5 mentiras acerca de nuestra
identidad
Me cae muy mal decepcionar a alguien, y me cae peor decepcionar a Dios. Pero lo
he hecho. Ambas cosas. Muchas veces. Y lo volveré a hacer. Y no digo esto para
consolarme ni para justificarme. Es solo una advertencia. Sé que Dios permite que
nos equivoquemos y tropecemos. Creo que le interesa que cuando intentemos
ayudar a otros con sus errores y tropiezos, sepamos un poco mejor de qué estamos
hablando. ¿Te imaginas cuán insensibles seríamos si nosotros nunca cometiéramos
un error?
Sin embargo, con mucha tristeza debo confesar que en demasiadas ocasiones
olvido esto. Todos lo olvidamos. Incluso de alguna manera pareciera ser que
nuestro contexto cristiano hispanoamericano quisiera anestesiarnos a la verdad de
que los cristianos somos pecadores redimidos que vivimos en un mundo de pecado.
Y así perdemos de vista la realidad de que solamente somos peregrinos frágiles que
nos encontramos con el mapa de la cruz para albergarnos en el mesón de la gracia.
Presta atención a lo que cantamos. Gracias a Dios esto ha ido cambiando de a
poquito en los últimos años, pero desde hace algunas décadas que la gran mayoría
de las canciones que más escuchamos tienen un claro matiz exitista con
afirmaciones tan grandilocuentes que te confieso que en ocasiones, me ruboriza el
alma cantárselas a Dios. Por supuesto, es injusto generalizar. Hay excepciones y
está claro que nadie tiene malas intenciones. Pero me refiero a repetir frases del
estilo de: “Lo único que me importa es Jesús…”. Yo puedo cantar esa frase con los
ojos cerrados, las manos levantadas y mi mejor cara de adolescente enamorado,
pero seguirá siendo una mentira. Me importa Jesús, pero también me importan mi
esposa, mis hijos, mis amigos, y el ministerio que tengo entre manos.
Claro, es poesía. Lo entiendo. Pero exagera sentimientos que, en el mejor de los
casos, son momentáneos, y, lo que es peor, contribuye a crear en el inconsciente
colectivo de los cristianos -sobre todos de los más inmaduros- una sensación de
hipocresía. Para seguir con mi ejemplo y ser bien claro, quiero distinguir que: si yo
canto “Amo a Jesús”, estoy haciendo una afirmación irrefutable porque es personal;
pero en el momento en que exagero el sentimiento incluyendo la palabra “único”,
ya crucé la línea de la verdad.
Incluso en más de una ocasión he llegado a pensar que las canciones seculares a
veces son más bíblicas que las cristianas, aunque no repitan palabras “evangélicas”
ni se refieran a Dios, sencillamente porque muchas de ellas dicen las cosas como
son y expresan la gama completa de las emociones humanas, tales como la
tristeza, la frustración, y el amor filial y de pareja. Así como hace la Biblia al incluir
el libro de Lamentaciones, la confusión de Oseas, los reclamos en el libro de los
Salmos, las peleas entre hermanos en Génesis, las descripciones eróticas del Cantar
de los cantares, o las confesiones de Pablo.
Por supuesto, no solo observo esto en las canciones sino también en las oraciones,
en las predicaciones, y hasta en los posteos de redes sociales de algunos líderes
cristianos. Por eso no le echo la culpa a los músicos, que pobres, dan lo que la
mayoría les pide, sino que creo que es un círculo vicioso y fantasioso del que
debemos salir entre todos. ¿Por qué me parece importante reflexionar sobre esto
aquí? Porque si vamos a hacer una prescripción para incrementar nuestra
capacidad de resistencia, tenemos que hacer un diagnóstico real y no
sensacionalista ni romántico de nuestra situación actual.
Tenemos que pararnos sobre la verdad. La de Dios y la nuestra, admitiendo hasta lo
más crudo de los huesos que estamos donde estamos por pura gracia, porque nada
de lo que tenemos ni de lo que hacemos lo merecemos. ¿No crees que uno de los
más poderosos catalizadores de cambio en nuestras vidas es el agradecimiento?
Identidad bíblica
Henri Nouwen identificó cinco mentiras acerca de nuestra identidad con las que
podemos ser engañados (o engañarnos a nosotros mismos):
1. Soy lo que tengo.
2. Soy lo que hago.
3. Soy lo que otras personas piensan o dicen de mí.
4. Soy mi peor momento.
5. Soy mi mejor momento.
Cuando a mis veinticuatro años comencé a ser pastor asociado en una mega iglesia
en California, yo sabía demasiado (o eso creía…), y precisamente por esa razón me
tomó bastante tiempo reconocer cuán tonto era y cuánto tenía todavía para
aprender, mejorar y crecer. Cuando somos jóvenes tendemos a oscilar como un
péndulo entre la sensación de que sabemos más que cualquier persona mayor
(sobre todo si no maneja la tecnología que nosotros manejamos), y la sensación de
que no sabemos nada y de que nadie nos preparó para lo que estamos viviendo.
