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Salomon I

El artículo de David Salomoni explora el resurgimiento del universalismo en la historiografía contemporánea, destacando la importancia de una visión global y profunda de la historia. Se argumenta que este enfoque, que combina métodos de diversas disciplinas, es esencial para entender el pasado y su relevancia en el presente, y se critica la tendencia reciente hacia el análisis microhistórico que ha limitado la perspectiva histórica. Además, se subraya el papel central de las instituciones educativas en la transmisión y consolidación de esta forma de escribir la historia.
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Salomon I

El artículo de David Salomoni explora el resurgimiento del universalismo en la historiografía contemporánea, destacando la importancia de una visión global y profunda de la historia. Se argumenta que este enfoque, que combina métodos de diversas disciplinas, es esencial para entender el pasado y su relevancia en el presente, y se critica la tendencia reciente hacia el análisis microhistórico que ha limitado la perspectiva histórica. Además, se subraya el papel central de las instituciones educativas en la transmisión y consolidación de esta forma de escribir la historia.
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MONOGRÁFICO / MONOGRAPHIC

8 Educar el pasado: perspectivas para


una investigación comparada sobre la
«Historia profunda» y «universal»

Educating to the past: perspectives for comparative


research on ‘deep’ and ‘universal’ History

David Salomoni*

doi: 10.5944/reec.34.2019.24244

Recibido: 16 de abril de 2019


Aceptado: 27 de junio de 2019

* David Salomoni: Profesor de la Università degli studi Roma Tre, del Dipartimento di scienze dell´educazione.
Entre sus reputados trabajos destacan obras como: Salomoni, D. y Madella, L. (2018) Ensayo de una
bibliografía comparada sobre la Universidad y el sistema de enseñanza superior (1990-2017), en P. Aullón de
Haro (Coord.), La cuestión Universitaria, Metodologías Humanísticas, 1, Madrid, Instituto Juan Andrés;
(2016) Le scuole di una comunitá emiliana nel Rinascimento tra religione e politica. Il caso di Novellara,
Educazione. Giornale di pedagogia critica, 2. Datos de contacto: E-mail: salomoni@[Link]

Revista Española de Educación Comparada | núm. 34 (julio-diciembre 2019), pp. 133-147


ISSN 2174-5382
Educar el pasado: perspectivas para una investigación comparada sobre la «Historia profunda» y
«universal»

Resumen

En el presente artículo se ilustra la tendencia reciente que caracteriza la historiografía


contemporánea: el retorno a una concepción universal de la historia. El universalismo
se traduce principalmente en una visión global y «profunda» del pasado. Este enfoque
se valora aquí mediante la observación comparativa de algunos trabajos recientes que
han provocado un animado debate en la comunidad académica. Cabe recordar que este
enfoque no es nuevo, sino que se trata más bien de un retorno. Las obras históricas más
importantes compiladas desde la Edad Media hasta el nacimiento de la Edad Moderna
han considerado la historia en su conjunto. La reducción de los arcos temporales anali-
zados, aunque respondiera a necesidades contingentes, provocó cortocircuitos culturales
que impidieron captar los desarrollos históricos estudiados. En este artículo, trataré de
poner en diálogo el antiguo universalismo con el universalismo moderno, subrayando el
valor pedagógico de esta forma de escribir la historia y la centralidad de las instituciones
educativas en su consolidación y transmisión. Las obras historiográficas aquí considera-
das no agotan necesariamente todo el panorama de las publicaciones sobre este tema.
Sin embargo, en mi opinión, son las más representativas e innovadoras de esta nueva y,
al mismo tiempo, antigua tendencia. Lo que tienen en común es la renovada sensibilidad
de la comunidad científica hacia un enfoque multidisciplinario e inclusivo, que utiliza
las recientes adquisiciones de una amplia gama de ciencias, entre ellas la geología, la
antropología, la arqueología y la física, para el estudio de la historia humana.

Palabras clave: Educación; Universalismo; Historiografía; Historia Profunda; Historia Global

Abstract
This article takes into account the recent trend of historiography towards a return to
a universal conception of history. This universalism consists mainly in a global and
profound vision of the past. Such an approach is assessed here through the comparative
observation of some recent works that have provoked a lively debate in the academic
community. This orientation, however, is far from new; it is rather a return. The most
important historical works produced from the Middle Ages to the eve of modernity, in fact,
have considered human history as a whole. The reduction of the time frames in scholarly
works analysed here, although responding to contingent and concrete needs, according
to some intellectuals caused cultural ‘short circuits’ that prevented us from grasping the
same historical events that historians were trying to understand and guide. In this article,
I will try to put ancient universalism into dialogue with modern universalism, underlining
the pedagogical value of this way of writing history and the centrality of educational
institutions in consolidating and transmitting it. The historiographical works considered
here do not necessarily exhaust the whole panorama of publications on this theme. In
my opinion, however, they are the most representative and innovative of this new and
at the same time ancient trend. What they have in common is the renewed sensitivity
of the scientific community towards a multidisciplinary and inclusive approach, which
uses the recent acquisitions of a wide range of sciences, including geology, anthropology,
archaeology, physics, for the study of human history.

