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Muerte A La Oscuridad (Black Bird Academy #1) - Stella Black

Black Bird Academy es una escuela para exorcistas que busca proteger a la humanidad de los demonios. Leaf Young, poseída por un demonio, acepta la oferta de la academia para convertirse en exorcista y recuperar su libertad. La narrativa también presenta a Henry, un hombre en crisis, que se encuentra en una situación peligrosa al intentar ayudar a un joven perseguido por un extraño y su monstruoso perro.
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Muerte A La Oscuridad (Black Bird Academy #1) - Stella Black

Black Bird Academy es una escuela para exorcistas que busca proteger a la humanidad de los demonios. Leaf Young, poseída por un demonio, acepta la oferta de la academia para convertirse en exorcista y recuperar su libertad. La narrativa también presenta a Henry, un hombre en crisis, que se encuentra en una situación peligrosa al intentar ayudar a un joven perseguido por un extraño y su monstruoso perro.
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Black Bird Academy es una oscura escuela en la que se instruye a exorcistas cuya labor es

proteger a la humanidad de los demonios. Tras ser poseída por un demonio, Leaf Young
recibe una oferta de la academia: si se forma para convertirse en exorcista, recuperará su
libertad.
Stella Tack

Black bird Academy


Muerte a la oscuridad

Black bird academy


1
Título original: Black bird Academy, Töte die Dunkelheit
Stella Tack, 2023
Traducción: Lidia Pelayo, 2024

Revisión: 1.0

15/02/2025
Queridx inlover:
Con este libro hemos querido enamorarte. Enamorarte, pero bien. Y,
aunque el amor tiene mucho de destino, aquí no hemos dejado nada al azar.
Cada historia, cada trazo, cada detalle están diseñados con alma y cariño
para que te olvides del mundo exterior y te dejes envolver por la magia de
una buena trama.
La vida es mucho más compleja que la ficción. Puede que el amor todo
lo cure, pero también una buena novela, y la intensidad de un flechazo se
abraza mejor cuando se comparte con alguien que a veces se encuentra
entre las páginas de un libro. Por eso nos gustan las historias de conexión,
escritas a fuego lento, esas que nos dejan la cabeza y el corazón por las
nubes.
Porque el amor tiene muchas formas y no siempre sabemos lo que
queremos. Hay días en que nos sentimos estrellas del rock y otros,
cazadores de demonios. Pero siempre, protagonistas de nuestra propia
aventura, fuertes contra viento y marea, y merecedores de los mejores
capítulos de amor.
Para que sueñes, descubras y vivas.
Te invitamos a leernos.
Para mi marido Leander,
que nunca se leerá este libro
porque está esperando a que hagan la película.

Te quiero, tonto <3


PRIMERA LECCIÓN

«La magia es un gran saber oculto;


la razón es una gran necedad revelada».
PARACELSO
Prólogo

S i Henry hubiera sido un cobarde, ahora estaría de vuelta, habría


regresado a su casa en Central Park, se habría metido en la bañera y
habría dormido la mona. La mañana siguiente, vestido con unos zapatos
nuevos, un traje de rayas finas y la corbata que le había regalado su madre
por Navidad porque combinaba con sus ojos azules, habría aparecido de
nuevo en el trabajo. Habría subido hasta la decimoctava planta, se habría
sentado tras su escritorio y le habría pedido a la secretaría rubia de su padre,
con la que se había liado una vez en la sala de la fotocopiadora, que le
trajera un café. Si hubiera sido un cobarde, se habría reído de los chistes
malos de sus compañeros y habría hecho como si no pasara nada. Hasta que
la policía se hubiera presentado allí para detenerlo. Porque eso es lo que
ocurriría mañana.
Pero Henry no era un cobarde. O al menos se sentía muy decidido
mientras se llevaba la botella de alcohol barato a los labios y la empinaba.
El líquido le ardía a medida que bajaba por su garganta. Entonces miró
hacia arriba. Planta por planta. El edificio Chrysler se elevaba ante él como
un engendro de acero y cristal.
Un monstruo que, desde hacía un año, le absorbía a diario de las
entrañas las ganas de vivir. Incluso a esa hora tan tardía seguía habiendo luz
en la mayoría de las ventanas.
Hasta su nariz se elevaba el aroma a perritos calientes además del hedor
de orina, sudor y humo típico de Nueva York.
«Debería saltar antes de que el mundo me empuje».
Las palabras surgieron como un susurro. Un murmullo dentro de su
cabeza. O solo una idea. El eco de una idea. Triste, se llevó la botella a los
labios y dio otro sorbo. Tenía las puntas de los dedos entumecidas, igual
que el resto del cuerpo.
Se tambaleó y pisó un charco sucio que apestaba a agua de cloaca. Mil
quinientos dólares de cuero italiano echados a perder con un solo paso.
Soltó un resoplido divertido al mismo tiempo que derramaba todas las
lágrimas que no había vertido desde hacía quince años. Parpadeó y se vio
reflejado en el agua salobre: pálido, con el cabello despeinado, los ojos
indiferentes, la corbata torcida. Aún se notaba que en algún momento había
tenido un aspecto agradable. ¿Pero ahora? Ahora parecía como si fuera una
imagen que alguien hubiera arrugado. Henry torció el gesto y volvió a
levantar la botella cuando de repente algo duro le golpeó en la espalda. El
impacto fue tan inesperado que tropezó hacia delante. El agua sucia salpicó
hacia arriba. La botella se le cayó de la mano y se hizo añicos contra la
acera provocando un fuerte estruendo.
—¿Pero qué…?
Sintió la ira acumulándose dentro de él. Le palpitaban las venas,
calientes y rojas al tiempo que sus pensamientos fluían difusos por culpa
del alcohol. Los pedazos de cristal crujieron cuando él se dio la vuelta
titubeante y espetó:
—¡Ten más cuidado!
—¡Eres tú el que está en medio, gilipollas!
La réplica mordaz se le quedó atascada en la garganta cuando vio la
cara infantil que lo observaba desde la calle. El rostro alargado, enmarcado
por rizos oscuros, se deformó en una mueca de rabia mientras el chaval se
levantaba y miraba apresurado hacia atrás por encima del hombro. Henry
siguió su mirada, pero la calle estaba bastante tranquila en comparación con
lo que era habitual en Manhattan. Estaba casi a oscuras. Tan solo una farola
y un letrero de neón con un perrito caliente bailarín ofrecían algo de luz y
hacían que brillaran los charcos de la calle. El cielo retumbaba sordo, como
si se preparara para derramar más agua en las calles.
La mirada del muchacho recorrió la calle mientras se alejaba mi paso de
Henry. Y otro. Y otro más.
—¡Eh, no tan rápido! —gruñó Henry, que agarró al chico por el hombro
para que no pudiera escapar tan fácilmente—. ¿Qué haces en la calle tan
tarde? ¿Dónde están tus padres?
El chaval lo observó con mirada burlona, como si le hubiera hecho la
pregunta más estúpida de todos los tiempos, antes de clavar la mirada en el
dedo que Henry tenía sobre su hombro huesudo.
—Quita la pezuña.
—¿No deberías estar en casa? —insistió Henry.
El chico hizo una mueca.
—¿Debería?
—Sí, deberías. ¿Cuántos años tienes? ¿Doce?
El joven suspiró y se pellizcó la zona superior de la nariz.
—Soy muy mayor para esta mierda.
—¿Qué? —preguntó Henry, aún más confundido, antes de gritar del
susto cuando el joven extendió el brazo y le tapó la boca con su pequeña
mano sucia.
—Cierra el pico —dijo el chaval y giró la cabeza de manera que sus
rizos oscuros le azotaron la delgada cara. Sus aletas nasales se movían cada
vez que tomaba aire profundamente. Era un gesto casi animal. Su mirada
estaba fija en el callejón que tenían a la espalda.
Henry se mantuvo inmóvil y masculló bajo la mano:
—¿Qué te pasa? ¿Estás metido en problemas?
—Podría decirse, sí. Nos han encontrado —respondió el joven con un
gruñido y retiró la mano de la boca de Henry.
Henry siguió su mirada y vio cómo algo salía de entre las sombras. Al
principio le pareció un paseante que caminaba con su perro. Del hombre no
se distinguía mucho más que el contorno de un sombrero y una gabardina
que ondeaba con el viento que llegaba desde atrás. No había ningún motivo
específico para ello, pero Henry se estremeció. Se le erizó el vello del
cuello y, según iba expulsando el aire, su aliento bailaba formando
pequeñas nubes ante el rostro.
La luz del letrero de neón centelleó sobre el tipo de la gabardina. Henry
vio cómo se detenía, tranquilo, bajo una farola, como si tuviera todo el
tiempo del mundo. Se oyó un chasquido cuando el extraño encendió un
cigarrillo, y una pequeña mancha brillante se iluminó justo antes de que el
hombre inhalase profundamente. Entonces empezó a hablar mientras el
humo salía de su boca.
—Así que estabas aquí escondido, Lore. Te hemos estado buscando por
todas partes —dijo el hombre con voz áspera—. Deja de causarnos
molestias y ven de una vez. Ya has jugado suficiente al gato y al ratón con
nosotros.
El chico, que estaba a su lado, se puso pálido y retrocedió.
—¿Conoces a este hombre? ¿Es tu padre? —preguntó Henry.
—Mierda —espetó el joven, se apartó de Henry y empezó a correr.
Henry tropezó, sorprendido.
—¡Eh! ¡Eh, espera! ¿Adónde vas? —le gritó al chico.
El chaval no respondió, pero el tipo de la gabardina chasqueó los dedos.
El ruido resonó inusualmente fuerte en las calles y, un instante después, un
gruñido profundo atravesó el callejón, lo que hizo que a Henry se le
volviera a erizar el vello del cuello. El perro, con el cuerpo estilizado y
negro, el hocico largo y las orejas puntiagudas, parecía un dóberman, pero
tenía algo perturbador. Saltó hacia delante con una única zancada enorme y
le cortó el paso al chico. Un gruñido profundo salió de la garganta del
animal, lo que provocó que Henry, aterrorizado, retrocediera dos pasos.
—¿Pero qué…? —logró proferir mientras el muchacho se daba la
vuelta, agitando los puños y gritando al extraño.
—¿Cómo te atreves? Alvy, sujeta a tu bicho asqueroso o te arrepentirás.
La punta del cigarrillo volvió a resplandecer y, mientras el hombre
(¿Alvy?) reía, el humo se acumulaba de nuevo delante de su rostro.
—Deja de esconderte, Lore. Esto está empezando a ser patético, ¿no
crees? Llevo semanas persiguiéndote, y tus escondites son cada vez más
desesperados.
El chaval escupió.
—Que te den, Alvy, o…
—¿O qué? Ya no estás en posición de exigir nada. Solo puedes seguir
huyendo. Todo el sindicato te está buscando. Y te encontraremos, no
importa dónde te escondas.
El perro volvió a gruñir, y a Henry le pareció que aumentaba de tamaño.
El animal bajó la cabeza y redondeó la espalda de manera que le salió una
gran joroba. Henry se colocó instintivamente delante del muchacho y miró
a Alvy.
—¿Es usted el padre del chico? Porque si no lo es, váyase con su
chucho o llamo a la policía.
El tipo exhaló despacio. Cuando lanzó el cigarrillo salieron chispas de
sus dedos que se fueron extinguiendo en el aire.
—Lárgate, tío. Esto no tiene que ver contigo.
Henry se tambaleó y maldijo el alcohol que había bebido.
—¡Voy a llamar a la policía! —repitió en voz alta, a pesar de que el
miedo hacía que le bajase un chorro de sudor por la espalda. Su aliento
flotaba en nubes irregulares ante su rostro, como si en el último par de
minutos la temperatura hubiera descendido varios grados—. Voy a… —dijo
y sacó el móvil.
Alvy chasqueó los dedos, y el perro gruñó. Sonó un crujido y luego se
oyó un ruido como de huesos quebrados, mientras el perro aumentaba y le
salía algo de la joroba. Henry gritó, tropezó hacia atrás y se lanzó delante
del chico.
Este lo agarró del brazo y le susurró:
—Corre, o…
Pero el perro fue más rápido. Antes de que el chaval pudiera terminar la
frase, el animal se había abalanzado hacia delante mostrando los dientes.
Lleno de rabia, sus colmillos aferraron con una fuerza desmedida la
pantorrilla de Henry. Durante un breve instante, Henry se sorprendió tanto
que solo fue capaz de quedarse mirando cómo los dientes se hundían en su
carne. El perro gruñó, los huesos crujieron y entonces llegó el dolor: un
destello de luz resplandeciente que recorrió el cuerpo de Henry. Sentía
como si le hubieran arrancado la pierna. Sus rodillas se doblaron y gritó de
dolor más que en toda su vida. Miró con horror al monstruo que tenía
delante, pero parecía que sus ojos le estaban jugando una mala pasada
porque el animal se iba volviendo cada vez más grande. Fue aumentando
hasta convertirse en un auténtico monstruo. Aún tenía pelaje, pero ahora la
bestia resultaba en cierta forma humana. La enorme parte superior del
cuerpo se transformó en dos brazos peludos que se asemejaban a los de un
mono. El rostro era tosco, como si lo hubieran golpeado con una piedra, con
el hocico aplastado, la nariz húmeda y unos ojos negros que lo miraban
desalmados mientras unos cuernos sobresalían del cráneo deformado. Un
hedor abrumador a pelaje húmedo y aliento putrefacto golpeó a Henry.
Un sollozo se escapó de su pecho cuando el monstruo echó la cabeza
hacia atrás de golpe y lanzó a Henry como si fuera un muñeco contra la
pared de la siguiente casa. El crujido que resonó en su cabeza no auguraba
nada bueno; empezó a ver borroso, y un grito se quedó atrapado en su
garganta. Henry se desplomó. El monstruo le gruñó mientras le goteaban
espumarajos y sangre roja de los belfos. Henry jadeó e intentó alejarse
gateando, pero tenía el muro a la espalda. El animal le miró fijamente con
ojos enojados y de una inteligencia alarmante. Abrió la boca para emitir un
gran rugido y se abalanzó hacia delante.
Henry levantó los brazos para protegerse la cara, y el agua de un charco
le empapó el traje. Horrorizado, cerró los ojos con fuerza… pero en lugar
de notar cómo los dientes perforaban su carne blanda, de repente oyó el
alarido ensordecedor que emitía la abominable bestia. Jadeando, Henry
volvió a abrir los ojos y vio al chico de pie ante el monstruo. Un trozo de
cristal sobresalía del ojo del perro, y su sangre salpicaba la cara del niño.
—¡Otra vez no, joder! —vociferó Alvy por encima del aullido.
Con un resoplido despectivo, el muchacho sacó el cristal del ojo del
perro, se giró, agarró la mano de Henry y le ayudó a incorporarse.
—¡Vete! —le gritó.
Henry estaba tan perplejo que, aunque en realidad sí se estaba
moviendo, sentía que se había roto en miles y miles de pequeñas partículas.
La mano volvió a empujar a Henry; tras ellos oía el gruñido de la bestia y
una orden cortante de su amo.
Henry corrió. Corrió como alma que lleva el diablo mientras intentaba
entender lo que había visto. No podía ser real. Había bebido demasiado. Él
era un cobarde, por eso se había ido a casa. En realidad estaba en su bañera
durmiendo la mona. Por la mañana abriría los ojos hinchados, se cambiaría
de traje e iría al trabajo. Pediría que le trajeran un café, se reiría de las
bromas de sus compañeros y después sería arrestado por evasión de
impuestos.
Pero Henry era un cobarde. No quería morir. Esto no era real, no era
real, no era real…
—¡Por ahí! —Y el chico lo arrastró por otro callejón, arrojando al suelo
todo lo que encontraba a su paso. Las cajas de cartón reventaban contra el
pavimento, esparciendo estrepitosamente su contenido mientras el joven
agarraba a Henry y lo empujaba dentro de un cubo de basura.
—¡Métete ahí! —siseó.
—¿Qué…? —dijo Henry, pero el chico ya se había metido en la basura
de un salto.
Henry oyó rugir al monstruo a su espalda y por fin reaccionó. Sus
instintos lo dominaron y trepó al gran cubo de basura. Al segundo siguiente,
el chico había bajado la tapa del cubo, y quedaron a oscuras. Henry solo
escuchaba su propia respiración, que le resonaba con fuerza en los oídos.
Inspira.
Espira.
Inspira.
Espira.
Tragó saliva y saboreó la sangre con la lengua.
—Esto no es real, no es real… —murmuró para sí mismo y se hundió
aún más en la basura.
—Sssh… —le chistó el chico, tajante, y Henry contuvo la respiración.
Lo oyó por encima de los latidos de su corazón. Ruido de garras, unas
garras que estaban muy cerca. Un gruñido siguió a ese sonido, y Henry se
mordió la lengua para ahogar un gemido.
Esto no era real, no lo era…
El ruido de las garras se oía sobre ellos. Henry se quedó de piedra
cuando la tapa se movió hacia atrás y apareció un hocico olfateando. Unos
dientes resplandecieron. Henry vio cómo los hombros del chaval se
tensaban cuando un silbido interrumpió el gruñido. El hocico retrocedió.
—¡Deja de husmear en la basura, bicho estúpido! ¡Sigue buscando!
La bestia refunfuñó. Henry la vio enseñar los dientes y sintió que algo
húmedo y viscoso caía sobre su mejilla. Un gemido quiso escapar de su
boca, pero el chico se acercó rápido a él y le tapó la boca. Su pequeña mano
olía a plátanos podridos.
—Vamos, que no tenemos todo el día —ladró Alvy.
Se oyó una palmada. La bestia gritó como si le hubieran propinado un
golpe o una patada. Después soltó un gruñido. El contenedor sufrió una
sacudida cuando el animal se apartó de un salto y echó a correr.
Henry inspiró desesperadamente aire en los pulmones. Después, solo
silencio. Sin embargo, la mano seguía tapándole la boca. No se movía nada,
excepto las cucarachas del contenedor de basura.
—No puedo respirar —susurró finalmente Henry.
—Calla —siseó el muchacho—. El bosam está casi ciego, pero lo oye
todo, y en cuanto salgamos de este agujero apestoso, volverá a olernos.
«¿El bosam?».
¿Se refería a esa bestia? ¿Pero qué mierda de bicho era ese? Henry se
sacudió cuando el chico retiró la mano de su boca y empezó a mirar con
desconfianza fuera del contenedor.
—¿Siguen ahí? —susurró Henry.
El chico levantó la mano y le hizo callar. De nuevo, se quedaron
escuchando hasta que el chaval finalmente suspiró y miró a Henry por
encima de sus hombros estrechos.
—Se han marchado. Vamos. Tenemos que darnos prisa.
En silencio, apoyó las manos sobre el borde del contenedor y salió de él
de un salto. Henry lo siguió con bastante menos elegancia. Cuando aterrizó
en la calle, la pierna mordida se dobló bajo su peso. Consiguió reprimir un
grito, apretó la mandíbula y, jadeando, se apoyó contra la pared de la casa.
—¿Qué…? ¿Qué era esa bestia? —jadeó.
Le colgaban mechones de cabello rubio sobre la cara. El chico estaba
frente a él. Pálido y delgado, como un fantasma. La oscuridad lo rodeaba,
como si se estuviera fusionando con ella.
—No era un perro.
—¿Y qué era?
Henry no obtuvo respuesta. Parpadeó y se tambaleó sobre su pie
tembloroso. ¿Estaba sangrando mucho? Se sentía extrañamente húmedo.
—Hay que llamar a la policía y a una ambulancia. Tengo que ir al
hospital —masculló.
Las palabras sonaron extrañas cuando salieron de su boca. Buscó su
teléfono y presionó la pantalla con los pulgares. Cayeron unas gotas. Había
empezado a llover otra vez. El suave chapoteo de la lluvia empezó a
deslizarse sobre él mientras, temblando, tecleaba el código. En ese
momento, unos dedos pequeños y sucios lo agarraron y se lo arrancaron de
la mano.
—¿Qué haces? ¡Hay que llamar a la policía! —se quejó Henry.
—No tenemos tiempo para eso.
—¿Pero tú estás loco? Devuélveme el puto móvil. ¡Tenemos que
pirarnos de aquí! —jadeó Henry nervioso. Su voz resonó con fuerza.
El chico lo miró serio. Parpadeó, y allí estaba de nuevo. La oscuridad se
acumulaba en sus iris, se fue volviendo cada vez más densa y finalmente
llenó los globos oculares. Los ojos, negros como dos canicas húmedas,
miraban al cielo. No había vida en ellos; era como si se tragaran toda la luz.
Esa no era la mirada de un niño. No eran los ojos de una persona
normal. A Henry le recordaba a la mirada del perro monstruoso: malvada y,
al mismo tiempo, horriblemente inteligente.
Henry retrocedió, pero tan solo pegó la espalda a la pared.
—¿Quién o qué eres? —preguntó.
El chico dio un paso hacia delante. Las gotas de lluvia resbalaban por
entre sus rizos oscuros.
—Me llamo Lore. Siento mucho que hayas acabado metido en todo
esto, pero no tenemos tiempo. Alvy seguirá buscándome, y tengo que tomar
prestado tu cuerpo.
—¿Que tienes qué…?
A Henry no le dio tiempo a terminar la frase porque algo perforó su
pecho, con tanta fuerza que le rompió el esternón. Estaba tan alumbrado
que tan solo podía mirar hacia abajo, al fragmento de vidrio en su pecho y a
la pequeña mano que lo sostenía.
El chico le detuvo frente a él con sus espeluznantes ojos negros y lo
observó.
—Perdona, puede que esto sea un poco molesto.
Henry abrió la boca y se deslizó por la pared. De la comisura de la boca
le goteaba sangre.
—No te esfuerces. Ya termino —le prometió el joven y se enderezó.
Henry tomó aire ruidosamente. Durante un breve instante solo vio su
aliento flotando ante él. Un momento después se oyó un crujido espantoso.
Henry parpadeó. El chico había inclinado la cabeza tanto hacia atrás, que se
había partido el cuello. Su pequeña boca estaba abierta en un grito mudo, y
de ella emanaba un humo oscuro.
Henry abrió los ojos y quiso gritar, pero de su boca no salió ningún
sonido. No podía hacer nada más que tumbarse en el suelo húmedo y ver
cómo unas estrías negras aparecían en el cuerpo del joven. Este emitió un
estertor y empezó a temblar como si se estuviera retorciendo en espasmos.
Los ojos giraban dentro de las cuencas mientras le seguía saliendo una
especie de humo de la boca: unos vapores oscuros, en cuyo interior
palpitaba algo que recordaba vagamente al ritmo de los latidos de un
corazón. La niebla descendió hasta el suelo y se deslizó hacia Henry como
una serpiente.
Este lloraba por el pánico y un velo de lágrimas cubría su campo de
visión. Era un sueño. No era real, solo un sueño, un sueño, un sueño. No era
posible. Fuera lo que fuese, no era posible. Era algo innatural. Sobrenatural.
Quería despertar, despertar, ¡despertar!
¿Pero por qué le pareció tan real cuando el humo negro alcanzó su cara?
Gimiendo, giró la cabeza e intentó contener la respiración mientras el humo
negro le tocaba la cara y serpenteaba entre sus labios apretados. El sabor a
ceniza, piedra helada y algo antiguo inundó sus sentidos. La presión
inundaba sus oídos. Henry gritó. Gritó con tanto fervor que se le escapó un
sonido del pecho. El grito sonó desesperado, quebrado y crudo. Nada
similar a lo que se esperaba que saliera de la boca de un ser humano. Y
mientras la oscuridad cubría su campo de visión, Henry sintió… algo. Algo
que no era él mismo. Extraño y diferente. No humano. Algo que se incrustó
en él y llenó sus venas hasta que estas parecían a punto de estallar.
Sobresalían, negras y gruesas, de su piel.
Henry se aferró con firmeza, aunque ni siquiera sabía a qué. ¿A sus
últimas chispas de vida? Finalmente oyó en su cabeza una voz desconocida
como amortiguada por el murmullo de las olas del mar.
—Adiós, Henry.
Sintió un empujón. Perdió el equilibrio y cayó, solo que esta vez no se
precipitó a un abismo. No fue como quedarse dormido, sino como una
respiración, y Henry ya no estaba. El chico se desplomó.
Durante un breve y siniestro momento reinó el silencio. No hubo ni un
movimiento. Tan solo el hedor a muerte flotaba en el aire y se oía el
golpeteo de la lluvia. Un callejón más allá, la vida en la ciudad de Nueva
York seguía su curso. Nadie había visto ni oído lo que acababa de ocurrir
allí.
Hasta que un dedo del hombre se movió.
Y luego se movió un segundo dedo.
Y se alzaron las pestañas.
El hombre abrió los ojos. El color azul había desaparecido. Los ojos,
negros como dos canicas húmedas, miraban hacia el cielo. En ellos no se
reflejaba ni un atisbo de vida, era como si se tragaran la luz.
Una sonrisa de satisfacción apareció en sus labios. Una respiración
profunda elevó el pecho y, con un movimiento grácil, el hombre se puso de
pie. Despacio, con los dedos ensangrentados, palpó su nueva cara. Tocó el
cabello rubio, deslizó la mano por los pómulos perfectamente curvados
hasta la nariz recta y la detuvo un momento en los labios carnosos.
—Mejor, mucho mejor —murmuró y empezó a abrocharse la chaqueta.
Despacio y con cuidado, como si saboreara los movimientos de su cuerpo
nuevo, mientras observaba al chico que yacía a su lado.
El chico no se movía. La lluvia caía sobre él.
Se ajustó la corbata azul y pasó, despreocupado, por encima del
muchacho.
—Joder, por los pelos… —murmuró y se fundió con la oscuridad.
1
Leaf


U na hamburguesa con extra de kétchup para la mesa diez, pastel
de carne para la cinco, perritos calientes sin pan y extra de
mostaza para la dos. Unas tortitas de arándanos con beicon y un huevo frito
sin la yema para llevar, por favor. Pero empaquetadlo mejor que la última
vez, que no quiero tener otra queja porque el huevo frito se ha convertido en
unos huevos revueltos —grité para la cocina.
Como respuesta se oyó una retahíla de maldiciones.
—¿Estamos en el Ritz o qué son todas esas exigencias? —me bufó Cox.
La grasa salpicó, y una nube de vapor envolvió el cuerpo de mi jefe.
—¿Tienes los gofres integrales? —repliqué yo.
—Me pagan muy poco para esta mierda —gruñó Cox y me lanzó un
plato por el pasaplatos.
—Tú eres el jefe, así que podrías pagarte más —respondí, divertida, y
cogí el plato.
Mi jefe se limpió el sudor de la frente. La cadena que delataba que había
sido marine le colgaba sobre la camisa blanca mientras me gruñía.
—O te lo quito de todo lo que se está metiendo tu hermano —y señaló
con la barbilla la última mesa del restaurante.
Al lado del tocadiscos se veía el cabello negro de mi hermano MJ. Tenía
la nariz hundida en un cómic. El plato que tenía delante estaba vacío.
Miré a Cox con culpabilidad.
—Tiene quince años, está creciendo.
—Se ha tragado tres platos de tortitas y dos batidos. No está creciendo,
es un pozo sin fondo.
—Hablaré con él —le prometí a Cox y me coloqué el plato en el
antebrazo.
Mi jefe frunció el ceño y se giró mientras movía la cabeza en señal de
desaprobación.
—En mis tiempos, cuando eras joven hacías más cosas que meter la
nariz en los cómics y lanzar dados raros…
Lo dejé refunfuñando y llevé el plato a la mesa tres.
—Aquí tiene. ¿Quiere un café?
—No, gracias.
—Eh, Leaf, ¿me sirves un poco más? —me dijo una voz seca desde la
barra.
—Claro, Al —Recogí rápidamente un par de servilletas del suelo y
entré en la barra—. Un minuto —le dije y dejé la cafetera vacía mientras
hervía una segunda.
—Ponme también uno de esos pasteles, querida —murmuró Al sin
levantar la vista del periódico.
—Piensa en tu colesterol —respondí mientras le llenaba la taza.
Frunciendo el ceño, Al miró hacia arriba y se colocó bien las gafas de
concha.
—¿Quién eres? ¿Mi mujer?
Le miré divertida y deseé que no se hubiera dado cuenta de que le había
estado sirviendo café descafeinado desde hacía una hora.
—No, soy tu camarera; la que te sirve tres comidas al día desde hace
seis años. Y, créeme, no aguantarás otra operación de corazón —repliqué.
Al me miró enfadado.
—Pues te has quedado sin propina.
—Son veinte dólares con cincuenta. Y ambos sabemos que sí me vas a
dar propina, así que serían veintitrés.
Al refunfuñó y me dio un par de billetes arrugados.
—Quédate el cambio, pero no se lo digas a Cox o ese avaro te pagará
solamente con lo que saques de las propinas.
—Hasta mañana, Al. No te olvides el paraguas. —Señalé con la barbilla
el ventanal, contra el que las gotas de lluvia golpeaban tan rápido y fuerte
que era casi imposible ver algo del exterior.
Gruñó algo de que le hormigueaba un dedo del pie, lo que no auguraba
nada bueno, mientras yo servía café a otro cliente. Luego le di un golpecito
con el codo a Missy, que llevaba mirando la televisión veinte minutos
mientras llenaba despacio los saleros. Sonó un «¡pop!» cuando una pompa
rosada de chicle se formó entre sus labios oscuros cubiertos con pintalabios.
—Missy, perdona que te moleste, pero ¿podrías encargarte de los
clientes? —Y apunté con la cabeza a la entrada, hacia una familia con unos
niños gritones que acababa de entrar. Bajo ellos se había formado un charco
de agua de lluvia. Hacía días que llovía, y si se hacía caso a la tía del tiempo
que acababa de anunciar el pronóstico para el resto de la semana, las cosas
no mejorarían pronto.
La pompa explotó. Missy lanzó una mirada fugaz a la familia a través
de sus párpados llenos de maquillaje abundante y abrió la boca.
—No, gracias —dijo y empezó lentamente a llenar de nuevo los saleros.
—¿Y por qué no? —intenté que mi voz sonara neutral, aunque la actitud
de Missy me sacaba de mis casillas. Hacía tres semanas que la joven de
diecinueve años trabajaba aquí, pero desde entonces ya había faltado cuatro
veces, la mayoría de veces llegaba a su turno tarde o tras haber trasnochado,
y parecía que odiaba el trabajo. Lo único por lo que mostraba un interés real
era un cliente que venía desde hacía un par de días.
Me mordí la lengua para contener un comentario sarcástico.
—Odio los dedos de los niños. Son pequeños y están pegajosos.
«Respira, Leaf. Tú también has sido adolescente».
—Sí, los dedos de los niños son así.
—Siempre manchan todas las cartas.
—Por eso están plastificadas.
—Es asqueroso.
Cerré los ojos un segundo.
—¡Missy! —dije con tono cortante.
El sonido del timbre nos interrumpió.
—Los pedidos de las mesas cuatro y cinco están listos, y no van a
servirse solos —nos espetó Cox.
Levanté una ceja y lancé a Missy una mirada elocuente.
—¿Dedos de niños o servir platos?
Missy suspiró, se levantó de la barra y se dirigió al pasaplatos.
Pues vale.
Sonriendo, me volví hacia la familia empapada e hice clic con el
bolígrafo.
—Bienvenidos a Cox’ Diner. Me llamo Leaf y seré su camarera hoy.
¿En qué puedo servirles?
—¿Tienen café? Fuera hace mucho frío y está cayendo un diluvio. No
hemos avanzado ni un metro —dijo el padre con un suspiro.
—Todo el café que quiera —le aseguré mientras la mujer inspeccionaba
la carta con el ceño fruncido.
Un trueno fuerte me hizo mirar hacia fuera preocupada. Mi propio
reflejo pálido me observaba desde el ventanal. Llevaba puesto el uniforme
amarillo que se me había encogido al lavarlo así que, sin pretenderlo, tenía
más escote del habitual y la falda más corta acentuaba la redondez de mi
trasero. En el instituto ya era la de las tetas y el culo. Esos genes,
claramente, no provenían de mi madre. Ella pertenecía a esa clase de
personas que pueden comer lo que quieran sin engordar. Ese, obviamente,
no era mi caso. Lo único que tenía delgado era la cintura, que combinado
con lo demás me había atribuido el apodo de «Betty Boob». Las pocas
veces que había intentado quitarme los kilos de más en el gimnasio había
acabado tomando un smoothie mientras veía cómo mi compañera de piso
ligaba con el entrenador. Al menos habíamos averiguado que era posible
ganar peso en el gimnasio si te terminabas seis smoothies en apenas una
hora.
Aparté con un soplido un mechón de pelo de mi cara en forma de
corazón, de la que opinaba que lo único interesante eran mis ojos verdes.
Como era de esperar, estaban enrojecidos por el turno de doce horas que
hacía por tres dólares la hora. Por lo menos me quedaba con las propinas.
Observé mi cabello moreno oscuro que si bien no decidía si quería ser
rizado o liso, sí era rebelde, así que lo llevaba atado con un coletero hacia
atrás. Estaba deseando que acabase el turno para soltarlo y librarme de la
sensación de tensión junto con el olor a fritanga.
La lluvia golpeaba con tanta intensidad los ventanales del restaurante
que parecía que caía una cortina de agua. Un rayo violento resplandeció en
el cielo. El consecuente trueno fue tan intenso que las tazas vibraron en las
mesas.
La luz de color amarillo neón del restaurante titiló. Apenas duró más
que un parpadeo, y durante un momento breve vi una figura alta parada
bajo una farola que me observaba a través del ventanal del restaurante.
Otro trueno. La luz de la farola parpadeó frenéticamente. Durante un
segundo, el exterior se quedó a oscuras. Cuando la luz volvió a iluminar la
calle, la figura había desaparecido. Lo único que quedó fue mi horrible
expresión en el reflejo de la ventana. Sentí cómo la piel de los brazos se me
ponía de gallina y se me aceleró el pulso mientras examinaba nerviosa la
calle. Pero, joder, ¿había visto algo de verdad? Allí no había nadie, ¿no?
Mis compañeras de piso tenían razón: tenía que ver menos series de true
crime.
—Este local está que se cae. ¿Podrían al menos subir la calefacción?
Hace un frío que pela. ¿Señorita? ¿Señorita?
La voz refunfuñona devolvió mi atención al restaurante.
—Voy a subirla —le aseguré y anoté el resto de su pedido. Giré sobre
mis talones y temblando me froté los antebrazos, donde seguía teniendo la
piel de gallina. Era cierto, ahora sí que hacía frío.
—Eh, Cox, el pedido de la ocho —Con un golpe, le dejé la nota en la
barra—. Ahora que están todos atendidos, me gustaría tomarme mis quince
minutos de descanso, si no hay inconveniente.
Me respondió un gruñido que me tomé como una señal de aprobación.
Me serví una taza grande de café y me dirigí al hueco que había detrás del
tocadiscos.
—Me gustaría saber por qué hay tentáculos y pechos en la portada de
ese libro. ¿O es que las matemáticas ahora son diferentes a cuando me
gradué yo? —le pregunté a mi hermano y di un gran trago a mi café al
mismo tiempo que el cómic se cerraba repentinamente.
—¿Qué…? Joder, ¿qué haces aquí? —MJ me fulminó con la mirada
mientras yo le birlaba la última tortita del plato.
Trabajar. Y tú deberías estar haciendo deberes y no… eso —Señalé el
cómic con el tenedor, y MJ, con un movimiento demasiado rápido, lo
guardó en la mochila que tenía debajo.
—Ya he acabado los deberes. Quería…
—¿Librarte de la monstruosa madrastra? —pregunté, y MJ frunció el
gesto.
—Tiene un nuevo gurú.
—¿El tío de los hurones disecados?
—No, el tipo del libro de cocina.
—¿Ah, sí?
—Hace una semana que comemos solo comida macrobiótica.
—Suena… muy biótico.
—No comemos prácticamente nada que pueda tener sombra. Ni siquiera
papá está mucho en casa y le he descubierto escondiendo salami debajo de
las toallas.
—Pobre Bob —murmuré.
—Ahora todos olemos a salami, y eso está volviendo paranoica a
Cherry.
MJ pasó los dedos por sus densos rizos negros, que no se parecían en
nada a mi caos oscuro de color avellana. Tal vez fuera porque compartimos
aversión hacia las verduras, pero no los mismos genes. Mi madre y su padre
estuvieron casados durante dos años. Para Bob Brown, cuya primera esposa
había fallecido, ese era el segundo matrimonio. Brown trajo a MJ de aquella
primera unión. Para mi madre, Bob Brown fue el marido número cuatro y el
motivo por el que hacía seis años nos habíamos mudado de Michigan a
Nueva York.
Pero ese matrimonio tan solo duró dos años.
Quizá dos años no parezcan mucho tiempo, pero esos años habían sido
los mejores de mi vida. Incluso ahora MJ y Bob eran lo más parecido a una
familia estable que tenía. Ellos eran, entre otros, el motivo por el que me
había quedado en Nueva York cuando se acabó el matrimonio y mi madre
se marchó a Hawai con el marido número cinco. En lugar de mudarme con
ella, me quedé con Bob y MJ, terminé el instituto y me apunté en la
Universidad de Nueva York. El año de universidad en el que por fin me
decanté por el trabajo social en la rama de Derecho era tan perfecto que
obviamente tendría que surgir un inconveniente. Es lo que me pasaba
siempre. Ese inconveniente surgió también esta vez. Y se llamaba Cherry.
Bob dijo que era «amor a tercera vista». Yo pensé que era el intento de
Bob por superar a mi madre, pero no podía culparlo por querer recomponer
los pedazos que ella había dejado a su paso. A River Young se le daba muy
bien dejar atrás corazones rotos mientras el suyo era tan liviano como un
colibrí. Su estilo era tan cautivador y atractivo para los hombres como su
afición al dramatismo. Se enamoraba rápido, vivía todo intensamente y, al
final, cuando había experimentado cada faceta de una relación hasta el
límite, lo dejaba todo vacío y en ruinas.
Durante mi niñez viví en una docena de ciudades. A veces con un nuevo
padrastro. A veces sola con mi madre, cuando tardaba más en superar una
relación y se dejaba llevar demasiado por el chardonnay y el arte, lo que
solía conducirla a los brazos de un hombre nuevo.
No podía culpar a Bob por intentar rehacer su vida, aunque todos
sabíamos que nadie llega a superar a River Young. Así fue como Bob acabó
con Cherry, quien por desgracia parecía sentir una profunda aversión hacia
la hija de su segunda mujer.
Suspirando, apoyé la barbilla en la palma de la mano y le susurré a mi
hermano pequeño:
—MJ, llevas horas aquí. Vete a casa.
—Te estaba esperando —mintió. Por desgracia, era un mentiroso
terrible.
—¡Ah! ¿Me esperabas a mí? —pregunté simulando estar encantada y
pestañeé exageradamente—. ¿Desde cuándo me llamo Missy?
MJ reaccionó como hacía cada vez que oía su nombre: se puso rojo y al
mismo tiempo intentó mantenerse impasible. Esta mezcla hacía que
pareciera estar estreñido. Era muy gracioso.
—No sé de qué hablas.
Graciosísimo.
—Hermanito… —empecé y me topé con una mirada furiosa—.
¿Hermano? —volví a intentar.
Puso los ojos en blanco.
—Te odio.
—Y yo a ti. Pero hablo en serio —Le tomé la mano y la apreté un
instante—. Sé que Missy es guapa, mayor y está enfadada con el mundo, y
que eso puede parecer sexy, pero aparte del hecho de que es dos años mayor
que tú y que tiene una perturbadora tendencia a romper la máquina de
condones, no suele ser una buena idea enamorarse de una chica que está
muy ocupada odiando al mundo y, sobre todo, a sí misma.
—Leaf…
—Solo digo…
—Para. Por favor —insistió y separó la mano.
—Te romperá el corazón —concluí con delicadeza y quise estrecharle la
mano, pero esta ya no estaba ahí, así que apreté el tenedor.
Apretó los dientes y miró fijamente el sirope del plato. Un arándano
estaba solo, triste, en el borde.
—¿Has terminado? —porfió.
—Por ahora —Me recosté hacia atrás y le di un golpecito por debajo de
la mesa con la puntera de mi Converse desgastada—. No quiero que te
hagas sufrir tú solo.
—¿Como lo que sufriste tú porque Ben te estuvo engañando con otra
durante dos años? —preguntó, y la punzada que me atravesó el pecho fue
tan intensa que tuve que apartar la mirada.
No llores.
Otra vez no.
La fase en la que tan solo mencionar a Ben Alderson me hacía llorar la
habíamos superado tres semanas antes, tras seis tarros vacíos de mantequilla
de cacahuete y noventa episodios de Doctor Who.
—Están prometidos. Así visto, la otra era yo, no ella —expliqué y me
esforcé por hacer desaparecer el ardor de mis ojos.
—¿Quieres dejar de defender a ese desgraciado? ¡Te ha jodido! ¡Y
durante años!
—No lo hago —dije y lancé una mirada seria a mi hermano.
—¡Claro que sí! Porque eres demasiado leal y siempre buscas excusas
para justificar lo que te hizo.
—¡Que no lo hago! —gruñí a mi hermano mientras el corazón se me
encogía en el pecho. Sí que lo hacía, joder. Y me odiaba a mí misma por
cada respiración en la que aún extrañaba a ese desgraciado.
Gesticuló con los brazos en el aire.
—Leaf, tenía una colección de pañuelos de bolsillo con emblemas
familiares. Tendrías que haberle dejado hace años, ¡aunque solo fuera por
eso!
—Sí, lo de los pañuelos era un poco burgués —confesé riéndome por lo
absurdo de la situación, lo que hizo que se redujera la presión detrás de mis
ojos—. Pero esas cosas no importan en una relación.
—¿Ah, no?
—No.
—¿Tampoco si el color de los calcetines combina con sus corbatas?
—No, se trata de tener una pareja con la que te sientas bien. Alguien a
quien puedas acudir al final de un día duro y olvidar tus preocupaciones.
Alguien que saque lo mejor de ti y no te pegue la gonorrea.
MJ me observó con una mirada sorprendentemente madura mientras se
metía el último arándano en la boca.
—Quizá deberías hacer caso a tus propios consejos más a menudo.
Y allí estaba otra vez.
El nudo en la garganta.
—Sí, quizá sí —reconocí y suspiré.
—Leaf, desde que lo habéis dejado vas como un robot a la universidad
o haces turnos dobles en el restaurante. Me tienes preocupado. Todos
estamos preocupados por ti.
—Ay, MJ —Le miré con cariño y tristeza—. ¿Por eso estás aquí? ¿Es
porque estás preocupado? Tranquilo, estaré bien, solo necesito un poco de
tiempo.
MJ apretó los dientes y miró hacia otro lado.
—No te pongas sentimental. Estoy aquí por Missy, no por ti.
Pequeño, tontorrón y terrible mentiroso.
Le saqué la lengua, y él me respondió con una patada en la pierna.
Me reí y, aunque aún me doliera recordar a Ben, pensé que podría ser
peor.
—Vale, entonces sigue lloriqueando por Missy. Yo tengo que seguir
trabajando y luego saldré con las chicas.
—¿Con el mal tiempo que hace?
Me encogí de hombros.
—No eres el único inquieto por mi mal de amores. Tavia y Priscilla me
han amenazado con arrastrarme a la discoteca en pijama, si hace falta. Y me
lo creo. Avísame cuando quieras volver a casa; quizá consigamos encontrar
un taxi que pueda ir por el agua.
En ese mismo momento, fuera resonaba fuerte y la luz sobre nuestras
cabezas volvió a parpadear.
MJ abrió la boca antes de fruncir el ceño. Se quedó mirando a un punto
fijo detrás de mis hombros. La sonrisa fina desapareció repentinamente de
su rostro.
—¿Quién es ese tipo? —me preguntó.
—¿Qué tipo? —me giré frunciendo el ceño y seguí su mirada.
Missy estaba en la barra sonriendo a alguien que estaba sentado en el
último taburete, justo al lado del dispensador de frutos secos. La luz de esa
zona estaba fundida, así que era la única esquina del restaurante que estaba
un poco a oscuras. Sin embargo, lo reconocí porque había estado viniendo
todos los días a la misma hora desde hacía una semana. Lo había apodado
para mí misma «el tipo de Missy». Siempre se sentaba en el mismo
taburete. Era delgado, pero de hombros anchos y un cabello rubio oscuro
que le caía hasta el cuello. Lo que fuera que hubiera dicho hizo que Missy
se inclinara hacia delante riendo. Él extendió una mano y se enrolló uno de
los largos rizos oscuros de ella en el dedo índice.
Examiné desconcertada al amigo de Missy.
—¿De dónde ha salido?
MJ tenía la mirada fija en la cara sonriente de Missy, quien parecía estar
a punto de echarse sobre el regazo del tipo.
—¿Señorita? ¿Podría subir el volumen de la televisión? Están emitiendo
una noticia de última hora y me gustaría escucharla —me dijo uno de los
clientes.
Tardé dos segundos en darme cuenta de que Missy había hecho caso
omisión de la petición y me apresuré a responder:
—Por supuesto.
Suspiré, me levanté con los pies doloridos y me deslicé por detrás de la
barra. Las noticias habían interrumpido el partido de fútbol. Una reportera
demasiado maquillada miraba seria a la cámara mientras se veían imágenes
del Chrysler Building.
… encontrado. Entre los fallecidos está Murphy Rogers, de diez años.
El niño había desaparecido de un parque hacía dos semanas, y la policía y
su familia llevaban buscándolo desde entonces. El cuerpo ya ha sido
sometido a un examen patológico. Sus heridas presentan similitudes con las
de los otros dos cadáveres hallados…
Si había un mando para el viejo televisor, yo no lo había visto durante
los seis años que llevaba trabajando para Cox, así que tuve que ponerme de
puntillas y dar un saltito para pulsar el bolón del volumen.
—¿Necesitas ayuda? —me preguntó al instante una voz a mi espalda,
tan cerca que sentí un aliento cálido en la oreja.
Alguien se movió, un dedo pálido apareció por encima de mi y subió el
volumen de la televisión. Se me erizó la piel de la espalda. Miré por encima
del hombro asustada. Al mismo tiempo, tiré una taza de café llena de la
barra. Sonó fuerte mientras los fragmentos se esparcían en todas
direcciones, junto con el calé caliente que se dispersaba por todas las juntas
de las baldosas.
—¡Mierda!
Murmurando, me incliné y empecé a recoger los pedazos mientras una
sombra caía sobre mí. Parecía distorsionada y, de alguna manera,
demasiado oscura. Levanté la cabeza y me quedé mirando. Un tipo se había
inclinado sobre la barra. Sus penetrantes ojos azules me miraban bajo unas
pestañas cortas y oscuras. El cabello rubio oscuro le caía sobre la cara que
era delgada y angulosa. Tenía un hoyuelo en la barbilla. Ay, esos ojos. Ya
tenía claro lo que veía Missy en él: parecía que acabase de salir de una valla
publicitaria. Si durante las últimas semanas no hubiera estado intentando
gestionar mi mal de amores, seguramente habría sido yo y no Missy quien
hubiera estado bailando a su alrededor. Por primera vez desde que había
venido, me quedé paralizada al verlo. Mi pulso se aceleró, alegre.
Como si se hubiera dado cuenta, una sonrisa burlona separó sus labios
mientras inclinaba la cabeza, de manera que los tendones de su cuello
dibujaron un elegante arco. Era difícil calcular su edad, entre veintipocos y
treinta y algo, porque las marcas de expresión de sus ojos parecían tener
más años que el resto de su cuerpo. Una marca de nacimiento oscura le
atravesaba la mejilla izquierda. Un detalle que resultaba casi pintoresco,
como si un artista hubiera pensado que su obra era demasiado inmaculada y
hubiera intentado dibujarle un defecto.
—¿Todo bien? —preguntó con una voz suave y redonda. El vello de mi
cuello se erizó.
Para poder ver algo más que esa cara irritantemente perfecta, seguí
recogiendo los pedazos del suelo.
—Por supuesto. No ha sido la primera vez y tampoco será la última.
Para demostrárselo, tiré los fragmentos en un pequeño cubo de basura
que había detrás de la barra y me levanté.
—Missy, ¿podrías…? —dije, pero ella ya se había puesto una chaqueta
de cuero.
—He acabado por hoy. Nos vemos mañana.
¡Aj! Adolescentes —Inspiré profundamente mientras miraba hacia
arriba.
—Nuestro turno acaba dentro de tres horas, Missy —le recordé y me
encogí de hombros.
—No me encuentro bien.
—¿Ah, no? —y eché una mirada furtiva al tipo que seguía apoyado en
la barra mientras las noticias seguían emitiéndose por encima de nosotros.
… La policía está convencida de que se trata de un asesino en serie. Sin
embargo, todavía no se han hecho públicos ni el motivo ni el perfil. La
policía está pidiendo pistas que conduzcan a la detención del asesino. Y,
ahora, los deportes…
Mi mirada se dirigió hacia Missy, que había rodeado la barra y sonreía
al Adonis rubio.
—Ya podemos irnos.
—¿Cómo se llama tu amigo, Missy? ¿Es que no vas a presentárnoslo?
—pregunté. Missy me miró enfadada.
—Que te den, Leaf.
—Qué nombre más original —respondí, burlona.
Missy puso los ojos en blanco y agarró al tipo del brazo.
—Venga, nos vam…
—¿Henry? ¿Henry Lancester? —dijo de repente una voz estridente. La
mujer refunfuñona de antes estaba de pie detrás de él, con una servilleta en
la mano, mirando al tipo atractivo.
Este tan solo levantó una ceja.
—¿Perdón? ¿Nos conocemos?
La mujer abrió mucho los ojos, sorprendida.
—¿Que si nos conocemos…? ¡Vamos ahora a tu funeral! ¿Sabes lo
preocupadísimos que tienes a tus padres?
El restaurante estaba sumido en un silencio incómodo. Todas las
miradas estaban centradas en Missy y su acompañante.
El tipo dudó. Lo vi en el hormigueo que recorrió sus pómulos mientras
sus ojos se oscurecían un poco en lo que parecía ira o quizá irritabilidad.
Pero fue tan solo un segundo, antes de que una sonrisa adorable apareciera
en sus labios.
—Disculpe, me habrá confundido con otra persona —respondió.
—Ven, vámonos —dijo Missy, mientras su mirada iba de Henry a la
mujer. Le volvió a tirar del brazo, pero la rubia seguía bloqueándole el paso.
Missy apretó los dientes y, a diferencia de su acompañante, no se molestó
en disimular su irritabilidad.
—¿En serio, Henry? ¡Pero si estudiamos juntos! ¡Fuiste testigo en mi
boda! —Se acercó y le espetó—: ¿Sabes lo que está diciendo la gente de ti?
Los periódicos no dejan de hablar de acusaciones de corrupción y blanqueo
de dinero. ¡Te declararon desaparecido!
«¿Pero qué narices?».
Sorprendida, levanté las cejas mientras Missy lanzaba una mirada
confundida al Henry-no-Henry.
—¿De qué está hablando?
La mujer rubia observó a Missy con las aletas de la nariz abiertas.
—Por favor, dime que no te has ocultado para estar con esta
pelandrusca.
—¿Pelandrusca? —empezó Missy, pero Henry la contuvo.
—Déjalo, cariño. No queremos problemas. Esto es solo un
malentendido. Suele pasar. Tengo una cara bastante común —dijo él
tranquilamente.
Bueno, a ver, si alguien no tenía una cara común, ese era él.
—Debo pedirles que no discutan dentro del restaurante. Missy, quizá
tendría que llamar a tu madre y…
—Que te den, Leaf. Esto no va contigo —me contestó seria Missy. Si su
mirada pudiera disparar flechas, yo ya estaría en el suelo.
Cox sacó la cabeza fuera de la cocina y agitó con rabia su espátula
grasienta.
—¿Qué está pasando aquí?
—Nada —dijo Henry con voz calmada pero firme, y se sacudió una
mota de polvo inexistente de su abrigo largo y oscuro—. Estábamos a punto
de marcharnos —prosiguió. Cuando sonrió, vi que tenía hoyuelos.
—No puedes… —empezó la mujer.
—Señora… —la interrumpió el joven, siempre educado, pero con una
decisión en la voz que atravesaba el alma. Un mechón de pelo la cayó por la
frente mientras se inclinaba con elegancia y le susurraba algo a la mujer al
oído. Es probable que los demás no se dieran cuenta, pero desde detrás de la
barra vi el rostro de la mujer y cómo le cambiaba el rostro. La expresión
enfadada y cínica dio paso a un parpadeo inquieto. Se puso pálida y apenas
se abrieron sus ojos cuando Henry retrocedió y ella puso una sonrisa falsa.
¿Pero qué narices había pasado? ¿La había amenazado? Miré inquieta a mi
alrededor, pero la mayoría de la gente volvía a estar centrada en su comida.
Cox seguía gritando en la cocina.
—Señora, ¿necesita ayuda? ¿Puedo hacer algo por usted? —le pregunté
y me dirigí al teléfono de la barra. No era la primera vez que había peleas
en el restaurante. Estábamos en Manhattan, siempre había discusiones, pero
esta había sido extraña. Tenía el vello del cuello de punta sin saber
exactamente por qué.
Henry se volvió hacia mí y me sonrió.
—No hay de qué preocuparse. Ha sido un malentendido, ¿verdad? —
preguntó Henry tan alto que esta vez sí lo oí.
—S-sí, desde luego. Me he confundido —tartamudeó mientras sonreía
ligeramente—. Que… queríamos pagar.
—¿Está segura…? —empecé a decir, pero ella ya se había dado la
vuelta y había regresado a su mesa.
Mis ojos se centraron en el posible Henry y en Missy, que lo observaba
furiosa.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó ella, y la tensión en la sala desapareció
tan rápido, que creí habérmelo imaginado.
—Eso querría saber yo —dije.
Henry me guiñó un ojo. No parecía que esa escena le hubiera afectado
lo más mínimo.
—Disculpa las molestias. Voy a llevar a Missy a su casa. Quizá…
volvamos a vernos.
Sonrió. Su mirada era demasiado intensa como para ser realmente
agradable, pero era imposible despojarse de ella. Los penetrantes iris eran
azules y claros, no como el mar, pues se trataba de una mirada tranquila,
pero tampoco como un cielo sin nubes, porque era muy intensa.
Sonó la campanilla cuando otros clientes entraron en el restaurante y me
sacaron de mis cavilaciones. Sorprendida, parpadeé, y Henry me lanzó una
sonrisa divertida. Me negué a sentirme avergonzada y, en lugar de eso,
levanté una ceja.
—Si no queréis nada más, debo pediros que os marchéis —dije con toda
la frialdad que me fue posible.
Henry asintió y cuando los dos salieron del restaurante, entró una fuerte
ráfaga de viento que agitó mi coleta. Los nuevos clientes se refugiaron en
un banco de rinconera y me bloquearon la vista de Missy, que desapareció
con Henry en la oscuridad.
Frunciendo el ceño me froté el antebrazo antes de ponerme de rodillas
para limpiar el café que se había derramado. Cox tenía que arreglar la
calefacción. Hacía un frío de mil demonios.
2
Leaf


E
piro.
h, Cox, ha llamado Abigail. Se retrasa porque todas las niñeras le
están cancelando por el mal tiempo. Si no necesitas nada más, me

Metí la cabeza en la cocina. Mi jefe estaba murmurando algo bajo el


fregadero, que goteaba desde que empecé a trabajar aquí.
—Tu cheque de esta semana está en el cajón —fue lo único que recibí
como respuesta.
—Gracias. Hasta el lunes. Ah, y sobre Missy… —vacilé y me detuve—
¿Conoces al tipo con el que se ha ido hoy? ¿Es su nuevo novio? ¿Sabes
algo?
Se produjo un ruido cuando Cox salió de debajo del fregadero y se
empezó a limpiar las manos con un trapo.
—¿Qué tipo?
Fruncí el ceño algo desconcertada.
—El alto y rubio. Quien ha causado el revuelo. Missy se ha ido con él.
Cox sacudió la cabeza.
—Ni idea. No sé nada. Solo me ha dicho que no se encontraba bien.
Su mirada se oscureció rápidamente. Desconcertada, me encogí de
hombros.
—¿Tiene turno mañana?
—Sí.
—¿Me llamas si no… yo qué sé, si se retrasa o no viene?
Las cejas de mi jefe se elevaron.
—Sí, tranquila —Y se echó el trapo al hombro—. Y ahora saca tu culo
de aquí y llévate a tu hermano antes de que me salga aún más caro.
Le dije adiós con la mano y me puse el abrigo azul de felpa que había
conseguido por apenas doce dólares en una tienda de segunda mano y que
parecía la piel del monstruo de las galletas.
Me guardé el cheque antes de ir a por mi hermano, que había vuelto a
enterrar la nariz en un libro.
—¿Mates? —pregunté esperanzada.
—Volo’s Guide to Monsters —murmuró.
—Vale, pero si pregunta tu padre, eran mates.
MJ me echó una mirada molesta.
—¿Has terminado de una vez?
—Eras tú quien quería esperarme —le recordé.
MJ metió el libro en su mochila llena de chapas, de donde sobresalían
papeles que seguramente no tuvieran relación alguna con las clases.
—¿De verdad quieres salir hoy? Vente a casa. Papá y yo vamos a hacer
una maratón de La dimensión desconocida. Oficialmente solo habrá palitos
de zanahoria, pero he metido de contrabando un par de bolsas de Cheetos.
No preguntes dónde ni cómo, pero habrá —dijo.
—Tentador, pero Priscilla y Tavia me matarán si no salgo hoy con ellas.
Se lo prometí. Les debo una compensación por el eterno mes de mantequilla
de cacahuete y lágrimas, así que te dejo de camino, ¿vale?
Mi hermano pequeño puso cara de asco.
—¿Y adónde vais?
—No tengo ni idea, pero espero estar lo suficientemente borracha para
que no me importen las ratas, teniendo en cuenta que no puedo permitirme
estar en ningún local que no tenga ratas —murmuré.
MJ resopló y se colocó bien la mochila sobre el estrecho hombro.
—Nunca sé si eres una masoquista abatida o una optimista enfermiza y
desesperada.
—Ambas. Y con un poco de odio a mí misma después de haberme
pesado la semana pasada.
Agarré a mi hermano con actitud alegre y lo saqué del restaurante.
Inmediatamente la lluvia y una ráfaga de viento frío nos golpearon la cara.
Temblando, subí los hombros, abrí el paraguas y en ese momento vi que un
coche negro se acercaba a nosotros. Se trataba de un modelo elegante y era
tan bajo que prácticamente se fundía con la carretera. Sin detenerse por
nada, el vehículo vino directo hacia nosotros y pasó sobre un charco. El
agua fría y sucia me salpicó hasta el muslo y alcanzó la mochila de MJ.
—¡Eh! —exclamó él mientras yo rodeaba el coche, que con un chirrido
de los neumáticos se había detenido en la acera de delante del restaurante.
Se abrió la puerta y de él salieron dos figuras altas. Llevaban abrigos
oscuros a juego con el vehículo negro que hacían que sus cuerpos se
fusionaran casi a la perfección con el entorno.
—¿Es que no tenéis ojos en la cara? ¿Qué coño os pasa? —les grité.
El más alto de los dos se detuvo y giró la cabeza en mi dirección. Estaba
demasiado oscuro, y la tormenta era muy intensa como para ver algo más
que el cabello negro recogido en una coleta que le llegaba hasta la mitad de
la espalda.
Furiosa, empecé a acercarme a él, pero MJ me detuvo.
—¿Eso es un halcón?
—No, es un imbécil.
—No, Leaf, mira hacia arriba.
Seguí su mirada y vi que un ave estaba posada en el letrero de neón del
restaurante. Plumas negras y cabeza estilizada. No tengo ni idea de pájaros,
así que para mí bien podría haberse tratado de una paloma. Las gotas
rebotaban en el paraguas y por un momento me dio la sensación de que el
ave me estaba mirando directamente a mí.
En el mismo instante entraron las dos figuras en el restaurante, y el ave
se alejó volando. Parpadeé mientras MJ giraba el cuello para seguir
observando al pájaro.
—Era un halcón. Qué pasada.
—O una paloma. Y gracias por distraerme: esos dos se han ido. Apunta
la matrícula. Aquí está prohibido aparcar.
Observé a los tipos con los ojos entrecerrados. Iban deslizándose como
sombras por el restaurante. Sus rostros no eran apenas más que unas
manchas difusas porque llovía tanto contra el ventanal que casi no se veía
nada.
MJ refunfuño y se encogió de hombros.
—O tomamos un taxi o tendremos que volver a casa nadando.
—Sí, vale —acepté e hice señas al primer taxi que pasó. El agua volvió
a salpicarnos antes de que se detuviera a nuestra altura. Luchando contra el
viento, nos acurrucamos en el asiento trasero.
—¿Adónde? —nos preguntó el taxista.
—Primero vaya a Zuccotti Park, en Liberty Street, y después a
Chinatown.
El taxista aceleró antes de que yo terminase de hablar. A pesar de que
los limpiaparabrisas iban a toda potencia, apenas se veía el exterior; así que
tuvo que disminuir la velocidad.
Aliviada por no estar más tiempo de pie, me hundí en el asiento
mientras MJ iniciaba un juego en el móvil. Eso me recordó que en las
últimas horas casi no había tenido tiempo para mirar mis mensajes, así que
saqué mi viejo Samsung y recorrí los mensajes de Whatsapp.
Dos eran de mi madre. En uno me preguntaba si sabía dónde se había
dejado las llaves —¿cómo diantres lo iba a saber yo?— y en el otro me
decía que las había encontrado en el congelador.
Otro mensaje era de Tavia, que me contaba que hoy su clase de ballet
había durado más, y preguntaba si yo podía llevar algo de comer y si por fin
alguien se iba a dignar a comprar papel higiénico.
El último era de Ben. Lo había recibido hacía unos diez minutos. Casi
se me para el corazón de la conmoción y me temblaba el dedo mientras
pulsaba en el mensaje: «He encontrado un par de cosas tuyas en casa. Las
he dejado en una caja en la puerta. Si no vienes a por ellas, las tiraré a la
basura».
Un pinchazo me atravesó el cuerpo y esta vez no tenía nada que ver con
mi corazón roto.
Este pedazo de… después de cuatro años de relación, dos años
engañándome y cinco semanas de silencio gélido, ¿esto es lo primero que
me escribe?
Mis dedos empezaron a escribir más rápido de lo que podía pensar.
«¿Un par de cosas? ¡Tengo media vida en tu casa! ¿Cómo se supone que
voy a llevármelas? Ya que te estás follando a tu compañera, al menos
podrías traérmelas a mi casa…». No. No. Para. No podía escribir eso. Borré
el mensaje rápidamente y empecé a escribir de nuevo: «Como tires mis
cosas te vas a enterar». No, tampoco podía poner eso. No tenía doce años.
«¿Me escribes mientras te escondes en el coño de tu secretaria, como en
nuestro último aniversario?».
Un ruido sonó a mi lado.
—Leaf, ¿estás bien? Tienes una cara…, como si te doliera algo —dijo
MJ.
—Estoy bien —respondí y escribí rápido: «Iré a por ellas en cuanto
pueda».
Enviar. Vale.
Me dejé caer hacia atrás sin saber si debería estar orgullosa de haber
reaccionado como una adulta.
Guardé el teléfono, me recosté y cerré los ojos. Precisamente hoy habría
sido nuestro sexto aniversario. Nos conocimos en mi primer día de clase,
cuando me mudé a Nueva York. Comimos sentados uno al lado del otro. No
fue en el comedor, sino en el despacho del director. Le habían acusado de
pelearse a la hora de la comida. Yo fui el motivo de la pelea. Y es que Ben
le había dado un puñetazo en la nariz a un idiota de último año que me
había agarrado el trasero. Por desgracia, ese chico resultó ser el hijo del
director, así que al final Ben y yo acabamos castigados dos horas por
perturbar el horario de las clases.
No hizo falta nada más. Ciento veinte minutos y yo ya estaba
completamente colada por Benjamin Alderson. Seguramente eso explicara
por qué sus padres me habían estado llamando «la alborotadora» durante
seis años a modo de saludo. Sin embargo, intentar cambiar su opinión era
tan inútil como conseguir que Ben se limpiara el culo con mi Cosmopolitan.
—¿Era su novio? —MJ me sacó de la mente el culo de Ben.
—¿Qué? —parpadeé y le vi fruncir el ceño sin apartar la vista de su
libro.
—¿Missy… —añadió levantando la mirada y un mechón de cabello
oscuro le cayó sobre la frente llena de espinillas—… está con ese tipo
rubio?
—Eh… —dije sorprendida—. No lo sé. Espero que no. Yo creo que ese
tipo apesta a problemas.
—¿Los problemas tienen olor?
—Sí, como a patatas fritas con chili. Están ricas, pero después te
arrepientes.
—¿Los problemas huelen a patatas fritas con chili? —repitió mi
hermano, desconcertado.
—Sí, porque luego te estriñen.
—¿Los problemas también huelen a pedo?
Resoplé para mí misma.
—Más o menos.
MJ frunció aún más el ceño.
—Ese tío me suena.
—¿Quién?
—El tipo de las patatas fritas con chili.
—¿Sí?
—Pero no sé de qué.
En el restaurante, esta extraña conversación volvió a mi cabeza, pero yo
seguía sin entender nada. Todo había sido muy raro.
Me froté la frente.
—¿Leaf? ¿Estás bien?
Parpadeé y me obligué a sonreír.
—Sí, todo bien. Me duele un poco la cabeza; ha sido un día duro.
MJ guardó el teléfono.
—Trabajas demasiado y además sigues estudiando. Deberías tomarte
unas vacaciones, Leaf. Podrías dejarte ayudar. Papá puede prestarte dinero,
ya lo sabes, solo tienes que pedirlo.
—Bob ya me ha prestado más que suficiente para pagarme los estudios,
MJ. Sabes que no quiero tener deudas.
—Somos familia, Leaf. No nos debes nada.
—Sí que lo hago, porque no somos familia. No lo somos, no de verdad.
Cherry no permite que se me olvide ni un solo día. Se pondría furiosa si
Bob me diera dinero. No voy a hacerlo. Se acabó la discusión.
Nos lanzamos una mirada fulminante. Así acabábamos siempre que
hablábamos de Bob y Cherry, o de si los Twinkies en realidad eran Zingers
y viceversa.
El taxi se detuvo con un chirrido de los neumáticos, y el conductor se
giró hacia nosotros.
—Ya hemos llegado.
MJ y yo nos dimos un beso.
—Pásatelo bien bebiendo —dijo molesto.
—Pásatelo bien con los palitos de zanahoria —le respondí.
Me echó una mirada sombría y se bajó.
El golpe de la puerta resonó por todo el taxi mientras el taxista volvía a
ponerse en marcha. A través de los cristales vi la figura de MJ, que bajo la
abundante lluvia se acercaba a la casa roja con contraventanas blancas,
donde aún crecían las rosas que mi madre había plantado. El olor intenso y
dulzón de las flores en la casa siempre había sido extraño. Como si mi
madre estuviera presente de alguna forma, similar a la sombra de una
persona que se había marchado hacía tiempo. Me pregunté por qué Cherry
no había quitado las rosas y volví a mirar las exuberantes flores rojizas que
resplandecían con la humedad de la lluvia antes de alejarnos en el siguiente
cruce.

Veinte minutos después llegué a la lavandería Happy Mings, donde estaba


mi piso desde que me había ido de casa. El edificio era de la década de
1920, cuando aún había mucho espacio y poca gente en Nueva York. Hacía
cuatro años que alquilaba junto con Priscilla y Tavia el ático sobre la
lavandería. Se oía constantemente el traqueteo de las lavadoras que
funcionaban las veinticuatro horas del día, siete días a la semana. En
invierno hacia un frío insoportable, y mucho calor en verano; y el patio
trasero apestaba a productos químicos y detergentes. Pero, al menos, el
alquiler era razonable para lo que se encontraba en Nueva York y podíamos
lavar gratis la ropa.
Metí la llave en la vieja cerradura de nuestra casa con los dedos
húmedos y empujé la puerta con el hombro. Desde la cocina me llegaron las
risas de mis compañeras de piso, la música suave y el olor a burritos hechos
en el microondas. Me quité los zapatos en el estrecho pasillo y entré en la
cocina. La música provenía de un móvil que estaba en la mesa. Tavia y
Priscilla me miraron asombradas cuando me dejé caer empapada en la única
silla vacía: un taburete azul que habíamos encontrado en la esquina de una
calle.
—¡Por fin! ¡Creíamos que no vendrías! —exclamó Priscilla. Tenía
delante una lata de cerveza y una botella de soju. Vertió el aguardiente en la
cerveza y se bebió rápidamente la espuma según salía de la lata.
Tavia me miró preocupada cuando eché la cabeza hacia atrás con un
gemido y murmuré:
—Perdón, he tenido que trabajar más horas.
—¿Otra vez? —dijeron ambas a la vez.
—Eso parece —Sentía sus ojos puestos en mí y levanté la mirada—. No
lo digáis… —les pedí.
Priscilla levantó las manos, haciéndose la inocente.
—Espero que Cox te suba el sueldo de una vez.
—Pris, déjalo. Yo tampoco estoy satisfecha conmigo misma, pero no
ayuda que le eches sal a la herida —dije un poco más cortante de lo que
pretendía.
Priscilla cerró la boca y encogió los hombros.
—Solo he dicho lo que pienso.
—Pues no lo hagas —refunfuñé.
Como siempre, Tavia se interpuso y me dio una lata de cerveza, me
ofreció un burrito y me tocó con suavidad el cabello castaño.
—Lo que quiere decir Pris es que te queremos y teníamos muchas ganas
de que llegase esta noche.
Me sorbí la nariz, pero sonreí mientras me separaba de ella y le daba un
mordisco al burrito.
—Entonces —mascullé—, ¿aún queréis salir con el tiempo que hace?
—Fuera reinaba el silencio. Levanté una ceja.
Las dos se encogieron de hombros a la vez mientras Priscilla golpeaba
la lata de cerveza con las uñas.
—¿Qué quieres decir?
—Nada, solo que mi pijama parece muy mullido.
—¡Ni se te ocurra! —me interrumpió con brusquedad.
—Nada de pijamas. Casi sería mejor que los quemásemos. Es noche de
chupitos en el Devil’s. Son dos dólares cada chupito, y si flirteo un poco
con el camarero, seguro que nos da alguno gratis.
—Tendrías que haber estado la última vez para ver cómo Priscilla tenía
a ese tipo comiendo de su mano —dijo Tavia divertida.
—Bueno, en realidad estuvo bebiendo de mi ombligo —objetó esta.
Se sonrieron. En principio, las dos eran tan parecidas como la noche y el
día, pero aun así, se llevaban tan bien como si estuvieran hechas la una para
la otra. Priscilla Wang era originaria de Boston. Sus padres eran abogados y
no les hizo gracia que su hija quisiera hacer carrera como maquilladora en
Nueva York. Cada vez que hablaba con ellos por teléfono acababan
gritándose tan alto que los vecinos golpeaban el techo con escobas y
amenazaban con llamar a la policía.
Por otro lado, Tavia era alta, delgada y tenía unos rizos rubios que le
caían por la espalda. Bailaba en la International School of Ballet. Mientras
tanto, se mantenía a flote gracias a un trabajo como camarera en Little Italy.
Compartimos habitación durante nuestro primer año de universidad, y
cuando Priscilla dejó Derecho, Tavia y yo nos mudamos con ella.
—¿Entonces? —dijo Priscilla sacándome de mis pensamientos.
—¿Entonces qué? —mascullé con la boca llena de burrito.
—¿Estás lista para esta noche? ¿Para volver a la vida de una vez,
sacarte a Ben de la cabeza y tener un apasionado lío de una noche? Una
cosa te digo: no hay nada mejor que un pene nuevo para olvidar otro pene.
Me atraganté con la comida.
—No lo sé. Estoy bastante destrozada. Quizá debería irme a la cama —
Me froté los ojos irritados que llevaban abiertos veintiséis horas.
—¿Qué? ¡No! Respuesta incorrecta —refunfuñó Priscilla.
Tavia la miró seria antes de sonreírme.
—No estoy de acuerdo con Pris en lo del pene, pero tendrías que salir y
despejarte un poco. Hace mucho que no hacemos nada juntas.
Me mordí el labio inferior y miré el teléfono. Debería… ¡Bah! ¡A la
mierda! Asentí.
—Vale, voy con vosotras.
—Respuesta correcta —respondió Priscilla.
Tavia sonrió.
—Dadme cinco minutos —les pedí.
Priscilla hizo un gesto con la mano.
—Te damos diez. Tienes que depilarte las cejas y ducharte. Estás hecha
un asco.
Puse los ojos en blanco.
—Tú también.
3
Falco

Demonios de nivel tres


Apariciones
Córvido nocturno: también llamado black bird, que da
nombre a los exorcistas. Se consideran en peligro de
extinción. En estado salvaje, los cuervos atacan y
destripan cruelmente a los transeúntes indefensos en
las bifurcaciones de los caminos. Ahora se les
considera espías y espíritus protectores de los
exorcistas, y solamente matan en caso de necesidad.


O dio que estén ahí abajo.
—Ajá —murmuré asintiendo mientras observábamos el
sumidero que se abría ante nosotros como un agujero oscuro. A pesar de la
lluvia que caía sobre nosotros, el hedor de las alcantarillas y del agua
residual subía hasta donde estábamos.
—¿Estás seguro de que el bosam está ahí abajo?
Crusher tuvo una arcada silenciosa mientras yo alumbraba con la
linterna la escalera oxidada que conducía hacia abajo. En los peldaños había
unas cuerdas negras. Empujé a Crusher, que tenía el cabello rubio platino
mojado, sujeté la linterna con la mano, me incliné, me quité el guante de la
mano derecha con los dientes y pasé el dedo por la mucosidad viscosa. El
contacto con esa sustancia resultó irritante, como si hubiera tocado una
ortiga. Se me erizó el vello de la nuca mientras respiraba profundamente.
Del vapor que fluía por encima de los olores comunes de las alcantarillas
surgió algo que no pertenecía a este mundo. No era humano ni animal, ni
siquiera después de descomponerse. Se parecía más al desagradable
pinchazo del ozono, con un toque amargo. Una incómoda ráfaga de aire frío
hizo que mi pelo, ahora empapado, me golpease la cara.
—Aunque la lluvia ha borrado gran parte de las huellas, estoy bastante
seguro —confirmé, lo que hizo que mi compañero maldijera mientras yo
volvía a ponerme el guante de piel. Un trueno retumbó sobre nosotros y un
rayo cayó como si intentara dividir los cielos.
—Quizá antes deberíamos… —dijo mi compañero, pero no pudo acabar
la frase porque yo me estaba preparando para saltar dentro del sumidero.
Durante un segundo no vi nada más que oscuridad. Una ráfaga de viento
tiró de mi abrigo largo antes de que terminase de bajar. El agua salpicó en
todas direcciones, y yo miré hacia arriba para ver la expresión preocupada
de mi compañero, que alumbraba hacia abajo con la linterna. El cono de luz
danzante iluminaba el agujero donde yo estaba. Unas gotas me salpicaban
la cara y caían sobre el agua salobre a mis pies.
—¿Tengo que…? —empezó a decir.
—Baja, Crusher. No tenemos todo el día.
Mi compañero dejó escapar un gemido, y la luz se apagó. Después se
oyó el aleteo característico del abrigo negro que nos había otorgado el
apodo de black birds. Poco después, Crusher aterrizó con cuidado a mi
lado.
El agua salpicó y le siguió una maldición. Asqueado, mi compañero
miró hacia abajo.
—Cambio mi frase: odio que tengamos que bajar aquí abajo. ¿Por qué
esos bichos no se esconden en el Ritz? —refunfuñó.
—Porque nosotros ya estamos allí —respondí con sequedad, y Crusher
bajó la linterna e iluminó nuestro alrededor. Un tubo de hormigón gris se
extendía como un gusano. Ahí abajo el aire era tan denso que apenas se
podía respirar.
—¿Qué percibes? —preguntó en voz baja Crusher.
Parecía que el vello de mi cuello vibrara. Me estremecí y agarré con
firmeza el extremo del rosario que llevaba enrollado en la muñeca. En lugar
de una cruz, del final de la cadena colgaba un ojo de Horus. Pasar la mano
sobre esta piedra tan familiar para mí hacía que se me agudizaran los
sentidos y que percibiera con precisión cada grieta y cada sombra.
—El bosam tiene que haber estado escondido muy cerca. De todas
maneras, está herido y seguramente no se alegre mucho de que lo saquemos
de su escondite.
Crusher no dudó y sacó de su funda un arma de color negro
resplandeciente. Se oyó cómo revisaba la munición antes de que me mirase
y asintiera.
—Voy yo delante.
Sin objeción alguna, dejé paso a Crusher, que avanzó con el arma
desenfundada. El agua hacía que fuera prácticamente imposible que nos
moviéramos en silencio, pero tras unos pocos metros, el túnel estrecho se
iluminó y se convirtió en una ramificación que se dividía en tres
direcciones. El hormigón gris de las paredes dio lugar a un arco de ladrillo
rojo. Del techo goteaba desagradable agua salobre caliente. Las ratas y los
bichos se iban apartando. Crusher se detuvo delante de la bifurcación
apuntando a las tres entradas. El aura arcana que emanaba de él era como
un soplo de aire frío que recorría mi piel.
Crusher se mantuvo callado. Solamente inclinó la cabeza en un gesto
tácito y esperó a que yo decidiera dónde iríamos a continuación. Tenso,
estudié las tres entradas y dejé que el rayo de luz iluminase el suelo. Una
rata retrocedió antes de desaparecer por el pasillo de la izquierda. Por el
corredor del centro fluía un pequeño riachuelo. Las algas verdes se habían
aferrado con fuerza al hormigón. El pasillo de la derecha, sin embargo, se
abría ante nosotros tan oscuro como una cueva vacía. De nuevo, se me
volvió a erizar el vello del cuello. Aquí abajo todo olía a ozono. Tomé mi
decisión basándome en todos los años que llevaba cazando. Podría decirse
que se trataba de una intuición, pero la realidad es que era algo más.
Cuando llevas tanto tiempo trabajando con la oscuridad, esta te impregna;
como un rastro de suciedad que no logras limpiar.
El arcanum, la esencia de mi alma, el núcleo de mi energía, zumbaba
dentro de mí mientras yo dejé bajar un poco el rosario de mi muñeca, de
manera que la larga cadena chocó con las cuentas de acero reforzado. El ojo
de Horus empezó a vibrar en las yemas de mis dedos y, en las
profundidades del ojo, la piedra se iluminó de color azul antes de empezar a
balancearse lentamente como un péndulo. Al principio hacia arriba y abajo,
y cada vez más rápido, antes de dibujar pequeños círculos que apuntaban
claramente en una dirección. Eso me bastaba. Detuve la piedra y apunté con
la cabeza hacia el túnel derecho.
Crusher avanzó. Cuando nos adentramos en el túnel vimos que en el
suelo había regueros negros que brillaban como el aceite lubricante.
Bingo.
Levanté despacio la linterna e iluminé el túnel que teníamos delante,
pero en lugar de perderse en la oscuridad, tan solo había una reja oxidada.
Con el ceño fruncido, puse mi mano libre en el hombro de Crusher y le
indiqué que se detuviera. Escuché. No se oía solamente el ruido del agua y
los chillidos de las ratas. Ahí había una respiración. Profunda y
traqueteante, casi como un gruñido. Y provenía de…
—¡Falco! ¡Arriba! —gritó Crusher.
Levanté la cabeza y vi la boca abierta del bosam, que bajaba por el tubo
metálico al que estaba aferrado. Su grito resonó a lo largo del estrecho túnel
y se mezcló con el estallido de la munición cuando disparó Crusher.
Rápidamente, me dejé caer y rodé fuera del alcance del bosam, que se
precipitó hacia nosotros rugiendo de dolor.
—¡Vamos fuera, Crusher! ¡Necesitamos más espacio! —grité, me di la
vuelta y corrí por el túnel mientras Crusher efectuaba más disparos que tan
solo parecían enfurecer al bosam en lugar de causarle daño real. El suelo se
salpicó de sangre negra, acompañada de arañazos de garras que se
acercaban a mí tan afiladas que lanzaban pedazos de hormigón en todas
direcciones como si fueran fragmentos de metralla.
Llegué a la bifurcación con un salto, me giré y golpeé con el rosario. La
cuerda elástica era como un látigo que se enroscó en el cuello del bosam y
con un fuerte tirón le ató la garganta tan fuerte que los eslabones se
hundieron en su carne. Siseó como si se estuviera vertiendo agua en una
placa de cocina caliente y de la herida del bosam, que se defendía rugiendo,
brotaban nubes de humo negro. Su cuerpo fornido era tan enorme que casi
me arranca el rosario de las manos. Apretando los dientes agarré más fuerte
y tiré de su cuello para que cayera al suelo. El demonio gritó de furia.
Alguien le había sacado un ojo. Parecía reciente. El ojo que le quedaba
brillaba con una inteligencia incómoda. No exactamente como la de un ser
humano, pero tampoco como la de un ser que tan solo pudiera pensar en
dormir y comer. Sus cuernos chocaban contra el suelo como los de un toro
que se hubiera caído e iban hacia mí.
Oí que Crusher decía mi nombre cuando el bosam me agarró con los
cuernos. Tenía tanta fuerza que me lanzó contra la pared más cercana. Sus
cuernos golpeaban el hormigón a izquierda y derecha, y me dejaron
clavado. Durante un breve instante, el peso me arrebató el aire de los
pulmones. Unos destellos de dolor resplandecían ante mis ojos mientras el
demonio intentaba desgarrarme. Parpadeando, intenté fijar la mirada y
respiré profundamente. Un aliento antes de que mis sentidos se recuperaran
lo suficiente como para poder reaccionar.
Abrí las esclusas y dejé salir mi arcanum con un rugido. Mi piel
hormigueaba mientras los símbolos grabados en ella resplandecían en azul
y sobre ella centelleaban pequeños relámpagos. Mis ojos se abrieron de
golpe, y el rosario que seguía en mi mano se volvió más brillante y caliente
haciendo que el bosam rugiera de dolor. Sin embargo, en lugar de apretar
más fuerte, lo solté y dejé que el rosario volviera a deslizarse entre mis
dedos, lo que hizo que el bosam profiriera un grito triunfante.
Una sonrisa amarga se extendía por mis labios mientras gruñía:
—¿Quieres algo de comer? Pues aquí tienes.
En ese momento introduje el brazo junto con el rosario en la garganta de
la bestia. Sus gritos acabaron en un borboteo casi sorprendido. Cerró los
dientes alrededor de mi brazo y se hundieron profundamente en él. Eso era
lo que yo quería. No obstante, tuve que contenerme para suprimir mis
reflejos y no retirar el brazo. En lugar de eso, miré al demonio al ojo que le
quedaba y empecé a recitar en voz baja: Adsisto tibi ut famulus vitae. In
manibus meis pondus justitiae. Sanguis temporis in corde meo fluit. In me
spiritus puritas animae innocentis iacet.
Siseó cuando el rosario se calentó tanto en su interior que quemó la
carne resbaladiza. El bosam gritó y retrocedió. Mi brazo se deslizó fuera de
su boca y por el rabillo del ojo vi cómo Crusher aprovechaba ese instante de
distracción para subirse al lomo del bosam. Le colocó el arma en el cráneo
y disparó. Unas manchas negras salpicaron la pared. El bosam emitió un
ruido gutural justo antes de caer al suelo, con Crusher aún aferrado a él. Le
lancé el rosario. Agarró las cuerdas azules brillantes en el aire y las utilizó
para rodear el cuello de la bestia mientras yo continuaba recitando al mismo
tiempo que me limpiaba una mancha de sangre de la ceja izquierda:
Pedissequa mortis. Fregisti innocentiam. Vehementer premit justitiae
proditio, nec tempus per venas fluit.
Crusher gruñó cuando el bosam, rugiendo, se encabritó. Los músculos
de mi compañero se tensaron mientras mantenía al demonio en el suelo con
todas sus fuerzas.
—Tibi manus meas vincla posui. Delebo tuas sanguine meo. Animo meo
vinco tuum.
El aire se condensó. Era tan potente la tensión que había en él que se me
erizó el pelo por la carga eléctrica mientras sacaba una hoz de la correa
portaarmas que llevaba a la espalda, me deslizaba sobre el bosam y le
clavaba la hoja en el pecho sin dudarlo. Cuando le alcancé el corazón,
salpicó sangre negra. El bosam rugió tan alto que por un momento pensé
que me había quedado sordo. La bestia abrió mucho los ojos y se desplomó.
Jadeando, saqué la hoja de su pecho y vi que de la herida salía humo denso.
Ese era el problema de esta especie: su cuerpo era mortal, pero no así su
espíritu. Pero precisamente por eso estaba yo allí. No era por la brutal lucha
para acabar con él, pues eso podía hacerlo cualquiera; no, yo estaba allí para
atrapar el espíritu de ese demonio.
El arcanum me burbujeaba dentro de las venas. Un temblor me invadió
mientras me quitaba el guante de la mano izquierda. La mordedura había
destrozado por completo el cuero y ahora tan solo era un obstáculo. Moví
suavemente la mano artificial con las articulaciones mecánicas para tomar
la joya redonda que tenía en el bolsillo de la chaqueta. Se trataba de un
medallón antiguo. No era mi opción favorita para un recipiente de captura
de almas, pero no habíamos tenido mucho tiempo antes de marcharnos y
había tenido que elegir entre los objetos que nos quedaban.
El interior hueco del medallón se abrió con un chasquido y me coloqué
sobre el humo negro que salía serpenteando del cuerpo del bosam. El humo
siseaba y de él salían pequeños relámpagos que hubieran quemado la piel
de cualquiera. Sin embargo, no noté nada en mi mano artificial cuando
literalmente empecé a capturar el humo. El amuleto resplandecía con el
mismo azul brillante que la hoz y el rosario. El humo se apartó, intentando
huir, pero el interior del medallón actuaba como un remolino.
Tenía la frente salpicada de sudor cuando el humo desapareció dentro
del medallón, que se fue calentando más y más antes de que lo cerrase
rápidamente con un chasquido. Un último rugido sin cuerpo resonó en las
canalizaciones. La joya brilló una última vez antes de que se oyera un
silbido y se enfriase súbitamente. En la compuerta dorada del medallón
antiguo había grabado un ojo de Horus. Ya estaba sellado. Aliviado, me dejé
caer y sacudí la mano.
—¿Todo bien? Ese bicho te ha dado una paliza.
Mientras suspiraba miré a Crusher, que se había arrodillado ante mí y
me observaba con preocupación.
—No pasa nada. Solo ha masticado un poco de metal.
Para demostrarle que estaba bien, levanté la mano artificial y moví los
dedos. Todas las piezas seguían funcionando a la perfección, solamente
temblaba un poco la articulación del dedo meñique. Frunciendo el ceño, tiré
de ella y la pieza se cayó. Desconcertados, los dos nos quedamos mirando
esa parte de mi dedo.
Otra vez no… —dijo, divertido, Crusher—. Es la tercera vez esta
semana. No quiero decir nada, Falco…
—Pues no lo hagas.
—Pero… —continuó con una sonrisa— estás para la chatarra.
Suspirando, levanté la mano artificial y miré el meñique. O más bien el
trozo de meñique.
—¿Qué le pasa a esa cosa?
—¿Está maldito? ¿Oxidado? ¿Le falta lubricante? —dijo Crusher. Le
lancé una mirada seria, pero él tan solo encogió los hombros—.
¿Deberíamos llevarte otra vez al taller para que te cambien el aceite?
Yo simplemente puse los ojos en blanco antes de ponerme en cuclillas y
examinar de nuevo el cuerpo.
—Es enorme —concluyó Crusher, casi impresionado.
—Normalmente no vienen a las ciudades.
Crusher también se acuclilló y levantó un brazo similar al de un simio.
—¿Has visto las cicatrices que tiene en la espalda? Alguien le ha
cortado las alas.
Frunciendo el ceño, volví a recogerme el pelo en una coleta que cayó
sobre mi hombro.
—Tiene cicatrices por todas partes. ¿Y esto de aquí? —Quité el rosario
de su cuello bulboso y levanté el feo hocico de murciélago. Sorprendido,
levanté las cejas—. ¿Es un collar de perro? —pregunté.
Crusher observó la correa que tenía alrededor del cuello y olfateó.
—Sí que lo es. ¿Qué clase de descerebrado tiene un bosam de mascota?
Es como intentar llevar de paseo un león rabioso.
—Bueno, todo es posible. Quién sabe. Quizá le cortaron las alas de
pequeño para que fuera más sumiso.
Crusher frunció el ceño.
—¿Y amaestrarlo? ¿Quién está tan loco como para hacer eso?
Con una sensación de malestar en el estómago, que nada tenía que ver
con el hedor a muerte y putrefacción que nos rodeaba, miré la joya que
sostenía en la mano; parecía normal y corriente.
—Alguien más poderoso que el bosam —murmuré.
Crusher también se puso de pie y parecía tan preocupado como yo. Me
giré y salí con paso rápido de los canales. Mi compañero me conocía lo
suficiente como para no perturbar mis pensamientos mientras salíamos del
túnel.
La tormenta no había amainado, sino que, si es que eso era posible,
había empeorado. Inmediatamente, la lluvia me golpeó la cara. Cuando salí
de la alcantarilla se oyó el batir de unas alas, y en el instante siguiente unas
garras afiladas se clavaron en mi hombro.
—Risha, aquí estás —saludé al halcón hembra.
Esta se sacudió el agua de lluvia de las plumas mientras yo frotaba con
el índice su cabeza estrecha y elegante.
Crusher salió del túnel y nos miró.
—En serio, Falco, no duermo tranquilo ni una noche con un espíritu
posado en el borde de mi cama. Podría comerse mi alma en cualquier
momento. Si yo fuera tú, le retorcería el cuello a ese bicho de una vez por
todas.
El ave miró a mi compañero, y sus ojos dorados se convirtieron en unas
delgadas ranuras. Las garras se clavaron con más fuerza en mi hombro.
—No le hagas caso. Está celoso —la arrullé y acaricié sus relucientes
alas totalmente abiertas. Risha sacó pecho orgullosa antes de emitir un
chillido sordo.
Crusher sacudió la cabeza.
—¿Por lo menos ese bicho ha visto algo mientras estábamos ahí abajo?
Risha hinchó el pecho.
—¿Nada? —le pregunté.
Volvió a hincharse y soltó un arrullo en voz baja.
—Pues entonces… —Y apunté hacia abajo con la barbilla—. Cierra el
túnel, Crusher. Voy a llamar a Missy. Quizá ella haya averiguado algo
mientras tanto.
Mi compañero asintió y se dispuso a colocar la tapa de la alcantarilla.
Risha aleteó en mi hombro. Yo saqué el móvil del bolsillo, me coloqué bajo
el saliente de una pared y marqué el número de Missy. Estuvo sonando una
eternidad hasta que se oyó un pitido y una voz monótona me dijo que ese
dispositivo no estaba disponible.
—¿Crusher? —pregunté.
—¿Sí?
—¿Cuándo fue la última vez que supimos algo de Missy?
Crusher me miró; la tapa de la alcantarilla estaba a medio colocar.
—Eh, esta mañana, creo. Dijo que iba a empezar el turno en el
restaurante y que después se pondría en contacto con nosotros.
—¿Y lo ha hecho?
—¿El qué?
—Ponerse en contacto.
—No que yo sepa.
Preocupado, volví a llamar, pero saltó de nuevo el contestador. Guardé
el teléfono y me acerqué a mi compañero.
—Deberíamos ir al restaurante. Puede que se esté retrasando o que nos
haya dejado allí un mensaje. Me gustaría regresar a Black Rock si ella no ha
averiguado nada más sobre la desaparición de Henry Lancaster.
El rostro de Crusher se iluminó de repente.
—¿Eso significa que vamos a comer tarta?
Suspiré.

Diez minutos después estábamos sentados en nuestro Bugatti. Crusher nos


llevó por las calles de Nueva York. Desde la ventana vi el cuerpo estilizado
de Risha, que nos seguía como una punta de flecha. Suspirando me hundí
en el asiento y fruncí la nariz por el hedor que desprendíamos. Aún olíamos
a alcantarilla. Tenía la camisa negra salpicada de sangre; la piel me ardía y
picaba. Al menos tenía otro par de guantes de repuesto para ocultar mi
mano artificial. Por mi experiencia, esta llamaba demasiado la atención
cuando no los llevaba puestos. Y, si había algo que no necesitara, eso era
una atención que me alejara de mi trabajo. Limpié con cuidado las gotas de
sangre del bosam de mi rosario mientras reprimía un bostezo.
—¿Hace cuánto que no duermes, Falco? —preguntó Crusher mientras
me miraba serio de reojo.
—Eh… No sé, ¿hace treinta y seis cafés? —le respondí.
Crusher resopló.
—Falco, tienes que dormir, ducharte y beber un poco de agua. No
necesariamente en ese orden, pero si te hicieran una autopsia, te
encontrarían más cafeína que agua en la sangre.
—Dormiré cuando volvamos a la isla. Primero tenemos que acabar el
trabajo. Este asunto ya ha llamado demasiado la atención —respondí
simplemente y vi cómo mi compañero ponía los ojos en blanco.
Ante nosotros estaba el restaurante. Tenía un letrero brillante de neón
donde ponía Cox’ Diner. Llovía tanto que los limpiaparabrisas apenas
lograban contener toda el agua. A la vez que llegamos nosotros al edificio,
dos clientes salieron del restaurante. Crusher condujo rápido hacia ellos y
pasó sobre un charco. Por el rabillo del ojo vi un gesto enfadado que se
refería a nosotros.
—Creo que hemos disgustado a alguien —rio Crusher.
Yo chasqueé la lengua.
—Sobrevivirán. Aparca el coche en la acera. No estaremos aquí tanto
como para que la grúa se lo lleve.
—¿Y qué pasa con la tarta? —preguntó mi compañero.
En lugar de responder, me coloqué el rosario en la muñeca y salí.
—¿… ojos en la cara? ¿Qué coño…? —me gritó alguien.
Me detuve y giré la cabeza. Una de las dos personas quería venir hacia
mí, pero la otra se lo impidió.
—¿… un halcón?
—… imbécil.
—… mira hacia arriba.
La conversación me hizo alzar la vista. Las dos personas que habían
salido del restaurante seguían paradas en la acera. La figura más alta y
larguirucha señalaba a Risha, que se había posado en el cartel de neón. La
otra, más pequeña y con curvas, también la observaba, y mi mirada se fijó
en ella. Sin previo aviso, se me erizó el vello del cuello. Una ráfaga de
viento sopló con fuerza desde el callejón.
Hice un chasquido con la lengua.
—Vuela y vigila la zona —le ordené a Risha. No tenía que hablar alto,
puesto que me oía a cualquier distancia. Risha emprendió el vuelo y se alejó
volando disparada.
—¿Podemos entrar ya?
La pregunta de Crusher me sacó de mi ensimismamiento con las dos
personas. Asentí y entramos juntos en el restaurante.
Olía asqueroso, a grasa requemada. Pero, por lo menos, hacía calor. Una
ráfaga de aire frío entró con nosotros y esparcimos pisadas mojadas
mientras nos acercamos a una mesa. Una música country alegre salía de un
tocadiscos y al mismo tiempo se retransmitían las noticias desde un
televisor que había en el mostrador de estilo anticuado. Miré a mi alrededor
y se me volvió a erizar el vello del cuello. Respiré profundamente y sentí
que el ojo de Horus volvía a vibrar en mi rosario.
Discretamente abrí la carta y dejé que mi mirada vagara por el comedor.
—Aquí hay un demonio —dije con pocas palabras.
Crusher levantó la vista de su carta sorprendido.
—¿Estás seguro? No siento nada —Él también miró alrededor.
Desconfiado, mi mirada recorrió el restaurante, pero aparte de un par de
clientes y una camarera que se acercó a nosotros con una sonrisa amable, no
sentí ni vi nada más.
—Aquí ha habido un demonio —me corregí.
—Missy dijo que había estado aquí toda la semana. Ahora nos queda
averiguar si también es el demonio que estamos buscando. Solo espero que
no haga ninguna tontería, como irse sin nosotros —murmuró Crusher.
—A Missy le encanta hacer tonterías —señalé enfadado.
—Hola, encantos. Soy Abigail, su camarera hoy. ¿Qué les sirvo? —
interrumpió la camarera que, sin habérselo pedido, nos colocó dos tazas
delante y nos sirvió un café negro de una cafetera—. De parte de la casa —
Y nos guiñó un ojo. Su mirada se quedó posada en Crusher más de lo
necesario.
—Un momento —dije y empecé a colocar el salero y el azucarero. En
esta mesa reinaba un desorden terrible. Así no había quien se concentrase.
Mi compañero sonrió con timidez a la camarera.
—Disculpe a mi colega. Es un maniático y no soporta que algo no esté
ordenado. Tráiganos dos porciones de tarta del día, por favor.
—¿Dos porciones? —preguntó ella.
—No —dije mientras, a la vez, Crusher respondía que sí.
Parpadeó confundida.
—Dos porciones —repitió insistente Crusher.
—No tengo hambre —le dije.
Él me lanzó una mirada fulminante.
—Con nata, por favor.
La camarera nos miró primero a uno y luego al otro.
—Por supuesto. Ahora mismo vuelvo.
Desapareció, y yo le eché una mirada irritada a mi compañero.
—De todas formas, no me sabrá a nada. Una ensalada me habría valido
—le recordé.
Él soltó un resoplido.
—¿Para que estés media hora mordisqueando una hoja de lechuga y al
final lo dejes todo en el plato? ¡Ni de broma! Necesitas calorías, amigo mío.
—No me muero de hambre —le respondí.
—No pienso lo mismo.
—Hemos venido aquí por Missy, no por la tarta —dije, recordándole lo
que era importante.
—Hemos venido por ambas —me corrigió mi compañero. La luz del
restaurante le hacía parecer más pálido de lo que ya estaba—. Además,
debemos actuar con cautela.
—¿Porqué?
—Bueno, dos tipos desconocidos y manchados de sangre preguntando
por una chica de diecinueve años y que empuñan espadas con expresión
enfadada… No van a decirnos nada.
—No tenemos espadas.
—Era sarcasmo, Falco.
Le eché una mirada divertida.
—Si tú lo dices…
—Aquí tienen las tartas —La camarera, cuyo nombre no me había
molestado en recordar, nos colocó delante dos pedazos enormes de tarta de
manzana caliente.
Crusher miró la tarta con ojos radiantes.
—Muchas gracias. Y un vaso grande de agua para mi compañero, que
ya ha tomado café suficiente —Y me arrebató hábilmente de la mano la taza
de café que acababa de coger.
—¿Quieres morir? —le gruñí.
—No. Y tú tampoco, así que bébete el agua.
La camarera nos observó como si no estuviera muy segura de qué hacer.
Suspiré y me obligué a poner una sonrisa.
—Un vaso de agua, por favor.
—C-claro —asintió y se marchó rápido.
Crusher puso la taza fuera de mi alcance antes de empezar a ingerir su
tarta. Miré mi trozo. Olía riquísima. Enseguida empezó a rugirme el
estómago, sin embargo, no hice intención alguna de comer.
—¡Falco! —dijo mi compañero y me tendió un tenedor—. ¡Deja de
mirar fijamente la tarta y cómetela!
Miré el tenedor. Suspirando, pinché con la mayor precisión posible la
punta de la tarta, me la metí en la boca y mastiqué.
—¿Y bien? —preguntó Crusher.
Me encogí de hombros.
No me sabe a nada, como esperaba. Nada me sabe a nada.
Mi compañero suspiró.
—¿Sabes que en la academia se rumorea que no has sacrificado el
sentido del gusto, sino el del humor?
En ese momento, la camarera nos trajo el vaso de agua y lo colocó
tímidamente delante de mí.
—¿Les sirvo algo más…? —preguntó ella y mi compañero asintió con
la boca llena.
—Sí. Tenemos una pregunta: ¿está Missy aquí por casualidad?
—¿Missy? —preguntó la camarera sorprendida.
Crusher asintió.
—Sí, somos amigos suyos y habíamos quedado con ella, pero no
logramos hablar con ella. ¿Sabe dónde está?
La camarera nos examinó con desconfianza.
—¿Son amigos de Missy? —preguntó incrédula.
Mi compañero lanzó una sonrisa cautivadora.
—Vamos a la misma parroquia.
—¿Parroquia?
—Sí. Y… eh… queríamos ir juntos a repartir panfletos.
Fuera estaba retumbando. Cayó un rayo.
—¿Panfletos? —La camarera nos seguía mirando con escepticismo
mientras yo reprimía el deseo de golpearme la cabeza contra el borde de la
mesa.
Crusher ignoró mi mirada furiosa y, en su lugar, asintió.
—Al final el plan ha quedado en agua de borrajas, pero no hemos
logrado hablar con ella y creíamos que quizá estuviera aquí.
Los hombros de la camarera descendieron un poco.
—Lo siento. Hace tiempo que se ha marchado. No se encontraba bien.
—¿No se encontraba bien? ¿Qué le pasaba? —murmuró Crusher.
Intercambiamos una fugaz mirada preocupada.
—Eso no lo sé.
—¿Podría mirar si nos ha dejado algún mensaje?
—¿Un mensaje?
—Sí, una nota o algo así.
La camarera vaciló.
—No sé si…
—Por favor —le rogó mi compañero.
Ella suspiró.
—Bueno, voy a ver —Se dio la vuelta y su coleta también dio un giro.
Después desapareció en la parte trasera del restaurante.
—¿No se encontraba bien? —repetí.
Crusher frunció los labios.
—Quizá haya ocurrido algo y se haya vuelto sin nosotros a Black Rock.
Suspirando, me eché hacia atrás y bebí un sorbo de agua.
—Por eso odio trabajar con alumnos, independientemente de lo buenos
que sean.
Mi compañero resopló.
—Odias trabajar con otros, en general.
Ambos levantamos la cabeza cuando se acercó la camarera.
—Disculpen, ¿podría ver su documentación? —nos pidió.
—¿Para qué? —respondí con sequedad.
Ella me miró con nerviosismo.
—Missy sí ha dejado una nota. Es para un tal Falco Chepesch y un tal
Reese Crusher. Solamente quiero asegurarme de que son ustedes.
Despacio, saqué la cartera y le enseñé mi permiso de conducir. Crusher
hizo lo mismo.
—¿Con eso vale? —le pregunté con más amabilidad.
Examinó el documento, asintió y dejó suavemente la nota en la mesa.
—Aquí tienen.
—Gracias. Por ahora no necesitamos nada más —contesté.
Titubeante, se dio la vuelta, con evidente curiosidad, mientras yo cogía
la nota y recorría las escasas líneas.
—¿Qué dice? —preguntó Crusher.
—No mucho. Solo una dirección —Perplejo, le entregué la nota.
Sacó el móvil y escribió la dirección. Su ceja, donde tenía un pendiente,
se elevó rápidamente.
—Es la dirección de un viejo cine que pasó a ser un antiguo local
secreto. Se llama Devil’s —me explicó.
—¿Por qué nos dejaría Missy una dirección así?
Crusher miró hacia arriba. Sus ojos verdes se encontraron con los míos.
—Quizá haya encontrado algo. O a alguien.
4
Leaf

Demonios de nivel dos


Demonios
Bosam: criatura peluda y aterradora con rasgos de los
humanos, los monos y los murciélagos. El bosam tiene
ojos rojos, dientes puntiagudos y largas garras y suele
encontrarse en posiciones elevadas, como árboles.
Puede tener alas coriáceas y protuberancias en forma
de cuernos en la frente y la espalda. El bosam arranca
la cabeza a sus víctimas y luego se las come.

