— ¿ or qué no quieres beber?
— Después de usted, honorable señor.
— Dime: ¿quién te enseñó esos modales?
— Mi abuelo, señor.
— Te educó bien. ¿Puedo saber cuál es tu nombre?
— Kwai Chang Caine
— ¿Caine? No es apellido chino...
— Mi padre era norteamericano, venerable señor.
— ¿Dónde están tus padres?
— Han muerto.
— ¿Y los padres de tus padres?
— También han muerto, señor.
— En el templo de Shaolín jamás hemos aceptado a nadie que no fuera
nacido de padre y madre chinos... Pero siempre hay una primera vez... Acércate.
Coge esta piedra de mi mano tan rápidamente como puedas... Cuando consigas
quitármela habrá llegado el momento de marcharte... Te suplico que me
disculpes.
— ú eres el nuevo discípulo? Ven, acércate.
— Eres ciego.
— Tú crees que soy ciego.
— Vivir en la oscuridad debe ser el mayor de todos los males.
— El miedo es la única oscuridad... Toma tu escoba y pégame con ella...
Haz lo que te digo... ¡Anda!... ¡Otra vez!... ¡Cógela y ataca! (El discípulo es vencido
una y otra vez...)
Jamás debes pensar que porque un hombre sea ciego no puede ver... Cierra
tus ojos. ¿Qué es lo que oyes?
— El rumor del agua y el canto de los pájaros...
— ¿Oyes los latidos de tu corazón?
— No.
— Tampoco oyes al saltamontes que hay junto a tu pie?
— Anciano maestro: ¿Cómo logras escuchar tantas cosas?
— Joven amigo: ¿cómo es posible que tú no las escuches?
—¿ uánto hace que vives aquí?
— Hace muchísimo tiempo, señor.
— ¿Cómo dices?
— No hace mucho, señor.
— Aprenderás pronto...
(Están practicando las artes marciales)
— o se trata de ejercitar la fuerza física, sino otra muy distinta. En el
hombre existen dos clases de fuerza: la fuerza exterior, que es evidente, se pierde
con el tiempo y se debilita con la enfermedad, y la fuerza interior. Todo el mundo
posee esta fuerza, pero es mucho más difícil de desarrollar que la otra. La fuerza
interior perdura durante todos los inviernos y todos los veranos, durante la vejez
y más allá.
— amina sobre el papel tan suavemente como puedas y procura no
romperlo... Date la vuelta: mira el papel... Cuando puedas caminar sobre el papel
sin romperlo, entonces tus pasos no serán oídos.
— n el templo de Shaolín hay tres clases de hombres: estudiantes,
discípulos y maestros.
El desarrollo de la mente sólo se consigue cuando el cuerpo ha sido
disciplinado. Para lograr esto nuestros antepasados nos enseñaron a imitar a las
criaturas de Dios: de la grulla aprendemos la gracia y aprendemos a dominarnos.
La serpiente nos enseña su flexibilidad y movimientos rítmicos. El águila su
velocidad y paciencia. Del magnífico tigre aprendemos tenacidad y poderío. Y
del dragón, aprendemos cabalgar sobre el viento.
Todas las criaturas insignificantes e importantes forman parte de la
naturaleza. Si nosotros perseveramos, todas pueden enseñarnos sus virtudes.
Entre la frágil belleza de la grulla blanca y la fuerza del dragón alado no hay
discordia. Entre la flexibilidad silenciosa de la serpiente y las garras del águila
sólo hay armonía, ya que los elementos de la naturaleza no pueden entrar en
conflicto. Por eso cuando logramos comprender el orden de la naturaleza,
eliminamos el conflicto dentro de nosotros y descubrimos la armonía del cuerpo
y la mente en el movimiento continuo del universo. Comprender un sistema tal
vez nos lleve casi una vida...
— aestro, en un sitio como este, ¿dónde está la verdad?
— Tienes razón... ¿No puedes dormir?
— Maestro, ¿qué es la verdad?
— ¿La verdad?
— Tú dices que nuestro aprendizaje es sólo la búsqueda de la verdad.
— Sí.
— Aunque la verdad del Tao no puede conocerse ni tocarse...
— Ni definirse...
— Entonces ¿cómo sabré yo que la he encontrado? ¿Cómo sabemos que
existe?
— Un día de verano ¿No notas el claro del sol sobre tu piel?
— Sí.
— Y ¿acaso tienes necesidad de mirar el sol para saber que está brillando?
— No. Además no podría: me deslumbraría si lo miro más de un segundo...
— Bien. Y ¿no es mejor contentarse con el calor del sol que ser cegado por
su luz? Lo que buscamos no puede ser contemplado. Si buscas demasiado la
verdad también ella puede cegarte.
— Pues ¿cómo encontraré la verdad?
— Ten paciencia y ella te encontrará.
(Ante un niño abandonado)
— ¿ e sorprende que abandonaran al niño?
— En todas partes hay hambre, maestro. ¿Qué es mejor: dejarle morir o
forzarle a vivir?
— Toda vida es sagrada. De este modo la unión entre el hombre y la mujer
queda dignificada. Al margen de ella, la vida no existe; pero de tal unión, puede
proceder la vida.
— Entonces, ¿la vida debe ser siempre defendida?
— La espina defiende a la rosa. Solamente daña a aquellos que desean
arrancar la flor del tallo...
— Maestro, ¿Se produce uno mismo el sufrimiento?
— No, No.
— ¿Entonces lo producen los otros?
— No.
— Entonces, ¿Uno mismo y los otros?
— ¿Golpeas tu ojo con tu puño?
— ¿Debo buscar el modo de devolverlo?
— ¿Cuál es tu deuda?
— Mi sufrimiento.
— La venganza es una nave con una guía de agua; no lleva nada, salvo la
promesa de su hundimiento.
— Entonces, ¿debo responder a las ofensas con la caridad?
— Responde a las ofensas con la justicia y el olvido. Pero a la caridad,
responde con la caridad. El miedo es el enemigo. La confianza es la coraza.
— Pero, maestro, No sabiendo lo que sucederá, ¿no es justo que se tenga
miedo?
— Quien se conquista a sí mismo es el mejor soldado. Hace lo que debe
hacerse con corazón sumiso.
— Maestro, ¿Cómo puedo saber si lo conseguiré?
— Escucha a través del color del cielo. Mira a través del sonido del ala al
batir. Busca el aire a través del perfume del hielo en un día caluroso. Si eres
capaz de encontrar estas cosas, lo sabrás.
— ¿ or qué caminas?
— Soy un eslabón.
— Sentirse eslabón a disgusto es un despilfarro. Sentirse eslabón a gusto es
también un despilfarro. ¿Qué razón hay entonces para gastar el tiempo volviendo
a tus raíces, si eres una cadena?
— Ninguna. Cuando anochece no veo nada ni oigo nada. Pero tengo miedo
de ella.
— ¿De qué?
— De la muerte.
— De lo que no tiene vida no se puede tener miedo, porque sólo puede
sentirse miedo de lo que se yergue o de lo que se abate. No puede ser bueno
medrar a costa de otro.
— ¿Qué significa eso?
— aestro, ¿cómo puede encontrar uno mismo su fuerza interior?
— Siendo uno con cuanto se encuentra fuera de él.
— Sin embargo, a veces hay fuerzas contrarias.
