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John Locke Fragmentos

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John Locke Fragmentos: Segundo Tratado Sobre El Gobierno Civil

Leer atentamente y Responder las Siguientes Preguntas:


1) Describir el Estado de Naturaleza según Locke. ¿Cómo es el hombre, según
Locke, en el Estado de Naturaleza?
2) ¿Por qué es que Locke señala que aunque el Estado de Naturaleza sea un
estado de libertad, no lo es de licencia?
3) ¿Cuál es la ley que gobierna el Estado de Naturaleza? ¿Qué enseña esa ley?
4) ¿Cuándo se tiene derecho a castigar? ¿Por Qué?
5) ¿Por Qué es que, según Locke, el Estado Civil es el “remedio contra las
inconveniencias” que lleva consigo el Estado de Naturaleza? ¿Por qué es
que un hombre no puede ser juez de su propia causa?

Capítulo 2: Del Estado de Naturaleza


Para entender correctamente el poder político, y derivarlo de su origen, debemos
considerar en qué estado se hallan naturalmente todos los hombres, que no es otro
que el de perfecta libertad para ordenar sus acciones, y disponer de sus personas y
posesiones como lo consideren, dentro de los límites de la ley natural, sin pedir
permiso o depender de la voluntad de otro hombre alguno.
Es un estado también de igualdad, en que todo poder y jurisdicción es igual, sin que
al uno competa más que al otro, no habiendo nada más evidente que el hecho de
que criaturas de la misma especie y rango, nacidas todas con idénticas ventajas de
la Naturaleza, y con las mismas facultades, deberían ser iguales cada una entre
todas las demás, sin subordinación o sujeción.
[…]
Pero aunque este sea un estado de libertad, no lo es de licencia. Más allá de que el
hombre goce en él de libertad irrefrenable para disponer de su persona o de sus
posesiones, no es libre de destruirse a sí mismo, ni tampoco a criatura alguna en su
poder, a menos que lo reclamare algún uso más noble que el de la mera
preservación. El Estado de Naturaleza tiene una ley de la naturaleza que lo gobierna
y obliga a todos; y la razón, que es esa ley, enseña a toda la humanidad que quiera
consultarla, que siendo todos iguales e independientes, ninguno debe dañar a otro
en lo que atañe a su vida, salud, libertad o posesiones; pues como los hombres son
todos obra de un Creador todopoderoso e infinitamente sabio, servidores todos de
un Dueño soberano, enviados al mundo por orden del Él y a su negocio, propiedad
son de Él, y como hechuras suyas deberán durar mientras a Él le plazca. Y pues,
porque todos nos descubrimos dotados de iguales facultades, participantes de la
comunidad de la naturaleza, no cabe suponer entre nosotros una subordinación tal
que nos autorice a destruirnos unos a otros, ni tampoco a las criaturas inferiores.
Por la misma razón que cada uno está obligado a preservarse a sí mismo y a no
destruirse por propia voluntad, también se verá obligado a preservar al resto de la
humanidad en la medida que le sea posible, y cuando su propia preservación no se
vea amenazada por ello; a menos que se trate de hacer justicia con quien haya
cometido una ofensa criminal, no se podrá quitar la vida, ni entorpecerla, jamás,
salvo para ajusticiar a un criminal.
Y para que todos los hombres se guarden de invadir los derechos ajenos y de
hacerse daño unos a otros, y sea observada la ley de naturaleza, que quiere la paz
y preservación de toda la humanidad, la ejecución de la ley de naturaleza se halla
confiada, en tal estado, a las manos de todos, por lo que cada uno tiene el derecho
de castigar a los transgresores de dicha ley hasta el grado necesario para impedir
su violación. Porque sería la ley natural, como todas las demás leyes que
conciernen a los hombres en este mundo, cosa vana, si nadie en el estado de
naturaleza tuviese el poder de ejecutar dicha ley, y por tanto de preservar al
inocente y frenar a los transgresores; pero si alguien pudiere en el estado de
naturaleza castigar a otro por algún daño cometido, significa que todos los demás
