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ROMANO GUARDINI
Cartas sobre autoformación
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CARTA SÉPTIMA
Sobre la libertad
Para muchos, la palabra “libre” se ha convertido en algo así como
una niebla en la cual nada se distingue con precisión. Sin embargo, en este
asunto hay que ver claro. Por lo tanto, vamos a remover y dejar a un lado
toda palabrería y sentimentalismo.
Ver con agudeza y distinguir claramente. No para rumiar problemas,
que precisamente en esta cuestión no es el método indicado para llegar
muy lejos. Más bien imaginémonos vivamente quién es libre. ¿Cuándo tie-
ne uno derecho a llamarse libre? Nos interesa la imagen del hombre verda-
deramente libre. Algunas cosas nos podrán parecer nimiedades, pero no
nos vamos a molestar por ello. Lo “grandioso” no siempre es auténtico,
hay mucho engaño detrás. Nosotros queremos realizar un buen trabajo, un
trabajo artesanal honrado y perdurable.
Comencemos por lo más inmediato. Se dice que un hombre es libre
cuando puede hacer lo que quiere, cuando tiene libertad exterior para deci-
dir y moverse. Si uno tiene que someterse a todo tipo de órdenes de parte
de superiores o familiares, no es naturalmente libre. Quisiera pasear y no
puede; integrarse a un grupo, pero le está prohibido; realizar un trabajo a
su manera, pero tiene que hacerlo según las instrucciones de otro; se siente
inclinado hacia una profesión determinada, pero no puede abrazarla... To-
do esto es falta de libertad y puede oprimir agobiadoramente.
Se torna todavía más penosa esa falta de libertad cuando en nuestro
medio impera un distinto modo de pensar que el nuestro. Esto le puede
ocurrir a cualquiera y en todas partes. No se lo comprende, se lo rechaza,
se le quiere imponer las ideas propias. No es tomado en serio lo que a uno
le importa y se ridiculiza lo que ambiciona. Se trata de obligarlo a una vida
social que lo repugna; se le imponen formas de trato, diversiones, modas
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que no le gustan... Causa de esto puede ser la sociedad, el ambiente profe-
sional, la familia o el colegio, o lo que sea.
Esto puede llegar a una verdadera tiranía y aquéllos que reclaman pa-
ra sí todas las libertades, muchas veces son los más desconsiderados en su
trato con los demás. Si resulta que uno es por naturaleza dócil o tímido,
entonces es muy posible que pierda toda autonomía. La crítica implacable
arrebata a uno la confianza en sí mismo. No se piensa entonces desde el
punto de vista propio, sino desde el ajeno. Se acomoda uno a todo, encon-
trando bien o mal, hermoso o feo, noble o despreciable, no lo que el propio
corazón dice sino aquello que los demás le imponen, hasta el punto de lle-
gar a perder no sólo la libertad exterior sino también la interior.
Semejante falta de libertad se da en gran escala. Unos están afectados
profundamente, otros no tanto. En algún modo todos participamos de ella,
pues todos estamos metidos en situaciones que no podemos cambiar. Nos
encontramos en una familia y tenemos parientes que hemos de aceptar
sean como sean. En la escuela uno no puede escoger compañeros, profeso-
res, instalaciones, sino que tiene que conformarse con lo que haya. Uno
está situado en una profesión, en una oficina o un taller, en determinadas
relaciones sociales, y con eso tiene que arreglárselas. Así es como todos
experimentamos de algún modo la opresión de la falta de libertad exterior.
¿Cuándo nos veríamos completamente libres? Si pudiéramos ir y ve-
nir a nuestro antojo, trabajar en lo que estimemos conveniente, ordenar la
vida a nuestro gusto; si nos halláramos en un medio que respete nuestras
opiniones... En una palabra, si fuésemos dueños de nuestros movimientos
y nuestras resoluciones.
Esto sería libertad, y bien vale la pena luchar por ella. Es cierto que
hay situaciones en las que nada se puede cambiar. Situaciones familiares,
de escuela, profesionales, a las cuales hay que acomodarse. Pero esto
siempre debe hacerse de tal manera que queden a salvo el respeto y el
amor al prójimo. También aquí uno puede conseguir mucho.
Ante todo, es preciso que cada uno permanezca fiel a sí mismo. Si
quiere uno, por ejemplo, seguir una determinada profesión y encuentra re-
sistencias, primero debe llegar a ver claro: ¿Qué es lo que quiero? ¿Por
qué? Y luego, insistir constantemente en una palabra apropiada en el mo-
mento justo. Al mismo tiempo se esforzará en el trabajo y en la casa, para
que sus padres vean su buena intención; pondrá empeño en el tono y en
toda su actitud para superar toda resistencia con el poder de sus buenas in-
tenciones.
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Quizá objete alguien que esto es “diplomacia” y falsedad; que se de-
be manifestar claramente lo que se pretende y nada más.