—¡
Y a bajo!
El chupito ardía como el mismo infierno al tragarlo.
Inmediatamente, Priscilla levantó su vaso en dirección al camarero y le
gritó:
—¡Otro!
—Para mí no. Uno más y mañana mi hígado querrá suicidarse.
Me bebí el vaso de agua que había pedido hacía cuatro chupitos.
—Venga, vamos —insistió Priscilla, pero Tavia sacudió la cabeza con
vehemencia, de manera que los ojos oscuros de Priscilla me miraron—.
¿Leaf?
—Nos estamos quedando sin dinero —añadí.
Priscilla chasqueó la lengua y se metió la aceituna de su copa de Martini
en la boca maquillada con pintalabios rojo.
—Eso puede cambiar. Solamente necesitamos un par de
«patrocinadores».
Su mirada se deslizó rápidamente por la zona de bar del club nocturno.
El Devil’s era conocido sobre todo por su pasado. En la década de 1920, el
club había abierto como un local clandestino. La antigua entrada de la calle
estaba tapiada y tan solo se podía entrar a través de una puerta escondida en
la estación de metro de Central Park. La sencilla puerta de color verde
oscuro pasaba inadvertida para la mayoría de la gente, al igual que el
pequeño letrero dorado en donde se leía The Devil’s Club.
La supervivencia de este establecimiento había sido posible gracias al
boca a boca. Nosotras habíamos sabido de este local gracias a Priscilla, y
ella lo había conocido por Dios sabe quién. Priscilla sabía muchas cosas de
esas. Las fotos estaban terminantemente prohibidas, y los turistas rara vez
acababan aquí. Sin embargo, la clientela era variada y el local siempre
estaba lleno; desde estudiantes jóvenes que iban al club para disfrutar de la
emoción de estar en un local secreto y de las bebidas baratas, hasta actores
y políticos que aprovechaban que en el Devil’s no podían hacerles fotos
cuando se metían rayas por la nariz.
Ese era el encanto del club. Lo que pasaba en el Devil’s se quedaba en
el Devil’s. Y hoy, a pesar del mal tiempo, el local también estaba lleno.
Priscilla se colocó a mi lado. Una expresión de interés apareció en sus
ojos.
—Ese de ahí —dijo tan solo.
Con curiosidad, giré la cabeza y recorrí con la mirada desde la barra
hasta la zona de baile. La música alta me retumbaba en los oídos mientras
en la penumbra personas con la piel sudorosa y el pelo alborotado bailaban
muy pegadas entre sí y otras a duras penas se sacudían al ritmo de la
música.
—¿Quién? —pregunté molesta y di un sorbo de mi vaso de agua.
—Ahí no. Allí arriba —me corrigió Pris, me agarró la barbilla y la
empujó hacia arriba, hacia la zona VIP, que estaba separada del resto del
local por una barandilla dorada.
Sobre ella se apoyaba una figura con traje. Estaba de perfil. Bajo la
parpadeante luz estroboscópica se vislumbraba una nariz recta, pómulos
altos, labios carnosos y cabello rubio. La típica imagen de un guaperas. Casi
demasiado atractivo como para ser real. Estaba claro que se había operado
la nariz.
—Hot as hell, ¿no? —El aliento de Priscilla me rozó el oído.
Yo gruñí.
—Esos tipos salidos de una clínica de estética me parecen
aburridísimos.
—¿Y qué? No quiero que me hable de ópera, sino que me encuentre el
punto G.
—¡Pris!
—¿Qué? —Se echó el pelo hacia atrás—. Es obvio que hace mucho que
no te buscan el punto G, Leaf. Si quieres, puedes quedártelo. Por esta vez.
Tavia le dio un codazo en el costado.
—Demasiado pronto —susurró.
Pris frunció el ceño.
—¿Segura?
—Sí —dijimos Tavia y yo al unísono.
Pris refunfuñó.
Sin embargo, volví a mirar a la zona VIP y arrugué el ceño. ¿De qué me
sonaba ese tipo? Como si hubiera notado mi mirada, de repente giró la
cabeza y me observó directamente. La luz parpadeante iluminó
parcialmente su cara, lo que le mantuvo en la penumbra mientras sus ojos
brillaban con un azul electrizante. Seguí bebiendo y me atraganté con el
agua.
—¿Estás bien? —preguntó Tavia preocupada.
Jadeando, intenté volver a llenar mis pulmones de aire.
—Sí, pero… conozco al tipo ese —Y tosí.
Mis compañeras de piso me miraron al instante.
—¿Conoces al tío del punto G? —se sorprendió Priscilla.
—¿Tenemos que llamarle así? ¿No podemos pensar un nombre con más
estilo? —preguntó Tavia.
—Sí, y no —respondió Pris.
Mientras tanto, yo asentí y volví a mirar hacia arriba. Aún estaba ahí.
Tenía una comisura de la boca elevada, como si algo le estuviera
divirtiendo. Nuestros ojos volvieron a encontrarse. Con un movimiento
elegante, levantó el vaso de cristal resplandeciente que sostenía en la mano
e hizo el gesto de brindar conmigo.
—Viene mucho por el restaurante —les expliqué.
—Ah —Tavia parpadeó decepcionada, como si hubiera esperado una
historia más emocionante.
—Y, además de la propina, ¿te ha dado su número? —me preguntó
Priscilla.
Le lancé una mirada borde.
—No. Se fue con Missy.
—¿Con Missy? Odio mi vida. Como sea verdad, le sacaré los ojos con
un bolígrafo. ¿Con Missy? ¿Enserio? —insistió Priscilla, desconcertada.
Encogí los hombros.
—Eso parecía, sí.
—¿Y?
—¿Y qué?
—Dame detalles. ¿Le gustan los bocadillos con o sin mayonesa? ¿Con
aceitunas? ¿Es de patatas fritas o más de ensaladas?
—¿Eso importa? —le lanzó Tavia.
—Pues claro. Eres lo que comes.
—Entonces, si pide patatas, ¿es…?
—… caliente y delicioso —La sonrisa de Priscilla nos reveló
demasiados dientes.
Pusimos los ojos en blanco, y yo me encogí de hombros.
—No sé mucho. Se llama Henry, o eso creo.
—Mmmm… Un británico —murmuró Priscilla, que se estaba comiendo
las aceitunas de la copa de Tavia mientras observaba al joven con deleite.
—Que se llame Henry no significa que sea británico —objeté.
Pero Priscilla me ignoró completamente:
—Qué desperdicio. ¿Creéis que Missy intentará sacarme los ojos a mí si
se lo robo?
Miré hacia arriba divertida, pero Henry había desaparecido. En su lugar,
alguien se escabulló hasta nuestro lado.
—Señoritas, sus bebidas —Sorprendidas, volvimos la cabeza mientras
el camarero ponía unos cócteles en nuestra mesa.
—No hemos pedido nada —dijo Tavia.
El camarero sonrió y dejó entrever un estrecho hueco en su dentadura.
Sin poder evitarlo, hice algo que no había hecho desde hacía una eternidad:
lo examiné de los pies a la cabeza. Acento español, ojos oscuros, mirada
amistosa, su sonrisa parecía un poco amargada.
—Es una invitación.
—¿De quién? —dijimos las tres al mismo tiempo.
—Del señor Lancester. Se alegra de haberla encontrado aquí de forma
tan inesperada, señorita —dijo mirándome directamente a mí.
—¿Y quién es el señor Lancester? —preguntó Priscilla, aunque la
respuesta era bastante obvia.
—El caballero de la sala VIP.
—Parece que tengo otra rival además de Missy —me dijo Priscilla.
Yo puse los ojos en blanco antes de sonreír al camarero.
—Muchas gracias.
Él asintió y regresó a la barra mientras Tavia probaba su bellida. La
habían servido en una copa de Martini.
—¿Qué es?
—¿A quién le importa? Lo importante es que es gratis. —Priscilla se
llevó la bebida a los labios e inclinó la copa con un único y elegante
movimiento.
—¡Pris! No te lo bebas. —Le quité la copa de la mano.
Pris lamió ociosa una gota de su labio superior pintado de rojo.
—Tranquila, Leaf. No todo el mundo intenta echarnos drogas en la
bebida. Tan solo es un Bloody Mary, y un Bloody Mary estupendo. ¡Para
dentro! —brindó hacia mí.
Bebí a sorbos de mi vaso y brindé mientras Priscilla se levantaba y se
recolocaba el vestido.
—Muy bien. Vamos.
—¿Adónde?
—¿Cómo que adónde? El tío está bueno, la bebida está bien. Habrá más
de esto y vamos a conseguírnoslo.
Chasqueó los dedos como si esperase que la siguiéramos como dos
perritos. Tavia y yo intercambiamos una mirada mientras ella se abría paso
entre la multitud que estaba bailando y llegaba hasta la escalera de la zona
VIP, donde la detuvo un guardia de seguridad.
—¿No sería mejor que nos escabulléramos y pidiéramos una pizza en
casa? —propuse.
—¿Y si la atrapa un asesino? ¿Podríamos vivir con esa culpa? —Tavia
sonaba más seria de lo que debería.
—¿Qué probabilidades hay de que eso pase?
—Bastantes. La tasa de homicidios en Nueva York ha subido casi un
cincuenta por ciento.
Las dos nos pusimos de pie a la vez y juntas nos abrimos paso entre la
masa danzante. La niebla artificial se deslizaba alrededor de mis pies. Los
bajos me retumbaban en los oídos. Priscilla se había colocado delante del
guardia y parecía como si acabase de morder un limón. Como no estaba ya
dentro de la zona VIP, supuse que tenía problemas para subir. No es que
lograse siempre todo lo que quería, pero no soportaba que eso ocurriese.
Cuando se encontraba con obstáculos, convertía en su misión personal
hallar un resquicio con el que superarlo. Yo suponía que entonces se notaba
que era hija de dos abogados.
—No —dijo el guardia en ese momento con una voz inexpresiva
profesional. Tenía la sensación de que era algo que decía a menudo.
Priscilla miró al tipo de los pies a la cabeza. La mayoría de los hombres
se habría rendido ante aquella mirada, pero había que reconocerle una cosa
al guardia de seguridad: era un tipo impasible.
—Vuelva a mirar. Estoy segura de que estamos en la lista.
El guardia cruzó los brazos en el pecho.
—No.
—Priscilla… —empecé, pero ella tan solo sacudió la mano como si
estuviera apartando una mosca pesada.
—No te preocupes, yo me encargo, Leaf —dijo, como si fuera la
interesada en subir allí.
—Será mejor que nos vayamos, Pris —le expliqué.
—Me parece una idea excelente —dijo el guardia.
—No vamos a hacerlo —dijo Priscilla, clavando el índice con la uña
pintada en el pecho del guardia—. Disculpa, machote, allí arriba está el
padre de mis futuros hijos, y no voy a dejar que me lo arrebates. La vida de
cinco niños está en tus manos.
—¿Cinco? —pregunté burlona.
—O uno. Eso lo hablaremos más adelante —respondió Priscilla.
—No. —El maldito guardia estaba hecho de acero.
Priscilla apretó los dientes y lo observó. Asumí que estaba valorando si
merecía la pena perder en esto los pocos dólares que había estado ahorrando
para emergencias. En su trabajo ganaba solo lo suficiente como para salir
adelante. Sin embargo, parecía que ese tipo o las bebidas habían tenido
efecto en ella, o no se acostaba con alguien desde hacía más tiempo del que
creíamos.
Priscilla frunció los labios.
—¿Qué tengo que…? —empezó a decir cuando, de repente, se oyó un
estallido en todo el local.
Sorprendidas, levantamos la cabeza. No se reconocía nada con las luces
oscuras y los cuerpos temblorosos que nos rodeaban. Sin embargo, el ruido
se percibía claramente. ¿Una pelea? El guardia se llevó la mano a la oreja,
donde descubrí que tenía un pinganillo negro.
Murmuró algo antes de lanzarnos una mirada seria.
—Como vuelva y estéis arriba… —Después se marchó apresurado.
Estupefactas, lo seguimos con la mirada antes de que en la cara de
Priscilla se extendiera una expresión satisfecha.
—Bueno, pues… —dijo y, sin vacilar, subió por las escaleras.
Tavia puso los ojos en blanco, y juntas la seguimos hacia la zona VIP.
No es que yo nunca hubiera roto ni una norma, ni que nunca hubiera
tenido la necesidad de hacer algo alocado y estúpido, o que no supiera lo
divertido que era dejarse llevar por el coqueteo y demasiada bebida.
Cuando yo era niña, mi madre ya había traído a mi vida caos suficiente
como para tres. Lo suficiente para saber que el caos no se convertía en una
situación de la que una se enorgulleciera después. A lo largo de mi vida
había tenido tantas aventuras que, a diferencia de Priscilla que había estado
siempre contenida y bajo la presión de sus padres, ya no me atraía
mágicamente buscar problemas. No tenía nada en contra de que los
problemas los sufrieran otros que no fuera yo.
Quizá por eso fui detrás de Ben y de nuestra relación, porque con él
sabía lo que iba a pasar en cada situación. Sinceramente, no me sorprendió
que me engañase, aunque no por eso me dolió menos. Todo eso podría
parecer aburrido, cohibido e ingenuo, y la verdad es que lo era, pero el caos
era como una droga. Ya lo había visto con mi madre. Una vez que te pierdes
en él, es difícil salir. Con Priscilla me sentía como una exalcohólica que
tenía que recordar constantemente que no debía beber, por muy tentador
que fuera, pues un sorbo llevaba al siguiente y después… Bueno, después
acababas así.
Dejé que mi mirada vagara. La zona VIP estaba compuesta por líneas
curvas, sofás suaves y una luz que ensombrecía más que iluminaba. Tenía
su propia barra en una de las esquinas. Aquí arriba había menos personas
que en la pista de baile de abajo. Y, a pesar de eso, eran suficientes como
para perder de vista a mi compañera de piso, o quizá ella había llegado a la
conclusión de que no quería que la encontrásemos; no conocía tanto a
Priscilla.
—¿Tú vas por la derecha y yo por la izquierda? —le pregunté a Tavia.
Ella asintió y se deslizó por el Devil’s. Aquí la música sonaba más baja,
o eso me parecía a mí. En cualquier caso, los murmullos de las voces y las
risas estrepitosas de las mujeres resonaban por encima de la música. En el
ambiente flotaba un olor dulce que no había percibido abajo. Pasaba por
delante de una pareja besándose cuando me empujaron por detrás. Parte del
cóctel que llevaba en la mano salió disparado y me cayó en los zapatos de
tacón.
Me di la vuelta.
—¿Es que no puedes…? —empecé a decir, pero la frase se me quedó
atravesada en la garganta.
El tipo que tenía ante mí llevaba pantalones oscuros y una camiseta
negra que se ajustaba a las curvas de sus músculos. De la cabeza la caía el
cabello pelirrojo en mechones puntiagudos. Tenía docenas de pendientes en
las orejas, piercing snake hites en el labio inferior y tatuajes que le subían
por los pómulos. Pero sus ojos fueron lo que me dejaron helada; eran
negros. Seguro que eran lentillas, pero hacían que en sus ojos pareciera que
las pupilas hubieran absorbido cualquier otro color. Cuando me sonrió, su
boca se alargó más de lo que sería posible anatómicamente y vi que tenía la
lengua dividida. Ay Dios, había oído hablar de esa moda, pero nunca lo
había visto en persona.
—¿Has dicho algo?
Era un tío enorme. Tuvo que agacharse para acercarse a mí.
Inmediatamente me eché hacia atrás mientras él me miraba con sus extraños
ojos. Sus fosas nasales se hinchaban como si me estuviera oliendo. Su
mirada llegó a las gotas que me recorrían el pecho.
—¿Te he tirado la bebida? —murmuró.
—No pasa nada —le corté e hice intención de darme la vuelta, pero él
me agarró de la muñeca y volvió a girarme como estaba antes. Sorprendida,
me tropecé con mis propios zapatos.
—No tan rápido, pequeña delicia. Vamos a ver de quién eres. Hoy
todavía no me he comido nada —dijo el tipo mientras me giraba la muñeca
y examinaba mi piel.
—Suéltame la mano y lárgate —le dije. Si había aprendido algo en mis
seis años en Nueva York era a ser tajante.
Intenté liberar mi mano, pero el tío no me soltaba. En lugar de eso,
frunció el ceño, levantó mi brazo y me observó como si estuviéramos en
una feria de ganado.
—¿De quién eres? ¿O es que han dejado sueltas a un par de gallinitas?
—¡Te he dicho que me dejes! —Intenté liberar la mano de su agarre y
tiré tan fuerte que me hice daño.
El tipo me miró divertido y, de repente, me soltó. El impulso que había
creado mi intento de alejarme hizo que perdiese el equilibrio. Asustada,
tropecé hacia atrás, pero alguien me sostuvo con firmeza.
—¿Hay algún problema? —dijo una voz amable.
Se me erizó la piel de la espalda. Miré hacia arriba y vi un par de ojos
azules. Henry me obsequió una sonrisa amplia.
—No pasa nada —le respondí y me separé de él.
Él retiró los dedos de mi piel.
—Me alegro. Y también de volver a verte. Leaf, ¿verdad?
Yo asentí ligeramente, y su sonrisa se volvió más ancha.
—Quién se habría imaginado que volveríamos a vernos tan pronto. Pero
estoy sorprendido; creía que las fiestas aquí arriba eran bastante exclusivas.
—Solo estoy buscando a una amiga —le dije.
—¿A Missy? No está aquí.
—No, a mi compañera de piso —respondí enseguida.
Henry ladeó la cabeza.
—Si quieres, te ayudo a buscarla, pero antes tengo que ocuparme de un
asunto de negocios.
Di rigió la mirada al tipo raro de antes, que nos había estado observando
con actitud divertida.
—Judas, llegas tarde —dijo Henry.
Judas inclinó la cabeza.
—Tienes suerte de que esté aquí. Te están buscando; todos. Puede que el
Devil’s sea neutral, pero en cuanto pongas un pie fuera, te atrapan. Hay
rumores de que los black birds están husmeando por aquí. Será mejor que
pienses en algo o esta noche rodará tu cabeza.
¿La cabeza? Levanté la vista. ¿Por qué parecía que Henry estuviera
implicado en algo en lo que yo claramente no quería estar implicada? ¿Y
esa mujer del restaurante no había dicho también que había rumores de que
Henry estaba metido en un par de negocios dudosos? Molesta, me alejé un
poco.
—¿Tienes lo que yo quería? —preguntó Henry, sin revelar muestra
alguna de estar nervioso.
Judas asintió con un movimiento de cabeza y vi una puerta que se
apartaba de la zona VIP. Nunca había subido aquí arriba, pero sabía que el
Devil’s tenía algunas salas privadas.
—En la habitación seis —dijo tan solo Judas.
Yo no quería saber lo que había en la habitación seis. Me aparté aún más
de Henry, que entonces volvió a centrar su atención en mí.
—Puedes sentarte en ese rincón. Si alguien pregunta, eres mi
acompañante esta noche, o de lo contrario te echarán de aquí. Pídete algo.
Enseguida vuelvo —Me guiñó un ojo y desapareció con el pelirrojo tras la
puerta que parecía llevar a las salas privadas.
Me quedé mirándolo hasta que me obligué a girar la cabeza. Tenía que
encontrar a Priscilla antes de que esto se volviera más raro de lo que ya era.
Dejé la copa y me abrí paso por la zona VIP. Los bajos vibraban a mis pies.
Estuve mirando a mi alrededor, pero no distinguí a Priscilla ni a Tavia entre
la gente.
Sin embargo, percibí otras cosas. Fuera lo que fuese esta fiesta privada
en la zona VIP, no tenía nada que ver con las flores y las abejas. Vi caras
pálidas y labios pintados de rojo brillante. Parecía que las lentillas estaban
de moda, porque me fijé en que los ojos de muchas personas eran tan
negros como los del pelirrojo. Mujeres y hombres estaban reunidos en
grupos y algunos de ellos llevaban gargantillas. Me habría parecido tan solo
un accesorio extravagante si no fuera por la cadena de la que los guiaban
como si fueran perros. Algunas parejas estaban completamente a lo suyo,
besándose y restregándose en algo que era más sexo que baile. De una de
las esquinas provenía el olor de una pipa de agua, pero las pupilas de la
mayoría estaban tan dilatadas que estaba claro que aquí se consumía algo
más que tabaco. Sobre todo, flotaba un olor salado y dulce que me
recordaba al cobre.
Levanté la mirada y me fijé en un hombre. Guapo y asiático. Apenas
tendría la edad suficiente para estar aquí. Rodeaba con el brazo a un
segundo hombre y presionó la cabeza contra su cuello con tanta fuerza que
parecía que lo estaba mordiendo. Como si hubiera sentido mi mirada,
levantó la vista. Con la luz, sus pupilas parecían extrañamente rojas. Me
sonrió. Yo aparté rápidamente la mirada. Mierda, esto se estaba volviendo
rarísimo.
Me giré sobre los talones y había decidido esperar a Pris abajo cuando
sentí a mi espalda una corriente de aire.
—¿La has encontrado?
Me di la vuelta.
—¿Ya has vuelto de tus negocios turbios? —le pregunté a Henry.
Él levantó una ceja.
—Por desgracia no tenía nada útil para mí.
—¿Cocaína falsa? —le pregunté con sequedad.
Su sonrisa se volvió más ancha.
—¿Decepcionada? ¿Quieres un poco?
—Me gustaría irme con mis amigas.
—¿Son varias? Creía que era solo una.
—Sí, ahora son dos. Parece que se me da bien perder a la gente.
—Estoy seguro de que regresarán. Dales media hora —Y señaló con la
cabeza la puerta de los reservados.
—No creo que estén ahí.
—¿Ah, no? Juraría que eran tus amigas. ¿Una asiática con el pelo negro
y otra alta y rubia?
Sorprendida, me quedé mirándolo.
—Sí, ¿las has visto?
Henry me guiñó un ojo.
—Parecía que la del pelo oscuro se lo estaba pasando bien.
—¿Cómo…? —empecé a decir, pero suspiré y proseguí—: No quiero
saberlo.
—Si quieres esperarlas, te invito a algo —dijo Henry y señaló con un
elegante movimiento de la mano un grupo de asientos con vistas al local
entero. Seguro que desde allí nos había visto en la barra.
—Gracias, pero prefiero esperar abajo.
—No me gusta dejarte sola en el club.
—Y a mí no me gusta estar en un reservado oscuro con tipos
desconocidos, así que… —Asentí con la cabeza, me giré y me dirigí hacia
las escaleras. Por desgracia, el guardia de seguridad que nos había impedido
subir, me impidió salir.
—Tú —me espetó cuando me reconoció.
Elevé la mirada y subí la mano.
—Puedo explicarlo.
—Os lo advertí. ¡Fuera de aquí! —dijo el guardia y se aproximó a mí
con zancadas grandes.
Presa del pánico, miré a mi alrededor buscando una vía de escape
cuando un brazo se posó tranquilamente en mi hombro.
—No pasa nada. Está conmigo —explicó Henry con calma.
El guardia dudó un instante y me miró.
—¿Está seguro, caballero? Ella y otras dos…
—Estoy seguro. Es mi invitada, al igual que sus dos amigas.
Me dirigió suavemente hacia la sala, y como parecía que el guardia me
echaría de allí en cuanto Henry me soltase, volví con él lo más rápido que
pude.
—Solo unos minutos.
Me recosté en uno de los sofás. Era de cuero, por lo que crujió en
cuanto me senté en él e inmediatamente se me pegaron los muslos.
—Claro —dijo Henry sin intentar ocultar lo divertido que era aquello
para él. Levantó una mano e hizo un ademán con ella. Vi cómo unos anillos
brillaban en sus dedos. ¿Eran sellos?
Un camarero vino enseguida y colocó una botella ante nosotros.
—¿Desean algo más? —preguntó.
—Desaparece —dijo simplemente.
Le lancé una mirada compasiva y me propuse darle propina. Si ya era
malo de por sí tratar con clientes desagradables en un restaurante asqueroso,
no quería ni saber cómo sería trabajar en un club lleno de imbéciles.
—¿Hace cuánto que trabajas en el restaurante? —preguntó Henry como
si me hubiera leído el pensamiento. Llenó dos copas y puso una de ellas en
la mesa delante de mí. El líquido esparcía perlas por el cristal, que acababan
estallando en la superficie.
—Seis años —le respondí y miré la pista de baile. Luego la escalera. El
guardia de seguridad casi me apuñala con la mirada. Joder.
—¿No te gusta charlar? —preguntó Henry.
Levanté una ceja a modo de burla.
—Me encanta charlar, pero no estoy segura de que me caigas bien.
Su boca se contrajo.
—Qué refrescante.
—¿El qué? ¿Que no le caigas bien a alguien?
—No, que alguien no me aburra.
Olí el líquido de mi vaso y bajé la mirada. Seguía sin haber una salida
fácil. Pues bueno. Bebí un trago y miré a quien tenía enfrente.
—¿No quieres saber por qué podrías no caerme bien?
—¿Por qué iba a quererlo? —Y volvió a servirme champán.
—La mayoría de la gente se sentiría ofendida.
Henry rio y levantó su copa. Me miró por encima de ella.
—No tengo que gustarte, Leaf…
Dejó la frase sin terminar, y yo la completé.
—Young. Me llamo Leaf Young.
Las comisuras de su boca se elevaron.
—¿Y no tienes por qué gustar? —dije con burla.
—No —Se llevó la copa a los labios y dio un trago largo—. Me basta
con que me deseen. —Las palabras abandonaron su boca lentas y dulces
como el chocolate. Y me retó a apartar la vista con la mirada. No lo hice. En
su mejilla apareció un hoyuelo.
—¿Hace cuánto que estáis juntos Missy y tú? —le pregunté y tomé la
copa. Las burbujas me salpicaban los labios al beber.
—Missy y yo no estamos juntos.
—¿Ah, no?
—No, solo hemos tenido una cita —expresó con un tono que me hizo
no estar segura de lo que quería decir.
—No es muy tranquilizador que un hombre adulto diga eso de una chica
de diecinueve años —dije haciendo especial hincapié en la edad.
Henry rio para sus adentros.
—No te confundas, Leaf Young. Quizá sea yo quien debería temer a
Missy.
—Sí que deberías. Suele asustarnos a todos —confirmé.
—Entonces estamos de acuerdo.
Brindó dirigiéndose a mí, y yo di un sorbo tan solo para llenar el
silencio incómodo que había entre nosotros. Quizá debiera irme a casa.
Estaba claro que este día había sido muy largo.
—Pero dime… —Se inclinó hacia delante—. ¿Por qué tus amigas están
ahí divirtiéndose, y tú estás sentada aquí sola?
—Porque después de mi horrible ruptura, sigo sufriendo a nivel
emocional, comiendo helado y considerando a los hombres el mayor mal
después de la peste, el cólera y esas Pringles con sabor a calamar. Me
prometí a mí misma que durante los próximos años no cogería a los
hombres ni con pinzas.
Levantó una ceja.
—¿Horrible ruptura?
—Una en la que hubo muchas lágrimas y se lanzó ropa por la ventana.
La televisión pesaba demasiado —le respondí con sequedad.
Las comisuras de su boca volvieron a contraerse y la expresión de sus
ojos hizo que apretase las piernas una contra otra.
—Pues voy a contradecirte.
—¿Cómo? ¿Has intentado tirar una televisión por la ventana?
—No, pero el peor sabor de patatas fritas es el de vinagre. —Su cara
mostraba tal gesto de asco que no pude evitar sonreír antes de que me
mirarse a los ojos y sus iris fueran un lago azul y cristalino—. Y sería una
lástima que te negaras a ti misma la posibilidad de disfrutar de buen sexo
durante siete años tan solo por el error de un pequeño y miserable
calzonazos.
Resoplé dentro de mi copa.
—No me acuesto con alguien si no siento algo por él —le aclaré y
levanté la barbilla.
Sus comisuras se elevaron de manera lasciva.
—Qué escándalo. ¿Es que lo has probado alguna vez?
Me lamí una gota del labio inferior y vi cómo sus ojos seguían el
movimiento. Se me erizó la piel de la espalda.
—Deja que lo adivine —dije—. ¿Eres uno de esos tipos que cree que el
amor solo es una reacción química en el cerebro?
Henry se rio y se inclinó tanto hacia mí que podía sentir sus labios en mi
oreja.
—La realidad es que es así, pero yo nunca cuestionaría el amor. El amor
es fascinante y pertenece a una única persona. Pero el deseo… El deseo no
puede encadenarse; intentarlo es una tontería y lo único que se consigue es
una erupción incontrolada. Pero dime una cosa: ¿después de tantos años
nunca te imaginaste que te tocaba otra persona? ¿Nunca te ha excitado
pensar en unos labios y un tacto que son nuevos? ¿Nunca has llegado al
clímax con ese exnovio tuyo pensando en otra persona?
Su aliento iba desde mi oreja hasta el pulso en mi cuello, que
inevitablemente se había acelerado. Me obligué a no apartarme. Sabía
cuándo alguien estaba jugando y no me gustaba cuando alguien creía que
podía jugar conmigo. Y, a pesar de todo, ahí estaba de nuevo, era ese
subidón de adrenalina que resultaba tan peligroso. Sin embargo, no pude
apartar la vista de Henry, que me observaba. Sus labios estaban tan cerca de
mi pulso palpitante que podían tocarlo con tan solo una respiración. No lo
hizo, y el hormigueo de mi piel se convirtió en una sensación tirante en mi
pecho.
—No sé por qué te importa, pero no necesito imaginar mi vida sexual
con otra persona para sentirme satisfecha.
Frunció los labios.
—No hace falta que mientas. No es ninguna vergüenza tomar lo que se
desea. El amor no disminuye solo por entregarse al deseo.
Se echó hacia atrás despacio, y yo deseé que no notase lo profunda que
era mi respiración. Su mirada ardía en la mía y se me puso el vello de
punta.
—Gracias, pero es hora de que me marche.
Me levanté y me sorprendió lo inclinado que estaba el suelo ahora.
Henry me agarró rápidamente. Sus dedos ardían sobre mi piel. ¿Por qué
estaba tan fría?
—¿Todo bien? —dijo y me soltó cuando, tras un breve momento de
vacilación, volví a ponerme de pie.
—Voy a esperar a mis compañeras de piso, pero abajo.
A salvo. Lejos de esa mirada y esos labios que me mareaban.
Creía que intentaría retenerme, que se mostraría desagradable. En lugar
de eso, me sonrió, tomó mi mano y me dio un beso en el dorso, lo que me
aceleró el pulso. Me miró a través de sus pestañas densas y, bajo la luz que
nos rodeaba, sus ojos azules parecían casi negros.
—Ha sido un placer.
—¿El qué exactamente?
Sus labios se torcieron. Lo sentí en mi piel antes de que me soltara la
mano.
—Todo.
—Gracias —dije antes de darme la vuelta y alejarme de allí. Esperaba
que Tavia y Priscilla se dieran prisa en lo que fuera que estuvieran
haciendo. Cuando llegué a la barra, con el corazón palpitando fuerte, y miré
hacia arriba, Henry había desaparecido. Qué pena. No, ¡mejor así!
—Ponme una doble —le pedí al camarero.
—¿De qué? —me respondió este.
—Me da igual. Algo fuerte —Me miró con cara de saber lo que me
ocurría, colocó dos vasos de chupito delante de mí y los llenó con tequila.
Me tomé el primero antes de que hubiera terminado de llenar el segundo
y torcí el gesto cuando mordí el limón. Mejor. Aunque…
—Otros dos —dije, y en ese mismo momento una voz me atravesó y me
puso el pelo de punta.
—¿Leafy?
Elevé la mirada mientras la voz me devolvía al pasado. A las risas
susurradas y a los besos en la biblioteca. A un latte doble con un cruasán
cada viernes por la mañana. A la sensación de unas manos acariciando mi
cuerpo y un apodo en voz baja. Leafy. Solo una persona me llamaba así.
Solo una persona me había llamado así.
Levanté la cabeza y me tomé el chupito con tanta fuerza que el líquido
se fue por el camino equivocado y acabó saliéndome por la nariz. ¡Joder,
cómo ardía!
—Ay, vaya… ¿Estás bien?
Jadeando, agarré una servilleta e intenté tragar el resto de la bebida
mientras miraba hacia arriba con los ojos llorosos.
—¿Ben? —Tosí. Allí, ante mí, estaba mi ex con un jersey de cachemira
y unos pantalones negros. Las luces de la bola de disco le iluminaban la
barbilla con su hoyuelo, y el rizo oscuro que le caía por la frente y le daba
cierto aire a Elvis.
—¿Qué…? ¿Qué haces aquí? —resollé antes de que mi mirada se
posara en la mujer rubia y delgada que estaba a su lado. Se me tensaron
todos los músculos.
No la había llegado a conocer en persona, pero no necesitaba ver el
pedrusco gigantesco en su dedo, que yo había descubierto en el cajón de la
ropa interior y sostenido creyendo erróneamente que era mi anillo, para
saber quién era.
—Blair y yo estamos celebrando nuestro… —vaciló y dejó de hablar
con una sonrisa—. No importa.
—Ajá —dije yo y miré a Blair. Era la otra, aunque en realidad «la otra»
había sido yo sin saberlo.
Ella sonrió, pero noté el desprecio en su mirada.
—Así que tú eres la famosa Leaf. He oído hablar mucho de ti —Me
tendió su mano con manicura. Yo no llevaba las uñas pintadas, sino cortas y
mordisqueadas.
—Síííí… —dije alargando la palabra y arrugué la servilleta, sin
ofrecerle mi mano—. Lo siento, yo no he oído hablar tanto de ti.
Dejó caer la mano y la colocó sobre la de Ben. Me habría gustado que
esa visión no hubiera dolido tanto.
—Bueno, ha sido… interesante conocerte. Por desgracia, Ben y yo
tenemos que irnos. Estamos celebrando que nos hemos prometido —
contestó con una voz dulce.
—Blair —dijo Ben lanzando una mirada de advertencia en mi dirección.
En mi interior se formó un nudo de ira acumulada, dolor y unos celos
terribles. Solté un resoplido y mientras me intentaba dar la vuelta, Ben me
agarró del brazo y me detuvo.
—Leafy, no huyas, no de mí. Priscilla me ha dicho que has estado
llorando durante semanas y que apenas salías de casa. ¿Por qué haces esto?
Esa reprimenda final me dejó sin respiración. Mi furia acabó con
cualquier pensamiento racional.
—Yo… Tú… ¿Por qué has hablado con Priscilla? —conseguí decir al
final. ¡No me podría creer que le hubiera contado todo eso!
—Cariño, me preocupo por ti. —Me acarició la mejilla, y yo estaba
demasiado atónita como para apartarme.
O al menos lo hacía hasta que alguien agarró la mano de Ben desde
atrás.
—¿Te importaría quitarle la mano de encima a mi novia? —dijo una voz
que hizo que un escalofrío me recorriera la espalda.
Ben miró hacia atrás sorprendido y lo que vio provocó que su fachada
se esfumara.
—¿Y tú quién eres? —preguntó y liberó su mano.
Henry me sonrió.
—Perdona, Leaf, al final he tardado más. Gracias por esperarme.
Se inclinó hacia mí y posó sus labios en los míos. Tierno, suave,
sensual. Fue un momento fugaz, pero su tacto tuvo un efecto más intenso
que los chupitos de antes. Mi estómago se contrajo y sentí calor.
—¿Qué…? —empecé, pero él me puso un brazo sobre el hombro y
sonrió a Ben y a su prometida, que nos miraban perplejos.
—Henry Lancester. Soy el futuro de Leaf, y tú debes de ser su pasado
—dijo y sonrió con sorna a Ben.
Ben apretó los dientes y me lanzó una mirada furiosa.
—Leaf, ¿es en serio? ¿Te has liado con este tío tan solo para
demostrarme algo?
—¿Para demostrarte algo? —repetí antes de soltar una risa de
incredulidad—. Ay, Ben, no todo gira en torno a ti.
Ben torció el gesto, como si hubiera mordido un limón.
—Leafy… —empezó, pero yo tomé la mano de Henry y le eché una
mirada significativa.
—Gracias por recogerme. ¿Bailamos? —le pregunté, deseando que
sonara al menos la mitad de relajada de lo que pretendía.
Henry me lanzó una mirada lasciva.
—Será un placer —dijo en un ronroneo, me dio un segundo beso en los
labios y me llevó a la pista de baile.
Noté la mirada penetrante de Ben en la espalda y me acerqué más a
Henry, que me puso las manos en la cintura y empezó a moverse al ritmo de
la música.
—Gracias por rescatarme —le dije simplemente mientras Henry me
hacía girar, colocaba el brazo y me susurraba al oído:
—¿Rescatarte? Solo he sido egoísta y te he secuestrado.
La luz parpadeante convertía sus ojos azules en remolinos negros
mientras sus manos me acariciaban, firmes, pero no desagradables. Sentía
sus dedos calientes sobre mi piel.
—¿Ese era tu ex?
—Sí. Menuda coincidencia —murmuré e incliné la frente breve, pero
con fervor en su pecho absorbiendo su olor. Sentí cómo una risa vibraba en
su pecho.
—Nos están mirando —me susurró al oído, y levanté la vista.
—Por supuesto. Seguramente estén esperando la oportunidad de
descubrir que es un engaño.
—Bueno, pues si quieres les damos un poco de espectáculo para que no
tengan ninguna duda —murmuró, y su aliento llegó hasta mi pulso
acelerado.
Me mordí los labios y sentí sus manos sobre mí.
—¿Por qué tengo la sensación de estar atrapada por unos dedos?
Una sonrisa irónica se formó en sus labios.
—Parece que no soy tan opaco como me gustaría.
Volví a apoyarme en él.
—Me siento halagada, pero no merezco la pena.
Sus ojos empezaron a brillar.
—Voy a decírtelo claramente: reconozco algo interesante cuando lo veo,
y tú eres muy interesante, Leaf Young.
Dejé escapar un resoplido.
—¿Hacemos el numerito de Edward Cullen? ¿Te fascina no poder leer
mis pensamientos?
—¿Quién? —preguntó Henry, y su expresión mostraba tanta perplejidad
que no pude evitar reírme. Esa risa surgió tan rápidamente que me sorprendí
a mí misma. Henry me miró y se le dilataron las pupilas.
—Un vampiro. ¿No sabes quién es?
Henry frunció el ceño y parecía que realmente estaba pensando en ello.
—Cullen… ¿Su familia viene del clan de los strigoi? Conozco a un
Culliver, pero me parece que lo enterraron vivo en 1860.
—¿Qué? —le contesté perpleja.
—Sí, pobre. Quizá debería desenterrarlo. Recuerdo vagamente que
estuve involucrado en ese asunto.
Entrecerré los ojos.
—Estás de broma, ¿no?
Henry se encogió de hombros.
—Has empezado tú con lo de los vampiros. Yo solo quería charlar para
que olvidaras que tu ex sigue mirándote como si se arrepintiera de haberte
dejado.
Mis reflejos hicieron que intentase darme la vuelta, pero Henry me
detuvo conteniéndome entre sus brazos y susurrándome:
—No te gires o echarás a perder esa mirada de horror que tiene.
Lo observé divertida.
—¿Deberíamos enfadarle un poco más? —susurró Henry.
Se me encogió el estómago e intenté recordar la última vez que alguien
me había propuesto algo que me hubiera hecho sentir como ahora. Ay, hacía
mucho que no me sentía así, deseada. La emoción del coqueteo. La
sensación de piel contra piel, el olor y el sabor de otra persona que invaden
mis sentidos. Esto era excitante, y me di cuenta de que la situación se me
escapaba porque me acerqué aún más a Henry. Ya estaba. Salté al abismo y
me dejé caer. Que le den a la seguridad. Había apostado por la seguridad en
los últimos años, ¿y qué había obtenido?
Un corazón roto.
Esto no podía ser mucho peor.
Un escalofrío me recorrió la espalda mientras me ponía de puntillas,
enterraba los dedos en el cabello de Henry y posaba mis labios sobre los
suyos. Y que le den a todo.
Los labios de Henry se curvaron en una sonrisa antes de que me
acercase tanto a él que ya no cabía ni un soplo de aire entre nosotros.
Su lengua se encontró con la mía. Toda la sala pasó a estar en un
segundo plano. La música se atenuó y se convirtió en un zumbido sordo. El
ritmo sonaba a la misma velocidad que mi corazón mientras besaba a Henry
Lancester como si no hubiera un mañana. Nuestros labios se unieron.
Caliente y firme, su lengua esquivaba a la mía y se hundía con movimientos
profundos y lascivos que hacían que me temblase todo el cuerpo. Esto no
tenía nada que ver con los besos recatados y habituales que había recibido
por parte de Ben. Estos eran cálidos, caóticos y excitantes.
Nos separamos un breve instante mientras la mirada hambrienta de
Henry me devoraba, haciendo que flojearan mis rodillas y mis bragas se
humedecieran.
—Se ha ido —me murmuró en los labios.
—¿Quién? —pregunté, confundida por un momento, y eso hizo que
Henry se riera.
—Tu ex se ha ido —Se apartó de mí y el mundo volvió a aparecer ante
nosotros. Me encogí. ¿La música siempre había estado así de alta?
Estábamos en el medio de la pista de baile y sentía mi respiración tan
pesada como mis extremidades.
—Bien —dije tan solo, y nos quedamos así. Respirando profundamente
e incapaces de apartar la mirada del otro—. Debería irme —dije de repente.
Henry inclinó la cabeza, y un mechón de pelo le cayó sobre la frente.
—Sí, deberías —dijo él mostrándose de acuerdo. Sin embargo, ninguno
de los dos se movió.
—O… —empezó a decir, y sentí cómo una gota de sudor me caía por la
espalda.
—¿O…? —repetí.
Me atrajo hacia él con una sonrisa, y sus labios rozaron mi oído con
cada una de sus palabras.
—O seguimos con esto en otro lugar donde no estemos fingiendo.
Dios mío. Contuve la respiración e intenté ordenar mis pensamientos
para recordar por qué los líos de una noche con alguien prácticamente
desconocido no eran nunca una buena idea. Esa breve vacilación le hizo
retroceder.
—O… —volvió a decir, pero esta vez fui yo quien lo detuvo.
—Vámonos —dije simplemente.
Las comisuras de su boca se elevaron, y sus ojos azules resplandecían
como un zafiro.
—Fuera en diez minutos. Te espero —dijo solamente y desapareció
entre la multitud del local.
Un poco mareada aún, lo vi alejarse mientras intentaba juntar mis trece
neuronas.
Atravesé la masa de gente, absorbiendo el olor fuerte a alcohol y humo,
hasta que por fin logré llegar a donde estaban mi abrigo, mi paraguas y mi
móvil. El portero me saludó cuando salí por la puerta.
El olor a lluvia y a los túneles del metro me sacudió.
Estaba desbloqueando el teléfono para mandar un mensaje a Priscilla y
Tavia cuando me topé con alguien. Parecía que esta era la nueva costumbre.
—Perd… —La disculpa se me quedó atascada en la garganta cuando vi
un par de ojos marrones claros que parecían dorados bajo la luz del metro.
El tipo con el que me había chocado era enorme. Seguro que medía dos
metros, y era delgado. Tenía el rostro marcado y afilado, con lo que
parecían los pómulos más marcados que había visto en mi vida. Tenía la
barbilla estrecha y unos ojos grandes con cejas curvadas sobre ellos. Su piel
era de un color marrón cálido. El cabello largo y empapado por la lluvia le
caía por la espalda en una coleta. Estaba vestido completamente de negro y
llevaba un abrigo largo que llegaba casi hasta el suelo y dejaba huellas
húmedas a su paso. También llevaba puestos unos guantes de cuero. Había
algo en su mano. ¿Un rosario? A veces la gente de Manhattan era rarísima.
Los ojos dorados se estrecharon y, en lugar de apartarse de mí, el tipo
me agarró y me acercó a él.
—Hueles a demonio —dijo serio. Tenía una voz profunda y fría.
Le miré.
—¿Qué?
—¿Perteneces a alguien? —me preguntó y tiró de la manga de mi
chaqueta.
—¿Pero qué…? Suéltame, estás loco —le dije y me liberé de su agarre,
pero de repente apareció otro tipo. Estaba vestido con la misma falta de
variedad cromática que el pirado, pero tenía el pelo rubio platino, y su
mirada no estaba tan falta de expresión.
—Disculpa. No le des importancia. Ha tomado demasiado café hoy. No
le sienta bien.
—Crusher, ¿qué…? —empezó el tipo alto, visiblemente nervioso.
—¿No recuerdas lo que hemos hablado de los civiles y los modales? —
siseó el rubio.
El tipo alto suspiró.
—Pero huele…
—Y por eso sabemos que estamos en el lugar correcto. —Me dedicó
una gran sonrisa. Parecía amable, pero me aparté y me froté la muñeca que
me había agarrado el tipo alto—. Perdona.
Condujo al alto hacia la entrada del Devil’s. Llamaron a la puerta, y yo
me di la vuelta, me dirigí a la estación y abrí el paraguas.
Apenas había dado un paso cuando me di cuenta de que no solo estaba
lloviendo, sino que parecía que el cielo se estuviera desmoronando. Un
viento huracanado tiró de mi paraguas, al que me aferré y sentí que me
arrastraba. La lluvia me azotó la cara y me empapó en cuestión de
segundos. Solté una maldición, volví a la estación de metro y marqué el
número de Priscilla.
Se oyó un crujido. Se cortó la llamada. No había red. Mierda. Fuera
sonó un ruido ensordecedor, y me estremecí. Un rayo atravesó el cielo y fue
tan intenso que por un momento parecía que era de día. Cerré los ojos y me
sorprendí cuando, de repente, un coche pequeño atravesó la calle. Iba
apartando tanta agua que el vehículo iba prácticamente nadando. El coche
se detuvo justo delante de mí.
La ventanilla bajó con un zumbido.
—¡Sube! —dijo Henry, con los ojos resplandecientes. Aquí estaba. Era
mi momento. Iba a resarcirme por todos estos años con una locura que
nadie podía prohibirme. Especialmente yo misma. Mi estómago se encogió
por los nervios mientras me acercaba a Henry, cerraba el paraguas y me
deslizaba hacia el interior del vehículo.
—Bonito coche —comenté y deseé que no pareciera que estaba sin
aliento.
Henry rio.
5
Falco

Demonios de nivel uno


Renacidos
Clase: varkolak; Subcategoría: strigoi
Strigoi: seres vampíricos con forma corpórea. Se trata
del mayor clan de los varkolak. Según los últimos
registros, cuenta con 300000 miembros, con tendencia
al alza. Propagación: todo el mundo. Sede principal:
Rumania. Escisiones: moroi, lamia, devoradores
nocturnos.

—¿
E stás seguro de que esta es la dirección? —Nos quedamos
mirando la estación de metro que teníamos ante nosotros.
Crusher se encogió de hombros.
—Aquí solo marca la estación de metro. ¿Qué dice el GPS de
demonios?
Levanté el rosario, que se movía en pequeños círculos.
—Dice que es aquí.
Intercambiamos una mirada. Llovía con tanta intensidad que el agua me
caía por el cuello. Sentía como si tuviera que darme diez baños para
despojarme de la suciedad de las calles de Nueva York que estaba cayendo
sobre mí. El abrigo se hinchaba a la altura de mis piernas con los golpes de
viento. Dejé que el rosario se balanceara como un péndulo. Oscilaba de
manera continuada y tiraba de mi mano. Me detuve y me concentré en las
vibraciones. Parecía como si me estuviera llevando hacia abajo.
—Parece que tenemos que bajar.
—Túneles de metro y alcantarillas en un solo día. Qué suerte —gruñó
Crusher.
Dejé que se quejara un poco, volví a colocarme el rosario en la muñeca
y me dirigí a la escalera. La estación de azulejos relucientes era una de las
mejores de la ciudad, teniendo en cuenta que otras solo se mantenían en pie
gracias a la suciedad.
De repente, el rosario volvió a calentarse. Seguí el ligero tirón, pasando
al lado del metro y los bancos hasta una sencilla puerta de color verde
oscuro. Junto a ella había un cartel muy discreto donde ponía: THE DEVIL’S
CLUB.
—Bingo —dijo Crusher.
—El cartel está torcido —comenté.
Mi compañero suspiró. Empecé a abrir la puerta cuando esta se abrió de
repente y algo me golpeó. O, más bien, alguien. Instintivamente, lo agarré.
Un mechón de cabello castaño se quedó presionado contra mi pecho.
—Perd… —exclamó una voz sorprendentemente gutural, aunque
claramente femenina.
Miré hacia abajo, a un rostro con forma de corazón. Ojos verdes, labios
carnosos, nariz pequeña y respingona, y una barbilla pronunciada con un
hoyuelo. Una mujer. A primera vista, una mujer humana, pero algo… En mi
mano, el rosario se calentó y me di cuenta de que ella desprendía energía
arcana, lo que me hizo sospechar. El arcanum de los humanos era, en su
mayoría, irrelevante. Una secuencia de colores que se debía a la energía
electrométrica que contenían. A menudo relucía en un color azul que se iba
convirtiendo en un violeta claro. Sin embargo, su arcanum emanaba algo
oscuro, como un rastro. Y apestaba.
—Hueles a demonio —dije serio. Yo opinaba que no servía de nada
discutir la cuestión. Cuando sabían de lo que hablaba, la reacción era
claramente identificable. Si no era así, tan solo pensaban que estabas loco.
—¿Qué?
—¿Perteneces a alguien? —le pregunté y tiré de su manga. Los
renacidos tenían la costumbre de hacerse con provisiones humanas, sus
domesticados. Oficialmente, los vampiros solo podían alimentarse de los
bancos de sangre que estaban estrictamente controlados por la Orden, pero
había algunos flecos sueltos. Podíamos prohibir que los chupasangres
tomaran sangre por la fuerza, pero esto no se aplicaba si el humano se la
entregaba voluntariamente. Aunque los vampiros decían pagar a sus
domesticados y cuidar de ellos, en realidad estos eran tan solo bolsas de
sangre con piernas.
Los renacidos solían dejar una marca cuando chupaban la sangre a
alguien. Cada mordedura era tan única como una huella dactilar en los
humanos. Si esa mujer hubiera estado marcada, seguramente se le podría
haber atribuido a un varkolak, o al menos a la casa a la que pertenecía. La
Orden llevaba un registro de las marcas dentales. Así se ahorraba mucho
tiempo. Busqué en su muñeca, en las venas azuladas que había debajo de la
piel, pero no había nada.
—¿Pero qué…? Suéltame, estás loco —me dijo.
Tenía arcanum impregnado, como si alguien hubiera marcado su
territorio. Fruncí el ceño y me acerqué a la mujer.
—Disculpa. No le des importancia. Ha tomado demasiado café hoy. No
le sienta bien —dijo Crusher, desconcentrándome.
Enfadado, le miré.
—Crusher, ¿qué…?
—¿No recuerdas lo que hemos hablado de los civiles y los modales? —
siseó mi compañero.
Apreté los dientes y suspiré.
—Pero huele…
—Y por eso sabemos que estamos en el lugar correcto. —Le dedicó una
gran sonrisa a la mujer enojada y me agarró—. Perdona —susurró y tiró de
mí.
Los pasos de la mujer se alejaron. Yo me liberé de mi compañero.
—Tenía la marca de un demonio, estaba claro.
—¿De un renacido?
—No —reconocí—, pero su arcanum estaba sucio. Y no me gusta su
rastro. Con un par de minutos más habría averiguado más cosas.
—Unos minutos en los que habría gritado o llamado a la policía.
Claramente era humana, y ahora sabemos que ahí dentro hay demonios. No
necesitamos nada más, pero si quieres, repasamos las normas básicas de
educación —me regañó y llamó a la puerta verde.
Esta se abrió, y un guardia de seguridad nos miró con enojo. Algo brilló
en sus ojos. Tan solo un instante, pero no tenía que comprobar nada más, lo
sentía; el arcanum oscuro a su alrededor. No era igual que el de los
humanos. No era de extrañar que la mujer de antes apestase a demonio.
Todo apestaba a demonio. La esencia oscura de los demonios era
abrumadora. Parecía que habíamos llegado a un cubil demoníaco. El tipo
que teníamos ante nosotros era un demonio de nivel uno. Un renacido.
Solamente me preguntaba de qué clan.
Nos examinó antes de levantar la mano.
—Solo se puede entrar si les registro. No se permiten armas, drogas ni
teléfonos en el interior.
—Pero entonces vamos a ir casi desnudos —bromeó Crusher.
Inmediatamente, el guardia torció el gesto y cruzó los brazos sobre el
pecho.
—No se permiten armas, drogas ni teléfonos en el interior. Entreguen
todo o váyanse a la mierda —repitió.
De un bolsillo de mi chaqueta saqué una placa y se la puse al guardia
ante las narices.
—Investigamos un caso de desaparecidos. Le pedimos que nos deje
pasar.
Los ojos del renacido fueron primero a la identificación, luego a mi
cara, y se le hincharon las fosas nasales.
—Black birds —dijo y escupió—, ¿qué hacen aquí?
—Lo que hemos dicho: buscamos a alguien —dijo Crusher.
El guardia nos miró con desconfianza.
—Esto es zona neutral. También para los black birds. Ni armas, ni
drogas, ni teléfonos —repitió y el color negro de sus ojos se expandió a
modo de advertencia.
—Por supuesto —prometió Crusher.
—No llevamos nada —le corregí.
—Exacto. Excepto, por supuesto, nuestro encanto adictivo y nuestra
personalidad arrolladora —añadió Crusher.
Suspiré discretamente.
—Mmmm… —gruñó el renacido, pero finalmente nos dejó pasar. Era
tan ancho que tapaba toda la puerta.
Crusher pasó a su lado. Yo le seguí de cerca, respiré por la nariz y el
olor a carne podrida subió por mis fosas nasales. Miré los dedos de ese
gigante. Estaban sucios y oscuros. Así que no era un varkolak, no era un
vampiro, sino un necrófago. Corregí mi primera impresión de él.
Probablemente se trataba de un draug o de un ghoul. Aún había, al menos
por lo que yo sabía, dos clanes ghoul: uno en Nueva Orleans y otro en
Francia. Cuando me fijé en sus ojos obtusos y estúpidos, y en su enorme
estatura, supuse que tan solo sería un draug, un ser compuesto por partes de
cadáveres. No era inteligente, pero sí complicado de matar.
Apenas hube dejado atrás al draug, se cerró la puerta y oímos la música
que sonaba en el local. Ante nosotros se extendía un largo pasillo negro
apenas iluminado por dos focos escondidos. Del suelo subía una neblina
mientras íbamos avanzando hasta el guardarropa. Allí, sentado, había otro
tipo de aspecto serio que nos observaba con mirada amenazadora. Su olor lo
marcaba claramente como un draug. A su lado había una pared repleta de
taquillas.
—Tienen la sesenta y seis y la sesenta y siete. No pierdan las llaves o
tendrán que pagar cincuenta pavos. —El draug guardarropa asintió en
dirección a las taquillas. Las llaves estaban puestas. Me negué a meter mi
abrigo, así que simplemente tomé el teléfono y lo metí dentro.
—¿Dejamos aquí las armas? —me dijo Crusher en un susurro.
Mientras miraba de refilón al guardia, que seguramente acabaría
siguiéndonos, asentí.
—Al menos las evidentes —le respondí.
Crusher murmuró algo y empezó a dejar su pequeño arsenal en el
receptáculo. Dos pistolas, un puñado de cuchillos, tres estacas, una hoz y
una pequeña hacha acabaron en la taquilla. Los ojos del draug se iban
haciendo más y más grandes a medida que las armas se amontonaban en la
taquilla. Le lancé una mirada gélida antes de desabrocharme el cinturón y
ponerlo en la taquilla junto con mi teléfono. Me llevaría el rosario. No
necesitaba nada más. El trabajo más sucio era cosa de Crusher, que resistiría
cualquier registro y lograría introducir todo un arsenal en el local.
Las taquillas chirriaron cuando las cerramos. Y nosotros dejamos que el
draug comenzase a registrarnos con desconfianza.
El olor a putrefacción se me metió en la nariz y tuve que esforzarme
para contener la bilis.
—Uy, hacía mucho que no me metían mano —comentó Crusher, y no
sonó especialmente descontento.
—¿Puedes callarte un momento, por favor? —le pedí.
—¿Puedes dejar de quejarte, por favor? —respondió.
—Ni armas, ni drogas, ni teléfonos en el interior —gruñó el draug.
—Ya lo hemos entendido —dijimos Crusher y yo al mismo tiempo.
—Estaré vigilando —murmuró el tipo y, por fin, nos dejó pasar.
Una cortina oscura nos separaba del interior del local. Crusher avanzó
primero. Una música alta y frenética nos retumbaba en los cuerpos. La
niebla artificial se elevaba sobre nuestros pies a cada paso, y todo estaba a
oscuras. Suelos negros, paredes negras. La luz escasa la proporcionaban los
efectos de luz y la barra que estaba al final de la sala. Una escalera sinuosa
con escalones de mármol negro conducía a la zona superior.
—No está mal —dijo Crusher.
—Demasiado lleno —respondí.
—Aguafiestas.
—Pragmático, diría yo. Al fin y al cabo, tenemos que encontrar a Missy
y, en el mejor de los casos, a nuestro demonio entre la multitud. Hay tanta
gente que casi todos los olores pasarán desapercibidos. Será como buscar
una aguja en un pajar. Aquí casi todos son demonios.
La mirada de Crusher viajó por la masa de gente bailando mientras yo
deslizaba el rosario de mi muñeca. La cadena resplandecía por el arcanum
oscuro que nos rodeaba y se me erizaba el vello de todo el cuerpo. Miré
hacia el fondo de la zona VIP y descubrí una puerta.
—Allí arriba.
Con un movimiento fluido, Crusher sacó un arma del forro de su abrigo,
se la escondió en la manga y avanzó. Tenso, lo seguí. El arcanum flotaba
tan denso en el aire que resultaba asfixiante.
De nuevo, un guardia de seguridad nos bloqueó el paso.
—Aquí no podéis… —empezó a decir, pero Crusher sacó rápidamente
el arma y le golpeó con ella en la sien. El tipo puso los ojos en blanco y se
derrumbó. Crusher lo recogió y lo dejó en las escaleras. Subimos por las
escaleras y nos quedamos helados. Los dos.
—¡No me jodas! ¡Esto sí que es una fiesta de renacidos! —exclamó mi
compañero.
Como si hubiéramos pronunciado una palabra clave, toda la zona VIP se
detuvo. Inmediatamente se oscurecieron todos los ojos, si es que no estaban
ya rojos por la sangre. Conté una docena de renacidos. Por su aspecto y el
olor de la sangre, humana en su mayor parte, todos pertenecían a los
varkolak.
—Los renacidos no son, que se diga, nuestra especialidad —murmuró
Crusher hacia mí.
—Llama a un equipo. Quiero que lo revisen todo y, si es necesario y no
tienen licencia, que lo limpien —respondí.
La multitud se puso en movimiento, y un demonio surgió de ella. De la
cabeza le caían unos mechones rojizos y puntiagudos, y cuando hablaba se
veía su lengua dividida por la mitad.
—Caballeros, ¿qué trae a los black birds a nuestro humilde
establecimiento? —susurró.
—¿Este local está registrado oficialmente? —pregunté sin rodeos
mientras Crusher me indicaba que iba a pedir refuerzos y sacaba un
segundo teléfono.
El renacido estaba visiblemente molesto, pero sonrió.
—Por supuesto —contestó.
—Necesito la documentación y una lista de los empleados, de las
donaciones de sangre y de los proveedores. Y certificados médicos, si hay
empleados humanos —dije mirando significativamente a los domesticados
de la sala.
Había demasiados renacidos como para exterminarlos a todos. Los
intentos habían sido un fracaso, y los varkolak habían demostrado no ser
nada estúpidos. Eran los más similares a los humanos de todas las especies
demoníacas, así que se les permitía hacer sus cosas bajo unas condiciones
estrictas.
Los domesticados con los que se relacionaban tenían que estar
registrados oficialmente, y había una legislación rigurosa para su
mantenimiento. Sin embargo, la cifra negra de los desaparecidos era
siempre alta.
Era imposible controlar si realmente se seguían las leyes que regulaban
la tenencia de domesticados. Lo único que podíamos hacer era llevar a cabo
redadas aleatorias en los principales locales de reunión de los renacidos.
Para ello eran necesarias revisiones médicas mensuales. Si les faltaba
tan solo un mililitro de glóbulos rojos o si se descubría alguna droga en su
torrente sanguíneo, los renacidos que dirigían el negocio podían tener que
cerrarlo.
—Por supuesto. Si a los caballeros no les importa esperar un
momento… —empezó a decir el renacido, pero yo pasé a su lado y abrí la
puerta que me estaba indicando el rosario.
Ante mí encontré un pasillo que, al contrario que el de la entrada del
club, estaba revestido de terciopelo rojo oscuro. A ambos lados había varias
puertas.
—¿Qué hay tras estas puertas? —pregunté y oí un gruñido.
El renacido me había seguido y parecía bastante molesto.
—Salas privadas.
—Entiendo. ¿Ha estado una compañera mía aquí? Missy Steward.
¿Delgada, pálida, de pelo oscuro?
El renacido resopló.
—No que yo sepa.
El rosario que tenía en la mano osciló e hizo que me adentrase más en el
pasillo. Sin esperar al renacido, abrí la primera puerta.
—¡Eh! Ahí no puede… —dijo el vampiro.
Ante mí había una habitación. Había dos mujeres desnudas en una
cama. Sus cuerpos brillaban por el sudor. En el aire flotaba un olor a sexo y
sangre. Era difícil saber si solo dormían o estaban inconscientes. Entre ellas
yacía un renacido. Cuando la luz entró en la habitación, abrió lentamente
los ojos. Los tenía rojos. Saciado.
—¿Qué? —dijo con tono gangoso, ebrio.
Seguí avanzando y abrí la puerta siguiente. Me encontré una escena
parecida, pero la distribución de la habitación era distinta.
—¿Qué hace? —volvió a increparme el renacido de pelo puntiagudo.
Lo ignoré y seguí. Abrí una puerta tras otra. Sabía cuándo sentía la
muerte. Se notaba en el aire, como un hedor. Abrí otra puerta y esta vez el
renacido la cerró rápidamente.
—¡Ya basta! ¡Tenemos derechos! ¡Voy a quejarme! —siseó, y sus ojos
comenzaron a volverse negros. Parecía que había pasado ya un tiempo
desde su última comida.
—Apártese —le dije con frialdad.
—¿O qué?
No dudé mucho tiempo. Veloz, le puse el rosario alrededor del cuello.
Las cuentas lo apretaron y lo dejaron sin aire. El varkolak soltó un gruñido
furioso mientras lo estrangulaba, pero se calló cuando lo empujé contra la
pared y llevé la boca a su oído.
—Creo recordar que quería ver la documentación. ¿Dónde está?
—¡Suéltame, desgraciado!
—¿Con o sin cabeza?
—Esto es territorio neutral; vosotros también tenéis que respetarlo.
—Pero solo mientras no se quebrante la ley. Y en dos de las
habitaciones he encontrado infracciones suficientes como para reducir todo
esto a cenizas.
El renacido bufó como un gato. A sangre fría, presioné el rosario contra
su frente. Este, con un silbido ardiente, devoró la piel del renacido, que
soltó un chillido penetrante. Los colmillos le sobresalían de la mandíbula y
se le reventaron las venas de los ojos.
El olor a carne putrefacta me picaba dentro de la nariz. Con parsimonia
retiré el rosario y levanté una ceja.
—¿Lo repito otra vez?
—De acuerdo, de acuerdo —gimió el vampiro.
Lo solté al instante. Se desplomó y se llevó la mano a la garganta
malherida. Me miró con furia mientras yo me daba la vuelta y abría la
puerta. En ese momento, la piedra de mi mano se quedó en silencio.
Confundido me la quedé mirando hasta que sentí el olor. Vi una figura
desplomada en la cama. Las piernas pálidas estaban inmóviles, y reconocí
el tatuaje del tobillo desnudo: un símbolo con círculos y triángulos que se
unían y entrelazaban. En el centro se apreciaba la silueta de un cuervo. Eso
no era solo un tatuaje: era el sello de los black birds.
Todos lo teníamos. Se tatuaba con agua bendita y las cenizas de un
muerto. Yo tenía el mío en el pecho.
—Missy. —Me apresuré a llegar a su lado, sin darme cuenta de que
había cruzado la habitación.
La joven no se movió. Estaba tumbada en la cama. Tenía los brazos y
las piernas atados. La piel de sus articulaciones estaba azulada e hinchada.
Había tirado tan fuerte de sus ataduras que se había roto algo. Llevaba un
vestido ajustado, tenía el pelo suelto y la boca se abría en una mueca. Los
ojos parecían extrañamente bizcos. En el pecho tenía una puñalada; le
atravesaba el corazón. En la habitación reinaba un silencio lúgubre.
—Crusher —dije. No lo hice en voz alta, pero mi compañero apareció
detrás de mí en unos instantes.
—Oh, joder. —Oí cómo se aceraba a mí; sus pasos sonaban
antinaturales en aquella sala pequeña y asfixiante. Vi a Crusher inclinarse
sobre Missy para buscarle el pulso. Su mirada se encontró con la mía, y en
ella vi sombras que no deberían estar ahí—. Parece una posesión.
—Una fallida.
Moví la mandíbula de Missy un poco hacia abajo y hasta nosotros llegó
un olor fuerte. Una muela estaba dañada y de ella seguía brotando un poco
de espuma. Por petición nuestra, al principio de nuestro entrenamiento se
nos colocaba una muela falsa llena de veneno de un dragón. Si este entraba
en contacto con las mucosas, estabas muerto en segundos.
—Se ha envenenado antes de que pudiera poseerla.
—¡Joder, Missy! —murmuró Crusher mientras yo le colocaba el ojo de
Horus en la frente y susurraba: Anima pura tenebris postatem habet, non
animae tenebrae.
Crusher repitió esas palabras en voz baja:
—Un alma pura tiene poder sobre las tinieblas, no las tinieblas sobre el
alma.
El ojo de Horus permaneció inmóvil en la frente de Missy. Su arcanum
estaba frío. La joven estaba muerta, y seguiría estándolo.
—¿Por qué los novicios siempre actúan por su cuenta? ¿Cómo se le
ocurrió la idea de irse ella sola con un lord demoníaco?
Le retiré el ojo de Horus de la frente, tomé la manta que estaba en la
cama y le cubrí con ella la cabeza.
—Missy siempre fue testaruda y demasiado buena para su edad.
Me giré e ignoré la punzada que me provocaba la visión de la joven
exorcista. Bajo la sábana parecía más pequeña, rota.
—Ese desgraciado no limpia nada a su paso.
La voz hizo que me diera la vuelta. El varkolak estaba de pie en el
marco de la puerta con el gesto torcido.
—Tú… —empecé.
—Disculpen, los negocios me llaman —me interrumpió.
Me acerqué a él, pero el renacido se escondió tras los anchos hombros
del draug que estaba en el marco de la puerta.
—¡Crusher! —exclamé.
Mi compañero ya había sacado el arma y apretó el gatillo. La bala
alcanzó al draug en el cráneo. Su cabeza se echó hacia atrás. En el centro de
la frente se abrió un agujero. Se oyó un crujido cuando el draug, sin
pestañear, volvió a colocarse la cabeza en su sitio y se precipitó hacia
nosotros con un rugido.
—Odio a los renacidos —oí decir a mi compañero en el mismo
momento en que la masa de carne llegaba hasta nosotros.
Gritando, apretó el puño y lo dirigió hacia mí. Lo esquivé. El puño se
estrelló contra la pared y dejó una marca considerable.
Rápidamente lancé el rosario hacia delante. Este se enrolló alrededor del
brazo izquierdo del draug. Me acerqué, tiré lo más fuerte que pude y
murmuré: Adsisto tibi ut famulus vitae. In manibus meis pondus justitiae.
Sanguis temporis in corde meo fluit. In me spiritus puritas animae
innocentis iacet.
Se oyó un silbido cuando las cuentas del rosario atravesaron la carne del
draug. Su brazo cayó al suelo. La carne era gris y verde, como la carne de
cerdo que se ha dejado al aire demasiado tiempo. De ella salían cresas y un
olor penetrante de descomposición llenó la habitación.
Crusher empezó a estrangularlo enseguida. Al draug no le importaba su
brazo, pues podría reemplazarlo fácilmente. Sin embargo, echó el otro
brazo hacia atrás, sacó un arma y disparó a quemarropa. Crusher y yo nos
lanzamos rápido al suelo, y las balas alcanzaron la pared y el suelo en una
ráfaga veloz. Una bala pasó tan cerca de mí que sentí su calor en la mejilla.
—Es una distracción. Yo me encargo del draug, y tú atrapas al renacido
pelirrojo —gritó Crusher.
—¿Cuándo llegan los refuerzos?
—En diez minutos.
El draug se precipitó hacia nosotros con grandes zancadas. Yo rodé
hasta llegar debajo de la cama mientras Crusher daba un salto hacia atrás.
Agarró la sábana con la que habíamos cubierto a Missy y se la lanzó al
draug. Este gritaba y disparaba. Crusher lo esquivó, se subió a la espalda
del draug y lo hizo caer. El tipo siguió disparando y atravesó el techo con
las balas. Se oían unos gritos de fuera de la habitación.
Aproveché esa oportunidad y salí corriendo. El pasillo estaba vacío,
pero en el resto del local aún había mucho movimiento. Me tropecé. La
zona VIP estaba vacía. Solo en la parte de abajo las personas,
presumiblemente, seguían de fiesta como si no hubiera pasado nada. Sin
embargo, todavía olía a renacidos. Busqué al pelirrojo y encontré su cabello
entre la multitud.
Tensé los músculos, me agarré a la barandilla y salté hacia abajo. Un par
de personas gritaron sorprendidas. La niebla artificial rodeó mis pies
cuando aterricé con un impacto fuerte.
Sentí el golpe en los pies y las rodillas. ¡Ay! Pero me venía bien ese
tiempo que me había ahorrado con las escaleras. Salí corriendo hacia
delante. La gente se alejaba de mí, y quienes no lo hacían acababan
apartados a un lado. Ante mí vi que el pelirrojo se ponía nervioso. El
pequeño cabrón salió corriendo.
Aceleré mis pasos y en ese momento oí un estallido. Estaban disparando
para causar confusión. La gente empezó a gritar y a tropezar entre sí. El
pelirrojo escapó de mi vista cuando me empujaron hacia un lateral porque
la masa corría en todas direcciones presa del pánico. Logré liberarme, salté
sobre las personas que estaban en el suelo y corrí hacia una puerta. Era la
salida de emergencia.
La abrí y al momento siguiente vi las estrellas: alguien empujó desde un
lado con fuerza mi cabeza, que se golpeó contra la puerta. Un dolor agudo
recorrió mi cráneo, zumbando como una colmena. Tenía ante mí un
segundo draug, y el puño que acababa de impactar contra mi cara seguía
cerrado.
El draug sonrió.
—¿Y tú adónde vas? —me preguntó. Obviamente era más inteligente
que su compañero.
Intenté evitarlo, pero fui muy lento. El golpe alcanzó mi barbilla y me
hizo caer al suelo. Se me llenó la boca de sangre. Gemí, escupí, sentí la
calle mojada y cómo el viento violento me arrastraba. El draug se acercó a
mí. Rodé y le hice una tijera con las piernas, pero era muy rápido. Me
agarró del brazo y me lanzó por encima de sus hombros. Planeé por el aire
y aterricé violentamente contra una pila de cajas en la basura. Se oyó cristal
que tintineaba y se rompía.
En mi pecho también se quebró algo. Expulsé el aire de los pulmones y,
durante una corta y dolorosa respiración, vi estrellas bailando ante mis ojos.
En ese momento, el draug llegó de nuevo a mi lado y me agarró el rostro.
Sus dedos carnosos se clavaron en la carne y, entre ellos, vi su amplia
sonrisa mientras al fondo caían truenos y relámpagos, y la lluvia lo
empapaba todo.
—Siempre he querido ver cómo es un black bird por dentro —gruñó y
me agarró.
De repente disminuyó la presión que sentía en mi cara. Con un gemido,
me liberé y me aparté. Jadeando, vi que algo le atravesaba la garganta. Era
la punta de un puñal manchada de sangre.
—¿Qué…? —empezó a decir el draug desconcertado y, al instante
siguiente, la hoja del cuchillo le atravesó el cuello por completo. La cabeza
cayó y acabó en un charco. La sangre, vieja y densa, se esparció en todas
direcciones y me salpicó todo el cuerpo. Alguien dio un puñetazo por la
espalda al draug, y su cuerpo se derrumbó. Grité cuando este aterrizó justo
encima de mí.
—Ha llegado el relevo —dijo una voz divertida.
Miré hacia arriba mientras jadeaba. Vi una figura enorme, de hombros
anchos y pelo de color verde neón que, a pesar de la lluvia, lograba
sobresalir. Sobre su hombro reposaba un objeto en forma de cruz: una
espada fina, algo similar a una catana, pero que era mucho más que un
sencillo instrumento para matar. Su función era como la de una joya y se
llenó con el arcanum oscuro del renacido. Apreté los dientes. De todos los
exorcistas que había, ¿por qué lo habían mandado a él?
—Crain, quítame esta cosa de encima.
—Tan desagradecido como siempre. Pues te he traído algo. Me parece
que lo habías perdido —comentó el exorcista y señaló con la cabeza a un
lado.
Allí estaba su compañero Zero. Siempre estaba muy pálido, pero
nuestro uniforme negro hacía que su piel pareciera aún más lívida y su pelo,
blanco como la nieve. Debido a los pigmentos que le faltaban, sus ojos eran
de un color morado intenso.
Pero lo interesante era el renacido atado que este empujó hacia delante.
El varkolak pelirrojo nos miró con ira e intentó murmurar cosas a pesar de
la bola de hierro que tenía en la boca y que prácticamente le estaba
desencajando la mandíbula. Eché una mirada lúgubre hacia atrás.
Crain suspiró.
—No te muestres muy agradecido, no sea que se te vaya a caer una
mano. —Agarró al draug y, refunfuñando, lo apartó de mí. El cadáver
emitió un sonido sordo, y yo respiré aliviado cuando dejé de estar aplastado
por su peso.
Con el rostro dolorido, me levanté y me apoyé un instante en la pared
antes de quitarme el rosario de la muñeca y colocar el ojo de Horus en la
frente del varkolak, como había hecho antes. Este silbó cuando mi arcanum
entró en contacto con el suyo. El renacido soltó un rugido reprimido bajo su
mordaza y cayó de rodillas.
—¿Dónde está el demonio que intentó poseer a nuestra compañera? —
le bufé.
Sentí a Crain y Zero a mi espalda y oí cómo despedazaban al draug. El
hedor a putrefacción se mezcló con el de la basura del patio trasero.
—Dímelo o haré que te manden a Black Rock, donde pasarás los
próximos años como objeto de entrenamiento, para que los estudiantes
puedan matarte. Ahora mismo tenemos pocos renacidos con los que
practicar —le dije en voz baja.
El vampiro gimió.
—Quizá deberías quitarle la mordaza para que pueda decir algo —dijo
una voz amarga. Le lancé a Crain una mirada sombría. Él levantó las manos
—. Solo lo comento.
Refunfuñando, agarré la mordaza de hierro y la saqué de la boca del
renacido.
—Escúpelo.
—Yo no tengo nada que ver con eso, ¿de acuerdo? No sabía que quería
poseer a la chica. Esto es terreno neutral y, de haberlo sabido, no lo habría
permitido. Yo solo le dejé usar la habitación porque pensé que era una de
esas putitas de los black birds a las que les gusta follarse a demonios —
gruñó el renacido.
Levanté el brazo para golpearlo. Mi puño alcanzó su nariz, sonó un
crujido. El varkolak jadeó. Su mandíbula crujió cuando escupió. Tenía la
nariz rota.
—¿Quién es el demonio? —Lo agarré del pescuezo y lo atraje hacia mí.
El renacido apretó los labios.
—Era un demonio llamado Lore. Ha tenido un par de problemas en el
ambiente clandestino. Ahora está huyendo. Utiliza un saco de carne que se
llama Henry Lancester. Su desaparición ha salido en las noticias. No sé
nada más. Se marchó de aquí. Quizá esté en la casa del saco de carne. Iba a
la caza de una chica. Seguramente esté intentando cambiar de cuerpo para
esconderse.
—Comprobadlo y dadme la dirección lo antes posible —grité hacia
atrás.
Vi que Zero asentía mientras tiraba un brazo del draug al contenedor de
basura.
—Eso es todo lo que sé, de verdad. Ahora deja que me vaya —pidió el
renacido.
—Por supuesto. La Orden agradece tu ayuda. —Lo solté y retrocedí—.
¿Crain?
El exorcista se movió tan rápido que apenas se apreció a simple vista. El
renacido ni siquiera pudo parpadear antes de que la cabeza se le separase de
los hombros. Con un golpe fuerte, Crain le perforó el corazón. Se oyó un
chasquido al hacérsele astillas el tórax y luego el ruido que hacía mi
compañero exorcista al revolver refunfuñando el pecho del renacido. Más
tarde, el renacido sería descuartizado y quemado para que no pudiera
resucitar.
El contacto con su sangre era venenoso. Sin embargo, los exorcistas
especializados en renacidos se exponían a ella en pequeñas dosis a lo largo
de los años para desarrollar cierta resistencia.
Crain se incorporó y me sonrió. Tenía las pupilas dilatadas por el alma
podrida que había absorbido. Había cierta cantidad que podía asimilar un
exorcista de nivel uno sin suicidarse, y a Crain le encantaba esa delgada
línea entre la vida y la muerte. Aunque ahora se sintiera embriagado, pronto
pasaría a encontrarse mal. Ese era el problema de los exorcistas de nivel
uno: se volvían adictos muy pronto. Anhelaban la muerte y estaban tan
hambrientos como los demonios a los que cazaban.
—Ha sido divertido. ¿Qué hacemos ahora?
6
Leaf

Demonios de nivel uno


Renacidos
Draug: tipo grande y rollizo, compuesto por varias
partes de cadáveres y traído a la vida por el corazón de
un ghoul o un demonio. Pertenece a la subcategoría de
los ghoul.

E n mi mente había un par de lagunas. Sinceramente, no estaba segura


de lo que había ocurrido en el corto trayecto hasta la casa de Henry.
Solo sabía que me había sentado dentro del coche con Henry Lancester. Lo
que no recordaba era el momento exacto en el que había decidido acostarme
con él, pero en cuanto estuvimos sentados dentro del vehículo, supe que eso
es lo que haría.
Apenas habíamos llegado a su casa cuando me levantó y me empujó
contra la puerta como si no pesara nada. Nuestros labios se encontraron. Su
lengua se introdujo, sin vacilar, en mi boca. Agarró mis manos y las
levantó, empujándolas contra la puerta mientras yo rodeaba su cadera con
las piernas.
Henry no me besaba, se follaba mi boca. Su lengua se deslizaba dentro
y fuera, tomaba lo que quería y me dejaba mareada, mientras yo le agarraba
el pelo con las manos y le besaba con tanta intensidad que no podía pensar
en nada.
Mis zapatos rebotaron en el oscuro pasillo. Sentí la sonrisa de Henry
cuando se separó de mi boca y empezó a besarme el cuello.
Henry me miró y, bajo la luz tenue, sus ojos parecían casi negros, como
canicas oscuras. Le brillaban los labios. Pasó el dedo sobre ellos y con un
solo movimiento suave, se incorporó y me levantó. Me agarré a él con
fuerza y dejé que me llevara por su casa. Estaba demasiado ocupada
besándolo como para fijarme en lo que me rodeaba. Sin embargo, no
llegamos hasta la cama. Henry gimió cuando puse mi lengua en la suya y lo
agarré más fuerte.
—Que le den, lo hacemos aquí —murmuró y me bajó.
Bajo la espalda sentía algo duro y frío. ¿Una mesa? Miré a mi alrededor
y vi una cocina. Henry se quitó la americana, luego la camisa y se inclinó
sobre mí. Del cuello tan solo le colgaba la corbata. Los músculos de sus
brazos se tensaron cuando colocó las manos a izquierda y derecha de mi
cuerpo. Fuera retumbó un trueno. Cayó un rayo e iluminó su cuerpo firme y
de líneas bien trazadas, y los músculos que se le iban marcando hacia abajo.
El cabello rubio le cubrió la cara cuando se inclinó hacia mí y volvió a
besarme. Me agarró las muñecas con los dedos y me sujetó.
—Eres perfecta —me susurró al oído.
Solté un ligero jadeo, pero sonó como si estuviera sin aliento.
—No hace falta que intentes seducirme, ya voy a acostarme contigo.
Más que ver su sonrisa, la sentí. Una mano seguía agarrándome
mientras él acariciaba mi cuerpo, mis caderas anchas, mi pequeño vientre,
los senos firmes, antes de detenerse en el rápido latido de mi pecho. Mi
mirada se posó en el mismo lugar, pero en su cuerpo y me quedé inmóvil.
Parecía que tenía una herida. Larga y estrecha. Apenas cicatrizada.
—¿Qué tienes…? —empecé a decirle, pero él comenzó a besarme y
perdí el hilo de mis pensamientos.
Su beso cambió. Se volvió profundo y lento. Se inclinó más y se apretó
contra mí. Sentí la curvatura de sus lumbares contra mis piernas. No tenía ni
idea de dónde habían caído mis bragas. Henry se incorporó, se quitó la
corbata del cuello y me observó con ojos resplandecientes mientras me
agarraba las manos.
—¿Qué? ¿Vas a atarme? —pregunté, escéptica, mientras él tiraba de
mis muñecas. Con firmeza, pero sin hacerme daño.
—No quiero que te escapes cuando las cosas se pongan serias —dijo.
Sus labios rozaban los míos mientras hablaba—. ¿Por qué? ¿Te molesta?
Contuve la respiración.
—No estoy segura. No lo he probado nunca.
—Pues creo que entonces ya es hora. Tranquila, lo haré rápido y sin que
te duela.
Me mordió el labio inferior. Disfruté del beso que vino después, de su
piel contra la mía y suspiré cuando él empezó a besar el resto de mi cuerpo.
Se tomaba su tiempo. Exploraba cada ángulo, siguiendo las curvas y
elevaciones, como si tratara de memorizar cada centímetro de mi cuerpo.
Cuando llegó a mis costillas, contuve la risa.
—¿Cosquillas?
—Bastantes.
—Entonces debería sujetarte un poco más fuerte —Me agarró de las
nalgas y me lamió los muslos de forma juguetona. Chillé—. Espera un
momento. Voy a por una cosa —Algo hizo un ruido, seguramente se
estuviera poniendo el condón.
—¿Estás listo? —pregunté sin aliento.
—Preparado —respondió y se inclinó hacia mí.
Yo le miré. Otro rayo atravesó el cielo e iluminó la habitación. Estaba
pasando de nuevo: sus ojos se volvían oscuros. No solo eran extrañamente
negros, sino que parecía que no tenían los demás colores.
Me detuve.
—Henry, ¿qué les pasa a tus ojos?
Henry suspiró, pero no respondió a mi pregunta.
—Eres tan adorable que casi me da pena tener que interrumpí resto.
Sus palabras disiparon un poco la niebla que había invadido mi cabeza.
—¿Qué? —Intenté librarme de mi atadura y por primera vez me di
cuenta de lo apretadas que tenía sujetas las manos—. Henry, suéltame —le
pedí.
Él chasqueó la lengua.
—Te prometo que lo haré rápido y sin que te duela.
La pregunta de qué quería hacer rápido y sin que doliera se me quedó
atragantada en la garganta cuando él levanto algo. Obviamente, no era un
condón. Más bien parecía… un cuchillo. ¿Una daga? En cualquier caso era
larga y afilada y me daba un miedo atroz.
—¿Qué coño haces con eso? No me hace nada de gracia —grité dando
patadas a mi alrededor. Me sentía como si alguien hubiera derramado un
cubo de agua fría sobre mí.
Rápidamente me sujetó por las piernas.
—Lo siento, Leaf. Cierra los ojos y cuenta hasta diez. Después habrá
terminado todo.
Abrí los ojos y grité cuando él tomo impulso. Mi visión se desvaneció y
sentí como si el cuchillo se moviera más despacio. Directo hacia mí. El
pánico invadió mi corazón.
No. No. No. No. Esto no podía ser real. ¿Qué estaba pasando? Me
levanté gritando y mordí la mano de Henry con toda la fuerza que pude
cuando el cuchillo me atravesó. Fue tan intenso que al principio no sentí
nada más que la fuerza del golpe. En mis oídos resonaba un silbido fuerte y
penetrante. ¿Podía ser…? ¿Lo había hecho de verdad?
Mi nuca crujió suavemente mientras yo intentaba hilvanar un
pensamiento coherente. La respiración hacía un ruido metálico dentro de
mis pulmones.
La conmoción era tal que percibía los pequeños detalles con nitidez
mientras el mundo a mi alrededor pasaba a estar en un segundo plano.
Sentía la piel de Henry sobre la mía y escuchaba su respiración en mi oído.
El dolor era tan absoluto que me encogí en un intento desesperado por
escapar de él y la siguiente respiración fue completamente… distinta a
cualquier otra cosa que hubiera sentido jamás. Era profunda y penetrante.
Sentí la hoja fría y caliente al mismo tiempo, y la conmoción fue tan
intensa que me pareció que me estaba resquebrajando. Se me detuvo el
corazón mientras Henry me acariciaba el pelo.
—Shh… Ya casi ha acabado —me prometió mientras las lágrimas
recorrían mis mejillas.
—¿P-por qué? —pregunté.
Se encogió de hombros.
—Como he dicho, tengo que esconderme, y Henry Lancester ya ha
llamado demasiado la atención.
Jadeé según el dolor fue fluyendo por mi cuerpo, pero eso no era nada
en comparación con el horror gélido que sentí cuando me di cuenta de que
iba a morir. Aquel sería mi último aliento. Ese era mi final. Se veía en la
televisión, pero era algo que les ocurría a otros, a unos pocos
desafortunados. Caras e historias de true crime que se emitían en los
canales de pago después de medianoche. Había visto imágenes de
cadáveres, pero la idea de ser pronto uno de ellos, frío y sin vida, tan solo
un trozo de carne muerta, era surrealista. No estaba lista para ver mi final.
¡No quería morir! Así no. Por favor, cualquier otra cosa, pero así no…
Quise gritar, pero en lugar de eso, la garganta se me llenó de sangre. Fue
una sensación extraña. Demasiado espesa y caliente. El sabor inundó mis
sentidos. Me atraganté y oí un sonido que no provenía de mí. Henry había
echado la cabeza hacia atrás y tenía la boca tan abierta que parecía que su
mandíbula estaba desencajada. Y algo… Joder, algo salía de su boca. Era
negro y parecía humo. Le brotaba de los ojos, la nariz y las orejas. Le
temblaba todo el cuerpo. Sus músculos se convulsionaban. Produjo un grito
reprimido y en el instante siguiente arrancó el cuchillo de mi pecho.
Los ojos se me pusieron negros. Intenté recuperar el aliento y mi
corazón luchaba por latir, pero no logré tomar aire. Me estaba ahogando
hasta que… me di cuenta de algo. Tosía, pero algo se deslizaba entre mis
labios. Sabía a quemado, a frío, a antiguo… extraño. Se introdujo con
fuerza en mi garganta y, de repente… ahí estaba, dentro de mí. Algo que no
me pertenecía y algo que no era yo, pero que podía pensar.
—Ya está, querida. Solo tienes que dejar de resistirte.
Esa voz. Era la voz de Henry. Dentro de mí. Me llenaba como si fuera
un recipiente vacío. Apreté los labios y, aunque apenas estaba consciente,
me negué.
—¡No! ¡No! ¡Nooooo! —No estaba segura de si estaba gritando de
verdad o lo hacía solo en mi mente, pero escuché un gruñido dentro de mi
cabeza.
—¡Déjalo!
Un empujón. ¿Físico o mental? ¿Era mi alma a la que acababan tic
golpear? ¿De arrancar? ¿De vaciar?
¡No!
El pensamiento estaba tan presente que me sorprendí a mí misma. No
me rendiría, joder.
Me resistí y pensé en todas las cosas que aún quería experimentar, en la
vida que había tenido y en la que me quedaba por delante. Pensé en Priscilla
y en Tavia, pensé en mi hermano y en mi padrastro; pensé incluso en mi
madre y en Ben, y no sabía qué paz era esa que la gente decía sentir cuando
te estás muriendo. Yo no sentía paz. Me fui enfadando cada vez más
mientras seguía resistiéndome.
Con todas mis fuerzas liberé las manos de las ataduras y di un golpe. Lo
oí caer cuando lo alcancé. Henry maldijo. Cuando me soltó, obligué a mis
músculos a moverse. Me caí de la mesa chocando violentamente contra el
suelo. Escupí sangre y empecé a arrastrarme.
Sangre. Había sangre por todas partes. Henry estaba a mi lado. Se
tambaleaba como si estuviera borracho. De él aún brotaba ese humo latente.
Intentó agarrarme y yo le pisé.
—¡Deja de resistirte!
—¡Deja de resistirte!
Lo escuché gritar dos veces. Una provino de la boca de Henry. La otra
fue dentro de mi cabeza.
—¡No! —exclamé y seguí arrastrándome. Cada centímetro era una
tortura. Estaba perdiendo sangre. Demasiada sangre. Veía borroso. Acabé en
un charco de mi propia sangre, que estaba húmeda pero también tenía una
calidez agradable. Mi visión estaba inundada de rojo y miré hacia la puerta.
Casi lo había conseguido. No quedaba mucho.
Mi vista parpadeó y oí un zumbido en mi cabeza. Mi pulso. Demasiado
potente y acelerado. Henry se inclinó sobre mí y me agarró. Yo solté un
gemido. Henry abrió la boca y…
La puerta crujió y alguien entró. Dos hombres. Ambos eran altos y
estaban vestidos completamente de negro.
—Putos black birds. Siempre llegáis en el peor momento —oí que decía
la voz dentro de mi cabeza.
¿Black birds? ¿Qué eran los black birds?
A uno de ellos le caía el cabello oscuro por la espalda. El otro lo tenía
rubio platino. El moreno levantó una mano. Vi que llevaba un arma.
Disparó. A mi lado, Henry se estremeció y oí su grito reverberando en mi
interior.
Los dos hombres corrieron hacia mí, y Henry se movió rápidamente.
Agarró la daga con la que me había atravesado el corazón y, veloz como un
rayo, se la clavó al rubio en el cuello y la sacó. El hombre se quedó inmóvil
y se tocó el lugar de la puñalada, casi atónito. La sangre brotaba a
borbotones y cayó a mi lado en el suelo. Durante un breve instante nuestras
miradas se encontraron y supe que él no sobreviviría. Tenía la muerte tan
cerca de mí que podía sentirla.
El hombre se desplomó a mi lado y jadeó. Nuestras miradas
permanecieron fijas la una en la otra y supe que eso sería lo último que yo
vería: los ojos de un moribundo.
Él dijo algo. Sus labios vocalizaban palabras y seguramente fuera algo
importante, pero no lo entendía. Su boca se movía y luego… luego, de
repente, dejó de hacerlo. Sus pupilas se quedaron fijas. La muerte había
llegado y…
Mis pensamientos se interrumpieron. Mi corazón había dejado de latir.
7
Falco

L os demonios se comportaban igual que los animales. Eran más


peligrosos cuando estaban heridos y acorralados. Fue todo tan rápido
que ni siquiera me dio tiempo a tomar aire. En un momento el demonio
estaba arrodillado junto a su víctima en un charco de sangre, y un momento
después estaba de pie al lado de Crusher clavándole la daga en el cuello.
Durante un instante, mi compañero me miró estupefacto mientras el
demonio se alejaba de él tambaleándose. Aún no había terminado de
transformarse. Tenía una mitad dentro del hombre y la otra en el cuerpo de
la mujer que yacía en un charco de su propia sangre intentando tomar aire.
Sus músculos sufrían espasmos. Parecía como si le hubiera dado un ataque.
La risa maníaca del demonio me partió el alma cuando Crusher cayó al
suelo junto a la mujer.
Crain entró corriendo detrás de mí. Habíamos dejado a Zero en el local
para que quemase a los renacidos. Ahora me arrepentía de aquella decisión.
—¡Encárgate de Crusher! —grité y eché hacia delante el rosario.
Las cuentas rodearon el cuello del demonio. Tiré de él hacia mí. El
demonio sonreía. De la comisura de sus labios salía un humo negro, y le
vibraban los ojos. Estos cambiaron de color. Azul, negro, azul, negro. Sentí
una oscuridad tan potente, un arcanum tan antiguo que se me erizaron el
vello de todo el cuerpo.
—¿Quién o qué eres? —pregunté.
—Tu perdición, pajarito negro —gruñó el demonio poniendo los ojos en
blanco dentro de las cuencas. Una nube de humo negro salió de él.
Sin dudarlo, solté un poco su cuello y en su lugar apreté el ojo de Horus
contra su frente mientras empezaba a recitar: Adsisto tibi ut famulus vitae.
In manibus meis pondus justitiae. Sanguis temporis in corde meo fluit. In
me spiritus puritas animae innocentis iacet. Pedissequa mortis. Fregisti
innocentiam.
El demonio jadeó, la oscuridad vaciló. No obstante, no quedaba mucho.
La mayoría ya estaba dentro de la mujer, que estaba inconsciente o muerta.
Si estaba muerta, al menos él no podría poseer su cuerpo.
Necesitaba una joya. Cualquier cosa. Lo que fuera. Agarré lo que tenía
más cerca. Una cuchara de plata. Daba igual. En caso necesario, cualquier
cosa podía convertirse en una joya.
—Vehementer premit justitiae proditio, nec tempus per venas fluit.
Yo hablaba cada vez más rápido mientras la tensión de la sala me ponía
los pelos de punta. La piel me quemaba y me picaba al mismo tiempo por la
tensión que corría por mis venas. El ojo de Horus ardía con tanta intensidad
que la habitación oscura parecía tener la luz del día. Azul, intensa y
fluorescente.
El demonio empezó a rugir, y yo recitaba tan rápido que apenas
pronunciaba por completo las palabras: Tibi manus meas vincla posui.
Delebo tuas sanguine meo. Animo meco vinco tuum.
Grité la última palabra. El cuerpo se derrumbó. La oscuridad intentó
escapar y se introdujo en la boca abierta de la mujer. No obstante, algo se
quedó atrás, atrapado dentro de la joya en mi mano. El humo se resistió,
pero se fue arrastrado sin piedad hasta la joya. Esta se iluminó, y una marca
de fuego apareció en el metal de la cuchara. Se calentó en mi mano y vibró
ligeramente. Me desplomé entre jadeos. Sentía que todo giraba a mi
alrededor. Estaba temblando.
—¿Falco? —la voz de Crain se abrió paso entre la niebla de mi mente.
—¿Qué? —Miré hacia arriba, me costaba respirar. Crain estaba
arrodillado junto a mi compañero. Yacía en un charco de sangre demasiado
grande—. Tenemos que llevarlo al hospital —dije. Pero algo me impidió
acercarme: la expresión del rostro de Crain. Normalmente se reía mucho y
pocas veces era simpático. Sin embargo, ahora su cara estaba impregnada
de compasión.
—Falco, lo siento mucho, pero ha muerto.
—¿Qué dices? No puede estar muerto. Ha sobrevivido a cosas mucho
peores —le respondí y me dejé caer al lado de mi compañero.
Pero ya no quedaba nada, ni rastro de vida. Su pecho no subía y bajaba.
Tenía los ojos abiertos, pero miraban al vacío. Tenía la cabeza hacia un
lado, y la herida del cuello dejaba a la vista los tendones, la carne y la
tráquea desgarrada.
Me quedé mirando fijamente. Conocía a Crusher desde que estaba
estudiando. Entrenábamos juntos y habíamos compartido habitación. Él era
el único que me aguantaba y el único al que yo aguantaba más de medio día
sin querer tirarlo por la ventana. Era uno de los mejores exorcistas que
había conocido y no era solo porque fuese un excelente black bird, sino
porque era una buena persona. Algo que no se podía decir de mí.
Una mano se posó en mi hombro y lo apretó.
—Lo siento —la voz de Crain resonó en mi cabeza y cerré los ojos—.
¿Falco?
—Un momento —respondí.
—Falco, tenemos un problema.
—¿Cuál? —le pregunté de malas maneras. Tenía un zumbido en la
cabeza. Aún sentía en los huesos la pelea con el draug.
—Falco, ¿estás seguro de haber encerrado el demonio en la joya?
—Una parte sí. Supongo que tendremos que averiguar dónde está el
resto.
—¿Estás seguro de que no está dentro de la chica?
—Está muerta.
—No lo parece.
—¿Qué? —Me obligué a abrir los ojos, me di la vuelta y ahí estaba ella.
Nos miraba con sus grandes ojos de color verde oscuro mientras jadeaba.
Estaba completamente cubierta de sangre. Se asustó cuando sintió que nos
fijábamos en ella.
—¿Qué…? ¿Qué ha pasado? —tartamudeó.
—Joder, tiene el demonio dentro —dijo Crain y se acercó a ella. Yo lo
seguí.
La muchacha abrió aún más los ojos y empezó a mover rápido las
manos.
—No… Por favor… Solo quiero irme a casa —dijo con la voz ronca.
Le propiné un golpe. Mi puño la alcanzó en la cabeza. Ella, o más bien
el demonio, puso los ojos en blanco y se desplomó.
—Es persistente. ¿Qué hacemos con él? —preguntó Crain y golpeó con
el pie la sien del demonio.
La cabeza rodó hacia un lado. El cabello oscuro de la mujer humana
estaba mojado con su propia sangre, y la herida punzante de su pecho
seguía sangrando. Me resultaba ligeramente familiar y tardé unos instantes
en reconocerla. Era la chica de la estación de metro, la de los ojos verdes
enfadados.
—Nos la llevamos a Black Rock. Quizá allí podamos averiguar qué tipo
de demonio es.
—¿Y después?
Enseñé los dientes y agarré al demonio del pelo.
—Y después lo matamos. Como castigo por cada víctima que se ha
cobrado.
8
Leaf

A lo largo de mi vida, gracias a mi madre, ya me había despertado en


algunos de los lugares más peregrinos; sobre todo porque a ella le
encantaba desaparecer a hurtadillas. Por eso no era raro que la mañana
siguiente me despertase en un estado, coche, salón, hotel o tren
completamente extraño. O en el banco de un parque. Una vez fue en mitad
del desierto, en un festival. Esa vez tardé dos días en encontrar a mi madre.
Por entonces tenía ocho años. Se supone que debería estar acostumbrada a
ese tipo de situaciones y, sin embargo…
Parpadeé e intenté centrarme en la pared negra que tenía ante mí para
averiguar algo. Parecía una roca enorme. Como las de un castillo o algo así.
Eso era nuevo. Además, oía agua, y la oía, pero no la veía. Me fijé en que
estaba sentada en una silla y miré el techo, que estaba formado tan solo de
piedra gris. ¿Dónde narices estaba?
Durante un breve momento de confusión me pregunté si me había
emborrachado tanto como para acabar en una de las mazmorras sexuales de
Priscilla. Pero no; si había algún local así, yo no lo conocía. Forzando la
vista escruté la oscuridad. Había un poco de luz, pero no podía decir de
dónde provenía. Era como un resplandor azulado que surgía de alguna
parte. Giré la cabeza y, de repente, me encogí. Se me escapó un gemido
cuando un dolor punzante me atravesó la nuca. Vale, esa era la peor resaca
de mi vida, o… o… Tenía que pensar bien en ese «o».
La zona posterior de la cabeza me dolía y no iba a mejor. Era como si
una aguja larga y puntiaguda me atravesara el cerebro. Apreté los dientes y
me esforcé por mantener el ruidoso contenido de mi estómago dentro de él.
Sin embargo, la boca me sabía a bilis y alcohol. ¿Qué había pasado?
—Haznos un favor a ambos y no vomites.
—¡Aaaaaah!
Grité sorprendida e intenté ponerme de pie, pero algo me lo impidió. O,
mejor dicho, me empujó contra la silla. Se oyó un crujido y miré
desconcertada hacia abajo. ¿Eran cadenas?
Sí, había eslabones metálicos a mi alrededor. Eran tan grandes como mi
muñeca. ¿Se trataba de algún tipo de fetichismo raro? Traté de mover los
brazos, pero las cadenas me mantuvieron inmóvil.
—¿Qué coño…? —Mi voz resonó con eco y se desvaneció. Seguí con
los ojos el recorrido de las cadenas y vi que estaban ancladas al suelo en por
lo menos cuatro puntos con unas grandes anillas de hierro.
—¿Qué coño…? —se me escapó de nuevo, y el vello del cuello se me
erizó cuando me di cuenta de que eso no era bueno. Fuera lo que fuese.
Tiré de nuevo de las cadenas, y la luz azulada se volvió más brillante.
¿Provenía de las cadenas? Emitían un zumbido y cuando volví a intentar
incorporarme, surgió algo de ellas que parecía un pequeño rayo.
¿Qué…?
—¡Ay! —mi grito resonó por toda la oscura sala. ¿Acababa de recibir
una descarga eléctrica? Mi cuerpo temblaba por el dolor y las cadenas
brillaban con un azul iridiscente.
—Ni lo intentes. Las cadenas están selladas. No nos libraremos de ellas
tan rápidamente. A menos que encontremos al exorcista que nos trajo hasta
aquí o alguna virgen a la que sacrificar. Pero creo que aquí abajo será difícil
obtener cualquiera de las dos cosas. Sobre todo, voluntariamente.
—Mierda. No me jodas.
¿De dónde provenía esa voz?
—¿Qué…? ¿Quién es? —pregunté e intenté levantarme. Las cadenas
vibraron, se iluminaron, y me soltaron la siguiente descarga eléctrica. Esta
vez la sentí más. Mis músculos se contrajeron, y mi grito resonó por toda la
sala. Saboreé el cobre de las venas rotas de mis pulmones. Pasaron quizá
unos cuatro segundos antes de que la tensión disminuyera. Jadeando, me
hundí en la silla.
Mi aliento resonaba en las paredes. Me quedé mirándome los pies, bajo
los que había un suelo de piedra negra con losas hexagonales lisas. No
llevaba zapatos. Tenía los dedos de los pies al aire y salpicados de
cardenales. Estaban fríos. Temblando, froté uno contra otro, lo que resultaba
casi imposible con las cadenas. Apenas me había movido un poco más
cuando empecé a sentir cosquillas en la piel. Paré y miré hacia arriba
temblando.
—¿Hola? ¿Hay alguien? —pregunté, deseando que mi voz no temblara
tanto. Sinceramente, también me gustaría no tener lágrimas brotando de los
ojos, pero que le den; estaba asustada.
La voz oscura y profunda suspiró.
—Estoy aquí.
Miré a la derecha. Piedra. Piedra negra que se cerraba como una cúpula
sobre mí, y fue entonces cuando me di cuenta de dónde venía el sonido de
agua. Provenía de delante. No se veía mucho, pero la pared que tenía
delante era de vidrio y detrás de ella había agua. A mí me parecía tan solo
un caldo oscuro con algas marinas que se movían despacio. Pero se movió
algo más. Había pececitos nadando. Ahora sí que se me erizó toda la piel.
—¿Dónde…? ¿Dónde estoy?
La voz emitió un suspiro más profundo.
—Por el diseño del interior, se podría esperar que fuera la guarida de un
villano de James Bond, pero me temo que la situación es más dramática…
—¿Quién…? ¿Quién me habla? ¿Dónde estoy? ¿Quién eres? ¿Dónde
estás?
—A ver… ¿Por dónde empiezo? —murmuró la voz. Busqué cámaras y
altavoces por la sala, pero no había nada. O, por lo menos, yo no lo veía—.
¿Qué es lo último que recuerdas? —preguntó la voz, con un tono tan dulce
que parecía que estaba intentando tranquilizar a un ciervo asustado.
—Yo… —Frunciendo el ceño, me detuve un momento e intenté ordenar
los pensamientos de mi dolorida cabeza—. Estaba… Yo… no estoy
segura… —Unas imágenes inquietantes aparecieron en mi mente. Cosas tan
extrañas y retorcidas que parecía imposible que fueran reales. Se me
contrajo el estómago y me dieron arcadas.
—¡No vomites!
—¡No me digas qué hacer con mi estómago! —le grité a la voz antes de
que saliera de mí un chillido tan repentino que me sorprendí a mí misma. El
sonido resonó por toda la sala antes de que dejase caer mi cabeza—. ¿Qué
está pasando? —pregunté.
—Escucha. Sé que estás confundida. Sinceramente, esto no estaba
planeado, pero tienes que hacerme caso: es posible que las cosas se pongan
un poco incómodas por aquí, y que un par de tipos cabreados vengan y te
hagan preguntas que no puedes responder. Intenta mantener la calma y, pase
lo que pase, no digas que puedes oírme. ¿Lo has entendido?
—¿De qué hablas? ¿Qué hombres?
Nadie me respondió.
—¿Hola?
La voz se quedó en silencio y me sentí estúpida. Era como si hubiera
estado hablando conmigo misma todo el tiempo. Ay Dios, ¿lo había hecho?
¿Tenía alucinaciones? ¿Estaba en un manicomio? Si era así, ¿cuándo había
ocurrido y por qué? ¿O era un secuestro? Sentía como si lo fuera… o… Las
posibilidades eran alarmantemente infinitas y ninguna de ellas parecía
agradable.
Tenía preguntas. Tendría que haber alguien además de la voz que
pudiera responderme. Jadeando, tomé aire y grité:
—¿Hay alguien ahí? ¿Hola? ¿Me oye alguien?
Pues era evidente que no, porque no se movió nada.
—¡Eh! ¿Hay alguien? —Mi grito sonó muy fuerte, para que pareciera
que estaba tan enfadada como pretendía. En ese momento no estaba segura
de si era una buena o una mala señal que no apareciera nadie.
¿Y si había caído en las garras de un asesino en serie? El otro día estuve
viendo unos documentales en Netflix sobre eso. Ay, mierda…
Intenté respirar hondo, pero no pude porque las cadenas estaban
demasiado apretadas. En mi cabeza todo daba vueltas. Tomé aire de nuevo,
pero seguía siendo muy poco. No había otra explicación: me habían
secuestrado.
El curso de mis pensamientos hizo algo extraño. Despertó en mí un
miedo que no sabía que podía sentir. No era como el miedo ante una araña o
un fantasma. Eso era de un miedo controlado. Un subidón de adrenalina que
te despojaba del control por un momento, pero aun así, sabías que no
estabas ante un peligro real. En el primer caso siempre se podía utilizar un
vaso y, en el segundo, podías cerrar los ojos hasta que todo hubiera
terminado. ¿Pero qué hacías ante esto? No podía huir.
Estaba aquí. Completamente sola. Las probabilidades de que alguien me
ayudase eran muy bajas.
Estaba…
Volvieron las náuseas y tuve arcadas mientras mis músculos temblaban
descontroladamente.
Esa pérdida de control parecía una cadena más.
¿Qué querían de mí los secuestradores? ¿Qué me harían si no lograba
satisfacer sus demandas? Todas las historias de violencia y violaciones se
agolparon en mi mente, y mi cuerpo tembló aún más. No podría superarlo.
Yo era el tipo de persona que lloraba cuando me depilaba. De mis ojos
brotaban unas lágrimas cálidas mientras pensaba cuánto tiempo podría
aguantar sin gritar o sin suplicar.
¿A quién pretendía engañar? Haría lo que fuera por quien me sacara de
esa situación.
El miedo invadió mi garganta e intenté respirar, pero ya no era capaz de
hacerlo.
Aire. Necesitaba aire y tenía que salir de allí. No necesariamente en ese
orden, pero desde luego sí que tenía que ocurrir en los próximos minutos.
Mis pensamientos se deshilacharon en un velo de pánico y agarré las
cadenas. Se oyó un silbido, hubo un destello azul y otra descarga eléctrica
me golpeó.
Cuando la electricidad atravesó mis músculos, mis gritos fueron
estruendosos y seguramente me habrían dado vergüenza si no fuera porque
me dolía muchísimo. De los labios me salpicaba saliva y, cuando por fin
cesó el dolor, me quedé sentada en la silla temblando. Sollocé y los ojos se
me llenaron de lágrimas. No estaba segura de cuánto tiempo había pasado
ahí así.
Algo después se me acabaron las lágrimas, probablemente porque tenía
los ojos y la nariz tan hinchados que estas no podían salir. Sentía un
hormigueo en las piernas y a cada minuto que pasaba sin que pudiera
moverme, tenía espasmos musculares por la postura que me obligaban a
mantener las cadenas. Pero lo peor era que tenía que ir al baño. Tenía la
vejiga llena y estaba segura de que si no iba al baño en la siguiente media
hora, me lo haría encima. Qué extraño era que algo tan banal fuera tan
increíblemente incómodo en un momento así.
Frustrada, inflé las mejillas, respiré hondo y… mi grito se quedó
atrapado dentro de mi garganta porque se abrió una puerta tan discreta que
hasta ahora se había disimulado con la oscuridad. Levanté la cabeza y vi
una sombra grande y oscura que se aproximaba a mí. Sus pasos resonaban
en la piedra. Temblando, me encogí más en la silla y tomé aire mientras un
rostro angulado con cabello largo y unos hombros anchos surgían de la
oscuridad. Sus extraños ojos de color marrón claro me miraban con
frialdad, y el abrigo largo le envolvía los tobillos mientras estaba parado
frente a mí. Durante un breve y tenso minuto no hicimos nada más que
observarnos. Me miraba la cara como si estuviera buscando algo.
—Tú —dije finalmente, nerviosa, mientras mi mente me mostraba
imágenes que me desconcertaron tanto que todo mi cuerpo empezó a
temblar—, ¿dónde estoy?
El tipo inclinó la cabeza hacia un lado.
—En Black Rock.
—¿Eso está en Nueva York? —pregunté.
Tendría que haberme respondido a esa pregunta, pero en lugar de eso
dijo:
—En realidad estamos en la Black Bird Academy.
Lo miré fijamente, perpleja.
—¿Que estoy dónde?
A ver, ¿se supone que eso tendría que significar algo para mí? Busqué
dentro de mi mente, pero no recordaba nada sobre una tal Black Rock o una
supuesta Black Bird Academy. Sin embargo, dentro de mí sentí inquietud.
En mi interior algo se movía con nerviosismo, como si tuviera una lombriz
gigante girando en el cerebro. Oí a la voz maldiciendo dentro de mi cabeza.
Antes de que pudiera llegar al fondo de la cuestión, el tipo continuó
inmóvil:
—Da igual. Lo que tienes que saber es que estás en una zona segura
debajo de la academia. La roca que te rodea es resinita que reduce tu
arcanum al mínimo. Si intentas escapar, verás que tienes que excavar la
roca con las manos y, si lo logras, no hallarás nada más que agua. Te
atraparemos antes de que puedas tomar aire.
¿Debería contestarle algo? No estaba segura de que estos secuestradores
pirados pensaran que me estaba creyendo todo eso. Con todo el valor que
fui capaz de reunir, levanté la barbilla y le devolví una mirada gélida.
—Eres el tío del club.
Levantó una ceja.
—¿Ya está?
—¿Debería decir algo más? ¿Sería posible que me explicaran
amablemente por qué me han secuestrado y encadenado a esta silla? —
pregunté aunque, como tenía la nariz hinchada, sonó algo nasal.
El desconocido chasqueó la lengua y se ajustó los guantes de cuero
mientras el silencio reinaba entre nosotros. Dedo a dedo. Preciso e
irritantemente exacto.
—No tiene sentido hacerse pasar por una víctima inocente, demonio.
Llevamos semanas persiguiéndote. El rastro era difícil de perder. Tenemos
ocho cadáveres en total, dos de ellos exorcistas.
Un momento. ¿Qué me había llamado?
Su rostro se ensombreció todavía más, si es que eso era posible.
—Tenemos pruebas más que suficientes como para matarte tres veces,
pero la Orden quiere más información. Decide si nos la das
voluntariamente, o si hacemos esto por las malas.
—¿Por las malas? —repetí y me encogí del susto cuando algo entró con
estrépito en la habitación. Era un carrito de metal. Un tipo con un traje
morado brillante y una corbata amarilla chillona a rayas entró en la
habitación. Parpadeé, irritada. El hombre era especialmente pálido, tenía el
pelo gris enmarañado que le sobresalía en todas direcciones, una perilla
adornándole la barbilla y un monóculo en el ojo izquierdo.
—Vaya, así que este es nuestro alborotador —dijo alegremente y colocó
el carrito a mi lado. Este chirrió; el carrito, no el tipo raro.
Me estremecí.
—Exacto, señor director —dijo el tipo y cruzó los brazos sobre el
pecho.
¡¿Los secuestradores tenían un director?! ¿Acaso era posible que esto se
volviera más extraño?
—Fascinante —gangueó el director y acercó tanto la nariz a mí que veía
las venas de sus ojos. Desprendía un olor a rosas sorprendentemente
penetrante—. Mmmm… —murmuró el viejo, me agarró de la barbilla y me
observó como si fuera un caballo que quisiera comprar.
—Suélteme —espeté, aunque el miedo me pesaba como el plomo en los
huesos.
—Mmmm… —volvió a murmurar, y me soltó de golpe.
—¿Qué…? ¿Qué queréis de mí? No tengo dinero, pero si es necesario,
intentaré reunirlo. No le diré nada a la policía —dije y oí un chirrido
metálico cuando el carrito se aproximó más a mí.
—¿Dinero? ¿Intentas sobornarnos? —el director se rio, incrédulo—. Tú
decides lo doloroso que será esto, amigo —continuó el viejo director, con
un tono casi amistoso. Se colocó el monóculo—. Empecemos por lo fácil:
¿cómo te llamas y a qué sindicato perteneces?
—¿Q-qué? —Levanté la vista, conteniendo las lágrimas con dificultad.
El director estaba de pie frente a mí, mientras el tipo sombrío estaba al
fondo mirando al suelo. El rechazo evidente de su mirada me atravesó.
¿Pero qué narices había hecho? ¿Había hecho algo? Me vino una imagen a
la cabeza, pero era tan extraña que no podía ser un recuerdo. Una imagen de
ojos sin vida y un charco de sangre que se extendía bajo mí y se fundía con
otro, como si fueran dos ríos que se encontraban. Parpadeé molesta, y la
imagen desapareció.
—Tu nombre y sindicato, demonio —repitió el tipo sombrío y yo apreté
los dientes.
—¿Esto es una broma pesada? No tengo ni idea de lo que me estáis
preguntando. Está claro que os habéis equivocado.
Me llamo Leaf Young y soy camarera en un restaurante. Por favor, dejad
que me vaya —dije.
El rostro del tipo permanecía impasible, pero no parecía que eso fuera lo
que quería oír. El sudor me recorrió la espalda. ¿Qué demonios querían de
mí esos dos lunáticos? El director se aclaró la garganta:
—Bueno, parece que vamos a tener que recurrir a medidas más duras,
querido Falco.
¿Falco? ¿Ese era el nombre del señor Rostro Pétreo?
Se dio la vuelta y echó hacia atrás un paño que cubría la mesa de metal.
Debajo de él aparecieron lo que parecían extraños instrumentos quirúrgicos.
Me quedé helada mientras el pánico se apoderaba de mí. Mierda, no, no,
no…
Con la última pizca de valor que me quedaba, grité:
—¿Pero qué es esto? Soltadme ahora mismo. No tengo ni idea de lo que
queréis de mí, pero estoy segura de que la policía me está buscando. Tengo
familia y amigos que se darán cuenta de que no estoy.
Me salió saliva de los labios, y al mismo tiempo me hundí más en la
silla, aunque lo único que deseaba era saltar y salir corriendo.
El tipo —¿Falco?— se giró hacia mí, se llevó las manos al cuello rígido
de su camisa negra y con un movimiento delicado deshizo el nudo de la
corbata.
—El problema que tengo con vosotros, lores demoníacos, es… —
empezó y yo seguí con la mirada cómo se quitaba la corbata del cuello. Se
me puso la piel de gallina con el roce de una tela con la otra. ¿Por qué
seguía hablando de demonios? Era como si no nos estuviéramos
entendiendo. ¿En qué mierda de secta satánica me había metido? ¿Y qué se
creían que era yo para tenerme retenida aquí?
Ay Dios. ¿Era uno de esos sacrificios rituales satánicos de los que había
oído hablar? Ojalá supieran que yo ya no era virgen. ¿O ya no estaba de
moda lo de usar una virgen? Me entraron sudores fríos cuando Falco siguió
hablando:
—… que os hacéis pasar por humanos.
Observé, tensa, cómo se quitaba el grueso abrigo negro y lo doblaba con
cuidado en el suelo.
—Cuando era un exorcista novato, me encargaron un caso de niños que
desaparecían sin dejar rastro. —Empezó a remangarse la camisa negra con
movimientos precisos—. Encontré al demonio la semana siguiente. Era un
lord demoníaco llamado Xerx. Había poseído a una niña de apenas cuatro
años. Se había escondido en una casa en ruinas, y cuando lo encontré no vi
un monstruo, sino a una niña. Tenía el vestido sucio y unos zapatos de
charol brillantes. Abrazaba un conejito y lloraba con amargura. ¿Y yo? No
me atrevía a matarla.
Pues sí, estaba hablando de demonios. Así que de eso iba esto. Me
habían secuestrado unos satanistas. ¡Maravilloso!
Se quitó los largos guantes negros. Dedo a dedo. Su piel morena
quedaba al descubierto, sobre unos músculos que se tensaban con cada
movimiento. Al menos hasta llegar al segundo guante. Cuando se lo quitó,
algo metálico brilló. No era carne, ni piel. Tomé aire bruscamente. Tenía la
mano metálica desde el codo. Parecía como si un artista hubiera moldeado
una mano perfecta a partir de muchas hebras estrechas de plata que se
entrelazaban con precisión intrincada. Nunca había visto nada igual. Me
quedé mirando el mecanismo mientras los guantes caían al suelo.
Falco me miró fijamente con sus inquietantes ojos, tomó unas largas
agujas de la mesa y se acercó a mí. El pelo oscuro le caía por la espalda. La
camisa le cubría los músculos mientras se inclinaba hacia mí y seguía
diciendo:
—El demonio me miró exactamente con los mismos ojos inocentes que
tú, y le dejé escapar. No me atreví a matar a la niña porque no vi al
monstruo que se escondía dentro de ella. El demonio huyó, ¿y sabes lo que
descubrí después?
No conseguí responder nada. El corazón me latía tan fuerte que oía los
latidos en mis oídos.
Lentamente, Falco extendió su mano sana y me apartó un mechón de
pelo de la cara. Con voz suave contestó su propia pregunta:
—Encontré los cadáveres de diez niños más ocultos bajo las tablas del
suelo. Los más pequeños apenas tenían tres años. El demonio les había
arrancado el corazón, luego había vendido los órganos en el mercado negro
y escondido los cuerpos bajo las tablas del suelo.
Me agarró la barbilla y me miró fijamente. Yo le devolví la mirada,
aunque su historia me hacía sentir calor y frío al mismo tiempo.
—Nunca olvidaré la visión de esos cadáveres. Tampoco olvidaré que
fue culpa mía dejar escapar al demonio. Aún no lo liemos atrapado, y todas
las vidas que ha arrebatado hasta ahora son también culpa mía. Las
apariciones y los monstruos, incluso los renacidos, no hacen eso, no
pretenden ser algo que no son. Se trata de animales que siguen sus instintos.
Pero vosotros, los lores demoníacos, sois inteligentes, tenéis más arcanum
que la mayoría de seres de este mundo. Podríais comportaros de otra
manera y, sin embargo, no lo hacéis. No solo seguís vuestros instintos, sino
que decidís actuar con crueldad. Ya me dejé conquistar una vez por un
rostro inocente, pero no cometeré ese error dos veces.
Cogió una aguja de punta larga. Inmediatamente empezó a brillar de
color azul en su mano artificial, como si de ella emanara algún tipo de
energía. Los pelos de mi antebrazo se erizaron cuando me susurró al oído:
—¿Tu nombre y tu sindicato?
Apreté los dientes y clavé la mirada en mi regazo mientras el sudor
provocado por el miedo me recorría la espalda.
—No soy un demonio. Soy Leaf Young, camarera.
Subió una ceja. Ese fue el único aviso que tuve antes de que arremetiera
y me clavara la aguja en el hombro izquierdo. Por un breve instante, me
quedé tan conmocionada que no pude emitir ningún sonido antes de que el
dolor me carcomiera todo el cuerpo. Rugí y me levanté. Las cadenas ardían.
La descarga eléctrica me hizo temblar. Por el amor de Dios, este dolor…
—¿Por… por qué? —sollocé cuando por fin conseguí pronunciar una
palabra. Se me revolvió el estómago y tuve arcadas.
Falco tomó otra aguja y sus pómulos marcados se iluminaron con la luz
azul que emanaba de ella.
—¿Nombre y sindicato?
Le miré, jadeando mientras el sudor me goteaba por la frente.
—Por favor. No sé qué queréis oír. Me llamo Leaf Young. Tengo
veinticuatro años. Vivo en Chinatown. Trabajo en Cox’ Diner y…
No terminé la frase porque Falco giró y me clavó la aguja también en el
otro hombro. El dolor corrió por mis venas como agua helada. Grité al
mismo tiempo que intentaba mantenerme lo más quieta posible para evitar
volver a electrocutarme.
—Podemos estar así todo el día. Tengo tiempo de sobra —me prometió
Falco y tomó una tercera aguja.
—No, por favor… No sé qué quieres de mí. No soy un demonio y no
tengo nada que ver con vuestra secta —jadeé.
Talco me miró con rostro inexpresivo antes de levantar la aguja de
manera que esta le dividía la cara por la mitad.
¿Sabes qué es esto?
Negué con la cabeza.
A estas agujas las llamamos «púas». Están diseñadas para retener el
alma en el cuerpo. Te estoy, literalmente, clavando en este cuerpo. Si
intentas abandonarlo, te romperás en pedazos.
Extendió la mano y clavó la aguja en la zona superior de mi muslo. Mi
grito resonó en toda la sala. Jadeé. El dolor hacía que deseara escapar de mi
propia piel.
Talco continuó impasible.
—¿Nombre y sindicato?
Lo observé desde abajo a través de mi pelo enmarañado.
—Por favor, no sé qué queréis de mí. Soy Leaf Young. Lo último que
recuerdo es haberme ido con ese tío, Henry Lancester. No te conozco. Solo
te he visto una vez fuera del club. Por favor… No soy un demonio o lo que
quiera que creas que soy. No puedo decir nada más. —Mi voz se quebró al
final de mis palabras porque mi cuerpo luchaba por no desmayarse. Unas
manchas oscuras bailaban ante mis ojos, y mis oídos palpitaban siguiendo
un ritmo constante. Volví a sentir náuseas.
Falco frunció el ceño y vi que miraba al director.
—¿Seguimos?
«No, por favor».
—Mmmm… —volvió a murmurar el director y se ajustó el monóculo
—. Debo admitir que por muy bien que se les dé disfrazarse a los demonios,
este ejemplar parece especialmente testarudo. Hay algo que no cuadra. ¿No
te parece?
—¿Señor? —preguntó Falco.
—No estoy seguro. Sigamos.
Miré hacia arriba mientras Falco tomaba una nueva aguja. La punta
volvió a brillar de azul cuando la sostuvo frente a mí. —¿Nombre?
Temblaba. Me temblaba todo el cuerpo y, aun así, dije:
—Leaf Young.
La aguja se adentró en mi otra pierna.
Grité.
9
Leaf

