LOS SENTIDOS DE FUTURO: PASIONES Y ÉTICAS
Los sentidos de futuro: pasiones y éticas
Margarita Baz y Téllez
RESUMEN. Reflexión acerca del complejo vínculo que nos hace miembros de la sociedad,
visto desde la experiencia adolescente en el México contemporáneo, en el marco de un
proyecto de investigación que ha reunido como material empírico el producto de grupos de
reflexión con escolares de escuelas secundarias. La problemática se aborda desde una noción
amplia de grupalidad, que se refiere a los procesos que unen (y desunen) a los sujetos entre sí
y con su sociedad, aludiendo no sólo a los elementos reguladores —el lenguaje, las institucio-
nes— que definen la condición de sujetos sociales, sino también a los fenómenos libidinales.
Se argumenta que los sentidos de futuro constituyen un modo de darse al mundo, a los otros,
y de esta manera son intrínsecamente pasionales y confrontan radicalmente el ejercicio de una
ética. Se reflexiona sobre el vínculo social que se aprecia en el adolescente mexicano, inscrito
más como amenaza que como sostén, expresión subjetiva de un tejido social fracturado.
ESTE TRABAJO SE OCUPA de una experiencia de investigación que toma como eje de
análisis los procesos subjetivos que constituyen el vínculo social, es decir, los sentidos
que se construyen alrededor de la condición de ser miembros de una sociedad, y que
ha tomado como material empírico el producto de grupos de reflexión con escolares
de escuelas secundarias, reunidos alrededor de la consigna de pensar juntos qué
piensan y sienten de la sociedad a la que pertenecen y de las expectativas de futuro.
Planteamos que el mundo de significaciones que constituyen el sentido social no
sólo es fundamento y sostén de la experiencia, también es expresión del devenir
subjetivo que acompaña las vicisitudes y transformaciones de los procesos socio-
históricos. Los procesos de identificación y el sentido de pertenencia recrean
permanentemente los sentidos de sí y de los otros. De similar manera, la anticipación
del porvenir consiste en engendrar el sentido de lo posible, el horizonte de la
acción, y se sustenta en la fuerza de la imaginación. Supone también —elemento
crucial— un modo de darse al mundo, a los otros.
Por ello, los sentidos de futuro son intrínsecamente pasionales y confrontan
radicalmente el ejercicio de la ética. Implican una proyección de sí mismo que
compromete esencialmente el sentido social, el devenir de la sociedad en el que soy con
otros, en una multiplicidad de referencias identificatorias que me inscriben como
sujeto social y sujeto histórico.
ANUARIO 2002 • UAM-X • MÉXICO • 2003 • PP. 155-164 155
SUBJETIVIDAD, INSTITUCIONES Y CONTROL SOCIAL
El tránsito adolescente
Podemos plantear que si hay algún momento de la vida del ser humano en que es
imperiosa la interrogación por el futuro es en la adolescencia, interrogación que
compromete todos los ámbitos de la temporalidad: las huellas del pasado como
signo patente de la historia de nuestros vínculos grabados en el cuerpo, las sensaciones
que le dan contundencia al momento presente, las figuras de la imaginación. Esto
no se debe exactamente a que, por su juventud, “tienen toda la vida por delante”,
sino más bien a que hace crisis la batalla por la autonomía, que ya se insinuaba en
el sujeto infantil —en su asimilación, reacomodo, capacidad de juego y recreación
del universo moral y las reglas que se le imponen— pero que en la adolescencia
adquiere un relieve definitivo: no sólo se debaten la aceptación del nuevo cuerpo
que anuncia la pubertad, las potencias libidinales movilizadas con la maduración
sexual y la necesidad de asumir lo definitivo de la diferenciación sexual, también se
confronta la autoridad moral del orden social. “En sociedades como las nuestras”,
dice Tenti Fanfani, “la crisis se manifiesta en el cuestionamiento que el adolescente
hace del sistema de referencias que constituyen la identidad que ha heredado de la
familia” (2000:23). Para entrar al relevo de la generación adulta, el adolescente
vive el drama de sus pasiones, sexuales y morales (Kaplan, 1986), gestando el
mundo nuevo de la responsabilidad ante las decisiones y la acción inscrita desde la
posición activa ante los ideales y los valores.
