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Rousseau Hume Descartes Spinoza

El documento analiza la concepción pedagógica-política de Jean-Jacques Rousseau, destacando su influencia en la formación de ciudadanos conscientes y virtuosos, así como su impacto en la Revolución Francesa y la estructura del Estado moderno. Rousseau propone una educación natural que fomenta la autonomía moral y la internalización de la ley, transformando la libertad natural en libertad civil a través del contrato social. Su legado se extiende a debates sociopolíticos y educativos, marcando una ruptura con tradiciones pedagógicas anteriores y sentando las bases para la educación moderna.

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Rousseau Hume Descartes Spinoza

El documento analiza la concepción pedagógica-política de Jean-Jacques Rousseau, destacando su influencia en la formación de ciudadanos conscientes y virtuosos, así como su impacto en la Revolución Francesa y la estructura del Estado moderno. Rousseau propone una educación natural que fomenta la autonomía moral y la internalización de la ley, transformando la libertad natural en libertad civil a través del contrato social. Su legado se extiende a debates sociopolíticos y educativos, marcando una ruptura con tradiciones pedagógicas anteriores y sentando las bases para la educación moderna.

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La formación del ciudadano en la consolidación del orden civilizatorio.

La concepción
pedagógica-política de Jean-Jacques Rousseau
La concepción pedagógica-política de Rousseau es clave en la consolidación del orden
moderno, influyendo en la Revolución Francesa y en la arquitectura del Estado. Su pensamiento
gira en torno a la formación de ciudadanos conscientes y virtuosos, vinculando la educación
infantil con la construcción de una sociedad legítima. Este documento analiza críticamente sus
aportes educativos, centrándose en Emilio o la educación y El contrato social. Se examinan sus
principales problemáticas pedagógicas, su relación con el Iluminismo, el prerromanticismo y el
naturalismo, así como sus continuidades y rupturas con teorías contemporáneas y su impacto en
debates posteriores.

Rousseau tuvo un papel clave en la consolidación del orden moderno, influyendo en la


Revolución Francesa y en la formación del Estado. Su pensamiento político y pedagógico están
interrelacionados, lo que enriquece el análisis de El contrato social y Emilio o la educación. Su
enfoque innovador pone al niño en el centro de la educación, destacando su formación moral
para la construcción de una sociedad legítima. Su pensamiento, enraizado en el Iluminismo y el
prerromanticismo, critica la razón ilustrada y marca una ruptura con el orden anterior. Su
influencia se extiende desde Pestalozzi hasta los utopistas, recibiendo críticas desde el
positivismo y el socialismo científico. Este trabajo examina su legado en los debates
sociopolíticos del siglo XVIII, su impacto en la educación moderna y su relación con teorías
posteriores.

Rousseau encarna el mandato ilustrado, pero también lo critica al enfatizar el papel del
sentimiento, reflejando influencias prerrománticas. La Ilustración, basada en la razón y la ciencia,
promueve la educación como motor del progreso y la transformación política. La fe en el
conocimiento y su difusión impulsa la idea de la “educabilidad del hombre”, aunque su
implementación en la educación pública masiva tardará un siglo en consolidarse.

El siglo XVIII es también un siglo naturalista: la naturaleza es cognoscible y su estudio se asocia


al desarrollo científico, la expansión colonial y la transformación sociopolítica. Sin embargo, la
Ilustración mantiene vestigios de una razón divina en la naturaleza, lo que luego será
cuestionado por el positivismo. La Ilustración construye al individuo como agente de
perfectibilidad y progreso, en tensión con la necesidad de un orden social legítimo,
problematizado en Emilio y El contrato social. Rousseau adopta este espíritu crítico y científico,
pero su adscripción al prerromanticismo le otorga un enfoque particular.
Sentimiento, experiencia y religión natural
En oposición a la mentalidad feudal y el dogmatismo religioso, anticipa elementos del
romanticismo al destacar el papel del sentimiento y el amor en la educación y la sociedad. Su
filosofía combina el valor educativo del sentimiento con una crítica profunda a su tiempo,
estableciendo un vínculo entre la felicidad humana y el estado de naturaleza. En Emilio, la
educación comienza a través de las sensaciones y sentimientos antes de incorporar la razón y la
relación social.

