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Cuentos 6to A B y C

La dama de blanco narra la historia de un joven que, tras una ruptura amorosa, se encuentra con una mujer vestida de blanco, Luz María, y tras pasar una noche mágica, descubre que ella murió hace treinta años. En 'El guante de encaje', un paisano y su hijo ayudan a una joven llamada Encarnación, solo para descubrir que ella también está muerta desde hace veinte años. 'La ventana abierta' cuenta la visita de Framton Nuttel a una casa donde la tía de una joven espera el regreso de su marido y hermanos desaparecidos, creando una atmósfera de misterio y terror que culmina en su inesperada huida.
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Cuentos 6to A B y C

La dama de blanco narra la historia de un joven que, tras una ruptura amorosa, se encuentra con una mujer vestida de blanco, Luz María, y tras pasar una noche mágica, descubre que ella murió hace treinta años. En 'El guante de encaje', un paisano y su hijo ayudan a una joven llamada Encarnación, solo para descubrir que ella también está muerta desde hace veinte años. 'La ventana abierta' cuenta la visita de Framton Nuttel a una casa donde la tía de una joven espera el regreso de su marido y hermanos desaparecidos, creando una atmósfera de misterio y terror que culmina en su inesperada huida.
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La dama de blanco

El joven dobló por la calle Juncal, como todos los últimos sábados por la noche. Desde que

Lucía lo había dejado, se había vuelto su recorrido habitual. El aire que salía de su boca se convertía en humo al encontrarse
con el frío de agosto. Al llegar a la esquina de Junín, algo lo motivó a cambiar de rumbo y unos metros más adelante, vio a una
muchacha. Llevaba un vestido de un blanco radiante. El joven no pudo frenar el impulso de invitarla a tomar algo y darle su
abrigo para protegerla. Entraron a “La Biela”, un bar tradicional del barrio de Recoleta.

Eligieron ubicarse junto a la ventana, alejados de la gente. Él le quitó el sobretodo a la muchacha, dejando la blancura del
vestido nuevamente al descubierto, y le acercó la silla en un gesto de caballerosidad. Se sentaron enfrentados manteniendo la
distancia que exigía la mesa.

Él no sabía con qué tema empezar la conversación. Tenía miedo de quedar en ridículo o espantarla.

Se le ocurrió que la música era un buen tema. Así se enteró de que a ella le gustaba la música clásica y sabía tocar el piano.
Cuando les trajeron el café supo su nombre: Luz María.

El joven notó que los hombres que estaban en el bar los miraban y murmuraban. No le pareció extraño siendo Luz María tan
hermosa. Él se ofreció a acompañarla hasta la casa y en el puesto de flores de la calle Posadas, le compró un ramo de rosas. En
el umbral de la puerta, entre miradas y sonrisas, la besó. Sintió un escalofrío y volvió a su casa pensando en ella.

Al día siguiente, decidió sorprenderla. Tocó el timbre de su casa y una señora mayor le abrió la puerta. Él le preguntó por Luz
María y, entre llantos y gritos, recibió una respuesta inesperada.

Su dama de blanco había muerto treinta años atrás.

Corrió al cementerio sin poder creer en las palabras de aquella mujer. Los nombres escritos en las lápidas le lastimaban los
ojos. Su desesperada búsqueda llegó a su fin frente al nombre

de Luz María grabado en el mármol. Cerró los ojos porque ya no quedaba nada por ver. Cuando el vacío del mundo se había
hecho más grande, el aroma de las rosas se hizo presente y el joven volvió a sentir el mismo escalofrío de la noche anterior.

El sereno del Cementerio de La Recoleta declaró que era habitual, desde hacía treinta años, ver pasear a Luz María vestida de
blanco los sábados por la noche.

