CETI Certificado – Iglesia
Encuentro # 13
Introducción
Justo González.1
Para estudiar la historia, se acostumbra dividirla en períodos. Tal división es útil, pues nos ayuda a
entender los cambios que han tenido lugar de un tiempo a otro, y a ordenar nuestros conocimientos dentro
de un marco de referencia. Es importante entender, sin embargo, que esas divisiones tienen algo de
artificial, y que por tanto es posible dividir la misma historia de varias maneras distintas.
Hecha esa aclaración, la historia que aquí hemos de bosquejar puede dividirse en los períodos que
indicamos a continuación. A cada uno de esos períodos le dedicaremos un capítulo de este libro.
1. La iglesia antigua. Desde los inicios del cristianismo hasta que Constantino les puso fin a las
persecuciones (Edicto de Milán, año 313).
Fue un período formativo que marcó pauta para toda la historia de la iglesia, pues hasta el día de hoy
seguimos viviendo bajo el influjo de algunas de las decisiones que se tomaron entonces.
El cristianismo surgió en un mundo que tenía ya sus propias religiones, sus culturas y sus estructuras
políticas y sociales. Dentro de ese marco, la nueva fe se fue abriendo camino, pero al mismo tiempo se fue
definiendo a sí misma.
La primera y más importante tarea del cristianismo fue definir su propia naturaleza ante el judaísmo
del cual surgió. Como se ve en el Nuevo Testamento, buena parte del contexto en que tuvo lugar esa
definición fue la misión a los gentiles.
Pronto el cristianismo tuvo sus primeros conflictos con el estado, y fue dentro de ese contexto que la
nueva fe tuvo que determinar su relación con la cultura que le rodeaba, así como con las instituciones
políticas y sociales que eran expresión y apoyo de esa cultura.
Esos conflictos con el estado produjeron mártires y “apologistas”. Los primeros sellaron su testimonio
con su sangre. Los apologistas trataron de defender la fe cristiana frente a las acusaciones de que era objeto.
(Y algunos, como Justino, fueron primero apologistas y a la postre mártires.) Fue en ese intento de defender
la fe que se produjeron algunas de las primeras obras teológicas del cristianismo.
Pero había además otros retos a la fe: lo que la mayoría de los cristianos llamó “herejías” —es decir,
doctrinas que hacían peligrar el centro mismo del mensaje cristiano. Fue principalmente en respuesta a esas
herejías que surgieron el canon (o lista de libros) del Nuevo Testamento, el Credo llamado “de los
apóstoles”, y la doctrina de la sucesión apostólica.
Tras los apologistas vinieron los primeros grandes maestros de la fe —personas tales como Ireneo,
Tertuliano, Clemente de Alejandría, Orígenes y Cipriano. Estos escribieron obras cuyo impacto se deja ver
todavía.
Por último, es importante señalar que, a pesar de la escasez de documentos al respecto, es: posible
saber algo acerca de la vida cotidiana y del culto cristiano durante estos primeros años.
2. El imperio cristiano. Desde el Edicto de Milán (313) hasta la deposición del último emperador
romano de Occidente (476).
Con la “conversión” del emperador Constantino, las cosas cambiaron radicalmente. La iglesia
1
González, J. Bosquejo de historia de la Iglesia, AETH, Decatur, 1995, pp. 7-23.
perseguida se volvió la iglesia tolerada, y pronto vino a ser la religión oficial del Imperio Romano. Como
consecuencia de ello la iglesia, que hasta entonces estuvo formada principalmente por personas de las clases
más pobres de la sociedad, se abrió campo entre la aristocracia.
El cambio no fue fácil, y hubo cristianos que respondieron de muy diversas maneras. Algunos se
mostraron tan agradecidos por la nueva situación, que se les hacía difícil adoptar una actitud crítica ante el
gobierno y la sociedad. Otros huyeron al desierto o a otros lugares apartados y se dedicaron a la vida
monástica. Algunos sencillamente rompieron con la iglesia mayoritaria, insistiendo en que ellos eran la
verdadera iglesia. Tampoco faltó la reacción de los paganos, que deseaban volver a la vieja religión y su
antigua relación con el estado.
