Cesar
Cesar
de Roma, como para aquellos para los que es sólo el rumor de eventos remotos, como
dijo Michael Wharton, del Evening Standard. En 'César', Allan Massie da un tono
inédito a uno de los mayores generales de todos los tiempos, mostrando de forma
brillante su faceta megalomaníaca, seductora y desesperada por el poder, además de
transformar la conspiración contra Julio César, uno de los más famosos asesinatos
historia, en algo nuevo y excitante. En la narrativa, César surge a partir de los
recuerdos de uno de sus mejores amigos, Décimo Júnio Bruto Albino, el general y
almirante romano que participó en su asesinato. ¿Hasta tú, hijo mío?, fueron las
últimas palabras de Júlio César, al ver a su compañero entre los asesinos. Otros
personajes clásicos como Cleopatra, Cícero, Marco Antonio y Octavio también
aparecen más vivos que nunca en la obra de Massie, envueltos por una atmósfera de
sensualidad repleta de pasiones avasalladoras, traiciones y adulterios. Además de una
completa biografía de ese gran personaje, César es también una clase de historia. El
libro describe detalladamente la sociedad de la Roma antigua y sus batallas
sangrientas, intrigas del poder, campañas políticas y militares, llevando al lector al
pasado y permitiendo que él haga asociaciones con el modo en que vivimos hoy.
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Allan Massie
César
ePub r1.0
Titivillus 13.04.2021
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Allan Massie, 1993
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Ante todo y como siempre, para Alison.
Y para Giles Gordon.
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Capítulo 1
No era mucho río. A caballo se podía cruzar de un salto. En la otra orilla, pastores de
figuras angulosas, encapotados en pieles de oveja, recogían sus rebaños. La niebla
vespertina no dejaba ver las ovejas, únicamente los bustos de los pastores como si
flotaran sobre los vapores que ocultaban el pantanoso terreno. Hacía frío y empezaba
a lloviznar. Emprendí el regreso. Cojitranco por el dolor de la rodilla derecha —
recuerdo de nuestra última campaña— anduve el camino de retorno al campamento.
Casca estaba en su tienda, bebiendo vino caliente aromatizado con nuez moscada
y canela. De pie junto a la mesa, sin armadura, el barrigón le afeaba la túnica.
—Nada a la vista. Ninguna novedad.
—Como debe ser. Está todo convenido —contestó.
—Confío en que tengas razón. No sería la primera vez que comete un error de
bulto. Labieno solía decir que el mayor defecto del general es su «impetuosidad».
—Sí, y menos mal que estábamos ahí nosotros para llamarlo a la prudencia —y
sacarlo del apuro. No me vengas con esas viejas monsergas, compañero. De todas
maneras, ahora nuestro buen Labieno anda en otros fregados, y buen viaje que tenga.
Labieno, el de más experiencia entre los lugartenientes del general, y compañero
suyo desde los comienzos de la guerra en las Galias, aborrecía a Casca y además lo
despreciaba por su deplorable afición a los muchachos y al vino. Normal, cuando uno
anda tocando el sonajero de las «antiguas virtudes romanas». Pero Casca era primo
mío y mi más íntimo amigo. Conocía sus debilidades mejor que Labieno, y también
sus puntos fuertes. Porque no le faltaba nervio, aparte sus vicios y sus actitudes
afectadas. Sus soldados lo adoraban y hallaban diversión en la constante presencia de
Diosipo y Nicandro, unos griegos afeminados llenos de rizos y de perfumes a los que
Casca fingía adorar. Absurdamente, atendido que Casca nunca quiso a nadie sino a sí
mismo, con la posible excepción de su obesa y anciana madre. Éramos amigos, pero
sería capaz de rebanarme el cuello si la política o su propia conveniencia lo
demandasen.
—He dejado a Su Excelencia en la mesa, haciendo ver que se emborracha y
tonteando con una moza, mujer de no sé qué ciudadano de Rávena. Un buen pedazo
de hembra, seguramente mucho más sabroso que Calpurnia. Pero va a sufrir una
decepción la pobre.
—Sí —dije—. Las órdenes de marcha ya han salido. Y también ha promulgado
una declaración diciendo que sus intenciones son limpias y su causa, justa.
—Ahórrame la bambolla ciceroniana. Cuando luchemos, será por la carrera de
César y por la piel de César. Y por las nuestras también. Si consigo matar unos
cuantos acreedores, la vida en Roma me resultará mucho más agradable. ¿Tú sabes a
cuánto ascienden mis deudas? Ni yo tampoco, celebro decirlo, aunque la vieja me
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escribió al respecto no hace más de una semana. Pero no creas que la acción es para
mañana. El paso de ese riachuelo, que por algún motivo has considerado necesario
inspeccionar, es una movida puramente simbólica. Ha enviado por delante un
destacamento para ocupar Rímini, donde están desde ayer Antonio y Curio, tras
escapar de Roma disfrazados de esclavos. ¡Cuánto me gustaría ver al bello Antonio
en ese papel! —dijo besándose las puntas de los dedos.
—Supongo que los esperaba —contesté—. Habrá dado largas por eso, supongo.
—Supones mal, como de costumbre, primo. La razón ha sido política, en parte.
Que la oposición se comprometiese públicamente a perseguirlo y destruirlo. Así
podrá aducir que se ha visto obligado a actuar en defensa propia.
—¿Acaso no es verdad?
—¿Lo es? Quizá. Con César nunca se sabe en qué momento va a quitarse la
máscara el actor. Pero también daba largas porque sabe que éste es el momento
decisivo de su carrera. Es un jugador que ha envidado el resto. No puede volverse
atrás. Y la primera jugada es la que cuenta. Ahora los dados están en el cubilete.
«Dejemos que rueden», me ha dicho en voz baja esta tarde.
—¿Estás nervioso? —le pregunté—. Me han contado que anoche César soñó que
se había acostado con su madre.
—Menudo soñador —replicó Casca…
—¿Se sabe algo de Pompeyo?
Casca soltó una carcajada. Tenía al gran general por un gran bobo, una vieja
gorda. Y se echó a reír otra vez cuando le recordé que algunas de esas viejas, como su
propia madre, eran de hierro. Semanas atrás, Pompeyo se había ufanado de que le
bastaba dar una patada en el suelo de Italia para hacer que brotaran a su alrededor
legiones enteras. César se inquietó cuando llegaron estas palabras a sus oídos, hasta
que Casca dijo:
—Habrá que cortarle el suelo debajo de los pies, y que se quede pataleando en el
aire.
—¿Los augurios se presentan favorables?
—Los augurios, querido, se presentan favorables cuando César así lo dispone.
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significado era evidente, inquietante y nada propicio. Si su madre era Roma,
acostarse con ella era incesto. Yo he visto sobre mis rodillas la cabeza destrozada de
mi amigo Clodio, asesinado por una banda a sueldo de Pompeyo. Fue Cicerón quien
defendió al asesino con su habitual retórica embaucadora. Por mi parte estaba de
acuerdo con Casca en su desdén hacia el gran orador, el autodesignado salvador de la
ciudad frente a la conjura de Catilina, el primo y quizá amante de mi madre.
Me parece que no pude pegar ojo.
Antes del amanecer dio principio una agitación inhabitual: tintineo de arneses,
relinchos de caballos, pasos de centinelas, conversaciones susurradas de un millar de
legionarios. Y luego, una música lejana, el tenue sonido de una flauta. Me levanté,
me vestí medio a tientas, me puse el peto y recogí la espada. La densa niebla calaba
hasta los huesos. Pero la música me llevó hacia el río. Otros se me adelantaban
corriendo, moviéndose sin orden ni concierto, que ni siquiera parecían soldados. Por
las prisas y la expectación que nos rodeaba a todos, diríais que se daban a la fuga.
Un chapoteo me advirtió de que me hallaba cerca de la orilla. Por mi lado pasó
un jinete que estuvo a punto de derribarme. Pero su carrera abrió un claro en la
niebla. Vi luz enfrente, por la parte de donde procedía la música. Un resplandor
acanalado, de claridad sobrenatural. Yo jadeaba, y aunque miraba de frente el túnel de
luz, no me cegó.
El flautista estaba sentado en la otra orilla del Rubicón, en Italia.
Los soldados escuchaban en silencio, atónitos. Cerca de mí, un centurión daba
voces ordenándoles que vadearan el río. Nadie le obedeció. La música venía flotando
hacia nosotros, y la niebla se arremolinaba alrededor del flautista. Entonces un
legionario gritó:
—¡Es el dios Pan!
La titubeante fila de soldados hizo eco a su voz:
—Pan, Pan, Pan…
El joven que había gritado primero se arrojó de bruces al suelo. Algunos lo
imitaron. Yo miraba al flautista, que sin moverse en apariencia iba retrocediendo
hasta desaparecer de la vista, aunque no le quité los ojos en ningún momento. La
música se alejaba con él. Hubo un largo silencio gris. Avergonzados por su instante
de pánico, pero también extrañamente jubilosos, los hombres se pusieron en pie uno
tras otro, se metieron en el río y cruzaron hacia Italia.
—Ha sido un truco del general, puedes estar seguro —dijo Casca.
¿Lo fue? Nunca lo he sabido de cierto. Cuando se le comentó el incidente a
César, él se limitó a sonreír con esa mueca suya evasiva, de fingida modestia. Como
si no quisiera decir nada, pero insinuando una infinidad de cosas.
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—No es momento para celebraciones —nos dijo—, pero de todas maneras
brindo esta copa en agradecimiento por vuestro apoyo y para testimoniaros mi
voluntad de triunfar en la empresa. Hemos dado un paso irrevocable. Al cruzar el río
esta mañana quebrantamos las leyes de la República. Todos sabéis por qué lo hice.
Mis enemigos estaban decididos a destruirme. He actuado en defensa de mi dignidad,
que me es más querida que la vida misma. Pero no os engañéis creyendo que se trata
de una simple pendencia personal. Sé que ninguno de vosotros piensa eso, pero en las
semanas venideras vuestros amigos, vuestros parientes y vuestros allegados no
escatimarán esfuerzo en el intento de persuadiros de que lo es, y de que no vale la
pena colaborar a semejante causa. Por tanto, quede bien claro que estoy por la
defensa de los derechos constitucionales de los tribunos, y por las libertades del
pueblo romano, que mi adversarios intentan subvertir. Recordaréis que ofrecí deponer
las armas si Pompeyo hacía lo mismo. Que renuncié a todos mis cargos excepto el
mando de la Galia Cisalpina y de una sola legión. Recordaréis también que se ejerció
la violencia contra los tribunos que legítimamente vetaron el decreto del Senado por
el cual se me obligaba a licenciar mi ejército sin recibir a cambio ninguna garantía en
cuanto a mi seguridad personal. Yo esta guerra no la he buscado. Me la han impuesto
mis enemigos. Ellos la han querido, no yo. Pero celebro que me hayan dado la
oportunidad de averiguar quiénes son mis amigos. Entre los cuales os cuento
principalmente a vosotros, los que estáis aquí, cuya lealtad y cuyo valor agradezco de
todo corazón. Nuestra situación es peligrosa, pero nos hemos visto en otras peores.
Confío en la audacia, y en la justicia de mi causa.
Marco Antonio dio la señal para la ovación, que fue coreada por todos. Por fin
terminaba la incertidumbre y llegábamos al momento de ponerlo todo a prueba.
Yo fui de los que más gritaron, lo confieso, por el miedo que tenía. A las
generaciones futuras les resultará difícil entender el respeto que inspiraba Pompeyo.
Era natural, sin embargo. Era el gran hombre de Roma desde antes de que yo tuviera
uso de razón. Sus hazañas en Asia no conocían parangón. Comparada con ellas
parecía cosa de poca monta la conquista de las Galias por César, en la que tuve el
honor de participar. Los galos, valientes pero bárbaros, desconocían el arte de la
guerra. En cambio Pompeyo conquistó grandes reinos para someterlos al yugo de
Roma. Creación suya fue nuestro imperio, más que de ningún otro hombre. Siempre
hizo sombra a César. Y me constaba que la primera vez que se aliaron, César era el
más ínfimo del triunvirato formado con Pompeyo y Marco Craso. De éstos, el
primero tenía el prestigio; el segundo, los millones.
Nuestro bando no contaba con nada comparable a la fama de Pompeyo, ni a las
inmensas fortunas de sus partidarios. Cuando miraba alrededor para contemplar a mis
compañeros de mesa, veía a algunos individuos respetables para el mundo, así como
a varios de los tenidos por despreciables, como Casca o Antonio. Sabía que muchos
de los seguidores de César estaban tan arruinados como Casca, y no menos
impacientes por rehacer sus haciendas mediante el pillaje del Estado.
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Yo no fui de ésos ni, como otros, un aventurero sin raíces. Era descendiente de
una principalísima familia patricia, y podía contar una docena de cónsules entre mis
antepasados. Mis fincas me bastarían para vivir con todo lujo cuando las heredase…
y mi padre era ya muy anciano. No tenía nada que ganar, puesto que no carecía de
fortuna, de respeto ni de categoría social. Y sí mucho que perder, por el contrario.
Con todo, permanecí fiel a César.
Si se me preguntase el porqué, no creo que pudiera responder. Cuando leo a los
historiadores, me asombra la certeza con que explican los motivos de las acciones.
Me gustaría saber cómo se enteran de esas cosas, cuando uno mismo tendría
dificultad para explicar por qué se ha enamorado de una mujer o de un muchacho. Yo
entré a formar parte del estado mayor de César cuando fui destinado a las Galias
como suboficial. Sería lógico suponer que eso determinó mis lealtades. Pero Labieno,
que fue colaborador suyo mucho más cercano, acabó por abandonar su causa pese a
que César nunca tuvo para él sino los más calurosos elogios. Se ha dicho que esto fue
debido a que era oriundo de Picenum, el principal reducto de Pompeyo. Según eso,
obedecía a una lealtad anterior. Pero yo no lo creo. Algo encontró en la manera de ser
de César, que le ofendió. Tal vez fue lo mismo que a mí me retenía a su lado.
Me devano los sesos con esas cavilaciones ahora que apenas nada importa. No
creo que me quede mucho tiempo que vivir. Estoy retenido aquí por los galos como el
peón de una partida, como rehén de una negociación. Preveo un final ignominioso.
Esta mañana le pedía noticias al muchacho encargado de vigilarme, y que habla un
latín aceptable. Pensé que su silencio presagiaba lo peor. Aunque también es posible
que no sepa nada. ¿Para qué iban a confiarle los asuntos del Estado a ese chico?
Estoy lleno de aprensión, lo confieso. No temo la muerte. Ningún noble romano
la teme, pero quiero estar seguro de que moriré de una manera digna de mi
ascendencia. Lo que temo es que no me lo permitan. Una puñalada a oscuras es lo
más probable, y mi cabeza enviada a mis enemigos como prenda de un cumplimiento.
Así le ocurrió a Pompeyo. César fingió contrariedad, pero interiormente se quitaba un
peso de encima. No habría sabido qué hacer con Pompeyo, que no era sujeto idóneo
para su famosa clemencia.
Quiero adelantarme a mis propios pasos y, sin embargo, no puedo moverme de
aquí.
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Aquella noche, cuando César se retiró, Antonio se tendió en el triclinio y pidió al
esclavo otra frasca de vino.
Luego se volvió hacia mí, sonriente.
—¿Me acompañas? ¿Quieres quedarte a beber conmigo esta noche?
—El general ha sugerido que nos acostáramos temprano. Tenemos una guerra a
la vista —dije al tiempo que me tumbaba en otro triclinio y alargaba la mano hacia la
copa.
—Va a pasar mucho tiempo antes de que entremos en combate —replicó Antonio
—. Esto es una merienda campestre, una excursión.
—¿Cómo estás tan seguro?
De nuevo apareció la sonrisa que encantaba y seducía a hombres y mujeres, y
que yo tanto le envidiaba. Por momentos Antonio se asemejaba al dios Apolo.
—Correrán como liebres —aseguró, y luego añadió—: Olvidas que vengo de
Roma. He tomado la medida a nuestros enemigos. No son más que odres hinchados
de aire. ¿Te han dicho que me he visto obligado a disfrazarme de esclavo? Eso
significa que he vivido varios días entre esclavos. Cuando hablan entre ellos, dicen
cosas que sus amos ni siquiera sospechan, ¿lo sabías?
Escanció más vino y despidió a los sirvientes del comedor.
—¿Sabes lo que decían? Decían que los Óptimos…, ya sabes, es el nombre que
ha dado Cicerón a esa colección de viejos carcamales enemigos nuestros…, que los
Óptimos se han escagarruzado piernas abajo, del miedo que nos tienen. Y yo lo creo.
—¿Y Pompeyo? —objeté.
—Pompeyo está acabado. Habrá sido un gran hombre en otros tiempos, pero
ahora… —Volvió el pulgar hacia abajo—. Tú has estado en las Galias, ¿tuviste
oportunidad de ver a Pompeyo últimamente?
—Estuve en Roma el invierno pasado. Una vez lo vi, pasando por el Foro en
litera.
—En litera, eso es… Ahora el Grande está hecho un montón de sebo. Nunca
supo gran cosa. Excepto cómo se arma un ejército; eso se lo concedo. En política, por
el contrario, siempre ha sido como un niño. Está anulado por los enemigos de César,
que también eran enemigos suyos no hace tanto tiempo, y debía conocerlos porque lo
son de toda la vida. Lo tienen prisionero y lo único que le queda es su reputación.
¡Bah! ¡No doy una higa por la reputación! No, muchacho. La campaña que nos
espera no se parecerá a nada de lo que has visto en las Galias. Aquéllos eran
guerreros. Esto será una batalla de flores. Y de palabras. Donde esté Cicerón, ¿cómo
iban a faltar palabras? Por cierto, ¿qué tal estarán las mujeres de la ciudad?
Conque me fui con Antonio a un burdel, y me acosté borracho y saciado a la hora
en que despunta el sol. Así comenzamos la gran campaña italiana.
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Tendían las manos hacia nosotros, se señalaban la boca con el dedo y pedían
comida en su extraña jerga. César prohibió darles nada, ni admitir a nadie entre
nuestras líneas.
—Ni muchachas, ni muchachos, por bellos que sean —ordeno—. Le estará bien
empleado a esa guarnición el presenciar cómo se mueren de hambre sus seres
queridos bajo sus propios ojos.
Tres días duraron las súplicas lastimeras. Tres noches nos tuvieron en vela
aquellos lamentos. A muchos nos inspiró repugnancia. Aunque soldados, no
ignorábamos los sentimientos compasivos. Pero César no se dejó ablandar. Cuando se
enteró de la desobediencia de un centurión que se había apoderado de una hermosa
joven, ordenó que lo azotaran y lo degradaran a legionario raso. Luego, a latigazos,
echaron de nuestra formación a la muchacha para que continuara muriéndose de
hambre.
Al poco aquellas gentes famélicas acabaron por desaparecer. Nunca supe adonde
irían, ni lo que fue de ellos. Sencillamente desaparecieron al cabo de unos días.
Supuse que se adentraron en los bosques para morir.
Los que acudían al descerco cayeron entonces sobre nosotros. Más tarde César
afirmó que habían sido ocho mil hombres de a caballo y un cuarto de millón de
infantes. Eso dijo en su informe al Senado. Pura baladronada, puesto que no teníamos
ningún modo de averiguar cuántos eran.
No voy a contar otra vez la batalla. Fue como todas, sólo que peor que la
mayoría. A decir verdad, los relatos de batallas pocas veces tienen sentido. No, no es
cierto: tienen demasiado sentido. Los historiadores les dan luego una forma que no
poseyeron. Les atribuyen a los jefes militares una clarividencia inexistente. No
aconsejaré a nadie que lea el relato de la batalla de Alesia según César; mejor hablar
con algún legionario de los que estuvieron en primera línea. Por mi parte, no recuerdo
nada de nada. Decía Trebonio que estuve tan borracho como Antonio, pero eso no es
verdad. Puedo confesar ahora que mis recuerdos están nublados por el miedo que
pasé. Un sueño me anunció que iba a morir, y poco faltó para que así ocurriese.
Sucedió que Vercingetórix aventuró una salida al frente de los defensores. Me
parece que eligió mal el momento. Si sale media hora antes, cuando aún no habíamos
consolidado nuestras posiciones frente al ejército que venía en socorro, nos barre.
Con todo, estábamos perdidos si no fuese porque la caballería ensayó un movimiento
envolvente, en vez de mantener la posición como había ordenado César. Cuando los
galos vieron la maniobra se apoderó de ellos el pánico y se replegaron hacia la
ciudad. Ese instante de terror decidió la jornada. Nos permitió avanzar como una sola
masa de metal erizada de espadas. Pasamos por encima de los cadáveres de los
enemigos; a los que intentaron resistir los perseguimos hasta la ciudadela. Cuando
atrancaron las puertas supe que Vercingetórix estaba perdido.
Al otro día enviaron un mensajero a parlamentar. César dijo que sólo discutiría
las condiciones con el mismo Vercingetórix.
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El galo salió del reducto, convertido para él en prisión. Montaba un caballo
blanco. Llevaba un tajo sobre el ojo derecho, pero iba erguido y ufano como un
novio. Echó pie a tierra y vimos que era una cabeza más alto que César. Éste se quedó
esperando a que el galo se prosternase, pero no lo hizo.
Habló en un latín no muy bueno, pero inteligible de todos modos. Concedió la
victoria y pidió merced para sus soldados y los allegados de su tribu. Los cadáveres y
la sangre derramada apestaban el aire.
Sin dirigir la palabra a su noble enemigo, César llamó a dos centuriones y mandó
que lo cargaran de cadenas.
—Un César no parlamenta con bárbaros —dijo, aunque lo había hecho más de
una vez durante los años que estuvo en las Galias.
Luego impartió sus órdenes. Que se perdonase a los arvenios y a los eduos, y que
unos y otros renovasen las promesas de amistad con el pueblo romano (muy hábil, ya
que los arvenios eran la tribu del propio Vercingetórix).
—Han escuchado malos consejos que los llevaron por camino equivocado —
comentó siempre sin dirigirse a Vercingetórix, ni dignarse mirarlo a la cara.
Los demás prisioneros quedaron adjudicados a los legionarios, pero antes se les
obligaría a cavar una fosa para los muertos.
Por último se volvió hacia los centuriones y ordenó:
—Llevaos a ese hombre, y vigiládmelo bien.
Nunca habló con Vercingetórix. Pero tenía un papel para éste. Debía figurar en la
futura celebración del triunfo de César, aunque pasaron varios años antes de eso;
luego Vercingetórix multó, como sabéis, estrangulado en la cárcel Mamertina. En
aquella jornada soportó las ofensas con la mayor serenidad. César fue el vencedor,
pero el día perteneció a su enemigo derrotado. Sentí vergüenza ajena esa noche.
(Añadido: Doy a leer este pasaje al joven Artixes, el hijo del que me capturó. Ha
vivido algún tiempo en Roma, y entiende bien el latín. Es mozo gentil, no exento de
cierta simpatía, y creo que le doy lástima. Casualmente es primo del mismo
Vercingetórix por línea materna. Me interesaba ver cómo se tomaba mi relato).
Algunos dirán al leer esta confesión, naturalmente, que la escribí tratando de
ganarme su favor. No habría estado mal, pero mi intención no fue ésa. Yo mismo
mientras escribía me sorprendí al notar mis fuertes emociones. Ya lo había observado
otras veces, y arroja el problema filosófico de saber si el hecho de escribir modifica
nuestros sentimientos, suponiendo que no constituya en sí mismo una invitación a la
insinceridad. A esa cuestión no me veo capaz de responder. Como siempre, la verdad
es complicada. Nunca recordaremos con exactitud lo que sentimos entonces, y
cuando miramos atrás, lo que sucedió después destiñe sobre los acontecimientos del
pasado.
—¿Cómo te hiciste seguidor de un hombre así? —me preguntó.
Tiene un semblante peculiarmente ingenuo, la cara cuadrada debajo de una
abundante melena rubia.
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—Tú no has conocido su seducción, ni su autoridad —contesté—. Dime una
cosa. ¿Tienes algún recuerdo de tu primo?
—¡A ti qué te importa! Eres un romano, y cómplice de su muerte.
—Ya has leído lo que escribí. (Con eso entenderás mi pregunta —dije).
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—Claro está. Eso nunca —dije.
César, con todos sus defectos. ¿Fue sincero jamás? Habríamos dado la vida por
él, por una sonrisa suya. A todos nosotros, los que fuimos sus generales y sus
lugartenientes en las Galias, nos subyugó el encantador con su vara. Pero también le
teníamos miedo, incluso Antonio que se las daba de no haber temido jamás a ningún
hombre. Yo lo he visto ruborizarse y tartamudear bajo una mirada despectiva de
César. Si se lo propusiera, hasta Casca bajaría los ojos delante de él.
La primera vez que lo vi, César salía de la alcoba de mi madre. Yo era entonces
un niño de nueve años, o quizá diez. Era una mañana de verano y yo estaba despierto
desde el amanecer, por lo que fui a buscar el consuelo de mi madre. Estaba cerca de
la puerta cuando ésta se abrió y salió aquel hombre joven en túnica corta. Yo no sabía
que fuese César. Él se detuvo, sonriente, me rozó la mejilla con el índice y tras
pellizcarme la oreja entre el pulgar y el índice se apartó un poco para verme mejor.
—Así que tú eres el Ratón —dijo—. El pequeño Ratón de quien tantas cosas
buenas me han dicho. ¿Es verdad que eres aficionado a la poesía griega?
Asentí con la cabeza.
—Yo también, muchacho. Otro día más propicio, más adelante, hablaremos de
eso.
Luego lanzó una carcajada de puro regocijo y me soltó. Me volví y anduve sobre
sus pasos hasta la calle. Mientras cruzaba el patio volteó la toga a la espalda. Dio
propina al portero y salió. Lo seguí con la mirada. Nunca había visto a un hombre
adulto paseando en público la ropa interior. Ahora sé que era aficionado a presumir
de sus conquistas. No tenía idea del porqué de su presencia en nuestra casa, ni entendí
entonces que fuese amante de mi madre.
Por supuesto ella le traía sin cuidado. En cambio mi madre lo adoraba. Cuando
entré a verla me pareció una persona desconocida a quien viese por primera vez.
Por aquel entonces César aún no había merecido una reputación militar. Se le
conocía sólo por sus escándalos y sus deudas.
Pero eso también lo supe más tarde. Cuando escuchaba a los que hablaban de
César en tales términos, no conseguía relacionar al hombre así descrito con el de la
espléndida despreocupación que yo conocía. A la edad de diez años me rendí a él lo
mismo que mi madre. Fue un secreto compartido y guardado, en especial frente a mi
padre: nuestra adoración por César.
Una vez mi tío, sin saber que yo estaba oyéndolo, le preguntó a mi padre por qué
no se divorciaba de ella.
—¿A cuenta de lo de César? —contestó mi padre—. Muchacho, si todos los
maridos cornificados por César hiciéramos eso, no quedaría en Roma ni una sola
familia entera. No creo que me engañase con otro hombre, pero todos los maridos
hacemos una excepción con César.
A lo mejor comprenderéis ahora por qué sus soldados cantaron en la procesión
triunfal:
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Aquí volvemos con el calvo putañero.
Guardad las mujeres, romanos, tened cuidado.
En las Galias ganamos esclavos y dinero,
los tributos en putas gálicas se han gastado.
Y no sólo en putas gálicas, de eso estoy seguro. Por más que en una ocasión muy
comentada, aunque nunca explicada suficientemente, César estuvo al otro lado de la
barrera, como si dijéramos.
En su juventud, siendo edecán de Marco Termo el procónsul de Asia, lo enviaron
en misión diplomática a la corte del rey Nicomedes de Bitinia. Nunca se supo lo que
pasó allí, pero en cierta oportunidad y estando yo presente, Cicerón (ese chismoso
incorregible, y no muy de fiar por más señas) contó que «los chambelanes de
Nicomedes lo condujeron a la alcoba real, donde le pusieron un camisón púrpura y lo
acostaron en un triclinio de oro. ¡Imaginaos, amigos míos! Pues sí, así fue como el
descendiente de Venus perdió su virginidad en Bitinia». Si no fue invención,
ciertamente la historia estuvo adornada. Pero muchos la creyeron. El poeta Lícínio
Calvo dio a conocer un epigrama sobre
Y otra vez, cuando César habló ante el Senado en defensa de Nisa la hija de
Nicomedes, y se puso a detallar los motivos por los cuales debía reconocimiento a ese
rey, el mismo Cicerón le interrumpió gritando con sus toscos modales provincianos:
—¡Basta de eso, por favor! Todos sabemos lo que te dio, y lo que tú le entregaste
a cambio.
Es verdad que en aquel tiempo pasaron por Bitinia ciertos mercaderes romanos.
Sin duda debieron contar lo que ocurrió, y no hay razón para creer que todo fuesen
mentiras.
En cualquier caso, los rumores de este género ya corrían por Roma cuando yo era
niño. Y curiosamente, subrayaban la fascinación que ejercía César. Cualquier otro
hombre habría corrido a esconderse en un rincón, abrumado por la vergüenza. Pero
César no. Él lo llevaba con jactancia, la misma que demostró ante el hijo de la mujer
de cuya cama acababa de levantarse. Aunque me he preguntado a menudo si
cultivaba tanto su fama de mujeriego, precisamente, para borrar aquella mancha en su
honor. No censuramos al que prefiere hacer el amor con muchachos, pero entre
adultos se considera indecoroso el entregarse a los deseos de un hombre mayor que
uno mismo. A los tales los llamamos páticos y son despreciados, por lo general.
Ocurre incluso entre los griegos, como podéis leer en Platón. Por cierto que Bibulo,
que compartió consulado con César en el primer triunvirato, describió a éste en un
edicto como «la reina de Bitinia que una vez quiso dormir con un monarca, pero
ahora quiere serlo».
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Eso se acerca más a la esencia del asunto, naturalmente.
Dirá el que leyere estas memorias —si sobrevivo para terminarlas, y si ellas
sobreviven para encontrar lector— que todo esto no son más que subterfugios. Creo,
sin embargo, que para empezar a comprender los acontecimientos en que intervine,
por lo menos el mismo César ha de ser presentado al entendimiento en su múltiple
variedad.
Y así me quedo con una pregunta insoluble para mí: ¿hubo algún otro motivo
para que el infeliz episodio con el rey Nicomedes apenas le hiciese daño permanente?
Años más tarde le pregunté a mi madre si creyó de veras que César estuvo
enamorado de ella. Soltó la risa y dijo:
—Claro que no, querido. Yo lo adoraba, pero eso es otra cosa. Ni siquiera
entonces pude engañarme a mí misma. Por ejemplo, estaba enterada de que tenía al
mismo tiempo una aventura con otra mujer, Postumia Sulpicio…, una estúpida. No,
César era muy distinto de Pompeyo. El cual, aunque no lo creas, adoraba de verdad a
las mujeres con las que tuvo relaciones. Y también hubo otra diferencia, por cierto.
En su juventud Pompeyo era muy hermoso, tanto que entre mujeres solíamos decir
que estaba para echarle un bocado. Aunque ahora nadie lo diría al verlo. César
también sería bien parecido, supongo, a su manera fría y desdeñosa, pero no fue ése
el origen de sus conquistas. Entre las cuales figuró Mucia, la segunda mujer de
Pompeyo, dicho sea de paso, ¿o fue la tercera? Ahora no me acuerdo. En cualquier
caso, era la madre de tres hijos suyos y Pompeyo la creía absolutamente fiel. Que lo
fue, hasta que apareció César. Solía llamarle «Egisto», ¿sabes?
—¿Egisto?
—¡Pero qué tardo eres, ratón! El amante de Clitemnestra, claro está. Pues ya lo
ves, no fue impedimento para que años después Pompeyo se casara con la hija de
César, ¡pobre muchacha!
—¿Pobre muchacha?
—Sí, ratón, porque Pompeyo ya era impotente, y además dicen que por lo
general se acostaba completamente borracho. Pero ya que lo preguntas, sólo existe
una mujer a la que César haya querido, dentro de lo que él es capaz de querer, aunque
nunca conseguí entender por qué.
—¿Quién fue?
—Servilia, la madre de tu primo Marco.
—¿Servilia? ¿Esa tarasca?
—A ti te parecerá una tarasca, ratón, pero es una mujer muy hábil. Supo
enganchar a César. Siempre volvía al lado de ella.
—En fin. Sabía que eran aliados, naturalmente, y que hubo algo entre ellos. Eso
nunca fue ningún secreto. De niños hacíamos llorar a Marquito recordándoselo. Pero
de todos modos, ¡qué mujer tan pelma! Siempre hablando de la virtud y de sus
vínculos con los Gracos. ¿De veras crees que la amaba?
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—Sí —contestó mi madre—. Lo cual no quita que prostituyese a tu prima Tercia
para el placer de César.
Tercia había sido una criatura dulce e insignificante, nada parecida a su madre.
Se dio a la bebida y murió joven. Pensé que tal vez mi madre acertaba a pesar de
todo.
Recordé entonces que Cicerón, siempre él, había acuñado al respecto una de sus
frases ingeniosas. Hará dos o tres años, cuando César consiguió que Servilia se
adjudicase no sé que fincas a precio irrisorio en lo que teóricamente fue una subasta
pública, Cicerón comentó:
—Le salieron aún más baratas de lo que os figuráis, porque una tercia parte no
estuvo presente en la puja.
Naturalmente se rumoreó que Marco Bruto era hijo de César. A él, cuando niño,
esta acusación lo ponía frenético y prorrumpía en lágrimas de rabia. Más adelante
dejó que el rumor siguiera corriendo, aunque en público aseguraba que no era
posible. Como todos los que hacen profesión de su virtud, mi primo Marquito es un
falso, un jano de dos caras.
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llegado a apreciarlo bastante). La tarde era plácida. Piaban los pájaros y se oían el
ladrido de un perro abajo, en la aldea, y risas de muchachas.
—¿Qué significa eso de la Constitución? —preguntó Artixes—. Es una palabra
que he oído a menudo en boca de romanos y nunca deja de causarme perplejidad.
—A nosotros también —contesté—. Eso forma parte del problema. Debes saber,
Artixes, que hace muchos años Roma estaba regida por reyes, lo mismo que vuestras
tribus.
—Es natural, ¿no? —replicó él—. Todo el mundo tiene reyes, supongo.
—No es del todo exacto. Algunos estados son lo que llamamos repúblicas. No,
no me pidas que te lo explique. Lo habrás entendido cuando te lo haya contado todo.
Pero si empezamos a explicar cada palabra que yo diga, no acabaremos nunca. Y
resultó que los romanos estaban descontentos de sus reyes.
—¿Por qué?
—Pues, para empezar, porque eran extranjeros.
—¿Teníais reyes extranjeros? Es un signo de debilidad.
—Supongo que sí. No lo sé. Hace mucho tiempo de eso. Además el hijo del rey
era un mal sujeto.
—¿Qué hizo?
—Violar a una doncella.
De nuevo se quedó mirándome con cara de asombro. Supuse que no lo había
entendido.
—Pero si era el hijo del rey y la solicitó, ella debió considerarse halagada —dijo.
—Eso crees tú, pero ella no lo pensó así, y su padre y sus hermanos lo tomaron a
ofensa. Entonces se rebelaron contra el rey y lo echaron de la ciudad.
—Sí, eso lo entiendo —contestó—. Para colocarse ellos como reyes.
—Tampoco fue así exactamente. Los romanos decidieron que no era buen asunto
tener reyes. No me preguntes por qué. El caso es que lo hicieron, y decidieron tener
una forma nueva de gobierno. En vez de un solo rey para toda la vida, decidieron
repartir el poder entre dos hombres que serían iguales y que sólo mandarían durante
un año. Y no los llamaban reyes, sino cónsules.
—¿Y los mataban al acabar el año?
—No.
—Entonces, ¿cómo conseguían que dejasen el poder?
—Lo dejaban. Así se pusieron las reglas.
—¿Y siguen haciéndolo?
—Sí, todavía tenemos cónsules. A mí me tocaba serlo el año que viene.
—Pero no lo eres. Y estás aquí.
—Sí. Sólo que ahora los cónsules no tienen mucho poder auténtico.
—¡Claro! Esa manera de hacer las cosas no puede funcionar.
—Pues funcionó bien durante mucho tiempo. Muy bien. Demasiado bien, tal vez.
Roma se hizo grande y poderosa. Vosotros lo sabéis, puesto que habéis notado
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nuestro poder. Hemos conquistado otros países y tribus, y hemos aumentado nuestro
imperio.
—Sí, matáis a la gente y decís que eso es la paz.
—Si tú lo dices, pero nosotros no lo consideramos así. En cualquier caso, el
imperio se hizo tan grande que los generales mandaban durante mucho tiempo en sus
ejércitos y sus provincias. De modo que los generales ahora son más poderosos que
los cónsules.
—Así que ahora se proclaman reyes.
—Tampoco es eso.
A veces me pregunto si Artixes será tan ingenuo como aparenta. Al fin y al cabo
ha vivido en Roma, aunque fuese en una especie de arresto. Sospecho que sabe de la
política romana más de lo que confiesa. Pero cuando me mira con sus ojos azules tan
abiertos y esa sonrisa de pura admiración, no puedo dejar de creer que es un inocente.
Sin embargo… le rodeo los hombros con un brazo.
—Me parece, Artixes, que tú ya lo sabías todo esto.
Sonríe de nuevo.
—En parte —dice.
—¿Así que es un juego?
—Suena más interesante cuando lo explicas tú. Y quiero que me hables de César,
y por qué le seguiste hasta… Y de esas mujeres. Supe lo de la reina de Egipto. Los
hombres cuentan que tiene una belleza avasalladora.
—¿Cleopatra? No es eso. Sino otra cosa mucho más interesante.
—Háblame de ella.
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Capítulo 3
Muchos romanos detestan a Egipto y a los egipcios. Ese país tiene algo que nos
inquieta. Yo lo achaco a la conciencia omnipresente de lo mágico. Todo parece
nacido del fango primordial del Nilo. Los egipcios tienen dioses que son animales, y
según se me ha informado, uno de sus cultos expresa devoción al escarabajo del
estiércol. El hedor a podredumbre empapa aquellos aires, y pocos son los romanos
que consiguen pasar una jornada sin mirar con nerviosismo por encima del hombro,
como temiendo que alguien les eche un mal de ojo. Es tontería, pero es una tontería
contagiosa. Hasta el mismo Marco Antonio se mostraba afectado y se comportaba
con una ansiedad nerviosa totalmente extraña a su carácter natural.
Tiene algo que ver con el paisaje. Aunque Roma es una gran urbe, nosotros los
romanos somos campesinos, por instinto y por herencia. Nos gusta ver los árboles, las
montañas, los ríos, los lagos y el mar. Nuestros ríos son genios amistosos,
comparados con la caudalosidad funesta del Nilo. Es en nuestras quintas del campo
donde nos sentimos más a gusto. Los dioses de nuestras comarcas son benévolos;
cada cueva y cada manantial tienen su espíritu tutelar. Es fácil vivir en armonía con
unos seres así. Fácil y agradable. En Egipto no hay país, ni paisaje. Es un desierto de
arena, interrumpido sólo por los monumentos a los difuntos. Nosotros los romanos
también honramos a los antepasados como es debido, y exponemos con orgullo las
máscaras funerarias de los que hicieron méritos por la República. Pero los egipcios,
intoxicados por la idea de la muerte, se prosternan ante los espíritus hostiles de sus
difuntos. Parece que no sean capaces de pensar en otra cosa.
Alejandría, claro está, es una gran ciudad, la más maravillosa del mundo.
Fundada por los griegos, no es nada característica de Egipto. Con sus bibliotecas, sus
tribunales, sus miles de comercios, su puerto donde recalan las naves de todos los
países del mundo civilizado, tiene muchos encantos y, a primera vista, poco que
pueda incomodar al visitante. Pues bien, incluso Alejandría se ha contaminado del
veneno egipcio. En la plaza mayor hay una vieja, dicen que tiene más de doscientos
años, y vende pócimas mágicas que garantizan la longevidad. Mi primo Marco Bruto
quiso encerrarla por fraude. César se limitó a soltar la carcajada.
—No hace ningún daño —dijo, creo que equivocadamente.
Nuestra arribada fue horrorosa.
Después de nuestra victoria en Farsalia, el ejército principal de Pompeyo quedó
completamente deshecho y el Grande huyó a Egipto. En teoría el reino es
independiente, pero la influencia romana no data de ayer. Además Pompeyo había
defendido en tiempos la causa del rey Tolomeo cuando éste se vio expulsado de su
país por una insurrección. Tolomeo fue a Roma, Pompeyo habló a su favor ante el
Senado, y el rey repartió suculentos sobornos para ganar más adeptos. Además le
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sirvieron para organizar la liquidación de varios adversarios suyos, que habían ido a
Roma también para abogar por la causa de la oposición. Los egipcios nunca han
tenido nada que objetar contra el asesinato en general, e incluso se dijo que, con su
éxito en esta empresa, el rey había recuperado parte del respeto perdido en su país.
Pero no triunfó en su designio principal, entre otras cosas porque el mismo Pompeyo
también tenía sus enemigos en el Senado por aquel entonces, y éstos temieron que el
restablecer a Tolomeo por la fuerza de las armas romanas sólo serviría para aumentar
el poder de Pompeyo. Porque Tolomeo, poco enterado de las sutilezas de nuestra
Constitución, se consideraría en deuda con el Grande, no con el Senado. De
momento, pues, no se le ayudó. Pero luego, y como resultado de la famosa entrevista
de Lucca entre Pompeyo, César y el mentecato potentado Marco Craso, estos tres
formaron lo que Cicerón llamaba (en privado) «una conjura criminal para repartirse
la soberanía y dominar la República». Así entró en vigor la línea política de
Pompeyo, y se ordenó a Gabinio que saliera de Siria con el ejército y restaurase al rey
Tolomeo. Lo cual hizo como buen militar profesional, aunque fuese además un
borracho empedernido, y en cualquier caso los ejércitos egipcios no podían medirse
con las legiones romanas. Algún tiempo después el rey Tolomeo murió, y le
sucedieron sus dos hijos, un muchacho también llamado Tolomeo y su hija Cleopatra.
Aunque hermanos, estaban casados según es habitual en Egipto, y por extraño
que parezca. Como seguramente sabéis, la familia real egipcia es de origen griego en
realidad, ya que el primer Tolomeo fue uno de los generales de Alejandro el Grande.
Pero tienen tanta fuerza las viles costumbres del país gobernado por ellos, que no
tardaron en asumir alegremente la práctica del incesto. Normalmente los griegos,
aunque sean unos degenerados, rechazan el incesto lo mismo que nosotros los
romanos. Se cree que esa repugnancia es de gran antigüedad, y yo pensaba incluso
que debía ser innata en los humanos. En cambio a los egipcios les parece natural la
costumbre y no la desaprueban en absoluto.
Sin embargo, el casamiento no excluía por lo visto la rivalidad que suele aparecer
cuando un solo trono tiene más de un pretendiente: como tú sabes, Artixes, ya que
tales rivalidades son moneda corriente entre los galos. Así que la enemistad entre los
jóvenes Tolomeo y Cleopatra (fomentada, qué duda cabe, por los respectivos
secuaces) llegó a tal punto que se empezó a hablar de guerra civil.
Sea como fuere, Pompeyo huyó a Egipto creyendo que los herederos de Tolomeo
recordarían con gratitud al hombre que restableció en el trono al padre de ambos. Tal
vez había olvidado que los Tolomeos eran ya unos orientales, desconocedores, por
tanto, de aquel noble sentimiento.
César no se dio prisa en perseguirlo, por motivos que no se me alcanzan y que él
no se molestó en explicar. En vez de acosar a Pompeyo por lo derecho, prefirió dar un
rodeo y fuimos a visitar Troya. Digo fuimos porque yo estuve entre los invitados a
acompañarle.
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Naturalmente, y aunque estaba alarmado por la demora, temiendo que Pompeyo
la aprovechase para reagrupar sus fuerzas y prolongar la guerra civil, o tal vez incluso
invertir su desenlace (aunque quizá César disponía de informaciones que no quiso
participarme), me sentí halagado por la elección, y feliz por la oportunidad de ver
Troya. Pues mi madre me había criado en la veneración a Homero, y de sus dos
grandes epopeyas siempre ha sido la Ilíada mi preferida y la que más me conmueve.
Mi primera sensación fue la de desencanto. Apenas queda nada de las orgullosas
torres y las poderosas murallas. El paisaje es melancólico, y el famoso Escamandro,
un hilillo de agua fangosa. El monte Ida no se divisó, porque estaba envuelto en la
niebla, y soplaba un viento helado procedente del mar. En lo que fue campamento de
los griegos sólo se veían marismas y cañaverales.
—Diez años para conquistar esto —dijo Trebonio—. Me parece que esos griegos
de Homero debían ser unos ineptos de mucho cuidado.
Trebonio siempre andaba mirando a todo el mundo por encima del hombro.
—Y Agamenón, Áyax y Aquiles, unos torpes como no veas —agregó.
—¿Lo crees de veras? —le preguntó César.
—¿No te parece a ti también, mi general? Recordando tus proezas ante Avaricum
y Alesia, esto es apenas un caserío, una aldehuela que no nos habría ocupado ni siete
días.
—Estás en lo cierto como de costumbre, Trebonio. —Me di cuenta de que César
estaba malhumorado. Crujía las articulaciones de los dedos, como siempre que
procuraba dominar su irritación—. Con la flota dominando el mar, con las modernas
máquinas de sitio y con un ejército perfectamente disciplinado, habríamos
despachado en seguida a esos pobres troyanos, ¿no lo crees tú también, ratón?
A diferencia de Trebonio, yo estaba atento a los humores de César. Recordé que
presumía de ser descendiente de Venus. En aquellos robledales y castañares de las
laderas cercanas, la diosa tuvo amores con Anquises y parió al héroe Eneas, el cual,
protegido por su madre y otros dioses, logró escapar de la ciudad en llamas, y tras
larga y ardua singladura desembarcó en Italia con su hijito Iulo, a quien César
contaba entre sus antepasados directos. Por otra parte, todos los romanos auténticos
son descendientes de Eneas. Así que contesté:
—Sin duda es erróneo valorar la Antigüedad con arreglo a los criterios de nuestro
propio tiempo. En verdad no es de creer que los griegos ni los troyanos hubiesen
resistido mucho contra nuestras legiones. Pero sería de bárbaros reírse de eso. Si
alguna vez Homero dejase de conmovernos, tendríamos que desesperar de la
humanidad. Y tendríamos razón si prescindiéramos de todo sueño de grandeza. En
Homero la vemos unida a las mayores debilidades, el sentido del honor luchando con
la bajeza en el mismo pecho; vemos todo lo que es grande y noble en la guerra, así
como todo lo que tiene de terrible y abominable. Cuando somos capaces de llorar por
Héctor y por Aquiles al mismo tiempo, ¿no tenemos con ello una indicación del
poderío trascendental de Homero? ¿No es eternamente verídico el panorama que nos
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ofrece, la incesante lucha entre la voluntad del hombre y la necesidad que le oprime?
Sí, Trebonio tiene razón: un ejército moderno acabaría con Troya en un abrir y cerrar
de ojos. Pero por otra parte, ¿qué poeta de nuestros días habla a nuestras almas como
Homero? Por ese motivo debemos venerar los tristes residuos de Ilion. Por eso hemos
venido aquí, para llorar a esos muertos gloriosos y rendirles nuestro homenaje.
—¡Bravo, ratón! —dijo César, pellizcándome la oreja.
Y sin embargo, aunque estaba seguro de haber dicho lo que él deseaba que dijera,
y exactamente con las palabras que él deseaba oír, en medio del elogio tuve la
sensación, o mejor la seguridad, de que se burlaba de mí.
—Estás hecho un pequeño maestro de la retórica —me dijo Casca esa noche.
Estaba sentado en su tienda, las piernas abiertas, en la mano el vaso de metal
lleno de vino, la cara congestionada de tanto beber. Agachado entre sus rodillas, el
joven Diosipo le daba masajes en los carnosos muslos mientras la izquierda de Casca
jugaba distraídamente con sus rizos. Nicandro se había colocado a espaldas de su
amo para ungirle la nuca y los hombros, mientras miraba a Diosipo muerto de celos.
—Has aprendido cómo adular a César —explicó Casca.
Me puse colorado y aparté la mirada.
—Todo lo dije en serio, primo. Me pareció insoportable que Trebonio hiciese
burla de Homero. Si perdemos la fe en la poesía, acabaremos convertidos en unos…
—Me interrumpí buscando la palabra justa.
—Acabaremos convertidos en unos hombres sensatos —dijo Casca, e
inclinándose besó a Diosipo en la boca—. Hay más dulzura en los labios de un
hermoso adolescente que en todas las palabras de Homero. Pero no te reprocho que
adulases a César. Está en tu propio interés. Aunque no olvides el viejo refrán: cuando
los dioses quieren arruinar a uno, antes lo privan del entendimiento.
—¿Qué significa eso?
Él se incorporó y la toalla que le ceñía la cintura cayó de su abultada barriga.
Anadeó hasta el triclinio y se tumbó de bruces. Los efebos le siguieron y continuaron
con el masaje. Volvió la cara hacia mí:
—¿Te ha hablado César de sus —proyectos para una nueva Troya, o una nueva
Roma?
—No ha dicho nada de eso, ¿qué quieres decir?
—¿Qué quiere decir él? Ésa es la pregunta. Ahora, lárgate de aquí, ratón. Tú
también, Dio. Quiero quedarme a solas con Niki.
Metió la mano entre las bien formadas piernas de Nicandro y lo atrajo hacia sí.
Nos sentamos en cubierta, bajo el cielo estrellado. Cuando pasó la marejada y se
hizo la calma dejé de sentir náuseas. César estaba de humor tranquilo y cordial.
Tomaba sorbos de vino rebajado con agua. Hablamos de literatura, luego divagamos
un poco sobre filosofía.
Daba vértigo la audacia de nuestra aventura. Teníamos confirmado que Pompeyo
estaba en Egipto. Nuestras fuerzas eran escasas, apenas cuatro mil legionarios y
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ochocientos hombres de a caballo. Los isleños de Rodas fueron obligados a
entregarnos diez naves. Según nuestra información, más bien deficiente, se
rumoreaba que Pompeyo disponía de una flota considerable, junto con los restos de
las legiones sobrevivientes de Farsalia y unos dos o tres mil esclavos armados. Pero
no teníamos medio de saberlo con seguridad. Igual podían ser tres veces más. Sin
embargo César no se mostraba preocupado. Hablaba de la eficacia del prestigio
conquistado en Farsalia. Dijo que eso valía por dos legiones.
—Me gustó que defendieras a Homero como lo hiciste, ratón —comentó—. El
que es sordo para la poesía no me inspira confianza.
—Trebonio es un buen oficial, y entregado a tu servicio.
—En el campo de batalla ciertamente confío en él. Pero es un mal compañero, un
ruin, un espíritu mezquino. Mira las estrellas, ratón, mira las estrellas. No apartes de
ellas tu mirada. Ésa es una regla de oro para la vida y para la política. El que olvida
las estrellas nunca será un favorito del Destino. Queda condenado a luchar por lo
poco, a no ver más que lo mostrenco. Las estrellas son mis amigas, ratón. Cuando
noto cerca la tentación de desesperar, no tengo más que mirar al cielo en una noche
como ésta para rehacerme y recuperar mi claridad de ideas. La serenidad… —Dejó la
frase en suspenso. Quedamos callados, escuchando el leve chapoteo del oleaje contra
la proa.
—¿Qué es Roma? —prosiguió César—. ¿Una ciudad, una idea…? ¿Se te ha
ocurrido preguntarte alguna vez por qué los romanos hemos sido tan favorecidos por
la Fortuna? ¿Has considerado que toda la historia pasada conduce a este momento en
que Roma es dueña del mundo, y yo el dueño de Roma?
—Pompeyo todavía está vivo, César, y tiene hijos que mandan ejércitos.
—Pobre Pompeyo. Yo lo quise, ¿sabes, ratón? Lo tuve por amigo mío, mi último
amigo… y él traicionó mi confianza.
—César tiene muchos amigos.
—César no tiene amigos porque, eclipsado Pompeyo, no queda nadie igual a él, y
la amistad sólo es posible entre iguales. ¿Te parece demasiado presuntuoso eso que
digo, ratón?
No se veía la tierra firme, sólo el mar sin límites, púrpura oscuro bajo una noche
aún más oscura. Pero arriba, las estrellas relucían, nítidas.
—Contéstame, ratón. ¿Te he parecido demasiado presuntuoso?
Pero yo no podía contestarle. Reconocía la verdad de lo que acababa de decir,
pero me desagradaba y no quise darle la razón.
—Marco Craso creyó que era amigo mío porque yo le debía mucho dinero. No
fue más que mi acreedor. Ya sabes la historia de su muerte.
Desde luego, la sabía. Todos la conocíamos y estábamos horrorizados, pero
también avergonzados al mismo tiempo.