Su enfoque naturalista defiende una educación sentimental libre de dogmas, basada en una
razón sensitiva que guía hacia el bien. Influido por el deísmo naturalista, Rousseau postula
facultades innatas implantadas por Dios: conciencia, libre albedrío y la capacidad de reconocer
el bien. La educación del sentimiento se orienta hacia la felicidad general, formando un sujeto
virtuoso que busca la armonía social dentro de un nuevo orden legítimo. Así, la educación
natural se convierte en la base para la formación del ciudadano según Rousseau.

La concepción educacional en Rousseau


1. La educación natural y el optimismo pedagógico en Rousseau
Rousseau concibe la educación como un proceso que complementa la naturaleza y perfecciona
al hombre. En Emilio o la educación, destaca la infancia como una etapa fundamental, donde las
experiencias sensoriales forman la base del aprendizaje. La educación natural permite que el
niño se desarrolle según sus propias inclinaciones, guiado por la naturaleza sin imposiciones
externas. Rousseau rechaza la transmisión forzada de conocimientos y resalta la importancia de
la autonomía infantil, promoviendo una moral basada en la experiencia y no en dogmas
impuestos. Esta visión rompe con la tradición pedagógica de la época y da protagonismo al niño
como sujeto activo en su educación.

2. Entre la educación negativa y la actividad del niño: la infancia como protagonista


La educación negativa de Rousseau no busca inculcar conocimientos o valores desde temprano,
sino evitar errores y vicios, permitiendo que el niño crezca libre y desarrolle su capacidad de
juicio sin interferencias externas. Se basa en la actividad espontánea del niño y en el respeto a
su ritmo natural de aprendizaje. Rousseau critica los métodos tradicionales que imponen una
educación severa y artificial, afirmando que la infancia no debe ser sacrificada en aras de un
futuro incierto. El niño debe experimentar el mundo y regular sus deseos en función de sus
propias fuerzas, lo que sienta las bases para su futura autonomía y vida en sociedad.
3. La libertad condicionada por las cosas: el autocontrol y la internalización de la ley
La educación en Rousseau no es solo un proceso de desarrollo natural, sino también un
aprendizaje del autocontrol a través de la experiencia. El “ayo” o tutor desempeña un rol
fundamental, guiando al niño sin imponer normas explícitas, sino creando situaciones donde el
propio entorno establezca límites. De este modo, el niño aprende a regular sus acciones según
las consecuencias que experimenta, desarrollando un sentido de autodisciplina. Esta
interiorización de la autoridad a través de la relación con los objetos y el entorno prepara al
individuo para la vida social, donde la autodisciplina y la responsabilidad personal son
esenciales.

La edad de la razón y la conciencia moral


A partir de los 15 años, Emilio accede a la edad de la razón, etapa en la que desarrolla su
conciencia moral gracias a la fortaleza adquirida a través de la educación natural. En este
momento, puede formar juicios abstractos y comenzar estudios en lingüística, historia y ciencias.
La razón sensitiva y cognoscitiva le permite distinguir entre el bien y el mal, facilitando su acceso
a la conciencia moral. Rousseau enfatiza que antes de esta edad no debe imponerse
obediencia, sino que el niño debe actuar por necesidad. La conciencia moral y la religión natural
surgen de la reflexión interna, permitiendo que el individuo acepte voluntariamente la voluntad
general sin coerción, actuando con virtud y justicia.

La formación del ciudadano: El principio de actividad en la producción del contrato y la sumisión


a la ley
Rousseau plantea que, aunque no es posible regresar al estado de naturaleza, el orden social
debe acercarse a él, asegurando la transformación de la libertad natural en libertad civil. Para
ello, es esencial la formación de sujetos virtuosos que acaten la ley voluntariamente,
entendiendo que la armonía y el bien común conducen a la felicidad individual. La educación
juega un papel clave en esta transición del hombre natural al hombre civil, garantizando su
integración en el cuerpo social. El orden social, aunque no surge de la naturaleza, se
fundamenta en convenciones que le otorgan legitimidad, estableciendo así la base de toda
autoridad legítima.

