Imperio Bizantino y Persia Sasánida
Imperio Bizantino y Persia Sasánida
PERSIA SASÁNIDA
Teodosio I dividió el Imperio Romano en el año 395. La parte oriental correspondió a Arcadio,
quien estableció la capital en Constantinopla. A partir de entonces el Imperio de Oriente, conocido
con el nombre griego de Byzantium, disfrutó de un largo periodo de tranquilidad, una vez que los
pueblos germanos se hubieron desviado de sus fronteras hacia Occidente. Aun así, los contingentes
que quedaron como parte del ejército oriental formaron un poderoso partido político que levantó la
indignación de la población griega en varios momentos. A la muerte de Teodosio, su hijo Arcadio se
convirtió en augusto de Oriente, una sucesión que sancionaba la separación de facto del Imperio
Romano tal y como se había conocido hasta entonces. pero los lazos familiares que se consideraba
unían a las dinastías de Rávena y Constantinopla mantuvieron las formas hasta la extinción del linaje
de Teodosio. Muerto Arcadio, su hijo de cinco años Teodosio II fue tutelado por su hermana mayor,
Pulqueria, y su marido, Marciano, hasta el año 416. Al ser derrotado por el huno Atila, Teodosio II tuvo
que entregarle como tributo la zona de Panonia, aunque logró desviar su atención del Imperio
Oriental. Gracias a la fortificación de Constantinopla (las célebres murallas de Teodosio), garantizó la
inexpugnabilidad de la ciudad por tierra durante siglos. Su otra gran obra fue la promulgación del
Codex Theodosianus, que recogía las leyes imperiales desde Constantino, y sería adoptado más
adelante por los pueblos gemánicos.
Los mecanismos electivos del Imperio funcionaron bajo su mando y en 457 llegó al poder León
I “el Tracio", candidato del partido germánico, liderado por el alano Aspar. A falta de una sucesión
legítima para su coronación, ésta fue oficiada por el Patriarca de Constantinopla, en línea con la
teoría imperial, y a partir de entonces esta sanción se convirtió en un elemento imprescindible para la
entronización del emperador oriental. Para paliar la influencia de los partidos, León introdujo nuevos
cuerpos en el ejército, los isáuricos (de Asia Menor), cuyo jefe se bautizó como Zenón y contrajo
matrimonio con Ariadna, la hija de León I, que le transmitiría los derechos al trono. La medida más
controvertida de Zenón fue la promulgación del Edicto de Unión (Henótico o Henotikon) en 482, por el
que se intentaba solucionar la querella monofisita. El monofisismo, defendido por Cirilo, patriarca de
Alejandría, sostenía la naturaleza única de Cristo, nacida de la fusión (de ahí su nombre) de las dos
naturalezas en una sola persona. Condenada por el Concilio de Calcedonia (451), era seguida por la
población de las zonas bizantinas de Egipto y Siria, donde el monacato también era favorable al
monofisismo y había también importantes movimientos políticos en torno sobre todo a Alejandría,
que podían derivar en auténticas revueltas. El Henótico, redactado por el patriarca Acacio de
Constantinopla, condenaba tanto a Nestorio y Eutiques, que habían postulado el monofisismo, como
el Concilio de Calcedonia, imponiendo el credo del Concilio de Nicea (325). A la vez, intentaba pasar
por encima de la cuestión de las dos naturalezas. Manifestaba también la división entre los
patriarcados de Alejandría y Constantinopla. El decreto no satisfizo a ninguna de las dos partes, pues
los monofisitas siguieron alejados del emperador, mientras que el papa Félix III y el patriarca Acacio
se enfrentaban por la primacía en lo que sería el primer cisma entre Roma y Constantinopla.
Una vez más, Ariadna transmitió los derechos imperiales a Anastasio I, su segundo marido y
miembro de la guardia personal de Zenón, quien para gobernar tuvo que enfrentarse con Longino,
hermano ele Zenón y contra numerosos enemigos externos. A pesar de los cuantiosos gastos que
supusieron estas luchas y las construcciones llevadas a cabo en el Imperio, a su muerte , debido a
una notable reforma económica (498), dejó una importante reserva en metálico, providencial para la
obra justinianea. Uno de los puntos de debate en este momento fue el chrysargyron, el impuesto más
odiado por comerciantes e industriales, que pasó por sucesivas fases de implantación y abolición, lo
mismo que ocurriría en periodos posteriores. Monofisita convencido, Anastasio recibió la importante
y célebre carta del papa Gelasio I en la que se le recordaba que había dos ámbitos de poder, el
religioso -del Papa- y el político -del príncipe-, pero la situación con Roma era virtualmente de cisma
abierto.
Para sucederle fue elegido Justino I (518-527), capitán de la guardia palatina, de origen
campesino, iletrado pero buen militar. Ya entrado en años, tuvo un reinado breve y sin relieve. Su
única medida importante de gobierno fue la abolición del Henótico y el restablecimiento de las
relaciones cordiales con el Papado mediante una nueva " fórmula de unión" (519).
Con Justino dio comienzo el gobierno de la dinastía que conduciría a Oriente a uno de los
momentos de mayor apogeo político. Su momento de esplendor tuvo lugar bajo el gobierno de su
sobrino Justiniano, movido por la idea de restauración del Imperio Romano de los césares. Para
entonces, el concepto de imperio había cambiado ya, aproximándose mucho más a las teorías
orientales, y más concretamente persas: de un poder ejercido porque el pueblo lo había cedido, el
emperador pasa a ser autocrátor, el poder le es otorgado por designio divino.
