0% encontró este documento útil (0 votos)
33 vistas505 páginas

dz9rh 1tphi

El documento narra la historia de Lara y Amanda, dos amigas inseparables que, tras años de amistad y trabajo en el mundo del periodismo, se mudan juntas a un apartamento en Marbella. A lo largo de la narración, se describen sus orígenes, la relación con sus familias y su transición hacia la independencia. La historia destaca la conexión emocional entre las protagonistas y sus madres, así como su entusiasmo por comenzar esta nueva etapa en sus vidas.

Cargado por

Linda Velez
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
33 vistas505 páginas

dz9rh 1tphi

El documento narra la historia de Lara y Amanda, dos amigas inseparables que, tras años de amistad y trabajo en el mundo del periodismo, se mudan juntas a un apartamento en Marbella. A lo largo de la narración, se describen sus orígenes, la relación con sus familias y su transición hacia la independencia. La historia destaca la conexión emocional entre las protagonistas y sus madres, así como su entusiasmo por comenzar esta nueva etapa en sus vidas.

Cargado por

Linda Velez
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Primera edición.

Tentando al irlandés.

©Ariadna Baker.

©enero, 2025

©imágenes por Freepik y AdobeStock

Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser

reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por, un

sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún

medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico,

por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso previo por escrito del autor.
ÍNDICE

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25
Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52
Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Capítulo 69

Capítulo70

Epílogo
Capítulo 1

Lara

No podíamos comenzar mejor el verano, y es que, por fin, después de un

año esperando que llegara este momento… ¡Nos mudábamos!

¿Quiénes, os preguntáis? Pues, una servidora y su mejor amiga. Pero

empecemos por el principio, por ese que nos llevó a conocernos hacía ya

veintiocho años, cuando no éramos más que un par de adorables bebés en

manos de nuestras madres.

Mis padres, Manuel y Carmen, han regentado un bar en Ronda toda la

vida, de esos con cafetería y restaurante que, con el paso de los años, se fue

convirtiendo en uno de los mejores del lugar.

Cuando yo tenía un año, mi madre decidió ir un domingo al bar para ver a

mi padre y compartir una comida con él. En ese momento, supo que la

cocinera se había puesto enferma y que la chica que la ayudaba estaba sola

entre fogones.

Quiso la casualidad, o tal vez el destino, que justo en ese instante una joven

llegara con su pequeña en su sillita para dejar el currículum. Mis padres, al

darse cuenta de que ella había estado trabajando como cocinera durante un

par de años en una residencia, le dijeron si podía echarles una mano en

cocina ese día.


Ella estaba dispuesta, pues quería el trabajo, pero claro, ¿qué hacía con la

niña? Mi madre le dio la solución, y es que se quedó con ella y conmigo, nos

acomodó a las dos a un lado en el salón y allí nos pusimos a balbucear y a

jugar con los peluches mientras nos veíamos, aún sentadas en las sillitas.

Lola, que así se llamaba aquella joven, quedó contratada desde ese mismo

día y al siguiente firmó los papeles.

Nuestras madres vieron la conexión que teníamos Amanda y yo, lo

inseparables que nos hicimos con el paso de los días que estábamos juntas, y

desde entonces esa amistad forjada entre nosotras se mantenía muy fuerte y

viva.

Al igual que la de nuestras madres, pues ellas se hicieron tan íntimas que

parecían hermanas aun sin conocerse de antes.

Y nosotras pasamos a ser hijas de mis padres y de su madre, pues nos

criaron entre los tres con todo el cariño y el amor que tenían para darnos.

Al acabar el instituto, las dos teníamos claro que queríamos dedicarnos al

periodismo. Así que decidimos estudiar la carrera y, tras graduarnos hacía ya

tres años, cuando teníamos veintiséis, conseguimos entrar a formar parte de

una de las mejores revistas de Marbella. Allí no solo escribíamos nuestras

columnas sobre temas del corazón, sino que también nos asignaban trabajo de

calle. Así que ahí íbamos las dos a hacer nuestro trabajo de reporteras,

siempre esforzándonos por dar lo mejor de nosotras en cada uno de ellos.

Éramos tan conocidas por todo el mundo del famoseo marbellí, que nos

conocían como las mellizas de Marbella. Nuestras redes sociales estaban

meticulosamente gestionadas y siempre subíamos fotos de lo más cuidadas y

con mucha calidad, lo que atraía a los famosos con los que coincidíamos en

nuestros días de trabajo. Estos no dudaban en posar junto a nosotras para que

pudiéramos compartir las fotos en nuestras plataformas, etiquetándolos y, de

ese modo, dándoles así visibilidad a ellos, pero también a nosotras mismas,

pues teníamos un montón de seguidores que iban creciendo cada día más.
Amanda y yo habíamos estado ahorrando durante dos años con el objetivo

de reunir el dinero necesario para la entrada de un apartamento, y es que

pensamos que era mejor comprarlo y compartir la hipoteca, lo cual resultaba

más rentable que optar por un alquiler. Aunque vivir con nuestros padres era

una opción cómoda, el trayecto diario entre Ronda y Marbella, aunque breve,

se hacía pesado, especialmente cuando teníamos que regresar a Ronda tras

asistir a alguna celebración un sábado, lo que generaba preocupación en

nuestras madres.

Pero eso se acabó, porque ya teníamos las llaves del apartamento y todo

listo para mudarnos.

Esta era nuestra última noche en Ronda, teníamos algunas cajas y maletas

ya preparadas para instalarnos en el nuevo apartamento a la mañana

siguiente, así que tocaba una cena de despedida para la que habían insistido

mis padres y la madre de Amanda porque se quedaban sin sus niñas, que sí,

que ya sabéis bien que, para todos los padres del mundo, ya podrían tener sus

hijos setenta años, que siempre serían sus niños del alma.

Y nosotras no nos quejábamos, que tanto mis padres como su madre se

habían desvivido por darnos lo mejor desde que nacimos, y entre los tres no

nos faltó ni una pizquita de cariño.

Lola, la madre de Amanda, era cuatro años más joven que mis padres, pero

a sus cincuenta y un años se veía muy joven, al igual que mis padres con

cincuenta y cinco, que alguna noche habíamos salido las cuatro a tomar una

copa y ambas habían sido el centro de muchas miradas.

No era para menos, porque la sonrisa de Carmen y Lola era de esas que

llamaban la atención por sí solas.

Amanda nunca conoció a su padre ni quería, resultó ser un niño rico de

esos que la madre manejaba a su antojo y cuando supo que Lola estaba en

estado de buena esperanza le dijo que, adiós muy buenas, pero que ninguna

aprovechada y desvergonzada muerta de hambre iba a quedarse con el dinero

de su difunto marido. Eso era lo único que sabíamos del padre, y como decía

mi madre, las dos estaban mejor sin esa familia de víboras.


Y ahí estábamos nosotras, dedicándonos a contar la vida de los famosos y

las relaciones amorosas y pecaminosas de estos.

—Lara, ¿estás aquí o en Babia, hija? —preguntó mi madre mientras se

sentaba en la mesa, a mi lado.

—¿Eh? Perdona, mamá, es que estaba… —No hizo falta que dijera nada,

fue suficiente con levantar el móvil.

—Ya, mirando las redes —sonrió.

—Están que echan humo las de las dos —comentó Lola, la madre de

Amanda—, con eso de que en vuestra revista han dicho que vais a entrevistar

en exclusiva a esa famosa recién divorciada, no paran de etiquetaros por todos

los medios.

—Quién nos iba a decir a nosotros que las niñas se nos acabarían haciendo

famosas y virales, como se dice ahora. —Rio mi padre.

—Es que tenemos mucho arte, Manué —contestó Amanda, que siempre le

llamaba así y a mi padre se le caía la baba con su otra niña, porque nos quería

a las dos con locura.

—Y lo que os vamos a echar de menos ahora que os vais —suspiró mi

madre al tiempo que negaba.

—Pero si estamos al lado, que no nos vamos a la China. —Volteé los ojos.

—¿Y? Hija, no es lo mismo que vengas todos los días a cenar aquí y

dormir en casa, a que te veamos una vez a la semana.

—Carmen, que tienes el síndrome ese del nido vacío —le dijo Amanda—.

Se te va la polluela y te da pena.

—Pena, penita, sí, que son veintinueve años con esta criatura en mi vida y

ahora mira, se va así, sin más ni más.


—Mamá, que no me voy tan lejos —sonreí cogiéndole la mano.

—Como si lo hicieras, que no vas a dormir en casa.

—A ver si ahora vas a coger un disgusto que te quite el hambre, Carmen,

por Dios —le dijo Lola aguantándose la risa.

—¿Quitarle el hambre con lo que le gustan tus guisos? Eso no va a pasar,

Lola, te lo digo yo, que mi madre no se pierde tus comidas ni, aunque esté

con fiebre.

—Eso es verdad, que a ella le gustan hasta mis calditos de pollo para

cuando está malucha.

—¿Y a vosotras quién os hará calditos de pollo cuando estéis enfermas? —

preguntó mi madre— Porque siempre habéis caído malas al mismo tiempo, y

ahora allí, tan lejos…

—Sí, sí, en Alaska que vamos a estar viviendo —resoplé.

—Vida, si en cuanto os digan que están con unas décimas vais a coger el

coche las dos para llevarles una maleta con táperes de comida y calditos de

pollo —le dijo mi padre.

—Eso, que desamparadas no nos vais a dejar ni estando lejos, vamos, que

os conocemos y bien sé yo que, si nos fuéramos a vivir a Alaska, capaces

erais las dos de coger un vuelo chárter de esos para estar allí a cuidarnos unos

días —contestó Amanda y yo asentí mirando a mi madre.

—Qué bien nos conocen Carmen, me da que lo de presentarnos allí por

sorpresa un sábado… no va a poder ser.

—Mamá, no —protestó Amanda mirándola con los ojos abiertos—. Antes

de venir de visita, nos avisáis, a ver si vamos a tener trabajo que hacer en una

fiesta o algo.
—O que estén con los novietes en casa y las pilléis de sorpresa, Lola —

dijo mi padre con una sonrisilla, pero es que ya sabía yo que era lo que

pretendían las dos, que no hacían más que preguntar por ese tema.

Cuando nos veían en una foto con un hombre así guapete, enseguida

empezaban a preguntar si era el novio de alguna de nosotras. Y si nos veían

de refilón, muy sonrientes al lado de alguien en la televisión porque

estuviéramos cerca de donde grababa algún cámara de uno de los muchos

programas del corazón que transmitían, también. Las madres, que siempre

andaban cotilleando, no perdían la oportunidad de preguntar.

Y las nuestras debían ser peores que las del resto, con eso de que nosotras

nos dedicábamos al mundo del corazón y el famoseo.

—Manué, si tú te enteras alguna vez de que quieren venir en plan sorpresa

haciendo de equipo de investigación, nos llamas, que estas se nos presentan

en casa y no se van en todo el fin de semana.

—Hija, cualquiera que te oiga se cree que no quieres a tu madre —se quejó

Lola.

—Sabes que te quiero con toda mi alma, mamá, pero nos conocemos y

capaces sois de quedaros a vivir allí con nosotras.

—No les ideas, Amanda, que se quedan. —Rio mi padre.

—Si es que yo no entiendo, con lo bien que estáis en casa con nosotros, por

qué os vais.

—Vida, que son mayores ya y tienen que independizarse, no van a

quedarse en casa hasta los cuarenta. —Rio mi padre.

—Eso, y rodeadas de gatos, ¿a que sí, Manué? —dijo Amanda volteando

los ojos y nos echamos a reír.

La verdad es que a las dos nos daba pena el dejar la casa de nuestros

padres, pero no estábamos tan lejos de ellos y sí, claro que vendríamos a
verlos de vez en cuando y ellos podrían visitarnos, aunque fuera por sorpresa,

puesto que Amanda decía muchas de esas cosas a modo de broma porque le

gustaba buscarle la lengua a la pobre Lola que, como decía ella a veces, qué

paciencia debía tener con su niña del alma.


Capítulo 2

Lara

Después de desayunar con nuestros padres y despedirnos de ellos, me

quedó grabado en la memoria ese momento en el que Amanda decidió poner

música en su móvil. Sonaba nada más y nada menos que la famosa Adiós con

el corazón, lo que hizo que el momento fuera aún más especial.

Nos echamos los cinco a reír porque solo unos segundos antes de subirnos

las dos al coche, las lágrimas de nuestras madres habían sido dignas de una

de esas escenas de películas donde sus retoños parecían marcharse para no

volver.

Parece mentira que en la era de la tecnología estuvieran así, pero es que,

tanto la una como la otra, estaban acostumbradas a tenernos en casa.

En casa era precisamente donde estábamos Amanda y yo entrando en este

momento, cada una cargando con una caja y una maleta, antes de seguir

subiendo esas pocas pertenencias que nos habían quedado por traer de casa

de nuestros padres.

El apartamento lo habíamos visto sobre plano y en algunas de esas

imágenes en 3D que elaboraba la constructora para mostrarlos, y cuando

estuvo todo el edificio terminando y entramos a verlo así, en vivo, nos

enamoramos por completo.

Y no era para menos, porque era precioso y de lo más coqueto.


Estaba ubicado en una de las zonas más exclusivas de Marbella, era

moderno y coqueto, con un diseño que combinaba elegancia y comodidad. Sí,

este era el eslogan de la constructora y no mentía en absoluto.

Nada más cruzar la puerta, te encontrabas con el salón, un espacio amplio

y luminoso de concepto abierto. Las paredes eran blancas, los suelos de

madera clara aportaban calidez, y los grandes ventanales dejaban entrar la luz

natural, iluminando cada rincón y haciendo que el lugar pareciera aún más

grande. Contaba con un diseño minimalista, habíamos escogido los muebles

en tonos blancos que creaban un ambiente acogedor, perfecto para relajarnos

y disfrutar de un merecido descanso tras un día de trabajo.

La cocina era una pasada, realmente diseñada con mucho gusto. La

entregaban completamente amueblada en tonos blancos y grises, y contaba

con electrodomésticos de alta gama. Lo mejor era la barra central, donde

Amanda y yo ya nos imaginábamos disfrutando del desayuno antes de

comenzar la jornada.

Tenía dos habitaciones, suficiente para nosotras, espaciosas y con un cuarto

de baño que compartíamos, conectado por una puerta. Cada habitación

contaba con un gran armario empotrado y un par de ventanas que ofrecían

unas vistas espectaculares.

Pero la auténtica joya de aquel lugar era la amplia terraza a la que se podía

acceder tanto desde el salón como desde la cocina. Ese espacio era un rincón

perfecto para nosotras, que seguramente se convertiría en nuestro refugio

ideal donde disfrutar del sol y contemplar las impresionantes vistas del mar

Mediterráneo. Amanda decía que sería el lugar perfecto donde cerrar el día

con una copa de vino en la mano, disfrutando de una deliciosa cena.

Habíamos puesto una mesa con seis sillas, por si nuestros padres venían a

comer o cenar alguna vez, además de un par de sofás individuales tipo

tumbona para relajarnos con las piernas estiradas.

Además, en el edificio contábamos con parquin, piscina comunitaria,

gimnasio, zonas ajardinadas y un pequeño parque infantil perfecto para las

familias que se habían instalado aquí.


De ensueño, nuestro apartamento era de ensueño y nos encantaba a las dos,

desde luego que lanzarnos a por la hipoteca había sido la mejor decisión que

podíamos haber tenido.

Dejamos la caja y la maleta en la habitación y volvimos a bajar al parquin

para coger el resto de las cajas, no éramos las únicas que estábamos haciendo

el final de la mudanza esta mañana, ya que coincidimos con una pareja de

recién casados en nuestras mismas circunstancias, subiendo cajas y más cajas

del coche.

Una vez terminamos de instalarnos, fuimos al supermercado a hacer la

compra, no habíamos traído más que unos táperes que nos dieron nuestros

padres con algunas croquetas listas para freír, así como filetes en salsa y unos

canelones que a Lola le quedaban espectaculares.

Llenamos dos carros entre comida y productos de limpieza, y cuando

regresamos al apartamento, después de organizar todo, freímos las croquetas

y calentamos los filetes para la comida.

Estábamos preparando el café cuando me llegó un mensaje.

Álvaro: Buenas tardes, preciosa, ¿ya estás instalada en tu nuevo

apartamento? Habrá que inaugurarlo, ¿no? Si te apetece, dame un toque y

nos vemos.

Suspiré y una pequeña sonrisa se dibujó en mi rostro, de esas que a

Amanda le decían todo lo que tenía que saber.

—Alvarito, ¿no? —preguntó sin mirarme.

—Sí.

—¿Vas a salir?

—Claro, pero contigo. Ha propuesto estrenar el apartamento, pero se va a

quedar con las ganas.


—De subir, sí; de que folléis, no.

—Pues también.

—Vamos, Lara, que ese hombre te hace tilín y te da unas alegrías para el

cuerpo que ya quisiera yo.

—Tú es que desde que rompiste con el ginecólogo el año pasado, no has

estado con nadie. Y encima nos tuvimos que buscar otro.

—A ver, no me iba a quedar en su consulta para que siguiera viendo mi

jardín, el muy cabrón. Que se estaba liando con la enfermera que le ayudaba.

—Volteó los ojos.

—Pues ya es hora de que te revisen el jardín, como tú dices, y no me

refiero a la ginecóloga.

—No te digo yo que no, pero de momento sola me va muy bien. —Se

encogió de hombros—. Me tomo el café y me voy a dormir un rato, así esta

noche estoy perfecta para salir a celebrar que tenemos casita nueva —sonrió.

Le contesté a Álvaro que iba a salir con Amanda y no me respondió, si se

había molestado no me importaba, porque la nuestra era una de esas

relaciones de hoy sí y mañana no, que no terminábamos de cerrar ese

capítulo ninguno de los dos.

Nos conocíamos desde hacía dos años y medio, él ya estaba trabajando

como periodista en un programa de televisión dedicado al mundo del corazón

y tenía ese atractivo que solo tienen los galanes. Me cautivó una noche en la

que coincidimos en la fiesta de cumpleaños de una de las actrices más

populares de ese momento, y ahí fue donde surgió la chispa, la magia o como

queramos llamarlo.

A sus treinta y dos años, era todo un conquistador. De hecho, se le había

visto en compañía de mujeres que parecían sacadas de una pasarela, y no era

para menos, ya que era un tipo atractivo, moreno y con unos ojos color miel
de lo más pícaros. Yo terminé siendo su relación de sexo sin compromiso, ya

que, según él, no quería poner etiquetas a lo nuestro.

¿Yo estaba bien con eso? Al principio sí, pero con el tiempo me di cuenta

de que lo que había no sería nunca nada serio, así que lo nuestro era una

rutina de vernos, cenar y tener sexo, o solo tener sexo.

Me prometí a mí misma no enamorarme de ese hombre y no lo había

hecho, pero el cariño entre ambos era mutuo.

Al igual que Amanda, me fui a la cama un rato después de tomarme el

café, pero como no conseguí dormir más de media hora, me quedé en la cama

con el portátil preparando esas preguntas que en unos días tendríamos que

hacerle a una de las famosas que estaba más de moda en estos momentos por

su sonado divorcio.

No queríamos entrar en el morbo, dado que era la primera entrevista que

iba a conceder y queríamos que todo fuera bien, era una mujer encantadora

que siempre había tratado a los medios con cariño y respeto, y solo

queríamos mostrarle que por nuestra parte no habría problemas.

Era alrededor de las ocho cuando decidí darme una ducha. Después, me

puse unos pantalones cortos vaqueros y una camiseta rosa pastel que dejaba

un hombro al aire. Me puse las sandalias de tacón negras que me había

regalado Amanda el verano anterior. Opté por un maquillaje sutil, resaltando

mis labios con un tono rojo, y me alisé el cabello, dejando mi larga y sedosa

melena negra suelta.

Resalté mis ojos azules con el maquillaje ahumado como decía Amanda, y

estaba lista para salir. Ella no tardó en unirse a mí en el salón.

—Por favor, estás impresionante, esta noche te sale un amigo —dije al

verla.

Se había puesto una falda roja ceñida que le llegaba justo por encima de las

rodillas, combinada con una blusa negra de tirante fino y escote en forma de

«V». Los zapatos eran del mismo tono, lo que le daba un toque muy elegante.
También llevaba el cabello liso y, al ser rubia, su melena hacía que resaltase

el verde esmeralda de sus ojos.

—Calla, que no voy buscando nada —sonrió—. ¿Lista?

—Lista.

Cogimos el bolso y bajamos a la calle donde paramos un taxi para que nos

llevara al local más de moda de Marbella, ese al que solíamos ir algunos

sábados y donde estaba la crème de la crème del famoseo. Ahí siempre nos

hacíamos con algunos buenos cotilleos por parte de estos que, con toda la

confianza, nos permitían contarlos en nuestras columnas dándonos la

primicia porque nos tenían un aprecio increíble a las dos.

Aunque luego estaban esos otros famosos o empresarios millonarios que

parecían enfadados con el mundo y miraban al resto de los mortales como si

de simples insectos nos tratásemos a su lado, que se creían dioses del Olimpo

como mínimo.

Cuando llegamos al local, no tardó en reconocernos Vladimir, ese hombre

grande que parecía un armario empotrado, con aspecto de malo por su

semblante serio y su cabeza completamente rapada, pero con unos ojos grises

la mar de amables, solo con nosotras, claro.

—Bienvenidas, chicas —dijo con una leve sonrisa.

—Vladimir, tan guapo como siempre —sonrió Amanda.

—Y tú, poniéndome celoso. Pobre de mí —suspiró y nos reímos.

Entramos en el local y nos dejamos envolver por la música y el ambiente,

saludamos a algunos influencers a los que conocíamos y que seguíamos en

redes, y no tardaron en hacerse una foto con nosotras para etiquetarnos, como

siempre.

Cuando llegamos a la barra, llamamos a Sonia, una de las camareras, y no

tardó en acercarse con su habitual sonrisa y esa melena rojiza enmarcando


sus cálidos ojos verdes. Era una preciosidad, con un rostro de muñeca que le

daba un aire de lo más dulce, pero tenía un genio que no le pasaba ni una a

nadie que intentara propasarse con ella.

Pedimos un par de mojitos y cuando nos los puso, brindamos las dos la

mar de felices por nuestro apartamento.

—Que vamos a echar de menos a nuestros padres, obviamente —dijo

Amanda tras el primer sorbo—, pero que nos tienen a un paseíto de nada.

—Ya sabes cómo son doña Carmen y doña Lola —sonreí.

—Dos mamás gallinas de armas tomar. —Volteó los ojos.

Estábamos allí, disfrutando entre brindis y bailes, cuando de repente noté

una mano en mi abdomen que reconocería en cualquier parte.

Al mirar por encima del hombro, me encontré con la sonrisa de Álvaro,

quien no dudó en inclinarse y darme un suave beso en el cuello.

—Estás preciosa, y a mí me has puesto malo —susurró en mi oído.

—¿Llevas mucho aquí?

—Desde hace un rato, mirándote desde el fondo, esperando a poder

acercarme.

—Has visto la foto en redes y por eso estás aquí, ¿verdad?

—Sí —sonrió de nuevo—. Ha sido una semana larga y me apetecía verte.

—A ver, tortolitos, que aquí hay gente que pasa hambre —dijo Amanda y

Álvaro soltó una carcajada.

—Cuando quieras te unes a nosotros que, por mí, no hay problema.


—Lo que me faltaba, compartir el rollete de mi amiga con ella. —Volteó

los ojos.

—Es que es lo único que no hemos compartido, porque hasta la ropa nos

dejamos. —Reí.

Álvaro se quedó allí con nosotras desde ese momento y, como otras veces,

entre besos discretos, bailes y roces, acabamos los dos con ganas de

comernos.

Y sí, tuvimos que ir a quitarnos ese calentón tremendo que llevábamos y

que acumulábamos desde hacía unos días.

Acabamos como dos adolescentes en el parquin subterráneo del local, en el

asiento trasero de su coche, comiéndonos a besos y tocándonos por todas

partes.

Álvaro me levantó la camiseta y bajó la tela del sujetador liberando mis

pechos, esos que no dudó en llevarse a la boca y jugar con los pezones

mientras yo me estremecía y jadeaba, moviendo las caderas para rozar mi

sexo sobre su miembro y provocarle.

No tardó en deslizar su mano hacia el interior de mis pantalones,

tocándome de ese modo que sabía encendería mi deseo. Cada caricia era un

fuego que avivaba mis sentidos, llevándome a un ritmo más acelerado,

buscando esa fricción para liberar el clímax.

Cuando acabé, me ayudó a levantarme para deshacerse de mis pantalones

junto con el tanga. Él se bajó su ropa, dejándola a medio muslo, y yo me

acomodé de nuevo sobre sus piernas cuando se puso el preservativo.

Jadeamos al sentir al otro, dejándonos llevar por la intensidad del

momento, entre besos y deseos de alcanzar de nuevo esa explosión de placer

y alcanzar juntos el clímax.

En el momento en el que quedamos saciados hasta la próxima vez que nos

tuviéramos ganas, intercambiamos un último beso antes de recomponernos y


dirigirnos de nuevo al local. Allí, regresé a la barra junto a mi mejor amiga,

mientras él se marchó hacia su casa.

Este era mi mundo desde hacía unos años, y aquí comenzaba el que, sin

saberlo aún, sería el verano de mi vida.


Capítulo 3

Paul

Acababa de aterrizar en el aeropuerto de Málaga y ya comenzaba a sentir

esa paz que necesitaba en mi vida.

Había trabajado muy duro durante el último año, y finalmente había

llegado el momento que tanto esperaba: unas vacaciones largas que, al

menos, me permitirían pasar todo el verano en este increíble lugar.

Me había comprado unos meses atrás una preciosa casa en Sotogrande,

perteneciente a la provincia de Cádiz, pero a pocos kilómetros de Málaga,

con lo cual estaba estratégicamente situado en este rincón del sur de España

donde se gozaba de un clima sin igual y dos lugares mágicos.

La casa tenía su propio puerto y un yate que había adquirido justo cuando

hice la compra. Tenía claro que era en este lugar donde quería tener mi vida

en los momentos de relax.

Era uno de los actores más codiciados de Irlanda, de donde era originario.

Había hecho varias películas con productoras hollywoodienses que me habían

llevado a lo más alto. A mis treinta y ocho años había cosechado un

patrimonio que me permitía retirarme cuando quisiera, pero, no era mi

intención lo de dejar la gran pantalla por el momento. Solo necesitaba unos

meses de relax.
—Paul, cuando quieras —me dijo Robert, mi guardaespaldas. Se apartó

para que pasase.

Me despedí de la tripulación, dándoles las gracias por el excelente trato

durante el vuelo que, por cierto, era privado y salí del avión mientras unos

trabajadores sacaban mi equipaje.

En la terminal ya estaba un chófer esperándonos para trasladarnos hasta

Sotogrande, trayecto que nos llevaría una hora y diez minutos,

aproximadamente.

Los periodistas estaban al acecho, ya que les había llegado el chivatazo de

que iba a aterrizar aquí. Me encontré rodeado de un montón de preguntas,

pero mantuve mi mejor sonrisa y respondí que todo estaba bien. La verdad es

que no soy fan de hablar sobre mi vida privada en absoluto, pero a veces era

inevitable que me pillasen con alguien y eso se convirtiera en noticia durante

un tiempo, hasta que se daban cuenta de que solo era algo pasajero.

Era llegar a este lugar y sentir que el cuerpo se me relajaba por completo.

Este aire era diferente, este rincón era de otro planeta. A veces tenía la

sensación de que era más de aquí que de Irlanda.

La primera vez que vine fue para rodar una película en Marbella, y en ese

momento sentí un amor de primer impacto con esta tierra. Luego nos

movimos por Cádiz y terminé de sentir que estaba aquí todo lo que siempre

había soñado.

Y ahora, por fin, tenía mi casa, esa que iba a estrenar y que ya estaba

completamente amueblada y decorada a mi gusto; sobria y minimalista,

predominando el blanco, como no podía ser de otra manera. Contaba con dos

piscinas rodeadas de jardines ambientados de estilo balinés, una con vistas a

mi embarcadero, donde lucía impecable mi yate.

Llegamos a la casa y nos recibió Cata, una mujer mexicana de unos

cincuenta años que me habían recomendado con total confianza para que se

encargara de las tareas del hogar, incluyendo la cocina.


Me recibió con una cálida sonrisa, expresando su sincero agradecimiento

por la oportunidad de trabajo que le había brindado, asegurándome que nunca

me arrepentiría de haberlo hecho. Su actitud me pareció adorable y muy

humilde. En un gesto de afecto le acaricié la mejilla y le di la bienvenida a mi

casa. Sonrió feliz al ver mi trato cercano.

Robert se marchó a su apartamento, que estaba en un lateral, mientras yo

subí a mi habitación, que ocupaba toda la primera planta. Allí contaba con mi

propio baño, equipado con todas las comodidades, un vestidor amplio, una

mesa de trabajo, una zona de estar y una pequeña cocina que apenas ocupaba

la pared del fondo a la derecha, justo antes de las puertas que daban a la

terraza en la que estaba una de las dos piscinas; la otra como mencioné antes,

estaba situada en el embarcadero.

En la planta baja estaba la cocina principal, un baño en el pasillo, otro en

cada una de las tres habitaciones y luego al fondo un salón en el que una

parte era biblioteca.

Había quedado todo tan en armonía que me sentía totalmente en conexión

con mi nueva casa.

En el jardín tenía aparcado un coche nuevo y reluciente que también había

adquirido para que lo manejase Robert. Además de ser mi guardaespaldas

también era mi chófer. Aunque, hoy nos había traslado a la casa un servicio

privado, ya que el coche estaba estacionado aquí.

Coloqué todo mi equipaje, que no era poco, a la vez que me tomaba un

café. Eran apenas las doce de la mañana, ya que habíamos volado toda la

noche desde Nueva York que era donde había pasado los dos últimos meses

rodando una película.

Mientras tanto, de fondo tenía puesto un canal de televisión español que se

dedicaba a los chismes y no dejaban de comentar sobre mi llegada al país, y

de mis intenciones de quedarme aquí una larga temporada en mi nueva casa.

Hasta hubo uno que se atrevió a afirmar que una fuente le había contado que

el motivo de comprar una casa aquí era porque me había enamorado de una

española… ¡Qué valor! Esa supuesta fuente era una mierda, indudablemente,
o simplemente estaba fabricando una historia para intentar conseguir un

titular más jugoso, ya que la información que manejaban era bastante escasa.

Salí a la terraza y me encendí un cigarrillo. Las vistas eran una joya y ver

mi yate ahí tan impoluto me sacaba la mejor de las sonrisas.

En este instante, me vino a la mente Josh, un profesor que tuve en

bachillerato, quien me soltó que no iba a pasar de ser un simple repartidor.

Por supuesto que me preocupé en ir a visitarlo y llevarle una botella de vino

que costaba cinco mil euros cuando logré mi primer taquillazo. Su cara fue

un poema y sonrió diciéndome que se había equivocado. Y tanto que lo hizo.

Debo reconocer que en aquellos días era un tocapelotas de manual, siempre

irrumpiendo la clase para soltar alguna broma sarcástica. Nadie podía

ganarme en eso, excepto Robert, que siempre me las pillaba al vuelo.

A este lo conocí en Irlanda cuando iba al gimnasio y empezaba a dar mis

primeros pasos como actor, y desde ese momento forjamos una gran amistad.

Él era entrenador personal de defensa, y con el tiempo, se convirtió en mi

guardaespaldas. Doce años de amistad y diez desde que lo dejó todo para

trabajar para mí. Robert era un año más joven que yo.

Mi familia lo adoraba, lo tenían como a un hijo, más aún cuando

conocieron su historia, ya que venía de criarse en una institución de acogida

dado que sus padres lo entregaron cuando era muy pequeño y luego supo que

fallecieron a causa de las drogas.

Paul, mi padre, tenía setenta años y había dedicado toda su carrera al sector

inmobiliario, acumulando una considerable riqueza a lo largo de los años.

Mery, mi madre era dos años menor que él y había vivido una vida cómoda,

sin la necesidad de trabajar.

Ambos vivían relajados en una casa muy céntrica en Dublín, donde se

movían como pez en el agua y tenían sus rutinas hechas.

Luego estaba mi hermana Grace, de treinta años, esa que fue una sorpresa

total para todos nosotros y que llegó como un huracán, convirtiéndose en el


centro de nuestro mundo. Trabajaba como modelo para firmas importantes y

compartía su vida con Sean, un profesor de universidad de cuarenta años que

era realmente encantador y que en casa era uno más.

Mi familia era una piña y estábamos siempre los unos para los otros. Mis

padres habían sido ejemplares en nuestra educación y convivencia,

consiguiendo así que todos tuviéramos un vínculo muy fuerte.

En cuanto a mi vida amorosa, la cosa no era muy emocionante. No había

pasado de tener más que algunas aventuras con muchas mujeres, pero mi

corazón parecía duro de roer, y aún no había llegado esa persona que moviera

mis sentimientos de una manera que indicara que era con la que quería pasar

el resto de mi vida.

Terminaba de colocar todo cuando apareció Robert con un plato de jamón

y una botella de vino blanco fresco. Nos sentamos en la terraza, ya que el

solecito nos llamaba a gritos.

—Esto es vida, amigo. —Me dio un porrazo en la pierna que por poco

tengo que ir a que me la escayolen. ¡Qué fuerza tenía el tipo!

—La verdad es que sí, y el barco —miré hacia mi yate— creo que ya nos

está llamando.

—Después de comer nos podemos ir a disfrutarlo un poquito.

—Por supuesto…

—Cata está preparando comida mexicana como le pediste en el correo.

—Guau, me voy a dar un festín.

—Lo sabía, no puedes resistirte a esa comida.

—Por eso no dudé en contratarla. —Le hice un guiño.


—Y porque te la recomendó Matías. —Se refirió a un productor que vivía

aquí y al que yo le tenía mucho afecto.

—Entre otras cosas. —Levanté la copa antes de darle un trago.

Un rato después nos avisó Cata de que ya teníamos la mesa preparada en el

porche del jardín. Bajamos emocionados, especialmente yo, que ya sentía

cómo mi estómago rugía solo de imaginar la comida.

La mesa era un espectáculo de color, olor y, cómo no, sabor. El primer

bocado se lo llevó un taco crujiente que estaba para bendecir esas manos.

—Joder, esta mujer me va a poner redondo, no veas lo bien que cocina.

—Jefe, relax, que eso luego con tus cien flexiones se queda en nada.

—Qué simpático eres, amigo. —Puse los ojos en blanco y observé cómo

nos saludaban los vecinos que iban montados en su yate. Levantamos las

manos y les sonreímos.

—Aquí estamos todos los tontos congregados —murmuró Robert sin dejar

de sonreír y mover la mano.

—Eso parece. —Se me escapó una risilla.

La verdad es que me gustaba la distinción del lugar y lo tranquilo que era.

Era una de las urbanizaciones más lujosas de la zona y donde vivían grandes

celebridades.

También había apartamentos para los que su poder adquisitivo no llegaba a

tanto o que simplemente querían vivir aquí, pero no tener una gran casa o

mansión, aunque todos eran, en cierto modo, acaudalados.

Cata nos trajo más tortas para las fajitas que también estaban para tocarle

las palmas.

—La felicito, no puede estar más rico todo.


—Gracias, señor Paul. Me alegra que sea de su agrado —dijo antes de

retirarse.

—Gracias a usted, Cata —le sonreí.

Disfrutamos de una comida de lo más relajada mirando hacia el canal

donde iba pasando algún que otro barco.

Robert hacía cada comentario que era para reírse a carcajadas porque si yo

era irónico, él no lo era menos.


Capítulo 4

Paul

Después de comer, nos quedamos un rato relajados tomando un café antes

de irnos en el barco a dar una vuelta por la zona. Terminamos atracando en el

embarcadero de uno de los clubs que había en la urbanización y que era el

que más nos gustaba, ya que tuvimos que venir alguna que otra vez antes de

cerrar la compra y para ver cómo estaba quedando la remodelación interior.

El ambiente que había en el club era de lo más animado en la terraza,

donde se podían encontrar auténticos rincones de confort. Además, contaba

con una piscina que parecía un lago, con una barra de bar en su interior, todo

ello con vistas al canal.

Nos acomodamos en un sofá en semicírculo con una mesa de madera

delante. No tardaron en venir a preguntarnos qué queríamos para tomar. Nos

pedimos unos cubatas de ron con cola que nos sirvieron con unas patatas

chips.

—No veas cómo está aquella morena… —murmuró Robert mirando

descaradamente por encima de sus gafas de sol.

—De aquí a media hora te habrán gustado todas.

—¿Y qué se supone que debo hacer si hay demasiados angelitos por aquí?

—Carraspeó, fijando su mirada en una rubia que pasaba por delante y hasta

le dedicaba una sonrisa que él no tardó en contestarle de la misma manera.


—Nada, tú no hagas nada, como si no te conociera. De aquí a septiembre

ya conoces íntimamente a la mitad de las solteras y una cuarta parte de las

casadas.

—Es que todas necesitan amor…

—¿Quieres dejar de mirar descaradamente?

—¿Y si alguna intenta atentar contra ti? Estoy haciendo mi trabajo y tengo

que inspeccionar las zonas.

—Y que no te pueda cambiar…

—¿Cambiar para qué? ¿Sabes lo triste que sería la vida sin mí?

—También es verdad.

—Yo nunca miento, jefe.

Me di cuenta de que dos jóvenes charlaban desde el interior de la piscina

mirando hacia mí. Por sus rasgos eran españolas y muy guapas, por cierto.

—Esas dos están hablando de mí.

—No me había dado cuenta —murmuró con su característica ironía.

—¿Celoso?

—Lo mismo están hablando de mí y tú tienes el ego muy alto.

—Sabes que están mirando hacia mí.

—¿Y si son bizcas?

—También tienes razón. —Solté el aire y volteé los ojos.

—¿Nos damos un bañito?


—Claro, y nos ponemos al lado de ellas. ¿A que sí?

—Buena idea, no lo había pensado.

—Sí, claro… Por cierto, viendo lo visto creo que ni hará falta, cada vez

están más cerca. —Vi que se movían con disimulo por el interior de la

piscina. Aunque muy disimuladas como que no eran.

—Ya las tenemos casi encima —murmuró sonriendo descaradamente hacia

ellas.

Cuando quisimos darnos cuenta, ya estaban ahí, al borde de la piscina justo

enfrente de nosotros, con sus copas en mano y mirándonos de una manera

bastante descarada.

—¿Eres Paul, el actor irlandés? —preguntó una de ellas.

—Eso dicen… —sonreí.

—¿Nos podemos hacer una foto con vosotros? —preguntó, poniendo muy

contento a Robert que rápidamente le hizo un gesto para que vinieran.

Saltaron por el borde y se vinieron hacia nosotros con sus copas, que

dejaron sobre la mesa. Se sentaron en medio de los dos y Robert hizo el selfi

con el móvil de una de ellas.

Se presentaron; la más jovencita, que para mí era una monería, se llamaba

Natalia mientras que la otra, que parecía tener un pequeño coqueteo con

Robert, era Claudia.

Nos pusimos a charlar con ellas e incluso le pedimos cuatro copas más al

camarero. Nos quedamos alucinados al descubrir que eran hermanas. Claudia

tenía veintinueve años y Natalia dos menos.

Eran muy divertidas, ambas trabajaban de financieras en la empresa de su

padre que tenía sede en Sevilla, pero vivían aquí y desde su propia casa
ejercían sus labores profesionales. También tenían embarcadero y barco, se

notaba que eran una familia pudiente.

Claudia y Robert se fueron con su copa a la piscina a seguir charlando y

Natalia se quedó conmigo. Era muy pizpireta y ese aire andaluz la hacía de lo

más divertida y risueña.

—¿Sabes que eres mi actor favorito? —me confesó sonrojándose un poco

— Y supe que habías comprado una casa aquí por mi padre, que era el

promotor.

—Vaya, tu padre es Fernando de la Vega, entonces.

—El mismo —sonreía.

—Halagado de ser tu actor favorito. ¿Y qué peli te gusta más?

—La que interpretas como un poli en Nueva York y te enamoras de la

fiscal corrupta. —Se echó a reír—. Se notaba que había mucha complicidad

entre vosotros y la trama era tan buena como la historia que se forjó entre los

dos.

—Pues tienes razón, es una de las pelis en las que más cómodo me sentí

con la otra protagonista.

—¿Y la más incómodo? —preguntó curiosa— Espera, te lo digo yo. —Se

adelantó para hacer un intento de acertarlo.

—Venga, si aciertas te lo confirmo, si no, no te lo diré.

—La que la prota es Eva, en esa peli no estabas cómodo con ella en esas

escenas subiditas de tono.

—Acertaste, al final voy a creerme lo de que soy tu actor favorito. —

Carraspeé.

—Mira. —Activó la pantalla de su móvil y aparecía una foto mía.


—Vaya. —Me reí—. Eso sí que no me lo esperaba.

Natalia era preciosa y me estaba haciendo sentir muy bien. Lo que sí es

verdad es que me echaba un poco hacia atrás su edad y no es que nos

llevásemos un mundo, pero la veía demasiado inocente para mí, no sabría

cómo explicarlo, pero siempre me habían tirado más las de mi edad que ya,

quiera o no, tenían más mundo recorrido.

Le ofrecí enseñarle mi yate después de tomar las copas y ver que Robert

seguía tan feliz en la piscina con Claudia. Les dijimos que ahora los

veríamos.

Fue entrar en el interior del yate y me lancé a sus labios. Sabía que ella

había venido buscando eso y que los dos habíamos creado una tensión que

había que solucionar.

Se subió a mis caderas como por arte de magia, y la llevé hasta la cama del

camarote, donde la recosté y me situé entre sus piernas.

Se ruborizaba, pero estaba encantada con mis besos y movimientos sobre

su cuerpo que la hacían pegar sus caderas más a mí buscando complacer esos

deseos que la envolvían.

Le fui quitando el bikini y me excité mucho más al verla completamente

desnuda. Sin un solo vello, depilada a la perfección. No pude evitar llevar mi

mano hacia su zona e introducirle dos dedos. Gimió al notarlos en su interior

a la vez que con mi otra mano pellizcaba sus pezones. Verla retorcerse de

placer era de lo más placentero.

Levanté sus caderas y llevé mi boca hasta sus labios inferiores donde metí

mi lengua de manera precipitada mientras le apretaba con fuerza con mis

manos.

Comenzó a gritar de placer mientras yo aumentaba la intensidad con

pequeños mordisquitos y caricias. La dejé caer de nuevo en la cama, y con

eso, terminé de llevarla a un orgasmo que la dejó completamente fuera de sí.


Estaba en un estado de excitación total y ella se comportaba como una

auténtica provocadora.

La penetré casi sin dejarla que cogiera el aire y la levanté en mis brazos,

moviéndome con ella encima que se agarraba a mi cuello y jadeaba casi sin

fuerzas.

La puse de mil posturas hasta que ya no pude contenerme más y llegué al

clímax. Me había encantado este momento.

Nos fuimos a la ducha y allí de nuevo tuvimos otros roces que nos llevaron

a terminar haciéndolo de nuevo. La puse de espaldas a la pared levantándole

las caderas. A ella se notaba que le gustaba que la manejara de esa manera.

Regresamos al club y, ni rastro de su hermana ni de Robert, hasta que nos

percatamos de que estaban tumbados sobre una de las camas balinesas.

Nosotros nos quedamos en el mismo rincón en el que estábamos antes de

irnos al barco. Ella muy pegada a mí y buscando alguna muestra que no solo

se quedara en lo que había sucedido.

Le daba algún que otro beso y le acariciaba la pierna. Me gustaba

muchísimo, tenía que reconocer que, aunque había sido un aquí te pillo, aquí

te mato, los dos habíamos provocado ese momento.

Los chicos se acercaron proponiendo hacer esta noche una cena en mi casa.

Robert hacía planes sin contar con mi autorización, pero me conocía lo

suficiente y sabía que me apetecía un plan para la noche.

Llamé a Cata para que me consiguiera unas buenas piezas de carne para la

barbacoa y me dijo que no me preocupara que me conseguiría del súper las

mejores.

Llevamos a las chicas en el yate a sus casas y quedaron en venir a las

nueve. El tiempo de ducharse, cambiarse y venir para la casa. Nosotros

aprovechamos para hacer lo mismo.


Natalia era muy apetecible y sabía que esta noche la iba a pasar en mi

cama, lo tenía más que claro y es que a pesar de lo que hicimos en el yate,

estaba seguro de que los dos queríamos más.

Robert me había comentado durante la vuelta que habían tenido algunos

momentos intensos en la piscina, pero que esta noche habían decidido pasarla

juntos. Eso me hacía pensar que probablemente lo mismo iba a suceder con

Natalia.
Capítulo 5

Lara

Nada más llegar a la redacción, a Amanda y a mí nos llamó la atención lo

nerviosas que estaban Ana y Mireia, dos de las redactoras de nuestra revista,

que no dejaban de pedirle a Fran, otro de los compañeros, que les hiciera el

favor.

Pero favor no sabíamos para qué, aunque no tardaríamos en enterarnos

porque el alma cotilla de Amanda podía más que todas las cosas, y en cuanto

nos aceramos a ellos tres, preguntó.

—¿Qué favor queréis vosotras? Acordaros de que Fran tiene novia y está

enamoradísimo, no os va a echar un pinchito.

—La madre que te parió, Amanda. —Fran soltó una carcajada y nosotras

acabamos haciendo lo mismo.

—Había un chivatazo circulando en las redacciones de toda Andalucía de

que Paul, el actor irlandés, llegaba hoy a Málaga, y este hombre no nos quiere

dejar ir a nosotras a cubrir la noticia —contestó Ana.

—A ver, que ese hombre estará a punto de llegar y tengo que irme ya o nos

quedamos nosotros sin fotos ni preguntas que hacer, así que venga, dejar que

me vaya.
—¿Qué te cuesta darnos a nosotras la oportunidad? Que a ti no te gusta

eso, Fran, te cambiamos nuestras noticias.

—Mireia, que no, que me asignaron a mí lo de ir a cubrir esto —dijo él

recogiendo sus cosas para irse.

—Y quién dio el chivatazo aquí, ¿eh? ¿Quién, Fran? Pues yo, que soy fan

de ese hombre desde la primera película que vi.

Ahí estaba Ana, dejando claro que era casi, casi, como la presidenta del

club de fans marbellí de Paul el irlandés. Pero no le faltaba razón, a sus

treinta años, nuestra compañera se sabía toda la carrera cinematográfica del

actor desde sus inicios. Aunque Mireia, que tenía veintiséis, no se quedaba

atrás.

—Yo es que sigo sin saber qué le veis a ese hombre —dije mientras dejaba

mis cosas en el escritorio, y se hizo el silencio a mi alrededor.

Un silencio tan sepulcral, que si en ese momento pasara un mosquito lo

escucharíamos perfectamente, vaya. Y cuando miré a mis compañeros, Fran

estaba levantando las manos en son de paz mientras que Amanda no dejaba

de negar.

Las expresiones de Ana y Mireia eran completamente distintas; me

miraban con la boca tan abierta que estaba sufriendo por si se les desencajaba

la mandíbula, y los ojos, esos estaban saltones que parecían sacados de esos

GIF que Amanda solía mandarme.

—¿Qué pasa? —pregunté, inocente de mí.

—¿Qué pasa, dices? Que nosotras sí que no entendemos cómo puedes

decir eso.

—¿Decir qué, Mireia?

—Que no sabes qué le vemos —respondió Ana—. ¿Tú le has visto bien,

Lara?
—Sí, y es un actor más de esos con una cara de niño bueno y cierto aire de

malote, al menos lo que se ve en las películas que interpreta.

—No es solo eso, es mucho más.

—A ver, Mireia, que ese hombre es alto, rubio, con los ojos azules, una

sonrisa que levanta pasiones y ya, porque lo que es con la prensa, muy

simpático no suele mostrarse.

—Tampoco es que sea un gilipollas, Lara, en eso dame la razón a mí —me

dijo Amanda.

—Vale, te la doy, pero en serio, chicas, es como muchos de esos famosos

que andan por la vida siendo inalcanzables para ciertas personas. Y cuando le

pregunta la prensa ahí está, sonriendo y sin contestar a las preguntas.

—Es muy reservado con su vida privada —alegó Ana.

—Lo sé, como muchos otros famosos, pero al menos hay quien se para y le

dedica a la prensa unos minutos de su tiempo para hablar, no se limita a

sonreír y decir que, «todo bien». —Me encogí de hombros y sí, por el rabillo

del ojo vi cómo Fran se escabullía sin que Ana y Mireia se dieran cuenta,

hasta que lo hicieron.

—¿Dónde está Fran? —preguntó Ana.

—Se ha ido, no me fastidies —dijo Mireia que no tardó en mirar por la

ventana—. Nos estabas distrayendo. —Me señaló.

—¿Yo? Claro, solo me faltaba eso, que me culpes ahora de distraeros solo

porque Fran haya aprovechado la oportunidad para irse a Málaga. —Volteé

los ojos.

—No es justo que habiendo sido nosotras quien le dijéramos al jefe lo de

Paul, mandara a Fran —protestó Ana.


—Bueno, no os preocupéis que seguro que tendréis tiempo de ir a verle —

las animó Amanda.

—El caso es que se rumorea que se ha comprado una casa aquí en el sur —

respondió Mireia.

—Niña, que te veo las intenciones y tú eres capaz de recorrerte todos los

rincones de Andalucía hasta que lo encuentres. —Reí.

—No hagas eso, Mireia, por favor, que más que una fan ibas a parecer una

acosadora —le pidió Amanda.

—Yo solo quería verle hoy, pero nada, que Fran no ha dado el brazo a

torcer. Luego pide favores para que le dejemos ir a cubrir una noticia del

cantante que le gusta a su novia. Pues un mojón va a ir la próxima vez, así la

novia me haga un muñeco de vudú de esos o me ponga dos velones negros —

soltó Ana mientras se sentaba en su puesto.

A ver, que tanto Amanda como yo las entendíamos, porque nosotras

también éramos fans de un grupo en nuestra juventud y, para una vez que

podríamos haberlos visto en su visita a España, nos quedamos con las ganas

porque nuestros padres no nos dejaban ir solas.

Teníamos quince años en aquel entonces y era normal, que yo tampoco

dejaría a mi hija ir sola a esa edad a un concierto.

Nos pusimos a trabajar las cuatro concentradas cada una en lo suyo.

Amanda tenía que redactar un artículo sobre el nacimiento de la primera hija

de una de las cantantes más de moda del momento, lo que había llenado de

alegría a los recién estrenados papás. Mientras tanto, yo me ocupaba de la

noticia sobre la nueva relación de un famoso modelo italiano, quien había

sido visto en varias ocasiones con la hija de un empresario alemán.

Finalmente, los rumores se confirmaron a través de las redes sociales de

ambos.

Lo único que sonaba en aquel espacio, además de la cadena de radio de

fondo, a la que ninguna prestábamos excesiva atención, eran las teclas de los
cuatro puestos en los que estábamos trabajando.

Cuando acabé, fui a prepararme un café. Teníamos una cafetera de cápsulas

y me gustaba mucho la que llevaba un toque de caramelo. Me llegó un

mensaje de mi madre para ver cómo estábamos y qué tal nos habíamos hecho

al cambio de casa.

Le contesté mientras me tomaba el café y aproveché para enviarle unas

fotos que nos habíamos hecho en la terraza de casa la noche anterior después

de cenar.

Mamá: Si es que no pueden estar más guapas mis niñas. Os echamos

mucho de menos hija, no tardéis mucho en venir que hasta tu padre dice que

me ve mala carita.

Y sí, me envió una foto en la que había puesto hasta un puchero y me tuve

que reír. Era muy grande mi madre.

Nos despedimos tras un ratito charlando, y cuando me quise dar cuenta,

Ana o Mireia habían puesto la televisión en uno de los programas que a veces

veíamos para contrastar un chivatazo que nos había dado uno de los

colaboradores, y ahí estaba su actor favorito.

Caminaba entre los periodistas junto a su guardaespaldas, sonreía de esa

manera en que siempre lo hacía y se limitaba a responder lo mismo a cada

pregunta que le hacían.

Vi a Fran un poco más cerca de él y hasta le escuchamos preguntarle.

—Paul, ¿cuánto tiempo tienes pensado quedarte por el sur de España?

—¿Es un viaje de placer o por trabajo? ¿Estás con un nuevo rodaje por

aquí? —preguntó otro.

—Paul, dinos ¿cómo está tu corazón en estos momentos? —Curioseó una

de las reporteras, y él la miró con sus ojos azules y esa sonrisa mezcla entre

niño bueno y chico malo sin detenerse.


—Todo bien —respondió, como siempre, que parecía que no se supiera

otra frase más que esa.

—Por favor, qué sonrisa tiene —dijo Mireia.

—Y esa mirada —suspiró Ana—, si es que… me tiemblan las piernas

cuando le veo.

—De verdad, que no es para tanto, chicas. Otro actor guapo de los muchos

que hay. Como el marido de la Pataky, así rubito y de ojos azules con un aire

a vikingo que llama la atención fuera de su país. —Me encogí de hombros.

—No es solo una cara bonita, Lara, es un tipo con talento y sí, gusta en

cámara porque vale para esto —dijo Mireia.

—Y no lo niego, que igual es solo porque yo lo veo así, a través de la

pantalla, y no me llama.

—Si te llamara un hombre como ese, se te hacían las piernas gelatina. —

Rio Amanda.

—Ah, y a ti no, ¿verdad? —Arqueé la ceja.

—A mí ahora mismo me haría templar las piernas cualquier hombre, hasta

el primero que pasase por esa puerta —dijo y las cuatro miramos.

Momento en el que Aitor, nuestro compañero, un simpático sevillano de

treinta y dos años, moreno y con los ojos marrones, entró mirando el móvil

después de cubrir una noticia.

—Aitor, que Amanda quiere que la lleves al cuarto de la impresora —dije

riendo.

—¿Eh? ¿Para qué? —El pobre frunció el ceño.

—Para que le hagas temblar las piernas —respondió Ana también con la

risita en la boca.
—¿Habéis bebido o qué os pasa?

—No hagas caso a estas locas, Aitor, que no saben lo que dicen. —Amanda

le quitó importancia con un gesto de la mano, se encogió de hombros y se

sentó en su puesto para trabajar.

Yo volví a mirar hacia la pantalla donde el rubio irlandés seguía sonriendo

y esquivando a la prensa antes de subirse al coche. Vale, no iba a negar que el

hombre era guapo, y sí, por supuesto que tenía talento o no llevaría una

trayectoria tan exitosa en el mundo del cine, pero que no, que a mí no me

llamaba la atención así a través de una pantalla, y dudaba que lo hiciera si

alguna vez tenía la oportunidad de verlo en persona.


Capítulo 6

Lara

Había llegado el día en el que Amanda y yo teníamos que entrevistar a

Olivia Andrade, una de las actrices de telenovelas más famosas de la última

década, y que acababa de divorciarse hacía solo unos meses de Alan Black,

uno de los productores musicales más reconocidos del mundo, hijo de padre

neoyorquino y madre puertorriqueña.

Durante varios días, Amanda y yo nos centramos en las preguntas, no

queríamos entrar en el morbo que producía el divorcio de la pareja, ya que

estaba siendo de lo más sonado por lo ocurrido, y es que el productor había

estado manteniendo una relación extramatrimonial con una joven bailarina

que formaba parte del cuerpo de baile de uno de los cantantes de la

productora de Alan.

Olivia había decidido hacer un breve parón en su trabajo para tomarse el

verano de descanso disfrutando de su hija, una preciosa niña de apenas seis

años que se veía en medio de esta guerra matrimonial, como la habían

catalogado en algunos medios.

Amanda y yo estábamos llegando a la casa donde se alojaría Olivia, una

villa preciosa rodeada de zonas verdes y con altos muros para dar privacidad

a toda la estancia.

—¿Has traído las preguntas?


—Sí, tranquila —respondí mientras avanzábamos los últimos metros.

—¿Y la grabadora?

—¿Tú has cogido algo? —Arqueé la ceja.

—A mí misma, a ver si es que te parece poco —resopló.

—La madre que te parió.

Nos identificamos junto al portero automático de la puerta de hierro que

había en la entrada y no tardaron en abrirla para que pudiéramos acceder con

el coche.

Aparcamos cerca de la puerta principal y, al bajar, vimos que esta se abría,

y allí esperando estaba Diana, la mánager de Olivia, sonriendo al vernos

llegar.

—Bienvenidas —dijo recibiéndonos con un abrazo.

—Gracias —respondimos al unísono.

—Olivia está esperando en el porche, dice que es mejor allí por si queréis

tomar algunas fotos.

—Perfecto, sí —sonreí.

Seguimos a Diana por la casa hasta el salón donde vimos que estaba la niña

sentada en el sofá viendo los dibujos. Sonrió al tiempo que nos saludaba con

la manita y le devolvimos el gesto.

—Es preciosa —dije antes de salir al porche.

—Y un amor de niña —sonrió Diana—. Es la vida entera de Olivia. —Se

hizo a un lado para que saliéramos y allí estaba ella, sentada en una de las

tumbonas con las gafas de sol tomando una limonada—. Olivia, ya han

llegado las periodistas.


—Ah, chicas, bienvenidas a mi paraíso de vacaciones. —Se puso en pie y

nos dio un abrazo a cada una—. Sentaos y poneos cómodas, ¿queréis una

limonada?

—Sí, gracias —dijimos de nuevo al unísono, y la propia Olivia nos sirvió

un vaso a cada una.

—Bueno, cuando queráis, soy toda vuestra —sonrió de nuevo.

—Vamos a grabarlo todo y después lo transcribimos —dije mientas

conectaba la grabadora del móvil y la ponía sobre la mesa.

—Perfecto.

Saqué la libreta con las preguntas que había metido en el bolso y, al ser dos

quienes haríamos la entrevista, cada una de ellas llevaba la inicial de quién la

haría, así que me crucé de piernas mientras sostenía la libreta en la mano de

modo que Amanda también pudiera verlas, a pesar de que las dos nos

habíamos aprendido esas preguntas de memoria.

—Primero que nada, Olivia, gracias por tomarte el tiempo para hablar con

nosotras hoy y conceder la primera entrevista a nuestra revista, sabemos que

estos meses has pasado por momentos difíciles con tu reciente divorcio.

¿Puedes decirnos cómo estás ahora?

—Gracias a vosotras por venir, sabéis que muchos personajes públicos os

adoran, sois periodistas que empatizáis con la gente y hacéis siempre un

trabajo impecable —sonrió—. En cuanto a cómo estoy, no voy a mentir ni

adornar nada, este ha sido, y sigue siendo, un proceso complicado, pero trato

de enforcarme en lo positivo y en lo que viene, así como en mi familia. —Se

le fueron los ojos de manera leve hacia su hija—. Siempre he tenido la

creencia de que cada final es un nuevo comienzo.

—Eso que dices es muy inspirador, Olivia —respondió Amanda—. ¿Qué

te parece si empezamos hablando de tu carrera? Has sido una de las actrices

más queridas en el mundo de las telenovelas en la última década,

interpretando diferentes papeles en cada una de ellas. ¿Cómo ha sido tu


trayectoria hasta ahora y qué te ha motivado a seguir adelante en un mundo

tan competitivo como lo es este?

—Bueno, la verdad es que he tenido la suerte de trabajar en proyectos

maravillosos en estos años, de contar historias que han calado en la gente y

que han gustado, eso es algo de lo que me siento orgullosa y agradecida. En

cuanto a mi motivación, siempre ha sido el amor por la actuación que he

tenido desde que era una adolescente que interpretaba algunas obras de teatro

en el instituto, y la conexión que puedo crear con el público.

»Es magnífico ver cuando en redes me dejan mensajes diciendo lo mucho

que les gusta este u otro personaje. Y, bueno —sonrió—, a pesar de los

altibajos que pueda haber a veces, cada personaje que interpreto me enseña

algo nuevo que me ayuda en mi vida personal.

—Hablando de tu vida personal —dije y me miró con un poco de temor—,

¿cómo está llevando tu pequeña esta situación? ¿Has notado algún cambio en

su comportamiento? Un divorcio nunca es fácil para la pareja, pero aún

menos para los hijos.

—Eso es cierto, no voy a negártelo, Lara. Pero para mí, mi prioridad

siempre ha sido el bienestar de mi hija. Ella es muy pequeña, pero no es tonta

—sonrió—, trata de entender lo que está pasando y procuro hacer que tanto

mi exmarido como yo nos centremos en la comunicación y así asegurarnos

de que, aunque sus papás no van a estar juntos, ella se sienta amada y segura.

A veces tiene preguntas, como es normal, y trato de responderle de la manera

más sencilla posible.

—Eso suena a toda una madraza —comentó Amanda, y Olivia sonrió—.

En cuanto a tu exmarido, ¿hay algo que te gustaría compartir sobre cómo ha

sido vuestra relación desde que os separasteis?

—Han sido algo más de diez años juntos, desde que nos conocimos, el

momento en el que nos enamoramos y creímos que este sería uno de esos

cuentos de «felices para siempre» —sonrió con un leve rastro de tristeza en la

mirada—, pero a veces eso no es suficiente. Y no quiero decir que ni él o yo


no diéramos suficiente en nuestra relación, porque no es así, los dos dimos

cuanto pudimos hasta que el amor…

—Se acabó de tanto usarlo. —Terminó Amanda, y a Olivia se le escapó

una risita.

—Exacto, se acabó de tanto usarlo.

—Pero él ya tenía otra relación antes de que rompierais la vuestra —

intervine.

—Así es, el amor que se nos acabó a nosotros lo encontró en otra —volvió

a sonreír con tristeza—. Pero bueno, creo que es algo normal que les pasa a

muchas parejas, esas que no son tan públicas y conocidas como la nuestra, y

que acaban dejando ir eso que ya murió.

»Por suerte, para él al igual que para mí, es importante mantener el respeto

de lo que una vez fuimos y de lo que aún somos, especialmente por el bien de

nuestra pequeña. Hemos tenido nuestras diferencias, pero siempre hemos

querido lo mejor para ella. Como digo, la comunicación es clave y estamos

muy centrados en eso.

—Y como padres os honra, te lo aseguro —dijo Amanda, que sabía lo que

era no tener un padre en su vida.

—Cambiando de tema. —Carraspeé para quitar hierro a ese momento

amargo—¿Tienes algún proyecto nuevo en televisión del que puedas

hablarnos? Nos consta que tus fans están ansiosos por verte de nuevo en

pantalla.

—Sí, por supuesto —sonrió con más alegría esta vez—. Hace apenas seis

meses que el divorcio fue oficial, lo pasé mal como todos saben, pero tenía

entre manos un papel precioso que me ayudó a superar un poco todo ese

asunto en mi vida personal.

»Han sido meses de grabaciones entre Madrid y aquí, acabamos de

terminar hace apenas unos días, la productora, el director y todo el equipo

está trabajando en ultimar muchos de los detalles que hay, y sin dar fecha,

porque no me corresponde a mí, sí que pudo deciros a vosotras y a mis fans


que pronto volverán a verme interpretando un personaje que me enamoró

desde el principio.

»Y en cuanto acabe con mi parón de verano, pues la verdad es que necesito

estar con mi pequeña, vivir días tranquilos a su lado y desconectar de todo

para sanar por completo, empezaremos a grabar algo nuevo que aún no han

querido decirme qué es, pero que me va a hacer mucha ilusión.

—En ese caso nosotras nos alegramos por ti —sonreí—. De nuevo gracias

por esta pequeña entrevista donde nos has abierto un poquito de tu corazón.

—Lo necesitaba, sabéis que desde que empezaron los rumores y después

de que todo se hiciera oficial, se han dicho muchas cosas sobre Alan y sobre

mí, tenemos una hija y no queremos que ella esté mal, que en la escuela

hablen de lo que puedan escuchar en casa y que sufra, ya sabéis que a veces

los niños no son muy empáticos con otros —dijo, y tanto Amanda como yo

asentimos.

»Por eso necesitaba hablar, aunque fuera sobre esto un poco, dar la cara y

dejar claro que no solo no me escondo, sino que no he cogido una depresión

como han llegado a decir en algunos medios. Estoy bien, dentro de lo que

cabe porque como he dicho, han sido más de diez años con un hombre al que

amaba, pero estoy bien y así debo seguir por mi pequeña, y por mi familia,

que ha sido un gran apoyo para mí.

Tomamos algunas fotos de Olivia con poses de lo más naturales, y es que

así era ella, le salía todo muy natural delante de la cámara, y tras despedirnos

le dijimos que la entrevista saldría en dos días y estaría en digital y en papel.

Cogimos el coche y fuimos hasta la redacción donde nos centramos en

transcribir la grabación, editar bien las fotos, hacer el montaje y la

maquetación y pasársela a nuestro jefe para que diera el visto bueno antes de

enviar a impresión.

No tardó en aparecer por nuestro puesto de trabajo Rodrigo, nuestro jefe, a

quien nosotras cariñosamente llamábamos Rodri. Era alto, tenía cuarenta

años, un porte elegante y sexi a rabiar, con el cabello castaño y unos ojos

marrones como el chocolate que siempre desprendían calma y serenidad.


—Chicas, enhorabuena, me encanta la entrevista que habéis hecho.

—Muchas gracias, jefe —respondimos al unísono.

—Espero que estéis preparadas porque en unos días se celebra el

cumpleaños de toda una celebridad en el mundo de la música, y vosotras vais

a cubrirlo.

