Vivir (des)conectado.
Aspectos éticos
del uso (y abuso) de
los dispositivos móviles
Isidro Catela Marcos
Isidro Catela Marcos
COORDINADOR DE
“CUADERNOS DE ÉTICA EN CLAVE COTIDIANA”
— Enrique Lluch Frechina.
Profesor en la Universidad CEU Cardenal Herrera
CONSEJO ASESOR
— Rafael Junquera de Estéfani.
Facultad Derecho UNED (España)
— Antonio Fuertes Ortiz de Urbina.
Investigador médico (España)
— Luis Mesa Castilla.
Institución Juan XXIII de Granada (España)
— Marta Iglesias López.
Asociación para la Solidaridad (España)
— Jerónimo Peñaloza Bastos.
Rector de la Fundación Universitaria San Alfonso (Colombia)
— José Luis Pareja.
Director Centro Residencial para Personas Mayores Nuestra Señora
del Perpetuo Socorro.
DIRECCIÓN – REDACCIÓN – ADMINISTRACIÓN
— Fundación Europea para el Estudio y Reflexión Ética
C/ Félix Boix, 13
28036 Madrid (España)
[Link] | fundraising@[Link]
ISBN: 978-84-284-0827-1
DEPÓSITO LEGAL: M-14474-2020
ISSN: 2341-0388
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Índice
1. El contexto:
La sociedad del cansancio ............................ 5
2. De la comunicación móvil a la comunicación
ubícua, ¿el medio sigue siendo el mensaje?.... 17
3. Hiperconexión:
Uso, abuso y adicción digital ........................... 31
4. Los enganchados:
Hikikomoris o el aislamiento social agudo.......43
5. Los desconectados.
¿Se puede vivir sin red? ................................... 49
6. Virtudes y vicios
Una dieta aristotélica para equilibrar el
fast-food digital ............................................ 53
7. Desconectar para reconectar.
La recuperación de la vida contemplativa ....... 63
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Vivir (des)conectado
1. El contexto: La sociedad del cansancio
De media, los españoles miramos el móvil más No podemos
de 150 veces al día, no podemos estar más de 60 pasar sin el
minutos sin mirarlo, el 59% de los conductores móvil
no esperamos al destino para leer el whatsapp
que nos han enviado y el 49% confesamos inclu-
so haber escrito mensajes mientras íbamos con-
duciendo. En la última presentación de la Cam-
paña Anual de la DGT, su Director General, Pere
Navarro, nos alertó de que ha descendido el nú-
mero de accidentes mortales a causa del consumo
de drogas y alcohol, y que ha subido de forma
alarmante el número de personas que se matan al
volante por ir whatsappeando.
Aquí, desgraciadamente, Spain is not diffe-
rent. Los datos son muy similares en todo Oc-
cidente. Japón pelea contra la epidemia de los
hikikomoris: individuos que sufren aislamiento
social agudo y que llevan al menos 6 meses re-
cluidos en su habitación, en su particular mundo
de pantallas. Y China libra la moderna guerra fría
digital contra los Estados Unidos de Trump, con
Huawei como arma arrojadiza y con el 5G como
telón de fondo. El telón de acero contemporáneo,
en una sociedad hiperconectada, más bien parece
un telón de coltán, ese mineral compuesto por
colombita y tantalita, que se ha convertido en
una suerte de nuevo oro negro y que se utiliza
en microelectrónica, telecomunicaciones y en la
industria aeroespacial.
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Isidro Catela Marcos
Buscamos Black Mirror, la conocida distopía británica
“likes” en las sobre las disfunciones que ocasiona la tecnología
redes en unas relaciones humanas donde se ha perdido
lo verdaderamente humano, es hoy, más que una
amenaza futura, un presente en perspectiva que
nos acongoja. Podríamos citar muchos, pero es
paradigmático el primer episodio de la segunda
temporada en el que se nos muestra una sociedad
obsesionada con conseguir likes, las personas se
desviven por conseguir puntuaciones personales
en toda aquella interacción que realizan. No se
trata solo de una cuestión de prestigio y satisfac-
ción personal por el reconocimiento recibido, que
también, sino de auténtica supervivencia en un
mundo que ofrece ventajas a los que son mejor
puntuados y descarta a los últimos de la fila.
Existen Lo más sorprendente es, en efecto, que este fu-
aplicaciones turo distópico se halle ya entre nosotros. Estamos
para puntuar obligados a sonreír porque la gente nos está mi-
al otro rando y puntuando. ¿De locos? Echen un vistazo
a aplicaciones como Peeple para poner nota a los
amigos, como si fueran un restaurante o una casa
rural; Stroovy, en la que se puede puntuar a gen-
te que utiliza aplicaciones para ligar, y que nació
con el pretexto de evitar agresiones sexuales en
las webs de citas; Ok Cupid en la que también
se puntúa a las posibles citas hasta con cinco es-
trellas; Tinder, la conocida aplicación de ligoteo
digital que ejemplifica a la perfección lo que Bau-
man llama amor líquido, cuenta con rating inter-
no que el usuario desconoce, pero que permite a
la app emparejar a las personas por afinidades;
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Vivir (des)conectado
Klout, que es capaz de ponerle una nota a nuestra
actividad en redes; o numerosos intentos fallidos,
como el caso de Knozen, en la que podías puntuar
a los compañeros de trabajo.
Como en el episodio de Black Mirror, las Las aplicacio-
puntuaciones tienen relevancia e incidencia so- nes tienen datos
cial. Hay empresas como Juno, la app fundada sobre nosotros
por el creador de Viber, que utilizan como uno
de sus criterios a la hora de contratar conducto-
res, la experiencia previa y las puntuaciones que
estos tengan en Uber, de tal manera que el rating
se convierte en una barrera de entrada. El último
grito de tanta reputación digital lo ha dado Zain
Alabdin, un joven saudí que ha puesto en mar-
cha una aplicación móvil llamada Sarahah (ho-
nestidad, en árabe), que permite, por una parte,
que cualquiera podamos expresar nuestra más
sincera opinión sobre amigos y conocidos, y, por
otra, que podamos averiguar lo que los demás
piensan de verdad sobre nosotros. Todo supues-
tamente sincero y anónimo. La única manera de
saber quién está detrás de cada opinión es que el
remitente del mensaje decida desenmascararse.
Es, en realidad, el Big Data o la revolución de
los datos masivos. Y es una deriva evidente de
la hiperconexión que padecemos. Recoger da-
tos de todos nosotros, simplemente rastreando
las huellas que vamos dejando en la red, es tan
barato que tal vez pronto se ponga en jaque a
la misma demoscopia. ¿Para qué establecer una
muestra representativa si puedo acceder al uni-
verso entero?
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Isidro Catela Marcos
Aparecen No hay que ser un gurú para adivinar el papel
derechos que van a jugar de inmediato las llamadas Huma-
digitales nidades Digitales y las repercusiones antropoló-
gicas, éticas, sociales y jurídicas que van a tener.
Sin ir más lejos, en España se están empezando a
regular una serie de derechos digitales como por
ejemplo el del derecho al olvido o el derecho a la
desconexión digital por parte de los trabajadores.
Obviamente, no todos vivimos (de momento) en
la negrura de Black Mirror, no todos buscamos
Pokemons Go por túneles en medio de autopistas,
ni todos nos hacemos selfies extremos al borde de
acantilados, pero todos tenemos experiencia ya
de lo que suponen la tentación y el riesgo de estar
permanentemente conectados.
Estar siempre El creador del Iphone, Jony Ive, ya ha admiti-
conectados no do que el uso constante del dispositivo es malo,
es bueno algo que, por evidente que nos parezca, no es
usual que se reconozca tal cual desde dentro de
las compañías que están en el negocio. Los pro-
pios Bill Gates y Steve Jobs limitaban la tec-
nología que sus hijos usaban en casa. Evan Wi-
lliams, fundador de Blogger, Twitter y Medium,
compraba gran cantidad libros a sus hijos, pero
se negaba a que tuvieran un iPad. Tristan Harris,
ex empleado de Google, encargado de diseñar
los productos, ha hablado también con toda cru-
deza de estrategias como la llamada economía
de la atención, basada en captar la atención de
las personas para sacarles mayor rendimiento
económico en la red.
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Vivir (des)conectado
¿Por qué? ¿Por qué los tecnócratas más impor- La paradoja
tantes de la esfera pública son, a su vez, los mayo- de crear algo
res tecnófobos en su vida privada? ¿Os imagináis que prohíbes
qué alboroto se formaría si los líderes religiosos a tus hijos
no dejaran a sus hijos ser practicantes? - nos in-
terroga el profesor Alter, en Irresistible, una obra
en la que con una analogía brutal afirma que los
que se dedican a inventar tecnologías parecen ha-
ber seguido la regla de oro de los traficantes de
drogas: nunca te enganches a tu propia mercan-
cía. Nuestra actividad y nuestra mirada han sido
secuestradas por las pantallas.
No se trata, obviamente, de volver a sacar la Padecemos
bandera entre la trinchera apocalíptica e integra- opulencia y
da, que popularizó en su día Umberto Eco. Cerrar gordura digital
Internet o prohibir los móviles, aparte de imposi-
ble, sería tan absurdo como ilegalizar la comida
para combatir la obesidad. Padecemos opulencia y
gordura digital, una pandemia que no afecta solo,
como hemos visto, a los adolescentes bulímicos del
móvil. A menudo somos otros, también los padres,
los que presentamos síntomas de la enfermedad,
perplejos ante la paradoja de que la tecnología es
condición necesaria pero en sí misma insuficiente
para salir del lío en el que andamos metidos.
Sin embargo, su potencial es enorme si se
acompaña de prácticas, de valores, de virtudes y
de normas con gran valor nutritivo. Y es enorme Estas
también su capacidad para acostumbrarnos a la tecnologías
comida basura y hacernos creer que estamos bien tienen un gran
alimentados. Las tecnologías se pueden diseñar potencial
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Isidro Catela Marcos
para que enriquezcan las relaciones sociales, para
que sean adictivas, o de forma ambivalente para
ambas cosas a la vez, lo que hace, sin duda, el
problema mucho más complejo. Una compleji-
dad que parte del contexto que gozamos y pade-
cemos, y que hay que conocer antes de hacer una
propuesta de vida buena digital.
¿Qué nos está sucediendo? ¿No deberíamos
alegrarnos de que nuestros hijos vinieran, en ple-
no siglo XXI, con un pan digital debajo del bra-
zo? ¿No será, una vez más, una suerte de actitud
ludita, que a modo de la sostenida por el conoci-
do movimiento artesanal inglés del siglo XIX, la
esté emprendiendo contra las máquinas al consi-
derarlas enemigas del progreso y amenazas para
su propio trabajo?
Para El filósofo surcoreano, afincado en Alema-
Aristóteles las nia, Byung Chul Han, está tratando en los últi-
personas se mos años de alumbrar algún criterio sólido para
unen en comprender esta sociedad, la sociedad líquida
comunidad que nos ha tocado vivir. Aristóteles nos enseña
para ayudarse
que el hombre es, por naturaleza, un animal po-
lítico. Posee, de modo exclusivo, y frente a los
demás animales, el sentido de lo bueno y lo malo,
lo justo y lo injusto, y las demás apreciaciones.