Justiniano (527-565) fue asociado al trono, de forma que su sucesión se produjo sin
incidentes. La mitificación de este personaje por parte de la historiografía, debida a su ideología de
restauración imperial, acompañada de grandes victorias bélicas, ha sido matizada en los últimos
años, al tener en cuenta también sus numerosa y flagrantes derrotas, y la importante crisis
económica desencadenada por los gastos que debió realizar para financiar su proyecto, y cuestiones
coyunturales como las grandes catástrofes naturales que padeció Oriente: la gran epidemia de 542 y
varios terremotos. Contó con personas extraordinarias, como su mujer Teodora; el jurista Triboniano;
Juan de Capadocia, artífice de la reforma administrativa, y los generales Narsés, Belisario, Mundo y
Liberio, cuyas gestiones fueron narradas por Procopio de Cesarea, secretario de Belisario, en sus
ocho libros dedicados a contar las campañas realizadas contra los persas, vándalos y ostrogodos, las
nuevas construcciones e incluso a las intimidades de la Corte (éstas en su famosa Historia Arcana),
todo ello siguiendo los modelos de Herodoto y Tucídides.
El balance de los primeros cinco años de reinado fue malo: la plebe de Constantinopla,
sometida a crecientes impuestos y agobiada por la paz humillante impuesta por Persia, se rebeló
durante las carreras del hipódromo, insatisfecha con las respuestas del emperador a sus quejas
(revuelta de Nika, 532) y durante seis días saqueó e incendió los mejores edificios civiles e iglesias de
la capital. Justiniano estaba dispuesto a huir, pero Teodora hizo que recobrara el valor y encargara
sofocar el tumulto a Belisario. La represión fue tan sangrienta, que se comparó a la matanza de
Teodosio en Tesalónica. Consecuencia casi inmediata de la revuelta fue la expropiación de bienes a
los patricios que habían participado en ella, intentando imponer a otro emperador, y la reforma
administrativa (535-536), dirigida por el prefecto del pretorio, Juan de Capadocia. En cerca de año y
medio, cien "constituciones" vinieron a plasmarla. Los obispos se convertían en jueces de los
administradores que, en las provincias fronterizas, detentaban los poderes militar y civil. Al mismo
tiempo, se parcelaban las provincias demasiado extensas para evitar el aumento del poder y
ambición de los gobernadores. Su obra fue continuada por su sucesor Teodoto y por Pedro Barsames,
destituido y desterrado al ser acusado de vender a doble precio trigo de la annona destinada a
Constantinopla, y de repartir trigo podrido a la plebe.
Otro elemento que ayudó a fraguar el primer gran apogeo del Imperio de Oriente, fue la refoma
del Derecho Romano para adecuarlo a las nuevas circunstancias de Oriente. Esta obra, a su vez, fue
vital para la cristalización de los derechos germánicos del Occidente europeo. Triboniano era ministro
de justicia (questor sacri palatti) al empezar Justiniano su reinado, y se convirtió en su consejero.
Propuso al emperador la compilación de las leyes existentes, en un sólo código, que completara el de
Teodosio II y los dos anteriores de Gregario y Hermógenes, y evitara las contradicciones y confusiones
existentes en ellos. Se llegó a pensar en hacerlo en griego, pero Justiniano, dio su consentimiento
siempre que se hiciera en latín y reunió a los diez juristas más importantes, encargándoles revisar y
codificar todo el Derecho, unificándolo y conservándolo en su lengua original. De la comisión
nombrada, formaban parte Juan de Capadocia, Teófilo, profesor de la Academia de Derecho fundada
entonces en Constantinopla, y Doroteo, profesor de la Escuela de Beirut. La obra inicial, compilando
disposiciones imperiales dadas desde Adriano hasta Justiniano, se terminó en 529, dándole el
nombre de Codex Iustinianeus. La reunión de materiales se había hecho precipitadamente y fue
necesaria una refundición (Codex repetitae praelectionis, 534) con la adición de las decisiones
adoptadas por Juan de Capadocia. A la vez se trabajaba en la compilación de sentencias de los más
famosos jurisconsultos, en un trabajo enciclopédico que logró, en tres años, revisar más de 2.000
obras, procedentes en su mayor parte de la biblioteca de Triboniano. Como resultado se publicó el
Digesto o Pandectae, dividido en siete partes y cincuenta libros. Poco antes aparecieron las
Institutiones (533) en latín, junto con las Novellae (leyes nuevas en griego o bilingües). Todos estos
trabajos constituyeron lo que se conoce como el Corpus Iuris Civilis, fuente fundamental del derecho
bizantino durante siglos. La obra de Triboniano aglutinó la labor de los mejores juristas de su tiempo,
salvó el legado jurídico de la Roma cristiana para la Europa medieval, y sería con el tiempo la base en
la que se apoyaría el redescubrimiento del Derecho Romano, estudiado por los legisladores
occidentales de los siglos XII y XIII para fundamentar la supremacía de sus monarcas frente al
feudalismo.