—Espera, espera. —Amanda se puso en pie—. Rodri, querido Rodri —se

acercó a él y le agarró del brazo—, ¿nos estás diciendo que Lara y yo vamos

a cubrir la fiesta de cumpleaños de Eros?

—Sé que es tu cantante favorito, y sí, por eso os la doy a vosotras.

—¡¡Me muero!! —gritó la muy loca y se lanzó a rodearle con los brazos

por el cuello— Tengo que comprarme algo decente para esa noche.

—Verás que, del cumpleaños de Eros, la niña sale con novio. —Rio

Rodrigo.

—Sí, claro, como que él se va a fijar en mí, que soy una poquita cosa al

lado de las modelos, actrices y bailarinas con las que se rodea. —Volteó los

ojos.

—Hay que joderse, que sigue pensando que no es nadie, cono todo lo que

vale —protestó él antes de irse.

Y era cierto, Amanda valía millones y les daba cien vueltas a cualquiera de

esas mujeres que rodeaban a su cantante favorito como mosquitos en busca de

sangre fresca en una noche de verano.


Capítulo 7

Paul

Cata nos había conseguido una carne de primera calidad que tenía una

pinta brutal y que pusimos en la barbacoa antes de que ellas llegaran.

También envolvimos en papel de plata unas patatas para hacerlas cocidas y

luego salpimentarlas con un poco de aceite.

Pusimos la cubitera en el centro de la mesa con una botella de vino y las

cuatro copas. Aparecieron al momento.

Ambas llevaban unos vestidos blancos, cortos y ajustados que les daban un

aire muy elegante y estilizado. Eran guapísimas, pero había algo en Natalia

que desprendía una sensualidad irresistible, y eso me encantaba.

No dudó en venirse hacia mí, engancharme de la cintura y abrazarse, me

pareció un gesto de lo más tierno.

—Qué pinta más rica —dijo Claudia, y Natalia afirmó mirando hacia la

barbacoa mientras Robert servía las copas de vino.

—Tomad. —Nos fue dando las copas.

—La casa también tiene muy buena pinta. —Observaba todo Natalia con

una sonrisa en la cara.


—Gracias. —Le di un beso en la punta de la nariz y se le escapó una

risilla. La misma que se me escapaba a mí cuando levantaba su vista con

timidez y se sonrojaba por completo.

Robert y Claudia estaban junto a la barbacoa, como si la fiesta únicamente

fuera con ellos. Mientras tanto, nosotros nos acomodamos en los sillones

alrededor de la mesa del jardín, y Natalia, descalza, se sentó con las piernas

cruzadas, disfrutando del ambiente.

Le acaricié la mano por encima de la mesa mientras tomábamos la copa.

—Estás preciosa.

—No me digas eso que me pongo roja.

—¿Y acaso no lo hago para ponerte así?

—Te recuerdo que eres el tipo con el que llevo fantaseando mis últimos

años.

—Quizás sea eso lo que me atrae de lo que provoco en ti. Espero que esta

tarde no haya arruinado demasiado tus expectativas —murmuré en tono

juguetón, buscando provocarla un poco más.

—Las pusiste muy altas. —Se mordisqueó el labio, y le levanté la cara con

mi mano en su barbilla.

—¿Cómo de alto? —Aguanté la risilla.

—Digamos como de aquí al infinito. —Hizo un intento de agachar su cara,

pero no se lo permití. Me lancé a sus labios.

Había una atracción fuerte entre nosotros, era innegable, pero que tenía que

controlarme era algo que así debía hacer, ya que nos esperaba la cena, pero si

por mí hubiera sido, ya la tendría de nuevo en mi cama.


—Que estábamos pensando en que mañana nos podríamos ir a pasar el día

a una playa en el barco —dijo Robert y nos echamos a reír.

—Ya veo que vosotros planeáis mucho.

—Jefe, no puedo dejarte solo…

—Claro que puedes. —Me reí.

—No, no puede —me dijo Natalia—. Nosotros también vamos a ir, por fi.

—Si me lo pides así.

—Y de rodillas, si hace falta —me murmuró descaradamente al oído.

—Decidido, nos vamos con vosotros —le dije a Robert, al quien mi cara le

indicó que algo fuertecito me había dicho la niña.

—Nos vamos entendiendo. —Estiró su mano para chocarla con la mía.

—Claro que sí, mujer, yo te estoy entendiendo a la perfección. —Carraspeé

chocando su mano.

Robert sacó la carne en una bandeja, acompañada de las patatas que había

sazonado con sal, pimienta y un chorrito de aceite, y que tenían una pinta

muy buena también. Las chicas no pudieron evitar aplaudir, al ver el

resultado de estas.

Sinceramente, habíamos entrado en la urbanización por la puerta grande y

para ser el primer día estábamos saliendo muy bien parados.

No solo disfrutábamos de la comida, el vino se bebía que parecía agua y no

tardamos en descorchar la segunda botella que ya se notaba que iba haciendo

efecto.

—Debéis reconocer que habéis conocido a las chicas más simpáticas de

toda la urbanización.
—Claro que sí, Claudia —le dijo Robert dándole un manotazo en la pierna.

—¿Y tú qué tienes que decir? —me preguntó Natalia con su sonrisilla

suelta.

—Que —me acerqué a su oído— luego me lo digas de rodillas.

La carcajada que le entró fue tan grande que resultó contagiosa, mientras

su hermana le pedía que contase qué era lo que la hacía reír tanto. Sin

embargo, al ver mi mirada, decidió no contarle nada en ese momento.

Aunque, estaba claro que en otro momento lo haría. La conexión entre ellas

era evidente, había una complicidad y una buena vibra que se notaba en el

ambiente.

Entré para decirle a Cata que se fuese a descansar, que ya nos

encargaríamos nosotros de todo. Sabía que si no le decía nada se quedaría

pendiente a cualquier cosa que necesitásemos.

Aproveché para coger hielo, una botella de ron y unos refrescos para poner

unas copas. Hasta me aplaudieron los tres al verme regresar con todo.

—¡Botellón, botellón! —gritaron las dos chicas al unísono.

Robert se encargó de servir las copas en el momento en que lo coloqué

todo sobre la mesa. Había traído todo en una bandeja que Cata salió a recoger

antes de despedirse y retirarse a su habitación.

—Por mañana, que lo vamos a pasar en grande en alta mar —dijo Robert.

—Bueno, en alguna calita —contesté yo, viendo las intenciones de este.

—¿Y qué de malo tiene alta mar?

—Natalia… —Carraspeé.

—Estaba bromeando. —Me hizo una burla.


Empezamos a planificar lo que haríamos al día siguiente y quedamos en

que iríamos a una cala que había en dirección a Cádiz, un lugar al que muy

poca gente accedía. Fondearíamos cerca.

En el yate, se nos ocurrió que podíamos preparar una paella que

acompañaríamos con unas sangrías típicas de aquí y que las chicas habían

propuesto.

Después de disfrutar de unas copas, nos despedimos de ellos, que iban al

apartamento de Robert, mientras que nosotros subíamos a la primera planta,

rumbo a mi habitación.

—Joder lo que tienes aquí arriba —dijo ella observando todo y

dirigiéndose a la terraza.

—¿Te gusta?

—Parece otra vivienda —murmuró cuando le abrí las cristaleras para que

saliera a la terraza—. Y piscina y todo. —Se llevó la mano a la boca.

—La casa de tus padres también es imponente.

—Lo es, pero claro, la mejor parte se la llevan ellos que también tienen una

terraza con jacuzzi, aunque mi hermana y yo la usamos muchas veces cuando

no están.

—¿Tienes más hermanos? —Me pegué a ella por detrás.

—No, pero sí le podría dar algún nieto a mis padres —murmuró

causándome una risilla.

—Espero no ser la víctima.

—Estoy bromeando. —Se giró riendo y se echó sobre mi pecho.

Momento que aproveché para meter las manos por debajo de su vestido y

agarrarle esas nalgas tan redonditas y jugosas que tenía. Era toda una
tentación que me ponía a unos niveles de calentamiento que hacía tiempo que

no sentía. No sabía si era su dulce juventud o que realmente me sentía

demasiado atraído por ella.

Me acomodé en el sofá exterior, con ella sentada sobre mí, mirando con

esos ojos que prometían una noche ardiente. Con movimientos lentos le quité

el vestido y noté cómo su piel se erizaba. Llevaba un conjunto de lencería fina

muy bonita y sensual, como era ella.

Mientras ella, con manos temblorosas pero decididas, comenzaba a

desabrochar los botones de mi camisa sin dejar de sonrojarse, una mezcla de

deseo y timidez que encendía aún más la chispa entre nosotros. Cuando

finalmente liberé mi torso al desprenderme de la camisa, la sensación de su

cuerpo sobre el mío se volvió irresistible, con un movimiento rápido, me

deshice de mis pantalones cortos, necesitando sentirla piel con piel.

La miré y, con un simple gesto, le indiqué que se quitara el sujetador. Ella,

un poco sonrojada, comenzó a desabrocharlo mientras mis ojos se fijaban en

sus pechos firmes y en sus pezones ya erectos. Acercando mis labios a ellos,

la envolví con un brazo alrededor de su cintura, sintiendo su calor.

Ella comenzó a moverse sobre mí, buscando ese roce que aliviara, aunque

fuera un poco, la intensa excitación que sentía en ese momento.

La hice reclinarse en el sofá y me puse entre sus piernas. Después, le quité

las bragas y también me deshice de mi bóxer. La acaricié y la lamí,

llevándola a un orgasmo que la dejó completamente sin aliento.

Me puse un preservativo y la penetré poniendo mis manos sobre su cabeza

y ahuecándola en medio. La miraba para provocar ese enrojecimiento que

tanto me gustaba.

—Gime para mí —le pedí observando cómo intentaba contenerlos.

Después de alcanzar un intenso orgasmo, ella se levantó y, sin previo aviso,

se lanzó a la piscina. No le importó el frío, la noche estaba perfecta y ella

valiente era un rato. No lo pensé dos veces y decidí hacer lo mismo.


Se aferró a mi cintura y no dudó en lanzarse a mis labios, como se dice por

aquí, para comerme vivo. Se notaba que le gustaba muchísimo y que la

química entre nosotros era intensa y constante.

Pasamos un buen rato en la piscina antes de secarnos y ponernos cómodos

para dormir. Ella traía una bolsa para cambiarse y en ella un camisón que le

quedaba perfecto, no pude evitar admirarla mientras se cambiaba.

Se abrazó a mí cuando apagué la luz y le di las buenas noches con un beso

sobre su frente.

De que venían preparadas, venían, porque había visto que en su bolsa traía

más prendas para mañana, con lo cual no tenían ni que pasar por su casa a

cambiarse porque hasta ropa de baño había cogido. Según ella, eran muy

previsoras; según yo, ya lo tenían todo pensado para quedarse y pasar el día

juntos.

Me gustaba la idea ¿para qué me iba a mentir?


Capítulo 8

Paul

Literalmente no me podía mover, ya que la tenía con medio cuerpo encima

de mí.

Mientras la observaba cómo dormía plácidamente, no puede evitar sonreír.

Con cuidado, empecé a levantarme lentamente para ir a la cocina y preparar

un café, pero en cuanto me moví, se dio cuenta y abrió los ojos de par en par.

—¿Dónde vas sin mí, señor Peligro?

—Iba a tomarme un café.

—¿A cara perro?

—¿Cómo?

—Es un decir cuando no quieres compartir algo.

—No, no, a cara perro no, solo que no quería despertarte.

—Hace un rato que estoy despierta, pero me he hecho la dormida para no

molestar ni interrumpir tus dulces sueños.

—Vaya, encima buena chavala. ¡Qué suerte la mía! —Tiré de ella para

levantarnos mientras se reía a carcajadas.


—¿Me vas a hacer un café o me vas a dejar mirando?

—Te haré un café y bajaremos a desayunar con los chicos —dije mirando

desde la terraza y viendo que ya estaban abajo tomándose uno.

—Si quieres lo tomamos abajo con ellos.

—Vale, también es una opción.

Bajamos sin cambiarnos de ropa porque vi que ellos estaban de la misma

forma. Yo llevaba un pantalón corto de algodón y una camiseta, lo mismo que

Robert. Claudia también había optado, como Natalia, por una camiseta larga,

que parecía un camisón.

Se rieron al vernos y, por sus caras, pude apreciar que habían pasado una

noche increíble.

—Buenos días —dijimos todos al unísono.

Nos sentamos y no tardó en aparecer Cata con un montón de pan tostado,

huevos a la plancha, guacamole, jamón cocido y queso para espolvorear.

—Yo quiero una cocinera así —murmuró Natalia.

—Conquista al dueño de la casa y lo mismo… —dijo su hermana y se

encogió de hombros.

—Qué graciosa eres, hija. Sigue con el guardaespaldas entretenida —le

contestó causándonos una carcajada.

—Uy, lo que me ha dicho —dijo Robert haciéndose el ofendido.

—No te lo he dicho de manera despectiva, ya quisiera cualquier

guardaespaldas tener el privilegio de cuidar a Paul. Lo he dicho en tono de

broma para que mi hermana deje de decir tonterías, porque tonta es un rato.

—Más tonta eres tú. Mira esta —contestó un tanto enfadada.


—Primer asalto terminado. —Cruzó Robert las manos pidiendo que

parasen.

—Comenzó ella. —Se defendió Natalia.

—Solo te di una idea.

—Ni que fueras Einstein.

—Ya, por favor —pedí, y parece ser que a mí me hicieron más caso. Debió

de ser por mi tono.

El desayuno era de campeonato y no podía estar más bueno. Cada vez

estaba más seguro de la buena elección que había hecho aceptando la

recomendación de contratar a Cata.

Me hacía gracia ver cómo se buscaban las hermanas con esas miraditas y

sonrisas. No les hacía falta hablar para entenderse, y hasta yo creía interpretar

cada una de sus miradas.

Claudia tenía una personalidad bastante más juguetona y se notaba que

disfrutaba provocando a su hermana, pero no con maldad, sino como esas

hermanas que andan todo el día pinchándose.

Cata apareció con una cesta con todo lo necesario para cocinar la paella en

el barco, y Robert se encargó de llevarla al yate. Nos había puesto de todo, no

solo los ingredientes para la comida, sino que también había una bolsa con

gran variedad de aperitivos y dulces.

Nos marchamos a las habitaciones para cambiarnos y acordamos

encontrarnos en el yate en diez minutos. Las chicas estaban súper

emocionadas por el día que íbamos a pasar a bordo.

—Gracias por la invitación —me dijo Natalia, rodeándome por la cintura

la muy descarada cuando lo habían preparado todo Robert y su hermana.

—No hay de qué, todo un placer, señorita —le respondí con ironía.
Nos cambiamos y nos dirigimos hacia el barco donde ya estaban los chicos.

Estaban bailando una canción latina de esas que, aunque no se entendían ni

con un traductor, se notaba que se estaban divirtiendo a lo grande.

—Mi hermana está enganchadísima a Robert, es muy difícil verla así.

Sonreí con ese comentario y es que no sabía yo sí era la hermana la que

más enganchada estaba, porque Natalia era mi sombra y estaba siempre

mirándome embelesada. La sonrojaba con un solo guiño de ojo.

Comenzamos a navegar por la costa y Robert llevaba el barco, así que hoy

le tocaba sacrificarse y no beber.

Le di una cerveza a las chicas y otra sin alcohol a mi amigo. Natalia me

pidió permiso para abrir un paquete de patatas chips.

—No tienes que pedirlo. Puedes coger todo lo que quieras.

—Está bien. —Me agarró de los testículos y me dejó sin palabras. No pude

evitar soltar una carcajada.

—¡Natalia! —le gritó la hermana riendo a carcajadas.

—Déjala, me está dando un masaje —dije con ironía causando que la risa

fuera aún mayor.

Su hermana se fue negando hasta arriba donde estaba al mando Robert.

—Eres muy loquita.

—¿Y lo que te has reído conmigo, jefe?

—¿Cómo que jefe? Lo que me faltaba también sería ser tu jefe.

—Eres mi vecino y mi rollito.

—¿Rollito de qué? —Le mordisqueé el labio.


—Rollito de verano… ¿Qué te parece?

—¿Todo el verano? —Carraspeé.

—¿Tienes mejor plan?

—Alguno que otro.

—¡Qué malo! —Se echó a reír en mi pecho.

Fondeamos frente a una cala y me dispuse a preparar la paella en la cocina

exterior que era en la parte del porche del barco.

Natalia se puso a mi lado a ayudarme a cortar la verdura y me iba

preparando todo mientras me contaba las navegaciones de muchos días que

había hecho con su familia. Se notaba que amaba el mar y la vida en

Sotogrande de la que hablaba con mucho entusiasmo.

La paella nos quedó de campeonato, la dejamos reposando mientras nos

lanzábamos al agua para refrescarnos. El agua estaba tan clara y tranquila,

que daba gusto darse un chapuzón en este rincón al que muy pocos tenían la

suerte de acceder.

Regresamos al barco para comer y nos sentamos a disfrutar de ese arroz

que para, pese a yo no ser español, me había quedado espectacular. Tenía

incluso ese toque doradito en el fondo que era una verdadera delicia. Los tres

no dejaron de repetir lo rico que estaba.

—Te nombro el chef del grupo —dijo Claudia haciendo la señal de la cruz

delante de mi cara.

—Verás, una amenazándome con todo el verano y la otra poniéndome de

cocinero. ¿Las tiramos al mar? —le pregunté a Robert, obviamente

bromeando.

—Claro, ¿a cuál primero?


—A mí, que estoy muerta de calor —contestó Claudia que era la más

descarada.

—Se las busca solita —murmuró Natalia.

Después de comer nos fuimos al camarote a echarnos un rato. Había dos,

por lo que ellos se metieron en el otro.

No me hizo falta comenzar a desnudarla, ya que cuando cerré la puerta y

me giré, ya lo había hecho ella.

Me salió una sonrisa morbosa que no pude retener mientras me dirigía al

centro de la cama a la vez que me iba desnudando.

De nuevo su cuerpo me pedía a gritos que la saciara de esa tención que yo

le provocaba en todo momento y es que, podía darme cuenta por su lenguaje

corporal que era de lo más fácil de descifrar.

Me lo pasaba muy bien con ella, y es que se dejaba manejar a mi antojo. Se

notaba que disfrutaba, y eso se reflejaba en cada momento en que nuestras

respiraciones entrecortadas marcaban esos instantes de deseos

descontrolados.

Pasamos un par de horas durmiendo la siesta como era típico en este país y

luego nos fuimos a dar un baño antes de merendar. El sol estaba tan intenso

como si fuera agosto y estábamos disfrutando ya de un clima inmejorable.

Antes de volver a Sotogrande disfrutamos los cuatro de una merienda. Yo

mencioné que tenía algunas videollamadas programadas, porque estaba

viendo que, si no poníamos una excusa, estas se iban a quedar a vivir con

nosotros todo el verano.

Nos despedimos de ellas dejándolas en su embarcadero y acordamos hablar

al día siguiente.

—Son buenas chicas, pero se apalancan que da gusto y tú eres culpable de

eso.
—¿Te lo has pasado mal? —me preguntó carraspeando cuando bajábamos

del yate ya en la casa.

—No, la verdad que no y me caen muy bien, pero por poco se nos quedan

aquí instaladas.

—No, mañana tienen que trabajar por la mañana.

—Ah bueno, que tenías información de primera mano. —Carraspeé.

—Siempre, jefe, recuerda que voy por delante investigando el camino.

—Tienes razón. —Le seguí el rollo.

Nos despedimos y me fui hacia mi habitación. Le había dicho a Cata que

no contara conmigo para cenar, ya que me prepararía un sándwich, Robert le

dijo lo mismo.

Me tiré en el sofá y me puse a pensar en los dos días junto a Natalia. Había

aterrizado con fuerza en este viaje que se suponía que iba a comenzar

tranquilo, pero nada que ver con la realidad.

Había sido divertido, las cosas como son, y también bastante excitante. Sin

embargo, había algo en Natalia que me seducía y, al mismo tiempo me hacía

sentir distante. Era como si, en ciertos momentos, de repente quisiera dirigir

mi vida como si formase parte de ella, al menos esa había sido mi

percepción.
Capítulo 9

Lara

Estaba dándome el último retoque, pintándome los labios con el rojo que

tanto nos gustaba usar a Amanda y a mí, mientras la escuchaba en su

habitación canturreando algunos de los temas de Eros.

Sonreí porque desde luego que no conocía a nadie que fuera tan fan de ese

hombre como lo era ella.

Pero le concedía una cosa, bueno, más de una, y es que el tono de su voz

era tan dulce y sensual que cuando cantaba hacía que te sintieras protagonista

de esa canción, y además sabía bailar muy bien y era guapo, no iba a

negárselo a mi amiga, pues ese latino movía masas y levantaba pasiones,

como decía mi madre.

Cogí el móvil y posé frente al espejo de cuerpo entero que me había

colocado junto al armario. Me hice una foto y lo guardé en el bolso antes de

ir al salón a esperar a Amanda.

Llevaba un vestido blanco corto que estaba cubierto por una delicada capa

de encaje, la cual cubría parte del torso, con un escote redondo. Las mangas

eran cortas, lo que permitía que se viera un poco de piel.

Me había recogido el cabello en un moño desenfadado, con un par de

mechones ondulados que enmarcaban mi rostro. Opté por un maquillaje sutil


y natural, y complementé mi outfit de la noche con unas elegantes sandalias

doradas, al igual que los pendientes de aro y el bolso que llevaba.

No éramos parte de los invitados a la fiesta, pero como periodistas

acreditadas no teníamos que desentonar, así que escogí aquel vestido la tarde

que ambas fuimos de compras.

No tardé en escuchar los tacones de Amanda mientras se acercaba y, al

mirar hacia el pasillo y verla aparecer, sonreí. Estaba guapísima con aquel

vestido que escogió.

Era azul marino, corto al igual que el mío, con un sutil y elegante escote en

«V» y tirantes finos que realzaban sus hombros. La falda se movía con gracia

con cada paso que daba, y completaba aquel precioso vestido con unos

pendientes largos de plata, unos zapatos blancos y el bolso a juego que le

daba ese toque náutico para la fiesta en el barco.

Llevaba el pelo recogido en una trenza a un lado y su maquillaje era en

tonos suaves y con los labios rojos.

—Estás preciosa, Amanda. Te van a confundir con una de las invitadas —

dije cuando me vio.

—Sí, claro, van a pensar que soy uno de los angelitos de Victoria. —Volteó

los ojos mientras hacía referencia a esa famosa firma de lencería.

—Pues no tienes nada que envidiarles, eso te lo aseguro, que ya quisiera

más de una tener tu cuerpo.

—Se lo cambio cuando quieran, que yo encantada —sonrió.

—Anda, anda, deja de decir tonterías, ¿vale? Y vámonos que al final el

barco sale sin nosotras.

Cogimos el coche y nos dirigimos al puerto, donde esta noche zarparía el

yate de Eros con todos los invitados y medios acreditados a bordo.


—No me puedo creer que vaya a ver a Eros, a tenerle tan cerca —dijo

Amanda que se veía que estaba un poquito nerviosa.

—Mientras no te confunda con una de la tripulación —sonreí.

—¿Por qué lo dices? —Frunció el ceño.

—Porque vas vestida como una auténtica marinerita.

—Hija de la gran fruta. —Rio negando.

—Vas guapísima, en serio. Y sí, vamos a trabajar, pero sobre todo a

disfrutar y pasarlo bien, ¿de acuerdo?

—Sí. ¿Llevas el móvil bien de carga?

—Ajá, y la batería externa, no te preocupes, que sin fotos no te quedas.

—Estoy nerviosa, en serio.

—Pues no lo estés, que no es más que una fiesta.

Cuando llegamos al puerto dejamos el coche cerca de uno de los

restaurantes que había por allí, dado que no había manera humana de aparcar

por la zona de la entrada. Caminamos hacia el yate con nuestras

acreditaciones en la mano y las enseñamos a uno de los hombres de

seguridad como el resto de los invitados.

A medida que nos íbamos acercando al yate de Eros, se podía escuchar la

música, así como las risas y el murmullo de las conversaciones de quienes ya

disfrutaban de la fiesta a bordo.

La noche era perfecta para una celebración en el mar, como estaba previsto,

cálida y despejada con las estrellas brillando sobre el Mediterráneo en el

oscuro y negro cielo que todo lo cubría.


Subimos tras volver a identificarnos, nos ofrecieron una copa de vino y la

cogimos con una sonrisa.

Cantantes, productores de música, actrices, actores, modelos, influencers,

algún que otro futbolista amigo de Eros y el cuerpo de baile que le

acompañaba en los espectáculos y conciertos por todo el mundo, se

encontraban allí para celebrar el treinta y cinco cumpleaños del cantante.

Nos encontramos con varios compañeros de profesión a quienes saludamos

con cordialidad, además de cruzarnos con un montón de famosos que estaban

presentes esa noche.

—Ahí está Álvaro —me dijo Amanda señalando hacia nuestra derecha.

Estaba con un modelo y se notaba que le estaba haciendo algunas

preguntas, al igual que muchos de los periodistas que ya comenzaban a

charlar con todos. Dimos un sorbo a nuestras copas y nos dispusimos a hacer

lo mismo.

Al pasar junto a uno de los chicos de seguridad de Eros, escuché que

mencionaba que zarpábamos, y poco después comenzamos a navegar.

Según avanzábamos, las luces del puerto de Marbella se iban

desvaneciendo detrás de nosotros, y el yate se mecía despacio sobre las olas.

Todo en el barco era de un gusto exquisito que en el puerto apenas podía

apreciarse, pero ahora se hacía evidente.

Había guirnaldas de luces que iluminaban de una manera tenue y cálida

todo el yate, así como las mesas altas con taburetes que había repartidas por

cada rincón por el que nos mezclábamos.

Vimos al cumpleañero en varias ocasiones, pero siempre estaba saludando

a alguno de los invitados o charlando con los periodistas, así que nosotras

esperamos pacientemente nuestro momento de hablar con él mientras

disfrutábamos de la comida y la bebida al ritmo de esas bachatas que cantaba

Eros y que resonaban por todo el yate.


Había canapés, pequeñas tostas de queso con salmón o con cebolla

caramelizada, mini croquetas de jamón ibérico, marisco, pescado y carne a la

parrilla. Además del vino, en todas sus variedades, los camareros también

ofrecían champán y cócteles.

Amanda y yo nos separamos para poder charlar con más invitados y tener

algunas breves entrevistas con ellos, además de que cada una iba haciendo

una lista mental de todo aquello que debíamos contar en nuestro artículo, así

como las fotos que lo acompañarían.

Acababa de terminar de charlar con una de las modelos que sabía que

estaba a punto de firmar un contrato en exclusiva con una de las firmas de

París más reconocidas del momento, cuando noté una mano en mi cintura y

sonreí levemente.

—Hola, Álvaro.

—Hola, Lara. Estás impresionante esta noche —dijo mirándome como

solía hacer, con los ojos brillantes y cargados de deseo.

—Tú también luces genial, con ese traje beige y la camisa blanca sin

corbata.

—Me he pasado todo el tiempo deseando acercarme a ti. Esas piernas me

llamaban… —susurró en mi oído.

—Estamos trabajando, Álvaro —sonreí de medio lado.

—Con la de gente que hay aquí, nadie notará nuestra ausencia durante unos

minutos. —Hizo un guiño, entrelazó nuestras manos y me llevó con él hacia

la escalera que llevaba a la parte de arriba, donde estaban los camarotes.

En el momento en el que entramos en uno de ellos me giró hasta quedar

pegado a mí y asaltó mi boca en un beso cargado de urgencia y necesidad que

yo también sentí. Pude sentir su erección, que poco a poco se hacía más

prominente y palpitaba bajo la tela de su ropa.


Álvaro llevó la mano a mis pechos y los acarició suavemente por encima

del vestido, haciéndome suspirar y gemir. No tardó en cogerme por las

caderas para llevarme hasta la cómoda, donde me sentó y, tras bajar la parte

de arriba del vestido comenzó a lamer mis pezones y a morderlos, haciendo

que me estremeciera de pies a cabeza.

No contento con eso, se inclinó levantando la falda del vestido, hizo la tela

del tanga a un lado y sonrió de un modo perverso. En el momento en el que

sentí su lengua deslizándose entre mis labios vaginales, lamiendo el clítoris

despacio, gemí dejando caer la cabeza hacia atrás agarrándome con fuerza a

la cómoda.

Álvaro siguió lamiendo y, ayudándose con dos dedos, comenzó a

penetrarme hasta llevarme el clímax.

Se incorporó de nuevo mientras se bajaba los pantalones y el bóxer, se puso

el preservativo y me atrajo hacia él para penetrarme con fuerza. Por suerte, la

música resonaba en todo el yate, o en estos momentos tendría cientos de ojos

sobre mí mientras Álvaro me llevaba al orgasmo.

No tardé el llegar al clímax y él lo hizo conmigo, no teníamos demasiado

tiempo esta noche y al igual que la de mi llegada a Marbella cuando lo

hicimos en el asiento trasero de su coche, llevábamos un tiempo sin vernos y

estaba claro que los dos necesitábamos ese desahogo.

Me dio un beso en los labios y tras encargarse de mi cabello se viera

decente, me ayudó a recomponerme la ropa y a bajar de la cómoda para que

me marchara primero.

—Lara —me llamó y me volví para mirarle antes de abrir la puerta—.

Sigues siendo mi chica favorita. —Hizo un guiño acompañado de su sonrisa y

negué antes de salir.

No era la primera vez que me lo decía, y es que, aunque no quería

asimilarlo al principio, ahora sí que me había hecho a la idea de que alguna

que otra vez se acostaba con otras. No siempre, pero sí que, en mitad de una

fiesta o una noche de copas cualquiera, había conocido a alguien que le


llamaba la atención, bailaban, se calentaban y dejaban que ardiera todo a su

alrededor.

Álvaro era un hombre para quien el compromiso no era importante todavía,

y aunque yo me había planteado en alguna ocasión que esto terminara,

ninguno de los dos dábamos el paso para decirnos adiós.

Como decía Amanda, lo nuestro era como el típico «ni contigo, ni sin ti»,

porque si pasábamos más de dos semanas sin vernos, ya nos estábamos

echando de menos.
Capítulo 10

Lara

Regresé a la zona donde estaban todos los invitados y lo hice justo a

tiempo, porque en ese momento comenzó a sonar la melodía de la canción

del cumpleaños, y aparecieron dos camareros empujando un carro con una

gran tarta.

Tenía tres pisos, todos ellos de chocolate y decorada con detalles dorados y

las palabras «Feliz Cumpleaños» en lo más alto, con unas letras elegantes que

también eran de chocolate bañadas en dorado.

Todos nos agrupamos por allí alrededor, y vi a Eros acercándose a su tarta,

con una sonrisa en el rostro mientras nos escuchaba cantarle. Sopló las velas

y, mientras aplaudíamos, nos miró.

—Algunos de vosotros más vale que nunca penséis en dedicaros a la

música, en serio —dijo, y nos echamos a reír.

Fueron repartiendo la tarta acompañada de una bola de helado de vainilla,

y fue cuando encontré a Amanda.

—Has desaparecido con Álvaro —me dijo tras llevarse un trozo de helado

a la boca.

—Mientras solo nos hayas visto tú.


—Sí, no había nadie más prestando atención. Anda, termina la tarta y

vamos a hablar con Eros, que somos las únicas que no lo hemos hecho aún.

Asentí, y nos dimos prisa en comerlo antes de que alguien más se nos

adelantara, cosa que, por suerte, no ocurrió.

Mientas los demás invitados seguían por allí charlando, bebiendo y

bailando, nosotras nos acercamos con la grabadora para hablar con Eros.

—Eros, buenas noches —dije llamando su atención y se giró.

—Vaya, vaya, pero si son las mismísimas mellizas de Marbella —sonrió—.

Ya era hora de que vinierais a saludarme, que os he esperado toda la noche.

—Es que no te han dejado solo ni un momento —contestó Amanda con

una sonrisilla.

—Cierto, y cuando me quedaba libre y yo trataba de acercarme a ti —la

miraba a ella directamente—, alguien me interceptaba. ¿Qué os parece si

vamos a un lugar más tranquilo?

Ambas nos miramos, asentimos y le seguimos hacia la parte delantera del

yate donde nadie nos molestaría. Pidió unas copas de champán a uno de los

camareros y cuando las trajo, brindamos.

—Antes de nada, muchas felicidades y gracias por dejar que te

acompañemos en este día —dije.

—Gracias a vosotras por venir —sonrió.

—Y dinos, ¿cómo te sientes al celebrar tu treinta y cinco cumpleaños de

esta manera tan única en el mar? —pregunté.

—La verdad es que no lo había planeado así, pero ha sido todo perfecto.

Quería una celebración diferente, algo que me sorprendiera de verdad, y mi

mánager se lo ha currado mucho, todo está superando mis expectativas —


volvió a sonreír—. Es un día para celebrar y disfrutar por todo lo que he

logrado hasta ahora.

—La verdad es que es un placer verte así —dijo Amanda—, tan relajado y

contento, y más teniendo en cuenta lo ajetreada que es tu vida. Todos

sabemos que para muchos la música es más que una profesión, es una pasión,

pero ¿qué significa para ti llegar a esta edad como cantante y tener este

momento de calma?

— La música ha sido, sin duda, mi forma preferida de comunicarme y

desconectarme de la realidad por un rato. Al llegar a los treinta y cinco, no

puedo evitar reflexionar en todo lo que he logrado desde que empecé siendo

un chiquillo —sonrió mirando hacia el mar—, pensar en mi familia que

siempre ha estado a mi lado, apoyándome en cada paso, y en lo orgullosos

que están mis padres.

»Pero también en lo que quiero lograr en los próximos años. Esta noche

estoy haciendo un pequeño descanso de la rutina, pero la pasión que siento

por la música nunca se apaga, siempre estoy pensando en el próximo

proyecto, en el siguiente disco, veo algo, o a alguien, que me inspira y cojo el

móvil para tomar notas para una futura canción. No puedo evitarlo —sonrió

encogiéndose de hombros.

—Ya que sacas el tema, ¿qué puedes contarnos de lo que viene en el

futuro? ¿Hay algún proyecto nuevo? —pregunté.

—Por supuesto, en breve estaremos lanzando un nuevo sencillo y estoy

muy emocionado porque, aunque mantiene mi esencia, es algo diferente a lo

que he hecho hasta ahora. Y ya tenemos planeada hacer una gira el próximo

año, así que sí, hay mucho que está por venir. —Rio—. Pero por el momento,

esta noche, estoy aquí disfrutando de mi gente y mis amigos celebrando un

año más de vida y aprendizajes.

—Tus fans se alegrarán de leer esto —sonrió Amanda—. Y ya que estamos

de celebración, ¿podemos saber qué deseos tiene Eros para este nuevo año de

vida que comienzas hoy?


—Mi mayor deseo siempre es continuar mi crecimiento, tanto en el ámbito

artístico como en lo personal. Aprender más, disfrutar momentos con mis

seres queridos y seguir siendo fiel a lo que me apasiona. Sin lugar a duda,

puedo decir que este va a ser un año de nuevos comienzos y, por supuesto,

vendrá cargado de mucha más música.

—Y en cuanto al corazón, ¿está ocupado? —Curioseé.

—No, mi corazón todavía sigue vacío en cuestiones románticas —dijo con

una sonrisa pícara, y me fijé en la miradita de reojo que le dedicó a Amanda

—. Sin embargo, está lleno de todas las personas que realmente me importan,

de mi familia y mis amigos, esos que más y mejor me conocen y que nunca

me sueltan la mano. Aunque, quién sabe, tal vez algún día Cupido me

sorprenda y me presente a esa persona especial que logre conquistarme y me

inspire para componer canciones como un loco.

—En ese caso, mucha suerte —sonreí—. Pero ya sabes lo que dicen, el

amor puede estar a la vuelta de la esquina.

—Cierto, y yo no paso por muchas últimamente —suspiró, y Amanda y yo

nos reímos con él.

—Gracias por dedicarnos unos minutos, Eros, no te robamos más tiempo

—le dijo Amanda—. Sigue disfrutando de tu noche y que todo lo que desees

se haga realidad.

—Gracias a vosotras, de verdad, seguid disfrutando que la noche aún no

acabado.

Tras brindar con él una vez más y hacerle algunas fotos para el artículo, así

como unos selfis con nosotras para subir a nuestras redes a petición suya, le

dejamos allí hablando con su mánager y regresamos a la fiesta.

Amanda estaba hecha un flan la pobre, así que pedimos otra copa de

champán y nos quedamos en un rincón para subir las fotos con Eros a

nuestras redes.
No tardaron muchas de nuestras seguidoras en reaccionar y comentarlas

diciéndonos lo guapas que estábamos las dos, así como Eros.

Estuvimos revisando las fotos que habíamos hecho a los invitados a los que

nos habíamos acercado cada una y nos habían faltado un par de futbolistas y

un productor musical por entrevistar, y es que era normal porque allí debía

haber más de cien invitados y lo que no sabía era cómo no nos habíamos

vuelto locas.

Fuimos a hacer esas entrevistas por separado para acabar antes, les

sacamos algunas fotos y volvimos a reunirnos en ese rincón donde habíamos

decidido quedarnos el resto de la noche.

Álvaro se acercó a nosotras para charlar, no me tocaba y no hacía nada que

pudiera llamar la atención de todo el mundo y que vieran que estábamos muy

cerca porque nadie, salvo Amanda y porque era de mi máxima confianza,

sabía que yo confraternizaba con un compañero del gremio y, además, de la

competencia.

Aunque la verdad es que Álvaro y yo nunca habíamos hablado de trabajo

cuando nos hemos visto.

Se marchó poco después y nosotras nos quedamos allí solas, disfrutando de

una de las canciones de Eros que le encantaba a Amanda, hasta que la voz del

cumpleañero llegó a nosotras.

—Me preguntaba si querrías bailar conmigo, que veo que la bachata se te

da muy bien —le dijo a Amanda, y noté que la pobre mía se agarraba a mi

brazo.

—No se me da tan bien, no te creas —contestó.

—Que no, dice, qué valor tienes, Amanda. —Volteé los ojos—. Si más que

de Ronda parece que hubiera nacido en Puerto Rico, que esta mujer tiene el

ritmo en el cuerpo.

—Lara, no exageres. —Me miró con los ojos muy abiertos.


—No exagero, solo digo la verdad. Anda, ve a bailar que yo voy a buscar

otra porción de tarta, que sé que ha sobrado. —Le di a mi mejor amiga un

pequeño empujoncito y Eros sonrió como dándome las gracias.

Los dos se dirigieron al centro y, de repente, comenzó a sonar una de sus

canciones. Eros, sin pensarlo dos veces, pegó a su cuerpo al de una Amanda

que estaba más que avergonzada y tímida, algo que no había visto en mi vida.

Empezaron a bailar y a moverse con una conexión tan natural, como si

hubieran estado haciendo eso durante años.

Cuando vi el modo en el que sonreía mi amiga me relajé más, porque esa

era una señal de que, a pesar de estar siendo observada por la gran mayoría de

los invitados, ella se había relajado estado con Eros.

Hacían buena pareja, no había más que ver lo bien que daban juntos en

cámara mientras yo les hacía fotos y hasta un vídeo para que mi amiga

tuviera un bonito recuerdo de la que sería, sin lugar a duda, la mejor noche de

su vida con Eros.


Capítulo 11

Paul

Si algo no esperaba encontrarme nada más despertar, era a mi hermana

aporreando la puerta de mi planta. ¿Estaba soñando o realmente era ella?

—Paul, sé que estás ahí, sal ahora o tiro la puerta —gritaba causándome

una carcajada mientras yo me dirigía a abrirle.

Sí, sí era ella y estaba aquí para mi sorpresa.

—¿Qué haces aquí? —pregunté negando a la vez que la abrazaba con

efusividad.

—Mi novio está con los exámenes finales en la facultad y me tiene más

abandonadita que a un perro y recordé que mi hermano está estrenando su

flamante casa y me dije a mí misma que no había mejor opción que venir a

hacerte compañía.

—Pues yo tampoco la veo. —Le di otro abrazo antes de dejarla pasar.

—Me he instalado en la primera habitación, tuve un amor a primera vista.

—Toda tuya. ¿Cuánto tiempo te quedas?

—Diez días, el tiempo que él acabe y ya regreso a recuperar al hombre que

me llena de atenciones. Por cierto, tu casa me tiene de lo más enamoradita y


Cata es un amor de mujer, todo un acierto. Me ha tratado con un cariño

impresionante.

—Es una gran mujer y cocina realmente bien. ¿Un café?

—Sí, por favor, he cogido el vuelo a las cuatro de la mañana, ya que era en

el único en el que había plazas.

—Pues sí que has madrugado. ¿Tantas ganas tenías de verme? —

Carraspeé.

—Pues sí, pero en mi defensa diré que he dormido durante todo el trayecto.

—No esperaba menos de ti.

—Por cierto, ¿y Robert?

—En el apartamento del ala izquierda. ¿Lo llamo?

—Claro, le voy a alegrar el día. —Se puso a aplaudir emocionada y es que

a él lo quería también muchísimo, ya que era uno más de la familia.

Nos sentamos en la terraza a tomar el café mientras Robert llegaba con el

desayuno, ya que le había dicho que subiera algunas tostadas. Cuando entró,

por su cara supe que Cata no le había dicho nada de la visita inesperada de mi

hermana.

—Pero ¿qué hace aquí la mujer más guapa de toda Irlanda? ¡No me lo

puedo creer! Anda, dame un abrazo.

—Y de España, a mí no me insultes —le dijo ella dirigiéndose a sus

brazos.

—Y del mundo entero, sí señor. —Le dio una vuelta para verla. Eran tal

para cual—. Pero a mí algo me dice que has venido a contarnos algo.
—No se te escapa ni una. Ni tiempo me has dado a desayunar —le contestó

ella, y yo me quedé con la mosca detrás de la oreja.

—Pues resulta que…

—Habla, hermana. —Ya comenzaba a ponerme nervioso, y que Robert

hubiera acertado me hacía presagiar que algo no iba bien.

—Mi novio tiene una amante —soltó sin ningún tipo de rodeos.

—¿Qué me estás contando? —La miré arqueando la ceja—. ¿Y qué haces

que no lo has mandado a la mierda?

—No lo quiero perder.

—Grace, por Dios que no tienes veinte años. En serio, ¿sabes que tu pareja

está con otra y vienes con que no lo quieres perder?

—No, no lo quiero perder —contestó apenada—. Lo amo demasiado,

sabéis que él para mí lo es todo.

—Y algo que se me escapa —dijo Robert—. ¿Cómo es posible que hayas

venido hasta aquí, consciente de que él está con otra, y no protegiendo eso

que no quieres perder? Me resulta difícil de creer porque, conociéndote, no

veo el que hayas venido así sin más, dejándolo libre con esa excusa de los

exámenes.

—Me echó con mucho tacto. Estaba muy agobiado corrigiendo exámenes

y, según él, yo le ponía nervioso, así que me pidió que viniera a verlo. —Me

señaló.

—A ese lo habría golpeado hasta quedar sin fuerzas, pero tú también tienes

lo tuyo, Grace. Deberías haberle plantado cara y haberlo dejarlo al instante.

—Robert, lo amo demasiado —repitió, y es que ella estaba de lo más

loquita con él y sabía que esto le iba a costar un mundo asimilarlo.


—¿Y tú no te amas? —le pregunté muy enfadado.

—Vamos a desayunar, y luego seguimos peleando —pidió ella cogiendo

una tostada y con cara desanimada.

Sean era un hombre que cayó en gracia en la familia, pero claramente si le

estaba haciendo daño a mi hermana y no tenía las agallas de ir de frente y

dejarla, se iba a encontrar conmigo.

Robert se puso a explicarle los dos días primeros que habíamos tenido,

pero con pelos y señales, no se cortó ni un pelo en hacerlo y hacía bien, por si

las dos chicas aparecían en cualquier momento que ya estuviera avisada de lo

que estaba pasando, que no era más que un lío de faldas que habíamos tenido.

Y, aunque reconozco que me gustaba mucho Natalia, tampoco la veía como

esa mujer con la que compartir mucho tiempo de mi vida.

—¿En serio habéis entrado en esta urbanización por la puerta grande?

—Así es hermana, ni tiempo nos dio a adaptarnos al ambiente.

—Ambiente el que tenéis montado. —Se reía—. Dos días con dos

hermanas… —Se llevó la mano a la frente y negó.

Después de desayunar, propuso pasear por el centro de una ciudad y hacer

un poco de compras con la excusa de quemar tarjeta y olvidarse del mundo.

Nos pusimos en camino hacia Málaga, concretamente a la famosa calle

Larios, donde no solo me vi obligado a pararme una y otra vez para hacerme

fotos con un montón de fans, sino que también nos seguían las curiosas y no

dejaban de tirarnos fotos. Por suerte, las tiendas en las que entrábamos eran

tan exclusivas que no las dejaban acceder, lo que nos daba un respiro de tanta

atención.

Mi hermana era un desastre, de esos que compraban por comprar y no sería

porque no tuviera ropa y complementos, que de eso le sobraba, ya que las

marcas para las que modelaba o era imagen le regalaban absolutamente de

todo, pero a ella le gustaba comprar y comprar.


Robert y yo parecíamos sus guardaespaldas, ya que íbamos cargando con

todos esos caprichos que iba adquiriendo, sin contar que ella quemaba poco

su tarjeta porque era yo el que la iba pasando por cada caja a la que nos

acercábamos para pagar.

Después de una mañana completa de compras, donde ya íbamos cargados

hasta las cejas, nos decantamos por comer en un restaurante muy famoso que

al vernos aparecer y reconocernos, no dudaron en acomodarnos en uno de sus

rincones más exclusivos.

Probamos unos hongos matsutake, que no había que ser muy listo para

saber que era de origen japonés y que era muy difícil de cosechar por lo que

no era fácil de conseguir en los restaurantes.

Nos decantamos como plato principal por otro deleite japonés como era la

carne de Wagyu. Lo disfrutamos tanto como los hongos y aunque mi

hermana era muy exquisita con su dieta, esto lo devoró sin pensarlo y,

además, que no era nada excesivo y podía permitírselo. Tenía un cuerpo

impresionante.

El postre fue lo que más le costó probar, pero terminamos convenciéndola

de que la tarta de cuatro chocolates con trufa, nueces y vainilla era todo un

pecado perdérsela.

—Al final me voy a tener que encerrar en la habitación todos estos días

para no perder mi figura —decía ella causándonos unas risas por lo exagerada

que era.

Natalia me puso un mensaje diciéndome que me echaba de menos, cosa

que me dejó un poco trastocado. ¿Echarme de menos, ya? Pues sí que le

había dado bien fuerte y aunque yo lo sabía, no me esperaba que me mandase

ese tipo de mensajes.

Le contesté contándole que había tenido la visita sorpresa e inesperada de

mi hermana y que estábamos pasando el día con ella. Me puso un dedo en

modo «Ok», pero creo que no le hizo ni la menor gracia que no le ofreciera
incluirla en el plan, pero vamos, eso estaba por descontado que no lo iba a

hacer, hoy mis atenciones eran todas para Grace.

Después de disfrutar de la comida, nos fuimos hacia un club a tomar un

cóctel. Era uno de esos famosos de playa que son un lujo para quienes pueden

permitirse gastar una fortuna en una sola bebida, ya que solo entrar allí

significaba dejar una buena cantidad de dinero. Pero como solía decir mi

hermana, ¡para eso nos lo currábamos!

Nos tomamos un gin-tonic cada uno, menos ella, que bebió un zumo

natural de frutas tropicales y así sería la que cogería el coche de vuelta.

El trayecto de vuelta fue todo un desafío, ya que íbamos bastante nerviosos

porque no os imagináis lo que le gustaba pisar el acelerador. Además, no

conocía muy bien estas carreteras, así que la cosa se ponía interesante. Pero al

final, logramos llegar a casa sin ningún problema, sanos y salvos.

Le pedí a Cata que para la cena nos preparase algo muy ligero; una

ensalada y poco más, ya que veníamos hasta las cejas de comer y no era plan

de comenzar a coger kilos durante este tiempo.

Hice un poco de deporte antes de ducharme y bajar a cenar. La verdad es

que me había dejado un tanto rayado el tema de Sean con mi hermana.


Capítulo 12

Paul

Despertar con un mensaje de Natalia era lo que menos me esperaba, pero

ahí lo tenía.

Natalia: Buenos días, Paul, me preguntaba si te apetecía comer hoy en el

club conmigo.

Paul: Hola, buenos días, preciosa. Había pensado en invitaros a comer en

casa y que conozcáis a mi hermana. ¿Qué te parece?

Natalia: Se lo comento a mi hermana y te digo en un rato.

Paul: Está bien.

Bajé a desayunar y ya estaban en el porche mi hermana y Robert. Les

comenté lo del mensaje y a los dos les pareció bien.

No es que tuviera especial ilusión porque vinieran, pero tampoco las quería

echar de nuestras vidas de manera descarada, y tampoco se lo merecían.

Además, en cierto modo también me apetecía verla. Ayer con esto de la

llegada de mi hermana le di largas y no era plan de hacerlo hoy también.

Cata nos propuso preparar una comida mexicana y mi hermana, que era tan

fanática como yo de esos platos, se puso a aplaudir emocionada.


Las chicas llegaron sobre las doce y media. Grace se presentó sola, a ella

no le hacía falta nadie ya que para eso era muy pizpireta. Ambas le dijeron

que la conocían no solo por ser mi hermana sino por ser una modelo muy

reconocida mundialmente. Hasta le pidieron una foto.

Por la cara de Robert, sabía que estaba derrochando simpática fingida y es

que este era de los que a los dos días se desencantaba de las mujeres, pero no

por eso estaba indiferente ni nada por el estilo, pero que le costaría quedar

más con ella.

Mi hermana sí que congenió bien con las dos y no paraba de reírse con los

comentarios que estas hacían, ya que le parecía muy gracioso la

pronunciación del sur de España, como decía Grace, tenían una forma de

hablar muy divertida, ya que a todo le sacaban humor y las expresiones le

causaban carcajadas.

Descorchamos una botella de vino antes de que nos sirviesen los platos.

Cata cada vez se lucía más y no podía evitar elogiarla por la dedicación y el

cariño que ponía en su trabajo hacia mí. Ella se sonrojaba y me decía que con

mucho gusto lo hacía.

Natalia estaba muy cómplice conmigo con las miradas, pero mucho más

recatada, parecía que la presencia de mi hermana le imponía y la hacía estar

más retraída que en las anteriores ocasiones, aunque el sonrojo no se le

quitaba de su cara en muchos momentos y esos se los seguía provocando yo.

Durante la comida, mi hermana recibió una llamada de Sean y se apartó,

pero por su cara supe que estaban discutiendo y que lo estaba pasando mal,

hasta las chicas se percataron de que algo no iba bien. Cuando colgó se quedó

paralizada y comenzó a llorar, momento en que ambas fueron hasta ella sin

pensarlo y la abrazaron.

—Me ha dejado —murmuró cuando se acercó a la mesa.

—Aprovechó que te echó de manera muy sutil para luego preparar el

terreno —dijo Robert.


—¿Y qué se supone que hará con tus cosas? —pregunté soltando el aire.

—Me las va a enviar a casa —decía mientras lloraba y cada una de las

chicas le acariciaban el hombro en un intento de consuelo. Por lo de casa se

refería a la de nuestros padres.

—Pero la casa… —le comentó Robert por la que tenía a medias con Sean.

—Me ha dicho que me compra mi parte. —Lloraba.

—Pero ¿tú se la quieres vender? —le preguntó Natalia preocupada.

—Yo paso de quedármela y vivir de recuerdos, además, que seguro que ya

metió allí a la otra.

—No llores, amiga —le decía Claudia abrazándola.

La verdad es que me frustraba muchísimo no poder hacer nada con

respecto a lo de mi hermana. Tenía unas ganas enormes de llamar a Sean y

decirle que había actuado de manera muy cobarde al tratar así a Grace, ya que

no se lo merecía, y menos por el tiempo que llevaban juntos y el respeto que

ella siempre le había tenido. Pero bueno, no me iba a meter en algo que ni ella

quería ni yo pasaría por alto.

La llorera que tenía mi hermana era una cosa que me ponía de los nervios,

no se merecía estar así y es verdad que las dos chicas le estaban sirviendo de

apoyo. Era consciente de que entre las mujeres se entendían mejor.

Después de almorzar, se fueron a la piscina con Robert, mientras que yo

subí a mi habitación para hacer una videollamada con mi representante, quien

tenía algo importante que comentarme.

La propuesta no me la esperaba, y es que me habían propuesto para

protagonizar una serie basada en una novela británica que había sido un gran

éxito. Se trataba de una comedia con toques de suspense, y me ofrecían un

caché muy alto, con el rodaje programado para comenzar en noviembre. Sin
pensarlo dos veces, acepte a bote pronto, y Andrew, mi representante, no

pudo evitar sonreír al escuchar mi respuesta.

Bajé y se lo comenté a Robert mientras nos tomábamos una copa sentados,

apartados de las chicas que seguían animando a mi hermana, cosa que

agradecí. Se veía que se habían caído muy bien.

Durante el resto de la tarde, mi hermana se pasó el tiempo cruzándose

mensajes con Sean, se estaban tirando de los pelos, echándose en cara todo lo

que se les ocurría. Claudia intentaba calmarla, dándole consejos para que no

perdiera los nervios, mientras que Natalia, por su parte, le decía que lo

mandase a tomar por culo sin titubear. Robert y yo nos mirábamos,

compartiendo la misma idea: era mejor que nosotros no entrásemos al trapo o

saldríamos escaldados. Qué rabia me daba que hubiera tratado al final a mi

hermana así, con eso se descubría que no eran tan bueno como aparentó

delante de todos, pero ya le diría cuatro cosas bien dichas.

Los padres de las chicas pararon con su yate frente a la casa y ellas se

acercaron a coger una caja que les habían traído. Eran unos dulces de Manolo

Bakes que tenían un éxito brutal, por lo que me decían, y es que había

cruasanes con varios sabores y de verdad que nos tuvimos que quitar el

sombrero porque estaban de lo más tiernos y buenos. Todo un detalle por

parte de su familia.

—Menos mal que me endulzo con algo —comentaba mi hermana con la

voz entrecortada mientras los devoraba.

—Venga, Grace, que nosotras te vamos a cuidar. Puedes venir esta noche,

vamos a ver una serie en la habitación de Natalia y puedes quedarte a dormir

con nosotras.

—Sí, llevárosla luego —dijo Robert causándonos una risa.

Sinceramente, al final iba a tener que agradecer a las chicas que la

estuvieran animando porque mi hermana estaba de lo más cabizbaja. Lo

estaba pasando demasiado mal con la ruptura con Sean.


Lo peor de todo es que ese tipo ya le tenía las maletas echas porque mis

padres no tardaron en llamar para decir que habían recibido las cajas, pero no

solo eso, como ya estaban al tanto de todo, mi padre llamó a Sean y le dijo

cuatro cosas bien dichas. No me esperaba menos de él.

Para la cena, Cata preparó unas doradas al horno que le salieron de

campeonato, la verdad es que la mano que tenía en la cocina era increíble.

Después de cenar se marcharon las chicas con mi hermana que se iba a

quedar a dormir en su casa. Lo agradecía en el alma para que se animara un

poco, ya que estaba de lo más cabizbaja y triste con la separación de su chico

al que consideró siempre el gran amor de su vida.

Le había prometido a Natalia que mañana pasaríamos un rato juntos a

solas, y es que los dos lo necesitábamos. Aunque como dije, no era todo lo

que esperaba, había muchas cosas que me atraían demasiado de ella y hoy me

había quedado con las ganas de pasar un rato juntos.

Hice un poco de ejercicio antes de darme una ducha y acomodarme a ver

una serie en Netflix. El día estaba llegando a su fin, y la verdad es que desde

que llegué, todo había estado bastante movidito.


Capítulo 13

Paul

No eran ni las nueve de la mañana cuando tomaba un café relajado con

Robert en el jardín y me llamó mi madre.

—Buenos días, preciosa.

—Buenos días, hijo. ¿Qué tal tu hermana?

—Se quedó a dormir con unas amigas y espero que venga más animada.

—Pero hijo ¿cómo se le fue la cabeza a ese hombre de esa manera?

—No lo sé, pero seguro que le entró un calentón con la otra y se olvidó de

todo lo que un día fueron.

—Me da mucha pena por Grace, y espero que no caiga en ninguna

depresión ni que sufra más de lo preciso.

—Mamá, intentaré que pase aquí el mayor tiempo posible y me encargaré

de que salga de esta. Por cierto ¿no tenéis pensado hacernos una visita?

—Sí hijo, pero dentro de algunas semanas, ahora mismo estoy un poco

liada con la obra de la bodega, ya sabes que tu padre lo tenía en mente y hasta

no conseguirlo no iba a parar.


—¿Y qué tal marcha?

—Preciosa, quedó muy bonita en la zona de la despensa de la cocina que

no se usaba. Es pequeña pero muy coqueta.

—Como vosotros. —Me reí.

Después de la llamada, aparecieron las chicas. Por la cara de mi hermana

venía más animada y Natalia me hizo gracia que me dio un beso en los labios

sin importarle su presencia. Lo mismo que hizo Claudia, pero Grace tuvo

más arte que nos dio un pico a cada uno diciendo que ella no se quedaba

mirando.

Se sentaron a desayunar con nosotros y le comenté a mi hermana que ya

tenía las cajas en casa de nuestros padres.

—Mejor, así cuanto menos contacto tenga con ese energúmeno, mejor.

—¡Esa es mi chica! —le dijo Natalia chocándole la mano.

—Pues sí que nos la habéis traído mejor —murmuró Robert haciéndonos

soltar una gran carcajada.

—Dejárnosla una semana y la traemos como los toreros, triunfando, en

hombros y por la puerta grande —dijo Natalia causándonos una carcajada

grandísima.

—Toda vuestra, siete días.

—¡Hermano! A ver si tú vas a estar como el otro y me vas a poner de

patitas en la calle, mira que mi intención es quedarme al sol de Andalucía por

lo menos todo el verano.

—Esa también es la mía. —Le acaricié la mejilla.

—Gracias por todo el apoyo que siempre me brindas. —Se levantó, se

sentó en mis piernas y me abrazó con fuerza.


—Siempre estaré para ti y lo sabes.

Quería verla bien, no se merecía otra cosa, pero era tan buena y noble que

sabía que por muy fuerte que quisiera aparentar ser, ella lo estaba pasando

muy mal.

Decidimos salir con las chicas de paseo en el barco; las tres estaban muy

entusiasmadas con la idea y lo mejor que pudimos hacer fue irnos a que nos

diera el aire para que Grace siguiera con esa sonrisa que, aunque le costara, la

tenía en sus labios.

Nos fuimos al club de la misma urbanización en donde conocimos a

Natalia y Claudia. Pedimos unas cervezas y nos pusimos a charlar en el

rincón que tanto nos gustaba y parecía que siempre nos estaba esperando.

Notaba que Natalia estaba bebiendo más de lo normal y su hermana le

seguía la gracia. Yo la miraba a modo reprimenda porque al paso que iba la

íbamos a tener que llevar a rastras antes de comer.

A la una y media ya estaba pidiendo la comida para que se les llenase el

estómago, ya que Natalia comenzaba a desvariar.

—Pues a brindar por los cinco, que somos una familia feliz —dijo Claudia,

que también iba fina.

—Ay qué monas, una familia dice —murmuró Grace y la miré desafiante

con una sonrisilla que ella entendió.

—¿A que somos monas? —le preguntó Natalia, otra que no se libró de mi

mirada.

—Comer, por favor, y bebed más agua que vino —pidió Robert, y las tres

se echaron a reír.

Estaban desmadradas y se notaba a la legua, la verdad es que no podía con

las tres juntas, pero bueno, que reír nos estábamos riendo un rato largo ¿para

qué mentirnos?
—No se pide ni una botella más —dije causándoles una carcajada a pesar

de mi seriedad.

—Hermano, que somos mujeres independientes y nos la podemos pagar.

—He dicho que no se bebe más.

—Robert, ¿algo que decir para defendernos?

—Que no se bebe más, hombre, que ya os estáis pasando dos pueblos —

dijo imitando el habla de ellas.

—¡Qué gracioso! —exclamó Natalia sin tomarle ni la más mínima

importancia.

—De gracioso nada, que no se pide ni una botella más —dije en un tono

que Natalia se resignó.

—¿Ves todo lo que parece? Pues pedimos una botella y no pasa nada.

—Grace…

—Hermano, estamos de vacaciones.

—Te recuerdo que eres modelo y que si engordas…

—¡Qué ataque más gratuito! —gritó Claudia causándonos una carcajada.

—Eso lo comenta solo de palabra, ya que mi hermano me ve genial, ¿a qué

sí? Además, siempre me dice que con tres o cuatro kilitos más estaría mejor.

—Pues verás la gracia que les va a hacer a las firmas —dijo Robert, y esta

le tiró un plátano que había sobre la mesa.

—Toma gracia, envidioso.


—¿A que me lo dejas ciego y entonces lo tengo que descambiar? —soltó

Claudia con todo ese arte andaluz que hizo que nos riésemos.

—Tira mejor a tu hermano y así lo dejamos bonito para la próxima

película.

—O serie, nunca se sabe —murmuré carraspeando y Robert, que me

entendió, disimuló la risilla.

—¿Le das tú o le doy yo? —le preguntó mi hermana a Natalia.

—Tú, tú, que a mí es capaz de lanzarme al canal.

Si dos días atrás, acabé el día un poco harto de dos mujeres, hoy no quería

ni imaginar cómo lo acabaría con tres y desatadas, porque así era como

estaban.

Robert me miraba con esa cara de estar planeando algo, pero vi más rápida

esta vez a Claudia que había ido al servicio y venía con una botella de vino en

la mano.

—Para mí y para todas mis compañeras, pero para mí primera —dijo ella

sirviéndose la copa ya que venía con la botella descorchada.

—Cuando se acabe la botella nos vamos.

—Sí, que tengo ganas de echar una siesta contigo. —Se atrevió a decir

Natalia, y Robert se dobló de la risa.

—Yo hoy no sé si podré echar la siesta, tengo que revisar unos guiones. —

Me intenté excusar.

—Unos guiones dice mi hermano. ¿Será tonto? Si no tiene que revisar

nada, solo que le da vergüenza aceptar tan a la ligera.

—¡Eres una crac! —le dijo chocando la mano Natalia— Tranquilo, que

puedes revisar el guion de mi cuerpo.


—La leche, hermana —le contestó Claudia— eso te quedó de lo más

poético. ¿Te has planteado meterte a escritora? Ahora hay un montón de

autopublicadas. ¿Por qué no te lanzas? Lo mismo ahí está el éxito.

—Pues lo voy a pensar.

—¿Y por qué no dejáis de beber? —preguntó Robert.

—¡Porque no queremos! —gritaron las tres al unísono y nos tuvimos que

reír.

Natalia al ver pasar un barco se puso a cantar una canción muy rara que

decía algo así como «Ese barco velero cargado de sueños…» Su hermana y

la mía no dejaban de gritarle «Ole».

—¡Queremos un cubata! —comenzaron a gritar desenfrenadamente.

—Bro, yo era tú y les daba cubatas hasta dejarlas ciegas y durmiendo

veinticuatro horas.

—Eso es muy arriesgado.

—No eres capaz, hermano —decía Grace provocándome—. Queremos un

cubata y tú no deberías prohibirnos que disfrutemos de este momento tan

emotivo.

—Por mí os podéis beber el agua de la piscina —dijo Robert—. Yo luego

paro en vuestro embarcadero y os lanzo al jardín de vuestras casas y a Grace

también, ya mañana nos la traéis en buen estado.

—O que venga sola, porque si vienen las tres es una vuelta a empezar —

murmuré causando que Natalia sacase los morros.

—¡Cubata, cubata! —Le tararearon al camarero que se reía observándolas.

Nos trajeron los cubatas y las chicas prometieron portarse bien, pero claro,

eso no se lo creían ni ellas, vamos. ¿En qué momento se le ocurrió a ese


animador la idea de motivar a las chicas para que se unieran a cantar en el

karaoke del jardín?

Y ahí que fue Natalia corriendo a coger el micro, después de pedirle que le

pusieran la de Karol G que le cantaba a su ex diciendo que tenía razón.

No había pasado más vergüenza en mi vida, si ya era conocido de por sí, ya

se habían percatado todos los asistentes de mi presencia. ¡Con lo tranquilito

que estaba yo en mi rincón pasando desapercibido! Y ella, bueno ella

cantándome y señalándome con una intensidad que parecía que iba a casarme

con ella.

—¡Qué bien canta mi hermana!

—Sí, sí, también lo pienso —le contestó Grace mientras Robert y yo nos

mirábamos pensando que ¿quién nos había mandado a traer a estas tres

juntas?

La gente cantaba y bailaba con ella que transmitía una efusividad

tremenda, pero yo no conseguía quitarme las miradas de encima.

Cuando bajó, no nos dio tiempo de agarrar a mi hermana cuando ya estaba

micro en mano cantando otra de las canciones dedicadas a otro ex, no podía

ser otra que Flowers. Su energía era tan contagiosa que todos a su alrededor

no paraban de grabar y tomarle fotografías, conscientes de que se trataba de

una modelo de renombre.

Y como era de esperar…

—¡Me toca a mí por la Shaki! —gritó Claudia corriendo hacia el escenario

para completar el trío de tiraderas a sus ex.