La adolescencia es una categoría que ha sido ampliamente debatida. Desde
distintas posturas críticas se ha señalado que ni en todas las culturas ni en todas las
épocas históricas se identifica un periodo de transición que hace el puente entre
infancia y edad adulta y, por tanto, no aparece en ellas una edad identificada como
adolescencia. Hay sociedades tradicionales que, como revela la antropología,
resuelven con ciertos ritos de pasaje desarrollados en un breve periodo la incor-
poración de nuevos integrantes a la capa adulta. En culturas como la nuestra es
una categoría bien establecida que juega ampliamente en el imaginario colectivo,
acotada a veces por criterios de edad —a todas luces insuficientes—, otras veces
referida como etapa natural caracterizada por procesos psicológicos ligados
inexorablemente a la pubertad. Lo que puede aportar la investigación es justamente
el tratar de comprender cómo cada sociedad construye sus categorías, cómo se
refuerzan a través de las instituciones y qué efectos tiene en los procesos de
subjetivación. Como en el caso de la categoría de género (ser hombre, ser mujer),
la comprensión de la adolescencia como categoría cultural e histórica incluye la
realidad de un cuerpo y el conjunto de significaciones que la elevan a la condición
de experiencia.
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En la sociedad mexicana, como en otras sociedades del mundo occidental, la
adolescencia constituye un lugar social que algunos han definido como una especie
de “moratoria” en un periodo bastante amplio (seis, ocho, diez años) antes de que un
individuo se inscriba plenamente como adulto, pero que en el convulsionado
panorama social está lejos de tener consistencia. Madres adolescentes, niños que
trabajan, jovencitos que se desprendieron de la tutela familiar y se arreglan solos
en la vida de calle en las ciudades del tercer mundo, son, entre otras, manifestaciones
sociales que desmienten cualquier pretensión de homogeneidad en los procesos de
vida por el sólo hecho de compartir una edad con otros jóvenes. Lo que sí se comparte
es una época histórica que produce perfiles de subjetividad colectiva que pueden
diferenciarse claramente de otros momentos y otras épocas. Uno de los señalamientos
más consistentes en los últimos años, provenientes de los estudiosos del campo de
la salud mental y de disciplinas como la sociología y la psicología social, se refiere a la
diferencia de perspectiva temporal, participación y acción social de los jóvenes de
hoy comparados con los de hace treinta años; es decir, la generación de los últimos
años del siglo XX y principios del XXI, comparada con la generación de los sesenta y
setenta. El espíritu idealista y el cultivo de utopías sociales que animaban a la
participación y a la solidaridad en los jóvenes de esta última generación, se contrasta
con la visión de corto plazo, consumista, desencantada y despolitizada que, se dice,
caracteriza a los jóvenes actualmente.
De ser ciertas estas diferencias —y muchos elementos apuntan en esa direc-
ción— tendríamos que invocar para su comprensión a las condiciones sociales y
económicas prevalecientes derivadas de la lógica neoliberal que a nivel mundial ha
impuesto su hegemonía, es decir, del sistema de mercado cuyo valor máximo es la
ganancia. Penetrantes análisis desde miradas filosóficas y sociológicas han expuesto
la corrosiva condición de la sociedad contemporánea sobre los procesos identitarios
y de sostén social. Podemos recordar a G. Lipovetsky con La era del vacío, a Richard
Sennet en La corrosión del carácter. Las consecuencias personales del trabajo en el nuevo
capitalismo, A. Touraine con ¿Podremos vivir juntos? o C. Castoriadis en El ascenso de la
insignificancia, por mencionar algunos autores y algunas de las obras que han
descrito elocuentemente las condiciones que hoy prevalecen en nuestras sociedades.