Key Words: Supranational Education Policy; European Union; Axiological Framework;


Interests; Principles; Values

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1. Nota introductoria
Los últimos veinte años de la historia mundial han sido el escenario de la violenta e
inesperada ruptura de los equilibrios internacionales (económicos y políticos), así como
de las certezas y esperanzas que animaron la planificación política y el crecimiento eco-
nómico mundial en la segunda mitad de los años noventa. Una vez que el «fin de la
historia», profetizado tras el colapso del bloque soviético, había sido archivado, vimos
la entrada en un nuevo orden mundial en el que el radicalismo religioso, en contra de
todas las expectativas del siglo XX, sustituyó parcialmente a las ideologías del «siglo
corto» al dar voz a las reivindicaciones de grandes segmentos de las sociedades europeas
y de Oriente Medio (Hobsbawm, 1994). Además, a principios de la década del 2000 se
demostró que la «victoria» del bloque occidental sobre el comunismo no sancionaba la
afirmación del modelo democrático como régimen político dominante, a pesar de los
intentos de exportación del mismo. En varios estados del mundo, incluyendo los estados
occidentales con una tradición democrática más antigua, la tentación de sistemas autori-
tarios de gobierno ha sido fuerte, consolidando en varios casos la posición de «hombres
fuertes» al mando. La crisis económica que comenzó en 2008 hizo el resto, acelerando
un proceso de desconfianza generalizada. Frente a estos cambios repentinos, el entorno
de quienes estudian el pasado profesionalmente, a los que la opinión pública encargó la
tarea de plantear las interpretaciones del presente, no ha dejado de preguntarse ¿qué
salió mal? ¿por qué?
Una respuesta a tales preguntas provino de la historiografía anglosajona, tal vez por-
que el liderazgo mundial en el último siglo fue sucesivamente inglés y norteamericano.
Los historiadores anglosajones han elaborado así algunas propuestas sobre el nivel de
contenido y el método para tratar de comprender lo que ha sucedido, quizás refiriéndose
a la categoría histórica más antigua pero parcialmente abandonada, la de universalismo,
que ahora se define más comúnmente como global history e historia«profunda» (deep
history). Algunos estudiosos, de hecho, se han dado cuenta de que en la investigación
histórica la tendencia a lo largo del tiempo se ha orientado cada vez más hacia la frag-
mentación de los marcos temporales y de los objetos estudiados con un enfoque micro
histórico. El problema, según algunos, no radica tanto en el enfoque micro histórico en
sí mismo, capaz de alcanzar niveles de análisis muy precisos, sino en la propensión a
un uso desproporcionado de este método como única herramienta de análisis histórico
destinada a imprimir un cambio en la sociedad, abandonando pues las lecciones de las
escuelas historiográficas del pasado.
Este artículo no pretende agotar el tema del retorno contemporáneo a un enfoque
histórico universalista, ni pretende una comparación exhaustiva de todas las obras histó-
ricas universalistas pasadas y presentes, sino ofrecer consideraciones e interpretaciones
a fin de comprender mejor y orientarse en la fase historiográfica presente. Por lo tanto,
aquí compararemos algunos trabajos recientes de historiadores en los que se ha expre-
sado la necesidad de volver a un enfoque holístico de la historia en un sentido horizontal:
el mundo (historia global); y vertical: el tiempo (historia profunda). El contenido de estas
obras también se comparará con otras del pasado, subrayando que el enfoque universal
(global y profundo) es solo un retorno a una forma bien establecida de hacer historia.
Como veremos enseguida, la reducción de los plazos estudiados es un fenómeno relati-
vamente reciente en la historiografía.

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2. “Deep History” y “Short Termism”


En un libro publicado hace unos años, los historiadores David Armitage y Jo Guldi advir-
tieron contra el riesgo de una historiografía aplastada sobre lo contemporáneo o sobre
la corta, incluso muy corta, duración (Armitage-Guldi, 2014: 1-3). El History Manifesto,
de hecho, indicaba que una de las principales causas de la crisis política, económica y
antropológica experimentada en los países occidentales durante los últimos años era la
reducción progresiva del horizonte cronológico en el campo de la investigación histó-
rica. En opinión de los dos historiadores, a lo largo de la segunda mitad del siglo XX,
la afirmación gradual de una atención de los estudiosos cada vez más concentrada en
los fenómenos de corto plazo (short-termism), en detrimento de una perspectiva más
amplia, de larga duración, estaría en la base de la crisis que las disciplinas históricas
están experimentando en la sociedad contemporánea, al menos en la sociedad occidental
(Sisci, 2013).
Según estos historiadores, la falta de una visión de conjunto socavaría la capacidad
colectiva de elaborar visiones a largo plazo, propiciando la devaluación colectiva de la
reflexión histórica y su tradicional utilidad: magistra vitae. De hecho, mirando el debate
público en algunos países, como Italia, en los últimos años se ha confirmado la idea de
la inutilidad de las disciplinas liberales tradicionales, con la historia a la cabeza. Varios
periodistas, intelectuales y líderes de opinión han trabajado conjuntamente para dem-
ostrar cuánto en la civilización del Homo Oeconomicus, las disciplinas resultantes de los
esfuerzos de producción e identidad nacional y análisis social del siglo XIX se han con-
vertido ahora en un mero adorno para el intelecto, con poco que aportar a la expansión
económica de un estado (Feltri, 2016).
Es interesante notar que ambas posiciones, tanto la de los devaluadores de la impor-
tancia del papel público de la historia en el mundo contemporáneo, como la de aquellos
que identifican en la investigación histórica a largo plazo una perspectiva metodológica
capaz de sacar a esta disciplina del estado de subalternidad política y académica en el que
habría caído, reconocen la esfera educativa como momento crucial. Para los detractores,
de hecho, serían las bajas tasas de empleo de los licenciados en literatura/historia las
que sancionarían su falibilidad, mientras que los partidarios del retorno a la función
programática con un enfoque de longue durée parten de las instituciones educativas y de
la actividad de investigación académica para determinar la necesidad de esta revolución,
en el sentido etimológico del término. Guldi y Armitage afirman que entre 1975 y 2005,
las tesis doctorales producidas en Estados Unidos trataron principalmente temas con
una duración cronológica entre 5 y 25 años, mientras que en 1900 la media de los plazos
examinados en las tesis doctorales era de 75 años (Armitage-Guldi, 2014, p. 7-8). Este
libro, tras el debate académico al que dio lugar, tiene el mérito de haber puesto de relieve
dos aspectos importantes de la sociedad contemporánea.
El primero es la importancia de las instituciones educativas, en particular las univer-
sidades, para determinar la orientación (y el enfoque) de las representaciones del pasado,
a fin de influir en la percepción colectiva del presente en los diversos ámbitos de la socie-
dad, desde la política hasta la economía. El segundo elemento está más estrechamente
relacionado con el campo historiográfico, en particular con la manera en que las distintas
épocas han mirado al pasado, seleccionando temas, problemas y segmentos más o menos
amplios. El debate sobre el mejor enfoque del análisis del pasado, holístico o parcial,
es probablemente el problema historiográfico más antiguo, anterior al nacimiento de la
historia como disciplina autónoma y científica.

