Estado Liberal en el Reinado de Isabel II
Estado Liberal en el Reinado de Isabel II
Índice
1. Introducción. ................................................................................................................. 2
2. Contexto internacional .................................................................................................. 2
3. La Primera Guerra Carlista (1833 – 1840) ................................................................... 3
3.1. Los apoyos sociales de la causa carlista ................................................................ 3
3.2. Los apoyos sociales de la causa isabelina ............................................................. 4
3.3. El desarrollo de la guerra carlista .......................................................................... 4
3.4. Otras intentonas carlistas ....................................................................................... 5
4. Durante la Guerra Carlista: la regencia de María Cristina de Borbón (1833 – 1840) .. 6
4.1. El gobierno de Cea Bermúdez (1832 – 1834) ....................................................... 6
4.2. El gobierno de Martínez de la Rosa (1834 – 1835) ............................................... 7
4.3. El gobierno de Juan Álvarez de Mendizábal (1835 – 1836) ................................. 7
4.4. Los gobiernos liberales progresistas (1836 – 1837) .............................................. 8
4.4.1. La desamortización de Mendizábal (1836 – 1837) ........................................ 9
4.5. Los gobiernos liberales moderados (1837 – 1840).............................................. 11
5. La regencia de Espartero (1840-1843) ....................................................................... 12
6. Los partidos políticos isabelinos................................................................................. 12
7. El reinado de Isabel II: la década moderada (1844 – 1854) ....................................... 15
7.1. La Constitución de 1845 ...................................................................................... 15
7.2. La política de la Década Moderada ..................................................................... 16
7.3. El Concordato con la Santa Sede......................................................................... 17
7.4. La crisis del gobierno moderado ......................................................................... 17
8. El reinado de Isabel II: el bienio progresista (1854 – 1856) ...................................... 18
8.1. La constitución de 1856 «non nata» .................................................................... 19
8.2. Otras medidas económicas del bienio progresista ............................................... 19
8.3. Los problemas sociales y la crisis del bienio progresista .................................... 20
9. El reinado de Isabel II: La descomposición del sistema isabelino (1856 – 1868)...... 21
9.1. El Bienio Moderado (1856 – 1858) ..................................................................... 21
9.2. Los gobiernos unionistas (1858 – 1863).............................................................. 22
9.3. Los gobiernos moderados (1863-1868) ............................................................... 23
9.3.1. Los prolegómenos de la «Revolución Gloriosa».......................................... 23
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1. Introducción.
La muerte de Fernando VII en 1833 sumió a España en un periodo de inestabilidad
política que tardó años en resolverse. Su hija y heredera, Isabel II, tenía sólo tres años,
por lo que fue su madre, María Cristina de Borbón, quien asumió las funciones de la
Corona en forma de regencia hasta que Isabel alcanzara la mayoría de edad.
Paralelamente, el hermano del rey, Carlos María Isidro, protagonizó un levantamiento
con el que rechazaba la legitimidad del trono de Isabel II y se reivindicaba a sí mismo
como Carlos V.
La regente María Cristina de Borbón se inclinó por los liberales moderados como
principal apoyo político en su lucha contra el carlismo. En este momento se inició la
construcción del Estado Liberal. Durante este proceso, la división de los liberales entre
progresistas y moderados propició nuevos enfrentamientos y pronunciamientos
militares durante todo el reinado de Isabel II. Además, el favoritismo de la reina por los
moderados no ayudó a erradicar esta situación.
El descrédito de la monarquía precipitó la «Revolución Gloriosa» de 1868 y el inicio del
Sexenio Democrático, un proceso histórico que analizaremos con detalle en el siguiente
tema.
Durante todo el reinado de Isabel II y el Sexenio Revolucionario, la sociedad experimentó
un cambio radical. Se produjo la transición definitiva desde la sociedad estamental
propia del Antiguo Régimen hacia una sociedad de clases propia del liberalismo. La
riqueza pasó a ser el criterio de división social, y los sectores sociales más desfavorecidos
empezaron a entender que el liberalismo tampoco era la solución a sus precarias
condiciones materiales. En este contexto surgió el movimiento obrero con sus dos
vertientes principales: el socialismo y el anarquismo.
2. Contexto internacional
Con la restauración del absolutismo en el Congreso de Viena en 1815, en Europa se
desató una serie de oleadas revolucionarias liberales. La primera de ellas se produjo en
1820 y, precisamente, se inició con el pronunciamiento de Rafael del Riego que obligó
a Fernando VII a aceptar la Constitución de Cádiz. En los años sucesivos estos
movimientos revolucionarios fueron reprimidos hasta que, en 1830, estalló una nueva
oleada que devolvió el liberalismo a algunos países como Francia, con la instauración
de la monarquía liberal de Luis Felipe de Orleans. Sin embargo, muchos países e imperios
europeos aún se mantenían dentro de los límites del Antiguo Régimen, como Austria,
Rusia y Prusia.
En el plano económico, Gran Bretaña, monarquía parlamentaria desde el siglo XVII, se
estableció como la primera potencia económica del mundo gracias a la consolidación de
la Revolución Industrial. Este proceso se trasladó al resto de países europeos: es lo
2
conocemos con el nombre de industrialización. De este modo, el capitalismo fue
penetrando en toda Europa y, finalmente, en 1848 hubo una nueva oleada
revolucionaria, conocida como «La Primavera de los Pueblos», donde apareció un
nuevo sujeto histórico: el movimiento obrero. Ese mismo año, 1848, se publicó el
Manifiesto Comunista, escrito por Karl Marx y Friedrich Engels, un texto que sentó las
bases de la ideología socialista, un movimiento que, junto con el anarquismo, tuvo un
papel decisivo a lo largo de todo el siglo XIX y el siglo XX.
