¿QUE PODEMOS SABER?
LOS LÍMITES DE LA RAZÓN PURA
Con la Crítica de la razón pura, Kant presentó una síntesis entre la tradición
racionalista y la empirista que abría una nueva vía para el conocimiento. Aunque el nuevo
método aceptaba límites para la razón, ponía de manifiesto que podía aspirar
justificadamente a él, es decir, al conocimiento.
UNA «REVOLUCIÓN COPERNICANA» EN FILOSOFÍA
Kant expuso su proyecto crítico como el estadio de la historia de la filosofía donde la
razón se examinaba a sí misma y descubría cuáles son sus límites. Según el pensador, este
momento culminaba el viejo proyecto filosófico que había estado buscando asentar el
conocimiento en una base firme. Este proyecto había arrancado con el reconocimiento de
la propia ignorancia y después había atravesado dos estadios anteriores al kantiano: el
dogmático, representado por el racionalismo, y el escéptico, representado por el
empirismo. Para mediar en este conflicto, el filósofo tenía que empezar planteándose el
problema de la metafísica
La metafísica era un campo de constantes disputas donde no había unanimidad ni
siquiera entre sus partidarios. Había quedado desacreditada o incluso despreciada. Sin
embargo, decía Kant, no era posible dejar desatendidos los temas de los que trata la
metafísica, porque esta disciplina se ocupa de las cuestiones que apelan de forma más
directa a los seres humanos y contiene los conceptos clave de cualquier sistema ético: la
existencia y naturaleza del Mundo, del yo o de la libertad.
Los objetos de estudio de la metafísica están, como su nombre indica, más allá del
mundo físico, y, por tanto, fuera del alcance de la experiencia. A diferencia de las
matemáticas y la ciencia natural, la metafísica pretende que puede conocer sus objetos sin
acudir a la experiencia. ¿Pero puede haber una ciencia sin experiencia? Kant comprendió
que su investigación sobre el conocimiento tenía que adoptar la forma de la pregunta: ¿es
la metafísica una ciencia? Porque para determinar la posibilidad de la metafísica como
ciencia, tendría que averiguar «qué y cuánto pueden conocer el entendimiento y la razón
aparte de toda experiencia». Por tanto, investigar los límites de la metafísica equivalía a
buscar los límites del conocimiento.
Un proyecto de tal envergadura necesitó de Kant su propia «revolución copernicana».
Lo explicaba el pensador con una analogía: Copérnico se dio cuenta de que considerando
una Tierra instalada en el centro del Universo, en torno a la cual giraban los astros, los
datos observados no cuadraban. Decidió entonces invertir la mirada y hacer que fuera la
Tierra la que diera vueltas en tomo al Sol. En el caso de Kant, viendo que la observación
del objeto no permitía avanzar en el camino de la certeza del conocimiento, decidió
invertir la mirada y trasladarla al sujeto, es decir, al proceso humano del conocer. Esta
inversión del punto de vista le hizo ver que los elementos formales del conocimiento, los
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conceptos, y los elementos materiales, el mundo exterior, han de colaborar para que este se
dé. Son los objetos los que tienen que adecuarse a nuestro conocimiento cobrando el sujeto
un papel primordial.
EL PROYECTO DE LA CRÍTICA DELA RAZÓN PURA.
¿QUÉ PUEDO SABER?
«¿Qué puedo saber?» era la pregunta que se planteaba el proyecto crítico de Kant
como punto de partida. El primer paso para delimitar el alcance de la razón, y con él, de la
ciencia, era estudiar qué condiciones son necesarias para el conocimiento y si estas
condiciones se cumplen en las distintas ciencias.
A diferencia de racionalistas y empiristas, que privilegiaban una única fuente posible
para el conocimiento, esto es, la razón (entendimiento) o la experiencia, Kant postuló que
el conocimiento era un compuesto de las dos. Todo nuestro conocimiento comienza con la
experiencia, afirmó, pero no por eso se origina totalmente en ella. Las impresiones nos
vienen dadas por los sentidos y el entendimiento les da forma. Ambos tienen que
someterse a unas «plantillas» o «formas», independientes de la experiencia. Estas formas
son condiciones necesarias del conocimiento, es decir, que sin ellas el conocimiento es
imposible. Por eso, Kant las califica de «formas trascendentales».