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El History Manifesto, sin embargo, no es solo un llamamiento a la comunidad


científica para que vuelva a un enfoque de larga duración, sino que es también el producto
de una determinada visión historiográfica que desde hace tiempo ha sentido la necesidad
de recuperar una visión más amplia del pasado. De hecho, la reducción del arco temporal
del análisis histórico destacada por Guldi y Armitage es solo la punta del iceberg cuyos
orígenes se pueden rastrear muy atrás en el tiempo. Los historiadores no han dejado de
cuestionar la razón de esta reducción.
En un libro publicado en 2008, On Deep History and the Brain, Daniel Lord Smail
afirmaba con fuerza la necesidad de una reunificación de la historia, una aproximación
al pasado capaz de abandonar los prejuicios todavía arraigados entre los historiadores
contra lo que se define como «prehistoria», es decir, todo lo que precede a «esa abstracta
«raza humana» que se encuentra en la historiografía humanista» (Smail, 2008, p. 2;
Greene, 1992, p. 3). Según Smail, la forma en que los historiadores miran el pasado
ha sido influido por teorías «fantasma», de las cuales hablaré brevemente, pues han
estructurado su forma de pensar de manera no plenamente consciente.
Sin embargo, los avances logrados hoy en día por otras disciplinas, como la
antropología, la arqueología, la biología, la neurociencia, la psicología, pueden
emplearse para reescribir radicalmente la imagen de un Paleolítico inmutable. En este
sentido, la línea ya había sido trazada hace algún tiempo. Este enfoque fuertemente
interdisciplinario es solo la etapa más avanzada de aquello que la escuela de los Annales
franceses comenzó en la primera mitad del siglo XX, y que luego se tradujo en las
diversas vías de investigación histórica renovada, vigentes cincuenta años más tarde en
el libro editado por Jacques Le Goff y Pierre Nora, titulado Faire de l’histoire (Le Goff-
Nora, 1974). Algunos de los temas de renovación historiográfica indicados en el libro
fueron instrumentales en el estudio del pasado profundo y podemos encontrarlos en
otro libro posterior de Smail escrito con Andrew Shryock. Entre los puntos tratados se
encuentran la historia del cuerpo, el lenguaje, la energía, la alimentación, la migración
y el parentesco (Shryock-Smail, 2011). Incluso la escuela de los Annales no ha dejado
de interesarse por el problema de la unidad histórica, la continuidad entre épocas y las
razones que obligan a los historiadores a operar periodizaciones. Jacques Le Goff publicó
en 2014, año de su muerte, el libro Faut-il vraiment découper l›histoire en tranches? en
el cual el historiador francés discute estos asuntos (Le Goff, 2014).
En síntesis, la idea de estas reflexiones es escribir una historia unitaria del hombre,
desde el Paleolítico hasta el post-Lítico, sin que lo que ocurrió antes de las formas más
antiguas de testimonio escrito sea concebido como una forma de antropología en clave
histórica, sino como una historiografía completa. Todo ello sin abandonar el valor de
la reflexión sobre los periodos, que es siempre una herramienta fundamental, pero sin
impedir que las periodizaciones se conviertan en cotos sagrados e insuperables.
Según Smail, tratar el pasado del hombre de manera unificada sería fundamental con
el fin de alcanzar una mejor comprensión y una mayor conciencia de la acción humana
en el presente. De esta manera, Smail conecta con las posiciones de Armitage y Guldi,
compartiendo su atractivo. Incluso para el autor de Deep History, la tendencia resalta
una reducción de los arcos cronológicos examinados por los historiadores. Señala que
durante siglos los historiadores han producido y enmarcado sus representaciones del
pasado desde los orígenes de la humanidad hasta sus respectivas épocas contemporáneas
sin que, sin embargo, estas historias se consideren profundas debido a la «corta» duración
de la historia bíblica en la tradición judeo-cristiana. En el relato bíblico, en efecto, el

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hombre es creado ya en posesión de todas sus facultades racionales, sin pasar por esa fase
de amortiguación que hoy entendemos como prehistoria. Es innegable, sin embargo, que
el habitus mental con el cual se escribieron estas historias fue exquisitamente holístico,
es decir, pretendía dar cuenta de todo el conocimiento existente y compartido sobre la
historia humana. ¿Qué es lo que ha cambiado la actitud de los historiadores (incluso ante
litteram), provocando la reducción gradual de los arcos cronológicos investigados?