A la creciente y abrumadora desigualdad social (que a nivel mundial tiene su
equivalente en la brecha entre naciones pobres y ricas), la inseguridad en el trabajo,
el desempleo, la vulnerabilidad, la pobreza, el aumento de la delincuencia y la
violencia de todo tipo y la oferta y el tráfico criminal de drogas, se añade el terror
como arma estratégica de lucha y el terror como estrategia de poder, de control y
sometimiento.
Si el mundo es cada vez menos un lugar seguro, ¿cómo extrañarse de la creciente
depresión que cunde entre los jóvenes, de la vivencia de un horizonte ensombrecido
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donde no parece haber un futuro que valga la pena vivirse? Estos síntomas alarman,
no sin razón, pues claramente se intuye que deshabitar el futuro atenta contra la
potencia de lo humano para trascender la experiencia inmediata, para crear el sentido
del devenir común y reduce al individualismo mudo, a la soledad estéril, a un mundo
en su mínima expresión por la extinción del deseo.
Podemos anticipar que en nuestras propias investigaciones con adolescentes
escolares de secundaria1 hemos encontrado tres situaciones afectivas características,
vinculadas a la sociedad “que les tocó vivir”: el reclamo y la rabia frente a condiciones
sociales que les parecen intolerables, la tristeza ante la tentativa inútil de comprender
o cancelar la fuerza destructiva que consideran campea en la sociedad y el miedo
como aprehensión del peligro, de un futuro temible que ya es presente.
Estas imágenes del mundo subjetivo de los adolescentes mexicanos nos colocan
ante la necesidad de interrogar la relación entre el devenir histórico-social en su
conjunto y los procesos de la subjetividad, es decir, tenemos que pensar cómo se
articulan estos planos diferenciados del acontecer humano como son la sociedad
por un lado y los sujetos por el otro. Postular una visión totalmente determinista
del universo social sobre los individuos llevaría a cancelar la premisa fundamental
que subyace a la noción de sujeto y que se refiere a los recursos de creación y de
transformación que lo definen no sólo como un ser producido por un orden social
sino también como productor de cultura. Es decir, la experiencia como singularidad
se sustenta en los universos normativos y en las instituciones que nos forjan como
sujetos sociales pero se funda en la apuesta, en el riesgo de la acción simbólica y
real que es gesto y expresión humana en el sentido de lucha por forjar un destino.
¿Cómo entender que el tipo de sociedad que vamos forjando es definitivo en nuestro
devenir subjetivo, en lo que vamos siendo como sujetos, y al mismo tiempo que el
peso de una sociedad sobre sus miembros es básicamente el de plantearle retos y
desafíos, al mismo tiempo que potencia o menoscaba ciertos recursos para
enfrentarlos? Somos, evidentemente, sujetos históricos, sujetos que dependemos
de una trama compleja de procesos que nos fundan y sostienen; pero, también, la
condición humana conlleva una capacidad de autonomía. Es decir, el lazo colectivo
reviste una gran complejidad: involucra planos que atañen tanto a las formas
simbólicas que nos inscriben en una determinada cultura como a las instituciones
y las tramas vinculares. Es el apuntalamiento que nos hace sujetos y que permite el
despliegue de la fuerza de creación que va generando la historia.
Estamos hablando de un complejo anudamiento entre lo singular y lo colectivo
que intentaremos explorar desde la noción de grupalidad, término que designa, en
un sentido amplio, una dimensión crucial de la experiencia humana que tiene que
1
Como parte del proyecto de investigación titulado Grupalidad y devenir social.
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ver con el vínculo social, con lo que enlaza a los sujetos entre sí y con su sociedad.
