TEMA 3 Geografía política y cultural del
Próximo Oriente Antiguo
3.1 – Civilización Sumeria
A partir del IV milenio aeC empezaron a formarse asentamientos agrícolas en el fértil territorio
entre el Tigris y el Éufrates, foco de atracción para culturas muy heterogéneas. Desde los
primeros momentos los ciudadanos que habitaron Mesopotamia debieron afrontar la carencia
de materias primas esenciales, solventando esto con un gran desarrollo económico basado en
una importante y extensa red comercial de y de vías caravaneras.
Los sumerios llegaron a la parte septentrional de Mesopotamia a finales del IV milenio,
fusionándose con la población autóctona en una civilización basada en el fraccionamiento
político cuya historia es una sucesión de surgimientos y caídas de ciudades-Estado con
divinidades y soberanos independientes, cada ciudad tenía su dios, propietario de los recursos,
administrados por familias sacerdotales que acaparaban el poder, que se acumulaban en los
templos. Las condiciones de vida de los menos privilegiados eran muy duras, en la concepción
religiosa sumeria el hombre había sido creado para servir a los dioses, y fueron los encargados
de erigir los ziqqurat, templos escalonados a los que solo tenían acceso los sacerdotes. El
soberano, cuya misión era la defensa de la ciudad, estaba ligado a la casta sacerdotal y era el
ejecutor de la voluntad divina.
Los mercaderes sumerios tuvieron contacto con los pueblos limítrofes (al este con Elam, norte
con Asiria y noroeste con Mari y Siria) mediante rutas comerciales que recorrían la costa
mediterránea y la península anatólica, penetrando en territorio sirio, donde las condiciones
eran muy diferentes. En Siria el proceso de urbanización basado en la situación de los pueblos
a lo largo de las rutas comerciales, convirtió estos en centros de suministro de mercancías, y se
explica así su constitución como reinos autónomos, por la necesidad de controlar económica y
políticamente la actividad comercial, siendo uno de los primeros el que tuvo epicentro en Mari
y alcanzando su máxima expresión con el imperio de Ebla, que reunió todo el territorio sirio
entre el 2500 y el 2250 aec.
3.2 – Acadios y Babilonios
Aprovechando la fragmentación y las disputas entre las ciudades-Estado sumerias, Sargón I
(2335-2279 aec) logró imponerse y anexionarse Mari y Ebla, llegó hasta las costas sirias del
Mediterráneo y Líbano y por oriente hasta Elam, sus dominios constituyeron el primer reino
“universal” de la historia, formado por una zona de enorme importancia por el tráfico de
materias primas. El monarca mandó construir una nueva capital, Akkad, cuyos restos no han
sido hallados y legó una dinastía que duró hasta el 2150 aeC, momento en que llegan al poder
los soberanos sumerios de Ur, “renacimiento” sumerio que duró muy poco al sucumbir al
empuje de nuevas poblaciones del desierto sirio, los amorreos.
Los reyes babilonios llegaron a imponer un dominio incontestable, destacando Hammurabi
(1792-1750 aeC) cuyo famoso código de leyes permite reconstruir la sociedad tripartita de su
tiempo, que constaba de hombres libres (awilu), esclavos (wardu) y una clase intermedia
formada por individuos semilibres (mushkenun), un grupo heterogéneo de individuos sin
privilegios, poder o influencia. Las leyes no se aplicaban a todos por igual, un mismo delito
tenía sanciones diferentes en el código de Hammurabi, este era un texto legal muy
desarrollado para su época, que llegaba a precisar la retribución que se debía obtener por
diversos servicios e incluso establecía el principio de responsabilidad personal en el ejercicio
de la profesión. Hammurabi fue un monarca de gran importancia en Mesopotamia ya que con
él el rey dejó de ser netamente militar para asumir una función de carácter jurídico y sipo
comprender que la unificación no se mantiene solo con la sumisión militar. El código de
Hammurabi visto en la actualidad sería un texto legal muy deficiente por tratar de realizar una
lista de todos los crímenes y estar plagado de contradicciones, esto se debe a que reunió
normas y costumbres de pueblos muy diversos.