Además, en 1864, se fundó en Londres la Asociación Internacional de Trabajadores o
Primera Internacional, que agrupó a todos los sectores del movimiento obrero, y cuyo
objetivo era la organización de todo el proletariado mundial para poner fin al sistema
capitalista.
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capitales vascas, que resistían en manos isabelinas. Optaron por lo segundo, y en verano
de 1835 sitiaron Bilbao.
Tras meses de combates, en los que el general carlista Zumalacárregui fue herido de
muerte, los isabelinos, liderados por el general liberal Baldomero Espartero y con ayuda
británica desde el mar, lograron romper el cerco carlista sobre la capital vizcaína en
otoño de 1836.
Tras este primer fracaso se observa un cambio en la estrategia bélica carlista que dio
lugar a una segunda etapa en la guerra, entre 1836 y 1837. En ella, las operaciones
militares tomaron la forma de expediciones, con las que se trató de extender el
conflicto a zonas rurales castellanas y andaluzas, aunque con poco éxito porque los
levantamientos fueron efímeros y no se consolidaron nuevos núcleos carlistas. También
en esta fase, en 1837, se produjo la «expedición real» de Carlos María Isidro por
Aragón, Cataluña y hasta las puertas de Madrid, aunque no consiguió entrar en la capital
y tuvo que replegarse de nuevo al norte.
La tercera etapa de la guerra, entre 1837 y 1840, fue la recta final del conflicto. Este
periodo estuvo marcado por el fortalecimiento del ejército cristino, liderado por el
general Baldomero Espartero, que aprovechó las divisiones internas dentro del
carlismo fruto de la creciente desmoralización. La acumulación de reveses militares llevó
a que un sector del carlismo, los llamados «transaccionistas» y liderados por el general
Maroto, apostaran por buscar una salida negociada a la guerra. Frente a ellos, los
carlistas «intransigentes», encabezados por el general Cabrera, rechazaban cualquier
tipo de diálogo con los isabelinos y exigían continuar con la guerra hasta sus últimas
consecuencias.
Fue fruto de esta ruptura entre los carlistas que la guerra tuvo un final en dos tiempos.
En agosto de 1839 los generales Maroto —carlista transaccionista— y Espartero —
liberal al frente de las tropas isabelinas— firmaron el Convenio de Vergara (1839) en el
que se acordaba un final negociado para la guerra. En ese pacto los carlistas reconocían
como legítima reina a Isabel II, y a cambio obtenían el mantenimiento de los fueros
vascos y navarros y se les ofrecía la integración de los militares carlistas dentro del
Ejército regular. Pocos días después, en septiembre de 1839, Carlos María Isidro
cruzaba la frontera francesa. Con todo, los carlistas intransigentes liderados por
Cabrera rechazaron ese acuerdo y continuaron con los combates todavía durante
algunos meses en el Maestrazgo y el interior norte de Cataluña, hasta que en 1840
Cabrera se vio forzado a huir también a Francia.
3.4. Otras intentonas carlistas
La Primera Guerra Carlista fue la única en la que los carlistas tuvieron auténticas
posibilidades de dar la vuelta a la orientación liberal en la que había entrado el país para
devolverlo al sistema absolutista. Sin embargo, a lo largo del tema veremos otras
5
intentonas carlistas que intentaron subvertir el orden liberal a través de un conflicto
dinástico siempre abierto…
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diseñó una política fiscal con la que atajar el problema de deuda pública, cuya medida
clave fue la puesta en marcha de la primera fase de su desamortización en 1836.
Pero la desamortización de Mendizábal, que se centró en el clero regular, es decir, las
órdenes religiosas, e implicó la disolución de muchas de ellas, generó mucho malestar
en la Corte y en la propia regente. En ese contexto, María Cristina destituyó a
Mendizábal y trató de devolver el gobierno a los liberales más moderados, pero los
exaltados no se conformaron al verse de nuevo apartados del poder, y protagonizaron
el Motín de La Granja (1836). Se trató de una sublevación en el palacio real de La Granja
de San Ildefonso (Segovia), donde veraneaba la familia real, y por la cual obligaron a
María Cristina a reponer a los liberales exaltados —o progresistas1— en el gobierno.
4.4. Los gobiernos liberales progresistas (1836 – 1837)
El Motín de la Granja permitió que los liberales exaltados regresaran al poder, esta vez
con Mendizábal como ministro de Hacienda. De este modo, pudieron culminar sus dos
grandes proyectos: la redacción de una nueva constitución que actualizase las premisas
de la de Cádiz —para lo cual hubo que convocar elecciones a cortes constituyentes—,
y el desempeño de la desamortización iniciada antes de que la regente destituyera a
Mendizábal.
La constitución de 1837
La Constitución de 1837 es en buena medida una actualización de la 1812. Es un texto
progresista, aunque incluía también determinadas concesiones a los liberales más
moderados. Por ejemplo, aunque empieza mencionando el principio de soberanía
nacional en el preámbulo, en realidad lo que define es un régimen de soberanía
compartida entre el rey y las Cortes, lo que reservaba poderes bastante amplios al
monarca. Esta es la primera gran diferencia respecto a la Constitución de 1812, y se
refleja también en la definición de la separación de poderes.
El poder ejecutivo corresponde al gobierno, cuyos ministros son nombrados por el rey.
El monarca, además, tiene capacidad para vetar las leyes y también para disolver las
Cortes y convocar elecciones. Por su parte, el poder legislativo recae en unas cortes
bicamerales, con un Congreso elegido por sufragio y un Senado de designación real (los
senadores son nombrados por el rey); por tanto, el monarca participa también del poder
legislativo, razón por la cual la soberanía es compartida. Por último, el poder judicial lo
ejercen los tribunales independientes, y se declara la igualdad de todos los españoles
ante la ley.
En cuanto a las relaciones Iglesia-Estado, la Constitución de 1837 es más tibia que la de
Cádiz dado que se limita a constatar que los españoles profesan la religión católica y
1
En estos años a los liberes exaltados se los empezó a conocer como liberales progresistas.