Nuestro propósito es analizar la experiencia adolescente desde dos ejes: la dimensión
de la grupalidad por un lado, y la dimensión del futuro como inscripción social del
proyecto de vida. Nos hemos preguntado: ¿Cómo se inscribe en la subjetividad
del adolescente mexicano el vínculo social?, y ¿qué papel juega este vínculo en su
horizonte de expectativas y su capacidad de autonomía? Hemos dicho que la
adolescencia será pensada como experiencia, noción crucial que no se reduce a los
momentos parciales, fragmentarios, de la experiencia inmediata en tanto régimen
empírico, sino que apunta a la encrucijada de temporalidades (pasado/futuro) que
producen los sentidos del presente. La experiencia entonces recrea una temporalidad
cuyas dimensiones de pasado y futuro tienen una significación que trasciende las
nociones ingenuas de “metas” u “objetivos” como equivalentes de proyecto de vida.
La experiencia de nosotros mismos, la visión que tenemos del mundo y la
proyección que hacemos de nuestras posibilidades tienen como trasfondo una red
de referencias que configuran nuestro tiempo existencial y una trama de
temporalidades en la que juegan en permanente construcción y reconstrucción el
pasado, el presente y el futuro. La convergencia de realidades materiales, imaginarias
y simbólicas en el movimiento incesante que constituye la vida no podría jamás
entenderse recurriendo a una noción lineal, homogénea o sustancialista del tiempo.
No hay más que formas históricas en el tiempo vivo de la experiencia, el tiempo
subjetivo que se expresa como memoria y proyecto en sus planos singular y colectivo.
Tiempos históricos y subjetividades hablan de la singularidad de la experiencia,
de construcciones de sentido que reflejan la potencia para la acción, la capacidad de
construcción y autonomía del sujeto. Pasado, presente y futuro están unidos por el
hilo del deseo con el que se tejen nuestras apuestas por la vida, los objetos que
elegimos, las formas de relacionarnos, nuestros anhelos y aspiraciones. Los que apun-
talan estas construcciones del sujeto son: el cuerpo —que lo inscribe como ser en un
mundo y lo afirma en la potencia a desplegar— y la trama de instituciones y
significaciones que lo inscriben en un destino social común. Somos así sujetos
conformados en una cierta época, lugar, condición y sociedad. Historia y poten-
cialidades van dando forma a los perfiles de nuestra existencia.
Las narratividades sobre “lo vivido” despliegan las convicciones, los valores y los
posicionamientos desde los cuales se mira el mundo, y se constituyen en recursos
activos para el movimiento cuando son exploradas, reconstituidas e incluso
transformadas.
La relevancia de estudiar el cómo se inscribe en la subjetividad del adolescente
mexicano el vínculo social y el papel que juega este vínculo en sus horizontes de
expectativas y su capacidad de autonomía estriba en la decisiva importancia de la
dimensión de proyecto, la cual involucra, tanto a nivel de sujeto individual
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como colectivo, el campo social. Una acción que compromete esta dimensión tiene
el valor del gesto, de la inscripción como signo que abre a un mundo de sentido.
Un acto aislado que cumple funciones meramente adaptativas o reproductivas es
simplemente conducta. El proyecto, en cambio, se despliega como horizonte,
como campo de visibilidad que cumple funciones orientadoras de la acción en un
sentido tanto material como simbólico, donde el futuro es sentido de lo posible.
La mirada que se despliega para construir el horizonte es un proceso complejo
tensado por las instancias ideales y la experiencia de lo colectivo: el diálogo constante
con la trama intersubjetiva e institucional que nos hace miembros de la sociedad.
El sentido del proyecto como motor en la construcción social es potenciado desde
una apropiación de la propia vida que no reduce el plano de lo deseable a aspiraciones
o anhelos individuales, sino que involucra activamente su posicionamiento ante el
campo social.
Los grupos de adolescentes
Escuchar a los adolescentes ha sido nuestra apuesta metodológica. La escucha es una
posición analítica que busca acceder a los procesos de la subjetividad que se expresan en
el discurso más allá de su literalidad. Al “escuchar” se intenta rastrear las inscripciones
de sentido, no intencionadas, que aparecen en el discurso más allá de su contenido
informativo, del plano que llamamos comunicativo o manifiesto. Es decir, proponemos
una lectura analítica del material empírico.