Craso condujo su ejército contra los partos pasando por el gran desierto de
Arabia. En algún lugar de aquellos arenales, y habiendo descuidado el
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reconocimiento, se halló cercado por los arqueros a caballo del enemigo. Éstos,
manteniéndose siempre lejos del alcance de nuestras armas, condujeron el poderoso
ejército de Craso hacia la encerrona como cuando los muchachos desafían al oso
atado a una estaca. Los romanos cerraron filas. Muchos cayeron agotados de calor y
congestión. Por último Craso, que nunca se había significado por su valor, bramó
como un toro herido (o eso dijeron) y se lanzó a una carga desesperada. Una flecha en
la garganta lo detuvo. Desnudaron el cuerpo y lo dejaron para pasto de las aves, de
esos pájaros negros cuyas sombras trazan dibujos sobre los arenales. Pero antes le
habían cortado la cabeza, que fue llevada al campamento del rey parto. Casualmente,
éste asistía a una representación de Las Bacantes (así los reyes bárbaros imitan las
costumbres de las gentes civilizadas). Cuando tocó sacar a escena la cabeza cortada
del rey Penteo, algún cómico vil, pero ingenioso, la sustituyó por la cabeza verdadera
del viejo Craso.
Carrhae fue el mayor desastre sufrido por los ejércitos romanos desde la victoria
de Aníbal en Cannas, doscientos años atrás. No dejaba de ser extraño que César se
pusiera a meditar sobre eso.
—Algún día vengaré a Craso —dijo.
Mi madre solía recordar con horror la campaña de Craso contra el caudillo de la
guerra servil, Espartaco, y cómo una vez derrotados los esclavos mandó crucificar
seis mil de ellos a lo largo de la Vía Apia. Ocuparon todo el recorrido desde Capua
hasta Roma. A ella le repugnaron el espectáculo y el hedor de los cuerpos
pudriéndose en diversas posturas que indicaban la naturaleza de su agonía, y, como
repetía a menudo, le costó dieciocho meses sin poder visitar nuestras fincas del
mediodía, por temor a los horrores que tal vez se vería obligada a contemplar.
¿Por qué me acordaba de eso entonces?
—Mi conquista de las Galias fue gloriosa —continuó César—, y sin embargo,
¿qué son las Galias, comparadas con los esplendores del Oriente? Alejandro nunca
pensó dirigirse hacia el oeste para sus conquistas. Algún día Roma tendrá que
someter a los partos. Cuando estuvimos en Troya, yo pensaba en una nueva Roma
que naciese de una colonia establecida en ese lugar, que fue la cuna de nuestra raza.
Sería un nuevo punto de partida. Al fin y al cabo, Roma no puede ser el centro del
mundo. El círculo acaba por cerrarse, ratón. El Destino me reserva quizá la misión de
seguir el camino de mi antepasado Eneas en sentido inverso, y entonces…, aunque
ahora tengo ya veinte años más de los que Alejandro tenía cuando murió…, pero el
Destino, sin embargo… Es la paradoja que tú has sabido ver en Homero. Obramos a
impulsos de nuestra fuerza de voluntad, y no obstante el Destino lo rige todo. ¿Qué
voy a hacer con Pompeyo cuando caiga en mis manos, ratón?
Ésa fue otra pregunta difícil para mí. ¿De qué delito acusaríamos a Pompeyo?
Aunque estábamos seguros de que César se hallaba en lo justo cuando decidió invadir
Italia, si Pompeyo nos combatió fue por voluntad, o mejor dicho por mandato
explícito del Senado. Por tanto, no imaginaba que se pudiese incoar contra él ningún
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procedimiento legal. Tampoco creía que César ordenase deliberadamente dar muerte
sin juicio a un ciudadano romano, ni menos a Pompeyo, que fue esposo de su hija
Julia en tiempos. Cuántas veces oí a César deplorando la conducta de Sila, el que
pacificó a Roma después de otra guerra civil anterior por el procedimiento de asesinar
a sus enemigos.
—No creo que Pompeyo quiera sobrevivir a su deshonra —dije.
—Tú no conoces a Pompeyo, ratón. Él no lo considerará deshonra. Dirá que ha
sido traicionado. Estará lleno de resentimiento, no de vergüenza. Y un resentido no
suele arrojarse sobre su propia espada. ¡Qué noche tan tranquila! Una noche para
hablar de amor, no de muertes. ¿Has roto con Clodia, ratón?
No imaginaba que César estuviese al corriente de mi pasión por esa mujer. No
quise o no pude contestar.
—No te traerá nada más que desgracias —dijo César—. Además, tiene edad para
ser tu madre.
Me pregunto si se acordaría entonces de la mañana en que lo vi salir de las
habitaciones de mi madre. Seguramente, no. A los grandes conquistadores no se les
puede exigir que se acuerden de todas y cada una de sus conquistas.
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desenvolver el bulto. Retiró varias telas, las dos primeras de color carmesí, y la
tercera blanca con una gran mancha parda.
—Ahora —exclamó Teódoto con voz autoritaria.
Hacía años que no había visto a Pompeyo en carne y hueso, así que al principio
no me pareció que fuese de carne y hueso. Pensé que habían descabezado una estatua
para ofrecerle a César un testimonio de sus buenas intenciones.
Pero César dio un paso atrás, levantó las manos y se tapó la cara como hacen las
viudas. El nubio corrigió la colocación de la cabeza cortada. La habían puesto
inclinada y parecía que Pompeyo sonriera. Debió ser una ilusión óptica.
Trebonio dio un paso adelante, le quitó al nubio de las manos un pañuelo y
cubrió la cabeza de Pompeyo.
Teódoto estaba hablando. Creo que se atribuyó el mérito de haber organizado el
asesinato del enemigo de César. Tendió la mano hacia el general y la abrió mostrando
un anillo. César lo tomó como si no se diese cuenta de lo que hacía, lo alzó un
momento y luego me lo pasó a mí. El sello mostraba la figura de un león con una
espada entre las garras.
—Estaba reclutando un ejército para tratar de prolongar esta guerra tan terrible y
tan lamentable para todos los amigos de Roma, de la paz y de César. Tenía partidarios
en la ciudad, seguidores de la hermana de nuestro rey, quien se ha rebelado contra Su
Majestad. Era preciso actuar. Lo hicimos por la seguridad de Egipto y movidos por
nuestro afecto a César. —Hizo una profunda inclinación y agregó—: Los muertos no
muerden, mi general.
Todos estábamos horrorizados por lo que acabábamos de ver. Sin embargo
continuábamos allí, escuchando a aquel sujeto tan peripuesto, reconocido por mí al
primer golpe de vista como un consumado hipócrita. Decía que era muy conveniente
para César que Pompeyo hubiese muerto sin que él mismo hubiese intervenido para
nada en la ejecución de su rival.
—Dígnate considerar, César, que en nuestro celo por servirte hemos obrado con
habilidad y buen juicio poco corrientes, como una especie de deus ex machina.
Y César, aunque estaba ahí de pie, llorando, no podía ocultarse a sí mismo la gran
verdad que encerraban aquellas palabras.
—Cuando César haya tenido tiempo para reflexionar comprenderá que nuestra
ofrenda no tiene precio. Que desahogue ahora su pena por el rival desaparecido y
examigo suyo, pero esta noche, cuando vaya a retirarse, tendrá el corazón henchido
sabiendo que hicimos por él lo mismo que se habría visto obligado a hacer, gracias a
lo cual no caerá sobre él la sangre de Pompeyo.
Dicho esto, ofreció a César el palacio real, a título de invitado de Su Majestad
ausente.
—Me parece a mí que César fue por lo menos tan hipócrita como ese griego al
que fustigas —objetó Artixes—. Sin duda quedó tan complacido como dijo el griego.
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—Naturalmente —contesté—. Pero no por eso sus lágrimas fueron menos
sinceras. Ya te he leído lo que dijo de Pompeyo. Comprenderás que se sintió muy
solo al ver que éste había dejado de existir.
Y entonces le recité al muchacho aquellas estrofas magníficas, de cuando el
anciano Príamo fue al campamento de los griegos para suplicar que le devolvieran el
cadáver de su hijo muerto, el heroico Héctor. En mi emoción, olvidé que Artixes no
entendía el griego. Aunque él me escuchó con atención. Supongo que le cautivó la
música de las palabras. Además los bárbaros también suelen oír largos cantos
fúnebres en elogio de sus héroes difuntos, y no creo que se paren a escuchar lo que se
dice palabra por palabra.
No le he contado que aquella noche César me dijo:
—Primero Craso, ahora Pompeyo. Sin embargo, me pareció que tenían las
cabezas muy bien asentadas sobre los hombros cuando hablamos en Lucca.
—He visto que estabas muy compungido, mi general.
—La cruel necesidad, ratón. No olvides nunca la facultad de llorar. Nada
deshumaniza tanto a un hombre como la incapacidad de llorar o el negarse a hacerlo
en los momentos oportunos.
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¿Qué hacer? Los lugartenientes celebramos un consejo de guerra en su ausencia.
—¿A qué se dedica el general? —preguntó alguien, no recuerdo quién después de
tanto tiempo transcurrido.
—A jugar con el fuego —dijo Casca—. Está hastiado de sus éxitos.
Lo cual era absurdo. César se hallaba en uno de aquellos períodos imprevisibles
de lasitud que en el pasado habían precedido, a veces, a sus mayores victorias.
—Está esperando una señal.
Iba siendo hora de dársela. Asumí de nuevo la responsabilidad, y mandé
incendiar los muelles. El fuego se propagó a varias de las naves egipcias surtas en la
ensenada. Algunas ardieron y las demás huyeron a alta mar. Con eso quedó un tanto
aliviada nuestra posición. Para explotar este modesto éxito, envié dos centurias a
ocupar el faro y el malecón que lo comunicaba con la ciudad. Hubo una resistencia
bastante dura, pero la operación culminó felizmente. Estábamos en condiciones de
establecer una línea de defensa. Cierto que nuestra posición seguía siendo peligrosa.
Pero me pareció que se necesitaría un ataque frontal para expulsarnos de ella, y no
creí que los egipcios se atreviesen a tanto.
Teníamos en nuestro poder al joven rey Tolomeo, pero yo no confiaba mucho en
eso porque estaba seguro de que los egipcios no tendrían inconveniente en
sacrificarlo, siendo como son incapaces de guardar lealtad a nadie. A diferencia de los
romanos, apenas atribuyen importancia a las promesas y no les importa prometer
cualquier cosa, si eso va a suponerles algún beneficio en lo inmediato. Cualquiera que
haya tenido tratos con ellos sabe que su palabra no vale un comino.
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hubiese sugerido regalarnos algún otro cadáver: ¿cuál de nuestros amigos resultaría
haber sido cruelmente asesinado?
Me equivocaba. Era una muchacha en falda corta de púrpura, que se le había
levantado mostrando unas piernas un poco gordezuelas, pero bien formadas. Se puso
en pie de un salto, dejando ver que no estaba anquilosada pese al incómodo transporte
dentro de la alfombra. Miró a César cara a cara y luego se prosternó, alargando los
brazos para rodear las piernas de él como suplicante. Él se inclinó un poco, metió la
mano entre las espesas trenzas de cabello castaño rojizo y la obligó a incorporarse.
César no era hombre de gran estatura, pero aun así le sacaba más de una cabeza de
diferencia. Ella sonrió, mostrando una dentadura blanca y regular. Tenía la boca más
bien grande, y los ojos relucientes.
—¿Sabes quién es, ratón?
—No, claro que no.
—Sospecho que la ofrenda de la reina de Egipto consiste en su real persona.
Estaréis polvorienta, señora —se dirigió a ella—. Voy a disponer que preparen un
baño.
Lo que dijeron muchos fue que Cleopatra lo había embrujado. Son necedades.
Nadie embrujó nunca a César y desde luego no lo consiguió ninguna mujer. Le
deleitó, que no es lo mismo. Era casi una niña todavía, a sus quince años. Y aunque
su cuerpo fuese el de una mujer, con hermosos pechos como dos granadas, tenía un
carácter infantil. Él la llamaba «gatita» y efectivamente, con su gracia, su
impulsividad y su crueldad, era muy felina. Naturalmente, él hizo chistes acerca de
eso, a mis expensas. La gatita y el ratón, no hace falta insistir. También César había
guardado algunos rasgos de adolescente.
No obstante, es indudable que si no lo embrujó, sí en cambio determinó su línea
política en Egipto, y ello desde el primer momento. Antes de su aparición estábamos
considerando cómo sacar partido de nuestro rehén, el joven Tolomeo. Luego se
declaró dispuesto a prescindir de él, como quien escupe las pepitas de una tajada de
melón. Quedaba claro que Cleopatra iba a proclamarse reina de Egipto bajo la tutela
de César. Diréis que ésa era una ambición absurda, teniendo en cuenta que estábamos
sitiados. Pero César nunca hizo caso de semejantes consideraciones. Cleopatra se
sentaba en sus rodillas, y le tocaba la cara. Le mendigaba historias y se maravillaba
escuchando el relato de sus proezas. César jugueteaba con las abundosas trenzas,
besaba aquellos pechos turgentes, pasaba el dedo por los labios rojos como cerezas y
se miraba en sus ojos oscuros y almendrados, que unas veces parecían negros y otras
de un color azul púrpura profundo. Su decisión estaba tomada.
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Hay que reconocer una cosa, y es que Cleopatra le curó la desgana que lo
paralizaba desde que tuvo en sus manos el anillo de Pompeyo con el león que llevaba
una espada en sus garras. Si pasaba con ella la mitad del día y todas las noches, en las
horas restantes demostró haber recuperado su tan alabada actividad.
Cleopatra no lo amaba, por supuesto. La pasión estaba en su temperamento, pero
no el amor, emociones bien diferentes tal como he acabado por aprender a mi costa.
Pensé si él lo echaría en falta, pero no: era demasiado vanidoso para sentirse herido
por esa ausencia, incluso para notarla siquiera. Disfrutaba contando sus hazañas y se
quedaba persuadido de que la había impresionado, tal como ella fingía. En Alejandría
los crepúsculos revestían tonalidades violetas, con las siluetas negras de las grullas
que pasaban sobre nosotros. Y así me parece estar viéndolos todavía, en la terraza, la
reina sentada en sus rodillas mientras él hablaba y hablaba. Ella le acariciaba el
rostro, puesta de perfil. La acusada silueta de la joven se recortaba sobre un trasfondo
de aguas cada vez más oscuras, y pensé que cuando fuese mayor y sus facciones se
hubiesen desarrollado por completo tendría la nariz algo grande. Escuchaba y
ronroneaba. También sabía reír en los momentos oportunos, y esto complacía a César.
Aunque no tenía un gran sentido del humor, se consideraba ingenioso.
Él se multiplicaba para impresionarla con sus hechos presentes tanto como ella
aparentaba estarlo con los recordados. Por eso y sólo para complacerla hizo asesinar a
su hermano en la cárcel donde lo tenían preso, e incluso, a petición de ella, fueron
juntos a contemplar el cadáver del desgraciado muchacho. Ella besuqueó a César
mientras él le sobaba los pechos.
—¡Me hace tan feliz que esté muerto! —susurró.
En lo demás, su recuperación de la iniciativa benefició a todos. Por mi parte me
quitaba un peso de encima. Aunque teníamos una posición consolidada, sobre todo,
gracias a las medidas tomadas por mí durante las semanas de inacción, las pruebas de
que nuestro general hubiese reencontrado su vigor alegraron a la tropa. La moral
mejoró. Dígase lo que se quiera contra César —y como me propongo demostrar aquí,
hay mucho que decir—, nadie negará que tenía ese don extraordinario. Creo que
nunca hubo un jefe militar más capaz de inspirar al legionario de a pie. Ignoro cómo
lo conseguía, cómo se realizaba ese milagro. A lo mejor era, sencillamente, que sabía
transmitirles la propia confianza inquebrantable en su destino. Pero yo he conocido a
otros generales no menos persuadidos de ser unos favoritos de los dioses, y sin
embargo los soldados se les daban a la fuga.
Sentí júbilo al ver el restablecimiento de nuestra fortuna, y orgullo también, a
cuenta de mi intervención en ello. Todavía no me asediaban entonces los temores ni
las dudas. Eso fue miopía por mi parte. Ahora que miro retrospectivamente, veo con
claridad cómo el interludio egipcio fue lo que despertó sus desaforadas apetencias.
Sólo una vez tuve un encuentro a solas con Cleopatra. Y se propuso seducirme.
Era poco más que una niña, pero incapaz de verse a solas con un hombre aunque
fuese nada más que unos minutos, sin que se le ocurriese convertirlo en esclavo suyo,
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dominado por el único pensamiento de meterse en la cama con ella. No fue lo que
dijo —una conversación común y corriente—, ni cómo lo dijo. Él hablaba el griego
con soltura, naturalmente, pero cometía muchas faltas. ¿Y sabéis una cosa? Hasta eso
me encantó. Soltó una risita infantil cuando le dije:
—¿No sabes que en tu idioma el sujeto neutro plural pide el verbo en singular?
—¡Gramática! —se burló—. Mis preceptores siempre me daban la lata con eso.
¿Importa horrores? No creo.
—¿Te das cuenta de que César saldrá pronto de Egipto? ¿Qué será de ti
entonces?
Ella se rascó la parte alta de su rollizo muslo, cerca de la ingle.
—Me pica. ¿Qué decías?
—Te preguntaba qué será de ti cuando nos vayamos de Egipto —repetí, y mis
propias palabras me parecieron una tontería.
—¿Por qué te llama «ratón»?
—Es un sobrenombre de mi infancia.
—Te pega. Estaré bien, naturalmente. Soy la reina.
—A veces parece que esperas con impaciencia a que nos larguemos.
—¿No es lo que siempre os pasa a los romanos?
(Tú estarás de acuerdo con ella, ¿verdad, Artixes? A mí ya me gustaría largarme,
si tu padre me dejara).
—¿Se lo has dicho a César?
—Ni se me ocurre.
—Pero me lo dices a mí.
—¡Hum!
Se levantó la falda y señaló un punto inflamado en la cara interna del muslo, muy
arriba.
—¡Mira! Me ha picado un bicho. Creo que se curaría con saliva. ¿Te gustaría
lamer, ratón?
Era la hora en que los cuerpos no arrojan sombra, pero la espaciosa estancia
estaba fresca, en penumbra. Me arrodillé sobre el mármol, que acumulaba el calor de
la estación seca, y metí la cabeza entre las piernas de la reina que además era una
criatura a la que yo doblaba sobradamente la edad. Mi lengua vibró sobre la leve
hinchazón colorada. Ella enredó una mano en mi cabello y, después de echarme la
cabeza atrás, metió los dedos de la otra mano en mi boca.
—Dime ahora si mis dedos saben a coño.
El delirio se apoderó de mí y me acomodé entre sus piernas, al tiempo que
amasaba a manos llenas aquellas carnes. En su origen, la palabra griega éxtasis
significa «estar fuera de uno mismo». Ése fue el éxtasis que conocí entonces, al ver el
cuadro que formábamos y vivirlo al mismo tiempo.
—Voy a querer un hijo de César, creo —dijo ella.
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Sus muslos me retenían con fuerza, hasta que retiró la mano y se inclinó para
besarme en la boca, introduciendo la lengua en el lugar donde tenía los dedos un
momento antes.
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Capítulo 4
Cada vez que regreso a Roma, la ciudad se parece menos a sí misma. Uno se tropieza
con edificios nuevos y gentes nuevas, y lo que uno creía conocer asume proporciones
diferentes. (Escribo en presente de indicativo, pero no es probable que experimente
otra vez ese retorno a casa que es como llegar a un lugar desconocido). En esa
ocasión incluso se había mudado mi madre. Dijo que no soportaba el ruido del
Esquilmo, y se trasladó a una propiedad de la abuela, que estaba en el Aventino.
Aquello era tranquilo, con un jardín frecuentado por mirlos y pinzones. Según ella, al
anochecer lo visitaba un ruiseñor. A mí se me hacía rara la ausencia de animación.
—La verdad es que apenas queda por allí nadie que hable latín —dijo ella—.
Sólo se oye parlotear en griego. Ahora cuéntame todo lo de César, mi querido ratón.
¿Cómo está? ¿Es verdad que tiene un enredo con la reina de Egipto? ¿Te encanta
Egipto, o lo aborreces? Todo el mundo asegura lo uno o lo otro, con mayoría de lo
segundo. El pobre Pompeyo decía que adoraba aquel país, y ya has visto lo que le
pasó. Pero no has contestado a mis preguntas.
—No me has dado tiempo, y son tantas que ya no me acuerdo.
—No seas guasón.
—Está bien, madre. Por orden inverso: no me gusta nada Egipto pero tampoco
diré que lo aborrezca. La reina de Egipto tiene un enredo con César pero no habrá
ningún corazón roto. En cuanto al general, César siempre es César. Recordarás que él
mismo suele afirmarlo así.
—Recibí carta suya, ¿sabes?, con el último correo, y decía que le has portado y
que debo estar orgullosa de ti.
—César sabe quedar bien. Eso también te consta, madre.
—He invitado a Calpurnia esta noche. Espero que no tendrás inconveniente. Se
muere por recibir noticias de su heroico esposo.
—¿Qué noticias voy a darle? Traigo regalos para ella. Supongo que eso será
bastante.
—Lo dejo a tu criterio. Seguro que estará enterada de lo de la reina, dicho sea de
paso.
—Como todo el mundo, madre.
Me excusé, ofrecí un sacrificio a los dioses familiares (según es de rigor al
retorno de un viaje, en señal de respeto y para manifestarles nuestro agradecimiento
por el feliz regreso) y me retiré a la habitación preparada para mí. Pero no pude
dormir. Tenía la mente llena de imágenes de Cleopatra, como venía ocurriéndome
durante las últimas semanas. Me hizo gracia que mi madre hubiese invitado a
Calpurnia, lo cual demostraba que su malicia y su afición a la intriga no habían
disminuido.
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Calpurnia me resulta todavía más enigmática que Cleopatra. Es bien sabido,
desde luego, que César se casó con ella por motivos políticos: el padre, Calpurnio
Pisón, era cónsul entonces y fiel aliado de Pompeyo, de quien César acababa de
hacerse amigo. Sin embargo siguió casado con ella después de que esa alianza
hubiese perdido todo su valor, y pese a no ser Calpurnia ni seductora ni bella.
Delgada, angulosa, con voz agria de pescadera de Ostia y carácter a la par, solía
sacarle los colores a César en los banquetes. Tenía la estúpida costumbre de llevar la
contraria a los interlocutores en asuntos que necesariamente ignoraba, y no titubeaba
al contradecir al mismo César. Recuerdo una ocasión en que la charla derivó hacia el
tema de la transmigración de las almas —una teoría que interesó a César durante
mucho tiempo—, y él comentó cómo la primera vez que visitó Atenas supo encontrar
la casa que buscaba sin necesidad de pedir las señas a nadie, encaminándose a ella
con tal seguridad como si hubiese ido allí muchas veces, o quizá todos los días, en
otra vida anterior. Ella le interrumpió apuntando que tal vez iba borracho, porque
como es bien sabido la fortuna favorece a los beodos…
—Supongo que sería un prostíbulo la casa que andabas buscando —añadió—. Y
nunca se ha visto que un cerdo no fuese capaz de encontrar el camino de la
cochiquera.
César trató de tomarlo a broma, aprovechando la circunstancia de que ella se
puso a celebrar su propio chiste con espantosos rebuznos. Pero se veía que no le hizo
gracia. Me pregunté si le tendría miedo a Calpurnia.
Parece absurdo. Todos sabemos que César no temía a nadie, y él mismo se
encargaba de recordárnoslo a menudo. Pero como diría mi amigo Cayo Valerio
Catulo, «no hay silencio más misterioso que el que envuelve al hombre y a la mujer
cuando se encuentran a solas».
En la oportunidad, naturalmente, me estrechó a preguntas en relación con
Cleopatra. Hay mujeres que siempre están al tanto de todas las hablillas, y Calpurnia
era de ésas. No se molestaba en ocultar su convicción de que César le había sido
infiel una vez más. Muchas mujeres, por amor propio, preferirían hacerse las
ignorantes. Pero el amor propio de Calpurnia era de otro género. Ella había elegido
presentarse al mundo en el papel de esposa agraviada.
—Por edad podría ser su nieta —dijo.
—No tanto.
—He echado mis cuentas. Si fuese romana no tendría edad para casarse todavía.
¿Qué ha visto en ella?
—Le divierte. No hay nada más que eso, excepto una cosa: esta relación es
política. La importancia de Egipto es bien sabida. En consecuencia, vale la pena
entenderse con su reina.
—¡Entenderse, dices! Es verdad que los hombres siempre os defendéis los unos a
los otros. Lo único que me sorprende es que la prefiriese a su hermano. Él hizo que lo
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mataran, tengo entendido, ¿acaso era demasiado feo?
—No tengo ni idea.
—Mientes muy mal. Te has puesto colorado, tu cara te traiciona.
Intenté llevar la conversación a temas de un orden más general, pero ella se
empeñó en volver a la cuestión de Cleopatra.
Por último dijo:
—Tendrá que volver dentro de un par de meses. Termina el plazo de su dictadura,
¿no es cierto? ¿Piensa solicitar la renovación, o se conformará con los honores
acostumbrados?
—¿Cómo voy a contestar a esa pregunta si su propia esposa no lo sabe?
Queriendo ponerla de buen humor, envié un esclavo a por los regalos que César
me había confiado para ella.
—Las artesanías orientales suelen adolecer de una vulgaridad terrible. No pueden
evitarlo —comentó.
No obstante se las llevó a su casa, aunque cuando regresó el general supimos que
algunas de las joyas cuidadosamente seleccionadas por el intendente de César habían
pasado a manos de las libertas favoritas de Calpurnia. En préstamo, naturalmente.
Cuando despedía a una criada la obligaba a devolver todos los objetos que le hubiese
cedido, sin olvidar nunca ni uno.
Cuando nos dejó Calpurnia pedí permiso a mi madre para echarme a la calle, a
fin de quitarme el mal sabor del despecho de Calpurnia, y en busca de un poco de aire
fresco.
—No lo encontrarás en Roma. Aquí todo es inmundicia. Pórtate bien —me
despidió ofreciéndome la mejilla para que la besara.
Sentí entonces, tal como preveía, la excitación del regreso, la extraña sensación
de libertad que ofrece la vida nocturna de la gran urbe. Pasé por la Suburra y me
entretuve en contemplar los espectáculos obscenos a las puertas de los burdeles. Una
algarabía de incontables idiomas asaltó mis oídos, como si todas las lenguas del
mundo se hubiesen conjurado para aportar sus vicios a la gran olla podrida de Roma.
Mi pobre y difunto amigo Catulo solía decir que lo sórdido y lo bello son las dos
caras de una misma moneda. Por vía indirecta, al pensar en Catulo me confesaba a mí
mismo adónde me dirigía.
Había amado a Clodia por distraerse. Cuando lo conocí acababa de darse a la
fuga, tembloroso y lacrimoso. Aún le temblaba la voz cuando hablaba de ella. No
conseguía olvidar ni el recuerdo de los momentos amorosos —la belleza de aquellos
grandes ojos bovinos—, ni el espanto que había infundido en él.
—Es la atracción de lo que nos da vértigo y nos repugna —explicaba—. Ella
exige adoración y, como la diosa Cibeles, destruye a sus adoradores. Su apetito es
insaciable. Agota a sus amantes hasta que dejan de ser hombres. Te deseo, ratón, que
no te veas nunca en las garras de una mujer tan terrible.
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Ésa fue su advertencia para mí. Al poco, la reputación de Clodia quedó arruinada
sin remedio. ¿Quién no recuerda su pleito contra Celio Rufo, que por cierto también
era amigo de Catulo? (Ellos eran de la misma edad; yo, algo más joven). Cuando
Celio la dejó, ella lo persiguió con toda clase de acusaciones: que si había tratado de
envenenarla, que si le debía dinero, que si había intervenido en el asesinato de un
diplomático egipcio, que si había tramado unos desórdenes públicos en Nápoles, y así
sucesivamente. Un montón de incoherencias. Los hombres dijeron que se había
vuelto loca.
Celio consiguió hacerse defender por Cicerón. Yo asistí a la vista. Se me aseguró
que iba a ser mejor que un combate de gladiadores.
—Cicerón le tiene inquina a Clodia porque no olvida las persecuciones de su
hermano. Sabrás que hermano y hermana eran amantes, ¿verdad? —Era lo que decía
la gente.
El discurso de Cicerón fue magistral. Por muchas dudas que se hayan expresado
acerca de su carácter —generalmente bien fundadas—, nadie puede negar que es un
genio de la oratoria forense. En la defensa de, Celio estuvo mejor que nunca.
Empezó en tono contenido, diciendo que a tenor de los cargos presentados contra
Celio apenas hacía falta una defensa. Bastaba contemplar el carácter de esa bellísima
persona y amigo, y considerar los méritos de su carrera. Sería una lástima, comentó
en un fingido aparte, que semejante carrera fuese a quedar manchada «por las insidias
de una prostituta». ¿Acaso no convenía poner coto a los desmanes de las mujeres?,
preguntó a la audiencia en general.
Todos los presentes asintieron con la cabeza, sensibles a esta llamada a la
solidaridad de nuestro sexo.
Entonces pasó a referirse a Clodia, aunque siempre sin dignarse dirigirle ni una
sola mirada. Él nunca se atrevería a mencionar sin el debido respeto el nombre de una
dama romana y madre de familia ante un tribunal, dijo, si ella no se hubiese puesto en
evidencia al lanzar tales acusaciones contra el dignísimo amigo Celio. En lo cual
tenía otro motivo para la circunspección, anunció, puesto que no podía ser imparcial.
Y ello no sólo a cuenta de su amistad con Celio, sino porque «en el pasado tuve
graves diferencias personales con el esposo de esa dama…, perdón, he querido decir
con su hermano, naturalmente… es un error en el que caigo a menudo».
Y se volvió hacia el jurado, abriendo los brazos en simulada petición de excusas.
A espaldas del orador, Celio y sus amigotes, tal vez advertidos previamente de la
cuchufleta, se partían de risa.
Cicerón tuvo presente, sin embargo, la conveniencia de andar con pies de plomo.
Clodia era de una de nuestras familias más linajudas, y él, un provinciano de Arpiño,
un advenedizo. Así que en vez de dirigir un ataque personal contra Clodia prefirió
invocar el recuerdo de su más célebre antepasado, Apio Claudio el Censor. Hizo que
el imaginario personaje (porque ninguna reconstrucción de un famoso difunto puede
ser sino imaginaria) describiese sus propias hazañas, elogiase la virtud de las grandes
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mujeres de la familia Claudia y lamentase el deshonor que caía sobre tan glorioso
apellido por culpa de Clodia. Incluso esta preferencia por la ortografía vulgar del
gentilicio revelaba el desacierto de la persona en cuestión, cuya conducta habría
avergonzado incluso a una plebeya.
Esa mujer, sugirió Cicerón, además de mala era necia. Y frívola, desprovista de
todo sentido de la dignidad. Se comportaba como un personaje de comedia, como una
creación de Terencio o de Plauto. Y como todos sabemos que las mujeres en esas
comedias son unas fulanas impúdicas y sin corazón, la Clodia real iba encogiendo
bajo nuestras miradas. Según daba a entender Cicerón, puesto que tenía la moral y las
maneras de una prostituta, su palabra ni siquiera merecía ser tomada en cuenta.
Por último abordó la acusación de que Celio hubiese intentado envenenar a
Clodia. La ridiculizó. Expuso su improbabilidad, o mejor dicho su imposibilidad. Era
un puro producto del despecho.
—Estamos ante el último acto no de una comedia sino de una farsa.
¿Y quién de nosotros, al escuchar estas palabras y mirar a la belleza de ojos
bovinos, no vería desaparecer su esplendor aristocrático para imaginarla desnuda
como las faranduleras que hacen cabriolas, cucamonas y ademanes obscenos en ese
género de espectáculo degradante que él acababa de mencionar?
—No condenaréis a un hombre noble y virtuoso por la palabra de una vil ramera
—fue el mensaje del discurso.
Clodia ni siquiera pestañeó durante el tremendo ataque. Si se dio cuenta de que
todas las caras de la numerosa audiencia se volvían hacia ella, no lo demostró. Si se
fijó en que los jóvenes que la habían acompañado se apartaban de ella, como
disociándose de su caída en desgracia, hizo como que no le importaba. Y en aquel
instante sucedió algo extraordinario. Me sentí invenciblemente, irremediablemente
enamorado, tembloroso del más intenso deseo.
Aún no había dejado de temblar cuando empecé a preguntarme a qué venía
aquello. «Conócete a ti mismo» es la máxima de sabiduría que nos ofrecen los
filósofos, aunque pocos de nosotros nos conocemos sino muy superficialmente. En
medio de la revelación que me descubría la forma de unión que yo anhelaba supe,
incluso mientras estaba todavía vibrando de impaciente deseo, que con ello me
abandonaba a una parte de mí mismo, tal vez a mi naturaleza más profunda, a costa
del desprecio y el aborrecimiento de todos los hombres virtuosos. Estaba espantado
por lo que acababa de averiguar acerca de mi propio carácter, pero fue inevitable que
me presentase aquella misma noche, con los lomos doloridos, en casa de ella.
La hallé sola. Seria la primera noche en su vida que hubiese pasado a solas, o así
me lo parecía a mí. La gran sala donde me introdujo un balbuciente esclavo estaba
más fría que una madrugada de invierno, y tuve que esperar mucho rato. Sentí la
tentación de salir corriendo. La razón me invitaba a huir, mientras estuviese a tiempo
todavía. Recordaba las tremendas confidencias de Catulo. Que ella dormía con un
español bizco que usaba su propia orina como loción para afeitarse. Que muchas
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veces lo tuvo esperando en la antecámara mientras ella apuraba el placer con
indigentes de los que recogía en las tabernas más innobles o en los barrios más
míseros.
Recordaba sus versos:
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Irritada por mi silencio, tal vez, me rasgó la mejilla con las uñas, y saltó la
sangre.
—¡Cuántos hombres allá…, una jauría contra una mujer sola, y tú entre ellos! ¿A
qué vienes ahora, impertinente? ¿Quieres ver si estoy muerta de vergüenza?
Yo callaba, quieto y sentado como un perro apaleado, sin atreverme a rebullir,
por si la cosa iba a mayores.
Ella se abandonó a su furor. Arrojó el candelero al otro extremo de la estancia
(por fortuna, al caer la vela se apagó la llama). Echó una parrafada capaz de inflamar
a una multitud. Insultó a Cicerón con palabras que una dama no debe conocer, ni
mucho menos pronunciar. Maldijo a todos los hombres por hipócritas, brutos y
embusteros. Aseguró que Celio era un invertido, incapaz de satisfacer a una mujer, y
que había encontrado mejores amantes entre los esclavos y los libertos. La emprendió
de nuevo contra Cicerón. ¿Sabía yo que años atrás lo había tenido a sus pies,
prometiendo repudiar a su mujer para casarse con ella? Y ella se había burlado de él.
Por eso la odiaba, no porque hubiese ofendido su sentido de la moralidad.
—¿Sentido de la moralidad Cicerón, el que defendió al asesino de mi hermano?
¡Cómo se atreve a hablar de moralidad ese saco de estiércol!
No, sino que acababa de tomar la venganza que le demandaba su vanidad herida
y que tanto tiempo había esperado.
Hizo una pausa.
—Tienes sangre en la cara.
Tocó una campanilla, mandó que el esclavo trajese agua con mirra e hisopo, y me
lavó el arañazo.
—Peores heridas habrás recibido en tus batallas.
—Ninguna tan dolorosa.
—He sido injusta al desahogar en un guapo muchacho como tú lo que le debía a
ese viejo cochino impotente. No pudo hacerlo, ¿sabes? No como César. O como tú,
estoy segura.
Dejó que la túnica se deslizase al suelo y me atrajo sobre ella. Caímos sobre una
alfombra dorada hecha de pieles de león. Ella lamió mi mejilla que aún sangraba un
poco. Así fue como empezó.
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nunca hubiese sospechado, y sin embargo nunca dejé de estar confuso. Ella no sentía
la ternura, excepto cuando recordaba a su hermano. Pero en ciertos momentos, bajo
determinados estados de ánimo, lograba inspirarla. Me daba terror, y la adoraba.
Estaba indispuesta la noche que salí de casa de mi madre para encaminar mis
pasos hacia el Palatino, donde ella vivía. Hallé la casa a oscuras. Por un instante se
me ocurrió si estaría abandonada, y sentí alivio y angustia al mismo tiempo. Nunca
me acerqué a su habitación sin notarme turbado, temeroso de lo que pudiese
encontrar allí, o a quién. Pero aquella noche estaba sola, como la primera vez. Había
sufrido algo de fiebre. Su belleza tan bien preservada por el arte acusaba el ataque de
la naturaleza. Aparentaba su edad.
Después de hacer el amor, de cumplir con el rito de nuestros actos sexuales, de
lograr una efímera fuga del desierto adónde nos hallamos súbitamente devueltos, me
anunció que estaba muriéndose.
Recuerdo que lloré. Pero al mismo tiempo, se me ensanchaba el corazón ante la
perspectiva de una liberación. Que fue ilusoria puesto que jamás me libré, como
tampoco lo había conseguido el pobre Catulo. Las únicas personas que no resultaron
afectadas por ella, los únicos que gozaron con ella sin perder su ecuanimidad, fueron
su hermano, aquel hijo de Eros que disfrutó el placer sin conocer su tristeza, y César.
A ella le fascinaba César por este motivo. Nunca pudo retenerlo, y sin embargo
no estaba enfadada con él. Ni ella misma comprendía el porqué.
—La primera vez que me dijo, en esta misma cama, que él era un dios, me eché a
reír. Creí que me invitaba a compartir una broma. Pero lo decía en serio. Afirma ser
descendiente de Venus, como es sabido. Pero además él cree estar habitado por la
diosa. Me han contado que ahora se tira a la reina de Egipto. ¿Es tan bella como
dicen?
—No puede compararse contigo, Clodia.
—Pero…
—Es una niña, una adolescente. César está fascinado porque ella es tan incapaz
de amar como él mismo.
—Entonces harán buena pareja. ¿Lo sabe César que tú te la has tirado?
—No le importaría, Clodia. Hace muchos años que sirvo a César. Es el hombre
más extraordinario y más notable que seguramente conoceré nunca. Nos burlamos de
sus pequeñas vanidades, como es natural, y muchas veces nos irrita, pero nuestras
mofas son una reacción de defensa. Hacemos como que César es igual a nosotros.
—No será tan diferente —dijo Clodia.
—Sí lo es.
—La única diferencia consiste en que él no tiene corazón, y permíteme que te
diga, Décimo Bruto, que hay muchos hombres así.
—¿Y mujeres, Clodia?
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—Te refieres a mí, claro está. Bien, no me enfado porque digas eso, aunque en
otros tiempos sí me habría molestado. Ya te he dicho que estoy muriéndome. No voy
a perder el tiempo aferrándome a la vida. Me quitaré de en medio, sencillamente. De
manera que ya no hace falta mentir. Sé lo que dice de mí la gente. Ese bruto de
Cicerón me calumnió ante el mundo, y el mundo le creyó.
Apoyó la mano en mi manga y vi todos los huesos claramente perfilados.
—He dicho que no iba a mentir, e insisto en que fueron calumnias. Tú no
entiendes lo que es ser una mujer, Décimo Bruto, y cómo una se ve contrariada,
perpetuamente contrariada, y cómo sube la rabia viendo lo que está permitido a los
hombres y se le niega a una. Pues bien, muy pronto, cuando éramos todavía unos
niños, mi hermano y yo hicimos un voto, y hasta mezclamos nuestra sangre para
sellarlo.
Hizo una pausa, alzó la vela y examinó su propio rostro en el espejo, como
buscando la niña que había sido. Al hacerlo pude contemplarlos a ambos, niño-niña y
niña-niño, ambos de una belleza tal que ningún escultor podría captarla, apretándose
el uno contra el otro, los labios pegados, confundiendo incluso la propia sangre en el
intento de unir dos almas en un solo cuerpo y alcanzar así la unión perfecta que según
los filósofos tuvimos alguna vez y desde entonces andamos buscando siempre en
vano.
—Que seríamos siempre nosotros mismos, por entero, sin negarnos nada,
procurando satisfacer todos y cada uno de nuestros deseos, cumplir con la naturaleza,
atender a todos los impulsos de los sentidos, hasta alcanzar la libertad de los dioses.
Esa libertad que consiste en ser absolutamente fiel a sí mismo, sin hacer caso de la
moralidad ni de esos convencionalismos creados por los timoratos para entrampar a
los valientes. Tú nos has conocido a los dos, y tú más que ningún otro nos quisiste a
los dos por lo que somos, no por una idea imaginada de lo que podíamos o
deberíamos ser. Y sin embargo, querido, ni siquiera tu amor consiguió acercarse al
amor perfecto que tuvimos el uno por el otro, ya que cada uno de los dos era el otro.
Ahora veo que picábamos demasiado alto, por ambicionar lo que no estaba en
nuestras fuerzas. Publio murió, y yo me voy muriendo, esclava de unos vicios en los
que ni siquiera encuentro ya placer. Mi fama después de lo de Cicerón no puede ser
peor. Ninguna mujer decente de Roma me recibe en su casa. Antes yo despreciaba a
esas mujeres, y lo que llaman decencia, y me reía de esa exclusión. Ahora no estoy
tan segura. Estoy tocada por los dedos grises y fríos de la muerte, y ¿qué voy a
encontrar cuando baje al reino de las sombras? ¿Estarán los dioses iracundos por mi
presunción? ¿Tendré que sufrir la terrible cólera de Cibeles, a quien según Catulo he
imitado? No podemos jugar a ser dioses, querido. Eso lo aprendí demasiado tarde. Y
sin embargo, mientras llego a esa conclusión que me espanta y reduce mi vida al
absurdo, veo que hay una excepción, y es César, el descendiente de dioses y habitado
por Venus. ¿Entiendes, Décimo Bruto, mi pequeño Décimo Bruto, que César cree ser
lo que mi hermano y yo aspirábamos a ser? Apuesto a que, andando el tiempo, el
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pueblo romano estará de acuerdo con eso. El senado, esa asamblea de cabrones
timoratos y codiciosos, se arrodillará para adorarle. Van a decretar que César es
efectivamente un dios. «Divus Julius», cantarán a coro, «divus Julius». Le van a
consagrar templos, ¿y qué hará entonces mi pequeño Décimo Bruto? Ahora te
anuncio cuál será tu elección: o asentir a la muerte de las libertades de Roma, o darle
muerte a César.
—¿Matar a César?
—Matar a César. O César o Roma, y tú como patriota elegirás a Roma. Matar a
César. Ahora vete, querido, y no vuelvas por aquí. Has significado mucho para mí, y
eso es algo de lo que no puede ufanarse ningún hombre vivo, excepto César.
Abrazaré a mi hermano de tu parte, y también a Cayo Valerio, si es que no huye presa
de terror cuando nos encontremos en el Valle de las Sombras.
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Capítulo 5
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se puede someter a un pueblo orgulloso, ni ganar tierras para el imperio y gloria de
Roma, sin tomar medidas duras. A César nunca le tembló la mano a la hora de
tomarlas; en conjunto sus métodos me parecen justificados. Incluso tú, Artixes,
admitirás que las Galias quedaron pacificadas, con independencia de lo que ocurriese
después. Y estoy convencido de que ni siquiera eso podrá cambiar el hecho de que las
Galias están ahora incorporadas al Imperio romano, lo cual es beneficioso para los
galos, como ellos mismos acabarán por reconocer. No se les impone a unos bárbaros
la civilización con los miramientos que tranquilizan la conciencia de los civilizados.
El someter a unos bárbaros requiere, inevitablemente, cierto grado de barbarie.
Además era absurdo por parte de Catón el querer lanzar esa acusación contra
César, cuando él mismo no hacía más que hablar de su magno antepasado Catón el
Censor, y todos sabemos qué intervención tuvo ése en el engrandecimiento del
Imperio. Fue aquel parangón de las virtudes republicanas el que terminaba todas sus
alocuciones en el Senado, cualquiera que fuese el tema a debatir y sin importarle si
venía a cuento o no, con las palabras «y además opino que Cartago debe ser
destruida». No descansó hasta conseguirlo, y no dejó piedra sobre piedra, y los
habitantes fueron pasados a cuchillo o vendidos como esclavos. Pues bien, el
admirador y nieto de ese tal pretendía procesar a César por crímenes de guerra. No
fue de extrañar la satisfacción de César —satisfacción maliciosa, os lo aseguro—
cuando refundo la ciudad de Cartago.
Catón le irritaba con sus pretensiones de virtud superior, y lo peor era que
muchas personas le creyesen a pies juntillas. César le tenía por un redomado
hipócrita, y consideraba que Catón, además de no tener el sentido de lo que César
llamaba «las situaciones de fuerza mayor» de la República, impedía que se hiciesen
cargo de ellas los demás.
Un elemento personal vino a enconar el odio que mutuamente se profesaban. Y
fue Servilia, la hermanastra de Catón, la que según mi madre, como he mencionado
antes, ha sido la única mujer a quien César quiso de verdad. Se rumoreaba que
Servilia tenía dominado a Catón cuando eran jóvenes, y él la reverenciaba como el
paradigma de la feminidad romana. Pues bien, ella eligió entregarse a César, nada
menos, peligrosamente relacionado con el partido popular y emparentado con Cayo
Mario (en efecto, una tía de César estuvo casada con ese viejo bruto). Eso fue
demasiado para Catón. Andaba contando a quien quisiera escucharle que su hermana
había sido víctima de un hechizo, y también que Sila, en sus tiempos de dictador,
cometió una gran equivocación al dejarse persuadir y tachar de una de sus listas de
proscritos el nombre de César. Solía citar el comentario de Sila cuando hizo de mala
gana lo que le pedían: «En ese joven adivino muchos Marios». Lo cual remachaba
Catón diciendo: «Tenía razón». Y se quedaba mirándole a uno como si ese
pronunciamiento fuese la suma de toda sabiduría política. Es decir que Catón odiaba
a César porque según él había deshonrado a Servilia.
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Por cierto que hay una anécdota bastante sabrosa en cuanto a esa relación
triangular. Mientras se debatía en el Senado el asunto de la conspiración de Catilina,
César y Catón militaron en bandos opuestos… Ya recordaréis que César anduvo algo
metido en aquello, o así se sospechó. En plena sesión le pasaron una nota a César, y
entonces Catón se levantó de un salto y lo acusó de recibir mensajes de los enemigos
del Estado. —Aseguro a los Padres Conscriptos que esta nota se refiere a un asunto
estrictamente personal— dijo César.
—¿Por qué vamos a dar crédito a la palabra de un mentiroso que simpatiza con
Catilina? —gritó Catón—. Solicito que se le ordene a César la entrega de esta nota,
para que veamos todos qué género de traiciones le ocupan.
—Muy bien —replicó César—. Si Catón se empeña, dejaremos que lea la nota.
Pero insisto en que deberíamos pasar a otro punto ahora mismo.
—Eso lo decidiré yo —replicó Catón.
De manera que César le pasó la nota, que era una carta de amor de Servilia, y
redactada en términos sumamente explícitos además.
Le he escuchado esta historia a César muchas veces.
Estuvo también el caso del hijo de Servilia, mi primo Marco Junio Bruto. Lo cual
parecerá extraño, si consideráis lo tonto que es Marquito, pero César y Catón
rivalizaban en influir sobre él y se disputaban al que según ellos iba a ser el gran
hombre del futuro y el modelo de toda virtud. Absurdo, pero así lo veían ellos. Se ha
rumoreado siempre, como es lógico, que Marco era hijo de César, y me parece que
éste quiso creerlo más de una vez. Lo cual era otro gran absurdo, según me aseguró
mi madre: Marco es el vivo retrato de su padre, no menos estúpido que él. El rumor
aludido, sin embargo, sacaba a Catón de sus casillas. Me dio la sensación de que lo
creía a medias, y se había persuadido de que era menester ganarse la adhesión de
Marquito, con lo cual habrían quedado desmentidas en cierto modo las habladurías.
En cualquier caso, daba risa el ver a esos dos compitiendo por la aprobación y el
afecto de tan fastidioso joven. En cuanto a Marquito, esa rivalidad le parecía
perfectamente natural. Desde joven tuvo excelente opinión de sí mismo y no le
extrañó que dos de los más destacados estadistas quisieran ganarse sus favores, ¿cabe
imaginar caso más grotesco?
Él se inclinaba a favor de su tío, más afín a sus gustos banales y sus nociones
anticuadas sobre la virtud republicana. Creo que siempre le tuvo un poco de miedo a
César, en parte porque su pedestre inteligencia no lograba seguir los prodigiosos
saltos de la conversación de aquél, y desde luego lo escandalizaba con la audacia de
sus especulaciones. Además estaba avergonzado por el lío de su madre con César,
pues ni siquiera Marquito con su rara capacidad para creer exactamente lo que le
interesaba pudo persuadirse de que no hubiesen sido más que unos buenos amigos.
Pero como, por otra parte y al igual que la mayoría de las personas, no era capaz de
sustraerse a la famosa seducción de César, la compañía de éste no podía dejar de
parecerle mucho más agradable que la del insulso Catón. Por eso Marquito se le
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entregaba a César siempre que éste se hallaba presente, y se rebelaba contra él en su
ausencia.
Catón se tomó no poca molestia para convencerlo de que César era
fundamentalmente malo y además un peligro para la Constitución que era el ídolo de
ambos, Catón y Marquito. Éste se adhirió al partido de la respetabilidad y fue a
Grecia como seguidor de Pompeyo. Seguramente estaba convencido de que Pompeyo
sería el ganador, que era, al fin y al cabo, la opinión comúnmente admitida entre
quienes subestimaban la magnitud de lo realizado por César en las Galias. Cuando
Marquito decidió unirse a Pompeyo todo el mundo vio en ello la prueba de la
influencia de Catón, porque Servilia detestaba al Grande, que había sido el
responsable de la muerte de su primer marido, el padre de Marquito.
No se distinguió en la campaña que terminó con lo de Farsalia, porque Marquito
entendía de las artes de la guerra lo que yo de funambulismo. En realidad, y aunque
Pompeyo se manifestó muy complacido de que se le hubiese enviado a tan virtuoso
joven, evitó cuidadosamente confiarle ninguna responsabilidad. Estaría en su
decadencia Pompeyo, pero algo de sentido común sí le quedaba.
César no descuidó la oportunidad de realizar con Marquito una de las más
sonadas demostraciones de su clemencia. Ordenó que se le respetara la vida por todos
los medios, y si se negaba a rendirse, que lo dejaran escapar. De hecho fue uno de los
primeros que echaron a correr, y pasó varios días vagabundeando entre los
cañaverales, bordeando unas marismas. Luego recaló en Larissa, desde donde le
escribió a César una carta muy amistosa. En seguida fue invitado a unirse a nosotros.
El día que llegó, yo estaba en la tienda de César con Casca, y el espectáculo nos
pareció nauseabundo. Para empezar César se deshizo en lágrimas y repitió muchas
veces que su único temor durante la batalla había sido que alguien matase al noble
Bruto.
—No sería fácil —susurró Casca en un aparte—. Apuesto a que se mantuvo a
buen recaudo en la retaguardia.
(Y en efecto, más tarde supe que el día de la batalla se quedó en su tienda
escribiendo un tratado filosófico, hasta que los esclavos le trajeron la noticia de la
derrota, y emprendió la fuga). Luego César besó a Marquito, y lloró un poco más, y
Marquito también lloró y suplicó el perdón de César. Se excusó remitiéndose a la
influencia de su tío. Fue una escena ridícula. He visto muchas por el estilo pero no
recuerdo ninguna tan absurda.
El resultado de todo esto fue que, al poco, César lo nombró a Marquito
gobernador de la Galia Cisalpina. A lo que Casca comentó que por más embobado
que estuviese César su buen juicio no le abandonaba del todo. En aquel entonces la
Galia Cisalpina era una de las provincias donde garantizadamente no se producían
desórdenes. Marquito se dedicó en seguida a ganar popularidad entre los habitantes
puestos bajo su jurisdicción, pero recordándole siempre que todos los favores que
dispensaba tenían su origen en la bondad de César.
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César se declaró impaciente por iniciar la campaña africana.
—Es la oportunidad para remediar de una vez los desaguisados de Catón —dijo
—. Lo cual resulta indispensable, ¿entiendes, ratón?, porque mientras él ande suelto
la oposición continuará. Es un forúnculo rabioso y hay que sajarlo.
Estuve totalmente de acuerdo con él.
Pese a sus prisas, ciertos asuntos lo retenían en Roma.
El primero y el más grave fue un motín de su legión favorita, la Décima,
entonces acuartelada en Capua. Tenían motivos para quejarse. La paga se atrasaba
más de lo que suele ser corriente en los ejércitos. A algunos que estaban en edad de
licenciarse se les denegó la desmovilización. Los excombatientes todavía esperaban
el reparto de las tierras que se les habían prometido. En estas condiciones presentes
insatisfactorias y perspectivas de futuro por el estilo, se les anunciaba que iban a ser
embarcados hacia África. Unos agitadores se infiltraron en el campamento, a mi
entender reclutados por los enemigos de César en el Senado, y encontraron la yesca
bien seca. En vista de lo cual se creó una comisión, como suele ocurrir en situaciones
semejantes. Los oficiales fueron hechos prisioneros y cargados de cadenas, como
también suele ocurrirles a los oficiales, excepto si son más listos y ponen pies en
polvorosa. Los hombres hablaban de marchar sobre Roma para presentar sus agravios
a César y exigir reparación. La situación era peliaguda. Para mí estaba claro que, o
César conseguía dominar ese motín, o perdíamos todo aquello por lo que habíamos
trabajado, luchado y sufrido. Luego me contaron que cuando la noticia del motín
llegó a oídos de Catón en África, no sólo mandó publicarla en todo su campamento
(lo que fue, en sí mismo, un acto de extraordinaria imprudencia, pues la
insubordinación militar es tan contagiosa como los disturbios callejeros en las
ciudades), sino que se acostó felizmente borracho y durmió la mona dos días.