3. Entre ciencias de la Tierra e historia sacra


Como señala Daniel Lord Smail, hay un rasgo común entre las historias universales pro-
ducidas en la Antigüedad y la Edad Media, las historias globales de los siglos XIX y XX,
e incluso los libros de texto de historia: todas afirman comenzar su tratamiento desde el
principio. Sin embargo, el problema que plantea este enfoque es decidir cuándo colocar
el comienzo de la historia de la humanidad. El problema no se planteó durante mucho
tiempo. Los dos modelos de periodización de los historiadores tardoantiguos y medie-
vales fueron el propuesto por Daniel en el Antiguo Testamento y el de San Agustín del
IX libro de la Ciudad de Dios (Le Goff, 2014, p. 10-11). Al profeta Daniel cuatro bestias
encarnando las cuatro edades del hombre se le manifiestan en un sueño. Éstas se devo-
ran unas a otras hasta que la última blasfemia contra Dios, y en ese momento aparece
el Hijo del Hombre, a quien son conferidos por el Cielo el Imperio, el Honor y el Reino.
Como señala Le Goff, esta periodización prosperó entre los historiadores de los siglos
XII al XVI. Los cuatro reinos aún dividen la historia universal de Felipe Melanchthon y
todavía está vigente en 1557, en el De quatuor summis imperiis de Johannes Sleidanus
(Le Goff, 2014, p. 11; Ben-Tov, 2009; Suggi, 1998, p. 75-92).
Por su parte Agustín divide la historia no en cuatro épocas sino en seis partes, las
cuales se refieren a los seis días de la creación y a las seis edades de la vida (infancia,
niñez, adolescencia, juventud, madurez y vejez). También la subdivisión de Agustín tuvo
mucho éxito entre los historiadores de la Antigüedad tardía y de la Alta Edad Media,
influyendo en sus obras. Entre ellas se encuentran las Etimologías de Isidoro de Sevilla
(siglos VI-VII), la De temporum ratione de Bede el Venerable (siglos VII-VIII) y, en
épocas posteriores, el Speculum historiale de Vicente de Beauvais (siglo XIII), (Le Goff,
2014, p. 15).
Los historiadores medievales no dudaron en colocar el origen de la historia en el
Jardín del Edén, superponiendo perfectamente la historia sagrada a la historia profana.
Guillaume de Nangis, uno de los intelectuales franceses más famosos de la Edad Media,
contemporáneo de Vicente de Beauvais, en su Chronicon empieza la historia del hom-
bre con la creación, llegando luego hasta su época (comienzos del siglo XIV), (Bussac-
Germain, 2010, p. 5-6). A su vez, Guillaume de Nangis se basó en las obras de sus prede-
cesores: es el caso del monje benedictino Sigebert de Gembloux, cuya Chronographia,
escrita entre 1100 y 1105, era una continuación de la Crónica Universal (Παντοδαπὴ
ἱστορία) de Eusebio de Cesarea (Van Nuffelen, 2010, p. 162-175; Mortley, 1996, 1990:, p.
225-250). La Cronographia de Sigeberto, que comenzaba en 381 (año en el que termina
la Crónica de Eusebio) es testimonio de la voluntad enciclopédica y universal del autor,
así como de su necesidad de completar la obra.
Como hemos mencionado con anterioridad al hablar de la influencia del libro de Daniel
sobre Melanchthon, el enfoque universalista de la historia continuó a lo largo de la era
moderna. El propio Voltaire lo demuestra y, en su obra Le Siècle de Louis XIV escrita en

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1751, divide la historia del hombre en cuatro siglos: la antigua Grecia, la Roma imperial,
el Renacimiento italiano y el siglo de Luis XIV «que más que nunca se acerca a la perfec-
ción» (Voltaire, 1994, p. 112). Así, el significado de «siglo» en Voltaire no coincide con el
significado actual de «lapso temporal de cien años». La acepción del término empleado por
el filósofo francés define el apogeo de una época de la humanidad (Le Goff, 2014, p. 18).
Los intelectuales de la Ilustración continuaron incidiendo en la concepción universalista,
profunda y global de la historia. Los ejemplos significativos en este sentido serían muchos.
Entre ellos, cabe destacar el caso del jesuita español Lorenzo Hervás y Panduro, uno de los
miembros más importantes de la Escuela Universalista Española junto con Juan Andrés
y Antonio Eximeno, y figura clave en el proceso de fundación de la Lingüística comparada
como disciplina de investigación autónoma (Aullón de Haro, 2016).
Tras la expulsión de los jesuitas del Reino borbónico, Hervás se exilió a Italia, esta-
bleciendo su residencia finalmente en la ciudad de Cesena, donde vivió durante 15 años,
para luego trasladarse a Roma. En su exilio italiano Hervás pudo contactar con los dife-
rentes misioneros filipinos y americanos expulsados de los territorios ultramarinos de la
Corona española: sus correligionarios fueron informantes decisivos para la compilación
del Catálogo de las lenguas. Además de esta importante obra de Lingüística comparada,
escribió una Storia della Terra, publicada en 6 volúmenes entre 1781 y 1783, pero espe-
cialmente el tratado de cosmología Idea dell’Universo, publicado en Cesena entre 1778
y 1787 en 21 volúmenes (Hérvas, 1778-1787, 2011). La extrema modernidad de esta obra
reside en la concepción totalmente unificada de Hervás de la historia y la prehistoria
humana, obviamente dentro de los límites del conocimiento científico de la época. De
hecho, Hervás considera todos los ámbitos de la historia humana, tanto orgánica como
inorgánica, combinando geología, paleontología y cosmología en una interacción entre
disciplinas que recuerda la de Daniel Smail citada al principio.
A partir del siglo XVIII, sin embargo, se dieron algunos cambios radicales en la forma
de concebir el pasado. La aparición de una visión más racional y crítica de la realidad,
consecuencia del pensamiento de la Ilustración, llevó el problema de la cognoscibili-
dad del«origen’ al centro de la reflexión histórica. Giambattista Vico, por ejemplo, en
la Scienza Nuova de 1725, afirmó que no se podía saber nada de la historia humana
con antes del Diluvio Universal, acontecimiento que había borrado todo lo que existía
antes (Vico, 1744). Comenzar la narración histórica a partir de este momento, por lo
tanto, significaba afirmar un nuevo paradigma historiográfico, que tendría un enorme
impacto en el desarrollo futuro de la disciplina. Se planteó una primera distinción entre
historia sagrada y secular; pero sobre todo se fue desdibujando el concepto de una Edad
de Oro y la consecuente supuesta decadencia y corrupción de la humanidad. Con el grado
cero del Diluvio, en cambio, se afirmó una visión progresiva y progresista de la histo-
ria humana. Además, con el Diluvio, por primera vez, se diseñó un acercamiento a la
historia en medias res, es decir, no desde el principio (real o supuesto), sino desde un
momento determinado, decidido por razones de crítica histórica (Smail, 2008: 21). De
esta manera, se inició la reducción de los arcos de tiempo estudiados y la compresión del
tiempo histórico. Sin embargo, el tiempo histórico, en su conjunto, mantenía una breve
duración. Si Vico empezó la historia en 1656 A. M. (Anno Mundi), Eusebio de Cesarea
había fijado la creación de Adán en 5198 a.C.: a la luz de un cómputo global las cosas no
cambiaron mucho.
Otros problemas comenzaron a surgir en la edad moderna a partir de la compara-
ción con otras cronologías. La expansión de los estados europeos de ultramar puso en

