U.
E JOSE MANUEL AVILA “1”
Tarija-Bolivia
Nombre y Apellido: Angel Jaldin Gutierrez
Curso: 5to "B" Sec.
Nombre del docente: Aurora Mamani Flores
Área y conocimiento: Ciencias Sociales
Nivel: Secundario
Año: 2024
EL CONTRASTE DE LA PRETENDIDA MODERNIDAD CON
LA REPRESION DE LOS MOVIMIENTOS INDIGENAS DE LOS
APODERADOS
1. Introducción
La pretendida modernidad en Bolivia, a menudo celebrada por sus promesas de progreso y
desarrollo, se enfrenta a una realidad contradictoria y compleja. En el afán del Estado boliviano por
adoptar modelos de modernización, se han impuesto políticas que, en muchas ocasiones, despojan a
las comunidades indígenas de sus tierras y derechos ancestrales. Este tipo de progreso no solo
excluye y homogeneiza, sino que también perpetúa un sistema de represión y marginación.
Los movimientos indígenas, como el de los apoderados, representan una resistencia crucial a estas
políticas de modernización. Ellos luchan por preservar sus tierras, culturas y formas de vida
tradicionales, enfrentándose a un estado que, frecuentemente, no reconoce ni valora su diversidad
cultural. La represión de estos movimientos no es solo una manifestación de la tensión entre la
modernidad y la tradición, sino también una lucha histórica por la justicia y el reconocimiento de los
derechos colectivos.
En este contexto, la modernidad en Bolivia se convierte en una herramienta de dominación, que
busca imponer un modelo de desarrollo que no siempre incluye ni respeta a todas las voces. Esta
contradicción subraya las profundas tensiones entre el progreso económico y la diversidad cultural
que caracterizan al país. La lucha de los movimientos indígenas por la justicia y la
autodeterminación es un recordatorio constante de que el verdadero progreso debe ser inclusivo y
equitativo, respetando todas las culturas y derechos de sus ciudadanos. La modernización debe ir de
la mano con la valoración de la diversidad cultural y el reconocimiento pleno de los derechos de los
pueblos indígenas, para asegurar un desarrollo realmente sostenible y justo para todas las
comunidades en Bolivia.
2. Desarrollo
La Ley de Ex vinculación echo en el gobierno de Frias en 1874 fue como un huracán que barrió con
la propiedad colectiva de los ayllus, fragmentando la tierra y despojando a los pueblos indígenas de
su ancestral patrimonio. De las cenizas de esta destrucción, surgió el movimiento de los
Apoderados, un ejército de líderes indígenas Jilacatas, Mallkus, Curacas, Gran Malkus, Mama,
Malkus, Mama Jilacatas que, como gigantes de la resistencia, salieron a defender sus territorios.Su
lucha, una larga y ardua batalla jurídica y social, es comparable a una montaña que desafiaba la
tormenta. Primero, los departamentos integros de La Paz, Oruro, Potosi, Chuquisaca y Cochabamba
con Feliciano Espinosa y Diego Cari fueron los primeros representantes.
Fueron a representar a las Markas Ayllus y comunidades indígenas que estaba en contra de la Ley de
ex vinculación que prohibia jurídicamente a las autoridades tradicionales. A medida que
continuaban con la gran lucha por hacer que repeten el Ayllu comenzaban a revasar los marcos
coyunturales de la lucha pasada donde el poder de otros ayllus quienes comenzaron a plantear la
autonomia
El estado después de derrotar a Pablo Zarate Willka, Juan Lero y otros se continuo con el
movimiento indígena ahora liderados por los Caciques alrededor de 1952, conquistaron algunas
cumbres, solo para ver cómo el poder de otros Ayllus, ambiciosos por su propia autonomía, creaban
nuevas grietas en sus filas. La represión gubernamental fue una avenida que buscaba aplastarlos,
pero surgieron nuevos líderes, como Santos Marka T’ula Faustino Ylanqui Llanqui, Francisco
Taranga, Dionisio Phaxsi Pati, Feliciano Condoriy otros para mantener vivo el fuego de la
resistencia.
Su arma principal fue la historia misma; los títulos coloniales, viejos pergaminos que, como
reliquias sagradas, demostraban la propiedad ancestral de la tierra. Las batallas legales fueron como
guerras de desgaste en las que enfrentaron a la poderosa casta dominante, representada por los
gobiernos liberales que favorecían la usurpación de tierras. Aunque no lograron la victoria
inmediata, su lucha constante, como un río que labra su cauce a través de la piedra, perduró hasta la
Revolución Agraria de 1953, simbolizando la incansable defensa de la tierra y la búsqueda de la
justicia.
Mientras tanto, las mujeres, como el silencio profundo y paciente de la tierra misma, vieron cómo se
les negaban sus derechos. Pero su participación política y social fue creciendo a lo largo del siglo
XX, hasta encontrar pleno reconocimiento (simbolizado por la Constitución de 2009). Su lucha,
aunque menos visible en el relato principal, es una historia paralela, crucial para entender la fuerza
de la resistencia indígena y su lucha por una vida digna.
