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La Revolución del Multimedia

El texto de Ignacio Ramonet analiza la transformación de la comunicación en la era del multimedia, destacando su impacto en la fiabilidad de la información y la creación de un mercado global de comunicación. Se menciona cómo eventos mediáticos como la muerte de Diana y el escándalo Clinton-Lewinsky han evidenciado la evolución de los medios, donde la sobreinformación y la búsqueda de sensaciones han prevalecido sobre el análisis riguroso. Ramonet advierte sobre el peligro de un condicionamiento sutil de las mentes y el surgimiento de un 'mesías mediático' en este nuevo contexto comunicacional.

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La Revolución del Multimedia

El texto de Ignacio Ramonet analiza la transformación de la comunicación en la era del multimedia, destacando su impacto en la fiabilidad de la información y la creación de un mercado global de comunicación. Se menciona cómo eventos mediáticos como la muerte de Diana y el escándalo Clinton-Lewinsky han evidenciado la evolución de los medios, donde la sobreinformación y la búsqueda de sensaciones han prevalecido sobre el análisis riguroso. Ramonet advierte sobre el peligro de un condicionamiento sutil de las mentes y el surgimiento de un 'mesías mediático' en este nuevo contexto comunicacional.

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IGNACIO RAMONET “LA TIRANÍA DE LA COMUNICACIÓN” (Fragmento)

Editorial Debate, Madrid, 1986.

Comunicación contra Información

La irrupción del multimedia, cuyo impacto se ha equiparado al de la invención de la imprenta por