¡Ah, no! Es simplemente la actitud de una voluntad razonable y cons-
ciente de su objetivo que utiliza buenos medios para una buena causa. Con
actitudes rudas, con exigencias incondicionales, con rebelión y peleas no
se consigue nada positivo; sí, mayor discordia y fastidio.
Hay ciertas ocasiones en que se ve claramente: está en juego mi alma,
la salud interior de mi vida, mi profesión y la obra de mi vida. Entonces
puede llegar a ser necesario imponerse ofreciendo abierta resistencia. Pero
ha de poder decirse uno a sí mismo sinceramente que realmente está en
juego algo importante, que ya se han ensayado sin provecho todos los me-
dios. Semejante lucha abierta debería llevarse a cabo con un corazón puro
y sincero. Muchas veces una cosa que nos pareció tremendamente impor-
tante, fue sólo un capricho. Creía uno a lo mejor que toda su vida dependía
de ella, y al poco tiempo esa cosa se le tornó indiferente; pensaba que ya
no podía resistir más, que debía salir de tal situación, y luego descubrió
que lo que en realidad quería era evadirse de obligaciones incómodas. Se
dan pues, casos que ponen a prueba nuestra fuerza; mas, por lo general po-
demos conseguir bastante si somos perseverantes, aprovechando todas las
ocasiones para ensayar nuevas tentativas, cumpliendo al mismo tiempo
con esmero todos nuestros deberes y moderándonos en el trato. Y así lle-
gamos ciertamente siempre alguna vez a un límite en el cual no es posible
cambiar nada. Esto significa entonces que hay que resignarse a lo irreme-
diable manteniendo la mejor conducta.
La lucha se hace especialmente necesaria cuando es preciso defender
nuestras convicciones contra un ambiente brutal. ¡Aquí ante todo una cosa:
no dejarse confundir! Compañeros de curso, de taller y fábrica, colegas en
el negocio u oficio, por más que presionen: ¡No dejarse confundir! Está en
juego la libertad. Examinemos por qué se nos ataca; repensémoslo más
profundamente, para comprenderlo mejor; purifiquémoslo de exageracio-
nes y falsas apreciaciones. Pero luego abracémoslo con toda el alma,
siempre con fuerza y profundamente. ¡Asirlo firmemente! Cursos enteros
han hecho burla de un joven; se han levantado contra un hombre talleres y
oficinas, círculos y tertulias. Pero éste se ha manifestado firme, y todo ha
quedado destruido ante su corazón sereno y su voluntad clara.
Tal libertad exterior es preciosa, sobre todo si se la ha conseguido en
la lucha. Pero no es más que el primer paso hacia el país de la libertad.
Ciertamente has podido observar lo siguiente: alguien tiene esta libertad
exterior; al menos, tanto cuanto podría exigir razonablemente. Tiene que
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mantenerse en un orden; por lo demás, no se le pone ningún obstáculo en
el camino. Puede hacer y dejar hacer lo que quiera; puede ir con sus ami-
gos, dedicarse a lo que se le antoja. Sí, quizás no se preocupe de ningún
reglamento interno y haga únicamente lo que le viene bien. Lee cuanto lle-
ga a sus manos y nadie intenta disuadirle de sus convicciones. En suma: es
libre en el hacer y no hacer. Ahora se introduce una determinada expre-
sión; en su clase y grupo la dicen todos ¡y él también con ellos! Se pone de
moda una nueva corbata, un nuevo modo de dar la mano y de saludar...
Quizás no vea del todo claro por qué ha de ser necesaria tal cosa; pero él
quiere pasar por elegante o por moderno, —según como se lo llame— y...
¡hace lo mismo!
¿Qué decir de semejante libertad?
Se pone de moda un libro. No quiero dar ningún título; tú ya conoces
demasiados, que han pasado de mano en mano. Algo hay en él que se re-
siste al libro. Este le parece exagerado, innatural. Oye que en él resuenan
grandes palabras, pero sin ningún contenido de verdad. Siente que hay en
el texto una dudosa mezcla de cosas puras y no tan puras. Pero el libro está
en boga, todos hablan de él; y él lo lee y lo encuentra magnífico.
Es ridiculizado un individuo, un compañero, un profesor u otro cual-
quiera. El sujeto de quien estamos hablando cae en la cuenta de la grosería.
Sabes tú que cuando Guillermo Raabe quería demostrar la extraordinaria
nobleza de un hombre, decía: “¡este hombre jamás se ha burlado de na-
die!”. Nuestro hombre, pues, siente la grosería; pero todos ríen, por tanto,
él también ríe. En el grupo alguien manifiesta su opinión. Los demás están
en contra. El, en cambio, percibe algo de razón en la opinión rechazada.
Pero “se” está en contra; no va a ser él una excepción. Y está de acuerdo
con ellos.