E l sudor frío se deslizaba por mi espalda, me goteaba por el pelo, la


frente y la nariz hasta caer al suelo. Conté las gotas. La número ciento
setenta y nueve explotó contra las losas de piedra junto a mis dedos
torcidos. En cada muslo, justo por encima de la rodilla, había una aguja
larga que brillaba como una asquerosa varita mágica. Lentos regueros de
sangre salían de mi cuerpo. No me atrevía a levantar la cabeza ni a mirar
hacia otro lado. No me atrevía a mover ni un músculo.
No sabía cuánto tiempo había pasado, pero era evidente que no
avanzábamos. Falco se agachó ante mí. Parecía descansado, como si se
hubiera echado una siestecita. El director estaba en una esquina. No sabía si
aún seguía allí o había vuelto, pero nos observaba con interés mientras se
frotaba su estúpida perilla.
—Es fascinante. Su arcanum parece completamente humano. Se podría
pensar que no tiene ningún demonio dentro.
Falco me agarró la barbilla y me obligó a mirarlo a los ojos. Un largo
mechón de pelo le cayó sobre la cara. Yo tenía tanta adrenalina que apenas
sentía dolor. Lo miré con tanto odio que estaba segura de no haber sentido
jamás una emoción tan intensa como en ese momento. Esta palpitaba dentro
de mí y le bufé:
—¡Suél-ta-me!
—Está ahí dentro. No hay duda —dijo Falco.
Yo le contesté:
—No soy un demonio, tíos pirados.
Falco me soltó, y mi cabeza cayó hacia atrás.
—Desgraciado —murmuré.
Se irguió despacio y me rodeó mientras me observaba. Seguí cada uno
de sus pasos, jadeando para conseguir respirar.
—No sé a qué clase de secta perturbada pertenecéis ni a quién queréis
atrapar, pero os habéis confundido. Yo soy una camarera de Nueva York. Y
eso no va a cambiar, da igual lo que me hagáis.
Falco siguió dando vueltas a mi alrededor, igual que un depredador con
su presa.
—No tiene sentido que sigas fingiendo.
—¡No soy un demonio! —le grité.
Falco rechinó los dientes y, con un movimiento brusco, me arrancó una
de las agujas de la pierna. Chillé y cerré los ojos, pero Falco me agarró de la
barbilla y gruñó:
—Mira y dime que eres humana.
Mientras intentaba recuperar el aliento, abrí los ojos y vi… cómo se me
cerraba la herida. Ocurrió en un parpadeo. Sentí un hormigueo en la herida
y, un instante después, apareció piel sana sobre la herida. Tan solo quedó un
poco de sangre.
—¿Qué? ¿Cómo…? ¿Cómo puede ser? —balbuceé.
Falco me soltó de repente y volvió a rodearme antes de que lo sintiera a
mi espalda. Su respiración rozaba mi oreja.
—Ya puedes parar. Sabemos quién eres. Lore.
Me puse rígida, y algo empezó a moverse dentro de mí. Noté que se
contraía mi estómago y una voz suave maldecía, pero esta era tan silenciosa
que no estaba segura de haberla oído realmente.
Tragué saliva.
—No sé quién es Lore.
—¿Ah, no? Bueno, nosotros no supimos de quién se trataba durante
mucho tiempo. La policía encontró cadáveres, y todos tenían la misma
puñalada en el pecho. Creyeron que era alguien que imitaba a un criminal
que ya había cometido excesos hacía setenta años. Aquel a quien la policía
no había logrado atrapar tenía el apodo de Ripper. Eso fue lo que nos llamó
la atención. —Resopló suavemente—. Puede que la policía nunca llegara a
detenerlo, pero la Orden tenía muchos documentos sobre él porque no se
trataba de un hombre normal. El Ripper era un demonio, pero por desgracia,
nuestra gente tampoco pudo atraparlo. Cuando recientemente aparecieron
más cadáveres con el mismo patrón, supimos que debíamos tener extremo
cuidado para que ese demonio no se nos escapara. Pero algo no cuadraba.
Los cuerpos se habían abandonado sin cuidado. Los cadáveres aparecían
tirados como si fueran crisálidas, como si alguien hubiera mudado de
cuerpo con prisa. Pudimos detectar una desviación en su patrón de
conducta, pero cuando desapareció Henry Lancester y encontramos el
cuerpo del niño, nos dimos cuenta de quién era el que estábamos buscando.
Por eso contratamos una exorcista. Solo me pregunto si Missy realmente lo
hizo mal, porque creo que tú supiste enseguida quién era ella. O, mejor
dicho, lo que era, ¿verdad?
Falco volvió a arrodillarse ante mí, y yo empecé a temblar cuando de
entre sus dedos vi que colgaba una cadena similar a un rosario, pero con
una piedra extraña en el extremo que parecía un ojo azul. El rosario
chirriaba mientras él lo iba deslizando entre sus dedos.
—Intentar poseer a una exorcista ha sido un movimiento astuto, pero
inútil. Ningún exorcista lo permitiría, e incluso los más nuevos saben lo que
tienen que hacer en ese caso.
Temblando, miré hacia arriba y separé la lengua del paladar.
—¿Te refieres a Missy, del restaurante? —pregunté.
—¿Ya te acuerdas? —preguntó con burla—. Encontré su cuerpo en el
Devils. Ya la hemos incinerado. Como a mi compañero, a quien también
has matado.
Me asusté y abrí mucho los ojos, horrorizada.
—¿Missy está muerta? —pregunté con voz ronca.
Falco apretó los labios, se colocó delante rápidamente y me envolvió el
cuello con el rosario. Jadeé cuando este empezó a rasgarme la piel. Me
arrastró tan cerca de él que su nariz tocó la mía. Un olor a madera y otro
elemento más profundo se introdujeron en mis fosas nasales. ¿Sería
incienso? Su piel estaba caliente en contraste con la mía, y nos miramos
fijamente mientras respirábamos.
—¡Deja de hacerte el tonto, demonio! —gritó tan fuerte que su voz
resonó en mis oídos. Tiró del rosario, que me había atado al cuello como un
lazo. Yo jadeaba, me asfixiaba, intentaba conseguir aire mientras Falco
seguía tirando de mí—. ¡Missy está muerta! Como mi compañero y otra
docena de personas. El renacido del club nos dijo tu nombre, Lore, y no te
imaginas mi sorpresa al ver lo que habíamos descubierto sobre ti.
—¿El qué? —pregunté enfadada.
—Absolutamente nada. —Me soltó y respiré con alivio—. No hemos
encontrado nada sobre ti, Lore. La única conexión son los asesinatos del
Ripper. El varkolak del club nos contó que habías hecho enfadar a la gente
equivocada y que ahora estás huyendo, así que presupongo que te persiguen
también los tuyos. ¿Por qué?
—No tengo ni idea —dije con voz ronca.
—Esto no hará más que empeorarte las cosas. Vamos a darte un poco de
tiempo para que lo pienses. Quizá después lo entiendas mejor —dijo Falco
fríamente. Me soltó, se dio la vuelta y salió de la sala con grandes zancadas.
El director carraspeó y me miró.
—Espero que perdones su comportamiento. Lleva muy mal la pérdida
de su compañero. Siempre es malo perder a un exorcista, pero tú ya nos has
costado dos. Ha sido un golpe duro que ha causado mucha conmoción. La
Orden exige tu ejecución inmediata, pero… Falco es un perfeccionista, y
rara vez contamos con visitas tan interesantes. Tus motivos son un misterio
para nosotros y un motivo para retrasar un poco tu exorcismo. Se podría
decir que Falco es la razón por la que sigues vivo. Piensa muy bien si
quieres seguir jugando con él. En cualquier caso, tengo muchas ganas de
continuar con nuestra charla —dijo con un tono casi alegre.
—Señor, no soy un demonio. Solo soy una chica —le dije.
Se oyó un estruendo cuando la puerta se cerró y me quedé sola. Me
desplomé. ¿Qué narices pasaba aquí? ¿Cómo había podido caer en los
brazos de una secta de pirados que creía en demonios?
—En realidad has caído en los brazos de unos exorcistas.
La voz surgió tan inesperadamente que me asustó.
—Tú —dije.
—Yo —confirmó—. Te has portado bien. —Sonaba casi orgulloso.
Levanté la nariz y pregunté:
—¿Quién eres?
—¿De verdad no lo sabes? Y yo que creía que habíamos pasado una
noche especial… —dijo la voz, y de repente en mi mente aparecieron las
imágenes que disiparon un poco la niebla de mi cabeza.
—Henry.
—Lore, mejor dicho. Henry era solo la carcasa que tomé prestada.
Reconozco que fue un error, pero me estaba quedando sin tiempo.
—Lore… —Intenté asimilar lo que me había dicho. Intenté entenderlo
—. ¿Y ese tal Falco te está buscando?
—Por desgracia, sí.
—¿Por qué no puedo verte?
—Porque estoy dentro de ti.
—Dentro de mí…
Se notó que Lore vacilaba antes de decir:
—No ha salido del todo bien.
—¿Y estoy…? ¿Estoy loca? —le pregunté seriamente a mi cabeza.
—Para nada. Estoy muy sorprendido por lo bien que lo estás llevando.
Al fin y al cabo, no todos los días te posee un demonio.
—¿Sorprendido? —siseé—. ¡Me han hecho todo esto por tu culpa! —
exclamé y sentí la ira hirviendo dentro de mí. Esto era una pesadilla. No
podía ser otra cosa.
—Escucha, sé que es una situación un poco incómoda, pero estoy
seguro de que…
—¿Incómoda? Mi rollo de una noche es una voz en mi cabeza que dice
ser un demonio que se ha instalado dentro de mí como un parásito. Y unos
supuestos exorcistas de a saber qué tipo de secta están intentado sacarlo a
golpes de mi interior.
Eso es más que «incómodo» ¡Es una locura! —Esto último lo dije tan
alto que mi voz resonó con el eco.
—Yo también lo siento mucho —confesó.
No le creí. La situación era ya de por sí tan confusa que ni siquiera
comenté la existencia de demonios y exorcistas. O bien estaba loca, o…
Dejé ese pensamiento para más adelante.
—¿Qué quieres? —le pregunté. Me habían salido llagas en los labios
resecos.
Una pequeña risa resonó en la parte trasera de mi cabeza.
—Tengo un plan para sacarnos a los dos de aquí.
—¿Cómo? ¿Escondiéndote como un cobarde?
—Retirarse no tiene nada que ver con la cobardía. Si me hubiera
descubierto, habrían seguido torturándonos o nos habrían matado. Se puede
confiar tanto en un exorcista como en una abuela adicta al crac.
—¿Qué?
—No es una buena comparación. Voy a pensármela mejor.
—¿Y tu plan incluye salir de mi cuerpo lo antes posible? Creo que no
me apetece seguir escuchando el tono sarcástico de mi ligue asesino —
murmuré.
—Cuando salgamos de aquí haremos lo que quieras, cariño.
—Vuelve a llamarme «cariño», y yo misma me clavaré una aguja en el
ojo para sacarte de mi cuerpo.
—Los dos sabemos que no vas a hacer eso. Bueno, ¿entonces quieres
saber cómo saldremos de aquí o esperamos a que vuelva ese tipo?
—Dispara.
—Es bastante sencillo; tienes que darme el control.
—¿El qué?
—Tú tienes el control. Si me lo cedes, yo nos sacaré de aquí. El
exorcista tiene un pedazo de mi alma que debemos recuperar, y después
desapareceremos.
—¿Y cómo vas a hacerlo? Por si no lo has notado, estamos atados como
un precioso regalo.
—Yo no soy un demonio porque se me dé bien enfadar a los gatitos.
Puedo sacarnos de aquí, pero necesito tener el control de tu cuerpo.
—¿Por qué no me parece una buena idea?
—Pues parece que es la única idea.
—Ya he visto El exorcista. No tengo ganas de pasearme por el techo ni
vomitar moco.
—¿Te refieres a ese estereotipo horrible que ha creado Hollywood?
—¿Y no es así?
—¿De verdad tengo que contestarte o vas a dejar que nos saque a los
dos de aquí? Cuando salgamos, nos compraré crac y helado. ¿Qué opinas?
¿Sí? ¿Qué iba a decir? Apreté los dientes.
—Quizá les cuente a los exorcistas todo lo que me acabas de decir. Si
efectivamente son exorcistas, seguro que pueden sacarte de mi cuerpo con
un poco de agua bendita. Quizá sea mejor que creer a una voz dentro de mi
cabeza.
—Claro, pero eso no es tan fácil.
—¿Por qué no?
—Digamos que estás viva porque yo estoy dentro de ti. Si me sacan de
tu cuerpo, morirás.
Se me aceleró el pulso.
—¿Qué quieres decir?
—Soy un lord demoníaco. Tenemos espíritu, pero no un cuerpo así que
tenemos que… digamos… tomarlo prestado. Pero no se puede hacer si este
está lleno, así que tenemos que matar el alma antes de que el cuerpo muera.
Esta ventana temporal dura tan solo unos segundos. Ocupar un cuerpo es un
arte que requiere décadas de práctica.
—Ve al grano… —le interrumpí con un gruñido.
Henry, o mejor dicho Lore, suspiró.
—Por si no te has fijado, tienes una puñalada bastante profunda en el
pecho. Lo único que mantiene vivo tu cuerpo soy yo. Si yo salgo, tú
también.
—Podrías estar mintiéndome.
—Por supuesto que sí —me respondió con burla—. Pero piénsalo de
esta forma: la Orden en general y los exorcistas en particular no tienen
interés en que los mortales normales sepan de su existencia o de la de los
demonios. Incluso si me extraen de tu cuerpo y, milagrosamente,
sobrevives, ¿crees que te dejarán marchar tan fácilmente?
Volví a apretar los dientes mientras mis pensamientos iban acelerados,
sopesaba las posibilidades y las desechaba con la misma rapidez.
—¿Pero no se supone que los exorcistas son buenos? ¿No sois vosotros
los malos, y ellos protegen a la gente o algo así? —le pregunté con cierta
lentitud.
Lore rio.
—¿Y te lo crees?
—Ya no sé qué creer.
—Pues entonces créetelo, muchachita. Soy el único que puede sacarte
de aquí.
—No confío en ti.
—Te aconsejo que lo hagas, pero ¿acaso tienes otra opción?
Guardé silencio mientras el sonido de mi propia sangre resonaba en mis
oídos. Me temblaba todo el cuerpo. Mis músculos se contrajeron y
respondí:
—No.
¿No? ¿Qué quieres decir con «no»?
Que no voy a fiarme de un supuesto demonio —gruñí.
En mi interior se oía un rumor. En mi frente se acumuló la presión y se
fue arrastrando como pequeñas picaduras por mis sienes.
No seas estúpida. ¡Nos matarán a los dos! —me grito. No creerán ni una
palabra de lo que digas.
—¿Y por qué no?
Unos pasos interrumpieron nuestra discusión. Miré hacia arriba
mientras mi corazón latía con fuerza. Se oyó un crujido. La puerta se abrió,
y Falco entró en la sala. No estaba segura de cuanto tiempo había pasado,
pero parecía que él se había dado una ducha. Seguía llevando el abrigo
negro, pero ya no tenía la cara manchada de sangre. En ese momento fijó la
mirada en mí, y yo tragué saliva cuando se acercó a mí con pasos regulares
y se detuvo tan cerca que tuve que levantar la cabeza para conseguir verle la
cara.
¿Otra vez por aquí, Rostro Pétreo? ¿Has afilado tus agujas? pregunté
con sorna.
Un músculo de su barbilla se tensó.
Depende. ¿Vamos a trabajar juntos o seguimos donde lo dejamos? —
dijo mientras el rosario extraño se deslizaba entre sus dedos y se balanceaba
como un péndulo entre nosotros.
Me puse rígida.
—Tienes que ayudarme.
Estaba claro que no esperaba oír las palabras que salieron de mi boca.
Levantó la ceja izquierda.
—¿Tengo que ayudarte?
—Sí —Y subí la barbilla.
—Leaf, no lo hagas…
Silencié esa voz hablando más alto y más rápido.
—Me llamo Leaf Young. Conocí a Henry Lancester en el Devil’s.
—¡Leaf, no!
—Se suponía que sería un rollo de una noche. No sabía que era un
demonio.
—¡Vas a matarnos a los dos!
—Tengo el demonio dentro. Sácamelo, por favor. —Aguanté la
respiración, tensa.
Falco me miró fijamente. Sus inquietantes ojos marrones brillantes no
revelaron sus pensamientos antes de que se pusiera de rodillas.
—Hace diez años que soy exorcista. Estoy especializado en demonios
de nivel dos. Ya he expulsado muchos demonios y he visto aún más
cadáveres que estos han dejado a su paso. En todos estos años, nunca he
visto un caso en que un humano sobreviviera a una posesión. O, por lo
menos, no sin perder la razón. El último caso que tuve fue el de William
Bonin en 1980, a quien después se le conoció como «The Freeway Killer».
La Orden no permitirá que haya otro asesino en serie. Piénsatelo bien si
quieres seguir con esa historia, Leaf Young —pronunció mi nombre con
tono sarcástico, y yo tuve que esforzarme para no llorar.
—Te lo dije.
—Por favor. No estoy mintiendo. Soy Leaf Young y no tengo ganas de
convertirme en asesina en serie. Si de verdad sois exorcistas, entonces
tenéis que ayudarme.
¿No?
Siempre me quedaba la opción del sacrificio de la no tan virgen, lo que
me hizo perder los nervios por un momento.
Falco gruñó.
Tenía las palabras siguientes ya en la punta de la lengua. ¿Debía
contarle que el demonio me hablaba?
—No lo hagas —me advirtió rápidamente.
Dudé y me tragué las palabras. Por ahora.
—Por favor —dije y dejé caer la cabeza—. Por favor, ayúdame.
Sentí un roce y me encogí. Falco me apretaba el pecho y examinaba la
herida que tenía.
—Ha llegado al corazón. Aunque digas la verdad, en cuando
expulsemos al demonio morirás.
¡Joder! ¡Joder! ¡Joder! ¡Joder!
—Te lo dije —repitió Lore.
Falco se incorporó y cruzó los brazos en el pecho.
—Bueno, supongamos por un momento que no soy un demonio.
Supongamos que no tengo ni idea de lo que queréis de mí y que creo que
estáis pirados —dije.
Él me miró con expresión casi divertida.
—Vale, como quieras. Sigue.
—Vale, vamos a imaginar que soy una mujer inocente que ha sido
secuestrada y torturada en un sótano.
—En teoría es una mazmorra.
—Estupendo. En cualquier caso, no podéis ir torturando a gente al azar.
Tengo derechos, ¡cómo cualquier ser humano!
—De hecho, dejas de tenerlos cuando entras en contacto con un
demonio. Entonces estás dentro de la jurisdicción de la Orden.
—No he oído hablar de la Orden en mi vida.
—El Gobierno sí sabe de nosotros, y con eso basta.
—¿Y quiénes sois vosotros? ¿Hay más? —pregunté con escepticismo.
Las comisuras de su boca se contrajeron.
—Si te refieres a los exorcistas, entonces sí. La Orden de Paracelso
representa aproximadamente un uno por ciento de la población mundial, y
una parte son exorcistas. Hay escuelas repartidas por todo el mundo donde,
entre otras cosas, se adiestra a exorcistas.
—Vamos, que es una secta.
—Si quieres llamarla así…
—Pues sí, y estáis locos.
—¿Alguna cosa más? ¿O podemos acabar con esto?
—¿Aún estamos en Nueva York?
—Sí, a unos diez kilómetros de la costa, en una isla llamada Black Rock
—repitió.
—Nunca he oído hablar de ella.
—Entonces hemos hecho bien nuestro trabajo.
—Puede que no. Se sabrá que he desaparecido.
—Es posible, pero tenemos gente que se encarga de eso. Aunque te den
por desaparecida, la policía no te buscará. Tus archivos se eliminarán.
Sus palabras cayeron como ladrillos dentro de mi vientre y me
arrastraron hacia abajo.
—Pero soy inocente. No tengo nada que ver con todo esto —dije y, por
primera vez, vi algo similar a la compasión en sus ojos. Fue tan solo un
pestañeo, tan solo unos segundos antes de que su mirada volviera a
endurecerse.
—¿Ya está? —fue lo único que dijo antes de apretar la piedra con forma
de ojo contra mi frente.
Perpleja, miré hacia arriba. ¿Qué iba a hacer ahora?
—¿Qué haces?
—Acabar con todo este asunto —gruñó y empezó a recitar algo que a
mí me sonaba a latín—. Adsisto tibi ut famulus vitae. In manibus meis
pondus justitiae. Sanguis temporis in corde meo fluit.
El rosario se iluminó en azul, y yo sentí calor. Un calor ardiente. El grito
que salió de mis labios resonó con fuerza en las paredes.
—In me spiritus puritas animae innocentis iacet. Pedissequa mortis.
Fregisti innocentiam. Vehementer premit justitiae proditio, nec tempus per
venas fluit.
Mientras Falco murmuraba esas palabras, sentí como si estuviera
intentando hacer algo, como si quisiera sacar algo de mi interior. Todo mi
ser —y de verdad era todo— se contrajo y empezó a empujar hacia arriba.
Me palpitaban los oídos, y oí a alguien gritar. Pero no era yo, sino él. El
demonio que había en mi interior rugía y se aferraba a mí con todas sus
fuerzas mientras el exorcismo, o lo que fuera lo que estaba haciendo Falco,
trataba de sacarlo de mi cuerpo.
—Tibi manus meas vincla posui. Delebo tuas sanguine meo. Animo meo
vinco tuum.
Mientras Falco bramaba, la piedra de mi cabeza se puso tan caliente que
sentía como si me estuviera atravesando el cráneo.
—¡Qué te jodan! —gritó Lore, y las palabras explotaron en mi cerebro.
Se oyó un ruido fuerte, y Falco salió disparado. Voló por el aire
formando un arco y chocó contra la pared, justo unos segundos después una
descarga eléctrica me sacudió. Me sacudí violentamente entre las cadenas y
me mordí la lengua. Me sorprendió seguir consciente cuando Falco miró
hacia arriba entre jadeos. Nuestras miradas se encontraron; tenía las pupilas
dilatadas.
—¿Qué…? ¿Qué ha sido eso? —preguntó desconcertado. Sus cabellos
se esparcían en todas direcciones, lo que le daba un aspecto gracioso. O
casi.
Hinché las fosas nasales.
—¿Y bien? —me preguntó Lore con impaciencia—. ¿Quieres seguir
confiando en la ayuda de los exorcistas o me dejas tomar el control?
Temblando, cerré los ojos y murmuré:
—Que os jodan a todos.
Y me dejé guiar.
El demonio dentro de mi cabeza empezó a reírse a carcajadas.
10
Lore

S í, joder. Por fin. Era como surgir de aguas profundas después de


mucho tiempo. El aire llenó mis pulmones. Volví a sentir mis
extremidades y, con ello, el dolor de las agujas que debían evitar que saliera
del cuerpo. Pues bueno. Reí y me crují las vértebras del cuello, que estaban
muy tensas.
El black bird me miró y se levantó.
—Demonio —dijo.
—Por desgracia, se acabó el tiempo de hablar con Leaf. Es mi turno —
confirmé.
Falco entrecerró los ojos.
—¿Tu turno?
—¿D-dónde estoy? —tartamudeó Leaf en mi nuca.
—No te preocupes, cariño, ya nos vamos —le aseguré y en el instante
siguiente rompí las cadenas. Fue tan fácil como si estirase los músculos.
Los gruesos eslabones se separaron del suelo, y el estallido hizo que la
placa y las piedras de debajo salieran disparadas en todas direcciones.
El exorcista gruñó y corrió hacia mí a través de la gran nube de polvo.
—¡Cuidado! —chilló Leaf.
Me saqué una aguja del muslo y me di la vuelta mientras el exorcista se
acercaba a mí disparándome.
Una hoz chirrió en el suelo. Pasó a un pelo de mí. Saltaron chispas.
—Ha estado cerca —dije impresionado.
—¡Aah! —gritó Leaf.
Enseñando los dientes, el exorcista se dio la vuelta y blandió la guadaña
con una precisión increíble. Brincando, la esquivé y me quité otra aguja del
cuerpo. La guadaña produjo un zumbido y de repente algo me agarró del
cuello con firmeza y me lanzó hacia atrás. Ese maldito rosario.
—¿Adónde vas? —me susurró el black bird al oído.
—Gracias por la hospitalidad, pero hoy ya he quedado —siseé, tomé
impulso y golpeé la nariz del black bird con la parte posterior de mi cabeza.
Se oyó un crujido, luego un gemido reprimido y la presión alrededor de
mi cuello cedió. Me volví y le di una patada en el estómago al exorcista con
tanta fuerza que voló a través de la sala y aterrizó en el suelo con un
estrépito muy satisfactorio. Así quería yo a mis exorcistas: de rodillas y sin
aliento. Y con esa mirada, con esos ojos enfurecidos. Decir que eso no me
excitaba habría sido mentira.
—¿Pero qué haces? ¡Vámonos! —dijo Leaf aterrorizada.
—Un momento. Tenemos una cuenta pendiente —le respondí. Agarré
las otras dos largas agujas y justo cuando el exorcista estaba a punto de
levantarse, se las clavé en el brazo con tanta fuerza que se lo atravesaron.
El exorcista rugió de dolor. Su rostro se torció en una mueca.
—Ahora estamos en paz —susurré dándole una palmadita en la mejilla.
Tenía los ojos oscuros del dolor y la ira. Me enseñaba los dientes.
—Ya sabía que querrías un espectáculo, demonio.
—¿Sí? ¿Lo sabías? Vuestra arrogancia, exorcistas, es desconcertante y
excitante al mismo tiempo.
El black bird resopló.
—Te mataré —prometió con una voz grave.
Le di unas palmaditas en la mejilla.
—Será un placer ver cómo lo haces —le respondí divertido, luego
levanté el puño y lo dejé caer sobre su cabeza. Se oyó un crujido y él se
desplomó.
—¿Lo has matado? —me gritó Leaf.
—Tranquila, es un black bird. Son duros y, al menos, ya no puede
clavarnos esas malditas agujas —respondí, me arrodillé y recogí la hoz que
estaba tirada en el suelo. Sin embargo, en cuando la toqué, la hoja se
iluminó y un dolor punzante me atravesó la mano—. Joder, asquerosa
basura de exorcista —maldiciendo, solté el arma y sacudí la mano, donde
ya se me habían formado ampollas de quemadura. La hoz volvió a
iluminarse una última vez antes de apagarse. Malhumorado, me soplé la
mano y observé cómo se me iban curando las ampollas.
—¿Cómo haces eso? —preguntó Leaf dentro de mi cabeza.
—Luego lo hablamos, cariño. Ahora voy a sacarnos de aquí —la
interrumpí. Me quité las agujas que me quedaban, que silbaron cuando las
toqué, y recorrí rápido la sala.
La puerta estaba cerrada, pero eso no era un problema. Respiré
profundamente y vi cómo mi sombra se llenaba de arcanum, hasta que
amenazó con estallar. Se alargó, se hizo más grande y se convirtió en un ser
con garras y extremidades largas, y tomó sustancia suficiente como para
golpear la puerta con todas sus fuerzas. La puerta crujió y se hizo añicos
ante la presión.
Leaf intentaba tomar aire en mi cabeza. Era algo adorable, puesto que
en ese momento ella no lo necesitaba.
—¿Qué ha sido eso?
—Solo un truquito. Agárrate —contesté y volví a absorber mi arcanum.
La sombra se redujo y se adaptó a la forma de mi cuerpo mientras yo
observaba alrededor.
Dos tipos con túnicas oscuras me bloquearon el paso y sacaron las
armas en cuanto me vieron.
—¿Qué está pasando aquí? ¿Dónde está el shintonista Chepesch? —
preguntó uno de ellos, visiblemente nervioso.
—No os molestéis. Solo tengo que pasar por aquí un momento —
respondí. Tomé las agujas y las lancé como si fueran dardos.
Los exorcistas apenas tuvieron tiempo para reaccionar. Una aguja acertó
justo en el ojo de uno de ellos y se le clavó en el cráneo. La sangre salpicó
todo antes de que él cayera al suelo gritando. El segundo empuñó el arma y
disparó, pero era demasiado tarde. Rápidamente, lo esquivé, le agarré la
mano y la apreté tanto que se la rompí. El exorcista aulló de dolor. Me miró
a los ojos cuando empleé su propia arma para dispararle. Su dedo seguía en
el gatillo.
—No saldrás de aquí. No puedes matarnos a todos —me escupió a la
cara con ira.
—Challenge accepted —le respondí y apreté el gatillo.
Sonó un crujido. La sangre me salpicó la cara y la pared del pasillo
según cayó al suelo el segundo exorcista.
—¡¿Pero qué haces?! —exclamó Leaf con pánico dentro de mi cabeza.
—Salvarnos el culo —contesté y pasé por encima del cadáver.
—Eso no fue lo que acordamos. Se supone que tienes que sacarnos de
aquí, no masacrar gente.
—¿Por qué? ¿Son cosas excluyentes?
Seguí corriendo. Más pasillos. Avancé más rápido. En algún lugar
tendría que haber una salida. Leaf emitió un ruido extraño mientras yo
recorría los pasillos.
—¿Qué hacemos ahora? —quiso saber.
—Sinceramente, buscar una salida.
Solté una maldición y me detuve de repente. Era un callejón sin salida.
Esto era un puto laberinto. A menos que… Respiré por la nariz e intenté
distinguir los diferentes aromas con esos sentidos humanos tan bastos. Los
black birds dejaban a su paso un olor concreto, con un aroma a incienso y
los matices de su arcanum. Aquí ese olor estaba por todas partes. Seguí el
suave aroma y encontré una puerta metálica. Cuando estaba a punto de
empujarla, una runa resplandeciente empezó a brillar en su superficie. Eran
dos círculos, divididos por un triángulo en el centro. No es que yo fuera un
experto en runas, pero el efecto de esta no se hizo esperar, pues empezó a
quemarme la palma de la mano. Maldiciendo, cerré la mano y di un paso
hacia atrás cuando las runas empezaron a iluminarse por todo el suelo del
pasillo.
—¿Qué es eso? —preguntó Leaf.
—Me temo que hemos activado la alarma.
—¿Y qué haremos si no conseguimos salir?
Di un paso hacia atrás y me crují el cuello.
—Pues nos abriremos paso a la fuerza. Puede que esto duela un poco.
—¿Qué? —preguntó Leaf, pero yo ya estaba acumulando arcanum a mi
alrededor. Mi sangre bombeaba oscuridad y negrura a través de mis venas,
fluía como una sombra hacia a mis pies.
Respiré profundamente y, apoyando bien las piernas en el suelo, tomé
impulso hacia delante.
Dentro de mi cabeza oí a Leaf gritar de la sorpresa cuando golpeé la
puerta con el hombro empleando toda la fuerza que me fue posible.
Rugiendo, sostuve el arcanum delante de mí como un escudo y sentí el
ardor cuando la runa se iluminó a modo de alarma. La oscuridad invadió mi
mirada mientras tensaba los músculos, ignoraba el ardor y extendía el
arcanum a través de la estructura de la puerta. Se oyó un crujido fuerte, y
mi nariz se llenó de hedor a piel quemada. Adelanté el pie y, con más fuerza
de la que podría reunir un humano, di una patada a las bisagras de la puerta.
Se oyó un chasquido cuando el metal chocó contra el suelo, y el humo
cubrió mi vestido roto.
—No me jodas… —susurró Leaf.
La vista que se abría ante nosotros me provocó una sonrisa al mismo
tiempo que me apagaba una pequeña llama en el hombro.
Ante nosotros había una escalera que se elevaba en espiral.
—Bingo.
Corrí y empecé a subir los peldaños mientras a nuestra espalda se oían
gritos.
—Creo que los exorcistas nos han encontrado.
—Pero aún les llevamos ventaja —respondí y a mi espalda vi un par de
black birds que nos miraban a través del marco de la puerta destrozada.
—Eh, chicos —grité hacia abajo y me agaché cuando, al instante
siguiente, se produjeron los primeros disparos. La quemazón de mi piel me
indicó que la munición consistía en balas de vidrio rellenas de agua bendita.
Qué desagradable. Y más si tenías que sacarte una salva de algún órgano,
pues el agua bendita ralentizaba considerablemente el proceso de curación.
—¡Quieto! —gritó uno de los exorcistas y me apuntó con el arma al
pecho.
—Una pregunta: ¿hay alguien en toda la historia que se haya quedado
quieto cuando le han gritado eso? —comenté y volví a correr.
Las balas me pasaban silbando junto los oídos. Miré hacia arriba
jadeando. Los escalones no se acababan. Pero sí había una puerta. Tensé los
músculos, los llené de arcanum oscuro y, para ahorrar tiempo, salté la
estrecha barandilla y seguí corriendo. La oscuridad me envolvió y estabilizó
mis pasos de una manera que envidiaría cualquier funámbulo. Las balas
estallaron, una me golpeó tan fuerte el hombro que casi pierdo el equilibrio.
Gruñendo, me fijé en la puerta y salté. Oí a Leaf gritar de terror en mi
mente mientras golpeaba literalmente la cabeza contra la pared. O, mejor
dicho, contra la puerta. Durante un breve instante, sentí como si la runa
protectora me hubiera arrancado la piel de la cara. Grité y lancé todo el
arcanum que tenía dentro contra ese punto. El metal cedió entre chasquidos,
y yo acabé en un suelo de arena. ¿Por qué había arena aquí?
Por desgracia, no tenía tiempo para hacer averiguaciones porque me di
cuenta de que un exorcista entraba por la puerta derribada a mis espaldas.
Me lancé al suelo, me giré, agarré el pie del exorcista y lo hice caer. Un
segundo después me coloqué sobre él y le rompí el cuello. Tan solo fue
necesario un tirón preciso, después se oyó un crujido, y el tipo se quedó
flácido entre mis dedos.
Los otros exorcistas gritaron, y yo utilicé a su compañero muerto para
resguardarme de la lluvia de balas. El arcanum flotaba en el aire. Caliente,
pesado y repleto de sangre. Poco a poco, se volvió ardiente. Había
demasiados exorcistas. Me alejé.
—¿Y ahora qué?
—Buscamos una salida.
Golpeé el puño contra la cara de un exorcista, salté sobre él y arrojé el
compañero muerto contra sus colegas. Aproveché ese segundo de confusión
para huir haciendo zigzag y salir corriendo. La sala a la que habíamos
llegado estaba llena de arena y era enorme.
—Parece que estamos en una especie de circo romano dijo Leaf.
—Eso es. En algún lugar tienen que entrenar —comenté y miré
alrededor.
La verdad es que se parecía al Coliseo. Estábamos encima de un suelo
arenoso rodeado de gradas. Sobre nosotros, el techo se cerraba en una
especie de cúpula de cristal sobre la que se veía claramente el cielo, no
agua.
—¿No sabrás volar, por casualidad? —preguntó esperanzada Leaf.
—Por desgracia, no.
—¿Y cómo vamos a salir de aquí?
—Buena pregunta.
Volví a girar sobre mí mismo y sentí un disparo en el brazo. Convoqué
la oscuridad, el arcanum, como un abrigo oscuro que me envolvía. Ante los
ojos corrientes, me mezclaría con las sombras, pero aquí había demasiados
exorcistas entrenados. No podría ocultarme durante mucho tiempo, pero al
menos evitaría algunos de sus disparos. Rápidamente miré a mi alrededor.
Había algunas salidas. En la pared de la pista de arena, a intervalos
regulares, había entradas de túneles. Por desgracia, no estaba claro adonde
conducían. Decidí probar suerte con una salida a la derecha, pero en el
momento en que entré, hubo un estruendo y una reja se desplomó frente a
mí hundiéndose profundamente en la arena. Mi pelo se agitó. Sorprendido,
miré la reja que tenía ante mis narices. Me di la vuelta, pero todas las rejas
bajaron al mismo tiempo y bloquearon las salidas, excepto aquella por la
que acabábamos de salir. Y ahí estaba, jadeando, el exorcista de cabello
largo del principio.
—¿Dónde vas con tanta prisa? —preguntó, sujetándose el brazo del que
tenía que haberse sacado las agujas. Su nariz era una masa ensangrentada.
—Oh, oh —murmuró Leaf.
—Tendrías que estar muerto —le reprendí.
—Y tú tendrías que irte al infierno —gruñó Falco y luego gritó—.
¡Ahora!
¿Ahora? ¿Ahora qué? ¿Por qué ese «ahora» no me había gustado ni un
pelo?
Se oyó un silbido. Giré la cabeza y noté que había movimiento. Eran
figuras que salían de la oscuridad como un susurro. Todas dispararon a la
vez, algo pasó por mi cara y me rasgó la mejilla. Levanté la mirada y me
eché al suelo. En ese mismo momento otra arma apareció ante mí. Parecía
un pequeño arpeo con una cadena larga. Tenía una especie de ganchos que
se clavaron en el suelo. Si esa pieza alcanzaba una parte de mi cuerpo, la
aprisionaría de tal manera que tendría que amputármela para poder
liberarme.
—Mierda —susurró Leaf dentro de mi cabeza.
Por desgracia, no tenía tiempo para asegurarle que lo tenía todo bajo
control. De todas las esquinas salían ese tipo de ganchos con sus cadenas
metálicas que silbaban a través de la arena y aterrizaban aquí y allá en el
suelo. Los esquivé tan rápido como pude, golpeé los ganchos, salté por
encima de ellos y me incliné de manera que uno de ellos me pasó cerca
como un látigo y se estrelló contra el suelo arenoso.
Corrí a través de la pista de arena en zigzag e iba acumulando arcanum
para romper la reja cuando algo me golpeó con fuerza lateralmente. Alguien
me presionó contra el suelo y, rugiendo, tomó impulso con su guadaña.
Ups.
Sorprendido, rodé hacia un lado, agarré un puñado de arena y la lancé
contra los ojos de mi enemigo. El black bird de cabello largo gruñó.
Aproveché la oportunidad para darle una patada en el estómago. El tipo
tropezó y me di la vuelta. Con un movimiento fluido, me impulsé con los
pies y le golpeé el rostro con el puño. Una vez, dos veces, tres veces, en la
nariz, los pómulos y las sienes. Cada embestida era tan rápida y precisa que
el exorcista no tenía tiempo para recuperarse. Cada golpe provocaba un
crujido. Se me quebró la piel de los nudillos, pero el dolor era como un
chute que atravesaba mi cuerpo. Me reí cuando le propiné al exorcista un
puñetazo en la barbilla tan potente que lo lancé al suelo. No era muy limpio,
pero sí efectivo. El exorcista se encorvó tosiendo en la arena mientras yo
agarraba la guadaña.
Esta se iluminó, y sentí su ardor en mi mano, que empezaba a crearme
ampollas. El hedor a carne quemada se me metió en la nariz. Estaba bien,
no necesitaba mucho tiempo más.
—¿Y qué harás ahora? —tartamudeó Leaf en mi nuca.
Empuñé la hoz, me vi reflejado en los ojos del exorcista, el cabello
oscuro, el rostro femenino y los ojos negros. Sonreí y…
—¡Para!
Mi mano se quedó a tan solo unos milímetros del pecho del exorcista.
Este jadeó y me observó con los ojos llenos de ira.
—¿A qué esperas, demonio?
—Buena pregunta. No es buen momento, Leaf, estoy un poco ocupado
—dije e intenté seguir, pero mi mano no se movió. Apreté tan fuerte que se
me puso la cara roja.
—Basta, Lore. No podemos seguir así.
—Leaf, déjame o no saldremos nunca de aquí —susurré. Sin embargo,
mi mano siguió inmóvil. ¿Eso… lo hacía ella? ¿Cómo?
—¿A cuánta gente vas a matar para salir de aquí? —gritó, y no solo
dentro de mi cabeza. La frase salió de mi boca. La hoz se me cayó de la
mano y me sostuve la cabeza como si estuviera a punto de estallarme.
—¡Cállate, Leaf! —le grité.
—¡No! —respondió.
El exorcista se alejó hacia atrás arrastrándose y nos miró mientras yo
me sujetaba la cabeza y gritaba:
—¡Leaf! ¡Ya basta!
—¡No! Este es mi cuerpo. Mi vida. ¡Es todo mío! ¡Fuera! —gritó y su
voz resonó como un eco por todo mi cuerpo.
—Mierda… —dije antes de que Leaf Young me propinara la mayor
patada en el culo de mi vida e hiciera lo imposible: recuperar el control.
11
Falco

L os ojos de Leaf Young empezaron a parpadear. El color negro que


había en ellos se retrajo como si fuera tinta. Le temblaba todo el
cuerpo. La miré a los ojos y vi… algo. El negro demoníaco se desvaneció y
en su lugar apareció un verde brillante. Era como si ella estuviera
recuperando el control. Pero eso no era posible.
Los demonios mataban el alma de su huésped. Era como un caracol:
simplemente no había espacio suficiente para dos en la misma casa y, sin
embargo, vi que la humanidad regresaba a su mirada. La sonrisa burlona
desapareció. Sus labios se estremecieron. Las pupilas disminuyeron de
tamaño y una expresión atormentada invadió su rostro.
—Yo… lo siento mucho. Yo no quería —dijo Leaf Young antes de que
se le pusieran los ojos en blanco y se desmayara sobre mí.
Sorprendido, me quedé mirándola fijamente.
—¿Qué coño ha sido eso? —se oyó desde arriba.
Miré hacia arriba y en una de las gradas vi las figuras de Crain y Zero.
Otros tres exorcistas salieron de las sombras. Dos hombres y una mujer.
Todos mostraban una expresión de rabia en el rostro mientras oí que la
exorcista decía:
—¿Cómo podía moverse tan rápido? Nunca había visto nada igual.
¿Qué es esa cosa?
La «cosa» dejó escapar un ligero gemido y echó saliva sobre mi abrigo.
—¿Dó-dónde estoy? —tartamudeó Leaf.
Yo la observé y, por primera vez, me di cuenta de lo… humana que
parecía. Lo femenina que era. Labios carnosos, largas pestañas y un cabello
castaño oscuro que se esparcía por mi pecho mientras sus curvas se pegaban
a mí. Le sangraba un corte en la mejilla.
—¡Eh, Falco! ¿Te ha hecho algo? —preguntó Crain.
—No —dije simplemente, aunque las heridas que tenía en el brazo y la
cara me ardían como el fuego.
Me senté y sujeté a la mujer. Se le cayó la cabeza hacia un lado y,
aunque estaba cubierta de heridas, en el cuello su pulso era fuerte y estable.
Se oyó un chirrido y un crujido cuando se recogieron los ganchos. Un
golpe con uno de ellos y se le podría haber sacado el corazón del pecho al
demonio. Me levanté con dificultad y dejé a la mujer en el suelo. Jadeando,
me coloqué las manos en las rodillas mientras la observaba allí abajo.
¿Qué había pasado?
12
Leaf

L a oscuridad me envolvió. Estaba segura de que me había desmayado, o


de que estaba muerta. Lo que no sabía bien era qué estaba haciendo
Henry Lancester dentro de mi experiencia cercana a la muerte.
—¿Por qué has hecho eso? Ya casi lo habíamos logrado —me gruñó, y
el cabello rubio se deslizó sobre su cara mientras se acercaba a mí.
Busqué frenéticamente una vía de escape, pero Henry me lo impidió.
—¿Sabes lo que has hecho?
—Sí, evitar un baño de sangre —le gruñí y lo alejé de mí. Henry, o más
bien Lore, resopló. Sus ojos azules se volvieron negros.
—No deberías haber sido capaz de hacer eso.
—¿Ah, no? Esto sigue siendo mi cabeza —le espeté y le clavé el dedo
índice en el pecho—. Es mi cuerpo, mi vida. Tú eres un parásito.
—Tan solo hice lo necesario para poder salir de allí. Ahora volvemos a
estar atrapados ahí abajo, ¿sabes lo que nos harán ahora?
—Supongo que nos matarán. —Con tan solo pronunciar esa idea, un
escalofrío gélido me recorrió la espalda.
—Exacto, nos matarán. Y no queremos eso, ¿verdad?
—Para nada, pero no voy a dejar que dispares a todo lo que se mueve, y
me da la sensación de que no tenías la intención de devolverme el control
de mi cuerpo.
El demonio se quedó parado, me miró con escepticismo y me agarró un
mechón de pelo que envolvió en su dedo.
—¿Cómo lo has hecho?
Yo le aparté la mano.
—¿El qué?
—¿Cómo has recuperado el control? —Me rodeaba como una pantera
que estuviera acechando a su presa.
—No lo sé. ¿Por qué eres como Henry Lancester? Y… ¿dónde se
supone que estamos ahora? —yo dudé y él sonrió. Parecía algo malvado y,
al mismo tiempo, irritantemente atractivo.
—No estás muerta, si eso es lo que te da miedo. Estamos en tu
subconsciente y yo me parezco a Henry porque así es como me imaginas.
Mi forma real no es humana.
Respiré hondo y asentí.
—De acuerdo. Da igual. Me gustaría tener mi subconsciente para mí
sola otra vez.
Metió las manos en los bolsillos y se encogió de hombros.
—Va a ser complicado. Estoy atrapado aquí. Tan solo me gustaría saber
qué pasa contigo. —Avanzó hacia mí, enterró su nariz en mi cuello y aspiró
profundamente, como si me estuviera oliendo.
—Yo… ¡Lore, déjame! ¡Quita! —Y le di una bofetada sonora.
Lore me observó con una mirada extraña.
—No lo entiendo. Todo en ti parece tan humano… ¿De adolescente
experimentaste con rituales satánicos?
—No que yo sepa.
—¿Ni siquiera un poquito de guija? ¿O un par de pentagramas? La
mayoría es una patraña, pero hay algunos bromistas a los que les gusta
acostarse con mujeres humanas.
—No.
—¿Le has prometido a alguien tu alma?
—No.
Me di la vuelta y caminé en la dirección contraria. Parpadeé una vez y
ya estaba ante mí otra vez. Nos observamos.
—Deja de hacer eso —le dije.
—Tenemos que limitar los daños y preparar un plan. Lo que debemos
hacer es averiguar cómo conseguir que los black birds no nos maten. Creo
que los dos estamos de acuerdo en que soy demasiado joven y guapo para
morir.
Crucé los brazos delante del pecho.
—Por favor, respóndeme a una pregunta.
Asintió con la cabeza.
—Soy todo oídos.
—¿Es cierto que existen los demonios y todo eso? —se me quebró un
poco la voz al final de la frase.
La expresión se Lore se volvió más suave.
—¿Preferirías que te dijera que tienes un enorme tumor cerebral que te
provoca alucinaciones?
—Sí… No… No estoy segura.
—No tienes ningún tumor.
—¿Seguro?
—Bastante.
Suspiré y pensé en tener una crisis nerviosa, pero me faltaba energía
para hacerlo. Fruncí los labios.
—¿Y existe el yeti? —me atreví a preguntar.
Lore levantó una ceja.
—Los yetis son bosam albinos. Hay pocos, pero los hay.
—¿Vampiros?
—Renacidos, sí. De hecho, hay muchos.
—¿Y brillan?
—Solo entre los pechos de una estríper.
—¿Hay fantasmas?
Se le oscurecieron los ojos y elevó una comisura de la boca. —Muchos.
Y a nuestros exorcistas de ahí fuera se les da muy bien expulsarlos.
—¿Y brujas?
—Son un término medio entre demonios y humanos. Hay pocas, pero
existen.
—¿El monstruo del lago Ness?
Entrecerró los ojos.
—No exageres.
—¿Y tú eres de verdad uno de esos lores demoníacos?
—Así nos llaman los black birds —respondió.
Yo le miré.
—¿Y vosotros cómo os llamáis?
Se encogió de hombros.
—Ha habido muchos nombres para nosotros. Y han ido cambiando a lo
largo de los siglos.
Eso no respondía a mi pregunta, pero parecía que no quería dar más
detalles. Lo miré irritada.
—¿Siglos? ¿Cuántos años tienes?
Lore frunció el ceño, levantó la mano y contó con los dedos. —Unos
tres.
—¿Trescientos años? —pregunté incrédula.
—Más bien tres mil. ¿O quizá cuatro? ¿O cinco?
Durante un momento pareció desconcertado.
Lo miré antes de soltar un suspiro seco.
—¿Estás seguro? Te comportas como un estudiante de primero de
carrera que por fin ha ido a su primera fiesta y ha descubierto que su nueva
afición podría ser convertirse en un asesino en serie.
Lore me miró divertido.
—El tiempo es un término relativo y, si uno no envejece, se convierte en
una de esas cosas.
—¿Qué cosas?
—No siempre envejeces o te quedas inmóvil. A partir de cierto punto,
experimentas ciclos. Hay fases en las que algunos se comportan como niños
pequeños. Otros se convierten en los imbéciles más viejos y sabios del
mundo, y otros se pasan años en una cueva mirando a la pared. No
envejeces, pero sí vives esos ciclos, una y otra vez. —Movió el cuello
lentamente—. Hay años en los que estás pirado, en los que vives en la calle
y comes de los contenedores. Otras décadas vives en casas enormes, tienes
coches y empleados. Durante un par de décadas trabajé como empleado de
una casa. Y un par de años fui asesor fiscal: fue uno de los peores
momentos de mi existencia. Sin contar la década que estuve encerrado en
una lámpara. En ambos casos el aburrimiento parecía no tener fin.
Entrecerré los ojos.
—No tengo ni idea de si alguna de las palabras que han salido de tu
boca es verdad.
Lore tan solo sonrió y me siguió mientras yo me alejaba.
—Deja de seguirme.
—No puedo. Debemos pensar qué vamos a hacer.
—No vamos a hacer nada. Tú te quedas quietecito y cuando me
despierte intento convencer a los exorcistas de que te saquen de mi cuerpo.
—Claro, porque la primera vez te dio muy buen resultado —me espetó
con burla y no pude responderle nada.
Me detuve bruscamente. Lore se golpeó contra mí. Respiré hondo y
miré la oscuridad que tenía ante mí. Me dejé caer y, aunque estaba bastante
segura de que en mi subconsciente no había ningún arriba ni abajo, me topé
con un suelo duro y dejé la cabeza colgando.
—¿Y esos exorcistas qué son?
—Bueno… —Lore se sentó suavemente con las piernas cruzadas a mi
lado y apoyó la barbilla en la palma de la mano—. Básicamente son
humanos. Reconozco que no soy un experto en historia de los exorcistas,
pero sé que la Orden la fundó Paracelso.
—¿Por qué se llaman black birds?
—Es un apodo que les han puesto.
—¿Y estos exorcistas saben hacer magia? —pregunté dudosa.
Contrajo las comisuras de los labios.
—Ya les gustaría a ellos. No, los black birds no hacen magia, aunque lo
parezca a simple vista. Son humanos, pero con algunas diferencias.
—¿Que son…?
—La Orden de Paracelso es una agrupación de personas que pueden
utilizar un uno por ciento más de la capacidad cerebral. Imagínatelo como
una evolución natural de la especie humana.
Desconcertada, parpadeé.
—¿Una evolución? ¿Cómo un humano 2.0?
Una ceja rubia se elevó.
—Ya te he dicho que no es magia. La Orden representa alrededor de un
uno por ciento de la población mundial. Son un grupo extraño, ¿pero quién
soy yo para condenar el fanatismo? En cualquier caso, la Orden se ha
extendido por todo el mundo y básicamente funciona como un Estado
independiente. No me preguntes cómo se rige, porque no tengo ni idea de
su política interna.
—¿Y todos los de la Orden se convierten en exorcistas?
—Claro que no. No todo el mundo tiene lo que hay que tener y, por lo
que sé, el proceso de selección para convertirse en exorcista es mortal. Pero
necesitan algo más que tipos con capas que luchan contra demonios, como
burócratas y personal de limpieza. No necesariamente en ese orden, pero ya
sabes a lo que me refiero.
—¿Lo sé?
Me dio una palmadita en la mano.
—Pronto lo harás.
Respiré profundamente.
—Vale. ¿Y los demonios qué sois?
Lore sonrió.
—Todo a su tiempo. Ahora lo importante es qué haremos cuando
despiertes.
—¿Y qué es lo que te parece tan importante?
Lore me agarró la mano y me miró tan intensamente a los ojos que me
resultó incómodo.
—Da igual lo que hagas, pero no les cuentes que podemos
comunicarnos. Podría ser nuestro único as en la manga.
Aparté la mano de él y crucé los brazos sobre el pecho.
—Haré lo que sea necesario para librarme de ti.
Las comisuras de su boca se torcieron y se aferró el pecho.
—Pero, cariño, descubrirás que yo soy tu único amigo.
—Te odio.
—Me encanta que me digas esas cosas.
Me abalancé sobre él, pero en lugar de alcanzarlo, de repente el suelo se
abrió bajo mis pies.
—Mierda.
Jadeando, abrí los ojos de golpe y me vi repentinamente en… mi silla.
Encadenada y atada como un pavo. Cómo no.
13
Falco


F ascinante. Realmente fascinante.
El director Gale detuvo la grabación de la cámara de la celda 3.1.
Si en la academia se hubiera instalado el nuevo sistema de seguridad, que
yo había estado solicitando desde hacía años, probablemente la fuga se
habría detectado más rápido. Pero, cuando se trataba de tecnología, la
academia era tan capaz de adaptarse como una abuela de noventa años a la
que se le coloca un smartphone en la mano. El sistema existente estaba
obsoleto y todo lo nuevo se rechazaba de forma categórica; y uno de los
motivos de esto estaba de pie junto al director Gale, con una expresión
amargada y cabello rubio ceniza.
—No sé qué tiene eso de fascinante —refunfuñó el primus ritus Servant
con voz clara y profunda. Su tono dejaba claro que estaba acostumbrado a
dar órdenes y no a recibirlas. El gran sacerdote de la Orden de la Black Bird
Academy de Nueva York era de la vieja escuela. Aunque el primus debía de
estar cerca de los sesenta, sus penetrantes ojos azules eran claros y
despiertos, y lo observaban todo hasta que se hacía incómodo. La mayoría
de arrugas que tenía le recorrían la frente, el cabello rubio mostraba canas
en las raíces y tenía la piel pálida. Por lo demás, el primus podría ser
enviado a un combate cuerpo a cuerpo sin miramientos. Sus movimientos
eran fluidos y sus músculos estaban definidos por el entrenamiento, aunque
esto pudiera pasar desapercibido bajo su túnica azul oscuro. El primus
seguía vistiendo la túnica tradicional de tela rígida de color azul oscuro, que
llegaba hasta el suelo y se ataba a la cintura con un cinturón negro ancho, lo
que la asemejaba a la túnica de un monje.
A mí las mangas de campana me parecían ridículas y una razón de peso
para no seguir una carrera dentro del sacerdocio.
—¿En qué sentido, señor? —preguntó el director Gale, y el primus ritus
agitó las manos con desdén ante el viejo ordenador con Windows.
—Está claro que es un intento de engañarnos. Debemos neutralizar al
demonio de inmediato. Tan solo en los últimos dos días ya ha matado a seis
de nuestros exorcistas. Cada segundo que esta criatura sigue respirando es
una desgracia para toda la Orden —gruñó.
—Las pérdidas son lamentables y trágicamente absurdas —comentó el
director Gale y metió la mano en la caja de bombones con rayas verdes y
moradas que estaba ahí desde que yo entré en la Academia a los veinte
años. Parecía que no se vaciaba nunca.
—¿Lamentables? —repitió el primus ritus y empezó a caminar de un
lado a otro por la sala circular de la torre. La parte principal de la sala
estaba repleta de estanterías con la misma forma semicircular que la sala.
Reinaba tal caos que yo apenas podía mirarlo. Esa sala siempre me daba
ganas de prenderle fuego tras unos pocos minutos. Una alfombra de color
azul oscuro con el escudo de los black birds tejido amortiguaba nuestros
pasos. Se trataba de un escudo con dos cuervos y dos letras «B» opuestas.
El conjunto estaba enmarcado por un espino y un rosal, y los elementos en
parte ocultos formaban figuras que casi parecían rostros distorsionados.
Sobre el escudo destacaban dos espadas cuyas puntas apuntaban al
escritorio donde se sentaba el director. El bueno del viejo Gale tenía
predilección por las baratijas y los cachivaches, por lo que la sala siempre
parecía una tienda de curiosidades. Era imposible encontrar un hueco libre.
Los antiguos rollos de pergamino se amontonaban junto a amuletos
relucientes; colocados estratégicamente colgaban talismanes atrapasueños
de oro envejecido y piedras preciosas que con un tenue tintineo reflejaban
la luz. En una mesa, junto a un par de platos vacíos con bastantes migajas,
había dos jarrones con rosas secas y una vieja pluma de la que se derramaba
la tinta. Junto a ella había un monóculo resquebrajado, un cilindro y una
mano momificada. Por todas partes había decenas de teteras, de todas las
formas y colores. Nunca había entendido su obsesión por las teteras. Él
nunca bebía té.
El sol estaba a punto de ponerse y se dibujaban sombras torcidas y
afiladas en el suelo.
—Ya solo Finn Crusher es una pérdida irreparable para la Orden.
Entrenar a un exorcista de tanto talento desde el principio supone años y
ahora mismo en Nueva York tenemos muy pocos shintonistas. El señor
Chepesch no tendrá compañero hasta que la Orden nos envíe uno para esta
época de transición, y puede tardar semanas, si no meses. Eso significa que
tenemos aquí a un exorcista de primera clase sentado sin hacer nada.
Apreté la mandíbula y seguí al sacerdote de la Orden con la mirada
mientras el director Gale masticaba un bombón y examinaba la grabación.
—Sí, es una auténtica lástima. ¿Qué hacemos ahora contigo, Chepesch?
—preguntó y me observó con sus ojos verdes brillantes.
Le di la espalda.
—No necesito compañero, señor. —Las palabras parecían vacías.
El director Gale suspiró.
—Siempre la misma historia contigo, Chepesch. Ya conoces las reglas.
No puedo mandarte a ti solo de misión fuera. Necesitamos un compañero
para ti. Vamos a ver… —Abrió un cajón de su inmenso escritorio oscuro y
dejó un expediente en la mesa—. Vamos a ver… —murmuró Gale con voz
seria antes de chasquear la lengua—. Tenemos un estudiante de tercer año
muy prometedor llamado Yu Tsai. En caso de necesitarlo, él podría ayudar.
Es…
—No.
—¿No quieres al menos pensarlo un poco, Falco?
—No. —Me quité una mota de polvo del hombro—. Conozco a todos
los estudiantes que podrían pasar a ser shintonistas ahora mismo. Ninguno
de ellos está realmente capacitado para enviarlo a una misión en el exterior.
—Bueno, tampoco es que esto sea un paseo —gruñó el director Gale.
Le miré a los ojos.
—No acepto más novicios, Gale. Missy fue la última.
Un breve silencio incómodo inundó la sala. El primus ritus se paró con
los brazos cruzados ante la ventana arqueada y miró hacia el campus
universitario que había abajo. El polvo bailaba ante las ventanas con el sol
del atardecer. Desde aquí se veían parcialmente los tres anillos amurallados
que dividían la isla en una zona exterior, una zona intermedia y una interior.
El olor dulzón a rosas llegaba hasta nosotros con la brisa de la tarde. El
primus estaba callado, pero no fue un silencio que me agradara. Mi aversión
hacia él no era un secreto, pero intentaba mostrarle un mínimo de respeto
por su título de primus.
—Aún te quedan muchos días de vacaciones —dijo el director Gale en
medio del silencio tenso—. Podrías ir a visitar a tu familia en El Cairo. Tu
padre me llamó ayer y me preguntó si es que nuestros exorcistas no tienen
ni un minuto libre porque no has estado en casa en tres años.
—No.
—¿No qué?
—No necesito vacaciones —respondí con brusquedad.
Gale suspiró.
—No puedes decir que no a todo, joven.
—Entonces propóngame algo que no sea completamente absurdo.
—Nada de esto es absurdo. —Le eché un vistazo mientras el director
Gale tomaba un bombón y se lo comía—. De acuerdo, entonces hasta que
tengamos un nuevo compañero para ti, entrenarás aquí con los estudiantes.
Nos faltan profesores y necesitamos a alguien que asuste un poco a los
novatos.
Crucé los brazos sobre el pecho.
—No me parece una buena idea.
—Soy de la misma opinión —añadió el primus ritus.
El director Gale chasqueó la lengua.
—Pues debemos hacer algo para mantenerte ocupado y tengo aquí un
grupo de veinte novicios que se están volviendo locos. Así mataríamos dos
pájaros de un tiro.
—No tengo la paciencia ni la formación necesarias para enseñar a
novicios —le dije.
Gale hizo un gesto con la mano.
—Te encargarás del entrenamiento práctico. Para eso no necesitas
empatia.
—¡Señor!
—Esas son tus vacaciones —me dijo.
Apreté los labios.
—De acuerdo, pero no quiero quejas si alguien acaba llorando.
Gale me miró con seriedad.
—Entonces intenta dar las clases de manera que no perdamos cinco
novicios en un día.
Levanté los hombros.
—Si alguien tira la toalla tan rápido, entonces no es adecuado para la
Academia.
—Simplemente intenta no hacerles llorar a todos —murmuró Gale y se
volvió a inclinar sobre el ordenador—. ¿Qué hacemos ahora con nuestro
invitado especial de ahí?
—Exorcizarlo y ejecutarlo —bufó el primus ritus.
Gale juntó los dedos y le miró.
—No sé yo, amigo mío. Si esta joven consigue mantener bajo control al
demonio, estaríamos ante un caso único y posiblemente una oportunidad
que no deberíamos desaprovechar.
—¿Una oportunidad? ¿Una oportunidad de qué? No me vengas con tus
ideas modernas, como la última de llevar a esa cosa demoníaca a las clases.
—Esa cosa demoníaca es un «proyector», amigo…
—El mío se incendió y casi le prende fuego al Rosedal —respondió el
primus ritus.
El director Gale le lanzó una mirada seria.
—Eso no habría pasado si alguien no se hubiera empeñado en echarle
agua bendita, lo que le provocó un cortocircuito.
—En el Rosedal no entra nada que no haya sido consagrado —
refunfuñó el primus.
Interrumpí su discusión haciendo un carraspeo.
—Quizá deberíamos volver al tema en cuestión.
Gale me observó.
—Cierto, el tema… ¿De qué estábamos hablando?
—La chica —dije suavemente, aunque tan solo mencionarla me
desconcertaba. La muerte de Crusher pasaba una y otra vez ame mis ojos.
Cuando pensé en ello, se me revolvió el estómago y volví a ver sus ojos
verdes confundidos, que no tenían nada que ver con la muerte que habían
provocado. Al mirarla a la cara, nada me habría gustado más que romperle
el cuello y, al mismo tiempo… sentía la necesidad de asegurarle que todo
iría bien. Esa expresión de sus ojos me provocaba mala conciencia, y eso no
era sabio ni aceptable. Y si había algo que odiara de verdad, eso era estar
confundido.
—Eso, nuestro demonio —Gale interrumpió mis pensamientos y
aliviado volví a concentrarme en la conversación—. En su caso me gustaría
pedir un permiso especial a la Orden.
—Por todos los cielos, ¿por qué? —gruñó el primus.
—Bueno… —dijo el director Gale tocándose la punta de la barba,
donde tenía un poco de chocolate pegado—. Creo que estamos ante una
oportunidad única. Podría ser algo temporal, pero imaginad que conserva el
control. Podríamos utilizar los poderes del demonio. Es fascinante lo fuerte
que era a pesar del blindaje de la roca. Si pudiéramos controlarlos, las
posibilidades de esos poderes serían casi infinitas. No podemos someter a
un demonio, pero sí a una joven. Podemos introducirla entre demonios sin
que nos descubran. Hace tiempo que tenemos problemas para obtener
información de los demonios. Sinceramente, no tenemos ni idea de lo que
está pasando; tan solo analizamos los cadáveres que nos encontramos en la
calle, recogemos los restos. Para poder reducir los daños necesitamos un
topo: alguien que pueda conseguirnos información. Yo creo que para eso
sería perfecto un humano con los poderes de un demonio.
—No lo dices en serio, Gale. Acaba de matar a un par de exorcistas. No
tiene control alguno. Es peligrosa —gruñó el primus ritus.
—Bueno, solo por esa posibilidad de que pueda perder el control
debemos ir al fondo de todo esto.
El primus abrió la boca, pero yo le interrumpí:
—¿En qué está pensando, director Gale?
Hacía mucho que conocía a la vieja lechuza como para no saber
interpretar ese brillo en sus ojos. Inmediatamente después siempre solía
pasar algo que ponía a todos muy nerviosos. Bueno, a todos menos a él.
—Vamos a instruir a la joven.
Durante un momento me quedé sin habla.
—¿Quiere instruirla? ¿Aquí? ¿Como qué?
—Como exorcista, por supuesto. ¿Como qué iba a ser?
—Pero no es de los nuestros.
—No exactamente, pero domina el arcanum.
—El arcanum oscuro que proviene del demonio.
—El arcanum es arcanum. Si alguien puede enseñarle a usar el
arcanum, esos somos nosotros.
—Eso es inaceptable —dijo el primus y, por una vez, estuve de acuerdo
con él.
—Sabemos muy poco sobre ella o sobre el demonio, director. Y los
escasos datos que hemos encontrado sobre el Ripper tampoco nos
inspiraron mucha confianza.
El director se frotó la barba puntiaguda y asintió.
—Estoy de acuerdo en que es arriesgado, pero no podemos devolver a
la joven a su antigua vida. Será asesinada o entregada a la Orden, y
entonces sí que no volveremos a verla. Yo creo que debemos aprovechar la
oportunidad que se nos has presentado. El periodo de instrucción son tres
años. Tendremos tiempo suficiente para ver si realmente es capaz de
mantener el control. Me parece que vale la pena intentarlo. Si no funciona,
siempre podemos matarla.
El primus ritus apretó la mandíbula con fuerza.
—Esta es, con diferencia, la idea más estúpida que te he oído decir
jamás, Gale.
—Por una vez, estoy de acuerdo —añadí yo.
Gale levantó una ceja.
—¿Ah, sí? No me parece que no matar a un humano que tiene la
capacidad de controlar a un demonio sea una tontería. Si no recuerdo mal,
la propuesta de aceptar al nigromante Zero en la Academia también recibió
bastante oposición. Sin embargo, no se puede negar la enorme utilidad que
tiene para nosotros.
—El caso de Zero es distinto —respondí.
—Es una bomba de relojería y un peligro para los novicios. No
podemos dejar que ande suelta por ahí —espetó el primus—. Ni ella ni ese
monstruo domesticado que habéis adiestrado como exorcista entrarán nunca
en el Rosedal.
—Es una lástima, amigo mío, pero se puede hacer igualmente. Si la
Orden está de acuerdo, tendremos que hacer algunos cambios —murmuró
Gale, abriendo un cajón del que sacó una carpeta y otro documento. Lo
abrió y aparecieron siete perfiles—. Creo que podríamos meterla en el
grupo Omega.
Tanto el primus como yo nos estremecimos.
—¿En los Omega? —pregunté—. ¿Está seguro?
Gale levantó las cejas.
—¿Por qué no? Todos son unos novicios excelentes.
—Y todos están a punto de la expulsión. Y eso en su primer año. Los
Omegas son caóticos y extraños. Si añadimos un demonio, es la receta
perfecta para el desastre —vociferó el primus y señaló la fotografía de un
hombre con tatuajes en el cuello y las manos—. A Morpheus Skill lo
sacamos de las calles y creo que está medio loco. Su historial delictivo tiene
más páginas que una guía telefónica.
—Es un caso raro. Es poco habitual que alguien que no es de la Orden y
que ha vivido tantos años en la calle tenga unas habilidades arcanas tan
poderosas. Si consigue controlar su agresividad, será un exorcista de
primera. No se deja intimidar fácilmente, así que no tendrá problemas con
un demonio de nivel dos —aclaró Gale.
El primus suspiró y pasó a los otros dos perfiles.
—Venus y Vane Hillbrook no se apartan de sus supuestos
«experimentos».
—Han logrado producir ectoplasma, y eso ha permitido que el
desarrollo de armamento progrese —explicó Gale de buen humor.
—Unir arcanum y tecnología no es progreso, es el primer paso hacia la
anarquía. ¡Nosotros expulsamos espíritus, no los licuamos!
—Tampoco exageres, querido primus.
—¿Exagerar? ¿Tengo que recordarte acaso la explosión que causaron
los hermanos? Sus experimentos son inestables, y la semana pasada hubo
que amonestarlos por intentar vender botellas con espíritus a través de Etsy.
—Eso sí lo había oído. A pesar de eso, son buenos conjuradores —
añadí.
—Me sorprende que sepas lo que es Etsy, querido primus —refunfuñó
Gale antes de admitir—: Los dos son casos especiales, pero geniales a su
manera. Creo que ellos también se las arreglarían con un demonio.
—Solo causan problemas. Como Everly Hargreeves. Ni siquiera sé por
qué la admitieron. Ha suspendido todos los exámenes hasta la fecha. Tiene
ansiedad y, en mi opinión, carece de talento.
—Es la única que sacó un cien por cien en el examen de ingreso —
remarcó Gale.
El primus suspiró.
—¿Y para qué? ¿Para quedarse temblando en un rincón? Porque eso es
lo único que hace.
—Tan solo necesita un poco de tiempo y confianza en sí misma —
contestó Gale.
—Y luego está Merope Davis —gruñó el primus y un músculo de la
mandíbula empezó a temblarle—. Creo que es la única que tiene potencial.
No sé por qué ha sido degradada de los Alfa a los Omega.
—No voy a volver a tener esta discusión. Tengo mis motivos. Me
gustaría que se confiara un poco más en mí sobre este asunto —le reprendió
Gale.
—Sí, y luego están Crain y Zero —intervine y crucé los brazos—.
¿Cuántas oportunidades de más llevan ya? ¿Cuatro? ¿Cinco? Los dos
deberían estar trabajando desde hace tiempo como exorcistas, sobre todo
teniendo en cuenta la escasez de nigromantes, y sin embargo los penalizan
por unos delitos ridículos.
—Bueno… —dijo el director Gale rascándose la barba en punta—. Las
ausencias, la embriaguez en las clases, las drogas, los insultos a los
docentes y la destrucción de propiedad pública no son ridículos. Y eso es
solo la punta del iceberg. Cualquier otro que estuviera en la situación de
Crain ya habría sido expulsado.
—Y hace mucho tiempo —dijo el primus con dureza.
Le interrumpí.
—Todos sabemos que a Crain le encanta desobedecer las normas y
sabemos también quién es su padre, pero hay que acabar con esa vergüenza.
Gale suspiró.
—Este año es su última oportunidad.
—¿Y para qué esperar? Todos sabemos que no llegará al final del
semestre sin meterse en problemas —dijo el primus y examinó una tetera
especialmente fea, cuya tapa levantó un momento antes de volver a taparla
y colocarla en su sitio.
Gale le lanzó una mirada gélida.
—Ya veremos —fue todo lo que dijo.
Yo aproveché la oportunidad para decir:
—No obstante, debemos plantearnos si es buena idea juntar a Crain con
un ser humano poseído por un demonio. Especialmente teniendo en cuenta
lo que es capaz de hacer con un clip y un poltergeist. —Todos nos
estremecimos ante ese recuerdo.
—Bueno, esa es precisamente la cuestión, querido Falco —murmuró
Gale echándome una mirada que no me gustaba nada—. Necesitamos a
alguien que la vigile e intervenga en caso de ser necesario. Un shintonista
con habilidades suficientes que tenga demasiado tiempo libre. Un tutor, por
así decirlo.
Me puse rígido.
—No, señor.
—Alguien que, por casualidad, necesite un nuevo compañero —
continuó el director.
—No.
—Claro que sí…
—No, señor. —Me separé de la pared—. No trabajaré con el demonio
que mató a mi compañero —expliqué con voz firme.
El director Gale me miró con unos ojos llenos de comprensión.
—Lo entiendo, joven, pero yo también me preocupo por ti —dijo en
voz baja.
Apreté los dientes.
—¿Por qué, señor?
—Por muchas razones, pero sobre todo, porque veo que cada vez te
aíslas más. Puede que tengas mucho talento, pero si estás solo, ahí fuera
simplemente encontrarás una muerte prematura. Creo que te vendrá bien
salir de tu zona de confort. Un trabajo como tutor me parece perfecto.
—No soy alguien adecuado para esa labor.
—Eres uno de los pocos que puede mantener a raya un demonio de ese
calibre y por eso eres perfecto para este trabajo.
—¿Es un castigo, señor? —pregunté.
Nuestras miradas se encontraron al cruzar la habitación y Gale suspiró.
—Considéralo una oportunidad.
Ya conocía ese tono. Aunque al director le gustaba ser campechano y
estrafalario, podía sonar más duro que el acero. La conversación había
acabado. Me esforcé por no mostrar que me sacaba de mis casillas.
—¿Y cómo vamos a hacer todo esto, señor? —pregunté, sin disimular
mi tono mordaz.
—Voy a contactar con la Orden. Mientras tanto, dale a nuestra invitada
algo para que coma y se vista. Mañana podrá incorporarse a los Omega.
—¿Y dónde pasará el tiempo que no esté en las clases? ¿En las celdas?
¿O la llevamos con los novicios?
Gale frunció el ceño.
—Ponía en la quinta ala del edificio. Está cerrada de todas formas, pero
lo aseguraremos.
—¿Y si no quiere ser adiestrada? —objeté.
Gale siguió con el ceño fruncido.
—Eso sería una lástima. Pero confío en que aquí todos actuemos
siguiendo los intereses de la Academia y de su progreso —murmuró.
Así él ya tenía lo que quería. Ahora era responsabilidad mía que Leaf
Young aceptase la oferta. Suspiré para mis adentros, asentí y salí a paso
rápido del despacho mientras en mi hombro la puñalada me palpitaba al
mismo ritmo que mi pulso.
14
Leaf

Demonios de nivel dos


Demonios
Lord: unos de los demonios más poderosos. No
poseen un cuerpo propio, pero sí un espíritu muy
poderoso. Agrupan demonios inferiores en grupos bajo
su liderazgo, también llamados «clanes». Su mayor
debilidad es encontrar el huésped adecuado. Si están
mucho tiempo en un cuerpo, matan al espíritu previo,
de forma similar a los parásitos. El lord demoníaco
mantiene el cuerpo con vida; si lo abandona, el
huésped también muere. A lo largo de los siglos, ha
habido pocos lores que hayan conseguido establecerse
en el mundo de los humanos. No obstante, los que sí lo
han conseguido están en constante guerra unos contra
otros.
Gracias a las marcas únicas que dejan en sus víctimas,
se puede reconocer de qué demonio se trata en cada
caso.


A aaaalllll by myseeeeelf, don’t wanna be aaaaall by myself
anymore…
Mi ojo izquierdo parpadeó mientras miraba al techo de piedra y oía al
demonio cantar dentro de mi cabeza.
—Te juro que si no dejas de cantar a Celine Dion, me clavaré las agujas
en los oídos y acabaré con todo esto de una puñetera vez.
—Aaaaalllll by myseeeeel…
—¡Lore! —grité.
—¿Qué pasa? No es que tenga mucho más que hacer por aquí.
—Llevas horas cantando. Si es cierto que hay un infierno, estoy en él.
—Odiaba esa canción. Toda entera. En primer lugar, porque ahora mismo sí
que me sentía como la última persona en la Tierra.
—Don’t wanna be aaaaall by my…
—¡Aaaah! —le grité al techo, y en ese mismo instante se abrió la
puerta.
Me quedé inmóvil. Una sombra oscura. Falco. El cabello le caía sobre el
hombro en una coleta apretada. Parecía tener los labios rotos y un par de
moratones azulados en la cara. ¿Había sido yo? Al pensar en todo lo que
había hecho, se me revolvía el estómago y la mezcla de remordimientos y
resentimiento me llenaba la frente de sudor. Pensar en lo que me haría él
ahora tan solo lo empeoraba. Siempre me había imaginado los últimos
minutos de mi vida de otra manera. Ahora me sorprendía incluso seguir
viva.
Se quedó quieto y levantó una ceja.
—¿Te molesta algo?
—When I was young, I never needed anyone, and making love was just
for fun. Those days are gone.
Apreté la mandíbula y respondí:
—Todo bien.
Esperaba recibir una respuesta mordaz, pero Falco me observó como si
estuviera buscando algo. Puede que hubiera habido un silencio incómodo si
no fuera porque la voz del demonio me resonaba en la cabeza: «Sometimes
I feel so insecure…». Joder, esto era demasiado raro. Todo ello. En mí,
dentro de mí y a mi alrededor.
—Cierra el pico —gruñí.
—¿Disculpa? —preguntó Falco enfadado.
—Aaaaalllll by myseeeeelf…
Entrecerré los ojos.
—Nada —respondí.
—Mmmm… —gruñó Falco y, de repente, algo aterrizó en mi regazo.
Sorprendida, me encogí.
—¿Qué es esto?
—Una barrita de cereales.
—¿Y qué hago con ella?
—Comértela.
Le miré fijamente. ¿En serio?
—¿Tengo que comerme una barrita de cereales? —repetí.
Se tiró de los guantes negros que llevaba puestos. Recordé la sensación
de sus dedos en mi piel y me estremecí.
—Hace dos días que no comes nada. Supongo que tienes hambre.
—¿Está envenenada? —pregunté con escepticismo.
Falco inclinó la cabeza y me quedé impresionada por la repugnancia de
su mirada. Arrugó la nariz como si yo oliera mal; lo que era probable que
hiciera.
—Hueles a culo de rata.
Gilipollas.
—¿Para qué íbamos a envenenar una barrita de cereales?
—¿Para matarme?
—¿Con una barrita? —Falco se apretó las yemas de los dedos contra las
sienes—. Cómetela y punto.
Mi estómago produjo un gruñido fuerte y se me llenó la boca de saliva
ante la idea de algo comestible.
—¿Cómo? Estoy atada —le respondí.
Las fosas nasales de Falco temblaron. Se acercó a mí, paso a paso. Yo
me encogí, intenté hundirme en la silla. Extendió una mano. Yo cerré los
ojos, esperé a sentir dolor y… oí cómo se rompía el plástico. Miré a través
de mis pestañas y vi que me estaba sosteniendo la barrita.
—Come —volvió a decir.
Me quedé mirándolo fijamente. Su expresión era como una nube de
tormenta y noté cuánto le repugnaba todo esto.
—¿Por qué me dais de comer?
Un músculo de su mandíbula se tensó.
—Bueno, si no quieres…
Se quedó paralizado cuando agarré la bar rita y se la arranqué de los
dedos. Me tragué la barrita entera sin apenas masticar y solté un suspiro
profundo. Madre mía, qué bien sentaba comer algo. Todo mi cuerpo gimió
aliviado, y mis células empezaron a librarse de la rigidez de la conmoción.
—Toma.
Parpadeé y vi una botella de agua. Emití un sonido que, en teoría,
podría haberse interpretado como un gemido de alivio si no hubiera sido
demasiado orgullosa como para hacerlo.
Falco abrió la botella. Se rompió el tapón y, después de quitarlo, me la
ofreció. Durante los primeros sorbos simplemente me sentí aliviada.
Después levanté la vista y nuestros ojos se encontraron, se quedaron fijos en
el otro mientras yo bebía y él sujetaba la botella. Creo que nunca había
sentido una antipatía tan intensa hacia una persona. Cada punzada y todo el
dolor que me había infligido estaban grabados a fuego en mi cerebro y, no
obstante, me avergonzaba recordar cómo había disfrutado
momentáneamente al ver cómo Lore le infligía dolor a él también. Casi
había dejado que Lore los matara a todos… y ese pensamiento me sacudió.
Por mucho que odiara a Falco, yo no dejaría que me convirtiera en el
monstruo que él quería que fuera. Yo no era un monstruo.
El siguiente trago se me cayó por la barbilla. Falco dio un paso hacia
atrás. Yo intenté coger aire.
—¿Había veneno en el agua? —pregunté sin estar segura de si estaba de
broma.
Falco me observó y me pareció una estatua con rasgos de estilo clásico
y una mirada helada.
—Créeme, si quiero matarte, lo haré de forma sangrienta, dolorosa y en
persona.
—Bueno es saberlo —carraspeé—. ¿Y qué he hecho para ganarme esto?
¿Tengo que coger fuerzas para la siguiente sesión de tortura?
Me habría gustado que hubiera sonado con un tono más burlón mientras
Falco se ponía de rodillas ante mí. Con la botella en la mano, agitó el resto
del agua al mismo tiempo que decía:
—¿Estoy hablando con Leaf o con el demonio?
Le miré con escepticismo.
—¿Lo dices en serio?
Levantó la barbilla.
—A los lores demoníacos se les da bien fingir.
—¿Creerás entonces algo de lo que diga?
—¿Acaso importa?
Apreté los dientes y pensé antes de responder:
—Soy Leaf.
—¿Y el demonio?
—¿Qué pasa con él?
—¿Cómo te las arreglas para seguir ahí, Leaf Young? Si tú estás aquí,
¿dónde está el demonio?
Dudé.
—Él está dentro, pero yo más. Es como sumergir a alguien bajo el agua
para salir a tomar aire tú —murmuré.
—All by myself…
Falco ladeó la cabeza y me estudió con interés.
—Supongo que entonces la pregunta es: ¿quién se ahogará primero? —
dijo y se estiró.
Yo me encogí de hombros.
—No sé qué quieres que te diga.
—¿Qué voy a querer? —murmuró, como si él tampoco lo supiera bien
—. ¿Cómo lograste contener al demonio? Eso es lo que hiciste, ¿no? —
preguntó y en sus ojos vi una sombra que convirtió el color oro en un frío
bronce.
Inflé las fosas nasales.
—No soy un monstruo. Soy una camarera de Nueva York. Lo único que
quiero es volver a casa, no hacer daño y, menos aún, matar a alguien. —Mi
voz tembló al final y agaché la cabeza—. Lo siento mucho —añadí.
Durante un rato reinó el silencio, hasta que Falco dijo:
—Nunca he conocido a nadie que pudiera recuperar el control de su
cuerpo. ¿El demonio sigue dentro de ti?
Me mordí el labio inferior.
—No lo sé.
—¿Puedes mantener el control?
Vacilé y finalmente me atreví a levantar la vista.
—No lo sé.
Un músculo de su barbilla volvió a tensarse.
Contuve la respiración y, después, me atreví a decir:
—¿Y ahora qué? ¿Vais a matarme?
—Lo cierto es que eso depende de ti —respondió Falco y se enderezó.
Desconcertada, le seguí con la mirada.
—¿Cómo?
De repente, incluso Lore parecía estar conteniendo la respiración.
Falco cruzó los brazos por la espalda.
—Eso significa que hoy es tu día de suerte, Leaf Young. La Orden ha
valorado tu caso particular y, teniendo en cuenta que puedes controlar al
demonio, quiere hacerte una oferta.
—¿Una oferta? ¿Cuál?
—Como he dicho, no hemos tenido ningún otro caso en que la persona
poseída haya sido capaz de dominar al demonio. O al menos no sin perder
la razón. Quizá sea una cuestión de tiempo, pero el director Gale es un
optimista empedernido y le encantan las causas perdidas. Cree que hay
cierto potencial y te ofrece una plaza en la Academia.
Parpadeé desconcertada.
—¿Es una broma?
—Ojalá lo fuera —murmuró, y parecía que tuviera dolor de cabeza.
Dentro de mi cabeza, Lore estaba callado. Muy callado. Prácticamente
podía sentir su emoción.
—¿Queréis que me haga exorcista en la Academia? —pregunté.
—No podemos dejarte marchar si estás poseída. Podríamos intentar
exorcizar al demonio, pero morirías, y el demonio ya no sería de ninguna
utilidad. Sin embargo, si puedes mantener el control y usar los poderes del
demonio, serías de gran valor para los exorcistas. La Black Bird Academy
te ofrece una plaza. Si aceptas, serás adiestrada como exorcista.
Necesitamos a alguien que pueda pasar desapercibido entre los demonios, y
tú tienes una apariencia humana, pero no una que nos traicione como
exorcistas. No voy a mentirte: no hay forma de que recuperes tu antigua
vida, y la probabilidad de que sobrevivas a los tres años de entrenamiento
con el control del demonio es escasa, pero es una oportunidad de sobrevivir.
Si estás de acuerdo, tendrás tu habitación, y la manutención está incluida. El
resto aún se está debatiendo.
Le miré fijamente y tragué saliva.
—¿Queréis entrenarme como exorcista? —Mi voz sonaba extraña
incluso para mis oídos.
Falco apretó los dientes y asintió.
Abrí la boca, la volví a cerrar y dudé antes de preguntar:
—¿Y qué pasa si me niego?
—Entonces no nos servirás de nada —fue todo lo que respondió. No
tuvo que añadir nada más. Si me negaba, exorcizarían al demonio y moriría.
—¿Y si no puedo mantener el control del demonio?
—Dependiendo de la situación, te volverán a encerrar aquí hasta que
recuperes el control o te exorcizarán.
Me lamí los labios resecos.
—¿Puedo hacer eso? Me refiero a ser adiestrada como exorcista.
—Eso solo el tiempo lo dirá —respondió con suavidad.
—¿Y si no lo consigo?
No dijo nada, y eso fue respuesta suficiente.
—¿Por qué tengo la sensación de que mis posibilidades de sobrevivir a
esto son muy escasas?
—Porque es así.
—Así que, en resumen, estoy retrasando mi muerte unas semanas, o
quizá unos meses.
—Depende de ti.
Tragué saliva.
—¿Y mi familia y mis amigos?
—Ya se ha denunciado tu desaparición, pero el informe de la policía
dirá que desapareciste de camino al Devil’s y que te encontraron asesinada.
Se avisará a tu familia y amigos. Debido a la investigación, no se les pudo
entregar tu cuerpo, pero tus cenizas serán enviadas a tu familia después de
unas semanas. Ya no te buscarán. No importa lo que decidas. Leaf Young
murió ese día.
Tomé aire bruscamente e intenté no sentir demasiado la punzada en el
pecho. Sin embargo, tardé unos segundos en poder seguir hablando. Se me
había formado un enorme nudo en la garganta.
—¿Mi familia se creería eso?
—Eso es todo lo que yo sé —respondió con calma y creí ver algo
parecido a la compasión, pero desapareció tan rápido que solo podía haber
sido fruto de mi imaginación.
—No tengo ni idea de lo que hace un exorcista —objeté.
—Ya aprenderás.
Levanté la barbilla y le miré fijamente.
—Ni siquiera estoy segura de querer ser exorcista. Y mucho menos
formar parte de tu organización. Hasta ahora, no puedo decir que me gustéis
demasiado. Si voy a formar parte de algo, debería estar de acuerdo con ello,
¿no?
—Por desgracia, lo que opines sobre nosotros no es relevante. También
se podría decir… —Se inclinó hacia mí. Me obligué a no inmutarme antes
de que acercara su boca a mi oreja y murmurase—. Come o muere.
¿Por qué tenía la sensación de que se lo decía a Lore y no a mí? Deseé
que el demonio hablara, pero permaneció en silencio, como si tuviera
curiosidad por ver qué haría yo a continuación.
¿Qué iba a hacer yo? Puede que fuera patético por mi parte. Tampoco
quería convertirme en exorcista o formar parte de una organización que
podría matarme en cualquier momento sin dudarlo. Pero tal vez tan solo
necesitaba tiempo para un plan alternativo. El tiempo era clave, y Falco me
estaba ofreciendo precisamente eso. Algo dulce y bonito, como una
manzana envenenada. Y le di un mordisco.
—De acuerdo. —Eso fue todo lo que dije, pero era lo único que hacía
falta.
Falco asintió. No sabía lo que estaba pensando. Su rostro era una
hermosa máscara sin sentido.
—Muy bien… —Giró la cabeza y gritó—: Ya puedes entrar.
Me estremecí bajo el traqueteo de las cadenas cuando la puerta se abrió
y entró un hombre joven. El pelo negro le caía sobre la cara oscura. Cuando
me vio, sonrió mostrando una hilera de relucientes dientes blancos. Empujó
un carrito desvencijado que llevaba delante.
—Vaya, vaya, vaya, así que esta es nuestra nueva celebridad. Creía que
sería más grande.
—Angel, esta es Leaf. Leaf, este es Angel, nuestro secundus ritus en la
escuela.
Le lancé una mirada irónica.
—¿Nuestro qué? ¿Qué es eso? ¿Una estantería de Ikea?
Angel se rio y colocó una silla plegable frente a mí.
—Es simplemente un título. Soy un sacerdote de la Orden.
Lo dijo como si yo debiera tener idea de lo que era.
—¿Así que eres un gurú de esta secta de exorcistas? —pregunté.
Parpadeó, perplejo.
—¿Qué secta?
—Déjalo…
Las comisuras de sus labios se contrajeron.
—¿Crees que somos una secta?
—Eh… Sí. No. No tengo ni idea. Hasta ahora he estado demasiado
ocupada siendo molestada y apalizada. —Le eché una mirada significativa a
Falco. Él cruzó los brazos por delante del hecho mientras Angel se reía.
—Quizá deberíamos explicarle a qué está accediendo, Falco.
Él me miró con severidad.
—No somos una secta. Somos una Orden, Leaf. Dentro de nuestro
adiestramiento como exorcistas tenemos la posibilidad de especializarnos
en un nivel.
—¿Nivel? ¿Cómo primer, segundo y tercer nivel? —pregunté enojada.
Angel rio e incluso las comisuras de la boca de Falco se elevaron.
—No. En resumen, es si nos especializamos en monstruos, apariciones,
demonios o renacidos.
Lo miré fijamente, esperando que dijera que todo era una broma, pero
no, parecía muy serio.
—Apariciones… ¿Cómo los fantasmas? —balbuceé al final.
Falco asintió:
—Hay distintas formas de clasificar a los demonios, y no todos los
exorcistas pueden hacerlo todo. Nos especializamos, y cada especialización
tiene un título distinto.
—¿Cuáles son? —pregunté y Falco puso expresión de que le doliera la
cabeza.
Angel tuvo la amabilidad de responderme.
—A quienes atrapan monstruos los llamamos «cazadores». Si te
especializas en fantasmas, te denominas «conjurador», los que se encargan
de los renacidos son nigromantes y los que tratan con los demonios clásicos
son los shintonistas. Falco, nuestro pequeño copo de nieve, pertenece a esta
última categoría. Su nombre completo es shintonista Falco Chepesch.
—¿Copo de nieve? —repetí.
Falco le lanzó una mirada gélida a Angel.
—No —dijo simplemente. Me daba la sensación de que «no» era su
palabra favorita.
Angel resopló y le dio una palmadita en el hombro.
—Un día ese apodo se pondrá de moda, ya lo verás.
—No.
—¡Ah! Por cierto, ¿qué tal va tu mano? ¿Se te queda bloqueado el dedo
nuevo o te da algún problema? —le preguntó a Falco.
Le hizo un gesto:
—Todo va bien. Un buen trabajo, como siempre.
—¿Y tú qué eres? —interrumpí a Angel.
—Me alegro.
—¿Y tú qué eres? —corté su conversación.
Falco apretó los dientes. Si toda la situación no hubiera sido tan
disparatada y yo no hubiera estado al límite de mis fuerzas, me habría
parecido gracioso.
—Es decir, ¿qué clase de exorcista eres? —concreté mi pregunta.
Angel parpadeó.
—Ninguna de las anteriores. Durante tus estudios puedes especializarte
en otras materias o cambiar totalmente de materia. Solo unos pocos acaban
convirtiéndose en exorcistas. Yo me uní al sacerdocio después de
graduarme. Este se encarga principalmente de producir medicinas, armas,
runas y sellos que se ponen a disposición de los exorcistas. También se
encargan de bendecir objetos y fabricar todo tipo de baratijas, pero eso no te
interesa ahora. A los miembros del sacerdocio se les llama ritus y esta
palabra acompaña a su rango. El rango más alto es primus, el segundo es
secundus, el tercero es tertius y así sucesivamente. Ahora yo soy secundus
ritus, el segundo en el sacerdocio responsable de la Academia en Nueva
York y, por tanto, la persona de referencia para todo lo relacionado con las
runas de protección. Pero, sin embargo, la realidad es que me encargo de las
cosas que nuestro primus no quiere hacer, ¿entiendes?
—En realidad no —le respondí—. ¿Y ahora qué hacemos?
—Tú, bonita, recibes un sello. —Retiró el paño del carrito para que por
fin pudiera ver lo que había en él.
—¿Quieres hacerme un tatuaje? —espeté.
—Tranquila, todos tenemos esta runa. Te distingue como miembro de la
Orden. Es como una insignia, por así decirlo, pero permanente. Puedes
usarla para identificarte en cualquier lugar. Te avisa si hay demonios cerca y
reconoce a otros exorcistas. Se calienta y produce un hormigueo. —Dudó y
se volvió hacia Palco—. Será más fácil si la desatamos.
—No —dijo simplemente.
—Pero…
—No. No correremos ningún riesgo hasta que tenga el sello.
Angel suspiró y me miró con una disculpa.
Yo fulminé a Falco con la mirada.
—No podéis marcarme como al ganado.
—Podemos y lo haremos. Plantéatelo como una prueba de que vas en
serio.
—Por aquí os gustan mucho las agujas, ¿no?
—Lo que nos gusta es el silencio —respondió.
Le fulminé con la mirada una última vez antes de volverme hacia Angel,
que esperaba pacientemente.
—Pues venga —le dije.
—¿Quieres que te lo ponga en algún sitio concreto?
—¿En el dedo corazón?
En mi interior, Lore se echó a reír. Por desgracia, los exorcistas no
tenían suficiente sentido del humor para ese tipo de bromas.
—Por desgracia, debe ser más grande.
—Pónselo sobre el corazón. Será mejor asegurarse —dijo Falco.
Angel me lanzó una mirada interrogante.
Yo simplemente me encogí de hombros.
—Relájate. Puede que escueza un poco.
Mientras no fuera otra cosa…
15
Leaf


M e voy a desmayar.
—Tampoco exageres —dijo Falco mientras Angel, de buen
humor, guardaba su equipo.
—Ha sido una tortura. ¿Todos los tatuajes duelen tanto?
—No, es por el agua bendita y la ceniza que usamos para hacer la
marca. Tu cuerpo responde con una reacción alérgica a esa mezcla porque
tienes el demonio dentro. Si se te inflama, ven a verme —explicó Angel.
Miré el tatuaje de mi pecho. Era mayor de lo que había pensado; con
unos ocho centímetros de diámetro. Consistía en círculos y triángulos
entrelazados unos con otros, como signos de alquimia, con la silueta de un
ave en el centro. Estaba bien, pero me ardía.
—Bueno, ha sido un placer, Leaf. Ya nos veremos —Angel me guiñó el
ojo.
—Gracias, Angel —dijo simplemente Falco.
Mi gratitud era escasa, pero asentí mientras él salía silbando
alegremente con el carrito.
—¿Y ahora qué?
—Ahora te llevamos a tu habitación —dijo Falco, y situándose a mis
espaldas me quitó las cadenas, que se deslizaron por mi cuerpo y cayeron
con estrépito al suelo.
Aliviada, me estiré y volví a encogerme cuando de repente un metal frío
se cerró alrededor de mis manos.
—¿Esposas? ¿En serio?
—Mejor prevenir… —dijo el muy desgraciado.
Un hormigueo desagradable me recorrió los dedos, subió por mi brazo y
me bajó por la espalda.
—Me hacen daño —me quejé.
—Estas esposas las hicieron sacerdotes especialmente para los
demonios de la clase «lord». Cada una es única, y cuanto mejor el
sacerdote, mejores sus objetos. Las cadenas con las que estabas aprisionada
las crearon tres sacerdotes y se suponía que era imposible romperlas… —
No terminó la frase. Ambos sabíamos lo fácil que había sido para Lore
arrancar las cadenas del suelo como si fueran simples espaguetis.
Lore seguía sorprendentemente callado, lo que me preocupaba más que
cuando hablaba.
—Vamos —dijo Falco y me sacó de la celda. Sinceramente, nunca
pensé que saldría con vida. Contuve la respiración cuando regresamos al
pasillo. Había dos exorcistas en la puerta. Ambos llevaban ropa oscura y
abrigos largos, lo que probablemente fuera parte del uniforme. Me lanzaron
una mirada sombría, que seguramente fuera también lo normal.
Falco ignoró a los dos y me llevó a través del corredor, una bóveda de
piedra negra sin adornos que parecía extenderse hasta el infinito. En la
piedra no había muescas ni relieves y estaba tan pulida que pude ver en ella
mi reflejo y a los dos black birds que me seguían. Finalmente llegamos a
una puerta discreta. Falco se acercó a mí y apretó… ¿un botón? Me quedé
boquiabierta cuando se abrió la puerta.
—¿Tenéis un ascensor para venir aquí abajo?
Falco me echó una mirada burlona.
—Sí, pero hacer saltar las puertas por los aires siempre es más
dramático.
Me puse roja de la vergüenza.
—¿Y cómo iba a saber yo eso? —murmuró Lore en mi cabeza. Así que
don Demonio Gilipollas seguía ahí…
Montamos en el ascensor. Los otros dos exorcistas nos siguieron y me
flanquearon, de manera que me quedé encajonada entre ellos dos. Cuando
arrancó, empezó a sonar música clásica. Un lateral del ascensor tenía un
espejo. Giré la cabeza y me di cuenta de que mi reflejo ya estaba
mirándome. Con ojos negros. Me hizo un guiño. Volví a girar la cabeza
rápidamente y sentí la mirada de Falco en la nuca.
Esperé ansiosa hasta que por fin se abrieron las puertas del ascensor y
entramos en un salón amplio que era, al menos, tan alto como ancho. Me
recordaba a una iglesia, pero mucho mayor. Mis pasos resonaban en los
altos muros de piedra mientras los exorcistas me hacían avanzar. Molesta,
me fijé en que el suelo era de un color azul intenso. Si era mármol, nunca
había visto uno que tuviera ese color. No obstante, lo realmente fascinante
eran las líneas doradas que recorrían el suelo formando patrones
geométricos. Vi dos triángulos grandes que se cruzaban y otros pequeños
que se entrelazaban, y círculos grandes y pequeños que irrumpían en el
diseño. En el centro había grabada una media luna en la que, a su vez, se
veía la silueta de un cuervo. Todo el diseño me recordó al símbolo
alquímico que me habían grabado en la piel.
En cuanto pisé una de las líneas sentí cómo pequeñas y desagradables
agujas atravesaban mis huesos. Como una advertencia.
—Aquí hay un sello muy antiguo —murmuró Lore dentro de mi cabeza.
Me estremecí, miré hacia arriba y me quedé asombrada. Del enorme
techo colgaba un reloj. Un péndulo, que sería tan grande como yo, pero
mucho más largo, oscilaba constantemente de izquierda a derecha y de
derecha a izquierda.
—¿Qué es esto? —me oí decir a mí misma. Mi voz resonó en la sala
vacía como un eco tenue.
El reloj debía de ser muy antiguo. El cristal redondo estaba deslucido.
Sin embargo, no constaba únicamente de una esfera, sino de al menos una
docena superpuestas, de colores dorado, blanco y azul. De cada esfera salía
una aguja, y todas se movían en direcciones diferentes. Me recordó a una
versión enorme de un reloj astronómico.
Falco respondió:
—Es un reloj solar. Este reloj no solo marca la hora, sino también la
posición del sol, los movimientos de la Luna, la situación de los planetas,
los desplazamientos de las constelaciones, el ecuador y lo más importante
para nosotros: el círculo oscuro de las fases del crepúsculo hasta la noche
más oscura.
—¿Qué significa eso? —pregunté y observé fascinada el péndulo que,
pese a su tamaño, se movía casi en silencio.
—Que avisa cuando en nuestro mundo entra algo que no debería estar
aquí.
—¿Cómo los demonios?
Se cruzó los brazos en el pecho.
—Entre otras cosas.
—¿Cómo funciona?
—Para comprender e interpretar el reloj con exactitud hacen falta unos
estudios concretos.
Le miré sorprendida.
—Creía que aquí solo se adiestraban exorcistas.
Falco sonrió.
—No solo. Las pruebas de admisión de la Black Bird Academy son
difíciles. Y aún más las de los exorcistas. Hay que contar con un mínimo de
habilidades arcanas y, de los aspirantes, solo unos pocos logran convertirse
en exorcistas. Por eso hay otros cursos en la academia. Algunos se dedican
al sacerdocio, otros se hacen burócratas o incluso guardianes de la Orden.
La mayoría de miembros de la Orden viven como personas corrientes.
Subí las cejas, incrédula.
—¿Ah, sí?
Las comisuras de su boca se elevaron.
—Somos una sociedad.
—Una secta, más bien.
Él suspiró, y yo aparté la vista del reloj. En el medio de la sala se
elevaban cinco escaleras sinuosas. Sin embargo, todas ellas estaban
bloqueadas por una puerta pesada. Al observarlas me pareció ver el
resplandor de un sello. Instintivamente, retrocedí y choqué con uno de los
exorcistas, que inmediatamente me apartó de sí de un empujón. Le lancé
una mirada enfadada mientras Falco seguía.
—Las clases del primer año se imparten en la primera ala del edificio. A
ti te hemos alojado en la quinta —y señaló con la cabeza precisamente a la
puerta que me había dado ese mal presentimiento.
—A estas se añaden los entrenamientos en la pista de arena, que ya
conoces. —No se resistió a hacer una referencia a lo pasado. Me tragué mi
respuesta—. Esos serán los únicos espacios por los que podrás moverte
libremente. Cada mañana te recogeré para llevarte a desayunar y por la
tarde volveré a llevarte a tu habitación. Si te descubrimos deambulando,
pasarás la noche en el calabozo.
—Me encantan las amenazas —respondí mofándome.
—Muy bien —murmuró Falco.
Nuestra pequeña compañía de exploración subió las escaleras, y Falco
se acercó a la puerta, levantó una mano y la presionó contra la puerta con
ella. O, más bien, algo que tenía en la mano. Vi el rosario, que empezó a
brillar, y la puesta se abrió. Una corriente de aire frío que olía un poco a
moho vino hacia nosotros. Se me erizó el vello de la nuca, pero uno de los
exorcistas me empujó bruscamente hacia delante y yo entré vacilante en el
piso.
Cuando Falco vio mi mirada dudosa, añadió:
—Solo el director Gale y yo conocemos el sello de la quinta ala. Sin mí
no puedes entrar ni salir. Y si intentas escaparte, lo sabré enseguida.
—No tengo ni idea de cómo se abre un castillo mágico —respondí.
—Puede que tú no…
Cuando la puerta se cerró a nuestra espalda, produjo un sonido fuerte.
Me di la vuelta y vi un símbolo que resplandecía como una marca de fuego
a través de la madera. Se encendió un momento y se desvaneció al instante.
—¿Aquí están también los demás estudiantes? —pregunté.
—No. Esta ala está cerrada y clausurada desde hace muchos años.
—¿Por qué?
—Ocurrió algo que provocó la muerte de muchos exorcistas jóvenes.
No hemos podido limpiar la zona de todo el arcanum oscuro. Sería muy
peligroso que los novicios vivieran aquí.
Pues estupendo. Estaba temblando. No sabía cómo iba a soportar estar
todos los días en este lugar espeluznante.
—Si te sirve de consuelo, somos con diferencia el peor monstruo que
hay aquí dentro —me susurró Lore al oído.
Una gran escalera sinuosa se abrió ante nosotros. Hacía mucho frío. Mi
aliento se condensó ante mi cara. Los innumerables escalones eran de
piedra oscura, como casi todo por aquí, y de vez en cuando estaban
flanqueados por frescos de personas que, para sorpresa de nadie, yo no
conocía. Subí en silencio tras Falco la escalera que acababa en dos puertas.
Falco abrió la izquierda y llegamos a un pasillo largo, muy, muy largo. Lo
único que veía eran ventanas alargadas y lo único que oía, el aullido del
viento.
Falco me guio con celeridad. Aquí la atmósfera era sobrecogedora;
demasiado densa y silenciosa. Apenas veía al exorcista. Prácticamente se
había fusionado con el entorno y sus pasos eran espeluznantemente
silenciosos, casi inaudibles. Se me erizó el vello de la nuca. Cuando se oyó
un crujido, me asusté y agarré algo. ¿Era la punta del abrigo de Falco?
El exorcista se detuvo.
—¿Qué haces?
—Yo… Nada —respondí y solté su abrigo.
Falco levantó una ceja con escepticismo y siguió andando sin decir nada
más. Yo le seguí, esta vez a más distancia, escoltada por los dos exorcistas.
Me dije a mí misma que ya tenía un monstruo dentro de mí, así que no
debía temer a los que hubiera fuera.
Nadie parecía querer mantener una conversación. Sentí alivio cuando
dejamos ese pasillo deprimente y entramos en una pequeña sala. Si había
habido algo allí en algún momento, lo habían retirado. Tan solo quedaban
un par de puertas de madera. Falco abrió una de ellas, y vi una estrecha
escalera de caracol que se enroscaba hacia arriba.
—¿También tenéis dragones ahí arriba? —no pude evitar preguntar.
—¿Y si fuera así? —me respondió Falco y empezó a subir.
Genial, muy tranquilizador. Eso no ayudaba. Para nada.
Los dos exorcistas se quedaron atrás flanqueando la escalera. ¿Tendrían
que estar ahí permanentemente? No era de extrañar que parecieran tan
amargados. Yo también estaría así si tuviera que pasar la noche en ese
pasillo espeluznante.
—¿Dónde te has quedado, Leaf? —exclamó Falco.
—¡Buscando dragones! —respondí y seguí subiendo la escalera. Si
tenía que subir esto todos los días, acabaría muriendo de insuficiencia
respiratoria para finales de esa semana.
Resollaba cuando llegamos a una puerta de madera muy pesada con
bisagras de hierro.
—Por favor…
Falco volvió a apretar el rosario contra la puerta y esta se abrió. Entré en
una habitación. Era más grande de lo que parecía desde fuera. También era
evidente que hacía tiempo que estaba sin habitar. En una esquina había una
cama estrecha. También vi un espejo, un armario, una cómoda, un sillón
orejero y un escritorio. Todo parecía viejo, polvoriento y un poco mohoso.
Había una puerta que supuse que daba al baño.
—Vale, esto está… ¿bien?
—Duerme un poco. Tienes el uniforme en el armario —dijo Falco.
Se oyó un clic. Las esposas cayeron, y al instante siguiente la puerta se
cerró ante mis narices.
Por un momento, me quedé mirando fijamente y me pregunté qué debía
hacer. ¿Tener una crisis nerviosa?
—Aaaaalllll by myseeeeelf…
16
Leaf


V ale. Tú puedes, Leaf Young. Ha sido una mala noche y tienes
muchas ojeras, pero vas a ponerte esa chaqueta gris áspera que
has encontrado en el armario, averiguarás cómo anudarte una corbata sin
estrangularte y demostrarás a todos ahí fuera que no les tienes miedo.
Decidida, me miré en el viejo espejo. Estaba pálida. Mi pelo castaño
colgaba lacio, mis ojos estaban hundidos y se veían algunos cardenales aquí
y allá. Sin embargo, la mayoría de las heridas había cicatrizado. Como
recordatorio quedaban solamente unas costras. Lore era un cabrón, pero al
menos era útil en ese aspecto, porque sin él difícilmente habría sobrevivido
a esta tortura. No obstante, la apariencia externa era claramente un engaño.
Quizá no pareciera medio muerta, pero así me sentía. Era como si mi
interior fuera una herida fresca que amenazaba con abrirse de nuevo en
cualquier momento. Después de que Falco diera el portazo, había
conseguido arrastrarme hasta el cuarto de baño, remojarme en la antigua
bañera y llorar. Y llorar. Y llorar. Hasta que Lore empezó a balbucear.
—Gracias. Ahora me siento mucho mejor. Deberías ser coach
motivacional.
Se encogió de hombros.
—Me encantan las desilusiones antes del desayuno. Solo te recuerdo en
qué te has metido.
El tatuaje reciente me quemaba y picaba bajo la piel. Me unté más
pomada. Parecía como si se me fuera a pudrir.
—¿Qué te parece si no dices nada más de ahora en adelante? —sugerí.
—¿Qué tal si me dejas tomar el control de tu cuerpo por un momento?
Así podría sacarnos de esta pocilga en un santiamén —sonrió.
Le miré fijamente.
—Una y no más —respondí bruscamente.
Levantó las manos inocentemente y movió las pestañas.
—No tienes que preocuparte por mí. Me comportaré de forma ejemplar.
Y eso es más de lo que puedes decir de él.
Irritada, miré al demonio.
—¿De quién?
Mi reflejo se limitó a sonreír antes de que cambiase y pasara a mirar mi
propio rostro perplejo.
—¿Con quién hablas, Leaf?
Di un salto que me pareció de un metro, conmocionada.
—Por Dios, ¿puedes dejar de acercarte a hurtadillas? —le espeté a
Falco, que estaba apoyado en la puerta.
El uniforme que llevaba era negro como el carbón y parecía que el
cuello era rígido. El abrigo negro le llegaba casi hasta el suelo. En el pecho
le colgaban insignias que parecían ser importantes. O quizá solo sirvieran
para que pareciera importante. Un cinturón ancho le rodeaba la cintura,
desde la que se extendía hasta sus hombros un intrincado juego de fundas
para armas. Vi que llevaba armas de fuego, armas blancas y armas que
nunca antes había visto. Incluso la camisa y la corbata que asomaban por el
cuello del largo abrigo eran negras. Las botas le llegaban hasta las
pantorrillas, como si estuviera a punto de montar a caballo y marchar.
A su lado, con mi uniforme gris, me sentía como una paloma callejera.
Blusa blanca, jersey gris con cuello de pico, chaqueta, corbata y pantalones
plisados. Casi todo gris. También había una falda, que había ignorado. Solo
los zapatos eran negros.
—Parece que lo llevas todo —dijo Falco. Yo volví a mirarlo.
No había nada en la postura o los movimientos de Falco que indicase
que había estado tirado en el suelo sangrando hacía tan solo unas horas.
Sentí un hormigueo en los dedos. El eco de un recuerdo. El golpe. La
sangre. Los gritos. Era un milagro que pudiera ponerse de pie.
—Si me das dos minutos y un cuchillo… Bueno, una cuchara me
servirá, podría hacerlo de nuevo… —Ahogué la voz de Lore en mi interior,
pero no conseguí mirar al exorcista a los ojos.
—Era conmigo misma —respondí tarde a su pregunta.
Falco no hizo ningún gesto.
—Te llevaré a desayunar y luego a tu primera clase —respondió con
sequedad.
—Casi estoy… Solo me falta… Ya está. —Me puse la chaqueta gris
claro que colgaba del respaldo de mi silla y jugueteé con la estúpida
corbata.
Falco observó mi lucha durante un momento, en el cual acabé atando
misteriosamente los dedos en el nudo.
—Deberíamos acordarnos de practicar no solo apuñalar, sino también
hacer nudos. Es impresionante lo mal que haces ambas cosas.
—Cierra-el-pico —le siseé a Lore mirando a Falco por el rabillo del ojo
mientras se iba acercando a mí. Le miré con desconfianza en el espejo.
—Deja que lo haga yo.
Me hice un nudo doble normal en la corbata.
—No, gracias.
El exorcista hizo una mueca y me tendió la mano.
—No se hace así. —Su mano me tocó el cuello. Algo hormigueó y me
rozó la piel, de manera fugaz. El rosario.
Se me hizo un nudo en la garganta. Mi ritmo cardíaco se disparó.
—¡No me toques!
Le aparté la mano de un manotazo. Allí donde me había tocado el
rosario la piel me palpitaba como una quemadura.
Falco me miró, con la mano aún levantada, antes de desenrollar
suavemente los largos eslabones de sus muñecas.
Sentí una sacudida en mi interior. ¿Era Lore o yo? Era difícil saberlo,
pero uno de los dos retrocedió. El recuerdo de la tortura y el dolor de los
últimos días seguían demasiado presentes. Miré la mano extendida de Falco
y sentí un tirón en el pecho cuando los eslabones de la cadena empezaron a
brillar en azul. De ellos emanaba un calor casi desagradable. Me estremecí.
—¿Esto te pone nerviosa? —preguntó.
Me lamí los labios.
—Quizá sea que no me gusta que me toque el tipo que ha intentado
matarme de todas las formas posibles.
Falco me observó con los ojos relucientes. El rosario colgaba entre
nosotros.
—Toca el rosario, Leaf.
Mis dedos se crisparon. Lore gruñó.
—¿Soy el único al que esto le parece el principio de una película porno
de monjas?
No me atrevía a moverme, así que fue Falco quien lo hizo. Se acercó
más. Un paso. Dos.
—Tócalo, Leaf. No puede hacerte daño. A menos que el demonio que
tienes dentro esté demasiado en la superficie. Entonces tendré que asumir
que no lo tienes controlado.
En sus ojos se reflejaba un eco oscuro de… algo que no podía explicar.
El aire parecía muy pesado. Me obligué a no volver a estremecerme.
—Lo tengo controlado —dije rechinando los dientes.
Falco se había detenido ante mí. Era tan alto que mi nariz solo le
alcanzaba el pecho.
—Extiende las manos —fue lo único que dijo.
Se me encogió el estómago y levanté la barbilla.
—¿O qué? —pregunté.
Falco se inclinó para que su fuerte aroma a incienso y sándalo llegara
hasta mi nariz.
—O supondré que estoy hablando con un demonio, sacaré mi cuchillo y
te apuñalaré ahora mismo.
—Gilipollas. —Esta vez no estaba segura de si había hablado Lore o yo.
Antes de que Falco pudiera responder, tomé el rosario y me lo colgué
del cuello. No debería causarme tanto pánico y, sin embargo, lo hacía. El
extraño ojo del extremo colgaba hacia abajo. Respirando agitadamente,
esperé una sensación de ardor, pero apenas era perceptible. Era como un
hormigueo en la piel. Desagradable, pero soportable.
—¿Satisfecho? —logré decir.
—Casi —dijo Falco, que me agarró bruscamente del cuello por la
cadena y tiró de mí hacia él. Se me escapó un gemido—. No has respondido
a mi pregunta. ¿Con quién hablabas?
Nos miramos fijamente, jadeando. Su aliento caliente contra el mío. Me
vi reflejada en sus ojos y estaba segura de que él se veía en los míos. ¿O tal
vez a otra persona?
—Conmigo misma —le dije.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Alguna vez te han dicho que mientes fatal? —Jadeé de nuevo
cuando me apretó aún con más fuerza, y su boca se acercó tanto que sus
labios rozaron mi mejilla—. Escucha con atención, demonio. Esta es mi
última advertencia. Si haces cualquier cosa, me dará igual lo valioso que el
director Gale piense que eres. Un paso en falso y te arrancaré de este cuerpo
como a un gusano. Si quieres sobrevivir, apártate. ¿Lo has entendido?
Mi interior se agitó inquieto. Sentí a Lore como si un peso me
envolviera las tripas. Se retorció, y durante un instante sentí que el demonio
empujaba hacia fuera. Por un momento, ya no era mi cabeza la que se
estiraba, sino la suya. Miró fijamente a Falco.
—Entendido —dijo Lore con sequedad. Volvió a soltarse y volvió a
tensarse como una goma elástica.
Falco me lanzó una mirada sombría antes de retirarme el rosario del
cuello, hacer que se balanceara y, con un movimiento veloz de su puño,
romper el pequeño espejo.
Se oyó un crujido. Unas grietas atravesaron el cristal quebrado y
algunos fragmentos cayeron en el lavabo con estrépito. Con los ojos muy
abiertos, me quedé mirando las numerosas grietas que había donde antes
estaba mi cara y que habían destrozado tanto mi imagen como mi alma.
—Eso no era necesario —murmuré y me froté el cuello.
Falco volvió a enroscarse el rosario en la muñeca y se dio la vuelta.
—Ven —fue lo único que dijo y, como no tenía otra opción, le seguí.