Los más destacados líderes del cristianismo adoptaron una postura intermedia: siguieron viviendo en
las ciudades y participando de la vida de la sociedad, pero con un espíritu crítico. Fue así que, librada de la
constante amenaza de persecución, la iglesia produjo algunos de sus mejores maestros —razón por la cual
se puede llamar a este periodo “la era de los gigantes”. Fe una época en que se escribieron grandes tratados
teológicos, así como importantes obras de espiritualidad y la primera historia de la iglesia.
Pero esta época también produjo fuertes controversias teológicas —sobre todo la que giró alrededor
del arrianismo y la doctrina trinitaria.
Terminó este período con las invasiones de los “bárbaros”, pueblos germánicos que invadieron el
Imperio Romano y se asentaron en sus territorios. En el año 410, los godos tomaron y saquearon la misma
Roma. Y en el 476 el último emperador (Rómulo Augústulo) fue depuesto:
1. La baja Edad Media. Desde la deposición de Rómulo Augústulo (476) hasta el cisma entre Oriente y
Occidente (1054).
Puesto que el Imperio Romano había quedado dividido en dos (el Imperio de Occidente, donde se
hablaba latín, y el de Oriente, donde se hablaba griego), las invasiones de los “bárbaros” no afectaron a toda
la cristiandad por igual. En el Occidente, el Imperio dejó de existir, y fue suplantado por una serie de reinos
bárbaros.
Las invasiones de los bárbaros afectaron mucho más a la iglesia de habla latina que a la iglesia de
habla griega. En el Occidente latino (lo que hoy es España, Francia, Italia, etc.) sobrevino un período de caos.
Puesto que eran tiempos de dolor, muerte y desorden, el culto cristiano, en lugar de centrar su
atención sobre la victoria del Señor en su resurrección, comenzó a preocuparse más y más por la muerte, el
pecado y el arrepentimiento. Por ello la comunión, que hasta entonces había sido una celebración, se
convirtió en un servicio luctuoso, en el que se pensaba más en los propios pecados que en la victoria del
Señor.
Buena parte de la antigua cultura desapareció, y la única institución que preservó algo de ella fue la
iglesia. Por eso, en medio del caos, la iglesia se fue haciendo cada vez más fuerte y más influyente. En ese
proceso, tanto el monaquismo como el papado tuvieron un papel importante.
Mientras tanto, en el Oriente, el Imperio Romano (ahora también llamado Imperio Bizantino) continuó
su existencia por mil años más. Allí, empero, el estado era más poderoso que la iglesia, a la que
frecuentemente: impuso su voluntad. También tuvieron lugar allí importantes controversias teológicas que
ayudaron a clarificar la doctrina cristológica. Estas controversias dieron origen a varias iglesias disidentes o
independientes que perduran hasta nuestros días —las iglesias llamadas “nestorianas” y “monofisitas”.
A mediados del período, surgió una nueva amenaza en el avance del islam. Este conquistó vastos
territorios y ciudades que hasta entonces habían sido importantísimos en la vida dé la iglesia —Jerusalén,
Antioquía, Alejandría, Cartago, etc.
Al mismo tiempo que el islam lograba su mayor expansión territorial, surgía en Europa occidental un
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nuevo poder político en el reino de los francos, cuyo más poderoso gobernante fue Carlomagno. En el año
800 el papa coronó a Carlomagno como “emperador”, con lo cual se pretendía resucitar el viejo Imperio
Romano. Aunque el nuevo imperio nunca fue lo mismo que el antiguo, el título (y a veces el poder) continuó
existiendo por siglos.