Y así sucesivamente. Siempre lo mismo: no se atreve uno a manifes-
tar sus convicciones en la reunión por temor a los miles de ojos. Por no ser
tenido por mojigato, se ríe de un chiste contra el que se subleva todo lo pu-
ro de su corazón; se avergüenza de una conducta limpia porque los otros
—que ya “tienen experiencia”— no le toman en serio.
¿Esto es libertad?
¡Ciertamente que no! Puede uno ser exteriormente tan libre como un
pájaro y, por dentro, un siervo. ¿Siervo de quién? De la opinión pública.
No vamos a despreciarla demasiado, porque tiene su parte positiva. Expre-
sa la conciencia de muchos. Pero también ¡qué cantidad de absurdos, vul-
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garidad y estrechez mental contiene! Es lo mismo que se trate de la opi-
nión pública de una ciudad o de una escuela, de una clase o de un grupo.38
Un hombre de experiencia me habló un día de las suyas en la vida
pública: “Mirando a los hombres uno por uno, son toda gente buena. Pero
en masa parece que tienen el demonio”.
Mucha verdad hay en esto. El que está solo, tiene que responder de
sí; su conciencia está en guardia. Pero al juntarse muchos, cada uno carga
su responsabilidad sobre el vecino. Cada uno se deja llevar. ¿Y el resulta-
do? Que la multitud es irresponsable. Y la mayoría de las veces dan el
tono, no los más nobles y serios, sino los que más saben gritar y expresar
de manera más plausible lo que a todos agrada.
En consecuencia: quien quiera ser libre tiene que librarse de la servi-
dumbre de la masa.
Pero se da también una dependencia de la minoría. A veces toda una
clase o un grupo están sometidos a una camarilla o quizás a uno solo. Lo
mismo ocurre muchas veces en la vida, la profesión, el partido. Este indi-
viduo o estos pocos saben expresar lo que quieren; tienen una voluntad
fuerte y a veces, también un alma sin escrúpulos, que acomete sin mira-
mientos. Así es como dominan. Puede suceder que semejante individuo
someta totalmente a su dominio a otro hombre. Su amigo habla como él, se
comporta como él, le escucha solamente a él, sigue en todo el ejemplo de
él. Pero esto ya no es amistad, sino esclavitud.
También aquí hay que defenderse. A un hombre probado se le guar-
dará fidelidad, pero cuidando de no perder la independencia. En casi toda
amistad llega el momento en el que debe decidirse si ésta se ha de conver-
tir para uno de los dos en esclavitud. Todo ello puede proporcionar horas
difíciles, incomprensibles y luchas, pero es preciso atravesarlas. Y para el
amigo será la prueba de si realmente él es lo que dice ser o si por el contra-
rio quiere ser un tirano. Aún quien quiera auténtica amistad, cuando el otro
se separe aparentemente no comprenderá en el primer momento de qué se
trata. Pero si su amor es verdadero comprenderá muy pronto que no ya a
perder a su amigo: le permitirá esta libertad y con ello lo ganará de nuevo.
El dominador en cambio no gusta de esto. Quiere que su amigo le es-
té sumiso, se opone a su liberación, le guarda rencor y lo acusa de infideli-
dad.
En las agrupaciones ocurre muchas veces algo parecido.
El hombre verdadero quiere por amigo a un ser libre, no a un esclavo;
quiere dirigir hombres libres, no un rebaño. En consecuencia, tanto más
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goza cuanto más decididamente afirmen los demás su peculiar modo de
ser.
No olvidemos que se puede ser también esclavo de las cosas, no sólo
de los hombres. Una golosina puede llegar a ser tan apetecible que uno se
olvida ante ella de todo reparo. Alguien ve un artículo de camping, un tra-
je, una bicicleta, un bote plegable y los quiere a cualquier precio. Un sello
raro, una piedra preciosa, un libro o un cuadro... en seguida piensa que tie-
nen que ser suyos y no descansa hasta obtenerlos.
Cualquier cosa puede someter al hombre: “casa, hacienda, criado,
criada, buey, asno...” Y todo cuanto pueda ser propiedad del hombre.
Tal dependencia puede turbar por completo al corazón y quitarle toda
su alegría; puede incluso inducir a uno a la injusticia. Y cuando uno posee
algo puede llegar a tal punto su apego que ya no es capaz de desprenderse
de las cosas aun cuando a otros les harían mucha falta o cuando se podría
causar con ella una gran alegría a alguien.
Quien tiene esa mentalidad se hace esclavo de la cosa. “Bienaventu-
rado el hombre que no corre detrás del oro”, dice la Sagrada Escritura, “y
que no inclina su ánimo hacia el dinero y las cosas preciosas. El se nos da
a conocer y nosotros lo exaltaremos porque en verdad ha realizado algo
grande en la vida”. Ese se ha transformado en un hombre libre.
Tal esclavitud hay que romperla, aunque sea necesario proceder du-
ramente contra uno mismo. Tiene que ser así, de lo contrario no se avanza.
