirlo porque en el fondo no era nada”.
En la panadería ya no se ve gran cosa. Pero Fossey piensa que él debe estar espléndido, porque la
mujer se cala los anteojos como cuando va a abrir un regalo. “Es un sueño lindísimo, Braulio”,
dice. Fossey prevé nuevos y largos acoples sin derrame de semilla. El cliente reflexivo le paga las
galletas a la hija mayor de Fossey. “¿O sea que no vas a repartir el pan?”, dice la chica. El sobrio
Fossey le acaricia la nuca, febril de una jornada entera en funcionamiento. Con ese calor en la
palma emprende el traslado de sus muchos kilos hacia el taller del fondo. La temperatura sube
bastante. El aprendiz, que ya está sacando las bandejas, le pregunta sin mirarlo si quiere que re-
parta el pan por él. Fossey le dice que no, que está bastante despejado y que se vaya a su casa.
Las aristas menos visibles del taller se resignan a adaptarse a la inconveniente magnitud de su
cuerpo. Fuera, más que camiones, se ven ahora ristras de faros. En la lejana vereda de enfrente el
cielo rojizo se va tragando las nubecitas una a una, y a veces de a dos. Fossey mira el caudal del
tráfico como si fuera el río que baña las llanuras de la nada. Abundancia. Disolución. El crepús-
culo de la mente dura más que el del firmamento. No se extingue. Una amplia bolsa de hilo sinté -
tico se despliega entre las manos de Fossey, ávida de recibir panes calientes.

Tres relatos-reseña de Películas del Delta Panorámico (Ediciones Revólver, edit. digital en for-
mato electrónico y de descarga libre): neolengua del Delta (p.9), La observación, 2015 (p.12) y
SESIÓN CONTINUADA, 2017: Hay que pagar (un romance moral) (p.17) y Rubí y el Lago
Danzante (p.21)

BREVE VOCABULARIO DE “DELTINGO”:


ACCIDENTES GEOGRÁFICOS E ISLAS:
Delta del Recodo
Delta de la Herradura
Delta Boreal
Delta del Mediodía
Archipiélago Rotei
Archipiélago de la Torcedura (figuras o tallas animistas; ver Casa de Ottro)
Isla Agmola
Isla Ajania(Ajania, ciudad cercada, campo y abandono alrededor – Superpoblación, exas-
peración, desconfianza – “El fin de la palabrística”)
Isla Asunde (Balada)
Isla Brunica e Isla Ajania (Amigas, cuadro, isla burguesa algo atrasada – Ciudad Bruya:
“una gran cantidad de adjetivos”
Isla Bruya (teatralidad/feriado: los miércoles, la gente sale “de fiesta”)
Isla Colohana (en el centro, una estepa ¿glacial?)

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Isla Dórdica
Isla Fel 8
Isla Gala (Parissy)
Isla Golasa (donde nació Wiraldo Sang, descubridor de la Panconciencia – Colinas, dis-
persos centros administrativos, campos de exclusión para ricos –se excluyen ellos mis-
mos–, amasijos de chozas)
Isla Kueni (“arrozales renegridos” – importantes cementeras)
Isla Magano (reservas forestales)
Isla Mandeba (con oasis interiores en gran zona desértica)
Isla Múrmora (Aliano, Democracia Gentil; religión del Pensar, “motivos del Pensar”// En
túneles: fieles del Dios Solo)
Isla Onzena (influyente diplomáticamente como centro de sensatez y equilibro – se jac-
tan de eso – en todo caso, isla modesta y bien considerada) (Ahí está el Museo Sang, por
Wiraldo Sang, el descubridor de la Panconciencia)
Isla Swanee (tiene insólita salina/ Joven estado / prosperidad) – Quiso anexionar a Isla
Banion ─ hubo guerra (se cuenta en “Panconciencia. Un ensayo”)
Isla Tondeya (frío, témpanos) – Ciudad: Tondey
Isla Ushoda (Ottro, consejo senil)
Isla Vercot (forma de estrella de cinco penínsulas, puentes, puerto franco)

VEGETACIÓN Tredís.
BEBIDAS:
Lopán
Aguagrís PASTILLAS:
Meymurí
Buxo (arbusto) Licorvino Todolvide
Aguanela Omital
Sangre de Grajo Sinculpán
Frenatem
Belosorbo
Apagámex
ARTILUGIOS:
Cuadernaclo Musicalqui
Entibiador Musicaja
Farphone, farphonito Robobotinas, robotines
Lapicer (limpiador-aspirador)
Monitorio

JERGA:
Alegré.......................... homosexual
Amilarse...................... avivarse, darse cuenta, caer en
Balsina......................... tranqui
Belibeli........................ guay, piola, buen tipo
Boldoqui..................... tonto, tarado, pánfilo
Bracho........................ varón, pibe, chico
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Catocho...................... que no da gusto, desagradable, pesado
Charampito ............... cabeza de chorlito, terco, ingenuo.
Chinguimingui........... pica, malestar, tirantez, mar de fondo
Chiribazo..................... precioso, lindo, elegante, vistoso.
Chochi.......................... boba, tontita, incauta
Chuchú........................ lindo, mono, coqueto, piripipí
Chunqui....................... lindo, que da gusto
Cronomán................... sereno o cantador de horas robótico
Culinca......................... devaneo, veleidad
Dar birucha................. provocar, picar, zaherir
Didela.......................... ingenua, inocente, pavota.
Garlar.......................... hablar (por extensión: hablar mucho)
Garlero........................ charlatán, gárrulo
Gocón.......................... jodido, malo
Gran Coime................. Dios
Grusque...................... pompa, refinamiento, alarde
Gurijo.......................... porquería/ Y también: piltrafa/ Bagayo
Gurle........................... engaño, estafa
Gurlipo........................ bledo, comino, pepino. (Importa un gurlipo)
Julinfo.......................... tarado, botarate, idiota
Juncharse................... nefregarse, que le resbala
Mamandurria............ bobalicón
Mangocho.................. poco deseable
Mangute..................... falso, berreta, trucho
Merelusear................. curtir, salir, entenderse – también
Míntulo....................... cafiolo, chulo, proxeneta
Miorpar....................... enredarse, envolverse, relacionarse
Morlojo....................... cerebro, seso, marote
Mumulo...................... loco, chiflado
Parampios.................. pavadas, pamplinas, sinsentidos
Pechular..................... “coger” [follar]
Pielar.......................... comer
Prilgos......................... labios, morros
Prisco.......................... nervioso, levantisco, irritable
Pulchis (“qué pulchis”)......... cuernos, carajo, diablos, pimientos.
Purilopi........................ ridículo, absurdo, sin sentido.
Puspugar..................... murmurar, balbucir
Quecono...................... nuevo
Quinoto........................ apelativo: che, tío, amigo, colega.
Rúnquino...................... egoísta// cobarde
Surgo............................. piola, callado, perspicaz, sagaz
Tanú............................ satisfactorio, bueno, beneficioso
Tirulini........................ ingenuo, inexperto, pipiolo/mocoso.
Tolunche.................... carajo, “irse al tolunche”
Turcio......................... aterido, embotado, tarumba, perplejo
Un purlín................... un cachito, un poquito, pelín
Un mulgazo............... un montón
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Vloqui......................... incauto, pelandrún