Cantó la de Te felicito, pero por suerte no señaló en ningún momento a

Robert, este salió menos bardado, como decían por aquí. Y es que las

expresiones eran lo que más rápido se me quedaban, ya que era lo que más

me llamaba la atención.
Al final, terminaron tan pasadas de copas que era imposible llevarlas a su

casa así y dejarlas entrar en tal estado, no quiero imaginar lo que pensarían

sus padres. Por lo que decidimos llevarlas a mi casa; mi hermana se fue

directa a la cama. Robert se llevó al apartamento a Claudia y yo me llevé a

Natalia.

La metí bajo la ducha, la sequé y la acosté en la cama donde se quedó

dormida antes de que la oreja tocase la almohada.

Eran las nueve de la noche cuando Cata me subió un par de sándwiches y

Natalia seguía dormida, pero al escucharme abrir la puerta se despertó.

—Nos han traído un par de sándwiches de pollo.

—Qué bien, tengo un vacío muy grande en el estómago. —Se lo tocó.

—Normal, es normal. —Carraspeé.

—¿Me porté muy mal, Paul?

—No, pero os pasasteis bebiendo. El problema debes tenerlo ahora con la

cabeza.

—Sí, una resaca muy grande. ¿No tendrás una pastilla?

—Ibuprofeno, tengo ibuprofeno.

Se lo di con un vaso de zumo y nos sentamos en la terraza a comer el

sándwich.
Capítulo 14

Paul

Natalia estaba mejor y se sentó en mi regazo sobre el sofá exterior de mi

terraza. Estaba de lo más cariñosa. Apoyó su cabeza en mi pecho y me rodeó

con sus manos.

Me gustaba cuando estaba así, aunque en plan loquita también tenía su

gracia. Pero es que con su hermana y la mía, eran incontrolables. ¡Vaya

alianza se había formado entre las tres!

Deslicé mi mano por debajo de su camiseta y le di un apretón en la nalga.

Sonrió, esperando que de nuevo pasase algo entre nosotros. Acercó su boca y

me dio un beso de tornillo, de esos en los que nos entrelazábamos y parecía

que íbamos a devorarnos el uno al otro.

Nos fuimos hacia el interior y ella se dejó caer sobre la cama, sonriendo y

mirándome de manera pícara.

Me quité la ropa y me recosté a su lado, mirándola de manera intensa y

fija. La forma en que se iba desnudando para mí me provocaba una ligera

taquicardia, y más con esa sensualidad que tenía a pesar de su aparente

timidez.

Acerqué mis labios a su abdomen para disfrutar de su sabor. Ella se sentó

sobre sus rodillas, con las piernas abiertas para mí. Al tocar su piel con mi
mano, inhalé profundamente y solté el aire de inmediato. Me gustaba mucho

la sensación que tenía cuando la tocaba.

Metí mi cabeza entre sus piernas para lamer su interior. Se puso las manos

en la nuca mientras se movía excitada por mi lengua y manos, que

deambulaban en su interior.

—¿Quieres una emoción fuerte? —le pregunté mientras subía mi cara

hacia la suya.

—¿Cómo de fuerte?

—Que te deje tan exhausta y temblando que no tendrás ganas de levantarte

en varias horas.

—No sé si reír o temblar… —Se le escapó una risilla.

—Tú decides.

—Quiero todo lo que desees, Paul.

—Así me gusta. —Le hice un guiño y mordisqueé el labio.

Lo que menos se podía imaginar era que al presionar el botón del control

del sillón que estaba al otro lado, este se convertiría en una camilla de

masajes.

—¿En serio? —Se rio cuando le señalé que fuera hacia ella.

—Claro. Por favor, bocarriba y con las piernas flexionadas y abiertas.

—¿Así? —preguntó resoplando y riendo.

—Ábrelas un poco más. —La ayudé a poner los talones a ambos bordes—.

Si comienzas a moverte o a quejarte, te ataré. De ti depende todo.

—¿No me puedo quejar? —Reía muy nerviosa.


—No deberías, esto es para que disfrutes. —Me puse un poco de aceite en

las manos y comencé a masajear sus pechos.

—Joder qué tacto da esto —murmuró jadeante.

—¿Te gusta?

—Muchísimo. —Le apreté un poco los pezones y cerró sus piernas.

—Mantenlas abiertas.

—Sí, perdón. Ya me noto húmeda —murmuró riendo y sonrojada. Le puse

una toalla pequeña sobre sus ojos para que se relajase más.

Masajeaba su cintura y sentía cómo eso la iba encendiendo cada vez más.

Con cada pequeño movimiento de sus caderas, podía notar la excitación que

ya estaba sintiendo. La sostenía con firmeza, asegurándome de que se

mantuviera tensa y listar para lo que vendría.

—Voy a hacer que te corras desde atrás, pero necesito que te relajes. —Me

puse un guante de látex y me eché un buen chorro de aceite.

—Me da cosa, nunca me tocaron por ahí. —Reía nerviosa.

—Relájate. —Le acariciaba entre las nalgas para ir relajando. Incluso le

metí dos dedos por la vagina mientras le mantenía las rodillas separadas para

que no cerrara las piernas—. Sigue relajándote. —La fui tocando con un dedo

por detrás.

—Joder, me gusta, pero me impresiona.

—Si te relajas entrará fluido. —Le fui metiendo el dedo poco a poco y

moviéndolo de manera que la fuera dilatando. A su vez le metí en la vagina

de nuevo dos dedos con la otra mano para hacer contacto.

—Paul, Paul, que me voy —decía con la voz agitada.


—Tienes mucha sensibilidad en esta zona. Tócate el clítoris.

—Entonces reviento.

—Hazlo…

Llevó su mano al clítoris y empezó a hacer círculos mientras jadeaba y se

intentaba mover, pero yo le decía que se aplacara. Se corrió con esos toques

anales que la habían dejado de lo más laxa. Me quité el guante y me eché más

aceite en las manos para masajear sus piernas. Aún le quedaba un buen rato

de disfrutar en esta camilla y a mí me encantaba tocarla.

—Firmo por todos los días un rato así —dijo removiéndose aún de placer

mientras yo la masajeaba.

—Tampoco te pases… —Me reí.

—¿Tienes mejor plan que aprovecharte de esta pobre chica?

—Yo no me aprovecho de nadie, yo solo pedí autorización. —Le doblé la

rodilla hacia mí para masajear mejor la entrepierna y tener un campo visual

más amplio.

Disfrutaba con mis manos y no tardó en girarse cuando se lo pedí. Ahora

tocaba masajear todo su cuerpo por detrás.

—Me estoy quedando dormida. Esto es lo más placentero que he vivido

jamás.

—Nada te lo impide —murmuré flojito para no sacarla del relax que tanto

le había costado.

Se quedó tan relajada que lo pude notar en todo su cuerpo. Me encantaba

dejarla de esa manera después de haberle proporcionado un intenso e

innovador orgasmo para ella.


Me subí a la camilla poniéndome entre sus piernas y me pegué a ella

dejando la punta de mi miembro sobre la entrada de su ano.

El tacto de su piel era como terciopelo, por el que te podías perder horas y

horas. Era toda una perdición.

—Dime si en algún momento no aguantas. —Me iba moviendo muy

lentamente y con mucho cuidado. La había lubricado bien con aceite.

—Joder qué presión, pero por ahora puedo aguantarlo.

—Muy bien, Natalia, disfruta de tu momento.

—¿Del mío? —Noté cómo se movía de la risita, pero levemente.

—¿Acaso no te gusta? —Me seguía moviendo.

—Muchísimo…

Entró perfectamente después de dilatarla con mucho cuidado. Se agarró a

ambos lados de la camilla y comenzó a gemir de manera rápida con algún

que otro chillido.

—¿Vas bien? —pregunté apretando la mandíbula.

—Muy bien, pero esto es una locura —decía con la voz entrecortada.

—¿Cómo de locura?

—La mejor que he probado en mi vida. —Jadeaba sin tregua.

Había sido fácil, de hecho, lo había facilitado mucho en esta primera vez en

la que decidí ir un poco más allá con ella. Obviamente, no la llevé a los

extremos que a mí me parecían realmente excitantes, pero para ser la primera

vez por detrás, había estado más que bien.


Conecté la bañera y nos sumergimos en el agua caliente, sintiéndonos

completamente relajados. Apagué las luces y encendí un incienso junto con

unas velas. Ella se acomodó sobre mi pecho, mientras yo la rodeé con mis

brazos, disfrutando de ese momento íntimo juntos.

—¿Qué soy para ti, Paul? —me preguntó sacándome de mis pensamientos.

—Mi vecina favorita —dije con una sonrisilla.

—Sabía que dirías eso. —Se reía.

—A los momentos no hay que ponerles etiquetas. Es mejor dejar que las

ocasiones fluyan naturalmente, ya que es el tiempo es el que te llevará hacia el

destino que realmente te pertenece.

—Qué bonito hablas.

—Gracias —murmuré sonriendo, ya que no me veía y es que había salido

victorioso de esta. Mi habilidad en respuestas siempre había sido

convincente.

—¿Estás irónico?

—Siempre. —Me reí.

—¿Entonces eso no te salió del corazón?

—Todo lo que uno hace, sea para bien o para mal, es porque le sale del

corazón.

—Otra vacilada. —Se reía negando y se puso de frente con las piernas una

encima de la otra para verme bien las expresiones.

—¿Qué te pasa? —Aguanté la risilla y le acaricié la mejilla.

—Te repito y te doy una nueva oportunidad para que rectifiques tus

palabras y seas sincero. ¿Qué soy yo para ti?


—Pues, aparte de mi vecina favorita —le acaricié el pecho—, eres toda una

perdición.

—Eso me lo creo más. —Me señaló con el dedo.

Después de disfrutar de un divertido baño lleno de risas gracias a sus

ocurrencias, nos vestimos y decidimos ir a tomar algo al club, pero lo hicimos

en el buggy que tenía para moverme por allí.

—Un gin-tonic y un refresco de naranja —le pedí al camarero.

—¿Cómo que un refresco de naranja? Eso es muy machista.

—No es machismo, es cuidarte, con lo que has bebido, hoy ya tienes para

varios días.

—Pues yo no quiero un refresco, me niego. Además, ya se me pasó la

resaca con tanto magreo.

—Bonita expresión para describir lo que pasó.

—Estás siempre vacilándome —resopló indignada.

—Demasiado que te he sacado después de la que liasteis. Ahora somos la

comidilla de muchos.

—Se rieron un montón y se lo pasaron en grande. No pueden decir nada

malo.

—Sus copas —dijo el camarero dejándolas sobre la mesa.

—Pues a la mía como no le eches ron, poca copa va a ser.

—¿Desea un poco de ron la señorita?

—Claro que sí, hombre, eso no se pregunta.


El camarero se fue tras servirme la copa a por el ron que ella le había

pedido.

—Solo te advierto que estés en el estado que estés, como te pases, te dejo

en la puerta de tu casa.

—Qué manera de amenazarme —resopló.

Le sirvieron la copa y ella movía la mano para que le echase más.

Realmente no se pasó, pero lo hacía como gracia para buscarme la lengua.

—A mí me habían advertido que después de hacerlo por detrás no te podías

sentar en tres días, y yo que me lo había creído.

—Por Dios. —Me reí escupiendo hacia un lado el trago que acababa de

dar.

—Es verdad, siempre se escuchó eso.

—A saber, cómo lo hacían, todo tiene su técnica.

—¿Y tú qué has estudiado, «anología»?

—Más o menos. Me he preocupado por profundizar en todas las partes del

cuerpo femenino y las técnicas más placenteras.

—Yo quiero conocerlas todas.

—Ya te pasaré algunos enlaces.

—¿Eres tonto, Paul?

—Pensé que me tenías por un tipo listo. —Le hice un guiño.

Pasamos un rato de risas antes de despedirnos e irnos hacia mi casa. No

quería alargar la noche porque capaz era de ir a por una segunda borrachera.
Natalia en ese sentido tenía mucho peligro, bueno en todos. No se achantaba

con nada.

Al llegar a casa, nos fuimos directamente a la cama. Ella se acomodó de

lado, apoyando su cuerpo sobre el mío, y me dio un beso en la mejilla antes

de caer en un profundo sueño.


Capítulo 15

Lara

La llegada del irlandés a esta parte del mundo tenía a todas las redacciones

descontroladas, la prensa trataba de captar alguna imagen suya y, al

conseguirlo, se hacían eco de las fotos y vídeos que compartían en redes las

fans enfervorecidas que habían tenido el placer de encontrárselo por la calle

unos días atrás.

Le concedía el hecho de que se parase con ellas, sonriente como siempre, y

les dedicara unos breves instantes para las fotos y alguna que otra firma de

autógrafos, pero no entendía cómo no era igual con la prensa, que parecía que

le cobraran por cada palabra que hablara con nosotros, como si enviara un

telegrama.

En todos los programas del corazón se hablaba de él, de los motivos que le

habían traído a España y claro, entre ellos, el principal de todos no era otro

que el amor.

Decían que Paul se había enamorado y eso le había traído a nuestra tierra,

pero no lo había hecho solo de la comida, que también era posible porque

aquí teníamos una paella, un pescadito y un jamón de ese que hacía la boca

agua incluso a los paladares más selectos.

Pero no, se rumoreaba que una española le había robado el corazón al rubio

de ojos azules y estaban todos los programas haciendo apuestas de quién

podría ser, puesto que se sabía que el actor irlandés había compartido cartel
en algunas de sus películas con varias actrices españolas que habían formado

parte del elenco.

Bajo mi punto de vista, podía ser una actriz o una modelo, incluso alguna

cantante. Sin embargo, lo que parecía más probable era que estuviera aquí

porque se había encaprichado de alguna española, lo cual era un hecho

innegable.

Ana y Mireia se mantenían informadas de las novedades a través de las

redes sociales, ya que podían hacerlo a través de los hashtags con los que las

fans compartían las fotos y vídeos de Paul. Incluso decían que por la zona en

la que se le veía no sabían cómo los periodistas no habían logrado tomarle

alguna fotografía.

Habían hablado con nuestro jefe para saber si las dejaba ir hasta allí con el

fin de intentar obtener alguna fotografía del actor, lo que nos permitiría

publicar una noticia diferente a los demás. Él aceptó, así que las dos se

marcharon a Sotogrande desde primera hora de la mañana, con la esperanza

de poder captar al irlandés y verlo junto a la persona que se decía que se

había enamorado.

Amanda y yo teníamos algunos artículos que redactar y pasamos la mañana

en el trabajo, viendo cómo el artículo del cumpleaños de Eros al que

habíamos asistido estaba siendo todo un éxito en la edición digital.

No solo tenía un buen montón de «me gusta», sino que lo habían

compartido otras tantas personas e incluso el mismo Eros lo había hecho en

sus redes, dejando un comentario sobre lo amables y simpáticas que habían

sido las mellizas de Marbella con él.

Desde luego, que en los años que llevábamos trabajando en la revista, no

había nadie que no nos conociera así, y había habido algún que otro famoso

que nos preguntó si realmente éramos hermanas, cosa que nos sacaba más de

una carcajada.

Estaba terminando de preparar el artículo sobre el reciente compromiso de

la hija de un conocido director de cine hollywoodiense con un jugador de


fútbol americano, cuando me saltó una notificación en el móvil.

Al verla, vi que era una noticia que me enviaba Álvaro, bueno, una noticia

todavía no era, sino más bien un chivatazo de esos que hacía las delicias de

los lectores.

—No me lo puedo creer —dije levantándome con el móvil en la mano para

ir al escritorio de Amanda.

—¿Qué pasa? —Curioseó y le puse el móvil delante— Esto es una fake

news de esas, ¿verdad? —dijo mirándome.

—Me lo ha mandado Álvaro, así que no, no creo que sea solo un rumor

inventado.

—Pues ya estás cogiendo el coche que nos vamos hacia el puerto.

Terminamos de hacer nuestro trabajo y salimos de la redacción para ir al

puerto tal como había dicho ella, ni siquiera avisamos a Rodri de que nos

íbamos, ya se sorprendería cuando llegáramos allí con la madre de todas las

exclusivas del verano, estaba segura de ello.

Aparcamos y con las gafas de sol puestas fuimos hacia una de las

cafeterías, desde donde al parecer le habían enviado la foto a Álvaro. Pedimos

un par de cafés, nos acomodamos en la terraza y cogimos los móviles para

estar preparadas por si veíamos a quien estábamos buscando.

Los minutos pasaban y las dos seguíamos allí pasando todo lo

desapercibidas que podíamos, hasta que por fin le vimos aparecer.

—Ahí está, corre, coge el móvil y haz fotos, vídeos y lo que te dé la gana

—le dije a Amanda—. Ahora vuelvo.

Cogí mi móvil y me paseé por delante de aquel famoso futbolista que decía

estar enamorado de su esposa hasta la médula, una modelo a la que todos

conocíamos por ser de Málaga de toda la vida y a quien habíamos

entrevistado nosotras en alguna que otra ocasión.


¿Estaba con ella? Pues no, no era la modelo quien acompañaba al

futbolista, a quien se le reconocía perfectamente por mucha gorra y gafas de

sol que llevase.

A su lado, y de lo más acaramelada, estaba la mismísima Odette

Montpelier, una modelo parisina que había ido abriéndose camino en el

competitivo mundo de la moda poco a poco y que, desde hacía apenas un par

de años comenzaba a destacar con fuerza.

Escuché de refilón la conversación y no era la de un par amigos que

paseaban por Marbella ni mucho menos, esos dos ya llevaban un tiempo

juntos y el beso, rápido y fugaz, pero beso al fin al cabo, que se dieron ante

mis ojos y que por el pulgar arriba que vi en Amanda había captado, lo

confirmaba.

Regresamos a la redacción, escribimos el artículo tras comprobar que nadie

había hablado sobre eso y le mandé un mensaje a Álvaro para darle las

gracias por la información. No tardó en responderme.

Álvaro: De nada, preciosa, me debes una cena.

Sonreí y le dije que eso estaba hecho, que ya le avisaría.

Rodri salió del despacho para hablar con nosotras cuando le envié el

artículo para que lo publicara de inmediato en la edición digital y dijo que eso

sí que era una exclusiva.

—Pero tenemos otra, y es que la hermana de Paul también está en España

—dijo antes de irse.

—¿Qué Paul? —Fruncí el ceño.

—Lara, hija, tú estás en el mundo porque tiene que haber de todo —

resopló Mireia.

—Paul el actor irlandés, ¿no? —preguntó Amanda.


—Sí, y ya que se os ha dado tan bien pillar al futbolista engañando a su

mujer con otra, seguro que podréis dar con esa otra modelo y conseguir una

entrevista.

—Claro jefe, vamos a ir nosotras por todo Sotogrande hasta que la

encontremos y ella va a decir «uy, mira que bien me venís para que me hagáis

unas preguntitas». —Volteé los ojos.

—Ella es más simpática con la prensa que su hermano, si te sirve —

comentó Ana.

—Pues nada, mañana nos dirigimos a Sotogrande, Amanda —solté un

suspiro.

—Es una entrevista, no pedirle que nos ponga en el testamento.

—Joder, Rodri, tampoco mandes al otro barrio a la pobre mujer, que seguro

que debe ser joven y estar sanísima —protesté.

—Tú me has entendido —sonrió.

—Claro que sí, guapi. Y como te he entendido, yo sé que tú me vas a

entender también a mí. Esta y yo nos vamos yendo ya, que me apetece comer

puchero del que hace su madre. —Señalé a Amanda.

—Vamos, que os tomáis el resto de la tarde libre para ir a Ronda —suspiró.

—Efectivamente, por lo bien que lo hemos hecho hoy, que le hemos dado

un pedazo de exclusiva a la revista —dije poniéndome en pie para coger mis

cosas—. Hasta mañana, o igual pasado, porque si no encontramos a la

hermana del irlandés, nos veo haciendo noche allí metidas en el coche en

plan policía.

—Tranquila, que le pasamos al jefe los tiques de comida —contestó

Amanda—. Y ya sabes que allí, barato, no va a ser. —Le miró al tiempo que

se encogía de hombros.
—Os lleváis unos táperes de puchero de tu madre.

—¡Uy, lo que ha dicho! —Amanda se llevó la mano al pecho la mar de

ofendida.

—Rodri, aunque me lleve unos táperes, como tú dices, te voy a pasar los

tiques. —Me encogí de hombros y se echó a reír.

Amanda y yo salimos de la redacción, y mientras íbamos en el coche de

camino a Ronda, estuvo mirando en las redes de Grace, que así se llamaba la

hermana del actor por lo que acababa de decirme, y sí que tenía algunas fotos

por la zona.

Si había suerte igual ella se dejaba ver un poco más que el hermano, pero si

estaba aquí buscando un poco de paz y tranquilidad de la rutina diaria del

trabajo, pues lo íbamos a tener un poquito difícil, la verdad.

Cuando aparcamos delante del restaurante de mis padres, bajamos ya con la

sonrisa en los labios porque sabíamos que en cuanto nos vieran doña Carmen

y doña Lola se iban a echar a llorar.

Y no nos equivocamos ni un poquito, que mi madre estaba atendiendo la

barra junto a mi padre y fue vernos, y soltar las lagrimillas.

—¡Lola, ven aquí, corre! —le gritó mi madre desde la puerta que daba a la

cocina.

—¿Qué pasa, Carmen? ¿Hay fuego? —preguntó ella saliendo.

—Hombre, somos capaces de echar arder Ronda, pero no nos ha dado por

ahí —dijo Amanda, y al verla, su madre se llevó las manos a la boca.

—Ay, mi niña, pero ¿qué hacéis aquí? —La abrazó con fuerza y mi madre

hizo lo mismo conmigo.

—Es que ya sabes lo que dicen, Lola, como en casa no se come en ningún

sitio —sonreí.
—Ya decía yo que os veía más delgadas, es que no estáis comiendo bien —

suspiró mi madre.

—Ya estamos. —Volteé los ojos.

—Vida, que las niñas comen, lo que pasa es que son muy activas y de culo

inquieto, así que no hay forma de que engorden —dijo mi padre, que tenía

siempre el capote a mano, como solía decirse, para ayudarnos.

—Culo inquieto, te voy a dar yo a ti —protestó—. No coméis, que he visto

que estáis todo el día tecleando o en fiestas para trabajar. ¿A que no cenasteis

nada en el cumpleaños del cantante ese?

—Sí que cenamos, sí, no veas la de canapés y tostas que comí, y carne, que

estaba buenísima —respondí.

—Carmen, que tu hija repitió hasta la tarta. —Rio Amanda.

—Si es que lo de lo golosa lo heredó de su madre —comentó mi padre.

—Bueno, bueno, vamos a dejar de hablar del trabajo y al lío, que hoy

tenemos puchero en el menú de primero —dijo Lola.

—¿Por qué te crees que hemos venido? —Reí.

—Si ya os conozco yo a las dos, ya. —Arqueó la ceja, y ambas le dimos un

beso en la mejilla.

Aprovecharon para comer los tres con nosotras y preguntar cómo nos

estaba yendo todo, que si nos habíamos aclimatado bien a la nueva casa y que

si de verdad comíamos bien.

Decir que nos llenamos con el puchero y unos filetes empanados con

patatas que nos puso Lola, era quedarme corta, pero es que esa mujer siempre

nos había dado muy bien de comer.


Y de postre nos pusieron un arroz con leche que le salía buenísimo a

nuestra Lola. Tomamos café y tras un ratito de sobremesa con ellos, nuestras

madres se fueron para la cocina.

—Veréis con las bolsas con las que vuelven —suspiró mi padre, pero eso

nosotras ya lo sabíamos y lo teníamos claro desde el principio—. Os echan

mucho de menos, pero se alegran de que estéis haciendo vuestra vida allí

donde tenéis el trabajo.

—¿Y tú no nos echas de menos, o qué? —Arqueé la ceja.

—Mucho también, hija, ya lo sabes —sonrió—. Sois mis chicas y os adoro,

pero estaba claro que en cualquier momento os acabarías yendo. —Se

encogió de hombros. Es ley de vida, mi niña. —Me acarició la mejilla.

Media hora después, aparecieron las dos con un par de bolsas cada una,

llenas de táperes con puchero, albóndigas, croquetas, filetes, lentejas y hasta

caldo de pollo.

Desde luego que congelando todo aquello, no tendríamos que preocuparnos

por cocinar en una semana mínimo.

Nos despedimos de ellos después de tomarnos otro café y volvimos a

Marbella para irnos a casa, tocaba darnos una ducha, cenar algo ligero y

acostarnos, puesto que al día siguiente íbamos a salir temprano para ir a

Sotogrande en busca de Grace, como quien buscaba a Wally en los libros de

ese famoso personaje.


Capítulo 16

Lara

Llegamos a Sotogrande y lo primero que hicimos fue parar en una de las

cafeterías que vimos para tomarnos un buen desayuno, que veníamos solo

con el café de casa y había sido uno rápido para empezar nuestro día como

policías, cuanto antes.

No, esta no era la primera vez que salíamos a ver si nos encontrábamos con

alguien de interés de manera casual, así que íbamos preparadas para todos los

escenarios posibles que pudiéramos encontrarnos.

Como siempre que teníamos que ir a la caza de algún famoso, las dos nos

habíamos puesto las gafas de sol para pasar lo más desapercibidas posible, y

mientras tomábamos el café escuchamos a las camareras hablando sobre la

famosa en cuestión que nos había traído al lugar.

—Pues parece que igual vamos a tener suerte —dijo Amanda al oírlas decir

que, si era como el día anterior, a media mañana Grace estaría por allí.

—Más vale, o veo que nos quedamos por aquí haciendo noche.

—Venga, ahora cuando desayunemos nos damos un paseo y echamos un

vistazo a los escaparates.

—Eso, echamos un vistazo, no entres en ninguna tienda que con lo

exclusivas que son esas firmas igual tienes que hacer horas extras de noche
para pagar las cuotas de la tarjeta.

—Calla, que ya solo de pensarlo me da fatiguita —resopló.

Nosotras lo ganábamos bien, pero veníamos de unos padres que siempre

habían mirado cada céntimo que entraba en casa para no derrocharlo en nada

que no fuera necesario, lo que no quitaba que alguna vez nos diéramos un

caprichito, o dos.

Tras el desayuno, fuimos a dar un paseo por la zona y nos hicimos algunas

fotos; Amanda no dudó en subirlas a las redes poniendo que nos habíamos

ido de escapada sin que se enterase el jefe, a quien etiquetó y no tardó en

responder que ya ajustaríamos cuentas.

Estaba claro que Rodri nos seguía a las dos el juego para no descubrir que

realmente habíamos ido buscando a Grace, porque si nos la encontrábamos

íbamos a hacer que fuera todo de manera casual para que ella no sospechase

nada.

Echamos un vistazo a los escaparates de varias tiendas y nos quedamos con

algunas ideas para vestir en futuros actos a los que nos invitaran, aunque

nosotras con comprar nuestros modelitos en tiendas asequibles para todos los

bolsillos íbamos bien.

Lo que sí no pudimos resistir fue entrar en una perfumería y comprarnos

algunas cositas: maquillaje y cremas principalmente, y salimos de allí con

unas muestras que seguro que acabarían cayendo en algún momento.

Íbamos de nuevo hacia la cafetería cuando vimos que Grace, cubriéndose el

rostro con unas grandes gafas de sol, caminaba hacia nosotras, por lo que,

aún con las gafas de sol, nos hicimos las despistadas para reconocerla al estar

a su altura, pero menuda sorpresa nos llevamos cuando fue ella la primera en

hablarnos.

—Yo os conozco —dijo con una sonrisa en los labios.


—Pues yo a ti también —contestó Amanda—. Eres Grace, la modelo

irlandesa que tanto triunfa en pasarelas.

—Vaya, y yo que pensé que con las gafas de sol no me reconocerían —

suspiró—. Pero claro, es que ¿a quién no conocen las mellizas de Marbella?

Y yo sonreí porque no era plan de decirle que yo no los conocía ni a ella ni

a su hermano, pero vamos, que como decía mi madre, calladita estaba mejor

a la hora de hablar con algunos famosos.

—¿Habéis ido de tiendas? —Curioseó al ver las bolsas.

—Solo a mirar los escaparates y coger ideas —respondí—, pero en la

perfumería no hemos podido resistirnos.

—Yo ahí tampoco, siempre salgo con alguna crema de las que

promocionan las influencers, o mi perfume favorito cuando me estoy

quedando sin él.

—Lo que nos pasa a nosotras —dijo Amanda—. Bueno, no te

entretenemos que seguro que tienes cosas que hacer.

—Si os digo la verdad, me va a venir bien haberos visto.

—¿Y eso por qué? —Curioseé.

—¿Nos tomamos un café en un sitio tranquilo y os concedo una entrevista?

—propuso son una sonrisa, y Amanda y yo nos miramos sorprendidas, poque

al final sí que iba a ser esto fácil, sí— Venga, decidme que sí, que estoy

revoltosilla como decís por aquí, y quiero echar a arder las redes.

—Me está dando miedo, así te lo digo —contesté.

—Tranquila, que es solo una manera de hablar. Pero que me ha dado el

punto y creo que es lo mejor que puedo hacer, adelantarme a los dimes y

diretes que en breve empezarían a salir.


—Uy, uy, que me suena a historia jugosa —dijo Amanda.

—¿Cuándo una infidelidad no lo es? —preguntó encogiéndose de hombros

sin perder la sonrisa.

—Vamos, vamos a por ese café que me parece lo necesito muy cargadito.

—Amanda señaló hacia la cafetería, pero Grace dijo que mejor íbamos a un

lugar más tranquilo.

Tanto Amanda como yo estábamos realmente intrigadas. Estaba claro que

lo que había dicho Grace era fuerte y me sorprendía que por su propia

voluntad quisiera contar a la prensa algo así. Aunque claro, tal vez quería

utilizarnos, como habían hecho otros famosos con algunos medios de

comunicación, para asegurarse de que se hablara de ellos durante el tiempo

que les conviniese, especialmente si tenían algún nuevo proyecto al que

querían dar más visibilidad. La verdad es que teníamos experiencia con este

tipo de situaciones.

Acabamos en una cafetería muy elegante donde parecían conocer a la

modelo, y nos acomodaron en un reservado donde estaríamos a salvo de

miradas curiosas. Pedimos tres cafés y algunos dulces para acompañar, y

cuando nos lo sirvieron, cerraron las cortinas para asegurarse de que nadie

pudiera vernos.

Grace se quitó las gafas y sonrió, pero por mi experiencia, sabía que esa

mujer tenía los ojos hinchados de haber estado llorando.

—Sé que esto os ha cogido por sorpresa, pero os agradezco que os prestéis

a hacerme la entrevista.

—Y tan de sorpresa, que normalmente somos nosotras quienes insistimos

—sonreí.

—Podéis preguntarme lo que queráis, de verdad, pero solo os pido un

favor.

—Claro, dinos —respondió Amanda.


—Que la entrevista salga mañana, en digital y papel, y que lo que os cuente

sobre el tema que os he dicho, aparezca tal cual, punto por punto.

—Siempre es así, nunca omitimos nada, salvo los insultos, obviamente.

—Vale, esos podéis decorarlos con vuestras palabras si digo alguno —

sonrió—. Pues, cuando queráis, estoy lista.

Como buenas reporteras siempre estábamos listas y preparadas, así que

saqué la grabadora de mi bolso y la coloqué sobre la mesa, presionando el

botón de grabar.

—Ante todo, Grace, es para nosotras un auténtico placer estar aquí y

compartir unos minutos contigo —comenzó Amanda.

—Gracias, chicas, el placer es mío, sois de lo más conocidas en todo el

mundo —sonrió.

—Y nosotras pensando que solo nos conocían en casa. —Me encogí de

hombros y las tres reímos, la verdad es que trataba de quitar un poco de

tensión pues veía a esa mujer, que no era más que un año mayor que nosotras,

con muy mala carita.

—Cuéntanos, ¿qué te ha traído a España este verano, el trabajo o el placer?

—El placer —sonrió—, necesitaba alejarme un tiempo de todo y pensé,

qué mejor que en España y disfrutar de un merecido descanso allí, con este

clima maravilloso y ver un poco más de este lugar del que tanto me ha

hablado mi hermano.

—El clima, y la comida, porque aquí tenemos auténticos manjares —

contesté.

—Desde luego, con lo que me gusta a mí probar cosas nuevas —sonrió.

—Pues si me permites una pequeña recomendación, cuando tengas

oportunidad, hazte una escapadita a Ronda y vas al restaurante de nuestros


padres, que su madre hace unos platos de esos que, o repites, o repites. —Reí.

—Tomo nota, después me dices el nombre y la dirección —sonrió.

No, esto era obvio que no iba a incluirlo en la entrevista, pero que le daba

la dirección del restaurante para que fuera allí, se la daba, vaya que sí.

—Hablemos de tu carrera —siguió Amanda—. Sabemos que está llena de

éxitos a nivel mundial, eres una de las modelos más cotizadas del momento,

¿cómo te iniciaste en el mundo de la moda? ¿Fue algo que siempre soñaste

hacer?

—Si os soy sincera, siempre me interesó la moda, pero nunca pensé que

pudiera ser una opción profesional para mí. Todo cambió cuando alguien me

vio y pensó que tenía el perfil perfecto para un trabajo en concreto, y dije

«¿por qué no?» —sonrió—. Probé suerte y mi vida cambió por completo. La

moda es algo que me apasiona y trabajar con marcas tan prestigiosas ha sido

como vivir un sueño. De verdad, me siento increíblemente afortunada de

poder dedicarme a lo que realmente me gusta y amo.

—Siempre lo he dicho, es increíble el modo en que puede cambiarnos la

vida con una sola oportunidad. Has hablado de tu hermano —comenté,

aunque no sabía si hablaría de él—, está claro que lo de ser famoso no es solo

cosa tuya —sonreí—. ¿Cómo es ser la hermana pequeña de un actor de

renombre como él?

—Es una locura. —Rio—. No, en serio, me encanta. Soy su hermanita

pequeña por muy mayor que me haga. Paul y yo siempre hemos estado muy

unidos, aunque tengamos carreras bastante diferentes, pero siempre le he

dicho que como modelo sería todo un acierto porque el tío lo vale, y no es

porque sea mi hermano.

»Yo no descarto la idea de hacer algunas apariciones en televisión. A veces

tengo que viajar donde él está rodando, y aprovechamos esos momentos para

pasar tiempo juntos. La verdad es que es una suerte tener a Paul como

hermano; siempre está a mi lado, listo para ofrecerme consejos tanto en lo

profesional como en lo personal, aunque a estos últimos no les haga caso

algunas veces. —Se encogió de hombros.


—Contar con alguien que te comprenda y te apoye, es un privilegio —dijo

Amanda.

Hicimos un pequeño parón porque así nos lo pidió Grace, dio un sorbo al

café y se recompuso, pero se notaba que el pensar en lo que fuera que

quisiera contarnos la tenía bastante bajita de ánimo en estos momentos.


Capítulo 17

Lara

Con una Grace un poco más sonriente, aunque igualmente con la mirada

triste de quien no lo estaba pasando bien, retomamos las preguntas y fue

Amanda quien comenzó.

—Háblanos de tus proyectos, ¿hay algo nuevo a la vista, nuevas campañas

con alguna de las firmas tal vez?

—Sí, eso nunca se queda parado —sonrió—. Actualmente tengo la suerte

de que muchas de las firmas con las que trabajo me conocen tan bien que me

permiten cierta libertad en mis propuestas, por así decirlo, aunque siempre

me amoldo a sus necesidades y proyectos. En primicia os digo que me

encantaría poder crear algún día una línea de ropa o perfumes, pero eso es

algo que con el tiempo se andará —sonrió.

—Si llega ese día, ya tienes dos compradoras fieles. —Le hice un guiño—.

¿Cuánto planeas quedarte por aquí disfrutando del sur de España?

—Vine para estar diez días con mi hermano, pero creo que igual la estancia

se me alarga un poquito más. —Se le escapó una risilla, pero vi algo diferente

en sus ojos—. No solo quiero descansar y desconectar para recargar pilas y

disfrutar de mi hermano, del clima y la comida, sino que quiero sanar un

poquito de lo último por lo que he pasado.

—Creo que no te refieres a nada profesional, ¿me equivoco? —intuí.


—No, no te equivocas. Vine a ver a mi hermano con una excusa, sabéis que

tengo, mejor dicho, tenía pareja. —Vi que Amanda abría mucho los ojos—.

Todo el mundo me ha visto con él, por lo que no es ningún secreto. Es

profesor y está en época de exámenes así que lo de que se agobie, es normal,

pero no el que yo descubriera que tenía una amante. El caso es que, al día

siguiente de llegar aquí, me dejó por teléfono y ya ha enviado mis cosas a

casa de mis padres.

»No voy a entrar en polémicas, me guardo lo que pienso de él y lo que me

ha hecho porque, ante todo, soy una dama y no voy a insultarle en la prensa,

pero sí quiero decir que me ha defraudado, tanto a mí como a mi familia

porque era uno más de nosotros, y antes de que cualquiera empiece a

rumorear o hablar de lo que no sabe, he querido ser yo quien lo cuente.

—Así que estás diciendo que ahora mismo estás soltera —dijo Amanda.

—Exacto, justo eso —dijo con una sonrisa triste—. El hombre al que

consideraba el gran amor de mi vida me ha sido infiel, me ha invitado

amablemente a irme de su vida sin que yo quisiera verlo, y ha roto conmigo a

través de una simple llamada telefónica. Lo que más me duele de todo esto es

que ni siquiera tuvo el valor de mirarme a los ojos y decirme que todo había

terminado.

—Me vas a permitir que le insulte yo —dije y no me corté—, porque hay

que ser muy capullo y mala persona para hacer algo así.

—Y te has quedado corta, amiga, que yo diría que es un cabrón con todas

las letras. Pero sí, esto lo pondremos en el artículo con asteriscos, como si

fueran los pitidos en la tele —comentó Amanda y Grace se echó a reír.

—Desde luego ya sé por qué sois tan reconocidas y queridas en el mundo

del famoseo —dijo.

—Después de lo que nos has contado, y cuando lo lean tus fans, te van a

llover los mensajes de apoyo, pero puede que también alguna que otra

crítica… —Dejé caer.


—Lo sé, y estoy preparada para ellas, no tengo miedo. Yo no he hecho

nada más que querer a mi pareja con todo mi corazón, y le fui fiel hasta el

final.

—Lamentamos mucho que estés pasando por esto, pero sin duda alguna,

junto a tu hermano es el mejor lugar para hacerlo —dijo Amanda.

—Sí —sonrió—, la verdad que puedo decir con mucho orgullo que mi

padre, mi hermano y su guardaespaldas, que es como un hermano para las

dos, son los hombres de mi vida.

—Muchas gracias por abrirte así con nosotras y por concedernos unos

minutos de tu tiempo. Esperamos de corazón que sanes esas heridas y que

disfrutes de tu estancia en España —dije sonriendo.

—Gracias a vosotras por este ratito, necesitaba ser la primera en contarlo

para no escuchar rumores falsos. Y sí, os aseguro que voy a disfrutar de

vuestra tierra que ya me tiene enamorada.

En cuanto acabamos la entrevista paré la grabadora y las dos le apretamos

la mano con cariño para darle un poco de consuelo.

—El primero que igual me riñe es Paul cuando lea la entrevista, pero

bueno, me da un poco igual. —Dejó caer.

—Tu hermano se deja ver poco por aquí, ¿no? Tenemos entendido que no

ha habido un solo periodista aún que le haya echo unas fotos —dijo Amanda.

—Eso es raro, sí, pero las fans bien que le encuentran. —Rio.

—Yo es que no sé qué le ven —comenté y las dos me miraron—. Es

guapete, sí, pero como muchos otros, vamos, que no es para tanto.

—Lara, por Dios —protestó Amanda, y vi que Grace sonreía.

—Está claro que no se puede gustar a todo el mundo y mi hermano lo sabe.

Tampoco va de divo por la vida, aunque sí que le digo que cuando esté la
prensa y le pregunte algo, que se extienda más en sus respuestas, que no todo

va a ser sonreír.

—Eso digo yo, pero bueno, que no voy a entrar en guerra, aunque la verdad

es que además del clásico «todo bien», podría decir algo más.

—¿Sabéis? Os debo una por este favorcito que me habéis hecho, así que

voy a intentar, y digo intentar porque, no sé yo, si lo conseguiré, que mi

hermano os conceda una entrevista. ¿Qué os parece?

—Un milagro, si dice que sí —contestó Amanda, y las tres acabamos

riendo.

Nos terminamos el café y aprovechamos para hacerle a Grace algunas fotos

para el artículo, la verdad es que en sus ojos se podía ve que la pobre no lo

estaba pasando muy bien con lo de la ruptura, pero era muy valiente por su

parte el dar la cara la primera antes de que alguien metiera las narices donde

no le llamaban.

Y qué rastrero por parte de su ex romper una relación de esa manera, con

una llamada de teléfono. Eso era de cobardes, ni más, ni menos, por no

querer reconocerle a la otra persona en la cara que había estado engañándola

con otra.

Después de tomarnos el café nos despedimos de ella con un abrazo, quedó

en contactarnos por nuestras redes si conseguía que su hermano accediera a

concedernos una entrevista a nosotras, y se marchó.

La verdad que había sido una suerte que ella se prestara a que la

entrevistáramos porque quería hablar sobre su ex y la ruptura, y aunque el

hermano me parecía un poquito frío con la prensa, estaba claro que ella lo

compensaba.

Amanda y yo nos subimos al coche rumbo a la revista y en cuanto

entramos vimos a Rodrigo, le dijimos que la teníamos y que esta iba a ser una

de las mejores noticias del día siguiente y que con la exclusiva que nos había

dado íbamos a ser virales con el artículo, y se echó a reír.


Hasta que leyó lo que le mandé por correo y sí, dijo que aquello iba a hacer

que las redes ardieran y que la nuestra fuera otra noticia de las más

compartidas en actualidad del mundo del famoseo.

Preparamos todo y nos marchamos a casa, con su permiso, por supuesto,

que me apetecía comerme las albóndigas que nos habían dado nuestras

madres el día anterior y echarme una siestecita en el sofá.

Solo que cuando me acomodé en él después de tomarme el café, me

encontré a mí misma buscando en Internet todo lo que pudiera encontrar de

Paul, ese hombre del que apenas sabía más que lo justo y por quien sentía

curiosidad.

Debía admitir que el irlandés tenía talento, estaba claro que la cámara le

adoraba, y esa sonrisa sin duda era lo que tenía más que cautivadas a las

mujeres de todo el mundo, y estaba segura de que a algún que otro hombre

también, pero seguía pareciéndome un hombre frío con la prensa y eso, al

menos bajo mi opinión, debería cambiarlo, ser más cercano.


Capítulo 18

Lara

Álvaro me había enviado un mensaje para invitarme a cenar esta noche, se

lo comenté a Amanda, pues no quería dejarla sola y me dijo que me fuera a

tomar viento fresco.

Nos reímos porque lo decía algunas veces cuando no quedaba con ella si

Álvaro me pedía que viniera a verle y acabábamos la noche en su

apartamento.

Mientras terminaba de arreglarme, escuchaba la televisión del salón donde

estaba Amanda, por la voz reconocí a una de las periodistas de un programa

bastante conocido y en ese momento hablaba de la noticia sobre el futbolista

y su amante que nosotras publicamos.

Antes de que eso ocurriera, y porque la conocíamos, tanto Amanda como

yo llamamos a la modelo malagueña con la que estaba casado el futbolista

para informarla de todo, la pobre se echó a llorar de tal manera que nos dio

pena. Pero también las gracias por haberla avisado sobre lo que se iba a

publicar, ya que así pudo estar preparada para lo que se le vendría encima.

No, no solíamos hacer estas cosas con nadie, pero como digo, a ella la

conocíamos y siempre nos atendió muy bien cuando la veíamos por alguna

fiesta o evento al que estuviera invitada y nosotras fuéramos a cubrir la

noticia.
Terminé de ponerme los zapatos, cogí el móvil y el bolso, y fui al salón. Al

escuchar que me acercaba, Amanda me miró y sonrió.

—Madre mía, esta noche hasta yo te daba un revolcón. —Silbó.

Me puse un vestido rojo ajustado, con tirante ancho y un escote en «V» que

llegaba justo a la altura de las rodillas. Completé el conjunto con unos zapatos

de tacón y un bolso negro que le daban un toque elegante.

—Qué bruta eres. —Reí.

—No, no, en serio. ¿Tú te has visto? Con ese vestido vas a provocarle un

infarto.

—Exagerada. —Me incliné y le di un beso en la frente—. ¿De verdad que

no quieres que me quede? Mira que yo, cojo un bote de helado de chocolate y

tengo un par de orgasmos.

—Me vas a comparar los orgasmos por tener sexo, que, por comer helado,

vamos. —Volteó los ojos—. Además, hoy estrenan una peli donde sale uno

de los nuevos temas de Eros.

—Ah, y eso ¿cómo lo sabes? Aparte de porque eres una de sus más fieles

seguidoras, obviamente.

—Me lo ha dicho él. —Carraspeó volviendo a mirar hacia la televisión—.

Estamos en contacto por redes.

—Vaya, vaya. Al final resulta que el cantante sí que se fijó en ti, ¿eh?

—No, no es eso, es que le caí bien.

—Ya, lo que él quiere es que le caigas encima. —Reí.

—¿Quién es la bruta? Madre mía, lo que has soltado por la boca —resopló.
—Venga, dime que no sería cumplir una de tus más ardientes fantasías

sexuales. ¿Cuántas veces has soñado con que te lo tirabas?

—Dios, en qué hora te lo conté —resopló—. Venga, vete, que se te enfría

la salchicha que vas a degustar esta noche.

—Eso, tú échame de mi casa de manera educada. —Reí mientras iba hacia

la puerta.

—Diviértete, y no olvides el paragüitas para la lluvia.

—Qué fina mi niña. Adiós, te quiero.

—Y yo.

No se lo iba a decir, porque ella lo sabía más que de sobra, pero se había

sonrojado al hablar de Eros.

Y estaba claro que en la noche de su cumpleaños hubo una conexión entre

ambos, solo esperaba que, si ese hombre cuya fama era internacional y podía

tener a la mujer que quisiera se había interesado por mi mejor amiga, no le

hiciera daño ni le rompiera el corazón.

Porque si lo hacía más valía que mis padres contrataran un buen abogado,

porque no le iban a reconocer ni en su casa de cómo le dejaría la cara a base

de arañazos.

Que yo, por mi amiga, araño como una leona.

Había cogido un taxi para ir hacia donde habíamos quedado Álvaro y yo,

era un lugar discreto a las afueras donde nadie nos molestaría si nos

reconocían, y cuando me acerqué a la puerta y di mi nombre, una de las

camareras me llevó hacia la mesa en la que iba a esperar a mi acompañante.

El lugar era una maravilla, elegante y con un toque de lo más tranquilo y

romántico.
Las vistas al Mediterráneo eran espectaculares, y el reflejo de las estrellas y

la luna en el agua le daban un aire mucho más bonito.

Estaba en la terraza del restaurante y desde aquí podía escuchar el suave

sonido de las olas rompiendo contra las rocas, la brisa marina me envolvía y

todo eso me daba una sensación de calma que no era de extrañar que este

lugar siempre me hubiera gustado.

Las mesas estaban cubiertas con manteles de lino blanco. En el centro de

todas, había un par de velas pequeñas de citronela para mantener a los

mosquitos lo más alejados posible.

—Buenas noches, preciosa. —Miré hacia arriba y me encontré con la

sonrisa de Álvaro, que se inclinó para darme un beso en la comisura de los

labios.

—Buenas noches —sonreí.

—Estás impresionante esta noche —dijo mientras se sentaba.

—Gracias.

Se acercó la camarera para tomarnos nota de la bebida, Álvaro pidió un

vino blanco afrutado y ella se marchó para dejarnos con las cartas.

Cuando regresó con la cubitera alta con hielos y la botella de vino,

aprovechamos para pedirle la comida.

De primero nos decantamos por un tartar de atún rojo con aguacate y salsa

de soja acompañado de verduras al vapor que sonaba apetecible, y para el

plato principal una lubina al horno con un suave puré de patatas.

Comenzamos con una primera copa de vino y charlamos mientras

esperábamos los primeros, sí que es cierto que nunca hablábamos del trabajo

cuando salíamos, pero en esta ocasión me puso al corriente de una noticia

que ellos habían dado en primicia esa tarde y tenía a muchos medios al
pendiente, entre ellos algunos de los compañeros de mi revista que llevaban el

tema deportivo.

Había un piloto de carreras que había sufrido un accidente de tráfico el día

anterior, estaba en Mónaco disfrutando de unos días de vacaciones y fue

arrollado por un conductor borracho. Noticias como esa dejaban mal cuerpo,

pero era nuestra profesión y teníamos que hablar de algunos temas, aunque

no quisiéramos.

Nos trajeron los primeros y cambiamos a otro tema que no fue ni más ni

menos que la famosa fiesta de cumpleaños de Eros, esa cuya noticia que

habíamos publicado Amanda y yo había estado circulando durante varios días

por las redes.

El tartar estaba buenísimo y nos lo acabamos en un santiamén, y la lubina

ya, era para hacer barquitos en la salsa como hacía Amanda a veces, pero no

lo hice porque me controlaba por las noches de comer mucho pan, que había

que cuidarse, aunque fuera solo un poquito.

Y para el postre, que llegó entre risas y charla, nos pedimos una mousse de

chocolate blanco con frutos rojos que estaba riquísima.

—¿Sabes? Este lugar tiene algo especial —dijo Álvaro cuando nos

terminamos el postre—. Hay algo en el aire, como si fuera el momento

perfecto para… —Se quedó pensativo mirándome.

—¿Para qué? —sonreí porque iba conociendo a Álvaro y podía intuir lo

que quería decirme— Porque creo que yo también siento algo.

—Es la noche, estoy seguro de que es eso. Esta noche es perfecta, única,

casi mágica. ¿Lo sientes? Tú, yo, este lugar, las vistas… si fuera mi terraza

privada haría algunas cosas aquí contigo ahora.

—¿Qué cosas exactamente? —Curioseé mientras susurraba—. Porque te

conozco, y por cómo me miras, tengo la sensación de que la palabra tentación

es perfecta para lo que piensas ahora mismo.


—Exacto —sonrió—. Pensaba en que nos dejemos llevar como siempre

hacemos, que la noche fluya y que hablen nuestros cuerpos —susurró

mientras me miraba con esos ojos cargados de deseo, deseo por mí, haciendo

que me sintiera extremadamente deseada y quisiera dejarle hacer todo lo que

quisiera conmigo—. ¿Qué tal si nos tomamos una copa en mi apartamento?

—Pues, que acepto encantada —sonreí, y él me hizo un guiño.

Pagó la cuenta, salimos del restaurante y subimos a su coche para ir al

apartamento. Durante el camino Álvaro no dejo de tocarme la pierna en

ningún momento, la acariciaba con la yema de sus dedos de manera lenta

pero firme y constante.

Aparcó en la plaza de su edificio y una vez que entramos en el ascensor nos

devoramos a besos, así literalmente, pues sus labios se apoderaron de los

míos y sentí cómo llevaba las manos por todo mi cuerpo.

En el momento en el que el ascensor llegó a su planta, entrelazó nuestras

manos y me llevó hasta la puerta. Abrió y entró sin soltarme, y en cuanto la

puerta se cerró detrás de nosotros, me cogió en brazos, de modo que le rodeé

por las caderas con mis piernas.

Seguíamos besándonos mientras me llevaba a su habitación, y nada más

dejarme en el suelo, le hice girar y le empujé hacia atrás hasta que quedó

sobre la cama. Sonrió con picardía y me quité el vestido ante él quedando

solo con mi conjunto de lencería antes de acomodarme sobre él.

Comencé a rozar sus labios con los míos al tiempo que movía las caderas

despacio haciendo que mi sexo se rozara con su miembro, ese que ya estaba

más que listo para la acción.

Le fui quitando la ropa y él me tocaba por todo el cuerpo, acariciaba cada

centímetro de mí que iba encontrando y me estremecía ante su tacto.

Cuando le bajé los pantalones llevé también el bóxer al mismo tiempo,

liberando la erección que había estado sintiendo durante todo el tiempo en mi

clítoris, palpitando, queriendo salir de su encarcelamiento.


Me incliné un poco y deslicé la punta de la lengua por ella, fue solo una

pasada antes de seguir subiendo por todo su cuerpo hasta besarle con pasión.

Eso volvía loco a Álvaro y acabó haciendo como tantas otras veces,

quitándome el sujetador y cogiéndome por la cintura para cambiar de

posición, de modo que yo quedaba recostada en la cama con él sobre mi

cuerpo.

Lamió y dio pequeños mordiscos en mis pezones haciéndome gemir, bajó

deslizando la lengua por el torso, el vientre y llegó hasta la cintura de tanga

que no dudó en quitarme.

En cuanto me tuvo desnuda por completo se acomodó entre mis piernas y

comenzó a lamerme despacio entre mis labios vaginales. Cerré los ojos

arqueando la espalda y me dejé llevar por lo que sentía.

Cuando me penetró con el dedo y dio un leve tirón hacia él, grité

agarrándome con fuerza a las sábanas.

Siguió penetrándome al tiempo que con la legua lamía el clítoris sin parar,

cada vez más rápido, y me dejé ir por completo liberando el clímax.

Álvaro se puso el preservativo y me embistió con fuerza, entrelazando una

de sus manos con la mía y manteniéndolas por encima de mi cabeza a la vez

que con la otra me agarraba con fuerza por la cadera.

Se movía dentro y fuera sin parar, una y otra, y otra vez, entrando hasta lo

más hondo de mí, llenándome por completo y haciendo que me estremeciera

y gritara presa del placer que me provocaba.

Se retiró solo para hacer que me colocara de rodillas sobre la cama, con las

caderas bien elevadas para él, y así me penetró, desde atrás y con fuerza,

golpeando una vez tras otra haciendo chocar nuestra carne mientras me

agarraba con fuerza por las caderas.

El sexo con Álvaro solía ser rápido y excitante en cualquier lugar, salvo

cuando veníamos aquí, que pasábamos la noche dejando que el deseo y la


lujuria nos envolviera.

Se retiró de nuevo y, sin que yo hiciera ningún movimiento, se inclinó para

lamer toda mi zona, provocando que experimentara un nuevo orgasmo. Me

levanté y dejé que me cogiera en brazos para llevarme hasta la pared, donde

comenzó a penetrarme de nuevo. Nos besamos sin pudor, mientras sus labios

y dientes jugaron con mis pechos, haciéndome estremecer una vez más al

sentir que el placer me invadía de nuevo.

No tardé en notar que él también se acercaba a ese momento y nos

liberamos al unísono, alcanzando el clímax y gritando como locos.

Me besó una última vez antes de dejarme en la cama, fue al cuarto de baño

para deshacerse del preservativo y regresó con una toalla húmeda para

limpiar un poco mi zona.

Nos acomodamos en la cama y entre besos acabamos por quedarnos

ligeramente dormidos, solo que, como tantas otras noches, cuando eso

pasaba, Álvaro empezaba a tocarme de nuevo y volvíamos a dejarnos llevar

por las ganas, saciándonos así hasta la próxima vez que pudiéramos volver a

vernos.
Capítulo 19

Paul

No me podía creer lo que estaban viendo mis ojos. ¿En serio Grace había

dado una entrevista y no me había dicho nada?

Salí de mi habitación y bajé a desayunar al jardín en donde ya estaba

Robert y, por su cara, ya estaba al tanto de todo.

—Imagino que tu cara es por lo mismo que la mía, ¿verdad? —pregunté

sentándome y cogiendo el café.

—Eso mismo. ¿Qué se le pasó a tu hermana por la cabeza para hacer

semejante estupidez?

—No lo sé, pero me debe una explicación bien creíble, porque no es

normal que haya dado ese tipo de entrevista sin decirme nada y manchando

su nombre por hablar de esa manera tan abierta de lo que le ha pasado con

Sean.

—No lo entiendo, de verdad que no, Paul, por más vueltas que le doy

pienso que no tenía necesidad de eso, pero habrá que escucharla. Ante todo,

hay que esperar a que ella defienda esa postura porque nunca sabemos qué

puede haber detrás de todo esto.

—Es mi hermana y sabes la relación que tengo con ella, que me lo cuenta

todo. ¿Por qué no me habló de esto? Al final te voy a tener que dar la razón y
no me cuenta todo, porque tiene que haber algo que se me escapa, no me

entra en la cabeza.

Estábamos desayunando cuando Grace apareció en pijama corto y

desperezándose.

—Buenos días a los dos hombres más bonitos de la faz de la tierra. —Se

agachó para darme un beso a mí y otro a Robert.

—Buenos días —dijimos al unísono.

—¿Y esas caras? ¿Pues no parece que he matado a alguien? —Se tiró a

plomo en el sillón.

—¿Qué pasó para que dieras esa entrevista?

—Ah, bueno, pensé que era algo más grave. —Se rio mientras cogía la

taza.

—¿Más grave que abrir tu vida y contar públicamente algo tan feo como

una infidelidad?

—Se llama sanar y me ayudará a avanzar.

—¿Sanar, Grace? ¿En serio?

—Sí, sanar y solo lo puede entender alguien como yo que tiene el corazón

roto en mil pedazos y estoy intentando resurgir de mis cenizas. ¿Tan difícil es

entenderlo?

—Un poquito sí —murmuró Robert.

—Pensé que me ibas a defender —resopló mirándole incrédula.

—Sabes que lo hago encantado, pero tiene que haber una buena

justificación para que lo haga.


—¿Te parece poco que me han puesto un par de cuernos más grandes que

los del toro de Osborne, como dicen por aquí? Mira esos artistas que sanan

cantando, escribiendo novelas, poesías… ¡Yo también soy puro arte!

—Madre mía qué mal estás, hermana.

—¿Me lo dices tú? ¿Por qué no pruebas a hacer una entrevista con Lara y

Amanda?

—¿¡Yo!? ¿Y qué le cuento, que me tiro a mi nueva vecina? —resoplé

incrédulo.

—Un poco más de ti. Debes de ser más cercano para conectar con tu

público.

—Déjalo, haz el favor, lo estás enredando.

—¡He sanado, hermano! Bueno, estoy sanando y si eso no lo entiendes, no

puedo hacer nada.

—Vas a estar en boca de todos y te vas a tener que tragar el que te pongan

en duda.

—Ese no es mi problema, no lo hago para contentar a nadie, como ya te

digo lo hice exclusivamente para sanar un poco más y limpiar esas heridas

que me ha dejado el monstruo ese.

—¿Ahora lo llamas monstruo cuando lo habías vendido siempre como el

mejor hombre del planeta?

—¡He abierto los ojos! ¿Qué no entiendes, Paul? Una tiene sentimientos,

no es como tú que disfrutas de lo que te apetece y se deja, yo soy de cora. —

Se tocó su corazón.

—Déjalo, por favor, si no me vas a dar más explicación que lo has hecho

para sanar, es inútil seguir esperando algo.


—Pero ¿qué quieres que te diga, que me obligaron? Pues no… Me salió del

corazón y es una entrevista muy cuidada, muy limpia y en la que solo me abrí

en canal. Y te repito, deberías de conocer a las chicas y concederles una

entrevista, te ganarás así más a tu público pareciendo más cercano.

—Yo no tengo necesidad de eso, ni mucho menos se me ocurriría.

—¡Que os den! —dijo levantándose con el café y la tostada y marchándose

hacia dentro de la casa.

—¡Pero bueno! ¿Desde cuándo se volvió tan descarada?

—Desde que sanó un poco más —murmuró Robert bromeando para

romper un poco más el hielo.

Releí de nuevo toda la entrevista y esa naturalidad con la que lo contaba no

terminaba de convencerme, hasta la sentía fría, eso o que realmente no podía

asimilar que mi hermana se hubiera abierto en canal ante los medios

contando algo tan íntimo como era una infidelidad.

Me pasé toda la mañana con la mosca detrás de la oreja y ella se fue con

Natalia y Claudia que habían quedado para irse de compras. Le pedí que al

regreso no las trajera y nos pusiera en un compromiso, no tenía el día para

tonterías y mi hermana estaba en una actitud de lo más reprochable.

Comimos un pescado al horno y luego me retiré a mi habitación a hacer un

poco de deporte para luego darme una ducha antes de echarme un rato en el

sofá. Tenía la necesidad de cerrar los ojos y olvidarme del mundo. ¿Cómo era

posible que de repente pusiera su vida más patas arriba de lo que estaba? No

lo podía entender, por más vueltas que le daba al asunto era algo que no

entraba en mi cabeza.

Bajé a las siete de la tarde y me tomé un café junto a Robert, que venía de

darse un baño en la piscina del Club y había estado con las chicas. Mi

hermana por lo visto se estaba duchando, ya que iba a ir a una fiesta según me

contaba él.
—Ni me digas ni media —dijo mi hermana apareciendo con un vestido

corto y de lo más explosiva. La verdad es que iba guapa.

—¿Sales con las chicas?

—No, ellas están esperando que dos sinvergüenzas las llamen.

—Yo estuve con vosotras y les dije que hoy no tenía ganas de planes. —Se

defendió Robert.

—¿Y te parece bonito?

—Grace, ¿qué cojones te pasa para que estés así?

—A mí lo que me pasa es que no me has apoyado, y la verdad que me

parece muy frío por tu parte que pienses que la fría soy yo. Lo que me pasa es

que tengo un hermano que es incapaz de dar una entrevista ni por cortesía.

¿Sigo?

—Acércala por favor —le pedí a Robert.

—Lo iba a hacer, listillo —respondió mi hermana y la miré intimidante—.

No me mires así. ¡Qué te den! —Me sacó el dedo y se dirigió al coche.

Pues sí que estaba buena la cosa. No entendía a qué venía esa actitud y que

estuviera tan a la defensiva. ¿A qué clase de fiesta iba ahora? Esperaba que

Robert me trajese todos los detalles porque visto lo visto, mi hermana

comenzaba a ir por libre y a tomarse todo demasiado a la ligera.

Esperé con ansias que apareciera Robert para la cena, ya que por lo visto le

iba a llevar un tiempo en ir y venir.

En esta ocasión solo íbamos a cenar una ensalada especial de las que hacía

Cata y poco más, ya que queríamos terminar el día ligero.

Cuando apareció Robert, me llevé una decepción al saber que no le había

podido sacar nada. Que la dejó en una calle y lo echó rapidito. ¿De qué iba
ahora mi hermana? ¿Qué le estaba pasando?

—Deja de comerte el coco, Paul. Tu hermana está en ese momento en que

se siente perdida porque todo se le quedó grande, pero poco más. Tampoco

mató a nadie, simplemente dio una entrevista que a ti no te gustó y a mí no

me pareció correcta, pero por eso no la podemos sacrificar. Y quédate

tranquilo que cuando vaya a venir de regreso me va a llamar para que la

recoja.

—Mejor, pero no me hace gracia el no saber con quién se va a mover o si

hará otra de las suyas.

—Relájate, jefe, que te va a dar algo. Es joven, está en esa edad de hacer

locuras. No hay más nada allá de eso.

Me carcomía por dentro, Dios sabe que era así, pero ¿qué podía hacer

cuando ella no ponía de su parte ni hablaba las cosas antes de hacerlas?

Me acosté un poco rayado con el tema, esperaba que solo fuese una salida

para tener un poco más de vida social y no fuera más allá de eso, al menos es

lo que deseaba de corazón, por su bien, ya que luego las críticas las iba a

tener que digerir de cientos en cientos porque así eran las redes sociales, un

mundo abierto a que cada uno puede opinar deliberadamente sin importarle

el daño que le puede hacer al que lo recibe.


Capítulo 20

Paul

No podía dormir y tenía claro que quería ir a ver dónde estaba mi hermana.

Llamé a la puerta del apartamento de Robert y no tardó en abrirme.

—Jefe, ¿no estabas ya durmiendo?

—No puedo, quiero que me lleves al mismo lugar que llevaste a mi

hermana.

—Pero Paul, por Dios, ya es mayorcita, ¿cómo crees que le caerá verte por

allí?

—No tiene que vernos, peores cosas hemos hecho y no nos han pillado.

—Bueno, ya veo que vienes vestido y todo, que sea lo que Dios quiera.

—Vamos, no hay tiempo que perder.

—Espero que no nos salga como el culo y tengas un problema con tu

hermana.

—Espero que no lo tenga ella conmigo. —Carraspeé girándome para

dirigirme hacia el coche y esperarlo fumando un cigarrillo.


No era tonto y tenía claro que Robert sabía dónde estaba, no solo la dejó en

la calle, era obvio que la siguió hasta el lugar o el local, conociéndolo no

dejaría ni un cabo suelto en ningún momento. Sin embargo, decidió no

decirme nada para evitar que esto se desatara, aunque era algo que

inevitablemente iba a suceder. No pensaba quedarme de brazos cruzados, ya

que mi hermana no conocía tanto de España como para irse a algún lugar así

por las buenas. Quería asegurarme de que estaba bien y no haciendo ninguna

tontería.

Robert bajó y se montó en el asiento del conductor mientras yo ya tenía

ocupado el del copiloto.

—Nos vamos a buscar un problema, Paul.

—Sal ya de aquí y preocúpate porque la localicemos.

—Si te sirve de consuelo, tiene activado el GPS con su autorización. Se lo

pedí por si no la localizaba poder tener su ubicación en todo momento.

—¿Y no te puso problema?

—Sabes que sé cómo hablarle.

—Ni que yo lo hiciera a chillidos.

—Pero te enfadaste mucho con ella y aunque no es normal lo que hizo,

también es libre de decidir, caerse, levantarse, cagarla y muchas cosas más.