El resultado fue que el cristianismo, que hasta entonces se había movido alrededor de un eje que iba de
este a oeste a lo largo del Mediterráneo, ahora comenzó a moverse alrededor de un eje que iba de norte a
sur, del reino de los francos a Roma. Sin embargo, mientras en el Occidente la iglesia parecía tener más
poder, lo cierto es que se le hacía difícil luchar contra el caos reinante —y que en buena medida las luchas
dentro de la misma iglesia contribuían al caos. La medida de orden que se logró tomó la forma del
“feudalismo”, en el que cada señor feudal seguía sus propias políticas, guerreando cuando le parecía y a
veces —hasta dedicándose al bandidaje. Era en el Oriente donde se conservaba cierta medida de orden, así
como de las letras y los conocimientos de la antigüedad.
Constantinopla, la vieja capital del Imperio Bizantino, quedaba cada vez más reducida en su influencia.
Probablemente el más alto logro del cristianismo bizantino fue la conversión de Rusia, alrededor del año
950.
Las relaciones entre Oriente y Occidente se fueron haciendo cada vez más tensas, hasta que por fin vino
la ruptura definitiva en el año 1054.
3. La alta Edad Media. Desde el cisma entre Oriente y Occidente (1054) hasta que comienza la
decadencia del papado (1303).
La iglesia occidental estaba necesitada de una reforma radical, y ésta surgió por fin de entre las filas
del monaquismo. Pronto los elementos monásticos que abogaban por una reforma llegaron a ocupar el
papado, con lo cual apareció toda una serie de papas reformadores. Esto empero llevó a conflictos entre las
autoridades seculares y las eclesiásticas, y sobre todo entre papas y emperadores.
Fue también la época de las cruzadas, que comenzaron en el año 1095 y perduraron por varios siglos. Y
fue también la época en que tuvo lugar buena parte de la “Reconquista” española —el proceso de desalojar a
los moros de la Península.
En parte como resultado de las cruzadas hubo un gran auge en el comercio, y a consecuencia de ello un
aumento en la población de las ciudades, que eran por naturaleza centros de comercio. El dinero, que
prácticamente había desaparecido durante la baja Edad Media, comenzó a circular de nuevo. Con ello
apareció una nueva clase, los “burgueses” (es decir, “citadinos”), que vivían del comercio y más tarde de la
industria.
Como respuesta a los nuevos tiempos, surgieron varias nuevas órdenes monásticas. Las más
importantes de ellas fueron los franciscanos y los domínicos. Estos produjeron un nuevo despertar en el
trabajo misiones, y además se introdujeron en las universidades, donde llegaron a ser los principales
exponentes de la teología de la época —la teología llamada “escolástica”. Esta teología tuvo sus máximos
exponentes en Buenaventura (franciscano) y Tomás de Aquino (dominico).
El crecimiento de las ciudades dio lugar además a las grandes catedrales. El estilo llamado
“románico”, que hasta entonces había dominado la arquitectura de la Edad Media, le cedió el lugar al
“gótico”, que produjo las más impresionantes catedrales de todos los tiempos.
Por último, fue también en esta época que el papado llegó al máximo de su prestigio y poderío, en la
persona de Inocencio III (1198-1216). Pero ya para el fin de este periodo, en el año 1303, se veía claramente
que el papado estaba en decadencia.
4. El fin de la Edad Media. Desde las primeras señales de decadencia del papado (1303) hasta la caída de
Constantinopla (1453).
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La burguesía pujante se hizo aliada de la monarquía en cada país, y con ello se le puso fin al feudalismo
y comenzaron a formarse las naciones modernas. Pero el nacionalismo mismo pronto vino a ser un obstáculo
a la unidad de la iglesia. Durante buena parte de este período, Francia e Inglaterra estuvieron en guerra (la
llamada “Guerra de los Cien Años”), y a esa guerra se sumó casi todo el resto de Europa. Fue además la época
de la “peste”, que decimó la población del continente y produjo grandes descalabros demográficos y
económicos.
La decadencia del papado fue clara y abismal. Primero el papado quedó bajo la sombra y el dominio de
Francia, hasta tal punto que la sede papal se trasladó de Roma a Aviñón, en las fronteras mismas de Francia
(1309-1377). Luego vino el “Gran Cisma de Occidente”, en el que hubo al mismo tiempo dos papas (y hasta
tres) que se disputaban el trono de San Pedro (1378-1423).