LA OBSERVACIÓN

Nantú, el empleado de confianza, está ordenando los exhibidores cuando ve que al señor Ravipo-
lu se le hunde la cabeza entre los hombros, como si de golpe el torso hubiera sorbido un suspiro
que desde hace años querría descargar. Los otros dos empleados ya se fueron, en la calle cae el
sol entre faroles encendidos y ningún transeúnte ajetreado se para ya ante la vidriera del fiable
negocio de suplementos visuales. No es que el señor Ravipolu se tambalee pero, como se ha en-
cogido una pulgada o más, Nantú se acerca a sostenerlo y una vez que el jefe se estabiliza le ofre -
ce ocuparse él de cerrar el local. El señor Ravipolu acepta, se pone el gabán y va hacia la puerta;
no le es fácil girarse para un último saludo. Sin arrastrar los pies pero despacio, como si cargara
un aparato grande y frágil, camina un trecho por la avenida, se demora junto a una flaymoto que
acaba de posarse, como si pudiera traerle indicaciones del cielo, y en la primera esquina, con un
denuedo acongojado, opta por doblar a la izquierda. A cien varas de allí hay un parque, y entre
los árboles artificiales y los pájaros naturales se alza una cabina de asistencia terapéutica. El doc-
tor Kuru, cuyo nombre se lee en el dintel, termina de despachar a una mujer que ha llevado a sus
nerviosos mellizos, besa a los niños, mira al hombre que está esperando y abre acogedoramente
las manos. Olán Ravipolu se sienta bajo el palio de diafanex y, despojándose de toda la aflicción
posible mientras se desabotona la levita, se presenta y respeta el umbral de silencio que el tera-
peuta impone antes de pedirle que hable. Entonces el señor Ravipolu dice: Esta tarde me di cuen-
ta de que estoy empezando a morirme. Los ojos atentos del terapeuta bizquean un poco de mio-
pía. En respuesta a las templadas preguntas, el señor Ravipolu explica que no tiene desajustes
crónicos graves ni dolores más insoportables que los de cualquier hombre de setenta y siete años
pero que cada atardecer se le está yendo un poco de energía, para siempre, y que hace un rato,
esta misma tarde, el cuerpo produjo de golpe una cantidad tal que evidentemente no podía admi-
nistrarla y en un santiamén la ha derrochado. Ese buen paquete de energía no volverá más. Olán
Ravipolu se está agotando, y él sabe que esto puede durar más o menos pero no va a parar, ni
mucho menos revertirse. El doctor Kuru no interpreta cuánto deseo de vida podría quedarle al
paciente que a lo mejor está menospreciando o se oculta, adrede o sin saberlo; pero le propone
que considere si tal vez un miedo muy lógico en un viejo no lo está llevando a exagerar… Y ade -
más, ¿se ha preparado el señor Ravipolu aunque sea un poco para aceptar las penurias que aca-
rrean implacablemente los años? Doctor, hace tanto, tanto que no consulto a un terapeuta… Cla-
ro, desde luego, es que hoy en día sólo se tratan el alma los pobres. En la mirada del doctor Kuru
hay una firme compasión que desborda la esfera facultativa. Los ojos le tiemblan apenas; son
graciosos. El señor Ravipolu se atreve a decirle que, si el doctor quisiera pasar por su negocio de
suplementos visuales, él le obsequiaría un par de optorrefractores minúsculos de lo más prácti-
cos. El terapeuta asiente, pero le ordena: Olán, no se escabulla. Doctor, no es que yo diga que
quiero morirme pero en realidad no quiero; es que me estoy muriendo. Silencio provocador del
médico. Doctor, no tengo miedo. ¿Y qué tiene? Mis mejores amigos ya se murieron o están me-
dio idiotas, a mi entender. ¿Pero qué tiene? Me angustia la soledad de mi mujer. ¿La soledad de
ella, o que usted vaya a dejarla sola? Justamente porque esta pregunta deja al señor Ravipolu
mudo, la consulta termina, por esta tarde, con la propuesta de que lo piense para la próxima. Ra-
vipolu paga.
No cavilará mucho en la distinción que le señaló Kuru; no anda muy sobrado de vigor mental.
Está inapetente, media copa de vino le sacia la sed y, aunque nunca será un viejo cadavérico, en
cada una de las cenas que siguen con la mujer, según pasan las semanas o los meses, se lo ve algo
más enclenque, y tan propenso a encorvarse que le cuesta una barbaridad mantener la apostura
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que él mismo se exige, no tanto por orgullo social como por un pudor coqueto frente a su esposa.
Lo único que no se altera es el amor por ella, que (como todo amor matrimonial que empezó con
pasión, tuvo sus episodios de desquicio, sus tormentas de odio avieso y su riesgo de petrificación
por la desgana, pero, cosa no tan insólita si uno se fija en cómo es la gente, mantuvo una vida,
arraigada en la conversación incesante o la compañía silenciosa, en las afinidades y los disgustos
compartidos y en el tacto y el calor del abrazo, un amor matrimonial que por su pura tenacidad es
siempre una maravilla de ser vista, como un caballo lustroso pastando contra un crepúsculo, le
dice Ravipolu al doctor Kuru, y conmovida ella misma de durar tanto) conmueve el pensamiento.
En el tráfago de la avenida Generaciones, yendo hacia su negocio como un tractor obsoleto, Ravi-
polu despierta a quien lo mire un poco el antiguo asombro de que una parte de la vida se extinga
no sin sufrimiento en medio de otra parte que florece, despreocupada y ardiente. En el departa-
mento, esas semanas, Olán y Durma divergen con diligencia, cada uno rumbo a sus tareítas y
aficiones, para reencontrarse en el sillón del pantallátor o la cocina o el dormitorio un poco cie-
gos, como dos topos que llegan a una cita después de haber cavado túneles en el tiempo. Salta a
la vista que el amor de este matrimonio rara vez necesitó de indagaciones sobre la interioridad,
como si les hubiese bastado poblar juntos el espacio interior. Ahora, en esta cena, el señor Ravi -
polu ha dejado su rosbif por la mitad. Olán, Olán, estás muy flaco; tendrías que comer mejor, dice
Durma, y le acaricia la nuca con una inquietud apenas burlona. Otras noches lo ve llegar con una
bolsa de chocolatis Semiramis, o mandarse a bodega un botello más de Groselleta, o sacar sigilo-
samente de la despensa un nuevo paquete de peladillas La igualada, como si tanto como las golo-
sinas se desesperase por devorar las marcas. Te va a hacer mal, le dice, sin dureza y sin materna -
lismo. No hay pruebas de que él le cuente lo que está pasando, ni con todas las letras ni con algu -
nas. Tampoco de que ella no lo sepa o no lo intuya. Sólo es visible, porque él lo ve, que última-
mente Durma se priva de todo bocado de lujo, como si con su sobriedad neutralizara, no los exce-
sos de él, sino eso que lo lleva a excesos que antes se permitía rara vez. Una mañana Olán, pi-
jama y pecho desinflado, se mira en el espejo del toileto como si estuviera pensando en dejarse la
barba; pero en eso asoma por el marco la cara de Durma, adormilada, airosa, y él se apura a un-
tarse las mejillas; la espuma blanca recalca lo macilento que está, cómo se le han desleído los
ojos. Ella le revuelve las canas; con un gesto de escepticismo se pasa alisador por las arrugas, los
dedos por los bordes de los ojos negros; se perfuma los ajados pliegues del cuello todavía esbelto;
sonríe, mirando cómo él se afeita, sin énfasis de dulzura ni signos ofensivos de pena, y cuando se
retira del espejo la mirada de él la sigue con prudencia, lastrada de varios dolores y la duda de
cómo va a arreglárselas sola.
Seguidamente, en una cafetería, Olán conversa con un hombre. Es el hermano menor de ella,
Amusal; sabe que Olán se está muriendo. Toca el antebrazo del viejo con una mano afectuosa,
aguanta la mirada acuciante y a media voz cuenta que, bueno, más de una vez, dos veces, Durma
confesó que si él se moría primero ella no iba a durar mucho, a eso podían ponerle la firma, por-
que se iba a matar. ¿Cómo? De alguna manera, o dejándose morir, no sé; pero una cosa sí sé que
dijo: total para qué. Olán murmura que no puede estar seguro de que Durma dijese eso en serio.
Pero tampoco está convencido de que no vaya a hacerlo, ¿verdad? No; sí, dice Olán, y calla. Qué
va a argumentar él si una persona no quiere vivir más; lo que le duele es imaginarse a Durma
teniendo que decidir cosas sin la compañía de él. Y no es incomprensible que Ravipolu ignore
cómo va a reaccionar. Tal vez lo ignore ella misma, y hasta no sepa que lo ignora. Durma siem -
pre fue optimista, tenaz o terca, y pese a los años guarda combustible, como si incluso hubiera
recogido una parte del que ha ido perdiendo él.
Atardece otra vez. Escándalo de cotorras; meymuríes que se balancean en la brisa. La presión
sanguínea de los conductores se convierte en energía cinética e impulsa la carrera de los coches
sobre el asfalto. A vacilante paso de grulla, Ravipolu ha llegado a la cabina del doctor Kuru; hay
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grietas en las paredes de clodoperlonato; nada exhala tibieza. Al rato, con el cuello levantado, el
señor Ravipolu está razonando así: Bien puede ser que ella deje al tiempo mitigar la falta y viva
en paz, con el contento posible en una mujer de edad, yendo a conferencias, viendo películas de
estreno en cines anticuados o películas de la antigüedad que siempre quiso ver, levantándose más
tarde, viajando a visitar a los hijos. También puede ser, dice Kuru, que a fuerza de desconcierto
en la casa vacía se consuma de pena, o se tome un frasco de Apagámex. Quizás, quizás, tose Ra-
vipolu, quizás y con los ojos vidriosos admite que recién ahora toma conciencia de lo mal que
conoce a su mujer. Lo repite. Dice que más le vale admitirse que no la conoce. Hay un silencio.
Los ojos miopes de Kuru no se desvían de los de Olán. Dice: la conciencia es rara; cuando uno la
toma, toma un peso. Ravipolu no sonríe; desde el comienzo de la película no ha sonreído una sola
vez. Ya que no encuentra donde depositarla, en vez de resoplar bajo el peso de la conciencia se
propone descubrir en qué condiciones es mejor para Durma que él la deje. Para eso tiene que co-
nocerla. De modo que se dedica a observarla. Para hacerse idea de la actitud promedio, la observa
en distintas circunstancias. Chaquetón y maletín en mano Durma besa a Olán, le detalla escrupu-
losamente que va a estar en el infanterio hasta las cinco y después comprando una tela para corti-
nas en cuartier Dovaselta, da dos pasos, vuelve a besarlo suavemente y se va. Durma y las dos
robotinas transplantan a macetones grandes las mamelias de la cristalera de la sala. Durma coci-
na, escribe un informe sobre las actividades para padres del infanterio, acomoda botellos en el
consérvatri de la despensa, le recorta a Olán los pelos de las orejas, va al cinema con su amiga
Margelú, incita a Olán a que vea la película que ha visto, cierra la puerta del estudio mientras él
le farphonea a Amusal. En la penumbra de un teatron, Durma, atraída por la respiración caverno-
sa de Olán, investiga de reojo si a Olán le disgusta la obra que ha elegido él. Habla por teléfono
con la hija que es anestesista en un quirurbán de otra isla; habla con la hija que es gerente de un
centro de reposo en el sur de esta isla, adonde le promete que intentará convencer a Olán de ir a
