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Sanacion Espiritual

Las heridas espirituales son marcas emocionales que surgen de eventos difíciles y afectan nuestras relaciones y comportamientos. Las cinco heridas más comunes son el abandono, rechazo, humillación, traición e injusticia, cada una con sus propias características y consecuencias. La sanación de estas heridas requiere reconocer su origen en el pecado y buscar la ayuda divina para restaurar el bienestar espiritual.

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Sanacion Espiritual

Las heridas espirituales son marcas emocionales que surgen de eventos difíciles y afectan nuestras relaciones y comportamientos. Las cinco heridas más comunes son el abandono, rechazo, humillación, traición e injusticia, cada una con sus propias características y consecuencias. La sanación de estas heridas requiere reconocer su origen en el pecado y buscar la ayuda divina para restaurar el bienestar espiritual.

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Qué es una

herida espiritual?
Las heridas del cuerpo las conocemos bien.
Son el resultado de un impacto del que no
nos hemos podido proteger.

Pues con el espíritu pasa exactamente


lo mismo, nos hieren los acontecimientos
difíciles de los que no nos hemos podido
proteger y nos dejan una marca.

Podríamos definir las heridas internas, del


corazón o del alma: Todos los sufrimientos
que una persona todavía siente en su cora-
zón después de un evento desafortunado
y que tienen consecuencias conscientes o
inconscientes en su relación con los demás,
en su comportamiento, en su cuerpo o en
sus ideas.

Si yo tengo un pequeño jardín y tengo


mala hierba, pero no basta arrancar la mala
hierba porque volverá a salir a menos que
se plante la buena hierba.
Las heridas interiores es lo
mismo. En cada herida hay
una semilla de mentira.

Dios nos tiene que llevar a


descubrir la herida,
arrancar la mentira
en ella y sembrar
la semilla de ver-
dad, de la verdad
de Dios en mí.
Las 5 heridas
espirituales más
comunes
1. Abandono

Abandonar significa dejar sola o sin


atención ni cuidado a una persona. Dejar
de darle importancia. El abandono es
una carencia afectiva, es como mantener
desocupado el tanque del afecto, por lo que,
una persona que no ha sanado la herida
del abandono, tiende a ser dependiente de
otros, a tomar el papel de víctima o a buscar
llamar la atención para sentirse valorada y
llenar ese vacío tanque. Dependen de las
demás personas para no sentir la tristeza
causada por el abandono.

No importa quién nos abandonó en esta


tierra, Dios está siempre a nuestro lado y Él
es capaz de llenar cualquier vacío de nues-
tros corazones.

…Dios ha dicho: «Nunca te dejaré; jamás te


abandonaré». Hebreos 13, 5.

2. Rechazo

Se trata de la resistencia a estar con una


persona determinada. Muchas veces, el
rechazo surge desde el vientre materno,
cuando se trata de un embarazo no deseado
o cuando uno de los padres no quiere acer-
carse al niño.

Cuando esto se da en la infancia, la per-


sona va creciendo con esa herida interna
de rechazo que tiene una repercusión en
la vida adulta: se siente rechazada en su
interior y cree que los que le rodean la
rechazan, interpreta en muchos de sus
actos o palabras una intención de rechazo
que no es real, solo existe en su mente, por
lo que la formación de su personalidad se
verá afectada por esta herida.
Los rechazos pueden llevar a actitudes
de desprecio, o de indiferencia, o de ale-
jamiento, o de miedo, o de huida, o de
agresividad.

"Más bien, amad a vuestros enemigos; haced


el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y
vuestra recompensa será grande, y seréis hijos
del Altísimo, porque Él es bueno con los ingra-
tos y los perversos". (Lc 6,35).

3. Humillación

La herida de la humillación es una cicatriz


emocional que se produce cuando una per-
sona se siente avergonzada, humillada o
rechazada.

La vergüenza es una emoción profunda-


mente arraigada que surge cuando una
persona siente que ha fallado de alguna
manera y teme la posible desaprobación o
rechazo de los demás.

En el contexto de la herida de humillación,


la vergüenza puede ser especialmente
intensa, ya que está vinculada a experien-
cias pasadas de humillación, rechazo o
crítica.

