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Reflexiones sobre la Cuaresma y el Desierto

El documento es una reflexión sobre la Cuaresma como un tiempo de preparación espiritual que invita a los cristianos a caminar hacia el encuentro con Cristo, enfatizando la importancia de la conversión y el despojo de lo innecesario. Se destaca la necesidad de vivir la Cuaresma con fe, esperanza y amor, y se anima a los creyentes a enfrentar sus tentaciones en el desierto, buscando una relación más profunda con Dios. Finalmente, se propone un ejercicio de introspección y oración para permitir que la presencia de Jesús transforme la vida de cada uno.
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Temas abordados

  • Fruto del Espíritu,
  • Acompañamiento,
  • Conversión,
  • Silencio,
  • Sacramentos,
  • Desafíos de la vida,
  • Solidaridad,
  • Desarrollo personal,
  • Refugio,
  • Oración
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Reflexiones sobre la Cuaresma y el Desierto

El documento es una reflexión sobre la Cuaresma como un tiempo de preparación espiritual que invita a los cristianos a caminar hacia el encuentro con Cristo, enfatizando la importancia de la conversión y el despojo de lo innecesario. Se destaca la necesidad de vivir la Cuaresma con fe, esperanza y amor, y se anima a los creyentes a enfrentar sus tentaciones en el desierto, buscando una relación más profunda con Dios. Finalmente, se propone un ejercicio de introspección y oración para permitir que la presencia de Jesús transforme la vida de cada uno.
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Cita Bíblica de introducción

«Al crecer la maldad, se enfriará el amor en la mayoría» (Mt 24,12)

Iniciamos nuestro Retiro de Cuaresma leyendo juntos esto a manera de pregón.

Los que hemos sido bautizados,


los que hemos acogido la revelación del Dios vivo,
los que hemos descubierto que somos sus hijos,
los que seguimos escuchando la voz del Espíritu,
¡adentrémonos en el desierto sin miedo
y caminemos con paso ligero!

Cuaresma es este tiempo de preparación e inicio,


tiempo para vivirlo en camino,
sin instalarse, sin retenerlo, sin lamento,
con la esperanza siempre mantenida
y la mirada fija en otro tiempo, la Pascua,
que siendo tiempo de paso es definitivo.

Entremos en Cuaresma convencidos,


listos para el combate, ligeros de equipaje,
con mente despejada, calzado apropiado,
entrañas llenas de ternura y misericordia
y mucha paciencia con nosotros mismos…

¡Bien equipados en cuerpo y espíritu!


Dejémonos mecer por la brisa del Espíritu;
pongamos nuestro corazón en sintonía
con los latidos de Dios y el grito de los afligidos,
desprendámonos de todo lo accesorio,
bebamos en los manantiales de la vida
y no nos dejemos engañar por los espejismos del desierto.

Bajemos del monte a los caminos de la vida,


no nos acomodemos en las alturas,
descendamos sin miedo y llenos de misterio,
y vayamos al encuentro de quienes andan perdidos
y necesitan salud y consuelo.

¡No profanemos los templos de Dios vivo!

Acudamos a los pozos de agua fresca de nuestra tierra


y, como aquella mujer samaritana,
dialoguemos con quien nos pide e interroga
aunque no sea de nuestra cultura, fe y cuerda.
¡Quizá así conozcamos el don de Dios:
cómo nos ama, busca, sueña y espera!
No miremos nuestra ceguera y vida rota
como consecuencia y castigo de nuestra historia.
Él no viene para que todo siga tal como está
sino para ofrecernos la novedad de Dios y su amistad,
para abrirnos los ojos, cambiarnos por dentro
y deshacer tantos e insoportables montajes y miedos.

En Cuaresma, y en todo tiempo, los cristianos


estamos amenazados no de muerte sino de vida,
aunque seamos unos parias o unos lázaros cualquiera.

Vivamos en paz y sin atormentarnos


a pesar de los afanes de la vida y de la historia
pues Él pasa junto a nosotros, nos ama y nos cura.

Los que hemos sido bautizados,


vivamos la Cuaresma bien despiertos,
caminando en fraternidad, sin miedo,
con fe, esperanza y amor sostenidos,
y fijos los ojos en Jesús Nazareno
que va junto a nosotros abriéndonos camino.

(Florentino Ulibarri)

ACTIVIDAD 1 EN PEQUEÑOS EQUIPOS

La cuaresma es un camino.

¿A dónde nos lleva?