Los materiales que hemos producido en el marco de nuestros procesos de
investigación han tenido como recurso técnico el grupo de reflexión. Este dispositivo
consiste en una conversación que emprende un grupo pequeño de personas alrededor
de un tema específico, en el que se establece la propuesta de dialogar y pensar
juntos el tema indicado, que llamamos “la tarea grupal”, es decir, la expresión
explícita de la finalidad del trabajo conjunto. El grupo se mira como una unidad,
con la intención de observar cómo construyen colectivamente la tarea que los
ha convocado, es decir, el pensar juntos el tema establecido.
En este trabajo hemos tomado como referente empírico la experiencia llevada a
cabo en el año 2002 en una escuela secundaria estatal ubicada en la Delegación
Magdalena-Contreras, de la Ciudad de México.2 Tres conjuntos de 10 adolescentes
agrupados al azar, provenientes de distintos grupos del tercer año (14 y 15 años)
participaron en la experiencia que los convocó a un espacio abierto a la reflexión
2
Contamos con otros materiales que hemos reunido en los últimos años, con grupos de adolescentes
y de jóvenes de distintas condiciones y edades, y que constituyen un trasfondo de experiencia acumulada.
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alrededor de la tarea: “pensar juntos qué sienten y qué piensan de la sociedad
mexicana a la que pertenecen y qué proyectos tienen para su vida presente y futura”.
El material resultante es tomado como un texto colectivo que se escucha como una
trama compleja armada desde dimensiones tanto singulares como colectivas,
conscientes e inconscientes. Desde una metodología cualitativa planteamos que
cada grupo, junto a su singularidad, es portador de sentidos que hoy comparten
los adolescentes mexicanos en condiciones semejantes, y desde esas posturas
apostamos a la comprensión de procesos que trascienden los casos particulares de
los grupos con los que hemos trabajado.
El proceso de los tres grupos (las y los adolescentes sentados en el suelo haciendo
un círculo) fue semejante en cuanto a su disponibilidad para participar en la
experiencia, su apropiación del espacio y de la consigna de trabajo, mostrando una
implicación afectiva con la tarea así como una muy buena capacidad de reflexión y
de diálogo entre ellos.
La grupalidad como eje analítico
En párrafos anteriores hablábamos de los grupos de adolescentes con los que hemos
trabajado. Ahora se trata de pensar en la grupalidad como un amplio campo
problemático que no se reduce a los escenarios intersubjetivos. La grupalidad la
entendemos como una dimensión constitutiva de la condición humana,
fundamento y expresión de los lazos que definen nuestro ser social en tanto destino
común. Ésta es la perspectiva amplia que supone, como decíamos más arriba,
explorar las condiciones y vicisitudes del vínculo social, es decir, de los procesos
que unen (y desunen) a los sujetos entre sí y con su sociedad. Nuestra perspectiva
es una noción de vínculo social desde una visión psicosocial distinta al concepto
durkheimiano de lazo social, en la medida en que consideramos fundamental
incorporar, junto con los elementos reguladores que definen nuestra condición
de sujetos sociales (el lenguaje, las instituciones), los fenómenos libidinales, los
que dan cuenta de las afecciones que expresan nuestros proyectos y pasiones, ya que
es el mundo de los sueños, de la ilusión, la imaginación y el deseo el que expresa la
potencia del sujeto en su devenir.
Tomamos como premisa la idea de una “constitución grupal” del sujeto. Esto
supone, como idea básica, que los sujetos somos “grupales”, en el doble sentido de
ser producto de una trama vincular en el tránsito por la experiencia social y en el
plano mismo de la dinámica interna que se constituye como una “dramática”, con
instancias heterogéneas que tejen tramas conflictivas. Esto se enmarca en el
reconocimiento de la dimensión colectiva presente en toda singularidad y que se
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refiere a las redes simbólicas que sustentan el orden social y que proveen las formas
de regulación que gravitan en todo intercambio y construcción social. Las
instituciones constituyen el tejido social que preexiste y trasciende al individuo y
que fundan al sujeto, el cual deviene heredero y eslabón de una trama a la que
queda “sujetado” y que lo ha transformado de un organismo biológico en un
miembro de la sociedad, en un sujeto social.
