EDWIN LUGO
ALONDRA
(NOVELA)
1
un día cualquiera.
Tierra que se vuelve pan -como afirmaba José Rubén Romero- paisaje que se
transforma en poema.
Santa Clara del Cobre a escasos veinte kilómetros del lago de Pátzcuaro y a
sólo diez del de Zirahuén, se acurruca entre un valle rodeado de montañas
perennemente cubiertas de pinos y de fresnos, lo que le confiere una tonificante
frescura durante todo el año. Frío sabroso que deja su escarcha en los perlados
amaneceres del otoño y capas de hielo sobre tejados y estanques en la estación
invernal; época en que, pastores, agricultores, madereros, suelen aproximarse a las
fraguas donde los artesanos del cobre dan forma a jarras, candelabros, platones y
vasijas; o que envueltos en cobijas de lana con el sombrero metido hasta la mitad de
las orejas se acercan a la llamarada que alienta la hornilla del hogar campesino,
donde se originan las aromas del café mañanero que burbujea en la olla de barro, o el
menudo de panza que se acompaña con las tortillas recién salidas del comal;
buscando el ansiado calor que tímido y regateado suele intensificarse cuando
aparecen los rayos del sol pálido conforme avanza la mañana.
El clima es sano, aunque acarreador de catarros y reumatismos.
La humedad del suelo propicia una eterna alfombra de verdura haciendo
posibles además abundantes cosechas de maíz, frijol, haba, alfalfa, chile picante y
bruñido, espigas de trigo y con idéntica generosidad, mientras allá por las huertas de
Ajuno, se dan la pera grande, dulce y muy jugosa, la zarzamora, el menbrillo
aromatizado, el durazno cuyas flores ornan la comarca, el capulín cuya negrura de
obsidiana también suele alojarse en los ojos de las lugareñas, la manzana carnosa y
ligeramente ácida y el ahuacate criollo, enorme, aceitoso, listo para preparar un
guacamole o para acompañar con sus rodajas suaves y maduras las carpas de
descomunal tamaño que se pescan en el verdiazaul lago de Zirahuén.
En ese paraíso de la abundancia, paráfrasis del edén terrenal, los frutos de
los árboles caen a montones por maduros o por haber sido picoteados por los
abundantes pájaros que surcan en nutridas parvadas los cielos: zenzontles,
ruiseñores, gorriones, primaveras, mulatos y alondras.
También las flores proliferan en una variedad multiforme desafiante de las
jerarquías, desde las florecillas del campo cuyo colorido alterna con el verde de los
pastos y que explotan sin cuidados ni pretensiones, tales como las violetas, las
amapolas y los mirasoles; hasta los aristócraticos lirios, cuyos terciopelos blancos,
morados, amarillos, incrustan sus bulbos en el agua mansa de los arroyos, de las
pequeñas lagunas y hasta de los estanques donde suelen nadar luciendo sus
blancuras de porcelana china, los patos de patas y picos sonrosados.
En la primavera Santa Clara se transforma en un jardín polícromo donde
las malvas, las azaleas, el rosatel, la rosa de castilla y el exquisito huele-de-noche se
dan cita en los corredores, alegran los patios, trepan por los muros confundiéndose
con las bugambilias, encantan a las fuentes y perfuman el ambiente, vistiendo de
tersuras los adobes, de elegantes afelpados las canteras, convirtendo en un auténtico
caleidoscopio los prados, las jardineras, los antepechos de las ventanas rústicas;
flores frescas y olorosas que luego van a poner una nota de colorido en la cabellera
de las pueblerinas, en los floreros de cobre del altar mayor de la parroquia de Santa
Clara de Asís, la patrona del lugar; o que haciéndola de emisarias se convierten en
portadoras de un mensaje amoroso, y luego, cuando se secan, en reliquia entremetida
en un lavalle, o en pétalo marchito que suele esconderse entre las cartas amorosas de
algún novio incumplidor de promesas y que van a dormitar con el ajado papel que
acaso mojaron las lágrimas, en el discreto cajón de un tocador femenino o en la cajita
olorosa a cedro, celosa guardiana de los secretos del corazón.
Desde los cerros de La Tinaja o de La Cantera, Santa Clara se divisa como la
reproducción de una acuarela. El caserío tapizado de tejas rojas, cubiertas de musgo
obscuro se desgrana al pie de las lomas.
Las callecitas sinuosas, empedradas, van a desembocar a la carretera que
conduce a Ario de Rosales, o a Tacámbaro convergiendo en la plaza donde se
levanta el templo parroquial, cuya torre aún guarda reminiscencias de las pícaras
aventurillas de aquel Pito Pérez, pintoresco, estrafalario y borrachín, quién más de
alguna vez, echó a vuelo sus campanas, en busca del imantado afán de los hombres
de todos los tiempos: la celebridad.
Una llanura dormita al pie del lomerío, nubes de batista esplenden en el
horizonte, otras en apretada competición de carreras deambulan por el cielo.
Un riachuelo con su lecho de piedrecillas azules y pulidas, se abre hacia
una lejana perspectiva de ensueños, mientras deja correr liberal y despreocupado sus
aguas entre dos tupidas calzadas de árboles copudos: ahuehuetes con melena, o
sauces llorones que mojan sus ramajes refugio de golondrinas, más lejos, las
barrancas, el misterio de las cañadas hondas, la profundidad de los abismos; y luego,
como un oasis la enorme esmeralda líquida del lago, reposado y sereno, en cuyo
nítido espejo donde parece haberse vaciado la pupila de Dios.
Una calma se enseñorea entre aquella comarca de jades. Lentos son el
trotecillo de algún asno cargado de leña, el acompasado galope de un caballo de
labor, el caminar del hato de ganado, o del rebaño de corderos que van en busca del
arroyo para aplacar la sed o el hambre con la hierba fresca; el apacible paso de la
pareja de bueyes uncidos a la yunta y hasta el caminar fatigado de algún ranchero
correoso.
Reposada transcurre la vida en los ranchos aledaños y su modorra
culmina en la sabrosa siesta del medio día, que comparten por igual humanos y
bestias, campesinos fatigados de la labor del barbecho o de la siembra, cerdos que
dormitan indolentes en la piara rústica hecha de piedras superpuestas, o aves que se
trepan sobre el palo alto con la cabeza metida bajo el ala, y aún el eco de los martillos
resonantes se detiene, mientras reloj de la iglesia da tres lentas campanadas, y un
agradable bochorno entorna los párpados.
Al final de los senderos, cuando las veredas terminan, comienzan los
pliegues de la sierra medio oculta por las hierbas crecidas y por los arbustos añosos,
entonces es posible toparse con la boca de una misteriosa caverna cuya obscuridad,
extensión y difícil acceso han desalentado a los más osados exploradores: la cueva
de Huachisca, que hace algunas décadas fue seguramente un oculto refugio de
murciélagos y de cristeros capitaneados por curas con vocación de revolucionarios,
que lidereaban a sus fieles, convertidos de campesinos en peleadores; pobremente
armados con una carabina vieja, a veces inútil, y llevando por equipo militar unos
guaraches gastados, un pantalón con remiendos y el estómago vacío.
Pobres luchadores, aguerridos, sacrificados, defendiendo el único tesoro que
habían conseguido retener en sus vidas miserables: ¡La fe! Sospechosos de traición
por el sólo hecho de portar una medalla, un escapulario o una vieja estampa ceñida a
la cinta del sombrero de petate, iban a purgar su desobediencia a las despóticas leyes
del implacable tirano, en aquel voluntario destierro de sombras, alimentados de
sabandijas y de hierbas que convertían en comestibles, y allí, disputando la guarida a
los coyotes o a los zorros, se quedaban escondidos, espiando el vuelo de las águilas,
el cauteloso ruido de las víboras, o el cauteloso brinco de las liebres orejonas y
asustadizas, o de cualquier ave que pudiera asarse y convertirse en comida,
santificada con padres nuestros y alabados, con el sazón de unos cuantos rosarios y
sermones y modestamente refrescada por el agua de los arroyos. ¡Ah, los
revolucionarios de Dios!
Sin embargo, esas montañas elevadas, territorio de tigrillos, gatos monteses,
venados y ardillas, han resguardado a Santa Clara de los embates del mal llamado
progreso y de los múltiples sinsabores de la dizque civilización, pues el tiempo se ha
detenido en aquel pueblecito insignificante cuya belleza recatada, sin el consabido
alarde publicitario, no ha conseguido llamar la atención, ni despertado la codicia; y
así, sin demasiadas cámaras fotográficas, ni multitud de turistas, Santa Clara apenas
consigue desviar al caminante demasiado curioso al que a cambio de su visita le
ofrece sus exquisiteces culinarias: el borrego enchilado, las carnitas de cerdo, el
carnero relleno de verdura, o los tacos de soricua, cuyas aromas logran congregar las
mañanas del domingo a los antojadizos comensales; aunque una vez que se concluye
la hora de la fritanga, la kermese o la fiesta pueblerina, la población vuelve a
sumergirse en su melancólica modorra, arrimada al resguardo de una lumbre, que no
nació para arder como intensa flama, pero que en cambio no parece extinguirse
nunca.
2
Corría 1959 …
Por aquellos años, Santa clara del Cobre lucía como dentro de un relicario
tachonado de piedras preciosas el cascabel alegre y cadencioso de una voz y una risa
de mujer.
Ella, Alondra, estaba en el preciso apogeo de su juventud y su belleza, y en
aquel junio ligeramente lluvioso y mecido por un vientecillo que sacudía el follaje verde
obscuro de los árboles, emergía como una flor única, flor de carne: apoteósis y
síntesis.
Vivaracha y dulce, refinada y sensible, Rosa María a quién llamaban
“Alondra”, rozaba los veintiocho o veintinueve abriles, pero una vida sana y tranquila y
apacible, le hacían aparentar veintitrés o veinticuatro. Los climas fríos que suelen
encender las mejillas femeninas, contribuyen a prolongar la juventud; y ésta, aunque
tardía, se empeñaba en prodigarse en el rostro de la joven.
Alondra, quién era maestra del quinto grado de la escuela primaria “Vicente
Guerrero”, no se había casado aún, y aunque su propensión a la soltería, daba en
ocasiones mucho que pensar y más que decir a las entrometidas beatas del pueblo,
siempre dispuestas a inventar historias y chismes; distaba mucho de ser una de
aquellas mujeres melancólicas y resignadas, algunas con tal mal genio que parecía
que la amargura se les desbordaba, y que pasaban el tiempo cosiendo, soñando,
recordando, sin otra ocupación que la de cuidar pájaros, gatos, perros falderos, regar
plantas, vestir Niños-Dios y asistir puntualmente a las tediosas tandas de los
interminables ejercicios espirituales, así como a triduos, novenarios, misas, sermones
y procesiones todo el año, actos a los que las muchachas que iban quedándose
solteras se volvían tan adictas.
Y no es que a la joven le escasearan los pretendientes. De tierra caliente, de
Morelia, de Uruapan y hasta un adinerado fabricante de calzado de León, habían
hecho la corte a la normalista, pero después de rondarla por una buena temporada,
los galanes más tenaces habían optado por abandonar la lucha, lucha desigual entre
la inclinación del hombre y el rechazo de la mujer, en que la intensidad del amor y del
deseo se miden con la indiferencia y el desdén. Y no es que Alondra fuera o hubiese
sido descortés; precisamente sus buenas maneras, su educación refinada, atraían con
mayor vehemencia a los enamorados, a quienes sólo una inexpugnable firmeza en la
negativa, o el ofrecimiento de una sincera amistad sin ninguna esperanza los
ahuyentaba para siempre, algunos demasido despechados o heridos, otros, más
razonables, perdedores de los buenos, en espera del anhelado desquite y hasta
dispuestos a matrimonarse con la primer chica que les diera su consentimiento sin
mostrarse demasiado exigentes.
Alondra declaraba sentirse feliz dentro de su ya larga soltería. Su madre,
viuda y también maestra de la misma escuela; y de quién ella era hija única así como
sus menudos educandos absorbían por completo su vida y sus preocupaciones;
aunque aquel cuerpecillo flexible, delgado, ligero y dotado de una fresca sensualidad,
donde vibraba la mujer en toda su adorable juventud, solicitara al hombre que la
hicera más mujer, pero ¿Quién ha logrado, al menos por el instante de un relámpago,
asomarse al complejo espíritu femenino? ¿Qué hombre ha conseguido, vislumbrar
claramente su compleja intimidad, deambulando en ese labertinto de las razones o de
la sin razón?
La joven había sabido como preservar su secreto. Nunca una amiga y
contaba por amistad a todo el pueblo, escuchó de sus labios un comentario, una
alusión, una frase dejada escapar por casualidad o por imprudencia que permitiera
fundamentar los motivos de su rechazo al matrimonio, o delatara la pasión, o la
simpatía por alguno de quienes solían rondarla.
Alondra trataba a todos por igual, lo mismo a pobres que a ricos, a liberales
que a fervientes católicos, a viejos que a jóvenes, a guapos que a feos; todos
merecían de ella sus sonrisas, sus palabras amables, sus disculpas por sus
necedades o por su ignorancia.
En cuanto a amigas Alondra que no conocía la envidia ni los celos, y era
incapaz de traicionar a ninguna, tenía el cariño y el respeto de todas: las menores y
las de su misma edad, las casadas y las solteras, quienes la veían con miramientos
de hermana mayor y acudían siempre a ella en demanda de su consejo y protección,
consultándola acerca de sus decisiones más importantes. Y volvían agradecidas, con
el vestido recién cortado listo para coserlo, la carta perfectamente redactada, la duda
resuelta, la decisión prudente.
Alondra se desvivía por condescender a cuanto le pedían, asistía a las
despedidas de solteras, a los bautizos, reposteaba pasteles para las quiceañeras,
amadrinaba matrimonios y primeras comuniones y sabía organizar con entusiasmo, lo
mismo un festejo para celebrar el natalicio de Don Benito Juárez, que la misa de
acción gracias para los retoños que habían pasado año y quienes la amaban, con se
afecto ciego que los niños y los adolescentes entregan a quienes admiran.
Y en todas las festividades, lo mismo civiles, religiosas o familiares,
Alondra se hallaba siempre presente con su sonrisa amplia, comedida y generosa,
amable y servicial, opacando sin proponérselo al muchacherío del pueblo, y aún en
las ocasiones en que por delicadeza se decidía a usar un atuendo modesto y discreto,
Alondra era mucho más bonita que la novia, más fresca que la quinceañera, más bella
que la reina de las fiestas patrias y más dama que la guapa visitante venida de
Guadalajara. Alondra triunfaba siempre, lo mismo en el enfiestado patio de la escuela,
que en el salón parroquial de la Asociación Católica Femenina.
Y es que a su juventud y gentileza se añadía otro don, tal vez la mayor
gracia con que el Creador quiso dotarla: Alondra era artista. Sabía cantar y hasta tocar
regularmente el piano, poseía una voz de soprano dulce, melodiosa, y aunque carecía
de un volumen impresionante, el sentimiento con el que fraseaba las canciones, y su
innata musicalidad, concluían por encantar a su auditorio, que aunque escaso
conocedor del arte y por lo tanto nada exigente, se recreaba escuchándola y la
premiaba con aplausos entusiastas y obsequios tan conmovedores, que la muchacha
agradecía con los ojos húmedecidos, y como tal afición le hubiese atraído desde niña,
alguien seguramente bien intencionado le añadió a la fe de bautizo, aquel
sobrenombre de ave por el que todo el mundo la fue conociendo, primero en la
escuela elemental en su natal Maravatío, luego en los tiempos que cursó la
secundaria en Pátzcuaro y finalmente en aquella época en que transitoriamente
separada de su madre, fue avivir al lado de unas ricachonas tías segundas, allá en
Morelia, mientras asistía a clases en la Escuela Normal.
¡Y Alondra se le quedó para eiempre! En remedo del pájaro cantor, sedentario
y mañanero, cuyo plumaje parece como la condensación de muchas primaveras.
3
Algunos años atrás …
La señora Evelia: bajita, correosa, con el cabello entrecano, y los inevitalbes
lentes que solía ajustarse a las horas de clase, frisaba en los cincuenta y seis otoños,
era oficialmente viuda y jamás hablaba del que había sido su marido, o de sus años
de matrimonio, que según murmuraban nunca contó con la aprobación de la parentela
acaudalada y pudiente que vivía en Morelia.
Algunas personas, cercanas a la viuda, y que la conocieron en sus tiempos
juveniles, aseguraban que la señora Evelia, había nacido en Ciudad Hidalgo, aunque
ella afirmaba siempre ser oriunda de la antigua Valladolid, aunque eso sí, aclarando
que por un revés de fortuna, dentro del clan pobre de una familia, cuyo influyente
apellido se asociaba desde antes de la época porfiriana con terratenientes poderosos.
Sus relaciones, propiedades y riquezas, los hicieron respetables, y aún los
revolucionarios de las dos contiendas les guardaron los miramientos de rigor,
incluyendo al propio Presidente Cárdenas que les refrendó con señaladas deferencias,
la predilección que les había otorgado cuando fue Gobernador del Estado de
Michoacán.
Sin embargo, la señora Evelia, lejos de buscar la protección y apoyo de su
importante parentela, cometió el acto más imprudencial e imperdonable para aquellos
burgueses: casarse, sin contar con la aprobación y el consentimiento del consejo
familiar constituído por tías, tíos, abuelos y demás parentela, nada menos que con un
obscuro pintor y escultor de iglesias, que aunque dotado de algún talento, sus obras
religiosas, meritorias o no, se fueron empolvando en los modestos altares de templos
pueblerinos sin más trascdencia que la ingenua devoción o el indiferente desapego de
los ignorantes feligreses y aún de los curas zafios, que acostumbraban en aras del
decoro y magnificencia de la casa de Dios, emprender barbaridades con los objetos
de arte confiados a su custodia.
La revolución maderista primero y la guerra cristera después con la
consecuente persecución religiosa hacieron el resto, y si el desconocido artista
restauró con decoro alguna Madgalena penitente o alguna Vírgen de los Dolores con
sus siete puñales, el saqueo, descuido, la indolencia y el polvo, deterioraron las
pinturas, y las imágenes maltrechas, se fueron perdiendo entre ese descorazonador
anonimato que es la paga frecuente del arte. Sin embargo en las iglesias de Tuxpan,
Quiroga, Maravatío, Jungapeo, Acámbaro, y en la misma Ciudad Hidaglo quedaban
algunos Cristos, San Franciscos, un San Lorenzo, una Vírgen del Rosario y una
estatua de San Nicolás de Bari, en condiciones de ser aún considerados por su
indiscutible mérito artístico.
Doña Evelia había olvidado al artista religioso, cuyo matrimonio le había
seguramente atraído el que los suyos le dieran recíprocamente la espalda; y sólo en
una ocasión mencionó que había conocido muchos lugares del estado, peregrinando
de un pueblo a otro, cuando acompañaba al que había sido su esposo, en su trabajo
de restaurador y hacedor de imágenes por encargo. Lo cierto es que tal vez aquel
místico bohemio desafortunado, siempre con los bolsillos vacíos, jamás pudo ofrecer a
su familia una mediana estabilidad. En busqueda continua del pan cotidiano que a
duras penas conseguía con su trabajo duro, casi siempre regateado por los curas
pueblerinos que se hallaban siempre carentes de recursos y quienes a su vez
sobrevivían con dificultades en los poblados pequeños y rancherías, donde el diezmo
se volvía muy delgado, el pobre artista en ocasiones más que con dinero, solía ser
pagado con un canasto de huevos, manojos de gallinas, quesos, frutas, un bulto de
trigo o un costal de maíz. Y allá iba el hacedor de santos con su mujer de un sitio a
otro, improvisando un hogar para algunos meses o semanas, que al concluír su labor
tenía que deshacerse para mudar a muchos kilómetros de distancia.
El cierre de los templos y las consecuentes restricciones al culto,
impuestas por Obregón y Calles, empeoraron las cosas; y cuando al fin el mediocre
decreto de Portes Gil presionado por el gobierno yanqui puso final a las escabrosas
diferencias, la iglesia había quedado profundamente desorganizada y sobre todo
carente de recursos.
Un día la señora Evelia, cansada de aquella vida nómada, declinó seguir a
su esposo a Tacámbaro donde este había conseguido una prometedora y vasta
restauración, y optó por quedarse al lado de una anciana tía abuela por parte de su
madre, en Santa Clara del Cobre, con el objeto de cuidarla de una larga enfermedad.
Alondra que había nacido en Maravatío, llegó con su madre cuando
todavía no cumplía los once años. Su entrada a la escuela primaria coinciidió con la
muerte de la anciana, quién en prenda de gratitud por los cuidados recibidos, heredó a
su sobrina una casa aunque de adobe y piedra, sólidamente construída, en la avenida
Ocampo, algunas tierras que trabajaban los medieros, unas pocas cabezas de ganado
y cien docenas de pesos de plata con la aleación cero siete veinte, producto de las
economías de la vieja que guardaba en un viejo ropero de cedro.
La señora Evelia que pasaba continuamente por apuros económicos,
pues recibía con irregularidad algunas remesas de dinero de su esposo, se vio de
pronto favorecida con aquella ayuda que le caía como llovida del cielo, en el preciso
momento en que más necesitada que nunca aguardaba noticias y recursos de su
marido.
Alondra asistió por primera vez a la escuela portando en el ojal un
diminuto moño negro, pues su madre consideró muy impropio que una niña de tan
tierna edad guardara luto.
A partir de ese momento la vida de la señora Evelia se volvió un tanto
confusa. Malas lenguas afirmaron que el pintor de quién su esposa un día anunció
que había fallecido por una caida del andamio donde trabajaba, en realidad no había
muerto, no obstante que la viuda se alejó unos días del pueblo para acudir a
Tacámbaro a darle sepultura, rezar la misa de rigor por el alma del difunto y los nueve
rosarios correspondientes.
Doña Evelia nunca fue demasiado explícita en cuanto a los detalles del
penoso asunto, entonces empezó a propagarse la infame versión de que en realidad
el pintor había enloquecido y estaba internado en un manicomio donde alternaba
violentas crisis de locura con momentos de lucidez en que clamaba
desesperadamente ver a su esposa y a su hija. El rumor reptó sigilosamente, tratando
a Evelia de egoísta y hasta de cruel, aunque en su descargo se murmuraba que la
pobre mujer solamente intentó evitar a su hija el terrible cuadro de su padre demente.
Después, con el correr de los años, se propagó todavía una nueva ola de
díceres y chismes, pasto sabroso en el atrio parroquial o en el mercado, en ellos se
decía que el pintor había muerto efectivamente a consecuencias de la caida, pero
después de haber pasado por unos meses de larga agonía, imposibilitado y maltrecho
y que su esposa se había negado a auxiliarlo por no descuidar la tía anciana, que
coincidentemente se hallaba a su vez en las últimas, pero de quién esperaba
conseguir la herencia.
Ciertas o falsas esas versiones, no debieron andar tan desencaminadas,
porque la señora Evelia viajaba cada siete u ocho meses a Guadalajara, donde según
ella iba a socorrer a un pariente cuya miseria y ancianidad le habían llevado a solicitar
la protección de un asilo de religiosas. ¿Era ese pariente su marido?
La verdad sólo la señora Evelia la sabía. Más lo verdaderamente probado
fue que a través de algunas amistades y tratándose de una mujer medianamente
culta, el inspector escolar de la zona la nombró maestra rural, empleo digno y
decoroso que vino a proporcionarle los recursos necesarios para sobrevivir y educar a
su hija, cuando la dichosa herencia se había consumido.
El nombramiento la destinó al principio a prestar sus servicios en las
pequeñas y alejadas comunidades rurales, o en las rancherías aledañas; y la maestra
tuvo que confiar a Doña Gertrudis el cuidado de Rosa María, pues la señora Evelia
pasaba semanas y hasta meses en los poblados perdidos en la sierra donde
prácticamente no existía la comunicación, y sólo era posible acceder a lomo de mulos
y después de una caminata de ocho o nueve horas desde Santa Clara, sin embargo,
allá consiguió, entre aquellos humildes campesinos ignorantes de todo, un cierto
prestigio, que se manifestaba en gratitud y en los sencillos obsequios con que los
campiranos premiaban su abnegación, pues en ocasiones realmente no existía
ninguna escuela y esta debía improvisarse hasta bajo los árboles, mucho menos
había médico, o una oficina de correos y el único el tendajón se localizaba a
veinticinco kilómetros del lugar.
La maestra entonces debió vivir en una choza incómoda, construída por
los mismos vecinos, y carente de los más indispensables servicios, pero fiel a su
cometido, se empeñaba por enseñar a los niños a escribir con buena letra, a hacer
cuentas y a enseñarles unas cuantas nociones elementales de geografía, historia y
ciencias naturales; su noble apostolado incluía también hacer otro tanto con los
adultos, muchos rebeldes a ningun aprendizaje, pero a quienes terminaba por
convencer el hecho de que al saber los secretos de la aritmética serían menos
explotados y engañados por los tenderos y compradores de cosechas.
Después de ese largo peregrinar de un rancho a otro, el reconocimiento
de la autoridad le valió a ser transladada a la escuela primaria de Opopeo, pueblecito
cercano a Santa Clara lo que le permitió estar mucho más cercana y al pendiente de
su hija, este nombramiento, en el que ya sentaba plaza de base, implicaba un mejor
ingreso y cuando la directora del plantel renunció, ella se quedó como encargada.
Recién de trabajar bajo jacales improvisados, sin luz eléctrica y con mesas
toscas construídas por los lugareños, Opopeo con sus pupitres largos pintados de
verde, pizarrones, y un desvencijado escritorio que aunque cayéndose de apolillado
servía de parapeto al maestro, unos mapas viejos y hasta una esfera del mundo, el
cambio significaba un bien equipado centro escolar.
Allí la maestra volcó todo su entusiasmo obteniendo no sólo buenos
alumnos, sino una influencia y respeto solamente rebasados por el cura, que aunque
renuente al principio a la enseñanza laica, terminó por aceptar que se podían
aprender cosas útiles, aunque no fueran los mandamientos y no se hablara del temor
a Dios, siempre y cuando, tampoco se hicieran comentarios demasiado entusiastas
por los masones como Juárez, y por los tradicionales enemigos de la religión que
tantos dolores de cabeza habían causado a la iglesia.
El trabajo eficaz de la maestra Evelia terminó por convencer a las
autoridades quienes le facilitaron hacer los estudios por correspondencia, asistiendo
además a las asesorías los sabados por la mañana en Morelia, y cuando concluyó los
estudios fue nombrada maestra de tercer grado en la escuela Vicente Guerrero de
Santa Clara.
A esta satisfacción se sumó la alegría de apreciar que su retoño se
distinguía igualmente en la secundaria por sus buenas maneras, inteligencia y
disciplina.
Así se preparaba el camino para la que había de ser seguramente otra
buena maestra.
¿Donde aprendió Alondra a cantar? ¡Es otra cosa! Tal vez de la aves, de
escuchar canciones por la radio y sobre todo de participar en los festivales escolares,
donde era siempre escogida para actuar en los bailables y coros.
Cierto es que entre las pertenencias de la difunta tía se contaba un piano
vertical con las teclas ya amarillentas, y que su madre quién alguna vez estudió
algunas nociones de música, acompañaba el Himno Nacional en las festividades
septembrinas.
Doña Evelia debió haberle enseñado con los secretos del trou-trou, el punto de
cruz, el bordado con bastidor, la repostería o el corte, las primeras notas; y las
antiguas partituras empolvadas que conservaba de cuando en su casa se organizaban
tertulias y veladas en las noches friolentas de Maravatío, vinieron a engrosar el
repertorio de la pequeña; y cuando esta abandonó la escuela primaria era ya una
consumada bailarina, declamadora y cantaba con tanta afinación y gracia que era la
admiración de todo Santa Clara.
Y para justificar sus dotes, había quién afirmaba que “de tal palo tal astilla”,
era hija nada menos que de artista, y aunque no la había dado por el dibujo o la
pintura, en las demás artes debió haber sacado el talento de su padre, de aquel padre
que aunque quizás se debatía entre la desesperación, la miseria y la vejez, era
visitado de vez en cuando por una esposa egoísta que no obstante había demostrado
que sabía valerse por si misma.
Sin embargo un día repentinamente cesaron los viajes de Doña Evelia a
Guadalajara. ¿Fue tal vez por la muerte del anónimo personaje?
La gente de Santa Clara se fue olvidando del asunto, sólo tuvieron ya
entusiasmos para Alondra, quién había cumplido los quince años, y que era en la
plenitud de su frescura y de su belleza la admiración de todos. ¡El tierno capullo que
despertaba al calor de la vida! y en una inolvidable fiesta que se recordaba siempre
con agrado singular, la señora Evelia declaró que no deploraba el no haberse vuelto a
casar, pues tenía una hija que lo justificaba todo, incluso esa renuncia, una hija que
era su adoración y su vida.
4
un día cualquiera pero del siglo pasado…
Morelia. Ciudad de corte español, barroca, casi monástica, resume el sabor de
la provincia michoacana. Bajo sus arcadas toscanas aún no se han apagado los ecos
de la época virreinal, y allá encaramada en la loma chata y alargada, a la mitad del
Valle de Guayangareo, como una dama dieciochesca, recatada y fina se cubre de
una reminiscencia de leyenda, donde los fantasmas de Don Vasco, de Fray Antonio
de Lisboa o de Fray Antonio de San Miguel parecen deambular en las noches frías,
tan propias de los lugares altos, por los pasillos solariegos, por las calles enlozadas,
por los corredores conventuales que desembocan en jardines musgosos, en cuyas
fuentes suele retratarse la luna llena con blancuras de espanto.
Villa de canteras mojadas, emergiendo entre la escenografía de los cerros
coloreados de púrpura; se han detenido los siglos en sus balcones, y acaso, detrás de
los visillos blancos antepuestos a los pesados cortinajes, tiemblan todavía unos ojos
de azabache.
Las horas del nuevo tiempo no han alterado totalmente la recia tranquilidad de
los portones condales.
Algunos zaguanes envigados siguen abiertos, dejando a la contemplación los
patios pletóricos de helechos y de malvas, de jaulas y de trinos, de azulejos y de
rosas.
Capital sin muchedumbre, aristocrática y serena, mustia y juiciosa, con sus
calles rectas y sus jardincillos con historias viejas y flores nuevas.
Poema de nostalgias, con atardeceres lánguidos, donde la agonía del sol es
cual una pincelada de color.
Sinfonía de campanas llamando a la oración, a la esperanza.
Cielos azules.
Aguas cristalinas, jugueteando en la alegría de las mañanas, refrescando las
tardes calurosas, poniendo murmullos de fondo al canto de los grillos.
Morelia, la de los novios solitarios, espiando una luz, una sonrisa detrás de un
velo, un rostro amado que se evade en la penumbra de las iglesias en las noches de
rosario.
Ciudad de templos y de conventos, de manos tibias, ascéticas, prodigando
bendiciones, de monseñores vestidos de morado bajo el palio procesional.
Aldea grande de canónigos, de letrados que pugnan en la universalidad de la
idea y de la palabra.
Recinto de niños con voces de soprano y de niñas ataviadas de blanco,
ofreciendo flores a la Vírgen en las tardes rubias de mayo.
Villa de los arcos, de las interminables misas cantadas de tres ministros, de
seminarios, bibliotecas, de las serenatas con banda municipal y valses pegajosos y
obsoletos, endulsadas con esas obleas dulzonas que se llaman morelianas.
Refugio de grandezas idas, de tradiciones, de escudos y apellidos. Ocaso de
sueños inconsumados, que se cansaron de aguardar el día de la apoteósis, entre el
tintineo del reloj catedralicio, contando entre melancolías los cuartos de hora, las
medias horas, las fiestas,los oficios, las misas , las bodas y los entierros .. y hasta la
medianoche, hora en que el burdel de Marisela se llenaba de tangos,de músicas
canallescas y pasionales, de muchachas de tarifa, algunas tan jóvenes y bellas, que
apenas se alcanzaban a diferenciar de las otras.
Morelia, la del Teatro Ocampo, la que aplaudió a Alondra y le llenó el
escenario de flores, y recuerdos, esos que se guardan en los albunes; la de la escuela
y las vacaciones, la de las mil cumbres besadas por nubes que descienden atrevidas,
bajándose del cielo para envolver con sus sudarios fríos las cimas, las altas ramas de
los pinos.
La de los cielos estrellados en noches de sabanas bordadas y almohada con
funda almidonada, fría, como un pedazo de hielo, o mejor como la hoja de un puñal
místico.
Morelia. ¡La de Michoacán!
5
Transcurría el año de l952
Era la hora de la merienda, en la que se solía degustar el espumoso
chocolate, la leche entera, amarillenta, que se pegaba a los labios, el camote
tatemado, la calabaza con miel de piloncillo los bizcochos de huevo, las rosquillas de
canela, y los sabrosos estribos y huesos de manteca.
Puntualmente Eudoxia, la vieja sirvienta, quién nunca dejaba de ceñirse el
blanco delantal almidonado, prendía el candil de prismas color de sangre de pichón en
el elegante comedor estilo francés tapizado de terciopelo granate, en la mansión de
los Fernández de Mendoza; una vez colocado el mantel que casi azuleaba, empezaba
a sacar del aparador de las lunas biseladas y los cajones amplios, los platos y las
tazas de la vajilla de Sevrés, despostilladas algunos y con las inequívocas huellas del
uso otras, pero luciendo todavía el monograma casi despintado de la familia y el sello
de origen de la fábrica.
Aquella noche como otras tantas, la merienda era presidida por los austeros
retratos al óleo de los padres: Don Gervasio, con aquel aire autoritario mezcla de
militar y de arzobispo, grave, serio, que desmentía con la severidad de su atuendo y la
dureza de su rostro, aquellas habladurías que circulaban en torno a su vida, en la que
se decía, fue una especie de fauno insaciable, perseguidor de hijas de caporales,
criadas y hasta esposas de campesinos, arrendatarios o servidores de sus vastas
propiedades.
A un lado del hacendado, su esposa Encarnación, con el cuello del vestido
demasiado elevado, en señal de pudibundo recato, la mirada pudorosa y el peinado
alto, mirando con sus ojos bovinos, casi inexpresivos, aquel decorado que fue la
escenografía de su vida de esposa, aparentemente quieta; y cuyos únicos
aconteceres dignos de mención fueron las ceremonias religiosas y los embrarazos,
frustrados algunos, logrados otros, con el fruto de algunos hijos, dos de ellos muertos
cuando pequeños y los que aún quedaban y la veneraban. ¡Pobre Encarna! Entre
confesionarios, novenas, celos reprimidos al igual que las lágrimas, y las consabidas
obligaciones de una casa que era el doble de lo que ahora restaba transcurrió su
existencia, sin otro aliciente que pasear por aquel jardín visitado por decenas de
pájaros que unían sus trinos a los de sus hermanos prisioneros; y leer, sentada en la
banca de metal, casi a escondidas, como si se tratara de una cosa prohibida, las
novelas por entrega cuyo héroe era el legendario “Ladrón de corazones”.
Menos mal que pudo amamantar y mirar complacida como gateaban y
corrían sus hijos adorados, único verdadero lazo con su infiel esposo. A Isabelita, la
de las trenzas rubias que parecía muñeca y que se enamoró perdidamente de aquel
muchacho de Sahuayo, quién perdió la vida cuando se hizo soldado de Cristo y a
cuya memoria ella consagró su vida entera. A Crisóstoma que desde pequeña tuvo
inclinaciones por la monjería, vocación a la que se opuso terminantemente su padre y
que tuvo que conformarse con ser solamente una de esas beatas iglesieras que se
hacen llamar las esclavas del Santísimo, a Próspero, quién hizo honor a su nombre y
muy joven se marchó a estudiar ingeniería a los Estados Unidos y regresó a trabajar
para una importante empresa multinacional, y una vez que hizo un capital se lanzó a
instalar su propia industria en Guadalajara, a Miguel, alumno brillante de la
Universidad Nicolaíta, brillante orador desde que era un adolescente y que terminó
con mención honorífica sus estudios de abogado y ocupó grandes cargos en el
Tribunal Superior de Justicia y en el gobierno del estado, a Cecilia, muerta con su
marido en un accidente automovilístico cuando apenas contaba cuarenta y tres años,
casada con un millonario de verdad y de cuyo matrimonio tuvo sólo un hijo, que colmó
plenamente sus aspiraciones de madre: bien parecido, servicial, honesto, trabajador,
siempre respetuoso y atento y a quién pusieron dos nombres Jaime y Andrés; y a
Consolación, la hija mayor, su primogénita, rebelde, claridosa, independiente, aunque
llena de bondad y de comprensión para los demás, que consiguió romper el ceñido
cerco familiar y le dio media docena de vueltas al mundo, alternando siempre una
carrera publicitaria brillante con infinidad de compromisos sociales, amistades de alto
rango y quién visitaba solamente de vez en cuando la casona moreliana de la Avenida
Madero, pues sus compromisos múltiples la retenían bien en Nueva York, Paris,
Londres o Madrid. Consolación no podía etiquetarse precisamente como la oveja
negra de la conservadora familia, pues lejos de ser descarriada, era una mujer
evolucionada, moderna, perteneciente a una generación que estaba todavía por
llegar, aparentemente podría pasar por excéntrica mas no por inculta pues en sus
visitas a Morelia gustaba convivir y hasta discutir con los sacerdotes progresistas y
hasta un poco liberales que visitaban la propiedad; casi siempre a instancias de
Crisóstoma. Consolación era la única a quién se toleraba hacer burla de lo del rancio
abolengo y hasta de su padre, Don Gervasio, cuya fama de mujeriego divertía
enormemente a la hija divorciada de los prejuicios. Fue siempre la hermana
inseparable de Cecilia y cuando esta murió, se convirtió virtualmente en madre de
Jaime Alndrés su sobrino, a quién empezó a considerar como a un verdadero hijo.
Con la última campanada de las ocho dada por el reloj de piso y coreada por
los de la catedral y los de las iglesias aledañas, se escucharon las pisadas de Isabel
quién bajaba de su habitación sonando sus tacones altos en la escalera de mármol y
casi al unísono se escuchó chirriar la chapa de la puerta del zaguán seguida del
consabido golpe. Era Miguel, el abogado, que haciendo honor a la puntualidad y al
orden que a sus cuarenta y dos años se le había vuelto manía, regresaba a su casa
apretando bajo el brazo el portafolio lleno de documentos que se proponía estudiar y
examinar trabajando en muchas ocasiones hasta las primeras horas de la madrugada.
Chabelita, como llamaban a Isabel, saludó familarmente a su querida nana y
ambas se pusieron a planear los platillos para el almuerzo del día siguiente.
-¿Y Crisóstoma? -preguntó Isabel.
-No debe tardar. -respondió Eudoxia- Hoy predicaba el padre Elías en San Diego y
acostumbra alargar demasiado sus sermones… pero a la señorita le gusta tanto
escucharlo…
Miguel apareció en el comedor y con fraternal delicadeza fue a poner un
beso en la mejilla de su hermana, tal si se encontraran después de una larga
ausencia, en lugar de las pocas horas que habían mediado desde el mediodía.
Portaba un traje azul marino, camisa blanca y corbata obscura.
-¿Cómo vamos? -Interrogó a guisa de saludo.
-Esperando a los rezagados de siempre Don Miguel. -contestó Eudoxia.
-Crisóstoma que asiste a todos los oficios de las iglesias … y Consolación que quién
sabe que extravagancia se le habrá ocurrido ahora. -explicó Isabel.
El jurisconsulto que había colocado sombrero y paraguas en los debidos
compartimientos se fue a lavar las manos y regresó para instalarse en la cabecera de
la mesa, mientras extraía un grueso legajo del portafolio.
-¿Quieres que te sirva?- Le preguntó su hermana.
-No corre prisa. Esperaremos. Apenas acaban de dar las ocho. Ya no deben tardar
en llegar.
-¿Sigues con el pleito de los Solórzano?
-Hum Hum … -contestó- No hay para cuando terminar. Esto ya se ha convertido en un
reto personal. Es cuestión de prestigio.
-Debías de haber aceptado la transación que te proponían.
-Tu no sabes de estas cosas. El depacho es serio. Nunca hemos resuelto un asunto
que no se ajuste a las reglas del derecho . Para eso me pagan. Y porque saben que
soy honesto en mis arreglos me buscan. Mis colegas se ríen de mi, pero yo me doy el
lujo de aceptar o rechazar negocios, mientras que ellos … toman mis sobras.
-Pero trabajas demasiado.-sentenció Chabelita- Deberías renunciar a las clases por lo
menos.
-Ni pensarlo. Tengo una deuda con el Alma Mater y hay que cumplirla. -declaró
calándose los lentes.