Al analizar en detalle el proceso del conocer, el filósofo distinguió en él la acción de
tres facultades: la sensibilidad, el entendimiento y la razón propiamente dicha. La
sensibilidad es nuestra capacidad de generar representaciones del mundo exterior y es
meramente receptiva (pasiva). En terminología kantiana, es la fuente que recoge nuestras
«intuiciones (percepción instantánea)» del mundo exterior. A continuación entra en juego
el entendimiento, que ordena lo percibido en forma de conceptos. Así las intuiciones
cobran orden y sentido y se convierten en pensamientos conexos. Por ejemplo, la
proposición «esto es una casa» surge de una pluralidad de intuiciones ordenada por el
entendimiento en una forma entendible, secuencial, sucesiva y comunicable.
El entendimiento sería la facultad de comprender. No es solo receptivo sino activo, y
opera de modo simultáneo a la sensibilidad. Kant resumió de forma inmejorable la
dependencia recíproca de ambas facultades en la frase «las intuiciones sin conceptos son
ciegas, los conceptos sin intuiciones son vacíos».
La facultad de la razón, por último, enlaza los conceptos en forma de proposiciones
(juicios). Estos juicios los relacionamos unos con otros de acuerdo con las leyes de la
lógica, de modo que producimos nuevas proposiciones cada vez más universales. La razón
sería la que nos impulsa a ampliar nuestro conocimiento buscando leyes cada vez más
generales.
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Kant sostuvo que las condiciones necesarias de las distintas ciencias se corresponden
con las condiciones necesarias de estas facultades mediante las cuales el hombre configura
su realidad. Las condiciones necesarias para que la matemática sea una ciencia son las
formas trascendentales de la sensibilidad, y las condiciones necesarias de la ciencia natural
—nuestra actual física— son las formas trascendentales del entendimiento. Solo queda la
razón, cuyas condiciones necesarias son las formas trascendentales de la metafísica. El
problema de la metafísica como ciencia es que estas formas trascendentales no producen
conocimiento cierto. Creer que sí lo hacen lleva a un uso erróneo de la razón. He ahí el
límite del uso de la razón, que marca lo que podemos saber según nuestra capacidad.
La posibilidad de la matemática como ciencia se respondía afirmativamente en la
primera parte de la Crítica de la razón pura, denominada «Estética trascendental». La
posibilidad de la ciencia natural y de la metafísica era el tema del segundo bloque de la
obra, la «Lógica trascendental», dividido respectivamente en «Analítica trascendental» y
«Dialéctica trascendental».
El análisis de los juicios
Kant había desvelado que el conocimiento resulta de la composición de dos
elementos, uno empírico y otro contenido en nuestra capacidad de conocer, es decir, de un
elemento que viene de fuera de nosotros y otro que ya está en nosotros. El conocimiento se
expresa en proposiciones —«juicios» en la terminología kantiana—, por eso hay que
analizar los distintos tipos de juicios que es posible formular. Había juicios a priori y juicios
a posteriori.
A priori eran aquellas proposiciones que versan sobre conceptos o conocimientos
previos a la experiencia. Por ese motivo, el conocimiento a priori era universal y necesario y
valía siempre y en todo lugar. Por ejemplo, el juicio «todos los triángulos tienen tres lados»
es a priori porque no es posible imaginar un triángulo que no tenga tres lados. Siempre y
en todas partes será verdadero. En consecuencia, la pregunta sobre la posibilidad de la
metafísica será también la pregunta sobre la posibilidad del conocimiento a priori.
Por otro lado, existían las proposiciones a posteriori. Son las que proceden de la
experiencia. Por tanto, la verdad de los juicios a posteriori no es ni universal ni necesaria, ya
que está sujeta a revisión en nuevas experiencias, sino que es siempre provisional.
Pero también había otra manera de analizar los juicios: según la forma en que se
organiza su contenido. Desde ese punto de vista, el filósofo distinguía entre juicios
analíticos y sintéticos.
En los analíticos, el predicado está contenido en el concepto del sujeto, de manera que
se llega al predicado por el simple análisis del sujeto, sin necesidad de la experiencia. Son
juicios «de explicación». El problema de estos juicios es que, si se conoce bien la noción, el
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juicio no aporta información. No sucede lo mismo con los juicios sintéticos, porque en ellos
el predicado está enteramente fuera del concepto del sujeto. Como lo que se sabe del sujeto
no incluye el predicado, la frase supone una información añadida. Son juicios «de
ampliación».