3.3 La potencia hitita
Mientras en Mesopotamia y Egipto las primeras formas de cultura urbana estaban ya
plenamente desarrolladas en el III milenio aeC, en las estepas asiáticas vivían poblaciones
seminomadas basadas en el pastoreo, cuya domesticación del caballo permitió buscar
territorios cada vez más lejanos. En torno al 2000 aeC, los movimientos se intensifican y
pueblos nómadas de Asia alcanzan territorios en dos direcciones, por occidente en Europa,
integrándose en comunidades locales, y por oriente en Mesopotamia, Irán y el Indo, donde
mantuvieron sus costumbres seminomadas.
Los especialistas modernos han denominado indoeuropeos a los pueblos procedentes de las
estepas al norte de los mares Caspio y Negro y los estudiosos de lingüística comparada
plantean la posible existencia de un pueblo que hablaba una lengua hoy desaparecida que
pudo ser el “tronco” del que derivaron otras afines, ya que se han descubierto similitudes
entre lenguas de pueblos muy alejados (latín, griego, alemán, eslavo, hitita, hindi…) siendo la
hipótesis una matriz lingüística común.
Uno de esos grupos se asentó en la península de Anatolia y dio lugar al reino hitita en una zona
montañosa sin grandes ríos, este pueblo se dedicó al pastoreo y la extracción de minerales,
especial orografía esta que hizo no necesitar un Estado centralizado ya que estas poblaciones
nómadas se movían constantemente sin preocuparse de controlar las fuerzas de la naturaleza.
Incluso cuando fueron evolucionando hacia el sedentarismo, sus reyes no necesitaron
divinizarse, la obediencia se obtenía demostrando dotes militares y siendo elegido por una
nobleza guerrera, sin características teocráticas.
Desde su unificación con Mursili I (1650-1590 aeC), se convirtieron en una de las grandes
formaciones políticas autónomas del Próximo Oriente que, con la llegada del usurpador
Telipinu (1525-1500 aeC) y su edicto de sucesión, se reorganizó estableciendo el acceso al
trono para los hijos, la propiedad de las tierras de la aristocracia y generalizando la entrega de
parcelas a los dependientes de palacio, vinculando así el rey a su persona con la clase dirigente
y logrando una mayor unificación.
Durante la primera mitad del siglo XV aeC, el reino hitita se debilitó por la presión al norte de
los kaska, recobrando su poderío hacia el 1400 aeC y procediendo, hasta el 1200 aeC, a su
mayor expansión territorial, extendiendo su influencia hasta Siria. En el año 1274 aeC
aproximadamente, se enfrentaron a los egipcios llegando unos años más tarde a firmar el
tratado de “paz eterna”, cuyo texto se conserva, en el que además de estipular la promesa
recíproca de no agresión, el rey Hattusili III y Ramsés II establecen las condiciones de una
auténtica alianza militar en el año 1259 aeC.
La civilización hitita implanto también un comportamiento muy novedoso en contraste con el
imperialismo dominante: la tolerancia respecto a los pueblos vencidos. Además de aceptar las
aportaciones de otras civilizaciones, supieron instaurar novedades con una notable mejora de
la siderurgia, llegando a la extracción del acero que les permitió hacer valer su superioridad
militar. Esta extracción se mantuvo como secreto militar y no fue hasta la disgregación del
Imperio que se extendió a otros pueblos.
La famosa tolerancia hitita se refleja también en su legislación, la ley del Talión fue sustituida
por el principio de resarcimiento, denotando mucho respeto a la vida humana en contraste
con el código de Hammurabi.
En torno al año 1200 aeC, los pueblos del mar fracturaron la unidad política de Anatolia,
destruyendo el imperio de los hititas, sobre cuyas ruinas se construyeron diversos reinos
autónomos.
