Modulo 1
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Aunque este curso ha sido preparado desde una perspectiva católica, cualquier persona se puede
beneficiar de él. Como veremos más adelante, la Iglesia Católica cree firmemente que el ser
humano tiene dos fuentes de conocimiento de Dios y la realidad: la fe y la razón. Ambas tienen
su origen en Dios y por ello no puede haber contradicción entre las dos. La razón da lugar a la
ciencia y a la ley natural (ley moral universal), cuyos principios son comunes a todas las
personas y entre los cuales se encuentran la defensa de la vida humana, el matrimonio y la
familia – los temas fundamentales de este curso.
1
Calvin Freiburger, “Abortion again tops worldwide causes of death in 2019 at more than 42 million,”
LifeSiteNews.com, 2 de enero de 2020. https://www.lifesitenews.com/news/abortion-again-tops-worldwide-causes-
of-death-in-2019-at-more-than-42-million?utm_source=LifeSiteNews.com&utm_campaign=84e5a24156-
Daily%2520Headlines%2520-%2520U.S._COPY_667&utm_medium=email&utm_term=0_12387f0e3e-
84e5a24156-401367717.
2
Véase: Juan Pablo II, Encíclica El Evangelio de la Vida, 25 de marzo de 1995, número 17.
http://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html.
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Basados en estos principios, los principales temas que vamos a abordar son los siguientes, que
son, al mismo tiempo, los títulos de los diez módulos en los que hemos organizado este curso:
3
Congregación para la Doctrina de La Fe, Nota Doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la
conducta de los católicos en la vida política, 24 de noviembre del 2002, números 3-4.
http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_20021124_politica_sp.html.
Véase también El Evangelio de la Vida, números 401-522.
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(1) Nuestra lucha no es contra las personas que promueven el aborto y otros males. No debemos
tener animosidad contra ellas. Debemos más bien orar por su conversión. Recordemos que
gracias a Dios es que nosotros mismos estamos en la verdad. Nuestra lucha es contra las ideas y
actividades malas que estas personas realizan.
(2) Para poder tener éxito en esta lucha, debemos usar no solamente el conocimiento y las
estrategias humanas, sino las armas de Dios, las cuales nos protegen del Maligno, e incluso
iluminan nuestros recursos humanos. “Por eso, tomad las armas de Dios, para que podáis resistir
en el día malo, y después de haber vencido todo, manteneros firmes”6.
Este curso también se caracteriza por darle énfasis al aspecto conceptual. No se trata solamente
da dar información, sino de formar, es decir, de enseñar a pensar provida y de motivar
espiritualmente a la acción. Y ello se logra por medio de conceptos claves. Muchos de esos
conceptos se encuentran en la ley natural (la ley moral universal) que la Iglesia enseña.
Por ejemplo, la Iglesia nos enseña que la vida humana aunque no es el valor o el derecho más
elevado que existe, sí es el más fundamental, la base y condición de todos los demás derechos y
4
El Evangelio de la Vida, no. 11.
5
Efesios 6:12.
6
Efesios 6:13.
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valores. Otro ejemplo: la Iglesia también nos enseña que la inclinación homosexual no es fuente
de derechos fundamentales, la persona humana (hombre o mujer) es la fuente de esos derechos.
Abordaremos estos temas con más detalle más adelante y daremos sus debidas fuentes.
Conceptos como estos nos ayudan a analizar correctamente la problemática de la “cultura” de la
muerte y la respuesta provida a la misma.
Ante la “cultura” de la muerte, lamentablemente presente en todas partes, el Papa San Juan Pablo
II nos llama a establecer la cultura de la vida:
Para ser provida no hay que pertenecer a un grupo o movimiento provida. Cuando en este curso
hablamos de un “movimiento provida” no nos estamos refiriendo a una sola organización
provida mundial con un jefe al que todos los provida tienen que seguir. Nos estamos refiriendo a
los muchos grupos y personas provida que hay en el mundo. En otras palabras para ser provida
no hay que necesariamente pertenecer a una organización provida. Cada ser humano debe ser
provida en su vida personal y familiar. Una persona provida no solamente tiene la convicción de
defender toda vida humana, sino también de compartir esa convicción con los demás: familiares,
amigos, compañeros de trabajo o de estudio, etc. Toda persona está llamada a ser provida. Sin
7
San Juan Pablo II, Encíclica Evangelium Vitae (“El Evangelio de la Vida”) sobre el valor y el carácter inviolable
de la vida humana, 25 de marzo de 1995, no. 6. http://www.vatican.va/content/john-paul-
ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-vitae.html.
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Luego, durante su historia, Israel aprendió que cada vez que su existencia estaba amenazada sólo
tenía que recurrir a Yahveh para ser salvado: “Eres mi siervo, Israel. ¡Yo te he formado, tú eres
mi siervo, Israel, yo no te olvido!” (Isaías 44:21). Israel se va dando cuenta de que su vida como
pueblo y también a nivel personal tiene un gran valor ante Dios.
Aún ante las contradicciones y sufrimientos de esta vida, el israelita justo espera confiado la
respuesta de Dios. “Sé que eres todopoderoso: ningún proyecto te es irrealizable” (Job 42:2).
“Progresivamente la Revelación lleva a descubrir con mayor claridad el germen de vida inmortal
puesto por el Creador en el corazón de los hombres”: “Yo sé que mi defensor está vivo, y que él,
el último, se levantará sobre el polvo. Tras mi despertar me alzará junto a él, y con mi propia
carne veré a Dios. Yo sí, yo mismo lo veré, mis ojos le mirarán, no ningún otro” (Job 19:25-27)8.
8
Véase ibíd., no. 31.
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servir a la vida humana. Nos damos cuenta claramente que ser provida no es simplemente
oponerse al aborto, a la eutanasia y otros males, sino amar y servir la vida humana.
Jesús, con su enseñanza, su vida, su pasión, su muerte y su resurrección nos reveló la vida eterna
que Él gozaba junto al Padre y el Espíritu Santo. Esa vida eterna, que es Jesús mismo, le da valor
y significado a la vida humana en la tierra, incluyendo la vida física. Jesús es plenitud de vida,
divina y humana9.
En este contexto donde prima el placer sexual por encima del compromiso de amor abierto a la
vida, los hijos que surgen de las relaciones sexuales son vistos, no como el fruto de esa relación,
sino como intrusos del placer que se busca. Surge entonces el aborto como respaldo al fallo de
9
Véase ibíd., nos. 29 y 30.
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los anticonceptivos. Vemos así como la familia, que se funda en el matrimonio, en vez de ser
considerada santuario de la vida humana, se convierte en su lugar de destrucción10. De hecho, el
“matrimonio” homosexual, la anticoncepción y el aborto conllevan a la destrucción de la familia
y al siempre creciente número de divorcios y separaciones. Los hijos son los que más sufren.
En 1981, el santo Padre San Juan Pablo II publica la exhortación apostólica Familiaris Consortio,
donde resalta el derecho de los padres a educar a sus hijos, entre otros11:
Aun en medio de las dificultades, hoy a menudo agravadas, de la acción educativa, los padres
deben formar a los hijos con confianza y valentía en los valores esenciales de la vida humana.
Los hijos deben crecer en una justa libertad ante los bienes materiales, adoptando un estilo de
vida sencillo y austero, convencidos de que «el hombre vale más por lo que es que por lo que
tiene».
La educación para el amor como don de sí mismo constituye también la premisa indispensable
para los padres, llamados a ofrecer a los hijos una educación sexual clara y delicada. Ante una
cultura que «banaliza» en gran parte la sexualidad humana, porque la interpreta y la vive de
manera reductiva y empobrecida, relacionándola únicamente con el cuerpo y el placer egoísta, el
servicio educativo de los padres debe basarse sobre una cultura sexual que sea verdadera y
plenamente personal. En efecto, la sexualidad es una riqueza de toda la persona —cuerpo,
sentimiento y espíritu— y manifiesta su significado íntimo al llevar la persona hacia el don de sí
misma en el amor.
10
Véase El Evangelio de la Vida, no. 11.
11
San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio sobre la misión de la familia cristiana en el
mundo actual, 22 de noviembre de 1981, no. 37. http://www.vatican.va/content/john-paul-
ii/es/apost_exhortations/documents/hf_jp-ii_exh_19811122_familiaris-consortio.html.
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El ideal de una recíproca acción de apoyo y desarrollo entre la familia y la sociedad choca
a menudo, y en medida bastante grave, con la realidad de su separación e incluso de su
contraposición.
Por esto la Iglesia defiende abierta y vigorosamente los derechos de la familia contra las
usurpaciones intolerables de la sociedad y del Estado. En concreto, los Padres Sinodales
han recordado, entre otros, los siguientes derechos de la familia:
12
San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Familiaris Consortio sobre la misión de la familia cristiana en el
mundo actual, 22 de noviembre de 1981, no. 46. http://www.vatican.va/content/john-paul-
ii/es/apost_exhortations/documents/hf_jp-ii_exh_19811122_familiaris-consortio.html.
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9. ¿Para ser provida de verdad hay que defender también la vida ante la
eutanasia?
En el módulo 7 de este curso abundaremos con
muchos más detalles el tema de la eutanasia y la
respuesta provida a la misma. Pero por ahora debemos
completar esta lección afirmando que ser provida
también significa defender la vida de los ancianos,
enfermos y discapacitados del crimen de la eutanasia.
Con esta enseñanza de la Iglesia, que al igual que las anteriores también pertenece a la ley
natural, nos damos cuenta claramente que ser provida también implica defender la vida a
cualquier edad y solidarizarse con ancianos, enfermos, discapacitados y moribundos.
13
Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración sobre la Eutanasia, 5 de mayo de 1980, Parte II.
http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_19800505_euthanasia_sp.ht
ml.
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Basándose en la ley natural y en la revelación divina, la Iglesia Católica enseña que el ser
humano tiene dos fuentes de conocimiento de la realidad, sobre todo de Dios y Su plan para la
humanidad: la fe y la razón:
“Mediante la razón natural, el hombre puede conocer a Dios con certeza a partir de sus obras.
Pero existe otro orden de conocimiento que el hombre no puede de ningún modo alcanzar por sus
propias fuerzas, el de la revelación divina”1. Ahora bien, “la fe es la respuesta del hombre a Dios
que se revela y se entrega a él, dando al mismo tiempo una luz sobreabundante al hombre que
busca el sentido último de su vida”2. Por lo tanto, la fe es fuente de conocimiento de Dios y de
todo lo que Dios ha creado en cuanto a su relación con Él.
1
Catecismo de la Iglesia Católica, 1997, no. 50. Véase también Romanos 1:19-20.
2
Ibíd., no. 26.
3
Catecismo, no. 51.
4
Véase, ibíd., no. 65.
único con la sola luz natural de su razón. Y no sólo eso, sino que también llegaron a formular
principios de moral que han influido en el pensamiento cristiano. Uno de ellos fue Aristóteles
(siglo IV AC), quien influyó mucho en Sto. Tomás de Aquino (siglo XIII DC), considerado el
teólogo más grande que ha tenido la Iglesia Católica5.
2. ¿Pero no es verdad que después del pecado original el ser humano necesita
de la revelación de Dios para conocer lo que incluso puede alcanzar con la
razón?
Eso es totalmente cierto. Por ello, la Iglesia nos enseña que “Sin embargo, en las condiciones
históricas en que se encuentra, el hombre experimenta muchas dificultades para conocer a Dios
con la sola luz de su razón:
“A pesar de que la razón humana, sencillamente hablando, pueda verdaderamente por sus fuerzas
y su luz naturales, llegar a un conocimiento verdadero y cierto de un Dios personal, que protege
y gobierna el mundo por su providencia, así como de una ley natural puesta por el Creador en
nuestras almas, sin embargo hay muchos obstáculos que impiden a esta misma razón usar
eficazmente y con fruto su poder natural; porque las verdades que se refieren a Dios y a los
hombres sobrepasan absolutamente el orden de las cosas sensibles, y cuando deben traducirse en
actos y proyectarse en la vida exigen que el hombre se entregue y renuncie a sí mismo. El
espíritu humano, para adquirir semejantes verdades, padece dificultad por parte de los sentidos y
de la imaginación, así como de los malos deseos nacidos del pecado original. De ahí procede que
en semejantes materias los hombres se persuadan de que son falsas, o al menos dudosas, las
cosas que no quisieran que fuesen verdaderas (Pío XII, enc.
Humani generis: DS 3875)’.”6
5
Véase Aristóteles, La ética aristotélica: La ética a Nicómaco. https://www.webdianoia.com/aristoteles/aristoteles-
etica.htm. Aristóteles, La metafísica aristotélica: la crítica de la Teoría de las Ideas.
https://www.webdianoia.com/aristoteles/aristoteles_meta.htm.
6
Catecismo, no. 37.
7
Ibid., nos. 37 y 38. Véase también Romanos 2:14-16.
y los principios morales fundamentales que deben guiar su vida. Sin embargo, debido a los
efectos del pecado original, ese conocimiento puede caer en el error. Por ello necesita de la
Revelación divina para corregir sus errores en cuanto a su conocimiento sobre Dios y la ley
moral que su sola razón es capaz de alcanzar e incluso para conocer realidades divinas que
superan las capacidades de su razón.
La persona humana es una de esas realidades que, para ser conocida “sin dificultad, con certeza
firme y sin mezcla de error” necesita que la revelación de Dios, que nos viene a través de la fe,
ilumine la razón y las ciencias humanas.
Pero también la razón y las ciencias humanas vienen en ayuda de la fe. “La Iglesia, por su parte,
aprecia el esfuerzo de la razón por alcanzar los objetivos que hagan cada vez más digna la
existencia personal. Ella ve en la filosofía [que es resultado de los esfuerzos de la razón
especulativa] el camino para conocer verdades fundamentales relativas a la existencia del
hombre. Al mismo tiempo, considera a la filosofía como una ayuda indispensable para
profundizar la inteligencia [o compresión] de la fe y comunicar la verdad del Evangelio a
cuantos aún no la conocen”8.
Ahora bien, en el caso de este curso, nos enfocamos en esa dimensión del conocimiento que está
dirigida a los valores y principios morales y espirituales que deben guiar la vida del hombre.
8
San Juan Pablo II, Encíclica Fides et Ratio (“Fe y Razón”), no. 5, 14 de septiembre de 1998,
http://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_14091998_fides-et-ratio.html#-N.
9
2 Timoteo 2:13.
“La santa Tradición y la sagrada Escritura constituyen un único depósito sagrado de la palabra
de Dios”, en el cual, como en un espejo, la Iglesia peregrinante contempla a Dios, fuente de
todas sus riquezas”10.
“Dios es el autor de la Sagrada Escritura. Las verdades reveladas por Dios, que se contienen y
manifiestan en la Sagrada Escritura, se consignaron por inspiración del Espíritu Santo. La santa
madre Iglesia, según la fe de los Apóstoles, reconoce que todos los libros del Antiguo y del
Nuevo Testamento, con todas sus partes, son sagrados y canónicos, en cuanto que, escritos por
inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor, y como tales han sido confiados a la
Iglesia”11.
10
Catecismo, no. 97.
11
Ibíd., no. 105.
12
Ibíd., no. 102.
13
Ibíd., no. 96.
“El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado
sólo al Magisterio vivo de la Iglesia, el cual lo ejercita en nombre de Jesucristo, es decir, a los
obispos en comunión con el sucesor de Pedro, el obispo de Roma”14.
Ello no implica que nadie tenga el derecho y el deber de leer y aplicar la enseñanza de la Sagrada
Escritura y de la Tradición. Al contrario, gracias a la guía del Magisterio todos sin excepción
podemos y debemos hacerlo protegidos del error. No debemos creer que las opiniones
teológicas, aunque vengan de líderes de la Iglesia, están al mismo nivel que la enseñanza
definitiva del Magisterio.
Ahora bien, la enseñanza del Magisterio debe estar siempre en línea con lo que enseñaron Cristo,
sus apóstoles y los sucesores de éstos:
“El Magisterio no está por encima de la palabra de Dios, sino a su servicio, para enseñar
puramente lo transmitido, pues por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo, lo
escucha devotamente, lo custodia celosamente, lo explica fielmente; y de este único depósito de
la fe saca todo lo que propone como revelado por Dios para ser creído”15
Por lo que se ha explicado hasta ahora, podemos afirmar que las fuentes de conocimiento que
vamos a utilizar para abordar el tema de la persona humana y los asuntos de moral son
principalmente la fe y la razón. Como la fe es la respuesta a la revelación o palabra de Dios
transmitida en la Biblia y la Tradición (que se encuentra en la enseñanza del Magisterio),
entonces la Sagrada Escritura y la doctrina del Magisterio son dos de las principales fuentes de
conocimiento en este curso.
Como la razón incluye una recta filosofía (sobre todo de la persona humana y de la moral) y
como un correcto uso de las ciencias humanas (especialmente la biología humana) son también
14
Ibíd., no. 85.
15
Ibíd., no. 86.
16
Véase ibíd., no. 1700.
parte del uso de la razón, entonces ellas también constituyen fuentes de conocimiento para este
curso.
Resumiendo, este curso tendrá como sus fuentes de conocimiento, siempre bajo la luz de la
enseñanza del Magisterio:
◼ La Biblia.
◼ La Tradición en la doctrina del Magisterio.
◼ La filosofía.
◼ Las ciencias humanas.
