La lotería, un cuento de Shirley
Jackson
Shirley Jackson
Ahora que el nombre de Shirley Jackson está de moda por la
adaptación televisiva de su novela La maldición de Hill House, en
Zenda aprovechamos para traeros el que probablemente sea su cuento
más reconocido. La lotería sigue siendo, casi sesenta años después de
su publicación original en The New Yorker, un desasosegante
chispazo de terror en medio de lo plenamente ordinario. En él,
Jackson despliega toda su habilidad para generar una incomodidad
creciente en el lector, que poco a poco, a medida que avanza su lectura,
irá dándose cuenta de forma inconsciente de que en ese rito
aparentemente inocente habita la más terrible oscuridad del alma
humana.
La lotería, un cuento de Shirley Jackson
La mañana del 27 de junio amaneció clara y soleada con el calor
lozano de un día de pleno estío; las plantas mostraban profusión de
flores y la hierba tenía un verdor intenso. La gente del pueblo empezó
a congregarse en la plaza, entre la oficina de correos y el banco,
alrededor de las diez; en algunos pueblos había tanta gente que la
lotería duraba dos días y tenía que iniciarse el día 26, pero en aquel
pueblecito, donde apenas había trescientas personas, todo el asunto
ocupaba apenas un par de horas, de modo que podía iniciarse a las
diez de la mañana y dar tiempo todavía a que los vecinos volvieran a
sus casas a comer.
Los niños fueron los primeros en acercarse, por supuesto. La escuela
acababa de cerrar para las vacaciones de verano y la sensación de
libertad producía inquietud en la mayoría de los pequeños; tendían a
formar grupos pacíficos durante un rato antes de romper a jugar con
su habitual bullicio, y sus conversaciones seguían girando en torno a
la clase y los profesores, los libros y las reprimendas. Bobby Martin ya
se había llenado los bolsillos de piedras y los demás chicos no
tardaron en seguir su ejemplo, seleccionando las piedras más lisas y
redondeadas; Bobby, Harry Jones y Dickie Delacroix acumularon
finalmente un gran montón de piedras en un rincón de la plaza y lo
protegieron de las incursiones de los otros chicos. Las niñas se
quedaron aparte, charlando entre ellas y volviendo la cabeza hacia
los chicos, mientras los niños más pequeños jugaban con la tierra o se
agarraban de la mano de sus hermanos o hermanas mayores.
Pronto empezaron a reunirse los hombres, que se dedicaron a hablar
de sembrados y lluvias, de tractores e impuestos, mientras vigilaban a
sus hijos. Formaron un grupo, lejos del montón de piedras de la
esquina, y se contaron chistes sin alzar la voz, provocando sonrisas
más que carcajadas. Las mujeres, con descoloridos vestidos de andar
por casa y suéteres finos, llegaron poco después de sus hombres. Se
saludaron entre ellas e intercambiaron apresurados chismes
mientras acudían a reunirse con sus maridos. Pronto, las mujeres, ya
al lado de sus maridos, empezaron a llamar a sus hijos y los pequeños
acudieron a regañadientes, después de la cuarta o la quinta llamada.
Bobby Martin esquivó, agachándose, la mano de su madre cuando
pretendía agarrarlo y volvió corriendo, entre risas, hasta el montón
de piedras. Su padre lo llamó entonces con voz severa y Bobby
regresó enseguida, ocupando su lugar entre su padre y su hermano
mayor. La lotería —igual que los bailes en la plaza, el club juvenil y el
programa de la fiesta de Halloween— era dirigida por el señor
Summers, que tenía tiempo y energía para dedicarse a las actividades
cívicas.
El señor Summers era un hombre jovial, de cara redonda, que llevaba
el negocio del carbón, y la gente se compadecía de él porque no había
tenido hijos y su mujer era una gruñona. Cuando llegó a la plaza
portando la caja negra de madera, se levantó un murmullo entre los
vecinos y el señor Summers dijo: «Hoy llego un poco tarde, amigos».