Debieron rebanarle el pescuezo entonces, por ser tan burro, pero tuvo suerte y de
momento no le pasó nada.
Como ya he mencionado, César daba lo mejor de sí mismo en las crisis. Las
épocas de calma no eran lo suyo, él se crecía y sentía estimulado su genio bajo la
tormenta. Trató de contemporizar con los amotinados del campamento de Capua
enviándoles al joven Salustio, un oficial en quien tenía bastante más fe que yo. Iba
autorizado a ofrecer cantidades sustanciales de paga extra. Pero ni siquiera tuvo
oportunidad de hablar, pues lo recibieron con una lluvia de piedras y de insultos.
Viendo que peligraba algo más que la dignidad, regresó precipitadamente a Roma.
Poco después de esto los legionarios emprendieron la marcha hacia el norte. Por
el camino se sumaron a su indigna causa otras tropas, y se agudizó el peligro. En
Roma la excitación era tremenda, sobre todo entre nuestros enemigos, que andaban
por todas partes asegurándose mutuamente que Pompeyo estaba a punto de ser
vengado, y que pronto sería posible restaurar lo que ellos llamaban «la normalidad
republicana». El entusiasmo ni siquiera se enfrió cuando supieron que, durante su
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marcha, los amotinados habían saqueado varias fincas y asesinado a dos pretorianos.
Los ciudadanos de a pie adoptaron un punto de vista diferente y más sensato. Estaban
francamente atemorizados, y solicitaron protección a César.
Éste reunió a sus lugartenientes para estudiar maneras de solventar la situación.
De paso, y como muchos de los que nada sabían de su modo de trabajar han dicho a
menudo que actuaba siempre a criterio propio y sin atender a ningún consejo, quiero
hacer constar que no era así. Sino más bien al contrario; en todo caso escuchaba con
gran atención las ideas de los demás, aunque le gustaba dejar bien sentado que la
decisión última le correspondía a él exclusivamente. Así eran su carácter y su manera
de proceder.
En esta ocasión Antonio se expresó sin ambigüedades. (Aunque no sé por qué
digo «en esta ocasión», puesto que Antonio siempre tuvo plena confianza en sus
propias opiniones…, excepto cuando le contradecía César, en cuyo caso le faltaba
tiempo para echarse atrás). —No son tropas leales a nuestra disciplina lo que nos
falta, César— dijo—. Es menester salir de Roma y enfrentarnos a esos cabrones. Que
vean que no estás dispuesto a tolerar travesuras. Y que no tienes inconveniente en
pelear. Eso hará que entren en vereda, puesto que no se atreverán a presentar batalla
contra ti.
Un consejo típico de Antonio: recio, adulador para César y totalmente
irreflexivo. Miré alrededor y observé que varios de los sentados a la mesa daban
cabezazos de asentimiento. A aquellas cabezas no les confiaría yo ni la organización
de una merienda campestre.
César no dejó traslucir si estaba de acuerdo con el plan o no.
Cayo Casio, recientemente reclutado para nuestro partido (había combatido en
Farsalia al lado de Pompeyo), estaba muy serio. Parecerá sorprendente que se le
hubiese invitado a participar en nuestro consejo. Pero siempre fue política de César
que los adversarios reconciliados se comprometiesen cuanto antes con su causa y su
persona. Entonces Casio habló con cierto nerviosismo, como era natural, deseando
causar buena impresión.
—No dudo que mi amigo Antonio habrá considerado la cuestión con
detenimiento —dijo—. Él conoce a esas legiones y seguro que tiene una opinión
informada. Pero se me ocurre que tal vez haya descuidado lo que podríamos llamar el
aspecto político. Hay motivos para creer que este motín ha sido fomentado por
agitadores, ¿no es cierto?
—Por mi parte, veo en ello la mano de Labieno —dijo César.
—Gracias, César. Agradezco que hayas corroborado mis sospechas. Ahora bien,
¿qué quiero decir al hablar de «aspecto político»? Sencillamente lo siguiente: si
salimos contra ellos, los enemigos de César se envalentonarán. Dirán que sus
legiones se hallan enfrentadas, que su partido está dividido. Con lo cual captarán
nuevos partidarios.
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—Que los parta un rayo a los nuevos partidarios —intervino Casca—. Yo te diré
algo mucho más peligroso. Si marchamos contra ellos, no presentarán batalla, pero
tampoco se rendirán. Antonio tiene razón cuando dice que no se enfrentarían a César
en persona. Pero se replegarán en buen orden, que por algo son soldados, ¡caramba!,
instruidos por nosotros. Sabemos qué clase de hombres son. Tienen su orgullo. Y
entonces, ¿qué? Creerán que su causa e incluso sus vidas sólo pueden salvarse
retirándose y entrando en alianza con nuestros enemigos. Ése es un peligro
demasiado grande, César.
—Así pues, ¿qué deberíamos hacer, Casca, puesto que no admites la propuesta
de nuestro querido Antonio?
—Que me parta un rayo si lo sé —respondió Casca.
—¿Y tú, ratón? —Se volvió César hacia mí—. ¿Tienes alguna sabia palabra que
ofrecernos?
—No sé si mi opinión será sabia, pero me parece que no debes reconocer que no
se hallan a tus órdenes con nada de lo que emprendas.
—¡Por Hércules! —gritó Antonio—. ¿Qué tontería es ésa? Son unos amotinados,
ratón, por si no te habías enterado. Significa que han desafiado las órdenes, que han
desobedecido las órdenes, ¿o no sabes lo que quiere decir la palabra «motín»?
—Sí, claro que lo sé —contesté—. Permitidme que repita lo que acabo de decir,
y esta vez procura escuchar mejor, Antonio. He sugerido que César no debe
comportarse de manera que los amotinados entiendan que él reconoce que ellos ya no
están a sus órdenes. Con eso quiero decir, César, que tomes la iniciativa, pero no
enfrentándote a ellos, sino mandándoles lo que ellos podrán acatar sin desdoro…
—Sigo sin entender —dijo Antonio.
—No importa, querido —dijo Casca—. El ratón tiene razón, César.
He contado esta conversación con cierto detalle porque luego, cuando César
presentó su informe al Senado, dio a entender que el plan puesto en práctica para
dominar el motín había sido idea suya. Por dignidad mía, quiero que la posteridad
sepa cuál fue mi parte en esa operación. Y aunque no niego que la jugada maestra
final fue obra de César, los que estuvieron presentes en ese consejo sabían que la
concepción fue mía.
Así pues, se les hizo saber a los amotinados que podían entrar en la ciudad y
acampar en el Campo de Marte, siempre y cuando depusieran primero las armas. (Las
puertas de la ciudad estaban fuertemente custodiadas, naturalmente, por tropas
leales). Ellos obedecieron en la medida que yo había previsto que obedecerían, es
decir, que entraron llevando sólo sus espadas. Con todo, los ciudadanos quedaron
aterrorizados… y eso también nos venía bien, pensé.
César estaba furioso cuando fui a su casa a recogerle. Afortunadamente, se
trataba de un furor controlado. Me dijo que le indignaban la deslealtad, el egoísmo y
la estupidez de los hombres.
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—Con todo lo que hemos pasado juntos —dijo—. Formamos un solo cuerpo.
¿No entienden que si ellos mandan y yo he de plegarme a lo que me exigen, queda
perjudicada e incluso destruida la naturaleza del vínculo que hay entre nosotros? No
pienso ser condescendiente con esa codicia y esa insolencia.
—Está bien, César —dije—. Pero cuando vayas a hablarles, hazlo en frío, no en
caliente.
—Estaré más frío que las noches en las montañas de Helvecia —prometió él.
Llegamos al Campo de Marte y nos abrimos paso hacia una especie de estrado.
César tomó asiento y durante un rato no hizo caso de los hombres que se
arremolinaban alrededor de nosotros. Hablaba sólo conmigo y con los demás
acompañantes. Miré en derredor, tratando de valorar la situación. Ahora que mi plan
se acercaba al punto culminante, me sentí por primera vez un poco nervioso. Si algo
salía mal, las cosas podían ponerse muy feas. Incluso era posible que se produjese
una matanza general.
Por fin César levantó la cabeza, miró a las tropas y habló. Anunció en tono de
infinito aburrimiento que estaba dispuesto a escuchar sus quejas. Lo dijo como si no
conociese de nada a aquellos hombres que habían combatido a su lado en las Galias y
en Farsalia. Reconozco que fue una actuación maravillosa. Los dejó desconcertados.
No obstante, después de una pausa durante la cual esperaron a ver quién se
atrevía a hablar primero, las quejas empezaron a caer como una granizada. Uno tras
otro los oradores expusieron sus heridas, sus tribulaciones, lo que habían padecido
por su causa, las grandes proezas realizadas, los amigos muertos, las recompensas
prometidas y jamás recibidas, su deseo de verse desmovilizados.
Los discursos se prolongaban demasiado. La audiencia empezaba a inquietarse.
Pero César no daba muestras de haber escuchado.
Alguien gritó:
—¡Nos hemos reventado por ti, César!
Un legionario subió al asalto del estrado y, cuando lo retuvieron, se arrancó el
parche que llevaba sobre el ojo izquierdo, descubriendo una caverna espantosa.
—Éste lo perdí en Alesia, pero todavía no quieren licenciarme. ¿Qué me dices a
eso, César?
César alzó los ojos, levantó una mano. Se hizo el silencio.
—Muy bien —habló con voz indiferente, voz de actor—. Me hago cargo de
vuestros deseos. Queréis ser inmediatamente desmovilizados. Romped filas y
entregad vuestras espadas a los centinelas conforme vayáis saliendo. En cuanto al
dinero, todos conocéis a César. Se os pagará hasta el último denario que se os debe y
el último denario que se os haya prometido. Presentaos al intendente y que tome nota
de todos los nombres así como de las cantidades que se reclaman. Aunque tendréis
que esperar a mi regreso de África para cobrarlo todo. Contaba con vosotros para esa
campaña. Pero ahora tendré que llevar otras legiones. Ésos serán los que me
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acompañarán en la celebración de mi triunfo cuando regrese. Me parece que no hay
nada más.
Nadie rompió el silencio. Estaban estupefactos. O no esperaban aquel fácil
desenlace, o no lo deseaban en realidad. Naturalmente, los agitadores a sueldo veían
que al no haber disturbios se quedaban sin cobrar. Pero no fue ésa la causa principal
del extraño cambio en el ambiente, ni mucho menos. Lo primero fue el recordatorio
de que aún no se habían celebrado los triunfos, y el anuncio de que ellos no
participarían, por más que muchos fuesen veteranos de las numerosas batallas que le
valían las honras a su general. Y luego, como no tardé en comprender, otra idea
mucho más amarga, el descubrimiento de que César se consideraba perfectamente
capaz de prescindir de ellos.
De manera que nadie se movió ni profirió palabra. Parecía un funeral esperando
la actuación de las plañideras.
—Ciudadanos —dijo César, y le respondió un aullido colectivo de dolor y
reproche.
Él jamás les había hablado sino como «soldados» o «camaradas». Pero ahora los
llamaba «ciudadanos» como si no los conociese, como si se dirigiese a unos electores
simplemente para solicitarles el voto.
Entonces rompieron filas y se agolparon a su alrededor para tirarle de la manga,
para pedirle perdón, para implorarle la readmisión y que castigase a los agitadores
que los habían engañado. Fue una escena alucinante. Veteranos encanecidos en cien
batallas lloraban como mujeres. Un centurión de la Décima incluso gritó:
—¡Castíganos, César! ¡Castíganos como merecemos, diez manos, pero deja que
los demás te acompañen a África!
Aquella noche durante la cena César estaba en la gloria. Habló largo rato sobre el
arte de conducir a los hombres.
—Si sabes tocarles el amor propio, son tuyos —dijo.
Parecía haber olvidado que el desenlace satisfactorio de la jornada se debía a mis
consejos. Pero no le guardé rencor por eso, naturalmente. Mi deber consistía en
aconsejar; el suyo, en ejecutar. Sin embargo, habría quedado mejor si se hubiese
dignado reconocer el agradecimiento debido.
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Capítulo 6
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Con no poca sorpresa por mi parte, me vi solicitado por Cicerón. En otros pasajes
de estos recuerdos me he referido varias veces a él, y creo que en tono desfavorable
por lo general, ¿no es cierto, Artixes? Razones tenía para ello, pero ahora pienso que
tal vez habré transmitido una impresión inadecuada de tan notable sujeto. Pues a
decir verdad lo fue: uno de los pocos hombres de Roma que alcanzaron las posiciones
más altas del Estado sin contar con el privilegio del nacimiento ni con una gran
fortuna (aunque debió adquirirla luego, naturalmente).
Tendría entonces, supongo, unos sesenta años. (Claro está que aquí no dispongo
de libros de consulta, y he de fiar en mi memora y mis impresiones). Sus mejores días
quedaban atrás; casi habían transcurrido veinte años desde su cuarto de hora más
glorioso, cuando siendo cónsul denunció y deshizo la conjura de Catilina. Desde
entonces solía aburrir a todos con sus remembranzas de cómo fue el salvador del
Estado en esa ocasión. En realidad fue uno de esos triunfos que resultan funestos para
el vencedor. Cicerón hizo dar muerte a ciudadanos romanos sin formación de causa, y
ese delito le persiguió el resto de sus días. Sus enemigos —y su lengua viperina le
había valido muchos— nunca dejaban de echárselo en cara cuando él quería presumir
de sus servicios. Le valió la feroz enemistad de mi adorado Clodio. De manera que yo
apenas había oído una palabra buena sobre Cicerón desde que tuve uso de razón, y ya
he contado también lo que decía Clodia del hombre que defendió al asesino de su
hermano y amante nuestro.
Con todo, nadie discute la capacidad intelectual de Cicerón y pocos negarán su
ascendiente. Cuando se proponía caer bien, generalmente lo conseguía. Incluso César
gustaba de su compañía, aunque desconfiaba de él por su vanidad y su indecisión. Y
yo confieso que, pese a cuanto sabía y a las sombras siniestras que se interponían
entre nosotros, me halagó bastante el verme admitido a frecuentar sus cenas.
Durante toda la primavera osciló entre el entusiasmo y la depresión. No ignoraba
que había dado un paso en falso al comienzo de las guerras civiles cuando, movido
por su vanidad y su falta de discernimiento, se alió con Pompeyo y con el partido
conservador en el Senado.
—He arriesgado vida y hacienda por esa causa —comentó—. Y sin embargo
nunca me lo agradecieron, ¿sabes? Fui excluido del consejo de Pompeyo pese a que
tenía más experiencia y criterio que la mayoría de los que le rodeaban. Por supuesto
Pompeyo siempre se dejó influenciar con facilidad. Pero habríais dicho que al menos
tendría sentido común para saber apreciar mis consejos.
Más no fue así. Era un gran hombre, pero con sus limitaciones. Se daba cuenta de
su inferioridad intelectual frente a mí, y supongo que también comparado con César.
Hablaba a menudo en ese tono. Comprendí entonces que él creía tener todavía un
porvenir en política. Pude sacarlo de su error, pero me pareció de mejor educación, y
tal vez más útil, escuchar con paciencia sus especulaciones.
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—César ha conseguido muchos éxitos —decía—. La cuestión es qué piensa
hacer con el poder que ha acumulado. Naturalmente, comprendo que el asunto no se
resolverá mientras no hayamos liquidado con acierto esa desgraciada aventura de las
guerras civiles. Pero eso ya no tardará mucho…
Escanció vino y rió con deleite antes de continuar.
—Respeto mucho a Catón, pero hace falta conocerse poco a sí mismo para
creerse capaz de rivalizar con César en los campos de batalla, como le ocurre al
pobre. Así que Catón será derrotado en África, y luego César caerá sobre Cneo
Pompeyo, que, dicho sea entre nosotros, querido, es poco más que un bandolero, y lo
echará de su reducto de España. Y entonces…, entonces…, ¿en qué situación nos
veremos?
—¡Cualquiera sabe! —dije, suponiendo que no se esperaba de mí ninguna
respuesta en aquel momento.
—Lo primero y lo más esencial es reconstituir la República. Estoy seguro de que
César lo ha comprendido también, ¿no crees? Al fin y al cabo, ¿qué otra cosa puede
hacer? Roma no tolerará a un dictador perpetuo, el gobierno de una sola persona. Me
hago cargo de que él pueda desear que le atribuyan la dictadura por período
indefinido. Sería lo más natural. Pero al mismo tiempo, ha de convertirse en una
función honorífica, o de supervisión a lo sumo. Si fuese preciso estar gobernados por
una sola persona, ¿cómo la llamaríamos? ¿El rey? Los romanos no toleraremos nunca
una monarquía. César estaría loco si creyera lo contrario. Y una de las cosas que nos
constan de César es que no está loco, ¿o sí, mi joven Bruto?
—Tú mismo, señor, acabas de contestar a esa pregunta —contesté.
—¡Evidentemente! Pero hay que tener en cuenta que esas guerras terribles nos
han robado a muchos hombres capaces, y han arrancado los corazones de muchas y
muy nobles familias. La lista de los difuntos ilustres es larga y melancólica. Sobre
esto, a muchos de sus herederos los embargan la discordia, el resentimiento y el afán
de venganza. ¿Cómo reconciliaremos a los partidos? ¿De dónde sacaremos los
medios para establecer una nueva concordia entre los distintos estamentos del
Estado? ¿Cómo conciliaremos las exigencias de los militares victoriosos con los
derechos de los terratenientes actuales? ¿Qué pasos habrá que dar para restablecer la
autoridad de los cónsules? ¿Cómo gobernaremos ese extenso imperio que hemos
ganado? Ésos serán los problemas que nos ocuparán durante el arduo período de
reconstrucción que siempre sobreviene cuando acaban las guerras. Tú, Décimo Bruto,
por tus merecimientos disfrutas la privanza de César. ¿Qué proyectos tiene? ¿Cómo
se propone llevar a cabo esa reconstrucción? Por mi parte, no veo cómo se
conseguiría, excepto contando con que esté dispuesto a devolver el poder y la
autoridad a los organismos que legítimamente deben ejercerlos. Me parece a mí que
no se puede perpetuar un sistema impuesto para solventar una crisis una vez que esa
crisis ha desaparecido.
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—No dudo de que César haya considerado estas cuestiones dije, —y tendrán que
ser discutidas. Dicho esto, creo que no estoy en condiciones de extenderme más.
Ya comprenderéis que la situación era delicada. Las preguntas que planteaba
Cicerón eran oportunas, y sin duda se le ocurrirían a cualquiera que reflexionase
acerca de la situación. Pero yo sabía, no obstante, que César evitaba explorarlas. Él
prefería actuar a impulsos de la inspiración, y solía observar que «las mejores
decisiones son las que se imponen por sí mismas; eso quiere decir que la hora ha
madurado».
Con todo, habría sido impolítico sugerir en aquella reunión que nosotros (quiero
decir, los amigos de César) no teníamos en realidad ni la menor idea de cómo debía
reformarse la Constitución después de la guerra.
—Sin duda, cuando algo se ha roto la cuestión estriba en saber si puede
arreglarse, o en qué medida.
El que acababa de hablar era poco más que un muchacho, un adolescente cuyas
mejillas todavía no parecían haber trabado conocimiento con la navaja de afeitar. Era
esbelto, pero de constitución fuerte, de pupilas grises, labios suavemente curvados y
cabellos de color claro, con el flequillo hacia la ceja izquierda. Su tono era frío y no
dio muestras de dirigirse a los comensales. Parecía absorto en la contemplación de su
propio antebrazo, que apoyaba en el triclinio donde estaba recostado. Aquella noche
yo acudí a la cena con retraso, retenido por unos asuntos urgentes. De manera que no
me lo habían presentado, y además Cicerón, como buen egocéntrico, a veces
descuidaba los detalles de la más elemental urbanidad. El chico me había mirado dos
o tres veces por entre las largas pestañas entornadas mientras comíamos, sonriendo
como si me conociese y hubiese entre nosotros un pacto sobreentendido e ignorado
por los demás presentes. Me preguntaba quién sería, y me sentí interesado.
Su comentario pilló a Cicerón por sorpresa.
—¿Qué quieres decir? —dijo.
El muchacho titubeó y se humedeció el labio inferior con la lengua, la mirada
siempre baja (brazo dorado por el sol, redondeado y suave como si fuese de
alabastro).
—Es mucha presunción por mi parte, lo sé. ¡Tengo tan poca experiencia! Pero si
fueron las necesidades del Imperio lo que rompió las estructuras tradicionales de la
República, no veo cómo vamos a recomponerla, excepto si decidiéramos abandonar
el Imperio, lo cual me parece inimaginable.
Cicerón juntó las puntas de los dedos vueltos hacia arriba, los separó, repitió el
ademán dos o tres veces, levantó la barbilla, hasta asegurarse la atención de todos los
presentes.
—¡Hum! Son pensamientos profundos para una persona tan joven, y hacen al
caso, ya lo creo, ¡vaya si hacen al caso! —dijo—. Vamos a ver…, sí, creo que ya he
visto en qué consiste tu error…, el cual, como muy prudentemente has apuntado tú
mismo, tal vez era inevitable dada tu inexperiencia. (Y permíteme decir de paso que
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te alabo por reconocerla, ya que los jóvenes raramente confiesan ese defecto, si bien
estaremos de acuerdo en que el mismo vicia cualquier opinión que expresen, con
independencia de cuál sea el asunto). Así pues, mi querido muchacho, tu error
consiste a mi criterio, valga lo que valga… —A esto bajó la barbilla y nos miró a
todos sonriendo—, que no será poco, según me atrevo a pensar teniendo en cuenta los
elogios que he merecido en mi larga y no del todo improductiva carrera…; decía,
pues, que tu error consiste en adoptar un enfoque puramente mecanicista de los
negocios públicos. Te fijas en la estructura de la Constitución, y observas cómo ésta
se ha visto forzada más allá de sus límites. Pero al hacerlo así, has descuidado otra
cuestión mucho más importante y significativa, que no es el cómo, sino el porqué. Y
no es lo mismo, permíteme que te lo diga. Fácilmente vemos cómo se descomponen
las cosas, pero ¿por qué? Eso es mucho más profundo, y quizá se necesite la sabiduría
de la edad para empezar a vislumbrar una respuesta. Por consiguiente, debo decir que
a mi entender nos hallamos ante un problema de moralidad, fundamentalmente. Sí, de
moralidad, no de mecánica. La enfermedad de la República no radica en sus
instituciones…, instituciones que han superado gloriosamente la prueba del
tiempo…, sino en las personas que las representan. Hoy prevalece el egoísmo donde
antes florecía el afán de servir al interés público. Padecemos las consecuencias de lo
que yo llamaría «individualismo», por decirlo de algún modo. ¿Qué quiero decir con
eso? Sencillamente, la disposición de aquellos hombres que, ante cualquier asunto
público, preguntan: «¿Qué hay de lo mío? ¿Cómo sacaré de esto un provecho
personal?», en vez de plantearse la pregunta que tan noblemente informaba las
mentes de nuestros antepasados: «¿Para qué me necesita Roma?».
Paseó la mirada alrededor de la mesa, mirando fijamente a cada uno de los
comensales hasta que uno a uno fueron bajando los ojos, tal vez por confusión.
Incluso yo desvié la mirada cuando me tocó el turno, pero al levantarla vi que el
joven que había suscitado el tema plantaba cara al escrutinio de Cicerón
devolviéndole una mirada tranquila y aparentemente ingenua. Por sus labios pasó la
sombra de una sonrisa, y su actitud era de gran atención a la réplica del veterano
orador. No había la menor insolencia en aquella sonrisa y no creo que el mismo
Cicerón la interpretase en tal sentido, pero fue él quien apartó la mirada primero y
reanudó su discurso hablando ahora con mayor rapidez.
—¿Qué necesita Roma de mí? Ésa ha sido la pregunta que me he planteado
siempre en mi larga y creo poder afirmar que meritoria carrera. Fue con plena
conciencia de la importancia de esa pregunta como examiné las informaciones que se
me aportaban en relación con la nefasta conjura de Catilina. Si cada uno de nosotros
se plantea esa pregunta, sabremos en todo momento cómo comportarnos. Ese vicio al
que he llamado «individualismo» a mi modo de ver no es romano, sino griego. Hay
que erradicarlo de nuestra vida pública y regresar a nuestras antiguas virtudes
romanas. El individualismo es el azote de nuestra época y el origen del descontento
presente…
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Le temblaban las manos cuando alzó el vaso de vino y se humedeció primero los
labios y luego las sienes con una servilleta.
A mí me pareció que seguramente sin darse cuenta había hablado demasiado, y
con no poca imprudencia. Aquella palabra, «individualismo», que acababa de acuñar,
¿a quién podía referirse sino a César?
La partida se despidió y yo procuré acercarme al joven que había despertado mi
interés por su aplomo e inteligencia.
—Creo que te conozco, pero siento no recordar con exactitud… —dije al tiempo
que salíamos. Aunque estábamos en verano, las noches ya refrescaban.
—Es natural —dijo él—. La última vez que me viste yo era un niño, y sin duda
he cambiado. He estado en el extranjero, pero sé quién eres, ya que mi tío ha elogiado
a menudo tu talento y tu carácter.
—¿Tu tío?
—César. Soy Cayo Octavio Turino. Mi madre es hermana de César.
—¡Ah, claro! Perdona —dije—. En efecto, entonces eras un niño, aunque muy
guapo, y ahora eres un joven pero todavía más atractivo.
—¡Bah! —dijo él, pero no se opuso a que lo tomase del brazo—. Es muy amable
de tu parte. Me he dedicado a frecuentar el trato de Cicerón. Esa palabra que ha
inventado, «individualismo»…, me parece interesante.
—Cicerón idealiza el pasado —contesté—. Creo que en toda época las luchas de
los hombres se mueven por lo que ellos perciben como su interés personal.
—Sí, eso lo entiendo. Pero a lo mejor él tiene razón cuando dice que la búsqueda
del interés egoísta domina hoy la vida pública mucho más que en otros tiempos.
—Quizá, pero no olvides que la rivalidad por el poder y la gloria siempre ha
prevalecido en las mentes de los humanos. ¿Quién de nosotros no busca la gloria
personal?
—Sin duda que tienes razón —dijo él—. Sin embargo, debe existir alguna
manera de vincular esos afanes con el interés público. ¿Tal vez acierta Cicerón
cuando dice que nuestros antepasados tuvieron la fórmula y que nosotros la hemos
perdido?
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juzgándolo con misterioso desasimiento. Y esa cualidad era lo que más me inflamaba.
En el amor buscamos siempre la posesión, pero cuanto más cerca estaba de mí menos
conciencia tenía yo de poseerlo, en un sentido esencial.
Por momentos parecía sólo un muchacho encantado con su propia belleza y por
la adoración que provocaba en mí. Ciertamente solicitaba la admiración. A lo mejor
se echaba desnudo y me invitaba a acariciar sus muslos perfectos (que rasuraba y
aceitaba con especial cuidado), exhalaba murmullos mientras mis labios se deslizaban
sobre su vientre suave y plano, acariciaba mi nuca y pasaba los dedos por mi espalda.
Su goce era tan real como el mío y sin embargo él permanecía siempre reservado,
superior, distante, como observando desde muy lejos. Ni siquiera Clodia superó esa
capacidad de atormentar a un amante.
Si hemos de creer a los filósofos, el amor entre un hombre y un adolescente debe
ser la más noble de las emociones. Ellos dicen que el adulto enseña al más joven la
sabiduría y las virtudes. Conozco esa teoría. Pero nunca sucedió así con Octavio, ni
creo que sea lo más corriente. Yo estaba embelesado, lo cual implica disminución de
facultades. Si ahora yo tratase con Artixes (a quien desde luego no pienso leer estas
páginas de mis recuerdos) como traté con Octavio, tal vez sería posible disfrutar de
esa relación que dicen los filósofos. En cambio Octavio, aunque más joven, parecía
más viejo y más sabio que yo. Durante aquellas semanas fui su esclavo, como antes
lo había sido de Clodia.
Por él descuidé a mi esposa Longina, la hija de Cayo Longino Casio. Me había
casado con ella semanas antes, a instancias de César y para cimentar, como él dijo, la
reconciliación de Casio con nuestro partido. Era poco más que una niña encantadora,
alegre, ignorante y, según me pareció, perversa. Tenía poco que ofrecer a quien había
gozado los abrazos de Clodia, y no tardé en descubrir que me aburría. Le gustaban las
partidas de dados y la murmuración, y tenía un serrallo de muchachos viciosos de su
misma edad, más provistos de dinero que de sentido común, como habría dicho mi
madre. En seguida me convencí de que me engañaba con más de uno de ellos. Para
ser justos, reconozco que ella también debió aburrirse conmigo. Cuando quería era
una compañera encantadora, y desde luego siempre fue muy bonita. Pero por aquel
entonces jamás se le ocurrió frase alguna que se me quedase en la mente más tiempo
del que ella hubiese necesitado para pronunciarla.
Con todo, mi matrimonio tuvo una cosa buena, y fue que me familiaricé con
Casio, mi nuevo suegro. Los seguidores de César desconfiábamos un poco de él.
Respetábamos su historial militar, naturalmente. Siendo pretor, Casio consiguió
rescatar a los sobrevivientes del ejército de Craso después del desastre de Carrhae. Lo
cual no fue pequeña proeza. Y también sabíamos que, de haber seguido Pompeyo sus
consejos, nuestra campaña en Grecia habría resultado todavía más peligrosa y difícil
de lo que fue. Pero pocos le tenían aprecio; con su lengua cáustica había ofendido a
muchos, y se veía que lo hacía a gusto. Ni siquiera César gustaba de su compañía;
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decía que lo ponía nervioso con su «aspecto flaco y famélico», y trataba de echarlo a
broma para disimular el desasosiego que le producía Casio.
—Prefiero ver hombres gordos a mi alrededor.
En una de nuestras conversaciones Casio me dijo:
—¿No se te ha ocurrido que el Estado está desequilibrado? Nadie admira el genio
de César tanto como yo, y sé que tú, Décimo, eres su más leal seguidor. Pero… yo
soy de la escuela epicúrea, ¿sabes?, y profesamos la opinión de que debe haber
medida en todas las cosas. Nada de excesos. Ahora bien, la preponderancia de César
en el Estado ¿no es algo excesiva? Su aureola oculta las de los demás. El esplendor
de ese astro los deja a todos ensombrecidos. ¿Crees que los nobles romanos como
nosotros, criados en una tradición que valora por encima de todo la virtud y los
méritos personales, van a querer vivir mucho tiempo en una oscuridad que es
consecuencia de que toda la luz se haya concentrado en César?
—Ésas son ideas peligrosas.
—Pero no son más que ideas, palabras que se lleva el viento, especulaciones
filosóficas. Nada más que eso.
Escanció vino.
—Cicerón habla de los peligros de lo que él llama «individualismo» —dije—.
¿Es lo mismo que tú dices?
—Cicerón no es más que un pellejo hinchado, supongo que estamos de acuerdo
en eso. Todos procuramos destacar de los demás, ¿y qué es esa lucha sino el
individualismo que ahora dice haber descubierto? Pero antes, cualquier hombre de
noble cuna podía aspirar a triunfar en tal rivalidad. Quedaba convenido que el triunfo
no sería duradero, para dar una oportunidad a otros que también mereciesen salir a
escena. Mientras tanto, permanecían entre telones muchos hombres de señalados
méritos, dispuestos a asumir su misión cuando el Estado requiriese sus servicios.
¿Pero ahora? Las cosas han cambiado, ¿no es cierto? La preeminencia de César es
tanta, que nos obliga a preguntarnos si servimos a Roma o a César.
—El joven Octavio —con no poca contrariedad por mi parte, noté que me
ruborizaba al pronunciar su nombre— me comentaba que nuestros antepasados
habían encontrado el modo de conciliar el afán de sobresalir y el interés público, y
que nosotros los de nuestra generación lo hemos perdido.
—Si quiere ser prudente ese joven, le conviene evitar que su tío sepa que anda
diciendo esas cosas. Pero tiene razón. La cuestión es qué deberíamos hacer. A ti,
Décimo, ¿te parece posible persuadir a César para que se retire de la vida pública? Al
fin y al cabo, tenemos el precedente de Sila.
—Ése es un nombre que no se debe pronunciar en presencia de César, ni menos
aún como ejemplo a seguir.
—Lo entiendo. Pero no estoy hablando a humo de pajas, Décimo, como ahora
habla Cicerón. Se está buscando un disgusto César. Cuanto más se separa de quienes
son sus iguales por naturaleza, más solo se queda en su gloria, y más descontento se
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incuba a su alrededor. El último servicio que César podría hacer a la patria sería
retirarse y consagrar su talento a la literatura, por ejemplo. ¿No dice que ése es el
mayor placer de su vida? Aunque no lo creo, naturalmente. Todos sabemos que sus
grandes placeres son las mujeres y la guerra. Pero podríamos tomarle la palabra de
todos modos. La preeminencia de Pompeyo no me preocupó nunca, pues siempre he
sabido que Pompeyo tenía más fachada que sustancia. Pero lo de César es un caso
diferente. Su preeminencia es real. Por eso es peligrosa. Para él y para Roma.
—¿Qué significa eso, Casio?
—Regresará de África victorioso. Entonces irá a España y acabará con los
últimos residuos de oposición armada. Después de oso, ¿qué piensa hacer? Algunos
dicen que desea proclamarse rey.
Anochecía. Estábamos en la quinta que tenía Casio en las Colinas Albanas.
Soplaba un fuerte viento que empujaba caravanas de nubes teñidas de rojo y doblaba
las copas de los pinos. A lo lelos se divisaba la resaca en las aguas del lago. Casio
echó a la chimenea un tronco de haya, que chisporroteó entre crujidos. Las chispas se
elevaron en el aire y se extinguieron en seguida.
—Un nuevo año —comentó Casio—. ¿Qué nos traerá?
—César jamás aceptaría una corona —aseguré.
—¿Crees que no? Me gustaría estar tan seguro como tú. Cicerón dice que César
arrojará la máscara de la clemencia cuando haya eliminado a los enemigos armados,
¿lo crees tú también?
—No, no lo creo. La clemencia de César no es una postura asumida como un
disfraz o una necesidad política. Puedes decir lo que quieras contra César, y censurar
su vanidad, pero hay que reconocer que ese pronto es innato, que es clemente por
naturaleza.
—Es clemente porque tiene un sentido tan grande de su propia superioridad —
replicó Casio—. Es una manera de hacerla constar. A sus propios ojos, si se vengase
de sus enemigos se rebajaría al nivel de ellos. Sí, eso puedo entenderlo.
—Es posible. Pero también sé que ese impulso lo fortalecieron las experiencias
de su juventud, en la época de las proscripciones de Sila. Le he oído decir a menudo
que aquellos sucesos demostraron que no se consigue nada con la crueldad, sino
concitar odios. «Nadie logró nunca una victoria duradera por esos medios excepto el
mismo Sila, y ése es un ejemplo que no me propongo emular», ha dicho.
(Si le leyese a Artixes este pasaje, diría sin duda que César perpetró crueldades
abominables en las Galias). —Está bien, lo admito— dijo Casio—. Pero ya sabes lo
que también dice Cicerón: que es un infortunio vivir bajo la tutela de César. Incluso
ha dado a entender algo así como que le gustaría verse perseguido por César, porque
eso le devolvería la estima de sí mismo.
—En mi opinión, puesto en el aprieto Cicerón antes prescindiría de su propia
estima que de su comodidad y su tranquilidad.
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—Razón que te sobra, Décimo, porque eso ya lo hizo, y de ahí su permanente
mal humor. En fin, no arreglaremos el mundo esta noche, pero recuerda esto: no creo
que las cosas puedan seguir mucho tiempo más como están. Sospecho que vamos a
tener que elegir entre la tiranía y la anarquía, e ignoro cuál de las dos será más de
temer. Yo también he escuchado a César cuando cita a Eurípides: «¿El crimen es
compatible con la nobleza? Entonces el más noble crimen es el de la tiranía». Temo
que esa tentación le resulte irresistible. ¿Y qué será de nosotros entonces? Pero ahora,
vamos a cenar. Espero que mi hija se comporte a satisfacción tuya. Necesita la
autoridad de un esposo, pues ha crecido sin padre debido a mis prolongadas
ausencias. Y oye una cosa, Décimo: no dejes de la mano al joven Octavio. Esa
amistad tuya puede sernos útil en el futuro.
¡Si supiera!, pensé. Pero a lo mejor lo sabía, y no le importaba.
Lo creí. Sigo creyéndolo ahora, aunque la tentación del suicidio es fuerte. Parece
tan fácil despreciar y desechar la tentación, condenar el acto, desde una posición de
seguridad y bienestar. Pero ahora… ¿debo elegir mi propia manera, en vez de
exponerme a la humillación de sufrir la clase de muerte que otros hayan elegido para
mí? Y sin embargo… todavía veo a Octavio humedeciéndose el labio con esa mueca
suya, quizá nerviosa, y escucho su voz clara y fría: «… no para abandonar. Lo que es
yo, no pienso abandonar nunca». Recuerdo que seguimos discutiendo la cuestión, y
afirmó que iba siendo hora de prescindir de lo que él llamaba «los aspavientos
teatrales de la vieja República».
—Un hombre es un hombre —dijo—. No debería contemplarse como un
personaje trágico. Dejemos esos gestos para el escenario. La vida no es una comedia
ni un drama.
¿Será posible que dijese todo eso él, tan joven, tan bello y tan poco vivido? ¿Que
su mente se hubiese dedicado a meditar sobre semejantes temas?
Y ahora sus palabras ¿son un consuelo para mí, o un reproche?
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Capítulo 7
César regresó de África y celebró cuatro triunfos en un solo mes para conmemorar
sus victorias en las Galias, Egipto, el Ponto y África. Tal fue la manifestación de su
gloria sin precedentes. Claro que los primeros tres debían haberse celebrado mucho
antes, pero la guerra civil lo impidió. A él le complació, sin embargo, el agruparlos de
esa manera. Hizo las delicias del pueblo dándole un mes entero de fiestas, lo cual
corroboraba la creencia popular de que nunca existió otro hombre como César. Al fin
y al cabo un triunfo no era cosa de todos los días. Uno sólo de ellos se juzgaba
convencionalmente como el apogeo de la más ilustre carrera. Semejante
concatenación de triunfos venía a subrayar su extraordinaria preeminencia mejor que
ninguna otra cosa, incluso más que la dictadura vitalicia de que pronto iba a quedar
investido.
Yo naturalmente me dejé ver, puesto que era uno de sus principales
lugartenientes y hombre de confianza. Resabiado y cauteloso, a César nunca se le
ocurriría negar a sus generales la tajada correspondiente de la gloria. En el primer
triunfo, el dedicado a celebrar la conquista de las Galias, desfilé a caballo
inmediatamente detrás de él. De esta manera mi intervención mitigó los efectos de un
desagraciado accidente que, de no haber andado yo ágil, pudo convertirse en esa
especie de catástrofe que desata rumores de mal presagio entre los supersticiosos.
Sucedió que al paso de César por el mercado del Aventino, impasible el ademán
entre las ovaciones de la muchedumbre, se le rompió el eje de su carro triunfal. El
vehículo escoró hacia la izquierda y él habría caído al suelo, pero entonces yo piqué
de espuelas y llegué a tiempo para sujetarlo por el hombro y detener la caída. El
conductor frenó los caballos y los carpinteros, o los carreteros (no entiendo mucho de
esos oficios), se precipitaron a reparar la avería. La procesión quedó detenida casi
media hora, con no poca contrariedad de los que iban detrás. Naturalmente César me
dio las gracias, pero con un tonillo que a mí me pareció de resentimiento. Como si mi
actuación hubiese desmerecido en algún modo la gloria de su gran día. Aunque de
pensarlo un poco más habría visto que el estropicio de su gloria pudo ser mucho
mayor si se hubiese dado la costalada.
No obstante Casca comentó aquella misma noche:
—¡Pobre ratón! ¿Aún no te has dado cuenta de que a César le cuesta menos
perdonar a un enemigo que dar las gracias a un amigo? Pero no te lo tomes
demasiado en serio. Ya sé que estás viviendo una linda aventura. Un poco peligrosa,
desde luego, pero eso aumenta la emoción.
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legionarios, subió al Capitolio entre dos formaciones de elefantes, cuyo número fue
de cuarenta y que servían de portadores de antorchas. Al populacho siempre le
complace ver los elefantes, y ciertamente en esa oportunidad daban un espectáculo
agradablemente grotesco esas grandes bestias flanqueando la cuesta con las llamas
encendidas sobre sus poderosos hombros. A mí me aburren los elefantes, en parte
quizá porque me consta que son ridículamente inútiles en las batallas. Tienden a
desorganizar las formaciones propias en vez de dispersar al enemigo. Pero tengo una
teoría sobre la simpatía que inspiran a la plebe, y es que se recuerda el pánico que los
elefantes cartagineses infundieron a nuestros legionarios la primera vez que los
vieron, según se nos ha contado. De modo que ahora el pueblo se alegra al ver tan
mansa y domesticada esa fuerza que tanto alarmó a sus antepasados. Supongo que
tienen razón en eso; viene a ser como un símbolo del dominio que ha adquirido Roma
sobre el mundo entero.
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—Nunca te he tenido por una gran cabeza teórica en política, ratón —replicó—.
Puede que haya algo de sentido en lo que dices, y es verdad que pienso reformar el
Senado, aunque no recuerdo haber comentado ese asunto contigo. Pero lo que
propones ahora es absurdo. Vercingetórix nos ha combatido en una guerra pérfida y
despiadada. Por su conducta obstinada y traicionera, miles de soldados míos han
perdido amigos y compañeros. No los privaré de una ejecución que tienen derecho a
reclamar. Ni pondré en peligro vidas de romanos permitiendo que cualquier cabecilla
bárbaro crea poder levantarse contra nosotros en armas sin tener que sufrir las
consecuencias. Perdonar a Vercingetórix sería un precedente nefasto que
desencadenaría una marea sangrienta en todo el Imperio. Pero ¿no entiendes, necio
—sí, eso fue lo que me llamó, y sólo entonces comprendí la intensidad de la cólera
fría que acababa de provocar—, no entiendes qué es lo que sostiene el Imperio? Te lo
diré en una palabra: el Imperio se sostiene por el miedo. Tal vez algún día las
mentalidades cambiarán y los pueblos sometidos contemplarán a Roma como una
autoridad paternal. Pero eso no ha llegado todavía; a lo sumo, podemos aspirar a que
nos respeten y nos teman como amos. Y aunque llegase ese día que he dicho, ¿acaso
no es cierto que siempre hay algo de miedo en todo afecto duradero, incluso en el
cariño filial? ¡Ay, ratón, ratón! Dos son las emociones que rigen el mundo y dominan
al hombre común: el miedo y la codicia.
—¿Y qué me dices del amor a la virtud y el afán de gloria? No podemos
descartarlos.
—He hablado de los hombres corrientes, no de los excepcionales. E incluso yo
mismo… —Hizo una larga pausa al tiempo que tamborileaba con los dedos sobre la
mesa, la mirada perdida en la distancia como si contemplase a un gran ejército en
formación ante sus ojos, y a lo lejos el campo de batalla bajo la luz crepuscular, entre
los lamentos de los heridos y las aves carroñeras volando en círculos por encima de
los cadáveres—. Sí, puede que a César le muevan los afanes que has dicho, el deseo
de fama y de gloria, esa virtud suprema que se eleva sobre la vulgar riña de perros.
Pero ellos que gruñen y se revuelven en el fango, ¡qué van a saber de esas cosas! No,
el miedo y la codicia son las pasiones que hacen del hombre lo que es… Y alguna
noche, cuando estoy a solas conmigo mismo, llego a pensar que el afán de gloria que
siente César no es sino otra expresión de la codicia, aunque tal vez un poco más
sublimada, y quién sabe si una forma de miedo también, pues ¿quién sería César sin
esa gloria? Algo que ni siquiera él mismo se atreve a contemplar. No, ratón,
Vercingetórix debe morir de la muerte decretada y dispuesta para él.
Y me dedicó aquella sonrisa seductora de cuyos efectos él estaba tan seguro,
antes de agregar:
—Por otra parte, la plebe podría volverse contra mí si lo perdonase. Le encantan
las muertes y las ejecuciones, ¿no lo habías notado?
Se puso en pie y tomándome del brazo, me condujo hacia la ventana desde donde
se divisaba el Foro y los preparativos para el triunfo del día siguiente. Luego me
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pellizcó la oreja y prosiguió:
—En ocasiones, ratón, he creído que tú al menos me comprendías. Por lo visto
no es así, de modo que vamos a hablar sin rodeos. Tú has comparado mi decisión de
que Vercingetórix debe morir con la clemencia que he usado con los senadores y
otros que se han opuesto a mí en esas terribles guerras civiles. Y te confiesas
perplejo. Pero considera esa clemencia: ¿acaso disminuye el temor que inspiro a esos
hombres? En absoluto, antes al contrario. El noble romano que debe la vida a mi
clemencia se siente inferior a mí para el resto de sus días. Conoce mi grandeza, pues
no puede olvidar que hubo una hora larga y terrible en la cual su vida, su pescuezo,
estuvo entre mi dedo índice y mi pulgar. Expuesto a la extinción entre mis manos. Y
mi acción le recuerda para siempre su inferioridad. Pero ningún bárbaro piensa de esa
manera, porque tienen un sentido del honor diferente del nuestro. Él sólo pensaría que
nos hemos ablandado por alguna razón, que en adelante va a ser posible alzarse
impunemente contra Roma. En cambio, el senador romano a quien he perdonado ve
la fuerza de César en la clemencia de César. Que César se niegue a castigarlo le
proporciona la medida de su insignificancia. Y luego, ratón, debes considerar esto
otro: es ilegal dar muerte a un ciudadano romano sin formación de juicio. Como
sabes, nunca se le ha perdonado a Cicerón que decidiese hacerlo con los secuaces de
Catilina. El caso de un bárbaro es diferente, y por eso Vercingetórix debe morir.
Los que lo vieron dijeron que lo hizo como un valiente.
Tal vez para subrayar aún más su preeminencia, aquel día en que se
conmemoraba la victoria en la guerra póntica César mandó desmontar de uno de los
carros del triunfo el acostumbrado retablo que representaba escenas de la guerra,
dejando únicamente un estandarte con la leyenda: «Llegué, vi, vencí».
Con su laconismo, la orgullosa declaración infundió un terror reverencial en los
ánimos de todos.
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Puedo decir con orgullo que los Juegos Troyanos dirigidos por mí salieron a la
perfección, y todo el mundo los consideró ejemplares.
En las semanas que siguieron a los triunfos me tocó desempeñar otro cometido
de sorprendente naturaleza. Andaba César muy ocupado con sus reformas
administrativas (no todas bien meditadas), y con la reforma del calendario, de cuya
conveniencia le habían persuadido los griegos de Alejandría. Esta idea se apoderó de
su imaginación y fue una de las raras ocasiones en que se atrevió a arrostrar la
animosidad del populacho, que suele odiar los cambios de ese género.
Mientras César se entretenía con estos asuntos se le ocurrió a Cicerón publicar
una elogiosa biografía de Catón. No creo que una provocación deliberada estuviera
en sus intenciones, aunque con un hombre tan complicado como Cicerón nunca se
sabe. Por otra parte, sus relaciones con César eran amigables. Cenaban juntos y
Cicerón debió sentirse halagado al notar el evidente placer que su conversación le
proporcionaba a César. En realidad, si dejásemos de lado su obsesivo egocentrismo
(que, en ocasiones, incluso podía resultar entrañable), era chistoso, agradablemente
malicioso y, sobre todo, de una envidiable variedad. Muy lerdo tendría que ser el que
no supiera apreciar el encanto de sus especulaciones históricas y filosóficas. Por
supuesto, lerdos de ésos hay muchos, y estarían de acuerdo con Marco Antonio
cuando decía que el viejo era un pelmazo. Pero César no participaba de esa opinión,
ni yo tampoco.
Sin embargo, no quedó en eso la admiración de César. Cuando se juzgó a Quinto
Ligario por alzarse en armas contra César (proceso que fue una excepción notable
dentro de su política general de clemencia), éste solicitó a Cicerón que lo defendiera.
O mejor dicho, pues «solicitó» es una expresión demasiado débil: se lo suplicó, y ello
en términos tales que no podían dejar de halagar a cualquier hombre mucho menos
vanidoso que aquél. Pero Cicerón titubeaba. Supongo que no estaba muy seguro de
cómo se tomaría César su intervención, hasta que éste dijo:
—¿Por qué vamos a privamos de un placer que nos ha faltado durante tanto
tiempo, como es el de escuchar un alegato de Cicerón? Sobre todo, habida cuenta que
tengo perfectamente establecido mi juicio sobre Ligario, que es un mal hombre
además de enemigo mío.
Cuando se le comunicó tal pronunciamiento a Cicerón, éste consideró que podía
aceptar la defensa sin riesgo para él. Y habló con toda su antigua elocuencia. Dejó
asombrados a los jóvenes que nunca habían tenido oportunidad de escucharlo antes.
Algunos lloraron, de tan conmovidos por el dramatismo que supo evocar. La
elegancia de su discurso, la abundancia de argumentos, la copiosidad de los
precedentes aducidos se combinaban para hacerlo irresistible. Algunos de los
presentes, hombres hechos en los campamentos y veteranos de diez años de crueles
hostilidades, conocieron quizá por primera vez el poder de la oratoria. En los tiempos
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gloriosos de la República, dijeron, tales experiencias quizá serían cosa de todos los
días; en el nuevo mundo de la dictadura eran una revelación.
Todos los ojos se volvieron hacia el magistrado César. Éste se puso pálido.
Rebullía en el asiento. Resultaba obvio que estaba desgarrado por pasiones
contradictorias. Por fin, cuando Cicerón evocó el tremendo recuerdo de la batalla de
Farsalia y la describió con palabras dignas de Homero, comparando a César con
Aquiles y a Pompeyo con Héctor (comparación arriesgada, a mi modo de ver, puesto
que los romanos éramos descendientes de los troyanos), todo el mundo pudo ver que
César se echaba a temblar. Temí que estuviera a punto de sufrir uno de aquellos
ataques epilépticos que tanto le avergonzaban. La documentación del proceso se le
escapó de las manos y cayó al suelo mientras él alzaba la derecha y exclamaba:
—¡Basta! César venció a Pompeyo, pero Cicerón ha vencido a César con su
elocuencia. Por tanto, dispongo que el caso sea sobreseído.
Dicho esto me hizo una seña para que le ayudase a retirarse de la sala. Todo su
cuerpo temblaba cuando se apoyó en mi brazo.
Quizá fue esta victoria lo que envalentonó a Cicerón e hizo que se atreviese a
publicar su Catón. Lo cual no dejaba de tener su mérito. Ciertamente no le faltaban
motivos de gratitud hacia el difunto, porque fue Catón quien muchos años antes,
siendo tribuno, propuso que se le concediese a Cicerón el honorífico título de «Padre
de la Patria». Por otra parte, y aunque el respeto de Cicerón ante el empecinamiento
con que defendió Catón su anticuada idea de una República refractaria a toda reforma
fuese sincero, él mismo era demasiado inteligente y civilizado como para satisfacerse
con la estrechez de miras de Catón, su xenofobia y su desprecio a los intelectuales.
En este sentido, pues, el panegírico fue una acción deliberada y al mismo tiempo —
como no podía ser de otra manera— la más coherente y persuasiva crítica contra la
dictadura de César. Todo eso dicho en clave, por supuesto; Cicerón era demasiado
cauto y timorato para criticar a César abiertamente. Pero como era un maestro de
todas las artes retóricas, nadie que leyese el Catón dejaría de notar la fuerza de la
tesis implícita: que un régimen unipersonal sería contrario tanto a las tradiciones
como a los intereses de Roma. La República, insinuaba, había prestado buenos
servicios a Roma, y salvaguardó nuestras libertades. Las instituciones republicanas se
habían evidenciado suficientemente flexibles en el decurso de muchos siglos, e
hicieron posible que Roma superase muchas y muy variadas crisis. ¿Procedía echar a
un lado esa herencia, bien fuese para satisfacer la ambición de un solo hombre, por
más noble y virtuoso que lo creyéramos, o bien para resolver una dificultad temporal?
—La construcción de un contrato social, o su renovación, o su reforma, como
todas las ciencias experimentales no puede enseñarse a priori —declaró una vez
Cicerón en mi presencia—. Tampoco será una experiencia breve…, la experiencia,
digamos, de una sola generación, la que nos ilustre acerca de esa ciencia práctica,
porque las consecuencias de las causas morales rara vez son inmediatas. Y lo que hoy
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parece deseable, o incluso eminentemente necesario, puede resultar perjudicial en sus
consecuencias más lejanas.
Pontificando así ante los comensales, apoyado en su triclinio, la aquilina cabeza
levantada y alargando el escuálido cuello (como si invitase a la espada), hablaba con
una lucidez inspirada por su apasionado compromiso con lo que él creía ser la verdad.
(O así me lo pareció por aquel entonces; hoy me pregunto retrospectivamente si no
sería otra de sus extraordinarias actuaciones como defensor. ¿Cómo vamos a calibrar
la sinceridad de un maestro del idioma?).