“Para la formulación del dogma de la Trinidad, la Iglesia debió crear una terminología propia
con ayuda de nociones de origen filosófico: ‘substancia’, ‘persona’ o ‘hipóstasis’, ‘relación’, etc.
Al hacer esto, no sometía la fe a una sabiduría humana, sino que daba un sentido nuevo,
sorprendente, a estos términos destinados también a significar en adelante un Misterio inefable,
infinitamente más allá de todo lo que podemos concebir según la medida humana”18.
Observemos que el texto apenas citado dice que da “un sentido nuevo, sorprendente, a estos
términos destinados también a significar en adelante un Misterio inefable”. Es decir, la Iglesia
acuñó la palabra “persona” no sólo para referirse a las personas divinas de la Santísima Trinidad,
sino también a la persona humana.
No solamente el alma, sino también el cuerpo humano define a la persona humana. “El cuerpo
del hombre participa de la dignidad de la imagen de Dios: es cuerpo humano precisamente
porque está animado por el alma espiritual, y es toda la persona humana la que está destinada a
ser, en el Cuerpo de Cristo, el templo del Espíritu (cf. 1 Co 6,19-20; 15,44-45)”22.
La palabra “forma” aquí significa lo que constituye la esencia de un ser. En el caso de la persona
humana su esencia es el alma, la cual, como dice el texto apenas citado, hace que la materia
humana sea un cuerpo verdaderamente humano y que en la unidad de los dos es que se da la
persona humana completa y no separados. Es decir, el cuerpo no es un mero instrumento del
alma, sino parte intrínseca de la persona.
20
Ibíd., nos. 355-356.
21
San Juan Pablo II, Encíclica Evangelium Vitae (“El Evangelio de la Vida”), 25 de marzo de 1995, no. 1.
http://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_25031995_evangelium-
vitae.html.
22
Ibíd., no. 364.
23
Ibíd., no. 365.
Gracias a la fe, sabemos que el cuerpo humano también está destinado a la inmortalidad… “no es
lícito al hombre despreciar la vida corporal, sino que, por el contrario, tiene que considerar su
cuerpo bueno y digno de honra, ya que ha sido creado por Dios y que ha de resucitar en el último
día”24.
El hecho de que el cuerpo sea parte intrínseca, y no accidental, de la persona humana y que esté
destinado a la vida inmortal, tiene una importancia capital para la defensa de la vida humana y de
la integridad corporal. Si el cuerpo humano participa de la dignidad, es decir del valor, de la
persona humana, entonces de ello se sigue que el cuerpo debe ser respetado y protegido. Por
ello, el pasaje apenas citado concluye diciendo que la persona humana debe “considerar su
cuerpo bueno y digno de honra, ya que ha sido creado por Dios y que ha de resucitar en el último
día”. El cuerpo humano tiene, pues, una gran importancia moral.
24
Ibíd., no. 364.
Pero eso no es todo. La doctrina de la Iglesia también enfatiza que “El hombre y la mujer son
creados, es decir, son queridos por Dios: por una parte, en una perfecta igualdad en tanto que
son personas humanas, y por otra, en su ser respectivo de hombre y de mujer. ‘Ser hombre’, ‘ser
mujer’ es una realidad buena y querida por Dios: el hombre y la mujer tienen una dignidad que
nunca se pierde, que viene inmediatamente de Dios su creador (cf. Gn 2,7.22). El hombre y la
mujer son, con la misma dignidad, ‘imagen de Dios’. En su ‘ser-hombre’ y su ‘ser-mujer’
reflejan la sabiduría y la bondad del Creador”2.
1
Ibíd., no. 383.
2
Ibíd., no. 369.
3
Ibíd., no. 371.
original de la vida social. Es la sociedad natural en que el hombre y la mujer son llamados al don
de sí en el amor y en el don de la vida. La autoridad, la estabilidad y la vida de relación en el
seno de la familia constituyen los fundamentos de la libertad, de la seguridad, de la fraternidad
en el seno de la sociedad. La familia es la comunidad en la que, desde la infancia, se pueden
aprender los valores morales, se comienza a honrar a Dios y a usar bien de la libertad. La vida de
familia es iniciación a la vida en sociedad”4
Algunas ideologías equivocadas, como la ideología de “género”, pretenden negar que las
diferencias y la complementariedad entre el hombre y la mujer se fundan en la naturaleza
humana, sino que son “construcciones sociales”. Esta ideología propone que la persona puede
decidir internamente su propia identidad sexual independientemente de su
sexo biológico. De esa manera surgen toda clase de “géneros”: gay,
lesbiana, bisexual, transgénero, etc.: LGBT. Pero esta ideología está
equivocada porque niega la unidad sustancial, no accidental, del cuerpo y el
alma en la persona humana y que el cuerpo, que es parte intrínseca de la
persona, expresa lo que la persona humana es: hombre o mujer.
En nuestra respuesta a la pregunta 1 vimos que “el matrimonio entre un hombre y una mujer es la
primera comunidad interpersonal”. Esta comunión entre las personas se extiende a la comunidad
social y también a la comunidad eclesial, a la Iglesia.
4
Ibíd., no. 2207.
5
Véase Catecismo, no. 1878.
personas que tienen la capacidad intrínseca y el llamado interior de entrar en relación con los
demás y formar comunidades humanas.
Pero esta doble verdad se funda a su vez en otra verdad más importante todavía, a saber, que
tanto la individualidad como la dimensión comunitaria de la persona humana se fundan en el
hecho de que el hombre y la mujer han sido creados a imagen de un Dios que es comunidad:
Padre, Hijo y Espíritu Santo. En efecto, la Iglesia enseña que “Todos los hombres son llamados
al mismo fin: Dios. Existe cierta semejanza entre la unión de las personas divinas y la fraternidad
que los hombres deben instaurar entre ellos, en la verdad y el amor. El amor al prójimo es
inseparable del amor a Dios”7.
Nos damos cuenta una vez más como una verdadera ética o moral se funda en una antropología
adecuada (una visión correcta de la persona humana). El hecho de que el ser humano ha sido
creado a imagen de Dios (antropología) inmediatamente nos remite a su compromiso moral de
amar a Dios y al prójimo (moral). Pero esta verdad la desarrollaremos más adelante cuando
abordemos el tema de la ética y la moral en relación con la persona humana.
6
Catecismo, no. 1877.
7
Ibíd., no. 1878.
respecto a las otras cosas creadas. De ahí su responsabilidad frente al mundo que Dios les ha
confiado”8.
Se debe distinguir esta dignidad de la persona humana, que llamamos dignidad ontológica, de la
dignidad moral. La dignidad ontológica, la que estamos explicando aquí, se
refiere al valor que toda persona humana posee en su ser; mientras que la
dignidad moral se refiere al valor de la persona como sujeto moral, es decir, en
cuanto a que actúa de una manera correcta, respetando, viviendo y promoviendo
los valores éticos y morales. La Madre Teresa, por ejemplo, tuvo un valor moral
muy superior a Adolfo Hitler, quien fue un tirano y un asesino. La dignidad
ontológica se posee, como ya señalamos, por el mero hecho de ser persona;
mientras que la dignidad moral debe ser adquirida y merecida, por medio de un
comportamiento en conformidad con los valores morales. La dignidad moral, como la moral
misma, se funda en el respeto a la dignidad ontológica de la persona.
La dignidad ontológica de la persona humana es el fundamento de la ley natural (la ley moral
universal) que Dios ha inscrito en la naturaleza humana y en la conciencia y el corazón de cada
persona. Por lo tanto, la información provida que proporcionamos en este curso sirve para
cualquier persona interesada en defender la vida, sea religiosa o no 9. De todas maneras, es
importante responder a la pregunta de si esa dignidad se puede demostrar desde una perspectiva
de la razón además de la fe.
Hablando desde la perspectiva de la fe, ya hemos indicado que la persona humana ha sido creada
a imagen de Dios (Gn 1:26-28) y que en esa realidad se funda su dignidad. También hemos
señalado que la vocación a la vida eterna, a la cual Dios la ha llamado, confiere un valor
inconmensurable a la vida humana.
8
Ibíd., no. 373.
9
Véase Romanos 1:20; 2:14-15; Catecismo, nos. 1954-1960.
Desde la perspectiva de la razón, ya hemos explicado la existencia del alma inmortal y su unidad
sustancial, no accidental, con el cuerpo. Esta última demostración viene de la filosofía clásica. Es
importante poder también hablar de la dignidad de la persona humana en términos de la filosofía
moderna.
La enseñanza de la Iglesia, basada en la Palabra de Dios, confirma y eleva esta verdad cuando
dice que el ser humano “es la única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma”10 y
que “Dios creó todo para el hombre, pero el hombre ha sido creado para servir y amar a Dios y
para ofrecerle toda la creación”11. Es decir, la persona humana “no es solamente un algo, sino
alguien”, es un ser cuyo propósito es unirse, por medio del amor, a un Ser infinitamente superior
a él, que es Dios, Quien ha dado a su propio Hijo para salvarlo12. El amor y el valor son
correlativos. Si Dios ama al ser humano infinitamente y por sí mismo, es porque lo valora
infinitamente y por sí mismo.
Ahora bien, si Dios ama a la persona humana por sí misma, también quiere que la persona
humana ame a sus semejantes por sí mismos, como fines en ellos mismos y no como objetos de
placer egoísta o instrumentos de utilidad que luego se descartan.
Cuatro ejemplos sencillos nos ayudarán a comprender mejor este concepto de la persona humana
como un fin en sí misma. Uno de ellos lo encontramos en el campo de la sexualidad humana.
Ocurre muchas veces que un joven dice que “ama” a su novia y que por eso ella debe
10
Ibíd., no. 356.
11
Ibíd., nos. 356 y 358.
12
Véase Juan 3:16.
demostrarle a su vez su amor hacia él teniendo relaciones sexuales. En el fondo, lo que ese joven
busca es tener placer usando el cuerpo de su novia. Muchas veces ocurre también que ese joven,
después de haber tenido varias relaciones sexuales con su novia, se “cansa” de ella y se
“desamora”. Pero aún, ocurre también que si su novia queda embarazada, el novio “pone los pies
en polvorosa” y “si te vi ni me acuerdo”. En otras ocasiones, llega hasta el supremo egoísmo de
presionarla para que tenga un aborto y así poder seguir aprovechándose de ella.
Otro ejemplo puede ser tomado del mundo laboral. Ocurre muchas veces que patronos egoístas,
interesados solamente en ganar mucho dinero a costa de sus obreros, los explotan como si fuesen
solamente instrumentos de trabajo y no personas. Les pagan por debajo de un salario justo, no les
importa las condiciones laborales ni los días libres que sus trabajadores merecen para descansar o
ir la iglesia.
Un tercer ejemplo tiene que ver con el abominable crimen de aborto. En no pocos países
latinoamericanos se ha despenalizado el aborto en los casos de incesto y violación. La respuesta
a estos horribles actos de violencia no es otro acto más horrible todavía de violencia: el dar
muerte a uno de los dos inocentes en estas situaciones: el bebé no nacido y la pobre mujer
violada o víctima de incesto. La respuesta es ayudar con mucho amor a la víctima de este brutal
acto de violencia para que tenga a su criatura y castigar con la cárcel al violador. Aquí vemos
cómo por medio del aborto se mata a un ser inocente y se viola su dignidad (también la dignidad
de la mujer es violada con el aborto). El bebé no nacido es tratado como un objeto descartable,
no como persona. La dignidad de la persona humana no depende de cómo fue concebida. Se
trata de la misma persona humana, haya sido concebida en un acto de violencia o no.
El caso del aborto no niega para nada la misericordia divina y la nuestra hacia la mujer que ha
abortado y está arrepentida. Ese tema lo abordaremos con más profundidad más adelante en este
curso.
En todos estos casos, se está utilizando a la persona humana, no como persona, sino como si
fuese una cosa descartable, un objeto de placer o un instrumento de pura utilidad o producción.
Se trata de la ideología del utilitarismo, que es totalmente contraria a la doctrina cristiana y
auténticamente humana de la persona y la comunidad humana.
Sin embargo, tenemos que ser realistas y aceptar el hecho de que la persona humana, con toda su
maravillosa dignidad, se encuentra en un estado de naturaleza caída debido al pecado original.
Ese pecado ha tenido graves consecuencias para la humanidad. Las guerras, los abortos, la
inmoralidad sexual y otros males atestiguan que el ser humano ha sido herido por el pecado en su
propia naturaleza. Por ello debemos abordar el tema del pecado original y sus consecuencias.
Dios creo al hombre y a la mujer libres. Esa libertad es simbolizada en la Biblia por medio del
árbol del conocimiento del bien y del mal, de cuyo fruto Dios les prohibió comer so pena de
morir. “El árbol del conocimiento del bien y del mal [Gn 2:16-17] evoca simbólicamente el
límite infranqueable que el hombre en cuanto criatura debe reconocer libremente y respetar con
confianza. El hombre depende del Creador, está sometido a las leyes de la Creación y a las
normas morales que regulan el uso de la libertad”14.
“El hombre, tentado por el diablo, dejó morir en su corazón la confianza hacia su creador (cf. Gn
3,1-11) y, abusando de su libertad, desobedeció al mandamiento de Dios. En esto consistió el
primer pecado del hombre (cf. Rm 5,19). En adelante, todo pecado será una desobediencia a Dios
y una falta de confianza en su bondad”15.
“En este pecado, el hombre se prefirió a sí mismo en lugar de Dios, y por ello despreció a Dios:
hizo elección de sí mismo contra Dios, contra las exigencias de su estado de criatura y, por tanto,
contra su propio bien. El hombre, constituido en un estado de santidad, estaba destinado a ser
plenamente ‘divinizado’ por Dios en la gloria. Por la seducción del diablo quiso ‘ser como Dios’
(cf. Gn 3,5), pero sin Dios, antes que Dios y no según Dios”16.
13
Véase Catecismo, no. 374.
14
Ibíd., no. 396.
15
Ibíd., no. 397.
16
Ibíd., no. 398.
17
Véase Romanos 2:14-16.
“Como consecuencia del pecado original, la naturaleza humana quedó debilitada en sus
fuerzas, sometida a la ignorancia, al sufrimiento y al dominio de la muerte, e inclinada al
pecado (inclinación llamada ‘concupiscencia’)”18.
Observemos que la doctrina de la Iglesia dice que la naturaleza humana quedó debilitada, pero
no destruida. Ello quiere decir que el hombre y la mujer todavía tienen la capacidad de buscar a
Dios y el bien por medio de su razón y las fuerzas para hacer lo correcto por medio de su
voluntad. Sin embargo, sin la gracia de Dios no pueden perseverar en el bien y salvarse,
necesitan la gracia de Dios en Cristo para lograrlo19.
Esto quiere decir que cada uno de nosotros, excepto Jesús y la Virgen María, es concebido con el
pecado original. Este pecado original no es un acto de pecado personal, sino un estado de pecado
contraído21.
Al haber sido creada a imagen de Dios y llamada a una vida eterna con Él, la persona humana
posee una dignidad o valor intrínseco y absoluto por el mero hecho de ser persona. El cuerpo
humano comparte esta dignidad y por tanto tiene una relevancia moral. Esto es importante para
la defensa de la vida y la familia.
Aunque el pecado original hirió profundamente la naturaleza humana e hizo que la persona
humana perdiera la justicia (la rectitud moral) y la santidad originales, por la gracia que Cristo
nos ganó en la cruz podemos y debemos vencer el pecado y vivir según la voluntad original de
Dios: amarlo a Él y a nuestro prójimo.
18
Catecismo, no. 418.
19
Véase nos. 420 y 421.
20
Catecismo, no. 419.
21
Véase Ibíd., no. 404.
En el resto de esta lección vamos a desarrollar esta definición de moral en sus diferentes aspectos
o conceptos. A continuación vamos a presentar de manera incoada estos conceptos esenciales.
En este párrafo apenas citado vemos que la persona humana posee un alma espiritual e inmortal
dotada de entendimiento (intelecto o razón) y voluntad. Estas son las dos facultades espirituales
del alma humana y el fundamento de la libertad de la persona. Por medio de su razón la persona
humana puede conocer el bien y el mal. Por medio de su voluntad puede escoger entre los dos.
En esa elección se desarrolla la vida moral. Por consiguiente, la libertad humana es
imprescindible para la vida moral. Si el ser humano no es libre, entonces no es moralmente
responsable.
También vemos que la persona humana está orientada hacia Dios y la bienaventuranza eterna.
Esa finalidad a la cual Dios ha llamado al ser humano también determina su vida moral sobre la
tierra. Si no tenemos una meta hacia la cual dirigirnos, nuestra vida y la moral carecerán de
sentido. La vida moral, es decir, el amar a Dios y al prójimo, es el camino que nos lleva a esa
meta final, que es estar con Dios y los hermanos en la vida eterna.
1
Catecismo, no. 1711.
La vida moral consiste en que actuemos correctamente. Por lo tanto, es importante abordar el
tema de la moralidad de los actos humanos. Ahora bien, la persona humana experimenta
emociones; cuando estas emociones son fuertes se llaman pasiones. Las pasiones influyen, para
bien o para mal, en los actos humanos. Por lo tanto, el estudio de la moralidad de las pasiones
también es importante.
Pero los actos humanos, para que sean buenos, necesitan una guía y esa guía son las leyes de
Dios, en las cuales se incluyen la ley natural y la ley moral revelada en la Biblia.