— ¿Cuando se mezcla el fuego con el hielo, ¿quién perdura?
— El hielo.
— Sin embargo desaparece. ¿No desaparece el hielo al convertirse en agua?
— Entonces, ¿el fuego?
— Predomina lo que se niega a conocer el poder de lo otro. Si existe el
miedo, ¿no existe también el peligro? Pero si no existe el miedo, ¿no desaparece
el peligro? Si el tigre y el hombre son dos, el hombre puede morir. Pero cuando
el tigre y el hombre son uno no existe miedo, no existe peligro. ¿Cómo las
criaturas, siendo una con la naturaleza, se atacarían a sí mismas?
— racias, maestro, por liberarme de mis enemigos.
— No lo he hecho por ti, sino por mí mismo.
— Pero yo era el joven bárbaro al que querían golpear.
— Cuando era un muchacho caí en un hoyo en el campo. Me había roto los
huesos y no podía salir. Hubiera muerto allí. Pero pasó un extranjero y me salvó.
Dijo que era su obligación. Que en pago de la ayuda que había recibido, debía
devolverla a otros diez; cada uno de los cuales debería, a su vez, ayudar a otros
diez, de tal modo que el bien se desparramaría por el mundo como los granos de
un recipiente que se rompe.
Yo era uno de aquellos diez y tú eres uno de los míos. Ahora, yo te traspaso
a ti esta obligación.
— os buenos carreteros no tiran del carro. Los buenos luchadores no dan
muestra de ira. El contrincante más difícil es quien vence antes de iniciar la
batalla.
— Pero, maestro, ¿No es una contradicción? ¿Entrenar nuestro cuerpo con
tanta dureza para evitar la lucha?
— Este es el poder del no-enfrentamiento, la forma de cómo el débil vence
al fuerte.
— as manos son los ojos y la lengua del tacto. A través de ellos, un
hombre puede salir de sí mismo y ver los sentimientos de otro o decir los suyos.
— Maestro, ¿No es lamentable que las manos de un hombre puedan causar
dolor al igual que acarician?
— El dolor y el placer son como dos campanas colocadas una frente a otra y
el sonido de una de ellas resuena en la otra.
— ¿Son, entonces semejantes el dolor y el placer?
— ¿Lo son los ojos y la lengua? Vemos la mariposa y una llaga
repugnante... Y es la misma lengua que ríe la que también grita...
—¿ ué intentas ver más allá del mar?
— Aquella parte de mi ser que apenas conozco; el pasado del cual procedo.
— Algún día deberás buscarlo.
— ¿Es conveniente conocer el pasado, maestro? ¿No nos roba el presente?
— Si un hombre vive en el pasado, entonces pierde el presente. Pero el que
ignora el pasado puede perder el futuro. Las semillas de nuestro destino son
alimentadas por las raíces de nuestro pasado.
— os ladrones se llevaron todo cuanto teníamos de valor, maestro: nuestro
dinero, nuestra carreta, nuestros vestidos,...
— Excepto lo que es irreemplazable: vuestras vidas. ¿Por qué abandonasteis
el camino principal?
— Somos unos locos. Nos fiamos de un extraño: un anciano bondadoso y de
modales educados...
— Traedles unos vestidos... ¿Qué lección aprendisteis de este hecho?
— Esperar lo inesperado. Somos responsables por confiar en el anciano...
— No castigamos la confianza. Si, mientras se construye la casa, un
carpintero golpea un clavo y este se tuerce, ¿debe el carpintero dejar de tener
confianza y abandonar su trabajo?
— ¿Tenemos, entonces, necesidad de confiar a pesar de lo que a menudo se
nos ha dicho sobre la existencia del diablo?
— Lucha contra el diablo con la virtud y afirma el bien en el hombre con la
confianza. De este modo estaremos preparados ante el diablo y fomentaremos el
bien.
— ¿Es el bien la recompensa por tener confianza?
— Al luchar por un ideal no buscamos recompensas. Sin embargo, la
confianza lleva consigo, a veces, una gran recompensa...
— ¿Qué es lo superior al bien?
— El amor.
(Ante la contemplación de una mujer bailando)
— uerido discípulo, ¿qué sientes?
— Nada.
— ¿Cómo te sientes?
— A disgusto, maestro.
— La mente, el cuerpo y el alma son uno. Cuando el cuerpo expresa los
deseos de la mente y del alma, entonces está en armonía con la naturaleza, el acto
es puro y no existe deshonra en él.
— ¿Y qué es el amor?
— El amor es armonía, incluso en el desacuerdo.
— n la charca existen algunas flores de loto que emergen del agua y,
aunque sus raíces las alimentan, son insensibles a ello. Otras únicamente han
alcanzado el nivel del agua y las hay que se encuentran aún bajo el agua.
— ¿Tendré en cuenta para medir estas diferencias que puedo gozar de ellas
de modo diferente, según su crecimiento?
— Examina la flor ¿No es la flor, en todos los casos, una flor?
— ¿Sucede igual con mis semejantes?
— Siempre que puedas, sin traicionarte, mantén buenas relaciones con
todos.
— Pero la flor que está bajo el agua no conoce la luz del sol. A algunos
hombres les resulta difícil comprenderme si no me conocen.
— Acepta los modos de los demás, pero respeta antes el tuyo.
— as tijeras cortan el papel. El papel cubre la roca. La roca rompe las
tijeras...
— ¿No son una pérdida de tiempo los juegos infantiles, maestro?
— En sus juegos, los niños aprenden a veces más que en los libros. Mira
más allá del juego, tal como observas a través del agua para ver lo que en ella
sucede.
— Cada uno, por turno, conquista al otro. No hay uno más fuerte o más
débil.
— Esta es la armonía de la naturaleza y no una pérdida de tiempo.
— Lo recordaré, así como a quien me enseñó.
— Tengo tres tesoros que conservo y entrego: el primero, el agradecimiento,
porque de él procede el valor. El segundo, la frugalidad, de la que procede la
generosidad con los otros. El tercero es la humildad, porque de ella procede el
liderazgo.
— Extraños tesoros. ¿Cómo podré conservarlos y guardarlos? ¿Con la
memoria?
— No, no en la memoria, sino en tus actos.
— aestro, ¿Cómo puedo recorrer un camino pacífico, cuando el mundo
rara vez lo es?
— La paz no se encuentra en el mundo, sino en el hombre que recorre el
camino.
— Pero en mi camino puedo encontrar hombres no pacíficos...
— Entonces, busca otro camino.
— ¿Y si cada vez aparecen quienes desean ser violentos y no quieren la paz?
— Para alcanzar la perfección, un hombre debe desarrollar tanto la piedad
como la sabiduría.
— Pero, maestro, ¿cómo no luchar con un hombre que quiere luchar
conmigo?
— En un corazón que es uno con la naturaleza, aunque el cuerpo luche, no
hay violencia. Pero en un corazón que no es uno con la naturaleza, aunque el
cuerpo esté inmóvil, existe ya violencia. Sé en todas partes como la proa de una
barca: yende el agua; sin embargo, la deja en su estela intacta.
— aestro, ¿He de vivir siempre en la soledad?
— ¿La sientes acaso?
— No. No me asusta la soledad, pero no comprendo por qué no me urgen
los deseos que sienten otros hombres.
— ¿Recuerdas el primer día que llegaste aquí? Permanecías bajo la lluvia,
no jugabas con los otros discípulos.