—Es mi hermana pequeña y aunque es fácil decirlo, deberías ponerte en mi

lugar para que sepas qué se siente.

—¿Te crees que no me duele? Obviamente a ti siempre te dolerá más, pero

te recuerdo que, para mí, vosotros sois mi familia.

—Lo sé, estoy un tanto nervioso.


—Pues relájate porque de esa manera nos van a pillar nada más entrar por

las puertas.

—Sabes que no tienes que preocuparte por eso. —Solté el aire.

No podía ser, la Guardia Civil nos paró y le pidió hacerle una prueba de

alcoholemia. Recé para que no le saliera ni el más mínimo porcentaje de

alcohol y así fue, nos dijeron que podíamos seguir tranquilamente.

—Joder, pues sí que son cabrones, ni que hubiera hecho algo para que me

parasen.

—Estos van a pillar.

Llegamos a una calle donde había un aparcamiento privado de un local al

que entró con el coche. Obviamente era ahí donde estaba mi hermana.

Robert se fue a hablar con el encargado que estaba en la puerta con el de

seguridad. Miró hacia mí que estaba en el coche y le hizo un gesto de que

podíamos entrar.

—Solucionado —dijo indicándome que me bajase.

—Buen tipo —murmuré con ironía.

—Le he dicho que queremos estar en un reservado y nos va a acomodar en

él.

—Mejor.

Llevaba puesta una gorra de firma y unas gafas que me hacían diferente la

cara, tenía que pasar lo más desapercibido posible.

Nos acomodaron en una barra muy exclusiva, desde donde podía sentirme

más protegido, pero a la vez tener un campo visual lo suficientemente amplio

como para ver a mi hermana, a quien ya había localizado conversando de


manera amigable con dos chicos. También había dos chicas de espaldas.

Hasta ese momento, todo parecía bastante normal.

Me pedí una copa de whisky con hielo. Observaba mi alrededor mientras

Robert hablaba por teléfono un poco más apartado.

Esta fiesta me ponía un tanto nervioso, ya que no podía ser descubierto por

nadie porque eso conllevaría a que mi hermana descubriera que estaba aquí y

eso la enfadaría mucho.

Vibró el móvil y lo saqué del bolsillo de mi chaqueta. Era raro a estas

horas.

Natalia: Me tienes muy abandonada. ¿Me harás mañana un poquito de

caso?

Paul: Claro. ¿Qué tal si pasas por mi casa por la tarde?

Natalia: Allí estaré. Descansa, guapetón.

Paul: Igualmente, preciosa.

A Robert lo había llamado Claudia y por eso se apartó para que no se

escuchara la música, parecía que se habían puesto de acuerdo, aunque a mí

había sido por mensajes.

Miraba con disimulo hacia todos lados y podía ver muchas caras

conocidas, por lo visto era una fiesta anual de famosos que hacía el local y

que por eso mi hermana había asistido.

Entré en el baño y me encontré a un cantante metiéndose mierda. La

verdad, me dieron ganas de estamparle la cara contra esas rayas, pero bueno,

era su problema y no el mío; seguramente me hubiera enfrentado y

habríamos terminado a golpes. Hice mis necesidades de manera discreta y, al

girarme, sostenía el cartón en la mano y me ofreció. Simplemente negué con

la mano sin siquiera mirarlo.


La música cada vez se me hacía más insoportable. ¿De verdad que no había

nada mejor que esa música de moda de ahora?

Desde luego que si mi hermana iba al baño íbamos a tener un problema

porque yo desde luego que iba detrás. Cualquiera se fiaba de lo que le

pudieran ofrecer y que cayera como una estúpida más.

Me acerqué con disimulo a la zona donde estaba mi hermana y, como ella

iba a lo suyo, ni se percató lo más mínimo de mi presencia. Estuve

merodeándola para intentar enterarme de algo, pero era imposible. Lo único

que quería es que no volviera a meter la pata de nuevo. Regresé a la barra y

me pedí otra copa con hielo. Robert se paseaba de un lado al otro bebiendo

zumos o cualquier chorrada sin alcohol. Ahora no podía ni era momento para

que él lo hiciera, ya que teníamos que regresar en el coche.

Una morena de ojos azules que llevaba un vestidito de lo más sexi en color

negro se apoyó en la barra hablando con un hombre mientras sonreía. No

podía escucharla, pero soltó una carcajada que hizo que se me contagiara, por

lo que tuve que ponerme de espaldas para que no se percatara de mi risa.

Era monísima y de rasgos muy andaluces. Una belleza de esas naturales

que brillaban sin necesidad de ponerse en el cuerpo ningún tipo de plástico o

pasar por cirugía para ningún tipo de arreglo. Realmente preciosa. Y con esa

risa que se quedaba grabada en la cabeza. Lo que no sabía era que con cada

carcajada que soltaba, me hacía reír a mí.

Robert se me acercó con una sonrisa de oreja a oreja.

—¿A qué no sabes con quién me he topado?

—Sorpréndeme…

—Con la hija del productor italiano que tanto queremos —dijo con ironía

porque no lo podíamos ni ver.

—Rossana…
—Esa misma, y me sonrió ruborizándose y todo. ¿Cómo te quedas?

—Pues igual, la verdad es que hoy no estoy muy concentrado y lo que vi en

el baño me dejó un poco más nervioso.

—Tu hermana tiene experiencia en moverse por la noche y en lugares

complicados. Es una realidad que, lamentablemente, existe en este mundo y

en todos los que nos rodean. Ella sabe protegerse y estoy seguro de que no

duda en decir que no. ¿Te quieres relajar?

—Ya sabes que no puedo, mi hermana para mí es la mitad de mi vida.

—Y la otra yo, ¿verdad?

—Por supuesto, porque en la otra está mi familia y tú eres parte de ella. —

Le hice un guiño.

—Qué bien sabes quedar. —Se rio—. Por cierto, ese que está detrás es el

actor de telenovelas mexicano —dijo refiriéndose al que estaba al lado de la

morenaza.

—Joder, es verdad, ya decía que me sonaba de algo, pero no caía. —Eché

una mirada rápida—. Pues la joven que está con él es pura sensualidad. A esa

no me importaría llevármela para mi casa.

—Pues sí que has llegado a España pisando fuerte.

—No menos que tú. —Carraspeé, y él sonrió.


Capítulo 21

Lara

Si había una fiesta especial, en donde la crème de la crème nunca podía

faltar, sin duda, era la fiesta que daba comienzo al verano en el local más

exclusivo de todo Marbella.

Cantantes, actores, modelos, directores de cine, productores musicales,

influencers, empresarios, futbolistas… no faltaba nadie en un evento como

este, y claro, la prensa local también estaba invitada.

Amanda y yo éramos quienes cubríamos la fiesta todos los años, y este no

iba a ser menos, obviamente.

Nos arreglamos a conciencia, con unos vestidos fresquitos y cortos, ella en

blanco y yo en negro, con tirantes finos que quedaban cruzados en la parte de

la espalda de modo que se veía la piel y no podíamos llevar sujetador, y

escote recto, quedaban por encima de las rodillas y nuestras piernas se veían

más estilizadas con las sandalias de tacón que llevábamos.

Nos recogimos el pelo a un lado, nos maquillamos en tonos suaves, pero

destacando el rojo en nuestros labios, y estábamos listas para irnos a la fiesta.

Cogimos el coche y cuando llegamos a la zona del puerto donde estaba el

local, aparcamos en una de las calles contiguas y fuimos caminando hacia la

entrada, donde ya se podía ver la cola de gente que iba entrando, que nada

tenían que ver con los cientos de famosos que acudirían esta noche.
—No quiero ni imaginar, cómo está el interior —dijo Amanda cuando nos

acercábamos.

—Pues igualito que si quieres buscar una aguja en un pajar. —Reí.

Nos acercamos a uno de los chicos de seguridad de la entrada y tras

mostrarle nuestras acreditaciones de prensa, entramos y nos metimos de lleno

en el ambiente festivo del local.

Las bailarinas y bailarines, que iban vestidos con trajes de baño para dar la

bienvenida al verano, se movían al ritmo de la música en sus respectivos

lugares. Mientras tanto, quienes habían optado por ir al centro del local,

donde se encontraba la pista de baile, se dejaban llevar por la música.

No tardamos en ver a un par de reporteros de otra revista local y a una de

las periodistas de televisión que siempre cubría esta fiesta.

Los saludamos a todos como siempre que coincidíamos, y nos pusieron al

día de a quienes habían visto por allí hasta el momento.

Varios empresarios, también dueños de locales como este e incluso de

algunos restaurantes del puerto, un par de futbolistas con sus parejas, alguna

modelo, y dos influencers. Habían podido hablar con todos durante unos

minutos y nos dijeron dónde estaban para que nosotras fuéramos a tiro hecho,

como solía decirse.

Nos dirigimos a la barra para pedir un cóctel de frutas sin alcohol, pues

esta noche era para estar lo más serenas posibles y que no se nos pasara ni un

solo famoso al que acercarnos La idea era hacerles, aunque fueran solo tres o

cuatro preguntas, así que nos separamos para ir a la zona donde nos habían

indicado que podríamos encontrar a los primeros a los que íbamos a abordar.

Siempre con respeto, claro, porque no éramos de las que se lanzan a la

yugular de los famosos buscando un escándalo.

Conseguí hablar con varios de ellos, además de con dos influencers con los

que me crucé y que me reconocieron nada más verme.


Eran dos chicos encantadores, pareja, y que viajan por todo el mundo

mostrando las diferentes culturas y gastronomía de cada país.

También pude hablar con una cantante que estaba allí pasando estos días de

vacaciones antes de empezar su nueva gira, según me contó, y con un par de

actrices que acaban de terminar la tercera entrega de una saga de películas

que estaba teniendo un éxito increíble.

A lo lejos vi a Amanda, y no estaba nada mal acompañada, no señor, pues

el mismísimo Eros hablaba con ella, que sonreía con la timidez que solo ese

hombre conseguía que apareciera en mi amiga, y se sonrojaba. Los vi ir hacia

una de las mesas altas y allí ella sacó la grabadora y comenzó a preguntarle

mientras se tomaban una copa la mar de tranquilos.

Seguí mezclándome con la gente y vi a alguien que no esperaba encontrar

allí, bailando feliz de la vida en el centro de la pista al ritmo de la música.

Fui a acercarme a Grace para saludarla, pero se me cruzó en el camino uno

de los empresarios amigos de mi jefe, así que aprovechó para preguntarme

por Rodri y charlar un rato para saber cómo estaba.

Cuando quise darme cuenta Grace estaba en la barra pidiendo una copa y

vi a uno de los actores de telenovelas del momento, Mario Mendoza, un

mexicano de treinta y dos años guapo a rabiar y que levantaba pasiones.

En cuanto me vio acercarme, arqueó la ceja pues nos conocíamos desde

mis inicios en este mundo.

—Aquí está la más mujer más bella del local —dijo dándome un abrazo y

un par de besos.

—¿Solo del local? Vaya por Dios, yo pensé que dirías del mundo. —Volteé

los ojos.

—Sabes que, para mí, esa es mi esposa.

—Lo sé bien, y es afortunada de tener a un hombre como tú a su lado.


—Ella no dice lo mismo ahora que está embarazada. —Puso cara de terror.

—¿Está embarazada? ¡Felicidades!

—Sí, apenas de tres meses, pero con unos antojos que la tienen

descontrolada. Lo mismo le da por pedir dulce que, algo salado. Si ella no se

entiende imagina yo, y amenazado me tiene, que dice que no vuelvo a tocarla

en la vida porque si la dejo embarazada otra vez, me pide el divorcio. Ay,

chamaquita, no tengas pareja que si le dices esas cosas…

Me eché a reír ante su suspiro, pero es que con Mario me pasaba eso cada

vez que coincidíamos. Y así estuvimos un buen rato, charlando en la barra

mientras me tomaba otro cóctel y me reía por cualquiera de sus ocurrencias.

Cuando le dije que no se preocupara porque su mujer le buscaría para que

la tocara cuando se lo pidieran las hormonas, pues había leído que a las

embarazadas se les incrementaba el apetito sexual, me morí de risa con la

respuesta que me dio.

—O sea, que primero me ha amenazado con que no la toque, y resulta que

ella me va a perseguir por toda la casa para tener sexo cuando las hormonas

se le alteren, vamos, que me va a exprimir como a las naranjas para el zumo.

Qué pena me estoy dando, voy a necesitar mucho Aquarius, chamaquita,

mucho. —Volteó los ojos.

No podía con él, de verdad que no, era mortal cuando soltaba alguna

locura, pero como hombre era de esos que se vestían por los pies como decía

mi padre, llevaba diez años con su mujer, cinco de novios y otros cinco

casados, y estaba enamorado de ella como el primer día.

Me despedí de él después de que me contara algunas cosillas sobre sus

proyectos para poner en mi artículo, dejando lo del embarazo para cuando

ellos quisieran contarlo y prometiendo que sería yo quien tendría la exclusiva,

y fui hacia donde estaba Amanda.

—Hola, rubia. ¿Me invitas a una copa? —dije haciéndole un guiño y ella

sonrió.
—La madre que te parió.

—Que bien acompañada te he visto.

—Solo hemos hablado para el artículo.

—Pues hija, dime de qué, porque le preguntamos en su cumpleaños.

—De un nuevo proyecto que tiene entre manos, dice que está inspirado

escribiendo y componiendo.

—Eso es que le han visitado las musas —sonreí.

—Justo eso me ha dicho.

—Por cierto, he visto a Grace.

—Sí, yo también, pero no me he podido acercar.

Las dos miramos por el local y cuando la vi cerca de la barra le dije que iba

a saludarla, ella dijo que se encargaba de hablar con un par de modelos que le

habían dicho que los esperara allí, así que me fui hacia la barra.

—Grace —la llamé y cuando se giró, sonrió al verme.

—¡¡Lara!! —Se lanzó a mí con los brazos abiertos y por poco me tira—.

Qué alegría verte aquí.

—Bueno, suelo cubrir la fiesta todos los años. ¿Tú cómo te has enterado?

—Vi en las redes sociales que había una fiesta esta noche y me dije:

«Grace, tienes que ir, bailar, divertirte, hacerte algunas fotos y subirlas a las

redes, que te han puesto los cuernos, sí, que duele y dolerá, también, pero

nena, la vida sigue». Es mejor que esto me haya pasado ahora que más

adelante, especialmente si hubiera llegado a casarme y tener hijos.


—Tienes toda la razón, y la entrevista está generando un montón de

comentarios, ha sido muy compartida. La gran mayoría son bastante

positivas, lo cual es genial.

—Tengo algunas malas, pero me da igual, como os dije, solo quería

adelantarme a los rumores y las mentiras infundadas. —Se encogió de

hombros.

—Como dice la madre de Amanda, hay más peces en el mar. —Le hice un

guiño.

—Sí, sí, pero yo por el momento me quedo sin pescar, que voy a estar una

temporadita nadando sola. —Rio.

—Haces bien.

—¿Has venido con Amanda?

—Sí, está en una de las mesas esperando para hablar con un par de

modelos y tener más material para el artículo.

—Pues pido unas copas para las tres, y voy para allá.

—Vale, te esperamos entonces.

Grace asintió, sonreí, giré y cuando iba a caminar para ir hacia la mesa,

alguien chocó conmigo haciendo que me tropezara, perdí el equilibrio de tal

manera que iba viendo poco a poco y como en cámara lenta, cómo caía hacia

adelante.

No sabía si me estaba viendo alguien o no, pero ojalá que no, porque me

moriría de vergüenza dado el modo en el que acabé.

De bruces, así caí, con la cara impactando de lleno en la entrepierna de un

hombre que para evitar que acabara cayendo más y dándome con los dientes

en el suelo, me agarró por los hombros para evitar ese desastre.


Madre mía qué vergüenza, dónde había acabado mi cara. ¿Qué pensaría

este hombre de mí? ¿Se creería que yo iba por ahí lanzándome al paquete de

todo hombre con el que me cruzaba? Señor, no me hagas mirarle a la cara,

porque me muero…
Capítulo 22

Lara

—Joder, vaya golpe. —Le escuché decir, y cerré los ojos muerta de

vergüenza.

Es que solo a mí podía pasarme algo así, que no la había con menos suerte

en todo Marbella, vamos.

—Lo siento. —Acerté a encontrar mi voz y disculparme antes de atreverme

a mirarle cuando me incorporé con su ayuda.

—¿Estás bien? —Oh, qué voz tenía.

—Sí, avergonzada, pero sin daños. —Le miré.

Llevaba gafas y una gorra, y se veía bastante guapo. Tenía unos ojos azules

de esos que brillaban y que hacían que te quedaras hipnotizada en ellos, y eso

mismo me pasó.

Noté que él también me miraba de un modo diferente, sentí mi corazón

latiendo con fuerza y carraspeé para apartarme.

—Lara, por Dios, ¿estás bien? —preguntó Grace acercándose— Te he

visto caer y no he podido sujetarte.

—Tranquila, estoy bien —sonreí.


—Chica, que te has podido dejar los dientes en el suelo, por no hablar de

contra qué has chocado. —Se le escapó una risilla, hasta que miró al hombre

en cuestión y se le cambió la cara—. No me lo puedo creer, ¿qué haces tú

aquí?

—¿Le conoces? —pregunté.

—Claro que le conozco, desde que nací. Es mi hermano.

—¿Este es Paul, el actor irlandés? —grité, y, a pesar de la música, vi que

algunas personas que andaban por allí cerca me escucharon.

—Sabía que me ibas a liar alguna —le dijo Grace—. Vete a casa que me

estoy divirtiendo.

—Nos vamos, tú te vienes.

—No me digas lo que tengo que hacer.

—Grace, aquí hay toda clase de miera y de malas influencias. —Noté que

de refilón miraba alrededor.

—Jefe. —Escuché a otro hombre y no tardé en reconocer al

guardaespaldas.

—Lo sé, lo sé, ya nos vamos.

—Eso, iros, que me quedo aquí con mi amiga Lara —dijo mientras se

colgaba de mi brazo.

—Lara, la periodista que te hizo la entrevista.

—Exacto. Esta mujer tan guapa y simpática de aquí, es Lara —sonrió.

—No me puedo creer que hicieras esa entrevista a mi hermana.

—Disculpa, pero ella nos pidió que se la hiciéramos.


—Sí, claro. Ya he visto lo que eres capaz de hacer por conseguir una

entrevista. Coquetear con un actor mexicano casado, lanzarte al paquete de un

actor irlandés…

—¿Cómo? —grité, completamente fuera de mí— Mira, actor de pacotilla,

no sé qué mierda ven tus fans en ti, con lo gilipollas que eres y lo poco que

hablas con los medios. ¿Te crees un rey o un dios o algo así? Y, ¿cómo te

atreves a insinuar que coqueteo con la gente para conseguir que me concedan

una entrevista? Por el amor de Dios, es que es lo que me faltaba por escuchar.

Jamás hice tal cosa, y todo el mundo aquí me conoce.

—Jefe, en serio, la cosa no pinta bien.

—Que no hagan fotos ni graben, Robert —le dijo.

—Ah, muy, bien, me insultas y encima me ignoras, qué caballeroso el

irlandés.

—Grace, nos vamos a casa, ya.

—Que te vayas tú, que yo me quedo en la fiesta.

—No me hagas sacarte de aquí, Grace, te lo pido por favor.

—Inténtalo. —Se encogió de hombros.

Y no, yo no pensaba que fuera a hacerlo, pero lo hizo.

El irlandés, que me había llamado la atención porque no le había

reconocido con la gorra y esas gafas, cogió a su hermana de la mano y tiró de

ella para llevarla hacia la salida mientras la pobre Grace protestaba.

Muchos observaban la escena, pero que yo supiera, no vi a nadie haciendo

fotos o vídeos, o al menos esperaba que no lo hubieran hecho.

No me podía creer que con la persona con la que fui a chocarme fuera el

actor irlandés del que todo el mundo hablaba en estos días, el hombre más
buscado y compartido en redes por sus breves apariciones por las calles de

Sotogrande.

Con la de gente que había en el local y yo iba a dar con la cara en su

entrepierna, o la boca, porque ahora que lo pensaba…

—Dios, qué vergüenza —dije mientras iba hacia la mesa donde aún estaba

Amanda.

No se había enterado de nada porque charlaba con los dos modelos, esos

que justo se despidieron de ella cuando yo llegaba.

—Lara, qué cara me traes, chiquilla. ¿Has visto un fantasma?

—Peor, he visto Paul.

—¿Qué Paul? —Frunció el ceño.

—El irlandés.

—Ostras, ¿el actor irlandés está aquí? —preguntó mientras miraba a todos

lados.

—Ya no, se acaba de llevar a Grace literalmente arrastras del local.

—Qué dices.

—Lo que oyes. Y eso no es todo…

Suspiré y le fui contando lo que había pasado desde que hablé con Grace,

cómo acabé y dónde, y lo que el irlandés había dicho de mí. Boquiabierta se

quedó la pobre, hasta que estalló en una carcajada.

—O sea, yo aquí contándote mi drama, y tú, partiéndote de risa.

—Lo siento, pero es que te imagino cayendo donde has caído, y me da.

¿Qué querías, ponerte a rezar?


—Serás hija de fruta —resoplé, pero acabé riendo igual que ella—. No le

he reconocido, ya luego sí, pero al principio, no. Es que iba con gafas y le

hacían otra cara, y no sonreía como en la televisión cuando va rodeado de

prensa, que estaba serio.

—Normal, le has debido de dar un buen golpe en el asunto, y eso debe

doler un rato.

—Se ha quejado un poquito, sí.

—Ese va a tener dolor tres días, con lo dura que tienes la cabeza. Ah, no,

espera, que has dado de lleno con la boca abierta.

—Amanda, por Dios.

La muy jodida se seguía riendo, y yo ya no sabía cómo hacer para no andar

resoplando.

Hasta que se calmó pasaron varios minutos, pero es que acabé riendo yo

por el momento que había vivido. Vergonzoso, sí, y mucho, pero la vergüenza

se convirtió en rabia en cuanto me trató con ese desdén, y sin conocerme.

Bien sabía Dios que la entrevista que le habíamos hecho a Grace era de lo

más cuidada y sin malicia ninguna, y de lo que habló en ella fue para evitar

que la gente rumorease sobre lo que no sabían antes de cerciorarse de lo que

había ocurrido entre ella y su ya expareja.

Ojalá todas personas que sufrían en sus propias carnes la infidelidad por

parte de su pareja, y esta la dejaba sin contemplaciones, tuvieran el valor de

contarlo antes de que los demás rumoreasen y se mostraran siendo jueces sin

toga.

Cada uno era libre de hacer y decir lo que quisiera sobre su vida,

mantenerla en privado o contar eso que Grace había contado para que nadie

hablara de más sobre lo que no sabía de primera mano.


Dado que habíamos estado gran parte de la noche hablando con varios de

los famosos que se encontraban allí, decidimos dar por concluido el trabajo y

fuimos a la barra a pedirnos un mojito, solo tomaríamos una copa pues

teníamos que conducir de vuelta a casa y no era plan de que nos pararan y

nos pusieran una multa, o peor.

Vimos a Eros hablando con su mánager y acabó dejándole solo para unirse

a nosotras, sonrió al acercarse y nos pasó un brazo por los hombros a cada

una.

—Unas chicas tan guapas y simpáticas como vosotras no pueden estar

solas —dijo.

—Ya sabes el dicho, mejor solas que mal acompañadas. Pero tú eres buena

compañía —sonreí.

—Listo, entonces me quedo aquí que me caéis mejor que nadie.

—Tú eres un poquito zalamero, me parece a mí. —Reí.

—Solo un poquito. —Se encogió de hombros.

Pidió un mojito para él también, nos hicimos varias fotos y acabamos los

tres compartiéndolas en redes.

Eros puso que estaba con las más simpáticas y encantadoras de todo

Marbella y en esa foto hubo un montón de «me gusta» y comentarios de

seguidores que compartíamos los tres.

Se llevó a Amanda a bailar y por cómo lo hacía era como si aquel latino le

estuviera haciendo el amor allí mismo a mi mejor amiga, que no dejaba de

sonrojarse y de sonreír con esa timidez tan suya.

Después de varios bailes, se despidió de ella como todo un caballero, con

un beso en la mano que acompañó de un guiño, a mí me dijo adiós con la

mano desde donde estaba y cuando Amanda volvió a mi lado, dimos la noche

oficialmente por terminada.


Regresamos a casa, nos deseamos buenas noches y, tras ponerme el pijama,

me metí en la cama pensando en el irlandés, en el modo en el que se había

dirigido a mí y cómo había sacado a su hermana de la fiesta.

Y seguía preguntándome cómo no le había reconocido, dado que, si me

hubiera fijado bien, le habría visto la cara perfectamente.

Pero claro, estaba muerta de vergüenza porque acababa de chocar de lleno

con toda su entrepierna.


Capítulo 23

Paul

Estaba sentado en el porche con Robert disfrutando del desayuno cuando

de repente apareció Grace gritando con todas sus fuerzas, para que la

escucháramos bien clarito.

—¡Me jodisteis la noche! Los dos, que sois un par de sinvergüenzas —

gritaba mientras Cata le ponía el café y estaba seria por lo que escuchaba.

—No hace falta que chilles, por ahora no estamos sordos.

—Pero ¿de verdad te piensas que puedes ir por la vida de hermano mayor

jodiéndome de esa manera?

—No te jodí, solo quise que saliésemos de esa situación.

—Situación que tú provocaste. ¿Quién te mandó venir?

—Baja el tono…

—¡No me sale del coño!

—¿Quién te enseñó a hablar así, Grace?

—Aquí se dice con frecuencia y no pasa nada. —Me hizo una burla—. Y

tú —se dirigió a Robert—, no hiciste nada para que yo me pudiera quedar.


—Sigo órdenes.

—Vas de matón por la vida.

—No le faltes el respeto de esa manera que sabes que no es así.

—Hasta los ovarios me tenéis los dos, cualquier día me independizo, pero

aquí, en estas tierras que yo también siento como mías.

—Qué melodramática estás.

—No tienes ni idea de lo que me hiciste sentir. ¿Por qué fuiste?

—No te voy a repetir de nuevo lo que ya te dije ayer en tres ocasiones.

—Pues igual que me has jodido tú, ahora te voy a joder yo. Tienes dos

opciones…

—¿Me vas a amenazar?

—Por supuesto, así que escucha bien; o le concedes una entrevista a Lara o

te garantizo que convenzo a Natalia que se haga influencer y cuente vuestra

historia en Instagram. Así que tú decides, pero a mí me pagas lo que me has

hecho. Además, le contaré a Natalia cómo mirabas a Lara en la fiesta y te

garantizo que me creerá a mí.

—Me acabo de hacer pis encima —murmuré con ironía a la vez que me

encendía un cigarrillo.

—¿De verdad, jefe?

—Cállate —le dije en un susurro, porque sabía que con mi hermana no se

tomaba nada en serio y le resultaba difícil aceptar que le llamara la atención

o cualquier cosa que no estuviera bien entre nosotros.

—Así que decide…


—Déjame pensarlo, con tiempo, ya sabes que me gustan las cosas con

calma. —Seguí ironizando.

—Sí, con la misma calma que me sacaste de allí. ¡Bruto!

—Relájate y disfruta del desayuno.

—¡Vete a la mierda, chulo de mierda! —dijo levantándose— Piénsalo o

seré yo quien decida por ti y, como no te podré llevar a rastras para hacer la

entrevista, solo me quedará una opción.

—Me encanta cómo estás aprendiendo el castellano.

—Andaluz y claro. —Me sacó el dedo y entró en la casa en dirección a la

cocina.

—Está rarita…

—¿Rarita? Lo que le falta es poner los pies en la tierra. Nunca pensé que

unos cuernos pudieran cambiar tanto a una persona, pero ¿no te das cuenta de

lo descarada y malhablada que se ha vuelto? Es una lástima que ya sea mayor

de edad, porque si no, iba de cabeza a un internado.

—No harías eso en la vida.

—Qué pesadito eres con llevar la contraria, Robert. —Solté el aire y cogí la

taza de café.

—Relájate, tu hermana está revuelta, pero se le pasará, además que debe

tener una resaca que no se aguanta ni ella.

—Me amenazó, esto es increíble. Se atrevió a hacerlo y tan chula, como si

yo fuera un extraño que le tuviera que rendir cuentas.

—No hará nada, lo sabes.


—Vamos, eso lo tengo muy claro, porque si llega a suceder, para mí sería el

mayor desengaño de mi vida, pero estoy seguro de que solo es un arrebato

momentáneo y que no pasará a mayores. Confío en ella hasta que me

demuestre lo contrario.

No iba a decir lo que realmente estaba pensando, pero que una entrevista a

solas en mi habitación sí que le daba yo a esa morena que no dejaba de

presentarse en mis pensamientos.

Veinte minutos después, mi hermana apareció luciendo unas sandalias de

tacón blanco, un vestido celeste que le llegaba hasta las rodillas y un bolso

grande, de esos que normalmente usa para ir a la piscina.

—¿Dónde vas?

—A perderte de vista. ¿Te parece poco?

—No veo que lleves tanto equipaje como para eso.

—Regresaré a la hora que me dé la gana, ¿entendido? No te atrevas a

cruzarte de nuevo en mi camino para joderme la vida. —Me señaló con el

dedo y salió por delante en dirección a la casa de las chicas. Andando no iba

a llegar más lejos—. Por cierto, para ver a Lara vas a tener que concederle la

entrevista, porque de otra manera nunca lo harás.

—Joder pues sí que la fastidiaste, la has dejado traumada.

—Traumado me está dejando a mí con esos desaires y chulería que lleva

encima.

—Se dirige a casa de las chicas.

—No me hace falta tu inteligencia para saberlo.

—Conmigo no lo pagues, jefe.

—Es que dices cada cosa. —Volteé los ojos.


—¿Qué tal si salimos a correr un rato?

—Creo que me vendrá genial.

—Pues cámbiate y ahora nos vemos aquí.

—No tardo.

Él ya estaba con ropa de deporte, así que subí a cambiarme y bajé rápido

para irnos a correr un poco por la urbanización, además que había buenos

caminos habilitados para ello.

Después de correr durante una hora sin perder el ritmo, nos dimos una

ducha y decidimos ir juntos al club a comer algo. Por la tarde, había quedado

con Natalia que vendría, a no ser que me dijera lo contrario por estar ocupada

consolando a una Grace, que había montado todo un melodrama.

Me pedí un tartar de salmón y unas puntillitas fritas, acompañados de una

cerveza bien fría. En ese momento, no podía dejar de pensar en la periodista

morena que me había dejado impactado. Era la chica de la risa contagiosa,

esa que te alegra el día solo con escucharla. Me preguntaba si realmente

tendría que concederle una entrevista para volver a cruzarme con ella.

—¿Has quedado con Natalia? —me preguntó mirando un mensaje— Ah,

nada, me lo ha dicho su hermana, pero ella no vendrá porque se quedará con

Grace que por lo visto está muy triste.

—Ya conocemos su tristeza.

—Fue una forma sutil de decirme que estaba encabronada perdida, como

dicen aquí.

—Yo no es que tenga especial interés esta tarde en ver a Natalia, pero

tampoco quiero darle más largas, de todas maneras, con ella me lo paso bien.

—Pues si te satisface, eso que te llevas.


—Ay —suspiré—. La vida en su máximo esplendor.

—Debes relajarte con el tema de tu hermana, te lo digo con todo mi respeto

y cariño.

—Tampoco fue para tanto, de todas maneras, ya se le pasará.

—Bueno, pero intenta comprenderla más y no te embales tanto.

Mientras disfrutábamos de nuestra comida, un señor mayor se acercó para

pedirme que me hiciera una foto con su nieta, quien me había reconocido y se

encontraba tan emocionada que incluso llegó a llorar de los nervios. Me

acerqué a ella, que estaba visiblemente emocionada, no debía tener ni

dieciocho años. La rodeé por los hombros y Robert, tomó unas cuantas fotos

con el móvil de ella. Ella no paraba de agradecerme, y su abuelo, con una

sonrisa, comentó que había sido un verdadero placer conocerme. Me pareció

un gesto muy tierno.

Una vez terminamos de comer, nos fuimos del club hacia mi casa para

descansar un rato, ya que luego vendría Natalia. Me tomé un té de regaliz en

la terraza antes de tumbarme, no podía sacar de mis pensamientos la imagen

de Lara, esa morena que se había instalado en mi mente de golpe.

La verdad es que fue su risa la que hizo que me quedara prendado de ella.

Esa risa contagiosa que iba a recordar por un buen largo tiempo.

Antes de acostarme respondí a Natalia que me había escrito para decirme

que en un par de horas vendría por aquí.


Capítulo 24

Paul

Escuché unos golpecitos en la puerta y le dije que pasara, ya que la había

dejado entreabierta. Venía con sus mejillas sonrojadas y se acercó a mí para

abrazarme por la cintura. La envolví en mis brazos y le di un beso en la

cabeza.

—¿Qué tal, preciosa?

—Echándote de menos.

—¿Y Grace?

—Está muy irritada, diciendo que te ha dado por controlarla y que anoche

te colaste en su fiesta y la trajiste obligada.

—Más o menos fue así.

—Dice que si sigues así piensa independizarse.

—Ya se le pasará. —Le acaricié la mejilla.

—¿No crees que te has pasado?

—¿Vienes a echarme una reprimenda? —Me apoyé sobre la mesa y la puse

entre mis piernas.


—No —se rio—, pero me pongo en su lugar y debe de ser incómodo que tu

hermano aparezca de esa manera.

—¿Y?

—Nada, nada —dijo poniéndose nerviosa mientras yo le apretaba las

nalgas.

Mi hermana seguramente les debía haber calentado la cabeza, pero bien,

haciéndose la víctima en todo momento. Estaba claro que no diciendo

aquellas cosas que me había advertido, cosa que yo sabía que no era capaz de

hacer, pero que de alguna manera logró hacerles creer. Tenía muy claro que

les había puesto la cabeza como un bombo.

—Paul, cuando te escribí estabas en la fiesta.

—Sí.

—Te dije que descansaras y no me dijiste nada.

—¿Te tengo que dar explicaciones de todo lo que haga?

—No —resopló— no es eso, pero me extraña que me contestaras como

dando por hecho que estabas a punto de dormir.

—No empieces como mi hermana, porque te garantizo que no aguanto dos

por el precio de una. —Me reí.

—Vale, disculpa.

—Tranquila. —Le di un beso en la punta de la nariz—. ¿Te apetece

quedarte esta noche y pedimos algo para cenar?

—Vale. —Le salió una enorme sonrisa y saltó a mis caderas, menos mal

que la cogí en el aire—. Me encantas, Paul, me gustas mucho y aunque tú no

me tomes en serio, me encanta estar contigo.


—Gracias, preciosa. ¿Y qué es lo que te apetece cenar?

—Sushi, me encanta el sushi.

—Pues pediré una bandeja grande para que te hartes de él.

—Gracias. —Me abrazó fuerte.

Lo pedí por la aplicación para que lo trajesen a las nueve. A mí también me

gustaba muchísimo, por lo que la idea me pareció magnifica.

Nos acomodamos en el sofá y ella sobre mí de cuclillas, mirándome. Me

encantaba tenerla en esa posición, ya que podía acariciar sus pechos por

debajo de la camiseta, mientras ella se ruborizaba y excitaba a partes iguales.

Era una atracción fuerte la que había cuando estábamos juntos, y a ella le

encantaba perderse entre mis brazos.

Terminé desnudándola y sentándola de espaldas a mí, mientras con una

mano le acariciaba suavemente el clítoris y con la otra jugaba con sus

pezones. La llevé al clímax poco a poco, logrando que se sintiera

completamente excitada.

Luego la puse con medio cuerpo echado sobre la mesa y la penetré desde

atrás, pero por su vagina. No podía ser de otra manera, ya que sin estimular la

zona y dilatarla yo no jugaría con eso.

Decidimos meternos en la bañera para relajarnos un poco y hacer tiempo

antes de cenar. Encendí algunas velas, apagué las luces y serví dos copas de

vino antes de sentarme frente a ella.

Natalia me lanzaba miradas traviesas, y yo tenía claro que no le había

hecho ninguna gracia descubrir que fui a la fiesta, ni, aunque fuese para sacar

a mi hermana de allí. Sabía que a ella le hubiera gustado estar en ese plan y

venir conmigo, pero claro, no me lo iba a decir de esa manera tan directa; era

como si pudiera escuchar sus pensamientos sin que ella pronunciara una sola

palabra.
Se echó sobre mí y comenzó a moverse deslizándose por mi cuerpo. Seguía

buscando otro encontronazo con el que satisfacernos nuevamente. Se sentó

sobre mi miembro y se lo fue introduciendo poco a poco mientras yo la

agarraba por las caderas.

Para su corta edad, se comenzaba a manejar muy fluida conmigo y eso me

gustaba. Ante todo, que se sintiera segura.

Nos secamos y nos dirigimos a la habitación para vestirnos. No tardó en

echarse la hora encima y Cata apareció con la bandeja que acababa de traer el

repartidor.

Preparamos la mesa y nos sentamos a cenar en la terraza. La noche estaba

perfecta.

—Qué rico, por favor. Mi padre también lo pide a este restaurante.

—Sí, me lo recomendaron en el club y la verdad es que ha sido todo un

acierto.

—¿No lo habías probado hasta ahora?

—No —sonreí.

—A partir de este momento será tu perdición —decía riendo, y me recordó

a Lara, que de nuevo aparecía en mis pensamientos.

Tras la cena, le propuse ir a tomar una copa a un bar que había cerca y que

tenía una terraza muy bonita mirando también al canal. Era más pequeño y

no tan exclusivo como el otro, pero estaba aquí al lado, podíamos ir andando

y seguro que no estaba muy lleno.

Nos acomodamos en unos pufs que había libres y decidimos pedir un par

de mojitos. Fue una sugerencia de ella y me pareció una idea genial, ya que

quien mejor para recomendarme el sitio. Si decía que aquí preparaban el

mejor mojito de Sotogrande, había que probarlo.


Y tenía razón, era perfecto de sabor, dulce, pero sin pasarse y con ese toque

de hierbabuena que lo hacía tan peculiar. Nos tomamos un par de ellos

mientras charlábamos un poco de su trabajo y en los proyectos inmobiliarios

que se estaba metiendo su padre al que ella llamaba «kamikaze», pero como

también decía, todos los negocios le salían redondos.

Después de una buena charla y disfrutar de esos dos mojitos, regresamos a

mi casa paseando tranquilamente, ya que estaba a pocos metros.

Nos encontramos en el jardín a Robert charlando con las chicas. Eso sí, a

mí, mi hermana ni me miró, me la tenía más que jurada. Es más, carraspeé a

su lado y me ignoró por completo.

—A tu hermana le va a durar el cabreo un mes.

—Es su problema —dije abriendo la puerta de mi habitación.

—Me da cosita veros así.

—Bueno, no es un tema para tratar ahora.

—Vale. —Se tiró a la cama en plancha y bocabajo causándome una risilla.

Era una payasa adorable.

Le quité el pantalón corto y tiré de las sábanas para que se metiera dentro,

ya que no hacía ni lo más mínimo por facilitar la tarea. Se seguía haciendo la

muerta.

Me tumbé a su lado y la giré para que me mirara de frente. Su sonrisa

iluminaba su rostro, y el rubor en sus mejillas, que nunca se desvanecía, le

daba un aire aún más encantador.

Nos besamos un buen rato con calma antes de abrazarnos para quedar

dormidos. El día había sido largo y solo esperaba que el siguiente fuera

mejor, aunque como el enfado de mi hermana fuera en aumento, nos esperaba

la primera guerra civil familiar.


La quería, a mi hermana la quería muchísimo y entendía cómo se había

puesto, pero eso no iba a quitar que siempre la iba a seguir protegiendo.
Capítulo 25

Paul

Me desperté comprobando que Natalia no estaba a mi lado, cosa que me

sorprendió, pero a la vez me hizo pensar que pudiera estar con mi hermana

desayunando en el jardín o que se hubiera tenido que ir precipitadamente a su

casa porque la hubiesen llamado. Lo extraño es que no la noté salir de la

cama.

Bajé dirigiéndome hacia el porche y allí me la encontré junto a mi hermana

y Robert desayunando plácidamente. Grace me miró con indiferencia.

—Buenos días —murmuré a la vez que me acomodaba en mi sillón.

Me respondieron Natalia y Robert, obviamente mi hermana seguía

mirándome de arriba abajo con desprecio como si le hubiera jodido la vida de

verdad.

—¿Vas a dejar de poner esa cara en algún momento? —le pregunté,

consciente de que podía soltar algo muy grande por su boca, pero en ella

estaría hacerlo o no.

—Digamos que es la única que tengo para alguien como tú.

—Es tu hermano, Grace —le dijo Natalia.


—¿Y? ¿Acaso por el simple hecho de tener mi sangre ya tengo que estar a

sus pies como si fuera el Santísimo Papa?

—Mira, con todo el respeto que le tengo a ese hombre, como se lo tendría a

cualquier persona, pero yo desde luego no me arrodillaría ante el Papa, más

que nada porque para mí, él no encarna lo que considero que es Dios ni el

mensaje que este dejó para la humanidad. Es muy fácil estar viviendo en un

palacio mientras tantas criaturas mueren de hambre, como decía

antiguamente una comparsa… —Natalia intentó defenderme de alguna

manera— Él es tu hermano y siempre estará a tu lado. No vale la pena estar

así, amiga.

—¿Lo estás defendiendo?

—Solo te digo que ser hermanos es más que el Santo Padre como dices tú.

—Y tú ¿también lo vas a defender? —le preguntó a Robert.

—Yo con el café y las tostadas voy bien, no necesito más —dijo este

provocando una carcajada en Natalia.

—Desde luego, tener amigos para esto. Por cierto, hermanito —esto último

lo dijo con retintín—, lo de ayer aún sigue en pie, así que más vale que te

decidas rápido.

—Si me quieres provocar, hazlo, porque sabes que no es momento, así que,

si vas a tirar por ahí, luego no te quejes de lo que te encuentres.

—Uy, qué mal rollo se respira tan temprano —murmuró Natalia.

—Ya está aquí lo más bonito de la casa. —Canturreó Claudia, viniendo del

apartamento, lo cual me pilló por sorpresa.

—Buenos días —le dijimos todos al unísono.

—¿Mejor el ambiente por aquí?


—No lo nombres —le pidió Robert, volteando los ojos y riendo.

—Ah, bueno. —Se hizo una cremallera en la boca y se sentó.

Nunca había visto a mi hermana así en este plan. Quería pensar que la

ruptura con Sean le había afectado mucho y que por eso estaba actuando de

esa manera conmigo. No podía entender cómo lo que pasó la noche de la

fiesta podía ser un motivo tan fuerte para que todavía estuviera en esa actitud.

Me parecía que había algo más detrás de su comportamiento, algo que la

estaba molestando y que no quería compartir.

Mientras me tomaba el café, prestaba atención a la conversación de las

chicas, quienes comentaban sobre su intención de visitar una tienda que

habían inaugurado recientemente. Sin embargo, a mí no se me quitaba de la

cabeza la imagen de Lara, esa morena que había captado mi atención con

aquella risa contagiosa que todavía resonaba en mi mente.

Me despedí de Natalia cuando se marcharon y nos quedamos a solas

Robert y yo. Decidimos ir a Málaga, a la calle Larios, ya que yo quería hacer

alguna que otra compra. Lo primero, bañadores porque me había traído los

justos y lo segundo, quería adquirir un reloj que había salido nuevo y con el

que había tenido un amor a primera vista. No es que yo fuera un caprichoso

de los relojes y esas cosas, pero este en especial me había entrado por los ojos

y me quería hacer con él.

Salimos hacia Málaga, también con la intención de disfrutar de un

almuerzo en la ciudad. Me apetecía pasar el día fuera, al aire libre, buscando

despejarme y alejarme de la mala energía que mi hermana estaba

transmitiendo a su alrededor.

Entramos en la tienda de relojes y, casi de inmediato, nos atendió uno de

los jóvenes. Fui directo al grano y le pedí que me sacara el reloj específico

que tenía en mente, en concreto el que tenía la esfera celeste, que era justo el

que quería.

Cuando me lo vi puesto en la muñeca, supe al instante que era exactamente

como lo había imaginado después de verlo en fotos y en la publicidad de los


medios.

Pagué y salimos hacia otra tienda en la que quería adquirir algunos

bañadores. Lo bueno de la calle Larios es que podías encontrar de todo y

siempre estaba de lo más animada a la hora que fuese del día.

Terminé adquiriendo seis bañadores y varias camisetas. Robert también

pilló algunas prendas que yo pagué, no porque él no tuviera dinero, ya que

conmigo lo ganaba muy bien, pero siempre me gustaba tener detalles. El reloj

no se lo había comprado a él porque tres meses atrás le regalé uno por su

cumpleaños.

Después de un recorrido por varias tiendas nos fuimos a comer a un

restaurante que estaba muy de moda por su alta cocina y los platos que

presentaban que era todo un espectáculo.

—¿Sabes quién me acaba de escribir?

—Si no me lo dices.

—Agatha.

—¿Agatha la que dejó tirado al periodista el día de su boda?

—Esa misma.

—¿Y qué quiere?

—Léelo tú mismo. —Me dio su móvil.

Agatha: Hola, Robert. ¿Qué tal estás? Hace mucho tiempo que no sé de ti.

Por cierto, acabo de leer la entrevista de la hermana de tu jefe y te quería

comentar que no es como lo está contando. Es ella quién se encaprichó de un

futbolista con el que tuvo un «affaire» y con el que se sigue viendo cuando no

tiene compromisos profesionales. Precisamente, él va a pasar el verano en

Cádiz.
—No puede ser verdad. ¿Qué sentido tendría que le hiciera eso a su ex, de

ponerlo de esa manera ante los medios cuando es ella quien le fue infiel a él?

No, no me lo creo. Sinceramente, todos sabemos que Agatha es una lianta y

está haciendo esto con algún fin.

—Me enteraré de todo. —Me hizo un guiño—. Pero ahora le voy a

contestar que, si no va a dar nombres y pruebas, no pierda el tiempo en

escribirme.

—Pues muy bien dicho. —Le señalé con la mano.

Lo hizo y tanto que sí, Robert no se cortaba ni un pelo, me enseñó lo que le

había contestado.

Robert: Hola, preciosa, qué gusto saber de ti. ¿Qué tal te va? Imagino que

triunfando en la vida ¿Me puedes pasar las pruebas de eso que me dices? Por

cierto, ¿de qué jugador se trata? Más que nada porque no está bonito

señalar a nadie y no contar con pelos y señales la información. Ya sabes que

no está bien visto dejar caer las cosas y limpiarse las manos.

—Una de cal y otra de arena. Me encantas, tío. —Me reí negando.

Agatha: Espero que no estés poniendo en duda mi información. No hay

más ciego que él no quiere ver. Yo solo aviso, porque no me extrañaría que

ese profesor quisiera hablar y defenderse. Saludos.

—Se vio acorralada, pasa de ella —dije al ver lo que había contestado.

—Vaya ida de cabeza la de esta tía.

—Te recuerdo que te acostaste con ella.

—Suficiente para saber que a estúpida no le gana nadie.

Terminamos de comer y nos fuimos hasta el coche para regresar a

Sotogrande. Allí iríamos al club a tomar una copa sin estar pendientes o no a

poder conducir.
Tenía claro que este verano quería beberlo sorbo a sorbo y disfrutar de todo

el relax que me daba esta zona, aunque hubiera empezado con arenas

movedizas.

Aparcamos el coche en casa y, al mirar hacia el porche, vi a mi hermana

sentada sola, con los hocicos hacia fuera al vernos llegar.

Lo mejor era no hacerle ni caso, en ese sentido tenía claro que cualquier

cosa que le dijera la haría estallar por los aires y no tenía ganas de escucharla,

pero parecía que sus planes eran otros.

—Tic, tac, tic, tac, se te agota el tiempo —dijo cuando pasé por su lado

para ir a subir las bolsas a la habitación antes de irme hacia el club.

—Una pregunta, ¿conoces a algún futbolista?

—A un montón, pero no te haré ningún favor. —Por su respuesta supe que

la información de Agatha era incierta, de lo contrario se hubiera puesto

nerviosa.

—Lástima, tendré que buscar algún contacto —dije prosiguiendo mi paso.

—Se te acaba el tiempo, hermano.

—Ya me he enterado. ¿Y? ¿Acaso te crees que me importa?

—Vas a ser más noticia que yo, y eso que estoy batiendo récord en las

redes.

—Estoy preparado para todo. —Le hice un guiño, y me dirigí escaleras

arriba.

Era evidente que tenía un carácter fuerte, pero ¿hasta cuándo le iba a durar

el enfado por haberla sacado de la fiesta? Aunque realmente ella lo tenía por

todo, también por esa entrevista que no aplaudí que hiciera, pero bueno, que

tenía derecho a tener mi propia opinión al respecto.


Capítulo 26

Lara

Las redacciones en estos días estaban que echaban humo por una noticia

que había saltado hacía solo unos días y que tenía a la prensa de todo el

mundo comprobando si los rumores eran ciertos o no.

El avión privado en el que viajaba un grupo de música pop, de repente,

había dejado de emitir señal en algún punto entre Miami y España, donde

tenían previsto dar su próximo concierto. La incertidumbre se apoderó de

todos, ya que había rumores que decían que el avión había caído en algún

lugar y se había hundido en el mar, mientras que otros especulaban que

podría haberse estrellado. Era crucial verificar cualquier información antes de

hacerla pública, ya que las familias de los pasajeros estaban en la espera de

noticias y no queríamos causarles más angustia de la que ya estaban

sintiendo.

Quizás en mi revista podríamos decir que éramos unos privilegiados

porque contábamos con una fuente más fidedigna, dado que Eros conocía a

uno de los miembros del grupo y eran íntimos desde hacía años.

Desde el primer momento en el que comenzaron los rumores, se puso en

contacto con Amanda para pedirle que no hiciéramos caso a ninguna

información que nos llegara que no fuera suya, por respeto a la familia de su

amigo y, sobre todo, a su mujer, que estaba embarazada de seis meses.


Lo hablamos con Rodri, nuestro jefe, quien estuvo de acuerdo en que nos

guiáramos únicamente por lo que él nos contara, ya que mantenía una

comunicación constante con un miembro del equipo de seguridad del grupo

que se encontraba en casa de uno de ellos, coordinando la búsqueda con las

autoridades.

La verdad que aquellos eran momentos duros y de incertidumbre por no

saber realmente qué había pasado con el avión.

Nosotras solo publicábamos lo que nos contaba Eros y claro, muchas de las

otras revistas e incluso algunos programas de televisión llamaban a nuestra

redacción para preguntar quién era nuestra fuente, pero nadie dijo una sola

palabra.

Y nuestro trabajo seguía tan activo como siempre.

Esa mañana, Amanda y yo habíamos ido hasta el hotel en el que se alojaba

una famosa actriz puertorriqueña, quien se encontraba en Marbella para la

promoción de una película que había estado filmando.

La acompañaban muchos de los actores del reparto, pero esta era su

primera película trabajando con un director español y todos querían

entrevistarla para saber cómo había sido la experiencia, qué le pareció el

proyecto y demás, así que concertamos una cita para entrevistarla y estuvimos

en la suite de su hotel durante un par horas, hablando y haciendo fotos para el

artículo.

En cuanto acabamos, cogimos el coche para ir a ver a nuestros padres, ya

que nos apetecía comernos una paellita con ellos y de paso traernos algunos

táperes, porque sí, tanto mi madre como la de Amanda estaban dispuestas a

proporcionarnos suficientes platos para alimentarnos durante varios días.

Estábamos llegando cuando me saltó una notificación en mis redes y

Amanda echó un vistazo.

—Es Grace, que dice que está intentando convencer a su hermano para que

te conceda una entrevista.


—¿A mí? Por Dios, pero si por cómo caí sobre él no debe querer ni verme.

—Te lanzaste en plancha a por él, y eso es porque te gusta, pero no quieres

admitirlo. —Rio.

—¿Qué dices? Que no, que no me gusta a mí el irlandés. A ver, que visto

de cerca y en persona sí es cierto que gana más que a través de la pantalla,

pero ya está. No me gusta, así que no inventes —contesté, y ella volteó los

ojos.

Lo que no iba a admitir jamás, ni bajo tortura, es que no podía dejar de

pensar en ese hombre de ojos azules e intensa mirada que me había dejado

anclada al suelo cuando le miré. Desde luego que podía entender a las fans

que le perseguían por cualquier lado en el que le vieran porque esa mirada era

de las peligrosas, pero nada más que eso.

Me decía a mí misma que no me gustaba, pero entonces me rondaba una

pregunta en la cabeza que se quedaba dando vueltas un buen tato. Si no me

gustaba ese hombre, ¿por qué pensaba en él? Sentido no le encontraba, la

verdad.

Llegamos al restaurante, y nada más entrar vimos a mi padre atendiendo la

barra y a mi madre sirviendo las mesas. Lo tenían lleno, así que no dudamos

en ponernos un delantal y echarles una mano como habíamos hecho cientos

de veces desde que teníamos dieciocho años.

Mi padre sonrió al vernos preparadas con la libreta en la mano para tomar

nota, y mi madre nos plantó un beso a cada una en la mejilla.

—¡¡Lola, han llegado las niñas!! —le gritó mi madre a la de Amanda.

—Pues que ayuden, que estamos desbordadas. —La escuchamos decir, y

nos morimos de risa hasta que la vimos en la puerta—. Ah, ya estáis en modo

camarera, así me gusta.

Vaya dos, estaban igual de locas que nosotras, aunque en realidad nosotras

lo habíamos heredado de ellas.


No tardamos en hacernos entre mi madre, los camareros y nosotras con la

situación, así que, en un pispás, como decía mi padre, estaban todas las mesas

atendidas y saliendo las comandas.

En cuanto se quedó un poco más tranquilo fue Julián, uno de los

camareros, el que le dijo a mi madre que no nos preocupásemos que ya se

encargaban ellos, para que pudiéramos comer los cinco juntos.

Cuando Lola salió para unirse a nosotros, nos comió a besos a su hija y a

mí, como siempre. No me cansaría de decirlo nunca y es que tanto Amanda

como yo teníamos tres padres, esos que nos dieron su amor y cariño de

manera incondicional.

Nos sentamos a la mesa y disfrutamos de esa deliciosa paella que tanto nos

gustaba, pero es que en realidad no había un solo plato de los que preparaba

Lola que no nos gustase. Tenía unas manos para la cocina, que mis padres

siempre decían que contratarla fue lo mejor que hicieron en aquella época. Y

no la dejaban irse, ¿eh? Que los dueños de algunos restaurantes de la zona

venían tentándola y ella decía que a la familia no la iba a abandonar nunca,

porque a mis padres los consideraba sus hermanos.

—Cada vez que venís, nos dais una alegría tremenda —dijo mi madre.

—Lo sabemos, por eso hacemos alguna escapadita que otra —sonreí.

—Escapadita —resopló Lola—, cómo se nota que os habéis ido lejos de

casa.

—¿Lejos? Mamá, por Dios, que estamos a un paseíto en coche.

—Eso digo yo, que no nos hemos ido a vivir a Jamaica, ni a Groenlandia.

—Lara hija, no tienes término medio, un país muy soleado o congelado. —

Rio mi padre.

—Es una manera de hablar, papá, que parece que miréis el mapa de dónde

vivís y dónde vivimos nosotras, y estemos a cientos de miles de kilómetros.


—Además, podéis venir a visitarnos —dijo Amanda.

—Sí, sí, pero avisando, no por sorpresa. —Lola volteó los ojos.

—Hombre, mamá, es que, si venís por sorpresa y estamos trabajando,

menuda gracia tiene la visita. Ir, para volveros y sin vernos.

—Ahí la niña lleva razón —dijo mi padre señalándola.

—El caso es que teníamos algo que deciros. —Mi madre cruzó las manos

sobre la mesa y miró a mi padre y a Lola—. Hemos estado pensando.

—Espera, que me da que va a ser una charla de las largas. —Miré hacia

donde estaba Julián y le llamé.

—Dime, bonita —sonrió al acercarse.

—Tráenos los cafés, y unos chupitos de licor de chocolate.

—Ahora mismo.

—Lara, hija, que luego tienes que conducir de vuelta —me dijo mi padre,

preocupado como siempre.

—Tranquilo que solo es un chupito. A ver, ¿qué habéis pensado?

—Eso, que a mí cuando os ponéis los tres a pensar, me dais miedito —dijo

Amanda.

—Pues hemos pensado en vender las casas y el restaurante, y en mudarnos

allí cerquita de vosotras —contestó mi madre.

—¿Qué? —gritamos las dos al unísono.

—Mira qué carita de sorpresa, tal cual dijiste, Carmen —sonrió Lola.
—Pero ¿cómo que vender el restaurante? Mamá, que esto es vuestra vida

entera, que lleváis con él más años que conmigo.

—Pero a ti, a vosotras —nos miró a las dos—, os queremos más.

—Que es una locura, en serio. O una broma. —Amanda miró a su madre

—. Es una broma, ¿verdad? ¿Qué ibais a hacer vosotros allí? Ahora a poneros

a buscar casa, un trabajo…

—Ya estamos en ello, mirando casitas por allí, y hay algunos negocios que

se traspasan, así que. —Mi padre se encogió de hombros.

—¿Estáis tomando algún tipo de sustancia alucinógena desde que no

estamos? Porque si no, otra explicación no encuentro. —Miré a los tres—.

Que no estamos hablando de un trayecto de viaje de cinco o seis horas, ¿eh?

—No tomamos nada, solo la decisión de ir cerca de nuestras niñas.

—Mamá, que tenemos casi treinta años —le dijo Amanda.

—Unas niñas.

—Por Dios —resoplé.

Julián nos trajo los cafés y los chupitos, y me tomé el mío del tirón.

Conocía a mis padres y sabía que me iban a echar de menos, pero no tanto

como para mandar toda su vida en Ronda a la mierda para empezar de cero.

—Es que os echamos mucho menos, hija —dijo mi madre poniendo hasta

puchero, y ahí empecé a mosquearme—. Ya no podemos más, estáis lejos de

nosotros y eso nos da una penita…

—Ahora, que, si nos decís y prometéis venir a comer o cenar al menos tres

días en semana, pues lo de mudarnos puede quedar en una simple idea —dijo

Lola.
—Lo sabía —la señaló Amanda—, sabía que lo de mudarse era una

mentira solo para hacernos sentir culpables por venir tan poco.

—Os dije que no iba a colar. —Rio mi padre.

—Ya os vale, ¿eh? Que por un momento de verdad he pensado que

dejabais el restaurante que con todo el amor habéis llevado tan alto. —Miré a

mis padres.

—No podríamos dejarlo, igual que nos cuesta haberte dejado ir a ti, pero

entiende que queramos veros más.

—Lo entiendo, papá, y podéis venir cuando queráis.

—Pero avisando —les recordó Amanda.

—Y nosotras vendremos más, solo si podemos, que a veces no tenemos

tiempo ni para comer más que un sándwich.

—Ajá —me señaló Lola—, sabía que no estabais comiendo bien, es que lo

sabía. De aquí no os vais hoy sin varios táperes para congelar y tener comida

mínimo para un mes, ¿me habéis oído?

—Amenazaditas nos tiene ya, mira esa mirada, Lara —me dijo Amanda.

Acabamos los cinco riendo, nos tomamos el café y no tardaron nuestras

madres en meterse en la cocina para prepararnos los táperes que habían

dicho.

—Os echan de menos todos los días —dijo mi padre cuando nos quedamos

con él—, una llamada o unos mensajes no son suficientes para ellas.

—Lo sabemos, y de verdad que prometemos que vamos a intentar venir

más, papá.

Él sonrió, nos dio un beso a cada una y regresó a la barra para seguir

atendiendo junto al camarero que estaba allí.


No dudamos en meternos en la cocina con nuestras madres solo para pasar

un poquito más de tiempo con ellas, que también las echábamos de menos, y

ambas sonrieron al vernos.

Después de preparar una cantidad de táperes con la que sin duda

tendríamos comida y cena para un par de semanas, nos despedimos de ellos

con besos y achuchones que nos recargaron las pilas antes de irnos.

Yo agradecía cada día desde que tenía uso de razón que Lola y Amanda

llegaran a nuestras vidas, porque de haber estado nosotros tres solos, sí que

nos habríamos echado mucho más de menos de lo que ya lo hacíamos al no

estar viviendo con ellos.

Pero mi madre contaba con su hermana de corazón para hacerle compañía

en días en los que me echaba de menos, y yo contaba con Amanda, que

además de amiga, era mi hermana.


Capítulo 27

Lara

Los días habían ido pasando y al estar tan en contacto con Eros, habíamos

llegado a ser muy cercanos con él tanto Amanda como yo.

El avión del grupo finalmente fue encontrado, el piloto tuvo una destreza

admirable pues lo llevó hasta una zona de tierra donde pudieron estar a salvo,

solo que él falleció al chocar y no pudieron hacer nada por salvarlo.

Todo el grupo se había recuperado de sus contusiones el hospital y dieron

un comunicado de prensa diciendo que lamentaban mucho tener que

suspender el concierto en España, pero que lo harían cuando tuvieran un poco

más de fuerzas y ánimo, pues el piloto era un buen amigo de todos ellos.

Y nos llevábamos tan bien las dos con el cantante latino que nos había

invitado a una fiesta en su yate, donde iba a celebrar esta noche el

lanzamiento de su nuevo sencillo del próximo disco, en el que había estado

trabajando desde el día siguiente de su cumpleaños. La emoción en el aire era

palpable, y no podíamos esperar para disfrutar de la velada en un ambiente

tan exclusivo.

Nos dijo que nos invitaba como amigas y periodistas para darnos esa

primicia, y que podíamos invitar a algunos amigos, así que se lo dije a Grace,

ya que estaba muy en contacto conmigo porque seguía insistiéndole a su

hermano para que me concediera una entrevista.


No lo iba a lograr, estaba segura de ello porque ese hombre era muy

hermético con la prensa y no hablaría sobre su vida privada.

Pero esta noche no quería pensar en él, ni mucho menos, tan solo iba a

disfrutar de la fiesta, de la comida, la bebida y la música que me esperaban en

ese yate en alta mar.

Y para la ocasión me había decidido por un vestido blanco de corte

asimétrico, que era más corto en la parte delantera y dejaba al descubierto

mis piernas, esas que veía aún más largas de lo normal. Creo que eso se debía

a los zapatos negros de tacón que elegí, que combinaban perfectamente con el

bolso. El vestido tenía tirantes anchos y escote en «V», un estilo que a mi

madre le encantaba, ya que insinuaba sin enseñar demasiado.

Me había recogido el cabello en una coleta alta, y el maquillaje era muy

natural, salvo, como siempre, por el rojo de mis labios.

Terminé de ponerme un poco de mi perfume favorito y fui hacia el salón

para esperar a Amanda, que no tardó en aparecer luciendo sexi y de lo más

sensual.

El vestido era negro y entallado, realzando la esbelta figura de mi amiga.

Tenía tirantes finos, escote redondo y la espalda quedaba al aire por completo.

Llevaba unas sandalias plateadas y el bolso a juego, se había dejado la melena

suelta con algunas ondas que le quedaban genial, y el maquillaje era de lo

más natural en tonos suaves. Pero lo que la hacía verse más increíble que de

costumbre, eran sus ojos, esos ojos verdes que había delineado de tal manera

que parecían aún más brillantes que de costumbre, y le dan un aire travieso.

—Estás impresionante, cariño —le dije con una sonrisa.

—¿De verdad? Mira que, no sé, no quiero que piensen…

—¿Que estás buenísima, que tienes un buen polvo? Deja que lo piensen, y

si surge, pues ya sabes. —Le hice un guiño.


Salimos de casa y cogimos un taxi, esta noche no queríamos conducir y

cuando acabase la fiesta cogeríamos otro que nos trajera de vuelta, así

podríamos disfrutar de unos mojitos sin preocuparnos.

Cuando llegamos, vimos a Grace esperándonos en la entrada del puerto, y

se veía tan espectacular como siempre.

—Cómo se nota que es modelo, todo le queda bien a esta mujer —me dijo

Amanda por lo bajo cuando nos acercábamos a ella.

Llevaba un vestido rojo brillante, recto y ajustado que dejaba ver

perfectamente su figura, y era de un solo tirante ancho sobre el hombro

izquierdo, los zapatos, de un tacón altísimo, por cierto, eran negros al igual

que el bolso, y llevaba el cabello recogido en una trenza gruesa que le hacía

lucir como una de esas mujeres de la antigua Grecia.

—Por favor, estoy a punto de pediros hacer un trío —dijo, dejándonos a

Amanda y a mí paradas y en shock—. Es broma —sonrió—, pero es que

estáis impresionantes.

—¿Y nos lo dices tú, que pareces salida de una pasarela de modelos? —

resopló Amanda.

—Esta noche vais a hacer que más de uno se contracture el cuello, en serio

—sonrió y nos dio un par de besos—. Gracias por invitarme, necesitaba salir

de casa.

—¿Sigues enfadada con tu hermano? —pregunté, aunque sabía que así era.

—Sí, ya viste cómo me sacó de la fiesta. He estado en cientos como esa, he

visto de todo, me han ofrecido de todo, y siempre he dicho que no. Sabéis que

adoro a mi hermano, pero eso que me hizo le va a costar caro, que no soy una

niña, tengo treinta años.

—Y tan caro, si le sigues diciendo que le conceda una entrevista a la loca

que se tropezó y dio con los morros en su entrepierna.