Por primera vez desde que había plantado un pie en la Black Bird Academy
pude observar lo que había a mi alrededor. Se produjo un crujido cuando
Falco descendió los estrechos escalones de madera de la húmeda torreta en
la que me habían aislado. De la puerta de madera colgaba una pesada
cadena de hierro. Giré la cabeza y eché un vistazo por una antigua tronera.
Unas cuantas hojas marrones sueltas se habían metido dentro. Una brisa me
tiró de la coleta. La vista hacia abajo era muy profunda. Podía ver el anillo
de murallas que rodeaba el enorme edificio, parecido a un castillo, que
debía de ser la academia. Tenía una forma extraña, casi dentada, como una
estrella. Unas figuras negras se posaban en la pared como cuervos,
vigilando. Más adelante vi un camino empedrado que conducía al bosque
vecino a través de una pequeña puerta cubierta de rosas. Me llegó el fuerte
aroma de las flores. Este me revolvió el estómago o, mejor dicho, le
revolvió el estómago a Lore.
—¿No te gustan las rosas? —me burlé.
Lore se mantuvo callado, y tan solo oí el sonido de unos pasos antes de
que Falco me llamara:
—¿Leaf? ¿Dónde estás?
Aparté la vista de la isla y bajé por los escalones que crujían a mi paso.
La escalera de caracol era tan estrecha que me rozaban los hombros con la
pared de piedra gris. El polvo se arremolinaba y bailaba bajo la luz del sol.
Falco se detuvo un giro más abajo y me miró con reproche.
—No te entretengas.
—Sí, señor —le respondí con sorna.
Se dio la vuelta y desapareció escaleras abajo. Le seguí mientras el olor
a madera vieja, piedra húmeda y polvo parecía hacerse cada vez más denso.
Falco empujó la pesada puerta de madera con sus hombros anchos. Las
bisagras chirriaron cuando salimos de la torre y entramos en la quinta ala
del edificio. Parecía tan desierta como la noche anterior. Ante nosotros se
abría un largo pasillo que desembocaba en un vestíbulo del que partían
nuevos corredores en tres direcciones distintas. Había rastros negros de
hollín en las paredes y las puertas, y recordé que Falco había dicho que aquí
había ocurrido algo que había matado a muchos exorcistas. Fuera lo que
fuese, unas marcas profundas recorrían las paredes de piedra como un eco
de la catástrofe que debió de tener lugar aquí. Casi parecían marcas de
garras. Algo había destrozado la piedra. Sin embargo, en la capa de polvo
del suelo solo se veían nuestras huellas. Las puertas con las que nos
cruzamos estaban cerradas o tapiadas.
Dejé vagar la vista y, aunque estábamos solos, me sentí observada. Miré
por encima del hombro, pero aparte de una puerta que colgaba ligeramente
torcida de las bisagras, no se veía nada más. El viento silbaba a través de las
rendijas y rebotaba en las paredes, sonando como un aullido quejumbroso.
O un lamento.
—¿Eso es el viento? —pregunté tensa, asomándome por una puerta
entreabierta. En el hueco que había detrás reinaba una oscuridad total. Di un
paso hacia atrás—. Parece que hay alguien cantando.
El exorcista escuchó un momento antes de responder.
—Es un edificio antiguo, y esta ala lleva muchos años abandonada. Hay
muchos ruidos extraños. De todas formas, aléjate de las puertas y no andes
sola por aquí.
¿O qué?
Me miró.
No lo hagas y punto.
Me estremecí.
Ciro por el pasillo de la izquierda y el vestíbulo se estrechó hasta
convertirse en un largo corredor recto enmarcado por ventanas arqueadas
que iban del suelo al techo. El polvo bailaba también aquí, ondeando
alrededor de mis dedos cuando los pasé por una de las ventanas dejando un
rastro brillante. Miré hacia abajo y tuve una visión borrosa de los jardines,
que se extendían casi como un laberinto. Unas cuantas figuras vestidas de
gris paseaban por él. Sus risas y fragmentos de conversación se colaban por
una ventana rota.
Desvié la mirada y tropecé con una vieja mesa que había en un pequeño
nicho. Un delicado jarrón de flores se tambaleó y se movió un poco de su
sitio. Las rosas secas que contenía se agitaron y perdieron algunos pétalos.
Incluso ahora seguían emanando aquella fragancia desagradablemente
dulce. Rápidamente volví a colocar el jarrón en su sitio y vi unas iniciales
curvadas en la mancha redonda y sin polvo que había dejado. «C.T.».
Encima de ellas había un símbolo que no reconocí: una cruz enmarcada por
un triángulo con dos medias lunas encajadas. Cuando la toqué, sentí la
madera un poco más fría.
Veloz, levanté la mano y miré fijamente a Falco.
—¿Qué ha pasado en este pasillo para que hubiera que cerrarlo?
Me dirigió una mirada indiferente antes de apartarla y dejarla vagar por
las paredes. Se le tensaron los músculos de la mandíbula.
—¿De verdad quieres saberlo? —preguntó sin detenerse.
—¿Te lo habría preguntado si no fuera así?
—Pero luego no te quejes si no puedes dormir por la noche.
Se me puso la piel de gallina.
—¿Qué ha pasado?
Cruzó los brazos delante del pecho. Una brisa le alborotó las puntas de
la larga melena.
—Hace unos años había un grupo de estudiantes que se hacían llamar
«los Mánticos». Como una fraternidad. Era difícil entrar en el grupo, y los
ritos de iniciación tenían mala fama. Sin embargo, todos querían ser
miembros. Algunos de los mejores exorcistas y líderes de la Orden
formaban parte de los Mánticos.
—¿Y los Mánticos provocaron esto? —Señalé a nuestro alrededor—.
¿Qué hicieron?
La mirada de Falco se detuvo en los símbolos de la mesa.
—Estaban experimentando con demonios, buscando nuevas formas no
solo de matarlos, sino también de utilizar y poner en práctica sus
habilidades. Había un grupo de jóvenes estudiantes que estaba
especialmente interesado en la nigromancia.
—¿Nigromancia? ¿Invocar a los muertos?
Falco asintió.
—Por entonces la nigromancia aún era parte del plan de estudios,
aunque fuera una rama secundaria.
—¿Por qué ya no?
Falco hizo un movimiento amplio.
—Es peligroso intentar controlar fuerzas que no se pueden controlar. Al
menos para los humanos. Es como jugar con fuego. Te quemas, te pierdes
en él o incluso te conviertes en parte de él. Los Mánticos eran idiotas y
estaban demasiado confiados. Uno de los experimentos salió mal. Acabó
siendo una masacre.
El aire se me quedó atrapado en la garganta cuando una sombra oscura
recorrió sus ojos.
—Eso parece… horrible.
—Lo fue. Y los pocos supervivientes pagaron un precio muy alto por su
estupidez. —Cerró la mano izquierda en un puño—. Hasta ahora no hemos
logrado limpiar el ala de toda esa miseria, se ha filtrado hasta los cimientos.
Hasta que no la hayamos eliminado no podremos dejar que los alumnos
deambulen seguros por aquí.
—¿Pero yo sí?
Otra vez encogió los hombros con pereza.
—¿Prefieres el calabozo?
Me estremecí.
—La verdad es que no.
—Pues vamos. Ya hemos perdido mucho tiempo.
Con el crujido de su abrigo, se dio la vuelta y reanudó su camino por el
interminable pasillo. Sus pasos resonaban en las altas paredes, que me
recordaban a la nave de una iglesia. Falco sacó su rosario, presionó el ojo
que tenía incrustado donde se suponía que había un ojo de cerradura y
murmuró algo. En mis oídos aumentó la presión antes de que se oyera un
fuerte clic y se abriera la puerta.
Cuando se cerró tras nosotros con un estruendo, me giré y vi otro
símbolo intrincado que, como una quemadura, se extendía por la madera
antes de desvanecerse. Desde luego, a los exorcistas no les gustaban las
llaves normales.
Seguí a Falco por el pasillo.
—¿Dónde estamos ahora?
El suelo de madera no crujía. El pasillo estaba flanqueado por las
mismas ventanas arqueadas, pero aquí todo parecía intacto. Cálido, casi
agradable. Cada pocos metros había pequeños nichos con sillones y mesas o
estanterías de madera oscura. Parecía casi acogedor.
—Estamos en la torre central. Aquí están la base de operaciones de los
exorcistas residentes, la biblioteca, los despachos de los decanos y del
director. Tienes prohibido el acceso directo a los demás edificios.
Miré a Falco.
—¿Prohibido? ¿Y así es como se supone que va a ser mi vida ahora?
¿Vigilaréis mis pasos y en cuanto cruce una línea, me castigaréis?
—Al menos tienes una vida. Que sigue siendo más de lo que la mayoría
de la gente habría tenido.
—¿Crees que se caería si alguien le sacara el palo del culo?
—¡Él es el palo! —gruñí, tensando los hombros y siguiendo al exorcista
por multitud de pasillos y escaleras. Estaba casi segura de que estábamos
dando un rodeo.
Cuando por fin llegamos, estaba tan desorientada como un tiburón al
que hubieran dado un puñetazo en la cara. Pero entonces reconocí el gran
reloj. Su péndulo seguía oscilando deliberadamente hacia un lado y hacia el
otro. Con la luz de la mañana reconocía también la gran puerta de entrada.
Y por «grande» quería decir enorme. Parecía extenderse hasta el infinito,
donde acababa en un arco apuntado. Falco se dirigió hacia ella, pero en
lugar de salir, giró a la izquierda hacia un pasillo en cuyo extremo se abría
una gran puerta doble. Nuestros pasos resonaron en las paredes, y vi que la
sala se abría a un comedor con vistas a un parque.
Hasta nosotros llegaban conversaciones en voz baja y el ruido de la
vajilla; y también el olor a cruasanes recién horneados y café. Mi estómago
rugió en el mismo instante en el que entré en la sala detrás de Falco.
En un salón había mesas largas para diez personas. Fas ventanas altas
que llegaban hasta el techo dejaban entrar una luz brillante. Las paredes
estaban revestidas de madera oscura, y de ellas colgaban cuadros antiguos;
retratos de personas en distintas etapas de la moda, muchas de ellas con
pelucas y vestidos abullonados. Lo que llamaba la atención, sin embargo,
era que todos iban vestidos de negro y algunos de los uniformes se parecían
al que llevaba Falco. Una gran chimenea con un fuego azulado ocupaba
toda la pared del fondo. Encima de la chimenea estaba grabado el mismo
sello que en mi piel. Junto a ella había un bufé.
Cuando entré con Falco, la sala se quedó en silencio. Todas las cabezas
se giraron en mi dirección. Era la primera vez en lo que parecía una
eternidad que estaba con alguien que no fueran Falco y unas cuantas figuras
sombrías en un segundo plano, y me sorprendió lo dura que me hacía sentir
aquella incertidumbre. Escruté al grupo que tenía delante. No había tenido
tiempo de pensar en el aspecto que tendría un grupo de exorcistas en
ciernes, pero era una mezcla sorprendentemente variopinta. La mayoría
parecía tener entre veinte y treinta años. Sus uniformes se parecían a los
míos y variaban entre el gris claro y el oscuro. Falco era el único que vestía
el uniforme completo negro.
Parecía que la mitad de los estudiantes acababan de salir de una banda
callejera. Tenían tatuajes increíbles y más piercings de los que podía contar.
La otra mitad, en cambio, daba la sensación de ser de clase alta, con el pelo
brillante y la cara perfectamente maquillada. Parecía que no había mucho
término medio. Todos parecían más «intensos» a su manera que la gente
normal, aunque yo no era capaz de explicar exactamente por qué.
Los estudiantes también me escudriñaban con tan poca discreción como
yo, y sus expresiones iban de la curiosidad a la desaprobación y el asco.
¿Qué esperaban?
O bien Falco no se dio cuenta del ambiente repentinamente gélido, o
simplemente lo ignoró.
—Esta es Leaf Young. Se unirá a los Omegas del primer curso.
Un murmullo recorrió el grupo mientras yo fingía saber a qué se estaba
refiriendo.
—Dan igual los rumores que oigáis, debéis tratar a Leaf como a
cualquier otro novicio. No se tolerarán infracciones de las normas de la
institución. —La voz de Falco sonaba como si fuera a romperles los huesos
a todos si tuvieran el nudo de la corbata torcido.
Se volvió hacia mí y asintió:
—Tienes quince minutos.
Se dio la vuelta. Preocupada, agarré una punta de su abrigo y lo retuve.
—Un momento, ¿me dejas aquí sola?
Falco se quedó mirando mi mano hasta que la solté. Su mandíbula
pareció hacer un esfuerzo antes de decir:
—Entrenarás y estudiarás aquí con estos alumnos. Debéis aprender a
tratar unos con otros, por desagradable que sea.
Se dio la vuelta y me dejó sola. Con los hombros encogidos, me giré y
levanté, vacilando, la mano.
—Eh… Hola a todos.
Nadie me respondió.
Pues vale.
Me obligué a reaccionar con calma, sonreí y me dirigí al bufé, donde
busqué hambrienta algo de comer. Mi estómago rugió tan fuerte que me di
cuenta de que me había metido un cruasán en la boca cuando tenía el
segundo en la mano y me serví una taza de café.
—Madre mía, creía que me moría de hambre —murmuré.
—No es posible. No puedes morir de hambre conmigo. Solo parecería
que lo haces y al final nos desmayaríamos, pero eso tardaría unas cuantas
semanas —intervino Lore.
—Qué tranquilizador. —Masticando, me di la vuelta. Todos me estaban
mirando.
—Y yo que pensaba que ser apuñalado sería lo más desagradable que
me podía pasar aquí.
Con los dedos húmedos, cogí otro cruasán de la cesta y miré a mi
alrededor buscando un asiento libre.
—Si gritas «¡Buu!» ahora, saldrán corriendo despavoridos.
—O me sacarán los ojos con un cuchillo de mantequilla —murmuré,
volviéndome hacia una mesa donde solo había una persona. Un estudiante
estaba sentado inclinado bajo la luz del sol, con el polvo bailando en el aire,
y hojeaba un gran libro. Para mi asombro, un gato rojo estaba sentado en su
regazo, ronroneando suavemente.
Cuando me detuve frente a la mesa y carraspeé suavemente, levantó la
vista. Me quedé mirándole, perpleja. Me resultaba extrañamente familiar.
Además, seguramente fuera el tipo más pálido que había conocido. Su piel
parecía casi blanca, igual que su pelo, que le sobresalía de la cabeza. Era
difícil calcular su edad. ¿Tendría unos veinte años?
—¿Puedo sentarme? —pregunté.
El chico dejó vagar la mirada un momento, como si se estuviera dando
cuenta ahora del ambiente tenso de la sala.
—La silla no es mía. Puedes sentarte donde quieras —me respondió con
una voz sorprendentemente delicada.
Aliviada, me dejé caer frente a él y oí un susurro a mi espalda.
—No pueden ir en serio. ¿Cómo dejan que esa cosa ande suelta?
—Venus… —siseó otra voz.
La ignoré y en su lugar di un pequeño sorbo a mi café mientras
escudriñaba al estudiante que tenía delante y le tendía la mano.
—Hola, soy Leaf.
Parpadeó mientras observaba mis dedos. Hasta sus pestañas eran tan
claras como la nieve.
—Lo sé —fue lo único que dijo.
—Ah.
Retiré la mano y me estremecí cuando alguien chocó contra mi espalda.
Se oyó un tintineo y mi taza de café se volcó. Una mancha marrón húmeda
se extendió por el mantel claro y un poco me salpicó la chaqueta.
—Ay, perdón. Lo siento.
Levanté la vista y me encontré con un rostro casi ofensivamente
atractivo. Otro tío. Pelo corto y oscuro, y ojos verdes. Su uniforme era de
un gris muy oscuro. Debíamos de tener más o menos la misma edad.
Sonrió, pero su mirada no era amistosa.
—Sí, seguro —respondí, estirándome, cogiendo una servilleta y
limpiando las manchas.
—De verdad. Soy Yu Tsai. Estoy en el primer curso. Nos hemos
enterado de que tenemos una nueva incorporación. —Sonrió y me tendió la
mano. En el pulgar le brillaba un anillo de sello.
—Leaf —me presenté con sequedad y le estreché la mano. Esperaba
que me rompiera los dedos, pero en lugar de eso me puso una taza delante.
—Toma mi café. Como compensación. —Me guiñó un ojo antes de
volver a su asiento, al lugar donde estaba sentada una chica rubia de cuello
largo y piernas aún más largas. Me miró fijamente desde el otro lado de la
sala como si quisiera saltarme a la yugular.
—Vaya. Como en el instituto, solo que con más armas legales —
murmuré, bajando la vista hacia mi nueva taza de café. Me vi reflejada en la
bebida oscura.
—Yo que tú no me bebería eso —comentó el chico que tenía enfrente.
—¿No? ¿Por qué?
—Le han echado agua bendita.
—¿Sí? ¿Para qué?
Se encogió de hombros.
—Supongo que para averiguar si los rumores son ciertos y eres un
demonio.
Esas palabras me afectaron y me sentí extraña porque yo no pensaba en
mí misma como un demonio, ni me asociaba con uno. Me sentía normal, y
quizá eso lo empeorase todo.
Le miré a través de las pestañas.
—¿Y bien? ¿Tú qué crees que soy?
—Me da igual lo que seas —dijo sin tan siquiera pestañear.
Miré por encima de mi hombro. Yu Tsai me sonreía. Entrecerré los ojos.
—Noooo, Leaf, no lo hagas —me advirtió Lore.
Me limité a sonreír, levanté la taza, brindé por ese gilipollas y bebí un
buen trago. Toda la sala pareció contener la respiración y se me quedó
mirando. Vacié la taza y, cuando la volví a poner en su sitio, me lamí la
última gota de los labios.
—Bueno, esto va a ser desagradable —murmuró Lore. Inmediatamente
me empezó a rugir el estómago. Fingí que todo iba bien y empecé a
mordisquear mi tercer cruasán. La decepción del salón cuando no pasó nada
casi se palpaba. ¿Qué esperaban? ¿Que reventara en el acto como un globo?
Desayuné tranquilamente, pero a cada bocado mi estómago se retorcía
más y más inquieto, y emitía un gorgoteo de tormento. Me sentía como una
botella de Coca-Cola en la que alguien hubiera echado un Mentos.
—Ya te dije que no pasaría nada —susurró una voz—. Con esa
cantidad, ya debería estar tirada en el suelo por el dolor.
—Pero sé lo que vi —siseó otra persona. ¿Venus?
Una gota de sudor me recorrió la espalda, pero apreté los dientes y
sonreí cuando la oscura figura de Falco apareció en la puerta. Exhalé un
suspiro de alivio.
—Buenos días, Zero —dijo Falco.
¿Zero?
El chico asintió pensativo.
—Buenos días, Falco.
—¿Dónde está Crain?
Zero se encogió de hombros, y Falco puso cara de tener dolor de cabeza
antes de volverse hacia mí, irritado.
—¿Has terminado?
—Sí. Gracias por dejar que me sentara —me volví hacia mi compañero
de mesa.
Este se limitó a asentir. Me levanté y salí del comedor.
Quizá coma en otro sitio en el futuro. El chi del lugar estaba claramente
alterado. El estómago me rugía y el sudor empezaba a correrme a torrentes
por la espalda. Parpadeé e intenté concentrarme mientras seguía a Falco por
el pasillo. Los alumnos pasaban a nuestro lado. Sus murmullos seguían
resonando en el gran salón.
Falco tomó el pasillo de la izquierda. Una escalera se abrió ante
nosotros. Sobre ella había grabada una inscripción en latín.
—Magia est magna sapientia abscondita - mens est magna stultitia
aperta —leí a trompicones.
Falco asintió.
—Esa es la primera lección que te enseñarán aquí.
—¿Y qué significa? ¿«Torturamos antes de preguntar»? —dije con tono
burlón.
—«La magia es un gran saber oculto; la razón es una gran necedad
revelada».
SEGUNDA LECCIÓN

«Todo es veneno y nada es veneno,


solo la dosis hace el veneno».
PARACELSO
17
Leaf

Demonios de nivel uno


Renacidos
Strix (pl. strigae): demonio parecido a un ave que bebe
sangre y se alimenta de las entrañas de los muertos, de
manera similar a un buitre.

F alco subió los escalones agitando su abrigo negro como la noche. El


pelo le ondeaba de una manera tan espectacular que me pregunté
dónde tenían escondida la máquina de viento. En conjunto, Falco tenía algo
de irreal. Su expresión impasible, su figura imponente y su carisma
atemorizaban y fascinaban al mismo tiempo. Los estudiantes se detenían,
giraban la cabeza y se apartaban entre susurros. Su nombre le seguía como
un eco inquietante. Falco no dejó entrever si era consciente de esto. Él
simplemente continuaba caminando con su expresión estoica. Yo corría tras
él acompañada de ese mismo susurro. La palabra «demonio» resonaba a mi
alrededor, y mi estómago se encogió inquieto. Me subió bilis por la
garganta y tuve que esforzarme para respirar tranquilamente.
—¿Es posible que seas un tipo importante por aquí? —le pregunté a
Falco.
Me miró con el ceño fruncido.
—¿En qué sentido?
Señalé con el pulgar a un grupo de estudiantes vestidos con trajes grises
oscuros.
—Te miran como si estuvieran a punto de pedirte un autógrafo. ¿Eres
como el líder de los exorcistas o algo así?
Falco resopló.
—Para nada —dijo y se apresuró a continuar. De acuerdo.
El grupo que acababa de lanzar lánguidas miradas a Falco se me quedó
mirando sombríamente. Me detuve bruscamente, me di la vuelta con una
floritura y exclamé:
—¡Bu!
Se sobresaltaron tanto que uno de ellos casi se cae del escalón. Sonreí,
le guiñé un ojo y oí a Falco que me ladraba:
—¡Leaf!
—Ya voy —grité, lo que hizo que me ganara unas cuantas miradas de
sorpresa.
Refunfuñando, subí corriendo los últimos escalones. Falco estaba de pie
en la puerta y, por el motivo que fuera, ninguno de los alumnos de abajo se
atrevía a atravesarla mientras él la bloqueaba.
—¿Me firmas un autógrafo? Parece que puedo venderlo por aquí —le
pregunté con sequedad mientras me acercaba a él. Cuando una persona te
ha torturado, que sea un mago VIP no resulta tan interesante.
Falco volvió simplemente a fruncir el ceño mientras yo miraba a mi
alrededor. La primera ala del edificio se parecía a la quinta. Pero era más
acogedora. Una luz brillante atravesaba las altas ventanas que se extendían
de pasillo en pasillo frente a nosotros. Algunas puertas estaban abiertas y,
cuando me asomé, vi sobre todo salas que parecían aulas. Unas filas oscuras
de bancos se alzaban sobre escalones. Delante de ellos había sobre todo
pupitres y pizarras. Unos cuantos globos terráqueos, carteles con signos que
debían de ser runas, pizarras escritas en un idioma que no reconocí y… me
detuve y me quedé mirando una de las salas, donde se veía un esqueleto
parecido a un pájaro, pero deformado de una manera tan extraña que
parecía un experimento fallido de un científico loco.
—¿Qué narices es eso?
—El esqueleto de un strix.
—¿Y eso es…?
—Luego —dijo tan solo, me agarró del brazo y tiró de mí.
Me fijé en las miradas que nos seguían. Miradas burlonas, miradas de
ceño fruncido y algunas miradas más que me provocaron escalofríos.
—Suéltame —le espeté a Falco, liberándome de su agarre y
empujándole con el hombro—. Pervertido pirado.
Fue casi divertido ver cómo se le hinchaban los orificios nasales y me
miraba mal.
—¿Por qué soy un pervertido?
Le solté un bufido.
—¿En serio me lo preguntas?
Apretó los dientes y me respondió:
—Lo último que me apetece tocar es un demonio asqueroso.
Ay. Ahora era yo la que apretaba los dientes, pero ese comentario dolió.
—¡Pero bueno! ¿Estoy oyendo los comentarios gélidos de la boca de
Falco Chepesch? —preguntó una voz con tono divertido, y una mano le dio
una palmada a Falco tan fuerte en la espalda que casi se cae.
Levanté la cabeza y vi que había un hombre detrás de Falco. Los dos
eran más o menos de la misma altura, pero el otro tipo era todo músculo, y
eso se le notaba a través de la camiseta negra.
Tenía tatuajes que se extendían desde los nudillos, le recorrían los
brazos y le llegaban hasta el inicio del cabello. De la cabeza le nacía un
pelo verde apagado, pero lo más llamativo eran sus ojos: un iris era gris y el
otro, verde. Cada milímetro de sus orejas estaba ocupado por pendientes y
cuando me sonrió vi que tenía otro piercing en la lengua. Rozó la lengua
con los dientes, haciendo que este chasqueara, mientras me examinaba.
—Así que esta es la nueva alumna VIP de la escuela.
—Crain —resopló Falco, y la expresión de su cara reflejó un hastío tan
profundo que seguramente era existencial.
El hombre —¿Crain?— le dejó con la palabra en la boca, tomó mi mano
y me la besó. Un aroma… extrañamente intenso emanaba de él. Algo
parecido a hierbas quemadas, pero más dulzón.
Perpleja, me quedé observándolo mientras él me lanzaba una mirada
picara.
—Hola, soy Crain —susurró.
—Sí, eh, Leaf Young —dije retirando la mano y limpiándomela
visiblemente en los pantalones.
La sonrisa de Crain se ensanchó, y unos profundos hoyuelos
aparecieron en sus mejillas.
—Toda la institución habla de ti, Leaf Young. ¿Puedo hacernos un selfi?
Así, para la hora de comer, sería el chico más guay de la escuela.
—No —respondí bruscamente.
—Crain, ¿por qué hueles como si te hubieras metido en una cueva de
lindworms hasta el cuello? —gruñó Falco.
«¿Una cueva de lindworms?».
—Puede que sea yo… Esos bichos están causando problemas en Nueva
Jersey ahora mismo. Un nido entero se ha instalado en una grúa abandonada
—contestó sacando al mismo tiempo un pitillo de sus vaqueros oscuros. Se
lo puso en la comisura de los labios, pero en lugar de usar un encendedor,
chasqueó los dedos, y al instante salió humo azul verdoso del cigarrillo.
Inhaló profundamente, y sus pupilas se volvieron tan pequeñas como
cabezas de alfiler.
—Crain, ¿qué haces fumando eso aquí? ¿Se te ha ido la olla? preguntó
Falco con frialdad.
—Es lo que hago siempre —dijo Crain, expulsando perezosamente el
humo verde por los labios entreabiertos y las fosas nasales. El olor dulzón y
pesado hizo que girase la cabeza. ¿Qué demonios era aquello?
—¿Quieres que te expulsen el primer día? ¿Y dónde está tu uniforme?
—preguntó Falco.
Crain le guiñó un ojo y pasó a nuestro lado.
—Los dos sabemos que no, y que le den al uniforme; pica mucho. —Se
volvió hacia mí y echó una nube de humo en mi dirección—. Hasta luego,
pequeño demonio. —Me guiñó un ojo y se alejó por el pasillo.
—¿Quién era? —pregunté, perpleja.
Falco me lanzó una mirada penetrante.
—Problemas. Aléjate de él.
Quise preguntarle algo más, pero Falco empezó a caminar enfadado y,
como éramos los últimos que quedaban en el pasillo, me apresuré a
seguirle. Fui detrás del exorcista hasta una puerta doble. Falco la abrió de
un empujón. Se oyó un chirrido desgarrador, y decenas de rostros se
volvieron para mirarnos. Era un auditorio con un mar de aspirantes a
exorcistas en todos los tonos de gris imaginables.
En la zona delantera había una mujer. Llevaba el pelo rubio recogido en
la nuca. También iba vestida de negro. Llevaba cuello alto, pantalones
anchos y unos zapatos de tacón que parecían de plata. Su boca pintada de
rojo se torció cuando entramos.
Detrás de ella estaban el director Gale y un hombre que no reconocí,
pero que llevaba una especie de hábito azul oscuro pasado de moda. Su
escaso pelo rubio grisáceo probablemente le hacía parecer mayor de lo que
era, y la mirada que me dirigió fue tan odiosa que me detuve en seco.
—Siento llegar tarde, decana Chanelle —fue todo lo que dijo Falco.
La mujer asintió. Me miró fríamente antes de volverse hacia los
exorcistas.
—Más vale tarde que nunca. Además de los cambios en los cursos que
ya se han mencionado, el shintonista Chepesch se hará cargo del
entrenamiento en la pista de arena. Tenéis suerte de poder aprender de uno
de los mejores exorcistas que ha dado esta institución. Espero que
aprovechéis al máximo esta oportunidad.
Así que era eso.
—Y, ahora, nuestra recién llegada.
Todos los ojos se volvieron hacia mí. En ese momento, deseé que Lore
me hubiera matado para evitarme esa situación.
—Se ha informado a todos de las circunstancias. Las reglas de la
escuela siguen vigentes, pero deben tratar a la señorita Young como a una
novicia normal. Ella ya sabe a lo que se enfrentará si quebranta las reglas.
Un murmullo de disgusto recorrió las filas, pero fue inmediatamente
detenido por una mirada severa. Esperaba que una de las reglas de la
escuela fuera no verter agua bendita en el café de alguien que claramente
parecía tener alergia a ella.
Mi mirada examinó las filas y se detuvo en el joven novicio que
acababa de provocarme el dolor de estómago del siglo. Yu Tsai. Hablaba en
voz baja con una vecina de pupitre de larga melena rubia. Como si hubiera
sentido mi mirada, levantó la vista y sonrió. Me obligué a no apartar la
vista. Las comisuras de sus labios se crisparon, una arruga apareció en su
entrecejo y un extraño sentimiento afloró en mí junto con la bilis.
—Deberíamos pensar algo especial para él —susurró Lore—. Tiene un
arcanum tan oscuro que me sorprende que no sea un demonio. Tenemos que
ponerlo de nuestra parte o acabar con él antes de que nos cause problemas.
Seguí mirando fijamente, y Yu Tsai desvió la mirada. Su barbilla se
tensó.
—Mientras tanto, la señorita Young será asignada al grupo Omega —la
voz de la decana Chanelle me sacó de mis pensamientos.
«¿Ah, sí?».
Unas risas recorrieron las filas de exorcistas, y vi a un grupo de
personas intercambiando miradas incómodas en una zona alejada del
auditorio. Solo uno sonreía: Crain. Estaba recostado en un banco y me
guiñó un ojo. El joven del pelo claro estaba sentado a su lado, hojeando
tranquilamente un libro como si todo aquello no fuera de su incumbencia.
—Eso es todo. Pueden ir a sus clases.
Los exorcistas se levantaron. La decana se puso de pie, se deslizó sobre
sus tacones altos y su mirada era fría como el hielo cuando la dirigió hacia
Falco. Los dos harían una pareja estupenda, muy gélida. En Navidad,
seguro que solo se regalarían cosas prácticas y llamarían a sus hijos con un
silbato. Pero estaba segura de que si uno de ellos hiciera sonar un silbato
ahora, toda la sala se pondría firme. Aquellos dos tenían el carisma de un
macho y una hembra alfa.
—Falco, si no te importa… Tengo que hablar contigo de un par de
asuntos.
Falco asintió y se giró.
—Un momento —lo detuve, y le agarré del abrigo.
Falco se quedó quieto y miró mi mano con desaprobación.
—¿Qué?
—¿Adónde tengo que ir?
—Te han asignado a los Omegas. Solo tienes que seguirlos. Te recogeré
después de clase —dijo secamente y se fue tras la decana.
El director Gale y el tipo raro los siguieron. Este último ni siquiera me
miró. Su abrigo me rozó los pies y, cuando pasó a mi lado, se me erizaron
los pelos de la nuca. Era como si el aire se llenara de electricidad estática.
—Deberíamos vigilar sobre todo a ese. Si no me equivoco, es el primus
de la academia.
Antes de que pudiera recordar cómo conocía el término primus, una voz
me sacó de mis pensamientos.
—¿Novicia Young? —Un hombre delgado, con el pelo negro y gafas sin
montura estaba delante de mí. De él emanaba un aura tranquila, en calma y
profunda como un lago. Me saludó con la cabeza—. Soy el conjurador
Yamamoto, el tutor del grupo Omega. Como el curso empezó hace algún
tiempo, tendrá que ponerse al día.
Sorprendida, me di cuenta de que una especie de salamandra de fuego
de gran tamaño, vestida de negro, con la barriga roja y los ojos amarillos
fijos se aferraba a su hombro izquierdo. Me miró fijamente y sacó la lengua.
¿Disculpa?
—Por favor, llámeme Leaf —dije, luchando por apartar la mirada de la
salamandra, dedicándole mi mejor sonrisa de camarera y tendiéndole la
mano.
El conjurador Yamamoto ni siquiera la miró, se limitó a colocarse las
gafas.
—Primera lección del día, novicia Young: aquí no le dé la mano a nadie.
—Oh… —dudé—. ¿Los exorcistas no dan la mano?
Yamamoto me miró con lástima.
—Sí, pero, por favor, no ponga a nadie en la tesitura de tener que tocar a
un demonio.
Ay.
Sin esperar a que le respondiera, giró sobre sus talones. El abrigo le
azotó las piernas. Me quedé mirándole, con la mano extendida.
—Esto no hace más que empeorar —murmuré.
—Y no ha hecho más que empezar —comentó Lore.
—Eso no ayuda —le siseé y seguí a Yamamoto y a su extraño tritón.
—No lo pretendía. Pero puedes intentarlo. Cuando te des cuenta de que
por aquí todo es asqueroso, ya sabes dónde encontrarme.
Me tomé la libertad de ahorrarme una respuesta. Yamamoto salió
conmigo del enorme auditorio con grandes zancadas y cruzó el espacioso
pasillo hasta una puerta tras la que yo habría esperado encontrar un armario
de escobas. La puerta chirrió al abrirla, dejando al descubierto una estrecha
escalera.
—¿Tenemos que bajar por ahí? —pregunté escéptica.
—Desgraciadamente, los Omegas solo pueden utilizar el antiguo
laboratorio —explicó Yamamoto y empezó a bajar.
Mi voz resonó mientras le seguía.
—¿Es porque no hay espacio suficiente en este sitio enorme con tantas
torres?
Ni siquiera se dio la vuelta para responderme.
—No, para evitar daños mayores.
—¿Daños mayores? —gemí, pero ya estaba abriendo una puerta que
había ante nosotros y entramos en el antiguo laboratorio. Resultó que tenía
una bóveda y era más grande de lo que esperaba, pero estaba claramente
deteriorado. Olía a humedad y a viejo. También había corriente de aire,
probablemente debido a la hilera de ventanas altas que parecían combadas
por el tiempo y el mal aislamiento. Los cristales estaban empañados y la luz
del sol era lechosa. Sin embargo, las ventanas ofrecían una vista
impresionante de un mar gris y agitado que se extendía justo delante de
ellas. Pensar que Falco me había llevado inconsciente hasta una isla
completamente aislada era todo menos agradable.
Había mesas oscuras y estrechas repartidas por la sala. Una lámpara de
araña rota y polvorienta colgaba del techo, chirriando suavemente al
balancearse de un lado a otro. En las paredes sin ventanas había estanterías
hasta el techo con escaleras torcidas apoyadas en ellas. Los compartimentos
y estantes estaban llenos de trastos, como si se hubieran metido en ellos los
restos de los últimos años. A primera vista distinguí muchos libros,
pergaminos, papeles sueltos y carpetas, pero también calaveras, de las que
esperaba que la mayoría fuera de animales. También había aparatos de
metal deslustrado, cajas pequeñas y grandes, y frascos de líquidos turbios
amarillos o verdes con «cosas» conservadas flotando en ellos. Volví a sentir
la bilis en la garganta cuando vi un tarro lleno de ojos flotando. Por el amor
de Dios…
Dejé vagar la vista. Era interesante ver que el suelo de piedra tenía
rejillas colocadas a intervalos regulares, como para permitir que el líquido
se escurriera. Una pelirroja alta estaba sentada en una mesa junto a una de
esas rejillas, pintándose los labios con un carmín rojo oscuro brillante. Un
rubor que acentuaba la palidez de su piel, mientras se miraba en un pequeño
espejo de mano. Cuando nuestras miradas se cruzaron en el espejo, me
observó con un asco nada disimulado.
Quise apartar la mirada, pero mi imagen temblaba en el espejo. Mis ojos
se volvieron negros durante un breve segundo y mis labios se torcieron en
una sonrisa perversa que enseñaba demasiado los dientes. La pelirroja se
estremeció y cerró brusca mente el espejo. Se dio la vuelta y me miró
horrorizada. Sonreí Inocentemente y me abrí paso entre las mesas.
Sentado a su lado había un chico que apenas tendría dieciocho años. Las
gafas en la nariz y una cortina de pelo castaño ocultaban la mayor parte de
su rostro. A su lado se sentaba una chica cuyo pelo, en marcado contraste,
brillaba en azul oscuro y le caía por la espalda en una melena salvaje. Tenía
las cejas anchas y espesas; sus uñas eran largas, puntiagudas y negras como
el carbón.
En la última fila se sentaba un tipo fornido con la calva cubierta de
tatuajes. Le sonreí. Me devolvió la mirada sin impresionarse, girando el
bolígrafo de un lado a otro. Había un asiento vacío a su lado, pero parecía
capaz de meterme el bolígrafo por la garganta si me atrevía a respirar en su
dirección.
Avancé rápidamente y vi a una joven sentada junto a la ventana,
mordisqueando un mechón de su encrespado pelo castaño, junto a ella
estaba sentado Zero, que leía un libro.
Crain, por otro lado, estaba recostado en la silla, exhalando un chorro de
humo mientras gritaba.
—¡Demonio! ¡Ven aquí!
Señaló el asiento que tenía enfrente. Era el único libre, a menos que
quisiera sentarme junto al calvo siniestro.
Suspiré. Vale, el mal menor.
Me dejé caer en la silla mientras Yamamoto se detenía frente a un
estrecho escritorio, se aclaraba la garganta y se ajustaba las gafas.
—Buenos días. Si no me equivoco, estamos todos aquí —empezó el
tutor, antes de hacer una pausa y olisquear irritado—. ¿Aún huele mal?
Creía que alguien se había ocupado ya de eso.
Tenía razón. Un olor dulzón y mohoso flotaba en el aire. Olía casi a
podrido, pero había supuesto que era parte del conjunto.
—No hemos logrado averiguar de dónde procede el olor, señor —dijo la
pelirroja, sacando con aspavientos un frasco de perfume y rociando una fina
bruma a su alrededor. Pero eso no mejoró nada. Ahora la sala olía como si
un cadáver hubiera sido arrojado en un prado lleno de rosas.
Se me hizo un nudo en el estómago, y tuve que agarrarme a la mesa y
respirar entrecortadamente para no vomitar en el suelo.
—No puede ser. Seguro que tenemos otra vez liderics en las tuberías —
se quejó Yamamoto, fuera lo que fuese eso—. Bueno, entonces… —se
aclaró la garganta e hizo un gesto con la cabeza en mi dirección— ya que
tenemos una nueva incorporación, haré una presentación breve de cada uno.
Empezaremos con Merope Davis, nuestra única posible shintonista del
grupo.
Señaló delante de él. La pelirroja cruzó las piernas, me lanzó una
mirada despectiva y me roció con más perfume. ¿Lo que quería era
atufarme con él?
—Venus y Vane Hillbrook, nuestros conjuradores —continuó
Yamamoto.
Miré a los hermanos. La de pelo azul se miraba las uñas afiladas,
mientras el chico —¿Vane?— se esforzó en sonreírme. Le devolví la
sonrisa, y él palideció, desviando rápidamente la mirada.
—Nuestros dos cazadores son Morpheus Skill y Everly Hargreeves.
Morpheus se unió a nosotros hace solo unas semanas y es uno de los pocos
estudiantes que no proceden de la Orden, sino que creció como un humano
normal. Se podría decir también que es el único que no ha entrado por la vía
convencional.
Id calvo mantenía un rostro inexpresivo, pero la joven parecía desear
estar lejos de allí. Cuando se percató de mi mirada curiosa, casi se fusiona
con la silla. No me cabía en la cabeza que lucra una cazadora, pero ¿y yo
qué sabía?
—Y por último, pero no por ello menos importante, tenemos A nuestro
nigromante Zero Five y a Cra… —Yamamoto titubeó y entrecerró los ojos
—. Crain, apaga ese cigarrillo o te lo meto por la nariz —gruñó.
—Sí, mi capitán —dijo burlón, dejando salir una bocanada de humo
verde por la nariz y apagando después el cigarrillo sobre la mesa.
El ojo izquierdo de Yamamoto se crispó antes de continuar.
—Aunque no es realmente necesario, me gustaría volver a presentar a la
novicia Young. Sabremos su especialización en las próximas semanas.
Por mi mente cruzó el desagradable pensamiento de qué pasaría si no
hubiera una especialización para mí porque, sencillamente, no pertenecía a
este lugar. Yo no era una exorcista, aunque ahora estuviera sentada entre
ellos y fingiera serlo.
—Llamadme Leaf —intervine.
Todos se estremecieron al oír mi voz.
—Novicia Young —continuó Yamamoto—, puede que esta sea una
situación poco convencional, pero estoy seguro de que podemos aprender
mucho y beneficiarnos los unos de los otros. Espero que todos consideréis
enriquecedora la presencia de la novicia Young.
Yamamoto se me acercó y colocó una pila de libros frente a mí. Esta
retumbó con fuerza al caer.
—Las lecturas obligatorias de este semestre. Tendrá que ponerse al día
con algunas de ellas. Si tiene alguna pregunta, puede acudir a mí.
—Gracias —murmuré y examiné los libros. Parecían gastados y viejos.
La mayoría estaba encuadernada con cuero.
¿Cómo hablar con los muertos? Manual práctico.
Interactuar con lo sobrenatural. Una guía para trabajar con aliados
invisibles.
Sexualidad, sacrificio y espiritualidad. Una antología de Primus Van
Hausberg.
Antología del exorcismo. Tres grimorios en uno.
Los secretos del vudú: cómo conectar con tus poderes interiores.
Protección y conversión. Hechizos para principiantes.
El arcanum: las 12 claves para un buen exorcismo.
Exorcismos y economía simplificados.
Levanté la vista cuando Zero levantó el grueso grimorio y lo abrió por
una página. Seguí su ejemplo y vi a Yamamoto caminando entre las filas de
pupitres con los brazos cruzados.
—Novicia Young, novicio Skill, empezad a leer el primer grimorio. Si
queréis saber algo más, podéis pedir lecturas adicionales en la biblioteca.
Los demás, preparaos para los ejercicios básicos de invocación de runas.
¿Qué se haría con un demonio inferior al nivel dos? Tenéis una hora para
elegir un hechizo adecuado, adaptarlo al demonio elegido y escribirlo.
Se oyeron unos crujidos. Abrí la primera página del grimorio y empecé
a leer en silencio.

Líder/Intendente de la Orden
La Orden de Paracelso, fundada por Theophrastus Bombastus de
Hohenheim, conocido como Paracelso, en el año 1670 en Basilea
(Suiza), se apoya en siete pilares: el liderazgo de la Orden por parte
de la familia de Paracelso, el Consejo de la Orden, los protectores de
la Orden, el sacerdocio, los burócratas, las academias y la sociedad
espiritista general.
El fundador de la Orden fue el propio Paracelso. El liderazgo de
la Orden ha permanecido en el seno de la familia de Paracelso.
Independientemente de su especialidad, los exorcistas más
poderosos siempre han procedido de la familia de Paracelso. Poseen
poderes arcanos, pero en señal de respeto y humildad, sus
habilidades se extinguen cuando asumen el cargo de líder de la
Orden. Por lo tanto, el líder es el exorcista más fuerte y el más
vulnerable al mismo tiempo.

Líder actual de la Orden: intendente Calcius Paracelso.

Consejo de la Orden/Ejecutivo
El Consejo de la Orden se compone de hombres y mujeres
elegidos democráticamente dentro de la Orden. Cada persona es un
antiguo miembro del equipo de gobierno, formado por protectores
de la Orden, sacerdotes y burócratas. Cuando forman parte del
Consejo dependen únicamente del líder de la Orden y tienen poder
de decisión en sus respectivas áreas. En colaboración con la
administración de la Orden, crean nuevas normas, aprueban leyes y
llevan a cabo procesos judiciales.

Miembros del Consejo: primus exsecutus Rude van Betham,


secundus exsecutus Tahir Chepesch, tertius exsecutus Gabriella
Hall.

Me detuve y volví a leer el nombre. Tahir Chepesch. ¿Era familia de


Falco? Por lo que había aprendido por el momento, la mayoría de exorcistas
venían de familias que llevaban varias generaciones en la Orden.
Seguramente Falco también tuviera su familia dentro de la Orden. ¿Este tal
Tahir sería su hermano, su padre o su tío? Todavía tenía que averiguar
mucho de él.
Pasé la página y seguí leyendo.

Protectores de la Orden /Judicas


La unidad de protectores de la Orden está formada por
exorcistas seleccionados que son conocidos por sus habilidades o
por aquellos que son demasiado peligrosos como para que se les
permita actuar sin control. Los protectores de la Orden solo actúan
en casos de emergencia y obedecen directamente al líder de la
Orden y al Consejo.

Indice jerárquico:

1.Líder de los protectores de la Orden: primus judicas


Everson Voughn.

[Link] de la Orden: este cuerpo se considera una fuerza


conjunta de cara al exterior, pero está dividida en unidades:
Unidad Alfa: responsable de los ataques de demonios.
Unidad Beta: responsable de ataques de apariciones.
Unidad Delta: responsable de ataques de monstruos.
Unidad Omega: responsable de ataques de renacidos.
La unidad Zero es la encargada del servicio secreto y es
responsable de los asesinatos por encargo. No obstante, la existencia
de esta unidad es solamente un rumor y el propio Consejo la niega.

3. Novicios: se seleccionan entre los mejores alumnos. Sus


habilidades son muy diversas. Ser aceptado como novicio de los
protectores de la Orden se considera un gran honor. Sin embargo, el
número de plazas es limitado. Las personas que se unen a los
protectores no tienen permitido formar una familia ni tener ninguna
otra relación sentimental durante ese periodo. En caso de
fallecimiento de un miembro de los protectores, su puesto lo ocupa
un novicio.

Sacerdocio/Ritus
El sacerdocio es responsable de las artes arcanas. Se divide
principalmente entre los siguientes grupos: cazadores, conjuradores,
shintonistas y nigromantes. Aunque los métodos utilizados pueden
variar dependiendo del país y la fe, las reglas establecidas por el
sacerdocio se aplican de manera generalizada. Estas prohíben a los
nigromantes crear renacidos, por ejemplo.
A lo largo de los siglos, también se ha desarrollado una rama
separada de la fe, a la que pertenecen la mayoría de los exorcistas.
Sin embargo, su purismo y su actitud conservadora también han
encontrado resistencia entre las generaciones más jóvenes.
La entrada en la Orden no obliga a cambiar de fe. No obstante,
el sacerdocio lleva siglos intentando ejercer más influencia en la
Orden y ejerce mucha presión sobre el Consejo.

Índice jerárquico:

1. Líder espiritual: altprimus ritus Thiseas Devereux.

2. Sacerdote de la Orden: en todas las escuelas hay un


sacerdote de la orden religiosa que apoya a la escuela, al director y
su plan de estudios siguiendo los intereses del sacerdocio, y que
representa una actitud más bien conservadora. Aunque los
sacerdotes son considerados neutrales, siguen teniendo gran
influencia en la Orden y es aconsejable llevarse bien con ellos.

3. Novicios: los cazadores, conjuradores, shintonistas y


nigromantes reciben clases del sacerdote residente de la Orden, uno
para cada una de las cuatro especialidades (demonios, espíritus,
renacidos y monstruos) que a su vez responde ante el sacerdote de la
Orden. Los mejores estudiantes tienen la oportunidad de unirse al
sacerdocio de la Orden.

Burócratas /Procurator
Los burócratas trabajan directamente con el Consejo de la Orden
y se encargan de coordinar a los exorcistas y sus escuelas. También
disponen de los recursos económicos y son responsables de asignar
presupuestos y fondos a las distintas escuelas y ramas de la Orden.
Dentro de sus labores también está la de encubrir al público
cualquier problema que pueda surgir durante un exorcismo e
influyen directamente en el gobierno humano. Además, se encargan
de las normas del gremio y envían especialistas para tratar
problemas o sospechas de transgresiones. También actúan como una
especie de tribunal.

Índice jerárquico:

1. Líder burócrata: primus procurator Festus Garber.

2. Administración de la Orden: responsable de hacer cumplir


los poderes legislativo, ejecutivo y judicial. Su tarea consiste en
crear nuevas leyes, aplicarlas y controlar su cumplimiento. Tiene
poder judicial, es decir, también dicta sentencias en caso de
violación de la ley. Sin embargo, las nuevas leyes introducidas
deben ser aprobadas con el Consejo de la Orden.
3. Administración de las escuelas: son los directores de las
escuelas exorcistas, pero también pueden ocupar importantes cargos
económicos para lograr los intereses de la Orden.

4. Diplomáticos: son la «cara pública» de los exorcistas ante los


humanos y se les considera una especie de portavoces de prensa.
Negocian con el gobierno humano y promueven los intereses de la
Orden. Tienen una gran influencia en la economía, las ciencias y la
prensa. Los diplomáticos son, en su mayoría, exorcistas con pocas o
ninguna habilidad.
No obstante, constituyen la mayoría de los exorcistas, ya que
solo los exorcistas con las habilidades más poderosas son aceptados
en una academia. Dentro de la Orden siempre hay grandes
diferencias de opinión, ya que algunos diplomáticos quieren
modernizarse, tanto en lo que respecta a los puntos de vista
conservadores de la Orden como a sus armas y procedimientos. Sin
embargo, esto choca a su vez con una gran resistencia por parte del
sacerdocio, que quiere mantener la Orden y a los exorcistas, en la
medida de lo posible, con su planteamiento original y bloquea el
progreso con obstinación. Durante años, esto ha ido provocando un
creciente malestar y la amenaza de una escisión entre las filas de la
Orden.

—Por favor, no me digas que te lo vas a leer todo de verdad —resonó


en mi cabeza.
Pasé las páginas con énfasis. Me leería todos los libros de esta estúpida
academia que cayeran en mis manos si así averiguaba cómo sacarme ese
gusano de dentro. Y lo que también tenía que averiguar era qué hacían estos
lunáticos que dirigían este lugar. ¿Cómo podía existir una organización
secreta tan grande? ¿Y cómo podía algo tan poderoso y esencial como los
demonios existir solo como sombras y cuentos aterradores? Porque estaba
claro que no lo eran. Se tenía que notar cuando los monstruos caminaban
por las calles, los demonios intercambiaban cuerpos como si fueran ropa y
los vampiros existían no solo en los libros, sino en la vida real. En una
época en la que había tanta videovigilancia, teléfonos móviles y cámaras
que hacían que un ser humano no pudiera dar un paso sin ser grabado,
¿cómo no se iba a notar la presencia de los demonios?
¿Quizá fuese que los exorcistas lo disimulaban muy bien? ¿O los
demonios habían revelado su presencia, pero la gente los había tomado por
una broma estúpida? ¿Cuántos vídeos de aspirantes a cazafantasmas había
visto en YouTube sin tomármelos en serio? Quizá los demonios no
necesitasen esconderse porque mezclarse con los humanos era el mejor
disfraz y, con lo ignorantes que éramos, considerábamos un producto de
nuestra imaginación todo aquello que no entendíamos.
—Novicia, Young, ¿tiene alguna pregunta? Parece un poco confundida.
—Yamamoto hizo que levantase la vista.
—La verdad es que sí —reconocí—. ¿Cómo es que los humanos no
saben nada de la Orden? Ni de los demonios. Seguro que llaman la
atención.
Yamamoto me miró con interés, como si se estuviera dando cuenta de lo
poco que yo tenía que ver con todo aquello y de lo poco que sabía. Nada,
básicamente.
—¿Los ha visto alguna vez, novicia Young?
—En realidad no.
—Pero estaba familiarizada con el término «demonio», ¿no? Todo el
mundo habla de ellos, pero nadie cree en su existencia.
—Siempre pensé que los demonios eran ficción —reconocí.
—Y está bien que sea así. La Orden ha trabajado durante mucho tiempo
para que la existencia de los demonios se considere un producto de la
imaginación. Gracias a eso, nuestra labor es mucho más fácil y si un
humano entra en contacto con un demonio… Bueno, o no se le creería o, en
cualquier caso, no sobreviviría al encuentro. Puede parecerle sospechoso,
pero protegemos a la humanidad manteniéndola en la oscuridad y
prefiriendo hacerle creer que la sombra tras los árboles no es más que una
sombra. Está claro que los demonios son más fuertes en las regiones donde
la gente aún cree en ellos que en aquellas donde se los descarta como
cuentos de viejas. Al final, el lobo al que alimentas se hace más fuerte. No
queremos alimentar a los demonios, queremos matarlos de hambre, y eso es
un proceso largo.
Lore emitió un sonido áspero en mi cabeza que casi parecía una
carcajada.
Yamamoto enarcó una ceja.
—¿Alguna pregunta más?
—Unas cuantas, pero por ahora es suficiente con eso —respondí.
Yamamoto se acercó al escritorio, se sentó en el borde y anunció:
—Casi ha terminado la hora. ¿Quién empieza con su runa?
—Yo —intervino la pelirroja. ¿Cómo se llamaba? ¿Marypoe? ¿Merope?
—Por supuesto —murmuró alguien con sarcasmo, pero o ella no lo oyó
o no le importó.
Se colocó frente a Yamamoto, respiró hondo y sacó… ¿una notita? Era
rosa, con una runa dibujada que me recordó a una versión sencilla de la que
había en el vestíbulo. Murmuró algo y, de repente, la habitación se llenó de
aire. La piel de mis antebrazos se erizó de repente, y vi cómo se iluminaba
la runa de la notita. Las esquinas del papel empezaron a arder, y Merope
colocó la runa en el suelo. La luz tembló y empezó a… ¿fluir? Se extendió,
dibujando líneas a través de la piedra hasta convertirse en una copia exacta
pero mayor de la del papel. Se produjo un desagradable vacío en mis oídos,
la runa se iluminó intensamente y se apagó al instante siguiente con un
«puh» que sonó como un jadeo. El aire se llenó del hedor del papel
quemado y los trozos carbonizados de notita salieron volando por todas
partes.
Irritada, me incliné hacia Crain.
—¿Y ya está? —murmuré.
Se encogió de hombros.
—Es un hechizo menor, pero si tuvieras la nota pegada a la frente,
seguramente no podrías rascarte la nariz durante un tiempo.
—Ah.
—Sí, será mejor que te mantengas alejada —me aconsejó.
—Muy bien. —Eso fue todo lo que dijo Yamamoto.
La pelirroja retrocedió y lanzó una mirada desafiante a Crain. Este le
enseñó el dedo corazón.
—¿Alguien más? ¿Everly? —preguntó Yamamoto.
La joven de pelo encrespado se puso pálida.
—¿Tengo que hacerlo?
—¿Quiere suspender?
—N… no —tartamudeó, recomponiéndose y arrastrándose hacia la
zona delantera.
Al igual que Merope, llevaba un papel en la mano. Murmuró algo y se
me volvió a erizar la piel. O al menos hasta que tartamudeó.
—Ehm… Es decir… —Levantó la cabeza asustada—. ¿Puedo hacerlo
otra vez?
Yamamoto suspiró.
—Everly, ¿por qué todavía no ha empezado?
Se estaba poniendo tan roja que temí que se cayera redonda.
—Yo… yo… lo siento. Lo haré otra vez —dijo y empezó a recitar.
Supuse que era latín, pero lo recitó tan rápido que parecía un galimatías.
—¡Everly! Despacio y vocalizando —le gritó Yamamoto.
Everly se atragantó, siguió barbullando y la nota estalló de repente. La
soltó con un chillido. La nota cayó al suelo y, en cuanto lo tocó, explotó con
estrépito.
Asustado, todo el grupo se agachó cuando una piedra se derrumbó.
Presa del pánico, cerré los ojos y me aferré al banco. Yamamoto gruñó algo
incomprensible cuando ante Everly apareció una nube de vapor de color
verde moho desprendiendo un olor a azufre. Me tapé rápido la nariz.
—¿Qué se suponía que iba a ser eso? —preguntó Yamamoto.
Everly temblaba:
—Yo… lo siento mucho.
Ella retrocedió y Yamamoto gritó:
—¡Abrid una ventana!
El chico de las gafas dio un brinco y alcanzó una de las ventanas
deformadas mientras todos empezábamos a toser. Aún tapándome la nariz
con la mano, observé el agujero que Everly había hecho en el suelo. Apenas
tenía el tamaño de un puño, pero algo brotaba de su centro. Firme pero
lento. Parecía como si se hubiera roto una tubería y de ella estuviera
saliendo estiércol líquido y marrón. El olor era tan asqueroso que me tapé la
nariz todavía más.
—¿Pero qué…? —exclamó Yamamoto y retrocedió, como el resto de
los novicios de la clase, mientras el estiércol producía burbujas y… se hacía
más grande.
Espera, eso se estaba haciendo más grande… ¿Cómo era posible? Con
los ojos invadidos por el pánico, me quedé mirando esa cosa. Era más o
menos del tamaño de un humano, pero totalmente deformado y parecía un
bulto andante de moco y grasa del que era difícil decir si tenía una parte
delantera o trasera. Reconocí unos mechones de pelo, un ojo y un brazo que
resaltaban en la montaña de grasa, pero estaba todo descolocado, como si
no pudiera decidir dónde iba qué. Esta… cosa también emanaba un olor
espantoso que expulsaba por unas glándulas que se abrían e impregnaba
toda la sala.
Los Omegas recorrían la habitación en todas direcciones. Vane trataba
de abrir una de las ventanas desesperadamente mientras Everly hojeaba,
frenética, un libro. Miré a Crain. Estaba sentado en el banco, con el
cigarrillo entre los dedos, mientras observaba sorprendido el caos.
—Esto es nuevo —declaró.
—¿De dónde viene el nupeppo? —gritó Yamamoto a través del
laboratorio.
Merope se fue apartando de la niebla apestosa como si estuviera
recorriendo una pasarela. Empujó a Everly hacia un lado y le gruñó:
—¡Quita!
Agarró algo que tenía a su espalda y con un movimiento suave se sacó
una varita de plata de la manga. La varita resplandeció en azul mientras
Merope empezaba a rodear la montaña de grasa creando una huella
luminosa en el suelo. Dibujó un círculo, y la bestia, furiosa, expulsó una
nube de vapor. Merope recitó algo, extendió la varita y se la clavó. El
bloque de grasa chirrió y docenas de pequeñas nubes de vapor salieron de
él, como si hubieran pinchado un globo grasiento con una aguja y toda la
clase olía a… como a comida del McDonald’s muy rancia.
Bueno, pues ya estaba. Se me revolvió el estómago, me incliné hacia
delante y vomité un chorro de agua bendita.
—Eh, tenemos una emergencia —dijo Crain.
—Me preguntaba cuánto tiempo aguantaría dentro —comentó Lore.
—Ay, madre —exclamé y volví a vomitar.
—¡Novicia Davis! Aléjese de… —dijo Yamamoto, pero la joven
exorcista volvió a blandir la varita y partió el moco en pequeños trozos.
Estos se esparcieron por toda la clase formando nuevos trozos, solo que
esta vez eran docenas de versiones en miniatura que recorrían la sala.
La pelirroja se apartó un largo mechón de la cara y se dio la vuelta.
—Esto es todo culpa tuya —le gritó a Everly.
Ella abrió mucho los ojos y levantó las manos.
—Yo solo quería…
—¡Ya basta! —bramó Yamamoto y silbó.
La salamandra que tenía en el hombro abrió la boca y escupió…
¿fuego? Se le hinchó el vientre, empezó a brillar por dentro y de su boca
salieron unas llamas que empezaron a quemar uno de los montículos
rodantes de moco. El olor a grasa rancia y carne caducada invadió la
habitación. Se oyó un chirrido agudo. Los demás montículos temblaron
como si estuvieran enfadados y se agitaron rápido antes de fundirse y
elevarse. Era cada vez más alto, como una lombriz de carne añeja. La
salamandra tomó aire, pero antes de que pudiera volver a escupir fuego, la
montaña de grasa empezó a formar algo similar a una mano con tres dedos
largos, la extendió y le propinó una bofetada a Yamamoto con tal fuerza que
lo estampó contra la pared e hizo que se desplomase.
Asustada, me levanté y vi que el montículo agarraba a la salamandra,
que observaba el interior del monstruo casi asombrada. La cosa abrió la
boca y se tragó la salamandra.
Yamamoto gemía en el suelo mientras Merope acudía en su ayuda. Se
desató el caos cuando los exorcistas empezaron a correr y chocarse unos
con otros. ¡Alguien tenía que hacer algo! El montículo se arrastró hacia
Yamamoto, que estaba casi inconsciente.
Agité frenéticamente uno de los libros y se lo tiré a la cosa con todas
mis fuerzas. Se oyó algo similar a una extraña salpicadura cuando el libro lo
alcanzó. La bestia gruñó y se dio la vuelta.
—¡Eh! ¡Aquí! —le grité.
—¿Pero qué haces? —preguntó Crain alarmado.
—¿Distraerlo? —respondí dudosa.
La montaña de moco produjo unas extrañas gárgaras líquidas y se
deslizó en mi dirección más veloz de lo que esperaba.
—¿Y ahora qué? —preguntó Crain.
—Ni idea. ¡Pide ayuda!
Linos dedos torpes intentaron agarrarme. Yo logré escabullirme y corrí
asustada por la sala, abrí la puerta y grité:
—¡Aquí arriba!
La bestia me persiguió gruñendo, y yo subí por las escaleras.
—¡Leaf! —oí que me llamaba Crain, pero yo estaba demasiado ocupada
huyendo de esa cosa.
Esta se enfadó más y se chocó contra la escalera estrecha. Mi corazón
latía con fuerza mientras yo emitía un grito que sonó muy alto. En el pasillo
me tropecé y sentí algo pegajoso en el pie. Bruscamente perdí el equilibrio,
me golpeé con fuerza contra el suelo, y de pronto noté que me arrastraban
de manera implacable hacia atrás. Se me levantó el uniforme, por lo que mi
vientre fue deslizándose silencioso por el suelo.
—¡Ah!
Gritaba mientras intentaba liberarme. Giré la cabeza hacia un lado un
momento y vi cómo la enorme boca se cerraba a mi alrededor.
18
Leaf

A y, joder. ¿Me había tragado un monstruo de gelatina?


Durante un instante me quedé tan conmocionada que casi se me
olvida respirar. Lo que, por otro lado, quizá fuera mejor. La bestia olía de
una forma asquerosa y probablemente estuviera compuesta de…
—… cadáveres a medio digerir —me confirmó Lore—. Un nupeppo es
una montaña de compost andante. Sin embargo, no suelen ser tan agresivos
como ahora: simplemente se comen lo que se interpone en su camino, y con
ello obstruyen los sistemas de alcantarillado.
—Gracias por la información. ¿Cómo mato a esta cosa? Por si no te
habías dado cuenta, nos está digiriendo —gemí y me ahogué un poco por el
moco que estaba por todas partes.
Empecé a abrirme camino. Con ayuda de las manos, me adentré en el
moco que tenía delante, y cavé y cavé. Pero no logré avanzar nada. Sin
embargo, algo me rozó el dedo. Era algo escamoso. Instintivamente, lo
agarré y al momento tuve la salamandra de Yamamoto en la mano. Esta se
aferró a mí aterrorizada, y yo la agarré bien mientras el nupeppo seguía
avanzando como una apisonadora. Era como estar atrapada en un barril
apestoso y resbaladizo.
—Seguro que los black birds nos sacan de aquí enseguida —dijo Lore.
—¡Lore, haz algo! —grité y tragué un poco del asqueroso moco. Creía
que me asfixiaba. Esto era peor que ser enterrado vivo.
El nupeppo se movía tambaleándose como si algo fuera a chocarse
contra él.
—¡Lore!
—Ya sabes lo que tienes que hacer. Si quieres que te ayude, tienes que
cederme el control.
Apreté los dientes y sabía que me arrepentiría de haberlo hecho, pero
prefería sentirme culpable a que me digiriese esa cosa.
—Cinco minutos —le respondí.
—Solo necesito uno —dijo Lore y le entregué el control. Fue como si
me arrastrara hacia atrás una ola formada por truenos.
19
Lore

Demonios de nivel dos


Demonios
Nupeppo: un demonio que se distingue principalmente
por su mal olor. Su aspecto es el de un bulto cambiante
de moco y grasa. La parte delantera a menudo imita
vagamente la forma de una cara.
Estas criaturas no suponen una amenaza inmediata,
pero contaminan la zona en la que están con su hedor,
obstruyen las alcantarillas y causan enfermedades.

P
Puaj…
or fin. Estiré los dedos e intenté respirar, pero había demasiado moco
a mi alrededor. Leaf tenía razón. Estar aquí era terrible. Ese hedor.

El espíritu con forma de salamandra de fuego me miró.


—Ven aquí, pequeñaja —murmuré.
La salamandra de fuego se estremeció, pero yo la agarré bien y accedí a
su arcanum. En realidad no hice nada distinto a lo que hacían los black
birds para asociarse con un espíritu pero, a diferencia de ellos, no tuve que
esperar a que el espíritu actuase en mi nombre. Me acababa de unir a su
fuente de energía como si se tratase de un enchufe.
Y, santo Proteo, esa cosa era fuerte. Chilló cuando la toqué y absorbí
con codicia su arcanum. El espíritu ardía en llamas, y yo con él. Se me
escapó una risa cuando el breve, pero intenso impulso de energía me
atravesó. Grité, acogí el calor en mis venas, bombeando por ellas hasta que
se llenaron por completo. El corazón humano de Leaf latía demasiado
rápido y, si no le hubiera obligado a seguir haciéndolo, se habría derretido.
Me concentré y produje algo similar a una tos intensa mientras expulsaba
todo el arcanum de una sola vez. El proceso no duró ni un minuto. Lo solté
todo, una llamarada salió de mí y prendió fuego al nupeppo por dentro.
Empezó a gritar. El cuerpo resbaladizo se estremeció a mi alrededor, y
yo absorbí el olor de su muerte. Sentí cómo escapaba su arcanum y me
alimenté de él como una sanguijuela. Ese momento de muerte estaba tan
lleno de… de todo y de nada al mismo tiempo. Profundo y extenso sin
razón, como observar el infinito. Disfrutando, cerré los ojos y me perdí en
ese instante de muerte mientras el nupeppo ardía. Todo su cuerpo tembló a
mi alrededor y, de golpe, explotó en docenas de pedazos.
Sorprendido, me di cuenta de que me rodeaba un montón de exorcistas,
que gritaban mientras se ponían a cubierto de las secreciones del nupeppo
ardiente. Las llamas se enrollaron alrededor de mi pelo y el espíritu
reposaba en mis manos. De su boca abierta salió una nube de humo.
—Pero… ¿qué está pasando aquí? —entonó una voz.
Me di la vuelta y vi al primus junto a ese tal exorcista Falco.
Sorprendido, noté que mi corazón se aceleraba un poco más. Anda, ¿y eso
qué había sido?
—¿Qué es este… este caos? —exclamó el primus y miró a su alrededor.
Los exorcistas del grupo de los pringados estaban rodeados de restos de
demonio y contemplaban horrorizados la masacre.
—¡Maravilloso! Nuestra reputación a la basura —murmuró Leaf dentro
de mi cabeza.
—Creo que lo que querías decir es «gracias» —corregí y me quité un
poco del nupeppo del hombro, aunque no supuso gran diferencia.
Falco permanecía inmóvil. Me miraba fijamente a los ojos. Le sonreí, y
se puso pálido.
—¡Primus! No, es… —dijo Falco, pero el primus ya me había agarrado
del cuello y me sacudía como un perro rabioso.
—¡Tú! ¿Qué has hecho? —me gritó el primus.
Rápidamente me zafé, agarré al vejestorio del pescuezo y coloqué su
cara junto a los restos del nupeppo.
Los exorcistas que nos rodeaban intercambiaban miradas horrorizadas y
confundidas, como si no supieran cómo reaccionar.
—¡Leaf! —gritó Falco y le miré.
—Un paso más y le parto el cuello. —Como muestra, apreté más. El
cuello crujió y el primus gimió como un trapo. El black bird se detuvo.
—¿Qué diablos crees que estás haciendo? —dijo A primus entre dientes.
—Solo limpio un poco —respondí y froté alegremente su mejilla contra
el suelo una vez.
—¡Para, Lore! Lo estás empeorando todo —dijo Leaf.
—¿Eso crees? —Un chirrido muy satisfactorio sonó cuando la mejilla
del primus se deslizó por el suelo.
El primus gritó y después alguien me agarró por detrás e hizo que lo
soltara. Una voz intentó dominarme.
—¿Leaf? ¡Vuelve ahora mismo!
—¡Lore, déjame volver! —dijo Leaf.
Empecé a reírme.
—No, gracias. Creo que es hora de que nos pongamos manos a la obra.
Las palabras se me quedaron atascadas en la garganta. Leaf. Me
atravesó el cerebro como una úlcera cancerígena. Como unas garras afiladas
y puntiagudas.
—¡Déjame salir, Lore! —me gritó.
Cerré los ojos con fuerza mientras maldecía e intenté devolverla a las
profundidades de mi conciencia. La golpeé con intensidad, pero la estúpida
se aferró a mí y me gritó:
—¡Déjame salir!
Sorprendentemente, sentí cómo iba perdiendo de nuevo el control y
cayendo otra vez al abismo.
20
Falco

Demonios de nivel dos


Demonios
Gaki: los gakis son criaturas deformadas, curvadas, con
el vientre hinchado, el cuello desproporcionadamente
largo y diminutos orificios bucales. Se parecen a las
ratas y se encuentran sobre todo en lugares húmedos y
oscuros donde se alimentan de los desechos. Solo
resultan problemáticos cuando aparecen en manadas.

J adeando, Leaf tomó aire. Parpadeó y sus ojos cambiaron del negro
abismal a verde musgo oscuro. Temblando, se desplomó en mis
brazos. De repente, incluso su pelo parecía lacio. Estaba cubierta de moco
de demonio, igual que el resto del espacio y todos los exorcistas.
Leaf olía como si hubiera corrido una maratón. Levantó las pestañas y
su mirada penetró la mía. Instintivamente la agarré con más fuerza, aunque
seguro que estaba haciéndole daño.
—Ya está, estoy bien —dijo ella, y la creí.
—Bien.
Me obligué a soltarla, pero me arrepentí al instante. Estaba abriendo la
boca cuando un jadeo nos interrumpió.
—Ya está. De vuelta al calabozo. Haremos el exorcismo hoy.
El primus llegó tambaleándose con ayuda de dos novicios. Tenía la
mejilla roja e hinchada. Su grasiento cabello rubio ceniza estaba
completamente alborotado. Fuera de sí, miró a la joven, que se acercó a mí
como si buscase protección. Yo le agarré el hombro, sin saber muy bien si
era para tenerla más cerca o para alejarla.
—Señor… —empecé a decir, pero el primus se separó de los novicios y
se aproximó a nosotros a través de los restos del nupeppo.
—¡Lo sabía! —gritó y creo que de haber tenido permitido llevar un
arma como sacerdote de la Orden, la habría empuñado en ese momento y le
abría perforado el pecho—. Sabía que esto sería un desastre.
Agarró a Leaf, y me quedé sorprendido cuando la situé detrás de mí.
—Primus, quizá deberíamos escuchar lo que ha ocurrido aquí primero
—le sugerí.
El primus me miró fijamente antes de ponerse rojo.
—¿Qué ha pasado aquí? —espetó. Gotas de saliva salieron volando
despedidas de sus labios—. Mire y vea lo que ha ocurrido aquí. Apenas un
día en la academia y ya ha lanzado un nupeppo sobre los novicios, ha
intentado matarme y luego huir.
—Yo no… —se opuso Leaf.
—No me hables, demonio —gritó el primus y retrocedió.
Reaccioné instintivamente, me puse delante y el golpe del primus me
alcanzó a mí en lugar de a Leaf. Resonó mucho. La fuerza del impacto hizo
que mi cabeza se propulsase hacia atrás. El primus se quedó quieto. Me
crují la mandíbula y lo miré con frialdad.
—Shintonista Chepesch, ¿qué cree que está haciendo? Quítese de mi
camino —silbó el primus.
—¡Primus! —exclamó una voz tranquila, pero potente.
Este levantó la vista cuando Yamamoto se acercó cojeando. Tenía las
gafas ligeramente torcidas, pero por lo demás parecía tan inmaculado como
siempre.
—Me disculpo por la interrupción, pero creo que puedo explicar todo
esto. La novicia Young no tiene nada que ver con el nupeppo. Ya estaba en
el viejo laboratorio cuando llegamos.
La cabeza del primus se enrojeció aún más, si es que eso era posible.
—No digas tonterías. ¿Qué hacía un nupeppo ahí abajo?
Yamamoto se enderezó.
—Eso está por averiguar. De lo que estoy seguro, sin embargo, es de
que la novicia Young no tiene nada que ver con él. Todo lo contrario. —
Dejó que su mirada vagara un momento—. Nunca he visto a un novicio
matar a un nupeppo tan rápido. Bueno, sinceramente, nunca he visto a un
nupeppo morir así. ¿Cómo lo ha hecho, novicia Young?
Miró los restos humeantes y admití que tenía razón. Un nupeppo era un
demonio de nivel dos y tenía que ser exorcizado por un shintonista. Cuando
su espíritu era expulsado, al final no quedaba nada que mantuviera unido el
moco, pero ¿esto? Los restos ardían por todas partes, y yo no sentía nada.
Ni arcanum, ni chispas, nada. Era como si Leaf simplemente lo hubiera
apagado.
Todas las miradas se volvieron hacia la joven. Nos escrutó con una
extraña expresión en los ojos, carraspeó y pasó a mi lado. Me obligué a
contener el impulso de hacerla retroceder de nuevo.
Se agachó, rebuscó entre los restos del nupeppo y sacó el espíritu
completamente acabado de un bulto de moco. Limpió con timidez el cuerpo
de la salamandra y se lo entregó a Yamamoto, que lo aceptó casi con
desconfianza.
—Gracias por prestármelo —dijo limpiándose los dedos en los
pantalones—. Tu especie de salamandra me ha ayudado mucho.
—¿Especie de salamandra? —repitió Yamamoto.
—Se acabó. Hasta que esto no se aclare, volverá a la celda —siseó el
primus y se marchó marcando con fuerza sus pisadas mientras maldecía.
Dudé, pero incluso mi capacidad de influencia en este asunto era
limitada.
Leaf suspiró y levantó las manos mientras dos exorcistas se
adelantaban.
—De acuerdo. Me marcho. Tranquilos, me sé el camino —murmuró y
se dejó guiar fuera. Todos los exorcistas se quedaron mirándola.
Yamamoto se limpiaba las gafas pensativo, cosa que solo hacía cuando
algo le preocupaba. Ignorando la sensación de hormigueo en el pecho, me
volví hacia el tutor.
—¿Qué ha pasado? —pregunté sin rodeos.
—No lo tengo muy claro. Estábamos practicando runas de protección.
Una de ellas salió mal.
—¿Lo habéis invocado?
—Es poco probable. Aparte de algunos daños materiales, no debería
haber pasado nada más. El demonio ya estaba ahí. Quizá el nupeppo llevaba
ya unos meses en las tuberías sin que lo supiéramos.
—Concretamente, salió de la rejilla del desagüe, señor —intervino una
voz tímida. Una novicia joven de ojos grandes y asustados dio un paso
hacia delante.
—¿Nombre? —pregunté con sequedad.
—Everly Hillbrook. Mi runa… no funcionó —tartamudeó y agachó la
cabeza cuando la miré.
—¿Para qué demonio era esa runa?
Tragó saliva.
—Para un gaki.
Fruncí el ceño. Los gakis eran criaturas escuálidas, de vientre hinchado,
cuello desproporcionadamente largo y delgado y una boca diminuta. Tenían
el tamaño aproximado de una zarigüeya y solían encontrarse en lugares
húmedos y oscuros donde vivían de los desechos. Era probable que no
hubiera nada menos peligroso que los gakis, al menos cuando no estaban
agrupados en manada. Los gakis tenían mente de colmena, lo que podía
acabar siendo un problema, ya que no bastaba con matar a una de las
criaturas. No, había que acabar con todas las de la manada.
—¿La runa era para una manada? —pregunté.
—No, solo uno. S-señor —tartamudeó y respiró hondo—, juro que no
quería hacer daño a nadie.
—Te creemos —la tranquilizó Yamamoto.
—Aun así, es una extraña coincidencia, ¿no? —intervine, y Yamamoto
suspiró.
—¿Dices que la novicia Young tiene algo que ver?
—No estoy seguro de cómo puede ser, pero a menos que haya pruebas
de lo contrario, lo dejarán pasar. No obstante, se investigará el suceso.
—¿Por qué todo el mundo está tan sorprendido? —intervino Crain,
acercándose a nosotros. Era el único que parecía que acababa de echarse
una siesta y apartó un montículo de un puntapié—. Llevamos mucho
tiempo quejándonos del hedor que hay ahí abajo. El bicho llevaba semanas
en las tuberías, pero a nadie le pareció necesario revisarlo.
—Es imposible que un demonio de ese tamaño entre en la academia y
pase inadvertido —respondió Yamamoto.
—Pero el hecho es que hay restos suyos en cada hendidura y esa cosa
era mayor de cualquier cosa que hubiera visto antes, así que tendremos que
pensar que esas «semanas» en realidad eran «unos años». Y la persona a la
que tenemos que agradecer haber acabado con eso está entre rejas ahora
mismo. Me encanta la política de este sitio —Crain se marchó con fuertes
pisadas y nadie lo retuvo.
Yamamoto suspiró y miró a su espíritu, que parecía completamente
agotado.
—Tú y yo vamos a tener otra charla, amigo mío —dijo con severidad.
El espíritu se limitó a parpadear perezosamente—. Bien, pues… —Y el
tutor se aclaró la garganta—. Parece que hoy vamos a aprender a eliminar
rastros.
Todos los Omegas gimotearon.
Me di la vuelta y me apresuré por el pasillo. Parecía que tenía que
volver a hablar con el director Gale y averiguar si Leaf Young tenía
realmente algo que ver con el demonio. Me puse de mal humor solo de
pensar en ello.
21
Leaf

Demonios de nivel tres


Apariciones
Espíritu: animal o compañero espiritual. Puede detectar
apariciones y otros seres no naturales y ayuda a
eliminarlos.
Un espíritu puede transmitirse dentro de una misma
familia hasta tres generaciones. Sin embargo, hay que
tener en cuenta que si un espíritu percibe que su dueño
va a morir de forma inminente, se sentará en su pecho
y se comerá su alma. La persona perteneciente a la
tercera generación deberá acabar con el espíritu antes
de su propia muerte o, de lo contrario, este será
liberado.
Un espíritu está unido siempre a su dueño.

H ere we go again. Y antes de lo que pensaba. Entumecida, intenté


moverme dentro de las incómodas cadenas con las que me habían
sujetado. No sabía cuánto tiempo llevaba ahí sentada, pero me dolía el
estómago por culpa del agua bendita, me palpitaba la cabeza, y Lore me
estaba arrastrando a la locura.
—Veo algo que tú no ves y es negro.
Suspiré.
—¿El suelo?
—Incorrecto.
—¿El techo?
—Nop.
—¿Nuestro futuro?
—Venga, esfuérzate un poco.
—Te odio.
Se limitó a reír, y antes de que pensara seriamente en buscar un atizador
e intentar arrancármelo, se abrió la puerta de mi celda del calabozo. Levanté
la vista y sentí un alivio absurdo al ver a Falco. Por primera vez, me pareció
reconocer algo parecido a rastros de cansancio en su rostro.
—¿Vienes otra vez con las agujas de tejer? —pregunté y recibí como
respuesta un suspiro aún más cansado.
Falco se detuvo frente a mí. Me tapaba completamente con su sombra.
Me miró a los ojos y, fuera lo que fuera lo que buscaba, pareció encontrarlo,
porque se relajó. Fue un movimiento ligero, sus hombros se destensaron.
Imaginé que veía una expresión de alivio en sus ojos dorados.
—Solo te lo voy a preguntar una vez más, Leaf: ¿tienes algo que ve con
el demonio del laboratorio?
—No —respondí simplemente, y no tenía ni idea de por qué, pero él
asintió, se inclinó hacia delante y apoyó las manos en los respaldos de las
sillas que tenía a izquierda y derecha. Mientras se colocaba, uno de sus
largos mechones de pelo le cayó en la cara y sentí el absurdo impulso de
echárselo hacia atrás.
—¿Cómo mataste al demonio? —me preguntó. Su cálido aliento me
rozó la cara y me mordí el labio inferior.
—No lo sé —respondí con sinceridad.
Levantó una ceja.
—¿No lo sabes?
—No.
—¿Dónde has aprendido a utilizar la fuerza del espíritu?
—¿Qué espíritu? —Empezaba a dolerme la cabeza de intentar entender
tan siquiera la mitad de lo que ocurría a mi alrededor.
—El espíritu. La salamandra de fuego del tutor Yamamoto.
—Ah, esa cosa. Yo… Eh… No tengo ni idea.
Falco cruzó los brazos delante del pecho.
—Debería serte imposible utilizar sus poderes. Un espíritu sirve a una
familia, y sus poderes solo están accesibles para su dueño. ¿Lo entiendes?
Dudé y, sinceramente, no supe qué decir. Le miré a los ojos y… él lo
sabía. Sabía que había dejado que Lore tomara el control. Apreté los labios.
Él podría saberlo, pero yo no lo confirmaría. Había recuperado el control
antes de que Lore hubiera hecho algo más que hacer saltar por los aires al
nupeppo. No podían culparme.
—¿Sabes cómo murió el nupeppo?
—¿Lo… lo destrocé de alguna forma?
Falco me escrutó con una mirada severa.
—El nupeppo es un demonio de nivel dos. Para neutralizarlo no basta
con romperlo en pedazos. Mientras su espíritu siga intacto, volverá una y
otra vez. Para eliminar a un nupeppo se necesita la actuación de un
shintonista. Pero el nupeppo no ha regresado, así que no solo destrozaste su
cuerpo, también destruiste su espíritu, y de una forma que nunca había
visto.
—Los exorcistas siempre se creen que son la leche —bromeó Lore.
Apreté los labios y me obligué a no apartar la mirada.
—No sé lo que he hecho. Simplemente ha ocurrido.
Las fosas nasales de Falco se hincharon y se inclinó hacia mí.
Entrecerré los ojos esperando que me doliera, pero sus labios se acercaron a
mi oído y me susurró:
—Has estado a punto de morir otra vez. Deberías ser más discreta en el
futuro, o podría dar la impresión de que no lo tienes bajo control.
Lo fulminé con la mirada.
—¿Qué se suponía que tenía que hacer? ¿Dejar que me comiera? Creía
que me querías por mis poderes demoníacos, pero cuando los uso, ¿quieres
matarme? ¿Qué clase de lógica es esa?
—Esto no es lógico ni justo, Leaf Young. Si quieres sobrevivir los
próximos años, tendrás que despedirte de esas ideas. El primus no es el
único que quiere tu cabeza, toda la Orden está esperando que fracases.
Dispararán primero y preguntarán después. O, mejor dicho, ni siquiera
harán lo segundo. ¿Quieres sobrevivir? Entonces tienes que ser más
inteligente, más fuerte y mejor que el resto de los que están aquí. Lo que
has hecho con el nupeppo ha sido impresionante, pero no inteligente.
Se oyó un chasquido, y las cadenas se separaron de mí con estrépito. Me
estiré aliviada. Sentía las piernas como si fueran de goma.
Falco dio un paso atrás.
—¿Estás herida?
Me tragué el nudo que se me había formado en la garganta.
—No.
—Bien.
Un montón de ropa negra aterrizó en mi mano. Sorprendida, le miré.
—Aséate y vístete. Nos vemos de nuevo en la zona de entrenamiento.
—¿Para qué?
—Para averiguar lo que eres capaz de hacer.
22
Leaf

Demonios de nivel tres


Apariciones
Sombras: son personas que no han logrado alcanzar la
redención. Las sombras nacen de las emociones
fuertes, como el miedo. Esto significa que son la
reencarnación de sentimientos puros. Su aspecto
exterior es semejante al de la persona fallecida. Su
presencia se reconoce por la existencia de ruidos
insólitos, pero también por corrientes de aire, una caída
de la temperatura o el crepitar de un fuego.
Las sombras son peligrosas cuando se reúnen en
grupos grandes y provocan desastres naturales.

E ntré en la pista de arena con una coleta que aún apestaba a


podredumbre. Esta me recordó a una versión reducida del Coliseo. La
luz artificial proyectaba contornos nítidos sobre el suelo arenoso, y Falco
estaba de pie en el centro. Llevaba un equipo de entrenamiento similar al
mío, salvo que se le notaban todos los músculos bien definidos. Con sus
casi dos metros de altura, suponía un panorama… absolutamente
impresionante. No estaba segura de si eso era positivo o negativo. Tragué
saliva, y Falco miró en mi dirección. Para mi asombro, había un pájaro
posado en su hombro. No era muy grande, pero sin duda era un ave rapaz
de plumas marrones y pecho claro. Sus ojos me recordaron a los de Falco.
Falco arrugó un poco la nariz.
—Sigues apestando —recalcó.
—Es que lo de lavarse como los gatos no sirve para quitarse todo el
moco. ¿Qué excusa tienes tú? —pregunté con tono seco. El pájaro me miró
con escepticismo y añadí—: ¿Tendría que haberme traído a mi mascota
también?
—Esta es Risha, mi espíritu. Sirve a mi familia desde hace tres
generaciones —Risha extendió las alas y soltó un pequeño graznido.
—¿Un espíritu es un demonio? —pregunté, mirando al pájaro con la
misma suspicacia con la que él me miraba a mí.
Falco levantó la mano. Aún llevaba los guantes.
—Un espíritu es un demonio de clase tres y, por lo tanto, pertenece a las
apariciones. Es como un ayudante mágico que se transmite dentro de la
familia. El vínculo que hay entre el dueño y el espíritu es muy estrecho,
como si compartieras una parte del alma.
—Eso es… muy especial —murmuré.
Falco sonrió y acarició las plumas de Risha.
—Es la criatura a la que más unido estoy, pero al final tendré que
matarla —Risha arrulló y cerró los ojos ante el placer de las caricias.
Los miré a los dos.
—¿Has dicho que tendrás que matarla?
—Sí.
—Pero… ¿Por qué?
La sonrisa de Falco desapareció.
—Si muero antes que Risha, se comerá mi alma.
Eso era un poco exagerado. Me alejé rápido de Risha. Ella parpadeó con
picardía.
—Vale, ¿y qué hacemos ahora, después de esta agradable…
conversación? —pregunté.
—Tenemos que averiguar tus preferencias.
—¿Mis preferencias?
—Pues me gustan las mamadas, pero tampoco le digo que no a un
látigo.
—¿Cómo que un látigo? —pregunté, sin poder contenerme.
—¿Perdón? —preguntó Falco confuso.
—Sí, un buen látigo para castigar o dar placer. Lo más divertido es
azotar el tra…
—Da igual —dije en voz bastante alta.
Falco me miró y parpadeó.
—¿Estás bien?
—Sí —respondí.
—… sero… —continuó Lore con fruición.
Suspiré y me froté las sienes.
—Vamos a seguir, ¿vale? —murmuré.
Falco parecía molesto, pero asintió y me guio hasta el medio de la pista
de arena. Había una mesa con objetos que al principio no pude reconocer.
—Como ya sabrás, no hay un solo grupo de exorcistas, sino cuatro: los
cazadores para los monstruos, los conjuradores para los espíritus, los
shintonistas para los demonios y los nigromantes para los renacidos. Con la
mayoría de los novicios, determinamos hacia cuál de las cuatro ramas se
inclinan durante su examen de ingreso. Sin embargo, el primer año abarca
las cuatro áreas. Todo exorcista necesita saber qué hacer en caso de
emergencia, aunque no sea su ámbito. En los años siguientes, los cursos se
van especializando.
—Deja que lo adivine —intervine—. Es muy raro que la gente encaje
en más de un grupo, pero tú, como gran Jedi, llegas a dominar tres. Sin
embargo, hay una antigua profecía entre vosotros que dice que surgirá un
exorcista capaz de dominar los cuatro grupos y liderar a los exorcistas hacia
una nueva era —asentí. Tenía lógica.
Falco suspiró.
—No.
—¿Seguro? Suena a algo que pasaría en un sitio como este.
—No.
—Oh, ¡venga ya!
Falco se apretó el puente de la nariz.
—Es posible que los exorcistas obtengan buenos resultados en varias
especialidades, pero al final tendrán que decidirse por una opción.
—¿Por qué?
—No basta con recitar un par de salmos y ya se ha solucionado todo.
Ser exorcista implica un sacrificio. Completo, sin concesiones, sin vuelta
atrás. Es una batalla constante contra ti mismo y contra la oscuridad de la
que pasas a formar parte, quieras o no. Da igual qué camino elijas, tendrás
que sacrificar algo para llegar allí; ningún ser humano puede recorrer dos
caminos al mismo tiempo. Por eso tienes que elegir uno.
Mi mirada se posó en su mano. Falco señaló el primer objeto, una hoz
curva más o menos tan larga como mi antebrazo.
—Eso es una hoz, y al final de tu entrenamiento tendrás que fabricar la
tuya.
—¿Cómo?
Me lanzó una mirada significativa.
—La aleación es de metal, pero el núcleo está hecho con el hueso de un
demonio. Los cazadores se especializan en monstruos. Reciben un
entrenamiento exhaustivo en combate cuerpo a cuerpo y en armamento. La
habilidad, la rapidez de reacción, la fuerza bruta y la resistencia son
esenciales para sobrevivir. Ocasionalmente, los cazadores también se
utilizan como compañeros de nigromantes o shintonistas, pero esto requiere
una especialización concreta en el tercer año. Los cazadores suelen ser
enviados antes para rastrear a las criaturas y, si es posible, capturarlas vivas,
lo que requiere sobre todo destreza y astucia, así como amplias habilidades
para atraparlas. Los cazadores son esenciales y también constituyen la
mayoría de los exorcistas.
—Entonces, ¿son los tipos duros? —pregunté.
—La mayoría de cazadores son hombres, pero también hay algunas
cazadoras de mucho talento.
Siguió caminando y agarró dos frascos que contenían unos polvos. Uno
era blanco y el otro de un brillante azul verdoso.
—¿Y qué es eso?
—Las herramientas esenciales para un conjurador. Un frasco contiene
sal, el otro polvo de escamas de lindworms trituradas.
—¿De lindqué?
—También se puede fumar. Dependiendo de la dosis, tiene un efecto
venenoso o alucinógeno. La sal fija el ectoplasma. Es extremadamente
favorable para detectar rastros de fantasmas. Los conjuradores pueden
entrar en contacto con todo tipo de espíritus, pero no solo eso, también
pueden invocarlos y retenerlos durante bastante tiempo. Los conjuradores…
—Me miró significativamente antes de continuar—. Los conjuradores no
tienen que ser muy fuertes a nivel físico. Gracias a su intensa conexión con
el más allá, también suelen tener la habilidad de predecir el futuro o de ver
el pasado. Utilizan la sustancia de lindworms para aumentar el efecto, pero
por desgracia, esto puede provocar una fuerte adicción o la locura. Los
conjuradores también se encargan de destruir y eliminar las apariciones, así
como de rastrear objetos malditos, y desenterrar y quemar huesos
potencialmente malditos. La forma de hacerlo suele variar de un país a otro.
Se pueden utilizar tanto reliquias como la ayuda de un espíritu —Risha
arrulló en el hombro de Falco como en confirmación.
—¿Las apariciones no ocupan también cuerpos humanos? pregunté.
—No, eso solo lo pueden hacer los demonios. Los seres
fantasmagóricos a veces no son los entes transparentes que te imaginas.
Pueden tener forma física, como las banshees o las pesadillas.
—Suena genial —dije en voz baja.
Falco señaló el siguiente objeto de la mesa, un rosario largo, y
prosiguió:
—Esto es un rosario para los shintonistas, que se especializan en un tipo
de demonios que se dedican a poseer. Cada cuenta tiene su propio hechizo,
que se activa con el salmo correspondiente. Sin embargo, también pueden
utilizarse otras técnicas, como el cetro.
—El cetro… En el laboratorio, había un novicio que blandía un cetro —
recordé.
Falco asintió.
—Los shintonistas llevan a cabo un trabajo tanto físico como mental y
necesitan desplegar su arcanum con fuerza. Su labor consiste en exorcizar,
atrapar o matar al demonio. Pero los demonios son poderosos. Una forma
común de generar más arcanum es a través de un sacrificio hecho por el
exorcista.
—¿Un sacrificio? —repetí con una sensación de náusea.
—Uno de energía. No se pierde, solo cambias su estado y efecto. Das
algo de ti, lo transformas y lo empleas de otra forma. No puedes generar
energía que no provenga de ti mismo… a menos que te alimentes de un
espíritu.
—¿Y qué aspecto tienen quienes lo sufren? —pregunté dubitativa.
—Los síntomas más comunes son la pérdida de pigmentación en la piel
o el cabello, pero también de percepciones sensoriales como el olfato, la
vista, el oído y el gusto. Las consecuencias más graves son la pérdida de
una parte del cuerpo o de los recuerdos. Cuanto mayor es el sacrificio,
mayor es el poder que se gana. Y esa es probablemente la mayor diferencia
entre los demonios y nosotros. Nosotros ganamos fuerza de nosotros
mismos siempre que estemos dispuestos a sacrificarnos. Los demonios
tienen que obtener fuerza de los demás. Sacrifican a otros, generando fuerza
a partir de su dolor y de su muerte o energía vital, porque dentro de ellos no
hay nada. Son como agujeros oscuros que lo devoran todo, pero no crean
nada.
Lore se inquietó en mi interior. Podía sentirlo en el hormigueo que
notaba bajo mi piel, como si se estuviera retorciendo.
Falco me dio un momento para procesar lo que había dicho antes de
continuar.
—Los demonios tienen la ventaja de que no tienen límite. Como no les
cuesta nada, pueden sacrificar cuanto quieran y generar así una fuerza
prácticamente infinita. Nosotros no podemos hacer eso. Llegado un
momento dado, no nos queda nada más que sacrificar que nuestras propias
vidas. Este sacrificio final se llama «quintaesencia». Es un tipo de arcanum
muy antiguo y muy poderoso. Los viejos shintonistas, que ya han dado todo
lo que poseían, se sacrifican al final. Su quintaesencia pasa entonces a la
Orden.
—¿Y qué pasa con esta quintaesencia?
—Se introduce.
—¿Se introduce? ¿Dónde? —pregunté, confusa.
Pero Falco no dijo nada más al respecto.
—De vez en cuando, los shintonistas fabrican armas con su
quintaesencia, que se transmiten de familia en familia. Se considera un gran
honor poseer un arma así, porque este exorcista la utilizó tanto en vida
como en muerte.
—¿Y tú? ¿Qué sacrificaste? —no pude evitar preguntar.
—Te refieres a mi mano, ¿no? —Levantó dicho miembro con un brillo
divertido en sus ojos—. En realidad, no. Perdí la mano haciendo otra cosa.
En mi juventud, cuando aún pensaba que la imprudencia y la estupidez no
eran lo mismo.
—Pero sacrificaste algo, ¿verdad?
Ladeó la cabeza, lo que interpreté como un asentimiento, pero no dio
más detalles.
—El sentido del humor, no hay lugar a dudas —intervino Lore. No
podía discutirlo.
—Bueno —continuó Falco, señalando la mesa y rompiendo el hilo de
esta confusa conversación—, por último, tenemos los nigromantes. —
Levantó un vial en el que brillaba un líquido de color claro.
—¿Y qué es eso?
—Exógeno. Un veneno.
Me aparté instintivamente.
—Puesto que los renacidos causan estragos no solo en las ciudades, sino
también en bosques y zonas abiertas, el nigromante necesita entrenarse
también como cazador. Su tarea principal es asegurar el terreno, poner a
salvo a los civiles y mantener a raya a los renacidos. Por ejemplo, el club al
que fuiste, el Devil’s, está dirigido por renacidos.
—Yo… ¿Qué? —pregunté confundida, pero él siguió hablando.
—Matar a la mayoría de tipos de renacidos no requiere un uso elevado
de arcanum, pero debido a la fuerte cooperación entre ellos, se requiere
mitridatismo, o resistencia al veneno. Los venenos se administran en
pequeñas dosis cada día para crear una resistencia en el cuerpo. Hay
múltiples efectos. Los nigromantes mueren y viven al mismo tiempo por el
veneno que ingieren. Se podría decir que se vuelven adictos. Cuanto más
toman, más fuertes se vuelven, pero más se parecen a los renacidos. Unas
pocas semanas de descuido, una dosis de más, y se convierten en un
renacido y deben ser eliminados en el acto. Hasta entonces, el contacto con
el veneno del renacido les acerca cada vez más a las habilidades de un
renacido, desarrollando una fuerza y unos reflejos inhumanos, y una mejor
visión nocturna. Sin embargo, también sufren una marcada necesidad de
sangre. Los nigromantes, al igual que los shintonistas, se entrenan en la
lucha y el arcanum, pero se inclinan más hacia las técnicas de combate
físico. Son famosos por ser brutales y poco convencionales, con poco
respeto por las normas.
—Eso parece horrible. ¿Por qué iba a querer alguien convertirse en
nigromante?
—«Todo es veneno y nada es veneno, solo la dosis hace el veneno» —
recitó y, cuando vio mi cara desconcertada, siguió hablando—. Es una cita
de Paracelso. En la Black Bird Academy aprendes a dosificar bien el
veneno para tener una vida larga y plena. Es más, puedes adquirir
habilidades que nadie más posee. Solo se vuelve peligroso si no sabes
controlarte. Así que… ¿qué te gustaría probar? —Señaló la mesa que tenía
delante.
Miré todas las cosas que tenía delante y dudé.
—¿Puedo decir que nada? Seguro que me iría bien en contabilidad. ¿No
necesitáis algo así? Hoy he leído que hay burócratas. Sería genial en una
oficina.
—No estás aquí para ser burócrata, Leaf Young. Ya conoces las
condiciones.
—Condiciones que habéis establecido vosotros. ¿Y si no puedo? —
Señalé la mesa.
Falco me miró con frialdad.
—Vamos a averiguarlo.
Cerré los ojos, que me escocían, durante un breve instante. Menuda
mierda. La idea de tener que elegir una de estas cosas para que definiera mi
vida a partir de ahora me revolvía el estómago hasta dejarme sin
respiración. Yo no quería esto…
—Hay una alternativa. Ya sabes cuál es —intervino Lore, y sentí que
acariciaba mi mente como un gato alrededor de las piernas de su dueño.
Me estremecí, abrí los ojos y busqué la sal.
—Conjuradora —dijo Falco.
Me encogí de hombros.
—Es lo que menos sonaba a perder partes del cuerpo.
—Lo que quieras.
—¿Qué tengo que hacer?
Un brillo calculador resplandeció en sus ojos.
—Atrapar apariciones.
Falco chasqueó la lengua y en un momento todo se volvió negro como
el carbón. Las luces se habían apagado, y yo estaba ahí de pie como si me
hubieran llevado allí y no me hubieran recogido, y oía mi respiración.
—Eh… ¿Qué es esto?
—Una prueba.
Me di la vuelta. La voz de Falco parecía venir de todas partes y de
ninguna al mismo tiempo.
—Te he contado todo lo que necesitas saber. Usa la sal para encontrar la
aparición.
—¿Cómo?
Falco no contestó, y la oscuridad era tan absoluta que no podía verme la
mano delante de los ojos. El pulso me latía en la garganta y se me erizaron
los pelos de la nuca. Una brisa fría me rozó la mejilla. Me di la vuelta y
entrecerré los ojos para poder distinguir al menos los contornos.
—¿Falco? Una cosa: ¿tiene que estar tan oscuro o es que eres gilipollas?
—pregunté dando unos pasos hacia delante. La arena crujía bajo mis
zapatos y parte de ella se colaba por los cordones y entre los dedos de mis
pies, que estaban pegajosos por el sudor de los nervios. Odiaba esa
sensación de pequeños arañazos—. ¿Cómo se supone que voy a encontrar a
un ser que no puedo ver?
—Tómate la sal y así no tendrás que ver más —me aconsejó Lore
solícito. Para nada.
Vale. Empecé a quitar el corcho y… un aliento frío me tocó. Esta vez en
la mejilla. ¡Joder, otra vez! Me estremecí, me di la vuelta, eché la sal
delante de mí y algo titiló, como una imagen, una silueta en azul claro. La
silueta volvió a desaparecer de inmediato, y unos puntos brillantes danzaron
ante mis ojos.
El corazón me latía a un ritmo salvaje, pero me giré y pregunté:
—¿Qué ha sido eso?
—Una sombra —dijo, por fin ayudando, Lore—. Esas cosas nacen a
partir de las emociones muy fuertes, como el miedo a la muerte. Son tan
solo un eco, pero se vuelven más poderosas con tu miedo. En teoría,
deberíamos averiguar de qué emoción es fruto para saber qué acaba con
ella.
—¿Y cómo hago eso? —susurré bajito.
—¿Tengo pinta de exorcista? Nunca he tenido que hacer algo así.
—Pues estupendo. ¿Y ahora qué?
—Mantén la calma.
—Vale, vale, nada de miedo. De acuerdo. —Me castañeteaban los
dientes, pero me obligué a quedarme quieta para escuchar el murmullo a mi
alrededor, pero el silencio era demasiado denso como para oír algo—. Solo
tengo que encontrarlo. Pero ya lo he hecho, ¿no? —pregunté al aire. Vale,
entonces con eso no valía.
Me obligué a dar unos pasos cuando algo me agarró el pie. Chillé, perdí
el equilibrio y caí de bruces en la arena. Se oyó una lisa incorpórea.
—¿Qué coño?
Escupí arena y me puse en pie para ver cómo una mano fantasmal salía
disparada del suelo y me derribaba de nuevo. El Impacto me dejó sin
aliento y me arrastró por la arena.
El frasco de sal se me cayó de la mano cuando intentaba soltarme. De
repente, la mano se desvaneció en un vórtice de nada, ladeando y con el
pulso acelerado, me puse en pie y grité:
—¡No tiene gracia…!
Las palabras se perdieron en un grito ahogado cuando más manos
salieron disparadas de la arena. No solo una, sino dos, tres, cuatro, cinco…
Giré sobre mis talones y corrí chirriando por el suelo arenoso.
Corrí hasta chocar contra la pared y grité:
—¡Falco, ayúdame!
Una mano me agarró el tobillo. Le di una patada con el pie, me di la
vuelta y grité:
—¡Falco! Esto no tiene gracia. No tengo ni idea de qué hacer.
Otras dos manos se unieron a la primera y, antes de que pudiera soltar
una maldición, me estampé contra el suelo de nuevo. Más manos salieron
disparadas del suelo, agarrándome por los brazos y la cintura. Tiraron de
mí. El suelo empezó a ceder como un embudo de arenas movedizas,
tragándome lentamente.
—¡Falcooooo!
Emití un gruñido, intenté soltarme y me retorcí como un pez fuera del
agua. Pero por cada mano que lograba apartar de mí, una nueva me seguía,
clavando sus dedos helados en mi piel. Jadeaba y apenas podía respirar del
pánico. Había arena por todas partes. Me picaba en los ojos y crujía entre
mis dientes mientras gritaba:
—¡Quita! ¡Déjame! ¡Quita! ¡Quita!
—Ya bastase oyó un chasquido. La luz se encendió. Tan repentina y
brillante que me hizo daño en los ojos. Respirando frenéticamente, cerré los
párpados. Una sombra me hizo abrirlos de nuevo, y la arena se escurrió de
mis pestañas. Sentía como si me hubieran lijado los ojos. Falco estaba de
pie junto a mí, con Risha sobre el hombro. Ambos me miraban con
exactamente la misma expresión. Decir que no parecían muy impresionados
sería todo un eufemismo.
—Manos… Había manos por todas partes —jadeé y miré a mi
alrededor, pero… las malditas garras habían desaparecido.
Falco cruzó los brazos delante del pecho.
—La sombra ha desaparecido. Igual que la sal que podría haberte
ayudado.
—¿Ah, sí? —Me aparté un mechón de pelo de la cara y me levanté
sobre piernas tambaleantes—. ¿Y qué se suponía que tenía que hacer con
ella? ¿Habría sido demasiado darme alguna información? Pensé que iba a
morir. —Todo mi cuerpo temblaba por la adrenalina y el miedo.
Falco me fulminó con la mirada.
—No creí que algo tan simple necesitara más explicación.
—¿Simple? —Lo miré directamente a la cara y le clavé el dedo índice
en el pecho con fuerza—. ¿Me sueltas una aparición y crees que es tan
simple que no necesita explicación alguna? Pues, amigo mío: no tengo ni
idea. Mi primera reacción cuando veo un fantasma es asustarme y buscar
una aspiradora.
—¿Para qué? —preguntó Falco, irritado.
—Pues para aspirarlo.
—¿Para qué ibas a aspirar una aparición?
—Y tú me das sal. No tiene ningún sentido.
Se le hinchó la nariz mientras me espetaba:
—Tienes que aprender a escuchar. Tu misión era solamente encontrar el
ser. Podrías haber dibujado un círculo con sal a tu alrededor. Así habría
dado igual de dónde hubiera venido, porque habría tenido que traspasar la
línea y se habría vuelto visible. Punto. Y ya.
—Eso… Yo… ¿Y por qué no me lo dijiste? —le contesté con
brusquedad.
—Era una prueba. ¿Esa palabra significa algo para ti? Es una cosa en la
que se comprueba lo que sabe hacer el otro.
—Spoiler: ¡no sé hacer nada!
—Sí, eso está claro —estuvo de acuerdo.
Nos miramos fijamente y odié, odié, odié a Falco Chepesch con tal
fervor que me sorprendí a mí misma. Era como un ardor en mi interior que
hacía que me hirviera la sangre.
Los ojos de Falco se iluminaron. Algo parecido parecía estar ocurriendo
en su interior antes de que diera un brusco paso atrás y gruñera:
—Es tarde. Lo vamos a dejar por hoy. Mañana, a la misma hora, en el
mismo sitio.
La sangre me palpitaba en los oídos. Me visualicé agarrando a Falco,
estrellando su estúpida cabeza contra la pared y golpeándole. Una y otra vez
hasta que su sangre brotaba y la expresión arrogante desaparecía de su
rostro.
Falco me miró fijamente.
—¿Leaf?
Imaginé cómo sonarían sus gemidos cuando me pidiera que parase y yo
no lo hiciera hasta que se desplomase sin fuerzas sobre sí mismo y por fin
pudiera salir de este agujero.
—¡Leaf! —me gritó Falco cuando mi puño salió disparado hacia
delante y le di tan fuerte en la nariz que esta crujió. Su cara salió despedida
hacia un lado. Me miró, atónito, mientras la sangre goteaba de su nariz
destrozada. Risha chilló y se alejó revoloteando horrorizada.
—¿Qué estás…? —empezó a decir mientras yo me lanzaba sobre él. Me
hirvió la sangre cuando me abalancé y le golpeé de nuevo. Falco me
esquivó, me agarró del brazo y me lo retorció tan bruscamente que me hizo
daño—. ¡Leaf! ¡Vuelve! —me gritó.
Odiaba su voz. La forma en que pronunciaba mi nombre, la forma en
que me ladraba órdenes como si fuera un perro, la forma en que me hablaba
como si tuviera derecho a someterme. La oscuridad inundó mi mirada y
algo recorrió mis venas. Caliente y frío al mismo tiempo.
—Te enseñaré lo que tienes que hacer —murmuró Lore, y yo absorbí la
información que me susurraba, sintiendo cómo el poder bombeaba por mi
cuerpo.
Con un movimiento fluido, eché la cabeza hacia atrás y golpeé con la
nuca la barbilla de Falco. Se balanceó. Pero solo un milisegundo. Eso era
todo lo que necesitaba. Me zafé de su agarre y le golpeé con el puño en el
plexo solar. Falco jadeó y cayó de rodillas. Se estremeció cuando le agarré
el pelo largo y le incliné la cabeza hacia atrás hasta que sus brillantes ojos
dorados me miraron fijamente. Levanté el puño cerrado, del que goteaba
sangre. ¿Era suya o mía?
—Leaf. Regresa… Esta… Esta no eres tú —dijo Falco.
—Ah, y yo que pensaba que así era exactamente como me querías —
gruñí y tomé aire.
Respiraba con rapidez. Sus pupilas se dilataban y contraían como si
intentara enfocarme. Me vi en ellas. Pálida. Llena de arena. Llena de
sangre. Mis ojos estaban casi negros del todo. Sin alma. No era yo. Pero
tampoco Lore, ¿verdad? ¿Qué estaba pasando? ¿Qué…?
Me estremecí. Mi puño soltó el pelo de Falco, y este se desplomó.
La niebla de mi cabeza se disipó y oí reír a Lore.
—Casi.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Atónita, me miré las manos. Las
reverberaciones de todo el poder que tenía Lore me habían invadido como
una especie de embriaguez. Algo tentador y aterrador al mismo tiempo.
—¿Leaf?
Levanté la vista. Falco estaba agachado frente a mí. Aún le sangraba la
nariz. Respiraba con dificultad y me observaba como un animal salvaje.
—¿Estás bien? —preguntó con cautela, casi como si me tuviera miedo.
—Yo… lo siento —dije, girando sobre mis talones y corriendo fuera de
la pista de arena tan rápido como me fue posible.
—¡Leaf! —me gritó Falco.
Corrí más rápido. Sentía su aliento en mi cuello y oía la risa de Lore en
mi mente mientras huía de mí misma. Y de lo que casi había hecho.
Joder, joder, joder…
23
Falco

M e quedé mirándola, y al frenético balanceo de su coleta, de la que


algunos mechones se habían soltado y caían sobre su pálido rostro.
El dolor de mi nariz palpitaba al ritmo de sus pasos antes de que se
desvaneciera.
—¿Te encuentras bien? Tiene pinta de doler.
Hice todo lo posible por no parecer sorprendido cuando una sombra
pálida surgió de una de las últimas filas de las gradas.
—Zero —dije mientras el exorcista bajaba por las filas de asientos hacia
mí, con un libro bajo el brazo. Un espíritu con forma de gato iba junto a sus
piernas. Me puse de pie, me limpié la sangre y dirigí al joven black bird una
mirada severa—, ¿Qué haces aquí?
Se detuvo a mi lado y miró en la dirección por la que había
desaparecido Leaf, mientras respondía en voz baja:
—A veces vengo aquí para tener un poco de paz y tranquilidad. Crain es
muy inquieto, y cuando fuma no puedo pensar. No suele haber nadie aquí
abajo tan tarde. Si he molestado, pido disculpas.
Le lancé una mirada seria.
—Lo que has visto debe quedar entre nosotros.
Zero inclinó la cabeza para que se le vieran las numerosas cicatrices del
cuello y las clavículas, circulares y del tamaño de monedas.
—¿Tu preocupación se debe a que no quieres que nadie sepa que te ha
dado una paliza una novicia, o a que es evidente que le cuesta mantener el
control en los momentos emotivos?
—Por los dos motivos, pero más por el último —respondí en voz baja.
Zero asintió. No diría nada. Si había alguien que pudiera guardar un
secreto, ese era Zero, que seguramente hubiera visto más horrores a lo largo
de su vida que cualquier exorcista.
—Lo bueno es que ha logrado controlarlo de nuevo. Y esta vez se ha
asustado de verdad con lo que ha ocurrido.
—Pero pierde el control cuando siente emociones fuertes. Y eso es un
problema porque esa mujer parece estar compuesta solo de emociones —
declaré.
Zero rio un poco. El gato se restregó contra sus tobillos. Él se puso de
cuclillas y con un dedo largo y lleno de cicatrices acarició su suave lomo.
—Es un cambio refrescante ante el distanciamiento emocional que los
exorcistas aprenden tan temprano.
—Y hay un motivo para ello. Debe adaptarse o, de lo contrario, no
durará ni un mes —dije y me sorprendí a mí mismo por la sinceridad que
había mostrado con Zero. No es que tuviera una relación especial con el
joven exorcista. La realidad es que él era uno de los pocos en quienes
confiaba, a pesar de sus circunstancias especiales, pero nuestra relación
nunca había consistido en más que conversaciones cordiales, misiones
ocasionales en Manhattan y preocupación continua por Crain. Desde que
Zero estaba al lado de Crain, yo ya no tenía que estarlo, y eso hacía mi vida
mucho más fácil; y mucho más solitaria.
Después de un par de minutos, me di cuenta de que Zero seguía junto a
mí y de que yo estaba absorto en mis pensamientos. Salí de mi mente e hice
un movimiento con la cabeza. Zero me siguió y yo recorrí la pista de arena
antes de volver a detenerme, dudoso.
—¿Zero?
—Dime, Falco.
—Nos has observado. Tú viviste algo similar. ¿Por qué tengo la
sensación de estar haciendo algo mal? ¿Qué no estoy viendo?
Como respuesta solo tuve un silencio y estaba a punto de seguir
andando cuando Zero al fin me respondió algo más.
—Creo que el mayor error es tratarla como si tuviera que saberlo.
Me di la vuelta frunciendo el ceño.
—¿Saber el qué?
Zero volvió a acariciar el lomo del gato, y este ronroneó.
—Todo. La tratáis como al resto de los exorcistas novatos.
—Porque es lo que es.
—No lo es. Sabe lo que le estáis pidiendo y lo hace para sobrevivir,
pero yo creo que ni siquiera sabe lo que es el arcanum. Tenéis que empezar
desde el principio para que lo entienda y lo sienta, para que no actúe por
miedo e impulsos. No podéis obligarla a ser exorcista. Lo que tiene que
entender es qué significa serlo.
Bajé la cabeza, sentí los latidos en la nariz y recordé su mirada. En ella
no había solo ira, también una falta de humanidad. Era la expresión de
placer al provocarme dolor; esos escasos segundos en los que había salido a
la superficie lo que ella estaba intentando reprimir con tanta fuerza.
—Nuestro mayor error es tratarla como a un ser humano. Ya no lo es.
—Pero quizá ella siga sintiendo que lo es —respondió Zero. Yo dudé.
—¿Puedo pedirte una cosa?
El exorcista tan solo me miró.
—No la pierdas de vista. Va a necesitar un amigo.
Zero asintió.
Me marché.
24
Leaf

Demonios de nivel cuatro


Monstruos
Mantuca: pertenece a la rama de los eukaryioten de los
demonios de nivel cuatro. Se engloba entre los
monstruos deforma botánica. Son similares a los
hongos. Estas plantas de sombra no son totalmente
plantas ni animales, eso significa que son sedentarias,
pero no pueden llevar a cabo la fotosíntesis porque,
como los animales, se alimentan mediante la ingesta de
sustancias orgánicas.
Esta especie de monstruo es un componente esencial
del exógeno, que consumen sobre todo los nigromantes
y los conjuradores.
El exógeno tiene múltiples efectos, desde el aumento
de la presión arterial a la liberación de hormonas como
la serotonina y la adrenalina. Inhalar una pizca de esta
sustancia permite a quien la toma actuar durante
veinticuatro horas con alto rendimiento. Por desgracia,
la obtención de este polvo exige algunos esfuerzos.