Se diría que hay una correlación entre los juicios analíticos y a priori y los juicios
sintéticos y a posteriori. Parece lógico pensar que todos los juicios analíticos —de
explicación— son a priori, porque todo lo que se predique de un sujeto que sea una
definición de su significado será verdadero siempre y en todas partes. Por su parte, parece
que todos los juicios a posteriori son sintéticos —de ampliación— porque añaden al sujeto
una información procedente de la experiencia.
La cuestión es que no puede haber juicios analíticos —de explicación— a posteriori,
porque ambos conceptos se oponen: lo analítico es independiente de la experiencia y lo a
posteriori procede de ella. Sin embargo, ¿es posible que existan juicios sintéticos —de
ampliación— a priori? ¿Pueden existirj uicios que provengan de la experiencia y que a la
vez su verdad sea universal y necesaria?
Kant solventó esta cuestión sin suspense: su respuesta era afirmativa. Para
demostrarlo, usó los siguientes ejemplos de juicios sintéticos a priori: las proposiciones de
la aritmética y la geometría, como la expresión «7 + 5 = 12»; los principios básicos de la
ciencia natural, como «todo cambio tiene una causa»- Pero no solo los juicios sintéticos a
priori ciertamente existían; lo verdaderamente revolucionario de su conclusión era que, de
hecho, constituían el fundamento de las ciencias.
De ese modo, el proyecto kantiano que pretendía determinar bajo qué condiciones las
ciencias dan conocimiento cierto quedó reformulado como: ¿qué condiciones son
necesarias para que se den los juicios sintéticos a priori en las diferentes ciencias? y, ¿se dan
dichas condiciones en todas ellas, metafísica incluida?
¿CÓMO CONOCEMOS?
LA SENSIBILIDAD Y EL ENTENDIMIENTO
A partir de este punto, Kant podía volver más completa su visión del proceso del
conocer. El ser humano percibe el mundo como una variedad de impresiones. Si percibe
una tiza, percibe, en realidad, un conjunto de propiedades: color, textura, forma,
temperatura... Ese conjunto de impresiones, sin orden alguno, carece de significado y
necesita ser ordenado mediante un proceso que culmina en el concepto «tiza». Pero este
proceso no lo puede llevar a cabo la experiencia, sino el entendimiento. A las impresiones
desordenadas, Kant las llamó «fenómenos» (palabra de origen griego que vendría a
significar «apariencia»). Así, la primera etapa del conocimiento consiste en la captación de
las apariencias de las cosas por parte de los sentidos (sensibilidad) y su ordenación
(secuencial) mental (entendimiento). No se trata de dos momentos diferentes: la intuición
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de los datos del exterior y el ordenamiento interior se efectúan al mismo tiempo, ya que
son dos formas complementarias del conocimiento.
Para Kant las apariencias no son propiamente cosas, sino solo las propiedades
perceptibles de las cosas. Dicho en otros términos, son «predicados» de un sujeto. Esas
propiedades pueden cambiar sin que cambie el sujeto de las que se predican. Kant puso el
ejemplo de la cera: cuando percibimos cera que se derrite por el calor, seguimos
considerándola cera a pesar de sus cambios. Suponemos una continuidad en el tiempo del
sujeto, más allá de las variaciones que percibimos en él. Kant llama «noúmeno» a ese
sustrato que permanece, a la «cosa en sí» una vez despojada de todos sus elementos
aparentes (fenómenos). Al denominarlo así, recupera la tradición griega, que oponía el
mundo de las apariencias al de la realidad.
Si el sujeto se enfrenta a un universo de cosas aparentes, la cuestión que se plantea de
inmediato es si la cosa en sí, al margen de sus propiedades, puede ser también percibida.
Kant sostuvo que no: el ser humano no tiene acceso directo a la cosa en sí. De hecho, una
de las tareas de su crítica, afirmó el pensador, era evitar dar el salto de creer que la cosa
pensada (el concepto) se corresponde con la cosa existente (la cosa en sí).
¿Cómo es posible la sensibilidad?