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obliga al Estado a mantener el culto y el clero, pero no declara el catolicismo como
religión única y tampoco prohíbe explícitamente la existencia de otras religiones.
También aparece en la Constitución la Milicia Nacional, y se concede autonomía política
a los ayuntamientos, que serían elegidos por los vecinos sin intermediación del gobierno
central. Este aspecto generó un importante conflicto con los moderados unos años
después, cuando estos trataron de limitar dicha autonomía y provocaron el enfado de
los exaltados.
Por último, la Constitución de 1837 no especifica qué tipo de sufragio debía aplicarse,
por lo que esto se concretó posteriormente en una Ley Electoral (1837) que estableció
el sufragio censitario restringido a las grandes fortunas, aunque algo más amplio que en
el Estatuto Real.
4.4.1. La desamortización de Mendizábal (1836 – 1837)
El otro gran proyecto de los progresistas fue la desamortización impulsada por
Mendizábal ya en 1836, antes de su destitución por parte de la regente, y que
reemprendió con la vuelta al poder de los progresistas tras el Motín de La Granja. Por
esta razón la desamortización de Mendizábal se ejecutó en dos tiempos, entre los años
1836 y 1837. No fue la primera que se había intentado poner en marcha: los precedentes
directos son la desamortización de Godoy en 1798 sobre los bienes de la Compañía de
Jesús, el intento de desamortización de José I en la zona controlada por los franceses
durante la Guerra de la Independencia, el proceso de desvinculación de la nobleza
impulsado por el decreto Cortes de Cádiz que convirtió a los nobles en propietarios de
sus antiguos señoríos y un proyecto de desamortización sobre los bienes del clero
regular impulsado durante el Trienio Liberal que no se llegó a desarrollar en
profundidad.
Sabemos que España había llegado al siglo XIX con una distribución de la tierra propia
del Antiguo Régimen, bajo el control mayoritario de la Iglesia, de la nobleza y de la
Corona a manos de los municipios. Ese control de la tierra por parte de los antiguos
estamentos privilegiados se sustentaba en la vinculación que, en casos de como la
nobleza, pervivía a través de fórmulas jurídicas como el mayorazgo. A los bienes
sometidos a estas limitaciones legales se los conocía como bienes de «manos muertas»,
ya que no se podían comprar ni vender. Todo ello favorecía la concentración de la
propiedad de la tierra y hacía que su explotación siguiera unos principios muy poco
racionales, lo que limitaba sus rendimientos. Además, estas premisas resultaban del
todo incompatibles con el liberalismo, que se basaba en el principio de propiedad
individual y el libre comercio de mercancías.
Por todo ello, la desamortización fue una maniobra que buscaba, entre otros objetivos,
convertir los bienes vinculados en mercancías sujetas a la compraventa propias del
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sistema económico capitalista. Este proceso de desamortización se desarrolló en dos
fases consecutivas:
➢ En primer lugar, el Estado decretó la nacionalización de los bienes sobre los que
se quería actuar, es decir, se apropiaba de ellos con o sin compensación
económica a sus anteriores titulares, según el caso. En el caso de que los bienes
desamortizados pertenecieran al clero regular, como en este caso, a menudo un
paso previo era la disolución o supresión de determinadas órdenes religiosas,
cuyos bienes pasaban así a manos del Estado.
➢ Cuando el Estado dispuso de estos bienes, los privatizó mediante su venta en
subasta pública, lo que aseguraba un importante beneficio económico para la
Hacienda.
Como ya hemos comentado, la desamortización de Mendizábal se centró
fundamentalmente sobre los bienes del clero regular. Esto se explica por la visión que
el liberalismo tenía de la Iglesia como un actor social que había contribuido al atraso y
la pobreza del país durante años, el apego a los privilegios del Antiguo Régimen y el
apoyo que una parte del clero profesaba a la causa carlista. Además, se estimaba que el
coste político de la medida sería menor si afectaba a los bienes de la Iglesia que si se
efectuaba sobre los bienes de la Corona en manos de los ayuntamientos, que a menudo
explotaban los vecinos en régimen comunal.
Pero los objetivos de la desamortización de Mendizábal fueron mucho más allá de la
mera voluntad de sacar los bienes de manos muertas al libre mercado. El gobierno actuó
motivado sobre todo por la necesidad de conseguir ingresos que ayudaran a financiar
la guerra contra el carlismo y aliviaran la deuda pública. Además, con aquella maniobra
se castigaba al clero carlista (aunque no sólo a ellos) y se privaba de recursos al bando
enemigo. En paralelo, la venta de los bienes en subasta pública contribuyó a forjar una
nueva clase de burgueses propietarios favorables al liberalismo, que sin duda estarían
interesados en impulsar la producción agraria de sus nuevas tierras, con lo que
dinamizarían la economía.
La desamortización vino acompañada de otras medidas complementarias destinadas
también a desmontar la estructura de propiedad del Antiguo Régimen. De este modo,
en 1836 se suprimió el mayorazgo y se rompió la vinculación, lo que convirtió los bienes
de los linajes nobiliarios en simples propiedades susceptibles de compraventa, donación
o embargo (en caso de deuda). El Estado no se apropiaba de ellos (ya se habían
convertido en propietarios durante las Cortes de Cádiz) pero sí allanaba el terreno para
que los titulares de esos bienes pudieran transaccionar con ellos y repartirlos entre sus
herederos. Además, en 1837 se abolió definitivamente el régimen señorial, con lo que
se anulaban las prerrogativas feudales de los señores sobre los campesinos y se
convertía la relación entre estos —al menos sobre el papel— en una entre empleados y
empleadores.
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Con todo, es importante destacar que la desamortización de Mendizábal no fue una
reforma agraria propiamente dicha, en el sentido de que no pretendió en ningún
momento asegurar el acceso del campesinado a la propiedad de la tierra.