Esta autoevaluación negativa puede ali-


mentar la herida de humillación, reforzando
creencias autodestructivas sobre la pro-
pia valía y contribuyendo a sentimientos de
indignidad o inferioridad.

Dios promete darnos libertad de la herida


de la humillación, enalteciéndonos. Por más
que hayamos pecado, Él no se avergüenza
de nosotros porque Él mismo mandó a su
hijo para perdonar nuestros pecados.
“En esto consiste la humildad: en conocer que
soy nada, que nada puedo sino pecar, que estoy
pendiente de Dios en todo, y estoy contentí-
simo de Dios”. San Antonio María Claret.

4. Traición

La herida de traición se genera cuando la


persona se ha sentido decepcionada reite-
radamente por su figura de referencia.
Surge cuando se ha sentido muchas veces
víctima de la mentira.

Las personas marcadas por la herida de trai-


ción suelen manifestar comportamientos
característicos que reflejan su dolor y des-
confianza. Son individuos muy posesivos y
controladores que tienden a aferrarse a las
relaciones y a las personas que consideran
importantes en sus vidas. Esta posesividad
puede surgir como una forma de protec-
ción, una barrera que intenta evitar el dolor
de ser traicionado nuevamente.

Jesús fue traicionado por uno de sus dis-


cípulos con quien compartió gran parte de
su tiempo, quien lo vio hacer milagros y
parecía ser su amigo. Si Él fue traicionado,
todos en esta tierra somos susceptibles de
serlo, pero debemos refugiarnos en aquel
que no cambia, que no se arrepiente y que
nos da Su amor inagotable.

"El hombre es fiel creyendo a Dios, que pro-


mete; Dios es fiel dando lo que promete al
hombre". San Agustín.

5. Injusticia

La herida de la injusticia se forma cuando


sentimos que no somos apreciados por
nuestro verdadero valor, cuando no nos
sentimos respetados o cuando creemos
que no recibimos lo que merecemos.

La herida de la injusticia es un sentimiento


de haber sido tratado injustamente, que
puede generar frustración y resentimiento.

"Estar resentido es la mejor forma de cavarse


un hoyo bien profundo del que cada vez sea
más complicado escapar". Anónimo.
Por dónde
empezamos?
En primer lugar, hay que reconocer que si
bien el ser humano no se reduce sus heridas
afectivas, dichas heridas sí influyen en los
distintos comportamientos o conductas, e
incluso, como ya se ha dicho, en los estados
de ánimo, en la afectividad y pensamientos.

El principal origen de las heridas espiri-


tuales es el pecado, ya sea el mío o el de los
otros.

La definición clásica de pecado es “la


transgresión”, es decir violación o desobe-
diencia “voluntaria”, porque se trata no sólo
de un acto puramente material, sino de una
acción formal, advertida y consentida “de
la ley divina”, o sea, de cualquier ley obliga-
toria, ya que todas reciben su fuerza de la
ley eterna.

En todo pecado se ve una rebeldía querida


y libre del ser creado contra su Creador.

Además el pecado lesiona el bien social,


la inclinación al mal que existe desde el
pecado original, que se agrava con los
pecados actuales, influyen en la sociedad,
en nuestra relación con los demás produ-
ciendo heridas en las otras personas.

El pecado no solo causa heridas, sino que


también crece a partir de las heridas. A
menudo pecamos como una forma de tra-
tar de escapar del sufrimiento causado por
las heridas.

Es necesario juntar las manos y rogar-


le a Dios, por intercesión de la Virgen, el
auxilio superabundante de la gracia. Así
confortado por lo sobrenatural, el hombre
se vuelve capaz no sólo de exaltar los lados
buenos de sus compañeros, sino de dispo-
nerse a sanar sus debilidades y ser para
ellos un auxilio en la lucha por la virtud.

"El pecado es el mal, pero el orgullo de no


reconocerlo y de no pedir perdón es peor".
San Juan María Vianney.
Nada te turbe

Nada te turbe, nada te espante todo se pasa,


Dios no se muda, la paciencia todo lo alcanza,
quien a Dios tiene nada le falta sólo Dios basta.