T enía una pesadilla. Estaba en la bañera, y Falco estaba sobre mí,


mirándome como si quisiera ahogarme.
—¿Leaf? ¿Por qué duermes en la bañera?
Un momento, no era un sueño. Me senté apoyando la espalda, y el bote
de mantequilla de cacahuete vacío se cayó al suelo.
—¿Qué narices haces aquí? —tartamudeé mientras intentaba abrir del
todo mis ojos entrecerrados y que mi cerebro dejase de balbucear y se
pusiera en marcha—. ¿Qué hora es? —pregunté desconcertada. Parecían las
cinco de la mañana.
—Las cinco de la mañana.
Me quedé mirándole.
—¿Eres una pesadilla?
—No.
Suspirando, volví a dejarme caer en la bañera.
—¿Qué quieres? —pregunté.
Falco levantó una ceja. Parecía perturbadoramente animado para la hora
que era.
—Vengo a recogerte.
—¿Para qué? Faltan todavía tres horas para las clases.
—Para el entrenamiento extra. Después de ayer me ha quedado claro
que debemos empezar de cero.
—Yo… ¿Qué? ¿Y tiene que ser tan pronto?
Falco levantó el bote vacío de mantequilla de cacahuete y lo miró
irritado.
—Sí, tiene que serlo. No tenemos tiempo que perder. ¿Vas a contarme
por qué estás tumbada en la bañera, y con mantequilla de cacahuete?
Ahogué un bostezo.
—Salen ruidos extraños de debajo de la cama, y ayer tuve una ligera
crisis nerviosa. No hay nada mejor que la mantequilla de cacahuete para
llorar y plantearte tu vida. Tendrías que probarlo.
Otra vez esa ceja.
—Gracias, pero paso. Vístete. Salimos en diez minutos.
Me acerqué a él.
—¿Salimos? —grazné, pero él ya había vuelto a cerrar la cortina del
baño—. Madre mía —me lamenté.
—Tendríamos que haberlo matado —murmuró Lore, que también
estaba adormilado.
No fui capaz de contradecirlo. Ayer apenas había logrado cerrar los ojos.
Mi noche había estado interrumpida por pesadillas y olas de sudor.
Cuando salí de la bañera, me dolía todo el cuerpo, y vi mi rostro
cansado y tenso en el espejo. Parpadeé según mis ojos empezaban a ponerse
negros, y Lore aparecía en mi reflejo del espejo que tenía delante.
—Tienes una pinta horrible —me dijo con voz amable, mientras miraba
críticamente una espinilla que nos estaba saliendo en la barbilla. Me eché
agua fría en la cara, pero en lugar de espabilarme, solo hizo que tuviera frío.
—¿Y de quién es la culpa? —pregunté con tono seco.
Lore apretó un poco la espinilla antes de desistir y se encogió de
hombros.
—Para empezar lo hiciste tú sólita, cariño. Me engañaste y casi me
dejas seco. Si tu futuro como exorcista fracasa, siempre puedes dedicarte a
ser un demonio. Fue bastante impresionante.
Todavía estaba demasiado cansada como para enfadarme, pero me
apoyé en el lavabo y miré al demonio.
—¿Sabes lo agotador que es tener que pelearme contigo todo el tiempo?
Si sabes lo que te conviene, hoy déjalo estar.
Los ojos oscuros de Lore resplandecían.
—Como quieras —dijo simplemente, y tras el siguiente parpadeo, los
ojos de mi reflejo volvían a ser de color verde musgo.
Suspirando, bajé la cabeza y observé una gota de agua que me hacía
cosquillas mientras recorría mi nariz para acabar desapareciendo en el
desagüe. Respiré profundamente, dejé a un lado mi resistencia a
enfrentarme de nuevo a Falco, recogí mis cosas y fui tambaleándome por la
habitación para cambiarme. Diez minutos después estaba con Falco en la
gran sala. Nuestros pasos eran los únicos que se oían mientras él me guiaba
a través de una enorme puerta doble que conducía fuera. Cuando desplazó
una de las alas, un chirrido resonó por toda la academia. En parte, esperaba
que una manada de exorcistas viniera a arrastrarme de los pelos hasta los
calabozos, pero no ocurrió nada excepto que una brisa fría me rozó la nariz.
Tensa, salí y respiré el aire fresco por primera vez desde hacía una
eternidad. El cielo aún estaba oscuro y hacía frío. Temblando, me rodeé con
los brazos y miré a Falco, que se colocó una mochila. Con su ropa oscura se
fusionaba casi por completo con el entorno.
—¿Y ahora qué hacemos?
—Caminar —dijo.
Lo miré con expresión de dolor.
—¿Por qué?
—Para mejorar tu estado físico. Caminaremos diez kilómetros todas las
mañanas. Eso es lo que mide el anillo interior de la muralla. Después
meditaremos.
—¿Diez… qué? ¿Antes de desayunar? —balbuceé.
—Es mi rutina diaria, y he decidido compartirla contigo —dijo.
Vi que sobre nosotros volaba una pequeña figura. ¿Risha? Estaba
revoloteando por encima de nuestras cabezas y, seguramente, decidiendo
cuándo sería el mejor momento para cagarse en mí.
—Después de hacer tres kilómetros me desplomaré y probablemente no
me levante —profeticé amargamente.
Falco se puso en marcha. Su larga coleta se mecía con el viento.
—Si no puedes cazar demonios, al menos te enseñaré a huir de ellos.
También entrenaremos tu cuerpo y mente para que puedas mantener el
control. Algún día me lo agradecerás.
—Deberíamos empujarlo por un acantilado y hacer que pareciera un
accidente —comentó Lore.
Suspiré y empecé a seguir a Falco. Este tensó los músculos y empezó a
trotar a marcha ligera. Yo tuve que correr para poder seguirle el ritmo. En
muy poco tiempo, sentí ardor en mis músculos doloridos y me esforcé por
obtener oxígeno suficiente para mis pulmones.
Aún estaba oscuro. Cuando miré hacia arriba, vi la academia y el muro,
interrumpido únicamente por docenas de ventanas de arco de medio punto,
de una de las cinco alas que se extendían frente a nosotros y que parecían
elevarse hasta el cielo. El ángulo de la pared se afiló tras unos metros, así
que fui consciente por primera vez de la estructura en forma de estrella que
tenía el edificio. Cada punta correspondería a un ala y, aunque el edificio se
elevaba hacia arriba, seguramente también se extendería de forma
subterránea. Tuve que reconocer que esa vista me había dejado sin palabras.
El patio de la academia estaba cubierto de hierba y rodeado por árboles
y bancos cuidados. En algunos sitios había iluminación, por lo que pude ver
que nos desplazábamos hacia el muro interior. La gravilla crujía bajo
nuestros pasos. El muro interior se alzaba oscuro y macizo ante nosotros.
Un pasillo estrecho seguramente conduciría a la zona intermedia de la isla.
Justo encima del arco del portón de entrada vi una runa que resplandecía
como si acabaran de marcarla con fuego. Cuando me acerqué, sentí un
cosquilleo en la piel. Instintivamente, contuve la respiración y no solté el
aire hasta que dejamos atrás el pasadizo.
Desde lejos ya había visto un invernadero inmenso. Sería del tamaño de
un campo de fútbol y tenía una cúpula de cristal tras la cual vi destellos de
verde tropical. Un sendero amplio conducía precisamente hacia allí, con
varios desvíos. Seguí esos caminos con la mirada. Uno conducía hacia un
pequeño bosque y otro hacia un edificio alargado donde ¿quizá habría
viviendas? Otro seguía alargándose hacia delante. Aún estaba muy oscuro
como para ver algo más. La hierba que tenía a mis pies estaba húmeda por
el rocío.
—Vamos —dijo Falco alejándose hacia el bosque.
—Venga, Leaf, puedes hacerlo. Eres camarera y puedes estar miles de
años de pie —murmuré para darme ánimos.
—Y te apuesto diez pavos a que acabarás vomitando antes del
desayuno.
¡Puaj!
Empecé a correr por despecho, y alcancé a Falco. Pasamos al lado del
gran invernadero y su visión me produjo un pequeño escalofrío
desagradable por la espalda. Pronto nos tragó el bosque y tuve que bajar el
ritmo para no tropezar con las raíces de los árboles. Falco corría a un ritmo
constante, sin tropezar ni una vez, y sin sudar nada. Yo sentía la necesidad
de aferrarme al árbol más cercano y no soltarlo jamás.
Sentí un ruido desagradable en los oídos y gemí:
—¿Tienes algo de beber?
—Llevamos diez minutos corriendo.
—¡Pero me muero de sed!
—Luego —dijo Falco y siguió corriendo.
Madre mía. Poco a poco empecé a sentir punzadas en el costado. Lore
se rio con malicia. Apreté los dientes y seguí corriendo… y me choqué con
una rama que me golpeó directamente en la cara.
—¡Au!
Lore se rio a carcajadas.
—¡Leaf! —gritó Falco.
—¡Estoy ciega! —exclamé intentando quitarme las púas del ojo. Avancé
tambaleándome y me tropecé con una raíz del suelo. Grité y me volví
violentamente contra Falco, que se alzaba como una roca ante mí. Me miró
fijamente.
—¿Qué es esto? —le supliqué.
Se inclinó hacia mí y suspiró.
—Hay sesenta demonios que podrían haberte devorado en este tiempo
simplemente por cómo estás ahora.
—Hazme un favor y nunca te conviertas en entrenador personal —le
pedí.
Falco volvió a trotar de nuevo. Yo inflé de aire las mejillas.
Falco me gruñó y me hizo seguir a través del bosque. Cada vez que iba
demasiado lenta, me gritaba, y el pánico me obligaba a continuar. En un
momento dado conseguí salir del bosque y seguir en pie, aunque me había
llevado conmigo la mitad de la vegetación, que se me había enredado en el
pelo.
Pasamos por un edificio que parecía una pequeña iglesia. Las ventanas
tenían mucha iluminación, y un aroma potente emanaba hacia nosotros. Se
me revolvió el estómago. El olor desagradable e intenso a rosas era tan
fuerte que empecé a sentirme mal.
—¿Qué es eso?
—El Rosedal, la sede sacerdotal. Normalmente vengo aquí a meditar,
pero…
Él vaciló y yo terminé su frase:
—Deja que lo adivine: ¿el primus me ha prohibido entrar?
—Algo parecido.
Con un mal presentimiento, pasé al lado del edificio eclesiástico y no
volví a respirar con normalidad hasta que lo dejamos a nuestra espalda.
Bueno, «respirar» no era la palabra correcta.
—De verdad, necesito un descanso —gemí, deteniéndome, apoyando
las manos en las rodillas e intentando desesperadamente recuperar el
aliento. ¿Ese silbido en los pulmones era normal? En mi lengua noté un
sabor a sangre.
Falco se quedó de pie a mi lado. El desgraciado no tuvo siquiera la
consideración de respirar un poco más rápido.
—Toma. —Y por fin me tendió una botella de agua cuyo contenido me
tragué entero sin hacer una pausa.
—Gracias —gemí y se la devolví.
—Nos quedan cinco kilómetros —me recordó, y yo me planteé
seriamente morir de un infarto.
—¿No podemos dejarlo en la mitad…?
Ni siquiera había terminado de hablar, y él ya había salido corriendo.
¡Aaah!
Lo seguí tropezándome. Recorrimos el lateral del muro, que parecía
más alto que el del patio interior. Quizá la luz tenue del sol, que avanzaba
lentamente por el cielo, estuviera convirtiendo el negro en gris. Unas
brumas de niebla flotaban sobre la hierba húmeda y se movían cuando
pasábamos por ella. Hasta que algo apareció ante nosotros. Era enorme.
Incliné la cabeza hacia arriba y vi una estatua. Era tan grande que me
resultaba complicado estimar su tamaño real. Con las rodillas temblorosas
llegué hasta el pedestal, que ya era grande de por sí. La estatua se
encontraba en un lugar elevado. Todo parecía estar hecho de mármol blanco
o, al menos, otra piedra brillante y pulida. Alrededor de una docena de
escalones conducían a la cima del montículo y, por supuesto, Falco los
subió. Torturé a mis temblorosos músculos para subir y me tambaleé
aliviada cuando Falco se detuvo por fin y miró hacia arriba.
—¿Sabes quién es? —me preguntó.
—¿Don Menhir?
—¿Tienes que hacer siempre bromas de todo?
—¿Tienes que preguntarme siempre cosas aunque está claro que no sé
la respuesta?
Suspiró y me lo explicó:
—Es una estatua de Paracelso.
—¿El fundador de la Orden?
Asintió y se quitó algo del cuello. El rosario. Se detuvo frente a la
estatua y colocó allí la cadena con las cuentas. Estas empezaron a brillar
inmediatamente, como una pequeña linterna azul.
—Esta estatua se construyó en una fuente natural de arcanum. El
arcanum no solo fluye a través de nosotros, sino también por la tierra, el
aire y el agua. Lo hace a través de una especie de venas de energía y, de vez
en cuando, hay lugares donde se juntan muchas de esas venas para luego
volver a separarse. Este sitio es uno de esos enclaves. Cuando nos sentimos
débiles, acudimos aquí.
Dio un paso hacia atrás y se sentó con las piernas cruzadas. ¡Gracias al
cielo! Casi me desmayo a su lado. Falco me miró y me agarró de las
piernas.
—¡Eh! ¿Qué haces?
Me movió con fuerza, me colocó enfrente de él e hizo un movimiento
con la cabeza.
—Ahora meditamos.
—¿Todas las mañanas?
—Todas las mañanas. Tienes que aprender a entrar en contacto con tu
arcanum. Sentir y controlar el arcanum nos convierte en lo que somos. Sin
eso, jamás serás una exorcista.
—Soy una persona. Puede que no sienta nada —le advertí.
—Esa es la primera idea que debes desechar. No importa lo que seas
ahora, pero no eres una persona normal.
Me miró y colocó las manos extrañamente encorvadas sobre las piernas
flexionadas. Sus dedos índices apuntaban hacia arriba.
—Haz lo que te diga. Tienes que unir las manos. Debes dejar fluir el
arcanum como si se tratase de un circuito cerrado.
—Un circuito… Vale —murmuré y me puse a colocar las manos hasta
que Falco suspiró y me agarró con delicadeza los dedos.
—Así —dijo, y su piel cálida tocó mis dedos sudorosos y pegajosos. Me
estremecí cuando los situó en la posición correcta—. Y ahora… —Me miró
con sus ojos dorados—… cierra los ojos.
—Vale… —Cerré los ojos y al principio tan solo me sentí aliviada por
no tener que estar experimentando nada más. Las manos de Falco se
separaron de las mías y, así, pude respirar de nuevo.
—Concéntrate en mi voz. Respira profundamente por la nariz y espira
por la boca. Intenta que cada respiración sea tan profunda que sientas el
estiramiento del plexo solar. Aguanta la respiración y después suelta el aire.
Intenté respirar y de repente me mareé por tanto oxígeno.
—Inspira… —me ordenó Falco con voz seria.
Inspiré y me mantuve quieta. Sentía que me estaba ahogando y me puse
roja.
—Espira…
Resoplé.
Falco suspiró.
—¿Y ahora? —pregunté.
—Ahora nada. Respiramos.
—¿Cuánto tiempo?
—Todo el que puedas —me respondió.
—Vale.
Seguimos respirando. Cada vez que lo hacía sentía que me asfixiaba,
tomando mucho aire y muy poco al mismo tiempo. Pero en algún momento,
no sabía exactamente cuándo, las instrucciones de Falco pasaron a un
segundo plano y comencé a sentir algo más que mis pulmones. Era como un
hormigueo que acompañaba a cada respiración. La sensación de ser más
ligera y, durante un instante, me sentía tan liviana como una pluma. Por lo
menos hasta que empezó a picarme la nariz. Ay, no.
—Inspira…
«Leaf, concéntrate».
—Espira…
«Piensa en otra cosa que no sea rascarte la nariz».
—Inspira…
«Nariz. Rascar».
—Espira…
«Regaliz. Agarrar».
—Inspira…
«Bueno. Casi…».
—Espira…
—¡Aaaaachís!
Fue un estornudo tan intenso que me desconcentró por completo.
Sorprendida, abrí los ojos y vi que el pelo de Falco seguía moviéndose por
la fuerza de mi estornudo. Me miró enfadado.
—Perdón —musité—. Ahora vuelvo a concentrarme en la respiración.
Falco puso los ojos en blanco.
—Vamos a dejarlo por hoy.
Ay, gracias a Dios.

Una hora después estaba mirando mi café con los ojos hinchados, fingiendo
que no notaba las miradas gélidas y los cuchicheos ami alrededor. El café
era negro como la brea. Me veía reflejada en él. Sin dormir, con la cara
flácida y unas bolsas oscuras bajo los ojos. Y estaba segura a un 99,99 % de
que mi café volvía a tener agua bendita. Era como si el cloro se elevara de
él cuando lo olía. Fruncí la nariz y miré con esperanza la jarra de zumo de
naranja que estaba sobre la mesa.
—Eso también tiene agua bendita. Igual que el agua y la mayoría de
alimentos —me dijo una voz amable.
Miré a quien hablaba. Zero estaba sentado ante mí hojeando un libro. La
luz gris del día se deslizaba sobre su piel y hacía que pareciera más pálido
de lo que ya era.
—Pues genial… —Refunfuñando, aparté el café y pasé por alto todas
las miradas que me observaban. Los miembros del grupo Omega estaban
sentados a un par de mesas de distancia. Menudo día de mierda.
—¡Qué día tan maravilloso! —rugió alguien. El banco de la mesa
retumbó, y Crain se dejó caer a mi lado como si nada—. Buenos días,
preciosidades. —Esbozó una sonrisa irónica y colocó ante él un plato
cargado hasta arriba de tanta comida que podría haber alimentado a un
batallón con ella. Cogió el tenedor, lo clavó y empezó a meterse comida en
la boca mientras Zero le lanzaba una mirada significativa a través de sus
pestañas claras.
—Por… —empecé a decir, antes de tener una arcada y taparme la nariz
con una mano—. ¡Uf!, ¿de dónde viene esa peste?
—¿Eh? —murmuró Crain antes de olisquearse la camiseta. Era el único
al que parecía no importarle la existencia de un uniforme—. Ah, eso. Es
solo caca de monstruo.
—¿Caca de mondruo? —pregunté, deseando alejarme más, pero
entonces me habría caído del banco.
—He oído que te han vuelto a mandar limpiar la jaula de los monstruos
—dijo Zero tranquilamente y levantó la vista—. ¿Qué has hecho, Crain?
—¿Yo? Nada. Y no es tan malo. Me gusta estar ahí abajo —respondió
Crain e hizo una pausa para masticar—. ¿No quieres comer nada, Leaf?
—No, gracias, no tengo hambre —respondí, y en ese momento mi
estómago empezó a rugir.
Crain se lamió un poco de huevo de los dientes.
—¿Segura?
—Sí. —Apreté la mandíbula.
—Hay agua bendita en las bebidas y en la comida —intervino Zero en
voz baja. Lo fulminé con la mirada, pero no reaccionó y siguió hojeando su
libro.
—¿Pasa algo? —preguntó Crain perplejo, bajando la vista hacia su
comida—. ¿Pero por qué habría…? —Entrecerró los ojos y miró por
encima del hombro—. Ah, vale, ya sé lo que pasa aquí. —Apretó sus puños
tatuados e hizo un ademán de levantarse, pero le agarré de la mano y tiré de
él hacia atrás.
—¿Qué es lo que pretendes? —le pregunté.
—Partirles la cara a algunos imbéciles.
—Me gusta. ¿Podemos quedárnoslo? —dijo Lore por primera vez en
toda la mañana.
Había estado callado toda la noche, o quizá yo estaba demasiado
agotada para oírle. Casi me sentí aliviada por tenerlo de regreso.
—Ha pasado tiempo desde mi último tríos deberíamos hacerlo otra vez.
Pero solo casi.
—Si necesito tu ayuda con esto, te aviso —le dejé claro.
Crain me lanzó una mirada escéptica.
—¿Y qué vas a hacer hasta entonces? ¿Morirte de hambre?
—Me las arreglaré. Ayer robé un tarro de mantequilla de cacahuete de
aquí. Aún no estaba contaminada. Y… ¿cómo era? Si voy a convertirme en
nigromante, tendré que seguir envenenándome de todos modos, ¿no? —
Temblando, me llevé la taza a los labios y bebí un sorbo. Me ardía en la
garganta. Al instante tuve que contener las ganas de vomitar.
—Eso es una tontería —dijo Crain.
—Podríamos hacer un pedido para ella en el cobertizo de las barcas —
intervino Zero.
—¿El cobertizo? —repetí.
—Mmmm —murmuró Crain en señal de acuerdo y empezó a engullir
comida de nuevo.
—En principio, obtenemos todo lo que necesitamos de la academia,
pero si queremos algo de fuera, podemos hacer un pedido en el cobertizo
una vez a la semana. Es como una tienda de ultramarinos junto al muelle.
—¿Y puedo pedir lo que quiera en ese cobertizo?
—Intentarán conseguirlo, aunque será mejor que en tu lista no haya
armas ni explosivos —intervino Crain.
—Quizá no sirva —intervino Zero pensativo—. El cobertizo está en el
anillo exterior. ¿Puedes ir ahí, Leaf?
La emoción se esfumó de golpe al darme cuenta de que, sin el permiso y
la compañía de Falco, era como un perro con correa que no podía salir de la
habitación.
—No.
—Dame tu lista. Te traeré lo que necesites —se ofreció Crain.
Suspirando, negué con la cabeza.
—Déjalo. De todas maneras, no tengo dinero.
Crain resopló.
—Te prestaré un poco.
—No, gracias —respondí, y Crain me lanzó una mirada irónica.
—Por favor, no me digas que eres una de esas personas que no aceptan
ayuda.
Levanté la barbilla.
—No necesito limosnas.
Crain hizo un gesto con la mano.
—Pues págame después. Cuando seas exorcista, te pagarán.
Me mordí el labio inferior y dudé:
—¿Seguro?
Crain soltó una carcajada.
—Leaf, créeme. Tengo muchos problemas en la vida, pero el dinero no
es uno de ellos. Dame a mí o a Zero la lista, y mañana tendrás lo que
necesitas. —Se metió otro bocado de comida en la boca y murmuró—:
Bueno, tengo que irme.
—¿Adónde? —pregunté, desconcertada, mientras Zero le lanzaba una
mirada mordaz.
—Tengo que hacer una cosa —contestó Crain, haciendo un gesto con la
mano por encima del hombro—. Intenta que no te envenenen mientras yo
no estoy.

Hambrienta, pero de mucho mejor humor que antes, bajé al viejo


laboratorio con Zero. En cuanto se abrió la puerta, se hizo un silencio
incómodo en la sala. Ignoré las miradas y me senté.
Apenas había recogido mis libros cuando Yamamoto entró corriendo en
la habitación y anunció:
—Recogedlo todo. Volvemos a tener botánica como clase práctica en el
invernadero.
El grupo emitió un gemido.
—¿Otra vez? Ya estuvimos el mes pasado —se quejó la chica del pelo
azul. ¿Era Venus?
Yamamoto se subió las gafas.
—Cada tutor elabora un plan de estudios adaptado a las habilidades de
los novatos. Puede que el grupo Alfa y el grupo Delta tengan enfoques
diferentes, pero la práctica será muy útil para vosotros.
De nuevo, un murmullo colectivo recorrió el grupo. Guardé los libros en
un rincón y le susurré a Zero:
—¿Qué tenemos que hacer en botánica?
Bostezó con desinterés.
—Sobre todo quitar malas hierbas.
¿Vale?
Tensa, seguí a los Omegas por los pasillos vacíos. Nuestros pasos
resonaban en las paredes. Sin embargo, cuando miré a mi alrededor en
busca de Crain, solo vi la esbelta figura de Zero frente a mí.
—¿Zero? ¿Por qué no ha vuelto Crain? —pregunté en voz baja cuando
entramos en el gran salón.
Zero se encogió de hombros.
—O tiene un encargo especial del director Gale, o está saltándose las
clases y fingiendo que tiene una misión importante del director Gale.
—¿Y lo hace a menudo? —pregunté.
Una sutil sonrisa se dibujó en los labios de Zero.
—Intentar retener a Crain es como intentar atrapar humo con las manos.
—¿Y por qué a Crain se le asignan misiones? ¿Es algo normal para los
novicios?
Zero me miró divertido.
—Este es el sexto año que Crain está en la academia. Se las ha
arreglado para que le asignen siempre en el primer año.
—¿El… qué? ¿En serio? ¿Por qué? —pregunté, sorprendida.
Las comisuras de los labios de Zero volvieron a crisparse.
—Probablemente Crain sea uno de los mejores exorcistas del país, pero
se niega a graduarse. Aun así, de vez en cuando lo envían al continente para
llevar a cabo misiones.
—¿Y por qué?
—Toda la escuela se hace la misma pregunta, pero al final, solo Crain
sabe por qué hace lo que hace.
Supongo que eso lo explicaba todo. Volví a centrar mi atención en el
camino que teníamos por delante y respiré hondo mientras salíamos del
comedor. Una brisa fresca recorrió mi piel. El sol no había salido de detrás
de las nubes grises esa mañana. El día estaba apagado y brumoso. Sentí la
hierba bajo mis zapatos. A diferencia de antes, había luz suficiente para
mirar a mi alrededor. Un gran espacio verde rodeaba la academia. El muro
se alzaba a su alrededor, pero por las vistas desde mi habitación, sabía que
detrás estaban el segundo y el tercer anillo.
Avanzamos por el camino de grava hasta el muro interior y vi a
exorcistas sentados en el muro a intervalos regulares como grandes grullas.
Se me puso la carne de gallina. Inevitablemente, me di la vuelta y vi a Falco
en una de las ventanas. Me miraba desde arriba. Me quedé inmóvil. Detrás
de Falco, vi la silueta de una mujer de pelo rubio. ¿La decana Chanelle?
¿Qué hacían allí arriba? Antes de que pudiera reconocer nada más, Falco se
dio la vuelta y desapareció de mi campo de visión. Confundida, respiré para
liberarme de la repentina opresión que sentía en el pecho.
—¡Novicia Young! —la voz de Yamamoto resonó por todo el recinto.
Intenté adelantarme. Una brisa fría me golpeó la cara e hizo que me
apretase más la chaqueta mientras corría por el sendero hacia el
invernadero. Los exorcistas esperaban fuera. Cada uno estaba equipado con
un cubo, guantes y un pico. Ninguno parecía muy entusiasmado. Se oyó un
estruendo en el cielo mientras yo cogía rápidamente el equipo de una
pequeña leñera y miraba confusa a mi alrededor. Yamamoto hizo un gesto
con la cabeza hacia el interior del invernadero cerrado, donde todo estaba
sorprendentemente oscuro. Tan solo unas pocas plantas se apretaban contra
los cristales.
—Sé que para la mayoría de vosotros la botánica es más bien una
asignatura obligatoria molesta que queréis aprobar para pasar de curso.
Nunca ha habido fama ni gloria entre los exorcistas que se han dedicado a
la botánica y, sin embargo, la mayoría de los ingredientes esenciales para el
propio exorcismo se encuentran aquí.
Levantó un frasco que contenía un polvo negro brillante. El cielo volvió
a retumbar y empezaron a caer las primeras gotas. Una de ellas me golpeó
en la frente y corrió por mi barbilla.
—Esto de aquí, señoras y señores, es el polvo de una planta mantuca
seca. Es un ingrediente esencial para el exógeno, que consumen
principalmente los nigromantes y conjuradores. Esnifar una pizca te
mantendrá activo y en rendimiento máximo durante veinticuatro horas. Por
desgracia, conseguir este polvo es un poco complicado. La mantuca es una
planta de sombra y pertenece a la rama de las eukaryioten de los demonios
de nivel cuatro. ¿Quién puede decirle a nuestra recién llegada qué significa
eso? ¿Zero?
Zero se apartó el pelo, que ahora tenía mojado, de la cara y explicó:
—Al igual que los hongos, las plantas de sombra no son ni
completamente plantas ni animales, sino que se clasifican como criaturas
vivas. Esto significa que son sedentarias, pero no pueden hacer la
fotosíntesis. Por eso deben alimentarse como los animales, absorbiendo
sustancias orgánicas.
Una sensación de inquietud se apoderó de mí. Yamamoto asintió y su
mirada se fijó en mí. La brisa movía su chaqueta y la hacía ondear mientras
la lluvia fría caía sobre nuestras cabezas.
—Novicia Young, ¿a qué me refiero cuando digo que la mantuca es un
demonio de nivel cuatro?
Las miradas se centraron en mí y me mordí los labios helados.
—Un demonio de nivel clase es un monstruo… ¿Entonces la mantuca
es mitad monstruo y mitad planta? —intenté responder titubeando.
Las comisuras de los labios de Yamamoto se elevaron.
—Eso es. ¿Quién puede decirme qué tipos de plantas carnívoras hay?
—Esperó, pero nadie hizo nada. Yamamoto suspiró—. ¿Zero? —preguntó.
De nuevo, la respuesta no se hizo esperar.
—Hay cinco en total: de adhesión, de aprisionamiento, de absorción, de
trampa y de nasa.
—Muy bien. ¿Y a cuál pertenece la mantuca?
—A la de aprisionamiento. Tiene algo parecido a una boca con la que
come.
—Correcto de nuevo. Vuestra tarea de hoy es generar un kilogramo de
polvo. No obstante, necesitaréis cien kilogramos de raíces de la planta
mantuca. Las cosecharéis, exprimiréis, secaréis y refinaréis. ¿Alguna
pregunta?
Levanté la mano.
—Esto no es el colegio, novicia Young. Solo tienes que preguntar.
—Ah… Sí… Claro. —Bajé la mano—. ¿Cómo se cosechan estas
plantas?
El cielo retumbó, y Yamamoto sonrió.
—Se les corta la cabeza y se le arrancan las raíces, pero hay que tener
cuidado para que no te coman. Los mordiscos producen efectos
alucinógenos, así que hay que estar alerta.
Abrí más los ojos alarmada, pero Yamamoto dio un empujón a las
puertas para abrirlas y un sofocante olor a selva flotó hacia nosotros. Me
puse rápidamente los guantes, cogí el cubo y la azada, y me obligué a
entrar. La puerta de cristal se cerró y tuve que reprimir el impulso de girar
sobre mis talones. Tensa, dejé vagar la mirada. Las dimensiones del
invernadero eran aún mayores por dentro de lo que parecían por fuera. El
aire era tan denso y húmedo que costaba respirar, y había tan poca luz
exterior que estaba casi a oscuras. Oía las conversaciones de mi grupo
mientras empezaba a dispersarse. Intenté distinguir una mata de pelo
blanco, pero Zero no aparecía por ninguna parte.
—¿Hola? —grité y corrí hacia un grupo. La chica de pelo azul, el
empollón y el calvo. Los tres se me quedaron mirando, no precisamente con
entusiasmo—. Perdonad, ¿puedo ir con vosotros? Sinceramente, no tengo ni
idea de cómo es esta planta monstruosa.
Los hermanos, Venus y Vane si no recordaba mal, intercambiaron una
mirada.
—Nosotros… —empezó el chico titubeando.
—No —dijo la chica de pelo azul, agarrando a su hermano por el cuello
y arrastrándolo más adentro de los arbustos.
—Gracias, muy amables —les dije y miré a Morpheus Skill—.
Entonces… ¿hacemos equipo? —pregunté con esperanza.
Yo no trabajo en equipo —respondió y desapareció también.
—Maravilloso —respondí molesta y me froté la frente mojada. Era
difícil saber si era sudor o lluvia.
—Si quieres, te dejo que seas mi amiga —bromeó Lore.
—Que os jodan a todos —respondí malhumorada y me limité a seguir
un camino trillado. Tarde o temprano me cruzaría con una de esas plantas
monstruosas… ¿no?
Miré a mi alrededor, y las plantas me rozaron el hombro. Reinaba un
silencio inquietante. No se oían pájaros ni insectos, ni siquiera el sonido de
los pasos. El suelo era blando y elástico. En el aire flotaba un aroma pesado
y muy dulce. Olía muy rico, como la miel, pero un poco más especiado y
salado.
—¿Y no hay de estas plantas en la selva? —le pregunté a Lore,
metiéndome por debajo de la vegetación.
—No soy un experto en botánica —admitió Lore—. La mayoría de las
plantas de este tipo se cultivan y es poco probable que crezcan en zonas
abiertas.
—Estupendo. Malditas plantas de laboratorio —murmuré y pisé algo
duro. Se rompió. Levanté el pie y vi… ¿un hueso? Puaj. Era liso y largo.
¿Tal vez de un brazo?
Pasé por encima con cuidado, pero pisé otra cosa. Estaba claro que eran
osamentas. De repente levanté la vista, miré a mi alrededor y me di cuenta
de que había astillas de huesos asomando por todas partes.
—¿Leaf?
Me sobresalté y me di la vuelta. Zero salió de entre la maleza con otra
astilla de hueso en la mano.
—Joder, ¿cuándo has llegado aquí? —pregunté, sobresaltada.
Zero parpadeó.
—He venido aquí contigo. ¿No me has visto?
—No.
—Creía que me estabas siguiendo.
—No lo hacía.
—Ah.
Suspiré. Las conversaciones con Zero eran algo frustrantes.
Me incliné hacia él y le pregunté nerviosa:
—Dime, no alimentan a las plantas monstruosas con víctimas de
exorcismos fallidos, ¿verdad?
Zero negó con la cabeza.
—Por lo que sé, solo dan roedores a las plantas, o de lo contrario
crecerían demasiado.
Roedores, vale… uf. Aunque…
—Pero este hueso es bastante grande —comenté.
Zero levantó el hueso de la mano y lo observó por todos lados.
—Sí. Yo también me lo estaba preguntando.
—¿Cómo de grande puede llegar a ser una planta de estas? —pregunté
en voz baja, y un poco de condensación cayó sobre mi hombro.
—Te llega más o menos hasta la rodilla. La reconocerás cuando la
encontremos.
—Vale… —Me limpié las gotas hasta que me di cuenta de que eran
demasiado viscosas para ser agua. Asqueada, me miré la mano, donde esa
cosa creaba hilos entre mis dedos—. ¿Qué es esto? —pregunté,
sacudiéndome las manos y frotándomelas contra una hoja grande.
—Vale, no mires hacia arriba y no te dejes llevar por el pánico —dijo
Lore en voz baja.
Miré hacia arriba.
Sentí pánico.
Sobre mí se alzaba una planta o, mejor dicho, parecía una planta con
varias cabezas, como una hidra. Y me estaba limpiando la mano en una de
sus hojas.
—Eh… Zero, ¿no será esto una mantuca? —pregunté con cautela.
La planta brillaba con un color verde oscuro, pero estaba cubierta de
extraños pelos azules. La «boca» estaba formada por dos medias hojas que
eran aproximadamente la mitad que yo. Entre ellas, una hilera de dientes
afilados recorría de izquierda a derecha, pero cada uno de ellos era tan fino
como un alfiler. Había una cabeza grande y varias más pequeñas del tamaño
de mi mano. Y la planta… babeaba. Un poco del líquido viscoso volvió a
gotear hacia abajo. Esta vez directamente sobre mi cabeza. Solté un gemido
mientras Zero miraba con los ojos muy abiertos.
—Esta me llega un poco más arriba de la rodilla —comenté. Sus babas
me caían por la barbilla.
—Un poco —estuvo de acuerdo Zero—. Vale. No te muevas. —Se
agachó como si nos enfrentásemos a un depredador.
Yo miré hacia arriba. La planta crujió y empezó a moverse. Las hojas se
apartaron de mi mano, y las cabezas pequeñas se inclinaron hacia mí antes
de que la cabeza grande abriera la boca y saliera disparada hacia mí.
—Cambio de planes. ¡Corre! —gritó Zero.
Salté al borde del camino justo cuando la planta intentó morderme. No
estaba segura de cómo veía dónde estaba yo, pero cuando me lancé hacia la
izquierda, inmediatamente se inclinó también en esa dirección y me mordió.
Chillé y algo me hizo caer. Me estampé contra el suelo y tragué una
gran porción de tierra que se hundió entre mis dientes. La planta crujió
agitada y sentí un tirón en el pie. Jadeando, me di la vuelta, cogí el pico y
golpeé la enredadera que se había enredado en mi tobillo. La planta dio un
respingo. En cierto modo casi esperaba oírla chillar de dolor, pero lo único
que se oyó fue un temblor entre las hojas. Las cabezas chasquearon. Rodé
hacia un lado y las golpeé. Agarré una de las cabezas y la aplasté hasta
convertirla en grumos pegajosos. La planta se sacudió inquieta y se enroscó.
Su gran cabeza volvió a intentar atraparme. Me aparté rápidamente y Zero
me cogió de la mano.
—¡Corre! —gritó y corrimos a través de la maleza.
Las plantas y hojas se iban chocando contra mi cara. Las espinas me
arañaban los brazos mientras cruzábamos el invernadero corriendo.
Atravesamos un arbusto denso, por lo que provocamos un fuerte crujido y
asustamos al grupo formado por Venus, Vane y Morpheus. Los tres llevaban
ejemplares en miniatura de la planta en sus cubos.
—¿Qué os pasa a…? —empezó a preguntar Venus.
—¡Salid! ¡Vamos! —les grité.
Los tres me miraron como si me hubiera vuelto completamente loca, o
al menos lo hicieron hasta que empezó a saltar por los aires la tierra a
nuestra espalda. Se oyó un estruendo, y un montón de tierra y varias plantas
cayeron sobre nosotros. Los tres exorcistas retrocedieron a trompicones
cuando la cabeza de la mantuca se elevó, tan grande que sobresalía por
encima de todas las demás plantas. Abrió la boca y se dirigió disparada
hacia nosotros.
—Joder, ¿pero qué es eso? —oí preguntar a Morpheus mientras
corríamos presas del pánico.
Oí gritos asustados desde varios puntos del invernadero. Vane tropezó
con su propio cubo en una carrera frenética y cayó. En el instante siguiente
una liana se enroscó alrededor de su pie y lo sostuvo por la pierna. Su grito
resonó por todo el invernadero.
—¡Vane! —gritó su hermana, girando en una nube de pelo azul y
corriendo hacia la planta.
—Venus, ¿qué haces? —gritó Morpheus tras ella.
—¡Vane! —volvió a gritar ella, y vi con los ojos muy abiertos cómo la
planta elevaba al chico mientras este gritaba.
—Venus, ven a… —empezó Morpheus, pero la exorcista ya se había
subido a una de las pequeñas cabezas y empezaba a recorrer el largo cuello.
El pelo se le arremolinaba por la cara. Cuando la planta se levantó, perdió el
equilibrio y cayó.
—¡Venus!
Morpheus salió corriendo, pero la exorcista sacó su azada y la clavó en
el grueso tallo de la planta, deteniendo su caída y abriéndole una profunda
brecha.
La mantuca tembló, y dejó caer a Vane. El grupo gritó mientras caía al
otro lado del invernadero.
—¡Vane! —gritó su hermana, que soltó la azada, rodó por el suelo y
corrió tras su hermano sin mirar atrás.
—No se os da muy bien el trabajo en equipo —dije.
La planta giró sobre sí misma como si hubiera oído mi voz y se dirigió
de nuevo hacia mí. Morpheus gritó y agarró lo que parecía la hebra de una
gruesa raíz que sobresalía del suelo. Tiró de ella con un esfuerzo
sobrehumano. La raíz se desprendió de la tierra, se enroscó alrededor de
Morpheus y lo apretó. Este gruñía y se le marcaban las venas del cuello
mientras se iba poniendo rojo.
—¡Zero! ¡Ve a por Yamamoto! —grité antes de coger la azada y golpear
la planta que estrangulaba a Morpheus. Se oyó un golpe seco cuando la
punta se hundió en la raíz y la savia salpicó en todas direcciones. Corté tan
rápido como pude, lo que por desgracia no pareció afectar a la planta.
—Tranquilo, te sacaré de aquí —le aseguré a Morpheus, mirándole con
determinación a los ojos oscuros.
Movió los labios y al instante siguiente se desplomó inconsciente.
Como si, de repente, la planta hubiera perdido el interés, lo arrojó lejos y su
enorme cuerpo se estrelló contra la espesura.
Levanté la vista, sobresaltada, cuando una raíz me agarró por el cuello y
tiró de mí hacia arriba con una fuerza sobrenatural. Seguramente mi chillido
se oyó en todo el invernadero cuando la planta me lanzó por los aires. El
viento silbaba en mis oídos. Tiré con los brazos, intentando sujetarme y vi
la gran cabeza de la planta debajo de mí, abriendo la boca con avidez. El
siguiente grito se me quedó atascado en la garganta.
—Mantén la calma. Solo es una planta de mierda y, desde luego, no
vamos a dejar que nos coma esta cosa verde —me gruñó Lore.
¡Qué fácil era decirlo! Apenas alcancé a estirar el pico antes de chocar
con las fauces. Unos dientes puntiagudos me pincharon la ropa. Una de las
puntas me raspó la mejilla y me dejó un arañazo ardiente. El impacto me
dejó sin aire en los pulmones. Luché por recuperar el aliento y, rugiendo,
clavé el pico más profundamente en la carne de la planta. La mantuca se
retorció con furia. La baba salpicaba en todas direcciones, pero la boca se
cerraba sin remedio. Vi a Yamamoto, Zero y los demás Omegas corriendo
hacia mí cuando la planta cerró la boca de golpe y me atrapó dentro, tan
fuerte que no podía moverme. Ahí dentro se estaba muy apretado, como si
fuera un capullo. Uno muy resbaladizo en el que la savia empezaba a
aumentar lentamente. ¿Qué era eso?
—Jugos gástricos —me dijo Lore.
—¿Qué? —gemí horrorizada, y la planta apretó tanto mi alrededor que
estaba a punto de aplastarme.
Grité y oí a Lore dándome instrucciones.
—¡Concéntrate!
—¿En qué?
—En la vida de la planta. Puede que no tenga latidos, pero donde hay
vida, también hay un origen.
—¿Y cómo se supone que voy a encontrar eso? No tengo ni idea…
—Concéntrate como te enseñó Falco —bufó.
Noté una sacudida en mi interior y fue entonces cuando lo sentí; el
hormigueo de la oscuridad palpitando a través de mis venas, una parte de
Lore. Me fijé en que mi corazón latía demasiado rápido. Oí el gorgoteo
mientras el interior de la planta se llenaba cada vez más de líquido. Dentro
de poco yo no podría respirar. Me asfixiaría antes de que esa cosa digiriese
mi cadáver con calma.
—Encuentra el origen —me ordenó Lore.
Presioné los dedos contra la membrana carnosa y respiré hondo,
intentando concentrarme en mis pensamientos como Falco me había
enseñado.
Inspirar por la nariz.
Espirar por la boca.
Inspirar.
Espirar.
Inspirar.
Espirar.
Mi pulso acelerado se ralentizó y, aunque la savia de la planta me subía
hasta la nariz, intenté mantener la calma.
Inspirar.
Espirar.
Inspirar.
Espirar.
Mi pulso era simplemente un aleteo. Los sonidos del ambiente se
desvanecieron en el fondo y sentí algo más. Algo más. Sentí a Lore dentro
de mí, como un segundo latido. Sentí la oscuridad palpitante viajando por
nuestras venas y hacia el exterior como unas sombras fugaces.
—Busca la luz. Te sentirás atraída por ella como una polilla —me
susurró Lore, y no cedí ante él, pero me dejé guiar, como si le tendiera la
mano.
Respiré hondo mientras el líquido se deslizaba por mi nariz y nos
zambullíamos. Era una sensación difícil de describir. Como si una parte de
mí se desprendiera y se filtrara dentro de la planta. La sentía a un nivel
completamente distinto. Sentí la inteligencia, que era completamente
diferente a todo lo que había conocido antes, sentí las células, el latido de
las venas, y ahí estaba: un resplandor en lo profundo de la tierra, como un
latido y sin embargo no lo era. Pero era vida, en su forma más pura. El
origen. Y Lore tenía razón: me atrajo mágicamente.
—Precioso, ¿no? Tanta luz. Y ahora… tómala —susurró Lore.
Dudé, confundida por las instrucciones, hasta que lo sentí. El hambre de
luz, el hambre que brotaba dentro de mí como una herida abierta.
—Tómala para ti. Absórbela —dijo Lore, y eso hice.
Me zambullí profundamente en la luz brillante, me expandí como tinta
en el agua y la agarré. Igual que hice con el nupeppo. Pero esta vez no fue
Lore quien lo hizo, sino yo. Succioné la luz y la llevé a mi interior. El
primer sorbo fue como beber la deliciosa luz del sol. Era algo envolvente.
Nunca había sentido nada parecido, nunca lo había probado, nunca lo había
experimentado. Fue como si por un momento estuviera conectada a la vida
misma. Tragué, cada vez más rápido.
La mantuca tembló, y yo me perdí en aquello. No bastaba. Necesitaba
más, más luz, más de esta sensación, más de… todo, pero no había nada
más. La luz había desaparecido y solo quedaba una oscuridad humeante en
el suelo, como tierra quemada.
—¿Adónde… adónde ha ido? ¿Qué ha pasado? —pregunté, confundida.
—Por fin empiezas a entenderlo. Bien hecho —dijo Lore, y yo regresé a
mi cuerpo. Volví al aquí y ahora.
Sobresaltada, abrí los ojos e intenté respirar, pero a mi alrededor solo
había savia. Grité creando un gorgoteo, y la mantuca empezó a temblar. El
mundo se inclinaba. Cerré los ojos, y caímos al suelo. La planta se retorció
y de repente se quedó flácida mientras una luz brillaba frente a mí. El
líquido salpicó por la abertura y jadeé de alivio. Tosí y me atraganté
mientras se me saltaban las lágrimas.
—¿Leaf? ¿Estás bien? —preguntó una voz apagada. ¿Yamamoto?
—Yo… sí —fue lo único que logré decir.
Abrieron la boca de la planta a la fuerza.
—Sal. —Una mano me alcanzó. La agarré y gemí mientras me sacaba
al exterior.
Gimiendo, me arrastré por el suelo y boqueé durante un buen rato antes
de que el mareo remitiera lo suficiente como para que pudiera levantar la
vista.
Yamamoto estaba de pie frente a mí, mirando por detrás de mi hombro,
al igual que los otros Omegas. Morpheus tenía un chichón enorme en la
cabeza, pero por lo demás parecía ileso. Vane estaba apoyado en su
hermana y le sujetaba el brazo. Solamente Zero se arrodilló frente a mí y
me dio unas palmaditas en la espalda.
—¿Estás bien? —me preguntó en voz baja.
—Yo… sí —volví a balbucear, y no era mentira. Me sentía mejor que
en todos los últimos días juntos. El hambre que me corroía por dentro se
había calmado y tenía… ¿calor?
—¿Leaf? —dijo Yamamoto.
Tragué saliva y miré al exorcista. No me gustó su expresión.
—No tengo nada que ver con esta planta. Lo juro. Ya estaba ahí… —
afirmé odiando la idea de tener que decir algo así.
Yamamoto apretó los labios, pero asintió.
—Te creo. No debería existir una planta de este tamaño, y menos aquí.
Pero tienes que explicarme una cosa.
—¿El qué?
—¿Qué has hecho?
¿Qué? Confundida, levanté la vista y seguí su mirada. El pelo viscoso
me azotó la cara y vi… De repente expulsé todo el aire, listábamos en una
zona reseca. La densa vegetación había desaparecido. La mitad de las
plantas no eran más que un desierto seco y hostil de tierra negra. La
mantuca parecía marchita y en el árido entorno se veía realmente su
tamaño. Era imposible pasar por alto una planta así. Era como una fuerza
inmensa de la naturaleza y estaba claramente muerta, al igual que el resto
de plantas a su alrededor. Como si algo les hubiera chupado la vida.
Me sentí palidecer. ¿Qué había hecho?
Yo tragué saliva, Lore aplaudió.
25
Falco

Demonios de nivel dos


Demonios
Íncubos y súcubos: estas criaturas aúnan las
características de un vampiro y una pesadilla. Estos
seres pueden adoptar cualquier forma, como una
ilusión. Se alimentan de los deseos de sus víctimas y
las sumen en un frenesí y ensoñación interminables
hasta que mueren de hambre, sed o por un paro
cardiaco.

E l vapor salía del baño caliente. El resplandor de las velas titilaba en


las paredes mientras que el aroma a sándalo, lavanda, mirra y rosas
flotaba en el aire del baño junto con los vapores. Mis músculos se quejaban
anhelando un poco de alivio. ¿Cuándo fue la última vez que había dormido?
En cuanto cerré los ojos, vi a Crusher frente a mí, vi a Missy, al demonio…
vi a Leaf. Vi demasiado cuando en realidad quería encontrar la paz.
Necesitaba este baño más que nada.
Me deshice la trenza apretada. Los mechones cayeron por mi espalda y
sobre mi pecho. Se iban volviendo demasiado largos poco a poco, pero eran
uno de los pocos recuerdos que me quedaban de mi hogar. De El Cairo. De
mi madre. Ella no aprobaría que me cortara el pelo; decía que nuestro
cabello era una conexión con lo sobrenatural, una extensión de nuestros
sentidos, por así decirlo. Y cortármelo era como separarme de uno de mis
sentidos. O lo era al menos si mi madre se salía con la suya. A veces era
demasiado supersticiosa y, sin embargo, lo dejaba crecer mucho tiempo.
Aunque no fuera práctico.
Me quité el albornoz de seda y me metí en la bañera, que estaba
incrustada en el suelo y parecía más bien una piscina pequeña. Unos
cuantos pétalos de rosa flotaban sobre el agua y se me pegaron a las piernas
mientras recorría los primeros escalones y sentía el ardor del agua caliente.
Tres peldaños más y el agua me bañó las caderas, la piel cicatrizada del
vientre y los músculos tensos que tanto me había costado desarrollar y que
habían llegado tras una vida de privaciones.
Me dejé deslizar lentamente en el agua caliente y cerré los ojos durante
un breve instante de placer, sintiendo únicamente la ingravidez y mientras
el aroma denso de mi tierra penetraba en mi nariz. Quizá el director Gale
tenía razón. Hacía mucho tiempo que no iba a casa. Demasiado, quizá.
Echaba de menos la risa alegre de mi hermana, el tacto de las suaves manos
de mi madre acariciándome el pelo como si aún fuera un niño. Echaba de
menos el olor a té negro y galletas dulces, y sentir el sol de El Cairo en la
piel. Incluso echaba de menos la risa profunda y sonora de mi padre.
Intentaba no pensar en todo eso la mayor parte del tiempo porque dolía,
sobre todo porque se debía a mi propia cobardía…
—¡Falco! —La puerta se abrió de golpe.
Me levanté de golpe, sobresaltado. El agua se deslizaba por mi pelo y
goteaba de mi cuerpo.
—¿Yamamoto? —pregunté.
El exorcista respiraba agitado, como si hubiera estado corriendo. —
Lamento molestarle, pero tenemos un problema.
—¿Qué pasa?
—Lo que voy a decir debe quedar entre nosotros, y es solo una
sospecha, pero tengo que hablarlo contigo. Si es verdad, tenemos un
problema aún mayor de lo que pensábamos… —dijo Yamamoto.
—¿De qué se trata? —pregunté con voz seca y salí de la bañera. El agua
salpicó en todas direcciones mientras me envolvía las caderas con una
toalla.
Yamamoto tragó saliva.
—Es por Leaf.
26
Leaf

D urante el recorrido hasta mi torre apreté tanto los dientes que me


dolían. La verdad es que había esperado acabar otra vez en el
calabozo, pero Yamamoto se había limitado a enviarme arriba con la orden
de que nos volveríamos a ver mañana para las clases. Eso significaba que
no me denunciaría al director Gale, ¿no?
El pobre exorcista que tenía que acompañarme ni siquiera llegó a
apreciar lo malhumorada que estaba antes de que yo diera un portazo a mi
espalda, cruzase la habitación dando pisotones y mirase furiosa mi viscoso
y húmedo reflejo en el espejo.
—¿A ti qué te pasa? —ladré.
El reflejo empezó a moverse. Mis ojos se volvieron negros y parpadeé
antes de que se me torciera el gesto.
—Sinceramente, no sé por qué te pones así —dijo Lore. Golpeé con las
manos a izquierda y derecha de la desvencijada mesita y siseé:
—Por si no lo recuerdas: si yo muero, tú también. Eso de hace un rato…
¿qué ha sido?
Lore enseñó los dientes y se acercó tanto que prácticamente estábamos
nariz con nariz, únicamente con la estrecha separación del espejo entre
nosotros.
—Solo has seguido tus instintos.
—¿Mis instintos? Ah, no, yo no soy así. Soy un ser humano. Soy Leaf
Young, camarera de Manhattan, y sea lo que sea lo que me estás haciendo,
para. Los exorcistas están a punto de matarnos, por si no te has dado cuenta
—le espeté.
Lore entrecerró los ojos.
—Échame la culpa a mí, pero has sido tú sola. Yo simplemente te he
dado un empujoncito.
—Pues deja de darme empujoncitos. Aléjate de mí —le grité y sentí que
las lágrimas me brotaban en los ojos.
—Eres Leaf Young, pero estás a punto de dejar de ser humana. Cuanto
más tiempo estemos conectados, más te cambiaré… y tú me cambiarás a
mí. —Frunció el ceño, como si él mismo se sintiera confuso al darse cuenta
de aquello.
—¿Qué me está pasando? ¿Qué he hecho? —pregunté.
Una expresión de lástima apareció en los ojos de Lore.
—Has actuado como un demonio: has saboreado la vida.
—Querrás decir que he acabado con ella. Eso es lo que vio Falco con el
nupeppo, ¿no? No solo matas y te apoderas de su cuerpo, también extingues
su alma devorándola… —Me estremecí solo de pensarlo.
—Muchos demonios se alimentan de las almas de otros seres vivos —
dijo Lore casi con amabilidad—. Tenemos que obtener lo que no podemos
producir nosotros mismos. Es el mismo principio por el que se alimentan
los humanos. ¿Acaso alguna vez te has sentido culpable por comerte una
lechuga?
—Los humanos no son lechugas.
—Pero tampoco te has comido un alma humana, Leaf. Era una mantuca.
Básicamente, como una lechuga, pero inteligente. No seas tan dramática.
—¿Dramática? —Me estremecí y miré a Lore con ojos desesperados—.
¿Significa eso que voy a ser un demonio?
Lore ladeó la cabeza.
—No lo sé —admitió—. Esto es un caso especial. No conozco a nadie
que haya mantenido el control durante tanto tiempo sin…
—… volverse loco —dije terminando la frase y me desplomé—. Pero
creo que lo estaré dentro de poco.
Así que era una carrera contra el tiempo. Cada segundo que tenía a Lore
dentro de mí era una batalla por mi cordura y mi alma; y más encarnizada
de lo que había supuesto antes. Tenía que sacar al demonio de mí. Daba
igual cómo.
—Leaf —dijo Lore, como si estuviera leyéndome la mente—, si estás
cambiando de verdad, y parece que lo estás haciendo, tu hambre interior
empeorará.
—¿El hambre de qué?
—El hambre de comida. Tendrás que comer o cometerás actos terribles.
Se me puso la carne de gallina y negué con la cabeza.
—No volveré a hacerlo.
—Lo harás. Aunque sea por desesperación.
—No.
—Leaf —gruñó Lore, pero yo ya me había apartado y apretaba los
puños.
—No. Soy más fuerte que eso. No voy a comer almas, y tú no vas a
hacer que me convierta en un monstruo, al menos más de lo que soy ahora
—recalqué.
Lore suspiró.
27
Leaf

Demonios de nivel cuatro


Monstruos
Lindworm: bestia gigante emparentada con el dragón
(aunque no se ha avistado ninguno de ellos desde la
existencia de la Organización). El lindworm no tiene
alas, pero sí escupe fuego o rocía veneno. Su aspecto
recuerda al de una serpiente y es ciego.
Es una de las pocas criaturas con un fuerte potenciador
de los sentidos y se emplea con este fin. Tanto la piel
como la carne de este monstruo tienen propiedades
especiales al respecto, por lo que a menudo los
lindworms se crían y se emplean de una manera similar
al ganado.

F alco me sacó a las cinco en punto de la cama o, mejor dicho, de la


bañera.
—¿Se siguen oyendo ruidos debajo de la cama? —me preguntó.
—Son increíblemente espeluznantes —murmuré, y me froté los ojos
mientras recorríamos la academia en esa mañana tranquila.
Esperaba, tensa, que Falco mencionase el incidente del día anterior, pero
no lo hizo.
Falco volvió a colocarse la mochila a la espalda y empezó a caminar en
cuanto estuvimos fuera del edificio. Yo iba jadeando tras él. Sin embargo,
en comparación, hoy era más… fácil que ayer. Era como si mis pulmones
tomasen más aire, como si mi corazón latiese más despacio y mis músculos
siguieran flexibles en lugar de sentir calambres, como si mis piernas fueran
más ligeras. El viento frío me silbaba en los oídos y, por un momento, sentí
esa ráfaga dentro de mí…
Sorprendentemente, corría más deprisa y pronto alcancé a Falco. Me
miró atónito y aceleró el paso. Ahora corríamos uno al lado del otro.
Atravesamos el primer muro, y vi a Risha volando por encima de nosotros.
Debe de ser bonito ser tan rápido. Volar. Tensé los músculos y empecé a
correr aún más rápido. Seguía a Risha mientras surcaba el cielo durante las
primeras horas de la mañana. La sangre me palpitaba en los oídos, todo mi
cuerpo era flexible y adelanté a Falco sin esfuerzo.
—¿Qué…? ¡Leaf! —gritó a mi espalda y aceleró.
Vi cómo se le tensaban los tendones del cuello mientras corríamos
juntos por el bosque. Se me escapó una carcajada. Falco me miró con los
ojos muy abiertos mientras esquivábamos los árboles. El suelo me hacía
rebotar ligeramente como si yo corriera sobre las nubes. Aquello era una
auténtica locura. ¿Por qué no me había dado cuenta antes de lo divertido
que era correr? Salté alegremente un obstáculo en el suelo, y Falco jadeó
cuando empecé a separarme de él.
—Cuidado, Leaf. Te estás alimentando del alma, pero la energía pronto
desaparecerá y volverás a tener hambre —murmuró Lore.
Yo… ¿qué? Sobresaltada, tropecé con mis propios pies y caí al suelo del
bosque de rodillas.
—¿Estás bien? —gritó Falco detrás de mí, salvando apresuradamente la
corta distancia que nos separaba y deteniéndose a mi lado.
—S… sí —balbuceé y levanté la vista hacia él.
Falco respiraba con dificultad y le veía el sudor en la frente.
—¿Qué ha sido eso?
—Yo… Quería compensar la mala impresión que di ayer. Quizá fuera
demasiado, pero no puedo más —añadí rápidamente.
Falco me miró confundido, pero no dijo nada más y echó a correr de
nuevo. Me obligué a seguirle, esta vez mucho más despacio que antes, y al
cabo de unos minutos la sensación de euforia desapareció tan rápido como
había llegado.
Una vez que dejamos atrás el Rosedal, mis pies empezaron a pesarme
como el plomo y aminoré la marcha. Cada bocanada de aire me torturaba
con punzadas y al final salía silbando como una vieja máquina de vapor. El
último kilómetro hasta la estatua me arrastré tan miserablemente como ayer,
y cuando llegamos estaba a punto de desplomarme.
Falco me tendió una botella de agua sin hacer ningún comentario. Me
bebí el agua con avidez antes de volver a sentarnos con las piernas cruzadas
uno frente al otro.
—Cierra los ojos —me ordenó Falco, juntando las manos.
Dejé la botella e hice lo mismo mientras gotas de sudor bajaban por mi
espalda.
—Inspira… y espira —murmuró Falco.
Cerré los ojos y durante unos minutos no hubo nada más que el sonido
de la respiración de ambos.
—Dime qué sientes —pidió Falco.
Me moví inquieta.
—Me pica la nariz.
—¿Y aparte de eso?
—La vejiga va a estallarme. Necesito buscar un árbol.
Falco suspiró.
—Entonces será mejor que sigamos respirando.
Tomé aire y lo volví a expulsar. Inspiré. Y espiré. Inspiré. Y espiré. Al
cabo de un rato, noté cómo mi pulso se calmaba. Con cada respiración, me
resultaba más fácil olvidar los estímulos hasta que incluso la presión de mi
vejiga careció de importancia.
—¿Qué notas? —preguntó Falco. Su voz atravesó la niebla de mi
cabeza.
—Los latidos de mi corazón.
—¿Y qué más?
—Mi aliento. El viento en mi pelo.
—Muy bien. Ahora ve más allá. Bloquea todo lo del exterior. ¿Qué hay
más allá de tu respiración? En el silencio. Entre los latidos.
Inspiré y sentí.
—Un murmullo, como el del mar.
—Eso lo oyes, ¿pero qué ves? Mira de cerca. Siéntelo de cerca.
—Hay… hay algo, pero no estoy seguro de qué es.
—Obsérvalo, y si consigues llegar allí, deja que venga a ti.
No sabía cuánto tiempo llevábamos allí sentados respirando cuando
todo mi cuerpo empezó a temblar.
—Hay algo… —susurré de nuevo, y mi voz sonó lejana.
—¿Qué ves?
—Es como una bola de luz que gira sobre sí misma. En círculos, como
una espiral.
—Muy bien. Eso es tu arcanum. Es la energía que nos alimenta a todos.
Los humanos no tienen ni más ni menos que los miembros de la Orden.
Simplemente no pueden controlarlo. Es como intentar desviar el curso de
un río con las manos —murmuró Falco, y durante unos instantes me quedé
mirando, hipnotizada por el remolino de luz brillante que, sin embargo,
tenía algo de oscuridad entremezclada, como una mancha de tinta girando
en el vórtice.
Me sentía inquieta.
—¿Quieres que haga algo? —le pregunté a Falco.
—No. Por ahora, solo estamos aprendiendo a sentir el arcanum.
Tardarás más, pero si quieres, puedes intentar ver el mío.
—Eh, eso no es una buena idea —me advirtió Lore, pero mi
concentración ya estaba dirigida hacia Falco.
Y… contuve la respiración. No abrí los ojos y, sin embargo, empecé a
ver algo detrás de la oscuridad de mis párpados. De niña me encantaba
cerrar los ojos en pleno verano y maravillarme ante los brillantes destellos
de luz que aparecían como un caleidoscopio. Esto era parecido. Era
increíble. Veía a Falco como una sombra, como si pudiera observar a través
de él, como si fuera de cristal, y en Falco no brillaba ninguna bola de luz,
sino que ardía como un sol. Era tan brillante que me cegó. Emanaba una
pulsación, como el ritmo de los latidos de un corazón. Era una visión
impresionante y nada, absolutamente nada, de lo que había sentido antes
podía compararse.
—¿Qué ves? —me preguntó Falco en voz baja.
—Es increíble —respiré y me estremecí.
Instintivamente estiré la mano y la puse sobre su pecho para estar más
cerca de la luz. Falco se estremeció y se puso rígido. Yo seguía con los ojos
cerrados y absorbía la sensación del calor que emanaba de él. Me empezó a
picar el estómago, un dolor punzante y punzante. Sentía algo que parecía…
Hambre.
Un hambre voraz.
Un escalofrío me recorrió mí y me acerqué aún más. Quería probarlo.
Solo un poquitín. Ahí había tanta energía que Falco ni siquiera notaría que
faltaba algo.
—¿Leaf? ¿Qué haces? —preguntó Falco mientras yo enterraba la nariz
en su cuello y respiraba hondo.
—Tan dulce… —susurré, pasando los dedos por su pecho.
—Leaf.
—Y cálido. Le agarré del pelo e inspiré más profundamente,
apretándome contra él hasta que sentí los latidos de su corazón.
—¡Leaf!
—¡Más! —Busqué con reverencia el brillo de su interior antes de que
me sacudieran violentamente.
—¡Leaf despierta!
Fue como resurgir de aguas profundas. Abrí los ojos de golpe. Me
esforcé por respirar. Falco estaba tumbado debajo de mí, con el pelo
esparcido por el suelo. Estaba de cuclillas sobre él. ¿Cuándo lo había
tumbado?
Me cogió de las manos y me miró fijamente.
—Leaf, ¿qué ha sido eso?
Su voz retumbó por su caja torácica.
—Ay, madre mía. Lo siento.
Conseguí levantarme y me alejé de él todo lo que pude.
Falco se incorporó y se frotó la mancha de la nuca.
—Lo siento.
Entrecerré los ojos porque no podía mirarle.
—Te lo advertí —dijo Lore—. Los exorcistas como Falco no son como
las plantitas de ayer, ni como la gente corriente. Tienen un alma mayor que
la que una persona normal podría tener nunca. Probarlas es lo más
estimulante y peligroso que puedes hacer.
Me estremecí antes de que me cogiera de la barbilla y me hiciera
levantar la mirada. Falco estaba de pie delante de mí y fruncía el ceño.
—¿Qué has visto que te ha perturbado tanto? —preguntó.
Tragué saliva.
—A ti —logré decir—. Eres fascinante. —Las palabras se me escaparon
antes de que pudiera retractarme.
Falco respiró hondo. Sus ojos se oscurecieron, sus pupilas se
ensancharon y, por un segundo, creí sentir su mirada tan intensamente como
una caricia sobre mi piel.
Duró un abrir y cerrar de ojos.
Me soltó y dio un paso atrás.
—Deberíamos seguir andando. Si no, llegarás tarde.
Asentí y nos pusimos en marcha. No me atreví a mirarlo ni una sola
vez. Corrí, pero el hambre… el hambre seguía ahí.

En el desayuno, ignoré las miradas hostiles que me seguían. Cogí toda la


comida que pude y empecé a engullirla como si mi vida dependiera de ello.
Esta vez solo olí agua bendita en el café. Lo dejé a un lado y me comí otro
cruasán.
Zero se sentó frente a mí y parpadeó sorprendido.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Como siempre —respondí con desgana y engullí un huevo—.
¿Dónde está Crain? —murmuré.
El exorcista se encogió de hombros.
—Supongo que sigue de viaje. ¿Tienes la lista de la compra? La llevaré
al cobertizo.
Asintiendo, metí la mano en el bolsillo y le puse un cuadernito en la
mano cuando una voz nos interrumpió.
—¿Hoy sí tienes hambre?
Se me erizaron los pelos de la nuca. Yu Tsai estaba de pie junto a mí, sin
molestarse siquiera en ocultar su expresión de asco. Me limpié la boca con
el dorso de la mano y pregunté con tanta frialdad que Falco se habría
sentido orgulloso de mí.
—¿Qué quieres?
—¿Que qué quiero? —repitió, escrutándome sarcásticamente de arriba
abajo—. Lo que quiero es acabar con criaturas como tú hasta que no seas
más que un mal sueño.
—Ajá. Pues buena suerte —le gruñí y me estremecí por dentro. ¿Sería
su arcanum tan brillante como el de Falco? Me pregunté qué cara pondría si
apretase mis labios contra los suyos y le chupara el alma hasta que…
Me estremecí de nuevo. ¿Qué clase de pensamientos eran esos? Zero
me miró preocupado.
—Disculpadme un momento —murmuré e intenté levantarme, pero Yu
Tsai se interpuso en mi camino, me retuvo y me miró fijamente—. ¿Qué?
—pregunté. Se acercó tanto a mí que pude sentir su aliento incómodamente
caliente en mi cara.
—Te crees especial, ¿verdad? —murmuró—. Pues no eres la primera
rarita que viene aquí, y no serás la última. Hay rumores sobre ti y lo que
hiciste ayer. Pronto no podrás ocultar lo que eres, y entonces me encargaré
de arrancarte el corazón del pecho.
Se echó hacia atrás, y le fulminé con la mirada.
—¿Me estás amenazando? —pregunté con tono burlón.
—No, es un relato anticipado de algo que me encantaría hacer —
contestó, me guiñó un ojo y desapareció en la sala de desayunos.
Respiré hondo.
—¿Qué ha dicho? —quiso saber Zero.
Le miré con el ceño fruncido.
—Algo de que no soy el primer demonio de la academia. ¿Qué
significa?
Levantó los hombros. Interesante.
—¿Entonces es verdad?
Zero palideció y miró a su alrededor.
—¿Zero? —pregunté con un poco más de vigor.
Suspiró, bajó la cabeza y su voz se redujo a un susurro.
—No eres el primer intento de la academia por integrar y entrenar
demonios en la escuela.
—¿Ah, no?
Sorprendida, me desplomé en la silla. Negó con la cabeza.
—No. Hubo dos antes que tú. Trajeron a uno aquí hace unos diez años,
y al segundo hace cuatro.
—¿Qué clase de demonios eran? —pregunté, y la mata de pelo claro de
Zero se inclinó hacia abajo.
—El primero era un renacido, un varkolak.
—¿Qué es un varkolak?
—A grandes rasgos podría decirse que es un vampiro. Era hijo del
director Gale.
Ensanché los ojos.
—¿El director Gale tenía un hijo vampiro?
—No siempre fue un varkolak. Se suponía que era uno de los mejores
exorcistas que había dado la academia. Se especializó como nigromante y
acabó con una secta strigoi muy famosa llamada el «Sindicato de Ebon» en
su segundo curso. Los aniquiló a todos, excepto a uno.
—¿Y qué pasó? —susurré, inclinándome sobre la mesa con
expectación.
Zero suspiró.
—Mejor dicho, todos menos a una: la última superviviente del Sindicato
de Ebon. Se supone que estuvo persiguiéndola con una tenacidad que
rayaba en la locura.
—Déjame adivinar: ¿lo cazó ella a él? —intervine.
—No exactamente. Me enteré de esto por Crain, pero supuestamente
estaban enamorados. Cuando el director Gale se enteró, los separó y ofreció
una recompensa por la renacida.
—¿Y la atraparon?
Zero negó con la cabeza.
—No, pero supuestamente su hijo no pudo soportar que lo separaran de
ella. Empezó a cazar como un loco, inyectándose dosis cada vez mayores
de veneno de renacido. Y un día fue demasiado. Su corazón dejó de latir,
pero como tenía toda esa sustancia en las venas no murió, sino que se
convirtió también en un renacido.
Contuve la respiración, tensa.
—¿Y luego qué?
—Se supone que a los exorcistas que se convierten en demonios hay
que matarlos inmediatamente, pero el director Gale convenció a la Orden
para que llevase a cabo un proyecto piloto en el que un demonio con el
entrenamiento y los conocimientos de un exorcista pudiera ser utilizado
contra los demonios.
—¿Por qué tengo la sensación de que esto no acaba bien? —me
lamenté.
Zero suspiró.
—No sé por qué, pero el proyecto fracasó. Dijeron que el hijo de Gale
no podía controlarse. Al final le pudo el hambre. Mató a docenas de
estudiantes antes de que el director Gale pudiera detenerlo y decapitarlo en
el acto.
Sentí unas náuseas y recordé la mirada penetrante del anciano.
—Fue un desastre —prosiguió Zero—, pero desde entonces siempre
intenta aceptar e integrar a los demonios.
—¿Y lo hizo otra vez más?
—Solo una vez antes de ti, y en realidad no fue bien —admitió Zero con
tono seco, mirándome—. Pero creo que eres algo así como su última
esperanza. Probablemente te vea como una representación de su hijo y
espera hacerlo mejor esta vez. Aunque no lo parezca, puede que el director
Gale sea tu único amigo entre los exorcistas. Sin embargo, hay muchos que
quieren impedir exactamente eso. La Orden está dividida desde hace varios
años: están los que, como Gale, quieren el progreso y creen que la clave
para luchar contra los demonios no es erradicarlos por completo, sino que
sería más eficaz trabajar con ellos; por el contrario, la facción conservadora,
como el sacerdocio y hombres como el primus, que representan una gran
parte de la Orden, son partidarios de preservar las tradiciones y los valores.
Para ellos, el único demonio bueno es un demonio muerto, y el mundo solo
estará a salvo cuando el último demonio haya exhalado su último suspiro.
El padre de Yu Tsai es uno de los presidentes de los puristas.
—¿Puriqué?
—Los puristas. Es una comunidad entre los exorcistas que se dedica
principalmente a preservar los viejos valores. Tienen bastante poder y,
aunque les guste restarle importancia, muchos miembros de alto rango de la
organización son puristas.
Me estremecí y miré los restos de mi desayuno. Arrugué la nariz.
—¿Estás diciendo que el noventa por ciento de los exorcistas me quiere
muerta?
—Supongo que sí, pero de momento sigues bajo la protección de la
Orden. Si alguien te hiciera daño ahora, sería castigado como si un
exorcista matara voluntariamente a otro. Pero si fuera un accidente en el
que pareciese que un demonio te ha matado, entonces nadie podría ser
procesado…
—¿Entonces lo de ayer no fue una coincidencia?
Ladeó la cabeza.
—Lo del nupeppo de anteayer ya fue coincidencia suficiente. ¿Y lo del
mantuca ayer? Posiblemente. Quizá solo sea que atraes a la mala suerte,
pero yo que tú tendría cuidado.
Un rugido se extendía por mi estómago, y no tenía nada que ver con
todo el beicon que me había comido.

Cuando entramos juntos en el laboratorio, la tensión en la sala era tan


palpable que incluso Zero se detuvo. Los exorcistas estaban de pie
alrededor de la mesa de Vane hablando con él de forma agitada. El joven
exorcista tenía el rostro pálido.
—Lo sé, pero no podemos simplemente…
—¿Qué pasa? —interrumpió Zero. Sonaba tan amable como siempre y,
sin embargo, todos los exorcistas se estremecieron y nos miraron fijamente.
Vane se puso aún más pálido, si es que eso era posible.
—Nada —respondió la pelirroja Merope y se enderezó—. Hablábamos
de la clase de hoy.
—¿Qué pasa hoy? —quise saber.
Zero sonrió ligeramente.
—Parte del entrenamiento del primer semestre es invocar un espíritu.
Fruncí el ceño.
—¿Te refieres a una de esas cosas que se come tu alma? ¿Por qué
querría alguien una cosa así?
—Depende de ti si quieres vincularlo a ti. No obstante, los fundamentos
de la invocación son una parte importante del adiestramiento —sonó una
voz detrás de nosotros.
Nos giramos. Yamamoto entró en la sala y nos miró por encima de sus
gafas hasta que Zero y yo nos sentamos rápidamente.
Yamamoto cruzó los brazos a la espalda. El abrigo le ondeaba alrededor
de las piernas mientras caminaba lentamente de un lado a otro de la sala
antes de romper el tenso silencio y levantar la vista.
—Antes de empezar la clase de hoy, me gustaría hablar de lo que pasó
ayer.
Arqueé nerviosamente la espalda y, una vez más, la tensión en la
habitación se hizo incómodamente palpable.
—Señor… —Merope se levantó. Su pelo rojo le caía por la estrecha
espalda mientras hacía lo posible por evitar mirar en mi dirección—. Como
líder del grupo Omega, me gustaría presentar una solicitud de expulsión.
El rostro de Yamamoto permaneció impasible, pero una expresión de
recelo pasó por sus ojos.
—¿Quiere marcharse, novicia Davis?
—No, señor. No queremos a la novicia Young en nuestro grupo. Nos
sentimos incómodos en su presencia y tememos por nuestra seguridad.
—¿Ah, sí? —preguntó Yamamoto, y apreté los dientes. Era de esperar
—. Bueno… —dijo Yamamoto, cruzándose de brazos—. No puede expulsar
a la novicia Young de clase.
—Si me lo permite, señor, sí podemos —intervino Vane, abriendo un
grueso libro que tenía sobre la mesa—. Según el párrafo 187, sección C, de
las reglas de la academia, se permite a los novicios presentar un voto de
censura contra un compañero si hay sospechas de un comportamiento
malicioso y aberrante que pudiera poner en peligro a los alumnos. Si hay
mayoría de votos a favor, el compañero puede ser expulsado del grupo hasta
que se refute el voto de censura. Esa es la norma, ¿no, señor? —preguntó,
levantando la vista con timidez, pero decidido.
Miré tensa a Yamamoto, que apretó visiblemente la mandíbula y
permaneció en silencio. Estuvo así un buen rato. Finalmente dijo:
—Así es.
Vane se dejó caer en el asiento.
—Excepto Zero y Crain, todos hemos votado ya a favor de la expulsión.
Todas las miradas se volvieron hacia Zero. Este parecía casi
sorprendido.
—Yo voto en contra —dijo simplemente—. Y mientras falte Crain,
todos los votos serán nulos.
—No importa —replicó Merope con calma.
—¿Estáis seguros de que queréis dar este paso? —intervino Yamamoto
—. Todos sois exorcistas con un talento excepcional y, sin embargo, Omega
es el grupo con peores resultados en las pruebas, y os enviarán a una
pequeña ciudad como guardias al final de vuestro entrenamiento. ¿Sabéis
por qué es eso?
—El grupo Omega no tiene ninguna posibilidad —respondió Venus con
enfado—. Todo el mundo sabe que cualquiera que acabe en Omega tiene la
etiqueta de perdedor desde el principio. Omega es el grupo de los
pringados.
Yamamoto la miró impasible.
—Hay un rumor persistente de que las designaciones Alfa, Beta y
Omega tienen algo que ver con el rendimiento. Y, sí, el Alfa siempre ha sido
uno de los mejores en los últimos años, pero hubo años en los que no fue
así, en los que Omega estuvo a la cabeza. Antes se consideraba un
privilegio ser asignado al grupo Omega porque solo pertenecías a él si
tenías habilidades especiales. No existe un sistema de clasificación. Sois
vosotros quienes lo creáis. Omega tiene potencial para volver a lo más alto,
pero no lo hará. ¿Y sabéis por qué?
Un silencio se extendió por la clase antes de que Yamamoto prosiguiera.
—Porque todos tenéis algo en común: la falta de espíritu de equipo.
Sois lobos solitarios rebeldes y eso os costará la cabeza ahí fuera, por
mucho talento que tengáis. Ayer fue un buen ejemplo de ello. En lugar de
detener a la mantuca, todos intentasteis salvar vuestro pellejo. Y antes que
nada, deberíais daros cuenta de que ser exorcista no es una profesión, sino
una vocación. La protección de los demás siempre está por encima de la
vuestra. Si no estáis dispuestos a eso, estáis en la zona equivocada de la
academia. Sé que la situación es difícil para todos los involucrados, pero
también estoy convencido de que la novicia Young podría ser una gran
adición a este grupo si estáis dispuestos a salir de vuestra burbuja de
seguridad.
—Con el debido respeto, señor, ninguno de los otros grupos estaría
dispuesto tampoco a tolerar a la novicia Young. Como usted ha dicho,
tenemos que luchar por nuestra reputación —replicó bruscamente Merope.
Cada una de sus palabras me dolía y sentía tensión en mi interior.
—Y no lo haréis dando media vuelta como cobardes. ¿De verdad creéis
que la novicia Young es más aterradora que cualquier cosa que os vayáis a
encontrar ahí fuera? Un buen exorcista es quien entiende a los demonios, no
el que les teme. Si hacen esto último, puedo garantizarles que todos ustedes
se habrán ido de esta academia antes del tercer curso. Estoy de acuerdo en
que el párrafo es válido, pero esperaremos hasta que el último novicio haya
emitido su voto antes de expulsar a la novicia Young. —Y lanzó una mirada
severa a toda la clase.
Merope, sin embargo, se mantuvo inflexible.
—Incluso sin Zero y Crain, tenemos mayoría, señor. Puede que la
decisión final no sea posible hasta que se emita el último voto, pero hasta
entonces, tenemos derecho a expulsar a la novicia Young.
Unas manchas oscuras aparecieron por mi campo de visión. ¡Esos
exorcistas esnobs y engreídos! Sentí que me picaba la piel mientras me
imaginaba agarrando el pelo rojo de Merope y dándole puñetazos en la cara
hasta que le desapareciera esa expresión de suficiencia.
La sonrisa se me congeló en la cara. ¿En qué estaba pensando? Sentí
frío mientras las conversaciones zumbaban de fondo. Noté la cara de
preocupación de Zero y volví a meter aire en los pulmones. Tenían razón:
era un peligro.
Con un sonoro chirrido, empujé la silla hacia atrás y me levanté de una
vez.
—Tutor Yamamoto, si el grupo se siente incómodo en mi presencia,
recuperaré el temario que tengo pendiente por mi cuenta hasta que se tome
una decisión definitiva.
Yamamoto parecía querer intervenir, pero al final se limitó a asentir.
—Ya hablaremos más tarde —dijo.
Tomé mis libros y salí de la clase, con el pecho dolorido por el rechazo.
Cuando la puerta se cerró a mi espalda, tuve que apoyarme en ella un
momento, sintiendo la fría madera e intentando tragarme las náuseas. No
tenía sentido que me sintiera herida y necesitaba controlar mi ira.
—No los necesitas —objetó Lore.
—Es posible —murmuré. Pero seguía doliendo. ¿Sería esta mi vida
ahora? ¿Siempre al borde de la muerte, temida, sola? Al final, me quedé con
la pregunta constante de si realmente era el monstruo que veían en mí, o si
me habían convertido en uno.
Unos pasos más adelante, había un exorcista esperándome y me
acompañó a mi habitación. Sin embargo, cuando cerré la puerta y me
desplomé, vi a alguien tumbado en mi cama que claramente no tendría que
estar ahí.
—¿Tú?
Crain levantó la vista del libro que estaba leyendo y me sonrió.
—Has venido.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, dejando los libros sobre la mesa a mi
lado.
—Esperarte.
Se sentó y se pasó los dedos por el pelo verde revuelto. Parecía cansado
y magullado, como si lo hubieran arrastrado por una calle sucia. Olía a sal y
cobre. A sangre.
—¿Por qué estás aquí? —volví a preguntar, frotándome las sienes para
combatir la lenta aparición de un dolor de cabeza.
Crain se rascó la cabeza.
—¿Has tenido un mal día?
—Por tu aspecto, probablemente no tan malo como el tuyo —refunfuñé
y me tumbé a su lado en la cama.
Crain me miró mal.
—Has vuelto pronto —dijo, como si ya lo sospechara.
—Sí, todo gracias al párrafo 187, sección C, de las normas de la
academia —respondí.
Crain asintió.
—¿La regla sobre lo del sexo en el cementerio? Me cuadra, sí. El
director Gale tiene un par de apariciones que usa como chivatos, pero eso es
solo una suposición…
Este tío era increíble.
—¿Qué? ¡No!
—¿No? —Frunció el ceño, confundido—. Juraría que ese era el párrafo
187, ¿o era el 178?
—No. Han votado para expulsarme del grupo.
Crain frunció el ceño de nuevo.
—¿Por qué?
—Supongo que porque creen que soy un demonio.
—Como si lo fueras —Crain sacudió la cabeza—. Menudos idiotas. Tan
solo están intimidados.
—¿Por mí?
—Por otros exorcistas. Es manipulación de segunda mano. Por los otros
grupos o por los profesores, tal vez por todos. A saber… Ellos no pueden
hacerte nada, pero intentan conseguirlo a través de los demás.
—Es terrible.
Crain resopló.
—Bienvenida a los exorcistas, ¡Ven!
Se levantó con energía y me quedé mirándole confusa.
—¿Adónde?
Me guiñó un ojo.
—A tu nuevo lugar favorito. —Me cogió de la mano, me levantó de la
cama y me lanzó una mirada irónica por encima del hombro—. Ah, por
cierto, ¿sabías que hay docenas de liderics viviendo bajo las tablas del
suelo?
—¿Lidequé?
—Sabandijas demoníacas, querida. ¿Cómo puedes dormir con el ruido
que hacen?
Abrió la puerta de un tirón, y mi guardaespaldas exorcista se nos quedó
mirando, perplejo.
—¿Qué…? —empezó a decir, pero Crain le interrumpió.
—Una misión especial. Puedes hacer la vista gorda.
—¿Misión especial? —gritó el exorcista tras nosotros, pero ya
habíamos desaparecido por las escaleras.
—Ahora vamos rápido antes de que nos alcancen —susurró Crain y tiró
de mí a través de la quinta ala. Se movía con decisión y sin vacilar; estaba
claro que sabía moverse por aquí—. Estoy a punto de mostrarte un secreto
muy bien guardado. Tienes que prometerme que no le dirás a nadie de
dónde lo has sacado, o Falco me cortará las pelotas y las pondrá en su
estantería de recuerdos —bromeó Crain.
—Eh… ¿de acuerdo?
—Buen demonio.
Me llevó a través de una estrecha puerta hacia una vieja vitrina. El
cristal se había hecho añicos y lo único que se veía eran unas cuantas fotos
colgadas en marcos rotos y restos de metal fundido. Crain pasó el dedo por
el borde como si buscara algo. Se quedó mirando al aire antes de que, de
repente, sonase un clic y una sonrisa de satisfacción se dibujara en su rostro.
Crujió, el armario se abrió con estrépito y dejó paso a un pasillo angosto.
—Et voilà! Después de usted, madame —dijo, haciendo una exagerada
reverencia, mientras yo miraba escéptica por la abertura.
—¿Vas a asesinarme ahí dentro? Dímelo ya, y me ahorro el pánico.
—¿Te han dicho alguna vez que tienes un sentido del humor
deliciosamente morboso?
—Eres el primero.
—¿Tienes claustrofobia?
—No.
—¿Miedo a la oscuridad?
—No.
—¿A las arañas?
—Un poco…
—Pues recuerda que ellas te tienen más miedo a ti que tú a ellas porque
eres mucho más grande. Entra ahí.
Suspiré y me introduje por la puerta mientras murmuraba:
—Me pregunto cuánto le gustaría a una araña que me arrastrara sobre
ella.
—Depende del tamaño de la araña, supongo —murmuró Crain,
divertido, y algo brillante destelló.
Miré hacia atrás y vi que una pequeña llama salía de la punta de sus
dedos. El tenue resplandor iluminó la superficie irregular de la piedra,
interrumpida por pequeños nichos cuyo significado ignoraba por completo.
—Tendrás que enseñarme el truco del fuego —comenté.
Su sonrisa se iluminó con el parpadeo de la llama azul.
—Todo recto —dijo.
Empecé a desplazarme. Olía a polvo y a humedad, pero por suerte, no
había arañas monstruosas. El pasillo pronto dio paso a una escalera que
descendía. Bajé detrás de Crain, y seguimos el camino hasta que el estrecho
pasillo giró bruscamente a la izquierda.
—¿Dónde estamos exactamente? ¿Y adónde conduce el pasadizo? —
pregunté, agachándome bajo una telaraña baja que parecía algodón debido a
todo el polvo que se había acumulado.
—Estamos en uno de los pasadizos secretos. Hay docenas que
atraviesan la academia.
—¿Por qué?
—¿Que por qué? La academia la construyó en 1602 un exorcista
llamado Henry Hudson y antes les gustaban mucho las rutas de huida. En
aquella época, Nueva York aún era una llanura pantanosa. Ya entonces
había desacuerdos dentro de la Orden, y Hudson seguramente quisiera
escapar de la influencia de Europa. Se suponía que la academia sería un
lugar donde podría operar y experimentar sin que le reprendieran
constantemente. Sin embargo, durante algunos siglos, la academia no era
grande y, desde luego, no era importante. Se consideraba más bien un
refugio para exorcistas rebeldes y testarudos. Hasta el siglo XIX, tras el gran
incendio de Chicago y el hundimiento de la academia allí, no se buscó una
nueva ubicación y la elección recayó en Black Rock. El director de
entonces, Roosevelt, aceptó y así la academia se remodeló y amplió hasta
convertirse en lo que ves hoy.
—Yo… un momento. —Me detuve bruscamente y vi unos agujeros en
la pared de al lado. ¿Eran mirillas? Me estremecí al pensar que era evidente
que los exorcistas se espiaban por aquí y me di la vuelta—. ¿Te refieres a
Franklin D. Roosevelt? ¿El expresidente? ¿Era exorcista?
Las comisuras de los labios de Crain se levantaron divertidas.
—Los Roosevelt son una familia muy antigua de exorcistas. Se supone
que el propio Franklin era un desastre con el manejo del arcanum, así que
se hizo burócrata. Muchos de los burócratas se dedican a la política o a los
negocios y ocupan altos cargos. Roosevelt llegó a presidente, pero su padre,
James Roosevelt, fue director de esta academia.
Parpadeé.
—Eso es… muy fuerte.
Se echó a reír, y no supe muy bien qué pensar de la información de que
la Orden estaba involucrada en mucho más de lo que yo hubiera imaginado.
No se trataba solo de una secta. La Orden era obviamente la que estaba
detrás de más de un par de casos misteriosos que, cuando se habían
encubierto mal, habían acabado en Netflix.
Me obligué a seguir andando y pregunté:
—¿Y para qué eran todos esos túneles?
—Bueno… Ni yo estoy seguro del todo. Pero los exorcistas son muy
reservados. Si un exorcista se ha instalado en algún lugar, siempre
encontrarás algún tipo de túnel: para espiar, para escapar, para guardar
armas… Elige una razón.
—¿Y antes había una academia en Chicago? ¿Cuántas hay en Estados
Unidos?
—Ahora hay dos grandes ciudades de estudiantes, que son también el
origen de todos los exorcistas de Estados Unidos. Una es Black Rock, en
Manhattan, y la otra es el Área 51, en Nevada.
—¿El Área 51? ¿Me tomas el pelo? —solté incrédula.
Otra vez esa sonrisa.
—Allí a la Orden le cuesta pasar desapercibida —se rio y me sentí un
poco mareada por esta información.
—Qué fuerte… —volví a murmurar y casi me quedé de piedra cuando
de repente nos topamos con una pared. Una escalerilla oxidada conducía
hacia arriba, y vi la luz del sol brillando a través de una escotilla—. ¿Allí
arriba? —quise saber.
—Eso parece.
—Y entonces… —Subí, empujé la escotilla con un gemido y no vi nada
más que un denso bosque frente a mí—. ¿Dónde estamos?
—En el anillo exterior de la muralla. Sube.
Ascendí al exterior, con el viento apartándome el pelo de la cara. Aquí
los árboles eran enormes. A través de sus copas se filtraba la luz del sol, que
brillaba al traspasarlas, y pintaba manchas en el suelo. Flotaba un olor
increíblemente intenso a rosas; tan fuerte que un dolor de cabeza palpitante
me invadió en cuanto respiré hondo.
—¿Por qué huelen tan raro estas rosas? —pregunté y me apreté las
sienes con la mano.
Crain dejó caer el tragaluz y me miró sorprendido.
—¿Las hueles?
—¿Que si las huelo? Ese olor me está taladrando el cráneo —afirmé. ¿Y
Lore? Estaba sospechosamente callado. Sinceramente, no había estado
callado tanto tiempo desde que nos habíamos conocido. Era como si incluso
a mí me costase percibir su presencia. ¿Pero qué…?
Crain señaló con la barbilla hacia el bosque. Seguí su mirada y vi las
rosas de un rojo intenso que se abrían como un matorral frente a nosotros.
Se enroscaban alrededor de los árboles y cubrían el suelo. Las flores eran
tan grandes como mi mano y las espinas tan largas como mi dedo meñique.
Me eché hacia atrás, temblando.
—¿Qué son?
—Esa variedad se llama «pie del diablo». Esta especie crece muy
raramente.
—¿Porqué?
—Porque se alimenta de los restos de los exorcistas.
—¿De cadáveres? —pregunté, atónita, y retrocedí con asco. Ahora sabía
lo que era. Debajo del olor dulzón estaba el olor a muerte.
Crain asintió.
—El cementerio de los exorcistas está cerca. No hay ningún lugar
donde el pie del diablo crezca tanto como allí. Aún no está claro por qué
tiene un efecto tan disuasorio sobre los demonios, pero algunos afirman que
la causa está en nuestra sangre de exorcistas. Hay docenas de historias,
pero… sea como sea, es prácticamente imposible que los demonios entren
en la isla. Las rosas son un escudo protector natural. Una ironía trágica, ¿no
te parece? Los exorcistas sirven a la causa en la vida y en la muerte. Y la
planta se usa también en pociones. El agua bendita que tenía tu café en
realidad no estaba bendecida, sino que se preparó con aceite de pie de
diablo.
—Eso explica muchas cosas… —murmuré, y el dolor de mi cabeza
aumentó hasta convertirse en una palpitación que me recorría todo el
cráneo. La nariz se me hinchó, y también los ojos.
—Te encontrarás mejor en cuanto lleguemos al puerto —me aseguró,
cogiéndome del codo y tirando de mí a través de la espesura.
Le seguí a trompicones, desorientada y tratando de no respirar
profundamente. El olor me quemaba como pimienta en la nariz y estornudé
con fuerza. Lore seguía sumido en un silencio inusual.
Al cabo de unos metros, la espesura se aclaró y salimos a un prado
abierto rodeado por un muro de altura imposible. El único pasadizo era un
arco enrejado a través del cual el agua de mar se deslizaba hacia el interior,
desembocando en un pequeño puerto.
Una hilera de estrechas barcas negras yacía anclada y había un edificio
de madera muy cerca del muelle.
—Este es el cobertizo para las barcas. Esta zona es la única forma de
entrar y salir de aquí —explicó Crain.
En cuanto la brisa salada disipó el hedor de las rosas, volví a respirar
con un poco más de libertad. Le miré.
—¿Por qué me enseñas todo esto? ¿No tienes miedo de que te mate e
intente escapar?
Crain me devolvió la mirada sin vacilar. Tenía las pupilas dilatadas.
—¿Qué sería de la vida sin un poco de riesgo? —me murmuró.
Entrecerré los ojos con desconfianza.
—Eso no es una respuesta.
—Y no voy a darte ninguna, pero estoy seguro de que en esta isla todo
el mundo te dirá que no necesito motivos para hacer cosas estúpidas y
temerarias.
Pasó a mi lado y me quedé mirando su figura musculosa, el pelo verde,
los pendientes de su oreja que resplandecían bajo la luz del sol. Quizá no
fuera tan buena idea marcharme con un exorcista que era prácticamente un
desconocido. La sospecha de Zero de que un exorcista intentaba quitarme
de en medio no era para nada descabellada. ¿Qué sabía yo de Crain, salvo
que le gustaba saltarse las normas? Si ahora desaparecía, nadie sabría lo que
me había ocurrido. Y yo habría ido trotando tras él como un corderito
inocente.
Instintivamente di un paso atrás cuando Crain se dio cuenta de que no le
estaba siguiendo.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Quizá debería volver —le dije.
Crain enarcó las cejas.
—Como quieras. No te sientas presionada, ya conoces el camino.
Asentí y me di la vuelta, pero su voz me detuvo.
—Si hubiera querido matarte, podría haberlo hecho en tu habitación. En
realidad simplemente quería emborracharme y pensé que si alguien tenía un
motivo para beber conmigo, esa eras tú.
Volví a girarme sobre los talones.
—¿Por qué tendría que creerte?
Se rio, mostrando sus caninos puntiagudos.
—Eres tú la que es un lobo con piel de cordero. La pregunta es: ¿por
qué debería correr el riesgo de quedarme a solas con un demonio famoso
por ser un asesino en serie?
—¿Y bien? ¿Por qué quieres estar a solas con un demonio que es un
asesino en serie?
Crain elevó los brazos hacia el cielo y fue caminando de espaldas hacia
el muelle.
—¿Qué puedo decir? Vivo al límite. Si cambias de opinión, estaré en el
cobertizo. —Se giró y lo vi desaparecer en el cobertizo.
—A mí me parece que deberíamos emborracharnos y romper cosas.
También podríamos matar o acostarnos con alguien. Quizá un buen trío.
Hace tiempo que no hago un trío.
—¿Otra vez por aquí? —murmuré.
—Nunca me he marchado.
—Pues no lo parecía. Estabas muy callado.
Lore farfulló algo que no entendí, pero no respondió a mi pregunta.
Miré con interés hacia mi interior.
—Son las rosas, ¿verdad? A ti también te afectan. ¿Por qué?
—Alergia al polen —respondió con sequedad.
Me puse tensa. Ahí estaba. Quizá hubiera encontrado algo que me
permitiría avanzar con Lore. Y había sido gracias a Crain.
—¿Sabes qué? Vamos a beber —dije, dándome la vuelta con el pelo
alborotado y caminando hacia el cobertizo para botes.
—Puede que eso sea lo más bonito que has dicho jamás —reconoció
Lore.
Sin embargo, cuando abrí la puerta, no había ni rastro de un bar. Había
un mostrador de madera desnuda en el otro extremo, con un tipo alto y
atractivo de unos cuarenta años. Por primera vez en mucho tiempo, vi a
alguien que no vestía completamente de negro, pues el tipo llevaba una
camisa de leñador con cuadros rojos y unos vaqueros oscuros. Tenía el pelo
negro peinado hacia atrás y le brillaban unos mechones plateados en las
sienes. Había una cosa sobre la barra. Un vaso redondo con un pez dorado
dentro. Detrás de la barra había un estante alto con compartimentos de
madera en los que se apilaban cartas y paquetes, al igual que sacos más
grandes.
Cuando atravesé la puerta chirriante, él levantó la cabeza. La forma en
que se movía me recordó a un lobo al acecho. Si sabía quién era, no lo dijo,
sino que se limitó a asentir.
—Hola, ¿en qué puedo ayudarle? —Su voz revelaba un acento
marcado. ¿Escocés quizá?
Me aclaré la garganta.
—En… Estoy buscando a Crain. Se supone que ha entrado aquí.
El tipo de la barra asintió y apiló unas cartas sobre otras.
—Está abajo —Y señaló con la barbilla… ¿a la pared?
Confundida, dirigí la mirada hacia la pared desnuda hasta que me fijé en
la trampilla de madera.
—¿Ahí abajo? —pregunté.
—Ahí abajo —confirmó.
Con desconfianza, atravesé el local y levanté la trampilla usando una
cuerda. Abajo estaba oscuro y verde; la luz violeta se mezclaba con los
sonidos apagados de música rock que no había oído antes. El olor típico de
un bar me llegó a la nariz.
—Cierra cuando pases —dijo el hombre del bar.
Me giré, bajé unos escalones y miré a mi alrededor sorprendida. Era un
bar de verdad. El suelo y las paredes eran negros y estaban llenos de
pintadas. En una esquina había un pinball. La mayor parte de la sala debía
de ser una pista de baile, pero no había ningún exorcista en el bar. Unos
cuantos asientos de cuero rojo desgastado se amontonaban en las esquinas.
El suelo estaba un poco pegajoso y, mientras me dirigía hacia la barra, el
único cliente se dio la vuelta. Crain ya tenía una botella delante y agitaba un
vaso con cubitos de hielo en la mano.
—Vaya, mira quién ha aparecido al final.
—Tienes razón. Necesito emborracharme —reconocí y miré al
camarero—. Ponme una de lo que se tome aquí.
—¿Segura? Esto podría usarse para exorcizar —respondió.
Sorprendida, le observé más de cerca.
—¿Pero tú no estabas arriba? —pregunté atónita.
El camarero se echó a reír, haciendo que aparecieran unas líneas
atractivas alrededor de sus ojos.
—Ese es mi hermano Edgar. Yo soy Allen.
—Leaf —me presenté.
Me sonrió con amabilidad.
—Lo sé. No creo que haya nadie en Black Rock que no haya oído
hablar de ti.
Me puse rígida.
—¿Vas a contar que estoy aquí?
Allen me guiñó un ojo.
—Lo que pasa en el cobertizo se queda en el cobertizo. Y al fin y al
cabo, tienes a Crain vigilando. No encontrarás un hombre mejor.
Este soltó una carcajada.
—Me encantan tus mentiras, tío. Pero sigues quedándote sin propina.
—Con que pagues la cuenta ya me vale —replicó Allen y puso un vaso
sobre la mesa. Crain lo llenó generosamente.
—Gracias —les dije a los dos, levanté el vaso y di un sorbo. Mi lengua
prácticamente echó humo. Jadeé tan fuerte que casi me caigo de la silla.
Crain y Allen se echaron a reír.
—Joder, ¿pero qué es esto? —tosí. Me ardía la lengua.
—Esto… —dijo Crain, levantando su vaso y agitando su contenido
verde—… es un ochenta por ciento sangre de dragón.
—¿Sangre de dragón? —gemí.
Crain sonrió y se bebió el vaso de un trago. Ni siquiera torció el gesto.
—Tan solo se llama así. Hace tiempo que los dragones se extinguieron.
Se usa una especie de serpiente de la misma familia para hacerlo. Sin
embargo, sigue siendo fuerte. Quizá deberías empezar con algo más suave.
—Sí, me parece bien algo más suave —dije con voz ronca. Un trago
más de esa cosa me habría enviado directa al nirvana.
Allen tuvo la amabilidad de servirme una copa de otra cosa.
—Invita la casa. Como regalo de bienvenida —dijo.
Sonreí, pero bebí con recelo. También era fuerte, pero estaba delicioso.
—Mmm… —murmuré dentro del vaso y levanté la vista—. ¿Y esto qué
es?
—Vodka —se rio Allen.
Me acabé el vaso de un trago.
—Pues me tomaré otro.
Crain hizo un gesto con la mano.
—Deja la botella.
—Vosotros sabréis lo que hacéis.
—Aún tengo que superar el hecho de que el Área 51 sea una escuela
para exorcistas —murmuré, rellenando mi vaso.
—Y con tienda de regalos y todo —dijo Crain, y bebimos al mismo
tiempo. Ambos hicimos una mueca.
—Está fuerte —soltó.
—Está bueno —añadí.
Allen subió el volumen de la música.
—Bueno, cuéntame algo de ti, Leaf Young.
—¿El qué? —pregunté y di otro trago.
Crain inclinó el vaso y me miró por encima del borde.
—Supongo que hay mucho más que saber sobre ti aparte del hecho de
que te apuñaló un demonio durante una aventura de una noche.
Tosí y me atraganté con el líquido que tenía en la garganta. —¿Por qué
piensas eso?
—Porque estaba ahí.
—¿Estabas ahí?
—Nos llamaron esa noche como refuerzo. Ayudé a llevarte por
Manhattan.
—Madre mía. —Y enterré la cara entre las manos.
—No tienes que avergonzarte. Nos ha pasado a todos.
—Lo dudo.
Su risa era cálida, áspera y algo oscura.
—Créeme, hay más exorcistas que se han acostado con demonios de lo
que te imaginas.
—¿Ah, sí? —Le miré sorprendida.
Se encogió de hombros.
—Intimar con un demonio se castiga con la expulsión inmediata y cosas
mucho peores, pero todo lo que está prohibido tiene cierto atractivo. Todos
los años hay uno o dos exorcistas que se usan como advertencia y son
expulsados. Sin embargo, si se calculara el número de casos que no se han
denunciado, es probable que ya no hubiera Orden. Contigo están haciendo
lo mismo: pretenden darte un escarmiento para demostrar su punto de vista,
porque si todo el tema saliera bien, tendrían que admitir que no todos los
demonios son los monstruos que ellos creen que son. Eso pondría en duda
su fe, lo que a su vez pondría en peligro las comodidades de su vida. Por
eso lucharán hasta la muerte. Y no con la suya, sino con la tuya.
—Eso es retorcido y un poco asqueroso.
Levantó la copa.
—Por la hipocresía y lo que harán los exorcistas para guardar las
apariencias.
Apuró su copa y yo hice lo mismo. Lentamente el alcohol se me subió a
la cabeza. Sentía los labios entumecidos y las yemas de los dedos calientes.
—El problema, Leaf Young, es que has entrado en un campo de minas.
Hay tensiones entre los exorcistas desde hace mucho tiempo, y tú o lo que
puedes conseguir pondría muchas cosas en tela de juicio. Todo cambiaría, y
hay un grupo grande de exorcistas que están haciendo lo posible para que
nada cambie. Por eso espero que salgas adelante, porque cambiaría todo.
Podría cambiar todo… —Había cierto brillo en sus ojos y poco a poco me
di cuenta de por qué estaba tan interesado en mí.
—Soy una camarera de Manhattan, no una revolucionaria —le recordé
mientras bebía otro vaso.
—Podrías ser ambas cosas.
—De momento, no.
—Pero con el tiempo sí. Y hasta entonces, tenemos que arreglárnoslas
para mantenerte con vida.
Sus ojos volvieron a brillar y bebimos otro trago.
Puse mala cara.
—Mantequilla de cacahuete —dije.
—¿Qué? —Me miró sorprendido.
—Querías saber algo sobre mí. Me encanta la mantequilla de cacahuete.
Durante mi época universitaria me solía comer hasta cuatro botes a la
semana con galletas porque estaba casi sin blanca todo el tiempo. Tengo un
hermanastro al que quiero más que a la mantequilla de cacahuete. Y antes
de acostarme con un demonio, estaba a punto de prometerme con un tipo
que llevaba años engañándome. Sueño cada noche con empujarlo por un
acantilado y luego bailar alrededor de su tumba riendo porque una parte
muy mezquina de mí lo culpa de todo esto —Crain parpadeó en mi
dirección mientras yo cogía la botella y bebía hasta dejarla medio vacía
antes de respirar hondo—. ¿Y tú? —pregunté con énfasis.
Las comisuras de sus labios se levantaron.
—Solo tengo un amigo, y es Zero. Odio a mi padre, y el sentimiento es
mutuo. Le odio tanto que haría cualquier cosa por decepcionarle. Aunque
fuera solo para disfrutar del silencio tenso en Navidad. Me acosté con mi
madrastra una vez, lo que puede que contribuya a la tensión en Navidad. Y
me aterroriza el Monstruo de las Galletas.
—¿Que te qué? —Me eché a reír.
—Me acosté con mi madrastra cuando tenía diecisiete años.
—No, lo del Monstruo de las Galletas.
Se estremeció y dio un sorbo a su bebida.
—Y tampoco puedo comer galletas. Me da miedo.
Me reí aún más fuerte, y Crain se unió.
—Qué raro.
—Entonces somos la pareja perfecta.
—Sí, a mí también me lo parece.
Aparté el vaso y brindé con la botella. A cada sorbo, era como si
percibiera mi entorno de forma más oblicua, las sombras se volvían más
oscuras, los bordes más angulosos. Incluso imaginé que podía ver la bebida
en la garganta de Crain y el palpitar de su pulso. Había un calor que
emanaba de él, brillante e intenso. Se me encogió el estómago y gruñí.
Tomé rápidamente otro sorbo de vodka para ahuyentar la creciente
sensación de hambre.
—Entonces… —balbuceé—. ¿Qué le pasa a Falco? ¿Nació así de
enfadado, o ha entrenado a lo largo de los años para estarlo e intimidar a los
pequeños demonios?
La risa de Crain me provocó un agradable escalofrío.
—Falco es un empollón por excelencia. Su padre es un pez gordo de la
Orden. Crecimos juntos y ya te digo que era así incluso en el parvulario.
Siempre quería hacerlo todo bien. Siempre hacía todo bien. Hasta que un
día…
Contuve la respiración, tensa.
—¿Qué día?
Crain me miró divertido y bebió un sorbo.
—Que te lo cuente él. Pero no ha salido de Manhattan desde entonces, y
creo que, sin el palo que tiene metido en el culo, se caería y no volvería a
levantarse. De hecho, no creía que fuera capaz de sentir emoción alguna…
hasta que apareciste tú. El rumor de que sacrificó su sentido del humor
cuando se inició como shintonista nunca se ha refutado.
—¿Y se supone que yo le causo el qué? ¿Piedras en la vesícula?
—¡Exacto! Lo pones contra la pared, y eso es graciosísimo porque lo
último que le provocó una reacción real fue el pastel de carne en mal estado
de Navidad.
—Qué suerte tengo —murmuré dentro de mi botella, y el mero hecho
de pensar en Falco me produjo una sensación extraña. Me sentí mareada,
me rugió el estómago y… ay, por Dios, me sentía inquieta. Solo de
imaginar a Falco y en la luz que había dentro él, se me erizaba la piel y no
podía pensar en otra cosa que en atraerlo hacia mí y devorarlo, piel y pelo
incluidos.
Madre mía, ¿pero en qué estaba pensando? Golpeé la mesa con la
cabeza.
—¡Joder!
—¿Estás bien?
—No.
Crain me dio una palmada en el hombro.
—Bienvenida a los exorcistas, querida.
—Gracias.
28
Leaf

Demonios de nivel uno


Renacidos
Lideric: en general, son alimañas pertenecientes al
mundo de los no muertos. Su aspecto exterior se
asemeja al de un cadáver carcomido.