El administrador de correos, el señor Graves, venía tras él cargando
con un taburete de tres patas, que colocó en el centro de la plaza y
sobre el cual instaló la caja negra el señor Summers. Los vecinos se
mantuvieron a distancia, dejando un espacio entre ellos y el taburete,
y cuando el señor Summers preguntó: «¿Alguno de ustedes quiere
echarme una mano?», se produjo un instante de vacilación hasta que
dos de los hombres, el señor Martin y su hijo mayor, Baxter, se
acercaron para sostener la caja sobre el taburete mientras él revolvía
los papeles del interior.
Los objetos originales para el juego de la lotería se habían perdido
hacía mucho tiempo y la caja negra que descansaba ahora sobre el
taburete llevaba utilizándose desde antes incluso de que naciera el
viejo Warner, el hombre de más edad del pueblo. El señor Summers
hablaba con frecuencia a sus vecinos de hacer una caja nueva, pero a
nadie le gustaba modificar la tradición que representaba aquella caja
negra. Corría la historia de que la caja actual se había realizado con
algunas piezas de la caja que la había precedido, la que habían
construido las primeras familias cuando se instalaron allí y fundaron
el pueblo. Cada año, después de la lotería, el señor Summers
empezaba a hablar otra vez de hacer una caja nueva, pero cada año
el asunto acababa difuminándose sin que se hiciera nada al respecto.
La caja negra estaba cada vez más gastada y ya ni siquiera era
completamente negra, sino que le había saltado una gran astilla en
uno de los lados, dejando a la vista el color original de la madera, y en
algunas partes estaba descolorida o manchada. El señor Martin y su
hijo mayor, Baxter, sujetaron con fuerza la caja sobre el taburete
hasta que el señor Summers hubo revuelto a conciencia los papeles
con sus manos. Dado que la mayor parte del ritual se había eliminado
u olvidado, el señor Summers había conseguido que se sustituyeran
por hojas de papel las fichas de madera que se habían utilizado
durante generaciones.
Según había argumentado el señor Summers, las fichas de madera
fueron muy útiles cuando el pueblo era pequeño, pero ahora que la
población había superado los tres centenares de vecinos y parecía en
trance de seguir creciendo, era necesario utilizar algo que cupiera
mejor en la caja negra. La noche antes de la lotería, el señor Summers
y el señor Graves preparaban las hojas de papel y las introducían en
la caja, que trasladaban entonces a la caja fuerte de la compañía de
carbones del señor Summers para guardarla hasta el momento de
llevarla a la plaza, la mañana siguiente. El resto del año, la caja se
guardaba a veces en un sitio, a veces en otro; un año había
permanecido en el granero del señor Graves y otro año había estado
en un rincón de la oficina de correos y, a veces, se guardaba en un
estante de la tienda de los Martin y se dejaba allí el resto del año.
Había que atender muchos detalles antes de que el señor Summers
declarara abierta la lotería. Por ejemplo, había que confeccionar las
listas de cabezas de familia, de cabezas de las casas que constituían
cada familia, y de los miembros de cada casa. También debía tomarse
el oportuno juramento al señor Summers como encargado de dirigir
el sorteo, por parte del administrador de correos. Algunos vecinos
recordaban que, en otro tiempo, el director del sorteo hacía una
especie de exposición, una salmodia rutinaria y discordante que se
venía recitando año tras año, como mandaban los cánones. Había
quien creía que el director del sorteo debía limitarse a permanecer en
el estrado mientras la recitaba o cantaba, mientras otros opinaban
que tenía que mezclarse entre la gente, pero hacía muchos años que
esa parte de la ceremonia se había eliminado. También se decía que
había existido una salutación ritual que el director del sorteo debía
utilizar para dirigirse a cada una de las personas que se acercaban
para extraer la papeleta de la caja, pero también esto se había
modificado con el tiempo y ahora solo se consideraba necesario que
el director dirigiera algunas palabras a cada participante cuando
acudía a probar su suerte. El señor Summers tenía mucho talento
para todo ello; luciendo su camisa blanca impoluta y sus pantalones
tejanos, con una mano apoyada tranquilamente sobre la caja negra,
tenía un aire de gran dignidad e importancia mientras conversaba
interminablemente con el señor Graves y los Martin.