visitarla, una vez al menos, no, ella sola no, no es el momento, tal vez más adelante; y habla con
sus dos yernos, y persevera hasta localizar a cada uno de los tres nietos, dos chicas y un varón,
todos funcionarios públicos. Durma arrastra a Olán a la primera clase de un curso de leyendas de
la isla y logra postergar la invitación a cenar que le hace un matrimonio conocido; Durma parte
sola a la segunda clase, avisando que vuelve para la cena; Durma le pregunta a Olán si le gustaría
cenar en la fonda La Cortés o está cansado. Sentada un domingo en el balconil del departamento,
Durma escucha un programa de media tarde en su radio interior, como siguen haciendo las muje-
res de su edad, y se descose de risa. En la cama, Durma alarga la lectura de una novela hasta cer-
ciorarse de que Olán duerme no muy espesamente, y una vez apaga la luz no se percata de que
Olán espera que cierre los ojos para acodarse a escrutar cómo duerme ella. Observar a Durma se
ha vuelto el cometido militante, la faena laboriosa, el arte vocacional tardío, el entretenimiento
sedante y la oración ferviente con que Olán puede apurar sin grandes quejas el lapso indefectible
que le falta para morirse; así parece que ve la cosa también el doctor Kuru. El resto del tiempo
Olán pone las cosas del trabajo más en orden aún de lo que estaban, procurando sin gran habili -
dad no alarmar a Nantú, y sin gran éxito.
Una mañana, antes de su horario de consulta, el doctor Kuru pasa por el negocio de suplementos
visuales. Dice que es para tener una charla extraprofesional, aunque no ajena a lo terapéutico. Si a
Ravipolu no le parece mal, él quisiera ayudarlo a observar a su mujer, no tanto con una mirada
clínica como con un simple par de ojos más, y un poco menos obnubilados pero no más desafec-
tos. Kuru es un hombre joven, relativamente, comparado con los Ravipolu. Si por imitación del
amor de Olán se ha enamorado de Durma (fea eventualidad para el crédito de un terapeuta), será
de una manera, no filial, pero fraternal quizás. Pero no. Kuru más bien podría haber ideado una
alianza entre él y su paciente para preparar mejor la protección de Durma cuando se quede sola,
por el bien de ella misma y de la conciencia de su paciente. Y en parte se trata de esto. En parte.
También es que, en sus épocas de joven inseguro, cuando se aferraba con uñas y dientes a los
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textos del mentalismo ortodoxo, una vez Kuru decidió que debía alentar a una cliente joven, re-
primida y deprimida a liberar el deseo, y sucedió que una noche, algo borracha para sus hábitos y
excitada por el galán primerizo que llevaba en su coche, ella atropelló al minorco que hacía de
lazarillo a un ciego; tres meses de inculpatorio dejaron en la conciencia de la chica un agujero
que un aplicado colega de Kuru no pudo zurcir (porque Kuru se abstuvo de tratarla más), y una
perpetua castidad envenenada. Oyendo este caso el señor Ravipolu llora unas lágrimas casi im-
perceptibles, como una exudación de vida. Lo siento mucho. Ya lo sé, Olán; pero, Olán, de veras:
déjeme traicionar los textos. Dado que ve la estrechez cotidiana en la ropa del terapeuta, Ravipolu
fuerza embarazosamente un acuerdo monetario. Hecho.
Y allá va el doctor Kuru, animado, como a la huella de un acertijo. Observa: con un estrépito de
vocecitas y el patio del infanterio de fondo, enmarcada en la ventana de una oficina, Durma pres -
ta una intermitente atención veterana a dos maestras que no paran de hablar. Durma, la cara alza-
da hacia un sol encubierto, camina junto al río más ágilmente que muchas mujeres de su edad. En
la sala de espera de la terminal de flaybuses, Durma se enfrasca en las imágenes de un noticiesco,
menea la cabeza, lee un rato, da vueltas, y cuando al fin recibe a su amiga Marpi, tiene que rom -
per el largo abrazo para sonarse la nariz; camino a la calle, las dos compiten en silbar mal, y en
Durma en particular no se discierne si gana la risa o el llanto. Frente a la reja de un geriátrico,
Durma se detiene apenas un instante a darle un cigarrillo a un hombre no más viejo que ella pero
tan gastado que indigna. En un antiguo templo modernizado, Durma va a lo que parece una clase
de canto coral donde, si se juzga por el relieve de su voz en el conjunto, desafina bastante. Con el
farphonín en la boca, una Durma exultante felicita por algo a uno de sus nietos: Pero qué buena
noticia, Gasano. Durma sale de un centro de análisis clínicos, abre cinco sobres, lee críticamente
unos resultados y los guarda en el maletín; al cabo de un rato, en la mesa de una cafetería, pone
los sobres frente a Olán, se reclina satisfecha y responde a la inquisidora preocupación de él con
un arsenal de gestos fatigados e histriónicos. Levanta la cabeza; debe estar preguntándole a su
vez qué va a hacer él respecto a su salud, y él niega varias veces, como si dijera que lo suyo no es
cosa de médicos.
Olán procura sonreír. Inclinándose sobre la mesa, ella le estira las comisuras para que sonría más,
aunque de golpe deja caer las manos, se levanta y llevándose una mano a la cabeza corre hacia el
toileto. Olán y Durma en un taxi, bromeando lánguidamente con toquetearse como los chicos con
las chicas.
De este momento de unión que ha presenciado el doctor Kuru se desprenden dos cintas que se
enlazan: Durma con una bolsa de verduras, parándose en la calle a hurgar su alforja, encontrando
un arrugado sachete de tabaco, encendiendo un cigarrillo para darle cinco pitadas pensativas y
tirarlo. Olán en la penumbra, después de haberle insistido a Nantú en que se fuera a su casa, orde-
nando artículos ya ordenados para demorar el momento de cerrar el negocio. Durma probando
varios perfumes, comprando uno y una colonia para Olán. Olán oliendo varios perfumes de mu-
jer, comprando uno y una colonia para él. Durma con un bolso de viaje en un muelle, desistiendo
a último momento de subir a una barca que lleva al sur de la isla, volviendo sobre sus pasos hasta
la calle, parando un taxi. El gorrión que picotea la hierba del parque Tansuria sin que Olán, aun -
que está sentado muy cerca, consiga contemplarlo dos minutos seguidos porque a cada minuto se
le cierran los párpados y, por más que la levante, se le cae un poco más la cabeza. El bizcocho
que de buena gana Durma acepta probar en un pasteliero y la hace sacudir admirativamente la
cabeza. El sorbo del botellín de agua que a Olán le cuesta tragar mientras jadeando, de pie ante
unas tiendas de placas musicales, no encuentra ninguna que tenga ganas de escuchar. Durma sen-
tándose en un banco de la calle a llorar uno o dos minutos, hasta calmarse y, sacudiendo la cabe-
za, levantarse para seguir camino al infanterio. Olán volviendo a subir a su departamento, cuando
acababa de bajar a la calle, para salir de nuevo apretando un pañuelo de mujer que se lleva a la
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cara, huele largamente, dobla con cuidado y se mete bajo la camisa; y unas cuadras más adelante
Olán ante un pasteliero, aspirando el perfume a canela, secándose una lágrima que puede o no ser
de frío. Durma haciendo lo posible por no tirar del brazo de Olán ni mirar cómo arrastra los pies
por la avenida Península.
Así pasa el tiempo. El aire de la ciudad es una rejilla de mensajes, pero el señor Ravipolu no usa
farphone ni cuadernaclo; no tiene nada que comunicar.
Y ahora el tiempo ha pasado ya. Esta tarde, cuando el doctor Kuru entra en el negocio, Nantú le
cuenta que el señor Ravipolu se ha quedado en su casa pero ayer dejó para él un par de optorre-
fractores; Kuru se los prueba y alza las cejas. Rato después, un Kuru de mirada viva y corregida
llama a la puerta del departamento, dentro del cual la voz tenue de Olán le dice a Durma que es
para él, su terapeuta. Olán abre la puerta y a duras penas lo lleva hasta la sala. Hay demasiada luz,
como para equilibrar la parvedad de las conclusiones del doctor Kuru. Hay menudos cabeceos de
los dos en dirección al lugar de la casa donde está Durma. Kuru no rinde un informe detallado de
los movimientos de Durma, ni de sus estancamientos. No es esa la cuestión. Lo que dice es que a
su modo de ver la melancolía de Durma es tan acentuada, y puede acentuarse tanto aún, que aca-
so la energía de Durma no pueda administrarla, o soportarla, y se deje vencer. Pero a su modo de
ver y en general Durma está en la vida tan a sus anchas como para no tener el menor deseo de
abandonarla, ni un deseo de abandonar la vida lo bastante intenso para consumarse. La trémula
conversación se alarga; pero por mucho que se profundice no encuentra ningún motivo nuevo.
Por eso al fin cliente y terapeuta se quedan callados, cada uno solo con la presencia del otro, has -
ta que Durma entra, disculpándose por interrumpir se presenta, anuncia que la cena está lista y le
hace al doctor Kuru un ademán de duda, como dejando a su arbitrio si puede cenar con ellos. El
doctor Kuru chequea la tenue expectativa de Olán y acepta la invitación. Se levantan los tres.
Durma abre el camino hacia la cocina. Olán se agarra del brazo del terapeuta.
El tiempo se concentra algo más, como si el salto último que está dando lo llevara a la levedad
del puro espacio. Han cenado. Kuru ya se fue.
En la medialuz del dormitorio, Durma está ayudando a Olán a desvestirse. Después a ponerse el
pijama. Como él no atina a estirarse una pernera que le molesta, ella se agacha a ayudarlo y en
seguida nota cuánto le cuesta a ella también enderezarse. No es un tropiezo del cuerpo, o es tan
del cuerpo como todos los tropiezos. Contempla a su marido. Por muy quebradizo que esté, un
día más se ha afeitado. Ella, por su parte, ayer fue a la peluquería a cortarse las puntas. Se miran
como diciéndose que sería en balde tratar ahora de aprender a despedirse como se suele hacer,
probablemente en palabras. Después de todo ya se están despidiendo. Las despedidas de todas las
demás cosas que a Olán se le agolpan en la memoria, junto con los malestares de la carne, las
rabias del entendimiento y las tristezas de la sensación, caben en esta despedida libre de palabras.
Él se acuesta. Ella se sienta al lado, en su lado de la cama, con la espalda en el cabezal. Él acerca
la mejilla a la cintura de ella. Se han tomado la mano y así están, como una recreación nupcial de
las viejas pinturas de la piedad. No son gente que espere encontrarse en otro mundo; tal vez con-
ciban la idea de otras vidas, pero no la ilusión de que podrían reconocerse. Es un vacío. No in-
menso. Una sola frase podría atenuarlo, y pensando en la frase a Olán se le cierran los párpados.
Como el aliento de él, todo en la habitación se está desvaneciendo. Y no porque Olán ya duerma.
Se desvanece todo, y con todo un poco ellos dos.
Tenues palpitaciones de la luz de la calle no alcanzan a indicar cuánto tiempo pasa. Durma parece
preguntarse por qué no está tensa. Tampoco parece notar a ese ser leve, aplomado, con la cara de
Olán pero casi eterno de tan viejo, que ahora se materializa desde una pared, cruza el cuarto a
zancadas y al pasar junto a la cama se detiene un instante y clara, intensa, severamente descarga
un mensaje: ¡Olán Ravipolu! Nada más. En seguida desaparece por la pared opuesta. Un rato

