En la localidad de Bácum, Sonora, durante la primera mitad del siglo XVIII,
vivía don Francisco Carrasco González, un hombre de padres españoles,
nacido en Durango. Ahí vivo los primeros nueve años de su vida, hasta que por
una orden que el virrey Juan Antonio Vizarrón le había dado al padre de
Francisco, la cual dictaba que, si familia se tendría que ubicarse cerca de las
poblaciones de los indios yaquis, ya que estos frecuentemente hacían revueltas
para proteger sus tierras e impedir que los españoles las invadiesen. Al padre
de Francisco se le dio esta orden porque era uno de los soldados más
reconocidos en las regiones céntricas del virreinato. A sus 20 años, Francisco
contrajo matrimonio con María Teresa Villanueva Bacasegua, una joven
indígena de 18 años, hija de un comerciante de la península de Yucatán que,
huyendo de las autoridades por haberse peleado con unos pescadores, llego a
Sonora y tuvo a su primera hija, María Teresa, con una mujer originaria del
pueblo de Vícam. Francisco y María Teresa eran muy buenos amigos antes de
ser esposos, se conocieron en una hacienda cercana donde trabajaba la madre
de María, hacienda en la que iban a trabajar para conseguir dinero para su
familia, aunque Francisco, más que por necesidad, lo hacía por gusto, ya que
era muy amante de tener dinero. Tras varios años de amistad, y otros tantos de
noviazgo, se casaron el día 7 de febrero de 1745, en el templo de Santa Rosa
de lima. El matrimonio vivía en una de las casas que poseía la familia de
Francisco, en bácum, y eran visitados muy frecuentemente por amigos y
familiares de ambos. De vez en cuando llegaba don Fernando, quien era
hermano de don Francisco, pero él se había quedado en Durango cuidando las
haciendas de sus padres. En julio de ese mismo año se dio la noticia de que
María Teresa estaba esperando un hijo, y rápidamente se pusieron a hacer
preparativos para cuando naciera el niño. El 24 de noviembre de 1745, nacería
en la loma de Bácum, Juan José Gaspar de Carrasco y Villanueva, un bebe
que a pesar de haber nacido dos semanas antes de cumplirse los nueve meses
de embarazo, nació bastante fuerte y sano. 2 meses después de su
nacimiento, Gaspar fue bautizado en la misma iglesia en la que se habían
casado sus padres unos meses antes, a su bautizo de presentaron personas
bastante importantes, que eran colegas de su abuelo paterno, e incluso estuvo
presente un sobrino del virrey Pedro de Cebrián, por lo que fue un evento muy
destacable. Como la familia de María Teresa era muy humilde, el sobrino del
virrey y el padre de Francisco hicieron un acuerdo para concederles una de las
haciendas que poseían en Durango y el ayuntamiento le daría a Francisco un
medio de transporte para llevar a su esposa, suegros e hijo a su nuevo hogar.
En febrero de 1746, la familia salió de bácum con dos carretas y 3 caballos, en
una carreta iban María Teresa, Francisco y su hijo, mientras que en la otra iban
los padres de María. En la primera noche, uno de los caballos fue atacado por
un gato montés, pero rápidamente lo ahuyentaron con unas piedras, el caballo
quedo gravemente herido, y después de unas horas el animal termino
muriendo desangrado. Esto fue un gran problema para Francisco y su suegro,
ya que no iban a poder seguir avanzando con solo dos caballos, así que estos
se fueron a buscar un poblado cercano donde les pudieran vender un caballo a
un precio accesible. Tras varias horas buscando, se encontraron con un
hombre, que los llevo a un pueblo donde tenían varios animales en venta.
María Teresa y su madre se habían quedado solas con el niño, únicamente con
unas cuantas cobijas y la comida que llevaban para todo el camino. Su madre
comenzó a enfermar de gravedad, ya que en esas fechas hacia mucho frio, y al
estar en un lugar despejado como lo era aquel llano donde se quedaron, corría
mucho viento, por lo que contrajo una fuerte tos que no la dejaría respirar con
facilidad. Como la comida que tenían no era mucha, se la iban racionando poco
a poco, y esto comenzaría a afectar también a la salud del pequeño Gaspar.
Mientras tanto, Francisco y su suegro llegaron a un pequeño pueblo con aquel
hombre, quien los llevo a la casa de un viejo vendedor de ganado, quien aparte
de vender bacas y toros, también tenía varios caballos a la venta. El padre de
María tenía mucha experiencia vendiendo y haciendo tratos con la gente, así
que le dijo al viejo vendedor cual era el precio de su mejor corcel, a lo que el
hombre respondió que era de 12 escudos, pero tras un largo regateo, quedo en
9 escudos y un duro, lo cual seguía siendo una cantidad de dinero bastante
grande, pero el caballo estaba bueno, además de que no tenías el tiempo
suficiente como para seguir discutiendo el precio, así que lo compraron y
rápidamente se fueron a buscar las carretas. María Teresa ya no sabía qué
hacer con el estado de su madre, hasta que Francisco llego y rápidamente
retomaron su camino. La señora empezó a mejorar su estado de salud
conforme fueron avanzando, tal vez la preocupación le había causado esos
malestares, pero al pequeño Gaspar le estaba dando una gripa que ponía en
riesgo su vida, ya que solo tenía unos meses de haber nacido. Tras dos días y
medio de camino, llegaron a una bella hacienda con varias casitas, y grandes
huertas que se extendían por 20 hectáreas, además de varios árboles de gran
tamaño. El mismo día en que llegaron, le prepararon un té al niño con las hojas
de una de las plantas medicinales, que también había en la hacienda, pero esto
no fue de mucha ayuda, así que decidieron ir a buscar a un doctor en una de
las localidades vecinas. El doctor le preparo un tónico a Gaspar, el cual tuvo un
efecto casi inmediato en él, porque su malestar disminuyo gradualmente
durante el día, y la mañana siguiente, ya estaba curado. La familia viva muy
cómodamente en aquella hacienda, don Fernando frecuentemente los visitaba,
los apoyaba con comida, y ayudo a María Teresa a mantener bellas y sanas las
plantas del lugar, para que cuando estas dieran frutos, los pudieran vender a
las personas de los pueblos aledaños, y así se mantuvieron por varios meses.
