Cuentos Infantiles
Cuentos Infantiles
INFANTILES
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Tabla de contenido
Introducción...................................................................................................................3
PARTE I: Escriba el título de la parte (estilo: Título 1)................................................3
Capítulo uno: Escriba aquí el título del capítulo (Estilo: Título 2)..........................
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PARTE II: Escriba el título de la parte..........................................................................3
Capítulo tres: Escriba el título del capítulo..............................................................
Capítulo cuatro: Escriba el título del capítulo.........................................................
Capítulo cinco: Escriba el título del capítulo...........................................................
Epílogo o conclusión......................................................................................................3
Bibliografía....................................................................................................................3
Agradecimientos............................................................................................................3
Información sobre el autor.............................................................................................3
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Historia de los cuentos infantiles
La tradición de transmitir historias y cuentos a otros, es tan antigua casi como el origen
de los hombres. Estas historias y cuentos cortos, si bien no adaptados aún a la infancia como en
la actualidad, eran confeccionados a modo de leyendas en las cuales se transmitía la
importancia de los dioses y de las tradiciones, o se fabulaba con la existencia de mundos
imaginarios habitados por princesas, villanos y héroes. En dichas leyendas, se procuraba
transmitir oralmente a la sociedad la idea que se tenía del bien y del mal, a través de símiles
y cuentos fantásticos. En la Edad Moderna, época en la cual se empieza a tener una noción y
una preocupación especial por el niño y la infancia como categoría social, surgen los cuentos
infantiles cortos propiamente dichos, adaptados especialmente para ellos muchas veces de las
historias y cuentos breves tradicionales.
En la actualidad los cuentos infantiles cortos han tendido a la transformación en cuanto al rol y
dinámicas de sus personajes, cada vez más alejados de los cuentos para niños de hadas y
princesas de siempre, incorporándose también políticas educativas como la transversalidad u
otros valores pedagógicos.
Lo importante es que el resultado de dichas historias siempre resulte atractivo y útil para los
niños y para los padres, bien como cuentos para dormir, o para leer durante el día y pasar
momentos maravillosos solos o en compañía de la familia.
Apellidos del autor/Título del libro
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Apellidos del autor/Título del libro
En los primeros tres años de vida es importante enseñar a los niños el valor de
compartir, la responsabilidad de recoger los juguetes o de no decir mentiras, por lo que
será muy divertido contar historias como Pinocho o Caperucita Roja en esta etapa.
Cuando el niño/a ya tenga edad escolar, el valor de la amistad será probablemente uno de los
más importantes, así como el de la tolerancia, la igualdad, la empatía, la confianza y/o la
bondad. Será el momento adecuado de ayudar al niño a la niña a integrarse en el mundo y a
tener sus primeros contactos sociales. En esta etapa escolar los prejuicios al conocer a alguien
diferente son muy habituales, por lo que los cuentos pueden llegar a tener un papel
verdaderamente importante en la concepción del mundo que se vaya haciendo el niño o nila en
cuestión.
Transmite siempre valores positivos a tus peques, como el valor de la tolerancia, que
podemos ver en cuentos como Dumbo o El Patito Feo.
Cuando los niños ya estén integrados en la escuela, será importante leerles otros cuentos de
valores más complejos como la sinceridad, la valentía, el agradecimiento, la unión familiar…
o reforzar otros ya aprendidos como pueda ser la responsabilidad, el esfuerzo o la amistad. El
cuento de Los tres cerditos es muy didáctico para que entiendan que el esfuerzo a largo plazo
es el pilar de un futuro digno.
Ya después, durante la adolescencia, no pierdas la costumbre de leer en familia historias
adaptadas a la edad en las cuales se transmitan valores que les sean útiles para enfrentarse a
sus nuevas etapas. Con este tipo de lecturas se busca que refuercen su autoestima y la
confianza en sí mismos.
Y recuerda que, además de los cuentos cortos con valores más populares, siempre tienes la
oportunidad de crear tus propios cuentos de valores para niños y niñas. Seguro que te divertirás
mucho creándolos y tus niños escuchándolos.
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Apellidos del autor/Título del libro
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Apellidos del autor/Título del libro
La mentira de María
Las mentiras no son buenas, pero a veces nos podemos sentir tentados por decir una muy
pequeña. Y es que a veces las mentiras parece que pueden salvarnos de alguna que otra
regañina y sacarnos de problemas en unos segundos, facilitando así muchas cosas, como por
ejemplo el hecho de recibir regalos, dulces o mimos.
Pero lo que es verdaderamente cierto, amiguitos, es que las mentiras tienen las patas muy
cortas, y siempre se descubren y convierten una pequeña situación incómoda en un problema
muy grande, sin contar que a menudo lastimamos a los demás al decir mentiras y ya nadie
confía en nosotros por engañar. Y esa dura lección fue la que tuvo que aprender una niña
llamada María, gracias a una terrible mentira que la metió un día en un problema muy grande.
La historia comienza en un día cualquiera en la escuela cuando María, que era muy traviesa y le
gustaba mucho hacerle bromas a sus compañeros, hizo que su amiga Tania llorara, se enfadara
con ella y le contara a la profesora su travesura. Entonces la maestra habló con María
seriamente y le dijo que llamara a sus padres, que quería hablar con ellos al día siguiente en la
escuela:
Oh, eso no podrá ser de momento -contestó María ideando una mentira para escapar de la
situación-, mamá ha estado un poco delicada de salud y papá la tiene que cuidar.
Inmediatamente la maestra se preocupó y preguntó a María que era lo que tenía su madre:
No estoy muy segura, pero no puede levantarse de la cama y papá no puede dejarla, solo para
ir al trabajo– respondió María.
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Apellidos del autor/Título del libro
Al día siguiente, a la hora de pasar lista, la maestra muy atentamente preguntó a María si su
madre ya se encontraba mejor, a lo que ella respondió:
Muy mal, no creo que pueda venir a la escuela estos días.