Atenerse rigurosamente a lo justo, aún en las cosas más mínimas; prestarse
a los demás con gusto y ayudarles. Y si se nota que los lazos se tornan de-
masiado fuertes, no queda más remedio que sacrificar generosamente lo
que tan profundamente nos ata.
Libre, por tanto, no es quien puede hacer lo que quiera. Es necesario
también ser independiente de hombres y
cosas. Es necesario permanecer fiel a la propia conciencia, al sentido
del propio ser. El hombre interior tiene que ser dueño de lo exterior, del
ambiente, relaciones, cosas, bienes y propiedad.
Pero aún tenemos que ahondar más. Supongamos que uno sea dueño
de sus decisiones e independiente interiormente, y que obre realmente co-
mo mejor le parece. Pero sucede a veces que le sobrevienen arrebatos de
ira, que lo hacen estar fuera de sí. Dice en esos momentos cosas que, lue-
go, le duelen profundamente; es injusto con los demás, grita y despotrica:
¿Es éste libre?...
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Otro es vanidoso, habla con frecuencia de sí, sabe llevar la conversa-
ción siempre a temas que domina; presta atención así que se habla de él;
todo lo que se dice en seguida lo interpreta como crítica o adulación; está
siempre al acecho de lo que los demás piensan de él. ¿Es éste libre...?
En un tercero se enciende tanto la pasión que ya no se puede domi-
nar, dice cosas indignas o se porta incorrectamente. ¿Es éste libre...?
Y así tantos otros casos: en éste será la gula, en aquél la terquedad, en
el otro la envidia, en un cuarto la soberbia..., la pasión, los instintos, los
hábitos están en él y lo atan. ¿Puede éste decirse libre? Por fuera quizá,
mas ¿por dentro? Un hombre así quizá pueda imponerse frente al mundo,
pero por dentro se encuentra atado.
Hay entonces, en el hombre mismo, en su propio interior, en cierto
modo dos hombres: uno muy interior que es el genuino y otro más exterior
que son los impulsos y pasiones. Estos no son malos; al contrario, son
magníficas fuerzas. La pasión es fuerza, el impulso es fuerza. El iracundo
también es fogoso cuando se trata de ponerse al servicio de una causa su-
blime. El pasional posee ímpetu espiritual y entusiasmo para lo noble. El
avaro aprecia el valor de las cosas y puede ser un magnífico administrador.
El celoso valora al amigo.
Todas esas fuerzas son preciosas, pero ciegas. Pueden también des-
truir, confundir, esclavizar, cuando el hombre interior no conserva libre su
conciencia. El debe imponer el dominio sobre la pasión y el instinto. Debe
amansarlos, ordenarlos, aprovecharlos. Entonces actúan benéficamente,
como el ardor del fuego, cuando se lo utiliza debidamente.
Solamente es libre aquél en quien el hombre interior domina sobre el
exterior, la conciencia y la libertad: la libertad moral. Ella hace que el
hombre viva desde su centro más profundo, la conciencia; que todo sea di-
rigido por ella y, en consecuencia, por Dios. Sólo ella hace que el hombre
adquiera su personalidad.
Así pues ¿cuándo merece el calificativo de “libre”? Cuando exte-
riormente es señor de sus decisiones. Cuando se independiza de las in-
fluencias de hombres y de cosas y actúa desde su propio ser interior. Pero,
sobre todo, cuando lo más profundo del hombre, su conciencia, impone su
señorío sobre todo el mundo de instintos y pasiones.
La primera libertad es buena y digna de que se luche por ella. Brinda
campo abierto, vía libre, pero no supera la exterioridad. Más importante es
la segunda, ya que va más hondo. Sin ella carece de valor la primera. Hace
al hombre libre para su propio ser; hace que no viva y obre como el am-
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biente, sino conforme a las exigencias de su propio ser; que sea idéntico a
sí mismo; que sienta según su carácter; que piense tal como a él se le pre-
senta la cosa; que obre como se le parezca correcto; que en todo su ser
configure la imagen de su esencia esbozada en él.
Sólo esta segunda libertad torna valiosa la primera. Pero la decisión
se produce en el tercer plano, en lo más íntimo. Ahí se decide si el hombre
se abre o no a la libertad moral; si su conciencia, la voz de Dios en él logra
el dominio y no el instinto, la pasión o el egoísmo; si adquiere personali-
dad.
Si la conciencia sirve a Dios y domina todo conforme a la voluntad
de Él, sólo entonces el hombre es verdadera y plenamente libre. Porque ser
libre quiere decir pertenecerse a sí mismo, ser uno consigo mismo. Y mi
más íntimo yo es la conciencia. Si, pues, quiero ser libre, todo debe perte-
necer a ella y yo debo concordar con ella.