El contrato social y el problema de la legitimidad


Rousseau propone que la educación debe preparar a los individuos para participar en un orden
social basado en la voluntad general. La transformación del hombre natural en ciudadano
requiere un proceso educativo que garantice su autonomía moral y su capacidad para obedecer
la ley de manera voluntaria. La legitimidad del estado y la protección de la propiedad dependen
de la existencia de ciudadanos formados en la norma y la convención, asegurando así la
estabilidad del contrato social.

1. Educación natural y formación del ciudadano: En Emilio, Rousseau sostiene que la educación
natural debe sentar las bases para la formación del ciudadano. En El Contrato Social, el principio
de actividad es clave en la producción legislativa y en la educación de Emilio, permitiéndole
desarrollar autocontrol y aprender a "querer lo que se puede y lo que conviene". La educación
natural enseña a respetar la ley a través de la autonomía moral, lo que convierte a Emilio en un
súbdito voluntario ante la ley.

2. La primera convención: el contrato social: Rousseau define el contrato social como la base del
nuevo orden social, fundado en la posibilidad de convenir con otros. Su objetivo es garantizar
protección y libertad: cada individuo, al unirse a todos, no obedece a nadie en particular, sino a
la voluntad general. La clave es transformar la libertad natural en libertad civil, regulando las
inclinaciones naturales hacia el bien común.

3. El tránsito del estado natural al estado civil: En el estado natural, los hombres actúan por
instinto y apetito. En el estado civil, la conducta se rige por la justicia, la moralidad y la razón.
Esto implica que el individuo debe someterse a la voz del deber y actuar bajo principios
racionales en lugar de meras inclinaciones personales. Esta transformación solo es posible
cuando el sujeto internaliza la voluntad general, que guía su accionar moral y político.

4. La voluntad general y la legitimidad del orden social: La voluntad general es el principio que
articula. El principio normativo: aceptar la ley. El sentido de utilidad: transformar la libertad
natural en derechos y deberes. La moral: orientar las acciones hacia el bien público. Esta idea
anticipa el concepto moderno de representación colectiva en las democracias liberales. La
legitimidad del nuevo orden radica en una ciudadanía educada en el respeto a la ley y en la
actividad cívica.

5. Ciudadanos y súbditos: el principio de actividad y pasividad: En el contrato social, se forma un


cuerpo político, donde los individuos actúan en distintas condiciones: Como soberanos (activos):
participan en la autoridad. Como súbditos (pasivos): se someten a la ley. La libertad se convierte
en una libertad condicionada: la autonomía moral solo se alcanza al aceptar la ley como una
convención necesaria. Aceptar la institucionalidad es asumir que la ley "transforma la fuerza en
derecho y la obligación en deber".
6. El sentido de convenir con otros: Emilio debe aprender a hacer pactos con los demás y
respetar las reglas de la vida en sociedad. Estos pactos regulan las relaciones humanas y hacen
posible la convivencia en un orden justo y estable.

7. La propiedad como pilar del derecho civil, distingue entre: El derecho de primer ocupante: es
una forma primitiva de apropiación y el derecho de propiedad: solo existe cuando la sociedad lo
reconoce. En el estado civil, la propiedad se protege mediante la ley, consolidando la igualdad
formal ante el derecho. La idea de propiedad es enseñada en Emilio de manera progresiva,
asegurando su comprensión a partir de la experiencia práctica.

¿El problema de la igualdad o la legitimación de la desigualdad?


os autores presentan visiones contrapuestas sobre la concepción rousseauniana de la igualdad.
Tuñón de Lara destaca la importancia de Rousseau en la legitimidad democrática y en la
autonomía de la sociedad civil frente al Estado. En contraste, Raúl Orza critica la “hipótesis
ahistórica” de Rousseau, señalando que su concepción de la igualdad encubre la desigualdad
económica y social, legitimando así la estructura de clases en los estados democrático-
burgueses. Como respuesta, Tuñón de Lara argumenta que, aunque Rousseau no aborda la
contradicción social, su idea de igualdad formal ante la ley es un punto de partida esencial. Esta
disputa se reaviva en el siglo XIX entre el positivismo y el materialismo dialéctico, con Durkheim
institucionalizando la ficción liberal en la educación y el socialismo científico denunciando la
configuración burguesa del Estado rousseauniano.