¿
H abía estado tan borracha alguna vez en mi vida? No recordaba
muy bien cómo había llegado a subirme a la barra agitando una
botella y haciendo un baile seductor. Tampoco recordaba en qué momento
el bar había pasado de estar completamente vacío a estar abarrotado. Lo que
sí sabía era que estaba pasando, con diferencia, la mejor noche de mi vida.
Crain estaba a mi lado. Había tirado la camiseta a alguna parte, y
berreábamos y bailábamos juntos al son del bajo duro de Pour some sugar
on me.
Olía a alcohol, a sudor y al humo que salía de la boca de Crain mientras
daba una calada a su cigarrillo. Cuando vio mi cara, se inclinó hacia mí
riendo y me sopló directamente en la boca. Mis pestañas se agitaron
mientras en mi cabeza todo se volvía más brillante. Me estremecí y fue
como si pudiera sentirlos. A todos ellos. A todos los exorcistas de la sala,
cada latido. Olía su excitación, el subidón en sus venas y la energía pura
que fluía a través de ellos. Quería absorberla. Toda. Quería atiborrarme
hasta que el vacío que gruñía en mi interior se calmara de una vez. Esa idea
no me asustaba tanto como debería. ¿Cuándo había dejado de aterrorizarme
la idea de quitar la vida? Como si todo lo que tuviera que hacer fuera
extender la mano y aplastar la chispa de la vida entre mis dedos.
El demonio dentro de mi cabeza se rio. Era difícil saber dónde acababa
yo y empezaba él.
—Pruébalo —me susurró—. Come hasta hartarte. Come lo que quieras.
Me estremecí y moví las caderas al ritmo de la música. El sudor
resbalaba por mi espalda desnuda y entre mis pechos hasta el sujetador de
encaje negro. ¿Cuándo habían desaparecido la chaqueta y la camisa? Crain
se inclinó hacia mí. Sus ojos brillaban mientras volvía a echar humo. Me
acerqué a él. Le agarré el pelo y me estremecí ante el poder concentrado
que sentía en él.
—Toma lo que quieras —dijo y, aunque desde luego no lo decía en
serio, mi corazón latió más rápido por la excitación. Lo atraje hacia mí de
un tirón, sentí sus duros músculos contra mí y…
—¿Qué pasará cuando termine?
Desconcertados, nos detuvimos. Una figura alta se alzaba frente a
nosotros. Su pecho subía y bajaba como si hubiera estado corriendo. Las
fosas nasales le temblaban de ira.
—¡Falco, amigo mío! —gritó Crain y me soltó.
Chillé de la sorpresa y me caí de la barra. Falco reaccionó con unos
reflejos veloces y me atrapó. Dos brazos duros me rodearon.
—¡Leaf!
—Falco. Echaba de menos tu careto gélido —grité y le rodeé el cuello
con los brazos.
Se quedó inmóvil.
—¿Qué haces? Casi me da un infarto cuando Yamamoto me contó lo
que había pasado y no te encontraba.
—Pero me has encontrado. Siempre me encuentras. Nunca me libraré
de ti, ¿verdad? —susurré y enredé uno de sus largos mechones de pelo en
mi mano—. Son tan suaves —balbuceé, fascinada.
Se le tensó la barbilla —¿Cuánto has bebido?
—Eso depende. ¿Cuánto son tres botellas? —pregunté, confusa.
—¡Venga, únete! —gritó Crain.
—Tú… —gruñó Falco.
—¡Yo! —dijo Crain animado.
—Ya hablaremos de esto después —le espetó, agarrándome con fuerza
y abriéndose paso entre la multitud que estaba de fiesta.
—Adiós, Leaf —gritó Crain a mi espalda.
—¡Espera! Esto se está poniendo divertido —grité, intentando zafarme
de los brazos de Falco.
Me agarró con más fuerza.
—Ya has tenido bastante por hoy.
—¡No!
Le apreté las mejillas con las manos hasta hacerle poner morritos.
—¿Qué haces? —refunfuñó enfadado entre mis manos.
—Tengo hambre —le confesé—. Vamos a comer algo.
Falco me quitó las manos de la cara y salió del bar.
—¿La has encontrado, Falco? —preguntó Allen. Ah, era Edgar, ¿no?
—Sí. Gracias, Ed —dijo Falco y nos sacó del cobertizo.
—¡Adiós, Ed! —grité hacía atrás y me despedí con un movimiento
alegre de la mano. Me imaginé que el pez dorado que estaba sobre su mesa
me devolvía el saludo.
Por desgracia, en cuanto el aire fresco llegó a mi nublado cerebro, sentí
náuseas.
—Por Dios, suéltame —gemí.
—No, no hasta que… ¡Leaf! —Se miró horrorizado el pecho sobre el
que yo acababa de vomitar.
—Te he dicho que me sueltes —murmuré.
Falco me soltó. Tan bruscamente que caí al suelo, chillando.
—¡Ay! ¿Qué haces? —le espeté mientras me frotaba el coxis.
Falco se miró con desdicha.
—Me has vomitado encima.
—¡Y tú me has dejado caer!
Falco parecía querer retorcerme el cuello mientras yo me limpiaba la
boca e intentaba caminar en línea recta, balanceándome. O mantenerme en
pie. O ver. No podía hacer las tres cosas a la vez.
—¿En qué estabas pensando para beber así? Por no mencionar el hecho
de que ni siquiera deberías estar aquí. ¿Quieres pasar la borrachera en el
calabozo?
—Quiero comer algo —gemí, arañando a Falco mientras el suelo
amenazaba con volcarse.
—Primero vamos a llevarte a la cama —gruñó, agarrándome por debajo
de las rodillas y levantándome.
Rápidamente le rodeé el cuello con los brazos y le agarré el pelo suave.
¿Por qué era tan suave? ¿Qué hacía? ¿Se echaba suavizante?
—No quiero ir a la cama. Por favor, no me lleves allí. Todo el mundo
me odia —murmuré y dejé caer la cabeza sobre su pecho. Los latidos de su
corazón palpitaban debajo. Cálido. Tan cálido. ¿Cómo un tipo tan grande
podía ser tan suave y cálido?
Me estrechó con fuerza.
—Yamamoto me ha contado lo que pasó. El asunto se discutirá en los
próximos días. Hasta entonces, tendrás clases particulares conmigo.
—Pero tú también me odias —refunfuñé.
—No me gustan los demonios, pero no te odio personalmente…
supongo.
Sorprendida, parpadeé en su dirección, mirando las afiladas líneas de su
barbilla.
—¿Ah, no?
—No.
—Ah. Bueno, a mí no me gustan los exorcistas, pero tú estás bien…
supongo.
Se hizo el silencio. Volví a pegar la oreja a su pecho y escuché los
latidos de su corazón y lo que había detrás. Ahora que sabía lo que era, me
resultaba cada vez más fácil reconocer el arcanum. Sentirlo. Y había tanto
ahí… Puse la mano en el lugar donde latía el calor. Extendí los dedos sobre
los duros músculos y me estremecí.
—Leaf ¿qué estás haciendo? —Su voz le retumbó en el pecho.
—Shh —siseé y acerqué la cara a su pecho, frotando la nariz donde latía
su pulso.
Falco se detuvo bruscamente.
—Para de hacer eso o volveré a dejarte caer.
Me quedé paralizada.
—Lo siento —murmuré, obligándome a parar, lo que fue casi doloroso
físicamente.
Falco respiró entrecortadamente y reanudó la marcha. No me di cuenta
de lo lejos que habíamos llegado hasta que entramos en la gran sala.
—Y aquí estamos otra vez. Quizá debería haber intentado robar una
barca, después de todo —murmuré.
—¿Sabes llevar una barca? —preguntó Falco sin ninguna mueca.
—No, pero me apasiona remar.
—Te creo —asintió.
Puede que me hubiera dormido un momento, porque lo siguiente que
sentí fue que entrábamos en mi habitación y que Falco me tumbaba en la
cama. Durante un instante estuvo encima de mí y no pude apartar la mano
de su suave pelo. Los músculos de Falco se tensaron y pude ver su pulso
palpitándole en el cuello.
Tragué saliva, y las palabras se me escaparon de la boca.
—¿Alguna vez te han dicho que hueles delicioso?
Me miró fijamente, irritado.
—Solo una vez. Una vampiresa, cuando yo era nuevo en la academia.
—¿Y qué le dijiste?
—Nada. Le corté la cabeza.
—Oh.
—Sí. Este es el momento en el que me sueltas, Leaf.
—Lo estoy intentando. De verdad. Pero la cama se mueve de forma
extraña.
—Eso es por tus ojos. Bizqueas.
—Oh. —Vacilando, lo solté.
—Descansa un poco. Nos vemos mañana. ¿Qué haces? —preguntó con
sequedad mientras yo gemía y me arrastraba fuera de la cama.
—Dormir en la bañera —murmuré.
La mano de Falco se extendió hacia delante y me retuvo.
—Tienes que dejar de dormir en la bañera, Leaf.
—Pero debajo de la cama hay cosas terroríficas —gimoteé.
—Tú eres lo único terrorífico aquí —dijo con voz tranquila.
Me quedé mirándole.
—¿Eso ha sido un intento patético de hacer una broma?
—Exacto.
Resoplé.
Las comisuras de los labios de Falco se elevaron.
—¿Dormirás en la cama si compruebo si hay algún monstruo allí
debajo?
—Eso sería estupendo —contesté.
Falco me soltó y se puso de cuclillas para que yo viera todos los
músculos de su espalda. Echó un vistazo bajo la cama.
—Aquí no hay nada más que pelusas… —empezó, cuando de repente
algo salió arrastrándose de debajo de la cama.
Solté un grito agudo. A primera vista, parecía una rata, pero también
podría ser un pájaro muerto y masticado. Entre el pelaje descompuesto y las
patas rechonchas asomaban huesos y cartílagos.
—Joder, ¿pero qué es eso? —grité mientras la criatura correteaba
frenéticamente por la habitación.
Falco saltó hacia delante, agarró a la criatura y la levantó, escrutándola.
—Un lideric. En principio, son inofensivos, como los bichos, pero son
renacidos.
La cosa en la mano de Falco empezó a retorcerse y soltó un chillido
aterrador.
—¿Es como un zombi? —pregunté, atónita.
—En teoría, sí —dijo Falco y lo arrojó por la ventana sin pensárselo dos
veces. El lideric chilló durante todo el trayecto.
Me apreté contra la cama y murmuré:
—¿Hay más cosas de esas?
Falco se agachó y se quedó inmóvil.
—¿Qué pasa?
Yo también me agaché y miré en la oscuridad. Casi media docena de
pares de ojos muertos me observaban fijamente. Grité. Las criaturas se
asustaron y empezaron a salir en tromba de debajo de la cama. Salté sobre
la cama, chillando, mientras Falco se levantaba de un salto y maldecía en
voz alta cuando uno de esos pequeños monstruos le mordió la pantorrilla.
Se lo quitó de encima y lo arrojó hacia atrás, pero por desgracia las criaturas
se escabulleron por toda la habitación, se arrastraron por la pared hasta el
techo y soltaron un chillido indignado.
—¿Qué hacemos? —jadeé mientras agarraba mi almohada y la
estrellaba contra uno de los liderics que se acercó demasiado. Salió volando
por la habitación y se estampó contra la pared.
Falco le dio una patada a uno y me gritó:
—Sácalos de aquí.
Y como para demostrarlo, agarró a uno de los bichos y lo tiró por la
ventana.
—¿Que lo tire? ¿Ese es tu consejo profesional?
Sonrió con maldad.
—Nunca dije que trabajar de exorcista no fuera un trabajo sucio. ¡Ay!
—Un lideric le había mordido en el hombro.
Salté de la cama, se lo quité, sentí cómo se rompían los finos huesos y
olí el hedor de la carne en descomposición. Saboreé bilis. Con arcadas,
arrojé a la bestia por la ventana y me agaché cuando otra pasó por encima
de mi cabeza.
—¡A tu espalda! —gritó Falco.
Me di la vuelta rápidamente y sentí que una de las ratas zombi se
arrastraba bajo mi camisa en ese momento. Chillé, me di la vuelta, me bajé
la camisa y sentí un mordisco en el hombro izquierdo.
—¡Ah, mierda de bicho! —Me la arranqué y la tiré.
—¡Ya basta! —dijo Falco, que arrancó un lideric del techo.
Debía de haber unos cuantos más saliendo de detrás de la cama, porque
la habitación seguía llena de esas pequeñas monstruosidades. Intenté
ignorar el hecho de que estaba persiguiendo a una horda de ratas zombis
muertas delante de Falco sin nada más que el sujetador con mis pechos
agitándose. Me lancé hacia delante y atrapé a un lideric antes de que
pudiera escapar por debajo de la rendija de la puerta, y fui recompensada
con un feroz mordisco en el pulgar. Me dolió muchísimo.
—¡Leaf! Por aquí —gritó Falco.
Extendí la mano y le lancé el lideric. Lo cogió con una habilidad
increíble y lo lanzó sobre su hombro por la ventana. Se oyó un chillido por
encima. Miré hacia arriba y me moví justo cuando un lideric caía del techo,
pero tropecé con Falco, que llevaba dos de ellos en la mano. Con un aullido
de sorpresa, se estrelló contra el suelo y se apoyó a mi izquierda y derecha
en un instante. Su pecho se apretó contra el mío.
Le miré, jadeando. En aquel momento, la cara de Falco no parecía tener
más que facciones duras. Se le cayó un mechón de pelo de la trenza y vi una
cicatriz fina que le atravesaba el labio inferior. Sus ojos castaño claro
brillaban como oro líquido.
—Tenías razón: había algo debajo de la cama —admitió.
—Está bien saber que solo estoy poseída, no loca —dije, agarrando un
lideric que se paseaba alegremente por su espalda.
—¿Estás bien?
—Creo que voy a vomitar.
Falco rodó sobre mí, tiró los liderics por la ventana y señaló hacia arriba
con la barbilla:
—Todavía hay algunos encima del armario.
Entrecerré los ojos y vi dos sombras que intentaban arrastrarse hacia la
oscuridad.
—Haz un estribo con las manos —dije, y había que reconocerle a Falco
el mérito de ponerse de rodillas sin vacilar y doblar los dedos formando un
escalón perfecto con las manos.
Cogí carrerilla, salté y me impulsé hacia arriba. Se oyó un estruendo
cuando aterricé en el armario y me agarré a él. Mi mano salió disparada
hacia delante. Agarré a los dos liderics, que chillaron indignados.
Triunfante, los levanté.
—¡Los tengo! —Y formé una amplia sonrisa. La adrenalina corría por
mis oídos, y el corazón me latía con fuerza, pero por una vez no de miedo.
Falco se sacudió el polvo de las manos.
—Muy bien. Creo que eran los últimos. Entonces puedes…
Un crujido le interrumpió. Desconcertada, miré hacia abajo y vi cómo
parte del suelo cedía y hacía que Falco tropezara, mientras un mar de
alimañas zombis salía del agujero que había justo debajo de la cama.
—¿Qué hacemos? —grité, con la voz ronca por el pánico.
—Retirada táctica —gritó Falco, levantando los brazos. Dejé caer los
liderics, tensé los músculos y me balanceé sobre el armario. Falco saltó
hacia delante, estiró los brazos y me atrapó con habilidad.
—Buenos reflejos —jadeé.
—Buen salto —respondió mientras salíamos de la habitación dando un
portazo. El sonido de los liderics golpeando furiosamente contra ella hizo
que me apoyase aún más contra la puerta.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
Falco también se apoyó contra la puerta.
—Necesitamos un nigromante. Llamaré al director Gale.
Levanté la vista, con el rostro pálido.
—Pero no me culparán por esto, ¿verdad?
Falco dudó.
—Sí, probablemente lo hagan.
—Pero yo no tengo nada que ver.
Falco apretó los labios y guardó silencio.
La punzada de desconfianza que vi en sus ojos me sorprendió.
—No tengo nada que ver —repetí con intensidad.
Falco me miró durante un rato y se me pusieron los pelos de punta, pero
no aparté la mirada. Sus pupilas se contrajeron y finalmente asintió. Una
vez y brevemente. Pero aun así… Tomé aire y pregunté:
—¿Qué hacemos?
Falco suspiró.
—Vamos a por Crain.

Media hora después, el exorcista salió de mi habitación y levantó una


máscara que casi parecía de la peste: negra, con una nariz larga y curvada
que parecía un pico, y unas gafas oscuras y redondas. Había un vapor
verdoso que salía de la habitación a su espalda. Cerró rápidamente la
puerta, se quitó la máscara de la cara y levantó ambas cejas.
—¿Te digo cuántos bichos he encontrado ahí dentro?
—Mejor no —gemí y me rodeé con los brazos, temblando. Mi camisa
aún estaba en la habitación y hacía un frío horrible aquí afuera.
—No me andaré con rodeos, Falco. Para acabar con las alimañas de la
academia, tendremos que cerrar durante unas semanas.
Falco se pasó una mano cansada por el pelo oscuro.
—Haré que lo comprueben. Gracias, Crain. Y no creo que haga falta
recalcar que esto queda entre nosotros por ahora, ¿verdad?
El exorcista de pelo verde nos dirigió una mirada significativa.
—No hay problema. Pero nadie debe entrar en la habitación durante los
próximos días. Aplasté todo lo que encontré, pero había tantos que he
activado una bomba de humo. Nuestro pequeño demonio tendrá que buscar
otro sitio donde quedarse, a menos que queramos encontrarla con la lengua
fuera, con los miembros estirados y pequeñas equis en los ojos.
—No podré quitarme esa imagen de la cabeza en los próximos días —
comentó Lore. Tuve que darle la razón.
—Yo me encargo —fue lo único que dijo Falco.
—Vale, buenas noches a los dos —susurró Crain, me guiñó un ojo y
desapareció escaleras abajo.
—¿Voy a dormir con los demás exorcistas? —pregunté, con los dientes
castañeteándome, sin saber si, después de todo, prefería volver a la
habitación. Al principio, esta torre me había parecido una prisión, y
probablemente lo era, pero tal vez no era solo un intento de proteger a los
novicios de mí, sino también de protegerme de los exorcistas.
—No. No podemos hacer eso.
—¿Entonces?
—Por ahora dormirás conmigo.
Abrí mucho los ojos.
—¿Puedo oponerme?
—No.
—Esa es tu palabra favorita, ¿verdad?
—No.
Suspiré y, al momento siguiente, sentí calor alrededor de los hombros.
Falco me había envuelto con su abrigo, tan largo que se arrastraba por el
suelo. Me lo apretó con decisión.
—Es una solución rápida y fácil sin tener que contestar a demasiadas
preguntas que no queremos responder ahora mismo. Los liderics deberían
desaparecer en tres días y entonces podrás volver aquí.
Se dio la vuelta y le seguí, con el olor del abrigo metiéndose en mi
nariz. Me dije que me subía un poco más la chaqueta solo por el frío,
mientras Falco caminaba por el pasillo desierto. La luz de la luna que se
filtraba por las ventanas bañaba el mundo de blanco y negro, y durante un
momento no pude apartar los ojos de Falco. Su pelo ondeaba a cada paso,
sus músculos se mostraban con cada movimiento. El aura intensa que le
rodeaba le hacía parecer un héroe de otro mundo.
Se me revolvió el estómago y volví a sentir dentro de mí un ansia casi
hambrienta. Se me metió bajo la piel y me dejó perpleja. Una gota de sudor
recorrió mi espalda, mientras el dolor de mi estómago se hacía más y más
punzante cuanto más tiempo miraba a Falco.
—Debes tener cuidado —me susurró Lore—. Aunque no quieras, estás
a punto de cambiar. Vas a tener que comer.
Falco se detuvo justo debajo de una de las ventanas y me miró con ojos
oscuros.
—¿Vienes?
Me acerqué a él vacilante, pero evité volver a mirarle. Esto no era un
poco de hambre, era un hambre voraz.
—¿Va todo bien? —preguntó Falco en voz baja. Se acercó a mí. Su
brazo rozó el mío.
El hambre me revolvió el estómago. Me eché hacia atrás y vi que
fruncía el ceño.
—¿Leaf?
—Necesito despejarme. Estoy cansada —murmuré y me dispuse a
mantener las distancias con él.
Falco parecía querer decir algo más, pero lo dejó estar, y durante los
siguientes minutos estuve tan ocupada intentando no saltar sobre él que me
di cuenta de que ya estábamos allí cuando Falco dijo:
—Hemos llegado.
Levanté la vista. Estábamos delante de una puerta de madera oscura.
Falco la abrió y me dejó entrar. Cuando lo toqué, volvía estremecerme y
cerré los ojos. Mierda, ¿cómo se suponía que iba a sobrevivir toda una
noche junto a este tipo?
Eché un vistazo a la habitación. Era mucho más amplia que la mía, pero
estaba amueblada con un estilo tan espartano que casi podría decirse que
era minimalista. Había una gran chimenea encendida en un rincón, con un
sillón delante. Había libros apilados en una estantería. También había un
armario y una cama con dosel, cortinas de terciopelo azul y sábanas de raso.
—Puedes quedarte con la cama —me dijo. Su voz me produjo un
escalofrío. Joder.
—¿Y dónde duermes tú? —pregunté.
—Aquí —dijo, señalando el sillón.
Dudé.
—No hace falta que te pongas en plan caballero. Puedo dormir yo en el
sillón sin problemas.
—No —dijo con firmeza.
Pensé en ponerme a discutir, pero el día había sido largo y me estaba
pasando factura. Poco a poco se me iba pasando la borrachera, y me sentía
más tensa a cada minuto que pasaba.
Me quité el abrigo y se lo devolví a Falco.
—Gracias —dije secamente.
Asintió y me miró mientras me metía bajo el edredón. Las sábanas eran
suaves, pero las noté desagradablemente frías mientras deslizaba las piernas
rígidas por debajo y cerraba los ojos. Tensa, escuché a Falco moverse por la
habitación. Se oyó una puerta y supuse que había desaparecido en el cuarto
de baño para deshacerse por fin de mi vómito, que seguía adherido a él.
Poco después, el suelo volvió a crujir, el sillón se movió y entonces se
oyó el suave pasar de las páginas de un libro, acompañado por el crepitar
del fuego. Me asomé disimuladamente para observarlo. Solo podía ver sus
piernas largas y sus hombros fuertes. Las sombras eran profundas a su
alrededor, parcialmente iluminadas por el fuego. Respiré entrecortadamente
y sentí que oía incluso los latidos de su corazón, constantes y lentos. Igual
que su respiración. No me tenía miedo. O, si lo tenía, no lo demostraba.
Pero había una voz dentro de mí que susurraba que Falco debería tenerme
miedo. Yo también tenía miedo de mí misma, o de aquello en lo que me
estaba convirtiendo. La única pregunta era: ¿en qué me estaba
convirtiendo?
Me quedé mirando los paneles de madera oscura del techo hasta que el
fuego se hubo consumido tanto que únicamente quedaba un tenue
resplandor. Escuché la respiración de Falco y supe con aterradora claridad
que nunca podría perdonarme si le hacía daño. Por eso me mantuve
despierta a pesar de mi infinito agotamiento y luché contra el hambre de mi
interior como un animal salvaje.
Aquella noche, ni Falco ni yo dormimos.
29
Leaf

Demonios de nivel cuatro


Monstruos
Furiaespino: bestia con forma de cerdo enorme y
rabioso. El furiaespino posee una boca llena de dientes
afilados y tiene los ojos brillantes. Sus pezuñas sueltan
chispas. Sus púas, que puede disparar desde su lomo
como si fueran flechas, son afiladas como cuchillas y
venenosas.

P arece que sí me quedé dormida poco antes del amanecer, porque


cuando algo me tocó el hombro, abrí mis pesados párpados de golpe.
—¡No! —grité. Falco estaba a mi lado y apartó la mano con la que me
había tocado.
—¿No? —repitió enfadado.
Parpadeé y obligué a mi cerebro a que se despertara.
—¿Qué hora es?
—Casi las seis. Te he dejado dormir un poco más. Venga, vamos.
Tenemos mucho que hacer.
—¿En serio? —gemí con horror.
Falco levantó una ceja y dijo con sequedad:
—Si puedes emborracharte, también puedes estudiar. Madre del amor
hermoso. Yo no pensaba igual. Dentro de mí había un demonio que me
podía curar todas las heridas, pero¿y qué pasaba con la resaca? Quería un
demonio nuevo. El mío era una caca.
—Me opongo.
—No puedes oponerte. La ropa y los artículos de aseo están en el cuarto
de baño —explicó Falco con sequedad y me miró de una forma tan sombría
que saqué una pierna fuera de la cama.
Murmurando un «gracias» o quizá maldiciendo, me incorporé y me
arrastré hasta el baño. Joder, mi cabeza…
Cada paso me retumbaba en el cerebro como si este se hubiera
convertido en moco. Atravesé la habitación a ritmo de caracol,
preguntándome cómo iba a salir a correr si apenas podía avanzar sin
vomitar. Desorientada, entré a trompicones en el cuarto de baño y lo
primero que vi fue la bañera incrustada en el suelo, que casi parecía una
piscina pequeña. A pesar de la sencillez de la habitación, el cuarto de baño
parecía opulento. Mármol claro, grifería dorada y enormes espejos. ¿Así
que Falco era un gran aficionado a la higiene personal?
Encontré ropa deportiva de color oscuro sobre el lavabo. Me la puse, me
lavé los dientes y me recogí el pelo mientras me miraba en el espejo. Mi
reflejo temblaba. Parpadeé, y Lore me miraba desde mi propio rostro. Tenía
los ojos negros y la cara contorsionada por la preocupación.
—Estás fatal —afirmó.
Escupí y vi cómo la espuma del dentífrico desaparecía por el desagüe.
—Me recuperaré. Solo es resaca. —Bebí unos sorbos de agua
directamente del grifo.
Cuando levanté la vista, Lore seguía allí, negando con la cabeza.
—Lo estás empeorando.
—No, tú lo estás empeorando —siseé.
—¡Leaf!
Me di la vuelta rápidamente y salí del baño. Falco ya me estaba
esperando con su mochila al hombro.
—¿Lista? —me preguntó. Asentí y echamos a andar. El aire fresco de la
mañana me rozaba la cara y había nubes bajas en el cielo. Era probable que
empezase a llover pronto. Estuvimos en silencio todo el camino hasta la
estatua. La mirada de Falco no se alejaba de mí, pero por el momento me
limité a concentrarme en poner un pie delante del otro. Cuando me dio la
botella de agua, volví a vaciarla, jadeando, y me arrodillé en el suelo del
bosque.
—Concéntrate en la respiración —me dijo Falco y, para mi horror, de
repente me cogió la mano y la apretó contra su pecho.
—Cuando estés lista, intenta sentir en qué dirección dirijo el arcanum.
—¿Qué quieres que haga?
—Tan solo intenta sentirlo —me respondió con severidad.
—Vale —contesté mientras mis dedos se agitaban inquietos, cerraba los
ojos y respiraba como Falco me había enseñado.
No tardé mucho. Sentí el arcanum de Falco como un sol ardiente debajo
de mí. Como una polilla atraída por la luz, la piel de todo el cuerpo se me
puso de gallina.
—¿Lo ves? —preguntó Falco. Su voz parecía provenir de todas partes.
—Sí —respiré.
—¿Qué hace? —quiso saber.
—Nada. Está ahí, latiendo como un corazón.
—Bien, ¿y qué hace ahora? —Su arcanum empezó a ramificarse, a
estirarse, como raíces o el curso de ríos que fluían por todo su cuerpo.
Ríos de oro puro. Se me hizo la boca agua, me rugió el estómago.
—¿Y qué está haciendo ahora?
—Se está expandiendo —respondí.
—Muy bien.
Como si quisiera torturarme, vi como el arcanum fluía cada vez más
rápido. Luego, a modo de raíces, el arcanum se clavó profundamente en el
suelo, que se calentó bajo mis pies.
Me sudaba la frente. El pulso se me aceleró.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté aterrada.
—Tranquila, solo lo estoy canalizando hacia la superficie para que
sientas las vibraciones con más facilidad.
—No hace falta. Ya puedo sentirlo perfectamente —espeté presa del
pánico.
—Tú observa, Leaf —gruñó Falco, y los rayos brillantes brotaron de él
por todas partes. Era como si el núcleo brillante de su interior echara raíces.
Pequeñas al principio, abriéndose paso por su cuerpo antes de crecer,
volviéndose más densas y fuertes hasta que estallaron fuera de su piel. Era
casi como ver crecer una semilla a cámara rápida. Los rayos aumentaron de
tamaño, envolviendo a Falco como un capullo hasta rodearlo en un aura de
luz.
—Este es tu campo estático. Tienes que lograr crearlo antes de poder
manipular tu arcanum. Con el tiempo podrás estirarlo como un músculo. Si
te concentras, lo sentirás con el tacto —explicó Falco, y su arcanum
empezó a deslizarse sobre mi piel. Como dedos, que iban recorriéndome
desde la barbilla hasta el pecho. Todo en mi interior se tensó y me invadió
un hambre tan intensa que sentí arcadas.
Esto ya era demasiado.
—¡Ya basta! —grité y empujé a Falco en el pecho. El gran exorcista
abrió los ojos de par en par mientras me alejaba de él a trompicones.
—¿Leaf?
Me temblaba todo el cuerpo. Me corría el sudor por la espalda mientras
luchaba contra el hambre que me reconcomía por dentro. Me sentía como
un felino que apenas se contuviera para no despedazar al ciervo herido.
Estaba tan llena de energía frenética que quería salir de mi propia piel.
—¿Qué te pasa? —Podía sentir a Falco. Demasiado cerca.
—¡Aléjate! —gemí, clavando los dedos en el suelo.
—Corre o se convertirá en un tentempié.
Por una vez, hice caso a Lore.
—Me encuentro mal —gemí, poniéndome en pie de un salto y
empezando a correr.
—¡Leaf! —gritó Falco a mi espalda.
Jadeando, desaparecí de su vista y me apoyé en un árbol. El sudor me
corría por la cara y sentía que estaba a punto de hiperventilar.
—Deja que salga —dijo Lore, y yo lo dejé salir. Resoplando, hundí los
dedos en la corteza y me agarré a cualquier luz que pudiera encontrar a mi
alrededor. Falco tenía razón. El arcanum estaba por todas partes. En cuanto
lo busqué, lo encontré en cada planta, aunque no fuera más que una gota de
rocío.
Temblando, caí de rodillas y gemí mientras extraía las gotas de vida del
bosque que me rodeaba. Sorbo a sorbo, hasta que no encontré nada más.
No era suficiente, ni mucho menos, pero ya estaba mucho mejor. Abrí
los ojos y me quedé sin respiración.
—Oh, no… —susurré, temblando de horror, de mí misma y de lo que
acababa de hacer. El árbol en el que estaba apoyada estaba negro. Se le
habían caído todas las hojas, y las ramas estaban dobladas y torcidas, como
si se hubiera retorcido de dolor. Cada mata de hierba a mi alrededor estaba
seca e incolora, e incluso la tierra parecía reseca.
—Te avisé. No te bastará con absorber unas plantas. Tienes que
encontrar algo más grande. Un animal, si es necesario.
—No puedo hacerlo —logré decir y, para mi horror, sentí que las
lágrimas brotaban de mi interior.
—Tienes que hacerlo.
—Los exorcistas se darán cuenta si empiezo a comerme los gatos del
edificio.
—Yo te ayudaré. Hay trucos para pasar desapercibido —murmuró Lore.
Estaba demasiado abatida como para no querer contradecirle.
—¿Leaf? —oí que Falco me llamaba por detrás. Me estremecí y me
puse en pie.
—Ya estoy mejor —dije y avancé hacia él. No quería que viera la zona
sin vida que había dejado a mi paso. Me encontré con él justo antes de que
viera el árbol.
Falco me agarró por los hombros y me escrutó con severidad.
—¿Qué te pasa? No puedes salir corriendo así.
—Disculpa. —Me limpié la boca—. Tenía que vomitar. Parece que sigo
revuelta por lo de anoche.
Falco frunció el ceño, pero al menos me soltó.
—Te lo advertí.
—Es verdad.
—No creas que voy a cancelar la clase solo porque ayer te pasaras de la
raya.
—No lo creo.
—Bien.
—¿Seguimos? —pregunté con la actitud más despreocupada que pude
fingir.
Para mi alivio, negó con la cabeza.
—Ha empezado a lloviznar. Nos volvemos.
Menos mal.
Cuando volvimos, las clases ya habían empezado, así que el comedor
estaba convenientemente desierto. Me metí toda la comida que pude en un
tiempo récord. Falco, que comía una ración de huevos revueltos, me miró
desconcertado todo el rato mientras yo me metía una montaña de beicon en
la boca.
—Desayuno de resaca —murmuré con la boca llena.
—Pero respira, por lo menos —objetó secamente. Le lancé la servilleta
y recibí una pequeña carcajada a cambio. Profunda, gutural y
sorprendentemente agradable. Por desgracia, duró demasiado poco, como si
se le hubiera escapado. Cuando levanté la vista, ya estaba serio de nuevo y
terminando su desayuno.
—¿Lista? —preguntó. Asentí y me levanté, aún masticando. Salimos
del comedor y entramos en el campo de entrenamiento unos minutos
después.
—¿Qué vamos a hacer? —pregunté. Falco me lanzó algo. Algo afilado.
Sorprendida, lo sostuve con las puntas de los dedos hacia arriba.
—¿Qué es esto?
—Una hoz. Es el arma básica de los exorcistas, pero sobre todo la de los
cazadores cuando hay que ensuciarse las manos.
—Genial, ¿y qué se supone que tengo que hacer con ella?
—Pasar tu próxima prueba. Como tienes poderes de autocuración muy
rápidos, esto no debería ser un problema.
—Sí, claro —resoplé.
—¿Detecto sarcasmo en tu voz, novicia Young? —preguntó con
severidad, colocándose los largos guantes.
—Señor, sí, señor —respondí.
Suspiró, se dio la vuelta y se acomodó en una de las filas de bancos del
estrado.
—¿Y ahora qué? —pregunté, sosteniendo aún la hoz con los dedos.
—Acaba con el demonio —ordenó Falco.
—¿Qué…? —empecé a decir, cuando oí un chirrido metálico. Como si
se abriera una rejilla.
Con un mal presentimiento, me di la vuelta y abrí los ojos.
Había un jabalí en la pista de arena.
Un jabalí mutante, gigantesco, que me llegaba casi al hombro.
Tenía cuatro largos colmillos y espinas en el lomo, que se erizaron al
verme. Unos maliciosos ojos negros me miraban fijamente.
Retrocedí.
—¿Qué es eso?
—Un furiaespino —dijo Falco desde arriba. El animal resopló y agitó
las orejas.
—Unos bichos repugnantes —dijo Lore en mi cabeza—. Estúpidos y de
comportamiento rabioso. Cuidado con las púas= son venenosas.
Me quedé con la boca abierta. Estaba demasiado horrorizada como para
tener miedo de verdad.
—¿En serio? —le grité a Falco.
Se miró las uñas, aparentemente aburrido.
—Puedes suspender el ejercicio, pero entonces habrás fracasado. Acaba
con él, si puedes.
—¿Yo? Es esa cosa la que acabará conmigo —grité enfadada. Falco me
dedicó una sonrisa malvada.
—Así al menos aprenderás a correr más rápido.
—Yo… —y el resto de la frase quedó ahogada por un chillido. El
monstruo se abalanzó sobre mí como si le hubiera quitado la última
salchicha del plato.
Se levantó una polvareda, y eché a correr.
La bestia era muy rápida.
Al poco rato sentí el aliento caliente en la nuca y di un gran salto, justo
antes de que la bestia clavara sus colmillos en la pared. La fuerza increíble
hizo que la piedra se resquebrajase y salieran volando algunos fragmentos.
¡Joder!
Retrocedí dando tumbos.
—Quizá deberías usar la hoz —intervino Lore.
—¿Y cómo se supone que voy a hacerlo sin que me empale? —siseé
mientras el puerco sacudía la cabeza con rabia, se fijaba en mí y se acercaba
al galope. Chillando, corrí por la arena haciendo zigzag.
—¡Haz algo! —me gritó Lore.
—¿El qué? —le respondí.
—Lo que sea menos esto.
—¡Esto es lo único que puedo hacer!
El cerdo soltó un chillido.
—¡Ahhhh! —exclamé yo.
—¡Aaaaj! —refunfuñó Lore.
Al instante siguiente sentí un golpetazo en la espalda, y el ímpetu me
lanzó por los aires. Me estampé contra la pared del recinto. El impacto fue
tan violento que debería haber dejado una marca de mi cuerpo en la piedra.
El polvo se levantó a mi alrededor, y gemí de dolor.
—Cuidado —dijo Lore en el mismo momento en que el polvo se
disipaba, y dos colmillos se estrellaban contra la pared, inmovilizándome
entre ellos. El arma se me cayó de las manos.
Abrí los ojos con pánico mientras la bestia rugía furiosa. Dio un tirón y
se sacudió para liberar la cabeza, pero estaba atascada y yo entre sus
colmillos.
—Abajo. Agarra el arma —me ordenó Lore.
—Vale —chillé y me agaché entre los colmillos, por lo que tuve el
vientre peludo y maloliente del cerdo sobre mí. La hoz estaba a un brazo de
distancia. Tanteé para asirla en el mismo momento en que el monstruo se
liberaba de un tirón y volvía a atraparme con los colmillos. Jadeando, salí
despedida hacia un lado y aterricé con tanta fuerza que oí crujir mis
costillas. Un dolor agudo me atravesó el pecho. Resoplé y vi que las púas
de la bestia se erizaban y algunas de ellas venían directas hacia mí.
Rodé para apartarme con un gemido, y una de las púas cayó en la arena
tan cerca de mí que noté cómo me quemaba la mejilla. Intenté ponerme en
pie, pero el monstruo ya estaba encima de mí. Abrió la boca y soltó un
rugido. Un aliento caliente me golpeó la cara y me llovieron babas.
Intenté salir de la zona de peligro y me arrastré para alejarme cuando el
animal se impulsó y me clavó un colmillo en el muslo. El diente atravesó
mi piel, músculos y tendones, arrancando los tejidos, y empezó a brotar la
sangre.
Se me escapó un grito de dolor cuando el animal se soltó con un ruido
seco.
—¡Joder! —grité, tratando de aliviar un poco ese dolor increíble.
—Venga, Leaf, aquí el monstruo más poderoso eres tú —me animó
Lore.
¿Lo era? Busqué en mi interior y solo encontré pánico, dolor, miedo y
algo que…
Acechaba bajo la superficie, palpitando. Habría dicho que era el
arcanum, pero era demasiado negro, demasiado oscuro y, desde luego, no
era Lore. Sabía cómo se sentía Lore, pero esto era otra cosa, y esta negrura
estaba hambrienta y, obviamente, no era humana. Anonadada, me quedé
inmóvil, sin fijarme en que la bestia me clavaba uno de sus colmillos en el
brazo.
—¿Qué es eso, Lore? —pregunté, mientras mi cuerpo empezaba a
temblar.
—Eres tú. Estás cambiando, solo tienes que dejarlo salir.
Era eso, ¿no?, aquello sobre lo que me habían advertido todos.
¿Podría ser que la razón por la que la gente poseída por demonios se
volvía loca era que se convertía en demonio?
Si ese era el caso, yo también estaba en proceso. Podía sentirlo. El
hambre se originaba ahí.
—Libéralo, y ese bicho será papilla.
—No —respondí y cerré los ojos.
El furiaespino me arrojó lejos de él. Me estampé contra la pared lateral
como una muñeca. Algo crujió. Tosí y se me llenó la boca de sangre.
—Vamos, Leaf.
Escupí.
—¡No! —dije. La bestia rugió, abalanzándose sobre mí de nuevo, y
miré a Falco.
—¡Páralo! ¡Quiero parar! —grité. Estaba sentado en la tribuna. Sus ojos
estaban alertas. Los dientes apretados. Sus músculos tensos—. ¡Páralo! —le
grité. Falco reaccionó increíblemente rápido. Con un movimiento suave,
saltó hacia mí, justo delante del furiaespino. Lo agarró por los colmillos y lo
derribó.
La bestia chilló y se sacudió, mientras unas cuantas púas venenosas
zumbaban en el aire. Una de ellas me alcanzó justo en el pecho. Gemí y
sentí el veneno correr por mis venas tan frío como el hielo. Me arranqué la
púa mientras Falco sacaba una hoz y cortaba la enorme cabeza del
monstruo con un movimiento fluido.
Nunca había visto nada igual. Había algo casi elegante en toda la
crueldad de la escena.
Falco se volvió hacia mí con una floritura. La hoz goteaba sangre. Me
miró fríamente.
—Has fracasado.
—Eso parece —acepté y me recosté contra la pared mientras se
cerraban mis heridas. Aún me dolían mucho, me picaban y ahhh…
La decepción de Falco era evidente. Un sabor amargo se extendió por
mi boca y cerré los ojos con resignación. ¿Cómo podía haber fracasado de
nuevo? Y todo aquello lo remató la perorata de Lore sobre cómo él se había
enfrentado a furiaespinos cuando aún llevaba pañales.
—Podrías haber hecho pedazos a esa bestia —refunfuñó Lore.
Ignoré sus quejidos.
—¿Qué efectos tiene el veneno del furiaespino? —le pregunté a Falco.
—Es paralizante, pero supongo que tu rápida capacidad de regeneración
implica que solo sentirás un ligero entumecimiento.
—Genial.
Mis piernas ya parecían de goma. Me deslicé por la pared y respiré
hondo.
Falco se puso delante de mí. Su sombra me envolvió como un abrazo
fresco. Pero su mirada era cualquier cosa menos reconfortante.
—Ha sido lamentable —fue todo lo que dijo.
—Me sorprende que esperaras otra cosa —respondí mordaz, gimiendo
mientras los huesos rotos de mi interior empezaban a curarse. Cuando una
de las costillas volvió a su sitio, me estremecí.
Falco cruzó los brazos delante del pecho.
—Seguimos —dijo.
—¿Ahora? ¡Estoy cubierta de sangre y maltrecha! —Atónita, me quedé
mirándole.
—No tenemos tiempo que perder.
Sacó un frasco del bolsillo del pantalón en el que se movía un líquido.
Lo tomé vacilante y agité el líquido del interior.
—¿Tengo que tomarme esto ahora?
—Es un tónico suave, también conocido como exógeno.
—He oído hablar de eso, matamos unas plantas monstruosas para
conseguirlo —murmuré.
Falco asintió.
—El exógeno es una mezcla compleja, pero esto es solo una décima
parte de la dosis que tomaría un nigromante. Tendrá un efecto ligeramente
alucinógeno. Tu misión será resistirte.
—De verdad, necesito más información que ayer, Falco. ¿A quién se
supone que debo resistirme? —gruñí.
Falco se rio.
—La tentación. Dejar que un varkolak o ghoul real se te echase encima
sería irresponsable. Pero hay una subcategoría que quiere algo más que tu
sangre o tu carne. Tu misión es no dárselo.
—¿No darle el qué?
—Lo que él quiera. La dosis de exógeno hace efecto quince minutos.
Los efectos secundarios serán como una resaca fuerte, pero después
sabremos si podrías ser nigromante o no.
Suspiré y miré el frasco.
—¿Tengo que hacerlo? —pregunté.
Falco enarcó una ceja. Abrí la botellita, contuve la respiración y me
vertí el contenido en la boca con un movimiento rápido. En cuanto el
exógeno tocó mi lengua, hice una mueca. Estaba muy amargo y fuerte.
Solté una tos de asco.
—Joder, sabe fatal… —Levanté la vista y vi a Falco al otro lado de la
tribuna. Se dejó caer en uno de los asientos para observarme.
—¿Y ahora qué? —le dije.
—Ahora esperamos —se limitó a responder.
Pues vale. Esperemos que esto no sea una experiencia traumática como
ayer. Tan solo de pensar en las manos fantasmales que habían intentado
arrastrarme hacia el suelo volví a estremecerme. ¿Podría acostumbrarme a
algo así? No era capaz de imaginármelo. Sin embargo, antes de todo esto, ni
siquiera había sido capaz de ver películas de miedo sin esconderme detrás
de la almohada y dejar la luz encendida en todo el piso durante tres semanas
después.
¿No debería estar empezando a sentir algo del exógeno?
—Falco, ¿cuándo…? —empecé a decir cuando apareció justo detrás de
mí—. ¡Joder! ¿Alguien te ha dicho alguna vez que eres incómodamente
silencioso? —le pregunté.
Falco sonrió, y había algo extraño en todo aquello. Los rasgos de su
cara se suavizaron y sus ojos parecían de oro. Algo parpadeó en sus pupilas
y me alejé de él.
—Puede que ya haya hecho efecto —balbuceé, parpadeando
frenéticamente. Empezaba a sentirme como si estuviera borracha. Falco se
adelantó y me sostuvo.
—Gracias —dije, mirando confusa su mano, que sostenía la mía, y su
pulgar que acariciaba el dorso de mi mano. Me estremecí ante el calor que
irradiaba.
—¿Qué tal estás? —preguntó, y su voz sonó profunda y gutural, casi
como un ronroneo. Se me erizó el vello de los antebrazos.
—Bastante bien… creo —respondí y miré a mi alrededor—. ¿Cuándo
empezamos?
Falco volvió a acariciarme la mano y me acercó suavemente a él para
que pudiera ver sus ojos. Pequeñas motas de cobre en un mar de oro.
—¿Quién dice que no hemos empezado? —preguntó, y su tono me
provocó otro escalofrío.
—¿Lo hemos hecho?
Las comisuras de sus labios se levantaron, revelando sus hoyuelos.
Coño… ¿qué era eso? No sabía qué me ponía más nerviosa: un Falco
molesto o uno seductor.
—Es posible. ¿Puedo hacerte una pregunta, Leaf?
Su voz resonó dentro mí y me fijé en detalles en los que no me había
fijado antes. ¿Siempre había tenido los hombros tan anchos? ¿Y se le
notaban los abdominales bajo la camisa?
¿Por qué de repente tenía tan buen aspecto? Tuve que recordarme a mí
misma por qué Falco era el último hombre que debería parecerme atractivo
y me recompuse. Pero no fue tan sencillo, porque me palpitaban las venas,
como si mis células vibraran demasiado rápido.
—Claro, dispara.
Falco inclinó la cabeza y sus labios rozaron mi oreja mientras me
susurraba:
—Cuando te encontramos en el piso de Henry Lancester, ¿te habías
acostado ya con el demonio?
—¿Q-qué? —Me eché hacia atrás. Falco empezó a rodearme de nuevo.
Lenta y lánguidamente. Odiaba cuando hacía eso. Me sentía como una
presa acorralada. Una extraña expresión que me recordaba al hambre se
deslizó por los ojos de Falco.
—¿Estuvo bien? ¿Te gustó que te tocara un demonio?
Me acarició la curva del hombro con un movimiento lento.
—Ya basta —Le aparté la mano de un manotazo y le fulminé con la
mirada, al mismo tiempo que se me disparaba el pulso. El aire a nuestro
alrededor pareció tensarse, y Falco no me quitó los ojos de encima.
—¿Te molesta hablar de sexo? No pensaba que fueras tan mojigata —
dijo.
La forma en que dijo «sexo» hizo que me diera un vuelco el corazón.
Mi mirada se detuvo en la curva de su cuello mientras se quitaba la corbata
con un movimiento lento.
—No, es que me incomoda hablar de sexo contigo —gruñí.
—Es una pena —dijo Falco, dejando caer la corbata a la arena a un
lado, por lo que estaba ahí de pie con los pantalones ajustados y la camisa.
Se dio la vuelta con el pelo alborotado y volvió a acercarse a mí. Retrocedí
mientras Falco seguía hablando—. ¿Te cuento un secreto?
Empezó a desabrocharse el primer botón.
¿Pero qué…?
—¿Qué haces?
Me miró fijamente por debajo de sus gruesas pestañas mientras
respondía:
—Te odio, Leaf Young. Te odio tanto que este sentimiento me invade.
Tan solo mirarte a la cara ya me supone un esfuerzo. En tus ojos veo a toda
la gente que he perdido por culpa de los demonios. Sueño con matarte,
agarrarte del cuello y apretar.
Como si lo confirmara, dio un paso adelante y me empujó contra la
pared más cercana. Jadeé cuando me puso una mano en el cuello. No lo
hizo fuerte, sino que la puso ahí y acarició el lugar donde se me notaba el
pulso.
—¿Por qué? ¿Por qué me despierto tan a menudo tras haber soñado con
besarte?
—¿El qué? —logré decir, y Falco ladeó la cabeza.
—Te odio como nunca había odiado nada antes. Siento tanto odio que
es como si rezumase de mi interior. Me atormenta en mis sueños. La
oscuridad tiene tu cara. Me despierto empapado en sudor y siento que tengo
que estar contigo. Estoy enfadado cuando estás conmigo, y vacío cuando no
es así.
Sus pupilas se dilataron, se hicieron grandes y oscuras… casi
desapareció el color que había en ellas.
Se me aceleró el pulso. Sentí la piedra detrás de mí y la arena granulada
del suelo mientras Falco me acariciaba desde la barbilla hasta el esternón.
Su tacto era ligero como una pluma, no más que un suspiro, pero lo sentí.
Todo mi cuerpo estaba tenso. Me ardían las células, me gruñía el estómago
y me sentía hambrienta. ¡Tenía hambre! Hambre de luz, de alma, de más, de
él, de todo…
Solté un gemido agónico.
—Por favor, vete —le pedí.
—¿Por qué? —susurró Falco—. ¿Qué me estás haciendo? ¿Por qué me
vuelves loco? ¿Por qué sueño contigo, Leaf Young?
—Déjame —le espeté.
Se le desencajó la mandíbula, dio un paso atrás y me miró bajo los
pesados párpados.
Para mi horror, empezó a desabrocharse más la camisa, botón a botón,
hasta que su cálida piel morena quedó al descubierto y, ay madre…,
aquellos músculos. El tipo no tenía ni un gramo de grasa. Vi unas runas
tatuadas en su pecho liso, remolinos y formas geométricas que resaltaban
por encima de su caja torácica.
Me empapé de esta visión. El hambre palpitaba en mi interior como un
animal salvaje, mientras el calor me subía a las mejillas.
—¿Qué pasará cuando acabe? —pregunté con voz ronca.
—Quiero que me mires a los ojos y me recuerdes por qué te odio. Por
qué debería estar retorciéndote el cuello en lugar de besarte como hago en
mis sueños.
Su voz bajó hasta convertirse en un gruñido áspero, y tuve que
esforzarme para que me entrara suficiente aire en los pulmones.
Levanté una mano y lo detuve antes de que pudiera acercarse más. Mis
dedos se extendieron sobre su cálida piel.
—Quiero que dejes de hacer lo que sea que estás haciendo —le dije.
Su mirada se detuvo en mis labios.
—¿Estás segura? —murmuró—. ¿Crees que no veo el hambre en tus
ojos?
Contuve la respiración.
—¿Qué?
Las comisuras de sus labios se elevaron, se inclinó aún más y me
susurró al oído:
—Veo tu hambre. Sé lo que quieres de mí. Me deseas. ¿No tienes
curiosidad por descubrir a qué sabría? ¿Cómo sabríamos los dos juntos?
Puedes probarme. Lo que quieras, no importa lo hambrienta que estés… y
sí que tienes hambre, ¿verdad?
Por el amor de Dios…
Extendí la otra mano y sacudí la cabeza, aunque me dieran escalofríos.
—No sé a qué te refieres.
—¿Ah, no? —Su voz parecía susurrarme directamente al oído y hacer
vibrar todas mis células—. No tienes que fingir. Puedo sentir tu hambre.
Tómalo. Toma lo que quieras de mí…
—¿Estás loco? —jadeé y le oí reír. El sonido casi me mata, porque era
desagradablemente sexy.
Sus labios tocaron mi pulso palpitante y lo besó. Su pulgar recorrió mi
muñeca antes de coger mi mano y apretarla contra su pecho para que
pudiera sentir los latidos de su corazón.
—Tómalo… —murmuró, y todo mi cuerpo se tensó mientras buscaba
intuitivamente la luz en su interior.
Esta era brillante, pero de algún modo incorrecta. Retorcida y crispada,
casi deforme, como si no fuera un alma, sino trozos de ella. Muchos
pedazos rotos.
Irritada, me acerqué de nuevo a su pecho, separando los dedos.
Los ojos de Falco brillaron y ladeó la cabeza, pero retrocedí y lo empujé
con fuerza lejos de mí.
—Tú… ¿qué eres? —pregunté, entrecerrando los ojos.
Falco frunció el ceño.
—¿Qué quieres decir?
—Está claro que no eres Falco —le espeté.
Me miró la mano y sonrió.
—Qué lástima. Se estaba poniendo interesante —susurró, me cogió la
mano y la besó.
Parpadeé y, ante mis ojos, se encogió, palideciendo, con el pelo ahora
mucho más corto y de un color castaño claro. Sus iris eran negros como el
carbón, la nariz más larga y su boca más ancha. Todo su aspecto cambió
hasta convertirse en un completo desconocido ante mí.
—¿Pero qué coño? —Aparté la mano y lo observé confundida.
—Suficiente —nos interrumpió una voz. Falco. El auténtico Falco, tal
como lo conocía, se plantó frente a mí y asintió—. ¿Qué opinas, demonio?
—preguntó con sequedad.
Me puse rígida.
¡Demonio!
Él había sido la prueba, pero ¿disfrazado de Falco?
El demonio sonrió como si pudiera adivinar mis pensamientos
aterrorizados.
—Se ha dado cuenta, pero cuando ya era demasiado tarde. Está claro
que no ha podido resistirse.
Apreté la mandíbula.
—Gracias. Puedes irte, demonio —dijo Falco con frialdad.
El desconocido suspiró y se abotonó la camisa.
—Me llamo Frank, ¿cuántas veces tengo que decirlo?
—Hasta que cumplas tu condena, dentro de doscientos años —
respondió Falco.
El demonio hizo una mueca.
—Deberías ir a una orgía alguna vez… —Se encogió de hombros y
pasó a mi lado—. No te preocupes. Tu hambre quedará entre nosotros —
murmuró, y yo me puse rígida—. Pero si quieres continuar esos estupendos
preliminares, puedes acudir a mí.
Hice una mueca de disgusto.
Falco se limitó a lanzarle una mirada irónica.
—Has fallado —dijo Falco, y yo respiré hondo. No te asustes. Ese no
era el Falco de antes. Él no pensaba todas esas cosas. No había sido él quien
me las había susurrado.
El vértigo seguía presente en mi cabeza y me impedía convencerme de
ello, a pesar de todos los argumentos que zumbaban en mi cerebro. Mi
cuerpo palpitaba del hambre y de un ansia que me asustaba. No recordaba
haber deseado nunca nada tanto como a Falco.
—¿Esa era la prueba? Un íncubo quería…
«Que me comiese tu alma, meterme esa idea en la cabeza».
Me aclaré la garganta.
—… acostarse conmigo. ¿Y tú habrías mirado? —Mi voz se entrecortó
mientras esperaba que la situación hubiera sido realmente así y no como si
él se me hubiera ofrecido como aperitivo.
—Lo habría parado antes —respondió Falco.
—Ah, estupendo —dije con sarcasmo, envolviéndome con los brazos
—. Me siento utilizada.
Y hambrienta. Tan, tan hambrienta, joder. Si no salía de aquí enseguida,
me abalanzaría sobre Falco y le arrancaría el alma.
—No muchos pasan esta prueba. Los íncubos y súcubos acceden a
nuestros deseos más profundos, por oscuros y retorcidos que sean. Lo sacan
todo a la superficie y se alimentan de las emociones. Muchos íncubos
mantienen a sus víctimas en un constante sueño despierto. Con el tiempo,
esto vuelve locas alas personas. Dejan de beber, comer o dormir mientras el
demonio se alimenta de sus deseos. La mayoría de las víctimas muere al
cabo de unas semanas o meses. Muchos íncubos y súcubos también
practican un acto ritual de canibalismo o guardan recuerdos de sus víctimas.
Pueden parecer inofensivos, pero son monstruos.
Hambre.
Hambre.
Hambre.
—¿Puedo marcharme ya? —pregunté bruscamente.
Falco asintió y, al pasar junto a él, lo rocé con el hombro.
Inmediatamente, se me volvió a poner la piel de gallina.
—Leaf —dijo Falco.
—¿Qué?
—¿En qué forma se te mostró el íncubo?
—¿Es importante? —pregunté tensa.
—Sí que lo es…
Respiré hondo y lo miré seria.
—¿De verdad quieres saberlo?
Entrecerró los ojos.
—¿Qué has visto?
—A ti. Te vi a ti.
Falco se puso rígido, y en su rostro aparecieron varias emociones muy
contradictorias.
Sorpresa, repulsa, ira y algo más. Sus pupilas se dilataron e inspiró en
silencio.
—¿Me has visto a mí? —preguntó. Nada en su voz revelaba lo que
estaba pensando. Su expresión se convirtió en la fría máscara de siempre.
—Has dicho que querías saberlo —dije con voz áspera y sentí que la
vergüenza me producía escalofríos por todo el cuerpo, me di la vuelta y hui
de la pista de arena antes de que Falco pudiera decir nada.
—Ha sido gracioso —ronroneó Lore en mi cabeza.
—Cállate.
—Pero si he estado callado todo el tiempo.
—Pues un poco más.
Corrí tan rápido como pude. Lo más lejos posible de otros exorcistas. Al
final, me refugié en el baño de Falco y lo cerré con dedos temblorosos antes
de deslizarme dentro de él, apoyarme en la puerta y rodearme con los
brazos.
Todo mi cuerpo rugía de hambre. Los ojos se me pusieron negros. No
supe cuánto tiempo pasé allí sentada, luchando contra las ganas de tirar la
puerta abajo y chuparle la vida al exorcista más cercano, cuando llamaron a
la puerta.
—Leaf. ¿Estás aquí?
Falco.
—¿Me estás persiguiendo? —pregunté enfadada.
—Vivo aquí y tenemos que hablar de esto.
—¡Que te den!
—Leaf, abre o echo la puerta abajo.
Suspirando, me puse en pie y abrí la puerta de un tirón. Como la
cobarde que era, no me atrevía a mirarle a los ojos. Pensar en lo que había
dicho el demonio me hacía sentir vergüenza.
Durante un tenso minuto, Falco se quedó de pie frente a mí.
—¿Qué? —le espeté.
—¿Es verdad que el demonio se parecía a mí?
—Por desgracia, sí —dije entre dientes.
Falco respiró agitado y se me quedó mirando.
—¿Por qué?
—No tengo ni idea. ¿Porque Frank es obviamente un demonio
pervertido que quería confundirme?
—Solo puede mostrarte lo que ve en ti.
—Bueno, entonces él ve más que yo. Si te preocupa que te desee, puedo
asegurarte que no es así. No te deseo. No me gustas y no voy a decir ni una
palabra más sobre esto.
Pasé a su lado, furiosa, me quité los zapatos de una patada y me metí en
la cama.
Falco no dijo nada más. Aún podía sentir su mirada penetrante clavada
en mí antes de que desapareciera silenciosamente en el cuarto de baño y no
saliera hasta una hora más tarde en una nube de vapor caliente. Sin decir
una palabra, Falco se sentó en el sillón y permanecimos sumidos en un
tenso silencio.
De acuerdo.
Necesitaba calmarme.
Cerré los ojos, que me ardían, e intenté ignorar el hambre punzante,
pero no me dejaba dormir.
Me dolía.
Me dolía mucho.
Se apoderó de toda mi mente.
Ahora que sabía lo que me estaba pasando, no podía apartar la mirada.
Ya no podía ignorarlo. Era como una gran mancha roja en medio de una
sábana blanca.
Palpitaba dentro de mí. Caliente y frío al mismo tiempo.
Así que era eso. El monstruo dentro de mí que crecía y crecía
lentamente y asfixiaba a la persona que llevaba dentro. Casi como un
cáncer, que se expandía dentro de mí y se comía todo el tejido sano hasta
que no quedaba nada de mí. Casi debería dejarlo salir. Me hice un ovillo.
Por mucho que Falco me hubiera hecho sufrir por suspender la prueba, no
podía dejar que esta cosa saliera de mí. Mi humanidad me mantenía viva y,
si renunciaba a ella, los exorcistas me matarían. Falco me mataría. No cabía
duda. Me retorcí aún más, temblando por este deseo indescriptible. ¿Era así
como te sentías cuando tenías síndrome de abstinencia? ¿O cuando te
morías de hambre?
Presté atención un momento. Falco se había dormido. Su respiración
constante resonó en mis oídos y reconocí su luz. Su alma. Su arcanum. Tan
brillante y…
Sin poder evitarlo, me levanté y me tambaleé hacia él con los pies
descalzos.
Estaba sentado en el sillón. El fuego se había apagado, y sus pestañas
proyectaban sombras oscuras sobre sus pómulos. Sus labios eran suaves y
carnosos.
Alargué la mano y le aparté un mechón de pelo de la cara, Falco suspiró
e inclinó la cabeza, de manera que le vi el pulso palpitante.
Se me humedeció la boca. Sería tan fácil besar este punto, pasar la
lengua por él y luego enterrar los dientes en la piel delicada y fragante.
Lo mordería, lo saborearía, lo marcaría como mío para que todos los
demonios supieran que no debían tocarlo. Haría gemir a Falco, el placer
haría resplandecer más la luz de su interior, y entonces, cuando jadeara mi
nombre, lo tomaría. Lo tomaría todo. Me bañaría en su brillante luz. Dejaría
que Huyera en mí y sobre mí como ambrosía hasta estar saciada. Ya no me
sentiría vacía y hambrienta. Tenía mucha luz dentro de él. Muchísima.
Por fuera, Falco era tan bello que casi dolía mirarlo.
Pero su interior era abrumador.
Falco gimió en sueños y me sacó tanto de mi delirio que me estremecí.
Sudando, miré a mi alrededor. Tenía que salir de allí. El hambre era
insoportable. Un segundo más y estaría encima de él como un vampiro. Con
el pelo alborotado, me di la vuelta y salí corriendo de la habitación. Lo más
silenciosamente posible, cerré la puerta tras de mí.
—Lore, ¿qué me pasa ahora? —le pregunté antes de que me diera el
siguiente calambre. Gimiendo, apreté los dientes.
—Algo completamente natural: tan solo estás sintiendo el impulso de
marcar a tu presa —dijo Lore, y sentí como estuviera acariciando mi mente
igual que a un gato.
—¿Mi presa? —gemí y tuve que agarrarme a la puerta para no volver a
entrar.
—Somos depredadores, Leaf. Está en nuestra naturaleza. Sientes el
calor de la caza. Quieres tener y poseer. Somos una especie posesiva. Si nos
gusta algo, no queremos compartirlo, y Falco está tan lleno de poder que
incluso a mí me cuesta concentrarme. Al principio siempre es peor. No es
raro que los demonios tomen compañeros fuertes y se unan a ellos. La
mayoría de los demonios jóvenes no tienen el autocontrol suficiente para
contenerse. Yo no dejé un solo humano vivo en mis primeros cien años. Los
vaciaba a todos antes de poder soltarlos.
—Dios mío. —Temblando, me deslicé por la puerta—. Eso no es lo que
está sucediendo. No me estoy convirtiendo en un demonio, no me estoy
convirtiendo en un demonio, no me estoy convirtiendo en un demonio —
susurré, rodeándome con los brazos y balanceándome hacia delante y hacia
atrás. Sentí dentro de mí la compasión de Lore.
—Hay cosas peores —dijo en voz baja.
Me reí amargamente.
—No. Esto es el infierno. Los exorcistas tenían razón. Soy un monstruo
—susurré, balanceándome de nuevo.
—Sigues siendo mitad monstruo, cariño. Todavía hay mucha
humanidad en ti.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Quién sabe. Unos días, quizá semanas. Pero necesitas comer algo. No
estás retrasando el proceso por negarte a hacerlo, tan solo lo estás
acelerando.
Me atraganté.
—Pero no voy a matar a un humano.
—Entonces limítate a animales u otros demonios, pero no obtendrás lo
suficiente. Los animales tienen un arcanum demasiado débil y los
demonios… Bueno, es como intentar saciar la sed con alcohol.
—De acuerdo. ¿Qué tengo que hacer? —respondí.
—Levántate. Nos vamos de caza…
30
Leaf

E l hambre me impulsó. Me impulsó en busca de comida. La oscuridad


de la academia descendió sobre mí como un manto. Fuera lo que
fuese lo que estaba pasando dentro de mí, me había cambiado. Como si ya
no estuviera dando tumbos como un cuerpo extraño en la oscuridad total,
sino como si me fusionara con ella. Los contornos se volvieron más claros
y, con Lore susurrándome suavemente dentro de la cabeza, caminé por la
academia como un fantasma.
—Es como si siguieras un olor. Como humana, sabes si la comida es
comestible o está estropeada por el olor.
Hice una pausa y respiré hondo. El olor de la academia llenó mis
sentidos. La piedra antigua, la madera, el polvo. Pero había algo más. El
olor era sutil y difícil de describir. Pero estaba ahí. Mis orejas se
estremecieron antes de agacharme un instante y sacar algo de la esquina.
Un lideric.
El demonio gruñó. Mostró sus dientes puntiagudos y se retorció en mi
mano. Me invadió una extraña mezcla de hambre y náuseas.
—¿De verdad tengo que hacerlo? —le pregunté a Lore.
—Por lo menos, la falta de alimañas no se notará.
Me estremecí, pero tenía demasiada hambre para seguir discutiendo.
Estiré los sentidos en busca de la chispa de vida en el demonio y me topé
con el arcanum oscuro. Fue incluso demasiado fácil. El lideric ni siquiera
tuvo tiempo de chillar cuando le arrebaté la chispa de vida.
Me estremecí, pero no había sido suficiente. Como una gota demasiado
pequeña sobre una piedra demasiado caliente.
Temblando, dejé caer al pequeño demonio en un rincón y seguí
corriendo. Me deslicé por las puertas abiertas como un gato y atrapé un
lideric tras otro, exprimiéndoles hasta la última gota.
No estaba segura de cuánto tiempo llevaba recorriendo los pasillos de la
Black Bird Academy. En un momento dado dejé de oír los chirridos, dejé de
sentir los mordiscos que me infligían las alimañas. En un momento dado
dejé de perseguirlos uno a uno y los recogí por docenas hasta llegar al
laboratorio, donde me senté jadeando en un rincón y arrojé lejos de mí los
cadáveres de lideric vacíos.
—No es suficiente… —gemí, aunque estaba sentada en una montaña de
pequeños cadáveres.
Frustrada, me enjugué las lágrimas que brotaban de mis ojos.
—Todavía tengo hambre, Lore.
—Aprenderás a lidiar con ello —me respondió con suavidad—. Pero
deberíamos volver. Falco se despertará pronto.
Gimoteé, asentí, me levanté sobre las piernas temblorosas y dejé que la
oscuridad me tragara. Estaba cruzando el gran salón cuando un sonido
llamó mi atención. Eran pasos, y se acercaban cada vez más.
—Escóndete —siseó Lore.
Me refugié rápidamente en la oscuridad y me apreté contra uno de los
pilares mientras los pasos se hacían más fuertes, al igual que las voces.
Cuando se acercaron lo suficiente, reconocí el susurro de la capucha del
primus y la alta figura de Yu Tsai.
—¿Estás seguro? —La voz del primus sonaba profunda y empalagosa.
—Sí, primus. He hablado con todos y les he amenazado con la
expulsión. Los Omegas no se atreverán a ir en contra de sus órdenes. Han
votado en contra del demonio, como se les pidió.
Contuve la respiración.
Madre mía. Estaban hablando de mí.
—¿Seguro que votaron todos a favor? —gruñó el primus, y noté que Yu
Tsai dudaba.
—Casi todos. Crain lo vetó, pero eso no debería ser un problema. Se
necesita mayoría, y eso ya está resuelto.
Abrí mucho los ojos.
¿Así que la expulsión era culpa suya?
Me invadió la ira y apreté los puños.
Tendría que haber sabido que había algo más.
—¿Cómo que no es un problema? —gruñó el primus—. Crain es
probablemente el mayor problema que podríamos tener. Necesitamos que
esté de nuestra parte.
—Ya he hablado con él, señor, pero se ha mofado.
—Por supuesto. Podría reducir a cenizas la academia y no obtener
castigo alguno. Su opinión es la más importante de todas. Haga lo que
pueda para ganarse su favor.
—¿Y si no funciona, señor?
—Entonces recurriremos otros medios más severos. ¿Has liberado a los
liderics?
¿Que si había qué?
—Sí, señor. Pero, al igual que con el nupeppo y la mantuca, no parece
haber funcionado. Si recurrimos a medios más extremos, se notará. El
director Gale ya sospechaba cuando hizo examinar los restos de la mantuca
y encontró restos del gen.
¿Gen? ¿Qué gen?
—El director Gale puede sospechar lo que quiera.
—Pero la Orden lo apoya. ¿Cómo se supone que…? —empezó a decir
Yu Tsai, pero el primus le interrumpió con dureza.
—La dirección de la Orden está corrupta. Es una copia ridícula de sus
buenos tiempos. Perezosos, vanidosos y tan engreídos que se olvidan de
quiénes somos —espetó el primus—. Si es necesario, tendremos que
encargarnos nosotros mismos de las cosas. Si la Orden decide no expulsar
al demonio, debemos actuar antes de que ellos…
Las voces de los dos se apagaron. Respiré entrecortadamente.
—Parece que acabamos de encontrar algunas respuestas y tenemos un
bonito complot.
—¿Un bonito complot? —pregunté, atónita—. Está claro que el primus
quiere hacerme daño. Es bastante grave.
—¿Y qué te sorprende?
—Nada —respondí—. Tenemos que contárselo a Falco.
—O podemos cortarles el cuello antes de que puedan ponernos a prueba
—sugirió Lore.
—No.
—Aún eres joven. Ya sabrás apreciar un buen intento de asesinato más
adelante —replicó Lore.
Suspirando, salí de la oscuridad cuando de repente oí un zumbido y algo
frío presionó mi palpitante arteria carótida. Una hoz.
—Me pareció oler a apestoso demonio —dijo una voz gélida.
Levanté los ojos de la hoja.
—Yu Tsai —dije con toda la calma que pude.
—Uy —dijo Lore.
Sí, uy.
El exorcista enseñó los dientes en lo que podría haber sido una sonrisa.
—Leaf Young —dijo, ladeando la cabeza—. ¿Por qué no me sorprende
pillarte escuchando a escondidas?
—Probablemente por la misma razón por la que no me sorprende oírte
tramar un asesinato —siseé, dando un paso atrás.
—¿Asesinato? —se rio y apretó la hoz con más fuerza contra mi cuello
—. Matar a un monstruo no es asesinato, es el acto de un héroe.
—¿Y tú quieres ser ese héroe? —pregunté con una mueca.
—Lo seré cuando te arranque la cabeza de los hombros —gruñó y
presionó la hoz tan fuerte contra mi piel que sentí la sangre. Un dolor frío.
—Bueno, tendrás que intentarlo ahora, porque en cuanto Falco y el
director Gale se enteren de esto, se habrán acabado tus días de novicio en
esta academia.
—Deja que yo me preocupe de eso… —dijo con indiferencia, y lo vi en
la contracción de sus músculos. Vi cómo quería moverse y lo esquivé.
No lo bastante rápido, pero en vez de en mi cuello, el arma me golpeó el
hombro, se me clavó y me inmovilizó contra la pared. Él me puso la otra
mano en la boca con tanta fuerza que los dientes se me clavaron en el labio
inferior. Dejé escapar un grito ahogado al sentir el aliento caliente de Yu
Tsai.
—¿Te duele? Si gritas, lo lamentarás. Puedo dejarte sin cuerdas vocales
con un solo corte. Así no tendría prisa y podría hacerlo con tranquilidad.
Giró la hoz dentro de la herida. Mi carne se desgarró con un sonido
seco. Se me pusieron los ojos negros.
—¿Querida? ¿Lo haces tú o yo? —preguntó Lore, y el hambre volvió a
mezclarse con el dolor. Retumbó en mi interior como un animal salvaje y
ahuyentó todo rastro de miedo.
Dejé de temblar y, en su lugar, abrí los ojos y miré directamente a Yu
Tsai.
Él frunció el ceño y volvió a retorcer la hoz. Mi sangre salpicó el suelo.
Ni siquiera pestañeé.
—Sí que eres un monstruo, y cada vez lo ocultas menos. Lo veo en tus
ojos. Prácticamente te estoy haciendo un favor al acallar con todo esto —
volvió a decir el exorcista y se disponía a apuñalarme otra vez, pero mi
mano salió disparada y lo impidió.
—No me toques, engendro —me ordenó, pero yo lo agarré con más
fuerza y di un paso adelante. La hoja se hundió aún más en mi hombro.
Otro paso, y otro, hasta que alcancé la empuñadura.
Yu Tsai apartó la mano de mi boca y dio un paso atrás.
O al menos lo intentó. El hambre rugía en mi interior. Con más fuerza
de la que sabía que poseía, aparté de una patada las piernas del exorcista. Se
oyó un batacazo cuando se desplomó, antes de que me agachase sobre él y
le susurrara:
—¿Quieres que te cuente un secreto?
Agarré la hoz de mi hombro y la arranqué de un tirón. Yu Tsai me miró
horrorizado mientras yo dejaba caer la hoja con un tintineo. Oí cómo el
pánico latía en su pecho. Vi el pulso vibrante de su cuello.
—Tengo mucha, mucha hambre…
Yu Tsai abrió la boca para gritar, pero terminó en una gárgara cuando
apreté los labios contra los suyos, tomé la luz cálida, dulce y brillante que
había en su interior y tiré de ella. Yu Tsai se revolvió. Todo su cuerpo se
agitó cuando enterré los dedos en su pelo y me bebí su arcanum con avidez.
El vacío de mi estómago se llenó. Todo en mi cabeza se volvió suave y
cálido. El mundo desapareció en la lejanía por un momento, mientras mis
células vacías se inundaban de vida, palpitando y latiendo en mi interior.
Menos mal. Aliviada, me desplomé.
Más. Necesitaba más. Yu Tsai se levantó y me golpeó con el codo en la
barbilla. Un dolor agudo me devolvió a la realidad. Se me llenó la boca de
sangre, que escupí con desprecio.
—No te muevas —gruñí, viéndome en sus ojos desorbitados. El pelo
suelto se arremolinaba alborotado en mis hombros, tenía los iris negros
como el carbón. Un momento, ¿esos eran mis ojos?
Confusa, me detuve un momento y Yu Tsai jadeó.
—Por favor… —gimió—. Para. Y-yo… en realidad no tengo nada que
ver con todo esto. El primus es mi tío… El… él es quien te quiere fuera de
aquí. No le contaré nada de esto a nadie, ¿vale? Deja que me vaya y nos
olvidamos de lo que ha pasado.
Unas burbujas de saliva estallaron en sus labios.
—Menudo trozo de mierda —exclamó Lore divertido. Tenía razón.
No pude evitar apretar más. Yu Tsai rugió antes de que le tapara la boca
rápidamente.
—Un sonido más y te arranco hasta la última chispa de vida,
¿entendido?
Yu Tsai se puso rígido y asintió. Una sola vez, pero concisa.
—Eres responsable de todos los incidentes con los demonios —gruñí, y
aunque en realidad no era una pregunta, Yu Tsai asintió—. ¿Por qué? ¿Para
librarte de mí? Es mucho esfuerzo.
Yu Tsai vaciló, y por un breve instante vi en sus ojos como si estuviese
sopesando algo.
Le agarré la garganta y apreté hasta que su laringe crujió bajo mis
dedos. Soltó un grito ahogado.
—Ni se te ocurra. Esta es tu oportunidad de decirme qué está planeando
el primus, de lo contrario me temo que tendré que terminarme la comida…
En ese momento, ni siquiera yo estaba segura de si hablaba en serio o
no.
La cabeza de Yu Tsai se fue poniendo roja poco a poco.
—Yo… sabía… que… tú… eras un monstruo —gimió.
Temblando, apreté los labios y le miré fijamente.
—Escúpelo.
Aflojé un poco, y el exorcista giró la cabeza y soltó una tos seca, luego
se volvió y me escupió. Me dio en la cara, y por un momento me quedé tan
sorprendida que tan solo pude parpadear. Yu Tsai me enseñó los dientes.
—Puta demoníaca, como si fuera a decirte una sola palabra. Tócame un
solo pelo, y los puristas te cazarán como a un conejo y clavarán tu cabeza a
las puertas de la academia. Veritas in sanguine est.
Su voz me llegó como un eco lejano.
Mis músculos temblaron mientras me atenazaba una rabia destructiva
que nunca antes había sentido, de la que ni siquiera sabía que era capaz. Un
abismo se abrió dentro de mí, profundo, oscuro e infinito.
—Como quieras.
Apreté con fuerza cuando, de repente, volvieron a oírse pasos en el
pasillo. Y no de una persona sola.
Me quedé helada. Yu Tsai aprovechó el momento y golpeó. Su puño se
estrelló directamente contra mi cara y me tiró al suelo. Era como si me
hubieran golpeado con un mazo; el dolor recorrió mi mandíbula y me hizo
ver estrellas.
Mi sangre se llenó de más sangre mientras Yu Tsai se levantaba con
dificultad.
—Esto es solamente el principio… —siseó. Parpadeé y le vi alejarse a
toda prisa, chocando con dos figuras.
—Eh, Yu Tsai, ¿qué te pasa? —dijo una voz burlona y familiar. Crain.
Yu Tsai no se molestó en contestar, sino que desapareció por los pasillos de
la academia.
Qué bien. Agaché la cabeza y suspiré.
—Si cuenta algo, tendremos problemas.
—¿Leaf? ¿Eres tú? —preguntó una voz suave.
Y antes de que pudiera desaparecer, una figura pálida se agachó frente a
mí.
Zero.
El exorcista era tan pálido que casi parecía un fantasma.
—¿Qué te pasa? —preguntó, mirando mi labio ensangrentado, que
palpitaba dolorosamente.
—Nada —Me incorporé—. Tan solo una agradable charla nocturna.
—Sí, eso parece —dijo Crain, sin molestarse en ocultar su sarcasmo.
—¿Quería hacerte algo? —preguntó Zero.
—Sí, pero no sé muy bien el qué. Antes de que pudiese averiguarlo,
empezó a decir vertías o algo así…
—¿Qué? —preguntó Crain, irritado.
—Supongo que se refiere a vertías in sanguine est —respondió Zero.
—Puede. ¿Quería exorcizarme? —intenté decir con tono burlón, pero
no estaba segura de haberlo conseguido. El hambre voraz de mi interior
estaba saciada, pero apenas me atrevía a respirar.
—Eso significa «La verdad está en la sangre». Es el lema de los
puristas. Los Tsai son miembros desde hace siglos y tienen mucha
influencia, no solo en la Orden, sino en todo el mundo. Y me temo que no
son muy aficionados a…
—¿Mí? —pregunté con sequedad.
—Iba a decir a los demonios.
—Sí. —Me palpé el labio e hice una mueca de dolor. ¡Au!—. ¿El
primus es, por casualidad, el tío de Yu Tsai? —quise confirmar mi
información. Los dos exorcistas intercambiaron una mirada significativa.
—Su padrino, que yo sepa —respondió Crain.
—Bueno, pues creo que nuestro querido primus es el que quiere librarse
de mí. Por desgracia, eso es todo lo que he averiguado antes de que
aparecierais —murmuré.
Ambos exorcistas volvieron a intercambiar miradas.
—No parecéis muy sorprendidos —comenté.
Crain ladeó la cabeza.
—No lo estamos. Tenemos bastante experiencia con el primus y los
puristas.
—¿Porqué?
Crain hizo una pausa y miró a Zero.
—¿Quieres contárselo?
El joven exorcista dudó.
—Aquí no —fue todo lo que dijo, girando sobre sus talones y
desapareciendo en dirección a la primera ala del edificio.
—Después de ti —ofreció Crain, y aunque me sentía incómoda, seguí a
los dos exorcistas. Como ladrones en la noche, nos deslizamos por los
oscuros pasillos antes de que Crain abriera la puerta de una clase.
No era muy grande. Contaba solamente con un escritorio y unos cuantos
bancos y mesas. Crain cerró la puerta tras de sí y se apoyó en ella, con los
brazos cruzados. Zero encendió una lámpara vieja que había sobre el
escritorio para que hubiera algo de luz en la sala. El aire estaba cargado de
olor a polvo, madera vieja e incienso.
—¿Y bien? —pregunté, y me puse nerviosa cuando Crain no hizo
ningún movimiento para despejar la única vía de escape. Estaba tensa. No
sabía si tenía que escapar o defenderme.
—Tranquila. No tenemos intención de hacerte daño, Leaf —dijo Zero.
—Gracias. Me alegro de saberlo —respondí y lo dije en serio, pero
seguí tensa. Zero pareció darse cuenta, pero no hizo nada al respecto—.
Bueno, ¿qué pasa con estos puristas, aparte de que suenan a empresa de
smoothies corrupta?
Crain se rio.
—Es mejor. Son exorcistas corruptos en todos los sectores
empresariales imaginables, incluidos la economía, la medicina, la religión y
el Ejército.
—No parece algo bueno.
—Ni lo es —intervino Zero.
—La realidad es que sus miembros, como los Tsai, llevan varios años
siendo investigados, pero no se les puede investigar de forma pública.
—¿Y eso por qué?
—Por muchos motivos, pero el primero y más importante es que solo se
tienen sospechas, nunca pruebas sólidas de corrupción y otros delitos. Y
muchos miembros de los puristas también forman parte del Consejo. Así
que o desaparecen todos ellos, o desaparece todo el que los busca.
—Entiendo —dije, aunque no lo entendía del todo—. ¿Y entonces?
—Se sospecha que en los últimos años, el primus de Nueva York ha
estado involucrado en algunos asuntos, sobre todo de contrabando de
mercancías.
—¿Qué tipo de mercancías? —pregunté, con la piel de gallina
extendiéndose por mi nuca.
Zero me miró con sus ojos extrañamente brillantes.
—Muchas cosas. Se sospecha que mueve desde armas para exorcistas
hasta demonios.
—Espera, ¿el primus hace contrabando con demonios? ¿Cómo puede
ser?
—Hace unos años se ordenó no matar ni exorcizar demonios, sino
capturarlos y traerlos a la academia. Supuestamente con fines de
investigación.
—¿Pero creéis que los está vendiendo? —pregunté, irritada—. ¿A
quién?
—No solo creemos que el primus los está vendiendo. Sospechamos que
los está cambiando, retorciendo, convirtiéndolos en algo nuevo. No estamos
del todo seguros. En cualquier caso, después los vende.
—¿A quién?
—Eso es lo que hay que averiguar. Podría ser a miembros de la Orden
o, en el peor de los casos, a los propios demonios.
—Espera, a ver si lo entiendo. ¿Creéis que el primus está vendiendo
demonios a otros demonios?
—Y no solo el primus —prosiguió Zero—. Creemos que muchos de los
puristas están involucrados en este negocio. Y como el primus parece muy
interesado en deshacerse de ti, suponemos que te ve como algo más que una
amenaza para el mundo de los exorcistas. Le estorbas o supones un peligro
que no sabemos cuál es.
—¿En serio? —Necesitaba sentarme. Apreté las piernas y sentí que me
picaban las heridas del enfrentamiento con Yu Tsai—. ¿Y en qué consisten
exactamente estos experimentos? ¿Qué quieren lograr? —pregunté, sin
saber muy bien por qué lo hacía.
A Zero no pareció importarle.
—Estuve investigando lo de la mantuca. Es imposible que una planta de
ese tamaño haya pasado desapercibida durante tanto tiempo, así que tendría
que haber crecido muy deprisa. Al examinar la estructura celular, encontré
rastros de algo que tengo que analizar más. Parece ser algún tipo de
acelerador del crecimiento, unido a… —dudó.
—¿A qué? —pregunté.
—A una estructura celular que debería ser imposible obtener, ya que el
proceso para crearla se declaró ilegal en los años noventa.
—¿Qué estructura celular? —insistí.
—Una que solo puede obtenerse con el cromosoma Q.
—¿Con el qué?
—Con el cromosoma Q. Se desarrolló para crear homúnculos.
Homúnculos. Fruncí el ceño. ¿De qué me sonaba esa palabra?
—¿Un homúnculo no es algo así como un humano artificial?
—Exacto. En el antiguo Egipto ya se hicieron intentos por crear vida
artificial, impulsados principalmente por el propio Paracelso. Con más o
menos éxito. Al principio de la industrialización, se descubrió cómo cruzar
demonios con ADN humano.
—¿Y ese «se descubrió» a quién se refiere?
—Como Paracelso fue uno de los fundadores de la investigación y es
considerado el fundador de la Orden, la investigación fue llevada a cabo
principalmente por miembros de los puristas. En algún momento, los
primeros experimentos tuvieron éxito. Los homúnculos no solo vivían, sino
que también eran más fuertes y rápidos que los humanos normales. Además,
carecían de la imprevisibilidad de los demonios, por lo que al principio se
crearon decenas de centros de cría. Se consideraba a los homúnculos una
revolución de la propia vida; lo suficientemente versátiles como para
emplearse en ejércitos, para luchar contra otros demonios o incluso para uso
privado. La esclavitud moderna. En los años treinta estaba de moda que
cada hogar tuviera al menos un homúnculo. Los homúnculos se engloban
dentro de los demonios, y eso significa que no tienen derechos individuales
ni de propiedad. Los tenían como si fuera ganado, reemplazable en
cualquier momento. Si un homúnculo moría, podían crearse docenas más.
Tragué saliva y sentí un cosquilleo en el estómago.
—Todo esto llegó al punto de criar a los homúnculos de manera
selectiva. Muchos carecían de la capacidad de hablar. Se les eliminaron los
genitales y se redujo al mínimo su capacidad cerebral. Además, los
laboratorios hicieron algunas chapuzas con el proceso de producción, así
que la secuencia genética fue empeorando. Muchos de los homúnculos
acababan completamente deformados o morían a las pocas semanas. Esto
hizo que en la Orden se oyeran las primeras opiniones en contra de la cría
de homúnculos. Y era, sobre todo, porque la Orden estaba perdiendo el
rumbo. La producción ya no era más que mercancía barata fabricada en
serie, y eso también tuvo un impacto negativo en la Orden, porque no solo
los exorcistas empezaron a utilizar a los homúnculos para sus fines.
—Y los demonios se implicaron a su manera en el avance de la
investigación —supuse.
Poco a poco iba cerrando el círculo, aunque aún me quedaban algunos
interrogantes.
—Ya sabes que hay muchos tipos de demonios, cada uno con sus
propias fortalezas y debilidades —explicó ahora Crain—. La mayor
debilidad de los lores de entonces era la capacidad de crear nuevos cuerpos.
Para poseer a un humano, hay que matarlo en el proceso, mientras que la
circulación y las funciones corporales se mantienen gracias a la fuerza del
demonio. Sin embargo, ni siquiera estos cuerpos estaban disponibles de
forma permanente; se cazaba a muchos demonios y cada cambio de cuerpo
suponía un riesgo.
Crain hizo una pausa, como si no estuviera seguro de cómo continuar.
Fue Zero quien retomó la conversación.
—Los homúnculos eran mucho más resistentes que los humanos. Más
fuertes, mejores, más rápidos y, a diferencia de los humanos, no había que
matarlos para ocuparlos. Eran los huéspedes perfectos y, como no morían,
un lord demoníaco podía usarlos como si fueran ropa, y ponérselos y
quitárselos a su antojo. De esta manera, los exorcistas no podían atrapar a
los lores demoníacos.
—¿Así que los homúnculos fueron criados para servir como huéspedes?
—El mayor obstáculo para los demonios era la carne humana en la que
tenían que vivir —volvió a explicar Crain—. Los homúnculos los hacían
casi invencibles. Para contrarrestarlo, la Orden obligó a los demonios a
registrarse a cambio de unos derechos limitados. Esto les permitía vivir en
el mundo humano sin ser asesinados, siempre que siguieran las normas. La
Orden empezó a negociar una prohibición general de la reproducción de
vida artificial, y hubo mucha resistencia por parte de los puristas.
Crain miró a Zero y enarcó una ceja, como preguntándose si debía
continuar. Los dos tenían un modo interesante de comunicarse de forma no
verbal. Era casi como si pudieran adivinar los pensamientos del otro.
Zero asintió con la cabeza, cruzó los brazos delante del pecho y añadió:
—Todo culminó en el llamado «Motín Q» a principios de los noventa.
Los puristas perdieron, se descubrieron muchos casos de corrupción en los
que estaban implicados demonios. Rodaron cabezas, se expropió a familias
y se llegó a un acuerdo para prohibir la vida artificial. En 1992, se ejecutó a
más de dos millones de homúnculos en todo el mundo.
Aspiré bruscamente, pero Zero continuó sin pestañear.
—Después de eso, siguió habiendo centros de cría ilegales, pero la
mayoría fueron eliminados. El último se descubrió hace cuatro años en
Manhattan y se destruyó. Fue una masacre, ya que los trabajadores
intentaron matar o destruir todas las pruebas. Al final, solo se encontró a un
testigo superviviente y algunos documentos que relacionaban al primus,
entre otros. Desde entonces, se le investiga. Pero, obviamente, no se está
teniendo mucho éxito por ahora. En el laboratorio se encontraron restos del
gen parecidos al de la mantuca, así que suponemos que alguien está
intentando continuar con la cría de homúnculos.
Hubo un breve silencio hasta que ordené mis pensamientos lo suficiente
como para preguntar.
—¿Y por qué os han puesto a vosotros dos en este caso? No me
malinterpretéis, pero los dos sois novicios, ¿no tienen exorcistas entrenados
para esto?
Crain se aclaró la garganta y Zero suspiró.
—Si Crain no estuviera tan empeñado en boicotear todo lo que le rodea,
habría terminado su adiestramiento hace tres años.
—Zero —gruñó Crain.
Este suspiró y cedió.
—Crain fue quien rastreó el laboratorio y me encontró allí.
Sorprendida, me enderecé y miré a Crain y a Zero.
—¿Él te encontró?
Asintió.
—En realidad me llamo Five, del grupo experimental Zero. Soy un
homúnculo.
Me quedé un momento sin respiración mientras observaba a Zero con
una mirada muy diferente. La falta de color en su rostro, el aura extraña que
le rodeaba, tan diferente de la de los demás exorcistas…
—Eres el segundo demonio al que ha admitido aquí el director Gale —
dije en voz baja.
Zero asintió pensativo.
—Ahora soy el último homúnculo registrado oficialmente. Cuando iban
a matarme, el director Gale me vio como una oportunidad para tomar
medidas mejores contra los centros de cría y los puristas. La Orden se
mostró escéptica, pero Crain… —le sonrió fugazmente—. Crain fue quien
respondió por mí. Como a ti, en la academia me dieron el ultimátum de
quedarme y trabajar como exorcista… o, mejor dicho, para los exorcistas.
Con un tutor a mi lado. Así que, lo que Falco es para ti, Crain lo es para mí.
—Oh… —El sonido salió de mi boca como un susurro, y me quedé
mirándolos a los dos. Ambos eran tan distintos y a la vez estaban tan unidos
que me estremecí un poco—. Zero, siento mucho todo aquello —balbuceé.
Me sonrió amablemente.
—No lo sientas. Durante mucho tiempo, lo único que conocía eran las
paredes blancas del laboratorio. Crain me sacó de allí. Estoy viviendo de
una forma que muchos homúnculos no pudieron y voy a aprovechar esta
oportunidad lo mejor que pueda.
—Y yo que pensaba que seguíais aquí porque Crain era un fracaso… —
comenté.
Crain soltó una carcajada.
—Eso también. A la Orden le molesta que aún no me haya graduado.
Pero, por otro lado, así es mucho más fácil vigilar al primus, algo que le
desagrada mucho.
—¿Y creéis que el primus está probando suerte otra vez con
experimentos ilegales y vendiendo homúnculos? ¿Y yo me interpongo en su
camino?
—Eres como una piedrecita en su zapato. La única pregunta es por qué.
Se hizo el silencio entre nosotros mientras intentaba asimilarlo todo.
—¿Yo? ¿Por qué? No sabía nada de esto hasta ahora —admití.
Crain asintió.
—Puede que tú no lo supieras, pero quizá el demonio que hay en ti sí.
—¿Lore? —solté, y las cejas de Crain se alzaron.
—¿Así se llama? —Intercambió una mirada llena de significado con
Zero. Asintió pensativo.
Me mordí la lengua y me maldije. Lore volvió a guardar un silencio
sospechoso y yo vacilé, molesta.
—¿Por qué tendría algo que ver con esto el demonio que tengo dentro?
—La Orden no logró averiguar mucho sobre la identidad del demonio,
aparte del nombre Ripper y el rastro de devastación que dejó en Nueva York
durante las últimas semanas. Llamaba bastante la atención. Todos los
cuerpos abandonados con descuido. Había cosas que no cuadraban.
Dentro de mí solo había un silencio tenso.
Entrecerré los ojos.
—¿Me estáis diciendo que sospecháis que el demonio dentro de mí
tiene algo que ver con este caso?
—A saber. Cuando destruimos el centro de cría de homúnculos en
Manhattan, descubrimos que muchos de esos procesos de cría remitían a un
sindicato de demonios muy poderoso y de mala fama conocido como «El
primer círculo».
Todo mi interior se estremeció. Madre mía. ¡Lore!
—El primer círculo… —repetí, y todo mi ser se inquietó, aunque,
claramente, esa agitación no provenía de mí.
—¿Por qué tiene mala fama?
—Porque es el más grande del que tenemos conocimiento —respondió
Crain.
—Es como la realeza de los demonios.
—La realeza… —repetí, tragándome el nudo que tenía en la garganta
—. ¿Hay más sindicatos de esos?
—Por lo que sabemos, hay nueve círculos en Estados Unidos. Si
pudiéramos averiguar de qué sindicato es el demonio que llevas dentro,
quizá también averiguaríamos si sabe algo o tiene algo que ver con lo que
está poniendo tan nervioso al primus como para querer librarse de ti. Es una
pena que no podamos hablar con el demonio… —dijo Crain en voz baja.
—Sí, una pena —coincidí.
Se hizo el silencio… un silencio muy incómodo que no supe cómo
llenar hasta que Zero intervino:
—Es tarde. Deberías irte a dormir.
—Sí, supongo. —Hice un esfuerzo por levantarme con los miembros
agarrotados—. Buenas noches… —murmuré e hice unos movimientos con
los hombros para aliviar parte de la tensión.
—Buenas noches, pequeño demonio —dijo Crain.
Me estremecí y desaparecí de la habitación tan rápido y en silencio
como me fue posible, y dejé que las sombras de la academia me engulleran.
31
Falco


I nspira, mantén el aire en los pulmones hasta que sientas ese torrente
en las venas, el latido de la energía, el breve silencio entre latidos.
Mantén esa calma todo el tiempo que puedas. Siente el poder que reside en
el silencio y solo entonces espira de nuevo.
—Ajá… —murmuró Leaf con escepticismo.
—Inspira… —le ordené y me esforcé por seguir tranquilo, seguir mis
propias instrucciones. Este ejercicio podía parecer fácil, pero se volvía
mucho más complejo cuando se comprendía la profundidad de aquello en lo
que se estaba ahondando.
—Hay exorcistas que se han congelado en el tiempo a través de la
meditación y el silencio. Pasaban años en silencio antes de regresar. No
habían envejecido ni un solo día, y para ellos no había transcurrido más que
una sola respiración. No subestimes este ejercicio. Encuentra la quietud
dentro de ti, entra en contacto con el ser puro de tu existencia. Adéntrate en
el infinito y retírate del flujo de la vida.
—Mmm… Suena muy bien —murmuró y yo apreté los dientes.
—No hables. Quiero que respires.
—Ya lo hago.
—La boca no suele moverse cuando respiras, Leaf.
—¿Ah, no? Entonces no te has oído roncar por la noche.
—Yo no ronco —dije con naturalidad.
—Desde luego que sí.
—Yo… ¡Leaf, respira! —espeté y abrí los ojos. Leaf estaba sentada
frente a mí, rascándose la nariz.
Fruncí el ceño y la escruté. Había algo diferente. No estaba seguro de
qué, pero algo iba mal. Cada día estaba más pálida.
—¿Leaf? ¿Estás molesta por algo? Estás más tensa que de costumbre.
Era casi adorable lo mucho que intentaba mantener la calma. Después
de todos estos años, sabía visualizar esas corrientes. El latido de su arcanum
era fuerte, aunque cada vez más oscuro, como una nube gris que iba
creciendo.
—No, todo va bien. Estoy respirando.
Seguí los patrones que las sombras de sus pestañas oscuras le dibujaban
en las mejillas. Ella también había cambiado. La cara redonda y
acorazonada se había estrechado, los pómulos resaltaban más. Tenía los
labios carnosos y rojos, probablemente porque no paraba de
mordisquearlos. Llevaba el pelo castaño recogido en una trenza hasta el
hombro. Un mechón se había soltado y revoloteaba alrededor de su cara.
Tenía una marca de nacimiento debajo del labio inferior. Era una
pequeña mancha y me quedé mirándola mientras se clavaba de nuevo los
incisivos en el labio inferior.
—¿Leaf?
—¿Sí?
—¿Qué te pasa?
Suspiró y abrió los ojos. El color verde musgo oscuro me devolvió la
mirada. El diseño era fascinante, como una estrella con pequeñas motas de
marrón claro mezcladas. Se oscurecieron en cuanto perdió el control. No
sabía si debía preocuparme lo bien que conocía ya su rostro.
Levanté una ceja con actitud interrogante y eso bastó para hacerla
hablar.
—Quiero preguntarte algo.
Asentí, y ella se pasó un mechón de pelo por detrás de la oreja, que
enseguida se le volvió a descolocar.
Reprimí el impulso de apartarlo. Este anhelo me inquietaba, pero la idea
de que quisiera sentir aquel mechón de pelo me inquietaba aún más.
Apreté la mandíbula para cortar de raíz aquel pensamiento absurdo.
Sus pestañas se agitaron cuando me miró desde abajo. Esa visión que
me produjo un cosquilleo en el cuerpo y me hizo apretar aún más los
dientes hasta que la sensación finalmente se calmó.
—¿Qué opinas del primus?
—¿Cómo? —Su pregunta me descolocó tanto que aparté la mirada de la
curva de sus labios—. ¿Por qué te interesa el primus? —pregunté,
entrecerrando los ojos para captar hasta la más mínima de sus reacciones. El
pulso de su cuello se aceleró.
—El primus tiene mucha influencia en la academia, ¿verdad?
—A veces tiene incluso más autoridad que el director. Su trabajo es
proteger los intereses de la Orden —le expliqué, y ella frunció el ceño.
—¿Pero qué opinas tú del primus? —preguntó mirándome. Las ondas
de sus ojos empezaron a moverse.
—El primus y yo tenemos una relación bastante distante desde mi época
de novicio.
—¿Por qué el primus no siempre es bien recibido?
—¿Hay alguna razón concreta por la que quieras saberlo?
—¿Hay alguna razón por la que no se me permita saberlo?
—No.
—¿Entonces?
—Me interesaría mucho saber si naciste siendo una persona tan molesta
o si decides serlo activamente.
—Me ha supuesto mucho esfuerzo llegar a serlo. Y ahora cuéntamelo.
Resoplé.
—El primus y yo no compartimos las mismas creencias. Se mostró muy
interesado al principio de mi formación, pero se convirtió rápidamente en
decepción cuando rechacé su oferta de ser su novicio.
—¿El primus te ofreció unirte al sacerdocio?
—Sí, pero yo siempre quise ser shintonista.
—Entiendo.
Dudó y volvió a morderse el labio inferior hasta que se puso rojo e
hinchado. Tuve que obligarme a apartar la mirada.
—¿Así que no eres miembro de los puristas? —preguntó.
Me quedé paralizado, y esta vez también vi cómo se le encogían las
pupilas, como si temiera la respuesta.
—¿Dónde has oído ese término?
—Fue Zero. Tuvimos una pequeña charla.
—¿Ah, sí?
—Bueno, tengo que aprender lo que significa ser exorcista, después de
todo, y tú no es que seas especialmente hablador.
—Es verdad —asentí.
—¿Entonces, eres miembro de los puristas?
—No. No lo soy. No tengo muy buena opinión de esa organización.
Gran parte de sus ideas son viejas y anticuadas. Llevo años intentando
introducir cambios en la estructura de la Orden, como mi familia.
Las comisuras de sus labios se crisparon.
—Interesante.
—¿En qué sentido?
Se inclinó hacia delante para que su aroma llegara hasta mi nariz. Su
mechón de pelo me rozó el pecho y me obligué a no mover un músculo
mientras ella murmuraba:
—Creía que eras más conservador.
—Las apariencias engañan.
—A veces siento que en la academia todos son mis enemigos. Pero
empiezo a pensar que los mayores enemigos de los exorcistas son ellos
mismos, no los demonios.
Asintió una vez con rotundidad, y me di cuenta de que se inclinaba,
extendiendo una mano y tomando con ella el mechón de pelo. La agarré con
fuerza y nuestras miradas se encontraron, haciendo que mi estómago
volviera a encogerse.
—Lo has observado muy bien —reconocí, inclinándome hacia ella y
pasándole el mechón por detrás de la oreja. Su respiración se entrecortó y
me odié por quedarme ahí y saborear el cosquilleo de su arcanum al rozar el
mío—. La Orden está dividida. El primus es un hombre poderoso al que no
debes subestimar, así que deberías mantenerte lo más alejada posible de él.
Vaciló. Su mirada se detuvo en mis labios. Los remolinos de sus ojos
empezaron a moverse y los puntos brillantes que había en ellos se
oscurecieron.
—¿Y si el primus no me deja en paz?
—¿Qué quieres decir?
—Yo… —dudó una vez más, y lo que vio hizo que sus ojos volvieran a
su color natural. Con un suspiro, se apartó de mí—. No es importante.
Fruncí el ceño. ¿Qué estaba pasando?
—¿Deberíamos seguir buscando el silencio? —interrumpió mis
pensamientos como si intentara destrozarlos deliberadamente.
—No, hemos terminado. Quiero enseñarte algo.
Metí la mano en la mochila y saqué una bolsa.
—¿Qué es eso? —preguntó desconcertada.
—Es para ti. He pedido que Angel lo hiciera en el Rosedal, lo
terminaron ayer.
Abrí la bolsa y dejé caer el contenido en su mano.
Sus ojos se abrieron de par en par al girar las cuentas negras en la mano.
—¿Me has hecho un rosario?
—He escogido hacerlo de resinita. No tendrá ningún efecto hasta que
lances hechizos y tu arcanum en las cuentas. Sin embargo, como no sabía a
qué religión perteneces, te corresponde a ti decidir qué marca quieres llevar.
Han insertado un ojo de Horus como en el mío, pero puedes cambiarlo si
quieres.
Dejó que los eslabones se escurrieran entre sus dedos. El chasquido de
los orbes me puso la piel de gallina. Me quité el rosario de la muñeca y le
enseñé el ojo de Horus.
—El ojo de Horus concentra el arcanum. Puedes determinar su forma
siempre que puedas controlarlo.
Levantó la mirada, y las comisuras de sus labios se curvaron en una
sonrisa solemne y misteriosa. El corazón me dio un vuelco y tuve que
obligarme a mantener la calma. Que Leaf Young me pusiera de los nervios
no era nada nuevo, pero estaba empeorando, y esto no me gustaba nada.
—¿Puedo elegir una forma?
—Sí.
—Pero… —dudó—. ¿Y si no tengo habilidades de shintonista?
—Entonces será solo un regalo de mi parte —dije simplemente.
Me miró con los ojos muy abiertos antes de responder en voz baja.
—Antes era atea, pero me gusta el ojo de Horus, así que me quedo con
él si no te importa.
—Claro. Busca un sitio donde lo tengas accesible. Con el tiempo, un
shintonista pasa a usar el rosario como si fuera un miembro más.
—Sí, ya te he visto hacer eso. Es impresionante —refunfuñó,
colgándose el rosario del cuello y dejando que el ojo desapareciera en la
hendidura de sus pechos. Desvié la mirada—. Gracias —murmuró.
—De nada —respondí.
—¿Y ahora qué?
—Ahora vamos a ver si hay una shintonista en ti, Leaf Young.
32
Leaf