Esta es la libertad que revaloriza a la exterior, porque ella es la que
hace que sea libertad de hombre, no libertad de un pájaro. También confie-
re valor al segundo modo de libertad, haciendo de ella libertad de un hijo
de Dios y no un mero desborde de energías naturales. Sólo ella forma toda
fuerza y todo impulso noble y fructífero.
Ahora podemos preguntar: ¿es libre por naturaleza el hombre? No:
tiene que hacerse. Es ciertamente libre en esa forma elemental de poder
tomar por la derecha o por la izquierda —como quiera— en el cruce de
dos caminos. Pero la libertad auténtica, la espiritual, tiene que ser conquis-
tada. Y cuesta una lucha tenaz, inmensamente penosa.
Es curioso que cuando uno se acerca a la gente que más alardea de
ser libre, advierte con frecuencia que apenas saben algo de la libertad ver-
dadera. Los que verdaderamente la conocen, los que aspiran realmente a
ella y han experimentado en dura lucha cuán lejos está el hombre de po-
seerla plenamente, hacen poco alarde de ella.
Pero, ¿cómo llegar a ella? Tres caminos llevan a la libertad: conoci-
miento, disciplina y comunidad. “La verdad os hará libres”, ha dicho el
Señor. Tanto más profundamente sumido está uno en la servidumbre, tanto
menos se reconoce como esclavo. En cuanto toma conciencia de ella ya
está parcialmente vencida. El que, por ejemplo, participa o colabora en la
crueldad de otros simplemente, sin reflexionar, se halla en un estado de ab-
soluta dependencia. Quien con absoluta naturalidad comparte las neceda-
des de la moda, de los tópicos en el hablar o de la opinión pública; las ma-
las costumbres y hábitos de los compañeros de colegio, de los colegas de
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trabajo o de los amigos, naturalmente no se libera. Pero si una experiencia
cualquiera o un consejo llega a despertarle la conciencia y hacerle ver cuán
servilmente se porta, cuán injustamente juzga, cuán grave resulta alguna
costumbre, entonces puede que experimente como si se le cayera la venda
de los ojos. Se avergüenza. El mismo no comprende cómo ha podido ser
de ese modo. La ceguera ha sido quebrada y ha quedado abierto el camino
hacia la libertad. Ve cómo está la cosa y sabe en qué punto tiene que apli-
car su trabajo. Ante todo, tiene que mirar en su interior hasta ver claro. No
basta saber que soy poco amable con los demás. Debo preguntarme: ¿Por
qué? ¿Con quién, en particular? Tal vez entonces descubra que la causa de
mi antipatía que me hizo ser desatento con el otro fueron unos celos ocul-
tos o una envidia secreta. No basta saber simplemente: “soy negligente en
mi trabajo”. Hay que preguntarse: ¿por qué? Puede ser pura pereza o quizá
cansancio. Y este cansancio tal vez provenga de cierto desorden, de acos-
tarse demasiado tarde o de dedicarse a miles de cosas. No basta saber que
uno es irritable en el trato con los demás, duro en sus juicios, impaciente
con los que lo rodean. Tiene que preguntarse: “¿por qué?” Quizá advierta
entonces que en el fondo todo procede de alguna pasión, que algún impul-
so aún no dominado vive en uno y produce descontento.
Se trata pues de comprenderse a sí mismo y preguntarse: “en mis re-
laciones exteriores, ¿dónde hay lazos que yo pueda romper sin lesionar mis
deberes? ¿Dependo de los demás por la imitación, la vanidad o el respeto
40 humano? ¿Me hacen esclavo de las cosas la ambición, la envidia, la co-
dicia? ¿Soy siervo de mi naturaleza por alguna pasión, mis defectos o mis
desórdenes? ¿Dónde residen mis faltas más graves? ¿Cómo se manifies-
tan?”
De este modo se ha de ir consiguiendo poco a poco un cuadro exacto
de sí mismo. Resulta eminentemente práctico reflexionar tan pronto como
nos ha ocurrido una cosa. Después de un choque o de un altercado, pre-
guntarse: “¿cómo han llegado las cosas a este punto? ¿De qué soy culpa-
ble?” Pero, ¡hay que buscar sinceramente la verdad! ¡Que el amor propio
no retuerza de tal manera la cosa, que aparezca uno inocente! Un filósofo
ha dicho esta expresión maliciosa: “la memoria dice: esto lo has hecho tú.
El orgullo replica: yo no puedo haber hecho tal cosa. Y la memoria se rin-
de”. Por tanto: ¡querer ver!
¿Qué es lo que hay en mí, que me ha llevado tan lejos? Si se ha hecho
algo malo, hay que enfrentarse consigo mismo y preguntarse: “¿por qué?
¿Cómo has llegado a esto? ¿Te ha ocurrido esto ya otras veces? ¿Hay algo
en ti que te lleva a esto?”