Santa Teresa de Jesús.

Oración de la Restauración

Hay momentos, Madre mía, en que mi alma


se siente, en lo que tiene de más profundo,
tocada por una *saudade indecible. Tengo
saudades de la época en que yo os amaba,
y Vos me amabais, en la atmósfera prima-
veral de mi vida espiritual. Tengo saudades
de Vos, Señora, y del paraíso que ponía en
mí la gran comunicación que tenía con Vos.

¿No tenéis también Vos, Señora, saudades


de ese tiempo? ¿No tenéis saudades de la
bondad que había en aquél hijo que fui?

Venid, pues, ¡oh la mejor de todas las


madres! , y por amor a lo que florecía en mí,
restauradme: recomponed en mí el amor a
Vos, y haced de mí la plena realización de
aquel hijo sin mancha que yo habría sido, si
no fuese tanta miseria.

Dadme, ¡oh Madre! , un corazón arrepen-


tido y humillado, y haced brillar nuevamente
ante mis ojos aquello que, por el esplendor
de vuestra gracia, yo comenzara a amar
tanto y tanto…

Acordaos, Señora, de este David y de toda


la dulzura que en él poníais.

Así sea.

Plinio de Correa de Oliveira.


Oraciones de sanación espiritual

¡Oh querido Dios Padre! Oído de los que


suplican y guía de los que tambalean por
la vida; yo, que deseo ser tu fiel servidor,
acudo ante Ti en estas horas de desidia y
dolor para que puedas apiadarte de mi
actual condición. Permite que supere
estos momentos de decaimiento y haz que
renazca en mi conciencia la dicha de ser-
virte hasta la eternidad.

Amén.

Dios todopoderoso; hoy elevo mis súplicas


al Cielo para implorarte que ayudes a sanar
el mal que me aqueja en este instante; tu
poder y piedad, es lo único que me ayudará;
y sé que con tu ayuda, podré superar cual-
quier obstáculo que el maligno pueda
colocar para alejarme de tu ser. En Ti coloco
mis esperanzas hasta el fin de los tiempos.

Amén.

Mi amado pastor Jesús, yo que tantas


veces te he procurado servir, hoy invoco
tu presencia para que puedas socorrerme
en estos momentos de dificultad; en estas
noches largas y en días eternos de pesadum-
bre. Mi mal, aunque insoportable, es
pasajero; mi fe, en cambio, es eterna e
inquebrantable. Ayúdame en estas horas
de desconcierto y sé mi protector en esta
vida.

Amén.
Oración de la Confianza

Acepta, querida Madre y Reina mía, toda


mi persona y cuanto con la gracia de tu
querido Hijo he podido hacer de bueno.

Yo mismo no soy capaz de conservarlo


dada mi debilidad e inconstancia, ¡y la
forma en que me combaten continuamente
mis enemigos espirituales!

Veo todos los días caer por tierra los


cedros del Líbano, y convertirse en aves
nocturnas las águilas que volaban en torno
al sol.

Mil justos caen a mi izquierda; diez mil a


mi derecha… (Sal. 91, 7).

Más yo confío en ti mi poderosa y más que


poderosa Madre:
Tenme que no caiga; conserva mis bienes,
que no me saqueen; protege en mí la vida
divina.

¡Defiende a quien a ti se ha consagrado!


Yo te conozco bien y en ti confío: eres la Vir-
gen fiel a Dios y a los hombres, que no dejas
perder nada de cuanto a ti se confía; eres la
Virgen Poderosa: nadie podrá hacerte daño
ni perjudicar tampoco a los que tú amas.

Amén.

Acto de confianza en el
Corazón de Jesús

Oh, Corazón de Jesús, Dios y Hombre ver-


dadero, delicia de los Santos, refugio de los
pecadores y esperanza de los que en Ti con-
fían; Tú nos dices amablemente: Vengan a
Mí; y nos repites las palabras que dijiste al
paralítico: Confía, hijo mío, tus pecados te
son perdonados, y a la mujer enferma: Con-
fía, hija, tu fe te ha salvado, y a los Apóstoles:
Confíen, Yo Soy, no teman.

