Discurso de Churchill a la Cámara de los Comunes
13 de mayo de 1940
Debemos recordar que estamos en las fases preliminares de una de las grandes
batallas de la historia, que nosotros estamos actuando en muchos puntos de
Noruega y Holanda, que estamos preparados en el Mediterráneo, que la batalla
aérea es continua y que muchos preparativos tienen que hacerse aquí y en el
exterior. En esta crisis, espero que pueda perdonárseme si no me extiendo mucho
al dirigirme a la Cámara hoy. Espero que cualquiera de mis amigos y colegas, o
antiguos colegas, que están preocupados por la reconstrucción política, se harán
cargo, y plenamente, de la falta total de ceremonial con la que ha sido necesario
actuar. Yo diría a la Cámara, como dije a todos los que se han incorporado a este
Gobierno: «No tengo nada más que ofrecer que sangre, esfuerzo, lágrimas y
sudor». Tenemos ante nosotros una prueba de la más penosa naturaleza.
Tenemos ante nosotros muchos, muchos, largos meses de combate y sufrimiento.
Me preguntáis:
¿Cuál es nuestra política? Os lo diré: Hacer la guerra por mar, por tierra y por aire,
con toda nuestra potencia y con toda la fuerza que Dios nos pueda dar; hacer la
guerra contra una tiranía monstruosa, nunca superada en el oscuro y lamentable
catálogo de crímenes humanos. Esta es nuestra política.
Me preguntáis: ¿Cuál es nuestra aspiración?. Puedo responder con una palabra:
Victoria, victoria a toda costa, victoria a pesar de todo el terror; victoria por largo y
duro que pueda ser su camino; porque, sin victoria, no hay supervivencia. Tened
esto por cierto; no habrá supervivencia para todo aquello que el Imperio Británico
ha defendido, no habrá supervivencia para el estímulo y el impulso de todas las
generaciones, para que la humanidad avance hacia su objetivo. Pero yo asumo mi
tarea con ánimo y esperanza. Estoy seguro de que no se tolerará que nuestra
causa se malogre en medio de los hombres. En este tiempo me siento autorizado
para reclamar la ayuda de todas las personas y decir: «Venid, pues, y vayamos
juntos adelante con nuestras fuerzas unidas.
Martin Luther King, Jr. Tengo un sueño.1963
Estoy contento de reunirme hoy con vosotros y con vosotras en la que pasará a la
historia como la mayor manifestación por la libertad en la historia de nuestra
nación.
Hace un siglo, un gran americano, bajo cuya simbólica sombra nos encontramos,
firmó la Proclamación de Emancipación. Este trascendental decreto llegó como un
gran faro de esperanza para millones de esclavos y esclavas negros, que habían
sido quemados en las llamas de una injusticia aniquiladora. Llegó como un
amanecer dichoso para acabar con la larga noche de su cautividad.
Pero cien años después, las personas negras todavía no son libres. Cien años
después, la vida de las personas negras sigue todavía tristemente atenazada por
los grilletes de la segregación y por las cadenas de la discriminación. Cien años
después, las personas negras viven en una isla solitaria de pobreza en medio de
un vasto océano de prosperidad material. Cien años después, las personas negras
todavía siguen languideciendo en los rincones de la sociedad americana y se
sienten como exiliadas en su propia tierra. Así que hemos venido hoy aquí a
mostrar unas condiciones vergonzosas.
Hemos venido a la capital de nuestra nación en cierto sentido para cobrar un
cheque. Cuando los arquitectos de nuestra república escribieron las magnificientes
palabras de la Constitución y de la Declaración de Independencia, estaban
firmando un pagaré del que todo americano iba a ser heredero. Este pagaré era
una promesa de que a todos los hombres —sí, a los hombres negros y también a
los hombres blancos— se les garantizarían los derechos inalienables a la vida, a
la libertad y a la búsqueda de la felicidad.