Hoy en día mucha gente cree que la conciencia es la que determina lo que está y lo que está mal.
Una organización que promueve este error es “Católicas” por el Derecho a Decidir (CDD), un
grupo proaborto que se hace pasar por católico y que está muy activo en Latinoamérica. La CDD
confunde al pueblo católico diciéndole que si su conciencia les dice que en un caso particular el
aborto es justificable que entonces no es pecado:
“Las mujeres pueden elegir si desean o no ser madres, cuándo y cómo, siguiendo los dictados de
su conciencia; y tienen las condiciones y los medios para llevar a cabo su decisión”2.
La ley moral, aunque inscrita en el ser humano, cuando es dada a conocer, mueve desde afuera a
la persona humana a actuar bien. Pero también el ser humano necesita un conjunto de fuerzas
que le ayuden a actuar bien desde dentro. Esas fuerzas son las virtudes, la gracia de Dios, los
dones y los frutos del Espíritu Santo.
Por último, no hay que olvidar que el ser humano ha sido afectado por el pecado. El pecado nos
desvía de la vida moral y por lo tanto hay que conocerlo para luchar contra él y poder evitarlo.
Estos son los componentes esenciales de la vida moral de la persona humana que vamos a
estudiar con más profundidad en esta y en la próxima lección.
2
Véase: Sitio web de “Católicas” por el Derecho a Decidir/México. “Nuestra Visión”.
http://catolicasmexico.org/i/que-hacemos/#propuesta.
El Catecismo tiene esta lista de las bienaventuranzas en el no. 1716 que reproducimos a
continuación:
4. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.
7. Bienaventurados los que buscan la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
8. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los
cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, os persigan y digan con mentira toda clase de
mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos porque vuestra recompensa será grande
en los cielos.
3
Para ver una lista de las bienaventuranzas, véase Catecismo, no. 1716.
4
Véase Ibíd., nos. 1717-1719.
5
Ibíd., no. 1719.
Las bienaventuranzas también son promesas que Cristo nos hace para alcanzar la vida eterna.
Perfeccionan y cumplen las promesas del Antiguo Testamento ordenándolas al Reino de los
Cielos. En los comienzos mismos del Sermón de la Montaña Jesús afirmó: “No penséis que he
venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar su cumplimiento”6.
Las bienaventuranzas también nos dan los criterios correctos para discernir el uso de los bienes
de este mundo de manera que ese uso esté en conformidad con la Ley de Dios y nos acerquen al
Cielo. Al darnos los criterios correctos, las bienaventuranzas purifican nuestro corazón para
enseñarnos a amar a Dios por encima de todo y al prójimo como a nosotros mismos7.
Pero la libertad verdadera es la capacidad que tiene la persona humana de conocer el bien y de
llevarlo a cabo. “La libertad alcanza su perfección, cuando está ordenada a Dios, el supremo
Bien”9. Por lo tanto, la auténtica libertad no es hacer lo que a uno le venga en gana, porque puede
ser que se esté eligiendo algo dañino, incluso sin saberlo. Por ejemplo, un joven puede elegir
consumir drogas pensando que eso le va a traer felicidad, cuando en realidad le va a destruir su
vida.
Por consiguiente, la auténtica libertad está en función de la verdad. Para ser verdaderamente
libres hay que elegir lo que de verdad es bueno y tener la fuerza para llevar a cabo esa elección.
Volviendo al ejemplo del joven que consume drogas. Es posible que ese joven sepa que
consumir drogas es malo, pero se ha convertido en un adicto, no tiene la fuerza para evitar
consumirla. La libertad verdadera presupone el conocimiento de la verdad.
Por eso Jesús dijo: “Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y
conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”10. Ahora bien, la Palabra de Jesús es la verdad
de Dios11, por consiguiente, vivir la verdad nos hace libres. Por otro lado, al no vivir la verdad
6
Mateo 5:17.
7
Véase Catecismo, nos. 1728 y 1729.
8
Catecismo, no. 1744.
9
Ibíd.
10
Juan 8:31-32.
11
Véase Ibíd., 18:37.
perdemos la auténtica libertad. Jesús añadió: “En verdad, en verdad os digo: todo el que comete
pecado es un esclavo”.12
El problema del hombre contemporáneo es que cree erróneamente
que la libertad humana es un absoluto y que incluso puede estar
divorciada de la verdad moral. Pero como nos enseña San Juan
Pablo II:
Aquí el Papa nos enseña no sólo que sin verdad no hay verdadera libertad, sino también que (1)
la libertad es auto-posesión, es decir, auto-dominio (control sobre las pasiones desordenadas) y
(2) que la libertad debe estar abierta a Dios y a los demás. Más adelante en este curso
exploraremos con más profundidad la relación entre la verdadera libertad, la auto-posesión y el
verdadero amor. Por ahora, podemos afirmar que sólo los que se poseen a sí mismos pueden
darse a sí mismos, es decir, son libres para amar a Dios y al prójimo, que es la moral verdadera.
De lo contrario, la persona se encierra en sí misma y cae en el individualismo egoísta.
Ahora bien, para conocer la verdad moral, que debe guiar la libertad, hay que conocer la Ley de
Dios, la cual expresa esa verdad moral.
12
Ibíd., 8:34.
13
San Juan Pablo II, Encíclica Veritatis Splendor (“El esplendor de la verdad”), 6 de agosto de 1993, no. 86.
http://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-ii_enc_06081993_veritatis-
splendor.html.
Según Sto. Tomás de Aquino, “La ley es una ordenación de la razón para el bien común,
promulgada por el que está a cargo de la comunidad”14. Analicemos brevemente los
componentes esenciales de esta definición:
Para el bien común. La ley no puede ser injusta, para que sea
legítima tiene que estar ordenada hacia el bien de todos en la
comunidad.
Sto. Tomás, al definir la ley, estaba pensando en Dios como supremo y justo legislador del
mundo y de la persona humana16. Siguiendo a Sto. Tomás y a toda la tradición católica, el
Catecismo divide su doctrina sobre la ley moral en tres partes: la ley natural, la Ley antigua y la
Ley nueva o Ley evangélica17.
14
Sto. Tomás de Aquino, Suma Teológica, I parte de la II parte, cuestión 90, artículo 4. Citado en Catecismo, no.
1976.
15
Véase Catecismo, no. 1903.
16
Véase la introducción de Sto. Tomás a su tratado sobre la ley en la I parte de la II parte de su Suma Teológica,
cuestiones 90 a 114.
17
Véase Catecismo, nos. 1950-1974.
Antes de definir qué es la ley natural debemos precisar lo siguiente. Primero que todo existe la
ley eterna que se encuentra en Dios mismo y que expresa Su carácter. Luego Dios inscribe Su ley
en la naturaleza humana, la cual, en cuanto captada por la razón humana se llama ley natural.
Pero, debido al pecado original, que debilitó la razón y la voluntad de la persona humana, Dios
también decidió revelar esa ley natural en la Ley antigua, especialmente en los Diez
Mandamientos, para así ayudar a todos a conocerla con más facilidad. La ley natural y la Ley
antigua alcanzan su plenitud en Jesucristo por medio de la Ley evangélica o Ley nueva. Por
último, también existen las leyes humanas, las cuales deben fundarse en la ley natural: las leyes
civiles y las leyes eclesiásticas (estas últimas, se fundan también en la Ley evangélica)1.
Ahora estamos listos para definir la ley natural con más precisión: “La ley natural es una
participación en la sabiduría y la bondad de Dios por parte del hombre, formado a imagen de su
Creador. Expresa la dignidad de la persona humana y constituye la base de sus derechos y sus
deberes fundamentales”2.
Por consiguiente, no se le puede acusar de “moral sectaria” a la Iglesia ni a los demás cristianos
o personas religiosas cuando, por ejemplo, denuncian el aborto, ya que la prohibición de matar
directamente al inocente es parte de la ley natural y no únicamente una enseñanza bíblica. En
este curso apelamos precisamente a la ley natural y a la ciencia, y no sólo a la enseñanza de la
Iglesia, cuando abordamos los temas relacionados con la defensa de la vida humana y de la
familia. Los principios morales de la ley natural expresan valores humanos permanentes y
siempre valederos para todas las sociedades:
“La ley natural es inmutable y permanente a través de las variaciones de la historia; subsiste bajo
el influjo de ideas y costumbres y sostiene su progreso. Las normas que la expresan permanecen
1
Véase Catecismo, nos. 1951-1953.
2
Ibíd., no. 1978.
3
Ibíd., no. 1956.
Algunos piensan erróneamente que una sociedad democrática y pluralista no puede tener como
fundamento la ley natural con sus principios inmutables. Creen que la base de tal sociedad debe
ser una “moral” relativista, la cual niega la existencia de tales principios. Pero precisamente para
que una democracia sea justa, ésta debe fundarse en unos principios y valores que sean justos,
universales y objetivos. De lo contrario, los fuertes acabarán imponiendo su “moral” injusta a los
débiles e indefensos, como ocurre con el aborto, sobre todo cuando éste es legalizado. Se trata de
la dictadura del relativismo.
Tenemos que comprender que los principios y valores eternos no deben ser objeto de votación,
sino que precisamente fundamentan y anteceden todo proceso democrático. Siguiendo con el
caso del aborto, los bebés cuyas vidas han sido destruidas por este crimen no pueden votar ni
ejercer ninguna otra libertad civil. No es la democracia la que debe determinar el derecho a la
vida ni ningún otro derecho fundamental, al contrario, es el derecho a la vida y los demás
derechos fundamentales los que establecen la democracia o cualquier otro sistema político que
pretenda ser justo.
San Juan Pablo II explica y refuta de manera excelente este error tan frecuente hoy en día:
“Después de la caída, en muchos países, de las ideologías que condicionaban la política a una
concepción totalitaria del mundo —la primera entre ellas el marxismo—, existe hoy un riesgo no
menos grave debido a la negación de los derechos fundamentales de la persona humana y a la
absorción en la política de la misma inquietud religiosa que habita en el corazón de todo ser
humano: es el riesgo de la alianza entre democracia y relativismo ético, que quita a la
convivencia civil cualquier punto seguro de referencia moral, despojándola más radicalmente del
reconocimiento de la verdad. En efecto, si no existe una verdad última —que guíe y oriente la
acción política—, entonces las ideas y las convicciones humanas pueden ser instrumentalizadas
fácilmente para fines de poder. Una democracia sin valores se
convierte con facilidad en un totalitarismo visible o
encubierto, como demuestra la historia”5.
4
Ibíd., nos. 1958-1959.
5
San Juan Pablo II, Encíclica Veritatis Splendor sobre algunas cuestiones fundamentales de la enseñanza moral de
la Iglesia, 6 de agosto de 1993, no. 101. http://www.vatican.va/content/john-paul-ii/es/encyclicals/documents/hf_jp-
ii_enc_06081993_veritatis-splendor.html#-4H.
y morales puedan ser conocidas de todos y sin dificultad, con una firme certeza y sin mezcla de
error. La ley natural proporciona a la Ley revelada y a la gracia un cimiento preparado por Dios
y armonizado con la obra del Espíritu”6. Precisamente a continuación abordamos el tema de la
Ley antigua y después la Ley evangélica o Ley nueva.
1. Yo soy el Señor tu Dios. No habrá para ti otros dioses delante de mí. [Amarás a Dios sobre
todas las cosas.]
2. No tomarás el nombre de Dios en vano.
3. Santificarás las fiestas. [Ir a Misa todos los domingos y días de precepto.]
4. Honrarás a tu padre y a tu madre.
5. No matarás.
6. No cometerás actos impuros. [No cometerás adulterio, no cometerás fornicación, etc.]
7. No robarás.
8. No dirás falso testimonio ni mentirás.
9. No consentirás pensamientos ni deseos impuros.
10. No codiciarás los bienes ajenos.
Algunos creen erróneamente que los diez mandamientos quedaron superados con la venida de
Cristo. Creen que ya no hace falta obedecerlos para obtener la salvación, que basta con la fe y la
Ley del Espíritu. Pero eso no es verdad, el mismo Cristo afirmó: “No penséis que he venido a
abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento”8.
6
Ibíd., no. 1960.
7
Ibíd., no. 1980.
8
Mateo 5:17.
9
Véase Catecismo, no. 1965.
origen en el corazón y no limitarse a ser objeto de una obediencia externa. Tomemos como
ejemplo el mandamiento de no matar:
“Habéis oído que se dijo a los antepasados: No matarás; y aquel que mate será reo ante el
tribunal. Pero yo os digo: Todo aquel que se encolerice contra su hermano, será reo ante el
tribunal…”10
Aquí Jesús no se está refiriendo a un enojo cualquiera, sino a un enojo que lleva consigo un odio
capaz de desear la muerte del prójimo.
Nos damos cuenta entonces que Jesús, lejos de abolir los diez mandamientos, los reafirmó y los
perfeccionó con su Ley evangélica. A continuación abordamos ese tema.
10
Mateo 5:21-22.
11
Catecismo, nos. 1965 y 1966.
Podemos darnos cuenta con toda claridad que el concepto de la ley moral que hemos abordado
en sus diferentes modalidades no tiene nada que ver con una comprensión legalista de la ley. Se
trata de un conjunto de dinamismos que Dios ha grabado en la naturaleza humana, en su alma y
en su corazón, y cuya plenitud es el amor mismo de Dios. Con esa comprensión de la Ley de
Dios abordamos el tema de la conciencia, la cual es precisamente testigo de esa ley.
12
Juan 13:34.
13
Romanos 2:14-15.
donde los que tienen voz y voto le imponen a los indefensos su propia “moral”. El caso del
aborto es el ejemplo más cruel de esa dictadura.
San Juan Pablo II ha refutado esta concepción errónea de la conciencia que niega su dependencia
y vínculo con el bien y la verdad moral (que la Ley de Dios contienen), y que conduce al
individualismo relativista:
“Abandonada la idea de una verdad universal sobre el bien, que la razón humana puede conocer,
ha cambiado también inevitablemente la concepción misma de la conciencia: a ésta ya no se la
considera en su realidad originaria, o sea, como acto de la inteligencia de la persona, que debe
aplicar el conocimiento universal del bien en una determinada situación y expresar así un juicio
sobre la conducta recta que hay que elegir aquí y ahora; sino que más bien se está orientado a
conceder a la conciencia del individuo el privilegio de fijar, de modo autónomo, los criterios del
bien y del mal, y actuar en consecuencia. Esta visión coincide con una ética individualista, para
la cual cada uno se encuentra ante su verdad, diversa de la verdad de los demás”14.
La doctrina de la Iglesia amplía este concepto de conciencia de tres maneras distintas pero
relacionadas entre sí y que se iluminan mutuamente. La primera es que la conciencia es el ámbito
en el interior del ser humano donde resuena la voz de Dios llamándolo a seguir Su Ley de amor.
“La conciencia es el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que está solo con Dios,
cuya voz resuena en lo más íntimo de ella”15. Es decir, por medio de su conciencia, la persona
humana tiene la posibilidad de conocer la ley moral, los principios morales.
14
El Esplendor de la Verdad, no. 32.
15
Catecismo, no. 1795.
16
Ibíd., no. 1796.
concluye con dicha aplicación a un acto concreto. “La conciencia moral comprende la
percepción de los principios de la moralidad [primera definición], su aplicación a las
circunstancias concretas mediante un discernimiento práctico de las razones y de los bienes [la
segunda definición que acabamos de dar], y en definitiva el juicio formado sobre los actos
concretos que se van a realizar o se han realizado [la primera definición que dimos]”17.
En estas tres definiciones de la conciencia la clave sigue siendo que la conciencia es testigo de
las leyes morales que son objetivas y universales. Cabe la posibilidad de que la persona humana
sin saberlo y sin habérsele ocurrido preguntar tiene un conocimiento equivocado de las leyes
morales y, en consecuencia, actúa mal. En ese caso, decimos que la persona padeció en ese
momento concreto de una ignorancia invencible y su acto inmoral no le puede ser imputado18.
Sin embargo, aquí hay que andar con mucho cuidado, porque todos tenemos en nuestro corazón
el principio básico de la ley moral que es “sigue el bien y evita el mal”. Es decir, todos estamos
obligados en conciencia a buscar la verdad moral: “La dignidad de la persona humana implica y
exige la rectitud de la conciencia moral”19. Esta rectitud de la conciencia o conciencia recta
implica la sinceridad con que la persona humana debe buscar el bien moral y llevarlo a cabo una
vez encontrado20.
Por ello, en situaciones donde una persona está confundida respecto de qué es lo correcto y qué
no lo es, ningún sacerdote, líder laico, religioso o religiosa debe
confundirla más todavía diciéndole: “Sigue tu conciencia” y luego
añadir que la Iglesia enseña que siempre debemos seguir nuestra
conciencia. No, la Iglesia no enseña exactamente eso. Lo que la Iglesia
enseña es que “el ser humano debe obedecer siempre el juicio cierto de
su conciencia”21. Este consejo erróneo de “sigue tu conciencia” ocurre
mucho en el caso de la anticoncepción. Por eso tenemos la triste
situación de muchos católicos que usan anticonceptivos y hasta se
acercan a comulgar.
17
Ibíd., no. 1780.
18
Véase Ibíd., no. 1793.
19
Ibíd., no. 1780.