—¡
N ada!
Enfadada, arrojé el reluciente rosario negro a la arena y me
tragué la frustración que crecía salvaje en mi interior.
Falco se puso a mi lado, con los brazos cruzados delante del pecho y
dijo con calma:
—Una vez más.
—¡¿Una vez más?! ¡Llevamos horas intentándolo! Este es el ejercicio
más fácil de todos, y ni siquiera consigo hacer brillar una estúpida runa —
gruñí, reprimiendo las ganas de patear algo.
—Puede que sea la tarea menos espectacular, pero es la más difícil. Solo
uno de cada diez exorcistas tiene suficiente arcanum y talento para
convertirse en shintonista. Requiere concentración y una voluntad firme,
pero también requiere mucha paciencia. Vamos a probar otra vez.
Apreté los dientes, murmuré una maldición, me agaché y cogí el
rosario. Lo sentí pesado y cálido en mi mano, encajado en la palma como si
le perteneciera. Sin embargo, no ocurría nada y mi frustración aumentaba
con cada intento fallido. A estas alturas, no solo mi cabeza, sino todo mi
cuerpo palpitaba de frustración, cansancio y… hambre. Tenía hambre, pero
no de comida. De Falco. Tan solo con que mirase en mi dirección se me
revolvía el estómago, lo que no hacía más que aumentar mi frustración.
Falco era como un bocado increíblemente sabroso al lado de alguien que se
sentía a punto de morir de hambre.
Falco volvía a dar vueltas a mi alrededor. Su mirada era tan intensa que
la sentía físicamente.
—Concéntrate —me ordenó. Su voz me recorrió la espalda como
caramelo caliente.
—Eso es lo que estoy haciendo —espeté.
—Pues no lo parece.
—Entonces quizá deberías dejar de distraerme —solté antes poder
contenerme. Falco se detuvo y enarcó una ceja.
—No lo estoy haciendo.
—Sí, estás respirando —refunfuñé. Su otra ceja se alzó también.
—Mi castigo durante los próximos mil años es verte tener jueguecitos
preliminares pasivo-agresivos —comentó Lore por primera vez en horas.
Suspiré.
Falco abrió la boca, pero lo interrumpieron.
—¡Shintonista Chepesch!
Vestida elegante, como la última vez que la había visto, con el pelo
recogido y los labios tan marcados que le quitaban cualquier suavidad, la
decana Chanelle entró en la pista flanqueada por dos exorcistas de aspecto
feroz que nunca antes había visto. Ambos parecían haberse arrastrado por
las calles sucias de Manhattan. Uno de ellos tenía un ojo morado y el otro,
la nariz rota.
Fruncí el ceño mientras Falco se tensaba como la cuerda de un arco.
—¿Qué pasa? —preguntó de inmediato.
—Los cazadores Rodríguez y Jones acaban de regresar de su patrulla en
Manhattan con noticias inquietantes. Debemos pedirte que vengas con
nosotros.
Vi cómo se tensaban los músculos de la mandíbula de Falco.
—Ya voy —dijo con aspereza, y cuando empezó a moverse, le seguí.
Di únicamente dos pasos antes de que la decana Chanelle me detuviera.
—Gracias. Puede retirarse, novicia Young. Vuelva a su habitación y
quédese allí hasta que le digan lo contrario.
Permanecí de pie.
—¿Pero cuándo…? —empecé.
Me ignoró, se dio la vuelta y abandonó el recinto. Falco se puso el
pesado abrigo que se había quitado y me hizo un gesto con la cabeza.
—Nos vemos luego. Hasta entonces, intenta no causar problemas ni
hacer que te coman.
Habría sido gracioso si no hubiera parecido tan serio.
—Haré lo que pueda —prometí. Falco me miró con escepticismo y pasó
corriendo.
—No vamos a quedarnos aquí esperando, ¿verdad? —preguntó Lore.
—Claro que no —resoplé y me puse en marcha. Tenía que hacer algo.
¿Pero qué? Vacilante, busqué a tientas el arcanum oscuro dentro de mí… y
aunque me resultaba muy difícil apoderarme de la luz, era ridículamente
fácil dejar que la oscuridad bombeara por mis venas. Me sorprendí a mí
misma. Por muy complejas que me resultaran las lecciones con Falco, era
sencillo encontrar la oscuridad dentro de mí.
—Porque estás más cerca de la oscuridad que de la luz. Es como si
Falco intentase enseñar a volar a un pingüino.
Tienes que nadar, cariño, no volar —me explicó Lore, y me estremecí.
Mis pupilas se dilataron y me fundí en la oscuridad con mi siguiente
respiración—. Es tan fácil como respirar —dijo.
Se me puso la carne de gallina, pero tenía razón. Era tan fácil como
respirar. Empecé a correr, y vi cómo Falco alcanzaba a la decana y a los
demás exorcistas a grandes zancadas. Su pelo oscuro le caía sobre el
hombro mientras le preguntaba algo a la decana, y yo me arrastré tras ellos
hasta que salieron de la academia.
Probablemente debería asustarme lo fácil que era seguirlos, lo fácil que
era atraer las sombras que me rodeaban para ocultarme y no hacer ruido.
Era la prueba de lo lejos que me estaba alejando de la persona que había
sido antes. Pero, sinceramente, ya no me imaginaba no poder seguir
haciéndolo.
Seguí a los exorcistas a través del anillo más interior de los muros. Sentí
un hormigueo en la piel, como si la runa allí marcada intentara impedirme
atravesarlo. Pero no me detuvo. Al menos, todavía no.
Falco se paró bruscamente, frunció el ceño y se dio la vuelta.
En un abrir y cerrar de ojos, retrocedí hacia el arco, me rodeé aún más
de sombras y contuve la respiración.
La mirada de Falco pareció clavarse en mí, como si pudiera sentir la
oscuridad.
—¿Falco? ¿Qué pasa? —oí que preguntaba la decana.
—Nada. Me había parecido ver algo —respondió y emitió un silbido.
Pasó un tenso segundo mientras se oía el aleteo de unas alas. Falco levantó
el brazo, y su espíritu se posó en él. Arrullando, Risha se colocó las plumas,
y él le acarició la cabeza con un dedo, y una rara expresión de ternura
apareció en su rostro. Colocó el espíritu en su hombro, se dio la vuelta y
siguió caminando.
—Ahora debemos tener cuidado. El espíritu podrá vernos —intervino
Lore como advertencia.
—¿Qué hacemos?
—Retorcerle el cuello a ese bicho emplumado.
—¡Eso no!
—Mantén la distancia. Si tú no puedes verlos, ellos tampoco a ti.
—¿Y cómo voy a seguirlos entonces?
—Puedes seguir el rastro de Falco.
—¿Qué rastro? —pregunté, irritada.
—Todo el mundo deja un rastro, ya sea humano, demonio o exorcista.
Seguimos el rastro cuando nuestro intento fallido de escapar, ¿lo recuerdas?
—No tenía ni idea de lo que hacías —admití.
—Bueno, imagina que hay docenas de olores que normalmente no
puedes distinguir, pero cuando estás cerca de una persona, reconoces el olor
inmediatamente.
—No estoy cerca de Falco —le contradije.
—Pero babeas por él como si fuera un filete tierno. Si reconoces un
arcanum, es el suyo. Lo encontrarás, aunque solo sea porque tienes hambre
de él. Somos depredadores. Podemos seguir un rastro durante muchos
kilómetros si queremos.
—Madre mía, este es un nuevo punto bajo en mi vida —refunfuñé, pero
cerré los ojos y me concentré, como siempre me decía Falco. Todo fue
espantosamente bien. El mundo se desvaneció en el fondo, busqué la luz y
encontré algunas cosas. Rastros de arcanum, frescos y antiguos. Lore tenía
razón. Era confuso, como entrar en una perfumería y que solo te llegara un
olor a la nariz por todas las esencias.
Di un paso en la dirección en la que había visto desaparecer a Falco e
imaginé su arcanum. La luz brillante, la necesidad de estar cerca de él, de
apretar mis labios contra los suyos y tomar todo lo que me daba.
Inevitablemente, me estremecí de deseo. Me rugió el estómago, me sentí
vacía y, de repente, allí estaba. Como un rastro brillante, justo delante de
mí. Falco.
—Bien hecho —me felicitó Lore, y noté el orgullo en su voz.
Suspirando, abrí los ojos y seguí el rastro.
Básicamente, seguía el sendero que pasaba junto al invernadero y los
alojamientos de los exorcistas que venían a la isla. La arboleda comenzaba
un poco más adelante. La aguja del Rosedal apenas se reconocía, pero el
rastro seguía más allá. A medida que avanzaba, vi por primera vez el anillo
central del muro. Era muy alto y algunas partes estaban cubiertas de árboles
que introducían con fuerza sus raíces a través de la piedra. El olor a rosas se
hizo cada vez más intenso.
—Esa peste asquerosa —refunfuñó Lore.
El rastro de Falco se perdió un poco en el penetrante olor de las rosas,
pero estaba claro que se dirigía al anillo exterior. ¿Quizá en dirección al
muelle?
—¿Hablamos del tema de «El primer círculo» y de lo que tienes que ver
con él, o vas a volver a fingir que eres inocente?
—No sé a qué te refieres —gruñó.
—Los dos sabemos que estás mintiendo, y según tus propios estándares,
estás mintiendo de una forma patética.
—¿Quieres que repasemos lo que haces tú de forma patética?
—Bastantes cosas, pero al menos no soy desdeñosa… —contesté y pasé
por el segundo arco. Era más grande que el primero. La runa que había
sobre él se iluminó un poco, y me dolió bastante atravesarlo, casi como si
caminara sobre brasas. Apreté los dientes y me obligué a poner un pie
delante del otro antes de cruzarlo finalmente. Exhalé un suspiro de alivio
cuando el dolor remitió.
Sin duda volvería por el camino que Crain me había indicado.
—Las runas detienen todo lo que no es humano.
—Yo también me he dado cuenta —admití y levanté la vista. El camino
serpenteaba ante nosotros a través de la espesura. Aquí no parecía haber
mucho más que un bosque denso. Los árboles estaban muy juntos, y
algunas de sus escasas ramas negras arañaban el cielo nocturno. El olor a
rosas era tan intenso que hizo que me brotasen lágrimas de los ojos.
—¿Aún puedes seguir el rastro? ¿Lore? ¿Lore?
El demonio permaneció en silencio y en mi cabeza solo había una
sensación áspera.
Era como si el olor a rosas estuviera abriendo una brecha entre nosotros.
Debería haberme alegrado de haber encontrado una forma de silenciar al
demonio en mi cabeza, pero el precio a pagar era algo. Fue como tener una
reacción alérgica al polen terrible.
Avancé a trompicones, con la garganta y los ojos más hinchados a cada
paso. Me costaba respirar, pero me obligué a seguir adelante. El rastro de
Falco casi no era visible mientras me apresuraba a atravesar el bosque.
Cada paso me resultaba más incómodo, y los ojos me lloraban tanto que
apenas podía ver nada.
Cuando por fin se despejó el bosque y la brisa marina me golpeó la cara
hinchada, respiré aliviada.
El muelle estaba frente a mí. Pero no había rastro de Falco ni de la
decana. ¿Los había perdido? Un movimiento en la ventana del cobertizo
llamó mi atención.
Me acerqué sigilosamente, me agaché y me apreté contra la pared bajo
la ventana, con el corazón palpitante.
Se oían voces. Amortiguadas, pero si me concentraba, podía distinguir
algunos fragmentos.
—… Wang… viejo… Boston. Estudió en Manhattan… compañera de
piso de… Young.
Me puse rígida cuando absorbí esa información. Se me puso la piel de
gallina. Levanté lentamente la cabeza, miré por la ventana y vi solo
sombras oscuras y algo sobre el mostrador, en una larga bolsa negra. Tardé
un suspiro en darme cuenta de que era una bolsa para cadáveres, y de lo que
había dentro.
No.
No, no, no. Esto no podía ser real…
El estómago me dio un vuelco tan brusco que me di la vuelta y vomité.
33
Falco

E l viejo suelo del cobertizo de barcas crujió y, en cuanto cerré la puerta


de un golpe, me invadió el olor a podredumbre.
—Edgar. Allen —saludé a los dos exorcistas. Ambos estaban detrás del
mostrador y me devolvieron el mismo saludo seco.
Me llamó la atención la bolsa oscura que había sobre el mostrador.
No era la primera vez que por aquí había pasado algo más que
mercancía y correo, pero sí la primera que se me erizaron los pelos de la
nuca.
—Los cazadores Rodríguez y Jones estaban vigilando la familia de la
novicia Young, como se les había ordenado. Encontraron el cadáver de la
compañera en su antiguo piso hacia el mediodía.
Abrió la cremallera y miré dentro de la bolsa.
Los restos de una mujer yacían dentro. Aún se veía el pelo negro. La
cara estaba destrozada hasta resultar irreconocible.
—Priscilla Wang. Veinticuatro años. Su familia vive en Boston. Estudió
en Manhattan y trabajaba como maquilladora.
Ha sido compañera de piso de Leaf Young durante unos cuatro años.
Me acerqué y bajé más la cremallera. Lo que rezumaba no era solo
hedor.
—Faltan los intestinos —dije y desvié la mirada.
El cazador Rodríguez asintió con gesto adusto.
—La encontramos así en la bañera. Cogimos lo que pudimos, pero sus
restos estaban esparcidos por todo el piso.
—Había otra compañera de piso —intervine.
Esta vez fue Jones quien asintió.
—Tavia Sale. Lo que encontramos ya no se podía transportar. No
quedaba apenas nada.
De repente, aquel pensamiento pareció crearme una piedra en el
estómago.
—Estos asesinatos han sido todo menos limpios —comentó Rodríguez.
—Quien haya hecho esto claramente quería dar ejemplo.
—También tiene familia. ¿Se ha asignado ya a alguien para protegerla?
—interrumpí bruscamente.
Jones vaciló.
—Los hemos estado siguiendo, junto con su exnovio Ben Alderson. Él y
su familia están sanos y salvos, y ya los han sacado del país. Seguimos
buscando a su madre. La familia Brown, sin embargo…
—¿Qué pasa con ellos?
Jones negó con la cabeza.
—No pudimos hacer nada. Los cuerpos de Bob y su esposa Cherry
Brown están en un estado similar al de su compañera de piso. Por eso
encontramos este mensaje.
Levantó su teléfono móvil y me enseñó una foto. El piso estaba
destrozado. El sofá estaba hecho trizas, las mesas y las sillas destrozadas, y
había restos humanos por todas partes. Sin embargo, lo que me hizo
maldecir fue la escritura ensangrentada que alguien había hecho en la pared.
La sangre aún parecía fresca cuando se hizo la foto.
—Si quieres recuperar a tu hermano, sal a jugar con nosotros, ratoncito
—leí, y levanté la vista.
—¿Así que han matado a todas las personas cercanas a la novicia Young
y han secuestrado al hermano?
—Eso parece.
—¿Y cómo es que nadie se ha dado cuenta? Se suponía que había
exorcistas encargados de vigilarlos —le espeté a Jones.
Él tensó los hombros.
—Lo comprobábamos todo dos veces al día. La noche anterior todo
estaba bien, ni rastro de demonios. Los encontramos así a la hora de comer.
Apreté los dientes con tanta fuerza que me dolía la mandíbula.
—¿Qué quieren de Leaf? —pregunté.
La decana cruzó los brazos delante del pecho.
—Suponemos que lo que quieren es el demonio dentro de la novicia
Young.
—¿Entonces nuestra suposición de que el demonio estaba huyendo es
correcta?
—Estaba escondido dentro de la novicia Young, y parece que ya no es
un secreto que ella sigue controlándolo. De lo contrario, no estarían
utilizando al hermano como medida de presión —dijo la decana con
expresión severa.
—¿Y cómo se ha filtrado esta información? Ella lleva aquí todo el
tiempo. Nadie lo sabe excepto nosotros —repliqué, y oí cómo empezaba a
perder la compostura mientras la decana respondía:
—Suponemos que hay un topo.
Respiré profundamente.
—No es de extrañar, teniendo en cuenta que en los últimos años los
demonios han desaparecido milagrosamente en cuanto planeábamos atacar
una guarida o los rastros simplemente no iban a ninguna parte. Pero, ¿qué
se ha hecho? Nada, aparte de dejar espiar un poco a Zero y a Crain. Se
prefiere buscar enemigos imaginarios a admitir la corrupción en las propias
filas y dejar que el primus…
Me miró con frialdad.
—Soy muy consciente de su opinión sobre el primus, shintonista
Chepesch. Pero mientras no se encuentren pruebas, le pido que sea
razonable. Guárdeselas para sí mismo. Haremos todo lo posible para
controlar este problema.
Mi campo de visión se estrechó por la ira, y los extremos palpitaban al
unísono con el nervio de mi frente.
—Nos va a costar muy caro todo lo que estamos haciendo para evitar
incriminar a los nuestros.
Su respuesta fue el silencio.
Me obligué a respirar hondo.
—La única pregunta ahora es quién está detrás de los asesinatos y el
secuestro —añadí con voz entrecortada.
—Lo más importante es si esto podría ser una amenaza para la
academia y qué están dispuestos a hacer los demonios para hacerse con la
novicia Young —dijo la decana con tono seco.
Me puse rígido.
—¿Qué significa eso?
—Significa que la novicia Young supone un riesgo inaceptable para la
Black Bird Academy. El director Gale ya está consultando el asunto con la
Orden.
El miedo se apoderó de mí, atravesándome de una forma tan violenta
que me sentí mareado.
—¿Quieren que entreguemos a Leaf a los demonios? —pregunté
jadeando.
La decana asintió.
—Hay muchas posibilidades de que así resolvamos este asunto.
Se hizo el silencio por un momento mientras intentaba reprimir el horror
que se apoderaba de mí ante la mera idea de entregar a Leaf a un sindicato
de demonios. De abandonarla. Entregarla. Tuve que emplear toda mi
disciplina para no perder los estribos, para fingir calma.
—Le hemos prometido protección a la novicia Young si no causaba
problemas y se dejaba adiestrar.
—Lo hemos hecho, y ya ha habido dos ataques demoníacos desde que
está en la academia. Fue expulsada de clase, según tus informes no muestra
talento para usar el arcanum en nuestro favor, y atacó a un novicio.
—¿El qué?
—El novicio Tsai ha venido a verme hoy y me ha dicho que la novicia
Young lo atacó.
—Eso es mentira. No la he perdido de vista ni un segundo y lo sabría si
hubiera intentado algo así. ¿Por qué arriesgaría su futuro para atacar al
novicio Tsai?
—Dijo que intentó arrebatarle el arcanum.
Hice una pausa, irritado.
—¿Que intentó qué?
—Dijo que sintió como si ella se estuviera comiendo su arcanum.
—Eso es imposible. —La miré con gesto arisco.
—¿Sí? Ayer encontramos liderics muertos por todo el recinto.
—¿Y qué? No es raro que los novicios practiquen con alimañas.
—Pero no fueron exorcizados, les succionaron hasta la última gota de
arcanum. Estaban vacíos, eran solo una carcasa.
¿Era posible? Una puñalada me atravesó el pecho mientras las imágenes
surgían en mi interior. Leaf. La mirada de sus ojos, la oscuridad que nadaba
cada vez más en ellos, y sus labios sobre mi piel. La sensación de que
intentaba extraer mi interior. El cansancio que sentí durante horas y la
sensación difusa de que me faltaba algo.
¿Había estado tan ciego como para no ver las señales? ¿Había estado
tan atrapado en mi obstinación por hacer de Leaf una exorcista, de erradicar
el mal que había en ella, que no había visto que ya no era humana? ¿Me
había enamorado de ella? Hasta ahora, siempre había podido confiar en mis
instintos. A menudo eran lo único que me hacía seguir adelante, pero en su
caso… Leaf Young se metió bajo mi piel, encontró cosas de las que ni
siquiera me había dado cuenta. Ella era el punto irracional en mi vida
racional. ¿Era posible que un monstruo hubiera conseguido engañarme
tanto?
Se me aceleró el pulso mientras me perdía en esa idea.
—La idea de entrenar a un demonio solo merece la pena mientras haga
más bien que mal. La Orden no tiene motivos para retenerla aquí —
continuó la decana con suavidad, como si reconociera la discordia dentro de
mí.
—Solo necesita un poco de tiempo —me oí decir.
—Es inútil y un riesgo para todos —respondió.
Levanté la vista.
—¿Se ha demostrado algo? —dije con voz ronca.
—No, hasta ahora solo tenemos la declaración del novicio y los liderics
muertos.
—Corríjame, pero ¿no debería ser nuestro trabajo proteger a la gente de
los demonios? Deberíamos estar pensando en cómo podemos liberar a MJ
Brown, no dar media vuelta como cobardes y entregar a dos inocentes.
—Lo de que la novicia Young sea inocente es cuestionable, shintonista
Chepesch. No obstante, esto es una cuestión de pragmatismo. Si podemos
evitar que ocurran cosas peores sacrificando a la novicia Young y a su
hermano, lo haremos.
—O desataremos algo mucho peor. ¿Desde cuándo les damos a los
demonios lo que quieren? A saber lo que están tramando.
—Tiene razón, no lo sabemos. Por eso irá al continente e intentará
averiguarlo. Pero si quiere encontrar razones para no entregar a la novicia
Young, tendrá que darse prisa. Hasta entonces, estará encerrada en la celda.
—Me pondré en marcha enseguida —respondí.
—Eso es lo que pensaba. Le he asignado al novicio Zero como
compañero. Ya debería estar esperando en una de las lanchas rápidas con
todo lo que necesitan.
Asentí con la cabeza, me di la vuelta y por un breve instante volví a
tener esa sensación, como si sintiera los ojos de alguien clavados en mí.
Abrí la puerta de un tirón y miré hacia fuera, pero no había nada. Tan solo
la oscuridad que me devolvía la mirada y, sin embargo, había un aroma en
el aire. Como si Leaf estuviera delante de mí. Me di la vuelta, pero la
sensación no desapareció del todo mientras caminaba a grandes zancadas
hacia el muelle.
—Manténganos informados. El director Gale prometió conseguirle todo
el tiempo posible, pero no serán más de tres días. —Me puso un teléfono
móvil en la mano.
—Entendido —dije, divisando la mata de pelo claro de Zero en una de
las lanchas.
—Buenas noches —dijo con calma.
—¿Te han informado? —le pregunté.
El homúnculo asintió.
—Bien.
Me subí a la lancha y arranqué el motor. Al salir, el agua salpicó mi
abrigo. Un fuerte viento me apartó el pelo de la cara y sentí algo que no
había sentido en mucho tiempo.
Miedo.
TERCERA LECCIÓN

«Quienes tienen buenas intenciones son los peores».


PARACELSO
34
Leaf


M J. Tienen a MJ.
Se me volvió a revolver el estómago mientras observaba el
vómito del suelo. De los labios me goteaba saliva, y me la limpié.
No podía quitarme de la cabeza la imagen del rostro desfigurado de
Priscilla y estaba segura de que nunca podría olvidarla.
Lo último que recordaba era nuestra salida al local. ¿Qué le había
dicho? ¿Y ella a mí? No lo sabía, y ahora estaba muerta. Por mi culpa.
Como Tavia, Bob, Cherry.
Madre mía, Bob.
Dejé escapar un sollozo ahogado. Cuando me raptaron los black birds la
idea de no volver a ver a mi familia había sido dolorosa, pero pensar que al
menos estaban bien era un consuelo. ¿Pero esto?
Había… Me atraganté.
El dolor estallaba dentro de mí en oleadas, el corazón me temblaba
como si estuviera a punto de explotar en mil pedazos.
El estómago se me revolvió de nuevo, pero en ese momento oí pasos.
La puerta se abrió de golpe y salió Falco. Miró a su alrededor,
buscando, y mi corazón latía tan fuerte contra mi pecho que debió de oírlo.
Nuestras miradas se cruzaron durante un segundo y sus ojos, normalmente
brillantes, parecían ahora de color ámbar oscuro. Retrocedí rápidamente,
fundiéndome en la oscuridad y conteniendo la respiración.
Dio un paso más y se colocó tan cerca de mí que solo tenía que estirar
una mano para tocarle. Durante un segundo, estuve segura de que sabía que
yo estaba aquí. Pero se dio la vuelta y desapareció en dirección al muelle.
Una figura esperaba delante de un barco y retiró la capucha oscura cuando
Falco se acercó. Se vio un cabello claro.
¿Zero?
Los dos hablaron entre sí antes de que Falco subiera a la lancha. El
motor arrancó con un rugido. Salpicó agua antes de que Falco atravesara el
portón con Zero y desapareciera de mi vista. Unos instantes después, la
decana Chanelle pasó junto a mí y dio instrucciones a los exorcistas que
tenía a su lado.
—Encontrad a la novicia Young y encerradla en una de las mazmorras.
Intentad no causar revuelo mientras lo hacéis. No queremos preocupar a los
novicios más de lo que ya están. Si la novicia Young causa algún problema,
tenéis permiso para usar la fuerza.
Me deslicé con la espalda pegada al árbol. Probablemente eso fuera lo
único que me impedía caerme o hiperventilar, o ambos.
¿Qué debía hacer ahora? No podía dejar que los exorcistas me
encerraran. Tenía que averiguar qué pasaba con los demonios que retenían a
MJ y luego tenía que salir de esta isla. Nada, absolutamente nada, me
impediría salvar a MJ, y desde luego no dejaría que los exorcistas me
entregaran así como así. Pero eso significaba que primero tenía que
averiguar quiénes eran esos demonios y qué querían y luego… luego tenía
que encontrar la forma de salir de la isla.
Me levanté con las rodillas temblorosas. A pesar de que todo dentro de
mí se oponía, me di la vuelta y caminé de nuevo hacia la academia. Podía
hacerlo. Pero no podía dejarme atrapar. Me envolví con la oscuridad a mi
alrededor con tanta fuerza que amenazaba con asfixiarme mientras
encontraba el camino secreto que Crain me había mostrado. Abrí la
trampilla y bajé. No necesitaba luz para orientarme. Para entonces ya había
dejado de ser un ser de luz, y no quedaba en mí más que hambre. Si no tenía
ninguna posibilidad de sobrevivir a esto, entonces me despojaría de los
últimos restos de mi humanidad para salvar a mi hermano.
Se oyó un leve crujido, y el eco reverberó en el pasillo vacío cuando salí
del túnel. En los últimos días no había cambiado nada. Era como si la torre
se hubiera congelado en el infinito y no existiera nada más que la luz
brillante de la luna y el polvo resplandeciente.
Subí por el camino hasta mi habitación. La puerta crujió cuando la
empujé para abrirla y contemplé la devastación que Falco, Crain, los
liderics y yo habíamos causado. Se me hizo un nudo en la garganta al
recordarlo. Aparté el pensamiento, me abalancé sobre el espejo, apoyé las
manos en la mesa y gruñí.
—Sé que puedes oírme otra vez. Sal.
Mi reflejo empezó a moverse vacilante. Sus ojos se volvieron negros
como el carbón y sus labios se curvaron en una sonrisa burlona.
—¿Me ha llamado, ama? —preguntó con sorna, pero haciendo una
mueca de dolor al momento siguiente, cuando apreté las manos contra el
espejo ya agrietado. Tan fuerte que se resquebrajó aún más, de manera que
no solo un reflejo sino docenas me miraban fijamente.
—Basta ya, Lore. Se acabaron tus comentarios sarcásticos y tus
evasivas. Los demonios han matado a mi familia y han secuestrado a mi
hermano pequeño, y adivina por qué… te quieren a ti —Resoplé—. Han
masacrado a mis amigas y a mi familia como si fueran ganado porque
quieren llegar a ti a través de mí. Vas a decirme por qué están haciendo esto,
qué tienes que ver tú y qué puedo hacer yo para salvar a mi hermano.
Porque si no, te prometo que me entregaré a ellos y dejaré que te corten
como a un gusano.
Lore me miró fijamente, y no fue miedo lo que vi en su mirada, pero sí
algo parecido.
—Parece que me he perdido mucho —dijo finalmente.
—Pues sí, lo has hecho, y nosotros dos no tenemos precisamente mucho
tiempo. Los exorcistas nos están buscando y, dependiendo de tus respuestas,
pensaré un plan para escapar de aquí. O me rindo y dejo que los demonios
me tengan. Depende de ti.
Lore me miró fijamente, con el rostro crispado.
—Dí-me-lo —siseé—. ¿Quién te busca? ¿De quién te escondes? Y no
me digas que no es así. Llevamos demasiado tiempo unidos como para
mentirnos.
Lore dejó escapar un profundo suspiro. Se desplomó y me miró casi con
cansancio.
—Siento lo de tu familia. No era mi intención.
Solté una carcajada incrédula.
—Vamos a ahorrarnos todo eso. Sabemos que esto te importa una
mierda. No tienes que fingir que tienes conciencia.
Lore desvió la mirada.
—Lo que tú digas. Supongo que los demonios que mataron a tu familia
forman parte de «El primer circulo».
—¿Y casualmente tú perteneces a ese primer círculo?
Me examinó.
—No soy solo parte de él, soy su líder.
—Eh… ¿Que eres el qué? —dije perpleja. Lore suspiró y se pasó la
mano por el pelo en un gesto apresurado.
—Soy el príncipe del primer sindicato de demonios. Mi existencia
comenzó hace mucho tiempo.
—¿Cuánto es mucho tiempo? —pregunté.
—Muchísimo —dijo simplemente, y lo dejé estar mientras él proseguía
—. Vine a este mundo con otros ocho demonios! mis hermanos, por
llamarlos de alguna manera. Como era el mayor, fundé el primer círculo,
también conocido como «Limbo».
—«Limbo» —repetí, intentando procesar lo que Lore acababa de
decirme. Me pareció casi íntimo, como si compartiera conmigo un secreto
guardado desde hacía mucho tiempo.
—Al principio, éramos un frente unido. Un reino de oscuridad.
Vivíamos, nos divertíamos, luchábamos en guerras. Era un frenesí. Nos
temían allá donde íbamos, y nuestro ejército crecía cada vez más. Podría
llamarse «paz» de una forma absurda, pero la paz es algo muy engañoso,
especialmente entre demonios. Pasaron solo unos cientos de años antes de
que mis hermanos empezaran a intentar quitarme mi puesto de liderazgo.
Yo mantuve mi lugar en el Limbo, pero mi hermano Querubín se separó y
fundó su propio reino.
—Un momento —interrumpí, irritada—. ¿Querubín? ¿Como el ángel
Querubín?
Lore se rio para sus adentros.
—Ah, sí, tenía esas alas estúpidas. Formó el segundo círculo, también
llamado «Lujuria». En los siglos siguientes, todos mis hermanos
abandonaron el Limbo. Uno a uno, empezaron a formar sus propios
círculos. Le siguieron «Gula», «Codicia», «Ira», «Herejía», «Violencia» y
«Fraude».
—Los nueve círculos del infierno —recordé.
—Exacto. Como supondrás, siempre hubo muchos desacuerdos, peleas,
escaramuzas, guerras y disputas entre los sindicatos. Al final, estábamos tan
divididos que corríamos peligro de desaparecer por nuestra propia
violencia. Como era el mayor, mi labor consistía en vigilar los intereses de
todos los demonios y garantizar la protección de nuestra especie. Así que
empecé a hacer limpieza entre los demonios. Diezmar a los traidores es una
tarea ardua. Fue un proceso largo y sangriento, pero al final nos
reorganizamos. El primer círculo se convirtió en un terreno neutral para que
los nueve jefes pudieran reunirse allí sin ir inmediatamente a degüello unos
contra otros. Tras varios siglos de derramamiento de sangre, estábamos a
punto de restablecer la calma cuando la última de mis hermanos se separó
de mí. La más joven: se llamaba Una. Mi hermana pequeña siempre había
sido la más tranquila de nosotros. Se podría decir que era hasta sensata. Le
encantaba vivir entre la gente y fue mi consejera y amiga más cercana
durante muchos años. En aquel momento me afectó mucho. Nunca había
esperado que me dejara. Pero lo hizo. Ella fundó el noveno círculo,
«Traición». Pero no se detuvo ahí, comenzó a cazar a nuestros hermanos. Y
a diferencia de los muchos intentos que nuestros hermanos habían hecho
anteriormente para deshacerse unos de otros, ella tuvo éxito. Mató a
nuestros hermanos y hermanas. Uno tras otro. Los cazó como a conejos y
expandió su sindicato poco a poco. Hasta que no quedó nadie más que yo.
Hizo una pausa, como si necesitara organizar sus pensamientos.
Yo también tardé unos segundos en asimilar toda esta información.
—¿Cómo es posible que tu hermana se volviera tan poderosa? —
pregunté con un mal presentimiento.
Lore suspiró y me miró agotado.
—Hubo muchas razones, pero una fue crucial trabajaba con los
exorcistas.
Tragué saliva.
—El primus… —comenté.
Lore se rio con sarcasmo.
—No, mucho antes. Mi hermana siempre ha sido muy hábil
interpretando los deseos de los demás y atrayendo hacia sí tanto a humanos
como a demonios. A principios del siglo XIX, los exorcistas se convirtieron
en un problema cada vez mayor y, a cambio de inmunidad, ella ayudó a
crear el gen O para cruzar las habilidades de demonios y humanos.
—Los homúnculos —susurré.
Asintió sombrío.
—Causó mucho malestar entre los demonios de entonces. Una era
temida y venerada al mismo tiempo. Se la podía comparar con una diosa. El
negocio con los exorcistas era más que rentable para ella, y mientras
llevaban a los míos al matadero como ganado, los exorcistas permitieron
todo lo relacionado con Una. Todo lo que construí, todo lo que había
intentado conseguir parecía caerse a pedazos. Sabía que solo sería cuestión
de tiempo que Una viniera a por mí también para matarme y quedarse con
«El primer círculo». Entonces sería una auténtica divinidad, imparable. Una
lo devoraría todo mientras el mundo se derrumbaba hasta que no quedase
más que humo y cenizas.
—Entonces, ¿por qué iban a trabajar los exorcistas con ella? ¿Por qué
harían un trato con ella si es tan peligrosa? —pregunté con frustración.
—Después de todo lo que has visto de los exorcistas hasta ahora, ¿crees
que alguna vez admitirían estar bajo el dominio de un demonio? Los
exorcistas, por muy fuertes que sean, tienen una debilidad crucial y no es la
corrupción o su enervante arrogancia, sino su mortalidad. Mueren y no
aprenden nada de sus errores pasados. Ven las ventajas y protegen el statu
quo con todo, con todo lo que pueden, aunque eso signifique hundirse en la
ruina, pero no lo admiten. La ignorancia y la codicia son grandes
impedimentos. Intenté muchas cosas para detener a mi hermana. Probé a
hablar con exorcistas, pero el esfuerzo fue frustrante e infructuoso. O lo era
hasta que conocí a un exorcista llamado James Roosevelt.
—El antiguo director de esta academia —recordé.
Lore asintió.
—Uno de los pocos especímenes inteligentes, en mi opinión.
Trabajamos juntos durante muchos años, y al final conseguimos, de forma
indirecta, persuadir a los exorcistas para que cambiaran de opinión. Los
criaderos de homúnculos se cerraron y muchos de los seguidores de Una
murieron, tanto demonios como exorcistas. Los líderes de la Orden también
se apartaron de Una. Fue un alivio. Una nunca había experimentado una
derrota así. Pero los exorcistas son efímeros, y el éxito seguía siendo tan
fugaz como sus existencias. La manzana podía parecer hermosa y brillante
por fuera, pero ya estaba podrida por dentro… y no pudimos evitarlo.
—¿Por qué no me sorprende nada? Nuestros queridos exorcistas no son
especialmente avispados, ¿verdad? —murmuré.
Él resopló.
—Los puristas nunca dejaron de trabajar con Una. Son como un cáncer
que se extiende, y el tiempo avanzó, al igual que la ciencia. El siglo XXI
ofrecía muchas más posibilidades que el XX, y Una continuó sus
investigaciones sobre el gen O hasta crear algo que tendría repercusiones
increíbles. No solo para el mundo de los demonios, sino también para los
humanos. En comparación, los homúnculos parecían soldaditos de juguete.
Una tenía entre manos un poder inimaginable, alimentado por los
exorcistas. Sin embargo, en aquel momento solo había una muestra que
funcionara de verdad.
Se me puso la piel de gallina y sentí un sabor amargo en la boca, que me
tragué.
—Has intentado acabar con ella otra vez —caí en la cuenta.
Lore refunfuñó.
—Supe que tenía que hacer algo y debía hacerlo solo. Era un momento
en el que ya no podía confiar en nadie, y yo era el único con poder
suficiente para enfrentarse a Una. Cuando Una finalmente lanzó un ataque
contra mí, ya no me resistí. Prácticamente le abrí la puerta y dejé que me
arrebatara el trono. En ese momento, robé la muestra del gen O y me
escondí. Desde entonces huyo de mi hermana, que hace todo lo posible por
atraparme y hacerse de nuevo con el gen. He huido como un loco de un
cuerpo a otro y me han cazado como a un animal herido. Pero con lo que no
contaba, y seguramente mi hermana tampoco, era contigo. Irónicamente, el
hecho de estar atrapado dentro de ti parece ser la única razón por la que sigo
vivo. Y Black Bird Academy es el único lugar al que Una no puede entrar.
Sin embargo, supongo que ella está tratando de llegar a nosotros a través
otros, como el primus, pero como aún no lo ha conseguido, quiere atraerte
asesinando a tu familia o presionando a los exorcistas hasta el punto de que
te entreguen voluntariamente.
Nos miramos fijamente. Un buen rato.
Observé a Lore como si lo viera por primera vez. Y quizá lo estaba
haciendo.
—Y yo que creía que tú eras el malo en todo esto —dije al final.
Levantó la comisura de los labios.
—Supongo que todo depende de tu perspectiva. No me malinterpretes.
No soy un caballero de brillante armadura ni un héroe de capa ondeante que
lucha por el bien. Mis motivos son puramente egoístas, porque si Una acaba
con los humanos, hará lo mismo con nosotros los demonios, y no puedo ni
quiero permitirlo.
—Vale, entonces, tu hermana ahora gobierna sobre los nueve círculos,
se sienta en tu trono y se ha llevado a mi hermano. ¿Qué hacemos?
Los ojos de Lore se oscurecieron aún más.
—Si quieres mi opinión, nuestra única opción es huir. No podemos
salvar a tu hermano. A mí no me quedan hombres, no tengo nadie que me
respalde. No hay forma de que Una averigüe dónde está el gen O, pero lo
hará si salimos para salvar a tu hermano.
—Entiendo lo que dices, Lore, pero no voy a abandonar a mi hermano.
—Si lo tiene Una, es como si ya estuviera muerto. Aunque consiguieras
salir de aquí y entrar en el primer círculo, lo único que encontrarás es un
cadáver. Lo que intentas hacer es imposible.
—¡Nada es imposible!
—Eso es mentira.
—¿Así que eres un cobarde y prefieres huir a defender a tu pueblo y tu
trono? —le espeté.
Lore entrecerró los ojos y en el instante siguiente estaba tan cerca del
espejo que parecía a punto de salir de él.
—No tienes ni idea, humana. Lo he sacrificado todo por mi pueblo. He
sufrido durante siglos y he creado aún más sufrimiento. No pondré en
peligro todo eso por una sola persona.
—Puede que tú no, pero yo sí —dije y me di la vuelta.
—Leaf, ¿qué vas a hacer?
—No ser una cobarde —gruñí y salí de la habitación dando zancadas.
—Leaf, eso es un suicidio, ¡y no solo eso! Si Una se hace con el gen O,
matarás a todos.
—Entonces lo que no tienes que hacer es decir dónde lo has escondido
—le espeté y bajé las escaleras enfadada.
—¡No tienes ni idea de dónde te estás metiendo! —siseó Lore.
—Es cierto —reconocí—, pero no voy a dejar que me detengas.
35
Falco

Demonios de nivel uno


Renacidos
Homúnculo: criatura creada artificialmente mediante el
uso de magia negra que se emplea habitualmente como
siervo.
Los homúnculos han sido declarados ilegales por la
Orden, pero aún existen laboratorios secretos de cría
de homúnculos por todo el país, cuyos orígenes datan
de la Edad Media.

U n trozo de cristal se resquebrajó bajo mis pies mientras caminaba por


el piso devastado. Me costaba imaginar a Leaf en estas habitaciones.
Riendo, comiendo, durmiendo, con sus amigas. Viviendo la vida de una
persona corriente. Leaf era muchas cosas, pero definitivamente no era
corriente y, desde luego, no era humana. Me di cuenta de eso en ese
momento, mientras miraba los fragmentos en los que había vivido.
Quienquiera que fuera Leaf Young, había muerto en los brazos del
demonio. Ahora la única pregunta era en qué se había convertido y si
realmente podía confiar en ella.
Algo crujió bajo mis zapatos. Levanté el pie y vi una foto que sobresalía
de un marco roto. Me agaché despacio y la tomé. En ella aparecía Leaf con
su hermano. El chico no tendría más de trece años. Su rostro aún tenía
rasgos infantiles y, aunque no eran parientes de sangre, tenían el mismo
brillo burlón en sus ojos. Ya habíamos registrado la casa de los Brown y
solo habíamos encontrado muerte y destrucción. Sin embargo, no había
rastros que indicasen el paradero de MJ Brown o de los demonios. Aparte
de las pintadas de la pared, claro.
—¿Y bien? —pregunté al oír el crujido de los pasos de Zero
acercándose a mí desde la cocina.
Negó con la cabeza.
—Nada. Hasta la huella es difícil de interpretar. Lo único que puedo
decir es que había más de dos destrozando el piso. Probablemente demonios
de nivel uno y dos.
—Yo he llegado a la misma conclusión —respondí, doblando la foto y
guardándola en el bolsillo antes de levantarme y que más cristales se
rompieran bajo mis zapatos.
—Entonces supongo que tendremos que ir al mercado negro y encontrar
demonios que tengan información para nosotros.
En el rostro de Zero se dibujó una expresión de preocupación. —Hace
tiempo que el mercado negro no es un sitio recomendable. Antes era
peligroso, pero ahora es casi imposible entrar y salir con vida. Sobre todo
para los exorcistas.
—Pues menos mal que tú no eres uno —repliqué.
Zero seguía dudando.
—Mi deber es desaconsejar la visita al mercado negro. Es muy
peligroso que los exorcistas vayan allí ahora, y si morimos, no podremos
ayudar a Leaf.
Le dirigí una mirada cortante.
—No estamos aquí para ayudar a la novicia Young, sino para encontrar
respuestas.
—¿Y no es lo mismo? —preguntó Zero con tono suave.
No respondí, pero me ajusté los guantes con decisión antes de hacer una
pausa.
—¿Puedo preguntarte algo, Zero? —Le vi inclinar la cabeza por el
rabillo del ojo—. Has pasado algún tiempo con la novicia Young, ¿has
notado algo extraño en ella?
—Suele comer mantequilla de cacahuete en cantidades poco saludables
—respondió Zero secamente.
Las comisuras de mis labios se levantaron ligeramente.
—No me refiero a eso.
—Ya lo sé.
Dirigí la vista hacia Zero y nuestras miradas se cruzaron.
—¿Entonces? ¿Es correcta la suposición de la decana? ¿Se está
convirtiendo en un demonio?
—¿Quieres oír la respuesta para el shintonista Chepesch, el exorcista, o
para Falco?
—¿Hay alguna diferencia? —quise saber.
Zero asintió ligeramente.
—Por supuesto.
No dio más detalles, así que continué tenso.
—¿Y si pregunto como exorcista?
—Entonces diría que el miedo no es infundado. Leaf está en proceso de
cambio. Su hambre es inconfundible. El poder que rezuma me deja sin
aliento. Si se convierte en demonio, será más poderosa que cualquier cosa
con la que me haya encontrado jamás. Sería una tontería seguir pensando
que es humana.
La respuesta me estremeció. Se me heló hasta la médula, aunque mi
corazón latía demasiado rápido. Sentí el sabor del metal en la lengua
mientras miraba los fragmentos y la sangre, y luchaba contra las ganas de
vomitar.
En lugar de eso, pregunté angustiado:
—¿Y si pregunto como Falco?
—Entonces te diría que Leaf Young es única. Creo que en ella no solo
reside nuestra condena, sino también nuestra salvación. En lugar de
encarcelarla, matarla de hambre y obligarla a ser algo que no es,
deberíamos enseñarle a controlar sus poderes y su ansia. Es hora de que
dejemos de temer algo porque no lo entendemos. Quizá sea un demonio,
pero aún no es un monstruo. Y puede que ya no sea humana, pero nunca
olvidará lo que supone serlo. Ella podría ser el puente que hemos estado
buscando durante tanto tiempo. Renunciar a Leaf sería un gran error y un
paso atrás para los exorcistas. Merece la pena luchar por ella.
Nos quedamos en silencio, y todo mi interior se tensó mientras se iban
encadenando mis pensamientos. Luchaba contra mí mismo y no sabía quién
acabaría ganando.
Asentí, me di la vuelta y dejé atrás los restos de la vida de Leaf Young.
36
Leaf

M e estaban buscando. Oía sus pasos, los gritos y la frustración de no


encontrar nada. Envolviéndome en la oscuridad, corrí por la
academia en busca de la única persona que podría ayudarme. Lore maldijo,
agitando y sacudiendo mi mente como un animal furioso enjaulado. Con
una voluntad de hierro, lo bloqueé durante algún tiempo y mantuve el
control mientras corría por segunda vez por el pasillo del ala de dormitorios
donde se alojaban los novicios. Solo conocía el rastro de Crain de pasada.
Era más una suposición que una certeza, pero seguí el rastro que me llevaba
de nuevo a esa ala. Así que, a menos que mis sentidos me fallaran del todo,
Crain tenía que estar aquí en alguna parte.
—Leaf, no lo hagas. Si quieres, te ayudaré a salir de aquí. Lo único que
tienes que hacer es dejarme tomar las riendas, y nos sacaré de aquí. Ahora
mismo. Te devolveré el control después de eso. Te lo prometo. Pero no
vayas a Manhattan.
—¿Lore? Haznos un favor a los dos y cállate. Voy a hacerlo, y puedes
contribuir al éxito de esto y ayudarme, o callarte. Si ninguna de las dos
cosas es posible, iré a comerme muchas de esas rosas hasta que te
desplomes.
—No harías eso —gruñó Lore, pero no consiguió parecer poco
impresionado por este plan.
—Puedo y lo haré —respondí, abriendo una puerta y asomándome al
interior. Una habitación vacía. Volví a cerrar la puerta y me dirigí a la
siguiente.
—Vamos a morir.
—Ya lo has repetido varias veces.
—Todos vamos a morir.
—A menos que se nos ocurra un plan tan ingenioso que no muramos
todos.
Abrí la puerta y volví a cerrarla rápidamente al ver a un novicio que
claramente no era Crain. ¿Dónde se había metido este tipo? El sudor me
recorrió la espalda mientras seguía el rastro hasta otra habitación.
—¿Piensas que no he tenido tiempo suficiente para pensar en planes
durante todos estos milenios? Y créeme, muy pocos de ellos acabaron
siendo brillantes. No he hecho más que planear —gimió Lore.
—Bueno, tal vez no seas capaz de ver las cosas con perspectiva.
Siempre hay una solución. Solo hay que encontrarla.
Empujé la puerta y me quedé helada. Se podían ver los músculos
definidos de la espalda desnuda tensándose mientras el tipo se movía. Dos
piernas rodeaban sus nalgas igualmente definidas. Unas largas uñas rojas se
clavaban en la espalda de Crain, y había un fuerte olor a sexo y sudor en el
aire. Bueno, al menos había encontrado a Crain.
—Deberíamos apuntarnos —sugirió Lore.
—No —gruñí, y mi voz los dejó helados.
La mujer lanzó un grito de sorpresa. Crain se dio la vuelta. Tenía las
pupilas dilatadas y el pelo alborotado, y una mordedura hinchada en el
hombro. «De acuerdo».
—¿Qué… Leaf? —jadeó.
—¿Qué hace ella aquí? —Por fin reconocí a Merope, que se estaba
cubriendo el pecho con una sábana.
Rápidamente me tapé los ojos con la mano e intenté no parecer una
acosadora pervertida.
—¡Quita! ¡Quiero verla! —intervino Lore, mi acosador pervertido
personal.
—Siento mucho la intromisión, pero necesito a Crain un momento.
Obtuve un silencio como respuesta y me asomé entre los dedos para ver
si habían sacado un cuchillo o algo así. Por suerte, se limitaron a mirarme,
atónitos. Volví a cerrar los dedos rápidamente.
—Lo siento —seguí.
—¿Me necesitas? ¿Ahora? —preguntó Crain casi sin aliento.
—¡Fuera, lunática! —siseó Merope.
—Yo creo que no es pelirroja natural.
«¡Argh!».
—Lo siento. Es una emergencia —afirmé, lanzándole a Crain los
vaqueros que estaban tirados en el suelo—. Vístete. Nos vemos fuera en dos
minutos.
Crain vaciló y miró a Merope.
—A mí con eso me vale —dijo finalmente.
—¿Estás de la olla? —siseó Merope mientras cerraba la puerta y volvía
a fundirse en las sombras.
Al final, Crain tardó algo menos de cinco minutos en salir a
trompicones de la habitación. Noté que su mirada me buscaba antes de dejar
que las sombras se alejaran de mí.
—Estoy aquí.
Dio un pequeño respingo.
—Vaya. ¿De dónde has salido?
—Te lo explicaré en un minuto. Vamos, tenemos que hablar.
Le cogí de la mano y le arrastré fuera de la sala de estar. Se oían pasos
y, con el corazón palpitante, apreté a Crain contra la pared y escuché hasta
que los pasos volvieron a desvanecerse. Aliviada, me desplomé, pero me
estremecí al sentir el aliento de Crain en la nuca. Aún olía como si hubiera
ido a un burdel y hubiera vuelto.
—Qué envidia.
Reprimí una mueca.
—¿Quieres decirme por qué nos escondemos? —preguntó Crain en voz
baja.
—Porque me están buscando y me encerrarán en el calabozo si me
encuentran —respondí susurrando.
—¿Qué has hecho?
—Nada, pero quieren entregarme a un grupo de demonios locos.
—Ah.
—Exacto. —Le miré con seriedad—. ¿Es verdad lo que decías? ¿Qué
estás de mi lado?
Crain enarcó una ceja.
—En realidad de parte de nadie, a no ser que haya perritos calientes
gratis; entonces cambiaré a la primera de turno.
—¿Soy el único a quien esa respuesta le parece ambigua? —intervino
Lore. Yo puse los ojos en blanco. Qué graciosillo. Contuve la respiración.
—Tengo que salir de la isla. ¿Me ayudarás? Si no quieres, desapareceré
y no volverás a saber de mí. Solo tengo que pedirte que esperes a gritar a
que al menos haya doblado la siguiente esquina.
Las comisuras de sus labios se levantaron y sus ojos centellearon
divertidos.
—¿Quieres escaparte?
—Ese es el plan.
—¿Y luego qué?
—Luego salvaré a mi hermano de los demonios e intentaré que el
mundo no se hunda en el proceso.
Crain dudó, irritado.
—Vale, no me esperaba esa respuesta.
—Es una historia larga.
Miré con desconfianza hacia el pasillo. Volvían a oírse pasos y sentía el
aliento de Crain en la nuca.
—¿Me vas a contar esa historia cuando te saque de aquí?
Asombrada, me di la vuelta.
—¿Me vas a sacar de aquí a escondidas?
—Es posible —sonrió.
—¿Qué quieres?
—Por un lado, me gustaría saber para qué arriesgo la cabeza y el cuello,
y por otro, me debes una cita después.
—Una c-ci… —Me atraganté con la palabra—. ¿Por qué?
La sonrisa malvada de Crain se ensanchó.
—Porque cabreará a Falco.
Parpadeé.
—Pero ese no es el motivo principal, ¿no?
—No, pero es un efecto secundario maravilloso que hará que me
duerma con una sonrisa en los labios durante años.
—¿Nadie te ha dicho que tu fijación por poner nervioso a Falco no solo
es infantil, sino también un poco perversa?
—Es curioso, suenas como Falco. Cada vez os parecéis más.
Solté un bufido. Él me tendió la mano.
—¿Entonces? ¿Tenemos un trato? Recuerda que acabas de fastidiarme
un encuentro muy acalorado, así que en realidad me debes dos citas.
Sentía desconfianza, ¿pero qué otra cosa iba a hacer? No podía salir de
esta isla sin ayuda.
—Una sola cita —dije con rotundidad y le estreché la mano.
—Por ahora. —Su mano apretó la mía antes de soltarme—. Por suerte
para ti, soy un experto en salir de este basurero.
Asentí y volví a envolverme en la oscuridad, provocando una mirada de
sorpresa de Crain.
—Buen truco.
—Gracias.
Echó a correr, y yo le seguí. Contrariamente a mis sospechas, no tomó
una ruta secreta, sino que simplemente se dirigió al comedor. Cada vez que
un exorcista se cruzaba en nuestro camino, retrocedía y contenía la
respiración. Acabábamos de llegar a las puertas dobles cuando una llamada
nos detuvo.
—¡Alto, novicio!
Si Crain estaba preocupado, no lo demostró. Se dio la vuelta, se cogió
un pitillo de detrás de la oreja y lo encendió con un movimiento del dedo.
—¿Qué pasa? —preguntó, echando un chorro de humo a la cara del
exorcista que se acercaba. Este tosió y miró serio a Crain.
—Se ha decretado un toque de queda. Todos los novicios deben
permanecer en sus dormitorios.
—¿Parece que tenga dieciséis años? —preguntó Crain, volviendo a
expulsar humo por la nariz, lo que no hizo sino acentuar la diferencia de sus
ojos.
—Son órdenes del director Gale. Es por la seguridad de la academia. O
vienes voluntariamente, novicio, o te obligaré.
Las comisuras de los labios de Crain se levantaron como si le hiciera
gracia.
—¿Vas a hacerlo de verdad? Eres nuevo aquí, o al menos nunca te había
visto merodeando por aquí.
El exorcista se enderezó.
—Soy el cazador Jeremiah, de Nevada.
Crain exhaló y carraspeó.
—¿No me digas, Jeremiah de Nevada? Bueno, entonces hoy aprenderás
tu primera lección.
Se acercó y le susurró algo al exorcista. Se lo dijo en voz tan baja que
no entendí nada, pero la reacción del exorcista fue más que extraña. Al
principio sus ojos se abrieron de par en par antes de que su rostro perdiera
todo color.
—¿Todo bien? —preguntó Crain casi amistosamente, colocándose el
cigarrillo en los labios.
—S… s… sí, señor —murmuró el otro, con la cara blanca como el
papel.
—Muy bien. Pues siga cazando novatos. Y si alguien pregunta, me has
visto metiéndome coca.
Le dio una palmadita en la mejilla al exorcista, probablemente bastante
dolorosa, dio media vuelta y desapareció de la academia.
Le dirigí al cazador una última mirada de desconcierto antes de seguir a
Crain al exterior. Cuando estuvimos lo suficientemente lejos, dejé que las
sombras se alejaran de mí.
—¿Qué le has dicho?
—¿A quién? —preguntó Crain alegremente.
—Al cazador. ¿Qué le dijiste para que te dejara marcharte?
Crain tenía un gesto sombrío. No podría decir si se estaba riendo, pero
su voz sonaba ronca cuando contestó.
—Eso podrás preguntármelo durante nuestra cita.
—Eres un tipo extraño. Hablas muchísimo, pero no dices casi nada.
—¿Qué le voy a hacer? He invertido mucho esfuerzo en labrarme una
imagen de chico malo.
—¿Eso es lo que es?
—¿Qué?
—¿Una imagen?
Crain rio.
—¿Es esto alguna especie de numerito en el que intentas averiguar mis
puntos débiles?
—La verdad es que no; parece agotador.
—Lo es. No necesito que me rescaten, te lo juro.
—Me lo apunto. También estás intentando cambiar de tema.
—Parece que no ha funcionado. Ahora tenemos que concentrarnos en
escapar —dijo, tiró el resto del cigarrillo y siguió caminando, atravesando
el arco interior y adentrándose en el oscuro bosque.
Lo seguí y me di cuenta de que seguíamos la ruta de tortura matutina de
Falco y mía. Crain no corrió, pero caminó a paso ligero por delante del
rosedal, cuya visión me produjo escalofríos. El bosque se iluminó y se veía
la luna, que luchaba contra un espeso muro de nubes. Nos detuvimos frente
a la estatua de Paracelso, que se alzaba ante nosotros como un monumento
silencioso. Nuestros ojos se clavaron en un punto que no supe indicar.
—Lo que estoy a punto de mostrarte es uno de los secretos mejor
guardados de esta academia. Ni siquiera Falco lo sabe y, si se lo cuentas a
alguien, tendré que matarte —dijo Crain, y no estaba segura de si lo decía
en broma.
—Soy una tumba —fue todo lo que dije.
Crain asintió, se acercó a la estatua, se agachó y apretó su anillo de sello
del dedo corazón en un hueco. Me agaché con escepticismo y vi en la
piedra el mismo dibujo que en el anillo. Un patrón enrevesado con una letra
«P». Crain era, con diferencia, el tipo más enigmático que conocía, y eso
era bastante significativo en este sitio. Sin embargo, no estaba segura de
querer saber realmente qué había detrás de la fanfarronería, las drogas y los
excesos. Si algo había aprendido, era que intentar comprender a esos tipos
problemáticos era el mayor error de todos.
—¿Tengo algo en la cara? —preguntó Crain, sacándome de mis
pensamientos.
—Secretos —dije.
—¿Qué?
—Y una marca de mordisco en la barbilla.
Crain abrió la boca como para preguntar, pero se limitó a inclinar la
cabeza y asentir.
—Eres rara. Lo sabes, ¿verdad?
—Gracias. Tú también.
Murmuró mostrándose de acuerdo y giró el anillo. El resto encajaba
perfectamente. Como si fuera una pieza de puzle o una… llave. Hizo clic.
La piedra empezó a moverse y un trozo de la túnica de Paracelso se apartó,
revelando un pasillo que conducía hacia abajo, hacia la oscuridad absoluta.
—¡Guau! —exclamé. Crain me sonrió.
—Es un túnel secreto para escapar. Lleva a una barca. Como he dicho:
alto secreto. Si te chivas, te tiro de la barca.
—Mis labios están sellados —juré y seguí a Crain por los escalones de
piedra.
Unos segundos después de pasar la entrada, oí el crujido de la piedra al
cerrarse de nuevo. No tardamos en llegar al fondo del acantilado. El rocío
salpicaba la roca negra como el carbón, y una pequeña lancha motora de
aspecto maniobrable estaba amarrada en un embarcadero diminuto.
Crain se agachó y sacó una mochila de una gran caja que había al borde
del embarcadero, metió en ella dos antorchas… y armas. Un montón de
armas. Abrí mucho los ojos mientras se colocaba cuchillos, hoces y otras
armas por todo el cuerpo.
—¿Falco te ha enseñado a usar armas?
—Me temo que aún no hemos llegado a eso.
—Bueno, esperemos que tu demonio sí sepa. —Se produjo un destello
cuando me tendió una daga tan larga como mi antebrazo.
—¿Qué quieres que haga con esto?
—Apuñalar. Preferiblemente con la punta hacia arriba. —Me la lanzó, y
yo intentaba frenéticamente que no se me cayera mientras Crain me
sujetaba una funda alrededor del muslo—. ¿Sabes manejar un arma de
fuego?
—No.
—Vale, entonces no te doy ninguna.
Saltó a la lancha. Le seguí y me agarré al borde mientras la desataba y
arrancaba el motor. Nos pusimos en marcha de un tirón. Me agarré más
fuerte a la lancha y me di cuenta de que los viajes en barca por la noche
eran gélidos. Las salpicaduras de agua me escocían como hielo en la piel, y
Crain conducía como alma que lleva el diablo.
Con el pelo alborotado, miré hacia atrás y vi Black Rock en todo su
esplendor por primera vez. La isla se alzaba a nuestras espaldas como una
fortaleza. Sólida, antigua y nueva al mismo tiempo. Era como si el tiempo
se deslizara por ella como arena. Volví a girarme y vi las luces intermitentes
de Manhattan que se aproximaban a nosotros. De noche parecían
luciérnagas brillantes, cada vez más grandes y brillantes.

El viaje duró cerca de una hora, y al final estaba tan helada que me
castañeteaban los dientes y llevaba las manos metidas bajo las axilas para
evitar que se me cayeran. No podía creer que hubiera sido tan fácil. Que
nadie nos hubiera parado. Alguien debería habernos parado, ¿no?
Miré a Crain, que estaba maniobrando para amarrar la barca, y me
pregunté quién demonios era ese tipo, y por qué sentía que había confiado
en la persona equivocada…
—Porque no se puede confiar en un exorcista. ¿Pero cómo vamos a
preguntarle al demonio? —refunfuñó Lore en mi cabeza.
Crain amarró la barca en el pequeño puerto.
—¿Dónde estamos? —pregunté tensa.
—En el club náutico Midget Squadron. Mi familia tiene unos cuantos
amarres aquí, y los exorcistas no nos encontrarán tan rápido.
Sin embargo, en lugar de bajarse, tensó la cuerda por última vez, se
sentó frente a mí y apoyó los antebrazos en las rodillas.
—¿Entonces? ¿Qué es lo que pasa?
—¿Aquí? —pregunté, mirando frenéticamente a mi alrededor. Pero no
vi más que veleros, el puerto y a Crain agazapado frente a mí.
—Aquí. Si no me gusta lo que dices, siempre puedo llevarte de vuelta.
Me tensé.
—¿De verdad harías eso?
—Eso depende. Adelante.
Dudé.
—Primero tengo que hablarlo.
—¿Con quién?
—Con Lore —dije, dándome la vuelta para simular al menos algo de
privacidad—. ¿Se lo cuento? —susurré.
—¿No es un poco tarde para esa pregunta? —respondió Lore.
—No sé quién más puede ayudarnos.
—No tiene que ayudarnos nadie, nos tenemos a nosotros y con eso
basta. Estamos fuera de la academia. Si quieres mi consejo, noquéalo,
cogemos la barca y nos vamos a Hawái.
—Sabes que no voy a hacer eso.
—Entonces tú decides lo que quieres decirle. No voy a impedir que
intentes salvar a tu hermano, pero tampoco voy a ayudarte.
—Te necesito, Lore. No puedo hacerlo sola —repliqué.
Pero el demonio permaneció en silencio. Sentí una gran decepción,
como si alguien importante me hubiera defraudado. Estaba sola en este
asunto.
—¿Por qué hablas sola? —La pregunta de Crain me hizo girarme de
mala gana. El exorcista había encendido otro cigarrillo. La punta brillaba
mientras daba una calada profunda, y el humo se deslizaba por su pelo
como si fueran dedos.
—Estoy hablando con Lore —dije, y Crain me escrutó pensativo.
—¿Hablas con el demonio que llevas dentro?
—Sí.
—¿Cuánto tiempo llevas haciéndolo?
—Desde el principio. Siempre ha estado ahí. En mí. O yo en él. Ya no
estoy segura.
—¿Lo sabe Falco?
—No, no lo sabe. No quería que pensara que soy todavía más inestable
de lo que ya soy. Y desde luego la Orden no me habría ofrecido
adiestramiento si supiera que un demonio lo estaba escuchando todo.
—No me jodas —Crain se rio y echó la ceniza al agua. Las chispas
volaron como luciérnagas—. ¿Y qué dice tu demonio?
—Quiere que te deje K. O., robe la barca y huya.
—Es un demonio listo y, si yo fuera tú, probablemente haría lo mismo.
—Pero no puedo hacer eso.
—¿Y por qué no?
—Porque tengo que salvar a mi hermano.
—Vale, pues empieza.
—¿Con qué?
—Diciéndome por qué debemos salvar a tu hermano. Porque si voy a
poner en peligro mi culo, tiene que ser algo muy convincente.
Reprimí las ganas que tenía de levantarme de un salto y largarme,
porque me parecía mejor hacer algo que quedarme aquí sentada sin hacer
nada. Pero necesitaba a Crain. Necesitaba a alguien que me ayudara y más
importante, necesitaba a alguien que supiera más que yo. Esto no era
Superwoman salva a los inocentes del malo. Yo no estaba entrenada, y mis
únicas experiencias con altercados físicos habían acabado de forma caótica
y sangrienta. Sabía cuándo pedir ayuda, y es lo que hice.
Respiré hondo y se lo conté. Todo. Empezando por tener a Lore en la
cabeza y terminando por quién era Lore. Las primeras frases salieron
entrecortadas, raspando en mi garganta como si Lore intentara retenerlas.
Pero cuanto más hablaba, más rápido salían las palabras. Cada frase era
como un kilo menos sobre mis hombros. No me había dado cuenta de lo
mucho que necesitaba hablar con alguien.
Crain permaneció en silencio todo el tiempo. Podría haber pasado diez
minutos o dos horas sentada en la barca, escuchando el sonido de las olas
chocar contra la proa de la embarcación y aliviándome el alma.
—Por eso estamos aquí ahora. Necesito sacar a MJ de ahí, pero no
tengo ni idea de cómo.
Crain no dijo nada durante un buen rato. En lugar de eso, apagó el
cigarrillo y lo arrojó al agua. Vi cómo la colilla desaparecía en el agua
oscura. Un poco de ceniza se quedó flotando en la superficie.
—Sospechaba que sería intenso, pero has superado mis expectativas —
dijo al final.
Me desplomé.
—Lo sé.
—Te das cuenta de que podría ser un miembro de los puristas, ¿verdad?
Secuestrarte y entregarte sería facilísimo ahora mismo.
—¿Y vas a hacerlo? —pregunté, sorprendiéndome a mí misma por lo
serena que sonaba.
Crain me miró fijamente, y en sus ojos de distintos colores vi todo tipo
de emociones luchando entre sí.
—No —dijo por fin—. No —repitió, como si necesitara reafirmarse—.
Pero estoy de acuerdo con tu demonio: lo que vas a hacer es un suicidio.
—¿Has oído hablar alguna vez de Una?
—Sí que lo he hecho, pero siempre se nos prohibió terminantemente
investigar más sobre ella. Esa es una de las razones por las que nunca
hemos conseguido encontrar pruebas sólidas contra el primus. Pero
nosotros no podemos simplemente entrar allí y sacar a tu hermano.
—¿Nosotros?
La comisura de los labios de Crain se levantó.
—Acabas de decirme que un demonio está a punto de arrasar el mundo.
Y que probablemente la mitad de los exorcistas son corruptos. Nada de esto
me sorprende, pero si lo que dices es cierto, están a punto de ocurrir cosas
que me gustaría evitar. Y como no sabemos en qué exorcistas podemos
confiar, supongo que tendrá que quedar entre nosotros. Sugiero que
busquemos a Zero, nos retiremos e ideemos un plan.
—¿Pero podemos confiar en Zero?
—Yo le confiaría mi vida a Zero —dijo con una seriedad en la voz que
nunca le había oído antes.
—¿Y Falco? —pregunté, oyendo mi propia voz perderse en el viento—.
¿Se lo decimos?
—Eso te lo dejo a ti. No puedo garantizar cómo reaccionará. Pero es tu
equipo suicida: si lo quieres en el equipo, iremos a buscarlos juntos. El
inconveniente es que no podemos llamarlo.
—¿Por qué no?
—La Orden escucha todas las conversaciones. Sabrían enseguida dónde
estamos. Tenemos que encontrarlos.
Me mordí los labios e intenté reprimir el hambre punzante que crecía
dentro de mí. Como si la proximidad a Manhattan y tanta vida concentrada
la hubiera empeorado.
—Sin Falco, no tenemos ninguna posibilidad de salir de esta —Levanté
la vista—, pero si se entera de que me estoy convirtiendo en un demonio,
me matará.
—Entonces tal vez no deberías contarle esa información.
—¿Quieres que mienta?
—Ocultar información no es mentir, es una estrategia.
—¿Quieres decir algo?
—Solo diré algo si siento que te estás convirtiendo en un peligro.
—Gracias.
—No me des las gracias. Soy más rápido matando que Falco —dijo con
tono seco, poniéndose de pie y tendiéndome la mano—. Pues vamos a
buscarlos. No tengo ni idea de cómo vamos a hacerlo, pero…
—Yo lo encontraré —interrumpí a Crain, le agarré la mano y dejé que
me ayudara a bajar de la barca.
Crain enarcó una ceja.
—¿Cómo?
—Ah, lo encontraré. Siempre lo encuentro —murmuré con voz lóbrega.
Crain alzó la otra ceja, pero se limitó a asentir, se colgó la mochila al
hombro y juntos desaparecimos en las entrañas de Manhattan.
37
Falco

E l mercado negro se extendía por toda la zona de Hell’s Kitchen. Zero


estaba a mi lado. Mi abrigo ondeaba al viento mientras mirábamos
hacia abajo desde el tejado plano del motel. Los coches pasaban, las luces
parpadeaban por todas partes, la gente se agolpaba en las calles a pesar de
las altas horas de la noche y, por encima de todo, estaba el pulso de una
ciudad que nunca dormía. El zumbido de los letreros de neón bajo nosotros
se oía alto y claro. Y la luz temblorosa pintaba rayas en nuestra ropa oscura.
—¿Estás seguro? —pregunté.
Nuestra pista nos había llevado a un viejo bar mugriento en el que no
podíamos entrar sin que nos prohibieran la entrada. Normalmente
habríamos asaltado el lugar sin más, pero queríamos llamar la atención lo
menos posible. El lugar apestaba tanto a demonio que habríamos tenido que
enviar a todo un escuadrón de exorcistas para limpiarlo. Ya nos había
pasado antes en una cafetería y en un videoclub, aunque me había
sorprendido más el hecho de que todavía existiera un videoclub que todos
los demonios que había por allí. Al final, habíamos tenido que abandonar el
lugar todas las veces.
Zero asintió.
—El dueño de Corner Store es un lord demoníaco llamado Statz. Es
miembro de «El primer círculo». Por su mostrador pasa más información
que mercancías. Si alguien sabe algo, es él. Pero no debemos subestimarlo.
Statz es conocido por su mostrador de carne fresca. —Me lanzó una mirada
significativa.
—¿Cómo es que nunca se ha clausurado el local?
—Bueno, Statz sabe ser de utilidad —respondió el exorcista.
Asentí con rigidez.
—Vamos dentro.
Zero bajó por la escalera de incendios del tejado sin vacilar, saltando
con más destreza que cualquier gato. Le seguí, sintiendo el ruido sordo en
los huesos al llegar a la calle. Nos quitamos las capuchas, nos mezclamos
entre la multitud y nos acercamos al local, que desde fuera se parecía a
cientos de otras tiendas cutres de Manhattan. La fachada era de color verde
sucio. El escaparate estaba tan abarrotado de mercancías que no se podía
ver el interior. En la vitrina parpadeaban carteles de neón que anunciaban el
servicio veinticuatro horas y café para llevar.
Zero empujó la puerta, y un timbre sonoro anunció nuestra entrada. La
brillante luz de neón arañó mis pupilas e iluminó la atestada tienda en la
que se amontonaban tres veces más mercancías de las que cabían en ese
espacio tan pequeño. En el otro extremo se distinguía un mostrador estrecho
junto a dos taburetes de cuero rojo en los que dos figuras estaban sentadas
comiendo bocadillos. Una cafetera burbujeaba y desprendía un olor amargo.
Zero caminó decidido hacia el mostrador, mientras yo permanecía en un
segundo plano. Durante todos estos años yo me había encargado solo de la
parte de matar. Lo de mezclarse en los ambientes demoníacos y escarbar se
había convertido en un arte para Crain y Zero. A veces tenía la sensación de
que los dos se movían con más naturalidad en el mundo de los demonios
que en el de los exorcistas. Un juego peligroso, pero sin duda útil.
—Statz —saludó Zero con voz suave al hombre rudo que estaba sentado
tras la barra, hojeando una Playboy. Tenía el rostro demacrado y ojeroso,
con una pálida barbilla cubierta de una barba incipiente. Una cicatriz le
cruzaba el labio superior y ni siquiera intentó ocultar sus ojos negros
cuando levantó la vista.
—Vaya, vaya, vaya. Zero. ¿Qué hace un black bird en mi humilde
tienda? —preguntó Statz, cerrando la revista.
—Un café para mí y mi amigo, para empezar —dijo Zero. Se oyó un
crujido mientras arrojaba sobre el mostrador una suma absurdamente
elevada en billetes de dólar relucientes con la que probablemente podría
haber comprado media tienda.
La expresión amenazadora no desapareció de los ojos del demonio, pero
ahora sonreía.
—Siempre me complace oír las largas distancias que algunos clientes
recorren por nuestro café —dijo, poniéndose de pie y sirviendo dos tazas
grandes de la cafetera, que deslizó por el mostrador hacia nosotros mientras
chasqueaba la lengua y hacía un gesto con la cabeza a los demonios—.
Largaos.
Los dos demonios refunfuñaron, pero se bajaron de los taburetes y se
alejaron. Sin embargo, seguía sintiendo su presencia como un picor en la
nuca. No habían salido de la tienda. Tenso, me senté en uno de los taburetes
junto a Zero y me acerqué el café, pero no me atreví a beberlo. El brebaje
apestaba como si tuviera al menos una semana. Zero se lo tragó sin
pestañear y se echó hacia atrás con un suspiro.
—Como siempre, el mejor de la ciudad —afirmó, y Statz sonrió
mostrando dos caninos dorados.
Aun así, no hizo nada por ocultar sus ojos negros. Semejante
atrevimiento me dejó sin aliento y volví a darme cuenta de lo poco que me
había mezclado en el ambiente underground en los últimos años. Este se
regía por sus propias reglas. Las ciudades no estaban ni de lejos tan bien
controladas como la Orden imaginaba.
—¿Y quién es tu amigo? —preguntó Statz, señalando en mi dirección
—. ¿No me digas que al final se han cargado a Crain? Ese mierdecilla aún
me debe doscientos pavos.
¿Crain qué? Reprimí una mueca mientras Zero daba otro sorbo al café.
—No te preocupes, Crain está perfectamente. Hoy vengo por otra cosa.
—¿Ah, sí? —preguntó Statz, aburrido, mientras abría un congelador y
sacaba algo rojo y sanguinolento de un paquete.
Apreté los dedos alrededor de la taza cuando vi el corazón que colocó
sobre la tabla de cortar. Como si hubiera estado esperando mi reacción, me
sonrió, cogió un cuchillo afilado y empezó a cortar el corazón en finas
lonchas. La hoja atravesó el órgano hueco con un raspado delicado, dejando
tras de sí pequeñas salpicaduras rojas.
—Estamos buscando a un chico desaparecido. MJ Brown. Trece años.
Pelo oscuro y ojos azules —empezó Zero.
—No me suena de nada —gruñó el demonio—. ¿Desde cuándo los
exorcistas se ocupan de los fugitivos? ¿Tan poco trabajo tenéis? —se burló.
Hice una mueca de dolor cuando volvió a bajar el cuchillo.
—No se trata del chico, sino de su hermana: Leaf Young. Hemos
encontrado a su familia y amigas asesinadas hoy, y el hermano ha
desaparecido. No has oído nada de esto, ¿verdad? —continuó Zero.
Esta vez el demonio dudó. Su ojo izquierdo se crispó mientras hacía lo
posible por parecer inexpresivo.
—Lo siento. No sé nada —gruñó, y el cuchillo volvió a cortar la carne
con decisión.
—¿Estás seguro? —Coloqué la foto de Leaf y su hermano sobre el
mostrador grasiento.
Los ojos del demonio se entrecerraron.
—No la había visto antes.
—Pero sí has oído algo, ¿no? Por lo que sabemos, están buscándola, o
más bien al demonio que lleva dentro. Solo queremos información sobre
quién la busca y por qué, y después nos marcharemos.
El cuchillo raspó la tabla.
—Escuchadme. Yo no sé nada. Ahora recoged todo y marchaos. Ahora
mismo, todo aquel que vista de negro no es especialmente bien recibido —
nos gruñó, y la tensión en la habitación se podía cortar con un cuchillo.
—Statz, tranquilo. No queremos causar problemas. Solo buscamos
información, que por supuesto estamos dispuestos a pagar —argumentó
Zero, metiendo la mano en la chaqueta y sacando otro fajo entero de
billetes, que depositó sobre tabarra.
Hubo un breve silencio antes de que el demonio clavara el cuchillo en
los billetes, haciendo temblar el mostrador. Statz agarró el mango y se
inclinó hacia delante enseñando tanto los dientes que inhalamos el olor
agrio que desprendía.
—Prestad atención, imbéciles. Os estáis metiendo en asuntos que no os
incumben en absoluto. Este es un asunto entre demonios. Creedme si os
digo que hay una recompensa por la cabeza de esa humana mayor de lo que
podríais gastar en vuestras míseras cortas vidas. Todo el mundo de los
demonios la está buscando. Así que recoged vuestra calderilla y largaos de
aquí, o repondré mis provisiones con productos que no procedan del
cementerio. —Arrancó el cuchillo de los billetes, que salieron volando y
acabaron cayendo al suelo.
Zero y yo intercambiamos una mirada tensa. Esto era definitivamente
peor de lo que habíamos imaginado.
—¿Qué podría haber hecho una sola persona para merecer una
recompensa tan grande? —pregunté.
Mientras tanto, un chirrido de zapatos se oía detrás de mí. Los dos
demonios se acercaban a nosotros, podía sentir su mirada en mi cuello y
olía la violencia que emanaba de sus poros. Instintivamente, tensé los
músculos.
—¡He dicho que fuera! —gruñó el demonio.
Me levanté y aparté la taza con el dorso de la mano.
—Y yo digo que podemos cerrar tu tienda inmediatamente si no
obtengo la información que quiero —respondí con calma.
—Estás de coña, ¿no?
—Para nada. He venido aquí a buscar información y no me iré sin ella.
Si es por la fuerza o no, ya es cosa tuya.
Statz dejó escapar un ruido áspero.
—A por ellos —dijo con tono seco, y los demonios cargaron contra
nosotros.
Eso sí me lo esperaba. En un instante, agarré la taza por el asa y se la
lancé directamente a la cara a uno de los demonios. Se oyó un estruendo
cuando la cerámica golpeó el cráneo duro y se hizo añicos. El demonio
rugió furioso y se limpió la cara escaldada antes de que yo sacara una hoz,
me dejara caer y le seccionara el tendón de los pies con un corte preciso. El
demonio gruñó mientras se desplomaba en el suelo, y Zero rompía el cuello
de su oponente con un hábil apretón. Él también provocó un crujido al caer.
Por desgracia, Statz no estaba muy impresionado, sino que agarró un
segundo cuchillo y saltó por encima del mostrador con un salto grácil. Dio
un golpe y dejó que los cuchillos volasen por el aire. Sus estocadas estaban
bien dirigidas, eran rápidas y precisas. Se oyó un siseo cuando las cuchillas
cortaron el aire al esquivarlas y me estampé contra la estantería más
cercana. Esta crujió antes de que una lluvia de botes de champú y cereales
de desayuno cayera sobre mí.
Statz gritó. Al momento siguiente, el cuchillo temblaba en la estantería
junto a mí. Lo arranqué de un tirón, me agaché cuando Statz salió disparado
hacia mí y le di una feroz patada en la espalda. Esta lo envió contra la
siguiente estantería, que cedió con un fuerte estruendo e inundó la mitad del
pasillo.
—Zero —grité, pero el exorcista ya estaba allí, agarrando al demonio y
retorciéndole el brazo en la espalda mientras yo le ataba el rosario al cuello.
Statz gimió cuando lo agarré con fuerza y acerqué su nariz a la mía—.
Bueno, ahora vamos a tener otra charla. ¿Qué queréis de Leaf Young?
—Que te jodan —espetó Statz y me escupió en la cara. La baba goteó
por mi mejilla mientras apretaba con tanta fuerza que el demonio se puso
rojo y el rosario brilló con intensidad.
—¿Qué queréis de ella? —grité tan fuerte que me sorprendí a mí
mismo.
—Que le den por culo a la chica —jadeó Statz, mirándome con odio
mientras las cuentas del rosario se clavaban en su piel—. Ella está buscando
al príncipe.
—¿Al príncipe? ¿Qué príncipe? ¿Y quién es ella?
—El príncipe del primer círculo. Lleva huyendo meses y supuestamente
se ha escondido en esa joven. Qué bajo ha caído…
—Soltó una carcajada, pero esta terminó bruscamente cuando agarré el
cuchillo y se lo puse en el pecho.
Eso me sonó funesto. Así que eso era lo que pasaba. Querían al
demonio, no a Leaf. Ella era solo un medio para un fin.
—Mientes —gemí—. Comprobamos la identidad del demonio y era un
asesino en serie de poca monta llamado Ripper.
Statz soltó una carcajada a pesar de su garganta maltrecha.
—¿Y os lo creéis de verdad? Joder, sí que tenéis gente buena falseando
información. —Su risa era maníaca—. No se trata de un demonio
cualquiera. Lore es el hijo del mismísimo Lucifer y un traidor a su propia
familia. Ha sido expulsado de su trono dorado, y el mundo entero lo está
buscando. Cuando lo encontremos, le arrancaremos el corazón del pecho y
nos lo comeremos entero. Bailaremos sobre su cadáver y el mundo arderá
en llamas.
Sus ojos se retorcieron dentro de las órbitas. Abrió la boca de par en par
y expulsó un espeso humo negro.
—¡Está intentando huir! —gritó Zero.
Un lord demoníaco sin cuerpo no era más que humo y sombras, pero
hacerlo desaparecer seguía siendo imposible. Mientras el cuerpo
convulsionaba en espasmos, apreté el extremo brillante del ojo de Horus
contra su frente y empecé a recitar. El arcanum fluía por mis venas como
una ola azotando un acantilado. Tenía que ser más rápido de lo que él podía
huir. El humo vaciló, atacándome la nariz y los ojos. Mi visión se nubló
mientras tosía, intentando pronunciar las últimas palabras.
Se oyó un grito incorpóreo mientras sacaba un reloj de bolsillo.
Recitaba tan rápido que casi se me atragantaban las palabras mientras el
reloj se calentaba y la oscura esencia del demonio se introducía en él. Las
palabras volaron de mis labios y grité:
—Tibi manus meas vincla posui. Delebo tuas sanguine meo. Animo meo
vinco tuum.
Cerré el reloj, que se iluminó antes de que apareciera el sello en la joya.
Lo teníamos. Me desplomé y me bajé del cadáver. Se oyó un gorgoteo. Miré
detrás de mí y vi a Zero cortando la cabeza del segundo demonio. La sangre
salpicaba el suelo.
—Un renacido —dijo y apartó la cabeza.
Guardé la joya en el bolsillo y pasé por encima del desastre que
habíamos causado.
—Siento que hayamos tenido que matar a tu informador.
Zero se limpió la sangre de la cara.
—No pasa nada. De todas formas no era muy de fiar y era demasiado
caro.
Miré el desorden y me anoté mentalmente que debía llamar a alguien de
la Orden para que limpiara esto.
—¿Has entendido de qué hablaba Statz? —pregunté, y Zero me dirigió
una mirada sombría.
—Tengo una corazonada.
—¿Y cuál es?
—Si resulta ser cierta, tenemos que evitar a toda costa que Leaf sea
entregada a los demonios.
38
Leaf

—¿
E stás segura? —Crain miró con escepticismo el humeante bar de
billares ante el que nos encontrábamos. El olor a orina, cerveza
y vómito flotaba en el aire.
—Sí, su rastro conduce hasta aquí.
—Eso ya lo dijiste en la cafetería y en el videoclub. ¿Estás segura de
que seguimos a Falco y no a una ardilla borracha?
Le dirigí una mirada irónica.
—Tú eres el que alquiló porno en el videoclub.
—Perdona, Exorcize Me es un clásico, no porno. No se puede encontrar
un producto de calidad como ese en internet —me explicó.
Resoplé.
—Lo que tú digas. Pero conozco el rastro de Falco, y conduce hasta allí.
—Bueno, por probar otra vez… —murmuró Crain, tirando su cigarrillo
a la calle antes de que entrásemos juntos en el bar.
El local estaba lleno. La música hard rock resonaba a todo volumen en
mis oídos, mientras distinguía dos mesas de billar al final de la barra. Las
mesas del bar estaban todas ocupadas, y las cervezas pasaban por el
mostrador más rápido de lo que podía contar.
—¿Y bien? —me gritó Crain al oído.
Entrecerré los ojos confundida e intenté distinguir a Falco entre todos
los rastros que podía sentir. Me detuve bruscamente.
—¿Qué pasa?
—¿Crain? —dije con voz ahogada—. El bar está lleno de demonios.
Observé el local y sentí una negrura en todos los individuos que
igualaba a la mía. A mi alrededor veía ojos negros que nos escrutaban con
curiosidad; olía la violencia y la lujuria que destilaban, como los humanos
el sudor.
—Estamos en Hell’s Kitchen. Aquí solo hay demonios, cariño —
comentó Crain.
Me abrí paso entre la multitud, esquivando miradas oscuras, antes de
tomar un sendero que conducía a una puerta. La empujé y miré hacia un
callejón lateral. La salida de emergencia. Qué bien. Hinché las mejillas con
frustración. ¿Qué estaba haciendo Falco?
—Parece que estáis perdidos. ¿Puedo ayudaros? —preguntó una voz
grave que hizo que se me erizaran los pelos de la nuca.
Crain y yo nos giramos. Un tipo alto, de pelo oscuro y ojos aún más
oscuros, estaba de pie frente a nosotros. Cada parte de él parecía estar
tatuada, como sus nudillos, donde ponía Die hard. Precioso.
—Mierda, es Adam —maldijo Lore en voz baja.
¿Adam? ¿Quién es Adam?
—Es uno de los sabuesos rastreadores de Una. Sal corriendo.
Luché por mantener una cara neutra mientras respondía:
—Gracias. Tan solo estamos buscando a un amigo.
Me di la vuelta y empujé la puerta para abrirla, pero la mano tatuada
salió disparada hacia delante y la volvió a cerrar de un empujón, atrayendo
la atención de todos los que nos rodeaban.
—¿A qué viene tanta prisa? Vamos a jugar una ronda, bonita —dijo
Adam en voz baja.
—No, gracias —le respondí, pero su oscura mirada se clavó en la mía.
—Insisto.
Me agarró la mano en el mismo momento en que se oía un clic, y Crain
ponía una pistola en la sien del demonio.
—Por desgracia, esta encantadora dama me pertenece, así que debo
pedirte que le quites las manos de encima o tu cerebelo acabará en el techo
—dijo Crain casi con amabilidad.
El demonio frunció los labios.
—Otro black bird… ¿No tenéis otra cosa que hacer hoy que meteros en
cosas que no os conciernen? —preguntó. Bueno, parecía que Falco y Zero
sí habían estado aquí.
—Mientras ponga «demonio» en tu culo peludo, es asunto nuestro.
Ahora suéltala. —Se oyó un clic cuando quitó el seguro—. Ahora.
—¿Eh, Crain? —dije.
—Espera un segundo, querida, no he terminado de amenazarle.
—Es maravilloso, pero creo que hemos llamado un poco la atención —
murmuré.
Crain miró a su alrededor, y sus ojos se deslizaron con calma por la sala.
Todo el bar nos estaba mirando, y la mayoría de los ojos eran negros como
la brea. De repente, reinó un silencio tal que se podría haber oído caer un
alfiler.
Me mordí el labio inferior y miré a Adam con los ojos entrecerrados.
—Todo esto es un malentendido —afirmé.
El demonio gruñó.
—Déjalo, sabemos que eres tú, Lore.
Levanté las manos.
—Soy Leaf Young, una camarera de Nueva York.
—Déjate de juegos, Lore. De príncipe del Limbo a cobarde traidor que
abandonó el barco que se hundía como las ratas y traicionó a su trono para
salvar el pellejo. Mírate, qué bajo has caído. Te escondes en un
insignificante humano. Toda la ciudad te persigue, y Una está perdiendo la
paciencia. Si conservas una pizca de amor propio, vente conmigo ahora o te
llevaremos ante ella hecho pedazos.
Me estremecí y, como si de repente alguien me hundiera bajo el agua,
Lore me tiró hacia abajo. Sentí que mis ojos se volvían negros antes de que
en mi rostro apareciera una sonrisa.
¡No!
39
Lore


Q ué lástima —gruñí, mientras la rabia me daba más fuerzas de las
que había sido capaz de reunir todas estas semanas.
—¿Qué haces? Vuelve —me espetó Leaf, pero yo di un paso hacia
Adam.
La mirada del exorcista revoloteó entre nosotros, confusa.
—¿Leaf? —preguntó.
—Está descansando un momento. Necesito hacer una pequeña
declaración —le dije.
El exorcista palideció mientras yo me volvía hacia el demonio,
enseñando los dientes mientras la ira burbujeaba como lava en mis venas.
—Dime, Adam, ¿qué clase de mala costumbre es no inclinarse ante tu
príncipe?
—¿Inclinarse? —Adam se rio a carcajadas—. Tendrías que romperme el
cuello para que me arrodillara ante ti —espetó.
En el mismo momento, me abalancé hacia delante, empujé a Crain hacia
atrás, agarré la cabeza del gigante y la retorcí contal fuerza que casi giró
trescientos sesenta grados. Adam abrió la boca, se desplomó y cayó de
rodillas. Agarré al demonio por el pelo y tiré hacia arriba de él.
—Estupendo. No ha sido tan difícil, ¿verdad? —Y le di unas palmaditas
en la mejilla.
—Aquí no eres bienvenido, Lore —intervino un demonio que salió de
detrás de la barra. Sus ojos se volvieron negros mientras continuaba
hablando—. No tolero traidores en mi bar.
—Desagradecidos —continué, mirando a los demonios—. Todos los
milenios que he sacrificado por vosotros, las guerras que he librado y las
batallas que he ganado, las veces que os he salvado el culo y los errores que
he encubierto… ¿Así me lo agradecéis?
Se había hecho un silencio tenso cuando le di al demonio que tenía
delante una patada de asco que lo lanzó al suelo. Allí se retorció como un
pez fuera del agua.
—¿Qué creéis que pasará cuando la humanidad perezca? El día que
desaparezca también será nuestro fin. Moriremos de hambre como animales
salvajes hasta que no quede más que polvo y locura, liderados por una reina
que se sienta en un trono de huesos. ¿Me llamáis traidor? Soy el único que
se interpone entre vosotros y la autodestrucción total.
Rugí, y la oscuridad fluyó de mis venas, arrastrándose por el suelo
como serpientes. Los demonios se apartaron. Los humanos que habían
dejado entrar en el bar hacía tiempo que habían desaparecido. Desatar mi
poder oscuro fue como respirar por primera vez en semanas. Estar
encerrado en la mente de Leaf era como perder mi identidad. Como si
estuviera desapareciendo, disolviéndome. Pedazo a pedazo. Había habido
momentos en los que no sabía qué había pasado. Quizá tuvieran razón,
después de todo. Quizá fuese un cobarde. Tan cobarde que había estado
dispuesto a perderme en la existencia de otro ser antes que abandonar mi
escondite. Y en ese instante me di cuenta de una cosa: esto no era solo entre
Una y yo, sino también entre Leaf y yo. No podíamos existir los dos al
mismo tiempo. Al final, una parte ganaría y la otra se desintegraría. Una
sensación desconocida se apoderó de mí, podía sentir lo cerca que había
estado de la nada.
—Es miedo —susurró Leaf.
Miedo. Tan humano. Tan diferente.
Yo había cambiado. Ella me había cambiado, como yo lo había hecho
con ella. Y ahora tenía que sacarnos a los dos de aquí antes de que su
terquedad nos costase el cuello.
—¿Preparado? —preguntó el demonio.
—Esto acaba de empezar —respondí, y un murmullo recorrió el grupo
de demonios. Saboreé la violencia en el aire como si fuera lluvia recién
caída. Hubo un estruendo y, en un momento, decenas de demonios estaban
sacando las armas.
—No quiero interrumpir esta presentación dramática, pero creo que si
no nos vamos ahora mismo, nos cortarán la cabeza —dijo el exorcista, que
estaba a mi lado.
—Un momentito. Primero tengo que hacer una pequeña declaración
aquí —respondí, cogí la pistola del exorcista, la cargué y disparé.
El demonio de detrás de la barra parpadeó un segundo antes de que se le
abriera un agujero de bala en la frente y se desplomara. En un abrir y cerrar
de ojos se desató el caos más absoluto. Los demonios rugían y los disparos
resonaban por todo el local.
—¡Agáchate! —le grité al exorcista, empujándolo a un lado y sintiendo
el dolor punzante de unas cuantas balas que impactaron en mi cuerpo. Pero
eso no me detuvo, sino que liberé la oscuridad como a un animal salvaje. La
sala tembló. El suelo se resquebrajó y las botellas estallaron con gran
estruendo.
Los líquidos salpicaron en todas direcciones. Me giré, extendí el brazo
con el arma y disparé hasta que no quedó nada en el cargador. Cada disparo
dio en una cabeza. La sangre roció las paredes. Cuando el cargador estuvo
vacío, me colgué la pistola al hombro, saqué la débil daga que el exorcista
le había dado a Leaf y degollé al siguiente demonio. La fuerza bruta era
mejor que el sexo. Cuando sentí la muerte atravesándome las venas, y su
canción reverberó en mis células, fue como si la vida me inundase, dulce,
salada, terrible y hermosa a la vez.
Se me escapó una carcajada cuando dos demonios salieron disparados
hacia mí. Les rompí el cuello a ambos antes de que llegaran a tocarme. Yo
era una de las criaturas más antiguas de este mundo. Las vidas de la
mayoría de los demonios de este bar eran un grano de arena en comparación
con la que ya se había deslizado por el reloj de arena de mi existencia. Yo
respiraba la muerte, vivía en las sombras, yo era la sombra, había velado
por ellos, por su creación, por sus vidas y sus muertes, y había llegado el
momento de recordárselo a esa chusma.
Agarré a un demonio por el cuello. El dolor me atravesó el hombro
cuando me clavó una daga. Con un parpadeo, le arrebaté hasta el más
mínimo resto de su esencia oscura y lo dejé caer tan inerte como un
muñeco, antes de arrancarme el cuchillo del hombro; luego me giré y
degollé a otro demonio.
Un renacido sacó dos armas de fuego y empezó a dispararlas
entrecruzadas con estruendo. Su pelo rojo se erizó, y las pupilas se le
estrecharon hasta convertirse en rendijas. Sin pestañear, caminé hacia él a
pesar de la lluvia de balas. Cada impacto se curaba en un instante. El
renacido gritó antes de que le arrebatase un arma de la mano. O mejor
dicho, le arrebaté la mano con el arma. Rugió antes de que yo arremetiera
contra él y lo abofeteara con su propia mano, lanzándolo al suelo. Al minuto
siguiente estaba encima de él, rompiéndole el cuello. Crujió y quedó
tendido, retorcido. Volví a enderezarme y registré la sala, pero nadie se
movía. Una docena de demonios yacía en el suelo mientras el local se
llenaba de olor a sangre y cerveza. Únicamente el exorcista seguía de pie,
exactamente donde lo había dejado, con los ojos muy abiertos.
—¿Qué ha sido eso? —gimió.
—Una pequeña lección —respondí y le di la mano del demonio. La
sostuvo con repulsa—. Toma, como recuerdo. Tenemos que irnos antes de
que mi hermana se entere de esto.
Mientras hablaba, registré a Adam, me metí en el bolsillo un paquete de
cigarrillos, cogí su cartera y le quité un par de cuchillos. El demonio soltó
un grito ahogado y me miró enfadado.
—No me mires así. Te recuperarás y luego podrás contárselo a Una —le
contesté y le di una bofetada en la mejilla.
Me unté la mano con sangre del charco que había a su lado, me
enderecé y escribí en mayúsculas en la pared: ¡QUE TE JODAN, UNA!
Pues ya estaba. Debería ser poeta. Satisfecho, me limpié la mano, di
media vuelta y salí del bar.

El aire frío de la noche golpeó mi rostro acalorado mientras recorría las


calles a zancadas. No había nada como un pequeño baño de sangre para
despejarme. Leaf, en mi interior, estaba callada. Menos mal.
—¡Eh, espera un momento! —me gritó el exorcista y se acercó a mí.
Aún sostenía la mano cercenada y gesticulaba mucho—. Tú eres el demonio
que está dentro de ella, ¿no?
—Puedes llamarme Lore —respondí, sacando un cigarrillo de la caja
que había robado y encendiéndolo con un chasquido de mis dedos.
—¿Y dónde está Leaf?
—Por lo que parece, desvanecida. —Suspirando, aspiré el humo y se lo
solté en la cara al exorcista.
—¿Y qué ha sido eso? He visto muchas cosas, pero acabas de aplastar a
una docena de demonios en menos de cinco minutos.
—Y si hubiera estado en forma, me habría bastado con uno. He estado
un poco oxidado estas últimas semanas. El cuerpo de Leaf es adorable, pero
también poco atlético. —Me crují el cuello.
—Vale, de acuerdo. Escucha, no te ofendas, pero yo he venido aquí con
Leaf y, dependiendo de lo que estés tramando, voy a tener que matarte o
huir, teniendo en cuenta lo que acabo de ver. ¿Me informas un poco para
que sepa qué hacer ahora?
Me detuve bajo una farola que parpadeaba y estiré el brazo dolorido.
Algunas balas, aún clavadas en el hueso, sonaron al caer al suelo.
—El plan de nuestra Leaf para salvar a su hermano es una gilipollez
absoluta. Nadie puede ayudar al chico, por mucho amor heroico que
muestre, así que mi plan en realidad era robar un banco y esconderme en las
Seychelles hasta que se calmen las cosas… —Eché la cabeza hacia atrás y
exhalé un poco de humo, que flotó perezosamente sobre mí—, pero me he
dado cuenta de algo ahí dentro.
—¿De que las manos están sobrevaloradas? —respondió Crain,
moviendo la mano cortada.
Sonreí.
—No, de que estos cabrones, mi gente, me necesitan.
—Sííííí… —respondió el exorcista, estirándose—. Eso es lo que
parecía.
Le hice un gesto de desdén.
—No de esa forma mezquina en que lo veis los humanos. Pero si me
jubilo y dejo a mi hermana al mando, por muy bien que oculte el gen Q, ella
hará que fabriquen uno nuevo. Es astuta, y en algún momento no le
merecerá la pena perseguirme. Y entonces todo habrá sido en vano. No
puedo esconderme más, aunque me gustaría. Así que parece que, al final,
tendremos que emprender esa misión chiflada. Leaf podrá recuperar a su
hermano, y yo mataré a mi hermana. Es la única forma de ayudar de verdad
a mi gente.
Apagué el cigarrillo y las chispas se desvanecieron en la noche.
—Eso es… —Crain buscó las palabras antes de decidirse a decir—…
una locura.
Le guiñé un ojo.
—Sí, lo es. Hay un noventa y nueve por ciento de posibilidades de que
muramos, y quizá sea por la asquerosa influencia de unicornios y arcoíris de
Leaf, pero tengo esperanzas. Aunque para eso necesitamos a Falco.
Crain se cruzó de brazos.
—Soy tan buen exorcista como él.
Resoplé.
—No te necesito por tus insignificantes habilidades.
—¿Entonces por qué?
—No necesito a Falco para mí, lo necesito para Leaf. Puede que no lo
sepan, pero hay algo entre nosotros, los demonios, que se llama
craidreachas.
Levantó una ceja.
—¿Qué es eso?
—Se traduciría en algo así como «alianza». Es como… —Busqué las
palabras como si tuviera que explicarle los colores a un ciego—. Los
demonios no sentimos amor. Este concepto es humano, pero establecemos
unas condiciones que a veces llegan tan hondo que conectan con nuestras
almas.
—Lo siento, pero la última vez que lo comprobé, los demonios no
tenían alma —respondió Crain.
Resoplé.
—Vale, con nuestra existencia. Se podría decir que es un vínculo. Es
raro que encontremos a alguien que encaje. En todos estos siglos, nunca he
experimentado un vínculo así, pero reconozco uno cuando lo veo. Y con
Leaf y Falco, es tan intenso que casi duele. Imprimimos nuestro ser en una
persona, y eso es permanente. Cuando un demonio se une, es para siempre.
Una alianza así es poderosa. La fuerza que ambos pueden obtener de este
vínculo es infinita. Sin embargo, si se pierde el vínculo, Leaf ya no podrá
alimentarse de otros seres.
—¿Alimentarse? —preguntó Crain, en parte interesado, en parte
disgustado.
Chasqueé la lengua.
—Necesita comer. Pero conozco a Leaf mejor que a mí mismo. No
comerá. Se morirá de hambre, seguirá atiborrándose de alimañas para
acallar su conciencia hasta que pierda la cabeza por el hambre y, entonces,
la matarán. Y no puedo permitir que eso ocurra.
—¿Porque morirás si ella muere?
—Si continuamos juntos, uno de nosotros morirá de todas maneras.
Cuando esto termine, encontraré un cuerpo nuevo. Tengo mis propias
razones por las que no puedo dejar que le pase nada. Leaf tiene que
sobrevivir. Pase lo que pase. Por desgracia, no puedo mantener el control de
su cuerpo para siempre. Cuando Leaf despierte, estará cabreada. Y
hambrienta. Peligrosamente hambrienta por todas las heridas que hemos
tenido que curar. Tengo muchos miles de años y apenas puedo
arreglármelas para no absorberte hasta la última gota.
—Qué tranquilizador.
—Llévala con Falco y asegúrate de que coma.
Crain soltó una carcajada seca.
—¿A Falco? La matará si lo intenta.
—Es un vínculo muy fuerte, aunque no lo sepan todavía. Leaf es débil,
así que yo también, y no podemos permitirnos la debilidad ahora mismo.
Ella necesita fortalecerse y solo puede hacerlo comiendo.
Desafortunadamente, nuestro Falco es el único que puede darle lo suficiente
sin morir.
—Es una locura —refunfuñó Crain.
Le di una palmada en el hombro.
—Pero no es imposible. Intenta que Falco se interese, y el resto vendrá
solo. Guíalos. Hasta entonces, intentaré idear un plan.
—Vale —Crain asintió antes de lanzarme una mirada irónica—. Una
pregunta más: Leaf no sabe nada de esto del vínculo, ¿verdad?
—No. Solo sabe que siente un gran apetito por Falco —sonreí divertido.
Crain frunció el ceño.
—¿Y por qué me lo cuentas a mí y no a ella?
—Todo a su tiempo. Al principio, es importante que acepte quién es. Si
se entera de que quedará atada a Falco Chepesch para toda la eternidad al
alimentarse de él, ¿lo hará?
—Probablemente no. Sinceramente, ni siquiera estoy seguro de si se
gustan. Entre ellos hay algo raro.
—Precisamente por eso. Pero Leaf tiene que comer, y Falco es la clave.
—¿Me estás pidiendo que mienta?
—Ocultar información no es mentir, es una estrategia —dije, repitiendo
sus palabras con actitud burlona—. Y en el probable caso de que yo muera,
tú eres mi copia de seguridad de esa información.
—Maravilloso. ¿Y cómo se supone que vamos a encontrar a Falco?
—Está ahí delante —dije, señalando con la barbilla una tienda de la
esquina de la que acababan de salir Falco y Zero.
Crain parecía impresionado.
—Está claro que eres mejor rastreando que Leaf.
—De nada —respondí con burla, después puse los ojos en blanco y me
desvanecí.
40
Leaf