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contacto las potencias del viejo continente con otras civilizaciones, cuyos métodos his-
toriográficos no siempre confirmaban los elementos dados con seguridad en el cristia-
nismo (Smail, 2008, p. 36-37). La cosmología china, por ejemplo, consideraba un lapso
temporal de 880.000 años y, en 1658, el jesuita Martino Martini, comparando los anales
chinos y europeos, observó algunos historiadores chinos registraban acontecimientos
ocurridos 600 años antes del Diluvio (Rossi, 1984, p. 136-140). ¿Cómo era posible si esa
catástrofe había borrado todo rastro de la actividad humana anterior? Otro desafío a la
historia sagrada también vino del avance de nuevas disciplinas científicas: la geología,
la paleontología, la historia natural. Los fósiles marinos encontrados en las cimas de las
montañas, observa Smail, crearon muchos problemas de interpretación.
Sin entrar en la enunciación de las diversas teorías elaboradas para resolver estas
cuestiones, bastará con observar cómo entre finales del siglo XVIII y finales del XIX se
abrió paso en la comunidad científica una nueva concepción del tiempo que conside-
raba una duración de cientos de miles (e incluso millones) de años. Sin embargo, los
historiadores no parecían prestar mucha atención a este nuevo planteamiento. Aunque
la producción de historias universales no cesó, y de hecho continuó con cierta vitalidad
tanto en Europa como en América, el interés historiográfico que dominó el siglo XIX se
dirigió hacia la historia de las naciones individuales, en función de los procesos de cons-
trucción cultural y política de los estados. Es el momento en que la historia se convierte
en una disciplina autónoma con un estatus científico pleno. Es la época en que, incluso
en la universidad, la ciencia histórica se convierte en tema de enseñanza (Le Goff, 2014,
p. 39; 1988; Hartog, 2013; Koselleck, 1975). Este interés llevó al descubrimiento de la
Edad Media como «momento cero» en el desarrollo de las naciones europeas.
La operación realizada entonces por los historiadores, sin embargo, supuso un corre-
lato a la recuperación del catastrofismo viquiano del Diluvio, ahora transpuesto a la inva-
sión por parte de los «bárbaros» del Imperio Romano, de cuyas cenizas habrían brotado
luego los actuales estados-nación. De esta manera, puede plantearse un paralelismo
entre el fin de la Antigüedad y el Diluvio viquiano, y la edad antigua (mesopotámica-
egipcia-griega-romana) y la edad de oro de la humanidad de Hesíodo o el Edén bíblico.
Así se llevó a cabo una transposición de la historia sagrada a una historia verificable.
De un solo golpe se resolvió el problema de la larga duración, eliminando al menos cien
mil años de la historia humana, y relegando el Paleolítico –la historia no verificable– a
una especie de Edad Media de la humanidad, una época de oscura inmovilidad. Vemos
actuar, en este mecanismo, las «teorías fantasmas» de las que hemos hablado al princi-
pio del artículo (Smail, 2008, p. 58). Estas estructuras de pensamiento siguen actuando
incluso bajo diferente forma. Es cierto que también hubo problemas concretos para la
inserción del Paleolítico en el ámbito disciplinario de la historia: es el caso de la ausencia
de documentos escritos. Pero incluso lo que puede parecer «obvio» fue el resultado de
una epistemología histórica que se definía de manera cada vez más precisa y que situaba
el documento escrito en el centro del proceso de conocimiento. Esta operación de situar
en el centro la fuente escrita no se dio por sentado. En los manuales de historia elabora-
dos a mediados del siglo XIX se indicaba que no se debía omitir ninguna fuente indirecta.
Pero la separación de los campos disciplinarios científicos entonces en curso exigía una
clara distinción de competencias que determinaba la pertenencia de los especialistas a
los distintos campos: arqueología, antropología, historia.
Al hacer coincidir el comienzo de la historia con la aparición de la escritura, pode-
mos ver que la historia «científica» y «verificable» coincide, desde un punto de vista

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cronológico, con la historia sagrada que se acaba de dejar atrás y que, de hecho, se
superpone a ella. Si la creación de Adán había sido fechada por Eusebio de Cesarea 5198
años antes de Cristo, la Tabla de Dispilio, uno de los testimonios escritos más antiguos
jamás encontrados, está fechada en el año 5260 a.C. (Hourmouziadis, 2002). El marco
ha cambiado, pero no la sustancia. Lo que realmente se ha transformado con el «fin» de
la historia sagrada es la reducción del tiempo relativo considerado por los historiadores.
En el caso de las historias universales que comienzan con la creación era toda la historia
del hombre lo que se consideraba. Con la historia «del documento», aunque el arco estu-
diado es siempre de unos 6/7000 años, solo una limitada porción de tiempo se considera
objeto digno de análisis.