Gutenberg, sitúa al sistema informacional en el umbral de una profunda revolución, que coincide
con su progresiva pérdida de fiabilidad. La articulación del televisor, la PC y el teléfono, ha creado
una nueva máquina de comunicar, interactiva y basada en las posibilidades del tratamiento digital
de la información. Reuniendo los múltiples avances que han experimentado los media1 hasta ahora
dispersos (a los que se agregan el fax, la telemática y la monética), el multimedia e Internet significan
una ruptura y podrían transformar todo el campo de la comunicación, no sólo en los aspectos
tecnológicos, sino también en la esfera económica, tal como espera el presidente norteamericano
William Clinton, que lanzó el ambicioso proyecto de las autopistas de la información para reafirmar
el papel de Estados Unidos como líder de las industrias del futuro. Se están produciendo en este
momento giganteas fusiones entre los mastodontes de la telefonía, el cable, la informática, la
televisión, la publicidad, el vídeo y el cine. Se suceden absorciones y fusiones que movilizan decenas
de miles de millones de dólares... Algunos sueñan con un mercado perfecto de la información y la
comunicación, totalrnente integrado gracias a las redes electrónicas y los satélites, funcionando sin
fronteras, en tiempo real y sin interrupción. Lo imaginan construido según el modelo del mercado
de capitales y de los flujos financieros, que se mueven de forma permanente... Como ejemplo del
futuro comunicacional se cita con frecuencia el éxito (real) de Internet, una red mundial de
microordenadores que dialogan entre ellos gracias a la generalización de los módems. Nacido en
Estados Unidos en 1969, y adoptado muy rápidamente por la comunidad científica y universitaria
internacional, Internet constituye efectivamente un modelo de convivialidad telemática,
amenazado cada vez más por los apetitos económicos que se ciernen sobre los cerca de 100 millones
de usuarios conectados, maravillados habitantes de un ciberespacio inmaterial. La prensa escrita no
se encuentra a salvo de este huracán de arnbiciones desencadenado por el desafío del multimedia
y la nueva utopía tecnológica. Muchos de los grandes periódicos pertenecen ya a mega grupos de
comunicación. Las escasas cabeceras de prensa aún independientes que sobreviven en Europa,
fragilizadas por la caída de los ingresos publicitarios, siguen siendo objetivo de la codicia de estos
nuevos amos del mundo. Este moderno tinglado comunicacional y la vuelta de los monopolios,
preocupan lógicarnente a los ciudadanos, que recuerdan las llamadas de alerta lanzados por George
Orwell y Aldous Huxley contra el falso progreso de un mundo administrado por una policía del
pensamiento. Y temen la posibilidad de un condicionamiento sutil de las mentes a escala planetaria.
En el gran esquema industrial concebido por los patronos de las empresas de entretenimiento,
puede constatarse ya que la información se considera antes que nada como una mercancía, y que
este carácter predomina ampliamente respecto a la misión fundamental de los media: aclarar y
enriquecer el debate democrático. A este respecto dos ejemplos recientes han mostrado cómo la
sobreinformación no significa siempre buena información: el asunto Diana y el affaire Clinton-
Lewinsky. La muerte en accidente de automóvil a fines de agosto de 1997 en París de lady Diana y
de su novio Dodi AI Fayed, dio lugar a la tempestad informativa más fenomenal en la reciente
historia de los media. Prensa escrita (diaria y periódica), radios y televisiones otorgaron a este
acontecimiento más espacio que el dedicado a ningún otro asunto que afectara a un individuo en
toda la historia de los medios de comunicación de masas. Millares de portadas de revistas, cientos
de horas de reportajes televisados (sobre las circunstancias del accidente, las especulaciones sobre
su carácter accidental o criminal, las relaciones con la familia real inglesa, con su ex marido, con sus
hijos, sus actividades en favor de los desfavorecidos, su vida sentimental, etcétera.) fueron
consagrados a la muerte de «Lady Di». De Nigeria a Sri Lanka, de Japón a Nueva Zelanda, su entierro
fue difundido en directo por cientos de cadenas de televisión del mundo entero. En Venezuela y
Brasil, miles de personas pasaron toda la noche en vela (a causa del desfase horario) para seguir en
directo y en tiempo real sobre la pequeña pantalla las escenas de las honras fúnebres de Diana. Esta
tempestad mediática ha sido comparada con la que el mundo experimentó con motivo de tragedias
que afectaron a diversas personalidades: se trata de un error. Ni el asesinato de John Kennedy, ni el
atentado contra Juan Pablo II tuvieron una repercusión mediática comparable (por no hablar más
que de dos mega-acontecimientos) tratándose además de jefes del Estado y de la Iglesia,
responsables políticos o espirituales, a la cabeza de países o de comunidades integradas por cientos
de millones de personas que, por su función -presidente de Estados Unidos y papa de la Iglesia
católica-, son personajes habituales de los medios de comunicación y «ocupantes» casi de forma
natural de los telediarios del mundo. Diana no era nada de todo esto. Antes de su trágica muerte,
era sobre todo la heroína de la «prensa del corazón», que había construido de ella -como lo sabe
hacer la literatura popular- un personaje (en el sentido ficticio del término): el de la « princesa triste
