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Obsesión por una calavera llamada Vera

La narradora describe su relación con su novio, quien es perezoso y desatento, y su obsesión por una calavera llamada Vera que encontró en la calle. A medida que avanza la historia, la narradora se distancia de su novio y se sumerge en un mundo de fantasía macabra, mientras reflexiona sobre la belleza de los huesos y su deseo de completar a Vera. Finalmente, se plantea la dificultad de conseguir los huesos que le faltan a Vera y la necesidad de estudiar anatomía para entender mejor su obsesión.

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Obsesión por una calavera llamada Vera

La narradora describe su relación con su novio, quien es perezoso y desatento, y su obsesión por una calavera llamada Vera que encontró en la calle. A medida que avanza la historia, la narradora se distancia de su novio y se sumerge en un mundo de fantasía macabra, mientras reflexiona sobre la belleza de los huesos y su deseo de completar a Vera. Finalmente, se plantea la dificultad de conseguir los huesos que le faltan a Vera y la necesidad de estudiar anatomía para entender mejor su obsesión.

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Él, mi novio, no la vio hasta que se sacó la campera y se sentó en el sillón.

Es un hombre muy
desatento.

Cuando la vio, dio un respingo, pero no se levantó. También es perezoso y se está poniendo gordo.

No me gustan los gordos.

—¿Qué es esto? ¿Es de verdad?

—Claro que es de verdad —le dije—. La encontré en la calle.

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Me gritó. Por qué trajiste esto, me gritó, exagerado, de dónde la sacaste. Juzgué que estaba
haciendo un escándalo y le ordené que bajara la voz. Traté de explicarle con tranquilidad que la
había encontrado tirada en la calle, bajo un árbol, abandonada, y que hubiese sido totalmente
indecente por mi parte actuar con indiferencia y dejarla ahí.

—Estás loca.

—Puede ser —le dije, y me llevé a Vera a la habitación.

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Sé que él esperó un rato por si yo salía a hacerle la comida. No tiene que comer más, se está
poniendo gordo, los muslos ya se le rozan, y si usara pollera de mujer, estaría siempre paspado
entre las piernas. Después de una hora lo oí insultarme y usar el teléfono para pedir una pizza. La
pereza: prefiere el delivery a caminar hasta el centro y comer en un restaurante. El gasto de dinero
es casi el mismo.

—Vera, no sé qué hago con él.

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Si ella pudiera hablar, sé que me diría que lo deje. Es de sentido común. Antes de dormir, rocío la
cama con mi perfume favorito y le paso un poquito a Vera bajo los ojos y por los costados.

Mañana voy a comprarle una peluquita. Para que mi novio no entre en la habitación, la cierro con
llave.

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Mi novio dice que está asustado y otras pavadas. Duerme en el living, pero no es un sacrificio,
porque el futón que compré con mi dinero —a él le pagan poco— es de excelente calidad. De qué
estás asustado, le preguntó. Él balbucea tonterías sobre que me la paso encerrada con Vera y que
me escucha hablándole.

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Le pido que se vaya, que junte sus cosas y deje el departamento, que me deje. Pone cara de
profundo dolor, no le creo y casi lo empujo a la habitación para que haga sus valijas. Grita de
vuelta, pero esta vez grita de miedo. Es que vio a Verita, que tiene su peluca rubia carísima, de
pelo natural, pelo fino y amarillo, seguramente cortado en un pueblo ex soviético de Ucrania o de
la estepa (¿son rubias las siberianas?), las trenzas de alguna chica que todavía no encontró a quien
la saqué de su pueblo miserable. Me parece muy extraño que haya rubios pobres, por eso se la
compré. También le compré unos collares de cuentas de colores, muy festivos. Y está rodeada de
velas aromáticas, de esas que las mujeres que no son como yo, ponen en el baño o en la
habitación para esperar a algún hombre entre llamitas y pétalos de rosa.