Esta obra legislativa permite conocer en detalle las instituciones del Imperio. El emperador
(llamado en latín imperator,autocrátor o basileus en griego, indistintamente, aunque el título oficial en
esta primera época es Imperator Augustus) era la personificación misma del Estado, a la vez que jefe
del ejército y ostentador del poder supremo. Se le consideraba santo, al mismo nivel que los
apóstoles, y propagador de la fe cristiana. Siguiendo la de nominación latina, es augusto, pero
también es el señor (déspotes). La dignidad, teóricamente por delegación del pueblo, era electiva y
no hereditaria. Aunque los depositarios de dicha elección eran la Corte o Sacro Palacio, el Ejército y
el Senado de Constantinopla, con el tiempo se consolidó el derecho del propio emperador a designar
sucesor en vida, siempre que existiera consentimiento de estos dos últimos.
Por su parte, la emperatriz era considerada la señora (despoina) y gozaba de los mismos títulos
y privilegios que su esposo. Vivía en el gineceo del Sacro Palacio rodeada de las damas de su corte,
sus eunucos y sus hijos, y aunque rara vez se la veía en público, ejercía una gran influencia en el
gobierno, sobre todo durante la época ele Justiniano. El Sacro Palacio constituía la casa civil y militar
del emperador, centro de la administración y sede de consejos y oficinas. Una rigurosa y fastuosa
etiqueta reglamentaba todos los actos y ceremonias, constituyendo una verdadera liturgia palatina,
que incluía toda una parafernalia de vestiduras de seda color púrpura, cantos, cirios, incienso,
órganos de plata, etc.
Los jefes de los distintos servicios, en quienes se hallaban vinculadas dignidades cortesanas y
títulos nobiliarios, junto con los consejeros del Estado (comites consistoriani), formaban parte del
consistorio del príncipe. El magister officiorum, ministro del Interior y jefe de la casa imperial, era el
primer dignatario de la jerarquía civil. De él dependían las oficinas (scrinia), los cuerpos de guardia
palatina ( scolae ), los arsenales, los correos públicos, la policía estatal y la inspección administrativa
de los ejércitos de las fronteras (limitanei).
El jefe de la cancillería (quaestor Sacri Palatii) dirigía las oficinas de expedición de órdenes,
mandatos y rescriptos, y el jefe de la hacienda (comes Sacramm largitionum) era e l encargado del
erario y distribución de donativos; de él dependían una serie de funcionarios distribuidos en las
provincias (comites y procuratores). Existía un conde, administrador de los fondos personales del
emperador (comes rerum privatarum), de quien dependían los contables. El jefe de las habitaciones
imperiales (praepositus Sacri cubiculi), que solía ser un eunuco, dirigía los criados o servidores de la
corte. Al frente de la jerarquía militar se hallaban los generales en jefe de los ejércitos imperiales
(Magistri militum), responsables del orden. Subordinados directos suyos eran los generales (duces),
jefes de las tropas de una provincia, los protectores y los instructores.
Desde el siglo VI aparecieron los exarcas de África y de Italia, que pasaron de ser meros jefes
de tropas a convertirse en gobernadores generales con plenos poderes. El exarcado de África
perduraría hasta la conquista árabe (698) y el de Rávena, en Italia, hasta que los lombardos ocuparon
la ciudad (751). Ambos exarcados debieron su creación a la reconquista de ambos territorios. El
Senado de Constantinopla y las asambleas, restringidas o generales, constituían los organismos
consultivos del Estado. Las asambleas generales se celebraban en el Hipódromo de Constantinopla.
Las grandes ciudades (Constantinopla, Tesalónica. Alejandría, Oxirincos, Antioquía) tenían curias
municipales importantes, presididas por el prefecto de la urbe (eparca), o gobernador, que nombraba
a los pretores urbanos, cuidaba del aprovisionamiento, de la policía, del orden y la enseñanza.
Fuera de la organización del Estado propiamente dicha, pero de gran importancia por su
capacidad de movilización social, estaban los demos, derivados de los antiguos partidos del
hipódromo, los Azules y los Verdes, pero que iban mucho más allá de lo deportivo, convirtiéndose en
verdaderas organizaciones políticas. Sus caudillos eran nombrados por el gobierno y solían ejercer
también funciones públicas, como dentro de la milicia urbana o en el mantenimiento de las murallas.
Ambos partidos estaban principalmente formados por las masas populares, pero mientras que los
dirigentes de los Azules tenían una base social senatorial y terrateniente, los Verdes eran liderados
por ricos comerciantes y miembros de la burocracia de la corte y la administración financiera, en
muchos casos procedentes de Oriente, que favorecían el monofisismo y otras tendencias de la
Iglesia oriental.
Acto seguido, recibió del Emperador la orden de ir contra el reino ostrogodo. Partió simulando
ir a Cartago, para tomar Sicilia en una rápida campaña, dejar una guarnición en Siracusa, embarcar
para Italia, asediar y entrar en Nápóles por el acueducto, establecer allí una guarnición de 300
hombres y continuar hacia Roma. En los cuatro años siguientes, con una gran actividad, conseguía la
pacificación de la mayor parte de Italia. Justiniano recibió en su palacio el magnífico tesoro de
Teodorico, pero no lo exhibió a la multitud ni decretó el triunfo de Belisario, como había hecho
cuando éste regresó victorioso de su lucha contra los vándalos. Una nueva campaña en Persia (544) y
la operación de limpieza contra los invasores búlgaros (559), siendo ya viejo, fueron sus últimos
hechos notables. Poco después era acusado ante el emperador de haberse quedado parte de los
tesoros, y éste ordenaba privarle de sus honores. Rehabilitado (560), murió poco después.