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después Olán abre los ojos con cautela e impavidez. Todavía no, dice. ¿No, qué?, pregunta Dur-
ma y le aprieta la mano. No, todavía no. Ella lo ayuda a sentarse en la cama. ¿Querés comer algo?
Olán piensa. Bueno, algo; un poco; dedalunis con salsa de gualto. Up, ¿y eso por qué? Es una
comida que a vos te gusta mucho, ¿no?, dice él, procurando no derrumbarse de nuevo. De mo-
mento no lo consigue. Durma lucha por sostenerle la cabeza; lo consigue, también de momento, y
vuelve a acomodarlo sobre la almohada. Olán, Olán, murmura, sin mirarlo; nadie me conoce
como vos.

SESIÓN CONTINUA:

HAY QUE PAGAR (Un romance moral)

Aparte de tenues luminarios de pared, una ancha luna artificial alumbra desde el techo este local
de comidas sencillo y gustoso. El dueño en persona vigila desde la caja. En una mesa, ajenos al
vaivén de los camareros y la concurrencia, un hombre y una mujer procuran disimular la efusivi-
dad de la charla desviando a veces la mirada hacia la ventana. Al otro lado del vidrio, hacia abajo,
el río valseante refleja un festón de luces caseras. Han terminado de comer y beben licor de arro-
pi a sorbos menudos. Flugo, un pelirrojo fortachón, está bastante afincado en su fealdad masculi-
na. Otami es larga y deslumbrante: ojos azules de tamaño correcto, pelo corto del color de los
dátiles, nariz abrasadora, los incisivos laterales de arriba deliciosamente inclinados, y en el pleno
labio de abajo un tic de esfuerzo por controlar cierto desequilibrio. Justo ahora ha embocado mal
la copa y un chorrito le abrillanta el mentón. Se lo seca de un manotazo. Baja los párpados; se
quita la chaqueta. Flugo consigue sorber virilmente la baba que le está por caer. Ella extiende los
brazos para mostrarle las prestaciones que esconden sus brazaletes. En los peludos brazos de Flu -
go sólo hay juiciosos apéndices funcionales; los muestra. Están engranados e intranquilos como
si algo se cociera entre los dos sin dar todavía un olor reconocible. La cuenta está sobre la mesa,
Otami advierte que ella invitó y va a pagar ella. De golpe se oye un bramido no humano. El pelo
de Flugo enrojece más, y se enciende también la espalda de Otami.
Por la boca de la cocina, al lado del mostrador donde el dueño monta guardia, ha irrumpido una
llamarada y ya devora el separador de hiluveno. Perseguidos por otras llamas cada vez más gran-
des, chef y pinches salen a los piques mientras los robotios retroceden escupiendo sus reservas de
agua. De nada sirve. Nuevos fulgores asoman a ras del suelo como boas de fuego. Mientras el
dueño se aparta palmoteándose una botamanga [ dobladillo de un manga o del bajo del pantalón ], un
tumulto de clientes corre a la salida. Viendo que Flugo activa su extintor pulsera, el hombre le
pide que no se acerque. Flugo considera los restos de comida, la tarja con la cuenta; saca la faltri -
quera, toca el dinero mientras la barra se inflama, y entonces Otami lo agarra y tira de él, pero las
manos sudadas se desprenden y ella sigue sola. El dueño duda como un capitán antes de meterse
por una puerta trasera. Entre la hoguera y la noche Otami se da vuelta para insistir hasta que Flu-
go escapa tras ella. Desde la explanada, a cincuenta varas, miran cómo el incendio se come buena
parte del local, la deflagración que revienta dos cristales, hasta que llegan los alademoscas mata-
fuegos. Mediado el espectáculo tranquilizador, ya no hay nadie bajo las estrellas más que ellos.
Flugo se debate entre la pesadumbre y los hombros incandescentes de Otami. Desaparecieron
todos, dice ella. Sin pagar, dice Flugo. Todavía apretando el dinero, amaga dar la vuelta al local.
Ella se le aprieta contra el flanco. Hace frío, dice. Picado por el susurro, él se da cuenta de que
puede rodearla con el brazo. Bajan al malecón en busca de un taxi. Llegan a un alto icosaedro
habitacional. En el estudio de ella, bello y desequilibrado como ella, se acoplan como evadidos.
Todas las posiciones, todos los orificios, todos los líquidos. En la misma medida en que Otami
emprende, Flugo se libera de sí mismo. Está desenfocado, como si no divisara los nuevos límites
que apareja cualquier liberación sorpresiva. Se mira la trúmpana desmesuradamente tiesa que ella
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pide que le entierre, y después no sabe si atender a los dos dedos que ella le ha hundido en el
culo, mientras lo abraza con desesperación, o al sonido que deja escapar, un zureo, una rogativa
de amparo, el canturreo aterrado de una fórmula contra la extinción. Duermen plácidos pero no
radiantes. A la mañana ella lo mima, aunque no se le aferra como en la noche; divaga. Él está
concentrado. En esa pequeña diferencia Flugo encuentra espacio para que la incredulidad por lo
que le ha tocado ceda a la aflicción. Una tragedia, dice; lo de ese hombre es una tragedia; y la
gente cómo es… y nosotros… con una cena tan bien hecha… Hay que pagarle. Ella le recuerda
que todas las cuentas juntas no van a rendirle lo que el seguro; y que además invitaba ella. Él dice
que no es tanto el dinero como, como, que pagar sería lo debido, lo responsable, incluso humana -
mente hablando. El silencio que se hace indica que no es un dilema trivial. Flugo no logra consu -
mar un bostezo. Nunca había pensado lo importante que son cosas como estas. No dice que tam -
poco se había acostado nunca con una mujer como ella, pero se nota que está shockeado por par-
tida doble. Ella se despereza restregándose contra él. Que sea capaz de hacer las dos cosas al mis -
mo tiempo despabila el trúmpano de Flugo y se revuelcan de nuevo. Él culmina con rebuznos;
ella con una imploración, como si zozobrara, pero en seguida salta al día, diáfana como una delfi -
na. Lo besa, le palmea el culo y se sienta con un cuadernaclo sobre las piernas en un elegante
diván sucio. Ya ha dicho que le cuesta mucho enfrentarse con gente, y que diseña imágenes de
persuasión para enlaces neurales. Se enchufa a la Panconciencia. Flugo se queda mirando el úni-
co cuadro de la casa, un paisaje hecho de lugares muy distintos, cañaveral, laguna de alta monta-
ña, pasillo de hotel barato y más. Después se va a su empleo. Resulta que es supervisor de calidad
en una fábrica de inyectores de fluido.
Deja pasar unos días antes de volver al restaurante. Dos ciborgues custodian unos muebles no tan
chamuscados y un amasijo de ladrillina, maderata y metales arrimado a las dos paredes que resis-
tieron. El aleteo de un mantel llama la atención sobre una mesa, no la que ocuparon Otami y Flu -
go, donde todavía reluce el cuadret de una cuenta impaga. Flugo entorna los ojos y el cuadret se
desvanece. Lo real ahí es un muchacho que está apilando artículos sanos. Flugo le explica que ha
ido a abonar lo que consumió esa noche. El chico le dice que no se preocupe, que don Mayome
tiene otras prioridades, y Flugo se va a regañadientes, sin preguntar ni insistir más.
No va a perdonarse esa dilación. Sin embargo podría, porque para su sorpresa Otami lo llama y
salen a pasear juntos, no una sino dos veces, y las dos veces pechulan como desalmados, una de
ellas en un embarcadero desierto. Tres polvos ya son una relación, en general; pero en este caso
no del todo. Están atados pero no unidos. Se estrechan con violencia, se muerden, se martirizan
con caricias, mezclan aliento y saliva y semen y flujo, inundan los ojos con los ojos y se apretu-
jan de codicia hasta lastimarse, y como es inútil, porque ninguno de los dos puede robar nada del
cuerpo del otro, ni confundirse enteramente, que es lo que querrían en ese momento, cuando pa-
rece que el placer los hubiera rendido y estuvieran saciados, basta que un rato después se rocen
para que, al contrario que en el incendio de la cocina, renazcan el fuego y el furor. Otami tiene
tanta locura por el trúmpano y la boca de Flugo como por sus propias eminencias y agujeros y
como él por cualquier parte de ella, hasta las uñas de los pies, pero a Flugo entero lo idolatra.
Anida la frente en el pecho de él, le mece la cabeza, musita Me das todo, gime que si la suelta se
va ir volando o va a ahogarse, y él arremete, puja y chupa y entretanto atina a consolarla, aunque
nunca ve que ella necesite consuelo después del clímax. No es que el sexo sea el único lazo; más
bien es como si cuando pechulan apareciera un vínculo que fuera del sexo no puede superar un
obstáculo.
Flugo balbucea que hay que estar a la altura de lo que uno hizo. Ella sonríe a medias y se masajea
las pantorrillas sin argumentar siquiera que lo que ellos hicieron fue ir a cenar, pero posiblemente
es eso lo que piensa. ¿Y quién va a reparar la desaprensión, el egoísmo de los que se fueron?,

