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Esposas Perfectas - L. Jellyka

El documento describe un entorno ficticio donde un grupo de hombres adinerados puede adquirir una esposa joven y virgen a cambio de una considerable suma de dinero. A través de un proceso de selección, se les ofrece una mujer que puede ser moldeada a su gusto, enfatizando la dinámica de poder y control en las relaciones. La narrativa explora temas de deseo, disciplina y la objetivación de las mujeres en un contexto de elitismo y exclusividad.

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Esposas Perfectas - L. Jellyka

El documento describe un entorno ficticio donde un grupo de hombres adinerados puede adquirir una esposa joven y virgen a cambio de una considerable suma de dinero. A través de un proceso de selección, se les ofrece una mujer que puede ser moldeada a su gusto, enfatizando la dinámica de poder y control en las relaciones. La narrativa explora temas de deseo, disciplina y la objetivación de las mujeres en un contexto de elitismo y exclusividad.

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Esposas perfectas

Todos los derechos reservados

Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización del propietario del Copyright, bajo las sanciones establecidas en las Leyes, la reproducción total o parcial de esta
obra por cualquier medio o procedimiento, así como la distribución de copias ilegales.

Nota del autor:

Antes de empezar quiero aclarar que todos los personajes que están en actos sexuales tienen más de 18 años y que no tienen ninguna relación familiar, también que
los personajes son muy variables, que incluso puedes ponerte a ti mismo o a ti misma como un personaje como ¨amigo¨ o ¨tutor¨, siendo así los personajes o su origen
no son lo importante. La importancia de estas historias es disfrutar la esencia erótica sin más que agregar espero lo disfrutes.

¿Qué es un tutor?

Persona que se encarga de la tutela de una persona, en especial la nombrada para encargarse de los bienes o de una persona con incapacidad mental y para
representarlos en los actos jurídicos, a esta persona se le denomina tutorado o tutorada, un tutor o tutora puede ser cualquier persona.

Ejemplo: "los padres podrán en testamento o documento público notarial nombran un tutor; los sujetos a tutela deben respeto y obediencia al tutor"
El regalo de bienvenida

La hembra permanecía de pie sobre altísimos tacones de aguja; las manos cruzadas sobre el regazo, las piernas juntas, la espalda recta, firme. Una estatua de carne
prieta, un mueble más adornando la lujosa habitación. Puede que incluso el más caro. Puede. La mirada culta de Sebastián reconoció la firma de Dalí colgando de una
pared. Justo al lado, sobre fondo blanco virginal, intentaba sonreír una puta demasiado joven que un siglo atrás se había abierto de piernas para un pintor de coños.

Sebastián ignoraba el precio de mercado -seguramente inferior al de otros artista de más renombre-, pero sabía que el putero detrás de semejante esperpento estudió
en la Facultad de Bellas Artes de Viena. Había sido admitido tras birlarle la última plaza a un paleto de pueblo, un tal Adolf, que acabó renunciando a su vena artística y
emigrando a Alemania. Ironías de la Historia, cada uno de esos coños como el que ahora adornaba la pared había costado al mundo un millón de almas.

La enorme mesa de caoba africana labrada a mano parecía modesta en aquel despacho. Tras ella, los ojos expertos de Dimitri contemplaban satisfechos la mal
disimulada fascinación que provocaba su despacho en el nuevo visitante. Un asiento hecho a medida soportaba el peso del gigante ruso. Un sencillo anillo de oro
adornaba su mano izquierda, donde humeaba el habano de diez dólares la calada. La otra zarpa del viejo oso estaba oculta a la vista de Sebastián, magreando sin disimulo
el culo firme de su esposa, mientras la buena mujer, de pie a su lado, permanecía quieta, sonriente.

Todo era parte del espectáculo, por supuesto. Seb lo sabía. Expuesta en toda su elegante altura, la imponente hembra madura no era más que un artículo de muestra,
un refuerzo visual para un discurso de vendedor para nada improvisado.

-Amigo mío, camarada -el gigante hablaba despacio, recreándose en su propia voz-, la hembra perfecta no existe. Así que ¿por qué perder el tiempo buscándola?

Silencio estudiado. Deja pasar el tiempo mientras la pregunta cala en la mente de la audiencia. Una vieja técnica pulida tras años de discursos en el Kremlin:
mostrarle a un hombre poderoso un problema que no sabía que tenía antes de ofrecerle una solución que ya habías encontrado.

Pero Sebastián no era un político necio y aguanto el envite. Incluso se permitió una ligera sonrisa de sarcasmo antes de seguir con el juego.

-Supongo que la perfección es cuestión de gustos.

-Así es -confirmó el ruso-. Alta o baja; rubia o morena; blanca, negra, asiática o latina. Cada miembro decide qué es perfecto... y nosotros se lo proporcionamos.

-Por tanto...

-Por tanto, si no encuentras tu hembra ideal, créala. Ese es nuestro regalo. Pondremos a tu disposición el mejor diamante en bruto. Tallarlo depende de ti. Aunque
por lo general son necesarios algunos golpes -lo dice sonriendo, mientras descarga la enorme mano sobre el trasero de su esposa-, más fuertes cuanto más puro es el
material.

Otra pausa para la reflexión. El asunto está expuesto. A través del humo cubano los ojos claros de Dimitri medían el efecto de sus palabras. Durante casi cuatro
décadas había vendido sueños de grandeza a precio de oro. Un puñado de elegidos, unas pocas mentes geniales, habían entrado en su despacho y habían salido con un
nuevo hogar, una nueva mujer y un nuevo amigo. Ninguno había rechazado.

Desde el otro lado de la mesa, su futuro vecino analizaba con ojo clínico la imponente mujer expuesta a su mirada. Bien entrada en la cincuentena, salvo alguna leve
arruga, la dama conservaba un cuerpo digno de ser exhibido. Alta y de piel clara, su rostro responsable evocaba la imagen de una chica inocente, modelo años veinte. El
pecho generoso ponía a prueba los botones de una blusa negra abrochada hasta el cuello. Las nalgas duras y llenas se embutían en una minifalda ejecutiva hasta medio
muslo. La mente de ingeniero de Dimitri no dejaba nada al azar y la falda tenía la medida justa. Una pulgada más de tela y Sebastián no se habría percatado de las marcas
en la piel. Las líneas dispersas en la parte posterior de los muslos insinuaban la existencia de un intrincado dibujo sobre la piel tersa de los glúteos, grabado en días
recientes por el beso de fuego de un látigo de buen peso. El fuerte azote propinado sobre el culo ya castigado de su esposa, la sonrisa inalterable de esta, no era sino una
demostración en vivo del nivel de obediencia alcanzado.

Tras un intenso repaso a la anatomía femenina, los hombres intercambiaron una mirada cómplice. Estaba hecho.

-El secreto de los buenos diamantes, camarada, es que nunca acabas de tallarlos del todo. Siempre necesitan un golpe más.

En un valle perdido entre las montañas suizas, convenientemente ignorado por las autoridades, se encuentra el complejo residencial más exclusivo del mundo.

La comunidad de propietarios no alcanza los cuarenta miembros. Todos hombres. Todos geniales, cada uno en su campo. M édicos, científicos, ingenieros, artistas y
pensadores. Alcanzaron la grandeza por sus propios medios. Todos han contribuido con su genio a hacer del mundo un lugar mejor.

El precio por pertenecer a este selecto grupo: diez millones de marcos. Cinco compran la casa, una espléndida mansión con comodidades que aún no se han
propagado al resto del mundo. A cambio de los otros cinco la Sociedad te entrega una esposa, una hembra joven y virgen con la que puedes hacer lo que quieras, siempre
que la mantengas y le proporciones el mínimo exigible de disciplina y sexo. Cada hombre la educa según su criterio, pero al menos debe estar, como dice el fundador,
bien disciplinada y bien follada, camarada.

La Sociedad como tal no tiene ánimo de lucro. Los beneficios obtenidos vendiendo ladrillo y carne repercuten en el propio complejo: mejorando zonas comunes,
organizando fiestas, espectáculos y viajes, o invirtiendo en los proyectos laborales de los propios socios, lo que suele conllevar aún más beneficio; un monstruo que se
alimenta a sí mismo.

El sueño se creó hace cuatro décadas, cuando el chico prodigio de la electrónica soviética decidió que prefería un comunismo reformado según sus propios instintos.
Otros cuatro visionarios se le unieron para dar el primer paso.

La primera habitante femenina fue Sonya, una joven noruega de veintiuno años, alta y voluptuosa. Primera dama de la Sociedad, desde entonces da la bienvenida a
los nuevos miembros en el despacho de su esposo.

Al igual que todas las que le siguieron, Sonya llegó por voluntad propia. Las candidatas aceptan de antemano un futuro incierto en manos de un hombre que no
conocen. Algunas lo hacen por propia naturaleza. Otras lo hacen con la esperanza de escapar a un presente duro en su lugar de origen, porque no siempre es mejor lo
malo conocido. Todas sin excepción son jóvenes y hermosas.

Sensores colocados en todo el cuerpo comprueban la dilatación de las pupilas, la actividad cerebral, el sudor, el pulso y toda una serie de marcadores corporales del
nuevo socio mientras es sometido a una serie exhaustiva de tests que, con apoyo visual, sonoro y olfativo, determinan el prototipo de hembra que mejor satisface sus
instintos. La búsqueda puede llevar horas o semanas, hasta que un día el socio se encuentra ante las puertas de su nuevo hogar con el complemento ideal para su nueva
vida. Lo que pase a partir de ahí sólo le concierne a él.

El doctor Sebastián Sanz, ginecólogo, premio Nobel de medicina, mayor experto en la intimidad femenina, disfrutaba de la naturaleza en una tumbona de sus recién
estrenados jardines. Hacía tres días que estrechara la zarpa de oso de aquel ruso que acababa de conocer pero aun así era un camarada de toda la vida. Aquel que en ese
mismo momento avanzaba por el jardín directo a su encuentro. Dos metros por detrás, con la mirada baja, le seguía con pasitos cortos una mujer que no era la suya.

Pese a lo avanzado de su edad, el ruso se movía con energía. Con pasos largos y ligeros devoró el jardín en un instante plantándose ante la tumbona de su vecino.
M irando hacia arriba, Sebastián contempló el rostro sonriente y los ojos claros que le miraban, divertidos, desde lo alto de su colosal estatura.

-Buen día, camarada. ¿Disfrutando del sol?

-Lo haría, pero un ruso enorme acaba de provocar un eclipse.

La risotada del ingeniero ante la respuesta de su joven amigo hizo levantar el vuelo a todas las aves de la zona. Sin esperar invitación, el viejo dejo caer sus ciento
veinte kilos en la tumbona de al lado. Un movimiento de prestidigitador hizo aparecer un par de sus habituales puros y un mechero zippo de oro. La mujer, entre tanto,
permanecía quieta a los pies de las tumbonas, sin levantar la vista en ningún momento.

Seb se entretuvo observándola mientras su vecino se afanaba en calentar los habanos. Resultaba evidente que aquella no era la hembra prometida. Se la intuía
hermosa, aunque no podía verle bien la cara. El cuerpo, desde luego, era apetecible. Pero no era especialmente joven. Aunque bien conservada, el ojo adiestrado del
médico calculó que rondaría la cuarentena. Y desde luego no era virgen. Años de experiencia en el campo de la ginecología le permitía distinguir una virgen con sólo verla
caminar. Una fémina estrenada se movía con una cadencia distinta. Desde que la vio acercándose tuvo claro que aquella dama había recibido con el paso de los años
kilómetros y kilómetros de miembro masculino entre sus piernas.

Dimitri seguía sin decir palabra. Un silencio destinado a hacer crecer el misterio. El ingeniero le pasaba el habano mientras Sebastián inspeccionaba más a fondo el
ejemplar. La piel era clara. La cara estrecha, los pómulos y la nariz revelaban orígenes semitas, probablemente descendiente de judíos alemanes o polacos. Los bucles de
pelo azabache se recogían sobre la nuca en un moño discreto. El cuerpo delgado se ocultaba tras un vestido, negro riguroso, apropiado para reprimir cualquier atisbo de
sensualidad. Bajo la camisa totalmente abotonada se adivinaba un sujetador deportivo que comprimía y ocultaba unos pechos de un tamaño ya de por sí mediano. Sin
embargo, la falda hasta la rodilla no podía disimular unos glúteos firmes y de buen volumen. La cadera se deslizaba desde la estrecha cintura en una curva perfecta,
marcada sin ser excesiva. En contraste con el resto del cuerpo, el corazón invertido del sólido trasero recordaba la grupa de una yegua perfecta para la monta.

-M i querido camarada -la voz de Dimitri se deslizaba como miel entre volutas de humo-, nuestra pequeña comunidad ha sufrido un leve contratiempo en el que
quizás puedas ayudarnos.

Los ojos de Seb seguían clavados en la mujer, deleitándose en la curva de su culo.

-En cualquier cosa que pueda contribuir...

Lisa.

A tal nombre respondía la dócil dama. En ese preciso instante se encontraba arrodillada en el borde de la tumbona. Inclinada, albergaba en su garganta el nada
despreciable tamaño de la polla de Sebastián. El discreto moño subía y baja en un amplio vaivén. La mujer se lo tragaba entero, los labios apretados sellando la base
mientras clavaba la nariz en el vientre masculino. Se retiraba despacio, apretando la boca sobre la carne dura, succionando siempre, antes de liberar la punta rojiza con un
sonido de descorche. Besaba el orificio de salida y volvía a tragar, y el ciclo comenzaba de nuevo.

Plácidamente echado sobre la tumbona, el médico disfrutaba de la mamada. Aún se preguntaba con asombro como era posible que esa muchacha flaca pudiera
engullir tal cantidad de carne. Los años de práctica eran evidentes. La mujer tragaba su tronco con facilidad, haciéndolo desaparecer por completo, como por arte de
magia, en el interior de una boca que parecía demasiado pequeña para albergarlo. La gruesa punta de lanza de Sebastián penetraba una y otra vez en aquel hueco
chapoteante, pasaba de largo acariciando la campanilla y era acogido sin rechazo.

Para la mujer, el concepto de arcada era un recuerdo remoto, difuminado por el tiempo, perdido en la neblina inocente de su juventud. Su respiración también había
sido reeducada; su necesidad de aire desplazada a un segundo lugar: primero, dar placer a su hombre; el oxígeno ya vendrá después. Ahora, veterana de la felación, sólo
alguna lagrima ocasional, como la que en ese momento recorría su mejilla, dejaba entrever la dificultad de la tarea que realizaba.

Dimitri permanecía en pie detrás de la mujer. Su ojo experto evaluaba la labor bucal entre las volutas de humo de un habano agonizante, mientras daba su aprobación
con un leve asentimiento poco impresionado. Gruesas gotas de sudor perlaban la frente del gigante. Su vigor era notable, pero el trabajo físico deja huella en cualquier
hombre que camina con más de siete décadas a sus espaldas. Previendo el esfuerzo, la americana de excelente calidad del ruso descansaba bien doblada sobre la tumbona.
Los brazos peludos, con las mangas recogidas para refrescarse, se encontraban en aquel momento acariciando piel de primera. El izquierdo palpaba con suavidad las
excelentes nalgas desnudas de Lisa. La zarpa se posaba alternativamente en los dos globos gemelos de carne firme, calibrando la textura y el calor de la piel. El brazo
derecho aun sostenía con firmeza el cinturón de cuero egipcio con el que acababa de templar al rojo la suave y uniforme claridad del sublime trasero.

Por supuesto, la buena mujer no había hecho nada que la hiciera merecedora de la zurra. Desde su llegada había permanecido quieta, sin levantar la vista. Tampoco
había dicho nada inapropiado. Ni nada apropiado, de hecho. Sus labios únicamente se habían separado para dar paso a la verga del médico. No. Los azotes eran sólo una
demostración práctica del nivel de disciplina que debían recibir todas las hembras de la comunidad. El ruso, hombre por lo demás culto, gustaba de los clásicos de la
literatura a la hora de exponer la filosofía de la Sociedad:

-Camarada, ya lo dijo el genial Boccaccio: "De espuelas ha de menester buen o mal caballo, y mujer buena o mala a de menester del palo". Y no se puede negar que
esos viejos italianos entendían de mujeres.

La zurra había empezado sin ningún tipo de protesta por el lado femenino. Un seco "¡Inclínate!" del anciano y la mujer automáticamente se había doblado sobre sí
misma, las manos apoyadas en las rodillas, la espalda arqueada; las piernas, largas y bien torneadas, se juntaban tensas haciendo equilibrio sobre los altísimos tacones.
Es esta postura, los glúteos tensos y duros alcanzaban su máximo esplendor, descubriendo la realidad de ese magnífico ejemplar femenino.

El ruso se quitaba el cinturón sin prisas, lo doblaba con cuidado justo por el centro y medía la distancia correcta hasta el trasero expuesto ante él para lograr el
mayor efecto con el menor esfuerzo.

-M uchacho, en nuestro pequeño pueblo una buena esposa necesita que le des unos azotes. Una mala, en cambio, necesita muchos.

Dicho esto, llegó el primer golpe. El pesado cuero cayó con firmeza en el centro de ambas nalgas. Un chasquido sonoro contra la fina tela de la falda, que produjo el
mismo efecto que habría obtenido al azotar el trasero blanco y desnudo de una Venus renacentista cincelada en mármol de Carrara. Dimitri no pudo evitar una mueca de
aprobación ante la firmeza de la carne.

-Como puedes ver -dijo, dirigiéndose a Sebastián-, nuestro difunto amigo Hermann ha sabido mantenerla en un estado de forma envidiable.

El segundo golpe llegó de improvisó, concentrando toda su fuerza en la nalga izquierda de la mujer. La sorpresa la hizo pegar un saltito sobre los altos tacones, pero
antes de que volviera a afirmarse el duro cuero dejaba su firma sobre la nalga vecina y apenas un segundo después volvía a cruzar de nuevo ambos glúteos, clavándose en
la tela y doblándose sobre la carne, abrazaba a la hembra de una cadera a la otra.

El viejo oso decidió que ya era suficiente calentamiento. Las enormes zarpas agarraron los bajos de la falda y la subieron de un tirón, enrollándola en la cintura. La
lencería negra apareció ante Sebastián, ajustándose a la curva de la carne como una segunda piel. Las líneas rosadas por el cinturón se apreciaban con claridad sobre la
carne blanca y se difuminaban tras la semitransparencia del fino encaje, que se hundía sin remedio en el profundo surco que separaba aquellas dos masas de densa carne
de mujer.

Seb apenas pudo disfrutar del excelente desfile de lencería, pues el ruso, introduciendo dos dedos bajo el elástico, mandó de un tirón el fino encaje a reunirse con los
zapatos de tacón.

El nuevo golpe, contra la piel desnuda, impactó, bien dirigido, sobre el suave pliegue que unía el excelente trasero con dos muslos no menos notables. La mujer dejó
escapar un leve quejido, un gritito ahogado de la garganta y amortiguado por los labios cerrados.

A partir de ese momento, la lluvia de cuero continuo constante, sin prisa pero sin pausa. El brazo experto de Dimitri combinaba sin un orden aparente un amplio
repertorio de golpes: en una nalga o en la otra, en ambas o en los muslos, fuertes o ligeros, profundos o superficiales... Un par de veces dejó que el cuero se perdiera en
el centro de la cruz, por ese sendero que conduce directamente al altar femenino. Ante estas invasiones la buena mujer no podía evitar un respingo y un nuevo quejido
ahogado, quizás un poco más agudo. Pero invariablemente se recomponía enseguida y volvía de nuevo a afirmarse sobre los altos tacones aguardando con resignación el
siguiente correctivo.

El anciano ya empezaba a exhalar con fuerza cuando decidió parar. La mano enorme se lanzó a explorar la carne recién castigada. Acariciaba la piel con rudeza,
intentando difuminar las bien definidas marcas rojizas como un Leonardo moderno, practicando el esfumatto sobre la cara más apetecible de una más que sensual
M onalisa.

-M uchacho, permíteme decirte algo sobre las mujeres -se dirigía a Seb con el hablar entrecortado, mientras clavaba sus dedos agarrando una generosa porción de
carne enrojecida-. La experiencia me ha demostrado que un trasero recién marcado las vuelve mucho más complacientes.

El ingeniero era hombre de demostraciones prácticas. Por eso ahora el doctor Sebastián Sanz, ginecólogo, premio Nobel de medicina, mayor experto en la intimidad
femenina, disfrutaba tranquilamente de una boquita obediente echado en una tumbona en sus recién estrenados jardines.

-Años...

Dimitri suspiraba mientras lo decía, la voz apagada de un triunfador cuando se da cuenta de que el fracaso es una opción tan real como otra cualquiera. Estaba
tumbado en el jardín de Sebastián, con la joven viuda antes ellos, firme sobre los tacones de aguja y con el trasero aun intacto. Exponía a su joven vecino el problema. La
voz apagada le hacía parecer menos enérgico, más cercano a la edad que realmente tenía. La tristeza volvía momentáneamente más humano al coloso.

-Llevaba años con nosotros -negaba levemente con la cabeza, rechazando una realidad que no podía controlar-; el primer amigo que ha muerto en nuestra comunidad.
Cierto que ya contaba los cincuenta cuando llegó, pero aun así... Siempre pensé que yo sería el primero en marcharme.

Un ¡Ja! apagado y débil surgió de la boca del ruso, tan ambiguo que Seb no supo interpretarlo. Quizás fuera el humor irónico de un viejo que ve como sobrevive a un
amigo más joven. O tal vez la reacción de deportividad del corredor que liderando la carrera ve como lo adelantan en la línea de meta, robándole los honores del triunfo.
Sospechaba que había algo de lo primero, y mucho de lo segundo.
-¿Y ella? -preguntó Sebastián, los ojos clavados aún en la curva de la cadera cubierta por el luto.

-Lizbeth... La esposa de Hermann. Cuarenta y un años y sana. Aún tiene mucho que ofrecer. Queremos que te la quedes.

Las cejas del médico se arquearon por la sorpresa. Su mirada se desprendió de las curvas femeninas para ir a clavarse en el hombre tumbado a su lado.

-¿Creía que ibais a darme una virgen joven?

El ruso recuperó su sonrisa habitual movido por la sorpresa de su vecino. Se tomó su tiempo antes de aclarar la confusión, saboreando su habano mientras dejaba
crecer la incertidumbre en la mente de Sebastián.

-La tendrás, camarada... La tendrás -expulsaba el humo en una larga exhalación mientras señalaba con el mentón a la mujer que permanecía en pie delante de ellos-.
Considérala un extra, un regalo de la comunidad en agradecimiento por el servicio que vas a prestarnos.

-¿Qué servicio?

-Hermann era el único médico de la villa. Durante años ha estado cuidando la salud de nuestra pequeña comunidad. Además, instruyó a Lizbeth para que le ayudara.

-Takasuke también es médico. Leí su libro cuando era estudiante.

-Takasuke es investigador. Una vieja rata de laboratorio. Eres el único médico de verdad que tenemos. Y ahora ella te pertenece.

-¿Así que será mi... enfermera?

-Será lo que quieras que sea -Dimitri suspiró con resignación-. Es la primera viuda de nuestra comunidad. Al perder a su esposo no sabíamos qué hacer con ella,
quién tenía más derecho a quedársela. A ti te puede ser útil como médico; es el criterio más justo que se nos ha ocurrido.

Así que allí estaba el doctor Sebastián Sanz, ginecólogo, premio Nobel de medicina, mayor experto en la intimidad femenina, con su verga larga y gruesa alojada en la
profundidad inacabable de la garganta de aquella desconocida, disfrutando tranquilamente echado en una tumbona de sus recién estrenados jardines.

La hembra era un regalo inesperado de sus nuevos vecinos, una montura ya usada pero que se conservaba briosa. Todo en ella era contraste: madura pero fresca,
delgada con curvas, seria y discreta aunque complaciente. Un ejemplar demasiado bueno para desperdiciarlo, pero un problema a la hora de decidir qué hacer con él.

Ante un problema nunca antes presentado, la Sociedad, todos hombres racionales e inteligentes, había optado por la solución utilitaria: era la esposa de Hermann y
la ayudante del médico. Hermann estaba muerto, pero seguía habiendo médico y seguía necesitando ayudante. Por eso ahora era el doctor Sanz el que bombeaba con su
miembro la húmeda boca de Lisa.

El corpachón de Dimitri ya se perdía más allá de la linde de la mansión. Instantes antes se había despedido de Lisa con dos palmadas potentes sobre los glúteos
enrojecidos, que la mujer había respondido con un quejido, amortiguado por la carne que la atragantaba. Para Sebastián, un consejo:

-Es tuya, camarada. Disfrútala -y añadió, volviéndose cuando ya se iba-: practica con ella antes de que llegue tu esposa.

Y con esto le dejó a solas con su nueva ayudante. Cuando se hubo alejado, Seb apoyó una mano en la mejilla de la mujer, que detuvo de inmediato el movimiento de
succión, esperando obediente que un gesto masculino le indicara lo que debía hacer a continuación. Con una ligera presión bajo la mandíbula la incitó a levantar la mirada
y pudo comprobar por primera vez el color gris claro de los ojos de la viuda, brillantes por la humedad.

-¿Qué voy a hacer contigo?

No obtuvo respuesta ni la esperaba: aquella morena menuda y delgada poco podía decir con su verga incrustada en la tráquea. La contempló unos instantes, antes de
agarrar el discreto moño y reanudar con ritmo acelerado el movimiento de entrada y salida. Tiraba del pelo azabache hasta sacar casi por completo su miembro de la
boca y enseguida presionaba la nuca hasta que notaba la nariz de la mujer clavada en su vientre. La verga describía un movimiento constante en todo su largo recorrido,
chapoteando al adentrarse entre los gruesos labios y retirándose arrastrando largos hilos de saliva. Una lágrima recorría la mejilla de la mujer, un reflejo de respuesta
provocado por el brusco cambio de ritmo.

Cuando sintió los primeros espasmos del final Seb apretó con ambas manos la nuca de la mujer, estampando la frágil cabeza contra su entrepierna. La descarga fue
brutal: una sucesión interminable de abundantes y pegajosos disparos que se perdieron directamente en el esófago de la hembra. Cuando la descarga empezaba a perder
fuerza, se inclinó hacia adelante en la tumbona y descargo con mano firme tres fuertes azotes en la grupa levantada de su yegua. Esta empezó a succionar con más
ímpetu buscando extraer la mayor cantidad posible del alimento con que la premiaba su nuevo dueño.

Se desplomó en la tumbona, agotado, mientras la boca complaciente de Lisa daba una última pasada. Los labios sellados sobre el miembro de Sebastián aprovecharon
lo que quedaba de firmeza en la carne masculina, recorriendo toda su extensión desde la base hasta la punta, arrastrado consigo cualquier resto que pudiera quedar sobre
la piel de su hombre. La verga del médico abandonó finalmente la boca de su ayudante, húmeda y limpia.

La hembra levantó la cabeza mirando a Sebastián en busca de aprobación. Un resto de semen se había derramado de su boca y ahora asomaba por la comisura de los
gruesos labios. El médico se lo indicó con un gesto y la mujer se pasó lentamente el pulgar por el labio recogiéndolo. M iró un instante el goterón blancuzco, antes de
introducirse el dedo en la boca y aplicar los labios sobre él. Sacó el dedo lentamente, limpio, antes de tragar con un leve espasmo del delicado cuello.
Seb sonrió, su mente incansable abriéndose a todo un mundo de posibilidades. Su nueva concubina suspiró aliviada y le devolvió la sonrisa con satisfacción,
esperanza y un poco de miedo. Volvía a tener dueño y seguía teniendo un sitio en la Sociedad.
Aprendiendo el arte

De culo. Así empezaba el día. De culo. Al final de la jornada iba a tener serios problemas para poder sentarse, pero al menos eso lo tenía claro desde el principio: el
modo en que acababa su labor de enseñanza había sido una constante en su vida los últimos años. Tan fiable como el mecanismo de un Rolex. Pero con lo que no
contaba era con empezar con tantos tropiezos.

Sonya era la mejor montura de la comunidad. La mayoría de los socios compartían esa opinión y sus esposas, por supuesto, opinaban lo mismo. La noruega era una
yegua excelente, una hembra alta, guapa y bien formada, adecuadamente neumática, que desfilaba por la vida con el paso insinuante de una gata en celo. Ninguna modelo,
ninguna de esas criaturas esqueléticas y poco femeninas, se le podía comparar en elegancia.

Sin embargo, en aquel momento, esa elegancia que había sido su compañera permanente parecía haberse tomado vacaciones. El altísimo tacón de aguja de sus
M anolo Blahnik -regalo de Dimitri por su aniversario- había vuelto a clavarse, otra vez, en la hierba húmeda por la llovizna nocturna. En medio del pequeño bosquecillo
de la urbanización, la primera dama, rodillas juntas, pies separados, inclinada hacia adelante, con los brazos agitándose en el aire y el culo en pompa, intentaba mantener
el equilibrio. La elegancia tendría que esperar. Lo principal era no besar el húmedo suelo: podría estropearle el maquillaje.

Había salido de casa temprano, con el atuendo adecuado para su misión. Pasó un buen rato ante el espejo retocando una vestimenta impecablemente atractiva. Color
negro, por supuesto, porque Dimitri no le había levantado el luto por el esposo de Lizbeth. Pero no importaba: el negro le sentaba bien, era elegante. Eligió una
minifalda ceñida, sólo un poco por debajo del medio muslo; adecuada para lucir sus larguísimas piernas sin ser demasiado evidente. La blusa era de tela fina, sin mangas.
Estuvo un buen rato ante el espejo calculando la cantidad adecuada de escote: un botón suelto aquí, la tela sujeta con el cinturón para que quede tirante, muestra
generosa de carne de primera y listo; un profundo surco para que la mirada masculina practique barranquismo. Por último, los zapatos.

En la tranquilidad de su casa, en el espejo del tocador, su imagen reflejada la había mirado satisfecha. Ahora, en medio del bosque, maldecía entre dientes mientras
desclavaba por enésima vez sus tacones del suelo. El considerable volumen de sus pechos, la ausencia de sujetador y andar dando tumbos habían desecho su
estupendamente ajustado escote. La brisa fresca de la mañana suiza se le metía por la blusa abierta erizándole la piel tersa de las tetas, aunque en compensación le ponía
duros los pezones.

Y así, con las tetas dando tumbos y los pezones arañándole la blusa.

El avellano se erguía majestuoso en el pequeño claro junto a sus compañeros, una variada colección árboles extranjeros en medio de un bosque de robles suizo. Los
había plantado ella misma, junto con las otras cuatro esposas más veteranas de la Sociedad, cuando todas ellas eran unas jovencitas recién llegadas a su nueva vida. La
idea, como no, había sido de su esposo. Dimitri estudió las culturas de todo el mundo e hizo importar para la naciente comunidad las variantes más adecuadas de las
plantas tradicionalmente empleadas en la disciplina doméstica. Ahora, cualquier socio tenía a mano desde la flexible vara de abedul hasta el temible bambú chino. Todo
natural y casero.

Sonya tenía un cariño especial al gran avellano. Era el primer árbol que plantó y, con diferencia, el que más había visitado. Casi cuatro décadas después, aquel
esqueje era un robusto coloso. La mano experta de la noruega recorría con la yema de los dedos las ramas buscando una del grosor adecuado. Una tarea difícil en la que
era mejor pasarse que quedar corta. Lo sabía por experiencia: elegir una demasiado fina solía implicar que, después de usarla, su esposo volviese al claro para seleccionar
otra él mismo y repetir el castigo.

Encontró lo que buscaba cerca de la base del ramal principal. La forma era perfecta, larga y arrogantemente recta. Quizá algo más gruesa de lo que tenía en mente,
pero la chica traviesa que aún llevaba dentro la cortó con una sonrisa en los labios. La corteza roja y brillante indicaba una rama joven, flexible, relativamente soportable
mientras mantuviese su frescura. Y ella sólo tendría que soportarla una vez. Para cuando estuviera seca y rígida serían las nalgas de otra las que recibieran sus caricias.

***

Para Lisa aquella húmeda mañana primaveral era la primera mañana del resto de su vida.

Su nuevo dueño, el doctor Sebastián Sanz, estaba sentado en su nuevo comedor apurando los últimos sorbos humeantes del primer café de la mañana. Sobre la mesa
se encontraban los restos de un típico desayuno polaco preparado por su nueva ayudante. Bajo la mesa, su nueva ayudante usaba su talento y sus labios, afanándose en
obtener el primer alimento del día.

Lisa engullía la gruesa carne endurecida con una seguridad renovada. Era como una virgen con experiencia, mezcla de miedo a lo desconocido y práctica. Acababa de
pasar la primera noche con su macho y él estaba satisfecho; su instinto femenino se lo decía. Desde que perdió a su esposo había vivido al borde del precipicio. El
futuro, su futuro en la Sociedad, no estaba claro. El marido de Sonya había gozado de su cuerpo y le había mantenido el trasero caliente de manera regular, tal como
recomendaban las normas. Pero Lisa sabía que esa situación era temporal.

Ahora todo parecía volver a la normalidad. Arrodillada bajo la mesa, con el pene de otro hombre genial alojado en su garganta, volvía a tener su lugar en el mundo.

¿Qué le gustaba? ¿Sería cariñoso? ¿Severo? ¿La mantendría en casa o la dejaría salir sola? La noche anterior, mientras las fuertes manos masculinas le agarraban los
tobillos y separaban sus piernas, había obtenido algunas respuestas. Era más informal que Hermann, más moderno; podía llamarlo Sebastián o Seb, y doctor únicamente
cuando estuviera ejerciendo. Había disfrutado de ella de un modo más bien tradicional, pero no estaba segura de sí lo era por gusto o porque no había probado nuevas
experiencias.