—Amanda, por Dios, no me recuerdes el momento más vergonzoso de toda

mi vida, te lo pido por favor.

—La cara de mi hermano en cuanto impactaste con su asunto, fue para

verla.

—Pero lo tiene bien, ¿no?

—¡Amanda! —protesté.

—¿Qué? Yo solo pregunto, no vaya a ser que le fracturaras eso y el pobre

no pueda trabajar.

—Madre mía, qué noche me vais a dar las dos —resoplé, y ambas rieron.

Llegamos a la zona donde estaba atracado el yate de Eros, y en cuanto nos

vio aparecer el de seguridad, se hizo a un lado y nos ayudó a subir a bordo sin

preguntar quiénes éramos porque ya nos conocía más que de sobra.

La música sonaba por cada rincón igual que el día de su cumpleaños, los

camareros deambulaban de un lado a otro entre los invitados, que no eran

pocos, y las mesas altas con taburetes estaban casi todas ocupadas.

—Aquí están mis dos andaluzas favoritas —dijo Eros al vernos, y Amanda

y yo sonreímos.

—Gracias por invitarnos. —Le di un par de besos—. Ella es Grace, aunque

imagino que la conoces.

—¿Y quién no? —sonrió— Es una de las modelos más famosas de Irlanda.

Bienvenida a mi fiesta, espero que disfrutes de la noche.

—Eso seguro; muchas gracias, Eros. ¿Te importa si nos hacemos una foto?

—Por supuesto que no.


Les hice varias a los dos solos, y después Grace quiso que nos hiciéramos

algunas Amanda y yo también con ellos, así que posamos sonrientes mientras

uno de los camareros nos las hacía.

Eros fue a avisar de que ya estábamos todos y podíamos zarpar, y no

tardamos en comenzar a hacerlo, dejando el puerto atrás.

Al igual que en su cumpleaños había mucha gente invitada a esta

presentación en exclusiva de ese nuevo sencillo del que nos había hablado,

muchos eran productores musicales, dueños de discográficas, algunos de sus

amigos íntimos que se dedicaban al mundo de la música y la televisión, y

además vi a Álvaro.

—¿Qué hace él aquí? —me preguntó Amanda en un susurro cuando

también le vio— Se supone que la exclusiva es para nuestra revista.

—Sabes que la discográfica de Eros es propiedad de un buen amigo del

dueño de la cadena de televisión para la que trabaja Álvaro, por eso habrá

venido.

—Pues espero que le quedara claro que la exclusiva es nuestra.

Y yo también lo esperaba, porque no me gustaría que Álvaro nos pisara de

ese modo, aunque él me había dado muchas veces alguna información para

que contáramos nosotros la exclusiva.

Cogimos una copa de vino blanco cada una y nos acercamos las tres a una

mesa libre, allí disfrutamos de los platos a modo de aperitivo que nos fueron

dejando.

Había minibrochetas de gambones al ajillo, croquetas de jamón ibérico,

tostas de foie con reducción al vino dulce, brochetas de tomates Cherry con

mozzarella fresca y albahaca con aceite de oliva, rollitos de salmón ahumado

con queso crema, y hasta un chef que preparaba el ceviche de pescado blanco

con lima y cilantro.


—Oh, aquel de allí es el actor neoyorquino tan famoso, ¿verdad? —dijo

Amanda mirando hacia una de las barandillas del yate.

—Sí, ese que por muchos años que cumpla, sigue luciendo igual de sexi —

sonrió Amanda.

—Debe tener la edad de mis padres —comenté dando un sorbo al vino—,

y sí, el hombre mejora con los años.

—Ya tanto que mejora, soy fan suya. Y sí, lo confieso, alguna vez soñé con

él. —A Grace se le escapó una sonrisilla.

—Tranquila, no eres la única, Amanda también ha soñado alguna vez que

otra con… ¡Auch! —grité al notar el golpe que me acababa de dar mi mejor

amiga en la espalda.

—¿Con quién? —Curioseó Grace—. A mí no me dejéis ahora con la

intriga.

—Con nadie, con nadie —contestó Amanda.

—A ver, guapita que no soy tonta y ciega no estoy. ¿O crees que no me he

dado cuenta de cómo os miráis Eros y tú?

—Joder, ¿tan evidente es?

—¿Que a ti te gusta, y que tú a él también? Pues sí, al menos para mí. —Se

encogió de hombros.

—Es su fan desde los inicios —dije.

—Pero solo eso, su fan, porque él para mí es inalcanzable.

—Mírala ella, ahora cantándome por Camela. —Volteé los ojos.

—¿Quién es Carmela? —preguntó Grace.


—Carmela, no, Camela. Son un grupo español muy famoso que tiene

muchas canciones de esas de amores imposibles —respondí.

—Como el mío, básicamente —dijo Amanda con un suspiro.

—A ver, Amanda, que no todo es tan difícil como pueda parecer. Quién

sabe, igual al latino le gusta tanto la andaluza, que se acaba instalando aquí

definitivamente. —Grace le hizo un guiño.

—Venga, mejor seguiré soñando, que dicen que es gratis. —Amanda dio

un sorbo a su copa y noté una mano acariciándome la espalda, no necesité

mirar para saber quién era.

Vi pasar a Álvaro a nuestro lado poco después y acercarse hasta el dueño

de la discográfica de Eros para charlar con él.

Seguimos allí disfrutando de la bebida y la comida, haciéndonos fotos,

saludando a algunos de los invitados a los que conocíamos, y bailando al

ritmo de algunas de las canciones que sonaban y que, obviamente, eran de

Eros.

Me disculpé con ellas para ir al cuarto de baño, y subí las escaleras hacia la

planta en la que estaban los camarotes y los baños para invitados.

Nada más entrar y cerrar la puerta, escuché pasos que se acercaban y poco

después unos golpecitos en esta.

—Ocupado —dije.

—Abre, preciosa. —Escuché la voz de Álvaro y fruncí el ceño, pero abrí.

—¿Me has seguido? No tienes remedio —negué con una leve sonrisa de

resignación.

—No puedo resistirme a ti, ni tú a mí. —Entró y se apoderó de mis labios.


Acabó cogiéndome por la cintura para sentarme en el mueble del lavabo,

bajó mis tirantes hasta liberar los pechos y comenzó a lamerlos como si

fueran un manjar para él.

Mordisqueó los pezones hasta hacerme gemir y fue en ese momento

cuando hizo a un lado la tela de mi tanga y comenzó a tocarme con dos dedos

entre mis labios vaginales.

Me penetró con ellos y gimió al notarme húmeda y excitada, dejé caer la

cabeza hacia atrás y jadeé al sentir su lengua en mi clítoris.

Álvaro lamía una y otra vez sin parar, rápido y con esa intensidad que

siempre le ponía a este momento, hasta que consiguió llevarme al orgasmo

con su lengua jugando con mi clítoris, los dedos entrando y saliendo con

fuerza, y esos mordisquitos que repartía de manera pícara.

Se incorporó y volvió a devorarme la boca mientras se desabrochaba los

pantalones y se ponía el preservativo, me agarró por las caderas para

acercarme más a él y embistió con fuerza haciendo que gritara dejando caer

la cabeza hacia atrás.

Aprovechó ese momento para saciarse de nuevo, saboreando y mordiendo

mis pechos, penetrándome una y otra vez con tanta fuerza que no tardamos

en llegar al clímax al unísono.

Sí, rápido como casi siempre, pero excitante y de lo más saciante para

pasar una temporada hasta la próxima vez.

Álvaro me besó antes de retirarse, me ayudó a limpiarme mientras

intercambiábamos sonrisas y miradas llenas de complicidad., Luego, volvió a

colocarme bien la ropa y se vistió. Una vez se aseguró de que yo estaba bien,

salió del cuarto de baño dejándome sola con mis pensamientos.

Hacía mucho que nos conocíamos y no había nadie más en mi vida que él,

no estaba enamorada, ni mucho menos, y sabía más que de sobra que Álvaro

de mí tampoco, pero era tal la química y la atracción que teníamos, que debía
ser por eso por lo que ninguno de los dos cerraba este capítulo de nuestras

vidas.

Regresé a la zona donde estaban todos los invitados y vi que Eros cogía

uno de los taburetes altos para sentarse llevando un micrófono en la mano.

—Gracias por venir —dijo con una sonrisa y me dispuse a sacar el móvil

para hacerle algunas fotos y después, grabar en vídeo su actuación tal como

le había dicho—. Sabéis que siempre ando tomando notas, que cualquier cosa

me inspira, y en mi cumpleaños, me inspiré tanto, que en unos días tenía una

canción con la que dar comienzo al nuevo álbum.

»Es cierto eso que dicen de que las musas pueden estar donde menos las

esperamos, igual que el amor —sonrió y no me pasó desapercibido que se le

fueron los ojos hacia Amanda—. Espero que disfrutéis, porque la musa que

me inspiró hizo que saliera todo esto de lo más profundo de mi corazón.

Comenzó a sonar una melodía suave y lenta, y Eros no tardó en empezar a

cantar con esa voz casi rasgada que tenía.

En silencio estábamos todos escuchando esa canción que, no me cabía

duda por algunos rasgos de la mujer que describía, que era para Amanda. Y

también porque la miraba de vez en cuando mientras cantaba.

Era una balada con ritmo de bachata de lo más romántica y sensual al

mismo tiempo, y cuando acabó, no pudimos más que aplaudirle todos.

—Creo que eres su musa —le dijo Grace a Amanda con una sonrisa, y mi

amiga se sonrojó.

La vi ir hacia la zona por la que yo había ido al cuarto de baño y en cuanto

Eros la vio marcharse, la siguió.

Estaba claro que entre esos dos había algo, y que ese hombre se lo había

declarado con esa canción salida de lo más profundo de su corazón.

Grace y yo nos quedamos allí disfrutando de la música, la bebida,

haciéndonos fotos con unos y otros, y yo hasta hablé con un cante amigo de
Eros que me gustaba y al que seguía. Se llamaba Oliver y había venido para

estar unos días con su hermano, como se llamaban entre ellos, y acabamos

pasando el resto de la noche juntos charlando y riendo.

Amanda regresó y Eros se quedó con nosotras y su amigo, mientras Grace

por su parte se mezclaba hablando y riendo con unos y otros.

Estábamos allí los cuatro tan bien que Eros nos invitó a Amanda y a mí a

pasar un fin de semana con él y su amigo.

Miré a Amanda y dado que era un fin de semana y no tendríamos que

trabajar, accedimos encantadas.


Capítulo 28

Paul

La tensión con mi hermana en estos días iba avanzando cada vez más. Ni

pizca de aquella relación tan bonita que siempre habíamos tenido en la que el

respeto, cariño y unión estaba por encima de todo.

Entendía su posición y aunque no lo viera como yo quería, eso no

significaba que no me pusiera en su lugar y hasta la entendiera, pero era mi

hermana, mi todo y solo quería que le pasaran cosas buenas, pero como decía

Robert, tenía que tropezarse y caerse mil veces por ella sola.

Cata había preparado la mesa en el jardín y para mi asombro, mi hermana

iba a comer con Robert y conmigo. Últimamente nos evitaba a no ser que

estuvieran las chicas presentes.

—Buenas tardes —dijo con un retintín más que evidente.

—Una cosa, hermana, si le concedo la entrevista a esa tal Lara ¿cambiarás

tu humor de una vez por todas? —pregunté, y la cara de Robert fue aún más

de impresión que la de esta.

—¿La vas a conceder?

—Solo si me prometes que cambiarás tu actitud.

—Y tú que no te volverás a meter en mi vida.


—Habla con ella, estoy dispuesto que venga a casa y me haga aquí esa

entrevista.

—No te pienso tratar bien hasta que la hagas, no me fio de ti ni un pelo.

—Encárgate de decirme qué día y a qué hora.

—Quieres que te dé un besito, pero no lo haré, hermano —dijo sonriendo,

mirando hacia Cata que acababa de traer los platos.

—Llevaros bien, hijos, que no hay nada más bonito que la familia. —Se

atrevió a decir Cata con un tono de lo más dulce.

—Mi hermano me lo complica mucho, se piensa que aún tengo diez años.

—Te quiere mucho, que no se te olvide, hija. —Le acarició la cabeza antes

de meterse hacia dentro.

—Es muy buena mujer —murmuró Robert.

—Entonces que yo me aclare, tengo que pedirle el favor a mi amiga Lara de

que entreviste a mi hermano en su casa para que pille más fans.

—Ni se te ocurra decírselo así, porque cualquiera se daría patadas en el

culo por hacérmela.

—Ella no, pasa de ti. —Se encogió de hombros.

—Hasta que a tu hermano le dé la gana, que no se te olvide.

—Ella es diferente —le contestó a Robert con chulería.

—Todas son diferentes hasta que dejan de serlo. Por cierto. —Carraspeó—.

¿Recuerdas a Agatha, la que dejó tirado en el altar al periodista? —le

preguntó Robert sin escrúpulos a Grace.


—Y tanto, la tengo bloqueada de Instagram, es un coñazo de mujer, ahora

está con un futbolista que está en Cádiz y le dio por decirle a él que, si se

estaba viendo conmigo, me lo contó el mismísimo Park con el que me llevo

genial, pero al final está terminando hasta los huevos de ella.

—Como cambia el cuento —murmuré sin poder contenerme.

—¿Pasó algo?

—No, nada, solo que me acordé de ella —contestó Robert.

—Es verdad, que tú te la tiraste —se refirió a Robert.

—Qué fina eres hablando —murmuré.

—Te recuerdo que venimos de la misma educación, hermanito.

—Y yo te recuerdo a ti que últimamente parece que te criaste en un

vertedero.

—Uy lo que me ha dicho, al final das la entrevista y Natalia se pone a

cantar como si estuviera en la ópera, lo estoy viendo. —Se puso a silbar y

disimular.

—Atrévete a que eso pase y me encargaré de que todas tus fiestas tengan el

mismo final.

—Hermano, no me toques las narices que ibas por buen camino. —Probó

la comida.

—Pues deja de ser tan vulgar y decir esas sandeces.

—Dale un punto a tu primo que se lo ha ganado —le dijo a Robert

refiriéndose a mí.

No respondí porque sabía que hacerlo avivaría aún más la llama. Mi

hermana no me había terminado de creer sobre la entrevista a Lara, pero


sabía que se lo diría y la coordinaría. Así que solo había que esperar a que

llegara ese momento y rezar para que la situación tan lamentable que se había

creado entre los dos mejorase.

Después de que terminamos de comer, ella se marchó a su habitación y yo

me quedé allí, disfrutando de un café mientras esperaba a que llegara Natalia.

Me había avisado que vendría a visitarme un rato. Mientras tanto, Robert se

marchó a buscar a Claudia, ya que habían quedado en irse un rato a la playa.

Natalia apareció, y venía de lo más bonita con un top ajustado y un

pantalón corto que le hacía una figura preciosa. Ya me estaba saliendo mi

instinto más salvaje.

Subimos a mi habitación, deseando poner en práctica todo lo que había

imaginado. Hoy tenía ganas de jugar con su cuerpo y se lo había dejado claro

a través de mensajes.

Dejé todo en penumbra, salvo por unas velas aromáticas, y encendí

también un par de inciensos. Ella estaba en la puerta de la terraza,

disfrutando de un cigarrillo mientras me miraba con curiosidad. Decidí

mover el sillón y transformarlo en una camilla, preparándome para lo que

estaba por venir.

—Cuando quieras —murmuré viendo cómo se sonrojaba.

Se desnudó lentamente para provocarme y a mí me encantaba observarla

con atención mientras le daba un trago a una copa de whisky con hielo.

Hice que se tumbara bocabajo con las manos unidas y la cabeza sobre ellas.

Posición cómoda para que se relajase con el tacto de mis manos sobre su

cuerpo.

Me eché un poco de aceite en las manos y las deslicé suavemente por sus

hombros, momento en que pude verla por el lado sonreír.

Estuve masajeando esa zona un buen rato para ayudarla a liberar la tensión

que sentía, luego fui bajando por la espalda, disfrutando del momento y
dedicándole un tiempo extra en esa zona.

Al llegar a la parte de las caderas y las nalgas, ella separó un poco las

piernas al sentir mis manos explorando esas áreas de su cuerpo.

No profundicé mucho para dejarla con el calentón y seguí entre sus muslos

y piernas. La tenía ya moviéndose de manera muy excitada, pero le hacía un

siseo en plan murmuro e intentaba mantener el control.

Se dio la vuelta cuando le hice una señal con la mano. Le coloqué una

toalla sobre el pecho, dejándola caer hasta las caderas. Le hice un gesto de

que flexionara las rodillas y abriera bien las piernas. Me gustaba tener campo

visual a pesar de haber tapado su torso, y disfrutaba de la forma en que sus

partes íntimas quedaban expuestas solo para mí.

Me puse detrás de su cabeza y después de volver a echarme aceite, pasé

una mano entre sus pechos hasta su abdomen. Soltó el aire. Estaba con los

ojos cerrados.

Con las dos manos, esta vez la fui masajeando desde el estómago a los

pechos. Ella estaba jadeante pidiendo más, cosa que me venía bien porque

quería introducirle por ambos lados un doble pene de silicona que había

pedido por Internet y que me había llegado.

Saqué un cinturón ancho, como el de los aviones que había debajo del

sillón y la até por la cintura. Sonrió al ver que la estaba sujetando bien.

Me puse un guante y tras volver a echarme aceite me fui hacia su ano para

estimularlo un poco antes de penetrarla con el aparato. Gritaba de placer y no

podía contener la sensación. Cuando mi dedo se movía con fluidez, saqué la

mano, me quité el guante, cogí el aparato y lo rocié en aceite. Primero tenía

que acomodarlo por detrás.

—No entra —decía soltando el aire y poniendo las manos sobre su cabeza.

—Relaja un poco más, que ya está entrando.


—Eso me va a partir en dos —decía riendo y jadeando a la vez que

contenía la presión.

Y lo conseguí meter y acomodar con cuidado antes de penetrarle con el

otro por la vagina que entró más fluido.

—No me digas que lo vas a poner en movimiento que me da algo.

—No te dará nada. Relájate —le repetí mientras me ponía gel en las manos

antes de presionar el botón.

En el momento que eso comenzó a vibrar, empecé a masajear sus pechos y

pellizcar sus pezones. Chillaba de placer y la veía con una excitación que

hasta ahora no había alcanzado a estos niveles. Sus gritos eran cada vez más

intensos.

Llevé mis dedos a su clítoris y solo hizo falta rozarlo un poco cuando se

corrió de golpe. Paré todo en seco, ya que estaba de lo más excitada.

Le saqué los aparatos con cuidado, pero no le aflojé el cinturón, ya que

ahora quería llevarla a otro nivel, pero debía de darle unos minutos para que

se repusiera.

La hice abrir bien las piernas de nuevo y puse una mano sobre su abdomen,

con la otra comencé a penetrarla por la vagina poco a poco hasta que

conseguí meterle cuatro dedos, que era mi cometido.

Chillaba que no podía más y la excitación de nuevo que tenía era muy

grande. Fui dilatando más hasta que conseguí meterle la mano, ella no se lo

esperaba y estaba seguro de que nunca había vivido algo así.

Se fue relajando dentro de una excitación diferente. Saqué la mano y me fui

al cajón a coger unos succionadores de pecho. Cuando se los puse comenzó a

jadear entre gritos más fuertes al notar los tironcitos que le estaba dando.

La tenía agotada en medio de un calentón que de nuevo tenía muy latente.

No dudé en liberarla y solicitarle que se acomodara, inclinando la parte


superior de su cuerpo hacia adelante sobre la camilla. Sabía que la iba a

penetrar por detrás y se puso en la posición perfecta.

Le metí un aparato por la vagina que era un huevo. Dejé la cuerda por fuera

y fue entonces cuando puse mi miembro en su ano y la fui penetrando poco a

poco. Me excitaba muchísimo escuchar esos gritos de placer que soltaba.

La llevé a otro orgasmo que coincidió con el mío. Estaba claro que era

alguien que se entregaba por completo y disfrutaba cada momento que vivía.

Luego, nos fuimos al baño y volvimos a recostarnos en la bañera, uno

frente al otro, compartiendo una copa de whisky.

—¿Has hecho alguna vez un trío? —le pregunté sin rodeos.

—No, pero no te voy a decir que no lo he fantaseado —sonrió —. ¿Y tú?

—En alguna ocasión lo hice. —Carraspeé.

—¿Y te gustó?

—No tengo ninguna queja —sonreí—. ¿Te gustaría participar en algún

juego?

—¿Me estás proponiendo algo?

—Sé de un lugar donde podríamos pasar unas horas muy excitantes.

—¿Aquí en Sotogrande?

—No, en Tarifa.

—¿En Tarifa?

—Hay un chalé a las afueras con un ambiente de lujo y que tienen

habitaciones preparadas para todo tipo de eventos sexuales.


—¿Has estado allí?

—Sí.

—Pero entonces son putas y putos —dijo provocándome una risa.

—No, tú alquilas la habitación temática, pero las personas que participen

son las vienen de la calle. Tengo un amigo que es un experto en este tema y

vive en Cádiz.

—¿Me lo estás proponiendo en serio?

—Sí, creo que lo pasaríamos muy bien.

—Pero ¿crees que yo aguantaría ese ritmo?

—Si no lo creyese, te garantizo que no te lo propondría, lo que sí en caso

de aceptar es que tienes que ir muy preparada y liberada de todo prejuicio.

Dejarte llevar, disfrutar y vivir el momento con la intensidad que se vaya

dando.

—Me está dando cierta curiosidad…

—Pues solo tienes que aceptar y preparo todo para mañana.

—¿Y podrá tu amigo?

—Segurísimo que sí, me dijo de vernos en estos días que está de

vacaciones.

—Pero ¿tú tienes relación sexual con él? —preguntó un tanto preocupada.

—No, para nada. —Me reí estirando la mano y cogiendo el teléfono para

llamarlo.

—Lo vas a llamar… —Se echó a reír mientras yo ya marcaba el número y

lo ponía en manos libres.


—Hola, Lolo. ¿Qué tal?

—Hombre, mi amigo Paul. ¿Nos vamos a ver para tomar unas copas? —

preguntó causando una risita en Natalia.

—Estoy con una amiga preciosa a la que le hablaba de lo bien que lo

podría pasar con nosotros.

—Espero que no lo haya dudado —bromeó como él siempre hacía.

—Para nada. Le he hablado del chalé de Tarifa.

—Pero ¿no tenías ya tu yate? Mejor que ahí en alta mar en ningún lado, y

ya sabes que yo tengo fácil acceso a llevar toda clase de juguetitos.

—Buena idea en la que yo no había caído.

—Claro. ¿Cuándo nos vemos? Puedo ir hasta Sotogrande y salir de allí.

Podemos pasar dos días en alta mar y aprovechar un poco de relax los tres.

—Por mí bien. —La miré a ella.

—Vale, lo hablo con mi padre para no trabajar dos días.

—Pues listo, hermano. ¿Mañana por la mañana desayunamos juntos y ya

salimos?

—Perfecto. En tu casa a las nueve. Ahora me encargo de coger de la tienda

de un amigo un poco de todo.

—De lujo, yo me encargo de las provisiones de comida y bebida.

—Fondearemos en un sitio espectacular que conozco y que estaremos muy

relajados.

—Genial. Pues hasta mañana entonces.


Natalia estaba nerviosa, flipando e incrédula, pero a la vez emocionada.

Cuando salimos de la bañera nos despedimos, ya que iba a ir a su casa a

dormir y preparar todo.


Capítulo 29

Lara

De los nervios, así estaba Amanda desde la fiesta de presentación del

nuevo sencillo de Eros, y es que el cantante le había confesado que ella era

esa musa que apareció sin esperarla.

Sí, mi amiga me confesó cuando volvíamos a casa que, en el momento en

el que Eros acabó de cantar y ella se fue, a sabiendas de que la describía en

esas letras y la miraba con disimulo a veces, él la siguió para hablar con ella y

decírselo, algo que a ella le hizo soltar alguna lágrima porque nunca nadie le

había dedicado una canción.

Desde ese momento, los mensajes entre Amanda y Eros habían sido mucho

más asiduos que de costumbre, y ella estaba nerviosa por ir a pasar dos días

en alta mar con ese hombre.

—Que no vas a estar sola con él, Amanda —le recordé mientras nos

tomábamos el café antes de ir de compras—. Oliver y yo estaremos en el yate.

—Lo sé, pero, es que, me da cosa. —Seguía removiendo su café, sin dejar

de mirar la taza.

—¿Cosa por qué? No te va a comer.


—Me besó la otra noche, te lo recuerdo. —Ah, cierto, se me había

olvidado contaros ese pequeño detalle.

—Fue un beso tierno y casto según me dijiste. —Arqueé la ceja.

—Sí, sí, pero imagina que me besa otra vez y que quiere algo más.

—Define, algo más. —Di un sorbo al café.

—Joder, Lara, no me hagas decirlo.

—Quiero escucharlo, que parece que te dé miedo la palabra —sonreí.

—Sexo, joder, ¿qué pasa si quiere sexo?

—Pues, que tú te desnudas, él se desnuda, os metéis en la cama, os besáis,

acariciáis y ya sabes, un poquito de alegría para el cuerpo, que hace mucho

que no te tocan.

—¿En serio? —Arqueó la ceja—. Sé cómo va lo del sexo, Lara, pero me

refiero a luego, a qué pasa después si me acuesto con él. Es cantante, debe

tener una lista larga de amantes. Y yo no quiero ser una más en esa lista.

Mira, mejor le digo que no podemos ir.

—A ver, para empezar, relájate ¿quieres? Si se diera la oportunidad de que

os acostarais, pues te dejas llevar y punto, ni lo pienses. Que después resulta

que ha sido solo un fin de semana de sexo lujurioso y nada más, pues eso que

te llevas. —Me encogí de hombros—. Que no lo vas a ir proclamando a los

cuatro vientos como hacen muchas, porque tú no eres así, se te quedará

grabado en la memoria y cuando seas una anciana le dirás a tus nietas, que

menudos polvos te echó tu cantante favorito.

—Claro que sí, para que mis nietas digan que su abuela era ligerita de

cascos. —Volteó los ojos.


—Ligerita no, cariño, que tienes menos vida sexual que una Barbie.

—Qué cabrona eres, cómo se nota que a ti el periodista te da vidilla.

—Me la da a mí, y a toda la que se le ponga a tiro, te lo recuerdo.

—¿Y por qué sigues con esa historia? Porque tú podrías hacer lo mismo, ya

sabes, encontrar otro amiguito con derecho.

—Eso, para que tus nietas me llamen ligerita de cascos a mí —resoplé y

las dos nos reímos—. No se ha dado el caso, y si se diera, pues no sé, tendría

que verme en la situación.

—Siguiendo las palabras de alguien que me dio el consejo. —Carraspeó—:

Si se diera la oportunidad pues te dejas llevar y punto, ni lo pienses.

—Qué lista es mi niña.

Le di otro sorbo al café y me llegó un mensaje de Grace para ver cómo

estábamos, le dije que nos habíamos ido de compras para despejarnos un

poco de la rutina y me mandó un GIF de una tarjeta de crédito con alas, en

plan de que se nos iba a ir el dinero volando.

Y razón no le faltaba, porque a la que nos descuidásemos y compráramos

un par de bikinis y dos vestidos, ya se nos iba un buen dinerito.

Me comentó que tenía al hermano dándole la tabarra con lo de la entrevista

cada vez que podía para que me la concediera y sonreí, pero le dije que no

insistiera para que no se molestara más de lo que ya pudiera estar. Además,

que dudaba que quisiera verme después del golpetazo que le di en sus partes

más nobles.

Nos terminamos el café y fuimos hacia una tienda donde tenían toda clase

de trajes de baño, así como complementos. Estuvimos mirando un buen rato

en todas las secciones hasta que cada una decidió lo que iba a cogerse.
Amanda optó por dos bikinis monísimos, uno en rosa chicle y el otro en

blanco que le sentaban genial, además ella que tenía el tono de piel con un

bonito bronceado, le hacía que ese color se viera más vivo.

Yo me cogí un bikini azul marino con topitos blancos y un trikini rojo que

llevaba un broche en la parte baja de los pechos haciendo que pudiera

quitarme la parte de arriba y bajarla mucho más fácil.

Compramos un par de pareros, un vestido de lino blanco cada una, y la

guinda del pastel, como dijo Amanda, una pamela con la que dijo que

saldríamos genial en las fotos.

Nada más salir de la tienda, decidimos ir a por unas cuñas que combinaran

perfectamente con nuestras nuevas compras. Pensamos que quedarían de

maravilla, especialmente con unos shorts y una camiseta que ya teníamos en

casa.

Estábamos pensando en tomarnos algunas fotos en el yate para subirlas a

nuestras redes sociales, sin mencionar a Eros y Oliver, por supuesto. La idea

era que fuesen similares a las que algunas influencers habían subido a las

suyas de los días de vacaciones que habían pasado otros años en lugares

paradisíacos como las Maldivas.

—Oye, ¿vas a aprovechar estos días para hacerle una entrevista a Oliver?

—me preguntó Amanda cuando íbamos hacia la perfumería a por varios

botes de protector solar.

—Lo había pensado, pero solo si él quiere.

—Seguro que no te pone problemas, Eros le dirá que la haga —sonrió.

—Quién nos iba a decir a nosotras que acabaríamos pasando un fin de

semana con nuestros cantantes favoritos.


—Yo me habría reído del que me dijera eso, de verdad te lo digo. Es que no

me lo creo, en serio.

—No tienes más remedio que creerlo porque te ha escrito una canción. Ah,

no, espera, que creo que va a ser un disco entero. —Reí.

—Qué cabrona eres. —Me dio un leve manotazo en el hombro.

Entramos en la perfumería y estaba sonando precisamente ese nuevo

sencillo de Eros, una canción que desde que subimos nosotras en primicia y

exclusiva a la revista, se había hecho viral por todo Internet en cuestión de

horas.

Al día siguiente, empezó a sonar por todas las radios del mundo y en solo

veinticuatro horas estaba en las listas de éxitos entre los diez primeros. A día

hoy, el sencillo se mantenía desde hacía tres días en el número uno.

Los fans estaban encantados con ese nuevo hit que estaba siendo un éxito y

todos se preguntaban para cuándo el segundo, y el disco completo.

Álvaro tuvo la exclusiva de la entrevista sobre ese nuevo disco dado que,

como le comenté a Amanda, el dueño de la cadena de televisión en la que

trabajaba era amigo del dueño de la discográfica.

Cogimos el protector y algunos labiales de brillo que nos vendrían bien

también para el sol, y Amanda aprovechó a coger unas cremas corporales que

le gustaban mucho y usaba siempre después de la ducha.

Yo le quitaba a veces un poquito, pero no siempre, y es que eran suaves y

tenían un olor muy dulce.

Terminamos las compras y fuimos hacia Ronda a cenar con nuestros

padres, quienes finalmente no iban a vender nada para mudarse a Marbella

porque aquella no había sido más que una broma que nos habían gastado, los

muy loquillos.
La verdad es que nuestra vida ahora estaba en Marbella, donde teníamos el

trabajo asegurado de manera indefinida, pero quién sabe, tal vez en un futuro

decidiéramos volver a casa para formar allí nuestra familia.

Y sí, decía en un futuro, porque hoy por hoy tenía claro que, ni Amanda ni

yo, teníamos pensado encontrar al amor de nuestra vida con el echar raíces y

tener hijos.

Cuando llegamos al restaurante, ya estaban nuestros padres esperándonos y

es que les avisamos por la mañana de que iríamos.

Como siempre, nos abrazaron y comieron a besos antes de sentarnos a la

mesa, preguntaron cómo nos habían ido estos días y ya aprovechamos para

decirles que nos íbamos el fin de semana con unos conocidos a pasarlo en el

yate de uno de ellos.

Sabían que, por nuestro trabajo, teníamos amistad con personas bastante

conocidas, por lo que no era ninguna sorpresa para ellos el que nos invitaran

a una fiesta, comida o cena. Sin embargo, nunca habíamos pasado un fin de

semana con ninguno de ellos.

Aun así, nos dijeron que nos divirtiéramos y disfrutáramos de esos días de

relax y desconexión, que bien merecidos nos los teníamos.

Me llegó un mensaje de Álvaro para ver si me apetecía cenar con él, le dije

que estaba con mi familia y que otro día nos veríamos, y contestó que

disfrutara de los míos.

Siempre lo hacía, adoraba a mis padres y a Lola como si fuera una segunda

madre, y daría lo que fuera por verlos siempre con esas sonrisas que tenían en

este preciso instante.


Capítulo 30

Paul

Estaba desayunando con Robert, al que había puesto al tanto y viendo

algunas de las fotos que mi hermana había subido a sus redes de la fiesta del

yate a la que fue días atrás con Lara y la otra periodista, estaba con ellas en

muchas de esas fotos y a mí la vista se me iba a la morena.

Estaba curioseando las del perfil de Lara, primera vez que entraba en él, y

no podía dejar de mirarla. Estaba preciosa, con esa sonrisa de labios rojos y

tentadores, y ese vestido blanco que la hacía verse de lo más sensual.

La vi en algunas de sus fotos con un hombre al que le sonreía, y él la

miraba demasiado, con deseo me atrevería a decir, mientras tenía la mano

sobre su cintura.

Afortunado él que podía, vaya.

Justo había dejado el móvil sobre la mesa cuando Lolo llegó, saludándonos

con mucho entusiasmo.

Unos minutos después, Natalia hizo su entrada y, por la cara de mi amigo,

pude ver que le gustaba lo que veía, así que íbamos a disfrutar de lo lindo. Se

saludaron con un abrazo.

Desayunamos juntos los cuatro y Robert se marchó antes, ya que había

hablado con Claudia y se iban a ir a pasar el día por ahí. Mi hermana seguía
durmiendo y yo había pasado por su habitación antes para decirle que me iba

dos días.

Metimos en el barco todo lo que Cata había preparado, que era un montón

de comida lista para calentar y un montón de aperitivos para picotear. Yo

había cargado bastante bebida y Lolo ya había metido una caja con un

montón de juguetes para divertirnos.

Comencé a navegar con ellos dos a mi lado, rumbo a una cala privada, a

mucha distancia de otros barcos, donde podríamos tener la intimidad

necesaria como para andar desnudos sin preocuparnos por ser vistos por

nadie.

Fondeamos el barco en un puerto deportivo en un lugar apartado que

costaba una fortuna, pero la ventaja era que estábamos lejos de las miradas

curiosas. Era una zona preciosa y muy exclusiva. Teníamos mucho espacio

para bañarnos en el mar y podíamos relajarnos, comer y beber sin

preocuparnos por ninguna prueba, ya que nuestra intención era quedarnos

allí, al menos, hasta el día siguiente, y quizás incluso un poco más.

Lolo sacó tres botellines de cerveza del frigorífico y nos sentamos en el

sofá de la cubierta, con Natalia en el centro. Durante todo el camino, no

paramos de hacerle bromas para que se sintiera más cómoda y se soltase un

poco.

—Es muy bonita pero aún no me enseñó nada —me dijo Lolo en plan

indirecta.

—Me muero de la vergüenza aquí en medio. —Se fue a levantar, pero Lolo

la volvió a sentar entre risas.

—Solo te he dicho que no me has enseñado nada, pero estás viendo que

somos buenos y no vamos a la yugular —le dijo este provocándole una

sonrisita.

—Yo me muero, de esta me muero —decía ella echándose hacia adelante y

de lo más nerviosa.
—Pero hija, con el calor que hace y aún no te has quitado la camiseta.

Llevas el bikini debajo, no te vamos a ver desnuda de golpe y mira nosotros,

ya en bañador y sin camiseta. —Le buscaba la lengua.

—Me quito la camiseta, pero no me digáis más nada.

—Yo no estoy hablando —me defendí riendo.

Se quitó la camiseta y en ese momento que se puso en pie y ya se había

deshecho de ella, la senté en mi regazo y la rodeé con mis brazos.

—Relájate y disfruta —le dije mientras acariciaba su pecho por dentro del

bikini, y la giré para que pudiera ver a Lolo, quien le levantó las piernas al

sofá.

—Solo tienes que dejarte llevar, Natalia —le dijo este acariciando su

entrepierna y llevando su mano por debajo de la braguita del bikini de esta.

Noté cómo él le metía los dedos y ella movía un poco las caderas mientras

yo la sujetaba, mirando hacia él. Él se encargó de la parte de abajo y yo de la

de arriba. La teníamos completamente desnuda para nosotros, y ella,

sonrojada, abrió las piernas como señal de que estaba dispuesta a participar.

—Tiene una zona muy atractiva —dijo Lolo cogiendo todo su exterior con

la mano y ella soltó el aire.

Le puso un pie por encima del respaldo del sofá y quedó de lo más abierta

para él que se levantó un momento y fue a coger algo de la caja que había

encima de la mesa con los juguetes.

—Te voy a pasar un succionador, solo quiero que te relajes y te corras para

un primer contacto. Suelta todo, libérate que iremos poco a poco —le dijo

abriendo sus labios con las manos y poniendo el aparato en su clítoris.

Ella comenzó a mover sus caderas mientras él manejaba el aparato,

buscando que se excitara aún más de lo que ya estaba. Lolo sabía cómo lograr
que Natalia se sintiera completamente a gusto y natural frente a nosotros al

final.

La escuché gemir cada vez más intensamente mientras yo le acariciaba sus

pezones sin presionar mucho, eso lo necesitaría más tarde cuando le

hiciésemos algunas técnicas. A Lolo le iba lo duro, pero siempre con un

toque delicado; sabía cómo preparar el terreno para que todo fluyera sin

problemas. Natalia se corrió intentando cerrar las piernas, pero él no se lo

permitió y siguió con el aparato firme para terminar de arrancar todo el placer

de ella. Se quedó de lo más agotada.

—Muy bien, Natalia. —Le sacó el aparato y le acarició con su mano la

zona para que se relajara.

Se incorporó, y Lolo pasó su pierna por detrás de ella y la rodeó dándole

confianza a la vez que le acariciaba el torso y los pechos. Natalia me miraba

ruborizada, pero a la vez me transmitía que estaba dejándose llevar.

Nos tomamos la cerveza cuando la soltó y ella se quedó desnuda en medio

de los dos. Ya estaba menos cortada, aunque a la vez su timidez seguía

presente en todo momento.

Charlamos un rato mientras la acariciábamos de manera casual, y a veces

incluso rozábamos su zona, que ella dejaba al descubierto con sus piernas un

poco abiertas.

Lolo le pidió que se pusiera de rodillas en el sillón, mirando hacia el mar, y

que empujara un poco sus nalgas hacia atrás porque quería tocarla un poco

por detrás y dilatar la zona. Lo sorprendente fue que Natalia no se negó,

simplemente sonrió e hizo lo que le había pedido. Elevó bien sus caderas

mientras entrelazaba sus brazos por encima del respaldo y apoyaba su cabeza

en medio.

—Muy bien, Natalia, muy bien —le dijo Lolo al verla abriéndose por

detrás para él.


Le puso un poco de vaselina en la punta y cogió un dilatador anal, y fue

jugando con sumo cuidado con su culo hasta que lo penetró hasta el fondo y

comenzó a vibrar. Natalia soltaba el aire continuamente, pero sin apenas

moverse. Lo sacó y se colocó un dedo de látex al que le echó más vaselina

antes de introducírselo y moverlo en su interior. Ella gritaba de placer, gemía

y no se movía más que lo mínimo. Lolo no dejaba de decirle lo bien que lo

estaba haciendo.

Luego le fue penetrando con dos dedos. Ahí tuve que aguantarla y relajarla

tocando su espalda. Aunque lo hacía con mucho tacto, eso la impresionaba

porque la presión era diferente, pero logró penetrarla y moverse dentro de

ella.

La estaba preparando para una doble penetración en la que participaríamos

los dos. Y a mí me estaba dando todo un morbo increíble.

Le sacó los dedos, tiró el látex y, mientras Lolo se apoyó sobre la mesa con

los pies estirados para darle altura a su nalga, le pidió que se pusiera de

espaldas a él y la fue penetrando a la vez que ella se agarraba a mi cintura.

Una vez dentro, la penetré yo por delante y los chillidos de jadeo fueron más

grandes aún.

Poco a poco empecé a moverme y luego lo hizo él, que aún seguía apoyado,

pero tenía la habilidad para ello. Comenzamos a movernos al unísono,

mientras ella, entre sollozos, no dejaba de gritar y gemir sin cesar.

Lo que Natalia no se imaginaba es que esto solo era el principio de muchos

juegos que haríamos con ella, más allá de la doble penetración. Lolo me pasó

el succionador y se lo puse también en el clítoris. La tensión subió de tal

manera que terminamos los tres como locos corriéndonos a la vez.

Salimos de ella con cuidado, primero yo y luego él. Se fue directa a tirarse

en el sofá en plancha.

Lolo y yo fuimos a asearnos la zona y ambos coincidimos en que Natalia

era perfecta para disfrutar de dos días de perversión total. La verdad es que se

había adaptado muy bien. Sin embargo, era fundamental que lográramos
dilatarla lo suficiente para poder llevar a cabo muchos juegos que ni ella se

esperaba.

Se quedó dormida y la tapamos con una toalla, estaba a la sombrita y

queríamos dejarla relajarse un poco. La verdad es que había estado totalmente

a la altura.

En ese momento, Lolo llamó una amiga que teníamos en común, Leila, con

la que por cierto habíamos hecho algún que otro trío. Al enterarse que estaba

conmigo dijo que quería venir y desperté con cuidado a Natalia y le dije que

se uniría una amiga. Adormilada y con cara de espanto dijo que vale. Solo

vendría a pasar unas horas, ya que por la tarde-noche tenía una fiesta en

Cádiz.

Cuando Natalia se espabiló un poco nos preguntó referente a eso y fuimos

sinceros y, aunque ella no se veía con otra mujer, dijo que pondría de su parte.

Bajé con ella a disfrutar de un baño en el mar mientras Lolo se encargaba

de prepararlo todo para la llegada de Leila, quien venía en coche y ya tenía la

autorización para entrar en el puerto, ya que mi amigo había hecho una

llamada para informar sobre la matrícula y su DNI.

—Me da mucha vergüenza ahora con otra chica —me dijo Natalia

abrazada a mí mientras nos dábamos un baño.

—Relájate y disfruta, siempre te lo digo. No te lo tomes como que es

mujer, solo que vamos a disfrutar del sexo y todo te producirá placer. —Le

metí los dedos por la vagina y se echó a reír.

—Eres insaciable.

—Me encanta disfrutar del sexo. —Llevé mis dedos a su clítoris y lo

masajeé un poco mientras ella comenzaba a respirar con dificultad.

—Joder, me he corrido dos veces y aún me sigo excitando. Me estás

llevando a mala vida.


—Disfruta. —La movía cada vez más rápido.

—Dame más fuerte. —Se doblaba de placer y aceleré los movimientos, y

la presión.

Se corrió antes de que subiéramos al barco de nuevo, donde Lolo ya tenía

su caja abierta y con todo ordenado, lleno de juguetes que hicieron abrir la

boca a Natalia.

—Mira, toca esto. —Le puso una especie de gelatina en la mano.

—¿Qué es? La verdad que relaja tocarlo.

—Es para meterlo en la vagina y luego introducir el miembro y que cause

una presión muy diferente y morbosa.

—¿En serio?

—Mira, abre las piernas que te lo meto un poco. —Lolo no se cortaba ni

un poco, pero Natalia tampoco. Las abrió y se lo fue introduciendo con sus

dedos.

—Joder, qué sensación más buena.

—Pues luego verás con las penetraciones. —La tocaba con sus dedos hasta

que los sacó con la gelatina.

Ella se puso a curiosear la caja viendo todo lo que había, hasta se llevó una

impresión muy grande al ver la fusta.

—¿Esto lo vais a utilizar?

—Bueno, ya se verá, hay veces que la intensidad lo pide. —La seguía

sacando de dudas Lolo.


Capítulo 31

Lara

Cuando llegamos al puerto dejamos el coche cerca de la entrada y fuimos

hacia donde estaba el yate de Eros, en cuanto nos vio acercarnos fue hacia la

rampa para ayudarnos a subir.

—Señoritas, bienvenidas al mejor fin de semana de sus vidas —dijo una

vez subimos.

—Eso está por ver. —Reí.

—Buenos días, preciosas. —Por ahí apareció Oliver, ese hombre también

latino, con el cabello castaño y los ojos marrones que sonreía de oreja a oreja

—. Os sientan bien las pamelas. —Nos dio un par de besos.

—Es que pensamos, «ir en un yate y no haceros una foto con una pamela,

es como no haber ido» —comentó Amanda.

—Podéis escoger el camarote que queráis y dejar las bolsas —nos dijo Eros

—, y si estáis listas, zarpamos.

—Claro, por nosotras, perfecto —sonreí.


Amanda y yo subimos a la zona de camarotes y entramos en los primeros

que había, uno frente al otro.

La verdad que eran amplios, cada uno contaba con una cama de

matrimonio en el centro, su propio cuarto de baño y un armario, además

desde la ventana iba a tener unas vistas preciosas del mar.

Coloqué todo y regresé a la zona de cubierta, donde ya estaba Amanda

charlando con ellos. El yate había zarpado hacía poco y aún se veía el puerto

de Marbella, pero estaba claro que no tardaríamos en verlo muy lejano en la

distancia.

Oliver me ofreció un cóctel de frutas que estaba dulce y buenísimo cuando

me senté a su lado en aquel mullido sofá en la zona de la terraza.

—Esto es vida —dijo Oliver tras dar un sorbo—. No sé si después de estos

dos días volveré a poner un pie en tierra firme, hermano. ¿Me alquilas el yate

el resto del verano para quedarme en alta mar?

—¿No estabas alojado en una villa?

—Sí, y con piscina y todo, pero qué quieres, me está llamando el yate para

quedarme en él. —Oliver le dio un sorbo a su cóctel.

—Deberías comprarte uno, te lo dije hace tiempo.

—Lo sé, y al final veo que lo haré. Estar en una villa, tranquilo y sin

demasiados vecinos alrededor, es perfecto, pero esto —extendió el brazo para

señalar el mar Mediterráneo—, esto es lo mejor, la libertad que da, sentir la

brisa mientras navegas.

—Desde luego, razón no te falta —sonreí.

—El yate ha sido mi mejor compra, os lo aseguro —dijo Eros tras beber de

su copa—. La posibilidad de escapar un par de días y alejarme de todo,


disfrutar de la calma y el silencio por la noche, del sonido de las olas. Sí, esto

es vida —sonrió de medio lado.

—Bueno, ¿y qué vamos a hacer estos días? —Curioseé.

—Disfrutar, comer bien, beber, divertirnos —respondió Eros.

—Y darnos algún chapuzón en el agua, no vamos a estar todo el día a la

sombra y bebiendo —comentó Oliver.

—A mí si me dejáis un ratito al sol, no me importa, que me quiero ir con

algo de bronceado —pedí.

—Y yo me quedo contigo, que así vigilo que no te duermas que después te

pones roja como un cangrejo —me dijo Amanda.

—Eso me pasó solo una vez.

—Sí, sí, pero nos valió para toda la vida desde entonces. Si parecía que te

habías caído en un bidón de pintura. —Volteó los ojos.

—Diez años con lo mismo, que cada vez que vamos a la piscina, me está

dando con el dedito en el hombro en cuando me ve con los ojos cerrados —

resoplé.

—Encima de que me preocupo, oye.

Eros y Oliver se reían y nos miraban a las dos. En el primero veía una

mirada de lo más pícara y a la vez tierna hacia mi amiga, en el segundo, no

me pasaba desapercibido el modo en el que me miraba las piernas, dado que

llevaba uno de mis shorts con una camiseta de tirante ancho.

Y cuando quise darme cuenta, ya estábamos lo suficientemente alejados del

puerto como para disfrutar de lo que nos rodeaba.


El sol brillaba de manera intensa sobre el mar, iluminando esas aguas

azules que, mirases por donde mirases, parecía fundirse con el cielo.

Desde aquí el puerto se comenzaba a ver cada vez más pequeño, parecía

mentira que apenas hiciera unos minutos que habíamos partido desde allí.

La brisa era perfecta para refrescarnos un poquito, porque con el sol que

había el calor se sentía más.

Eros dijo que atracaríamos no mucho más lejos, por lo que el puerto,

aunque en la distancia, seguiría estando a la vista.

Pasamos aquellas primeras horas de navegación a base de cócteles y zumos

de fruta que estaban buenísimos, llevábamos poca tripulación, y Eros

comentó que solo se dejarían ver cuando lo necesitásemos, por lo que la

privacidad la teníamos más que asegurada.

Cuando al fin fondeamos, Eros pidió que nos sirvieran la comida, y no

tardó en aparecer uno de los chicos con un carrito de cuatro estantes lleno de

platos de aperitivos.

Había un plato de queso y otro de jamón ibérico acompañado de picatostes,

mini croquetas de jamón y también de pollo que estaban buenísimas,

brochetas de tomate y mozzarella con albahaca y aceite, pinchos de ternera a

la brasa, tostas de queso con cebolla caramelizada y una bandeja de marisco.

Además, nos sirvieron una botella de vino blanco bien fría que, con ese

sabor afrutado que tenía, estaba buenísima.

La verdad que comimos de todo y nos saciamos bastante mientras los

chicos decían que, después, nos tomábamos el café y nos echábamos un rato

en las tumbonas de la terraza solárium a dormir la siesta.

No dijimos que no a ese plan, pero después del café lo que hicimos fue

tomarnos un mojito para hacer la digestión, según dijo Oliver.


—Lara, tenemos que ahorrar para comprarnos un yate —dijo Amanda tras

el primer sorbo.

—Eso deberíamos haberlo pensado antes, y al pedir la hipoteca del

apartamento, incluir la casita flotante también —contesté.

—Es verdad, porque ahorrando para comprarlo, nos podemos hacer viejas

—resopló.

—También podéis echaros un novio que tenga yate, y así no tenéis que

comprarlo —dijo Oliver y le miramos las dos mientras Eros reía negando—.

Solo ha sido una sugerencia, no me fulminéis con la mirada, por favor.

—Tranquilo, que no te fulminamos. —Reí—. Yo me voy arriba y me llevo

el mojito. —Me levanté.

—No te duermas, que te veo venir —dijo Amanda.

—Tranquila, yo la vigilo. —Oliver se levantó y me siguió sin más.

Cuando llegamos a la terraza solárium le vi quitarse la camiseta y el

pantalón y se quedó con el bañador tipo bóxer en azul marino que le sentaba

muy bien, todo había que decirlo, y me quedé mirando sus abdominales.

Hasta que me quité los shorts y la camiseta para quedarme con el bikini

azul de topitos blancos.

—Uf, vaya cuerpo. —Le escuché decir y cuando miré, vi que me observaba

de arriba abajo—. Dime que tu novio no te tiene desatendida, porque si es

así, es para hacerle espabilar.

—No tengo novio, solo es un amigo con derecho, como dice Amanda —

sonreí.
—Así que estás soltera, me alegra escuchar eso. —Arqueé la ceja—. No

pienses mal, si lo digo porque así, si me ofrezco a ponerte crema, no tengo

que temer que me rompan las manos por tocarte.

—Para empezar, aunque tuviera pareja, si me pones crema y es con buena

intención, no sería propiedad de esa persona y me podrías poner la crema sin

miedo. Y para seguir —me acerqué a él— yo misma te puedo romper las

manos si no me gusta cómo me tocas.

—No sé cómo tomarme eso, pero sí te digo que doy unos buenos masajes.

—Eso está por ver. —Me encogí de hombros.

—Dime dónde consigo crema, y te lo demuestro.

—Dile a Amanda que te dé un bote de los que hemos traído —contesté

mientras me recostaba en la tumbona poniéndome las gafas.

Oliver sonrió y no tardó en bajar de nuevo. Yo no solía ser descarada ni una

provocadora con los hombres, bien lo sabía Dios, pero Oliver era simpático y

me caía bien, además, siendo sincera, era mi cantante favorito y ¿quién no ha

tenido alguna vez una fantasía con su cantante o su actor favorito?

Cuando Oliver regresó, me pidió permiso para sentarse en la tumbona en la

que yo estaba, y le dejé hacerlo echándome un poco hacia el otro lado. Me

recosté bocabajo y no tardé en notar que me ponía la crema protectora en un

chorrito por la espalda.

Estaba fría, pero lo agradecí, porque ahí el sol daba bastante y no era plan

de acabar quemándome y con todo el cuerpo rojo como el de un cangrejo, la

verdad fuera dicha.

Oliver comenzó a extenderla por mi espalda muy despacio, suavemente y

dando un masaje en mis hombros para después pasar a poner un poco en mis

piernas que extendió de igual manera.


—Gírate y te pongo también por delante —me dijo, y así lo hice.

Cuando sus manos comenzaron a extender por mi vientre la crema, lo hizo

aún más despacio, y cuando subió hacia mi torso, noté sus meñiques rozando

mis pechos y eso me hizo estremecer.

No era tonto y estaba claro que se había dado cuenta, y claro, cuando

volvió a rozarlos de nuevo un par de veces más, y mis pezones se notaban

erectos bajo la tela del bikini, carraspeé.

—Me está dando sed —dije tratando de levantarme.

—Espera, voy a por algo de beber —contestó mientras se ponía y en pie, y

allí, ante mis ojos cubiertos por las gafas de sol, tenía su entrepierna, abultada

y claramente erecta, no había duda.

Me mordí el labio inferior y le vi inclinarse, apoyó una mano en la

tumbona al lado de mi cabeza, y noté que la otra la subía despacio por mi

pierna.

—¿Te he tocado bien, preciosa? —preguntó.

—Seguro que no me quemo. —Carraspeé.

—Pues yo estaría encantado de quemarme si tú me dejaras. —Me hizo un

guiño y se apartó.

Mientras Oliver se marchaba a por algo de beber, me quedé pensando en si

lo que acababa de pasar podría interpretarlo como era, es decir, ¿mi cantante

favorito me quería dar una alegría para el cuerpo?

Porque si era lo que quería, no iba a tener ningún inconveniente en que lo

hiciera, la verdad.
Regresó con un par de botellas de agua helada y lo agradecí, nos las

tomamos allí sentados y me hizo algunas fotos que subí a mis redes, me dijo

que era muy fotogénica además de guapísima.

—Tú lo que quieres es comerme. —Arqueé la ceja y le miré por encima de

las gafas.

—¿Y te dejarías? —Curioseó.

—No voy a mentir, toda fan ha soñado con un encuentro morboso con su

cantante favorito.

—Entonces, ¿te dejarías si quisiera comerte?

—¡Chicos, nos vamos al agua! —gritó Amanda.

—Pregúntamelo esta noche, que igual me dejo —sonreí al tiempo que

pasaba por su lado para bajar con ellos.

No tardé en dejar la pamela y el móvil en la mesa, y nos tiramos los tres al

agua para darnos un chapuzón.

Oliver se unió a nosotros poco después y me dedicaba unas miradas de lo

más sugerentes, se notaba que me quería comer, como decía él, y bien

mirado, yo estaba soltera, así que ¿qué daño podía hacerle a nadie si me

dejaba llevar con él?


Capítulo 32

Paul

Leila apareció gritando por la pasarela y levantando las manos de lo más

feliz. Vivía en Cádiz, pero era cubana. Natalia sonrió al verla así de divertida.

—Mija, no me digas que tú has estado con estos dos sin esperarme, que me

da algo.

—Bueno, digamos que hemos hecho preliminares —le contestó tímida.

—¿Cómo que preliminares? Eso es lo que tendrás conmigo —le advirtió

consiguiendo que Natalia se sonrojara por completo y soltara una carcajada.

Le dio un pico en los labios y luego hizo lo mismo con nosotros.

—¿Qué tal estás? —Le di un abrazo.

—No tan bien como tú, pero no me puedo quejar.

Lolo abrió una botella de vino blanco y puso a calentar la pasta que nos

había preparado Cata con una empanada de atún con tomate. Pusimos unas

olivas para picar y unas patatas chips.


—Así que habéis hecho planes sin mí, si no llega a ser porque llamo… —

murmuró ella mirando a Natalia, que no dejaba de reír por el tonito con el que

decía todo.

—Anda, no te quejes que te hemos caído del cielo —le dijo Lolo.

—Muchos juguetitos veo por aquí —comentó mientras asomaba la cabeza

en la caja que estaba en un rincón techado del porche del barco—. Me estoy

emocionando, que hace mucho tiempo que no le doy una alegría a este

cuerpo.

—Tampoco tanto. —Carraspeó Lolo buscándole la lengua.

—Lo suficiente para que ya tenga ganas de que me den esa alegría.

Nos sentamos a la mesa para comer y Leila comenzó a contarnos que había

conseguido que la subieran a encargada de la tienda de firma donde trabajaba

en Cádiz. Estaba muy contenta y se podía ver en las expresiones que ponía

relatándolo.

El vino fue caldeando el ambiente y, al final, Leila no pudo resistir la

tentación de tocarle los pechos a Natalia, masajeándolos, mientras decía que

qué alegría de edad y de firmeza, bromeando que cuando tuviera treinta y seis

años como ella, ya la cosa iría para abajo. Lo que se reía Natalia no tenía

precio y, además, se dejaba llevar por esas caricias que hacían que sus

pezones estuvieran más duros que nunca.

Me ponía malísimo verlas a las dos con los jueguecitos a los que la estaba

llevando Leila y, por lo que veía, Lolo estaba peor que yo. Con una copa de

vino en la mano, las miraba de manera lujuriosa, y por lo que lo conocía,

estaba claro que ya estaba maquinando cómo acercarse y hacer que ambos

entráramos en acción.

—Leila, acércate —le pidió Lolo, señalando al borde de la mesa que estaba

justo frente a él, mientras se recostaba un poco hacia atrás para hacerle
espacio.

—Ahora mismo. —Se colocó delante de él pegándose a la mesa.

—Desnúdate. —Le señaló al bikini—. Y tú también —le pidió a Natalia

señalando que se pusiera a su lado.

Me pasé al lado que estaba él, que era una silla larga de madera con

cojines, y me senté a su lado quedando delante de Natalia.

Cogió el aceite y me lo pasó para que me untara las manos, después él hizo

lo mismo. Comenzamos a masajear sus pechos y abdomen mientras estaban

sentadas al borde de nuestras rodillas, con las piernas bien abiertas. En mi

caso estaba con Natalia.

La cara de placer que se le dibujaba era de lo más morbosa y es que estaba

dejándose llevar bien por la situación.

Lolo me hizo un gesto que Leila captó al instante, justo cuando le

enrollamos el pelo en nuestra mano. Ella se arrodilló para lamer el miembro

de él, y al verlo, Natalia no se quedó atrás e hizo lo mismo. Yo la guiaba por

el pelo, moviendo mi mano para que aumentara la velocidad y así

intensificara el placer que estaba sintiendo.

Después de ese momento, Lolo y yo nos tiramos al agua de manera

espontánea, solo por hacer un poco la gracieta, pero las chicas no se lo

pensaron dos veces y también se lanzaron detrás de nosotros, disfrutando del

momento sin dudarlo.

Lolo agarró a Natalia y yo en este caso a Leila, que me dio un beso de

tornillo que demostró las ganas que me tenía. En el caso de ellos también se

dejaron llevar por un profundo beso.

—Estoy loca porque me la metas por todos lados, mijo —me dijo frotando

su pecho con el mío.


—Me estás poniendo a mil.

—Ya sabes que siempre te puse. Por cierto, es monísima la niña, pero no te

hacía con alguien tan joven.

—Lo estamos pasando bien. Es vecina mía —le decía mientras ella movía

sus caderas buscando el roce de mi miembro.

Por un momento crucé mi mirada con Natalia, que, pese a estar en los

brazos de Lolo y que se le notaba cómoda, me miraba con cierto celillo. Le

hice un guiño de ojo que le sacó una preciosa sonrisa.

Lolo sugirió que subiéramos y jugáramos con las chichas y el dado del

amor, como él lo llamaba. A quien le tocara el corazón, debía lamer las partes

íntimas de uno de los otros tres jugadores durante un minuto. Luego estaban

las esposas que significaba que tenías que atarse las manos durante todo el

juego a uno de los otros tres. También estaba el trébol, que implicaba

introducir un dedo por detrás durante otro minuto. El punto era un poco más

intenso, ya que significaba que tenías que penetrar o ser penetrado por delante

durante un minuto o en el caso de los hombres, penetrar. El corazón partido

significaba que debías tener una relación anal también por un minuto, y, por

último, estaba la corona, que consistía en dar dos azotes con la fusta en la

nalga de alguien.

La primera valiente en tirar el dado fue Leila, a la que le tocó la corona y

cogió corriendo la fusta ante la risa de todos. Le pidió a Lolo que se levantara

y recostara medio cuerpo sobre la mesa. Natalia chillaba de la risa a

carcajadas limpias al ver la escena. Le metió dos fustazos que los pude notar

en mi propia piel.

—¡Hija de puta! —gritó Lolo mientras se reía al igual que nosotros.

Decidí ser el segundo más valiente y tiré el dado. Me tocó trébol, que era

introducir un dedo por detrás.


—¡A mí, a mí! —gritó Leila causando más risa a Natalia que me miró

afirmando para que la eligiera a ella.

La hice poner de la misma manera que ella puso a Lolo, sobre la mesa

medio cuerpo. Me puse un guante de látex y me eché aceite, en mi caso me

gustaba más que la vaselina. Sabía que a ella con un dedo le faltaría otro, con

lo cual me eché bastante. Le metí el primero rápido porque ella estaba

acostumbrada y además que le encantaba, luego le metí otro y no dejaba de

jadear diciendo que quería que la follaran bien duro, ya que había gastado

gasolina en venir. Las risas no cesaban.

Fue un minuto intenso en el que disfrutó como una loca, pero como dijo, se

había quedado con ganas de mucho más.

En este caso tiró el dado Lolo y le tocó penetrar por detrás, ya que salió el

corazón partido. Sin pensarlo eligió a Leila, ya que yo la había estimulado y

dilatado. La forma en que esa mujer chillaba mientras gemía no tenía precio.

Durante ese minuto, le dio tiempo a Lolo a correrse.

Le tocó tirar el dado a Natalia y la suerte decidió que tuviera que lamer sus

partes a alguien. Lo que no nos podíamos imaginar es que eligió a Leila para

su primera experiencia de este tipo. Leila se puso a saltar feliz abrazándola y

rozándose con ella.

Se tiró sobre la mesa con las caderas bien al borde y sus piernas abiertas.

No dudó Natalia ni un minuto en irse a su zona y comenzar a lamerla y

mordisquearla, con la suerte para Leila que la llevó al orgasmo que estaba

deseando.

—Eres mi ídolo —le dijo ella intentándose recuperar.

—Pues no se me dio mal —contestó Natalia entre risas.

—¡Me toca! —Leila no tardó en coger el dado y lanzarlo a suerte. También

le tocó lamer y le hizo un gesto a Natalia que la hizo reírse más aún.
Natalia se tiró y yo, conociendo a Leila, sabía que le iba a dar otro orgasmo

a lo grande. En cuanto comenzó a lamerla, Natalia se agarró con fuerzas al

borde de la mesa y jadeó incesantemente. No tardó en llevarla al clímax.

Me tocó la corona y cogí la fusta. Le hice un guiño a Natalia y un gesto de

que se recostara en mis piernas.

—¿En serio que me vas a dar a mí con todos los que somos? —preguntó

entre risas, tirándose entre mis piernas.

Le azoté rápido y seguido para que no le diera tiempo a protestar. Creo que

dijo algo de todos mis muertos…

Lolo tiró el dado y le tocó introducir el dedo por detrás y era obvio que esta

vez le tocaba a Natalia. La colocó bocabajo en sus piernas como hice yo y le

fue tocando con mucha habilidad consiguiendo que esta disfrutara del

momento.

—Pues a ver si tengo la suerte de que ahora me penetren a mí como le tocó

a Leila.

Y como si el karma la hubiera escuchado, le tocó que la penetraran y eligió

a Lolo, porque decía que a mí me tenía muy visto. No pude evitar reírme,

porque, de alguna manera, me resultaba muy excitante ver cómo él se lo hacía

mientras yo tenía a Leila en mis brazos, acariciando sus pechos. Se corrió

dentro de ella con el preservativo, obviamente, y esta se notó que disfrutó

muchísimo. En un impulso, decidí que era mi turno y me follé a Leila por

detrás. La situación me había puesto a mil, y ella comenzó a mover sus nalgas

contra mí, encendiéndome aún más.

Después de un rato, fuimos a ducharnos para relajarnos un poco. Leila, por

su parte, tenía que irse porque la peluquera la había llamado para decirle que

podía atenderla antes de lo previsto. Así que nos despedimos de ella, y antes

de salir, le plantó un beso de tornillo a Natalia que la dejó casi sin aliento.
Natalia salió con una camiseta y sin nada debajo como le habíamos pedido.

Queríamos disfrutar a tope de este día y Lolo tenía mucho ingenio para eso.

Lo primero que íbamos a hacer era merendar. Preparé los cafés y Lolo

preparó unos sándwiches mixtos mientras Natalia recogía un poco el porche y

limpiaba la mesa.

Natalia estaba encantada y se le notaba, se sentía muy a gusto con nosotros

y lo que había vivido hasta ese momento en el día de hoy lo había disfrutado

sin ningún prejuicio ni poner un solo obstáculo, todo lo contrario, se dejó

llevar por completo.

Durante la merienda ella lo picó preguntando que cuál sería el siguiente

juego, y él le dijo que un masaje profundo a dos manos…


Capítulo 33

Paul

Lolo colocó un colchón del sofá sobre la mesa para que Natalia se tumbase

y nosotros estuviésemos cómodos uno a cada lado.