En el preciso instante en que el señor Summers terminaba de hablar
y se volvía hacia los vecinos congregados, la señora Hutchinson
apareció a toda prisa por el camino que conducía a la plaza, con un
suéter sobre los hombros, y se añadió al grupo que ocupaba las
últimas filas de asistentes.
—Me había olvidado por completo de qué día era —le comentó a la
señora Delacroix cuando llegó a su lado, y las dos mujeres se echaron
a reír por lo bajo—. Pensaba que mi marido estaba en la parte de
atrás de la casa, apilando leña —prosiguió la señora Hutchinson—, y
entonces miré por la ventana y vi que los niños habían desaparecido
de la vista; entonces recordé que estábamos a veintisiete y vine
corriendo.
Se secó las manos en el delantal y la señora Delacroix respondió:
—De todos modos, has llegado a tiempo. Todavía están con los
preparativos.
La señora Hutchinson estiró el cuello para observar a la multitud y
localizó a su marido y a sus hijos casi en las primeras filas. Se
despidió de la señora Delacroix con unas palmaditas en el brazo y
empezó a abrirse paso entre la multitud. La gente se apartó con aire
festivo para dejarla avanzar; dos o tres de los presentes murmuraron,
en voz lo bastante alta como para que les oyera todo el mundo: «Ahí
viene tu mujer, Hutchinson», y, «Finalmente se ha presentado, Bill».
La señora Hutchinson llegó hasta su marido y el señor Summers, que
había estado esperando a que lo hiciera, comentó en tono jovial:
—Pensaba que íbamos a tener que empezar sin ti, Tessie.
—No querrías que dejara los platos sin lavar en el fregadero, ¿verdad,
Joe? —respondió la señora Hutchinson con una sonrisa, provocando
una ligera carcajada entre los presentes, que volvieron a ocupar sus
anteriores posiciones tras la llegada de la mujer.
—Muy bien —anunció sobriamente el señor Summers—, supongo que
será mejor empezar de una vez para acabar lo antes posible y volver
pronto al trabajo. ¿Falta alguien?
—Dunbar —dijeron varias voces—. Dunbar, Dunbar.
El señor Summers consultó la lista.
—Clyde Dunbar —comentó—. Es cierto. Tiene una pierna rota, ¿no es
eso? ¿Quién sacará la papeleta por él?
—Yo, supongo —respondió una mujer, y el señor Summers se volvió
hacia ella.
—La esposa saca la papeleta por el marido —anunció el señor
Summers, y añadió—: ¿No tienes ningún hijo mayor que lo haga por
ti, Janey?
Aunque el señor Summers y todo el resto del pueblo conocían
perfectamente la respuesta, era obligación del director del sorteo
formular tales preguntas oficialmente. El señor Summers aguardó
con expresión atenta la contestación de la señora Dunbar.
—Horace no ha cumplido aún los dieciséis —explicó la mujer con
tristeza—. Me parece que este año tendré que participar yo por mi
esposo.
—De acuerdo —asintió el señor Summers. Efectuó una anotación en
la lista que sostenía en las manos y luego preguntó—: ¿El chico de los
Watson sacará papeleta este año?
Un muchacho de elevada estatura alzó la mano entre la multitud.
—Aquí estoy —dijo—. Voy a jugar por mi madre y por mí.
El chico parpadeó, nervioso, y escondió la cara mientras varias voces
de la muchedumbre comentaban en voz alta: «Buen chico, Jack», y,
«Me alegro de ver que tu madre ya tiene un hombre que se ocupe de
hacerlo».
—Bien —dijo el señor Summers—, creo que ya estamos todos. ¿Ha
venido el viejo Warner?
—Aquí estoy —dijo una voz, y el señor Summers asintió.
Un súbito silencio cayó sobre los reunidos mientras el señor Summers
carraspeaba y contemplaba la lista.
—¿Todos preparados? —preguntó—. Bien, voy a leer los nombres (los
cabezas de familia, primero) y los hombres se adelantarán para sacar
una papeleta de la caja. Guarden la papeleta cerrada en la mano, sin
mirarla, hasta que todo el mundo tenga la suya. ¿Está claro?