La grupalidad constitutiva del sujeto está estrechamente vinculada con la cuestión
del “otro”, que amerita una reflexión específica porque pone en el centro de la discusión
la vertiente ética y política que se desprende de las relaciones entre los seres humanos.
El pensamiento freudiano –sobre todo desde su vertiente llamada “social”—3 ha
constituido una fuente de inspiración fundamental para trabajar el tema de la grupa-
lidad y en términos amplios las formas colectivas, desde una mirada que articula la
dimensión libidinal con las instituciones y la organización social.
En efecto, puede decirse que la categoría que organiza el mundo humano es el
otro, dimensión fincada en los procesos de identificación, separación y diferenciación
que dan paso a la construcción de la identidad, la que se sostiene desde múltiples
referentes y se tensiona desde la alteridad. De ahí que la existencia del ser humano
supone la creación y recreación permanente del sentido de los otros. Es lo que M.
Augé llama “el sentido social” (1996). La dimensión del otro tiene dos vertientes:
puede connotar al semejante, lo que da lugar a los procesos de identificación y de
pertenencia que se expresan en diversos “nosotros” y responden por la ubicación
en colectividades o universos de referencia de diferentes escalas y características.
Pero el otro también puede señalar al extranjero, al diferente que confronta e inquieta.
Ambos ejes —identidad y alteridad— establecen una dinámica móvil y tensa. Lo
que está en juego son los sentidos que se construyen alrededor del estatuto de ser
miembro de la colectividad humana que, como plantea E. Levinas (2000), abren
la cuestión de la responsabilidad respecto al otro, la que altera inexorablemente el
ámbito de la mismidad. De ahí que el sentido de sí mismo dependerá en buena
medida de cómo se va construyendo el sentido de los otros.
Según el psicoanálisis, la identificación constituye el proceso subjetivo más básico,
que sustenta tanto la identidad como el lazo colectivo. También, a partir de la
noción de inconsciente, puede hablarse de un sujeto en exilio, es decir, interpelado
constantemente por lo desconocido que hay en él, por las misteriosas fuerzas que
sostienen la vida.
Por su parte, Castoriadis habla de la “crisis del proceso de identificación” (1998) en
la sociedad contemporánea, que no es otra cosa que crisis del proceso que fundamenta
3
Constituida por obras como Tótem y tabú, Psicología de las masas y análisis del yo, El malestar de la
cultura y El porvenir de una ilusión, entre otras.
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el lazo colectivo. Este autor señala algo fundamental: el sustento de la identidad no se
genera nada más a partir de las relaciones interpersonales y de los grupos de referencia
y pertenencia, sino de la posibilidad de crear como sociedad significaciones que sustenten
el valor de ser una sociedad, de asumir una responsabilidad común, de “ser con otros”
en proyectos compartidos; sentido amplio de la noción de grupalidad, donde el otro,
semejante y extraño, actualiza en la vida cotidiana esta dimensión de vinculación y
desvinculación fundamental de la experiencia humana.
Pertenecer al México de hoy
Al analizar el vínculo que los escolares mexicanos manifiestan en sus representaciones
de la sociedad a la que pertenecen y del futuro de la misma, encontramos la
imagen abrumadora de un mundo temible, falto de solidaridad, triste, amenazante.