», rnelancólica, que lo tuvo todo para ser feliz (belleza, riqueza) pero a la que faltaba el amor de su
esposo, seducido por una mala mujer; y que transfería su capacidad de amor hacia sus hijos y hacia
todos los desgraciados del mundo. Lo que se produjo en el momento del accidente mortal de Diana
fue una especie de cortocircuito mediático. El personaje de folletín, de telenovela, accede de
repente al estatus de personalidad digna de la prensa seria y de referencia. Diana abandona el marco
limitado y folclórico de «la prensa del corazón», de lo «popular», para entrar de lleno en las
secciones principales y en las columnas más nobles de los espacios de la prensa política. Por vez
primera, Diana es la información principal de un telediario. Y el cortocircuito se produce, en el
mismo momento, en todos los media y a escala planetaria. Se llegó a hablar a este respecto de
«sicodrama planetario», de «choque mediático total», de «globalización emocional». Lo que resulta
evidente es que en aquella ocasión se vivió, indiscutiblemente, un acontecimiento mediático
inaugural. Algo sucedía por vez primera. Sabíamos que estábamos entrando en la era de la
información global, en particular tras el desarrollo - al final de los años 80-- de la cadena planetaria
Cable News Network (CNN), pero esta expresión, más que constatar un nuevo estado de cosas,
anunciaba en cierto modo una etapa que estaba al llegar. El asunto Diana fue el primer episodio de
esta nueva era de la información. El segundo se produjo en enero de 1998, con motivo de las
pretendidas relaciones entre el presidente de Estados Unidos con una ex becaria de la Casa Blanca,
Mónica Lewinsky, que se convirtieron de repente en un tema mediático planetario,
desencadenando una crisis de locura comunicacional incontrolada. Todo empezó cuando un tal
Matt Drudge envió a su servidor Internet el contenido de las conversaciones telefónicas grabadas
por la amigadenunciadora de Lewinsky, Linda Tripp. La revista Newsweek había dudado en difundir
dichas conversaciones, tomándose tiempo para verificar la información. Pero Matt Drudge no
albergó ninguna duda. Y la irrupción de la historia en la esfera de Internet volvió completamente
loca a la prensa escrita que, queriendo hacerse de nuevo con este asunto-choque se decidió a
publicar cualquier cosa, lanzándose desesperadamente a la caza del scoop, con un solo objetivo: no
dejarse ganar la mano por Internet. Algún día se escribirá que el asunto Clinton-Lewinsky ha
significado para Internet lo que el asesinato de John Kennedy fue para la televisión: el
acontecimiento fundador de un nuevo media de información (y no ya únicamente de distracción).
En esta ocasión la prensa escrita ha querido recuperar su dinamismo de los tiempos del Watergate,
tratando de escapar de los simples scoops para aportar el verdadero tempo de la información. Las
cadenas -networks-, desbordadas por Internet y por la prensa de papel, se vieron obligadas a hacer
sonar sus alarmas de llamada a las estrellas de los telediarios de la noche, desde el momento en que
estalló el escándalo. Dan Rather, Peter Jennings y Tom Brokaw tuvieron que regresar de Cuba,
donde cubrían la visita del papa y su encuentro con Fidel Castro. Por una vez, los periodistas de la
pequeña pantalla tenían varios cuerpos de retraso respecto a sus colegas de la prensa escrita,
especialmente el Washington Post y el Newsweek, que estaban preparando el informe sobre las
aventuras sentimentales de Clinton desde hacía varios meses. De hecho, la prensa escrita buscaba
su revancha desde los tiempos de la guerra del Golfo, que significó el triunfo, el apogeo y el cenit de
una información televisada basada en la potencia de la imagen. Y la obtuvo mediante la incursión
en nuevos territorios informativos: la vida privada de las personalidades públicas y los escándalos
ligados a la corrupción y a los negocios: lo que podría denominarse periodismo de revelación (y no
periodismo de investigación). ¿Por qué? Porque en la revelación de affaires de este tipo lo decisivo
es la producción de documentos, y estos son casi siempre textos escritos, papeles
comprometedores, cuyo valor-imagen es, por así decirlo, nulo, y de los que la televisión puede sacar
muy poco partido. En un terreno como éste, la prensa escrita retoma la iniciativa. Por ello desde
hace una década en la mayor parte de los países se ha visto multiplicar los informes y las
revelaciones, sobre todo en materia de corrupción. En casi todos los casos es la prensa escrita la
que los ha sacado, y prácticamente nunca la televisión. En el asunto Clinton-Lewinsky, a falta de
imágenes (los protagonistas se atrincheraban en sus territorios), las cadenas y la CNN se resignaron
a organizar platós en los que aparecían los periodistas de la prensa escrita. Michael Isikoff, autor del
articulo de News week y el único periodista norteamericano del momento en haber oído una de las
famosas grabaciones de las confidencias telefónicas de Mónica Lewinsky, llevaba a cabo en esos
días una especie de vaivén entre la CBS, la NBC y la ABC. Únicamente la cadena de televisión pública
PBS ofreció una primera imagen realmente interesante: la entrevista choque entre Clinton y Jim
Lehrer, su presentador estrella. Todas las demás cadenas interrumpieron inmediatamente sus
programas para difundir extractas de la entrevista en la que el presidente norteamericano negó
categóricamente haber mantenido relaciones culposas can la joven becaria de la Casa Blanca. A