¡
P or todos los cielos, mi cabeza! Me sentía como si hubiera estado
bebiendo dos días antes de que me arrollase un tren. El cuerpo me
dolía en todos los sitios imaginables y empeoraba a cada segundo que salía
de la inconsciencia. ¿Qué había pasado? ¿Cómo me había desmayado de
repente?
—¿Lore? —pregunté, sintiendo su presencia tanto como la mía. Como
si ya no existiera ni él ni yo, solo un nosotros. Y, sin embargo, ¿por qué me
sentía tan usada? Tenía el sabor de los cigarrillos en la boca y, cuando
tragué, sentí que hacía días que no comía ni bebía nada. Se me encogió el
estómago, y el dolor me llegó a los dedos.
—¿Lore? —pregunté más alto.
—¿Cómo estás, cariño? —respondió con voz suave, como un gato
acariciándome los pies.
—¿Qué ha pasado? —murmuré y tensé los músculos. El dolor no era
solo desagradable, era casi insoportable.
—Tuvimos una pequeña discusión en ese bonito infierno demoníaco en
el que nos metiste.
—¿Y por qué parece que luchamos contra Superman y perdimos?
—Ah, ganamos, pero puede que tuviéramos que soltar unas cuantas
balas.
—Ay, madre, Lore. ¿Por qué has hecho eso? —pregunté y vi
literalmente cómo el demonio se encogía de hombros delante de mí.
—Bueno, me puse un poco nervioso.
—Ya, un poco. Seguro que tu numerito sale mañana en las noticias.
—¿Acaso importa?
—No, solo entra en la lista de razones por las que te voy a subir el
alquiler —dije, gimiendo de dolor. Me dolía incluso respirar—. Por favor,
dime que no estamos desmayados en un callejón ahora mismo.
—Si Crain nos sacó de allí, no lo estamos.
—Genial, así que despertaremos en un burdel o en un antro de drogas.
O encadenados en el calabozo de la academia.
—Esta misión fue idea tuya —me recordó.
—Y estás haciendo un gran trabajo boicoteándola.
—¿Y si dejo de hacerlo?
—Entonces sospecharé y preguntaré por qué.
—Tengo mis razones.
—¿Eso es todo?
—Puedes estar segura de que son completamente egoístas.
—¿Significa que vas a ayudarme? —pregunté incrédula.
—Por ahora. Todavía estoy pensando en cómo podemos hacer que este
plan mortal parezca un poco menos mortal, pero hasta entonces tenemos
otros problemas.
—¿Cuáles?
—Que te vas a despertar en unos tres segundos y sentirás que te mueres
de hambre. Tienes que comer algo o no avanzaremos ni cinco metros.
Hambre. La palabra reverberó como un eco en mi interior, y todo dentro
de mí se tensó con una sacudida. Ay Dios, tenía tanta hambre.
Jadeando, abrí los ojos y me quedé mirando un techo extraño. Desde
una cama igualmente extraña. Me cubría una manta de seda y, por lo que
podía sentir, solo llevaba la ropa interior. Todavía estaba oscuro, ¿o era otro
día? Incliné la cabeza y vi una puerta de balcón abierta con vistas a
Manhattan. Un halcón estaba posado en la barandilla del balcón,
sacudiéndose las plumas. ¿Risha? Las cortinas blancas se agitaron con la
brisa y vi una figura alta que salía al balcón y miraba hacia abajo. El pelo
largo y negro le caía por la espalda, mostrando unos músculos definidos.
Debí de emitir algún sonido, porque Falco se volvió y me miró
fijamente con sus brillantes ojos dorados.
—Leaf.
Su voz rodó hasta mí y me golpeó. No, me sacudió. Un deseo que nunca
antes había sentido y que caló tan hondo que apreté los dientes horrorizada.
Mirar a Falco era como mirar al sol. El arcanum palpitaba en su interior y
empecé a temblar. Él le susurró algo a su espíritu, que hizo un arrullo,
extendió las alas y salió disparado hacia la oscuridad.
—¿Cómo estás? —preguntó acercándose a mí.
—¡Para! —chillé y me agité con tanto ímpetu que me caí de la cama
con estrépito. Ignoré el dolor y me asomé por el borde de la cama.
—¿Qué te pasa? —preguntó Falco mientras yo clavaba los dedos en la
alfombra y el sudor me resbalaba por la espalda.
—¿Qué ha pasado? ¿Dónde estamos? —jadeé y vi que Falco fruncía el
ceño con desaprobación.
—En un hotel. Crain nos encontró. Te llevaba en brazos. Dijo que te
habías desmayado tras una pelea con unos demonios.
¿Crain? Mi mente iba a mil por hora. ¿No le había contado nada de
Lore? ¿Por qué?
—Ah —conseguí decir por fin, y Falco resopló.
—¿Ah? Después de todo lo que está pasando, ¿dices «ah»? Joder, Leaf,
creí que me daba un infarto cuando os vi a los dos. ¿En qué estabas
pensando al escaparte de la academia? ¿Sabes cuáles serán las
consecuencias y lo peligroso que es que estés aquí?
Resoplando, levanté la vista y entrecerré los ojos.
—¿Me estás culpando a mí?
Cruzó los brazos delante de su ancho pecho.
—Ah, sí, te lo reprocho. Nos has estado espiando. —No era una
pregunta. Era una afirmación.
Dejé escapar una risa seca que sonó más como un gemido.
—Dime: ¿me lo habrías dicho si no os hubiera escuchado? ¿Sobre mi
familia? ¿La de mis amigos? ¿Mi hermano? —Noté que se me llenaban los
ojos de lágrimas y se me nublaba la vista, como si se hubiera roto un hilo al
que no me había dado cuenta de que seguía agarrada.
Falco no contestó.
Levanté la vista y le grité:
—No lo habrías hecho, ¿verdad? Te habrías limitado a desaparecer y
dejarme sin saber que los demonios habían masacrado a mi familia y
secuestrado a mi hermano.
Temblando, me puse en pie con dificultad y me apoyé en la cama,
jadeando.
—Habrías dejado que me encerraran en el calabozo, y yo ni siquiera
habría sabido por qué. No habría tenido ni idea de nada.
Y ahora mírame a la cara y repróchame que haya actuado sin pedir
permiso.
Falco levantó la barbilla y nuestras miradas se cruzaron. El hambre me
recorría las venas como un animal enfurecido. Estaba mareada. Apenas
podía mantenerme en pie. Todo mi campo de visión se centraba en el
exorcista que tenía delante. En el brillante latido de sus venas. Se me hacía
la boca agua. No podía pensar en otra cosa que en aferrarme a él y apretar
mis labios contra su piel.
Su barbilla se tensó.
—Debería haber dicho algo. Lo siento, pero me preocupaba que fueras a
hacer algo tan arriesgado como escaparte para salvar a tu hermano.
—¿Y en vez de eso me dejas allí? ¿Sin pistas y encadenada esperando a
que me maten o me entreguen también a los demonios? Supongo que me
equivoqué al pensar que éramos amigos —gemí.
—No somos amigos.
—No, eso lo tengo clarísimo —siseé y pasé furiosa junto a él.
En mitad de la habitación, la mano de Falco salió disparada hacia
delante y me agarró.
—¿Qué vas a hacer?
—Vestirme y salvar a mi hermano de una loca demoníaca.
—Ni soñarlo. Apenas puedes mantenerte en pie.
—¡Suéltame! —ladré y lo empujé con fuerza.
Falco retrocedió dando tumbos y me cortó el paso cuando me dirigía a
la puerta.
—Apártate de mi camino —le ordené.
—No. Me echas la culpa porque no fui sincero contigo. Pues vale. Pero
vamos a ser sinceros, y esta vez espero una respuesta honesta.
—¿A qué te refieres? —pregunté y lo observé con los ojos
entrecerrados.
Falco, mientras tanto, me miraba y su pecho se agitaba con su
respiración.
—¿Te estás convirtiendo en un demonio?
Sentí como si me hubiera golpeado. Retrocedí y apreté los labios.
—No digas tonterías —respondí.
Falco dio un paso hacia mí y me cortó el paso.
—No lo hago. Sé sincera, Leaf. ¿Te estás convirtiendo en un demonio?
Me relamí los labios y susurré:
—¿Y si fuera así? ¿Qué harías? ¿Matarme?
—Depende.
—¿De qué?
—De si eres un peligro. Necesito saber de qué lado estoy aquí y ahora.
Necesito saber si debo protegerte del mundo o al mundo de ti. Hay una gran
diferencia y no te dejaré salir de esta habitación hasta que lo hayamos
resuelto.
Agonizante, cerré los ojos y dije:
—Tienes que dejarme salir, Falco. Ahora mismo.
—¿Porqué?
Me temblaba todo el cuerpo. El sudor resbalaba entre mis pechos
cuando abrí los ojos.
—Porque tengo tanta hambre que estoy a punto de lanzarme encima de
ti. Y entonces tendrás tu respuesta.
Falco aspiró bruscamente y vi que el dolor le recorría la mirada.
—Así que es verdad… ¿Atacaste a Yu Tsai?
—Sí —gemí.
—¿Cuándo?
—Mientras dormías. Les oí hablar a él y al primus sobre cómo
deshacerse de mí. Yu Tsai quería atacarme, pero yo fui más rápida.
—¿Fuiste tú…? —murmuró, y la expresión de dolor volvió a recorrer
sus ojos—. ¿Y los liderics?
Gemí, entrecerrando los ojos mientras me pasaba la mano por el pelo.
—No lo entiendes. Tengo hambre. Tengo tanta hambre que creo que me
estoy volviendo loca. He intentado reprimirlo, de verdad, y no quiero
hacerte daño, pero lo haré si no me dejas salir de aquí ahora mismo.
Falco me fulminó con la mirada, pero en lugar de retroceder, se acercó a
mí e inclinó la cabeza hasta que tuve su cuello expuesto frente a mí.
—¿Y qué quieres, Leaf? ¿Mi sangre?
Tragué saliva y levanté la vista, temblando. Estaba ardiendo. Cada
célula de mi cuerpo ardía. De dolor. De deseo. De hambre. De él.
—No.
—¿Mi cuerpo? ¿Piensas en cómo sería clavar tus dientes en mi piel y
arrancar la carne de mis huesos hasta que me contraiga debajo de ti?
Me estremecí y retrocedí. Seguía acercándose. Estaba angustiosamente
cerca.
—No.
—Entonces, ¿qué es lo que quieres? —preguntó Falco, y me golpeé la
parte posterior de la rodilla contra la cama, perdí el equilibrio y caí hacia
atrás. En el segundo siguiente, Falco ya estaba sobre mí, sujetándome los
brazos a los lados y mirándome profundamente a los ojos—. Dime: ¿qué
quieres de mí, Leaf? —preguntó con seriedad.
—Tu alma —solté y le miré con los ojos muy abiertos—. Quiero tu
alma —susurré.
—Así que es eso —murmuró y me miró. Su mirada me quemaba por
dentro—. Mientras meditábamos sentí que me faltaba algo. Eras tú,
¿verdad? Te alimentabas de mí todos los días como un parásito.
Levanté la barbilla desafiante.
—No lo he hecho.
—Pero querías hacerlo —susurró, acercándose tanto a mí que su pelo
me rozó el pecho; y mis senos empujaban a través de la tela del sujetador.
Me estremecí.
—Intenté no desearlo.
Me escrutó, y sus pupilas se dilataron antes de levantar una mano y
quitarme lentamente un mechón de pelo de los labios. Su pulgar se detuvo
en mi labio inferior y su contacto me hizo cerrar los ojos y estremecerme
mientras enroscaba los dedos en la manta de seda.
—Digamos que soy débil. Supongamos que te dejo ir, que te dejo hacer
lo que quieras. ¿Qué harás entonces? ¿Correr al vestíbulo, agarrar al tío más
cercano y beberte hasta su última gota?
—Falco, por favor —dije, sintiendo las lágrimas correr por mis mejillas,
calientes y húmedas—. Deja que me vaya.
—No puedo hacerlo, Leaf. No a menos que sepa con seguridad que no
eres un peligro. Y ahora mismo, lo eres.
—Por favor, Falco. No quiero hacer daño a nadie —afirmé. Su pulgar
pasó sobre mis labios y acarició la curva de mis pómulos. Clavé los dedos
en las sábanas.
—Demuéstralo.
—¿Q-qué?
—Cómeme a mí. Toma mi alma. Toma lo que necesites y demuéstrame
que puedes controlarte y parar. Demuéstrame que no eres un monstruo al
que tengo que cazar y matar. —Tensé todos los músculos ante sus palabras.
—No lo hagas… —le supliqué, pero Falco se agachó, tanto que su nariz
tocó la mía.
—Muéstramelo, Leaf.
—Por favor…
Mis palabras se ahogaron en un gemido cuando apretó sus labios contra
los míos. Por muy duro que fuera Falco, sus labios no lo eran. Me quedé
paralizada por la sorpresa mientras trataba de asimilar las sensaciones que
me azotaban. Falco me besó. Sus labios se deslizaron sobre los míos. No de
una forma anhelante, ni tímida, ni reservada. Me besó ardiente y
despiadadamente. Con furia. Excitante, caliente y luminoso. Más… más…
—Falc… —empecé a decir, luchando por el último resquicio de control.
Él aprovechó la oportunidad e introdujo la lengua entre mis labios. Su
sabor inundó mis sentidos y fue como si explotaran fuegos artificiales
detrás de mis ojos. Los dos gemimos. Intenté coger aire y desapareció el
último resquicio de autocontrol. No podía más. Todo mi cuerpo ansiaba la
luz, la sensación de estar saciada, de estar completa, de más, de él.
Le empujé tan fuerte que Falco cayó de espaldas, jadeando, y me miró
con ojos brillantes mientras me sentaba sobre él con las piernas abiertas.
Mis caderas se hundieron sobre las suyas mientras le recorría el pecho con
los dedos, sintiendo cada relieve y hueco de sus músculos mientras se
tensaban debajo de mí. Entrelacé su lengua con la mía con avidez, probando
su arcanum y gimiendo cuando el sabor del poder puro golpeó mis sentidos.
Enterré los dedos en su larga cabellera, que se deslizaba como
terciopelo, mientras buscaba la luz en su interior. Sorprendido, Falco arqueó
la espalda y yo absorbí su arcanum. Se me escapó un gemido cuando la
primera gota de su alma inundó por fin mis nervios. Luz. Palpitaba en mi
interior. Tan caliente. Tan cálida y abundante.
—Oh, Dios. Más. Por favor —supliqué y pedí más.
Antes solo habían fluido unas gotas, pero ahora las compuertas se
abrieron como si Falco se estuviera dejando llevar. Había tanto que me lo
bebí a borbotones. Había muchísimo. Me sumergí en él como en un lago
resplandeciente y llené la oscuridad de mi interior. Apreté a Falco contra mí
como si me estuviera ahogando y bebí tragos profundos de su alma.
Me obligué a separarme de él un momento. Sus ojos parecían de oro
líquido. La luz de la luna brillaba sobre su piel, resaltando sus líneas. Había
enrollado su larga cabellera alrededor de mi puño, estrechándolo tanto
contra mí que no cabía ni un papel entre los dos. Nuestros cuerpos estaban
cubiertos de sudor.
—¿Debería… debería parar? —gemí y creía que moriría si lo hacía,
pero lo haría. Si me decía que me fuera, lo haría; aunque eso me matase. Vi
una sombra de duda en su mirada y pensé lo vulnerable que era. En ese
momento, podría haberme clavado un puñal en el corazón. Aparté despacio
los dedos de su pelo, pero él me agarró las manos y las mantuvo en su sitio.
Se incorporó. Yo estaba en su regazo, con el pecho apretado contra el suyo.
—No pares —susurró en mis labios y el oro de su mirada, que reconocí
como lujuria, empezó a moverse de nuevo.
—¿Seguro que…?
—Más —me interrumpió Falco, y de nuevo sus labios volvieron a
posarse en los míos. Me besó tan íntimamente que me dejó sin aliento.
Me aferré más a él. Cada centímetro de los músculos de Falco estaba
tenso. Sus manos me agarraron por las caderas y me empujaron hacia abajo
para que sintiera su duro miembro presionándome. Ambos nos
estremecimos y sentí la humedad entre nosotros. Nos separaba tan solo un
suspiro. Si movía sus dedos unos pocos centímetros, sentiría lo mojada que
estaba. El efecto que tenía en mí. ¿Era esto lo que se sentía al volverse loca?
Besé a Falco más profundamente, tomando un sorbo de su alma con
cada roce, que se abría como una herida frente a mí. Ladeó la cabeza y le
mordí el labio inferior. Se incorporó con un gemido. Sus manos se
deslizaron por mis caderas, recorrieron mi vientre y subieron hasta la curva
de mis pechos, pesados y turgentes. Me palpitaban los pezones mientras
apartaba la tela y cubría mi piel caliente con la suya.
Tomé aire, eché la cabeza hacia atrás y gemí cuando me besó en el
cuello. Parecía tener tan poco control sobre la situación como yo. Fue como
si nos perdiésemos juntos en la embriaguez. El mundo se fundió en un
remolino de piel y olor, y su lengua se deslizó sobre mí antes de llegar a mis
pechos. Recorrió un pezón, y las sensaciones recorrieron mi cuerpo como
un relámpago. Jadeando, arqueé la espalda mientras él pasaba la mano por
el otro pecho, acariciando el pezón y haciendo que me mojase tanto que
tuve las bragas empapadas.
Me retorcí y sorbí profundamente su alma, lo que le hizo estremecerse.
Algo extraño estaba ocurriendo, como si una parte de él se fusionara
conmigo. Era difícil saber dónde empezaba él y dónde terminaba yo.
Cuando Falco se apartó, no dudé en levantarle la camisa y quitársela. Su
pecho desnudo estaba presionado contra el mío y sus músculos definidos se
contrajeron mientras le quitaba los pantalones. Cayeron al suelo y me
estremecí cuando deslizólos dedos hacia abajo y los metió bajo mis bragas
húmedas. Mis músculos se tensaron cuando hizo que me abriera un poco y
me penetró lentamente con un dedo.
—Oh, Dios… —Se me entrecortó la respiración cuando lo hundió
entero dentro de mí antes de retirarlo poco a poco—. Más… más… —
jadeé, y él me dio más.
Añadió un segundo dedo y su alma fluyó dentro de mí como si fuera
infinito. Como si fuéramos infinitos. Su pulgar encontró la zona más
sensible entre mis labios menores y solté un gemido que debió de oírse en
todo el hotel. Tenía estrellas bailando ante mis ojos mientras jadeaba,
enterraba la cara contra su cuello y empezaba a dirigir los movimientos,
moviendo las caderas siguiendo el ritmo. Sus dedos se deslizaron fuera de
mí hasta hacerme agonizar antes de volver a hundirse y sentirlos dentro de
mí. Profundos y firmes.
Sus labios llegaron a mi pecho, se llevó el pezón a la boca y lo lamió.
Sentí la piel caliente y febril. Igual que la suya. Los labios de Falco se
movieron hacia arriba y buscaron los míos mientras yo dudaba. Me estaba
dando tanto que yo debía parar. ¿O ya no podía parar?
Como si hubiera notado mi duda, introdujo la mano por mi pelo y
murmuró con voz áspera:
—Tómalo, Leaf.
Enroscó sus dedos en el mismo momento en que su lengua chocó contra
la mía y dejó que su arcanum fluyera dentro de mí. No tuve que tomar
nada. Me lo dio hasta que mis músculos se contrajeron y el orgasmo me
alcanzó en una oleada tan violenta que se me nubló la vista. Arañé a Falco
mientras sus dedos provocaban una contracción tras otra. El mundo se
detuvo, y solo quedamos él y yo. Él y yo. Dos corazones latiendo
salvajemente el uno contra el otro. Llenos de energía palpitante.
Los ojos de Falco se llenaron de lujuria mientras me provocaba el
orgasmo. Me besó la cara, los labios, las cejas, la nariz.
—¿Estás saciada? —me preguntó con un murmullo.
—No. Por favor… —jadeé, sin saber exactamente lo que le pedía.
¿Más? ¿Menos? ¿Todo?
Falco respondió sacando sus dedos de mí, enderezándonos a los dos y
rompiéndome las bragas de un tirón. Contuve la respiración mientras me
levantaba por la cintura y me colocaba lentamente sobre él. Nos miramos
fijamente. No habría podido apartar la mirada. Me ahogaba en él. Sin
remedio. Apreté la frente contra la suya, empecé a tragarme su alma y me
estremecí cuando Falco me penetró a la vez. Introdujo su pene entero dentro
de mí con un movimiento delicado. Los jadeos de ambos se mezclaron con
el olor a lujuria que nos rodeaba. Falco se estremeció debajo de mí y, al
igual que nos habíamos encontrado, volvimos a perdernos en ese momento.
Falco tensó los brazos y se deslizó un poco antes de penetrarme de
nuevo. Hondo. Muy hondo. Gimiendo, hundí la cara en su hombro y los
dientes en su piel. Clavé los dedos en su espalda mientras me penetraba con
embestidas profundas y controladas. No tuve que pedirle más porque él ya
me lo estaba dando todo. Creo que ningún hombre se había entregado a mí
tan completamente. Sus manos acariciaron mi piel, recorriendo cada
centímetro hasta que empecé a temblar de nuevo a medida que llegaba al
orgasmo.
Cuando Falco sintió que me estrechaba contra él, me dejó caer de
espaldas, me agarró un pie y se lo puso sobre el hombro para poder mirarme
a la cara mientras me penetraba. El sudor le corría por el pecho, y cuando
sentí sus dedos acariciándome, deslizándose entre mis piernas con cada
movimiento, mi orgasmo llegó tan rápida e inesperadamente que grité de
asombro.
Las pupilas de Falco se dilataron bruscamente y se corrió con un
temblor que sentí retumbar en mi alma. Nuestros movimientos
disminuyeron mientras él se derrumbaba sobre mí, jadeando. Aparté el pie
de su hombro y le rodeé la cintura con las piernas, acercándolo lo más
posible a mí y saboreando la sensación de saciedad que inundaba mi
cuerpo. La sensación de estar por fin llena. Y viva. No recordaba la última
vez que me había sentido tan viva. Falco hundió la cabeza en mi cuello e
inspiró y expiró con fuerza. Temblaba un poco.
—Vale, ha sido… interesante —murmuré, aún intentando procesar lo
que acababa de ocurrir—. ¿Acabamos de acostarnos de verdad? —le
pregunté, ligeramente aturdida.
Falco no se movió. Me puse tensa y le miré. La frente alta, su nariz
recta y sus pestañas largas y sedosas.
—Oye, ¿sigues vivo?
No se movió y la sensación agradable y cálida de mi interior se congeló.
—¿Falco?
Seguía sin moverse. Nada de nada.
¡Joder!
El pánico se apoderó de mí. Eso era lo que me faltaba: matar a los tíos
con el sexo. ¿Era un efecto secundario automático de ser un demonio?
Pensé que había algo especial entre Lore y yo. ¿Y si no era así? ¿Y si mi
libido mataba? No me lo podía creer. Sentí calor y frío. Salí de debajo de
Falco y lo puse boca arriba. Su cabeza rodó hacia un lado. Le di una
palmadita en la mejilla.
—No, no, no, no vamos a dejar que pase esto. Por favor no te desmayes
—gimoteé y apreté el oído contra su pecho. Su corazón latía suavemente.
Menos mal. Ya era algo.
Me desplomé y busqué su arcanum. Seguía allí. Caliente y brillante,
como dentro de mí, pero mucho más débil. Un poco apagado. Agotado.
¿Había tomado demasiado?
—¿Falco? —pregunté, acariciándole la mejilla—. Despierta, por favor.
Le di otra palmadita en la mejilla y por fin sus pestañas se agitaron. Un
dorado brillante resplandeció por debajo.
—¿Leaf? ¿Qué ha pasado? —preguntó con voz ronca.
Aliviada, me dejé caer de espaldas de nuevo.
—Creo que te has desmayado un momento.
Sus cejas se fruncieron antes de incorporarse lentamente. El pelo oscuro
le caía sobre la espalda desnuda, y observé con horror los profundos
arañazos que le había dejado. Falco se frotó el pecho y concluyó:
—Has tomado mucho.
—Me has dado mucho —respondí, y él levantó la vista. Me estremecí al
recordar lo que había sentido al sentir aquellos labios serios y severos sobre
mí.
—Es cierto —reconoció, aún un poco pálido.
—¿Te traigo agua? —ofrecí y salté de la cama con pies ligeros. Me
sentía muy bien. Era como si mi piel estuviera más firme y mi pelo, que no
me había lavado en dos días, brillaba y parecía pesado y vivo, al igual que
mis pechos, que enseguida se volvieron turgentes al pensar en ser
acariciados de nuevo.
La mirada de Falco se detuvo en mis labios.
—Tienes mejor aspecto —me dijo.
—Sí, gracias a ti —respondí.
—Ha sido… —empezó a decir, como si buscara la palabra adecuada.
—¿Intenso? —pregunté.
Sus ojos se volvieron hacia mí.
—… una prueba —me recordó.
—Ah. —Me mordí los labios.
Falco se levantó.
—¿Te das cuenta de que habrías matado a cualquier humano normal?
Con la cantidad de arcanum que me has drenado, podrías haber vaciado a
docenas de personas.
—Lo sé. Eres extraordinario —murmuré, intentando que no me afectase
la distancia que acababa de crear entre nosotros.
—No soy una persona normal —me recordó.
Levanté la barbilla, ignorando el dolor que me habían causado sus
palabras gélidas.
—¿Entonces? ¿Qué significa eso? ¿Vas a matarme? —Me tembló el
pulso, y no estaba segura de permitírselo si decidía hacerlo.
Falco se acercó tanto a mí que pude sentir su aliento en mis labios.
—Eso significa que, a partir de ahora, no podrás alimentarte de nadie
más que de mí. Si en la Orden descubren lo que eres, te matarán sin
pestañear. Si tienes hambre, vendrás a mí. Sin excepción. La Orden ya
empezó a sospechar cuando se descubrieron los liderics muertos, pero aún
no tienen pruebas. Si la Orden se entera de que te estás convirtiendo en
demonio, debemos disimular cómo se está manifestando en ti. Fingirás ser
humana. Si noto que empiezas a perder el control, o si creo que empiezas a
alimentarte de humanos o exorcistas, o incluso a matarlos, acabaré contigo.
¿Entendido?
Le miré fijamente y me tragué el nudo que tenía en la garganta.
—¿Me has entendido, Leaf?
—Sí —respondí apretando la mandíbula.
—Bien. —Dio un paso atrás y me miró con frialdad mientras se ponía
los pantalones y la camiseta—. Si la Orden descubre que estoy encubriendo
y alimentando a un demonio, me matarán como harán contigo.
—¿Entonces por qué lo haces? —pregunté, y algo en la mirada de Falco
ardió.
—Si esto sigue así, se avecina una guerra, pero no sé si entre demonios
y exorcistas o entre exorcistas y exorcistas. Y si es así, tú eres una de las
pocas posibilidades que tenemos. Sea como fuere, nadie cuenta contigo, y
con el entrenamiento adecuado podrías ser más poderosa que cualquier
exorcista. Vístete. Hablaremos fuera, y recuerda: ni una palabra sobre esto.
Jamás. A nadie. —Hizo una pausa y añadió—: Y eso se aplica también al
demonio que llevas dentro…
Cerró la puerta y me dejó sola. A pesar de lo que acababa de ocurrir y de
que mis células bullían de energía, de repente me sentí vacía.
—Bueno, ha estado bien —dijo una voz alegre en mi cabeza.
Me estremecí. Mierda, me había olvidado de Lore.
41
Falco

C on el corazón palpitándome con fuerza, cerré la puerta a mi espalda y


me apoyé en ella. La debilidad me había arrollado como un tren de
mercancías. Los oídos me palpitaban rítmicamente, sentía un hormigueo en
la espalda y náuseas en el estómago mientras la vista se me oscurecía.
Jadeando, me aferré a la puerta y esperé hasta que mi visión por fin se
aclaró.
Esto que había pasado con Leaf me quemaba por dentro como una
herida. Había sacrificado algo en ese momento. Lo sentía muy dentro de mí.
Era una sensación parecida a cuando había sacrificado mi mano hacía tantos
años. El dolor de la pérdida, seguido del éxtasis absoluto por recuperar algo
completamente nuevo. Aquel breve instante me había arrancado un trozo de
alma, y ahora había algo dentro de mí que me resultaba extraño. Extraño.
Frío. Como un trozo de… ella. Una fuerza que latía dentro de mí y que no
reconocía. Había sido abrumador; demasiado y muy poco al mismo tiempo.
Me estremecía solo de pensar en lo que diría la Orden si descubriera que
me había entregado a un demonio. Mi padre me degollaría en el acto si se
enterase. Había traicionado todos los principios que me habían guiado
durante toda mi vida y que defendería hasta el día de mi muerte. O al menos
eso había creído. Entonces… ¿por qué no me arrepentía? No había logrado
matarla, aunque debería haberlo hecho, en el momento en que ella tomó el
primer sorbo de mi alma.
Leaf Young era un demonio. Y yo lo estaba encubriendo.
42
Leaf

S alí de la ducha entre una nube de vapor y me envolví el cuerpo con


una toalla. Alguien se había acordado de traer un cepillo de dientes.
Mientras me quitaba el sabor rancio de la boca, me pasé una mano por el
espejo empañado y me miré. Antes de lo de Falco, estaba cubierta de
moratones, ahora solo veía una piel impecable, tersa. Parecía brillar de
dentro hacia fuera, y no solo eso: la cicatriz de la rodilla de cuando me caí
de la bicicleta a los cuatro años había desaparecido. Igual que la de la mano,
de cuando me quemé con un plato en la cafetería.
Me pasé una mano por la cara. Debería haber una marca de nacimiento.
Debería haber marcas bajo el ojo y en la mejilla y el hombro, por la
varicela. Pero no tenía nada; mi piel era perfecta, como una hoja de papel.
Mis ojos parecían demasiado grandes para mi cara y más oscuros que
nunca, como si una nueva oscuridad se escondiera detrás del verde,
esperando estallar. Tenía los labios carnosos y sensibles. Tenía el mismo
aspecto, pero no era la misma. El cambio era sutil, como si acabara de
empezar.
Mi reflejo parpadeó. Mis ojos se volvieron negros, y Lore apareció.
—Bien hecho —empezó, pero le interrumpí.
—Déjalo —susurré y aparté la mirada, con lágrimas calientes que me
escocían en los ojos. Un nudo en mi garganta oprimía las palabras. Gemí—.
No digas nada.
Hubo un breve silencio, durante el que el agua goteó de mi pelo y corrió
por mi espalda en riachuelos que me hacían cosquillas antes de ser
absorbida por la toalla.
La mirada de Lore se clavó en mí.
—Leaf —dijo, y su tono suave me hizo levantar la vista. Resoplando,
elevé la nariz—. No te avergüences de ser un demonio. Puedes sentir la
oscuridad, puedes cambiar, pero a diferencia de la mayoría de los otros
demonios, tienes una ventaja.
—¿Cuál?
—A diferencia de nosotros, tú sabes lo que es ser humano.
—No es así como me siento ahora —dije con voz ronca, y Lore apretó
una mano contra el cristal. Apreté la mía contra la suya, y nuestras manos se
superpusieron de modo que era imposible decir dónde empezaba él y dónde
terminaba yo.
—Ahora mismo no eres ni humana ni demonio, igual que yo no soy ni
tú ni yo mismo del todo. Quizá no podamos detener los cambios físicos,
pero sí podemos decidir quiénes queremos ser. Sé que la gente se basa en el
concepto del bien y del mal, de que eres una cosa o eres la otra, pero sus
vidas son cortas, sus experiencias limitadas y cuando han adquirido
suficiente experiencia para librarse de esa mentalidad, ya están muertos. Sin
embargo, nuestras vidas no terminan al cabo de unos años.
Existimos mucho más allá de la mente humana, y puedo asegurarte que
el bien y el mal no son una construcción estática, sino un proceso fluido por
el que pasas una y otra vez en tu vida. Ningún demonio es intrínsecamente
malo. Cuando hemos agotado el lapso de una, dos, quizá diez vidas, el
mundo se vuelve monótono y crece el hambre de vida. En su búsqueda,
cruzamos fronteras, y después de la centésima vida, estas simplemente ya
no existen. Sé que te asusta lo que somos, en qué te convertirás. Al final,
quizá no puedas decidir qué eres, pero siempre puedes decidir quién eres.
Lore hizo una pausa, como si no estuviera seguro de cómo continuar o
por qué había empezado este discurso.
—Ten cuidado, o de lo contrario la gente podría pensar que estás
tratando de consolarme —dije con voz áspera.
Las comisuras de sus labios se torcieron.
—Parece que eso es lo que intento.
Nos miramos fijamente, y me pregunté cuándo había perdido la
sensación de ver a Lore como un intruso. Me resultaba difícil saber dónde
empezaban sus pensamientos y terminaban los míos. Y en ese momento, me
di cuenta de que tenía razón. No había vuelta atrás. No había vida como ser
humano. Nunca me casaría, tendría hijos y construiría la vida ordenada que
tan desesperadamente anhelaba hacía unos meses. Este pensamiento me
asustó más de lo que podría describir, pero al mismo tiempo me sentí
aliviada porque ya no buscaba un camino de vuelta. No lo había. Lo único
que me quedaba era seguir adelante.
Me enjugué las lágrimas, aunque eso no impidió que siguieran saliendo
y me hicieran parecer el muñeco de Michelin. Me recogí el pelo.
—Me había olvidado de ti —refunfuñé.
Lore se rio. Le miré con severidad, y él levantó las manos
inocentemente.
—Me tapé los ojos —mintió.
—Que te jodan, Lore.
—Falco ya se ha encargado de eso.
—Ay Dios. —Me pellizqué el puente de la nariz, pero lo absurdo de la
situación me hizo resoplar de risa—. Vale. —Volví a mirar a Lore y me
tensé—. Espero que ya tengas un plan.
La sonrisa de su rostro se torció en un gesto travieso.
—Sí que lo tengo.
—Bien, no hay tiempo que perder.

Unos minutos más tarde, estaba de pie con un par de vaqueros negros
nuevos que probablemente me quedaban demasiado ajustados. Me apretujé
en ellos e intenté sentirme halagada por entrar en una talla treinta y ocho.
Bueno, más o menos. Agarré una camiseta con el lema: «Amasar carne
picada es como acariciar demonios… pero más tarde». Tuve la sensación de
que había sido Crain quien habían traído la ropa. Me calcé unas botas
negras antes de salir de la habitación, que aún olía a sexo.
Me prohibí que aquello me resultase embarazoso y entré en una gran
suite de hotel donde parpadeaba la televisión. Crain estaba sentado frente a
ella, con las botas sucias sobre el sofá, atiborrándose de patatas fritas. Zero
estaba sentado en el suelo, con la espalda apoyada en el sofá, mirando lo
que parecía un mapa de la ciudad. Cuando entré, ambos levantaron la
cabeza.
Crain hizo una pausa en su masticación y murmuró con suspicacia:
—¿Eres Leaf o Lore?
Saludé con burla.
—Novicia Young lista para el servicio.
Crain levantó los brazos.
—Estupendo. Dame un abrazo, preciosa.
Le ignoré y no pude evitar echar un vistazo en busca de Falco. No
estaba allí. Se me encogió el corazón.
—Ha ido a comer algo —intervino Zero, como si me hubiera leído el
pensamiento.
Ni siquiera fingí que no sabía a qué se refería. Fingir era agotador.
—Ah, vale. —Me apretujé en el sofá con los dos, echando los pies de
Crain fuera de los cojines mientras me sentaba—. A ver, he hablado con
Lore. Tenemos un plan.
Crain abrió la boca para hablar cuando una voz fría le cortó.
—No estoy seguro de que debamos seguir el plan de un demonio —
Falco estaba en la puerta, con una bolsa de comida en la mano que parecía
ser china. La lluvia goteaba de su pelo y su abrigo sobre el suelo.
—Esto ha tardado una eternidad —gimió Crain mientras Falco cerraba
la puerta tras de sí y se quitaba el abrigo.
Me miró.
—Y menos porque nos has mentido acerca de él.
Levanté la barbilla.
—No mentí.
—Pero tampoco mencionaste que te hablaba.
—¿Habría cambiado algo?
Miré bruscamente a Crain, que levantó las manos inocentemente.
—Estabas hablando sola, cariño. Eso les ha hecho sospechar. Yo no he
dicho nada. Te dejo que les cuentes toda la información tú solita.
Contuve el comentario y miré a Falco.
—Deberíamos ponernos al día si queremos continuar adelante.
—Sí, deberíamos —asintió Falco con expresión neutra y se sentó en un
sillón mientras Crain repartía cajas de comida caliente.
Cogí una caja de fideos, aunque me sentía llena.
—¿Qué has descubierto desde que estás aquí? —pregunté, pero Falco
negó con la cabeza.
—No, empieza tú. Desde el principio. Si quieres que esto funcione,
necesito saberlo todo, de lo contrario esto habrá acabado y te llevaré de
vuelta a la academia.
Apreté la mandíbula.
—Lo que Falco quiere decir es que es mejor jugar con las cartas boca
arriba para saber exactamente qué podemos hacer en lugar de andar a
tientas en la oscuridad —intervino Crain.
Para mi sorpresa, Lore aportó a la conversación.
—Díselo.
—¿Estás seguro? —pregunté, a pesar de que los demás me observaban.
Sus ojos se clavaron en mí.
—Sí.
—De acuerdo.
Empecé a contarles todo: lo de la voz de Lore en mi cabeza, el cambio
en mí, quién era Lore y qué conexión tenía con Una. Los exorcistas
guardaron silencio y escucharon cada una de mis palabras. Cuando llegué al
final, Zero hizo un leve gesto de dolor y una expresión melancólica pasó
por sus ojos.
—Y ya está. No se trata solo de salvar a mi hermano. Creo que tenemos
que detener a Una para evitar que ocurra algo mucho peor. Y aunque no
quieras confiar en un demonio, Lore sigue siendo el menor de los males.
—Aun así —fue todo lo que dijo Falco antes de recostarse y jugar con
el tapón de la botella de agua que había terminado de beber—, no puedo
creer que pensáramos que el demonio era un demonio callejero cualquiera
llamado Ripper.
—Yo tampoco —replicó Lore, divertido.
Falco se pasó los dedos por el pelo y frunció el ceño.
—Crain. ¿Quién de la academia se dedicaba entonces a recabar
información sobre el caso?
—El sacerdocio —dijo secamente.
—El primus —Falco ladeó la cabeza hasta que le crujió la columna—.
Muy bien. Zero y yo no hemos averiguado mucho, pero el rastro nos ha
llevado también hasta Una.
—¿Alguno de vosotros se ha cruzado ya con ella? —pregunté, y los
exorcistas negaron con la cabeza.
—Sinceramente, nunca había oído ese nombre —admitió Crain.
—Algo bastante extraño, teniendo en cuenta que actualmente gobierna
sobre el noventa por ciento de los demonios —comenté.
Falco frunció el ceño.
—A nosotros tampoco nos suena el nombre de Una. Las conexiones
entre los exorcistas deben ser mucho más grandes e influyentes de lo que
pensamos.
—Así que no tenemos ni idea de quién o qué es. Salvo que está loca —
resumí.
—Yo la vi una vez —intervino Zero en voz baja, haciendo que nos
callásemos. Apretó las piernas como para contenerse—. Una vez. En el
pabellón donde crecí. Vino a visitarnos. A los niños de la serie experimental
Zero. Yo era el quinto. El último. El más débil. Recuerdo que me agarró la
barbilla con la mano y me examinó como a un animal en un mercado de
ganado. Y también recuerdo que no sabía lo que era el miedo antes de
conocerla. —Hizo una pausa, tragó saliva y se quedó mirando al espacio
como si se quedase atrapado en sus sueños.
—¿Tu demonio sabe dónde podemos encontrar a Una? —preguntó
finalmente Falco.
—No es mi demonio. Pero sí, sabe dónde está —dije y me crucé de
brazos—. Lore no cree que llegar hasta allí sea el problema, sino salir.
—Maravilloso, siempre es estupendo oír eso —murmuró Crain,
sacudiéndose una pelusa de los vaqueros.
—¿Y qué más piensa tu demonio? —preguntó Falco, sombrío.
—Mi demonio… —empecé, molesta, antes de recomponerme y
continuar con calma—… piensa que Una está en el limbo del primer círculo
para asegurar su posición.
—¿Y dónde está ese limbo?
—En el Chelsea Hotel.
Sorprendido, Crain se incorporó.
—¿En serio? ¿En ese sitio de lujo?
—Sí.
—¿Y cómo se supone que vamos a entrar sin morir?
Miré a Falco.
—Entregándome.
Los tres exorcistas me miraron confundidos. Bueno, todos menos Falco,
que parecía furioso.
—No —dijo rápidamente.
—Sí —respondí mordaz—. Me entregaréis amordazada y atada de parte
de la Orden. Cuando me entreguéis, intentas reunir toda la información
posible. Y buscas a mi hermano. Cuando lo encontréis, cogedlo y marchaos.
—¿Qué? —preguntó Falco, atónito—. ¡Eso no es un plan!
—Sí, lo es —dije con calma y crucé los brazos delante del pecho—. Me
entregaréis, reuniréis toda la información que necesitéis para sacar al
primus del mapa para siempre y luego os iréis con mi hermano. Lore y yo
nos ocuparemos de Una. Lo único que tenéis que hacer es cuidar de mi
hermano hasta que yo vuelva. Y si no vuelvo, entonces confío aún más en
vosotros para cuidarlo.
Mientras tomaba aliento, Falco me espetó:
—Eso no es un plan, es una misión suicida al noventa y nueve por
ciento.
—Es la única manera —siseé.
—No vamos a entregarte y seguirles el juego a los demonios.
Precisamente por eso me fui sin decir nada. Sabía que acabaríamos
haciendo algo absurdo.
—Pues eso es exactamente lo que vamos a hacer.
—¡No! —gritó.
—¡Sí! —le respondí gritando aún más fuerte.
Sus fosas nasales se hincharon y se levantó de repente.
—No voy a hacerlo.
—¿Tienes una idea mejor? Somos cuatro y, por muy motivados que
estemos, no podremos acabar con todo un sindicato de demonios. Y, en caso
de que no lo hayas notado, los exorcistas no están exactamente haciendo
cola para ayudar en este asunto.
Falco empezó a responder, pero le interrumpí con dureza:
—Aunque lleves el caso a la Orden, podrían pasar semanas o meses
antes de que ocurriera algo. Y no tenemos ese tiempo. No le estoy pidiendo
a nadie aquí que juegue a ser superhéroe, solo os pido que salvéis a mi
hermano. Me debéis al menos eso. Lore y yo nos encargaremos de retrasar a
Una lo suficiente para que recabéis suficiente información para llamar a la
Orden y que nos ayude. Este plan es simple, pero también es lo correcto.
—Con un poco de tiempo… —comenzó Falco.
—No hay tiempo, Falco.
—Es un plan terrible.
—Yo no lo creo. De hecho, creo que es muy bueno —intervino Crain,
sorprendentemente.
Falco le fulminó con la mirada.
—No lo dirás en serio. No es momento para bromas estúpidas.
—No es una broma.
A Falco se le desencajó la mandíbula.
—Este…
—Es el plan en el que más tenemos que ganar y menos que perder.
Todavía no sabemos exactamente quién está involucrado en esto, ni
sabemos su alcance. No nos dirigimos a una batalla final épica, es solo el
principio, y por eso apoyo a Leaf.
—Gracias —dije con una sensación de mareo en el estómago.
Crain asintió y Falco apartó la mirada.
—Puede que no quiera admitirlo, pero teme por ti —dijo Lore.
Quizá sí.
Quizá no.
—¿Falco? Te necesito en esto —dije en voz baja.
—¿Me necesitas?
Di un paso hacia delante, ignorando las miradas de los demás
exorcistas, y me sorprendí a mí misma levantando la mano y cogiendo la
barbilla de Falco entre los dedos. Sus pupilas se ensancharon cuando
continué hablando en voz baja:
—Claro que sí, eres mi profesor, ¿recuerdas? Sin ti, estaría tan asustada
que no sería capaz de dar un paso. Necesito a alguien que me cubra las
espaldas. Y pase lo que pase entre nosotros, sigo sabiendo que alguien me
cubrirá las espaldas gracias a ti. Te necesito, Falco.
—Me estás pidiendo que te deje ahí.
—Sí.
Tomó mi mano entre las suyas.
—Ya he perdido a un compañero, no quiero volver a hacerlo.
Las comisuras de mi boca se elevaron.
—Seamos realistas. No soy tu compañera, soy una carga de la que
tienes que ocuparte y un riesgo para la Orden. Lo sabías desde el principio
y, mientras la Orden siga queriendo entregarme, no puedo volver. Así que
mi única opción es esconderme. De los demonios, de los exorcistas.
Sinceramente, acabarían atrapándome, pero ahora me estoy adelantando a
ellos.
Falco me miró durante un buen rato. Sus pupilas volvieron a contraerse
y la luz pareció desaparecer en ellas hasta que ya no pude distinguir lo que
pensaba. De todas maneras, rara vez podía hacerlo con Falco y, sin
embargo, el suave roce de mis dedos en su piel hizo que todo mi cuerpo
sintiera un hormigueo de deseo. El corazón me dio un vuelco y me acerqué
a él. Me sorprendí aún más cuando se aproximó a mí, como una suave
caricia que me calentaba las entrañas.
Nos relajamos al mismo tiempo, y Falco dio un paso atrás.
—Voy a prepararlo todo.
—Gracias —asentí con alivio y me di la vuelta—. Zero, ¿podría pedirte
que… me prepararas?
—Yo lo haré —objetó Falco, pero negué con la cabeza.
—Tú prepara un coche y armas en caso de emergencia. Zero puede
hacerlo. Además tiene que parecer auténtico. ¿O prefieres golpearme tú
para que no piensen que acabo de llegar del balneario? —pregunté con
frialdad.
Falco se puso tenso. Zero se acercó a Falco y le puso suavemente una
mano en el hombro.
—No te preocupes. Yo me encargo.
Falco apretó los labios, pero asintió. Le entregó a Zero una pesada
mochila, que supuse que contenía el equipo y las cadenas, y volví al
dormitorio con Zero.
Zero cerró la puerta con un suave clic, se dio la vuelta con expresión
seria y dejó la mochila en el suelo.
—No tenía que venir para ponerte un ojo morado, ¿verdad? —preguntó.
—No —respondí en voz baja.
—No le has contado todo a Falco, ¿verdad?
—Le dije lo que tenía que saber. Y nadie puede saber esto. Ni siquiera
Falco y Crain, de lo contrario no tendremos éxito. Y solo tú puedes darme
lo que necesito.
Nos miramos y supe que lo había entendido sin que yo tuviera que decir
nada. Bajó la cabeza y murmuró:
—Es arriesgado.
—Lo sé. Y también sé lo terrible que es lo que te estoy pidiendo que
hagas ahora. Si no quieres hacerlo, lo entiendo.
Zero se pasó una mano por el pelo y permaneció en silencio durante un
rato mientras una variedad de emociones recorrían su rostro, normalmente
suave. Miedo, ira, pánico, ira de nuevo. Finalmente, enderezó los hombros
y levantó la vista.
—Sé lo que soy y cuál es mi tarea. Y recuerdo a Una. Si puedo ayudar a
que este plan tenga éxito, lo haré.
—Ha prometido que no será permanente.
Zero asintió.
Exhalé temblorosa y caminé hacia él antes de agacharme y abrir la
mochila. Bajo unas espesas pestañas, le miré, a ese hermoso chico pálido
con el alma rota.
—Espero que ambos sobrevivamos a esto para poder devolverte el
favor.
Las comisuras de sus labios elevaron.
—Ojalá.
Me enderecé, sintiendo que la oscuridad se extendía a través de mí
como humo susurrante y, con un movimiento decidido, le clavé una daga en
el corazón.
43
Falco

—¿
T enías que golpearla tanto? Parece que la ha arrollado un tren —
gruñí y miré hacia el asiento trasero donde yacía la apaleada
Leaf. El pelo le colgaba enredado alrededor de la cara, que estaba cubierta
de moratones y magulladuras.
Zero se sentó a su lado y la sujetó con fuerza mientras conducíamos por
las calles de Manhattan, que oscurecían lentamente.
—Insistió —dijo Zero, con una expresión de dolor en el rostro mientras
le apartaba un mechón de pelo de la cara—. Ya se está curando —añadió,
como si eso fuera a mejorar la situación.
Apreté los dedos contra el volante.
—El somnífero durará una media hora. Tenemos que llegar al hotel y a
Una para entonces.
—Tranquilo, Falco —intervino Crain a mi lado, que había bajado la
ventanilla y estaba apagando el cigarrillo.
—No me digas que todo va a ir bien —le gruñí.
—No iba a hacerlo. Pero tu actitud irritada no ayuda.
No me molesté en contestar antes de girar hacia la calle Veintitrés. El
Chelsea Hotel era difícil de ignorar. Se alzaba por encima de todos los
demás edificios con un sobrio y elegante estilo colonial. Unas columnas de
mármol blanco sostenían un tejado ornamentado a dos aguas y las ventanas
estaban brillantemente iluminadas. Mirar el hotel me hacía hervir de rabia.
¡Cuántas veces nos habían mandado a las alcantarillas, y a menudo para
atrapar un solo demonio! Habíamos revuelto cada piedra, cada arbusto,
cada casa y cada oficina. Todo menos los edificios de la lista de la Orden. Y
el Chelsea Hotel era uno de ellos. No se registró porque era uno de los
edificios usados por miembros de la Orden. Habían estado encubriendo a
los demonios, todo el tiempo.
Me tensé mientras conducía hacia el aparcacoches, con las gafas de sol
puestas en la nariz. Igual que Crain y Zero. Un tipo joven con una estúpida
gorra de botones nos dedicó una sonrisa amplia. Me detuve y bajé un poco
la ventanilla.
—Buenas noches, caballeros. Hoy tenemos una fiesta privada. ¿Tienen
invitación?
Eché hacia atrás el guante y señalé el sello de la Orden, que se iluminó
debido a la proximidad del demonio.
La sonrisa del botones no vaciló, pero sus ojos se volvieron negros
como el carbón al instante siguiente.
—¿Quieren pasar? —preguntó.
—Venimos en nombre de la Orden. Queremos hablar con Una.
—Que yo sepa, los miembros invitados de la Orden ya han llegado.
¿Entonces sí estaban allí?
—Si no tienen invitación, me temo que tendré que pedirles que den
media vuelta.
—Va a dejarnos pasar —respondí, y la sonrisa del botones se volvió
maliciosa.
—¿Porque tienen invitación?
—No. Porque tenemos lo que busca Una —dije, bajando la ventanilla
trasera.
El botones pareció confundido por un momento antes de que sus
facciones desaparecieran de repente.
—Esa es…
—Déjenos llegar a Una. No creo que quiera perderse esto —gruñí.
—N-naturalmente. Se lo diré a Una. Adelante —dijo y retrocedió.
Con el chirrido de los neumáticos, aparqué en una plaza libre y salí.
Crain y Zero me siguieron, y sin mediar palabra agarré a Leaf, inerte, y la
abracé contra mí. Su cabeza cayó hacia un lado, apoyada en mi pecho, y
tuve que obligarme a no mirarla y esperar a que abriera de nuevo sus ojos
verdes como el musgo. En vez de eso avancé hacia la puerta giratoria de
cristal. Vi a Risha dando vueltas sobre mí. Muy bien, ella lo vigilaría todo
por aquí.
Al entrar, un escalofrío helado me recorrió la espalda, y el hedor de los
demonios era tan abrumador que me dejó sin aliento por un momento.
Nuestros pasos resonaron en el mármol que recubría todo el gran vestíbulo.
El techo tenía al menos dos pisos de altura; el mobiliario era elegante,
sobrio y frío. El centro del vestíbulo estaba dominado por una escalera
triunfal de mármol, cubierta por una alfombra roja, que se perdía en la
siguiente planta. Se oía una suave música clásica. Una recepcionista
sonriente se acercó a nosotros desde detrás del mostrador de recepción. Sus
tacones altos repiqueteaban discretamente en el suelo mientras su fina
melena le caía por la espalda.
—Bienvenidos, caballeros. Nos acaban de informar de su llegada. Les
acompaño a la cena, que está a punto de tener lugar.
Debo pedirles que dejen sus armas en recepción, y me gustaría
recordarles que cualquier tipo de violencia está estrictamente prohibida en
el Chelsea Hotel y será sancionada de inmediato.
—¿Con una multa? —preguntó Crain con sorna.
—Con pena de muerte —respondió ella con una sonrisa.
—Me gustaría ver cuántas estrellas tienen en Yelp… —dijo sin dejar de
sonreír.
—Crain, Zero —dije, y ambos exorcistas dejaron sus armas sobre el
mostrador.
Zero dejó una hoz y un arma de fuego, mientras Crain susurraba:
—¿Tengo que quedarme yo mismo en el mostrador? No quiero dar
nombres, pero se rumorea que soy la bomba.
Zero reprimió una carcajada, mientras la recepcionista sonreía de nuevo.
—Por favor, entreguen todas las armas.
Crain suspiró y empezó a arrojar una docena de cuchillos sobre la mesa.
Se oyó un tintineo cuando vació sus bolsillos y salieron decenas de
casquillos, chicles, dólares arrugados, condones y lo que parecía un
bocadillo viejo. Vimos cómo se agachaba y sacaba dos espadas cortas de las
fundas que llevaba a la espalda. Le siguieron una pequeña ballesta de mano,
que no sabía dónde había escondido, una hoz, dos cruces, cuatro botellas de
agua bendita y un espray de pimienta.
Cuando se agachó a tantearse el cinturón, suspiré.
—¿Pero eso qué es?
—Sí, tengo que ordenar mis cosas —comentó, antes de chasquear la
lengua con fastidio y dejar el cinturón de armas sobre la mesa. Guiñó un
ojo.
La sonrisa de la recepcionista parecía un gruñido.
—Todo, por favor.
Crain suspiró, se metió la mano en los pantalones y depositó una
granada de mano sobre la mesa.
—¿De verdad tenías eso ahí? —pregunté.
—¿Tú no? —respondió, y la recepcionista se quedó mirando mi
entrepierna.
—No, no necesito agrandarlo artificialmente —respondí con calma.
Crain resopló.
—Síganme, por favor —dijo la recepcionista, girándose mientras se le
movía el pelo.
La seguimos por la gran escalera, con la alfombra amortiguando
nuestros pasos. Una hilera de relucientes lámparas de araña colgaba del
techo, dejando ver un bar rodeado por media docena de sofás donde los
invitados se sentaban a tomar cócteles. Las risas discretas, el olor a Chanel
Nº 5 y las conversaciones en voz baja flotaban a nuestro alrededor. Se me
erizó el vello de la nuca al pasar junto a una mujer delgada con collar de
perlas y vestido de satén brillante que acababa de dejar que un cachorro
tembloroso le lamiera la cara. Cuando sintió mi mirada, giró la cabeza y sus
ojos se volvieron negros. No era la única que era un demonio. Todos los
presentes lo eran.
Se me hizo un nudo en el estómago a medida que incrementaba la
tensión. Nunca me había encontrado con un grupo tan grande de demonios
y, si no me equivocaba, la mayoría eran lores demoníacos. Esto no era solo
un sindicato. Eran claramente miembros del primer anillo. Instintivamente,
apreté con más fuerza a Leaf, que fruncía el ceño mientras dormía. El efecto
del sedante debía de estar empezando a desaparecer.
La recepcionista nos adentró en el hotel, como si nos condujera a las
fauces de un monstruo. Se detuvo frente a un ascensor, cuyas puertas se
abrieron en cuanto pulsó el botón. Señaló el interior.
—Ya esta.
Tenso, entré en el ascensor, flanqueado por Crain y Zero, mientras ella
pulsaba el botón de la planta superior.
—Continúen por el pasillo. Únicamente hay una puerta. Una les está
esperando —dijo, dando un paso atrás para que las puertas se cerraran.
Un suspiro y estábamos solos. Aparentemente, al menos. La música
seguía sonando de fondo mientras el ascensor empezaba a subir. Ninguno
de nosotros habló. Ya lo habíamos hablado todo. Cada uno sabía lo que
tenía que hacer, y el resto vendría después.
Cuando las puertas se abrieron acompañadas de un discreto timbre, nos
asomamos a un largo pasillo. El suelo estaba acolchado por una alfombra
negra y las paredes, decoradas con cuadros. En el otro extremo se veían
unas puertas dobles.
La fuerza que se escondía tras ellas parecía como si alguien me
sumergiera bajo el agua. Era casi imposible respirar y la presión sobre mi
piel resultaba dolorosa.
—Cuánto poder —murmuró Crain.
—Una —confirmé y empecé a andar.
Nuestros pasos eran silenciosos. Solo se oía el suave susurro de nuestros
abrigos, junto con conversaciones pausadas y el tintineo de vasos. Crain se
adelantó y empujó una de las puertas, que se abrió con suavidad.
Entramos en una sala espaciosa con una cúpula de cristal encima. El
centro estaba dominado por una larga mesa. Sobre ella había centros
florales, candelabros clásicos y bandejas de plata con mucha comida
decorativamente dispuesta. Alrededor de una docena de pares de ojos se
fijaron en nosotros mientras las conversaciones se silenciaban.
En el otro extremo, la sala contaba con una gran chimenea en la que
ardía un fuego. Frente a ella, casi tan cerca que habría abrasado la espalda
de cualquier persona normal, estaba sentada una mujer. El pelo negro le
caía en gruesos rizos por la espalda. Su piel era de un cálido color bronce,
con un brillo casi dorado alrededor de sus ojos negros bajo las largas
pestañas. Su nariz era expresiva y sus labios, carnosos. Un vestido largo,
ceñido y brillante se ajustaba a sus pechos y caderas. Sus labios se curvaron
en una sonrisa mientras una mano con uñas largas pintadas de rojo oscuro
se cerró alrededor de un vaso de cristal.
—Veo que han llegado nuestros nuevos invitados —dijo con voz
gutural.
Allí estaba.
Una.
La princesa de los demonios.
No tenía nada suave, delicado o comedido. Era sencillamente
impresionante, y todo en mi interior palpitaba con el repentino deseo de
arrodillarme ante ella, apoyar la cabeza en su regazo y rendirme a su
persona. Por completo. Y si en ese momento decidía clavarme un puñal en
la espalda, moriría feliz, con una sonrisa en los labios y un agradecimiento
en la boca. Estaba seguro.
Sus ojos parecían infinitos, como si se observase un trozo de cielo
nocturno, como si pudiera verlo todo: cada uno de mis pensamientos, cada
una de mis células, cada chispa de mi alma. Y parecía gustarle lo que veía.
Una sonrisa se dibujó en sus labios.
—Falco Chepesch —ronroneó, y necesité todo mi autocontrol para no
hacer una mueca cuando oí mi nombre salir de su boca. Sonó como una
caricia y una amenaza al mismo tiempo.
—¿Nos conocemos? —pregunté, con la voz ronca.
—De hecho, sí. —Cruzó las piernas, mostrando sus muslos a través de
la abertura del vestido—. Me gusta estar al día.
Y tengo que decir que las historias no te hacen justicia. Deberías
haberme dicho que nuestro querido Falco es un regalo para la vista, primus.
El primus.
Miré un poco más allá y vi a un novicio. Me puse rígido y apreté los
dientes. Era Yu Tsai, junto a una versión mayor de sí mismo: el cazador
Cadeo Tsai, el presidente de los puristas. Dejé vagar la mirada y vi a dos
personas más que no me resultaban familiares, pero los más cercanos eran
Angel, nuestro secundus ritus, y Eric Adam, el alcalde de la ciudad. El resto
eran demonios, y no tardé en reconocer sus caras. Todos estaban en la lista
de los demonios más buscados del país.
—Falco. Crain. Zero —El primus se esforzó por mantener la
compostura, se sonrojó y se levantó de la mesa de un salto—. ¿Cómo
podéis…? —empezó a refunfuñar.
Ella le interrumpió con un gesto perezoso de la mano.
—Basta, mi querido primus. Falco Chepesch, está aquí para traerme a
mi hermano. —Sus ojos resplandecían.
El primus jadeaba mientras se le formaba sudor en la frente.
—¿Tú… qué?
—Hemos atrapado a Leaf Young en Manhattan y estamos aquí para
entregársela —dije con calma, dando un paso adelante, aunque nada me
habría gustado más en ese momento que estrechar a Leaf contra mi pecho.
La mirada del primus pareció posarse ahora en el bulto atado en mis
brazos, y una fea expresión pasó por sus ojos.
—Así que está aquí. Toda la academia la está buscando. ¿Por qué yo no
he sabido nada de su captura? —dijo con desaprobación, y enarqué una
ceja.
—Nos enteramos de que estaba aquí y decidimos venir directos. ¿O
prefieren que llevemos de vuelta a la novicia Younga la academia donde
podría seguir bajo la protección del director Gale?
El primus me miró con brusquedad.
—¿Qué clase de juego es este, Chepesch? ¿Cómo sabía que estábamos
aquí?
—Está haciendo las preguntas equivocadas, querido primus —ronroneó
Una y chasqueó con los dedos—. Por favor. Tomen asiento. Sean mis
invitados. Puede dejar su mercancía a mis pies.
La puerta detrás de nosotros se abrió y dos sirvientes en librea trajeron
tres sillas y cubiertos. Los colocaron junto a Una y, cuando terminaron, me
acerqué a la princesa de los demonios. La respiración de Leaf se hacía más
pesada a cada paso. Su pulso seguía siendo vacilante, pero sus párpados se
agitaban como si estuviera a punto de despertarse.
—Un momento —dijo cuando dejé a Leaf en el suelo. Le pasó una uña
puntiaguda por la cara cubierta de moratones, luego le agarró la mejilla y
chasqueó la lengua—. Mi hermano siempre ha tenido un gusto extraño —
dijo, mirándome con burla—. Y obviamente tú también.
—¿Perdón? —Fruncí el ceño y ella sonrió.
—Puedo oler la conexión entre vosotros.
—¿Qué conexión? —pregunté, y ella me dedicó otra sonrisa
resplandeciente.
—Ah, ¿no lo sabes?
—¿El qué?
Una carcajada resonó en la habitación y me puso los pelos de punta.
—Qué maravilla, pero no importa. La conexión aún no es definitiva y se
me da muy bien consolar a la gente por sus pérdidas. En unas horas la
habrás olvidado. Sentaos.
Esto último no era una petición. Bajé suavemente a Leaf hasta el suelo y
me obligué a no mirarla antes de dejarme caer en mi asiento como Zero y
Crain.
Los ojos del primus se clavaron en mi nuca, mientras Angel encontraba
todo aquello visiblemente divertido.
—Esperaba que estuviéramos pronto en el mismo bando —me susurró.
Apreté la mandíbula.
—No hay ningún bando. Solo existe la Orden, y tenemos que protegerla
de sí misma si es necesario.
—Eso es muy cierto —murmuró Angel antes de reclinarse de nuevo
mientras Una tamborileaba su cuchillo contra el vaso. Como si necesitara
llamar nuestra atención.
El fuego brilló en su pelo y en el vino cuando levantó la copa.
—Un brindis por mis invitados, por el progreso que hemos hecho en los
últimos años y por la suerte de dar por fin la bienvenida a la familia a mi
hermano perdido esta noche. Esto no habría sido posible sin todos vosotros,
y creo que podemos estar orgullosos de decir que nunca antes en la historia
había parecido posible ver a demonios y humanos unidos en torno a la
misma mesa.
Hubo un educado aplauso. No pude unirme a ellos, tan solo miré
fijamente la comida que tenía delante. Una bebió un sorbo de su copa, y los
invitados hicieron lo mismo. Dejé mi vaso, al igual que la carne glaseada y
el pan crujiente que me sirvió uno de los criados. El sabroso olor a miel, ajo
y cilantro me llegó a la nariz, pero aun así me revolvió el estómago.
Una continuó:
—Pero antes de llegar al punto álgido de esta velada, estoy deseando
escuchar los informes del último trimestre. Mi querido doctor Stein, ¿sería
tan amable?
Un hombre de escaso pelo blanco nos miró y dudó.
—¿Está segura, teniendo en cuenta nuestra nueva visita?
—¿Tengo que repetirlo, mi querido doctor? —preguntó Una. Sonaba
amable, pero el fuego a sus espaldas se avivaba. Crepitaba y el calor me
hacía sudar.
El doctor Stein tragó saliva y se aflojó la corbata.
—N… claro que no. —Se enderezó y empezó a hablar—. La
construcción de los laboratorios de homúnculos avanza más rápido de lo
previsto. Los laboratorios de Londres y Tokio ya están en funcionamiento, y
el sesenta por ciento de la primera remesa ha sobrevivido a los meses
fetales. Hemos tenido especial éxito con las madres de alquiler. La cría
artificial aún presenta problemas, pero deberíamos poder resolverlos en las
próximas semanas.
—Fantástico —sonrió Una, y de nuevo se oyeron aplausos apagados
mientras veía a Zero tensarse aún más—. Estoy deseando visitar los
laboratorios el año que viene. ¿Por qué no nos reservas una mesa en el
Cravestone? Me encanta ese local, querido doctor.
—Por-por supuesto —tartamudeó, volvió a mirarnos y se hundió de
nuevo en su asiento.
—¿Cuál es la situación actual entre los exorcistas, querido Tsai? —
continuó Una, y el presidente de los puristas se levantó pesadamente.
—En principio, todo va según lo previsto. La cúpula de la Orden ha
seguido la pista equivocada que le hemos dejado, y el foco de atención se
está desplazando claramente hacia Europa, donde actualmente ha empezado
a haber algunas tensiones entre los países.
—¿La guerra está cada vez más cerca? —preguntó Una, visiblemente
complacida.
—Suponemos que no tardará más de un año. Los rumores que han
surgido hasta ahora se han comprobado y nuestro número de seguidores
crece sin cesar.
—Qué noticia tan maravillosa. Por favor, siéntate, querido —dijo Una y
miró al primus—. Bien, ¿cuáles son las últimas novedades de la academia,
mi querido primus?
Se puso tenso.
—Creo que el shintonista Chepesch tiene más que decir al respecto que
yo.
—¿Ah, sí? —murmuró, pero miró a Crain en vez de a mí. Sus ojos se
clavaron en los de él—. Siento haber sido tan grosera. Estaba tan absorta en
la felicidad de volver a ver a mi hermano que me he olvidado de saludar al
mismísimo hijo del líder. Crain Paracelso, si no me equivoco.
Me tensé. Crain, en cambio, le dedicó una sonrisa perezosa y jugó con
el cigarrillo que tenía en la mano.
—El placer es todo mío.
—Qué visita tan distinguida he recibido esta noche. Y qué alegría es
poder dar la bienvenida al futuro coronel a mis filas.
—¿Ah, sí? —preguntó burlón.
—Desde luego —sonrió ella ampliamente, mostrando sus dientes
blancos y rectos—. De lo contrario, esta noche no saldrás vivo de esta sala.
Se hizo un silencio incómodo mientras Crain encendía un pitillo con
una llama que prendió en la punta de su dedo. Aspiró el humo
profundamente en sus pulmones y lo dejó salir por la nariz.
—Bueno, siempre he hecho todo lo posible por decepcionar a mi viejo.
Agradezco una oportunidad cuando se presenta.
Una sonrió encantada.
—Muy bien. Espero con interés nuestras conversaciones en un futuro
próximo.
Su mirada viajó y se detuvo en Zero. Por primera vez, un tic nervioso
apareció en sus ojos.
—Zero Five. Un homúnculo de la vieja generación. Qué rareza. Creía
que la mayoría se habían extinguido desde la Gran Purga. El primus me
habló de ti. He estado siguiendo tu caso durante algún tiempo, y es una
pena haberte perdido en el lado equivocado hace tantos años. Me alegro de
tenerte de vuelta en el redil. Serás un gran activo para nuestra causa.
Zero se limitó a inclinar la cabeza.
Una lo escrutó un momento antes de dar un sorbo a su vino.
—Ahora bien, antes de continuar, quizá deberíamos saludar a mi
hermano, que lleva un rato despierto y cree que puede engañarme.
Con un movimiento fluido, se agachó y tiró a Leaf del pelo. Una formó
una sonrisa amplia y, por primera vez, vi resplandecer al monstruo que se
escondía tras su fachada. Era todo odio puro, infinito.
—Hola, querido hermano. Me alegro de volver a verte.
44
Leaf

E l dolor que sentí cuando me arrancó un mechón de pelo no fue nada


comparado con el miedo que me invadió cuando miré a los ojos de la
princesa demonio. Hacía tanto calor delante de la chimenea que las chispas
me abrasaban la piel y las llamas hacían que me cayeran chorros de sudor
por la espalda.
Estaba temblando.
—Hola, Una —exclamé.
La demonio sonrió y me acarició la mejilla.
—Lore. Lore. Lore. Las cosas que haces. Siempre tienes que burlarte de
mí, y mira lo que has conseguido. Mira tu cáscara. Es un nivel muy bajo
para ti. Y encima me llegan rumores horribles de que no puedes mantener el
control absoluto. Sinceramente, me das vergüenza.
Chasqueó la lengua, y yo apreté los dientes, obligándome a no mirar a
Falco ni a los demás. Una chascó los dedos y, de repente, alguien me
levantó por detrás y me sentó sobre una silla. Las cadenas tintinearon con
fuerza rodeándome las muñecas y los tobillos.
—Mi querido Lore, cuando desapareciste sin más con la muestra del
gen Q, me enfadé un poco, por así decirlo.
Podía imaginármelo. Y también el baño de sangre que había provocado
su arrebato.
—No vas a obtener el gen. Ni de mí ni de Lore. Lore lo escondió, y si
nos matas, nunca descubrirás dónde. Nunca.
Sorprendentemente, echó la cabeza hacia atrás y empezó a reír. El poder
que resonaba en ese tono era como un mazazo. Esta mujer no era
considerada una diosa por nada. Prácticamente lo era. Nunca había sentido
un poder tan concentrado. Ni siquiera en Lore.
—No seguirás huyendo pensando que necesito la muestra robada,
¿verdad?
—¿No? —pregunté desconcertada.
Se lamió los labios.
—Ah, ya veo —ronroneó—. Así que Lore sigue escondiéndose como
un cobarde. Entonces tú debes de ser Leaf. Permíteme decir que he
disfrutado enormemente conociendo a tu familia.
Sus palabras me bloquearon la garganta.
—¿Dónde está mi hermano?
—¿El adorable MJ? Tan joven. Tan inocente, tan curioso, tan ansioso
por vivir. Era simplemente perfecto.
—¿Perfecto para qué? —pregunté, con la voz entrecortada.
—Mmmm… —murmuró la demonio ladeando la cabeza para que una
cascada de pelo le cayera sobre los hombros—. En realidad, quería dejarlo
para el final, pero vamos allá. —Aplaudió con entusiasmo—. Me encantan
las reuniones familiares cursis. Traigan a MJ, por favor —ordenó.
Uno de los criados asintió y desapareció. Me puse tensa. Si traían a MJ,
no podía estar muerto. ¿No? Sí, podía estarlo.
Me di cuenta de que me estaba poniendo pálida cuando se abrió la
puerta y entró un joven alto y musculoso. Pelo oscuro rizado alrededor de
una cara atractiva con ojos oscuros. Parecía un soldado. Acorazado y
entrenado, con una mirada fría y un semblante inexpresivo en su atractivo
rostro. Excepto por…
—MJ, ¿no saludas a tu hermana?
Mi mundo se detuvo cuando el hombre musculoso se abalanzó sobre mí
como un depredador. Sus ojos se desviaron hacia Una.
—Mi ama —dijo, su voz grave provocó en mí un pánico frío y primario.
—Ese no es MJ. Mi hermano tiene trece años —gemí.
El desconocido no respondió, y Una se levantó entusiasmada y pasó los
dedos por el ancho pecho del joven.
—Mis queridos invitados, estoy encantada de presentarles el primer
experimento humano exitoso con el nuevo gen Q.
Un murmullo recorrió la sala y me quedé en silencio sin poder evitar
mirar fijamente el rostro del hombre. Y entonces le vi. Vi a mi hermano.
La curva de sus labios, su nariz ligeramente curvada, que ya no parecía
graciosa sino atrevida. Sus ojos marrones y los rizos oscuros que había
heredado de Bob.
Las lágrimas brotaron de mi interior.
—MJ —susurré, pero él no respondió.
En cambio, Una siguió hablando.
—Tras la desaparición de mi hermano y su robo, por suerte teníamos
otra muestra. Como ni siquiera estaba segura de que el gen fuera el
adecuado o si tenía fecha de caducidad, lo probamos en MJ Brown. Y las
posibilidades superaron todas nuestras expectativas. Aceleración del
crecimiento, construcción muscular, curación rápida, fuerza y control del
arcanum. Todo esto en menos de una semana, y el cambio aún no se ha
completado. El aumento de las habilidades en comparación con la
generación anterior de homúnculos supera el trescientos por cien. Con estos
resultados, podremos producir más de diez mil homúnculos más el año que
viene.
Le acarició la cara casi con cariño, y MJ ni pestañeó. Era como si
delante de mí no hubiera más que una cáscara que respiraba. Intenté sentirlo
y percibí el débil palpitar de algo que podría ser mi hermano, cubierto por
una cicatriz con oscuras ramificaciones que se extendían como un cáncer
por todo su cuerpo.
—MJ —sollocé, mientras el resto de los presentes aplaudía con
entusiasmo.
Una se volvió con una sonrisa.
—Lo mejor, sin embargo, es el control total sobre el homúnculo, que
podemos conseguir manipulando ligeramente sus flujos de pensamiento sin
convertirlo en un inútil baboso. Su memoria también está completamente
intacta. MJ, dime: ¿esa de ahí es tu hermana?
Me señaló, y MJ respondió sin vacilar:
—Leaf Young, mi hermanastra. Mi padre se casó con su madre en
segundas nupcias.
Una le dio unas palmaditas entusiastas y parecía a punto de darle una
golosina.
—Muy bien. ¿Y qué opinas de tu hermana, MJ?
Sus ojos se quedaron clavados en mí mientras decía:
—Es la única persona a la que estoy unido aparte de mi padre.
Solté un sollozo que ni yo misma pude oír. No sabía si estaba aliviada o
completamente devastada. La conmoción por lo que acababa de ocurrir me
recorría el cuerpo como una fiebre.
—¿Cómo te sentiste cuando desapareció de repente? —continuó Una,
que parecía deleitarse con el espectáculo.
—Mi vida se derrumbó —confesó MJ sin mostrar emoción alguna—.
Lloré durante días. Pero la policía nunca nos mostró un cuerpo, así que
enterramos un ataúd vacío. En cierto modo, siempre tuve la sensación de
que algo no iba bien, como si nos estuvieran mintiendo, así que fui a
buscarla. Vagué por las calles durante días y recopilé toda la información
que pude encontrar.
—Sí que lo hiciste —ronroneó Una y le acarició la mejilla—. ¿Cómo te
sientes ahora que sabes que estaba con los exorcistas todo el tiempo?
—Aliviado y enfadado al mismo tiempo.
—¿Así que la quieres?
—Sí.
—Bien —sonrió y se volvió hacia mí con una floritura—. Mátala.
Toda la sala contuvo la respiración, y MJ no dudó ni un segundo. Se
lanzó hacia delante, cortó las cadenas con un movimiento fluido, me agarró
por el cuello, me tiró de la silla y me inmovilizó contra el suelo. Mi grito
fue ahogado por el de los demás, mientras MJ me miraba con ojos
inexpresivos y apretaba.
—MJ —gemí mientras la sangre me llegaba con fuerza a los oídos. La
saliva entremezclada con bilis se me acumuló en la lengua y se me escapó
por la comisura de los labios mientras intentaba recuperar el aliento—. N…
no —exhalé.
Los ojos se me salieron de las órbitas y vi por el rabillo del ojo cómo
Falco daba un salto y me miraba horrorizado.
—MJ. Rómpele el cuello —dijo Una, y MJ me agarró del cuello y me lo
retorció.
Fue una sensación extraña. Mi cabeza se giró más de lo debido. Mi
mejilla golpeó el suelo y lo único que oí al principio fue el crujido. El
crujido me recorrió todo el cuerpo y reverberó como un eco. Mi visión se
volvió negra. Mis oídos se llenaron de un zumbido y por un momento no
sentí nada hasta que empezó el dolor. Me rebelé, pero mi cuerpo era como
una marioneta que ya no quería funcionar. Mi cuerpo se rebeló contra el
ataque. La médula espinal seccionada y los músculos desgarrados
intentaban recomponerse. Si hubiera sido humana, ya estaría muerta. Jadeé
en busca de aire, que mis pulmones se negaban a absorber.
—¿Ves? —me dijo una voz suave—. Sin titubeos. Sin parpadeos. La
nueva generación de homúnculos revolucionará el mundo.
Estallaron los aplausos, y en el mismo momento mi cuello crujió al
volver a su sitio. Tenía la visión borrosa, pero podía ver a Una frente a mí,
sujetándome por la barbilla y sonriendo.
—Ahora sal, hermano. Llevas mucho tiempo escondido. Es hora de que
pongamos fin a esto entre nosotros.
Forcé las palabras a salir de mis pulmones.
—Que te jodan. —Le escupí a la cara.
Una retrocedió y se tocó la mejilla con el escupitajo.
—¿Cómo te atreves? —siseó, agarrándome del pelo y tirándome de la
cabeza hasta que la nueva fractura se abrió más. Gorgoteé mientras me
gritaba—: Se acabó, Lore. He ganado y no puedes hacer nada. Tu huida fue
en vano. No me importa dónde escondiste la muestra del gen. Con MJ,
podemos producir todo un ejército y nadie me detendrá. Nadie. Ni mis otros
hermanos y, desde luego, tú no. Siempre has sido un cobarde. Blando y
flexible, encaprichado con la humanidad como si fuera algo especial. Y
ahora te hundirás con ellos. Si tienes una pizca de decencia en el cuerpo, al
menos me mirarás a los ojos mientras te despellejo y me hago un monedero
con tu cara.
Abrí la boca.
—Yo… yo… no soy Lore. Soy Leaf Young, una camarera de Nueva
York —solté.
Una frunció el ceño.
—¿Qué? —Me agarró. Sus uñas se clavaron en mi mejilla y dejaron
unas marcas sangrientas. Me miró fijamente, y lo que fuera que encontró
allí hizo que sus pupilas fueran tan pequeñas como cabezas de alfiler—.
¿No eres mi hermano? —preguntó en voz baja.
—No —murmuré y sonreí con ojos resplandecientes—. Soy Leaf
Young, una camarera de Manhattan.
Su mano se apartó de mí con disgusto, haciendo que me desplomara,
jadeando e intentando obtener aire.
—¿Dónde está? —me gritó.
—Estoy detrás de ti, hermana —murmuró una voz burlona.
Una se dio la vuelta. Zero estaba detrás de ella y, ante las miradas
confusas de todos los presentes, sus ojos se volvieron negros antes de
agarrar un cuchillo de carne y clavárselo en el estómago a Una. Con fuerza,
directo y profundo. La sangre brotó mientras su rostro se torcía en una
amplia sonrisa maníaca.
—Me alegro de volver a verte, hermana.
45
Lore

O jalá hubiera podido hacer una foto de la expresión de perplejidad de


Una y enviársela como postal de Navidad.
Me miró y tartamudeó:
—¿Lore?
—Una —saludé.
Ella se quedó mirando el cuchillo hundido en su estómago, que yo no
había soltado.
—¡Túúú…! —gimió.
—¿Me has echado de menos? Qué bien —ronroneé, y sentí, su poder,
que comenzó a desatarse como una tormenta.
El fuego se calentó tanto que saltaron chispas al mantel y lo
incendiaron. La sala tembló y estaba seguro de que toda la ciudad también.
La lámpara de araña que había sobre nosotros se balanceó y las paredes se
resquebrajaron mientras mi hermana se enfadaba.
—No pensarías que iba a ser tan fácil, ¿verdad? —le dije, mientras Una
me apartaba con rabia y se sacaba el cuchillo del estómago.
—Eres como una enfermedad venérea de la que no te puedes librar —
me gritó. Siempre había sido muy dramática.
Los asistentes se habían puesto nerviosos y no sabían qué hacer. Los
demonios ya habían sacado las armas que nos habían quitado antes y vi a
Falco inclinado sobre Leaf, susurrándole algo. MJ se quedó como una roca
junto a Una y parecía estar esperando sus órdenes.
—Qué soldadito de plomo tan guapo te has hecho. Debo decir que tu
gusto estético siempre ha sido impecable —dije, impresionado.
Ella enseñó los dientes. ¿Sabía que tenía algo de pollo metido entre el
colmillo?
—Te enseñaré lo que ha aprendido mi simpático soldadito —dijo
chasqueando los dedos—. Tráeme su cabeza —gritó como reina de
corazones de Alicia en el país de las maravillas. Como ya he dicho, siempre
había tenido predilección por el drama.
Se produjo un gran revuelo en la sala, pero en cuanto los demonios
echaron a correr, la sangre empezó a brotar a borbotones. Crain soltó una
carcajada maníaca mientras saltaba por encima de la mesa y degollaba a
uno de los demonios con un movimiento de muñeca.
—Por fin. Creía que no iba a pasar nada.
El mantel siguió incendiándose, y el humo empezó a llenar la
habitación. Dejé los demonios a Crain y enseguida tuve que esquivar un
golpe de MJ. Había que reconocer que era muy rápido. Se giró, pero para
entonces yo ya había sacado un cuchillo y se lo había lanzado. MJ lo
esquivó, el cuchillo zumbó en el aire y golpeó al primus, que intentaba
escapar a hurtadillas, justo en el pecho, como una diana. Se miró a sí
mismo, casi atónito, antes de toser sangre, agarrar el cuchillo y desplomarse
como un saco de harina. Una persona que me ponía de los nervios menos.
Por desgracia, no tuve mucho tiempo para alegrarme porque MJ me
embistió con la frente y salí despedido hacia la pared. Se oyó un fuerte
estruendo cuando me estampé contra el muro y dejé una marca en él. La
pared se derrumbó, y la mampostería retumbó como si le sorprendiera
perder su base. La lámpara de araña se vino abajo. Los cristales tintinearon
al chocar contra el suelo, y las astillas volaron en todas direcciones.
—Cuidado, Leaf —grité en cuanto tuve aire en los pulmones. Vi cómo
Falco agarraba a Leaf y se lanzaba sobre ella para protegerla. Muy bien.
Para eso me lo había traído.
El mantel en llamas había caído al suelo y había empezado a quemar la
alfombra. MJ saltó por encima y lanzó un golpe. Me agaché justo a tiempo
para que su puño se estrellase contra los restos de la pared. Joder, ¡qué
fuerte era ese tío! Retrocedí mientras el homúnculo arrancaba el puño de la
pared y volvía a abalanzarse sobre mí.
—Eso es impresionante —le dije mientras esquivé sus puñetazos, tan
rápidos que probablemente no se veían a simple vista. Se movía como si
llevara décadas entrenando y no solo unos cuantos días—. ¿Cómo lo has
hecho? —le pregunté a mi hermana, que estaba de pie entre las llamas y
seguía cada uno de nuestros movimientos con la mirada. Siempre le había
gustado un buen espectáculo.
—Y esto no es nada —dijo con voz suave.
—¿No? Bien. Entonces no hace falta que me esfuerce —respondí,
sonreí, saqué la oscuridad de mí y golpeé.
Mi puño le golpeó plexo solar, y la fuerza debería haberle hecho perder
el sentido, pero en lugar de eso me agarró la mano y sentí cómo aspiraba la
fuerza que intentaba usar contra él. Abrí los ojos sorprendido e intenté
retroceder, pero me sujetó por el brazo y me lanzó por encima de su hombro
formando un arco.
Con un estruendo, aplasté con fuerza la mesa en llamas, y las brasas y la
madera se esparcieron en todas direcciones.
—Mierda… —empecé a decir, pero MJ ya estaba encima de mí y me
dio un puñetazo. Su puño cayó sobre mi cara y mi nariz se rompió con un
crujido que hizo que la sangre entrara a borbotones en mi garganta. El
siguiente golpe impactó en algunos dientes. El tipo me golpeó una y otra
vez con la fuerza de un tren de mercancías.
—¡Lore! MJ, ¡para! —oí decir a una voz. Una voz que recordaría
siempre a partir de ahora.
—No lo hagas, Leaf —gritó Falco, y vi como Leaf se acercaba a MJ por
detrás.
—¡No! —le gritó, poniéndole una mano en la espalda.
Y como llevábamos tanto tiempo conectados supe exactamente lo que
estaba haciendo. Podía sentirla penetrando sus barreras y tirando de su
arcanum. Lo mismo que acababa de hacer él. MJ se detuvo, y yo aproveché
para lanzarle un golpe, con una fuerza que esta vez lo mandó al suelo.
Leaf retrocedió dando tumbos, con el fuego azotando sus pies.
—Tenemos que salir de aquí —gritó, tosiendo.
—Sal de aquí —le grité, pero ella tiró de mi mano.
—No voy a dejarte.
—Leaf —empecé, pero de repente una mano la agarró por la nuca como
si fuera un gatito, la levantó y la sacudió. Era MJ. Leaf soltó un grito de
dolor que me atravesó el cuerpo.
—Leaf —rugió Falco y salió corriendo, pero Una fue más rápida. Su
poder le golpeó justo en el pecho. El exorcista jadeó y cayó al suelo,
inconsciente. Ups, eso no era bueno.
—Falc… —balbuceó Leaf. Se manchó la cara de sangre y cayó al suelo.
—Arráncale el corazón —le gritó Una a MJ, y él no dudó.
Sucedió a cámara lenta. Le atravesó la espalda con el puño, y los ojos
de Leaf se abrieron de par en par mientras el dolor y el miedo se deslizaban
por sus facciones.
—M… MJ —susurró, y vi una lágrima correr por la mejilla de MJ. Leaf
tosió y la sangre salpicó el suelo.
—He dicho que se lo arranques —gritó Una, y vi la sacudida que
atravesó a MJ.
Dudó. Yo fui más rápido. MJ miró el cuchillo que le había clavado en el
corazón.
—Ya está. Ahora es el momento de dejarnos de juegos y ponernos serios
—gruñí, girando el cuchillo.
El homúnculo se retorció y su agarre se aflojó lo suficiente para que
pudiera apartar a Leaf de él. Tenía un agujero en el pecho, pero su corazón
seguía intacto. Por lo menos… Leaf yacía jadeando en el suelo, y vi el
fuego en sus ojos vidriosos mientras yo arrojaba a MJ contra el suelo con
todas mis fuerzas y liberaba mi esencia oscura del interior de Zero. Las
convulsiones sacudieron mi cuerpo mientras salía de su boca como una
serpiente.
—¡No! —gritó Una al darse cuenta de lo que estaba pasando.
Pero la contuvieron. Crain salió de entre las llamas y le clavó un
atizador en el pecho. Ella jadeó. No la detendría, pero yo no necesitaba
mucho más. El cuerpo de Zero tembló y se desplomó como una marioneta a
la que le hubieran cortado los hilos cuando por fin salí de él y me metí en
MJ.
La nueva piel me resultó extraña. No era humana, pero sí su suave voz.
Gemía. Sonaba joven. Aún no era adulto. Su cuerpo podría serlo, pero su
mente enjaulada no.
—¿Quién… quién eres?
—Shh, déjame entrar, MJ. Es la única manera de que salvemos a tu
hermana —dije, oyendo sollozar al joven.
—¿Está muerta? ¿La he matado?
—No. Todavía no. Todavía no, pero morirá si no me dejas entrar.
Sentí una vacilación, muy breve, pero MJ retrocedió y ocupé el espacio
que me ofrecía. Me retorcí a través de las venas palpitantes, llenando célula
tras célula hasta que abrí los ojos, jadeando. Este cuerpo era increíble.
Como si por él fluyera poder puro.
—¡Lore! —oí gritar a Una y la vi soltar a Crain, que estaba
inconsciente.
Zero yacía detrás de mí, visiblemente desorientado y jadeando. Le salía
sangre de la nariz, las orejas y los ojos.
—¿Estás bien? —le pregunté.
Asintió con la cabeza.
—Detenía. Nosotros… —Tosió mientras el humo se hacía cada vez más
espeso—. Tenemos que salir.
—Sí, esto se está quemando —dije alegremente y me puse en pie.
Al otro lado de la sala vi a la temblorosa Leaf. Sus ojos se encontraron
con los míos y sentí una punzada de añoranza.
—¡Leaf! —susurró la voz de MJ en mi cabeza.
Su Leaf. Mi Leaf. Nuestra Leaf.
Vi cómo sus labios formaban mi nombre.
Lore. MJ. Era lo mismo.
—¡Fuera de aquí! Yo me encargo —le grité, me di la vuelta, eché a
correr y agarré a mi hermana. El impulso nos lanzó contra la ventana más
cercana, que cedió con un chasquido. Durante un segundo, nos abrazamos
con el mejor de los apretones antes de caer en picado bajo una lluvia de
fragmentos.
Profundo.
Muy profundo.
El viento silbaba alrededor de nuestros oídos y yo solté una carcajada
mientras Una me gritaba:
—Siempre tienes que arruinarlo todo.
No hubo tiempo para réplicas. Chocamos contra un coche. El metal se
abolló con un chasquido, los cristales se hicieron añicos y las bocinas de
decenas de coches cobraron vida frenéticamente. El impacto fue violento.
Por un momento, me quedé desorientado sobre los restos del coche hasta
que sentí movimiento. Era Una. Se retorcía debajo de mí.
Pero antes de que pudiera zafarse, la agarré por el cuello y tiré de ella
hacia mí.
—¿Adónde vas, hermanita? Esto acaba de ponerse interesante.
Pestañeó, y probablemente nunca había estado más hermosa que ahora.
Enojadísima.
—Pequeño demonio arrogante —se burló, apartándose un mechón de
pelo de la cara—. ¿De verdad crees que esto es solo entre tú y yo? Quieres
detener algo que ya está en marcha. Llegas demasiado tarde.
Apreté mi agarre y la miré fijamente.
—¿Qué quieres decir?
Ella sonrió, con los dientes manchados de sangre, mientras susurraba:
—Padre me dijo que te diera recuerdos.
Me paralicé al sentir un horror que solo el rey de los demonios podía
inspirarme.
—¿Qué has hecho, Una? No lo encerramos hecho pedazos sin motivo
—le espeté.
Mi hermana se rio, abrió la boca y al segundo siguiente su alma oscura
salió de ella en un enorme borbotón.
—¡No tan rápido! —le espeté, pero lo único que oí fue su risa mientras
el humo salía de su cuerpo y estallaba en una bandada de pájaros negros
que surcaban el cielo. Su caparazón sin vida se desplomó.
—¿Quién es el cobarde ahora? —grité, dejando el cuerpo inútil allí
tendido y saltando del coche destrozado.
Los pájaros de humo soltaron un graznido y desaparecieron en la noche.
Jadeando, miré tras ella y me limpié el sudor y la sangre de la frente.
Esto no era como me lo había imaginado. Solo de pensar en nuestro padre
volví a estremecerme. No podía ser. Lo habíamos desmembrado hacía
mucho, mucho tiempo. Yo había tenido sus pedazos en las manos antes de
encerrarlos. No podía salir de allí a menos que Una hubiera estado lo
bastante loca como para reunir sus partes y volver a juntarlas. Se me
revolvió el estómago ante la mera posibilidad. Ni siquiera Una estaba tan
loca como para hacer algo así. ¿O sí?
El sonido de la sirena de un coche de bomberos me hizo levantar la
vista.
La sede del primer círculo estaba envuelta en llamas acre, y el hedor a
piel y madera quemadas se elevó hasta mis fosas nasales. Leaf. Me di la
vuelta en el mismo momento en que la vi salir a trompicones del hotel con
Falco. Detrás de ellos iban Crain y Zero. Los cuatro parecían cansados y
magullados. Pero vivos.
—¿Lore? ¿MJ? —gritó Leaf, mirando a su alrededor.
La mujer que tanto me había cambiado, y a quien yo había cambiado
tanto. Mucho más de lo que ella sabía en ese momento. Un pequeño
milagro que yo había creado, aunque involuntariamente. Mi primer instinto
fue salir de las sombras y tomarla en mis brazos, sentir su calor, escuchar
sus pensamientos, que me resultaban tan familiares que daba miedo.
—¡Lore! —gritó, tropezando y encorvándose mientras jadeaba.
Dudé. Levantó la cabeza confusa y, a pesar de la oscuridad que me
cubría, me vio. Claro que me vio. Ninguna sombra del mundo podía ser
demasiado oscura para mi Leaf. Me miró fijamente, y todo su cuerpo se
desplomó de alivio. Yo hice lo mismo.
Pero también fue en ese momento cuando supe lo que me esperaba. No
era solo que Una siguiera libre. Si nuestro padre había vuelto a salir, yo aún
tenía mucho que hacer. Puede que este juego hubiera comenzado sin mí,
pero nunca me había gustado jugar siguiendo las reglas.
—¿Lore? —gritó Leaf con pánico mientras yo me retiraba entre las
sombras.
Mi mirada se posó en Falco, y aunque sus ojos no podían penetrar la
oscuridad tan bien como los de ella, parecía verme con claridad. Rodeaba a
Leaf con un brazo. Bien. Muy bien. No tenían que gustarse, tan solo no
matarse hasta que yo pudiera volver.
Sonreí, me di la vuelta y desaparecí en una nube de humo y ceniza.
46
Leaf

Una semana después.

T res mil setenta y ocho.


Tres mil setenta y nueve.
Tres mil ochenta.
Nunca me había dado cuenta de lo relajante que podía ser contar
baldosas. Al menos hasta ahora.
Pasé el dedo por la estrecha ranura negra. Me arañaba la uña, y había
algo tranquilizador en el sonido. Debería tener frío. Llevaba días tumbada
aquí. Sin manta. Sin nada que comer ni beber. Pero no quería nada. Solo de
pensar en meterme algo en la boca, masticarlo con los dientes y tragarlo me
daban ganas de vomitar. Y sin embargo, tenía hambre. Mucha hambre. Y
seguiría así hasta que mi cuerpo se rindiera y me convirtiera en polvo. Ese
era el plan.
Se oyeron unos pasos acercándose. La puerta crujió al abrirse, y un haz
de luz cayó sobre mí en las mazmorras de la Black Bird Academy. Unas
botas negras se acercaron y se detuvieron frente a mí. Suspiré.
—¿Por qué sigues aquí abajo, Leaf? La Orden te aceptó oficialmente
hace tres días. No puedes esconderte aquí abajo para siempre.
—No te acerques más —susurré.
La voz de Falco respondió irritada.
—Leaf, levántate. —Dio otro paso hacia mí.
Me incorporé de golpe y dije:
—Tengo hambre. Un paso más y te absorberé hasta la última gota.
La cara de Falco estaba ligeramente iluminada. La línea de su barbilla,
los ojos dorados, la curva de sus cejas. El pelo largo. Solo con mirarle, el
corazón me latía más deprisa.
Tragué saliva, me di la vuelta y hundí la cara entre las manos.
—Por favor, vete —murmuré y, por un instante, todo se quedó tan
tranquilo que pensé que se había marchado. Como las últimas veces que se
lo había pedido.
Pero esta vez no lo hizo. En cambio, noté que se arrodillaba frente a mí
y me apartaba las manos de la cara.
—Leaf, mírame.
Me quedé mirando al suelo. A la baldosa tres mil ochenta y uno.
—Castigarte y matarte de hambre no resolverá tus problemas, y yo no lo
permitiré. Si sigues así, me encerraré aquí contigo hasta que tu hambre sea
tan grande que pierdas el control para siempre. Y ambos sabemos que lo
harás.
—Pero no quiero —gemí, apartando la cara de él—. ¿Por qué
convenciste a la Orden para que me aceptase? Soy un demonio, no una
exorcista. Y tampoco creo que me convierta en exorcista.
—La Orden tiene mucho que agradecerte. No eres solo un demonio,
eres una especie completamente nueva, una nueva generación de
homúnculos. No eres un demonio, Leaf. Ahora mismo eres lo más valioso
que tiene la Orden.
—Exacto, son mis dueños. Esto es tan solo otro tipo de prisión. Nada ha
cambiado. Al menos no realmente —respondí.
Ahora no me dejaban marchar, e incluso la opción de morir se había
vuelto mucho más difícil. Primero fui prisionera de los exorcistas, luego su
rehén, y ahora… ahora era su posesión. Eché la cabeza hacia atrás y levanté
la vista.
Falco se sentó a mi lado, levantó las piernas y apoyó los codos en las
rodillas.
—No se desharán de ti mientras Lore esté ahí fuera. Y creen que eres la
única que puede detenerlos a él y a Una.
—Ni siquiera sabemos qué trama Lore —repetí por enésima vez. Nadie
me había creído, obviamente.
Falco enarcó una ceja.
—Puede ser. Pero si hay alguien que pueda averiguarlo, esa eres tú. Tu
utilidad para la Orden es innegable, y te deben muchísimo.
—¿Ah, sí? —le pregunté con escepticismo.
—Sí. Sin ti, habríamos sabido demasiado tarde lo que Una estaba
planeando. Al menos no hasta que fuera demasiado tarde.
—Ella sigue ahí fuera —susurré, frotándome el pecho. Las heridas se
habían curado, pero seguía doliéndome con cada respiración, cada latido y
cada pensamiento sobre Lore y MJ.
Tenía pesadillas. Me despertaba gritando con el sabor de la sangre y el
humo en la boca y veía a Lore desaparecer dentro del cuerpo de mi
hermano en una oscuridad abrumadora. Sentía como si mi corazón se
hubiera partido en dos y se hubiera llevado una parte con él. Y luego
estaban el vacío y la rabia. El vacío donde él debería estar, y la rabia de que
hubiera desaparecido con mi hermano. La ira era ardiente, y la habitación
empezó a temblar. Unas grietas atravesaron las baldosas, mientras la
lámpara del pasillo se hacía añicos con un tintineo.
Falco aguantó mi arrebato emocional hasta que conseguí volver a
controlar mi oscuridad.
—Tenemos que practicar cómo controlar eso —dijo secamente.
—¿Para qué? —gemí.
Falco me miró con sus ojos hermosos. Dios, era tan guapo…
—Como ya he dicho, Una sigue ahí fuera, igual que tu hermano y Lore.
Sabemos lo de los laboratorios de homúnculos en Londres y en Japón, y
después de que el primus y la familia Tsai queden al descubierto, se verá
que en la Orden tienen muchos aspectos oscuros y feos. Tenemos mucho
que hacer. Pero solo podremos hacerlo si sales de este agujero en el que te
has estado escondiendo.
—No lo he hecho… —empecé a decir, pero Falco resopló.
—Sí que lo has hecho.
Me callé y subí las rodillas hasta que pude apoyar la barbilla en ellas.
—¿Cómo están Crain y Zero? —pregunté por fin.
—Mejor. Han conseguido más mantequilla de cacahuete y piensan
usarla para atraerte.
Miró los ocho tarros vacíos. Era lo único que había comido esa semana.
Me negué a avergonzarme por ello. Las situaciones desesperadas requerían
medidas desesperadas.
—Quería ahorrarnos toda esta vergüenza y rogarte que salieras por tu
propio pie.
Sonreí, pero no parecía sincera.
—No sé si puedo seguir así.
—Lo entiendo —dijo Falco con calma y volvió a mirarme con ojos
brillantes—, pero tienes que seguir adelante. Tenemos que poner a prueba
tus habilidades, descubrir lo que puedes hacer.
—Tengo miedo, Falco.
—Lo sé.
—De mí misma.
—Lo sé. —Guardó silencio un momento antes de añadir—. Yo también.
Extendió una mano y tomó un mechón de mi pelo entre sus dedos. Mi
mirada se detuvo en él, y todo en mi interior se tensó. Con hambre, con
deseo de cosas que aún no podía determinar.
Falco se acercó a mí hasta que su aliento rozó mis labios.
—Come algo, Leaf. Por favor.
—No quiero hacerte daño.
Sus ojos centellearon divertidos.
—No vas a hacerlo.
—No quiero ser un monstruo.
—Pues esfuérzate más.
—Tendrás que detenerme si me paso.
—Lo haré —aceptó.
Me estremecí al recorrer los últimos centímetros y besarle. Y cuando
Falco enterró sus dedos en mi pelo y me atrajo contra él, me encontré con
un torrente de luz que me llenó por completo. Por primera vez en días no
sentí dolor. La oscuridad de mi interior retrocedió y sentí que por fin podía
volver a respirar.
Falco se estremeció mientras me entregaba un trozo de su alma con
cada beso hasta que ambos yacimos jadeando en el suelo. Su cuerpo se
apretó contra el mío, y yo le arañé sus músculos firmes, pasando mis dedos
por los surcos de su cuerpo. Y aunque era absurdo, tuve la sensación de que
Falco estaba disfrutando de este intercambio tanto como yo.
Separé mis labios de los suyos, levanté la vista hacia él, acaricié su
rostro con los dedos y recorrí los contornos.
—Gracias —le dije.
Falco sonrió, pero no llegó a hacerlo del todo. Un mechón de pelo cayó
sobre su hombro y mi pecho.
—Leaf. Hay algo que tengo que decirte.
—¿El qué?
Dudó.
—Es como… —empezó a decir, cuando se oyó un golpe fuerte.
La puerta de la celda se abrió de par en par y de pie, en el umbral,
estaba probablemente la mujer más hermosa que había visto nunca. Vestía
el uniforme negro de los exorcistas. El pelo oscuro le caía por la espalda, y
unos ojos grises y fríos como la niebla nos enfocaron. Una elegante ceja se
alzó.
—¿Interrumpo algo? —preguntó con una voz gutural que me penetró
hasta la médula.
Las facciones de Falco se congelaron en una máscara mientras se
levantaba y me ayudaba a levantarme.
—Tempest, ¿qué haces aquí? —preguntó con una voz gélida que pensé
que tenía especialmente reservada para mí.
Me quedé helada cuando la exorcista resopló y cruzó los brazos delante
del pecho.
—¿Acaso no se me permite visitar a mi prometido cuando me apetece?
Pero no estoy aquí por eso. El líder de la Orden está aquí. Quiere hablar con
el demonio.
Falco se quedó inmóvil.
Yo me quedé inmóvil.
Espera un momento, ¿qué?

Continuará…
Agradecimientos

Queridos míos:
Estoy escribiendo estos agradecimientos un 23 de diciembre, y mi hija pequeña
acaba de pasar corriendo a mi lado sosteniendo un trozo de brócoli. Como no sé
qué está tramando, esta parte tendrá que ser un poco más breve. Además, mi
marido está peleándose con nuestro árbol de Navidad, y creo que el árbol va
ganando.

Sé que en los últimos años leer mis agradecimientos se ha convertido en


una especie de culto, y me parece superdivertido. Por eso, como siempre,
haré lo posible por contaros un poco la idea que hay detrás de los black
birds. En realidad, Black Bird Academy nació durante una crisis. Hasta
2021, había escrito sobre todo libros románticos y estaba un poco harta de
que todo el mundo no hiciera más que besarse. Quería sangre y acción, y
matar a unas cuantas personas. Ya sabéis qué quiero decir. Yo solo quería
crear algo para mí, para compensar todos los besuqueos y, no sé por qué,
pero cuando pensé en cuál podría ser el tema, me vinieron a la mente los
exorcistas. En este punto debéis saber que soy bastante cagada; y eso es
bastante vergonzoso, porque me encanta escribir terror. Sin embargo, no
puedo leerlo ni verlo. No veo películas de terror y tengo pesadillas cuando
veo un tráiler de miedo en Netflix. Así que fue todo un misterio que mi
cerebro escogiese, entre todas las cosas posibles, a los exorcistas. Pero me
di cuenta de que no quería recurrir a los clásicos cazadores de demonios,
sino escribir sobre exorcistas. Tenía en mi mente la imagen de un hombre
alto con una capa oscura y un rosario colgando entre los dedos. En ese
momento estaba sentada en el coche y grité de la nada:
—¡Se llama Falco y le voy a cortar la mano!
Seguramente fuera una suerte no tener un policía cerca en ese instante.
En cualquier caso, rápidamente aparté a los exorcistas de mi cabeza porque
sabía que eran demasiado intensos para los libros juveniles que escribo
normalmente. Por entonces llevaba bastante tiempo buscando una nueva
editorial, pero antes de que pudiera hacerlo, recibí un mensaje de
Penhaligon donde me preguntaban si tenía tiempo y ganas para un proyecto
de libro con la dark academy como tema principal.
No tenía tiempo, ¡pero sí tenía a mis exorcistas! Y quería volver a
escribir fantasía.
La presentación a la editorial fue breve y agradable, y aquí debo elogiar
a Diana Keller de Penhaligon. Escuchó una sola frase ¡y aceptó
inmediatamente!
Llegamos a un acuerdo y probablemente 2021 resultase ser el mejor año
de mi carrera, pero también el más difícil. Al fin y al cabo, no había
previsto escribir sobre los exorcistas y tenía la agenda tan llena que hasta el
final no supe si lo conseguiría.
Y, bueno, estamos a 23 de diciembre, ¡un poco justo, la verdad! Pero si
alguien está leyendo esto ahora: lo conseguimos, y el borrador original de
450 páginas se convirtió en unas 600… ¡Ups!
Escribir este libro fue agotador, pero también muy divertido. El mundo
de los black birds era como unas burbujas que brotaban de mi cerebro. No
tengo palabras para expresar lo profundo que es mi amor por Lore y lo
aliviada que estoy de poder escribir dos libros más con él. En general, aquí
me he desahogado como hacía mucho tiempo que no lo hacía. Leaf, Falco,
Crain, Zero… Ellos han estado más presentes en mi mente que cualquier
otro personaje de mis libros en mucho tiempo, y hemos pasado muchas
noches juntos. (¡Eso ha sonado más obsceno de lo que pretendía!).
Tampoco he tenido nunca una pareja tan testaruda como Leaf y Falco.
Fue bastante revelador el día en que estaba cavilando sobre mi café en la
mesa de la cocina, completamente agotada. Cuando mi marido me preguntó
qué me pasaba, le dirigí una mirada agónica y lloriqueé:
—¡Llevo 550 páginas de libro y ni siquiera se gustan! ¿Qué les pasa?
(Risas) Qué mal, colega. Eso fue hasta que recordé que habría otras dos
partes. Todavía tienen tiempo de gustarse, o no… Es decir, aquí hay
potencial de bookboyfriend, creo yo.
¿Me confiesas si eres #teamlore, #teamfalco, #teamcrain o #teamzero?
También estoy orgullosa del final. Al principio quería que la prometida
de Falco apareciera en la segunda parte, pero luego pensé: «Nooooo…
Vamos a ser un poco malos».
(¡Sí!)
Me encanta ser malvada.

Llegados a este punto, tengo que dar las gracias a muchas personas, porque
trabajar tanto y escribir tantos libros solo es posible con la ayuda de mucha
gente.
A mis hijas Aurora y Ophelia, que han sido las más valientes. Este año
nos hemos mudado y no he tenido mucho tiempo para ellas. Sin embargo,
han sido muy valientes y comprensivas (por cierto, Ophelia acaba de
envolver el brócoli en cinta adhesiva, eh, sí… vale).
A mi marido, que ordena y limpia y escucha mis confusos pensamientos
sin tener ni idea de lo que digo. Yo no podría hacer nada de esto sin su
apoyo.
A mi madre, que siempre interviene cuando toda la casa está envuelta en
caos.
A mi agente, que revisa mis errores sin rechistar.
A mis amigos Christiane y Lukas, que juegan conmigo a Dragones y
Mazmorras, y me han ayudado mucho a desarrollar este mundo.
También a mi amiga y colega Lin Rina, a la que hablé de este proyecto
muy pronto y que me dibujó el plano de Black Rock.
A mis amigas Stefanie Hasse y Jennifer Benkau, porque siempre me
escuchan cuando hablo con ellas.
A mi editora Ulli, que ha tenido la tarea colosal de sacar adelante este
libro y a la que estoy muy agradecida por la calma que ha mantenido
durante todo el proceso mientras yo corría de un lado a otro como pollo sin
cabeza.
Y, por último, a Diana Keller y el equipo de Penhaligon, que han
trabajado en este proyecto con tanto entusiasmo.
En resumen, termino 2022 muy agradecida, con mucho sueño y un
resfriado.
Por cierto, ahora el ramo de brócoli se llama Bernd, y Ophelia lo
arrastra detrás de ella con una correa improvisada. Eh… Creo que ha
llegado el momento de dejar de escribir e ir al rescate de nuestra cena,
esto… ¡al rescate de Bernd!
¿Y nosotros? Volvemos a vernos en la segunda parte, ¿no? Genial.
Un abrazo fuerte,

STELLA
Fragmento de libro de texto
Primer semestre — Black Bird Academy

Demonios de nivel uno


Denominación genérica:
Varkolak

Subcategorías:

Strigoi
Moroi
Lamia
Devorador nocturno

También pertenecientes a la familia de los varkolak:

Craquruhhe: Criatura esquelética semejante a un cadáver viviente. Solamente


se puede matar mediante el uso del fuego.
Draug: Tipo grande y corpulento compuesto por diversas partes de cadáveres y
animado por el corazón de un ghoul o un demonio. Propaga muchas enfermedades.
Si no regresa a tiempo a su guarida (es decir, a su lugar de enterramiento) antes del
amanecer, se convierte en piedra en el acto.
Homúnculo: Criatura creada artificialmente mediante el uso de magia negra que
se emplea habitualmente como siervo.
Los homúnculos han sido declarados ilegales por la Orden, pero aún existen
laboratorios secretos de cría de homúnculos por todo el país, cuyos orígenes datan
de la Edad Media.
Lideric: Alimaña del mundo de los no muertos. Exteriormente, estas criaturas se
asemejan a un cadáver que ha sido devorado.
Renacido: Ser vampírico con forma corpórea.
Rusalka: Ninfa acuática no muerta.
Strix (pl. strigae): Demonio parecido a un pájaro que bebe sangre y devora las
entrañas de los muertos, similar a un buitre.
Demonios de nivel dos
Demonios

Adlet: Híbrido entre lobo, humano y oso. Está cubierto por pelaje rojizo y corre a
una velocidad increíble.
Bosam: Criatura peluda y aterradora con rasgos de los humanos, los monos y
los murciélagos. El bosam tiene ojos rojos, dientes puntiagudos y largas garras y
suele encontrarse en lugares algo elevados como, por ejemplo, los árboles. Puede
tener alas coriáceas y protuberancias en forma de cuernos en la frente y la espalda.
El bosam arranca la cabeza a sus víctimas y luego se las come.
Churel: Subespecie de los súcubos. Succiona los líquidos, sobre todo de los
hombres, hasta que envejecen y se deshidratan.
Gaki: Criaturas demacradas y encorvadas con vientres hinchados, cuellos largos
y delgados, y bocas diminutas. Se parecen a las ratas y suelen encontrarse en
lugares húmedos y oscuros, donde se alimentan de basura. Solo son problemáticos
cuando atacan en manada.
Impulu: Estos demonios suelen aparecer con la forma de grandes aves, pero
también como hombres atractivos, y suelen servir a una familia especial.
Se dice de ellos que son inmortales, y que no se les puede matar con cuchillas ni
con balas.
Íncubos y súcubos: Aúnan las características de los vampiros y las pesadillas.
Estas criaturas pueden adoptar cualquier forma, de manera similar a una ilusión. Se
alimentan de los deseos de sus víctimas y las llevan a un frenesí o ensoñación
interminables hasta que mueren de hambre, sed o por un paro cardiaco.
Lord: Unos de los demonios más poderosos. No poseen un cuerpo propio, pero
sí un espíritu muy poderoso. Agrupan demonios inferiores en grupos bajo su
liderazgo, también llamados «clanes». Su mayor debilidad es encontrar el huésped
adecuado. Si están mucho tiempo en un cuerpo, matan al espíritu previo, de forma
similar a los parásitos. El lord demoníaco mantiene el cuerpo con vida; y si lo
abandona, el huésped también muere. A lo largo de los siglos, ha habido pocos lores
que hayan conseguido establecerse en el mundo de los humanos. No obstante, los
que sí lo han conseguido están en constante guerra unos contra otros.
Gracias a las marcas únicas que dejan en sus víctimas, se puede reconocer de
qué demonio se trata en cada caso.
Nupeppo: Un demonio que se distingue principalmente por su mal olor. Su
aspecto es el de un bulto cambiante de moco y grasa. La parte delantera a menudo
imita vagamente la forma de una cara.
Estas criaturas no suponen una amenaza inmediata, pero contaminan la zona en
la que están con su hedor, obstruyen las alcantarillas y causan enfermedades.
Sloogaroo: Peligroso demonio con la forma de una bola de fuego.
Tupilak: Demonio que al principio parece una pequeña muñeca, hecha con
cuero, huesos, dientes y otras partes de animales o humanos. Actúa de manera
similar a un muñeco de vudú en cuanto se le añaden partes de la víctima como, por
ejemplo, el pelo. Entonces, esta muñeca adopta una «forma adorable» a la que la
víctima no puede resistirse. Los tupilak suelen seducir a sus víctimas para luego
succionarles la energía vital.
Vétala: Se parece a un gran murciélago y suele encontrarse en los cementerios.
Wendigo: Estas criaturas se encuentran sobre todo en las regiones más frías de
Norteamérica, y son el resultado de la hambruna y el canibalismo. Ocupan
cadáveres y con ellos se iniciaron los mitos sobre los zombis.

Demonios de nivel tres


Apariciones

Córvido nocturno: También llamado black bird, que da nombre a los exorcistas.
Se consideran en peligro de extinción. En estado salvaje, los cuervos atacan y
destripan cruelmente a los transeúntes indefensos en las bifurcaciones de los
caminos. Ahora se les considera espías y espíritus protectores de los exorcistas y
solamente matan en caso de necesidad.
Espíritu: Animal o compañero espiritual. Puede detectar apariciones y otros
seres no naturales y ayuda a eliminarlos.
Un espíritu puede transmitirse dentro de una misma familia hasta tres
generaciones. Sin embargo, hay que tener en cuenta que si un espíritu percibe que
su dueño va a morir de forma inminente, se sentará en su pecho y se comerá su
alma. La persona perteneciente a la tercera generación deberá acabar con el
espíritu antes de su propia muerte o, de lo contrario, este será liberado. Un espíritu
está unido siempre a su dueño. Un espíritu puede ser vendido hasta en dos
ocasiones, pero el tercer propietario ya no podrá hacer uso de él, por lo que debe
pensárselo muy bien antes de aceptarlo.
Fantasma cavernoso: Este tipo de apariciones vigila una montaña. Que sean
malignos o benévolos depende de su humor y de cómo se comporten los intrusos en
«su» montaña. Si alguien se congracia con esta aparición con regalos preciosos,
como joyas, puede ser un excelente espía y proporcionar todo tipo de información.
Sin embargo, si te metes con ellos, se ofenden muy rápidamente y se hiere su
vanidad. La mujer de la montaña es hermosa, pero también muy pálida.
Fantasma forestal: Esta aparición puede manifestarse con la forma de un árbol,
una piedra o incluso un animal. En su forma humana, sin embargo, el fantasma
forestal suele aparecer como una joven bella. También puede aparecer con la piel
verde brillante, la espalda cubierta de corteza o incluso ahuecada como el tronco
podrido de un árbol.
Glaistig: También conocida como «doncella de verde». Pertenece a la familia de
las apariciones.
Guardacostas: Aparición de agua.
Myling: Espíritus de niños que han sufrido una muerte violenta. Tras su muerte,
lloran en el lugar donde fueron enterrados en secreto. En épocas pasadas, cuando
los hijos ilegítimos eran asesinados con regularidad, estos fantasmas eran más
comunes. A los myling les gusta gastar bromas, por lo que podrían compararse con
los poltergeist.
Pesadilla: También llamada cauchemar. Se alimenta de las pesadillas que
aparecen al dormir y es una aparición bastante habitual.
Sombra: Son personas que no han logrado alcanzar la redención. Las sombras
nacen de las emociones fuertes, como el miedo. Esto significa que son la
reencarnación de sentimientos puros. Su aspecto exterior es semejante al de la
persona fallecida. Su presencia se reconoce por la existencia de ruidos insólitos,
pero también por corrientes de aire, una caída de la temperatura o el crepitar de un
fuego.
Las sombras son peligrosas cuando se reúnen en grupos grandes y provocan
desastres naturales.

Demonios de nivel cuatro


Monstruos

Esfinge: Una antigua criatura, mitad humana, mitad león, utilizada sobre todo
como guardiana. Su cría está prohibida, pero las esfinges siguen utilizándose para
ese fin.
Furiaespino: Bestia con forma de cerdo enorme y rabioso. El furiaespino posee
una boca llena de dientes afilados y tiene los ojos brillantes. Sus pezuñas sueltan
chispas. Sus púas, que puede disparar desde el lomo como si fueran flechas, son
afiladas como cuchillas y venenosas.
Grim: Este monstruo se emplea como ofrenda para un edificio nuevo, como una
iglesia, donde se empareda viva a la criatura. Después, esta muta en una versión
monstruosa de sí misma y asume el papel de guardián del lugar.
Cada escuela de los black birds tiene un grlm que vigila la propiedad.
Hombre lobo: Estas criaturas se crean principalmente mediante mutaciones en
zonas infestadas de demonios. Al contrario que en los cuentos, no es un humano el
que se transforma en lobo, sino que el lobo adquiere rasgos humanos por influencia
demoníaca. Sin embargo, la mente suele seguir siendo animal.
Kelpie: Depredador que acecha en arroyos, ríos y lagos.
Lindworm: Bestia gigante emparentada con el dragón (aunque no se ha
avistado ninguno de ellos desde la existencia de la Organización). El lindworm no
tiene alas, pero sí escupe fuego o rocía veneno. Su aspecto recuerda al de una
serpiente y es ciego. Es una de las pocas criaturas con un fuerte potenciador de los
sentidos y se emplea con este fin. Tanto la piel como la carne de este monstruo
tienen propiedades especiales al respecto, por lo que a menudo los lindworms se
crían y se emplean de una manera similar al ganado.
Mantuca: Pertenece a la rama de los eukaryioten de los demonios de nivel
cuatro. Se engloba entre los monstruos de forma botánica. Son similares a los
hongos. Estas plantas de sombra no son totalmente plantas ni animales, eso
significa que son sedentarias, pero no pueden llevar a cabo la fotosíntesis porque,
como los animales, se alimentan mediante la ingesta de sustancias orgánicas. Esta
especie de monstruo es un componente esencial del exógeno, que consumen
sobretodo los nigromantes y los conjuradores. El exógeno tiene múltiples efectos,
desde el aumento de la presión arterial a la liberación de hormonas como la
serotonina y la adrenalina. Inhalar una pizca de esta sustancia permite a quien la
toma actuar durante veinticuatro horas con alto rendimiento. Por desgracia, la
obtención de este polvo exige algunos esfuerzos.

Tipos de exorcistas

Nivel uno — renacidos


Nigromantes

Las principales labores de los nigromantes son asegurar un lugar, poner a salvo a los
civiles y controlar a los renacidos. También son los que rastrean el origen de los guaridas
de renacidos y las eliminan o destruyen, ya que los renacidos pueden aparecer en grandes
grupos. Aunque esto no requiere una aptitud especial para el arcanum, el trabajo estrecho
con los renacidos sí requiere el mitridatismo, es decir, la resistencia al veneno. Los
venenos se administran en pequeñas dosis cada día para mantener resistente el cuerpo
del nigromante. Los efectos son muy variados y cuando un nigromante muere, su cadáver
debe ser incinerado para evitar que renazca como un renacido.
Los nigromantes adquieren las habilidades de un renacido mediante la exposición
constante al veneno de los renacidos, lo que hace que desarrollen fuerza y reflejos
sobrehumanos, así como una visión nocturna mejorada. Sin embargo, también pueden
desarrollar una fuerte ansia de sangre, por lo que necesitan contar con un gran autocontrol.
De lo contrario, el nigromante muere inmediatamente. Los nigromantes son considerados
los exorcistas menos favorecidos. Se les conoce por ser brutales y poco convencionales, y
por tener poca consideración por las reglas.

Nivel dos — demonios


Shintonistas

Los shintonistas son considerados los luchadores y exorcistas más fuertes, ya que no
son solamente poderosos a nivel físico, sino que cuentan con un arcanum muy potente. Su
labor consiste en exorcizar, atrapar o matar al demonio que está llevando a cabo una
posesión.
A menudo los shintonistas sacrifican partes de sí mismos para adquirir fuerza. Los
pequeños sacrificios más comunes suelen incluir la pérdida de uno de los sentidos o la
decoloración del pelo o la piel. Los shintonistas más mayores suelen volverse
completamente albinos. Su conexión con el reino demoníaco también hace que sean
susceptibles a perder el control.

Nivel tres — apariciones


Conjuradores
Los conjuradores pueden entrar en contacto con todo tipo de apariciones, ya que tienen
una fuerte conexión con su tercer ojo. También tienen la capacidad de invocar apariciones
y retenerlas durante mucho tiempo. No se considera que los conjuradores sean muy
fuertes físicamente, pero debido a su intensa conexión con el más allá, suelen tener otro
tipo de habilidades como predecir el futuro o ver el pasado (+ a menudo se utiliza el
exógeno para potenciar el efecto, lo que desgraciadamente puede provocar una fuerte
adicción). Los conjuradores también son muy propensos a la locura y, por lo general, se les
considera algo excéntricos. Con formación adicional, en su tercer año, pueden
especializarse en la destrucción y eliminación de apariciones. La forma exacta de hacerlo
varía de un país a otro. Durante sus labores pueden utilizar reliquias, así como emplear
una aparición. El trabajo del conjurador también incluye rastrear objetos malditos, y
desenterrar y quemar huesos de apariciones potencialmente malditos.

Nivel cuatro — monstruos


Cazadores
Los cazadores reciben un entrenamiento exhaustivo en combate cuerpo a cuerpo y en
empleo de armas. Para ellos son cruciales la rapidez de reacción, la fuerza y la resistencia.
Si es necesario, los cazadores también pueden encargarse de los renacidos (siempre que
se especialicen en ellos en su tercer año de adiestramiento).
A los cazadores se les envía a rastrear y capturar criaturas. Para ello se requiere tener,
sobre todo, habilidad y astucia, así como amplios conocimientos y destreza para las
capturas. Los cazadores son fundamentales y también la clase más abundante de
exorcistas. Se considera que son los «tipos duros» y suelen trabajar en parejas.
STELLA TACK nació en 1995 en Münster y creció en Bad Gastein, Austria. Tras completar sus
estudios de bachillerato y su formación como terapeuta, comenzó una prolífica trayectoria como
autora de fantasía y romance.
Actualmente, cuenta con diecisiete libros publicados y ha sido galardonada con varios premios. Entre
ellos, destacan el Premio LovelyBooks al mejor libro de ficción por Kiss Me Once en 2019 y Kiss
Me Twice en 2020.
Más recientemente, en 2023, la comunidad LovelyBooks le otorgó el premio al mejor libro Young
Adult por Ever & After.
Hoy en día es una de las autoras más populares de Alemania y ocupa los primeros puestos en las
listas de bestsellers de Spiegel.

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