Los aportes de Rousseau y la visión prospectiva


La concepción pedagógica de Rousseau se basa en el naturalismo y el romanticismo,
destacando el papel formador de la naturaleza y la actividad del niño. Su pedagogía se articula
con su teoría política en El Contrato Social, donde el orden social se fundamenta en un orden
natural transformado por convención. La educación temprana inculca la autonomía moral y la
noción de contrato, esenciales para formar ciudadanos virtuosos. Rousseau influyó en Kant y
Pestalozzi, quien enfatizó la armonía y la afectividad en la educación familiar, además del
método didáctico. Juntos, sentaron las bases de la Escuela Nueva y cuestionaron la pedagogía
tradicional, contribuyendo a la formación del ciudadano moderno integrado al orden burgués. En
el siglo XIX, la escolarización fue clave para consolidar la civilización y la normatividad burguesa.
Durkheim sistematizó el proyecto ilustrado en el Estado educador, mientras que Marx y Engels
criticaron su contenido burgués. Así, Rousseau proporcionó las bases legitimadoras del Estado
moderno y sus principios liberales.
Hume
Frente al racionalismo filosófico del siglo XVII y XVIII, surge una corriente que prioriza la
experiencia sensorial en el conocimiento, iniciada por Francis Bacon y consolidada por John
Locke. Su método se basa en la percepción sensorial, organizada por la razón. En la Ilustración
inglesa del siglo XVIII, David Hume desarrolla un pensamiento independiente basado en la
observación de la naturaleza humana. Analiza la moral, el Estado y el conocimiento desde una
perspectiva psicológica, estableciendo la política como su máxima expresión. Hume, el empirista
más radical, escribió el Tratado de la naturaleza humana (1740) y otras obras clave. Aunque
tuvo reconocimiento como historiador y diplomático, su postura antidogmática le valió la censura
de las iglesias católica y anglicana.

El proyecto de una ciencia fundante


Hume sostiene que un conocimiento verdadero de la naturaleza humana es la base de todas las
ciencias, ya que dependen de las facultades del hombre. Siguiendo el modelo de Newton,
propone un método basado en la experiencia y la observación, alineándose con el proyecto
moderno de fundamentar el saber.

La "nueva ciencia fundamental" que Hume nos presenta abarca dos objetos de estudio
principales: El análisis de las capacidades y límites del conocimiento humano, con el propósito
de explicar los principios y operaciones de nuestra facultad de razonar y la naturaleza de
nuestras ideas. El estudio de las pasiones y los sentimientos, además de los principios de la
conducta de los seres humanos, es decir, los elementos socioculturales, morales e históricos
que constituyen el "mundo humano". Estos objetivos iniciales fueron desplazándose a medida
que avanzó la vertiente crítica de su filosofía y que el interés por la perspectiva epistemológica
dio paso a la reflexión moral, política y hasta estética (filosofía práctica) en su obra.

Teoría del conocimiento


Siguiendo la línea problemática de sus antecesores John Locke y George Berkeley, Hume
aborda la cuestión del origen del conocimiento, oponiéndose, como ellos, a la noción de ideas
innatas (propuesta por Descartes) y afirmando, en cambio, que toda idea proviene de la
experiencia sensible. Parte de la tesis: todo hombre advierte la diferencia entre sentir y pensar.

Para Hume, la percepción es todo acto o contenido de la mente, es decir, todo lo que podemos
sentir, desear, pensar e imaginar son percepciones. Sin embargo, según el grado de fuerza y
vivacidad con que se presenten, pueden distinguirse dos clases de percepciones: Impresiones,
que a su vez se dividen en impresiones de la sensación e impresiones de la reflexión. Son los
datos inmediatos de la experiencia y penetran en nosotros con más fuerza y vivacidad, como las
sensaciones, pasiones y emociones: oír, ver, oler, sentir, amar, desear, querer, odiar. Ideas, que
son otro tipo de percepción, pero más débiles. Son copias, imágenes o representaciones
mentales de impresiones precedentes.

Las impresiones son el origen de las ideas, que son imágenes débiles en el pensamiento y
razonamiento como reproducción de una impresión anterior. Insiste en que no existen ideas
innatas: todas derivan de las impresiones, aunque no sabemos con certeza de dónde provienen
estas últimas (si del objeto, del sujeto o de Dios). La razón humana no puede explicar esto con
seguridad.