Cuando Gaspar cumplió un año, don Francisco invito a mucha gente a la
hacienda para una fiesta que le harían al niño, y compro varios barriles de
cerveza para él y su suegro. Poco a poco, se comenzaron a emborrachar
mientras los invitados solo comían lo que María y su madre les servían, María
les decía que por favor dejaran de beber, ya que no quería que Gaspar tuviera
un recuerdo de un padre alcohólico y descuidado cuando creciera, pero
Francisco solo la ignoraba. A don Fernando, quien también estaba presente en
la fiesta, le disgustaba demasiado tener que estar viendo a su hermano en ese
estado, así que, en un ataque de enojo, tiro los últimos dos barriles de cerveza
que les quedaban. Don Francisco, enfurecido, mando a que corrieran a su
hermano de ahí, pero los invitados no lo tomaron en serio, por lo que el mismo
tomo un machete y lo amenazo para que saliera de su hacienda, estaba
totalmente cegado por el alcohol, olvido todo lo que Fernando había hecho por
él y su familia, pero el hombre, entristecido y decepcionado, no tuvo otra opción
más que regresar a su casa, acto que las demás personas veían con un gran
asombro y tristeza. Después de aquella pelea, don Francisco y su suegro,
ahogados en alcohol, se montaron en sus caballos y fueron al pueblo más
cercano a comprar otros barriles, María Teresa les rogaba para que no se
fueran, pero tercos como siempre, la ignoraron. Como eran alrededor de las 11
de la noche, lo único que alumbraba su camino era la luz de la luna, y cuando
iban pasando por un turbulento río, un coyote salió de entre los arbustos,
asustando a los caballos, y como los dos hombres estaban borrachos, no
pudieron reaccionar a tiempo, el caballo de don Francisco de tiro al suelo,
dejándolo inconsciente por la caída. En la fiesta, María y su madre estaban
bastante preocupadas, el niño se había quedado dormido y la mayoría de
invitados ya se había ido, y aquellos borrachos no regresaban, tenían horas de
haberse ido por si bebida. Con el pasar del tiempo, Francisco despertó, estaba
amaneciendo y su caballo se veía a lo lejos, pero no había rastro de su suegro,
tras unos pocos minutos de búsqueda, en el agua de veía un gran bulto, y
aquel bulto era su suegro, con una pierna atorada en la montura del caballo,
totalmente sin vida. Francisco, el shock, trató de sacar el cuerpo del agua, pero
estaba demasiado lejos de la orilla, así que, sin ninguna otra opción, regreso a
la hacienda, con lágrimas en los ojos, durante todo el camino juro que nunca en
su vida volvería a tomar ni una sola gota de cerveza en su vida. La suegra de
don Francisco, vio al caballo lo lejos, y rápidamente llamo a María, quienes al
ver su cara rápidamente le preguntaron por su suegro, por lo que les contó lo
sucedido, y las mujeres rompieron en llanto y le pidieron a Francisco que las
llevara al lugar, subieron al niño en una cesta y se fueron. Al llegar, la madre de
María comenzó a llorar desconsoladamente, sosteniendo la fría mano de su
difunto esposo, quien ya había sido arrastrado hasta la orilla por las
despiadadas corrientes de aquel río. Después de varios minutos de dolor, por
la pérdida de aquella persona, fueron por una carreta, después subieron el
cuerpo y lo llevaron a la hacienda, donde lo velaron durante todo un día, y a la
mañana siguiente lo prepararon para llevarlo a una iglesia en uno de los
pueblos cercanos. Cuando por fin terminaron, lo metieron en un cajón y lo
llevaron en la carreta mientras varias personas los ibas siguiendo, viendo con
tristeza como había acabado una gran persona, efecto del exceso del alcohol,
personas entre las que iba don Fernando, pero este decidió mantener un perfil
bajo para no relacionarse con su hermano. Llegando a la iglesia, los recibió un
monaguillo de nombre Marcelino, quien les ofreció pan y vino en lo que se
presentaba el padre para iniciar la misa. El padre dio la misa muy
apresuradamente, ya que tenía un evento muy importante, en una media hora,
el cuerpo ya estaba listo para ser enterrado. Saliendo de la iglesia y se fueron
al panteón, y así, a 27 de noviembre de 1746, era sepultado don Alfonso
Villanueva Canul, quien murió a sus 51 años de edad, dejando viuda a doña
Candelaria Bacasegua Anguamea. Desde ese día en adelante, don Francisco
tuvo una imagen muy diferente a como veía el mundo antes de esa perdida,
desarrolló un tremendo asco por el alcohol, 6