pesar de toda, la prensa del día siguiente tituló: «Sexo, mentiras y cintas magnetofónicas».
Efectivamente, la televisión ha dado la impresión de estar fuera de juego en todo este asunto. Las
revelaciones se iban conociendo a través de fugas y de informadores anónimos, no se dejaban
filmar. A pesar de todo, la televisión no dejó de tratar de entrar en el acontecimiento, desdeñando
al mismo tiempo el resto de la actualidad internacional. Por ejemplo, durante la rueda de prensa
que siguió al encuentro entre Clinton y Yasir Arafat, no retuvo ni difundió más que las preguntas
planteadas al presidente norteamericano respecto a... ¡sus relaciones con Mónica Lewinsky! La
imagen de Arafat asistiendo, impasible, a la travesía de Clinton sobre el fuego de sus
entrevistadores, constituye una de las pruebas más delirantes de la actual deriva de los media.
Desbordadas por los rumores y carentes de imágenes, las redes de televisión se han visto obligadas
a afrontar un dilema sencillo: cómo hablar de la sexualidad presidencial sin hacer «telebasura» (TV
trash). El «sexo presidencial»: los periodistas de la televisión sólo hablaban para referirse a éste...
En la ABC, Bárbara Walters, la gran sacerdotisa de las entrevistas del corazón, se refería sin
pestañear al «semen presidencial» que Mónica Lewinsky habría conservado sobre uno de sus
vestidos, explicando, con aire grave, que los futuros análisis de ADN podrían traicionar a Clinton. La
televisión norteamericana no aportó ningún elemento nuevo a la investigación. Las cámaras corrían
siempre detrás de los reporteros de la prensa. Acabaron por encontrar su salvación en los archivos
de la CNN: el famoso achuchón de Clinton a Mónica Lewinsky durante una fiesta en los jardines de
la Casa Blanca, difundido repetidamente y diseccionado por los expertos del body language
(«lenguaje del cuerpo»): «La mirada amorosa de Mónica», «La palmadita cómplice en su hombro».
Estas imágenes venían a confirmar a posteriori que las cadenas de televisión no habían podido una
especie de espiral vertiginosa, enervante, desde la sobreinforrnación hasta la náusea. La hiper-
emoción ha existido siempre en los media, pero se reducía al ámbito especializado de ciertos
medios, a una cierta prensa popular que jugaba fácilmente con lo sensacional, lo espectacular, el
choque emocional. Por definición, los medios de referencia apostaban por el rigor y la frialdad
conceptual, alejándose lo más posible del pathos para atenerse estrictamente a los hechos, a los
datos, a las pruebas. Todo esto se ha ido modificando poco a poco, bajo la influencia del media de
información dominante que es la televisión. EI telediario, en su fascinación por el «espectáculo del
acontecimiento» ha desconceptualizado la información y la ha ido sumergiendo progresivamente
en la ciénaga de lo patético. Insidiosamente ha establecido una especie de nueva ecuación
informacional que podría formularse así: si la emoción que usted siente viendo el telediario es
verdadera, la información es verdadera. Este «chantaje por la emoción» se ha unido a la otra idea
extendida por la información televisada: basta ver para comprender. Y todo esto ha venido a
acreditar la idea de que la información, no importa de qué información se trate (la situación en el
Oriente Próximo, la crisis del sureste asiático, los problemas financieros y monetarios ligados a la
introducción del euro, conmociones sociales, informes ecológicos, etc), siempre es simplificable,
reductible, convertible en espectáculo de masas, divisible en un cierto número de segmentos-
emociones. Sobre la base de la idea, muy de moda, de que existiría una «inteligencia emocional»,
esta concepción de la información rechaza cada vez más el análisis (factor de aburrimiento) y
favorece la producción de sensaciones. Todo esto convergió y tomó forma de repente a escala
planetaria en el asunto Diana. En aquel momento se perdieron todas las referencias, se
transgredieron todas las fronteras, todas las secciones y estilos periodísticos se pusieron patas
arriba. Diana se convertía en un «fenómeno mediático total»; un acontecimiento a la vez político,
diplomático, sociológico, cultural, humano... que afectaba a todas las capas sociales en todos los
países del mundo. Esto es lo radicalmente nuevo. Y cada medio (escrito, hablado o televisado) a
partir de su propia posición, se sintió en la obligación de tratar este asunto en beneficio de su
público. La consecuencia principal de este mimetismo mediático y de este tratamiento mediante, la
hiper-emoción es que (sin que incurramos en una paranoia primaria), todo está preparado para la
aparición de un «mesías mediático». Como vino a anunciar indiscutiblemente el asunto Diana. El
dispositivo está listo, no solamente desde el punto de vista tecnológico, sino sobre todo psicológico.
Los periodistas, los media (y, en cierta medida, los ciudadanos) se encuentran a la espera de una
personalidad portadora de un discurso de alcance planetario, basado en la emoción y la compasión.
Una mezcla de Lady Di y de la Madre Teresa, de Juan Pablo II y Gandhi, de Clinton y Ronaldo, que
hablaría del sufrimiento de los excluidos (4.000 millones de personas) tal como Paulo Coelho de la
ascesis del espíritu. Alguien que transformaría la política en tele-evangelismo, que soñaría con
cambiar el mundo sin pasar jamás a actuar en esa dirección, que plantearía la apuesta angélica de
una evolución sin revolución. [...]