Por tanto, las consecuencias de este proceso fueron las siguientes:
➢ Las tierras expropiadas se subastaron en grandes lotes, por lo que la estructura
de la propiedad de la tierra continuó siendo básicamente latifundista.
➢ Estos lotes de tierra fueron comprados por la antigua nobleza, la alta burguesía
(urbana) y, en menor medida, mediana burguesía (urbana) que desempeñaba
fundamentalmente profesiones liberales; por lo que la tierra continuó en manos
de las élites económicas del país, esta vez bajo el amparo de la propiedad
privada. Además, como esta burguesía vivía mayoritariamente en las ciudades,
progresivamente fue adquiriendo los vicios rentistas de la nobleza del Antiguo
Régimen y esto redujo la voluntad de invertir en reformas para aumentar la
productividad de la tierra.
➢ Se produjo un cambio de relaciones en el mundo agrario: nueva dinámica de
propietarios y asalariados. Este proceso hizo crecer el número de jornaleros (los
antiguos campesinos sometidos al régimen señorial), que ahora quedaban
expuestos a un mercado laboral al que no estaban acostumbrados2.
➢ El Estado permitió pagar a los compradores de lotes de tierra desamortizados
con títulos de deuda que estaban muy devaluados y que no se correspondían
con el valor real de las tierras puestas en subasta pública.
4.5. Los gobiernos liberales moderados (1837 – 1840)
Una vez aprobada la Constitución de 1837 se convocaron elecciones a cortes ordinarias,
que ganaron los liberales moderados. Éstos, incómodos con un texto constitucional que
consideraban demasiado progresista, recurrieron con mucha frecuencia a su
suspensión, a restringir libertades, y a gobernar de forma autoritaria mediante decretos.
Su acción de gobierno consistió en buena medida en frenar o revertir las medidas
impulsadas por los progresistas anteriormente, como la desamortización de
Mendizábal, que se paralizó.
Su iniciativa más polémica fue la Ley de Ayuntamientos de 1840, de claro perfil
centralizador. Este texto pretendía mantener a los ayuntamientos de las capitales de
provincia bajo el control del gobierno central, quien pasaría a nombrar directamente a
los cargos municipales en lugar de someterlos a la libre elección de los vecinos, como
dictaba la Constitución de 1837. Los progresistas se opusieron frontalmente a esta
norma, encabezados por su líder, el general Espartero, que regresó convertido en héroe
nacional tras la guerra carlista.
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Esto explica, en gran medida, que la nobleza acabara apoyando al bando isabelino mientras que sectores
del campesinado pasaran a formar parte de la causa carlista.
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María Cristina de Borbón, que se sentía reforzada tras la guerra, se alineó claramente
con los moderados y rompió la neutralidad constitucional que debía guardar, lo que
generó un enfrentamiento abierto con el general Espartero. En 1840, la presión de los
sectores populares en las calles cristalizó con la formación de juntas revolucionarias y
acabó provocando la caída del gobierno moderado, y con él la expulsión de España de
María Cristina de Borbón, que se instaló en el exilio en París.
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Con el nombramiento de Espartero como regente vemos una nueva intromisión del ejército en el ámbito
político.
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claramente a adoptar un papel constitucional y una sociedad que insistentemente
presionó para forzarlo a ello. A su muerte, la regencia de María Cristina de Borbón puede
leerse como una primera apertura por parte de la Corona al liberalismo, aunque fuera
forzada por las necesidades de la guerra y sin que faltaran titubeos y pasos atrás. En
cambio, el reinado de Isabel II se considera el periodo en el que se consolidó el sistema
liberal y se fueron construyendo sus estructuras institucionales.
Ese liberalismo implicaba la formación de órganos representativos a diferentes escalas
(las Cortes a nivel nacional, las diputaciones a nivel provincial, los ayuntamientos a nivel
local, etc.), cuyos miembros se elegían por sufragio. Esto implicó la aparición de partidos
políticos que fueron perfilando las distintas opciones ideológicas de la época.
Aquellos primeros partidos políticos tenían muy poco arraigo social. Hay que tener en
cuenta que el derecho a voto estaba muy restringido: el sufragio solía ser censitario y el
porcentaje de la población que podía votar era muy bajo. Por tanto, los partidos
tampoco tenían necesidad de conseguir amplísimos apoyos entre la población: sólo
había que lograr el de los pocos que podían votar. En consecuencia, hablamos de
partidos de notables, es decir, una agrupación de personalidades, ya fuesen civiles o
militares: altos mandos del Ejército, grandes capitalistas, altos cargos de la Iglesia, etc.,
alrededor de un personaje destacado que los lideraba. No contaban con programas
políticos elaborados, sino que se trataba simplemente de corrientes de opinión a
menudo construidas en torno a relaciones personales o intereses económicos, que se
unían para participar en las elecciones y acceder al poder. Además, los partidos fundaron
periódicos que utilizaban para difundir sus ideas, en un contexto en el que las
comunicaciones no eran ni mucho menos tan fluidas como en la actualidad.
Durante el reinado de Isabel II se fueron configurando las grandes familias políticas del
siglo XIX. Dentro del liberalismo hacía ya años que se había abierto una brecha entre los
sectores más conservadores y los más radicales, y este proceso se consolidó con la
aparición de los dos principales partidos políticos de la época, que se alternaron en el
poder durante décadas: el Partido Moderado y el Partido Progresista. En medio de
ambos —ideológicamente hablando— surgió más adelante la Unión Liberal, un partido
centrista que empezó siendo minoritario, pero que acabó teniendo un papel político
importante.
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Partido Moderado Partido Progresista
—Soberanía compartida rey/Cortes, con —Soberanía nacional. Defensa del
amplios poderes para el rey. control del poder legislativo (Cortes)
sobre el ejecutivo (Gobierno) y no
intervención del rey en política.