M ientras mamaba la verga, los recuerdos del día anterior venían a ella como en una nube. Estaba allí mismo, de pie, en medio del gran salón que olía a nuevo, con el
doctor Sanz, Sebastián, mirándola desde una cómoda butaca.

-Desnúdate.

Lo dijo con suavidad pero con firmeza, un tono que había oído en su propio esposo, y en muchos otros miembros recién llegados a la Sociedad con sus esposas
recién estrenadas. Hablaban como creían que se esperaba de ellos. A fuerza de voluntad intentaban borrar las absurdas consideraciones morales en las que se habían
educado. Eran corderos jugando a ser lobos. La ironía de aquellos hombres geniales era que debajo del cordero se escondía un tigre. Cuando al fin se relajaban y dejaban
de aparentar su dominio era cuando en realidad empezaban a someter.

Lisa empezó a desnudarse lentamente. No bailaba: ni se lo había ordenado ni había música. Al fin y al cabo, aquello era una inspección y no un striptease; su hombre
quería valorar la mercancía: tendría suerte si no le separaba los labios para comprobar la calidad de sus dientes.

Empezó a quitarse la falda empujando hacia abajo con las manos. Superada la amplia zona de las caderas la tela cayó por su propio peso arremolinándose alrededor
de sus tobillos. Las braguitas negras de encaje parecían minúsculas tapadas por la blusa suelta y escondida entre los muslos apretados. La propia blusa cedió botón a
botón, liberando en primer lugar la visión de su pubis ante los ojos de su nuevo amo.

Para Lisa no era ningún secreto que sus tetas estaban lejos de ser espectaculares, y su cara no era especialmente morbosa. Tanto por delante como por detrás, su
mejor carne se concentraba entre la cintura y rodillas: culo firme y bien formado, buenos muslos y apetecible coño rosado coronado por un monte de Venus pulcro y
liso. Cuando la blusa abandonó sus hombros dejando al descubierto el sujetador, la mirada del médico seguía clavada entre sus piernas, intentando distinguir los jugosos
labios rosados entre el encaje negro de la lencería.

Lisa tanteaba el cierre del sujetador cuando la voz firme del hombre le ordenó detenerse. El médico abrió los brazos e indicó que se acercara. Las manos masculinas
se posaron sobre las caderas de Lisa sujetándola antes de empezar a acariciarla, arriba y abajo, recorriendo con suavidad las marcadas curvas simétricas que llevaban
placenteramente desde su cintura a sus muslos. Las grandes manos se detenían en el talle, con los pulgares sobre su ombligo y el resto de dedos perdidos en la espalda
de Lisa, y descendían despacio, recreándose, hasta detenerse en la parte más ancha de su cuerpo. Subía de nuevo a la cintura y volvía a bajar, mirando con ojo clínico,
queriendo medir las proporciones de su nueva hembra. El médico asentía satisfecho.

Cuando acabó de medirla, su nuevo dueño agarró la tela de sus braguitas y tiró con fuerza. El encaje se rasgó y la dejó al descubierto, calentando con el roce de su
huida la parte más íntima de su cuerpo. Las manos del médico se aferraron con firmeza a la parte más carnosa de sus glúteos desnudos y marcados por la correa. Los
hábiles dedos se clavaban sin misericordia en la carne firme de su retaguardia empujándola hacia adelante. M ientras ella intentaba mantener el equilibrio sobre sus
zapatos de tacón, él aplicaba la cara contra su pubis e inspiraba la fragancia de su hembra. Lisa se mantenía de pie, firme, mirando hacia abajo, donde su nuevo dueño,
con la nariz entre los muslos femeninos, comprobaba la calidad de su aroma íntimo mientras las manos se divertían amasando el elástico trasero, abriendo y cerrando la
profunda brecha entre sus glúteos con los dedos clavados marcando en rojo las mejores piezas de carne de su anatomía.

Satisfecho con la inspección olfativa, su hombre la volteó hasta dejarla de espaldas. Por fin, pensó Lisa, podría mostrarle su mejor arma: incluso enrojecido por el
castigo reciente, su culo era un monumento a la hembra. La mano del médico agarró su nalga desde abajo, empujando hacia arriba, midiendo su peso, su densidad. La
apretó como un comprador aprieta una almohada mullida antes de decidir si comprarla, como un chofer victoriano haría sonar una bocina de principios de siglo.
Después, dejó caer la masa de carne, observando la elasticidad con la que volvía a su posición original.

Los dedos masculinos separaron sus glúteos. Lisa sintió una yema solitaria recorriendo la carne expuesta, bajando tranquilamente desde su cintura. Se detuvo sobre
su apretada puerta trasera, trazando lentos círculos rodeando la entrada. El dedo se apoyó sobre los bordes arrugados de la gruta y apretó con ligereza, comprobando la
resistencia que ofrecían, antes de seguir su camino descendente hacia la entrada principal.

El dedo experto del ginecólogo se introdujo en su vagina con decisión profesional, palpando la humedad de la entrada, retando a una demostración de fuerza a sus
bien entrenadas paredes. La recorrió por dentro minuciosamente mientras Lisa sentía como acariciaba, como apretaba, como arañaba y como forzaba su zona íntima.
Aguantó la intrusión sin rechistar, mientras un escalofrío recorría su espalda.

El dedo intruso abandonó su interior para reunirse con sus cuatro amigos, y todos juntos se cerraron sobre sus labios, apretando y estirando, mientras la mano libre
se posaba sobre la parte baja de su espalda, incitándola a inclinarse. Lisa echó el cuerpo hacia adelante, con las manos sobre las rodillas y la espalda recta, exponiendo su
trasero en todo su esplendor. Entonces sintió la boca de su dueño besando los labios que su mano acababa de maltratar, y la lengua perdiéndose en el interior recién
explorado. No pudo evitar volverse y mirar a su hombre mientras sentía la lengua recorrer su carne rosada recogiendo su jugo de hembra. El médico salió de ella dejando
un vacío en su interior, mientras se relamía mirándola a los ojos con una sonrisa.

-Sabrosa. M uy sabrosa.

***

Sabrosa. Así la había encontrado su nuevo hombre. Sabrosa.

Arrodillada bajo la mesa, con la poya de Sebastián como desayuno, esta palabra le martilleaba la mente. Era una de las pocas que su dueño le había dirigido desde
que el esposo de Sonya la dejara de rodillas sobre su tumbona con el culo recién marcado. Volvería a oírla esa primera noche, de pie junto a la mesa del comedor,
desnuda salvo por el delantal de cocina, mientras el hombre al que servía terminaba una cena de alta cocina francesa. Desde la inspección, él había ordenado que
permaneciera desnuda, aunque le había permitido el delantal para cocinar, que la ocultaba de frente pero dejaba al descubierto su fenomenal parte trasera. Ella había
elegido la cena.

Permaneció junto a la mesa, con el aire fresco de la noche suiza acariciándole las nalgas desnudas, mientras el hombre del que dependía su futuro degustaba un jugoso
solomillo. Era buena cocinera: su tutora le había enseñado algunos platos polacos siendo chica; cuando fue adquirida por la Sociedad su educación culinaria fue
notablemente ampliada. M ientras esperaba el veredicto lucía un leve gesto de seguridad, pero sus manos ociosas retorcían el delantal y él había sonreído al fijarse.

Después de acabar el último bocado su dueño había alargado la mano hasta agarrarle con fuerza un glúteo en el que aún se notaban las marcas de la correa.

-Sabrosa. Una comida excelente. Carne de calidad bien macerada.

La mandó a la cama, a esperarle. Tumbada desnuda sobre sabanas de algodón aguardó quieta en la oscuridad. Se tumbó boca abajo, para recibirle con su mejor cara.
El tiempo pasaba despacio y ella seguía allí, con la cara ladeada sobre la almohada y el frescor de la noche colándose con descaro entre sus piernas abiertas. Los minutos
se convertían en horas mientras ella permanecía quieta. Él había ordenado que le esperase en la cama, y no iba a desobedecerle la primera noche. El recuerdo de los
correazos de la tarde era demasiado reciente como para planteárselo siquiera.

Había perdido la noción del tiempo cuando sintió las manos aferrando sus tobillos y separándole las piernas descaradamente. Los dedos hábiles del médico
exploraron su vulva y la encontraron húmeda y fresca. Sintió el peso del macho en su espalda mientras este se dejaba caer sobre ella ensartándola. Su coño, adiestrado
durante años por su difunto esposo, entró en funcionamiento de forma automática en cuanto notó que una verga se introducía por él. Las paredes de la gruta, tonificadas
por el ejercicio constante, se aferraban con fuerza al miembro de su dueño. Sebastián disfrutaba de la habilidad de su hembra mientras entraba y salía en un largo
recorrido. Sin prisa, sin suavidad, salía hasta dejar únicamente la cabeza dentro y de inmediato volvía a cargar con fuerza, hasta el fondo, mientras su pelvis rebotaba
contra el firme trasero de su ayudante, que aguantaba las acometidas entre jadeos ahogados por la almohada.

Cuando sintió acercarse el final la desclavó. Su hombre era grande y fuerte, y aun joven; ella delgada, era un juguete en sus manos. La volteó con facilidad,
prácticamente levantándola en el aire y dejándola caer de nuevo sobre el mullido colchón, con los ojos claros abiertos y sorprendidos ante el cambio de perspectiva. El
hombre agarró de nuevo sus tobillos y la forzó a abrirse con brusquedad, separando sus piernas hasta dejar la entrada completamente expuesta. La penetró hasta el
fondo, clavando su verga con brusquedad mientras la miraba fijamente a los ojos. La boca entreabierta de Lisa dejó escapar un jadeo ahogado mientras sentía la simiente
de su macho inundando sus entrañas.

-Oh, doctor.

Con la respiración entrecortada le miraba buscando su aprobación; mientras, el médico seguía bombeándola, a un ritmo más pausado, apurando los restos de su
dureza.

-Puedes llamarme Sebastián.

Y lo había hecho. Vaya si lo había hecho. Había gritado el nombre de su nuevo amo entre jadeos mientras el miembro grueso y largo entraba y salía de su coño
apretado cincelando la forma de su nueva vaina. Lo había gritado a cuatro patas, mientras él agarraba su melena con una mano y la incitaba a cabalgar más rápido
azotando sus nalgas con la otra. Lo había gritado cuando la hizo ponerse encima, mientras las manos grandes y fuertes sobaban -o intentaban sobar- sus pequeñas tetas.
Su difunto marido nunca la puso arriba: su mentalidad anticuada no pensaba que tal postura fuese correcta. Esa perspectiva era nueva para ella y su falta de experiencia
la hacía sentirse abrumada, con demasiado aire alrededor, sin el peso y la carne de un hombre que guiara sus movimientos.

La última vez que gritó su nombre esa primera noche se encontraba abierta de piernas con su macho encima, ensartándola mientras descargaba sobre ella todo su
peso: una posición mejor, en la que se sentía segura. Lo gritó bajito, apenas un susurro al oído de su hombre. El médico había llenado su interior por cuarta vez aquella
noche y ahora permanecía inmóvil, con la respiración pausada, mientras la estaca que la ensartaba iba perdiendo dureza.

Ya no habría más gritos, no más gemidos, al menos aquella noche. Con su macho encima de ella, sin poder moverlo y sin querer despertarlo, se dispuso a pasar como
mejor pudiera la primera noche del resto de su vida.

***

Eso había sido anoche. Ahora, un Sebastián Sanz con las fuerzas recuperadas le ofrecía un desayuno de huevos con leche y carne en barra que ella devoraba con un
ansia mayor de lo habitual.

Tenía hambre. M ucha hambre. Llevaba sin comer prácticamente un día entero. Los nervios, la incertidumbre sobre su futuro, su nuevo hombre, le habían cerrado el
estómago. Ahora, succionando una verga bajo la mesa, volvía a tener su lugar en el mundo y volvía a tener hambre. Sebastián lo notaba. Su miembro capoteaba en un
abundante mar de saliva, entrando y saliendo con facilidad de una boca deseosa de tragar. La mujer se lo introducía entero, sin necesidad de forzarla. Se lo clavaba en la
garganta hasta que su barbilla le hacía cosquillas en las pelotas, apretaba los labios sobre la base de su tronco y retrocedía lentamente, succionando, siempre
succionando. Cuando llegaba al glande la saliva le desbordaba por la comisura de los labios mojando el suelo y el vestido. Entonces volvía otra vez a introducírsela en la
garganta y repetía.

El timbre sonó cuando Lisa estaba a punto de obtener su ración de leche. Siguió succionando sin inmutarse y sólo interrumpió –frustrada- su tarea, cuando su
hombre la mando a abrir la puerta.

Su intuición femenina le avisaba de que la visita no iba a ser de su agrado y sus sospechas se confirmaron cuando vio quién aguardaba al otro lado de la entrada
abierta. Sonya, la primera dama -o la gran zorra, como la llamaban algunas de las esposas menos jóvenes-, estaba plantada allí, con su odiosa sonrisa en los labios y sus
odiosas y enormes tetas a punto de reventarle una blusa demasiado abierta. Las manos de la noruega estaban cruzadas sobre sus nalgas, haciendo que sus hombros se
echaran hacia atrás y poniendo aún más en evidencia sus ubres. Sostenía algo en esas manos ocultas a la vista de Lisa, un objeto largo y rojizo que sus anchas caderas no
podían ocultar. Era un dejavú, una escena que Lisa ya había vivido cuando era poco más que una chica. Entonces, una Sonya más joven había visitado a Hermann en su
nueva casa y, poco después de que la primera dama se hubiese ido, Lisa había recibido por primera vez el beso de fuego de la vara. La diferencia, una diferencia enorme,
era que en esta ocasión la gran zorra había buscado una mucho más gruesa.

-Hola, Sonya -dijo Lisa, el tono jovial, la sonrisa amplia, los ojos de hielo-. M e alegra verte.

La veterana hembra tardó un momento en contestar, mirando con descaro las manchas de saliva húmedas en la blusa de Lisa.

-Buenos días, cielo. ¿Interrumpo tu desayuno?

Sin esperar invitación Sonya se acercó a su vecina e inclinándose sobre ella la besó en la boca. Le agarró una nalga con fuerza mientras su lengua experimentada
forzaba a los labios obedientes de Lisa a abrirse. Las lenguas forcejearon en el interior de la boca empapada de Lisa mientras la veterana imponía su dominio y la joven
acababa cediendo y dejándose llevar por una situación a la que no podía oponerse.
Al fin y al cabo, era este un tipo de contacto habitual en la comunidad. Los miembros masculinos permitía, fomentaban y en ocasiones exigían un alto grado de
intimidad entre sus esposas. En general se consideraba que una mujer debía conocer su propio cuerpo y el de otras mujeres para saber complacer a un hombre. Había
algunas a las que esta costumbre les gustaba, y buscaban el contacto. Otras lo toleraban o lo practicaban un poco para no hacerse las estrechas. Las que se negaban, las
estrechas, lo eran durante poco tiempo: se volvían más abiertas rápidamente, después de algunas semanas sin poder sentarse.

Acercándose a los cuerpos entrelazados de las dos mujeres, Sebastián contemplaba con agrado como su ayudante era devorada por aquella imponente hembra.

-Hola, Sonya. Hoy estás estupenda.

Sonya abandonó la cálida boca de Lisa en cuanto oyó la voz masculina. Se separó de su presa con los labios aun entreabiertos y largos hilillos de saliva uniendo sus
lenguas como puentes de cristal. Pasándose el dorso de la mano por los labios limpió los restos de su incursión antes de dirigir su andar felino hacia el hombre y
plantarle un ligero beso en los labios.

-Gracias, querido, tú también. ¿Has pasado buena noche?

-No puedo quejarme -respondió Sebastián mientras dirigía una sonrisa a su ayudante-. ¿Qué te trae por aquí?

Sonya levantó la vara ante la vista del médico, la mano derecha agarrándola firmemente mientras la izquierda se deslizaba con suavidad acariciando la fina y dura
corteza rojiza.

-Veras... mi esposo pensó que podrías necesitar algunos consejos, digamos, prácticos. Al fin y al cabo las mujeres no somos fáciles de entender y los comienzos,
bueno -la noruega volvió su cara sonriente hacia Lisa-, siempre son duros.

***

Desde que el ser humano tiene memoria los hombres vienen deseando que las mujeres lleguen al mundo acompañadas de un manual de instrucciones. En su mundo
perfecto de la Sociedad, Dimitri había decidido satisfacer ese viejo anhelo. Incluso se había atrevido a mejorarlo, a hacerlo interactivo. Un manual que en la comunidad
conocían como Sonya. El propio genio ruso lo había escrito con mano firme y enérgica y durante décadas lo había ofrecido con generosidad a todos sus nuevos amigos.

Era una ayuda bien recibida y en general necesaria. El siempre susceptible ego masculino se mostraba más abierto a la entrega de una hembra nórdica imponente y
experimentada que a los consejos bienintencionados de un viejo gigantón de la ribera del Volga.

Cuando llegaban, los nuevos socios traían consigo la inútil carga de la política, la moral y la religión que hubiese sabido imponerse en sus lugares de origen. Una
moralidad arbitraria coartaba sus deseos y sus instintos y les impedía usar a sus hembras para satisfacerse totalmente. El absurdo concepto de la caballerosidad
instalado en sus mentes les obstaculizaba a la hora de mantener a sus esposas debidamente disciplinadas. Al principio, no llegaban a entender en toda su plenitud el
concepto de poseer a una mujer; no entendían que su esposa era suya para moldearla a su antojo.

Ahí era donde entraba Sonya. Sonya les soltaba la mano; Sonya les enseñaba todo lo que se podía hacer con el cuerpo de una hembra; Sonya usaba y follaba a sus
nuevas esposas delante de ellos descubriéndoles los secretos de sus orificios; Sonya les enseñaba que las mujeres no son frágiles figuras de porcelana que se rompen al
primer golpe, que son fuertes y pueden aguantar mucho, y mucho más cuando se las acostumbra.

Sonya llevaba años pidiéndoles a sus nuevos vecinos que la azotaran más fuerte. Hombres que nunca antes habían disciplinado a una mujer se encontraban con el
trasero lleno y duro de la noruega expuesto desnudo para ellos, y casi siempre se mostraban demasiado suaves. Al menos al principio. El instinto dominador emergía
rápido en aquellos hombres geniales que, ideológicamente, estaban ya de por sí en contra de las restricciones impuestas por las sociedades moralistas de las que venía.
Al final de la sesión la vara volaba ya con libertad. Desde ese momento y en el futuro, la severidad de los correctivos recibidos por las jóvenes esposas vendría
determinada por el más simple y sabio de los instintos masculinos: la mano pide. Al fin y al cabo, como decía Dimitri, si un hombre se pregunta si ha castigado lo
suficiente a su mujer es que no lo ha hecho. La disciplina, mejor que sobre.

Una vez cumplido su papel como piedra de toque, Sonya dejaba a sus nuevas vecinas en manos de un hombre liberado, que sabría tenerlas en su sitio, mientras ella
volvía con su esposo, con su trasero marcado como aviso de recibo indicando que había cumplido bien su misión. Hacía tiempo que había aprendido por las malas que si
la firma de su vecino era demasiado difusa, el propio Dimitri se encargaba de remarcar las líneas antes de mandarla repetir la visita a casa del nuevo socio.

En eso estaba Sonya, cuando un relámpago de fuego cruzó sus nalgas y su mente mientras sus dedos se aferraban a la madera del escritorio en un esfuerzo de puro
orgullo por no gritar. Su querido avellano, se había convertido con el tiempo en un árbol fuerte. La maldita vara escocía como un hierro candente sobre la piel tersa de
sus nalgas. Su altísimo cuerpo estaba inclinado sobre el escritorio de roble que olía a barniz nuevo, con la falda recogida y las bragas por los tobillos. Su robusta grupa de
yegua nórdica se ofrecía como diana a un doctor Sanz que no había necesitado indicación alguna para aumentar el rigor de los azotes. Sonya había conocido algunos
pocos hombres así, como Sebastián o como su esposo: machos de mano firme que no necesitaban que les recordasen que lo eran. En ellos, la caballerosidad y la
moralidad era una imposición consciente, de la que se libraban con gusto en cuanto dejaba de serles necesaria.

La actitud de Sebastián la había engañado al principio. El médico había escuchado con atención académica la parte teórica, en la que Sonya describía los distintos
tipos de golpes y el efecto que producían sobre las diferentes regiones del trasero femenino: la diferencia entre castigar una nalga o cruzar las dos a la vez; los efectos
sobre la zona cercana a la espalda, la carnosa zona central o el delicado pliegue que une glúteos y muslos; las ventajas e inconvenientes de castigar los propios muslos y
los distintos efectos cuando se usa la punta de la vara o la zona más gruesa.

Sebastián parecía dócil y atento, como un erudito al que se le muestran nuevos conocimientos sobre el tema en el que es experto. Pero la mansedad del muchacho
acabó cuando acabó la teoría. Con la vara en la mano y un blanco de jugosa carne como objetivo el médico se mostró como un tirador experto empleándose a fondo
desde el principio. El primer azote cruzó el centro de ambas nalgas clavándose en la sólida carne noruega mientras un destello blanco de dolor cruzaba su espalda y la
hacía entender que no sería necesario animarlo y que Dimitri iba a quedar más que satisfecho con la firma de su joven camarada.
Lento y metódico, fue ensayando uno a uno todos los golpes de los que ella había hablado. Cuando ya había recorrido ambas nalgas de arriba a abajo la noruega hizo
ademán de levantarse mientras se volvía hacia su vecino intentando recuperar la sonrisa.

-Un excelente trabajo, querido. Seguro que sabrás mantener un hogar disciplinado. Tiene una mano muy fir...

No llegó a completar la frase. Sebastián le apoyó una mano sobre la espalda y empujándola hacia abajo volvió a tumbarla sobre la madera del escritorio.

-Si no te importa, Sonya, seguiremos un poco más. M e gustaría comprobar el efecto que tiene repetir sobre cada zona.

Y así había seguido el castigo, con el médico descargando con energía la vara sobre sus nalgas expuestas mientras ella intentaba mantener la posición a fuerza de
costumbre. A cada azote su trasero palpitante la hacía lamentar un poco más el no haberse arriesgado con una vara algo más liviana. Sus ojos se volvían más brillantes
por momentos mientras apretaba los labios y tensaba la mandíbula en un esfuerzo por no dejar escapar los gritos que tenía agarrotados en la garganta.

Había decidido no darle la satisfacción de oírla quejarse. Estuvo tentada de hacerlo, de dar rienda suelta a los alaridos e incluso exagerarlos. Intuía la presencia de
Lizbeth aguardando en el salón, tan delgada, tan seria y formal, esperando de pie sobre sus tacones de aguja con la vista clavada en la puerta cerrada del despacho. Tras
su cara seria la putita estaría escuchando cada sonido, y a Sonya no le importaría acompañar la sinfonía de la vara con algún que otro aullido de dolor. Así la polaquita
tendría más en que pensar. Después de todo, la chica ya había pasado por todo esto y sabía que la segunda parte de la exposición de Sonya la tendría como protagonista
principal.

Pero Sonya prefirió su orgullo a la satisfacción de asustar un poco más a esa triste y plana criatura, así que aguantó. Aguantó con la fuerza dada por años de
experiencia mientras la vara fresca y flexible daba besos de fuego a unas nalgas acostumbradas a recibirlos.

***

Los silbidos habían parado. Incluso amortiguados por la puerta cerrada, el sonido de la madera cortando el aire y marcando la carne eran inconfundibles para Lisa. Su
difunto esposo era un auténtico melómano que opinaba que el trasero femenino era el mejor instrumento de percusión. Durante años le había puesto el culo en forma
con melodías diarias, aunque por suerte para Lisa, Hermann era partidario de tocar a mano. Pese a todo, la vara y el látigo no le eran desconocidos, como a ninguna de
las mujeres de la Sociedad.

Sebastián era más joven que Hermann, más alto, más robusto. Además, la gran zorra no se había cortado a la hora de elegir la vara. El sonido que llegaba desde el otro
lado de la puerta era terrible. Al final, poco antes de que los silbidos enmudecieran, incluso había llegado a escuchar un par de gritos ahogados de la noruega, lo que,
conociéndola, no hacía más que aumentar sus preocupaciones.

La puerta se abrió lentamente mientras una Sonya con los ojos demasiados brillantes emergía intentando esbozar una sonrisa. Su paso era menos seguro que de
costumbre mientras se recolocaba la falda deslizándola sobre los muslos con cuidado. Detrás salió Sebastián, observado con ojo clínico la vara mientras pasaba los dedos
sobre su corteza comprobando el calor recién adquirido.

-Bueno, cielo -dijo Sonya-. Lamento haberte hecho esperar, pero tranquila: ya estamos contigo. Sabes cómo va esto, ¿verdad?

Lisa lo sabía, y empezó a desabrocharse la blusa mientras su nuevo dueño y la gran zorra se plantaban delante contemplándola. Siguiendo instintivamente su
adiestramiento hecho los hombros hacia atrás y dejó los brazos lánguidos mientras la blusa desabrochada caía al suelo con suavidad junto a sus talones. La noruega la
miraba divertida y seguía haciendo comentarios a su hombre.

-Verás, querido, esta dama no hará un striptease si no se lo ordenas, pero se espera de ella que se desnude con elegancia. Si alguna vez no lo hace no dudes en
corregirla.

Lisa le lanzó una mirada de odio mientras dejaba caer el sujetador.

-Una pena. De cintura para arriba no hay nada aprovechable.

Lo dijo con una pequeña carcajada, con el tono del sarcasmo oportuno y cursi de una dama de la alta sociedad inglesa. Después clavó sus ojos claros en Lisa e
inspiró con profundidad. Un gesto informal, una pausa incitándola a seguir desnudándose, que casualmente hizo que las grandes ubres de la noruega se alzaran en su
máximo esplendor.

Lisa se dio la vuelta mientras se desabrochaba la falda. Ella también sabía jugar a ese juego. La falda cayó enredada alrededor de sus tobillos mientras sus dedos se
metían bajo el elástico de las bragas y ella se inclinaba haciéndolas descender lentamente por sus muslos.

Sebastián asistía divertido a la pelea de gatas y se dispuso a echar más leña al fuego.

-Debes admitir que su culo es perfecto.

-Sí, bueno -concedió Sonya- quizás un poco delgaducho.

-Se buena. Es magnífico.

-M e alegro de que te guste, querido. Dentro de poco lo conocerás mucho mejor.


Lisa volvió a alzarse despacio, la espalda arqueada, las nalgas hacia afuera, las manos acariciando la piel de los muslos es su camino ascendente. Se giraba hacia sus
espectadores al tiempo que se iba alzando, con una mirada de agradecimiento hacia su hombre por el cumplido y un desafío en sus ojos claros que clavó en la zorra
tetona.

-Bueno, cielo, túmbate sobre la mesa. Ya sabes lo que tienes que hacer.

Se sentó en el borde de la enorme mesa del comedor y se echó hacia atrás. Levantó las rodillas y las separó dejando accesible su vulva mientras su culo quedaba
suspendido en el aire dispuesto al sobeteo áspero de las manos de la zorra. Sentía el frescor de la madera pegándose a su espalda menuda y el olor de las tostadas frías y
los restos del café del desayuno interrumpido que no hacía tanto estaba disfrutando su hombre.

Sonya le separó las nalgas. Sintió la lengua grande y húmeda de la noruega recorriendo la carne expuesta entre sus glúteos en una larga lamida perruna desde el inicio
de la espalda hasta justo antes de llegar al coño. La piel quedó húmeda y brillante allí por donde había pasado la lengua experta. Empezó entonces un vaivén con la
punta de la lengua, arriba y abajo en movimientos cortos, centrándose en la estrecha zona que separaba sus dos orificios de entrada.

Lisa intentaba mostrarse impasible mientras la lengua de Sonya, como una punta de lanza, intentaba horadar su estrecha abertura trasera. La resistencia fue pronto
vencida por las caricias persistentes de las papilas masajeando los pliegues que custodiaban la entrada. La zorra se internó, sin ser invitada, en su estrecho reducto
saboreándola, llevando con ella su humedad y calor.

Las uñas clavadas en la carne de Lisa liberaron su presa y sus nalgas, llenas y duras, volvieron elásticamente a su posición aprisionando entre ellas la cara de Sonya.
El rostro sonriente de la noruega desaparecía de la vista enterrado entre la carne de su vecina, con la lengua juguetona bailando en su culo y su nariz de aristócrata
incrustada en el olor meloso del coño mojado. Las manos pellizcaban dolorosamente el clítoris de Lisa mientras, al mismo tiempo, hacían aumentar su humedad.

-Hoy sabes especialmente bien, cielo.

Lo dijo sonriendo, cruzando la mirada con Lisa entre sus piernas abiertas. Era una sonrisa de triunfo, de superioridad al haber logrado que su rival se mojara. La nariz
de la noruega estaba brillante y en el labio superior se habían acumulado grandes gotas de néctar. Se lo limpió relamiéndose con un gesto sensual antes de volverse hacia
Sebastián.

-Tu hembra tiene buen sabor.

Los dedos del médico se internaron como ganchos en el coño de Lisa y los recorrieron empapándose con sus fluidos. El hombre los pasó junto a la nariz oliéndolos
antes de paladearlos como un experto sumilliere. Asentía mientras removía en el interior de su boca el sabor de su nueva hembra.

-Completamente de acuerdo. Una buena cosecha.

-Degustar un coño no es algo que suela hacerse por aquí con demasiada frecuencia -dijo Sonya-. Al menos los hombres. De hecho, algunos piensan que no es
adecuado. Pero debes exigir a tus mujeres que estén siempre limpias y apetecibles. Si la penetras y no está limpia, o si la pruebas y sabe mal, corrígela. Es lo que se
espera de los socios.

-Así que si te probara, ¿tú también estarías deliciosa?

Sonya se acercó a Sebastián hasta que quedaron cara a cara. Con los tacones era incluso más alta que él. La noruega desabrochó otro botón de su blusa dejando aún
más al descubierto el profundo canal entre sus grandes ubres. Echó mano a la cremallera del pantalón del hombre y la abrió mientras se arrodillaba.

-Estoy segura de que acabarás probándome si quieres, querido. Pero ahora es necesario que sea mi boca la que trabaje. ¿M e das permiso?

-Adelante.

La mano de la mujer se internó en los pantalones forcejeando con el elástico de los Calvin Klein hasta que el grueso aparato del médico salió a la luz. Aun no estaba
duro, pero el manoseo de Sonya, y ver a su ayudante desnuda, chorreante y abierta de piernas le habían permitido conservar un tamaño nada despreciable. Sonya alzó el
miembro con la palma de la mano, sopesándolo.

-Lizbeth, cielo, eres una mujer afortunada. Es casi tan larga como la de tu marido, y mucho más gruesa.

Se lo introdujo en la boca. La amplia cavidad lo acogió sin dificultad mientras Sebastián veía su verga desaparecer entre esos labios carnosos. Sonya estampó la cara
en la entrepierna masculina mientras en el interior de la boca la lengua juguetona correteaba a lo largo del tronco y su badajo hacía sonar la campanilla. Se retiró despacio,
succionando como una aspiradora industrial. Cuando sólo la punta permanecía atrapada entre sus labios, se dedicó a lamerla como un helado antes de volver a estampar
con violencia la cara contra el vientre del hombre.

M inutos después una Sonya complacida contemplaba en primer plano su obra. El pene de Sebastián, grande y duro como nunca, se alzaba lustroso de saliva ante
ella.

-Ya estás listo para el siguiente capítulo del manual querido.

***
Lisa se mordía los labios intentando no gritar mientras el grueso pene de Sebastián se introducía centímetro a centímetro en su trasero. Ya la avergonzaban bastante
las lágrimas que se deslizaban por sus mejillas como para encima quejarse. Debería estar acostumbrada. La propia Sonya acababa de explicárselo a Sebastián: todas las
mujeres de la Sociedad recibían por el culo. Todas. Algunas con frecuencia, otras de modo más ocasional, según el gusto de sus hombres. Incluso los socios a los que no
les gustaba esta práctica ofrecían sus esposas a sus vecinos para mantenerlas bien entrenadas. En años la propia Lisa había sido sodomizada más veces de las que podía
o quería recordar. Casi siempre por su marido, que aunque no la tenía entre sus prácticas favoritas tampoco se cortaba a la hora de homenajear su espléndido trasero.

La primera vez había gritado y había llorado, claro. Una muchacha recién desvirgada, poco más que una chica, sintiendo como la poya de un marido que apenas
conocía amenazaba con partirla en dos. Una Sonya más joven y menos engreída asistió entonces, como ahora, al suplicio de esa chica, mirando con indulgencia y cierta
ternura aquellos ojos grandes y abiertos empapados en lágrimas.

Pero aquella chica hacía tiempo que había dado paso a una mujer madura y orgullosa con un trasero bien entrenado. Ahora se avergonzaba de su debilidad, y de que
la zorra estuviera allí para verla. Cierto que el pene de su nuevo hombre era más grueso que el de su marido. Sebastián poseía, además, el ímpetu y el empuje de una
juventud que Hermann ya había dejado atrás cuando le conoció. Asimismo, desde que la enfermedad lo debilitó, su difunto marido había dejado de penetrarla y se
contentaba con derramarse en su boca. Llevaba bastante tiempo sin recibir por el culo como Dios manda y la falta de práctica se hacía notar. Pero tendría que
soportarlo: en la Sociedad, las excusas de una mujer no valían nada.