Otros jefes militares destacados fueron Juan Troglita, encargado de sofocar la rebelión de los
mauros en el Norte de África (548), que hacía peligrar el dominio bizantino; Mundus, y el eunuco
Narsés, encargado de completar la obra de Belisario en Italia y de gobernarla, con título de patricio y
residencia en Rávena.
La base económica del Imperio era la agricultura, cuya explotación de la tierra habían
heredado de Roma: el suelo se cultivaba de la misma manera, y se mantuvo la tríada mediterránea
(cereal, vid y olivo), con pequeñas modificaciones en las especies. Predominaba el hábitat
concentrado en aldeas (llamadas kome o jorion, palabras que modificarían su significado a lo largo
del tiempo). La finca, con su gran dominio de explotación en torno suyo, constituía el otro tipo de
hábitat rural. El gran dominio no siempre era coherente, pues el dueño podía poseer tierras y bienes
situados en distintos lugares, y la pequeña propiedad era aún frecuente en el siglo VI. Al lado de los
propietarios, la legislación descubre la existencia de enfiteutas o trabajadores a censo, cuyos
derechos de cultivo se mantenían durante varias generaciones y podían ser incluso traspasados:
cultivadores de tierras ajenas mediante un simple contrato de arrendamiento, y colonos
dependientes (georgoi). El colonato seguía siendo la fórmula más usual y el trabajo se realizaba con
los sistemas e instrumental del mundo romano. Con el tiempo, la condición de los colonos agrarios
de origen libre se fue aproximando a la servidumbre, pues no podían ser separados de la tierra que
cultivaban, es decir, quedaban adscritos a la tierra (enarógrafoi), en especial a partir de 541-544,
fecha en que la peste hizo más acuciante la necesidad de mano de obra.
Si Constantinopla era el gran centro del comercio internacional, Siria y, también Egipto, se
distinguían por sus actividades comerciales, mientras que Asia Menor era una zona principalmente
ganadera y agrícola. Los impuestos indirectos (vectigaliae) gravaban la venta y circulación de bienes y
mercancías. El Estado monopolizaba la importación de artículos de lujo, las industrias alimenticias
básicas (como la elaboración del pan) y ciertas industrias como la fabricación de brocados. Algunos
comerciantes, que actuaban como agentes estatales (comerciarii) adquirían en las aduanas la seda
en rama que llegaba de China (fue precisamente en tiempo de Justiniano cuando se descubrió el
secreto de producción de la seda), las especias de la India, los esclavos del Cáucaso y los perfumes
de Arabia, que llevaban a los grandes mercados urbanos: Antoquía, Alejandría, Tesalónica o
Constantinopla, y allí los revendían. Aunque a veces los impuestos se llevaban una parte importante
del beneficio de la venta, las ganancias eran elevadas, y estos agentes no tardaron en convertirse en
cambistas de moneda y banqueros. La legislación nos permite conocer, ya en esta época, los
primeros tipos de sociedad comercial: asociación total de bienes para negociar (koinopraxía), o
asociación para un negocio puntual -compraventa de esclavos, aceite, trigo o vino-, en que la
participación en pérdidas y ganancias era a partes iguales, o a tercios. Solían ser dos los socios, y la
renuncia de cualquiera de ellos implicaba la disolución de la sociedad.
En el Imperio Oriental, la Iglesia estaba mediatizada por el Estado, mediante una política
religiosa imperial. La cuestión más conflictiva fue el enfrentamiento entre monofisitas y diofisitas.
Como respuesta a los postulados del nestorianismo (o difisismo), que defendía que Cristo poseía dos
naturalezas, una divina y otra humana, ambas completas pero separadas, el monje Eutiquio (m. 451)
y el patriarca Dióscoro de Alejandría (m. 454) propusieron que la unión de las dos naturalezas en
Cristo es tan íntima que no sólo garantiza la unidad de la persona de Cristo, sino que hace de ellas
una sola naturaleza. Y para asegurar la redención, la unidad debía ser con preferencia de lo divino,
por lo que la naturaleza humana quedaba absorbida en la divina: es lo que se denomina
monofisismo. Tras una primera condena, esta doctrina fue aceptada en un sínodo y después en el
Concilio de Éfeso (449) convocado por el emperador, de tendencias monofisitas, celebrado bajo la
presidencia del propio patriarca Dióscoro, y en el que se rechazó la presidencia de los legados del
papa León I. Pulqueria y Marciano convocaron el Concilio de Calcedonia en el año 451, con masiva
asistencia de obispos orientales, pero los delegados del papa ocuparon la presidencia y se aclamó
con entusiasmo la carta que el papa León había dirigido en el año 449 al patriarca de Constantinopla.
Se proclamó "un Señor con dos naturalezas (sustancias) en una persona, sin mezcla ni separación" y
Dióscoro fue depuesto y exiliado. El concilio levantó las protestas de los monofisitas de Alejandría y
del pueblo y los monjes venidos del desierto en Palestina, que llegaron a matar a un patriarca y
contaron con el apoyo de la emperatriz Eudoxia. En la base subyacía también el reconocimiento de
Constantinopla, exaltada ahora como la Nueva Roma, con lo que quedaba rebajada la posición
jerárquica del patriarcado de Alejandría. Así, sucedió que Alejandría, junto con la Iglesia de Egipto
(con pocas excepciones), rechazó Calcedonia. Los monofisitas consiguieron apoderarse de casi
todas las sedes episcopales en los patriarcados de Alejandría y Antioquía (Iglesia siríaca). Todos los
patriarcas monofisitas tuvieron que abandonar sus sedes bajo el emperador León I (457-474), pero a
su muerte fueron repuestos y la lucha se trasladó al plano político.