3.4 El imperialismo asirio
Bajo el gobierno de Tukulti-Ninurta I (1233-1197 aeC) el Imperio alcanzó su máximo desarrollo,
manteniendo una continua tensión militar con Babilonia y los hititas. A partir del siglo X aeC y
durante más de 350 años, los asirios gozaron de indiscutible supremacía, el Nuevo Imperio
Asirio (apogeo 934-612 aeC) se configuró tras tres siglos de guerras ininterrumpidas. Con
Asurnasirpal II y Salmanasar III Asiria mantuvo una imparable política de expansión de poder,
que se vio fortalecida con Tiglat-Pileser III y Sargón II pero que, sin embargo, bajo el reinado de
Assurbanipal, y por las disensiones internas que acabaron en problemas sucesorios y un
debilitamiento del poder imperial, acaba con una guerra civil, para terminar todo con, en el
614 aeC, la caída de Assur por los medos y el saqueo de Nínivedos años después.
Todos los soberanos asirios perfeccionaron el ejército y sus técnicas bélicas ya que la guerra,
en nombre del dios Assur, tenía connotación religiosa. Para evitar tentaciones de revuelta o
reacciones contra el poder, recurrieron al terror y a la deportación en masa, erradicando
culturas en beneficio de su dominio.
El arte asirio estuvo siempre al servicio de la propaganda política, glorificando en sus
bajorrelieves al soberano en sus batallas victoriosas, formando parte de un destino prefijado e
ineludible.
Los grandes méritos de los asirios fueron la unificación de Medio Oriente y el desarrollo de
procesos económicos normalmente ralentizados por el fraccionamiento político, sin embargo
no supieron consolidar su poder político y la máquina militar no pudo sostener por sí sola al
Estado, transformando así su fuerza en su debilidad y revelándose su política del terror como
incapaz de cimentar un Estado ni dar unidad a las tradiciones de los pueblos vencidos, llevando
a las tendencias separatistas y revueltas que causaron su rápido declive.
3.5 La religión de tradición de Mesopotamia
El politeísmo mesopotámico presenta un gran número de dioses agrupados por vínculos de
parentesco y afinidad, destacando una primera “tríada cósmica” formada por An (cielo
superior), Enlil (atmósfera y señor de los destinos) y Enki (aguas y mundo subterráneo) y una
segunda “tríada astral” compuesta por Nana-Su’en (luna), Utu (sol) e Inanna (fecundidad y
amor), aunque en su época babilonia y asiria apareció Marduk, que derrotó al monstruo
Tiamat y se convirtió en “señor de los dioses”.
El mundo divino mesopotámico estaba organizado conforme a la estructura social, si el rey era
el hijo o esposo de la divinidad era normal que fuese objeto de culto, ya que sus súbditos
estaban sujetos a la voluntad de los dioses y la autoridad del monarca. Los rituales fueron
articulados por una casta sacerdotal cuyos miembros eran los únicos con acceso al ziqqurat,
parte esencial del templo que permitía a la divinidad descender al altar situado en su cima. El
rey estaba acompañado por los basu, adivinos instalados en el palacio, que descifraban e
interpretaban los enigmáticos mensajes transmitidos por los dioses inmortales, ya que ni
siquiera el rey podía evitar la muerte.
3.6 Israel y la aportación cultural de los judíos
Durante mucho tiempo, para explicar la historia del pueblo de Israel se prestó crédito a las
narraciones bíblicas, en las que se remontan a las vicisitudes de los patriarcas, siendo el
primero Abrahán, procedente de Ur y que habría vivido cerca del 1900 aeC, cuyos
descendientes se asientan en Egipto de donde salen (éxodo) guiados por Moisés hacia Canaán.
El problema es que la composición de estos relatos, con graves anacronismos y de carácter
inconciliable con los testimonios arqueológicos, no ofrece un punto de apoyo fiable, estando
un punto de partida más sólido en la estela de la victoria del faraón Merneptah en el 1208 aeC,
que atestigua la existencia de un grupo llamado “Israel” en el Levante meridional. La
arqueología revela que hacia esa época comenzó la colonización de zonas montañosas en
Galilea y en la ciudad-Estado de Siquén, colonización que habría sido efectuada por una
amalgama heterogénea de grupos distintos, siendo así lo que la Biblia hebrea narra como “la
conquista de la tierra” el asentamiento de una población que aspiraba a librarse del control
egipcio.