— Mis padres había muerto. Estaba solo.
— ¿Por eso tardaste tanto en reunirte con nosotros?
— Sí. Por eso.
— También nosotros estábamos solos.
— Pero vivían aquí, juntos.
— El hombre, como los animales, está hecho para vivir con otros de su
especie. Pero el significado que tiene vivir en grupo se encuentra a través de la
soledad.
— ¿Por eso es por lo que me aceptaron y me enseñaron?
— Te hemos enseñado a ser hombre porque ya poseías el conocimiento.
— aestro, se nos ha enseñado que el don más importante de nuestra
naturaleza es poder llegar a los demás.
— Decir y escuchar, enseñar lo que conocemos con certeza a quienes no lo
conocen. Enviar pensamientos de paz a través del puente de las palabras.
— Yo hablaré sólo cuando me hablen.
— Tiende tus manos a todos. Por eso, ten cuidado con lo que te permites
coger. Vete ya y conserva sobre todo la pureza de tu visión...
— He fracasado en mi misión, maestro. Me han engañado.
— l mundo en que vives es solamente agua y peces. Hay doce peces, doce
mundos.
— Sólo hay un mundo.
— Muchos: el que tú ves, el que veo yo... el de cada uno. El mundo en que
vives es misterioso, excitante, desconocido. El mío es viejo, familiar y tranquilo.
Nunca conocerás mi mundo, ni yo el tuyo.
— ¿Nunca?
— ¿Puedes ver con mis ojos? ¿Pensar con mi cerebro?
— Pero, maestro, usted es uno con la naturaleza, igual que yo.
— Somos uno en verdad, pero no somos idénticos. Cuantos seres vivos
existen poseen mundos diferentes. No te consideres el centro del universo: sabio,
recto y bello. Busca, en cambio, la sabiduría, la rectitud y la belleza para
honrarlas en todo lugar.
— ¿ ónde se encuentra el mal? ¿En la rata cuyo instinto es robar el grano,
o en el gato cuyo instinto es matar a la rata?
— La rata roba. Para ella el gato es el mal.
— Para el gato es la rata.
— Pero, maestro, uno de los dos tiene que serlo.
— La rata no roba. El gato no mata. La lluvia cae. El torrente se despeña. La
colina está inmóvil. Cada uno actúa conforme a su naturaleza.
— ¿No existe el mal entre los hombres? Cada uno habla de sí mismo como
si fuera bueno. Al menos para él.
— Una persona puede decir muchas cosas de ella misma. ¿Pero acaso el
universo del hombre es sólo él?
— Si un hombre me hace daño y yo le castigo quizás no vuelva a hacerlo a
ningún otro.
— Y ¿si no le castigas?
— Quizás piense que puede hacer lo quiera.
— Quizás. O quizás aprenderá que algunos reciben ofensas y devuelven
amistad.
— a telaraña está hecha con hilos de seda tan finos que un soplo la
destruye. Sin embargo, para la araña es un abrigo seguro.
— Para mí no es más que una telaraña.
— Cuando el viento sopla, la pluma baila en el remolino. Pero la pluma más
débil que el viento, no puede hacer otra cosa. ¿Es este el modo de los hombres?
— Los hay fuertes y los hay débiles.
— Efectivamente. ¿Qué es más fuerte, esta tabla o tu mano?
— La tabla.
— ¡Golpéala usando tu brazo como arma!... Aun siendo más fuerte, la tabla
se quiebra.
— ¿Puede lo más débil ser lo más fuerte?
— Considera el camino de la vida como una corriente. un hombre se deja
flotar y no le cuesta avanzar. El mismo hombre, si intenta ir contra la corriente se
agota. Ser uno con el universo significa encontrar el camino auténtico de cada
uno y seguirle.
— aestro, el mudo no es como nosotros y sin embargo permanece.
— El río busca su propio nivel. No disputa con la roca. Fluye rodeándola. Y
la roca se convierte en un refugio en el río.
— Pero aquí le comprenden. ¿Qué le ocurriría fuera?
— ¿Existe algo fuera? ¿Quién comprende a un mudo mejor que un pájaro o
un niño? Aunque la naturaleza oscureció su mente, dejó en silencio su lengua y
torció su cuerpo, le dio una magia a sus manos. Esto lo saben las criaturas. ¿No
es un regalo más precioso que la fama o la belleza o la riqueza de un rey?
— Ayer. Llegó la noche cuando estaba en el camino del bosque, maestro.
Me dieron miedo la oscuridad y también las sombras que me seguían.
— No es extraño que los niños tengan miedo de ellos mismos. ¿Dónde
estaban las sombras?
— Detrás de mí y me seguían a todas partes.
— Ah ¿sí? ¿Y de quién eran las sombras?
— De mí mismo. Pero me asusté.
— No existe cobardía si la persona está juiciosamente alerta. No existe
venganza si la persona se conoce a sí misma. El cobarde y el héroe caminan
juntos en el mismo hombre, pero todo hombre debe conocerse a sí mismo y estar
alerta para descubrir en cada momento el alcance de sus posibilidades y sus
limitaciones.
— n sacerdote de shaolín puede servirse de un arma pero sin dañarlo. Un
sacerdote de shaolín puede servirse de un árbol, pero sin serrarlo. Se servirá de
los dedos y las manos. Tendrá que golpear solamente con las manos sin emplear
herramientas. El ejercicio de las artes marciales tiene como fin el fortalecimiento
del espíritu, basándose en la autodefensa. Cuando seas atacado por más de una
persona, deberás forzar al enemigo a que realice el primer movimiento, dando
lugar de esta manera al comienzo de su derrota.
— an muerto. ¿Qué puedo hacer, maestro?
— Pídeme lo que quieras.
— Pero, maestro, ¿y después? No puedo ser siempre un niño.
— La montaña nevada nos parece bella, pero cuando se deshace la nieve,
surge el verdor de la hierba. Quien nada pierde, nada gana. Y quien nada ha
ganado, nada perderá. ¿Lo comprendes?... Sientes compasión por ti mismo...
— ¿Cómo sabe lo que siento?
— Tu respuesta es el enfado. No contra mí, sino contra tus padres por morir
y dejarte solo. No me hagas responsable de ello, porque en ese caso, yo también
me enfadaré.
— ¿Qué me importa lo suyo?
— ¿De verdad, discípulo?
— ¡Maestro!...
— aestro, este hombre ha robado una bandeja de plata, del altar... (El
maestro le entrega al ladrón la otra bandeja con la que hacía pareja)
(El discípulo tira una piedra a las tranquilas aguas del lago...)
—¿ acia dónde viaja tu piedra?
— Hacia el fondo. Su viaje termina allí.
— Todo viaje comienza y también termina.
— Pero, "hasta el fondo" es un viaje muy corto...
— ¿Acaso la piedra, al entrar en el agua, no ha comenzado un viaje?
— Parece tan inseguro...
— Igual que los viajes por la vida: empiezan y terminan. Pero hay otros
viajes más duraderos: un padre que tiene un hijo, quien a su vez se convertirá en
padre que dará vida a un hijo...
— ¿Quiere decir que ellos son "yo", y yo soy "ellos"?
— Primero busca donde empieza y termina tu propio viaje. Busca otros
viajeros que pasen cerca de tu camino. Puede que en esa búsqueda te encuentres
a ti mismo. Y si aprendes cuál es el refugio de los otros viajeros eso te habrá
ayudado a madurar.