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Después de un fracaso, examinarse: “¿qué es lo que ha fallado? ¿Cuál
fue la causa? ¿Irreflexión, desorden, debilidad, falta de formalidad...?”. En
semejantes ocasiones la conciencia está más despierta, la mirada más lim-
pia, la voz interior más clara. Es preciso aprovecharlas.
O si a fin de mes o del semestre se hace un repaso del tiempo transcu-
rrido preguntarse seriamente: “¿Cómo te fue? ¿Qué has hecho bien? ¿En
qué has fallado? ¿Qué tal el trabajo? ¿Cómo te has portado con los de ca-
sa? ¿Cómo con los compañeros, profesores, los superiores, los subalter-
nos?”. Puede también utilizarse para esto el examen de conciencia antes de
la confesión y observarse a sí mismo largo tiempo respecto a una falta de-
terminada.
Lejos de mí pretender con todo lo dicho que hayamos de estar siem-
pre contemplándonos, observándonos y analizándonos. Semejante actitud
destrozaría nuestro espíritu. La ansiedad, que por todas partes ve faltas; la
escrupulosidad, que en todo se cree culpable, son casi todavía peores que
la ceguera ingenua, pues falsean la conciencia y la sumen en inseguridad.
Pero es necesario querer ver claro. Para ello hay que examinarse de tiempo
en tiempo. Y esto hacerlo con toda veracidad, con una mirada incorrupti-
ble que quiere ver realmente, que llama a lo malo malo y a lo importante
importante, sin disculpar ni paliar nada sino buscando la luz. De allí surge
la verdad liberadora.
Ver solamente no basta. Es preciso también obrar: disciplina y sacri-
ficio. La verdadera libertad brota tan sólo de la disciplina. Si alguno te ha-
bla de libertad, pero sin fundarla en disciplina, no le creas. Es pura patraña,
por magníficas que suenen las palabras. No somos verdaderamente libres
por naturaleza —hablo de la libertad espiritual, no del mero poder ir por la
derecha o por la izquierda. Si la conquistamos depende de la disciplina, de
una disciplina constante y sincera. Forma parte de ella la lucha constante y
diaria, contra los lazos de fuera y sobre todo de dentro, y la permanente
superación de sí mismo.
No conviene proponerse demasiadas cosas, sino pocas, tal vez una
sola. Por ejemplo, trabajar concienzudamente y dirigir a esto toda la aten-
ción. Mejorando en este punto todo se mejora, porque el hombre es un to-
do viviente. Acaso sea de más eficacia concretar aún más nuestro propósi-
to: “prepararé esmeradamente mis trabajos de clase o mis labores domésti-
cas”.
Buscar algo bien claro y preciso. Por la noche examinarnos cómo nos
ha ido (examen de conciencia). Por la mañana renovar el propósito. Y todo
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esto practicarlo largo tiempo, hasta notar que ha echado firmes raíces en el
alma. Entonces cambiamos y emprendemos otra cosa. Las resoluciones
pierden intensidad con el tiempo, pues uno se acostumbra a ellas. Es nece-
sario de cuándo en cuándo tomar otra nueva, refrescando de este modo el
empuje y entusiasmo.
Esta es la verdadera disciplina: lanzarse con firmeza, luchar con va-
lentía y recomenzar constantemente. Prepárate desde el principio para una
lucha prolongada. Las menudencias pueden superarse pronto. Pero las fal-
tas verdaderas están tan arraigadas en el hombre que se requieren años pa-
ra terminar con ellas.
Puede suceder que al principio de la lucha se empeore la cosa. Es na-
tural; mientras se deja que todo siga su curso, no se siente nada especial.
En cuanto se inicia la tarea se remueve toda el alma. Justamente la aten-
ción y la lucha contra un defecto concreto a veces hace que éste surja con
toda su fuerza. Entonces ¡no desconcertarse, sino perseverar!
Quisiera llamar la atención de un modo particular sobre un punto:
puede suceder que no se progrese nada. Siempre las mismas faltas, de mo-
do que llega a decaer el ánimo. Pero es necesario conocer la naturaleza
humana. Quizás no se progrese realmente para nada en lo propuesto espe-
cialmente, pero sí en otro punto. Así, por ejemplo, uno lucha largo tiempo
con su carácter irascible sin tener éxito; pero sin notarlo él, se hace más
bondadoso con los demás. Justamente el hecho de haber tenido que luchar
tan duramente y de haber experimentado tan profundamente su flaqueza lo
han conducido a ello. Un segundo se afana por ser más ordenado y esme-
rado en sus trabajos, pero siempre recae. Pues bien, a pesar de todo, aún
sin él advertirlo, domina con mayor facilidad una pasión. La lucha cons-
tante por el orden le ha dado fuerza para que no pierda tan fácilmente la
cabeza ante el poder del instinto. Todo está íntimamente unido en la vida
interior. El actuar en un punto produce efectos también en 41 todos los de-
más. Por tanto, ¡no descorazonarse nunca!