Es, precisamente, la participación comunitaria en
éstas la que funda la ciudad (polis), que los grie-
gos entendían como unidad política suprema, y
que es la que buscará el fin supremo que implica
a la totalidad y que no es otro que la felicidad de
todos los ciudadanos.
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Vivir (des)conectado
Para Han, sin embargo, el hombre contempo- Para Han las
ráneo es un animal gregario más, que se sitúa en redes no crean
lo que él llama enjambre digital, un lugar cuyo comunidad
centro neurálgico son las redes sociales, que a su
vez erosionan el espacio público y que agudizan
el aislamiento del hombre. Este enjambre es una
comunidad frecuentemente indignada, pero la
indignación por sí misma no crea comunidad al-
guna, porque aglutina multitudes volátiles, poco
firmes, que crecen súbitamente y se dispersan con
la misma rapidez; un entorno que no desea crear
ninguna comunidad, ningún nosotros, y que son
más bien una concentración sin congregación,
una multitud sin interioridad alguna.
Precisamente a este respecto, la obra más sig- Las redes no
nificativa de Han es la que lleva por título En el conforman un
enjambre, donde expone que estas olas de indig- espacio público
nación son muy eficientes para movilizar y aglu-
tinar la atención en un primer momento, pero que
son inapropiadas para configurar el discurso y el
espacio público. La Ilíada comienza con la pala-
bra ira, nos recuerda Han. Es un canto de la ira,
que constituye la primera narración de la cultura
occidental. “La ira puede cantarse aquí, porque
soporta, estructura, anima, vivifica. Esta ira es
narrativa, épica, porque produce determinadas
acciones (…) La indignación digital, en cambio,
no puede cantarse. Es un estado afectivo que no
desarrolla ninguna fuerza poderosa de acción”.
Por todo ello, no engendra ningún futuro, sino
que es, más bien, causa de saturación y hastío.
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Isidro Catela Marcos
Somos esclavos Es lo que el propio Han en La sociedad del can-
del trabajo sancio llama violencia neuronal: “Toda época
tiene sus enfermedades emblemáticas. Las pro-
pias del siglo XXI son patologías neuronales tales
como el déficit de atención con hiperactividad, el
trastorno límite de personalidad o el síndrome
de desgaste ocupacional (SDO)”. No hace falta
ahondar demasiado en la relación que existe entre
este último síndrome y el objeto de estudio que
nos ocupa. Así, la sociedad del trabajo constante,
del rendimiento, no sería, en sentido estricto, una
sociedad libre, sino una sociedad que, al producir
nuevas y constantes obligaciones, convierte al in-
dividuo en esclavo del trabajo, en amo y esclavo
de sí mismo.
En Hiperculturalidad, y llevando este aspecto
al ámbito digital, Han llega a hablar del eros de
la conexión y cita a Heidegger para afirmar que
hoy la creciente conectividad del mundo crea una
abundancia y profusión de relaciones y posibili-
dades, pero que ese espacio de posibilidad satura-
do (del que cada vez nos resulta más difícil salir),
reduce el proyecto vital y la libertad de elección
a una mera posibilidad heredada; una suerte de
erótica que no remite siquiera al otro.
Podemos Nos dirigimos hacia un nuevo modelo de so-
convertirnos ciedad en el que el hombre del futuro ya no nece-
en personas sitará manos porque no tendrá que habérselas con
agotadas la materia, tal y como la entendíamos hasta ahora.
Un nuevo modelo también laboral que, al tiempo
que lo convertirá todo en trabajo, rehuirá también
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Vivir (des)conectado
de ese trabajo mismo. Puede parecer que nos di-
rigimos hacia un tiempo en el que lo lúdico va
a tener un mayor protagonismo, pero la promesa
esconde una trampa: el principio del rendimien-
to quita al juego todo lo lúdico y lo convierte de
nuevo en trabajo. La diversión no es lo otro del
trabajo, sino su producto, y los jugadores/traba-
jadores se convertirán en sujetos agotados, que
duermen de la misma manera en que se duerme
la pierna. Su relajación no es más que un modo de
trabajo, en la medida en que sirve para la regene-
ración de la fuerza laboral.
Mark Twain lo resumía con demoledora ironía El ocio se
en Diarios de Adán y Eva cuando cuenta cómo convierte
a Adán lo que más le costaba era sobrellevar los en tedio
domingos, porque aunque entre semana hubiera
pocas cosas que hacer, los domingos no había
ninguna. Paradójicamente, una sociedad del ren-
dimiento extremo, al tiempo que limita o anula
los tiempos para el ocio, convierte ese mismo
ocio en tedio, que apaga la vida y enciende (en
nuestras pantallas) el cansancio de vivir.
En sus Pensamientos recoge Pascal que nada Estar en
hay tan insoportable para el hombre como estar reposo total
en reposo total, sin pasiones, sin asuntos, sin di- nos condena
versiones, sin empleos. Es entonces cuando siente a la nada
su nada, su abandono, su insuficiencia, su depen-
dencia, su impotencia, su vacío. Al instante ex-
traerá del fondo de su alma el tedio, la negrura, la
tristeza, el pesar, el despecho y la desesperación.
Pareciera que nos está retratando en esa vorágine
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Isidro Catela Marcos
tan nuestra de la conexión constante, síntoma a su
vez de las causas más profundas sobre las que se
cimenta la civilización del vértigo y la prisa en la
que andamos.
Tenemos que En resumen, hablar de los aspectos éticos del
forjar un uso y abuso de los dispositivos móviles requiere
carácter digital hacerlo, al menos en estas dos direcciones, la del
desde los sujeto inteligente, libre y responsable que toma
valores sus decisiones y que también en su vida virtual
(tan real como la vida misma) puede forjar un ca-
rácter digital desde los valores y las virtudes mo-
rales, y la de una sociedad que, si bien no aboca
necesariamente al individuo al precipicio, lo con-
diciona notablemente, hasta el punto de que, en
cualquier edad (esto no es una cuestión ya solo, ni
principalmente de adolescentes) y particularmen-
te en situaciones de vulnerabilidad, va a tener que
resistir ante la nueva coacción (y en ocasiones es-
clavitud) que le traen los nuevos dispositivos di-
gitales; unos dispositivos que, en cierto modo, le
pueden llegar a explotar de manera más eficiente
por cuanto, en virtud de su movilidad, transfor-
man todo lugar en un puesto de trabajo y todo
tiempo en un tiempo de trabajo.
El desafío Por eso el reto es enorme, porque, en medio de
es elaborar este desfondamiento general, seguimos llamados
nuestro a elaborar un proyecto personal e intransferible
proyecto de vida buena; a entender, para ello, las circuns-
personal
tancias en las que nos toca vivir; a discernir cada
situación desde la prudencia; y a no dejar que se
nos imponga ningún modelo de vida, al menos
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Vivir (des)conectado
no sin comprenderlo antes, sin someterlo después
al arte de poder no tener razón y sin ser capaces,
al fin y una vez depurado, de compartirlo con los
demás y orientarlo hacia el bien común.
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Vivir (des)conectado
2. Comunicación móvil a la
comunicación ubícua. ¿El medio
sigue siendo el mensaje?
Cometeríamos un error si pensáramos que Sustituimos la
todo esto es cuestión de adolescentes y de te- conversación
léfonos móviles. El abuso y la adicción ven las por la conexión
puertas abiertas en las situaciones de mayor vul-
nerabilidad y sabemos que la adolescencia es una
de ellas. Obviamente, no es la única. A nuestros
aparatos preferidos, de teléfono apenas les queda
el nombre. Cuenta la psicóloga americana She-
rry Turkle en una obra sobre la importancia de la
conversación en la era digital, cómo hemos susti-
tuido la conversación por la conexión. Lo cuenta
con un ejemplo demoledor: un chico de 16 años
acaba de recibir un mensaje de texto de su mejor
amigo. El padre de su amigo ha muerto. Le dice a
su madre que ha escrito a su amigo y le ha dicho
que lo siente. Su madre, a quien casi no le cabe
en la cabeza lo que ha hecho su hijo, le pregunta
que por qué no ha llamado. Ella piensa en la ne-
cesidad de consuelo. Él dice que está fuera de lu-
gar que lo interrumpa. Está demasiado triste para
recibir llamadas de teléfono. Se asume así que la
conversación es una intrusa, incluso en momen-
tos que piden a gritos un gesto de intimidad.
Nuestros teléfonos ya no sirven prioritariamen-
te para conversar, sin embargo, son más móviles
que nunca y sus usos (conversaciones aparte) son
cada vez más variados. Nos alarmamos cuando
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Isidro Catela Marcos
conocemos que nuestros chavales de 14-16 años
se pasan más de 6 horas al día en la pantalla. Es
una barbaridad, ciertamente, pero a menudo pen-
samos que se pasan la mayor parte de ese tiempo
whatsappeando, instagrameando y viendo ví-
deos en Youtube. La comunicación móvil incluye
el consumo masivo de series de ficción. Netflix
sí que puede terminar siendo el verdadero opio
del pueblo. Ya no hablamos de series de televi-
sión. En la sociedad de las pantallas, las series
son series de ficción, a secas, porque se consu-
men en los más diversos tipos de pantalla. Son el
paradigma de esa comunicación móvil de la que
hablábamos.
Se consumen Los últimos datos del Observatorio de las Se-
muchas series ries no dejan lugar a la duda, el 86,2 % de los es-
de ficción pañoles reconoce que ve series y más de la mitad
(62,5%) afirma que son muy o bastante importan-
tes en su vida, tanto que el visionado de series les
resta tiempo de otras actividades que antes reali-
zaban con mayor frecuencia como, por ejemplo,
la lectura de libros, ver películas, navegar por in-
ternet, oír música, practicar deporte o dormir las
horas que tocan.
La comunica- En realidad, el fenómeno nos invita a reflexio-
ción ubicua nos nar sobre el paso de una comunicación móvil, que
envuelve por llevábamos encima a diferencia de la comunica-
completo, no ción fija que requería estar en un determinado
podemos huir lugar a una hora determinada, a una comunica-
de ella
ción ubicua, que nos envuelve por completo y de
la que, de alguna forma, no podemos huir. Allá
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Vivir (des)conectado
donde estés, habrá noticias, nos advierte Ramón
Salaverría que ha trabajado la idea desde la evo-
lución del periodismo clásico al que él mismo ha
denominado periodismo ubicuo. Sin haber dige-
rido todavía el impacto de internet, que ha acom-
pañado a la revolución de las comunicaciones
móviles, los medios de comunicación (y nosotros
con ellos, porque en alguna medida todos somos
medios de comunicación en la nueva sociedad
de las pantallas) se asoman a un nuevo entorno
tecnológico que está transformando radicalmente
los modos de producir y difundir información.
Desde las tecnologías de inteligencia artificial Nos sentimos
hasta la llamada Internet de las Cosas, una ola de desbordados
novísimas tecnologías está convirtiendo la comu- por la
nicación que conocemos en algo ubicuo. Lo veía- información
mos en el epígrafe anterior con las aportaciones
de Han: allá donde vayamos habrá trabajo. Ese
trabajo incluye necesariamente una nueva dimen-
sión comunicativa. Allá donde vayamos, habrá
conexión obligada, de la que nos será difícil huir.
En pocos años hemos pasado de buscar noticias, a
sentirnos desbordamos por la información.
