Selección de Palmas flamencas (1936)- Tomás Borrás
Guitarra
Guitarra de pecho roto,
estás hecha al sentimiento.
La prima grita la herida,
el bordón dice el misterio.
Tu canción es preludio,
preludir eterno,
melancolía de la muerte,
anhelo, angustioso anhelo,
y dolor indefinido,
y locura de noche y de deseo,
palabras sin sentido en las falsetas
y sollozar de rasgueos.
Tu conjuro despierta «aquellos» días,
y «aquel» amor; los ojos del recuerdo
vuelves hacia la vida que pasó, y a su ausencia;
a lo que fue nuestro y ya no es nuestro,
adonde se estuvo y no volvimos,
a quien se quiso y está muerto.
(Al corazón le falta algo,
algo que se quedó con ellos.)
Guitarra de los bailes, que son ritos,
en comunión el ritmo con el cuerpo,
exaltación de las caderas hembras,
de los jóvenes pechos,
de las piernas nerviosas, de los brazos
desnudos a los cielos;
forma humana que oficia y cuyas formas
se acomplan a la mano conmovida de celo.
Guitarra del hombre solo,
renegrido y austero,
que se oculta al ocaso de la tarde,
y en silencio quieto
te hace cantar, pulsando tu garganta
desgarrando tu seno,
y no hace más… y así se va su vida:
y es el hombre que sabe el Gran Secreto.
Guitarra de las vírgenes, que escuhcan
quemándose, tu ¡ay!, de treno,
y que sientan tu música olorosa
sobre la piel como un aliento,
y por ti saborean el pecado
antes de conocerlo.
Guitarra: tienes tres hermanas:
la seguirilla de los pies ligeros,
la soleá marchita y triste siempre
y las mujeres de los ojos negros.
Guitarra: cuando el hombre que te quiere,
te acerca suavemente hacia su pecho
y te sienta en sus muslos y te abraza,
la alondra del amor, vuela tu agujero.
Tus hermanas mujeres
son sumisas como tú a su dueño.
Se enlazan al amante
̶ sobre los dientes, besos ̶ :
cantan para quien supo
hacerlas olvidar, por el placer, el fuego
del castigo que a todo amor sucede.
¡Ay, guitarra carnal!
¡Ay, mujeres-guitarras!
¡Ay, la pena de luego!
Gritan de amor heridas
y la campana lúgubre
golpea, como anuncio del misterio.
(Prima y bordón, el acorde completo).
Bodegón flamenco
Mesa color sangre de toro.
fina como la Giralda,
en medio
una botella de oro.
Lozas de olivas y fritura.
El cañero don juanista
abraza
las caás por la cintura.
Manta serrana de borlones.
Cuatro naipes del destino
marcado
̶ bastos y espadas ̶ tradiciones.
Guitarra de carne morena,
calla, enterrada en su caja
̶ ataúd ̶
muerta y podrida de pena.
La imagen
del Señor del Gran Poder.
Por el suelo, la navaja
con que han matado a una mujer.
Madrugada
Noche de juerga;
larga y triste noche de juerga.
En las caras lívidas
flores, las ojeras:
Lascivia en la mirada
̶ lascivia y borrachera ̶ .
Encelados machos
riñen por las hembras.
(Las voces medrosas
y las voces fieras.)
Humareda loca,
baila, retorcida,
la mujer morena,
y de pronto, un grito:
Que muerde su carne
una boca hambrienta.
La guitarra sonando
desgarrada y lenta.
Las coplas canallas
y lastimeras
cantando el dolor
y la pena.
Soleares de cárcel,
de perdición y majeza:
Yo me traigo de su vera
este pañuelo manchao,
y ahora vaya quien quiera.
Y la caña volcada
en la pelea
vomitando vino dorado sobre la mesa.
Bailaora
Bajo la bailadora
-revuelo de volantes encarnados-
hay un ardiente hoguera que no vemos
y que tiene su cuerpo abrasado.
Sus pies con furor taconean
porque pisan sobre las brasas;
el calor, agarrado a su carne,
tuerce su boca, enturbia su mirada.
Una lengua de fuego,
alta, sabia y lenta,
va ciéndo sus piernas- se crispan
y patalean-;
sube, envuelve su cuerpo,
ígnea, tacteando:
Se retuerce más ella, que la lumbre
Viva, dentro la ha entrado.
Las entrañas, a fuego;
los brazos, flamena;
la cintura se enrocas y desenroca
y los pies chisporrotean.