20
Véase Concilio Vaticano II, Declaración “Dignitatis humanae”, sobre la libertad religiosa, 7 de diciembre de
1965, no. 2. http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents/vat-
ii_decl_19651207_dignitatis-humanae_sp.html.
21
Ibíd., no. 1800.
En este curso humildemente nos proponemos exponer siempre la verdad moral que la Iglesia,
basada en la Palabra de Dios, nos enseña, especialmente en relación con los temas en defensa de
la vida y la familia. Tenemos la esperanza de quienes tomen este curso tengan la misma actitud
de receptividad a esta enseñanza.
22
Ibíd., no. 1791.
23
Véase Catecismo, nos. 85-87 y 1802.
El acto humano es un acto deliberado, es decir, es un acto libremente realizado. “La libertad hace
del hombre un sujeto moral. Cuando actúa de manera deliberada, el hombre es, por así decirlo, el
padre de sus actos. Los actos humanos, es decir, libremente realizados tras un juicio de
conciencia, son calificables moralmente: son buenos o malos”1.
La doctrina católica enseña que para calificar un acto humano como bueno o como malo son
necesarias tres fuentes: “El objeto, la intención y las circunstancias forman las ‘fuentes’ o
elementos constitutivos de la moralidad de los actos humanos”2.
1
Catecismo, no. 1749.
2
Ibíd., no. 1750.
3
Véase Ibíd., no. 1751.
4
Ibíd., no. 1756.
5
Véase Ibíd., no. 1752.
Por ejemplo, la elección del aborto puede ser un medio para conseguir el fin de evitar caer en la
pobreza. En ese caso, el aborto es el objeto elegido y la intención es evitar la pobreza. El
problema aquí es que se está eligiendo un medio malo para obtener un fin bueno. El fin nunca
justifica los medios6. Una intención buena nunca puede convertir en bueno un objeto malo en sí
mismo.
También puede ocurrir que una misma intención ordene varias acciones para conseguir un
mismo fin próximo, y también un mismo fin último. Por ejemplo, en el caso de un buen cristiano
que se dedica a servir a los pobres, los objetos elegidos son todos los
servicios que esa persona hace, su fin próximo es aliviar el sufrimiento
de sus semejantes, y su fin último es servir a Dios, Supremo Bien7.
Ocurre también que una intención mala eche a perder un acto cuyo
objeto era bueno. Por ejemplo, una persona puede estar ayudando a los
pobres pero no por amor a Dios y al prójimo, sino por vanagloria8.
“Las circunstancias, comprendidas en ellas las consecuencias, son los elementos secundarios de
un acto moral. Contribuyen a agravar o a disminuir la bondad o la malicia moral de los actos
humanos (por ejemplo, la cantidad de dinero robado). Pueden también atenuar o aumentar la
responsabilidad del que obra (como actuar por miedo a la muerte). Las circunstancias no pueden
de suyo modificar la calidad moral de los actos; no pueden hacer ni buena ni justa una acción que
de suyo es mala”9.
En conclusión, para que un acto humano sea totalmente bueno, la intención y el objeto deben ser
buenos y las circunstancias deben ser las adecuadas. Para que un acto humano sea malo, basta
con que la intención o el objeto sean malos10.
6
Véase Ibíd., no. 1753.
7
Véase Catecismo, no. 1752.
8
Véase Ibíd., no. 1753.
9
Ibíd., no. 1754.
10
Véase ibíd., no. 1755.
El error esencial de esta postura es reducir el acto humano a uno de sus componentes. Este error
lleva al relativismo “moral”, porque en ese caso cada cual determina según su propia intención lo
que está bien o mal sin referencia al orden moral objetivo de los valores.
El error de esta postura consiste en reducir la moralidad de un acto humano a solamente uno de
sus aspectos: las circunstancias o situación. De esa manera se pasa por alto lo que de verdad hace
que un acto humano sea bueno o malo, a saber, si el objeto y la intención
de ese acto están en conformidad o no con los verdaderos valores. Si el
objeto y la intención son ignorados, entonces volvemos a caer en el
relativismo “moral”, donde cada cual acaba haciendo lo que quiere según
las circunstancias.
11
Véase Pablo VI, Encíclica Humanae vitae, sobre la vida humana, 25 de julio de 1968, no. 16.
http://www.vatican.va/content/paul-vi/es/encyclicals/documents/hf_p-vi_enc_25071968_humanae-vitae.html.
12
Catecismo, no. 1756.
El principio del doble efecto plantea que una acción en la que se prevé que va a tener un efecto
bueno y otro malo, se puede realizar si no hay otra alternativa y se cumplen las siguientes
condiciones:
La condición 4 también se llama la razón proporcionada. Por ello, los que reducen este principio
a esa condición, incluyendo tristemente algunos moralistas católicos, se llaman
proporcionalistas. Como esa condición consiste en un balance de los efectos o consecuencias,
los que reducen este principio a esa condición también se llaman consecuencionalistas.
Pero la clave del error está en negar la condición 2, es decir, en negar la existencia del objeto de
la acción. Cuando esto ocurre se derrumba toda la evaluación moral de los actos humanos que
hemos explicado hasta ahora y no se le hace justicia a la totalidad moral de dichos actos. La
moralidad de los actos humanos queda reducida al balance de los valores o antivalores
implicados en los efectos del acto. Pero al negar la existencia del objeto del acto se niega la
referencia al orden moral objetivo de los bienes o valores, que es lo que en definitiva le da
sentido moral a las consecuencias o efectos de dicho acto. ¿En base a qué se puede establecer
13
Véase Christian Medical Foundation.
https://www.cmf.org.uk/resources/publications/content/?context=article&id=26099. Fuente consultada el 4 de marzo
de 2020.
14
1 Juan 5:3.
15
Véase: Domingo Basso, OP, Nacer y morir con dignidad: Bioética. 3ra ed., ampliada. Ediciones Depalma Buenos
Aires, 1991, págs. 391-392.
una comparación de efectos, si primero no se tiene una referencia clara al orden moral de los
bienes o valores? Eso es construir un sistema de evaluación moral en el “aire”, sin fundamento
alguno.
Las pasiones son los afectos o los sentimientos por medio de las cuales la persona humana puede
intuir lo que es bueno y lo que es malo. Las pasiones buenas pueden disponer al ser humano a la
vida eterna con Dios; las malas a la condenación eterna17.
16
Congregación para la Doctrina de la Fe, Nota doctrinal sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la
conducta de los católicos en la vida política, 24 de noviembre de 2002, no. 2.
http://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_con_cfaith_doc_20021124_politica_sp.html.
Las pasiones son muchas: el amor y el odio, el deseo y el temor, la alegría, la tristeza y la ira 20.
Evidentemente se necesita toda una educación de nuestro mundo afectivo. Esto es importante
porque “La voluntad recta ordena al bien y a la bienaventuranza los movimientos sensibles que
asume; la voluntad mala sucumbe a las pasiones desordenadas y las exacerba. Las emociones y
los sentimientos pueden ser asumidos por las virtudes o pervertidos en los vicios”21. De manera
que se impone la necesidad de una educación de la voluntad y de una formación de la razón en
los valores contenidos en la Ley de Dios, para que la persona humana poco a poco vaya
encaminando sus emociones hacia el bien moral.
17
Véase Catecismo, nos. 1762 y 1771.
18
Véase ibíd., no. 1767.
19
Véase Juan 2:13-17.
20
Véase Catecismo, no. 1772.
21
Ibíd., no. 1768.
22
Ibíd., no. 1769.
23
Catecismo, no. 1770.
Este tema de las pasiones nos ha acercado a la vida interior de la persona humana en cuanto a su
dimensión moral. La vida interior del ser humano también es llamada subjetividad, que no es lo
mismo que subjetivismo, porque en ella deben residir ese conjunto de valores que los
mandamientos contienen y promueven y no los antivalores egoístas del subjetivismo. A ese
mundo interior de la persona humana que San Juan Pablo II le llama precisamente subjetividad
(la Biblia le llama “corazón”). Al conjunto de valores que residen en la subjetividad, el Papa les
llama ethos. El objetivo de la prédica y la actividad pastoral de Jesús, según San Juan Pablo II,
fue la de transformar el corazón humano por medio del ethos (los valores) de su Evangelio24.
Esta transformación interior se logra precisamente por medio de la práctica de las virtudes, que
son los hábitos buenos que también residen en nuestro corazón o subjetividad y que nos
predisponen a actuar según el amor de Dios.
______________________________________
24
Véase: San Juan Pablo II, Catequesis sobre la teología del cuerpo. Catequesis no. 12: “Inocencia y desnudez
original”, 19 de diciembre de 1979, par. 1 y Catequesis no. 48: “La moral, el ethos y lo erótico en el amor humano”,
12 de noviembre de 1980, par. 1 y 4.
“La virtud es una disposición habitual y firme a hacer el bien. Permite a la persona no sólo
realizar actos buenos, sino dar lo mejor de sí misma. Con todas sus fuerzas sensibles y
espirituales, la persona virtuosa tiende hacia el bien, lo busca y lo elige a través de acciones
concretas”1.
Hay dos clases de virtudes: las virtudes morales y las virtudes teologales. Comenzamos con las
virtudes morales. En las virtudes morales se encuentran las virtudes humanas y esas mismas
virtudes son elevadas y purificadas por la gracia de Dios.
“Las virtudes humanas son actitudes firmes, disposiciones estables, perfecciones habituales del
entendimiento y de la voluntad que regulan nuestros actos, ordenan nuestras pasiones y guían
nuestra conducta según la razón y la fe. Proporcionan facilidad, dominio y gozo para llevar una
vida moralmente buena. El hombre virtuoso es el que practica libremente el bien. Las virtudes
morales se adquieren mediante las fuerzas humanas. Son los frutos y los gérmenes de los actos
moralmente buenos. Disponen todas las potencias [intelecto y voluntad] del ser humano para
armonizarse con el amor divino”2. Resumiendo, las virtudes morales humanas son hábitos
buenos que se adquieren a fuerza de practicar con frecuencia actos buenos que luego se enraízan
en nuestro intelecto o en nuestra voluntad.
1
Catecismo, no. 1803.
2
Catecismo, no. 1804.
3
Véase ibíd., no. 1805 y Sabiduría 8:7.
nuestro verdadero bien y elegir los medios justos para realizarlo”4. Mucha gente cree
erróneamente que la prudencia significa actuar con timidez, con doblez o simulación. Pero ello
no es cierto, a veces, según las circunstancias, la prudencia nos guía para actuar con cuidado,
aunque siempre con honestidad, pero en otras ocasiones puede que nos guíe a actuar de manera
arriesgada, como, por ejemplo cuando la vida de alguien peligra y tenemos la posibilidad de
intervenir5.
“La justicia consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que le es
debido”6. La justicia social es una extensión de esta virtud y consiste en saber trabajar
honestamente en grupo para obtener el bien común. Mucha gente cree equivocadamente que la
justicia social es cuando el Estado reparte cosas gratis a todo el mundo: educación superior,
atención a la salud, etc. Pero esa no es la verdadera justicia social. Ésta se da cuando los
ciudadanos mismos libremente se asocian, ya sea en empresas con fines de lucro o sin fines de
lucro, para lograr ciertos objetivos comunes, por ejemplo, para producir justamente riquezas para
todos o para defender los derechos humanos (como el derecho a la vida del no nacido), etc.
Cuando el Estado se involucra demasiado para controlar la vida de la gente, eso se llama
estatismo; cuando incluso llega a controlar los medios de producción, eso se llama socialismo,
ambas formas de colectivismo están totalmente en contra de la doctrina de la Iglesia y de la
libertad de iniciativa de las personas humanas7.
“La fortaleza es la virtud moral que asegura en las dificultades la firmeza y la constancia en la
búsqueda del bien. Reafirma la resolución de resistir a las tentaciones y de superar los obstáculos
en la vida moral. La virtud de la fortaleza hace capaz de vencer el temor, incluso a la muerte, y
de hacer frente a las pruebas y a las persecuciones. Capacita para ir hasta la renuncia y el
sacrificio de la propia vida por defender una causa justa. ‘Mi fuerza y mi cántico es el Señor”
(Salmo 118, 14). ‘En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: Yo he vencido al mundo”
(Juan 16, 33).”8.
“La templanza es la virtud moral que modera la atracción de los placeres y procura el equilibrio
en el uso de los bienes creados. Asegura el dominio de la voluntad sobre los instintos y mantiene
los deseos en los límites de la honestidad. La persona moderada orienta hacia el bien sus apetitos
sensibles, guarda una sana discreción y no se deja arrastrar ‘para seguir la pasión de su corazón’
(véase Eclesiástico 5,2; 37, 27-31). La templanza es a menudo alabada en el Antiguo
Testamento: ‘No vayas detrás de tus pasiones, tus deseos refrena’ (Eclesiástico 18, 30). En el
Nuevo Testamento es llamada ‘moderación’ o ‘sobriedad’. Debemos ‘vivir con moderación,
4
Ibíd., no. 1835.
5
Véase ibíd., no. 1806.
6
Ibíd., no. 1836.
7
Véase Catecismo, nos. 1882-1883, 1885 y 1928-1938. Véase también San Juan Pablo II, Encíclica Veritaris
Splendor sobre algunas cuestiones fundamentales de la enseñanza moral de la Iglesia, 6 de agosto de 1993, no. 101.
8
Ibíd., no. 1808.
justicia y piedad en el siglo presente’ (Tito 2, 12)”9. En otras palabras, la templanza es la virtud
que nos capacita para, entre otras cosas, vivir correctamente nuestra sexualidad humana y
moderar el consumo de la comida y la bebida. La virtud de la castidad es parte de la templanza.
Para perseverar en la práctica de las virtudes morales es necesaria la gracia de Dios. “Con la
ayuda de Dios forjan el carácter y dan soltura en la práctica del bien. El hombre virtuoso es feliz
al practicarlas”10.
“Las virtudes teologales son tres: la fe, la esperanza y la caridad (véase 1 Corintios 13:13).
Informan y vivifican todas las virtudes morales. Por la fe creemos en Dios y creemos todo lo que
Él nos ha revelado y que la Santa Iglesia nos propone como objeto de fe. Por la esperanza
deseamos y esperamos de Dios con una firme confianza la vida eterna y las gracias para
merecerla. Por la caridad amamos a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a
9
Ibíd., no. 1809.
10
Ibíd., no. 1810. Véase también el no. 1811.
11
Ibíd., no. 1812.
12
Véase ibíd.
13
Ibíd., no. 1840.
nosotros mismos por amor de Dios. Es el ‘vínculo de la perfección’ (Colosenses 3:14) y la forma
[o esencia] de todas las virtudes14.”
Ahora bien, la práctica de las virtudes morales y de las virtudes teologales necesita el sostén y la
fuerza de la gracia de Dios y del Espíritu Santo. Para ello existen los dones del Espíritu Santo.
Cuando la práctica de las virtudes, morales y teologales, sostenidas por los dones del Espíritu
Santo producen en nosotros actitudes y obras de amor o caridad, entonces tenemos los frutos del
Espíritu Santo. A continuación abordamos ambos temas.
Basándose en Isaías 11:1-2, la Iglesia enseña que “Los siete dones del Espíritu Santo son:
sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Pertenecen en
plenitud a Cristo… Completan y llevan a su perfección las virtudes de quienes los reciben.
Hacen a los fieles dóciles para obedecer con prontitud a las inspiraciones divinas”17.
Cuando leemos Isaías 11:1-2 con una versión de la Biblia traducida directamente del hebreo, por
ejemplo, la Biblia de Jerusalén, encontramos esta misma lista de dones del Espíritu Santo,
excepto el don de piedad. Sin embargo, este don es incluido en la traducción griega del Antiguo
Testamento que se conoce con el nombre de Septuaginta o LXX (“traducción de los setenta”). La
leyenda dice que 70 biblistas judíos de la diáspora judía, conocedores del hebreo y del griego, se
reunieron en Alejandría (norte de Egipto) y en 70
días y 70 noches tradujeron la Biblia hebrea (el
Antiguo Testamento) del hebreo al griego alrededor
Los frutos del Espíritu del año 200 AC. Por ello lleva el nombre de los
Santo son: LXX. Pero la leyenda tiene su fondo de verdad. Sí
hubo tal traducción que tomó varios siglos y terminó
1) Caridad. en los albores del cristianismo. Varios Padres de la
Iglesia que no dominaban el idioma hebreo, como
2) Gozo.
San Agustín, utilizaron esta versión griega de la
3) Paz. Biblia Hebrea que fue aceptada por al menos parte
4) Paciencia. de la comunidad judía antigua18.
5) Longanimidad.
Expliquemos un poco por qué hemos aludido a esta
6) Bondad. cuestión de la LXX. Una lectura atenta de las
7) Benignidad. catequesis de San Juan Pablo II sobre la teología del
cuerpo nos enseña que el don de la piedad es una
8) Mansedumbre. extensión del don del temor de Dios. Sabemos que
9) Fidelidad. el temor de Dios no es un miedo servil a Dios, sino
10) Modestia. el respeto y el honor que se le debe a Él como
nuestro Padre amoroso. El don de la piedad consiste
11) Continencia. esencialmente en el respeto debido a las obras de
12) Castidad. Dios. San Juan Pablo II lo aplica al respeto debido
al cuerpo y la sexualidad humana19. Más adelante en
17
Ibíd., no. 1831. En 1 Corintios 12:8-10, San Pablo menciona otros dones (o carismas, en griego) del Espíritu. Esos
otros dones son dados a cristianos para que sirvan a la Iglesia. Los dones que aparecen en Isaías 11:1-2 son para la
santificación personal.