La zorra no se había esforzado demasiado a la hora de lubricarla. En la propia mesa del comedor, apenas a un metro de la cabeza de Lisa, estaban las tostadas
inacabadas del desayuno que no mucho tiempo antes había preparado para su hombre. La mantequilla fría y llena de migas de pan que Sonya había conseguido rascar
con el cuchillo había sido untada sobre su agujero con ese mismo cuchillo y enterrada sin demasiada delicadeza y sin molestarse en extenderla. La noruega había
introducido un dedo por su agujero y lo había movido con desgana mientras le explicaba a Sebastián la importancia de no ensancharla demasiado.

-Aquí tienes un culito caliente y apretado. Dimitri suele decir que molestarse en ensanchar un camino cuyo principal atractivo es la estrechez es una pérdida de
tiempo. Ábrela lo justo para meterla.

Y propinando un azote sobre la nalga añadió:

-Esta chica puede aguantarse aunque le duela un poquito.

El poquito le abrasaba las entrañas mientras la pelvis de Sebastián rebotaba contra sus nalgas cuando su hombre la penetraba hasta el fondo. Su ano se estiraba al
máximo, palpitando alrededor de la carne masculina mientras entraba y salía de su cuerpo.

Las estocadas habían sido lentas al principio, cuando su orificio se resistía instintivamente a ser perforado. Pausada y dolorosamente su interior había ido cediendo
terreno ante el avance de su macho. Las paredes de su cueva, agotadas, habían dejado tramo a tramo de resistir y habían acabado abriéndose para dejar pasar a su dueño.
Sebastián entraba y salía en un vaivén largo y profundo, ensartándola completamente. La carne dura la llenaba y enseguida retrocedía, dejando en su retirada un vacío tan
doloroso como la plenitud anterior. La metía hasta el fondo y la sacaba.

Sebastián parecía disfrutar con este placer recién descubierto en el cuerpo femenino. Experto en el salón principal, la sala anexa le era desconocida, y parecía
agradarle la visita. Incluso en medio del ardor y de las lágrimas, Lisa sabía perfectamente lo que eso significaba para su futuro.

Sonya estaba a su lado, cotorreando. La gran zorra no paraba de hablar, preguntándole con sarcasmo si le entraba bien, indicándole a su hombre el ritmo, animándole
a buscar nuevas cotas de profundidad. Lisa ya había dejado de prestar atención a su estúpido parloteo. No la oía, tan sólo veía como movía los labios a través de la
humedad que empañaba sus ojos. Estaba en otro mundo, un mundo de hembra sumisa concentrada en el ardor en su recto y en no gritar, un mundo sin sonidos que latía
al compás marcado por las penetraciones de su macho.

Tardó unos instantes en darse cuenta de que el latido había parado. Sus entrañas súbitamente vacías protestaban con espasmos eléctricos ante el cambio de
situación. La cabeza de Sonya estaba a su lado, ladeada sobre la mesa; la mejilla de la noruega estampada contra la madera. Sus labios naturalmente carnosos se
apretaban en una línea recta y fina. Los ojos estaban cerrados con fuerza, anticipando un momento de dolor. La boca se abrió en un grito que trajo los sentidos de Lisa
de vuelta al mundo real.

La mano fuerte de Sebastián aferraba el cuello de la esposa de Dimitri, obligándola a permanecer inclinada. La falda levantada sin ningún cuidado y las bragas por las
rodillas dejaban accesible la grupa de la mejor montura de la Sociedad, que Sebastián penetraba con rudeza mientras su mano libre azotaba las nalgas recién marcadas de
Sonya.

"Demasiado engreída", pensó Lisa, "has pretendido darle más lecciones de la cuenta a un macho que no necesita consejos".

Lisa asistía ahora como espectadora de primerísima fila a un espectáculo del que ya no era protagonista. Veía la cara de Sonya aplastada sobre la mesa, deslizándose
adelante y atrás sobre la madera pulida al ritmo que le marcaban las estocadas en retaguardia. Veía el bombeo fuerte de Sebastián ganando velocidad a medida que el ano
bien entrenado de la noruega iba ensanchándose a marchas forzadas. La pelvis de su hombre martilleaba con violencia la poderosa grupa con las marcas de la vara rojas y
frescas sobre la piel tersa. Las manos de Sonya se aferraban con fuerza al borde de la mesa mientras ahora era la noruega la que se esforzaba por no gritar. El cuello de la
mujer estaba rígido, tenso bajo la garra de Sebastián; la boca y los ojos cerrados con fuerza, en una muestra más que evidente de la dificultad de la empresa.

Lisa lo comprendía perfectamente. Por muy experimentada que sea una hembra, una incursión anal por sorpresa es un trago difícil. No mejora si además tiene las
nalgas en carne viva y el único lubricante es la mantequilla usada proveniente de un culo ajeno. Dadas las circunstancias, la zorra estaba aguantando bastante bien.

La cara de Sonya se iba relajando minuto a minuto, conforme su trasero se adaptaba al bombeo. Cuando volvió a abrir los ojos y su mirada se cruzó con la de Lisa la
zorra sonreía. Su engreimiento le había constado que Sebastián le abriera el culo para ponerla en su sitio, pero Lisa sabía que era demasiado presuntuosa como para
rendirse. Ahora, recuperado el control de su cuerpo, las paredes bien adiestradas del culo de la noruega apretaban y masajeaban la verga de Sebastina buscando su
climax. Las incursiones se iban acelerando y el rostro del hombre indicaba a Lisa que su rival estaba a punto de humillarla. Los ojos claros de la chica buscaron la mirada
de su dueño y la encontraron. Sebastián sonrió a su ayudante mientras esta separaba las piernas y se abría las nalgas con las manos.
La poya saltó con facilidad de un agujero al otro mientras Sonya suspiraba con resignación y alivio, y Lisa dejaba escapar un gruñido al ser nuevamente empalada.
Sus firmes piernas se enrollaron en torno al cuerpo de su hombre y lo atraparon contra el suyo forzándolo a clavarse hasta el fondo en ella. Lisa le miraba a los ojos
mientras la semilla de su dueño empapaba su ano castigado. Él seguía sobre ella, y las piernas de ella seguían abrazándolo a él mientras la carne iba perdiendo la dureza
atrapada en el interior de su culo. Al lado, una Sonya exhausta y con problemas para mantener el equilibrio intentaba entre gestos de escozor subirse las bragas y volver
a acomodar la falda sobre unas nalgas doblemente castigadas.

-Bueno, querido -dijo la noruega-, creo que ha sido suficiente aprendizaje por hoy. M i pobre trasero no aguanta más.

-Sí. Ha sido un día muy instructivo. Eres una gran maestra, Sonya. Felicita de mi parte a Dimitri.

-Gracias, querido. Así lo haré.

-En cuanto le vea se lo agradeceré yo mismo -dijo Sebastián lentamente, sonriendo-. Debería darte un premio por lo bien que enseñas y las muchas, M UCHAS,
buenas indicaciones das a los hombres.

Lisa asistía a la conversación con cara seria mientras en su interior se reía a carcajadas. La gran zorra era demasiado presuntuosa y eso a veces le jugaba malas
pasadas. Se había pasado de la raya y lo sabía. Estaba ahí, de pie, con el andar seguro de sus largas piernas perdido en algún punto entre los azotes y la sodomía y la
sonrisa resignada en la boca. Los ojos brillantes miraban a Sebastián como un cervatillo mira los faros del coche que se acerca. Esa imagen casi hacía a Lisa olvidarse del
escozor que le provocaba el aire fresco al colarse por su ano abierto y empapado en semen. Casi.

-En serio... No es necesario que te molestes, querido. Ha sido todo un placer.

-Yo creo que sí es necesario -dijo Sebastián cortante-. Estoy seguro de que a tu esposo le gustará saberlo. No seas modesta. Díselo tú misma, de mi parte.

-Claro... Como desees. En fin. Que paseís un buen día.

Sebastián la despidió con un leve asentimiento. La mejor montura de la comunidad dudó en añadir algo más, pero al final empezó a caminar dignamente hacia la
salida con el paso tambaleante de un culo recién follado, mientras una Lisa desnuda y de andares igual de dudosos la acompañaba y le abría la puerta, invitándola a salir.
M irando el exterior, Sonya sonrió y se volvió una última vez hacia el hombre de la casa.

-Por cierto, querido. Nuestra chica Lizbeth está un poco desentrenada. Hace tiempo que no prueba una vara en condiciones. Quizás deberías ponerla al día.

Y dando un beso a Lisa en los labios añadió:

-Así podrás practicar un poco antes de que llegue tu esposa.

La gran zorra se marchó. Lisa contemplaba su enorme trasero atravesar el jardín, bamboleándose sobre sus carísimos zapatos de tacón de aguja. El viejo Dimitri era
generoso con los arreos de su yegua, más de lo que su querido Hermann había sido con la propia Lisa. Puede que su nuevo dueño fuese generoso o puede que no, pero
su esposa no sería ella. Pronto esta casa tendría una nueva señora y cada hembra debería ocupar su lugar.

Lisa cerró la puerta y se olvidó de lo que había afuera. La mujer que debía preocuparle no era ya la gran zorra y lo sabía. M ientras volvía al lado de Sebastián recogió
la gruesa vara de avellano y la puso en la mano de su hombre mientras este le acariciaba la mejilla. Su rival llegaría pronto, y con ella traería una piel adolescente, un coño
sellado, un culo por estrenar y un par de tetas firmes, con toda probabilidad más grandes que las suyas. Pero Lisa tenía experiencia y voluntad, y no tenía que esperar a
"la otra" para empezar la competición. La lucha por ser la señora de la casa podía empezar en ese mismo instante. Al fin y al cabo, ella tenía un buen trasero y su
hombre una buena vara de avellano.

Estaban hechos para entenderse.


Propiedad a estrenar

El pajarillo temblaba, asustando. Los grandes ojos recorrían nerviosos el gran espejo que ocupaba por completo una de las paredes de su nueva jaula. El resto de la
estancia era completamente blanco: un blanco puro, liso y brillante, desde el suelo hasta el techo. En el centro de la habitación, un camastro blanco, un simple jergón sin
mantas ni almohadas, se erguía como único mobiliario. La luz difusa, de origen incierto, lo impregnaba todo, sin dar lugar a sombras inoportunas que estropeasen la
evaluación de la mercancía.

Desde el otro lado del espejo, el doctor Sebastián Sanz, ginecólogo, premio Nobel de medicina, mayor experto en la intimidad femenina, inspeccionaba su futura
adquisición como quien contempla la teletienda en una pantalla gigante. En su lado, la estancia era amplía y un buen sistema de calefacción volvía agradable el frescor
típico de las montañas suizas. En su lado, la habitación permanecía en una tranquila penumbra, los muebles eran de caoba y los butacones estaban forrados en piel. Al
fondo, el círculo anaranjado y brillante de la punta de un Cohiba Behike bailaba al compás de las caladas de Dimitri Vodosliv. Cómodamente sentado en la oscuridad, el
ruso era apenas una silueta que llenaba la estancia con un humo tan exclusivo que el común de los mortales tendría que pagar por ser fumador pasivo.

Una mujer se encontraba entre ambos, atenta para el caso de ser requerida, callada, en posición de firmes en el centro de la estancia sin iluminar. Era alta, robusta,
quizás demasiado para el gusto de Sebastián. Pero tenía un culo firme, y bajo el uniforme militar se adivinaba un pecho de tamaño generoso. El viejo daba muestras de su
gusto particular incluso a la hora de elegir a sus suministradores. Los galones indicaban rango de teniente, pero Sebastián no llegaba a determinar a qué ejército
pertenecía, si es que pertenecía a alguno. Quince minutos antes la mujer había entrado en la iluminada sala contigua, arrastrando consigo a la hermosa y joven criatura
que ahora se miraba a si misma con ojos asustados, sobresaltándose cada vez que un murmullo amortiguado e ininteligible llegaba desde el otro lado del espejo.

-Tengo que admitirlo, Dimitri. M e sorprende encontrar una sala de interrogatorios en el club social.

Desde la oscuridad llegó una risa baja, apagada. Sebastián comenzaba a conocerlo lo suficiente como para saber que al ruso le encantaba despertar el asombro de sus
colegas.

-Veras, camarada, prefiero considerarlo un cine en vivo. Para las noches de estreno o para cuando deseamos ver una escena protagonizada por nuestras queridas
mujercitas.

-Buena forma de aficionarse al cine, supongo.

-El séptimo arte, el mejor. Tengo una sala igual en mi sótano -dijo el ruso-. La usábamos al principio, cuando éramos pocos. Nuestra pequeña comunidad creció y
nos planteamos una un poco más grande aquí, en el club.

-¿Cómo se te ocurrió construir una sala de interrogatorios... perdón, de cine... en tu casa?

-Ahh…Ya sabes: los buenos tiempos, la tutora Rusia y todo eso. Un viejo amigo del Komitet era un auténtico experto. Solía decir que la clave estaba en los
sentidos: iluminación, sin muebles, paredes lisas, ni sonidos, ni colores, ni olores. Nada a lo que la mente pueda agarrarse... y tiempo. Tiempo para pensar. Se miran en
el espejo y se dan cuenta de lo solas que están. Déjalas consigo mismas el tiempo suficiente y acaban aceptando cualquier compañía.

En la habitación contigua, donde el cristal se convertía en espejo, la última demostración de la teoría del ruso seguía mirando su propia imagen con ojos muy abiertos
y oídos atentos a cualquier murmullo que llegara desde el otro lado. La teniente había entrado llevando a la muchacha agarrada por el brazo y la había dejado allí, sola. La
chica había necesitado poco tiempo para examinar la habitación antes de volcar toda su atención en el espejo y en los sonidos tras él. Ahora, Sebastián contemplaba
aquel espacio vacío, la cara asustada y esa camiseta blanca demasiado grande como única vestimenta que la muchacha estiraba intentando cubrir los muslos desnudos.
Sebastián contemplaba esa imagen, y sabía que ella estaba viendo lo mismo.

Era preciosa, desde luego; morena azabache y piel ligeramente oscura y suave. No lograba adivinar la raza; hindú, quizás, o puede que de algún país árabe. Las
piernas estaban bien torneadas y la tela holgada de la camiseta se tensaba al ritmo agitado de la respiración, insinuando unas ubres simétricas, excelentemente llenas y
duras.

Le calculó veintiuno, puede que veinte, aunque en aquel momento aparentaba menos. Estaba demasiado delgada y eso la hacía parecer más frágil. Tendría que
ocuparse de arreglarlo: una alimentación saludable y en un mes estaría realmente apetitosa. Por otro lado, conservar unas buenas tetas en su delgadez actual indicaba una
carne de excelente calidad, que aun no había revelado todo su potencial.

-¿Qué edad tiene?

-Según el examen médico, está a punto de cumplir veinte años -dijo la teniente, con el tono marcial apropiado para presentar un informe de misión a sus oficiales
superiores.

-¿Tiene nombre?

-Se presentó al proceso de selección como Candy, con i griega. Puede ser diminutivo de Candelaria o Candida, aunque a veces las candidatas se inventan el nombre.

-Eso no es problema -dijo Dimitri desde el fondo de la sala-. Es tuya. Elige uno que te guste y mañana mismo tendrás su nueva documentación sobre la mesa de tu
despacho.

Sebastián seguía mirando a su futura esposa, volviendo a evaluar su piel suave y ligeramente acaramelada. No era propenso a cometer errores, pero desde luego
Cándida no sonaba a hindú; ni a árabe.

-Cándida es un nombre español...


-Antillana -aclaró la teniente-. Del Caribe venezolano. Habla español caribeño y algo de inglés.

-Un cocktail estupendo, camarada. Esa preciosa piel tostada. Y que tetas tiene la chica. El mestizaje bien hecho suele dar buenos resultados.

Caribeña y venezolana. Dos tierras mestizas con la mala costumbre de acaparar los primeros lugares en los certámenes de belleza femenina, cuna de hembras de
cintura estrecha y caderas anchas pintadas en toda la gama de colores, del blanco lechoso al negro más oscuro. Además, el idioma no sería problema. Estaba satisfecho.
El ejemplar seleccionado por La Sociedad era perfectamente adecuado. Los pechos eran lo mejor, por supuesto; grandes y redondeados, destacaban más de frente que de
perfil y parecían aun más espléndidos en comparación con la estrechez de los hombros. La cara también era bonita: un óvalo enmarcado en bucles negrísimo, nariz
refinada y ojos grandes y blancos que resaltaban sobre la piel caramelo. El camino estrecho de la cintura se ensanchaba con generosidad en las caderas y se dividía en
unos muslos largos y bien torneados.

Pronto desenvolvería su regalo y podría comprobar de primera mano si la imagen era tan satisfactoria como prometía. Sin embargo, un detalle le preocupaba. No
había tenido ocasión de recrearse, pero la retaguardia de la muchacha no parecía a la altura del resto. El culo, aunque se mostraba duro y firme, era demasiado plano; y la
anchura de caderas no disimulaba precisamente la carencia de carne de calidad en los cuartos traseros.

Dimitri le sobresaltó. El viejo se había colocado a su lado frente al cristal, moviéndose en la oscuridad sin hacer ruido.

-Sé qué estás pensando, camarada –los ojos expertos del ruso habían seguido la mirada de su vecino y ahora se posaban en la suave curva de las caderas de la
muchacha-. Quizá no rellene mucho unos vaqueros, pero mejora sin ropa. Créeme. Tiene una bonita forma de corazón y los glúteos son de excelente calidad. ¿No es
cierto?

-Así es, señor -dijo la teniente-. El nivel de grasa de la zona es muy bajo y la elasticidad está un noventa por ciento por encima de la media para su edad.

-Ya ves, camarada. Carne de primera. Además, lo bueno de las nalgas femeninas es que pueden mejorarse de manera natural. La alimentación y el entrenamiento
adecuado y en poco tiempo tendrás mucho más que agarrar. Sólo tienes que ponerle el culo en forma.

Sebastián asentía mientras su atención seguía clavada al otro lado del cristal. Eso era todo: su futura esposa tenía un pequeño defecto y él tenía los conocimientos y
la voluntad para corregirlo. Una hembra potencialmente perfecta adecuada a sus gustos particulares.

-¿Es completamente virgen?

-La duda ofende -respondió Dimitri, con una sonrisa.

-El himen está intacto -aclaró la teniente-. Además, siguiendo las especificaciones, ha sido sometida al tratamiento de refuerzo.

-¿Tratamiento de refuerzo?

-Una gran idea de nuestro amigo Takasuke -dijo Dimitri-. La Sociedad invirtió en ella y ahora da un buen beneficio, especialmente en los países árabes. Es
básicamente un compuesto líquido que nutre y refuerza la membrana del himen para asegurar que sólo se rompa cuando tiene que romperse. Te pasaré los detalles
técnicos. Seguro que te interesan.

-Suena prometedor pero, ¿y el resto de orificios?

-Teniente...

-Afirma no haber mantenido relaciones sexuales por vía oral o anal. Nuestro detector indica que dice la verdad. El examen anal indica que no ha sufrido desgarros ni
introducciones forzadas. La hipnosis no ha revelado ningún tipo de recuerdo reprimido de carácter sexual. Es todo lo virgen que puede comprobarse desde un punto de
vista físico o psicológico.

-Todo lo virgen que puede comprobarse... Bien... Y ese detector, ¿indicó si había mentido en algo?

-Si, señor. Todas lo hacen. Por vergüenza, o para parecer más mayores, más desinhibidas, más experimentadas. Dicen lo que creen que se espera de ellas. En este
caso, la candidata dijo tener veintiún años; afirmó conocer el significado de varias técnicas sexuales que en realidad ignora; también afirmó no haberse masturbado nunca,
no haber estado nunca enamorada y estar completamente segura de querer superar el proceso de selección. Todo ello fue considerado falso.

No necesitaba preguntarlo para saber que también era sana y fértil: estaba seguro de que La Sociedad se había ocupado de ello. Los estándares de calidad exigidos a
las hembras que entraban a formar parte de la pequeña comunidad eran excepcionalmente altos. Eran las cuestiones subjetivas las que se discutían, aquellas que
dependían del gusto particular de cada socio. En su caso, todo lo que había visto y oído le agradaba. Y lo que no le agradaba tenía fácil arreglo. La chica era preciosa,
inexperta y virgen. Aunque no era un requisito necesario, el idioma común era un añadido agradable que facilitaría su educación, y un poco de inglés la ayudaría a
integrarse. A la hora de tomar su decisión, Sebastián Sanz no tuvo dudas.

-M e la quedo.

-Excelente elección, señor. Estoy segura de que le resultará una adquisición totalmente satisfactoria.

-Yo también. Sí, yo también lo estoy.


La luz anaranjada del habano iluminaba la sonrisa del gigante ruso mientras la zarpa del oso hacía tambalear la robusta espalda de Sebastián con una palmada
amistosa.

-Buena elección, camarada. Buena elección. Teniente, puede retirarse. Espéreme en mi despacho para cerrar lo últimos flecos.

La mujer se cuadró chocando los talones de sus zapatos de aguja antes de abandonar la estancia en penumbra. Dimitri la veía marcharse con los ojos clavados en la
silueta del rotundo trasero, mientras la atención de Sebastián seguía centrada en el hermoso pajarillo que temblaba asustado al otro lado del espejo. La mente siempre
despierta del médico analizaba las múltiples posibilidades, buscando la mejor manera de convertir aquel joven diamante en bruto en una joya tallada a su gusto.

-Ah, las mujeres, camarada -la atención del ruso había vuelto a su joven vecino en cuanto las sólidas nalgas militares abandonaron la habitación-, las mujeres. El
motor de la vida de todo hombre que se precie. Ya tienes una sólo para ti. ¿Qué? ¿Vas a probarla ahora?

-¿Aquí?

-Puedes llevártela a casa, claro. O al bosque, si prefieres un ambiente más natural. Pero déjame decirte algo: la habitación blanca es especialmente adecuada para
convertir a una chica en mujer. Yo me voy ahora a mi despacho y la tendrás toda para ti. Además, si quieres un recuerdo, junto al cuadro de luces están los controles del
sistema de grabación oculto. M últiples ángulos y sonido envolvente. Calidad blu-ray, por supuesto.

-Por supuesto.

-¿M e aceptas un par de consejos, muchacho?

-Como no.

-El primero es que nunca olvides que ella ha elegido. Puede que ahora esté asustada y nerviosa. Llorará y gritará cuando la montes. Da igual. Ella ha decidido
libremente estar aquí, entregarse a ti si la aceptas; sin conocerte, sin haberte visto ni oído tu voz. El porqué no debe importarte. Lo ha hecho y ha renunciado a la
posibilidad de decir que no. Ahora es tuya para hacer con ella lo que quieras. No lo olvides.

El viejo se apartó de su lado y comenzó a caminar hacia la puerta. El asunto quedaba en manos de su joven amigo y a él le espera en su despacho una hembra de
anatomía generosa excelentemente disciplinada. La voz de Sebastián le interrumpió cuando estaba a punto de cruzar la salida.

-¿Y el segundo consejo?

-¿El segundo? Ah, sí... Viólala.

***

Como de costumbre, Dimitri evaluaba la situación. Con los codos apoyados sobre la mesa de caoba y los dedos unidos bajo el mentón, el ingeniero ruso recordaba a
un viejo profesor de matemáticas absorto en el apasionante enigma de un problema trigonométrico. La mente ordenada del ingeniero analizaba variables y calculaba
porcentajes al tiempo que escuchaba las cifras que la teniente, de pie delante de él, le iba facilitando.

-Esta vez han pasado el segundo corte veintitrés. Veinticuatro, contado a la futura señora Sanz.

-¿Edades?

-Una de 20, dos de 21, cinco de 22, diez de 23, tres de 24, una de 25 y 26.

-¿En qué estado se encuentran?

-Cinco han mantenido contactos orales y tres anales. Dos requirieron de reconstrucción quirúrgica del himen.

Dimitri calculaba. Era una simple cuestión de movimiento de activos. Algunos negocios de La Sociedad se movían en un mercado de lujo y exclusividad en el que la
demanda siempre superaba a la oferta. Tenía poco producto que ofrecer y era importante seleccionar a los clientes correctos para mantener la imagen de marca.

-M anda esas dos a los japoneses. La de 20, resérvala para el príncipe saudí. ¿Hay alguna hindú?

-Dos. Una de 21, sodomizada, y una de 22 intacta.

-La intacta para nuestro contacto en Paquistán. Fue una petición personal. Las tres que han recibido por detrás y la de veintiuno a nuestro centro de adiestramiento
en Europa. Y dos de veinte, las que tengan la piel más oscura. Que entren todas en producción de inmediato. ¿Cuantas quedan de las que saben mamarla?

-Algunas cuantas.
-A China. A esos comunistas de salón les gustan con experiencia. El resto distribúyelas en el África subsahariana, según lista de espera. Hay que abrir mercado.

-Así se hará, señor.

Dimitri estaba contento. Otro negocio satisfactorio, y ya eran más de los que podía recordar. El reciclaje era una moda reciente en los países desarrollados, pero la
pequeña comunidad llevaba practicándolo mucho tiempo. El proceso de selección de la nueva esposa de Sebastián, al igual que el de todas sus predecesoras, había sido
costoso. Pero tenían mecanismos para sacar provecho del material descartado y nutrir con ello las arcas de La Sociedad y sus contactos internacionales. El material de
calidad se aprovechaba al máximo.

-Buen trabajo, teniente. Hora de celebrarlo.

Dimitri pulsó uno de los botones ocultos bajo su mesa. Una de las valiosas obras de arte que adornaban la pared se separó dejando al descubierto una botella de
champagne y copas heladas. La mujer llenó dos con el espumoso líquido y rodeó la mesa mientras el anciano se bajaba sonoramente la bragueta y sacaba su gruesa y
vieja verga rusa. La mujer tendió una copa a Dimitri y dio un largo trago de la otra mientras se iba arrodillando entre las piernas del anciano. Dimitri echó la cabeza hacia
atrás y se relajó, dispuesto a disfrutar de un trabajo bien hecho. El grosor del ruso se perdió en el contraste de los labios cálidos y el frío néctar francés. Su verga iba
endureciéndose entre las cosquillas de las burbujas y la lengua disciplinada, que se recreaba obediente en el robusto sabor del éxito.

***

Un leve movimiento de mano, con la fuerza justa para resultar efectivo; la piel joven y acaramelada de una mejilla; ojos grandes que se agrandan aun más por la
sorpresa; lágrimas sin llanto bañando el rostro recién castigado de una muchacha que sabe que debe obedecer, pero necesita aprender cómo hacerlo. Negarse no es una
opción aceptable.

Sebastián sentía en la palma el suave y reconfortante calor de la disciplina bien aplicada.

-Quieta -había dicho mientras su futura esposa se cubría con la mano la mejilla dolorida; el brazo libre de la muchacha tapando su busto en un movimiento instintivo.

La bofetada no había sido violenta: se trataba de dar un toque de atención, no de un castigo. En La Sociedad, golpear a tu esposa en la cara no está bien considerado.
Hay excepciones, por supuesto. Por ejemplo, durante la felación es aceptable corregir la mala técnica con un cachete oportuno, una forma de indicar a la hembra que
debe prestar más atención a su tarea. Es frecuente ver a las esposas más jóvenes con las mejillas sonrosadas durante su periodo de adiestramiento en las técnicas orales.
También es aceptable un guantazo a tiempo para corregir los arrebatos puntuales de rebeldía, por lo que de nuevo son las carnes más tiernas las que acostumbraban a
recibir estos correctivos instantáneos. En general, en La Sociedad, la bofetada está ligada al adiestramiento y a la disciplina preventiva, en lugar de ser un castigo habitual
para faltas consumadas. Un toque de atención que llega con facilidad a la mente y saca a las muchachas de su mundo de hadas, directamente de vuelta a la realidad.

Sebastián había entrado en la sala blanca con aire tranquilo, controlando la situación. Lo que iba a suceder quedaría grabado en video y en la mente de su esposa
durante el resto de su vida y debía marcar los límites desde el principio. La muchacha se volvió como un resorte al escuchar el sonido de la puerta. Parecía poco más que
una chiquilla, frágil y semidesnuda en medio de aquella habitación vacía. Los ojos estaban clavados en el suelo, sin atreverse a mirarlo. Era una presa asustado, una presa
que esperaba a que el depredador saciara el apetito en su carne tierna. Estiraba la camiseta con las manos intentando cubrirse los muslos, pero permanecía inmóvil. No
tenía a donde huir. A medida que se acercaba, los enormes pechos subían y bajaban cada vez más rápido, siguiendo el compás de la respiración agitada. Colocó una
mano bajo el suave mentón y la chica alzó la mirada. Los ojos brillantes buscaron el rostro de su nuevo dueño mientras el aliento dulce y cálido de la joven envolvía el
cuello de Sebastián.

Los segundos iban pasando mientras recorría lentamente con el pulgar los labios carnosos. Los ojos del hombre se posaron en los de su esposa, valorando con
agrado lo que veía.

-Preciosa. Una criatura realmente bella.

Un amago de sonrisa apareció en la muchacha. Ella no sabía nada de su futuro esposo. Estaba en un lugar extraño, medio desnuda ante un hombre desconocido, sin
experiencia suficiente para comprender lo que iba a pasarle pero con instinto para intuirlo. Unas pocas palabras que podía reconocer, un halago dicho en su idioma.
Sebastián lo entendía. Había dudado: tomarla en silencio o hacerle ver que conocía su lengua. Y había optado por dejar las cosas claras desde el principio. Ahora ella
sabría que, cuando sus lamentos fuesen ignorados, no sería porque no la comprendiese.

La mano abandonó el rostro de la muchacha. Las yemas recorrieron el delicado cuello con dulzura antes de adentrarse en las colinas nevadas de la camiseta. La chica
temblaba mientras los dedos de su futuro esposo iban descendiendo, hundiendo la tela en el profundo espacio entre sus senos. Sebastián intentó aferrar la gran ubre,
pero cuando iba a cerrarse sobre su presa la muchacha retrocedió, cubriéndose con el brazo. Entonces llegó la bofetada. No hubo dudas. Fue un movimiento instintivo,
mecánico, tan natural que no necesitaba pensarlo. Para ella era la primera bofetada de su nueva vida, pero no sería la última de aquella noche.

La muchacha empezó a llorar, pero se mantuvo en silencio: sin llantos ni gimoteos, sólo lágrimas de cristal recorriendo sus mejillas. Buena señal. Volvió a acercarse a
ella y la chica se retrajo aun más. Permanecía encogida, con la cabeza agachada y el brazo cubriendo los pechos. Empequeñecía conforme el médico se pegaba a ella.
Estaba a punto de hacerse un ovillo cuando la agarró por los hombros y la hizo erguirse. La forzó de nuevo a alzar la vista. La reprimenda no había estropeado su rostro,
sino todo lo contrario. Las lágrimas la volvían más bella, más vulnerable. Los labios entreabiertos por el llanto silencioso prometían un futuro lleno de placeres. Los ojos
brillaban, resaltado aun más sobre la suave piel canela clara; volvían a mirarle llenos de temor y sorpresa, mientras la mano de Sebastián abandonaba el mentón y repetía
su viaje descendente, apartando el brazo de la muchacha y volviendo a hundirse en el profundo camino entre sus pechos. La mano libre acariciaba el pelo de la
muchacha.
-Tranquila, chica. Tranquila -dijo con voz suave.

La chica apartó la mirada, pero no retrocedió. Los dedos del médico se aferraron al contorno redondeado y apretaron. La ubre colmaba su manaza y era pesada,
sólida. Notó el tacto firme, asombrosamente lleno, mientras sus dedos se hundían con dificultad en la carne de la muchacha. Continuó apretando, poco a poco, hasta que
la chica emitió un leve quejido. Sólo entonces empezó a aflojar su presa, despacio, recreándose en la elasticidad con la que recuperaba la redondez, mientras una sonrisa
satisfecha afloraba en sus labios.

-Eso es. Buena chica.

Ella seguía mirando la pared mientras una lágrima solitaria recorría de nuevo el surco brillante ya marcado en su mejilla. Los dedos abandonaron el pecho y siguieron
descendiendo sobre la tela blanca, explorando un territorio que ahora les pertenecía. La carne era firme y se estrechaba en la cintura; casi podría abarcarla con ambas
manos. Las caderas eran anchas y generosas en comparación con el talle. Los dedos llegaron hasta el dobladillo de la camiseta, se internaron bajo la tela y palparon la
piel suave antes de continuar en una nueva dirección. La mano experta se dejó llevar por la calidez de la cara interna del muslo y se introdujo entre las piernas de la
chica. Quería evaluar, con su agudeza profesional, la calidad de la entrada de su nueva hembra; pero la muchacha apretó por instinto cuando sintió la proximidad de su
dueño.

Sebastián actuó con rapidez. Su mano libre corrigió la conducta contra la mejilla aun intacta de la chica. El golpe retumbó en la habitación mientras ella, sorprendida
y con las piernas trabadas, perdía el equilibrio cayendo de rodillas ante su dueño. Lloriqueaba mientras Sebastián la obligaba a levantarse y alzar el rostro antes de volver
a abofetearla en la misma mejilla. Las lágrimas aumentaron cuando el hombre volvió a elevar la mano. La palma quedó suspendida en el aire unos instantes, amenazadora,
con los ojos húmedos clavados en ella, antes de descender lentamente y volver a acariciarle el pelo. Sebastián la abrazó contra él y la besó en la frente mientras la
muchacha temblaba entre sus brazos.