4. Historia y acción social


La historiografía del siglo XIX, centrada en el nacimiento de las naciones, tenía como
objeto principal una historia política, escrita por razones políticas. Este enfoque fue uno
de los principales motivos por los que se comenzó a reducir la duración cronológica de
los períodos estudiados. Con la consolidación de los Estados-nación como modelo polí-
tico dominante, y con la posterior difusión de las ideologías políticas/económicas como
instrumentos (a veces utópicos) de mejora de las condiciones del hombre, la atención de
los historiadores siguió estando políticamente comprometida y al servicio de una deter-
minada facción política. Este compromiso político, sin embargo, se concentraba cada vez
más en lo contingente: el fin último era la realización de un cambio social lo más rápido
e incisivo posible.
Como han señalado Armitage y Guldi, a partir de la década de 1970 se produjo una
verdadera revuelta de toda una generación de historiadores contra el enfoque de la larga
duración (Armitage-Guldi, 2014, p. 96-97). Otro factor importante a fin de determinar
este punto de inflexión hacia el «corto plazo» fue algo similar a lo que había ocurrido
en el siglo XIX, cuando la historiografía iba definiendo un campo disciplinario propio.
La especialización profesional de los historiadores continuó, esta vez impulsada por la
saturación del mercado académico. Los jóvenes historiadores nacidos durante el baby-
boom posterior a la Segunda Guerra Mundial, para conseguir un lugar en la Academia,
tuvieron que afinar sus habilidades y determinar objetos de investigación cada vez más
específicos. Un fuerte impulso para este cambio fue el deseo de tener un impacto real
en el cambio social. Mediante el análisis de cuestiones raciales, de género o de clase en
contextos geográficos y cronológicos restringidos, se esperaba comprender los micro-
cambios reales de las relaciones interpersonales y laborales. La comprensión de estas
dinámicas debía conducir pues al dominio y posible manipulación de las mismas. Un
caso: las luchas de clases dentro de las ciudades o comunidades individuales, a veces
referidas a un episodio particular, fueron muy estudiadas (Armitage-Guldi, 2014, p. 85;
Roediger, 1991).
En la forma de escribir la historia que se afirmó en estos años, la tarea de elabo-
rar los marcos generales fue dejada a los filósofos sociales franceses y alemanes, como
Michel Foucault y Jürgen Habermas (Armitage-Guldi, 2014, p. 97-98; Foucault, 1975;
Habermas, 1977). Este método no entró en conflicto con el deseo de los jóvenes historia-
dores de participar en los cambios políticos y sociales de su tiempo, sino que lo fortaleció.
Estos intelectuales se convirtieron en los responsables de la tarea de definición de los
contextos dentro de los que actuaban los historiadores.

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5. El retorno a la larga duración y la importancia


del principio educativo
Cabe recordar que fue sobre todo en la forma de enseñar la historia donde se produjo
un cambio decisivo. Paralelamente a la progresiva reducción de los arcos temporales
estudiados a partir de los años 70, en las universidades se empezó también a enseñar
a los estudiantes de historia que concentrasen sus esfuerzos de análisis en períodos de
tiempo cada vez más breves. Armitage y Guldi recuerdan el conocido ejemplo citado en
el manual para aspirantes a historiadores de la Escuela Americana de Florence McCoy
de 1974, en el que se menciona el intento de una estudiante de elegir un tema de inves-
tigación. La estudiante, en el ejemplo mencionado, pasa de la idea de estudiar la figura
de Oliver Cromwell, considerada por el manual demasiado vasta y por tanto no suscep-
tible de un conocimiento específico, a la idea de estudiar la relación entre Cromwell y
el problema de la unificación entre Escocia e Inglaterra, un tema capaz de aportar un
conocimiento específico convirtiendo a la estudiante en cuestión en una experta en las
relaciones diplomáticas anglo-escocesas (Armitage-Guldi, 2014, p. 98-99; McCoy, 1974:
3-6). Hasta entonces las propias universidades habían defendido, en cierta medida, la
larga duración del enfoque de análisis de las nuevas generaciones de historiadores. En
general, un trabajo que tomaba en cuenta un período de menos de 50 años era conside-
rado negativamente, como irrelevante para una evaluación histórica profunda. A partir
de 1979, sin embargo, el estigma de la brevedad disminuyó gradualmente, en la estela de
los antecitados cambios sociales entonces en desarrollo.
A partir de ese momento, los jóvenes historiadores e investigadores se preocuparon
cada vez menos por contextualizar sus trabajos, centrándose en horizontes temporales
cada vez más acotados. Con el paso del tiempo sus obras se hicieron menos comprensi-
bles para el público en general, debido a la falta de referencias contextuales útiles a fin de
enmarcar los fenómenos considerados; se dio, por ende, una verdadera división entre el
mundo académico-educativo y la sociedad (Armitage-Guldi, 2014, p. 101; Rodgers, 2011:
55). En cierto sentido, fue precisamente este cortocircuito el que redujo gradualmente
la capacidad colectiva para elaborar visiones políticas, económicas y éticas a medio y
largo plazo. Hasta hace algunas décadas, la sociedad civil compartía el interés por la
investigación histórica informándose acerca de las más recientes adquisiciones de la his-
toriografía a través de la lectura de revistas especializadas.
Este interés tenía el efecto de estructurar la forma de pensar de la sociedad, apor-
tando elementos críticos básicos con los que se podía elaborar un esquema interpretativo
de la realidad en la que se vivía y se trabajaba. Desde este punto de vista, el anclaje de
los fundamentos de cada disciplina en la tradición clásica, planteamiento que duró al
menos hasta los años 60, desempeñó un papel no secundario en la orientación de los
intereses y acciones intelectuales de los individuos. Sin embargo, el alejamiento gradual
de los historiadores del contexto general en el que se situaba su investigación siguió ero-
sionando el surco que separa a la sociedad de la investigación universitaria. Frente al
colapso de las estructuras ideológicas que guiaban las acciones de los historiadores y les
permitían dejar en segundo plano el problema de la larga duración, nada intervenía para
compensar ese vacío. Desde comienzos de los años 90 se ha establecido una tecnocracia