—La naturaleza del hombre es intrincada y los objetos sociales son de la mayor
complejidad imaginable. De ello resulta que ninguna disposición simplista del poder
en un Estado puede ser idónea, ni según la naturaleza del hombre, ni según la
cualidad de sus asuntos. Y el gobierno unipersonal es la simplificación por
antonomasia, más recomendable para unas tribus bárbaras que para los ciudadanos
romanos. Cuando oigo que hombres como Antonio elogian la simplificación
dispositiva que debe perseguir y alcanzar cualquier constitución reformada, me quedo
estupefacto ante semejante exhibición de ignorancia de las complicaciones de la
ciencia política. Los gobiernos simples adolecen de un defecto fundamental. Si
dejamos a un lado las opiniones tradicionales y las normas de vida heredadas de
nuestros ilustres antepasados, incurrimos en una pérdida inestimable.
»Ahora nos hablan de las exigencias de la coyuntura. Un hombre como Antonio
—siguió diciendo, mientras yo me preguntaba si al decir Antonio quería referirse,
una vez más en clave, al mismo César—, incapaz de toda reflexión, ajeno a todo
impulso de veneración…, impulso que debería servirnos de defensa frente a todo
género de especulaciones precipitadas…, ¡un hombre así nos habla de la necesidad de
renovación! Es verdad, y lo admito, que un estado desprovisto de medios para
reformarse a sí mismo carecería de los medios para su propia conservación. Pero…,
amigos míos, y ése es un pero muy grande…, conviene recordar esto. Muchas veces
el afán de renovación es consecuencia de un carácter egoísta y de una mentalidad
estrecha. No mira con inteligencia a la posteridad el hombre que nunca mira atrás,
con admiración y afecto, hacia los antepasados. En otras ocasiones os he hablado de
los peligros de lo que yo llamo el individualismo. ¿Por qué? Porque temo, o mejor
dicho creo que todos deberíamos temer el momento en que cada hombre decidiese
atenerse a su solo y exclusivo juicio para todo lo tocante a la vida y al trato humano;
porque ese juicio solitario no puede ser sino débil y de escaso fundamento. ¿A qué
privarnos de ese depósito general y ese capital de sabiduría y experiencia heredado de
las generaciones que hicieron de Roma lo que es ahora?
»Se me asegura que ésta es una época trastornada. No digo que no, porque es
demasiado evidente que lo está en ciertos aspectos. Pero veamos los motivos, amigos
míos. No nos contentemos con las respuestas fáciles. ¿Acaso no es obvio que las
personas como Antonio… —Y al fruncírsele el labio y temblarle la voz, de nuevo
intuí que habría sustituido de buena gana ese nombre por el de César, si se hubiese
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atrevido—, que esos hombres no tienen ningún respeto por la sabiduría ajena, ni por
la tradición, ni por nuestra herencia? Ellos lo reemplazan por una fe absoluta en su
propia sabiduría. Me sentiría más cómodo si pudiese hallarme de acuerdo con ellos;
más cómodo y más imprudente también…
»De modo que estamos en una época de trastorno. Sea, admitámoslo. Es una
época infeliz, azotada por la guerra civil, la discordia, las ambiciones egoístas. Pero
no se agota con eso la relación de nuestros infortunios. El verdadero infortunio de
nuestro tiempo, de ésta era decadente, es que todo cuanto recibimos se ha convertido
en asunto de discusión. Que hayamos convertido en tema de altercados la
Constitución de Roma, construida con afán, inteligencia y fervor patriótico durante
siglos, en vez de disfrutar de ella. Si continuamos por ahí no tendremos una ley
fundamental, una convención estricta, una tradición respetada que ponga limites al
poder absoluto. En vez de hallarnos obligados, cómoda y correctamente obligados al
acatamiento de una constitución establecida, nos veremos sometidos a un reducido
número de poderosos… dinastas, por usar la palabra griega…, y ellos harán una
nueva constitución a su medida, adaptada exclusivamente a sus propios deseos y a
sus ambiciones egoístas.
En su Catón no había osado manifestarse con la franqueza que ante sus
compañeros de mesa, pero los mismos argumentos se leían entre líneas en la
biografía, en lo que los griegos llaman «el subtexto». Ahí Catón era no tanto un
hombre como un símbolo. Y no me pareció mal. Como símbolo resultaba mejor y
más eficaz de lo que había sido como hombre en toda su equivocada y estúpida vida.
A César le inquietó el Catón, y creo que además le molestó. En parte porque su
admiración por Cicerón era genuina (en la medida en que tal emoción pudiese
llamarse genuina, tratándose de César), y en parte porque había confiado en que
Cicerón correspondiese con el mismo sentimiento. En cierta medida así fue; admiraba
a César, por más que condenase su carrera. Y también lo apreciaba. Alguna vez
sugirió que César era el único hombre con quien podía hablar en condiciones
próximas a la igualdad.
Pero la inquietud de César era más profunda y le alcanzaba en donde él se creyó
invulnerable. Cicerón ponía en duda el concepto que César tenía de sí mismo. Por un
instante se abrió paso en la mente de César la sospecha de que su propia carrera,
guiada por los astros según él afirmaba siempre, estuviese mal orientada. En seguida
se echó tal sospecha a la espalda, naturalmente.
—Lo malo de Cicerón es que se aferra a unas certezas que ya han sido barridas
por los vientos del mundo —decía.
Creo que, a sus propios ojos, él mismo personificaba esos vientos.
—Hay que replicar a ese Catón —anunció—. No vamos a permitir que nadie
suponga que Cicerón ha dado a luz un argumento que nos intimida. Por desgracia
estoy muy ocupado en los asuntos prácticos y no voy a tener tiempo para hacerlo. Tú
escribes bien, ratón. Tus boletines siempre me parecieron modélicos en cuanto a
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lucidez y buen sentido. Por cierto, ¿sabías que mandé copiar y repartir entre la
oficialidad el informe que me enviaste a África sobre el estado de la opinión aquí en
Roma? A título de ejemplo sobre cómo deben escribirse. Además admiro tu
sarcasmo, tu capacidad para desenmascarar la hipocresía. Y estarás de acuerdo
conmigo en que Catón era todo hipocresía. Sí, vas a componer un Contra Catón para
mí. Vas a demostrar que fue un loco obstinado y malévolo. Veinte mil palabras serán
suficientes, ratón. Cuento contigo para dentro de una semana, ¿crees que podrás
conseguirlo? Bien. Lo esencial es rebatir los argumentos de Cicerón, y la mejor
manera de hacerlo consiste en demostrar que su héroe era un bufón y que no tenía ni
idea de cómo funciona el mundo. Lo publicaremos firmado por mí. Eso me parece
imprescindible para llamar más la atención. Quedamos de acuerdo, pues.
Así fue como compuse lo que ha sido el panfleto político más demoledor que
Roma haya visto en mi época, aunque me esté mal el decirlo. Arruiné la exagerada
reputación de Catón. Y quedó claro que, si Cicerón presentaba a semejante hombre
como héroe y ejemplo, su propia argumentación no valía una mierda pinchada en un
palo. Disfruté mientras lo escribía y me salió brutal, sarcástico e ingenioso. Durante
semanas los romanos rieron leyéndolo. Y Cicerón se retiró en seguida a su quinta de
la Campania, incapaz de soportar la hilaridad suscitada por mí a su costa. Los lectores
dijeron que su Catón tenía la gracia de una vieja solterona, mientras que mi respuesta
era tan deliciosa como una muchacha núbil. Y, por supuesto, Cicerón no se atrevió a
contrarreplicar, ni a criticar mi obra, porque creyó que era César el autor.
Sólo dos consideraciones enturbiaron mi satisfacción. La primera fue la reacción
de César. Naturalmente no anduvo parco en elogios, pues siempre seguía la política
de reconocer el buen trabajo hecho por aquéllos a quienes tenía por subordinados
suyos. Y, en la eventualidad, era obligado admitir que mi sátira había alcanzado
exactamente el efecto que él deseaba. Yo había sajado el divieso sin dar tiempo a que
se enconase como él temía. Y no podía dejar de agradarle y divertirle la obvia
perplejidad de Cicerón…
Sin embargo, interrumpió las manifestaciones de alabanza para decir:
—No es por criticarte, ratón, pero insisto en que me habría gustado tener tiempo
para escribirlo yo. No pongo en duda lo que has hecho, que es admirable de veras,
pero te digo que no has tomado la plena medida del tema en discusión. Aunque tienes
un talento extraordinario para el sarcasmo, como ya he dicho otras veces, te falta el
escepticismo fundamental de los verdaderos grandes. Tus argumentos andan cortos de
fuerza, de libertad. Y también se echa en falta más exuberancia. Pero ¿cómo podría
ser de otra manera? Eres un buen muchacho y un escritor hábil, y por eso te aprecio y
te lo agradezco. Pero no eres César. No has sabido arrojar lejos de ti las cadenas que
se forjan en las cárceles de la convicción.
Considerando que el Contra Catón —del cual, lo repito, soy autor único, puesto
que César no añadió ni una sola línea, ni revisó siquiera el panfleto, digan lo que
quieran algunos— tiene una frescura y una vitalidad que ya nos gustaría encontrar en
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la crónica, bastante indigesta a ratos, que él hizo de su guerra de las Galias, esa crítica
además de injustificada me pareció un ejemplo de lo que viniendo de otro que no
fuese César yo habría llamado «impertinencia». Por supuesto, no se lo dije, sino que
me limité a escuchar sus observaciones sin hacer ningún comentario.
La segunda consideración fue todavía más preocupante. No conseguía quitarme
de la cabeza el subtexto de Cicerón. Y me sorprendí a mí mismo preguntándome si tal
vez éste se hallaba en lo cierto.
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Capítulo 8
Por fortuna no me quedó mucho tiempo para cavilar sobre la cuestión. Los asuntos de
España reclamaban la presencia de César y en esta oportunidad me pidió que le
acompañara, con no poca satisfacción por mi parte.
—Será la campaña más formidable desde lo de Farsalia, y necesito generales en
quienes pueda confiar —dijo—. En todo caso, aquí ya no tienes nada que hacer,
ratón, y todavía no te corresponde la gobernación de la Galia Cisalpina. Además me
propongo llevar conmigo al joven Octavio, y no conozco ningún oficial más idóneo
que tú para enseñarle las artes de la guerra. Excepto yo mismo, claro está, pero yo
voy a hallarme demasiado ocupado para atender a ese mozo como a mí me gustaría.
Entre tú y yo iremos formándolo, no obstante, y si no pudiera contar contigo sería de
temer que cayese bajo la influencia de Antonio. Con eso no digo nada en contra de
Antonio, desde luego, cuya lealtad y cuya capacidad aprecio. Reconozco su simpatía
y su atractivo tanto como aplaudo su valor. Pero no diré que sea la influencia más
recomendable para un joven, ni mucho menos para ese sobrino mío que va a ser
además mi heredero.
Y así sucedió que emprendí viaje con César y con Octavio. Por hallarse muy
avanzada la estación —nos hallábamos en la segunda quincena de noviembre cuando
por fin logramos ponernos en marcha—, elegimos la vía terrestre. Recorrimos en
carromatos la Galia Cisalpina, continuamos por la costa norte del Mediterráneo y
entramos en España por ese paso estrecho que hay entre la montaña y el mar.
En este largo viaje César se mostró, como siempre, conversador brillante y
ameno. Se hizo admirar por el joven Octavio hablándole de historia, de política y de
temas militares. Le agradaba la variedad y, sobre todo en las sobremesas de las cenas,
solía divagar hacia asuntos de filosofía y literatura. Por mi parte confieso que he
aprendido más de César que de ningún otro hombre, y también Octavio sacaba
mucho provecho de aquellas largas charlas con su tío. Pero era demasiado listo para
tragárselo todo por mucho que fuese César quien lo dijera, y más de una vez irritó al
general por la pertinacia de sus preguntas.
El viaje habría resultado muy placentero, a no ser por dos cosas. La primera, que
incluso antes de salir Octavio dejó bien claro que nuestra relación no podía continuar
siendo la misma de antes.
—Siempre tendrás mi aprecio, ratón, y recordaré nuestra pequeña aventura con
cariño —dijo—. Pero ya no soy un muchacho al que se besa y acaricia. Considero
esta campaña como el principio de mi carrera en la vida pública, y no sería oportuno
que me expusiera a un escándalo, ni a que nadie pueda decir de mí que soy un pático.
Estoy seguro de que comprenderás mis motivos y te alegrarás de mi decisión. Sé que
lo harás, pues creo que tu amor hacia mí se basa en el respeto y no sólo en el deseo.
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La menor insinuación de que nuestras relaciones continúan como cuando mi tío
estaba en África nos comprometería a los dos. Tengo para mí que César conoce lo
que ha habido entre nosotros, porque mi amigo Mecenas descubrió que estoy vigilado
por sus confidentes, sin duda para averiguar si soy digno de que me nombre su
heredero. Ya sé que no te simpatiza Mecenas, pero te aseguro que en asuntos así no se
equivoca.
En lo cual tenía razón. Yo detestaba y despreciaba a Mecenas, un joven
aristócrata que decía ser descendiente de los reyes etruscos. Era un elegante, un esteta
con cierto tufillo epiceno, tanto así que no me quitaba de la cabeza que también
estaba enamorado de Octavio y era de temer que lo arrastrase a sus costumbres
libertinas. Me sentí aliviado cuando supe que no venía con nosotros porque iba a
estudiar retórica y filosofía en Grecia, donde estoy seguro de que también hallaría
otras distracciones menos respetables.
No le hice una escena a Octavio ni traté de persuadirlo, porque tal como él
suponía entendí en seguida lo acertado de su decisión. Lo que no quiere decir que me
resultase fácil aceptarla, pues en los últimos seis meses se había puesto más hermoso
y deseable que nunca. Pero yo siempre he tenido en gran estima la virtud, y para mí la
virtud principal después del valor es la estima de uno mismo. El que no se respeta a sí
mismo no puede alcanzar ninguna otra virtud, ni tampoco la sabiduría. De manera
que me conformé.
A pesar de ello, la constante presencia de Octavio al tiempo que me negaba su
persona constituía una emoción agridulce. Por una parte, seguía disfrutando el
encanto de su cercanía, su sonrisa (que siguió dispensándome con la misma asiduidad
de siempre) y su conversación, lo cual me permitía consolarme con el afecto que
seguía demostrándome y el evidente placer que le daba mi compañía. Pero por otra
parte, el deseo me tenía consumido. Alguna vez me sorprendí murmurando los versos
que mi pobre Catulo dedicó a Clodia.
Antonio vino en seguida a empeorar el panorama. Octavio le inspiraba una fuerte
antipatía y lo llamaba «ese chico de la cabeza blanca» (aunque no tenía el cabello
blanco sino dorado pálido). Nunca supo tener la boca cerrada Antonio, especialmente
después de tomar dos o tres copas. Una noche se enfadó porque durante la cena
discutieron y Octavio le demostró lo descaminado de sus argumentos, ante lo cual
César se echó a reír y asintió con regocijo:
—El chico te ha pillado ahí, Antonio —comentó—. Tú tendrás los hombros más
anchos, pero él tiene la cabeza más clara. Será mejor que no te vuelvas a medir con
él, porque te derrotará todas las veces que se lo proponga.
Antonio frunció el ceño y dedicó a la botella el resto de la velada. Por la noche
esperó a que los demás se retirasen, despidió a los esclavos y empezó a desahogar su
resentimiento.
—He servido lealmente al general durante casi diez años. He combatido a su
lado. Jamás me confió una misión que yo no ejecutase con éxito. Y todo para tener
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que aguantar que ese mocoso haga burla de mí. ¿Mocoso? ¡Qué digo mocoso! ¡Algo
mucho peor que eso!
Se alzó con esfuerzo de su triclinio y se derrumbó sobre la mesa.
—Todos conocemos las costumbres del general. Ese mocoso le calienta la cama.
Está bien. Cada uno la mete donde puede, pero no se desaira a un amigo leal por un
encapri…, un encapri…
Evidentemente la dificultad estaba en la palabra «encaprichamiento». Cuando
alzó los ojos tenía la mirada vidriosa pero su mente —siempre bastante aguda,
cualesquiera que fuesen sus conocidos defectos— seguía funcionando.
—¡Ah, ratón! Eso te ha herido en lo vivo, ¿eh? ¿Acaso no lo sabías? Tú a mí no
me engañas. No creas que no me he dado cuenta de cómo mirabas al mocoso. Pero
ahora el general te ha quitado el sitio —siguió hablando con lengua cada vez más
estropajosa—. Pues bien, recuerda esto: el mocoso sabe dónde le aprieta el zapato.
Para qué perder el tiempo con el ratón si puede conseguir a César…
No lo creí. Pero desde ese instante sentí el aguijón de los celos. No conseguía
olvidar la sospecha que había suscitado. Observé cómo adulaba Octavio a César y
descubrí su coquetería. Además me constaba que César era capaz de cualquier cosa.
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Balbo demostró su generosidad (y su gran fortuna) asumiendo filosóficamente las
pérdidas y renunciando a reclamar la indemnización a cargo del tesoro público que
César se habría sentido en el deber de concederle.
En la región central de España los inviernos son terribles. Los ríos son torrentes
de espuma encajonados en gargantas rocosas. Aquella inmensidad es como la del
desierto, pero muy diferente del desierto en su sentido. Éste niega al hombre, España
lo rompe a imagen y semejanza de sus quebradas cordilleras. Nunca he conocido una
tierra que mostrase tan a las claras su indiferencia hacia el hombre y cuanto él
representa. De ahí, tal vez, las atrocidades de la guerra de España.
Nos abrimos paso hacia el sur luchando más contra los elementos y la geografía
que contra el enemigo, que iba rehuyendo el enfrentamiento. Avanzábamos por entre
el panorama de destrucción que ellos dejaban. La comida escaseaba y se hacía muy
difícil mantener organizadas las vías de aprovisionamiento. A menudo he dicho que
el oficial más importante del ejército es el intendente; eso nunca fue tan cierto como
en España.
Por fin nos encaramos con Labieno y Pompeyo en la llanura de Munda, no lejos
de Córdoba. No pudieron demorar más la batalla. Sabíamos que fue Labieno quien
aconsejó la retirada para tratar de agotar nuestras fuerzas. Cneo Pompeyo habría
cedido a su impulso de presentar batalla muchas semanas antes, pero Labieno se lo
impidió. Tal vez esperaba que la conocida impaciencia de César le indujese a realizar
algún movimiento precipitado. Al fin y al cabo, ningún militar excepto yo mismo
conocía mejor la mente de César. Y, de hecho, faltó poco para que la estrategia de
Labieno le diese resultado, porque César quería rodear al enemigo por el flanco y
estuvo a punto de ensayar esa audaz maniobra (que naturalmente habría expuesto su
propio flanco a un contraataque mientras el grueso de su ejército se hallaba todavía
en marcha). Pero yo le hice ver que al aceptar la aparente oportunidad que ofrecían
los movimientos del enemigo caería en la trampa que le tendía Labieno. Aunque mi
sugerencia no le hizo ninguna gracia, uno de los aspectos del genio de César que
nunca le fallaron (y como tú ya sabes, Artixes, el genio no se lo discuto, y vosotros
los galos habéis recibido de él muy severas pruebas) era el de saber escuchar la voz
de la razón en los instantes decisivos. De manera que, si bien le picó la insinuación de
que su juicio hubiese errado en la oportunidad, consideró debidamente el caso y por
último decidió actuar según yo le aconsejaba. Y debo decir que no se mostró
resentido porque mi juicio resultase más acertado que el suyo, aunque tampoco se le
ocurrió reconocerlo públicamente. E incluso, cuando Antonio propugnó ese
desbordamiento por el flanco aduciendo persuasivamente el factor sorpresa y la
posibilidad de obtener una victoria rápida, César se lo rebatió utilizando mis
argumentos como si fuesen de su cosecha. Pero supongo que también es una marca
del genio esto de colocarse siempre por encima de todos los demás.
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Labieno escogió la posición. Bastaba verla para darse cuenta de que la idea era
suya. Ocupaban unos altos y a espaldas de ellos continuaba la suave elevación hacia
la aldea de Munda. No era una ladera muy empinada pero desde el llano donde
estábamos sería preciso subir todavía unos cien pies. Parecen pocos, pero no lo son
para enviar los soldados a la carga contra una fuerza bien pertrechada y entrenada,
además de no escasa en número. Teníamos averiguado que Labieno y Pompeyo
contaban con unas trece legiones. Con ellas habían formado el centro, y las tropas
auxiliares africanas y españolas, la mitad de éstas a caballo, ocupaban los flancos. En
éstos las rampas eran más pronunciadas. Así que no teníamos otra opción sino atacar
de frente.
La noche de la víspera, un día después de los idus de marzo, fue muy fría. Heló y
hubo una lluvia de estrellas fugaces. Los sacerdotes dijeron que las imágenes de las
divinidades protectoras que transportaba nuestra comitiva habían llorado sangre. Un
desertor nos aseguró que las águilas de las legiones pompeyanas, tras soltar de sus
garras los rayos de oro, habían desplegado las alas y echaron a volar hacia nuestro
campo. En vista de que no llegaba ninguna, se le administró una buena tanda de
latigazos. Supongo que sería un borracho o un loco.
La batalla comenzó por una breve escaramuza de caballería que no decidió nada,
como suele ocurrir en estos casos. Luego las fuerzas entraron en contacto. No era día
para maniobras, ni se disponía de espacio para intentar ninguna sorpresa. En seguida
vi que ganaría la batalla el que pegase más fuerte. En esta clase de batallas lo que
cuenta más es la moral. Mientras el soldado se vea flanqueado por sus compañeros,
no cederá terreno. Y además, si son tropas experimentadas saben que no tienen más
que dos opciones: romper, o ensayar una retirada ordenada, que es el movimiento
más difícil de todos. En cuanto al oficial avezado, tiene en mente dos temores con
exclusión de todos los demás: el primero, que sus tropas no rompan en un frente
demasiado estrecho, porque al profundizar se arriesgan a quedar embolsadas y sería
el exterminio. El segundo peligro es el del pánico. Por tanto, su tarea consiste en
evitar que se desordenen las líneas.
Jamás he visto un combate como el de Munda. Nuestras fuerzas hicieron gala de
un valor admirable. No habían recorrido toda España a marchas forzadas, soportando
privaciones terribles, para perderlo todo ahora. Pero me sorprendió la decisión con
que luchaba el enemigo. No se parecía a nada de lo visto antes durante las guerras
civiles; era como si el odio que Labieno y el hijo de Pompeyo le tenían a César se
hubiese contagiado a todo el ejército. En una de esas súbitas revelaciones que le
sobrevienen a uno cuando los nervios y los músculos están en máxima tensión,
comprendí que aquella resolución era justamente lo que habían perseguido los
mandos del enemigo con la táctica de las atrocidades. En las campañas anteriores
César anunciaba su política de clemencia y con ello lograba debilitar la moral del
enemigo. Pero en esta ocasión los soldados del bando contrario sabían que, de
resultas de sus propias acciones, el perdón no era posible para ellos. De manera que
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se planteaba la batalla en términos de victoria o muerte, para ellos lo mismo que para
nosotros.
Al cabo de unas dos horas de combate apenas habíamos ganado terreno. El
enemigo cedió unos treinta pasos pero su posición era, si cabe, aún más fuerte que al
principio. Un titubeo recorrió nuestras líneas. Entonces fue cuando César perdió el
dominio de sí mismo.
Arrebatando la espada y el escudo de un soldado herido, gritó:
—¡Soldados! ¿Vais a entregarme a estas gentes?
Con cuyas palabras cargó contra las filas enemigas, y por un momento
desapareció de mi vista.
—¡Salvemos al general! —grité—. ¿Vais a dejar que muera solo? ¡No caigamos
en esa deshonra!
Agarré del hombro a un centurión y le indiqué la aglomeración que luchaba
alrededor de César.
—Ahí es donde se gana la batalla. Salvemos a César o muramos deshonrados.
Enarbolando la espada (aunque en seguida la coloqué en primera posición de
ataque) encabecé la carga de unos doscientos hombres hacia el lugar donde
combatían las tropas que rodeaban a César. Por unos instantes la batalla pareció
indecisa. Luego, poco a poco, el enemigo empezó a retirarse, aunque siempre en buen
orden.
Era el momento de mayor peligro para nuestra posición. Me pareció ver cómo
sonreía Labieno desde su ventajoso observatorio, a las puertas de Munda. Cincuenta
pasos más, debía pensar, y podré lanzar a mi caballería sobre el flanco del enemigo.
Grité mandando a los nuestros que detuvieran el ataque y volvieran a cerrar filas,
pero en medio de aquel alboroto y apuro nadie me escuchó, ni hubiese tenido nadie
dominio de sí mismo como para obedecer. Miré hacia los altos y vi las cohortes de la
caballería y la infantería de Labieno cómo maniobraban desde la derecha y el centro.
Veía muy comprometida nuestra posición. Y todo, murmuré entre maldiciones, por
culpa del insólito instante de pánico que había tenido César (aunque, justo es decirlo,
creo que pudo ser consecuencia de un ataque epiléptico sufrido unos días antes).
Pero… siempre estuvo persuadido César de ser un favorito de los dioses, y, si
alguna jornada demostró que así era, ésa fue la de Munda. La maniobra de Labieno,
aunque admirablemente inteligente, lo destruyó. En las primeras filas, sus hombres
vieron también el súbito e inesperado despliegue de las reservas, y lo interpretaron
mal. En vez de entender que se disponía a asestar el golpe victorioso, creyeron que
los de atrás habían iniciado la desbandada general. El pánico se propagó con la
celeridad del rayo, como siempre ocurre. Excepto una legión que se replegó en buen
orden y cayó peleando casi hasta el último hombre, las fuerzas del enemigo se
desintegraron.
Era inaudito que una batalla pudiese cambiar tanto en tan breve lapso de tiempo.
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Una de las alas de la formación enemiga emprendió la fuga buscando refugio en
Córdoba. Los demás se vieron repelidos hasta el foso de las defensas de Munda. Allí
no había escapatoria. Se hicieron pocos prisioneros. Nuestros legionarios estaban
decididos a terminar con las guerras civiles de una vez por todas, allí mismo y bajo la
media luz del crepúsculo. Nada podía impedir la matanza, ni aunque lo hubiese
mandado el mismo César. Que no lo hizo. Por primera vez en todas las guerras civiles
no se dio cuartel.
—Muchas veces he luchado por la victoria —dijo César mientras caía la
oscuridad de la noche sobre el campo de batalla, aunque los gritos de los moribundos
y los heridos retrasaron el silencio de la noche durante largas horas—, pero ésta es la
primera vez que he combatido por la vida.
Se dijo que las bajas del enemigo ascendían a casi treinta mil. Entre los caídos
encontramos al propio Labieno, y contemplé aquel semblante de rasgos fuertes,
orgulloso y ceñudo.
—Este camino lo eligió él mismo —comentó César.
Aquella noche Octavio me visitó en mi tienda. Estaba pálido y tembloroso.
—Esto es la guerra —le dije—. La gran destructora de las ilusiones.
Pero no terminó todo ahí. Los dos hijos de Pompeyo lograron escapar. Sexto
consiguió ocultarse; a lo que parece, nadie supo dónde. Cneo huyó hasta Gibraltar y
allí encontró la flota en manos de César. Deshizo camino y se alejó de la costa, hacia
las montañas. Allí lo descubrió una tropa de las que se dedicaban a limpiar la
retaguardia. Lo hallaron herido en una cueva, abandonado de todos excepto un par de
esclavos. Pidió clemencia. Ni siquiera en ese extremo, según me han contado, supo
evitar que asomase a su voz el tono de arrogancia. No se le concedió. Los soldados
acabaron con él en seguida y tuvo el mismo final que su padre, la cabeza cortada y
enviada a César.
Mientras tanto, Córdoba quedó cercada y fue tomada al asalto. Más de veinte mil
soldados y ciudadanos fueron pasados a espada. Antonio destacó en la matanza con
poderío, ebrio de vino y de sangre. La palabra «clemencia» resonaba en mis oídos
como una esquila burlona. Mucho habíamos andado desde aquella mañana a orillas
del Rubicón.
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Capítulo 9
Qué cosa tan extraña es el amor, palabra que empleamos habitualmente como
eufemismo del deseo sexual. Mi pasión por Octavio feneció. El final fue de lo más
repentino. Pocas noches antes del saqueo de Córdoba se me presentó hecho un mar de
lágrimas, balbuciendo palabras confusas. A lo que entendí, Antonio (que llevaba una
semana entera borracho como una cuba) había intentado violarlo. El muchacho
tartamudeaba mientras iba contando lo sucedido, y no me pareció tan hermoso en ese
momento. Sentí un impulso de crueldad, no de ternura. Lo miraba con desprecio y tal
vez incluso con repugnancia. Quizá necesitaba mi ayuda. Pero yo no tenía nada que
ofrecerle. Algo acababa de romperse dentro de mí.
Pocas semanas más tarde se marchó a Grecia para continuar sus estudios por
orden de César. Iba a reunirse con Mecenas, y acompañado por un oficial que era otro
jovenzuelo malcriado, el llamado Marco Agrippa. Me sentí aliviado cuando
desaparecieron. Su presencia había empezado a incomodarme. No hay nada tan
muerto como una pasión que se ha dejado de sentir. Transcurridos algunos meses la
ternura retornó en parte, pero en la correspondencia que cruzábamos se notaba la
distancia que había quedado entre nosotros. En nuestras cartas se habría buscado en
vano cualquier alusión a una intimidad, y supe que cuando volviéramos a vernos
aquella distancia se evidenciaría insalvable, como una franja de tierra inhóspita a lo
largo de la costa.
Mi madre solía decir que el deseo es un juego que inventaron los dioses para
divertirse burlándose de nosotros. Cuando recordaba su pasión por César ni ella
misma lograba entender cómo había sido posible.
¿Tal vez sea la consecuencia de un determinado juego de luces, o de una
disposición momentánea de los miembros, las líneas corporales y la postura?
Qué extraño que me preocupe ahora esta cuestión.
Para mí siempre va unida a cierta idea de degradación. Por eso resulta más
intrigante la repulsión que me inspiró Octavio.
Quizá fue su inexperiencia lo que me atrajo. Lo ignoro.
Cuando miro a Artixes me inclino a creerlo.
A mi regreso a Roma, nada más llegar sorprendí a Longina en la cama con un
muchacho de cabello ensortijado. Ambos se incorporaron de un salto, Longina
mostrando sus espléndidos pechos. En el rostro del mozo vi primero sorpresa,
después indignación y, por último, espanto al reconocerme. Yo no tenía ni la menor
idea de quién era. Parecía incluso más joven que mi mujer. Ella se humedeció el labio
superior con la lengua y luego sonrió.
—Hola, marido —dijo—. Qué sorpresa tan encantadora —añadió en griego.
—Con razón se alarmaron tus libertas al verme.
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—Habrá que azotarlas en castigo por permitir que irrumpieses de esa manera en
mis aposentos.
Se arrellanó sobre las almohadas y abatió las pestañas en un parpadeo de falsa
ingenua.
—A cada uno, lo suyo —dijo—. Juraría que no me has sido del todo fiel en
España. Es un amigo de César —explicó volviéndose hacia el muchacho—, y ya
sabes lo que eso significa. Por otra parte, has estado viviendo una tremenda aventura
con Octavio. ¿Todavía dura eso, marido?
—Podría divorciarme de ti —dije.
—Para qué tanta molestia.
—O mandar que fueses tú la azotada. En los tiempos de nuestros abuelos podía
matarte por esto. —Desde luego que sí, pero ya no estamos en esos tiempos. Además,
te conozco mucho mejor de lo que tú crees. Me has tomado por boba, pero no lo soy.
Me he molestado en averiguar un montón de cosas acerca de ti, marido, y podría
darte una lista bastante larga de tus amantes, empezando por esa pareja famosa,
Clodia y su hermano. Así que menos lobos. Por otra parte, imagino que estarás
disfrutando con esto tanto como yo.
Lo malo era que tenía razón. La situación me excitaba.
—¿Quién es tu amigo? —pregunté.
Ella soltó una risita.
—¿No lo adivinas? Nos parecemos más de lo que tú crees, marido.
Contemplé la rizosa melena del muchacho, sus ojos brillantes, su boca blanda y
en aquellos momentos temblorosa. Era delgado y tenía un aire de malicia pese al
miedo que lo dominaba.
—Sí —dije—. Diría que veo un parecido.
El mozo era Apio Claudio Pulquer, cuyo padre había sido cónsul diez años antes.
Recordé a ese hombre orgulloso, corrupto y supersticioso (como otros muchos de su
clan), caído en Farsalia entre las filas de Pompeyo, a quien sin embargo despreciaba.
Casó a su hija con mi primo Marco Bruto, pero éste, fastidiado por las infidelidades
de la consorte, la repudió para casarse con Porcia, la hija de Catón, que era una mujer
desde luego mucho más idónea para hombre tan mojigato. Aquel chico debía ser
fruto del último matrimonio de su padre con una muchacha a la que doblaba en edad
y cuyo nombre no conseguí recordar. Apio Claudio Pulquer odiaba a César. Mirando
al joven no me pareció que fuese capaz de albergar un ardiente deseo de vengar a su
padre. Al contrario, celebraría verse libre de la censura paterna, que no habría dejado
de caer sobre él si hubiese llegado a divulgarse la aventura.
Se hizo un silencio en la habitación. Mi mujer parecía muy contenta, dispuesta a
disfrutar de lo que acababa de provocar. Quería una escena, así que decidí privarla de
ella. En cuanto al chico, estaba claro que habría preferido encontrarse en cualquier
otro lugar. Yo venía sucio del viaje, malhumorado, sin haber descansado todavía de la
guerra. Un general de renombre. Mal asunto, debió pensar, verse sorprendido
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poniéndole los cuernos. Le mandé que saliera de la cama y que se tapara. Obedeció
no sin traslucir la confusión que le causaban mis ojos fijos en él. Luego lo acompañé
a la puerta de la alcoba.
—No hablemos más por ahora —dije—. Tú no tienes la culpa. Pero mirándolo
desde otro punto de vista, comprenderás que me has ofendido. He de hablar con mi
mujer antes de tomar una determinación. Luego también tendremos que hablar tú y
yo. Por ahora, considera que has tenido la suerte de que no sea yo un hombre del
carácter de tu difunto padre.
Me volví hacia ella. Había echado las sábanas a un lado y permanecía tumbada
de espaldas, las piernas abiertas y la mano derecha sobre la entrepierna.
—Qué autoridad tienes, marido —dijo con voz ronca.
Abrí el broche de mi túnica y me incliné sobre ella. Me rodeó el cuello con el
brazo derecho y me atrajo sobre sí, riendo todavía.
Al cabo de un rato dijo:
—¿Lo ves cómo hacemos mejor pareja de lo que tú pensabas?
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—César quiere conversación inteligente —dije.
—¿Y no seremos capaces de dársela? Bueno, pues invita a ese viejo pelmazo de
Cicerón, si quieres.
—A César casi le resulta imposible salir a cenar sin tropezarse con Cicerón entre
los comensales. Se diría que la gente tiene al viejo por una especie de póliza de
seguros. Aunque César lo respeta, parece molestarle cada vez más su tendencia a
monopolizar la conversación. Y además Cicerón está bastante frío conmigo
últimamente. Me parece que sospecha que escribí yo el Contra Catón.
Mis objeciones, aunque ni yo mismo supiese por qué las formulaba, quedaron
desechadas. César recibió la invitación y aceptó. En el último minuto, mi mujer hizo
extensiva la invitación a mi primo Marco Bruto, lo cual no me hizo ninguna gracia.
—¿Es verdad lo que dicen? —le preguntó mi mujer a César—. ¿Qué has invitado
a Roma a la reina de Egipto?
Todos sabíamos que así era, y que Calpurnia estaba furiosa. César sonrió.
—Espero que aceptes ser presentada a ella cuando esté aquí.
—¡Ah! No creo que tenga interés en conocer a las damas —replicó Longina—.
Al menos, si es cierto lo que cuentan de ella.
—¿Y qué es lo que cuentan?
Mi mujer arrugó la nariz, poniendo cara de niña pequeña.
—Pues que hizo matar a su hermano, y que éste además era su marido. ¿Es
verdad eso?
—Totalmente.
—Y cuando eran marido y mujer, ¿hacían… lo que ya sabes?
—¿Si hacían el qué?
—¡Vamos! Tú debes saberlo. Si dormían juntos… ¡Vaya, si follaban!
—Eso únicamente puede contártelo la reina.
—No creo que ella quisiera, ¿verdad?
—Estoy seguro de que no serás demasiado tímida para preguntárselo.
Tantas veces lo había visto yo antes. Quizá fue por eso por lo que intenté apartar
a Longina de su plan preconcebido. Una vez más César empezaba a poner en juego
su vieja y bien ensayada seducción. Usaba un tono íntimo a la vez que distendido. Le
daba a la mujer la impresión de estar pendiente de ella, pero al mismo tiempo
permanecía consciente de su propia actuación, sin olvidar al resto de los presentes,
invitándolos a admirarla.
Fue como presenciar el desarrollo de una comedia, de la que todos conocen ya el
nudo y el desenlace. El interés principal de los espectadores se fija entonces en la
habilidad con que el director mueve los personajes. En ocasiones como ahora,
especialmente en estas noches de verano, cuando la niebla que sube del valle
predispone el ánimo a la melancolía (como si no tuviese yo motivos más sustanciales
que mis imaginaciones para caer en dicho estado de ánimo, o en otro todavía más
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lóbrego llamado desesperación), entonces me parece de veras que los días
vocingleros de la vida del hombre no son más que un juego, o una comedia de los
errores que interpretamos para distracción de los dioses indiferentes. Y así contemplé
yo las evoluciones casi coreográficas del cortejo, vi los labios de mi mujer plegarse
invitadoramente al tiempo que ella se inclinaba hacia él descubriendo como por
casualidad la tentadora curva de un seno; escuché el gorjeo de su risa profunda, como
el de las aguas de un manantial demasiado largo tiempo contenido; y todo el rato, el
amo y señor César la atraía hacia sí como si nunca fuese posible dudar de que ella
cedería, tan seguro como que el sol se pone por el oeste.
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—¿A favor?
—Naturalmente, querido. Que te quite la mujer otro hombre, por distinguido que
sea, quizá se consideraría deshonroso, pero ser cornificado por un dios no es lo
mismo.
—Sólo veo una objeción, primo —contesté—, y es que, aunque podamos
conceder los honores divinos a César…
—No digas podamos, di vayamos a.
—Está bien. Aunque vayamos a concedérselos, nadie creerá que César sea en
realidad un dios.
—¡Bah! —replicó Casca—. Cuando introduces la palabra realidad, no te sigo, y
pierdo todo interés. ¿Quién se atreve a decir qué es la realidad, en este mundo de
locos? ¿Son realidad mis deudas? Por cierto, y ya que hablamos de eso, me contraría
mucho que César haya dejado en la estacada a quienes confiábamos en él, y que se
haya negado a cancelar nuestras deudas según prometió. Aunque no diré que me haya
tragado nunca esa promesa. Ciertamente mis acreedores las consideran reales; para
mí son agua pasada, verduras de las eras. En cuanto a la pasión, que algunos tienen
por lo más real que existe, tú ya conoces…, no puedes dejar de haberla notado…, mi
pasión por Diosipo cuando la luna está en cuarto creciente, y por Nicandro cuando
está menguante. Pero sabes también que, si lo juzgase conveniente, no me importaría
crucificar a cualquiera de esos dos mocosos, y lo menciono sólo porque es la muerte
más desagradable que ahora consigo imaginar. Así pues, ¿dónde está la realidad de
mi pasión? Yo lloraría por cualquiera de ellos, como es natural, y mi llanto sería
copioso e impresionante, pero eso no me impediría obrar siempre con arreglo a mi
propio interés.
—Entonces, la realidad es tu interés.
—¿Lo es? ¿Lo es? Me gustaría poder estar seguro.
Se tumbó de espaldas y se palmeó la barriga. Recuerdo que estábamos en el baño
de vapor. Se frotó con la palma de la mano los pliegues colgantes de sus carnes,
echando al suelo salpicaduras de sudor y agua caliente.
—¿Lo es? A veces, primo, no consigo distinguir más que dos clases de realidad.
La primera es lo físico. El cuerpo es real, eso no se puede negar.
—Muchos lo hacen.
—Tendrán menos carnes que yo. El cuerpo es real y, por tanto, también lo son
sus exigencias.
—¿Y la mente?
—Pertenece al cuerpo…; forma parte del cuerpo.
—Domina al cuerpo.
Casca soltó la carcajada.
—¡Cómo puedes decir eso tú, que eres un veterano soldado! Tú has conocido el
miedo en las batallas. ¿Quién manda entonces, la mente o el cuerpo? ¿O acaso el
miedo se te impone exteriormente?
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—Según eso, el miedo es real.
—Creemos que lo es. En cuanto a lo de que la mente domina al cuerpo,
retornemos al principio. Hay una parte del cuerpo —se la rascó— que a veces exhibe
una especie de inteligencia propia. Yo quiero estimularla, pero ella dice no y se queda
colgando. Otras veces se mueve por cuenta propia, sin mi permiso. En una palabra,
hace lo que quiere tanto si estoy despierto como si duermo. A veces yo estoy
despierto y ella duerme. A veces yo duermo y esa cosita baila y suda. Así pues,
¿dónde está la realidad de la mente y su dominio?
—Dijiste que reconocías dos realidades. ¿Cuál es la otra?
—El tedio.
—Ésa no es una respuesta filosófica.
—El tedio —repitió él—, que le obliga a uno a buscar la realidad en la acción.
Realidad que, naturalmente, será ilusoria una vez más.
Llamó al esclavo para que le echase agua fría, y luego lo despidió con un
ademán.
—Una decepción —dijo—. La cosita no se ha mostrado interesada. Lo único que
ha ofendido el adulterio de tu mujer es tu vanidad.
—A veces los hombres matan por esa razón.
—¡Cómo! ¿Matar a César? Mi querido ratón, ésa es una idea interesante. He ahí
algo que podría rescatarme del tedio. ¿Cómo nos las arreglaríamos? Pero en cualquier
caso, ratón, tú no serás capaz de matar a César por una mocosa como tu mujer.
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Capítulo 10
Parecerá extraño a quien lea esta apología de mi vida que teniendo tan poco tiempo
disponible (según temo) pierda parte de él buscando en mis recuerdos semejantes
trivialidades. Pero si esto suscita incomprensión será porque el lector no consigue
imaginar la complejidad de las cosas. A decir verdad, desconocemos las fuentes de la
conducta. No sabemos qué circunstancias o sentimientos particulares indicen a una
acción determinada. Al recordar los argumentos de Casca sobre la autonomía del
deseo sexual me parece que pueden extraerse de ellos aplicaciones mucho más
amplias. Si no sabemos por qué experimentamos el deseo, y eso es algo que escapa a
nuestro control, ¿cómo pretenderemos saber lo que nos empuja por caminos todavía
más oscuros?
Paréceme ahora que nunca he puesto en tela de juicio mi adhesión a César.
Cuando estalló la guerra civil estuve a su lado, fui uno de sus generales favoritos.
Seguir en ello era lo más natural. Nunca lo puse en duda, y no sólo porque me
inspirase la seguridad de César en cuanto a la victoria.
La imaginación me lleva de nuevo al momento en que cruzamos ese riachuelo, el
Rubicón, y al extraño personaje que envuelto en la niebla tocaba la flauta en la otra
orilla. Tengo muy clara esa imagen, tal vez enriquecida, o pervertida, por la fantasía:
¿existió en realidad, por ejemplo, esa insinuación de unas patas de cabra? ¿De veras
tenía los miembros recubiertos de vello cabrío, como la memoria se empeña en
representármelo? Algunos soldados, como recordaréis, gritaron que era el dios Pan,
que nos daba la bienvenida en Italia. Todos tuvimos la sensación de haber
presenciado algo misterioso, y así adquirió el aura de lo incomprensible aquello que
no fue más que una acción militar común y corriente. Si hubiese lucido el sol en el
cielo, ese personaje nos habría parecido absurdo. Pero el recuerdo no me abandona; la
memoria insiste en que seguramente el momento tuvo una significación que ahora
escapa al raciocinio. O que éste quizá no puede abarcar.
Ahora que lo pienso me parece, por lo menos, parte de un misterio más amplio:
por qué entregamos nuestras voluntades a César.
Mi primo Marco Bruto lo comentó una vez desde el punto de vista del fatalismo.
Estaba escrito que nos someteríamos a César. Mi suegro Casio le disputó la opinión:
la falta no está en las estrellas, sino que proviene de nuestra naturaleza. Ninguna
fuerza impersonal, sólo nuestras propias debilidades determinan que seamos unos
sometidos.
Artixes acaba de dejarme. Hemos bebido vino, o el brebaje flojillo y agrio que
estos bárbaros tienen por tal. Pero no deja de ser vino, y creo que estoy un poco
intoxicado.
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No importa. En el vino está la verdad, o como dice el proverbio, el vino hace que
salga a relucir la verdad.
César. ¿Le entregué la voluntad esa mañana que salió de la alcoba de mi madre y
yo correspondí a su sonrisa con otra sonrisa? ¿Y cuando encontré la puerta de
Longina cerrada para mí, sabiendo que César estaba dentro, y abandoné la casa, y
bajé a la Suburra para visitar un burdel donde me pagué una moza africana? ¿Fue eso,
meramente, otro reconocimiento de mi inferioridad?
Eso era lo malo, ¿o no? César me disminuía. Nos disminuía a todos. Y nunca
llegamos a entender cómo ni por qué.
Hubo ocasiones —algunas las he contado aquí— en que yo mismo, por la
palabra o por la acción, salvé a César del desastre en que parecía dispuesto a arrojarse
de cabeza, como en Egipto y en España, por ejemplo. Hubo ocasiones en que él me
asignó tareas reas y yo me desenvolví en ellas mucho mejor de lo que él mismo
habría sido capaz.
Nada importaba.
Como decía mi madre:
—Por supuesto adoramos a César, pero sabemos al mismo tiempo que no le
importamos nada.
«Eso indica que era verdaderamente un dios», dirían algunos.
Nunca he visto que César tuviese miedo. Lo admito. Los dioses no conocen el
miedo.
Lo cual no demuestra nada. Conocí a un centurión de Arieta, creo recordar. Era
un hombre agrio, bilioso, y no conocía el miedo.
Pero César tenía imaginación. Podía conocerlo.
¿O no? A veces he pensado que carecía de imaginación. Ciertamente su estilo
literario acusa una peculiar deficiencia de esa cualidad. Una vez me enseñó un poema
que había escrito. Lamentable. Y Catulo opinó lo mismo.
César… Supongamos que me hubiese unido a Pompeyo. Tal vez habría muerto
en Farsalia, pero como un hombre libre.
A lo mejor debería hacer un esfuerzo y tratar de entender a Labieno. Nunca lo
intentamos. Era más sencillo condenarlo.
Pero Labieno fue mi precursor. Eso lo comprendo ahora.
De manera que Labieno…
Hablábamos de él con amargura, naturalmente. Era el traidor. Nadie había
recibido tantos favores de César como él. Si las cosas hubiesen tomado otro rumbo
habría compartido consulado con César, apoyados ambos por la autoridad de
Pompeyo. Pero no fue así, y cuando se presentó la crisis pesaron más en el ánimo de
Labieno las viejas lealtades familiares a favor de Pompeyo que su larga trayectoria al
lado de César. Cuando nos dejó lo hizo muy escrupulosamente, quiero decir que no
intentó persuadir a ningún otro oficial de César. Más tarde lamentaría ese error,
aunque siguió convencido de haber hecho lo más honorable. Incluso me escribió una
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carta sobre este asunto, y todavía la tengo. La recuperé del escondite donde la tenía
guardada desde poco antes del desastre que me ha llevado a donde ahora estoy.
Estaba en mi escritorio de campaña cuando caí prisionero, y como se me han
devuelto recientemente mis documentos, no veo inconveniente en publicarla.
Está fechada pocos meses después de lo de Farsalia, desde el lugar de África
donde se refugió Labieno, y la dirigió a las señas de mi madre en Roma.
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Vana esperanza, según han demostrado los acontecimientos, pues mis consejos
fueron desoídos cuando podían evidenciarse más valiosos, y adoptados únicamente
cuando no se encontraba otro remedio para la situación.
Mi juicio ha resultado cierto; mis temores, justificados, pero no lamento el
camino que elegí.
Ahora que contemplo cara a cara la derrota, la muerte e incluso la deshonra (pues
tengo la certeza de que César se encargará de eso), puedo asegurar todavía que no me
arrepiento.
No obstante, Décimo, y como nadie gusta de bajar a reunirse con las Sombras sin
haber tenido una oportunidad de abogar por sí mismo y de encontrar al menos un
hombre virtuoso que le escuche, he recurrido a este medio para tratar de explicar mis
motivos. Que los demás aúllen. La execración del mundo me trae sin cuidado, pero
querría que tú al menos no pensaras mal de mí.
Permíteme decir, ante todo, que sigo admirando a César. Que conservo mi afecto
por César. Que reconozco la grandeza de las obras de César, a las que tú y yo hemos
contribuido en no pequeña medida. Pero nada de eso me impide ver que el rumbo
hacia el cual se ha embarcado César es pernicioso. Y no puede conducir sino a la
destrucción de la República, que ha sido el vehículo de la grandeza de Roma, y la
única de sus venerables instituciones que garantiza la supervivencia de las libertades
romanas.
Con el gobierno unipersonal tocan a duelo por la libertad. Los nobles de Roma
convertidos en cortesanos. El despotismo oriental, implantado paso a paso,
desplazando nuestras libres instituciones. Nadie se atreverá a declarar su
pensamiento, sino que las palabras se ajustarán a los deseos del dictador.
He escuchado a César cuando habla de la corrupción de las instituciones
republicanas y de la corrupción de sentimientos que aquélla acarrea. No niego que
eso ha sucedido, aunque lo achaco principalmente a hombres como el mismo César.
Sí, y también a Pompeyo, no lo niego. Cuando esos dos se reunieron con Marco
Craso en Lucca, hubo conspiración criminal contra el Estado libre.
Si me adherí a Pompeyo antes que a César no fue porque respetase más al
primero. Sino únicamente porque lo juzgaba menos peligroso. Donde César era
fuerte, él era débil. Donde César decidido, él titubeante. Nunca creí que la República
fuese a estar segura en manos de Pompeyo, pero la dominación de éste me parecía
menos inconmovible que la de un César victorioso.
Se aducirá que César proyecta muchas reformas beneficiosas. Respeto demasiado
a César como para tratar de negar ese punto. Pero planteo la advertencia siguiente: los
medios por los cuales se implantan las reformas a veces niegan el beneficio que en
otras circunstancias esas reformas habrían producido.
Si tú eres capaz de creer en el fondo de tu corazón que César piensa restaurar la
República y retirarse a la vida privada, entonces mis temores habrán sido infundados
y mi acción se evidenciará mal encaminada.
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Pero ¿tú lo crees así?
Y aunque lo creyeras, ¿es verosímil que una República restaurada por la mano de
César y con los métodos de César tenga vitalidad alguna?
Admito que estoy destinado al fracaso. Sea. Defenderé mi causa con honor hasta
la muerte. Y moriré persuadido de que la posteridad me juzgará más favorablemente
que, tal vez, los amigos de César. Te escribo esta carta a ti, sin embargo, porque hay
un amigo de César cuya buena opinión valoro todavía y necesito, y porque espero que
te sirva para recapacitar sobre los peligros que corre Roma en el camino que has
decidido seguir. Entenderás, mi estimado Décimo Bruto, que no pongo en duda tu
virtud. Estoy seguro de que sigues a César obedeciendo a los mejores y más
abnegados motivos. Sólo te pido que reflexiones: adónde va César, y qué
consecuencias pueden esperarse del dominio de César para Roma, el Imperio, las
instituciones de la República, las grandes familias nobles que hicieron esa República,
y finalmente para la libertad misma, que ningún hombre de valía cede sino al precio
de su vida.
César es digno de vuestra confianza, dirás todavía. Sea una vez más, lo concedo.
Pero César tendrá sucesores. ¿Se podrá confiar en ellos lo mismo?
Quizá César respetará las instituciones republicanas, al menos exteriormente y
aunque las haya subvertido. Seguirán eligiéndose cónsules, aunque César convoque
las elecciones y esos cónsules no ejerzan ningún poder. Con el tiempo, el cargo de
cónsul pasará a convertirse en puramente honorífico y decorativo. El poder lo
ejercerá el dictador, a quien deberíamos llamar más adecuadamente tirano, por
emplear una palabra griega. La libertad de palabra se marchitará, puesto que no puede
florecer cuando la gobernación se halla en manos de una sola persona. Los orientales
se darán prisa en proclamar dios al tirano, y el Senado se limitará a seguir la
corriente. César tal vez aceptará los honores divinos con el escepticismo que cuadra a
un noble romano. Pero sus sucesores acabarán por creerse dioses, con el poder y el
albedrío propios de tales.
Ése es el futuro que está construyendo César. Cuando llegue el día en que un
noble romano considere posible sin desdoro el prosternarse delante del tirano como
hacen los orientales ante los déspotas que los tienen totalmente subyugados, entonces
contemplarás los resultados de la victoria de César.
Medita sobre estas cuestiones, mi estimado Décimo Bruto, te lo encarezco. Y
retírate antes de convertirte en agente de la destrucción de unas libertades que
dependen de la supervivencia de la República.