Hay todavía otra forma de disciplina muy importante: el orden. Podrá
parecer extraño oír que la libertad procede del orden, estando acostumbra-
dos a tener por el más libre al vagabundo, que vive únicamente del mo-
mento, sin someterse ni depender de nada. Mas ser libre no significa eso
sino independencia del interior respecto del exterior, de lo profundo res-
pecto de lo superficial, de lo eterno respecto del memento, de lo noble res-
pecto de lo que carece de valor. Lo noble, lo eterno, lo interior deben ser
protegidos para que no sean arrollados por lo fútil, por el momento, por lo
superficial, por lo exterior. Y esto se logra por el orden. Nada, pues, de es-
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trechez mental sino ¡orden! como medio de liberar lo más propio nuestro.
Primero el orden exterior en la mesa, el cuarto, el armario. Quien tiene to-
das las cosas mezcladas como si el papel, los lápices, los libros, la ropa tu-
viesen piernas y se corriesen siempre allí donde no les corresponde, este
tal no es señor de su ambiente y esto porque el desorden se halla en él
mismo. Es en él mismo donde está el embrollo. Para él, pues, luchar por el
orden significa luchar por la libertad; una lucha del espíritu contra el des-
orden en su propio interior.
Lo mismo cabe decir del orden en el quehacer diario: que el levantar-
se, el trabajo, la hora de recreo, el descanso, se hagan a su debido tiempo.
No con mezquindad, pero sí con disciplina. Quien no consigue empezarlo
y concluirlo todo a su tiempo, es esclavo en alguna porción de su ser, sea
del estado de ánimo, o de la sociedad, o de los contratiempos y del acaso.
Así pues, orden en el trabajo: establecer qué hay que hacer primero y qué
después; y en esto no dejarse guiar por el gusto sino por lo que correspon-
de.
Orden también en el trabajo mismo: leer el libro bien; con orden, no
lo último primero. Leer con cuidado cada página, línea por línea. Repensar
lo leído. Consultar en el diccionario u otro libro lo que no se comprenda, o
preguntar. Llevar a cabo un trabajo concienzudamente y no dejarse guiar
por caprichos. Concluir la tarea empezada, no dejarla después de un par de
arremetidas.
Después orden más profundo todavía en el pensar: penetrar realmen-
te. Estudiar a fondo un asunto. No decidirse a la buena de Dios, sino tras
un serio examen. Seguir el hilo de las ideas, no saltar de una en otra. No
dejarse desviar por nuevas ocurrencias, sino siempre derecho, paso a paso.
Hay un tercer camino que conduce a la libertad: la comunidad. Pero
es necesario añadir: la verdadera. La falsa comunidad —lo hemos visto
ya— ata por el temor, el despotismo, la violencia. En cambio, la verdadera
ayuda a la liberación. Ya el hecho de alternar con los de otra manera de ser
y la obligación de respetarlos desata ligaduras. El que anda siempre solo se
enquista de tal manera en su peculiar modo de ser que ya no puede salir de
allí. En cambio, viviendo en compañía, se topa ya con este, ya con el otro
modo de ser: tiene que hacer frente al modo de ser extraño. Entonces sien-
te su ser, experimenta su influjo, procura comprenderlo, examina lo bueno
y lo malo, lo respeta, muestra interés por él a fin de poder alternar, colabo-
rar, etc. Todo esto libera su comprensión y amplía su mirada. Le ocurre lo
mismo que a un hombre que sale del estrecho mundo de su familia y su
patria para tierras lejanas. Es cierto que puede sucumbir a lo extraño y per-
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der de este modo sus mejores valores; pero no necesariamente tiene que
ser así. En cambio, el que permanece fiel a su ser se amplía: adquiere ex-
periencia de la vida, madurez de juicio y libertad de acción.
Ese tal ya no se sobreestima, sino que sabe ver su peculiaridad como
uno de tantos modos de ser humanos. Y precisamente ante el modo de ser
extraño comprende mejor el suyo propio. Cuántas veces se cae en la cuen-
ta de la fealdad de un defecto solamente después de haberlo visto en los
demás. O cuántas veces se alegra uno por primera vez de una virtud cuan-
do se nota su ausencia en otros o también viendo lo que otros hacen de
ella. Precisamente en el contraste con el modo de ser ajeno es como se
empieza a experimentar el propio, y uno se compenetra con él cuando tie-
ne que abrirse paso a través de la incomprensión y el rechazo.
La mejor comunidad es la de los verdaderos amigos y camaradas. La
esencia de la amistad consiste en que uno desea que el otro sea bueno y
perfecto. La de la camaradería en que uno desea que el otro sea capaz e in-
teligente en la misma empresa. Ambas implican gran sinceridad para decir
al otro sus fallas. Una amistad tiene valor en la medida que uno es sincero
para con el otro, y éste acepta la sinceridad del otro. Conozco amigos que,
cuando después de algún tiempo vuelven a verse, se miran detenidamente.