-Vamos, chica. Deja las piernas abiertas, o habrá más escarmiento –dijo con voz suave.

El lloriqueo se convirtió en un sollozo continuo mientras volvía a introducirse entre sus muslos y palpaban los labios jugosos. La entrada era tierna, cálida. La mano
resbalaba con suavidad aunque la superficie no estaba mojada. Los dedos subieron buscando el clítoris y se encontraron el frondoso vello púbico. El médico agarró los
rizos y tiró. La muchacha dio un saltito al tiempo que lanzaba un lamento agarrotado, pero se mantuvo razonablemente quieta, con las piernas entreabiertas a las caricias
de su nuevo dueño.

La mata de la chica no era demasiado extensa, pero si tupida. Nada que un poco de cera caliente entre las piernas no pudiera arreglar. La Sociedad entregaba a las
nuevas esposas con su frondosidad intacta, para aquellos miembros que por gusto o cultura prefiriesen entradas lozanas y exuberantes. Sebastián era partidario de los
coños lisos y limpios, sólo piel acogedora para recibirle. En cuanto volviese a casa haría que Lisa la preparase mientras él supervisaba personalmente la operación.

El ginecólogo soltó el pelo y continuó explorando los genitales de su hembra. Se concentró en buscar el botón de la chica, pero pese a su experiencia tardó unos
segundos en encontrarlo. El clítoris era pequeño, escurridizo, se escondía de sus caricias entre pliegues de carne y vello púbico. Comenzó a mover el dedo en círculos,
intentando medir la sensibilidad. La muchacha contenía la respiración y cerraba los ojos bañados en lágrimas mientras su carne aprisionada por los dedos de su dueño se
iba hinchando lentamente.

Sebastián estaba satisfecho con el resultado. Incluso hinchado, el clítoris de su esposa era de los más pequeños y suaves que había palpado. Tenía cierta
sensibilidad, no mucha pero la suficiente como para lubricarse de un modo adecuado. La raja, que instantes antes se encontraba suave pero seca, estaba húmeda y
caliente, lo bastante para facilitarle la entrada sin llegar a incómodos encharcamientos. Se internó con facilidad entre los estrechos labios y comprobó el estado del himen.

La muchacha se tensó al sentir el dedo de su futuro esposo entrando en ella. Con el cuerpo rígido, sin respirar siquiera, no se atrevía a moverse: el calor en su mejilla
la incitaba a permanecer quieta. Los ojos muy abiertos abandonaron la pared y buscaron el rostro sonriente de su dueño. Sebastián no llegó a percibir la mirada
suplicante; su atención estaba entre las piernas de la chica, en el dedo que en aquellos momentos forzaba la estrecha entrada y ponía a prueba la elasticidad del sello que
revelaba que aquella era mercancía a estrenar.

Como el muñeco de un ventrílocuo, el joven cuerpo se relajó de inmediato en cuanto la mano abandonó su interior. El dedo de Sebastián estaba húmedo de esencia
femenina; deslizándolo bajo la nariz el médico inspiró profundamente, antes de mojar los labios en el jugo de su hembra.

-No está mal, chica -dijo mientras repasaba con la punta de la lengua y volvía a paladear-. Suave. Quizás demasiado ácido. Le vendría bien un toque de dulzor para
equilibrarlo. Nada que no se pueda conseguir con una dieta adecuada. Excelente, en cualquier caso.

La chica sonrió levemente ante las palabras de su dueño, tal como Sebastián supo que haría. Formaba parte de la esencia femenina. Incluso en lo referido al sabor de
su coño, una mujer era una mujer y un cumplido era un cumplido. Estaba asustada, pero no tanto como para no comprender que era mejor que a su futuro esposo le
gustase cómo sabía.

Era hora de desenvolver su nuevo juguete. Había palpado y catado; llegaba el momento de una exploración directa antes de probar su nueva montura. Agarrando el
dobladillo de la camiseta levantó el telón dejando al descubierto la carne firme del vientre, pero la muchacha retrocedió arrancándole la tela de los dedos y cubriéndose
con los brazos. Sebastián levantó la mano despacio, amenazador, dispuesto a descargar una nueva dosis de disciplina sobre su joven esposa. No fue necesario ir más
allá: la chica dejó de cubrirse y volvió a acercarse dando a su hombre acceso a su anatomía.

Con un leve gesto, Sebastián le indicó que se levantara ella misma la camiseta. Un ligero temblor recorría la carne firme mientras agarraba la tela y tiraba, dejando su
cuerpo completamente expuesto a la mirada del hombre. La única prenda que protegía su desnudez acababa de abandonar su piel. Era todo lo que había vestido desde
que veintiséis horas antes abandonara para siempre la ciudad que la vio nacer; todo lo que tenía caía al suelo a sus pies mientras su nuevo dueño contemplaba con
satisfacción los globos gemelos de densa carne femenina que, para deleite de todos los hombres con los que se había cruzado, adornaban su cuerpo desde que era poco
más que una chica. Sebastián percibió el cambio en la muchacha. Expuesta, sin ninguna barrera física que impidiera acceder a su cuerpo adolescente, parecía resignada a
una suerte que ella misma había elegido pero que aún así le daba miedo. Tomó nota: la mente de su joven esposa asociaba la ropa con la seguridad, así que tendría que
acostumbrarla a ir desnuda por la casa y fuera de ella, ante él y ante las visitas.
Agarró con sendas manos los pechos expuestos que la hembra le presentaba. En esta ocasión no encontró resistencia. La muchacha aprendía rápido cuál era su lugar.
Las manos de Sebastián eran grandes, pero aún así las dos pesadas ubres parecían bocados sustanciosos, más melones que peras, dos abundantes dulces capaces de
saciar el hambre del más goloso de los hombres. La piel en el pecho era suave, y tensa, al tener que recubrir una carne tan generosa. Las aureolas eran grandes, difusas,
apenas un poco más oscuras que el resto de la piel. Le gustaron los pezones: mientras su mano izquierda amasaba sin demasiada delicadeza el pecho que tenía
aprisionado, los dedos de la derecha se entretenían acariciando un pezón corto y grueso, digno reflejo del pecho que coronaba: amplio, redondeado y voluminoso, pero
sin sobresalir demasiado hacia el frente.

Tirando de la teta aprisionada, hizo que la chica se girase. La retaguardia quedó por primera vez expuesta. La estrechez de los hombros daba a la espalda un encanto
peculiar, rematado por la elegante curvatura de gata en celo que continuaba con suavidad en un trasero que, efectivamente, mejoraba desnudo. La grupa de su nueva
yegua era firme; las líneas delicadas; las nalgas se separaban graciosamente conforme la mirada descendía por ellas, dejando el coño tan visible desde atrás como lo era
desde delante. La forma era correcta pero, por desgracia, escaseaba en volumen; especialmente para una hembra latina. Ese trasero necesitaba mucho trabajo para estar a
la altura de otras hembras de la comunidad: estaba lejos de la exuberante y dura rotundidad de las veteranas nalgas de Sonya, y más aun del terso equilibrio perfecto de
forma y volumen que exhibía con orgullo Lisa. Dimitri tenía razón: no estaba mal, pero ese culo necesitaba que le dieran forma.

Terminada la inspección, volvió a girar a su futura esposa y la obligó a mirarlo. Pegó el cuerpo joven y desnudo contra el suyo. Los duros senos se aplastaban contra
él mientras agarrando la delicada cabeza besaba sin miramientos los labios jugosos de la muchacha. Irrumpió en la boca inexperta enzarzando su lengua con la de ella
mientras sus manos descendían por la joven espalda y agarraban los glúteos con fuerza, separándolos. Atrapada entre sus brazos, la chica se sobresaltó un instante; se
puso de puntillas y sus ojos se abrieron como platos en cuanto la chica sintió el dedo del médico internándose de golpe en su ano virgen. Sebastián notó como el
escalofrío partía del esfínter de la chica recorriendo todo su cuerpo; notó las tetas aplastándose más contra él; notó el cuerpo juvenil que se pegaba al suyo, en un
intento instintivo de huir del dedo que la profanaba. En sus labios enlazados la respiración de la muchacha se cortó un instante mientras su nuevo dueño exploraba la
última entrada intacta de su anatomía.

Permaneció rígida unos segundos, con Sebastián saboreando su boca y hurgando entre sus nalgas. De pronto, se relajó. Volvió a respirar mientras su lengua seguía
obediente el compás marcado y sus pies volvían a posarse sobre el suelo haciendo que el dedo del médico se clavaba más profundamente en su interior.

Sin soltar su presa, Sebastián la levantó en vilo y la llevó hacia el sencillo camastro que se erguía como único mobiliario. Lanzó a la chica sobre las sábanas blancas y
empezó a desabrocharse con tranquilidad su camisa de Armani. Ella no perdía de vista a su hombre; mientras sus ojos se clavaban sobre el torso desnudo del médico, los
muslos temblequeantes se cerraban. Sebastián se percató del movimiento y, aferrándola de los tobillos, los apartó con fuerza.

-Piernas separadas -la voz era tranquila pero autoritaria-. Si tengo que volverlas a abrir no vas a poder sentarte en un mes.

El sonido de una cremallera descendiendo llenó la habitación cuando el médico comenzó a quitarse los pantalones. La muchacha oiría ese sonido con frecuencia en el
futuro. Ahora estaba a punto de saber lo que significaba, aunque ya empezaba a intuirlo.

Conscientemente o de un modo involuntario, los muslos volvieron a apretarse en cuanto la gruesa verga apareció ante ella. La chica permanecía con la mirada fija en
el miembro que pronto iba a hacerla sangrar mientras su hombre observaba enfadado los muslos nuevamente cerrados que bloqueaban la entrada. La mano de Sebastián
volvió a descargarse con fuerza sobre la mejilla sonrosada antes de agarrar el delicado cuello y apretar. Los ojos húmedos que instantes antes contemplaban la verga que
iba a rellenarla se cruzaron con la mirada enfadada de su dueño. Poco a poco, a medida que apretaba el cuello de la muchacha, los muslos virginales se iban abriendo
como una flor en primavera.

Sebastián palpó entre las piernas, comprobando la humedad, y lo que encontró no le dejó satisfecho. La chica estaba tensa, asustada; y se notaba. El coño era suave
y cálido, pero aun no parecía lo suficientemente lubricado como para que él pudiera penetrarlo con comodidad. Acumulando saliva se escupió en la mano antes de
llevarla junto al rostro de la joven incitándola a hacer lo mismo. La chica depositó sobre la palma de su dueño una leve gota blanquecina. Sebastián no se disgustó por la
escasa de la cantidad y procedió a untar la entrada con el jugo de ambas bocas. La muchacha tardaría poco en comprender la importancia de esforzarse en su propia
lubricación.

Colocándose entre las piernas de la chica empezó a restregar la verga sobre los labios entreabiertos. M ientras se acomodaba sobre ella, la muchacha apartaba la cara
mirando la vacía pared blanca de la celda en la que iba a convertirse en mujer. Sebastián dejó caer su peso sobre la carne juvenil mientras dirigía su verga entre los labios
mojados.

Las lágrimas sin llanto bañaban la mirada perdida mientras la estaca presionaba con firmeza la tersa entrada y la carne sonrosada se abría ante el empuje del hombre.
Continuó entrando lentamente en su hembra hasta encontrar la resistencia que esperaba. Una leve queja salió de la boca de la muchacha cuando comenzó a poner a
prueba la elasticidad del último precinto de su inocencia.

Tumbado sobre su montura y dentro de ella, se detuvo a saborear el momento de convertir a una chica en mujer mientras su verga tensaba las estrechas paredes de la
entrada y ponía a prueba el himen reforzado. La obligó a mirarle y posó sus labios en los de la muchacha. Su lengua se coló en la boca inexperta mientras cogía impulso
y descargaba su peso de golpe entre las piernas de la muchacha.

El precinto que bloqueaba su paso se rasgó en un líquido espeso mientras el miembro endurecido se adentraba en el acogedor e inexplorado interior de la mujer. La
pelvis masculina se acopló entre los muslos abiertos que le aguardaban, mientras un grito desgarrado se ahogaba entre las bocas unidas y las lenguas entrelazadas.

M ientras la muchacha intentaba recuperar el aliento, sus labios eran horadados por la carne de su dueño. El cuerpo juvenil se removía por primera vez bajo el peso
del macho, buscando sin éxito escapar de la estaca que la mantenía clavada al colchón.

Sebastián, paciente, esperó a que se calmara, deleitándose en las contracciones involuntarias con las que el coño recién estrenado masajeaba su verga. Separó su boca
de la de ella mientras largos hilos de saliva iban cayendo sobre el pecho jadeante de una chica convertida en mujer que le miraba a través de la humedad de las lágrimas.
Había temor en aquella mirada, dolor por la intimidad recién rasgada, pero también alivio. Alivio por la consumación de lo inevitable.

La verga teñida de rojo abandonó lentamente su nuevo hogar hasta volver a quedarse a las puertas, rozándolas levemente. Los labios sonrosados se cerraron a su
paso mientras los ojos, ya de por sí grandes, de la muchacha se abrían un poco a medida que su interior iba quedando vacío. Con la entrada súbitamente humedecida, ya
sin barreras que la estorbaran, la segunda estocada entró con más facilidad, y llegó más hondo. Atrapada debajo de Sebastián, sin posibilidad de escapar, la mujer recibió
toda la fuerza del envite con un quejido ronco, mientras arqueaba la espalda por el impulso, aplastando las grandes tetas contra el cuerpo de su hombre que notaba los
duros pezones clavados en su piel.

Empezó despacio. Entraba y salía en un recorrido largo, apurando cada rincón de su nueva vaina, llenándola y vaciándola completamente antes de volver a llenarla.
Pronto fue ganando velocidad, con el sonido chapoteante del pistón acompasado con los leves lamentos de la muchacha que, con la mirada clavada en su hombre,
intentaba amoldar su respiración al ritmo de las embestidas.

Sin dejar de penetrarla, Sebastián se levantó del camastro alzando a pulso el cuerpo esbelto de su futura esposa, y la llevó contra la pared. La muchacha intentaba no
caer, con los brazos y muslos agarrados en torno al cuerpo de su hombre mientras este continuaba bombeándola, haciendo que su joven espalda se deslizara arriba y
abajo contra el blanco muro de la celda. Sebastián la ayudaba a mantener el equilibrio: una de sus manazas agarraba con firmeza una gran ubre; la otra se perdía bajo las
nalgas de la chica, con un dedo firmemente introducido en el estrecho ano para ayudarla a afianzarse.

La muchacha había apartado la mirada en cuanto sintió el dedo. No tenía importancia. Era un acto casi involuntario; el último reducto de la vergüenza por la pérdida
de una intimidad que ya no le pertenecía. La bofetada fue suave, casi una caricia, y ella volvió a centrarse en su dueño mientras Sebastián volvía a besarla, ocupando
todos los orificios de su hembra al mismo tiempo.

Con su macho saboreando la calidez de su lengua, la atención de la mujer se pierde en el otro extremo de la habitación. Allí, desde el gran espejo, un pajarillo
asustado la contempla, aprisionado contra otra pared blanca por un hombre igual que el suyo. Nunca se había considerado chica, pero el cuerpo flexible y delgado del
pajarillo queda completamente oculto por la poderosa espalda del macho que la clava a la pared por la que en aquel momento desciende con lentitud un fino hilo de
sangre fresca rompiendo el blanco puro de la pintura.

Un fuerte azote en el trasero la devolvió a su lado del espejo. Sebastián había notado a su hembra distraída y decidió comprobar la calidad de las nalgas. La piel firme
de los glúteos recibió con elasticidad el aplauso mientras la mente indisciplinada volvía a su sitio justo a tiempo, antes de que su hombre la soltara.

Sintiendo el final cerca, Sebastián se liberó del abrazo haciendo que el cuerpo femenino se deslizara sobre el suyo hasta que la mujer acabó de rodillas a sus pies. La
delicada cabeza quedó atrapada entre la pared ensangrentada y la pelvis de su hombre que, pegándose a ella, le ofrecía su masculinidad palpitante.

-Abre la boca, chica -le dijo, mientras acercaba la verga tintada de rojo a los labios de la chica.

Pero ella apartó el rostro, asqueada.

Esta vez el correctivo no fue suave. La mano se estampó con fuerza contra la mejilla. Y luego otra vez. Y otra. Cada nuevo impacto reverberaba en la habitación
vacía con más fuerza mientras la verga endurecida de Sebastián latía con pulso propio indicando un final inminente. Cuando la muchacha finalmente abrió la boca, el
hombre la penetró sin contemplaciones, justo a tiempo para descargar su semilla en la garganta de la chica. M ientras los disparos blanquecinos se le enroscaban en la
campanilla provocándole arcadas, la muchacha pudo saborear por primera vez la dureza de la carne masculina regada por su propia sangre, su flujo y los restos
gelatinosos de su virginidad recién desgarrada. Allí, de rodillas ante su nuevo dueño, en aquella habitación blanca salpicada de rojo, Candy se acordó de su tutora. Desde
que tenía memoria, la vida de la mujer había sido una sucesión de hombres distintos, cada uno tan miserable o más que el anterior, y muchos repetidos. No pocas veces
la chica había espiado a hurtadillas a s u tutora arrodillada ante el novio de turno. Invariablemente, los hombres se marchaban en cuanto conseguía el alivio buscado,
dejando a la pobre señora con mal sabor de boca.

Ahora, con la mezcla de fluidos inundando su paladar, Candy comprende que tiene mucho que aprender, pero al menos sólo tendrá que hacerlo con un hombre. Se
obliga a sí misma a tragar. Siente como se le desliza por la garganta el cocktail pegajoso de la verga de su hombre y de su propio coño. Intenta retirarse, pero Sebastián la
agarra por la nuca y ella comprende. Su lengua obediente empieza a limpiar la carne del macho que ha manchado con sus propios flujos.

***

La mandíbula empieza a dolerle; la nota rígida, tensa, y la lengua, uno de sus músculos mejor entrenados, se le empieza a cansar. Lleva ya un buen rato y cada
minuto se le hace más largo que el anterior. El tamaño no ayuda. Semejante calibre sería difícil de manejar incluso aunque sólo durase quince minutos. Pero encima el
viejo tiene un aguante inhumano.

-¿M ás champagne, teniente?

Era una pregunta retórica, por supuesto. El viejo ya estaba llenando la copa sin esperar respuesta y ella no podía hablar con el glande del anciano incrustado en la
laringe. Además, el ofrecimiento sólo era cortés en apariencia: al ruso le gustaba sentir el cosquilleo de las burbujas de un gran reserva sobre el prepucio mientras una
lengua experta le bañaba la poya en néctar francés. En cualquier caso, a ella no le venía mal: una oportunidad para aflojar las mejillas, tomar aire y humedecerse la boca
antes de seguir tragando. Así que se inclinó hacia atrás un buen trecho mientras la verga iba reapareciendo poco a poco por entre sus labios hasta quedar finalmente libre,
colgando larga y dura, chorreante de saliva.

El primer sorbo lo tragó directamente, mientras su garganta irritada agradecía el calmante frescor. Tras una bocanada de aire, apuró el resto de la copa y lo mantuvo
en la boca mientras se agachaba entre las piernas del viejo buscando de nuevo la cabeza de la serpiente.

Tragaba despacio, con calma, intentando mantener el líquido en su cavidad bucal al tiempo que el grueso caño se deslizaba sobre su lengua tomando el camino
acostumbrado a su garganta. Cuando estaba a punto de llegar a la campanilla, el viejo, por sorpresa, dio un golpe de cadera introduciéndose de improviso. Perdió la
concentración un instante, sólo un instante, suficiente para que se le escapara una arcada. El ritmo entrenado de la respiración se descompensó y su nariz dejó escapar
como un sifón buena parte de la carísima bebida, pero supo aguantar el tipo y mantener en su boca la carne de su jefe y el resto del néctar.

M ientras intentaba que el aire volviera a sus pulmones a través de su nariz goteante y una garganta ocupada, la teniente alzó los ojos hacia el hombre entre cuyas
piernas se encontraba. Recostado para ofrecerle mejor su herramienta, el ruso la miraba sonriente desde lo alto de su enorme sillón.

-No está de todo mal, teniente. Un pequeño fallo del que ha sabido rehacerse –dijo con tono condescendiente, al tiempo que palmeaba amistosamente la cabeza de la
mujer-. Pero hace unos años no la había pillado con tanta facilidad. Está perdiendo facultades, jovencita.

No era la primera vez que el ruso la ponía a prueba, por supuesto. Y más le valdría que no fuera la última. Una mujer en su posición tenía que parecer fuerte, aunque
le costase. Dejarse pillar tan fácilmente había sido poco profesional. Que un pene como el del ruso ya no le inspirase cierto temor no era bueno; es ese exceso de
confianza el que lleva a los errores.

Aun recuerda la primera vez que el ruso la había probado. Su mentora se retiraba; dejaba su puesto como agente internacional de La Sociedad para dedicarse a tareas
más acordes a su edad. Había dedicado los años anteriores a adiestrar a la, por entonces, sargento, para sustituirla. Recordaba bien la primera vez en aquel despacho de
lujo. Allí, de pie en posición de firmes, estuvo aguardando mientras la atractiva cincuentona que tanto admiraba succionaba con ansia el enorme miembro del ya anciano
ruso.

Recordaba como su mentora la había invitado a arrodillarse a su lado y le había pasado el testigo. La primera vez que aquel tronco duro de carne palpitante estuvo
ante su cara había sentido un temor reverencial. El gran jefe no se cortó a la hora de ponerla a prueba y, pese a su entrenamiento, las arcadas y el vómito hicieron su
aparición antes de terminar el trabajo. Recordaba las lágrimas negras de rimel, el sabor de bilis y saliva goteando por la comisura de sus labios y la vergüenza mientras su
mentora volvía a introducirse en la boca el miembro regurgitado para acabar el trabajo que debería haber hecho ella.

Dimitri la había castigado por su falta de profesionalidad antes de sodomizarla por primera vez; un recuerdo doloroso, sin duda, aunque por suerte tenía experiencia
previa y pudo soportarlo con relativa dignidad.

Lo peor llegó después.

Sonya, la esposa del jefe y su secretaria en funciones, la había invitado a salir del despacho para darle instrucciones acerca de su nuevo destino. La gruesa puerta se
cerró detrás de ellas. Fue la última vez que vio a su mentora. M ientras recibía sus primeras órdenes, desde el despacho le llegó el sonido del látigo. Sonya, que había
seguido la mirada preocupada de la nueva teniente, interrumpió sus explicaciones. Con la mano en jarra sobre la cadera y el aire de superioridad de una mujer alta y que
se sabe atractiva, la noruega parecía encantada en poner de relieve lo evidente.

-Parece que a mi esposo no le ha convencido tu actuación, cielo.

-¿La castiga por mi culpa?

-Claro... Ella te ha elegido -dijo Sonya-. Si eligió mal o ha sido demasiado blanda al adiestrarte, es su responsabilidad.

El chasquido de cuero contra piel veterana atravesaba con facilidad la gruesa madera, pero no oía quejarse a su mentora. El látigo, en cambio, sonaba nítido, pesado, a
arreo de carruaje de mango largo y hoja rugosa. Alguno azotes se oían especialmente bien, silbidos rápidos de final abrupto que hacían estremecer el cuerpo de la joven.
Sonya, en cambio, asentía levemente al compás marcado mientras una sonrisa enigmática se dejaba entrever en sus labios obedientes.

-Parece que la vieja va a empezar su jubilación bien trabajada.

Lo dijo en voz baja, como un pensamiento que se escapaba por la boca antes de que pudiera detenerlo. Sus ojos se apartaron un momento de la puerta para
descubrir a la joven teniente mirándola.

-¿No puedes hacer que pare?

La noruega posó las manos con suavidad sobre la cara de la teniente y la miró fijamente a los ojos. El rostro satisfecho de la mujer era la viva imagen de la
condescendencia, como una maestra de escuela rebelando una verdad obvia a una chica demasiado torpe como para aprenderla por sí misma.

-Olvida lo que está pasando ahí dentro, cielo. Concéntrate en hacer bien tu trabajo. De lo contrario, será tanto responsabilidad tuya como de ella.

Nunca volvería a pedir ayuda a Sonya, aunque con los años llegó a entender el porqué de su sonrisa. Una mujer sólo puede ser un cervatillo o una leona; y una leona
siempre está dispuesta a despedazar a cualquier hembra rival que entre en su territorio. Dos depredadoras, con sus garras siempre afiladas, sólo pueden convivir en una
tensa armonía bajo la sombra de un macho dominante.

Había abandonado a su mentora hacía años. Tras aquella primera lección, se había empeñado en mejorar, tanto en las cuestiones mercantiles como en su relación con
los miembros de La Sociedad. Ningún pene la había vuelto a hacer vomitar. El jefe había sido el segundo y último. El primero fue en su juventud, cuando descubrió el
sabor del semen con un guarda de la prisión que decidió que unos labios carnosos como los suyos estaban desaprovechados. Había mejorado desde entonces, desde
aquella verga sucia y maloliente, y aquella corrida escasa mezclada con sus propias lagrimas. Ahora tragaba fluidos de genio multimillonario mezclados con gran reserva.
En estos años, las descargas del viejo habían disminuido en cantidad, se habían vuelto más agrias, más viscosas y se quedaban pegadas al paladar, pero la bebida era cada
vez mejor. Y decididamente, la corrida siempre es más agradable con un néctar caro para ayudarla a pasar.

Ahora, el exceso de confianza la había llevado a cometer un fallo, pero por suerte había sabido rehacerse sin perder la dignidad. El viejo había empezado a marcarle el
ritmo mientras se acercaba al final, entrando y saliendo de su boca inundada cada vez más deprisa mientras un reguero de champagne se escurría por la comisura de los
labios sellados alrededor de la carne masculina.
Dimitri descargó introduciéndose completamente en la boca de su empleada. La verga empujó la mezcla de champagne y saliva como el émbolo de una aguja,
haciendo pasar el líquido por la garganta abierta mientras la nariz de la teniente quedaba aplastada contra el vientre del anciano. Permanecía tensa, con la cara enrojecida,
intentando no ahogarse, con el miembro palpitante escupiendo a chorros su premio directamente en el esófago.

El viejo se mantuvo en su interior mientras las últimas gotas terminaban de caer. Entonces empezó a retirarse despacio. El largo tronco iba saliendo lentamente
mientras los labios sellados en torno a él retiraban cualquier resto de saliva, champagne o semen que hubiera quedado en la piel. La verga del anciano quedó colgando
limpia, blanda y enorme.

-No está mal, teniente. Ha mejorado mucho -el viejo se levantó y, acariciando el mentón de la mujer, la invitó a hacer lo mismo-. Hay que pulir algunos detalles. No
se concentra lo suficiente en su tarea.

-Sí, señor.

El gigante se humedeció el pulgar con la lengua y lo restregó en la mejilla de la mujer, donde el pintalabios se había corrido.

-También debe cuidar estos detalles, jovencita. La presentación siempre es importante.

Pasó el dedo con energía hasta que la mancha rojiza hubo desaparecido. Cuando terminó, se paró a contemplar el rostro sofocado de la teniente y depositó un beso
sobre su frente.

-Siempre es un placer verla, teniente.

Apoyando una mano sobre el hombro uniformado, la invitó a salir del despacho acompañándola a la puerta. M ientras andaban, iba alisándose la falda militar al
tiempo que la mano del hombre descendía descuidadamente por su espalda.

-Tómese unos días libres y después vaya al centro peruano. Quiero que se concentre en especimenes de carácter racial... M estizas indígenas, no mulatas. Están de
moda.

La zarpa había descendido hasta el trasero de la mujer y le agarraba con fuerza una nalga mientras habría la puerta.

-La veré de nuevo en la evaluación del sector sudamericano. Tenga los informes preparados para entonces... Continuaremos con esta reunión.

-Así se hará, señor.

Un sonoro azote en los gruesos glúteos fue la invitación para marcharse. Sentía la mirada del ruso clavada en su culo bamboleante mientras recorría con paso firme el
largo recibidor que conducía a la salida. El esfínter le dolía sólo de pensar como iba a ser la próxima reunión.

***

Ahora que todo había pasado, Candy empezaba a sentir dolor en las rodillas entumecidas mientras permanecía sentada sobre sus propios talones en el duro suelo de
la habitación blanca. Notaba una lágrima resbalando por su mejilla caliente, aunque no pensaba que estuviera llorando. Libre de la tensión de las últimas horas, se sentía
cansada, como si sus propias extremidades no quisieran obedecerla.

A su lado, el hombre al que ahora pertenecía terminaba de vestirse. Sus miradas se cruzaron. Su dueño se acarició el mentón durante unos instantes, en actitud
pensativa. Entonces empezó a rebuscar por la habitación y recogió un objeto tirado en el suelo.

-Sabes, chica. Hace semanas que Dimitri me pidió prestada esta camiseta. Ya ni siquiera me acordaba.

Candy miró la prenda, toda la ropa que había llevado desde que abandonara su hogar rumbo a un futuro incierto. Había cruzado literalmente medio mundo envuelta
en el aroma de su macho sin saberlo. Aquel trozo de tela blanca y arrugada era todo lo que poseía; y resultó que también le pertenecía a él.

Sebastián la ayudo a ponerse en pie y comenzó a vestirla con ternura. Fue fácil: los brazos le pesaban como el plomo, pero una sola prenda no plantea demasiadas
dificultades. Él le sonreía mientras la ayudaba a pasar las manos a través de las anchas mangas. No pudo evitar devolverle la sonrisa.

Rodeándola por la cintura la guió hasta la puerta que no mucho tiempo antes atravesó arrastrada por aquella mujer vestida de militar. Atrás quedaba la habitación
blanca y roja, y el camastro en el que, entre gritos y bofetadas, se había convertido en mujer.

La brisa de la montaña la saludó colándose entre sus muslos húmedos de sangre todavía fresca. El club social se iba alejando mientras su andar inseguro de mujer
recién estrenada la conducía a su nuevo hogar. Desde los grandes jardines, sus nuevos vecinos y vecinas se volvían para examinarla, al tiempo que saludaban a Sebastián.

En algún momento sintió el dolor punzante de una ramita clavada sobre su pie descalzo y trastabilló. Sebastián la sostuvo y, alzándola, continuó con ella en brazos.
Apoyando la cabeza sobre el musculoso pecho de su hombre se dejó llevar. En esta postura, su coño ensangrentado quedaba completamente expuesto a los vecinos
curiosos, pero no le importaba.

Desde el ventanal abierto de una de las grandes mansiones llegó a sus oídos la melodía de la disciplina bien aplicada. Se cruzaron con una hermosa africana de andares
inseguros que saludó a Sebastián agachando la cabeza. Apenas reparó en el extraño bosquecillo de especies desiguales que se alzaba semioculto entre los robles
autóctonos. Flotando sobre el camino en brazos de su hombre, estos detalles parecían lejanos, aunque no estaba lejos el día en que sería plenamente consciente de su
significado.

Su hogar relucía con las paredes nuevas y la juventud del jardín recién plantado. La casa era enorme, más que las mansiones de los ricos políticos corruptos que
había visto de lejos en su ciudad natal. La gran puerta se abrió para ellos antes incluso de que se hubiesen acercado.

El interior era agradable, luminoso. Al dejarla su hombre sobre el suelo sus pies sintieron el agradable tacto de un parquet que no estaba frío. Tras ellos, la mujer
cerró la puerta y se colocó al lado de Sebastián. Un poco más baja que Candy y un poco más delgada, su piel tan clara la hacía parecer frágil. Los labios de la mujer
sonreían, pero sonreían demasiado y Candy sentía los ojos claros y fríos clavándose en sus tetas.

-Candy, esta es Lizbeth. Te ayudará a instalarte. Lizbeth, prepara un baño para la señora. La quiero limpia para la cena.

La mujer hizo un gesto a la joven para que la siguiera. Subieron juntas al piso superior: la veterana delante, la mano lánguida deslizándose sobre el pasamano, la
espalda recta, subiendo con seguridad sobre los altos tacones de aguja; Candy avanzaba con pasos doloridos detrás de su madura anfitriona, que en cada escalón
meneaba el trasero ante su cara de un modo descaradamente obvio.

Arriba aguardaba un baño de agua quizá demasiado caliente. Por segunda vez aquel día, Candy acabó desnuda ante una persona desconocida. M ientras la mujer la
frotaba con loción perfumada, los dedos secos y delgados se sumergieron entre las piernas de la muchacha y empezaron a hurgar. Continuó limpiando su interior
mientras los restos de sangre seca formaban volutas de humo rojizo que ascendían con tranquilidad en el agua clara.

Los dedos entraban y salían sin delicadeza, restregando las paredes recién estrenadas de su coño. La mujer le mostraba sus dientes perfectos con esa sonrisa
demasiado amplia y le decía una palabra al oído con voz suave. No era español ni inglés. Estaba hablando en su lengua natural; alemán quizás, o alguna lengua eslava.
Candy no lo entendía. Tampoco hacía falta. Ninguna mujer necesita traducción para saber cuando otra la está llamando zorra.
Despedida de soltero

El suave e hipnótico bamboleo de las nalgas de Lisa brillaba por su ausencia cuando entró en su cuarto dispuesta a

arreglarse para la fiesta. Su trasero, entrenado durante décadas, había logrado mantener el andar felino mientras

abandonaba el salón; pero sus pisadas flaquearon en cuanto el culo recién marcado dejó de sentir los ojos del macho

clavados en él. Era un hecho que conocía, una lección aprendida hacía tiempo: el cuero arde en la piel, pero la madera

penetra en la carne y la agarrotan. Tras una intensa sesión disciplinaria cada paso era una pequeña brasa sobre el fuego que templaba su retaguardia.