3. Conclusión
El supuesto camino hacia la modernidad contrasta con la incursión de los movimientos indígenas
reprimidos por los "modernizadores" en la lucha por la justicia y el reconocimiento cultural.
Mientras que esos "modernizadores" imponen una única relación sobre el "progreso", los pueblos
originarios resisten y se desarrollan en sus territorios trayectorias que desobedecen el mandato de la
modernidad. No hay manera de que ese desarrollo nos conduzca hacia un futuro equitativo y
sostenible si no se integra también a las comunidades que desobedecen la relación de un desarrollo
inclusivo que respeta la diversidad cultural.
Los pueblos originarios no son solo guardianes de sus territorios, sino también portadores de una
sabiduría que ha perdurado a lo largo de los siglos. Este conocimiento ancestral, faro en la búsqueda
de una vida mejor, está muy lejos de ser simple. Abarca desde la comprensión total de la ecología de
sus territorios hasta la conservación y el aprovechamiento sustentable de los muchos y valiosos
recursos que ahí tienen. Esta sabiduría se manifiesta a través de las variadas tradiciones que cultivan
en virtud de la gran diversidad cultural que les distingue. Esta usina de "modernidad" en el corazón
mismo de la "civilización", tan abrumadoramente insensible a la intensa vida de la naturaleza que les
rodea, a la diversidad y al modo de vida que ellos han conservado, quiere imponer la misma forma
de vida. y el mismo desequilibrio que ella ha creado.
Es crucial que la modernidad avance hacia un esquema que contemple la valorización y el respeto
por las culturas indígenas. Esto significa mucho más que la reducción de prejuicios y la
profundización en el sentido de lo que hoy se conoce como "derechos humanos". No solo se trata de
asegurar a los pueblos indígenas el ejercicio pleno y el reconocimiento efectivo de sus derechos, que
son tantos como a cualquier otro ser humano. Se trata, además, de pensar en otra manera de vivir
que no se circunscribe a las culturas mayoritarias.
Las sociedades que valoran y respetan la diversidad son más resilientes y están mejor equipadas para
manejar los desafíos mundiales. Si lo desconocido a menudo intimida, lo que realmente debería
asustarnos es la homogeneización cultural. En nombre de una modernidad que a menudo no
entiende ni respeta lo que hay antes de ella, se desplazan y deshacen culturas que han estado durante
milenios en el mismo lugar. Es allí, en esos espacios de diversidad cultural, donde hay más
oportunidades para construir puentes de entendimiento entre diferentes formas de vida.
Para los indígenas, el verdadero desarrollo no se mide por el crecimiento del Producto Interno Bruto
(PIB), que en la actualidad es la medida más común del desarrollo económico. El verdadero
desarrollo implica mucho más que mejoras en la economía formal. Implica la mejora de la justicia y
la eqüidad; y evoca mucho más el respeto a la diversidad y la construcción de una sociedad en la que
todos los ciudadanos se sientan no solo acogidos, sino también imprescindibles. Y en este verdadero
desarrollo, la diversidad cultural que aportan los pueblos indígenas es un componente fundamental...
No obstante, para lograr esto es preciso establecer una forma de tratar y trabajar conjuntamente, en
la que sean tenidas en cuenta y realmente valoradas las diversas formas pluriculturales de entender y
vivir la modernidad. Al final, abrazar una visión de la modernidad que incluya y celebre la
diversidad cultural es hacer justicia no solo a los pueblos indígenas, sino también a todos nosotros.
Es construir un futuro donde "el desarrollo no se mida solo por el crecimiento económico, sino
también por la capacidad de integrar y respetar todas las culturas y formas de vida".
4. Opinion Personal
El contraste entre la pretendida modernidad y la represión de los movimientos indígenas representan
una de las grandes paradojas y desafíos de nuestra época. La modernidad, en su búsqueda del
progreso económico y tecnológico, a menudo pasa por alta la riqueza de la diversidad social y los
conocimientos ancestrales. Esta actitud no solo es injusta, sino también miope.
Creo firmemente que los pueblos indígenas no deben ser vistos como obstáculos para el desarrollo,
sino como socios valiosos que ofrecen perspectivas y soluciones únicas a muchos de los problemas
que enfrentamos hoy en día, como la emergencia climática. Sus modos de vida sostenibles y su
profundo respeto por la naturaleza child lecciones cruciales que la modernidad debe aprender y
respetar.
La represión de los movimientos indígenas es una tragedia que se repite demasiado a menudo,
reflejando una falta de respeto y reconocimiento de los derechos humanos fundamentales. Para
construir un futuro más justo y equitativo, debemos integrar estas voces y conocimientos en nuestros
modelos de desarrollo, celebrando la diversidad y aprendiendo a convivir en armonía con nuestro
entorno.
La verdadera modernidad, para mí, debería ser inclusiva y respetuosa con todas las culturas,
reconociendo que hay múltiples caminos hacia el bienestar y que cada uno de ellos tiene un valor
intrínseco. Solo entonces podremos hablar de un progreso auténtico y sostenible.
5. Anexos