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pura, carente de cualquier implicación utópica, ética o ideal capaz de guiar el progreso
material y tecnológico.
El problema es que permaneció en la conciencia colectiva la misma convicción de
vivir en la mejor de las épocas posibles propia de los intelectuales ilustrados del siglo
XVIII, pero sin poseer ya las herramientas críticas para comprender el curso de los acon-
tecimientos y dirigir la acción hacia un fin. Estas herramientas críticas fueron proporcio-
nadas precisamente por una concepción de la historia de larga duración, o «profunda»,
como diríamos hoy. En estos términos, es la acción educativa la que debe facilitar una
vuelta a la concepción contextualizadora y «profunda» de la historia. Bien es cierto que
el mundo de la educación ya ha dado algunos pasos importantes (Romio, 2018). Una
interacción entre conocimientos y habilidades deseada por Smail, pero ya implementada
hace siglos por Lorenzo Hérvas, es posible. Para ello es esencial el compromiso de las
instituciones educativas de todos los niveles, desde la enseñanza secundaria hasta las
universidades. En el ámbito de la enseñanza superior y universitaria, de hecho, se está
produciendo un cambio de tendencia. De hecho, los autores mencionados hasta ahora
–Armitage, Smail, Guldi, Le Goff, Nora– son todos académicos.
Otro aspecto es el impulso dado por las nuevas generaciones de historiadores hacia
la historia universal. Aunque todas o casi todas las obras mencionadas hasta ahora son
el resultado de profesores y personalidades de la vieja escuela universitaria, no faltan
jóvenes historiadores que adoptan el enfoque universalista. Es el caso, por ejemplo,
del israelí Yuval Noha Harari, actualmente profesor de Historia Mundial y Procesos
Macrohistóricos en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Sus obras más representativas
son Sapiens: A Brief History of Humankind, publicada en 2014, Homo Deus: A Brief
History of Tomorrow, publicada en 2015, y 21 Lessons for the 21st Century, publicada
en 2018 (Harari, 2018, 2016, 2014). Los tres libros están idealmente concebidos como
una trilogía. En estos libros, el autor traza la historia de la humanidad en el contexto de
un análisis en el que las principales claves interpretativas son las ciencias naturales y la
biología evolutiva.
La historia del hombre se considera, por tanto, como un todo, sin distinguir entre la
edad pre y post lítica, retomando así el llamamiento lanzado por Daniel Smail unos años
atrás. Harari establece los límites biológicos del hombre como fronteras de su acción
en el mundo, pero es interesante notar que, incluso tras la innovación aportada por
las nuevas disciplinas científicas al estudio de la historia humana, la subdivisión de las
macro-edades histórica de Harari es sorprendentemente similar a la antigua división en
4 períodos, comenzada con el libro bíblico de Daniel y continuada hasta el umbral del
mundo contemporáneo. Harari divide así la historia en:
1) la Edad de la revolución cognitiva, cuando los sapiens desarrollaron formas de
imaginación y abstracción (70.000 a.C.-10.000 a.C.);
2) la Edad de la Revolución agrícola, que dio lugar a la formación gradual de sociedades
políticas sedentarias y jerárquicas (10.000 a.C.-3)..000 a.C.);
3) la Edad de la unificación de la raza humana, en la que las estructuras políticas
y los imperios creados por el hombre se hicieron cada vez más amplios, estructurados
y homogéneos, desencadenando un proceso de globalización y homogeneización de la
humanidad (3.000 a.C.-1.500 d.C.);
4) la Edad de la Revolución científica, en la que, gracias a sus habilidades técnicas, los
hombres pudieron llegar a ser cada vez más arquitectos de su propio destino.

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La cuadripartición de la obra de Harari revela una estructura muy similar a la del