Una respuesta que alarmó mucho a sus compañeros de clases, que fueron muy atentos con ella
colmándola de atenciones para animarla. A María la mentira le hacía sentir un poco mal, pero en
el fondo le gustaban mucho los dulces y los mimos, por lo que no había mal que por bien no
viniera y decidió mantener la mentira durante bastante tiempo.
Al igual que una bola de nieve rodando, cada vez la mentira se hacía más grande y todos
pensaban que la mamá de María estaba muy mal en casa, por lo que se sentían muy
preocupados por ella. Sin embargo, como siempre pasa con las mentiras, finalmente la verdad
salió a la luz el día que la maestra de María se encontró con la mamá en el supermercado.
Cuando la maestra de María preguntó preocupada por su salud, la madre respondió:
No he estado enferma desde hace mucho tiempo… ¡estoy tan fuerte como un roble!
Aquella frase dejó al descubierto la fatal mentira de María.
Al día siguiente, y como siempre cuando se pasaba lista, la maestra preguntó por su mamá a
María y la niña contó lo mal que estaba, como venía haciendo desde semanas atrás.
¿En serio, María? – Preguntó la maestra muy molesta.
Sí – Respondió la niña algo confundida.
Tras aquella respuesta la maestra se levantó y salió del salón. Cuando volvió la sorpresa fue
enorme para todos, pues la mamá de María entró en el aula detrás de ella. Parecía muy
disgustada, y en aquel momento la maestra aprovechó la oportunidad para enseñarles una
lección importante a todos:
Las mentiras son malas y tienen las patas muy cortas. Lastiman a quienes más queremos y
terminan empeorando una situación, porque la verdad siempre sale a la luz, no importa cuánto
tarde.
Ningún compañero se dio cuenta de lo que había pasado, pues pensaron que por fin la mamá
de María se había curado, pero aprendieron también aquel día que las mentiras nunca son una
buena opción. María, por su parte, que sí sabía muy bien de que hablaba su maestra, se acercó
a pedir perdón a su mamá y a su profesora al término de la clase comprometiéndose a no decir
mentiras nunca más. Aquel apuro había sido una lección suficiente para María, que vio en la
cara de su mamá la realidad de que lastimar a alguien con una mentira no vale nada la pena.
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Apellidos del autor/Título del libro
Adrián era un niño bastante alegre que vivía en una ciudad enorme llena de edificios
que, con solo verlos, daban vértigo. Las calles eran amplias y siempre estaban llenas de
personas que parecían apuradas mientras se movían de un lado a otro, y al pequeño Adrián le
gustaba imaginar el motivo por el cual esas personas siempre parecían tan apuradas.
El otro día, sin ir más lejos, Adrián vio a una muchacha correr con una gran sonrisa en la cara.
Tras darle vueltas a la situación, llegó a una conclusión muy lógica: su mamá seguramente le
habría hecho su comida favorita y querría llegar a casa de inmediato. ¡A él muchas veces le
pasaba lo mismo!
A Adrián también le gustaba ir al colegio, porque allí pasaba la tarde jugando y aprendiendo
cosas increíbles junto a su amiga Mónica, una de sus pocas amistades en el cole. Y es que, a
pesar de ser tan alegre e imaginativo, Adrián no tenía demasiados amigos y estaba convencido
de que el motivo era que pasaba mucho tiempo soñando y observando.
Aun así, Adrián era feliz en el cole junto a su mejor amiga, y no solía pensar en ello. O, al
menos, no lo hacía hasta que llegó el mes de Febrero y vio que se aproximaba San Valentín. La
cuestión era que se iba a celebrar por primera vez en el cole un baile el 14 de Febrero, al que
debían acudir en parejas y muy bien arreglados para bailar toda la tarde y pasarlo muy bien. Y al
pensar en ello Adrián sintió algo de miedo. Según le había escuchado decir a mamá, el día de
San Valentín era una cosa que celebraban las personas mayores cuando estaban enamoradas,
eran felices y decidían tomar chocolates y regalarse bonitas flores. Pero él aún era pequeño y
no pensaba ni por asomo en esas cosas.
Tantos días estuvo la mente inquieta del pequeño Adrián dándole vueltas a aquello, que olvidó
jugar con su querida amiga Mónica, que tanto le quería y apreciaba…Y así hasta que llegó la
víspera del 14 de Febrero, cuando Mónica al fin decidió acercarse a Adrián:
¿Qué te pasa?- Dijo Mónica.
Pues que mañana es el día del amor y del baile y no tengo una novia para poder ir, así que
tendré que bailar solo- Contestó Adrián con la cabeza gacha y la mirada al suelo.
Al escuchar aquellas palabras Mónica se echó a reír a carcajadas.
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Apellidos del autor/Título del libro
El 14 de Febrero no solo es el día del amor, también es el día de la amistad. Por eso no
necesitas una novia para acudir al baile y podemos ir juntos porque somos amigos- Dijo Mónica,
muy orgullosa de poseer toda aquella información.
Adrián, sorprendido, abrazó a su amiga con cariño. ¡Había pasado tantos días dándole vueltas a
la cabeza! Y, de pronto, se sintió muy feliz y orgulloso de tener una amiga como ella.
Aquel día de San Valentín le había servido para aprender muchas cosas, como por ejemplo, la
de que tener un amigo o amiga que te quiere es igual de valioso para el corazón que estar
enamorado y comer chocolates y comprar bonitas flores.
Y fueron muy felices Adrián y Mónica en el baile de San Valentín. Sus miradas y sus risas casi
parecían hablar a voces…y gritaban al mundo que, tener un amigo cuando más se necesita, es
un valiosísimo acto de amor.
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La mariposita Rosita
Érase una vez una pequeña mariposa que volaba por el prado. Era frágil y delicada, y la
más bella de todas las de su especie. Brillante como un rayo de sol, aquella mariposita se
llamaba Rosita.
Rosita jugaba con las tiernas amapolas y las dulces margaritas en el hermoso prado donde
vivía, lleno de flores de mil colores. Sin embargo, Rosita no era feliz del todo, ya que ansiaba
irse a vivir a las montañas azules que vislumbraba a lo lejos.