Antes de la llegada de internet, como apunta Antes
con perspicacia Salaverría, estábamos obligados buscábamos
a realizar un acto de peregrinaje: teníamos que información,
hacer un esfuerzo de búsqueda, acudiendo a un ahora ella
quiosco, a un transistor, a un televisor … Google acude a
nosotros
nos facilitó la búsqueda. Sin embargo, comenza-
mos a vivir con asombro una época en la que la
comunicación nos excede. Pensemos solo en la
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Isidro Catela Marcos
información. Acude a nosotros sin que la haya-
mos buscado. Nos persigue, nos atosiga mediante
notificaciones constantes y llamadas de atención
de todo tipo.
Las redes Ubicuo significa que está presente al mismo
sociales y los tiempo en todo lugar. Es curioso porque el an-
dispositivos tropólogo francés Marc Augé, especializado en
móviles son etnología, teorizó a principios de los años 90 so-
“no-lugares” bre los que él llama no lugares y, en particular,
sobre los espacios para el anonimato de las gran-
des ciudades. Son los espacios que no son tales,
valga la contradicción, porque no personalizan,
no aportan a la identidad, en ellos la comuni-
cación es más superficial y se caracterizan por
su transitoriedad. Un no-lugar es una autopista,
una habitación de hotel, un aeropuerto o un su-
permercado. En los 90 Augé no conocía todavía
las redes sociales y el auge de los dispositivos
móviles. Hemos visto que para muchos no son
exactamente lugares de tránsito, porque pasan
muchas horas en ellos, sin embargo es evidente
que guardan algunas similitudes con los citados
no-lugares. Vivir, amar y trabajar en un mun-
do acelerado, en muchas ocasiones requiere de
no-lugares, signo de unos tiempos, en palabras
de López Cambronero, que no tanto vienen mar-
cados por un cambio tecnológico vertiginoso,
cuanto por una radical transformación de nues-
tra mirada sobre la realidad y una falta de pro-
puesta de sentido, cada vez más acuciante, en el
actuar humano.
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Vivir (des)conectado
En esta tesitura parece que aquel hallazgo de
McLuhan acerca de que “el medio es el mensa-
je” se haya quedado, como dicen los jóvenes, un
tanto viejuno. Su conocido aforismo es el títu-
lo del primer capítulo de Understanding Media:
The Extensions of Man, publicado en 1964 y que
nos invita a reflexionar sobre si la oposición en-
tre medio y mensaje es solo aparente y no debe-
ríamos advertir más bien que la tecnología fuera
una suerte de prótesis del ser humano. Por enton-
ces McLuhan no imaginaba transhumanos en el
horizonte, ni había oído hablar de los nomófo-
bos, incapaces de salir a la calle sin su dispositi-
vo móvil.
El que la comunicación sea ubicua y las panta- Vemos la
llas nos invadan supone que éstas nos vigilan. El realidad a
medio es hoy la pantalla, el ojo que todo lo ve y través de
está más viva que nunca la pregunta por el frágil las pantallas
equilibrio entre libertad y seguridad. Y supone,
al mismo tiempo, que lo real se nos da, mayori-
tariamente, por medio de la representación; una
representación que lo llena todo, lo totaliza, hasta
el punto de que olvidamos que la representación
es intencional (hay una intención) y que es relati-
va (remite a), y que hay una presencia necesaria,
que se nos ha difuminado. Es decir, que ya no
es tanto el ojo que todo lo ve (que también) sino
sobre todo que casi todo lo vemos a través de ese
ojo que son las pantallas. Piensen, por ejemplo,
en las fallidas Google Glass, que llegaron para
transforman el ojo humano en una cámara. Es el
ojo mismo el que hace imágenes.
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Isidro Catela Marcos
Todos podemos Así las cosas, las reglas del juego han cam-
ser emisores de biado. De una sociedad mediáticamente vertical,
información donde la comunicación fluía desde los grandes
centros, sin apenas interacción por parte de los
receptores, hemos pasado a una comunicación
omnipresente, que se vierte en todas las direc-
ciones, donde los usuarios son al mismo tiempo
creadores y consumidores de contenidos. Cada
uno de nosotros, con los 140 caracteres de nues-
tro Twitter, puede convertirse en el medio, emitir
e informar a los demás, que, a su vez, pueden in-
formar a otros, formar opiniones y participar de
una tormenta de contenidos cuya lógica es muy
distinta a la que conocíamos hasta ahora en los
medios tradicionales.
Los medios de Parece que el futuro ya no va a ser lo que era.
comunicación Los medios tradicionales lo han entendido, aun-
de masas deben que no han dado todavía con la clave que les
reubicarse permita sacar la cabeza hacia el horizonte de la
supervivencia. Ni la radio acabó con la prensa es-
crita, ni la tele con la radio… ni tampoco internet
(que no es exactamente un medio) ha acabado con
los anteriores, aunque lo cierto es que ha dejado a
muchos desubicados y con urgente necesidad de
reformulación en su naturaleza y funciones. ¿Qué
son hoy y para qué sirven el cine, la prensa, la ra-
dio y la televisión? ¿Han posibilitado los nuevos
escenarios una cierta apertura hacia otros medios
y, por consiguiente, hacia quienes los usan? ¿O
se han replegado aún más sobre sí mismos? ¿Son
todavía medios de comunicación de “masas”?
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Vivir (des)conectado
Los medios de comunicación tradicionales
han dejado de ser, a mi juicio, lo que eran porque
el propio concepto de “masa” ha cambiado. Los
medios hoy hablan más de sí mismos que nunca.
Se retroalimentan, en una espiral de metacomu-
nicación que parece no tener fin. Piensen en eso
que hoy llamamos “televisión social” y que con-
siste en ver una pantalla con otra pantalla distinta
delante que se intenta ver al mismo tiempo que la
primera para poder comentar en una lo que se ve
en la otra.
Los medios han desplazado su foco informa- Los medios nos
tivo. Ya no existen principalmente para informar. orientan sobre
Qué sentido tiene hoy la primicia, ser el prime- qué pensar
ro. Han intensificado en cambio la función sobre
aquello en lo que tenemos que pensar. Su función
en cuanto que agenda temática se ha reactivado.
Y no me refiero solo a que con nuestras agencias
eurocéntricas las noticias de África queden fuera
y uno tenga que leer Mundo Negro si quiere ente-
rarse de algo. No solo, las agendas temáticas que
sustituyen al hombre y a los lugares donde habi-
ta, son mucho más amplias. Son totalizadoras, en
ocasiones excluyentes, descartando todo lo que
no sea lo que se propone a la luz de la agenda
dominante.
En los medios
Piensen hoy, por ejemplo, en estos tres grandes hay menos
ámbitos: deportivo, gastronómico y musical. Casi profundidad
todo es deporte, lo que no es deporte es cocina, y más
lo que no es cocina ni deporte es La Voz kids. espectáculo y
Para abordarlo adecuadamente, los medios se han entretenimiento
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Isidro Catela Marcos
espectacularizado. Un informativo, el tradicional
telediario ya no se entiende sin la lógica del es-
pectáculo, lo que necesariamente conlleva un tra-
tamiento menos profundo de los temas.
Los medios han potenciado su función de en-
tretenimiento y la transmisión de valores se ha
desplazado de la agenda informativa a los pro-
ductos de entretenimiento, especialmente los
de ficción (las mencionadas series) que es lugar
donde se configuran verdaderos modelos que se
proponen como tales, personajes construidos con
un marco moral donde a los guionistas no se les
escapa un solo detalle, desde la coca cola o la
Pepsi que deben beber hasta la nacionalidad del
asesino.
Los medios siguen, de forma minoritaria, ejer-
ciendo su función como contrapoder. El periodis-
mo de investigación es escaso, no solo porque es
caro, sino sobre todo porque se da de bruces con
las características de la sociedad de las pantallas,
el presente y el instante.
¿Qué sucede entonces con la comunidad nece-
saria para el encuentro, en qué se ha convertido
esa nueva masa que recibe contenidos y que aho-
ra también los crea?
La masa La nueva masa o el enjambre digital, en pala-
indignada no bras de Han, es una comunidad frecuentemente
crea comunidad indignada, tenemos múltiples ejemplos de la ola
de agresiones verbales que se produce en Twitter,
o el debate sobre los chistes y el humor negro.
Pero la indignación por sí misma no crea comuni-
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Vivir (des)conectado
dad alguna, porque aglutina multitudes volátiles,
poco firmes, que crecen súbitamente y se disper-
san con la misma rapidez. Imaginemos un esta-
do de opinión creado realmente (desde hechos
verdaderos no falsos). Convoca, llama, encien-
de, propicia la indignación, pero que si se queda
ahí no es capaz de acción ni de narración alguna.
Puede sostenerse por intereses políticos o mediá-
ticos en el medio plazo, puede envilecer la esfera
pública y sobre todo la publicada, puede revertir
un resultado electoral (esto es más difícil, hemos
visto ejemplos USA, Escocia), y puede desem-
bocar en una indignación que se convierte en ira
violenta, y que acaba por enterrarse. Esta indig-
nación digital es más bien un estado afectivo, y
por ello no desarrolla ninguna fuerza poderosa de
acción. Distrae, nos desocupa de lo importante,
nos indigna a nosotros también, pero basta levan-
tar un poco la mirada para ver que como comuni-
dad, así, no tiene ningún futuro. Debemos estar
De las masas mayoritariamente acríticas, de en los medios
las grandes audiencias, de las multitudes con res- de manera
puesta previsible ante los medios, hemos pasado significativa
a convivir en un enjambre digital, donde somos
protagonistas de un entorno volátil, inestable, que
no desea formar ningún “nosotros” y que, por lo
tanto, pone de nuevo entre interrogantes la posi-
bilidad del verdadero encuentro. Los hombres di-
gitales que habitan estos nuevos lugares rehúyen
los grandes espacios de concentración. Son una
concentración sin congregación. Son multitud sin
interioridad. De aquí se derivan algunas tesis apo-
25
Isidro Catela Marcos
calípticas al respecto, que sostienen que hay que
huir de ellos y refugiarse en la calidez de la radio
o de una sala de cine. Intuyen ya, creo, que no soy
de esa opinión y que si bien me parece necesario
desvelar las debilidades de medios tradicionales
y nuevos, lo hago para que, desde ahí, sepamos
estar en ellos con una presencia significativa, dis-
tinta a este mapa dibujado, y que por lo tanto ha
sabido poner fortaleza donde había debilidad. Se
trata, en definitiva, de tejer nuestra presencia con
un hilo conductor coherente, en medio de un cú-
mulo de experiencias deshilachadas. Nunca me-
jor dicho, sin orden ni sentido.
Distinguir entre Esta sociedad del cansancio, del trabajo om-
la verdad y las nipresente, de la comunicación ubicua, en la que
post-verdad es el modelo de los propios medios ha cambiado, y
una cuestión que propicia un nuevo tipo de masa, que ya no se
ética limita a recibir y consumir contenidos, introduce
también una cuestión ética, si no del todo nueva,
sí novedosa. Se trata de la dialéctica entre verdad
y veracidad. La sociedad de las pantallas y de la
hiperconexión ha renombrado la mentira. Ahora
hablamos de fake news y de posverdad.