Se acostó bocarriba y con las piernas flexionadas bien abiertas como le

habíamos indicado.

Lolo le hidrató la zona por fuera y por el interior de los labios para que no

sufriera mucho con los roces, lo mismo hizo con sus pechos y pezones para

que los tuviera más aliviados.

Le puse un antifaz para dejarla completamente a ciegas y que la timidez

fuera más llevadera, aunque ya digo que estaba mucho más suelta y fluida.

Le echamos a lo largo de su torso y zona íntima, un aceite que estaba a

temperatura ambiente porque lo habíamos calentado un poco. Le produjo

cierto placer, y se le notó por la forma en la que se le agitaba el pecho.

Lolo se encargó de la cintura para abajo y yo para arriba. En una mano se

puso un guante de látex para penetrarla con los dedos por detrás. Este masaje

iba a ser un poco más intenso de lo que ella estaba acostumbrada, pero ya se

lo habíamos explicado y estaba dispuesta a vivirlo.


Estuve un rato por sus hombros, pecho y abdomen mientras que él lo hacía

por sus piernas y muslos, acercándose sigilosamente a su zona íntima, esa

que pedía a gritos que la tocaran.

Comenzó a penetrarla por ambos lados con sus dos manos, mientras yo me

concentraba en sus pezones, intentando aumentar su placer al mezclar

sensaciones de gozo con un ligero toque de dolor.

Gritaba de excitación, disfrutando de cómo Lolo la estaba tocando por

abajo y de las sensaciones que yo le provocaba en los pechos. Estuvo un rato

volviéndola loca hasta que le pidió que se tocara el clítoris para nosotros,

mientras nosotros seguíamos estimulándola a un nivel mucho más intenso.

Lolo tenía dos dedos metidos por detrás y tres por delante, llevándola al

límite de su placer. Natalia se tocaba a gran velocidad, buscando correrse y

liberar toda la tensión que llevaba acumulada.

Esperamos a que se recuperase para entrar en acción, esto había sido el

precalentamiento y ahora queríamos rematar la faena.

Natalia se levantó de la mesa y Lolo le ordenó que se abrazara a su cintura

y levantara para mí las caderas. La penetré por el ano poco a poco, y me fui

moviendo lentamente mientras Lolo miraba en todo momento los

movimientos y ella se agarraba con fuerza a él. Lo hice lentamente y

disfrutando de cada movimiento. Tardé un poco en correrme porque quería

sentir cada segundo de este momento. Natalia lo gozaba, ya que por sus

gemidos y gritos lo podía sentir claramente.

Cuando terminé, la puse pegada a mi pecho y él la penetró por delante

mientras yo la sujetaba por la cintura. Podía ver en sus ojos que estaba

disfrutando tanto como yo lo había hecho. Natalia estaba agotada, pero seguía

igual de excitada pidiendo a gritos que quería otro orgasmo.

Cuando Lolo terminó, la acompañé a la cama, ya que quería descansar un

poco, así que la toqué para que se durmiera con ese orgasmo que había

pedido. La tapé y salí hacia afuera, donde me encontré a Lolo hablando con
Guillermo, un amigo al que también le gustaba la fiesta. Recuerdo que conocí

a esos dos en un fin de semana en el que todo terminó en una gran orgía,

aunque yo solo me limité a estar con dos chicas.

—¿Dormida? —me preguntó cuando colgó.

—Sí, la toqué un poco para dejarla más relajada.

—Es una locura de niña, me pone a mil.

—La verdad es que hoy me ha sorprendido mucho.

—¿Crees que nunca hizo nada de esto?

—No, creo que no, ya lo habíamos hablado antes.

—Pues para ser su primera vez es buena aguantando y dejándose llevar.

—Sí —sonreí porque era la realidad del asunto.

Estuvimos charlando por lo menos tres horas allí, tumbados en las hamacas

y tomando el sol mientras Natalia dormía. No se levantó hasta las ocho de la

tarde en la que ya venía duchada, con una camiseta larga y una sonrisa de

oreja a oreja.

—Chicos, ya estoy como nueva —dijo feliz—. Por cierto, ¿hay sushi para

cenar? Vi dos bandejas en el frigorífico.

—Sí, las pedí esta mañana y le entregaron el pedido a Cata.

—Pues a ver si cenamos rápido, que tengo ansias por comerlo.

—Ven que te voy a poner algo —le pidió Lolo que se acercara y se sentara

en sus piernas, mientras sacaba un huevo vibrador vaginal que podía

encender cuando le diera la gana.


Se lo introdujo mientras ella bromeaba poniéndose bizca. Mi vecina la

tímida hoy había tenido un gran ascenso.

Preparamos la mesa y Lolo no dejaba de activarle el huevo. Lo que nos

reímos fue poco con las caras que ponía ella cuando no se lo esperaba.

Natalia estaba llena de vida, lo que pasa que a mí no terminaba de llenarme

como para ver algo más allá de lo que estaba pasando con ella. Para ser

sinceros, me acordaba de aquella morenaza que sabía que en cualquier

momento tendría noticas de ella para hacerme la entrevista.

El sushi estaba delicioso, nos lo comimos mientras charlábamos y veíamos

la cara de Natalia que pese a haber dormido, se le notaba de lo más cansada y

es que el día había sido de lo más completo, y eso que aún no había

terminado.

Después de la cena, preparamos unos chupitos de licor que, según decían,

ayudaban a hacer la digestión. Mientras tanto, Lolo no podía resistir la

tentación de tocar a Natalia, quien jadeaba mirándonos con morbosidad. La

llevó a un orgasmo de sobremesa, como decía él.

Estuvimos un buen rato ahí afuera disfrutando de unas copas, y en ese

instante estábamos de lo más relajados, mientras ella se había llevado una

porción de placer.

Cuando llegó la hora de irnos a la cama, Lolo sugirió entrar desnudos, y yo

ya sabía que la noche aún no había terminado.

Me coloqué de espaldas a ella, que estaba mirando a Lolo, a punto de

penetrarla y ella feliz de volver a caer en nuestras manos. Le abrí las nalgas

para poner la punta de mi miembro y entrar sincronizadamente con Lolo, que

ya lo estaba haciendo por delante.

Natalia jadeaba desde el minuto uno, y esto se notaba que le estaba

gustando demasiado. Disfrutaba con la doble penetración y de un sexo hasta


ahora desconocido para ella.

Fue otro momentazo, aunque realmente por Lolo hubiésemos hecho

muchas cosas más, pero Natalia ya estaba exhausta.

Nos quedamos dormidos casi al apagar la luz después de ducharnos los tres

rápidamente.

No eran ni las ocho de la mañana cuando sentí a Natalia besando mis

labios. Al abrir los ojos me di cuenta de que estábamos solos.

—Lolo está preparando café —sonrió mientras escuchábamos la cafetera.

—Buenos días, preciosa. —La pegué a mí.

—Buenos días, bombón, no quiero regresar —decía dejándose abrazar.

—Siempre podemos regresar mañana. ¿Qué te parece?

—Una genial idea —sonrió feliz.

—¿Lo estás pasando bien?

—Es morboso; la verdad es que sí, estoy viviendo el sexo como nunca lo

había vivido. Si mi hermana se enterase fliparía.

—No se tiene por qué enterar. —Le di un pequeño mordisco en el labio y

la ayudé a levantarse para salir a echarle una mano a Lolo con el desayuno.

Al vernos sonrió, y Natalia se acercó a darle un beso en los labios. Había

aprendido el juego bien.

Preparamos la mesa y le comentamos a Lolo que a ella le apetecía un día

más.
—Pues si os parece bien, llamamos a Leila porque me dijo que si

seguíamos hoy atracados se venía con nosotros.

—¡Sí! —gritó ella emocionada y dejando entrever que con esta se lo

pasaba en grande.

Lolo la llamó y le dijo que se viniera preparada para quedarse hasta

mañana. Pudimos escuchar su alegría a través del aparato, y Natalia le gritó

que la esperaba con las piernas abiertas.

Después de desayunar, Natalia se dio un baño mientras nosotros

recogíamos y limpiábamos la cubierta. Estaba feliz de estos dos días en este

rincón atracados en los que no nos había faltado de nada.

Lolo me estaba contando sobre unos amigos que tenemos en común,

quienes se habían ido a Australia a hacer un documental. Por lo visto, se

habían enamorado tanto del lugar que habían decidido quedarse allí unos

meses después de terminar las grabaciones.

Natalia subió llorando asustada porque decía que había visto un tiburón,

nada que ver con la realidad, ya que era un pescado muy parecido que

habitaba por la zona, pero no solían venir a la costa, aunque en este caso lo

había hecho. Nada por lo que ponerse nervioso, pero ella el susto se lo había

llevado y no había manera de calmar su llorera. Decía que ya no iba a darse

ningún baño en el mar más.

Menos mal que Leila apareció pronto y la abrazó como dos mujeres saben

hacerlo, y la calmó de manera rápida, es más, la obligó a bajar a bañarse de

nuevo para quitarle esa fobia que había cogido.


Capítulo 34

Lara

Después de darnos un buen baño, nos acomodamos en las tumbonas para

tomar unos mojitos y disfrutar del sol. Fue el momento perfecto para que

Amanda y yo nos tomáramos algunas fotos y las compartiéramos en nuestras

redes sociales.

No tardaron los chicos en decirnos que iban a darse una ducha y a ponerse

cómodos para la hora de cenar, así que nosotras hicimos lo mismo.

—Me ha vuelto a besar cuando nos quedamos solos —me dijo Amanda

tras entrar en mi camarote, pues cogió sus cosas para ducharnos y vestirnos

en el mío.

—Te lo he dicho, si tiene que pasar, deja que pase. Y, por cierto, creo que

Oliver quiere rollito conmigo —sonreí.

—Verás que al final te acabas liando tú con tu cantante favorito, en vez de

yo.

—Pues si te digo la verdad, si surge, no voy a decir que no. —Le di un beso

en la mejilla y me metí en la ducha.


Salí unos minutos después, y dejé que se duchara ella mientras yo me

preparaba. Me puse el vestido blanco con un conjunto de ropa interior del

mismo color y las cuñas. Me recogí el pelo en una coleta alta.

Cuando Amanda terminó de ducharse y vestirse, fuimos hacia la terracita

donde nos esperaban Eros y Oliver con la mesa lista para la cena. Había

marisco y pescado que tenía una pinta buenísima, además de vino blanco

bien frío.

Mientras cenábamos estuvimos hablando de trabajo, como no podía ser de

otra manera. Fue el momento perfecto para preguntarle a Oliver si estaría

dispuesto a darme una entrevista que pudiera publicar la semana siguiente.

—Creí que estábamos de relax —dijo con una sonrisa.

—Hermano, estas dos mujeres son como nosotros, aun de relax, están

maquinando para el trabajo. —Rio Eros—. Dásela, que no hay mejor lugar

que este para una entrevista. Y puede hacerte una foto en la terraza mirando

al mar.

—Pues esa sería perfecta, sí —sonreí.

—Venga, pero nos subimos a las tumbonas y dejamos aquí a estos dos

tranquilos —dijo Oliver poniéndose de pie y cogiendo la botella de vino y su

copa.

Cogí la mía y el móvil, y subimos hacia la zona de las tumbonas, empezaba

a anochecer y el sol no molestaba tanto, así que se estaba de lujo, disfrutando

de la suave brisa y el murmullo de las olas que mecía el barco de fondo.

—Bien, cuando quieras, yo estoy listo. —Dio un trago a su copa de vino.

—Vale, empecemos por lo básico. ¿Cuáles son los proyectos que más

ilusionado te tienen ahora mismo?


—Tengo dos proyectos emocionantes en marcha: un nuevo álbum que

saldrá en breve y del cual lanzaremos un sencillo en julio. Es una canción

muy pegadiza que espero que se convierta en un éxito en las pistas de baile.

Además, estoy grabando un tema para una película que, sinceramente, me

hizo mucha ilusión que contaran conmigo. Pero no puedo decir de qué

película se trata, que sé que me vas a preguntar.

—Vale, no pregunto —sonreí—. ¿Cómo ha sido el proceso de creación del

nuevo disco?

—Diferente al resto, eso seguro. Me he salido un poquito de mi zona de

confort y he trabajado con músicos y productores con los que aún no había

colaborado. También he tenido la oportunidad de hacer varios duetos, entre

ellos uno con Eros, muy especial para los dos. Por no hablar de los

videoclips, hay un par de ellos que son realmente impresionantes, y como he

dicho, espero que todo el disco les guste a mis fans.

—Y hablando de tus fans, ¿cómo llevas la fama? Es fácil subir, pero

mantener la cabeza firme y no volverse loco, debe ser difícil.

—Sí, no te voy a mentir. A veces es complicado, sobre todo mantener la

vida profesional en equilibrio con la personal. Viajo mucho, estoy en dos

lugares diferentes del mundo en una misma semana, y no veo a mi gente

cuando necesito.

»Por ejemplo, un simple abrazo de mi madre, que tan duró trabajó siempre

por sacarnos a mis hermanas mayores y a mí adelante, es duro. Pero siempre

están ahí; mi madre, mis hermanas, mis sobrinos que me mandan audios

diciéndome que me quieren y mandándome fuerza antes de cada concierto,

los amo a todos, sin ellos no sería quien soy hoy en día.

—Es muy bonito eso, Oliver. Y sí, la familia es muy importante para llegar

a ser quienes somos. Imagino que de tantos viajes que has hecho, lugares que

has conocido, seguro que hay alguna anécdota que puedas contarnos que

digas, «esto no se me olvidará jamás».


—Por supuesto que la hay, además lo pasé francamente mal. Era en mis

inicios, uno de los primeros conciertos. Me subí al escenario, lo di todo

durante la primera canción incluso la segunda, bebí agua y volví ante mi

público que gritaba y coreaba mi nombre. Empecé a cantar y, de repente,

entre los nervios y la euforia, se me olvidó la letra de la canción.

—Ay, Dios —sonreí al verle.

—Eso pensé yo, «Dios mío, que me vuelva la letra o se va el público».

Imagina, un estadio lleno de gente, y mi cabeza en blanco, nada, ni una sílaba

podía recordar. Lo increíble fue que esa gente que me veía ahí parado,

esperando a que siguiera, comenzó a cantar mi canción y me reactivé de

nuevo.

»Fue un momento de conexión tan fuerte que desde entonces supe que no

debía preocuparme por esos pequeños errores, porque mis fans, mi gente, está

ahí para disfrutar conmigo y no para juzgarme.

—Desde luego, es una buena lección, sí —sonreí—. Si no te importa, me

gustaría preguntarte por Eros, al que has mencionado, sois amigos y lo que he

visto entre vosotros es una de esas conexiones que se forja con fuerza.

—Sí, es como un hermano para mí —sonrió—. Nos conocemos desde los

inicios, hemos pasado por muchas cosas juntos, tanto buenas como malas, y

en alguna ocasión hemos compartido escenario porque me ha invitado a subir

y cantar un par temas suyos. Yo también le he invitado a los míos y la verdad

que es una experiencia brutal cuando estamos juntos. No somos rivales en la

música como alguna vez dijeron hace tiempo, somos amigos dentro y fuera

de este mundo, y así será siempre.

—Me alegro de escuchar eso, y deseo que sea así. Muchas gracias por

concederme unos minutos.

—A ti por la mejor entrevista que me han hecho en años —sonrió

haciéndome un guiño.
Dejé de grabar con el móvil y me envié el archivo al correo para no

perderlo. Le hice un par de fotos allí con el mar de fondo y mirando hacia el

horizonte apoyado en la barandilla, y quedaron perfectas.

Me llenó la copa de vino y brindamos, di un sorbo y me senté en la

tumbona con él a mi lado.

—Eres una mujer preciosa, además de simpática e inteligente —dijo.

—Gracias.

—Lara, no quiero parecer un pervertido ni mucho menos, pero…

—¿Quieres tener un poquito de sexo con una de tus fans? —pregunté

arqueando la ceja.

—Más que un poquito, la verdad —sonrió de medio lado.

—Sin ataduras, imagino.

—¿No te vas a enamorar de mí? Qué daño a mi corazoncito. —Se llevó la

mano al pecho en plan dramático.

—No te pega, Olivier, que sé que tú eres un rompecorazones. —Reí—. Y

estás de suerte, porque esta noche quiero hacer realidad mi fantasía. —Me

acabé el vino y dejé la copa en el suelo junto a la botella, al igual que hice

con la suya.

Me acomodé sobre sus piernas y llevé mis labios hacia los suyos para

besarle, un beso dulce que se fue volviendo cada vez más y más intenso.

Las manos de Oliver subían por mi cuerpo bajo la tela del vestido y no

tardé en quitármelo para quedar en ropa interior ante él.


Si había algo que estando con Álvaro había descubierto, era que tenía que

tomar y pedir lo que quería en algunas ocasiones, y esta era una de ellas.

Oliver bajó el sujetador liberando mis pechos y comenzó a mordisquear los

pezones mientras yo me movía sobre él.

No tardé en notarme cada vez más y más excitada, y también le notaba a él

bajo mi sexo, duro y palpitante.

Le quité la camiseta y Oliver me recostó en la tumbona, me quitó el tanga y

se abalanzó sobre mi entrepierna, con los ojos cargados de deseo y lujuria.

Con movimientos hábiles, lamió y mordisqueó a su antojo, mientras sus

dedos me penetraban, provocando que el orgasmo comenzara a gestarse en mi

interior. Finalmente, liberé el clímax, conteniendo un grito para que no nos

escuchara nadie.

Oliver se incorporó y cuando se quitó los pantalones y el bóxer, no dudé en

envolver su miembro con la mano y comenzar a tocarlo, la cara de placer que

puso me hizo sonreír.

Me puse de pie para besarle mientras seguía tocándole y le susurré al oído

que al fin se había salido con la suya y me había comido. Soltó una carcajada

antes de cogerme por la cintura para colocarme en la tumbona de espaldas a

él, por lo que me quedé de rodillas y apoyada con los brazos en el cabecero,

separando mis piernas de tal manera que viera bien toda mi zona.

Se puso un preservativo y, tras situarse a mi espalda, comenzó a

penetrarme mientras se agarraba con fuerza a mi cintura. Gemí y grité al

tiempo que él jadeó ante aquel contacto, y a partir de ahí todo fue rodado.

Oliver se movía rápido y fuerte, entrando y saliendo sin parar, una y otra

vez, llenándome de su miembro en mi estrecho canal.

Notaba la facilidad con la que se adentraba porque estaba completamente

húmeda y excitada por él.


Me estremecía y le podía escuchar jadear a mi espalda, comenzó a subir las

manos y cubrió mis pechos para masajearlos y pellizcar los pezones mientras

me embestía con fuerza una y otra vez.

Yo gritaba y me dejaba llevar, disfrutando de ese momento con el que

había fantaseado en alguna ocasión, porque Oliver era un tipo atractivo y

sensual que, cuando se movía en el escenario, hacía que la imaginación

volara y una se preguntara cómo sería ese hombre en la cama.

Y por el amor de Dios y todos los santos, que superaba lo que yo, o

cualquier otra mujer del mundo, se hubiera imaginado.

Mientras Oliver me penetraba con fuerza y estimulaba mis pezones, me

dejé llevar por la pasión, comenzando a mover las caderas de adelante hacia

atrás, con movimientos circulares. Los gemidos escapaban de mis labios

mientras me aferraba con todas mis fuerzas a la tumbona, que menos mal que

estaba aguantando, porque menudas embestidas me estaba dando Oliver.

Llevó una mano entre mis piernas, cubriendo mi zona íntima y comenzó a

tocarme de nuevo el clítoris frotando rápido con varios dedos de tal manera

que me volvía loca.

—Oliver. —Jadeé su nombre cuando noté que me acercaba al orgasmo.

—No te cortes, preciosa, déjate ir —me susurró al oído.

Aumentó el ritmo de sus embestidas al igual que el de su mano en mi

clítoris, me movía de adelante hacia atrás buscando aún más placer y noté

que me llegaba ese momento de liberación al que me había ido acercando de

manera irremediable.

Gemí, me agarré aún más fuerte a la tumbona y comencé a estremecerme y

gritar al tiempo que llegaba al clímax, ese al que también llegó Oliver apenas

unos segundos después de que yo lo hiciera.


Pero seguimos moviéndonos mientras liberábamos todo, hasta que se dejó

caer sobre mi espalda y me dejó un beso en el hombro.

—Me acabas de quitar la virginidad —dijo aún jadeante, y giré tan rápido

el cuello y con los ojos abiertos de tal modo, que se echó a reír—. No esa

virginidad.

—Ah, es que ya decía yo, que qué bien se te daba esto para ser virgen,

vamos.

—Lo digo porque eres la primera fan con la que me acuesto.

—Oh, qué honor —sonreí.

—Cuando quieras, si es que quieres, podemos repetir. —Me hizo un guiño

y nos besamos de nuevo antes de que se retirase.

Nos vestimos en silencio y nos quedamos allí unos minutos charlando y

riendo mientras tomábamos una copa de vino antes de volver con Amanda y

Eros que, como no eran tontos, sabían más que de sobra por qué habíamos

tardado tanto regresar.


Capítulo 35

Paul

Notaba que Leila estaba de lo más juguetona con Natalia en el agua, y ella

se dejaba llevar. Había una complicidad muy grande entre ambas. Lolo y yo

nos mirábamos desde la cubierta tomando una cerveza y no nos hacía falta

hablar, él estaba viendo lo mismo que yo y el morbo estaba más que

asegurado.

—Se la están buscando, estas van a terminar atadas de pies y manos como

se sigan tocando así.

—¿La está masturbando? —pregunté mirando a Leila con su mano en la

parte baja de Natalia.

—No sé si la está masturbando, pero penetrar con los dedos está claro que

sí. —Arqueó la ceja.

—Y que le está pellizcando los pezones y metiendo la lengua hasta la

garganta, también.

—No veas cómo se lo están pasando, primo —murmuró él, causándome

una risa— ¡Chicas! ¿Os hace falta ayuda? —les gritó mientras yo reía y ellas

levantaban la mirada de la misma forma.


—Dejadnos disfrutar, que estamos en los preliminares —gritó Leila y

volvió a lanzarse a sus labios.

—¿Te hago una pajilla?

—No, gracias —contesté a carcajadas.

Lolo, al igual que yo, no era bisexual, pero le gustaba intervenir con otros

hombres para satisfacer a las mujeres y disfrutar con ellas.

Las chicas estaban revoltosas, como decía Lolo, y estaban teniendo un

evidente orgasmo simultáneo. Se les había ido el calentón de las manos.

—Estas nos dejan fuera de juego, vete preparando —le dije para

provocarlo.

—Verás cuando suban, van a quedar directamente detenidas.

—Yo te ayudo con la detención, hermano —murmuré aguantando la risa.

—Estas van a pagar muy caro la deslealtad.

—Así sea.

—Escuchadme vosotras dos —les gritó, mientras yo observaba sus caras

—. Daros un baño bien tranquilitas hasta que os arruguéis porque una vez

subáis, seréis detenidas por deslealtad y entonces, no podréis hacer otra cosa

más que estar doblegadas a nuestra voluntad.

—¿Nos da tiempo a otro orgasmo? —preguntó Natalia de manera

descarada a gritos.

—Y a cuatro, después la resistencia y energía las tendréis al límite, y

sufriréis por ello.


—Muy bien dicho —dije riendo.

Una vez más, las muy descaradas enroscaron sus labios y comenzaron a

acariciarse y masajearse los pechos. La verdad es que la escena me estaba

poniendo malísimo, tenía unas ganas tremendas de lanzarme hacia abajo y

empezar a tocar a diestro y siniestro, pero decidí que las esperaría con

paciencia. Como decía Lolo, que se preparasen para la detención porque las

íbamos a poner finas.

—Déjalas, no van a aguantar mucho más en el agua —murmuré dándole

un trago a la cerveza.

—Eso lo sé yo, pero me da mucho morbo verlas ahí disfrutando entre ellas.

—¿Te crees que a mí no? Estoy ya demasiado encendido. Me da igual por

dónde entrar, pero necesito hacerlo.

—¡Vamos a subir y estamos dispuestas a defendernos!

—¿Qué vais a traer a los ninjas? —le preguntó Lolo provocándolas.

—Quién sabe, lo mismo llevamos sorpresa —respondió Natalia.

La primera en entrar fue Leila, y yo la agarré cuando trató de huir. Le puse

los grilletes en las muñecas, manteniéndolas juntas delante. Lolo hizo lo

mismo con Natalia, quien también se estaba riendo a carcajadas con la

situación.

—¿Hasta qué hora tenemos que estar así? Pregunto. —Se encogió de

hombros Leila.

—Hasta que bajemos del barco. Así que ingeniáoslas para comer y beber

así.
—Lolo, por favor, estar atada solo nos aporta más sensualidad y excitación.

—Mordisqueó con sus labios el hombro de Natalia.

—Trae a una a este lado —pedí viendo que se revolucionaban de igual

manera.

—Escucha, Paul. —Se sentó a mi lado Natalia—. ¿Qué problema hay, si

venimos aquí a disfrutar de sexo, que haga unos preliminares con ella en el

agua? ¿Te has puesto celosillo?

—Ese no se pone celoso ni, aunque nos vea con una docena de tíos metidas

en la cama.

—Gracias, Leila —le dije con ironía.

—Menos mal que estáis buenos y sois guapos, que de lo contrario os hago

una llave ahora mismo que os dejo jodidos hasta con las esposas puestas.

—Dios, Leila, eres mi ídolo —dijo Natalia riendo.

—Al final me convierto en el amor de tu vida.

—No me importaría —contestó ella mirándome para picarme, pero yo me

limité a tener la risilla floja.

Se las traían, se notaba que estaban tan cómodas la una con la otra que se

podía palpar la tensión. Metí mi mano entre las piernas de Natalia y ella las

abrió descaradamente sin dejar de mirar a Leila. Estaban jugando con

nosotros, pero lo que no sabían es que íbamos por delante.

Profundicé en su vagina, comprobando que estaba húmeda por la

excitación. Era normal que estuviera así, ya que acababa de tener un

apasionado encuentro con Leila, pero eso solo lograba intensificar aún más

mi deseo.
—Dame duro, Paul —me pidió mirándome desafiante.

—¿Estás segura de lo que dices?

—Completamente —me retaba con la mirada.

La levanté por las caderas y me la llevé al sofá exterior que lo abrí por

completo. Llevé sus manos esposadas por encima de su cabeza y la até a la

barandilla con una cuerda para que se mantuviera tensa. Ella sonreía

mirándome de manera provocadora.

Fui tranquilamente hacia la caja para coger algunas cosas cuando Lolo y

Leila se movieron también hacia un lado del sofá, y él hizo lo mismo. Cogí el

doble de lo que necesitaba porque estaba seguro de que él iba a hacer

exactamente lo mismo que yo.

La imagen de las dos atadas y desnudas era una verdadera tentación. Solo

de pensarlo, me sentía abrumado por el deseo de hacer tantas cosas que me

faltaban manos para hacerlas.

Lo bueno del sofá es que era impermeable y se lavaba fácilmente con un

manguerazo, así que no dudé en coger aceites y algunas cremas lubricantes

porque iban a probar lo que era bueno de verdad.

Coloqué todo en el espacio que había entre Lolo y yo, mientras estábamos

en medio de ellas, que tenían las piernas abiertas y dobladas.

Cuando se dio cuenta de la gelatina, supo inmediatamente que la situación

iba a retroceder en lugar de avanzar. La impregnamos bien de aceite y

comenzamos a introducirlo poco a poco, mientras las dos no dejaban de

gritar de placer y mover las caderas, mientras nosotros intentábamos, al

mismo tiempo, inmovilizar sus cuerpos. Esto no se lo esperaban y la

sensación de tener eso dentro junto con el movimiento de nuestros dedos las

tenía completamente descontroladas.


Hicimos un ancla con la otra mano y los dedos en la vagina, y entonces fue

la revolución total para que se volvieran completamente locas y pidieran a

gritos que les tocásemos el clítoris.

Pero no hizo falta, con tanto frote entre esas dos partes terminaron cayendo

laxas después de alcanzar el clímax.

En el momento justo que le estaba sacando a Leila lo que tenía en su

trasero, eso cogió como aire y de repente se escuchó un ruido fuerte, como un

pedo. La risa que nos dio fue increíble, no podíamos parar. Sin duda, ese

instante se quedará en nuestra memoria para siempre.

Las tuvimos que soltar porque hasta se iban a ahogar de la risa y con las

manos atadas estaban corriendo peligro.

Lo peor de todo fue que nos duró la carcajada más de diez minutos. Qué

grande había sido ese momento.

Lolo saltó al agua y Natalia fue detrás, lanzándose como si fuera una niña

de siete años. En ese momento, Leila, que estaba en una esquina del sofá, se

acercó y se acomodó en mi regazo. Se puso en cuclillas sobre mí, mirándome

directamente a los ojos.

Comenzó a mover sus caderas mientras yo se las apretaba con fuerza y

mordisqueaba sus pechos. Siempre me había puesto esta mujer y tenía unas

curvas impresionantes.

—Fóllame —le pedí, estirando la mano para coger un preservativo que me

coloqué en cero coma dos, el tiempo justo para que ella se lo introdujera

sentándose sobre él y comenzara a moverse con fuerza.

Me agarré a sus pechos apretando la mandíbula para que no me salieran

todos esos gemidos contenidos que se iban escapando entre mis dientes.
Me pedía que le apretase más los pezones y lo hacía con fuerza, pero para

ella era poco, ya que le gustaba ir al límite. Me corrí con esos movimientos

que eran toda una lujuria.

Se levantó y se fue hacia las escalerillas para lanzarse al mar con los

demás. Después de lavarme, me asomé y me los encontré a los tres

enrollados, jugando en medio de toda esa perversión que nunca se acababa.

Me dispuse a preparar la comida, que era un trozo de cerdo que había

rellenado Cata. Contenía queso, jamón serrano, frutos secos, huevo duro y

carne de pollo. Lo calenté en el horno una vez troceado a rodajas

aprovechando que estaba frío y en una pieza. La pinta de la carne era

espectacular. Para acompañarlo, estaba preparando unas patatas fritas que

estaba cortando en ese momento.

Los chicos subieron justo cuando ya tenía los platos preparados en la mesa.

Se lo habían pasado pipa, vamos que venían a carcajadas y se quedaron

sorprendidos por la pinta de la comida.

Después de comer y aprovechando que estaba en la sombra, abrimos

completamente el sofá y nos tumbamos los cuatro. La verdad es que se estaba

de maravilla, ya que corría una suave brisa que hacía que la temperatura fuera

inmejorable.

Era imposible no notar la química entre Natalia y Leila; se buscaban

constantemente con pequeños roces que dejaban claro lo que sentían. Lolo y

yo nos mirábamos, pensando lo mismo, y es que las dos tenían un calentón

entre ellas grandísimo. Nos quedamos tumbados de lado, mirando cómo

ellas, en el centro, estaban completamente absortas la una en la otra,

besándose y acariciándose, sin acordarse siquiera que estábamos allí. Se me

escapaba la risa de pensarlo, pero es que era así.

—Hola, os recordamos que estamos aquí —dijo Lolo levantando la manita.

—Lo sabemos, pero es que nosotras tenemos más sangre en las venas.
—Dios, qué ataque más gratuito —dijo Lolo, causándome una carcajada

por esa expresión que me parecía de lo más graciosa.

Al final tiré de la cintura de Natalia y la recosté encima de mí abrazándola.

—¿Estás celosillo, Paul? —me preguntó riendo, mientras yo observaba que

Lolo había hecho lo mismo.

—Un poquito. ¿Hay un poco de porción para mí? —Estaba encima de mí,

pero bocarriba mientras yo le mordisqueaba el lóbulo de la oreja.

—Claro que hay, solo tienes que buscarlo —dijo mientras yo ponía mi

miembro en la entrada de su vagina.

La penetré y comencé a moverme suavemente desde abajo. Ella gemía,

mientras yo buscaba darle y encontrar el máximo placer. Estaba de lo más

excitado y necesitaba soltar esa tensión que había acumulado. Me corrí

dentro de ella, aunque llevaba puesto el preservativo. Me quedé unos

segundos recuperando el aliento, antes de ir al servicio a tirar el preservativo

y asearme.

Al volver, me encontré a Lolo liado con las dos, se lo estaba pasando en

grande. No pude resistirme y me uní a la fiesta, enredándome primero con

una y luego con la otra, disfrutando de sus cuerpos que tocaba a partes

iguales. Ambos eran de lo más excitantes.

Terminamos follando por todos lados y alternando a las chicas, que eran

insaciables y no dejaban de provocarnos constantemente para que no

decayéramos. Incluso entre ellas se masturbaron y lamieron un par de veces

mientras nosotros se lo hacíamos por detrás. Pasamos un par de horas

realmente intensas, hasta que, al final, todos terminamos agotados y nos

echamos para dormir una siesta que, para nuestra sorpresa, nos llevó a

levantarnos a las nueve de la noche.


Nos fuimos duchando por turnos y preparamos la cena juntos. Luego, nos

tomamos unas copas mientras charlábamos relajados, ya se nos notaba el

cansancio y las pocas fuerzas. Habían sido dos días de lo más intensos, en los

que no habíamos parado ni un solo momento.

Lolo pasó la noche con Leila, mientras que yo lo hice con Natalia. Y todo

esto ocurrió después de que ellas intentar llegar a un acuerdo para dormir

juntas. Ver para creer, pero que habían sido todo un descubrimiento la una

para la otra, se notaba a simple vista. La química entre ellas era

impresionante.

Por la mañana, desayunamos juntos antes de que Leila y Lolo se marcharan

en el coche de ella, mientras que Natalia y yo nos dirigíamos de vuelta a

Sotogrande. Todos prometimos volver a reunirnos pronto para repetir la

experiencia, que, todo hay que decirlo, había sido de lo más excitante.

Iba navegando de vuelta y Natalia tenía echada una mano sobre mi hombro

y la cabeza en el otro. Iba pensativa, con la sonrisa puesta y estaba claro que

recordaba todos los momentos vividos. Me había dejado impresionado con su

fluidez y cómo se había adentrado en el juego sin ningún problema. Me

atrevería a decir, sin temor a equivocarme, que era la que más había

disfrutado en todo momento.

La dejé en el embarcadero de su casa después de despedirnos con muchos

besos y abrazos. Me dio las gracias por haberla llevado a vivir algo que para

ella había sido novedoso e inolvidable. Se llevaba una gran experiencia, y yo

feliz de que la hubiera disfrutado de esa manera en la que lo hizo.

Llegué a casa y me encontré a Robert en el jardín tomando un café. Nos

dimos un abrazo y me senté para contarle por encima lo que habían sido los

dos días más intensos desde que llegué a España. Reía mientras me

escuchaba y no se podía creer que Natalia hubiera sucumbido de esa manera.

Aprovechando que estaba de vuelta en casa, eché un vistazo a las redes

sociales de mi hermana para ver si había salido esos días, pero no, no había
fotos suyas más que en mi piscina. En cambio, en el perfil de Lara había fotos

que estaba claro que eran hechas en alta mar, y se veía preciosa con la

sonrisa, las gafas de sol y la pamela. Además, los bikinis que llevaba puestos,

que dejaban al descubierto bastante piel, le quedaban realmente sexis.

Y entonces sí, entendí que lo que decía Grace era cierto, si quería volver a

ver a la morena que no salía de mi cabeza, tendría que concederle esa

entrevista.
Capítulo 36

Lara

Había dormido de lujo en esa cama grande y cómoda, y me quedé

dormida, ya no solo por la cantidad de mojitos que bebimos la noche anterior

y el agotamiento por los bailes que compartí con Oliver, todos ellos de lo más

sensuales, sino porque notaba levemente el modo en el que las olas mecían el

yate, como quien mece suavemente a un bebé para que se duerma.

Me di una ducha y no dudé ni por un segundo en ponerme el trikini rojo y

el pareo blanco y las cuñas, cogí las gafas de sol y la pamela, así como el

móvil, y en cuanto puse un pie en las escaleras antes de bajar a la terraza, me

hice un selfi de medio lado mirando al mar y sosteniendo la pamela. Había

quedado preciosa y con una luz perfecta, así que la subí a mis redes con un

texto en el que ponía que no había mejor manera de despertar, que con esas

vistas.

Y es que era una estampa preciosa, con el sol brillando sobre el

Mediterráneo, las olas moviéndose suavemente y con ese leve rumor

alrededor del yate, y a lo lejos el puerto de Marbella, aunque este sí que se

veía pequeño.

Pude escuchar la risita de Amanda y sonreí, estaba claro que, si yo había

cumplido mi fantasía de tener un sexo increíble con mi cantante favorito, ella

no fue menos, pues no me pasó por alto el beso que Eros le dio mientras
bailaban, que tenía poco de sutil y mucho de apasionado. Se fueron juntos

con las manos entrelazadas hasta la zona de los camarotes.

—Buenos días, preciosa. —Escuché tras de mí y vi a Oliver, guapísimo

con una camisa desabotonada y las bermudas beige—. Ya me has puesto

malo —resopló mirando mi escote.

—Una ducha fría y se te pasa —sonreí.

—Qué crueldad me acabas de decir.

—Anda, vamos a desayunar que, me parece a mí, que la parejita nos deja

sin nada.

Cuando vi a Amanda, sonreía con la cabeza apoyada en el hombro de Eros,

esperaba que ese hombre no jugara con ella solo por el hecho de que fuera

una de sus fans y le gustara, porque ahí donde la veían, mi amiga podía ser

toda una guerrera, un huracán con temperamento y con la lengua un poquito

suelta a veces, pero era dulce y con un corazón de oro que ya le habían hecho

pedazos una vez, y no quería que ocurriera una segunda.

No podía no ver esas miradas que ella le dedicaba a Eros, y tampoco las de

él, me quedé unos segundos allí observando y se les veía con una química y

una conexión que era más que palpable, pero eso no quitaba que tuviera

miedo de que él, cantante de profesión y acostumbrado a estar con la mujer

que quisiera, le partiera el corazón después de echarle unos cuantos polvos.

—Estás tensa —me dijo Oliver y noté sus manos en mis hombros—. No te

fías de él, ¿verdad? —Le miré por encima del hombro y sonrió— No, por tu

mirada veo que no. Pero puedes estar tranquila, Eros es un tipo leal. Es decir,

no va solo por el hecho de acostarse con una fan, como pueden hacer otros.

¿Ves cómo la mira? —Señaló y volví a mirar hacia la pareja, que sonreía y

tenían los ojos brillantes— Solo le vi mirar una vez así a una mujer, y fue ella

quien le rompió el corazón a él. Hizo una canción sobre eso, no sé si la

recuerdas.
—Me suena.

—No va a hacerle daño, ni a jugar con ella. Es su musa, no lo olvides. —

Me dio un beso en la mejilla—. Quién sabe, igual yo también hago una

canción para mi nueva musa.

—Y, ¿qué vas a contar, que follo bien? —Arqué la ceja y soltó una

carcajada.

—No, eso me lo guardo para mí y para cuando quieras que repitamos. Lo

que diré es algo así como. —Carraspeó y comenzó a cantar—: «Suave como

la seda es su piel, dulces como el almíbar sus besos, mía fue una vez, y de

otro ahora es». —Me hizo un guiño.

—Joder, pero si no tengo novio.

—Cuando lance el disco, estoy seguro de que ya lo tendrás, porque una

mujer como tú es irresistible; cualquier hombre que tenga un par de ojos y

sepa apreciar lo que tiene delante querrá tenerte a su lado.

—No busco el amor.

—Preciosa, el amor no se busca, él nos encuentra a nosotros. —Me dio un

beso en la mejilla y fuimos hacia la mesa con Amanda y Eros—. Buenos

días, hermano. Amanda, te ves preciosa esta mañana.

—Gracias —sonrió con timidez.

—¿Qué tal has dormido, cariño? —le pregunté a mi amiga con un beso en

la mejilla.

—No ha dormido mucho, creo yo. —Carraspeó Oliver, y Eros sonrió al

tiempo que ella se sonrojaba.

—Así que has tenido compañía en la cama, qué pillina —le dije sonriendo.
—Vamos a desayunar mejor —dijo ella.

—Sí, sí, que esto tiene todo, una pinta buenísima —contesté.

Había cruasanes recién hechos con mantequilla y mermelada de frutos

rojos, tostadas de aguacate con tomate y aceite, fruta fresca troceada, zumo

de naranja y pomelo recién exprimido, pan de cristal con jamón, tomate y

aceite, y café.

Desde luego, que aquel sí que era un desayuno de campeones, como diría

Lola, y comí de todo un poco porque estaba buenísimo, se veía que estar en

alta mar daba hambre.

Y mientras hablábamos de los ratos que habíamos compartido allí los

cuatro y nos hacíamos algunas fotos, porque yo no pude evitar tirar varias a

ese desayuno y subirlas a mis redes, la complicidad entre Eros y Amanda era

más que evidente.

Se miraban con una sonrisita en los labios, él le acariciaba la mejilla de vez

en cuando y ella se sonrojaba como una quinceañera, por no hablar del modo

en el que le tenía el brazo pasado por los hombros y bien cerquita de su

costado, en una más que clara intención de decir que, la mujer que tenía al

lado era para él y para nadie más.

Y en un momento dado, Eros ya no pudo reprimirse más, lo vi en su

mirada, y se inclinó para darle a mi amiga un tierno y sensual beso en los

labios, acompañado de un suave mordisquito.

—Yo creo que, en estos días, ha nacido una pareja con mucho futuro —dijo

Oliver tras dar un sorbo al café al ver aquel beso.

—¿Cuánto futuro? —Curioseé.

—Mucho, de los que acaba en boda, hijos, perro, una casa con jardín, ya

sabes —respondió encogiéndose de hombros y reí.


—Que solo me ha besado —dijo Amanda, y Eros carraspeó.

—Anoche hice mucho más que besarte, pequeña.

—Cuenta, cuenta —sonreí mientras me apoyaba con el codo en la mesa, y

la barbilla sobre mi mano.

—Lara, por Dios —susurró Amanda.

—Es broma, cariño, y lo sabes. —Le hice un guiño—. Oliver, una cosita

—le miré—, ¿tú crees que, si estos dos se casan, sería una boda así, en alta

mar, o Eros buscaría algo más exótico?

—Si Marbella, el mar y estas vistas no son suficientes para una boda de

ensueño, no sé qué lo sería, la verdad.

—Si esta es la vista para una boda de ensueño —dijo Eros—, os nombro

nuestros padrinos y como encargo ya podéis empezar a buscar trajes de novio

y vestidos de novia.

—Ay, por Dios. —Amanda no sabía dónde meterse, y la pobre estaba roja

como un tomate.

—Yo solo te digo, hermano, que, si hay boda algún día con esta preciosa

mujer, más vale que sea yo el primero en saberlo, a ver si voy a tener que

enterarme por la prensa —le advirtió Oliver.

—Y yo quiero la exclusiva, que conste. —Levanté la mano.

—Hecho. —Eros nos hizo un guiño, y Amanda seguía roja como un

tomate.

Estaba claro que nosotros dos bromeábamos y Eros nos seguía el juego,

pero a él le veía tan pendiente de mi amiga que me gustaba, y ojalá sí que

tuviera intenciones de algo más que solo unas noches de sexo con ella.
Después del desayuno, me quité el pareo y las gafas y fui a darme un

chapuzón, no tardó en unirse Oliver a mí y nos quedamos en el agua

charlando sobre esos planes de futuros proyectos que él quería llevar a cabo.

Además de que me sostuvo en todo momento para que no me ahogara,

según él y que a mí me hacía reír, y me dio algún que otro beso muy cerca de

los labios.

Cuando subimos de nuevo al yate, fuimos a la terraza solárium y nos

acomodamos en las tumbonas, me puso crema protectora y no dudó en darme

un orgasmo con sus hábiles dedos con mi consentimiento, obviamente, lo que

hizo que me excitara tanto que le pedí que se sentara y me acomodé sobre él

para tener otro momento de sexo, esta vez un poco más discreto por si había

curiosos en otros barcos de alrededor.

Le di un beso profundo cuando ambos alcanzamos el clímax y sonrió.

—Me llevo un buen recuerdo de estos dos días en alta mar —dijo

colocándome el cabello tras la oreja.

—¿Quieres un autógrafo? —Arqueé la ceja.

—Venga, lo que nos piden algunas fans. Fírmame en el pecho, y me lo

tatúo.

La carcajada que me salió debieron escucharla hasta en el puerto, porque de

verdad que me tuve que reír con esa ocurrencia.

Oliver era un buen hombre, no solo era una figura famosa inalcanzable, se

veía que tenía un corazón enorme y que su madre le había educado bien.

—¿Nos volveremos a ver después de estos días? —preguntó con la mirada

fija en mí.

—Todo puede pasar, igual dejo que un día me invites a cenar —sonreí.
—Solo cenar, prometido. —Volví a reírme porque levantó el meñique a

modo de juramento y lo entrelacé con él—. Ante todo, quiero tener una sana

amistad contigo, ¿de acuerdo?

—Vale. —Le besé, porque me nació así, darle un beso rápido en los labios

antes de romper ese contacto de intimidad que acabábamos de tener.

Nos adecentamos y volvimos con los chicos, comimos algo de marisco,

tomamos café y después de un último mojito y algunas fotos con Amanda, el

yate puso rumbo de nuevo hacia el puerto.

Y allí nos despedimos de ellos, con abrazos y besos, así como la promesa

de volver a vernos los cuatro una de esas noches para tomar una copa en el

local donde solíamos ir Amanda y yo.

Cuando subimos al coche, ella suspiró y le pregunté qué le pasaba.

—Pues que no sé si esto es un sueño, o ha pasado de verdad. Y lo que me

ha dicho, que soy especial… no sé si es cierto.

—Cariño, limítate a vivir lo que la vida te acaba de traer, después ya

iremos viendo qué pasa, ¿sí?

—Si es solo un juego, prefiero que acabe aquí.

—Según Oliver, no lo es, así que, espera, que el tiempo es sabio y ya nos

dirá qué pasa.

—¿Y tú qué? Porque en esa terraza me parece a mí que habéis hecho algo

más que hablar —sonrió.

—Pues sí, cumplí mi fantasía con mi cantante favorito.

—¿Y?
—Mejor de lo que esperaba, nena, mucho mejor. —Hice un guiño y ella

sonrió.
Capítulo 37

Lara

La entrevista que le hice a Oliver en el yate había sido lo más visto y

compartido en los últimos dos días, así como las fotos que pusimos para

acompañarla, que también subió él a sus redes y tuvo un montón de «me

gusta» y comentarios.

Igual que las de Amanda y mías, donde nuestros seguidores decían que

estábamos guapísimas y que deberíamos subir más fotos así en plan

veraniego.

Rodri, nuestro jefe, preguntó cómo habíamos conseguido hacer la

entrevista de Oliver y nos limitamos a decirle que, como le vimos en la fiesta

de presentación del nuevo sencillo de Eros, este le habló bien de nuestra

revista y accedió sin problemas.

Tampoco íbamos a ir contando que habíamos pasado dos días en el yate de

Eros con los dos, porque luego de todo se podía enterar la gente y hablar de

lo que no era.

Estábamos terminando de redactar un par de artículos sobre unas noticias

que nos habían llegado a la redacción, cuando me saltó una notificación en el

móvil con un mensaje de Grace.

Grace: Buenos días, Lara, ¿te pillo bien? Verás, es que creo que mi

hermano está más que convencido para darte esa entrevista. Me falta solo un
pequeño empujoncito y dirá que sí. ¿Podemos vernos? Puedo ir para

Marbella y comemos, si te parece bien.

Lo comenté con Amanda y me dijo que, por ella, bien, así que le dije a

Grace que sí y quedamos en vernos a las dos en un restaurante del puerto.

—Chicos, tengo un chivatazo —dijo Aitor entrando por la pueta—. No os

lo vais a creer.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Mireia.

—Se dice, se comenta, que cierto modelo se ha liado con una actriz casada.

—¿Qué modelo, y qué actriz?

—La imagen de la firma de perfumes italianos, con la protagonista de la

película más hot del año.

—Espera, espera, ¿Doménico y Micaela? Pero si ambos hicieron un

anuncio el invierno pasado para esa firma de perfume —dijo Ana.

—Pues se ve que el frío invierno les hizo arrimarse más de la cuenta, y

siguen juntos. Voy a contrastar la información, pero parece buena. Me han

enviado un par de fotos.

—Pero si ella lleva casada con ese productor de cine una eternidad —

comenté.

—Dicen que era más por interés mutuo, que por amor. No me extrañaría

que en unos meses tengamos otro sonado divorcio.

Aitor se acomodó en su puesto y comenzó a hacer algunas llamadas para

contrastar la información. Apenas una hora después, estaba más que

confirmada y habló con Rodri para publicar esa exclusiva al día siguiente,

antes de que otra revista o programa de televisión lo hiciera.


Amanda y yo terminamos el trabajo, nos despedimos de nuestros

compañeros hasta el día siguiente y salimos de allí para ir hacia el puerto.

Cuando llegamos, Grace aún no estaba, así que fuimos a una de las mesas

de la terraza y pedimos una botella de vino blanco mientras echábamos un

vistazo a la carta esperando a que llegara.

—Eros me ha invitado a salir mañana por la noche —me dijo Amanda de

repente.

—¿En serio? —sonreí.

—Sí, quiere que vaya a cenar al yate con él.

—Le habrás dicho que sí, ¿verdad?

—Sí, pero solo porque allí no habrá prensa que nos pueda ver. No quiero

que acabemos en las portadas de las revistas del corazón.

—Todo se andará, y lo sabes. Pero antes de que eso pase, la exclusiva la

publico yo.

—Que no vas a tener nada que publicar, Lara, que esto se queda en unos

días de sexo, y ya —sonrió.

—Sí, sí, claro. Eso seguro, vamos. —Reí.

—¿Y tú con Oliver?

—¿Qué pasa con nosotros? —pregunté dando un sorbo a mi copa.

—Que si os vais a ver.

—Pues no sé, el tiempo dirá.

—Hola chicas. —Grace llegó sonriente, como no podía ser de otra forma.
—Hola —respondimos al unísono y nos levantamos para darle un par de

besos.

—¿Es para mí? —preguntó señalando la copa de vino.

—Toda tuya. —Reí, y ella la cogió para dar un trago.

Llamamos al camarero y pedimos, optamos por unas brochetas de carne

con verduras a la parrilla como entrante, y un pescado al horno con patatas al

vapor.

Cuando se marchó, Grace entró de lleno en lo que la había traído hasta

aquí.

—Bien, como te he dicho, tengo a mi hermano casi convencido para

concederte una entrevista.

—Igual no es buena idea, por el encontronazo que tuvimos.

—Pues de eso parece haberse olvidado, la verdad.

—Grace, que un golpe así no se olvida. —Rio Amanda.

—Además, tu hermano no es fan de las entrevistas, ¿cuántas ha concedido

desde que es un rostro conocido de Hollywood? —Curioseé, y en ese

momento nos sirvieron los primeros.

—Alguna, pero ya sabes que todas han sido relacionadas con su trabajo,

nada de temas personales.

—Pues espero que no pretendas que a mí me responda alguna pregunta

personal, porque seguro que no lo hace.

—Mujer, con lo maja que eres, seguro que te dice hasta la talla de zapatos

que usa.
—Esa te la digo yo, Grace —contestó Amanda—. Una grande, que no veas

qué pies tiene tu hermano.

—Qué listilla, eso ya lo veo yo. —Volteó los ojos—. En serio, seguro que

mi hermano te concede una entrevista. Solo me falta terminar de convencerlo,

pero voy a desplegar todos mis encantos. Sigo un poquito enfadada con él,

pero es que este es su pago por aquella ofensa.

—Hablas como en la Edad Media, que parece que te robó algo. —Reí.

—Eso no, pero no esperaba que me sacara de la fiesta de aquel modo, y lo

está pagando caro. Mira que le quiero, pero no le gusta mi indiferencia.

—Yo es que lo de la entrevista, con lo serio que es con la prensa, como que

no lo veo.

—Serio no, Lara, que le sonríe —dijo Amanda.

—Sí, es lo único que hace, sonreír y decir que todo está bien. —Volteé los

ojos—. No va a acceder, verás como no.

—Mi hermano es que es un poquito especial.

—Un muchito, diría yo. —Arqueé la ceja.

—A ver, la prensa le agobia, es lo único, pero cuando se agolpan para

perseguirle, si está solo con un periodista y en un lugar tranquilo, es un

encanto.

—O sea, que si accede a que le interrogue.

—Le entrevistes. —Rio Amanda cortándome.

—Eso. — La señalé, y Grace se rio—. Si accede a que le entreviste, tendrá

que ser en una cafetería cerrada solo para nosotros, y que no tengamos

molestias.
—Bueno, en una cafetería no va a ser.

—¿Entonces dónde? Porque no querrá estar muy expuesto en algún bar o

algo así. Y ya te digo yo que, en la redacción de la revista, corre peligro

porque hay dos súper fans suyas que pueden sufrir un desmayo —dijo

Amanda.

—Si accede, que sé que lo hará, porque tengo mis trucos para convencerlo.

—¿Qué trucos? —pregunté.

—Pues, mis trucos, además de claudicar y volver a ser amigos y hermanos

felices y sin pelearnos poque me sacara de la fiesta como lo hizo.

—O sea, que tendrás que recurrir al chantaje o la recompensa.

—¿Cómo que, a la recompensa, Amanda? —Fruncí el ceño.

—A ver, digo yo que con lo evasivo que es para las entrevistas, igual

necesita un aliciente. Dile que esta entrevista le hará ver más humano y

menos inalcanzable, y que, si abre su mente a respuestas menos

profesionales, se ganará el corazón de sus fans y de mucha otra gente.

—Podré conseguirlo —sonrió Grace.

—Pues suerte con eso, porque no sé la de veces que he leído en estos días

que muchos han intentado entrevistarle y siempre ha acabado negándose.

—Sigue siendo mi hermano, y aunque ahora estemos un poquito así,

enfadadillos…

—Enfadadillos, dice, y seguro que le has mirado con cara de querer

volatilizarle en más de una ocasión. —Rio Amanda.

—Ajá, sí, pero, aparte de eso, siempre seremos hermanos, se preocupará

por mí y querrá verme bien así que, haciendo honor a la palabra hermanos,

me dirá que sí.


—Si lo consigues, desde luego que te merecerás un premio por convencerle

—sonreí.

—O por cansina, que le llevo dando la tabarra desde la mañana siguiente a

la fiesta. —Se encogió de hombros.

—Vale, entonces estás convencida de que vas a desplegar tus encantos y él

va a decir que sí, pero si no es en una cafetería, ¿dónde tendría que ir para

hacerle la entrevista?

—En su casa, o no la dará —contestó Grace.

—¿Qué? No, ni hablar —negué.

—Lara, hemos ido a casa de otros famosos para entrevistarles.

—Sí, Amanda, tú lo has dicho, hemos, en plural, las dos. A casa de ese

hombre tendría que ir yo sola, y por lo que me dijo la noche que nos

conocimos…

—Que te tiraste contra él —dijeron las muy brujas al unísono.

—No es mi persona favorita, vamos. Que me puso de vuelta y media, el

actorcito.

—Creo firmemente que vosotros, al final, os acabaréis llevando bien —dijo

Grace.

—Claro que sí, nos vamos a caer genial, vamos a ser súper amigos. —

Volteé los ojos.

—No es tan mal tipo, en serio, solo un poquito difícil de tratar a veces.

—Si quiere que le haga la entrevista, tendrá que ser donde yo diga, no en su

casa. Y si no acepta, no hay entrevista, lo siento. —Me encogí de hombros.


—Vamos, Lara, que esta es una oportunidad de oro para conseguir que

Paul se abra, y sé que tú puedes. Porfi. —Hasta puchero me hizo la muy

jodida.

—Lara, piensa en lo que sería una entrevista en exclusiva a ese hombre, ya

no solo por el éxito para la revista, sino el tuyo propio —me dijo Amanda.

—Donde yo le diga, o no habrá entrevista —sentencié.

—No prometo nada, pero de que lo intento, lo intento. Que yo con que me

diga que te la concede, ya me doy por más que satisfecha —sonrió Grace.

No veía muy claro que su hermano quisiera dar una entrevista con

preguntar personales, pero si Grace lo conseguía estaba claro que no solo la

revista tendría éxito y vendería más, sino que mi propio nombre como

periodista sería aún más conocido, y eso era una gran ventaja a la hora de

querer acceder a otros famosos menos accesibles a la prensa.

Seguía sin tener claro que Grace consiguiera convencerle, pero si lo hacía,

iba a prepararme la mejor entrevista de todos los tiempos para el hombre más

inaccesible del mundo del cine.


Capítulo 38

Lara

No esperaba recibir una invitación por parte de Oliver para cenar con él,

pero acepté porque, ante todo, como él dijo, quería que entre nosotros hubiera

una buena amistad.

Amanda me dijo que Eros se lo había comentado la noche anterior, así que

no le pilló de sorpresa cuando se lo comenté, y me dijo que no me lo había

contado porque no era quién para hacerlo.

Después de darme una buena ducha, me apliqué la crema hidratante

corporal de Amanda, que puso el grito en el cielo al ver que había vuelto a

cogérsela. Luego opté por ponerme unos pantalones ajustados, una camiseta

con el hombro caído y unos tacones para salir a disfrutar de la noche.

En mis planes no entraba lo de acostarme con Oliver de nuevo, y eso se lo

había advertido a él, que prometió que tal como dijo en el yate la última

noche, solo era una invitación para cenar.

Le pregunté dónde nos veíamos y me dijo que enviaría a alguien de su

equipo de seguridad a recogerme para llevarme hasta donde él me esperaba, y

ahí estaba yo, subiendo al coche que me recogía para llevarme a encontrarme

con Oliver.

Iba de camino escuchando la suave música que llevaba el conductor,

cuando me llegó un mensaje al móvil.


Álvaro: Buenas noches, preciosa. ¿Cenamos?

Lara: Buenas noches, Álvaro. Lo siento, pero ya tenía planes para hoy.

Nos vemos otro día.

Guardé el móvil de nuevo en el bolso y al mirar por la ventana comprobé

que nos acercábamos a uno de los hoteles más exclusivos de Marbella.

El conductor entró en el parquin y me llevó directamente a la zona del

ascensor, donde paró para bajar y abrirme la puerta.

—Oliver la espera en la suite de la última planta —me dijo antes de cerrar

la puerta del coche.

—Gracias —sonreí.

Subí al ascensor, pulsé el botón de la última planta y comprobé en el espejo

que mi ropa, peinado y maquillaje estuvieran bien.

Cuando salí de allí, caminé hacia la puerta y esta se abrió, dejando ver a un

sonriente Oliver que vestía en vaqueros y camisa.

—Estrás preciosa, Lara —dijo abrazándome con afecto.

—Tú también te ves muy bien —sonreí.

—Pasa, bienvenida a mi lugar de vacaciones. —Extendió el brazo y me reí.

—Pensé que estarías en una villa.

—No, para unos días que iba a quedarme, preferí esta vez el hotel, la

verdad.

—Hum, qué bien huele esa cena —dije al ver la mesa servida.

—Espero que te guste. —Me dio un beso en la mejilla.


—Oliver, que solo he venido a cenar.

—Tranquila, que por el momento no quiero comerte.

—Ah, por el momento, o sea, que puede que pase. Vale, vale.

Ambos reímos y fuimos hacia la mesa que estaba junto al ventanal desde

donde se podía contempla el mar a la perfección.

Si el hotel era uno de los edificios más modernos y elegantes de todo

Marbella, la suite estaba a la altura de las expectativas, con todo lujo de

detalles, así como una gran cama a un lado, junto al cuarto de baño.

Todo en la decoración era de un gusto exquisito, con tonos suaves en beige

y blanco con muebles de madera clara, lo de que le daba un toque sereno y

que invitaba a la calma.

En la sala de estar, que era donde íbamos a cenar, además de la mesa con

dos sillas, había un sofá gris y una mesa de café de cristal con decoraciones

plateadas.

Oliver me retiró la silla, sonreí mientras me acomodaba y llenó las copas

de vino cogiendo la suya para hacer un brindis.

—Por una noche entre amigos —dijo tras chocar nuestras copas, y

bebimos.

Se sentó y comenzamos a disfrutar de aquella cena, compuesta por un

tartar de atún que estaba muy bueno, unos raviolis rellenos de langosta y, para

el postre, una tarta de queso con mermelada de frambuesa que estaba

deliciosa.

La conversación con Oliver era de lo más amena, no teníamos silencios

incómodos y siempre tenía algo que decir que me hacía reír. No dejaba de

mirarme y buscarme la lengua, aunque sabía que no pensaba volver a caer en

lo que pasó.
Cierto es que no hay que decir nunca «de esta agua no beberé», pero tenía

claro que lo que ocurrió, fue por el momento en el que nos encontrábamos,

nada más.

Después de la cena, sirvió el champán en dos copas y salimos a tomarlas a

la terraza de la suite, sentados en el cómodo sofá con las vistas al mar.

—La verdad es que es raro estar aquí contigo —dije tras beber un sorbo de

champán.

—¿Por qué? Somos un par de amigos, adultos los dos, que han quedado

para cenar.

—Sí, pero no dejas de ser mi cantante favorito y yo tu fan, y que hemos

tenido sexo, dos veces —le recordé levantando los dedos.

—Fue algo puntual, preciosa, ya lo sabes. Yo nunca lo hice antes con una

fan, y creo que pasó porque nos atrajimos, por el lugar, el entorno, el que te

pusiera crema por todo el cuerpo —sonrió.

—Se te da bien, puedes buscarte un segundo trabajo como masajista.

—Sí, de los de final feliz. —Rio—. Por mi parte, me alegro de que

podamos hablar y estar en una misma sala sin la incomodidad que a veces

conlleva tener sexo con una persona.

—Estoy de acuerdo. —Acerqué mi copa y las chocamos antes de beber.

Nos quedamos los dos en silencio mirando hacia el mar, cada uno sumido

en sus pensamientos, pero sin duda, los dos con un mismo recuerdo, el de lo

que pasó aquella noche y al día siguiente en el yate en alta mar.

—¿Cómo sería tu pareja ideal?

—No sabía qué íbamos a acabar la noche con una entrevista. —Arqueó la

ceja.
—No. —Reí—. Es solo curiosidad de amiga.

—Ah, bueno. Pues mi pareja ideal sería alguien que comparta mis pasiones

y que respete mis espacios. Alguien con quien poder ser yo mismo, pero que

me desafíe a crecer, como persona y también profesionalmente. Y que no sea

un caos, que ya tuve suficiente con una vez. Y no —me cortó al verme abrir

la boca antes de que pudiera decir nada más—, no me preguntes por eso,

porque no voy a contarte nada.

—Vale, vale, nada de preguntas sobre su caótica vida amorosa. —Reí.

—¿Y la tuya?

—Alguien que me entienda, que sea honesto y sensible, y que, aunque yo

parezca fuerte e impulsiva, se preocupe y me cuide. Soy dura, pero tengo mi

corazoncito, ¿sabes?

—Enorme, Lara, tienes un corazón enorme —sonrió al tiempo que me

acariciaba la mejilla.

Le di un beso en la mejilla y apoyé la cabeza en su hombro, quedando de

nuevo en silencio.

—¿Cómo te ves en cinco años?

—¿Ahora me vas a entrevistar tú a mí? —Arqueé la ceja mientras le

miraba.

—Es curiosidad de amigo, nada más.

—Quiero estar estable, y no hablo solo de lo profesional son también

emocionalmente. Quisiera haber encontrado a alguien con quien compartir

mi vida, formar un hogar, pero sin dejar de ser yo misma. ¿Y tú?

—Igual que tú. Quiero estar en paz conmigo mismo, encontrar la persona

que sume a mi vida, y estar rodeado de personas que me apoyen, que estén

ahí si las necesito por ser importante para ellos y no por la fama que tenga.
—No te conformes con menos, Oliver, y no dejes que se acerquen a ti por

la fama y el nombre que puedan tener estando contigo, sé de lo que hablo

porque como periodista he visto de todo. Relaciones que parecen idílicas y

cuando uno de los dos obtiene lo que quería, se acabó lo idílico. Ojalá

encuentres esa pareja ideal, porque eres un gran tipo.

—Gracias, preciosa —sonrió—. La verdad es que me encantaría encontrar

a alguien con quien sentirme en casa, en todos los sentidos.

—Te estás ganando un beso, que lo sepas.

—Ah, pues, dámelo, que yo lo acepto encantado.

—No, que ya sabemos cómo puede acabar el beso. —Me salió una risilla.

—Dime algo, Lara. —Nos miramos fijamente—. ¿Te arrepientes de lo que

pasó?

—No, ya lo sabes, lo disfruté mucho, igual que tú.

—Entonces, ¿qué de malo podría haber en que quisiéramos hacerlo otra

vez? —Me colocó un mechón de cabello tras la oreja.

—Romperíamos el pacto de vernos solo para cenar.

—La próxima te prometo que será así. Porque no me puedes negar que,

desde que entraste, tienes las mismas ganas que yo de besarme.

—Mira que al final se nos va a ir de las manos —sonreí.

—Una última vez, te lo prometo —murmuró acercando los labios a mi

oído, mordisqueó el lóbulo y sentí un escalofrío al tiempo que cerraba los

ojos.

—La última, pero de verdad —respondí dándole mejor acceso a mi cuello.