Crisóstoma apareció en el umbral del comedor. Nunca se escuchaban sus pasos
sigilosos, casi monjiles. Era una mujer de edad indefinida, que bien disimulaba sus
cuarenta y seis años cumplidos, vestía un traje de paño de dos piezas color obscuro,
una blusa sin escote y una mantilla negra que le caía sobre los hombros. En la mano
apretaba un grueso libro de oraciones y un rosario con indulgencias de Tierra Santa
que rezaba siempre hasta dos veces cada día, arrodillada y con los brazos en cruz, y
todo para implorar a Dios que liberara a su hermano de aquella mala mujer, que
según decían las malas lenguas era la querida del abogado y con la cual había
procreado un hijo. No obstante, en ocasiones, la mujer buena que era en el fondo a
pesar de su intransigencia en cuestiones de religión, oraba para que el empedernido
pecador, al menos se decidiera a ordenar debidamente esa unión, de la que por lo
visto le era tan difícil desprenderse y santificarla con el sacramento del matrimonio,
renunciando a vivir en el amasiato, que equivalía según ella, a un seguro pase a la
condenación eterna. La sola idea de la muerte repentina y del infierno para uno de su
familia, la ateraban de tal maneraque imploraba a Dios con todas sus fuerzas enviara
sobre el ciego la luz del arrepentimiento y de la final conversión, Miguel, quién ni
aceptaba ni negaba sus frecuentes acusaciones y advertencias, se concretba a
responderle, que Dios estaba demasiado ocupado para entrometerse en las
debilidades humanas; mientras Consolación quién solía reírse de todo, le preguntaba
si la tal pecadora era guapa, y entre una alegre discusión, en la que le llovían a la
pobre beata tres o cuatro claridades se concluía el asunto, que archivado, no se volvía
a tocar hasta transcurridos algunos meses.
-Santas y buenas noches tengan ustedes. -dijo la recién llegada.
-Te estábamos esperando. -advirtió Chabelita.
-El sermón del padre Elías estuvo extraordinario. Habló de esos pecadores reacios a
escuchar la voz del Señor hasta que están en las últimas… muchas veces
inconcientes o incapacitados para arrepentirse y pedir perdón.
-¿Ven? ¡Se los dije! -comentó Eudoxia.
-¿Dos horas de sermón? -preguntó Miguel- ¡Qué aguante del orador y de los pobres
feligreses!
-¡Dios no obliga! -replicó airada Crisóstoma- Y tampoco fueron dos horas de sermón.
Se rezó el rosario y se dio la bendición con el Santísimo y la procesión …
-¿Ya les sirvo? -preguntó impaciente Eudoxia, dirigiéndose a Chabelita quién
gobernaba la casa desde la muerte de Encarna.
-Esperaremos cinco minutos más. Cuando hay visitas uno tiene que adaptarse a ellas.
Hablaba por Consolación a quién a partir del momento en que había abandonado la
casa paterna para instalarse por su cuenta en la ciudad de México, era consideraba
como una visita, aunque el inmueble, soberbia herencia paterna, pertenecía a toda la
familia.
Desde el corredor se escucharon algunas voces. Era Consolación que llegaba con
otra persona y daba las buenas noches a Margarito el jardinero.
-Ya llegó nuestra hermana. -dijo Crisóstoma- Gracias a Dios.
Consolación era una mujer fornida, blanca, con el pelo entrecano, de
movimientos seguros y una agradable personalidad. Alegre, dicharachera, informal y
hasta sarcástica, era la hermana mayor de aquellos provincianos tímidos, demasiado
tradicionalistas, con ribetes aburguesados, aunque también el reverso de la medalla.
Traía un vestido blanco de gran vuelo, moteado con lunares negros que cubría con un
abrigo de elegante corte, complementado con zapatillas de charol, bolso del mismo
material, y lucía perfectamente peinada, maquillada y alhajada, disimulando a la
perfección su medio siglo. Pronta a la risa, a la broma, solía llamar a las cosas por su
nombre, acarreándole fama de disparatada, más aún así, resultaba ser la mejor de la
familia.
Venía seguida de una muchacha de diecinueve años que miraba entre
silenciosa y azorada en su derredor. La joven vestía uniforme azul, que aunque limpio
y bien planchado era modesto, delatando el clásico distintivo de las normalistas, los
cabellos recogidos en dos mitades le caían hasta los hombros suavemente quebrados
y el rostro apenas delataba un poquito de rouge sobre los labios. Las mejillas no
obstante se le habían encendido, y es que en octubre suele soplar en Morelia un
airecillo, cuyo frío que no amerita la ropa gruesa, pero puede resultar inapropiado si se
usan prendas demasiado delgadas.
-¡Miren lo que les traigo! -dijo Consolación señalando a la joven- La encontré
comprando dulces en los portales. ¡Y nada más verla y la reconocí al instante! …
aunque buen trabajo me ha costado convencerla que aceptara venir a merendar con
nosotros.
-¿Quién es? -preguntó Chabelita levantándose a saludar a la recién llegada.
-¿Quién va a ser tu? Ahora resulta que hasta te estás volviendo ciega. ¡Ni que
estuvieras tan vieja! Pues es tu sobrina ¡Nuestra sobrina!
-¡Alabado sea Dios! -exclamó Crisostóma levantándose.
El bigotillo negro de Miguel tembló ligeramente pero dejo el asiento para venir a dar la
bienvenida a la joven.
-¿Rosa María? -pregunto Isabel.
-¡Pues claro! -convino entusiasmada Consolación. -¿O ya no reconoces a tu sangre?
-¡Estás muy crecida hija! ¿Y cómo está tu mamá?
Rosa María se adelantó para dar la mano a sus tías incluyendo a Eudoxia quién ya
ponía otra taza sobre la mesa.
-Está muy bien. Muchas gracias señora.
-¿Cómo que señora? -demandó airada Isabel.
-¡Ay tu, pues ni que llevaras letrero! -interrumpió Consolación y dirigiéndose a la chica
agregó- A esta hay que tratarla siempre de señorita.
Rosa María enrojeció.
-Perdón señorita.
-Soy tu tía aclaró Isabel- ¡Llámame tía!
Miguel carraspeó un poco.
-Usted es … mi tía Crisóstoma ¿Verdad? -Añadió tartamudeando la muchacha.
-La más humilde esclava de Nuestro Señor Sacramentado -Admitió la aludida.
-Yo soy Miguel. -Se identificó el abogado Te cargué cuando eras muy pequeña allá en
Maravatío, pregúntale a tu madre haber si se acuerda… aunque nos ha echado la
tierra encima ¡Cómo si no existiéramos! Mamá no tenía rencores y nos enseñó a
querernos entre todos. ¿Qué haces por aquí?
-Estudio señor tío, en la Escuela Normal.
-¿Vas a ser maestra? -preguntó Isabel con cierto dejo de desdén y agregó- ¡Igual que
tu madre!
-¿Y donde está Evelia? interrogó Crisóstoma.
-Vivimos en Santa Clara; y ella en la escuela.
-Y tu por acá sola, en medio de tantos peligros para una joven. ¡Dios misericordioso!
¿Y vas a misa?
-Los domingos. -Admitió Rosa María.
-La iglesia nos enseña que se debe oir devotamente la santa misa por lo menos los
días de guardar, pero es muy saludable para nuestras almas, acercarnos todos los
días al Santo Sacrificio.
-No puedo asistir a diario. Tengo clases a partir de las siete de la mañana -explicó la
aludida..
-¿Y a donde vives? -Demandó curiosa Isabel.
-En una casa de huéspedes. Allí nos hospedamos algunas muchachas que venimos
de fuera a estudiar.
-¿Pero como tu madre te ha permitido …? -intervino Miguel.
-Necesito titularme para conseguir trabajo. -respondió la joven.
-¡Claro! -convino el abogado. Para ser maestra, así sea en la última escuela del
estado, se debe estar titulado. Eso es lo que quería Vasconcelos, que se acabaran
todos los favoritismos.
-Tú y tu Vasconcelos … -Objetó Chabelita.
-Pero siéntate -invitó Consolación, quien había dejado el abrigo sobre el sofá.- Vamos
a merendar.
Eudoxia acercó la jarra del humeante chocolate y empezó a servir, luego
mirando a Alondra le sonrió cariñosamente para decirle:
-Los mismos ojos de su padre. ¡Es su vivo retrato!
Crisóstoma con los ojos semi cerrados y las manos ensimadas murmuraba:
-Señor, bendice estos alimentos que recibimos de tu generosidad, por los que te
damos las gracias.
Un mofletudo obispo alojado en un viejo retrato miraba complacido a su cristiana grey
familiar.
Alondra se llevó tímidamente el espumoso líquido a los labios. Estaba entre
los suyos, que repentinamente silenciosos, parecían haberse quedado a solas para
rumiar sus pensamientos. Era a pesar de todo, una Fernández de Mendoza; que por
primera vez se sentaba en el austero comedor familiar.
6
pocos días después …
Al final tía Consolación se salía siempre con la suya, imponiendo su parecer
a su cautelosa y desconfiada familia, en aquella ocasión la más difícil de convencer
fue Isabel quién se resistía tenazmente a aceptar en su casa en calidad de huésped, a
la hija de Evelia “una insignficante maestrilla” hija natural y por supuesto no muy
deseada de aquella Clotilde, un amorío del mujeriego padre, y que tantas lágrimas
costó a mamá Encarna.
Crisóstoma fue mucho más flexible, en el fondo nunca le había disgustado el
hacedor de imágenes sagradas, quién había dejado inúmeros testimonios de su arte y
de su fe en las iglesias de la región, así que pronto simpatizó con la idea de su
hermana mayor.
Miguel más práctico, aunque prudente por naturaleza, primero indagó con
mucha discrección acerca del comportamiento de la normalista; y haciéndose el
aparecido una tarde en la casa de huéspedes, allá por la calle del Nigromante, sacó
en claro, que aún sin la vigilancia familiar, las pensionistas se manejaban con una
cordura y moralidad realmente ejemplares, la señora Concha, aparte de cobrar un
alquiler muy económico y de proporcionarles una alimentación sino excelente al
menos abundante, cuidaba de su pequeño rebaño como si se tratara de sus hijas. Los
cuartos eran amplios y bien ventilados, y las muchachas unas más estudiosas que
otras vivian en franca camaradería, recogiéndose al filo de las diez de la noche,
algunas tenían incluso novio, y en tal caso este era recibido en el saloncito de la viuda
donde platicaba a sus anchas con la pensionista, mientras saboreaba un café o un
vaso de agua de jamaica, aunque nunca después de que sonaban las nueve.
En realidad a Miguel, le agradó desde un principio aquella sobrina en la que
descubrió la buena casta de los Fernández de Mendoza, aunque el apellido paterno
de la joven le recordara a cada momento que era hija de un artista pobre y
seguramente de escasos méritos Es posible que también haya influído en la decisión
del abogado un poco de arrepentimiento, porque su señor padre, Don Gervasio,
había dejado a Evelia, su hija fuera del matrimonio legítimo, una pequeña herencia
que nunca le fue entregada, entre otras razones porque la interesada no la requirió,
sus medios hermanos nunca se ocuparon de ella; y sólo vieron en Clotilde a la intrusa
que había contribuído a quebrantar un hogar cristiano.
Sopesados los pros y los contras, decidieron conjuntamente una tarde de
domingo llamar a Rosa María y después de la comida comunicarle que iba a ser
recibida en calidad de huésped mientras continuaba sus estudios en Morelia; apenas
planteada la propuesta que naturalmente sorprendió a la joven, Miguel dispuso que
Margarito fuera a recoger aquella misma tarde sus pertenencias a la pensión;
Consolación advirtió que aunque actuaban con manifiesta buena fe, aquella autoritaria
decisión debía de ser consultada con la interesada. Rosa María enrojeció. Deseaba
ante todo ser agradecida por aquella inesperada deferencia de su lejana familia que le
abría los brazos, pero a su vez quería evitarles molestias y declinaba perder su sitio
en la casa de la señora Concha quién con tan señalada bondad la había tratado
desde el principio, además, y esto era lo más importante, ella debía consultar primero
con su madre, quién daría la última palabra, pero los Fernández de Mendoza
acostumbrados a mandar y a ser obedecidos no aceptaron sus objeciones y Miguel
convino en escribir a la señora Evelia para avisarle que su hija había sido reconocida,
protegida y adoptada por los suyos quienes desde aquel momento la recibían con los
brazos abiertos.
Rosa María acorralada sólo solicitó a sus tíos que le permitieran ir en persona
a despedirse de la señora Concha, darle las gracias y prometerle que volvería en
busca de sus comdiscípulas con quienes planeaba reunirse para estudiar.
Con la espectación por su porvenir y el inevitable gusto de vivir en la señorial
mansión, Alondra llegó a su nuevo domicilio bien entrada aquella tarde de domingo,
seguida de Margarito quién le ayudaba con su maleta y los paquetes de sus libros.
Chabelita y Consolación que todavía discutían si había sido prudente o
demasiado acelerada la decisión, guardaron inmediatamente silencio al verla llegar,
procurando hacer sentir a la muchacha que era recibida con el benaplácito y la mejor
voluntad de toda la familia.
Chabelita seguida de Eudoxia la condujeron hasta la que iba a ser su
habitación, era una agradable recamara tapizada con un papel color naranja, estaba
en el piso alto de la casa y poseía una enorme ventana que daba hacia el jardín, los
muebles eran de nogal obscuro, la cama demasiado grande para una sola persona, el
ropero portaba una francesa pero cabían además sobradamente un tocador con su
taburete, una mesa de noche y un reclinatorio al pie de una imagen de Cristo
crucificado.
Alondra dio las gracias efusivamente a Consolación a quién estampó el primer
beso en la mejilla y aunque más discreta con Isabel le rogó que la dejara ser útil en
todo lo que pudiera ayudar, para lo que inclusive estaba dispuesta a aprender lo
necesario, pues no deseaba que su permanencia en la casa aumentara el trabajo de
la buena Eudoxia y mucho menos dar molestias a sus queridas tías que con tanta
generosidad la favorecían, sino muy al contrario, pedía ocupar el tiempo que le
dejaran sus estudios en hacer todo cuant o le mandaran.
Isabel la escuchó complacida y le ofreció cumplir sus deseos. Alondra subió a
desempacar sus pertenencias, y notó que habían dejado una lámpara de escritorio
para que pudiera estudiar de noche.
Poco antes de las siete se oyeron unos suaves golpecitos en su puerta y
apareció Crisóstoma que le llevaba un bonito lavalle nuevo y un rosario, Alondra le dio
las gracias y le ofreció acompañarla cuando pudiera a los oficios religiosos.
A las siete y media bajó para pedirle a Eudoxia que le permitiera ayudarla a
servir la merienda, indicándole previamente le dijera donde estaban los enseres del
comedor, la pobre vieja, protestó por el ofrecimiento, todavía le quedaban fuerzas
para atender a su niña Chabelita y a sus patrones; y sólo ante la insistencia de Rosa
María accedió a permitirle que la ayudara un poco, escena que fue sorpendida por
Miguel que al instante se prendó del comedimiento y buena voluntad de la muchacha,
así que al concluír su vaso de leche tibia la invitó a conocer la biblioteca, donde la
magnífica colección de títulos no sólo de jurisprudencia sino de literatura y ciencia
despertaron tal interés en la normalista, que por su entusiasmo fue al punto autorizada
para consultar el libro elegido, sin otro requisito que dejar una señal en el lugar exacto,
Alondra agradeció la confianza y ofreció a su tío sus servicios de taquimecanógrafa
.que desde luego fueron muy bien recibidos.
En la sala sus tías saboreaban una copita del riquísimo rompope casero,
entonces Alondra venciendo su natural timidez decidió ganarse la buena voluntad y el
aprecio de su parentela y previo permiso para abrir el piano, tocó primero el “ Vals
Poético” de Felipe Villanueva y luego, cuando atrajo la atención de su admirado
auditorio y le dieron confianza las sonrientes caras que veía en su derredor cantó con
una voz dulcísima “El Faisán” de Miguel Lerdo deTejada; y como los aplausos se
redoblaran entusiastas interpretó con exquisito timbre “Noche Azul! de Espinosa de
los Monteros.
Consolación aplaudió frenética mientras repetía:
-¿No se los decía yo? ¡Es una auténtica joya! Y luego dirigiéndose a la ejecutante
agregó- Tu abuelo, a quién no alcanzaste a conocer, tocaba espléndidamente la
mandolina.
El padre Manjarrez que se aparecía de tarde en tarde a las tertulias abrió las
cortinas de terciopelo carmesí cuando la artista interpretaba “El Rosario” de Nevin,
Crisóstoma fue a su encuentro, y Chabelita y Eudoxia hicieron ademán de levantarse,
pero el sacerdote las hizo señas de que no interrumpieran a la ejecutante y fue a
sentarse al lado de Miguel quién le señaló una butaca a su derecha.
Nuevamente fue aplaudida y por supuesto presentada al sacerdote quién la
invitó a cantar en los oficios divinos, porque Dios que le había otorgado tan regios
dones, debía de ser el primero en disfrutarlos.
Alondra dio las gracias por la invitación y Eudoxia sirvió otra ronda de copas de
rompope. A las diez y media de la noche el padre Manjarrez recordó que se levantaba
de mañana a decir la misa de seis y dando las gracias por la velada se despidió, otro
tanto fueron haciendo Eudoxia que cabeceaba hacia rato y las tías; y sólo la luz en la
biblioteca de Miguel y la lámpara en la recámara de la estudiante quedaron
encendidas todavía un buen rato.
A partir de aquella tarde memorable de la que la joven nunca pudo olvidarse
cambió gradualemte la vida de todos.
Miguel, cuyo nombre sonaba insistentemente para diputado y a veces hasta
para gobernador, encontró en la muchacha una eficaz secretaria, quién siempre
sonriente y dispuesta tomaba sus dictados, revisaba su correspondencia y le
recordaba sus asuntos para el siguiente día, Crisóstoma encontró una acompañante
comedida y devota, Consolación a quién su familia aburría siempre empezó a
frecuentar Morelia aunque siempre pasaba mucho más tiempo en México, e Isabel, la
más dura en apariencia, quién no olvidaba el hecho de que se trataba de la hija de
una pobre maestra, vástago del adulterio de su padre; terminó por cederle algunas
responsabilidades de la casa, empleando su tiempo ocioso en volver a leer las
románticas historias del “Ladrón de Corazones” en el enorme jardín donde solía
recordar al novio cristero que nunca volvió de la guerra, y empezó a ver en Alondra
una reminiescencia de su juventud frustrada, o quizás la hija que le habría gustado
tener; y cuando Rosa María tuvo que regresar a Santa Clara en el consabido período
de vacaciones, Chabelita le mandó hacer tres vestidos de elegante corte y hasta le dio
dinero para que le llevara un regalo a Evelia; Alondra intentó rehusar tanta
generosidad, pero al ver los ojos húmedos de su tía la estrechó con ternura y prometió
escribirle cada tres o cuatro días, promesa que cumplió con toda formalidad.
Y por vez primera, aquellos Fernández de Mendoza, austeros, egoístas,
esperaron con emoción el.día del retorno a clases de la normalista.
Consolación sabía salirse siempre con la suya.
.
7
corría el mes de marzol
Jaime Andrés el hijo de la difunta Cecilia, era un muchacho alto, fornido,
blanco, con el cabello castaño claro, y un aire de buenazo, de sencillo y de satisfecho,
que causaba una inmediata simpatía con sólo tratarlo un momento; adaptable y
complaciente, recibía en silencio las reprimendas agrias de tía Chabelita, los
paternales consejos de Miguel casi siempre reprochándole alguna imaginaria
calaverada, por más que el abogado no anduviera muy exento en cuanto a
debilidades por las faldas aunque con mucha discrección y sigilo para que su imagen
de hombre sobrio no se desluciera jamás.
Para Crisóstoma su sobrino era un ateo consumado, que cada vez se alejaba
más de los sacramentos y que al no confesar y comulgar con la frecuencia que la
iglesia ordenaba había conquistado su pase seguro para irse con todo y zapatos al
infierno.
Jaime Andrés, deportista, sano, despreocupado, desprendido del dinero y sin
ningun apego ni por las tradiciones, los obsoletos principios y el apellido, respondía a
su santurrona tía con unas cariñosas palmaditas en la espalda, mientras le sonreía
bonachón y cariñoso. Dos razones solían llevarlo a Morelia que no eran precisamente
las de hartarse de sermones y consejos: pasar unos días tanquilos en la vieja casona
en cuyo jardín pletórico de dalias cárdenas, amapolas como llamas y crisantemos
gustaba reconciliar sus sueños y ordenar sus pensamientos, pero sobre todo estar
cerca de la tía Consolación a quién veía como a su segunda madre, de tal manera
que cuando las estadías de ella se prolongban en Morelia, Jaime Andrés se hacía
inmediatamente el aparecido, con el reproche del resto de su parentela que objetaba
que sólo cuando estaba Consolación se dignaba visitarlos, aunque después de una
semana terminaba irremdiablemente por aburrise de rompopes, galletitas, iglesias,
biblioteca, tíos, conversaciones desmayadas y comidas formales y tediosas servidas
con esmerada puntualidad, luego retornaba a la ciudad de México, trayendo en su
bagaje media docena de consejos prácticos de tía Consolación y hasta algunas
demostraciones cariñosas de sus tíos, que vencidos por el buen carácter del joven,
cuando ya estaba por regresarse se volvían mucho más amables y comunicativos, tal
vez por que se acostumbraban demasiado pronto a su compañía.
En aquel final de un febrero frío, en el que apenas calentaban débilmente
los rayos del sol a medio día, Jaime Andrés se encontró con una novedad, no dormiría
en la habitación de costumbre, pues le había sido asignada a una desconocida prima
que estudiaba la Normal y quién regresaría en los últimos díoas del mes o a principios
de marzo.
Tía Chabelita lo hizo acomodar de pronto en la habitación contigua, pero
advertida por Crisóstoma quién gratuitamente le había adjudicado el prestigio de
mujeriego, decidieron mandarlo a una habitación precisamente al lado opuesto,
espaciosa, asoleada y que por años había ocupado su tío Miguel antes de mudarse a
la actual, contigua a la bilbioteca.
Jaime Andrés sonrió ante la previsión de sus tías y hasta quiso conocer
algunos detalles acerca de la nueva huésped de la casa a quién se le había hecho el
favor de hospedarla mientras duraban sus estudios,seguramente dijo para sí, con el
objeto de evitar que vaya a caer en una de esas trampas que el diablo suele poner a
las jóvenes; se le informó además que era una parienta, hija de una querida de su
abuelo, Evelia, quién se casó con un obscuro artista y que tuvo del matrimonio una
niña, a quién no obstante se le veían excelentes disposiciones para el estudio y que
además gustaba de tocar el piano y hasta de cantar.
A Jaime Andrés se le despertó alguna curiosidad por la provinciana, aunque
acostumbrado al trato de las hermosas mujeres con quienes solía relacionarser en el
hipodrómo, en el frontón, o en las recepciones de las embajadas a las que
frecuentemente era invitado, apenas concedió alguna importancia a la que supuso
sería una muchacha insignificante, cuya meta era convertirse en ser una maestrilla de
escuela elemental.
Un viernes por la tarde le informaron que Mayra la muchacha que lo había
cautivado verdaderamente había salido para Estados Unidos, viaje del que ella no le
había comentado siquiera una palabra, pese a que conversaban largamente por
teléfono a larga distancia, pero aunque decepcionado, admitió que no tenía ningún
derecho de reclamar a una amiga el que no le tuviera al tanto de sus proyectos, así,
que llevando algun rencorcillo inapagado decidió con mayor razón quedarse en
Morelia algunos días más buscando la compañía, los consejos y el apoyo de su tía
Consolación, aunque ésta, en ocasiones, contrastando con el significado de su
nombre, en lugar de consolarle, solía tratarle de cretino y de torpe con las mujeres,
quienes, aseguraba, eran hijas de la mala vida; y para corroborarlo añadía: “Yo
también soy mujer y no me hago la chiquita”. Al muchacho le divertía esa franqueza,
aquella manera de llamar a las cosas por su nombre y sin rodeos; y aún a sabiendas
de que cada vez que le participaba de sus contratiempos en su vida íntima, no
escarmentaba; reuniendo todos los detalles de sus barrabasadas y tonterías, refería a
la claridosa dama los hechos, los pensamientos y por supuesto las consecuencias,
con el pésimo resultado del que una buena vez que la tía Consolación se enteraba de
lo que llamaba increíbles barbaridades, le daba buenos y certeros consejos que con
irrebatible lógica orientaban a aquel muchacho, que con mentalidad de adolescente se
las daba de capitalino. Y así, el mismo día en que su amiga voló sin previo aviso a
Nueva York, él se propuso concentrarse en las complejas relaciones de Ema Bovary,
la heroína de Flaubert; constatando que por lo visto la inconstancia era una
característica muy femenina de la que no estaba exenta tampoco la veleidosa Mayra;
pero a las seis de la tarde escuchó en el zaguán siempre silencioso un parloteo
desusual, seguido de risas y exclamaciones. El joven no pudo reprimir la curiosidad y
dejando el libro sobre la mesa de noche de su recámara se dirigió al balcón y
descorriendo los visillos de encaje, descubrió a sus tías Isabel y Crisóstoma que
seguidas de Eudoxia, daban la bienvenida a una joven, de la que no pudo mirar mas
que la parte superior de su cabeza y a quién flanqueaban, la tíaConsolación quién
habia ido seguramente a recogerla a la estación del ferrocarril y Margarito quién subía
las maletas de la recién llegada.
Jaime Andrés regresó los ojos a Flaubert, y sólo cuando Eudoxia llamó para
avisarle que lo estaban aguardando para la cena, cerró el libro que como una extraña
precognición lo había infectado de duda y de desasosiego, se lavó las manos
impregnadas del olor al papel viejo y procurando disimular su inquietud se presentó
armado de su mejor sonrisa en el comedor de los Fernández de Mendoza.
8
días después
Morelia: tus cuatrocientos años los vieron juntos.
Ella desbordante de alegría, ostentando en su cuerpo el hechizo de sus
veinte primaveras, bella como la flor del almendro. Su tez blanca que insinuaba una
blancura espléndida hubiera imantado el pincel de Velázquez, el de los cielos azules
madrileños; los ojos expresivos café obscuro miraban siempre dulces, y la boca lucía
aquel mohín mitad travieso y juguetón que contrastaba con la paz sedante que se
alojaba en su rostro y que misteriosamente parecía emerger de ella e inundar a
quienes compartían su trato.
Jaime Andrés cinco años mayor que ella y tan alto que Rosa María con
todo y tacones apenas le llegaba al hombro, se sintió de pronto como uno de esos
gigantes buenos de los cuentos que se topan de pronto en un bosque o entre una isla
desierta, con una princesa encantada, frágil, como una indefensa muñequita de carne,
que él podía poner sobre la palma de su mano y a quién para protegerla bastaba
cerrar el puño.
Pero el agradable hallazgo fue mucho menos romántico. El comedor de
los Fernández de Mendoza era demasiado formal para manifestar esa vehemencia de
los jóvenes, que conllevaba impulsos prontos y ternuras fáciles.
Para aquel cuarteto de solterones se habían fugado hacía demasiado
tiempo los sueños, quedándoles apenas los dogmas, los cálculos, las católicas
resignaciones, los tradicionales convencionalismos sociales, el orgullo de casta, la
tiránica responsabilidad de su apellido, la compostura y aquella endiablada austeridad
con la que habían nacido, sin posibilidades de desprenderse jamás de ella.
No obstante en aquella noche, la espontánea risa de Alondra como una
lluvia de oro, volvió a refulgir contagiando con su regocijo alado de verdadero pájaro,
los ensierecidos rostros de los graves comensales.
Jaime Andrés olvidado de Mayra y de Madame Bovary, convino que su
prima sabía mirar bellamente y que con todo y ser una pueblerina poseía esa gracia
del cisne, que nadie se la ha enseñado y que parece ser parte de él; pero lo que más
le atrajo, fue aquella mueca risueña perpetuamente hospedada en su boca, y luego,
cuando él le dijo con galanura que la encontraba realmente deliciosa, le divirtió aquel
sonrojo sobre la pelusilla rubio-obscuro en sus mejillas de durazno, aquella súbita
vergüenza de ser bonita.
Isabel y Crisóstoma atentas a los jóvenes se miraron, corroborando
silenciosas la fama de insaciable cazador del muchacho, y Miguel puso discretamente
énfasis en lo del parentesco, pero Consolación divertida y romántica, miraba con ojos
benévolos la escena.
Eran dos jóvenes, dos seres que poseían esos inigualables tesoros que se
le iban resbalando a ella como arena entre los dedos, a pesar de sus heroícos
esfuerzos por retenerlos: el entusiasmo y el insaciable anhelo de vivir.
El resto de la velada transcurrió normalmente, Jaime Andrés solicitó a su
prima el tuteo, pero ella persistía en hablarle de usted, por lo que el joven la corregía
continuamente, hasta que tía Consolación tuvo que intervenir, advirtiendo a Rosa
María que aunque su primo era algunos años mayor que ella, era realmente un
muchacho crecidito; Crisóstoma opinó que era mejor que se respetaran desde el
principio, en previsión de futuras confiancitas y Consolación sin poderse contener
lanzó una carcajada, asegurando que el tuteo no significaba que la violara, Isabel
exasperada, con las pupilas redondas y una asombrada indignación en el rostro, le
recordó que nunca antes habiera osado reprender a su hermana mayor, pero que
seguramente aquellas expresiones en la sobremesa habrían escandalizado
seguramente a su madre, además Rosa María sólo era una jovencita incapaz de
albergar en su mente las liberalidades de la cincuentona, seguramente recogidas en
sus travesías por esos países depravados sin temor de Dios.
A eso conducía el ateísmo, opinó al punto Crisóstoma, pero Consalación
se defendió argumentando que gracias a la represiva educación de su madre, las tres
hermanas se habían quedado precisamente para vestir santos.
Isabel se desquitó asegurando que tuvo novio y que lo quiso mucho, pero
que perdido éste no le había interesado tratar a ningun otro hombre, decisión en la
que no habían tenido que ver los principios maternos; al final, Miguel observó que
Alondra se sentía apenada y cohibida por ser la causa indirecta de la discusión y optó
por solicitar a su sobrina como era su costumbre que cantara alguna melodía, lo que
Alondra hizo en obsequio de sus tíos y de su primo, que apenas la vio acercarse al
piano, empezó a aplaudir con sus manazas.
“Tienen tus ojos un raro encanto,
tus ojos tistes como de niño,
que han tenido algún quebranto,
tus lindos ojos que tienen llanto.”
Jaime Andrés seguía la letra de la canción pensando en Mayra, cuya
conducta encontraba muy descortés, y tuvo que reconocer para su pesar que era
caprichosa y voluble; en cuanto a él, habría deseado poseer un absoluto dominio
sobre su mente para no pensar más en ella, menos aún cuando sus melancólicas
actitudes no habían escapado a las perspicaces miradas de Consolación; preocuparse
por aquella tontería le sublevaba y siguiendo uno de sus raros impulsos dignos, trató
de sobreponerse fingiendo una alegría que estaba muy lejos de poseer y que afloraba
a ratos forzada, estrepitosa, si bien a través de la grata tertulia se fue volviendo
sincera. El joven convino que la amistosa presencia de Alondra le estaba acarreando
un bien inmejorable.
Y así fue. Jaime Andrés y Alondra se hcieron inmediatamente amigos,
despertándose en sus almas una fraternidad noble y desinteresada; él, porque estaba
enamorado de la otra y veía en la normalista una chiquilla ajena a sus sueños, es
decir sólo una buena amiga, ella, porque pensaba más en su madre, en el día de
recibir su título y en retornar a Santa Clara donde era esperada y querida; y además
porque veía, con esa temprana e inequívoca intuición de la mujer, en aquel simpático
Fernández de Mendoza, el más rotundo de los imposibles.
La franqueza respetuosa en el trato de ambos alejó las objeciones que las
tías hubieran podido concebir, por otro lado, la inocencia de la muchacha y el hecho
de que Jaime Andrés la mirara realmente como un familiar las tranquilizaron de
antemano; y cuando la pareja advirtió haberse divertido de lo lindo en la primera
excursión por el barrio de Santa María de Guido, Crisóstoma ofreció su intercesión
para que les permitieran visitar la preciosa capilla del Seminario Tridentino, con cuyos
sacerdotes llevaba una antigua amistad.
Jaime Andrés y Alondra incansables vagabundos volvieron a caminar las
calles estilo colonial del barrio; desde allí se podía mirar en toda su extensión el valle
de Guayangareo en cuyo seno se recuesta la villa; entonces, como dos exploradores
que se aventuran por parajes desconocidos, tomados de la mano, pero informales,
sencillos, sin esa malicia que separa a los sexos, o esa formalidad que suele presidir
las más elementales relaciones entre un hombre y una muchacha, se propusieron
recorrer juntos la ciudad desde el acueducto construído allá en el año de 1785 por
Fray Antonio de San Miguel, hasta los rieles del tren que va a Pátzcuaro y que se
prolongan sobre la inmensa dentadura de los durmientes enchapopotados que
horadan la llanura inmensa. ¡Ah! Cómo gozaron aquellos paseos, bajo el cielo
cristalino presagio de la más feliz de las primaveras. Sus pasos se perdieron sobre las
piedras pulimentadas, levemente rosas y azuladas de las calles, por los patios de
arquería de las mansiones, bajo las arboledas llenas de rumores de pájaros en los
jardines y parques, hurgando sus miradas tras de los balcones con barandal de hierro
forjado, o por el interior de los zaguanes envigados, abiertos y hospitalarios, cuya
frescura invitaba a disfrutar el reposo bajo el alto cubo, entre corredores adornados de
helechos, de macetas con todas las flores inimaginables, coloreando una decoración
orgíastica plena de sol y de vida.
Morelia les cautivó porque la recorrieron juntos, antes, uno y otro habían
subido y bajado por sus calles angostas, habían mirado sin ver sus canteras rosadas,
sus fuentes, sus cúpulas, las fachadas de sus canteras rosadas, las torres de los
templos, entre esa fusión de barrocos, churiguerescos, románicos, mudéjares mezcla
de lo tarasco y lo hispano y de lo hispano y lo árabe.
Habían transitado por sus plazas sin admirarlas, pasado frente a sus
casonas sin asombrarse, escuchado misa en los templos sin abrir los ojos del alma al
recreo y a la meditación de lo bello, mas en aquellas venturosas vacaciones, con la
sensibilidad a flor de piel sucedió exactamente lo contrario; se extasiaron frente al
antiguo convento de Santa Catarina con su severa fachada, y luego con las manos
entrelazadas visitaron el templo de las monjas Domínicas y rezaron ante el Cristo
yacente hecho con caña de maíz y orquídeas; y en el templo de San José, cuyo
barroquismo cautivó a Jaime Andrés encontraron a la rezandera Crisóstoma quién les
saludó amablemente satisfecha de verlos tan devotos.
Luego enfilaron sus pasos al Convento del Carmen en cuya iglesia en lugar
de torre hay una espadaña. Se hartaron de cúpulas salomónicas, de campanarios, de
escalinatas, de atrios y de altares, de capillas y de óleos obscurecidos por el incienso
y por el humo, de estatuas de santos dolientes donde Rosa María pretendía encontrar
vestigios de las manos de su padre, para luego desencantarse, porque en el arte las
jerarquías suelen ser dictaduras y el pobre restaurador sin prestigio ni encumbradas
relaciones nunca fue contratado para trabajar en los templos de la capital, y su hija
tuvo que conformarse con mirar reverente los cuadros de Cabrera: “El Nacimiento de
Cristo” y “El sueño Premonitorio de San José transladando a su familia a Egipto”,
atesorados en la obscura sacristía de la catedral que construyera Fray Marcos
Ramírez del Prado, en tiempos de la colonia, por el año de 1660.
Rosa María, al fin maestra, explicaba como experta guía a su sorprendido
primo las características de la pétrea construcción, sin explosiones monumentales:
una catedral greco-romana con ventanas ovoidales, capiteles jónicos, torres de
sesenta metros de altura, interior dórico y una multitud de bóvedas y arquerías bajo
las naves, que van a converger en el estupendo crucero central que corona la cúpula,
Jaime Andrés la escuchaba embobado. Aquella chiquilla era una verdadera experta en
cosas de arte.¡Qué lejos andaba de la imagen que se había supuesto de una
normalista, cuyo saber apenas alcanzaría para enseñar las cuatro operaciones y
algunas nociones de escritura y de las ciencias!
Rosa María sin pretensiones de sabihonda le hacía compartir sus
asombros de muchacha sensible, frente a la magnificencia del Convento de San
Agustín, con sus ventanas coloniales, portería renacentista y la fachada de su iglesia
plateresca cuya exuberancia monumental se debía al arquitecto Tres Guerras, frente a
aquel prodigio de piedra la pareja suspendió el aliento; y cuando estaban junto al bello
retablo que preside la Vírgen del Socorro, Jaime Andrés aceptó que nadie había
hecho tanto por el arte como la religión.
En el patio del convento, mientras una fuente vertía su precioso líquido la
feliz pareja reposaba, sentados uno junto al otro, sobre el borde de cantera. Entonces
Rosa María habló de su madre con un encomio y una devoción ejemplares, luego, el
tema se deslizó hacia la escuela, a los niños que ella amaba tanto, doliéndose de que
la precoz inteligencia de algunos no alcanzara su pleno desarrollo por las ancestrales
carencias de nuestro pueblo y por la decidía de sus padres. A Jaime Andrés le iba
pareciendo su prima cada vez más diferente de las mujeres que el acostumbraba
tratar y quienes acaparadas por las fiestas, las modas, los hombres mundanos y ricos,
poco se interesaban por la suerte de los demás, y él mismo, tan lejano del ambiente
campirano, la escuchaba con la sensación de quién habla de cosas inexsistentes o
lejanas
Aquella mañana se dirigieron después del obligado reposo al Convento de
San Diego con su templo construído a principios del siglo por Joaquín Orta, y luego,
con pasos apresurados, como novios que intentan alargar los minutos y las distancias
recorrieron el Palacio Federal cuyo estilo neo-clásico francés obligó a aceptar al
muchacho que poco tenemos que envidiar a otros países, lo que corroboró
conociendo el Palacio Municipal, la rectoría de la Universidad Nicolaíta, el
barroquísimo Palacio Clavijero anteriormente colegio de San Francisco Xavier, el viejo
hospital de San Juan de Dios, la Alhondiga, la Casa de Morelos, el Ex-convento de
San Francisco que fuera el primer templo construído en Morelia y el barroco Convento
de las capuchinas.
Con semejante caminata el hambre empezó a cosquillear en sus estómagos
y consultando el reloj se dieron prisa en regresar acicateados por la sabrosa
perspectiva de saborear el prometido guiso de conejo que había anunciado Eudoxia y
cuyo digno remate sería una de esas jericallas que tía Chabelita ayudada por la
estupenda repostera que era Crisóstoma preparaba en ocasiones especiales, para
benaplácito de monseñores fofos y tragones, que nunca desdeñaban semejantes
excelencias culinarias.
Tía Consolación los miró llegar radiantes, y se alegró tanto como si aquella
felicidad que les había alojado en el rostro, fuera también un poco suya. Isabel les
echó una ojeada rápida y al suponer que ni siquiera se habían dado un beso se
tranquilizó, ablandándose hacia aquella joven, quién a pesar de ser una advenediza,
llevaba en su porte el inequívoco sello de una Fernández de Mendoza y se recreaba
ante una evocación que renacía sus escasos días de noviazgo ¡Ah, si ella hubiera
logrado algún día disfrutar un paseo así, hoy adormecerían bellamente su soledad y
su soltería! Ella y él, no llegaron a felicidad semejante, solamente la alegría de recibir
unas cartas enviadas a escondidas, unas entrevistas a la luz de la luna, con las rejas
de su balcón de por medio, unas miradas furtivas a la hora de la misa con el
remordimiento del sacrilegio de pensar uno en el otro cuando es la hora de Dios; y
después aquellos horribles meses de zozobra, amargos, llenos de sobresaltos, aquel
seguir con el pensamiento los peligrosos viajes del cristero que iba o venía de
Guadalajara a Colima, de Michoacán a Zacatecas, perseguido, amenazado,
sentenciado por aquel tirano que se hacía llamar caudillo, por aquel infame
preesidente verdugo de la esperanza y enemigo de la fe ¡Ah pobre cruzado de Cristo
y del amor! Si hubiera logrado regresar habría puesto a sus pies la fe salvada y el
corazón amante.
Crisóstoma encantada de que sus sobrinos la dieran por visitar los templos,
aunque llevados por motivos muy diferentes a la devoción, se ofreció a guiarlos a la
mañana siguiente a la iglesia de La Merced y cuando hubieron cumplido la visita al
Santísimo encaminaron sus pasos al Jardín de las Rosas, sede del Conservatorio de
Música Moreliano y de los Niños Cantores, allí, frene a la iglesia del mismo nombre,
se levantan dos estatuas: una de Cervantes y otra de Don Vasco.
Jaime Andrés prendió sus ojos a la romántica calzada de Fray Antonio de
San Miguel, cuya maravillosa perspectiva se desdobla a lo lejos con sus casas chatas
y la doble hilera de arbolillos sombreando las banquetas adoquinadas.
-Esta calzada sería más propia para un paseo de novios que de frailes.--Convino.
-Tal vez. -respondió la muchacha sonriendo- Aunque en aquellos tiempos cuando fue
trazada, no hubiera sido difícil toparse con algún clérigo leyendo su breviario.
Entonces, cual dos enamorados, que comparten la dicha de estar juntos, se
fueron perdiendo en la acuarela de la tarde espléndida, ligeramente calurosa, ¡Una
tarde inolvidable!