El emperador Zenón propuso una fórmula de compromiso, que retrocedía al estado de cosas
anterior a Calcedonia: el llamado Henoticón (482). Pero cuando el papa Félix II decretó la
excomunión y destitución del patriarca Acacio, consejero del emperador, sobrevino la ruptura
completa entre la Iglesia de Oriente y la de Occidente, el llamado cisma acaciano (484- 519), durante
el cual el monofisismo se difundió rápidamente por todo el Oriente. El emperador Justino restableció
la paz en el año 519, con un solemne reconocimiento del primado romano por parte de los obispos
griegos, pero el monofisismo se transformó en un peligro para la unidad del imperio. El emperador
Justiniano intentó con dos edictos y con el V Concilio Ecuménico de Constantinopla (553) reconciliar
a los monofisitas con la Iglesia imperial, pero el decreto conciliar no fue reconocido por Roma,
separándose así las provincias eclesiásticas de Milán y Aquileya de la obediencia al pontífice.
Además, el intervencionismo de la emperatriz Teodora, partidaria de los monofisitas, condujo a la
deposición del papa Silverio; obstaculizó las misiones ortodoxas de evangelización, enviando a
cambio monjes monofisitas, y protegió al Patriarca de Constantinopla, Antimo, sospechoso de
herejía, cuando fue llamado a comparecer ante el Concilio, excomulgado por la Iglesia y condenado
al exilio por Justiniano. La tendencia a que en la Iglesia oriental se siguiera la voluntad del emperador,
proclamada ya por el Patriarca en el Concilio de 536, se mantuvo en el V Concilio Ecuménico de 553 y
durante toda la etapa justinianea. Pero ante la confusión, varias Iglesias territoriales monofisitas y
nestorianas del Oriente permanecieron en abierta oposición al emperador.
En el aspecto artístico, los mejores colaboradores de Justiniano fueron los arquitectos Isidoro
de Mileto y Antemio de Tralles, quienes diseñaron el templo de Santa Sofía (Hagia Sofia) en
Constantinopla, en el cual trabajaron unos diez mil obreros por espacio de unos seis años (532-537).
Construida como contrapunto a la basílica constantiniana de San Juan de Letrán, en Roma, o la
iglesia-panteón de los Santos Apóstoles, donde el propio Constantino había sido enterrado, para ser
la principal iglesia de Constantinopla por sus dimensiones y originalidad arquitectónica, promovía las
ideas de restauración del Imperio Romano en Constantinopla. Otras construcciones a señalar fueron
la iglesia de Santa Irene y la cisterna de agua en la capital; las murallas de Darás y Palmira; las
fortificaciones de las Termópilas, y los templos de San Vital y San Apolinar Nuevo, en Rávena, con sus
incomparables mosaicos. El resto de la arquitectura civil y palaciega construida bajo su reinado se
recoge en el De edificiis de Procopio. Antemio de Tralles fue, además de arquitecto, un gran
matemático, lo mismo que Proclo. En el campo literario florecieron, entre otros muchos, los monjes
orientales Juan Clímaco, autor de la Scala Paradisi, y Juan de Éfeso, con su Historia Eclesiástica.
Se ha barajado incluso la posibilidad de que Córdoba estuviese bajo su control desde estos
momentos hasta 572, año en el que podía ser la capital de la provincia bizantina de Hispania,
pasando a partir de entonces a Cartagena, y fue de nuevo reconquistada entre 579-584, año en que
fue recobrada pagando a los enemigos que gobernaban la ciudad. Bajo poder bizantino, se trasladó la
sede de la diócesis a la basílica de San Vicente de Córdoba, se construyeron edificios palatinos y se
amuralló la zona sur de la ciudad. Se establecieron castra para defender la frontera interior y se
fortificó y amplió el puerto de Cartagena, que pasó a ser la capital. Junto con Málaga, constituyeron
un gran emporio comercial de productos de lujo, que llegaban del Imperio para la corte visigoda.
Justiniano estableció una ceca en España y acuñó sueldos de oro (besantes) hasta e l final del
dominio.
La influencia cultural bizantina sobre los visigodos fue decisiva, sobre todo en los conceptos
políticos y legislativos, y se manifiesta en el arte y en las concepciones urbanísticas y militares de
Recópolis. Muchos años más tarde, Leovigildo, sucesor de Atanagildo, aún hacía acuñar una medalla
en la cual Justiniano aparecía con el calificativo de dominus noster. Las ofensivas visigodas
intentando recuperar el territorio se sucedieron bajo Sisebuto (612-621) y Suintila (621-631). El
primero tomó Málaga y Cartagena, y el segundo aprovechó las dificultades del Imperio en Oriente
para acabar con la presencia bizantina en Hispania.