La estética trascendental
Para estudiar cómo se enfrenta el hombre a un mundo de apariencias, Kant necesitaba
analizar la capacidad del sujeto de ser afectado por las realidades externas, es decir, la
sensibilidad. En primer lugar observó que la percepción de las sensaciones se da
necesariamente en el tiempo y en el espacio, pero que estos no son objeto de percepción,
porque no son propiedades objetivas de las cosas. Por tanto, pensó, no son posteriores a la
percepción, sino a priori, es decir, que se encuentran ya en la sensibilidad. Si no percibimos
las cosas más que en el espacio y el tiempo, esto es, ordenadas en ciertas relaciones
espacio-temporales, pero el espacio y el tiempo no son perceptibles, entonces es que
espacio y tiempo son las condiciones que posibilitan la percepción.
El pensador denominó «estética trascendental» al estudio del tiempo y el espacio.
Tomó la palabra «estética» de su raíz griega, en el sentido de «percepción», y añadió la
palabra «trascendental» para indicar que su objeto eran las condiciones a priori de la
sensibilidad. Las proposiciones o juicios sobre el tiempo y el espacio son sintéticas a priori,
es decir, añaden información, y, por ser previos a la experiencia, su verdad es universal y
necesaria.
Un objeto existe en el espacio, pero él mismo no es el espacio. Al contrario, es una
limitación del espacio. Percibimos los objetos que se hallan en el espacio, pero no podemos
percibir el espacio ni en todo ni en parte. Hablar de diversos espacios es, en realidad,
hacerlo de diferentes partes de él. No podemos representar la falta de espacio; solo
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podemos imaginar un espacio sin objetos. El espacio es, pues, una condición universal y
necesaria (a priori) para la percepción, o, en palabras de Kant, la sensibilidad humana. Es
una presuposición que sirve de base a todas las intuiciones externas. Una intuición pura,
independiente de la experiencia, pero necesaria para que la experiencia se dé.
Lo propio ocurre con el tiempo: tampoco es un concepto empírico. Podemos percibir
objetos en el tiempo e incluso apreciar sus variaciones en él, pero no podemos percibir el
tiempo. Sin la noción de tiempo no podríamos percibir ni la coexistencia de los objetos ni
su sucesión. No habría percepción, ya que los objetos se dan en el tiempo. El cambio y el
movimiento (que es cambio de lugar) solo son posibles en la representación del tiempo.
Del mismo modo, solo gracias al tiempo podemos predicar cosas contradictorias de un
mismo sujeto. Por consiguiente, como el espacio, el tiempo es una condición a priori de la
sensibilidad humana que permite la percepción de las apariencias de las cosas.
Pero recordemos que las argumentaciones de la estética trascendental tenían que
servir para fundamentar los juicios sintéticos a priori en el ámbito de las matemáticas. Estas
tratan de las propiedades del espacio (geometría) y del tiempo en la forma de series
numéricas (aritmética). Dado que el espacio y el tiempo son condiciones necesarias para
que se dé cualquier fenómeno, sus propiedades han de transmitirse necesariamente a
todos los fenómenos. Se explica así que las matemáticas sean de aplicación necesaria y
universal. Los juicios de las matemáticas expanden nuestro conocimiento —son sintéticos
— pero no proceden de la experiencia —son a priori.
¿Cómo es posible el entendimiento?
La analítica trascendental
Habiendo asentado el fundamento de la sensibilidad, Kant podía dar ya el paso para
resolver la pregunta análoga sobre el entendimiento. En la analítica trascendental, se
ocupó de estudiar las formas puras a priori del entendimiento.
Para ordenar las percepciones recogidas por la sensibilidad, el entendimiento utiliza
«conceptos». Kant consideraba que esa es la propia definición de «concepto»: la unión y
ordenación de diversas percepciones bajo una sola forma. La cuestión ahora era desvelar
cuáles eran esas reglas de ordenación, porque el conocimiento no podía ser consecuencia
del puro azar.