Los presentes habían asistido tantas veces al sorteo que apenas
prestaron atención a las instrucciones; la mayoría de ellos
permaneció tranquila y en silencio, humedeciéndose los labios y sin
desviar la mirada del señor Summers. Por fin, este alzó una mano y
dijo, «Adams». Un hombre se adelantó a la multitud. «Hola, Steve», le
saludó el señor Summers. «Hola, Joe», le respondió el señor Adams.
Los dos hombres intercambiaron una sonrisa nerviosa y seca; a
continuación, el señor Adams introdujo la mano en la caja negra y
sacó un papel doblado. Lo sostuvo con firmeza por una esquina, dio
media vuelta y volvió a ocupar rápidamente su lugar entre la
multitud, donde permaneció ligeramente apartado de su familia, sin
bajar la vista a la mano donde tenía la papeleta.
—Allen —llamó el señor Summers—. Anderson… Bentham.
—Ya parece que no pasa el tiempo entre una lotería y la siguiente —
comentó la señora Delacroix a la señora Graves en las filas traseras—.
Me da la impresión de que la última fue apenas la semana pasada.
—Desde luego, el tiempo pasa volando —asintió la señora Graves.
—Clark… Delacroix…
—Allá va mi marido —comentó la señora Delacroix, conteniendo la
respiración mientras su esposo avanzaba hacia la caja.
—Dunbar —llamó el señor Summers, y la señora Dunbar se acercó
con paso firme mientras una de las mujeres exclamaba: «Ánimo,
Janey», y otra decía: «Allá va».
—Ahora nos toca a nosotros —anunció la señora Graves y observó a
su marido cuando este rodeó la caja negra, saludó al señor Summers
con aire grave y escogió una papeleta de la caja. A aquellas alturas,
entre los reunidos había numerosos hombres que sostenían entre sus
manazas pequeñas hojas de papel, haciéndolas girar una y otra vez
con gesto nervioso. La señora Dunbar y sus dos hijos estaban muy
juntos; la mujer sostenía la papeleta.
—Harburt… Hutchinson…
—Vamos allá, Bill —dijo la señora Hutchinson, y los presentes
cercanos a ella soltaron una carcajada.
—Jones…
—Dicen que en el pueblo de arriba están hablando de suprimir la
lotería —comentó el señor Adams al viejo Warner. Este soltó un
bufido y replicó:
—Hatajo de estúpidos. Si escuchas a los jóvenes, nada les parece
suficiente. A este paso, dentro de poco querrán que volvamos a vivir
en cavernas, que nadie trabaje más y que vivamos de ese modo. Antes
teníamos un refrán que decía: «La lotería en verano, antes de recoger
el grano». A este paso, pronto tendremos que alimentarnos de bellotas
y frutos del bosque. La lotería ha existido siempre —añadió,
irritado—. Ya es suficientemente terrible tener que ver al joven Joe
Summers ahí arriba, bromeando con todo el mundo.
—En algunos lugares ha dejado de celebrarse la lotería —apuntó la
señora Adams.
—Eso no traerá más que problemas —insistió el viejo Warner,
testarudo—. Hatajo de jóvenes estúpidos.
—Martin… —Bobby Martin vio avanzar a su padre.— Overdyke…
Percy…
—Ojalá se den prisa —murmuró la señora Dunbar a su hijo mayor—.
Ojalá acaben pronto.
—Ya casi han terminado —dijo el muchacho.
—Prepárate para ir corriendo a informar a tu padre —le indicó su
madre.
El señor Summers pronunció su propio apellido, dio un paso medido
hacia adelante y escogió una papeleta de la caja. Luego, llamó a
Warner.
—Llevo sesenta y siete años asistiendo a la lotería —proclamó el
señor Warner mientras se abría paso entre la multitud—. Setenta y
siete loterías.
—Watson… —el muchacho alto se adelantó con andares desgarbados.
Una voz exhortó: «No te pongas nervioso, muchacho», y el señor
Summers añadió: «Tómate el tiempo necesario, hijo». Después, cantó
el último nombre.