En una primera fase, durante la primera mitad del siglo VI, las expediciones eslavas contra el
Imperio desde la ribera norte del Danubio implicaron la eslavización progresiva de buena parte de la
Península Balcánica, y la asimilación de la civilización bizantina por los recién llegados, según narra
la Guerra gótica de Procopio. Los ataques más sonados tuvieron lugar en la década del 540, llegando
hasta Constantinopla y Dyrrachium, mientras los bizantinos intentaban desviarlos como mercenarios
para atacar a los godos en otros frentes. Algunos de sus oficiales se convirtieron al cristianismo como
forma de avanzar en su carrera, aunque su aceptación general en la sociedad bizantina no se produjo
hasta más tarde, cuando Agathias menciona a estas tropas en lucha contra los persas.
Al marchar los lombardos hacia Italia (en torno a 565), un pueblo turco, los ávaros, se instaló
en el Danubio medio, frenó la expansión eslava hacia el Sur, y sometió a las tribus eslavas
meridionales a su poder. A partir de entonces se producen más incursiones eslavas escapando de los
ávaros, o bien combinadas y bajo el mando de tropas ávaras, hasta el punto de que algunas sedes
episcopales antes bizantinas, al sur del Danubio, fueron abandonadas a su paso. Durante la gran
invasión del año 580 se fundó el primer establecimiento propiamente eslavo en suelo griego, la
ciudad de Sirmio fue destruida, y la población de lengua latina y griega fue deportada al norte del
Danubio, para contribuir a colonizar el territorio ávaro. La necesidad de Bizancio de mantener a la vez
el frente con eslavos y ávaros, por un lado, y contra los persas, por otro, hace que hacia el 600 los
bizantinos hayan perdido todo el territorio al norte de Salónica.
A pesar de un débil intento de consolidación por parte de Mauricio, la frontera del Imperio fue
virtualmente abandonada por Focas, e incluso Heraclio tuvo que retirar a sus tropas de los Balcanes.
La derrota de los ávaros por los bizantinos frente a los muros de Constantinopla (626) permitió la
sublevación de varias tribus eslavas. Algunas de ellas lograron independizarse, al mando de Samo, un
mercader franco, y extendieron su dominio por el Danubio superior y medio, estableciendo la capital
en Nitra. También los descendientes de los deportados aprovecharon la coyuntura y se sublevaron.
Después de vencer a los ávaros, pudieron regresar a sus lugares de origen, guiados por Kuver o Kuvrat
(640). Samo repartió el reino eslavo entre sus hijos, pero poco después (679) cayeron bajo el dominio
del pueblo turco de los búlgaros, que conquistaron las tierras eslavas situadas entre el Morava y el
Mar Negro, en su desplazamiento ante la presión de los jázaros. Asparuk fue el responsable de la
unión de búlgaros y eslavos meridionales hasta formar una sola entidad, conocida como reino de
Bulgaria, que tuvo un importante papel en la política balcánica.
El gobierno más fructífero de la época fue el de Cosroes I (531-579), que accedió al trono
después de ejecutar a sus hermanos. La política bélica de este emperador, enemigo a ultranza de
Justiniano, fue claramente ofensiva, llevándole a conquistar el Yemen, Siria, y Antioquía (540),
muchos de cuyos habitantes fueron deportados a Asiria, y a arrebatar a Bizancio el país de los lacios
o colcos (Cáucaso), principal zona de fricción entre ambos imperios, para lo cual contó con el auxilio
de los hunos saberios, que habitaban al norte de las montañas. La recuperación de esta región (562)
supuso a Bizancio el pago de 30.000 monedas de oro anuales, y ha quedado su relato en la obra de
Procopio de Cesarea. Tras vencer a los heftalitas, Cosroes pudo dedicarse a elaborar un catastro, a
reformar los impuestos según la fertilidad de las tierras, y a favorecer la traducción al persa medio o
pahlavi de Homero, Platón y Aristóteles, por parte de bizantinos como Simplicio de Cilicia, Prisco de
Lidia o Isidoro de Gaza. Para defender el imperio Cosroes construyó grandes murallas en las cuatro
fronteras: en las llanuras de Gorgán contra los heftalitas; en los pasos del Cáucaso; en el sudeste, y
en el sudoeste la muralla llamada "de los árabes". Aunque Cosroes se presentó como anti-mazdeísta,
nunca volvió a ascender a la antigua nobleza o a los terratenientes a su antigua posición. Su
organización del territorio conquistado se basó en la figura de los dehcanes, caballeros que poseían
un poblado, y también utilizó familias enteras como colonos en la frontera, en un modelo que
antecedió a los themas bizantinos. Los grandes sistemas de irrigación, como el canal de Nahrawan,
sirvieron para extender las áreas de cultivo, mediante una enorme inversión de fondos públicos.
Hormizdas IV, hijo y sucesor de Cosroes I, no tenía sus dotes políticas y se enfrentó con la
nobleza y los sacerdotes a causa de sus medidas para favorecer a los cristianos. La situación provocó
la sublevación del general Bahram, de ascendencia arsácida (de la anterior casa imperial), que
instauró al joven Cosroes II, para deponerle después y autoproclamarse soberano, por primera vez
desde la instauración de los Sasánidas. Cosroes II se refugió en la corte bizantina. Bahram y Cosroes
compartieron el imperio hasta 591, en que el general fue asesinado por un turco. Cosroes II
aprovechó entonces para consolidar su poder en torno al Golfo Pérsico, apoyándose en los lajmíes.