9
una semana después
Todavía disfrutaron muchas tardes que Rosa María robaba a sus horas de
estudio, reponiéndoles con desveladas, en las que además la muchacha alternaba la
copia o el dictado de los incontables asuntos de su tío que se apilaban en gruesos
expedientes, con el estudio de las asignaturas que muy pronto habrían de nuevo a
ocupar su vida de estudiante.
Jaime Andrés por el contrario, sin ninguna ocupación fija, distraía sus ocios
leyendo cuanto caía en sus manos, mientras aguardaba a su prima, a quién por lo
visto se iba aficionando más cada día.
La pareja salía por las mañanas, pretextando alguna compra o simplemente
con el propósito de conocer más y mejor la ciudad. Así visitaron también La
Alhondiga, la Casa de Morelos, que fuera inicialmente convento de San Francisco y
cuya iglesia fue el primer templo que se construyó en la ciudad; el convento barroco
de Las Capuchinas, la Cámara de Diputados, antigua residencia del intendentente
Anzaorena; el viejo hospital de San Juan deDios, la casa García Obeso, el primer
conspirador insurgente; el hotel de La Soledad construído hace dos siglos, el bosque
Cuauthémoc al sur del Acueducto, lugar ideal para la meditación, adornado con las
más bellas orquídeas que florecen en los tan diversos climas del suelo michoacano; el
aristocrático hotel Virrey de Mendoza aledaño a la Plaza de los Mártires hoy llamada
Plaza de Armas, en cuyo derredor giran las parejas jueves y domingos, obligados días
de serenata, cuando la banda municipal toca marchas, polkas y valses entre la
sabrosa tertulia; la Casa del Diezmo, la antigua estación de diligencias de donde
partían los coches con destino a México y Guadalajara y la Plaza Melchor Ocampo
donde Rosa María fue sorprendida por la cámara fotográfica de su amigo mientras
saboreaba con glotonería de chiquilla, un helado.
Un miercoles por la mañana Alondra salió muy temprano de casa y no volvió
hasta pasado el medio día. Jaime Andrés quién apenas picaba la comida
extrañamente inquieto, la vio llegar sofocada y eufórica. Aquella mañana se había
inscrito para cursar el último año de la carrera, las clases debían iniciarse el lunes
siguiente y la muchacha se sentía feliz de volver a ver a sus maestros y codnsicípulas.
Jaime Andrés sintió celos de aquella alegría que no compartía con él y
permaneció durante la comida silencioso y frío. Aquello significaba el fin de los
paseos.
-Menos mal que ya han recorrido toda la ciudad, sin olvidar ni un rincón. -Opinaba
Isabel.
-Pero les falta ver los alrededores.¡Respirar el aire puro del campo! -Terció
Consolación.
-¡Eso es! -exclamó entusiasmada Alondra dirigiéndose a su primo- podríamos
aprovechar los días que me quedan visitando los pueblitos cercanos ¡Qué son tan
pintorescos!
-¿Pero es que no han paseado ya bastante? -Inquirió Crisóstoma.
-¡Quién sabe hasta cuando volverán a coincidir juntos! -Dijo Miguel y dirigiéndose a su
sobrino agregó:- Esta vez te llevarás buenos recuerdos de Morelia.
Jaime Andrés se alegró ante la perspectiva de gozar plenamente los cuatro
días que le restaban libres a su prima y acogió la idea con entusiasmo.
-¿Me prestarás tu mercedes? -Preguntó a su tío.
-Tuyo es. -Concedió Miguel encantado de que su sobrino le hubiese solicitado un
favor por primera vez.
Entonces, como dos chiquillos, Jaime Andrés y Rosa María se pusieron a
hacer planes extendiendo sobre la mesa un viejo mapa. Miguel les oía divertido,
aquella camaradería sana, que denotaba una amistad pura y desinteresada halagaba
su espíritu de hombre idealista y hasta soñador, en el fondo su sobrino con todo y su
vida agitada resultaba ser un provinciano como él, y en cuanto a Rosa María, si bien
no era una muchacha de su clase, tampoco era culpable de su origen, y aunque
modesta y sencilla tenía una natural inclinación por el estudio y sintetizaba en su
persona las cualidades de una auténtica michoacana.
La mañana siguiente los sorprendió en Cointzio conde recorrieron el
balneario y la represa de Mintzita, y cuando el hambre les cosquilleó, se encaminaron
a una fonda campestre para saborear un oloroso mole de panza seguido de un plato
de carnitas con el insuperable sabor local quel halagó su paladar y Jaime Andrés tuvo
que reconocer que los rústicos manjares lugareños no tenían que envidiar a las
exquisiteces de la comida de cualquier país del mundo.
Saciados, se encaminaron a Tiripetío por el camino a Pátzcuaro.
-Más adelante están mi casa y mi madre.-Anunció Rosa María.
-Algún día iremos. -aseguró Jaime Andrés- me encantaría conocerla.
-Mi casa es muy sencilla. -Previno Alondra.
-No me refería a eso, sino a tu madre.
-Mamá es viuda y debe trabajar mucho para sostenernos. Cuando termine mis
estudios será otra cosa.
Jaime Andrés la oía entre interesado y divertido. Las modestas aspiraciones
de la joven le parecían fáciles de conseguir, él en cambio tenía otros planes mucho
más ambiciosos, y la vida de aquellos provincianos con toda su tranquilidad y su
sosiego era suficiente para quienes se conformaban con llenar el alma de triduos y el
cuerpo de antojitos y dulces.
Por la tarde fueron a Quiroga, la antigua Cocupao, donde pasearon por el
risueño pueblecito de Santa Fe de la Laguna, allí unos niños tarascos les cantaron sus
“piracuas”, suaves canciones en lengua purépecha.
La tarde los tomó fatigados por la larga la caminata, cansados de correr y de
reír, entonces el garboso muchacho y la sencilla estudiante se sentaron a chupar una
caña de azúcar mientras contemplaban embebidos la belleza del paisaje. ¿Qué se
dijeron en aquella hora?… Tal vez nada con las palabras, y si mucho con las miradas.
Ambos lo recordarían el resto de sus vidas, pero al empezar a anochecer como dos
chicos cogidos en falta se entraron en el mercedes y Jaime Andrés regresó a Morelia
a toda máquina para llegar puntuales a la hora de la cena, en la que un alud de
preguntas les esperaba.
A la mañana siguiente escogieron la ruta del Parque Nacional Morelos
camino a Mil Cumbres. En las montañas altas soplaba un vientecillo frío y la joven
portaba una blusa bombacha y una falda amplia, atuendo demasiado ligero para la
excursión, en el bosque de conníferas cruzado por un millar de riachuelos, Alondra
sintió frío, pues el zacate conservaba aún la humedad del rocío mañanero y Jaime
Andrés se despojó de su sueter grueso para colocárselo a su compañera, pero la
prenda le quedó demasiado grande y por más que intentaba arremangarse, las manos
le quedaban a la altura de los codos, Jaime Andrés divertido atrajo a la muchacha por
las mangas y antes de que ella hubiera podido intentar la menor resistencia, le plantó
un beso en los labios, impactante, rápido, cual un chispazo. Rosa María ni siquiera
alcanzó a protestar, sus mejillas enrojecieron de pronto, y luego muda, casi
avergonzada, se dejó conducir muy obediente, otra vez de las mangas del sueter
hasta el refugio acogedor del automóvil.
En el convento de Charo se extasiaron frente a los cuadros de un anónimo
pintor indígena. “La Oración del Huerto”, “El Coronamiento de Espinas” “La Lapidación
del Obispo”, “El Flechamiento del Predicador”, “El Retiro de San Antonio” y el
dramático “Martirio del Fraile” colmaron su imaginación de la sangre derramada en
aras de una religión triste, hecha, como casi todas, de sacrificios sin fin; pero al
mediodía llegaron a Zinapécuaro y el agua de los manantiales de Huingo y Tzintzineo
les sonrió.
En un árbol de la verde alameda de Atzimba, Jaime Andrés armado de una
navaja de bolsillo, grabó el nombre de su amiga y más abajo el suyo.
-¿Por qué lo haces? -Preguntó Rosa María, poniendo en el tono de su voz curiosidad
y reproche.
-Es un recuerdo. -Respondió sencillamente el muchacho.
-¿Y que es lo que quieres recordar? -Volvió a preguntarle con los ojos brillantes.
-¡Pues todo esto! … estos días, nuestras vacaciones ¡Y que hoy te he dado el primer
beso!
-No está bien que me hayas besado -Protestó débilmente Alondra, y luego con
adorable ingenuidad añadió:-¡Si lo supieran nuestras tías!
Regresaron. En algun pueblecito del camino había fiesta, las tiras de foquitos
de colores se mecían alegres por el viento, mientras la música de una destemplada
banda se confundía con el tronar de la cohetería y de los juegos artificiales. Un olor a
fritanga callejera, a elotes asados sobre las brazas de carbón, a buñuelo, a pozole y a
corunda se metía en la nariz.
-Compráme un buñuelo -PidióAlondra mientras los ojos se le deparramaban entre el
jolgorio.
-Pues baja. -invitó su acompañante, así nos enteraremos a honras de que es el
festejo.
Y por cierto que no se molestaron en averiguarlo. Una nube de confeti de colores los
recibió, mientras las serpentinas se enredaban en la caballera de Alondra y algunos
cascarones de huevo rellenos con agua de colonia se deshacían sobre la espalda de
Jaime Andrés; la alegría y la felicidad de las almas sencillas se desbordaba
contagiándolos, y la curiosidad que saltaba en los ojos los fue siguiendo, revoloteando
animosa mientras la pareja se acercaba a comprar los buñuelos recién hechos.
-¿De qué atole les sirvo? -Preguntó la buñuelera- Hay de zarzamora, de ciruela, de
pinole, de mango, de fresa, de ajonjolí, de arrayán, champurrado y canela….
Alondra hubiera querido probar de todos y tardaba en decidirse, el primo menos
caviloso prefirió degustar un ponche de frutas caliente y aromático, preparado con
guayabas, tejocotes, cañas, canela, tamarindo, menbrillo, manzana y chabacano …
total, un menjurje delicioso
Con los dedos enmielados dieron vueltas por la plazuela iluminada convertida en un
auténtico relicario incandescente. En el atrio alternaban todas las vendimias posibles,
desde los consabidos elotes, el camote cocido, las gorditas de granillo con natas de
leche, el pan de pulque, hasta los sabrosos dulces, ates y pastelillos de la fruta de
horno.
Y al final como dos chiquillos cogidos en falta, exclamaron casi al mismo
tiempo:
-¡Las nueve!
Y corrieron al auto, donde se quedaron silenciosos un buen rato y sólo cuando
Alondra divisó las luces de Morelia visiblemente apurada preguntó:
-Y ahora … ¡Qué les decimos?
10
una semana después
Poco a poco todo fue tornando a la normalidad, la casa se volvió silenciosa
y las tías regresaron: Consolación a sus revistas, Isabel al libro inacabado y la beata
Crisóstoma a su inseparable rosario. El recogimiento propio de la Cuaresma, los
instaba a recogerse temprano, supliendo la merienda por una taza de té.
Jaime Andrés se aburría. La jaula resultaba demasiado estrecha para el
inquieto pájaro. Rosa María solía volver con un tercio de trabajo por hacer, a veces, el
joven iba por ella a la biblioteca pública allá por el Nigromante frente al primitivo
colegio de San Nicolás de Hidalgo que fuera antes el templo de la Compañía de
Jesús.
Conversaban durante el trayecto que hacían a pie hasta la casa, pero
después la joven invariablemente se esfumaba a su habitación o a la biblioteca del
abogado que la requería.
Durante la semana Jaime Andrés aguardó el domingo en que su prima
aceptara su invitación a un balneario, pero después de mil amables disculpas la joven
accedió solamente a acompañarlo a misa y a tomar un café en un restaurant de los
portales.
Jaime Andrés seguía esperándola a la salida de la bilioteca, una vez tardó
media hora más en salir y el muchacho se mostró impaciente, ella se disculpó
aclarándole la necesidad de hacer una consulta indispensable para un tema que iba a
desarrollar la mañana siguiente.
Una noche la inquietó el presentimiento de que ya no vería a a su primo
aguardando que saliera de la biblioteca, intentó tranquilizarse y no perder la
concentración, aquella vez salió incluso antes de la hora, pero Jaime Andrés no llegó.
Espero diez, veinte hasta treinta minutos consultando el reloj y buscándolo por todas
partes, decidió apurar el paso y volver a la casa donde seguramente obtendrían
alguna explicación, hubiese querido correr, pero el temor de presentarse ante sus tías
demasiado sofocada la contuvo. No sería nada, pensó, seguramente al llegar
encontraría a su primo cenando o leyendo tranquilamente, al fin, aparentando una
calma que estaba muy lejos de sentir, se presentó en la sala. Era lunes santo y en la
casona habían empezado la Semana Mayor, Jaime Andrés no se hallaba en casa,
discretamente y con algún pretexto, sin atreverse a indagar abiertamente por él, la
muchacha lo buscó en la biblioteca, en el comedor y hasta con disimulo fue a
cerciorarse si había luz en su habitación. Consolación adivinó su inquietud y la sacó
de dudas.
-Jaime Andrés se fue hace alguna horas.
-¿Lejos? -Interrogó Alondra palideciendo.
-A México.
-Aquí empezaba a aburrirse. -declaró Isabel- ¡Antes aguantó tanto tiempo!
-Le telefoneó su amiga, esa Mayra, que lo tiene como hechizado. -Declaró
indiscretamente Crisóstoma.
Rosa María sintió que el piso se hundía bajo sus pies.
-¿Y no dejó nada para mí? -Preguntó temblando.
-¿Tenía que dejarte algo? - Preguntó Isabel.
-No. Como no me había dicho que se iba …
-Así es de inestable. -intervino Miguel- Viene, se queda un tiempo y el día que menos
pensamos hace la maleta y se marcha.
Entonces Consolación a quién no escapó la emoción de Alondra agregó piadosa:
-Me dijo que lo despidiera de ti. ¡Seguramente el día menos esperado lo tendremos de
nuevo!
Rosa María se quedó impávida. Comió sin apetito la sopa que la buena Eudoxia le
había recalentado y excusándose de que tenía mucho que estudiar dio la buenas
noches y subió a su habitación.
Entonces, arrojándose sobre el lecho, como un dique que se rompe empezó a
llorar, temerosa de que la escucharon procuró ahogar los sollozos mordiendo
ferozmente un pañuelo; muchas horas pasaron en la búsqueda inútil de una
explicación, con inmenso pesar reconoció que estaba enamorada y que no tenía la
más mínima esperanza de que él también lo estuviera. El alba la sorprendió con los
ojos anegados en llanto, de pronto se acordó que tenía una obligación que cumplir,y
abriendo penosamente el libro, empezó a ser mujer.
11
Nueve años después.
Mayra saltó del lecho bostezando aún, se calzó las suaves pantuflas y dio
unos pasos sobre la mullida alfombra; Juana, su sirvienta, intentó colocarle sobre los
hombros un peinador blanco ribeteado de encajes cual un condensado mar de
espumas, pero ella lo rechazó con un ademán. Maquinalmente se dirigió al tocador en
cuyas enormes lunas gustaba contemplarse por largas horas, tomó un peine con
mango de plata y lo empezó a pasar sobre el delicioso desorden de sus cabellos
rubios. Juana tomó a su vez un cepillo y vino presurosa en su ayuda.
-¿Desea la señora que la peine? … pero si luego se va a lavar el cabello …
Mayra no respondió entretenida en acariciarse las mejillas, indagando el breve inicio
de alguna arruga que itntentaba marcarse en la frente. Parecía no conceder la más
mínima importancia a nada que no fuera su persona. Se sentó sobre el taburete de
terciopelo y se recogió en dos mitades los cabellos, tratando de abombarlos y
haciendo un par de ondas sobre las sienes.
Juana empezaba a impacientarse ante el desdeñoso silencio de su ama.
-El baño está listo. -Anunció.
-Tengo hambre. -Contestó Mayra sin dejar de mirarse.
Juana empezó a descorrer las cortinas, dejando entrar raudales de luz, después se
puso a reunir medias, zapatos y algunas prendas interiores indolentemente dispersas
encima de los muebles o sobre el piso.
-El señor se cansó de aguardar a la señora para el desayuno, pero como tenía prisa
tuvo que irse y me prohibió que la despertara. Dijo que le telefonearía después.
-Cuando llame le dirás que he salido. -Y después de una pausa agregó- ¿Y mi
desayuno?
-Ahora mismo se lo traigo.
Juana salió rumbo a la cocina.
Mayra alejó el taburete y se paró sobre las puntas de los pies para verse mejor.
Los espejos de los closets la retrataron de cuerpo entero. Al mirarse reflejada se sacó
la camisa de dormir y así, casi desnuda, llevando apenas las breves pantaletas,
levantó los brazos voluptuosamente, poniendo las puntas de los dedos sobre la nuca.
Los espejos retrataron la soberbia magnificencia de un cuerpo perfecto.
Era la Eva, la Eva inmortal símbolo del femenino eterno, desplegando la estupenda
sincronía, descuidada y fascinante de su desnudez de leyenda mosaica, proclamando
con el pubis rubio el supremo poder de la tentación y el sacro imperio de la vida y del
pecado, del amor y de la voluptuosidad.
Mayra era rubia, con auténtica blancura de rubia, como apuntaba Balzac; y a
la contemplación de su cuerpo le sobrevenía siempre un deleite sensual, una especie
de autoadoración en que el placer de saberse tan bella, le representaba la síntesis de
todos los placeres.
Así volvió a contemplar entre ávida y curiosa sus senos duros de firme trazo
rematados por el rosado pezón que proclamaba la victoria de su carne joven, su
cintura delgada y mórbida, sus caderas bien formadas cuyas ondulaciones transmitían
el ritmo armonioso y provocativo de sus pasos, dotándolos de esa felina flexibilidad
que volvía locos a los hombres, sus muslos ebúrneos sobre los que despuntaba
mínimo un vello dorado cual una lluvia de oro sobre el mármol de una piel
inencontrable se remataban en las rodillas ligeramente sonrosadas, cuyas finas líneas
iban a prolongarse hasta los tobillos concluyendo en unos pies pequeños. Las nalgas
más bien amplias, abombadas, acicates de la fantasía del deseo, eran
exquisitamente tersas, mientras el suave declive del vientre resbalaba hacia un pubis
maravilloso, como la antesala de un paraíso mahometano, convirgiendo en el sexo;
condensación de todo lo deseado y de todo lo prohibido. El cuello poseía esa frágil
donosua de las columnas de un tabernáculo parnasiano y se asentaba en la mate
elegancia de los hombros. Un hoyuelo solía juguetear con gracia,ocultándopse a
veces por el fulgor de un collar de brillantes o por la simétrica conjunción de un rosario
de perlas finas. La rosada cavidad de las orejas insinuaba una callada invitación para
morderlas suavemente con los labios, mientras que en el alabastro de la nuca,
cabellitos diminutos de un rubio más claro, se envalentonaban en portarse
encantadoramente indóciles.
Mayra se desprendió del bikini, como si el diminuto trozo de tela eclipsara
aquella belleza de encantamiento, casi divina; y deslumbrada en la desbordada
sensualidad de la estética de las líneas, de la matemática proporción de cada
milímetro de su cuerpo; se dejó absorber en la gloria de ser mujer con todo el
ilimitado esplendor de su sexo. Entonces se soltó completamente los cabellos que
cayeron sobre la espalda, y luego, con estudiado abandono, empezó a dar algunos
pasos, colocándose de perfil, con las manos en la cintura; o tomándose una mata de
cabello; parándose con las piernas entreabiertas, o con los pies juntos cual si tratara
de imitar a una estatua griega, o mejor aún, sosteniéndose sobre un sólo pie en la
actitud horizontal de quién ensaya iniciar un vuelo. Quería cerciorarse una vez más de
que era bella, cual una diosa del Olimpo; y desengañada, empezó a sonreír, si bien su
sonrisa tenía ya incrustada esa insinceridad, demasiado falsa o perfectiblemente
convencional que ostentan las estrellas de cine o las aeromozas que atienden a los
pasajeros en la cabina de primera clase, quienes suelen reír por oficio, tal si ello
formara parte de su trabajo y de su personalidad.
Extasiada ante aquel estupendo cuadro, con los ojos chispeantes y un aire de
triunfo incrustado en su semblante, en sus pasos, en aquel narcisismo animal de gata
mimosa y traicionera, suave y feroz, que se había alojado perpetuamente en sus
movimientos, en el estremecedor balanceo de las níveas redondeces; no se enteró de
que detrás de ella se recortaba una tímida y pequeña figura: era Laura, su pequeña
hija, quién regresaba del colegio al medio día y que vestida de uniforme azul y
cargando todavia sobre los infantiles hombros la consabida mochila se acercaba a
saludar a su madre a quién muy de tarde en tarde veía. Al saberse sorprendida
Mayra se volvió con las mejillas teñidas de rabia.
-¿Qué haces allí mocosa idiota, no te he ordenado muchas veces que nunca debes
entrar a una habitación sin llamar primero? -Y tomaba violentamente el peinador
blanco tratando de cubrirse.
La pequeña miró azorada a su madre, quién la recibía de tan mala manera; y partió
como de rayo huyendo de la habitación, mientras a duras penas reprimía los sollozos
que la ahogaban, en su carrera loca estuvo a punto de tropezarse con Juana quién
trayendo la bandeja con el humeante desayuno, apenas logró esquivar el golpe.
-¡Cierra esa condenada puerta! -Gritó Mayra- ¡No hay un sólo rincón en esta casa
donde pueda quedarme sin ser molestada¡
Estaba colérica. La irrupción brusca de la pequeña, le recordó que era madre y que
pronto llegaría a los treinta años, lo que realmente la exasperaba; y aunando el hecho
de haber sido sorprendida desnuda frente al espejo, equivalía a una auténtica
profanación, pero intentó reponerse del incidente y disipando su repentina vergüenza
se dispuso a degustar con buen apetito el desayuno, pero apenas hubo terminado el
café, se apoderó de ella un nerviosismo, que pronto se contagió a su vez a la pobre
sirvienta, pues apenas abandonó la ducha, consultando su minúsculo reloj repetidas
veces empezó a urgir a Juana para que se diera prisa a peinarla, pero aquella
mañana con sus bruscos desplantes los dedos casi siempre hábiles de Juana se
volvieron torpes y entre una verdadera andanada de insultos y regaños la infeliz mujer
tuvo que rehacer en repetidas ocasiones el peinado de la señora.
Al final, al cabo de veinte minutos y después del consabido titubeo que
implicaba la elección del vestido apropiado, Mayra luciendo la última moda,
maquillada, alhajada, deslumbrante, olorosa a perfume caro, y dispuesta tal si fuera a
recibir los homenajes que se le tributan a una soberana se dirigió a su cita, la obvia
cita de amor, donde el amante en turno, traicionero y falaz se trastocaba en el
afortunado sultán, tras cuyo contentamiento, la princesa se convertía en esclava, la
señora en prostituta, la hembra en recipiente, y donde el falo del macho en la erecta
plenitud de su dureza embestía aquel soberbio cuerpo de mujer, infinitamente
deseado, soñado, adorado y suspirado por cuantos mas que verla la bebían, y para
quienes simbolizaba casi siempre el más absoluto de los imposibles..
12
Unos días después…
Hay personas a quienes podría corresponder la dudosa celebridad de
sintetizar en ellas a un grupo humano, dentro de un arquetipo que engloba las
características más prominentes.
Mayra representaba a la típica burguesa de la ciudad de México donde
prolifera lo que los mercadólogos llaman clase media alta y que constituye una
amalgama de algunos ricos antiguos venidos a menos y otros nuevos riquillos
llegados a más, si bien en ambos casos el factor diferenciante es el dinero, eso que
permite a mucha gente convertirse en agradable, simpática, refinada, liberal, culta y
hasta interesante.
El dinero sirve además para realzar la belleza de las mujeres hermosas y
de las que sin serlo tanto, si saben emplear inteligentemente los cosméticos caros, los
vestidos elegantes y sobre todo las joyas, las vuelve irresistibles. La relativa facilidad
para adquirirlo de algunas y la mayor para gastarlo, las lleva primero al disfrute,
después a la costumbre y concluye casi siempre en la indiferencia. Son bonitas
porque son ricas.
El dinero puede comprar no solamente objetos sino también placer, y el
placer es insaciable, embrutecedor y tiránico. Sin el placer, como escribía Balzac, la
belleza no es nada.
Mayra tenía un marido ya no tan joven, a quién indiscutiblemente amó los
primeros años de matrimonio, entregándose a él con una vehemencia tal que el ardor
de la pasión se agotó totalmente en ella, pero curiosamente se encendió más en él, en
Mayra el interés por su esposo se anuló con la misma rapidez que se había producido.
Acaso tuvo que ver en ello la costumbre o la monotonía. Su marido la hizo
más mujer, como si su cuerpo esperara solamente la penetración del hombre para
florecer en todo su imperial esplendor; tuvieron una hija no deseada, quién vino a
interrumpir aquel tórrido idilio pasional sin dejarles a cambio satisfacción alguna, pues
Jaime Andrés hubiese preferido desde luego a un varón y Mayra excluída en aquel
momento de la inclinación maternal, simplemente no deseaba tener hijos; aquel
inconveniente privó a la pareja de sus viajes, reuniones y vida social a la que ambos
estaban habituados; y apenas Mayra pudo desprenderse de la criatura, la fue
relegando confiándola primero a familiares y cuando estos se hartaron de lidiar con la
chiquilla ajena pues a niñeras, hasta que la pequeña tuvo la edad suficiente para
asistir al kindergaten y a la elemental, donde Laura fue interna, medio interna y
cuando cursaba el tercer año externa. Por otra parte la chiquilla no era físicamente
muy agraciada que digamos y si a esto se agregaba su carácter retraído y hosco
resultado de su soledad y abandono, poco contribuía en verdad a atraerse el cariño o
cuando menos el apego de sus padres. Jaime Andrés se hallaba demasido absorto en
sus negocios, tal si el ascender, el ser importante y mejorar continuamente su posición
económica se le hubiese convertido en obsesión, Mayra cansada de la caricias
maritales vivía anhelante de diversiones, fiestas, donde el despliegue de su belleza
causaba comentarios, envidias, intrigas y hasta tumultos y además en donde el snob
mundo elegante se disputaba el privilegio, ya no digamos de su amistad, pues Mayra
no era amiga más que de ella, sino de su trato o al menos de su presencia.
Los recién casados que al principio hicieron furor y despertaron tantas
envidias aunque encubiertas en una insincera actitud, dejaron con el tiempo de ser la
muestra de lo que debía ser un matrimonio bien avenido, en que los bien parecidos
cónyugues, lucían como novios, seguros, dichosos y enamorados, él, en el centro de
una nada desdeñable curiosidad de las féminas jóvenes pero curiosas o maduronas
pero insatisfechas asiduas a los medios que frecuentaban; y ella, en la apoteósis del
deseo, en el ansia, en el reto, en la secreta aspiración de todos los hombres que la
veían: jóvenes o viejos, guapos o feos, casados o solteros. Cada uno de ellos estaba
dispuesto a pagar el capricho con el más exorbitante precio: la soltería, el
desprestigio, la ruina, el divorcio, el escándalo, el amor o lo más barato, la
tranquilidad.
Mayra se sabía el eje de todas las miradas, la más chic en las reuniones, la
más envidiada de las mismas que se proclamaban sus más íntimas amigas y de
quienes no consiguiendo dominar su despecho se habían declaro sus enemigas; su
sola presencia en las fiestas significaba un espectáculo mucho más sofisticado que
cualquier show comprado en el centro nocturno de moda o en algun teatro; y el
negarse a asistir a una reunión preludiaba que esta terminaría en un funeral aburrido,
sin ser una buena conversadora se le empezaron a atribuír dotes de humorista, y de
cordialidad que la hacían insubstituíble, en cuanto a Jaime Andrés al ejecutivo se le
adjudicaron idiomas que no hablaba, libros que no había leído, conceptos que nunca
había pronunciado o sumas y riquezas que pertenecían más bien a las sociedades
anónimas bien encubiertas, a los accionistas gordos y panzones que a él mismo, que
dueño de una fortuna nada despreciable, distaba de ser el marajá despilfarrador que
vivía con gran lujo, pues en realidad el único despilfarro era aquel que giraba en torno
a los extravagantes caprichos de su mujer, por otra parte el dinero no puede conceder
una cultura sólida que presuponen la disciplina, la vocación y la soledad, un profundo
y sincero anhelo de saber y un tiempo irreversible de aprendizaje, en cambio las
reuniones, los clubs, el roce con los extranjeros, o el frecuentar embajadas, circulos
políticos, bancarios y desde luego las frecuentes visitas a las elegantes mansiones de
los industriales acaudalados, de los comerciantes prominentes, provee como por
inercia ciertamente algunas buenas maneras, y una especie de barniz superficial, en
el que se sabe un poco de todo, como el que supone haber leído un libro por las
extractadas referencias de la solapa.
En el caso de Mayra, regularmente preparada en un ambiente
clasemediero, donde no obuvo una educación muy refinada, no se podría dudar de su
adaptabilidad, y capacidad de observación, aprendida en los desfiles de modas, los
restaurantes caros ysofisticados, los espectáculños en Las Vegas, Paris, Londres, ó
Nueva York, los cruceros de placer, los juegos de salón, y hasta cierto snobismo por
el arte, como si alguna lejana concurrencia a la ópera, la sinfónica, el ballet, o las
exposiciones de los artistas plásticos le hubieren conferido una etiqueta de mujer
culta, encantadora, elegante, dotada de una fina sensibilidad, aunque aquella
personalidad irreprochable no estuviera alimentada por ninguna verdadera afición
estética, sino porque los teatros, los cabarets caros o los salones de las legaciones,
eran también magníficos escenarios donde podía lucir en todo su esplendor, su
belleza, sus visones y sus joyas.
Y así pasaba por mujer fina; y recibía los homenajes con la absoluta
seguridad de merecerlos, y a veces hasta con actitudes que claramente advertían que
las caravanas, los adjetivos, las notas periodísticas, las fotografías a ocho columnas
en las páginas de sociales de los diarios, o en los noticieros televisivos, no eran
suficientes, así, las mismas palabras a fuerza de ser tantas veces repetidas y
escuchadas habían perdido para ella su fuerza y su significado. Era recibida, alabada
y reverenciada simplemente porque lo merecía, lo merecía por ser más bonita que sus
anfitrionas, por tener un marido menos viejo aunque ya no tan joven y además tan
enamorado como el primer día de su matrimonio, por poseer un cuerpo al que toda la
ropa caía bien, por lucir un bikini en una playa sin temor de parecer gorda o por exhibir
manchas, granos o deformaciones que lo afearan en lo más mínimo, por conocer casi
todos los países del mundo y por ser sobre todo audaz, encantadora cuando quería, y
hasta seductora si estaba de humor.
Condescendía con la impetuosidad de los jóvenes a quienes les dejaba
vislumbrar una promesa vaga, de algo que no decía con palabras, pero que se
quedaba flotando; y contemporizaba por diversión o por lástima con las zalemas de
los viejos, cuyo poder y dinero en muchos casos no eran cosa de despreciarse,
entonces, aunque solía mirar los hombres de más de cuarenta años como cosas
inservibles y que la dejaban completamente indiferente, se dignaba concederles algun
interés y hasta solía atender sus charlas, sus consejos y sus expresiones
donjuanescas pasadas de moda, trocando entre divertida y frívola, el desprecio por
un cierto reconocimiento al mérito de los verdaderos hombres de mundo, que aún
conservaban cierto poder de seducción y podían además permitirse mantener una
querida joven y guapa, para estos ejemplares masculinos buenos mozos en sus
mejores tiempos y desprendidos en los actuales, Mayra reservaba sólo una amistad
emparapetada dignamente en su papel de mujer casada, de señora respetable
dispuesta a mostrarse ofendida a la menor provocación. Esta táctica la hacía más
deseada, porque el imposible es lo que más excita, y cuando vencidos al fin, optaban
por la retirada, la eterna coqueta, la triunfadora insaciable, araña devoradora de
deseos inconsumados, aumentaba eso que no cuesta casi nada a las mujeres,
consumadas en el arte de fingir: la amabilidad.
Por esta pendiente y ante la confiada actitud de Jaime Andrés quién no se
enteraba de que su esposa iba deshechándole a pasos agigantados, Mayra encendió
lo mismo amoríos breves que romances tórridos, consumó locuras en una noche y
hasta en alguna temporada, nacidas al calor de una inusitada simpatía bien rociada
con buenos tragos entre el tropical paisaje de una playa de moda en que unos biceps
bien quemados la subyugaban cual pedernales de deseo o cuando entre el abandono
febril o lánguido del baile, los senos temblándole bajo el generoso escote, iban a
chocar con un pecho atlético, mientras seguía arrastrando los pies al compás de una
musiquilla pegajosa, despreocupada e incitante; pero todo ello realizado con el más
perfecto de los disimulos y la más sabia discrección.
En veces tales expansiones no pasaban de ser travesuras de muchacha
demasiado consentida y terminaban en unos besos sin consecuencias, alguna comida
en un restaurant alejado de la zona de su esposo y sólo en ocasiones muy
excepcionales, casi siempre en el transtorno de unas copas de champagñe habían ido
a concluír en la cama pecadora de algún motel hasta donde Mayra se dejaba
sonsacar a veces de algún galán que sin haber hecho los méritos de otros le favorecía
la momentánea suerte, sólo una vez para su mala fortuna, los desenfrenados deseos
de su compañero y su consiguiente embriaguez, echaron a perder el momento
máximo, entonces ella, sin haber sentido el placer, arrepentida y frustrada ante la
inutlidad de la traición, se levantó del lecho furiosa y malhumorada e hizo jurar al
ebrio seductor que nunca volverían a encontrarse y que él debía olvidar como
caballero aquel momento de debilidad del que ella se arrepentía.
A veces Mayra intentaba reformarse, consintiendo que el auténtico orgasmo
sólo debía disfrutarlo en medio del tranquilo ambiente de las relaciones lícitas, sin
tener que acudir a la caballerosidad del galán de temporada, entonces, trataba de
suavizarse con Jaime Andrés por quién sentía una especie de derecho de ser siempre
mimada, y a quién deben perdonarse todas sus majaderías, sin medir su magnitud, o
mejor aún, quién posee la absoluta convicción de manipular a su antojo a su pareja.
Jaime Andrés se dejaba pasivamente domesticar, condescendía por
costumbre y hasta gustosamente; la amaba con ceguera y la deseaba con esa manía
enfermiza del que saciado persiste por vicio en la posesión de la carne que huye, de
un cuerpo inasible, al que tiene derecho, pero el que siente resbalársele, como arena
entre los dedos voluble y movediza; y aún así, del que intentaba extraer el placer de la
desesperación, el infatigable afán de poseerlo una y mil veces hoy, porque en el fondo
no se sentía seguro de poder conservarlo para el día siguiente.
.
13
Tres meses después.
Mas si el amor permitido termina irremisiblemente por aburrir, el amor
prohibido en cambio, excita, emociona y arriba fácilmente a los límites de la pasión,
por lo que conlleva de desafío, de aventura peligrosa y de libertad.
Aquella mujer: joven, bella, espléndida, con la mirada luminosa y la sonrisa
dominante, nacida para seducir, hecha para fascinar y cuya simple presencia
suspendía la respiración, por una revancha del destino fue tocada por el mismo dardo
con el que solía herir.
Aunque flaca de memoria, todavía recordaba el primer encuentro con el
hombre quién había de gobernarla. Era un amigo y probablemente había sido el
amante de una antigua conocida de Mayra, condiscípula del ultimo año en el exclusivo
colegio con nombre extranjero donde ambas cursaron el bachillerato y después
compañera también de algunas no muy inocentes travesurillas allá por los tiempos
turbios de la adolescencia y en algun affaire picante cuando ya convertidas en
mujeres hechas y derechas y casadas por añadidura, continuaban gustando de las
mieles del flirt y de los excesos del placer.
Sonia mucho menos hermosa, pero dotada en cambio de cierto encanto que
por momentos conseguía incluso opacar la belleza de su amiga, había conservado a
pesar de los años transcurridos y de la infrecuente relación de ambas una cierta
camaradería hija de la complicidad que solía desbordarse en cuanto se encontraban,
deshaciéndose ambas en entusiastas expansiones, apapachos, besos en las mejillas
y un inquirir curioso y desenfrenado por enterarse de la vida de una y otra, intentando
en sólo unos minutos ponerse al corriente de todas sus intimidades, sólo para
corroborar que ambas seguían siendo lo mismo, y que en consecuencia lo más
prudente era mantenerse mejor como amigas que como rivales; tanto era el peligro
que implicaba que con la más velada indiscrección, una descubriera los secretos que
sabía de la otra; así que seguras que preservar el contubernio era el mejor camino
dadas las destructivas armas que poseían, la envida, los celos o las inevitables
desaveniencias femeninas se ahogaban o se disimulaban hasta el grado que sólo
elogios mutuos salían de aquellas bocas.
Sonia alababa sin medida la belleza de su amiga, Mayra la elegancia y la
aplastante seguridad de la otra, y tanta era la efusión, pretendidamente sincera, que
aún los embustes y las exageraciones terminaban por aparentar verdaderos, y al final
de cada esporádico encuentro hasta despuntaba una cierta nostalgia por los buenos
tiempos que habían compartido juntas y flotaba un afecto en el que predominando la
simpatía y el buen humor, afloraba la decisión de reanudar y preservar la añeja
amistad venciendo la decidia que las había mantenido, decían, involuntariamente
alejadas.
Una tarde Sonia presentó a su amiga a Bruno. Se trataba de un mozalbete
que aparentaba la juventud de un muchacho de veinticinco años, pero quién en
cambio actuaba con la seguridad de un experimentado hombre de treinta y cinco. Alto,
delgado, con la piel morena, el cabello ensortijado, los ojos aceitunados y una
envidiable complexión atlética en un cuerpo cuya estatura se aproximaba al metro
ochenta, contempló a Mayra sin caer en la más mínima descortesía, con la atrevida
sensualidad de un coleccionista que mira interesado una obra de arte sabedor de su
buen gusto y hasta de su precio.
Aunque era sin duda alguna un hombre de mundo, bastante corrido por
cierto, no pudo sustraerse a la imperativa fascinación que emanaba de la belleza de
Mayra, quién aún envuelta en el egoísta vapor de mujer deseada, abarcó en un abrir y
cerrar de ojos a un macho interesante, al seductor innato acostumbrado a invertir muy
poco esfuerzo para conseguir mujeres, y quienes se le entregan más por capricho que
por verdadero convencimiento. -¡Eres un engreído! Habría supuesto Mayra. -Eres
caprichosa, egoísta, calculadora, voluble, ambigua y aventurera- debió haber pensado
él, mientras la miraba impávido procurando disimular con estudiada habilidad el
impacto que le había causado; pero en un breve descuido de la anfitriona, con la
sagaz habilidad del zorro embaucador se acercó a ella para susurrarle, así como por
descuido, tres o cuatro necedades agradables, de esas que halagan, y divierten a las
mujeres.
Lo demás se fue acomodando casi sin sentir, tal si la casualidad hubiese
venido gratuitamente en ayuda de ambos, pues una semana después coincidieron en
un almuerzo en la mansión de los Olavarría, y el mismo Jaime Andrés a quién no
pareció importarle la presencia del desconocido acompañando discretamente a la
amiga divorciada de su esposa, departió con él con su habitual cortesía de hombre
correcto habituado a un trato amable.
De aquella ocasión Bruno recordaría después que la adorable mujer que a
su pesar lo había flechado, llevaba el cabello completamente suelto, pretextando una
indisposición de su peinadora, lo que la obligaba a echarse continuamente la mata de
pelo rubio para atrás, con un gesto violento que tenía algo de enfado y desafío,
aunque la pertinaz y soberbia cabellera le volviera al rato a caer sobre la cara,
ocultándole las sienes y la frente y cosquilleándole hasta la nariz, dando lugar a que el
desdeñoso ademán volviera a repetirse; los ojos ligeramente burlones del jovenzuelo
bebían con descaro la femenina gracia cuando se topaban con los de ella, quién
entrecerraba socarronamente los párpados para ocultar la penetrante fijeza de sus
pupilas.
Introducido en aquella sociedad, donde justo era reconocer, que aún
careciendo de título u ocupación manifiesta, se había manifestado con inegable buen
tacto y desenvoltura, Bruno, ostentando un nivel que nadie se había tomado la
molestia de rectificar, se fue convirtiendo en el concurrente asiduo de todas las
reuniones a las que asistía el matrimonio, en las que siempre se aparecía como
invitado de alguien y a quién se fue aceptando por costumbre, dejando a la
imaginación el oficio y beneficio del intruso.
En alguna de esas dichosas cenas, Mayra y él desconocido habían llegado
a bailar juntos, nunca demasiado cerca ni con insistente frecuencia, evitando caer en
la más leve sospecha que desatara las lenguas, se diría que desde un principio, por
un acuerdo tácito en el que no mediaron las palabras, ambos cuidaron con excesivo
celo las apariencias, tal si concientes de que se abría para ambos un futuro de
delicias, un sólo error podía echar a perderlo todo, así, el anhelado encuentro estaba
supeditado a la más estricta discrección, y aunque la espera por el desquite los
alucinara, la promesa sin palabras se convirtió en el motor de todas sus acciones, en
el auténtico eje de sus bien disfrazados impulsos, o más bien en la verdadera y única
razón de una estratagema digna del más sofisticado Maquiavelo.