Un día tras mucho pensar decidió irse, y mientras volaba de flor en flor, se encontró con un
pajarito que la obsequió con una gran sonrisa al pasar:
Buenos días, sr. pájaro- le dijo.
Buenos días mariposita- le contestó.
Pajarito, ¿qué te pasa en el ojo derecho?
Me ha entrado una pequeña rama y no puedo ver bien. ¿Podrías sacármela?
Por supuesto- dijo la mariposita Rosita. Y acercándose al pajarillo se la quitó.
Muchas gracias, ahora ya veo bien- dijo el pájaro- y tú ¿dónde vas?
Me dirijo a las montañas azules- le dijo.
¿Pero no ves, pequeña mariposita, que las montañas están muy, muy lejos? Eres todavía
demasiado pequeña y no conseguirás llegar.
Sí podré, son unas montañas muy bonitas y deseo con todas mis fuerzas vivir allí.
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Apellidos del autor/Título del libro
Pues nada, que tengas mucha suerte- dijo el pajarito mientras se despedía algo preocupado por
la audacia de Rosita.
La mariposita Rosita siguió su camino y al rato se encontró con un gran conejo blanco de largos
bigotes:
¡Hola conejo!, me llamo Rosita.
¡Hola mariposita Rosita!
¿Qué es eso que tienes clavado en la pata de atrás?
No sé, no puedo verlo, ¿me lo puedes decir tú?
Pues parece una pequeña espina- contestó la mariposita- ¿Quieres que te la quite?
Sí, por favor, me duele mucho y no puedo correr- contestó el conejo.
¡Ah! ¡Qué alivio! ¿Y tú, mariposita? ¿Hacia dónde vas?
Voy camino de las montañas azules- le dijo.
No podrás llegar hasta allí, están demasiado lejos y son unas montañas muy altas. Te deseo
mucha suerte.
La mariposita Rosita pensó que aquellos animalitos estaban exagerando, sin embargo, a
medida que se alejaba del prado y subía a las montañas notaba que estaba cada vez más y
más cansada. Su afán de llegar hasta la cima, sin embargo, la hacía seguir adelante, pero llegó
un momento en que sintió sus alitas tan pesadas que empezó a descender en su vuelo.
Justo antes de darse contra el suelo sintió una fuerza que la volvía a impulsar hacia arriba. Era
su amigo el pájaro, que al no tener la rama clavada en el ojo veía bien y había ido a rescatarla.
El pobre pajarillo hizo lo que pudo, pero como no era muy fuerte, tampoco pudo más y
empezaron a caer los dos. Por suerte esta vez tampoco sucedió nada malo, puesto que el
conejo, al no tener la espina clavada en la pata, pudo llegar corriendo para recogerles en su
gran y blandito lomo blanco.
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Navidad en la ciudad
Era el último día de clase y Pablo miraba sin mucho interés la pizarra mientras la
profesora explicaba algunas cosas. Pablo solo podía pensar en la Navidad y en que sería la
primera en su ciudad, y no en el pueblo como sucedía siempre.
Pablo recordaba cómo cada año, apenas terminadas las clases, mamá y papá llenaban el coche
con maletas y se iban de viaje a casa del abuelo para poder pasar las vacaciones junto a él en
su granja. El camino era larguísimo pero muy verde y bonito, y de lado a lado del camino se
podían ver vacas o caballos pastando. Era maravilloso.
A Pablo le gustaba mucho ver los animales y el abuelo tenía una casa llena de ellos: ovejas,
vacas, caballos, perros…Pero de todos ellos con quien más disfrutaba jugando era con la perrita
Lila, que corría siempre a su alrededor nada más llegar. Y después de aquellos momentos junto
a Lila, lo que más le gustaba a Pablo era la gran cena de Nochebuena, todos sentados junto al
árbol y a la lumbre rodeados de cosas ricas que degustar. De solo pensarlo, a Pablo se le hacía
la boca agua.
Sin embargo, en aquella Navidad no iba a haber nada de eso. Papá tenía que salir de viaje por
motivos de trabajo, no podrían visitar al abuelo y Pablo iba a pasar la Navidad con la única
compañía de su mamá. Cuánto le entristecía aquello a Pablo, que ni siquiera podía escuchar las
palabras de su profesora ensimismado en sus pensamientos.
Antaño, apenas llegaban a la granja, el abuelo sacaba del cobertizo todos los adornos y entre
todos ponían la casa muy, muy bonita. Hasta la perrita Lila ayudaba, porque a todos les gustaba
mucho la Navidad.
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Volviendo a casa del cole, Pablo pasó todo el recorrido en el autobús mirando por la ventana.
Sus amigos se acercaban a él y le preguntaban qué le ocurría, pero Pablo ni siquiera podía
contestar del nudo que llevaba en la garganta. Se sentía tan mal que le era imposible hablar, y
lo único que deseaba era encerrarse en su cuarto solo.
Una vez en casa, al cruzar la puerta, Pablo fue asaltado por la perrita Lila. ¡Qué gran sorpresa
fue aquella! Y tras recibir unos buenos lametazos y achuchones de ella se aproximó corriendo
hasta la cocina, donde estaba su mamá junto al abuelo tomando un café calentito.
A Pablo le alegró mucho aquella visita, no podía creerlo… ¡si el abuelo nunca salía de su granja!
Pablo se fundió en un tiernísimo abrazo con su abuelo, que como no podía ser de otra forma, ya
tenía preparados en sus cajas los adornos de Navidad. Qué feliz se sentía Pablo de ver allí a su
abuelo, que sonriente le dijo:
Si la Navidad consiste en algo, hijo mío, es en estar todos juntos.
Y fueron muy felices en aquella primera Navidad en la ciudad, echando de menos a papá y
haciendo todo lo posible por disfrutar de aquellas fechas tan significativas para la familia.
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El buzón de la Navidad
El mes de Diciembre había llegado y todos los niños de la escuela de Simón estaban
bastante contentos, ¿cómo no habrían de estarlo? Venía la Navidad, la época más bonita del
año.