¿Cómo Si non è vero, è ben trovato, dicen los italianos.
buscamos Hablamos del relato de los hechos y de la impor-
la verdad en tancia que cobra eso que, postmoderna y líquid-
esta nueva
amente, conocemos como “posverdad”. Los me-
realidad?
dios siempre han tratado de influir en la agenda,
en el qué pensar y en el sobre qué debemos pen-
sar. Pero, ¿cómo hacerlo ahora en un escenario
tan distinto? ¿Cómo planteárselo en esta nueva
26
Vivir (des)conectado
tesitura, donde la verdad desnuda (sin relato ni
posverdad) ha quedado proscrita? ¿Cómo plante-
ar la necesaria búsqueda de la verdad en un ter-
ritorio hostil para ella, donde la creación de una
cierta moral dominante es fácil de conseguir con
habilidad y conocimiento de estrategias propa-
gandísticas? ¿Cómo recuperar la credibilidad y
mantener la autoridad de los medios cuando esa
moral dominante ha sido creada de forma artifi-
cial y no responde siempre a lo que la mayoría
social sostiene sobre una determinada cuestión?
Antes de adentrarnos en la propuesta de desco-
nexión para una fecunda reconexión, debemos re-
sponder a estas preguntas previas desde una clave
antropológica. Es tiempo de ser audaces para ir
a contracorriente, para preferir la conversación a
la mera conexión y para ser constructores de una
verdadera cultura del encuentro.
El abismo de la vaciedad clama por el abismo Debemos ser
de la plenitud. Nuestro corazón está inquieto y lo capaces de ir a
reclama cuanto más cerca del precipicio estamos. contracorriente
Nada de que hemos llegado al final de la historia,
nada de que los medios son el mensaje. Nuestra
coyuntura requiere nuevas relaciones entre socie-
dad y medios de comunicación, nuevas relaciones
que pasan por una recuperación de la verdad. Si
los de siempre se han cansado y se conforman con
el simulacro, allá ellos. Ahora ya no dependemos
del todo de ellos. Ahora podemos educar en el en-
cuentro desde nuestro muro de Facebook y para
eso es imprescindible recuperar una pedagogía
27
Isidro Catela Marcos
del esplendor de la verdad. Del testimonio no solo
creíble, sino verdadero.
La verdad no La moral dominante es una auténtica tiranía
entiende de contemporánea que dificulta cuando no imposi-
modas bilita el encuentro. Pero razonemos un instante.
¿Qué es eso de la moral dominante en una so-
ciedad pluralista como la nuestra? A menudo una
entelequia interesada para adormecer conciencias
y espíritus críticos. ¿Cómo aproximarnos a lo
que de verdad piensan los norteamericanos sobre
Donald Trump? ¿Cómo saber lo que piensan los
españoles de los vientres de alquiler? Mediante la
imprecisa estadística. Eso es todo, pues es muy
poco. Es muy poco, porque incluso cuando está
eficazmente realizada, a menudo la verdad no en-
tiende de modas y medianas. No somos nosotros
los que poseemos la verdad, es la verdad la que
nos posee.
Lo que no es Esta formulación que levanta ampollas posmo-
lo mío no es dernas es objeto hoy de todo tipo de sospechas.
verdad Porque se malentiende. Ya están estos hablando
de verdad. Fuera de aquí, fuera de su medio de
comunicación no hay verdad. La verdad parece
venirse desde arriba, aplastándonos, no dejando
respirar. No es así, sino al revés. Es esa pseudover-
dad que padecemos la que nos somete. La crispada
pretensión de certeza está orientada hacia atrás.
La búsqueda de la verdad, en cambio, se lanza
audazmente hacia adelante. Arriesga, entiende la
comunicación como misión, como don y tarea.
28
Vivir (des)conectado
Porque quien busca la verdad no pretende se- La verdad no
guridades. Todo lo contrario. Intenta hacer vulne- da seguridad
rable lo ya sabido, porque quiere siempre saber
más y mejor. En este sentido una comunicación
centrada en la verdad es una conquista diaria. Si
no, estaremos en los medios, consumiremos los
medios, seremos también nosotros medios, pero
terminaremos por ser creadores/consumidores
consumidos y no aportaremos valor añadido al-
guno. Seremos una pieza más del espectáculo re-
lativista, que termina por convertir en absolutos
los parámetros culturales dominantes.
29
Isidro Catela Marcos
30
Vivir (des)conectado
3.- Hiperconexión:
uso, abuso y adicción digital
¿Podemos afirmar que existe un tipo de depen- La adicción
dencia a la que, con carácter general, denomina- digital existe
mos adicción digital? ¿La reconocemos de la mis-
ma forma que lo hacemos con otras adicciones
clásicas como pueden ser el tabaco, el alcohol o
el juego? La primera respuesta es polémica, pero
a mi juicio es afirmativa y la segunda es negativa.
Volvemos a Han, que en su obra En el Enjambre
no duda en afirmar que, así como McLuhan, de
quien acabamos de hablar, sostenía que la tecno-
logía estaba ya dentro de nuestros muros y nos
embotaba, algo semejante sucede hoy con el me-
dio digital. Somos programados de nuevo sin que
captemos por entero el cambio radical de para-
digma. Cojeamos tras el medio digital, que, por
debajo de la decisión consciente, cambia decisi-
vamente nuestra conducta, nuestra percepción,
nuestra sensación, nuestro pensamiento y nuestra
convivencia.
El propio Han desarrolla, a partir de aquí, una Han cree que
visión de los dispositivos móviles que, si bien, a los dispositi-
mi juicio se aparta del justo término medio vir- vos móviles
dificultan el
tuoso que propondré después, es sugerente como
pensamiento
marco teórico para esta aproximación a la adic-
complejo
ción digital. Han sostiene que el smartphone es
un aparato digital que trabaja con un input-output
pobre en complejidad, hace que nos olvidemos de
pensar de una manera compleja y estimula que se
31
Isidro Catela Marcos
atrofien formas de conducta que exigen amplitud
temporal y de mirada, mientras fomenta la visión
a corto plazo.
Ya hay centros Sí, existe la adicción digital, seductora y escla-
de atención vizante a un tiempo. Y empieza a existir, a mi jui-
a adictos cio, un serio problema de salud pública. Madrid
digitales acaba de abrir el primer servicio de atención en
adicciones tecnológicas. Ya no es solo una cues-
tión de unos cuantos teóricos que siempre ven ca-
lamidades y nubarrones en el horizonte. Se trata
de un equipo de ocho profesionales, terapeutas
que trabajan con los casos que les llegan, sobre
todo, desde los Servicios Sociales de los ayun-
tamientos, centros de salud o centros escolares.
Tiene el objetivo de ayudar de forma integral a
las familias a hacer un buen uso de las nuevas
tecnologías y de tratar a aquellas personas (está
especialmente dirigido a adolescentes) que ya
presenten un problema de adicción.
A más horas Un estudio de profesores de la Universidad Es-
frente a la tatal de San Diego, en California, afirma que el
pantalla más nivel de infelicidad se incrementa de forma cons-
insatisfacción tante en los adolescentes que pasan más de una
vital hora diaria enganchados a la pantalla. Se ha ob-
servado que los usuarios de videojuegos, de entre
10 y 15 años de edad, que dedicaban al día más
de tres horas a jugar en las pantallas, se sentían
menos satisfechos con sus vidas y tienen más di-
ficultades para gestionar sus emociones correcta-
mente. Esos adolescentes pasan hoy una media de
entre cinco a siete horas delante de las pantallas.
32
Vivir (des)conectado
En España, el Ministerio de Sanidad ha incluido Se va
por primera vez en 2018 las adicciones a las nue- reconociendo
vas tecnologías en el Plan Nacional de Adicciones. como
Desde el organismo público se subraya que el prin- problema
cipal grupo de riesgo son los adolescentes y los jó- de salud la
venes y que el 18% de la población entre los 14 y adicción digital
los 18 años realiza un uso abusivo de las nuevas
tecnologías. La Organización Mundial de la Salud
no reconoce todavía la adicción a las nuevas tecno-
logías, aunque ya admite que existe la adicción a los
videojuegos. Es un primer paso en un camino que,
desgraciadamente, se ve venir. No es una cuestión
baladí. Hay que abordarlo profesionalmente porque
en estos jóvenes hiperexpuestos a la red, a menudo
subyace un trastorno psicológico que se debe tra-
tar cuanto antes mejor. De no atajarse a tiempo, de
adultos pueden convertirse en personas inseguras,
introvertidas, con miedo al rechazo y a la desapro-
bación social por su baja autoestima y obviamente
con problemas asimismo en el ámbito laboral.
Los especialistas sostienen que la terapia para La adicción
dejar de hacerse un selfie diario es parecida a la digital se
de la drogadicción. Las adicciones del compor- comporta igual
tamiento (trabajo, juego, comida, compras, sexo, que otras
deporte, tecnología…) responden a parámetros adicciones
muy similares a los de las adicciones a las sus-
tancias (alcohol, nicotina, heroína, cocaína, opiá-
ceos, metanfetaminas, cafeína, esteroides, fárma-
cos en general). Es decir, necesitan cada vez un
consumo mayor para obtener satisfacción, gene-
ran agresividad en períodos de abstinencia, alte-
ran los hábitos del sueño y de la alimentación,
33
Isidro Catela Marcos
aíslan al sujeto hasta circunstancias extremas que
le suponen un deterioro de sus relaciones socia-
les e inciden de manera muy negativa en la vida
profesional (o en la educativa, en el caso de los
menores). Los expertos hablan, a menudo, de que
es necesario por lo menos un año para que ese
hábito pernicioso se consolide como patología.
Tratando de sacar factor común, los especia-
listas hablan siempre de estas características a la
hora de diagnosticar una adicción de este tipo:
Síntomas de ● Dependencia psicológica, que incluye el deseo,
la adicción ansia o pulsión irresistible y la polarización de
la atención, la modificación del estado de áni-
mo y la incapacidad de control.
● Efectos perjudiciales en el ámbito intraperso-
nal (experimentación subjetiva de malestar) e
interpersonal (conflictos familiares, laborales,
académicos, económicos, legales, etc.).
● Síntomas de abstinencia tanto físicos como psi-
cológicos (alteraciones de humor, irritabilidad,
impaciencia, inquietud, tristeza, ansiedad, etc).
● Negación, ocultación y/o minimización de lo
que está sucediendo.
● Riesgo de recaída y de reinstauración de la
adicción (en este sentido hay estudios todavía
abiertos para observar si, como sucede en otras
adicciones, el adicto corre el riesgo de recaer).
La aceptación e incluso el reconocimiento so-
cial que otorga la hiperconexión complica mucho
34
Vivir (des)conectado
el problema, porque, aunque también sucede en
otras adicciones, en la adicción digital es muy
frecuente pedir ayuda solo cuando la situación es
extrema y ya se nos ha ido por completo de las
manos.
Adam Alter, gurú actual sobre cuestiones de Adicción
adicciones digitales, que ha arrasado con su pro- significa
vocadora propuesta preguntándonos a bocajarro, “pasión”
¿quién nos ha convertido en yonquis tecnológi-
cos?, es muy sugerente cuando se remonta a los
usos primitivos de la palabra adicción. Ser adicto,
en el mundo clásico, significaba tener una pasión.
No solo no había nada malo en ser adictos sino
que contaba con una cierta aceptación y recono-
cimiento sociales. Sin embargo, en el siglo XIX,
el campo de la medicina le otorgó el sentido con
el que hoy conocemos el término.