Una vez Bruno, quién al principio solía cuidarse más de las perspicaces
miradas de Sonia que de las sospechas de Jaime Andrés que se mostraba distraído y
confiado, se acercó en algún baile un milímetro más de lo habitual, o puso tal vez
mayor presión sobre el talle de Mayra, esta quiso en el acto retirarlo, pero aquel brazo
masculino y vigoroso bajo la impecable tela del smoking supo imponerse alardeando
de su aplomo de macho habituado a ser obedecido, los ojos de Mayra preguntaron
porque, entonces él entre risueño y divertido, como quién refiere una anécdota sin
importancia sólo por hablar y distraer a su pareja, le dio a entender que lo de Sonia se
había terminado para siempre.
Mayra aparentando inocencia respondió que ignoraba que hubiese habido
algo entre ellos, pese a estar aparentemente al corriente de los asuntos de su amiga;
pero otra sonrisa de Bruno le advirtió que no se tragaba aquella mentira y cuando ella
le interrogó sobre la causa de aquella repentina ruptura, él le respondió escuetamente
con una palabra: ¡Tú!, en el preciso momento cuando el estruendo de la orquesta
ponía punto final a la melodía, y él llevaba como todo un caballero, a la pareja a su
respectivo lugar, mientras los concurrentes insaciables por la diversión aplaudían no
se sabe si a la orquesta, a si mismos, o a la consabida pausa que propiciaba el trago
y el descanso.
A partir de aquel momento el asedio de Bruno fue aumentando
progresivamente. Llamaba a Mayra por teléfono a todas horas y con el más
inverosímil pretexto, la abordaba en cualquier ocasión y para evitar las posibles
sospechas en el confiado esposo, redoblaba sus atenciones hacia él, preguntándole
por sus negocios, recogiendo sus opiniones que después repetía manifestando estar
de acuerdo; y fingiéndose el desinteresado amigo no sólo de la señora sino del
matrimonio a quién se desvivía por prestar algún servicio.
Jaime Andrés debió haber percibido el cambio que al principio lo desconcertó
un poco, pero temeroso de desencadenar alguna de las agrias discusiones que solía
tener con su mujer, prefirió autoconvencerse de la inutilidad y hasta ridiculez de sus
suposiciones. Por si esto fuera poco, la urgencia de ir personalmente a supervisar la
construcción de una nueva planta de la compañía le empezó a ocupar todas las horas
de los siete días de la semana; absorto en aquel alud de responsabilidades, dejó el
camino expedito para que Bruno y Mayra se entregaran a la pasión que venía
germinándose y que concluiría por embriagarlos avasalladoramente.
Sin embargo, no todo apuntó tan sencillo al principio, Mayra se ponía difícil,
y si bien no rechazaba terminantemente las atenciones de su enamorado, se daba a
desear con ese estudiado cálculo de una mujer que goza anticipadamente con la
satisfacción de aplazar la entrega de sus encantos, aunque esté conciente que al final
sucumbirá a las ansias de su adorador. Así, intentaba desconcertar a Bruno,
desarmarlo, hacerle perder la aplastante seguridad falsa y pedante que cuan presto le
chocaba en él, llegaba inclusive a admirarle, pues era precisamente la que le faltaba a
su marido.
-¡Soy una mujer decente! -Le entrostró al atrevido, mientras los ojos le
relampagueaban.
-¿Una mujer decente que excita para negarse?
Le había respondido Bruno con la insolencia del cínico, y luego, con el desencantado
tono lleno de despecho de quién ya duda de su victoria final, agregó:
-Prefiero a las otras, a las que llegan hasta el fin…
-Pues ve tras una de esas -había respondido Mayra ofendida- ¡Y déjame en paz!
Bruno sin responder a la reacción violenta de Mayra persistió:
-Ofrecerse para negarse, soñarse para ser soñada, amarse para ser amada, desearse
para ser deseada. He ahí tu síntesis.
-¿Qué yo me ofrezco? -Había protestado Mayra pálida de ira mientras el corazón le
estallaba bajo los senos jóvenes agitados entre la presión del sostén.
Pero Bruno no era Jaime Andrés quién hubiese corrido tras de ella dándole un millón
de excusas y explicaciones, y se contentó con lanzar una bocanada de humo azuloso.
Mayra le dejó plantado aquella vez, amenazándolo con no volver a recibirlo y se dio a
preparar una bien estudiada docena de improperios que le lanzaría al primer
telefonazo, pero transcurrieron un día, dos, y hasta una semana, sin que el muchacho
se hubiese dignado llamarla, y al fin cuando la orgullosa m ujer estaba apunto de caer
en la desesperación, con los puños crispados y odiándose a si misma, le telefoneó, al
principio simulando cierta afectación que pretendía ocultar lo espantosamente
humillada que se sentía, y sólo cuando se percató que el pretexto buscado no había
surtido efecto, y que Bruno se mostraba absolutamente indiferente se deshizo en un
alud de reproches que concluyeron al deshacerse en una catarata de llanto.
Estaba domada. El galán había ganado.
14
veinte días después
Muy en serio había tomado Jaime Andrés el rol de Director General de una
compañía transnacional. Su jornada empezaba desde las primeras horas de la
mañana y concluía casi siempre, cuando el último empleado abandonaba la empresa.
Hoy soplaban otros aires, diferentes de aquellos tiempos, bastante lejanos por cierto,
de cuando era sólo un despreocupado ejecutivo, que se podía permitir el lujo de pasar
alguna temporada en la casona de sus tíos allá en Morelia, donde conoció aquella
primita suya de buen ver y de mejor carácter con quién había convivido un poco.
Ahora era un hombre con principios de calvicie entregado a los negocios y
pese a sus restricciones de tiempo, a una esposa de la que sin embargo se sentía
cada vez más distante.
Con imprevistas ocupaciones, y compromisos apremiantes se fueron
postergando primero y disminuyendo despúes, las horas que solía emplear haciendo
algún deporte; y aún las tardes del boliche a las que era tan aficionado concluyeron
por ser borradas de una agenda saturada de juntas, convenciones, viajes y
desplazamientos continuos; dejando de ser el serio competidor de otros tiempos. Su
brazo certero y potente fue perdiendo agilidad y fuerza, atributos totalmente
innecesarios para firmar convocatorias, circulares, memorandums, disposiciones,
cheques de seis cifras y contratos importantes; un día no se volvió a saber más del
asiduo deportista en el concurrido club y cuando la insistencia de algunos de sus
antiguos camaradas, lograba traspasar la tupida red de sus secretarias y ayudantes y
hablar con él por unos breves instantes en una línea telefónica que amenazaba de
continuo ser cortada, por llamadas de larga distancia, Jaime Andrés después de
presentar cortésmente sus excusas prometía volver a reincorporarse al grupo,
ofrecimiento que desde luego nunca estaba en condiciones de cumplir.
Al fin todos le fueron olvidando cansados de su informalidad y convencidos
de que lo único que le importaba era hacer dinero para los ventrudos accionistas del
consorcio; entonces sólo le quedó un antiguo amigo, el único verdadero, armado con
la paciencia suficiente para perseverar tras la pista del sagaz hombre de negocios.
Las secretarias se habituaron a verle aguardar sin inmutarse, en la antesala del
despacho direccional, leyendo alguna revista, o mirando atentamente por las ventanas
con una expresión tranquila la intensa actividad que se desarrollaba en las oficinas de
la compañía; sabían que el visitante no iba a tratar ningun asunto, ni exigía ser
recibido, concretándose simplemente a esperar y cuando Jaime Andrés podía
desembarazarse de juntas, entrevistas, o acuerdos, se reunía con su camarada a
charlar unos relajantes minutos, en ocasiones saboreando un café en la misma oficina
o una copa en algún bar aledaño.
Otras veces Jaime Andrés se manifestaba inquieto, y Emilio, sospechaba su
prisa por regresar a casa a reunirse con su esposa, y aunque jamás externaba su
desencanto después de esperar varias horas, se despedía, muchas veces eludiendo
alguna invitación de Jaime Andrés quién insistía que le acompañara a una fiesta o
reunión, entonces su camarada se retiraba pretextando que no iba vestido
convenientemente o que prefería evitar desvelarse; en tal caso, los amigos
combinaban almorzar juntos algun día de la semana, aunque la comida acabara por
efectuarse en el comedor de la compañía, porque el alto funcionario no podía
abandonar la oficina por mucho tiempo transladándose a un restaurant.
A los postres, cuando no había mucha prisa, el empresario solía recordar lo
que creía fue una venturosa juventud en la colonia Condesa, que los había vista nacer
juntos, aunque con una diferencia de cinco años, Andresillo, como lo llamaban en
aquel tiempo gustaba de juntarse de preferencia con muchachos mayores a quienes
no interesaba su compañía, y que, cuando le hacían el favor de aceptarlo, hablaban
de cosas que él nunca terminaba de entender cabalmente, y que además le
reprochaban no disponer del dinero necesario para alternar con ellos, sólo Emilio tenía
la paciencia de contestar a todas sus preguntas, satisfaciendo lo mejor que podía su
curiosidad de adolescente sin tratarlo con el oprobioso desdén de los demás, que le
habían asignado el triste papel de niño mandadero al que relegaban sin miramientos
en cuanto había compañía femenina; así, inadaptado y demasiado inteligente para
convivir con los chicos de su misma edad cuyas tonterías infantiles no soportaba, se
fue refugiando en el único amigo que le trataba con dignidad y hasta lo consentía y a
quién no parecían interesar demasiado las jovencitas que reían estrepitosamente por
cualquier tontería.
Emilio, mayor que él cinco años, le ayudaba en sus deberes escolares,
jugaba al boliche con él, era su acompañante en sus caminatas por el Desierto de los
Leones, La Marquesa, Los Dinamos o por el Valle de las Monjas desde cuyo lomerío
se divisaba en los días despejados minúscula y espléndida la ciudad de México, y
bajo cuyos árboles después de las caminatas sabían a gloria las tortas compuestas
hechas con las hábiles manos de tía Consolación.
Emilio conoció además la casona de los Fernández de Mendoza allá en
Morelia; y sólo más tarde, cuando se puso de novio con Cristina, una muchacha
trigueña, posiblemente la más solicitada del barrio pero seriia y tranquila, Jaime
Andrés supuso que la amistad se iba a enfriar o tal vez hasta concluír, pero
equívocamente a sus predicciones, Cristina fue también su amiga inseparable sin
importar que él era un chico mucho menor que su novio, y los tres disfrutaron muy
buenos programas en el cine Balmori y películas de estreno en el Magerit.
Los años lo separaron de la pareja, Jaime Andrés se quedó a estudiar en
México, pero Emilio fue a Monterrey, Cristina se mudó de barrio y de aquel noviazgo
no volvió a hablarse nada, excepto por los comentarios de tía Consolación quién con
su innata franqueza le recordó después a Emilio que “nadie sabe el bien que tiene
hasta que lo ve perdido”, seguramente Cristina se había impacientado y suponiendo
que Emilio nunca regresaría a México se había casado con el primero que encontró; y
la solterona quién quiso al muchacho como a otro hijo, auguraba que con todo y sus
buenas cualidades no había nacido con buena estrella para el amor pese a su
carácter apacible y a su vida metódica y ordenada, que le había permitido formar un
sólido patrimonio.
Entre tanto Jaime Andrés, mucho mejor afortunado que su amigo, había
logrado ascender rápidamente en la empresa que ahora regenteaba y sobre todo
conseguir uno de los más caros ianhelos en la vida de un joven: casarse precisamente
con la mujer que le había quitado el sueño desde que la conoció, sumiéndole en la
dulce embriaguez de un delirio que por lo visto no iba a extinguirse nunca.
Mayra fue desde el principio, un imán irresistible, la más buscada,
homenajeada, galanteada, adorada, y buscada de todas las mujeres. Jaime Andrés le
regaló: amor, joyas, serenatas, flores como para instalar un invernadero y le perdonó
sus pequeñas y grandes deslealdades, sus viajes intempestivos, sus amigos
demasiado íntimos, sus amigas de fama poco recomendable, pero más que otra cosa,
su carácter voluble, superficial o francamente inmaduro. Jugó un doble papel de
amigo incondicional y criado, de protector y amigo, de seductor y novio tierno, y al fin
acabó por rendir la voluntad de la inestable muchacha, quién comprometida por las
excesivas atenciones de su fiel enamorado, consintió en casarse aún reconociendo
que era demasiado inquieta por naturaleza y que no le gustaban los niños en
absoluto. Aquellas advertencias lejos de desanimar a Jaime Andrés no hacieron sino
avivar ¡Oh, ceguera del amor! la hoguera de su pasión, y con el mismo tesonero afán
que luchaba por granjearse una fortuna, se propuso cambiar el carácter de su novia,
lo que aparentemente pareció conseguir en el último año de su noviazgo intranquilo y
hasta tormentoso, y los primeros años de su matrimonio.
Así, contra las inútiles prevenciones de Consolación, endeudado por los
despilfarros que implicaron la instalación de una casa demasiado lujosa y de una
ceremonia casi principesca, Jaime Andrés y Mayra se casaron y el día de su
espectacular boda entre aquel alud de rostros envidiosos y satisfechos, conocidos y
desconocidos, en medio de aquella multitud de fracs, smokings, trajes de soiré a cual
más atrevido y lujoso, el comentado novio ubicó entre la multitud de los convidados la
figura discreta y sonriente de Emilio, quién deseaba a los recién casados toda la
felicidad posible.
Mayra desde el principio pareció no simpatizar con él, aquel hombre poco
agraciado, y desafecto a bailes y diversiones, no poseía demasiados recursos para
agradar, por otro lado tampoco había tenido para la desposada las elocuentes
expresiones que rendían insistentes cumplidos a su belleza, a los que se había
peligrosamente acostumbrado, y que con los años sostenía como la inquebrantable
obligación de aquellos a quines dispensaba el honor de su trato.
Con los años las cosas se fueron complicando, el matrimonio se fue
distanciando de ser el paraíso soñado, al principio Jaime Andrés se negó a
reconocerlo, discutían por nimiedades, Mayra se quejaba de que la postergaba por su
excesivo apego a la empresa, pero en el fondo tampoco deseaba su compañía que
terminaba por aburrirla, pareciendo que sólo se entendían cuando se hallaban
rodeados de gente esforzándose por aparentar ser todavía la pareja ideal.
Jaime Andrés empezó a buscar más la compañía de su amigo quién
escuchaba sus quejas, en lugar de acudir a los consejos de la claridosa tía
Consolación, Emilio en cambio trataba de atenuar la inconformidad de su amigo, con
la vana esperanza de que las cosas mejoraran por si solas.
-¿Qué le falta, que desea? - Preguntaba Jaime Andrés.
-Las mujeres son incomprensibles -declaraba Emilio- llámense hermanas, hijas,
primas, novias, esposas o amantes son inasibles, resbaladizas, inconstantes por
naturaleza mas que por maldad, nada parece ser seguro o estable en ellas, parece
que viven encadenadas a ese indefinido afán de vagar, de escoger, de satisfacer una
curiosidad que parece nunca abandonarles, de hurgar en un horizonte indefinido, o en
ir más lejos de lo lejos, tras de un hombre que no existe o que nunca llega. Yo
también me pregunto como tú: ¿Qué puede retener a una mujer? ¿Acaso el amor, la
posición, el sexo, el interés, los hijos? ¿Acaso la fuerza del macho, eso que precisa la
inseguridad del bello sexo, y que no es sino la necesidad de ser protegida? … aunque
te diré eso de la pretendida debilidad de las féminas es una solemne mentira.
-Entonces … las esposas que se quedan en casa …
-Esa son las resignadas, las vencidas por el amor o por los hijos, o quizás por el
miedo de enfrentarse a la vida o por la incomodidad de renunciar a la costumbre. Pero
esas ya no nos importan. La mujer verdaderamente interesante es aquella que no
terminamos de conseguir cabalmente nunca; el registro civil o las religiones no suelen
garantizar nada más allá de una promesa.
-Con razón no te has casado. -Concluia Jaime Andrés.
-Amigo mío, si la mujer fuera buena, Dios también tendría una.
15
Unas semanas después
Llegaron a las once a Valle de Bravo, una especie de fatalidad había
empujadoa Mayra a aquella cita en un discretisímo hotel entre el lago y la montaña.
Una amiga que debía a Mayra favores se prestó dócilmente a que Jaime
Andrés accediera gustosamente a que su mujer pasara lo que prometía ser un
agradable fin de semana, ya que sus improrrogables compromisos le impedían
acompañarla.
Mayra tenía miedo esta vez y hasta insistió un par de veces a su marido que
no la dejara ir sola, un presentimiento le anunciaba que si consentía en dar suelta a
aquella pasión, seguramente iba a ir mucho más lejos, de lo que la llevaban sus
transitorias aventurillas.
Jaime Andrés se extrañó de su reiterado pedimento, pero al punto otros
asuntos ocuparon sus pensamientos, en todo caso ofreció ir por ella, pero Mayra de
mala gana le respondió que no sería necesario y con la alocada decisión de quién va
en busca de su destino ordenó a Juana que preparara las maletas.
Mayra y Bruno se citaron. Esta vez ambos habían sido francos y directos,
pero a su llegada a Valle de Bravo se enteró de que el muchacho aún no había
llegado, por un momento aceptó que aquello era mejor. La tentación se alejaba,
aunque al penetrar en la elegante suite que se había hecho reservar la encontró
oliendo a rosas que ostentaban su frescura ceñidas en cuatro bouquets artísticamente
distruibuídos.
Su amiga mientras tanto, demasiado astuta, había solicitado su habitación
precisamente en el extremo opuesto del largo corredor del hotel, argumentando una
vista más agradable.
Un pegajoso calorcillo flotaba en el ambiente, sentadas sobre la cama de la
habitación de Mayra las dos mujeres consumían sus cigarrillos hablando de
trivialidades, a la una de la tarde, el calor se volvió intolerable, entonces decidieron
substituír las batas por sus minúsculos trajes de baño, la alberca fresca del hotel lucía
como una tentación irresistible, para su fortuna la encontraron desierta, el canto de los
pájaros que revoloteaban en los ramajes de los árboles, irrumpía entre la soledad y el
silencio. Mayra se tendió al sol y extendió los brazos poniendo las palmas de las
manos bajo la nuca, por un momento se dejó llevar por los más pesimistas
pensamientos ¿Y si el engreído muchacho no acudía? Su amiga se iba a reír
sabrosamente a su costa, y ella iba a aburrirse en aquella soledad tres o cuatro días, y
antes no era prudente regresar pues Jaime Andrés haría demasiadas preguntas,
aunque la otra alternativa que consistía en quedarse a esperar a Bruno equivaldría a
darle demasiada importancia.
Y sintió rabia por haber acudido como una boba. Se levantó y fue a
zambullirse en el agua nadando diestramente, procuraba no pensar en la informalidad
del muchacho, aunque el detalle de las flores hablaba por sí solo, a las tres de la tarde
todos los temas de conversación estaban prácticamente agotados, Mayra se bebió un
par de aperitivos, mientras Helenita decidía que era hora de comer.
-Nos aburriremos en la tarde y por la noche no se diga …-Auguró Mayra.
-Ya encontraremos con quién divertirnos si tu amigo no viene. -Respondió
bonachonamente Helenita y se fue a cambiar a su cuarto.
Mayra enfurruñada se dirigió a la suite. Se sacó el traje de baño, se duchó y se
dispuso a vestirse, había mandado a Juana que la aguardara en el corredor buscando
unos minutos de soledad.
Salió del baño oliendo a perfume caro.
Entonces, como brotado de la lámpara de algún travieso mago, se presentó Bruno. Se
miraron. El ardiente deseo de sus cuerpos afloró a los cuerpos, las frases sobraban,
un estremecimiento nervioso los delató mutuamente.
-¿Siempre es usted así tan impuntual? -Le preguntó ella con airado tono a guisa de
saludo.
Bruno le enseño las manos sucias de polvo y aceite. Su automóvil se había averiado
en la carretera y tuvo que detenerse para conseguir un mecánico que lo reparara,
aquello le había retrasado, pues tuvo que ir a buscarlo a un poblado próximo distante
veinticinco kilómetros, eso le hizo perder media mañana.
-¡Vaya usted a lavarse! -Replicó Mayra.
Bruno se quedó impasible sin cumplir la orden.
Ella tenía aún el cabello húmedo y permanecía envuelta en una bata de toalla, el
joven la devoraba con los ojos, Bruno avanzó hacia ella.
-¿Ahora me hablas de usted? -La interrogó con la voz enronquecida, mientras le
desabrochaba el cinturón, luego la atrajo hacia él rodeándole la cintura
Mayra se dejó abrazar, dejando caer los brazos como alas que se le hubieran
quebrado. Al contacto de los dedos de Bruno todo su cuerpo se estremecía. El la
empujó suavemente hacia la cama y comenzó a acariciarla. Palabras confusas, frases
no concluídas, movimientos nerviosos, risas, quejidos, murmullos, reproches
alternaban con un alud de besos, había llegado la hora ansiada de poseerse, de
apretarse, de amarse, y exprimirse y gozar hasta el dolor, de darse hasta el hartazgo,
la locura, la heroicidad o la muerte, de pasmarse en el placer y consumirse en aquella
hoguera que los había devorado largos meses y que los iba a sumergir en las mil
delicias mucho más allá de todos los edenes. Un dulce temblor sacudía sus cuerpos,
un desasosiego estremecedor preámbulo de lo desconocido se esparció por sus
nervios como una corriente eléctrica, Bruno empezó a besarla en todo el cuerpo,
extasiándose en la birfurcación gloriosa de las nalgas, en el estupendo ensamble de
los muslos, en los senos maravillosos cuyos pezones saltaban erectos y duros, Mayra
se quejaba suavemente, por un momento percibió que estaba a punto de rodar hacia
un abismo, fue como un relámpago que le trajera repentinamente la lucidez, pero no
hizo nada por retroceder. Bruno la despojó de las pantaletas, besándole voraz el
cuello, el ombligo, la nuca, la cintura, el vientre, mientras ella se retorcía de placer,
abrió los dedos sobre la redondez perfecta de las caderas y luego, la fue penetrando
suavemente, lentamente, ella entrecerró los ojos, abriendo y cerrando las piernas,
fuera de sí; cuan presto hundía las uñas en su espalda, metía las manos entre las
manos de Bruno, atrayendo sus labios, como hundía los dedos entre sus cabellos
mientras exhalaba grititos de gozo, suspiros, jadeos entrecortados, Bruno seguía
implacable cambiando de un giro a otro, retardando y acelerando el ritmo con la
astucia del hombre que ha aprendido todos los refinamientos, y que habiendo poseído
tantas mujeres ya no desconoce los difíciles vericutos del temperamento femenino; y
cuyo instinto le ha enseñado que el cometido de un macho inteligente consiste más
bien en dar placer que en recibirlo, aquella divisa le había dado siempre tan óptimos
resultados, que las mujeres solteras y casadas, decentes y livianas le habían seguido
con obstinación, dispuestas a entregársele siempre sin solicitar nada a cambio, ni tan
siquiera una promesa vaga, sólo eso: el placer, que a fin de cuentas era lo único que
contaba, lo único que podía retener a una hembra.
En el comedor la sopa se enfriaba y se volvíó a recalentar tres o cuatro veces,
Helenita tuvo que contentarse con la compañía de la avispada sirvienta dispuesta a
defender a su ama, difícil de sonsacar y revelar cualquier intimidad, por mas que las
curiosas insinuaciones de la amiga pretendieran enredarla con frases empalagosas.
Bruno y Mayra saltaron de un abrazo a otro, de una postura a otra, agotando
todos los matices del amor, entregaron todos los secretos de sus cuerpos y ebrios de
deseo, de besos, de caricias, húmedos y sudorosos se quedaron dormidos hasta el
amanecer enlazados los brazos y las piernas ¡Cómo dos dioses vencidos!
La mañana y el hambre los despertaron. Un duchazo los revivió y cuando al fin
aparecieron por el comedor a la hora del desayuno, amables y sonrientes, Helenita
Souberon les sonrió satisfecha de cobijar aquel magnífico adulterio,él era apuesto,
varonil, seguro y además debía ser un consumado experto en la cama, así lo
denotaban las ojeras de Mayra y aquel delicioso cansancio aposentado en su rostro
que le hacía aún más interesante la sonrisa.
Bruno se comportó cortésmente con Helena. Adivinó que estaban en sus
manos y que de la impresión que el consiguiera producirle dependería el que los
siguiera cobijando con su complicidad.
Psicólogo sagaz comprendió que la viuda podía serles muy útil en adelante, y el
aventurero de una noche, el Casanova atraído por la novedad de una cama o por el
misterio de una mujer distinta, empezó a pensar por primera vez en su vida en el
futuro.
Los tres días siguientes transcurrieron rápidos como si pasaran por una
pantalla. Tras la orgía de sexo, de besos y de amor, se alternaron los paseos en
lancha, las alegres excursiones por los alrededores, los brindis con champagñe helada
y hasta una serenata que el enamorado llevó a Mayra y un paseo a caballo que
Helena consintió en compartir.
Se aproximaba el día del retorno. Mayra intentaba retrasarse otro día, pero la
prudencia de Helena aconsejó que deshechara semejante idea, Jaime Andrés podía
incluso aparecerse en su busca. Los amantes tuvieron que contentarse con pasar la
última mañana amándose vorazmente. Antes de partir Bruno hizo prometer a Mayra
que le visitaría en su apartamiento de soltero, cuya discrección, allá por una cerrada
empedrada del Coyoacán viejo, garantizaba su seguridad.
Mayra y Helena regresaron a las cuatro de la tarde.Bruno se quedó dormido y
convinieron en que era mejor no despertarlo. Debía encontrarse realmente agotado.
Ella le despidió agradecida con un beso sobre los cabellos ensortijados. Estaba
enamorada. Sintió pesar por dejarlo, y sólo el sentido práctico de Helena la atrajo
nuevamente hacia la realidad. Había que preparar una buena historia para Jaime
Andrés y afortunadamente no les faltaba imaginación y contaban para urdirla nada
menos que con cuatro horas de camino.
16,
cinco semanas después
Aquella embriaguez llegaba a la locura. Los anteriores amoríos de Mayra
había sido poco menos que aventurillas más o menos duraderas, y aún su romance
con Jaime Andrés y sus inolvidables primeros meses de feliz matrimonio fueron como
un daguerrotipo que se había ido despintando con el tiempo. Definitivamente nunca
había amado así, saboreando las exquisiteces de la pasión, los sofisticados
refinamientos de las caricias, y hasta le parecía que nunca había vivido, lo que la
inducía a ver con distante desdén a sus propias amigas, de quienes se compadecía
porque ellas nunca habían conocido lo que era verdaderamente el amor, la mayoría
sólo se habían prestado dóciles, indiferentes o curiosas a cumplir con la ineludible
obligación que les imponía la yunta de sus matrimonios celebrados con hombres que
habían aceptado por conveniencia, o habían sucumbido por simpatía o por evadirse
de la monotonía y del hastío de vivir; pero amar, extenuarse de gozo, estremecerse
mil veces, torturarse exquisitamente en la prolongación de un orgasmo, extraer del
cuerpo del compañero y del suyo propio hasta la última posibilidad del goce, eso era
el privilegio de los auténticos mimados de la vida, el don de los Olímpicos.
De pronto Mayra había descubierto que el hombre y la mujer habían nacido
para amarse y que por ceguera o por torpeza no se daban cabal cuenta de que
estaban hechos exactamente a la medida del uno para el otro, y optaban por gastar
sus vidas vidas tontamente, invirtiéndolas en cosas más o menos utópicas que
suponían les proporcionarían satisfacciones o felicidad; y como ejemplo, allí estaba su
propio marido encerrado hasta la media noche en un despacho aislado, rodeado de
gentes que igualmente desperdiciaban sus posibilidades de dicha, acosado por los
timbres de los teléfonos que no cesaban de sonar, navegando en un mar de
documentos que demandaban su responsabilidad, su firma, o su aval, pendiente de
las manecillas del reloj pertinazmente programadas en adelantarse, comiendo mal y
de prisa, ingiriendo diez tazas de café al día para mantenerse despierto o acudiendo
al lavabo para buscar una toalla empapada con que refrescarse el rostro, empeñado
en una carrera alocada y brutal, dirigida hacia una meta monstruosamente estúpida,
hacerles más y más dinero a aquella prole de vejetes insaciables bautizados o sin
bautizo pero apostrofados con nombres raros, con sus getas odiosas, con sus ojillos
codiciosos lanzando siempre miradas llenas de suspicacia y desconfianza, y para
colmo con sus mujeres obesas y ridículas, dándoselas de jóvenes con las caras
restiradas, los cabellos teñidos y esos vestidos de papagayos que complementaban
con sus ridículos somberos… ¡Los dichosos accionistas! explotadores de la tierra,
sanguijuelas del mundo, cuyo dinero enviciaba y manchaba todo, oprimiendo no
solamente a los infelices obreros, a los pobres empleados, sino también a los
hombres como su marido más inteligentes y dotados de una capacidad superior
puesta al servicio de su avaricia y que con todo y eso eran tratados como una vulgar
mercancía, utilizados para sus fines de poder y enriquecimiento.
Bruno al menos no se vendía. No tenía chofer, ni tres o cuatro secretarias
trilingues, ni ayudantes, ni mucho menos una casa como la que su marido le había
ofrecido, pero no caravaneaba, ni aplaudía, ni regalaba sonrisas; incluso hasta había
rechazado casarse con mujeres muy adineradas quienes hubiesen dejado las fortunas
en sus manos por preservar su libertad, su independencia; y así, tomaba de la vida lo
mejor: las mujeres más hermosas, y ellas se le habían entregado siempre con
facilidad, sin condiciones, sin tener que hacerles obsequios caros, ni promesas
incumplidas, ni mucho descender a rogarles demasiado. Con su penetrante intuición
femenina Mayra descubrió que por cada mujer que se le había escapado le habían
llegado tres o cuatro hembras disponibles para reemplazarla.
No obstante, a veces se preguntaba de donde provenía el dinero que el
jovenzuelo gastaba, casi siempre en flores o en restaurantes caros pues era un
gourmet consumado; otro rubro de gastos lo constituía su bien surtido y elegante
guardarropa y aún quedaba lo concerniente al mantenimiento de una casa pequeña
pero puesta con buen gusto y hasta lujosa, donde cada mueble o detalle parecía
haber sido colocado para halagar la sensibilidad femenina.
Entonces intentaba satisfacer su curiosidad respondiéndose de todas las
maneras imaginables: Era rico, había heredado, hacía maquiavélicos negocios en la
bolsa, o acaso era el mantenido de alguna vieja millonaria que le pagaba para que le
hiciera el amor de vez en cuando.
Mayra llegaba a la casita de Coyoacán con la pregunta en la punta de la
lengua, pero al ver a su amante tranquilo, oliendo a colonia cara y metido en su bata
de seda se reía de las boberías que se la habían ocurrido y se dejaba besar,
oprimiendo los senos sobre su pecho, dejando que sus manos siempre ávidas le
rodearan la cintura, le tocaran el vientre, las nalgas, las piernas, que sus dedos
diestros le desabotonaran el vestido, le arrebataran casi con violencia las prendas
íntimas y la fueran desnudando, como en un ritual lento y canallesco que la hacía
desfallecer, hasta que la primer embestida del hombre la despertaba a un éxtasis
superior. ¡Ah! Entonces no encontraba nombre para llamar a su felicidad, ella lo atraía
con los brazos, lo atenazaba entre sus piernas y entre la locura incomparable de los
abrazos y de los besos succionaba con el suave meneo de sus nalgas el tibio chorro
de semén de aquel mienbro fogoso, incansable, auténtico maestro en el difícil arte de
hacerla sentir mujer. Aquel deleite se repetía dos, tres y en una memorable tarde
hasta cuatro veces, de pronto, ella recordaba que era una mujer casada y que debía
volver a su casa con un justificante bien aprendido, entonce se vestía con
apresuramiento, arreglaba su peinado, retocaba el maquillaje, se rociaba nuevamente
de perfume y diciéndole adios a su amante partía velozmente con el natural
nerviosismo de quién teme ser descubierta, pero nunca, por muy apresurada que
estuviese, sin dejar de concertar la siguiente cita.
Bruno se quedaba sonriente, nunca demostraba la menor fatiga y parecía
estar más bien divertido que enamorado.
Mayra regresaba inquieta, extrañada de si misma, tal si le sorprendiera
estarse conociendo apenas. En ocasiones compraba cualquier cosa, buscando un
buen pretexto para justificar su retardo por si Jaime Andrés hubiese llegado temprano,
o si en su ausencia hubiese llamado buscándola, pero pronto pasaban aquellos
momentos de inquietud, Jaime Andrés o no se había presentado, o se había metido
en su gabinete a trabajar como era su costumbre, aguardándola a cenar, o mejor aún,
bebiendo a solas y en pequeños sorbos un vaso de leche fría, ocupado en revisar
documentos; le daba las buenas noches cariñosamente sin atreverse a preguntar
demasiado, entonces Mayra se iba a la recámara donde después de lanzar un zapato
por cada lado, se echaba vestida sobre la colcha de la cama con el pretexto de leer
cualquier tontería en una revista, pero más bien para recordar con deleite cada
secuencia del encuentro amoroso, reviviendo con voluptuosidad cada caricia, cada
gesto del seductor, cuyos inagotables recursos la hacían excitarse cada vez más y
más; y deambulando entre los recuerdos se tocaba con las manos, deslizándose los
dedos entre las piernas hasta sentir mojado el sexo, luego, se quedaba finalmente
dormida.
Otras veces, regresaba dominada por una desusual euforia, entonces subía
y bajaba, impartiendo órdenes a los criados, daba vueltas por el jardín, supervisaba el
buen funcionamiento de la casa, hablaba por teléfono con algunas de sus amistades ,
siempre temerosa de retirárseles demasiado y darles de que hablar o de que
sospechar y por último iba a caer con Laura indagando si había cumplido con los
deberes de la escuela y muy de vez en cuando interesándose por su bienestar.
Algunas ocasiones se encontraba con que Jaime Andrés estaba por llegar
a casa, entonces con nerviosismo de cómica antes de salir a escena, se preparaba
para recibirlo, se quitaba el vestido de calle, se deshacía el cabello, y con una bata
casera y menos maquillaje se disponía para verlo aparecer; un alud de contradictorios
sentimientos la turbaba, cuan presto sentía lástima por él y se proclamaba culpable,
cuan presto lo odiaba, porque era una mujer casada, insatisfecha y sin libertad para
quedarse toda la noche, o más bien ¡Todas las noches! al lado de Bruno, así fuera en
calidad de esclava o de sirvienta, con tal de que no la echara de su cama, aunque
viviera privada de lujos, porque después de todo había permanecido grandes etapas
de su vida sin disfrutarlos y sin considerarse infeliz por ello. Luego que Jaime Andrés
llegaba, pasaban al comedor donde solía cenar sin mucho apetito un plato de sopa y
alguna carne con guarnición, mientras hablaba incesantemente de su tema preferido:
la fábrica, las cotizaciones, la producción, la amenaza de huelga, el chantajista líder
sindical o los eternos problemas fiscales, Mayra le respondía con monosílabos,
algunas noches Laura cenaba con sus padres y la pobre chiquilla carente de afecto y
compañía en manos de sirvientes que tampoco la querían daba rienda suelta a su
carácter hosco; otras, su marido retornaba demasiado cariñoso, entonces venía lo
peor ¡Mayra debía condescender con él! Y cuando agotados los pretextos y
acorralada ya no podía negarse, se daba de tal manera, que el infeliz no podía menos
de captar la repulsión, o la indiferencia; entonces, después de un abrazo insípido
Jaime Andrés se retiraba lejos de la alcoba matrimonial a rumiar las palabras de
Emilio: “la mujer que realmente amamos, por la que daríamos si fuera preciso la mitad
de la vida, esa es la que exactamente está fuera de nuestro alcance”, aunque se
tratara de la propia, y maldecía al amigo que había sembrado aquella duda en su
espíritu, y se consolaba pensando que Mayra era de él, era su esposa y mal que bien
la acababa de tener en sus brazos, de contemplarla desnuda, aunque sin explícarselo
se deslizaba cual un fantasma, y Jaime Andrés tornaba a recapitular la escena, a
preguntarse porqué lo rechazaba, porqué aquella frialdad, entonces para evadir
aquella tortura abría el grueso portafolio y se ponía a trabajar, buscando
desesperadamente la evasión,y revisaba otra vez el convenio que debía firmar a la
mañana siguiente, leyendo todos los memos de los jefes departamentales o el plan
publicitario que le acababa de someter la agencia para su aprobación, ¡Todo menos
que pensar en ella! Al fin los vericuetos de aquel endiablado trabajo venían en su
auxilio y le hacían olvidar su tragedia personal, a la que en vano trataba de minimizar;
un café tras otro le quitaba el sueño y cuando al fin el cansancio le vencía, estaban
sonando las cuatro de la madrugada, entonces prefería quedarse a dormir dos o
tres horas en el sofá de su gabinete; mañana sería otro día en que debía tornar a su
rutina lejos de su hogar y de su mujer, de sus dudas y hasta de las sospechas que
solían asaltarle como punzadas y que en ocasiones achacaba a su nerviosismo.
Luego se duchaba, bebía un zumo de fruta y mordisqueaba un pan acompañado de
un par de huevos con jamón y con el último trago del ambarino líquido abandonaba su
casa a una temprana hora silenciosa; a veces se encontraba con Laura que con su
respectiva mochila aguardaba que la recogiera el camión de la escuela, una ola de
ternura lo atraía momentáneamente hacia aquella criatura triste y malhumorada, tan
solitaria como él, aunque mucho más indefensa; le daba un beso sobre el cabello y
algun billete para que comprara lo que se le antojara y partía; a veces, él mismo
conducía su auto, otras el chofer levantado desde muy temprano lo llevaba al
consorcio, y él se instalaba en el asiento trasero cabisbajo, meditabundo, pensando
en las combinaciones de los números, o en su esposa a la que no acababa nunca de
comprender.
17
. una noche del mes de septiembre
Aquella noche acudieron juntos a una cena en casa de los Grisi, se trataba
de uno de los frecuentes compromisos ineludibles, que después de un intenso día de
trabajo y a media semana, resultaban una carga física para Jaime Andrés, quién
debido a una prolongada junta con los supervisores foráneos no había conseguido
probar un bocado durante toda la jornada, los repetidos cafés bien cargados sólo
habían conseguido ponerle más nervioso.
A las diez y media de la noche telefoneó a su esposa para rogarle que se
fuera sola a la cena donde se reunirían tan pronto él consiguiera resolver un asunto
urgente de última hora, Mayra le contestó con sequedad pero accedió al pedimento de
su marido, y vestida de gran moda, perfectamente maquillada y sonriente se presentó
en la reunión, a la que por supuesto había convocado a su amante, quién llegaría
ostentándose invitado por el matrimonio.
Jaime Andrés llegó a los postres con las inequívocas huellas de la dura
jornada, al principio y una vez que presentó sus respetos a los anfitriones e invitados,
se acercó a Mayra quién lo recibió indiferente retornando a una alegre cháchara, pero
después, se acercó para reprocharle que llevaba el cuello arrugado y que la rasurada
de la mañana no bastaba para darle una presencia fresca y adecuada en una casa
donde no había demasiada confianza, Jaime Andrés intentó explicarle los motivos,
pero cuando Mayra iba a responderle los Corguera se empezaron a despedir previa
retahila de comentarios idiotas.
Jaime Andrés que consideró impropio solicitar la cena exclusivamente para
él, fue favorecido en cambio con algunos brindis que le hicieron sentirse prontamente
achispado, aunque invadido de una agradable euforia; en ese estado la presencia de
Bruno, a quién supuso era un invitado más, lejos de extrañarle lo animó y hasta
conversó con él tres o cuatro trivialidades, mientras tanto la orquesta que sólo había
ejecutado música de fondo, varió de repertorio y empezó a tocar música suave y
romántica muy propia para bailar. Cuando Jaime Andrés volvió a dar con su mujer
ésta bailaba animadamente con Bruno y ninguno de los dos pareció apercibirse de su
proximidad enredados en una charla que los hacía reír estrepitosamente. La señora
Larenas, siempre inoportuna no pudo contenerse y oprimiendo el codo de Jaime
Andrés murmuró:
-Su esposa se divierte mucho. Es natural. ¡Cómo es tan joven!
Jaime Andrés ya mareado se levantó y se dirigió hacia Bruno, tocándole suavemente
por detrás un hombro.
-La siguiente es la mía. -Le anunció sonriendo forzadamente.
Bruno respondió con un desenfadado ademán, pero vino una y otra pieza musical y
los dos seguían fundidos en su charla, Jaime Andrés bebió un par de tragos más y ya
armado de valor volvió a insistir-
-¿Ahora si es mi turno? -Preguntó nuevamente fingiendo divertirse.
Bruno se volvió para mirarle con socarronería con sus ojos verdes de gato traicionero
y se retiró sonriente, Mayra se dejó tomar por el talle visiblemente molesta, tal si la
intromisión fuera para ella el cargante empeño de un ebrio, Jaime Andrés llevaba la
melodía arrastrando las piernas, pero ella persistía en mirar a Bruno por encima del
hombro de su marido, preocupada e inquieta por que el muchacho tomara otra pareja,
segura de que todas las mujeres querían bailar con él. Jaime Andrés ya picado le
preguntó:
-¿Qué miras?.