— ¿ stás pescando en nuestro lago de lilas?
— No, maestro. Estoy viendo algo que me confunde.
— Ah ¿sí? ¿Qué es?
— El palo es recto y sin embargo en el agua parece doblarse.
— Eso no debe confundirte. Simplemente es algo que aun no comprendes.
— Entonces ¿Lo que veo no tiene importancia?
— ¿Acaso no sabes que todo aquello que ves está hecho de reflejos que son
enviados a tus ojos igual que una pelota que choca contra una pared?
— Sí. ¿Pero porqué parece que el palo se dobla?
— Es como si la misma pelota fuera arrojada contra dos muros diferentes: el
agua y el aire. La retina de tu ojo sufre engaño.
— Lo siento, maestro, pero sigo sin comprenderlo.
— Mira las cosas desde cerca. Quizá así las veas con mayor claridad. Quizá
así descubras otras cosas que desconoces. Pero lo importante es que encuentres la
forma en que los otros te vean a ti.
— ¿ odré luchar de esa forma tan perfecta?
— La lucha debe entenderse sólo para hacer que el cuerpo sea uno con la
mente. No debe ser un arma que empleemos contra los demás. ¿Qué has
encontrado?
— Una araña, maestro. Ha capturado una mosca. ¿Debo destrozar la cárcel
que la apresa?
— ¿Por qué?
— Para que no haga prisioneras a las criaturas que antes eran libres.
— Piensa con detenimiento. Si destruyes la tela de araña, la araña, que no
sabe hacer otra cosa, construirá otra.
— Sí, pero si no me está permitido matar a la araña...
— Piensa con más detenimiento aún. ¿No es también la araña prisionera de
su propia tela?
— ime: ¿Qué hace la sombra?
— El brazo en el reloj de sol.
— Y ¿qué me dices del sol?
— Sí, el sol... Ambos nos ayudan a medir el tiempo.
— Pero ¿Acaso este reloj no se interpone en el camino del sol y desafía su
luz?
— Maestro, no logro entender. Hay cosas que usted quiere enseñarme y son
una contradicción...
— Dispara la flecha... ¿Quien hace que llegue al blanco? ¿El arco o la
flecha? Lánzala y la flecha no tendrá más remedio que buscar el blanco. Pero sin
la flecha el arco es sólo una promesa vacía de vuelo.
— Sigo sin entenderlo.
— Cuando debas elegir entre un bien y otro o entre un mal y otro, recuerda
esto: si el hombre está contento buscando un ideal, debe seguir haciéndolo y vivir
su propia vida.
—¿ ué te inquieta? ¿Que ese niño era de tu misma edad?
— Habló de una maldición.
— Y ¿quién fue el que le maldijo?
— Su maestro, el hechicero, porque se había escapado.
— La mente que no discierne es como la raíz del árbol: absorbe por igual
todo cuanto toca, incluso el veneno que puede matar.
— Pero él no tomó veneno alguno y no estaba enfermo...
— Eso es cierto...
— Entonces, ¿por qué ha muerto? No lo comprendo.
— ¿Acaso el muchacho no creía que iba a morir?
— No quería creer en otra cosa.
— Por tanto, su vida no tenía más opción que abandonarle... Aprende de él.
— Maestro, he estado en el templo del hechicero... Le seguí, pensando en
aprender grandes secretos. Me escapé de allí.
— Antes de haber aprendido sus grandes secretos...
— Me maldijo como había hecho antes con el muchacho que murió. Ahora
puede que yo...
(Colocando una vela frente al espejo)
— ¿Qué es lo que ves en el espejo?
— La llama de la vela.
— ¿Causa la llama algún daño al espejo?
— No, maestro, tan solo la refleja.
— Sé tú como el espejo.
— ¿Cómo lo conseguiré?
— No permitas que el mal entre en ti. Refléjalo a su fuente de procedencia.
— Y así ¿estaré a salvo?
— Ve y duerme...
(El mono no podía sacar la mano de la vasija porque habiendo asido una manzana, y
no queriendo soltarla, le ataba su avaricia)
— ste mono es muy tonto. Los jardines están repletos de frutas y, sin
embargo, él eligió coger la que estaba en la vasija.
— Celebro que seas más sabio que el mono.
— Soy mucho más sabio, maestro.
— Confío en que lo sigas siendo y que sepas cuándo soltar todas aquellas
cosas que no te sirven, pero que te obligan a servirlas tú a ellas.
— aestro, estoy confundido.
— Ese es el principio de la sabiduría.
— Yo le he visto reír y le he visto llorar.
— Y tú, ¿no lo haces?
— Me han enseñado disciplina.
— El propósito de la disciplina es disfrutar más de la vida, no menos.
— Pero ¿cómo voy a saber si mis pesares son sólo un eco de mi compasión,
o mi risa el reflejo de mi propia felicidad?
— Los pájaros cantan en el bosque. ¿Qué crees tú que les incita a cantar?
Deja asomar tus lágrimas si en tu corazón anida la tristeza y deja que tu risa
florezca si lo deseas.
— stá escrito: "Sé arcilla del vaso, porque en la humildad radica el
verdadero valor". "Sé ventanas y puertas de la casa porque por sus aberturas entra
la luz”. “Sé eje de la rueda, porque ella es la que llevará al mundo de un lugar a
otro”. Por lo tanto, serás el epicentro del espacio y no serás nada. Y no siendo
nada se lo podrás dar todo a los demás.
— us pies pisan fuerte en el suelo. ¿Estás preocupado?
— Son mis pensamientos los que me están molestando. Estuve en el
mercado público. Allí los hombres discuten, pelean. No tienen paz.
— Y eso, ¿por qué te preocupa, si tu casa está aquí?
— Los hombres deberían tener paz.
— Está escrito sobre las estrellas: "Debajo del cielo todo el que dé belleza es
bello, sólo porque existe la fealdad. Todo el que dé bondad es bueno, sólo porque
existe la maldad". Por lo tanto, el tener y el no tener van unidos, lo difícil y lo
fácil se complementan, lo alto y lo bajo se refuerzan uno a otro, frente y detrás se
unen uno al otro.
— Pero maestro, ¿no queremos que todos los hombres conozcan nuestra
paz, juntos?
— ¿Podrías hacer de todo el mundo un templo? Sé como el sol: calienta con
tus rayos a todo el que puedas.
—¿ o es maravilloso poder tallar?
— Sí, maestro. Claro que lo es. Su reflejo es libre, sin embargo, está
contigo.
— ¿No lo estamos todos?
— Pero el templo no lo retiene. Basta con abrir la puerta.
— ¿Y seríamos libres para ir a cualquier parte, aún para ir al cielo?
— No, maestro. Somos cautivos de la tierra.
— Entonces, ¿por qué te hablo de libertad?
— Eso me intriga, maestro.
— ¿Acaso tu mente no es libre de seguir su propio curso y volar hacia el
cielo, o está atada como dentro de una prisión?
— Pero. Yo quiero ser libre. Libre del todo.
— No te ates a nada. Busca la armonía. Sólo así serás libre del todo.
— aestro, ese hombre sufre por falta de comida.
— ¿Acaso no dijo que había comido bien?
— No dijo la verdad. Tiene cara de hambre.