Hoy es obvio que América ha defraudado en este pagaré en lo que se refiere a
sus ciudadanos y ciudadanas de color. En vez de cumplir con esta sagrada
obligación, América ha dado al pueblo negro un cheque malo, un cheque que ha
sido devuelto marcado “sin fondos”.
Pero nos negamos a creer que el banco de la justicia está en bancarrota. Nos
negamos a creer que no hay fondos suficientes en las grandes arcas bancarias de
las oportunidades de esta nación. Así que hemos venido a cobrar este cheque, un
cheque que nos dé mediante reclamación las riquezas de la libertad y la seguridad
de la justicia. También hemos venido a este santo lugar para recordar a América la
intensa urgencia de este momento. No es tiempo de darse al lujo de refrescarse o
de tomar el tranquilizante del gradualismo. Ahora es tiempo de hacer que las
promesas de democracia sean reales. Ahora es tiempo de subir desde el oscuro y
desolado valle de la segregación al soleado sendero de la justicia racial. Ahora es
tiempo de alzar a nuestra nación desde las arenas movedizas de la injusticia racial
a la sólida roca de la fraternidad. Ahora es tiempo de hacer que la justicia sea una
realidad para todos los hijos de Dios.
Sería desastroso para la nación pasar por alto la urgencia del momento y
subestimar la determinación de las personas negras. Este asfixiante verano del
legítimo descontento de las personas negras no pasará hasta que haya un
estimulante otoño de libertad e igualdad. Mil novecientos sesenta y tres no es un
fin, sino un comienzo. Quienes esperaban que las personas negras necesitaran
soltar vapor y que ahora estarán contentos, tendrán un brusco despertar si la
nación vuelve a su actividad como si nada hubiera pasado. No habrá descanso ni
tranquilidad en América hasta que las personas negras tengan garantizados sus
derechos como ciudadanas y ciudadanos. Los torbellinos de revuelta continuarán
sacudiendo los cimientos de nuestra nación hasta que nazca el día brillante de la
justicia.
Pero hay algo que debo decir a mi pueblo, que está en el caluroso umbral que
lleva al interior del palacio de justicia. En el proceso de conseguir nuestro legítimo
lugar, no debemos ser culpables de acciones equivocadas. No busquemos saciar
nuestra sed de libertad bebiendo de la copa del encarnizamiento y del odio.
Debemos conducir siempre nuestra lucha en el elevado nivel de la dignidad y la
disciplina. No debemos permitir que nuestra fecunda protesta degenere en
violencia física. Una y otra vez debemos ascender a las majestuosas alturas
donde se hace frente a la fuerza física con la fuerza espiritual. La maravillosa
nueva militancia que ha envuelto a la comunidad negra no debe llevarnos a
desconfiar de todas las personas blancas, ya que muchos de nuestros hermanos
blancos, como su presencia hoy aquí evidencia, han llegado a ser conscientes de
que su destino está atado a nuestro destino. Han llegado a darse cuenta de que
su libertad está inextricablemente unida a nuestra libertad. No podemos caminar
solos.
Y mientras caminamos, debemos hacer la solemne promesa de que siempre
caminaremos hacia adelante. No podemos volver atrás. Hay quienes están
preguntando a los defensores de los derechos civiles: “¿Cuándo estaréis
satisfechos?” No podemos estar satisfechos mientras las personas negras sean
víctimas de los indecibles horrores de la brutalidad de la policía. No podemos estar
satisfechos mientras nuestros cuerpos, cargados con la fatiga del viaje, no puedan
conseguir alojamiento en los moteles de las autopistas ni en los hoteles de las
ciudades. No podemos estar satisfechos mientras la movilidad básica de las
personas negras sea de un ghetto más pequeño a otro más amplio. No podemos
estar satisfechos mientras nuestros hijos sean despojados de su personalidad y
privados de su dignidad por letreros que digan “sólo para blancos”. No podemos
estar satisfechos mientras una persona negra en Mississippi no pueda votar y una
persona negra en Nueva York crea que no tiene nada por qué votar. No, no, no
estamos satisfechos y no estaremos satisfechos hasta que la justicia corra como
las aguas y la rectitud como un impetuoso torrente.