La importancia de Egipto en la memoria cultural judía se explica por el dominio que este
ejercía sobre la región siropalestina, de hecho la población que en el 1200 aeC tenía el nombre
de “Israel” había emergido de la cultura urbana de Canaán en la Edad de Bronce, aunque no
puede asegurarse que no hubiera componentes que hubiesen sido llevados a Egipto y fuese el
relato de su huida el mito de los orígenes para la totalidad. La historia de Israel parece
relacionarse también con la llegada de los pueblos del mar, que contribuyeron a la pérdida de
poder de Egipto y entre los que estaban los filisteos. Cuando en los siglos XI y X aeC resurge la
cultura urbana, los asentamientos de las regiones montañosas de la Palestina central se vieron
obligados a forjar alianzas e instituir una jerarquía unificada, creando una monarquía bajo Saúl
y luego sobre David.
Atendiendo a la historia bíblica despojada de elementos legendarios, es posible detectar a
inicios del siglo X aeC el surgimiento de una ideología dinástica vinculada a David (ca 1010-971
aeC), artífice de una identidad nacional con centro en la ciudad de Jerusalén, donde siguiendo
el modelo próximo-oriental se localizaban el palacio y la corte. Con Salomón (ca 972-931 aeC),
Israel parece fortalecerse, emprendió todo un programa de reformas tendentes a mejorar la
base institucional del reino, levantando un palacio digno y construyendo el templo para acoger
la “arca de la alianza” y como morada de Yahveh, divinidad dinástica por excelencia que se
consolidó con la prohibición del resto de cultos. Tras la muerte de Salomón el reino se divide
en Israel, capital Samaría, y Judá, capital Jerusalén, siendo Israel el primero en perder su
independencia, a manos de los asirios en el año 720 aeC, y luego Judá, conquistado por el rey
neobabilonio Nabucodonosor II, quien destruyó Jerusalén y su templo en el año 587 aeC y
deportó a la población a Mesopotamia en lo que se conoció como la Primera Diáspora
(dispersión) del pueblo judío, a la que sucederían muchas otras con el curso de los siglos.
Más que en el plano político, los judíos han dejado una huella importante en lo religioso
elaborando el monoteísmo. El exilio babilónico obligó a impulsar un revisionismo cuyas huellas
han quedado indelebles en el Deuteronomio, con una primera fase destinada a reforzar los
objetivos de Josías contra el sincretismo y una segunda en busca de una interpretación
coherente para la desdicha sufrida, subordinando el pacto de David al cumplimiento de la
alianza entre Dios e Israel en el Sinaí y, tras el regreso del exilio, el devenir del pueblo “elegido”
bajo la égida del imperio persa se interpretaría siguiendo la misma línea ideológica. Al faltar la
institución de la monarquía davídica, el centro de identidad del pueblo judío giró hacia el
Templo, reconstruido en torno al año 516 aeC.
3.7 Las redes comerciales de los fenicios
Las ciudades fenicias alcanzaron un gran desarrollo en la zona costera del norte de Palestina
destacando por su fraccionamiento político, pues sus centros comerciales no llegaron a
configurar un Estado, siendo cada ciudad un organismo autónomo gobernado por una
monarquía que contaba con un consejo de ancianos, ejerciendo estos soberanos autoridad en
territorios muy pequeños sobre los que ejercían presión potencias más fuertes.
Los mercaderes fenicios crearon una impresionante red comercial con escalas estratégicas en
puntos cercanos a potenciales mercados que acabaron convirtiéndose en paradas fijas y,
posteriormente, en colonias. Desde su territorio exportaban tanto las materias primas como
los productos elaborados, pero debían importar las materias primas de las que carecían.
Desde el punto de vista cultural, introdujeron su alfabeto, que no recurría a imágenes sino que
se constituía por un grupo de símbolos gráficos convencionales que se identificaban con un
sonido, reduciendo así el número de ellos. El alfabeto fenicio representaba solamente las
consonantes, ya que los griegos introdujeron las vocales, siendo, con variaciones, el que ha
llegado hasta nuestros días.