Prensa, poderes y democracia


La relación entre la prensa y el poder es objeto de debate desde hace un siglo, pero sin duda cobra
hoy una nueva dimensión. Para abordar el problema hay que empezar por plantear la cuestión del
funcionamiento de los media y, más concretamente, de la información. Ya no se pueden separar los
diferentes medios, prensa escrita, radio y televisión, como se hacía tradicionalmente en las escuelas
de periodismo o en los departamentos de ciencias de la información o de la comunicación. Cada vez
más, los media se encuentran entrelazados unos con otros. Funcionan en bucles de forma que se
repiten y se imitan entre ellos, lo que hace que carezca de sentido separarlos y querer estudiar uno
solo en relación con los otros. [...] Ya hacia finales de los años ochenta la televisión, que era el media
dominante en materia de diversión y ocio, se convirtió también en el primero en materia de
información. La mayoría de las personas se informan, esencialmente, por medio de la televisión. La
televisión tomó, pues, la dirección de los media y ejerce su hegemonía, con todas las confusiones
que provoca respecto al concepto de actualidad. ¿Cuál es la actualidad hoy? Es lo que la televisión
dice que es actualidad. Y aquí aparece otra confusión respecto a la verdad. ¿Cómo podría definirse
la verdad? Hoy la verdad se define en el momento en que la prensa, la radio y la televisión dicen lo
mismo respecto a un acontecimiento. Y sin embargo, la prensa, la radio y la televisión pueden decir
lo mismo sin que sea verdad. Fue el caso de Rumania. ¿Qué medios tengo para averiguar que se
falsea la verdad? No puedo comparar unos media con otros. Y si todos dicen lo mismo no estoy en
condiciones de llegar, por mí mismo, a descubrir lo que pasa. Esta supremacía de la televisión está
basada no sólo en el directo y en el tiempo real, sino también en el hecho de que impone como gran
información la información que tiene, esencialmente su vertiente visible. Cuando un gran
acontecimiento no ofrece un capital de imágenes se crea una especie de confusión difícil de
desvelar. Estoy pensando en el genocidio en Ruanda, en 1994, cuando los hutus exterminaron a una
gran parte de los tutsis. Oímos hablar de este genocidio. Muy poco, en realidad, porque se estaba
celebrando el Festival de Cannes. Pero después se descubrió que se trataba de un genocidio. Y
empezaron a avanzarse cifras. Y luego la televisión empezó a mostrar imágenes. Por tanto, en
principio, se oye hablar de un mega-acontecimiento. Un genocidio; no se dan más que tres o cuatro
en un siglo. Es, por lo menos, un acontecimiento considerable. Y más tarde se muestran las
imágenes. Imágenes de gentes que sufren, de familias, de personas, de niños, de viejos, que
caminan, que son víctimas de epidemias, se les ve morir, cómo los entierran. Todo masivamente. Y,
como consecuencia, se genera un sentimiento de piedad. Se monta una operación por parte de
Francia denominada «operación turquesa», que se hace teóricamente para proteger a las
poblaciones. Genocidio, víctimas, protección. Parece que todo eso va encadenado. Sin embargo, el
problema es que el genocidio tuvo lugar pero, en realidad, del propio genocidio no tuvimos
imágenes. Lo que, por otra parte, demuestra que los grandes acontecimientos no producen
necesariamente imágenes. Del genocidio de Ruanda no hay prácticamente ninguna. Es un gran
acontecimiento que tuvo lugar en ausencia de las cámaras. Existen algunas imágenes que se han
podido encontrar, filmadas desde muy lejos o de individuos dando machetazos. Pero aparte de eso,
se pudo exterminar entre 500.000 y 1 millón de personas en ausencia de cámaras. Las únicas
imágenes son de gentes que sufren y marchan, en una especie de éxodo de tipo bíblico, apocalíptico,
que son víctimas de una versión de las siete plagas de Egipto. Y, evidentemente, se tiende a pensar
que son las víctimas del genocidio. Pero, como se sabe, eran, por el contrario, los autores del
genocidio. Este tipo de información no puede decir una cosa y su contraria, no puede decir: ha
habido víctimas, he aquí los verdugos. Los verdugos son víctimas. No hay forma de entenderlo.
Porque, además, hay tropas francesas que en principio para sus conciudadanos son amigos. Y resulta
que defienden a los autores del genocidio. Esto no se puede decir. Como consecuencia, Io que se ve
resulta extremadamente confuso. Frente a un acontecimiento tan importante como ése, la
información está muy lejos de ser clara. Se encuentra viciada por la idea de que si un acontecimiento
se produce hay que mostrarlo. Y se llega a hacer creer que hoy no puede existir un acontecimiento
sin que sea grabado y pueda ser seguido, en directo y en tiempo real. Esa es toda la ideología de la
CNN, la nueva ideología de la información en continuo y en tiempo directo, que la radio y la