18
Véase The New Jerome Biblical Commentary. Editores: Raymond E. Brown, S.S., Joseph A. Fitzmyer, S.J.,
Roland E. Murphy, O.Carm. New Jersey: Prentice Hall, 1990, p. 1041.
19
San Juan Pablo II, Catequesis sobre la teología del cuerpo. Catequesis no. 128: “El respeto de los esposos por las
obras de Dios”, 21 de noviembre de 1984, par. 1 y 2.
este curso abundaremos sobre este tema, pero por ahora vemos la importancia que tiene este
asunto siendo que los temas que vamos a abordar tienen que ver con la defensa de la vida, el
matrimonio y la familia.
“Los frutos del Espíritu son perfecciones que forma en nosotros el Espíritu Santo como primicias
de la gloria eterna. La tradición de la Iglesia enumera doce: “caridad, gozo, paz, paciencia,
longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad”
(Gálatas 5,22-23)”20.
Todos los temas que hemos abordado hasta ahora sobre la vida moral son muy hermosos.
Lamentablemente ahora tenemos que terminar tratando un asunto que amenaza con echarlo
todo a perder: el pecado.
En primera instancia esta definición del pecado luce un tanto legalista. Pero recordemos el
concepto de la Ley de Dios que hemos tratado. No se trata de una ofensa contra unas reglas
arbitrarias y extrínsecas a la naturaleza humana que Dios se ha inventado para fastidiarnos la
vida. Se trata de una ofensa contra una serie de normas que en definitiva Dios ha inscrito en
nuestra naturaleza, corazón y alma, para hacernos felices amándolo a Él y al prójimo.
Recordemos que los mandamientos de Dios contienen y defienden los valores humanos que nos
plenifican como personas. Luego el pecado no es sólo una ofensa contra Dios, es también una
ofensa contra nosotros mismos y nuestra propia dignidad y la de los demás. El pecado es anti-
humano. En efecto, “el pecado es un acto contrario a la razón. Lesiona la naturaleza del hombre
y atenta contra la solidaridad humana”22.
La raíz de todos los pecados está en el corazón del hombre y los distintos tipos de pecado y su
gravedad se miden principalmente por el objeto del acto malo que se comete, como ya se ha
explicado23.
La Iglesia distingue entre pecado venial y pecado mortal. El pecado mortal consiste en “elegir
deliberadamente, es decir, sabiéndolo y queriéndolo, una cosa gravemente contraria a la ley
divina y al fin último del hombre… Este destruye en nosotros la caridad sin la cual la
20
Catecismo, no. 1832.
21
Ibíd., no. 1871.
22
Ibíd., no. 1872.
23
Véase ibíd., no. 1873.
El pecado venial no destruye el amor, sin embargo, lo debilita. Además, “la reiteración de
pecados, incluso veniales, engendra vicios entre los cuales se distinguen los pecados capitales”26.
También debemos señalar que “el pecado venial deliberado y que permanece sin
arrepentimiento, nos dispone poco a poco a cometer el pecado mortal”27.
Por ello no debemos dormirnos en los laureles sino irnos a confesar con regularidad, aun cuando
no hayamos cometido un pecado mortal, aunque mientras tanto podemos comulgar con el debido
arrepentimiento interior. Por supuesto, si hemos caído en un pecado mortal, debemos
confesarnos lo más pronto que podamos y sólo entonces podemos comulgar.
Considerando además el pecado bajo el aspecto de la pena que incluye, Santo Tomás con otros
doctores llama mortal al pecado que, si no ha sido perdonado, conlleva una pena eterna; es
venial el pecado que merece una simple pena temporal (o sea parcial y expiable en la tierra o en
el purgatorio)28.
24
Catecismo, no. 1874. Véase también i Juan 5:16-17.
25
Ibíd., no. 1862.
26
Ibíd., no. 1876.
27
Ibíd., no. 1863.
28
Reconciliatio et Paenitentia, no. 17.
Existen muchas maneras de expiar la pena temporal por el pecado en esta vida. Las tres formas
tradicionales de hacerlo son: la oración, el ayuno y la limosna29. El dar limosna también puede
tener un significado más amplio. La tradición catequética de la Iglesia siempre ha enseñado que
hay siete obras espirituales de misericordia: instruir, aconsejar, consolar, confortar, perdonar y
soportar con paciencia las ofensas del prójimo. También hay siete obras corporales de
misericordia: dar de comer al hambriento, dar techo al desamparado, vestir al desnudo, visitar a
los enfermos y encarcelados, y enterrar a los muertos.30 Evidentemente debemos practicar estas
obras de misericordia no solamente para evitar las penas temporales y el Purgatorio, sino
principalmente por amor a Dios y la prójimo.
Por supuesto, la oración más perfecta que existe para expiar penas temporales ya sea para uno
mismo o para los difuntos, es la Santa Misa31. De hecho, la recepción verdaderamente devota de
la Eucaristía borra los pecados veniales y preserva de pecados mortales32. La participación diaria
en la Eucaristía y la Confesión frecuente también ayudan mucho en nuestra lucha contra el
pecado y en nuestro crecimiento en el amor a Dios y al prójimo.33
6. ¿Cuáles son los pecados capitales y los pecados que claman al Cielo?
Los pecados capitales, más que pecados, son vicios, es
decir, hábitos y raíces de pecados: la soberbia, la avaricia,
la envidia, la ira, la lujuria, la gula y la pereza34. Los pecados capitales
son:
La proliferación del pecado hace que la comisión de
pecados se haga más fácil35, sobre todo cuando se crean 1) La soberbia.
estructuras de pecado que son resultado de los pecados 2) La avaricia.
personales36. Ejemplos de estructuras de pecado son las 3) La envidia.
industrias de la pornografía y del aborto, así como las leyes 4) La ira.
que las permiten y políticos (incluyendo “católicos”) que 5) La lujuria.
las promueven y aprueban 6) La gula.
7) La pereza.
“La tradición catequética recuerda también que existen
pecados que claman al cielo. Claman al cielo: la sangre de
29
Véase Mateo 6:1-6, 16-18.
30
Véase Catecismo, no. 2447.
31
Véase íbid, no. 1414.
32
Véase ibíd., no. 1416.
33
Ibid., no. 1458.
34
Véase ibíd., no. 1866.
35
Véase ibíd., no. 1865.
36
Véase ibíd., no. 1869.
Abel (véase Génesis 4, 10); el pecado de los sodomitas (véase Génesis 18, 20; 19, 13); el clamor
del pueblo oprimido en Egipto (véase Éxodo 3, 7-10); el lamento del extranjero, de la viuda y el
huérfano (véase Éxodo 22, 20-22); la injusticia para con el asalariado (véase Deuteronomio 24,
14-15; Santiago 5, 4)”37.
Sin menoscabar la importancia de los otros pecados que claman al Cielo, hay dos que se
relacionan más directamente con los temas de este curso: la matanza de los inocentes (“la sangre
de Abel”), y la sodomía y los actos homosexuales (“el pecado de los sodomitas”). E
“Del mismo modo se deberá evitar reducir el pecado mortal a un acto de ‘opción fundamental’
—como hoy se suele decir— contra Dios, entendiendo con ello un desprecio explícito y formal
de Dios o del prójimo. Se comete, en efecto, un pecado mortal también, cuando el hombre,
sabiendo y queriendo elige, por cualquier razón, algo gravemente desordenado. En efecto, en
esta elección está ya incluido un desprecio del precepto divino, un rechazo del amor de Dios
hacia la humanidad y hacia toda la creación: el hombre se aleja de Dios y pierde la caridad. La
opción fundamental puede pues ser radicalmente modificada por actos particulares”38.
También existe el error de clasificar los pecados como pecados veniales, graves y mortales,
cuando en realidad solo existen los pecados veniales y los mortales. En el documento apenas
citado, el Papa San Juan Pablo II aclara este asunto: “Esta triple distinción podría poner de
relieve el hecho de que existe una gradación en los pecados graves. Pero queda siempre firme el
principio de que la distinción esencial y decisiva está entre el pecado que destruye la caridad y el
pecado que no mata la vida sobrenatural; entre la vida y la muerte no existe una vía
intermedia”39.
37
Ibíd., no. 1867.
38
San Juan Pablo II, Exhortación Apostólica Reconciliatio et Paenitentia sobre la reconciliación y la penitencia en
la misión de la Iglesia hoy, 2 de diciembre de 1984, no. 17. http://www.vatican.va/content/john-paul-
ii/es/apost_exhortations/documents/hf_jp-ii_exh_02121984_reconciliatio-et-paenitentia.html.
39
Ibíd.
Pero el tema del matrimonio y sobre todo el del sacramento del matrimonio presupone una
concepción clara de la unidad y complementariedad entre el hombre y la mujer. Ese es el tema
que abordamos en el resto de las lecciones de este módulo siguiendo las enseñanzas de San Juan
Pablo II en sus catequesis sobre la teología del cuerpo.
La teología del cuerpo (TDC) de las catequesis del Papa San Juan Pablo es la mejor manera de
presentar la verdad y la belleza de la doctrina bíblica y de la Iglesia acerca de la unidad original
del hombre y la mujer, así como la complementariedad entre los dos.
Sin embargo, como muchos ya saben, el contenido de estas catequesis se caracteriza por el uso
de conceptos académicos propios de la filosofía, la teología y las ciencias bíblicas. No todos los
católicos tienen por qué tener una capacitación especial en estas disciplinas. Por ello, decidimos
expresar de manera sencilla el pensamiento de San Juan Pablo II, al mismo tiempo que
intentamos hacerle justicia a la profundidad del mismo. Es como si el mismo Papa se expresara
en nuestro lenguaje.
Los papas tienen la costumbre de impartir catequesis en el Vaticano durante las audiencias
abiertas al público que tienen lugar todos los miércoles. Durante más de cinco años, desde 1979
hasta 1984, el Papa San Juan Pablo II impartió 129 catequesis sobre la TDC.
¿Qué es la teología del cuerpo? La palabra “teología” significa el estudio de Dios, es decir, el
estudio de lo que Dios ha revelado acerca de Sí mismo y de Su plan para Su creación,
especialmente la persona humana. Esa revelación divina se acepta por la fe y se estudia y
profundiza por medio de la razón iluminada por la fe y bajo la guía del Magisterio de la Iglesia,
que está compuesto por el Papa y los obispos que están en comunión con él, y en línea doctrinal
ininterrumpida desde Cristo y los Apóstoles (ver Catecismo, nos. 85-87).
Podemos definir de manera preliminar la TDC como el estudio científico, siempre desde la fe,
de lo que Dios ha revelado acerca de la persona humana, hombre y mujer, especialmente del
cuerpo humano, para, a partir de ahí, conocer más profundamente a Dios y Su plan para la
creación, especialmente para la persona humana, tanto individual como socialmente considerada.
En realidad, la mejor definición de la TDC y de porqué se llama así “teología del cuerpo” la ha
provisto el propio San Juan Pablo en su catequesis número 19, parágrafo 4, donde dice:
“El cuerpo, y sólo él, es capaz de hacer visible lo que es invisible: lo espiritual y lo divino. Ha
sido creado para transferir a la realidad visible del mundo el misterio escondido desde la
eternidad en Dios, y ser así su signo”.
Jesucristo, la Iglesia, los Sacramentos, la Santísima Virgen María y muchas otras realidades de la
doctrina católica son iluminadas de una manera nueva a través de la TDC.
Trataremos el problema del dualismo más adelante. Pero aquí queremos señalar que el
negativismo hacia la sexualidad humana no se limitaba a la tendencia a menospreciar el cuerpo.
También se caracterizaba por no mostrar claramente la conexión entre los Mandamientos de
Dios que guían la vivencia correcta de la sexualidad humana en el matrimonio y el bien de la
persona humana.
El segundo extremo que San Juan Pablo II quería evitar es mucho peor que el anterior, y consiste
en considerar que la moral sexual de la Iglesia Católica “está pasada de moda” y que hay que
rechazarla. Ese rechazo se debe a la mentalidad hedonista y relativista de hoy en día.
El hedonismo es la ideología que dice que el objetivo principal de la vida es el placer, en vez del
amor auténtico, como nos enseñó Jesús. Aplicado a la sexualidad humana, el hedonismo dice que
su fin principal es el placer sexual, en vez del amor conyugal y la apertura a la transmisión de la
vida.
La culpa, por supuesto, no la tuvo el Concilio Vaticano II, sino esos teólogos, los cuales mal
interpretaron algunas de las directrices pastorales del Concilio Vaticano II, haciéndolas lucir
como si fuesen “cambios” doctrinales que la Iglesia Católica “había llevado a cabo”. Una de las
enseñanzas que esos teólogos equivocados rechazaron es la prohibición absoluta de la
anticoncepción, la esterilización directa y el aborto, doctrina que fue reiterada en la Encíclica
profética Humanae vitae de 1968. Estos teólogos plantean que hay “excepciones” al
mandamiento que prohíbe esos actos intrínsecamente graves, lo cual no es cierto y contradice la
doctrina de la Iglesia Católica.
Sin embargo, el objetivo principal de la TDC, según el propio San Juan Pablo II, es la santidad.
El Señor nos llama a todos a una vida de santidad, tanto en la vida consagrada, la soltería o el
matrimonio. La TDC tiene por objetivo principal ayudar a vivir la santidad, es decir, la
obediencia perfecta e incluso heroica a la voluntad de Dios en la vida ordinaria de todos los días,
así como en los acontecimientos extraordinarios que en ella puedan ocurrir.
A San Juan Pablo II le preocupaba mucho la mentalidad actual del “progreso” entendido como
un poder o dominio ilimitado sobre la naturaleza humana, especialmente a través de la
anticoncepción. Para el Santo Padre la verdadera libertad y, por lo tanto, el auténtico progreso o
desarrollo de la persona humana, no consiste en una autonomía absoluta de hacer lo que a uno le
plazca por medio de la tecnología anticonceptiva. La verdadera libertad, según San Juan Pablo II,
consistía en el autodominio, lo que él llamaba “la libertad del don”, es decir, la capacidad de
poseerse a uno mismo para poder darse a uno mismo como don de amor al otro y de acoger al
otro como don de Dios.
La esencia de la enseñanza del siguiente texto del documento “La Iglesia ante el mundo
contemporáneo, Gaudium et spes”, no. 24 (GS 24) del Concilio Vaticano II (1962-1965) se
encuentra con mucha frecuencia en los escritos de San Juan Pablo II, especialmente en su TDC:
“El Señor, cuando ruega al Padre que todos sean uno, como
nosotros también somos uno (Juan 17:21-22), abriendo
perspectivas cerradas a la razón humana, sugiere una cierta
semejanza entre la unión de las personas divinas y la unión de los
hijos de Dios en la verdad y en la caridad. Esta semejanza
demuestra que el hombre, única criatura terrestre a la que Dios ha
amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no
es en la entrega sincera de sí mismo a los demás (véase: Lucas
17:33)”.
En este pasaje hay dos principios fundamentales. Primero, Dios ha querido a los seres humanos
por sí mismos, para su propio bien. Por consiguiente, las personas no deben ser usadas como
meros medios, sino como fines en ellas mismas. El Papa llama a este principio “la norma
personalista”. El segundo principio es que la persona humana solo puede encontrarse a sí misma
y su propia perfección en el don sincero de sí misma a los demás.
El amor verdadero es el don sincero de uno mismo al otro. El amor conyugal es el prototipo del
amor como don de sí en el plano humano. Pero la fuente del amor y el más importante es el amor
entre las Personas Divinas en la Santísima Trinidad. Es el modelo transcendental del amor como
don de sí. El mensaje principal de esta visión del amor es que la comunión de amor entre las
personas humanas, especialmente entre los esposos, debe fluir como imagen de la comunión de
amor que existe eternamente entre las Personas Divinas en el seno mismo de la Santísima
Trinidad. Esta tesis sobre la persona humana y el amor que hemos resumido constituye el meollo
del personalismo de San Juan Pablo II.
Por ejemplo, el Mandamiento “No matarás” protege la integridad física de la persona humana,
que es un valor muy grande que todos deben apreciar. El Mandamiento “No cometerás adulterio”
protege y fomenta el valor sagrado del matrimonio, la procreación y el amor conyugal, valores
que todos deben apreciar.
Otra manera de decirlo es que la genialidad de San Juan Pablo II consistió en demostrar la
correspondencia o armonía que debe existir entre la subjetividad y la objetividad en la persona
humana y cómo la bondad y belleza de los Mandamientos de Dios deben resonar o hallar eco en
la subjetividad de la persona fomentando la paz y la felicidad en su interior.
En este contexto, los valores humanos no son otra cosa que la experiencia positiva de los bienes
objetivos que los Mandamientos de Dios defienden y fomentan. El objetivo de San Juan Pablo II
con su TDC es que el hombre moderno llegara a apreciar profundamente los Mandamientos de
Dios y, en particular, los que tienen que ver con el matrimonio y la sexualidad humana.