libro de Daniel, demostrando que el enfoque y las formas de reflexión sobre el pasado
universal no han cambiado mucho respecto a las estructuras cognitivas antiguas,
medievales y modernas. Otro trabajo reciente e importante sobre el pasado profundo y
global viene siempre del mundo universitario. El título es Against the Grain, y aunque
su autor, James Scott, no es tan joven como Harari, el enfoque es innovador (Scott,
2017). El autor, de hecho, invierte por completo la perspectiva y el juicio sobre uno de
los supuestos más sólidos y estructurados de nuestra forma de enseñar y concebir el
pasado de la humanidad: el papel de la Revolución agrícola, elemento central también
para Harari, en la configuración del mundo moderno.
Es comúnmente sabido que el desarrollo y la difusión de la práctica agrícola que
comenzó en los humedales de Oriente Medio, particularmente en la fértil Media luna
y a lo largo del curso del Nilo, ha hecho posible en última instancia el desarrollo de la
civilización tal como la conocemos ahora, permitiendo la acumulación de alimentos
suficientes para sustentar los principales desarrollos demográficos, el nacimiento de
ciudades, sociedades políticas y, más tarde, imperios «civilizadores». La difusión de la
agricultura representa precisamente uno de los puntos de inflexión en la transición de la
«prehistoria» a la «historia», y el hecho de que ello haya desempeñado un papel decisivo
para el destino del ser humano está fuera de toda duda. Según Scott, sin embargo, las
consecuencias negativas de este cambio serían superiores a las positivas. Las nuevas
agregaciones sociales, causa y efecto de la Revolución agrícola, habrían conducido a:
1) una fuerte jerarquía social, a partir de las formas de esclavitud que han perdurado
hasta el mundo contemporáneo;
2) el desarrollo del concepto de propiedad privada;
3) el nacimiento del racismo cultural, en relación con el descrédito hacia las formas
de vida nómadas alimentado por las sociedades sedentarias;
4) el aumento de la mortalidad causada por las epidemias consecuencias de las nuevas
grandes agregaciones de individuos.
Para llegar a estas conclusiones, Scott trabajó con fuentes pertenecientes tanto a la
mitología como a la antropología. En la mitología griega, por ejemplo, la agricultura se
describe positivamente como un regalo de los dioses (Atenea dona el olivo a Atenas), y no
es casualidad que la civilización helénica tuviera una visión negativa de otras culturas y
una fuerte vocación imperialista desde sus comienzos. En la civilización judía, en cambio,
el eco del dolor del paso de una forma de vida nómada y recolectora, simbolizada por
el jardín del Edén, a una forma de sociedad agrícola permanente, representada por la
expulsión del Jardín, siguió siendo fuerte. En efecto, en el Génesis Dios dijo al hombre:
«¡Maldita será la tierra por tu causa! Con trabajo sacarás de ella el alimento todos los días
de tu vida; espinas y cardos te producirá, y la hierba del campo comerás. Con el sudor
de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra» (Génesis, 3, 17-19). En estas
palabras, persiste viva la memoria colectiva del paso del nomadismo al sedentarismo.
No es de extrañar que estos trabajos de investigación sobre la historia profunda,
resultado de una renovada sensibilidad del mundo académico y educativo, recibieran la
crítica más feroz del mundo del periodismo y la economía. En estas áreas, de hecho, la
atención se centra cada vez más en el acontecimiento inmediato, el momento presente,
la repercusión emocional que los hechos tienen sobre el rendimiento de las bolsas. En
otras palabras, una visión humanista y compleja de la realidad no es «rentable», al

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menos en la inmediatez, y no vale el tiempo de la reflexión. Sin embargo, como dijo


Craig Calhoun, ex director del American Social Science Research Council y de la London
School of Economics, “Public engagement was a strong feature of the social sciences from
their birth” (Armitage-Guldi, 2014, p. 124; Calhoun, 2008, p.299-318). Es de esperar,
por tanto, que el llamamiento del mundo de las universidades y de las escuelas para un
estudio universal y «profundo» de la historia sea asumido por los educadores de todos
los niveles, a fin de que la gente se acostumbre a un razonamiento contextualizado y
crítico, sin el cual los desafíos del mundo presente y del futuro no pueden ser afrontados
y comprendidos.

6. Conclusión
En este artículo se han comentado algunos de los principales trabajos relativos a los desa-
rrollos más recientes del enfoque historiográfico universalista, al mismo tiempo nuevo y
antiguo. Hemos visto cómo la concepción unificada de la historia humana puede consi-
derarse un hilo que une todas las producciones históricas e historiográficas del pasado,
incluso antes del nacimiento de la historiografía como disciplina autónoma. Desde la
Antigüedad hasta la Edad Media se han trazado los grandes modelos conceptuales y esti-
lísticos de esta forma de hacer historia, desde Eusebio de Cesarea hasta San Agustín,
desde Isidoro de Sevilla hasta Beda el Venerable, pasando por Sigebert de Gembloux y
Vicent de Beauvais. Incluso la Edad Moderna temprana ha aceptado estas estructuras
historiográficas con relativa convicción. Prueba de ello son, por ejemplo, las obras de
Felipe Melanchthon y Voltaire. Sin embargo, fue entre el final de la primera época de
la modernidad y el comienzo de la era contemporánea cuando el enfoque«profundo’ y
holístico de la producción historiográfica alcanzó su punto más alto. Precursor de una
visión de historia profunda más racional y menos influenciada por modelos bíblicos fue
Giambattista Vico, en su Scienza Nuova (1725). Sin embargo, fueron los intelectuales
de la Escuela Universalista Española, los jesuitas Juan Andrés y especialmente Lorenzo
Hervás, quienes elaboraron esta metodología de una manera más precisa. De hecho,
Hervás considera todas las áreas de la historia humana, tanto orgánicas como inorgá-
nicas, combinando la geología, la paleontología, la cosmología y la antropología de un
modo que, por supuesto, está en consonancia con el conocimiento de su tiempo sobre
estas disciplinas.
A pesar de ello, la propia afirmación de la historia como ciencia independiente ha
llevado a una inflexión en lo que concierne el período de tiempo considerado por los
historiadores. Al desarrollo de este fenómeno ha contribuido el compromiso social y
político que la historiografía asumió a partir del siglo XIX, alcanzando su punto álgido
en los años 60 y 70 del siglo XX. La reducción de los períodos considerados ha provocado
una disminución de la capacidad de los historiadores para comprender la dinámica de
su propio presente, debido a la creciente dificultad de contextualizar los acontecimientos
en un contexto más amplio. Esto ha llevado a una suerte de descrédito generalizado de
las disciplinas históricas, situación de las que se ha intentado salir solo recientemente.
El mundo de las universidades y las escuelas, de hecho, ha asumido el reto y una serie
de nuevas publicaciones han comenzado a ver la luz, recuperando vigorosamente una
perspectiva unitaria y universal de la historia de la humanidad. Son precisamente esas
disciplinas que, habiéndose individualizado en el siglo XIX, llevaron a la reducción gra-
dual de los períodos históricos estudiados las que hoy permiten una mejor comprensión

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unificada del pasado «profundo». El impulso, sin embargo, debe continuar viniendo del
mundo de la universidad, que siempre ha sido responsable de la formación de nuevos
intelectuales, destinados al desarrollo de nuevas visiones y planes para el mundo futuro
gracias a la comprensión del pasado.

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