Para resolver la cuestión surgió el movimiento conciliar, que esperaba que un concilio de toda la
iglesia pudiera decidir quién era el verdadero papa. A la postre, el movimiento conciliar logró ponerle fin al
cisma, y todos llegaron a concordar en un solo papa. Pero entonces el concilio mismo se dividió, de modo
que había un papa, pero dos concilios. Además, bien pronto los papas se dejaron arrastrar por el espíritu del
Renacimiento, que les llevó a ocuparse más de embellecer a Roma, de construir bellos palacios, y de
guerrear con otros potentados italianos, que de la vida espiritual de su grey.
Al igual que el papado, la teología académica —es decir, la que tenía lugar en las universidades— cayó
también en crisis. A base de distinciones cada vez más sutiles, y de un vocabulario cada vez más
especializado, esta teología perdió contacto con la vida diaria de los cristianos, y dedicó buena parte de sus
esfuerzos a cuestiones que no les interesaban sino a los teólogos mismos.
En respuesta a todo esto hubo varios movimientos reformadores, guiados por personas tales como
Juan Wycliff, Juan Huss y Jerónimo Savonarola. Algunos esperaban que la reforma de la iglesia viniera a
través del estudio y las letras. Otros, en fin, en lugar de tratar de reformar la iglesia, se refugiaron en el
misticismo, que les permitía cultivar la vida espiritual y acercarse a Dios sin tener que lidiar con una iglesia
corrupta y al parecer irreformable.
Mientras tanto el Imperio Bizantino, cada vez más débil, sucumbía por fin ante el avance de los turcos.
5. La Conquista y la Reforma. Desde la Caída de Constantinopla (1453) hasta fines del siglo XVI (1600).
Como bien lo indica el nombre que le hemos puesto a este período, durante él tuvieron lugar dos
episodios harto importantes en la historia del cristianismo: (1) El “descubrimiento” y conquista de América.
(2) La Reforma Protestante.
El “descubrimiento” y la conquista son bien conocidos, aunque rara vez pensamos en ellos como parte
de la historia de la iglesia. Pero lo cierto es que en un período de escasamente cien años las naciones
europeas se derramaron por el resto del mundo, y especialmente por América, y que a causa de ello se
multiplicó enormemente el número de los que se llamaban cristianos. Esto es parte de nuestra historia, ha
dejado su huella en nuestro modo de vivir la fe, y debemos estudiarlo.
La fecha que normalmente se señala como el comienzo de la Reforma es 1517, —cuando Lutero clavó
sus famosas 95 tesis. Aunque, como vimos en el período anterior, ya había movimientos reformadores desde
mucho antes, lo cierto es que fue con Lutero y sus seguidores que el movimiento cobró un ímpetu
incontenible.
Empero no todos los que abandonaron el catolicismo romano se hicieron seguidores de Lutero y de sus
puntos de vista. Pronto surgió otro movimiento en Suiza, bajo la dirección primero de Ulrico Zwinglio, y
luego de Juan Calvino, que dio origen a las iglesias que hoy llamamos “reformadas” y “presbiterianas”.
Otros tomaron posiciones más radicales, y sus enemigos les pusieron el nombre despectivo de
“anabaptistas” —es decir, rebautizadores. De ellos vienen los menonitas y varios otros grupos. En Inglaterra
hubo una reforma de carácter muy particular, que al mismo tiempo que siguió la teología de los
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reformadores (y especialmente de Calvino) mantuvo sus viejas tradiciones en cuanto al culto y el gobierno
de la iglesia. Esta es la iglesia de Inglaterra, de donde surgen las iglesias que hoy llamamos “anglicanas” y
“episcopales”.
En parte como respuesta a la Reforma Protestante, y en parte debido a su propia dinámica interna, la
Iglesia Romana también pasó por un período de reforma que a veces se llama “contra-reforma”, pero que es
mucho más que eso.