podrán hacer lo mismo. Porque en dicho estado de perfecta igualdad, sin
espontánea producción de superioridad o jurisdicción de unos sobre otros,
cualquiera puede hacer en seguimiento de tal ley que a todos precisa.
Y así es como en el estado de naturaleza, un hombre llega a tener poder sobre otro,
pero no es poder arbitrario o absoluto para tratar al criminal, cuando en su mano le
tuviere, según el apasionado acaloramiento de su voluntad, sino que le sancionará
en la medida que la tranquila razón y conciencia lo determinen, asignándole penas
proporcionales a su transgresión, y que sirvan para que el criminal repare el daño
que ha hecho y evite rehacer en su ofensa.
Porque tales son las dos únicas razones por las cuales podrá un hombre legalmente
causar daño a otro, que es lo que llamamos castigo. Al transgredir la ley de la
naturaleza, el delincuente pregona vivir según una norma distinta de aquella razón y
equidad común, que es la medida que Dios puso en las acciones de los hombres
para su mutua seguridad, y así se convierte en peligroso para la estirpe humana;
desdeña y quiebra el vínculo que a todos asegura contra la violencia y el daño, y
ello, como transgresión contra toda la especie y contra la paz y seguridad de ella,
procurada por la ley de naturaleza, autoriza a cada uno a que por dicho motivo,
según el derecho que le asiste de preservar a la humanidad en general, pueda
sofrenar, o, donde sea necesario, destruir cuantas cosas les fueren nocivas, y así
causar tal daño a cualquiera que haya transgredido dicha ley, que le obligue a
arrepentirse de su malhecho, y alcance por tanto a disuadirle a él y, mediante su
ejemplo, a los otros, de causar mal hechos tales. Y, en este caso, y en tal terreno,
todo hombre tiene derecho a castigar al delincuente y a ser ejecutor de la ley de
naturaleza.
[…]
A la doctrina de que en el Estado de Naturaleza cada hombre tiene el poder de
hacer que se ejecute la ley natural se le pondrá, sin duda, la objeción de que no es
razonable que los hombres sean jueces de su propia causa; que el amor propio los
hará juzgar a favor de sí mismos y de sus amigos, y que, por otra parte, sus
defectos naturales, su pasión y su deseo de venganza los llevará demasiado lejos al
castigar a otros, de lo cual sólo podrá seguirse la confusión y el desorden; y que, por
lo tanto, es Dios el que ha puesto en el mundo los gobiernos, a fin de poner coto a la
parcialidad y violencia de los hombres. Concedo sin reservas que el Estado civil ha
de ser el remedio contra las inconveniencias que lleva consigo el Estado de
Naturaleza, las cuales son muchas cuando a los hombres se les deja ser jueces de
su propia causa. Pues no es fácil imaginar que quien fue tan injusto como para
cometer una injuria contra su prójimo, sea al mismo tiempo tan justo como para
castigarse a sí mismo por ello. Pero quiero que quienes me hagan esta objeción
recuerden que los monarcas absolutos son también simples hombres; y si el
gobierno ha de ser el remedio de esos males que se siguen necesariamente del que
los hombres sean jueces de su propia causa, siendo, pues, el estado de naturaleza
algo insoportable, desearía saber qué clase de gobierno será, y si resultará mejor
que el estado de naturaleza, aquél en el que un hombre, con mando sobre la
multitud, tiene la libertad de juzgar su propia causa y de hacer con sus súbditos lo
que le parezca, sin darle a ninguno la oportunidad de cuestionar o controlar a quien
gobierna según su propio gusto, y a quien debe someterse en todo o que haga, ya
sean sus acciones guiadas por la razón, por el error o por el apasionamiento. Mucho
mejor sería la condición del hombre en su estado natural, donde, por lo menos, los
individuos no están obligados a someterse a la injusta voluntad del prójimo; y si el
que juzga lo hace mal, ya sea en su propia causa o en la Je otro, será responsable
por ello ante el resto de la humanidad.