Leyenda urbana, versión de Tatiana Lara Israeloff y Violeta Hadassi

El guante de encaje. María Teresa Andruetto

Cierta vez, un paisano de La Aguada viajaba con su hijo en carro por el camino viejo
que une al poblado que llaman Capilla de Garzón
con Pampayasta. Cuando iban pasando por el
campo de los Zárate, en el cruce mismo con el
camino nuevo, una mujer muy joven vestida de
fiesta, los detuvo.
Aunque era muy entrada la noche, la habían visto
de lejos porque la luz de la luna era intensa y el
color del vestido, blanco brillante. – Mi novio se ha
enojado conmigo y me ha dejado sola en el medio del campo –dijo cuando el carro se detuvo- ¿Podrá usted llevarme hasta la
entrada de Pampayasta? Yo vivo ahí.
-Como no, señorita – contestó el paisano, y él y su hijo le hicieron un lugar en el carro. Viajaron en silencio un buen rato, hasta
que empezaron a hablar de cosas sin importancia, más por ser amables que por verdadera necesidad de decir algo. En esas
conversaciones ella confesó que le gustaba demasiado el baile y que se llamaba Encarnación.
Era una noche de crudo invierno y la joven estaba desabrigada. Cuando el paisano la vio temblar, dijo: – Convide, hijo, a
Encarnación con un bollo de anís y un trago de ese vino de canela que llevamos, que es bueno para los enfriamientos. Y el
muchacho le ofreció pan y vino. Ella pegó un bocado grande al bollo y tomó desesperada unos tragos. Algo de vino cayó sobre
el vestido y dejó allí, en el pecho, una mancha rosada como un pétalo- – ¡Qué Lástima! – habló ella- ¡Era tan blanco!
Pero siguió comiendo el bollo de anís con muchas ganas, tanto que cualquiera hubiera dicho que iban a pasar años antes de
que volvieran a ofrecerle algo.
Cuando llegaron a la entrada de Pampayasta, muy cerca de donde está el boliche de Severo Andrada, les dijo que habían
llegado. El paisano detuvo el carro y ella bajó y fue corriendo a meterse en la casa de la esquina, frente al cruce. Padre e hijo
siguieron viaje. Habían hecho unas cuantas leguas cuando el hijo vio brillar algo en el piso del carro. Se agachó y descubrió un
guante blanco de encaje fosforescente. Entonces se lo mostró a su padre y decidieron volver a la casa donde habían dejado a
Encarnación, para devolvérselo.
Hicieron de regreso las leguas que habían andado, hasta la zona del boliche de Severo Andrada, y se detuvieron en la esquina,
frente al cruce. Bajaron los dos, pero fue el padre quien golpeó las manos. -¡Avemaríapurísima!- llamó como lo hacen los
paisanos. Le contestaron los perros. Y después, la voz de un hombre recién arrancado del sueño: -¿Qué se le ofrece?
-¿Aquí vive una señorita llamada Encarnación? -preguntó el paisano. El dueño abrió la puerta. Estaba pálido. Y se quedó
mirando a los dos forasteros sin decir palabra.
-Venimos a devolverle un guante. Se lo ha olvidado hace un momento en nuestro carro. El hombre siguió mirándolos en
silencio.
-No lo tome a mal-insistió el paisano-. Tuvo un problema y nos pidió que la acercáramos. -El hombre seguía en silencio.
El hijo estuvo con la mano extendida, acalambrada de tanto ofrecer el guante al dueño de casa, hasta que éste habló: – Es mi
hija, pero está muerta… ayer se cumplieron veinte años…
-Dijo que venía de bailar… recordó el paisano.
-Hace veinte años… contó el padre- para el día de Santa Rosa, murió bailando en las fiestas patronales. Del corazón, ¿sabe?
Los dos hombres que habían llegado en el carro, así como estaban, pegaron media vuelta murmurando una disculpa. Pero el
padre de la joven reclamó: – El guante… por favor. Es para llevárselo a la tumba. Todos los años, para la fiesta de Santa Rosa,
se olvida algo en alguna parte y hay que ir a ponérselo.
El muchacho entregó el guante de encaje. Después alcanzó en silencio a su padre que ya estaba sentado en el carro azuzando

a los caballos.
La ventana abierta (Saki)

Mi tía bajará enseguida, señor Nuttel –dijo con mucho aplomo una señorita de quince años–; mientras tanto debe hacer lo
posible por soportarme.
Framton Nuttel se esforzó por decir algo que halagara debidamente a la sobrina sin dejar de tomar debidamente en cuenta a
la tía que estaba por llegar. Dudó más que nunca de que esta serie de visitas formales a personas totalmente desconocidas
fueran de alguna utilidad para la cura de reposo que se había propuesto.
–Sé lo que ocurrirá –le había dicho su hermana cuando se disponía a emigrar a este retiro rural–: te encerrarás ni bien llegues
y no hablarás con nadie y tus nervios estarán peor que nunca debido a la depresión. Por eso te daré cartas de presentación
para todas las personas que conocí allá. Algunas, por lo que recuerdo, eran bastante simpáticas.
Framton se preguntó si la señora Sappleton, la dama a quien había entregado una de las cartas de presentación, podía ser
clasificada entre las simpáticas.
– ¿Conoce a muchas personas aquí? –preguntó la sobrina, cuando consideró que ya había habido entre ellos suficiente
comunicación silenciosa.
–Casi nadie –dijo Framton–. Mi hermana estuvo aquí, en la rectoría, hace unos cuatro años, y me dio cartas de presentación
para algunas personas del lugar.
Hizo esta última declaración en un tono que denotaba claramente un sentimiento de pesar.
–Entonces no sabe prácticamente nada acerca de mi tía – prosiguió la aplomada señorita.
–Solo su nombre y su dirección –admitió el visitante. Se preguntaba si la señora Sappleton estaría casada o sería viuda.
Algo indefinido en el ambiente sugería la presencia masculina.
–Su gran tragedia ocurrió hace tres años –dijo la niña–; es decir, después que se fue su hermana.
– ¿Su tragedia? –preguntó Framton; en esta apacible campiña las tragedias parecían algo fuera de lugar.