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Me amenazó con llamar a mi madre. Le dije que podía hacer lo que quisiera. Lo vi más gordo que
nunca, con las mejillas caídas como las de un mastín napolitano, y esa noche, después de que se
fue con la valija y un bolso colgado del hombro, decidí empezar a comer poco, bien poco. Pensé en
cuerpos hermosos como el de Vera, si estuviese completo: huesos blancos que brillan bajo la luna
en tumbas olvidadas, huesos delgados que cuando se golpean suenan como campanitas de fiesta,
danzas en la foresta, bailes de la muerte. Él no tiene nada que ver con la belleza etérea de los
huesos desnudos, él los tiene cubiertos por capas de grasa y aburrimiento. Vera y yo vamos a ser
hermosas y livianas, nocturnas y terrestres; hermosas las costras de tierra sobre los huesos.
Esqueletos huecos y bailarines. Nada de carne sobre nosotras.

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Una semana después de dejar de comer, mi cuerpo cambia. Si levanto los brazos, las costillas se
asoman, aunque no mucho. Sueño: algún día, cuando me siente sobre este piso de madera, en vez
de nalgas tendré huesos y los huesos van a atravesar la carne y van a dejar rastros de sangre sobre
el suelo, van a cortar la piel desde adentro.

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Le compré a Vera unas luces de decoración, las que se usan para adornar el árbol de Navidad. No
podía seguir viéndola sin ojos, o, mejor dicho, con los ojos muertos, así que decidí que dentro de
las cuencas vacías brillaran las lamparitas; como son de colores, se pueden ir cambiando y Vera un
día tendrá ojos rojos, otro día verdes, otro día azules. Cuando estaba contemplando el efecto de
Vera con ojos desde la cama, oí que unas llaves abrían la puerta de mi departamento. Mi madre, la
única que tiene copia, porque a mi ex obeso lo obligué a entregarme la suya. Me levanté para
hacerla pasar. Le preparé un té y me senté a tomarlo con ella. Estás más flaca, me dijo. Es el estrés
de la separación, le contesté.

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Nos quedamos calladas. Por fin ella habló:

—Me dijo Patricio que estás en algo raro.

—¿En qué? Por favor, mamá, inventa cosas porque lo eché.

—Dice que te obsesionaste con una calavera.

Me reí.

—Está loco. Con unas amigas estamos armando disfraces y maquetas de terror para la Noche de
Brujas, es para divertirnos. No tuve tiempo de comprar un disfraz, así que armé un retablo vudú y
voy a comprar otras cositas, velas negras, una bola de vidrio tipo bola de cristal, para ambientar,
¿me entendés? Porque hacemos la fiesta en casa.

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No sé si entendió mucho, pero le resultó una estupidez razonable. Quiso conocer a Vera y se la
mostré. Le pareció macabro que la tuviera en la habitación, pero se creyó por completo lo de la
ambientación para la fiesta, a pesar de que yo jamás organicé una fiesta en mi vida y detesto los
cumpleaños. También se creyó mis mentiras sobre el despecho de Patricio.

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Se fue tranquila y no va a volver por un tiempo. Está muy bien, quiero estar sola porque ahora me
tiene angustiada la incompletud de Vera. No puede seguir sin dientes, sin brazos, sin columna
vertebral. Nunca voy a poder recuperar los huesos que le corresponden, eso es obvio. Tengo que
estudiar anatomía, además, para averiguar el nombre y el aspecto de los huesos que le faltan, que
son todos. ¿Y dónde buscárselos? No puedo profanar tumbas, no sabría cómo hacerlo. Mi padre
solía hablar de las fosas comunes de los cementerios, que estaban al aire libre, como una piscina
de huesos, pero creo que no existen más. Si aún existen, ¿no estarán custodiadas? Me contaba
que los estudiantes de Medicina iban a buscar ahí sus esqueletos, los que usaban para estudiar.
¿De dónde los sacan, ahora, los huesos para estudiar? ¿O usarán réplicas de plástico? Veo muy
difícil caminar por las calles con un costillar humano.

Si encuentro uno, para cargarlo usaré la mochila grande que dejó Patricio, la que llevábamos de
campamento cuando él todavía era flaco. Todos caminamos sobre huesos, es cuestión de hacer
agujeros profundos y alcanzar a los muertos tapados. Tengo que cavar, con una pala, con las
manos, como los perros, que siempre encuentran los huesos, que siempre saben dónde los
escondieron, dónde los dejaron olvidados.

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¿De qué objeto se está hablando en el texto?

De una calavera llamada vera

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