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dice él. Ella le echa una mirada de refilón, sin ironía, sin caridad, sin la menor molestia, sin repe-
tir que la que debe la cuenta es ella.
Cuando al día siguiente Flugo vuelve a la colina el muchacho le cuenta que don Mayome murió.
Él es el ahijado. Flugo se muerde los labios. Claro, con semejante calamidad, murmura. No señor,
murió de algo que ya tenía. ¿Y vos…? Yo lo ayudé a morir, y él me dejó esto, a ver si puedo ven-
derlo. Flugo dice que no le va a ser difícil. El ahijado le dice que oyó mal: no es que vaya a ver si
puede venderlo, como decía Mayome, sino que no va a poder venderlo. Claro, dice Flugo, habrá
deudas pendientes. Explica que aquella noche no alcanzó a pagar; saca la faltriquera. El ahijado
le corta el intento: me ofende. No, no, es un deber. Señor, usted no entiende nada de estos nego-
cios. A punto de protestar, Flugo asiente. Baja la suave cuesta tocándose el costado, como si le
doliera el bazo en medio de una subida escabrosa y no avanzase una pulgada. Una mañana, des-
pués del lascivo polvo de duermevela, le pregunta a Otami por qué nunca hacen eso en la casa de
él. Ella sólo responde después de un rato: Acá, me siento mejor. Él estudia el único cuadro de la
pared; se diría que hoy el paisaje está hecho de otros lugares, palafrenos [del francés palafrén:
caballo ligero y manso, frente al destrier o fornido caballo de guerra] al galope por una tundra, morgue,
aldea en la niebla, pero puede ser un desperfecto visual de Flugo. Como siempre, el desayuno es
té, pan con aceite y unas lonjas de pernil de bunasta. Lo comen sin que Flugo pregunte cómo
sabe ella dónde se siente mejor si no conoce la casa de él. Otami se acomoda en su sillón laboral,
tan lánguida, lustrosa y piernilarga en su robe de glapén [galicismo lúdico: algo así como “vestido de
satén”] que intimida. De repente él se levanta dándose una palmada exultante en la cabeza. El
ruido saca a Otami de la Panconciencia. Le dice que se cuide un poco, que va a hacerse daño: hay
que administrar la hiperproducción de endorfinas.
En el exrestaurante, el ahijado del dueño ya ha despejado la ruina. Se está despidiendo de una
señora de aire profesional que parte en su cocheciño. En cuanto ve aparecer a Flugo resopla, aun-
que no necesariamente por incomodidad sino tal vez por cansancio. Le pide que entienda que él
tiene que reconstruir. Flugo sonríe con una suerte de astucia que el filme no mostró hasta ahora.
Observa a los tres ciborgues que no consiguen arreglárselas con un cargamento de varios mate-
riales. Le aclara al muchacho que él es muy bueno organizando equipos de producción, entre
otras cosas porque trabaja a la par de los que trabajan. Está tan expectante que el ahijado se resig-
na a permitir que le dé una mano. Será una mano de peso.
Tres tardes a la semana, Flugo deja su sangróvil en el malecón y sube a la colina para colaborar
con el ahijado de Mayomi. Chequea presupuestos, conversa con proveedores, negocia con aboga-
dios, se encarga de las proporciones para la mezcla de adoblástice, pugna vanamente por apre-
miar a la aseguradora, mejora planos de una instalación que por ahora tendrá que esperar, carga
bloques de ladrillina y ayuda al muchacho a administrar el dinero que el previsor Mayomi había
reservado para dos años de la renta del que alquilaba antes de que el muchacho lo ayudase a mo-
rir. Flugo le pregunta en qué consiste esa ayuda. Es un quehacer que yo tenía antes, dice el mu -
chacho.
Las mañanas siguientes a esas jornadas Flugo aprovecha para desayunar cafeto y galletas con
cremé y confitura. El resto de las tardes se acicala en su casa antes de ir a comerse mutuamente
con Otami, a veces después de un paseo callado, una cena expeditiva y un prólogo de palabrotas
droláticas [galicismo: drolático es “grotesco, malicioso, sicalíptico”]. Aun con lo poco que el filme ha
contado de Flugo, no cuesta sospechar que esta regla lo intranquiliza. Una medianoche, mirando
el cuadro de muchos paisajes, dice a media voz: Tengo que investigar. ¿Qué, cuti?, dice ella.
¿Qué trabajo será ayudar a morir? Otami se duerme, pero él no se percata. Del no muy audible
monólogo que despacha se desprende que estar pagando tan solo una falta de muchos lo está aba-
tiendo, salvo cuando pechula con Otami. Pero se plantea si lo abate pensar y repensar si el pago
de las cenas es una obligación tan general, o sólo lo entristece estar abatido y por eso se ha inven -
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tado una manera de eludir el dilema. Uno diría que el trabajo de eludir el dilema empieza a abu-
rrirlo. Es estar aburrido lo que lo entristece. Se despierta con Otami mojándole la oreja y del olvi-
do del sueño cae en el olvido que le ofrece ella. Como una isla por un sismo, el semblante de Flu -
go se parte entre la tristeza y la plenitud. Mientras se pone una camisete sin mirarlo, ella le dedica
un piropo: Cuti, cómo me divierto con vos; sos lo más divertido que conozco. Flugo parpadea, se
le iluminan los ojos. Yo tenía muchas esperanzas en lo nuestro. Ella se levanta y por casi medio
minuto da pasos alternativos hacia el baño y la cocina, como si no supiera qué hacer primero o no
fuese dueña de sí misma. Decide sentarse en el sofá y la decisión la contenta. Él se
demora en el masaje del colchón. Dos minutos después, desde la cocina, la voz de Otami llega a
la cama como una publicidad neural entre borborigmos de cafetera: Tenés que estar menos cansa-
do; a ver si de cansarte tanto te vas a cansar de lo nuestro.
Como una pastilla de efecto paradojal, la frase realimenta el mecanismo de Flugo. Tres tardes por
semana, a la salida de la planta, cumple en resolver por la acción el dilema social de la evasión de
una deuda. El resto de las noches se refocila en la avidez de Otami. Sudada, abierta al caos, ella
lo estruja, se enrosca, lo oprime, con la voz bronca y agrietada le pide que no la suelte, que ate
bien el cabo, que esté, pero después del clímax es siempre ella la primera en desanudarse y fuera
de la cama nunca hace una pregunta. Tampoco parece que busque respuestas. Así que entre el
amarre y la flotación, parece que el desorientado Flugo sólo encuentra un anclaje cuando pone el
hombro para la obra del ahijado. Así va venciendo la desorientación y la inquietud. El filme tien-
de a concretarse en una historia terapéutica de vidas paralelas de un hombre y él mismo.
Pero no es que Flugo se felicite de haber llegado a un arreglo tan bueno entre deber y placer. Una
tarde, cuando ya sería hora de despedirse, el ahijado de Mayome, mientras se higieniza en el fre-
gadero que acaban de instalar, le observa: Usted, Flugo, trabaja como un penado. Él no se sor-
prende: Bueno, contesta; me veo como un investigador. ¿Y qué quiere investigar? Eeh, me gusta -
ría adueñarme de mí mismo. Al muchacho no se le ocurre más que cerrar el grifo y secarse, hasta
que pregunta: ¿Para? A Flugo se le escapa una sonrisa que enseguida recae en la seriedad. No sé,
para poder tener una relación. También el muchacho se pone serio: ¿Una relación cómo? Una
relación como, como cuando se intercambian los alientos, dice Flugo y lo que dice lo deja alela-
do. Al muchacho no menos. Baja la voz: ¿De pareja? Podría ser, dice Flugo; una mano lava a la
otra y las dos lavan la cara.
Esa noche está mirando el pantallátor, tratando de unificarse en un solo sentimiento, cuando le
suena el farphone. Es Otami. Sin ayuda de él, la cara se le resuelve en una sorpresa homogénea.
La brumosa voz de ella no expresa nada más que lo que dice: Mañana a la noche, ¿me invitás
mañana a tu casa? Claro, dice Flugo. Chunqui, dice ella; tenemos una novedad. Flugo corta y se
apura a revisar el apartamento, pero no hay mucho que hacer. Está todo en orden, limpio, agrada -
ble. Lo último que se ve en el film es a Flugo en el súper comprando unas lonjas de pernil de bu-
nasta.

RUBÍ Y EL LAGO DANZANTE

Esto sucede en la época de la piedad absoluta por todas las criaturas. La conciencia de la igualdad
de las especies culminó en decisiones legales y varios gobiernos isleños han redimido a los ani-
males de cualquier tipo de sujeción a los humanos, e incluso a los animales electrónicos de la
insultante ayuda a los ciborgues. Una tarde, al volver a casa desde el educatorio, Munruf ve acu-
rrucada contra la pared de un edifico una perrita manchada de hocico largo, orejas cortas y ojos
de uva moscata, como las de las películas viejas. Le tiembla el cuello; y es que está punto de ata-
carla un lince de los que a veces se cuelan en la ciudad desde los campos vallados que el Go-
bierno creó para que las bestias vivan y se devoren a sus anchas. Ningún nene de nueve años ha
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visto nunca un perro fuera de los muestrarios de cuadernaclo; pocos soportarían que muriese esa
cachorra tibia e indefensa, y Munruf no es de estos. Instintivamente echa mano de su desintegrá-
tor de juguete y ahuyenta al lince con una ráfaga de chispas. Se lleva la perrita bajo el gabán. Le
pone Rubí, un nombre que ve en una de las casillas que en este barrio de módulos familiares sub -
sisten como recuerdo o santuario de los animales que albergaron. Rubí y Munruf se tienen un
cariño tan inmediato y enternecedor que el padre del brachito, un obrero contestatario, acepta que
el chico transgreda la prohibición específica de poseer mascotas. Con los días, la madre y hasta la
hermana de Munruf, una quinceañera coquetona, vencen la repugnancia y se tiran con él en la
alfombra a jugar con Rubí, rodar, enredarse con ella y recibir sus husmeos, moqueos y lengüeta-
zos. Pero están los peliagudos trámites de eliminar la caca, impedir que rezumen otros olores
inhabituales, mantener a la perra alejada del minúsculo jardín del módulo y acallar el menor la-
drido. Hay además vecinos policiales que hacen preguntas oblicuas y a poco se ve a insólitos ins-
pectores de la Bedelía de Diversidad rondando el barrio. Como encima es imposible disimular el
aspecto de asfixia que da tener ese cuerpo extraño siempre adentro, el padre de Munruf empieza a
temer por la familia, y por su trabajo de laminador en una planta metalúrgica de corteplasma. Y
sin duda porque la situación se palpa, una noche llama a la puerta un hombre gordo y pelilargo,
de túnicat aceitunada, que viene a proponerles un trato. Entre los animales con que adornan sus
casas los ricachones petulantes y los funcionarios traficantes de fauna, el artículo canino se cotiza
muy bien porque ya no quedan muchos; pero la hermandad que representa el gordo está empeña-
da en dar a los animales una ocupación, restaurar el vínculo con los humanos y promover la di-
versión conjunta. Los hermanos son nativos del poniente de la isla, donde han heredado la repri-
mida creencia de que en el desenfado de las bestias hay una enseñanza para la gente. Están lo
bastante bien ocultos y armados para proteger su causa y propagarla, y pagan mejor que los trafi -
cantes. Para desconsuelo de Munruf, no por el dinero y por el bien de todos, el padre acuerda.
Dos días después se presenta un par de supuestos técnicos de ventilación que ahogan los gemidos
de Rubí con caricias expertas, la meten en una caja de repuestos y la retiran en un furgonet. El
gordo envía al cabeza de familia un mensaje neural con una hoja de ruta y un horario, y una refle-
xión difícil de calibrar: “Poquísimos animales domésticos sobrevivieron a la convivencia con los
salvajes, y si hay perros que siguen coleando es porque son aguerridos.” El chico Munruf está
decaído; lo aburren los librátors del cole. El padre lo lleva a visitar la nueva vida de Rubí. El últi-
mo tramo del viaje es a pie. Dos millatros fuera de un caserío de la tundra hay una mina [ chica]
de orgeladio agotada. Hombres y mujeres con vibradoras bajo las túnicats vigilan la entrada del
túnel hacia una bóveda presidida por un carteluz, El Gran Ruedo de Diversiones, bajo el cual se
paga la entrada. Es día de torneo, de intercambio y compraventa de patas de conejo, collares con
púas, bozales, plumas de corneja, gorros de cuero de minorco. Hay buena concurrencia, bullicio-
sa y masticadora de golosinas. La competencia empieza con una riña de cherpias semiorgánicas;
se picotean, se espolean, mientras la gente grita y tira tarbits a la arena, hasta que una destroza a
la otra, aunque en seguida se rasga también dejando un reguero de cuajarones y tripálitos. Tras la
limpieza desfilan los animalitos de veras, enmascarados y ataviados con túnicats aceitunadas. A
uno le tiembla la careta como si hocicara. Munruf estruja la mano del padre. Retiran a todos me -
nos dos y los desnudan; son dos perritas, una aleonada, la otra Rubí. Suena un triángulo. Acica-
teadas por el griterío, las contrincantes arrufan, gruñen, se abalanzan y se esquivan. Munruf mur-
mura como si orase o diese instrucciones; se niega a irse; ni siquiera deja que el padre le tape los
ojos. Pero si las perritas se mordisquean es precavidamente, casi con remilgos, y en seguida se
cansan y caen en una serie de amagos inofensivos, tan lentos que la gente deja de apostar. Des -
pués estalla un abucheo enardecido por el fiasco. Las perritas se sientan. Rubí se mea. Cuando
Munruf salta al ruedo y la levanta y se refriegan, antes que parar ese número empalagoso la muje-
rona despacha a niño y perra fuera de la arena. El padre de Munruf departe con el gordo, que pide
dinero por devolverla, y mira de reojo el idilio de su hijo, sin duda debatiéndose entre dejar a la