Leer atentamente y Responder las Siguientes Preguntas:


1) ¿Cómo es la propiedad en el estado de naturaleza?
2) ¿Cómo es la propiedad de los indios?
3) ¿Cómo se transforma la propiedad comunal en propiedad de un hombre en
particular?
4) ¿Cómo se adquiere la propiedad de la tierra? ¿Qué es lo que da derecho a la
propiedad?
5) ¿Qué es lo que lleva a los hombres a unirse en Estados?

Capítulo 5: De La Propiedad
Ahora consultemos la razón natural, que nos dice que los hombres, una vez
nacidos, tienen derecho a su preservación, y por tanto a manjares y bebidas y otras
cosas que la naturaleza ofrece para su mantenimiento.
Dios, como dice el rey David, "dió la tierra a los hijos de los hombres"; la dió, esto
significa, a la humanidad en común. Pero, desde este supuesto, parece difícil que
alguien pueda llegar a tener propiedad de algo.
[…]
Intentaré entonces demostrar cómo es que los hombres pueden llegar a tener
propiedad, en distintas y divididas partes, de lo que Dios otorgó a la humanidad en
común.
Dios, que dió el mundo a los hombres en común, les dio también la razón para que
del mundo hicieran uso según la mayor ventaja de su vida y conveniencia. La tierra
y cuanto en ella se encuentra fue dado a los hombres para el sustento y satisfacción
de su ser. Como todos los frutos, que naturalmente la tierra otorga, y animales que
nutre pertenecen a la humanidad en común por el hecho de que los produce la
espontánea mano de la naturaleza, nadie goza inicialmente de ninguno de ellos
como dominio privado exclusivo del resto de la humanidad, mientras sigan en su
estado de naturaleza. Aún así, siendo estos bienes otorgados para el uso de los
hombres, necesariamente debe existir una manera para que los hombres se
apropien de los mismos de forma particular.
El fruto o el venado que alimenta al indio salvaje, que ignora los cercados y que
todavía posee en comunidad, suyo ha de ser, y tan suyo es que son hasta parte de
él. Y nadie podrá tener derecho a ello mientras les sea a los indios de alguna
utilidad para el sustento de su vida.
Pero aunque la tierra y todas las criaturas inferiores sean a todos los hombres
comunes, cada hombre, empero, tiene una "propiedad" que pertenece a su propia
"persona". A esa propiedad nadie tiene derecho alguno, salvo él mismo. El trabajo
de su cuerpo y la labor producida por sus manos, podemos decir que son suyos.
Cualquier cosa, pues, que un hombre remueve del estado en que la naturaleza la
produjo y la dejó, la modifica con la labor y añade a ella algo que es de sí mismo. Se
transforma, entonces, en propiedad suya. Pues al ser apartada del estado común en
que se hallaba por naturaleza, se agrega a ella algo con su trabajo, y ello hace que
ya no tengan derecho los demás hombres. Porque este trabajo, al ser
indudablemente propiedad del trabajador, da como resultado el que ningún hombre
excepto él, tenga derecho a lo que ha sido añadido a la cosa en cuestión, al menos
cuando queden todavía suficientes bienes comunes para los demás.
El que se alimenta de bellotas que de un roble recogiera, o manzanas recolectadas
de los árboles del bosque, ciertamente se las apropió. Nadie puede negar que el
alimento es suyo. Pregunto, pues, ¿cuándo empezó a ser suyo?, ¿cuándo lo digirió,
o cuando lo comió, o cuando lo hizo hervir, o cuando lo llevó a casa, o cuando lo
arrancó? Es evidente que la recolección primera lo convirtió en suyo, puesto que
sinó ningún otro momento alcanzaría. Aquél trabajo estableció la distinción entre lo
que devino propiedad suya.