Las ideas pueden ser simples (reproducción fiel e inmediata de una impresión) o complejas
(constituidas por la combinación de ideas simples. Estas pueden ser producto de la memoria o
de la imaginación). Las ideas no existen de forma aislada, sino que se combinan entre sí.
Ejemplo de ello son los lenguajes humanos, que organizan conceptos y asociaciones en función
de relaciones espaciales, temporales y causales.

Ideas de sustancia y causalidad


Hume sostiene que la idea de sustancia no tiene fundamento real, pues no hay una impresión a
la que podamos referir dicha idea. Tradicionalmente, la sustancia se consideraba como aquello
que subyace a las cualidades sensibles (color, forma, sabor), manteniéndolas unidas. Para
Hume, sin embargo, la sustancia no es más que una colección de cualidades particulares, una
mera asociación de ideas.

De manera similar, Hume cuestiona la noción de causalidad. No percibimos un nexo causal en sí


mismo, sino solo la sucesión constante de dos fenómenos. Creemos que el fuego es la causa de
la ebullición del agua porque siempre que vemos fuego, después vemos ebullición. Pero en
realidad, la causalidad es solo un hábito mental, no una relación necesaria en la naturaleza.

Su concepción moral y política


Hume sostiene que la libertad individual es clave para el progreso social y político. La moral
refleja en parte un orden divino, mientras que las instituciones protegen al individuo y los
derechos humanos. La política se basa en la relación entre gobernantes y gobernados, donde la
libertad, entendida como obediencia a la ley y no al deseo, estructura el reparto del poder y
favorece el desarrollo cultural y económico. Desde una visión histórica, observa que la autoridad
y la demanda de justicia están en constante tensión. Considera insuficientes las teorías que
explican el poder como un mandato divino o una igualdad originaria, pues carecen de
fundamentos prácticos. Aunque simpatiza con el contrato social, sostiene que la obediencia al
gobierno se basa en los beneficios que proporciona. La legitimación del poder ocurre
posteriormente mediante una constitución que regula y limita a los órganos del gobierno. Para
Hume, el objetivo del Estado es administrar justicia para mantener el orden y la paz. La
formación del gobierno surge no solo de la protección de la propiedad privada, sino también de
factores psicológicos como el egoísmo, el temor y el afecto. La política, según su visión
utilitarista y liberal, debe basarse en la utilidad tanto para el individuo como para la sociedad,
anticipándose a pensadores como Bentham y Mill.

Descartes
En la primera mitad del siglo XVII, comenzó la separación de la filosofía y el nacimiento de las
ciencias modernas, primero en las ciencias naturales y luego en las ciencias sociales. Este
proceso generó un conflicto entre el saber general filosófico y el saber especializado. Descartes
vivió esta tensión, buscando un método universal para fundamentar todo el conocimiento. Su
obra, influida por la revolución científica de su época, refleja esta dualidad entre reflexión y
experimentación. A pesar de la creciente especialización, Descartes mantuvo una visión
unificada del conocimiento. En una carta de 1647, comparó la filosofía con un árbol: la metafísica
como raíz, la física como tronco y las demás ciencias como ramas.

La noción de ciencia en Descartes representa una transición fundamental en la historia del


pensamiento. En el siglo XVII, la idea de ciencia aún conservaba el significado que tenía en la
Antigüedad Clásica: un saber bien fundamentado basado en la contemplación reflexiva de los
primeros principios. Sin embargo, con Descartes, la ciencia comenzó a adoptar un carácter más
personal y metódico, rompiendo con la tradición especulativa de los griegos y la orientación
teológica de la escolástica medieval. En su época, disciplinas como la lógica, la moral, la
matemática, la astronomía y la medicina aún no se consideraban ciencias diferenciadas, sino
que eran vistas como "filosofías especiales". La física misma era entendida como "filosofía de la
naturaleza". A pesar de este enfoque tradicionalista, el espíritu científico moderno ya se gestaba
desde la Edad Media con figuras como Roger Bacon, quien defendía la experimentación como
vía para conocer la naturaleza. El desarrollo de la observación científica continuó con los artistas
renacentistas, que realizaron importantes descubrimientos en óptica, mecánica y anatomía. En
la segunda mitad del siglo XVI, Galileo y Kepler confirmaron la teoría heliocéntrica de Copérnico,
revolucionando la concepción del universo y la posición del ser humano en él. Frente a estos
avances, Descartes percibió que los conocimientos adquiridos en su formación tradicional no
eran suficientes para explicar la realidad y encontrar la verdad.