Parece claro que, la adicción digital responde,
sin duda, al auge de las nuevas tecnologías y, muy
vinculadas a ellas, de las adicciones del compor-
tamiento. Alter ha descrito la transición que se ha
producido entre unas adicciones y otras cuando
afirma que ya no son solo los químicos los que
idean sustancias adictivas sino también los em-
prendedores los que diseñan experiencias que
pueden atraparnos en comportamientos adictivos.
La dopamina
De alguna manera, todos llevamos un adicto es clave en las
dentro. La razón principal es que las adicciones adicciones y
del comportamiento tienen un componente bioló- en la dificultad
gico. La palabra clave es dopamina. Las adiccio- para desengan-
nes no se limitan al gusto; los adictos no son ne- charse
35
Isidro Catela Marcos
cesariamente individuos a los que les gustan las
drogas que consumen, sino personas que ansían
esas drogas con todas sus fuerzas, incluso cuando
dejaban de gustarles porque estaban destruyendo
sus vidas. Lo que hace que las adicciones sean tan
difíciles de tratar es que cuesta mucho más luchar
contra esa ansia que contra el gusto por la droga.
En ese embrollo de gusto y ansia han encallado
muchos estudios sobre adicciones. Y he aquí el
quid de la cuestión. Alter tiene razón cuando afir-
ma, poniendo resultados científicos encima de la
mesa, que a pesar de que gustar y querer suelen
ir de la mano, cuando se trata de adicciones cada
una sigue su camino.
Los adictos a La tesis mantiene que igual que las drogas des-
un comporta- encadenan la producción de dopamina, las seña-
miento se sien- les comportamentales también lo hacen. Cuando
ten protegidos un adicto a los videojuegos enciende el portátil,
por este sus niveles de dopamina se disparan; cuando una
adicta al ejercicio se ata las zapatillas de correr, sus
niveles de dopamina también se disparan. A partir
de este momento, estos adictos del comportamien-
to se parecen mucho a los adictos a las drogas. Las
adicciones no están motivadas por las drogas o los
comportamientos en sí, sino por la idea aprendida
con el tiempo, de que son capaces de proteger a
los adictos de su malestar psicológico.
La droga alivia En realidad, Alter nos quiere hacer pensar so-
el sufrimiento bre cómo en muchas ocasiones las intuiciones
psicológico que tenemos sobre las adicciones no se corres-
ponden en absoluto con la realidad. No es, por
36
Vivir (des)conectado
ejemplo, que el cuerpo se enamore de pronto de
una droga sin ser correspondido, sino que nuestra
mente aprende a asociar la sustancia o el compor-
tamiento en cuestión con el alivio del sufrimiento
psicológico. Y resulta que en el nuevo continen-
te digital esas asociaciones se producen con una
alta frecuencia, entre otras cosas porque lo digital
nos facilita la consecución de numerosos peque-
ños objetivos que andamos persiguiendo a diario,
intentado culminar unos sin haber conseguido
otros.
Esta multitarea es un caldo de cultivo para la Ya no nos
adicción. Si se hace con moderación, establecer establecemos
objetivos personales cumple una función intuiti- objetivos sino
va, porque te dice cómo invertir tu limitada can- que estos
tidad de tiempo y energía. Pero hoy día los obje- vienen a
tivos llaman a nuestra puerta sin que los hayamos nosotros
invitado. Si te unes a una red social, no tardarás
en querer atraer más seguidores y likes. Si te
creas una cuenta de correo electrónico, siempre
estarás pendiente de mantener la bandeja de en-
trada vacía. Si juegas al Candy Crush, necesitarás
batir tu propio record. Estos objetivos se acumu-
lan y alimentan actividades adictivas que llevan
al fracaso o, quizá peor aún, a una sucesión de
éxitos que engendrará un objetivo ambicioso tras
otro. Es la consecuencia evidente de la sociedad
del rendimiento y de la comunicación ubicua que
hemos radiografiado.
A todo ello le tenemos que añadir que, en el
caso de los entornos digitales, el feedback que
37
Isidro Catela Marcos
Las redes todos buscamos en nuestros procesos de apren-
tienen dizaje se produce de forma inmediata. Se puede
ganchos que tener casi todo y se puede tener casi al instante.
nos atrapan En ese casi reside el gancho tramposo con el que
toda adicción nos atrapa. Nuestros objetivos en
la red se irán acumulando al tiempo que se acu-
mulan actividades adictivas que no nos llevan di-
rectamente al fracaso, sino casi al éxito. Vamos
acumulando pequeños fracasos que percibimos
como casi triunfos o, peor aún, triunfos que nos
van a abrir una ventana tras otra, de manera hi-
pertextual, al más puro estilo Windows y gene-
rando un objetivo ambicioso tras otro.
La adicción Es, en definitiva, el modelo clásico de las má-
digital puede quinas tragaperras, minuciosamente calculado y
llevar a otras diseñado para generar un comportamiento adicti-
adicciones vo. No son mundos ajenos ni tan distantes. Parte
del drama de la adicción digital es que además
de ser una adicción en sí misma, auxilia y es de-
cisiva en el desarrollo de otras adicciones, sobre
todo conductuales. Teletrabajamos, respondemos
correos electrónicos las 24 horas del día; tele-
compramos, como usuarios premium que a las
dos horas tienen lo que han pedido en casa; tele-
apostamos de forma ubicua y constante mientras
vemos un partido de fútbol.
Alter es inmisericorde cuando afirma que, en
muchos sentidos, las adicciones a las sustancias y
las adicciones del comportamiento (o sin sustan-
cia) son muy similares entre sí, dado que activan
las mismas regiones cerebrales y se alimentan en
38
Vivir (des)conectado
parte de las mismas necesidades humanas bási- Las adicciones
cas: la participación social y el apoyo social, la del comporta-
estimulación mental y un cierto sentido de efica- miento cubren
cia. Sucede a menudo que si esas necesidades no el hueco de
se ven satisfechas, las personas serán más sus- las relaciones
ceptibles de desarrollar adicciones, sean del tipo sociales
que sean. Y caracteriza a las adicciones que más
nos interesan aquí como malos hábitos arraiga-
dos que plantean objetivos atractivos y lejanos,
nos dan un feedback positivo, irresistible e im-
predecible, nos ofrecen un progreso y una posible
mejora graduales, nos proponen acciones cuya
dificultad aumenta con el tiempo, nos plantean
tensiones no resueltas que exigen ser soluciona-
das y vienen a cubrir el hueco de unas relaciones
sociales sólidas.
A partir de aquí, no duda en aterrizar la teoría
a nuestro campo de estudio y apuntar que Ins-
tagram, por ejemplo, es adictivo. Algunas fotos
atraen muchos likes, mientras que otras no lo con-
siguen. De esta forma, se fomenta indirectamente
que los usuarios persigamos la próxima avalan-
cha de me gusta publicando una foto tras otra, o
que regresemos a la página constanstemente para
ver cómo nos van las cosas o para dar apoyo a los
amigos en red. Asimismo los denominados ga-
mers (usuarios de videojuegos) pasan días jugan-
do a ciertos juegos porque se les insta a comple-
tar misiones y porque han formado esos nuevos
vínculos que les unen, aunque sea en un sentido
menos profundo, a otros jugadores.
39
Isidro Catela Marcos
Hay quien va un paso más allá y habla de una
condena a las relaciones superficiales o de una
La red rompe auténtica demencia digital. El famoso periodis-
la capacidad de ta Nicholas Carr, autor de Superficiales, asegura
concentración y que él mismo ha experimentado cómo la red, y
contemplación sobre todo la sobreexposición a la red, ha des-
truido su capacidad para la concentración y la
contemplación. Cuanto más tiempo pasamos co-
nectados, más tenemos luego que batallar para
escribir o leer textos de larga duración. Hay in-
formes de Booking que nos permiten ver cómo
las redes sociales, y en particular Instagram, está
modificando las experiencias del viaje para mu-
chos turistas, y hay reputados psiquiatras, como
el alemán Manfred Spitzer, que asegura que la
sociedad de la hiperconexión entraña una serie de
peligros inmensos, porque su utilización intensa
debilita nuestro cerebro.
La multita- Los niños y los adolescentes pasan ya más del
rea estimula doble de tiempo con medios digitales que en la
adicciones, escuela (o pasan casi todo el tiempo escolar tra-
superficialidad bajando exclusivamente con medios digitales).
e ineficiencia
Las consecuencias directas son trastornos del
lenguaje y del aprendizaje, déficit de atención,
estrés, depresiones y una disposición creciente
a la violencia. Lo documenta en su trabajo De-
mencia Digital, donde entre otros experimen-
tos nos presenta el rendimiento inferior de las
personas multitarea sobre las que no lo son (si
es que quedan algunas que estrictamente no lo
sean). Es rotundo sobre la relación que existe
entre multitarea y adicción, sobre el hecho de
40
Vivir (des)conectado
que las personas multitarea estén entrenando,
muchas veces sin ser conscientes de ello, la su-
perficialidad y la ineficacia y sobre por qué, a la
luz de las evidencias, la multitarea no es algo a
lo que deberíamos animar a la siguiente genera-
ción, ni deberíamos favorecerla.
En realidad, como puede observarse, hemos
empezado por el vicio extremo, el hábito de deci-
dir mal hasta llegar a un punto en el que, a pesar
de reconocer lo bueno con nuestra inteligencia no
podemos ir hacia ello con nuestra libertad. Va-
mos de más a menos. De la adicción al abuso y
al uso, porque, si bien en el diagnóstico es ne-
cesaria la negrura, no vamos a desarrollar aquí
una propuesta tecnófoba. Este sería el cuadro de
características.
ADICCIÓN
● Prioriza el consumo digital frente a otras con-
ductas antes prioritarias.
● Conlleva dependencia psicológica, que incluye
el deseo, ansia o pulsión irresistible y la polari-
zación de la atención.
● Incide negativamente en la alteración del esta-
do de ánimo, hasta el punto de la incapacidad
de control por parte del sujeto.
● Tiene efectos perjudiciales en el ámbito intra-
personal (experimentación subjetiva de males-
tar) y en el interpersonal (conflictos familiares,
laborales, académicos, económicos, legales).
41
Isidro Catela Marcos
● Se producen síntomas de abstinencia, tanto físi-
cos como psicológicos (alteraciones del humor,
irritabilidad, impaciencia, inquietud, tristeza,
ansiedad, etc).
● Mayor incidencia en personas vulnerables
(adolescencia).
ABUSO
● Consumo que bien por cantidad, frecuencia y/o
situación del sujeto conlleva consecuencias ne-
gativas para él o su entorno, provocando dis-
funciones esporádicas en sus relaciones socia-
les fuera de la red.
USO
● Consumo sin consecuencias negativas. Antes al
contrario, se encuentra perfectamente integra-
do en el conjunto de su vida e incluso enriquece
y propicia sus relaciones sociales fuera de la
red.
42
Vivir (des)conectado
4. Los enganchados: Hikikomoris
o el aislamiento social agudo
Represéntate hombres en una morada subterrá-
nea en forma de caverna, que tiene la entrada
abierta, en toda su extensión, a la luz. En ella
están desde niños con las piernas y el cuello en-
cadenados, de modo que deben permanecer allí
y mirar sólo delante de ellos, porque las cadenas
les impiden girar en derredor la cabeza.