— ¿No puede ser mayor su dignidad que su deseo de saciar el hambre?
— Es pobre. Debe admitirlo. Lo ha hecho por orgullo.
— Tal vez el orgullo es la única corona que él puede ponerse. ¿No crees que
le ayudarías más ofreciéndole primero respeto y después comida?
— ¿ ncuentras algún misterio en el fuego?
— Pensaba en una joven que conocí en el mercado. Ella es muy bonita.
Buscó mi amistad y luego, al tenerla, ya no la quiso. Maestro, ¿porqué una mujer
no actúa directa y abiertamente como un hombre?
— ¿No es mejor que una mujer actúe como una mujer?
— Ella sólo busca confundir. La verdad no está con ella.
— Tal vez sucede que tú no logras percibirla.
— Yo no deseo percibirla.
— ¿Qué es lo que produce calor: el carbón o la llama?
— El carbón. El calor está dentro de él.
— ¿Qué pasa si el carbón no es tocado por la llama?
— No se siente el calor.
— ¿No serán hombre y mujer calor y llama?
— Si el carbón no puede tocar la llama, ¿podrá llegar a cumplir su destino?
— ¿ or qué tenemos leyes?
— Para poder vivir en armonía.
— La ley de la abstinencia busca fortalecer el espíritu y purificar nuestro
cuerpo. Un hombre puede morir por falta de alimento, pero naciones enteras han
caído por falta de espíritu... Disciplina. Disciplina es la cura... La fruta de este
árbol es deliciosa, pero para disciplinar nuestro cuerpo no la tocaremos, ni
siquiera yo.
— Entonces, ¿para qué nos la muestra, maestro? El seguir la abstinencia ya
es bastante difícil.
— Para estar seguro de que ustedes conocen y comprenden la ley y se
acuerden de respetarla.
(A escondidas, un discípulo ha arrancado una fruta del árbol, rompiendo, al parecer,
su voto de abstinencia)
— ¿Admirando la naturaleza?
— Sí, maestro. ¿Cuál es mi deber para con la ley?
— Debes ayudar a la ley a que sirva a la justicia.
— He visto faltar a la ley. ¿Sirvo a la justicia si dejo que eso quede sin
castigo?
— ¿Cuál es el propósito de la ley?
— La disciplina.
— Y ¿quién es servido por esa disciplina?
— Todos los que cumplen la ley.
— Al faltar a la ley de la disciplina ¿se niega la justicia sólo a sí mismo?
— ¿Es lo mismo con todas las leyes?
— Considera: si has faltado, ¿te niegas la justicia sólo a ti mismo?
(El discípulo está dando de comer a su pájaro con la ciruela que cortó del árbol.
Dialogan entre los dos discípulos)
— ¿Me viste coger la ciruela?
— Por dos veces.
— Y ¿No has dicho nada?
— No he dicho nada.
— Mi joven amigo ya es lo bastante fuerte para volar.
— Pero tú violaste la ley del maestro...
— Pensé que la fruta del árbol sería mejor para mi pequeño amigo. ¿Hice
mal en violar la ley?...
(Los dos discípulos ante su maestro)
— He quebrantado la ley, maestro, y pido perdón.
— Y yo también.
— ¿Por qué no viniste a decirme que tenías una paloma herida?
— Quebranté la ley, maestro y usted me dijo: "No la quebrantes".
— El daño te lo hiciste a ti mismo. Cuando observaste coger la ciruela,
¿creíste que era para él?
— Lo hice, maestro.
— Entonces el daño se lo hiciste a él.
— Y a usted, maestro, por no decírselo.
— (El maestro, con gran humildad) Y yo les hice un gran daño a ambos.
— ¿Por qué?
— mbos habéis demostrado vuestra maestría en esta disciplina de la
lucha.
— Maestro, ¿quién ha sido el vencedor?
— ¿Vencedor?
— ¿No debe ser uno quien sea el vencedor y otro el vencido?
— Cuando erais niños, ¿no os parasteis ante una fuente a ver las burbujas
del agua?
— Era algo hermoso de ver.
— En esencia es una victoria de los transparentes círculos del líquido sobre
el insustancial aire que está en reclusión. Pero las burbujas no se pueden coger.
¿Por qué es eso?
— Porque están vacías; no tienen sustancia.
— Y aún así pueden resultar victoriosas.
— Y ¿la derrota?
— ¿Acaso el verdadero valor no está tanto en saber ganar como perder?
— s una criatura horrible.
— Sin embargo, esta criatura puede parecerle bella a otras personas.
— Entonces ¿no existe un patrón para la belleza?
— La belleza es constante, como lo es la verdad. Y uno debe buscar cuál es
la verdad.
— ¿Cuál es la verdad del hombre, maestro?
— Se ha dicho que el hombre es tres cosas: lo que él cree que es, lo que
otros creen que es y lo que es. ¿Cuál de ellas crees que es la verdad?
— Lo que el hombre es. Pero si se equivoca respecto a sí mismo y los demás
se equivocan también, ¿quién dirá lo que en verdad es?
— ¿En qué momento puede un hombre considerarse hecho, mientras vive y
crece?
— Entonces ¿cambia?
— Lo mismo que el gusano: se transforma a sí mismo en una etérea y
hermosa criatura.
— aestro, los diablos quieren llevarme.
— Aquí no hay diablos. Puedes verlo. Fue un mal sueño...
— Maestro. ¿Por qué he tenido ese sueño?
— Todos tenemos sueños de diferentes tipos, bueno y malos. Algunos son
vanos, fútiles, basados en esperanzas infundadas. Hay sueños que alegran e
inspiran, basados en altas aspiraciones e ideales. También hay sueños falsos,
basados en las mentiras de uno mismo o de otros.
— ¿Qué fue lo mío?
— Creo que lo tuyo fue un catalizador del sueño entre la ficción y los
hechos reales. Y así salieron los demonios en tu sueño.
— Mi sueño ¿fue falso?
— Falso para ti. Por tanto, una pesadilla. Sin embargo, para el artista fue un
signo real y bueno porque en su fabricación realizó el ideal interior del perfecto
dragón.
— elea muy bien: es el más fuerte y seguramente es el mejor.
— Es el más fuerte y el más débil. Pronto será despedido.
— ¿Por qué, maestro?
— ¿Qué se gana si uno utiliza la fuerza con violencia y enojo?
— Una victoria rápida.
— Todo ser violento es débil porque la violencia carece de mente. ¿No es
más aconsejable buscar el amor de una persona que desear su rápida derrota? El
camino de la violencia no lleva a ningún fin...
— Se burlan de mí, maestro.
— Compadéceles. El dar felicidad honra a quien la da.
— Pero ellos se burlan de mí porque pretendo cuidarles.
— ¿Porque les cuidas?
— Sí.
— ¿Porque das comodidad a quien comodidad necesita?
— Dicen que no es de hombres.
— Hay una fuerza dentro de nosotros que rompe los obstáculos invisibles
con la mano. Eso proviene de un cuerpo que ha sido bien entrenado. Pero hay
otra fuerza que emana ternura y amor y da comodidad a aquel que la necesita.
Esa fuerza proviene del corazón. Tú has demostrado tener ambas fuerzas, por lo
que la naturaleza te ha dotado de los atributos de un verdadero hombre. Porque tú
sabes dar sin necesidad de recibir. Algo que no todos han aprendido.