Ella le volvió la cara con una ofensiva expresión de asco.
-¡Estás borracho! ¡Sólo eso me faltaba! -Y se soltó dándole la espalda sumando el
desprecio al odio.
Lo demás fue el hazmereír del día siguiente.
Jaime Andrés avergonzado abandonó la reunión sin despedirse. Mayra se
quedó bailando con Bruno hasta que la orquesta anunció que se retiraba; y con el
pretexto de que su marido se había sentido inusitadamente mal, se dejó llevar a su
casa por su comedido acompañante, a quién por supuesto los anfitriones no habían
invitado pues ni siquiera le conocían y quién tenía todas las trazas de ser un socarrón
y advenedizo.
El incidente se comentó hasta en la cocinas, y de las bocas de los patrones
llegó a la de la servidumbre que no ahorró adjetivos para compadecer al estúpido e
ingenuo marido, aunque en el fondo muchas de aquellas empingorotadas señoras
perdonaban el cinismo, porque el muchacho como lo tildaron simplemente, ¡Vaya que
era verdaderamente guapo! Y la señora Esteva con el ingenioso sarcasmo que
alardeaba en sus novelas, agregó:
-¡Bellos, pero adúlteros!
18
nueve días después
Esta vez Jaime Andrés había permanecido cuatro días ausente de su casa.
Aquel viaje a Guadalajara lo había fatigado tanto, que apenas se instaló en el pullman
sin deshacer la cama se quedó profundamente dormido y sólo se despertó hasta que
el porter fue a avisarle que estaban entrando a México. Se levantó con la sensación
de no haber descansado lo suficiente, se lavó en el camarín y el contacto del agua lo
empezó a despejar.
No había tenido noticias de su esposa durante todo el tiempo de viaje, pues
no la encontraba a ninguna hora, una de sus secretarias intentó comunicarse con ella
con idéntico resultado, tampoco fue posible localizar a Juana, la última vez había
respondido el jardinero informando secamente que no sabía donde había ido la
señora.
Jaime Andrés constató que su matrimonio empeoraba cada día y que era
urgente hablar con su mujer y poner un dique que contuviera aquel desastre.
Reconoció que el exceso de ocupaciones le había ido distanciando de su hogar y
hasta atravesó por su mente la idea de renunciar a su alto puesto en la empresa y
realizar un largo viaje con Mayra por Europa o por Estados Unidos tratando de que la
convivencia interrumpida los volviera a unir, alejada ella del nocivo ambiente de
amigas no muy recomendables con quienes se juntaba, y finalmente, reconoció que
podían vivir sin dificultad, aunque fuera más modestamente reduciendo la
servidumbre, preocupándose más por Laura y olvidando disputas y agravios que a
nada habían conducido.
Reiniciar una nueva vida, armoniosa y amable, dedicándole todas las
atenciones posibles, le parecía que era lo más sensato.
En Buenavista, como siempre que retornaba de un viaje lo aguardaba el
chofer de la compañía, pero ante su asombro y el de su secretaria particular que
había acudido también a recibirle, declaró que aquella mañana no se presentaría a la
oficina. Dio a la joven algunas breves instrucciones y ordenó al chofer conducirlo
inmediatamente a su domicilio.
Encontró su casa totalmente desierta y silenciosa. Los criados se habían
reunido a conversar a sus anchas en el pequeño pabellón del jardín; y la cocinera
salió a recibirle. Jaime Andrés notó una turbación en la mujer cuando le preguntó por
Mayra. La señora hacía tres días que había salido de casa, al parecer iba de viaje,
pues llevaba una docena de maletas y hasta algunos objetos que Juana ayudaba a
transportar.
Jaime Andrés se puso tan descolorido como una pared blanca, pero
temeroso de protagonizar una escena inconveniente delante de los criados se
concretó a preguntar:
-¿Y la niña?
-Debe estar en la escuela, señor.
Mientras tanto el jardinero subió sus maletas, el portafolio y el portatrajes. Jaime
Andrés se dirigió maquinalmente a su despacho. La cocinera le siguió..
-¿Desea que le suba el desayuno? -
Alcanzó a escuchar a la mujer, pero él le hizo un signo negativo con la mano y entró
en el gabinete en busca de una explicación.Todo estaba tal y como lo había dejado.
Jaime Andrés empezaba a enojarse suponiendo que Mayra se hubiese marchado de
viaje sin su consentimiento y lo que era peor sin avisarle siquiera; y se dirigió
precipitadamente a la recámara de su esposa.
La habitación parecía haber sido vaciada, aunque los muebles continuaban
en su lugar. Jaime Andrés empezó a hurgar en los closets, los cajones de los burós,
del pequeño escritorio, sólo para encontrar objetos desparramados o dispersos; sintió
que temblaba, el espejo del enorme tocador retrató su rostro pálido como el de un
cadáver.Jaime Andrés apretó los dientes, le pareció que el aposento estaba
demasiado obscuro no obstante haber encendido todas luces y fue a descorrer las
cortinas.Los rayos del sol penetraron a raudales, al frente el hermoso jardín cuajado
de rosas abiertas lucía fresco mientras el agua se desparramaba por la fuente de
azulejos; entre el desconcierto, rabia, dolor y desesperación que se estaban
apoderando de él alcanzó a divisar un sobre con su nombre inscrito que Mayra había
dejado sin cuidarse de cerrarlo al menos, para evitar que los criados se enteraran de
su contenido; se trataba más bien de un escueto recado, unas lineas garabateadas
con visible prisa o con delator enfado:
Te dejo para siempre. Me voy con el hombre que amo, el único que me ha
hecho sentir verdaderamente lo que soy, una mujer. No me busques. Sería inútil. Lo
nuesto hace rato que está muerto.. Lo he pensado bien y esto es lo mejor para los
dos. Te dejo a tu hija. Olvídame y si puedes perdóname.
Mayra.
Le pareció que caía a un precipicio. Se mordió los labios hasta hacerse
sangrar buscando acallar un alarido de angustia y desesperación. De pronto recordó
que le faltaban las lágrimas, pero le pareció que era mejor así, puesto que era hombre
y debía comportarse como tal.
Un alud de pensamientos e interrogaciones se agolpó en su desordenado
cerebro, como tropel de monstruos desbocados que tamborilearan bajo sus sienes.
¿Por qué? ¿Por qué? Se preguntó inundado de rabia y de dolor. Hubiera vendido su
alma por saberlo. ¿Pero que lógica masculina puede explicar la conducta de una
mujer? Se dedicó a inventarse faltas, omisiones, desatenciones involuntarias, a
reprochar que por su dedicación al trabajo había descuidado su hogar ¿Pero no era
acaso el dinero el medio indispensable por el que podía satisfacerle todos sus
caprichos?… Luego, entre un arranque de desesperación se dedicó a culparla. ¡Era
una mala mujer! ¡Inestable! ¡Coqueta! ¡Superficial! Carecía de sentimientos, había
sido pésimamente educada por unos padres exageradamente consentidores que no
se habían tomado la molestia de enseñarle el código de conducta elemental de una
mujer casada, pero con idéntica vehemencia acudieron a su imaginación, para
desmentirle, las horas espléndidas que había pasado en su compañía, sus besos, sus
caricias, sus mimos. ¡Era también una muchacha que sabía ser infnitamente dulce,
capaz de sentir y despertar ternura! ¡Se lo había demostrado tantas veces! Y como
sobre una pantalla cinematográfica desfilaron ante sus ojos las escenas suaves de
sus primeros años de matrimonio, los abrazos, los delicados detalles, aquella
estupenda alegría que le saltaba por los ojos cuando ella lo veía llegar y volaba rauda
por las escaleras para ir a caer a sus brazos. ¡Todo había ido muy bien! Aunque
después las cosas empezaron a cambiar, no sabía ni como ni porqué. ¿Se aburrió de
quererlo? ¿Se dejó influír demasiado por aquellas compañías perniciosas, por
aquellas mujeres insaciables, verdaderas devoradoras de hombres, siempre
dispuestas a la aventura, eternamente a la caza de nuevas emociones? Mientras él,
pasivo, distraído no había hecho nada por apartarla de aquella gusanera que atentaba
contra su felicidad. ¡Ah, esas fiestas, ese club, sus repetidas ausencias los fines de
semana siempre lejos de él, deambuando entre aquel hato de hipócritas que se
autonombraban dizque decentes, pero que debían ser en el fondo peor que las
miserables mujerzuelas que se entregaban por hambre! La sociedad la fue alejando
paulatinamente de él, y ella prefirió aquella perversa compañía que la de su hija y la
de su marido. ¡Y él se había ido resignando suavemente¡ Le habían faltado la
suspicacia, la decisión, la hombría inclusive para poner un hasta aquí, siempre ante el
temor de disgustarla, de evitar una riña, unos cuantos gritos y hasta la violencia
misma, y he aquí , que hubiera sido mucho mejor, hablar fuerte alguna vez y no tener
que callar para siempre. ¡Ahora que ya no había remedio! Había perdido a su mujer, al
únicio ser que amaba después de Dios, de su hija, de él mismo, de todo cuánto
hubiese llegado a querer en la vida! ¡La había perdido para siempre!¡Se la habían
robado! ¡Lo habían despojado! ¡Ya nunca la tendría cerca! ¡Ya nunca la vería! ¡Ni
volvería a escuchar ni su voz ni su risa! ¡Ya no podría ni tan siquiera aspirar al triste
recurso de esperarla a la media noche, a la madrugada incluso, pues ella siempre
llegaba, siempre volvía y él al menos podía verla aún cuando fueran unos pocos
minutos, para oir que le daba secamente las buenas noches! Y Jaime Andrés amó con
nostalgia hasta los instantes crueles, aún los más odiosos, en que solo y
apesadumbrado solía como un auténtico cobarde, aguardarla en su despacho,
consumiendo su desesperación en el trabajo, distrayendo su inquietud, lejos de dar la
cara aquel caos; reconoció que alguna vez tuvo en la punta de la lengua los reproches
listos para dispararlos como flechas, otras, las más,la esperaba con aquellas ansias
de estrecharla, de besarla, de amarla, y meterse dentro de ella, y llenarse de la
hembra, de sumergirse en la pasión, adorándola con aquel endiablado delirio que no
le había dejado nunca en paz desde que la conoció. No. ¡Ya no la tendría más! Nunca
más aspiraría su perfume, ni podría pasar los dedos entre sus cabellos, ni tocar su
dermis, ni palpar aquel cuerpo tibio que le había sido arrebatado por un maldito
seductor, por un ser abyecto y vil, que se había aprovechado de su confianza, de su
estúpida ingenuidad.
Las lágrimas bienhechoras asomaron a sus ojos. Jaime Andrés empezó a
sollozar de impotencia, y cual un niño desvalido que acaricia un juguete roto, aquel
hombre recio, hecho para ser líder, para mandar, para dirigir, ante cuyas órdenes
nadie osaba replicar o desobedecer, fue tomando con la devota unción del sacerdote
que toca los vasos sagrados, las prendas dispersas, el perfumero de cristal cortado, la
borla de una polvera, las pantuflas, la bata todavía perfumada, el minúsculo brazier
que parecía todavía conservar la suave tibieza de un seno de mujer, o acaso las
pantaletas negras que ostentaban su luto vacío con esa flacidez de las cosas inútiles,
suspirando por las nalgas abombadas que contuvieron.
Jaime Andrés supo de la amargura del abandono entre aquellas ropas
también deshechadas, abandonadas, desparramadas en el mismo infortunio en el que
él ahora deambulaba.
Después le llegó la horrible certidumbre de su soledad. ¡Y la soledad era que
ya no estaba a su lado! ¡Aquel techo jamás la volvería a cobijar! ¡Aquella casa,
espléndida, lujosa, era sin ella solamente la morada de la desesperación! El inféliz se
repitió que estaba solo. Y solo pasó la mañana, y la tarde y la luz se fue eclipsando y
al anochecer pensó que en el porvenir sólo iba a encontrar sombras y silencio. En su
egoísta dolor ni siquiera se había acordado de su hija. Hasta entonces no había
reparado en el cruel desamparo de una infeliz criatura que se quedaba sin madre.
Entonces una sombra de rencor, de odio para la infiel turbó su mente. ¡Su hija
también le estorbaba! Y en medio de su dolor percibió la terrible orfandad de la niña.
¡También ella era parte de la mujer que amaba! ¡Era carne de aquella carne, que
aunque se lo propusiera nunca podría llegar realmente a detestar! ¡Era un ser
humano, inocente y tímido, donde él podría encontrar todavía algo de Mayra, mucho
más que en aquellos inanimados despojos donde suponía hallarla todavía! Jaime
Andrés abandonó precipitadamente la habitación y fue en busca de su hija. Era más
de la media noche. Todo estaba obscuro. No había ninguna luz. Los criados
seguramente se habían acostado hacía muchas horas, ajenos a su drama, a su
desesperación. Seguramente habían servido la cena a la pequeña, que se había
refugiado en su cuarto, sin madre, sin padre, sin más compañía que la verdadera
infelicidad. Penetró sigilosamente en el cuarto de la niña; sobre el lecho un pequeño
bulto bajo las mantas respiraba acompasado, en sus bracitos apretaba un osito de
peluche ¡Su única compañía! Condensando en aquel gesto su inmensa necesidad de
cariño. Una ola de atroces remordimientos asaltó a Jaime Andrés, hubiera querido
despertar a la criatura y arrodillarse para pedirle perdón por su desapego, por su
horrible egoísmo; pero comprendió que le faltaba valor hasta para eso. Miró a su hija
largamente, y con una ternura que se desconocía, cubrió los hombros de la pequeña
con las mantas y salió. Aquella inocente criatura era la víctima de las liviandades de
su madre y de la cobardía de su padre, concluyó.
Jaime Andrés supuso que Mayra aprovechó la ausencia de la pequeña para
huír de la casa saliendo como un ladrón, sin haber encontrado valor para mirarla por
última vez. ¡No! ¡Definitivamente Mayra era peor de lo que él, enamorado y ciego,
como había vivido, hubiera podido llegar a creer! ¡Y esta vez el desprecio tuvo cabida
en su corazón! Jaime Andrés retornó a su despacho ligeramente aliviado, a la
nostalgia había dado paso la cólera. Un alud de proyectos descabellados le surgieron
de pronto como diablillos sueltos: apenas empezara el día, iría a buscar a la infiel,
contrataría detectives, denunciaría los hechos a los tribunales, encargaría defender su
derecho a los más capaces abogados, la haría traer de donde fuese y la obligaría a
vivir con él, y a proteger a su hija; pero antes, castigaría como debe hacerlo un
hombre al maldecido truhán autor de aquel crimen incalificable. La pequeña tenía
derecho a una madre. Vivían en una sociedad, en un país con leyes, y no estaba
dispuesto a continuar siendo el hazmereír de los adúlteros. Entonces, buscando el
blanco donde desparramar aquella ponzoña biliosa que le reventaba a borbotones se
puso a escudriñar la carta de Mayra; y fue sólo para constatar que le abandonaba por
una irreflenable lujuria, por el placer animal, ajeno a toda consideración humana; aquel
semental del demonio había destruido su hogar, había dejado a una hija sin madre,
pertrechado de esa arma sucia que se llama sexo.
Y se puso a buscar el revolver que guardaba en el fondo de su caja fuerte.
Aquel miserable merecía la muerte así tuviera que ir a buscarlo por toda la tierra, pero
cuando tuvo en sus manos el arma homicida se detuvo a pensar en la suerte de su
hija con un padre envuelto en un escándalo, y seguramente prófugo o en prisión.
Luego, comprendió que con asesinarle no iba a recobrar el respeto y el aprecio de su
mujer; y oscilando entre la lucidez y la sombría desesperación concluyó que también
su amor ¡Su insuperable amor! se alimentaba a su vez de eso que había maldecido:
¡El sexo! ¡La pasión de la carne!
Decepcionado de sus propósitos de venganza se fue quedando dormido. Al
principio su sueño fue inquieto, poblado de zozobras. Oprimido por la angustia se
despertó tres o cuatro veces en que volvió a releer la carta rebelándose ante la
injusticia de su destino.
Pronto la luz de un nuevo día se empezó a filtrar a través de los cortinajes,
Jaime Andrés tuvo miedo por la mañana, por la vida a la que debía enfrentarse
dentro de unas pocas horas, sin ilusión, sin amor, sin otra certidumbre que su soledad.
En el jardín los pájaros con sus trinos y gorjeos saludaron al sol.
Dios seguía siendo todavía amigo de los hombres.
Dentro de un momento la luz se volvería a desbordar y sería para muchos un
nuevo día, una nueva oportunidad, quizás de ser felices, de reír, de gozar, de amar y
ser amados, o por lo menos de esperar. Para él en cambio, no existirían más que
trabajo y responsabilidades; y encima de todo el estigma de la burla, de la curiosidad
malsana, o peor todavía, de la compasión.
Un alud de murmuraciones se desataría o estaba en circulación ya,
seguramente iniciada hasta por los mismos sirvientes, pero él no iba a permitir que la
alegría de los envidiosos o la malidicencia de las bocas salpicara de fango ni su
nombre ni su casa; se negaría a recibir llamadas, despediría a la servidumbre
sustityéndola por otros a quienes evitaría dar explicaciones; en su oficina sus
secretarias y ayudantes escrutarían estrictamente las líneas telefónicas, pasándole
unicamente las relacionadas con los negocios más urgentes, mientras tanto decidiría
que hacer o a donde ir. Satisfecho con aquellos planes y vencido por el cansancio se
volvió a quedar dormido. Soñó con Mayra. Ella le echaba amorosamente los brazos al
cuello y él le sonreía agradecido de tanta felicidad. Después ella se replegaba contra
su pecho y lloraba, mojándole la camisa con sus lágrimas, Jaime Andrés la consolaba
preguntándole la causa de su llanto y reiterándole cuanto la amaba. Se despertó
bruscamente. Abrió los ojos y miró en frente de él a Laura enfundada en su pijama de
animalitos, al instante comprendio que los brazos de la pequeña le habían estado
rodeando; ella retrocedió asustada, como si hubiese sido sorprendida en falta, y en su
cara adivinó que había leido la carta de su madre; y entonces, su dolor se desbocó y
atrayendo a su hija la estrechó besándola una y diez veces con una ternura sin
límites.
19
diez días después
Aquella pena le desgarró el corazón sumergiéndole en una de esas tristezas
tan hondas que parecen no tocar nunca el fondo.
Si bien al principio persistieron sus ataques de celos, de desesperación,
Emilio le fue disuadiendo de lo inútil que sería buscar a Mayra para obligarla a
retornar, lo que hubiera sido verdaderamente indigno; además ella se lo había
advertido claramente en el escueto recado, y lo más probable era que ni siquiera se
encontrara en la ciudad; ansiosa de ir a gozar plenamente su pasión ilícita lejos del
consabido chismorreo.
Jaime Andrés tuvo que regresar a sus deberes, aunque el trabajo ya no
significaba la bienhechora evasión de otros días, sino más bien el cumplimiento de un
deber que se exigía.
Emilio venía a acompañarles, repartiendo su tiempo entre su amigo y Laura,
e intentando conversar con ella mientras les servían la cena.
Jaime Andrés volvía visiblemente fatigado, hablaban sobre asuntos sin
importancia, sobre los que él apenas respondía con monosílabos; en ocasiones Emilio
le preguntaba algo y su pregunta se quedaba flotando en el aire; otras veces, miraba
entristecido a su hija, comía frugalmente y luego la conducía hasta su recámara;
luego, agradecía a Emilio su apoyo y se encerraba en su despacho según él con la
intención de trabajar, pero buscando más bien la soledad para pensar en la ausente,
áquel sufrimiento lo crucificaba, hiriéndolo con los agudos clavos de la cólera, la duda,
y la impotencia, en ocasiones se debatía como una fiera en la jaula del zoológico
esperando que amaneciera, pues casi siempre con la primera luz matinal se quedaba
dormido, su sueño no solía ser tranquilo ni reparador, pero piadosamente se convertía
en la pausa que le ayudaba para no enloquecer.
Una tarde se apareció la tía Consolación, a Emilio le pareció que llevaba
algunas canas más sobre las sienes, si bien se conservaba siempre erguida. Jaime
Andrés hubiera preferido que nunca se hubiera enterado de su tragedia, lo que le
hacía sentirse avergonzado, pero ella lejos de sublevarse, trató de buscar alguna
solución proponiendo a su sobrino llevarse a vivir a Laura a su casa, o incluso enviarla
a Morelia con sus tíos; pero antes de que acabara de sugerir semejante idea, Laura
se había opuesto terminantemente a abandonar a su padre y a su casa, dando prueba
de que a pesar de su corta edad era dueña de un carácter valeroso, Jaime Andrés le
había dado un beso en prueba de gratitud y Consolación no volvió a inisistir más
sobre el mismo asunto; hasta aquella tarde en que intentó buscar una salida que
ayudara a su sobrino a superar la crisis.
Así que tan pronto se quedaron solos Consolación se dirigió a Jaime Andrés.
-Esto no puede continuar así. Hace falta una mujer en esta casa que venga a poner el
orden. Yo estoy demasiado vieja para enfrentar responsabilidades; y además
terminaría por desesperarme. ¡Los hombres son demasiado ciegos! …
-Tía, te ruego no juzgar mis sentimientos, te he querido siempre como a una madre,
porque eso has sido para mí, pero aunque crees conocerme no puedes suponerte lo
que Mayra era para mí.
-Comprendo que nadie puede mandar en tu corazón, y confío que el tiempo habrá de
ayudarte. Eres todavía joven y conseguirás sobreponerte, pero ahora me preocupan
tu hogar, y sobre todo tu hija. ¡Y aquí hace falta una mujer! -Insistió.
-¿Una mujer? -Repitió Jaime Andrés con amargo sarcasmo.
-Sí. Pero no para lo que te imaginas. Esa tendrás que buscártela tu mismo cuanto te
pase la pena.
-Entonces ¿Sugieres que tome una ama de llaves?
-Menos. Ninguna gente pagada. Ninguna extraña. Alguien que sea como un familiar
tuyo y que te ayude a sobrellevar este mal momento, que vea por tu casa y cuide de
Laura y que te haga además un poco de compañía y ponga calor de hogar en esta
nevera.
-¡Eso es imposible! Yo no puedo ni deseo contraer ningun compromiso con nadie … y
en cuanto a traer una mujer a esta casa ¿Quién podría prestarse sin mediar ningún
interés?
-¡Alondra!
-¿Alondra?… ¿Te refieres a aquella muchachita que vivía allá en un pueblo perdido
de Michoacán?
-Precisamente.
-¡Pero si es una chiquilla! Más bien era una chiquilla ¡Debe estar ya convertida en una
mujer! ¿Y qué se ha hecho de ella?
-¿Pues que querías que se hiciera? ¡Es maestra y vive con su madre!
-¿Pero no se ha casado?
-Tu quieres meter a todo el mundo en esto de los matrimonios, aunque ya ves lo mal
que salen.
-Así que ya es maestra. Era lo que ella ambicionaba. ¡Buena muchacha por cierto!
-Tan buena que ha aceptado venir y hacerse cargo de todo.
-¿Qué dices?
-Que había que hacer algo y ya está hecho hijo mío. Tu prima vendrá a esta casa
para poner orden en este caos, se hará cargo de la educación de tu hija, que a final de
cuentas para eso ha estudiado; y tu tendrás al menos con quién hablar.
-Pero ¿Es posible que ella haya aceptado venir a vivir conmigo? ¿Con un hombre
solo?
-¡Con su primo! No todas piensan lo peor, ni tienen tanta malicia, aunque a decir
verdad no ha sido fácil convencer a Evelia; pero están agradecidas con nosotros, nos
deben favores, yo la acogí cuando era una chiquilla y vivía en una modesta casa de
huéspedes, allá en Morelia; tu tío Miguel le consiguió la plaza magisterial, ahora le
toca a ella corresponder.
-Entonces ¿Le has contado acerca de Mayra?
-¡Por Dios, no eres el primer hombre al que abandona su mujer!
-Te lo agradezco tía. -Concedió conmovido Jaime Andrés- ¡Siempre haces lo más que
puedes por mí! Pero … ¿Pero no crees que este no es el momento oportuno para
recibir a nadie en casa? Yo no me siento con buen estado de ánimo para
consecuentar visitas.
-Rosa María no será una visita. Ni siquiera ha preguntado cuanto tiempo habrá de
permanecer aquí. Será el que tú consideres necesario; y cuando te sientas mejor y
Laura empieze a valerse por si misma, ella volverá al lado de su madre.
-Pero tendrá novio. ¿Qué derecho tenemos de alterar así su vida? ¿Con que
podríamos corresponder a semejante favor?
-La gente buena no mira el pago o las ventajas, simplemente acude si la necesitan.
Ayer me telefoneó para anunciarme que ya ha encontrado una sustituta y que a partir
de hoy ha quedado libre de la escuela. Tu tío verá lo del permiso en Morelia.
Esperamos que pueda meter en cintura a la servidumbre.
-He sustituído a la cocinera.
-Por otra peor. En cuanto a Laura.
-Tiene un carácter difícil, aunque reconozco que ha cambiado mucho en estos días.
-Ya sabrá ella manejarla. Ahora debemos ser amables. ¿Podrías ir por ella a Santa
Clara? ¡Sería un detalle muy gentil de tu parte y además tranquilizarías a la madre!
-¿Ir a Santa Clara del Cobre?
-¡Claro! No es el fin del mundo.
-Ya no recuerdo por donde queda. Y en cuanto a Rosa María …
-La identificarás en cuanto la veas. Te aseguro que sigue tan fresca y tan bonita como
cuando era tu guía allá en Morelia.
Emilio escuchó las últimas palabras.
-¿Puedo saber de quién hablan?
-Seguro. -Contestó Jaime Andrés- Mi tía sugiere que venga una prima para hacerse
cargo de la casa, pero hay que ir a traer la a Michoacán. ¿Me acompañarías? -
-Cuenta conmigo. -Contestó decididio Emilio.
-Entonces hagan las maletas lo más pronto que puedan. -Sugirió Consolación- Laura
necesita con urgencia los cuidados de una verdadera madre, porque nunca la ha
tenido.
20
tres día después
Llegaron el jueves ya bien entrada la mañana.
El viaje de regreso había sido largo y silencioso. La dspedida de madre e hija allá en
Santa Clara, aunque sin ribetes de dramatismo fue realmente conmovedora. Era la
segunda vez que se separaban y ahora ni siquiera sabían por cuanto tiempo.
Aunque recia y muy sana Evelia se quedaría muy sola, aunque con bastante
trabajo en que ocupar su vida; no obstante ahora debía acostumbrarse a una casa
silenciosa, sin la risa, el canto y el incesante ir y venir de su hija adorada.
¡Cuan diferente hubiera sido si ella se hubiera casado, pues aunque perdida
de todos modos, Evelia se habría conformado al pensar que alguien aparte de
necesitarla la amaba! Pero a pesar de los intentos repetidos de la maestra rogando a
su hija que meditara su decisión, ni por un momento pensó Alondra en claudicar, y
hasta más bien se diría que abrazaba con inmenso benaplácito su nueva vida en la
metropolí, y no obstante el tener que dejar a su madre, su pueblo, su escuela y sus
queridas alumnas, nada de eso parecía pesarle mucho y se le veía alegre y animosa,
lo principal -argumentaba- es ayudar a mi primo, estar cerca de él, cuidar de la hija
que le encomendaba y velar por su casa sin gobierno.
Jaime Andrés abismado en la desesperación que a duras penas reprimía, no
pudo sopesar cabalmente el sacrificio que representaba para aquellas dos mujeres,
que aunque humildes y sin tener una obligación con él o con la familia, acudían
solícitas en su ayuda, una renunciando a la compañía de la unica hija que tenía, la
otra, entregándose con encomiable generosidad a la tarea que se esperaba de ella,
sin preguntar siquiera si podría aspirar a la más mínima recompensa.
Sólo Emilio, mucho más sereno y ecuánime, pudo medir, en aquellos
escasos dos días de su estancia en Santa Clara, en la que la más elemental cortesía
les obligó a permanecer hospedados en la casa provinciana; lo que significaban
aquellas miradas breves, aquellos suspiros entrecortados, aquel mirar furtivamente el
reloj que la madre hubiese querido retrasar aplazando la hora de la marcha de la hija
adorada. Al final partieron.
Aunque triste y taciturno Jaime Andrés nunca se olvidaba de ser generoso y
rogó a su prima que se abstuviera de traer consigo demasiado equipaje.
-Ya comprarás en México cuanto necesites.-Anunció con el desparpajo del hombre
habituado a pagar crecidas cuentas en los almacenes.
-¿Y para que meterte en gastos? ¿O es que no te gustan mis vestidos? -Protestaba
Rosa María - ¡Se va a enojar la costurera!
-Yo hago lo mejor que puedo. -Recitifcaba Evelia- ¡Pero aquí nos llega muy retrasada
la moda!
-De ningun modo -respondía Jaime Andrés- si te ves hecha una princesa.
-Y además volverás pronto ¿Verdad?- Repetía Evelia.
-Pues claro que sí mamá; y si Jaime Andrés me lo permite hasta traeré a Laura. A
quién ya siento querer aún sin conocerla..
-¿Y por qué había de prohibírtelo? Mira prima, está convenido desde ahora. Tú harás
lo que mejor te parezca, y yo preferiría que no me pidieras permiso para nada.
Evelia estrechó cariñosamente a su sobrino, a quién solamente por referencias de su
hija conocía, y después de escuchar aquellas palabras pareció mucho más tranquila.
Decididamente el primo era una buena persona, y no en balde sospechaba - pues
Rosa María nunca se lo hubiera confesado- que el corazón de su hija le pertenecía.
Alondra se instaló lo mejor que pudo en el asiento posterior del automóvil,
Emilio le sugirió dormir, pues el viaje iba a ser largo, y los dos varones se turnarían
manejando, pero aunque hicieron el trayecto casi en silencio por respetar su sueño,
Rosa María no pegó los ojos en toda la noche.
Eran más de las nueve cuando divisaron la ciudad de México que Alondra
había visitado sólo un par de ocasiones sin abarcar más allá del centro histórico, y
transcurrió todavía más de una hora para que el automóvil se parara delante de la
lujosa entrada de la mansión de su primo.
Cuando el nuevo jardinero vino a abrirles la puerta, Alondra se asombró de
aquellos jardines bien cuidados, sometidos al cuidadoso empeño del abono y de la
regadera; de las calzadas cuyo trazo iba a converger en una fuente de azulejos
ornada con unos cisnes esmaltados .Luego sus ojos caminaron sobre la alberca, el
pequeño frontón y se detuvieron frente a la entrada; entonces la sencilla profesorcita
pueblerina se preguntó si aquel lujo no había sido suficiente para colmar los sueños
de una mujer.
En las escalinatas que descendían al hall Consolación los aguardaba provista
de su más cálida sonrisa; verla y lanzarse a sus brazos abiertos fue el impulso rápido
y espontáneo de Rosa María.
-¡Pero si estás guapísima! -Exclamó la tía Consolación, besando a su sobrina y luego
observándola más detenidamente agregó- aunque no has cambiado mucho, me
parece que sigues siendo la joven estudiante con la que me topé aquella tarde en los
portales de Morelia.
-Espero que la casa te guste y que te sientas bien. -Dijo Jaime Andrés.
-Claro que estaré muy bien. -Concedió Alondra.
-Ven, vamos para que conozcas la casa -Invitó Consolación- Te he mando preparar
provisionalmente una recámara, ya harás tú los cambios que creas convenientes.
Jaime Andrés y Emilio se excusaron, en tanto los sirvientes entraban las maletas.
-¿Y Laura? -Preuntó Alondra.
-Ya la conocerás más tarde. -Prometió Consolación- Ahora está en la escuela.
Dieron un vistazo a la casa que sumió a Rosa María en un silencio donde no
estaba exento el asombro. Aquel lujo, el mobiliario elegante, los cortinajes, las
alfombras, las piezas múltiples de cristal cortado, los cuadros, las estatuillas, los
gobelinos, mármoles, espejos, floreros de porcelana, ¡Era como estar dentro de un
palacio! Consolación la guiaba con comedimiento y delicadeza.
-Esta será tu nueva casa. Ahora entra en tu cuarto y si gustas toma un baño tibio y
descansa. Voy a ordenar que te suban el desayuno.
Jaime Andrés y Emilio bajaron poco después para tomar el café en el breakfast y
Consolación después de impartir algunas órdenes se les unió.
-Ahora conviene dejarla dormir un poco. ¡Pobrecilla! -Dijo refiriéndose a su sobrina y
agregó -¡Han sido demasiadas emociones!
-Me gustaría que cuando despertara te encontrarás todavía aquí, querida tía. -Pidió
Jaime Andrés.
-¿Y para que me quieres? Será mejor que se acostumbren a vivir los dos solos desde
ahora. Así podrás decirle todo cuanto quieras sin testigos.
-Es que no hay nada que decirle que no puedan escuchar. Vamos tía, quiero dejarlo
bien claro desde ahora. Entre Rosa María y yo no habrá nunca nada íntimo. Viviremos
bajo el mismo techo como dos hermanos, o dos amigos que se aprecian bien.
-No necesitas decírmelo. -Replicó Consolación airada- ¡Ni siquiera te dejaron ojos
para ver otra mujer!
-Alondra no es una mujer. Es mi prima. Es ¡Un familiar! ¡Como tú! … ¡Y yo soy todavía
un hombre casado!
-Un hombre preso en un cepo -Dijo Consolación dolida- Uncido a un molino de viento
de esos que desvelaron los sueños de Don Quijote! Y lo peor de todo, un hombre
resignado ¡Y resignarse es también aceptar la desgracia!
-¡Tía! -Rogó Andrés, con el semblante denudado y sombrío, tal si acabara de llegar
de un viaje donde hubiera conocido todas las escalas de la desesperación.
-Nada de tía ahora. Ya no quiero seguir viendo a un hombre cobarde sino a un
hombre erguido.
-¿Has dicho cobarde?… ¿Soy acaso realmente eso, un cobarde? ¡Un cobarde por
amarla tanto, por idolatrarla!
-No exactamente. -Rectificó Consolación- Mas bien debí decir un ignorante. Uno de
esos tantos hombres, como son la inmensa mayoría, que saben muy poco o casi nada
de las mujeres. ¡Ni siquiera de la suya!
-Tienes razón tía, en el fondo, el alma de una mujer es un abismo tan insondable, que
nunca acabamos de percibir el final.
-El que intentara escribir un libro explicando el comportamiento femenino, se volvería
millonario. -Opino Emilio..
-Ustedes se ahogan en un vaso de agua -Respondió Consolación- En realidad no es
tan complicado si se aplica la lógica adecuada. A las mujeres nos gusta que nos
rueguen, pero no nos gusta quién nos ruega, porque ¿Saben? Con todo lo inteligente
y segura que es de por si la mujer, desea ser protegida y no va a sentirse segura con
quién se coloca bajo sus pies para ser pisoteado.
-Pero tía …
-Y oyéme un consejo más. Si quieres que te amen, no ames; o más bien no lo
demuestres con demasía.
-Entonce ¿La solución es convertirse en un hipócrita? -Interrogó Emilio.
-Simimplemente en realista.
-No. Yo no podría ser de otro modo -Alegó Jaime Andrés- No podría vivir fingiendo. Es
verdad que ahora sufro la desdeñosa crueldad de Mayra, crueldad sin odio, crueldad
de mujer bonita.
-La indiferencia no se toma la molestia de calcular nada- -Declaró Consolación.
-¿Y desde cuando le era indiferente? Es mi esposa, jamás supuse que fuera a
abandonarme así por así.
-Mira hijo, una francesa lesbiana que firmaba sus libros con el pseudónimo de Colette,
afirmaba que el hombre nunca sabe cuando ha conquistado una mujer, y mucho
menos cuando la pierde. Yo lo veía venir, sólo que tú no te dabas cuenta.
-Cierto. Hay veces que creemos ver todo y no vemos nada, y otras en las que nos
esforzamos por no mirar nada abarcamos todo. -Opinó Emilio.
-Los hombres conocen de las mujeres, lo que ellas les permiten ver. -Afirmó tajante
Consolación.
-Ella gozaba de su poder sobre mí, yo lo sentía. -Reconoció Jaime Andrés, con los
ojos ardidos por la falta de sueño- .Teníamos nuestros problemas como casi todos los
matrimonios, pero yo cedía siempre con tal de que ella fuera dichosa.
-¡Y la dicha también suele cansar!
-No lo entiendo. -Declaró dolido.
-Las mujeres querido sobrino, no son tan bellas ni tan buenas como suelen aparentar.
-Y no obstante, nunca sospechamos llegar a querer tanto algo, sino cuando lo damos
por perdido.
-Y todos fiamos ser impermeables a la desgracia hasta que nos toca. -Señaló Emilio.
-A veces pienso que estoy en mediode esas pesadillas, entre las que intentas gritar y
no te sale la voz de la garganta. -Se lamentó Jaime Andrés.
-Necesitas llorar. -Recetó Consolación- El maldito machismo ha privado al hombre
hasta del consuelo de las lágrimas. Llora mucho. Te hará bien. Una mujer, hijo,
aunque sea la peor siempre deja huella.
21
una hora después
En vano intentó dormir. Apenas consiguió recuperarse y calculando la
hora en que Laura regresaría de la escuela, se dispuso a esperarla con el miedo del
principiante que se enfrenta por vez primera vez a escena, sólo que en esta ocasión
iba a desarrollar un papel protagónico en la vida real. Rosa María sintió miedo y hasta
entonces tuvo clara conciencia de lo que verdaderamente se exigía y se esperaba de
ella.
Aquella familia mutilada, con los muñones todavía sangrantes, precisaba
de la venda bienhechora que atenuara su dolor, el bálsamo que le curara las heridas,
las palabras que le trajeran consuelo y le hicieran renacer la esperanza.
A las pocas horas de permanecer en la casa de su primo, apenas
atenuado su inicial asombro por la suntuosidad y el lujo que hubiera estado muy lejos
de sospechar, recordó toda la amarga verdad que Consolación le había revelado; no
se trataba de una separación convenida, sino de la puñalada traicionera que le habían
dado a su primo cuando menos lo esperaba.
Rosa María después de escucharla comprendió que debía enfrentarse a un
hombre y a una niña heridos en lo más profundo; y en las pocas horas de aquel viaje
adivinó la causa de su silencio, de sus miradas de ausente, de sus cortas respuestas
con escuetos monosílabos; en contraste con aquel muchacho alegre y demasiado
inquieto que ella había conocido en Morelia.
Sin embargo ni una palabra salió de sus labios, ni con un pensamiento
increpó a la infiel, ella no se sentía juez para condenar su conducta, incluso llegó a
suponer que habría tenido serios motivos para actuar así; y que si no los tenía, acaso
se trataba de una mujer desorientada que no tardaría en arrepentirse de sus impulsos
y sobre todo de haber abandonado a su hija.
En medio de estos pensamientos y con el cabello recién lavado y todavía
húmedo dejó la recámara justo cuando tía Consolación dirigía la maniobra de hacer
bajar el enorme cuadro que contenía el retrato de Mayra en elegante vestido de noche
y que desde cuando se llevó a cabo la decoración del hall se había ubicado ariba de la
amplia chimenea con cubierta de mármol de Carrara.
Consolación se había aprovechado de la ausencia de Jaime Andrés
seguramente motivada por cuestiones de trabajo y daba voces para que trataran con
cuidado el cuadro, no por el contenido, sino por el costoso marco engalanado de fina
chapa de oro.
-¿Ya estás levantada? -Preguntó a Rosa María.
-Ni siquiera me he acostado. -Respondió la joven- No hubiera conseguido dormir.
-¿Y el desayuno?
-¡Oh tía! ¿Para que se molestó en pedir que lo subieran? Hubiera preferido tomarlo en
la cocina.
-Allí no tienes nada que hacer tú. -Protestó Consolación- Excepto dar órdenes y vigilar
que se cumplan. -Y volviéndose a los sirvientes agregó: -Pongan ese cuadro en el
desván, pero cubranlo con una sabana o con lo que encuentren.
-¡Es muy hermosa! -Dijo Rosa María refiriéndose a la modelo del retrato.
Aquel reconocimiento de la belleza de una mujer, hecho por otra, sin una brizna de
envidia probó a Consolación la inencontrable calidad humana de su sobrina y añadió: -
¡Debe ser un golpe terrible perder a alguien que se llega amar tanto!- Y había un dejo
de profunda tristeza en sus palabras. Consolación adivinó que ella también debió
haber sufrido mucho pero prefirió callar.
-¿Y Laura? -Preguntó tímidamente la normalista.
-Ya la verás. -Aclaró Consolación y tomándole un brazo la llevó a sentarse junto a ella.
Entonces le refirió como la niña había crecido entre la indiferencia de sus padres,
apenas atendida por la servidumbre.
-¿Pero como es posible que mi primo se haya desatendido así de su hija? -Exclamó
Alondra con mal contenida indignación.