Hablaban de eso todos los días y le preguntaban a la profesora:
Maestra, ¿qué día es hoy?
Hoy es 2 de diciembre, niños, aún faltan varios días para la Navidad –respondía la profesora.
En la escuela acostumbraban a realizar una fiesta de Navidad antes de irse de vacaciones, en la
que todos traían comida para compartir. Pero lo que más gustaba a todos era que ponían un
buzoncito en frente de cada pupitre para que escribiesen cartas y felicitaciones llenas de buenos
deseos a quien quisiesen. Los buzones los pintaban de colores y decoraban con pegatinas muy
bonitas, y en las cartas dibujaban casas, coches, juguetes y muñecos. A veces los niños hacían
dibujos tan buenos que parecían fotografías, de tanta ilusión que ponían.
Así que todos estaban muy emocionados llegado el mes de Diciembre; todos menos Simón, que
tenía muchísimo miedo de que llegara aquel señalado día. A Simón le encantaba Diciembre
porque es un mes muy colorido y muy feliz, pero temía que nadie le dedicase una carta especial.
Simón era un niño muy tímido con bastantes dificultades para hablar y relacionarse con los
demás niños, y eso hacía que su inseguridad fuese aún mayor en la gran fiesta de Navidad.
Llegado el día, Simón se sentó solito y decoró con gran habilidad y dulzura su buzón. Pero
añadió algo muy extraño, el dibujo de un coche rojo con fuego pintado, corriendo a toda
velocidad por un verde camino. Simón se esforzó mucho con su buzón, con la esperanza de que
a alguien le gustara y le pusieran una carta dentro.
Tras comer algunas cosas de las que se habían llevado al aula, Simón se sentó en su pupitre a
esperar su carta. Pero pasado un rato el buzón seguía vacío. Nadie se acercaba a hablar con él
y mucho menos a dejarle una carta, lo que puso a Simón sumamente triste. Y cuando se
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Apellidos del autor/Título del libro
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Érase una vez un niño llamado Jacobo. Jacobo era un jovencito con muchas pecas en la
cara y el cabello del color de una zanahoria. Como a todos los niños, a Jacobo le gustaba jugar
con la pelota junto a sus amigos, y a ellos les parecía genial que él tuviese el cabello como una
zanahoria. Cuando iban a visitarlo y la mamá de Jacobo les servía zanahorias, sus amigos
gritaban:
¡Una zanahoria se está comiendo a otra zanahoria!
Y Jacobo reía como el que más, porque le hacía sentirse muy, muy especial.
A Jacobo le gustaba mucho jugar con sus amigos, pero llegó un día en que no pudo jugar con
ellos porque tuvo que cambiar de colegio y ya no conocía a nadie. Aquella situación a Jacobo le
puso muy triste, no sabía qué hacer.
Cuando entró en clase pudo ver que un niño bastante más alto que él estaba jugando con una
pelota, y que los demás niños le miraban jugar. Hablaban con él y se reían, de forma que a
Jacobo aquel niño le resultó bastante popular. José se llamaba aquél niño y, de entre todos los
compañeros de clase, era el más alto y el que parecía de mayor edad, de manera que Jacobo
pensó que si se burlaba de él, podría ganar el respeto de sus nuevos compañeros y que así
todos fuesen sus amigos.
De esta forma se acercó hacia donde estaban los compañeros de clase, señaló a José y dijo:
– Eres alto como los adultos, pero juegas a la pelota como un bebé. ¡Eres un bebé!- le dijo
Jacobo, a pesar de que había observado en él a un fantástico compañero con el que jugar a la
pelota.
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– ¿Por qué me dices eso, niño zanahoria? Yo solo estoy jugando con la pelota sin molestar a
nadie, déjame en paz.
Haberlo llamado “niño zanahoria” ocasionó que todos los demás niños se rieran, aunque José
no lo hubiera dicho con esa intención. Por ello, a partir de entonces, todos se burlaron de
Jacobo llamándole “el niño cabeza de zanahoria”.
¡Eres una zanahoria, con la cabeza naranja y grandota!- le decían los demás niños.
Jacobo, al ver que su plan había fallado, no pudo hacer otra cosa que ponerse a llorar. Sin
embargo, aquella actitud no le gustó a José, que decidió hablar seriamente con todos sus
amigos:
¿Por qué os reís de él? Yo le dije niño zanahoria porque tiene el cabello del color de una
zanahoria y no para burlarme, porque uno no se puede burlar de las demás personas. Todos
nosotros en esta clase somos amigos y, si nos reímos de nuestros amigos, seremos unas malas
personas.
A lo que todos asintieron porque supieron que José tenía razón.
José se acercó y trató de calmar a Jacobo diciéndole que lo invitaría a comer zanahorias:
Y así serás una zanahoria comiéndote otra zanahoria- dijo José con el tono tan amable, que casi
parecía uno de los antiguos amigos de Jacobo.
Al recordar a sus viejos amigos, Jacobo dejó de llorar, pidió perdón a José y sus demás nuevos
compañeros, les contó que solo quería ser popular entre ellos y agradeció a José el haber sido
tan bueno con él.
De esta forma Jacobo entendió el valor de la amistad y del verdadero respeto, y nunca más trató
de burlarse de nadie.
Al fin pudo comprender que las diferencias, como bien sabían sus fieles y antiguos
amigos, son algo maravilloso y no algo que reprochar.
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Apellidos del autor/Título del libro
Érase una vez dos pequeños ratoncitos que vivían en un pequeño y acogedor agujero
en compañía de su mamá.
No les faltaba de nada: estaban siempre calentitos, tenían comida, podían protegerse de la
lluvia y también del frío…pero aun así, casi nunca estaban contentos, sobre todo cuando llegaba
la hora de irse a dormir, que siempre les parecía pronto.
Un día, como muchos otros días, los dos ratoncitos fueron a dar un paseo antes de la cena para
poder ver a sus amiguitos y charlar un rato antes de volver a casa, y tanto alargaron el paseo
que no consiguieron encontrarse con ninguno de sus amigos, puesto que se había hecho
bastante tarde.