—Confesionalidad del estado. Defensa de la —Limitación de la influencia social de la
influencia social de la Iglesia católica. Iglesia. Desamortización de bienes
eclesiásticos.
—Defensa de la autoridad y el orden, si hace —Defensa de los derechos y libertades
falta anteponiéndose a las libertades individuales y colectivos: de expresión,
individuales. de imprenta, de asociación, de
reunión, etc.
—Centralización administrativa: defensa de —Descentralización administrativa para
la designación y control de los reforzar los poderes locales. Elección
ayuntamientos y las diputaciones democrática de alcaldes y concejales.
provinciales por el gobierno central.
—Supresión de la Milicia Nacional y —Apoyo de la Milicia Nacional:
sustitución por cuerpos profesionales: ciudadanos armados en defensa del
Guardia Civil. orden liberal.
—Defensa del derecho a la propiedad y —Propuestas para avanzar hacia una
oposición a las medidas que lo pusieran muy ligera redistribución de la riqueza:
en cuestión: desamortizaciones, reforma desamortización, reforma agraria, etc.
agraria, etc.
Líderes: Líderes:
—Ramón María Narváez. —Juan Álvarez Mendizábal
—Juan Bravo Murillo. —Baldomero Espartero
—Pascual Madoz
—Juan Prim
Periodos de gobierno: Periodos de gobierno:
—1837-1840: Gobiernos liberales —1836-1837: gobiernos progresistas
moderados. (Mendizábal).
—1844-1854: Década Moderada (Narváez). —1840-1843: Regencia de Espartero.
—1856-1858: Bienio Moderado (Narváez). —1854-1856: Bienio Progresista
—1863-1868: crisis final del sistema (Espartero y O’Donnell).
isabelino
(con algún paréntesis)
También aparecieron otras opciones con apoyos, en un principio, más marginales. Fuera
del liberalismo, en el espectro más ultraconservador y reaccionario, se situaban los
carlistas, que seguían defendiendo los valores tradicionales y católicos, la vuelta a una
monarquía próxima al absolutismo y los fueros históricos de las provincias vascas y de
Navarra. Por otro lado, y en los años sucesivos al reinado de Isabel II, aparecieron
opciones como el Partido Demócrata, una escisión del Partido Progresista que defendía
el sufragio universal masculino y aceptaba la monarquía sólo como institución simbólica,
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sin poder político. También surgieron distintos planteamientos republicanos, que ni
siquiera aceptaban el papel simbólico de la monarquía y apostaban por convertir España
en una república.
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confesional al establecer que «la religión de la nación española es la católica, apostólica,
romana» (art. 11), y obligar al Estado a mantener el culto y el clero. Por último, la
organización territorial sigue inspirada por el modelo centralista francés, y se apuesta
por desarrollar el aparato administrativo del Estado tomando como base la reforma de
Javier de Burgos de 1833.
7.2. La política de la Década Moderada
Pero la Constitución de 1845 vino acompañada de otras medidas relevantes que en los
años siguientes continuaron dando forma al régimen liberal conservador.
Ya en 1844 se fundó la Guardia Civil, que estaba llamada a ser el nuevo cuerpo de orden
público y defensa de la propiedad, con el objetivo de desplazar a la Milicia Nacional —
que fue disuelta—, considerada demasiado progresista por los moderados. Su principal
característica, que todavía se conserva hoy, es que, aunque sus fines son civiles, su
estructura es militar, lo que le imprime un mayor grado de disciplina y de subordinación
al mando.
En el mismo año en que se aprobó la Constitución llegaron tres importantes leyes que
desarrollaban algunos de sus principios. Una fue la Ley de Imprenta (1845), que seguía
el carácter restrictivo respecto a los derechos y libertades civiles. Otra, la Ley Municipal
(1845) que desarrollaba el Estado centralista y retomaba lo que ya se había intentado
unos años antes: el nombramiento por parte del gobierno de los alcaldes de las capitales
de provincia y otras grandes ciudades. Además, esta última ley consolidaba también la
figura de los gobernadores civiles, los representantes del gobierno central en cada
provincia, y a los que se dotaba de amplios poderes.
La tercera fue la Ley Mon-Santillán (1845), una reforma fiscal que refundía
innumerables impuestos antiguos e intentaba superar la confusión e ineficacia para
racionalizar el cobro. Esta reforma establecía dos tipos de contribuciones: una directa
sobre la propiedad, y otro impuesto indirecto llamado «de consumos». La prevalencia
de los impuestos indirectos, que afectaban a toda la población por igual sin distinción
de riqueza, sobre los directos, motivó importantes protestas entre las clases populares.
Este sistema impositivo no era equitativo y el esfuerzo fiscal descansaba sobre las clases
populares. Además, esta reforma tampoco consiguió evitar el fraude ni recaudar lo
suficiente como para paliar el déficit y la deuda.
Otra importante norma se aprobó al año siguiente: la Ley Electoral de 1846, que
concretaba el tipo de sufragio que debía aplicarse en España. Como era de esperar, se
restringió el número de electores y de elegibles mediante el establecimiento de un
sufragio censitario con fuertes exigencias de renta.
Por último, durante la Década Moderada se aprobaron también un nuevo Código Penal
(1848) y Código Civil (1850), con el objetivo de poner fin a la dispersión legislativa. Su
importancia radica en que son en buena medida el germen de la estructura legal actual.
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7.3. El Concordato con la Santa Sede
El articulado reflejado en la constitución facilitó la intensificación de las relaciones entre
la Iglesia y Estado, cuyo máximo exponente fue el Concordado de 1851. De este modo,
los moderados, así, mejoraban sus relaciones con la Iglesia, que mayoritariamente se
había mostrado contraria al liberalismo y propensa al carlismo frente a las reformas
progresistas y, muy especialmente, a causa de la desamortización y de la abolición del
diezmo.