Animado con estas palabras acudo a Ti con


el corazón lleno de confianza, para decirte
sinceramente y desde lo más íntimo de mi
alma: Corazón de Jesús en Ti confío.

Sí, Corazón de mi amable Jesús, confío


y confiaré siempre en tu bondad; y, por el
Corazón de tu Madre, te pido que no des-
fallezca nunca esta confianza en Ti, a pesar
de todas las contrariedades y de todas las
pruebas que Tú quisieras enviarme, para
que habiendo sido mi consuelo en vida, seas
mi refugio en la hora de la muerte y mi glo-
ria por toda la eternidad.

Amén.
Acordaos

Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!,


que jamás se ha oído decir que ninguno
de los que han acudido a vuestra pro-
tección, implorando vuestra asistencia
y reclamando vuestro socorro, haya sido
abandonado por Vos. Animado por esta
confianza, a Vos acudo, oh Madre, Virgen
de las vírgenes, y gimiendo bajo el peso de
mis pecados me atrevo a comparecer ante
Vuestra presencia soberana. Oh Madre de
Dios, no desprecies mis súplicas, antes bien,
escuchadlas y atendedlas benignamente.

Así sea.

San Bernardo de Claraval.


Oración de la confianza

Estoy tan convencido, Dios mío, de que


velas sobre todos los que esperan en Ti, y
de que no puede faltar cosa alguna a quien
aguarda de Ti todas las cosas, que he deter-
minado vivir de ahora en adelante sin
ningún cuidado, descargando en Ti todas
mis inquietudes: «en paz me acuesto y en
seguida me duermo, porque Tú sólo, Señor,
me haces vivir tranquilo» (Sal 4,10).

Los hombres pueden despojarme de los


bienes y de la honra, las enfermedades
pueden privarme de las fuerzas e instru-
mentos de servirte; Yo mismo puedo perder
Tu gracia pecando; pero no por eso perd-
eré la esperanza; antes la conservaré hasta
el último suspiro de mi vida y serán vanos
los esfuerzos de todos los demonios del in-
fierno por arrancármela: "en paz me duermo
y al punto descanso".

Que otros pongan su confianza en sus


riquezas o en sus talentos: que descan-
sen otros en la inocencia de su vida, o en la
aspereza de su penitencia, o en la multitud
de sus buenas obras, o en el fervor de sus
oraciones; en cuanto a mí toda mi confianza
se funda en mi misma confianza: «Tú, sólo,
Señor, me haces vivir tranquilo» (Sal 4,10).

Confianza semejante jamás fue defrau-


dada: «Nadie esperó en el Señor y quedó
confundido» (Sir 2,11). Así que seguro
estoy de ser eternamente bienaventu-
rado, porque espero firmemente serlo,
y porque eres Tú, Dios mío, de quien lo
espero: «en Ti, Señor, he esperado; no que-
daré avergonzado jamás» (Sal 30,2; 70,1).

Bien conozco ¡ah! demasiado lo conozco,


que soy frágil e inconstante; sé cuanto
pueden las tentaciones contra la virtud
más firme; he visto caer los astros del cielo
y las columnas del firmamento; pero nada
de esto puede aterrarme. Mientras man-
tenga firme mi esperanza, me conservaré a
cubierto de todas las calamidades; y estoy
seguro de esperar siempre, porque espero
igualmente esta invariable esperanza.

En fin, para mí es seguro que nunca será


demasiado lo que espere de Ti, y que nunca
tendré menos de lo que hubiere espera-
do. Por tanto, espero que me sostendrás
firme en los riesgos más inminentes y me
defenderás en medio de los ataques más
furiosos, y harás que mi flaqueza triunfe de
los más espantosos enemigos. Espero que
Tú me amarás a mí siempre y que te amaré
a Ti sin intermisión, y para llegar de un solo
vuelo con la esperanza hasta dónde puede
llegarse, espero a Ti mismo, de Ti mismo,
oh Creador mío, para el tiempo y para la
eternidad.

Amén.

San Claudio La Colombière (carta XCVI).


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