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perra ahí, donde mal que mal terminará aprendiendo una profesión y está resguardada por exper-
tos, dejarla en una libertad donde no va a durar mucho o llevársela de nuevo a casa con riesgo
para la familia. Pero resulta que los hermanos animalistas no son tan expertos ni seguros. De he-
cho se han dejado reducir. La prueba es que un pelotón de frigatas y brachos vestidos con levitas
multicolores irrumpe ágilmente en la bóveda, encañona al gordo con lanzagujas y sofrena a los
espectadores. Disimulado hasta ahora en la platea, un veterano de sonrisa arrugada se levanta de
la butaca para encarar al padre de Munruf haciendo caso omiso del gordo. Se presenta como Dun
Aires. El grupo no pertenece a una secta; no alardean de creencias reverenciales; vienen de las
serranías del sudeste, donde sus ancestros se preocupaban por dar a los animales otra suerte que
la vagancia absurda o la servidumbre, y el sonriente Dun Aires es administrador de un circo furti-
vo. Munruf desconfía; se pone a Rubí bajo el capotín. El padre entorna los ojos como si otease
memorias de circo que a lo mejor ni son suyas, pero la afabilidad de ese hombre todo menos se-
guro, incluso cauto, lo anima a dejar que pruebe convencerlo. El público encañonado se remueve
en las gradas. Dun Aires habla no solo para el padre; se echa a gesticular para todos con una afa -
bilidad propagantística. En su tiempo él fue uno de esos chicos cuyos bisabuelos contaban que
una vez por año la llegada del circo les iluminaba la vida. Bajo la carpa del circo, entre fanfarrias
y redobles, humanos y animales duchos en diversas artes se repartían papeles en insólitos núme-
ros de habilidad, gracia desopilante, elegancia, valentía, poder y carácter para incomparable fasci-
nación de gentes de siete a setenta años. Pero a la par que entendía mal las necesidades de las
especies, la ley propició el descrédito de los espectáculos de habilidad y riesgo, y así cayó la infa -
mia no sólo sobre la doma de fieras sino sobre la amazona, los trapecistas, los funámbulos, los
simios bufones, los ballets ratoniles y las fieras mismas que sabían perfectamente cuándo aceptar
una orden y cuándo transgredirla. ¿Quién se atreve hoy a devolver al público el goce de esas
atracciones? ¿Qué público será tan cagón como para negárselas? Las gradas enmudecen. Dun
Aires se aparta con el padre de Munruf; lo instruye en que, a diferencia de mutantes como los
huargos o tegraptores, los perros tienen una inteligencia reforzada por ciclos de resistencia evo-
lutiva y son muy simpáticos. El padre acepta donarle a Rubí. Munruf se niega. Con el forcejeo,
Rubí empieza a soltar ladriditos y el niño se desboca en unos alaridos tales que el padre le da una
cachetada. Cae la mano, estupefacta de haber estropeado una historia de comprensión. Acarician-
do a los dos, Dun Aires disipa las vergüenzas acomodando a Rubí en un capacho. La perrita se
calma, y padre e hijo se van. Durante el contrito millatro de caminata por la tundra, un rumor de
rotores les revela que tal vez no hayan dado tan mal paso: al mirar hacia atrás ven que de un gavi-
lónaro con una dudosa divisa oficial se está desprendiendo sobre la mina del Ruedo de Diversio-
nes una tropa de asalto; pero al mismo tiempo, una bandada de alegres levitas multicolores se
pierde ya veloz, levemente en el ocaso volando en alademoscas. En la casa de Munruf transcu-
rren los días sin perra; la ausencia escuece la rutina cálida de la vida de la familia tanto como un
extraño agujero que ha aparecido en el suelo del diminuto jardín: es un boquete sin fondo visible,
con la boca rodeada de un anillo de materiales subterráneos, no sólo tierra sino escamas de ado-
blástice y ladrillina de cimientos, que se hace cada vez un poco más grande sin que el padre logre
detectar cómo se origina. La cavidad parece un síntoma de que la casa está incompleta. En ese
período de entendimiento, la madre de Munruf pone el colofón. Dice que es al ñudo debatirse, la
vida nada más que de personas es así. Pero desde el ángulo de Munruf la cavidad del jardincito
está además velada en brumas; y desde el ángulo del espectador, Munruf se ha vuelto un chico
triste como no era al comienzo. Pero ya cuando se presagia que una apatía melancólica va a adue-
ñarse de todos, una mañana se encuentran, no con un anuncio neural de publicidad, sino un pan -
fletito impreso que durante la noche alguien deslizó por debajo de la puerta. En negro sobre ama-
rillo, primorosas letras informan:
¡EL CIRCO REGRESA! BAJO SUS CANDILES DE FIESTA, ESTARÁN UNA VEZ MÁS:
OVISTIA LA GALOPANTE, DURUBO EL HOMBRE LÁSER, LAS GOLONDRINAS DEL
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TRAPECIO, BUFONES, ILUSIONISTAS, HUARGOS FEROCES Y LA LEYENDA DE LOS
CUZCOS DEL LAGO DANZANTE.
Se avisa que la ocasión no es muy frecuente y hay una fecha y detalladas instrucciones para lle-
gar. Una nota al pie indica: Memorice los datos incluidos; este escrito se autoeliminará dos horas
después de haber sido tocado. Munruf ha visto poco papel; pero cuando este se prende fuego no
lo lamenta; más bien se ilusiona, como si la magia del circo se hubiera infiltrado en la casa y la
llamita hubiera consumido algo de tristeza. Por eso, cuando la víspera de la excursión el padre le
pregunta si encontrarse con Rubí no le abrirá de nuevo la herida, Munruf dice que no ve la hora
de estar ahí. Al día siguiente los cuatro toman un autobús hasta una estación fluvial secundaria.
Una hora después se bajan de la lancha en el muelle de una aldea ribereña. Las lomas donde se
escalonan los últimos módulos están surcadas de sendas; por una casi borrada por matas de eu-
bermia suben una cuesta, bajan por el otro lado, vadean un arroyo y entran en un bosque, y en la
otra linde salen a una suerte de olla arcillosa al fondo de la cual, pespunteada de luminarias, ro-
deada de ligeros flayfurgones camuflados, la carpa deja escapar una musiqueta. Por otros puntos
llegan niños, padres y abuelos. Delante de una cortina, un sosia de Dun Aires con la cara entalca-
da parlotea sin cesar mientras cobra los tiquetes. A lo largo de los tablones las caras se expanden
en la espera ferviente de lo nunca visto. De la musicaja brota un redoble, Dun Aires anuncia a
¡Ovistia la galopante! La señorita que va cabeza abajo sobre la montura, desnudas las piernas y
cubierto el torso por la levita caída, puede ser admirable, pero no supera el trote del palafreno
negro, tan esbelto, tan brioso en sus vueltas por el anillo, tan fabulosamente animal, que el públi-
co no sabe si aplaudir o frotarse los ojos. Algunos fuman como chimeneas, otros se devoran las
golosinas que han comprado casi sin masticarlas, otros simplemente aspiran el tufo del olor del
caballo, y eso es apenas el comienzo, porque después el domador, a fuerza de vibrazots, negocia
con el huargo amarillo hasta que la fiera, no por eso sin rugir, acepta pararse en dos patas para
fundirse con el otro en un abrazo. Luego Merasju la hechicera parte en dos al bufón Froto, que
corre por la arena como loco buscando el torso que le falta, y el mico Troyo hace cadena con las
Golondrinas del Trapecio. Contando las que siguen, quizá las atracciones sean demasiadas; algu-
nas dan cierta angustia, en otras los humanos no dominan bien el afán de protagonismo y mien-
tras tanto la musicaja, a falta de orquesta, se va poniendo machacona. Las caras cuajan en sonri-
sas inmóviles. Los viejos se han empachado de caramelis. Entonces Dun Aires, todo ademanes,
pide un aplauso para recibir a los Cuzcos del Lago Danzante. No es el lago, claro, el que danza,
sino un mixto humano-canino que, al compás de un plácido merigüel, entra en fila india, forma
una rueda, la desdobla, inicia desplazamientos enfrentados y poco a poco se desintegra en hileras
más cortas que confluyen, pero sólo para diverger como fragmentos de frases enredadas, como
varillas a la deriva en propiamente un lago. Si hay una leyenda implícita, no se entiende. Pero a
Munruf no puede importarle. En medio de esa pequeña muchedumbre caligráfica está Rubí. Lle-
van un chal estampado, bonete, gafas oscuras de marco turquesa y, aunque las patitas traseras
casi no se reconocen por el esfuerzo de mantenerse erguida sobre los zapatos de tacón, el hocico
en punta es inconfundible, y se diría que la naricita húmeda ya tiembla por el influjo del olor de
su amigo. Pero no mueve la cabeza. Concentrada en la música, avanza tres pasitos, se para, repite
y a los seis da marcha atrás, sólo tres cada vez, como para recuperar algo que olvidó o recoger un
herido en combate; como, si realmente en el agua, surfeara sobre una ola que se repliega para ir
después un poco más lejos. Es prodigioso. La familia toda se babea, pero Munruf ha apoyado la
cabeza en las manos. Los ojos le resplandecen, de lágrimas o de estupor, y del foco en el taconeo
ondulante de la perrita la mirada que no pestañea se eleva al techo de la carpa, sale al cielo, da la
curva a la bóveda del cielo y se desliza hacia atrás, hasta caer en la tierra y hundirse, mientras la
imagen de Rubí se le desvanece en la oscuridad de un túnel que alguien cava en el subsuelo. De
esa vuelta completa hacia atrás el bracho surge con una expresión inquisitiva. Se rasca la cabeza.
Tanto le acaba de pasar que se ha perdido una parte del espectáculo, sin gran perjuicio porque, a
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juzgar por los demás, parece que empezó a reiterarse. Gentes y bestezuelas flaquean un purlín. El
merigüel languidece. A tiempo se apaga para que todavía Dun Aires pueda repetir Damas y Ca -
balleros: ¡Los Cuzcos del Lago Danzantes! y el público ovacione, larga, vivazmente, y la familia
de Munruf dé la impresión de convencerse de que, entre la inocultable humillación de los anima-
les y la brillantez que les da la disciplina, el saldo para ellos es que han disfrutado. Estarían con-
tentísimos si ahora que los bailarines saludan y se retiran no les quedase con la diversión un nudo
en el estómago. Seguramente sienten un vacío, si no no se apurarían, padre y hermana de Munruf,
a interceptar a Dun Aires para preguntar cuándo es la próxima función. Por desgracia, Dun Aires
no lo sabe todavía. Sale de la carpa con ellos, señala los furgonetos, la actividad de los artistas, el
trajín de los guardias y les pide que vean si no están ya desmontando. Partirán a medianoche. No
pueden jugar con el albur de que los ubique una brigada de la Bedelía, una horda de traficantes de
fauna o una banda de las dos cosas juntas. La desanimada familia pregunta entonces cuándo. Dun
Aires abre los brazos como un político triunfador. Que esperen el panfletito, les dice. Que espe -
ren confiados. Lo que más hacen los circos es volver. Ellos también vuelven, más bien cabizba -
jos, desposeídos, inermes frente a un desquicio de sensaciones, aunque Munruf no del todo. ¿Qué
te pareció, le pregunta el padre? No sé, papi; está muy profesional, ¿no? La madre opina que Ru-
bí les ha enseñado que la vida es así: verdor, desierto y al final del desierto otra vez los árboles.
Munruf asiente, alejado como si todavía estuviese rumiando el paseo por el cielo y el subsuelo. Y
cuando después de un viaje encima pesadísimo llegan a la casa, antes que nada sale al jardinet, se
agacha ante el agujero, tantea un rato por dentro y, sin limpiarse mucho la mano, va en busca de
un librator de dibujos y le muestra uno al padre. Señala algo. Le pregunta si sabe qué es eso. Sí,
hijo; es un topo, hijo, un animalito industrioso que cava túneles bajo la tierra. Munruf golpetea el
dibujo con un dedo. Ya terminó de pensar. Está tan agitado que por poco se le cae el librátor.
Claro, papá, dice; ¿te das cuenta?; es un topo; mejor lo dejo que siga escondido.