Con el concordato, la Santa Sede reconocía a Isabel II y aceptaba la obra
desamortizadora, mientras que el Estado se comprometía al sostenimiento de la Iglesia
(presupuesto de culto y clero), al restablecimiento de las órdenes regulares, a la
concesión a la Iglesia de amplias competencias en materia de educación y al
reconocimiento del catolicismo como religión oficial del país. A partir de ese momento,
a pesar de que determinados sectores siguieron viendo en la opción carlista la única
garantía de recuperación de los valores tradicionales y de los antiguos privilegios, la
posición oficial de la jerarquía de la Iglesia Católica fue la de dar apoyo al trono de Isabel
II.
El concordato fijaba la dotación económica que el Estado debía entregar a la Iglesia,
mantuvo el fuero eclesiástico (leyes y jurisdicción propia) y la corona se aseguró
capacidad de decisión en la elección de obispos. Este acuerdo reguló las relaciones
entre Iglesia y Estado hasta la Segunda República (1931).
7.4. La crisis del gobierno moderado
A finales de la década de los años 1840 empezaron a acentuarse los problemas internos
y externos que debía afrontar el gobierno moderado. Desde el exterior llegaban los ecos
de la llamada «Primavera de los pueblos» de 1848, una oleada revolucionaria que
sacudió Europa y puso fin a los últimos regímenes absolutistas del continente. Por otro
lado, en este proceso revolucionario por primera vez se evidenció el divorcio entre la
burguesía liberal y las clases populares y obreras que pasarían a formar parte del
movimiento obrero.
En España hubo también algunas tentativas de insurrección que, a pesar de fracasar,
acentuaron el carácter represivo y autoritario del gobierno del Partido Moderado. A su
vez, esa deriva del gobierno provocó la reacción todas las fuerzas del espectro político,
aunque por distintos motivos.
Por un lado, el carlismo volvió a las armas en la Guerra dels Matiners —o Segunda
Guerra Carlista— (1846-1849). En realidad, fue un levantamiento mucho más débil que
el primero, y muchos historiadores cuestionan incluso que se pueda contabilizar como
una segunda guerra carlista, porque además se circunscribió casi en exclusiva al interior
de Cataluña y no a las regiones vasca y navarra. Entre los motivos de esta insurrección
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estuvo el fracaso de los intentos de casar a Isabel II con el pretendiente carlista, Carlos
Luis de Borbón (hijo de Carlos María Isidro).
Por otro lado, los ideales de la «Primavera de los pueblos» europea cristalizaron en
España en forma de un nuevo partido, el Partido Demócrata, escindido del Partido
Progresista. Así, el Partido Demócrata asumió como principal ideal la defensa del
sufragio universal e incorporó planteamientos en torno a los derechos sociales, que le
harían ganar fuerza en las décadas posteriores.
Pero además de lo anterior, el gobierno tenía también sus propios problemas internos.
Los gobiernos moderados no lograron dar estabilidad política del Estado: en 1846 hubo
tres gobiernos, y al año siguiente cuatro. Además, actuaron de forma arbitraria y
excluyente, manipulando las elecciones y reduciendo la importancia del poder
legislativo, pese a que los moderados se servían del trato preferente de la reina hacia
este partido político. La vida política no se desarrollaba en las cortes, sino en torno a la
corte real y a partir de la influencia de las diferentes "camarillas" que buscaban el favor
real o gubernamental, al margen de la vida parlamentaria.
Con los años habían ido surgiendo divisiones dentro del Partido Moderado, que
culminaron con la llegada al poder a principios de los años 1850 de un sector enfrentado
a Narváez y liderado por Juan Bravo Murillo. El nuevo ejecutivo tenía un perfil más
autoritario y conservador, y llegó a presentar un proyecto de reforma constitucional
que incrementaba aún más los poderes de la Corona, restringía los de las Cortes, y
restringía aún más el censo electoral. En definitiva, esta reforma suponía, en la práctica,
la desaparición del régimen parlamentario y la vuelta a un sistema similar al del Estatuto
Real. Todo ello provocó que el gobierno perdiese el apoyo hasta de su propio partido, y
en consecuencia acabó abusando del cierre de las Cortes y el gobierno por decreto.
Mientras tanto, aumentaba el descontento de amplias capas sociales, cada vez más
marginadas de la participación política. De esta forma, una nueva revolución en 1854
permitió que los progresistas volvieran al poder y puso fin a diez años de gobierno
moderado.
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Las líneas de acción más importantes del gobierno progresista fueron la reanudación de
la obra desamortizadora y la extensión de la red ferroviaria.
El gran proyecto del Bienio Progresista fue la puesta en marcha de una nueva
desamortización en 1855, impulsada por el ministro de Hacienda, Pascual Madoz. La
medida volvió a provocar la ruptura de las relaciones diplomáticas con la Santa Sede,
aunque esta vez los bienes afectados no fueron mayoritariamente eclesiásticos, sino
municipales: los llamados bienes comunales y bienes de propios. Ambos son propiedad
de los ayuntamientos —ya sean tierras o inmuebles—, pero los bienes de propios se
arriendan y por tanto generan una renta al municipio, mientras que los bienes
comunales no se arriendan y son aprovechados directamente por los vecinos. Con la
desamortización, el Estado se apropió de estos bienes y los vendió en subasta pública
(los privatizó), lo que perjudicó sobre todo a los pequeños campesinos que hasta
entonces podían hacer uso de ellos.
En términos económicos la desamortización de Madoz fue mucho más importante que
la de Mendizábal veinte años antes, a la que duplicó en volumen de ventas. También se
aprendió de algunos errores cometidos en aquella primera iniciativa: por ejemplo, esta
vez se estableció que la compra de los bienes debía hacerse en metálico y no con títulos
de deuda, lo que favoreció la rentabilidad de la operación para el Estado. Otra diferencia
respecto a la desamortización de Mendizábal fue el destino de los fondos que recibió la
Hacienda: en esta ocasión no había una guerra carlista que sufragar, por lo que el dinero
pudo emplearse en otras iniciativas modernizadoras del país, como el impulso de la
industrialización o la expansión del ferrocarril.