Nos lleva directamente al encuentro con Cristo, Vivo y Resucitado

¿Dónde termina este camino?


Desemboca en la celebración de la Pascua, el paso de la muerte a la Vida.

¿Por qué necesitamos recorrer este camino?

Hay personas que creen que la Cuaresma es como un camino de dolor, de


tristeza, de muerte. Pero, todo lo contrario, la Cuaresma es un camino que
produce vida en abundancia, pues Cristo es la vida y durante todo este
peregrinar será Él quien nos acompañe con su Palabra.

¿De quién nos debemos acompañar en este caminar?

Entendamos esta Cuaresma como un “caminar con Cristo”, acompañados y


guiados en todo momento por su Palabra, por sus enseñanzas y su testimonio. El
encuentro con Él nos ayudará a ir dando pasos certeros hacia el encuentro
con nosotros mismos, encontrando el sentido de todo lo que hacemos o
dejamos de hacer y poniéndonos en camino para entender que es lo que
deberíamos hacer o dejar de hacer.

¿De qué debemos tratar de liberarnos?

Libertad para liberarnos de todo aquello que nos ata y que no debemos buscar
muy lejos de nosotros mismos.

Liberarnos de todas aquellas “libertades”, que muchas veces defendemos, y que


nos alejan de Cristo: la defensa de nuestros intereses, de nuestras comodidades,
de nuestros proyectos, de nuestro tiempo, “El que quiera venir en pos de mí, que
se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga” (Mc 8, 34)

Compartamos: ¿Qué cosas defendemos que nos apartan de Cristo?

¿Qué es la conversión?

Es dar un giro radical, despojarnos de todo aquello que nos paraliza, que nos hace
permanecer inmóviles en la búsqueda del rostro de Dios. No habrá conversión sin
la decisión, firme y humilde al mismo tiempo, de hacer que Su rostro brille en
nuestra vida, nos inunde con su luz y con su belleza. En este camino de salida, la
persona descubre que no es el centro, que la conversión supone el descentrarse
para que Dios ocupe el lugar que le corresponde.

¿De qué se trata volver al camino del cual nos hemos alejado?

Se trata de retomar el camino que nos ayude a volver a escuchar su Palabra con
esa fuerza que nos convence, que nos admira, que hace vibrar el corazón. Que
nos ayude a verlo y volver a sentir el deseo de estar con él, de vivir para él. Que
permita que vuelva a fluir en nosotros la frescura de un amor que nos hace vivir
solo para amar, como Él. Volver a descubrirlo para volver a esparcir su fragancia
por donde quiera que vayamos, con todo lo que digamos o con todo lo que
hagamos. Dice San Pablo 2 Corintios 2, 15: “Si Cristo es la víctima, somos la
fragancia que sube del sacrificio hacia Dios”

(Poner ejemplo de los trabajadores de una fábrica de perfume)

Según San Pablo, esparcimos el aroma de Cristo de cuatro maneras:

Primero, a través de nuestras palabras; cuando hablamos sobre nuestro


hermoso Señor; cuando hablamos de lo que edifica al otro, lo que lo
bendice, lo que le anima y le alienta, no lo que lo contamina.
Reflexionemos: ¿Son mis palabras un perfume para Dios? ¿A que huelen mis
palabras delante de Dios? ¿Mis palabras edifican? ¿mis palabras acercan a Dios a
quienes me escuchan?

Segundo, con nuestra vida; al hacer obras de sacrificio como el de Cristo. Al


compartir nuestros bienes con los demás, al orar por alguien que sabemos
que nos necesita.

Reflexionemos: ¿Cuántas veces en este año hemos compartido nuestros bienes


con los demás? ¿oramos por las personas que están en necesidad?

Tercero, con nuestro carácter; al reflejar el fruto del Espíritu en nuestro


carácter, comenzando con el amor, hasta el dominio propio; con las
cualidades de bondad, de misericordia, de perdón.

¿He bendecido con mi carácter a mi familia, conocidos o desconocidos? ¿domino


mi carácter? ¿domino mis palabras? ¿soy bondadoso? ¿tengo misericordia de los
errores y pecados de los demás? ¿sabemos perdonar? ¿aún me falta perdonar a
alguien en mi vida?

Cuarto: con nuestra adoración a Dios; cuando adoramos a Dios con todo lo
que somos, en espíritu y en verdad. Aunque no todos aprecien la fragancia
divina que emanamos, será como una esencia de vida para muchos.