— oven: observo un gesto de enojo en tu rostro.
— No me gusta ser un sirviente.
— ¿Te consideras inferior al servir a otro?
— ¿Cómo puedo contestar? Yo no sé lo que es ser servido.
— ¿No decían los antiguos que "rango y recompensa no tenían la atracción
para un hombre que fuera uno consigo mismo"?
— Pero usted, maestro, es servido y, por lo tanto, más grande.
— ¡Más pequeño! He recibido sin verdadero respeto lo que tú me has dado.
Ambos debemos aprender. Por favor, siéntate en mi lugar.
— No me parece correcto, maestro.
— Es mi deseo, maestro...
(El maestro está lavando los pantalones de su discípulo...)
— ue un placer lavarlos por ti.
— Estaban muy sucios por mi trabajo en el jardín.
— Sí, pero ya no.
— Le estoy muy agradecido.
— Y yo a ti por tenerme a tu servicio... Si uno sirve, es servido y, aunque se
le sirve, está sirviendo. Todos somos forros del mismo traje.
— No logro entenderlo. Me gusta que mi trabajo esté hecho y me
avergüenza no haberlo hecho yo mismo.
— Otra vez me estás enseñando.
— ¿Yo?
— Un verdadero hombre no se enriquece por su propio interés ni hace de la
pobreza una virtud: sigue su camino sin tener que depender de los demás. Sin
embargo, no muestra arrogancia si necesita de alguien. El hombre más grande es
nadie...
— ¿ e ves a ti mismo en el reflejo del agua?
— Sí, maestro. Y me avergüenza no poder ser más de lo que soy.
— El sabio dice: "Lo que se encoge ha sido estirado; lo que se frustra ha
sido fuerte; aquello que se cae estaba en alto". Antes de recibir, uno ha debido
dar.
— Fue el orgullo lo que no me dejó inclinarme ante usted.
— ¿Es fácil inclinarse y honrarse a uno mismo?
— ¿Acaso soy yo igual que usted?
— Lo eres.
— Pero usted es importante y yo no.
— ¿No somos igual de importantes y de no importantes?
— ¿Cómo es posible si usted es mi maestro?
— Yo soy viejo. Tú eres joven. Yo estoy arrugado. Tú terso. ¿Acaso eso
cambia la naturaleza que compartimos? Mira debajo de la superficie, en ti mismo
y en los demás, sólo lo que es real. Los unos nos juzgamos a los otros. En este
mundo imperfecto en el que vivimos la perfección es una ilusión y las normas
por las que pretendemos medirla son otras tantas ilusiones. La perfección se mide
por la edad, raza, color de la piel y color del pelo. Más por lo físico que por lo
mental. Pero todos somos iguales. Debes recordar siempre que los juicios más
duros están reservados para nosotros.
— ienes que aprender a controlar tanto los movimientos de tu cuerpo
como los de tu mente. Eso te dará felices momentos de gracia, belleza y
serenidad. Algunos lloran ante tanta belleza... ¿Lloras?
— Maestro, es todo tan hermoso... Lloro por mi buena suerte.
— ¿Tu buena suerte?
— Estuve parado junto a esa puerta con otros niños, esperando poder entrar
hasta esta paz. Sólo yo fui el elegido. ¿Qué hubiera pasado de no ser así?
— Pero lo fue.
— Sí, pero pudo no ser. ¿Dónde estaría yo, entonces?
— ¿Quién puede decirlo?
— ¿Qué me dice de los otros? ¿Dónde estarán ahora?
— Eso es desconocido para nosotros.
— ¿Qué pasa con los que jamás podrán entrar, los que jamás conocerán esta
paz?
— ¿Sientes pena por ellos?
— Sí.
— Por favor, acompáñame... Considera un campo de semillas de lirios. El
viento que lleva las semillas no tiene favoritos. Las semillas caen donde pueden,
de acuerdo con la suerte del viento y del tiempo. Aquellas que caigan en tierra
fértil serán protegidas y cuidadas. Crecerán fuertes y florecerán. Las que caigan
en tierra árida morirán. Algunas se aferrarán a la vida, aún en tierra árida, entre
las piedras o en lugares profundos. Y, así, el viajero, sin sospecharlo, llega ante
un hermoso espectáculo, un simple lirio creciendo entre las rocas. El viajero que
pasa, echará agua al lirio al pasar, agradecido a su fuerza y belleza y a su
tenacidad por vivir. Y creciendo entre las rocas como lo hace, ¿no es acaso en
esencia un lirio? ¿Y no es, acaso, tan bello como estos?
— i compañero no quiere hablarme, maestro.
— ¿Por qué supones que no quiere hablar contigo?
— Por el concurso de lucha que tuvimos ayer. Yo le vencí.
— ¿Y crees que con eso has perdido algo?
— Así es.
— ¿Podrías prescindir de tus votos?
— ¿Acaso los votos no son eternos?
— Lo son. Pero ¿cómo podrías llegar a controlar el afecto de una amistad
cuando en él debe haber el consentimiento de dos personas? Por eso, es bueno
considerar con calma las cosas, antes de entregarse a un ideal, a una causa, a una
amistad, porque el cauce que nos lleva a esas tres cosas no tiene regreso...
— Sigue enojado y eso me preocupa. Yo no sé cómo contestar a su enojo.
— Contéstale con amor. Uno no siempre puede mantener una amistad
cuando el amigo cree que se le ha hecho un daño.
— Pero yo no le hice ningún daño... Él se equivoca.
— Cada hombre tiene el derecho de escoger a sus enemigos y a sus amigos.
Puede que los escoja mal, pero la decisión es sólo suya y tendrá que vivir con las
consecuencias y también con sus enemigos y sus amigos.
— ¿ or qué has roto las reglas y traicionado la fe que puse en ti, como
discípulo de este templo?
— Sólo he quebrantado un voto.
— Veo que la pasión que anida en todo hombre se ha apoderado de ti y te ha
llevado a la desobediencia.
— Maestro, he luchado contra esa pasión. He luchado entre mi deseo de ser
un monje shaolín y mi deseo por esa mujer.
— He observado tu tormento y esperado que recurrieras a nosotros.
— Tal vez temo que ustedes me presten una fuerza que no me pertenece. Tal
vez no deseo ser ayudado...
— El Yin y el Yang son fuerzas opuestas, pero pueden existir juntas en la
armonía de un perfecto círculo.
— Yo no puedo encontrar esa armonía, maestro.
— Por no haberlo podido hacer, abandonarás el templo para siempre...
— al vez desees contarme tu sueño.
— Maestro, había un animal, una bestia, una bestia muy extraña.
— ¿Tenía más de una cabeza?
— No, maestro.
— ¿Patas en exceso?
— No.
— Dijiste que era extraño...
— Sus hombros eran como montículos. Su cabeza no se levantaba sobre
ellos y era igual que un buey y, sin embargo, no era un buey.
— ¿Tenía un gran tamaño?
— No, maestro. No era más alto que mi barbilla, y muy gentil. Yo diría que
era muy joven y estaba asustado por algo.
— ¿Y tú estabas asustado por él?
— Sí. Este no era como otros sueños que he tenido. Incluso ahora me siento
como si yo hubiera estado ya allí.
— Tal vez estuvieras, o tal vez estarás...
— Pero, yo sé que era un sueño.