televisión han adoptado. Esa idea de que el mundo tiene cámaras en todas partes y que cualquier
cosa que se produzca debe ser grabada. Y si no se graba, no es importante. Lo que hace que, en esa
línea, un informe de UNICEF, un informe de la Organización Internacional del Trabajo o un informe
de Amnistía Internacional sean mucho menos importantes que cualquier acontecimiento que
dispone de un capital de imágenes. Esta deriva de la información ha tenido consecuencias en otros
terrenos y, en particular, en el de la prensa escrita, que hoy trata de reaccionar. Pero hay que ser
conscientes de que, incluso cuando existe la mejor voluntad y un sentido crítico agudizado, estamos
frente al media que domina los media. La información televisada funciona según un cierto número
de principios (que no pueden observarse si no se ha seguido esta evolución, y esta evolución no es
perceptible, no está hecha para ser percibida). Principios que crean confusiones incluso entre los
demócratas más sinceros, y que crean una dificultad indiscutible para articular la ecuación:
información = libertad = democracia. Todo esto plantea la cuestión de la objetividad y de los criterios
que determinan la veracidad de los hechos. La búsqueda de objetividad es la propia base del oficio
de periodista, y no debe deducirse que criticar la ecuación «ver es comprender» tendría que
conducir, inevitablemente, a elaborar un discurso de propaganda o un discurso de opinión. Lo
contrario de esta información espectáculo no es, necesariamente, una información de propaganda
o una información puramente ideológica. La tradición, y la propia historia del periodismo, tal y como
se ha desarrollado -lo que se llama el periodismo americano; es decir, con la tradición de distinguir
los hechos de los comentarios- es la base que permite al lector poder diferenciar bien los hechos
establecidos en principio de las opiniones. En principio, un discurso de propaganda es un discurso
que intenta o bien construir hechos o bien ocultarlos. Lo que hay que comprender bien es que está
en otra esfera informacional. Tomemos, por ejemplo, una cuestión tan elemental como la de la
censura. Se podría decir que un discurso de propaganda es un tipo de discurso de censura. O bien
el discurso de censura es un discurso que consiste, esencialmente, en suprimir, amputar, prohibir
un cierto número de aspectos de éstos, o el conjunto de los hechos, ocultarlos, esconderlos. Razonar
de esta forma es creer que, en la información, estamos en un universo donde los elementos son
constantes. Pero hoy la censura no funciona mediante este principio, salvo en las dictaduras. Pero
ya se sabe que esos regímenes, al menos en el período actual, se encuentran en vías de extinción.
En los sistemas en que nos encontramos, que son aparentemente democráticos, existen pocos
ejemplos de funcionamiento de la censura en los que, de una manera palmaria, se dediquen a
ocultar, cortar, suprimir, prohibir los hechos. No se prohíbe a los periodistas decir lo que quieran.
No se prohíben los periódicos en los países democráticos europeos. La censura no funciona así. Sí
nos atuviéramos a este dato se podría decir que vivimos felizmente, y por primera vez desde hace
mucho tiempo, en una sociedad política en la que la censura habría desaparecido. Pero todos
sabemos que la censura funciona. ¿Sobre qué criterios? Con criterios inversos (ésta es, al menos, mi
idea). Es decir, que la censura no funciona hoy suprimiendo, amputando, prohibiendo, cortando.
Funciona al contrario: funciona por demasía, por acumulación, por asfixia. ¿Cómo ocultan hoy la
información? Por un gran aporte de ésta: la información se oculta porque hay demasiada para
consumir y, por tanto, no se percibe la que falta. Una de las grandes diferencias entre el universo
en el que vivimos y el que le precedió inmediatamente, hace apenas algunos decenios, es que la
información fue durante mucho tiempo, durante siglos, una materia extremadamente escasa. Tan
escasa que precisamente se podía decir que quien tenía la información tenía el poder. Finalmente,
el poder es el control de la información, es el control de la circulación de la comunicación. Aunque
esta situación que se ha mantenido constante durante mucho tiempo (y se puede considerar que
todavía hoy existe en un determinado número de países), ya no es sin embargo dominante. ¿Cuál
es la característica de la información hoy? Que es superabundante. Ya no es, en absoluto, escasa.
La información es uno de los elementos más abundantes de nuestro planeta. Están el aire, el agua
de los océanos y la información. Nada es más abundante. ¿Y quiere esto decir que las falsas
informaciones, o la censura han desaparecido? Evidentemente no. Tan sólo han cambiado de
naturaleza. Nadie las controla. O no se las controla de la misma manera. [...]