Los ratoncitos se habían alejado mucho de casa y no estaban seguros de si podrían encontrar el
camino de vuelta. Y tanto se asustaron que se pararon en el camino para darse calor y sentirse
más acompañados el uno con el otro.
De pronto, en mitad de la noche y del silencio, les pareció escuchar ruido. ¿Serían las hojas
movidas por el aire? ¿Sería un gran y temible gato que les querría dar caza? Y en medio de la
incertidumbre apareció mamá, que llevaba toda la noche buscándoles.
Desde aquel día ninguno de los dos ratoncitos volvió a quejarse cuando llegaba la hora de irse a
la cama. Se sentían tan a gustito en casa protegidos por mamá y disfrutando de todos y cada
uno de sus cuidados, que hasta meterse en la cama calentita les parecía un plan fantástico, y
tenían razón. Por aquel entonces ya eran conscientes de que desobedecer a su mamá podía
tener consecuencias muy desagradables, y tenían tiempo de sobra durante el día para disfrutar
de sus amigos y de todas las cosas que les divertían, como el brillo del sol y la brisa de la
mañana.
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Comprendieron que estar en casa no era algo aburrido, sino el mejor lugar que podía haber en
el mundo.
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Apellidos del autor/Título del libro
El ratón tranquilo
Erase un pequeño ratoncito que vivía muy feliz y tranquilo dando vueltas por el bosque.
Podía correr de acá para allá con total libertad, y hasta los gatos que de vez en cuando pasaban
por allí le respetaban. Pero dicha tranquilidad quedó rota por completo el día en que el ratón se
topó con un extraño animal que jamás había visto. ¡Tenía una cabeza alargadísima!
El ratón no sabía que se había encontrado con un oso hormiguero, que a diferencia de él, no
parecía muy tranquilo, sino con muchas ganas de actividad y de reírse un poco. Al ratón aquello
no le hubiera parecido mal, si no fuese porque aquel oso hormiguero parecía tener ganas de
divertirse riéndose de él, que no le había hecho nada a nadie y correteaba siempre tan tranquilo
por el bosque.
¿Con lo insignificante que eres, triste ratoncito, aún nadie ha frenado tus carreras por este
bosque? ¡Sería tan fácil pisarte!- dijo muy ufano el oso hormiguero.
¿Por qué te metes conmigo? No creo haberte molestado, siempre voy a mi aire por el bosque
sin comprometer a nadie y espero lo mismo del resto- le respondió el ratón entristecido.
Pero lamentablemente el ratón no obtuvo ya ninguna respuesta del oso hormiguero, y ante sus
molestas risas, decidió poner rumbo a otra parte.
Mucho tiempo después el ratón iba, como de costumbre, paseando y correteando por el bosque
cuando, de pronto, escuchó unos ruidos muy fuertes. Rápidamente el ratón acudió a la zona en
la que se había escuchado aquella algarabía y pudo ver de nuevo a aquel oso hormiguero que
tiempo atrás se había cruzado con él para importunarle.
20
Apellidos del autor/Título del libro
En esta ocasión era el oso hormiguero el que gritaba y se lamentaba, porque se había
encontrado con un gran elefante que había encontrado la diversión en meterse con él. Y el
ratón, sin dudarlo un minuto, se subió al lomo del elefante, que con su gran y torpona trompa no
lograba escaparse de él.
¿Cómo eres tan grande crees que puedes meterte con otros animales que no son de tu talla?
Pues ya ves que no, que de mí no consigues zafarte- exclamó el ratón.
El elefante, que tenía pánico a los ratones, comenzó a correr de un lado a otro despavorido
hasta que el pequeño ratoncito decidió dejarle en paz para que huyera, y cuanto más rápido
mejor.
Entonces el oso hormiguero, ya a salvo de las burlas del elefante, se sintió muy triste y
avergonzado consigo mismo y comprendió que había tenido la misma actitud con él, y hasta
pudo sentir su angustia en aquel día…
Ojalá puedas aceptar mi perdón. Has decidido ayudarme después de mi mala actitud contigo en
el pasado y me has hecho comprender lo necio que fui.
No te preocupes, amigo. Supongo que has aprendido que todos tenemos derecho a ser felices y
a habitar tranquilos en nuestro hogar, y todo aquel que lo entienda, será mi amigo.
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Apellidos del autor/Título del libro
Tosco era un oso que vivía en un hermoso bosque de pinos. Siempre que encontraba un
panal de miel, cogía toda la miel para sí y le llevaba un poco a su madre. Pero cuando llegaba a
su cueva con la miel tenía muchas picaduras de abeja, y una noche casi no podía dormir por la
hinchazón.
Aquella noche Tosco le dijo a su madre:
No es justo, las abejas me pican demasiado, por la noche no puedo dormir.
¿Recuerdas que te dije lo que debemos hacer para saber si algo es justo o no? —Preguntó la
madre.
Sí, es algo que se llama… ¿cómo se llamaba? —Preguntó Tosco.
Empatía —dijo la madre— ¿Recuerdas lo que significa?
Sí, significa ponerse en el lugar de la otra persona. —Dijo Tosco.
Pues ahora tú debes ponerte en el lugar de las abejas.
Pero yo no soy una abeja —Contestó Tosco desconcertado.
Por eso mismo debes usar tu imaginación para tener empatía con las abejas. Por ejemplo,
¿dejas algo de miel en el panal cuando la coges?
No, no dejo nada, me la como casi toda y lo demás te lo traigo a ti, mami.
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Apellidos del autor/Título del libro
Gracias por traerme un poco de miel, a mí también me gusta mucho, pero, ¿sabes por qué las
abejas fabrican miel?
¿Para comérsela? —Preguntó Tosco con gran curiosidad.
Sí, y también para alimentar a las abejas recién nacidas. —Contestó su madre.
¡Pero yo también necesito la miel!
Si tú fueses una abeja y viniera un oso grande y peludo a quitarte toda la miel, ¿no le picarías
muy duro hasta que se fuera?
Tosco pensó en las palabras de su madre y se dio cuenta de que nunca había visto aquella
situación desde el punto de vista de las abejas.