— ¿Tú crees? ¿Acaso he estado yo a tu lado y ahora me voy para dejarme
arrastrar de nuevo por el sueño? O ¿acaso ha sido un sueño también?
— La bestia del sueño intentó una y otra vez hablarme, pero no podía...
Luego, se dio la vuelta y desapareció.
— ¿Desapareció, simplemente?
— No. Pasó por una puerta roja.
— ¿Es tu deseo entrar por esta puerta roja?
— Sí. Creo que así comprenderé lo que la bestia quería decirme.
— Veamos: yo te seguiré...
— No es más que una cámara vacía. ¿No tiene ningún propósito?
— Vamos a llamarla "cámara de la respuesta". Dime lo que ves.
— Sólo la puerta roja.
— ¿Se halla ante ti?
— Sí.
— Entonces ahí es donde debe estar esperando tu respuesta: detrás de la
puerta roja.
— Pero yo estoy detrás de ella...
— Ah, ¿sí?...
— aestro, una vez me dijiste que mi presente estaba arraigado en mi
pasado.
— Y a través de esas raíces extraemos nuestros alimentos y nuestras fuerzas.
— Entonces, ¿las raíces forman parte también del futuro?
— Desarraigado, ¿puede el árbol florecer y llevar frutos?
— Sin el fruto ¿qué puede llevar la semilla de la futura generación y de este
modo cumplimentar el ordenado ciclo de la eternidad?
— Entonces, mi futuro está arraigado en mi pasado... ¿Cómo podré
encontrar mi sitio?
— El tiempo y tu Tao te lo dirán...
— Eso creemos. Entonces ¿deberíamos renunciar de este hermano, como
hermano nuestro?
— Maestro, ¿dónde se haya la hermandad?
— Tu pregunta es muy digna de ser formulada, muy digna de ser tomada en
consideración...
— Maestro, nuestro hermano está listo para partir.
— Dile que pase... ¿No te dejarás disuadir?
— Nunca. No desperdiciaré ni un día más entre estos muros.
— ¿Desperdiciar?
— El pueblo vive como esclavo. Se muere de hambre y, aún así, los
mandarines exigen tributo.
— Nosotros oramos, meditamos, hacemos...
— ¡No hacemos nada! ¿Cómo puedes estar ciego ante la miseria que te
rodea?
— Yo la veo.
— Y no haces nada.
— ¿Qué harás tú?
— Todo. Asumiré la causa del pueblo. Lo conduciré, hablaré por él. Lucharé
por él.
— Una tarea impresionante. Te tendremos en nuestro pensamiento.
— Todo está dicho.
— Te deseamos vida...
— Le habían enseñado a ser uno con el Tao, a fluir. Ahora él va
contracorriente.
— Él cree que es la voluntad del destino.
— Y, ¿podría ser así?
— ¿Se le puede pedir a un hombre que sea más que un hombre?...
(Después de un tiempo vuelve el discípulo de sus correrías, herido por los enemigos)
— Bañadle, curad sus heridas. Llamad al maestro enfermero...
— Fue atacado por los soldados.
— Sí. La noticia llegó mientras comíamos. Había encabezado una revuelta
en una aldea del norte. Ahora la aldea ha sido destruida y tu hermano está
condenado a muerte.
— ¿Y estará a salvo aquí?
— Sí, pero ¿estará contento entre nosotros?...
— Sus heridas se curan, maestro, pero su rabia no. Habla contra ti, maestro.
— Lo sé. Lo ha hecho en mi propia cara.
— He perdido todo respeto por él.
— Dice el sabio: "El corazón de un hombre cabal no está encerrado en sí
mismo, sino abierto a los corazones de otros".
— Mi hermano no acepta tu bondad y, al mismo tiempo te desafía...
— ¿Le harías tú ocultar su desafío?
— Esta virtud especial que encuentras en mi hermano, ¿no es muy limitada?
— A pesar de todo está ahí y es nuestra obligación reconocerla.
— ¿ res tú, discípulo?
— Yo soy, maestro.
— Vuelves una vez más con nosotros. Vivo, incólume, pero llevas los
andrajos de un pordiosero...
— No pude encontrar una prenda más baja...
— ¿Has abandonado tu causa?
— Era falsa.
— Buscabas aliviar las cargas del pueblo.
— Mi preocupación sólo les acarreó mayores sufrimientos. ¡Fracasé! porque
en su nombre, proclamado en voz alta, sólo buscaba mi propia gloria.
— Se ha dicho: "Sé profundamente humilde y te aferrarás a los cimientos de
la paz. Sé uno solo con todas las cosas vivientes que tras haber surgido y
florecido regresan a la quietud de donde habían venido". Permanecerás aquí.
— ¿Me lo permitiréis?
— Nuestros corazones están abiertos.
— Suplico tu perdón, maestro.
— Tienes mi amor.
— ¿Y el perdón?
— Si lo encuentras, deberá proceder de aquel que te condenó. Yo espero que
él será generoso, sin duda. Ha habido bastante destrucción...
— amos a renovar las palabras del sabio. "El hombre en su mejor
momento...
— … es como el agua:...
— ... sirve a medida que avanza;...
— ... es como el agua:...
— ... busca su propio nivel,...
— ... el nivel común de la vida...
— ... Lo que él debe hacer hará...
— ... pero no por la gloria...
— ... Lo que él debe hacer hará...
— ... pero no por su apariencia...
— ... Lo que él debe hacer hará...
— ... pero no para sí mismo".
— "Un hombre es cabal no progresando él mismo...
— Él se transforma eternamente en sí mismo".
— Sí... (le entrega al discípulo una vela para que la coloque en el altar).
— s uno de nosotros otra vez, maestro.
— Y con sí mismo. Cada hombre tiene su Sí y su No. De momento en
momento. Siempre.
— se hombre es un mendigo como los demás. Puedo ver que tiene una
gran necesidad de alimentos, pero él no come.
— Busca satisfacer un apetito más fuerte.
— Él aprecia lo que carece de valor.
— Para ti o para mí, tal vez. No carece de valor para él.
— ¿Fragmentos y pedazos de porcelana que no pueden volver a unirse?
— No comprender el propósito de un hombre no le convierte en confuso...
— ¿Te has despedido de tu amigo?
— Lo mejor que puede, maestro.
— La muerte no ha tenido ninguna victoria.
— Pero mi amigo se ha ido.
— ¿Acaso no está aún aquí, en su obra de porcelana, esfuerzo sobre
esfuerzo, pieza sobre pieza, belleza sobre belleza? ¿Sólo nos queda su obra, o nos
queda el hombre en su obra?
— ebes prepararte para lo que te aguarda en tu camino elegido como
sacerdote. La naturaleza del viento, del fuego y del hielo. La fragilidad de la
condición humana en el hambre, en la sed y en la fatiga. Los instintos
depredadores de las cosas vivientes: la codicia y la vanalidad enterradas en el
corazón de los hombres. Debes estar preparado para sobrevivir a todo eso.
Estos agraciados movimientos que ahora efectúas, junto con los rigores de
todas aquellas disciplinas que tus maestros te imponen, te ayudarán a desarrollar
la fuerza interior, aquella que llamamos "chi". Y, cuando llegues a enfrentarte
con tus más grandes pruebas, tus retos más altos, cuando recurras a tu "chi", ella
no te abandonará.