Hacia el fin del período, y no sin luchas y hasta guerras, el protestantismo había echado profundas
raíces en Alemania, Inglaterra, Escocia, Escandinavia y Holanda. En Francia, tras largas guerras en que la
religión fue un factor importante, se había llegado a una situación en la que, aunque el rey era católico, se
toleraba a los protestantes. En España, Italia, Polonia y otros países, los brotes de protestantismo, a veces
bastante fuertes, habían sido extirpados a la fuerza.
6. Los siglos XVII y XVIII. Durante este período las fuertes convicciones religiosas de diversos grupos
especialmente de católicos y protestantes —llevaron a cruentas guerras que en algunos casos
diezmaron la población.
En Alemania y buena parte de Europa tuvo lugar la Guerra de los Treinta Años (1618-1648),
posiblemente la más sangrienta que Europa había visto hasta entonces. En Francia se abandonó la anterior
política de tolerancia. En Inglaterra tuvo lugar la revolución puritana, que llevó a la guerra civil, la ejecución
del rey Carlos I, y otra serie de guerras; para por fin llegar a una situación muy parecida a la que existía
antes de la revolución.
Tras todas estas guerras se encontraba el espíritu inflexible de las diversas ortodoxias —católica,
luterana y reformada. Para cada una de estas ortodoxias, cada detalle de doctrina era sumamente
importante, y por tanto no se debía permitir la más mínima, desviación de la ortodoxia más estricta. El
resultado fue, no sólo las guerras mencionadas más arriba, sino también una serie interminable de
contiendas entre católicos, entre luteranos y entre reformados, quienes no lograban ponerse de acuerdo ni
siquiera con sus propios correligionarios.
Una de las diversas reacciones a esta ortodoxia estricta, y al daño obvio que estaba causando, fue el
auge del racionalismo.
Otra consecuencia fue el surgimiento de una serie de posturas que subrayaban más la experiencia y la
obediencia que la ortodoxia. Tales fueron el pietismo y el movimiento moravo entre los luteranos, y el
metodismo entre los anglicanos.
Otros, descontentos tanto con la ortodoxia como con el pietismo, siguieron la opción espiritualista y se
dedicaron a buscar a Dios, no ya en la iglesia o la comunidad de creyentes, sino en la vida interna y privada.
Otros, en fin, decidieron abandonar Europa y partir hacia lugares donde esperaban establecer una
nueva sociedad regida por los principios que ellos consideraban esenciales al evangelio —y que a veces
incluían la intolerancia hacia cualquiera posición distinta de la de ellos. Este fue el origen de las colonias
británicas en Nueva Inglaterra.
7. El siglo XIX. Este fue el gran siglo de la modernidad.
Comenzó con una serie de convulsiones políticas que les abrieron el paso a los ideales de la democracia
y de la libre empresa —la independencia norteamericana, la revolución francesa, y luego la independencia de
las naciones latinoamericanas. Parte del ideal de estas nuevas naciones era la libertad de conciencia, de modo
que a nadie se le obligara a afirmar aquello de lo que no estaba convencido. Pero esto, unido al racionalismo
que ya venía ganando adeptos desde el período anterior, llevó a muchos a pensar que solamente una fe
estrictamente racional era compatible con el mundo moderno.
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Esta actitud se puso de manifiesto especialmente entre los teólogos protestantes, sobre todo en
Alemania, pero también en otras partes. Este fue el origen del “liberalismo”, doctrina muy difundida en el
siglo diecinueve.
Si el protestantismo —o al menos sus teólogos y portavoces académicos— erraron en mostrarse
demasiado abiertos a las innovaciones del mundo moderno, el catolicismo siguió el camino contrario.
Prácticamente todo lo que fuera moderno —la democracia, la libertad de conciencia, las escuelas públicas—
le parecía herejía, y como tal lo condenó el papa Pío IX. Además, como parte de esa política reaccionaria, fue
durante este período que el papa fue declarado infalible (I Concilio Vaticano, 1870).