Tienes razón, mamá, es verdad. ¡Con razón las abejas se ponen tan enfadadas cuando les quito
toda la miel!
Pues ahora que has usado la empatía y te has puesto en el lugar de las abejas, toma solo una
parte de la miel cuando vayas a cogerla —dijo la madre—, las abejas tratarán de picarte, pero tú
te irás enseguida y así podrás comer miel y dormir bien por la noche.
Al día siguiente, Tosco fue a un árbol en el que había un panal de abejas. Se acercó, cogió solo
una parte de la miel y se marchó, dejando más para que las abejas pudiesen comer. Ese día
Tosco comió su rica miel, le llevó algo a su madre y pudo dormir bien por la noche.
Tosco había obrado con empatía, y las abejas le premiaron su actitud dejándole ir sin una sola
picadura.
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Apellidos del autor/Título del libro
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Apellidos del autor/Título del libro
Tifón y la ballena
Tifón era un perro que vivía en un puerto, su amo era pescador. Le encantaba el mar, y cuando
su amo salía a pescar, él era el primero en subirse a la barca. Mientras navegaban hacia alta
mar, Tifón ponía su hocico en dirección al viento y sus orejas se movían como si fuesen alas.
Un día les cogió por sorpresa una tormenta. La lluvia era muy fuerte, una ola golpeó la barca y
los dos tuvieron que agarrarse con fuerza para no ser arrastrados al mar. Pero Tifón no pudo
sostenerse y cayó al agua.
La lluvia era tan fuerte, tan fuerte, que el amo no se dio cuenta de que Tifón había caído al agua
hasta que la barca estaba ya cerca del puerto. Quería volver atrás para buscar a su perro, pero
la tormenta parecía ponérselo a cada minuto más difícil y finalmente tuvo que volver a casa.
El pescador estaba tan triste… se sentía culpable por no haberse dado cuenta a tiempo y no
haber podido evitar que su perro Tifón cayese al mar.
Por su parte, Tifón decidió afrontar con valentía aquel revés que le había dado la vida. Nadaba y
nadaba, y aunque solo veía agua a su alrededor y ningún sitio ni objeto al que agarrarse, pensó
que sacudir sus patas con fuerza podría mantenerle a flote por un buen tiempo. Y justo cuando
pensaba que ya no volvería a ver a su querido pescador, Tifón sintió que algo le empujaba fuera
del agua… ¡era una gigante y preciosa ballena!
¿Por qué estás solo en medio del mar?- le preguntó la ballena.
Porque me caí de mi barca en medio de la tormenta.
Te llevaré a una isla cercana para ponerte a salvo.
Muchas gracias por ayudarme, pensé que iba a morir en el agua. Pero me gustaría volver con
mi dueño que estará muy preocupado- respondió Tifón a la preciosa ballena.
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Apellidos del autor/Título del libro
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Rundo y el colibrí
En un bosque había un loro llamado Rundo, que era el hijo del jefe de los loros. Un día,
Rundo se encontró con un colibrí que estaba chupando el néctar de unas flores, y cuando vio lo
pequeño que era, le causó tanta gracia que comenzó a burlarse de él.
¡Oye, enano! ¿Por qué eres tan chiquitito? Eres casi del tamaño de un saltamontes —le decía
Rundo burlándose.
El colibrí no le hizo caso, actuó como si no le escuchara. Terminó de chupar el néctar de la flor y
se marchó.
Al día siguiente Rundo volvió a ver al colibrí y de nuevo le dijo:
¡Oye, enano! ¿Por qué eres tan chiquitito? Pareces una hormiga.
Pero esta vez el colibrí se le acercó y le preguntó:
Y tú, ¿por qué eres grande?
Porque los loros somos grandes —contestó Rundo orgulloso.
¿Y por qué el halcón es más grande que el loro? —Preguntó el colibrí.
Creo que… porque nació así —dijo Rundo, un poco confundido.
¿Y por qué el águila es más grande que el halcón? —Preguntó el colibrí de nuevo.
No lo sé —dijo Rundo—, creo que simplemente nació así.
¿Es mejor un halcón que un loro? —Preguntó el colibrí.
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El lomo de Tamba
Un día, cuando Tamba estaba solo, uno de los pájaros se acercó y le dijo:
Buenos días, mi nombre es Trinco. Vengo a pedir tu permiso para comer de los insectos que se
posan sobre tu lomo.
¿Mi permiso? —Preguntó Tamba un poco desconcertado.
Sí, ningún pájaro debe posarse sobre un hipopótamo sin antes pedir su permiso —dijo Trinco.
Por favor, vuelve mañana —dijo Tamba—, debo preguntarle a mi madre.
¿Por qué tienes que preguntarle a tu madre? —Preguntó Trinco— ¿Es que no puedes decidirlo
tú mismo?
No, debo preguntar primero a mi madre —dijo Tamba.
Seguro que has visto que todos los hipopótamos dejan que los pájaros les limpien sus lomos,
¿verdad? —Preguntó Trinco.
Sí, lo he visto —dijo Tamba.
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Entonces no necesitas pedir permiso a tu madre para que yo limpie tu lomo —dijo Trinco.
Pues… no sé —dijo Tamba dudando.
Anda, déjame limpiar tu lomo, tienes unos insectos ahí que se ven muy ricos —le dijo Trinco—
además, ¿no te molestan?
La verdad es que no me molestan todavía —dijo Tamba— aunque, ahora que lo dices, empiezo
a sentir que me molestan un poquito.
¿Lo ves? ¡Hay que sacártelos de inmediato! Si no lo haces pueden hacerte daño. Ese es
nuestro trabajo, limpiar los lomos de los hipopótamos —dijo Trinco—. Me vas a dar permiso,
¿verdad?
Pues… no lo sé… mejor vuelve mañana y te diré lo que me dijo mi madre —dijo Tamba.
Trinco se fue un poco molesto ya que todos los hipopótamos dejaban que los pájaros los
limpiaran. Tamba, sin embargo, no quería dejarse limpiar el lomo. ¡Y tenía unos insectos tan
grandes y gordos!