Los peligros que señalan van en varias direcciones: el ataque al sustento ecológico,
la ausencia de un sustento moral que regule la relación entre los individuos, la
voluntad destructiva hacia sus miembros. El panorama que plantean no podría ser
más desolador: una sociedad que “está mal”, “muy mal”, que “no trata de mejorar”,
“no quiere superarse”, “no piensa en los demás”, “no quiere ayudar a las demás
personas”, “aplasta a su hermano”, “no deja progresar”, “no piensa en el futuro”,
“no hay ayuda a los demás”, “no hay amor”, que “aplasta”, “discrimina”, “lastima”,
“humilla”, donde “todas las leyes se van a violar”, “donde cada quien ve por su
propio beneficio”. La corrupción, el robo, la mentira se erigen en las metáforas de
la ausencia de principios de funcionamiento social. En el plano de la identidad
como mexicanos campea una imagen muy devaluada.
El miedo se despliega en todo sentido; es un miedo que se ubica en la vivencia de
una sociedad en camino de destrucción. El ser con otros que debería ser el sostén básico
para enfrentar el devenir parece fracturado. El futuro en estas condiciones parece
inexistente: “va a ser peor todavía”, “se va a destruir”. La pobreza, el abuso del poder, la
desigualdad, la contaminación se expresaban constantemente como las señales del
malestar en la sociedad. Podría resultar evidente que los adolescentes expresan un gran
miedo al futuro. Sin embargo, hemos encontrado que este miedo tiene que ser
interrogado, ¿qué quiere decir? Si el futuro es proyecto, aspiración en el campo social,
encontramos a un sujeto adolescente que enmedio de su discurso apocalíptico y dolorido
se ostenta con un perfil ético contundente: pensar en los demás, dejar una herencia al
mundo que sea para bien, actuar y no sólo opinar. El adolescente frente a la sociedad
heredada se erige en un implacable crítico y demanda los valores de comunidad, de
diálogo, de igualdad, de acuerdo con lo que queremos como sociedad y, sobre todo,
de acción colectiva. Anuncia así su capacidad de autonomía y de proyecto.
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No obstante, el miedo está ahí, asociado a no poder, a la incertidumbre sobre
su potencia, al surgimiento de un intenso deseo de que la sociedad sea distinta y
mejor, junto a la incisiva duda sobre las condiciones para lograrlo. Éstas se ubican
básicamente en lo imperioso de la fuerza colectiva: “uno solo no puede hacer
nada”. Duda de poder convocar a otros en su deseo de transformación. Dudan
también de la consistencia de su deseo: “eso es lo malo, que nosotros no hacemos
nada”. Algunos momentos de polémica y fuerte ansiedad en el proceso de los
grupos se dieron alrededor de ciertas preguntas como: ¿querer es poder?, ¿cómo
gestar un acuerdo común, un deseo de cambio, una decisión para actuar? Un
complejo nudo de miedos agobian al adolescente de hoy: miedo ante la sensación
de impotencia frente a los problemas de la sociedad, miedo a fracasar, miedo al
abandono y a la soledad en la tarea de construcción de un mundo distinto. Asume
que entra de relevo de la generación adulta y el desafío parece muy grande. El
lenguaje alternativo lo expresan mediante la creencia de que es posible un cambio:
“pensar que podemos mejorarla, que se va a ir mejorando cada día y no pensando
que se va a ir cada vez más al fondo”, “gestar una visión de sabiduría y ganar así la
máxima capacidad”.
Encontramos así distintos planos y matices en un vínculo social que se inscribe en
el adolescente más como amenaza que sostén, expresión subjetiva de un tejido social
muy fracturado. Al mismo tiempo, aparece claramente una capacidad de resistencia
ante la lógica abrumadora de un sistema destructor de los valores de comunidad y de
convivencia. Se proyecta un adolescente mexicano de principios del siglo XXI con un
fuerte sentido social, que mantiene viva la esperanza de renovación y de cambio.
Bibliografía
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Ballbé, R. (2001), Vida, tiempo y libertad. Ensayos de psiquiatría fenomenológica, Lumen,
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Ricoeur, P. (1985), Tiempo y narración. Configuración del tiempo en el relato histórico.
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Tenti Fanfani, E. (comp.) (2000), Una escuela para los adolescentes. Reflexiones y valoraciones,
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