La brisa colándose por la ventana refrescaba su piel agradecida, pero duraría poco: la fiesta iba a empezar

pronto y aún debían recorrer, paso a paso, el hoy larguísimo camino hasta el cercano club social. Tenía que

arreglarse: Sebastián esperaba, y un retraso recreándose en el alivio supondría echar más leña al fuego. Y nunca mejor

dicho.

El ligero vestido primaveral se deslizó sobre su cuerpo arremolinándose en torno a de sus tobillos. Las bragas

lo siguieron. Sujetador no llevaba: contrariamente a la mayoría de sus bien desarrolladas vecinas, lo escaso de sus

tetas lo convertía en innecesario e incluso desaconsejable. Se entretuvo en recoger y doblar la ropa usada antes de

empezar a rebuscar en su armario.

Su ropero era grande y olía a barniz; tenía dos espejos lacados en plata en el frontal y muchos más forrando

por completo el interior, donde una luz difusa lo impregnaba todo en cuanto se abría la puerta para saciar el hambre

femenina por un vestido favorecedor. La elegante esposa de un político milanés o la amante oficial de un abogado de la

City habrían matado por clavar sus garras esmaltadas en rosa furcia número 25 en aquel mueble. Sin embargo, Lisa aún

no se había acostumbrado a aquella imagen desoladora. En una antigua vida, el vestidor ocupaba dos habitaciones

contiguas con alfombras de lana y lámparas de araña de M urano. Hermann lo había ido llenando durante años con una

mezcla de alta costura, ropa casual y prendas deportivas de marca. A su difunto marido le gustaba resaltar la grupa de

su yegua con los mejores aperos, y no escatimaba en gastos.

Su magnífica colección de ropa fue donada a la beneficencia a la muerte de su esposo, del mismo modo que la

propia Lisa fue cedida a Sebastián para su uso y disfrute. Al fin y al cabo, las zorras negritas de alguna tribu del

culo de África también tenían derecho a vestirse de Channel para salir de caza por la selva.

La Sociedad le había permitido conservar un par de vestidos de luto, lencería negra de encaje y un conjunto

deportivo en licra, tan ceñido que rebelaba cada hendidura de su cuerpo. Hubo de paliar la escasez de vestuario

permaneciendo desnuda la mayor parte del tiempo. Las semanas que pasó en casa de Dimitri fueron las más molestas, con

una Sonya más arreglada de lo normal preguntándole constantemente si quería que pusiera la calefacción o si ya estaba

suficientemente caliente. Con Sebastián, en cambio, su breve periodo de desnudez fue más agradable, casi halagador,

con su nuevo hombre deleitándose en su cuerpo maduro y sobándole con firmeza los glúteos cada vez que ella pasaba a su

lado.

Sebastián había acabado proveyéndola de un surtido adecuado de vestidos de noche y casuales, junto con algún
que otro conjunto de putón. Lisa dejó en el armario los zapatos de tacón de andar por casa y se colocó unos altísimos

stilettos. Volviéndose de espaldas al espejo valoró el estado de su trasero. Su nuevo dueño había resultado ser un

administrador de disciplina metódico, y las líneas rojizas, bien definidas, adornaban su piel, perfectamente paralelas desde las nalgas hasta medio muslo.

Eligió un vestido ceñido, blanco para realzar sus volúmenes, y con la longitud justa para esconder las marcas.

No era esta una norma de La Sociedad, pues una esposa bien disciplinada era un orgullo, incluso una exigencia: los

miembros no tenían problema en demostrar que sus mujeres recibían la atención necesaria. No. En realidad era un código

no escrito del propio sector femenino, en tanto que las damas preferían no mostrar ante sus iguales en qué medida

debían ser merecedoras de las atenciones correctivas.

Como ropa interior, un tanga blanco, brasileño, que apenas alcanzaba a tapar su coño depilado y no se marcaría

a través de la tela. El vestido pasó con facilidad por sus hombros estrechos, pero las dificultades de costumbre

llegaron por debajo de la cintura. A base de tirones logró embutir sus nalgas en una tela suave que por momentos le

pareció papel de lija.

Sus posaderas volvieron a protestar cuanto se sentó frente al tocador. Se había acostumbrado a usar poco maquillaje: pese a su edad, conservaba una piel tersa y
recordaba de su juventud las poco agraciadas consecuencias de

un exceso de rímel cuando un atracón de carne la hacía llorar lágrimas negras. En lo que más tiempo empleó fue en

realzar con pincel el volumen de sus labios. Siempre le gustaba llevarlos apetecibles, pero los eventos sociales

requerían un exquisito cuidado de los detalles. Sabía que podría ser su última fiesta, que pronto la joven putita

sería la esposa y la desplazaría. Estaba dispuesta a despedirse de la vida social dejando el listón bien alto. Esposa

o no, su sucesora perdería en la comparación.

Había mucho de exposición en los eventos sociales, de valoración de las hembras por parte de los hombres y de ellas mismas. Dejar en mal lugar a tu esposo delante
de los vecinos ameritaba un castigo particularmente severo. En algún momento, años atrás, uno de los miembros se planteó disciplinar a su pareja de manera preventiva
y la práctica se extendió con facilidad hasta convertirse en norma de facto. Por eso ahora Lisa no podía sentarse a gusto mientras terminaba de maquillarse.

***

"M i esposo Dimitri y yo misma nos enorgullecemos en invitarle

a la despedida de soltero de nuestro vecino el Dr. Sebastián Sanz.

El evento tendrá lugar a las seis de la tarde en el club social.

Se recuerda a los caballeros que no necesitan vestir etiqueta y se

recomienda que sus acompañantes vengan adecuadamente disciplinadas.

att. Sonya Vodosliva"

Había llegado aquella misma mañana, entregada en mano por la propia anfitriona. Fiel a su papel como primera dama,

Sonya había salido a repartir personalmente las invitaciones. Dada la exigente vida laboral de los hombres, una

veintena no estaban disponibles para la despedida, aunque todos estarían el día de la boda.

Lisa no necesitó leer la pequeña nota en tipografía que le tendía la sonriente noruega para saber de

qué se trataba.
—Tranquila —había dicho Sonya—, tú no tienes que venir.

—¿Y por qué no tengo que ir?, si puede saberse.

—Cielo, no es tu primera despedida. Ya sabes que el homenajeado no lleva acompañante.

Era cierto. Los asistentes irían con sus esposas y lo normal en una despedida de soltero es que la novia no

estuviese invitada. Las otras mujeres agasajarían al novio antes de entregarse a los demás invitados. Unas veces lo

hacían en grupo; otras, una o dos chicas eran las elegidas. La imaginación se imponía y las ocurrencias variaban en

cada fiesta.

En una ocasión las colocaron contra la pared con los culos al aire y votaron cual había recibido la mejor

sesión de disciplina preventiva. Lisa recordaba las caderas de sus compañeras pegadas a las suyas y la multitud de

manos masculinas deslizándose sobre un mar de nalgas, pasando sin detenerse de un trasero al siguiente mientras hacían

comentarios expertos sobre su textura y suavidad. La ganadora fue una joven pelirroja que un par de años antes había

llegado a la comunidad con una actitud que se podría considerar, cuanto menos, insolente. Sin embargo, cuando su

esposo, lleno de orgullo, la cedió al homenajeado, la muchacha se abrió con facilidad, demostrando por qué había

ganado.

En otra ocasión pasó lo contrario, y fue el trasero más intacto el cedido al nuevo novio. Antes de

disfrutarlo, y por sugerencia del esposo, se procedió a una nueva sesión de disciplina para dejarlo en el estado

conveniente.

Hubo muchas más. A veces las agrupaban por raza; otras ofrecían al novio una selección multicultural, o una

combinación de juventud y madurez. En ocasiones le pedían a Hermann que llevara el material ginecológico. Una vez,

recrearon un antiguo espectáculo romano llevando a la fiesta un simio de buen tamaño. Y no fue la más extraña.

Estos recuerdos la invadían mientras se dirigía al despacho de Sebastián con la invitación en la mano. Cuando

atravesó la puerta, estaba decidida. Ningún socio había acudido a su propia despedida de soltero acompañado, pero

nunca un socio había dispuesto de una segunda hembra a la que poder llevar. Quizá se esperaba que Sebastián acudiera

solo, pero él no tenía por qué saberlo y, una vez allí, ningún vecino lo pondría en evidencia. Lisa iba a colarse en

su última fiesta sin estar siquiera invitada. En cuanto su nuevo dueño hubo leído la nota, la sonriente mujer plantada

delante de él se apresuró a tomar la iniciativa:

—¿A qué hora quieres que traiga la vara?

Después, el tiempo pasó rápido. Continuó sirviéndole como cada día mientras la proximidad de la fiesta agitaba

su corazón. A la hora señalada, se encontró inclinada sobre el escritorio, en una postura ya habitual. Con su cuerpo

desnudo pegado a la madera y las piernas juntas, rectas sobre los zapatos de tacón, exhibía ante Sebastián su culo en

pompa, una diana blanca y tersa donde descargar la simple aunque efectiva disciplina que asegurase el adecuado

comportamiento de la hembra durante la velada.


Hombre precavido, y cada vez más conocedor de la idiosincrasia de la comunidad, Sebastián se mostraba

partidario del "mejor que sobre a que falte". Esa tarde, la madera de avellano corto el aire con más frecuencia de la

habitual, con un silbido agudo que tensaba subconscientemente las nalgas de Lisa anticipando el relámpago de fuego que

iba a recorrer su cuerpo en cuanto la madera se clavara en la carne. La mujer aferraba con fuerza el borde de la mesa

mientras se mordía el labio intentando no gritar; aguantó hasta el final, con la espalda elegantemente arqueada y las

piernas firmes, exponiendo siempre su madura y sólida retaguardia en su máximo esplendor. Podría decirse que ganó

aquella batalla, pues el final lo marcó la propia vara al quebrarse, después de impactar por última vez contra la

carne.

Sebastián, poco experimentado en el arte de la doma, no había previsto aquella posibilidad y decidió dar por

terminada la sesión mandándola a arreglarse con sendas palmadas en las nalgas enrojecidas.

Ahora, Lisa se balanceaba sobre el asiento intentando aliviar el escozor mientras la vara quebrada descansaba

en el fondo de la papelera del despacho. Era la primera de muchas, y en el futuro, un Sebastián más precavido y con

dos hembras que mantener contaría con repuestos para no verse interrumpido por la falta de herramientas. El regalo

envenenado de la zorra noruega había sido lo bastante grueso y duro como para durar más de dos meses. La rama se había

vuelto más ligera al secarse, y el brillo de la corteza se había desgastado sobre la piel de Lisa; pero también se

había vuelto más rígida y rugosa y, al final, picaba tanto o más que al principio. Ahora, reseca, apagada y rota,

estaba tirada en la papelera mientras Lisa terminaba de maquillarse para acudir a una fiesta.

***

Olía a azaleas; el jardín estaba plagado de ellas. En su nueva casa no existía el miedo a que un ladrón le robara todo lo que tenía. Por la ventana sólo se colaba la brisa.
Candy podía sentirla

junto con el olor a vómito seco y saliva que se deslizaba por su pecho formando un charquito entre sus muslos

abiertos.

El día había empezado con un sobresalto, despertándose en la oscuridad con su macho encima. La lengua del

hombre se había colado entre los labios de la muchacha mientras su peso la aplastaba y la gruesa verga perforaba una

y otra vez, a ritmo lento pero profundo, las irritadas paredes de su coño.

El escozor entre las piernas había sido una constante desde que, una semana antes, Sebastián la convirtiera en

mujer. La había montado a diario y su ayudante también la había lamido con frecuencia por orden del médico. Todo esto,

unido a la depilación integral, era demasiado roce para una vulva juvenil acostumbrada únicamente a autoexploraciones

ocasionales.

Tras la cabalgata de primera hora, la mañana había continuado bajo la atenta mirada de la cuarentona,

realizando sus ya habituales ejercicios aeróbicos, con especial atención a piernas y glúteos. La comida había sido

excelente. Lo había sido desde que llegó, pero hoy Lizbeth parecía haberse empleado a fondo.

Por la tarde llegó su entrenamiento habitual de lo que Sebastián llamaba “el arte de la felación”; aunque la
primera vez, Lizbeth le había susurrado al oído:

—Significa que vas a aprender a comer poyas.

Desde que llegó, al menos una hora cada día, Candy había estado arrodillada delante de un soporte metálico

lleno de puntos de enganche. Lizbeth había ido colocando consoladores cada vez más grandes, a diferentes alturas, y

había permanecido a su lado mientras ella succionaba los falos de goma, agarrándola por la nuca y forzándola a tragar

cuando estimaba que no ponía el empeño suficiente.

Hoy era distinto. Lizbeth parecía acelerada. Había traído cuerda de cáñamo y ahora las manos de la muchacha

estaban atadas a la espalda y una lazada unía los muslos y los tobillos obligándola a permanecer de rodillas. Un nudo

enganchado a su pelo bajaba por la espalda y se colaba entre sus piernas antes de enrollarse a la cintura, forzándola

a permanecer derecha. Si bajaba la cabeza o se inclinaba hacia adelante, el rugoso cordaje se colaba en su ya

lastimada intimidad.

—Aprieta mucho —se había quejado la joven.

—Lo sé. Pero hoy no tengo tiempo para vigilar. Vas a comer tu solita.

La vieja se había ido. Sin supervisión, Candy se cansó pronto de lamer plástico. Empezó a distraerse con el

canto de los pájaros y los silbidos apagados que llegaban del otro lado de la casa. Los estallidos, espaciados y

constantes, continuaron un buen rato y pararon de pronto. Después, una puerta que se habría y el sonido característico

de los tacones de Lizbeth, aunque algo diferente. A continuación el silencio, otra puerta y los tacones cada vez más

cerca. La joven volvió a reanudar su labor succionadora.

—Vaya. Te estas empleando a fondo, ¿verdad?

Lizbeth sonreía con un toque irónico. Se había maquillado y arreglado el pelo y llevaba un vestido blanco muy ceñido. Bajo el brazo traía una caja de plástico y en la
mano una especie de collar de con una cadena de apenas un palmo. Dejó la caja sobre la mesa y colocó el collar en el cuello de Candy.

—¿Puede desatarme las piernas? Las rodillas me duelen.

—Ya te acostumbraras, cielo. Vas a pasar arrodillada buena parte de tu vida.

Volvió a la caja y se puso a buscar en su interior. El sonido de objetos duros chocando entre sí llenó la sala

como unas maracas.

—Aquí hay algunos juguetes... de los que funcionan con batería. Ya los iras conociendo. Éste —la mujer sacó un

largo misil de plástico— puede programarse para que vibre a intervalos regulares o aleatorios. Ahora está en

aleatorio, para que sea menos aburrido.

Lizbeth cogió el vibrador y se lo llevó a los labios. El grueso trozo de plástico entró en su garganta con

facilidad y salió empapado de saliva. La mujer lo sustituyó por el que estaba enganchado en el soporte y, agarrando a

Candy por la nuca, la empujó contra el instrumento. Entonces pulsó el interruptor.

Al principio no pasó nada, pero instantes después el aparato comenzó a dar sacudidas dentro de la boca de

Candy. Sintió primero la arcada y luego el sabor agrio subiendo por la garganta. Intentó echarse hacia atrás, sacar el
consolador de su boca, pero Lizbeth continuaba agarrándole la cabeza. El vómito escapó por la comisura de sus labios

abiertos mientras los ojos se le llenaban de lágrimas.

La vibración cesó de pronto, mientras los últimos hilillos caían sobre el pecho desnudo de Candy. Lizbeth

enganchó la corta cadena del collar al soporte, obligando a la joven a permanecer con media verga de plástico alojada

en su boca.

—Así nos aseguramos de que no te distraerás de tu adiestramiento mientras estoy en la fiesta.

Un nuevo temblor volvió a provocarle arcadas. Candy intentó alejarse del vibrador, pero la cadena tensa hacía

que el collar se le apretara en torno al cuello.

—Ah mira. Este es muy divertido.

Lizbeth había vuelto a rebuscar en la caja y sostenía un huevo metálico. Arrodillándose junto a la chica, le

separó los labios vaginales y las cuerdas que tenía incrustadas y comenzó a introducirlo.

—Se mete por aquí. Y también por el otro, pero ya llegaremos a eso. Y tranquila, que no se caerá. Las cuerdas

lo mantendrán en su sitio, ¿ves? Funciona con este mando a distancia.

Lizbeth balanceaba el pequeño interruptor colgando de una cinta. Pulsó el único botón y al momento comenzó un

cosquilleo entre las piernas de Candy, que lanzó un gritito ahogado por el plástico que ocupaba su boca.

—¿Ves? Es fácil. En cuanto pulsas empieza a vibrar y a calentarse y sigue así hasta que vuelves a pulsar.

Lizbeth anudó la cinta a la base del consolador. El único botón del pequeño mando quedó a una poya de

distancia de los labios de Candy.

—Ahora tengo que irme, cielo. Lo dejo encendido para que no te aburras. Es agradable, ¿verdad? Aunque dentro

de una hora o dos puede que se vuelva algo molesto. Si es así solo tienes que meterte todo el vibrador en la boca y

pulsar el botón con la barbilla. Quizá no lo logres, pero te aseguro que lo intentarás.

En ese momento Sebastián apareció en el salón y dirigió una mirada hacia las dos mujeres. Lizbeth se levantó

de inmediato, alisándose el vestido.

—¿Lista?

—Claro, querido.

Echó a andar hacia su hombre, meneándose como una gata en celo ante los ojos de Candy. Se pegó a él mientras

se volvía de nuevo hacia Candy con una sonrisa. Sebastián deslizó una mano sobre el vestido de la mujer y agarró con

fuerza una de las soberbias nalgas. Un rictus de dolor cruzó durante un instante el rostro de Lizbeth y, aunque

Sebastián no pudo verlo, Candy sí.

***

La perfecta anfitriona se deslizaba entre los invitados ofreciendo cócteles y canapés, interesándose por el trabajo de

los hombres y haciendo comentarios picantes acerca de los vestidos de las mujeres. Dimitri observaba desde la barra,

bebiendo vodka solo, directo de la botella, siguiendo la tradición rusa de no mancillar con hielo una bebida para entrar en calor. A su lado estaba François, el joven
psicólogo canadiense, un tipo realmente curioso.

Dimitri era grande. Desde joven había advertido la tensión en los demás, un estado de alerta instintivo que se

da en todas las criaturas ante la presencia de un espécimen más poderoso. François, en cambio, siempre se mostraba

relajado. El muchacho parecía haber suprimido voluntariamente algunos instintos primarios al tiempo que realzaba

otros, todo ello bien oculto bajo una brillante capa de elevadas aptitudes intelectuales. Era, en esencia, un

narcisista incorregible que intentaba disimular su elevada opinión de sí mismo por el sencillo método de conseguir que

el resto del mundo la compartiera. A Dimitri le caía realmente bien.

—M írala, viejo. Tu hembra sí que sabe moverse. No es capaz de dar tres pasos sin rozar con ese culazo a alguno

de tus vecinos.

—No seas malo, muchacho —dijo Dimitri—. Cuando posees una mujer alta y de buenas caderas tienes que aceptar

que los accidentes ocurren.

—Cuando ocurren con regularidad no son accidentes. A estas alturas deberías tenerla mejor enseñada… Si quieres

te echo una mano.

El ruso soltó una risita grave, apagada. Le encantaba el nivel de grosería que podía alcanzar el joven si se

le daba pie. La mayoría de sus vecinos no tenían tanta facilidad para esquivar los modales asociados a una educación

selecta. Volvió a dar un largo trago antes de fijar sus ojos claros en la neumática silueta de su esposa.

—La tengo enseñada, muchacho. La tengo muy bien enseñada —la voz de Dimitri llegaba desde lejos, desde la distancia de los años—. Tendrías que haberla visto al
principio. Esa chica tímida. Aún la recuerdo chillando como una cerda abierta en canal la primera vez que le partí el culo.

—Sólo digo lo que veo, vejestorio. Parece que tu chica tímida acabó aprendiendo algunas cosas por sí misma.

Fíjate ahora: se acerca a Johnson por la espalda; apoya una mano en el hombro y lo rodea mientras con la otra le ofrece la copa. ¿Crees que es un accidente que le
roce el brazo con las tetas? Supongo que sí, con unas ubres de ese tamaño... Aunque no parece que se dé mucha prisa por quitarlas.

—Sonya tiene una admirable habilidad para invadir el espacio personal de los demás sin resultar agresiva.

—Desde luego tus invitados no parecen molestos...

—A veces, a las mujeres hay que soltarles las riendas, muchacho. Desarrollan mejor su talento natural. Aunque

admito que he tenido que corregir en más de una ocasión su exceso de celo.

François asentía mientras seguía a la mujer con la mirada. El socio japonés acababa de llegar junto con su

elegante esposa africana y Sonya se acercó a recibirlo.

—Con las chicas es distinta, ¿verdad? Fíjate como saluda a la mujer de Hatori: se acerca de frente, beso en la

boca con lengua y hace como que admira su vestido para poder sobarla bien. Y palmadita en el culo en plan camaradas;

la negrita casi pega un bote sobre los tacones.

—Una hembra alfa de nuestra manada. Si domas bien a la tuya, quizás algún día también lo sea.

—Oh, Ivanna tiene buenas cualidades, pero aún tengo que darle mucha caña para que aprenda —François dejó la

bebida sobre la barra y se volvió hacia el ruso—. Por cierto, viejo, voy a dejártela unos meses para que la mantengas

en forma. Salgo en dos días.


—¡Claro! Tu proyecto. ¿Ya es la fecha? Casi lo olvido. ¿Tienes todo lo que necesitas?

—Todo. Las instalaciones están listas y probadas.

—M ejor —el ruso resopló antes de dar un largo trago de vodka—. Nos hemos gastado una fortuna.

—Cierto. Pero piensa en todas las fuentes de ingreso posibles. En las películas. El canal de televisión. El

turismo exclusivo...

—Y las hembras.

—Y las hembras, por supuesto. Cuando vendes placer siempre tienes clientes.

***

Los rusos suelen decir que el vodka es un peligroso enemigo y hay que acabar con él. Apoyado en la barra, Dimitri

seguía el dicho apurando la botella al tiempo que contemplaba el espectáculo que se exhibía ante sus ojos: una

exquisita muestra de belleza femenina, un puñado de hembras selectas arrodilladas ante sus dueños, con el culo en

pompa y la espalda grácilmente arqueada mientras las elegantes cabecitas entraban y salían a buen ritmo entre un

peludo bosque de piernas masculinas.

La manera en que una mujer se arrodilla, como baja la cabeza hasta ponerla frente a la verga de su macho, es

única. La mirada expectante mientras la boca empieza a llenarse de saliva, lubricando la entrada, es como una huella dactilar: hace a cada mujer una propiedad
exclusiva. Dos amigas, idénticas, instruidas al mismo tiempo en el arte de la felación por su tutora o su dueño, se arrodillarán frente al hombre de un modo
completamente distinto.

Algunas apoyan el peso sobre las rodillas; otras, sobre los talones. Las hay que permanecen acuclilladas y

otras que se sientan sobre los pies, bajando el culo hasta casi tocar el suelo y cargando toda la presión sobre los

muslos. Algunas mantienen la espalda recta, rígida. Otras la arquean, exponiendo sus pechos. Las más esbeltas y

flexibles saben contonearse al ritmo marcado por las irrupciones orales.

Lizbeth, por ejemplo, mantenía las rodillas ligeramente separadas y los tobillos juntos. Dejaba caer su

espléndido trasero sobre los talones, que se incrustaban entre sus nalgas como el fino sillín de una bicicleta.

Sonya no participaba en esta ocasión, pero cuando le tocaba tragar se apoyaba sobre las rodillas, juntas, con

la espalda muy arqueada, exponiendo al aire el rotundo trasero con que la había dotado la tutora naturaleza.

Fátima parecía una mecedora, desplazando el peso: la punta de los pies, las rodillas, las manos y otra vez

hacia atrás, balanceándose al compás de su hombre.

Las nalgas de Ivanna botaban contra el suelo entre los tobillos separados. La joven rusa solía mantener las

rodillas juntas y las manos a la espalda, mientras su elegante anatomía subía y bajaba con ese ritmo tan peculiar,

lento pero seguro.

Pamela era un caso aparte. La postura de la americana no era natural, sino aprendida. Dimitri la recordaba, con los tobillos separados y apoyando cada nalga sobre
un talón. Las espuelas habían corregido su postura

y ahora el culo rollizo se elevaba en el aire, más al alcance del látigo.


Precisamente Pamela había sido la primera en terminar, pero aún continuaba aprisionando entre sus labios

regordetes la verga napolitana de su esposo, que se recostaba satisfecho en el butacón mientras descargaba las últimas

gotas en la boquita obediente enganchada a su entrepierna.

Aquella californiana pecosa, pelirroja y suculenta, había entrado en La Sociedad con veinte años, lo que la convertía en la novata más veterana. No era ningún secreto
que La Sociedad, por regla general, tenía predilección

por bocados más tiernos y adaptables, por lo que la elección produjo algunas dudas en Dimitri, que se acentuaron en

cuanto conoció a la muchacha, con esa actitud engreída y condescendiente típica de las jóvenes yankis de clase alta.

Pero Carlo parecía satisfecho y pronto se demostró que el proceso de selección había vuelto a acertar.

El italiano siempre había sido un machista con una marcada preferencia por las mujeres dóciles, pero con Pamela descubrió que disfrutaba más domando una que no
lo fuese. Prefería marcarle el culo que follárselo.

Durante los primeros años de matrimonio, la energía que aplicó en pulir el carácter de su esposa rozaba los generosos

límites que La Sociedad consideraba adecuados. Con el tiempo, acabó superándolos ampliamente, sin que nadie se lo

criticara en vista del resultado obtenido.

Carlo seguía con devoción religiosa los numerosos consejos de su amigo, un labriego y conductor de burros que ganó dinero y respeto transportando en sus alforjas
cartuchos de libertad rellenos de pólvora y plomo, las llaves que

abrieron las puertas de San Pedro a un buen puñado de sicarios del Duce. Con el tiempo, acabó siendo uno de los mejores amigos de los amigos.

El buen hombre solía decir, entre otras cosas, que el único hoyo de una mujer en el que no hay que meterse es

el de la tumba, y que si crees que a la mula la has apaleado demasiado, es que no la has apaleado suficiente. Treinta años después de su muerte, sus enseñanzas aun
dejaban huella en las ahora acogedoras carnes de una americana pecosa.

Pamela era, con diferencia, la esposa más odiada por el resto de mujeres. En esa camada de gatas en celo había tiranteces, claro; viejas rencillas, rencores y rivalidades
cortésmente disimuladas con ocasionales escarceos de lesbianismo. La propia Sonya, tan coqueta, tan directamente ambiciosa, provocaba el recelo y las envidias de

algunas veteranas. Con Pamela era distinto; no la envidiaban. En absoluto. De hecho, las mujeres no sintieron sino lástima por la chica arrogante, pero abrigaban un
rencor profundo hacia la hembra dócil y bien templada en que se había convertido. Comparadas con Pamela, el resto eran tratadas con demasiada suavidad y los

hombres, inconscientemente, tendían a compensarlo siendo más estrictos con sus propias esposas. Para cualquier dama,

una visita social a casa del italiano, con la pelirroja moviéndose con cuidado mientras servía el café con la cabeza

gacha, significaba un par de semanas de estricta obediencia o severos correctivos, o generalmente de ambos. Las cosas

acababan volviendo a la normalidad, pero las huellas de rencor quedaban grabadas.

Sobre el butacón, los testículos descargados de Carlo daban fe de que el esfuerzo invertido en educar a su

esposa no había sido en vano. La mujer yacía desnuda, recostada de lado entre las piernas de su marido, con la mejilla

pecosa apoyada en el muslo del hombre que le acariciaba el pelo rojizo al tiempo que tomaba un trago de vino y

suspiraba satisfecho.

Dos butacas más allá, los jadeos ahogados de Takasuke indicaban que otra participante quedaba eliminada de la

primera ronda del juego. La enorme boca de la pantera africana engullía con facilidad la verga y los huevos del

japonés que, agarrando el pelo corto y rizado, descargaba con violencia en su interior.

Dimitri se entretenía adivinando quién sería el siguiente. Una tarea difícil, ya que dependía tanto de la
habilidad de la montura como del aguante del jinete. La motivación previa también influía, claro. Sobre todo en las

hembras jóvenes —las veteranas acostumbraban a rendir a un nivel más constante, independiente de lo mucho o poco que

las hubiesen azuzado—. Sin embargo, no era un factor tan determinante. Prueba de ello eran las dos primeras

eliminadas. Por detrás y por delante, desde los hombros hasta las pantorrillas, Pamela era un muestrario de los

efectos de una amplia variedad de herramientas disciplinarias. La generosa aplicación reciente de la vara se

superponía con huellas anteriores del látigo, la pala y lonjas de cuero de diferente grosor. La africana, que había

terminado unos instantes después, apenas presentaba unos pocos latigazos sobre la grácil espalda. Lo mismo ocurría con

las nalgas de la joven princesa árabe cuya cara sonriente recibía en aquel momento la semilla grumosa del viejo

Goldman.

Una a una, fueron quedando eliminadas conforme recibían el premio de unos hombres complacidos. Las restantes

continuaban, incansables en apariencia, aunque la tensión empezaba a notarse en la rigidez de las espaldas arqueadas.

La última, la ganadora, se clasificaría para la siguiente ronda. Por eso querían acabar lo antes posible.

Al final, todas las miradas estaban centradas en las tres últimas parejas. François intentaba mantener una

respiración pausada mientras la rubia cabellera de Ivanna se pegaba a su entrepierna en una succión prolongada. Con poco más de veintiuno años, la esposa hindú de
Johnny era la más joven de las asistentes. La muchacha había empezado

bien; su técnica no era mala y poseía una boquita pequeña, de piñón, con labios gruesos, perfectos para comer poyas;

pero se la notaba más nerviosa que las demás y, poco a poco, había ido decayendo. Al otro lado del salón, la verga de

buen calibre del homenajeado entraba con profundidad en la boca más veterana de las tres.

Lizbeth había sido valiente —eso al menos tenía que reconocerlo— colándose con descaro en una fiesta a la que

no estaba invitada. La mujer, literalmente, se había jugado la piel con una baraja que sabía trucada. Debía estar

bastante segura de que los hombres no iban a poner reparos a su presencia. Al fin y al cabo, otro bonito trasero del

que disfrutar nunca había sido motivo de quejas. De las mujeres probablemente ni se preocupó, pues sabía por

experiencia que las hembras tenían bien marcados los límites de sus protestas.

Pero una cosa era colarse en la fiesta y otra muy distinta acabar siendo la protagonista. Por eso, la sombra

de la duda atravesaba la cabeza de la mujer tan profundamente como la verga de Sebastián. Dimitri la entendía

perfectamente. En las competiciones de La Sociedad, ninguna hembra demostraba ambición por la victoria. En ese aspecto

todas eran muy humildes.

Al ruso le habían chupado la poya más mujeres de las que le habían hablado. Sabía leer el lenguaje corporal de

la hembra mamadora, y el de Lizbeth lo conocía con creces. Hermann había sido un buen amigo, el primer veterano caído

de la vieja guardia. El propio Dimitri se había preocupado de mantener a su viuda bien cuidada mientras se decidía qué

hacer con ella.

El ojo experto detectaba arrepentimiento emanando de cada poro del cuerpo menudo de la polaca. Bajo la

elaborada mecánica, bajo la técnica pulida por años de succión, podía palparse la inseguridad. Sentía la tensión y la
rigidez, como zarpas heladas e invisibles aferradas a las macizas nalgas. A Lizbeth se le notaba en el culo.

Las hembras podían ser bocas obedientes, meros agujeros que cada macho perforaba a su manera; pero también devoradoras, hambrientas que se abalanzaban sobre
la verga buscando su comida. Cuando las dejabas hacer, cada veterana tenía su ritmo, dentro y fuera, dentro y fuera, siguiendo su propia cadencia. El de Lizbeth estaba
acelerado.

No mucho; lo justo para que Dimitri lo notara. La mujer sabía controlar sus ansias... pero era evidente que estaba

ansiosa.

Sebastián se recostaba en el butacón, aparentemente ajeno a las dudas de su boca de segunda mano. Se había

dejado caer, deslizándose sobre el suave cuero, y yacía relajado, con los ojos cerrados y las piernas abiertas. Entre

ellas, el cuerpo menudo y delgado bailaba como una serpiente al son de la flauta de su encantador.

No hacía falta un ojo experto para darse cuenta de que, de las tres candidatas, Lizbeth era la que más tiempo

había pasado de rodillas a lo largo de su vida. La felación es un arte difícil que nunca se termina de aprender.

Requiere más que una boca cálida y acogedora. Como muchas veteranas, Lizbeth sabía usar todo su cuerpo para comerse la

poya de su hombre.

