Capítulo 4—Un salvador os es nacido
Este Capítulo está basado en Lucas 2:1-20.
El rey de gloria se rebajó a revestirse de humanidad. Tosco y
repelente fué el ambiente que le rodeó en la tierra. Su gloria se veló
para que la majestad de su persona no fuese objeto de atracción.
Rehuyó toda ostentación externa. Las riquezas, la honra mundanal y
la grandeza humana no pueden salvar a una sola alma de la muerte;
Jesús se propuso que ningún halago de índole terrenal atrajera a
los hombres a su lado. Únicamente la belleza de la verdad celestial
debía atraer a quienes le siguiesen. El carácter del Mesías había sido
predicho desde mucho antes en la profecía, y él deseaba que los
hombres le aceptasen por el testimonio de la Palabra divina.
Los ángeles se habían maravillado del glorioso plan de redención.
Con atención miraban cómo el pueblo de Dios iba a recibir a su
Hijo, revestido con el manto de la humanidad. Vinieron los ángeles
a la tierra del pueblo elegido. Las otras naciones creían en fábulas
y adoraban falsos dioses. Pero los ángeles fueron a la tierra donde
la gloria de Dios se había revelado y había resplandecido la luz
de la profecía. Vinieron sin ser vistos a Jerusalén, se acercaron a
los que debían exponer los Sagrados Oráculos, a los ministros de
la casa de Dios. Ya había sido anunciada al sacerdote Zacarías la
proximidad de la venida de Cristo, mientras servía ante el altar.
Ya había nacido el precursor, y su misión estaba corroborada por
milagros y profecías. Habían cundido las nuevas de su nacimiento y
del maravilloso significado de su misión. Y sin embargo, Jerusalén
no se preparaba para dar la bienvenida a su Redentor.
Los mensajeros celestiales contemplaban con asombro la indife-
rencia de aquel pueblo a quien Dios llamara a comunicar al mundo
la luz de la verdad sagrada. La nación judía había sido conservada
como testigo de que Cristo había de nacer de la simiente de Abrahán
y del linaje de David; y sin embargo, no sabía que su venida se
[30] acercaba. En el templo, el sacrificio matutino y el vespertino se-
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Un salvador os es nacido 29
ñalaban diariamente al Cordero de Dios; sin embargo, ni aun allí
se habían hecho los preparativos para recibirle. Los sacerdotes y
maestros de la nación no sabían que estaba por acontecer el mayor
suceso de los siglos. Repetían sus rezos sin sentido y ejecutaban los
ritos del culto para ser vistos de los hombres, pero en su lucha para
obtener riquezas y honra mundanal, no estaban preparados para la
revelación del Mesías. Y la misma indiferencia reinaba en toda la
tierra de Israel. Los corazones egoístas y amantes del mundo no se
conmovían por el gozo que embargaba a todo el cielo. Sólo unos
pocos anhelaban ver al Invisible. A los tales fué enviada la embajada
celestial.
Hubo ángeles que acompañaron a José y María en su viaje de
Nazaret a la ciudad de David. El edicto de la Roma imperial para
empadronar a los pueblos de sus vastos dominios alcanzó hasta los
moradores de las colinas de Galilea. Como antaño Ciro fué llamado
al trono del imperio universal para que libertase a los cautivos de
Jehová, así también Augusto César hubo de cumplir el propósito de
Dios de traer a la madre de Jesús a Belén. Ella era del linaje de David;
y el Hijo de David debía nacer en la ciudad de David. De Belén,
había dicho el profeta, “saldrá el que será Señor en Israel; cuya
procedencia es1 desde el principio, desde los días de la eternidad.”2
Pero José y María no fueron reconocidos ni honrados en la ciudad de
su linaje real. Cansados y sin hogar, siguieron en toda su longitud la
estrecha calle, desde la puerta de la ciudad hasta el extremo oriental,
buscando en vano un lugar donde pasar la noche. No había sitio para
ellos en la atestada posada. Por fin, hallaron refugio en un tosco
edificio que daba albergue a las bestias, y allí nació el Redentor del
mundo.
Sin que lo supieran los hombres, las nuevas llenaron el cielo de
regocijo. Los seres santos del mundo de luz se sintieron atraídos
hacia la tierra por un interés más profundo y tierno. El mundo entero
quedó más resplandeciente por la presencia del Redentor. Sobre los
collados de Belén se reunieron innumerables ángeles a la espera de
una señal para declarar las gratas nuevas al mundo. Si los dirigentes
de Israel hubieran sido fieles, podrían haber compartido el gozo de
anunciar el nacimiento de Jesús. Pero hubo que pasarlos por alto. [31]
Dios declaró: “Derramaré aguas sobre el secadal, y ríos sobre
la tierra árida.” “Resplandeció en las tinieblas luz a los rectos.”3
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Para los que busquen la luz, y la acepten con alegría, brillarán los
esplendentes rayos del trono de Dios.
En los campos donde el joven David apacentara sus rebaños,
había todavía pastores que velaban. Durante las silenciosas horas de
la noche, hablaban del Salvador prometido, y oraban por la venida
del Rey al trono de David. “Y he aquí el ángel del Señor vino sobre
ellos, y la claridad de Dios los cercó de resplandor; y tuvieron gran
temor. Mas el ángel les dijo: No temáis; porque he aquí os doy
nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo: Que os ha nacido
hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor.”