3.8 Imperio Persa
A partir del año 700 aeC, un grupo de origen persa se asentó en una zona montañosa del
actual Irán organizado bajo la autoridad de Aquemenes (700-675 aeC) y, con Teispes (675-640)
su expansión continuó. Durante el reinado de su hijo Ciro I (640-600 aeC) estuvieron sometidos
a los asirios y su sucesor, Cambises I, se casó con la hija del último rey de los medos. Fue con su
hijo Ciro II, Ciro el Grande (559-530) cuando verdaderamente explotó el poderío persa y se
establecieron las bases del Imperio, a través de una política activa de conquistas y posterior
conciliación y tolerancia de los pueblos dominados, sometiendo a las dispersas tribus en los
márgenes de su territorio, venciendo después al rey medo, a Lidia y a las ciudades jonias y
tomando, en el 539 aeC, Babilonia con gran facilidad, mostrándose permisivo con el pueblo y
dioses locales, siendo una conquista relevante por ser esta ciudad el nexo de los contactos
entre oriente y occidente. Después, Ciro II tuvo tiempo para continuar extendiendo su imperio
por la frontera noroccidental y el norte de Siria y, tras su muerte, su hijo Cambises II (530-522
aeC) conquistó Egipto. Fue este sucedido por el noble aqueménida Darío I (522-486 aeC) que
mantuvo el desarrollo económico y creó una ruta comercial entre Egipto y el valle del Indo. Su
sucesor, Jerjes I (486-465 aeC) aplastó una revuelta en egipcia apenas ascendido al trono y
otra, poco después, en Babilonia, si bien no logro conquistar Grecia. Su hijo y heredero
Artajerjes (465-424 aeC) hizo frente a una nueva rebelión egipcia y, tras varias derrotas,
resolvió la tensión con Atenas mediante la paz de Calias (449 aeC), que dejaba de lado el
conflicto bélico.
La decadencia del Imperio persa se inicia con el bastardo de Antajerjes I, Darío II, que tuvo que
enfrentarse a importantes revueltas y perdió Egipto, su hijo Antajerjes II (403-359 aeC) hubo
de neutralizar, recién coronado, la conspiración de su propio hermano en la batalla de Cunaxa
(401 aeC) y fracasó con su intento de recuperar Egipto, alentando nuevas insurrecciones. A su
muerte, Antajerjes III (359-339) logró el último momento de esplendor del Imperio obteniendo
la fidelidad de las más importantes satrapías y recuperando Egipto, pero el Imperio estaba
herido por las escisiones internas y la corrupción y, cuando fue asesinado, el monarca débil y
efímero Dario III (335-330) vio su reino desmoronarse ante el empuje de Alejandro Magno con
la derrota en la batalla del Granico (334 aeC ) y la entrada de Alejandro en Persépolis en el año
330
El rasgo principales Imperio persa fue un fuerte autoritarismo que mantuvo unido a un grupo
tan heterogéneo de súbditos, ya que era necesaria una voluntad fuerte, reconocida y
respetada, y es por eso que Dario I evitó en lo posible el uso del terror instaurando a la par una
autoridad férrea y erradicando cualquier intento de rebelión. El territorio se dividió en grandes
potencias conocidas como satrapías, dirigidas por un gobernador que se apoyaba en un
secretario real, el ejército en manos de generales elegidos por el soberano y disponía, para
asegurar la fidelidad de sus subalternos, de funcionarios itinerantes, cuya labor se veía
facilitada por la extensa red de vías que atravesaba todo el territorio y se mantuvo en perfecto
estado.
Un imperio tan vasto y con climas tan distintos, trató siempre de ser autosuficiente, lo cual fue
posible por la variedad y abundancia de productos agrícolas así como de la actividad artesanal,
que gracias al camino real pudo abastecer las necesidades internas e incluso establece un
importante intercambio comercial con el exterior.
Los soberanos persas fueron tolerantes con las distintas religiones, si bien su deidad principal
re Ahora-Mazda, y su doctrina ponía el acento en la responsabilidad moral del individuo: El ser
humano vivía en un teatro en el que se representaba la permanente lucha entre el bien y el
mal y en el que el hombre debía decantarse por la justicia, considerándose culpable a quien se
mostrase indiferente a esta batalla.