Pero como la cuestión principal acerca de la propiedad no se refiere hoy día a los
frutos de la tierra ni a los animales que en ella habitan, sino a la tierra misma al ser
esta la que contiene y lleva consigo todo lo demás, diré que la propiedad de la tierra
se adquiere también, como es obvio, del mismo modo que en el caso anterior. Toda
porción de tierra que un hombre labre, plante, mejore, cultive y haga que produzca
frutos para su uso, será propiedad suya. Por resultado de su trabajo, este hombre
pusiera cercas a esa tierra, apartándo esa porción de tierra de los terrenos
comunales.
En el caso de las tierras comunales, que siguen siendo de todos debido a un
acuerdo general, vemos que la apropiación de alguna de las partes empieza cuando
alguien las saca del estado en que la naturaleza en el que estaban. Y la apropiación
de ésta o de aquella parte no necesita del consentimiento expreso de todos los
comuneros. Así, la hierba que mi caballo ha rumiado, y el heno que mi criado ha
segado, y los minerales que yo he extraído de un lugar del que yo tenía un derecho
compartido con los demás, se convierten en propiedad mía, sin que haya concesión
o consentimiento de nadie. El trabajo que yo realicé sacando esos productos del
estado en que se encontraban, me ha establecido como propietario de ellos.
Este derecho suyo no quedará invalidado diciendo que todos los demás tienen
también un derecho igual a la tierra en cuestión y que, por lo tanto, él no puede
apropiársela.
[…]
Dios ha dado a los hombres el mundo en común; pero como se lo dió para su
beneficio y para que sacaran de él lo que más les conviniera a su vida, no podemos
suponer que fuese la intención de Dios dejar que el mundo permaneciera siendo
terreno comunal y sin cultivar. Ha dado el mundo para que el hombre trabajador y
racional lo use; y es el trabajo lo que da derecho a la propiedad, y no los delirios y la
avaricia de los revoltosos y los pendencieros. Aquél a quien le ha quedado lo
suficiente para su propia mejora, no tiene necesidad de quejarse, y no debería
interferir en lo que otro ha mejorado con su trabajo. Si lo hiciera, sería evidente que
estaba deseando los beneficios que otro ya había conseguido como fruto de su
labor, cosa a la que no tiene derecho.
[…]
El gran y principal fin que lleva a los hombres a unirse en Estados y a ponerse bajo
un gobierno, es la preservación de su propiedad, cosa que no podían hacer en el
estado de naturaleza.
Leer y Responder las siguientes Preguntas:
1) ¿Cuáles son las obligaciones de un soberano?
2) ¿Cuál es la diferencia entre un soberano y un tirano?
3) ¿Cuándo empieza para Locke la tiranía?
4) Según Locke, ¿pueden los súbditos oponerse a los mandatos de un
soberano?
5) Según Locke, ¿Cuándo puede emplearse la fuerza?