Queda como siempre Labieno amigo tuyo e igual a ti, ahora igual en el honor,
pero que en el futuro que contemplo, aunque no sobreviviré para contemplarlo, se
hallaría igual a ti en la deshonra y la servidumbre.
Era peligroso recibir semejante carta y me irritó que hubiese juzgado necesario
enviármela. Por fortuna, mis escrupulosas averiguaciones revelaron que había tomado
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la precaución de remitirla por vía clandestina. No era probable, por tanto, que la
hubiesen interceptado y copiado para César. Sin embargo le observé con atención el
día siguiente, cuando nos vimos, y el otro, y así durante varios meses, para tratar de
descubrir si su actitud hacia mí había cambiado o me contemplaba con desconfianza.
Y también rechacé los argumentos de Labieno, naturalmente. Veía en ellos un
intento de presentar su deserción bajo una luz más favorable. Casi nadie renuncia al
argumento del interés público para justificar su conducta privada. Labieno se daba
cuenta de que estaba equivocado, de que su propia ambición le había traicionado. Por
lo cual quiso fingir ante mí y tal vez ante sí mismo que su adhesión a Pompeyo no
obedeció a la creencia de que éste sería el ganador, sino a que había reconocido la
causa pompeyana como política y moralmente preferible. Lo cual era absurdo, por
supuesto.
Claro que era absurdo. Me lo repetí una y otra vez. Pero no dejaba de sacar la
carta de su escondite para releerla y rumiar su contenido.
Hasta sentí la tentación de enseñársela al joven Octavio. Esto sucedió, como era
natural, durante las semanas en que estuve encaprichado con él. La prudencia me
contuvo. Por más que me agradase el mozo, no estaba tan privado que creyese que él
iba a abstenerse de revelar a su tío la existencia de una misiva tan comprometedora.
Desde entonces me he dicho a menudo que si no hubiese encontrado, desde el
primer momento, algo plausible en la carta, la habría quemado sin más demora.
Ahora recuerdo unas palabras que se atribuyeron a Cicerón cuando se enteró de
la defección de Labieno.
—Labieno es un héroe. Nunca se ha conocido acción más espléndida. Si no sirve
para otra cosa, al menos habrá hecho bueno a César. Así resulta que tenemos una
guerra civil, no porque haya discordia entre nosotros, sino por cuenta de un solo
ciudadano pródigo y demasiado ambicioso.
Sedición, fue lo que pensé entonces.
Cuando acabó la batalla de Munda busqué el cadáver de Labieno. Tenía una
expresión de serenidad en el rostro. ¿Quizá se me escapó una lágrima?
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Capítulo 11
De momento, sin embargo, todo fue alegría y algazara general. Ni siquiera los
seguidores del partido derrotado consiguieron ocultarse a sí mismos el alivio que les
causaba el final de las terribles guerras civiles. Para todos era como quitarse un gran
peso de encima. Las mujeres elogiaban unánimemente a César, sabiendo que ya no
sería preciso sacrificar a Marte sus hijos, sus esposos y sus queridos. Aquel otoño las
familias nobles concibieron una cantidad extraordinaria de hijos. Cuando Longina, a
su vez, me comunicó su embarazo, apenas tuve duda de que era yo el padre.
En el Senado se atropellaban de tan impacientes que estaban por felicitar a César.
Hay que decir que Cicerón, si bien recomendó estas honras, propugnó que, se
mantuvieran «dentro de los límites de lo humano». Pero el poder atrae a los
aduladores y éstos no tardaron en ultrapasar esa medida. Aunque no dejaba de ser
razonable que se mandase erigir un templo a la Clemencia, puesto que no se podía
negar que, excepto en España, la de César para con sus enemigos derrotados había
sido notable, a mayor honra del mismo César y del pueblo romano en general. Si
recordamos las hecatombes de vencidos que solían ordenar los príncipes bárbaros y
orientales, la clemencia demostrada por César no podía por menos que restaurar
nuestra fe en la romanitas (por usar una palabra que se puso de moda hacia esa
época). Tal vez anduvieron acertados cuando encargaron la defensa de esta moción en
el Senado a mi primo Marco Bruto, él mismo ejemplo notorio de la paciencia del
dictador. Y aunque a mí su discurso me pareció plúmbeo y plagado de vulgaridades
pomposas, casi nadie participó de esa opinión. Sino que fue parecer general que las
palabras de Bruto habían sido dignas de sus nobles antepasados. Nunca he entendido
por qué consigue siempre buenas críticas Marquito. Debe ser que su carácter, su falta
de humor, su incapacidad para la ironía, gustan a los mediocres, que por definición
constituyen la mayoría en cualquier asamblea.
En un gesto de estudiada nobleza, César mandó restablecer todas las estatuas de
Pompeyo en los mismos lugares de donde habían sido derribadas. A lo cual declaró
Cicerón que «al restaurar los monumentos a Pompeyo, César ha establecido el suyo
para todos los tiempos», flor retórica que fue recibida con atronadores aplausos.
A aquellos de nosotros que fuimos leales amigos y colaboradores de César desde
los primeros y peligrosos días de la guerra civil, podía repugnarnos la adulación de
los que antaño proclamaban la necesidad de cazarlo como a una alimaña peligrosa,
pero no diré que nos sorprendiese demasiado.
Pero Antonio estaba tan desconfiado como molesto. Dijo que no creía en la
sinceridad de los que ahora se declaraban totalmente reconciliados con César.
—No es lógico, y sin embargo César parece creerlo a pies juntillas —declaró—.
¡Qué me parta un rayo si confío en ninguno de ésos!
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Me persuadió de que hablase con César y le obligase a aceptar una escolta para
su protección personal. Citamos los abundantes ejemplos de quienes desde los Gracos
en adelante murieron asesinados justamente cuando creían poseer el favor del pueblo.
Por mi parte no tuve empacho en añadir a esa lista los nombres de varios tiranos
griegos, pues quería que César comprendiese la soledad de su posición y los peligros
a que se exponía con ello.
Él escuchó nuestros argumentos e iba repitiéndolos en voz alta para que todo el
mundo supiera lo que se decía.
Luego alzó la mano y sonrió.
—Respeto vuestros motivos, amigos, pero César no se rebajará a vivir como un
déspota oriental. Es mejor morir de una vez que pasar toda una vida encogido por el
miedo.
No hubo manera de persuadirlo.
—¿Habrase oído nunca semejante incoherencia? —exclamaba Antonio.
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demás disposiciones. No creerás que los relacionados por parentesco o por amistad
con los derrotados de España dejarían de sentirse ofendidos ante la celebración de
semejante triunfo. Ese resentimiento es de los que hacen daño. Por disfrutar de una
jornada de gloria, no querrás indisponerte con gentes cuyo ánimo te es ahora
propicio, ni cargar con un baldón imperecedero.
—Olvidas quién eres, ratón, y olvidas que estás hablando con César.
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El episodio me trastornó tanto que corrí el riesgo de expresar mis opiniones en
una carta a Octavio.
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De Octavio a su ratón dilectísimo, enhorabuena por la inminente paternidad.
Siempre supe que lo harías.
En cuanto a las demás cuestiones de que discurres con tan buen sentido y
desarrollas con la sabiduría de Cicerón, ya que no la de Solón, ten la seguridad de que
las consideraré con toda la atención que me dejen libre mis aficiones actuales, que
son de un carácter demasiado delicado para dejarlas aquí consignadas por escrito.
Bastará decir que Grecia tiene otras satisfacciones que ofrecer aparte la literatura y la
filosofía. O mejor dicho, únicamente la más severa de las escuelas filosóficas
propugnaría la indiferencia ante los bienes que aquí se disfrutan.
Los asuntos públicos se ven muy lejanos desde este idílico y apolíneo paisaje.
Pero me doy cuenta de que no tardarán en reclamarme, y te agradezco tus desvelos,
mi querido ratón, por lo que concierne a mis intereses. Incluso prometo seguirte en
todo, pues conozco la bondad que inspira tus consejos, y tu prudencia. Estoy contigo
y me doy cuenta de que los tiempos en que vivimos imponen precaución y
conciliación.
Lo más prudente es avanzar con circunspección y temerosos de los dioses,
siempre dispuestos a castigar nuestra soberbia de mortales.
Hoy acabo de enviar carta a mi tío con un correo anterior, así que te dispenso del
encargo de transmitirle mis respetos y mi filial estima.
Mecenas y Agrippa, aunque mal avenidos a veces, son compañeros agradables y
estimulantes, cada uno a su manera. Confío en el buen sentido de ellos, en el tuyo
más, y en mi discreción innata por encima de todo.
Te envío cualquier cosa que desees de mí, en la seguridad de que no me pedirás
nada que no pueda ofrecerte. Pásalo bien.
En todas las bocas andaba la pregunta «¿qué piensa hacer César?». Pues no era
de creer que liquidase el período de las guerras civiles sino mediante una
completísima reconstrucción del Estado y de su Constitución. A fin de cuentas,
incluso muchos de los seguidores de Pompeyo reconocían que las guerras civiles
fueron debidas sobre todo a la decadencia de la República, y no tanto a la ambición
de César. Y no muchos coincidían con Cicerón en creer que bastaba un cambio de las
mentalidades.
El propio Cicerón acababa de retirarse, tal vez enfurruñado, a su finca de
Tusculum, donde pasaba el rato con la filosofía. Que no sólo escribía, sino además
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enseñaba a un grupo de jóvenes nobles y aficionados a adularlo. Dijo también que se
disponía a escribir una historia de Roma, pero desistió, en parte, por habérsele
comunicado que César no veía con buenos ojos tal designio. Lo cual le sorprendió
bastante, pues siempre que se veían César se dedicaba a lisonjearlo. Con todo, la
oposición del dictador al proyecto era genuina.
—Claro está que tendría la ventaja de mantener ocupado al viejo evitando que se
meta en jaleos —me explicó—. Lo cual sería una consideración a favor, ciertamente.
Y todos podríamos disfrutar de sus alardes compositivos. Sin embargo, no puedo
aprobarlo. Cuando Cicerón se sienta a escribir, se deja llevar. Una charla
intrascendente de sobremesa no me molesta, pero no tengo la menor intención de
permitir que sea Cicerón quien transmita la versión definitiva de mi carrera a la
posteridad. Y sus habilidades literarias son tales, como todos sabemos, que sería
recibida en efecto como la definitiva. Así que procura advertir al vejestorio, ¿quieres,
ratón?
Lo cual hice, y pude observar la no pequeña consternación de Cicerón. Quedó
espantado ante la posibilidad de haber perdido por algún motivo el favor de César.
—¿Cómo pudo imaginar que iba a abordar una tarea tan ímproba a mi avanzada
edad? —dijo—. Por favor, hazle saber a César que no pienso hablar de él sino para
bien.
Lo cual era absurdo, y ambos lo sabíamos. Pero lo dejé pasar en silencio,
mientras él seguía diciendo:
—Con todo, celebraría que hicieras algo para invitarle a emprender una acción
oportuna. Cuando recuerdo la prisa que se dio Sila en aprovechar su dictadura para
tratar de erradicar las debilidades y devolver la estabilidad a la República, me
admiran más la indolencia y la tolerancia de César. Tú ya sabes el altísimo concepto
en que le tengo, y la hondura de mi afecto por él. Es la conciencia de mi propia virtud
lo que me empuja a insistirte. Menciónale estos asuntos. Ahora está en los poderes de
César, que son más de los que tuvo nadie desde los tiempos de Sila, y tal vez más que
los del mismo Sila, el establecer las cosas sobre un fundamento sólido. Se me ha
dicho que proyecta nombrar por adelantado los cónsules y los pretores para los
próximos cinco años, convirtiendo las elecciones en un mero formulismo y haciendo
mofa, por ende, de nuestras orgullosas tradiciones de libertad. He desmentido ese
rumor, naturalmente, y he asegurado a esas personas que César jamás haría nada tan
flagrante. Díselo, y asegúrale que haré cuanto esté en mi mano para sofocar esos
rumores insidiosos. Adviértele de que la proliferación de tales habladurías perjudica
necesariamente a su reputación. La reforma constitucional…, una reforma
conservadora y moderada…, es la más urgente de las tareas que le esperan. Por mi
parte, no tendría inconveniente en redactar algunas propuestas sobre lo más necesario
que debe emprenderse. Tú, mi querido Décimo Bruto, sabes mejor que nadie…, y
digo esto porque admiro tu capacidad de percepción y tu buen juicio…, que soy la
persona más idónea para encargarme de ese cometido, por cuanto estoy libre de toda
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ambición personal. Nadie pensará que a mis sesenta y dos años mantengo ninguna
esperanza, ni deseo siquiera, de desempeñar un papel destacado en la vida pública.
Para nada. Vivo feliz rodeado de mis libros, en mi jardín. Es únicamente mi intenso
afán de servir, de hacer algo más, por encima y más allá incluso de los grandes
servicios que presté en el pasado y que me valieron el título de «Padre de la Patria»,
el cual dicho sea de paso es para mí el más preciado de mis títulos, lo que me induce
a sugerir la posibilidad de prestar este último servicio, por Roma y por César. Pon en
su conocimiento esa disposición mía, pero subrayando, te lo ruego, la ausencia de
toda ambición particular en mis proposiciones.
Etcétera, etcétera. Uno podía apurar una garrafa de vino mientras Cicerón
hablaba.
En realidad Cicerón andaba demasiado enfrascado en los problemas de su vida
privada para encargarse de semejante tarea, aunque hubiese sido tal el deseo de César,
y suponiendo, primero, que él fuese todavía competente para llevarla a cabo (lo cual
yo no creía), y segundo, que supiera hacerlo de una manera que agradase a César.
Acababa de divorciarse de su esposa Terencia después de más de treinta años de
matrimonio. Dijo que ella lo desatendió durante la guerra civil, y aún lo tuvo
desprovisto de lo más necesario para la subsistencia. Que lo había empobrecido
contrayendo tremendas deudas, perdiendo Cicerón hasta la camisa por culpa de
aquellas insensatas extravagancias. Y que cuando su hija Tulia se encaminó a Brindisi
para recibir a su padre después de lo de Farsalia, Terencia la envió al sur sin darle
séquito ni provisiones suficientes para el viaje. Todo lo cual era absurdo. La verdad
fue que el viejo filósofo le había echado el ojo a una muchacha que por la edad podía
ser su nieta, y estaba decidido a casarse con ella. Entre otras prendas tenía también la
de ser rica, y efectivamente Cicerón estaba cargado de deudas, aunque de eso tuviese
mucha más culpa él que Terencia. La realidad era que el viejo cabrón babeaba por la
novia joven, y ésa fue la imagen que tuve en la imaginación todo el rato, mientras él
seguía con su bla bla interminable sobre la necesidad de una reforma constitucional y
su disposición a encargarse de la tarea de redactar borradores.
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Capítulo 12
Por más que Cicerón estuviese hecho un pellejo, no se podía negar que sus palabras
eran acertadas. Tuvimos unas guerras tremendas que nadie deseaba —ni siquiera
César, como él mismo se encargaba de recordarnos tan a menudo—, y las tuvimos
por una sola razón: que el sistema político tradicional de la República ya no
respondía a las necesidades del Imperio.
(Eso te lo he explicado en otra ocasión, Artixes, como ya recordarás, así que me
perdonarás ahora si te digo que lo hice de una manera simplificada en exceso, como
convenía al entendimiento de un joven bárbaro, por simpático que seas). Esa cuestión
me preocupó durante todo el otoño. Recuerdo que fue un otoño dorado, una de esas
estaciones en que todos los días ofrecen una claridad vibrante que parece invitar al
hombre deseoso de rendir culto a los dioses, y al mismo tiempo un calorcillo que
llama a toda clase de placeres físicos. A mediodía el calor aún convidaba a la
languidez, y la leve brisa procedente del interior facilitaba la reflexión. Nosotros, los
veteranos guerreros, merecíamos descansar en esa languidez; y nosotros, los políticos
que estábamos en el deber de considerar la mejor manera de introducir reformas,
necesitábamos esos ratos de reflexión.
Casca se burlaba de mis preocupaciones.
—Acepta lo que te ofrezcan los dioses y agradécelo.
En la ciudad se rumoreaba que César proyectaba llenar el Senado de galos y
otros bárbaros en cantidades tales, que nosotros los nobles romanos seríamos objeto
de mofa.
—No es posible —decían incluso los mismos que contribuían a difundir el
rumor.
—¿Qué pretende un noble romano cuando emprende una carrera política? —
preguntó mi suegro y reciente amigo mío Casio.
Él mismo contestó a su pregunta.
—Alcanzar dignidades y poder.
Pero ¿qué pretendía César?
Reformas menores sí hizo, naturalmente. Reformó el calendario, por ejemplo, y
le daba a esto una importancia desaforada.
—Yo soy un hombre práctico, ratón —me explicó—, y me ocupo de los asuntos
prácticos. No hay cosa más práctica que la medida del tiempo. En la Antigüedad
nuestros meses romanos casaban tan mal con el ciclo de los años, que poco a poco las
fiestas y los sacrificios iban cayendo en la estación opuesta a la que correspondía a su
razón de ser. Por ejemplo, algún año el sacrificio para la bendición de la cosecha
coincidió con la temporada en que el grano todavía no estaba maduro. ¿Puede
concebirse algo más absurdo, amigo mío? Pues bien, el rey Numa, ese legislador tan
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venerado por nuestros antepasados, ideó y dispuso un remedio, que fue mandar que
los sacerdotes, cuando las estaciones no querían casar de ningún modo con el
calendario, promulgasen la adición de un mes, nuestro Mercidonius, que como tú
sabes es del tipo llamado intercalar. Pero ni siquiera esto solucionó la cuestión. En
cambio yo me he aconsejado con los sabios más enterados, griegos y egipcios en su
mayoría, y hemos elaborado una nueva distribución, un nuevo calendario que
suprimirá esos antiguos defectos y resolverá la cuestión de una vez por todas.
En esta vena era capaz de hablar durante horas y horas. Era extraordinario. César,
tan decidido en la acción, tan rápido en la réplica ingeniosa, el hombre a quien las
mujeres llamaban «azogue», a veces podía ser también un latoso de mucho cuidado.
Supongo que nos pasa a todos lo mismo cuando charlamos de nuestras aficiones.
No me resultaba difícil conseguir que me hablase de estas cosas. O que me
detallase su proyecto de abrir un canal a través del istmo de Corinto, lo cual sería de
gran provecho para los mercaderes al evitar la peligrosa circunnavegación del
Peloponeso. También era capaz de disertar durante horas sobre cómo canalizaría el
Tiber desviándolo desde Roma hasta Circeii por medio de una profunda zanja que lo
obligaría a desembocar cerca de Terracina.
—Los mercaderes de Ostia quedarán descontentos, pero ¡a quién le importa! En
todo caso, voy a limpiar esa costa de sus obstrucciones tan secretas y peligrosas.
Luego se manifestaba partidario de desecar las tierras pantanosas de Nomentum
y Setia, para dar empleo en la agricultura a las manos ociosas.
Y así sucesivamente. Sus proyectos de mejoramiento social y físico no conocían
fin.
Todo eso estaba muy bien, y demostraba que su mente luminosa no había perdido
nada de la inventiva y la actividad acostumbradas.
Pero cuando me aventuraba a preguntarle una vez más cómo pensaba reformar la
Constitución, con el sobreentendido, lo confieso, de que cualquier reforma eficaz
imposibilitaría en adelante una carrera política como la suya, fruncía el ceño y
declinaba la contestación.
Permitid que continuando con el propósito que me anima a escribir mis recuerdos
(con lo cual, repito, no busco mi justificación, sino la edificación de unas
generaciones futuras, si se les ofrece la oportunidad de leer este tratado), digo,
permitid que intente manifestarme con toda la sinceridad posible.
La restauración de un Estado tal vez excede la capacidad de un hombre solo. Y
quizá sea imposible también, dada la naturaleza universal de nuestro Imperio, que el
orden vuelva a armonizar con la libertad.
A menudo discutí esta cuestión con el joven Octavio, y él respondía con todo el
pesimismo característico de la juventud.
—Un imperio así necesita un soberano supremo —decía—. Mi tío se ha hecho el
amo porque Pompeyo no lo consiguió, y eso es todo.
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—También Sila fue el amo, como tú dices, y sin embargo redactó una
Constitución revisada y luego se retiró —objeté.
—Sí, ¿y cuánto ha durado esa Constitución revisada?
Estábamos en una pérgola del jardín de su padrastro, a la sombra de unas encinas
que nos resguardaban del sol vespertino. Un lagarto corrió por la pared. El esclavo
nos escanció vino, que no bebimos, y luego desapareció reclamado por Filipo, el
padrastro de Octavio, que estaba tumbado medio ebrio en una hamaca al fondo del
jardín. Hablábamos en voz baja, aunque nadie podía escucharnos. Faltaba como un
mes para nuestra salida hacia España y aún Octavio no me había expuesto su deseo
de que cambiara la relación existente entre nosotros.
—¿Qué quiere todo hombre? —dije—. Dignidades, para empezar.
—Bien. Eso tiene arreglo, ¿no?
—Vivir libre de temores.
—¿Eso quizá seria un poco más difícil?
—Desarrollar y ejercer plenamente sus poderes.
—Y cuando el poder de uno choca con el de otro, como sucedió entre mi tío y
Pompeyo, ¿qué ocurre?
Él se dio masaje en los muslos. Por un instante perdí el hilo del razonamiento,
asombrado, como siempre, por su capacidad para permanecer pendiente de su propio
cuerpo y seguir razonando con independencia de esa preocupación.
—¿Tú sabes lo que ha cambiado en Roma? —dije.
Al recordar mis conversaciones con Octavio me invade la perplejidad —la
misma que sentía entonces y más todavía— debida a lo que podríamos llamar mi
conciencia de una dualidad. Ésta se expresaba en dos maneras. La primera es la
dualidad que han explicado los filósofos, la de esos diálogos de Sócrates en que se
debaten asuntos filosóficos abstractos en un ambiente cargado de intensa sexualidad.
Esa dualidad siempre es inquietante al tiempo que estimulante.
Pero estaba presente otra dualidad que me trastornaba todavía más. Nunca se
podía estar seguro de cuál de los dos, el general avezado, el hombre de acción, el
negociante casi encanecido, o el joven imberbe que se hacía depilar las piernas con
cáscaras de almendra incandescentes, enamorado de su propia belleza como la más
inconsciente de las mujeres, cuál de los dos, digo, era el maestro y cuál, el discípulo.
¿Hacía yo de Sócrates con mi Alcibíades, o era Alcibíades quien daba lecciones a
Sócrates?
De manera que cuando dije «¿tú sabes lo que ha cambiado en Roma?», no sabía,
ni en el momento de pronunciar esas palabras, si me disponía a impartirle mi
sabiduría, o si lo preguntaba tratando de recabar alguna información.
—Sí, claro —contestó él—. Roma se hizo, o fue fundada por los dioses, como
una asamblea de hombres libres, que se reunían en el Foro para ejercer el derecho del
voto en relación con asuntos que les tocaban directamente, y sobre los cuales tenían
el deber de formarse una opinión razonada. Y ahora el populacho romano, que sigue
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ejerciendo, nominalmente al menos, esos mismos derechos de voto, que todavía
pretende ser la fuente del poder político, está compuesto de pedigüeños ociosos,
cuyos votos van al mejor postor, o al que profiere el grito más estúpido y más
violento.
Hizo una pausa y sonrió.
—Anda, querido, niégalo si puedes.
—Me has quitado las palabras de la boca. ¿Y cuál sería la consecuencia?
—Esta vez, amigo, y puesto que estamos tan obviamente de acuerdo, dejaré que
seas tú quien conteste a eso.
—La contestación es que la política popular, la política de las elecciones, la que
determina las magistraturas, la que elige a quienes deben dirigir los destinos de
Roma, ha degenerado en un fraude.
—Una mentira —sonrió él—. Un juego que requiere el mayor cinismo si se
quiere participar, por más que uno mismo fuese noble y sincero.
Tomó un sorbo de vino y luego hizo una cosa que yo no había visto nunca, y fue
que tomó un racimo de uvas negras del plato que tenía sobre un poyo de piedra al
lado de su tumbona, y despellejó delicadamente un grano con la uña del dedo índice.
—No hay nada que hacer, mi querido ratón —dijo—. Por eso los hombres
sensatos, como tú y yo, y sobre todo también mi tío, emprendemos el camino de la
acción, tratando de convencernos a nosotros mismos de que todavía se puede hacer
algo útil. Y por otra parte, mira allá, al otro lado de este jardín. Mi padrastro ya va
borracho, y eso que estamos a primera hora de la tarde. Y así continuará, ¿por qué
no? Es rico. No desempeña ningún papel, y no porque considere que no hay ninguno
digno de su capacidad, de la que dicho sea de paso creo que tiene una noción
exagerada, sino porque juzga que su capacidad no es digna de ninguno de los
cometidos que pudiesen ofrecérsele. Alguien me dijo el otro día que un cínico es el
que conoce el precio de todo y el valor de nada. ¿Sabes lo que contestó mi amigo
Mecenas? «No», dijo. «El cínico sabe el valor de todo, y sabe que nada vale el precio
que piden». Me desagradó que citase a Mecenas, pero no pude rebatirle la opinión.
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Capítulo 13
Conforme el otoño fue cediendo paso al invierno, César abundó en otro de sus temas
favoritos, el proyecto de campaña contra los partos. No niego que en otras
circunstancias tales planes me habrían parecido justificables. Los partos eran
insolentes y agresivos. Después de su victoria sobre Marco Craso en Carrhae le
habían perdido el miedo a Roma. Amenazaban la seguridad de las fronteras orientales
de nuestro Imperio. Y además estaba la cuestión de Armenia: este reino incrustado al
sur, o lo dominaba Roma o sería de Partía.
Pero no eran ésas las auténticas razones por las cuales César quería embarcarse
en esa empresa, superior en audacia a todas las intentadas por él anteriormente. Ni
fue tampoco que se hubiese dejado persuadir por Cleopatra, en aquellos momentos
instalada por él en un palacio del Esquilmo, si no recuerdo mal, a quien visitaba todas
las noches una hora antes de cenar. Aunque a veces se quedaba allí para la cena e
incluso muchas horas más. Cierto que, como oriental, a ella le interesaba el
sometimiento de los partos. A mí me confesó que tenía además otro motivo.
—Ratón, mi pobre ratón —dijo en aquel tono que le habría parecido acariciador
a cualquier otro, en cuyos recuerdos no resonasen todavía los ecos de la voz de
Clodia—, en esta Roma tan gris y convencional, tan aburrida…, ¿por qué no me
avisó nadie de lo aburrida que es Roma?…, me he dado cuenta de que no tengo nada
que hacer, excepto ser el juguete de César. Su conejito extranjero, como dijo el otro
día un irreverente, aunque celebro decir que fue debidamente azotado por su
insolencia. Pero en el Oriente, en Partia, César y Cleopatra podrían reinar como el sol
y la luna, por encima de todo posible parangón. ¿Te extraña que yo le insista acerca
de esa campaña? Aunque él no necesita que nadie le insista, ratón. César es de esos
hombres que necesitan ir siempre más allá, más lejos, hacia territorios cada vez más
peligrosos, para que se cumpla su destino. Y… —sonrió como una gatita a punto de
hacerse gata adulta—, tengo cierto empeño en que Cleopatra forme parte de ese
destino. Para mí es un misterio cómo soporta a esa terrible Calpurnia. Supongo que
eso forma parte del gran aburrimiento de Roma.
Sin duda que la insistencia de ella tendría algo que ver, pero también era verdad
que apenas hacía falta insistir.
Porque, en efecto, César se aburría. Aquella sagacidad maravillosa, aquel
equilibrio, aquel sentido de lo posible, parecían abandonarle a toda prisa, como el
dios abandonó a Hércules. Contemplaba Roma y su vida política con desdén el
mismo hombre que una vez me había dicho, pellizcándome la oreja:
—No olvides nunca, ratón, que la política tiene dos reglas. La primera, que la
política es el arte de lo posible. La segunda, que la amplitud de lo posible depende de
cómo caigan los dados.
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Ahora decía:
—¿Qué he conseguido en la vida, ratón? Mucha gloria, eso sí. Hemos
conquistado gloria y triunfos sólo superados, tal vez, por Alejandro. Soy dueño de
Roma como no lo ha sido nadie desde los tiempos de Sila. ¡Ah, Sila! Ya sabes cómo
lo detestaba y lo despreciaba yo. Y sin embargo, después de tantas batallas y tantas
campañas, heme aquí convertido en otro Sila, a lo que parece, y nada más. Tengo
cincuenta y ocho años, ratón. No ha de terminar así César, dedicado a mangonear
quién va a ser cónsul este año, y el año que viene, o qué nulidad vamos a colocar en
qué pretoria, teniendo en cuenta quién nos pasa factura por tales o cuales servicios
prestados. ¿Acaso he demostrado ser el favorito de los dioses y el descendiente de
Venus para tener que soportar el resto de mis días las lecciones de Cicerón, por
respetuoso y hasta tímido que sea el lenguaje en que las expresa? ¿Me importa a mí
qué facción de la aristocracia ambiciona cuáles cargos? ¿Me sirven para algo los
aplausos de la plebe, que necesariamente debe despreciar cualquier hombre dotado de
un mínimo de sensibilidad, inteligencia y carácter?
»No, ratón. ¿Qué saco yo con pasar mis años de decadencia negociando esto,
arreglando lo otro, promulgando leyes de las que el mismo César nunca haría ningún
caso, para contentar al populacho maloliente que lo adora mientras celebre
espectáculos y triunfos, pero que lo vilipendiaría en seguida si le abandonase la
fortuna?
»Como tú sabes demasiado bien, ratón, porque te he querido casi como si fueses
hijo mío, César no puede contentarse con esos asuntos banales, esos negocios de poca
monta. ¿Acaso no hemos visto otras cosas, batallas estruendosas en las que el hombre
se renueva a sí mismo, ciudades incendiadas en cuyas llamas ve el resplandor divino
de su propia gloria, barcos que se hunden y enemigos enviados al seno de los dioses
marinos, manos que imploran y a las que podemos responder con la vida o la muerte?
¿Y tú quieres que abandone esas experiencias a cambio de… la administración de un
estado corrupto y hediondo?
»Considera en cambio a Partia, ratón, ese imperio cuyos límites no se abarcan,
más allá de los desiertos de arena donde pereció innoblemente Marco Craso, el que
durante unos meses fue igual a mí en poder, superior a mí en riqueza e inferior a mí
en todo lo demás. Dicen que aún quedan por allí legionarios romanos de su ejército,
hechos prisioneros en aquella batalla terrible y tenidos en cautividad desde entonces.
¿No sería un acto glorioso recuperarlos para sus hogares y sus familias, devolverlos a
la protección de sus dioses familiares?
»Y Partia es la sucesora de aquella Persia que conquistó Alejandro. Cuando
estuve en Egipto me preguntaron si quería visitar la tumba de Alejandro, y
contemplar los restos embalsamados del conquistador más grande que ha conocido el
mundo. Pero César no quiso, César se negó, y todos se quedaron muy extrañados.
Algunos murmuraron entonces “César se avergüenza de no haber igualado todavía a
Alejandro”. Nadie se atrevió a decírselo a César, pero no por eso dejé de adivinar lo
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que murmuraban. Y en el fondo supe que decían la verdad. En mi fuero interno sentí
una envidia terrible de Alejandro, que nunca en su vida hubo de sufrir las mezquinas
limitaciones de la necesidad política que me han constreñido a mí. Y supe en mi
corazón que, mientras no hubiese igualado sus hazañas, no podría mirar…
—¡Pero César! —Intenté decir—. Acuérdate de las Galias, acuérdate de Farsalia.
Él desdeñó mi intervención con un ademán.
—Y así, Partia…, someter ese imperio como Alejandro sometió a Darío, con
toda su majestad. Y luego… seguir todavía mi estrella… a donde ella me marque…,
hasta la India, quizá, donde el mismo Alejandro quedó detenido. O siguiendo un
proyecto aún más grandioso que he concebido, una campaña que sería recordada por
todos como una nueva maravilla del mundo…, atravesar los eriales de Hircania y
marchar a lo largo de la orilla norte del mar Caspio, hasta donde el Cáucaso orgulloso
desafía al mismo cielo con sus hielos perpetuos, el Cáucaso al cual estuvo
encadenado Prometeo, víctima de su audacia inaudita. Para llevar luego la guerra a
las tierras desconocidas de los bárbaros escitas, y seguir por el Danubio aguas arriba
hasta los espesos y sombríos bosques de Germania, con lo que habríamos alcanzado
el Rin desde esa nueva e insólita dirección. Después de lo cual sería yo recibido de
nuevo en las Galias como un divino redentor. Habría trazado nuevas fronteras para el
Imperio romano, y extendido sus confines a uno y otro océano…
»¿No sería ésa una digna culminación de la carrera de César? ¿Y por qué no?
¡Imposible permanecer aquí, en este caldo de corrupción! César no conoce límites, no
consiente vivir confinado…
Artixes me comentó:
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—Según lo que cuentas, ese César tuyo era un loco. Nosotros los galos los
veneramos, pero no les confiamos ninguna responsabilidad.
—¿No te acuerdas, querido? Una vez te conté lo que Catón dijo de César: de
cuantos han querido derribar la República, solamente César fue sobrio.
—Hay muchos locos que no beben —contestó Artixes.
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Capítulo 14
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sebo, en otros tiempos llamado El Grande, la decisión fue tan fácil para mí como
escoger entre un mozo guapo y, digamos, Calpurnia, pero… ¡caramba! ¡Cuánto
hablo! En mí, la locuacidad siempre ha sido señal de que estoy preocupado por algo.
Sea como fuere, y por abreviar la cosa, que es demasiado larga, como dijo el que le
cortó el rabo al nubio y lo hizo eunuco, ¿tú crees que nuestro amo estimado estará
todavía en sus cabales? Porque si no lo está, mi querido ratón, habrá que buscar sin
pérdida de tiempo otro árbol al que arrimarnos, ¿qué me dices?
¿Qué iba a decir yo? Ciertamente, no podía ponerme a hablar de los proyectos
partos, de los eriales de la Hircania ni de los hielos perpetuos del Cáucaso. Así que
dije:
—Tú siempre has subestimado el sentido del humor de César. Además es un
elegante. Siempre fue famoso por ello. Y ya se sabe que, a veces, los elegantes tienen
sus extravagancias. ¿Te acuerdas de aquel fulano…? ¿Quién fue? ¿Uno de los
Dolabella…? Ya no me acuerdo… ¿El que se daba fricciones en el cabello con orina
de macho cabrío porque según él le comunicaba un brillo de lo más distinguido?
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sabrás callártelo, pues aunque yo nunca he tenido hijos sí tuve tres abortos con mi
primer marido y César nunca me ha dejado embarazada. Por tanto, ¿qué consecuencia
sacas tú de eso? Evidentemente, que el estéril es él, ¿no es cierto? Que quede entre tú
y yo, pero estoy segura de que es por eso por lo que está empeñado en llegar a ser un
gran hombre. Para quitarse la vergüenza de no ser…, en fin, normal, de no ser capaz
de engendrar un hijo. Ésa es la verdad, ¡y esa pequeña zorra que tiene el desparpajo
de ponerle el nombre de Cesarión a la criatura! Y él lo consiente tan satisfecho…,
pero no es verdad.
(Lo que decía Calpurnia no tenía sentido. De su primera mujer César tuvo una
hija, Julia, la que luego casó con Pompeyo).
—Y ahora lo de esa expedición contra los partos, qué locura, yo ya se lo he dicho
pero él, tú ya sabes, puesto que lo conoces de toda la vida, naturalmente estoy
enterada de que tu madre fue amante suya pero no me importa, eso fue antes de
conocerme a mí, y ¿tú crees que estará volviéndose loco?
»En cuanto a lo de esa profecía, seguro que tú también estás enterado de que los
romanos únicamente vencerán a los partos cuando los mande un rey; cuando le hablo
de eso a César él no hace más que reír y dice que todas las profecías son necedades.
Pero el otro día dijo, como por casualidad, sin que nos hubiéramos peleado ni nada,
así por las buenas, dijo más tieso que un espárrago: “Podría divorciarme de ti y
casarme con la reina”. Lo cual le convertiría en una especie de rey, o eso cree él,
supongo, ¡un rey de Egipto, figúrate! Ya sabes lo supersticioso que es cuando le
conviene. Pero sólo cuando le conviene a él, para mí nada, nunca me tiene ninguna
consideración, ni a mí ni a nadie. “Mira”, le dije. “¡Como si tuvieras poco trabajo
aquí en Roma! Anda, ocúpate de eso y déjate de esa monserga de los partos”. Y
entonces él se echó a reír otra vez y dijo que yo no entendía nada de política. Pero sí
entiendo, más de lo que él cree, ¿sabes? Que no soy tan tonta. Yo sé que no te caigo
bien, Décimo Bruto, y a lo mejor lo que pasa es que no soy muy simpática; hay
momentos en que yo misma me doy cuenta, pero no soy ninguna estúpida. Tu madre
a lo mejor te lo habrá dicho. Conque deja que te diga lo que va a pasar. Lo van a
matar. Yo no sé quién será, pero veo que la gente le tiene miedo y eso nunca había
pasado antes, no sólo porque se ha hecho tan poderoso sino porque verdaderamente
se dan cuenta de que no está en sus cabales. Como el asunto ese de la clemencia. El
otro día le dije: “Mira, tú tienes enemigos, ¿sabes? Tú crees que te están agradecidos
porque les has perdonado que te combatieran con los del otro bando. ¡Eres un necio,
César! No entiendes que la gente no tolera verte en situación de decirles ‘te perdono’,
y luego la manera de decirlo que tienes, con esa superioridad, como si te creyeras un
dios o algo por el estilo; eso la gente no lo tolera. En la política, si tienes enemigos y
consigues derrotarlos, pues te deshaces de ellos, y ya está. Como hacía Sila, sí, y
también tu tío político Cayo Mario, que ésos sí sabían cómo se comporta y lo que
siente el pueblo. Pero tú lo has olvidado, tú te has creído que como eres un gran
hombre todo ha de resultarte fácil y que el mundo ha de cambiar para acomodarse a
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tus gustos. Pues no es así, César”. ¿Sabías que yo pruebo todos los platos que le
sirven antes de que los cate él? Sí, yo misma en persona, por si están envenenados.
En cada comida arriesgo la vida por él, y ¿tú crees que me lo agradece? ¡Qué va! Al
contrario, ríe y me dice que no sea tonta. Por otra parte no puedo hacerlo más que
cuando comemos en casa, o cuando salimos juntos a un banquete. La semana pasada
lo hice en casa de Cicerón y se puso furioso. Dijo que era ofender al anfitrión. “Más
vale ofender al anfitrión que morir envenenado”, le contesté yo. Entonces él soltó otra
vez la carcajada y dijo: “Por cierto, que como todo el mundo sabe que tienes esa
costumbre tan curiosa, ¿no piensas que podría ocurrírsele a alguien envenenarte a ti, y
no a mí?”. Ya ves que lo toma todo a broma. ¡A ver si eso no es estar loco! Y luego
volvió a reír como si se le hubiese ocurrido una nueva idea. “¿Y si usaran un veneno
lento, qué?”, me dijo. “No pensarás que voy a dejar que se me enfríe la cena mientras
espero a ver si te hace efecto. Y además, si fuese un veneno tan lento, nos mataría a
los dos”. Hizo una pausa, de pie frente a mí, retorciéndose las manos, antes de
proseguir.
—Sólo hay una manera de salvar a César, y óyeme bien, Décimo Bruto. No es
suficiente que la reina se vaya de Roma. Con eso no haríamos más que empeorar esa
manía de la expedición a Partía. Se marcharía a Egipto con esa perra, y empezaría la
campaña desde allí. No piensa en otra cosa. Hay que matar a la perra, y quiero que tú
te encargues…
Y así continuó explicándome lo que era menester hacer para eliminar a la reina
de Egipto (a quien, por si no lo recuerdas, yo tenía cierto afecto, en realidad). Me
ofreció varias sugerencias en cuanto al método más indicado. Se preguntó si sería
posible conseguirlo por arte de magia y dijo tener noticias de un bitinio muy versado
en arrojar maldiciones (si es que las maldiciones se arrojan, que no lo sé) de eficacia
rápida y probada. Al parecer, la víctima de la maldición sencillamente se volvía de
cara a la pared y se marchitaba.
—En un par de días, me han dicho.
Por desgracia sus informantes habían omitido explicarle cómo localizar al
milagroso bitinio. Estaba en algún tugurio del Trastevere, por lo visto. A un hombre
de mis recursos no le resultaría difícil localizarlo. Ella también podía ocuparse de eso,
pero se corría el peligro de llamar la atención.
Habló largo rato, cada vez más frenética, como esos sacerdotes orientales que
acaban mutilándose a sí mismos, más furibunda que los fanáticos judíos que, como
todo el mundo sabe, las noches de luna llena se dedican a sacrificar criaturas robadas.
Aunque en realidad no lo hacen, pero por alguna razón Calpurnia también sacó a
relucir este asunto.
No recuerdo bien a qué venía.
O sí, ahora me acuerdo. Comparó a César con ellos, para decir que estaba todavía
más loco.
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A mí me habría gustado preguntarle «si crees que está tan loco, ¿por qué quieres
tomarte tanta molestia para salvarlo?».
Pero no lo hice, sabiendo que respondería que, una vez desaparecida Cleopatra,
César volvería en sí.
Por fin conseguí poner pies en polvorosa. Y salí de la casa con un sentimiento
nuevo en mi pecho. Por primera vez en mi vida me dio pena de César. Muchas
emociones me había inspirado, pero nunca pensé que llegaría a sentir lástima de él.
¿Quién no tendría lástima de un hombre casado con Calpurnia?
No era de extrañar que estuviese tan impaciente por salir a luchar contra los
partos.
Asomarme al aire y a la vida nocturna de la ciudad fue un alivio después de
hablar con Calpurnia, aunque un alivio momentáneo. Subí por la costanilla del
Capitolio para echar un vistazo al Foro. Placía frío y la luna llena prometía escarcha.
Las estrellas brillaban remotas, inaccesibles, y una vez más me pregunté cómo
imaginaban los humanos que la distribución de aquellos puntos de luz en la hora del
nacimiento tuviese nada que ver con sus destinos. Al mirar abajo veía las dobles
hileras de antorchas que circulaban por aquí y por allá, portadas por los esclavos que
escoltaban las literas en donde las gentes de mi clase se dirigían a los banquetes o
regresaban de ellos. ¿Estaría César entre ellos, tras abandonar los cálidos brazos de
Cleopatra para ir al encuentro de la amarga lengua de Calpurnia?
El estrépito era incesante, debido a un decreto emitido por César pocos meses
antes. Se prohibió que los carros de los transportistas, excepto los de la construcción,
pasaran por la ciudad en horas diurnas. De manera que los repartos y demás servicios
se veían obligados a circular por la noche y así ninguna hora quedaba libre del
repiqueteo de las herraduras, el rodar de las llantas de hierro, las interjecciones de los
carreteros que se estorbaban los unos a los otros o andaban desorientados por las
callejuelas a oscuras.
De esa Roma del alboroto incesante, de la animación desbordada, quería escapar
César. Miré enfrente, hacia las sombras oscuras de los pinares del Palatino. Me volví
para alargar la vista hacia la otra orilla del río y el Janículo bañado por el claro de
luna, y me dije que no participaba de esa aversión a la metrópoli. A mis pies, en el
laberinto de las calles que confusamente desfilaban hacia el río, tal vez acechaban los
ladrones y los asesinos en espera de sus víctimas. Y sin embargo, Roma de noche…
¿Quizá la recuerdo con más ternura ahora que sé que nunca volveré a sentir el
latido de ese pulso?
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una muchacha en camisón y sin nada debajo. El propietario salió tras indicármela con
un ademán. Ella estiró los brazos, bajó las manos al suelo y tomando el borde inferior
del camisón se lo quitó por la cabeza en un solo gesto lánguido. Tras lo cual
permaneció en pie, en espera de lo que yo tuviese a bien disponer, mientras la incierta
luz de la vela dibujaba extrañas sombras oscuras sobre su cuerpo. Era muy joven.
Apoyé la mano izquierda en su hombro y deslicé la derecha entre sus piernas,
notando el roce áspero de su bosquecillo en mi muñeca. Poco a poco la tendí en el
catre y besé su vientre. Luego me quité la toga y, tras doblarla con cuidado y dejarla a
la cabecera, gocé de ella, que estuvo silenciosa, hábil y complaciente. Cuando quedé
agotado me tendí un rato al lado de ella, hasta que se consumió el cabo de vela. Yo no
le di nada más que dinero, ella me dio a cambio un atisbo de desolación. Me habría
quedado a dormir allí, si me hubiera atrevido.
Cuando pagué al tabernero, sin poner en su conocimiento que le había dado una
moneda de plata a la muchacha, lo envié en busca de un vigilante nocturno que me
acompañase.
Contemporicé durante dos o tres días y me quedé en casa con Longina. Ella me
retuvo con su deseo y con un afecto que casi parecía amor. Nosotros los romanos
nunca hemos estado muy enamorados de nuestras mujeres. Se nos enseña a
respetarlas, pero por lo general no permitimos que desempeñen ningún papel en la
vida pública. Las que se empeñan en imponer su presencia, o intentan representar
algo en política —mujeres como Servilia o Calpurnia—, se hacen acreedoras a la
desaprobación general y con frecuencia son víctimas de burlas. Longina no tenía
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ninguna ambición de ese género. Pero quería de mí algo que honradamente yo no
podía darle. Como temía por mi vida, pretendía que me abstuviera de la vida pública,
que me confinase a la intimidad doméstica por más que eso me hiciese despreciable a
ojos de mis coetáneos.
—Ya sabes —dijo entre besos— que me casé contigo por voluntad de mi padre.
A mí no me gustabas, porque me parecías distante y frío. Además adoraba a Apio
Pulquer desde mucho antes de conocerte. Naturalmente no quise que fuese mi amante
antes de convertirme en una mujer casada, porque como todo el mundo sabe la mujer
de buena familia debe llegar virgen al matrimonio y a mí me educaron muy
estrictamente. Pero yo lo adoraba y cuando te marchaste a España lo admití como
amante. Y luego regresaste y nos sorprendiste en la cama, ¿te acuerdas?
—Sí me acuerdo, querida.
—¡Ah, sí…! —Me rodeó el cuello con los brazos para ceñirse contra mí toda ella
—. Esa mañana noté la diferencia entre un muchacho, por guapo y ameno que fuese,
y un hombre hecho y derecho. E hiciste que me sintiera mujer, y no ya una niña. Y
cuando quisiste que sedujera a César…, sí, lo hiciste, no quieras negarlo ahora,
naturalmente me sentí halagada, y me fui a la cama con César tal como tú querías. En
fin, ¿quién no lo habría hecho?
—¿Quién no lo ha hecho?
—Sí, de acuerdo. Pero te odié y te desprecié durante algunos días, porque me
pareció que juzgabas más importante conservar el favor de César que cualquier cosa
que hubiese entre nosotros dos. Pero… César… después de la primera vez…,
¿entiendes, marido, maridito? —Me dio la lengua, buscando la mía…
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—Está bien, pero yo no pude. Cada vez que dejaba mi cama yo me sentía
disminuida. No por su ausencia, sino por la manera de dejarme. Hasta que llegó el día
en que se presentó y le dije que no. ¿Y sabes cómo reaccionó? Se echó a reír… Le
dio la risa. ¿Por qué crees que lo haría?
—Cuéntamelo tú.
^Porque es así como recibe un desaire César. Cualquier hombre se pondría
furioso, pero César no se rebaja. Tiene que mostrarse superior. De manera que se
echó a reír. Y me asestó una mirada… terrible. Por último echó una joya en mi regazo
y se marchó. Marido, ratón, mando mío, te quiero, ¿sabes?… Ya está. Ya lo he dicho.
Juré que no lo haría. Cuando le dices a uno que lo quieres te pones en sus manos.
Pero, por favor, por favor…
¿Por favor, qué? ¿Qué pretendía? Incluso entonces supe, como he sabido
siempre, que lo que ella solicitaba yo no podía concederlo. Y de haberlo concedido
ella misma, andando el tiempo, acabaría por despreciarme.
Esto he aprendido finalmente: que amamos más aquello que se nos niega. Ese
invierno adoré a Longina, como adoro todavía su recuerdo, y todo porque para mí no
era posible darle lo que me pedía: mi sumisión a su voluntad, y si se la hubiese dado,
la habría perdido de todas maneras. Porque ella me amó, o llegó a amarme, por mi
virtud. Y ésta se habría esfumado si yo hubiera cedido a la complacencia del hombre
enamorado de su esposa.
En todo Plomero sólo hay un personaje totalmente despreciable, y ése es Paris, el
que consintió que su pasión por Helena lo redujese a ser menos que un hombre. Y
creo que Helena finalmente despreció a Paris, como lo despreciamos todos los que
leemos la Ilíada.
¿Quizá la intensidad de aquellos días de diciembre fue mayor, más tonificante,
más deliciosa, porque ambos sabíamos que, por decreto de los dioses, el hombre y la
mujer han de desear lo que el otro no puede conceder sin deshonor?
Nuestro idilio se quebró. Lo primero que lo rompió fue una carta que Octavio me
escribió desde Grecia.
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perjudicada. Desde luego mi tío es el más honorable de los hombres y estoy seguro
de que no habrá contemplado semejante reconocimiento, por demás carente de toda
base real, a lo que creo. No obstante los rumores persisten. Puesto que tu parecer es
tenido en alta estima, y con razón, por todas las partes interesadas, no creo que se
emprenda ninguna iniciativa sin consultarte antes. Es por eso por lo que te escribo, no
porque albergue temor alguno, sino más bien porque el rumor es insidioso y tiende a
producir consecuencias impredecibles. Las cuales, aunque impredecibles, en cierta
medida podemos suponer desventajosas para mí (y quién sabe si también para ti).
Entiendo perfectamente que la dama en cuestión tenga poderosas razones para insistir
en esa iniciativa que se rumorea. ¿Puedo solicitar de tu amabilidad que emprendas
todas aquellas averiguaciones que la prudencia y la sagacidad aconsejen? También
me pregunto si sería de buen consejo que abandonase mis estudios, por agradables y
estimulantes que sean, a fin de regresar sin demora a Roma con el fin de ocuparme de
la protección de mis intereses. Naturalmente, estaré conforme con cualquier
determinación que se adopte, y si he de buscar otro camino para mi fortuna lo
perseguiré con toda la decisión e inteligencia de que pueda disponer. Pero de
momento no deseo emprender nada que tú, mi estimado amigo y mentor, pudieras
juzgar precipitado, imprudente o innecesario.
Me despido con mis calurosos saludos y reiterándote mi afecto.
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Pensé que no había nada comprometedor en mi carta. Por otra parte, estaba
seguro de que sería interceptada en algún punto de su trayecto y César recibiría una
copia. Si llegaba a saber por tal camino que Mecenas era una influencia poco
recomendable para el joven Octavio, tanto mejor. Aunque era de suponer que ya lo
sabía. Esta idea me condujo a preguntarme hasta qué punto sería cierto que, como
aseguraba Marco Antonio, el mismo César había gozado también a su sobrino.
Con todo, luego comprendí que mi chanza había sido un error. Mucho más hábil
por mi parte habría sido cultivar la amistad de Mecenas, por más que lo despreciase.
Sin duda alguna procuraba indisponer a Octavio contra mí. Y lo cierto es que jamás
volví a recibir de Octavio ninguna carta redactada en términos de afecto y confianza.
Debí comprender que Mecenas me había reemplazado como consejero principal de
Octavio, contando con la ventaja de la proximidad y con su maestría en toda clase de
vicios, que es cosa que todos los jóvenes envidian y admiran. Si me hubiese dado
cuenta a tiempo, habría procurado adular a Mecenas (el cual, como todos los
afeminados, era peculiarmente susceptible a la adulación). Y también como la
mayoría de los de su género, era celoso, malicioso y vengativo. Él fue quien luego
hizo imposible mi reconciliación con Octavio. A no ser por su malicia, no me hallaría
yo en mi infeliz situación actual.
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Capítulo 15
Durante las fiestas de las Saturnales, en la oscura tarde del día más corto del año se
me presentó en casa Marco Antonio, medio ebrio y ojeroso todavía de su juerga de la
noche anterior. Pidió vino y miró con descaro a Longina hasta que ésta se retiró
discretamente a sus aposentos.
Antonio se estiró en un triclinio, apuró de un trago el vino que le acababa de
servir el esclavo y le tendió el vaso de metal para que se lo rellenase.
—¡Vieja rata suertuda! Siempre lo has sido —me dijo, y volviéndose a un lado
vomitó en el suelo.
Con una sonrisa en los labios, que contrastaba con su mirada vidriosa, contempló
cómo el esclavo limpiaba el desaguisado.
—Mil perdones. Esto se cura con más vino. Poniendo en la mordedura unos
pelos del perro que te mordió, como suele decirse.
—Está bien, Antonio. Siempre eres bienvenido a mi hospitalidad, dentro de unos
límites, claro está.
—Una rata astuta tú, siempre lo he dicho. A ver si me aclaras lo que yo no
consigo decidir, ¿estoy de celebración o no?
Bebió un gran trago de vino y se alzó apoyándose en un codo.
—Así está mejor. Despide a este mocoso. No conviene que los esclavos oigan lo
que vamos a hablar. ¡Como si circularan pocos rumores! ¿No me has oído? ¡Largo de
aquí! Y deja el puñetero vino cerca. Así está mejor.