Al oír estas palabras, las mentes de los atentos pastores se llena-
ron de visiones gloriosas. ¡El Libertador había nacido en Israel! Con
su llegada, se asociaban el poder, la exaltación, el triunfo. Pero el
ángel debía prepararlos para reconocer a su Salvador en la pobreza
y humillación. “Esto os será por señal—les dijo:—hallaréis al niño
envuelto en pañales, echado en un pesebre.”
El mensajero celestial había calmado sus temores. Les había
dicho cómo hallar a Jesús. Con tierna consideración por su debilidad
humana, les había dado tiempo para acostumbrarse al resplandor
divino. Luego el gozo y la gloria no pudieron ya mantenerse ocultos.
Toda la llanura quedó iluminada por el resplandor de las huestes
divinas. La tierra enmudeció, y el cielo se inclinó para escuchar el
canto:
“Gloria en las alturas a Dios, y en la tierra paz,
buena voluntad para con los hombres.”
¡Ojalá la humanidad pudiese reconocer hoy aquel canto! La
declaración hecha entonces, la nota pulsada, irá ampliando sus ecos
hasta el fin del tiempo, y repercutirá hasta los últimos confines de la
tierra. Cuando el Sol de justicia salga, con sanidad en sus alas, aquel
himno será repetido por la voz de una gran multitud, como la voz
de muchas aguas, diciendo: “Aleluya: porque reinó el Señor nuestro
Dios Todopoderoso.”4
Al desaparecer los ángeles, la luz se disipó, y las tinieblas volvie-
ron a invadir las colinas de Belén. Pero en la memoria de los pastores
[32] quedó el cuadro más resplandeciente que hayan contemplado los
ojos humanos. “Y aconteció que como los ángeles se fueron de ellos
Un salvador os es nacido 31
al cielo, los pastores dijeron los unos a los otros: Pasemos pues hasta
Bethlehem, y veamos esto que ha sucedido, que el Señor nos ha
manifestado. Y vinieron apriesa, y hallaron a María, y a José, y al
niño acostado en el pesebre.”
Con gran gozo salieron y dieron a conocer cuanto habían visto y
oído. “Y todos los que oyeron, se maravillaban de lo que los pastores
les decían. Mas María guardaba todas estas cosas, confiriéndolas en
su corazón. Y se volvieron los pastores glorificando y alabando a
Dios.”
El cielo y la tierra no están más alejados hoy que cuando los
pastores oyeron el canto de los ángeles. La humanidad sigue hoy
siendo objeto de la solicitud celestial tanto como cuando los hombres
comunes, de ocupaciones ordinarias, se encontraban con los ángeles
al mediodía, y hablaban con los mensajeros celestiales en las viñas
y los campos. Mientras recorremos las sendas humildes de la vida,
el cielo puede estar muy cerca de nosotros. Los ángeles de los atrios
celestes acompañarán los pasos de aquellos que vayan y vengan a la
orden de Dios.
La historia de Belén es un tema inagotable. En ella se oculta
la “profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de
Dios.”5 Nos asombra el sacrificio realizado por el Salvador al trocar
el trono del cielo por el pesebre, y la compañía de los ángeles que le
adoraban por la de las bestias del establo. La presunción y el orgullo
humanos quedan reprendidos en su presencia. Sin embargo, aquello
no fué sino el comienzo de su maravillosa condescendencia. Habría
sido una humillación casi infinita para el Hijo de Dios revestirse
de la naturaleza humana, aun cuando Adán poseía la inocencia del
Edén. Pero Jesús aceptó la humanidad cuando la especie se hallaba
debilitada por cuatro mil años de pecado. Como cualquier hijo de
Adán, aceptó los efectos de la gran ley de la herencia. Y la historia
de sus antepasados terrenales demuestra cuáles eran aquellos efectos.
Mas él vino con una herencia tal para compartir nuestras penas y
tentaciones, y darnos el ejemplo de una vida sin pecado.
En el cielo, Satanás había odiado a Cristo por la posición que
ocupara en las cortes de Dios. Le odió aun más cuando se vió des-
tronado. Odiaba a Aquel que se había comprometido a redimir a [33]
una raza de pecadores. Sin embargo, a ese mundo donde Satanás
pretendía dominar, permitió Dios que bajase su Hijo, como niño im-
32 El Deseado de Todas las Gentes
potente, sujeto a la debilidad humana. Le dejó arrostrar los peligros
de la vida en común con toda alma humana, pelear la batalla como
la debe pelear cada hijo de la familia humana, aun a riesgo de sufrir
la derrota y la pérdida eterna.
El corazón del padre humano se conmueve por su hijo. Mientras
mira el semblante de su hijito, tiembla al pensar en los peligros de la
vida. Anhela escudarlo del poder de Satanás, evitarle las tentaciones
y los conflictos. Mas Dios entregó a su Hijo unigénito para que
hiciese frente a un conflicto más acerbo y a un riesgo más espan-
toso, a fin de que la senda de la vida fuese asegurada para nuestros
pequeñuelos. “En esto consiste el amor.” ¡Maravillaos, oh cielos!
[34] ¡Asómbrate, oh tierra!
1 Versión Moderna.
2 Miqueas 5:2.
3 Isaías 44:3; Salmos 112:4.
4 Apocalipsis 19:6.
5 Romanos 11:33.