Platón, La República, Libro VII)
La alegoría de Platón es, en su comienzo, per- Muchas veces
turbadora. Nos muestra la situación en la que se nos es difícil
ver la verdad
halla la naturaleza humana, es decir, el estado en
el que se encuentran la mayoría de los hombres
con respecto al conocimiento de la verdad o la ig-
norancia. En la caverna, encadenados, no pueden
siquiera girar la cabeza. No es de extrañar que,
cuando es liberado un prisionero, la luz le llene
los ojos de fulgores y que necesite tiempo para
acostumbrarse, para poder llegar a mirar las cosas
de arriba.
Los hikikomoris se retiran del mundo para per-
manecer frente a su pantalla.
La imagen simbólica de unos hombres atados
de piernas y cuello, desde niños, mirando al fren-
te, tiene su correlato postmoderno en los hikiko-
moris, una palabra japonesa que nos sirve para
nombrar a los muchachos que en nuestros días
43
Isidro Catela Marcos
sufren un aislamiento social agudo y que huyen
de su incapacidad para las relaciones sociales
buscando refugio en otras vidas. El término hiki-
komori fue acuñado por el psiquiatra Tamaki Sai-
to, y significa literalmente estar recluido, apar-
tarse, pero a diferencia de otros, este apartarse,
este retiro exacerbado, no tiene nada que ver con
la vida lograda. Saito la definió como una enfer-
medad social, basada en la reclusión intencional,
durante al menos un período de seis meses.
La hiperco- La soledad del hikikomori es la del que quiere,
nexión nos pero no puede abrazar la vida, la del que tiene
lleva al vértigo dominada la voluntad, la del que experimenta,
en terminología del profesor López Quintás, más
vértigo que éxtasis. Los procesos de éxtasis nos
ofrecen posibilidades de crecimiento personal,
y requieren desprendimiento y generosidad; los
de vértigo, sin embargo, son fruto de la cerra-
zón sobre nosotros mismos, acaban por bloquear
nuestro desarrollo y anularnos la personalidad. El
proceso de vértigo, como fácilmente acertamos a
descubrir en la hiperconexión, es falaz y traidor,
porque nos promete al principio una vida inten-
sa y nos lanza por una pendiente de excitaciones
crecientes que, en realidad, no hacen sino apegar-
nos al mundo de lo material, de las sensaciones
que con ello experimentamos, y nos aleja de la
El vértigo vida creativa.
nos aleja del
Las ideas fluyen cuando dejamos reposar a la
encuentro y
nos ciega a los
mente, cuando tenemos espacio y tiempo sosega-
valores dos para poner conceptos y experiencias en rela-
44
Vivir (des)conectado
ción. Se aturden cuando nos ocupamos, en modo
multitarea, a todo aquello que nos va surgiendo
entre pantalla y pantalla. El vértigo nos aleja del
encuentro, nos ciega para los grandes valores, nos
somete a todo tipo de riesgos y, en consecuen-
cia, disminuye al máximo nuestra capacidad de
unirnos a las realidades del entorno. Cuando no
somos capaces de mirar más allá del ombligo de
nuestros dispositivos móviles, hasta incluso el ex-
tremo patológico que nos ocupa, nos sumimos en
una espiral de egoísmo, goce, euforia, exaltación
superficial, decepción, tristeza, angustia, soledad
asfixiante y destrucción, como consecuencia de
una experiencia vertiginosa que conocen bien
quienes se encierran en su habitación.
Hay sociólogos que afirman que Japón ha de- El fenómeno se
sarrollado el caldo de cultivo necesario para que ha desarrolla-
haya tenido lugar allí un crecimiento tan rápi- do mucho en
do del fenómeno. La explicación más plausible Japón
sería la de la brusca adaptación que la cultura
nipona ha tenido que llevar a cabo en muchos
ámbitos, con particular incidencia en lo que se
refiere a la integración de Japón en un merca-
do laboral occidentalizado. Pero nunca un fenó-
meno complejo puede explicarse por una sola
causa. El desplome de su sistema educativo
(referente internacional hace apenas dos déca-
das), la deficiente educación emocional de los
jóvenes-adultos, que por supuesto no se da solo
en Japón, pero que ha hecho que muchos no su-
pieran gestionar adecuadamente sus frustracio-
nes, y su peculiar relación con la tecnología son
45
Isidro Catela Marcos
factores que no debemos olvidar a la hora de
plantear un análisis sobre el aislamiento social
agudo de tantos japoneses.
Ya existen casos Es cierto que si comparamos los dos millo-
así en España nes de afectados en Japón con unos pocos cen-
tenares en España, puede parecernos poca cosa,
pero es muy significativo que en los últimos años
hayan empezado a conocerse cifras y los nom-
bres de los primeros especialistas que en nuestro
país han abordado el problema profesionalmente.
En noviembre de 2014, médicos del Instituto de
Neuropsiquiatría y Adicciones del Hospital del
Mar, de Barcelona, presentaron el primer estudio
europeo sobre las características clínicas y so-
ciodemográficas del síndrome de hikikomori. Se
evaluaron 164 casos de toda España, la mayoría
de los analizados llevaban un trastorno mental
asociado, aunque ya se apuntaban las dificultades
para identificar los casos, dado que en muchas
ocasiones no se podía llegar a pacientes que no
presentaran otra patología asociada al aislamien-
to social. En aquel estudio pionero, el período
medio de aislamiento se situaba en 39,3 meses,
con un caso extremo investigado de 30 años de
abandono. El perfil era distinto al japonés, por-
que, aunque predominaban los varones, la edad
media era de 36 años.
El otro puede Para muchos hikikomoris, entregados a la espi-
ser una ral del vértigo, la vida es una fuente de angustia.
oportunidad Hay que huir de ella y del absurdo que nos tiene
como a Sísifo empujando una enorme roca mon-
46
Vivir (des)conectado
taña arriba, condenados a repetir una y otra vez la
tarea porque la roca rueda ladera abajo al llegar a
la cima. ¿Qué cabe si no pensar, con Sartre, que
en esta tesitura el infierno son los otros? ¿Qué
cabe si no refugiarse porque el otro es un usurpa-
dor que ha entrado en mi entorno y me ha echa-
do del lugar privilegiado que yo ocupaba? Pues
cabe, afortunadamente, entender que el otro me
mejora, me interpela, me pide no cosificarle, des-
virtualizarle, y salir cuanto antes de la habitación,
porque quien llama con los nudillos a la puerta es
siempre un quién, nunca un qué, y, por desgracia,
esto que alcanzamos a ver con tanta claridad en
el abrazo no siempre se manifiesta con tal nitidez
en la webcam.
Las historias tienen nombres y apellidos. Así
nos lo contaban ya hace más de tres años en un
reportaje del suplemento Papel, del diario El
Mundo, titulado “Hikikomoris en España: la cár-
cel es tu habitación”:
“Había conseguido su primer trabajo en una Historia de
oficina de Madrid. Vivía relativamente feliz con un hikikomori
su primer salario: 1.200 euros. Le despidieron a español
finales de 2014 y regresó al domicilio de sus pa-
dres, en un pueblo del norte. Primero intentó bus-
car empleo. Luego A.C. se fue quedando en casa:
jugaba a la Play, chateaba por Facebook... Y, poco
a poco, se fue encerrando en vida: dejó de salir a
la calle, dejó de salir al salón, dejó de husmear en
la cocina y de asomarse a la ventana y de asearse
y de hablar con su familia.
47
Isidro Catela Marcos
«¿No has quedado?», le preguntaba su madre
los primeros viernes. Desesperada ante la impo-
sibilidad de arrastrar a su hijo adulto a la vida so-
cial, acabó por dejarle la comida junto a la puer-
ta. Sólo si tenía hambre, él la abría para recoger
el plato helado. Cuando se despertó una mañana
después de un sueño intranquilo, A.C. se encon-
tró sobre su cama convertido en un monstruoso
insecto. Sólo que aquella mañana él ya no sabía
si era de día o de noche.
Hay luz al Sin saberlo, A.C. era uno de los primeros hiki-
final del túnel komoris de España.
(El Mundo, 17 de enero de 2016)”
Aunque cueste creerlo, hay luz al final del tú-
nel. Es cierto que existen cavernas oscurísimas
en el mundo (basta ver el ejemplo de los hikiko-
moris para darse cuenta), pero no todo el mundo
es una caverna y tenemos el derecho y el deber
moral de desconectar, aunque solo sea para que,
cuanto antes, deje de deslumbrarnos la luz del sol
y podamos acostumbrarnos a ella
48
Vivir (des)conectado
5. Los desconectados.
¿Se puede vivir sin red?
Con el panorama que hemos descrito, vivir Se puede vivir
ajeno a la red de redes pareciera cosa de héroes. desconectado
La resistencia humana es limitada y, cuando todo
suma en una dirección, lo más frecuente sería
acabar cediendo y deslizarnos, más o menos rá-
pido, por el precipicio de la conexión constante y
ubicua. Sin embargo, hay quien lo consigue. Al
menos hasta cierto punto. Hay quien, en las antí-
podas del hikikomori, se recluye voluntariamente
y busca su lugar en el mundo lejos del mundanal
ruido, en ocasiones producto de la asfixia que le
ha supuesto vivir al límite en la sociedad del ren-
dimiento y del cansancio.
¡Qué descansada vida
la del que huye el mundanal ruido
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!
Estos conocidos versos del humanismo rena- Huir del
centista, arranque de la Oda a la vida retirada, que mundanal
en el siglo XVI escribió Fray Luis de León, en un ruido no es
paraje natural, junto al río Tormes a las afueras de cosa nueva
Salamanca, nos muestran cómo la cuestión del rui-
do y de la saturación producida por lo mundano,
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Isidro Catela Marcos
no es cosa nueva, como tampoco lo es el ansia del
ser humano por escapar de tal hartazgo y tratar de
buscar en la soledad buscada - la soledad sono-
ra (elocuente oxímoron de San Juan de la Cruz o
de Juan Ramón Jiménez) - esa sabiduría que ha
quedado agostada entre tanta bulla, tanto estrépito
común que no permite centrarse en lo esencial.
Desconectar Se puede conseguir, desde luego, pero ya Fray
no es fácil Luis nos advierte de la dificultad del camino.
Tendremos que ser valientes, no apurarnos por ir
a contracorriente ni observar que, en realidad, a
este tipo de sabiduría no han llegado muchos. Él
seguía la senda que marcaba el poema Beatus ille
de Horacio, en un desprecio de los bienes mate-
riales que, como sostenían los estoicos, era con-
dición necesaria para alcanzar la felicidad. Séne-
ca, en su obra de madurez sobre la vida feliz, nos
alerta de que lo peor es la muchedumbre y nos
invita a una vida conforme con su naturaleza, la
que usa los dones de la fortuna sin ser esclava de
ellos.
Una vida Los griegos hablaban de ataraxia, literalmente
sencilla nos ausencia de turbación, para describir el estado de
aleja de la ánimo ideal, imperturbable, equilibrado, sereno,
esclavitud de la que, de diferente forma, propusieron tanto epi-
conexión cúreos, escépticos como estoicos. Fray Luis se
aleja, sin embargo, de los dos primeros y abra-
za un estoicismo de raíz horaciana, humanista,
que se aparta del estoicismo clásico y fatalista.