El esquema que más se ha utilizado para organizar la TDC ha sido el de 6 ciclos, que
presentamos a continuación. La numeración de las catequesis correspondientes la hemos
colocado entre corchetes:
En esta y las siguientes lecciones en las que vamos a tratar la unidad y complementariedad del
hombre y la mujer nos vamos a centrar en el ciclo 1, luego en el ciclo 5, que trata sobre el
matrimonio cristiano. Dejaremos para más adelante el ciclo 6 sobre el amor y la fecundidad en el
matrimonio, porque ese ciclo es una exposición y defensa de la Encíclica Humanae vitae, que
trataremos después en este curso.
Sin embargo, vamos a ofrecer a continuación una breve explicación de la lógica del esquema de
los 6 ciclos.
El ciclo 1 plantea la visión y creación original de Dios sobre la persona humana, hombre y
mujer, así como la unidad fecunda entre ambos en el matrimonio. Este es el “principio” y el plan
de Dios que Cristo nos manda a seguir.
Luego, los ciclos 2 y 3 abordan la visión integral de la persona humana que Cristo quiere que
seamos: el ciclo 2 da su doctrina sobre el interior de la persona (el corazón y el alma) y el 3 sobre
el cuerpo resucitado. El conjunto de ambos ciclos nos da la visión de Cristo sobre la nueva
persona humana completa que él quiere que seamos.
Los ciclos 4 y 5 nos dan la visión del Señor acerca de los dos llamados (vocaciones) esenciales a
los que Dios llama a las personas según Su voluntad, para que alcancen la santidad y la vida
eterna: la virginidad por el Reino de los Cielos y el matrimonio.
La TDC es precisamente eso: una reflexión larga y profunda sobre dichas bases. De hecho, casi
toda la TDC, del ciclo 1 al 5, consiste precisamente de esa reflexión. Todos esos ciclos, con
todas sus catequesis, desembocan en el Ciclo 6, que es el que trata directamente el contenido de
la Humanae vitae.
Con todo, se puede decir que la TDC trasciende la Encíclica de Pablo VI, en el sentido de que,
como ya hemos explicado, la TDC nos ofrece una “nueva” manera de comprender toda la
doctrina católica desde la perspectiva que nos presenta San Juan Pablo II.
La Iglesia nos enseña que a través de toda la Biblia Dios nos habla una sola Palabra, en la cual Él
se expresa completamente (Catecismo, no. 102). Esa Palabra es Cristo. Todo el Antiguo
Testamento (AT) es preparación para la plena revelación de Dios en Cristo que nos da el Nuevo
Testamento (NT). El NT está escondido en el AT y el AT es revelado en el NT (ver Catecismo,
no. 129). Cristo es LA Palabra completa y definitiva del Padre. Después de Él, Dios no tiene
nada más esencialmente nuevo que decirnos (ver Catecismo, no. 65). Como Palabra completa y
definitiva de Dios que resuena en toda la Escritura, Cristo-Palabra constituye el elemento
unificador y de cohesión de toda la Biblia, el que hace que la Palabra de Dios escrita sea un todo
coherente y orgánico.
La Iglesia expresa esta unidad que tiene toda la revelación de Dios en Cristo por medio del
concepto de la analogía de la fe. Esto significa que todas las verdades de la fe que Dios nos ha
revelado forman un todo orgánico y coherente en Cristo. Por esa razón, las distintas partes de la
Biblia se iluminan unas a otras (ver Catecismo, no. 114). Ello a su vez constituye un principio
clave para interpretar correctamente la Biblia a la luz de la revelación definitiva de Dios en
Cristo. Se trata de interpretar la Biblia con la Biblia.
La metodología de la reconstrucción
San Juan Pablo II propone una reconstrucción del estado de inocencia original a partir de un
análisis de la Palabra de Dios en Génesis 1 y 2 aplicando a dicho análisis el reverso de nuestra
experiencia actual. Nuestra experiencia actual de estado pecaminoso se caracteriza por una
inclinación al pecado (concupiscencia) que surge como un impulso espontáneo desde nuestro
interior. Esa inclinación al mal consiste esencialmente en el egoísmo. En vez de amar a las
personas por sí mismas, tendemos a convertirlas, en nuestro interior, en instrumentos de uso para
fines egoístas o en objetos de placer egoísta.
Al darnos cuenta de ello, podemos (y debemos) revertir esa experiencia y deducir que la
experiencia de la inocencia original debe haber consistido en un impulso espontáneo desde el
interior totalmente opuesto al egoísmo: el amor. Es decir, tuvo que ser un impulso espontáneo de
ver y tratar al otro, no como instrumento de uso ni objeto de placer egoísta, sino como un fin en
sí mismo, como un sujeto, como una persona. Iluminados por la Palabra de Dios, nos damos
cuenta de que la otra persona y nosotros mismos somos dones de Dios que deben ser,
precisamente por ser dones de Dios, amados y apreciados por sí mismos.
Es cierto que ese giro de 180 grados requiere de nosotros un constante esfuerzo. Tenemos que
esforzarnos con nuestro intelecto, con nuestra voluntad, con nuestras emociones e incluso con
nuestro cuerpo por ir en contra del impulso egoísta y poner en práctica la Palabra de Dios. Pero
no debemos desanimarnos ante nuestra propia inclinación al mal, pues tenemos a Cristo a
nuestro lado, más aún, lo tenemos dentro de nosotros mismos por medio de su Espíritu. La gracia
de Dios ilumina nuestro intelecto para captar correctamente la Palabra de Dios, impulsa
amorosamente nuestra voluntad para obedecerla y ponerla en práctica con todo nuestro ser,
incluyendo nuestro propio cuerpo. Después de todo, se trata de ser libres del egoísmo para vivir
el amor a Dios y al prójimo.
Esta metodología que hemos presentado aquí de manera muy esquemática, San Juan Pablo II la
aplica en detalle por medio de varias reflexiones que intentan reconstruir el estado de inocencia
original. Ello es de capital importancia, porque Cristo mismo nos manda a seguir ese estado
como el estándar para nuestra vida. Concretamente, en la TDC, ese estándar se refiere al
matrimonio uno e indisoluble, tal y como Dios lo creó al principio. Aunque es lógico deducir que
ese estándar de la inocencia original aplica también a todos los demás aspectos de la vida
cristiana, que debe ser una vida de santidad.
Como se verá, San Juan Pablo II también aplica esta metodología de la reconstrucción a otros
temas de la TDC.
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Cristo no acepta la discusión en el nivel que los fariseos la plantean. Cristo no quiere enredarse
en controversias legales. En cambio se refiere al principio, es decir, a la revelación original y
fundamental de Dios sobre el matrimonio en el Génesis.
de seis días de “trabajo divino” y un día de “descanso divino”. Este “descanso de Dios” es el
fundamento del mandamiento divino de observar el sábado como día del Señor y de descansar.
3. La creación del ser humano en Génesis 1 es la culminación de la creación del mundo. El ser
humano pertenece al mundo material. Pero al mismo tiempo está por encima de este mundo,
porque ha sido creado a imagen de Dios. El ciclo de seis días de creación indica una gradación
ascendente. Cada fase de la creación es superior en su ser a la fase precedente, hasta culminar en
la creación del ser humano en Génesis 1:26-28. Al crear al hombre y a la mujer, Dios los manda
a “dominar la tierra”. Sólo al ser humano le concede Dios esta potestad de administrar (no
degradar) la naturaleza.
Dios manda tanto a los animales como al hombre y a la mujer a procrear y multiplicarse. Sin
embargo, sólo en el caso del hombre y la mujer, enfatiza la diferencia de sexos al mismo tiempo
que bendice su fecundidad, esto enfatiza la relación entre las personas.
En Génesis 1:26 Dios dice: “Hagamos al ser humano a nuestra imagen”. Esta “deliberación” de
Dios consigo mismo indica que un acto importante va a tener lugar. Indica la dignidad
excepcional (valor intrínseco y absoluto) del hombre y la mujer. Esto significa que el ser humano
no es el resultado de una sucesión natural, sino que ha sido objeto de un acto único de creación
divina. El ser humano no puede ser comprendido a profundidad sólo en términos de la creación
material. Hay en él una dimensión especial que lo hace trascender al mundo.
experiencia interior. Génesis 1, al definir al ser humano como imagen de Dios, enfatiza el ser
mismo de la persona humana. En lenguaje filosófico se dice que Génesis 1 enfatiza el carácter
ontológico o metafísico del ser humano.
4. Al referirse al “principio”, Cristo nos lleva a traspasar el umbral que separa el estado
pecaminoso actual del ser humano del estado de su inocencia original. Esto significa que ese
estado original sigue siendo vigente a pesar de que el ser humano lo haya perdido
irrevocablemente en este mundo. Cristo nos está mandando, con la ayuda de Su gracia, a vivir
según el estándar de ese estado de inocencia original.
Aunque el estado de inocencia original y el estado pecaminoso se contraponen entre sí, en el ser
humano hay una continuidad y un vínculo esenciales entre los dos. De otro modo Cristo no nos
hubiese mandado a traspasar el umbral que los separa. Al ser humano del estado pecaminoso le
llamaremos “hombre histórico” y al del estado inocente, “hombre de la pre-historia” u “original”.
2. Cristo nos enseña que es imposible conocer al hombre histórico sin referencia al de la pre-
historia. El estado pecaminoso está en relación con el estado de inocencia, pues éste es original y
fundamental: el ser humano fue creado originalmente a imagen de Dios y dotado de la inocencia
original. El presente estado del hombre significa una gracia perdida, pero también significa la
esperanza de la recuperación de esa gracia por medio de la redención en Cristo.
3. Cuando Cristo se remite al “principio”, no sólo se refiere a la inocencia original perdida, sino
también al misterio de la redención. Ya en Génesis 3:15, casi inmediatamente después del
pecado original, Dios nos promete esa redención.
Dirigiéndose a la serpiente que representa a Satanás, le
dice: “Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu
semilla (descendencia) y la semilla (descendencia) de El hombre del
ella; él te aplastará la cabeza y tú le herirás el talón”. El estado de la
Catecismo, nos. 410-411 enseñan que la mujer inocencia original
mencionada es María, la “nueva Eva” y Cristo es el
“nuevo Adán”. se llama “hombre
original”; el
El hombre histórico vive bajo la influencia del pecado hombre del estado
original, pero también vive en la perspectiva de la
redención del cuerpo. La Alianza original del Creador de pecado original
se apoya en esta perspectiva de redención. Por eso, en se llama “hombre
su discusión con los fariseos, Cristo tiene el máximo
histórico”.
derecho de referirse al “principio” como la norma a
seguir. Él es ese Redentor prometido en Génesis 3:15.
4. Es verdad que la experiencia humana después del pecado original debe detenerse ante el
umbral de la inocencia original, ya que dicha experiencia está afectada por ese pecado y por
tanto es bastante inadecuada. Pero también es verdad que, debido a la continuidad entre esos dos
estados y debido a la enseñanza de Cristo de retornar al “principio” como norma a seguir, esa
5. Romanos 8:23 dice: “Nosotros, que tenemos las primicias del Espíritu, gemimos dentro de
nosotros mismos, suspirando… por la redención de nuestro cuerpo”. Aquí vemos cómo el
hombre histórico experimenta todo tipo de sufrimientos y pasiones (muchas veces
desordenadas). Sin embargo, al mismo tiempo, si ese hombre histórico ha sido tocado por el
Espíritu, surge en él un ansia de redención, incluyendo la de su cuerpo. Si hacemos nuestra esta
actitud expresada por San Pablo, podremos captar toda la luz que proviene del “principio” y que
Dios quiere darnos en Cristo.
3. La soledad del primer hombre se deriva de su propia naturaleza humana. La persona humana
es un ser que, por su propia naturaleza, ha sido creado
para entrar en relación interpersonal con Dios y los
La soledad original demás. La soledad original del hombre es doble: es una
soledad en cuanto a ser humano y es una soledad en
del hombre es doble: cuanto a varón.
como ser humano y
como varón. 4. En Génesis 2:15, la creación del primer hombre está
relacionada con la necesidad de “trabajar la tierra”. Esto
corresponde con el mandato divino de “dominar la tierra”
de Génesis 1:28. Dios coloca al hombre en un “jardín” (Edén) una vez que lo ha creado (Génesis
2:8) para labrar y cuidar la tierra. Este jardín simboliza el estado de felicidad original. Luego
Dios establece una Alianza con el hombre, simbolizada en la prohibición de comer del fruto del
árbol del conocimiento del bien y del mal so pena de morir (ver Génesis 2:16-17).
Entonces es cuando Dios dice que no es bueno que el hombre esté solo y que le va a hacer una
ayuda (Génesis 2:18). A continuación Dios crea los animales y se los presenta al hombre para
que éste los nombre (ver Génesis 2:19-20). Se trata de una especie de “prueba” por medio de la
cual el hombre se examina a sí mismo ante Dios. El resultado de este auto-examen es que el
hombre se da cuenta de que él es distinto y superior a los animales porque “entre todos ellos no
había ayuda semejante a él” (v. 20). Al darse cuenta de que no hay ningún ser viviente semejante
a él, el hombre se da cuenta de que no tiene a ningún otro ser con quien desarrollar una relación
interpersonal. Se da cuenta de que está solo.
2. El ser humano aparece como compañero de Dios en una relación interpersonal con Él. Ello
implica que el hombre puede y debe discernir y elegir entre el bien y el mal. En Génesis 2:16-17,
Dios le da un mandamiento: el de poder comer de los frutos de todos los árboles del jardín,
menos del fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal. Este mandamiento simboliza la
sumisión y la dependencia del hombre en Dios, revela la subjetividad y la humanidad del
hombre.
Sólo el hombre tiene una relación única e irrepetible con Dios (esto es otro aspecto de su
soledad original). Esta definición del hombre de
Génesis 2 como compañero del Absoluto, corresponde
a la definición del ser humano en Génesis 1:26, de que El hombre original
el hombre y la mujer han sido creados a imagen y va descubriendo su
semejanza de Dios.
naturaleza personal
3. Esta reconstrucción que estamos haciendo del ser a través de su propio
humano en su inocencia original abarca la totalidad de cuerpo.
la persona: alma y cuerpo. Génesis 2 presenta al ser
humano como un cuerpo entre otros cuerpos (los
animales). Es a través del cuerpo que la persona humana participa en el resto del mundo visible.
Este ser humano primitivo se va auto-descubriendo en comparación con los animales a través de
su propio cuerpo. “Se separa” del resto de los animales. Ello lo conduce a conocer y a tener
consciencia del significado de su propio cuerpo. Es una especie de autoconsciencia “primitiva”,
pero real y válida.
4. Génesis 2:5-6 dice: “No había todavía hombre que labrase la tierra ni rueda que subiese el
agua con qué regarla”. Este pasaje corresponde al de Génesis 1:28 que dice que Dios manda al
hombre y a la mujer a “poblar la tierra y a dominarla”. El primer medio fundamental para
dominar la tierra se encuentra en el ser humano mismo. Sólo el ser humano puede “cultivar la
tierra y regarla”. Y esa labor la realiza con su inteligencia y con su cuerpo humano. A través de
su soledad original, del carácter único de su cuerpo, la persona humana, creada a imagen de
Dios, comienza a descubrir el significado de su propio cuerpo y, por tanto, de sí misma.
La enseñanza de Génesis 2:7 y la de Génesis 2:5 del ser humano cultivando la tierra,
corresponden a la de Génesis 1:28 del hombre y la mujer creados a imagen de Dios. Si unimos
estas tres enseñanzas, podemos decir en el lenguaje de los conceptos precisos, que la Biblia nos
enseña que la autoconsciencia de la persona humana como ser distinto y superior a los demás
seres materiales nace de un comportamiento típicamente humano. Es una intuición típicamente
humana del significado personal del propio cuerpo.
2. El ser humano se manifiesta como sujeto (y no como objeto), no sólo por su subjetividad, sino
también a base de su propio cuerpo. La estructura de este cuerpo es tal, que le permite ser el
autor de una actividad típica y específicamente humana.
3. El ser humano es colocado frente al misterio del árbol del conocimiento del bien y del mal,
cuyo fruto Dios le prohíbe comer so pena de morir. Este ser humano que logra obtener una
autoconsciencia de su distinción y superioridad respecto del resto de la creación material, tenía la
capacidad de comprender el significado de la muerte, a pesar de no haberla experimentado
nunca. El ser humano debía ser capaz de intuir la realidad de la muerte a partir de su propia
experiencia humana y de la consciencia de la dependencia de su propia existencia en el Creador.
4. Esta alternativa entre la muerte y la inmortalidad sugiere la resurrección del cuerpo y la vida
más allá de la muerte. Esta alternativa entre la muerte y la inmortalidad pertenece también a la
definición del ser humano desde el “principio” y al significado de la soledad original de la
persona humana frente a Dios.
2. Para comprender correcta y profundamente la creación de la mujer (Génesis 2:21-22), hay que
tener presente la creación del hombre y la mujer como imagen de Dios. El lenguaje de Génesis 2
es sencillo y simbólico, cargado de un profundo significado, que expresa unas verdades que
trascienden las ciencias naturales.
3. Luego Génesis 2:21-22 dice: “Hizo pues, Yahvé Dios caer sobre el hombre un profundo
sopor; y, dormido, tomó una de sus costillas, cerrando su lugar con carne, y de la costilla que del
hombre tomara, formó Yahvé Dios a la mujer”. El sopor de Adán es una dormición profunda en
la que cae el hombre sin consciencia o sueños. Este sopor subraya la exclusividad de la acción de
Dios en la obra de la creación de la mujer. El hombre no
tuvo ninguna participación consciente en esa creación.