—Palabra de amigo.
Nos besamos porque era cierto que los dos en ese momento lo deseábamos,

lo habíamos deseado toda la noche, y Oliver no tardó en quitarme la camiseta

y el sujetador, comenzando a jugar con mis pezones con su lengua y

pequeños mordiscos.

Se quitó la camisa y tras recostarme en el sofá, se deshizo de mis

pantalones y el tanga, y sonrió al ver que me mordía el labio inferior.

Colocó mis piernas sobre sus hombros y comenzó a lamer mi zona

mientras me agarraba por las nalgas, acercando mi sexo excitado más a su

boca. Deslizaba la lengua entre mis labios vaginales y me penetraba con ella,

y sin usar uno solo de sus dedos, me llevó a un orgasmo que me hizo gritar

liberando el clímax y quedando sin fuerzas en aquel sofá de la terraza.

Se incorporó y, tras quitarse el resto de la ropa y ponerse un preservativo,

comenzó a penetrarme con fuerza mientras yo me agarraba al sofá con los

brazos levantados por encima de mi cabeza.

No tardé en gritar de nuevo por el placer de un nuevo orgasmo, y Oliver se

retiró para sentarse en el sofá, colocarme sobre su regazo dándole la espalda

y penetrarme así, tocándome el clítoris con una mano y pellizcándome los

pezones con la otra hasta que ambos llegamos juntos al clímax.

Breve pero intenso, excitante y morboso, como estaba segura de que podría

ser siempre con él, si fuera la pareja que estuviera buscando, pero no era el

caso.

—No puedo dejarte ir, preciosa —dijo mordiéndome el lóbulo.

—Pues llévame a la cama, que, para otro encuentro como este, tengo

tiempo.

Y la noche, se hizo día.


Capítulo 39

Paul

Disfrutaba de un café en el jardín mientras revisaba el correo, cuando vi

aparecer a mi hermana por la puerta.

—Buenos días —saludé.

—Ajá —dijo sentándose a mi lado y cogiendo el café para llenarse la taza.

—¿Hasta cuándo seguiremos así?

—Así, ¿cómo?

—Así, con estas rutinas de que no me dirijas la palabra.

—Te he hablado. —Se encogió de hombros.

—Grace, en serio, esto ya es una chiquillada que está durando demasiado.

—No es ninguna chiquillada, me sacaste de una fiesta en la que no iba a

hacer nada como si tuviera diez años, qué vergüenza, Paul, ¡qué vergüenza!

—Grace, tú no viste lo que yo vi en ese cuarto de baño.

—¿Crees que soy tonta y no sé lo que hay en esas fiestas? Porque claro que

lo sé, pero no todo el mundo acepta droga como si fueran caramelos.


—¿Qué quieres que haga para enmendarme? ¿Me arrastro de rodillas

pidiéndote perdón?

—Sabes lo que tienes hacer.

—La entrevista, otra vez —suspiré.

—Exacto, pero no aquí en casa porque Lara no quiere, tiene que ser en otro

sitio, un lugar neutral para ambos.

—Estoy dispuesto a acceder a hacerla, pero no a que sea en otro lugar, tiene

que ser aquí.

—Es que sois los dos igual de cabezones —murmuró—. No va a ser fácil

convencerla, estuve hablando con ella para decirle que te tenía casi

convencido —dijo y arqueé la ceja.

—Creo que hasta el momento me he negado más veces de las que haya

podido decir que sí haría la entrevista.

—Eso no tiene importancia, porque sí, podemos estar enfadados, pero sigo

siendo tu hermana y me quieres. Es cuestión de un pequeño empujoncito y

que digas que sí, así te abrirás a tus seguidores y les mostrarás que eres una

buena persona.

—Con eso de que eres mi hermana y te quiero, te aprovechas mucho.

—Entonces, ¿es un sí a la entrevista?

—Es un sí, siempre que sea en mi casa.

—Madre mía, qué perra te ha dado. Ni que te diera miedo estar a solas en

una cafetería con una periodista. —Volteó los ojos—. A ver, ella no quiere

venir, y tú no quieres que sea en otro sitio, pero podías dar un poquito de

manga ancha a que sea en Sotogrande, al menos, en una cafetería o algo así.

—En mi casa, o no hay entrevista, Grace.


—Dios mío, de verdad, ¿cuándo te volviste tan cabezota?

—Tal vez el mismo día que tú decidiste ser una malhablada y una

descarada conmigo —respondí dando un sorbo a mi café.

—¿Qué te cuesta decir que sí a ir a una cafetería? A mí me la hicieron en el

reservado de una cafetería y estuvo genial, no nos molestaron en ningún

momento.

—Me alegro por ti, pero eres tú la que quieres que haga eso como pago por

mi forma de hacerte abandonar la fiesta.

—De sacarme de la fiesta, dirás, porque no me hiciste abandonarla, me

arrastraste a la calle.

—Si quieres que ese sea mi pago, consigue que la periodista venga a mi

casa, o no hay trato.

—Te recuerdo que, si no haces la entrevista con Lara, tenemos en Natalia

una influencer en potencia. En cuanto le diga que cuente en sus redes lo que

tiene contigo. —Se encogió de hombros.

—No serías capaz de hacerlo, Grace, admítelo.

—¿Y si lo hiciera? ¿Y si finalmente Natalia abre la boquita para decir que

ha estado contigo?

—Te conozco, Grace, no lo harías.

—Tal vez no me conozcas tanto, hermano.

—¿Qué ven mis ojos? Los hermanos sentados en la misma mesa,

desayunando y sin que vuelen los cuchillos. Esto es toda una proeza, una

maravilla para la vista, un despertar precioso —dijo Robert saliendo en ese

momento—. Porque no estoy soñando, ¿verdad?


—No, no es un sueño, Robert —contestó ella cogiendo una tostada—. Pero

sigue sin querer hacer la entrevista.

—No he dicho que no, todavía.

—Quieres que sea en tu casa, no accedes a ir a otro sitio, eso es como decir

que no, hermano. —Grace se encogió de hombros.

—Convéncela a ella de que venga aquí, y tendréis lo que queréis. Tú mi

pago por sacarte de la fiesta, y ella la exclusiva que todos los periodistas

quieren.

—De verdad, sois los dos igual de cabezones. —Volteó los ojos—. Lo

hablé con ella y no quiere venir a tu casa, en serio Paul, da un poquito tu

brazo a torcer.

—A ver, ¿qué problema hay en que la hagan aquí? —preguntó Robert— Es

mucho más tranquilo que en una cafetería y nos aseguramos de que no haya

fans pidiendo autógrafos, haciendo fotos y vídeos y que todo el mundo sepa

antes de tiempo que Paul ha concedido una entrevista.

—Te digo lo que le dije a ella. —Grace me miró mientras se levantaba—.

Intentaré convencerla para que sea aquí, pero no te prometo nada. Me voy a

de compras.

Entró en la casa y suspiré cogiendo el café.

—Sigue un poquito enfadada, por lo que se ve —dijo Robert.

—Sí, lo raro es que no me haya tirado nada a la cabeza.

—Se ha quedado con las ganas, lo sé por cómo te miraba. —Rio.

—Gracias por los ánimos.

—Para eso están los amigos. —Se encogió de hombros.


—Creo que vamos a tener que adoptar otras medidas para que esa mujer

venga a mi casa.

—Cuando pones esa cara, y la mirada te cambia, me da miedo. ¿Qué estás

pensando?

—Digamos que tal vez sea mejor que yo mismo trate de convencer a la

periodista para que venga a mi casa.

—¿Qué quieres decir?

—Pues que quizás si me ve directamente a mí diciéndole que sí a esa

entrevista que le dará aún mayor visibilidad en su revista, acceda a venir.

—Paul, que nos conocemos. ¿Ya estás pensando en sacar la gorra y las

gafas otra vez? —Robert arqueó le ceja y sonreí.

—Sabes que tengo que pasar desapercibido. —Me encogí de hombros.

—Para eso, deberías ser más bajito, más moreno, menos corpulento y… sí,

un poquito más feúcho. No me mires así, hermano, que sabes que eres un tipo

atractivo estilo surfero.

—Tú preocúpate de llevarme hasta allí, que yo me encargo del resto.

—¿Ahora? Porque he quedado con Claudia hoy para comer.

—No, hoy no puedo, tengo que ponerme al día con el correo y contestar

algunos emails. Pero mantente alerta, porque en cualquier momento te voy a

necesitar para que me lleves a ver a esa mujer.

—¿Puedo preguntar qué otro interés tienes en ella? Porque sí, es una mujer

guapa y no hay duda de eso, pero ¿qué más te llamó la atención de ella?

—Tú lo has resumido bien, es guapa, y además muy sensual. La entrevista

que le hicieron a Grace ella y su compañera, volviendo a leerla me di cuenta

de que estaba muy cuidada, no hacían preguntas destinadas al morbo. He


visto muchas otras de esas entrevistas y si soy sincero, me gusta cómo

trabajan las dos. Lara ha hecho algunas otras entrevistas ella sola y todas

están muy cuidadas.

—Entonces lo de abrirte al público es una buena idea, ¿no?

—Mala no es, desde luego —suspiré—. Grace tiene razón, aunque me

fastidie, abrirme más a los fans y al resto del mundo para darme a conocer, es

lo mejor que puedo hacer. Todos los medios hablan de lo parco en palabras

que soy con la prensa, lo mucho que esquivo y evado las preguntas, y si dejo

que esa periodista me haga alguna que otra pregunta personal, ya está, mi

corazón abierto al mundo. —Me encogí de hombros.

—Así que nos vamos a ir un día de excursión a Marbella, qué bien.

—Varios días, porque si la periodista es tan cabezota como dice Grace.

—Como tú, que todo hay que decirlo. —Rio.

—Si es tan cabezota como dice, necesitaré varios días para convencerla.

—En ese caso, suerte, hermano, porque si es como tú, la vas a necesitar. —

Dio un trago al café.

Terminamos de desayunar y se marchó para hacer unos recados antes de ir

a comer con Claudia, con quien seguía viéndose.

Natalia me mandó un mensaje para ver si nos veríamos por la noche, pero

rechacé su propuesta porque quería planear bien todo lo que iba a hacer para

conseguir que la periodista aceptara venir a mi casa para entrevistarme.

La verdad es que esa mujer sabía lo que se hacía a la hora de hacer las

preguntas y como le había dicho a Robert, no buscaba el morbo, sino que la

gente, ya fueran fans o no del entrevistado en cuestión, le vieran más humano,

y Grace tenía razón, mi relación con la prensa no era muy cercana, así que al

menos eso quería cambiarlo un poco.


Capítulo 40

Lara

Amanda había ido a cubrir una noticia esa mañana mientras yo terminaba

de redactar otra de una fiesta a la que acudimos la noche anterior, y estaba ya

en la cafetería cerca de la revista esperándola para tomarnos un desayuno.

Acababa de pedirme un café para hacer tiempo, y entré en mis redes para

ver una vez más algunas de las fotos de la fiesta. La verdad es que como

siempre, aunque estábamos trabajando, nos divertíamos con todos los

conocidos que teníamos, tanto en el mundo del famoseo como en la prensa.

Noté a alguien cerca y, solo unos segundos después, ocuparon la silla frente

a mí.

—Perdone, pero estoy esperando a alguien —dije al tiempo que miraba—.

No puede ser.

—Hola, Lara —me saludó con una leve sonrisa.

—Hoy sí te he reconocido, a pesar de la gorra y las gafas.

—No lo dudo.

—¿Qué quieres?

—Hablar contigo.
—No tengo tiempo, estoy esperando a alguien.

—Tengo una entrevista que concederte, si accedo a ello ante mi hermana,

pero me dice que no estás dispuesta a hacerla en mi casa.

—No, no quiero.

—¿Por qué? ¿Me tienes miedo? —Se inclinó un poco hacia adelante—.

Porque si mal no recuerdo, fuiste tú quien se lanzó a mi entrepierna aquella

noche.

—Lo que me faltaba por escuchar. —Volteé los ojos—. Tropecé y tuve la

mala suerte de caer chocando contigo.

—Con mi entrepierna. —Arqueó la ceja.

—Que tampoco es para tanto, también te digo. —Cogí el café para dar un

sorbo, porque la mirada de este hombre me estaba poniendo nerviosa—. Las

he conocido más… ya sabes.

—Estaba dormida, te aseguro que despierta, es aún mejor. —Hizo un

guiño.

—Mira, olvida lo de la entrevista, ya le dije a Grace que no era buena idea.

—Es que me insiste, no conoces a mi hermana y lo insistente que puede

llegar a ser. —Se recostó hacia atrás.

—No me importa, no quiero hacerte la entrevista y así que aumentes de

seguidores, no después de cómo me trataste aquella noche.

—Me limité a sostenerte para que no acabaras contra el suelo, nada más.

—Claro, sí, gracias por eso, pero se te olvida que insinuaste que, como

periodista, era capaz de hacer cosas como coquetear con un actor mexicano

casado, que por cierto es un buen amigo mío, o lanzarme al paquete de un


actor irlandés, cuando la realidad era que aquello fue un accidente y no me

lancé a por tu paquete. Que, como digo, no es gran cosa.

—¿Quieres que te lo demuestre?

—Oh, sí, claro, para que luego puedas ir por ahí diciendo que te vi el

paquete o algo peor, para conseguir entrevistarte. No, gracias.

—Grace quiere que te conceda esa entrevista, y como imagino que sabes

cómo acabó aquella noche.

—No fuiste justo al sacarla de la fiesta de ese modo —le corté—. Es una

mujer adulta, no tiene diez años para caer en la mentira de que si alguien le

ofrece droga ella va a pensar que es un rico y sabroso caramelo.

—¿Por qué será que tengo la sensación de que me vas a poner las cosas

muy difíciles para que mi hermana vea que te he concedido la entrevista?

—Porque es lo que hay. —Me encogí de hombros—. No me caes bien, no

eres amable con la prensa y obvio que, si te hiciera esa entrevista, que de

verdad te digo que no me apetece hacer —mentí un poco porque desde luego

que hacer una entrevista al actor más famoso de Irlanda le daría un caché a la

revista y a mi profesión—, no iría a tu casa porque dudo mucho que seas un

buen anfitrión.

—¿Cómo fue que me llamaste tú? —Entrecerró los ojos al tiempo que se

rascaba la barbilla— Ah, sí, actor de pacotilla. ¿Eso te parece bonito?

—No me gustas, y dije que lo pienso, lo siento. —De nuevo me encogí de

hombros.

—Así que vas a ser un reto para mí, por lo que veo —dijo cruzándose de

brazos.

—No, solo voy a ser la periodista que rechaza hacerte una entrevista. —

Cogí mis cosas y me puse en pie—. Y ¿sabes? No siento que Grace vaya a ser

tu peor pesadilla tratando de convencerte para que me dejes entrevistarte.


Pasé por su lado y antes de que pudiera alejarme, me agarró por la muñeca

y noté una corriente que me hizo estremecer.

—Acabarás accediendo, y no solo a hacerme la entrevista —dijo

mirándome fijamente a los ojos.

—¿Es que además de actor eres adivino y nadie lo sabe?

—¿Quieres apostar? —Arqueó la ceja.

—A ver, sorpréndeme.

—Si acabas entrevistándome en mi casa, esa noche te quedas a cenar

conmigo, y lo que surja.

—Perdona, pero, para que me quede claro. ¿Me estás diciendo que si al

final accedo a hacerte la entrevista que tanto quiere tu hermana que me

concedas, tendré que cenar y tener sexo contigo?

—Yo solo he dicho, lo que surja, lo del sexo lo has planteado tú. Y me da

que no te soy tan indiferente como dices —sonrió de medio lado el muy

canalla.

—Vale, pero si al final no accedo a hacerte esa entrevista, antes de una

semana, tú tendrás que hacer lo que yo quiera.

—Interesante, pero dime qué tendré que hacer.

—Lo que yo quiera, no vas a tener más información que esta. ¿Hay trato?

—Le tendí la mano, y él la miró un momento.

—Hay trato —contestó estrechándola, y de nuevo esa corriente que estaba

segura de que él también había sentido.

—Lara, siento llegar tarde —dijo Amanda—. Oh, perdona, no sabía que

estabas reunida.
—Ya se iba.

—Sí. —Paul se puso de pie y se inclinó para susurrarme al oído—.

Cenarás conmigo antes de una semana. —Me miró e hizo un guiño—.

Buenos días, señoritas.

Le vimos alejarse, y Amanda y yo nos sentamos.

—¿Quién era? —preguntó.

—¿No le has reconocido?

—No.

—Paul, el hermano de Grace.

—¿Qué dices?

—Lo que oyes, que se ha presentado aquí de incógnito igual que la noche

de la fiesta en la que sacó a su hermana arrastras de allí.

—Pues chica, no le he reconocido, sí que se camufla bien, sí, mejor que

otros.

La camarera vino para tomarnos nota y pedimos dos desayunos completos.

—¿Y qué quería? —Curioseó cuando nos quedamos solas.

Se lo conté y no salía de su asombro, porque desde luego que era para

alucinar el hecho de que ese hombre tan conocido se presentara cerca de mi

trabajo para decirme que quería que le entrevistara, y en su casa.

—Así que Grace le tiene casi convencido —dijo Amanda—. Al final va a

ser verdad que tira de encanto, y consigue lo que quiere de su hermano.

Entonces qué, ¿le vas a hacer la entrevista?

—Tengo tiempo para pensarlo.


—Mira que te veo cenando en su casa. —Rio.

—Sí, pero me llevo laxante para ponerle en el vino, y me vengo pronto.

—Qué mala eres.

—Anda, vamos para Ronda que nos esperan para comer.

—Es verdad, que hoy mi madre iba a preparar canelones y puchero.

Salimos de la cafetería y nos encontramos con Fran que venía del

aeropuerto y es que acababa de aterrizar para pasar unos días aquí un

futbolista italiano que venía con su nueva novia. Nos enseñó algunas fotos y

la verdad que la chica era monísima, y decían de ella que era sencilla y de

una familia modesta que trabajaba en la pastelería que fundó su bisabuelo.

Nos despedimos de Fran y cogimos el coche para ir a Ronda. Apenas

habían pasado cinco minutos cuando me llegó un mensaje y Amanda me dijo

que era Álvaro que quería verme esa noche.

—¿Qué le digo? —preguntó.

—Que sí, que nos vemos a las ocho y media en el restaurante del puerto.

—Y luego vamos a tu apartamento para que me des unos besitos —dijo, y

la miré con los ojos abiertos.

—No le has puesto eso.

—Claro que no, he puesto me eches un buen polvo.

—Amanda, por Dios. —Reí.

—Es broma, pero vamos, que cuando vosotros os veis, acabáis en su

apartamento, así que. —Se encogió de hombros—. No le hacéis mal a nadie,

sois libres.
—No está conmigo en exclusiva, ya lo sabes.

—Ajá, y tú te has tirado a tu cantante favorito, vais empate —sonrió—.

¿Vas a volver a ver a Oliver?

—Como amigos, sin sexo de por medio.

—En eso quedasteis en el yate, y la noche que cenaste con él, no volviste a

casa.

—Fue la última, esta vez sí.

—Últimas, jodida, que me dijiste que lo hicisteis tres veces.

—Es que no veas qué hombre. Uf.

—No quiero saberlo, gracias.

—¿Y Eros?

—¿Qué pasa con él?

—Que, si te hace ver las estrellas, hija. —Volteé los ojos.

—Y que se me encojan los dedos de los pies, como dice Mireia.

—Vamos, que te ha tocado la lotería —sonreí—. Es guapo, sexi, te mira

como si fueras una joya, y te hace un sexo rico, rico.

—Lara, que es cantante, no cocinero. —Rio.

—Tú me entiendes.

—Sigo pensando que esto es una locura.

—Limítate a disfrutar, ya te lo dije. Además, ¿eres consciente de que hay

ya tres canciones del nuevo disco, y en todas habla de su musa, o sea, de ti.
Amanda, hazme caso que sé que le gustas mucho.

—Y ahora te da por Rocío Dúrcal, qué bien.

—Le gustas mucho. Tiro riro riiii. Le gustas mucho tú. Tiro riro riiii.

Tarde o temprano serás suya, y tuyo él seráaaa. —Canté.

—Estás fatal.
Capítulo 41

Lara

Llegué al restaurante del puerto donde había quedado con Álvaro y me

llevaron hacia la mesa para esperarle.

Estaba en la terraza y desde ahí se veían los barcos amarrados y se

escuchaba la música de muchos de ellos, donde sin duda estaban celebrando

alguna fiesta.

Me trajeron la botella de vino que había pedido y tras servirme la copa, la

cogí para hacerme una foto a modo selfi de medio lado bebiendo con el mar

de fondo y las estrellas, y me gustó para subirla a mis redes.

«Disfrutando de unas increíbles vistas»

La acompañé con esa frase y no tardé en recibir un «me gusta» de Amanda

y otro de Grace que me hicieron sonreír.

—Hola. —La voz de Álvaro me hizo mirar hacia arriba y sonreí

poniéndome en pie para darle un par de besos.

—Hola.

—Te ves increíble, el rojo te queda de maravilla —dijo al sentarnos

refiriéndose al vestido que llevaba.


—Gracias. ¿Cómo estás? Imagino que liado con el trabajo.

—Sí, ya sabes, noticias y más noticias. ¿Y tú? Vi esas fotos del fin de

semana con Amanda, ese era el yate de Eros, ¿verdad?

—¿Han decidido qué van a tomar? —preguntó la camarera.

—Unas tostas de salmón, y pescado al horno para mí —le pedí.

—Lo mismo —dijo Álvaro, a quien apenas vi sonreír.

La camarera asintió y cuando nos quedamos solos, él retomó la

conversación.

—Dime, estuviste en el yate de Eros el fin de semana, ¿verdad?

—Estuve en un yate, sí, pero ¿por qué tendría que ser de Eros?

—Lara, conozco el yate, he estado en él.

—¿Qué es lo que intentas decirme, Álvaro?

—¿Te acuestas con él?

—¿Perdona? —grité, y vi que algunas de las personas de las otras mesas,

nos miraban.

—Creo que la pregunta es fácil.

—¿Desde cuándo me pides explicaciones y yo tengo que dártelas? Porque

jamás ha sido así, y yo tampoco te las he pedido a ti.

—Dime sí o no, Lara.

—No tendría por qué decírtelo, pero no, puedes estar tranquilo porque no

me acosté con Eros —juraría que hasta soltó el aire, pero me molestaba tanto

que después de estos años me pidiera explicaciones él a mí, cuando era él


quien estaba con otras mujeres además de conmigo, que no pude quedarme

callada—. Me acosté con Oliver, el otro cantante, sabes quién te digo,

¿verdad? Y no solo en el yate, no, la otra noche también, varias veces.

—¿Es en serio, Lara?

—Y tan en serio, ¿quieres preguntárselo? —Sabía que me estaba metiendo

en un terreno pantanoso, pero también sabía que si lo hablaba con Oliver él

me daría una mano para que, en caso de que algo de eso saliera a la luz, lo

desmintiera enseguida.

—Creí que no había nadie más, que solo estabas conmigo.

—Pues ya ves, la cosa es así. —Me encogí de hombros—. ¿O es que solo

tú puedes acostarte con toda la que se te ponga por delante y dispuesta, y yo

no?

—Sabes que siempre serás mi chica, aunque haya otras.

—Nunca quise promesas de amor, y eso quedó claro.

—Dime que es mentira. —Me agarró por la muñeca por encima de la mesa

—. Dime que no te ha tocado nadie más que yo.

—No, Álvaro, no has sido ni vas a ser el último. Porque esta noche también

me voy a acostar con él, o con otro, lo mismo me da, igual me voy a la cama

con el primero que me invite a una copa en un bar.

Hice que me soltara y cogí el bolso mientras me levantaba para salir del

restaurante.

No me podía creer que él me hubiera recriminado esas cosas, de verdad

que no, si era el que más tenía que callar poque no me tenía solo a mí.

En cuanto puse un pie fuera del restaurante me arrepentí de no haber

cogido el coche, así que caminé hacia la zona donde podría coger un taxi.
—¿En serio te vas a ir así? —me gritó Álvaro, y vi que algunas personas se

giraban a mirar— Para ahora mismo, Lara, vamos a hablar.

—No tenemos nada que hablar. —Seguí caminando.

—Que pares, joder. —Me agarró de la muñeca haciendo que girara para

quedar frente a él.

—Suéltame, Álvaro, te lo pido por las buenas.

—No voy a dejar que te vayas a follar con otro, estás conmigo.

—¿Y qué quieres? ¿Obligarme a que me meta esta noche en tu cama?

—Jamás te he obligado.

—Pues no empieces a hacerlo ahora. Ya te he dicho que me voy a acostar

con el primero que vea —casi chillé de lo enfadada que estaba—. Es más, se

acabó. Ninguno de los dos acababa con esto, no sé si por costumbre o por

qué, pero se acabó. No voy a volver a cenar contigo, ni a ir a tu apartamento,

y por supuesto que más vale que no me busques en ninguna fiesta para

follarme en un cuarto de baño como si fuera uno de esos ligues con los que te

enrollas en un bar.

Tiré con fuerza para que me soltara la muñeca y lo hizo, continué

caminando y no miré atrás. Llegué a la zona de taxis, pero no había ninguno,

así que suspiré y cogí el móvil para llamar a Oliver mientras esperaba y

comprobaba que Álvaro no estaba cerca.

—Hola, preciosa, ¿qué tal?

—He metido la pata, pero sé que, en caso de rumores, podrás decir que es

mentira.

—¿Qué ha pasado?
Y en apenas unos minutos le resumí lo ocurrido, me dijo que no me

preocupara porque si se le ocurría contar algo sobre él, le denunciaría por

difamación, ya que no tenía pruebas y yo podía haber mentido solo para

hacerle callar.

Me pidió que me quedara tranquila y que si quería enviaba a uno de sus

hombres a recogerme, a lo que me negué. Me despedí de Oliver y antes de

que pudiera levantar la mano para parar un taxi al que vi acercarse, escuché

una voz a mi espalda que no esperaba volver a oír en unos días.

—Ese periodista es un capullo. —Me giré y ahí estaba Paul, con la gorra y

las gafas, apoyado en un banco con las manos en los bolsillos del pantalón.

—¿Qué haces aquí?

—Salí a cenar con mi guardaespaldas, te vimos discutiendo y cada uno ha

ido siguiendo a uno.

—¿Me has seguido? Esto sí que es fuerte —resoplé.

—Quería asegurarme de que estabas bien —dijo acercándose—. Y Robert

me ha dicho que ese capullo ha cogido el coche y se ha ido a un club.

—Me da igual dónde esté, mientras no vuelva a hablarme en su vida.

—Te llevo a casa. —Se ofreció.

—Puedo ir en taxi, además, no voy a casa.

—Cierto, has dicho que ibas a acostarte con el primero que vieses. Y, mira

por dónde, ese he sido yo. —Se encogió de hombros.

—Sí, hombre. ¿Crees que me voy a acostar contigo? Por favor. —Fui a

levantar el brazo, y entonces él me detuvo entrelazando su mano con la mía y

noté que se quedaba muy pegado a mi espalda.


—No tenemos por qué hacerlo, pero sí me gustaría acompañarte a tomar

una copa y asegurarme de que después vuelves sana y salva a tu casa —

murmuró en mi oído.

—Has escuchado lo que le he dicho a él, así que sabes lo que voy a hacer.

—Puedes hacerlo, no intervendré, aunque no te niego que tendría su

morbo. Después yo me aseguro de que vuelves a casa. ¿O quieres que mi

hermana siga sin hablarme porque no cuidé a una de sus amigas?

—Sé cuidarme sola. —Le miré por encima del hombro, y no sabía bien por

qué, pero sus ojos, el modo en el que me miraba, hizo que me recorriera un

escalofrío de pies a cabeza.

—Y no lo dudo, pero no me fio de ese periodista, ¿y si vuelve a buscarte?

—No lo hará, no sabría dónde encontrarme.

—Estamos en la era digital, si un influencer sube una foto y casualmente tú

estás detrás, él puede verte e ir a ese lugar. Vamos, te invito a una copa y así

te voy convenciendo para que me hagas esa entrevista que tanto quiere que mi

hermana que te conceda.

—No me vas a convencer.

—Pero no has vuelto a decir que no a tomar una copa conmigo. —Arqueó

la ceja.

—Eso tampoco debería hacerlo, que no me caes bien.

—¿No te caigo bien? Pero si soy un tipo encantador.

—Eso lo dicen tus fans, la prensa no piensa lo mismo.

—Algunos no, otros sí.


—Eres demasiado serio con la prensa, no respondes a las preguntas,

siempre las evades.

—A ti quiero respondértelas, pero no me dejas.

—No es buena idea, porque seguro que te hago alguna que no te cuadre y

tú me dirás, que pasas palabra.

—¿Y si te aseguro que responderé a todas?

—Que no te voy a hacer la entrevista. —Volteé los ojos.

—Vamos a hablarlo tomando una copa, que sé que, al final, acabarás

haciéndomela y será la exclusiva del año, ya verás. —Hizo un guiño y no se

cortó a la hora de poner la mano en la parte baja de mi espalda y, tras levantar

el brazo, vi que aparecía un coche.

Reconocí al conductor, que no era otro que su guardaespaldas, Paul abrió la

puerta trasera y subí, él lo hizo después y le pidió a Robert, que así recordaba

que le había llamado, que nos llevara al local donde había sido la fiesta de

verano.

¿Qué hacía yo ahí?


Capítulo 42

Lara

Llegamos al local y nada más entrar, fuimos a uno de los reservados,

Robert también se había camuflado un poco para que no le reconocieran y se

quedó por allí cerca para mantener a Paul vigilado.

Uno de los camareros nos trajo las bebidas y tras dejarlas, salió y corrió las

cortinas, dándonos privacidad.

—Si me dicen que iba a tomarme una copa con Paul, el actor irlandés, no

me lo creería —dije tras dar un sorbo a mi mojito.

—Bueno, está claro que siempre hay una primera vez para todo —contestó

con una leve sonrisa.

Me quedé allí mirando mi vaso sin saber qué decir, yo, que normalmente

tenía conversación para dar y regalar, pero no sabía qué tenía ese hombre que

me ponía nerviosa.

Le vi quitarse la gorra, pero se dejó las gafas, se pasó la mano por el pelo

alborotándolo un poco y ese gesto me pareció de lo más sexi. Di otro trago

para tener algo que hacer y no quedarme mirándole como una fan

obsesionada, y suspiré.

—Así que, estabas liada con ese periodista —dijo tras dejar su copa en la

mesa y cruzar el tobillo sobre la otra pierna.


—Sí, pero él no estaba solo conmigo.

—¿Y por qué habéis discutido?

—Porque ha visto unas fotos mías en un yate que él también conoce, y

creía que me estoy acostando con el dueño.

—¿Y lo haces?

—¿Y a ti qué te importa? —Fruncí el ceño.

—Eh, que yo solo quiero saber lo justo.

—Pues no, no me acuesto con él. Pero le he mentido diciendo que me

acosté con otro varias veces. Y me lo ha reprochado.

—O sea, él se acuesta con otras y tú no le dices nada, pero a ti te reprocha

que lo hayas hecho. No tiene sentido. Es decir, si los dos de mutuo acuerdo

habéis decidido estar juntos, pero no sois exclusivos, no debería reprocharte

nada.

—Gracias —dije llevándome la mano al pecho, y no me pasó

desapercibido el modo en el que me miraba—, eso era lo que yo quería que él

entendiera, pero no parecía estar por la labor.

—Bajo mi punto de vista, siempre ha sabido que te tenía segura y ahora,

digamos que ve peligrar el tener una relación esporádica fija, no sé si me

explico.

—Perfectamente, pero es mi vida y creo que soy igual de libre que él para

hacer lo que quiera y con quien quiera.

—Exacto. —Me señaló y cogió de nuevo su whisky para dar un trago.

Hice lo mismo y me quedé mirando alrededor, era la primera vez que

estaba en un reservado de esos, el sofá era bastante cómodo, en semicírculo, y

la mesa redonda baja era grande.


En las paredes había algunos focos de luz blancos y la música de fuera se

escuchaba perfectamente.

—¿Por qué eres tan serio con la prensa? —pregunté.

—No me gusta estar rodeado de periodistas, eso es todo. —Se encogió de

hombros.

—Puedo entenderlo porque varios juntos se hace un poquito agobiante,

pero ¿ni siquiera molestarte en responder?

—Dilo, soy un antipático —sonrió.

—Lo has dicho tú, no yo. —Le señalé.

—¿Te han dicho alguna vez que tienes una risa preciosa, y muy

contagiosa?

—¿Y cómo lo sabes?

—La noche que… chocamos —sonreí al igual que él—, te vi en la barra

con ese actor mexicano, te reías y sí, me pareció preciosa.

—No me recuerdes lo del choque, por favor, que me dio una vergüenza…

—Me tapé la cara.

—Fue un accidente —dijo, y noté sus manos cogiendo las mías para

apartarlas.

Nos quedamos mirando unos segundos y, sin saber cómo, acabamos

uniendo nuestros labios en un beso.

Desde luego que yo eso no me lo esperaba para nada, como tampoco que el

irlandés besase de ese modo tan sensual y seductor. El sabor del whisky se

mezclaba con el de mi mojito y me parecía aún más intenso.


Paul me cogió por la cintura y acabé sentada a horcajadas sobre sus piernas

de tal manera que pude notar la entrepierna rozando mi zona íntima.

Me sentí temblar con ese roce y, aunque debería alejarme, no podía. Ese

beso y la forma en que sus manos recorrían mi espalda desnuda,

acercándome más a él, hacían que fuera imposible separarme.

De manera casi involuntaria y como si mi cuerpo tuviera vida propia,

comencé a mover las caderas despacio y muy sutilmente, manteniéndome

apoyada con las manos en sus hombros.

Paul comenzó a besarme el cuello y cuando sentí sus labios bajando hacia

el escote del vestido, dejé caer la cabeza hacia atrás y me salió un gemido.

Retiró los tirantes finos de tal manera que estos cayeron por mis brazos

seguidos de la tela que cubría los pechos, y ambos quedaron completamente

al aire porque no llevaba sujetador.

Lamió y mordisqueó un pezón, después el otro, y mis gemidos se

mezclaban con la música de fondo mientras sus manos ya estaban

acariciándome las piernas y avanzando despacio hasta la cintura.

No tardó en llevar una de ellas hacia la entrepierna y grité cuando sus

dedos me tocaron por encima del encaje del tanga.

Me notaba húmeda y eso sí que era una sorpresa, porque yo a ese hombre

no le tenía por tan sexi como sus fans, y ahí estaba, deshaciéndome en sus

manos y moviendo las caderas en busca de placer mientras me rozaba con su

miembro palpitante.

Retiró la tela a un lado y grité de nuevo al sentir el calor de la yema de sus

dedos tocándome, deslizándolos entre mis labios vaginales y haciendo que

me excitara cada vez más con cada roce en mi clítoris.

Me penetró y ahí supe que estaba perdida. Llevé mis manos a su cabello,

enredando los dedos en él y tirando levemente mientras Paul seguía

mordisqueando uno de mis pezones.


Comenzó a penetrarme más rápido y apenas unos instantes después, estaba

gimiendo mientras el clímax me atravesaba con fuerza y lo dejaba salir todo

sin parar de moverme sobre él.

Paul se levantó llevándome consigo en brazos, se colocó a un lado del sofá

y tras sentarme en el respaldo, liberó su miembro erecto, se puso un

preservativo y volvió a besarme mientras me penetraba con fuerza.

Gemía en sus labios y me dejaba llevar por el momento, agarrada a sus

hombros mientras recibía, una tras otra, sus fuertes y profundas embestidas.

Se movía sin parar, salía y entraba más fuerte que la vez anterior, y eso

para mí estaba siendo una experiencia alucinante.

Se retiró y me dejó en el suelo, junto a la mesa, donde me hizo inclinarme

y quedar con el torso sobre ella y las caderas elevadas, me separó las piernas

y volvió a penetrarme con fuerza, haciendo que gritara mientras se movía a

mi espalda entrando y saliendo sin parar.

Noté una mano entre mis piernas y comenzó a jugar con sus dedos en mi

clítoris, hacía círculos con fuerza, lo pellizcaba y tiraba de él, y eso hizo que

todo en mi interior se contrajera, que mis músculos vaginales se apretaran

con fuerza alrededor de su miembro, y que los dos gimiéramos atrapados por

el placer que sentíamos.

No tardamos en liberar el clímax al unísono y mientras lo hacíamos, Paul

seguía penetrándome sin parar, una y otra vez, haciendo que ese momento se

alargara de tal manera que, por primera vez en mi vida, enlacé un orgasmo

con otro.

Cuando acabamos, Paul se quedó aún dentro de mí, jadeando y

acariciándome la espalda mientras yo, con los ojos cerrados, trataba de

recobrar el aliento.

Se retiró y noté que me pasaba algo húmedo por la zona, me colocó el

tanga y antes de ayudarme a que me incorporara, me besó en la espalda.


Me había quedado con el cuerpo laxo y casi sin fuerzas, así que él me

cogió por la cintura para sentarme en su regazo y me subió el vestido para

cubrirme los pechos.

Nuestras miradas se encontraron y sonreí notando que me sonrojaba.

—No suelo hacer esto, que conste —dije.

—Bueno, pero le dijiste al periodista que ibas a acostarte con el primero

que vieras, y lo has hecho. —Hizo un guiño y se me escapó una risilla.

—A ver, que esto ha sido un aquí te pillo, aquí te mato. No hemos estado

en una cama.

—Eso tiene fácil solución. ¿Vienes a pasar la noche a un hotel conmigo?

—preguntó mientras me colocaba un mechón de cabello tras la oreja.

Y debía estar loca para decir que sí a esa propuesta, pero lo hice, porque

aquel irlandés tenía algo que no conseguía entender y que me hacía querer

más de él.

—Pues vamos a que cumplas tu palabra de acostarte con el primero que

vieras.
Capítulo 43

Lara

Me encontraba tan a gusto en la cama que ni me movía. Estaba bocabajo,

con los brazos bajo la almohada, y entonces noté una caricia en la espalda.

Comenzaba en la parte baja y subía despacio, el tacto de las yemas de esos

dedos era suave y hacía que me recorriera un escalofrío por todo el cuerpo.

Era una sensación cálida, pero al mismo tiempo estaba segura de que buscaba

hacer que me excitase.

No era Álvaro, él nunca me había despertado así, él si me quería despertar

para aprovechar el amanecer, como solía decir, era con la mano directamente

entre mis piernas.

¿Oliver? No, solo había pasado una noche con él y sí, amanecimos juntos

en la cama, pero él no me despertó, y tampoco estaba a mi lado cuando abrí

los ojos.

Entonces, ¿con quién había pasado la noche? Y no bebí tanto como para no

acordarme de que me fuera a la cama con el primero que…

Oh, mierda, no podía ser.

Seguía acariciándome y noté un beso, breve y delicado, en el hombro,

entonces ese aroma que me llamó tanto la atención de él hizo que todo lo que

había pasado la noche anterior se agolpara en mi mente.


El irlandés, me había acostado con el irlandés en el hotel donde había

decidido alojarse unos días, después de haber follado con él como dos seres

irracionales en el reservado del local.

Esto no podía ser verdad, ¿en qué pensaba yo anoche? O en qué no

pensaba, porque para montármelo con el actor que no me caía especialmente

bien por su poca simpatía con la prensa, no debía pensar con claridad.

Si no le hubiera dicho aquello a Álvaro de que me acostaría con el primero

que viera, ahora estaría en mi casa, en mi cama, a punto de desayunar con

Amanda, y no aquí, en la cama de un actor cuya lista de conquistas debía ser

más larga que las cartas de los Reyes Magos de los niños.

Dios mío, ¿por qué no me has despertado antes para salir huyendo de esta

habitación?

Sentí otro beso y opté por despertarme, era lo mejor, y así podría vestirme

y volver a mi casa cargada de vergüenza. Por Dios, que habíamos pasado la

noche besándonos, tocándonos, devorándonos y teniendo sexo en todas las

posturas que a Paul se le pasaban por la cabeza.

—Buenos días —dije girándome para verle, y esa mirada… Esa mirada iba

a ser mi perdición, ya lo tenía claro.

—Buenos días —sonrió apenas un poco de medio lado y se inclinó para

darme un beso en los labios.

Pero no fue lo único que hizo, ya que esa mano que había estado

acariciando mi espalda, comenzó a subir por el muslo lentamente hasta llegar

a la entrepierna, y sin dejar de besarme ni cortarse lo más mínimo, comenzó

a tocarme de nuevo esa zona íntima y tan sensible que reaccionó a él de

inmediato.

Me estremecí y llevé la mano a su cabello, volviendo a dejarme llevar como

lo había hecho la noche anterior.


En cuestión de unos pocos minutos me tenía excitada y dispuesta a lo que

quisiera hacer, no iba a detenerle, no iba a oponerme a nada.

Bajó besándome el cuello, los pechos y el vientre, y devoró mi zona con

ansia como lo había hecho en más de una ocasión la noche anterior hasta

llevarme de nuevo al orgasmo, penetrándome después sin que se me hubiera

pasado aún ese momento cumbre del clímax que estaba liberando.

Y sí, llegamos juntos al éxtasis una vez más.

Me dio un beso rápido antes de retirarse y me llevó hasta el cuarto de baño,

donde nos duchamos juntos, y él con la toalla en sus caderas y yo con el

albornoz, nos sentamos a la mesa para tomar ese desayuno que acababan de

traer.

—Entonces, la entrevista, si te la concedo, la haremos en mi casa, ¿verdad?

—No voy a ir a tu casa, necesitamos un terreno neutral —dije tras dar un

bocado a la tostada.

—Un terreno neutral. —Arqueó la ceja—. ¿A caso me tienes miedo?

—No, si lo digo porque, en caso de que te haga alguna pregunta que no te

guste, igual te ofendes y si estamos en público, no me mandas al carajo.

—Ya —sonrió de medio lado—. Di la verdad, temes que puedas volver a

caer en la tentación.

—No, no, yo ahí no caigo ni, aunque me tropiece, vamos —contesté, y Paul

soltó una carcajada, obviamente porque lo de tropezarme ya lo había hecho

—. Vale, deja de pensar en el terrible accidente que tuvimos aquella noche.

—Reconozco que, como te dije, yo me fijé en ti, pero no pensé que tú lo

hubieras hecho y te lanzaras de ese modo.

—Por Dios, que no hice tal cosa. —Le tiré un trocito de pan, apuntando a

la cara, pero el muy jodido lo cogió al vuelo—. Joder, qué reflejos. ¿Antes de
ser actor jugabas al baloncesto, o algo?

—No.

—Bueno, que no me lancé a por ti porque ni siquiera te vi. —Me encogí de

hombros.

—Pero anoche sí, fui el primero que viste y te hice cumplir tu amenaza. —

Me hizo un guiño.

—Claro, ya solo me falta subir una foto a las redes con estas vistas y decir

que fue la mejor noche de mi vida. —Volteé los ojos.

—Buena idea, dame el móvil que te hago la foto —dijo poniéndose en pie.

—¿Qué dices? No, no, que esas cosas no las subo.

—Pequeña, dale una lección a ese periodista.

Me lo pensé un momento y al final le di mi móvil, cogí la taza de café y me

hizo una foto de espaldas, viéndose un poquito de mi perfil, con las vistas del

mar y el puerto que ofrecía el hotel.

La subí con un texto dejando entrever que había sido una buena noche, y

listo, no hice nada más.

Después de desayunar, nos vestimos y me llevó él personalmente a mi casa,

eso sí, con las gafas y la gorra para que nadie pudiera reconocerle, aunque a

esas alturas no sabía cómo no lo habían hecho, y quedamos en hablar sobre la

entrevista.

No me podía creer que estuviera dispuesto a hacerla, pero desde luego que

eso aún estaba por ver.

—Buenos días —dije al entrar en el apartamento y ver a Amanda tomando

un café en el salón, con el portátil en el regazo.


—Buenos días. ¿Has pasado la noche con Álvaro? No me digas que al final

lo vuestro va a ir en serio —sonrió.

—No. —Me dejé caer en el sofá a su lado con un suspiro.

—¿Entonces? ¿Una noche para no olvidar, con Oliver?

—No. —Solté el aire de nuevo mientras cerraba los ojos.

—Lara, ¿con quién has pasado la noche? Porque, que yo sepa, no había

más amantes en tu vida.

—Con Paul.

—Un momento. —Dejó el portátil en la mesa y sentó de lado para mirarme

mejor—. Me estás diciendo que has pasado la noche con Paul, el hermano de

Grace, que es el actor irlandés al que no soportas porque es un seco con la

prensa, ¿ese Paul?

—Exactamente ese.

—Ver para creer. ¿Estabas borracha, o algo?

—No, esa es la cuestión, que me enrollé con él en el reservado del local, lo

hicimos allí mismo y después fui al hotel donde va a quedarse unos días.

—Lara, estoy flipando.

—Pues imagínate yo —suspiré cerrando los ojos.

—Habías salido con Álvaro, ¿cómo acabaste con el irlandés?

—Ponme un café mientras me cambio y te lo cuento, porque esto tengo que

digerirlo primero yo sola —le pedí.

—Desde luego, esto sí que es un giro en la historia, porque no me esperaba

que fueras a acabar tirándote al actor, y este no es tu favorito, como lo es el


cantante —dijo con una sonrisa.

—Qué cabrita eres.

Fui a mi habitación para ponerme un pijama cómodo, era sábado y no tenía

planeado salir a ningún sitio. Cuando volví al salón, ya estaba Amanda con

un café para mí y otro para ella esperándome sentada en el sofá.

Le conté lo ocurrido con Álvaro y se quedó igual que yo, sin poder creer

que precisamente él me echara aquellas cosas en cara, y que al final la noche

me llevara, sin pretenderlo, a compartirla con el hombre que menos podría

haberme imaginado.

—Pues mira, has hecho bien en romper con ese capítulo de tu vida, y más

si ahora Álvaro se pone en plan celoso, que no lo entiendo, de verdad.

—Ni yo. Y de ahí que a Paul se le ocurriera la idea de subir la foto.

—Ya me cae un poquito mejor —sonrió—. Y tranquila, que no eres la

primera ni la última que caerá en los encantos de un famoso.

—No he caído, solo… —suspiré— No sé qué se me pasó por la cabeza,

Amanda, esa es la verdad.

—Cariño, ya sabes que a veces nos movemos por impulsos, que nos

dejamos llevar por el momento y, como dice mi madre, muchas de esas veces

nos pasan cosas que estaban destinadas a pasarnos. No lo pienses más. Anda,

ven aquí. —Me dio un abrazo y sonreí—. ¿Qué impresiones nos quedamos

del sexo con un actor famoso?

—Amanda, por Dios. —Reí.

—Es broma, aunque por tu cara, sé que sí que ha sido una noche de las que

no olvidarás en tu vida.

Y tanto que no lo haría, más por quién era el hombre con el que me había

acostado, que, por el sexo en sí, que también, porque debía se sincera, y
admitir que había sido una de las mejores noches de mi vida.
Capítulo 44

Lara

Acababa de preparar el desayuno y mientras daba el primer sobo al café

recibí una llamada de mi madre.

—Buenos días —sonreí.

—Buenos días, mi niña. ¿Qué tal tenéis el día Amanda y tú?

—Tranquilo, es un domingo muy tranquilo.

—Pues venir a comer, que Lola va a preparar hoy un arroz.

—Allí estaremos, que el arroz de Lola es una delicatesen.

—Sabía yo que os iba a convencer. No quiero ser pesada, cariño, pero ya

sabes que os echamos mucho de menos. Y nosotras iríamos encantadas, pero

el restaurante…

—Mamá, ya lo sabemos. Tú tranquila que siempre que podamos, iremos

nosotras a veros.

—Os queremos mucho, mi vida, y estamos muy orgullosas de lo que

habéis logrado. Sois dos grandes periodistas, tenéis miles de seguidores en

redes y todo el mundo os aprecia.


—Me alegra saber que estáis orgullosos.

—Siempre, Lara, escúchame bien, cariño. Siempre estaremos muy

orgullosos de nuestras hijas, porque tanto Lola como tu padre y yo, tenemos

dos hijas a las que amamos con todo nuestro corazón.

—Y nosotras tenemos tres padres que valen millones. Nos vemos en unas

horas, mamá.

—Adiós, mi niña.

Sonreí dejando el móvil y di un sorbo al café, no tardó en aparecer Amanda

con esa carita de sueño que traía mientras se frotaba los ojos.

—¿No has dormido bien? —pregunté.

—Estuve un rato hablando con Eros.

—Ya, un rato —sonreí—. Eso son mínimo dos horas, pegados al teléfono.

¿Por qué no os visteis anoche?

—No quería dejarte sola, por si te daba por beber, comer helado, o qué sé

yo.

—¿Y por qué iba a hacer tal cosa?

—Poque te acostaste con un actor, por ejemplo.

—Se me había olvidado, gracias por volver a traer ese momento a mi

mente. —Volteé los ojos.

—No se te había olvidado no mientas, ¿eh? —Rio.

—Vale, no se me había olvidado y no se me va a poder olvidar, porque esa

es sin duda la madre de todas las estupideces que he hecho, seguro.


—Con no repetir, vas bien. —Se encogió de hombros—. Claro, qué fácil es

decirlo.

Desayunamos mientras le decía que íbamos a comer a Ronda y la muy

jodida se puso casi bizca al oír hablar del arroz de su madre. Desde luego que

con todo lo que comíamos cuando íbamos allí y la de táperes que nos

traíamos, era una suerte que no estuviéramos redonditas, pero teníamos una

buena genética.

Recogimos todo y le dimos un repaso a la casa mientras escuchábamos

música y canturreábamos como si fuéramos las mejores voces de España,

cosa que, aunque no se nos diera mal, tampoco cantábamos como los ángeles,

como decía mi padre cuando nos habían tenido que aguantar los tres en esas

cenas de Navidad, donde Amanda y yo nos dejábamos la voz canción tras

canción.

Estaba colocando ropa en el armario cuando me llegó una notificación de

mensaje en redes. Entré y vi que era Paul.

Paul: Buenos días, solo quería comentarte que estoy dispuesto a

concederte esa entrevista, si quieres hacérmela. Eso sí, no la haré en otro

lugar que no sea en mi casa.

—No me lo puedo creer —dije, y Amanda entró en la habitación desde el

cuarto de baño.

—¿Qué pasa?

—Paul, que me concede la entrevista, pero sigue insistiendo en que, si

accedo a hacérsela, tiene que ser en su casa.

—Dile que sí, Lara, esta es una oportunidad única, sabes que no solo sería

un éxito para la revista.

—Lo sé, pero, si voy a su casa, tiene mucho peligro.

—¿Por qué? ¿Por si volvéis a tropezar y caer en la cama? —sonrió.


—Es que no me lo explico, ¿cómo me puede atraer ese hombre si nunca

me pareció gran cosa? Vamos, que ni me habría fijado en él de cruzármelo

por la calle.

—Misterios de Cuarto Milenio, desde luego. —Se encogió de hombros—.

No seas tonta, dile que sí, preparas la entrevista de tu vida y te coronas,

porque nadie ha conseguido una entrevista con ese hombre de más de cinco

preguntas y todas han sido sobre su carrera.

»Lara, tienes en tus manos la oportunidad de hacer una entrevista donde

no solo hable de su carrera, sino que consigas que se abra un poco al mundo

y que hable de su vida, dentro de unos límites, claro está.

El teléfono de Amanda empezó a sonar y fue a su habitación para hablar.

Me quedé allí pensando en si sería buena idea aceptar hacer la entrevista en

la casa de Paul, ella tenía razón y no sería la primera vez que íbamos a casa

de un famoso a entrevistarle, pero es que antes de hacerlo no me había

acostado con ellos.

¿Y si era por eso por lo que había accedido a hacerla? No era así como

quería conseguir las cosas, no era así como quería que mi carrera fuera un

éxito, pero yo no había sido la que empezó esto diciendo que iba a

convencerle, sino su hermana Grace.

Era una gran oportunidad, única en la vida como solían decir, de esas que,

o cogías y la llevabas acabo, o acabarías arrepintiéndote siempre.

Suspiré, cogí el móvil para responder, pero en ese momento me llegó un

mensaje de Grace.

Grace: ¡Ha accedido! Mi hermano por fin me ha dicho que sí, que puedes

entrevistarle. Desde luego que sé que ha dicho que sí porque he sido

insistente y pesada, no sé la de mensajes que le he mandado estos días que

no está en casa para pedirle que se muestre un poco más al mundo, que vean

que es humano, no un robot. Lo único que no he podido conseguir es que

quiera ir a algún sitio que no sea su casa, en eso ha dicho que es un no

rotundo. Espero que se la hagas, aunque sea en su terreno, porque sé que

esta es una gran oportunidad para los dos.


Y no le faltaba razón, la verdad, así que acabé tomando la decisión de

aceptar ir a su casa. Le respondí que sí y le pedí que me dijera cuándo y a qué

hora le venía bien, para organizarme con el trabajo y hablar con mi jefe.

Paul: En un par de días, si te parece bien. Robert y yo regresamos hoy a

Sotogrande, mañana tengo algunas videollamadas de trabajo y prepararé

todo para que puedas hacerme la entrevista el martes por la tarde. Te haré

llegar la dirección. Nos vemos.

Le contesté que, perfecto, y dejé el móvil en la mesita de noche antes de

dejarme caer en la cama con los ojos cerrados y suspirando.

—Le has dicho que sí, ¿verdad? —Escuché la voz de Amanda y, al mirar,

la vi sonriendo apoyada en la puerta del cuarto de baño.

—Sí.

—Has hecho bien. —Se tumbó en la cama conmigo—. Sabes que va a ser

todo un bombazo. ¿Cuándo tienes que ir?

—En dos días, por la tarde.

—Pues ahora tienes que prepararte una entrevista de esas que dejen a todo

el mundo con la boca abierta. No puedes preguntarle solo por su trabajo,

tienes que centrarte también en su vida, dentro de lo que te permita, claro.

—Lo sé. Tengo dos días para pensar bien en todas esas preguntas.

—Pues venga, vamos a ducharnos y vestirnos para ir a Ronda, que ya

puedo saborear el arroz de mi madre —dijo poniéndose en pie y yendo hacia

el baño.

Desde luego que esta era la entrevista que muchos periodistas querrían

hacer, esa que tanto revistas como programas de televisión desearían publicar

y emitir, y la iba a hacer yo para que fuera mi jefe quien la publicara.


No iba a contarle nada a Rodri hasta el día siguiente que le viera en la

revista, pero tenía claro que se sorprendería por lo que iba a decirle y lo que

pasaría e los próximos días.

Y, por supuesto, contaba con la sorpresa que se llevarían Ana y Mireia

cuando supieran que iba a estar en la casa de su actor favorito, porque obvio

que no iban a saber que me había acostado con él.

Tenía que prepararme bien las preguntas que iba a hacerle, debía pensar en

cada una de ellas y no entrar en algo que pudiera incomodarle demasiado o

que pudiera generar polémica en redes.

Y, sobre todo, durante la entrevista debía mostrarme tranquila, calmada y

serena dentro de lo posible, sin dejarle ver que su sola presencia me ponía

nerviosa.
Capítulo 45

Lara

Llegué a casa de Paul a la hora prevista y me quedé impresionada ante lo

que tenía delante. Era una casa que sin duda a él le iba como anillo al dedo.

Me recibió Cata, una mujer sonriente y muy amable que me llevó hasta

donde Paul me esperaba.

La casa tenía varias plantas independientes y supe que donde haríamos la

entrevista, era en la que estaba la vivienda de Paul, por así llamarla. Cuando

le vi, con un pantalón beige y una camisa de lino blanco, tuve que tragar

saliva porque ese hombre estaba de lo más atractivo.

—Lara, bienvenida a mi casa —dijo con una leve sonrisa y se inclinó para

darme un par de besos.

—Gracias.

—¿Te apetece tomar algo? ¿Vino, agua, un refresco…?

—Vino, blanco a ser posible —sonreí.

—Cata, trae una botella de vino blanco y dos copas, por favor —le pidió.

—Ahora mismo.
Cuando ella salió, me quedé mirando hacia el jardín donde estaba la

piscina, y no tardé en notar a Paul a mi espalda.

—Tendría que haberte dicho que vinieras con el traje de baño debajo —

murmuró—. El rojo que llevabas en las fotos en ese yate.

—¿Has visto mis fotos? —pregunté mirándole por encima del hombro.

—Me gusta saber con quién trato. —Se encogió de hombros.

Nos sentamos en el sofá junto a la mesa baja, y poco después regresó Cata

con el vino. Paul llenó las copas y me ofreció una, que cogí para dar un trago

y quitarme así la sensación de tener la boca seca por lo nerviosa que estaba.

—Cuando estés lista, podemos empezar —me dijo.

—Sí, solo deja que eche un vistazo a mis notas —respondí mientras miraba

nerviosa hacia la libreta que tenía en las manos.

—Lara. —Me estremecí al notar su mano cogiendo la mía, y le miré—.

Tranquila, que no soy un ogro. Puedes hacerme las preguntas que quieras, ¿de

acuerdo? Ya después yo veré si respondo o no. —Hizo un guiño y negué

sonriendo.

Cogí la grabadora y la activé, respiré hondo y comencé con esa entrevista.

—Paul, lo primero, gracias por concederle a mi revista unos minutos de tu

tiempo para responder algunas preguntas.

—Es un placer, Lara —sonrió.

—Todo el mundo te conoce por esos papeles icónicos que has interpretado

a lo largo de los años, pero hoy quiero ir un poco más allá de tu vida

profesional, si me lo permites.

—Por supuesto, he venido a abrirme ante el público, como me ha pedido

durante días enteros alguien que me conoce bien —contestó, y me salió una
risilla.

—Cuéntanos, Paul, ¿cómo comenzaron tus primeros pasos en el mundo de

la actuación? ¿Recuerdas en qué momento supiste que querías ser actor?

—Perfectamente. —Rio—. A mi madre le apasiona el teatro, y cuando era

niño, me llevó a ver una obra que me dejó fascinado; pensé, «ojalá pudiera

estar ahí arriba». Durante mis años en el instituto, participé en algunas obras,

aunque no tenía el papel protagonista, pero me picó el gusanillo, como se

suele decir.

»Así que, cuando se presentó la oportunidad, hice mi primer castin, y para

mi sorpresa, me cogieron como extra. A partir de ahí, hubo varios así,

después fueron algunos papeles como parte del elenco de secundarios, y de

repente, sin esperarlo, me llegó la oportunidad de ser protagonista.

—Como suelen decir, a veces las mejores cosas de nuestra vida surgen de

una manera natural y sin que nos demos cuenta, sin que lo veamos venir —

sonreí.

—Cierto —asintió.

—Has interpretado toda clase de personajes, pero dinos, ¿hay alguno que te

costara más hacer, ese que sintieras que te dejó sin energías?

—Sí, sin duda hay uno. Fue hace unos… diez años, si no recuerdo mal. Me

tuve que meter en la piel de un hombre bastante oscuro y profundo, me costó

encontrar el equilibrio adecuado entre la vulnerabilidad y la fuerza. Acabé

agotado emocionalmente, pero también aprendí mucho de lo que era capaz de

hacer. Si me preguntaran si estaría dispuesto a hacer algo así de nuevo, sin

duda diría que sí. De cada personaje me quedo con un aprendizaje.

—Y como todo en la vida, además una parte mala, también hay una buena.

Así que, ¿qué personaje dirías que fue el que más te hizo disfrutar? ¿Con el

que más cómodo te sentiste?

—Ese es fácil. —Rio—. En una de las películas de hace cinco años, el

personaje al que interpreté era un tipo irreverente y relajado, solo me dejé


llevar por el papel y fui yo mismo, pero un poco más exagerado. Porque no

soy tan serio como muchos creen —sonrió de medio lado y me hizo un

guiño.

—Tomo nota para que lo sepan todos, no solo tus seguidores —sonreí—. Y

hablando de seguidores, tienes millones de fans por todo el mundo, no solo

en Irlanda o Estados Unidos, todos ellos muy activos en redes compartiendo

cosas tuyas y pendientes de todo lo que haces. ¿Cómo llevas todo ese amor y

locura a partes iguales que viene con la profesión de ser un actor tan conocido

y seguido?

—Diría que es bastante interesante. —Rio—. Hay momentos en los que leo

los comentarios y mensajes de apoyo de los fans y me siento agradecido, pero

otros, en cambio, es algo abrumador. Que no me malinterpreten porque de

verdad que agradezco los fans que tengo, pero a veces solo quiero desconectar

un poco, estar en mi espacio, disfrutar de mi tiempo, mi familia, sin que todo

el mundo sepa qué estoy haciendo, o con quién. Pero es algo que va en la

profesión y al final se sobrelleva de la mejor manera que uno puede.

—Te entiendo, conozco a muchos famosos que se sienten así, tratando de

encontrar el equilibrio entre la vida pública y la privada —sonreí—. Y

hablando de tu vida privada.

—Miedo me das. —Rio con una carcajada.

—Imagino que estás muy unido a tu familia, así que, ¿cómo consigues

mantener el equilibrio entre tu vida personal y tu carrera?

—La familia para mí siempre ha sido un pilar fundamental en mi vida. Mis

padres, mi hermana Grace, incluso mi guardaespaldas que es parte de la

familia también. Ellos han hecho que siempre tenga los pies en la tierra, y

cuando puedo y tengo oportunidad, hago una escapada para estar con ellos,

aunque la agenda no me permite estar el tiempo que me gustaría disfrutando

a su lado.

—Ahora que mencionas a tu guardaespaldas, lleva contigo desde los

inicios, ¿siempre fuisteis tan amigos?


—Sí, Robert y yo somos amigos desde mucho antes de que empezara mi

carrera, él era entrenador personal y yo le pedí que fuera mi hombre de

confianza. Pero es más que eso, como he dicho, él forma parte de mi familia y

está ahí para velar no solo por mi seguridad, sino para escucharme y darme

consejos en momentos en los que lo necesito.

—Podríamos decir que Robert para ti es como un hermano más —asumí.

—Justo así, sí —sonrió.

—Ahora tengo una pregunta sobre tu futuro.

—No soy adivino, aunque hay quien recientemente me ha dicho que sí lo

soy —sonrió de medio lado y sabía que se refería a mí, el muy jodido.

—¿Cómo te ves en cinco años? ¿Qué proyectos tienes en mente?

—En cinco años, sin duda, quiero poder seguir disfrutando de lo que hago,

interpretar como he hecho a lo largo de toda mi carrera y, quién sabe, tal vez

algún día me lance a ser productor e incluso dirija una película. Y en lo

personal, sé que a mi madre le encantaría que formara una familia, así que —

se encogió de hombros—, solo hay que ver qué me espera en el futuro.

—Quién sabe, quizás dentro de cinco años te entreviste porque estrenas tu

primera película como director —sonreí.

—Toma nota de esto, por si acaso. —Hizo un guiño.

—En lo que a personajes respecta, ¿hay alguno que aún no hayas

interpretado, pero que te gustaría?

—El de un villano, sin lugar a duda. Un tipo con una historia fuerte detrás,

no que sea malo por el hecho de serlo, sino alguien que ha pasado por una

historia dura, sería interesante explorar un personaje así.

—Espero que los directores y productores tomen nota, porque estoy segura

de que muchos fans querrían ver algo así.


—Yo estoy abierto a ello —dijo mirándome fijamente, y a pesar de que me

mostraba serena, ese hombre me ponía tan nerviosa que no podía mantenerle

la mirada durante demasiado tiempo.

—Ahora vamos a ir un paso más allá.

—No me lo digas, ha llegado el momento de que me abra más —sonrió.

—¿Qué tal tu vida amorosa?

—Ahora mismo, tranquila. —Rio—. La verdad es que, para un actor, al

igual que para un cantante, futbolista, o cualquier otro con una profesión cuya

fama sea grande, es complicado encontrar a alguien que entienda la vida que

llevamos, eso siempre he pensado que es clave a la hora de tener una relación.

Los viajes, las semanas de rodaje, las promociones, los estrenos, las fanas…

ya sabes.

—Sí, como dije, conozco a muchos famosos y todos coinciden en lo

mismo.

—Pero sí puedo decirte algo, una primicia si quieres llamarlo así —sonrió

de medio lado—. He conocido a alguien que me parece interesante para

seguir compartiendo cenas, copas y charlas. Es una mujer preciosa pero lo

que me cautivó, y sin que me diera cuenta, fue su risa —dijo, y después de lo

que me contó la noche que nos acostamos, estaba claro que hablaba de mí,

por lo que más nerviosa puse.

—Y para acabar, Paul, me gustaría saber qué consejo le darías a alguien

que, como tú, sueña con llegar a ser algún día un gran actor, o actriz.

—Fácil, que no permitan que alguien les diga que no pueden. Si tienes un

sueño, persíguelo, lucha por él hasta conseguirlo. Y si fracasas una vez, no te

rindas, vuelve a intentarlo las veces que hagan falta. Todo llega con el tiempo,

como me dijo una vez mi padre —sonrió.

—Sabias palabras, y un gran consejo, Paul. Ha sido un placer compartir

este tiempo contigo, gracias por abrirte un poco más al público y dejar que te
conozcan mejor.

—Gracias a ti por una entrevista tan elegante y cuidada. Y no me olvido,

dentro de cinco años espero que me entrevistes con motivo de mi primera

película.

—Me lo voy apuntando en la agenda. —Volteé los ojos y él soltó una

carcajada.

Dejé de grabar y di un trago a la copa de vino, al igual que él. Guardé mi

libreta de notas en el bolso y vi que Paul se acercaba a mí en el sofá.