Su visión, tan aparentemente alejada de nuestra
hiperconexión digital, ya nos avisa de que para
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Vivir (des)conectado
recuperar la paz que se ha perdido, hay que pa-
sar obligatoriamente por una purificación y aleja-
miento del mundo; salir de la cárcel terrenal en la
que andamos metidos y elevar el alma mediante
el ejercicio de una vida virtuosa que nos ponga al
alcance de la mano el bien, la verdad y la belleza;
una vida que el fraile agustino compara con la
de aquellos que buscan otras sendas (riqueza y
poder) y que requerirá huir del excesivo apego a
los bienes materiales. Una vida sencilla, austera,
en consonancia con la naturaleza del hombre, ale-
jada de la esclavitud que supone vivir pendiente
de la última versión del smartphone más puntero.
No es tarea sencilla. Hay quien mantiene, no Existen
sin razón, que la desconexión es un lujo con- ejemplos
temporáneo que solo unos pocos privilegiados de personas
se pueden permitir. Sea como fuere, lo cierto es desconectadas
que, además de quienes han dedicado su vida a
la clausura conventual, a cuyas vidas merece la
pena acercarse, hay también frayluises laicos en-
tre nosotros. Por obligación, por devoción, o por
ambas cosas a la vez. Enrique Puig los ha resca-
tado en un libro titulado La gran adicción. Cómo
sobrevivir sin internet y no aislarse del mundo.
Son perfiles curiosos, si se quiere un tanto extra-
ños, pero nos muestran que, por difícil que parez-
ca, otra vida digital es posible.
Hay personas
Puig reconoce que, aunque en su recorrido in- que desconec-
vestigador se ha encontrado con personas desco- tan sin perder
nectadas de toda índole, ha optado por compilar sus objetivos
los testimonios de diez personas que comparten vitales
51
Isidro Catela Marcos
dos características: la primera es que durante los
últimos quince años utilizaron diariamente inter-
net, de tal forma que sus vidas profesionales y
personales pasaron a depender en exceso de esa
tecnología. Y la segunda característica común es
que, a pesar de haberse visto abocados de forma
más o menos voluntaria a la desconexión, ésta no
ha significado una pérdida sustancial, ni ha aca-
rreado problemas significativos o un cambio de
vida más allá del deseado. Al contrario, todos los
testimonios son de personas que han logrado al-
canzar sus objetivos vitales con éxito, tanto en la
vertiente personal como en la profesional.
La desconexión Lean sus historias. Ellos le ponen rostro a la
les permite en- desconexión y la ejercitan como esa rara medida
contrarse con de resistencia por la que aquí abogamos. Son los
el otro testimonios deslumbrantes de diez personas que
un día decidieron no volver a conectarse jamás
y lo consiguieron. No lo hicieron porque en un
arranque de nostalgia manriqueña pensaran que
cualquier tiempo pasado fue mejor, ni por el an-
helo de una huida bucólica y un tanto hippie ha-
cia el campo. Lo hicieron porque, siendo en su
mayoría jóvenes urbanitas sobradamente prepa-
rados, deseaban recuperar el contacto directo con
los demás y con ellos mismos. Hay ex conecta-
dos. O desconectados. Era verdad: había luz al
final del túnel.
52
Vivir (des)conectado
6. Virtudes y vicios. Una dieta
aristotélica para equilibrar el
fast-food digital
Tal vez usted, como yo, admire a los que han Existen vías in-
sido capaces de abandonar el mundanal ruido y termedias entre
desconectarse, pero piense que esa propuesta le la desconexión
queda lejos. En efecto, hay otras formas de re- y la hiperco-
accionar ante la invasión digital. Diríamos que nexión
son más realistas, pero lo cierto es que requieren
también gran esfuerzo y proactividad por parte
de quien vaya a ponerlas en marcha. ¿No querrás
estar en una burbuja? ¿No querrás tener a tus hi-
jos como en un convento de clausura? La verdad
es que estas preguntas, tan frecuentes, son dema-
siado simples e inocentes. Primero, porque a me-
nudo estigmatizan una realidad que conocen de
oídas. No estaría mal que en tiempos en los que
se apuesta por probarlo todo, estas propuestas
estuvieran también visibles en el escaparte. Pero
es que, además, son preguntas retóricas, que se
agotan en sí mismas. Para descolocar al que las
formula no hay más que responder con otra pre-
gunta: está bien, esas opciones, no, ¿cuáles en-
tonces?, ¿cuáles son para ti las propuestas de vida
buena en las que debo estar o que debo ofrecer a
los demás?
Por si obtienen la callada por respuesta, vamos Una propues-
con algunas propuestas, de las llamadas realistas, ta desde las
para sobrevivir a la adicción digital, orientadas virtudes
más hacia la prevención, sin obviar del todo qué
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Isidro Catela Marcos
hacer en caso de que la desintoxicación sea im-
prescindible. Apostamos por el trabajo en hábitos
de decisión (virtudes y no solo valores) y por el
tan manido término medio aristotélico que no es
una receta universal, sino una interpelación direc-
ta al discernimiento prudencial para cada persona
y circunstancia, siempre cerca de lo mejor y lejos
del popular relativismo.
En este contexto de infoxicación, sobreabun-
dancia informativa y comunicación obligatoria,
la analogía nutricional da mucho juego. ¿Somos
lo que comemos? ¿Merece, entonces, la pena cui-
darnos de la comida rápida y rápida? ¿Padecemos
obesidad digital? ¿Tenemos, por lo tanto, que po-
nernos a dieta, una vez que somos conscientes de
la infoxicación que padecemos y de la necesidad
de una cierta desintoxicación de pantallas?
La dieta digital La receta que se repite en las consultas del nu-
tricionismo digital gira en torno a tres principios
dietéticos clave:
● Ponerse límites.
● Fijar unos objetivos, a ser posible acompañado
para no abandonar el reto a la primera.
● Contar con quienes tienen más conocimiento y
experiencia.
Hay que Son objetivos de sentido común, pasos que
analizar en qué tendremos que dar en uno u otro momento, pero
situación nos les propongo aquí y ahora, comenzar por otro
encontramos sitio. Debemos confrontar nuestra situación. En
todo buen juicio de conciencia, hemos de salir de
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Vivir (des)conectado
nosotros mismos y tener en cuenta cómo nos ven
desde fuera. No sirve una impresión general, de-
bemos pesarnos, subirnos a la báscula para ver de
qué posición partimos.
En clase, con mis alumnos, suelo hacer un Aplicaciones
ejercicio sencillo de diagnóstico. Sacamos el que nos ayudan
tema cuando hablamos de virtudes y de vicios, en el proceso
es decir de hábitos de decidir bien y mal. De ex-
celencias y adicciones. Se trata de que estimen
cuánto tiempo pasan al día utilizando el móvil
(ninguno afirma hacerlo más de 2 horas, la co-
nexión en muchos pequeños momentos favorece
esa percepción). Posteriormente, han de pesarse
para ver cómo andan de obesidad digital, es decir,
han de instalarse una aplicación que mida el uso.
Es muy sencillo, cada vez son más las aplicacio-
nes que nos ayudan a conocer cómo andamos de
hiperconectados. Quizá las más conocidas sean
Moment y Checky.
Moment, en la plataforma móvil de Apple, nos Moment ayuda
permite monitorizar automáticamente todo el a poner límites
uso que hacemos de nuestro iPhone. Creada por
Kevin Holesh, un desarrollador informático, que
se cansó de estar conectado permanentemente y
quiso encontrar una herramienta que le ayudara a
desconectar. Moment nos ofrece un informe deta-
llado de nuestro uso y abuso, nos permite activar
notificaciones según diferentes umbrales de uso
que podremos fijar y, entre otras cosas, permite
también analizar todos los movimientos físicos
(desplazamientos) que realizamos a lo largo del
55
Isidro Catela Marcos
día con el móvil. Además, nos permite autocon-
trolarnos de manera muy sencilla, poniendo lími-
tes al tiempo diario que queremos dedicarle. La
aplicación nos enviará notificaciones cuando nos
estemos acercando al límite. Incluye un modo fa-
miliar con el que se puede conocer también cuán-
to lo usan el resto de miembros de la familia y
establecer “tiempos libres de móvil” para progra-
marlos, por ejemplo, en comidas o cenas, donde
la nutrición sana ya no pasa solo por más verdu-
ras y frutas sino por un consumo móvil 0,0.
Checky es más Checky (iOS y Android) nos aporta valores
analítico más cualitativos. Mientras Moment se centra más
en el tiempo que pasamos conectados al disposi-
tivo, Checky tiene otras funcionalidades que nos
ayudan a conocer, por ejemplo, si desbloqueamos
el teléfono de manera compulsiva o si el hecho
de recibir una gran cantidad de notificaciones tie-
ne un efecto negativo en nuestra productividad, o
analizar los lugares en los que hemos encendido
la pantalla del móvil, que es muy útil para anali-
zar hábitos según localización. Hay otras también
interesantes como App Usage, que nos muestra el
tiempo total de uso y el tiempo empleado en cada
aplicación individual.
Podemos ponernos límites para ir consiguien-
do un sano equilibrio en nuestra dieta digital y,
una vez que demos ejemplo, debemos ponérselos
a quienes estén bajo nuestra tutela. Como nos re-
cuerda Aristóteles, el justo término medio entre
el exceso y el defecto no admite recetas gene-
56
Vivir (des)conectado
rales, sino que cada uno debe vivirlo y hacerlo
posible, en la práctica, y de acuerdo con sus cir-
cunstancias. Pero hay que hacerlo. Aristóteles
no nos decía que daba igual ser generoso que no
serlo. Apostaba por la virtud, nos invitaba a la
generosidad, a la lealtad, a la valentía de aquel
que no era, por exceso, temerario ni, por defecto,
cobarde; de aquel en el que pensamos, como mo-
delo, que nos gustaría tener a nuestro lado en el
momento en el que la vida nos pide ser valientes.
Eso es contar con los que tienen conocimiento y
experiencia. Y en esto, el límite equilibrado es
fundamental.
Limitar con sentido común, pero limitar. Au- Los límites son
tolimitarnos y limitar a aquellos que estén bajo el principio de
nuestra responsabilidad educativa. No solo por toda posibili-
las consecuencias, es decir, porque el límite nos dad
va a ayudar en la prevención del mal uso de la
tecnología, sino sobre todo porque el límite, lejos
de ser algo retrógrado y obsoleto, es condición
para toda posibilidad. Toda posibilidad es un lí-
mite. Nos lo explicaba Chesterton con su habitual
ingenio cuando aseguraba que le gustaban tanto
las ventanas que llenaría la pared de ventanas,
pero que abrir muchas ventanas puede suponer
quedarse sin pared y quedarse entonces también
sin ventanas.
La clave vuelve a ser, de nuevo, el equilibrio,
nuestro aristotélico término medio en la virtud.
Entender que la posibilidad es un límite es tan
importante como entender que un modelo exce-
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Isidro Catela Marcos
sivamente autoritario, basado solo en el límite,
puede no favorecer que los usuarios adquieran las
habilidades críticas necesarias para hacer un uso
responsable de la tecnología. Y esto hoy, cuan-
do la llamada brecha digital no se sitúa tanto en
el acceso a la red cuanto en la capacidad crítica.
Dicho de otro modo: los excluidos de la sociedad
digital ya no son aquellos que no tienen los dis-
positivos ni el acceso a la Red, sino aquellos que
no son capaces de actuar críticamente.