Se dice con frecuencia que para ser efectivo uno debe actuar con rotundidad
y gran fuerza. Pero ¿qué se puede ganar con semejante trayectoria? Si el fin en el
que uno está embarcado es una acción honrada, fluirá a la manera del Tao. Hay
fuerzas en movimiento a las que nada podemos añadir. Nada podemos sustraer.
Si nuestra senda es la correcta sólo podemos seguir una trayectoria. La acción
correcta es la de no hacer nada y todo quedará hecho.
— ¿ xisten tales cosas?
— ¿Existen las guerras, la carestía, la enfermedad y la muerte? ¿Existen la
lujuria, la codicia y el odio?
— Existen. Pero ¿cómo? ¿De dónde vienen?
— Son creaciones del hombre materializadas por el lado oscuro de su
naturaleza.
— aestro: mientras recorro estos caminos, ¿no hay ninguno donde pueda
pedir ayuda cuando la necesite?
— Ninguno.
— ¿No sería útil?
— Para aquellos que nos destruirían... En el pasado, cuando confiábamos en
nuestros grandes maestros como guías,
— Como ola sobre este océano, como simple flor en un campo de flores.
¿Qué pedirá la gente?
— Que la guíes contra sus enemigos: los déspotas, los tiranos, la maldad, las
iniquidades, la ignorancia, la persecución, la superstición, el deshonor,...
— ¿Qué se esperará de mí cuando abandone el templo?
— Que camines por los caminos de la tierra y utilices lo que has aprendido
en beneficio del pueblo.
— ¿Sabré siempre cuándo actuar y cuándo retirarme?
— Aquello que no conozcas, la práctica te lo enseñará rápidamente.
— ien, maestro...
— Cuéntame.
— Cuerpo y alma trabajando al unísono, como si fueran uno solo...
— Y son uno.
— Es como si la unidad realizada se hubiera considerado a sí misma
innecesaria.
— ¿Y todos esos años de rigor y de disciplina?
— ¿Qué otra cosa podría buscar un hombre, excepto esa unidad?
— Tal y como el campesino sabio vuelve a meter en la tierra, al menos tanto
como ha sacado de ella, así pronto tú has de devolver a los demás lo que has
cogido para ti mismo.
— Estoy preparado.
— ¿Estás preparado? ¿Estás seguro?
— as pasado por aquí muchas veces, pero nunca te habías detenido. ¿Qué
es lo que te ha llamado la atención?
— El tapiz, maestro.
— Ah, un tesoro de gran antigüedad y belleza.
— ¿Belleza, una imagen tan siniestra?
— ¿Acaso te asusta?
— Me inquieta. La figura del centro, ¿tiene algún nombre?
— "El demonio". ¿Por qué te inquieta?
— Lo he visto antes, en alguna parte.
— ¿Dónde?
— No puedo decirlo.
— Pudo haber sido en tu mente.
— Tal vez fuera así.
— Es probable. Todos tropezamos con un demonio cuando nuestra
conciencia está intranquila. ¿Qué te atormenta?
— Mis pensamientos parecen advertirme de un encuentro con este demonio.
Es como si quedara algo pendiente entre nosotros.
— ¿Sabes qué, por qué?
— No puedo recordarlo.
— ¿No puedes, o acaso es que prefieres no recordarlo?
— Maestro, me doy cuenta de que el tapiz no puede hablar, pero le hablo y
él no me contesta.
— Entonces, ¿a quién te diriges? ¿A ti mismo?
— Sí.
— ¿Y eres capaz de contestar a la pregunta que el tapiz no puede
contestarte?
— No, maestro.
— ¿No será porque, al igual que el tapiz, nosotros también estamos mudos
mientras nos inmovilicen las hebras del miedo, expresamente tejidas?
— ¿Qué debo hacer, maestro?
— Eso lo sabrás una vez que hayas identificado a tu demonio y te hayas
enfrentado a él. Sólo entonces estarás cara a cara con el objeto de tu miedo,
aquello a lo que le has dado la forma de este demonio.
— Tengo miedo, maestro.
— ¿Por qué?
— Podría perder el rumbo dentro de este extraño mundo y no volver a
emerger nunca de él.
— Es un riesgo.
— ¿Debo correr ese riesgo?
— Es la única forma de enfrentarte a tu demonio.
— Yo no deseo enfrentarme a él.
— Huir de tu demonio es obligarle a él a perseguirte. Es mejor que te
anticipes y le veas en su mundo que retirarte y dejarle entrar en el tuyo. Ante ti se
halla la puerta que conduce a otra realidad. Debes cruzar su umbral, debes entrar
en ese mundo, ver a tu demonio donde quiera que estuvieras en el pasado cuando
tú lo creaste, por muy joven que fueras en aquel momento…
— ... He entrado.
— ¿Ves ahora a tu demonio?
— Empiezo a verlo.
— ¿Qué aspecto tiene? ¿Es tal y como lo retrata el tapiz?
— Muy parecido, pero más presente, más real.
— ¿Qué más ves?
— Nada. Sin embargo, oigo cosas.
— ¿Cosas?
— Sonidos, voces, creo...
— ¿Aún atormentado?
— A veces, maestro, parece como si se levantara un muro entre los demás y
yo. Un muro a través del cual puedo ver, pero no tocar.
— Y, ¿sientes que el fallo está dentro de ti mismo?
— No sé dónde está el fallo, pero me siento muy mal.
— En tu conversación con esos otros, ¿queda más sin decir de lo que se
dice?
— Así es.
— ¿Quién puede conocerse a sí mismo tan bien como para decirlo todo y
oírlo todo? Dice el sabio: "Moldea la arcilla en una vasija, corta puertas y
ventanas para una habitación, pero son sus espacios interiores los que la hacen
útil". Por lo tanto, debemos escuchar los espacios entre nosotros y debemos oír
los silencios.
— Maestro, ¿cómo podemos encontrar nuestro camino cuando todos los
senderos parecen oscuros?
— El verdadero camino pasa por la oscuridad y por las sombras y ninguna
de estas es causa de desesperación. El sabio ha dicho: "Los cinco colores ciegan
la vista. Los cinco tonos ensordecen el oído. Los cinco sabores embotan el
gusto". Por consiguiente, el hombre sabio se guía por lo que siente, no por lo que
ve. Cuando nuestros sentidos están confundidos y dominados, nuestros más
profundos sentimientos pueden, no obstante, mantenernos en el camino.
— Maestro, he observado a otros y parecen conocer el camino.
— ¿Lo conoces tú?
— Me siento perplejo e inseguro. Me muevo en un sentido y luego en otro
sin ninguna meta.
— Y, por consiguiente, sufres...
— Sí, maestro.
— Ha dicho el sabio: "Otros están contentados. Yo, solo, voy a la deriva sin
saber dónde estoy. Estoy solo, sin ningún lugar a donde ir. Soy diferente. Me
alimenta la gran madre"...
— Maestro, ¿podemos continuar hablando de las fuerzas del destino?
— Habla.
— Cuando estamos delante de dos caminos, ¿cómo podemos saber si será el
camino de la derecha o de la izquierda el que nos conduzca a nuestro destino.
— Has hablado del azar, como si tal cosa existiera con certeza. En la materia
de la que hablas, el destino, no existe nada llamado azar, porque sea cual sea el
camino que elijamos, el de la derecha o el de la izquierda, debe conducir a un fin
y ese fin es nuestro destino.