¿cada cuánto adoras al Señor en la Eucaristía? ¿cada cuánto hablas con tu Padre
del Cielo de rodillas en tu casa en disposición de adoración?

Por un momento vamos a tratar de vivir esta Cuaresma, caminando con la


seguridad de sentirnos acompañados, guiados y confortados. Caminando con el
cayado de la Palabra de Dios, que nos ayudará a evitar pasos vacilantes. Con la
brújula de la oración que nos enseñará a descubrir, a cada momento, el camino a
seguir. Con la seguridad y el impulso de los sacramentos, que serán el alimento
que nos mantenga firmes para seguir caminando, con la confianza de que por
inciertos que hayan sido nuestros pasos siempre se puede caminar de nuevo. Con
las gafas de la limosna, que nos permitan descubrir que no caminamos solos, y
darnos cuenta que, junto a nosotros, en nuestro camino, encontramos muchos,
hombres y mujeres, que desean ser compañeros peregrinos.

Por un momento hagamos un desierto personal, pero debemos saber que, en el


desierto viviremos la tentación, pero no vayamos solos, vayamos con las
herramientas necesarias para poder cruzar este momento de desierto y luego
en el Tabor buscaremos las respuestas inmediatas y fáciles, seguirán llegando
nuevas oportunidades para llenar nuestro templo de cosas que deberían quedar
fuera, nos conformaremos con caminar en tinieblas y esperaremos siempre el fruto
de nuestro campo sin ni siquiera haber vivido el proceso de la siembra.

Leer Evangelio sobre las tentaciones: Mateo 4, 1-11

Salir al desierto

El Espíritu condujo a Jesús al desierto. Lo adentró en él y allí permitió que


estuviera expuesto a toda clase de tentaciones, pero en ningún momento lo
abandonó, sino que estuvo presente en cada respuesta firme que Jesús daba ante
las tentaciones.

El desierto es un momento de encuentro, de fortalecimiento de nuestra propia


debilidad, pero sobre todo un momento de confianza, que nos prepara para el
camino que debemos recorrer.

El desierto, según la Sagrada Escritura, se nos presenta no solamente como un


lugar geográfico, sino también con un marcado carácter espiritual.

¿Qué podemos aprender al estar en un desierto? Si echamos una mirada a la


imagen que podemos tener de un desierto lo descubrimos como un lugar
inhóspito, aparentemente sin vida o donde la vida es extremadamente difícil. Es un
paraje solitario y silencioso, donde pueden aflorar miedos, inseguridades y
limitaciones.

Pero no es solamente esta imagen la que nos interesa vislumbrar del desierto,
sino la imagen espiritual que podemos entender desde ella.

¿Qué podemos aprender de este desierto?

Nos ofrece la necesidad del despojo de nuestro propio yo. La inmensa aridez que
te rodeará hará desaparecer de ti todas aquellas cosas que no son
Imprescindibles en tu vida. Desnudará tu alma, y te despojará de todo lo que no te
encamine hacia Dios.

Nos hará experimentar nuestra fragilidad y limitaciones, el lugar de la prueba y la


purificación.

Como Jesús, haremos cara a la seducción de la tentación, pero con la mirada


puesta en la Pascua que nos infundirá la confianza en la victoria prometida.

El desierto cuaresmal será el lugar donde aprendemos a mantenernos en la


actitud de búsqueda que nos permita el encuentro personal con Cristo desde una
oración más sincera, más cercana, más profunda, despojada de todo aquello que
nos impida el diálogo directo con el Señor, donde nos encontremos a solas con Él,
sin ocultarle nada de los que somos, y donde Él nos lleve para restituirnos,
para encontrarnos de nuevo.

“Yo la voy a enamorar: la llevaré al desierto y le hablaré al corazón” (Os


2,14).

El profeta Oseas nos ayuda a entender este significado espiritual que el desierto
puede tener en nosotros: “y allí cantará como cantaba en los días de su juventud”.

Oseas nos presenta la imagen de Dios que ante la infidelidad del pueblo de Israel
no lo abandona a su suerte, sino que lo conduce al desierto para restaurar con él
su promesa de amor y fidelidad. Por tanto, el desierto es para todos nosotros ese
lugar donde, quizá nos adentremos con angustia, con dolor, pero donde sin duda,
si nos dejamos conducir por el Espíritu nos encontraremos con Dios.