La portentosa mitad inferior de la mujer aportaba el impulso firme para estampar la cara una y otra vez contra

la entrepierna del macho. M uchachas menos experimentadas se movían a base de cuello y hombros, pero en Lizbeth se

apreciaba la carne firme de sus cuartos traseros tensándose al compás de la succión, como una pantera a punto de

saltar sobre su presa. Su espalda no era tan rígida como otras, sino que aprovechaba su estrechez natural,

contoneándose con vida propia y transformando el impulso en suaves movimientos circulares, un baile entre los labios y

la verga que hacía cada paso distinto del anterior. Las manos se entrelazaban en la espalda, echando los hombros hacia

detrás y abriendo la garganta, para que la carne masculina pudiera adentrarse con suavidad en lo más profundo de ella.

Sebastián sonreía complacido, dejándose llevar por la agradable sensación de su verga buceando en un mar de

saliva caliente. La boca de la mujer le aprisionaba, poniendo a prueba su dureza. La lengua experta jugaba con el

tronco, bañándolo, dirigiendo su avance hacia el fondo acogedor donde hacía sonar la campanilla. Los labios carnosos,

rojo cerezo de Dior, se cerraban sobre la piel de Sebastián, sellándola, deslizándose con suavidad en un movimiento

ascendente, recogiendo los excesos de saliva y aumentando la succión.

Una vez arriba, Lizbeth se recreó saboreando la punta, que había empezado a latir presagiando una descarga

inminente. La boca descendió una vez más, hambrienta y desesperada, alojando completamente en su interior al hombre al

que ahora servía. Las lágrimas de alegría inundaron sus ojos cuando la buena mujer estampó la nariz contra el vientre

de Sebastián, tragando agradecida la descarga que el macho depositaba en el fondo de su garganta.

Lizbeth permanecía en su sitio, con la verga perdiendo rigidez en su boca, cuando Sebastián abrió los ojos. El

hombre había vuelto de su viaje al placer de los labios femeninos con una sonrisa en los suyos. Acariciaba la delicada

cabeza mientras los ojos brillantes de la mujer buscaban los suyos en busca de aprobación. Dimitri se dio cuenta

entonces de que Sebastián había notado perfectamente la desesperación de su hembra. Quedaban dos.

La joven hindú poseía un rostro adorablemente hermoso y labios sabrosos. El cuerpo era atlético; su figura, agradable, con tetas simétricas, ni grandes ni pequeñas, y
trasero firme. Destacaba más por su apariencia exótica y su piel aceitunada que por otra cosa. Ivanna parecía modelo. M edio nórdica y medio eslava, altísima, rubia y
elegante, poseía una belleza fría y una extraña combinación de delgadez y

rotundidad. El cuerpo alargado, la cintura estrecha y los hombros pequeños, hacían resaltar aún más el trasero redondo

y esos pechos pálidos, densos y llenos. Sobre la grácil estructura que las soportaba, las ubres se erguían arrogantes,

con los pezones grandes y oscuros coronando su agradable forma de pera.

A simple vista el desafío parecía injusto. Ivanna iba camino de los treinta. Su experiencia prácticamente

cuadruplicaba a la de su rival. Y eso se notaba. La técnica y compostura de la yegua rubia de François eran muy

superiores. De hecho, en el cuerpo menudo de la joven hindú había empezado a aparecer un leve temblor después de la

eliminación de Lizbeth. Sin embargo, esta era una competición para montura y jinete. Y a François no le gustaba

perder.

Tenso, con el puño apretado y controlando la respiración, el hombre seguía firme en su asiento, aguantando los

intentos de su esposa por hacer que se derramara. Los envites de Ivanna eran lentos pero poderosos, siguiendo la

máxima de cuanto más tiempo dentro, mejor. Se tragaba la verga completa, hasta acariciar con el labio la bolsa de los

huevos. Entonces se mantenía así, con la carne de su hombre atravesada en la garganta mientras los segundos iban

pasando. M uchas hembras podían dar una docena de chupadas en el tiempo que Ivanna completaba una.

Dentro de la boca de la mujer la lengua se movía con una mezcla de suavidad y firmeza. Saboreaba la carne con

el gusto gourmet de una dama acostumbrada a platos selectos, recorriendo su forma, disfrutando la textura, al tiempo

que la garganta entrenada vibraba masajeando el glande.

Una de esas larguísimas degustaciones acababa de finalizar cuando el gruñido satisfecho de Johnny indicaba que

la competición ya tenía ganadora. Entre las piernas de su marido, la joven hindú lloraba y temblaba con la tensión

liberada mientras el fruto de su esfuerzo se escurría sin control por la comisura de sus labios. Sin duda, la muchacha

sabía que este pequeño fallo iba a suponer una reprimenda, pero no le importaba.

Ivanna dejó de succionar. Su cuerpo permaneció inmóvil un par de segundos, con el glande de su hombre atrapado

entre los labios. Fue una pausa breve, casi imperceptible en la tranquilidad natural de sus movimientos, mientras su

mente asimilaba la victoria. Supuso el mayor lapso que la verga permaneció fuera de su boca. Enseguida reanudó su

labor.

Instantes después su marido le aferraba la cabeza con ambas manos y, empujando la pelvis contra su rostro, se

corría con un grito de triunfo.

François se dejó caer en el sillón lanzando un suspiro satisfecho. Ivanna continuaba entre sus piernas,

dejando impoluta la carne masculina, mientras el espeso sabor de la victoria se escurría lentamente por el fondo de su

garganta.

M ientras los invitados premiaban con un aplauso espontáneo a la ganadora, Dimitri, desde la barra, buscaba con

la mirada a su mujer. Sonya era la única hembra vestida. Durante esa primera ronda del juego se había dedicado a
pasear entre los butacones, animando a sus compañeras. La fértil imaginación de la noruega había ideado el

entretenimiento de esa noche. Los hombres lo habían aprobado y, además, le concedieron el honor de ser una de las dos

clasificadas para el segundo acto. Ahora conocía a su rival, y la sonrisa que habitualmente iluminaba su cara había

desaparecido.

***

Briosas y flexibles, las yeguas cabalgaban una sobre la otra en un mar de luz blanca. Enlazadas en una postura

imposible para cualquier hombre, gemían y se restregaban sobre el altar que había visto correr la sangre de tantas de

sus amigas. Al otro lado del espejo, en la oscuridad de los asientos dispuestos como un cine lujoso, los miembros se

recreaban en el espectáculo. Las perdedoras también estaban allí, algunas arrodilladas y otras en pie, atentas para el

caso de ser requeridas.

La veterana estaba encima de su rival, intentando imponer su dominio por la fuerza. Hembra alta y atlética,

acostumbraba a someter a otras mujeres con su cuerpo cuando disfrutaba de ellas. Sin embargo, su compañera era más

alta; la diferencia era escasa, pero existía. Ciertamente era más delgada, menos voluptuosa, sin el peso ni el temple

de la carne madura; pero poseía el empuje de la juventud y no se dejaba domar con facilidad.

Salvo por esas diferencias, las dos eran muy parecidas. El pelo de la veterana era castaño, de tonos

imprecisos que cambiaban con la luz; le daba un aspecto cálido frente a la fría belleza rubia de su rival. Pero ambas

eran altas y elegantes, de cuerpo firme y formas suaves, sin aristas. Ambas tenían grandes ojos claros y piel pálida.

Sobre todo, ambas destacaban por la generosidad de sus pechos.

Las ubres de Sonya eran sencillamente grandes. Grandes y jugosas, hechas para meter la cara entre ellas y para

alimentar al hambriento. Eran tetas para chupar.

Los pezones de Ivanna, altos y desafiantes, incitaban al mordisco. Los pechos eran más compactos, más firmes que los de su rival. Eran grandes pero bastante más
pequeños, manejables frente a la rotunda generosidad de Sonya. Los

hombros delgados y la fina espalda los hacían destacar espectacularmente. La mano se distraía con facilidad moldeando

su curvatura, sopesándolos, estrujándolos como la bocina de un coche antiguo.

Los pechos de Sonya se aplastaban contra los de Ivanna, pezón contra pezón, mientras introducía la lengua en

la boca de la joven ahogando sus jadeos. Ivanna contraatacaba, con la mano metida a presión entre los cuerpos pegados.

Había encontrado el clítoris maduro y lo retorcía clavándole las uñas.

Ambas se conocían perfectamente. Se conocían de un modo íntimo, físico. En lo más profundo de la mente de

Ivanna estaba grabado el suave tacto del coño de Sonya, la húmeda calidez de su interior, el sabor de los gruesos

pezones en la lengua. La noruega había acariciado, había masajeado y besado cada centímetro del cuerpo de la joven más

veces de las que podía recordar. No eran pocas las mañanas que se habían despertado abrazadas, con el consentimiento

masculino y para su disfrute.

La joven sabía que su rival no era una flor delicada. Sonya necesitaba sensaciones fuertes, un trato rudo que
lograra superar el umbral de una piel acostumbrada a la severidad. La agarró por el pelo y tiró con fuerza hacia

arriba, separando sus labios de los de ella. El cuello de la noruega quedó expuesto, vulnerable. Los dientes de Ivanna

se apresuraron a clavarse en la carne tensa al tiempo que Sonya lanzaba un grito mezcla de placer y dolor.

Sonya respondió colocando una de sus piernas entre las piernas de su rival. Adentro y afuera, presionando, la

cálida piel se deslizaba sobre la sonrosada apertura de la joven. Sonya continuaba sin misericordia, aceleraba

aumentando el roce y el calor entre las piernas de Ivanna, a medida que la humedad iba empapando su muslo.

Ivanna empezaba a estremecerse. Sentía el calor emanando de su coño que amenazaba con extenderse a todo su

cuerpo. A la desesperada, intentó un último ataque.

Al colarse entre sus piernas, la noruega había dejado sin defensa la misma zona que ahora atacaba en el cuerpo

de la joven. Ivanna golpeó con fuerza, lanzando el muslo contra el sendero entreabierto de la intimidad femenina. Su

propia mano, firmemente aferrada al clítoris de Sonya, hizo de yunque, clavándole las uñas en el pubis.

Sonya lanzó un gruñido. Y luego otro. Y otro. Los leves quejidos de placer se sucedían mientras el muslo de

Ivanna continuaba golpeando su intimidad como un mazo. La propia Sonya respondía aumentando la presión entre las

piernas de la joven. Las yeguas habían tomado posiciones y continuaban galopando desbocadas en el último sprint hacia

la meta.

Ivanna fue la primera en sentir la sacudida. La ola de calor en su bajo vientre y se propagó como un

chispazo eléctrico recorriendo su espalda. Los dientes, clavados en la carne de su rival, aumentaron la presión en un

intento por ahogar el aullido satisfecho de la derrota que empezaba a formarse en su garganta. Podía sentir en los

labios el pulso firme y regular latiendo en el cuello de Sonya. En ese preciso instante, la noruega empezó a

estremecerse.

Sonya ni siquiera intentó frenar el largo gemido de placer. El grito de guerra de la hembra satisfecha brotó

de su boca abierta como un torrente interminable mientras, con los ojos cerrados, se recreaba en las sensaciones del

orgasmo. La intensa melodía retumbando en la habitación fue el gatillo que terminó de disparar a Ivanna. Los gemidos

de la rusa, amortiguados por el cuello de Sonya, se perdieron entre el largo aullido de la veterana. Sus convulsiones

quedaron disimuladas, aplastadas bajo el peso de la carne madura.

En la sala contigua, los espectadores empezaron a aplaudir otra excelente actuación. Todos, excepto Dimitri,

que apretaba con fuerza la botella de vodka y contemplaba la escena con ojos de hielo.

A la vista de los jueces, Sonya había sido la primera en caer. Ivanna había ganado. Su elegante cuerpo se

entregaría al homenajeado para que disfrutara de una de sus últimas noches de soltería. Para ella sería sólo un rato,

una poya más visitando sus agujeros antes de poder descansar.

A Sonya le aguardaba una noche más larga. La perdedora iba a recibir las atenciones del resto de invitados.

Debía complacerlos a todos, uno a uno o varios a la vez, las veces que fueran necesarias hasta que cada hombre hubiese

quedado completamente satisfecho. Nadie tenía prisa. La maratón amenazaba con prolongarse hasta bien entrada la
madrugada, o más allá.

Terminado el concurso, las dos mujeres permanecían inmóviles, echadas una sobre la otra, recobrando el aliento

sobre la cama de la habitación blanca. Ivanna levantó la vista hasta los ojos claros de Sonya. La mujer besó sus

labios con suavidad y empezó a acariciarle el pelo.

—¿Por qué?

La pregunta fue apenas un susurro, un leve movimiento de los labios de Ivanna. Era una conversación intima de

la que no quería que nadie se enterara.

—Porque te quiero, mi vida.

Sonya la miraba con ternura, como tantas veces a lo largo de su vida. Era una hembra superior, un manantial de

sexo convertido en carne de mujer y moldeado por los hombres. Conocía el amor femenino mejor que ninguna otra. Ivanna

había intentado competir de igual a igual, limpiamente, aun sabiendo que no estaba a la altura. Pero Sonya no la había

dejado perder.

Sentía el peso de la mentira sobre sus pezones aplastados. El cuerpo de la noruega seguía tenso por el placer interrumpido. El desahogo frustrado vibraba en su
interior. Sonya era una actriz consumada, con décadas de experiencia, pero no podía engañarse a sí misma.

La joven devolvió el beso a los labios carnosos que se le ofrecían. Los ojos le brillaban por el llanto contenido. La voz susurrante sonaba entrecortada.

—Te quiero...

***

Vista desde fuera, se podría pensar que la pequeña comunidad era un organismo heterogéneo, una amalgama de razas,

culturas y clases conviviendo en armonía en el sueño húmedo de un hippy colocado. Como un anuncio de Benetton o el reparto políticamente correcto de una
teleserie americana actual. Sin embargo, la realidad era distinta.

Los hombres eran mayoritariamente caucásicos, con antepasados europeos, desde nórdicos hasta latinos. También

asiáticos, sobre todo japoneses y surcoreanos. Sólo había un árabe. Y dos negros que, de hecho, eran norteamericanos.

No era racismo: estaban muy por encima de los odios que las maquinaciones políticas habían imbuido en la plebe.

Tampoco cuestión de dinero: ni un dictador africano ni un rico serían invitados, jamás. Era la propia injusticia del mundo. Los miembros eran hombres hechos a sí
mismos, que habían dejado huella a base de talento. Se

necesita una educación accesible y un entorno con pocos prejuicios para que un genio desarrolle su potencial. No todas

las culturas reunían esas condiciones.

El caso de las mujeres era distinto. Las había altas y bajas; rubias, morenas y pelirrojas; de todos los

colores posibles. Pero todas eran hermosas, todas cálidas y acogedoras. Abundaban, por supuesto, los pechos grandes y

simétricos, los culos firmes y las piernas bien torneadas.

La belleza de las monturas contrastaba con el físico desigual de los jinetes. Eran, por lo general, veinte, treinta o hasta cuarenta años mayores que sus esposas. Altos
y bajos, gordos y delgados, calvos muchos de ellos. Había

algún adonis bien formado y unos cuantos galanes maduros. Y frente a la habitualmente generosa dotación de las

hembras, los miembros de los miembros exhibían variedad de tamaños y grosores.


Los que mejor había conocido Ivanna a lo largo de su corta existencia habían sido espléndidos. El primero era

precisamente el que le dio la vida. La verga de su tutor era la más larga que había visto, y una de las más gruesas.

Había cincelado su imagen de la masculinidad mientras la chica se iba desarrollando hasta convertirse en una apetecible muchacha. ¿Cuántas veces había visto a su
tutora arrodillada como una sacerdotisa pagana ante el altar de la

gran serpiente? ¿Cuántas la había visto conteniendo un grito mientras el inmenso tubo de carne rusa se habría paso por sus entrañas?

La primera vez con su marido cualquier otra chica se habría asustado ante el tamaño de aquel monstruo, pero a ella le pareció normal. François no tenía nada que
envidiar a su tutor en cuanto a grosor; incluso parecía más dura que la vieja verga rusa. Pero era visiblemente más corta. Nada que pudiera impresionarla tras una vida en
casa de su tutor.

El nuevo miembro de La Sociedad también pertenecía al grupo de los bien dotados. Sebastián la había ensartado de golpe, abriéndole el culo sin delicadeza. Estaba
acostumbrada. El tremendo ardor que acompañaba a las introducciones bruscas era una sensación que conocía bien, pero aun así había acabado mordiendo el suave lino
blanco para ahogar un grito mientras su ano forzado se tensaba sin estar preparado para ello. Al menos, el hombre había tenido la delicadeza de escupir en el agujero
antes de perforarlo.

Ivanna estaba a gatas, con la cara hundida en el colchón y el culo ofrecido en alto, sobre uno de los extremos del camastro donde un rato antes su tutora había
impartido una lección de cómo fingir un orgasmo. En el otro extremo, también a gatas y en pompa, la perdedora atendía por primera vez al primero de la larga lista de
machos que iban a montarla esa noche.

***

Empezaba a amanecer cuando Sonya llegó al bosquecillo. Podía sentir el frescor del rocío bajo los pies descalzos.

Llevaba los tacones en la mano, consciente de que sería totalmente incapaz de usar tacones.

Apenas podía andar. Cada paso inseguro acalambraba sus piernas agarrotadas. La espalda le dolía después de tantas horas de postura forzada. La brisa de la mañana,
por lo general agradable, le quemaba al introducirse por su ano abierto. Sentía el flujo grumoso escurriéndose por sus muslos y el rímel y el pintalabios corridos sobre la
cara.

La habían limpiado, claro. Varias veces a lo largo de la noche. Unos cuantos manguerazos directamente en el coño y en el culo para desatascarle las cañerías antes de
volver a llenarlas. Pero cuando se cansaron la dejaron tal cual estaba, abierta y rellena como un pastel de crema.

Había cierta ironía en los gustos masculinos, y esta noche Sonya había podido comprobarlo una vez más. Por un lado estaba el hecho de que la sodomía atraía más,
precisamente, a los machos mejor dotados. Por otro, que eran los de mayor aguante los que más se animaban a repetir. Algunos socios la habían montado dos o tres
veces, probando sus agujeros a conveniencia. Otros, especialmente los jóvenes, no se habían conformado con tan poco. Que una vieja yegua como ella recibiera tantas
atenciones no dejaba de ser halagador.

Su tutorada se había comportado admirablemente. La imagen de su chica arrodillada, con la grupa bien arriba y la espalda arqueada, tan grácil, tan elegante, la habían
llenado de orgullo. Había mantenido el culo en alto, en su sitio, mientras la pelvis del hombre lo martilleaba con energía una y otra vez. Ni una queja había salido de los
labios de su chica, aunque al principio pensó que iba a destrozar el colchón a mordiscos.

Su rajita aguantó con menos problemas. La nena incluso se permitió algún gemido mientras pegaba sus tetas estupendas contra el torso del macho. Y su cara... Puso
esa expresión pícara de hembra necesitada de sexo que tan bien había aprendido. Sebastián no aguantó demasiado en el cálido y apretado coño de su chica.

La boca siempre había sido el punto fuerte de Ivi.

Arrodillada ante el nuevo socio, con la verga atravesada en la garganta mientras el hombre la agarraba del pelo, su tutorada parecía más una veterana que una de las
jóvenes.

Ivi le había dedicado una última mirada de cariño antes de abandonar la habitación blanca, dejando tras de sí a un Sebastián cansado pero satisfecho. Pero para el
homenajeado la fiesta no había acabado aún.

—Oye, Seb. Espero que te hayas guardado algo. Aun tienes que catar a la vieja —había dicho François mientras disfrutaba su primera parada en el culo de Sonya.

El médico acabaría animándose. La fiesta continuó, sus ilustres pelotas tuvieron tiempo de recargarse y, ya de madrugada, acabó compartiendo montura con el yerno
de Sonya, que iba ya por la tercera ronda.

Y entre medias, las ocurrencias variadas que el alcohol y cierta monotonía incitaban en la mente de los hombres: sesiones regulares de azotes a mano para animarla,
pruebas variadas de introducción de objetos, escenas lésbicas con algunas de las esposas presentes... Había descubierto que los enemas de champagne y whisky escocés
también producen embriaguez.

Había salido del club tambaleándose, con sus orificios en carne viva. A cada paso parecía como si un hierro candente se le metiera en las entrañas. Le dolía la
espalda. Le dolía la cabeza. Le dolía la mandíbula y tenía la boca seca. Irónicamente, la embriaguez rectal la había mareado, lo que no ayudó en la difícil tarea de llegar a
casa.
Dimitri estaba en el jardín, fumando en la oscuridad. Esperándola.

— ¿Aún estás despierto, amor mío?

El gigante tardó en contestar. Siguió fumando, con esos ojos claros, escrutadores, clavados en ella.

—El juego es el juego, Sonya. No me gustan los tramposos.

— ¿A qué te refieres? —preguntó ella, aunque lo sabía perfectamente.

De nuevo otra pausa, un suspiro largo y cansado del ruso.

—M ujer... no empeores la situación. Tú me perteneces. No me importa cederte a mis amigos, y puedo aceptar una derrota justa... pero no soporto las trampas.

—Es mi chica, Dimitri —replicó Sonya mientras las lágrimas empezaban a correr por sus mejillas.

—Es una mujer. Es de François. Que él se ocupe de mantener a su esposa como es debido. Yo me ocuparé de la mía.

El ruso dio otra calada a su habano y añadió:

—Te aseguro que no volverás a hacer algo así.

Por eso ahora Sonya estaba en el bosquecillo. Había sido una dolorosa caminata desde su casa, y aún quedaba la vuelta. La mujer contemplaba su árbol favorito, el
viejo avellano que plantara cuando era poco más que una chica.

Buscaba la rama adecuada, una particularmente larga y gruesa, mucho más de lo habitual.

En casi cuarenta años de matrimonio Dimitri le había aplicado unos pocos correctivos particularmente severos.

Los recordaba todos en detalle. Cuando la conducta rebelde y altiva de la muchacha ya no podía achacarse a la inexperiencia de la juventud. El último, cuando una
riña con otra veterana la llevó a insultar al marido de esta.

Sabía lo que le esperaba. Dimitri la tumbaría bocabajo, desnuda sobre la cama del sótano. Le pondría un cojín mullido bajo la pelvis, para dejarle el culo bien
expuesto. Usaría las correas para inmovilizarla, porque en ocasiones como esta ella no podía aguantar la posición por sí misma. El castigo en sí sería duro, unos minutos
interminables con la vara subiendo y bajando con fuerza, dejando en cada viaje una marca profunda grabada sobre la piel. Dimitri empezaría en las nalgas e iría bajando,
poco a poco, macerando su carne hasta casi llegar a las rodillas. Ella gritaría, claro. Y suplicaría y lloraría y moquearía y le daría un ataque de hipo. Tendría tiempo de
sobra para hacer muchas cosas. Dimitri se lo tomaría con calma, dejándola degustar cada azote antes de pasar al siguiente. En algún momento, la zurra acabaría. Después
vendría el resto.

Sabía por experiencia que iba a estar tres o cuatro días sin poder andar, tumbada bocabajo sin levantarse de

Aquella cama. Cuatro días con su retaguardia ardiente latiendo con pulso propio.

Lo peor serían las curas, el algodón cogido con pinzas y empapado en antiinflamatorio, restregándose como papel de lija sobre su piel marcada. Dimitri solía delegar
estas tareas de enfermería en alguna de

Las esposas de sus amigos, lo que no hacía sino empeorar la situación.

Por supuesto, debería seguir complaciendo a su hombre. Y tumbada inmóvil bocabajo, la forma de hacerlo era

Bastante evidente. Se emplearía a fondo, como buena esposa. Al fin y al cabo, su estado no le evitaría nuevos castigos si era merecedora de ellos.

M ientras acariciaba la larga y gruesa vara que había elegido, echó cuentas. En total serían unos minutos interminables de castigo, tres o cuatro días sin poder moverse
y unos cuantos más moviéndose con dificultad, dos o tres semanas sin sentarse y puede que un par de meses hasta que las marcas hubiesen desaparecido por completo.
Y con todo, volvería a hacerlo por su chica. Lo único que lamentaba era no fingir mejor un orgasmo.

Empezó a cortar la vara. Había llevado una sierra de mano japonesa, porque a partir de ciertos grosores se requieren herramientas adecuadas. No oyó el ruido a su
espalda. Cuando se volvió dispuesta a marcharse se topó con el delgado y sonriente rostro de Lizbeth.

—Buenos días, Lisa.

La mujer se acercó al árbol y empezó a acariciar las ramas rojizas antes de responder.

— ¿Qué tal estas, Sonya? —preguntó—. Tienes mala cara. Se te ha corrido el pintalabios.

—Las mujeres casadas tenemos ciertas obligaciones, cielo. Supongo que lo recuerdas.
—Por supuesto —la sonrisa de Lizbeth se ensanchó—. ¿Eso es una vara o es que necesitas leña?

—Una vara. ¿Quieres que te ayude a elegir una? —se ofreció Sonya.

—Gracias, querida. La última que elegiste fue más que suficiente.

—Espero no haberme excedido, cielo. Llévate una más fina. Seguro que a Sebastián le parece bien.

—Puede que sí, pero no quiero ponérselo tan fácil a esa zorrita sudaca que le habéis comprado.

—Sí... Las esposas de verdad son un engorro.

—Desde luego.

Lizbeth permaneció un momento en silencio, mordiéndose el labio mientras recorría la maltrecha anatomía de

Sonya con la mirada. M iraba con descaro el peinado deshecho, el rímel y el pintalabios corridos, los zapatos en la mano, las rodillas amoratadas… finalmente centró
la vista en la rama que sostenía Sonya.

—Supongo que tu gran actuación no convenció a Dimitri.

—Eso parece. Y supongo que Sebastián se dio cuenta de que no deberías haber ido a la fiesta.

—Pero fui.

Lizbeth agarró una de las ramas del árbol y tiró con fuerza, arrancándola de cuajo. La hizo silbar en el aire, sopesándola.

—Esta servirá —susurró—. En fin, querida. Vuelvo a mi casa. No debemos hacer esperar a nuestros hombres. Sobre todo tú.

Y empezó a marcharse. Antes de internarse en el sendero se volvió una última vez.

—Sabes, Sonya: creo que me pasaré por tu casa más tarde. Tu esposo necesitará una mujer se ocupe de atenderte los próximos días.

—No es necesario que te molestes —dijo Sonya.

—Oh, no es molestia, querida. Al fin y al cabo, se supone que soy la ayudante del médico de la comunidad.

—Eres muy amable.

—Es lo mínimo que te mereces. Siempre has sido tan atenta conmigo...

Y se fue. A Lizbeth le aguardaba un hombre enfadado, aunque no tanto como el que esperaba a Sonya. La polaca se perdió por el sendero, con su vestido blanco
ceñido a las caderas brillando bajo las primeras luces del día. Las sólidas nalgas de Lisa bailaban con su suave e hipnótico bamboleo, consciente de que, para ellas, la
fiesta aún no había terminado.
Una novia virgen

No iba a gritar. No lo haría. Sentía la garganta irritada por las ganas y los ojos húmedos del llanto contenido, pero se había prometido a sí misma que pasara lo que
pasara no le daría esa satisfacción a la vieja bruja. La mano seca y huesuda de Lizbeth caía con dureza sobre sus nalgas desnudas, una y otra vez, llenando la habitación
con el elástico sonido de la carne joven recién macerada. Echada sobre las rodillas de la mujer, Candy se aferraba con ambas manos al tobillo de su verdugo y se mordía
los labios en un esfuerzo terco por permanecer en silencio.

Roja y radiante va la novia. Así era el dicho en La Sociedad, la tradición; o al menos eso le había explicado Lizbeth. La veterana la había colocado sobre sus
rodillas y los azotes empezaron, lentos y metódicos, firmes, pesados. La mano caía, hundiéndose sobre la carne firme de sus glúteos, sin prisa por retirarse, dejándola
sentir todo su efecto. Así una y otra vez, con regularidad suiza, los minutos pasaban despacio y el calor inicial iba dando paso a una sensación ardiente que crecía y
crecía.

–Lamento tener que hacer esto, querida. Pero es la tradición –decía Lizbeth, aunque Candy sabía bien que no lo lamentaba.

La mujer se mostraba tranquila. Profesional. Pero su voz no era la de alguien que cumple a regañadientes con una obligación aburrida y a veces, sólo a veces, la
comisura de sus labios se curvaba hacia arriba durante un instante.

Cada cierto tiempo se detenía y empezaba a sobarle el trasero, agarrando la carne enrojecida para comprobar el calor y la textura que iba cogiendo. Y agarraba con
fuerza. Candy ya había probado el escalofrío de las uñas clavándose en sus nalgas al rojo.

La pausa duraba unos segundos: un momento de descanso para Lizbeth; un respiro para Candy, que notaba su trasero latiendo con pulso propio a medida que el
ardor de los últimos azotes se iba desparramando por toda su piel. Unos segundos de relajación antes de que Lizbeth reanudara la percusión y el sonido de la disciplina
volviera a llenar el aire.

***

La mañana del día de la boda Lisa se despertó con el pelo de Candy acariciándole la cara. Había dormido con la muchacha, abrazándola, sujetando sus manos y con
una rodilla entre los muslos de la joven para ayudarla a mantenerlos separados.

Ya hacía un mes desde que aquella cría de piel acaramelada y tetas enormes irrumpiera en su vida; un mes desde que Sebastián la convirtiera en mujer y la metiera
en el hogar de Lisa. Desde entonces, el hombre de la casa disfrutaba de su joven adquisición, separando con regularidad las piernas de la muchacha para enseñarle uno de
los principales deberes de la buena esposa.

Pero su hombre llevaba tres días sin follarse a la chica, tres días sin dejarla entrar en su cama y, lo que es mejor, tres días en los que la cría se iba a dormir con la
lengua de Lisa incrustada entre las piernas.

Lisa sabía bien lo que tenía que hacer. Sus instrucciones eran claras: llevarla a las puertas del orgasmo, no más allá.

Se empleó a fondo. Durante tres días, la muchacha vio emerger su cara pringosa, relamiéndose sonriente entre los muslos abiertos, temblequeantes por la
frustración. Acabó con la lengua agotada. Al despertarse y al irse a la cama, y varias veces entre medias, se colocaba entre las piernas de su futura señora, trabajando a
conciencia y escabulléndose antes de tiempo. Después le ponía un cinturón de castidad: una braga gruesa como un pañal, de tela rugosa, ceñida con una cinta asegurada
por un candado. Ella tenía la llave. Cada vez que la joven necesitaba ir al baño, debía avisarla para que fuera con ella. Se duchaban juntas y era Lisa quien la enjabonaba.
Durante tres días, cada vez que se veía libre del cinturón de castidad, Lizbeth estaba allí, vigilante.

Hoy habían ido al baño juntas por última vez antes de la boda. En la ducha, tuvo especial cuidado de no frotarla demasiado. Después le puso un cinturón de
castidad limpio, la ayudó a vestirse y salieron juntas hacia la Iglesia de La Sociedad.

***

El camino al altar parte del bosquecillo de la disciplina, donde árboles de todo el planeta ofrecen sus ramas para corregir la conducta de las hembras de la comunidad.
No es casual que las novias conozcan el bosquecillo y el Templo el mismo día: el día de su boda.

El Templo de La Sociedad es un lugar apartado del resto del complejo, escondido tras la senda serpenteante que, partiendo del bosquecillo, se interna en el
verdadero bosque.

En un principio, muchos años atrás, el Templo había consistido en un sencillo espacio circular al aire libre, ajardinado y con toldos que amortiguaban, sin eliminar
por completo, la luz de las montañas. Una roca, que esperaba allí desde los albores del mundo, fue tallada hasta darle forma de púlpito. Dos de los árboles retirados para
formar el claro no fueron arrancados por completo y sus tocones aun permanecían delante de la roca, ofreciendo a los futuros novios un asiento para la ceremonia.

Cuatro décadas después, el jardín, la roca y los tocones permanecían, pero el resto del Templo había crecido. Los toldos fueron sustituidos por una bóveda de
cristal inteligente cuya transparencia podía regularse mediante un interruptor, o por bluetooth. Rodeando el jardín, un enorme edificio circular de una planta albergaba
habitaciones de distinto tamaño, desde la gran sala de banquetes hasta el pequeño vestidor de la novia, pasando por la alcoba nupcial para la noche de bodas. Todo
decorado con referencias a las religiones y mitologías del mundo, como las figuras eróticas de los templos hindúes o la intrincada geometría musulmana, las vidrieras
católicas y la elegante pintura sintoísta. Pero el espacio central seguía perteneciendo a la Tutora Naturaleza, que también se acabó adueñando del exterior conforme las
plantas trepadoras se apoderaron de las paredes de granito.

Ahora el Templo era un enorme círculo de piedra recubierto de verde, con una brillante esfera de cristal en su centro. Entre sus paredes, en el pequeño vestidor
de la novia, Candy permanecía sentada con las piernas en tensión, intentando apoyar lo menos posible las nalgas sobre el asiento sin acolchar de la silla. A su espalda,
Lizbeth se afanaba en trenzar con simetría perfecta la larga melena azabache.
Fuera de la habitación las risas habían cesado, pero Candy aun sentía la presencia de las mujeres al otro lado de la puerta, las orejas pegadas a la madera, los
cuchicheos. En el vestidor las paredes son finas y Candy pudo escuchar las risas amortiguadas, el murmullo que crecía conforme la zurra se prolongaba en el tiempo,
con algún que otro silbido impresionado cuando, después de un descanso en silencio, el castigo volvía a reanudarse.