-No lo juzgues con demasiada severidad. -Solicitó Consolación- Mi sobrino no ha
tenido nunca cabeza sino para Mayra. Desde que la conoció, así fue, por otra parte
las exigencias de su puesto han crecido tan exageradamente, que te aseguro que no
le han dejado tiempo ni para ocuparse de su persona, ha dejado de hacer deporte,
aunque era un empedernido aficionado, se alejó de sus amigos, de los que le ha
quedado sólo Emilio que lo sigue por todas partes; y hasta podría asegurarte que
hace años que no toma un libro. Su vida ha sido ese correr detras de Mayra y del
dinero.
-No sabía que fuera tan ambicioso.
-Realmente no lo es. Pero la expansión de la compañía lo ha contagiado. Emilio le
aconsejó que renunciara o al menos que delegara responsabilidades en otros, pero él
se ha encaprichado en ser siempre el eje, el hombre orquesta; más tarde he
descubierto que era la única opción que le quedaba para retener a Mayra: concederle
sus caprichos, rodearla de comodidades y de lujos, anticiparse a todo cuanto ella
hubiera podido desear.
Aquella explicación que justificaba la conducta de padre tibio, empezó a
germinar en Alondra un sentimiento de ternura hacia la pequeña a quién aún
desconocía y con quién apenas hacía unos minutos sentía miedo de enfrentarse.
Pero a las dos y media de la tarde regresó Jaime Andrés quién inmediatamente
ordenó que se presentara todo el personal doméstico para anunciarles que a partir de
aquel momento, la señorita Rosa María pasaba a ocupar el lugar de jefe de la casa, a
quién debía atenderse y obedecerse en cuanto mandara.
Alondra sonriente y sencilla fue saludando de mano a cada uno de los
sirvientes, preguntándoles sus nombres e interesándose por el trabajo que
desempeñaban.
-Yo ayudaré también -Declaró entusiasmada- y juntos haremos lo mejor que
podamos.
Jaime Andrés hubiera querido advertirle que ese no era su cometido pero se abstuvo
de hablar y se mostró satisfecho como quién se desembaraza de una obligación
penosa; por un momento le tentó a idea de acatar las sugerencias de Emilio y hacer
otro tanto en la empresa, pues deseaba rumiar morbosamente su desesperación, pero
al imaginar la ola de intrigas que se desataría consideró que no debía arriesgar los
bienes que le habían sido entregados en custodia, aunque eso sí, mediría su jornada,
administraría su tiempo, para volver a su casa y encerrarse en su despacho para
pensar en ella, porque entre toda la gama del dolor humano, el sufrimiento de amor es
el más dulce; y él quería pensar, atar los hilos de la verdad que se le escapaba,
explicarse lo que todavía no lograba admitir.
Emilio lejos de desaprobar el comportamiento de Rosa María con los
sirvientes, se quedó admirando aquella sencillez, escuchando las palabras
consideradas que la joven dirigió a quienes iban a ser sus subordinados, y aunque le
asaltó el temor de que aquella gente burda e ignorante abusara de la confianza que se
le otorgaba, no pudo menos que admitir que el amable trato de la joven los había
momentánemante desconcertado.
El tiempo le haría notar la equivocación, aquella casa donde el despilfarro y
el desorden habían sido las constantes inseparables, se convirtió en un hogar donde
la discreción, el decoro y las buenas maneras fueron a la par con la pulcritud y el buen
uso de todo lo que había, sin desperdicio ni maltrato.
Poco después anunciaron que la comida estaba servida, pero Alondra insistía
en aguardar la llegada de la niña, dos minutos después el jardinero abría la puerta
para recibirla. Consolación la divisó entre los cristales del comedor y se adelantó hacia
la pequeña ayudándola a descargar su mochila, luego la tomó del brazo y la acercó a
su padre quién le dio un beso en la frente, cruzó un breve saludo a Emilio y se quedó
plantada ante Alondra midiéndola con manifiesto desprecio.
-Mira, es tu tía Rosita, de quién te he hablado tanto. -Presentó Consolación.
Rosa María se adelantó sonriente con la mano tendida, pero la chiquilla respondió
insolente:
-¡Pero yo sólo quiero a mi mamá!
Y partió huyendo. Subió con estrépito las escaleras y dando un portazo se fue a
encerrar a su cuarto.
22
Transcurridos los días
Laura cada vez más rebelde se negó a cruzar palabra con la recién llegada,
prefiriendo la compañía de los criados o la de tía Consolación que se aparecía un par
de tardes por semana.
Rosa María intentó ganarse por todos los medios su amistad, pero las
respuesta secas, los monosílabos apenas insinuados por una boca que nunca
sonreía, la indiferencia que colindaba con la grosería y todo ese repertorio de
actitudes hoscas que suelen incidir en el repertorio infantil, la hicieron llorar más de
alguna vez, inútiles fueron las severas recomendaciones de Consolación, los mimos y
ruegos de Emilio, quién al tanto de la situación de la pobre maestra abogaba por que
se rompiera el hielo de una antipatía gratuita; la pequeña apenas le respondía el
saludo y cuando Rosa María intentó ayudarla con su tarea escolar, Laura le arrebató
violentamente el cuaderno de las manos y fue a refugiarse corriendo a su habitación
dando el consabido portazo.
Alondra soportó con estoicismo todas las humillaciones posibles, jamás se
quejó con su primo de la agresiva conducta de su hija y decidió que lo mejor era
protegerla desde lejos sin que ella se apercibiera. Así, aparentemente lejos de ella, sin
que se percatara de sus cuidados, ordenaba su ropa en su ausencia, vigilaba su salud
y se cercioraba de todos los detalles que pudieran contribuír a su bienestar.
A sus irrazonables arrebatos Rosa María se refugiaba en el disimulo,
dejándola comer sola, vagar por el jardín o refugiarse en cualquier rincón de la casa
donde no la perturbara la proximidad de sus pasos.
Pero si con Laura dio pruebas de una ilimitada condescendencia, con la
servidumbre fue inflexible, tomó las riendas con autoridad y aún con el trato más
considerado frenó abusos, administró con eficiencia el dinero e impuso a cada quién
su tarea, retribuyéndoles de acuerdo con el cumplimiento de su responsabilidad. Los
sirvientes tuvieron que someterse al orden, convencidos de que la joven era ante todo
una completa ama de casa que lo mismo sabía hornear un postre que preparar una
comida sobre todo cuando Jaime Andrés avisaba que tal o cual funcionario, banquero
o personaje almorzaría en su casa.
En las horas que le dejaban libres sus principales ocupaciones, Rosa María
daba consejos al jardinero y revisaba el planchado de las camisas de su primo,
enseñando a la lavandera como doblarlas y almidonarlas, pegando muchas veces ella
misma los botones faltantes. Aquella incesante actividad se fue manifestando cada
vez más en la pulcritud, elegancia y hasta alegría de la casa; sus manos estuvieron en
el arreglo de las flores hábilmente esparcidas dentro de los floreros, o en el cuidadoso
orden por colores de las corbatas de su primo.
Se levantaba primero que nadie y sólo ella sabía la hora en que se quedaba
dormida, pues las luces de su habitación quedaban encendidas hasta que Jaime
Andrés llegaba.
Solía desayunar con él, cuidando de que le sirvieran sus platillos preferidos y
en ocasiones preparándolos ella misma.
El primo callado y taciturno le daba los buenos días con un beso distraído
sobre la mejilla y abría su periódico, ella le preguntaba si volvería para la hora del
almuerzo o si tendría invitados; con exquisita dulzura le recomendaba que no se
malpasara y prevenía a su secretaria que cuidara de dejarle sobre su escritorio a
media mañana un sanwich o un poco de ensalada que ella misma preparaba y le
hacía llegar a través del chofer.
Y cuando el ejecutivo regresaba a las ocho o nueve de la noche hambriento y
solicitando un plato caliente, y Alondra sospechaba que no había probado bocado
durante el día, se apresuraba a servirle, arrebatándole a la cocinera los platos; luego,
iba a sentarse a su lado, pendiente de que todo estuviera dispuesto, silenciosa si su
primo no hablaba, o interesada si le hacía algún comentario; otras veces en que
Emilio les acompañaba en la mesa, la muchacha se retiraba discretamente dejándoles
charlar, pero manteniéndose muy al pendiente por si la necesitaban.
En ocasiones Jaime Andrés se encerraba a trabajar en el despacho, Alondra
tocaba discretamente la puerta y le preguntaba si requería su ayuda; una vez le
recordó que en Morelia hacia el trabajo secretarial de su tío Miguel, entonces Jaime
Andrés se dispuso a dictarle, en lugar de hacerlo en el micrófono de su grabadora
para que alguna de sus secretarias transcribiera el mensaje al día siguiente; su
deplorable estado nervioso había menguado considerablemente sus facultades y su
falta de concentración lo había vuelto lento y Alondra tenía que leer hasta dos o tres
veces un documento para su cabal compenetración; además, los conocimientos de
inglés de la maestra se aplicaban en las traducciones y en la correspondencia con el
extranjero.
La joven volvió a convertirse en la secretaria insubstituíble, sin manifestar
jamás enfado, queja o cansancio, realizando aquella labor con amabilidad y loable
discrección pues jamás, ni por curiosidad, solicitaba informarse de los negocios y
mucho menos de lo concerniente a la intimidad de su primo.
Jaime Andrés solía caer en hondas depresiones, como el enfermo palúdico en
quién reaparece la fiebre intermitente; entonces Alondra se replegaba, guardando la
distancia que requerían sus deseos de soledad, respetando sus angustias, sufriendo
con él pero sin demostrar sus sentimientos; mujer al fin, aprendió a leer en sus
miradas o en el tono de su voz sus cambiantes estados de ánimo, en ocasiones una
palabra, un recuerdo, desataba los días negros en que el infeliz apenas probaba la
comida y buscaba la penumbra del despacho no para trabajar sino para dialogar con
su tragedia; entonces Alondra silenciosamente le dejaba una taza de tila y le daba las
buenas noches tocándole discretamente el hombro, velando desde lejos con él, hasta
que se percataba que la luz de la lámpara de pantalla verde había sido apagada.
¡Cuántas veces se quedó repasando las cuentas de un rosario mientras el infeliz
sollozaba en silencio!
Un viernes Jaime Andrés bebió algunos tragos, y por primera vez incurrió en
el obsesivo asunto que le había sumido en la desesperación. ¿Donde podría
encontrarse su esposa, o que diablos estaría haciendo en ese momento? Alondra y
Emilio cambiaron miradas de inteligencia, él primo achispado y con la lengua suelta
volvía a la carga, maldiciendo al miserable de ojos de gato que le había arrebatado lo
que más amaba; Laura se apareció acompañada de una amiguita que había invitado a
nadar en la piscina casera, Emilio hizo una seña a su amigo para que cambiara de
tema.
-Hablemos de otra cosa -sugirió despreocupadamente- apenas me han dicho como se
conocieron ustedes, -dijo dirigiéndose a los primos- creo que aunque de la familia, se
encontraron cuando ya la señorita era mayor y estaba por titularse.
Jaime Andrés mordió el anzuelo y empezó a recordar que había conocido a su prima
en la casa de sus tíos solterones, en la capital michoacana..
-Entonce cantabas y tocabas el piano. -Recordó Jaime Andrés- ¿O lo has olvidado? .
-¿No quisiera usted tocar algo para nosotros? -Sugirió Emilio.
-¡Eso es! Toca y cantanos algo prima!
Laura y su amiga desde lejos se secretearon algo.
-Lo haré -aceptó con voz baja Rosa María- si me prometes no seguir tomando. -Y
condicionó por primera vez hacer algo que le pedían.
-¡Sea! -Aceptó Jaime Andrés- ¡Ni una copa más por hoy! Y ordena que nos sirvan
mejor el café y algunos pastelillos.
Emilio se acomidió a transmitir la orden a la sirvienta, mientras invitaba a las
pequeñas a degustar pastel con helado.
Alondra fue al piano, los ojos de Laura seguían atentos todos sus movimientos, puso
su mano izquiera sobre el teclado, abandonando la derecha sobre la pierna y empezó
a tocar “Malgré Tout” de Manuel María Ponce, poniendo en la ejecución el sentimiento
del compositor y la tristeza de ella.
Se hizo un silencio absoluto en la sala, como si la música los hubiese
electrizado, la sirvienta se quedó con la charola sobre las manos temerosa de hacer
el más mínimo ruido. Aquella música llevaba implícita la resignación ante las cosas
irremediables, ya no eran el grito de la desesperación, o el sollozo de la angustia, las
dominantes de aquel tema, eran más bien, la serenidad del sufrimiento, la
conformidad ante el destino que suele dar más bien dolores que explicaciones.
Laura y su amiga se quedaron también mudas, prendidas a su vez en el
encanto de las notas tiernas, suaves; cuando las lágrimas apenas se asoman pero no
se atreven a escurrir, o cuando la soledad se vuelve himno entre el velo grisáceo de la
angustia, despunta el listón multicolor de la paz, aunque no con la promesa rosa de lo
irrealizable ¡Por qué nadie puede unir los pedazos rotos! Luego sólo queda el azul, el
lejano azul de una esperanza
La niña, quién pese a su corta edad, también había sabido de desamor, de
soledades, de palabras duras, de indiferencia y de desdén, por una extraña asociación
unió sus sentimientos inexpresados, incomprendidos incluso aún para ella, en aquella
música que parecía condensar su infortunio de expósita; y el mismo Emilio cuya
simpatía por Alondra crecía peligrosamente, descubrió que aquella afición se llamaba
amor, y que el amor era como aquella música, un infinito poema de desolación.
Al concluír la pieza todos aplaudieron entusiasmados y Alondra descubrió que
Laura tenía los ojos brillantes y que le sonreía con esa mezcla de gratitud y asombro
que sólo puede darse en un rostro infantil. Alondra agradeció los aplausos con una
amistosa reverencia, entonces Laura arrastrando de la mano a su amiguita, presentó
a su tía con un aire de orgullo conmovedor.
-Es mi tía Alondra que ahora vive con nosotros y que sabe tocar muy bien el piano.
La pequeña invitada le alargó la mano entre confusa y sonriente; y Rosa María la beso
en el cabello y en las mejillas.
-¿Tocarás otra pieza? -Rogó Laura.
-¡Y todas las que tu desees! -Concedió Alondra entusiasmada.
-¿Y me enseñarás a tocar a mí también? -inistió mirándola a los ojos- ¿Aunque me
haya portado mal contigo?
-¡No te has portado mal conmigo! -Respondió Alondra tomándole el rostro con ambas
manos y poniendo un beso sobre su frente agregó: -y si tu deseas aprenderás a
tocar, todo dependerá de que seas constante y estudies los ejercicios.
-Haré lo que tu digas. -Prometió Laura.
-Entonces, comenzaremos mañana mismo.
Jaime Andrés que aunque mareado había escuchado complacido aquel diálogo
preguntó curioso.
-¿Porque has tocado sólo con una mano?
-Porque esta pieza fue escrita para un hombre al que sólo le quedaba una mano.
-¿Un lisiado? -Preguntó Emilio.
-Se trataba de un escultor muy famoso - Explicó Rosa María- que perdió su brazo
derecho en un accidente, pero él debía concluír su obra empezada, entonces, un
amigo que era músico para decidirlo a continuar escribió esta pieza para la mano
izquierda, para demostrarle que todo es posible hacer si nos queda lo principal: la
voluntad..
-¿Sólo basta la voluntad? -Murmuró Emilio.
-¿Aunque todo se vaya a pique? -Insistió Jaime Andrés.
-Aunque aparentemente nos quedemos sin nada -Respondió gravemente Rosa María-
¡Siempre nos deja Dios un recurso!
23
Unos meses después
La música actuó como una soldadura de buena consistencia. Alondra y Laura
se fueron haciendo amigas. En los primeros meses las relaciones fueron apenas las
de una maestra con su alumna, y no muy afortunadas por cierto, la niña no poseía
unas facultades excepcionales para la música y el solfeo se le dificultaba al grado de
tentarla a renunciar definitivamente a tantas complicaciones, pero la paciencia de
Alondra vencía hasta la última reticencia y después de dos o tres días desganados,
Laura retornaba a los tediosos ejercicios del Beyer. Para hacerle más llevadero el
aprendizaje Rosa María empezó a enseñarle a ejecutar piezas fáciles, que la pequeña
tocaba para su padre cuando este regresaba con humor de escucharla.
Pronto la maestra provinciana fue extendiendo su area de influencia y se tornó
en la asesora y consejera de Laura convirtiéndola de una alumna bastante mediocre
en una sobresaliente, a quién menudeaban distinciones y deferencias del colegio.
Alondra la auxiliaba en sus asignaturas asistiéndola con tanto tino y prudencia,
que fue despertando en la niña tan sincero deseode saber que se elevando
vertiginosamente sobre el nivel de sus condiscípulas.
Unos meses después, cuando terminó exitosamente el quinto grado y su
padre y Alondra asistieron a la ceremonia de fin de cursos, Laura tocó su primera
pieza en público, consiguiendo arrancar una ruidosa ovación de maestras y
condiscípulas y cuando la directora se acercó a felicitarla Laura dio las gracias con
modestia y con los ojos brillantes de satisfacción proclamó el mérito para su maestra
de piano, que era como su hermanita mayor.
Cuando Jaime Andrés le preguntó divertido porque la había llamado así, le
respondió con la infantil agudeza de sus once años, que Rosa María se veía
demasiado joven para ser su mamá. Alondra halagada le dio un beso en la sien.
Laura ya era otra. De aquella niña poco agraciada, iba surgiendo una
muchacha alegre, simpática, a quién las compañeras de clase buscaban tanto para
los juegos y diversiones como para que las ayudara en las materias donde tenían
problemas. -¡Al cabo tu tienes maestra en casa! -le decían, y Alondra divertida las
ayudaba a pedimento de Laura; y no faltaba de vez en cuando alguna tarde, en que
se convertía el jardín en aula y la maestra se veía rodeada de chiquillas, exactamente
igual que en Santa Clara.
-Así no extraño la escuela. -Afirmaba bromeando a Emilio quién ahora pasaba casi
todas las veladas en la casa de su amigo, Jaime Andrés apeciaba siempre su
compañía y al regresar de la empresa y no encontrarlo preguntaba insistentemente si
había llamado o vendría por la noche a cenar, en ocasiones, bebían un trago, o
jugaban a las cartas mientras saboreaban una taza de café aromático; otras, con el
desaliento alojado en la cara, Jaime Andrés encargaba a su amigo hacer compañía a
Rosa María y a su hija y se sumergía con una botella de whisky al fondo de su
despacho, según él a trabajar, pero Alondra y Emilio lo advinaban, a pensar en Mayra.
De tarde en tarde tía Consolación se aparecía por allí, y animaba a su
sobrino a divorciarse aunque fuera por edictos, ya que ignoraba el paradero de su
esposa.
-¿O es que todavía la estás esperando? -Le inerrogaba llena de impaciencia.
Jaime Andrés la apaciguaba y Alondra o Emilio cambiaban el giro de la conversación.
En los meses de fin de año el ejecutivo tornaba abatido tal si el peso de las
responsabilidades le hubiese descoyuntado.
-¿Para que esforzarme tanto? -Se lamentaba- Si ni siquiera hay por quién luchar.
Tengo para vivir. La educación de Laura está asegurada y yo he perdido el aliciente
de trabajar. Un día solicitaré que me releven y me iré como uno más a otra compañía;
mis acciones representan una seguridad y aunque no percibiera ingresos en años, no
padeceríamos hambre.
Emilio intervenía y procuraba convencerle que la dirección de la empresa significaba
no sólo su bienestar económico, sino también su realización , y que la prosperidad era
el reflejo de su esfuerzo y capacidad.
Alondra le agradecía con los ojos esas palabras, mientras en sus labios se
dibujaba una sonrisa aprobatoria, pero Emilio como todos los enamorados se
empeñaba en interpretarla como la complicidad que va camino a la esperanza, porque
el solterón se había prendado de Rosa María desde el momento en que la había
conocido allá en el atrio de la iglesia parroquial de Santa Clara, y hacia ella iban
presurorosos los latidos de su corazón, cuando presenciaba como una especie de
azoramiento todo cuanto la joven había hecho para transformar aquella casa de
desesperados en un hogar auténtico, donde ahora reinaban la tranquilidad y el orden,
la armonía y la paz; y Emilio sentía rebosar su alma de ternura cuando la joven le
hablaba o reía, y gustaba quedarse largo rato con los párpados entrecerrados, para
seguirla viendo con los otros ojos, los del alma, y sublimizaba su imagen, poniéndole
el halo de lo sobrenatural a su belleza, que él miraba resplandecer con el aura de la
virtud.
Pero el amor tiene sus complejidades y aunque Emilio pensaba en Alondra
obstinadamente y hasta a veces le parecía verla viva delante de él, revelándosele en
su cuarto de célibe, y esta treta de su imaginación lo exaltaba; había en cambio otros
días en que el tremendo desaliento de saber que no había logrado impresionarla y
que tal vez jamás llegaría a su corazón le abatía y al igual que Jaime Andrés se
desplomaba entre los letárgcos hijos del pesimismo; en esos obscuros transportes de
la melancolía que se razona, de los que nos hablaba sabiamente el portugués Eca de
Queiroz y que lo conducían irremisiblemente a la conclusión que ha atormentado a los
enamorados de todos los tiempos: ¡Es mucho para mí! Entonces, con la certidumbre
de no llegar nunca a merecerla hacia planes para alejarse gradualmente de la casa de
su amigo, de irse a vivir a la provincia o incluso emigrar a otro país, lo que después se
le antojaba como una monstruosa treta; el alejamiento funcionaba por dos o tres días
en que las repetidas llamadas de Jaime Andrés, de Laura o hasta de la misma
Alondra lo obligaban a regresar y a dar vueltas en torno a la mujer amada, como una
mariposa alrededor de la luz. Otras ocasiones, Emilio saturaba sus ojos del
embriagador encanto que emanaba de aquella dulce criatura y la veía como una
aparición féerica maravillosa, con la misma devoción que se miraría a la Vírgen fuera
del capelo, cuando sonríe sobre el altar floreado en un caluroso atardecer del mes de
mayo, con la luna llena y el ambiente oloroso a nardos. Entonces el hombre seguro,
sobrio, dueño de si, perdía el aplomo y tenía hasta miedo de mirar a la joven
directamente a los ojos, y como un seminarista que teme ser cogido en falta,
disimulaba sus actitudes ausentes, sus ansias de bien, de paz y de belleza que le
roían el alma y se quedaba contemplando a hurtadillas y de lejos lo que no encontraba
valor para tener de frente, e intentaba convencerse de que el sólo hecho de estar
próximo a ella, de participar en ese encantamiento prodigioso que le deparaba la
contemplación de su belleza, era ya un don tan privilegiado, que él debía llamarse hijo
de la fortuna y conformarse. Cuando así razonaba se anulaban los sueños de realizar
una vida nueva y venturosa, poniéndose inclusive el pretexto de que ya estaba
pasado de años para construírla; y que lejos de anhelar lo irrealizable, debería
agradecer a Dios el goce de ser llamado su amigo y hasta depositario de tantas
confidencias y secretos, que si bien giraban siempre alrededor de Jaime Andrés o de
Laura, le deparaban a él precisamente, el papel de escogicdo, en el limbo de las
confianzas de la amada.
En aquellos años si Jaime Andrés era víctima de la aguda patología de la
pasión, Emilio le siguió en el mismo laberinto. Cuan presto se acercaba y al verla
sentía invadirse por una ola de dulzura hasta lo más recóndito de su alma y reía
como transtornado festejando cualquier ocurrencia dejándose llevar por un vértigo de
felicidad imaginaria, cuan presto, después de pasar aquellos instantes de hechizo,
giraba nuevamente hacia la depresión de suponer lo atroces que serían sus días
cuando no estuviera ella cerca, y miraba hacia el porvenir aterrorizado, con el pesado
hato de años vacíos que todavía le quedaran por vivir, sin amor, sin esperanza
alguna, y pensaba que con la misma exacta proporción que un día en la cercanía de
Alondra se le volvía corto, ese mismo día con sus inexorables veinticuatro horas, le
parcería, lejos de ella, infinitamente tedioso, largo y cruel.
Así concluía, que era mucho mejor ver casada a Rosa María con su mejor
amigo, y continuar gozando al menos la posibilidad de frecuentar como hasta
entonces a la pareja, aunque le picara de vez en cuando el doloroso dardo de los
celos; a que ella eligiera a un desconocido o votara por la decisión de regresar a su
pueblo, imposibilitándolo de encontrar suficientes justificantes para visitarla.
Por su parte Alondra, mujer al fin recibía aquellas tímidas demostraciones de
afecto y simpatía con franca despreocupación, ella quién sólo tenía ojos para Jaime
Andrés debió apenas haber concedidp alguna importancia a los sentimientos más
insinuados que expresados del amigo de la casa. Aquel trato impregnado de silencios
repentinos contrastados con eufóricas alegrías, que por cierto denotaban cierta falta
de carácter; aquel galanteo humilde, nunca ostentoso; debieron alguna vez haberla
perturbado o hasta molestado un poco, pero habituada a recibir iguales
demostraciones en Santa Clara a las que nunca había correspondido, no la
sorprendieron aquellas miradas que le decían: -Usted puede disponer de mi vida, de
mi tiempo y de mi voluntad- y en la misma medida en que a su vez su primo mejoraba
su estado de ánimo, Alondra casi feliz, correspondía con sonrisas, palabras amables,
coqueteos inocentes, a aquella sumisión inocente que no era peligrosa porque no
solicitaba nada en cambio. Así, con una táctica, en la que paradójicamente estaba
insertada la milenaria sabiduría de Eva, la joven hacía recordar a su primo que
también era mujer, que estaba en la plenitud de su vida, de su sexo y de su belleza, y
que en prueba de ello, un hombre, el único que los frecuentaba, la admiraba con aquel
mustio respeto que debía a su condición de amigo leal; y ella se dejaba querer con la
certeza de aquel afecto era sólo parte de un juego intrascendente que a nadie podía
hacer ningún mal, ni siquiera al mismo Emilio, de quién no adivinaba ¡Oh ceguera de
las mujeres por quién no les interesa! ¡Cuanto era adorada! Y así, mientras el pobre
enamorado pretendía detectar en la mirada dulce de la provinciana un paraíso de
delicias y se dejaba atrapar por el sueño que todos quisiéramos disfrutar, ella,
Alondra, la de los ojos de agua iluminados por la luz de octubre, la de la apacible
sonrisa plena de paz y pegajosa melancolía, jugaba sin cálculo ni maldad al eterno
malabar femenino, sólo que el elegido ni siquiera se daba por enterado.
24
tres años después.
Laura dejó de ser una flacucha escolar de primaria y pasó a convertirse en
una flamante alumna de segunda enseñanza en el Colegio Franco-Inglés donde entre
amistosa competencia arrebataba a las más aventajadas condiscípulas los codiciados
primeros lugares en casi todas las asignaturas.
La niña antipática y feucha se fue perfilando en una jovencita con formas
finas y un agraciado rostro en el que se alojaba una perenne sonrisa; se volvió
deportista, alegre, optimista y hasta algo traviesa.
A la casa se agregaron algunas jaulas de pájaros, hubo peces raros
nadando en la fuente y llegaron un cachorro que pasaba de los brazos de Alondra a
los de Laura y un perezoso gato siamés, que aunque engreído y egoísta despertaba la
ternura de las mujeres quienes se desvivían por tratarlo como a un bebé, por mas que
el felino, que no estaba siempre de humor para los acurrumacos, sacara de vez en
cuando las uñas lanzando un amenazador gruñido y huyendo de las caricias para
entregarse a sus gatunas aventuras y espeluznantes serenatas.
Jaime Andrés se fue recuperando, por lo menos aparentemente;
empezaba a disfrutar la compañía de su hija quién sociable y amiguera gustaba de
tardeadas inocentes, paseos, y reuniones de chiquillas donde los juegos infantiles se
habían proscrito para dar paso a un incesante parloteo saturado de risas nerviosas y
grititos agudos, tal si el entusiasmo que les nacía por cualquier cosa fuera la constante
de una vida llena de emociones.
Su padre la dejaba divertirse sin otra condición que el pleno
consentimiento de Rosa María, mientras él, que se había vuelto miedoso y hasta
huidizo del silencio se quedaba impaciente a esperar la diaria visita de Emilio o se
hacía el aparecido junto a Alondra que lo mismo horneaba unas galletas, cosía en la
máquina eléctrica, escribía a su madre, o preparaba los meticulosos informes que su
primo rendía trimestralmente al Consejo de Administración, encontrando siempre
tiempo, mediante sabe Dios que misteriosas combinaciones para leer un libro, tocar el
piano, tomar las lecciones a Laura y ocuparse de un sin fin de pequeños problemas.
Jaime Andrés había pasado de ese paroxismo del amor del que habla
Proust, a una resignada serenidad en la que se avisoraba próxima ¡Oh milagro del
tiempo! La reconciliación con la vida y tal vez hasta el olvido. A su prima le mordía el
alma el verlo pesimista, trabajando más por obligación que por un legítimo afán de
superarse, y lo seguía amando por la que lo había herido, porque lo sabía solo e
indefenso a pesar del poder que le conferían el dinero y su alto cargo.
Por su parte la normalista se empezó a aficionar a los vestidos de dos
piezas para parecer más joven y Jaime Andrés poco a poco se fue enterando de que
tenía en su casa, próxima y a su alcance una mujer bonita, que le dedicaba su vida
con auténtica lealdad y desinterés; y una vez que la sorprendió arreglando un búcaro
de flores, pensó en la inegable sabiduría de Consolación cuando afirmaba: “Que las
mujeres podían ser buenas y bonitas, y no sólo aparentarlo, todo era cuestión de
suerte para dar con alguna de ellas”, sin embargo su íntima convicción de que él
había elegido para siempre y que era de hecho un hombre casado, más por su
voluntad que por la religión o por las leyes, lo colocaba en la imposibilidad de una
búsqueda, ya que hasta ese momento, no renunciaba a la mujer que aunque traidora
presidía todavía su corazón y su pensamiento, su sexo y su voluntad.
Y aunque agradecido de ver a su lado a su prima, en quién desde luego
reconocía las virtudes y cualidades que le faltaban a la otra, ni por un momento se le
ocurrió variar su suerte.
Sin embargo conciente de la enorme deuda, realmente impagable que
había contraído con su prima pretendiendo halagarla le entregaba cheques para que
ella se comprara ropa o las cosas que le gustaran, le enviara a su madre alguna
cantidad o abriera en algún banco un cuenta de ahorros a su nombre, Alondra se los
agradecía, indicándole que no le faltaba nada, que su madre trabajaba para ganar lo
necesario, y que ella, era una muchacha pueblerina a quién habían enseñado a
economizar, sabía hacer sus propios vestidos y hasta cortaba uno que otro para Laura
quien le aseguraba eran la envidia de sus amigas; Jaime Andrés insistía en los
cheques y ella terminaba por aceptarlos, pero cuando su secretaria conciliaba las
cuentas, encontraba siempre que los documentos nunca habían sido cobrados.
Jaime Andrés se impacientaba, una vez se le ocurrió poner a su nombre
unas acciones pero la joven le respondió que no tenía la menor idea que hacer con
ellas, entonces lo fue embargando una especie de remordimiento, admitiendo que ella
estaba gastando sus mejores años y que en lugar de encontrarse un buen partido que
se casara con ella y le brindara un porvenir iba a terminar por marchitarse en su casa
suplantando un papel de esposa sin serlo; pero sus escrupulos desaparecían cuando
egoístamente concluía en que la necesitaba mientras Laura crecía y se quedaba a
estudiar en México o se decidía a ir al extranjero a cursar una licenciatura en
Inglaterra o en Suiza; aún entonces suponía que Alondra estaría lo suficientemente
joven para aspirar a formalizar un compromiso, aunque no fuera con un muchacho
muy joven precisamente, incluso hasta con el mismo Emilio ¿Por qué no? quién
también necesitaba una compañera y después de todo, que mejor que el amigo quién
con los ojos ávidos contemplaba maravillado a la joven; y él, aunque distraído había
escuchado una vez las palabras del solterón aquella tarde en que Rosa María juntaba
vestidos usados, periódicos atrasados y ollas abolladas para regalarlas a los pobres.
-¿Qué más pobres de los que padecemos frío en el alma y mucha hambre de amor?
Y Alondra había dejado huír la dulce curva de su sonrisa del clavel de sus labios y
poniéndose pálida como la cera le había respondido:
-Pero usted no es un pobre. Tiene la amistad de mi primo, el cariño de Laura y aunque
yo soy muy poca cosa, la estimación mía.
¡Pobre Emilio! No sabía como agradar o interesar a Rosa María, como yo -se
lamentaba Jaime Andrés- que nunca he sabido que pudo haber visto Mayra en el
seductor. ¿Acaso su audacia, su cinismo… pero Alondra es de otra pasta y se
convencerá, y a Emilio o al hombre que ella elija le llevará el caudal espléndido de su
ternura, como le ha traído aquí ¿O es que acaso está enamorada? -Reconocía Jaime
Andrés- Yo no le he dado motivo alguno y lo de Morelia fueron paseos de chiquillos; y
luego volvía a lo que realmente le torturaba, con esa obstinación del enfermo
incurable que retorna a su dolencia, cuando se creía curado.
Rosa María mientras tanto sin otra aspiración que la cercanía y el procurar
bienestar al hombre que amaba, dejaba cursar su vida laboriosa prendida la
esperanza de que su primo volvería a ser él que había conocido en Morelia. Hasta
entonces no cesarían sus más denodados esfuerzos. Con tacto exquisito lo había ido
separando del alcohol cuando se le estaba volviendo costumbre también había
conseguido que se interesara más y más por su hija y hasta que hubiera consentido
en llevarla a escuchar algún concierto, y sólo cuando sus obligaciones se lo impedían,
rogaba a Emilio que en su lugar acompañara a su familia.
Aunque lentamente, los dichosos tés de tila fueron restableciendo sus
nervios maltrechos, la comida casera caía bien a su estómago y en las tertulias de los
sabados o en las comidas domingueras, Laura invitaba a sus amigas quienes la
aplaudían frenéticamente cuando tocaba los empalagosos valses que su maestra le
había puesto.
A veces Alondra se volvía nostálgica y evocaba su tierra y Emilio a quién el
apacible cuadro de Santa Clara le había impresionado le hacía un sin fin de preguntas
que ella contestaba agradecida de su interés.
-Me hubiera gustado conocerla de niña. -Le declaró envalentonado una tarde en que
el vinillo blanco con el que acompañaron el pescado le volvió confianzudo.
-Se hubiera decepcionado.-Aseguró sonriendo Alondra.
-¿Te recuerdas de entonces? -Preguntó Laura.
-Sí, de cuando hice mi primera comunión y me vistió mamá como si fuera una
pequeña novia. Desde entonces me hice muy devota.
-¿Te divertías mucho? -Insistió Laura.
-Como todas las chiquitinas de mi edad. Mi mamá me daba mi domingo al terminar la
misa; y yo me lo gastaba en seguida. Apenas me duraba el dinero unos minutos en
las manos. Entraba en la tienda del pueblo golpeando con las monedas la lámina del
mostrador.
-¿Y que comprabas?
-De lo que había. Charamuscas, cocadas, dulces de biznaga, de leche y de calabaza,
y si me quedaba todavía dinero pues una medida de cacahuates de Salvatierra o un
montón de cañas de azúcar bien dulces, como las que se alineaban a un lado del
riachuelo.
-¡Ah ese Michoacán tan azucarado! -Convenía Jaime Andrés- ¡Vaya que son dulceros!
¿Te acuerdas en Morelia?… no había tarde que no me diera un atrancón de
arrayanes, ates o cajeta, sin contar con el postre que nos servía en la mesa mi tía
Chabelita. Lo tengo bien presente entre el desorden de mis recuerdos. Creo que en
ese tiempo comí dulces por todo el resto de mi vida.
-Y además la comida -Recordó Emilio- Todavía saboreó en la imaginación los
exquisitos guisos con que su mamá nos agasajó cuando estuvimos en su tierra. ¿Se
acordará usted de preparar esos deliciosos manjares campiranos? … ¡Ese pescado
blanco de Zirahuén!
-Lo que bien se aprende, nunca se olvida Emilio, sólo que mi primo posee un paladar
educado en otro tipo de platillos.
-¿Qué te daban de desayunar? -Preguntaba Laura incesantemente curiosa.
-Pues cuando vivíamos en Opopeo una taza de champurrado o de atole de cáscara.
-¿De qué?
-De cáscara de cacao o de masa de maíz con piloncillo y un buen plato de tamales
calientitos, surtidos o de corundas con queso y crema. Pero también me tocó
acompañar a mamá cuando iba a dar clase a los ranchos, donde no había nada;
entonces teníamos que llevar unos tacos sudados envueltos en una manta gruesa
para que conservaran el calor y la suavidad. Mamá los acomodaba muy
cuidadosamente en su morral de ixtle que le habían regalado unos arrieros, aunque
en honor de la verdad, los rancheros son gente tan buena, que nos llevaban caldo de
gallina, o huevos, o si no tenían más, un buen plato de frijoles con hepasote y una
picosa salsa de chile de árbol.
-¡Vida dura! -Convenía Jaime Andrés.
-Pero sana primo. Sin grandes acontecimientos ni muchas diversiones, pero la
pasábamos bien asando elotes al atardecer que luego comíamos con un poquito de
sal, o nos íbamos a bañar al río. o a cortar duraznos en las huertas en las mañanas
tibias húmedas de rocío.
-¿Y despues Alondra? -Interrogaba ansioso Emilio.
-¿Que quiere que les cuente? ¡Había de todo! A mí me gustaba escuchar el golpeteo
acompasado de la lluvia sobre el techo de la casa cuando dormía; y deleitarme con el
canto de los pájaros en las mañanas transparentes de cielo pálido y sin nubes,
entonces se convierten las viejas estaciones del tren que tienen alamedas de árboles,
en un auténtico conservatorio. Cuando tenía la edad de Laura me gustaba meter los
pies desnudos en los arroyos, allí donde el agua explota como una perenne carcajada,
y luego nadar en el estanque azul, mirando pasar las bandadas de aves cruzando el
firmamento. Una vez atrapé un gorrión que mojado por la lluvia, piaba insistentemente
fuera de mi ventana.
-¿Y cuando se recibió de maestra? -Volvía a preguntar Emilio.
-Pues todo siguió más o menos igual, aunque como ya era una mujer, tenía que
portarme mucho más formal. Muy de mañana atravesaba la plaza y los portales rumbo
a la escuela, me gustaba llegar la primera, siempre puntual, así los niños seguían mi
ejemplo.
-¿Eras muy regañona? -Dijo Laura.
-No mi amor. Me gustaba estar ante los niños, que con su infantil asombro
aguardaban mi palabra.
-¿Reprobabas a muchos?
-Sólo a los más rebeldes, a los que inducían a sus compañeros al juego en lugar de
estudiar. Aunque no lo exigían las autoridades, mamá la dio por enseñar en las
tardes: costura, bordado y hasta corte; y al final del año presentábamos la exposición
con los trabajos más sobresalientes hechos por las mamás de los alumnos.
-Total. Que pasabas todo el día en la escuela. -Comentó Jaime Andrés.
-Volvía a casa a las siete. Al regreso me gustaba caminar por las calles azulosas que
empezaban a dormitar en el fresco regazo de la noche. En el mes de abril andando un
buen pedazo de campo, presenciaba esa agonía del sol que tiene tanto de éxtasis y
dejaba ir los ojos a través de la llanura inmensa. Volvía cansada y hambrienta, pero al
llegar a casa me parecía que el viejo rosal me sonreía; y que el guayabo que lucía
frondoso y hospitalario me hacía guiños para que fuera a arrancarle sus frutos
almirabarados. Cenaba con mamá y comentábamos los acontecimientos del día,
mientras el pueblo se iba hundiendo en el obscuro sosiego. La luz eléctrica se iba
seguido y nos obligaba a acostarnos temparno, entonces yo debía preparar mis clases
alumbrándome con velas de parafina. A veces no conseguía dormirme y rechazando
el tibio refugio de las sabanas me iba a dar una vuelta por la huerta hasta bien entrada
la noche y me llenaba deperfumes, de luna, y de silencios, de estrellas y de sueños, o
me quedaba tendida de espaldas sobre la cama recordando las inocentes diabluras de
mis alumnos, hasta que sentía caer esa agradable pesadez sobre los párpados,
entonces me dormía para continuar soñando con el campo verdeando de ahuacates.
-He allí un mundo perdido, nunca recobrado. El de la niñez, de la juventud. -Afirmaba
Emilio metido a filósofo.
-No está perdido Emilio, en mi pueblo las calles están empedradas de recuerdos y
cada piedra es una evocación que me hace volver a vivir el pasado, y aunque ya ven,
mi vida ha cambiado tanto, que en ocasiones en medio de esta casa opulenta,
rodeada de todas las comodidades, extraño una tarde teñida de rojo con nubes de tul,
o el escandaloso deambular de la luz por el cielo una noche de treinta de septiembre
cuando se conmemora con juegos pirotécnicos el aniversario de Don José María
Morelos.
-Alondra -dijo Emilio, y su voz se escuchó ligera, bien timbrada, mientras ella se volvió
a mirarlo con ojos de asombro- Me encantaría verla suspirar entre sus macetas,
sentada en el banco del jardín, caminando por un corredor enlozado de ladrillos rojos.