Se sirvió él mismo con mano temblorosa, entrechocando la jarra y el vaso.
—¿Has entendido lo que dije? ¿Estoy celebrando o no?
—Dímelo tú, Antonio. Tú deberías saberlo.
—¡Ah! ¡Muy agudo! ¡Muy agudo! Pero el caso es que no lo sé. Por eso he
venido a consultarte, ratón, para averiguarlo. Y cuando digo «estoy» tal vez debería
decir «estamos». ¿Celebramos algo o no? Pero veo que tú no bebes. Hazme el favor,
hombre. Es de mala educación dejar que el convidado beba solo. Mala educación y
tacañería. Pero yo soy generoso. Toma un trago, yo invito.
—Gracias. Contestaré a tu pregunta. A lo que parece, estás celebrando, pero no
muy alegremente.
—Ésa es la cuestión. Sabía que estaba en lo cierto. Me dije: «El ratón es muy
listo y lo captará en seguida». Sí, estoy celebrando desde hace dos o tres días, o tal
vez cuatro, pero no estoy contento. Bien. Ahora la pregunta siguiente…, muy difícil,
la pregunta… ¿Por qué? Debería estar contento, ¿no? Antonio asume su consulado
dentro de diez días, o tal vez quince…; he perdido la cuenta. Pero no está contento,
¿por qué?
—A eso no puedo contestar. Deberías estar contento. Serás un buen cónsul.
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Con tal de que consiga mantenerse medio sobrio, al menos, durante las
ceremonias oficiales, pensé.
—¡Ay, ratón! Me has abandonado. El ratón ha dejado al tío Antonio en la
estacada, ¡quién lo hubiera dicho!… Está bien, te lo contestaré yo mismo. Hemos
ganado la puta guerra civil, ¿no es cierto? Sí, es cierto, nadie puede negarlo. Pero
estamos perdiendo la paz, y ahí lo tienes. Todos esos cabrones del otro bando, como
tu estimado suegro y ese pichafría de primo tuyo, el Marco Bruto, se están haciendo
con el poder otra vez, paso a paso, poquito a poco. ¡Por Hércules! ¡Teníamos unos
jodidos establos de Augías que limpiar y no hemos hecho nada! Se conspira contra
César y el tío Antonio, el leal Antonio, va y se lo dice al general. Y él ríe y dice:
«Anda, sé buen chico y vete a dormirla». Así pues, la solución: no estoy
celebrando…
Con estas palabras se quedó dormido.
Me doy cuenta de que en estos recuerdos he presentado a Antonio bajo una luz
poco halagüeña: mal hablado, grosero, impetuoso, irreflexivo. Es verdad que era todo
eso. Pero también algo más, y distinto. Para conocerlo era preciso haber sido
compañero suyo de correrías. Irradiaba una simpatía formidable. Cuando decidía
ejercerla, el brillo de su sonrisa y el entusiasmo con que abordaba sus empresas
alegraban la existencia de todos los que estuviesen a su alrededor. Y no era ningún
estúpido. Decía muchas estupideces, pero de vez en cuando sorprendía con
inesperados destellos de inteligencia. Y lo más extraño, aquel hombre que daba a
todos la impresión de ser un inconsciente, que incluso parecía querer presentarse
adrede bajo el peor aspecto posible, en realidad tenía una gran delicadeza. Una
sensibilidad que lanzaba a su alrededor una especie de tentáculos o haces de luz
exploradora, con los que captaba y respondía en seguida al estado de ánimo de los
demás. Por eso, entre otras cosas, lo adoraban sus soldados. Los hombres suelen
seguir de buena gana al general que intuye en todo momento lo que ellos piensan y
sienten. Y Antonio tenía esa cualidad. Ni siquiera la perdía cuando estaba ebrio. Él
seguía atento, en vez de encerrarse en sí mismo como hacen muchos borrachos. Era
un hombre totalmente sociable. Uno nunca lo imaginaba a solas. Por eso mismo su
comprensión abarcaba mucho más de lo que suele entender el que vive enfrascado en
sus propias preocupaciones.
De pronto abrió un ojo y balbució:
—Que le den por ahí a la reina de Egipto, digo yo. Pero cuando lo intenté, ella
me dijo: «¿Qué te has creído? Que te den a ti, mozalbete».
Cerró el ojo y se puso a roncar.
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también contra mí los conspiradores? ¿Era posible conspirar únicamente contra César
y dejar en paz a los del partido cesarista?
Era preciso reconocer que Antonio tenía razón. Mis temores se intensificaron
cuando supe que varios miembros del antiguo partido pompeyano, entre los cuales
algunos de los que más chillaban a la hora de proclamarse reconciliados con el
régimen de César —porque eso era, un régimen, pese a la meticulosidad con que
seguían cubriéndose los cargos tradicionales de la República—, que algunos de ésos,
digo, le urgían a emprender la campaña contra los partos. Decían que la derrota de
Craso era un baldón para Roma, una afrenta que convenía borrar cuanto antes, y que
César era el único capaz de hacerlo. Lo cual debía sonar como música a sus oídos,
naturalmente, y no se daba cuenta de que aquellos hombres le instaban a alejarse
confiando en que fracasara y no volviera.
Debo confesar que a mí también se me había ocurrido lo mismo: que caído César
en lucha contra los partos teníamos la salida más honorable de las dificultades que
nos originaban su presencia y su ascendiente cada vez más abrumador. Aunque tal
subterfugio no era una salida honorable para mí.
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Por último me decidí a visitarlo en su casa, para lo cual elegí una hora temprana
en que todavía no acusara la fatiga del despacho. En efecto, durante los últimos
meses venía hallándolo yo más razonable a primera hora de la mañana, pero después
de toda una jornada dedicada a los asuntos del Estado su cabeza empezaba a divagar
de una manera cada vez más extravagante.
Me recibió con amabilidad, según su costumbre, y despidió a los secretarios
cuando le dije que venía a hablar de asuntos importantes.
Por un momento permanecimos sentados en silencio, y de improviso vi ante mí a
un viejo. Era la primera vez que me asaltaba esta idea, y sentí un impulso de afecto y
ternura.
—¿Y bien, ratón? —dijo—. Supongo que será una cuestión grave la que te trae a
esta hora, cuando sabes que estoy más ocupado en mi trabajo.
—De trabajo quiero hablar, precisamente.
Entonces le expliqué los motivos de mi ansiedad. Que habían transcurrido casi
nueve meses desde la batalla de Munda y, por consiguiente, no cabía duda de que las
guerras civiles habían terminado al fin. Sin embargo, dije, me parecía que no
habíamos avanzado un paso en cuanto a despejar los problemas que fueron la causa
de aquellas guerras.
Él frunció el ceño cuando dije esto, como para recordarme su opinión tantas
veces reiterada de que la causa de las guerras fue que sus enemigos se habían
empecinado en destruirlo a él.
Para evitar que mencionase este punto, lanzándonos a una discusión y
desviándome del discurso que yo traía preparado, me adelanté a decir que ésa había
sido, efectivamente, la causa inmediata de las guerras. Y la habíamos eliminado,
como era menester. Pero rápidamente añadí que, como ambos sabíamos en tanto que
personas versadas en historia y política, las causas subyacentes trascendían los
enfrentamientos personales y se centraban en la cuestión constitucional. Ahora César
tenía el nombramiento de dictador perpetuo, lo cual garantizaba el mantenimiento de
la autoridad en Roma y en todo el Imperio. Sin embargo, a mí no me parecía
(hablando con el debido respeto) que una dictadura perpetua fuese la solución.
—He de advertirte —dije— que algunos incluso te atribuyen la intención de
coronarte rey. Naturalmente, ése es un rumor que yo desmiento cada vez que lo oigo.
De nuevo frunció el ceño y luego hizo un ademán para indicarme que continuase.
Ciertamente él había introducido algunas reformas menores, como la ampliación
del Senado. Y aunque algunos de nuestros colegas miembros de la antigua nobleza se
quejaban de que los recién admitidos apenas podían llamarse caballeros, yo estaba
plenamente de acuerdo en cuanto a la oportunidad de la ampliación. De manera
similar, estaba a favor de la decisión de ampliar el número de pretores y cuestores, no
sólo para disponer de más cargos con que premiar los servicios de nuestros
partidarios, sino porque también teníamos muchos más y muy diversos asuntos
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públicos que despachar. Sin embargo, apenas podía considerarse que tales reformas
fuesen suficientes para solventar los problemas fundamentales.
Empecé a hablar más deprisa, porque me di cuenta de que empezaba a aburrirse y
no me convenía agotar la paciencia de mi interlocutor.
Y ahora, dije, le hallaba ocupado en los preparativos de la guerra contra Partia.
Empresa justificada por muy buenas razones, desde luego, pero que nos distraería de
otros asuntos durante dos o tres años. Y en este intervalo, César ausente de Roma, no
era de creer que desapareciese ninguna de las causas que esgrimían los descontentos.
De tal manera que la expedición contra los partos, además de peligrosa en sí misma,
constituía en cierto sentido un acto de evasión. Con el debido respeto, naturalmente,
pero a mí me parecía que la tarea más urgente era la reparación de nuestro Estado
fracturado…
Lleno de consternación, hice una pausa. Ya no me escuchaba. Tenía la mirada
perdida. Acababa de encerrarse en sí mismo refugiándose en el aburrimiento, o tal
vez en alguna ensoñación diurna. Cuando se dio cuenta de mi silencio me dedicó una
sonrisa con toda la simpatía de costumbre.
—La reina de Egipto me dice que un título de rey nos sería muy útil en Oriente.
Aunque a mí no me interesan los títulos, que no son más que vanidades, tal vez ella
tiene razón. En Roma muchos protestarían, como es natural, porque los hombres se
apegan a sus antiguas costumbres y aborrecen las innovaciones. Es posible que en
algún futuro el nombre de César llegue a significar más que el título de rey, ¡quién
sabe! Pero yo me preguntaba si no me interesaría consentir que se me llame «rey»
fuera de las fronteras de Italia, mientras que aquí en Roma me limitaría a ostentar el
de «dictador perpetuo». Sería una manera de resolver el dilema. ¿A ti qué te parece,
ratón?
Lo que a mí me parecía era que no había escuchado en absoluto ninguno de mis
argumentos. Sin embargo, contesté:
—No veo que eso fuese, a resolver nada, aunque es natural que la reina diga eso
teniendo en cuenta sus antecedentes. Pero la cuestión, César, no gira alrededor de los
títulos… y tienes mucha razón cuando dices que en Roma sería muy mal recibida la
asunción del tratamiento de «rey». El tema es la relación entre tú, con el inmenso
poder que ahora posees, por una parte, y la mejor manera de revitalizar las
instituciones tradicionales de la República, por otra.
—No lo has entendido, ratón. A lo peor es que escuchas demasiado a Cicerón. Yo
también lo respeto mucho a Cicerón, y me gusta hablar con él siempre y cuando la
conversación se reduzca a cuestiones de literatura y filosofía. Por cierto que ahora se
dedica a un trabajo muy útil para nosotros, que es buscar equivalencias en latín para
las palabras griegas que necesitamos emplear en el desarrollo de los asuntos. Pero
cuando se pone a hablar de la Constitución se refiere a una cosa tan legendaria como
el Minotauro. Pese a su inteligencia, no ha comprendido que la historia es un ser
vivo. Cuando habla de la Constitución en ese tono reverencial, yo admiro su
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sentimiento, pero sé que está hablando de algo que dejó de existir antes de que él
naciese. ¿En qué consisten sus creencias? A lo que parece, él opina que nuestros
ejércitos deberían estar al mando de un oficial noble —que en otros tiempos era
Pompeyo y ahora necesariamente ha de ser César—, mientras Roma, Italia y las
provincias pacificadas quedarían bajo la gobernación o la administración de un
Senado dirigido por honorables conservadores, atentos al bien público y dirigidos, a
su vez, por la dorada oratoria de Cicerón. Él debería saber que tal asamblea no existe,
si es que alguna vez existió, y debería tener la humildad de reconocer que su propio
historial abunda en errores graves y juicios equivocados.
Poniéndose en pie, echó a andar por la habitación. Pese a sus cincuenta y tantos
años aún se movía con la agilidad atlética que admiraban en él sus soldados.
—Y tú, ratón, deberías comprender, ya que por algo has seguido tantos años a
César, que durante las últimas dos o tres generaciones nuestra República…, ese
nombre maravillosamente sonoro, pero moribundo…, se ha evidenciado incapaz de
cumplir con la parte más sencilla y más necesaria de los cometidos de gobierno, el de
mantener la ley y el orden aquí en Roma. Durante ese período han muerto más
romanos, incluso nobles, caídos en las guerras civiles, muertos en algaradas callejeras
o simplemente asesinados, que en ninguna campaña por tierras extranjeras. De eso no
tuvo la culpa mi ambición, ni la ambición de Pompeyo, ni la de mi tío Cayo Mario, ni
siquiera la ambición del detestable Sila. Ocurrió porque las viejas instituciones ya no
estaban a la altura de las circunstancias…
»Tú pides reformas, ratón. Pero yo no tengo ninguna que ofrecer. En algún
tiempo quizá pensé también que sería posible restaurar las cosas, sencillamente,
eliminando los abusos. Pero ya no. Esas esperanzas son sueños sin fundamento. Tú
das a entender que hay resentimiento porque he nombrado cónsules, pretores y otros
magistrados y he convertido las elecciones en una mera ceremonia de investidura
formal. Pero tú mismo en tu corazón sabes que esas elecciones ya venían siendo
fraudulentas o ficticias desde antes de que naciéramos. Y también peligrosas, porque
ellas provocaban las violencias que todo gobierno debería contener, y que la
República no consiguió contener.
»Por eso yo digo… que la República ha muerto. No se puede insuflar el aliento
de la vida en un cadáver. Lo que resta es una pantomima, y peligrosa por más señas.
»Las cosas deben cambiar. Pero cambiarán poco a poco, ya que así es como se
acostumbran los hombres a las nuevas realidades. La primera de ellas es que el poder
ahora reside en el ejército y, por tanto, en quien lo controle. Por fortuna para Roma,
lo controla César. Y mientras César controle el ejército César controla a Roma. Ésa es
la realidad contra la cual se estrellan los sueños de Cicerón como una vasija de barro
se estrella contra una pared. El tiempo es la esencia del asunto. El tiempo y yo contra
quien sea, ésa es mi creencia.
»Sí, iré a Partia porque es necesario. Lo que yo elija llamarme no hace al caso.
En Roma soy César, y César manda. En provincias César puede ser un rey, o un dios,
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no importa. Lo que necesita Roma es una temporada de calma, libre de discordias
civiles. Sólo César puede asegurarla, y sólo mientras sea dueño del ejército y lo
mande. Insisto, ratón: ésa es la realidad.
»Así que sé buen chico y no escuches a Cicerón. Él representa lo pasado. El
futuro será muy distinto porque se fundará en el entendimiento de la realidad última
del poder: la espada. El Senado, naturalmente, sobrevivirá. ¿Acaso no lo ha renovado
César, como tú mismo reconoces? Y también las magistraturas, porque tienen
cometidos necesarios que cumplir. Pero recuerda: los fuertes rigen el mundo, y César
es el más fuerte, siempre y cuando disponga de la fuerza de las legiones.
»En Roma nadie volverá a detentar el poder si no posee esa fuerza. Si cede el
mando a otros, perecerá. Roma es un imperio, no ya una ciudad-Estado. Dime tú si en
el fondo no te parece absurdo que se confíe a una chusma de plebeyos mugrientos la
elección de su propio gobierno, cuando ese gobierno tiene la responsabilidad de todo
el mundo mediterráneo…, y más adelante, después de mi próxima campaña contra
Partia…
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Capítulo 16
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de vinos tintos y blancos. Una de sus máximas era que para honrar a Jano era preciso
beber de ambas variedades.
Quedamos unos veinte, tumbados en nuestros triclinios y despreocupados en
apariencia. Pero cuando salieron los esclavos, recorrió la estancia una especie de
vibración, como anunciando la inminencia de un gran momento. Tal vez sea oportuno
hacer constar que mi suegro no me había advertido de antemano de sus intenciones,
con lo cual demostró que confiaba en mi virtud, de la que yo le había dado pruebas
suficientes.
Formábamos una partida muy variada, vale la pena hacerlo constar desde el
principio. El mismo Casio y Marquito habían sido pompeyanos y lucharon (o en el
caso de Marquito, estuvo pero halló ocupación menos peligrosa) en Farsalia. También
era pompeyano Quinto Ligario, perdonado (como he contado en otro lugar) gracias a
la elocuencia de Cicerón. Otros personajes más oscuros, Décimo Turulio y Quinto
Casio (el de Parma), combatieron asimismo en las filas de Pompeyo. Por otro lado
estaba Catón el joven, menos fúnebre y grosero que su padre, y más inteligente
también, republicano como él pero con más sentido de lo posible. De hecho era un
mozo no exento de simpatía, con ojos algo melancólicos y cabello castaño.
Naturalmente, se hizo cuñado de Marquito, aunque al principio del banquete observé
no sin regocijo cómo procuraba evitar que lo colocaran al lado de mi primo. Y no
creo que fuese sólo por el desagradable hábito que tenía éste de proyectar salivillas a
la cara de su interlocutor, lo cual era consecuencia de una desgraciada enfermedad
infantil cuyas consecuencias nunca logró superar por completo. Pero esto Catón ya lo
sabía, por lo que supuse que se apartó simplemente por estar harto de él. Lo cual no
se le podía censurar, desde luego. Otro pompeyano era Lucio Cornelio Cinna, casado
con una hija del Grande.
También tenía allí a algunos excamaradas míos: Casca, por supuesto, y Lucio
Tilio Cimber, con Cayo Trebonio, que habían combatido a mi lado. En cuanto a los
demás, eran de actitud vacilante y no me fiaba mucho de ellos: Ser Sulpicio Galba, de
buena familia, versado en el arte militar, pero de carácter malhumorado y agrio. Yo
sabía que odiaba a César porque éste se había negado a darle ningún consulado en la
tanda de nombramientos para los años próximos. Más dudosa era la reputación de
Lucio Minucio Basilo, a quien César negó la gobernaduría de una provincia
aduciendo que no era apto para desempeñar ninguna responsabilidad; para consolarlo,
el dictador le dio dinero. Basilo se consideró agraviado y así iba diciéndolo a quien
quisiera escucharle, aunque había aceptado el dinero.
Por la actitud de mi suegro, yo me daba cuenta de que no nos reunía para pasar el
rato. Aunque estuvo atento y cortés durante la recepción y el banquete, noté que tenía
los nervios tensos como la cuerda de un arco.
—El otro día Balbo me contó una cosa curiosa —dijo mi vecino de mesa, Cinna
el joven—. Ya sabes, Balbo el banquero.
—Sí, conozco a Balbo. ¿Qué fue?
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—Bien, pues parece ser que algunos de los veteranos licenciados y que
obtuvieron tierras en la región de Capua se llevaron las piedras de unas sepulturas
antiguas para construir sus casas de campo. Ahora dicen que una de las tumbas
destruidas era de Capys, el fundador de la ciudad, y se halló en ella una inscripción
que decía: «Cuando se descubran las cenizas de Capys, un descendiente de Iulo
perecerá a manos de sus parientes, y muy pronto quedará vengado por las desgracias
de Italia». ¿Qué me dices a eso?
—No mucho —repliqué—. Al fin y al cabo, supongo que todos los romanos
podemos decir que somos descendientes más o menos lejanos de los troyanos. En
cuanto a romanos asesinados por sus amigos y parientes, eso ocurre cualquier día de
la semana.
—No, pero… —dijo él—. Naturalmente no soy supersticioso, pero da qué
pensar, ¿no?
—¿De veras? —terció Casca—. Pues eso es todo un éxito tratándose de ti,
querido. Por otra parte, como empieces a hacer caso de esos cuentos de vieja no
acabarás nunca. Figúrate que el otro día mi vieja y gorda madre me contó un suceso
que ella tenía de muy buena tinta… de su manicura, supongo. Dicen que una punta de
caballos que nuestro amo y señor había consagrado al río Rubicón, a cuenta del paso
que fue tan significativo para su carrera…, un mísero arroyuelo, como ya sabrías si
hubieras estado entre nosotros…, pues bien, lo cruzaron y se pusieron a comer la
hierba de la otra orilla. Tan pronto como hicieron eso, y según le contaron a mi
madre, dieron muestras de gran repugnancia y algunos incluso se pusieron a vomitar.
—¡Cielos! ¡Eso sí es extraordinario!
—¿Verdad que lo es? Pero lo sería más si César nunca hubiese consagrado unos
caballos a ese arroyo ridículo. Pero ¿tú crees que iba a tomarse la molestia de hacer
cosa semejante?
—Y aún sería más extraordinario si alguno de esos caballos, en el supuesto de
que hayan existido, hubiese vomitado —intervine yo—. Es que los caballos no
pueden, ¿sabes? Por eso el cólico los mata en seguida. Cuando tú comes algo que te
sienta mal, vomitas. Lo mismo hace un perro. Pero el caballo no puede, así que se
acabó el cuento.
—Está bien —dijo Cinna el joven—. Admito que no entiendo nada de caballos.
No me gustan esos brutos. Sólo sé que por un lado muerden y por el otro cocean. No
es que les tenga miedo, es que me causan un efecto desagradable. Por eso yo no sabía
lo que has dicho. Pero me parece que así el caso resulta todavía más extraordinario.
Es un suceso contra natura, y cuando ocurre algo así, quiere decir que se anuncia algo
verdaderamente trascendental.
—¡Uf! —exclamé sin poder contenerme.
Ésa era la clase de anécdotas y el género de conversaciones que circulaban por
Roma aquel invierno. La credulidad alcanzó cimas insospechadas.
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Casio interrumpió nuestra charla golpeando la mesa con el mango de un cuchillo
para llamar la atención. Luego dijo:
—Amigos, no voy a pronunciar ningún discurso. Como algunos de vosotros
sabéis, aborrezco los discursos de sobremesa. Por eso Cicerón no está invitado.
Los comensales rieron el chiste por educación y Casio prosiguió:
—Pero tengo cosas que deciros. Son algo peligrosas de escuchar. Si me escucháis
tal vez cambiaréis de vida y devolveréis las libertades a Roma. De manera que antes
de empezar voy a pediros dos cosas. La primera, que quienes no estén dispuestos a
asumir la responsabilidad de la acción aprovechen este momento para retirarse…
Nadie se movió.
—Está bien. Veo que no me había equivocado al juzgaros. En segundo lugar os
pediré a todos que me juréis por vuestro honor, por la reputación de vuestros
antepasados y poniendo por testigos a cualesquiera dioses a quienes tengáis respeto,
que todo lo que hablemos esta noche quedará entre nosotros, que no lo comentaréis
con nadie que no sea de los nuestros salvo permiso mío, ni discutiréis la cuestión
fuera de este círculo ni en otras compañías. ¿Lo juraréis? ¿Estáis dispuestos a jurarlo?
Una vez más nadie se movió y nadie habló.
Yo fui el primero en ponerme de pie y pronunciar el solemne juramento que se
nos requería. Uno tras otro, y unos más titubeantes que otros, como si tuvieran miedo,
hicieron lo mismo. La mayoría, sirviéndose de las mismas palabras que habíamos
pronunciado primero Casio y luego yo. Por fin le tocó a mi primo Marquito, el último
en levantarse.
—Marco Junio Bruto, heredero de uno de los apellidos más nobles de la historia
de Roma, ¿estás dispuesto a jurar…?
Marquito estaba desmigajando una rebanada de pan.
—Eso me trastorna —dijo—. Hace días que estoy muy perplejo. Me atormentan
muchos dilemas, muchas ideas que preferiría guardarme. Muchos de vosotros sabéis
que aprecio el honor más de lo que temo a la muerte. Pero ahora sospecho que vais a
imponernos una línea de conducta que honradamente no puedo asumir.
—Vamos, Bruto —dijo Casio—. No hay en Roma hombre más respetado que tú.
Y algunos, como me consta, dicen que cómo no tiene ojos el noble Bruto para ver lo
que salta a la vista de todos. Temo que estás demasiado pendiente de tus propias
perplejidades. No puedo obligarte a jurar, pero te lo pido, o más bien te lo suplico. No
deseamos vernos privados de tus consejos.
—Bien, bien. Naturalmente me honra mucho la buena opinión que tenéis de mí.
—El pedazo de pan quedaba ya completamente reducido a migas—. Pero
supongamos que se dijese esta noche, en esta habitación, algo que el honor me
obligaría a revelar, y supongamos que no pudiese hacerlo al hallarme atado por un
juramento. Tú sabes que te aprecio y te respeto, Casio, pero no puedo prescindir de
mi criterio de lo que es justo…
—Enano mojigato —susurró Casca—. Condenado hipócrita cobarde…
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—Por eso te digo con todo respeto, Casio, que no puedo imponerme el
compromiso que exiges. En consecuencia, considero que debo retirarme. Lo cual voy
a hacer acto seguido, deseándoos a todos buena suerte y buen juicio en vuestras
deliberaciones, en las que no deseo entrar.
A lo cual plegó la servilleta y se puso en pie. Rodeó la mesa para dar un abrazo a
Casio y salió. Luego se ha dicho siempre que había salido con dignidad. A mí me
parece que salió furtivo, como conejo asustado.
Catón el joven puso cara de tener ganas de imitar el ejemplo de su cuñado, miró
alrededor, se tropezó con mi mirada y se quedó en su lugar descansando. Únicamente
otro joven, desconocido para mí (luego supe que se llamaba Favonio), eligió seguir
los pasos de Marquito.
Cuando hubieron salido, Casio se tumbó de nuevo en el triclinio y nos hizo seña
de que podíamos hacer lo mismo, después de lo cual continuó hablando.
—Lamento que Marco Bruto, a quien admiro lo mismo que, sin duda, todos
vosotros, haya considerado preferible no seguir con nosotros. Es hombre de honor y
respeto, aunque algunos tal vez dirían que demasiado escrupuloso.
»Esta noche hemos tenido con nosotros a otro hombre de quien no podría decirse
lo mismo. Como todos sabéis, me refiero a César. Se han dicho muchas cosas de
César pero dudo que nadie le haya acusado nunca de ser demasiado escrupuloso…
»Os ruego que reflexionemos sobre César y la relación en que ahora nos
encontramos frente a él, en que Roma se encuentra frente a él.
»No sé lo que vosotros y otros muchos pensáis acerca de la vida que llevamos,
pero hablando por mí os digo que antes querría dejar de respirar que vivir…
acoquinado… ante quien no es ni más ni menos que yo.
»Yo nací libre, lo mismo que César, e igual a él. Ambos somos iguales. El mismo
sol nos calienta en verano. El mismo viento invernal nos hace tiritar.
»¿He dicho iguales, acaso? Recuerdo que una vez, cuando éramos jóvenes, César
me desafió a cruzar el Tiber a nado. El río bajaba crecido pero yo me zambullí de
todas maneras. Al poco escuché gritos a mi espalda, y al mirar por encima del
hombro vi que César tenía sus dificultades. Y entonces, lo mismo que nuestro noble
antepasado Eneas llevó sobre sus hombros a Anquises rescatándolo de las llamas de
Troya, yo saqué a César de aquellas aguas turbulentas hasta que ambos llegamos a la
orilla, sanos y salvos. Como imaginaréis, desde entonces he recordado a menudo
aquella aventura.
»Otros podrían contar hechos similares. Aquí mi yerno Décimo Junio Bruto
Albino, ¡vaya!… —Se volvió para mirarme cara a cara—, ¿acaso no salvaste a César
en lo más apurado de la batalla de Munda?
—Sí, puedo sustentar esa pretensión.
—Y ahora —continuó Casio bajando la voz casi hasta un susurro, como hacen
los actores en el teatro cuando quieren acallar los murmullos del público—, ahora
resulta que César es un dios, y que Casio, o Décimo Bruto, o Metelo Cimber, que
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también hizo grandes proezas en la guerra, o Casca, o el joven Catón, vástagos de los
más nobles linajes de Roma, o cualquier otro de los presentes…, tenemos que
inclinarnos, aquí, en el Senado, en la calle o en el templo, y rendir pleitesía, y hasta
ruborizarnos de contento si César se digna saludarnos con la cabeza.
»¿Es manera de vivir ésta? ¿Es esto vivir con honor?
»Y también recuerdo que Labieno, el noble y honorable Labieno, una vez me
contó que César cayó enfermo estando en las Galias, y yacía en su catre pidiendo
agua, patético y con voz débil como la de una chiquilla.
»Algunos de nosotros lo hemos visto cuando sufre sus ataques, hemos visto sus
convulsiones. El dios tiembla y pierde el dominio de sus miembros.
»Ese dios…, ese hombre igual que nosotros…
»Y ahora es la octava maravilla del mundo, el cual recorre a grandes zancadas
como si fuese aquel Coloso que habéis visto en Rodas, y los demás, diminutos,
pequeños seres ridículos, anduviéramos pululando entre sus piernas sin saber dónde ir
a esconder nuestra insignificancia.
»César habla del destino. No hay palabra que resuene más a menudo en sus
labios. Las estrellas, las estrellas, como si los Hados decretasen que debemos ser
sumisos, obedientes, serviles.
»Pero yo digo… —Y aquí se interrumpió de nuevo para golpear la mesa con el
mango del cuchillo, echándonos severas miradas a todos, que estábamos tan
pendientes de su conclusión como temerosos de ella al adivinar adónde nos llevaba
inexorablemente—. Yo digo que la culpa no es de las estrellas, sino nuestra.
»¿Con qué leche amamantaron a César para que se haya hecho tan grande?
»¡Si pudieran vernos ahora nuestros antepasados, los que derrotaron a Aníbal, los
que arrasaron Cartago y persiguieron al gran rey Mitrídates hasta acabar con él, los
que conquistaron España y África y Asia! ¡Si nos viesen esos hombres a quienes
reverenciamos! Si contemplasen nuestro Estado deshecho, la abyección en que hemos
caído…, si pudiesen ver a César, un hombre de nuestra misma clase y además
jugador, moroso, adúltero, cómo ha roto los vínculos históricos que daban cohesión a
nuestro Estado, cómo nos manda, nos domina, nos enseñorea como si fuéramos sus…
súbditos…, al ver todo eso, ¿llorarían o reirían? ¿O reirían entre las lágrimas y
llorarían entre carcajadas?
»Ésta es la pregunta que os dirijo esta noche: ¿no estáis, como yo, avergonzados
de haber llegado a esta humillación? ¿O preferís inclinaros y adorar a César, llamarle
dios, o incluso rey, ver en él una criatura de orden superior a nosotros, que somos la
nobleza de Roma?
Entonces calló, tomó un sorbo de vino y siguió mirándonos a todos con fiereza.
Uno a uno apartamos los ojos, y se hizo el silencio. Lo rompió el único que no había
cruzado su mirada con la de Casio. Y no lo había hecho por una buena razón: que
aparentaba dormir en su triclinio, los ojos cerrados. Fue Casca, no podía ser otro.
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—¡Palabras, palabras, palabras! Ay, Casio, Casio, Casio, ¡que estuviste más
ciceroniano que Cicerón! Era verdad que no hacía falta invitar hoy al viejo. Porque
no creo que hubiese mejorado la exhibición de oratoria con que acabas de
obsequiarnos…
—¿Quieres decir con eso que no hago más que hablar?
—No podría asegurarlo, muchacho. No podría. —Se incorporó Casca a medias, y
se dio unas palmadas en la barriga—. Estoy gordo, gordo, gordo. Excelente cena la
que nos has dado, Casio. Cree César que únicamente los hombres flacos son
peligrosos, y yo estoy gordo.
—Basta de esa comedia —le interrumpió Metelo Cimber—. Nos has dado
mucho qué pensar esta noche, Casio. Por si te sirve de satisfacción, te confieso que
me has sacado los colores.
—Y a mí.
—Y a mí.
—Y a mí también… sintiéndolo mucho.
—¿Y bien, Casca? —preguntó Casio.
—Hace mucho que olvidé la vergüenza, querido. Dadme la tranquilidad, un poco
de vino y un poco de magreo, y quitadme a los acreedores o lleváoslos bien lejos…,
¿qué más podría pedirle Casca a la vida? Estoy gordo, ya lo veis. Palabras, palabras,
palabras. Pues bien, contestaré con palabras: la demostración del pastel está en
comerlo…, ¿qué os parece eso como proverbio? Tu cocinero tiene buena mano para
los hojaldres, Casio. Felicítalo de mi parte por esas tartaletas de langosta…
De nuevo rompió el silencio Metelo Cimber.
—Lo que has dicho, Casio, no puede ser más que un comienzo. Me gustaría que
se hubiese quedado Marco Bruto, pues valoro su opinión. Pero nos has dado mucho
qué pensar. En consecuencia, todos los presentes quedáis invitados a cenar en mi casa
tal día como hoy, dentro de una semana. Mientras tanto calibraremos estos asuntos,
consultaremos nuestros corazones, nuestras conciencias, nuestros intereses, lo que
sea, y guardaremos nuestra promesa de silencio. Y tú, Casca, hallarás que mi
cocinero, que es armenio, también tiene buena mano con las pastas y una imaginación
sin límites para los rellenos. Os propongo, en consecuencia, que lo dejemos por hoy y
reanudemos la discusión dentro de ocho días.
Todos asentimos, pero cuando nos disponíamos a salir Casio me hizo una seña al
tiempo que apoyaba una mano en el hombro del joven Catón para retenerlo. Cuando
estuvimos a solas los tres dijo:
—La reacción ha sido interesante, y mucho más propicia de lo que esperaba. Una
palabra más antes de seguir a vuestros amigos. Os lo agradecería.
De manera que volvimos a echarnos en los triclinios, y Casio escanció más vino.
—Tú, ratón, conoces a César mejor que ninguno de nosotros —dijo.
—Le debo muchos favores.
—Él también te los debe a ti.
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—Eso no lo niego.
—¿Supiste adónde quería ir a parar yo… y te quedaste?
Escupí un hueso de aceituna.
—Están las lealtades, y luego está la lealtad.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó el joven Catón.
—Que uno se debe en parte a sus amigos y benefactores, pero mucho más a uno
mismo, y del todo a Roma.
—Exacto. Es lo que yo pienso —dijo Casio.
—Sí, eso lo dejaste claro. No hago más que repetir lo que tú dijiste. Pero hace
meses que busco una alternativa y no la encuentro.
—Si César asume el título de rey, el pueblo nos aliviará de responsabilidad —
dijo Catón—. Lo harán pedazos.
—Tal vez sí —contesté—. En todo caso él no asumirá ese título, por ahora, ni en
Roma. Pero si sale la expedición contra los partos, en algún lugar de Oriente sí
permitirá que se lo llamen, aunque lo haga con una sonrisa despectiva. Quizá
comparta el trono allí con la reina de Egipto. La campaña puede ser larga, de dos o
tres años. Es tiempo sobrado para que la gente vaya acostumbrándose al título.
¿Quién sabe? Pero no creo que lo use nunca en Roma. A César le traen sin cuidado
las palabras. Place poco me sugirió incluso que el nombre de «César» quizá llegaría a
significar más que «rey». Y es posible que tenga razón. Cuando dije que no veía
alternativa a lo que tú, Casio, ibas a proponernos esta noche, aunque no hayas
acabado, de decidirte, me refería a que he explorado ya la posibilidad de una
abdicación. Él podría seguir el ejemplo de Sila y retirarse a la vida particular. Aunque
no le mencioné ese nombre, claro está, pues como todos sabemos lo aborrece. Pero
hasta la mera insinuación le incomodó. Está decidido a retener el poder. Y está
decidido a conquistar Partia.
—Podría no regresar de Partia —dijo Catón.
—Podría —asintió Casio—, pero ése es un riesgo que no podemos correr, porque
si regresara triunfador…, entonces…
Abrió la mano con la palma hacia arriba y en seguida tumbó el pulgar hacia
abajo.
—Roma, todos nosotros, en sus manos por siempre jamás, la libertad muerta para
siempre. Escucha, Catón, tú y yo somos por igual parientes de Marco Bruto…
Lo cual era cierto, porque una hermana de Catón estaba casada con Bruto, y
también Casio había tomado a la hermanastra de Bruto como tercera esposa aquel
mismo verano.
—Si vas a comprometerte en la empresa que he propuesto, Catón, me gustaría
que hablaras con Bruto. Yo también lo haré, a solas con él. Es de carácter tardo,
titubeante, y no me extrañó que se retirase esta noche. Pero necesitamos a Bruto.
¿Querrás hablar con él?
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—Ciertamente. Y también con mi hermana Porcia. Como sabes, profesaba gran
devoción a nuestro padre y ha convertido casi en un culto su recuerdo. Por tanto,
aborrece a César más que ninguna otra persona que yo conozca. Y tiene mucha
influencia sobre su marido.
—Excelente —dijo Casio—. No confiaría mis intenciones sino a muy pocas
mujeres, pero estoy dispuesto a hacer una excepción con la hija de Catón.
Cuando hubo salido el joven Catón, mi suegro se quedó mirándome con una
expresión que casi parecía de afecto.
—¿Ya sabes que te expones a que te llamen traidor? ¿Podrás soportarlo?
—Sí —contesté.
—Sé que no compartes mi consideración hacia tu primo Marco, ni la magnífica
opinión en que todo el mundo lo tiene. Creo que lo subestimas. A veces incluso me
he preguntado si no estarás envidioso de su buena fama.
—¿Envidioso de Marquito? Ni pensarlo. Pero dudo de su capacidad, y no veo por
qué lo juzgas tan esencial.
—Has elegido la palabra exacta. Lo juzgo esencial. Y tanto, que no creo en
nuestras posibilidades de éxito si no conseguimos que se una a nosotros. ¡Ah, sí!
Podríamos triunfar en cuanto al objetivo inmediato. Él no nos hace falta para eso.
Pero es porque lo tiene en tan alta estima el pueblo.
—Sí, claro, como ejemplo de las «antiguas virtudes romanas»…, Marquito.
Nunca deja de sorprenderme.
—Y también los senadores…, por eso creo realmente que su adhesión es
necesaria para que triunfemos en lo que debe ser nuestro objetivo más amplio, la
restauración del libre Estado. Si él se une a nosotros, todos creerán que nuestra acción
ha sido desinteresada. Si se niega, nadie querrá creer en la devoción de nosotros, los
demás, a la República. Por tanto, he de rogarte que depongas tu prejuicio y que lo
cortejes también.
—Se me eriza el vello.
—No importa…
—Está bien. Acato tu criterio, aunque no de buena gana.
—Te lo agradezco. ¿Cómo está Longina?
—Radiante. Da gozo verla. La verdad es que somos tan felices, que no anda lejos
la tentación de refugiarme en la intimidad doméstica.
—No, yerno. Tú eres demasiado romano para eso. Y la empresa en que nos
comprometemos es la más noble y la más romana de todas.
Nos pusimos en pie, y él me dio un abrazo de despedida. Cuando salí, el cielo
nocturno estaba encapotado.
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Capítulo 17
«Que rueden los dados». En los días siguientes recordé muchas veces la frase de
César. «Que rueden lejos los dados», no importa cómo caigan. Eso me confundía: yo
nunca he sido jugador. Marco Antonio solía burlarse de mí por mi escasa disposición
a correr riesgos. Yo le contestaba que eso estaba bien para los genios como un César,
pero incluso el genio necesitaba a gentes sensatas como Labieno o yo, que le
recordaran el buen camino.
—Y de mí, ¿qué me dices? —preguntaba entonces Antonio.
Nunca supe qué contestar a eso. No conocía la capacidad de Antonio. Me
fascinaba, supongo, porque lo hacía todo con despreocupación, despreocupado de lo
que pudieran decir de él, y despreocupado de las consecuencias. Debatí conmigo
mismo y con Casio si debíamos invitar a Antonio para que formase parte de nuestro
grupo. Aquel año le tocaba ser cónsul y ése era un argumento a favor. Teniendo a un
cónsul, teníamos el respaldo de una autoridad establecida legalmente. Pero por otra
parte, no podía estar seguro de cuál pudiera ser su respuesta. Era impredecible.
Además debíamos contar con el peligro de que lo largase todo estando bebido. Casio
señaló dos puntos: que la adhesión de Antonio nos indispondría con Marquito, cuya
participación aún buscaba con afán; segundo, que quizá sería más fácil abordar a
Antonio después de la acción.
—Temerá por su propia seguridad, y entonces no le quedará más remedio que
asentir.
Me habría gustado estar tan seguro como él.
Longina me besó con suavidad en los labios. Mis dedos bailaron sobre su vientre,
apenas abultado aún.
—Mi padre… —dijo ella—. Me preocupa que tú y él… No sé cómo decir esto.
Él pretende ser imparcial. ¿Qué dice su filosofía? Moderación en todas las cosas,
¿no? Pero tú sabes que no lo profesa más que en su mente. Es impetuoso, impulsivo,
peligroso. Siempre encuentra una razón verosímil para hacer lo que desea, pero la
razón verdadera es muy diferente. No olvides que lo he estudiado toda la vida. Y aún
quiero decirte otra cosa, algo que nunca…, siempre me ha dado miedo. Porque es un
amargado, un resentido.
—No te preocupes —dije, comiéndomela a besos a ver si así olvidaba sus
temores.
—Es porque no quiero perderte —dijo ella—. Y por eso es peligroso mi padre,
porque siempre hace que los demás paguen con lo que más querían.
Por unos momentos su ternura me desarmó. Luego pensé que íbamos a tener un
hijo. Ante él se abrían dos caminos: la vida libre de un noble romano, la existencia
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sumisa de un súbdito.
«¡Ciudadanos!». Así se había dirigido César a los amotinados de la Décima.
Pero era todavía un título honorífico. ¿Cuánto conseguiría durar aún en la Roma
de César?
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era ficticia. Esa idea hizo que sintiera lástima de él. Y también era un incentivo. A lo
mejor aún había redención para César. Si él conservaba esas dudas en su fuero
interno, quizá sería posible apartarlo del rumbo fatal que auguraba el desastre para él
y consecuencias inimaginables para Roma.
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sobre el dorso de la otra. Pero no hubo nada de eso, sino que su semblante se iluminó
con una cordial sonrisa.
—¿Y qué te gustaría que hiciese yo, ratón?
—Que te retires y que abandones o por lo menos aplaces la campaña contra los
partos. Que concedas a nuestras instituciones una oportunidad para funcionar bajo tu
mirada benévola. Mientras tú vivas, César, siempre serás superior a los demás en
autoridad. Pero hay una diferencia entre autoridad y poder. Tú no puedes compartir tu
autoridad, porque la adquiriste con tus acciones y tu virtud. Pero puedes delegar el
poder. Has estabilizado el Estado, ahora tienes oportunidad de restaurarlo.
—En efecto, ratón, hacía falta valor para atreverte a hablarle a César de esa
manera. Lo que tú aconsejas es tan absurdo como falto de sentido práctico. Ya te lo
he explicado otras veces. Si me retirase, como dices, el orden que yo he restaurado
volvería a desintegrarse. Roma volvería a ser el botín en disputa entre varias
facciones en guerra. La libertad es una bonita palabra, pero sólo puede disfrutarse
cuando hay además seguridad. Y de eso se ha encargado César. Ahora hay en Roma y
en todo el Imperio una libertad dentro de un orden. No creas que César no ha
reflexionado mucho tiempo sobre estas cuestiones, o que no son objeto de sus
desvelos. Tú me ofreces una gran tentación. ¿Acaso crees que no echo en falta más de
una vez la tranquilidad de mi quinta, con su vista sobre el lago Albano, y que no
imagino cómo podría dedicar útilmente los últimos años de mi vida a los placeres de
la literatura, la filosofía y la vida campestre? A todos nos han enseñado a venerar el
recuerdo de Cincinato, al que obligaron a dejar el arado para encomendarle la
salvación de Roma, y que habiendo cumplido con lo necesario, regresó a su casa para
seguir guiando su yunta de bueyes. O el ejemplo de Escipión el Africano, el más
grande de mis predecesores en los anales bélicos de Roma, el único cuyas proezas
pueden compararse a las de César. El cual, después de vencer a Aníbal y a Antíoco,
desdeñando las rivalidades y las mezquinas envidias del Senado se retiró a su casa de
campo de Literno, en la Campania. Sí, en efecto, el caso de Escipión es tentador,
porque su virtud le aseguró una fama duradera. Pero al mismo tiempo es una
advertencia. Como a César, se le ofreció la dictadura perpetua; a diferencia de César,
él la rechazó. ¿Quedó mejor parada Roma con ese acto de abnegación? ¿O no será
más cierto que esa renuncia al poder abrió paso a un océano de dificultades? César se
resistirá a esa tentación. César cumplirá con su deber, sin importarle los peligros…, y
no creas que no me he dado cuenta de ellos. Repito lo que te dije la otra vez: no
puedes insuflar vida en un cadáver. Y la República va a serlo pronto. O mejor dicho,
ya lo es. Roma y el Imperio exigen el gobierno de uno solo. Con lo cual me refiero a
la concentración de la autoridad y el poder en un solo personaje preeminente. No
importa cómo se llame, dictador, rey, emperador, César, dios. Los nombres no son
más que artificios para la satisfacción del vulgo. La realidad es diferente. Los que
creen posible restaurar la República y que Roma vuelva a florecer con unas
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instituciones propias de una ciudad-Estado se engañan a sí mismos refugiándose en
sus sueños consoladores…
Poniéndose en pie, se colocó a mi espalda, apoyó la mano en mi nuca (a lo que
sentí erizárseme el cabello), me pellizcó la oreja.
—¡La realidad, ratón! —repitió mientras me pellizcaba con más fuerza—. Lee a
Tucídides, no a Platón. Historia, no filosofía. Es la valentía frente a la realidad lo que
distingue a Tucídides de Platón. El gran filósofo fue un cobarde frente a los duros
imperativos de la realidad. Por eso se refugia en lo ideal, que es a donde le sigue
Cicerón, por cierto. En cambio Tucídides mira los hechos de frente, siempre dueño de
sí mismo. Así también César. Los idealistas son todos unos cobardes, pues quieren
que las cosas sean como no son. César tiene por diosa a la Necesidad y ella es
también su guía, por consiguiente.
Me despedí con tristeza. Era un gran hombre y yo le debía mucho. Cuanto más
repetía lo de la realidad, menos atento estaba a los murmullos que pudieran distraerle
de la contemplación devota de su propia gloria. ¿Qué es este mundo, oh soldados? Es
César. ¿Qué es este desierto de arena, sino César? ¿Qué es Roma, sino César? ¿Qué
es Partia, sino un medio para que se cumpla el destino de César?
—Es una observación curiosa —dijo Cicerón—, pero César no tiene trasfondo.
—¿Qué quieres decir con eso? No te sigo. —Mi primo Marco frunció el ceño—.
¿Que no tiene trasfondo? No lo entiendo.
Era como un soldado al que hubieran enviado más allá de la frontera. Se perdía
tan pronto como se salía del camino amojonado.
Había organizado yo una cena íntima. En principio me proponía invitar sólo a
Marquito y a Porcia, su mujer. Pensándolo mejor incluí a Cicerón. Sería indiscreto y,
por tanto, estimulante. Además pensé que, hallándose éste presente, Marquito no
desconfiaría tanto de mis intenciones. Para satisfacer mi propia curiosidad invité
también a la joven esposa de Cicerón, pero éste no la trajo consigo. Estaban
desavenidos, tal vez definitivamente.
—¡Ah! ¿Eso te desconcierta, Bruto? —dijo Cicerón muy contento por el efecto
causado—. Es natural, ¡el genio de César os deslumbra a todos! Pero no olvides que
yo tengo una ventaja sobre ti; yo lo conozco a César desde mucho antes de que fuese
César, con todas las connotaciones que ahora arrastra ese nombre ilustre. Por
supuesto, siempre ha sido brillante, pero su brillo no difunde ninguna luz alrededor.
Es un brillo concentrado, podríamos decir. Y cuando digo que no tiene trasfondo —
hablaba cada vez más deprisa, sin detenerse a tomar aliento entre las frases, como si
temiera que alguien fuese a interrumpirle—, me refiero sencillamente a esto: César
no tiene un verdadero sentido del pasado, ninguna simpatía con lo que puedan pensar
otros, ninguna sensibilidad para los afectos inmemoriales. Tal vez la razón de sus
éxitos esté en sus propias limitaciones; ésa es una idea interesante en la que quizá
valdría la pena profundizar. Uno se pregunta si será una condición de cierto tipo de
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éxitos mundanos el no detenerse jamás a considerar el otro aspecto, el otro lado de la
cuestión, a mirar, si así lo preferís, hacia la otra ladera del valle que separa lo presente
de lo pasado.
—Sigo sin entender —dijo Marquito—. César habla sin parar de sus antepasados.
—De los remotos —replicó Cicerón—. Tan remotos, que son irreales. Pero la
tradición de la República…, ¡ah! Ésa es una realidad de la que prefiere apartar los
ojos.
Longina suspiró y me dirigió una ojeada. Supuse que estaría pensando que César
era un compañero de mesa mucho más divertido.
—Mi padre solía decir que César no era nada más que un trepador, que nada le
importaba excepto su propia posición y que con tal de mejorarla era capaz de
cualquier cosa —dijo Porcia.
—Lo cual corrobora, precisamente, lo que acabo de decir —dijo Cicerón—.
Naturalmente, viniendo de Marco Catón era de esperar ese buen sentido y exactitud
de la observación. En esencia, César es un hombre limitado. Nada sabe de los afectos
que atan a los humanos entre sí y también a los antepasados. No creo que se le haya
ocurrido pensar nunca que la sociedad es un pacto que abarca a los vivos, los difuntos
y los que aún no han nacido.
—A mí, César me negó la propia existencia de la sociedad —dije—. Él opina que
es un concepto artificial utilizado por quienes desean rehuir la responsabilidad de sus
actos.
—Precisamente —repitió Cicerón—. En otra ocasión, Décimo Bruto, hablamos
de ese peligro que yo elegí llamar el individualismo…, lo cual, dicho sea de paso, era
mi modesta proposición para sustituir por una equivalencia latina lo que es una
terminología filosófica griega… y la amenaza que representa para la comunidad de
Roma. Teniendo en cuenta que a mí me gustaría que se entendiese por comunidad
todo cuanto hemos heredado de nuestros antepasados, que forjaron la República y
sentaron las vías de la grandeza de Roma, así como también lo que tenemos el deber
de transmitir a nuestros hijos y nietos. Yo soy viejo, estoy ya cerca del fin de mis
días, cerca del término natural de la vida, y ahora veo con más claridad que nunca
cómo, por más consciente que cada uno sea de su propio yo, de las exigencias que
éste plantea, de los deseos que suscita, en el fondo todos estamos atrapados en una
red de circunstancias y de vínculos, y eso es lo que llamamos Roma: su historia, su
estructura política, los deberes que nos impone. Por eso, en fin de cuentas digo que
quien ofende a Roma me ofende a mí, ofende a mis amigos, ofende a todo lo que
tengo por sagrado y digno de reverencia.
Cicerón se retiró temprano diciendo que a su edad (en las conversaciones gustaba
de exagerarla, tal vez para llamar la atención sobre su persona, o quizá para hacerse
más simpático) necesitaba más horas de descanso que los jóvenes vigorosos o las
bellezas como Longina y Porcia.
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—No es que duerma, ¿entendéis?, pero necesito descansar echado, al menos.
Por cierto que era absurdo calificar de beldad a Porcia, que era flaca y de cara
caballuna, como tal vez sería lo más exacto describirla, quiero decir larga y huesuda.
Al mismo tiempo la mirada era fría, sin chispa. No había más que verla para darse
cuenta de que carecía totalmente de imaginación.
—Qué viejo tan aburrido —dijo Longina—. Todo el rato me he pellizcado para
mantenerme despierta y no bostezar en su cara. ¡No creo que le hiciese gracia! —
concluyó con una risita.
Marquito volvió a fruncir el ceño.
—Es una personalidad de lo más notable. Confieso que a veces me cuesta seguir
el hilo de su conversación, en parte porque es tan copiosa, pero siempre que me
despido de Cicerón tango la impresión de quedar enriquecido.
—Sí —dijo Porcia—. Es un gran hombre, pero un pensador, no un hombre de
acción. Y como solía decir mi padre el gran Catón, «en la acción se conoce a los
hombres». Creo que eso es verdad. Al fin y al cabo, cualquiera puede hablar con
palabras virtuosas, aunque sea el mayor de los hipócritas. Incluso César habla así
cuando quiere, pero obrar con virtud, respetando el ejemplo de los antepasados y los
deberes que nos imponen los dioses, eso es otra cosa distinta por completo.
—Ha ocurrido algo extraño e inquietante que desearía consultar contigo, primo
—dijo Marquito—. No sé lo que significa ni cómo conviene que reaccione.
—¿De qué se trata?
—Por una fuente segura se me ha informado que se halló un mensaje debajo de
la estatua de nuestro gran antepasado, el que abatió a los Tarquinos, y decía: «¡Ah, si
tuviéramos a un Bruto ahora! ¡Ah, si Bruto viviese para ver esto!». Y hoy, cuando fui
a ocupar mi sillón de pretor en el tribunal, encontré otro que decía: «Bruto duerme,
pero no será un verdadero Bruto si no despierta de ese sueño vergonzoso». Me
gustaría saber qué significa todo eso.