Ahora, como cualquier novia nerviosa a pocos minutos del enlace, se mostraba atenta a todo lo que la rodea. Los azotes la aislaron del mundo durante un rato, y
el ardor de sus nalgas contra el asiento se impuso al principio al resto de los sentidos, pero se fue amortiguando… y volvieron los nervios. De nuevo percibía el leve tic
tac del reloj mientras el poco tiempo de que contaba para preparase se iba escapando. Era plenamente consciente de la presencia femenina al otro lado de la puerta y no
podía evitar el intentar discernir las palabras tras los murmullos amortiguados. Inconscientemente volvía el oído hacia la puerta para escucharlos mejor, pero enseguida
Lizbeth la colocaba de nuevo derecha.

La mujer había empezado la trenza a partir de los hombros, dejando que buena parte del cabello de Candy se moviera con libertad, al estilo de las antiguas
princesas árabes. La trenza en sí era compacta, y Lizbeth tiraba de su pelo en cada lazada para dejarla lo más prieta posible.

–¿No queda demasiado tensa?

Lizbeth sonreía.

–No, chica, no. Debe quedar bien apretada. Una yegua joven necesita una brida firme.

Uniendo las palabras a los hechos volvió a tirar provocando un quejido por parte de la muchacha.

–Vamos, vamos, chica. No es para tanto. Yo no tuve quien me ayudara. M e dieron unos azotes, me señalaron la ropa y dijeron: ¡vístete!

Acabada, la trenza le llegaba por debajo de la cintura. Lizbeth la enrolló alrededor de su cuello y tiró desde la nuca para comprobar la firmeza. Candy empezó a
sentir la falta de aire a medida que su propio pelo le apretaba la garganta.

–¿Lo ves? –Lizbeth tensó más el lazo–. Firme y resistente. Útil. Así ya llevas incorporados todos los aperos para que Sebastián te monte. Es mejor que una
correa estranguladora, créeme.

Liberó la presión y Candy lo agradeció con un acceso de tos. M ientras recuperaba el aliento, las manos de Lizbeth se movían en torno a su cuello colocando con
cuidado la trenza en su sitio. Cogiendo un espejo, se puso delante de la muchacha.

No pudo contener la emoción al ver el resultado. La mujer sabía bien lo que hacía. Candy nunca pudo permitirse ir a la peluquería; durante toda su vida, sus
amigas y ella se habían peinado y cortado el pelo mutuamente, con más entusiasmo que habilidad. Desde que llegó a La Sociedad, su piel y su melena habían recibido
tratamientos de belleza que antes ni soñaba que existieran. Había ganado peso y su aspecto era más saludable. La chica que le sonreía desde el espejo parecía mayor,
más sana y más femenina. Su piel lucía suave y su pelo negro y brillante como nunca, con una trenza larga y prieta que caía con elegancia por su hombro quedando
atrapada entre unos pechos más grandes de lo que recordaba. Por un momento deseo que la mujer que le sonreía desde el espejo fuera en realidad otra persona para
estirar los brazos y agarrar con ambas manos esos frutos maduros que se le ofrecían.

–Espejo, espejito, ¿quién es la más bella del reino? –dijo Lizbeth con sarcasmo.

Candy jugueteaba con la punta de su trenza y giraba la cabeza comprobando como la parte suelta de su pelo se ondulaba con el movimiento. Se apretaba los
pechos y cambiaba de pose ante el espejo, viendo como resaltaba su recién descubierto volumen sobre el marco de la melena trenzada.

–Te hace comprender a los hombres, ¿verdad? –susurró Lizbeth–. Ahora casi pareces una mujer.

Candy dejó de posar ante el espejo y miró a la veterana.

–Soy una mujer.

Lizbeth negaba.

–No. No lo eres, chica. No lo eres… El blanco te sentará bien. Sigues siendo virgen, sólo que aún no lo sabes.

"Pero lo sabrás", añadió en un susurro mientras le daba la espalda, dejaba el espejo y abría el armario. Cogiéndolo entre sus brazos como un hombre coge a una
mujer, Lizbeth le mostró por primera vez a su futura señora el vestido de la novia.

Candy estaba maravillada. Acarició la tela con timidez, apenas rozándola. Era suave al tacto y a la vista, de un blanco translucido salpicado de pequeños puntos
plateados que brillaban como una cascada de estrellas. La falda era larga y suelta; se ceñía a la cintura, le daba forma como un corsé, aunque no se apreciaba ningún tipo
de refuerzo y todo parecía hecho de una sola pieza, como si hubiera sido moldeado en lugar de cosido; no tenía mangas y llegaba hasta el cuello, sin escote.

Había pensado que Sebastián elegiría un vestido escotado para lucirla ante sus amigos, pero no iba a ser necesario. La tela era una niebla tenue: lo bastante blanca
para ser blanca y no tanto como para ocultar su contenido. Irónicamente, lo más opaco era el velo. Aquel no era el vestido de sus sueños, pero en cierto modo era mejor,
más hermoso de lo que nunca hubiese podido imaginar, un diamante puro: perfecto, pero transparente. Era un verdadero vestido de princesa. Una princesa desnuda,
pero princesa al fin y al cabo.
Entre la tela, sostenidas con pinzas en la posición que ocuparían una vez puestas, unas braguitas blancas recubiertas con brillantes, un liguero a juego y medias de
encaje se dejaban ver como única ropa interior.

–¿Y el sujetador? –preguntó.

–No lleva. Sería una lástima que con un vestido tan revelador nadie pudiera ver tus encantos, ¿verdad?

–Al menos llevo bragas.

–Claro, chica. Para que el novio pueda quitártelas, como manda la tradición.

***

Todas las religiones del mundo tienen alguna bebida sagrada, desde las más comunes como el agua o el vino a las exóticas, como las infusiones alucinógenas de los
chamanes. En la antecámara de la novia del Templo de La Sociedad se estilaba el margarita.

La primera dama miraba con desdén a sus amigas más jóvenes y degustaba su bebida junto a otras veteranas, todas sentadas con elegancia, comentando los
pormenores del futuro enlace mientras tomaban una copa.

"Novatas", pensó Sonya. Sus jóvenes vecinas permanecían pegadas a la puerta como viejas chismosas, tapándose la boca para ocultar esas risitas cursis y
cuchicheando al más puro estilo de la maruja doméstica. "Está visto que la clase se pierde un poco con cada nueva generación".

Sonya estrenaba vestido, una elegante tela plateada que dejaba los hombros al aire y se sujetaba con facilidad a su generoso busto. Sentada con una pose
cuidadosamente informal, sostenía la copa con dos dedos de una mano mientras la otra descansaba sobre sus piernas cruzadas. Sonreía y charlaba con sus compañeras,
sin que ninguna notase que aún arrastraba las secuelas de la última despedida de soltero. No veía el momento de ponerse en pie, pero permanecía en su sitio.

Para su alivio, empezaron a sonar las campanas. Las jóvenes se separaron con rapidez de la puerta mientras adoptaban un aire distraído. Se levantó sin prisa,
pero en su interior suspiraba agradecida por librar a sus nalgas del ardiente roce de la silla.

La novia apareció, radiante y nerviosa, dando pasos inseguros sobre unos tacones finísimos. La chica venía de los suburbios urbanos de una pequeña ciudad del
Caribe, así que, con toda seguridad, el calzado más elegante que había llevado en su vida sería unas deportivas desgastadas. Sus nuevos zapatos eran los más estrechos y
altos que jamás se había puesto, y eso se notaba.

La lencería tampoco daba demasiadas facilidades de movimiento. Sonya no sabía si la elección era de Sebastián o una pequeña maldad de Lizbeth, pero las bragas
de la muchacha parecían una talla más pequeñas de lo adecuado, o puede que dos. La tela de encaje con pedrería se ceñía a las caderas, apretaba los labios y se incrustaba
entre las nalgas como si fuera un tanga. Colocada detrás de la novia, Lizbeth la invitó a adentrarse en el rebaño aplicando un sonoro azote sobre el trasero enrojecido y
apenas cubierto. No sería el último de la noche.

Las mujeres se apartan, dejando a Sonya el privilegio de ser la primera en saludar a su nueva amiga, porque en La Sociedad se respetan las tradiciones, y las
tradiciones femeninas las habían creado las veteranas. La antigüedad marca la jerarquía.

Así que se acerca a la futura esposa.

–Bienvenida, amiga –susurra.

Y la besa en los labios.

La muchacha se sorprende con el contacto y su sorpresa aumenta cuando la lengua se introduce en su boca y se entrelaza con la suya, jugueteando. Las manos de
la noruega se posan sobre los pechos juveniles y buscan los pezones. Los atrapa entre los dedos y aprieta con suavidad sobre la fina tela. La muchacha se deja llevar,
con los ojos abiertos por la sorpresa. No sabe cómo actuar en esta situación. No se atreve a retirarse, pero tampoco tiene la experiencia necesaria para abrazar a la
noruega y disfrutar del contacto.

Sonya se aparta, dejándola boquiabierta y con los labios húmedos por la saliva. Otra veterana ocupa su lugar apoderándose de la lengua y los pechos de la chica.
Para cuando todas hayan acabado, una novia sonrosada y jadeante estará lista para dirigirse hacia el altar con sus durísimos pezones en punta.

***

"Camina despacio", le sugieren sus nuevas amigas; "Pasos cortos, colocando un pie delante del otro, como si anduvieras sobre una línea imaginaria", susurran justo
antes de entrar; "deja que se muevan las caderas, que se note que eres una mujer", le dice la rubia alta pellizcándole una nalga.

Atraviesa la puerta y, de pronto, el mármol se convierte en tierra húmeda y musgo y la música empieza a sonar.

Los murmullos de las mujeres a su espalda se atenúan a medida que sus amigas entran en el bosquecillo y bordean el espacio circular para colocarse al lado de sus
esposos.

De pronto se encuentra sola, con todas las miradas fijas en ella. Sigue andando con pasos cortos, femeninos, con los tacones hundiéndose en ese tapiz irregular y
húmedo mientras intenta recordar todos los consejos y trata de mantener su ramo de flores en la posición adecuada. Es un ramo pequeño, exquisito, de flores blancas
con una única rosa roja en el centro. Debe llevarlo ligeramente inclinado, a la altura del ombligo: llevándolo más bajo los invitados no podrían valorar la finura de su
lencería, y más alto les privaría de disfrutar de sus pechos.

Al final del camino, junto a una gran piedra, su prometido espera acompañado por un canadiense joven y guapo con el que ha llegado a congeniar y que ahora
ejerce de padrino. Candy no sabe su nombre. No conoce a nadie salvo a Sebastián… y a Lizbeth. En La Sociedad, la vida social es para las esposas, y ella aún no lo es.

Había coincidido con el padrino en una ocasión, cuando Sebastián quiso mostrarle a su nuevo amigo los encantos de la mujer que había seleccionado. El había
contemplado a la muchacha con agrado, alabando sus virtudes. Pero Candy en ningún momento fue invitada a unirse a la conversación.

Ahora, los ojos de ambos están fijos en ella, igual que los de todos los demás. Las miradas de los hombres la evalúan; las de las mujeres la juzgan. Algunos
caballeros asienten mostrando su aprobación. Las damas sonríen y cuchichean con sus vecinas. Los comentarios se alzan a su paso alabando su piel y sus pechos.
Siente el rubor invadiendo sus mejillas y baja la mirada de modo inconsciente. Intenta acelerar el paso sin que se note, para llegar cuanto antes junto a su hombre.

Su esposo la recibe ofreciéndole la mano, una mano masculina a la que ella se agarra antes de alzar de nuevo la mirada buscando la de su hombre. Pero Sebastián
no la mira. Los ojos del macho se están recreando en el leve balanceo de sus pechos atrapados en el vestido transparente. Sus pezones le devuelven la mirada
endureciéndose y el hombre sonríe, satisfecho.

***

"… uníos, pues, en el amor, con humildad y paciencia, como un solo Cuerpo y un solo Espíritu. Sin fingimiento...”

La voz del decano resuena poderosa pese a la edad, lo llena todo, amplificada por la bóveda de cristal. Sus más de ochenta años lo convierten en el miembro más
anciano de La Sociedad, aunque no el más veterano. Su vejez, unida a una notable oratoria, le adjudicó de facto el papel de maestro de ceremonias. El evento no importa:
desde actos sociales a sacramentos religiosos, sea cual sea el dogma, guarda en su vestuario la parafernalia adecuada y conoce a la perfección todos los ritos. Para la boda
de Sebastián, dado que la novia proviene de una cultura católica, ha elegido su túnica blanca con bordado de oro y una selección cuidadosamente escogida y traducida de
las cartas de San Pablo.

"... y Dios creó a Adán, del que procede Eva, creada para él en la carne. Nosotros, que poseemos el Espíritu, anhelamos el rescate de su cuerpo. Por eso la entregó
Dios a pasiones inflamables y declara digna a la que las practica, pues se hizo la comida para el vientre y el vientre para la comida..."

Pronuncia con claridad, despacio, recreándose en la última frase. Sea cual sea la religión escogida, en todas las lecturas de todas las bodas menciona la comida. Una
forma burda pero efectiva de lograr que a su hambriento auditorio se le haga la boca agua ante el inminente banquete. Para cuando empieza a hablar de las obligaciones
del esposo, todos están pensando en la comida.

"... es necesario que el amigo sea irreprensible, educado, hospitalario, que gobierne bien su propia casa, mantenga sumisas a sus mujeres; si no es capaz de gobernar
su casa, ¿cómo cuidará la de todos? Ha de someter, para que la libertad no sirva de tropiezo a las débiles.

M aridos, amad a vuestras mujeres como Dios amó a su Iglesia, llenándola con su esencia. El que ama a su mujer se ama a sí mismo, porque nadie aborreció jamás su
propia carne.

No seáis ásperos con ellas sino comprensivos, pues es un ser más frágil. Dad a vuestras siervas lo que es justo, pues también vosotros servís a un propósito
superior. Porque está escrito: No pondrás bozal al buey que trilla..."

El decano conoce los ingredientes necesarios. Sabe lo que quiere –lo que necesita– oír la futura esposa. Así que primero expone ante las muchachas las
obligaciones del hombre. Les dice que su futuro esposo está obligado a poseerlas, que ellas son parte de él. Sólo después menciona los deberes de ella.

"... pues aunque sirva con obediencia y entregue su cuerpo, si no tiene amor, nada se aprovecha.

El amor es paciente, es servicial, es decoroso; no busca su interés; todo lo excusa; todo lo soporta. M ujer, porque amaste a tu marido sin haberle visto, alcanzaste la
fe, la salvación en quien te ha elegido de entre todas las demás. ¿No sabes que en las carreras del estadio todas corren, más una sola recibe el premio? Vive entonces
contenta, pues has sido bien comprada.

Examina qué agrada a tu señor, da gracias, "Dios sin tacha en medio de una generación perversa": vive como luz, según tu señor, enraizada y edificada en él. Acaso
Rajab, la prostituta, ¿no quedó justificada dando hospedaje a los mensajeros y haciéndoles marchar por otro camino?..."

Las palabras fluyen con dulzura, como un susurro, mientras el anciano mira a la futura esposa y asiente igual que lo haría un tutor orgulloso, felicitándola por
haber sido la elegida.

"... como mujer ya no es esclava, sino esposa, parte de la voluntad del marido.

Obra como mujer libre, no como quienes hacen de la libertad un pretexto para la maldad, sino como sierva. Ama a los amigos, enseña a las jóvenes..."

Es la voz de la razón llamando al instinto, y el anciano lo sabe. Las nuevas adquisiciones de La Sociedad tienen entre 20 y 25 años. El proceso de selección tiende
a preferirlas así, y no es casualidad. Cuando el decano era joven, antes de que la modernidad alterase el ritmo natural de la vida, las mujeres se casaban pronto, a esa edad
en la que el instinto susurra, en lugar del grito desesperado de las más viejas. El cuerpo de la muchacha está maduro, aunque ella no lo sepa. Siente la necesidad de ser
llenado.

"… porque 'has sido rescatada' no con algo caduco, oro o 'plata', sino con una sangre preciosa, de oveja sin mancillar. Te exhorto a que ofrezcas tu cuerpo como una
víctima viva: tal será tu culto espiritual. Que penetre el Sumo Sacerdote a través de una Tienda perfecta y consagre el santuario una vez para siempre, no con sangre de
cabras ni palomas, sino con tu propia sangre, pues tampoco la primera Alianza se inauguró sin sangre.

Apresúrate a unirte a tu hombre, porque la tierra que recibe frecuentes lluvias y produce buena vegetación para los que la cultivan participa de la bendición de Dios.
La que produce "espinas y abrojos" es desechada. Por eso, afánate por agradar. Y entrégalo todo. En una casa no hay sólo utensilios de oro y de plata, sino de madera y
barro; todos tienen su uso. Limpios de faltas, serán para uso noble, útiles para su Dueño.

M ira la lengua, que es un miembro pequeño y puede gloriarse de grandes cosas. M ira qué pequeño fuego abrasa un bosque tan grande. La lengua, encendida por la
gehenna, prende la rueda de la vida desde sus comienzos.

La que come, no desprecie a la que no come; y la que no come, tampoco juzgue a la que come, pues su señor así lo ha acogido. ¿Quién eres tú para juzgar lo ajeno?
Eso sólo interesa a su amo. Este da preferencia a la boca; aquél lo disfruta todo por igual. La que lo entrega todo, lo hace por su Señor; la que come, lo hace por su Señor
y da gracias: y la que no come, lo hace por su Señor, y da gracias.

Por tanto, amiga, entrega tu cuerpo por completo. Así nunca caerás, pues ofrecerás numerosas entradas en el Reino eterno a tu Señor…"

El decano intenta disimular una sonrisa. Lo consigue, pero sus compañeros ni siquiera hacen el esfuerzo y el gesto fluye con naturalidad, con miradas cómplices
entre los hombres. Todos son geniales en varios aspectos, queridos en sus campos como auténticos profetas. Y a todos les encantan los libros sagrados, de cualquier
religión: su descarada ambigüedad, las múltiples interpretaciones, la facilidad para defender una idea y la contraria encerrada entre las tapas en rústica negra con letras
que contienen la palabra verdadera de cada uno de los múltiples dioses que han muerto a lo largo de la Historia… Dimitri le dijo una vez que la palabra de un dios era un
libro de autoayuda para los que aspiraban a ser reyes. El ruso siempre ha demostrado saber bien de lo que habla.

"… sed sumisas, como la Iglesia es sumisa a Cristo. Obedeced, no por ser vistas, sino de buena gana. Amos, obrad de la misma manera con ellas, dejando las
amenazas. Si ponemos a los caballos frenos en la boca, dirigimos así todo su cuerpo. M irad también las naves: aunque sean grandes y vientos impetuosos las empujen,
son dirigidas por la caña del timón a donde la voluntad del piloto quiere. Así, queridas mías, obedeced siempre, no sólo cuando el amo estaba presente sino mucho más
cuando está ausente.

¿Eras esclava cuando fuiste llamada? No. ¿Quién eres tú para pedir cuentas a tu señor? ¿Acaso la pieza de barro dirá a quien la modeló: 'por qué me hiciste así'? ¿Es
que el alfarero no es dueño de hacer de una misma masa vasijas para usos nobles o para usos vulgares? Porque ninguna de vosotras vive para sí misma, pues del Señor
sois.

Os suplico por la mansedumbre y la benignidad. Es mejor ser maltratada con el pueblo de las elegidas a disfrutar el efímero goce del pecado, pues sois mujeres de fe.
Por la fe la esposa debe someterse a las autoridades constituidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios. Quien se opone a la autoridad, se rebela contra el
orden divino.

No hay temor en el amor; los maridos no son de temer cuando se obra el bien, sino cuando se obra el mal: no en vano existe la vara. Por tanto, es preciso someterse,
no sólo por temor al castigo, sino también en conciencia.

¿Cuánto castigo pensáis que merecerá la que pisoteó su deber, y tuvo como profana "la sangre de la Alianza" que la santificó? Necesitáis paciencia en el sufrimiento
para cumplir la voluntad y conseguir así lo prometido.

Escuchad la exhortación: "No menosprecies la corrección del Señor; ni te desanimes al ser reprendida por él". Pues quien ama, corrige. Si quedáis sin corrección, cosa
que todas reciben, señal de que sois bastardas", extrañas y no "compañeras".

Cierto que ninguna corrección es de momento agradable; pero produce fruto apacible. Por ello, sed sumisas no sólo a los dueños indulgentes, sino también a los
severos. Porque bella cosa es tolerar penas, por amor, cuando se sufre injustamente. ¿Pues qué gloria hay en soportar los golpes cuando habéis faltado? Erais "ovejas
descarriadas", pero ahora habéis vuelto al pastor."

***

Candy lleva una semana ensayando ante el espejo, diciendo "Sí, quiero" de todas las maneras posibles a una chica que siempre está de acuerdo. Pero a la hora de la
verdad, delante del altar de piedra, sus ensayos se muestran innecesarios. Sebastián acepta tomarla por esposa; su respuesta a la pregunta del sacerdote suena natural,
espontánea, como el que contesta algo obvio. Pero para Candy no hay pregunta. En su nuevo hogar, la respuesta de la novia se da por hecha.

Entonces el sacerdote le indica que se levante la falda. Sebastián se arrodilla ante ella y le baja las bragas hasta medio muslo. Una amiga trae la bandeja de plata
con los anillos y unas pequeñas tenazas. Sebastián las coge y toma con ellas el más pequeño, un sencillo aro de platino. El dedo masculino juguetea con su clítoris,
incitándolo a asomarse, mientras su hombre repite las palabras del sacerdote:

–Con este anillo yo te desposo y te hago mía para siempre.

Primero llega el calor, el fuego entre sus muslos cuando las tenazas se cierran con un chasquido y el platino traspasa la carne elástica de su clítoris. Las rodillas
empiezan a temblarle, pero la mano de su hombre se cuela entre sus muslos y la sostiene hasta que sus piernas recuperan la fuerza. Después llega el frío: sus sentidos se
recobran, vuelve a ser consciente de su vulva palpitante, y se da cuenta de que el metal que la atraviesa esta congelado.

El segundo anillo es más complejo. En realidad, son dos anillos unidos por la montura, cada uno de ellos más amplio y robusto que el que ahora adorna su
clítoris. Sebastián lo coge y vuelve a arrodillarse ante ella. Esta vez no hay palabras ceremoniales, sólo un grito de Candy cuando el metal la perfora. Es más grueso que
el anterior y las tenazas rechinan mientras atraviesa la parte más carnosa de sus labios vaginales colocando un sólido candado en la puerta de su templo.

Cuando Sebastián queda satisfecho con la fijación, gira la parte libre y separa las monturas unidas. Entrega la pieza recién liberada a Candy y el sacerdote indica
lo que debe repetir a la vez que coloca el anillo en la mano de su esposo:

–Con este anillo yo te desposo y te entrego la llave de mi cuerpo para siempre.

***

En el gran salón de banquetes del Templo, en la mesa del fondo, una Lisa pensativa da vueltas al anillo de su dedo. Sólo ella puede hacerlo porque, de las mujeres
presentes, es la única que luce la alianza de boda en la mano.

La Sociedad es un organismo vivo, que aprende y cambia sus costumbres y con una inagotable capacidad para aceptar las innovaciones. Cuando Lisa se casó aún
seguía la tradición de colocar una alianza en el dedo de la esposa. Poco después, a un nuevo socio se le ocurrió un modo más íntimo de anillar a su prometida y el resto
de hombres estuvieron de acuerdo en que aquella era una buena idea. Los anillos de las veteranas fueron modificados para adaptarse a su nueva ubicación y, desde
entonces, la tradición ha venido manteniéndose.

Ahora, Sebastián, conocedor como pocos de los labios femeninos, ha ideado un nuevo anillo para su boda. Uno doble. La mitad que luce el médico parece un
anillo normal, hecho a medida en metales nobles. Pero su corona es en realidad una llave que abre y cierra la mitad que ahora atraviesa los labios de su esposa.

La muchacha parece incómoda sentada sobre las dos piezas de orfebrería que adornan su zona femenina, pero acabará acostumbrándose. Todas acabarán
acostumbrándose. Entre las risas de la celebración y los ademanes coquetos, Lisa llega a percibir cierta inquietud en las posturas de sus amigas. Parece como si los
asientos les quemaran, como si cuatro decenas de coños sintieran por anticipado los fríos aros de metal que pronto iba a atravesarlos.

Pero Lisa no se preocupa. Su alianza de boda ha vuelto a su mano después de años adornando un clítoris que ahora tiene nuevo dueño. No habrá más anillos para
ella. Por eso está en la mesa del fondo.

En la principal, los novios brindan por primera vez con champan entre los aplausos de sus vecinos. Al lado de la novia se sientan Dimitri y Sonya. Al lado del
novio, François y el decano. En el resto de mesas, salvo en la del fondo, los invitados se sientan con sus esposas. Al fondo, Lizbeth, Ivanna y Jasmine se sientan solas.
Una no tiene esposo y los de las otras dos acompañan al novio en la mesa principal.

Jasmine es la mujer del decano. Egipcia, negra de piel y de culo, hace poco que entró en la segunda mitad de la treintena. Entre las chicas tiene fama de mojigata y,
con su marido en el otro extremo de la sala, Ivanna se distrae provocándola.

La rubia extiende la mano y pellizca el trasero de la camarera que les sirve el aperitivo. Guiña un ojo y la chica responde con una sonrisa tímida. Es asiática,
probablemente tailandesa; joven, pero bien desarrollada para una hembra de su raza. Como el resto de sus compañeras, ha sido traída desde una de las empresas de
capital humano que posee La Sociedad. Después del banquete estará a disposición de los invitados.

Jasmine niega con la cabeza con un reproche silencioso.

–Deja en paz a la muchacha.

–Es que me encanta–responde Ivanna con un suspiro–. Creo que convenceré a Fran para jugar con ésta más tarde.

–Comecoños.

–Chupapollas.

–Quien fue a hablar…

–Lo que tú digas. Ambas sabemos que sólo eres una auténtica chupapollas cuando te molesta más que se corran en tu pelo que tu cara. Y tú, chica, tienes un pelo
precioso.

–Señoras –tercia Lizbeth–, dejadlo ya. Las dos ganáis. Sois igual de zorras.

–Ojalá –Ivanna mira la verdura de su plato con tristeza–. Las zorras son cazadoras, no comen ensaladitas. ¿Por qué en las bodas nunca nos sirven carne?

–Porque luego vas a hartarte, cielo –contesta Lisa.

Ivanna responde a la puya sacándole la lengua. Jasmine sonríe con altanería ante el gesto de su compañera pero desvía la mirada, indignada, cuando la rusa le
guiña un ojo y su lengua húmeda empieza a bailar con lentitud lamiendo una vagina imaginaria.

El pique en la mesa del fondo se ve interrumpido cuando se abre la puerta y el plato principal hace su entrada entre las ovaciones de los invitados. Empujada
sobre un carrito por dos camareras, la enorme bandeja de plata cruza por entre las mesas hasta acabar delante de los novios.

Natsuki es japonesa, flexible. Era la novata hasta que llegó Candy y por ello, siguiendo la tradición, se la sirve convenientemente sazonada como principal en la
boda de su sucesora.

La han colocado bocarriba, con las rodillas dobladas sobre el pecho y las muñecas atadas a los tobillos con cuerda natural de cáñamo. Sostiene entre los labios un
fresón de gran tamaño, que suele estar reservado para que la novia lo coja sin usar las manos. Sobre su cuerpo calentado a fuego lento se ha dispuesto un menú
degustación de alta cocina. Lisa lee la composición en la carta: pezones de milhojas de salmón, lentejas salteadas con salsa de menta en el escote, un toque picante de
guindilla caramelizada asomando en el ombligo... La lista es larga y comprende una veintena de platos y guarniciones colocados sobre y alrededor del cuerpo humeante
de la muchacha.

Para los novios, el plato fuerte de la cena es coño relleno de carne de ostra cruda especiada al estilo japonés. Si se atreven con el sabor picante, una espita
insertada en el ano de la chica libera salsa wasabi; wasabi puro, auténtico, obtenido de granos verdes y brillantes de los montes de Okinawa, no esa salsa sintética que
venden en los supermercados.

Años atrás, cuando era Lisa la que estaba en la bandeja, también la rellenaron de salsa. En su caso fue salsa de boletus y, aunque no era picante, estaba caliente.
La espita también lo estaba, y aun recuerda el tubo roscado entrando en su cuerpo, un giro tras otro, hasta quedar afianzado con firmeza en su interior.

Su preparación, como la de todas las hembras que fueron cocinadas antes y todas las que lo serían después, empezó con semanas de antelación, con una dieta
diseñada para hacerla más jugosa. A algunas de sus amigas, las mejor dotadas, les estimulaban los pezones hasta inducir la lactancia para que sus ubres repletas saciaran
con su néctar la sed de los novios; pero a Lisa no le aplicaron este tratamiento. Luego llegaba el día de la boda y el plato principal era depilado y exfoliado a conciencia.
Se las limpiaba por dentro y por fuera, en cada orificio, con productos que aseguraban que al final del proceso sólo quedaba carne de hembra libre de impurezas. La
limpieza extrema escocía, pero los ingredientes no pueden quejarse.

Después las ponían a fuego lento, atadas al asador que giraba sobre las brasas, sudando los jugos que la dieta les había dado mientras los cocineros vertían sobre
ellas las salsas y condimentos adecuados al plato elegido hasta que la carne cogía sabor. Pero los orificios se rellenaban con hielo que se sustituía con frecuencia para
mantener su frescura.

Una vez bien asadas, iban a la bandeja. Cuando se cocina una esposa, la primera decisión, que condiciona el tipo de plato que se preparará, es colocarla boca–
arriba o boca–abajo. Por lo general, a las más delgadas se las coloca boca–arriba: al ser menos curvilíneas la superficie es más regular y se presta a la exposición de una
gran variedad de entrantes. Las más exuberantes suelen acabar con la cabeza abajo, el suculento culo en alto expuesto para los mordiscos y las tetas bien aplastadas
desparramándose sobre la bandeja. Las salsas y las bebidas fluyen sin parar por su espalda, desde las nalgas hasta el cuello, como un tobogán de sabor del que los
novios beben directamente. Y aunque Lisa era delgada, cuando le llegó el momento decidieron que su culo merecía estar en pompa. Y le pusieron una manzana en la
boca, como a todas las que acababan en la misma posición. No pegaba con el resto del plato, pero a los miembros de La Sociedad les gusta demostrar su sentido del
humor.

***

Sonya también había estado en la bandeja. También sostuvo la manzana en la boca. Su culo, marcado por la vara como la parrilla marca un buen asado, fue ofrecido
en pompa a un novio que lo mordía disfrutando de su carne bañada en salsa picante. Y antes de eso había sido la novia nerviosa, aunque en su boda no hubo plato
especial, por falta de una predecesora que servir en bandeja.

Recuerda el hambre del día de su boda. M uchas novias sienten un vacío en el estomago pero, en La Sociedad, existe además la costumbre de que la futura esposa
ayune durante veinticuatro horas. Los dos días anteriores sólo toma alimento líquido. Le dijeron, y por aquel entonces lo creyó, que era una dieta depurativa, que estaría
más ligera y le quedaría mejor su vestido. Pero lo cierto es que una muchacha vacía es más fácil de llenar, y una boquita que salivea por el hambre lo traga todo con
eficacia.

Candy se debate entre el apetito y la timidez que suelen mostrar las jóvenes a la hora de pasar la lengua sobre el cuerpo desnudo y suculento de una desconocida.
Sebastián ya ha probado el salmón sobre los pezones y todas las salsas y platos, y ha mordido la piel que hay debajo, recreándose en el sabor de la carne femenina. Las
marcas de sus dientes adornan los muslos de chica. Hurgando entre las piernas de la japonesa, saca una de las gelatinosas ostras que rellenan su vagina. El hombre la
impregna con el jugo de los labios antes de llevárselo a la boca con deleite. Se chupa los dedos mientras emite el veredicto:

–Deliciosas. El marisco fresco es mi debilidad. ¿No serán gallegas, por casualidad?

–Exacto –confirma Dimitri–. De las Rías Altas. Ostras salvajes de roca, no de las criadas en batea. Aunque preparadas al estilo oriental.

–Lo he notado –dice Sebastián mientras desliza un dedo sobre los labios de la japonesa y lo saborea–. Sí, lo he notado. ¿Quieres probar, chica?

Sonya se inclina sobre la novia y le señala los pezones de la asiática.

–Empieza por el salmón, cielo. Te aseguro que nunca has probado un pescado tan sabroso.

Ante la expectación de su esposo y de Sonya, Candy come de un bocado el milhojas de salmón sobre el pecho de Katsumi y acaba saboreando la textura suave y
crujiente mientras los jugos bajan por su garganta y su estómago le pide más alimento. Poco a poco se anima y va recorriendo el vientre de la chica, plato a plato. Cata el
puré picante que se amontona bajo las nalgas marcadas y bebe champagne. Las burbujas le hacen cosquillas en la garganta y acaba sorbiendo ostras con wasabi de los
dedos de su esposo. El alcohol sube rápido en una cabecita poco acostumbrada y en un estómago vacío. Al final, entre los aplausos de los invitados, muerde el fresón
que la japonesa sostenía en la boca y acaba comiéndolo directamente sobre los labios de la muchacha.

Los invitados la vitorean. Se oyen gritos pidiendo besos y Sebastián atrae a su joven esposa apretándola contra su cuerpo y saborea la fruta en sus labios. Y
Candy sonríe con timidez y se aprieta contra el cuerpo del macho haciéndole sentir el calor de sus pechos, se agarra al cuello de su nuevo dueño y le devuelve el beso
mientras los invitados aplauden y el champan sigue fluyendo.