Más tarde, Tamba fue hasta donde estaba su madre y le dijo:
Mamá, si un pájaro se me acerca y me pide permiso para limpiar mi lomo, ¿puedo decirle que
sí?
¿Algún pájaro te pidió permiso? —Preguntó la madre.
Sí, pero le dije que volviera mañana, porque primero yo debía preguntarte a ti —le dijo Tamba a
su madre.
¿Y qué te dijo el pájaro? —Preguntó la madre de nuevo.
Se fue un poco molesto, porque él insistía en que todos los hipopótamos se dejan limpiar el
lomo.
Hiciste muy bien hijo —le contestó la madre—, es verdad que todos los hipopótamos adultos
nos dejamos limpiar el lomo por algunos pájaros, pero tú aún tienes la piel muy delicada, y si un
pájaro te limpia el lomo te hará daño con su pico.
No lo sabía y creo que el pájaro tampoco lo sabe —dijo Tamba.
Lo importante es que hiciste lo correcto y viniste a preguntarme, eres un hipopótamo muy
inteligente —dijo la madre.
Nunca debemos hacer las cosas solo porque todos las hagan, siempre debemos preguntar a
nuestros padres para saber si es bueno o malo para nosotros.
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La tortuga Félix esperaba un día el autobús para ir a la escuela, con su cabeza baja y su
carita triste, sin ganas de ir al colegio. Su mamá, la tortuga, le preguntó:
Félix, cariño, ¿qué te sucede?
¡Nada mami!- contestó Félix.
Félix no tenía amigos, siempre se sentaba solo y sin nadie con quien hablar. Todos le miraban
siempre raro.
Su profesor, que había mandado para ese día una lectura a cada niño, dijo:
Félix, ven, te toca leer.
Félix se levantó y empezó su lectura, pero estaba tan nervioso y con tanto miedo que no supo
leer bien, haciéndolo a una velocidad muy lenta. Cuando los niños lo escucharon empezaron a
reírse de él y la jirafa Jack dijo:
Jajaja, no sabes leer y ¿sabes por qué? ¡Porque eres una tortuga!
Félix se sintió muy apenado y el profesor se molestó, mandando hacer silencio a la clase. Al rato
tocaron la campana del recreo y todos salieron al parque a jugar a la pelota, menos Félix, que se
sentó aparte mirándolos jugar pensando:
Si yo no fuese una torpe tortuga lenta, me aceptarían y podría jugar y divertirme como ellos.
Pero la ardilla Liz, al ver a Félix solo le dijo:
Félix, ven y juega con nosotros.
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Cuando escuchó eso se alegró tanto de que quisieran jugar con él que se animó a participar,
pero en ello que cayó al suelo y todos los niños empezaron a reírse y a burlarse de él de nuevo.
Todos menos Liz, que le ayudó a levantarse. Y la jirafa Jack le dijo:
¿Ves? Eres una torpe tortuga lenta y nunca sabrás hacer nada bien.
Félix se levantó muy triste, empezó a llorar y corriendo se fue a su casa.
Cuando llegó, mamá tortuga le preguntó:
¿Qué te pasa cariño? ¿Algo anda mal?
¡Si yo no fuese una torpe tortuga lenta los demás niños me querrían!- contestó enfadado Félix.
Su madre, tras aquellas palabras, le dijo:
Hijo, nuestras diferencias son nuestras más grandes ventajas. El más pequeño tiene defectos,
así como el más grande también los tiene. Y, ¿qué significa? Que cada uno, aunque tenga
defectos, errores o desventajas, tiene que sacar lo mejor de sí mismo y que esas diferencias son
las que nos hacen únicos.
Félix se sintió tan animado y feliz que le dio un gran abrazo a su mamá y al día siguiente volvió a
la escuela a soportar nuevas burlas, pero Félix, en vez de ponerse de nuevo triste, tuvo valor y
dijo a la clase:
Yo soy lento al leer pero eso es bueno, porque así los demás pueden entender las palabras que
escuchan y comprenderlo todo mejor.
Al sonar la campana del recreo todos salieron a jugar, y de nuevo la ardilla Liz invitó a Félix a
participar. Cuando llegó su turno pensó en las palabras de mamá y decidió esconderse dentro
de su caparazón. Rodó y rodó tan rápido que empujó la pelota mucho más fuerte qué todos los
demás juntos. Al salir, todos empezaron a aplaudirle y a felicitarlo por lo bien que jugaba.
Entonces Jack, la jirafa, le preguntó:
¿Cómo aprendiste a jugar así?
Y Félix le respondió:
Soy lento, pero mi mamá me enseñó que cualquiera puede ser bueno, incluso los pequeños y
lentos como yo. Todos somos buenos, fuertes e inteligentes, todo está en querernos y en valorar
a los demás tal y como son.
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En el fondo del mar, hace mucho tiempo, llegó el día en que había de elegirse al rey o
reina del fondo marino, y Taryn, una hermosísima sirena de cabellos rojizos y ondulados, resultó
ser la elegida por el resto de los habitantes del mar. Ésta, muy alegre, dijo:
¡Gracias pueblo mío! ¡Jamás os defraudaré!
Pero Taryn ocultaba un oscuro secreto que era, nada más y nada menos, que un desprecio total
y absoluto por las ballenas. Taryn consideraba que las ballenas eran unas vecinas demasiado
distintas a ella, y su enorme tamaño y apariencia le resultaban muy poco elegantes ni acordes
con su especie. Taryn era una sirena intolerante e irrespetuosa con los demás, pero procuraba
disimular sus pensamientos tras una dulce sonrisa.
Hasta el día de la elección todo había sido paz y serenidad en el fondo marino: delfines,
pececitos, cangrejos, ballenas, sirenitas…todos vivían en paz desde que habían logrado que los
tiburones, los habitantes más peligrosos del fondo del mar, se fuesen a otro lugar. Pero al día
siguiente las cosas comenzaron a cambiar y Taryn, ni corta ni perezosa, decretó que las
ballenas fueran a prisión, poniendo la excusa de que eran agresivas para el resto de las
especies marinas. Y ante sus palabras, todos dudaron de la bondad de las ballenas, hasta
entonces nunca cuestionada.