FANTASÍA ESPAÑOLA

Aunque la luz matinal era clara y celeste, Galissou se movía por la habitación como si estuviera
llena de bruma. Cuando por fin llegó a la ventana dio enseguida un paso atrás, luego un golpecito
en el cristal y arrastrando los pies volvió a sentarse frente a la mesa. En un plato había cuatro
galletas integrales; al lado, en orden aparente, un flaco listín telefónico abierto, una botella de
leche y un teléfono beige.
Galissou recorrió con un dedo la columna de apellidos de una página del listín. Hasta las dos ter -
ceras partes casi todos tenían una marca en rotulador verde. Sin despegar los ojos del nombre
donde había parado la uña, ladeando un poco el torso, Galissou descolgó el teléfono y marcó un
número. Esperó, alisándose una y otra vez el albornoz azul eléctrico.
—Palomera —disparó una voz al otro lado de la línea.
—Señor Palomera…
—Ya he dicho que soy Palomera.
—Sí, ya lo sé. Señor Palomera: buenos días, soy Galissou.
Se hizo un silencio de gravedad mediana. Cansado de estudiarse las pantuflas, Galissou cerró los
ojos.
—No tengo el gusto. No tengo el menor gusto.
—Atalanio Galissou. Interior izquierdo del Toviel.
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Confusos chasquidos poblaron el nuevo silencio.
—Ah, ya, ya, Galliso. ¿Qué se le ofrecía? Sea breve, le suplico.
—Eeehmmm, ¿qué es ese ruido? ¿Su teléfono o el mío?
—Papeles. —Ahora la voz sonaba algo más lejana.
—¿Cómo?
—Papeles —la voz cobró un volumen brutal—: ¡Papeles, Galliso! No sé si sabe exactamente
adonde ha llamado, pero esto es el archivo parroquial de nuestro pueblo y habla usted con el res-
ponsable. ¿Le molesta que vaya hojeando papeluchos mientras usted me entretiene? La tarea del
historiador es ímproba, Galliso.
—Galissou —dijo Galissou—. Ga-li-ssou, señor Palomera. Ale extrañaría que mi nombre no le
dijera nada.
—Pues no me dice.
Galissou sorbió un poco de leche. Miró dolorosamente la botella.
—Jo. ¿Y qué hizo usted el domingo pasado por la tarde? —preguntó.
Se oyó una risita asfixiada.
—¿Y usted, Galissou?
—Jugué un partido de fútbol. La final de liga regional. Ya le dije, soy el interior izquierdo del
Toviel Fútbol Club. Precisamente…
—No me diga —los crujidos de fondo cesaron. Dio la impresión de que Palomera carraspeaba—.
¿Y qué? Veamos, déme una pista.
—Ya he hecho todo lo posible, señor Palomera. Quisiera no fastidiarle más. Pero bien… Mi ma-
dre era haitiana.
—¡Ah, caramba! El negro.
—Zambo. Soy zambo.
—Sí, claro. Sin duda. —Hubo un ruido sordo, como si se hubiera caído un bibliorato—. Hombre,
Galissou. A mí el fútbol me la trae flojísima, pero no crea, he pensado en usted. Bien, digamos
que he visto esa foto suya.
—¿Cuál?
—¿Cómo cuál? Esa foto pavorosa, no sé si en el diario de la capital o en “El Tovelano”. Usted
está sentado en un rincón del campo, solo, abrazándose las rodillas, la cabeza gacha…
—Ah, ésa.
—Sí, el pelo le brilla de sudor y de… ¿llovía, verdad? Una desolación inefable. Y al fondo los
rivales arrojando besos a la alambrada, desnudos como monos, sí, y a lo lejos una chiquilla, su-
pongo que de nuestra hinchada, con la cara arrugada de llanto.
—Para la gente ha sido una tragedia. Justamente yo llamaba…
—Sí, sí, algo he percibido. Una atmosferilla, un estupor basáltico. Creo que iban a ascender a…
Hombre, Galissou… Qué quiere que…
—Nada. Nada. Lo que yo quería decirle…
—En confianza: ¿cómo le pudo pasar algo así?
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Galissou alzó los ojos a la ventana. Contra la irreal nitidez del cielo unas ramas de nogal vibraban
levemente, como si presintieran algo. Al otro lado de la línea el silencio era cavernoso pero inci -
tante. Cruzó las piernas.
—Un error humano, señor Palomera. Técnicamente… No sé, la lluvia… En fin, el chut no salió
como debía.
—¡Venga, Galissou! Usted es un jugador finísimo. Y experto. Eso dicen. ¿Sabe qué? No me con-
vence. No, no.
La espalda de Galissou resbaló un poco en la silla. Las nalgas quedaron al borde del asiento. Se
oía el insistente martilleo de un dedo.
—Tiene razón, Palomera. En todo.
—Ahooora sí. Ahora sí. No crea, yo he pensado mucho a qué pudo deberse. La soledad, el lastre
de una misión desmesurada. Pero me gusta mucho la idea de un vórtice mental. Un destello,
una… interferencia.
Galissou descruzó las piernas y se enderezó lentamente en la silla.
—Usted no vio el partido.
—No, para qué. Pero yo pienso, Galissou, es lo que hago en la vida; y elaboro. Tal vez sea la
única persona que piensa en Toviel. Pensar continuamente amplía la percepción.
—¿Galissou?
—Estoy aquí.
—Usted tiene algo que contar. Le escucho. Tenemos tiempo.
Indeciso, Galissou miró las galletas pero cogió de nuevo la botella de leche. La detuvo a dos cen-
tímetros de los labios.
—Había llovido toda la segunda parte y mucho más desde el gol de ellos. Nosotros no nos deses-
peramos hasta que faltaban cinco minutos. Hemos sido mejores toda la liga. Infinitamente mejo-
res. Por eso cuando empujaron a Coure en el área y el árbitro pitó lo vimos lógico. Como si el
Dios del fútbol fuera justo. Así que fui y puse el balón en su punto. Siempre lo hago yo. Voy y
pongo el balón, y tomo carrerilla. Todo de lo más natural… Cuando de repente se oye un trueno.
Y más lluvia. No sé cómo podía llover más. Era un diluvio…
—Apocalíptico.
—Exacto. Señor Palomera: no se veían las tribunas, la gente ni los paraguas. Miré por encima del
hombro y el agua borraba a mis compañeros, a los rivales. Yo esperaba. Estuve esperando canti-
dad de tiempo. En eso viene el árbitro y me sacude el brazo y me dice que para cuándo.
—¡Caray! No había oído el silbato.
—Um, señor Palomera, usted es un…
—Pienso, Galissou. Ahora mismo estoy pensando. Imagino con gran precisión. Su relato me hace
imaginarlo todo.
Galissou bebió por fin un poco más de leche. Se le estremecieron los hombros. En la ventana, las
ramas del nogal se habían aquietado.
—El árbitro volvió a su sitio y pitó más fuerte. Entonces apareció la portería, y el portero. Con las
piernas abiertas, un poco agazapado, como se pone esa gente. Apareció entre la lluvia, como un
animal… Lo veía clarísimo. Parecía… No sé.
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Se oyó un chasquido de lengua contra paladar.
—Galissou, Galissou. Venga. En confianza.
—Parecía un león. Es que es un portero con una melena tremenda, pajiza. Bernárdez, se llama.
Pero yo miré el balón. No quería ni engañarlo ni nada, sólo patear con alma y vida y zamparlo allí
dentro y hacer justicia de una vez. Así que arranqué. Un paso, dos pasos. Tres pasos, Palomera.
Cuatro. Vea, no llegaba nunca. Al balón. Y de pronto me rodeaba un silencio… ruidoso.
—El público entre la lluvia.
—No. Ya no llovía.
—Extraño.
—Era un silencio selvático.
Los dos hombres callaron un momento. Del lado de Palomera se oyeron pasos, como si se hubie-
ra levantado a buscar algo, y luego un gorgoteo.
—Me lo figuraba —dijo Palomera—. ¿Tuvo un vahído?
—¿Cómo? Pues no sé. No. No podía moverme. Corría pero estaba paralizado.
—Atado.
Galissou tragó saliva. Tenía la cabeza gacha.
—¡Sí! Estaba atado a un poste. No sé de dónde venía esa sensación, ese… recuerdo. Era algo de
la cabeza y del cuerpo, de otro tiempo. Un poste. En la selva. Gritaba, me sacudía, lloraba.
Pero… Verá, estaba atada, me entiende. Había un viejo…
—¿Atada, ha dicho? —la voz de Palomera se volvió levemente áspera.
—Sí, atada. Había un viejo con una máscara de colorines y una especie de sonajero, un palito con
cascabeles. Vino a pasarme el sonajero por los pechos, por los muslos, y luego se fue, se perdió
en…
—La espesura. Lo comprendo. Un hechicero. Entonces…
—Era de noche, o el atardecer, entre las lianas, a lo lejos, un cántico, una especie de rezo. Había
un aroma… no sé. Entonces apareció el león. No se crea que rugía, no. Se pasaba la lengua por
los morros, abría las… fauces. Sólo cuando estuvo a un palmo empezó a rugir, un aliento que
quemaba. Se alzó en dos patas y me puso las garras en los hombros… Yo, aterrada, me desmayé.
—No era para menos.
—Sí, pero al instante me desperté de nuevo y vi una zarpa, y volví a desmayarme.
—Y soñó con el león.
—Creo que sí, me parece. Era el león y era Bernárdez, el portero, y también era Bernárdez y una
especie de soldado que me atacaba con una bayoneta, pero eso no lo sé, la sensación venía de un
tiempo diferente. Cuando me desperté de nuevo tenía los pechos todos pringosos, se veía una
baba, y el león estaba echado a mis pies, mirándome con…
—Simpatía.
—Con bondad, señor Palomera. Tenía la cabeza apoyada en las manos. Sólo cuando el hombre
de la máscara se acercó furioso, a azuzarlo, soltó un rugido. Le tiró un zarpazo a ése, al brujo. Y
volvió a mirarme, muy fijo, con la cara de Bernárdez. Y me pareció que se iban todos, todos los
que estaban detrás de los árboles aunque yo no los viera, mi tribu, y el de la máscara, y yo estaba
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muy cansada, mucho, pero aliviado, feliz, ya no lloraba… Y el caso es que cuando el recuerdo se
apagó…
—Usted había detenido la carrerilla.
—Sí. La sensación… se desvaneció. En mi cansancio vi el balón, reluciente, y a Bernárdez que se
balanceaba con las piernas abiertas, unos centímetros por delante de la línea, porque los porteros
siempre intentan adelantarse para tapar más. Pero tiene usted razón. Yo me había parado. Todo el
mundo cree que hice la paradinha, un amago.
—¡Ja! La gente es deliciosamente ingenua.
—Nada de delicioso, señor Palomera. Yo no podía chutar. Simplemente no podía atacar a ese
hombre, humillarlo. Él también se jugaba algo. Y estaba dormido a mis pies, la imagen se iba y
volvía. Había hecho todo lo contrario de lo que mi tribu esperaba que hiciera. Me protegía.
—Una criatura noble.
—Me flotaba la cabeza.
—Ya, me imagino.
Una sonrisa de menosprecio arrugó brevemente los espesos labios de Galissou. Se la borró con la
mano, como si se arrepintiera.
—No, no se imagina. Fue algo horrible, muy jodido.
—Calma, Galissou. Sólo he dicho que me lo imagino. Pero claro, no lo he vivido. Procuro enten-
der.
—Se levantó de repente, desperezándose como todos los felinos. Y rugió.
—Era un trueno, Galissou, en el estadio.
—Si usted lo dice. Yo oí un rugido. Y luego, y luego las zarpas de nuevo, en mi cuello, en mi
vientre, y los dientes, Palomera, los dientes, cada desgarradura era un dolor infinito, una eterni-
dad de dolor, y eran infinitas desgarraduras, borbotones de… Verse la sangre, las visceras, ver
cómo la devoran a una y no morir. Morir sin morir del todo, agonizando. Ver las zarpas de Ber -
nárdez, mis… tejidos.
—Y sus pechos, Galissou. —Palomera hizo una pausa—. Supongo que habrá seguido avanzando.
Que se habrá lanzado.
—Sí, hacia el balón. Contra Bernárdez. Sabe, siempre he sido un jugador elegante y preciso. Pero
en ese momento no pensé si chutar con el empeine al ángulo bajo, si engañarlo, esas chuminadas.
Quería reventar la red, meter a Bernárdez en la portería con balón y todo. Hundirlo. Empatar con
un chupinazo y ganar la liga, Palomera. Ganar la liga. Ya había perdido demasiado tiempo, joder.
—Eso se llama justicia poética. Venganza metafísica, diría yo. ¡Vida por vida, coño, en cualquier
vida! —Palomera se sonó la nariz—. Pero bueno, no me ha dicho usted qué pasó.
—¿Ah, no?
—No.
El jadeo de Galissou tardó un tiempo en adoptar un ritmo, y al fin del proceso prefirió transfor-
marse en un suspiro.
—Creo que con tantas paradas llegué al balón descompensado. Un poco pronto o un poco tarde, y
torcido, la pierna no tuvo… No sé. Había charcos. Le pegué flojo, o la bota resbaló. Suele ocurrir