—Zanini…
Tras esto se produjo una larga pausa, una espera cargada de
nerviosismo hasta que el señor Summers, sosteniendo en alto su
papeleta, murmuró:
—Muy bien, amigos.
Durante unos instantes, nadie se movió; a continuación, todos los
cabezas de familia abrieron a la vez la papeleta. De pronto, todas las
mujeres se pusieron a hablar a la vez:
—Quién es? ¿A quién le ha tocado? ¿A los Dunbar? ¿A los Watson?
Al cabo de unos momentos, las voces empezaron a decir:
—Es Hutchinson. Le ha tocado a Bill Hutchinson.
—Ve a decírselo a tu padre —ordenó la señora Dunbar a su hijo
mayor.
Los presentes empezaron a buscar a Hutchinson con la mirada. Bill
Hutchinson estaba inmóvil y callado, contemplando el papel que
tenía en la mano. De pronto, Tessie Hutchinson le gritó al señor
Summers:
—¡No le has dado tiempo a escoger qué papeleta quería! Te he visto,
Joe Summers. ¡No es justo!
—Tienes que aceptar la suerte, Tessie —le replicó la señora Delacroix,
y la señora Graves añadió:
—Todos hemos tenido las mismas oportunidades.
—¡Vamos, Tessie, cierra el pico! —intervino Bill Hutchinson.
—Bueno —anunció, acto seguido, el señor Summers—. Hasta aquí
hemos ido bastante deprisa y ahora deberemos apresurarnos un poco
más para terminar a tiempo.
Consultó su siguiente lista y añadió:
—Bill, tú has sacado la papeleta por la familia Hutchinson. ¿Tienes
alguna casa más que pertenezca a ella?
—Están Don y Eva —exclamó la señora Hutchinson con un chillido—.
¡Ellos también deberían participar!
—Las hijas casadas entran en el sorteo con las familias de sus
maridos, Tessie —replicó el señor Summers con suavidad—. Lo sabes
perfectamente, como todos los demás.
—No ha sido justo —insistió Tessie.
—Me temo que no —respondió con voz abatida Bill Hutchinson a la
anterior pregunta del director del sorteo—. Mi hija juega con la
familia de su esposo, como está establecido. Y no tengo más familia
que mis hijos pequeños.
—Entonces, por lo que respecta a la elección de la familia, ha
correspondido a la tuya —declaró el señor Summers a modo de
explicación—. Y, por lo que respecta a la casa, también corresponde a
la tuya, ¿no es eso?
—Sí —respondió Bill Hutchinson.
—Cuántos chicos tienes, Bill? —preguntó oficialmente el señor
Summers.
—Tres —declaró Bill Hutchinson—. Está mi hijo, Bill, y Nancy y el
pequeño Dave. Además de Tessie y de mí, claro.
—Muy bien, pues —asintió el señor Summers—. ¿Has recogido sus
papeletas, Harry?
El señor Graves asintió y mostró en alto las hojas de papel.
—Entonces, ponlas en la caja —le indicó el señor Summers—. Coge la
de Bill y colócala dentro.
—Creo que deberíamos empezar otra vez —comentó la señora
Hutchinson con toda la calma posible—. Les digo que no es justo. Bill
no ha tenido tiempo para escoger qué papeleta quería. Todos lo han
visto.
El señor Graves había seleccionado cinco papeletas y las había puesto
en la caja. Salvo estas, dejó caer todas las demás al suelo, donde la
brisa las impulsó, esparciéndolas por la plaza.
—¡Escúchenme todos! —seguía diciendo la señora Hutchinson a los
vecinos que la rodeaban.
—¿Preparado, Bill? —inquirió el señor Summers, y Bill Hutchinson
asintió, después de dirigir una breve mirada a su esposa e hijos.
—Recuerden —continuó el director del sorteo—: Saquen una papeleta
y guárdenla sin abrir hasta que todos tengan la suya. Harry, tú
ayudarás al pequeño Dave.
El señor Graves tomó de la manita al niño, que se acercó a la caja con
él sin ofrecer resistencia.