La gran innovación de Descartes radica en su concepción de la filosofía como un saber


eminentemente personal. A diferencia de los griegos, que contemplaban el cosmos, o de los
medievales, que reflexionaban sobre la divinidad, Descartes colocó la conciencia individual en el
centro del conocimiento. La filosofía cartesiana es, ante todo, una introspección metódica en
busca de la verdad, donde el "yo" reflexivo se distingue de todo lo demás. Este enfoque marca el
nacimiento del racionalismo moderno y sienta las bases del pensamiento filosófico
contemporáneo. Un aspecto clave en la búsqueda de la verdad para Descartes es la
matemática. Como expuso en el "Discurso del método" y en su carta al Abate Picot, la
multiplicidad de saberes solo lo llevaba a la duda. Para evitar esta confusión, propuso un método
basado en la evidencia clara y distinta, inspirado en la certeza de las matemáticas, en especial la
geometría. Su desarrollo de la geometría analítica y su colaboración en la creación del cálculo
de probabilidades junto con Pascal demuestran la importancia que otorgó a este campo como
modelo del conocimiento riguroso y fundamentado.

La duda metódica como punto de partida de su filosofía


Aunque Descartes hace constantes referencias a la geometría, esta no fue el origen de su
filosofía. La matemática y la geometría fueron para él modelos de certeza, pero su pensamiento
partió de la duda metódica. Descartes asumió que los sentidos pueden engañar y que incluso en
la geometría es posible equivocarse. Para hallar una verdad indudable, fingió dudar de todo y
descubrió que, al pensar en su propia duda, se daba cuenta de su existencia: "yo pienso, luego
yo soy". La duda en Descartes no es absoluta, sino metódica: una estrategia para deshacerse de
conocimientos previos y encontrar un principio indubitable. No duda realmente de todo, sino que
adopta una actitud de duda para ver qué resiste el cuestionamiento. La única verdad que resiste
la duda es que, al dudar, pensamos, y al pensar, existimos. Con esta base, Descartes establece
el principio fundamental de su filosofía: "yo soy una cosa que piensa". La etimología de "pensar"
refuerza la idea cartesiana: como en una balanza, su conciencia pesa todas las cosas envueltas
en la duda, y de ella depende la búsqueda de un fundamento sólido para el conocimiento.

Distinción entre el alma y el cuerpo


El principio "pienso, luego soy" encierra a Descartes en su propia conciencia, llevándolo a
concluir que su existencia no depende del cuerpo ni de lo material. Al dudar, reafirma su
existencia como una sustancia pensante, distinta y más fácil de conocer que el cuerpo, cuya
presencia no es necesaria para que el alma exista. Distingue tres tipos de ideas según su origen:
adventicias (provienen de los sentidos y están sujetas a error, por ej., la percepción de un objeto
externo); ficticias (creaciones de la imaginación a partir de ideas adventicias, por ej., la idea de
una sirena); innatas (no provienen ni de los sentidos ni de la imaginación, sino que están
presentes en la mente desde siempre, por ej., las ideas geométricas o la idea de Dios).

Las ideas geométricas y la certeza del conocimiento: Las ideas de figuras geométricas
(triángulo, círculo) no pueden derivarse de la experiencia, ya que los objetos físicos nunca son
perfectamente redondos o triangulares. Estas ideas innatas permiten el desarrollo de
conocimientos universales y ciertos.

La existencia de Dios y su fundamentación: Descartes argumenta que la idea de un Ser perfecto


implica necesariamente su existencia, del mismo modo que la suma de los ángulos de un
triángulo implica dos rectos. Si la perfección incluye la existencia, Dios debe existir.
Importancia de las ideas innatas: Las ideas innatas marcan la diferencia entre la filosofía clásica
y la moderna. Mientras que Aristóteles y los empiristas (como Locke) defendían que todo
conocimiento proviene de los sentidos, Descartes sostiene que la mente ya posee ciertos
conocimientos fundamentales. La existencia de Dios es clave para validar el conocimiento
humano. Si Dios es perfecto, no puede engañar, lo que permite confiar en la razón para alcanzar
la verdad. Así, Descartes reconstruye el edificio del saber que había puesto en duda.