–Usted se preguntará por qué dejamos esa ventana abierta de par en par en una tarde de octubre –dijo la sobrina señalando
una gran ventana que daba al jardín.
–Hace bastante calor para esta época del año –dijo Framton– pero ¿qué relación tiene esa ventana con la tragedia?

–Por esa ventana, hace exactamente tres años, su marido y sus dos hermanos menores salieron a cazar por el día. Nunca
regresaron. Al atravesar el páramo para llegar al terreno donde solían cazar quedaron atrapados en una ciénaga traicionera.
Ocurrió durante ese verano terriblemente lluvioso, sabe, y los terrenos que antes eran firmes de pronto cedían sin que
hubiera manera de preverlo. Nunca encontraron sus cuerpos. Eso fue lo peor de todo.
- a esta altura del relato la voz de la niña perdió ese tono seguro y se volvió vacilantemente humana–. Mi pobre tía sigue
creyendo que volverán algún día, ellos y el pequeño spaniel que los acompañaba, y que entrarán por la ventana como solían
hacerlo. Por tal razón la ventana queda abierta hasta que ya es de noche. Mi pobre y querida tía, cuántas veces me habrá
contado cómo salieron, su marido con el impermeable blanco en el brazo, y Ronnie, su hermano menor, cantando como de
costumbre “¿Bertie, por qué saltas?”, porque sabía que esa canción la irritaba especialmente. Sabe usted, a veces, en tardes
tranquilas como las de hoy, tengo la sensación de que todos ellos volverán a entrar por la ventana...

La niña se estremeció. Fue un alivio para Framton cuando la tía irrumpió en el cuarto pidiendo mil disculpas por haberlo hecho
esperar tanto.
–Espero que Vera haya sabido entretenerlo –dijo.
–Me ha contado cosas muy interesantes –respondió Framton.
–Espero que no le moleste la ventana abierta –dijo la señora Sappleton con animación–; mi marido y mis hermanos están
cazando y volverán aquí directamente, y siempre suelen entrar por la ventana. No quiero pensar en el estado en que dejarán
mis pobres alfombras después de haber andado cazando por la ciénaga. Tan típico de ustedes los hombres, ¿no es verdad?
Siguió parloteando alegremente acerca de la caza y de que ya no abundan las aves, y acerca de las perspectivas que había de
cazar patos en invierno. Para Framton, todo eso resultaba sencillamente horrible. Hizo un esfuerzo desesperado, pero solo a
medias exitoso, de desviar la conversación a un tema menos repulsivo; se daba cuenta de que su anfitriona no le otorgaba su
entera atención, y su mirada se extraviaba
constantemente en dirección a la ventana abierta y al jardín. Era por cierto una infortunada coincidencia venir de visita el día
del trágico aniversario.

–Los médicos han estado de acuerdo en ordenarme completo reposo. Me han prohibido toda clase de agitación mental y de
ejercicios físicos violentos –anunció Framton, que abrigaba la ilusión bastante difundida de suponer que personas totalmente
desconocidas y relaciones casuales estaban ávidas de conocer los más íntimos detalles de nuestras dolencias y enfermedades,
su causa y su remedio–. Con respecto a la dieta no se ponen de acuerdo.
– ¿No? –dijo la señora Sappleton ahogando un bostezo a último momento. Súbitamente su expresión revelaba la atención más
viva... pero no estaba dirigida a lo que Framton estaba diciendo.
– ¡Por fin llegan! –exclamó–. Justo a tiempo para el té, y parece que se hubieran embarrado hasta los ojos, ¿no es verdad?
Framton se estremeció levemente y se volvió hacia la sobrina con una mirada que intentaba comunicar su compasiva
comprensión. La niña tenía puesta la mirada en la ventana abierta y sus ojos brillaban de horror. Presa de un terror
desconocido que helaba sus venas, Framton se volvió en su asiento y miró en la misma dirección.