De hecho, ambas son señales de inmadurez, sin importar cuántos años tengamos.
Siempre tenemos mucho para aprender de las personas a nuestro alrededor. Y si
llegamos hasta aquí es porque todo nos preparó para este momento, y, por lo tanto,
estamos listos. Lo que se hace fundamental para mantenernos humildes y, al
mismo tiempo, sentirnos preparados, es anclar nuestro sentido de valor en lo que
Dios dice de nosotros.
Quiero compartirte estas 5 mentiras directamente relacionadas con nuestra
identidad:
No somos lo que tenemos. Diga lo que diga y venda lo que venda la sociedad de
consumo, mis posesiones y mi salario no definen mi identidad. Mi valor no es
proporcional a esa etiqueta en mi ropa nial automóvil que manejo.
No somos lo que hacemos. Mi identidad no está definida por mi título ni por mi
posición. Por eso me da algo de tristeza cuando en las biografías de redes sociales
veo tantos títulos y cargos, porque sé que esas personas están paradas sobre
arenas movedizas, pidiéndole al destino una crisis de identidad… imagínate que si
un día pierden la posición, ¡se desdibujará quiénes son!
No somos lo que otras personas piensan o dicen de nosotros. Eso siempre
es subjetivo. Tiene que ver con quiénes son ellos y, en todo caso, con la pequeña
parte que conocen de nosotros. Las críticas y los halagos son una pareja de viejos
chismosos y los dos son peligrosos si los escuchamos demasiado. Para mantenernos
humildes y preparados es fundamental anclar nuestro sentido de valor en lo que
Dios dice de nosotros.
No somos nuestro peor momento. Si ya me arrepentí, le pedí perdón a Dios, y
cambié, ni Dios se acuerda de lo sucedido (Miqueas 7:18-19) ¿Por qué entonces me
voy a acordar yo todo el tiempo, y por qué le voy a permitir a personas menos
importantes que Dios que me definan por eso? ¡Sería deshonrar su perdón! Créeme,
el mundo es mucho más grande que ese grupo de personas que te rodean ahora. Si
tu círculo te condena por algún error de tu pasado, ¡cambia de círculo!
No somos nuestro mejor momento. Los logros hablan bien de nosotros, y la
atención que acaparan tiene una alta cuota de seducción, pero tampoco nos
definen. En la ecuación de esa victoria seguramente hubo mucha gracia. Y, en todo
caso, esa victoria refleja un aspecto de nuestra vida y no todos. Además, si
pensamos que somos nuestro mejor momento podemos caer en la trampa de
dejarnos definir por el ayer, lo cual sería malo aunque se trate de un recuerdo
positivo.
Asumiendo que eres líder, no voy a darte un sermón explicándote que Dios te ama
como a un hijo (1 Juan 3:1), que te ha escogido (Efesios 1:4-6), y que te ha
comprado por un alto precio (1 Corintios 6:20), porque muy probablemente tú me lo
puedas predicar mejor que yo a ti. Pero sí te quiero hacer pensar en estas tres
dinámicas respecto de nuestra identidad bíblica:
Dios conoce todo de nosotros mejor que nadie (Salmos 100:3, Job 34:21-
22, Mateo 10:30). Él conoce cada uno de nuestros pensamientos y
puede ver hasta lo más profundo del corazón. Así que decirle que todo
lo que hacemos es solamente por las almas… Mmm, no creo que lo
conmueva.
Dios todavía está trabajando en nosotros (Salmos139:23-24, Romanos
8:29, Filipenses 1:6). Esto quiere decir que un aspecto de nuestra
identidad bíblica es que somos proyectos de Dios en los que Él aún
planea seguir poniendo su mano perfeccionadora.
Dios puso en nosotros dones y talentos a propósito y con propósito (1
Corintios 12:4-6, Romanos 12:6-8, 1 Pedro 4:10-11). En este momento
preciso de la historia la Iglesia está incompleta y es más frágil sin
nuestro aporte.
Algunos días tenemos las motivaciones correctas, y otros no. Algunas noches
estamos inspirados, y otras no. Eso me pasa a mí, te pasa a ti, y nos pasa a todos, y
es importante tenerlo en cuenta si no queremos estancarnos por desarrollar
expectativas irreales acerca de nosotros mismos y de los demás. La honestidad y la
humildad son la mejor entrada al taller de la resistencia.
Este artículo fue extraído del libro “Stámina” de Lucas Leys.