Las ballenas, a pesar de sus esfuerzos por defenderse, no pudieron conseguir ya que nadie las
creyera, y el resto del fondo marino gritó enfurecido: ¡Que encierren ya a estas ballenas
horribles!
Una por una, fueron encerradas en la prisión del fondo del mar y se llamó de nuevo a los
tiburones para que impusieran respeto entre todos los habitantes del mismo, así como para que
vigilasen a las temidas ballenas y evitaran su fuga. Pero todo fue en vano, puesto que el
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tamaño de las ballenas llegaba a impresionar incluso a los tiburones más fieros, de manera que,
todas a una y en señal de defensa, lograron hacer con el tiempo que los tiburones abandonasen
de nuevo el fondo del mar, y así lograron escapar viajando muy lejos durante días de su hábitat
natural.
Y aquella fuga pronto hizo que la reina Taryn tuviera que arrepentirse de su acción y de sus
desdichados pensamientos intolerantes. La ausencia de las ballenas produjo que el ambiente en
el fondo marino fuese irrespirable y con una importante carencia de alimentos y nutrientes.
¡Nadie podía alimentarse bien en aquel reino sin la presencia de las enormes ballenas! Y Taryn
había subestimado, ignorantemente, su presencia allí.
Tras observar detenidamente aquella situación y ver el desastre al que iba abocado su reino,
Taryn se sintió profundamente entristecida y culpable y convocó a su pueblo para decirles:
Estoy sumamente angustiada por la situación que tenemos. No hay nada más innecesario que
una guerra entre hermanos, puesto que además sus consecuencias pueden ser terribles. Todos
podemos ser diferentes, y al tiempo necesarios, en un mismo lugar.
Pero a pesar de sus palabras todos continuaron consternados en el fondo del mar. Incluso los
tiburones, que convocados también para participar en aquella reunión, dijeron con lágrimas en
los ojos casi al unísono:
Nosotros llegamos a pensar que las ballenas querían atacarnos, puesto que así lo manifestó
Taryn, y por eso luchamos contra ellas y tal vez las asustamos. Pero queremos vivir también
unidos bajo nuestro fondo marino y alejados de la temible guerra.
Afortunadamente, tras toda aquella tempestad llegó la calma, y todo el fondo marino unido pudo
llamar a través de sus señales a las ballenas de nuevo, y éstas, abrumadas por el entusiasmo
de su pueblo y los mil perdones que recibieron del mismo, decidieron volver al que era su hogar
sin ningún rencor.
Y la paz reinó durante siglos gracias a la vital unión de todas y cada una de sus diferencias en el
rico fondo del mar.
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Érase una vez una manada de elefantes que vivía feliz en la selva. Todo parecía estar
rodeado de alegría, felicidad y un fuerte sentimiento de hermandad entre todos los elefantes.
Pero todo aquel entorno mágico lleno de paz se fue al traste un día en el que nació una nueva y
deseada cría de elefante.
Aquel elefante no era como los demás. ¡Su piel era toda de color blanco! Y aquella rareza
provocó entre sus demás familiares mucha desconfianza y desasosiego. En el mundo de los
elefantes todo era siempre normal, y nadie se salía de la norma, puesto que su felicidad se
basaba en caminar y en vivir todos juntos al unísono.
Pero aquel pequeño e indefenso elefantito parecía estar ya desde su primer día de vida
completamente fuera de la norma, y aquello no gustó nada a los demás elefantes, en especial a
los más viejos de la manada.
Los padres del pequeño elefante se sentían desesperados. Tampoco le encontraban explicación
a que la piel de su cría fuese de color blanco, casi brillante, pero a pesar de todo le querían y no
deseaban bajo ningún concepto que le sucediera nada malo.
Y llegó el trágico día en el que el jefe de la manada propuso abandonar al elefantito a la orilla de
un río. ¡Qué tristeza se apoderó de sus pobres padres, que se sentían divididos entre el deber
de obedecer a la manada y el deber de amar a su pobre cría!
Tras mucho pensar sobre las opciones que tenían, el padre del elefantito blanco decidió
enfrentarse al jefe de la manada. Al ver la fortaleza de aquel joven padre elefante y la mirada de
desafío que le lanzaba, el jefe de la manada se vio obligado a claudicar y a deshacer su plan. El
jefe era demasiado mayor como para enfrentarse ya a los suyos y procuró reflexionar de nuevo
sobre el tema.
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Gracias a aquello el elefantito blanco, que no era otra cosa que un elefante albino, pudo crecer
junto a los suyos y vivir muy feliz. Todos aceptaron lo que la naturaleza había creado y le dieron
gracias al cielo cada mañana alzando las trompas al sol.
Y todo comenzó a ir tan bien desde entonces para los elefantes en la selva, que a la muerte del
jefe, ya muy anciano, decidieron proponer al elefante blanco como su digno sucesor. ¡Se había
ganado el amor y la confianza de toda la manada! Y sus padres se vieron colmados de gratitud y
felicidad el resto de sus vidas.
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Bibliografía
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King, S. (2000). On writing: A memoir of the craft. Nueva York: Pocket Books.
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del artículo. Título de la obra. Consultado en dirección URL completa
Amir, N. (17 de octubre de 2018). 4 tips for staying on track with your writing.
Write Nonfiction now! Consultado en
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Publicaciones en línea
Apellidos del autor, inicial o iniciales del nombre. (Fecha de publicación). Título
del artículo. Título de la publicación, número del volumen y páginas.
Consultado en dirección URL completa
Brewer, R. L. (4 de octubre de 2018). How to write better titles: 7 effective title
tips for books, articles, and conference sessions. Writer’s Digest.
Consultado en http://www.writersdigest.com/whats-new/how-to-write-
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Revistas y periódicos
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McPhee, J. (29 de abril de 2013). Draft No. 4. New Yorker, 89, 20-25.
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