No soy inconsciente de que algunos de vosotros y vosotras habéis venido
aquí después de grandes procesos y tribulaciones. Algunos de vosotros y vosotras
habéis salido recientemente de estrechas celdas de una prisión. Algunos de
vosotros y vosotras habéis venido de zonas donde vuestra búsqueda de la libertad
os dejó golpeados por las tormentas de la persecución y tambaleantes por los
vientos de la brutalidad de la policía. Habéis sido los veteranos del sufrimiento
fecundo. Continuad trabajando con la fe de que el sufrimiento inmerecido es
redención.
Volved a Mississippi, volved a Alabama, volved a Carolina del Sur, volved a
Georgia, volved a Luisiana, volved a los suburbios y a los ghettos de nuestras
ciudades del Norte, sabiendo que de un modo u otro esta situación puede y va a
ser cambiada.
No nos hundamos en el valle de la desesperación. Aun así, aunque vemos
delante las dificultades de hoy y mañana, amigos míos, os digo hoy:
todavía tengo un sueño. Es un sueño profundamente enraizado en el sueño
americano.
Tengo un sueño: que un día esta nación se pondrá en pie y realizará el verdadero
significado de su credo: “Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí
mismas: que todos los hombres han sido creados iguales”.
Tengo un sueño: que un día sobre las colinas rojas de Georgia los hijos de
quienes fueron esclavos y los hijos de quienes fueron propietarios de esclavos
serán capaces de sentarse juntos en la mesa de la fraternidad.
Tengo un sueño: que un día incluso el estado de Mississippi, un estado sofocante
por el calor de la injusticia, sofocante por el calor de la opresión, se transformará
en un oasis de libertad y justicia.
Tengo un sueño: que mis cuatro hijos vivirán un día en una nación en la que no
serán juzgados por el color de su piel sino por su reputación.
Tengo un sueño hoy.
Tengo un sueño: que un día allá abajo en Alabama, con sus racistas
despiadados, con su gobernador que tiene los labios goteando con las palabras de
interposición y anulación, que un día, justo allí en Alabama niños negros y niñas
negras podrán darse la mano con niños blancos y niñas blancas, como hermanas
y hermanos.
Tengo un sueño hoy.
Tengo un sueño: que un día todo valle será alzado y toda colina y montaña será
bajada, los lugares escarpados se harán llanos y los lugares tortuosos se
enderezarán y la gloria del Señor se mostrará y toda la carne juntamente la verá.
Ésta es nuestra esperanza. Ésta es la fe con la que yo vuelvo al Sur. Con esta fe
seremos capaces de cortar de la montaña de desesperación una piedra de
esperanza. Con esta fe seremos capaces de transformar las chirriantes
disonancias de nuestra nación en una hermosa sinfonía de fraternidad. Con esta
fe seremos capaces de trabajar juntos, de rezar juntos, de luchar juntos, de ir a la
cárcel juntos, de ponernos de pie juntos por la libertad, sabiendo que un día
seremos libres.
Éste será el día, éste será el día en el que todos los hijos de Dios podrán cantar
con un nuevo significado “Tierra mía, es a ti, dulce tierra de libertad, a ti te canto.
Tierra donde mi padre ha muerto, tierra del orgullo del peregrino, desde cada
ladera suene la libertad”.
Y si América va a ser una gran nación, esto tiene que llegar a ser verdad. Y así,
suene la libertad desde las prodigiosas cumbres de las colinas de New Hampshire.
Suene la libertad desde las enormes montañas de Nueva York. Suene la libertad
desde los elevados Alleghenies de Pennsylvania.