Escuchemos lo que nos dice el Papa Francisco:

“El desierto es el lugar en el cual se puede escuchar la Palabra de Dios y la


voz del tentador. En el rumor, en la confusión, esto no se puede hacer; se
escuchan sólo las voces superficiales. En cambio, en el desierto, podemos
bajar en profundidad, donde se juega verdaderamente nuestro destino, la
vida o la muerte. ¿Y cómo escuchamos la voz de Dios? La escuchamos en su
Palabra. Por esto es importante conocer las Escrituras, porque de otra
manera no sabemos responder a las insidias del Maligno. Y aquí quisiera
volver a mi consejo de leer cada día el Evangelio: cada día leer el Evangelio,
meditarlo un poquito, diez minutos; y llevarlo también siempre con
nosotros: en el bolsillo, en la cartera…

¿COMO SE HACE UN DESIERTO?

1. Busca un lugar cómodo y silencioso donde solo estés tú en silencio.

2. Acepta la desnudez del silencio y de la quietud aunque en algún momento , se


convierta para ti en una experiencia dura , imagina que recorres cada rincón de tu
alma no lo haces solo, el ESPIRITU SANTO te guía e ilumina en tu camino.

3. Intercambia los tiempos necesarios de contacto con la naturaleza: el campo, la


montaña, el mar, el jardín pueden ser lugares especiales para ello, caminas
lentamente ...como queriendo reproducir en tu andar, la ruta que estás haciendo
hacia el interior de tu corazón.

El Espíritu nos ha conducido hasta el desierto para centrarnos en nosotros, para


que queden lejos todas aquellas voces que nos impiden escuchar nuestro
corazón, para ayunar, para hacer silencio, para orar, para abrir bien los ojos y
enfrentarnos, con confianza, a todas las tentaciones que a cada momento llegan a
nosotros.

En este ejercicio permanece quieto y receptivo y Jesús va a salir hacia ti; acoge
gozoso, su llegada.

Deja que el Espíritu de Jesús entre e inunde todo tu ser. Deja que la presencia de
Jesús llegue hasta los últimos rincones de tu alma mientras vas pronunciando las
expresiones. Siente como esa Presencia toma plena posesión de lo que eres, de
lo que piensas, de lo que haces, cómo Jesús asume lo más íntimo de tu corazón.
En la fe: acógelo sin reservas, gozosamente.

Toma una posición orante. Después de pronunciar y vivir una frase, quédate un
tiempo quieto y en silencio, permitiendo que la vida de la frase resuene y llene el
ámbito de tu alma.

Jesús, entra dentro de mí.


Toma posesión de todo mi ser.
Tómame con todo lo que soy,
lo que pienso, lo que hago.

Toma lo más íntimo de mi corazón.


Cúrame esta herida que tanto me duele.
Sácame la espina de esta angustia.
Retira de mí estos temores,
rencores, tentaciones...

Jesús, ¿qué quieres de mí?


¿cómo mirarías a aquella persona?
¿cuál sería tu actitud en aquella dificultad?
¿cómo te comportarías en aquella situación?

Los que me ven, te vean, Jesús.


Transfórmame todo en ti.
Sea yo una transparencia de tu persona.

¿Hay algo en mi vida que me impida caminar que me invite a no tomarme en serio
esta jornada de desierto?

En la fe, mira y siente cómo Jesús "toca esa herida que te duele", cómo Jesús
saca la espina de esa angustia que te oprime (háblale a Jesús de lo que hoy te
angustia en tu vida, de eso que no te deja dormir, de eso que al acostarte está en
tu mente y al despertar te roba los primeros pensamientos), mira cómo te alivia
esos temores (habla con Jesús de tus temores, tus miedos, tus fracasos que te
han hecho tener miedo) , mira cómo te libera de aquellos rencores ( habla a Jesús
de aquellas personas que te han hecho daño y que te cuesta perdonar aun). Hay
que tomar conciencia de que esas sensaciones generalmente se sienten en la
boca del estómago como espadas que punzan. Por eso se habla de la espada del
dolor.

¿Cuáles son mis tentaciones más grandes? ¿Cuáles son esos apegos que no me
dejan crecer, ser adulto, que no me dejan ser? ¿Qué cosas mueven mi vida? ¿Me
atrevería a identificarlo, a ponerle nombre?

Oración: Me tienta…

Ayúdame a hacer silencio, Señor, quiero escuchar tu voz. Toma mi mano, guíame
al desierto. Que nos encontremos a solas, Tú y yo.

Necesito contemplar tu rostro, me hace falta el calor de tu voz, caminar juntos"


callar, para que hables Tú.

Quiero revisar mi vida, descubrir en qué tengo que cambiar, afianzar lo que anda
bien, sorprenderme con lo nuevo que me pides.