—Marido, marido —intervino Porcia mientras yo estaba todavía deliberando
conmigo mismo qué decirle al zoquete de mi primo—. Eres demasiado modesto, y
eso te hace lento de comprensión. Esos mensajes que tanto te intrigan no tienen nada
de extraño. Son flechas disparadas a tu conciencia. Te invitan a emular la acción de tu
gran antepasado, para que Roma quede libre de un tirano.
—¿Un tirano? ¿César?
Longina rebulló en su triclinio. Me pareció que sospechaba lo mismo que yo: el
instigador de aquellos mensajes había sido su padre.
—Sí, un tirano —replicó Porcia—. Uno que está sofocando las libertades de
Roma, tan seguro como acabó con mi noble padre. Y por eso el pueblo vuelve sus
miradas hacia ti, Bruto, cuyas virtudes todo el mundo conoce.
Era como si hubiese olvidado nuestra presencia. Hablaba con pasión, volcada por
completo hacia su marido.
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—Pero César ha tenido bondades conmigo —dijo Bruto—. No tengo ningún
agravio contra él, nada que reprocharle. Y comparado con los que tuvimos antes,
como Mario y Sila, ha demostrado una clemencia notable para con los que le
combatieron. Lo cual no se puede olvidar ni ignorar. ¿Qué me dices a eso, ratón?
—¿Qué digo? Pues que estoy en deuda con César tanto como tú, pero aún debo
más a Roma. Sean cuales fueren las virtudes de César, y no seré yo quien las discuta,
lo perjudicial es su posición en el Estado. Tal vez no tengamos nada que reprocharle a
César como persona, pero él tendrá un heredero…
Y así, con infinita paciencia, volví a explicar, esta vez con más detalle todavía
teniendo en cuenta lo tardo de entendimiento que era mi primo, los mismos
argumentos que le había expuesto al propio César.
Para terminar dije:
—Imagina a César como un huevo de serpiente. Un huevo no hace ningún daño,
pero si se incuba, nacerán víboras que envenenarán a Roma con su mordedura. Por
eso, ¿qué hace uno cuando encuentra un huevo de serpiente? Aplastarlo, como es
natural.
—Marido, cariño —murmuró Longina a mi oído cuando se hubieron marchado
los invitados y después de acostarnos y hacer el amor tiernamente—. Tengo miedo,
marido, ratón.
Acaricié sus pechos, pasé la mano por su vientre, entre sus piernas. Rocé sus
labios con los míos.
—Es un miedo que no se aleja a besos.
Pero cuando me abrazó con fuerza y me devolvió los besos sentí el temblor que
recorría su cuerpo.
—No voy a preguntarte nada, pero me espanta la influencia de mi padre. Hoy por
hoy todo es imaginario, está en tu cabeza nada más. No dejes que vaya más allá, por
favor. No paséis a la acción… y no lo digo por César, aunque también eso me
espanta. Cuando pienso en esa persona tan llena de vida, los planes que estáis
tramando me horrorizan. Pero no es por César, sino por ti. Mi padre es un temerario.
Todo lo que emprende le sale mal. Temo que va a ser un desastre.
—Pero hay otro temor que también deberías considerar —dije—. Supongamos
que me echo atrás. Supongamos incluso que le advierto a César de lo que se planea.
No será el último intento. Habrá otros, y alguno de ellos lo conseguirá, porque César
se niega a adoptar precauciones. Entonces, ¿qué? ¿Cuál será la suerte de uno a quien
todos conocen como aliado de César? ¿Cuánto iba a durar yo en esas circunstancias?
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Capítulo 18
Paso noches intranquilas. Esta madrugada he despertado presa de un terror frío. César
acababa de visitarme en sueños. Menos mal que fue un sueño, de eso estoy seguro, y
no su fantasma…, es un pequeño consuelo. Yo estaba en la cama con Longina, que
yacía entre mis brazos toda húmeda de llanto, vencida por la tristeza que sobreviene
después del deseo y su manifestación. La pena era tanto mayor porque, según me
reveló, nuestro hijito había muerto: «aplastado en el huevo», fue la expresión que
empleó una y otra vez. Ignoro si eso será cierto, porque no he recibido una sola
palabra de Longina. Su silencio me inquieta, aunque me digo a mí mismo que ella no
tiene manera de averiguar dónde estoy, que tal vez no ha recibido mis cartas, y que
quizá le duele mi falta como a mí la de ella. Las penas del amor antaño satisfecho,
hoy denegado, duelen más incluso que el tirón del deseo inalcanzable. Perder lo que
ya se conoce y aprecia es más cruel que no haber tenido nunca nada que echar en
falta.
Pero César estaba de pie junto a la cama, mostrando sus heridas. No decía nada
pero sus ademanes eran lastimeros al señalar primero tal puñalada, luego tal otra, y
finalmente la que fue obra mía.
Yo quise gritar demostrando que no fue por envidia, que ése no había sido mi
motivo aunque sí el de Casio (como ahora he comprendido). Pero tenía un nudo en la
garganta y, aunque lograba formar palabras, la voz no salía.
Entonces César le hizo una seña a Longina, y ésta se apartó de mí, y
abandonando la cama, plateada como una Diana bajo el claro de luna, fue a rodearlo
con sus brazos y lo besó en los labios. Yo no pude hacer más que mirar mientras
ambos se retiraban con muchos gestos lascivos, súbitamente olvidados de mi
presencia, mis derechos y hasta mi misma existencia. Y el rayo de luna se alejaba con
ellos dejándome a oscuras. Hubo un largo silencio, hasta que lo rompieron primero
una carcajada burlona, y luego un ruido que en seguida supe eran mis propios
sollozos, aunque mi cuerpo estaba inmóvil y tenía los ojos secos.
¿Un sueño? Desde luego. No creo en espectros. Pero me sentí desolado como la
última y solitaria hormiga de un hormiguero destruido.
En cuanto a Longina, ahí sin duda el sueño me había dicho la verdad. Ella se
apartó de mí para ir hacia el recuerdo de César. Ahora estoy seguro de que, si alguna
vez volviéramos a vernos, ella se me negaría. ¿Y qué diferencia supondría eso?
¿Estimular mis celos, tal vez? No lo creo. Nunca he sido celoso. La idea provoca en
mí, más bien, una resignación serena y sombría, una especie de desprendimiento.
Se me ocurre que si volviéramos a vernos, tal vez ella cedería a mis deseos, y que
algo renacería en ella de sus sentimientos anteriores, pero aunque no sucediera eso, y
mi amor no se viese correspondido, ya no me importaría. Si volvíamos a estar juntos,
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quizá reanudaríamos nuestros antiguos hábitos o quizá no. En cualquier caso, yo
nunca dejaría de amarla.
Cuando pienso cómo la tomé por conveniencia, como una jugada política, y
cómo la desdeñaba, encuentro más de un motivo de vergüenza para mí.
¡Mi preferencia por Octavio antes que por ella! Ahora me parece una novatada,
una estupidez. ¡Con todas las necedades que decían los griegos sobre la superioridad
del amor entre hombre maduro y muchacho! ¿Quizá respondían sólo a una
inferioridad de las mujeres griegas? Pero no lo creo. En fin de cuentas, no existe nada
comparable al amor por una mujer que se nos ha entregado.
Y si ahora tanto Octavio como Longina me recuerdan con desprecio, pues bien,
el desprecio de ella es el único que podría afectarme.
Sin embargo, después de escribir esto debo confesar, para ser del todo sincero,
que hace tres semanas le escribí a Octavio para suplicarle que intercediera por mí y
me salvara la vida. Me avergüenzo de esa carta ahora, y de los términos en que la
redacté. Pero cuando uno se cae al mar y se ve en peligro de ahogarse, ¿tiene
importancia si se perfila uno mejor o peor cuando acuden a rescatarlo? Sobre esto
debaten dentro de mí dos voces distintas, pongamos que así:
Reproche: Con este aserto renegamos de la virtud. Los humanos no debemos
rebajarnos a tanto.
Respuesta: Hacemos demasiado caso de la virtud. Nos hemos reducido al
absurdo con nuestro concepto de la virtud. Es lo que me ha llevado a mi situación
actual.
Reproche: Entonces, ¿niegas la virtud de ese acto? ¿Preferirías no haberlo hecho?
Entonces se hace el silencio.
Octavio no ha contestado. Quizá no ha transcurrido tiempo suficiente. O quizá
cuando recibió mi carta montó en cólera y la hizo pedazos. O bien, y eso sí sería
mucho peor, la leyó en voz alta durante la cena para divertir a los comensales, para
provocar alguna ingeniosidad de Mecenas.
Por otra parte, y como estoy privado de noticias, tal vez mi carta no haya servido
de nada. Recibida demasiado tarde, y no estando ya Octavio en situación de ayudar a
nadie.
Esa idea no me afecta.
Encuentro a Artixes más reticente. Ya no me pide que le lea mis recuerdos. O
bien su padre desconfía de nuestra amistad, o él mismo ha llegado a aborrecer mi
persona, o lo que he contado acerca de mi historia. De modo que ahora me he
quedado sólo de veras.
La historia… queda la posibilidad de que este manuscrito me sobreviva,
naturalmente. Lo escribo en parte para ocupar el tiempo, para refrescar recuerdos y
evitar cavilaciones sobre el futuro (aunque eso irrumpe de todas maneras), en parte
como justificación. He aquí mi testimonio.
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¿Me entenderán quienes lo lean, o seguirán dirigiéndome el reproche que
Octavio me arrojó con una sola palabra: traidor?
Está bien, acepto esa palabra y sólo voy a añadir esto: mi afecto por César fue
mayor y más profundo que el de Octavio. He vivido a la sombra de él y le he servido
con la mayor lealtad. ¿Creerá ese muchacho que no me costó nada el poner otro deber
más alto por encima de lo que le debía a César? Además yo estaba sometido a su
encanto…, a ese encanto famoso.
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Capítulo 19
Pero basta de esos sueños funestos que vienen a pasos furtivos para hacerme temer
hasta la misma hora de acostarme.
Regresemos a la narración.
De todas nuestras ceremonias romanas tradicionales la más extraña, y quizá por
eso mismo la más atractiva para mí, es la de las Lupercales. Nada sabemos de sus
orígenes y significado inicial, que se han perdido en la noche de los tiempos. Se
celebran dos días después de los idus de febrero, a mitad de los diez días de
ceremonias con que honramos a nuestros antepasados difuntos. Pero ni siquiera los
sacerdotes aciertan a decir con seguridad si tienen algo que ver con estas
solemnidades.
Se centran en la gruta llamada Lupercal, en la ladera sudoeste del empinado y
boscoso Palatino. Se dice que fue allí donde la loba socorrió a nuestro fundador
Rómulo y a su hermano Remo; esa vinculación y el nombre mismo de las fiestas
parecen indicar que se conmemora de algún modo misterioso dicho suceso. En tal
caso deben haber cambiado mucho desde que se instituyeron, porque no se aprecia
ningún paralelismo evidente entre sus ritos y el hecho de amamantar a Rómulo y
Remo.
Las fiestas empiezan con un sacrificio de machos cabríos y la ofrenda de las
tortas sagradas hechas por las vírgenes vestales con las primeras espigas de la
cosecha del año anterior. Dos jóvenes de la nobleza son presentados y se les toca la
frente con el cuchillo ensangrentado de los sacrificios, para limpiarles luego la sangre
con un copo de lana empapado en leche. A lo cual ellos deben echarse a reír y luego,
cubriendo su desnudez con las pieles de los machos cabríos, encabezan sendas
cofradías de jóvenes nobles en una carrera alrededor del Palatino. En las manos
llevan las jebrua, unas tiras de piel de cabrío previamente purificadas, con las cuales
azotan a todas las mujeres que van encontrando. Obvio es decir que los más atrevidos
escogen a las más hermosas, y ellas se prestan de buena gana a ser azotadas, por
considerarlo un honor y un buen presagio. A mí me fascinan las Lupercales desde que
yo mismo fui uno de los dos jóvenes elegidos, y recuerdo la intensa excitación que
originan. A los participantes se les invita a prescindir por un rato de los
convencionalismos civilizados que juzgamos indispensables en la vida corriente.
Acudí a las de este año con Casca.
—Me gusta este salvajismo —dijo—. Como sabes, querido, por lo general
prefiero no tener tratos con los señoritos de la nobleza. No los encuentro sumisos
como a mí me gustan. Sin embargo, siempre se tiene la oportunidad de ver a una o
dos beldades retozando, lo cual me devuelve un poco de la vieja excitación. Sí, sí, me
agrada.
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El día amaneció despejado pero frío. Aún quedaba nieve en las laderas. Reinaba
la confusión habitual, gritos de excitación, risas y bromas. César ocupaba un sillón
dorado entre los sacerdote-bailarines, los lupercos. Lucía toga de púrpura, una corona
de laurel dorada sobre la cabeza y un pañuelo al cuello para protegerse del frío.
Parecía no prestar atención a lo que le rodeaba. Miré en derredor, desorientado.
Casca me dio un codazo.
—Fíjate.
Un personaje corpulento envuelto en pieles avanzó hacia César a grandes saltos.
Llevaba una corona. Tardé unos instantes en darme cuenta de que era Antonio. Se
arrodilló ante César y le ofreció la corona. Él no reaccionó.
¿La corona de Rómulo?, pensé.
Se hizo el silencio entre la multitud, y todos miraban a César.
Él alargó la mano, tocó la corona dejando que sus dedos descansaran sobre ella,
mientras recorría con la mirada la multitud que se apiñaba alrededor. Luego, sin mirar
a Antonio, apartó de sí la corona y dejó caer la mano. El populacho prorrumpió en
una ovación estruendosa.
Pero Antonio no desistió. Siempre de rodillas, tendió de nuevo la corona, en
actitud de suplicante que pide un favor. Esta vez los dedos de César se cerraron sobre
la corona, y de nuevo apartó la mirada de ella para pasearla sobre la multitud. Una
vez más dejó caer la mano y hubo otro rugido de aprobación.
Antonio no se movió. Sostenía la corona con mano firme a la altura de sus
propios ojos. La adelantó un poco más hacia César. Éste alargó la mano. Sujetó la
corona y Antonio la soltó. Por un instante la corona fue toda ella de César. El silencio
se prolongaba, roto sólo por algunos gritos aislados de desaprobación. César sonrió,
mirando ahora la corona, no al pueblo. El objeto tembló en sus manos. En seguida se
la devolvió con brusco ademán a Antonio, faltando poco para éste cayese de espaldas
bajo la inesperada reciedumbre del gesto. El abucheo que se iniciaba (como si la
multitud fuese el público de un teatro y César, un actor que no les hubiese gustado) se
transformó en otra gran ovación, con vivas y aplausos.
César se puso en pie, algo titubeante, por lo que se vio obligado a apoyar una
mano en la cabeza de Antonio. De un tirón se arrancó el pañuelo del cuello y lo
arrojó al suelo. Luego apuntó con el dedo índice a su propia garganta desnuda. Sus
labios se movieron pero en medio del alboroto general nadie oyó lo que decía. Por el
ademán deduje que ofrecía el cuello para que se lo cortasen si no estaban de acuerdo
con su determinación. La invitación no fue aceptada y la ovación arreció. César se
tambaleó y cayó al suelo.
—Estará sofocado por el hedor de la chusma que le rodea. Han permitido que se
acercaran demasiado —susurró Casca.
—No, es su antiguo mal —dije—. La enfermedad de las convulsiones.
Uno que estaba cerca de mí, al otro lado de Casca, dijo entonces:
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—No es César el que sufre la enfermedad de las convulsiones, sino nosotros. Y
tú también, Casca. Todos estamos tan agitados que parecemos locos.
No me hizo falta volverme para saber que era mi suegro.
César acababa de recobrarse. Puesto en pie, muy pálido, y temblando todavía,
levantó una mano para imponer silencio.
Cosa que consiguió en seguida, lo cual dice mucho de su autoridad y presencia.
—Mi buen pueblo —empezó con voz débil.
—¡Pobre hombre! —exclamó una golfilla a mi lado.
—Mi buen pueblo —repitió César—. Solicito vuestra paciencia por importunaros
con esa extraña dolencia mía cuyas manifestaciones, como os dirán los
excombatientes de mis campañas, muchas veces preceden a mis mayores triunfos. Si
he ofendido a alguno en este día, tened indulgencia conmigo y tomadlo como un
signo precursor de esa enfermedad.
Entonces, afectando apoyarse en el hombro de Antonio echó a andar despacio
hacia el Foro, majestuosamente podríamos decir casi.
—¡Pobre hombre! —repitió la muchacha—. ¿Habéis visto lo débil que está?
—No debió salir hoy —dijo una amiga—. Me di cuenta así que le eché los ojos
encima. Pero ahí lo tienes, ¡un mártir del deber!
—Sí —corroboró otra—. Sabía que lo echaríamos en falta.
—Pobre hombre —insistió la primera—. Se ve que lo está pasando mal.
—Me alegro de que no quisiera la corona.
—¡Ah! ¿Era una corona? No he podido verla bien.
—Sí, me alegro. Pero que conste que nadie la merece más que César, a mi modo
de ver.
—¿Oíste lo que dijo el otro día cuando alguien le llamó rey? Él contestó: «no me
llamo rey, sino César».
—¡Ah, sí! Siempre tiene una respuesta a punto. No hay nadie más listo que
César.
—Y además es de los nuestros. Con César estamos seguros.
—No sé cómo se le habrá ocurrido a Antonio.
—Estaría borracho, digo yo. Le faltó poco para caer de culo cuando César le dio
ese empujoncito.
—¿A qué ha venido todo esto?
—Si me lo preguntas a mí, creo que ha querido demostrar que no quiere la
corona, que a él le basta con ser César.
—Demasiado para muchos.
—Tiene mala cara. Estoy preocupada por él, ¿sabes?
—Pobrecillo…
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—Ya habéis visto que inspira un gran cariño, casi diría amor. No vayamos a
olvidarlo —comenté.
—No lo olvido —dijo Casio—. Es una de mis mayores preocupaciones.
—Bobadas —exclamó Casca—. La plebe es tornadiza. Podéis creerme. Tengo
motivos para saberlo. Hoy estaban de humor. Si César les hubiese pedido que
regresaran a casa para apuñalar a sus madres le habrían obedecido. Pero eso ha sido
hoy. Mañana ovacionarán lo mismo a un nuevo héroe. Así es la chusma. Basura. No
hay que hacer ningún caso.
—Confío en que tengas razón —dije.
Casio llamó a un esclavo para que nos sirvieran vino caliente con especias.
—Bebed. Hace mucho frío hoy —dijo mientras repartía los vasos de metal, y
apuró en seguida el suyo.
—Así está mejor. ¿Y bien?
—Como dices, así está mejor. Y como dices, ¿y bien?
—Confiaba en que la popularidad de César decayese —dijo Casio—. Pero sigue
aumentando todavía.
—¿Le habrían aplaudido tanto si hubiese aceptado el ofrecimiento de Antonio?
—pregunté.
—Por supuesto —dijo Casca.
—Si continúa así, es de temer que llegue el día en que pueda permitirse cualquier
cosa, porque nada le detendrá, ni siquiera la opinión pública… —dijo Casio.
—¿Entonces?
—Entonces, es preciso hacer lo que tenemos determinado. Y también, ratón, es
más necesario que nunca lograr la adhesión de tu primo Marco. Hay que persuadirlo.
He enviado a por el joven Catón, para consultarle cómo podríamos ganarlo para
nuestra causa. No hace falta que abultes tanto el labio inferior, ratón. Considera a los
tres que estamos aquí. Yo no me hago ilusiones en cuanto a mi propia situación. El
pueblo llano me detesta porque ve en mí el verdadero prototipo de aristócrata
vanidoso que aborrece. Como aborrecen la que creen ser la filosofía que informa mis
actos, aunque la interpreten mal. ¿Y tú, Casca, crees que te respetan? Me parece que
no. En cuanto a ti, ratón, ¿crees que eres popular? Si te presentaras en el Foro
dispuesto a pronunciar un discurso, ¿te ovacionaría el pueblo? ¿Hay alguien
dispuesto a morir por ti o por tu causa?
—La Novena Legión me sigue. Los he conducido muchas veces a la fama y a la
victoria. Se hallan destinados en la Galia Cisalpina, es decir, en la provincia que
tengo adjudicada. Y puedes creerme, Casio, si te digo que mejores hombres no se
encuentran.
—Soldados, ratón, soldados… Seguirán a quien les pague.
—No. Obedecen a lealtades más hondas. No olvides que la fuerza de César le
viene del ejército.
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—La fuerza de César le viene de ser César y de nuestra debilidad. No. Por más
que te desagrade, necesitamos a Marco Bruto. Ningún otro como él cuenta con la
estima de la plebe y al mismo tiempo la de los senadores. Es el único que puede dar a
nuestra causa… —Se interrumpió y luego sonrió con una mueca desdeñosa—.
Respetabilidad, ésa es la palabra. —Y terminó con una carcajada cínica.
—Más nos valdría contar con Antonio —dije.
—¿Antonio? —se extrañó Casio—. ¿Después de la comedia de hoy?
Argumenté largo rato el caso de Antonio. Resté importancia a lo que acabábamos
de ver. Los motivos de Antonio eran una incógnita para nosotros, al menos hasta que
discutiéramos la cuestión con él, para lo cual me ofrecí. Recordé que Antonio era
cónsul y sólo con esto bastaba para conferir autoridad a nuestra causa. Es decir, que
estaríamos en condiciones de tomar las medidas que juzgáramos necesarias para
garantizar el orden, y de hacerlo legalmente. Cierto que Antonio había sido devoto
seguidor de César, admití. Lo mismo que yo, casi nunca ponía en cuestión los actos
de César, ¿quién de nosotros se habría atrevido? Pero no estaba enamorado de César
y además tenía un motivo de resentimiento, que César no se puso de su parte el año
pasado, cuando Antonio se querelló contra Dolabella. Además gozaba de
popularidad, y en tanto que cónsul podía asumir legalmente el mando de las legiones.
Sin tratar de negar sus debilidades, insistí en que tenía cualidades que las
compensaban. Se debería tratar de sondearle al menos. Su adhesión a nuestra causa
nos robustecería en grado inconmensurable.
—Antonio no es respetable —objetó Casio.
—Lo mismo podrías decir de mí, compañero —dijo Casca.
—Tú eres diferente y no sólo porque sabes guardar un secreto aunque hayas
tomado unas copas. Que no es el caso de Antonio. En cuanto a ti, ratón, aunque
estuviese de acuerdo con todo lo que has dicho…, y por cierto que has argumentado
la causa de Antonio con una elocuencia digna de Cicerón…, lo mismo tendría que
oponerte una objeción insuperable: que nunca podremos contar con Marco Bruto si él
se entera de que Antonio tiene parte en la empresa. Porque Antonio representa todo lo
que Bruto desprecia y detesta.
—Que le den por ahí a Marquito —contesté.
—Conmigo no cuentes para eso, colega —dijo Casca—. Tendrás que buscar a
otro candidato para esa faena.
Mis dudas se agravaron cuando vi aparecer a Catón el joven recién afeitado,
peripuesto y despreocupado. Dijo que traía buenas noticias. Que su hermana Porcia
estaba haciendo uso de todas sus armas de mujer («me gustaría que me dijera cuáles
son», murmuró Casca vuelto de espaldas) para persuadir a su marido, y que Bruto
estaba medio convencido. Tenía escritas unas páginas de un tratado sobre las virtudes
republicanas. El título provisional era Contra el Gobierno unipersonal.
Comenté que eso no nos llevaba a ninguna parte.
—Aparte de que es más fácil hablar bien de la República que realizarla.
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—Tengo algo más que decir, sin embargo —continuó Catón—. Los seguidores
de César han coronado varias estatuas suyas con diademas reales. Y la plebe los
aclamó mientras lo hacían.
—Bien —dijo Casio—. Eso nos advierte de que cualquier demora es peligrosa.
Dime, Catón, ¿querrás acompañarme a hablar con Bruto? Conviene apretarle los
tornillos para que expulse la irresolución que ahora aprisiona su noble espíritu y le
impide actuar.
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Cayó la nieve y la ciudad quedó cubierta; durante dos días quedó amortiguado el
ruido de los carruajes. Luego el tiempo cambió a lluvioso y ventoso, y así
continuamos durante todo el mes de febrero. Casio nos dijo que Marquito aún estaba
debatiéndose con su conciencia, aunque tanto él como el joven Catón estaban
confiados en que Porcia, la razón y el interés público acabarían por prevalecer. Dijo
que Bruto era como un general obligado a ir cediendo una posición detrás de otra.
—Acabará atrapado en su ciudadela con un solo camino para librarse.
Decidí sondear a Marco Antonio sin pedir autorización a Casio. Se manifestó
preocupado por el estado mental de César.
—Esa zorra de reina lo tiene bien agarrado. Ya no es capaz de pensar por su
cuenta.
Quedé convencido de que había entendido mi propósito, pero él afectaba no
enterarse. Hizo el ademán de poner el dedo índice a un lado de la nariz y creí
entender que no deseaba intervenir en el asunto, pero que tampoco haría nada por
impedirlo.
—César no es inmortal —dijo mientras se disponía a marcharse—. Y es bastante
mayor que nosotros. La campaña contra los partos tal vez le dará la puntilla… Su
salud tampoco es la que era, ¿sabes? Entonces las cosas volverán a la normalidad…,
como quiera que la entendamos.
De nuevo aparecieron diademas sobre las estatuas de César. En esa ocasión dos
nobles tribunos, hombres de ejemplar virtud republicana, Flavio y Marulo, las
arrancaron con sus propias manos y las arrojaron al suelo. El acto mereció la
aprobación del populacho, aunque luego no faltó quien asegurase que los mismos
tribunos habían tomado sus disposiciones para que su acción fuese presenciada por
partidarios suyos exclusivamente, a fin de poder contar de antemano con esa acogida
favorable. César montó en cólera al enterarse de lo que calificó de insolencia.
Haciendo uso de su autoridad en tanto que dictador perpetuo depuso a los dos
tribunos. Y una vez devueltos a la condición de ciudadanos particulares y
desprovistos del fuero, por tanto, mandó arrojarlos a la cárcel. De todas sus acciones
tiránicas, ésta fue la que causó mayor impresión a los muchos indecisos, deseosos de
ver restaurada la República pero que aún titubeaban por miedo a César. Fue entonces
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cuando comprendieron que si trataba con tan desconsiderada autoridad a los
miembros de la venerable institución, realmente era capaz de cualquier cosa.
Casca se burló:
—Da risa recordar ahora, ¿no?, que el pretexto inicial de nuestra guerra civil fue
el trato inferido por el Senado a los tribunos partidarios de César.
—Sí —dije—. Y el tema central de sus memorias sobre la guerra fue la
insistencia en «el gran celo con que he buscado la paz». ¿Qué estará buscando ahora?
La cuestión quedó en el aire, para que todos la considerasen, y supongo que
muchos de los que lo hicieron quedaron decididos entonces.
—Tu primo está a punto de tomar una resolución definitiva —me notificó Catón
el joven—. El caso de los tribunos lo ha impresionado mucho.
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que luego las cosas volverían tranquilamente a su lugar. Yo no lo creía. La situación
sería peligrosa. Quizá necesitáramos a las tropas para mantener el orden. No era de
creer que todos los partidarios de César se sometieran a nuestros designios sin más ni
más. Era preciso considerar la posición de Antonio. Propuse que la Novena Legión,
en cuya devoción yo confiaba, saliera de sus cuarteles de invierno en Bolonia y
marchase sobre Roma.
—¿Va a ser posible dar semejante orden sin despertar las sospechas de César? ¿Y
éstas no se verían confirmadas al comprobar que la movilización se hace efectiva?
Además, después de la operación los cónsules Antonio y Dolabella serán los jefes del
ejército, desde el punto de vista de la legalidad.
—Habrá que prescindir de la legalidad. Tal vez será menester prescindir también
de Antonio. En cuanto a Dolabella, no cuenta. Correrá de un lado a otro como una
gallina descabezada.
—En fin —dijo Casio—. Tu sugerencia es arriesgada. Será menester reflexionar
sobre ella y discutirla con más detenimiento. He convocado una reunión para dentro
de una semana. Tengo la seguridad de que Marco estará decidido.
Longina protestó cuando le dije que debía marcharse de Roma. Hizo un mohín
delicioso con los labios, y se le llenaron los ojos de lágrimas. Y escuchó con la
cabeza inclinada y con muchas preguntas mis razones sobre la necesidad del viaje, no
muy explícitas a decir verdad. Luego me desafió. No se dejaría persuadir, ni pensaba
obedecer. Si yo la quisiera, no le pediría semejante cosa. Sus hermosos pechos se
agitaban. La tomé en brazos y quise convencerla a besos, pero ella se desprendió de
mi abrazo y dijo:
—Te advertí lo de mi padre. No te he preguntado lo que andabais conspirando
juntos, porque no me hace falta. ¿Acaso tienes miedo de que yo te traicione?
—No —contesté.
—Pues sigo sin entenderlo.
—Tengo miedo, sí… —dije—. Puesto que ya sabes lo que es mejor no
mencionar abiertamente, déjame que confiese el miedo que tengo. Un miedo horrible
a fracasar, a que todo salga mal. Temo el fracaso, pero en lo que a ti concierne, y
teniendo en cuenta que nuestro fracaso no supondría ningún peligro para ti, todavía
temo más el éxito. Mis amigos son ciegos para la devoción que el pueblo le tiene a
ese hombre. Por tanto, ni siquiera se han detenido a pensar en las posibles
consecuencias de nuestro éxito. Violencia, algaradas, venganzas. Eso es lo que temo.
Y quiero que te pongas a salvo de todo eso. Necesito saber que tú estás a salvo para
poder representar mi papel de hombre virtuoso.
—De acuerdo —dijo ella—, pero ¿es necesario que representes ese papel? Yo
misma me lo he preguntado.
Tomó una manzana verde de una bandeja y la mordió. El jugo corrió como un
arroyuelo de la comisura de su boca.
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—¡Tengo un antojo de manzanas! Según dicen las viejas, eso significa que
vamos a tener una niña.
—Será un chico, y el primero de ellos, en cualquier caso.
—Si te mantuvieras en un segundo término hasta que todo haya terminado, te
hallarías en una posición mucho más fuerte, ¿no crees? Sobre todo, si como dices mi
padre y los demás no han tomado bien sus disposiciones.
A mí también se me había ocurrido esa idea. Evidentemente. Las tentaciones
vienen solas: César muerto, yo inocente de su sangre, yo en el papel de mediador
entre los dos partidos. Las visiones de autoridad me solicitaban con insistencia digna
de unas prostitutas callejeras.
—Estoy demasiado comprometido para eso —contesté.
Era verdad. Demasiado tarde para echarme atrás, porque no merecería sino el
desprecio de los que cumpliesen con la palabra dada. En las situaciones extremas no
hay lugar para el que quiere pescar sin mojarse. Meses antes tal vez hubiera sido
posible todavía lo que apuntaba Longina.
—Podrías ponerte enfermo.
—Creerían que me faltó el valor y nada más. ¿Crees que un hombre tan astuto
como tu padre se dejaría engañar por una enfermedad fingida?
—No lo entiendes —gritó ella—. Tengo miedo por ti, estúpido, porque te quiero.
Y tengo miedo por mí y por nuestro hijo.
Rompió a llorar. Me arrodillé delante de ella para consolarla. Rodeó mi cuello
con un brazo. Apenas sentí la hoja que penetraba en mi espalda, justo debajo del
omóplato izquierdo.
En realidad yo me había inclinado tratando de besarla mientras ella me hurtaba la
cara, así que la daga no penetró sino que me hirió en una trayectoria oblicua. Pero el
acero salió teñido de rojo y sentí la sangre que corría por mi espalda. Longina levantó
el arma entre nosotros, con la punta hacia abajo, y la contempló con asombro
mientras caían gotas al suelo.
—¿Qué he hecho?
—¿Qué has intentado hacer? —Creo que sonreí, o al menos así lo espero—. Es la
primera vez que me apuñalan por amor. ¡Boba!
Le quité la daga de su mano temblorosa. Ella no opuso resistencia. Pasé el dedo
por el filo y rocé los labios de ella con mis dedos manchados.
—Boba —repetí.
—Pude matarte.
—¿Con este juguete? No lo creo. Me parece que no llevo más que un arañazo.
Las heridas profundas sangran menos.
—Anda, deja que te bañe y te lave. ¿En qué estaría pensando?
—No hay necesidad de llorar.
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Su vergüenza y su horror —innecesarios, a mi modo de ver, pues sus motivos
hicieron que la amase más todavía— convenían a mis intenciones. En adelante no se
opuso más a mis disposiciones para ponerla en seguridad. Se mostró humilde y
sumisa. Al verla así me reprendía a mí mismo, y estuve más cerca que nunca de ceder
a lo que ella deseaba. Nuestro plan parecía una cosa insignificante, sin relación
alguna con las cosas que verdaderamente cuentan en la vida. ¿Qué me importaban a
mí las virtudes cívicas, ni la vieja y carcomida República, comparadas con la
revelación que acababa de recibir?
—Al fin y al cabo —me decía—, no existe nada, ni siquiera la embriaguez de la
batalla, que pueda compararse con la satisfacción que recibimos de una mujer que
nos ama de verdad.
Pero el amor muere cuando muere el respeto, y eso depende de si la persona
amada se respeta a sí misma o no. De lo contrario, se convierte en esa otra emoción
debilitante: la compasión.
Una paradoja: por amor, Longina temía que yo me adentrase por determinado
camino. Pero si me desviaba de ese camino, era de temer que el amor de ella muriese,
junto con mi amor propio.
Dos mañanas después salimos de la ciudad por la Vía Apia. Lucía el sol, el cielo
brillaba y el verde oscuro de los pinos tenía un toque dorado. Al llegar junto a la
cuarta piedra miliar nos detuvimos, nos abrazamos y nos besamos, lengua con lengua,
como si con eso quisiéramos expresar, además de deseo, unidad de palabra, obra y
espíritu.
Apoyé mi mano en su vientre.
—Ella se movió anoche —dijo Longina.
—Él.
—Te empeñas en que sea como tú quieres, pero podrías tener una decepción.
—Nada de lo que hagas, nada que salga de ti puede causarme una decepción.
—No estoy tan segura de eso.
—Recuerda que lo hago por nuestros hijos —dije—. Para que crezcan libres, y
no esclavos. No lo hago por mí, ¿cómo podría, yo que florezco bajo el sol de César?
Pero la dirección que ha emprendido augura tinieblas para Roma y sus hijos. Los
nuestros, y los hijos que ellos tengan. Me gustaría que lo creyeras.
—Creo que tú lo crees. Con eso basta, aunque no sea más que retórica para mí.
Así pues, ratón, marido, que los dioses te acompañen.
—Y a ti también.
Ella rió como hacía tiempo que no ocurría, con una risa grave que era uno de sus
mayores encantos.
—¡Como si ninguno de nosotros dos creyera en esos dioses a los que nos
encomendamos mutuamente!
—¡Oh, Longina…!
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Montado a caballo, me incliné hacia el costado de la carreta para besarla por
última vez, y saboreé sus labios, la miel y el consuelo que me ofrecían. Luego el
caballo hizo un espanto y nos vimos separados.
Seguí con la mirada la carreta que se alejaba poco a poco. Ella se volvió una vez
y se despidió agitando la mano. Luego bajó la cabeza y supe que estaba ciega de
lágrimas. Yo me pasé la manga por la cara para enjugarme las mías. El vehículo pasó
por entre las tumbas que flanqueaban el camino, cada vez más diminuto, hasta que no
fue más que un punto en el horizonte. Y luego desapareció, y yo volví con mi caballo
hacia la ciudad y hacia mi destino.
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Capítulo 20
Nos reunimos, como estaba convenido, en la vivienda de Casio, entre las calendas y
los idus.
No recuerdo ahora la fecha exacta, en cambio veo alineados delante de mí, como
si los tuviera delante, los rostros de mis amigos y colegas. También los de algunos en
cuyas razones no confiaba del todo: Quinto Ligario y Galba, movidos por el
resentimiento personal, entendían que César los había ofendido. Cinna, que era un
hombre ruin, nada de fiar en caso de crisis. Trebonio, buen amigo, pero tarambana e
indeciso al mismo tiempo, que es una combinación de las más peligrosas…
Otros que no estaban presentes conocían nuestras intenciones. Los habíamos
sondeado, habían ofrecido su apoyo verbal, estarían con nosotros si triunfábamos. La
docena de los reunidos aquella noche veníamos a ser la cúpula de lo que los
historiadores, supongo, llamarían la conspiración. Yo no admito ese término, que a mi
entender tiene connotaciones delictivas. Pero nosotros no éramos unos delincuentes,
sino meros ejecutores de una necesidad.
De los presentes, el que más nervioso se mostraba era Catón el joven. El mismo
que días atrás estaba impaciente y nos urgía a obrar con un entusiasmo que jamás
habríamos encontrado en la persona de su padre, se presentaba ahora pálido, insomne,
fatigado, lleno de aprensión. Me confesó que llevaba varias noches sin dormir. Le
ofuscaba el temor al fracaso… y a la venganza de César que sobrevendría sin duda
alguna.
—Si actuamos con valor y decisión, no fracasaremos.
Yo hablaba con un aplomo que no era sino puro fingimiento. Y también eso era
necesario. No hay nada tan contagioso como la duda, y que más pronto se traduzca en
pánico. Recordaba cómo Catilina y sus seguidores perdieron la serenidad ante el
ataque de Cicerón. (Mi padre, cónsul entrante, fue el primero en pedir la pena capital,
con no poca consternación de los conjurados). Pero, en fin, nosotros no éramos unos
Catilinas, unos aventureros endeudados y desacreditados. Éramos de los mejores de
Roma, y muchos podíamos exhibir un historial de grandes proezas, hechos de armas,
decisiones acertadas. Sólo que César era mucho César, y mucho más que Cicerón o
mi pobre padre.
Fue Casca quien me prestó valor, me ayudó a permanecer sereno y me confortó a
menudo con su buen sentido. Cuando le participé, mientras íbamos hacia la reunión,
mis temores en cuanto a un posible fracaso —en términos muy diferentes de los que
habría utilizado para hablar con Catón—. Casca el optimista se burló de mi
aprensión.
—César no es más que un hombre, un simple mortal. Si lo pinchan sangra como
tú y como yo.
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Pero yo temía más las consecuencias del día siguiente.
Marquito halló valor por fin para unirse a nosotros, superada la inacabable
procesión de las dudas. Por mi parte creo que su decisión obedeció más al miedo,
miedo al desprecio de que le haría víctima su Porcia si no actuaba, y no tanto al
sentido del deber, de que presumía demasiado. En cuyo caso resulta que tendríamos
algo bueno que decir sobre la familia Catón, a no ser por la influencia de Marquito
sobre nuestra empresa, que fue maligna.
Casio recabó nuestra atención y habló brevemente. Su actitud fue marcial, y su
voz, firme. Resumió las sólidas razones que nos reunían. Deploró la decadencia del
espíritu cívico, de donde resultaba la triste situación actual de la República.
—Si el sistema de gobierno de César llegase a imponerse, todo cuanto
conocemos y amamos de Roma se marchitaría, todo aquello por lo que nuestros
padres lucharon y murieron dejaría de existir. Y poco a poco, paso a paso, de manera
inexorable, Roma sucumbiría bajo el peso del despotismo oriental. Nuestros
antepasados, algunos de los cuales antepasados directos de algunos de los aquí
presentes, conquistaron el derecho de no llamar «rey» ni «amo y señor» a ningún
humano. Estamos obligados a actuar si no queremos merecer el desprecio y el
aborrecimiento de nuestros descendientes, quienes verían en nosotros a la generación
que por apatía o por cobardía perdió ese derecho. Y así la nobleza romana quedaría
condenada a la ignominia perpetua y a la servidumbre…
»Si alguien no está de acuerdo con lo que acabo de decir, no discutiremos, pero
le rogaré que nos deje en seguida.
Nadie se movió, aunque el joven Catón temblaba y tenía cara de ir a desmayarse
en cualquier momento.
Metelo Cimber se puso en pie.
—Has hablado por todos nosotros, Casio, y has dicho lo que todos pensamos.
Hubo un murmullo de asentimiento.
—No obstante —continuó Cimber, y mi suegro frunció el ceño al escuchar estas
palabras—, no obstante debo insistir en mi proposición anterior: que invitemos a
Cicerón y que se una a nosotros. Tengo dos razones que os ruego consideréis con
detenimiento.
Se interrumpió y carraspeó. Recuerdo que Marquito le miraba con la boca
abierta, lo cual, según me constaba por conocerlo desde la infancia, en él era signo de
intenso esfuerzo mental.
—En primer lugar, las canas de Cicerón prestarán a nuestra causa una
respetabilidad indiscutible —prosiguió Cimber—. Servirán para persuadir a los
indecisos, pues todos se dirán que si Cicerón, con su experiencia, su virtud y su
reputación, se asocia a esa causa, indudablemente la acción es justa. En cambio, si no
procuramos recabar su apoyo las gentes se preguntarán por qué no está en ello, y
probablemente nos juzgarán unos jóvenes atolondrados, y que Cicerón demostró su
buen sentido no queriendo comprometerse con nosotros.
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—No tan jóvenes diría yo, Cimber —intervine—. Que pocos de nosotros somos
unos mozalbetes y más de uno, como tú mismo, puede ufanarse de una gran
experiencia militar y de no pocos actos de valentía. Por tanto, dudo que nadie pueda
juzgarnos en el sentido que tú dices.
—Bien, pero éste sólo era mi primer argumento, y con el debido respeto hacia
Décimo Bruto lo mantengo y paso al segundo, que es aún más importante a mi modo
de ver. Cuando se haya consumado la acción tendremos que ir al Senado para
justificarnos desde la tribuna. ¿Acaso ofrece alguna duda que Cicerón sea el más
indicado para abogar por nuestra causa?
El punto era válido, y así lo reconocí.
—Sin embargo creo que tu preocupación es exagerada —agregué—. Pues no
dudo que obtendremos el apoyo de Cicerón, e incluso diría su pleno apoyo, cuando el
momento de mayor peligro haya pasado y sea llegada la hora, no ya de las acciones
sino de las palabras. Así pues, propongo que reconozcamos lo bien fundado de buena
parte de los razonamientos de Metelo Cimber, y que acordemos hablar con Cicerón a
su debido tiempo. Sospecho que esto es lo que él mismo preferiría; al fin y al cabo se
trata de un anciano y nunca ha dado muestras señaladas de valentía personal.
Marquito carraspeó a su vez.
—No serviría de nada invitar a Cicerón —comentó—. La negativa es segura. Él
nunca seguirá ninguna causa que no haya sido el primero en proponer. Ya sabéis lo
engreído y vanidoso que es.
Y yo sabía lo envidioso que era Marquito. Supuse que temía verse eclipsado por
Cicerón y que éste le robase protagonismo en nuestro negocio, por su mayor talento y
prestigio. Evidentemente, Casio le había prometido ese protagonismo a él para
persuadirlo.
Casio me hizo una inclinación de cabeza para indicarme mi turno de hablar, tal
como habíamos convenido de antemano.
—Tengo una cuestión que plantearos. Es grave y requiere una consideración
detenida. ¿Tocaremos a algún otro, además de César?
—Antonio y Lépido —dijo Casca—. ¿Supongo que te refieres a nuestro virtuoso
cónsul y a nuestro maestre de la caballería?
—Principalmente, sí…, creo necesario consolidar nuestra posición.
—Estaríamos locos si no lo hiciéramos —asintió Casca.
—Sí, es un punto a tener en cuenta —dijo Casio en tono meditativo, como si no
se le hubiese ocurrido antes—. Antonio es leal a César. Varios de nosotros le hemos
sondeado, aunque con precaución, y no se ha obtenido ninguna respuesta
satisfactoria. Si sobrevive a César, ¿no nos arriesgamos a ver comprometida nuestra
posición? En cuanto a Lépido, quizá sea verdad que no es gran cosa, pero tiene el
mando de la única fuerza estacionada cerca de la capital.
Se hizo un silencio entre los reunidos. Luego juntaron cabezas con los vecinos y
se pusieron a cuchichear. A algunos se les veía bastante agitados, sin duda porque no
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habían previsto semejante propuesta. Otros asentían con la cabeza pero nadie se
atrevía a ser el primero en hablar.
—No, no y no —dijo Marquito, no podía ser otro—. No somos carniceros, Casio.
¿Acaso no se ha hablado siempre con horror de Mario y de Sila, y de los vergonzosos
sucesos de las proscripciones que ellos impulsaron? Lo repito, no somos carniceros.
Podríamos decir que somos unos sacerdotes de la República. La muerte de César será
una especie de ceremonia sacrificial. Un sacrificio necesario. Yo preferiría que no lo
fuese. Como sabéis, he cavilado mucho sobre el asunto. No soy hombre de decisiones
precipitadas, pero ahora estoy convencido. Sin embargo, amigos míos, si se trata de
prolongar la nómina de víctimas añadiendo otros nombres al de César, no contéis
conmigo para tal empresa porque me retiro. Eliminemos sólo a César, y nuestros
motivos serán admitidos como lo que son, un acto necesario de virtud. Matemos
también a los amigos de César, y pareceremos vulgares sicarios, bandidos, homicidas.
Sería como invitar a la reanudación de la guerra civil. Consumado el acto necesario,
practiquemos la clemencia y busquemos la reconciliación con los amigos de César.
Digo una vez más: que caiga sólo César, o de lo contrario Marco Bruto no tendrá
parte en la acción.
Casca gruñó malhumorado, pero Marquito arrastró el parecer general. Mi
segunda proposición, la de poner en alerta a la Novena y apercibirla para la marcha
sobre Roma, también resultó derrotada por los argumentos de Marquito.
—Eso sería transmitir un mensaje equivocado —dijo—. No preparamos un golpe
militar sino, como dije antes, un acto de sacrificio. Por tanto, no puedo consentir, y si
no puedo consentir libremente y de acuerdo con mi más leal saber y entender,
tampoco formaré parte de la acción. Además estoy seguro de que tu pesimismo,
Décimo, es exagerado. No habrá disturbios, porque todos los hombres buenos dirán
que hicimos lo justo y nos elogiarán. No seremos vistos como unos criminales, sino
como los héroes que restauraron la libertad de Roma.
Así decidimos, mal aconsejados por supuesto. Que muriese sólo César; luego
todo sería música y luces de colores.
Los idus de marzo, a continuación el teatro de Pompeyo, y por último, gran
ovación para los Libertadores.
Al menos Marquito supo dar la impresión de que, después de dejarse persuadir,
había olvidado sus dudas.
Casio vio lo fundado de mis argumentos, pero estuvo de acuerdo con Marquito
en rechazarlos, porque valoraba más la participación de éste que las razones mejor
fundadas.
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Capítulo 21
La víspera de los idus de marzo Lepido me invitó a cenar. Lo pensé mucho antes de
aceptar. Era natural, habiendo sido yo el que recomendó que sufriese la misma suerte
que César. Después de la reunión formal aún volví a la carga para proponer que él y
Antonio fuesen arrestados, al menos. Tampoco esta modesta proposición quiso
escucharla Casio (aunque su propio sentido común la aprobaba), temiendo que
Marquito hallase en ella motivo para desvincularse de nuestra empresa. En esa
decisión reconocí la debilidad de Casio. Pese a sus muchos méritos y su gran fuerza
de voluntad, sin la cual no se habría adelantado nada, ya que él fue en verdad la
fuente y el originador de todo el asunto, padecía un defecto que venía a ser como el
reverso exacto de sus singulares cualidades. Era víctima fácil de lo que no puedo
calificar sino de monomanía, es decir, que una vez se metía una idea en la cabeza, no
desistía de ella por nada del mundo ni se dejaba persuadir por nadie. En ese caso, la
idea fija era la necesidad de la participación de Marquito. Eso no lo cambiaría yo por
mucho que lo intentase. De manera que me vi en la necesidad de transigir.
No obstante, me daba cuenta de que el aceptar la invitación de Lépido no dejaba
de ser un poco delicado. Además yo habría preferido prepararme para la gran acción
en el recogimiento y en la intimidad. Pero también veía poderosas razones para
aceptar. Por ejemplo, cualquiera sabía qué clase de dudas y de temores podía suscitar
mi ausencia.
Quedé perplejo cuando vi que César era de la partida, como también Trebonio.
La presencia de éste me alarmó porque conocía su carácter nervioso y por tanto, era
de temer que se pusiera en evidencia con su comportamiento. Estaba también Metelo
Cimber, y esto desagradó a César, sabedor de que Cimber había instado
reiteradamente que se revocase el decreto de destierro promulgado contra su
hermano. Cuando saludó a Cimber frunció el ceño con intención de darle a entender
que no era la ocasión oportuna para presentar reclamaciones. Al verlo, tomé a Cimber
de la manga y después de llevarlo aparte, le aconsejé el silencio y le recordé en voz
baja cómo él y el asunto de su hermano tenían un papel vital que desempeñar el día
siguiente.
—Está bien, pero me ofende ver al dictador aquí a sus anchas, después de la
injusticia que se le ha infligido a mi pobre hermano, las humillaciones que ha sufrido
y los apuros que está pasando.
—Si todo sale bien, no tardarás en tenerlo de nuevo a tu lado —prometí.
Lépido nos llamó para que pasáramos a cenar. Si no lo conociera bien, me habría
parecido angustiado en demasía aquella noche. Pero Lépido era así, solícito en exceso
como una gallina vieja. Cosa curiosa, muchas mujeres decían que era el hombre más
bien parecido de Roma. Y desde luego, si hubiese sabido quedarse quieto habría
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servido admirablemente de modelo para una estatua que representase las virtudes
heroicas. En la ocasión, sus revoloteos impacientaron a César, por más que debía
estar acostumbrado a los modales de Lépido.
Por último estalló:
—Déjanos en paz, Lépido. No se va a estropear la cena porque tardemos un
momento en entrar. En cualquier caso —continuó volviéndose hacia mí y hablando
en voz baja para no ofender al anfitrión—, una cena no es más que una cena. No
entiendo a esos fulanos que las complican más que si fuese una especie de rito
sagrado.
Era verdad. César apenas prestaba atención a lo que comía y bebía. Más de una
vez le oí burlarse de sus excolegas Craso y Pompeyo, de quienes decía que estaban
hechos unas niñeras de sus estómagos.
—En ese aspecto estoy con los griegos —solía decir—. La mesa me gusta más
por la conversación que por la comida. En cuanto a ésta, me conformo con una
rebanada de pan y un pedazo de queso, mejor que cualquiera de esos banquetes que
montan últimamente nuestros conciudadanos.
Por una especie de acuerdo tácito se evitó hablar de política, y de la guerra.
Cuando Lépido tuvo el poco tacto de interrogar a César acerca de la campaña contra
los partos, él replicó:
—Si quieres que te ilustre sobre el tema, Lépido, visítame cualquier día en hora
de despacho…
A lo cual se volvió hacia mí y me pidió noticias sobre la salud de Longina.
—Como dicen que la has enviado al campo… Confío en que eso no signifique
ninguna indisposición.
—No —contesté—. Los aires de Roma, ya sabes. Además creo que es más fácil
conseguir leche de buena calidad en el campo, y parece que tiene mucho antojo de
bebería.
Él chasqueó los dedos para llamar al secretario que siempre le acompañaba, y
que en la oportunidad se había metido con su silla en un corredor que daba a una
antecámara.
—Toma nota, ¿quieres? —ordenó César—. Quiero que se elabore un informe
sobre la calidad de la leche que se vende en la capital. Necesito saber en qué
condiciones se tiene a las vacas, el tiempo que transcurre entre el ordeño y la venta de
la leche al público, y si hacen falta nuevos reglamentos que ordenen esa actividad.
Por ejemplo, si deberíamos imponer un límite al número de vacas estabuladas en un
espacio determinado. Y cualquier otro detalle que haga al caso. Se me presentará el
borrador dentro de una semana y el proyecto deberá quedar listo para la firma el
último de este mes. Seguro que descubriremos algunas situaciones que convenga
reformar.
Luego se volvió hacia mí.
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—Gracias, ratón, por traer ese asunto a mi consideración. Estoy cada vez más
convencido de que el secreto de una administración eficaz consiste en darse cuenta de
que a las gentes del común les afectan muchas cuestiones que pueden parecemos
minúsculas e insignificantes a nosotros, pero que son muy enojosas en las
condiciones en que ellos viven. A una madre joven de las clases bajas, la cuestión de
la calidad de la leche sin duda le parecerá más importante que decidir si tu suegro ha
de ser cónsul dentro de dos años, como él quiere, o tendrá que esperar un año más.
Mientras César se ocupaba del abastecimiento lácteo, los demás comensales
habían empezado a hablar de filosofía. Alguien, no recuerdo ahora quién, sacó a
relucir el platonismo y la teoría de las ideas, que citaba con aprobación. Metelo
Cimber se declaró contrario.
—Soy un hombre sencillo y un soldado, y no tengo paciencia para ese fárrago.
Os aseguro que cuando uno se encuentra en medio de la batalla y le arrojan una
jabalina a la barriga, no se pone a conjeturar que a lo mejor esa jabalina no es más
que una sombra, una mera representación de la idea pura de la jabalina. Eso no sirve
de nada. Son necedades místicas de los griegos y cualquier romano bien nacido se
avergonzaría de repetir semejantes despropósitos.
—Eso ha sido un poco fuerte, Cimber —dije—. Estoy de acuerdo contigo en lo
de la jabalina, claro. Sin embargo el pensamiento de Platón es seductor, y si te fijas en
los conceptos abstractos, como la justicia, por ejemplo, o el amor…, admitirás que no
carece de plausibilidad la proposición de que la experiencia que tenemos de ellos
siempre es imperfecta.