Por otra parte, mientras en Europa muchos pensaban que el cristianismo era cosa del pasado, fue
durante este período que la fe cristiana alcanzó tal expansión geográfica que por primera vez vino a ser
verdaderamente universal. Ciertamente, uno de los elementos más importantes de la historia de la iglesia
durante el siglo XIX fue su expansión misionera —especialmente la protestante— en Asia, Oceanía, África,
el mundo musulmán y América Latina.
8. El fin de la modernidad.
Los principios racionalistas de los siglos anteriores, especialmente en su aplicación a las ciencias y la
tecnología, arrojaron resultados inesperados. En el apogeo de la modernidad, se pensó que la humanidad se
asomaba a una época gloriosa de abundancia y felicidad. Todos los problemas humanos tendrían solución
mediante el uso de la razón y su hermana menor, la tecnología. Las naciones industrializadas del Atlántico
del Norte (Europa y los Estados Unidos) llevarían al mundo hacia ese futuro mejor.
Pero el siglo XX se ocupó de ponerles fin a tales sueños con una serie de acontecimientos que
mostraron que la supuesta promesa de la modernidad no era sino un sueño.
En todo el mundo ocurrió una rápida descolonización. Esto también fue parte del fin de la modernidad,
pues lo que ocurrió fue que se perdió la confianza en las promesas de la modernidad, que habían sido la
justificación de la empresa colonizadora. En Asia, África y América Latina, hubo una fuerte reacción, tanto
política como intelectual, contra el colonialismo y el neocolonialismo.
Para analizar el impacto de esos acontecimientos en la vida de la iglesia, lo más sencillo es comenzar
siguiendo el curso de las tres principales ramas del cristianismo: la oriental, la católica romana, y la
protestante.
A principios del siglo XX, toda la iglesia oriental se vio sacudida por la revolución rusa, y por su
impacto en Europa oriental. El marxismo, tal como se le aplicó en la Unión Soviética, era una versión de la
promesa moderna. Pero hacia fines del siglo XX resultaba claro que la empresa había fracasado, y la Iglesia
Rusa, que por varias décadas había tenido que existir bajo fuerte presión gubernamental, mostraba nuevas
señales de vida.
El catolicismo romano continuó su lucha contra ciertos aspectos de la modernidad a través de toda la
primera mitad del siglo. Fue a partir de 1958, con el advenimiento al trono papal de Juan XXIII, que esa
iglesia comenzó a abrirse al mundo moderno. Pero ya para entonces, el mundo a que la iglesia se abrió se
movía rápidamente hacia la postmodernidad, y la teología que siguió al Segundo Concilio Vaticano se volvió
cada vez más crítica de la modernidad —aunque no a base de la actitud reaccionaria de generaciones
anteriores, sino mirando hacia un futuro allende la modernidad.
El optimismo de los teólogos protestantes liberales en Europa se vio sacudido por las dos guerras
mundiales. Lo mismo sucedió en los Estados Unidos, aunque en menor grado y más lentamente. En cierto
modo, la rebelión de Karl Barth contra el liberalismo fue un primer anuncio de la necesidad de una teología
postmoderna. En los Estados Unidos, las luchas por los derechos civiles, y los conflictos y crisis sociales de
fin de siglo, jugaron un papel parecido.
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Por otra parte, en todas las tradiciones cristianas hubo también una reacción paralela al
anticolonialismo. Las iglesias “jóvenes”, producto de la empresa misionera, comenzaron a reclamar su
autonomía y su derecho y obligación de interpretar el Evangelio dentro de su propio contexto y desde su
propia perspectiva. En América Latina, una de las más notables manifestaciones de esta tendencia fue el
auge del movimiento pentecostal. En todas partes del mundo, las minorías étnicas y culturales dentro de la
iglesia, así como también las mujeres, hicieron oír su voz.
El resultado fue un nuevo tipo de ecumenismo. El movimiento ecuménico había surgido
principalmente del impulso y las necesidades misioneras. Ahora, con el auge de las iglesias jóvenes, tomó un
nuevo giro. Y lo mismo puede decirse del movimiento misionero mismo, en el que las “iglesias jóvenes”
ocuparon un lugar cada vez más importante.
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