Cuando el emperador Mauricio, que le ayudó a recuperar el trono, fue asesinado en Calcedonia (602)
y Focas llegó al poder, Cosroes II se convirtió en vengador suyo. Primero se enfrentó a los turcos, para
mantener en paz el frente norte, y después se dirigió contra Asia Menor, Siria y Egipto, llegando a
saquear durante tres días Jerusalén (614) donde ocurrió una auténtica matanza, para amenazar
después incluso la misma Constantinopla (620). Solo Heraclio en persona conseguiría controlar su
expansión, llegando hasta Ctesifonte (628). Durante este tiempo, Cosroes II adoptó el título
aqueménida y parto de "rey de reyes" (shahan shah), y volvió a instaurar a las deidades anteriores a
Ormuz, aunque no despreció otros credos, así como las distintas denominaciones cristianas de sus
esposas. Cosroes II fue destronado y sustituido por su hijo, que tuvo que firmar una paz humillante y
evacuar Armenia, Siria, Egipto y parte de Mesopotamia.
El fin del imperio se produjo tras una fase de debilitación creciente que hizo que se sucedieran
doce reyes -entre ellos dos hijas de Cosroes II- en menos de cinco años. El último, Yezdigerdes III,
príncipe de Istajr, logró reunir un ejército de 120.000 hombres, que fue destruido por los árabes en
Kadesiya (637), junto a Hira. Éstos habían sido mercenarios persas, y conocían bien el sistema de
lucha sasánida, por lo que pudieron tomar Ctesifonte y pronto ocuparon casi todo el país (644).
Yezdigerdes huyó en busca del apoyo de los turcos y fue asesinado en las cercanías de Merv (651),
poniendo fin a la historia de su dinastía. Sus territorios pasaron a formar parte del califato islámico.
El imperio se divide en un territorio central (Iran, que correspondía a Persia) y unas tierras
circundantes sobre las que ejerce el dominio (an -Iran o Iranshahr), como Mesopotamia, Armenia,
Georgia, etc., con fronteras variables. Desde época de Kavad I se hallaba dividido administrativa y
militarmente en cuatro regiones (kust), al frente de cada una de las cuales se hallaba un general
(spahbed), con poderes civiles y militares, y un maestro espiritual o sacerdote zoroastra (rad) a cargo
de los asuntos religiosos. Cada distrito contaba con un registro de cancillería u oficina
gubernamental (divan, en persa) y una ceca. Esta reforma fue completada por Cosroes I, que añadió
un registro para el ejército, y es paralela a la división cuatripartita en prefecturas del Imperio Romano
de Oriente. La delimitación de estas regiones no es fija y depende del periodo y de las fuentes que lo
describen. La siguiente subdivisión era la provincia o distrito (shahr), administrada por un reyezuelo
local o por un gobernador provincial nombrado por el emperador (en ambos casos denominado
shahrdar), y por un mowbed, juez-sacerdote que tenía a su cargo los asuntos legales y de propiedad.
El distrito se dividía en rustags, probablemente mancomunidades de varios pueblos, y la unidad más
pequeña era el deh o pueblo. Los jefes de estos poblados (dehcanes) administraban justicia y
enviaban los tributos a la Hacienda por medio de un servicio de correos que era una pieza esencial en
el funcionamiento del Estado. Determinados territorios fronterizos, como Armenia o Azerbayán,
constituían satrapías, con sus sátrapas o margraves al frente. Y los territorios que formaban parte del
dominio personal del emperador se denominaban ostan, con un ostandar al frente.
Los sacerdotes zoroastras (mow) funcionaban tanto dentro del aparato religioso como en la
burocracia del Estado, con capacidades judiciales y económicas en las provincias a partir del siglo IV
d.C., incluyendo un gran sacerdote (mowbed). Gracias a los sellos de arcilla que utilizaban
conocemos la jerarquía sacerdotal y los ámbitos de su actuación en todos los subdistritos, templos
del fuego, ciudades, la secretaría de finanzas, y junto al administrador del distrito. El abogado y juez
de los pobres, tenía competencias sobre las fundaciones piadosas destinadas a cuidar de pobres y
necesitados, así como viudas y huérfanos. Dentro de la administración palatina, la jerarquía sasánida
iba, de arriba abajo, desde el rey de reyes, pasando por el hijo principal entre los príncipes, el primer
ministro, los generales del Jurasán y cada una de las regiones, seguidos por el juez entre los jueces,
los consejeros de la corte y los quilarcas (mandos militares). En el siglo VI, los sacerdotes del rango
superior (mowbeds) ocuparon las funciones de los jueces.
En cuanto al transporte terrestre, Persia ocupaba un lugar central en la Ruta de la Seda, donde
establecieron talleres para este material en Susa, Gundeshapur y Shushtar, donde se hacían diseños
que más tarde serían imitados en Egipto y por los musulmanes. Los sogdianos controlaban buena
parte de este comercio, y los tesorillos de monedas sasánidas de los siglos V-VI indican un tráfico
intenso.
El tercer foco fue el comercio sirio, cuyos productos, como el vidrio, comenzaron a fabricar los
propios persas al deportar a los trabajadores de esta región, una vez conquistada, a las ciudades
imperiales del centro de Persia. Las codiciadas rutas de Armenia se habían convertido en peligrosas
por el enfrentamiento entre Persia y Bizancio en la región, por lo que se recurrió a otras alternativas
como las de Mesopotamia y Arabia. Para proteger la competencia, tanto comerciantes bizantinos
como persas no eran admitidos en el interior del imperio contrario, aunque sí en las ciudades
limítrofes y en puertos de otros países.