Y entonces, hacerle cartas aunque nunca las recibiera y componerle versos aunque
no he aprendido a ser poeta; y escuchar sus pájaros quienes han sido sus verdaderos
maestros que la enseñaron a cantar y a reír.
-¡Qué bien hablas! -Celebró Jaime Andrés palmoteando, y por primera vez realmente
entusiasmado.
Alondra se volvió a verle fascinada, mientras en su frente respaldecía la satisfacción.
Había triunfado.
-A veces -continuó Emilio- nuestras palabras suenan a oración y las oraciones cuando
se dicen sin fe son unicamente palabras.
Pero ella no le escuchó. Miró a Jaime Andrés mientras reiteraba en su interior el
compromiso de serle fiel: “Yo coseré tus botones desprendidos, dejaré tus corbatas
impecables, tus pañuelos, tus trajes, tus calcetines ordenados, entibiaré tu pan,
herviré tu café y esperaré por ti a que el tocino se ponga bien dorado. Yo estaré
contigo siempre. ¡Y siempre será mientras me necesites!”
25
unos meses más tarde
El viento se lleva a las nubes y los años a las penas.
Jaime Andrés ya era un hombre nuevo. Sonreía tan frecuentemente como
antes y a instancias de Rosa María intentaba ser el viril deportista de otros años.
Empezó por el boliche y siguió con el frontón. Los sabados la dio por practicar la
natación en compañía de su hija y de Alondra, y cuando les dejó de gustar la piscina
doméstica se dirigían a los balnearios de Morelos y hasta a las playas en algún
familiar fin de semana.
Emilio era el invitado habitual y cuando intentaba sustraerse con el pretexto
de que la familia seguramente deseaba disfrutar cierta intimidad, Jaime Andrés le
respondía que él también formaba parte de su familia. Emilio no se hacía mucho del
rogar atraído como insecto por la luz de Alondra, se presentaba vestido con ropa
informal que le hacía aparentar mucho más joven lo que motivaba agradables
exclamaciones de las muchachas, Alondra en particular alababa sus alegres
combinaciones, sus zapatos blancos muy deportivos y sus sweters juveniles, él la
escuchaba encantado, no podía mirarla a los ojos sin acariciarlos con todas las fibras
de su ser aunque la presencia de Jaime Andrés terminaba siempre por cohibirlo; Rosa
María le miraba con una expresión atenta y dulce. Una semana que vacacionaban en
Tecolutla Emilio le dijo:
-Nunca podría agradecer a usted la dicha que me proporciona el sólo hecho de verla..
Rosa María se puso roja como una amapola, pero encontró serenidad para
responderle:
-También usted nos hace sentir muy contentos cuando comparte los paseos con
nosotros. Sin su amistad, sin su apoyo, yo no hubiera podido sobrellevar aquellos días
difíciles. ¿Recuerda? Cuando esperábamos los dos a su amigo y hablábamos de él
hasta la media noche aguardándolo sentados frente a frente en el comedor, usted fue
el depositario de todas mis confidencias, dudas y temores, sin sus consejos habría
fracasado y yo hubiese tenido que regresar a Santa Clara declarándome incapaz de
hacer nada por mi primo.
Emilio la esuchaba con afectuoso respeto, conciente de la indiscutible
superioridad moral de la muchacha.
-No Alondra, no fui yo -Afirmó categórico- fueron su constancia, su decidido empeño.
Yo sólo tratabade darle ánimos.
-Cuando flaqueba ¡Y sucedía a menudo! …-Y cómo observara que él la contemplaba
con inmensa ternura añadió:- Vámonos que nos deben estar esperando y no me
gustaría que se imaginaran otra cosa.
-¿Por ejemplo qué?
-Pues que nos hemos olvidado de ellos.
-¡Alondra!
-¿Sí?
-Hace mucho que ya no me confía ningun secreto. Ahora la veo más bien absorta en
sus pensamientos, en los que no me atrevo a penetrar, porque supongo que son para
mí como un mundo prohibido. Y añoro los días en que usted me confiaba todos sus
planes.
-Pues allá va uno. Queremos darle una sorpresa a Laura por sus quince años.
-Me lo figuro: Una suntuosa fiesta en algún club de moda, amenizada por una buena
orquesta para bailar y un menú que usted elegirá cuidadosamente.
-¡Frío! -Respondió Rosa María- Lo hemos discutiro mucho mi primo y yo y llegamos a
la conclusión que un viaje ¡Su primer viaje a Europa! Sería algo mucho más
apropiado. Y aquí entre nos, Jaime Andrés insiste en que yo la acompañe- Emilio se
estremeció y preguntó con desasosiego:
-¿Cuánto tiempo?
-¡Oh, no lo se! Posiblemente un mes. Pero se ha puesto usted pálido. ¡Por Dios, no es
ninguna tragedia!
-Simplemente me ha sorprendido. Seguramente se irá a divertir usted mucho … y
después de todo bien merece un descanso.
-No Emilio no pienso ir. Laura debe empezar a valerse por si misma y estoy segura de
que encontrará alguna amiguita entre las chicas que van en la excursión con la que se
podrá entender … en cambio mi primo …
Jaime Andrés seguido de Laura comentó alegremente:
-Bueno, ya están aquí los perdidos, ahora podremos comer. ¿Dónde se habían
metido?
Rosa María y Laura felices empezaron a parlotear como si tuvieran siglos de no verse
.Jaime Andrés y Emilio iniciaron los brindis.
Al segundo trago Emilio empezó a sentir otra embriaguez, la de estar cerca de la
mujer que adoraba y que él veía como una visión fantástica envuelta en una niebla
dorada.
Rosa María empezó a servir a su primo privando de su trabajo al comedido
mesero.
Emilio sintió que le hería el aguijón inmisericorde los celos, y se hizo el distraído, pero
la voz de Alondra lo sacó de sus cavilaciones.
-Allá va su plato, le he puesto un poco de todo igual que a mi primo.
Emilio la miró como prendido en un arrobamiento. Ella sintió aquella mirada que
llegaba de lo más profundo del alma de aquel hombre, Jaime Andrés y Laura jugaban
y se reían estrepitosamente. Alondra balbuceó con torpeza:
-Ya ve. Ahora tengo que cuidar a dos niños.
26
un mes y medio más tarde
Celebraron los quince años de Laura con una cena en familia. La jovencita se
hallaba muy animada ante la perspectiva del viaje que coincidía con las vacaciones y
que rubricaba con éxito sus estudios de segunda enseñanza, que había terminado
con buenas notas y mejores augurios.
La tía Consolación se retiró después de las onche.
Jaime Andrés y Emilio se quedaron como de costumbre en el salón saboreando una
copa de cogñac con el café.
Rosa María ayudaba a Laura a desempaquetar sus regalos en su recámara.
La quiceañera había pasado un atareado día respondiendo llamadas telefónicas y
eligiendo en los grandes almacenes vestidos, calzado, y cuanto pudiera necesitar en
su próximo viaje. Desde el medio día empezaron a llegar sus condiscípulas con
chocolates, animales de peluche, arreglos florales y misteriosas cajas forradas en
papeles de colores adornadas de grandes moños.
Jaime Andrés le había regalado un juego de collar y aretes con verdaderos
brillantes, aquella su primera joya la mantuvo todo el día muy excitada, Rosa María un
elegante juego de zapatillas y cartera, su tía Consolación un abrigo muy chic y Emilio
un precioso frasco de cristal cortado conteniendo un exquisito perfume con una
inscripción que decía: Para Laura quién hoy comienza a ser formalmente una señorita.
Pronto Alondra y la quinceañera se dieron prisa entre alegre euforia para
abrir los regalos, de pronto Laura se sintió fatigada y se quejó de que le dolía
terriblemente la cabeza. Alondra sugirió que dejaran para el día siguiene lo de hacer
sus maletas y la hizo ingerir una aspirina asegurándole que con eso podría sentirse
mucho mejor e irse a la cama, dejando para el día siguiente regalos y equipaje.
Laura se despidió de su padre y de Emilio y se metió en el lecho.
Una hora después ardía en fiebre. De momento, le restaron importancia, pero
Rosa María que la sintió muy acalorada al darle las buenas noches, observó que tenía
las pupilas ligeramente dilatadas, una precognición la obligó a volver, ya enfundada en
su pijama, y cuando ya se disponía a acostarse, excontrándola excesivamente
inquieta, le tomó por precaución la temperatura y el termómetro marcó dos veces
seguidas 39 grados, cerciorada de que se avecinaba algo anormal se puso una bata y
fue a despertar a su primo, Jaime Andrés acudió medio dormido al lecho de su hija y
atribuyó la fiebre a un ligero enfriamiento, o a los nervios exaltados por la emotiva
jornada.
-Mañana la llevaremos al médico. -Anunció- Ahora va a ser media noche. Tal vez
algún alimento pudo caerle mal. -Se fue al botiquín y regresó con una pastilla- Esto la
ayudará. -Propuso.
Rosa María se la hizo tomar con un sorbo de agua pero al incorporarla percibió
que estaba húmeda de sudor, Jaime Andrés se sentó sobre su cama mirándola
fijamente.
-Te digo que no es nada. -Insistió ante la cara preocupada de Alondra. La pastilla
pareció calmarla un poco y Jaime Andrés se retiró comentando que al día siguiente
tenía una junta a las ocho en punto y que necesitaba dormir.
-Si no le baja la temperatura llama al médico mañana temprano. Por ahora, será mejor
que te acuestes. Tu también debes descansar.
Alondra apagó la iluminación y se quedó sentada en una butaca, alumbrándose
con la débil luz de la lámpara del buró; la respiración de Laura se volvía cada vez más
fatigosa, volviéndose de un lado al otro incesantemente, el sudor le perlaba la frente
empapándole los cabellos; pasadas las tres de la mañana Rosa María desesperada
fue a tocar nuevamente la puerta de la habitación de su primo.
-Laura sigue igual. -Anunció- Es necesario llevarla al médico.
-¿A estas horas? -Opinó Jaime Andrés medio dormido- El doctor Pablo debe estar en
el tercer sueño.
-No podemos esperar. -Insistió Alondra.
-Te preocupas demasiado. -Y consultando el reloj agregó:- Van a dar las cuatro.
Debemos esperar a que amanezca.
-Intentaré encontrar un médico.
Tomó el grueso directorio telefónico y llamó a tres o cuatro consultorios, en alguna
clínica le aseguraron que el médico de guardia iría dentro de veinte minutos, le
volvieron a solicitar las señas y le pidieron que esperara .
Jaime Andrés inistía tercamente:
-No creo que se trate de nada serio. Es que la chiquilla se nos está volviendo mujer.
Y fue a sentarse en un sillón donde se quedó dormido. Rosa María con la mirada fija
en la enferma no se separaba de ella, y corriendo fue a despertar a las sirvientas
pidiéndoles que estuvieran al pendiente por si el doctor llegaba. A la media hora se
presentó un medico joven envuelto en un abrigo a cuadros y armado de su maletín,
tomó el pulso de la paciente, sacó el estetoscopio y la auscultó, por último levantó los
párpados.
-Voy a administrarle un calmante. -Anunció sacando de su maletín una jeringa provista
de aguja.
-¿Se encuentra delicada doctor? -Preguntó Jaime Andrés.
-No creo. -Contestó bostezando el galeno- Veremos como evoluciona. La inyección la
tranquilizará y mañana si persiste la fiebre llame a su médico. Son quinientos pesos.
El doctor partió. Laura se fue serenando y Jaime Andrés tornó a su cama, pero
Rosa María inquieta y acongojada decidió echarse una manta y volvió a instalarse en
el sillón pendiente de Laura. El sueño la venció pero a las seis de la mañana despertó
sobresaltada; Laura dormía más tranquila y su cabeza había dejado de agitarse. A las
siete le volvió a tomar la temperatura. El termómetro marcó 38 grados, optó por no
volver a molestar a su primo pero telefoneó a Emilio quién respondió que iría en
cuanto terminara de ducharse.
A las ocho Laura continuaba igual.
Jaime Andrés bebió un café con mucha prisa y salió corriendo a su junta que
sin él no podía iniciarse.
A poco llegó Emilio quién notó que la enferma lucía el rostro lívido y profundas
ojeras; había un fuerte olor a calentura dentro de la habitación.
Rosa María llamó al doctor Pablo.
-El doctor no ha llegado aún al consultorio. -Le respondió la enfermera.
Rosa María buscó otro médico.
-El doctor Ignacio Beamonte ha salido ya a hacer sus visitas del día, pero en cuanto
se reporte le diré que vaya allá, o si usted prefiere puedo conseguirle una consulta por
la tarde …-Le informaron.
-Puede ser peligroso sacarla.- Opinó Emilio.
-Gracias -dijo Alondra- Si el doctor no puede venir, dígale que por favor llame para
indicarme que hacer.
A las diez y media Jaime Andrés telefoneó y Emilio le informó que su hija iba mejor.
La temperatura había descendido y estaba casi normal.
-Te agradezco que estés al pendiente, pero ya sabes como es Rosa María, se
preocupa demasiado por Laura, anoche no me dejó dormir y como sabe que tu la
concientes, pues ya veo que no te has presentado a trabajar ¡Viejo flojo!
Emilio se despidió y colgaron.
A las cinco de la tarde el termómetro marcó nuevamente 38 grados. El
doctor Beamonte no había llamado y el Dr. Alvaro Sosa se encontraba desde por la
mañana en el quirófano operando. Pero a las seis y cuarto Rosa María logró
comunicarse con el doctor Beamonte.
-Me hubieran localizado. -Protestó el galeno- Ahora tengo demasiados pacientes en el
consultorio, pero le prometo iré en cuanto pueda escaparme.
-No ha probado alimento en todo el día.
-Mejor. Hasta no saber de que se trata.
Colgaron.
A las ocho Laura ardía nuevamente y los ojos enrojecidos por la fiebre se le
cerraban pesadamente.
Alondra telefoneó a su primo a la empresa.
-¡Ya hubieras conseguido otro médico- Reprochó con acritud, y añadió- ¡Voy para allá.
El doctor Beamonte llegó a las ocho y cuarto, examinó minuciosamente a la enferma,
le abrió la boca, revisó la lengua y los ojos y fialmente se puso a prescribir unos
medicamentos. Jaime Andrés llegó precipitado, pero se detuvo ante la actitud
concentrada y grave del profesionista.
-Buenas noches doctor. ¿Se trata de algo serio?
Beamonte levantó los ojos sobre los lentes y respondió con incertidumbre.
-Probablemente es fiebre de malta. ¿Ha ingerido queso de cabra, leche o algun
dulce?
Rosa María trató de recordar pero respondió insegura.
-Sí. Posiblemente sí, aunque no puedo precisarlo con exactitud.
-Esto nos ayudará a diganosticar. -Afirmó mientras alargaba una receta.
Emilio la tomó presuroso y se fue en busca de los medicamentos.
Beamonte prometió acudir el día siguiente pero advirtió:
-Si continua mal, llámenme a la hora que sea. Les dejo el número telefónico de mi
casa; -y volviéndose a Rosa María aconsejó- Si le continua subiendo la temperatura,
adminístrele sobre la cabeza unas compresas de agua fría.
Jaime Andrés palideció.
-Pero doctor apenas ayer se encontraba perfectamente bien. Hasta celebramos sus
quince años.
-Así son las enfermedades, traicioneras. Hoy nos encontramos aparentemente bien, y
mañana quién sabe.
El doctor fue hasta su coche. Jaime Andrés lo seguía visiblemente
transtornado.
El galeno se marchó para seguir cumpliendo sus visitas.
Jaime Andrés tornó al dormitorio de su hija, Laura se despertó intentando
sonreír a su padre, pero había algo estúpido en su sonrisa. Emilio regresó a poco,
subió apresuradamente de dos en dos los escalones y entregó a Rosa María las
medicinas que administró inmediatamente.
Alondra le dio las gracias con los ojos. Laura volvió a caer en el pesado
letargo, con la equívoca apariencia de sueño, Jaime Andrés pasó las manos sobre la
cabellera de la niña empapada de sudor.
-Baja por favor a comer algo. - Le pidió Alondra. Emilio te acompañará.
-¿Y tu? -Preguntó Jaime Andrés.
-No ha probado un bocado en todo el dia. -Intervino Emilio.
-No tengo hambre -declaró Rosa María- más tarde si puedo comeré algo.
-¿Y porqué no baja ahora mismo con Jaime Andrés -pidió Emilio- Yo me quedo
cuidando a Laura. Si necesitara algo le llamo. .
-No. -Respondió tajante Alondra. -¡Vayan ustedes! ¡Yo debo permanecer en mi
puesto!
Jaime Andrés se volvió a mirarla y puso la mano sobre el hombro de su prima
y había tanta gratitud en su mirada que ella sintió desvanecerse de dicha; pero ahora
su sitio estaba allí, donde era necesaria y requerida de todas sus fuerzas, de toda su
voluntad y abnegación de mujer, ¡De todo su amor! ¡Y he ahí que lo entregaba
agradecia de poderlo dar!
.
27
casi dos semanas después.
Laura no mejoraba. La fiebre retornaba persistente por la tarde, subía
peligrosamente hasta la media noche y volvía descender gradual en la madrugada
para irse a veces completamente durante la mañana.
Con los ojos dilatados, alternando breves mejorías con momentos críticos, la
pobre muchacha había adelgazado hasta quedar la piel pegada a los huesos, la cara
también se le había enflaquecido y de las mejillas otrora sonrosadas quedaba una piel
amarillenta surcada de enormes ojeras.
Sumida por la fiebre, en el delirio mezclaba asuntos de las asignaturas
escolares con risas y frases que dirigía a sus amigas invisibles, o bien llamaba a su
padre desesperamente. Muchas veces quería a Emilio al pie de su cama, y las más
cuando se sentía muy decaída, con aquella drástica dieta líquida, pedía que Alondra
estuviera pegada a su lado.
Los ratos de lucidez se sucedían entonces, pero acarreaban otros
desasosiegos para la paciente y para su cuidadora; entonces la jovencita con las
fuerzas aniquilladas, gastando las pocas energías que le quedaban rogaba a Alondra
que le hablara de Santa Clara, del viaje a Europa que realizaría cuando se aliviara, o
pedía que la dejara tocar el piano, desafiando una expresa prohibición del doctor
Beamonte y aunque Rosa María la envolvía en mantas y cerraban la sala, hubiera
preferido que el instrumento fuera subido a la habitación.
Otras veces solicitaba que su padre le leyera algun libro mientras se
quedaba dormida entre el angustioso sopor de la fiebre, y consiguió que su amable
enfermera trabajara sobre una mesa pequeña en su habitación transladando una
máquina de escribir, ya que a pesar de ocuparse de la enferma, Rosa María
continuaba apoyando a su primo sirviéndole como una eficaz asistente.
El doctor Beamonte visitaba a diario a su joven paciente y cuando el mal
pareció recrudecerse un terrible fin de semana, el galeno la llegó a visitarla dos y
hasta tres veces en un mismo día.
Emilio logró convencer a Alondra que se alternaran velándola, ya que ella se
negó a que se contratara una enfermera, Jaime Andrés empezaba a angustiarse, las
respuestas evasivas del galeno y sus silencios prolongados eran señales de malos
augurios; pensaron en llamar otros médicos y en convocar una junta, Jaime Andrés
tornó a sus noches desesperadas ahora por otros motivos y se llevaba
frecuentemente las manos sobre las sienes.
Al final los excesivos cuidados de Alondra y la indiscutible capacidad el
doctor empezaron a dar un resultado alentador; y Jaime Andrés vencido por la
incertidumbre se acercó una tarde a un templo próximo a implorar un milagro por la
salvación de la vida de su hija y con los ojos preñados de lágrimas, volvió a orar con la
oración que muchas veces dijo de niño, pero ahora repetida con fervor, meditando en
aquello de:
Y perdónanos nuestras deduas como nosotros perdonamos …”
y Jaime Andrés no sólo perdonó sino que también pidió perdón por el desapego, y su
anterior indiferencia por su unica hija, enceguecido y esclavizado por la pecaminosa
pasión que lo dominaba, repasando sus extravíos como si Dios no estuviera al tanto
de cuanto le había ocurrido; y rogando porque su perdón sincero, su sufrimiento,
fueran abonados en retribución por su egoísmo, y su adoración sacrílega por una
mujer, en lugar de haberla ofrecido al mismo Dios, que había olvidado. ¿Porqué debía
sufrir entonces la criatura si ella no había cometido ninguna falta y más bien era la
víctima de aquel matrimonio fracasado? Y el hombre vencido tuvo gratitud para la
Divina Bondad que en medio de su desgracia le había consolado con la presencia de
aquella dulce muchacha cuya abnegación y apego eran la prueba de su misericordia.
Al final, ofreció su propia vida por la de su hija aceptando que él era quipen debía
pagar las consecuencias de su pecado, si así cabía etiquetar a su amor avasallante;
si alguien debía morir era él, pero solicitando siempre la mediación del Cristo rogó por
la hija, por la prima y por el inseparable amigo que no se había despegado del lecho
de la moribunda. El diálogo, o si se quiere llamar el monólogo lo tranquilizó y
retornando al lecho de su hija empezó a sentir una confianza tan firme en que su
ruego alcanzaría a ser escuchado que pronto llegó la respuesta y la tía Consolación
empezó a percibir signos de mejoría en el pálido rostro de la enferma.
En aquellos días Rosa María procuró consultar la opinión de otro galeno y
llamó al reputado doctor Alvaro Sosa Granados quién conferenció con Beamonte
concluyendo ambos que el tratamiento había sido el correcto.
Pronto empezó a normalizarse la temperatura y se fue avisorando una efectiva
mejoría. No obstante la paciente se encontraba tan desmejorada, que ambos médicos
coincidieron que una recaída equivaldía inexorablemente a la muerte, por lo que
debían extremarse todas las precauciones posibles.
Granados volvió a su quirófano, pero aún conferenció tres o cuatro veces por lo
menos con su colega; y una tarde de junio Beamonte anunció que Laura estaba fuera
de peligro.
Jaime Andrés abrazó a su hija llenándole de besos la frente completamente
fresca.
Regresó al templo a dar gracias con todo su corazón reconociendo en aquella
cura la mano evidente y milagrosa de Dios, quién expresaba su voluntadad a través
de aquella valiente enfermera sin cuyos desvelos Laura sería ya probablemente un
montón de cenizas; dichoso y enternecido fue a dar las gracias a su prima cuyas
manos llenó de besos, Rosa María exhausta con las desveladas, comiendo mal y en
una perpetua zozobra apenas pudo contener las emociones que le provocara aquel
desbordamiento, pero su asombro no pudo contenerse cuando su primo declaró:
-Tu has sido el instrumento de Dios para salvar a mi hija, a El y a ti debemos ella y yo
la vida. Tu afecto nos arrebató a mi de la desesperación y a ella de la muerte.
Alondra trató de serenarlo. Aún Laura necesitaba de sumos cuidados advirtió,
su organismo estaba muy debilitado, Emilio los sorprendió en aquel coloquio pero al
enterarse de que la niña estaba curada, su alegría le hizo olvidarse de sus
sentimientos por Alondra, y el piquete de los celos se deslizó en aquel corazón noble;
pensando en conformarse con el afecto que aquella familia le otorgaba aliviándole su
soledad. ¡Qué importaba si Alondra se casaba con su primo y él quedaba
definitivamente excluído de una esperanza! de todos modos continuaría
frecuentándola, amándola en silencio como hasta entonces, además su amigo le
ofrecería siempre el hogar del que carecía y que ya no tenía ninguna posibilidad de
llegar a poseer; y en cuanto a Laura, aún casada le recibiría siempre con cariño y
todos le seguirían entregando su confianza hasta su vejez. ¡Ya no importaba su
soltería, sino la vida de Laura, cuya vida apenas comenzaba! ¡Ella era quien tenía
derecho a vivir, a estudiar, a viajar, a enamorarse, a casarse y tener unos hijos! Y en
cuanto a Rosa María al fin hallaría su compensación en el cariño del unico hombre
que había llegado realmente a querer, por quién había pasado luchas y desvelos; pero
sobre todo su amigo, su insubstituíble amigo, noble aunque débil, que acabaría
olvidándose de la traición, del abandono, de los celos, de la deseperanza y sepultado
su pasado comenzaría a ser verdaderamente feliz. ¿Qué importaba entonces -se
repetía- que él, Emilio, continuara solo, dando vueltas en su cama de célibe y hasta
haciendo versos sin ser poeta?
28
cinco semanas después
Hay días que los hemos aguardado tanto, que han sido imaginados de
diversas maneras y nuestra fantasía los ha vestido de colores tan brillantes y de
acontecimientos tan maravillosos, que su sola espera ha significado un goce
disfrutado de antemano, tal si nos adelantáramos a vivirlos, o nos atreviéramos con
voraz apetito a probar a hurtadillas un poco del irresistible manjar que nos tienta,
antes de que llegue el momento en que está servida la mesa.
Así aguardó Alondra el día de su cumpleaños. Una indiscrección de Laura
quién anticipadamente le había consultado acerca del obsequio que le agradaría
recibir la llevó a suponer que su primo deseoso de halagarla se quebraba la cabeza
procurando elegir el regalo apropiado, por otra parte Emilio con la convaleciente Laura
conspiraba a su vez con risitas, secretillos y miradas de doble sentido.
Alondra les hacía el juego. Despúes de aquellos ingratos días de tensión y
angustia, el ver a Laura, que aunque algo delgaducha se encontraba en franca
recuperación y a su padre bromista, con el carácter bonachón y amable que le había
conocido, la colmaba de dicha, y en cuanto a Emilio cuyos verdaderos sentimientos ya
no se le podían ocultar, le complacía admitir que había terminado por resignarse a su
papel de amigo; y como justo premio a su renunciación, a sus atenciones discretas, a
sus miradas lánguidas pero breves, Rosa María le compensaba con una camaradería
abierta, con una amistad sincera de la que cierto afecto no estaba totalmente excluído.
Emilio como muchos enamorados sin porvenir, renunciaba a manifestar sus
sentimientos con tal de no importunar a la mujer amada, temía tanto que su cariño le
predispusiera que se conformaba con esas migajas insignificantes que las mujeres
suelen desparramar sin comprometerse. Demasiado sabía que una sola palabra de
Jaime Andrés bastaría para rendir a la joven; y que tratándose de él, Alondra como
cualquier joven realmente enamorada no exigiría el protocolo de una boda, o el
convencionalismo banal de una ceremonia; eso se quedaba para las jóvenes que
requerían del permiso y del respaldo de la sociedad para entregarse y cuya confianza
se obtenía con un juramento delante de Dios, un vestido blanco y unas obligaciones
civiles. Alondra, comprendía Emilio, no precisaba de ninguna de esas formalidades,
por otra parte imposibles de cumplir por parte de su primo; con inocencia había venido
a vivir a su lado sin importarle un ápice los inconvenientes de aquella situación
extraña e irregular, y pasando seguramente de lado sobre las rigideces de la moral
provinciana, las prevenciones de su madre o la venenosa murmuración que podría
haberse desencadenado en torno a su persona. Y he aquí que el premio estaba
próximo. Sus sufrimientos, su abnegación, sus desvelos, su confianza empezaban a
ser recompensados. Laura era un intachable modelo de cualidades, de la niña rebelde
había surgido una muchachita dulce, refinada, sensata, cuya dedicación y apego al
estudio auguraban un envidiable porvenir; Jaime Andrés volvía a ser el ejecutivo
capaz, dotado de su inagotable dinamismo y de natural alegre. ¡Y cómo la trataba a
ella! ¡Con cuánto entusiasmo aplaudía sus peinados a base de dos trenzas prendidas
en forma de disco; alababa sus vestidos, sus perfumes, agradecía el postre que ella
preparaba y hasta había besado devotamente las yema de sus dedos el día, que
degustó el delicioso pastel que tanto le gustaba, y que ella al hornearlo se había
quemado ligeramente!
Y en aquellas semanas posteriores a la enfermedad de Laura, Jaime Andrés
se había entregado totalmente a su hogar, ya no extrañaba tanto a Emilio y en
muchas ocasiones llegaron a salir sin su compañía: cines, teatros, restaurantes,
excursiones y hasta una función de ópera después de la cual el hombre antes
distraído sugirió que su prima podría haber llegado a ser una de aquellas divas que
noche a noche reciben los homenajes entusiastas de los públicos, los aplausos
cálidos, y los elogios.de los entendidos.
-¿Tu crees que yo habría podido llegar a tanto? --Había preguntado Alondra con el
azoro alojado en los ojos- ¡Yo soy solamente una aficionada!
-Claro que sí, si te lo hubieras propuesto. -Había afirmado Jaime Andrés galante y
seguro- Sólo que yo te prefiero así: hogareña, discreta, unicamente para mí. -Y añadió
bromeando- Si te hace falta un público entusiasta, aunque no muy conocedor, pues
aquí me tienes!.
-¡Qué egoísta! -Había replicado Alondra y ambos se habían echado a reír.
Aquella noche salieron de Bellas Artes del brazo y fueron a cenar a un restaurante
lujoso y Laura lejos de encelarse se mostró tan complacida y sonriente que
bromeando había advertido:
-La próxima vez que anden ustedes haciéndola de novios, yo invitaré a alguna de mis
amigas.
-No te queda otro recurso. -Había bromeado su padre- ¡Si tuvieras dieciocho años
vendrías con algun amiguito y haríamos dos parejas.
-¡Todavía me restan tres años de espera! ¡Y voy a estorbarles mucho! -Prometió
amenazadora.
-Tu nunca nos estorbarás. -Convino Alondra, tomándole cariñosamente las manos- si
saliera con tu padre sola te extrañaría tanto, que no sabría ni de que hablar con él.
Y era verdad. Nunca habían salido solos, excepto en aquellos años allá en
Morelia, cuando ella con pretensiones de sabihonda le había servido de guía,
hablándole de arquitectura y de arte.
Pero ahora, en la esperada fecha de su cumpleaños, Jaime Andrés había renunciado
a sus dichosas juntas y luciendo un traje bien cortado y con su más amplia sonrisa,
portando un enorme ramo de rosas amarillas, se había presentado para invitar a su
prima a almorzar al Restaurante San Angel Inn, Emilio a su vez, no podía faltar en tan
señalada ocasión con otro hermoso bouquet, y Laura se había adelantado a los dos,
despertando a su tía Alondra con las mañanitas que ejecutó en el piano y después de
correr a abrazarla le entregó su regalo.
A los postres Rosa María agradeció a su primo el primoroso vestido que en
enorme caja le llevaron por la mañana y la elegantísima estola que a ella le había
parecido un derroche innecesario.
-¡No hubieras hecho semejante gasto! -Le reprochó.
-Es que esta noche lucirás muy elegante porque pienso invitarte a bailar.
-¿A bailar? -Repitió Alondra incrédula, meintras la alegría le relampagueaba en los
ojos.
-Espero que te agrade el lugar que he elegido.
Alondra mostró sus dientes brillantes y esmaltados en el colmo de la felicidad.
-¿Y cómo sabes que me encanta bailar?
Jaime Andrés se inclinó para besarle los cabellos y le susurró:
-Pues me lo ha dicho un indiscreto pajarito.
Alondra sintióque algo se estremecía en ella, entonces él tomó su muñeca y con
visible nerviosismo abrió la pulsera de un minúsculo reloj de oro.
-Este es tu regalo de cumpleaños. -Dijo cerrando el broche en el brazo de Alondra,
mientras retenía unos instantes la muñeca de su brazo entre sus manos.
-¡Pero esto es demasiado! -Protestó Alondra, contemplando fijamente la joya- ¡Me
hubiera bastado una felicitación! -Musitó entre avergonzada y temerosa de
encontrarse con los ojos de él.
-¿Entonces, no te ha gustado?
-¿Gustarme? ¡Si es precioso! -Exclamó ella levantando los ojos al fin- Pero … hacer
semejantes gastos por mí. ¡Sólo por un cumpleaños!
-Y porque te amo. -Declaró Jaime Andrés.
Ella le oyó estupefacta y no acertó a responder una palabra. Se quedó mirándolo con
una especie de adoracion, mientras sus manos buscaban las de su primo para
estrecharlas fuertemente.
Jaime Andrés siguió conversando animadamente con su hija y con Emilio que asistía
sonriente a la escena, pero a las cinco de la tarde anunció:
-Bueno, pues brindemos una vez más por la del cumpleaños, porque yo tengo un
pequeño pendiente todavía y debo regresar a la oficina. -Dijo mientras consultaba el
reloj.
No fue un brindis sino dos, pero cuando abandonaban la hacienda Goicochea, Jaime
Andrés pidió a su amigo llevar a las muchachas a casa, ya que él estaba muy
retrasado. Emilio accedió al pedido, pero poco antes de marcharse recordó a Rosa
María.
-Aguárdame lista, estaré contigo en cuanto logre desocuparme. -Y como no se habló
de invitar a Emilio un tanto achispado le previno:- Y tú, ya es tiempo que te vayas
buscando una pareja.
El solteron sonrió por toda respuesta.
Jaime Andrés partió, y Emilio llevó en su auto a casa a las muchachas
como le había solicitado su amigo. Al principio quiso escabullirse de inmediato, pero
la cháchara de Laura lo entretuvo, mientras tanto Rosa María en el colmo de la
felicidad comentó:
-Vea usted Emilio si aprecio sus flores. Esta noche llevaré prendida una de las
orquídeas del bouquet que usted me ha ofrecido.
-Esas flores se han abierto y perfumado sólo para felicitarla en su día. -Respondió
galante.
Y luego se despidió. Por un momento Alondra intentó retenerlo; necesitaba
hablar, confiar a alguien la dicha que la embargaba, pero prefirió dejarlo marchar, y
subió a su recámara. Un duchaso la refrescó y empezó la lenta tarea que puede llevar
horas a una mujer: vestirse, peinarse, maquillarse, Laura la veía arreglarse mientras
leía algun capítulo de “El viaje de Nills Horgersson a Suecia”.
El reloj del hall dio ocho lentas campanadas. Rosa María rectificóco la hora
en la joya que ostentaba en su muñeca, y apagó las luces del salón, dispuesta a
esperar a su primo, y alumbrándose con la lámpara de pie.
-Es aún temprano. -Murmuró con pesar después de haberse dejado llevar por la prisa
y el entusiasmo. Ahora debía esperar. Cerró los ojos extenuada de tantas emociones
y se quedó dormida sobre uno de los sillones del hall. En el sueño se vio en los brazos
de Jaime Andrés, pero de pronto surgió su olvidado padre, que ella había visto muy
pequeña sólo unas cuantas veces y que ahora se le revelaba con una nitidez
extraordinaria.
-Nunca debe establecerse nada que se pueda romper algún día. -Sentenciaba el
anciano restaurador.
En el sueño ella se rebelaba contra su progenitor y le atajaba diciendo que
ahora sólo debía desearle que disfrutara la felicidad que no había conocido nunca, en
lugar de hacerle advertencias inoportunas.
Se despertó sobresaltada. Aún la escasa luz le lastimó los ojos. Presa de una
agitación extraña se sorprendió de verse así, como dispuesta para una boda. Miró el
minúsculo reloj. ¡Eran las diez! -Me quedé dormida.-Pensó, pero al punto empezó a
roerle una inquietud extraña. Jaime Andrés no llegaba, pese a que había comentado
que se trataba de un asunto breve, -Ni siquiera me ha llamado-reconoció, luego
tratando de controlar su desasosiego, convino que seguramente le habría surgido
algún imprevisto, pero si hubiera decidido cancelar el compromiso me habría
telefoneado -insistió- así transcurrieron las horas: preguntándose, respondiéndose;
alternativamente serena, nerviosa, enojada, sumisa, intransigente, comprensiva, con
la cara pegada a los vidrios y la mirada escudriñando la puerta, tratando de percibir el
menor ruido. Dieron las doce de la noche. El frío entraba por un ventana que se había
quedado abierta. Pensó en llamar a la oficina pero supuso que no habría encontrado a
nadie.
A las cuatro de la mañana, Laura en pijama bajó; encontrando a su tía
sentada y vestida como la había dejado.
-¿Ya regresaron? -Preguntó.
-No. Ni siquiera nos hemos ido todavía. -Respondió Alondra y soltó el llanto.
29
esa misma noche
La secretaria del director gozaba su período de vacaciones, en su lugar y muy
nerviosa por cierto, una suplente hacía sus veces, atendiendo las numerosas
llamadas de su jefe.
-Le llaman por teléfono. -Anuncio, pasando al privado la comunicación.
-Pregunte siempre de quién se trata. -Replicó Jaime Andrés- pero tomó la bocina.
-Buenas noches. -Le dijeron a través del aparato.
-¡Mayra! -Exclamó Jaime Andrés en el colmo de la sorpresa.
-Sí, soy yo. -Su voz se escuchó profundamente angustiada- Siento molestarte pero
necesito hablar contigo unos minutos.
-Tu y yo no tenemos nada que hablar. Todo debe arreglarse a través de mis
abogados.
-No se trata de nada que tenga que ver con abogados. -aclaró- No busco pleitear
contigo, sólo te pido que me escuches un momento.
-¿Donde estás?
-Donde quieras encontrarme.
-Ahora tengo un compromiso.
-Entonces será cuando tu puedas.
-Mira, si se trata sólo de unos minutos, te puedo recoger dentro de media hora en la
esquina de Insurgentes y Baja California. ¿De acuerdo? -propuso, intentando
desembarazarse de una vez de ella.
-Allí estaré. -Dijo ella y colgaron.
Jaime Andrés despachó de mala gana el asunto pendiente que lo había
llevado aquella tarde a su oficina y con visible enfado se dirigió al lugar de la cita.
Empezaba a llover, una lluvia fina empapaba el parabrisa de su automóvi, había
obscurecido totalmente y el asfalto se había vuelto peligrosamente resbaladizo, el
tráfico se complicaba y las luces de los faros amarillos de los demás autos se
reflejaban en el piso mojado. Sentía que estaba ardiendo y el corazón le trepidaba
veloz. Miró el reloj. Rcordó que Alondra le estaba esperando, pero aún así le pareció
que era mejor despachar aquel asunto enojoso e irse más tranquilo a disfrutar la
noche con su prima; pero en un alto, ante la luz roja del semáforo entre una pausa
que le pareció eterna, presintió que la agradable perspectiva de bailar y cenar con la
joven se le escapaba de las manos.
Pensó en virar y regresar a su casa antes de que se hiciera más tarde, pero el
intento se fustró porque la calle sobre la que intentaba desviarse estaba anegada con
el consiguiente problema de la circulación detenida y el inevitable coro de bocinazos y
palabrotas. Siguió por insurgentes y apretó el acelerador.
Pensó que Mayra llegaría en algún automóvil y estaría esperándolo en algún
costado de la avenida. Al pasar Alvaro Obregón estuvo a punto de golpear a otro
coche, reconoció que sus nervios lo estaban traicionando e hizo un esfuerzo por
serenarse.
Minutos después se acercaba al lugar de la cita. Se volvió a ambos lados y no
encontró a nadie, la lluvia arreciaba y no se podía ver a un metro de distancia; de
pronto vio venir a una figura que corría hacia su coche. Era ella. Venía envuelta en un
abrigucho viejo de color obscuro y estaba totalmente empapada, Jaime Andrés le
abrió la portezuela, ella murmuró un gracias y se dejó caer en el asiento. Parecía
extenuada, como si acabara de hacer un esfuerzo desproporcionado a sus fuerzas; un
auto, a un lado se detuvo con los fanales prendidos, en el relampagueo la luz dio en el
rostro de Mayra, y Jaime Andrés imaginó que el bulto que estaba a su lado envuelto
en el abrigucho tenía más bien las trazas de un perro aterido.
-Estamos en plena temporada de lluvias. -Comentó Jaime Andrés por hablar de algo. -
¿Te has mojado mucho?
-Casi nada. -Respondió ella, pero se abrazaba a si misma.
-Te expliqué que tengo un compromiso. Si no te importa que lo dejemos para otro día.
Se miraron. Ambos retuvieron la respiración.
-Cuando puedas. Y gracias porque has venido -dijo ella y buscó la palanca de la
portezuela para salir.
-Espera. No puedes irte así, a la mitad de la calle y con esta lluvia.
Mayra sintió que los ojos se le anegaban de lágrimas.
-¡Oh! ¡Qué importa! -y agregó atropelladamente- aún guardas atenciones para
conmigo …
Jaime Andrés se contuvo.
-Será mejor que hablemos de una vez. Espero que se trate de algo breve.
Mayra bajó los ojos, pero temblaba. Jaime Andrés pisó el acelerador.
-¿Deseas tomar una taza de café, algo caliente?
-Como tu quieras. Preferiría no quitarte mucho tiempo.
-Diez minutos. -Convino él.
Doblaron Insurgentes, en alguna calle obscura divisaron un café vacío por la lluvia y
por la hora.
-Aquí podemos hablar. -Dijo Jaime Andrés, estacionó el auto y bajaron. Ya dentro del
café se sentaron en una mesa cub ierta con un mantel a cuadros rojos, uno en frente
del otro.
Al fin pudo contemplar bien a su esposa, mientras ella se quitaba el abrigo húmedo.
Llevaba un vestido igualmente ajado, su cara desprovista de maquillaje lucía pálida y
en ella se alojaba una mueca de desconsuelo y amargura dándole la apariencia de
una rosa enferma, quizá demasiado abierta, pero a punto de deshojarse, aunque aún
bella.