Hay, además, muchas aplicaciones que nos
echan una mano. Entre las más relevantes se en-
cuentran:
Qustodio (gratuita para dispositivos iOS y An-
droid), notifica cuando nuestro hijo hace y reci-
be una llamada, o envía mensajes, a quién se los
manda y qué contenido tienen; permite limitar el
tiempo a determinadas actividades como juegos
o apps, y bloquea sitios inapropiados. Cuenta con
un botón de emergencia que puede ser activado
para conocer la ubicación del menor.
Ignore no More (IOS y Android), es una apli-
cación de emergencia, que permite bloquear un
móvil en la distancia mediante un código de cua-
tro dígitos. Para recuperar el control del móvil, el
menor deberá llamar a los contactos de una lis-
ta previamente creada por sus padres. Solo esos
contactos podrán desactivar el código. Como el
propio nombre de la aplicación indica, a partir de
aquí el menor se va a pensar dos veces lo de no
coger el móvil cuando le llaman sus padres.
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Vivir (des)conectado
Teen Safe, aplicación de vigilancia que permite
ver todo lo que el menor hace con su dispositivo.
Es muy útil para identificar situaciones de acoso
escolar e incluso avisa si el usuario se ha monta-
do en el coche con un conductor que ha bebido.
Permite rastrear el terminal del menor sin que
este lo note.
Con funcionalidades muy similares están tam- Existen con-
bién Screen Time, Norton Family, Life360 Loca- tra-aplicacio-
lizador Familiar y My Mobile Watchdog. Como nes
quiera que hecha la ley, hecha la trampa, también
la industria se ha puesto al servicio de los adoles-
centes para evitar el rastreo paterno. Finstagram
es un caso paradigmático, mezcla de fake (falso)
e Instagram que vendría a ser una cuenta alter-
nativa y clandestina de Instagram a la que solo
tendrían acceso sus amigos más íntimos y que
les mantendría ajenos al control. El tira y afloja
en este terreno es permanente y todo hace pensar
que así se mantendrá por mucho tiempo.
Una vez convencidos de la importancia del
control (para el otro y para nosotros mismos), no
nos queda más que afrontar la dieta. La popular
dieta digital de Sieberg nos propone un pretest y
un plan de cuatro días. Todo, sentido común.
Para empezar, hagámonos estas preguntas de
manera sincera. Sin dramatismo, que, a buen se-
guro, como en el ejercicio de la aplicación Mo-
ment, en la que sugería medir nuestro consumo
diario real, aquí puede que también nos veamos
muy reflejados:
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Isidro Catela Marcos
● ¿Alguna vez ha experimentado la urgencia de
sacar su móvil mientras otra persona está te-
niendo una conversación importante con usted?
● ¿Ha sentido en alguna ocasión que algo no ha
pasado realmente hasta que lo ha publicado en
su Facebook, Twitter, Instagram, etc.?
● ¿El parpadeo de la luz de su dispositivo móvil
(o la sucesión de notificaciones de whatsapp)
ha llegado a acelerar sus pulsaciones?
● ¿Suele pasar tiempo en silencio con su pareja u
otra persona querida porque cada uno está in-
merso en su universo digital?
Fases de la Si ha respondido cuatro veces sí, hay indicios
dieta serios de obesidad digital. Es hora de comenzar la
dieta, a ser posible acompañado, para que otro le
pueda ayudar, comenzando por la confrontación
sincera de la situación en la que se encuentra:
Repensar el 1. REPENSAR: determinar, con la mayor
tiempo en el exactitud posible, cuánto tiempo pasamos
móvil al día en internet (ya he recomendado utili-
zar la aplicación Moment para este sencillo
autodiagnóstico).
Quedar sin 2. REINICIAR: fase de desintoxicación. Co-
móvil tres días menzamos por un fin de semana. El plan
puede prolongarse, en los casos necesa-
rios, hasta una semana o quince días. Ale-
jamos las tentaciones y guardamos a buen
recaudo los dispositivos, le confiamos las
contraseñas a la persona que nos va a ayu-
dar en el proceso, grabamos un mensaje
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Vivir (des)conectado
disculpándonos por no estar disponible en
los próximos tres días y revisamos el mail
una vez al día. Conviene sustituir el tiempo
que se pasaba empantallado por ejercicio
físico, conversaciones cara a cara y lectura,
preferentemente en las páginas impresas
de un libro o diario, con el objetivo de re-
cuperar algunas habilidades que se pueden
haber resentido.
3. RECONECTAR: es el momento de ir rein- Reconectar
troduciendo de forma muy moderada el con límites
consumo digital. No es fácil hablar de lí-
mites concretos aquí porque varían mucho
con la edad y las circunstancias personales
y profesionales de cada uno, pero un tiem-
po estándar al día, razonable, podría oscilar
entre la hora y media y las tres horas.
4. REACTIVAR: las actividades sustitutorias Recuperar há-
que introdujimos en el paso dos deben aquí bitos sin móvil
empezar a formar parte, en cantidad y ca-
lidad, de nuestra vida diaria. En negativo,
habrán quedado eliminados para siempre
comportamientos nocivos como cargar el
móvil en el dormitorio o plantarlo encima
de una mesa durante una conversación. En
positivo, es el momento de disfrutar de las
relaciones personales recuperadas o de las
iniciadas a partir de nuestra nueva y equili-
brada vida digital.
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Vivir (des)conectado
7.- Desconectar para reconectar.
La recuperación de la vida
contemplativa
Al más puro estilo Ikea, que en una campaña de Volver a la
Navidad con el spot Familiarizados os invitó a des- contemplación
conectar de los dispositivos móviles para reconectar
después con más fuerza e intensidad en nuestra vida
off line, proponemos para terminar la recuperación
de nuestra esencial dimensión contemplativa. La
propuesta de vida buena pasa por no confundir co-
municación (encuentro) con mera conexión y con
volver a introducir en nuestra vida experiencias de
asombro y contemplación que se están viendo fuer-
temente erosionadas por la sociedad hiperconec-
tada. Claro que Ikea quiere vendernos muebles y
hacernos ciudadanos de la República Independiente
de Su Casa. Nadie lo duda. Pero hay formas más o
menos inteligentes de seducirnos y la decisión de
subirse al carro de la desconexión moderada no es
casual (hemos visto que el contexto lo propicia) y
aporta además al menos cuatro claves que nos son
aplicables en este corolario.
● Familiarizados “se olvida” de los muebles y
se centra en las personas. Ellas son las prota-
gonistas: los sujetos tienen prioridad sobre los Desde la
sujetos. desconexión a
la reconexión
● No es cualquier grupo de personas; es una fa- en otra clave
milia, célula básica de la sociedad y lugar por
excelencia en el que somos valorados por lo
que somos y no por el Iphone que tenemos.
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Isidro Catela Marcos
● No es una cuestión solo de adolescentes que se
han echado a perder. El desconocimiento del
que tenemos enfrente, cuando nuestra vida se
ha ido por el sumidero de las pantallas, afecta
por igual a hijos, padres y abuelos.
● El que se atreve a realizar una propuesta moral
(de vida buena, de vida mejor frente a otra me-
nos deseable), ha de dar ejemplo. Ikea se des-
conectó de las redes por completo entre el 24
de diciembre de 2018 y el 6 de enero de 2019.
● Para hacer más eficaz la desconexión, y sobre
todo la reconexión posterior, hay que potenciar
Se pierde la las actividades off line. Ikea presenta en el pro-
capacidad pio anuncio un juego de mesa (Familiarizados),
contemplativa que supo poner a la venta con gran éxito.
porque se Con Han empezamos y con él cerramos. El
absolutiza la
hombre tardomoderno que nos presenta en su
vida activa
filosofía es hiperactivo e hiperneurótico. Como
hemos apuntado al esbozar un dibujo de nuestra
sociedad, durante la modernidad tardía todas las
actividades humanas se han ido reduciendo al
nivel del trabajo. La pérdida de capacidad con-
templativa, que está vinculada a la absolutiza-
ción de la vida activa, es corresponsable de la
Podemos histeria y el nerviosismo de la moderna sociedad
saborear, activa. El trabajo se totaliza de tal manera que,
gustar y vivir
más allá del tiempo laboral, solo queda matar el
desde la
tiempo.
tranquilidad
nuestra Aquí está, a la vez, la caverna y la vida mejor
conexión que se halla fuera de ella. La caverna como estado
de ignorancia porque vivimos compulsivamente,
64
Vivir (des)conectado
enganchados a estímulos, itinerantes, pero sin
proyecto vital en medio de la sociedad de las
pantallas. Y la vida mejor, el mundo posible, que
aparece ante nuestros ojos cuando entendemos
que vamos a ser mejores personas (e incluye tam-
bién ser mejores profesionales) si en el futuro so-
mos capaces de estructurar humanamente nuestro
tiempo acelerado, en el que casi todo se represen-
ta, en el que casi todo tiene lugar en las pantallas.
Si somos capaces de saborearlo, de olerlo y gus-
tarlo, de reconquistar la tranquilidad y ahuyentar
la acción inmediata e irreflexiva. Si somos, en
definitiva, capaces de integrar equilibradamente
en nuestra vida las enormes ventajas que nos pro-
porciona el mundo conectado.
65
Vivir (des)conectado
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68
Vivir (des)conectado
Isidro Catela Marcos
Doctor en Comunicación. Profesor de la Univer-
sidad Francisco de Vitoria. Autor del libro “Me
desconecto, luego existo. Propuestas para sobre-
vivir a la adicción digital” (Ediciones Encuentro,
2018)
69
Otros números de Cuadernos de ética en clave cotidiana:
Nº 13: Acompañar en la fase final de la vida. Natividad Jiménez Sánchez, Nazaret
Maldonado del Arco y María Dolores Nieto Martín.
Nº 12: Ética y Derechos Humanos. Gisela Giner Rommel.
Nº 11: Paseos para hacer en compañía. José Luis Pareja Rivas.
Nº 10: Internet y las redes sociales, aspectos éticos. Margarita Martín Martín.
Nº 9: Ética y vida: La bioética. Rafael Junquera Estefani y Ana María Marcos
del Cano.
Nº 8: Los agentes de la Cooperación Internacional al Desarrollo. Una mirada
ética. Patricia Rodríguez González.
Nº 7: Videojuegos, gamificación y reflexiones éticas. Margarita Martín Martín y
Luis Fernando Vílchez Martín.
Nº 6: Función Social de la empresa: Una propuesta de evaluación ética. Elisa
Marco Crespo y Enrique Lluch Frechina.
Nº 5: Ética del Cuidado y Mayores. Los cuidados a las personas mayores desde
un horizonte ético y en la búsqueda de la calidad de vida. Rosario Paniagua Fer-
nández.
Nº 4: Introducción a la Ética Familiar. Victor Chacón, CSsR.
Nº 3: Interpelación ética de las mujeres que ejercen la prostitución. Mª Luisa del
Pozo.
Nº 2: Ética y Escuela. Juan José Medina Rodríguez y Mª Isabel Rodríguez Pe-
ralta.
Nº 1: Bases éticas para la mejora de nuestra organización económica y política.
Enrique Lluch Frechina y Rafael S. Hernández.
Nº 0: El Don que transforma, una mirada moral desde el carisma redentorista.
Carlos Sánchez de la Cruz.
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