Lépido asintió varias veces, mirándonos sucesivamente a mí, a Cimber y al que
había planteado el tema de conversación. Le complacía que se discutieran asuntos
intelectuales en su mesa, aunque él mismo tenía poco que aportar en tal sentido.
César, normalmente atento a este tipo de conversaciones, se mostraba distraído.
Me pareció una tontería lo que yo mismo acababa de decir. Al fin y al cabo, pensé,
los hombres como César y yo conocíamos los apremios de una realidad que Platón
nunca conoció, o eso me figuraba. Por lo que añadí:
—Y sin embargo, todo eso no es más que frivolidad cuando se compara con el
conocimiento de la realidad que le proporciona a uno la experiencia de las batallas.
Por eso los romanos somos superiores a los griegos actuales. Nosotros actuamos,
ellos hablan.
Aunque ahora me pregunto si la humanidad seguirá leyendo y discutiendo a
Platón cuando nombres como César y Décimo Bruto no sean más que sonidos vanos,
o incluso estén completamente olvidados.
La conversación había derivado hacia el tema de la muerte.
Alguien le preguntó a César qué clase de muerte elegiría para sí mismo.
—La repentina.
Luego se puso a firmar un montón de despachos oficiales que un esclavo le
acercó a la mesa.
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Regresé andando a casa, con Trebonio y Metelo Cimber. Comentaban con
excitación la respuesta de César.
—Casi parece que tenga algún presentimiento.
—Últimamente se han visto signos extraños —dijo Cimber—. ¿Sabéis que se
han visto unos hombres de fuego que luchaban entre las nubes? También se dice que
un aúspice, unos dicen que Spurinna y otros que Artemidoro, le advirtió de que se
guardase de los idus de marzo.
—Sí —repliqué yo—. Y el mismo adivino, que fue Spurinna dicho sea de paso,
también le había advertido, con idéntico celo, de que se guardase de las pasadas
calendas de diciembre.
Un súbito relámpago nos cegó y el trueno que le siguió debió hacer retemblar
hasta el techo del Capitolio. Nos resguardamos del repentino chaparrón en un portal.
La tormenta fue breve. Más tarde muchos dijeron, por supuesto, que aquella noche
habían ocurrido prodigios y maravillas. Que una leona parió en la calle, que los
fantasmas andaban sueltos, y que la lluvia se tomó sangre. Fantasías absurdas,
debidas a la excitación y a la breve experiencia de un chubasco intenso, pero
totalmente natural. Nada pervierte tanto la razón como la superstición y la credulidad
que ésta engendra.
La tormenta cesó con la misma brusquedad que había empezado. Reanudamos
nuestra marcha hasta la esquina en donde nuestros caminos se separaban. Nos
abrazamos y nos deseamos las buenas noches y ánimo para la jornada siguiente.
Pero yo no tenía ganas de recogerme. Sospechaba que no iba a poder conciliar el
sueño. Echaba en falta a Longina. Iba caminando sobre el empedrado y metiéndome
en los charcos, distraído, mientras recordaba la noche anterior al paso del Rubicón.
Entonces todo era emoción y esperanza.
Sin saber cómo, me hallé delante de la casa de Marquito. Un sirviente acudió a
mi llamada y llamó a Porcia.
—¿Todo bien?
—Excepto la noche.
—Marco estudia y ha dado orden de que no se le moleste. Se dedica a traducir el
Fedón. Eso lo tranquiliza. Está decidido.
—Bien, pues salúdale de mi parte. Dile que todo va bien, que está todo dispuesto.
César no sospecha nada.
Continué con mi peregrinación hasta que me tropecé con Casca, que acababa de
cenar con Antonio y lo había dejado ebrio.
—No tengo ganas de ir a dormir, chico. Vayamos a una taberna.
Dejé que me llevase a un tugurio al pie del Quirinal. Algunos soldados veteranos
de permiso jugaban a los dados y hacían burla de las oportunidades que prometía la
campaña contra los partos.
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—Lo único que pido es una granja para mí, una mujer joven y unos chiquillos —
estaba diciendo uno de ellos—. Cuántas veces me habrán prometido todo eso. Ahora
aseguran que después de Partia. Mi padre fue a Partia con el viejo gordo de Craso y
no volvió.
—Cuentan que aún quedan romanos prisioneros por allí.
—Pues anda y ve a decirles que su granja los está esperando para cuando se
jubilen.
Entonces nos reconocieron y el veterano se excusó por lo que había dicho.
—A veces, pensando en el futuro nos sentimos un poco abatidos —explicó—. Yo
he participado en treinta y siete batallas. Me parece que ya está bien.
—No hace falta que nadie se disculpe —replicó Casca—. El hombre tiene
derecho a decir lo que piensa. Es una de las glorias de vivir en un Estado libre.
Ellos celebraron la broma, y Casca pidió otra ronda para todos.
El muchacho que escanciaba el vino le llamó la atención, y le tocó el muslo por
detrás, metiendo mano por debajo de la túnica.
—Vaya guapo mozo tenemos aquí —dijo.
El joven bajó la cabeza de ensortijados cabellos y rió con fingida timidez. Casca
hizo una seña al tabernero y desapareció con el chico detrás de una cortina.
—¡Caramba! El general está en buena forma —me dijo el veterano al oído.
—Siempre el mismo Casca —contesté.
—Sí, eso es un consuelo.
Salí a la calle. Una buscona me solicitó. Me la tiré contra una pared, le pagué
más de lo que me había pedido y no sentí ningún alivio.
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Capítulo 22
El día amaneció encapotado. Un viento frío sacudía las ramas de los árboles y traía
breves chaparrones mientas yo enfilaba a paso firme hacia el teatro de Pompeyo,
donde iba a reunirse el Senado. Los rumores proliferaban. Se decía que iba a
ofrecérsele la corona a César, o que él la reclamaría. Tanto mejor, eso prestaría
autoridad a nuestra empresa. La actividad estaba ya en marcha; aquellos de mis
colegas que ejercían como pretores habían ocupado sus asientos para escuchar
testigos y dictar sentencias. Admiré la resolución de sus modales. Hasta mi primo
Marquito se mostraba a la altura. Cuando cierto sujeto anunció que apelaría de su
decisión ante César, él respondió:
—Ni César ni nadie me impiden actuar y juzgar con arreglo a lo que disponen las
leyes.
El tono de voz le salió un poco engolado, pero la firmeza con que lo dijo le valió
una ovación, y él sonrió. (Por cierto que algunos solían describir su sonrisa como
«dulce», y uno de sus admiradores llegó a compararla con el sol cuando asoma
después de un nublado. A mí siempre me pareció algo fatua. No obstante, me alegré
al ver que Marquito sonreía aquella mañana, porque había temido que le abandonase
su valor, como yo sabía que le pasaba a menudo). Casio me saludó con un abrazo.
Aquella mañana su primogénito acababa de estrenar la toga viril.
—No ha podido coincidir en día más propicio —dijo—. Al fin y al cabo, lo que
vamos a hacer en este día lo hacemos por nuestros hijos y nietos.
Rodeado de nuestro grupo de amigos, sonreía y daba ánimos a todos. Casca me
dio una palmada en la espalda.
—¿Qué pasó contigo anoche, viejo?
—Más o menos lo mismo que contigo, sólo que con una persona del otro sexo, y
que acabé antes y seguramente con menos satisfacción que tú.
—¡Ah! En cuanto a eso, fue extraordinario. Todavía me dura la felicidad, y
también la resaca. Pero mira a Antonio…, va dando tumbos. Ya no aguanta el vino
como en otros tiempos, ¿sabes?, y lo digo porque anoche le correspondí medida por
medida.
En efecto Antonio estaba ojeroso y tambaleante. Al poco se retiró detrás de una
columna y vomitó. Luego llamó a un esclavo para que limpiase el suelo, y a otro que
le trajese una jarra de vino. Cuando se dio cuenta de que estaba mirándole me guiñó
un ojo.
Casio se volvió hacia mí y anunció:
—Le he dicho a Trebonio que cuando haya llegado César no se despegue de
Antonio y que procure tenerlo distraído.
—¿Trebonio?
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—Sí. Al menos para eso no ha de faltarle resolución.
—Acabo de pasar un mal rato —dijo Casca—. ¿Ves a aquel individuo de allá?
Ahora no recuerdo su nombre pero sé que es un allegado de los Dolabella. Pues bien,
hace un momento se acercó a mí y me dijo: «Permíteme felicitarte. Has guardado
bien tu secreto, pero Marco Bruto lo ha contado todo». Y mientras yo estaba
mirándomelo y me preguntaba si convendría picarle la nuez al parlanchín, o tal vez a
los dos, él siguió diciendo: «Aunque de todos modos, me gustaría saber de dónde has
sacado el dinero para presentarte candidato a edil. Eso cuesta una fortuna, como sabe
todo el mundo».
—Y ¿qué le dijiste?
—Pregunta a mis acreedores, colega, le contesté.
Pero no fue ésa la única alarma. Un notorio chismoso, Popilio Lena, nos abordó a
Casio y a mí para desearnos buena suerte.
—Estoy con vosotros en alma y corazón —dijo—. Pero hacedlo pronto porque
me parece que vuestro secreto ya circula.
Casio le dio la espalda sin saber qué contestar. Por lo que me tocó a mí
tranquilizar al viejo, y le aseguré que todo estaba en marcha, y que agradecíamos sus
manifestaciones de simpatía.
Mientras tanto, César seguía sin aparecer.
Uno de los sirvientes de Marco Bruto se acercó muy agitado.
—¿Dónde está mi amo?
—Allá, administrando justicia.
—Ha ocurrido una desgracia.
—Cuenta.
—No, he de decírselo primero a mi amo. —Y fue corriendo a donde estaba
Marquito para tirarle de la manga y susurrar a su oído.
Marquito despachó su caso con toda la celeridad posible y acto seguido anunció
que la audiencia quedaba suspendida.
—Debo irme —dijo—. Este hombre me ha traído una mala noticia. Porcia está
desvanecida, tal vez muerta.
—Eso temo —dijo el criado, un liberto.
—Si está muerta, no será de ninguna utilidad tu presencia —dije—. Tu lugar está
aquí.
—No, no. Debo ir.
Me pregunté (naturalmente) si el suceso no sería fingido, una astucia preparada
por Marquito para quitarse de en medio. Cuadraba con el personaje que yo conocía.
Pero por otra parte, si abandonaba la empresa Porcia no dejaría de fustigarlo con la
lengua, y no era de creer que ella se hubiese avenido a colaborar, ni aunque la hubiera
convencido de que fuese lo más conveniente: el odio de aquella mujer contra César
era demasiado fuerte y prevalecía incluso por encima del interés egoísta. Por supuesto
yo era el menos indicado para tratar de persuadir a Marquito, así que preferí dejar el
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asunto en manos de Casio. Aunque en realidad, estaba seguro de que saldríamos
mejor parados sin mi primo, y por buenas razones. Su insistencia hizo que
descuidáramos precauciones que yo juzgaba imprescindibles. Y como yo no tenía
sino muy poca fe en nuestro éxito, si fracasábamos pensaba encargarme
personalmente de que Marquito soportase también las consecuencias de las
decisiones que nos había impuesto.
Casio se puso a discutir con él, pero no adelantó mucho. Si al menos se
presentase César…, pero no llegaba. Alguien dijo a media voz que el dictador no
pensaba aparecer en todo el día.
—No puede ser —dije—. Me he enterado de que su anciano tío Julio Cotta
piensa anunciar hoy el descubrimiento de la profecía en los Libros Sibilinos: que los
romanos no conquistarán la Partia sino acaudillados por un rey. No me digas que
César dejará pasar la oportunidad de ver las caras que ponen sus enemigos cuando se
proclame eso.
—A lo que parece, Calpurnia ha tenido un mal sueño, y por eso no viene César.
—Bobadas —contesté—. Sería la primera vez que César hiciese caso de
corazonadas y aprensiones femeninas.
No estaba yo muy seguro, sin embargo, pues conocía bien aquellas rachas de
indolencia que se apoderaban de él repentinamente.
Marquito se arrancó de las garras de Casio.
—He de ir —lloriqueó—. Para mí no hay nada en el mundo más importante que
mi mujer.
Por fortuna, la acción movida por este sentimiento —tan poco digno de un noble
romano— quedó contrarrestada de súbito cuando, en el momento de echar a correr, se
tropezó con un segundo liberto que venía de su casa, jadeando y resoplando.
El recién llegado balbució que Porcia estaba rehaciéndose. Había sido un
desmayo, nada más. Tan pronto como se repuso mandó decir a su marido que no
abandonase lo que tenía entre manos.
Marquito se desinfló visiblemente. Imposible saber qué era lo que le contrariaba
más.
Quedaba confirmado que César no iba a presentarse.
—Habrá que dejarlo para otro día —dijo Marquito.
—No podemos permitirnos un aplazamiento —dije.
—Ni de una hora —dijo Casio con energía—. Corre a casa de César, ratón.
Convéncelo. Eres el único que puede conseguirlo. Si César no viene hoy estamos
perdidos, me temo. Un secreto que conozca Popilio Lena ha dejado de ser un secreto.
El milagro es que no lo sepa César todavía.
—Quizá lo sabe —dije—. Quizá no viene por eso. Está bien, lo intentaré. Al fin
y al cabo, si César conoce nuestros planes ya no tengo nada que perder.
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Poder hacer algo era un alivio. Y también alejarme de la atmósfera cargada del
Senado. En las calles, ni el menor indicio de esa excitación febril que suele
propagarse entre las multitudes cuando es inminente un gran acontecimiento. Los
tenderos pregonaban sus mercaderías como de costumbre. Las tabernas, repletas
como siempre. La gente iba a sus menesteres, como siempre. Me tropecé con un
grupo de gladiadores que iban a entrenarse, escoltados y con las caras foscas, como
siempre. Apreté el paso para rodear el Capitolio. Entré en el Foro. Estaba más
desierto que de costumbre, pero esto era normal siendo día de audiencia en el Senado.
Crucé la Vía Sacra hacia la Regia, donde tenía César su nueva residencia frente al
templo de las vestales, según le correspondía por su cargo de pontífice máximo.
—Aquí llega Décimo Bruto —anunció Calpurnia con voz gritona e histérica.
Tenía surcos de lágrimas en las mejillas.
—César, Calpurnia —dije—. Me he atribuido el honor de acompañar a César al
Senado.
—Gracias, ratón, pero temo que tendrás que renunciar por hoy a ese honor. No
puedo ir. No, eso no es exacto, y aún lo sería menos si dijera: «No me atrevo a ir».
Limítate a anunciar que no voy.
—Di que se ha puesto enfermo —propuso Calpurnia.
—No, no estoy enfermo, ratón, y no quiero encomendarte una mentira. Di nada
más que no voy.
—¿Puedes darme un motivo? El Senado se dará por ofendido si me presento con
tan lacónico mensaje. Dirán que César…, en fin, no importa lo que digan. Lo sabes
tan bien como yo.
—Que he decidido no ir. Será motivo suficiente para el Senado, que no tiene por
qué discutir mis acciones. A ti, ratón, quiero explicártelo con más detalle. Calpurnia
ha tenido un sueño y está sobrecogida. Por eso, por consideración a ella, he decidido
quedarme en casa.
—Nunca se ha visto sueño semejante —dijo Calpurnia, la voz llena de alaridos
contenidos y hablando cada vez más deprisa—. Soñé que su estatua estaba cubierta
de sangre, y entonces el pueblo, la plebe mugrienta, se acercaba y bañaba las manos
en la sangre, y hasta se pintaban las caras con ella. Entonces desperté llena de miedo
y le supliqué a César que se quedase. Pero eso no es todo. Esta noche se han visto
espectros que corrían por las calles entre chillidos y lamentos, y otros han visto en los
cielos hombres cubiertos de sangre que peleaban. Y luego lo que ocurrió con ese
sacrificio. Supongo que estarás enterado, ratón. Cuando mataron el buey no
encontraron el corazón. Son prodigios de mal augurio, y sería impiedad no hacer caso
de ellos.
Me senté y fingí caer en profunda meditación.
—Estuve en las calles anoche y no vi ninguna clase de fantasmas. Ahora mismo
vengo del Senado. Ciertamente impera una gran excitación. Tu anciano tío Julio
Cotta quiere anunciar algo muy importante que dice haber descubierto durante su
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estudio de los Libros Sibilinos. Y cuando alguien le pregunta, él se lleva el dedo al
lado de la nariz y dice: «Aguardemos a César, entonces será el momento de revelarlo
todo». Y lo que es más importante, hay una moción que propone concederte la corona
y el título de rey para usarlos fuera de Italia, en todas las provincias del Imperio
excepto aquí. Se dice que hasta los republicanos más acérrimos lo concederán, y
también rumorean que Cicerón hará acto de presencia en el Senado. Aparecerá, como
puedes figurarte, de la manera más dramática posible, cuando le anuncien que tú has
entrado, y para apoyar públicamente la moción. Tú conoces a Cicerón mejor que
nadie y sabes que sería un gran golpe para su vanidad si se le notificase hoy que
César no piensa acudir. En cuyo caso la proposición va a quedar archivada, y
seguramente ya no será posible resucitarla. Como tú mismo has dicho muchas veces,
el gran arte de la guerra y de la política consiste en saber aprovechar la oportunidad.
El momento está aquí, pero si César no acude, la oportunidad pasará de largo.
»Y luego —proseguí al ver que mi perorata causaba cierto efecto—, el sueño de
Calpurnia…, como no he sido yo el soñador y por tanto no he sufrido el pánico
causado por la experiencia, quizá estoy en mejores condiciones para interpretarlo. Lo
de la estatua que manaba sangre y los romanos que se embadurnaban la cara. A mí
me parece que bebían la sangre de César y eso significa lo que ya sabemos, que
Roma va a recibir de ti la sangre que la regenere. El sueño no anuncia ninguna
desgracia, sino nueva vida.
»Ya sabes que puedes confiar en mí y que no divulgaré el motivo por el cual has
elegido no ir —continué—. Pero también sabes que la gente especula, y que los
rumores vuelan. La razón acabará por saberse, o no faltará quien la intuya, y algún
escéptico dirá: “De acuerdo, aplacemos la reunión para otro día, a ver si da la
casualidad de que la mujer de César no haya tenido ninguna pesadilla la víspera y
haya dormido bien”. Y algún otro de parecido talante dirá que cómo piensa vencer
César a los partos si los terrores de su mujer no lo dejan salir de casa.
»Pido disculpas si he ofendido con mi franqueza, pero ya sabes, César, que
siempre he dicho en los consejos lo que pensaba, y que no soy más que un legionario
francote y deslenguado. Tú perdonarás mi falta de tacto y de habilidades retóricas,
pues te consta que mi insistencia proviene del… afecto… que te tengo.
Así lo persuadí, y dejando a Calpurnia con sus temores (mucho más justificados
de lo que ella misma suponía, pobre bestia), salimos de su casa.
Íbamos a entrar en el Foro cuando nos salió al paso un griego escuálido, con cara
de loco y larga melena entrecana y desaseada. Gritaba algo que no conseguí entender,
en griego, pero con tanta excitación que resultaba ininteligible.
César sonrió al verlo.
—Ya ves, Spurinna, que los idus de marzo han llegado y no han traído ninguna
desgracia.
—Sí han llegado, César, pero aún no han pasado.
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Esto lo dijo en latín y lo entendí muy bien, aunque tenía la dicción desfigurada
por un curioso ceceo.
Le tendía a César un pergamino enrollado.
—Te suplico que lo leas.
—Yo también tengo algo que debes leer —dije—. Es un pleito de Trebonio.
—Lee primero mi escrito —insistió el viejo—. Te concierne personalmente.
—Si es así, tendrá que pasar a un segundo lugar —dijo César al tiempo que ponía
el pergamino en mis manos.
—Has hecho bien en persuadirme —prosiguió mientras nos disponíamos a entrar
en el teatro de Pompeyo—. Es que Calpurnia insistió mucho. Estaba fuera de sí, casi
como loca. Ahora que César está lejos de ella, César vuelve a ser él mismo.
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—¿Y cuándo te enterarás tú de que los hombres todavía son hombres? —dijo
Casca, y le asestó una puñalada en el cuello.
Casio fue el siguiente, y luego Marquito ensayó su golpe, pero el arma resbaló
sobre la toga de César y quedó enredada en la tela.
César intentó ponerse en pie, pero ya nos abalanzábamos todos sobre él.
—Ésta por Pompeyo…
—Dictador vitalicio…
—Tirano…
—Ésta por mi hermano…
Entonces su mirada se cruzó con la mía y, por un instante, el teatro se llenó de
reproche y espanto.
—¿Tú también, hijo?
Le metí la daga por debajo del esternón.
Una expresión de asombro pasó por su semblante. Se cubrió la cabeza con la toga
y cayó lentamente al suelo. Sus manos aferraban el pedestal de la estatua de
Pompeyo. Aunque estaba caído, otros amigos nuestros seguían acercándose para
clavarle sus puñales. Ya cadáver, pataleó y se quedó inmóvil. La sangre corría por el
suelo en dirección a la tribuna.
Hicimos corro alrededor del caído. Creo que todos estábamos asombrados de que
hubiese sido tan fácil.
Aquí César, y un momento más tarde nada, sólo un pedazo de carne
ensangrentada, sin majestad ni autoridad. Como una puerta que el viento cierra de
golpe. Por un instante resonó en mi imaginación la flauta del aparecido que nos llevó
a Italia, y luego todo fue silencio.
Un senador que no era de los nuestros recogió del suelo una daga perdida y se
arrodilló al lado del bulto que había sido César para añadir otra herida a las muchas
recibidas.
Casio le detuvo.
—No somos matarifes —dijo—. Tú no has participado del peligro, así que
tampoco participarás de la gloria.
Yo sangraba del brazo derecho, donde había recibido una de las cuchilladas
destinadas a César. Me vendé con un trapo.
Marquito salió al proscenio donde habitualmente se colocaban los actores, y
anunció con voz fuerte:
—Que no cunda el pánico, padres conscriptos. No queremos herir a ninguna otra
persona. Por favor, quedaos en vuestros escaños.
Fue como suplicar al viento que no soplase. La aterrorizada concurrencia se
apresuraba hacia la salida, entre empujones, como si fuese cuestión de ver quién salía
el primero.
En un abrir y cerrar de ojos nos quedamos a solas con el cadáver de César.
Entonces entró Trebonio.
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—¿Dónde está Antonio? —le preguntamos.
—Huyó espantado, aunque yo le aseguré que no corría ningún peligro. Hay
consternación general en las calles, pánico incluso, diría yo. No he podido retenerlo.
—Muy bien —dijo Marquito—. Hicimos lo que nos proponíamos. Vayamos
ahora al Capitolio con nuestras espadas empapadas de sangre, para anunciar a Roma
la restauración de la libertad.
Hablaba como un actor. No protesté. Para ese momento se había obstinado tanto
Casio en que Marquito fuese de los nuestros: íbamos a ver en seguida si con razón.
Fui el último en abandonar el escenario de los hechos. Me volví para contemplar
el cadáver. Muy pequeño e insignificante. Tantas batallas ganadas, tanto camino
recorrido, tanta gloria, tanto renombre: todo silenciado, tachado, acabado en un
navajeo confuso.
Casi deseé tener lágrimas que derramar sobre César.
—Cruel necesidad —dije, y salí con los demás a la grisalla de la mañana de
marzo.
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Capítulo 23
Marquito nos sacó del teatro y nos llevó al Capitolio para dar gracias a Júpiter por
haber librado a la ciudad de la tiranía. Se comportaba como si estuviese oficiando una
ceremonia. Fue impresionante, a su modo. Pero yo habría preferido que se diese
cuenta de que lo nuestro era un golpe de Estado, en realidad, y que aún nos faltaba
consolidarlo. Algunos de mis amigos y colegas blandían sus dagas ensangrentadas y
gritaban:
—¡Libertad! ¡Libertad!
Por mi parte, preferí callar y observar. A nuestro paso la multitud se apartaba, en
un silencio compungido o tal vez cargado de reproche. Eso no me molestó. Nunca
supuse que la chusma fuese a aplaudirnos.
Dimos las gracias a Júpiter y a los demás dioses de la República. Lo cual sin
duda era lo más oportuno. Luego permanecimos expectantes y sin saber qué hacer.
Era la hora quinta y quedaba mucho día por delante.
—¿Se sabe algo de Antonio?
Al tufillo de los rumores apareció Cicerón.
Nos felicitó por haber devuelto la libertad a Roma.
—Pero me gustaría que me hubierais consultado —dijo—. Debisteis comprender
que mi consejo sería precioso.
No se quedó mucho rato. Supuse que, como aún no estaba claro el desenlace del
asunto, no quiso parecer demasiado estrechamente relacionado con las consecuencias
de un acto en que, en realidad, no había tenido participación.
También hicieron apariciones fugaces otros simpatizantes, nerviosos, indecisos
entre el alivio y el terror.
Casca bostezó y mandó un esclavo a por vino.
—¿Qué hacemos ahora, eh? —dijo—. ¡Qué me parta un rayo si lo sé!
Yo estaba mareado por la herida y no lograba pensar con claridad. Dos cuervos
batieron sus alas en el tejado del templo de Júpiter y echaron a volar despacio hacia el
Tiber.
Dolabella se presentó revestido de los paramentos del consulado, que en otras
circunstancias no habría asumido hasta que César hubiese partido hacia los Balcanes.
Tampoco él supo qué decir, ni si debía ponerse de nuestra parte.
—¿Habéis visto a Antonio? ¿Dónde está? ¿Sabe alguien su paradero?
Abajo, en el Foro, la multitud se agolpaba cada vez más numerosa.
Un rumor confuso llegaba a nuestros oídos. Intenté distinguir alguna nota de
alegría.
Le dije a Casio:
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—Nos arriesgamos a perder nuestra ventaja. Ésta es nuestra hora y hay que
aprovecharla. No podemos quedamos aquí sentados contemplando nuestra proeza.
Se acordó que Marquito hablase al pueblo. La propuesta lo desconcertó.
—¿Por qué yo? No fue idea mía. ¿Tal vez Casio…?
—Mira —le dije—. Te quieren oír a ti. Tú eres el que recibió esas súplicas
diciendo que te mostrases digno de tu antepasado. Muy bien, pues demuestra que lo
eres. Casio habrá sido nuestro jefe. Sin él no estaríamos aquí. Pero tú, primo, eres el
de la reputación inmaculada. Así que baja y habla, o te juro que voy a confundir tu
sangre con la de César en mi daga.
La vanidad y el miedo son las dos grandes fuerzas motivadoras. Ambas iban
mordiéndole los talones a Marquito mientras se encaminaba hacia el Foro.
Estalló una ovación. Él salió a la tribuna entre gritos de «noble Bruto» y otras
sandeces parecidas. Pero no dejaba de ser esperanzados atendidas las circunstancias.
Alzó una mano para imponer silencio. Los murmullos se apagaron. Una voz
gritó:
—Oigamos a Bruto…, escuchemos lo que tiene que decir el noble Bruto.
Empezó a hablar. Hablaba bien, lo admito. La oratoria es un don peculiar, y
nunca pensé que Marquito lo poseyera. No tenía la clase que Cicerón, naturalmente.
Faltaba, sobre todo, la música en su voz. Ni tampoco tenía la elocuencia violenta y
arrebatada de Antonio. Pero era eficaz a su modo. Si no se le conocía —y,
naturalmente, la plebe conocía su reputación, pero no al hombre—, habríais dicho:
«Este que habla es un hombre honrado. Se puede confiar en que dirá la verdad». Y es
que los oradores se parecen a los actores.
—Amigos, compatriotas —dijo—. Éste ha sido un día de sol y de lluvia, un día
para celebrar y para llorar. Prestadme oídos, os lo ruego, antes de pronunciar vuestro
juicio sobre lo que hicimos esta mañana. Muchos de los que están aquí amaron a
César. Yo mismo me cuento entre ellos…
Estaba lanzado. Volví mi atención hacia la multitud. Cerca de nosotros, casi a mis
pies, me fijé en un individuo alto, corpulento, con barba negra de varios días y
aspecto de carnicero, las manos manchadas de sangre hasta las muñecas, el pecho
agitado de fuertes sollozos. Arrancándose el sucio pañuelo que llevaba al cuello, lo
usó para enjugarse los ojos. Cuando Marquito hizo una pausa, el hombre alzó la
cabeza y emitió como un mugido de pena, de rabia, de dolor, no sé lo que fue. Un
compañero le pasó una botella. Él bebió un trago y un arroyo de vino blanco se le
escapó de la comisura de la boca y corrió por su mandíbula. Él lo persiguió con la
lengua, se limpió con el trapo y bebió otra vez.
Marquito sacó la daga y la levantó por encima de su cabeza.
—Que esta daga que apuñaló a César sirva contra mi propia persona, si el bien de
Roma exige mi sacrificio.
A lo mejor fue mi amenaza lo que le inspiró este golpe de efecto. La
muchedumbre emitió un rugido bestial, indómito. Marquito era el héroe del
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momento, severo, justo, noble, abnegado, es decir, todo aquello por lo que él querría
que le tomasen. No pude dejar de pensar que la ovación de la plebe habría sido la
misma si nos hubiese visto desnudos y colgados cabeza abajo.
Cinna, siempre zoquete, reaccionó a lo que él creyó ser el estado de ánimo de la
multitud.
—¡César fue un tirano sanguinario! —berreó—. Que no se os olvide a ninguno
de vosotros.
Una boñiga le acertó de lleno en la cara. Otros proyectiles la siguieron. En
desbandada, nos retiramos precipitadamente hacia el Capitolio.
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enviarme una nota para explicar que su única intención había sido garantizar el orden
y evitar disturbios. Envió otra nota similar a Marquito, quien no tuvo ninguna
dificultad en creer lo que decía.
Luego, mientras estaban vistiéndome recibí otra nota, ésta del mismo Antonio. El
tono era amistoso pero no reparé en eso, por evidentes razones. Convocaba una
reunión del Senado para el día siguiente en el templo de Telus: «Es menester que se
resuelvan las cosas de una manera ordenada y legal». Y la palabra «legal» estaba
subrayada dos veces con trazos gruesos. Para la misma noche, Casio y yo estábamos
invitados a cenar en su casa, y mencionaba que Lépido acababa de cursar una
invitación similar para Marquito y Metelo Cimber. Una posdata decía: «No te alarmes
por las medidas que ha tomado Lépido. Yo se las habría desaconsejado si me hubiese
puesto al corriente de sus intenciones, pero el pobre loco cree que es su momento de
jugar a ser el gran hombre. Tú ya sabes lo que pasa con eso, ratón».
Salí hacia la casa de Antonio llevando escolta de esclavos armados con garrotes.
Se habían producido algunos alborotos en la ciudad. A un poeta que tenía la desgracia
de llamarse Cinna, como mi confederado, lo mataron de una paliza en un callejón.
Luego se dijo que había sido un poeta muy mediocre, pero no me parece que sus
malos versos fuesen justificación para asesinarlo.
Antonio estaba sobrio, aunque pidió vino tan pronto como me anunciaron y
apuró una jarra antes de entrar en conversación.
—Nunca creí que fueses tan tonto, ratón.
—Tu nota daba a entender que no habría recriminaciones, al menos esta noche.
—Concedido.
—Además te di pistas suficientes. Sólo me faltó pedirte expresamente que te
unieras a nosotros.
—Concedido también.
—¿Has oído lo que dice Cicerón?
—¿Es de interés para mí?
—Quizá. Anda preguntando si alguien excepto Antonio dejó de desear la muerte
de César, y si alguien excepto Antonio deja de estar contento por lo que ha ocurrido.
No estoy muy seguro de que la excepción se halle justificada.
—Tal vez, pero todavía me asombra que te hayas dejado manipular de esta
manera, ¡y por tu suegro, nada menos! Yo te hacía más capaz y no entiendo que te
hayas metido en una operación tan desmañada y chapucera.
—Gracias, Antonio. Desde luego, algunas cosas se habrían organizado mejor si
hubieran hecho caso de mis opiniones.
—¿Significa que yo habría compartido la suerte de César?
—Significa que por lo menos habrías desaparecido de la circulación, digamos.
—Gracias. Pero como resulta que todavía estoy en circulación, a mi modo de ver
me corresponde arreglar la situación y restablecer cierta medida de control racional.
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Por más que discutiéramos como antiguos camaradas la cena no fue alegre. No
podía serlo. Fue como si tuviéramos sobre la mesa el cadáver desnudo y
ensangrentado de César mientras nosotros nos repartíamos su herencia. Le faltó poco
a Hircio para echarse a llorar.
—Nunca lo habría pensado de ti —repitió una y otra vez.
Antonio sonrió, alargó la mano con los dedos estirados y cerró el puño.
—Podría hacer que os arrojaran a todos desde la roca Tarpeya, y el populacho me
lo agradecería. No creáis que no soy capaz. En tanto que cónsul, tengo el mando de
las tropas de Roma.
—Con tu colega Dolabella —observó Casio.
—No me vengas con ésas. Pregúntale aquí al ratón a quién seguirán los soldados.
—Eso ni se discute.
—Está Lépido —dijo Casio.
—Si crees que no puedo controlar a ese necio, entonces el necio eres tú. En la
vida se ha visto una acción más chapucera.
—No tanto —dijo Casio—. César murió.
—Y vosotros tenéis vuestras vidas en mis manos. Confieso la tentación, pero
tranquilos. Por ahora. En primer lugar, vuestra partida de atolondrados incluye
algunos amigos míos, empezando por el ratón aquí presente. Da gracias a esas
estrellas en las que tú no crees, Casio, por tener al ratón de tu parte. De lo contrario…
Tomó una nuez y la rompió con los dedos. La cáscara saltó hecha menudos
pedazos.
—Y todos tenéis parientes y allegados. No deseo emular a Sila. Participo de la
opinión de César, que juzgaba despreciable esa conducta. Y supongo que vosotros
también, de lo contrario no os habríais limitado a César. Así que no habrá
proscripciones. Que no corra más sangre de ciudadanos romanos. Por otra parte, y
aunque esto sorprenderá a Hircio, yo no estaba loco por César.
Nos dedicó una sonrisa radiante y apuró la segunda jarra de vino.
—Sí, era un genio. Lo concedo. Me deslumbraba, como deslumbró a todo el
mundo. Pero no estaba loco por él. Ni siquiera diría que le tuviese cariño.
—Tratándose de César la palabra cariño no hace al caso —dije.
—Muy justo. Claro que he notado su seducción, ¿quién no? Pero estoy de
acuerdo con el ratón: el viejo empezaba a desvariar. La campaña contra los partos y
todo eso. ¿Por qué seguí con él?, preguntaréis. ¿Por qué fingí no entender las
insinuaciones que dejaba caer el ratón? Es fácil. Tal vez él se preparaba para ser un
tirano, pero no lo era todavía. Y mantenía el orden, que para mí, aunque no lo parezca
por mi conducta privada, es el bien público principal. La tiranía es más tolerable que
la guerra civil. Hemos tenido demasiado de eso. Ahora ya sabéis por qué estáis aquí.
Podemos colaborar para evitar la guerra civil, para dividirnos el Estado.
Casio arrugó la nariz como si Antonio hubiese exhalado un mal olor.
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—Lo que dices es tan plausible —replicó—, que por eso mismo me cuesta
creerlo. Pero lo intentaré si me contestas a esto: esa comedia durante las Lupercales,
¿cómo la explicas?
Antonio soltó la carcajada, mientras yo me preguntaba si nadie más estaría de
humor risueño en Roma aquella noche.
—Fácil. Jugaba a hacerme el loco. Además fue idea del gran hombre en persona.
Intentaba sondear el ánimo del pueblo. Y aunque se hubieran pronunciado a favor…,
menuda diferencia, ¿no? ¿Qué es un nombre? Rey, César, dictador perpetuo… viene a
ser la misma mierda. Además había soplado un poco, no se me puede reprochar, digo
yo…
En momentos así me gustaba Antonio: por su vitalidad, por su negativa a tomarse
demasiado en serio, por ser todo lo contrario de Marquito y…, sí, voy a decirlo, por
ser más hombre y más sincero. Por su risa. Marquito era incapaz de reír. En cuanto a
mí, soy un melancólico. Antonio suplía lo que a mí me faltaba. Entonces se puso a
delinear sus propuestas, con no poca sorpresa por parte de Casio. Como lo
despreciaba, no lograba entender al personaje.
—De acuerdo, si has hablado con sinceridad —dije.
—¿Sinceridad? —rió Antonio—. ¿Y tú dudas de mí, viejo hipócrita?
Mientras nos despedíamos Hircio me tiró de la manga.
—¿Por qué? ¿Por qué, Décimo Bruto? ¡Si César te quiso más que a nadie! Si es
que alguna vez quiso a alguien. —No era pequeña la condicional, sin embargo—. Me
gustaría poder confiar en Antonio, pero su carácter, su juicio…, ¡uf! Pero… ¿acaso
hay otro?
—Puedes confiar en mí, Hircio. Siempre hemos sido amigos.
—Sí —replicó—. Lo mismo le decías a César.
—Nunca tuve la pretensión de ser amigo de César.
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posesión como los designados. Por último, y aun haciendo constar que César fue
muerto por unos ciudadanos honorables y patriotas, todas sus disposiciones, incluso
los proyectos aún no publicados, seguirían en vigor con fuerza de ley.
Nos miró sonriendo.
—Os advierto, amigos, que si no aceptáis esta última previsión nos van a llover
los pleitos por todas partes.
Marquito daba saltos de impaciencia. Quería hablar, le urgía hablar. Cuando
Antonio se sentó él se puso en pie como impulsado por un resorte, pero no pudo
hacer más que reiterar lo mismo que había dicho en el Foro (sin embargo, ya no era el
momento, y las mismas palabras sonaron todavía más vanas al repetirlas ante un
auditorio más inteligente). A continuación, se adhirió a todas las propuestas de
Antonio.
Tampoco Cicerón supo permanecer callado. Exigió una amnistía general que
incluyese hasta a Sexto Pompeyo y los de su banda. Él también se sumó a las
disposiciones de Antonio, aunque era tanta la antipatía que albergaba contra éste, que
consiguió expresar su adhesión sin mencionarlo ni por su nombre ni por su título, e
incluso dar la impresión de que las propuestas se le habían ocurrido a él. No se podía
dejar de admirar la habilidad oratoria del veterano, y el mismo Antonio quedó más
divertido que enfadado por su insolencia.
El padre de Calpurnia, Lucio Calpurnio Pisón, solicitó que se publicase el
testamento de César y se le concediese un funeral público.
Tan aliviados habían quedado los presentes con la adopción de las mociones
anteriores, que admitieron también esta propuesta no poco peligrosa, y Cicerón se
levantó una vez más para expresar su apoyo a la misma.
—Es menester crear una nueva concordia en la República, padres conscriptos,
empezando aquí en el Senado —fue lo que dijo.
La vieja música tranquilizaba porque era conocida. Por desgracia no supo
explicar, como no había sabido durante cuarenta años, cómo se llegaría a esa
consumación tan eminentemente deseable.
Todo resultaba demasiado fácil, como si fuese posible que César desapareciera
sin dejar ni rastro. Marquito estaba hinchado de fatua satisfacción. Mantenía su corte
delante del templo de Telus, rodeado de senadores, caballeros y ciudadanos de a pie
que repetían embobados la cantilena del «noble Bruto».
—Pobre estúpido —dijo Casca—. Se lo ha tragado todo, ¡qué te parece! La
cagamos, camarada, ¿no crees?
—Sí.
—En fin, nunca pensé que fuese de otro modo. Pero había que intentarlo.
—Sí —contesté—. Pero la cagamos.
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Perdimos nuestra oportunidad de conquistar un ascendiente en el Senado, y eso
que teníamos la mayoría, creo. En cuanto a la opinión del pueblo, el sino del infeliz
Cinna nos la indicaba con claridad. No teníamos ningún mando de tropa, así que
estábamos a merced de Antonio, e incluso de Lépido. Íbamos a pagar el precio de
nuestra imprevisión y de nuestro exceso de escrúpulos. Ni siquiera se consiguió
sobornar a Dolabella, porque Casio no quiso saber nada de eso. Dijo que Dolabella
era un embustero como todos los de su familia y que no se podía confiar en él.
—Esto ha terminado la mar de bien —dijo Marquito mientras la multitud
empezaba a dispersarse rumbo a sus casas o a las tabernas.
Ésas fueron las cuentas que sacó de aquella sesión del Senado en que Antonio se
aseguró la primacía en la República.
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La muchedumbre se puso en marcha, se apoderó del cadáver y lo quemaron en el
Foro. Proclamaron que César era un dios. Incitados por un agitador llamado Herófilo,
que decía ser nieto bastardo del gran Cayo Mario, erigieron un altar y una columna, y
ofrecieron oraciones y sacrificios al espíritu de César.
—Los asesinos sanguinarios serían el mejor sacrificio —gritó Herófilo, lo cual
mereció una gran ovación, y fueron a quemar las casas que conocían ser de algunos
de los nuestros.
Toda la noche ofendió mi olfato el humo de los incendios, pero las precauciones
que había tomado salvaron mi casa, pese al terror de mis esclavos.
La mañana siguiente recibimos noticias que me persuadieron de que habíamos
perdido Roma y estábamos en peligro mortal.
Manteniendo las apariencias de buena educación, e incluso de amistad, Antonio
me envió una nota para hacerme saber que el testamento me nombraba albacea de
Octavio.
Puesto que tienes trato de intimidad con ese muchacho, confío en que harás
uso de tu influencia para recordarle que todavía no es más que un muchacho
y que aún no es apto para la vida pública. Hazlo así, y quedaré en deuda
contigo. Y Roma, todavía más.
Dos días después salí hacia mi provincia de la Galia Cisalpina. La guerra civil no
iba a tardar. Supe que Octavio acababa de desembarcar en Brindisi y estaba ganando
el apoyo de aquellas legiones. El heredero de César empezaba a ponerse en marcha.
Quise ir a Aricia para ver a Longina. Pero no me atreví a desviarme ni una sola
jornada. Las noticias desastrosas me asediaban por todas partes. Pobre Longina.
El único de nosotros que no hizo caso del peligro ni quiso alterar su modo de
vida fue Casca. Así lo sorprendió en un burdel una partida de veteranos de César.
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Irrumpieron apartando al aterrorizado patrón; Casca estaba desnudo y no tenía con
qué defenderse, excepto los puños. Le dieron veintitrés puñaladas, tantas como había
recibido César, y creo que la mayoría cuando Casca ya estaba muerto. Luego
mutilaron al muchacho sirio que había compartido sus placeres y sacaron el cadáver
de Casca a rastras hasta la calle, donde fue hallado por la ronda la mañana siguiente.
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Capítulo 24
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caso de una carta de Antonio en la que me ordenaba terminantemente que le
entregase la provincia antes del último de mes.
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—Quizá.
Mordió un melocotón, cuyo jugo se deslizó por su barbilla, y se limpió la cara
con una servilleta.
—Cicerón cree que me utiliza —dijo—. Yo creo que lo utilizo a él. Veremos cuál
de los dos se equivoca. Creo que él. Yo tengo un ejército, ¿entiendes?
—Sí —dije—. Pero ninguna experiencia de la guerra, ni ningún general
aguerrido.
—¿Acaso te ofreces tú mismo, ratón?
—Nuestros intereses coinciden.
—¿No te parece un poco fuerte eso? —dijo Mecenas—. Tú lo mataste a César,
¿no te acuerdas? Y nosotros venimos a vengarlo. O, por lo menos, eso es lo que creen
nuestros hombres.
—Hay una cierta dificultad ahí, ratón. Eso no se puede negar —sonrió Octavio
—. A largo plazo, al menos.
—La preocupación inmediata es Antonio —dije—. Es tu enemigo y el mío. Me
ha ordenado que entregue mi provincia, y a ti que rindas tus legiones.
—¡Ah! ¿Estás enterado de eso? Sin embargo, creo que puedo colaborar con
Antonio, una vez le haya enseñado a temerme.
—¿Y cómo piensas conseguirlo?
—De cualquier manera que sea necesaria. Eso me lo enseñó mi padre.
—¿Te refieres a César?
—Sí, a César, claro está. Ahora le llamo mi padre, ¿sabes? Queda mejor de cara a
nuestros hombres…
La sombra del muerto cayó entre nosotros, sobre la mesa. Octavio se volvió a
medias. Su perfil, recortado contra las colinas distantes, retuvo mi atención, y
entonces vi una cosa en que nunca había reparado hasta entonces: la firmeza de su
mandíbula.
—Ahora es un dios, ya sabes. Hice que lo decretaran así oficialmente. Se le han
alzado altares en todo el Imperio. En tu provincia también, tengo entendido.
—Sí —admití—. Necedades. El mismo César se habría burlado de eso.
—Yo no lo creo. Estaba dispuesto a ser divinizado. Tú dices que son
«necedades», ratón, pero yo tengo legiones que las apoyan. Y el Senado me aprueba.
Hace dos semanas que me eligieron cónsul, ¿o no recibiste la noticia?
—Qué gran ocasión, querido —dijo Mecenas—. Me habría gustado que lo
vieras. Doce buitres sobrevolaron el lugar de los auspicios. Puedes figurarte si le
gustó eso a la multitud, sobre todo a los que recordaron que el mismo Rómulo recibió
idéntica salutación en su día.
—Necedades —repetí—. ¿Quién soltó esas aves?
—¡Qué importa! —dijo Octavio—. El caso es que volaron.
—Y otra cosa que te conviene saber. —Habló por primera vez Agrippa—. Vamos
a rescindir la amnistía que se ofreció a los asesinos de César. Estás entre los primeros
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en la lista.
—¿Más vino? —empujó hacia mí la jarra Octavio, sonriendo.
—¿Sabes qué otra cosa dice Cicerón? —dijo Mecenas al tiempo que apoyaba la
mano en mi brazo, ignorando mis esfuerzos por sacudírmela—. Ha preguntado:
«¿Qué dios ha premiado al pueblo romano con ese divino joven?».
—Ya lo ves. —Sonrió de nuevo el divino joven—. La partida se inclina a mi
favor, ratón. Me parece que tú no tienes nada que ofrecerme.
Fue entonces cuando abandoné toda esperanza, pero seguí luchando. Antonio
marchó contra mí y me arrinconó en Mutina, donde resistimos un sitio terrible que
duró todo el invierno. Su éxito alarmó a Octavio, quien persuadió al Senado para que
lo declarasen enemigo público. Tanta fue su alarma que intentó una nueva
aproximación a mí. Yo contesté como si le tuviera confianza. Pero mi confianza había
fenecido aquella tarde a comienzos de otoño en las colinas de Orvieto. Se construyó
una alianza, una asociación de intereses mudables y nada más. Los cónsules
entrantes, Hircio y Pansa, marcharon contra Antonio y le obligaron a levantar el sitio.
Mis soldados harapientos y medio muertos de hambre pudieron salir de la ciudad
donde esperábamos la muerte.
Si yo hubiese tenido tropas de caballería, si mis pobres legiones no hubieran
estado tan debilitadas por las privaciones, si, si, si… A lo mejor habría sido posible
perseguir a Antonio, y hacerme con la victoria. Pero lo único que pude hacer fue
suplicarle a Octavio que cortase el paso a Publio Ventidio, el chacal de Antonio, que
venía de Picenum con tres legiones veteranas. Aunque el muchacho fracasó, o
prefirió fracasar…
Mi última esperanza consistió en lograr la alianza con Lucio Munacio Planeo,
gobernador de la Galia Cornata. Yo lo tenía por contemporizador, pero me escribió
deplorando el estado de la República y calificaba a Antonio de «bandolero». Avancé
hacia el norte por el paso del Pequeño San Bernardo. A cada paso iban
abandonándonos los desertores. Faltaba comida y dinero. Recibí un correo con carta
de Cicerón. Decía que yo era la última esperanza de la República en Occidente.
Cargaba contra Antonio, contra Octavio y contra el destino. Al leer la carta la
esperanza se desprendió de mí como se desprenden las rocas en las laderas de
aquellos Alpes.
Llegué a Grenoble, donde hallé a Planeo. Me recibió con sonrisas y buenas
palabras. Sus soldados estaban cebados como cerdos y contemplaron con extrañeza,
horror y desdén los espantapájaros que yo traía. Planeo no dejó de sonreír mientras
insultaba a mis enemigos. Que el joven César era un monstruo de ingratitud odiosa y
de ambición, que Antonio era un granuja sin escrúpulos, que Lépido era un bufón
vanidoso cuya palabra valía menos que la de una prostituta griega.
O que la del mismo Planeo. ¿Cómo confiar en un hombre que habla mal de todo
el mundo excepto de sí mismo?
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El octavo día sonaron unas trompetas. Anunciaban la llegada de Cayo Asinio
Polio con dos legiones. Polio era un viejo camarada. Estuvo conmigo cuando
cruzamos el Rubicón, y luchó a mi lado en España. Cuando nos hubimos saludado él
dijo:
—Vengo de parte de Antonio.
—¡Ah! —exclamé—. ¿Y Planeo estaba esperándote?
—Exacto.
—Lo siento —dijo Planeo—, pero realmente no tengo más opción que aliarme
con Antonio y Octavio.
Intenté abogar por mi causa. No quisieron escuchar. Cuando dije que Antonio y
Octavio se habían unido en una conspiración criminal contra la República, Polio me
cortó:
—Basta de eso.
Me retiré a mi campamento, algo sorprendido de que me hubiesen consentido tal
libertad.
Aquella noche emprendí la retirada a cubierto de la oscuridad, el viento y la
lluvia. Sólo dos centurias quisieron seguirme. Los demás escucharon mis órdenes con
estúpida insolencia, y no pude hacer nada para castigarlos.
Mi último plan, o lo que restaba de él, era dar un gran rodeo a través de los Alpes
y dirigirme luego a Macedonia, donde sabía que Casio estaba reuniendo un ejército.
Ya sabéis cómo acabó. Falto de hombres con que realizar el reconocimiento (pues lo
más probable era que desertasen también), nos vimos sorprendidos, cercados,
prisioneros. Los galos, cuando supieron quién era yo, se quedaron mirándome con
asombro.
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Capítulo 25
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Me he despedido de mis escasos y fieles sirvientes. Al de más confianza le he
dado una carta para Longina, en la que le reitero mi amor y le doy las gracias…
Mientras la escribía me preguntaba si habrá encontrado ya un nuevo amante. Sin
embargo, noto sus labios junto a los míos.
Artixes me ha traído una caja con mi daga, la del mango enjoyado. Y también un
mensaje de su padre. Tengo tiempo hasta el amanecer. Es una conducta más
honorable de la que yo habría sospechado de un bárbaro. Pero supongo que le había
impresionado la dignidad con que he soportado mis infortunios. En el espíritu del
bárbaro hay algo que responde noblemente a la nobleza.
¿Recuerdas aquella cena en casa de Cicerón, donde nos conocimos? (Dicho sea
de paso, apostaré a que Cicerón está incluido, a insistencia de Antonio, en tus listas
de proscripción, y que te has lavado las manos en cuanto a su destino, ¿acaso me
equivoco?). En esa ocasión dijiste: «Un hombre no es más que un hombre; no debería
mirarse a sí mismo como un personaje de tragedia». Estoy de acuerdo.
¿Y recuerdas que hablamos del peligro que la búsqueda del interés egoísta
implicaba para la República?
Piénsalo ahora que te asaltan las mismas tentaciones que condujeron a César
hacia su muerte. Recuerda a tu amigo y amante, cuyo único delito fue querer más a la
República que a sí mismo o a César. Piensa que se levantarán otros Brutos, mientras
la virtud y el amor a la libertad no se hayan extinguido en Roma.
Tú destruirás a Antonio. Serás más prudente que César y no asumirás las
apariencias del poder absoluto.
Pero lo tendrás.
Su ejercicio ¿conseguirá corromper y hacer que desaparezca el adolescente a
quien amé?
Te ruego que protejas a mi mujer Longina. En tanto que hija de Cayo Casio y
esposa de Décimo Bruto, sus relaciones familiares la perjudican. Te suplico que
cuides de que ni ella ni nuestro hijo hayan de padecer por culpa mía.
Es difícil acabar esto, difícil terminar con una confesión de fracaso. Y sin
embargo, Craso, Pompeyo, César, todos los grandes hombres de mi juventud y mi
edad adulta, han tenido muertes sin gloria.
Teme la envidia de los dioses, Octavio…
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Acuérdate de mí mientras tengas cuerpo para hacerlo; andando el tiempo, tú
también serás humo en el aire.
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Allan Massie (Singapur, 19 de octubre de 1938) es un historiador, periodista y
escritor británico. Creció en Aberdeenshire en Escocia y fue educado en Inglaterra
estudiando en Glenalmond y en el Trinity College, en Cambridge, donde se graduó y
pasó a enseñar Historia. También vivió y enseñó durante varios años en Italia. En la
actualidad es un reencarnado de The Scotsman, columnista del Daily Telegraph y del
Spectator, miembro de la Real Sociedad de Literatura y juez del Premio Man Booker.
Autor prolífico, ya ha publicado más de 30 libros, incluyendo 19 novelas,
destacándose especialmente por la popularidad alcanzada por sus novelas históricas.
Un gran admirador de Sir Walter Scott y del ruso Andrei Makini, Massie vive con su
esposa Allison y sus tres hijos en la ciudad de Selkirk, en la frontera escocesa, donde
vive desde hace 25 años.
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