Hasta ahora teníamos tres esferas: la de la cultura, la de la información y la de la comunicación.


Estas tres esferas eran autónomas y tenían su propio sistema de desarrollo. A partir de la revolución
económica y tecnológica, la esfera de la comunicación tiene tendencia a absorber la información y
la cultura. Ya no hay más cultura que la de masas. Lo mismo que no hay más información que la de
masas, y la comunicación se dirige a las masas. Es un primer fenómeno cuyas consecuencias son
extremadamente importantes. La información se caracteriza hoy por tres aspectos. El primero es
que si durante siglos fue muy escasa, casi inexistente, hoy es superabundante. La segunda
característica es que la información, de un ritmo relativamente parsimonioso y lento en otros
tiempos, es hoy extremadamente rápida. Podemos señalar que el factor rapidez está íntimamente
asociado a la información, forme parte de su historia. Y esta relación ha alcanzado un límite que hoy
plantea problemas, ya que su velocidad es la de la luz y la de la instantaneidad. La tercera
componente es que la información no tiene valor en sí misma en relación, por ejemplo, con la verdad
o en relación con su eficacia cívica. La información es, antes que nada, una mercancía. En tanto que
mercancía está esencialmente sometida a las leyes del mercado, de la oferta y la demanda, y no a
otras reglas como podrían ser las derivadas de criterios cívicos o éticos.

Con estas características lo que se transforma es el propio principio de la actualidad, un concepto


importante en materia de información, pero que hoy está esencialmente marcado por el medio
dominante. Si éste afirma que algo es actualidad, el conjunto de los media se hará eco. Siendo hoy
el dominante esencialmente la televisión, tanto para el entretenimiento como para la información,
es evidente que va a imponer como «actualidad» un tipo de acontecimientos que son específicos
de su campo, unos acontecimientos especialmente ricos en capital visual y en imágenes. Cualquier
otro tema de orden abstracto no será nunca actualidad en un media que es, en primer lugar, visual,
porque en este caso no funcionaría la ecuación «ver es comprender». De la misma forma, el sistema
actual transforma el propio concepto de verdad, la exigencia de veracidad tan importante en
información. ¿Qué es verdadero y qué es falso? El sistema en el que evolucionamos funciona de la
manera siguiente: si todos los media dicen que algo es verdad, es verdad. Si la prensa, la radio o la
televisión dicen que algo es verdad, eso es verdad incluso si es falso. Los conceptos de verdad y
mentira varían de esta forma lógicamente. El receptor no tiene criterios de apreciación, ya que no
puede orientarse más que confrontando unos media con otros. Y si todos dicen lo mismo está
obligado a admitir que ésa es la verdad.
En este momento asistimos a una segunda revolución tecnológica. Si la revolución industrial
consistía de alguna manera en reemplazar el músculo por la máquina, es decir, la fuerza física por
la máquina, la revolución tecnológica que vivimos hoy nos lleva a la constatación de que la máquina
juega el papel del cerebro. Reemplaza funciones cada vez más numerosas e importantes, mediante
una cerebralización de las máquinas (lo que no quiere decir que estén dotadas de inteligencia). Otro
aspecto muy importante es que ahora es posible, gracias a la revolución digital, meter en redes
todas las máquinas cerebralizadas. Desde el momento que una máquina tiene un cerebro se puede
conectar o hiperconectar, de manera que todas las máquinas informatizadas, todas las máquinas
basadas en la electrónica, puedan enlazarse de una manera u otra. Por eso se habla de coches
inteligentes, de vehículos ligados al teléfono, a la radio, etc. Todas las máquinas del mundo pueden
enlazarse. El sistema de comunicación crea una red, una malla que rodea el conjunto del planeta, lo
que permite el intercambio intensivo de información. [...] ¿Qué papel juegan los media en este
contexto? Habría que partir de la constatación de que vivimos en una situación nueva de crisis, no
de crisis en el sentido económico y social del término, sino una crisis de civilización, de percepción
del rumbo del mundo, tropezamos con dificultades que tienen su origen en un cierto número de
fenómenos a escala planetaria que han transformado la arquitectura intelectual y cultural en la que
nos desenvolvemos, aunque no sabernos describir este edificio en cuyo interior nos encontramos.
Es una crisis de inteligibilidad. Sabemos que las cosas han cambiado, pero los instrumentos
intelectuales y conceptuales de que disponemos no nos permiten comprender la nueva situación.
Estaban hechos para permitirnos desmontar, analizar, desconstruir la situación anterior. Pero ya no
nos sirven para comprender la nueva realidad.