En el oscuro crepúsculo tres figuras atravesaban el jardín y avanzaban hacia la ventana; cada una llevaba bajo el brazo una
escopeta y una de ellas soportaba la carga adicional de un abrigo blanco puesto sobre los hombros. Los seguía un fatigado
Spaniel de color pardo. Silenciosamente se acercaron la casa, y luego se oyó una voz joven y ronca que cantaba: “¿Dime,
Bertie, por qué saltas?”.
Framton agarró deprisa su bastón y su sombrero; la puerta de entrada, el sendero de grava y el portón fueron etapas apenas
percibidas de su intempestiva retirada. Un ciclista que iba por el camino tuvo que hacerse a un lado para evitar un choque
inminente.
–Aquí estamos, querida –dijo el portador del impermeable blanco entrando por la ventana–: bastante embarrados, pero casi
secos. ¿Quién era ese hombre que salió de golpe no bien aparecimos?
–Un hombre rarísimo, un tal señor Nuttel –dijo la señora Sappleton–; no hablaba de otra cosa que, de sus enfermedades, y se
fue disparado sin despedirse ni pedir disculpas al llegar ustedes. Cualquiera diría que había visto un fantasma.
–Supongo que ha sido a causa del Spaniel –dijo tranquilamente la sobrina–; me contó que los perros le producen horror.
Una vez lo persiguió una jauría de perros parias hasta un cementerio cerca del Ganges, y tuvo que pasar la noche en una
tumba recién cavada, con esas bestias que gruñían y mostraban los colmillos y echaban espuma encima de él. Así cualquiera
se vuelve pusilánime.
La fantasía sin previo aviso era su especialidad.

Una ventana abierta. Antología para maestros que ven, miran o espían. Buenos Aires, Ministerio de Educación, 2007.

a- “Lo curioso es que, al mismo tiempo, a Leandro le encantaba leer cuentos de terror. Era lo único que lo tranquilizaba y lo
hacía olvidarse un rato de lo que tenía a su alrededor. Entonces, cuando sus papás salían, se sentaba a leer en el living, con
todas las luces prendidas hasta que volvían, sobresaltándose con cada crujido de los muebles .”

b- En ese momento provino desde la ventana abierta un sonido como de aullido de un chico perdido en las lejanas del oscuro
bosque. Pero el hombre no se movió.

c. Súbitamente la mesa crujió bajo sus brazos, y al mismo tiempo escuchó, o creyó escuchar, un ligero paso suave y luego otro;
sonaba como si fuera un pie desnudo sobre el suelo.
d. El cuerpo quedó cerca de la ventana, donde la bestia lo dejó antes de partir asustada por el fogonazo y la detonación del
rifle.

Ambrose Bierce, "La ventana clausurada" traducción de Beatriz Vignoli, en Cuentos de terror, Compilado por Elisa María Salzmann Col. Azulejos, Serie
Naranja, 2da ed- 3ra reimp@2015, Editorial Estrada S.A.

Todo comenzó por culpa de Herminio, mi hermanita menor. Cuándo no. Su última hazaña fue manchar con mermelada la
bolsa de dormir que uso en los campamentos escolares. Lo grave es que yo estaba a minutos de irme al camping municipal con
mis compañeros de colegio. Para limpiarla, y que nadie notara el accidente, mi hermanita no tuvo mejor idea que pasarle un
trapo con lavandina pura. Conclusión: reto de mamá para Herminia, llanto, explicaciones y pelea familiar. Y mi bolsa de
dormir... decolorada y con un olor apestoso.

Me negué a llevar al campamento una bolsa manchada, que olía a pis de gato (porque ese es el olor de la lavandina).

Entonces tuve una idea genial. O, mejor dicho: en ese momento me pareció genial, porque la desesperación, ahora lo sé, es
mala consejera.

Fui hasta la casa de mi abuela, que vive a la vuelta de casa, a pedirle su propia balsa: una especie de reliquia familiar, que ella
guardaba en el sótano, sin permitir que nadie la usara. Enseguida me recordó el porqué.

-De ningún modo, Adolfito. Esa bolsa está maldita. O encantada. El último que la uso fue tu tío Pablo, y mird cómo quedó el
pobre

"La tumba del monstruo" en La mecedora del fantasma y otros misterios sin resolver de Franco Vaccarini, col. Azulejos, Serie Naranja, 1ra
ed-6ta reimp@2015, Editorial Estrada 5.A

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