Suene la libertad desde las Rocosas cubiertas de nieve de Colorado. Suene la
libertad desde las curvas vertientes de California.
Pero no sólo eso; suene la libertad desde la Montaña de Piedra de Georgia.
Suene la libertad desde el Monte Lookout de Tennessee.
Suene la libertad desde cada colina y cada topera de Mississippi, desde cada
ladera.
Suene la libertad. Y cuando esto ocurra y cuando permitamos que la libertad
suene, cuando la dejemos sonar desde cada pueblo y cada aldea, desde cada
estado y cada ciudad, podremos acelerar la llegada de aquel día en el que todos
los hijos de Dios, hombres blancos y hombres negros, judíos y gentiles,
protestantes y católicos, serán capaces de juntar las manos y cantar con las
palabras del viejo espiritual negro: “¡Al fin libres! ¡Al fin libres! ¡Gracias a Dios
Todopoderoso, somos al fin libres!”
APOLOGÍA DE SÓCRATES.
Prólogo
Yo no sé, atenienses, la impresión que habrá hecho en vosotros el discurso de
mis acusadores. C5on respecto a mí, confieso que me he desconocido á mí
mismo; tan persuasiva ha sido su manera de decir. Sin embargo, puedo
asegurarlo, no han dicho una sola palabra que sea verdad. Pero de todas sus
calumnias, la que más me ha sorprendido es la prevención que os han hecho de
que estéis muy en guardia para no ser seducidos por mi elocuencia. Porque el no
haber temido el mentís vergonzoso que yo les voy a dar en este momento,
haciendo ver que no soy elocuente, es el colmo de la impudencia, a menos que no
llamen elocuente al que dice la verdad. Si es esto lo que pretenden, confieso que
soy un gran orador; pero no lo soy a su manera; porque, repito, no han dicho ni
una sola palabra verdadera, y vosotros vais a saber de mi boca la pura verdad, no
¡por Júpiterl en una arenga vestida de sentencias brillantes y palabras escogidas,
como son los discursos de mis acusadores, sino en un lenguaje sencillo y
espontáneo; porque descanso en la confianza de que digo la verdad, y ninguno de
vosotros debe esperar otra cosa de mí. No sería propio de mi edad, venir,
atenienses, ante vosotros como un joven que hubiese preparado un discurso. Por
esta razón, la única gracia, atenienses, que os pido es que cuando veáis que en
mi defensa emplee términos y maneras comunes, los mismos de que me he
servido cuantas veces he conversado con vosotros en la plaza pública, en las
casas de contratación y en los demás sitios en que me habéis visto, no os
sorprendáis, ni os irritéis contra mí; porque es esta la primera vez en mi vida que
comparezco ante un tribunal de justicia, aunque cuento más de setenta años. Por
lo pronto soy extraño al lenguaje que aquí se habla. Y así como si fuese yo un
extranjero, me disimularíais que os hablase de la manera y en el lenguaje de mi
país, en igual forma exijo de vosotros, y creo justa mi petición, que no hagáis
aprecio de mi manera de hablar, buena o mala, y que miréis solamente, con toda
la atención posible, si os digo cosas justas o no, porque en esto consiste toda la
virtud del juez, como la del orador: en decir la verdad. Es justo que comience por
responder a mis primeros acusadores, y por refutar las primeras acusaciones,
antes de llegar a las últimas que se han suscitado contra mí. Porque tengo
muchos acusadores cerca de vosotros hace muchos años, los cuales nada han
dicho que no sea falso. Temo más a estos que á Anito y sus cómplices, aunque
sean estos últimos muy elocuentes; pero son aquellos mucho más temibles, por
cuanto, compañeros vuestros en su mayor parte desde la infancia, os han dado de
mí muy malas noticias, y os han dicho, que hay un cierto Sócrates, hombre sabio
que indaga lo que pasa en los cielos y en las entrañas de la tierra y que sabe
convertir en buena, una mala causa.