Dios se sirve de su “costilla” solamente para acentuar la La creación de la
naturaleza común del varón y de la mujer. mujer fue un acto
unilateral de Dios.
Este relato indica que un acontecimiento extraordinario,
tanto para la creación como para la historia de la
salvación, va a tener lugar: la creación de la mujer y, con ella, la unidad original del hombre y la
mujer. Se trata de una alianza (la alianza conyugal) que va a tener una importancia decisiva para
toda la historia de la salvación.
[Debemos distinguir entre “alianza” y “contrato”. Un contrato es un acuerdo entre dos personas o
dos grupos de personas acerca de una tercera cosa externa a ellos, por ejemplo, una propiedad o
los términos de un empleo. En el caso de una alianza entre dos personas, las personas mismas
son la esencia del acuerdo, pues el acuerdo es precisamente el compromiso entre las dos a través
de sus propias personas. La alianza matrimonial es un compromiso de vida y amor, donde el
hombre y la mujer lo comparten todo, no solo sus pertenencias sino sus propias personas,
incluyendo sus propios cuerpos.]
4. En el Antiguo Testamento no hay una distinción precisa entre “cuerpo” y “alma”. El cuerpo
era considerado la manifestación externa de la persona. Los “huesos” significaban simplemente
el ser de la persona humana (ver Salmo 139). Por lo tanto, “hueso de mis huesos” significa “ser
de mi ser”. La expresión “carne de mi carne” significa que aunque la mujer tenga características
físicas y sexuales diferentes, posee la misma naturaleza de ser persona que posee el hombre. Por
eso Adán, lleno de júbilo al despertar y contemplar a la mujer, estalla diciendo: “Esta sí que es ya
hueso de mis huesos y carne de mi carne” (v. 23). Adán se da cuenta de que la mujer es la
“ayuda” adecuada para él. La palabra “ayuda” sugiere el concepto de “complementariedad” o
“correspondencia exacta”.
La unidad y la dualidad hombre-mujer están relacionadas con los valores. Esto significa que
tienen una dimensión moral. Esta dimensión moral se funda en la naturaleza humana, que a su
vez se funda en Dios.
hombre. Los dos han sido creados por Dios el uno para el otro.
Génesis 1 expresa esta verdad en relación con Dios: el hombre y la mujer han sido creados a
imagen de Dios. Génesis 2 la expresa en términos de valores que el hombre y la mujer captan a
través de la experiencia que viven entre ellos y es valorada por ellos, es decir, considerada un
bien por ellos. [El valor es la experiencia subjetiva de un bien objetivo.]
2. La soledad original es el camino para la unidad original, la cual supera esa soledad. A esa
unidad la podemos llamar comunión entre las personas. En Gaudium et Spes, no. 12, el Concilio
Vaticano II nos enseña que la unión hombre-mujer es “la primera forma de comunión entre las
personas”.
La soledad del hombre le sirve para descubrir su propia humanidad y para anhelar el encuentro
con otro ser como él, que se abra a la comunión interpersonal. Es el primer descubrimiento de la
trascendencia, del ir más allá de uno mismo al encuentro con el otro y con el Otro.
Usamos el término “comunión” y no “comunidad” porque este último es más general, puede
tener muchos significados. “Comunión” es más preciso porque indica esa “ayuda” que se deriva
del hecho mismo de existir como persona junto a y para la otra persona. Ningún otro ser viviente
puede proporcionar ni al hombre ni a la mujer esa “ayuda”, esa reciprocidad que el uno busca en
el otro.
persona humana y de la teología del cuerpo, ya que es a través del cuerpo que el hombre y la
mujer se unen plenamente con todo su ser. Esta íntima comunión interpersonal ha sido bendecida
por Dios desde el principio con el don de la fecundidad (ver Génesis 1:28). Ese don enriquece
más aún la imagen de Dios que se manifiesta en la comunión de las personas.
4. Adán se da cuenta enseguida de que ese ser viviente que tiene delante de él es una persona
humana como él. Ello a su vez muestra que el cuerpo humano de la primera mujer es capaz de
expresar su naturaleza de persona humana. Lo mismo se puede decir de Adán. Podemos deducir
de esta observación que el cuerpo humano ha sido creado por Dios para expresar y revelar a la
persona. El cuerpo humano expresa la subjetividad del ser humano, que hace que su cuerpo sea
un cuerpo humano, que todo su ser sea imagen de Dios.
5. La teología del cuerpo es también teología del sexo, es decir, una comprensión profunda,
desde la revelación de Dios, de lo que significan la masculinidad y la femineidad. El significado
de la unidad original entre el hombre y la mujer (Génesis 2:24: “serán una sola carne”), abre toda
una amplia perspectiva, que tiene una triple dimensión. La primera es que el hombre y la mujer
han sido creados a imagen de Dios (dimensión teológica). La segunda consiste en que Cristo ha
hecho de la unidad original la norma a seguir (dimensión moral). Y la tercera consiste en que
Cristo ha elevado la unidad entre el hombre y la mujer a la dignidad de sacramento entre los
cristianos que contraen matrimonio (ver Catecismo 1601).
esa unidad es fruto de una elección consciente. El hombre pertenece a sus padres por la
generación. Pero “los dejará” para unirse a su esposa por su elección libre, y lo mismo puede
decirse de la mujer. Esa mutua elección que define cómo es el vínculo hombre-mujer también
define todo el futuro del ser humano sobre la tierra.
Por eso Cristo se remite a este pasaje bíblico. Al manifestar la imagen de Dios de manera más
plena a través de su unidad conyugal, el hombre y la mujer deben constituir el comienzo y el
modelo de esta comunión interpersonal para todos los hombres y mujeres que después elijan
unirse de esta manera. El cuerpo, masculino y femenino, que ayuda a establecer la comunión
conyugal, se convierte en el elemento esencial de esa unidad, cuyo principal motor es esa
elección libre que establece la alianza conyugal.
4-5. La mutua elección del primer hombre y la primera mujer es posible porque ellos tienen,
debido a su estado de inocencia original, una consciencia madura del significado del cuerpo
como expresión de la persona humana.
“Tomada del hombre”, la mujer se convierte en esposa y, al mismo tiempo, en “madre de los
vivientes” (ver Génesis 3:20). La maternidad de la esposa tiene su origen en el hombre, porque
de él ha sido formada (2:22) y hace que la procreación tenga su origen en el misterio de la
creación del ser humano, y reproduzca esa creación y su misterio a lo largo de la historia. Ello
implica un compromiso con las generaciones futuras.
___________________________________
Después del pecado original, Génesis 3:7 dice: “Se abrieron los ojos de ambos y entonces,
viendo que estaban desnudos, cosieron unas hojas de higuera y se hicieron unos cinturones”. Se
trata de una nueva situación que indica una ruptura de la primera Alianza, en la cual Adán y Eva
incurrieron por no pasar la primera prueba de obediencia a Dios, por no escuchar Su Palabra en
y por no aceptar Su Amor (ver 2:16-17). Ahora comienzan a experimentar la vergüenza, la cual
se manifiesta, no como una experiencia original, sino como una experiencia de miedo y de
autoprotección.
5-6. Este cambio de experiencia no debe entenderse de manera simplista. No se trata de que antes
del pecado el hombre y la mujer no se daban cuenta de que estaban desnudos, mientras que
después sí. Se trata de un cambio radical en la consciencia que ambos tenían del significado del
cuerpo y de su desnudez original. Cambia la relación hombre-mujer y la relación del ser humano
con Dios. Génesis 3:10 dice: “Te he oído en el jardín y, temeroso porque estaba desnudo, me
escondí”.
De hecho, el pudor crea la base de esa cercanía, porque al exigir respeto al propio “yo” (a la
propia intimidad) ante la cercanía de un segundo “yo”, tiene la posibilidad de lograr un mutuo
respeto, ya sea en el trabajo, en el vecindario o en cualquier otro medio de convivencia humana,
donde interaccionan hombres y mujeres no casados entre sí o personas en general. El pudor crea
un ambiente de respetuosa confianza, sinceridad y sencillez. Todo ello es fundamental para la
convivencia humana armoniosa y justa.
2. Cuando Génesis 2:25 dice que el hombre y la mujer no sentían vergüenza, es necesario aclarar
que no se trataba de una falta de vergüenza o de ser un “sinvergüenza”. Esta ausencia de la
vergüenza tampoco se puede comparar con ciertas experiencias positivas, como las de la edad
infantil. Se trataba de una verdadera no presencia de la vergüenza ante la mutua desnudez. Más
que una no presencia de algo, la desnudez original, por el contrario, expresaba la plenitud de una
experiencia y de una comprensión profunda del significado personal del cuerpo. En Génesis 3
3. Por todo ello, es fácil comprender por qué la desnudez original del cuerpo, en su estado de
inocencia original, es lo que hace posible esta plenitud de consciencia del significado personal
del propio cuerpo y del cuerpo del otro. Se trata de una percepción directa y casi espontánea, que
se da a través de los sentidos. Es anterior a cualquier reflexión filosófica complicada.
Esa plenitud de comunicación interpersonal era la que precisamente hacía que no sintieran
vergüenza. El hombre histórico ha desprovisto el concepto de “comunicación” de su profundidad
original. Casi siempre lo relaciona con los medios de difusión de información, que no son
capaces de establecer una verdadera comunión interpersonal. En cambio, Génesis 2:25 indica
una verdadera y profunda comunicación, una “común unión” entre personas, que se da a través
del cuerpo pero que, a través de él, llega hasta el fondo de la persona. En esta comunión, el
cuerpo exterior expresa a la persona interior, al “yo” humano personal. Y lo hace de manera
directa y transparente, sin temor: “estaban desnudos y no sentían vergüenza”.
otro sin sentirse amenazado por el otro, porque, debido a su inocencia original, no experimenta
ningún egoísmo respecto del otro. No sienten vergüenza ni temor ante el otro ni ante sí mismos.
El hombre y la mujer tienen en su interior una participación en la visión pura que Dios tiene de
todo lo creado. Hebreos 4:13 nos dice que Dios penetra con Su mirada hasta el fondo de todo,
todo está desnudo delante de Él. Sin embargo, todo es respetado por Él, que es Puro Amor. Dios
nos mira a cada uno con toda la pureza e inocencia infinita de Su corazón.
Esa es la visión pura e inocente del primer hombre y de la primera mujer en Dios, expresada en
la desnudez original del cuerpo. El hombre y la mujer se ven a sí mismos más plena y claramente
con esa visión interior que Dios les ha dado que con los ojos del cuerpo. Se ven y se conocen a sí
mismos con toda la paz que da esa mirada interior. Y esa mirada interior es la que crea la
plenitud de intimidad y comunión entre las personas. Cada uno busca enriquecer al otro con el
don de su propia persona y cada uno acoge al otro como lo que es: un don precioso de Dios.
3. La dimensión del don está en el corazón mismo de la creación. La palabra “creó” es usada en
Génesis 1 exclusivamente para referirse a la acción creadora de Dios. En el caso de la creación
del hombre y la mujer es usada tres veces. Ello significa que con el ser humano, la creación
material ha alcanzado su plenitud y perfección.
Ahora bien, Dios crea por amor, porque “Dios es amor” (1 Juan 4:8, 16). Por eso es que toda la
creación está impregnada por la dimensión del don, porque el amor verdadero es el don libre y
gratuito de uno mismo al otro. Dios ha creado libre y gratuitamente al mundo para prodigarle Su
amor. Génesis 1 no dice que Dios es amor. Sin embargo, sí dice que Dios llamó muy bueno a
todo lo que había creado (v. 31). Eso significa que el amor fue el motivo por el cual Dios lo creó
todo. Sólo el amor da comienzo al bien y se complace en el bien y la verdad (ver 1 Corintios
13:6). La creación consiste en una donación gratuita, fundamental y radical de Dios, porque en
esa donación el don surge de la nada (ver Catecismo, no. 293).
4. El concepto del don indica al que se da (el Padre), al que recibe el don (el Hijo) y a la relación
de amor como don recíproco entre los dos (el Espíritu Santo). En la creación material, esa
relación surge cuando Dios crea al ser humano, el único ser material capaz de establecer, por
iniciativa de Dios, una relación y comunión interpersonal con su Creador. Ése es el significado
esencial del haber sido creado a imagen de Dios. Sólo la persona humana es capaz de
comprender el significado del don. El ser humano aparece en la creación como el que ha recibido
al mundo como don y, viceversa, el mundo ha recibido al ser humano como don.
2. La “soledad” y la “ayuda” son claves para comprender la esencia misma del don en el ser
humano. La dimensión del don es el contenido esencial de la imagen de Dios en la persona
humana. El don revela una característica esencial del ser humano. Cuando Dios dice que “no es
bueno que el hombre esté solo” (Génesis 2:18), está diciendo que el hombre por sí solo no
realiza esta esencia en su totalidad. Solamente la realiza existiendo con alguien y, más aún,
existiendo para alguien. La relación y la comunión entre las personas son fundamentales y
constitutivas del ser humano. En su propia constitución
como persona, el ser humano tiene inscrita esa
dinámica del don recíproco interpersonal. No es un El hombre original
llamado de Dios “desde afuera”, sino que es intrínseco
va descubriendo su
a su ser persona, precisamente porque Dios le ha
creado a Su imagen. Dios mismo ES puro don naturaleza personal
interpersonal de Amor (Padre, Hijo y Espíritu Santo). a través de su propio
3. Esta dimensión del don es causante de felicidad. Esa
cuerpo.
felicidad pertenece al misterio de la creación, que ha
sido hecha por amor, por un amor que es donación de Uno Mismo (Dios). Las palabras gozosas
de Adán al contemplar a la primera mujer (en Génesis 2:23) expresan el comienzo de la
4. Hay un profundo vínculo entre la creación, como don de Dios que surge de Su Amor, y el
comienzo feliz de la existencia del ser humano como hombre y mujer. Ese comienzo feliz se
debe a que ahora que son dos, hombre y mujer, se da la comunión entre las personas en toda su
simple y pura verdad. Esa comunión se da a través de sus cuerpos masculino y femenino.
El cuerpo de la mujer expresa la femineidad para la masculinidad del hombre y el cuerpo del
hombre expresa la masculinidad para la femineidad de la mujer. De esa manera se manifiesta la
reciprocidad y la comunión interpersonal. Esa reciprocidad y esa comunión se expresan a través
del don del uno al otro como característica fundamental de la existencia de la persona humana.
El cuerpo humano, en su masculinidad y en su femineidad, es testigo visible de la creación como
don fundamental de Dios y también del mismo Amor de
Dios como fuente de este acto de donarse al otro.
A través de la
El cuerpo humano también es signo visible y original de la
comunión toma de consciencia por parte del hombre y la mujer de la
interpersonal el vivencia de ese don de modo original. Esa es la manera
hombre y la mujer por medio de la cual el sexo (la masculinidad y la
femineidad) entra a formar parte de la teología del cuerpo.
descubren el
significado 5. A través de esa experiencia feliz de la comunión
esponsal del interpersonal, el hombre y la mujer descubren la
revelación del significado del cuerpo humano. Podemos
cuerpo. llamar a ese significado el significado conyugal o
esponsal del cuerpo. A través de la alegría que
experimentan al descubrirse como hombre y como mujer (en Génesis 2:23), de su unidad
conyugal (en Génesis 2:24) y de su mutua desnudez sin sentir vergüenza (en Génesis 2:25), el
hombre y la mujer descubren conscientemente la revelación del significado esponsal del cuerpo
humano como una experiencia vivida.
El significado esponsal del cuerpo humano se refiere a que Dios ha grabado en el cuerpo la
capacidad de expresar el amor, siempre abierto a la vida, como auto-donación y acogida
recíprocas entre el hombre y la mujer de manera pura y no egoísta en el matrimonio. El primer
hombre y la primera mujer son conscientes de esto y de que ese significado viene de Dios, fuente
original del amor como auto-donación libre y gratuita a Su creación. Esa comunión conyugal es
expresión consciente de ese Amor de Dios.
6. Génesis 2:24 (“serán una sola carne”) expresa el significado o finalidad que tienen la
masculinidad y la femineidad en la vida de los esposos como padres. Al unirse tan íntimamente
someten su humanidad a la bendición de la fecundidad (ver Génesis 1:28). El don de la
fecundidad es también parte del significado esponsal del cuerpo humano. La fecundidad expresa
el desborde del amor, el cual tiene la capacidad de ir más allá de sí mismo y transmitir vida. El
amor humano es co-creador, a imagen del Amor Creador de Dios.
Génesis 2:25 (“estaban desnudos pero no sentían vergüenza”) añade otra dimensión al
significado esponsal del cuerpo. El hombre y la mujer, conscientes de su capacidad procreadora,
están libres de la “coacción” del propio cuerpo y de la sexualidad. Su desnudez sin sentir
vergüenza expresa la libertad interior de ambos de no estar encadenados por el egoísmo que
limita el amor verdadero como don de uno mismo al otro. Son libres del instinto que los
arrastraría a unirse y a procrear, como en el caso de los animales. Ello también indica la
presencia de la imagen de Dios en el ser humano, la cual no comparten los animales.
3-4. La libertad interior del don permite al hombre y a la mujer encontrarse recíprocamente y
acogerse recíprocamente como dones de Dios precisamente porque son conscientes de que Dios
los ama por sí mismos. Al acogerse mutuamente como dones de Dios, el hombre y la mujer se
afirman mutuamente como personas. El hombre y la mujer se aman mutuamente por sí mismos y
no simplemente porque se beneficien mutuamente, ni mucho menos porque se vean el uno al otro
como objetos de placer egoísta.