El alemán identificó dos tipos de conceptos: los empíricos y los puros. Los empíricos
—«casa», «perro», «mamífero»— provienen de la experiencia al observar las semejanzas y
los rasgos comunes a ciertos individuos. No obstante, en la acción del entendimiento están
supuestos otro tipo de conceptos; conceptos «puros», no empíricos, que Kant denominó
«categorías». Estas categorías serían los vínculos con los que el entendimiento organiza las
diversas sensaciones que llegan al sujeto a través de la intuición. La suma del color, la
forma, la cantidad, etc., es ordenada por el entendimiento empleando categorías o
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conceptos puros que no proceden de la experiencia porque son operaciones del propio
entendimiento. Sin esta unificación que permiten las categorías habría una percepción
desordenada y sin criterio de los fenómenos a través de los sentidos, pero sería imposible
formular juicios.
Por un lado, se aprecia que el entendimiento no puede pensar los fenómenos sin las
categorías, y por el otro, que las categorías no se pueden aplicar más allá de los
fenómenos, o lo que es lo mismo, a realidades más allá de la experiencia. Igual que el
espacio y el tiempo han de «llenarse» con impresiones sensibles, las categorías habrán de
llenarse con datos procedentes de la experiencia.
Pero el entendimiento no es capaz de conocer solo a través de conceptos, sino que
colocamos conceptos dentro de un juicio formado por un sujeto y un predicado («Todo
cuerpo es extenso»). Para decir algo de los objetos, empleamos una articulación de
conceptos en la cual se afirma el enlace del concepto que ocupa el lugar del sujeto con otro
que ocupa el lugar del predicado. Por ejemplo, el juicio «todos los cuerpos son divisibles»
resulta de aplicar el concepto de divisibilidad al concepto de cuerpo.
Si las categorías o conceptos puros son imprescindibles para formular juicios, es
lógico suponer que todos los tipos de juicio válidos están relacionados directamente con
las categorías que los hacen posibles. Kant definió doce tipos de juicios que se
correspondían con doce «subcategorías», agrupadas en cuatro grandes clases: de cantidad,
cualidad, relación y modalidad.
Del mismo modo que la sensibilidad imponía a los objetos que se dieran en el espacio
y en el tiempo, el entendimiento impone a los objetos las formas dadas por las categorías o
conceptos puros. No podemos entender sino es por mediación de ellas. El objeto en sí —el
noúmeno— se nos escapa entre las manos. Solo está a nuestra disposición el fenómeno,
necesariamente amoldado a las categorías.
Con la introducción de las categorías o conceptos puros, Kant respondió
afirmativamente a la pregunta de si son posibles los juicios sintéticos a priori en las ciencias
naturales. Retomando el ejemplo dado con anterioridad, «todo cambio tiene una causa», se
aprecia que es sintético porque el concepto de «causa» no está implícito en el de «cambio».
También es universal y necesario, es decir, independiente de la experiencia, porque se
funda en una categoría (en su caso, en la subcategoría de «causalidad»).
Mientras Kant llevaba a cabo este análisis minucioso de las actividades que realiza el
entendimiento en la ordenación de los datos sensoriales, no dejaba de pensar si esa
operación estaba lógicamente justificada. Una vez elaborada la tabla de las categorías, se
dedicó a establecer su legitimidad. A esta operación la llamó «deducción trascendental».
Lo que pretendía era demostrar que no hay posibilidad de pensar los objetos sin recurrir a
las categorías.
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Ante las dificultades para comprender la naturaleza del conocimiento observando los
objetos, había procedido a la «inversión copernicana» que le llevó a fijar la atención en
cómo actúa el sujeto. Los objetos son percibidos como fenómenos, pero no podríamos
hablar de fenómenos sin un sujeto que los percibiera. Por lo tanto, las leyes que regulan la
aplicación de las categorías a la intuición son leyes que se hallan en el interior del sujeto.
Como la existencia misma de un sujeto pensante requiere de conceptos puros tales como la
unidad (las intuiciones son muchas pero quien las experimenta es una misma mente) o el
tiempo (las intuiciones se distinguen entre sí por sucederse una tras otra), se deduce que
las categorías son previas y que no es posible pensar los objetos sin ellas. Ese percibirse a sí
mismo («apercepción»), escribió Kant, es el principio «más elevado de todo el
conocimiento humano».