De La Tiranía
Mediante un doble juramento, el soberano se obliga a sí mismo a observar las leyes
fundamentales de su reino: tácitamente, por el mero hecho de ser el soberano, está
ya obligado a proteger a su pueblo, así como las leyes de su reino; y expresamente,
en virtud del juramento público que formula en la ceremonia de su coronación. Así,
todo soberano justo en un reino establecido, está obligado a respetar el pacto que
ha hecho con su pueblo, observando las leyes que fueron hechas al instituir su
gobierno con el consentimiento de dicho pueblo,
Por lo tanto, un rey que gobierna en un reino establecido, deja de ser rey y
degenera en tirano cuando su mando no se rige por las leyes.
Por consiguiente, todos los reyes que no quieran ser tiranos, se alegrarán de estar
sujetos a los límites que les imponen sus leyes; y quienes les persuaden de lo
contrario son víboras venenosas para ellos y para el Estado.
Así, el rey prudente que ha entendido bien lo que significan las cosas, se da cuenta
de que la diferencia entre un rey y un tirano radica exclusivamente en esto: el rey
permite que las leyes limiten su poder y que el bien del pueblo sea la finalidad de su
gobierno, y el tirano hace que todo tenga que someterse a su propia voluntad y
apetito.
Allí donde termina la ley, empieza la tiranía. Y cualquiera que, en una posición de
autoridad, excede el poder que le ha dado la ley y hace uso de la fuerza que tiene
bajo su mando para imponer sobre los súbditos cosas que la ley no permita, deja en
ese momento de ser un magistrado, y, al estar actuando sin autoridad, puede
hacérsele frente igual que a cualquier hombre que por la fuerza invade los derechos
de otro. Esto es reconocido cuando se trata de casos menores. Quien tiene
autoridad para apoderarse en la calle de mi persona, puede ser resistido, igual que
se resiste a un ladrón. Y si esto es así en casos menores, ¿por qué no puede ser
también aplicable a los superiores? Mucho me alegraría que alguien me lo dijese.
¿Es razonable que el hermano mayor, por el hecho de haber heredado la parte más
grande de los bienes paternos, tenga el derecho de apropiarse también de lo que le
corresponde al hermano menor? ¿Es razonable que un hombre rico que poseyera
toda un terreno tuviese por ello el derecho de apoderarse de la casita y del pequeño
jardín de su pobre vecino en cuanto le diera la gana? El hecho de tener legalmente
gran poder y grandes riquezas en medida mucho mayor que los poseídos por la
inmensa mayoría de los hijos de Adán, no es en modo alguno una excusa ni, mucho
menos, una razón para ejercer la rapiña y la opresión, sino un agravante que se
añade al delito de dañar a otro sin justa causa. Pues exceder los límites de la
autoridad que uno tiene, es algo a lo que no tiene derecho ni el gran ministro ni el
pequeño funcionario; y no puede justificarse ni en un rey ni en un alguacil. Y
será tanto más grave cuanto mayor confianza se haya depositado en él, pues
al habérsele dado más responsabilidad que al resto de sus hermanos, se le
supone, debido a las ventajas de su educación, a su cargo, y al hecho de estar
rodeado de consejeros, más capaz para saber lo que está bien y lo que está
mal.
¿Podrán, pues, los súbditos oponerse a los mandatos del soberano? ¿Se le podrá
ofrecer resistencia siempre que un súbdito se considere ofendido y crea que se le
ha tratado injustamente? Hacerlo así desquiciaría y echaría abajo toda convivencia
política, y en lugar de gobierno y orden, solo habría anarquía y confusión.
A esto respondo diciendo que sólo puede emplearse la fuerza contra otra fuerza que
sea injusta e ilegal. Quien ofrezca resistencia en cualquier otro caso, hará recaer
sobre sí mismo la justa condena de Dios y del hombre. Y de este modo, no habrá
peligro de que se siga la confusión de la que tan frecuentemente se habla.
[…]
Si las consecuencias de la tiranía parecen amenazar a todos; y todos están
persuadidos, en lo íntimo de sus conciencias, de que sus leyes, y, con ellas, sus
bienes, sus libertades y sus vidas, están en peligro, y quizá también su religión, no
puedo imaginar cómo podría impedirse que ofrecieran resistencia si una fuerza
ilegal así fuese ejercida sobre ellos. Confieso que es éste un inconveniente que
puede presentársele a cualquier gobierno cuando los gobernantes han hecho que
de una manera general el pueblo sospeche de ellos. El estado más peligroso en el
que pueden llegar a ponerse sería precisamente ése; y no merecerían que se
tuviese compasión de ellos, porque podrían haberlo evitado muy fácilmente. Pues
es imposible que si un gobernante desea verdaderamente el bien de su pueblo, su
preservación y la de sus leyes, no haga que el pueblo lo vea y lo sienta, como
imposible es que un padre de familia no haga ver a sus hijos que él los ama y que
se cuida de ellos.
Pero si todo el mundo advierte que se promete una cosa y que se hace otra, que se
utilizan artimañas para eludir la ley, y que la soberanía es empleada con fines
contrarios para los que fue concedida, ¿cómo podrá hombre alguno engañarse a sí
mismo y no reconocer el tono que las cosas están tomando? ¿Cómo podría hombre
alguno evitar buscar algún modo de salvarse? ¿Cómo podría evitar dejar de creer
que el capitán de un barco está llevándolo a él y a los demás pasajeros hacia la
tormenta , cuando lo ve manteniendo la rueda del timón en ese rumbo, aunque los
vientos contrarios, las vías de agua, y la falta de tripulación y de provisiones
suficientes lo obliguen de cuando en cuando a variar el curso del navío, sólo para
volver a retomar el rumbo anterior tan pronto como los vientos, las condiciones
atmosféricas y otras circunstancias le permiten hacerlo?

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