Pero, ¿cómo haremos para no caer en el error? Cumpliendo con los preceptos que el mismo
Descartes nos enuncia en el Discurso del método.
Las reglas del método para llegar a la verdad en las ciencias
1. No aceptar nunca como verdadero lo que, con toda evidencia, no se reconociese como tal;
es decir, evitar cuidadosamente caer en la precipitación y los prejuicios, no dando cabida en
los juicios sino a aquellos que se presenten al espíritu en forma tan clara y distinta que no
sea posible la más mínima duda (Regla de la evidencia).
2. Dividir cada una de las dificultades que hallase a mi paso en tantas partes como fuera
posible y requiriera su más fácil solución (Regla del análisis).
3. Ordenar los conocimientos, empezando por los más simples, para elevarse poco a poco,
gradualmente, hasta el conocimiento de los más compuestos, incluso suponiendo un orden
entre aquellos que no lo presentan naturalmente (Regla de la síntesis).
4. Hacer siempre enumeraciones tan completas y revisiones tan generales que se pueda tener
la seguridad de no haber omitido nada (Regla de la verificación).

Criterio de verdad basado en la intuición del espíritu


La verdad no se fundamenta en la experiencia sensible, sino en una intuición intelectual, es
decir, en el entendimiento o la razón. Esto implica que el conocimiento verdadero no depende de
los sentidos, sino de la capacidad de la mente para captar con claridad y distinción las ideas.

Principio de evidencia: claridad (un conocimiento es claro cuando está presente con total nitidez
ante la mente, de manera similar a cómo un objeto visible se percibe claramente con la vista) y
distinción (un conocimiento es distinto cuando, además de ser claro, se diferencia de cualquier
otro y sus elementos están bien delimitados).

El error y sus causas


Descartes considera que el error no proviene de los sentidos en sí, sino del mal uso de la razón.
Causas del error: Precipitación: Afirmar o negar algo sin haberlo examinado con claridad y
distinción. Prejuicio: Aceptar creencias sin someterlas a un juicio racional adecuado. El error
ocurre cuando la voluntad se adelanta al intelecto y toma decisiones sin un fundamento claro y
distinto.

La herencia cartesiana: el problema de la relación entre espíritu y materia


¿Cómo explicar el hecho de que el alma actúe sobre el cuerpo y que, a su vez, recíprocamente,
el cuerpo actúe sobre el alma? Esta pregunta encierra un antiguo problema para la filosofía, pero
ahora se hace explícito gracias a la teoría de Descartes, que separa las dos substancias: La
espiritual, a la que pertenecen el alma como substancia pensante y Dios como substancia
perfecta. La extensa o corporal, a la que pertenecen todos los objetos del mundo, es decir, la
materia.
Descartes revolucionó la filosofía al establecer un sistema basado en la razón como único
criterio de verdad. Su método, fundamentado en la duda metódica, buscaba un principio
indubitable desde el cual construir el conocimiento. Sin embargo, su doctrina dejó abiertos
interrogantes que desafiaron a los filósofos posteriores, especialmente en lo que respecta a la
relación entre el alma y el cuerpo. En el Tratado de las pasiones (1649), intentó dar una
respuesta orgánica a este problema situando la comunicación entre ambas sustancias en una
glándula cerebral. No obstante, esta explicación resultó contradictoria con su sistema filosófico,
evidenciando una tensión no resuelta entre su metafísica dualista y su intento de explicar la
interacción mente-cuerpo dentro del ámbito físico.

A pesar de estas inconsistencias, Descartes dejó una marca indeleble en la filosofía moderna al
postular que el conocimiento no solo debe ser posible, sino también válido. Su preocupación no
se limitaba a verdades particulares, como las matemáticas, sino a la Verdad en su totalidad. En
este sentido, su pensamiento vincula estrechamente la ontología y la epistemología: conocer
implica, necesariamente, un fundamento metafísico. La razón, para Descartes, es el principio
fundamental de todo saber, teórico y práctico. En este punto radica su mayor legado y, al mismo
tiempo, el desafío que planteó a la filosofía posterior. Pensadores como Étienne Gilson y Karl
Jaspers han resaltado la influencia del pensamiento medieval en su obra, pero también la
necesidad de replantear los alcances y límites de la razón, tema central de la filosofía crítica
posterior. Así, aunque su sistema no resolvió todos los problemas que planteó, abrió el camino
para una exploración filosófica que aún continúa.