Aunque intentó describir cómo funciona la capacidad del hombre para conocer el
mundo, renunció a explicar por qué era así. Se pueden imaginar otras formas de
conocimiento, reconoció, pero al no ser las nuestras, no sabríamos cómo funcionan y, en
cualquier caso, carecemos de acceso a ellas. Por tanto, tenemos que ajustamos a las
posibilidades reales de nuestras capacidades y no sobrepasar sus límites.
LAS ILUSIONES DE LA RAZÓN.
LA DIALÉCTICA TRASCENDENTAL
No todo lo que existe es accesible a la experiencia. Entre lo inaccesible se encuentra el
«noúmeno», es decir, la «cosa en sí» una vez despojada de todos sus elementos aparentes.
El noúmeno es por definición lo que no se puede percibir.
Lo cierto es que podemos pensar en objetos no sensibles, objetos que incluso pueden
ser verdaderos, pero no podemos tener certeza de ellos aunque la razón nos empuje a
creer que sí. Cuando nos confundimos y creemos que hemos llegado a captar la «cosa en
sí» por la vía del entendimiento, caemos en una «ilusión trascendental». Ahora bien,
extralimitarse y aplicar las reglas del entendimiento a conceptos extraempíricos es
inherente a la razón humana. Por eso es tan necesaria la crítica kantiana y su trabajo de
«constante corrección». La sección en la que Kant analiza y corrige estas «ilusiones de la
razón» es la «dialéctica trascendental», entendiendo dialéctica en el sentido griego de
«disputa».
Para empezar, hay que aclarar cómo Kant distingue entre razón y entendimiento. El
conocimiento se inicia en los sentidos y pasa al entendimiento, pero culmina en la razón.
El entendimiento unifica los fenómenos en la forma de proposiciones mediante las
categorías o conceptos puros; mientras que la razón, por su parte, elabora razonamientos
que, a partir de juicios particulares, nos permita construir principios o leyes cada vez más
generales. Ambos actúan sobre la base de conceptos puros. Si las categorías son los
conceptos puros del entendimiento, los conceptos puros de la razón son las «ideas
trascendentales». Las ideas trascendentales, como las categorías, no tienen base empírica.
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Kant delimitó tres ideas trascendentales de este tipo: alma, mundo y Dios.
¿Cómo puede llegar la razón a esas ideas? Para responder a esa pregunta, Kant se fijó
en los razonamientos y su aplicación. Un razonamiento es, en esencia, un proceso por
medio del cual obtenemos información —conclusiones— a partir de datos conocidos —
premisas. Un silogismo, por ejemplo, es un tipo de razonamiento deductivo formado por
dos premisas y una conclusión:
Todos los hombres son mortales.
Sócrates es hombre.
Luego Sócrates es mortal.
Si aceptamos las dos premisas, es inevitable aceptar la conclusión. Si la premisa no es
cierta, la conclusión tampoco lo será. La razón, sin embargo, se siente empujada a buscar
una verdad que no está condicionada a la de otros enunciados. En el ejemplo anterior, este
impulso se correspondería con buscar un nuevo silogismo que tome la premisa de partida
(«Todos los hombres son mortales») y la convierta en conclusión de otro silogismo con
nuevas premisas, y así sucesivamente hasta hallar el enunciado cuya veracidad no esté
condicionada por ningún otro. Estas «condiciones incondicionadas» de la razón son,
precisamente, las ideas trascendentales.
El alma sería la condición incondicionada del sujeto pensante, es decir, el concepto
necesario que nos permite unificar todos los fenómenos derivados de la psicología. El
mundo sería la condición incondicionada de la experiencia; el concepto necesario para
unificar todos los fenómenos perceptivos. Dios, por último, sería la condición
incondicionada de alma y mundo, es decir, la causa de la realidad misma.
Kant está ahora en disposición de responder a la pregunta acerca de si la metafísica es
posible como ciencia. A diferencia de las demás disciplinas, la respuesta en este caso es no.
Los juicos sintéticos a priori o conceptos puros de la metafísica (las ideas trascendentales)
no producen conocimiento. No hay experiencia posible del alma, el mundo en su totalidad
o Dios, por lo que son conceptos «vacíos». La razón, entusiasmada con su poder lógico,
cree poder alcanzar un conocimiento seguro sobre los principios últimos de toda la
realidad. Pero se trata de meras ilusiones, las ilusiones de la razón misma, que nos llevan a
argumentaciones falaces y razonamientos sofísticos.