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cuando el balón está mojado, uno no le da de lleno. Si hasta me salió casi al medio… Y así y todo
habría entrado, porque Bernárdez ya se había tirado a la izquierda. Pero le dio en el pie.
—Caray.
—Sí, y después se fue hacia el poste derecho, rebotó y empezó a pasearse por la línea. Yo vi que
Bernárdez estaba a punto de recuperarse y fui a buscarlo. Me tendría que haber lanzado, zambu-
llido, darle con una costilla, cualquier cosa.
—Habría sido la gloria.
—Psé —Galissou irguió el torso y se acomodó el albornoz—. Pero resbalé. El campo estaba… A
tres pasos del balón caí como si me hubieran comido las piernas. Y él saltó como un felino y lo
atrapó. —La voz se había vuelto gangosa—. Para mí fue la muerte. De nuevo.
—No se vive sólo una vez.
—Bien, señor Palomera. Eso es todo. Lo lamento.
—Por favor, Galissou. Me acaba de relatar una experiencia muy interesante, un enigma de la
mente y el pasado. Recuerdo un cuento de Kipling…
—No, no. Digo que lamento haber fallado. Le ruego que me disculpe. Bien…
El ruido que se oía ahora era de uña rascando pintura.
—¿Cómo que lo lamenta?
Galissou frunció el ceño.
—Sí. Lo lamento. La temporada que viene demostraré lo que valgo.
—Ah, lo lamenta. Qué frivolidad. La portería mide siete metros, usted es un profesional, había
una liga en juego y dice que lo lamenta.
—Señor Palomera. Tuve ese vértigo. Ese… recuerdo. Yo no era yo. El balón estaba empapado.
—Oiga, Galissou, creo haber visto alguna vez en la tele, yo que apenas me fijo, que en estas si -
tuaciones los buenos jugadores secan el balón con la camiseta antes de chutar. Lo secan muy
bien, y lo ponen en un lugar liso.
—Yo sé cómo se chuta.
—No, no sabe. No secó usted el balón. Y no cogió bien la carrerilla. Usted puede ser todo lo vir-
gen ofrendada a un león que quiera, es un avatar doloroso, pero la vida continúa, nunca mejor
dicho, y un penalty se mete.
Galissou cambió el teléfono de mano y se secó la palma mojada en el albornoz.
—Vea, Palomera, yo esto no se lo había contado a nadie. ¿Cómo no se da…? Esto era algo muy
íntimo. Usted tendría que…
—Se mete. ¡Un penalty se mete! Nada de exquisiteces. Fuerte y a un lado. Toma castaña.
—Pero qué coño sabe usted de fútbol.
—Usted pifió. ¡Su fina pierna izquierda! ¡Caligráfica! Pifió.
—No me escupa. Echa usted saliva por el auricular, Palomera.
—¡Un profesional!
—¿Usted sabe la miseria que me pagan?

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—No tengo ninguna prueba de que no lo haya hecho adrede.
—Que le zurzan.
—Y le confiaré una meditación personal. Usted ha sido un mimado de la afición. Pero no sólo las
tribus de la jungla sacrifican vírgenes a los leones. Precisamente su piel…
—Mi padre es español. —Los oscuros dedos de Galissou palidecieron de tanto apretar la botella
de leche, que era de plástico y se abolló. Varias gotas se derramaron sobre el listín—. No es ése
el problema. Al contrario. Es la compasión.
—¡Fingen! Estaban a un gol de ser campeones.
—Tal vez. Son tan silenciosos…
—¿Ve? Y tienen razón. Un chut de mariquita.
—Palomera… Aveces se hace insoportable…
La voz de Galissou se desvaneció en un ronroneo. Tenso sobre el torso poderoso, el albornoz azul
eléctrico relucía en la mañana exaltada.
—Galissou.
—Qué quiere.
—Un poco de ánimo.
—No me joda.
—Ha elegido bien a quién llamar. Puede hacerlo cuando quiera. Aquí siempre tendrá un interlo-
cutor sensible. Y pensante.
—No.
—¿Qué quiere decir “No”?
—Que no me espere. Yo llamaba para disculparme. Usted es uno, el tercero de la P. Todavía me
quedan cuatrocientos veinticinco.
Un chirrido pareció sugerir que Palomera había corrido una silla.
—Claro. Hasta Zuviría. ¿Y cuando acabe?
—No lo sé. No sé si me quedarán ganas. Y luego empiezan los entrenamientos.
—Ja.
—Palomera.
—Qué pasa.
—Buenos días.
Galissou esperó a que se oyera el clic. Después colgó y estuvo un buen rato con la mano apoyada
aún en el teléfono. Cuando notó que el brazo se le empezaba a dormir lo sacudió un poco y, co -
giendo el borde del albornoz, fue secando la leche derramada en el listín. Con un rotulador que
tenía en el bolsillo puso una marca junto a Palomera Díaz, Egidio. Pareció que iba a levantarse,
porque se estaba volviendo hacia la ventana, pero apoyó un dedo en el listín y descolgó de nuevo
el teléfono.

FIN

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