Precisamente otra de las leyes más destacadas del periodo fue la Ley General de
Ferrocarriles de 1855. Con ella se reguló e incentivó la construcción de nuevas líneas
férreas en España, que estaba muy atrasada en esta materia respecto a las grandes
potencias europeas. La ley establecía ventajas de distinto tipo para las empresas que
participaran, lo que atrajo inversión extranjera, sobre todo británica y francesa —los
países que contaban con la tecnología y la experiencia necesarias—. En paralelo se
aprobó también la Ley de Sociedades Anónimas de Crédito (1856), que facilitó que
funcionara una banca moderna capaz de proveer financiación a los proyectos
industriales.
Otras de las medidas fue la puesta en funcionamiento del sistema de telégrafo, la
ampliación de la red de carreteras y el desarrollo de la actividad minera en las cuencas
mineras asturianas, cántabras y vascas. Esto hizo posible un marco legal que conllevó
una etapa de expansión económica hasta 1866.
8.3. Los problemas sociales y la crisis del bienio progresista
Las medidas reformistas del Bienio Progresista no solucionaron la crisis de subsistencias,
que movilizó a las clases populares en las revueltas de 1854 y generó un clima de grave
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conflictividad social. En Cataluña la delicada situación económica (subida de precios,
malas cosechas...) se produjo la primera huelga obrera en la historia de España en 1855.
Los trabajadores pedían la reducción de los impuestos de consumos, la abolición de las
quintas (reclutamiento forzoso del ejército), la mejora de los salarios y la reducción de
la jornada laboral. El malestar social condujo también a un importante levantamiento
campesino en tierras castellanas y a la extensión de motines populares en muchas
ciudades del país, con asaltos y quema de fincas y fábricas.
El gobierno acabó presentando la Ley de Trabajo, que introducía algunas mejoras y que
permitía el asociacionismo obrero, pero la situación había provocado una crisis muy
grave. La creciente conflictividad social, que significó la irrupción del movimiento obrero
en la escena política del país atemorizó a las clases conservadoras.
Frente al malestar social, los altos mandos militares adoptaron una respuesta represiva
auspiciada por O’Donnell desde el ministerio de la Guerra. Esto provocó las
discrepancias dentro de la coalición gubernamental entre el progresismo más
moderado, integrado en la Unión Liberal, y el más radical, que se agrupó en el Partido
Demócrata. O’Donnell aprovechó la situación y maniobró para que la reina destituyera
a Espartero —que se retiró de la política— y le encumbrara a él como jefe del gobierno
en el verano de 1856.
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9.2. Los gobiernos unionistas (1858 – 1863)
En 1858, tras algunas intrigas palaciegas, la reina destituyó a Narváez y volvió a encargar
el gobierno a O’Donnell, lo que inauguró uno de los periodos con mayor estabilidad
política de todo el reinado de Isabel II.
A diferencia de otros gobiernos anteriores, O’Donnell no trató de elaborar una
Constitución a su medida ideológica, dejó funcionar a las Cortes, y aplicó un apolítica
bastante menos represiva que la de los moderados. Continuó habiendo la corrupción
electoral que garantizaba mayorías parlamentarias al gobierno, pero dejando cierta
representatividad a los adversarios para alejarles de la vía subversiva.
Lo más significativo del llamado «Gobierno Largo» de O’Donnell fue que coincidió con
un periodo de expansión económica, lo que por un lado garantizó la estabilidad social y
por otro permitió al gobierno intentar una política exterior activa que recuperase el
prestigio internacional del país España. Así, el gobierno de O’Donnell emprendió varios
proyectos de expansión colonial a menudo de la mano de Francia, aunque siempre en
zonas sin interés estratégico fundamental para las principales potencias, y siempre
consentidas —o incluso dirigidas— por ellas. De esta forma, se llevaron a cabo cuatro
campañas de carácter internacional:
➢ La Guerra de Conchinchina (1857 – 1863): En 1857 fueron asesinados varios
misioneros españoles y franceses al sur del actual Vietnam. Francia, con interés
en expandir su influencia en la zona, envió una escuadra y solicitó el apoyo de la
flota española en Filipinas. El objetivo hispano era establecer un puerto en la
zona para potenciar el envío a Cuba de culíes chinos en régimen de semi
esclavitud. Sin embargo, aquella campaña fundamentalmente permitió el
establecimiento de una colonia francesa en la zona, la Indochina francesa con
capital en Saigón, mientras que España apenas logró una modesta compensación
económica que ni siquiera cubrió los costes de la intervención…
➢ La intervención en México (1862), se realizó junto a franceses y británicos para
exigir al gobierno mexicano el cobro de las deudas atrasadas. Españoles y
británicos acabaron retirándose por desavenencias con los franceses.
➢ La colonización de la Guinea española (desde 1858), se recuperó el interés en
determinados territorios que tiempo atrás habían pasado a su soberanía pero
que permanecían prácticamente olvidados y desatendidos. Fue el caso de las
posesiones españolas en el golfo de Guinea (África). Finalmente, tras varias
expediciones, se llegó a tomar el control efectivo de varios de los territorios de
Río Muni y las islas de Fernando Poo y Annobón, que se constituirían años más
tarde como la colonia de Guinea Española.
➢ Las campañas militares de Marruecos (1859-1860), estuvieron motivadas por
disputas fronterizas se saldaron con el triunfo en las batallas de Tetuán y
Castillejos, donde ganó un gran prestigio un militar progresista, el general Prim.
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La Paz de Wad-Ras permitió a España la incorporación del territorio de Ifni a la
corona y la ampliación de la plaza de Ceuta.