El cuerpo humano está orientado desde el interior por el don sincero de la persona. Esta
orientación interior revela la masculinidad y la femineidad no sólo en el plano físico, sino
también un valor y una belleza que sobrepasan la dimensión simplemente física de la
sexualidad.
5. Al decir que “no sentían vergüenza”, Génesis 2:25 expresa de manera exterior la experiencia
interior o subjetiva de todo lo que hemos dicho acerca de la libertad del don por parte del primer
hombre y de la primera mujer. Este versículo breve, pero lleno de significado, expresa el estado
de inocencia y felicidad originales del hombre y la mujer, el descubrimiento del significado
esponsal del cuerpo.
Esta verdad sobre la persona humana del amor como don de sí mismo que Cristo nos ha revelado
al remitirse al “principio” se refiere no solo al matrimonio, sino también a la renuncia al
matrimonio para darse a uno mismo por el Reino de Dios. Esta renuncia demuestra aún más la
libertad del don en el cuerpo humano y el significado esponsal del cuerpo en otro nivel más
profundo todavía, que tendremos que analizar más adelante.
Génesis 1-2 habla no sólo de la creación del mundo, sino también de la gracia, que es la
comunicación de la santidad de Dios al hombre y la mujer. Esta comunicación de la santidad de
Dios es una irradiación del Espíritu Santo que produce un estado de espiritualización en el ser
humano.
2. La felicidad es arraigarse en el amor. Esta felicidad original del “principio” nos enseña que el
ser humano surgió del amor y dio comienzo al amor. Ese comienzo del amor es irrevocable, a
pesar del pecado y de la muerte que vinieron después. Cristo será testigo de este amor
irreversible de Dios que se manifestó en la creación y en la gracia de la inocencia original. Por
esto es que la verdad original del cuerpo del hombre y la mujer no conoce la vergüenza, como
atestigua Génesis 2:25. En ese “principio” el hombre y la mujer, por efecto de ese amor, gozaban
de una inmunidad original ante la vergüenza.
contraposición al pecado original. Génesis 2:25 nos enseña que esta inocencia, que el hombre y
la mujer tenían dentro de sí mismos, se manifestaba a través de sus cuerpos. El cuerpo humano,
en Génesis 2:25, es testigo de esta gracia original.
4-5. El estado de inocencia original se perdió irrevocablemente en esta vida por causa del pecado
original. Pero eso no significa que el hombre histórico no pueda acercarse a este misterio por
medio de una profunda reflexión. El hombre histórico trata de comprender la inocencia original
contrastándola con su experiencia actual de la culpa y del estado pecaminoso. Este contraste es
descrito con mucha fuerza en Romanos 7:14-24. El hombre histórico trata de comprender esa
inocencia original como característica esencial de la teología del cuerpo partiendo de la
experiencia de la vergüenza. La inocencia original es ese estado que en sus mismas raíces
excluye la vergüenza del cuerpo en la relación hombre-mujer.
La inocencia original se refiere, ante todo, al estado interior de la voluntad humana. Esa voluntad
ha recibido el don original de la gracia de Dios de vivir el amor como auto-donación pura y
recíproca a través del cuerpo masculino y femenino. La voluntad del primer hombre y de la
primera mujer gozaba de una rectitud de intención tal que les hizo capaces de recibir y descubrir
la revelación del significado esponsal del cuerpo sin distorsión pecaminosa alguna. Esa pureza de
corazón que caracterizaba la rectitud de la voluntad inocente y original era portadora de una
felicidad serena y tranquila, de paz y de gozo.
3-4. La dignidad humana corresponde al hecho de que Dios ama al hombre y a la mujer por sí
mismos. Por consiguiente, la inocencia del corazón y de esta experiencia de mutua auto-
donación y acogida significa una participación moral (es decir, con recta intención de la
voluntad) en el eterno y permanente acto de la voluntad de Dios. Dios siempre ama a las
personas por sí mismas y para su propio bien, y no para fines egoístas. Es decir, Dios siempre y
eternamente ama a las personas con purísima rectitud de Su Corazón y de Su Voluntad. Dios
quiere que el ser humano participe en esa rectitud Suya, en su propia Inocencia divina.
El hombre se enriquece con el don de la mujer y también se enriquece a sí mismo dándose a ella.
En ello se manifiesta la esencia misma de su masculinidad, la cual, a través de su cuerpo
alcanza la íntima profundidad o posesión de sí misma.
sí mismos y al otro cada vez más como dones de Dios, como personas humanas, y como hombre
y como mujer.
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3-4. La reconstrucción que estamos haciendo de la inocencia original consiste en ir hacia atrás en
la historia. Pero no solamente estamos tratando de descubrir qué nos revela el Génesis acerca de
esta inocencia, sino también qué nos revela acerca del ethos del cuerpo humano, es decir, del
estar consciente de su dimensión moral, de su valor, de que es un bien en sí mismo creado por
Dios.
El hombre y la mujer de la inocencia original llegaron a comprender el ethos del cuerpo humano
como el significado esponsal del cuerpo que ya hemos explicado. Ese significado es el modelo a
seguir también para el resto de la humanidad en el futuro. La comprensión de ese significado es
indispensable para conocer quién es el ser humano y cómo debe comportarse moralmente.
Cuando somos capaces de comprender y aceptar el conjunto de valores que Dios ha inscrito en el
cuerpo humano (ethos del cuerpo), esos valores, a su vez, nos impulsan a vivir el verdadero
significado esponsal del cuerpo.
5. Génesis 2:24 enseña que el hombre y la mujer han sido creados para el matrimonio: “Por eso
dejará el hombre a su padre y a su madre; y se adherirá a su mujer; y vendrán a ser los dos una
sola carne”. De este modo se abre una gran perspectiva creadora: la existencia del ser humano se
renueva continuamente por medio de la procreación.
Sin embargo, el hombre y la mujer, antes de convertirse en esposo y esposa, surgen del misterio
de la creación como hermano y hermana en la misma humanidad. Es decir, primero se
descubren mutuamente como seres humanos en una relación de hermandad y amistad. Ese amor
desinteresado es importante, porque después va a penetrar al amor conyugal que se va a
desarrollar. Al estar penetrado por un amor básico de hermandad, el amor conyugal, expresado a
través del cuerpo, tiene esa dimensión de pureza que es vital para el mutuo don sincero de sí
mismos. De lo contrario, nace en ellos la consciencia de “estar desnudos” y, por lo tanto, surge la
vergüenza.
Gracias a la inocencia original, ese significado también manifiesta toda la riqueza interior de la
persona como sujeto, no como objeto. Esa riqueza interior incluye una consciencia clara de los
valores y la dinámica del don: el donarse y acogerse mutuamente como dones de Dios. Por
consiguiente, podemos afirmar que la inocencia original manifiesta y determina (hace que se
constituya) el ethos perfecto del don, es decir, la consciencia plena de los valores vinculados a la
dinámica del don, que es la dinámica del amor conyugal.
2. Después del pecado original, el hombre y la mujer perderán la gracia de la inocencia original.
El significado esponsal del cuerpo dejará de ser una simple realidad de la revelación y de la
gracia de Dios. Sin embargo, ese significado permanecerá en lo profundo del corazón humano
como un eco lejano de la inocencia original. El ethos del don permanecerá en lo más hondo del
interior de la persona como prenda de ese significado.
Desde ese momento en adelante, el hombre y la mujer tendrán que hacer un gran esfuerzo con la
ayuda de Dios, para redescubrir y vivir el significado esponsal del cuerpo. A través del velo de la
vergüenza, el hombre y la mujer se descubrirán a sí
mismos como los guardianes del misterio de la persona
humana como sujeto, no como objeto. Lucharán para
defender la libertad del don de cualquier reducción a la El cuerpo humano
dimensión de puro objeto. fue creado por
Dios para ser un
3. Sin embargo, en nuestra reflexión todavía nos
encontramos en la época de la inocencia original. El ser sacramento
humano se encuentra en el mundo material como la primordial, es
expresión más elevada del don de Dios. Solo él tiene decir, para ser
consciencia en su interior de la dimensión del don.
Gracias a esa dimensión, la persona humana manifiesta signo eficaz de la
al mundo su haber sido creada a imagen de Dios. Es gracia de Dios.
capaz de trascender y “dominar” (administrar) el
mundo e, incluso, su propio cuerpo y colocarlo al
servicio amoroso de su propio espíritu.
4. El ser humano, como hombre y como mujer, manifiesta a través de su cuerpo el amor invisible
de Dios por Su creación. En este sentido, podemos decir que el cuerpo humano es un sacramento
primordial. “Primordial” significa no solo que es primero, sino también que es fundamental y
decisivo. No debemos confundirnos, no estamos diciendo que este sacramento primordial sea
uno de los siete sacramentos ni el primero de ellos. El Catecismo no. 1131 nos enseña que “los
sacramentos son signos eficaces de la gracia (la vida divina), instituidos por Cristo y confiados a
la Iglesia para comunicarnos esa gracia”. “Eficaces” significa que los signos de los sacramentos
realmente comunican la gracia que significan. Por ejemplo, el agua que se derrama sobre el
bautizando no es solamente un signo de la gracia de Dios, sino que también realmente la
comunica.
Por lo tanto, cuando decimos que el cuerpo del hombre y la mujer, en su inocencia original,
constituyen un sacramento primordial, estamos diciendo que su cuerpo fue creado por Dios para
ser signo visible y eficaz del amor invisible de Dios escondido desde la eternidad. En efecto, el
cuerpo, y sólo él, es capaz de hacer visible lo que es invisible: lo espiritual y lo divino. Ha sido
creado para comunicar al mundo material el misterio del amor de Dios escondido en Él desde la
eternidad en Dios.
6. Génesis 2:23-25 nos narra la primera fiesta de la humanidad en toda su plenitud original de
expresión del significado esponsal del cuerpo. Es la primera celebración de la comunicación de
Dios de Su amor y Su verdad a la creación. Es verdad que esa fiesta se tornará en tragedia a
causa del pecado original (ver Génesis 3). Pero, tenemos la esperanza de que el fruto final del
plan de amor y verdad de Dios no es la muerte sino la vida, no es la destrucción del cuerpo
humano sino la llamada a la gloria (ver Romanos 8:30). Esta victoria final es anticipada en el
banquete y fiesta de la Eucaristía (ver Catecismo, nos. 1382 y 1402).
2. Génesis 4:1-2 dice: “Conoció el hombre a su mujer, que concibió y parió a Caín, diciendo: ‘He
alcanzado de Yahvé un varón’. Volvió a parir, y tuvo a Abel, su hermano”. Esta es la traducción
literal del texto. Eso indica que el “conocimiento” aquí se refiere a la unión conyugal.
3. La teología del cuerpo que se encuentra en el Génesis es concisa y corta de palabras. Sin
embargo, cada palabra expresa conceptos fundamentales, primarios y definitivos, que se
encuentran en el conocimiento bíblico. Por medio del mutuo “conocimiento” el hombre y la
mujer efectúan la consumación del matrimonio. El matrimonio, como vínculo objetivo de amor y
vida entre el hombre y la mujer, pone de manifiesto la objetividad del cuerpo. Gracias al cuerpo
masculino y al femenino es que se logra este vínculo objetivo, que tuvo su origen en esa mutua
atracción subjetiva entre el hombre y la mujer.
Todo ello manifiesta la dignidad tan grande que tienen la procreación humana y la propia
persona humana.
1-2. Cuando Dios presentó a Adán los animales y éste les dio nombre, tomó posesión de ellos
pero no se identificó con ellos (Génesis 2:18-20). En la Biblia, el nombrar algo significa tomar
posesión de ese objeto o animal. Al ponerles nombre, Adán tomó posesión de ellos como su
señor, comenzando así a realizar el mandato de Dios de someter la tierra (Génesis 1:28). Se trató
de un conocimiento externo y dirigido hacia la posesión y el dominio.
Sin embargo, cuando el hombre y la mujer se “conocen” en Génesis 4:1 se trata de una
experiencia muy distinta. El hombre y la mujer se unen de una manera tan íntima que se
convierten en una sola carne (2:24). Por medio de este “conocimiento” engendran un nuevo ser
humano y toman posesión de su misma humanidad. Más todavía, se realizan a sí mismos como
personas. Se trata de un nivel de “conocimiento” mucho más profundo y personal que algo
puramente externo.
4. Se puede explicar el concepto de “conocimiento” en la Biblia con el concepto del “eros”, pero
con mucha cautela. Para el filósofo antiguo Platón (350 AC), el eros era el amor que desea la
unión del alma con la Belleza Suprema trascendente. Platón creía en un mundo espiritual donde
estaban las ideas perfectas de las cuales los seres y las cosas materiales de este mundo eran
copias. El alma tiene nostalgia de ese mundo perfecto e intenta huir del cuerpo para unirse a las
ideas. Luego, a través de la historia, la humanidad le ha dado un sentido sexual al concepto de
eros, como lo erótico. Ese concepto tiene el significado de unión pero también el de posesión de
la otra persona como objeto de placer sexual.
dice a la mujer: “Parirás los hijos con dolor” (Génesis 3:16). Y al hombre le dijo: “Volverás a la
tierra, pues de ella has sido tomado; ya que eres polvo y al polvo volverás” (Génesis 3:19).
La historia del ser humano confirma la radicalidad de estas sentencias. Al quebrantar el mandato
de Dios de no comer del fruto del árbol prohibido, Dios separa al hombre del árbol de la vida
(Génesis 3:22). Pero Dios no le ha quitado la vida del todo al hombre y a la mujer, sólo la ha
limitado. La vida humana continúa y se renueva a través de la procreación.
3. El Papa Pablo VI, en su Encíclica Humanae vitae (1968), da respuesta a los problemas que
plantea el mundo moderno acerca del matrimonio y la procreación. Pablo VI dijo que no se podía
dar una respuesta adecuada si no se tomaba en cuenta la visión integral del ser humano (no. 7).
No se pueden responder a los problemas planteados con ideas parciales acerca del ser humano.
Al decir eso, el Papa estaba siguiendo la doctrina de Cristo, quien remitió a sus oyentes al
“principio”, donde se encuentra una visión integral y correcta del hombre y la mujer.
4. Los primeros capítulos del Génesis que hemos analizado no nos presentan una visión del ser
humano desde la perspectiva de las ciencias naturales
modernas. Sin embargo, sí nos dan la verdad integral del
ser humano en toda su sencillez y plenitud. Esta verdad se
refiere al significado del cuerpo humano como parte Desde que el Hijo
integral de la persona. Eterno de Dios ha
asumido un cuerpo
Eso no quiere decir que debamos rechazar los aportes de
esas ciencias. Al contrario, lo que debemos hacer es humano, la
colocar a la base de ellas esta revelación de Dios acerca teología del cuerpo
del significado personal del cuerpo humano. Este ha entrado por la
significado del cuerpo incluye la interioridad o
subjetividad de la persona humana. Más aún, incluye la puerta principal.
intersubjetividad humana, es decir, la relación y la
comunión interpersonal, especialmente entre el hombre y la mujer, y también la relación y la
comunión del ser humano con Dios. De esa manera, las ciencias naturales (la biología, la
química, etc.) nos podrán ayudar a entender de manera correcta al hombre y a la mujer en los
temas del matrimonio y la procreación.
No nos debe sorprender que la doctrina cristiana se ocupe también del cuerpo. El fundamento de
la teología del cuerpo es el hecho central del cristianismo: la Encarnación: “Y la Palabra se hizo
carne y habitó entre nosotros” (Juan 1:14). Desde que el Hijo Eterno ha asumido un cuerpo, la
teología del cuerpo ha entrado por la puerta principal.
5. Las preguntas de la gente de hoy son también las preguntas de los cristianos de hoy. La
mayoría de los cristianos buscan en el matrimonio su vocación (cristiana y humana), y su camino
a la salvación y a la santidad. Pensemos en los que se preparan para el Sacramento del
Matrimonio o ya lo están viviendo. Esta teología del cuerpo les va a servir de guía para su vida y
su comportamiento e incluso para su vida interior, sus actitudes, sus sentimientos, etc. Esto se
hace más necesario aun cuando tenemos en cuenta que vivimos en una sociedad materialista y
utilitaria, que ve en las personas seres útiles para ser usados en vez de fines en ellos mismos a
quienes debemos amar por sí mismos.
Al referirse al “principio”, Cristo nos está mandando a recuperar la visión de nuestra propia
dignidad como personas humanas, en la que se realiza el auténtico significado del cuerpo
humano, su significado personal y de comunión entre las personas.
6. Pero no es suficiente con remitirnos a lo que Cristo nos ha enseñado acerca del “principio”.
También tendremos que analizar la doctrina de Cristo que se encuentra en el Sermón de la
Montaña acerca de la pureza del corazón y, luego, en otra parte del Evangelio, acerca de la
resurrección del cuerpo.
Sin embargo, esta visión es una visión del hombre nuevo y la mujer nueva en Cristo. El Señor
vino a hacer de nosotros criaturas nuevas. Tanto el “principio” como el “mundo futuro” (la vida
eterna) arrojan la luz que necesitamos para comprender la visión de Cristo sobre la persona
humana que él quiere que seamos.