Spinoza: Unicidad y sustancia


El problema de la comunicación entre las sustancias planteado por Descartes fue abordado por
filósofos racionalistas como Malebranche, Spinoza y Leibniz en el siglo XVII. Spinoza, nacido en
Ámsterdam en 1632 en una familia de judíos sefarditas, se educó en la tradición judía, pero su
espíritu independiente lo llevó a adoptar la filosofía cartesiana. Su pensamiento heterodoxo
provocó su expulsión de la sinagoga y su destierro de Ámsterdam a los 24 años, lo que lo obligó
a ganarse la vida puliendo cristales ópticos. Figura clave del racionalismo, su obra influyó en el
desarrollo del pensamiento moderno.

El panteísmo
La fórmula Deus sive substantia sive natura resume el panteísmo de Spinoza, identificando a
Dios, la Sustancia y la Naturaleza como una misma realidad. Aunque su filosofía suele
calificarse como panteísta, ha sido interpretada de diversas maneras a lo largo del tiempo. Sus
contemporáneos lo consideraron ateo por su uso no cristiano de "Dios", mientras que
pensadores románticos lo vieron como una figura casi religiosa. Su noción de totalidad influyó en
el idealismo hegeliano y, en tiempos modernos, algunas corrientes marxistas han retomado su
materialismo.
Algunas proposiciones de la Ética, en su primera parte De Dios, condensan aspectos
fundamentales del sistema spinoziano: Proposición 1: Dios es causa inmanente, y no transitiva,
de todas las cosas. Proposición 2: La sustancia es aquello que está en sí y se concibe por sí.

Spinoza utiliza las palabras “Dios”, “Sustancia” y Natura naturans como tres vocablos distintos
para señalar el Ser. Este Ser se concibe como el espectáculo grandioso de todo cuanto existe;
es decir, la Natura naturans se expande como Natura naturata: una única sustancia que existe
en sí y se concibe por sí, pero que se manifiesta de distintos modos.

El problema de la comunicación de las sustancias


Spinoza lo resuelve pensando en una única Sustancia, a la cual corresponden alma y cuerpo
como dos atributos o modos de una única realidad verdadera. Lo determina de la siguiente
manera: Proposición 1: El pensamiento es un atributo de Dios, es decir, Dios es una cosa
pensante. Proposición 2: La extensión es un atributo de Dios, es decir, Dios es una cosa
extensa.

El pensamiento ético y político


Spinoza plantea una pregunta fundamental: ¿por qué los hombres luchan por su esclavitud
como si fuese por su libertad? Su respuesta se basa en una crítica a las filosofías de la
trascendencia, que sostienen el orden social sobre la obediencia y el miedo, y en la defensa de
una filosofía de la inmanencia, donde la comprensión y la razón conducen a la libertad. Spinoza
rechaza la visión tradicional de un Dios personal y una Biblia dictada por lo divino, proponiendo
en su lugar una moral laica basada en la razón. Según su perspectiva, los textos sagrados
fueron escritos por hombres sujetos a errores, y los supuestos milagros no son más que sucesos
naturales interpretados desde la imaginación. En este marco, la ética adquiere un papel central,
vinculándose estrechamente con su concepción ontológica: todos los seres son iguales en su
potencia de existir y actuar. Este principio de igualdad se traslada al terreno político. Mientras las
filosofías tradicionales imponen jerarquías que exigen obediencia ciega, Spinoza aboga por un
orden democrático donde los ciudadanos comprendan y cooperen para fortalecer su potencia de
obrar. Para él, la verdadera libertad no reside en la mera ausencia de coacción, sino en el uso
de la razón para superar el miedo y el engaño. Aunque su Tratado político quedó inconcluso,
dejó en claro que solo a través de la comprensión los hombres pueden emanciparse de la
superstición y construir un sistema basado en la libertad y la autodeterminación.

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