Sin embargo, a partir de 1863, se hizo evidente la descomposición interna de la coalición
gubernamental y la estabilidad de años anteriores se convirtió en una rápida sucesión
de gobiernos inestables. Así pues, el unionismo fue incapaz de hacer frente a la
oposición de los moderados y la corona misma, que se negó a disolver las cortes, tal y
como proponía el ejecutivo. O´Donnell presentó su dimisión y la reina entregó el poder
a los moderados.
9.3. Los gobiernos moderados (1863-1868)
Con el nuevo gobierno del Partido Moderado en 1863, empezaba el último periodo de
la monarquía de Isabel II, marcado por la acumulación de crisis de distinto tipo, entre
ellas una delicada situación económica que acrecentaba el malestar social.
Desde hacía algunos años la situación en palacio estaba enrarecida por la creciente
influencia de las camarillas sobre Isabel II, que acababa llegando a la política por el
constante intervencionismo de la reina en los asuntos de gobierno. El término
«camarilla» define a un conjunto de personas del entorno más próximo a la monarca
que conseguían influir en sus opiniones e incluso en sus actuaciones políticas, y que por
tanto acababa siendo todo un poder en la sombra al margen de las mayorías
parlamentarias. Hubo varias camarillas en torno a la reina y también en torno a su
marido, pero quizás la más destacada fue la camarilla ultracatólica formada por el
confesor de la reina —el padre Claret— y la monja sor Patrocinio. A todo ello había que
sumar el fracaso del matrimonio real y el constante ir y venir de amantes por palacio,
que acrecentaban el desprestigio de la Corona dentro y fuera del país.
9.3.1. Los prolegómenos de la «Revolución Gloriosa»
Como hemos visto, en los últimos años del reinado de Isabel II se hizo evidente la
preferencia de la reina por los partidos más conservadores, que se traducía en la
alternancia al frente del gobierno entre el Partido Moderado y la Unión Liberal. Así, el
Partido Progresista quedaba marginado del poder, lo que lo empujó a la vía
insurreccional como única forma de alcanzarlo. Para entonces, este partido ya contaba
con un nuevo líder: el general Prim.
También en estos años surgió en España un nuevo tipo de conflicto político desconocido
hasta el momento. Esta vez no estaba protagonizado ni por los militares ni por las clases
populares, sino que lo encabezaron los estudiantes, y se originó entre los círculos
demócratas de la intelectualidad universitaria. En 1865 el profesor Emilio Castelar
publicó un artículo en el que criticaba el enriquecimiento de la Corona mediante la venta
de bienes nacionales. El gobierno respondió de forma represiva y le expulsó de su
cátedra, lo que derivó en una potente protesta estudiantil que acabó en baño de sangre
tras la intervención de las fuerzas policiales, en la llamada «Noche de San Daniel» (o
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«Noche del Matadero») en 1865. Tal fue el escándalo que el gobierno de Narváez se vio
obligado a dimitir.
La reina recurrió de nuevo a O’Donnell, que formó el que iba a ser su último gobierno.
El líder de la Unión Liberal volvió a poner el foco en la política exterior, esta vez
enfrentando a España con varias de sus antiguas colonias en la Guerra del Pacífico o
Guerra Hispano-Sudamericana (1865-1866). Los motivos de este conflicto son difusos y
en buena medida tienen que ver con pequeñas disputas mal resueltas que escalaron
hasta terminar en un enfrentamiento bélico desproporcionado. Detrás de todo ello
había intereses comerciales, el deseo de España de aumentar su influencia sobre las
antiguas colonias, deudas pendientes con la antigua metrópoli, y la incapacidad de las
partes de resolver los problemas por la vía diplomática. El choque acabó enfrentando a
España con Perú y Chile, que contaron también con el apoyo de Ecuador y Bolivia. Fue
una guerra básicamente naval en la costa pacífica sudamericana, que terminó al cabo
de algunos meses sin un vencedor claro y sin ningún beneficio para España, que en
cambio sí vio agravada la situación económica por los gastos de la guerra.
En paralelo, el escenario político seguía tensándose por momentos. En 1866 se produjo
la sublevación de sargentos del cuartel de San Gil (Madrid), impulsado por los partidos
Progresista y Demócrata. A pesar de que fracasó, la importancia de la intentona está en
que por primera vez el objetivo no era un mero cambio de gobierno, sino que la
intención era ya derribar la monarquía de Isabel II, a la que se responsabilizaba de la
marginación política de los sectores más progresistas. El gobierno logró controlar la
situación no sin cierto esfuerzo, pero la reina acabó destituyendo a O’Donnell por
considerarlo demasiado blando a la hora de castigar a los insurrectos. Así, Narváez fue
llamado de nuevo a formar gobierno, que adoptó un cariz bastante más represivo y
autoritario.
A pesar de haber fracasado en la insurrección del cuartel de San Gil, los progresistas y
los demócratas seguían decididos a terminar con el régimen isabelino, que mostraba ya
claros síntomas de descomposición. Sólo un par de meses después de la sublevación
ambos partidos firmaron el Pacto de Ostende (1866), en el que reafirmaron su decisión
de acabar con la monarquía de Isabel II, formar un gobierno provisional, y someter a
sufragio universal masculino la definición del nuevo régimen.
En los meses siguientes, mientras la nueva conspiración tomaba forma, dos sucesos
reafirmaron la idea de que se estaba ante un fin de ciclo. A finales de 1867 falleció el
general O’Donnell, y el nuevo líder de la Unión Liberal, el general Serrano, favoreció
que el partido se sumara al Pacto de Ostende. Esa maniobra dejaba al Partido
Moderado solo en su apoyo a la reina y ensanchaba mucho las bases de la conspiración.
Poco después falleció también el general Narváez, lo que descabezó al Partido
Moderado y debilitó aún más la posición de la monarquía de Isabel II.
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