—Saca un papel de la caja, Davy —le dijo el señor Summers. Davy
introdujo la mano donde le decían y soltó una risita—. Saca solo un
papel —insistió el señor Summers—. Harry, ocúpate tú de guardarlo.
El señor Graves tomó la mano del niño y le quitó el papel de su puño
cerrado; después lo sostuvo en alto mientras el pequeño Dave se
quedaba a su lado, mirándolo con aire de desconcierto.
—Ahora, Nancy —anunció el señor Summers. Nancy tenía doce años
y a sus compañeros de la escuela se les aceleró la respiración
mientras se adelantaba, agarrándose la falda, y extraía una papeleta
con gesto delicado—. Bill, hijo —dijo el señor Summers, y Billy, con su
rostro sonrojado y sus pies enormes, estuvo a punto de volcar la caja
cuando sacó su papeleta—. Tessie…
La señora Hutchinson titubeó durante unos segundos, mirando a su
alrededor con aire desafiante y luego apretó los labios y avanzó hasta
la caja. Extrajo una papeleta y la sostuvo a su espalda.
—Bill… —dijo por último el señor Summers, y Bill Hutchinson metió
la mano en la caja y tanteó el fondo antes de sacarla con el último de
los papeles.
Los espectadores habían quedado en silencio.
—Espero que no sea Nancy —cuchicheó una chica, y el sonido del
susurro llegó hasta el más alejado de los reunidos.
—Antes, las cosas no eran así —comentó abiertamente el viejo
Warner—. Y la gente tampoco es como en otros tiempos.
—Muy bien —dijo el señor Summers—. Abran las papeletas. Tú,
Harry, abre la del pequeño Dave.
El señor Graves desdobló el papel y se escuchó un suspiro general
cuando lo mostró en alto y todos comprobaron que estaba en blanco.
Nancy y Bill, hijo, abrieron los suyos al mismo tiempo y los dos se
volvieron hacia la multitud con expresión radiante, agitando sus
papeletas por encima de la cabeza.
—Tessie… —indicó el señor Summers. Se produjo una breve pausa y,
a continuación, el director del sorteo miró a Bill Hutchinson. El
hombre desdobló su papeleta y la enseñó. También estaba en blanco.
—Es Tessie —anunció el señor Summers en un susurro—. Muéstranos
su papel, Bill.
Bill Hutchinson se acercó a su mujer y le quitó la papeleta por la
fuerza. En el centro de la hoja había un punto negro, la marca que
había puesto el señor Summers con el lápiz la noche anterior, en la
oficina de la compañía de carbones. Bill Hutchinson mostró en alto la
papeleta y se produjo una reacción agitada entre los congregados.
—Bien, amigos —proclamó el señor Summers—, démonos prisa en
terminar.
Aunque los vecinos habían olvidado el ritual y habían perdido la caja
negra original, aún mantenían la tradición de utilizar piedras. El
montón de piedras que los chicos habían reunido antes estaba
preparado y en el suelo; entre las hojas de papel que habían extraído
de la caja, había más piedras. La señora Delacroix escogió una piedra
tan grande que tuvo que levantarla con ambas manos y se volvió
hacia la señora Dunbar.
—Vamos —le dijo—. Date prisa.
La señora Dunbar sostenía una piedra de menor tamaño en cada
mano y murmuró, entre jadeos:
—No puedo apresurarme más. Tendrás que adelantarte. Ya te
alcanzaré.
Los niños ya tenían su provisión de piedras y alguien le puso en la
mano varias piedrecitas al pequeño Davy Hutchinson. Tessie
Hutchinson había quedado en el centro de una zona despejada y
extendió las manos con gesto desesperado mientras los vecinos
avanzaban hacia ella.
—¡No es justo! —exclamó.
Una piedra la golpeó en la sien.
—¡Vamos, vamos, todo el mundo! —gritó el viejo Warner. Steve
Adams estaba al frente de la multitud de vecinos, con la señora
Graves a su lado.
—¡No es justo! ¡No hay derecho! —siguió exclamando la señora
Hutchinson. Instantes después todo el pueblo cayó sobre ella.