La fiesta continúa y una Candy sonriente, agarrada al brazo de su esposo, flota en una nube ajena al paso del tiempo. Sentada al lado de la novia, madrina más
por posición que por cercanía, Sonya siente como la enorme mano de Dimitri se posa sobre su muslo y aprieta con suavidad. La noruega toma a la novia de la mano y la
invita a levantarse entre risas y, agarrando a su amiga de la cintura, la conduce hacia la parte trasera, a la pequeña puerta que da acceso a la alcoba nupcial. A espaldas de
las dos mujeres la celebración continúa ajena al hecho de que la novia ha abandonado la sala.
El ruido de la fiesta parece lejano a través de la puerta cerrada. Sonya se detiene en el centro de la habitación circular, delante de la cama de matrimonio. Sonríe
con tristeza y acaricia la mejilla de la muchacha.

–M i chica... mi pobrecita chica.

–¿Qué hacemos aquí? –pregunta Candy. Los ojos de la muchacha van de la cama a Sonya y de Sonya a la cama–. ¿No volvemos a la fiesta?

–Quizá más tarde, para la última copa. Ahora debes prepararte para cumplir con tus deberes de esposa.

Sonya termina de quitar el velo que la muchacha ya llevaba recogido. Con un suave movimiento el vestido brillante se desliza por el cuerpo de la joven y acaba
arremolinándose en torno a sus tobillos. El novio se ocupará de las bragas y las medias. Y los tacones son un privilegio femenino. Contempla el cuerpo que pronto será
entregado al macho. La chica es preciosa. Pese a la lencería y las joyas, pese a la trenza azabache y los labios apetecibles, son los pechos bamboleándose al compás de la
respiración los que atrapan la mirada. Sonya extiende la mano y agarra uno. Lo encuentra firme y lleno, deliciosamente cálido.

–M i chica, mi joven hermanita que está a punto de convertirse en mujer. Escúchame. Escucha a esta vieja que sabe de lo que habla: cuando llegue el momento,
respira hondo y aguanta. Pasará rápido, aunque no lo parezca. A mí se me hizo eterno, pero créeme: al final, pasa. Tú relájate, déjate llevar, que la polla haga su trabajo.
Perder la virginidad es doloroso, pero sólo se pierde una vez. Las siguientes son más llevaderas.

–Pero yo no soy virgen –susurra Candy.

–Todas creemos lo mismo, mi chica. Todas lo creemos.

***

En el salón, las camareras que no están siendo manoseadas terminan de recoger las mesas. La etiqueta se relaja: los invitados se levantan y empiezan a formar
corrillos. Algunos se acercan al novio para felicitarlo. Sebastián recorre la estancia estrechando manos y escuchando consejos. "Abre camino con fuerza, que ésta lo va a
poner difícil", le dicen. "Disfrútala la primera vez, camarada, que nunca volverá a ser lo mismo". El champagne sigue corriendo y los brindis se multiplican a su paso.

Lisa se escabulló en cuanto los hombres empezaron a levantarse. Su difunto esposo era ateo, pero adoraba al dios Baco y en su nombre veneraba el buen
champagne y el mejor vino y todos los frutos nobles de la vid. En fiestas bebe demasiado. El alcohol no se le sube a la cabeza, pero en cuanto el protocolo lo permite
tiene que escapar, apretando los muslos, directa al baño más próximo.

Las muchachas del aseo son jóvenes y negras, de bocas grandes, labios gruesos y las mandíbulas marcadas y prominentes tan propias de las africanas puras.
Están de rodillas, alineadas hombro con hombro ante la pared de azulejos. A su espalda, una barra horizontal les traba los codos y las fuerza a mantener la posición y
sacar pecho.

Lisa se dirige hacia la última, se levanta la falda y baja las bragas.

–Abre –ordena.

La negrita mira hacia arriba y abre la boca todo lo que puede para que Lisa pueda inclinarse y coloca su entrepierna desnuda sobre los gruesos labios. El líquido
caliente baja directo al estómago de la muchacha mientras Lisa suspira con alivio. La negrita ha sido bien entrenada y, cuando su usuaria termina, la lengua se mueve con
precisión limpiando la vulva. Lisa se relaja y cierra los ojos disfrutando del trabajo de la chica.

–Parece que te estás divirtiendo.

La voz la sobresalta. Pega un respingo y su coño húmedo resbala sobre la boca de la muchacha. Lanza un quejido ahogado cuando los dientes arañan su intimidad.
Un Sebastián sonriente la mira divertido desde la puerta, le guiña un ojo y se acerca a una negrita delgada, todo ojos y boca.

El aparato de su dueño sale relajado pero consistente, pesado. La muchacha se abre y pronto la carne la llena hasta el paladar. Lisa recompone su vestido y va
hacia él con su mejor andar felino. Le ayuda a sostener la verga y el hombre, con las manos libres, las enlaza tras la cabeza y gruñe satisfecho mientras se relaja con el
alivio de la descarga.

–¿Demasiado champagne, doctor?

–M ás bien demasiado marisco. Y un marisco muy jugoso, la verdad. Deberías probarlo.

–Dudo que haya sobrado algo –protesta Lisa.

–Admito que me he emocionado. Siempre me pasa con la comida exótica. Cuando un plato nuevo me sorprende empiezo a comer como si no hubiera un mañana.
Casi devoro de verdad a la pobre muchacha.

–Bueno –susurra Lisa–, no serías el primero.

Sebastián la mira, inquisitivo. Arrodillada ante él, la negrita termina de recibir la primera micción de la noche. Sus labios y su lengua masajean la verga, que sigue
alojada en su interior a la espera de que el usuario decida retirarla. Lisa la acaricia con los dedos y se inclina sobre el oído de su dueño.
–Veras, querido. A veces los hombres os emocionáis y… digamos que besáis con demasiado ímpetu. Pero esos accidentes le pueden ocurrir a cualquiera,
¿verdad?

–M uy cierto.

–M ás de una y más de dos tienen las tetas adornadas con marcas de dientes. Y se dice que al menos uno de nuestros queridos vecinos probó el sabor de la carne
de hembra con cuchillo y tenedor. Se dice que una de las chicas le preparó a su esposo un plato especial en su décimo aniversario. Dos minúsculos filetitos cortados,
cocinados y servidos por ella misma. Es un rumor, por supuesto. De hecho, he escuchado varias versiones que no se parecen demasiado. Pero te aseguro que más de una
y más de dos tienen un par de labios menos de los que tenían cuando llegaron aquí.

***

–Ponte aquí, cielo, delante de la cama… Arrodíllate… No, no. Junta los pies… y abre un poco las piernas, que se note que eres una mujer… No te encorves, la
espalda recta, siempre recta… así, elegante… los hombros para atrás, deja que aprecie esas bonitas tetas, chica.

La señora había seguido corrigiendo todos los detalles hasta que su postura quedó perfecta. Le indicó que debía dejar los brazos pegados al cuerpo y las manos
relajadas, descansando sobre los muslos. Así resalta el pecho y el cuello parece más suave. Las palmas abiertas, hacia arriba: ofreciéndose. Antes de marcharse le había
agarrado la barbilla invitándola a levantar la mirada.

–No bajes la cara chica. Que vea que eres preciosa.

Candy espera. ¿Cuánto tiempo ha pasado? Empiezan a dolerle las rodillas.

Su esposo, su hombre, entra sonriente envuelto en una ovación de los invitados. Avanza hacia ella y el sonido de una cremallera bajando despacio lo llena todo.
Candy contiene la respiración cuando planta la verga ante su cara. La ha tenido entre sus piernas muchas veces, pero sólo una la ha saboreado.

En aquella ocasión, la estaca se presentó ante ella dura y palpitante, pringosa por la sangre y por los restos de su himen recién desgarrado. Se había comportado
como una chica, negándose a abrir la boca, y un Sebastián a punto de explotar se la abrió a base de bofetadas justo a tiempo para descargarse en su garganta.

Ahora su esposo le ofrece un miembro limpio, relajado pero consistente. Es más grande que cualquiera de los falos de plástico con los que lleva semanas
ensayando. Es auténtico. Nota su calor en la punta de la nariz cuando la cabeza acaricia sus labios y su boca se abre, obediente.

No hay palabras. Su hombre entra en ella en silencio, despacio, llenándola centímetro a centímetro de carne masculina. Lo siente hincharse en su interior, cada vez
más duro, húmedo de su propia saliva. Crece y avanza. Su mandíbula se abre para acogerlo. Intenta sellar los labios sobre él para darle placer, pero le cuesta. Intenta
juguetear con la lengua porque sabe que debe hacerlo, pero la siente aplastada bajo el peso del macho. La punta endurecida de la lanza acaricia su paladar y su campanilla
y se interna en su garganta. Su nariz se aplasta contra el vientre de Sebastián, que agarra su nuca y la empuja contra el pubis masculino.

Intenta respirar y se llena del aroma de la virilidad. La saliva fluye por la comisura de los labios conforme su boca se llena más y más a medida que la verga crece
en su interior. Su hombre está duro, firme. Le agarra la cabeza y aprieta. Quiere adentrarse en profundidad en el cuerpo de su esposa.

Candy quiere toser, pero no puede. Sebastián se mantiene dentro de ella, un segundo tras otro, disfrutando la humedad de su lengua y el abrazo de sus labios en
la base de la verga. Nota el pulso tranquilo de su marido retumbando en su boca y su propio corazón acelerándose cada vez más conforme empieza a sentir la falta de
aire.

Y entonces, la mano que aprisiona su cabeza tira hacia atrás y el miembro empieza a salir, emergiendo interminable entre sus labios, firme y lustroso, chorreante
de saliva.

La punta se para besando sus labios y Candy tose porque le pica la garganta. M ira hacia arriba, a su hombre complacido y sonriente. Él acaricia su pelo y aprieta
con suavidad y ella vuelve a besar la punta y la verga endurecida de su macho se interna de nuevo entre sus labios.

***

La camarera sonríe, pero tiene los ojos húmedos. Su cuerpo es menudo y, a su lado, la polla de François parece un brazo, con su puño apretado golpeando un
pequeño orificio que ya debería estar acostumbrado a las incursiones de sus dueños. Ivanna posa los labios sobre la boquita asiática y François empuja con fuerza
ensartando de golpe las nalgas. Su mujer saborea el grito de la muchacha y su lengua se interna entre los labios abiertos buscando una compañera de juegos mientras su
cuerpo desnudo se calienta sobre la piel juvenil.

Unos metros más allá, el viejo decano disfruta contemplando cómo se bambolea el trasero de la rusa. Está echado sobre un butacón. Su negrísima mujer, sentada
sobre su regazo, aprisiona su miembro entre unas nalgas robustas que restriega al son de su sangre africana. Delante de ella, de rodillas, Lizbeth hunde la cara entre los
muslos oscuros y juguetea con su lengua en la raja sonrosada al compás de los contoneos de la gacela.

La gran bandeja de plata se ha colocado en el centro del salón y algunos miembros y algunas de las mujeres apuran los restos del plato principal.

Delante de la mesa presidencial, sobre un pequeño altar improvisado con el tocón de un antiguo roble, se alza una enorme copa de cristal. Detrás de la mesa,
sentado en el lugar de honor que poco antes ocupaba el novio, Dimitri contempla a sus camaradas, a sus bellas esposas de todas las razas, a las camareras desnudas y a
algunas negras de los baños que los muchachos han decidido soltar para unirlas a la fiesta.
Colocada de pie detrás del ruso, Sonya masajea los anchos hombros y ofrece su pecho mullido como respaldo para que su esposo apoye la cabeza. Una camarera
sentada sobre el muslo de Dimitri desliza sus manitas temblorosas por la enorme verga. El ruso se deja llevar por el placer de cuatro manos femeninas agasajando su
viejo cuerpo y enciende un habano. Tras las volutas de humo contempla el mundo que ha creado y sonríe. La genialidad y la belleza están reunidas en su salón. Ante sus
ojos, los hombres más inteligentes satisfacen sus instintos primarios en los cuerpos voluptuosos de hembras selectas. "Y vio que era bueno", piensa, y una carcajada
acude a sus labios ante la blasfema ocurrencia.

Aquí y allá, hermosos traseros en pompa y muslos abiertos en su máxima extensión aceptan que su misión en este mundo es dar placer. Una joven princesa
hindú y una negra de aseo se revuelcan comiéndose el coño mientras un escritor brasileño vierte vino sobre sus cuerpos entrelazados. Tres hombres de tres razas
distintas juegan a pares y nones con los puños enterrados en los orificios practicables de una americana pelirroja y, a dos metros, el joven François perfora el culito de
una camarera asiática mientras su esposa apoya la mejilla sobre las nalgas de la chica aguardando pare recibir el premio.

Y lo recibe. François descorcha a la camarera dejando un enorme pozo negro donde antes estaba el pequeño ano. Su verga palpitante encuentra los labios de
Ivanna y se deja ir en la boca de su esposa. Ella espera, con los labios apretados contra la carne que se convulsiona descargándose en su interior, y sigue esperando hasta
que las últimas gotas fluyen sin fuerza uniéndose al espeso néctar que atesora entre sus mejillas. Luego se levanta y va dando saltitos con los labios fruncidos hasta la
copa situada ante la mesa principal, donde libera la descarga mezclada con su propia saliva.

Dimitri espera a que haya depositado todo el contenido. Entonces la llama a su lado, aparta las manos de la asiática y se señala la verga.

–Coge también mi ofrenda, chica.

Así que Ivanna se humedece los labios, se arrodilla y empieza a tragar como puede el enorme tronco mientras, a su espalda, los labios sellados de Lizbeth y
Fátima acuden a depositar la parte del decano y llega, desde el otro lado de la pared, el grito desgarrado de una novia que ha dejado de ser virgen.

Los miembros de La Sociedad acompañan el grito con una ovación y Dimitri sonríe, satisfecho con el mundo que ha creado.

***

Candy había estado a punto de vomitar. El aire menguaba conforme crecía su hombre. A medida que aumentaba la dureza, ella debía volverse más flexible. Las ganas
de toser con aquella masa sólida ocupando su garganta le daban arcadas. Pero había mantenido el control y, cuando Sebastián se retiró, la verga salió dura y brillante,
dispuesta para la acción. Y era ella quien lo había logrado.

Después él la puso en pie y jugueteó con sus pechos empapados en la saliva que había ido derramándose con el bombeo constante de la follada bucal. Había
mordisqueado sus pezones y acariciado su clítoris mientras la giraba y empujaba con suavidad hasta dejarla de rodillas sobre el borde de la cama.

Ahora está arrodillada, con la cara pegada a las sabanas, ofreciendo su trasero. Arquea la espalda todo lo que puede. Flexiona la pelvis. Intenta que su coño quede
bien visible, que se levante y sobresalga entre sus nalgas abiertas. Quiere ofrecer una bonita estampa. Quiere lucir hermosa para él.

Su culo siempre la había acomplejado. Le parecía plano. Se miraba de perfil en el espejo y veía lo mucho que sobresalía por delante y lo poco por detrás y se
sentía incompleta.

Su tutora sabía hacer que los hombres se volvieran para mirarla, con su minifalda corta y suelta brincando al son que marcaban sus tacones. Todas sus amigas
eran latinas. Latinas puras, en el sentido sensual de la palabra: cinturas estrechas donde la mirada que bajaba por ellas debía frenarse y derrapar como en un circuito de
carreras. Algunas jugaban a voltear, a golpe de pelvis, vasos apoyados en las nalgas. Cuando se sentaba con ellas, Candy deslizaba el culo hacia atrás y el cuerpo hacia
adelante y arqueaba la espalda para ser una más del grupo.

Pero desde que llegó a La Sociedad había mejorado. Llevaban semanas alimentándola con pescado azul y aceite de oliva virgen y le habían puesto un plan de
ejercicios, dos sesiones al día, para fortalecer y ganar volumen. La última vez ante el espejo la curva era suave, pero se marcaba con firmeza y ella se veía equilibrada.

Siente la mirada complacida de su hombre y la verga dura por el espectáculo que le ofrece. Arquea más la espalda para levantarlo. Él coloca las manos en su
cintura y las desliza hacia sus glúteos. Los soba con fuerza, apretándolos, comprobando su firmeza. Agarra y separa. Escupe. Candy siente la saliva caliente resbalando
por el surco y el dedo de su hombre empujándola hacia su entrada trasera.

Juguetea con su ano, presionando la lubricación hacia el interior. Vuelve a escupir y a empujar; dos, tres veces, hasta que Candy siente la humedad dentro y el
dedo colándose despacio, a presión, una falange tras otra. Lo tiene dentro y empieza a girar empapando su gruta con la saliva de su dueño.

–Eso bastará –dice Sebastián retirando el dedo. La mano vuelve a agarrar con fuerza el glúteo y lo separa. Candy está abierta, expuesta. Fuera anochece y siente el
frescor del aire en su ano humedecido y el calor de la verga que se apoya sobre él y empuja.

Sebastián libera sus nalgas, que vuelven obedientes a su sitio arropando a su nuevo inquilino. Sigue apretando, con firmeza, sin brusquedad, apuntalando la
entrada hasta que ceda a la presión. Acaricia su espalda, su pelo.

–Relájate, chica –le dice–. Ábrete para mí.

Candy lo intenta. Quiere abrirse pero su cuerpo se niega, aunque sabe que su cuerpo pertenece a Sebastián.

–No puedo –solloza–. Es muy grande.

Se echa sobre ella y la besa en el cuello. Una mano baja otra vez sobre sus nalgas y aprieta. Nota el aliento cálido de su hombre susurrándole al oído.
–Tranquila, bonita. M i chica y bonita Candy. Sólo déjate llevar. Sé mía. Eres mi esposa. M I ESPOSA. Y eso significa que puede entrar. Que tiene que entrar. No
hay alternativa.

La presión aumenta. La verga palpita contra las arrugadas puertas de su entrada. Ella quiere abrirle paso, pero su esfínter se aprieta por instinto. La mano de
Sebastián se levanta y cae con fuerza. El sonido es seco. Retumba en sus oídos mientras una oleada de calor pulsante se irradia desde su nalga. La mano sigue ahí unos
segundos y se retira con lentitud, pesada, dejando una huella blanca. Candy no la ve, pero siente como va coloreándose: la marca sonrosada de los dedos de su hombre
sobre su piel.

–Relájate –le dice, y la mano vuelve a caer con fuerza. No hay enfado en la voz, sólo una invitación. Son palabras de ánimo que pronuncia con dulzura al tiempo
que la mano desciende de nuevo.

Su ano vibra con el impacto. Se reblandece. Cede. El círculo se ensancha un poco y la punta penetra. La mano vuelve a caer. Sus nalgas bailan al compás. Entra
más. Cae de nuevo. Su hombre empuja y la cabeza se desliza en el interior de su culo. Siente como la resistencia se viene abajo y su ano se dilata de pronto. Un
relámpago de electricidad recorre su espalda, desde las nalgas a la nuca. Sus uñas se aferran a las sábanas y las retuercen. Inspira con profundidad y entonces, antes de
que tenga tiempo de asimilar la situación, su hombre se afianza sobre su cintura, carga todo su peso y empuja.

Entra de golpe, abriéndola más allá de lo que creía posible. Siente que se parte en dos, que un hierro candente perfora sus entrañas. Nota los ojos húmedos y la
boca abierta y oye el alarido antes de darse cuenta de que sale de su garganta.

Una ovación desde más allá de las paredes acompaña sus gritos. Los hombres y sus mujeres, las personas entre las que ahora vive, la están felicitando a ella y a
su esposo por haber consumado su unión. Su lamento se transforma en un jadeo entrecortado a coro con ochenta voces que lo vitorean. Él sigue empujando,
deslizándose despacio, explorando milímetro a milímetro el escaso tramo de su cueva que no ha logrado conquistar al asalto. La pelvis masculina se aplasta contra sus
nalgas y se detiene, afianzándose dentro de ella, disfrutando la estrechura y calidez del último reducto que mantenía virgen.

Candy suspira cuando el movimiento cesa, y siente las lagrimas deslizarse por su mejilla. Su ano abierto palpita alrededor de la verga de su hombre, intentando
sin esperanzas volver a la tranquila posición en la que se encontraba instantes atrás.

–Ya entró, chica. Ya entró. Sabía que podías hacerlo.

Sebastián habla con suavidad. Le acaricia el pelo. La felicita por su resistencia, por lo estrecho y cálido de su interior. Le susurra al oído que el dolor que siente es
el precio del placer que le proporciona.

Su hombre empieza a retirarse despacio mientras su gruta recupera la posición entre espasmo y protestas. Siente el vacío cuando él sale, un frío que le eriza la
piel y la hace tiritar. Sebastián la cubre. La besa en el hombro antes de volver a apoyar la verga sobre su entrada y empujar.

El segundo asalto es lento pero constante. Se abre camino a través de su cuerpo como un rompehielos, sin prisa por llegar a su destino. Candy tiene la boca
abierta, muy abierta, pero esta vez no se escucha gritar, sólo el sonido apagado de una exhalación al ritmo de la acometida de su macho. M ás allá de la pared la ovación
se ha extinguido y los hombres han vuelto a disfrutar de sus mujeres igual que el suyo saborea lo más profundo de su interior.

Sale y vuelve a entrar. Empuja. Empuja con fuerza. Le hace apreciar toda su extensión, hasta la base. No tiene tiempo para sentirse vacía. Recorre su interior por
completo, dentro y fuera, una y otra vez. Aplica sobre sus nalgas un martilleo persistente, pausado, al ritmo de una percusión primitiva que viene sonando desde que el
mundo es mundo, desde que el primer Adán puso a cuatro patas a su Eva.

Poco a poco su ano se somete y deja de luchar contra el grosor que lo dilata. Ella apoya la frente sobre las sabanas. Intenta relajarse para recibir los envites de su
hombre acompañado el tamborileo sobre sus nalgas con quejidos ahogados. Los minutos se pierden en el bombear constante que perfora su retaguardia como el tic–tac
de un reloj suizo. Su cuerpo se deja llevar, adaptándose al grosor, al tiempo que el dolor disminuye sin llegar nunca a desaparecer.

Sabe lo que va a ocurrir antes de que ocurra. Lo siente dentro, en su ano abierto, tan sensible por el ir y venir, por ese roce constante al que aun no está
acostumbrada. La estaca que la empalaba con firmeza empieza a temblar. Palpita. Tres, cuatro veces, siente como la vibración entra y sale de su cuerpo antes de que su
hombre se eche sobre ella para hundirse en sus entrañas. Los latidos de su corazón se mezclan con el pulso propio de su ano, que late al compás del miembro que lo
ocupa, mientras las descargas se suceden inundando su último reducto con la caliente y espesa semilla de su macho.

***

Al otro lado de la pared, en el salón de banquetes, una Lisa a cuatro patas ofrece sus mejores orificios al disfrute de dos miembros. Es un pollo en su asador,
encajada entre ambos, ensartada por los dos extremos de su aparato digestivo. Dimitri y François conversan entre jadeos ahogados cual veteranos leñadores que charlan
de sus asuntos mientras manejan sin pensar la sierra a dos manos, adelante y atrás, una y otra vez, con la perfecta sincronía de los que se sienten cómodos trabajando en
equipo.

François ha separado sus glúteos y embiste con energía contra su retaguardia expuesta. En el otro extremo, la zarpa de su suegro agarra la delicada cabecita y
aprieta.

– Bien, Lizbeth. Sólo un poco más. Ya casi está.

La saliva chorrea entre los labios de Lisa mientras intenta encontrar acomodo a los pocos centímetros que le faltan por engullir. Con cada acometida, su cara se
acerca un poco más al vientre del anciano.
–¿Cómo podrá tragar tanto una muchacha tan delgada? –se pregunta Dimitri.

En el otro extremo, François descarga un fuerte azote sobre las nalgas abiertas.

–El misterio femenino, viejo –comenta–. Siempre les entra. Da igual el tamaño que sean. Se adaptan a todo. Piensa en esos coñitos apretados. La metes y cuesta
trabajo.

–Cierto.

–Se bueno, viejo: no parece que la muchacha lo haya hecho tan mal. Todas berrean como locas la primera vez que les abren el culo. Aunque luego se acostumbran.
Supongo que perder la virginidad anal es como parir.

–O como nacer. Piénsalo, muchacho: un agujero que se abre más allá de lo que la mujer cree posible, azotes en el trasero, gritos y lágrimas y una inocente criatura
llorando porque la han empujado a la realidad del mundo.

"Y Sebastián, además, es ginecólogo", piensa Lisa, pero no lo dice porque su boca está ocupada. En su retaguardia, François se aplasta contra ella y siente los
espasmos del hombre, el calor que inunda sus entrañas en disparos cortos y espesos. Va perdiendo dureza en su interior. Cuando finalmente la descorcha, Lisa se
apresura a taponar con la mano su ano abierto para evitar que el líquido escape por un esfínter que ha perdido temporalmente su capacidad para cerrarse.

–… Y ya sea pariendo o enculando, el agujero queda dilatado y rezuma líquido. –concluye François mientras acaricia las nalgas de Lisa. El joven levanta la
mirada del hermoso trasero y sonríe a su suegro, pero Dimitri está concentrado en los labios de la polaca. La follada bucal se acelera a medida que el enorme cuerpo
empieza a temblar. Las manazas agarran con firmeza la cabeza.

– Así. Así, Lizbeth. Sácalo todo. Hasta la última gota –jadea el gigante cuando se derrama en su boca. Ella retiene el líquido y sella los labios sobre la punta de la
verga mientras su lengua la estimula haciendo fluir los últimos goterones espesos aprisionados en el tronco. El hombre se retira cuando empieza a perder consistencia y
la boca se cierra a su paso como un piñoncito rojo brillante relleno de leche.

La copa de cristal continua sobre el altar en el centro de la sala, con su contenido espeso y caliente como virutas de humo bailando a cámara lenta entre la niebla.
Lisa se acerca, andando con dificultad por la mano que mantiene entre las nalgas, apretada contra su esfínter. Inclinándose sobre la copa, contempla la superficie
entremezclada y cambiante de blancos y grises, brillantes bajo la luz ambiental que impregna la sala. Como un espejo manchado de leche, refleja su rostro de mejillas
infladas y labios apretados. Abre la boca, y la última ofrenda de Dimitri fluye entre sus labios rompiendo la imagen. Cae despacio, espesa y grumosa, y cuando termina,
Lisa se humedece con su propia saliva y repasa con la lengua los contornos de sus mejillas antes de escupir los restos. Y escupe una vez más: una ofrenda de su propia
cosecha para su nueva señora. Entonces coloca su trasero sobre la copa y empieza a depositar la ofrenda de François justo a tiempo de ver como se abre la puerta de la
cámara nupcial.

***

Sebastián la lleva cargada sobre el hombro cuando salen, y lo primero que ven sus vecinos es su culo en pompa recién abierto taponado por el pañuelo blanco que su
esposo sostiene entre sus nalgas. Para Candy, el mundo está boca–abajo. El suelo pasa sobre su cabeza cuando se dirigen al centro del gran salón, donde una Lizbeth del
revés está inclinada sobre una copa rellena de líquido blanco.

Pese a lo escaso de su experiencia, no necesita que le digan que es leche de hombre. Ya la ha probado. Cuando llegó a su nuevo hogar, su entonces futuro esposo
le dio el néctar mezclado con la sangre fresca de su virginidad desgarrada. Desde entonces, Lizbeth le había ofrecido con frecuencia leche condensada tibia: la dejaba caer
en largos hilos sobre su boca abierta, o disparaba gruesos goterones directamente al fondo de su garganta, para que se fuera acostumbrando al color y la textura.

Sebastián la inclina sobre la copa y quita el pañuelo que tapona sus nalgas. Su ano se ve al fin libre de la presión, con el aire fresco de la noche colándose entre sus
pliegues dilatados. Se relaja y libera la carga de su macho, que cae a borbotones en la copa uniéndose a sus compañeros.

La deja en el suelo. Sus amigas la rodean. Comienzan a abrazarla y los hombres hacen lo mismo con su esposo. Él contempla el pañuelo que instantes antes
apretaba contra sus nalgas y sonríe al detectar un leve rastro rosado. Lo levanta, como la bandera de la victoria, y los hombres lo felicitan mientras ella camina con
dificultad por la sala recibiendo los abrazos de sus mujeres.

La llevan al centro y todos la rodean. Ponen la copa en sus manos. Es pesada, cálida al tacto a través del fino cristal, con su contenido ondulante, vivo, tiritando
al son de los latidos del corazón de Candy.

– ¡BEBE, BEBE, BEBE!

Todos la jalean. Sebastián está a su lado. Coloca la mano en la base de la copa, invitándola a llevársela a los labios. Su hombre empuja y la copa parece más ligera.
Sube. Candy separa los labios con timidez para recibirla.

– Vamos, chica. Tú puedes –le susurra.

Coloca el filo sobre sus labios y el líquido comienza a entrar en su boca. La ofrenda de todos los hombres ha creado un ente sin forma, una cascada infinita de
leche espesa que fluye despacio impregnando su lengua, y baja por su paladar ahogando sus sentidos con el sabor dulzón y acre de la masculinidad.

Su estomago se va llenando y nota el cuello cada vez más rígido por el esfuerzo constante de engullir. Siente arcadas cada vez que una nueva oleada entra de golpe
dejando a su paso un hilillo viscoso enrollado en torno a su campanilla. Traga y traga, pero no se acaba nunca.
– ¡BEBE, BEBE, BEBE!

A su alrededor, todos continúan animándola. Y Sebastián sigue inclinando la copa sobre sus labios.

Siente la súbita falta de aire, el picor en la garganta que anuncia una tos inminente. Empieza a bajar la copa, pero Él vuelve a alzarla antes de que el flujo se corte y
el impulso de toser queda ahogado por una nueva oleada de grumoso espesor.

Una lágrima se desliza por su mejilla cuando los últimos restos atraviesan su garganta y las ganas de vomitar vuelven con todas sus fuerzas. Sus nuevas amigas la
felicitan. Se deja llevar entre ellas sintiendo como el líquido que la rellena se agita a cada movimiento. Pasa de unos brazos a otros y al final acaba en los de Sebastián,
que la lleva en volandas de vuelta a la alcoba nupcial. A su espalda, los invitados empiezan a volver a casa con sus esposas, y un puñado de camareras desnudas
comienza a recoger los restos de la fiesta.

La puerta se cierra. Retorna por fin el silencio. Recostada contra el pecho de su hombre se deja llevar y él la deposita sobre una cama que vuelve a estar limpia y
recién hecha.

Sebastián se desnuda y se tumba a su lado. La atrae hacia sí. La besa en la frente mientras su mano libre amasa una de sus tetas con delicadeza. Pega su cuerpo al
de ella. Sobre la suave piel de sus muslos juveniles siente la dureza masculina que vuelve a ganar consistencia. Él agarra la mano de Candy y la baja hasta su miembro. La
mira a los ojos.

–Chúpamela –le dice.

Y ella se desliza sobre el cuerpo de su marido y recuesta la cabeza sobre el duro estómago. La verga se levanta, desafiante, mirándola con su único ojo ciego y
lloroso implorando por una boca que alivie su rigidez. En el estómago de Candy, las decenas de vocecitas de las ofrendas de todos los hombres se quejan por la falta de
espacio, pero ella traga saliva y envuelve con sus labios la carne de su esposo mientras él le acaricia el pelo y se va quedando dormido en su boca.

***

Se queda dormida recostada sobre el estómago de su esposo, con el miembro relajado acariciando su mejilla y un hilillo de semen cayendo por la comisura de sus
labios.

Está agotada, exhausta, dolorida por la intensa jornada, pero pronto se recuperará. Es joven, es fuerte, y fue seleccionada para ello, como todas sus antecesoras.
Y como todas, acaba de ser alimentada con un montón de proteínas.

Aún no lo sabe, pero dentro de unas horas, cuando los pájaros sustituyan al canto de los grillos, se despertará abrazada al muslo de su hombre y una botella de
champagne estará junto a la cama, en una cubeta de hielo, para ser su desayuno.

El champagne estará frío cuando Sebastián empuje la boca de la botella por su trasero. Las burbujas harán cosquillas en su interior y se sentirá llena antes incluso
de que su hombre vuelva a sodomizarla. La verga entrará y saldrá como un pistón, presionando el licor en su entrañas y Candy probará la frescura en su vientre y el
calor abrasador de su ano y la verga de su hombre entrando en ella como si fuera mucho más larga de lo que ya es de por sí. Y gritará, como gritó la vez anterior y lo hará
las siguientes, hasta que acabe acostumbrándose y acepte que recibir a su hombre por detrás forma, desde ahora y para siempre, parte de su existencia.

Y en esa nueva mañana de La Sociedad, mientras Candy despierta en la alcoba nupcial, cerca, en su casa, alguien llamará a la puerta. Lisa abrirá para encontrarse a
una Sonya sonriente que les lleva el regalo de bodas de Dimitri: un cuadro enmarcado donde se exponen el pañuelo de la noche anterior y un trozo pintado en rojo del
lienzo donde, semanas antes, Candy se había convertido en mujer.

Y Lisa colgará el cuadro en la habitación de la pareja y lo mirará con lágrimas en los ojos mientras, en la alcoba nupcial, Candy contempla la silueta desnuda de su
esposo saludando al sol desde la ventana y se lleva una mano a su ano abierto rezumante de champagne. Y se llevará la mano a los labios, probará el sabor de su hombre
mezclado con el néctar francés y acabará aceptado que esa es, al fin y al cabo, la vida que ha elegido.

FIN
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Gracias

LJellyka@[Link]

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