Me pongo en tus manos, ayúdame a dejar a un lado las prisas, las preocupaciones
que llenan mi cabeza.

Barre mis dudas e inseguridades, quiero compartir mi vida y revisarla a tu lado.


Ver dónde aprieta el zapato para urgir el cambio.

Me tienta el activismo. Me tienta la seguridad, hay que hacer, hacer y hacer. Y me


olvido del silencio, dedico poco tiempo a la oración. ¿Leer tu Palabra en la Biblia?"
para cuando haya tiempo.

Me tienta la incoherencia. Hablar mucho y hacer poco. Mostrar apariencia de buen


cristiano, pero dentro, donde sólo Tú y yo nos conocemos, tenemos mucho que
cambiar.

Me tienta ser el centro del mundo. Que los demás giren a mi alrededor. Que me
sirvan en lugar de servir. Me tienta la idolatría. Fabricarme un ídolo con mis
proyectos, mis convicciones, mis certezas y conveniencias, y ponerle tu nombre
de Dios.

Me tienta la falta de compromiso. Es más fácil pasar de largo que bajarse del
caballo y actuar como el buen samaritano. ¡Hay tantos caídos a mi lado, Señor, ¡y
yo me hago el distraído!

Me tienta la falta de sensibilidad, no tener compasión, acostumbrarme a que otros


sufran y tener excusas, razones, explicaciones" que no tienen nada de Evangelio
pero que me conforman" un rato, Señor, porque en el fondo no puedo engañarte.

Me tienta separar la fe y la vida. Leer el diario, ver las noticias sin indignarme
evangélicamente por la ausencia de justicia y la falta de solidaridad.
Me tienta el mirar la realidad sin la mirada del Reino. Me tienta el alejarme de la
política, la economía, la participación social" que se metan otros" yo, cristiano sólo
el Domingo. Misa y gracias"

Me tienta el tener tiempo para todo menos para lo importante. La familia, los hijos,
la oración al cuadragésimo lugar. Hay cosas más importantes. ¿Las hay?

Me tienta, Señor, el desaliento, lo difícil que a veces se presentan las cosas. Me


tienta la desesperanza, la falta de utopía. Me tienta el dejarlo para mañana,
cuando hay que empezar a cambiar hoy.

Me tienta creer que te escucho cuando escucho mi voz. ¡Enséñame a discernir!


Dame luz para distinguir tu rostro. Llévame al desierto de la oración, Señor,
despójame de lo que me ata, sacude mis certezas y pon a prueba mi amor. Para
empezar de nuevo, humilde, sencillo, con fuerza y Espíritu para vivir fiel a Ti.
Amén.

Es verdad que el desierto, como lugar de encuentro con Dios y con nosotros
mismos, es una experiencia enriquecedora, siempre y cuando Cristo esté en el
centro de esta soledad, y el objetivo sea el encuentro relacional con Él. La soledad
sin relación amorosa, puede devenir vacía y dañina. Lo más real es que Dios nos
quiere en relación y felices en el jardín del amor.

“Lo encontró en una tierra desierta, en una soledad poblada de aullidos: lo rodeó
cuidando de él, lo guardó como a las niñas de sus ojos” (Dt 32,1-12).

Seres humanos, hijos de Dios, cuidados con ternura por Él, y llamados a
deleitarnos con Dios mismo. Él tiene un proyecto de amor y salvación para toda la
humanidad, y es que seamos felices amándole a Él y amándonos unos a otros:

“Os doy este mandamiento nuevo: Que os améis los unos a los otros. Así como yo
os amo, debéis también amaros los unos a los otros. Si os amáis los unos a los
otros, todo el mundo conocerá que sois mis discípulos” (Jn 13,34).

Y este amor del discipulado, ha de ser el que haga florecer las tierras resecas del
corazón, devolviéndoles la vida para que vuelvan a florecer. El amor es la fuente
de la vida: “Sacaréis aguas con gozo de las fuentes de la salvación” (Is 12,3).
Nuestra realidad es esta: ser portadores de la esperanza que nos hace capaces
de hacer florecer el desierto del mundo, para convertirlo en jardín: “El poder
creador del Señor vendrá de nuevo sobre nosotros, y el desierto se convertirá en
vergel, y la tierra de cultivo será mucho más fértil. La rectitud y la justicia reinarán
en todos los lugares del país. La justicia producirá paz, tranquilidad y confianza
para siempre.” (Is 32,15).

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