Esta crisis de inteligibilidad, de la que al menos debemos constatar que existe y que la vivimos (y
por eso hay tal cantidad de problemas que se nos plantean) se basa, en todo caso, en el hecho de
que un cierto número de paradigmas han cambiado. Como en las grandes revoluciones científicas.
Un paradigma es un modelo general de pensamiento. Tengo la impresión de que hay dos
paradigmas importantes sobre los que reposaba el edificio que habitamos y que hace una decena
de años que han cambiado2 . El primero es el progreso, la idea de progreso, esta idea forjada a
finales del siglo XVII y que finalmente atraviesa un poco todas las actividades de una sociedad. El
progreso consiste en hacer desaparecer las desigualdades, en hacer a las sociedades más justas;
consiste en creer que la modernidad entraña, por definición, la solución de un cierto número de
problemas. Pero la idea de progreso se ha visto vulnerada y puesta en crisis. El progreso es
Chernóbil, son las «vacas locas». Un estado progresista es la Rusia estalinista del Gulag; el progreso,
se nos ha dicho, es el Estado providencia que conduce a la parálisis social, etcétera. El progreso es
hoy un paradigma general que ha entrado en crisis. ¿Cuál es el paradigma que le reemplaza? La
comunicación. El progreso permitía la felicidad a nuestras sociedades, es decir, un plus de
civilización. Hoy, a esta pregunta (¿cómo estar mejor cuando se está bien?) la respuesta es: la
comunicación. ¡Comunicad, estaréis mejor! Cualquiera que sea la actividad sobre la que se piense
hoy, la respuesta masiva que se nos da es: hay que comunicar. Si en una familia las cosas no marchan
es porque los padres no hablan con sus hijos. Si en una clase las cosas no funcionan es, porque los
profesores no discuten bastante con los alumnos. Si en una fábrica, o en una oficina, el asunto no
va, es porque no se discute bastante. La comunicación se propone hoy como una especie de
lubricante que permite que todos los elementos que constituyen una comunidad funcionen sin
fricciones. Cuanto más se comunica, más feliz se es. Cualquiera que sea la situación. ¿Está usted
parado? ¡Comunique y le irá mucho mejor!

La información como mercancía La primera enseñanza respecto a los años setenta es que hay que
abandonar aquella paranoia absoluta que inducía a creer que una suerte de «comité central»
dominaba el mundo de la información y la comunicación, como un manipulador de marionetas
desde la sombra. En los tiempos del neoliberalismo triunfante, el sector de la información constituye
un mercado en el que todo se negocia y donde todo tiene un precio. La prueba es que en las
reuniones del GATT se contemplaba con el mismo rasero que el comercio de automóviles, de acero
o de trigo. Y tratándose de productos que cuentan con un mercado, hay informaciones con más
valor que otras. Para obtener las informaciones más rentables conviene saber dónde se encuentran
y captarlas, lo cual es difícil. Y, por ejemplo, en la medida en que los acontecimientos pueden
producirse en cualquier lugar del mundo, lo ideal será contar con cámaras en todas partes. El
fenómeno resultante es que cada vez hay más cadenas de televisión y que al mismo tiempo cada
vez son más débiles por sí solas. Por ejemplo, antes en España había una sola emisora de televisión
con dos cadenas, y era muy poderosa, como es lógico. Ahora hay varias, pero cada una de ellas es
menos potente de lo que era la única; y cuenta con muchos menos medios para enviar equipos que
estén atentos a lo que pueda ocurrir en cualquier lugar. ¿Quién puede permitirse esta movilidad y
presencia? Únicamente las llamadas agencias de imágenes. Si nos centramos en el sector de la
información televisada, a escala internacional sólo hay dos agencias de imágenes, además de la
CNN, que dominan el mercado mundial y que difunden el mismo material audiovisual a todo el
mundo: Visnews y WTN. Las agencias de imágenes saben que las informaciones rentables son como
los yacimientos de oro: se dan únicamente en unos pocos lugares, no en todos. Los yacimientos
informacionales rentables son aquellos que tienen tres dimensiones: violencia, sangre y muerte. Y
toda información que cuente con ellas se vende automáticamente. Si además se puede transmitir
en directo y en tiempo real, entonces puede alcanzar una difusión planetaria, porque es
exactamente el tipo de información que las televisiones desean.

RAMONET, Ignacio; Segmentos de La Tiranía de la Comunicación. (segmentos); 1986, Ed. Debate,


Madrid. Pag. 9-21, 36-40, 47-53, 60-67, 71, 93-95, 101-102, 143-163. (Convergencia mediática,
verosimilitud, concentración empresarial, supremacía visual, objetividad y responsabilidad,
mercado comunicacional, uniformidad de contenidos, NOMIC, autopista informativa, etc.). [B6]

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