Dentro de las fronteras, Persis fue la región que concentró el mayor número de intercambios
con todos los confines del Imperio. El comercio estaba a cargo de compañías y comunidades
religiosas, como los zoroastras, que formaban asociaciones comerciales. Sin embargo, dado que los
mercaderes gozaban de poca consideración social, a menudo eran los sogdianos, los cristianos y los
judíos quienes llevaban a cabo las transacciones. Lo mismo ocurría con los artesanos, que se
agrupaban en el bazar por calles de oficios.
Bajo los Sasánidas, la religión estatal del imperio persa era la doctrina dualista de Zoroastro,
según la cu l Ormuz, dios creador del espíritu y la luz, se halla en pugna con Ahrimán, principio
creador del mundo, espíritu del mal y señor de las tinieblas. Ambos eran hermanos gemelos, hijos de
Zurvan, el Tiempo, y su esposa Jovaxizaj. Entre otros dioses, adoraban al Sol (Muir, el Mitra de los
antiguos) y la Luna. La religión zoroástrica veneraba los elementos de la Naturaleza: el agua, que se
empleaba para la purificación ritual; la tierra, conocida como la diosa Nana de los asirios, Nanaí o
Anahita, y el fuego, al que rendían culto los creyentes en los conocidos como templos del fuego. El
Avesta, libro sagrado de los zoroastras, señalaba cinco clases de fuego. Al fuego personificado
(Adizur) se le consideraba hijo de Ormuz, a quien convenía aplacar. En el siglo III, bajo Hormizdas I, el
sacerdote principal Kerdir consiguió reunir en su persona los títulos de magnate, juez de todo el
Imperio y el custodio del sagrado fuego del templo de fuego de Anahid en Istajr. A partir de entonces
se produjo el ascenso de la organización sacerdotal y el establecimiento de una jerarquía que
continuaría durante el gobierno de los siguientes Sasánidas.
Junto a ella surgió el maniqueísmo, una corriente dualista gnóstica que llegó a ser religión
universal. El profeta Mani, quien se llamó a sí mismo “el profeta del Dios de la Verdad”, nació en una
familia noble y religiosa de Ctesifonte. Combinó con la tradición religiosa mesopotámica los influjos
iranios, judíos, y del recientemente fundado cristianismo, que se había extendido por la zona hacia el
siglo II d.C. A los doce años tuvo su primera visión, a la que siguieron otras, que le revelaron su misión
y lo que debía enseñar. Hacia el año 240 fue denunciado por alguna de las ramas ortodoxas del
zoroastrismo, por lo que tuvo que huir a la India, donde entró en contacto con el budismo. A su
regreso a Babilonia gozó del favor de Sapor I y predicó una doctrina sincretista, de un ascetismo
riguroso, que pronto se extendió por Siria, Egipto e Irán Oriental. Finalmente, considerado hereje por
los magos, fue condenado a muerte en el año 276. Según Mani, la lucha entre la luz y la oscuridad se
desarrollaría en tres etapas. En los orígenes, los reinos de la luz y las tinieblas estaban
completamente separados y cada uno tenía su propio soberano. Una parte del mundo de la luz fue a
parar al mundo de las tinieblas. Así se produjo el cosmos, en el que ambas están mezcladas. El
objetivo del proceso histórico es la separación, tercera etapa, de forma que no se puedan volver a
mezclar. En el sistema cosmogónico maniqueo, la Luna crecía con las partículas de luz que le
llegaban de la Tierra, y el Sol era la puerta del Reino de la Luz. Entre las divinidades de la luz aparecía
Jesús el Luminoso, que conduciría las almas al Reino de la Luz. Su moral señalaba siete preceptos
fundamentales, cuatro de ellos relativos a la fe y los otros tres a la conducta de los creyentes.
Aparte de estas dos religiones autóctonas, también existían en el Imperio Persa importantes
minorías, que en general eran aceptadas en Persia salvo en los momentos de recrudecimiento de la
guerra contra el Imperio Romano Oriental. Entre las cristianas, la iglesia nestoriana se encontraba
establecida en Persia (Mesopotamia y norte de Irán), desde antes del Concilio de Éfeso. Era la más
antigua, ya que según la tradición, surgió en la zona de Edesa a partir del apostolado de Tomás. No
consiguió la categoría de religión oficial bajo los sasánidas y sufrió las persecuciones de Sapor II y
Yezdigerdes. Su cabeza visible era el katholikos, representante del patriarca de Antioquía, primero, y
después independiente. Residía en Ctesifonte, hasta que se estableció en Bagdad en época abbasí.
Hacia el 480, el nestorianismo se convirtió en la única versión del cristianismo aceptada en Persia.
Los judíos mantenían una relación tan próxima con los Sasánidas, que incluso se casaron con
algunas mujeres judías, convirtiendo a algunos de sus descendientes en verdaderos "reyes judíos'",
ya que la religión se transmitía por la vía materna. Los relatos bíblicos sobre los persas, sobre todo el
Libro de Esther, fueron importantes en la configuración de la ideología propia del Imperio Sasánida,
tanto en época de Sapor I (siglo III) como de Yezdigerdes II (siglo V), y favoreció la visión de los
gobernantes hacia esta minoría.