No como espías secretos, sino abiertamente. Y cada uno lo sabe y resiste.
Y entonces cada uno dice con toda franqueza: “oye, esto me parece bien;
esto otro no...”
Semejante sinceridad es difícil. Resulta muy duro permitir que le
llamen la atención a uno. Frecuentemente todo se rebela contra una pala-
bra. La amistad no es cosa fácil. A pesar de toda la fidelidad, actúan en el
fondo de las mejores intenciones vagos celos, veladas antipatías, suscepti-
bilidad y otras cositas por el estilo muy poco claras. Es como si de algún
fondo oscuro ascendiese a la superficie del alma toda suerte de cosas ex-
trañas que enturbian la clara intención.
Muchas amistades se han roto porque no se ha prestado atención al
“otro hombre” en el propio interior. Este se defiende duramente contra tal
advertencia; la juzga presunción, pedantería, superioridad, afán de domi-
nio. Allí se decide si la amistad posee hondura, sustancia, o si ha sido un
mero sentimiento superficial.
Pero muchas veces resulta también duro decir ciertas cosas al amigo.
A veces no llega la palabra a los labios. Nos conocemos demasiado bien a
nosotros mismos, por eso nos sentimos fariseos cuando le corregimos al
amigo. No se quiere ser falto de delicadeza.
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Hay sobre todo ciertas cosas que cuesta decirlas. Es mucho más sen-
cillo decir a uno que debe dominar su cólera que advertirle que debe ser
veraz o limpio en cuestiones de dinero. Aquello es una simple pasión; esto
afecta a la honra. Todavía me parece más difícil tener que decirle a uno
que se presente más limpio y aseado o que coma como es debido, porque
en tales puntos el hombre es extremadamente sensible. Sin embargo, hay
que hacerlo; y se presta al amigo un pésimo servicio callándose por tales
motivos. Piensa primero cómo se lo vas a decir: siempre con delicadeza,
espera el momento oportuno y, entonces, háblale con franqueza. Cierta-
mente que el primer momento no es precisamente muy agradable, pero
más tarde te lo agradecerá.
Todavía hay otra ayuda para conseguir la libertad: el rival. Es cierta-
mente una obra magistral el saber aprovecharse de él. Y es que en el pri-
mer instante la sensibilidad, la ira, la venganza y la preocupación nos cie-
gan para no ver en el rival otra cosa que al diablo en persona. Pero no ol-
vides que el odio tiene una vista muy aguda y que la aversión no se deja
engañar fácilmente. Quien sepa, pues, utilizar lo que ellos ven y dicen, oirá
muchas verdades acerca de sí mismo. Verdades duras, maliciosas, des-
agradables, pero ¡verdades! Frecuentemente más claras e incorruptibles
que las que nos podía ofrecer el mejor amigo. Por esto alguien ha hablado
del “mejor enemigo”, que nos coloca inexorablemente ante la alternativa;
que pone al descubierto todos nuestros engaños e inquieta la tranquila sa-
tisfacción de nosotros mismos: “¡Así eres tú, muchacho! ¡Defiéndete!”.
En el modo de defenderse se decide la suerte del deseo de libertad y
de la tan mentada veracidad. Si lo hace oponiendo un frente de mentiras
contra el enemigo, cerrándose con mil razones contra su crítica —y tales
razones existen a montones, porque naturalmente, la crítica enemiga siem-
pre es también injusta—; si se afana en demostrar que el de enfrente es una
mala persona, que no hay en él sino maldad, bajeza y ceguera, entonces ha
perdido la batalla, por más que haga enmudecer al adversario. En cambio,
aun cuando su defensa sea justa se pregunta: “¿por qué me habrá afectado
esto tan profundamente? ¿No tendrá alguna razón?”. Si lo toma a pecho y
se corrige entonces habrá vencido, aun cuando aparentemente se haya im-
puesto el rival.
La “comunidad de la enemistad” es la prueba suprema de la voluntad
de libertad.
Así es como nos aproximamos a la libertad. Poco a poco, pero avan-
zando. Cierto que aún no he dicho absolutamente nada de lo más profundo
de la libertad: del ser libre para Dios, de la superación gradual de la de-
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pendencia de las cosas, para pertenecer a Dios y poderle poseer. Pero esto
sería un capítulo aparte.
Puntos de reflexión: Hace ya bastante que no presentamos en las car-
tas estos puntos de reflexión. Me ha parecido que ya no necesitas estos es-
tímulos. Pero quizá sea bueno volver a ello de cuando en cuando.
Libertad e injusticia. Pedir perdón y perdonar. Reparar injusticias. —
Libertad y fidelidad. Cuando la fidelidad oprime; cuando creemos poder
obtener más de los otros. —Libertad y sufrimiento. Ataduras externas. Do-
lores, defectos, debilidades. —Los defectos del prójimo. —Libertad y ha-
cer bien. —Gratitud, delicadeza.
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