Jaime Andrés temblaba de emoción, de placer, de miedo, de alegría, de enojo,
tal si se hubieran dado dentro de él mil sentimientos encontrados contradictorios
mezclándose en su interior. Ella permanecía seria, sin despuntar en los ojos o en los
labios el más leve indicio de una sonrisa.
El mesero armado del menú del lugar se acercó a solicitarles la orden.
-Café. -Pidio Jaime Andrés y como si aquella figura le trajera a la memoria la
escuálida imagen de la penuria preguntó: -¿No deseas comer algo?
-No gracias. -Respondió ella.
-El mundo nunca deja morir de hambre a una mujer guapa. -Pensó, recordando la
frase de Henry Miller.
Entre ellos se volvió a hacer un silencio largo, pesado.
El camarero regresó con dos tazas de café humeante. Jaime Andrés se acomidió a
poner azúcar en la taza de su mujer y recordó que ella acostumbraba siempre incluír
crema y llamó al mesero.
-¿Quiere acercarnos crema?
-No lo has olvidado -reconoció ella agradecida.
Jaime Andrés no respondió, luchando por no dejarse llevar por los arrebatos de la
emoción. Mayra dio un sorbo a la bebida caliente y él volvió a contemplar aquel rostro
enmarcado por unos cabellos opacos y recordó aquella soberbia cabellera rubia que
siempre le había encantado. ¿Valdrá esta pobre mujer el sufrimiento que me ha
ocasionado?- Se preguntó- y para evitar responderse dio también un sorbo al líquido
amargo que tenía delante.
-Bien. Estoy a tus órdenes. Habló por decir algo.
-Es por Laura. -arrastró ella trabajosamente las palabras- supe que había estado
enferma, hasta en peligro de morir.
-¿Hasta ahora te enteras? Han transcurrido algunas semanas de eso.
-No me encontraba aquí . Respondió.
-Tu nunca has estado en el lugar que te corresponde. Donde debes - le reprochó él.
Mayra bajó la cabeza.
Jaime Andrés se arrepintió de su rudeza y aclaró:
-Ahora ya está bien. Convalece. ¡Gracias a Dios ha pasado lo peor!
Mayra adelantó la mano, que al menos continuaba igual, pues seguía siendo
impecablemente blanca, fina, elegante y la puso sobre la de su marido, el impulso de
Jaime Andrés fue retirar la suya, pero se puso súbitamente rojo, como si aquel simple
roce alentara un alud de voluptuosidad dormida.
-¡Mi hija! -Murmuró Mayra.
-¿Es hasta ahora cuanto te comienza a importar? -Preguntó buscando
deliberadamente herirla.
-Hasta ho… he comprendido tantas cosas -respondió suspirando.
Jaime Andrés la observaba. Estaba gastada por dentro y por fuera. No llevaba
ninguna alhaja encima, había adelgazado, pero bajo el vestido ¿Le parecía todavía
incitante aquel cuerpo? Sintió que lo impulsaba una honda ternura hacia ella, una
compasión que ni siquiera hubiese llegado a sentir ni aún por él mismo en sus días de
abandonado. La miró con tristeza, con esa desolación de los deshauciados ante lo
irreparable, cuando salen un día espléndido a contemplar desde una silla de ruedas o
tendidos sobre una camilla el derroche de la vida, de la luz y del color; sólo que esta
vez la enferma era Mayra, él a final de cuentas había superado aquella crisis más
mortal que la de Laura gracias a Alondra, mientras que ella parecía hundirse en el
fango resbaladizo de la decadencia.
Supuso que aquella mujer desastrada venía a pedirle dinero, su traza lo
pregonaba, y él estaba dispuesto a dárselo condicionado a que consintiera en un
divorcio voluntario que le dejaría libre para casarse con su prima.
-Y bien … -Habló él rompiendo aquel obtuso dique de silencio.
-Se que no merezco nada -reconoció ella- pero supuse que no tendrías inconveniente
en permitirme que la viera, aún cuando fuera sólo unos minutos.
-Nunca quisiste a Laura -reprochó Jaime Andrés- ¿A que viene eso ahora?
-Nunca me quise a mi misma -convino ella con intensa amargura.
Jaime Andrés adivinó que su peor enojo era contra ella.
-Y dspués de ocho años …
-Sí. Después, pero no de ocho años como tu dices, sino después de pocos días que
huí como una ladrona de mi casa… empezé a extrañarla a ella, a ti, a la vida holgada
que llevaba, a todo cuanto me había parecido hasta entonces monótono y detestable
… y fui descubriendo lo que amaba sin saberlo, lo que tenía sin valorarlo, lo que
renunciaba por frivolidad o por locura ¡O por que se yo! ¡Pero que ya estaba
totalmente perdido!
Jaime Andrés se quedó de una pieza. Aquella confesión lo anonadaba. Los
sollozos de la adúltera le traspasaban el corazón, el corazón que aún no se le había
endurecido, porque en ocho años de lealdad devota había conseguido rescatarlo
Alondra.
-¡Tu has perdido tiodos tus derechos! -Se defendió- Abandonaste tu hija, tu hogar, tu
sitio de mujer respetable.
-¿Quién habla ahora de derechos? -Insistió ella con un hilo de voz- Sólo he venido a
suplicarte, a rogarte, porque te conozco demasiado y se que eres un buen hombre,
para que me permitas ver a mi hija unos minutos. Hablarle, pedirle perdón por mi
ceguera, por mi injusticia y mi abandono, Decirle la verdad, que estaba loca, que la
vida me ha cobrado mi falta demasiado caro … que me permita seguirme llamando su
madre y quererla, aunque jamás vuelva a verla si ella no lo desea y tu no me lo
permites.
Hablaba con los dientes apretados, abatida, a punto de sumergirse entre un llanto
incontenible, histérico. Jaime Andrés la escuchaba incrédulo, tal si estuviera prendido
a una de esas pesadillas, en que sabemos que estamos soñando.
-¿Y si me niego a que veas a mi hija? Si me resisto en nombre de su tranquilidad a
que alteres su bienestar o su salud de la que todavía se encuentra bastante
resentida?
-Entonces, quiere decir que también tu has cambiado mucho.
-¿Luego esperabas que siguiera siendo el mismo tonto después de ocho años? ¿Qué
me dejara manejar como un títere, que accediera a todos tus caprichos, que cerrara
los ojos a tus infidelidades y premiara con joyas la limosna de una sonrisa? He
despertado ya Mayra. Aquello se acabó y basta. Ahora soy yo quién impone las
condiciones; y ya que estás aquí, hablaremos claro: exijo el divorcio y lo conseguiré.
En cuanto a Laura seguirá conmigo, porque sólo yo puedo protegerla y garantizarle
una eastabilidad adecuada para su educación y su futuro.
-No intento discutir tus derechos.
-¡Vaya! ¡Ahora metes las uñas! Al fin te vuelves razonable. En verdad eres otra
persona, y no sólo físicamente. ¡Vaya por el cambio!
-Tu también has cambiado. -Respondió y luego, como si hablara sólo para ella
agregó:-¡Cuánto daño te hice!
Pero Jaime Andrés alcanzo a escucharla y replicó:
-Mucho más del que puedas imaginarte. Al principio fue la desesperación, pensé
hasta en el suicidio, en hacerte buscar y asesinar a tu seductor como a un áspid, en
desprestigiarte, e incluso en algún momento de desesperación hasta en matarte.
-¡Tanto me querías! -Exclamó ella con infinito pesar.
-Después llegaron los días de soledad donde nada te reemplazaba ¡Y todo era
desolación y amargura para mí! El eterno preguntarme ¿Por qué a mí? ¿Qué motivo
habías tenido para proceder como lo hiciste? ¿Qué bajeza mía o mal trato te indujo a
cometer una acción tan perversa, tan innoble, a darme una puñalada por la espalda a
traicionarme así?
Jaime Andrés había ido levantando progresivamente la voz, los del cafetín lo
miraban de lejos curiosos y a la espera de que en cualquier instante emprendiera un
ajuste de cuentas con su acompañante y menudearan las bofetadas. El dueño del
lugar se apersonó frente a su cliente y le anunció:
-Ya vamos a cerrar.
Jaime Andrés arrojó un billete sobre la mesa para pagar el consumo, Mayra
lloraba desconsoladamente.
-Deseaba evitar todo esto -lamentó- ¡Te he lastimado ya bastante! Pero esperaba que
comprendieras que aunque pueda ser la peor de las mujeres y aún la peor de las
madres, anhelo ver a mi hija, aún cuando sólo fuera unos minutos, unos pocos
minutos.
Y volvió a apretar la mano de su marido con desesperación.
Jaime Andrés, no retiró la suya.
Y la deseó. La volvió a desear por todas sus vigilias, por todos las mujeres a
quienes miraba sin antojo y sin curiosidad, por las que se le insinuaban en la empresa
o se le ofrecían en los burdeles caros, por las empleaditas guapas de los bancos que
hubiesen accedido gustosas a bajarse las faldas a la menor insinuación del director de
una empresa importante, por las azafatas de los aviones que saben olfatear los
buenos partidos, por la misma Alondra cuyo amor le hubiese agradado pero había
preferido dejarlo para otro día, para un lejano día, en que por fin había decidido
conseguir precisamente aquella noche, pero que el destino, el amo impredecible de
los hombres, desviaba para recordarle su poder onmímodo; y de pronto el hombre
digno, capaz, metódico, sensato, cuyas decisiones se respetaban y cuya vida
ordenada e intachable era ejemplo, se lanzaba por la pendiente de su unico, de su
verdadero talón de Aquiles.
-Entonces, tendrás que acceder a mis condiciones -Insinuó con la voz alterada por el
deseo.
-Consentiré lo que me pidas. -Aceptó ella.
-¿Incluso a acompañarme donde yo te diga?
Mayra se sorprendió. Sus ojos se agrandaron por el asombro.
-¿Quiere decir que si yo accedo a acompañarte a un hotel podré ver a mi hija?
-Supongamos. -Respondió él, poniéndose alternativamente pálido y luego encarnado.
-Está bien -concedió con humildad- como tú quieras.
-Ahora mismo ¡Y las veces que yo quiera! -Demandó él.
Salieron del café. Había dejado de llover y todo retornaba a la normalidad.
Jaime Andrés subió al auto. Recordó su cita con Alondra, quiso huír, pero
algo le retuvo las piernas. Le abrió la portezuela y apenas ella había subido arrancó el
automóvil con excesiva velocidad. Mientras conducía imaginó que Mayra era la espiral
que se le enroscaba, como la Eva del Génesis, pero las enormes e iluminadas letras
con la palabra hotel lo arrancaron violentamente de sus elucrubraciones, entró al
garage y solicitó una habitación. A poco ambos subían por un elevador muysilencioso.
Sus pasos se apagaron en las alfombras. Accedieron a una habitación tenuemente
iluminada. Ella se quitó el abrigucho y lo arrojó sobre un sillón.
Hay pasiones que nos subliman y otras que nos vuelven esclavos, - meditó Jaime
Andrés- pero las llamaradas del deseo lo cegaban a tal grado que estrechó a Mayra
con voracidad, buscando sus labios, su cuello, su pelo, le arrancó la ropa a jalones y
volvió a buscar en aquella carne avejentada una fugaz reminiscencia del placer ido.
Ella se dejaba hacer sin oponer la más leve resistencia, al fin, exhausto se dejó caer a
su lado semivestido, ella le intentó ayudar a quitarle la camisa y la corbata; Jaime
Andrés ensayó inutilmente una segunda vez, de pronto, al mirarle el pecho, donde
comenzaba el nacimiento de los senos, sintió una oleada de cólera al pensar que el
odiado amante la había besado allí, la había poseído, se había vaciado en su sexo
muchas veces, mientras ella se debió haber retorcido voluptuosamente de placer,
completamente desnuda, riendo, gritando, ensayando todas las posturas imaginables,
excitada por una sucesión de orgasmos lujuriosos.
-¡Puta! -Gritó, abofeteándole repetidamente el rostro.
Mayra aguantaba los golpes con los ojos llenos de lágrimas; luego, cuando
él se cansó de pegarle y la sangre empezó salirle por la nariz, ella le besó las manos.
-¡Te he extrañado tanto! -Se lamentó él.
Mayra bajó el cierre del pantalón y le tomó el pene con ambas manos y lo
atrajo hacia su boca. El reaccionó a la caricia. Sentía que se estaba salpícando de
fango, que había extraviado la voluntad, la autoestima, revolcándose en el lodo,
convirtiendo su hombría en un trapo sucio, que su valor de ser humano yacía
pisoteado y que sólo merecía la risa, la compasión ó el desdén; que su apellido, su
familia, su posición social, su puesto en la empresa, todo concluía allí, entre las
piernas de ella, y que aquel cuarto de hotel, significaba la grotesca escenografía de un
teatrucho donde a él le estaba reservado representar el triste papel de bufón, el único
rol posible para los seres sin voluntad y así, mientras la amaba, como un buey
manso, domesticado, conciente de su degradacion, iba dejando en aquella triste
parodia de placer, su voluntad, su fuerza, los restos de la dignidad que aún le
quedaban..
30
a la mañana siguiente.
Jaime Andrés regresó a su casa hasta el medio día de la mañana siguiente,
con el semblante severo como el arco de un patio conventual.
Alondra lo vio descender del auto seguido de una mujer de edad indefinida,
que se cobijaba los hombros con un raido abrigo color obscuro, inmediatamente
comprendió que se trataba de su esposa, quién finalmente retornaba a su hogar.
Sintió que las mejillas se le cubrían de una palidez de ceniza y se quedó clavada sin
que se le ocurriera que hacer, en un momento comprendió que si su primo había
faltado a su promesa era porque se le había atravesado algo urgente e impostergable
¿Y existía para él algo más urgente que su mujer? En aquellos breves segundos en
que la pareja llegaba hasta el hall; los dos mudos, ella con esa blancura demacrada
de una monja de clausura, él con la barba un poco crecida, Alondra supo que Jaime
Andrés no había dejado de amarla y recordó sus silencios repentinos, sus deseos de
encerrarse a solas en su despacho, su reticencia a buscar la compañía de otras
mujeres, los inequívocos síntomas de que nunca había realmente sanado de aquella
pasión, en cuanto a ella, es verdad que apenas hacía unas horas que le había dicho
que la amaba, y ella ingenuamente había creído que su devoción y su cariño habían
conseguido curarlo, pero he allí que estaba absolutamente equivocada; y aunque
había tratado de aferrarse a una endeble esperanza, con la misma terquedad que el
moribundo se empeña en retener aún la vida; las palabras de su primo la terminaron
de desengañar.
-Esta es mi prima -Presentó Jaime Andrés- quién amablemente vino a hacerse cargo
de Laura y del manejo de la casa.
Mayra la observó con mal disimulada curiosidad.
-La señora es mi esposa. -Añadió completando la presentación.
Mayra intentó darle la mano, pero Rosa María se quedó inmóvil y sólo una breve
sonrisa acudió a sus labios descoloridos.
-¿Cómo está usted señora? -Murmuró Alondra.
Mayra iba a responder al saludo cuando se apareció Laura. De pronto la muchacha se
quedó asombrada, pero reponiéndose rápidamente contemplaba a su madre con un
reconcentrado desprecio.
¿De modo que por aquella mujer ajada y mal vestida su padre había caido en la
desesesperación? Ella intentó huír pero la voz de Mayra la detuvo.
-¡Hija! -Clamó entre un grito que ahogaba los sollozos- ¡Mi hijita adorada! Y Corrió a
aabrazarla, pero Laura eludiéndola le dio violentamente la espalda.
-¡Laura, soy tu madre! ¡He regresado para pedirte que me perdones! -Agregó con las
lágrimas en los ojos.
-Usted no es nadie para mí. -Dijo Laura con los labios apretados y una expresion de
ira en los ojos que detuvo a su madre.
-¡Laura! -Gritó Juan Andrés exasperado, pero las palabras se le atragantaron en la
gargante y no pudo iniciar el regaño o el reproche.
Entonces Alondra poniendo en su voz una dulzura conmovedora, tomando a Laura
por los hombres murmuró:
-Vamos Laura. Es la hora de ser buena. Se indulgente. Los hijos no debemos juzgar
jamás las acciones de nuestros padres. Abraza a tu madre. No la dejes pensar que no
te he dado buenos consejos.
-¡Ella no es mi madre! ¡Mi madre has sido tu! ¡Tu eres quién me cuidó y me ha
salvado de morir. Tu, quién ha vivido al pendiente de mi, cuando esta mujer sin
importarle mi suerte me dejó desamparada!
-¡Qué disparate! -Replicó Alondra- Yo sólo he sido una buena amiga tuya; y lo seguiré
siendo siempre. ¡Ella es tu madre y tu primer deber si realmente me quieres es
reconciliarte con ella!
-Yo he regresado por ti … -Insistió Mayra.
Laura permanecía indecisa. Rosa María volvió a suplicarle:
-¿Verdad que lo harás por mi?
Laura se adelantó y extendió la mano a su madre, lloraba como una flor empapada de
rocío.
-¿Cómo estás madre? -Habló con la voz entrecortada por los sollozos.
Mayra intentó acariciar la mano de su hija, pero Laura apenas le rozó los dedos y fue
a refugiarse al pecho de Rosa María.
-Creo que la sorpresa la ha puesto muy nerviosa. -Dijo Alondra para disculparla- Pero
ya le pasará.
-La conozco mejor que nadie. -Afirmó Mayra en un arranque de celos.
-No me conoce usted -replicó Laura con una expresión casi de odio en el rostro y
desprendiéndose de los brazos de Alondra subió rápidamente las escaleras y fue a
encerrarse en su cuarto para ahogar el llanto.
-Laura ha cambiado mucho -explicó Jaime Andrés conciliador- Es natural, ahora es
una señorita.
-Pero es noble y generosa. -Abogó Alondra- Pronto se disiparán los nubarrones y
ustedes estarán en paz.
-¿Usted cree?- Interrogó Mayra esperanzada.
-Cuando ella vuelva a acostumbrarse a su compañía.
-Todo consistirá en que no te desesesperes. Después de todo han dejado de verse
algunos años … -Admitió Jaime Andrés.
-Haré cuanto pueda -aseguró Mayra.
-Y estoy seguro que lo conseguirá. -Completó Alondra.
-Si usted me ayudara … -solicitó Mayra bien dispuesta a la joven, pero la voz de
Alondra sonó terminante.
-No podría señora. Porque ya no estaré aquí.
-Rosa María … -balbució Jaime Andrés.
-Yo también tengo deberes que cumplir; y ahora debo regresar a Santa Clara a ver
por mi madre quién se halla sola y anciana.
-¡Tu te quedarás a vivir con nosotros! ¡Sí eres de la familia! -Afirmó Jaime Andrés.
-Gracias por considerarme así, pero no puedo ni debo. Mi misión en esta casa ha
terminado y ya no hago falta.
-¿Al menos podría aspirar a su amistad? -Preguntó Mayra, convencida de que entre la
joven y su madrido no había habido nada.
-Con ella cuenten siempre y será un honor para mí.
-Bueno, bueno, pero no te estarás despidiendo ahora. Volvió a terciar Jaime Andrés.
-Me deja usted la idea de que mi presencia la empuja a marcharse. -Alegó Mayra.
-No es eso señora. Pero ustedes tienen ahora demasiadas cosas que hacer; y yo me
sentiría un estorbo, porque se comprende que una pareja precisa la privacía -y agregó
con una sonrisa amarga-
¡Es como si estuvieran recién casados! Así que será mejor que vuelva a usted a tomar
las riendas de su casa.
-Laura te extrañará mucho. -Insistió Jaime Andrés.
-¡Y yo a ella! -Aseguró Alondra- Pero nos escribiremos. Lo importante es que se
adapte a su nueva vida.
-No intentaré cambiar sus habitos. -Aseguró Mayra.
-¿Lo ve? ¡Con su buena voluntad su hija retornará a sus brazos porque nunca ha
dejado de quererla!.
-¿Me lo dice de veras?
-Se lo aseguro. Mi lucha al principio fue muy dura, porque nadie puede suplir a una
madre.
-Entonces ella me extrañaba también? -Preguntó Mayra ilusionada.
Pero Alondra ya no le respondió. Emilio había llegado unos momentos antes y
presenciaba silencioso la escena.
-Emilio. ¡Qué bueno tenerlo por aquí! -Dijo Mayra adelantándose a saludarlo.
-Buenos días señora. -Respondió él cortante.
-Me alegra verte -concedió Jaime Andrés- ¡Mayra ha regresado a su casa! -Anunció
con aire de triunfo.
-¡Enhorabuena! -Dijo Emilio, pero en su mirada y en el tono de su voz comprendió
Jaime Andrés que su amigo reprobaba su conducta.
-¿Usted querrá hacerme un favor? -Solicitó Alondra al recién llegado.
-Y mil.
-Debo regresar a Santa Clara. ¿Me acompañará a la estación?
-Con mucho gusto.
-¡Por Dios Alondra, todos iremos a acompañarte, ya que te empeñas en irte así, tan
de repente! - Clamó Jaime Andrés.
-No quiero causarles molestias. Emilio me hará el favor de ayudarme. Gracias. Voy a
preparar mi equipaje.
Alondra subió a su habitación. Emilio la siguió.
-No se necesita ser adivino para ver que esa muchacha está enamorada de ti -dijo
Mayra a su marido-
Jaime Andrés se abstuvo de responderle; y se fue en busca de un trago con que
calmara sus nervios excitados.
La despedida fue breve. Laura lloró mucho y sólo se calmó un poco cuando Rosa
María le aseguró que espiritualmente habría de seguir siempre a su lado.
31
la noche de ese mismo día
El amor que había soñado se consumía como la luz de un fósforo que perece
después de unos instantes de brillo.
En el andén de Buenavista sonaron las tres consabidas campanadas
La máquina empezó a arrastrar violentamente el ceniciento convoy con una
sacudida brusca.
Alondra dio su adios a Emilio quién desde el andén le hacía señas
desesperadas.
El infeliz hubiera deseado pedirle algún recuerdo, algo que satisfaciera su
necesidad de poseer algo de ella, aunque fuera lo más mínimo, pero consideró que no
era oportuno solicitarlo, precisamente cuando presentía que ella estaba más
golpeada.
Laura se había quedado triste y con los ojos llorosos le había suplicado
repetidas veces que por favor le escribiera.
Una y otra se iban a extrañar y precisaban de todo el valor para aceptar la
lejanía y la distancia.
La locomotora armada de su farola amarilla, como un descomunal ojo mágico,
horadaba la noche lluviosa silbando angustiosamente.
El tren atravesaba veloz las orillas de la ciudad de México tal si tuviera mucha
prisa de abandonar el cruel espejismo de sus luces, de sus calles, donde se
acumulaba una nerviosa multitud de insatisfechos.
Alondra se repetía, he sido una necia, uno de esos seres llamados
poéticamente sentimentales, en quienes la torpeza es la constante de su vida.
El tren continuaba devorando llanuras, mientras el cielo se reflejaba en los
rieles que cobraban un brillo azulado.
La joven reflexionaba, pretendiendo volverse filósofa para explicarse la
tragedia que ensombrecía esas horas.
Es inútil intentar acercarnos o alejarnos de nuestro destino, tarde o temprano
nos topamos con él irremisiblemente. Pero ¿Cual es el mío? -Se preguntaba-
Retornar a mi escuela, a mi madre, al pueblo cuya amistad me ha cobijado siempre,
entonces intentó saborear con la imaginación los paiajes calmos, los goces sencillos.
Un árbol pasó con rapidez por el ventanillo del vagón.
Luego reflexionó que ella quizá ya no podría disfrutar de aquella paz, porque
llevaba dentro del alma el fermento de una nostalgia que no habría de cesar nunca,
las cenizas de un fuego inapagable, la inquietud que no se doma ni con la más férrea
voluntad, ni con el trabajo, ni siquiera con un cambio drástico de vida que además ya
no apetece.
Camino de Toluca el tren horadó los cerros tétricos y lúgubres y luego volvió a
salir hacia la noche y a la lluvia.
En Salazar la obscuridad despidió un fétido aliento de caverna y un polvillo de
roca se mete por la nariz.
Alondra lloraba sin lágrimas.
Allá, en su hogar humilde, en su trabajo, entre el cariño de su madre y el apego
de los animales domésticos, quizá se aplaquen su desesperación, sus celos, la
ausencia, el amor irrealizado con toda su gama de padecimientos y desesperanzas
sin fin.
El tren se detuvo unos instantes en una estación pobrísima, mal alumbrada, una
docena de lugareños ateridos de frío aguardaban pacientemente alrededor de una
fogata consumida el paso del convoy, envueltos en cobijas gruesas, portando bultos
pesados y canastillos henchidos de frutos y semillas; suben hombres de rostros
morenos y estoicos; pegan otra máquina al convoy y la marcha se vuelve a reanudar
lentamente.
A unas decenas de metros un pueblecito como miniatura iluminada asoma las
torres puntiagudas de su iglesia, pero la visión se desvanece porque el convoy huye
deliberadamente de aquel paisaje, y Alondra siente la nostalgia por ese insatisfecho
deseo de quedarse en muchos lugares a la vez, donde no haya recuerdos, ni pasado,
ni promesas incumplidas, ni anhelos inconsumados, ni esperanzas defraudadas,
donde no haya estado él ¡Dónde no haya pensado en él! Allá donde la traición no
haya salpicado todavía.
Atraviesan un río. El canto del agua acaricia levemente sus oidos. El río es
cual una cinta de nácar que resplandece bajo la luz de la luna. Ya no llueve. El río
sigue su curso recto y sus dos orillas flanqueadas de árboles parecen fundirse entre
una lejana perspectiva, bajo el telón de fondo de las nubes, hasta la cortina de
montañas sinuosas, negras, fantasmales.
La palabra traición ha repercutido tan dura, que sin haberla pronunciado
intenta ahora eclipsarla de su mente. Entonces recapacita. No. Jaime Andrés no ha
sido ningun traidor. Siempre fue fiel a su verdadero amor, a su único amor. Rosa
María admite con pesar que no ha sido el suyo; y al reconocer la lealdad del hombre
que ama, ello lo engrandece más ante sus ojos.
Las montañas que parecían estar suspendidas en el horizonte están cada vez
más cerca y cuando parece que el tren va a toparse con ellas se vuelven grandiosas.
Están pasando Tultenango. La obscuridad se hace más densa, vagamente
Alondra intuye que enfrente se halla el mineral de El Oro, el ferrocarril con pericia
elude los cerros o se mete dentro de ellos hurgando en su vientre rocoso y polvoriento
la salida nuevamente hacia la masa de árboles y rocas.
Media hora después parece menguar el fatigoso resoplido de las locomotoras,
atraviesan una llanura, Tlalpujagua se ha quedado atrás, las dos máquinas se
envalentonan y la velocidad aumenta, luego, la carrera se va aminorando y el
ferrocarril se detiene suavemente; un hombre gordo armado de una linterna roja hace
señales. Han llegado a una estación importante. Hay mucho movimiento, Pasajeros
que bajan y suben, bultos, niños, voces, un ciego que entona desafinado una canción
acompañándose de una guitarra tan vieja y cansada como él y media docena de
vendedoras que ofrecen casi con desesperación sus pobres mercancías: tacos
grasientos, tamales que seguramente estarán fríos, frutos cogidos demasiado verdes.
Rosa María se asoma a la ventana. Es Maravatío. La joven recuerda su niñez
tranquila, sus placeres inocentes y hasta las caricias torpes de su padre. Pretende
imaginarse que la vida al menos le dio esos años de tranquilidad sin sobresaltos, ni
amarguras, ni esperanzas inconfesadas, ni ilusiones imposibles.
Jaime Andrés no es un traidor -se repitió- atado a la noria de su pasión ingrata
supo como ella ahora, del abandono, de la soledad de aquellas horas negras en que
la duda, los celos, la impotencia crucificaban su voluntad, anulaban su orgullo y
perforaban con los dientes afilados de la lógica la carne martirizada. Ella le oyó gemir
y llorar, rebelarse para volverse a hundir; y como ella hoy, buscar fanosamente la
respuesta, preguntarse sin cesar el porqué de los acontecimientos, la razón del
sufrimiento, la explicación de la vida misma.
En su mundo masculino el intentó infructuosamente entender el misterio de la
mujer, la incógnita del otro sexo, la lógica de lo ilógico. ¡Pobre iluso! Buscaba
respuestas donde la única explicación valedera es el capricho; y si existiera alguna
divisa, sólo hallaría el implacable mandato: Los ídolos se erigen para adorarlos.
Ahora, ella a su vez, pretendía asomarse a los hombres a através del que amaba,
penetrar en él, saber de él, convencerse de que su cuerpo joven ni siquiera llegó a
atraerle, de que su belleza inútil nunca le impactó, de que sus ojos sólo miraron
sombras difusas en las demás mujeres y si acaso algún día el apremio físico lo
condujo a otros lechos, sólo fue para buscar la caricia estúpida que sacia, nunca el
amor que satisface.
El campanillo de la máquina anunció la reanudación de la marcha.
El faro de luz amarilla siguió cortando las sombras. Ella en cambio no
encontraba la luz. Recordó las palabras de Stendhal “Una pasión exaltada por una
mujer, es lo más terrible y lo más dulce a los ojos de todos los hombres”, ella las había
subrayado marcando el libro en la biblioteca de Don Miguel, luego, volvió a sus
amargos pensamientos, Jaime Andrés nunca vio en ella una mujer, sólo un camarada.
Un día el agradecimiento o quizás la compasión le instaron a decirle que la
amaba, tal vez de no haber vuelto la otra, fingiéndose curado, la habría hecho suya,
entonces llevaría para su consuelo un hijo de él; pero luego reconoció con horror, que
un hombre víctima de una pasión tan absorbente no estaba preparado para ser padre
y pensó en la niñez de Laura doblemente huérfana.
La mañana nacía. Al principio fue solamente una luz perlada, luego se fue
volviendo más intensa y jirones rojos y violáceos como listones tendidos en el cielo
anunciaron el día. Todavía alumbraban algunos luceros, cuando un airecillo fresco y
una luz dorada iluminaron tenuemente a Acámbaro, revelando la escenografía con
que el Divino Artista, maestro de todas las estéticas, regalaba para los ojos de los
hombres el poder de su creación inmensa.
Alondra miró un hato de cabras mordisquear la hierba todavía raquítica que
crecía al pie de unas rocas. Luego, el paisaje la fue distrayendo de sus amargas
cavilaciones. Desfiladeros, huertos, vallecitos, cascos de piedra de fincas
abandonadas tal vez pobladas de lagartijos desfilaron ante sus ojos, mientras las
hinchadas venas de una sierra lejana se iban disolviendo en la lejanía. Pronto
llegarían a Morelia.
Alondra se preguntaba como estuvo tantos años tan ciega, como pudo creer
en una esperanza o abrigar la certidumbre de una mejoría tan sólo aparente; y
concluyó que los hombres y las mujeres somos miopes por naturaleza, porque los
ojos humanos sólo nos permiten ver los cuerpos, más nunca las almas que los
animan.
El hombre de la gorra negra iba de vagón en vagón anunciando Morelia. Ella
hubiera querido descender del ferrocarril y volver a recorrer las calles que caminaron
juntos. Recordar, revivir, aunque el recuerdo avivara su dolor. Sintió frío y se levantó
las solapas del abrigo. De pronto la invadió un temor ¿Qué diría a su madre? ¿Qué
explicación justificaría su presencia repentina?… pero al punto comprendió que se
inquietaba en balde. Nada hay oculto a los ojos de Dios, nada que no pueda
comprender y perdonar una madre.
Dormitó un rato. Luego, un resplandor se filtró en sus párpados. Era
Pátzcuaro. Había llegado por fin. Se bajó del tren. El aire cargado de aromas de aire
puro y de campo le cosquilleó en la nariz. Estornudó. A sus pies el lago cual un
enorme espejo lucía inmutable y sereno. Una pareja de pájaros piaba mientras saltaba
entre los ramajes de un árbol copudo. ¡Era la libertad! Un muchachito se acomidió a
cargar su equipaje, dentro de media hora estaría en su tierra. Le pareció que le
brotaban alas y volvió a sentirse ave, mientras las lágrimas contenidas le resbalaban
bienhechoras por las mejillas; dejó vagar los ojos por el infinito unos segundos y luego
obligada por la ley de la gravedad, descendió a la tierra. ¡A su tierra!
Y emprendió la última etapa de su viaje.
32
.cinco meses después.
Una golondrina trazó un círculo caprichoso en el cielo.
Algunos martillos golpeaban el cobre fuertemente y los ecos retumbaban en el
valle. Un grupo de mujeres hablaba entre ellas. Una ropa se balanceaba en el
tendedero y en algún patio casero una gallina animaba sus polluelos a buscar el
alimento.
El sol era picante y un airecillo fresco, precursor de la lluvia emanaba de la
tierra recién mojada.
Emilio hubiera querido correr tal si fuera al encuentro de la dicha. La emoción
que le producía saber que dentro de unos instantes iba a volver a contemplar a la
mujer adorada ponía tan tensos sus nervios como cuerdas de violín.
Atrvesó la plazuela. En las ramas verdes docenas de pájaros piaban
alegremente pasándose inquietos de un árbol a otro. Los miró con envidia. Ellos no
sabrían de incertidumbres ni de conflictos, aunque tampoco podían albergar ilusiones
ni esperanzas, como esas que le habían llevado a Santa Clara.
Apretó el paso rumbo a la escuela donde estaba seguro que encontraría a
Alondra.
En un trecho del camino se quedó mirando a las milpas, más allá una doble fila
de sauces llorones resfrescaba su melena en el arroyo.
El corazón le latía de prisa y él llenó sus pulmones con aquel aire revitalizador
procurando clarificar sus pensamientos. Iba en pos del porvenir y precisaba de todos
sus dotes de persuasión, de su capacidad de convencimiento.
Dejó vagar los ojos por la lejanía llenándolos de aquella tierra que la había
visto crecer, de aquel cielo purísimo que había cobijado su risa, su alegría de niña y
de mujer. Este sólo pensamiento lo inclinaba a venerar aquel terruño.
Los ojos se le llenaron de campo y el alma de su imagen.
Un ave gorjeó en un ramaje y luego traspasó el aire como una saeta.
Divisó la escuela. Sintió que las piernas se le aflojaban y de la boca le huía la
saliva, pero una superior fuerza de voluntad volvió firmes a sus pasos y trató de
infundir a sus movimientos una serenidad que estaba bien lejos de sentir.
En los labios repentinamente resecos -y lo intuyó- muy pálidos, bullía la
confesión de amor tantas veces postergada.
Una decisión que nutría una fuerza desconocida le impulsaba a luchar por
conseguir la meta más imposible en la vida de un hombre, realizar el sueño que todos
hemos soñado alguna vez: conseguir el amor, convencer a la mujer, disfrutar la dicha.
Me arrojaré a sus pies -decidió- venciendo sus últimos temores de parecer
ridículo.
Sólo ante una mujer intensamente querida nos sinceramos. Sólo ante ella se
nulifica el útlimo adarme de orgullo.
La algazara infantil le anunció que estaba cerca de la escuela. Contempló el
sencillo edificio con una mezcla de arrobamiento y veneración. Aquellas paredes
simbolizaban el estuche que conservaba la joya hecha carne que causaba sus
desvelos, sus inquietudes, su alegría y su tristeza, su esperanza y su porvenir.
El chiquillo moreno de ojos negros y cabellos lacios se apresuró a llevar un
recado a la maestra, antes lo había visto con los ojos llenos no supo si de asombro o
de curiosidad.
La espera de unos minutos se le hizo siglos.
Optó por apartarse discretamente unos pasos de la reja donde asomaban las
cabezas curiosas de los niños. Intentó distraerse, cuan presto sus miradas errantes
pretendían seguir el vuelo de los pájaros, cuan presto se fijaban en las distantes
montañas azulosas donde el sol, parecía acostarse.
Trató de recordar los felices momentos que había pasado cerca de ella.
¿Serían el anticipo de su dicha?
La vio venir en dirección a él. Vestía falda oscura y blusa en un tono más claro.
Le pareció mucho más delgada, el rostro sin ningun maquillaje lucía intensamente
pálido agrandándole los ojos. En aquella cara que él evocaba siempre risueña, sólo
los cabellos que lucían sedosos y brillantes se obstinaban en seguir viviendo.
Enmudeció de pronto. Ella le sonrió con los labios dejando ver aquellas dos filas
de dientes perfectos, pero en su mirada no hubo alegría. No lo esperaba.
Se estrecharon las manos, aparentando una franca camaradería, pero a él le
pareció que había algo convencional en los dedos que tocaba.
-¿Qué lo trae por aquí? -Lo atajó sin rodeos.
Un pájaro extendió las alas y parecía flotar en el aire.
-Necesitaba verla -confesó Emilio con visible nerviosismo- hablar con usted …
Ella anduvo uns pasos tratando de alejarse de la escuela; buscando eludir las
miradas curiosas o los oidos indiscretos.
-Usted dirá. -Murmuraron sus labios, pero en cara, cual una gardenia languidecente
no asomó ninguna emoción.
Emilio sintió que la última reserva de fuerza le abandonaba.
-Rosa María he venido por usted. He venido a decirla que la amo, que la he amado
siempre.. He venido -imploró con vehemencia, balbuciendo tontamente la misma
frase- a pedirle, a rogarle, que acepte ser mi esposa -terminó la frase temblando.
-Se lo agradezo mucho -respondió Alondra- haberse fijado en mí y molestarse en
venir hasta acá.
-¡Oh! ¡No diga eso! ¿Molestarme? Si estaba ansiando verla. No he dejado nunca de
pensar en usted.
Pero Alondra tenía prisa y eludió las consabidas explicaciones.
-Pero no está en mis planes por ahora casarme.
-Concédame al menos una oportunidad. Permítame acercarme a usted. Un noviazgo.
El tiempo que usted determine. ¡Póngame a prueba!
-El noviazgo tiene por objeto el matrimonio y ya le he dicho que no está en mis planes.
-Esperaré. ¡No importa cuanto! Aceptaré con gusto las condiciones que usted me
imponga. Mi lealdad la convencerá.
-No es por usted. Es por mi. No tiene que convencerme de nada.
-Yo pondré mi vida y mi persona a sus pies. ¡Haré cuanto sea necesario por verla
feliz!
-Usted me obliga a decirle que nunca le podría llegar a amar aunque yo quisiera. No
está en mí. Entiéndalo. Se ha quedado muy atrás el momento de la entrega, de la
irreflexión. Soy una mujer despreciada por el único hombre que pude haber llegado a
querer más allá de lo que yo misma me suponía capaz, por lo consiguiente sólo me
queda el miserable recurso de ser razonadora. No le amo Emilio, ni deseo encadenar
mi vida a una comodidad lacia. Además usted me juzgaría mal si yo me casara con
usted y continuara pensando en el otro.
-Pero. ¿Debo yo pagar su desilusión por el sólo hecho de quererla tanto?
-Olvídelo. Ni siquiera representa mi desquite.
-Mi ternura la habrá de curar. Mi abnegación la llegará a conmover. ¡Nada tendrá que
reprocharme nunca!
-¿Reproches? Usted me los haría si yo cediera a la tentación de su ofrecimiento, a
casarme sin amor .
-Acepto todos los riesgos. Yo amaré por los dos.
-No resultaría.
-Déjeme probar.
-La desgracia nos vuelve fríos.
-Sin usted rodaré por una pendiente en la que también irán mi alma, mi vida misma.
¡Por favor no sea dura¡ ¡Usted también ha sufrido!
-Espere unos años y comprenderá que le ahorro muchos sufrimientos. Con el tiempo
apreciará la nobleza de mi contestación, aunque hoy le parezca seca y cruel.
Entonces me lo agradecerá.
-¡Alondra! -Suplicó Emilio.
Ella hizo un ademán evasivo.
-Adios.
-¿Adios para siempre? ¿Así concluye todo?
Alondra no respondió. Se dio la vuelta, fría, helada, cual una autómata. Penetró en la
escuela como un pájaro retorna a su jaula.
Emilio pensó de pronto que era como las espigas malogradas de un trigal que nunca
iba a dar fruto, pero al escuchar la campana de la escuela llamando nuevamente a
clases a los alumnos, recordó que aunque soltera, era un poco la madre de todos
aquellos pequeñuelos ¡Y tuvo envidia de ellos!
Sentía el alma abatida. Pegó el rostro a los barrotes de la reja, tratando de alojar en
sus retinas un paisaje que demasiado sabía que nunca habría de volver a ver.
Un rugido se escuchó a lo lejos. La tormenta se aproximaba. Algunas nubes
descendían bajas y amenazadoras.
Una bandada de pájaros huyó batiendo las alas.
Emilio emprendió el camino de regreso.
Pensó en entrar a la parroquia buscando sosegar su espíritu, pero aquella
cruel amargura era como un fardo que le ataba tan intensamente a la desgracia, que
le impedía elevar el alma a Dios.
Gruesas gotas de lluvia empezaron a caer
Emilio miró por última vez hacia la escuela.
Los pájaros habían enmudecido.
¡
Se escribe para vivir intensamente la vida que no logramos vivir.
Escribir es traducir la verdad de los personajes a la verdad
del autor.
Todo hombre que vive es una novela no escrita.
La vida está hecha para ser vivida, pero el
novelista la vive para ser contada.
Edwin lugo