—¿Más tranquila? —preguntó cogiéndome la mano.

—Sí —sonreí—. Gracias por responder a todas.

—Un placer. Y ahora, voy a pedirle a Cata que nos suba la cena.

—No, no, yo me voy ya.

—No te vas, pequeña y, ¿sabes por qué? —Llevó la mano a mi barbilla

para hacer que le mirara fijamente a los ojos, yo tan solo pude negar porque

no podía hablar, ese hombre me imponía mucho—. Porque como he dicho,

quiero seguir compartiendo cenas, copas y charlas con una mujer preciosa,

dueña de la risa más bonita y contagiosa que he escuchado nunca.

Se inclinó para besarme y cerré los ojos dejando que ocurriera, sintiendo

cómo mi cuerpo reaccionaba a él y siendo consciente de que, por mucho que

quisiera negarme, no iba a poder porque le deseaba.


Capítulo 46

Lara

Cata llamó a la puerta en ese momento y cuando Paul se separó para ir a

abrir, bebí de mi copa mirando por la ventana para que esa mujer no viera mis

mejillas sonrojadas.

Por Dios, que yo era una mujer adulta y me sentía como una quinceañera a

la que pillan enrollándose con el novio.

—Gracias, Cata —dijo Paul, y ella sonrió antes de retirarse.

Vi al irlandés empujar un carrito con varios platos, y el simple olor me hizo

salivar.

Me puse en pie y fui hacia la mesa donde vi a Paul colocar todo. Había

marisco, tostas de queso y salmón, y una bandeja con carne a la brasa con

verduras y patatas como guarnición.

Retiró una silla para que me sentara y arqueé la ceja.

—Ante todo, mis padres me enseñaron a ser un caballero.

Sonreí negando y me senté, momento que él aprovechó para acariciarme

los hombros.
Sirvió más vino en nuestras copas y brindamos antes de comenzar a

disfrutar de aquellos platos que tenían una pinta buenísima, y de sabor

estaban deliciosos.

—Así que, tu hermana te insistió mucho para que dieras una entrevista —

dije tras comerme una tosta.

—No una cualquiera, sino esta entrevista y a ti. Adoro a Grace, pero a

veces puede ser mi peor pesadilla. —Volteó los ojos.

—Supongo que es lo que ocurre entre hermanos —sonreí.

—¿No tienes hermanos mayores, o pequeños?

—No, pero Amanda es como si lo fuera. Nos conocemos desde que

teníamos un año, nuestros padres nos han criado juntas en el restaurante.

—¿Vuestros padres tienen un restaurante? —Curioseó, y pasé a contarle

toda nuestra vida— Ya sé dónde quiero ir a comer en Ronda —sonrió—. Y

quiero que me acompañes.

—Claro, para que nos hagan un montón de fotos y no podamos comer. —

Volteé los ojos.

—¿Tú viste que nos molestaran la otra noche? Porque yo me pongo las

gafas y la gorra, y no saben si soy actor, o maestro de escuela. —Se encogió

de hombros.

—No te voy a decir que como camuflaje no está mal, pero podrías

camuflarte mejor. —Reí.

—No seas como Robert, que una vez me dijo que podía ponerme una

camiseta y pantalones anchos, en plan rapero.

—Eso no, pero quizás, una peluca y las gafas, en vez de la gorra.

—Lo tendré en cuenta.


Seguimos charlando y debía admitir que Paul era un hombre agradable, y

podía entender que se sintiera agobiado con la prensa y por eso fuera tan

escueto y serio, limitándose a sonreír y responder siempre lo mismo.

Nos acabamos la cena y dos botellas de vino, y Paul abrió la puerta cuando

Cata llamó. Traía un pastelito de chocolate para cada uno relleno de una

deliciosa crema de chocolate blanco que estaba buenísimo.

—Cata tiene muy buena mano en la cocina, se llevaría bien con mis padres

y con Lola —comenté.

—No lo dudo, la verdad es que contratarla fue la mejor decisión que he

tomado. Vamos, tomemos una última copa de vino —dijo poniéndose en pie

y entrelazando nuestras manos.

Me llevó hacia el ventanal y allí brindamos y bebimos. El jardín era una

pasada, de verdad que sí, y la piscina en esta época del año era toda una

delicia.

Noté la mano de Paul en el hombro, acariciándolo despacio, y sentí su

presencia sobre mí. No tardó en besarme en esa parte de piel que se veía y

siguió subiendo por el cuello hasta que, rozándome apenas un poco con los

dedos en la barbilla, hizo que le mirara para besarme en los labios.

Si era así como besaba a sus compañeras en las películas, más de una debía

estar encantada de saber que trabajaría con él.

Me quitó la copa de la mano y, tras acabarse la suya, llevó las dos a la

mesa. Cuando regresó a mi lado, comenzó a quitarme el vestido sin dejar de

mirarme, dejándolo caer a mis pies.

Le siguió el sujetador y después el tanga, de modo que me quedé solo con

las sandalias de tacón.

—Eres irresistible, Lara —dijo con un tono de voz que no dejaba lugar a

duda de lo que iba a pasar.


Volvió a besarme mientras sus manos masajeaban mis pechos, comenzó a

pellizcarme los pezones y bajó una de las manos a mi entrepierna, deslizando

los dedos entre mis labios vaginales haciéndome gemir.

Me penetró con ellos y noté que daba un tirón hacia él que me hizo gritar y

estremecerme. Siguió tocándome hasta que noté que iba a alcanzar el clímax,

y entonces se detuvo.

Le vi desnudarse delante de mí y me mordí el labio al ver lo excitado que

estaba, el modo en el que su miembro me apuntaba y una leve gota brillante

en la punta.

Comenzó a tocarse y no dudé en ayudarle, como tampoco en coger su otra

mano para que me tocara a mí.

—Vaya, así que te gusta mandar un poquito —dijo mirándome fijamente.

—Me gusta que me den placer, al igual que me gusta darlo.

—Ven. —Tiró de mí y no dudó en recostarse en el sofá, colocándome

sobre él de manera que mi zona íntima quedó sobre su boca—. Espero que

esto te dé mucho placer, pequeña.

Y tras esas palabas, comenzó a lamerme como si la vida le fuera en ello.

Gemí, me agarré con fuerza a sus muslos y cerré los ojos mientras le notaba

moviendo la lengua y penetrándome con ella.

Le devolví el favor, obvio que sí, y mientras él me daba placer con su

lengua y sus labios en mi sexo, yo envolví los míos en su miembro y comencé

a subir y bajar cubriendo toda su longitud, acariciándola con la lengua.

Me corrí poco después y él se apartó para no acabar también, nos

levantamos y no dudó en llevarme de nuevo hacia el ventanal, donde, tras

ponerse un preservativo, colocó mis manos en el cristal, así como dejó mi

cuerpo pegado a él, me separó las piernas elevando ligeramente las caderas y

embistió con fuerza hasta llegar a lo más hondo de mi ser.


Sus manos se aferraban con fuerza a mis caderas, atrayéndome una y otra

vez mientras me penetraba, el sonido de nuestros cuerpos chocando se

mezclaba con mis gemidos y sus leves jadeos, y yo no podía dejar de sentir

que la excitación aumentaba cada vez más y más.

Estaba expuesta, totalmente expuesta a quien pudiera vernos en ese

momento, y por alguna razón, al igual que en el yate de Eros con Oliver,

aunque me preocupaba sentía ese morbo de que pudieran verme y de que

pensaran en lo bien que me lo estaría pasando.

Porque sí, este hombre sabía cómo hacer que una mujer disfrutara en el

sexo.

—Inclínate, Lara —me pidió haciendo que nos apartásemos del ventanal

—, apoya las manos e inclínate hacia delante.

Lo hice, y por Dios que aquello fue una pasada. Paul entraba y mucho más

profundamente así, y mis gemidos pasaron a ser gritos, chillidos más bien,

que esperaba que nadie más en la casa pudiera escucharnos.

No podía reprimirme, me enloquecía el modo en el que me penetraba este

hombre, y dejé que siguiera haciéndolo hasta que me llevó de nuevo al

orgasmo.

En el momento en el que liberé el clímax me cogió en brazos para llévame

sobre la mesa donde habíamos cenado, retiró algunos platos y me sentó en el

filo haciendo que me recostara sobre ella.

Se inclinó para lamer y morder mis pezones y pasó la lengua por todo mi

cuerpo hasta alcanzar de nuevo esa parte que parecía querer degustar una vez

más.

Noté algo frío en el clítoris y al mirar vi que había vertido un poco de vino,

ese que no tardó en lamer y volver a hacerme llegar a otro intenso orgasmo

antes de penetrarme una vez más.


Se movía rápido, con fuerza y tan profundamente que supe que iba a

alcanzar el clímax de nuevo en breve, cosa de la que le propio Paul era

consciente, al igual que de que estaba cerca de liberarse él también.

Comenzó a moverse más y más y rápido, penetrando con más fuerza y

llegando más profundamente, hasta que los dos notamos el momento exacto

en el que nos liberábamos al unísono.

Grité con la espalda arqueada mientras Paul seguía entrando y saliendo en

esos últimos instantes alcanzándole el éxtasis, y cuando acabó todo, se dejó

caer sobre mi cuerpo mientras los dos recobrábamos el aliento.

—Ya es hora de que me vaya a casa —dije cuando le vi apartarse, y me

lamió y mordió un pezón.

—¿A estas horas? No pensarás de verdad que voy a dejar que te vayas, con

lo tarde que es.

—No pasa nada, no es tan tarde. Y mañana tengo que ir a trabajar.

—Avisa a tu jefe de que te tomas el día libre, porque no voy a dejar te

vayas, al menos, hasta después del desayuno. —Me besó y tras retirarse, me

cogió en brazos.

—Estás loco, ¿lo sabías?

—Sí, por volver a estar toda la noche follándote, como hace tres días.

Me besó y terminamos en su cama, donde acabamos pasando gran parte de

la noche dejándonos llevar por el deseo.


Capítulo 47

Paul

Le pedí a Lara que me acompañara a pasar el día en el yate, quería tenerla

solo para mí, estar a solas y disfrutar de ella de todas las maneras posibles

que me permitiera.

Era una mujer increíblemente sensual y receptiva cuando se trataba de

sexo, y me picaba la curiosidad saber si se animaría a que le enseñara algunos

de esos juegos que me gustaba compartir con mis compañeras de cama.

Una vez en el yate, nos tomamos un desayuno disfrutando de la brisa del

mar y del sonido de las olas, y por el modo en el que sonreía sabía que le

gustaba todo aquello.

Se hizo algunos selfis para subirlos a sus redes, pero sin que se viera nada

que pudiera dar a entender que estaba en mi yate y mucho menos que me

pudieran ver con ella.

Cuando paré el motor y nos quedamos en un punto fijo, lejos de las

miradas de curiosos y donde podría saborear a la morena que me había

cautivado con su preciosa risa, le pedí que nos diéramos un baño en el agua y

no dudó en quitarse el vestido que llevaba y lanzarse al mar.

La seguí, y en cuanto estuve con ella en el agua comencé a besarla,

momento en el que Lara me rodeó con ambos brazos por el cuello y con las

piernas en mi cintura.
Me moví de manera instintiva rozando mi miembro con su entrepierna,

sintiendo cómo este aumentaba de tamaño y grosor con cada segundo que

pasaba.

—Te lo haría aquí mismo, pequeña —dije con un mordisquito en su labio.

—Nos pueden ver.

—No hay nadie cerca, pero es que quiero hacerte otras cosas.

—¿Qué cosas?

—¿Alguna vez te han follado en alta mar?

—Alguna, sí. —Carraspeó.

—Y ¿han jugado con un vibrador?

—No, eso no —sonrió.

—Y si te pregunto si te han atado las manos. —La miré fijamente para ver

sus ojos y estos se abrieron con lo que era un poco de temor, pero también

curiosidad.

—No, nunca.

—Pues hoy va a ser tu primera vez. —La besé de nuevo y la llevé de vuelta

al yate.

Estaríamos solo este día, y quería aprovechar con ella todas las horas de sol

posibles para ver bien su cara al jugar con su cuerpo, porque iba a hacerlo, y

esperaba que no me pusiera resistencia.

Una vez nos secamos, me senté en el sofá con ella a horcajadas sobre mis

muslos y seguimos besándonos mientras ahora era ella quien movía las

caderas de manera lenta y acompasada para provocarme.


Me levanté y la cogí de la mano, llevándola conmigo hasta la mesa, donde

la senté antes de ir a buscar la bolsa que había traído.

Le pedí que se recostara, estiré sus brazos por encima de su cabeza y le

inmovilicé las muñecas con una fina cuerda sedosa que anudé a una de las

patas.

Separé sus piernas tras colocarme allí y quitarle la braguita del bikini, y

también las inmovilicé, cada una a un lado atadas a las patas.

Me deshice también de la parte de arriba del bikini, dejándola

completamente desnuda y expuesta para mí.

Comencé a lamer un pezón y después el otro, a mordisquearlos despacio, y

cogí una pluma que tenía para deslizarla por su cuerpo a modo de caricia.

Cuando llegué a su sexo se estremeció y arqueó la espalda mientras yo

seguía acariciándole el clítoris con ella.

Gimió y dejé la pluma a un lado para devorarla sin piedad, lamiendo entre

sus labios vaginales y penetrándola con dos dedos haciendo que

enloqueciera.

Me detuve mucho antes de que pudiera alcanzar el orgasmo y cogí el

vibrador, ese que pasé a una velocidad alta por su clítoris una y otra vez, de

arriba abajo sin parar, y penetrándola mientras ella gemía y se retorcía.

Volví a saborear su zona íntima, húmeda y excitada, y noté que tiraba de la

cuerda con los brazos, sabía que quería tocarme, pero precisamente por eso la

había inmovilizado, quería que sintiera todo de manera intensa y que se

dejara llevar.

No me detuve en ningún momento hasta que gritó presa del placer mientras

liberaba el clímax, y yo sentía que iba a explotar por las ganas de estar dentro

de ella.
—Si pudieras verte, lo sexi que estás —dije mientras me miraba con las

mejillas sonrojadas.

—Ya puedes liberarme.

—No, todavía no —dije besándola, y comencé a masajearle los pechos.

—Paul, quiero tocarte, quiero sentirte, quiero…

—¿Qué, pequeña? ¿Qué quieres?

—Probarte como tú me has probado —dijo con apenas un susurro.

—Joder, no sabes lo malo que me acabas de poner.

Retiré las cuerdas con las que la había inmovilizado y me senté en el sofá

tras quitarme el bañador, Lara se arrodilló ante mí y comenzó a lamer mi

miembro sin apartar la vista de mí. Ni en mis mejores sueños me habría

imaginado a esta mujer, que me cautivó con una risa, dándose un festín con

mi miembro de este modo.

Le cogí el cabello con la mano y no dudó en dejar que la guiara en todo

momento, hasta que no pude más y, antes de correrme, hice que se apartara.

La cogí en brazos y la senté sobre mis muslos para penetrarla así, quería

sentirla sobre mi miembro, envolviendo toda su longitud mientras lo apretaba

con fuerza con sus músculos vaginales.

Me recosté en el sofá pidiéndole que siguiera llevando el control encima de

mí, pero dándome la espalda, le toqué el clítoris mientras me follaba y llevé

un poco de su excitación en mis dedos para tocar un poco esa parte trasera.

Lara dio un leve respingo y me miró por encima del hombro, por sus ojos

supe que nadie había estado antes ahí.

—¿Te han tocado alguna vez aquí?


—No, y tampoco me la han metido por ahí.

—Pues voy a ser el primero, ¿me dejas serlo?

—¿Ahora? —Jadeó, y noté que se excitaba.

—Ahora.

—Vale —contestó tras unos segundos.

Nos levantamos y volví a recostarla en la mesa, cogí el gel lubricante y un

guante que dejé a un lado y volví a devorar su zona para hacer que se excitara

más, necesitaba tenerla relajada y preparada para poder penetrarla analmente.

Cuando estaba a punto de correrse, me puse el guante y una generosa

cantidad de gel lubricante y comencé a tocarle por detrás después de que

flexionara las piernas, al tiempo que seguía penetrándola con dos dedos por la

vagina.

Fui adentrándome poco a poco por esa zona que nunca antes le habían

tocado, y conseguí penetrarla con el dedo. Lara gimió y vi que cerraba los

ojos, sin duda dejándose llevar por las sensaciones que aquella nueva

experiencia le provocaba.

Estuvimos jugando un buen rato así, con mis dedos entrando y saliendo en

su vagina al mismo tiempo que lo hacía por su ano. Conseguí llevarla al

orgasmo y se corrió a chillidos, demostrándome que sí, que era muy receptiva

a lo que le hacía.

Me puse un preservativo y la dejé de pie ante mí, recostada sobre la mesa

con medio cuerpo y las caderas elevadas. Me puse más gel lubricante en la

mano y mientras la penetraba con fuerza con mi miembro por delante, volví a

penetrarla por el ano, esta vez con dos dedos.

Lara se movía al compás que iba marcándole con mis embestidas, jadeaba

y gemía, gritaba y me pedía más, y cuando volvió a correrse cogí el vibrador

para pasárselo por el clítoris.


—Voy a entrar por aquí, pequeña —le dije mientras jugaba con mis dedos

dentro de su ano—. ¿Lista?

—Sí. —Jadeó moviéndose, y retiré los dedos para alinear mi miembro en

esa zona.

Poco a poco la fui penetrando, ella gemía, se quejaba un poco por lo grande

que era mi miembro y lo estrecha que estaba ella, pero cuando finalmente nos

unimos por completo, gritó de placer mientras yo gemía.

Fui moviéndome despacio y sin dejar de jugar con el vibrador por su

clítoris, no quería que se le fuera la excitación y tampoco que se

desconcentrara, la necesitaba completamente entregada al momento.

Gritaba pidiéndome más y yo se lo daba, me miraba por encima del

hombro con los ojos vidriosos por el deseo y supe que esta mujer iba a acabar

conmigo.

Era perfecta en todo, no solo me había hecho frente en un par de ocasiones

y le había dicho a mi hermana que yo no era gran cosa, sino que aquí estaba,

encajando a la perfección conmigo en este mundo desconocido para ella.

Hacía apenas unos días que había vuelto a verla, que aquello que dije y

pensé la primera vez que la vi de que me la llevaría con gusto a la cama, lo

había hecho y lo seguiría haciendo, porque desde que estaba esta morena en

mi cama no había vuelto a ver a Natalia.

Alcanzamos el clímax al unísono y pude sentir que el orgasmo de Lara

mientras la penetraba por detrás, había sido tan intenso o más que por

delante.

Me retiré con cuidado, se incorporó y sonrió mientras me atraía hacia ella

para besarme con una pasión que hasta ahora no me había mostrado. Saboreé

aquel momento y la agarré con fuerza por las caderas.

—Antes de irnos de este yate, me lo tienes que hacer de nuevo —dijo con

picardía.
—¿Segura? Mira que, igual es pronto para una segunda vez.

—Si me pones tan cachonda como ahora, no será pronto. —Se encogió de

hombros y me eché a reír—. ¿Vamos al agua? —preguntó, iba a decir que sí,

pero me sonó el móvil.

—Dame un segundo —le dije al cogerlo—. Lolo, ¿qué tal?

—Hola, hermano, aquí, preguntándome si querías salir a hacer algo.

—Imposible, estoy en el yate.

—¿Solo, o acompañado? —Curioseó y me reí.

—Acompañado.

—¿Y no me invitas? Ya hablaremos tú y yo, ya.

—Adiós, Lolo. —Colgué riendo y dejé el móvil de nuevo en la mesa—.

Entonces, ¿nos damos un chapuzón y después comemos?

—Y jugamos, que me ha gustado a mí eso de que me inmovilices.

—Creo que vamos a llegar muy tarde a casa.

—¿Cómo de tarde? —preguntó juguetona mientas me mordía la barbilla.

—Puede que, mañana.

—Pero no tengo ropa para pasar aquí la noche y volver mañana.

—¿Crees que la vas a necesitas para estar en el yate? Poque te prefiero

desnuda. —Le di un apretón en la nalga al tiempo que la besaba, y nos

lanzamos al agua.

Sí, tenía la sensación de que lo que en principio iba a ser un día en alta

mar, se acabaría convirtiendo en dos días allí.


Capítulo 48

Lara

Lo mío con Paul estaba yendo bien, quién lo iba a decir cuando le vi el día

de su llegada a España con lo seco que era con la prensa, y que ahora me

cayese bien.

La entrevista había sido un éxito para nuestra revista, muchos programas

de televisión se hicieron eco de ella y comentaban algunas de las respuestas,

pero sin duda alguna toda la prensa del mundo se hacía la misma pregunta,

¿quién era esa mujer a la que estaba conociendo?

Muchos medios decían que aquellas palabras por parte del actor daban un

poco más de veracidad a los motivos que le habían traído a España y a

comprar una casa, que no eran otros que el que sí había una española en su

vida.

Siendo sincera, yo más que en su vida estaba en su cama, o en cualquier

otro sitio donde nos entrara un calentón y quisiéramos quitárnoslo.

Me había pedido que viniera a pasar esta tarde a su casa así que, después

de acabar el trabajo, dejé a Amanda en casa y cogí algo de ropa para el día

siguiente, porque estaba claro que igual que hizo la primera vez que vine para

hacerle la entrevista, no me iba a dejar irme a dormir a mi casa.

Cuando llegué y me recibió Cata con una sonrisa de esas tan amables que

tenía, me dijo que Paul estaba en el jardín esperándome con Grace.


Hacia allí fui y, al verme, la modelo sonrió de oreja a oreja antes de darme

un abrazo.

—Lara, qué guapa estás.

—¿Yo? Pero si esto es un trapo al lado de ese bikini y el pareo que llevas

—sonreí.

—¿Un trapo? Ese pantalón pitillo y la camisa te quedan divinos.

—He tenido que ir a entrevistar a un productor, y ya sabes que en los

hoteles hay que ir un poquito decente.

—¿Quieres dejar de acaparar a nuestra invitada? —Miré hacia Paul, que se

acercaba a donde estábamos su hermana y yo. Iba guapísimo, con un

pantalón vaquero y una camiseta de manga corta.

—Solo estaba saludándola, hermano, que desde que os lleváis bien, no veas

si eres posesivo con ella. —Volteó los ojos—. Vamos a comer, que tengo

hambre —dijo mientras me cogía del brazo para llevarme a la mesa del

porche.

Paul nos siguió y poco después de unió Robert a nosotros, Cata no tardó en

sacar unas croquetas de jamón y un arroz que tenía una pinta buenísima.

Como no podía ser de otra manera, el tema de conversación fue todas las

llamadas del agente de Paul diciéndole que muchos programas de televisión,

así como revistas querían entrevistarle, pero él se negaba en rotundo puesto

que ya se había mostrado un poco más con el público en la que le había

hecho yo.

Después de comer y tomar café, Grace fue a prepararse porque iba a ir a

hacer unas compras mientras que Robert dijo que se iba a echar un rato.

Desde luego que no se podía negar que el guardaespaldas lo que pretendía era

dejarnos solos.
Paul me dijo que si había traído bikini podíamos darnos un baño en la

piscina, así que subimos a su habitación para cambiarnos y no tardamos en

regresar al jardín.

En cuanto nos metimos en la piscina, me cogió en brazos para besarme, se

me escapó una risilla y noté que me daba un apretón en las nalgas.

—Echaba de menos este trasero —dijo dándome un mordisquito en el labio

inferior.

—Ya sé yo por dónde vas, pero hoy, las manitas quietas —le advertí.

—¿Por qué? No me dirás que en el yate lo pasaste mal.

—No, no, si lo pasé muy bien —noté que me sonrojaba recordando lo que

ocurrió aquel día—, pero hoy es día de relax.

—O sea, ¿no vamos a jugar ni un poquito? —Arqueó la ceja y sentí bajo el

agua que llevaba la mano a mi entrepierna, retirando la tela de la braguita, y

comenzaba a deslizar el dedo entre mis labios acariciando el clítoris.

—Paul —le reñí.

—Shhh, solo disfruta, preciosa —murmuró antes de volver a besarme.

Y el muy cabrito siguió tocándome y penetrándome con dos dedos sin

parar hasta que me corrí.

—¿Fiesta en la piscina, y no me avisas? —preguntó una voz masculina que

hizo que me sobresaltara, porque Paul estaba de espaldas hacia el jardín y a

mí no se me veía, pero sí que se me escuchó gritar al correrme.

—¿Me visitas sin avisar antes? —dijo Paul colocándome la braguita del

bikini mientras yo trataba de calmarme.

—Pasaba por aquí y me dije, «voy a ver a mi amigo Paul y ver si…» Anda,

¿y esta preciosidad quién es? —Curioseó cuando finalmente me vio.


—Ella es Lara —contestó Paul.

—¿Y qué pasa con…?

—Ve al porche, ahora salimos —le cortó, y fruncí el ceño.

—Vale.

Cuando se alejó, Paul me miró y me dio un beso rápido.

—Ese es Lolo, un amigo.

—Es el que te llamó mientras estábamos en el yate el otro día.

—Sí —sonrió—. Es un buen tipo, te va a caer muy bien.

Salimos de la piscina y nos secamos antes de volver al porche, donde ya

estaba Cata sirviendo café para todos. Paul hizo las presentaciones y, como

periodista que era, no pude evitar preguntar si también era actor, a lo que

Lolo soltó una carcajada.

—Podría, sí, pero no. Yo soy el que se encarga de protegerlos en eventos y

demás. Bueno, yo personalmente no, mis empleados. Tengo una empresa de

seguridad que vela por las estrellas de Hollywood como aquí mi primo —

señaló a Paul—, y de otros muchos artistas.

—Algo así como Robert, pero cobra más que él —dijo Paul.

—¿Y tú a qué te dedicas, encanto? —me preguntó Lolo, que me miraba

mucho y con unos ojos casi, casi, como los de Paul, con deseo.

—Soy periodista.

—¡La hostia! ¿Eres esa Lara? O sea, la que le entrevistó no hace mucho.

—Esa —sonreí.
—Me declaro tu fan desde este momento, porque mira que es difícil que a

este hombre lo entrevisten.

—Oye, que ella también se hizo de rogar —dijo Paul.

—Tengo una pregunta que me intriga. ¿Lo de que vosotros os liarais pasó

antes o después de la entrevista? —Lolo nos miraba a los dos y yo me

sonrojaba.

—Mira que eres cotilla, macho —resopló Paul.

—¿Estuviste con ella en el yate?

—Sí.

—¿Y qué pasa con…?

—Deja de cotillear, o te vas —le cortó Paul mirándole con una clara

advertencia en la mirada.

—Vale. Pero podrías haberme invitado a ir con vosotros al yate, ¿eh? Que

no tenía nada que hacer ese día.

—¿Por qué no le invitaste? A mí no me habría importado —dije toda

inocente, y los dos me miraron con los ojos muy abiertos—. ¿Qué? Es tu

amigo, y tampoco habría pasado nada porque se hubiera venido.

—¿Te recuerdo lo que ocurrió en el yate, pequeña? —Arqueó la ceja.

—No, no, que lo sé más que de sobra —me sonrojé, podía notarlo.

—Y yo creo que lo sé, y a mí no me habría importado estar allí, como ese

fin de semana que pasamos con…

—Lolo, ya —le dijo esta vez en tono más serio.


—No fui la primera a la que llevaste al yate, por lo veo. —Cogí el café y di

un sorbo.

—No, no lo fuiste.

—Bueno, tranquilo porque no eres el primero con el que tengo sexo más de

una vez. —Me encogí de hombros.

—Pero sí que fui el primero para algunas cosas —rebatió.

—Ajá, sí.

—Suficiente para mí con eso. —Me dio un leve apretón en la rodilla.

—A ver, que yo tengo una imaginación muy extensa, y se me están

pasando algunas cosas por la cabeza. Lo de que tuvisteis sexo en el yate, me

queda claro, y con el bellezón que es esta mujer, no te voy a perdonar que no

me invitaras a ir.

—¿Aparte de jefe de una empresa de seguridad, eres un voyeur de esos? —

pregunté.

—Se acabaron las preguntas —me dijo Paul, y miró a Lolo—. Y tú,

olvídate de lo que estás pensando.

—Vaya, eso sí que no me lo esperaba.

—Pues ya lo sabes.

Lolo levantó ambas manos y la verdad que no sabía qué pensar, ¿sería que

estuvieron en una fiesta en el yate que se les acabó yendo un poquito de las

manos?

Pasamos allí charlando el resto de la tarde, incluso se quedó a cenar con

nosotros. Lolo resultó ser un tipo bastante simpático, pero también un

poquito revoltoso, pues en más de una ocasión le dijo a Paul que deberíamos

irnos los tres al yate mientras me miraba del mismo modo que lo hacía él.
Era un tanto descarado, y sabía que a Paul no le pasaba desapercibido el

modo en el que me miraba su amigo, y ciertamente yo también tenía ojos y

me había fijado en él, era atractivo y tenía un buen cuerpo, para qué iba yo a

mentir.
Capítulo 49

Lara

Paul quería ir a comer al restaurante de mis padres, y había pasado los dos

últimos días insistiendo en ello.

Por más que le decía que allí sería fácil que le reconocieran, me dijo que no

le importaba, que sabía cómo tratar con los fans.

No iba a darse por vencido y en eso me recordó a Grace y su insistencia

para que me concediera la entrevista, desde luego que eran los dos igual de

cabezones, se notaba que eran hermanos.

Y aquí estábamos, llegando a Ronda los dos solos. Durante el camino le fui

hablando de mis padres y de Lola, mientras le preguntaba si estaba seguro de

lo que iba a hacer, porque una vez que alguien le reconociera, aquello podía

ser un caos.

—Tranquila, puedo hacerme algunas fotos, firmar autógrafos y listo, pido

que nos dejen disfrutar de una comida tranquilos.

—Eres consciente de que muchas de esas fotos y vídeos que te hagan,

acabarán en las redes, ¿no? —Arqueé la ceja—. Y que me pueden ver

contigo.

—Si lo hacen, y hablan sobre nosotros, ya diré yo que me hablaste del

restaurante de tus padres durante la entrevista y solo quise probar alguno de


sus platos.

—Bueno, que la fuerza nos acompañe —suspiré cuando pude ver el

restaurante de mis padres.

Aparcamos, y Paul se puso unas gafas de sol para poder pasar un poquito

más desapercibido, pero yo sabía que aquella era misión más que imposible

porque a ese hombre lo reconocían en cualquier parte a la que iba.

Entramos en el restaurante y estaba prácticamente lleno, mis padres

atendían las mesas y en la barra estaba uno de los camareros. El resto servía

las mesas y al ver que no daban abasto, me dispuse a ayudar como siempre.

—Hija, ¿qué haces aquí? No os esperábamos —dijo mi madre al acercarse

a la barra donde yo iba a pedir un delantal.

—He venido con un amigo. —Miré a Paul que estaba a mi lado y le dedicó

una leve sonrisa a mi madre al tiempo que la saludaba con la mano.

—¿Un amigo? ¿Y Amanda?

—Se ha quedado terminando un artículo.

—Bueno, pues, sentaros en una de las mesas libres, ahora voy a tomaros

nota.

—Pero iba a ayudaros.

—No, hija, tranquila, tú ve con tu amigo —contestó con una sonrisa, y es

que estaba claro que mi madre pensaba que Paul, era algo más que un amigo.

No quería que se hiciera ilusiones, quise decirle que sí era solo un amigo,

porque no iba a contarle que me acostaba con él, pero se fue a la cocina a por

la comanda de una de las mesas.

Llevé a Paul a una de las mesas libres que había al fondo con la esperanza

de que no pudieran reconocerle, pero lo hicieron, en cuanto nos sentamos y él


se quitó las gafas de sol.

Cuando mi madre salió de la cocina y vio el revuelo que se había formado

en salón, se acercó a nuestra mesa con cierto apuro.

Pero Paul parecía estar tranquilo mientras posaba para las fotos y firmaba

algunos autógrafos.

Así estuvimos al menos quince minutos, hasta que él pidió que por favor le

dejaran disfrutar de la comida, que había escuchado que era buenísima.

Y la verdad es que se retiraron todos volviendo a sus mesas y nos

quedamos solos de nuevo.

—Hija, ¿por qué no me avisaste de que vendrías con él? Os habría

preparado una mesa más tranquila.

—¿Dónde, en la cocina? —sonreí— Además, él no me dejó avisarte.

—Pues vas a salir en todas las televisiones, chiquillo —le dijo ella.

—Tranquila, señora Carmen, que estoy acostumbrado.

—No me llames, señora, por favor, solo, Carmen.

—Vida, ¿qué pasa? —preguntó mi padre— Menudo revuelo había.

—La niña, que ha venido a comer con el actor al que entrevistó.

—Paul, encantado de conocerle, señor Manuel —dijo tendiéndole la mano,

y mi padre se la estrechó.

—Lo mismo digo, muchacho.

—¿Qué queréis beber? —preguntó mi madre, y Paul le pidió el mejor vino

blanco que tuvieran.


Nos dejaron solos con la carta y echó un vistazo al menú del día, así como

al resto de platos que había, le llamó la atención la carne asada que había

visto que llevaba uno de los camareros a una mesa, y dijo que quería

probarlo, además que pidió unos mejillones tigre que a Lola le quedaban de

vicio, un plato de jamón y queso, y una ración de marisco para compartir.

La gente no dejaba de mirarnos y yo me ponía nerviosa, pero Paul me

pedía que me mantuviera tranquila, como si no hubiera nadie más por allí.

—Qué fácil es decirlo, pero hacerlo no lo es tanto —suspiré—. De verdad

que no sé cómo podéis con toda esa fama, lo de las fotos y demás, yo me

agobiaría mucho.

—Te acabas acostumbrando, aunque es cierto que hay que cortar en algún

momento, o no comeríamos —sonrió.

Mi madre atendió nuestra mesa y en cuanto dejó los primeros para

compartir, Paul cogió uno de los mejillones y le encantó.

Pasamos aquel rato hablando sobre su amistad con Lolo, quien fue el

encargado de la seguridad durante el rodaje en el que trabajó Paul en

Marbella y con quien había congeniado muy bien.

No pude evitar que mi curiosidad asomara, y pregunté qué era eso que

habían hecho Lolo y él en el yate.

—No quieres saberlo, en serio.

—Sí quiero, por esto te pregunto.

—No voy a contártelo, aún.

—Entonces espero que lo hagas en algún momento.

—Puede.
—¿Qué tal los primeros? —Curioseó mi madre acercándose a la mesa y

mirando a Paul.

—Muy buenos, Carmen.

—Pues verás la carne asada —sonrió—. Cuando Lola se quede un poco

más libe, le digo que venga a saludaros, cariño.

—Vale, mamá.

No tardó mucho en traernos la carne y como siempre, estaba de lo más

jugosa y tierna. A Paul le encantó, dijo que tenía un sabor impresionante y me

comentó que, si pudiera, les robaba a mis padres a Lola para contratarla en su

casa junto con Cata.

—No aceptaría. —Reí—. Muchos dueños de otros restaurantes lo han

intentado y ella sigue aquí, con nosotros.

—Tendré que ofrecerle más dinero de lo que le pudieran haber ofrecido

ellos. —Carraspeó.

—Conozco a Lola, y ella, ni, por todo el oro del mundo, deja este sitio.

Seguí tratando de hacer que me contara qué era lo que había pasado con

Lolo en el yate, pero no soltaba prenda, seguía callado como una estatua, y en

mi mente la idea de que hicieran una fiesta y se les fuera de las manos,

teniendo sexo salvaje con un par de mujeres, seguía tomando forma.

Había visto una faceta de Paul que no me habría imaginado jamás, y seguro

que, cada uno en su camarote, había dado rienda suelta al placer y la lujuria

con una mujer hasta llevarla a la extenuación por más de un orgasmo.

Ambos eran solteros, no tenían pareja así que podían hacer lo que

quisieran, y el sexo no era ningún pecado.

Después de comer y cuando el restaurante ya estuvo mucho más tranquilo

tras las horas de comida, mis padres se despidieron de los camareros hasta el
día siguiente pues para el turno de las cenas venía otro grupo, y tanto ellos

como Lola se unieron a nosotros en la mesa.

Lola no se podía creer que un actor de la fama de Paul hubiera estado allí

comiendo, y mucho menos toda la cantidad de halagos que este le dedicó a

ella por lo buena cocinera que era.

Acabamos tomando café y un licor con ellos mientras hablábamos del

trabajo de Paul, así como del mío. Salió el tema de la entrevista y mi madre le

dio las gracias por haberme concedido a mí la primera más personal que

hacía, por lo que eso suponía para mí.

A pesar de que yo tenía muchos seguidores en mis redes, y que me

conocían más que de sobra por las entrevistas que había hecho junto con

Amanda y por todos esos eventos que habíamos cubierto, estaba claro que esa

entrevista me daba una mayor visibilidad ahora.

Nos quedamos allí con ellos casi hasta la hora de volver a abrir para las

cenas, así que Paul aprovechó para pedirles que se hicieran los tres una foto

con él.

—Ya están circulando por las redes las fotos y vídeos que me han hecho

aquí, así que voy a aprovechar para subir una con vosotros y decir que es el

mejor restaurante de todo Ronda —dijo con una sonrisa.

Posaron los cuatro para la foto que hice yo y en cuanto le devolví el móvil,

la subió mencionando al restaurante en el texto y dando las gracias a esas tres

maravillosas personas que le habían recibido, por un trato cercano y de lo

más amable.

Nos despedimos de ellos con besos y abrazos y mi madre le dijo que,

cuando quisiera, volviera a comer o cenar, que estarán encantados de

recibirle.

En cuanto subimos al coche me dijo que le habían caído muy bien los tres,

y que me parecía mucho a mi madre.


Me cogió la mano y la acercó a sus labios para dejar un beso en ella, le

miré de reojo y me quedé pensando en cómo podía ser que me gustara tanto

ese hombre, con lo antipático que me caía al principio.


Capítulo 50

Lara

Me había invitado a cenar esa noche, cuando me lo propuso pensé que sería

en su casa, pero resultó que había venido a Marbella y reservó en un

restaurante cerca del puerto que cerraron exclusivamente para él.

—No puedo creer que hayas hecho esto —dije cuando entramos y nos

llevaron a la mesa que nos habían preparado en la terraza.

Estaba todo iluminado con pequeñas luces colgando del techo, la mesa

tenía una vela en el centro y de fondo se escuchaban las olas del mar

golpeando con los barcos que estaban amarrados en el puerto.

—Quería que saliéramos a cenar fuera, no voy a tenerte siempre en mi

casa, pero también que fuera una noche tranquila, y que no nos molestasen

pidiéndome fotos y autógrafos, sé que te pones celosa.

—¿Celosa? Uy, lo que ha dicho. —Volteé los ojos.

En ese momento, el camarero nos trajo la botella de vino y sirvió ambas

copas, preguntándole a Paul si quería que nos fueran sirviendo los entrantes,

a lo que dijo que sí.

—¿Has dejado encargado el menú? —Curioseé tras dar un sorbo a mi

copa.
—Sí, y espero que te guste.

—Voy a pensar que esta no es una cena cualquiera. —Reí—. Pero te

agradezco que pensaras en que estuviéramos solos, sin que pudieran

reconocerte. En el restaurante de mis padres hice lo posible para que no me

vieran, y, aun así, salí en algún vídeo.

—Das muy bien en cámara, ¿no has pensado nunca en ser actriz o modelo?

—No, yo estoy bien siendo periodista, te lo aseguro —sonreí.

—Serías todo un descubrimiento para el cine.

—Pues se van a quedar con las ganas.

Paul sonrió mientras cogía la copa para dar un sorbo. El camarero regresó

con unos platos como entrante que puso en la mesa para que compartiéramos.

Había ensalada con aguacate, lechuga, tomates Cherry y taquitos de pulpo

aderezada con una vinagreta de limón que estaba muy buena. Tartar de atún

rojo, con aguacate y cebollino, aliñado con salsa de soja y aceite de sésamo.

También trajeron ceviche de camarones con cebolla morada, cilantro, chile y

un toquecito de aceite de oliva. Y completaban esos entrantes, unos

mejillones frescos al vapor con vino blanco, ajo, perejil y un toque de limón.

Degustamos cada uno de esos platos acompañados del vino mientras

trataba de convencerme para hacer una escapada con él unos días en el yate,

dado que la otra vez solo salimos para pasar un día en alta mar.

—¿Y vendrá Lolo? —Curioseé.

—¿Para qué quieres que venga?

—No sé, yo propongo. —Me encogí de hombros— ¿Vas a contarme qué

pasó con él en el yate?

—No quiero que te escandalices —dijo tras beber.


—Mientras no me digas que os habéis liado entre vosotros, no creo que me

escandalice. A ver, que no pasaría nada, pero es que os veo a los demasiado

dominantes como para que uno sea el que obedezca. —Me encogí de

hombros y él soltó una carcajada.

—Vale, eso te lo admito, a los dos nos gusta dirigir en lo que hay que

hacer.

—¿Entonces? No me voy a escandalizar, que no tengo quince años.

—Hicimos un trío, y algo más.

—O sea, una orgía.

—Por llamarlo así, sí, porque éramos cuatro en el yate, y no todo el tiempo.

—Entones te gusta eso, hacer tríos y lo que surja.

—Ajá. Pero eso no lo cuentes en tu revista —dijo con el dedo levantado a

modo de advertencia.

—¿Por quién me tomas? —Fruncí el ceño—. Hay límites que nunca he

cruzado y que te aseguro que jamás cruzaré, vamos.

—Lo sé, solo te tomaba el pelo —sonrió.

—Pues no me he escandalizado, ¿has visto? —Cogí un mejillón.

—¿Alguna vez has hecho un trío?

—Nunca, pero si te soy sincera, con Lolo me lo plantearía.

—¿Con Lolo? —Arqueó la ceja.

—Sí, tiene su morbo ese hombre.

—Lamento decirte que eso no pasará.


—¿Y por qué?

—Tiene mucho trabajo este verano.

—Ya —resoplé.

Y el tema quedó fuera de la conversación cuando el camarero vino a retirar

los platos y dejar la mesa despejada para el plato principal, unos lomos de

merluza al horno con patatas y en una salsa suave de ajo, perejil, limón y

aceite de oliva que estaban buenísimos.

Recibió una llamada y se disculpó un momento para ir a un lado a hablar,

así que aproveché para ir al cuarto de baño.

Al regresar, ya estaba de nuevo en la mesa esperándome y, cuando pasé por

su lado, me cogió de la mano atrayéndome a él para que me sentara en su

regazo.

—Que nos van a ver —dije refiriéndome al personal del restaurante.

—Tranquila, que pagué una gran cantidad de dinero por tener total

intimidad —murmuró besándome y sentí su mano subiendo por mi pierna

desnuda—. He reservado una suite para los dos. —Me mordisqueó el labio

—. Y llevo toda la noche queriendo llevarte allí para quitarte el vestido.

—Pues yo estoy pensando en eso de hacer un trío con Lolo, que está muy

bien ese hombre.

—Quítate la idea de la cabeza —sonrió negando.

—No se me va a quitar, no.

Le di un beso y regresé a mi silla para terminar de comerme la merluza.

Cuando le pregunté quién le había llamado me dijo que era su mánager y

que necesitaba que estuviera disponible al día siguiente para una

videollamada por la tarde.


Tras el plato principal, nos sirvieron el postre, que era una deliciosa tarta

de crema de limón y un toque de merengue con base de galleta. Nos tomamos

una copa de champán y tras pagar la cuenta, salimos del restaurante para

coger su coche e ir hasta el hotel que había reservado.

Aparcó en el parquin para subir hasta la suite sin ser vistos y evitar así las

miradas y rumores de los más curiosos, entramos y no perdió el tiempo en

hacer lo que había dicho que llevaba deseando toda la noche.

Mi vestido cayó al suelo allí mismo, cerca de la puerta, y Paul me cogió en

brazos para sentarme en la barra de bar. Cogió dos vasos y una botella de

whisky y los sirvió con un hielo.

Di un sorbo nada más, porque yo no estaba acostumbrada a esa bebida

ambarina, era más de gin-tonic o mojitos, y vi a Paul colocarse entre mis

piernas para quitarme el sujetador y comenzar a lamer y morder mis pezones.

—¿Qué tendría que hacer para convencerte de que hagas un trío conmigo?

—pregunté mientras desabrochaba uno a uno los botones de su camisa.

—No me vas a convencer, Lara —sonrió de medio lado.

—Si tu hermana pudo convencerte con sus encantos para que accedieras a

darme una entrevista, te aseguro que yo también puedo hacerlo. —Pasé las

manos por su torso y me incliné para comenzar a dejar besos en él—.

Ayúdame a bajar —le pedí, y él lo hizo.

Me quité el tanga quedándome solo con los zapatos de tacón, comencé a

besarle mientras desabrochaba sus pantalones, llevé la mano dentro y

encontré su miembro más que dispuesto para jugar.

Fui bajando despacio con besos por su cuerpo hasta que liberé su erección

y, si apartar la mirada de él, deslicé la lengua por su longitud haciendo que

Paul gimiera.

Lo acogí en mi boca y comencé a darle placer de tal manera que se acabó

apoyando con ambas manos en la barra mientras yo le llevaba al límite.


Cuando hizo por retirarse no le dejé, seguí llevándolo profundamente en mi

boca hasta que le escuché pedir que parara o terminaría allí mismo.

Me retiré, sonreí y no paré de tocarle con mi mano envolviendo esa

erección hasta que se corrió en mis pechos.

Era la primera que vez lo hacía, y me había apetecido recordarle que no era

una santurrona en la cama.

—Quiero un trío con Lolo, Paul —dije mientras él me limpiaba.

—Por el momento esta noche eres mía, y vamos a ver cuánto placer puedes

aguantar —contestó mientras me cogía en brazos para llevarme a la cama.

—¿Después del día que pasamos en el yate, tienes dudas de mi aguante? —

Arqueé la ceja.

—Querías jugar, ¿cierto? Pues es lo que vamos a hacer esta noche.


Capítulo 51

Lara

Era sábado y estaba en casa de Paul, me había pedido que pasara el fin de

semana con él y acepté, porque Amanda se iba con Eros en el yate.

Después de tomarnos un café, se fue a hablar por teléfono y yo me quedé

allí tomando el sol, poco después apareció Grace para hacerme compañía.

—Si me dicen que voy a ver a mi hermano así, no me lo habría creído —

sonrió.

—Así ¿cómo? —pregunté al verla acomodarse a mi lado.

—Más relajado con la prensa —sonrió—. Ayer por la mañana concedió

una entrevista a un canal irlandés, se emitirá el lunes.

—Bueno, me alegro de que haya tenido ese cambio.

—Es que me puse muy pesada con él, lo sé y lo admito, pero solo quería

que se diera cuenta de que se ganaría el corazón de más personas. Claro que,

por lo que veo, el tuyo también lo está conquistando poco a poco. —Hizo un

leve movimiento con la ceja.

—Si te refieres a que me estoy enamorando de tu hermano, lamento decir

que no.
—Lo dices con la boca pequeña, porque se te nota que sí, que te gusta.

—Eso lo admito, me gusta, a pesar de que nunca fue mi tipo, pero tiene

algo…

—Que folla de escándalo, a que sí. —Rio.

—No es por eso, loca. —Reí.

—Tranquila, que no serías la primera a la que se lo escucho decir. Mi

hermano está bueno, y si no fuéramos familia, yo misma me lo habría tirado.

—Se encogió de hombros.

—Grace.

—Dime.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Claro, pero que sea fácil que estoy de relax —dijo mirando hacia el cielo

para tomar el sol.

—¿Cuántas mujeres ha traído tu hermano a esta casa en estos días?

—Lo siento, pero no me corresponde a mí hablar de ese tema —suspiró—.

Lo que sí puedo decirte, es que a Paul le veo muy bien contigo y, desde que

leí la entrevista que le hiciste, sospecho que esa mujer de la que hablaba, eres

tú.

Al menos no era la única que lo pensaba, y yo también me sentía bien con

él, y quería seguir conociéndole porque había descubierto que no era tan

odioso con todo el mundo como parecía con la prensa.

Grace recibió un mensaje y me dio un beso en la mejilla antes de irse,

había quedado con alguien para salir.


Paul apareció poco después y, sin preguntar siquiera, me cogió en brazos y

me llevó hasta la piscina donde se lanzó conmigo.

—Yo te mato, desgraciado —dije al salir a flote, retirándome el pelo de la

cara—. Por Dios, que me he podido ahogar.

—No iba a dejar que eso pasara. —Rio y me dio un beso en los labios.

—¿Y si hubiera pasado? Aparte de que me cambiarías rápido por otra,

porque a ti mujeres no te faltan.

—No te habrías ahogado, pequeña. —Me dio un beso y acabé rodeándole

con mis piernas—. ¿Te apetece cenar mexicano esta noche? Puedo decirle a

Cata que lo prepare y lo suba a mi habitación. —Me mordisqueó el labio.

—Vale, pero también hay otra cosa que me apetece.

—¿Qué?

—Hacer un trío con Lolo y contigo.

—¿Sigues con eso? Ya te dije que no va a pasar.

—Pues no sé por qué, si no fue tan mal cuando estuvimos los dos solos en

el yate, ya sabes, con todo eso que me hiciste…

—¿A qué tanto interés por el trío? ¿Es que te gusta Lolo?

—Ya te dije que ese hombre tiene su morbo, y he pensado en los dos

conmigo y… me gustaría probar, sí. —Me encogí de hombros y él sonrió.

—No estás preparada para eso.

—¿Y cómo lo sabes? ¿Es que acaso estás en mi mente o en mi cuerpo? Fui

abierta a lo que quisiste que pasara entre los dos en el yate, no creo que un

trío sea algo tan fuerte.


—Lara, no solo serían dos pares de manos tocándote y llevándote al límite,

sino que querríamos penetrarte.

—¿Y? Tú me preparas bien, como en el yate, y listo.

—¿De verdad crees que estarías preparada para una doble penetración?

—¿Los dos al mismo tiempo en mi vagina? Dios, eso no sería posible.

—No, no los dos ahí. Uno estaría aquí —contestó mientras con una mano

me acariciaba la entrepierna—, y el otro, aquí —dijo al tocarme despacio con

el dedo entre mis nalgas.

—Ah, bueno, pues, todo es probar. Ya sabemos que a ti te acogí bien en esa

zona, ¿no?

—Lara, hacer un trío no es algo para lo que todo el mundo está preparado,

créeme.

—¿Es que siempre habéis estado con mujeres preparadas para eso? ¿No

hubo ninguna virgen de los tríos, por así llamarla?

—Pequeña, no insistas. —Me dio un beso en los labios.

—¿Tan difícil te resulta que quiera probarlo? Porque me llevaste a pasar un

día en tu yate sin decirme que ibas a usar toda clase de juguetes además de

tus manos y lengua para llevarme a vivir una experiencia sexual que nunca

antes había experimentado.

—No es lo mismo unos juegos con una sola persona, que con dos.

—Y por eso quiero hacerlo. Y que me ponéis mucho los dos. —Le hice un

guiño y se echó a reír.

—¿Intentas ponerme celoso?

—No sé, ¿funcionaría para que me hagas tener mi primer trío?


—Lara, lo puedes desear mucho, querer probarlo y vivir esa experiencia

por la curiosidad que te genera, así como el morbo, pero no estás preparada.

—Tampoco lo estaba para que me penetraras por detrás y mira qué bien

fue todo, qué fácil y placentero fue para los dos.

—No insistas, porque no voy a llevarte al yate para tener un trío con Lolo.

—No hay que ir al yate, podemos hacerlo aquí en tu casa. O en un hotel,

que a mí me da lo mismo, mientras me folléis los dos —me encogí de

hombros.

—No te hacía por una mujer tan morbosa —sonrió—. Pero claro, después

te escuché decirle a ese rollete tuyo que, te ibas a acostar con el que primero

que vieras, y lo hiciste conmigo.

—¿Ves? No soy tan tímida después de todo. —Comencé a moverme

despacio para rozar mi entrepierna con la suya, donde podía notar la dureza

de su miembro bajo la tela del bañador.

—¿Quieres provocarme?

—Es que hablar del trío e imaginar lo que sería que ahora estuviera Lolo a

mi espalda, pues me ha puesto un poquito mala, la verdad es que tengo

calentura —resoplé.

—Tranquila, que ahora mismo te quito yo la calentura. —Me besó

mientras llevaba la mano a mi entrepierna y, tras retirar la braguita del bikini,

comenzó a tocarme.

Pero no solo me acariciaba el clítoris, sino que con la otra mano se

centraba en la parte trasera, esa donde comenzó a mover el dedo en círculos

muy despacio, sin penetrarme.

Lo que hizo fue llevar ese dedo hacia la entrada a mi vagina, y mientras

con una mano me acariciaba el clítoris, con la otra me fue penetrando desde

atrás.
Y lo hizo también desde delante, alternando las caricias en el clítoris con

una sutil pero excitante doble penetración con sus dos dedos en mi vagina.

Cuando alcancé el clímax no dudó en colocarme en el borde de la piscina

sin que nadie nos viera, elevó mis caderas y me penetró con fuerza desde

atrás al tiempo que masajeaba mis pechos y me pellizcaba los pezones.

No se detuvo ni un solo momento hasta que me llevó de nuevo al clímax, y

se retiró para no correrse él.

Nos besamos y al sentir que Paul se quedaba con toda esa tensión

acumulada, le cogí de la mano para sacarle del agua, me puse en cuclillas

ante él y comencé a darle placer hasta que no pudo más y me apartó para

acabar en su mano.

—¿Lo ves? No soy una monjita —dije y él sonrió.

—No estás preparada para un trío, Lara, no lo estás —respondió

acariciando mi mejilla.
Capítulo 52

Lara

Estaba en casa tranquilamente tomándome un café mientras redactaba una

noticia en exclusiva que íbamos a contar nosotros, cuando de fondo en la

televisión escuché el nombre de Paul y presté un poco más de atención.

Era el programa en el que trabajaba Álvaro, y se le veía a él con algunos de

los demás colaboradores sentados en su tertulia. Pero no fue eso lo que me

llamó la atención, sino el hecho de que en la pantalla que tenía detrás se viera

el nombre de Paul y el mío, junto a una foto que no dejaba lugar a dudas de lo

que contaban en primicia.

Nos estábamos besando y era de la noche que cenamos en el restaurante del

puerto, ese que estaba cerrado solo para nosotros, y por la toma, habían

hecho esa foto desde algún barco no muy lejos.

—Está claro que el actor ha querido llevar esto en secreto, pero es

imposible —decía Álvaro—. Mis fuentes me aseguran que los han visto en

más ocasiones, como se puede ver en las imágenes que nuestros compañeros

están mostrándoles en pantalla. La duda ahora es si la entrevista que Lara

hizo fue antes de que se acostaran, o él se la concedió porque se había

acostado ya con ella. Y no hablo por hablar, que tengo la certeza de que han

estado juntos en uno de los hoteles de Marbella en al menos dos ocasiones.

—¿Insinúas que Lara consiguió la entrevista por acostarse con él? —

preguntó una de las colaboradoras.


—Solo digo que es una posibilidad, al igual que la entrevista que concedió

Oliver, el cantante latino, pudo ser también porque se acostó con él.

—¿Quieres decir con eso que todas las entrevistas en exclusiva que ha

sacado la revista donde trabaja Lara, han sido aceptadas porque se ha

acostado con ellos? Porque es una teoría, cuanto menos, fuerte —dijo otra.

—¿No es algo habitual en otros gremios lo de conseguir algo a cambio de

sexo? —contestó el muy cabrón, y yo estaba notando que me encendía por

momentos.

—A ver, chicos, me dicen que tenemos una llamada —comentó la

presentadora—. Oliver, buenas tardes.

—Buenas tardes, por decir algo. No quiero interrupciones ni que me

preguntéis cómo estoy, porque solo llamo para defender a una amiga, porque

eso es Lara para mí. Cuando le concedí la entrevista ya estaba más que

hablado desde que mi amigo Eros dio esa fiesta en su yate para dar a

conocer el sencillo de su nuevo álbum.

»Quería que fuera algo diferente a como suelen hacerse estas cosas, no

quería las típicas fotos en una casa, un hotel o una cafetería, por lo que

escogí el yate de Eros para hacerla. Y sí, invitamos a Lara y a su compañera

Amanda a pasar el fin de semana para que la entrevista no fuera algo

tedioso, sino que las preguntas se fueron haciendo de manera fluida.

—Me consta que Lara se acostó contigo, y no una, sino varias veces —dijo

Álvaro haciendo alusión a lo que yo le había contado, el muy cabrón.

—Como hombre te diré que, ojalá fuera cierto eso que dices, porque Lara

es una mujer realmente hermosa no solo por fuera, pero no me acosté con

ella, por lo que la entrevista no fue un acuerdo sexual como quieres dar a

entender.

»Y ahora me pregunto, ¿qué interés tienes tú en manchar el nombre de

Lara de este modo? Porque a mi modo de ver, Álvaro, estás resentido porque

ella no ha querido seguir teniendo nada contigo, has estado siguiéndola y

aquí has visto toda una historia.


—Como he dicho, mis fuentes son veraces.

—No puedo hablar en nombre de Lara, pero si me estás escuchando,

preciosa, este tipo es gilipollas e hiciste bien en dejarle. Espero que nadie

más quiera manchar el nombre de mi amiga, porque os aseguro que pondré

todo de mi parte hasta que esa persona o personas paguen. Buenas tardes.

—Parece que Oliver ha cortado la llamada —dijo la presentadora—.

Álvaro, ¿qué hay de cierto en esto que ha dicho?

—No estoy resentido por nada, puesto que nosotros nos veíamos en las

fiestas y, como colegas de profesión, alguna vez cenamos juntos, pero nada

más. —Encima mentiroso, el muy cabrito—. Lo que está claro es lo que

vemos, todas esas imágenes de Lara con Paul.

»Incluso en las redes sociales de muchos de sus fans, se han compartido

fotos y vídeos del día que fueron a comer al restaurante de los padres de ella,

donde se la ve cerca de Paul. Nosotros nos limitamos a contar exclusivas, y

aquí queda más que demostrado que esa respuesta que él dio sobre una

mujer a la que estaba conociendo, era por Lara.

Mi móvil empezó a sonar y vi que era Amanda, no se podía creer lo que

estaba viendo. Se había ido a pasar el día con Eros y cuando saltó la noticia,

Oliver le llamó para decirle que iba a hablar.

—¿Cómo puede ser tan capullo de hacer esto? —dijo Amanda.

—No me lo esperaba, de verdad que no.

—Sabes que lo ha hecho por rencor, porque le dejaste, ¿verdad?

—Lo sé, pero es que esto es rastrero hasta para él. ¿Cómo se atreve a

hacerlo? ¿Cómo se atreve a insinuar que las entrevistas que he hecho han sido

porque me he acostado con ellos?

—Porque es una rata, Lara, por eso. Porque se le ha ido la amiga de a ratos

y le ha jodido que tú hicieras la entrevista en exclusiva a Paul.


—Voy a hablar con Rodri para ver cómo actuar. —Escuché que me

llamaban y miré—. Me está llamando Paul, ya hablamos luego.

—Vale. Adiós, cariño.

—Hola, Paul —saludé al descolgar.

—¿Tienes mucho aprecio a ese periodista? Porque le va a caer una

demanda de las buenas. Sabes que esas fotos son porque te han estado

siguiendo desde aquella noche, ¿verdad?

—Me lo imaginaba, sí —suspiré.

—Dame carta blanca, y le demando.

Cerré los ojos mientras me dejaba caer en el respaldo del sofá, y escuché de

nuevo que me entraba otra llamada. Al mirar vi que era mi madre y entré en

pánico, estaba claro que lo único que había querido Álvaro sacando aquello a

la luz, era hacerme daño además de manchar mi imagen.

Vi que en pantalla ponían un rótulo con el nombre de mi jefe entrando en

directo para hablar. Rodri no solía hacer esas cosas, pero si lo hacía era

porque sabía que todo mi trabajo siempre había sido impecable.

—Lara, ¿sigues ahí? —preguntó.

—Sí, Paul, sigo aquí.

—Dime que tengo carta blanca y le demando, pequeña.

—Hazlo, a fin de cuentas, no tengo nada que perder, yo siempre he hecho

mi trabajo y no he necesitado recurrir al sexo para conseguirlo. Me está

llamando mi madre, Paul.

—Habla con ella, y quédate tranquila que yo me encargo de esto.

—Gracias. —Colgué y atendí la llamada de mi madre—. Hola, mamá.


—Mi niña ¿estás bien?

—No del todo.

—Ese hombre no sabe lo que dice, está despechado, a que sí.

—Pues tiene toda la pinta. —Reí.

—Entonces nos quedamos más tranquilos, aunque nosotros no hemos

creído nada de eso que ha dicho de que te acuestas con los famosos para

conseguir una entrevista, que te quede claro.

—Gracias, mamá.

—En cuanto a lo de ese actor… ¿qué hay de cierto?

—Que nos estamos conociendo, mamá, eso es lo que hay.

—Vale, mi vida, pues entonces no hagas caso de lo que diga el despechado

ese, que no merece la pena que te cojas un berrinche por su culpa. Nosotros

te queremos, y quien te conoce sabe cómo eres y que no necesitas hacer nada

extravagante para conseguir una entrevista. Lola y tu padre te mandan un

beso, cariño.

—Dale otro a ellos, y gracias por llamar, mamá. Gracias por no creer las

mentiras que cuentan.

—Lara, eres nuestra hija y nunca creeríamos nada que manche tu nombre.

—Os quiero, mamá. Adiós.

Colgué y me quedé viendo el programa, muchos de los famosos que

habíamos entrevistado Amanda y yo entraron en directo para desmentir toda

la mierda que Álvaro había vertido sobre mí.

La jugada se estaba volviendo en su contra, y por cómo le hablaban

algunos de esos personajes públicos que me apreciaban y a él no parecían


hacerlo tanto, la presentadora decidió que el tema entre Paul y yo acababa ya.

Qué verdad era esa que decía que la traición podía llegar de quien menos

esperabas, que gran verdad.


Capítulo 53

Paul

Lo de ese periodista iba a traer cola, sin que aún ninguno de nosotros

pudiera imaginar cuánta, pero ya tenía a los abogados trabajando en ello.

Mi mánager me preguntó si no me había dado cuenta de que me seguía

alguien de la prensa, y, por primera vez, no solo ni Robert ni yo nos habíamos

percatado de ello, sino que no me estaban siguiendo a mí.

Después de que mi mánager lanzara un comunicado diciendo que aquello

era un acto que vulneraba la privacidad, no solo de un personaje público

como lo era yo, sino de una persona ajena a este mundo de fama que lo único

que hacía era trabajar y pasar su tiempo libre con quien le diera la gana, dijo

que iba a demandar a todo aquel que hubiera tenido algo que ver.

Y no tardo en tener noticias de quien hizo las fotos captando esos

momentos que había pasado con Lara, confesando que el periodista que había

contado la exclusiva le pagó para que la siguiera a ella para saber con quién se

veía después de dejarle, y al descubrir que era conmigo, decidió contarlo.

Le iba a caer una buena demanda y, con suerte, se quedaría sin empleo por

utilizar su posición para desprestigiar a una compañera de profesión solo

porque hubiera roto la relación que mantenía con él.

Estaba tomándome un café en el jardín esperando a que llegara Lara para

pasar el día conmigo en el yate, cuando salió Robert corriendo y con el móvil
en la mano.

—Entra en tus redes —me dijo con la cara de horror como si acabara de

ver al diablo.

—¿Qué pasa? ¿Alguna otra ocurrencia de ese periodista? —Curioseé

cogiendo el móvil.

—Esto es peor, hermano —contestó mientras se sentaba y fruncí el ceño.

Al entrar en mis redes no vi nada, pero no tardó mi amigo en darme nuevas

instrucciones—. Ve al perfil de Natalia.

—¿Natalia? ¿Por qué?

—Tú, entra en él.

Resoplé, me encogí de hombros y fui al perfil de Natalia. Hacía tiempo que

no la veía, y es que desde que la morena que me había cautivado con su risa

estaba en mi vida, no quería pasar tiempo con ninguna otra que no fuera ella.

Robert me indicó que pinchara en el vídeo que había subido hacía apenas

una hora y que contaba con miles de visualizaciones. Lo hice, y el modo en el

que le brillaban los ojos, incluso antes de que el vídeo comenzara a

reproducirse era indicativo de que había estado llorando.

—Buenos días, esto que voy a contar no es fácil, lo he pensado durante los

últimos días y finalmente he tomado la decisión de hablar. Conocí a Paul, ese

famoso actor irlandés del que siempre he sido fan, y aquella primera noche

ya pasó lo que no creí jamás que ocurriría por ser alguien tan inalcanzable.

Sí, me acosté con Paul y fue algo increíble.

»Los días se fueron sucediendo y desde ese momento nos vimos en muchas

otras ocasiones, estuve en su casa junto con mi hermana y su

guardaespaldas, navegamos los cuatro en su yate, salimos a comer, cenar e

incluso pasé muchos de esos días con su hermana, convirtiéndonos en

amigas. Me mostró un mundo hasta ahora desconocido para mí en cuanto al

sexo se refiere, y no me refiero solo a que me hiciera experimentar el placer


de una forma que nunca habría imaginado, sino que en un par de ocasiones

participaron otras personas.

Sin duda alguna, Robert había visto al diablo y yo mismo la estaba viendo

en estos momentos, un diablo que lloraba sin dejar de contar cosas que no

debería estar contando. Y tas retirar las lágrimas de sus mejillas, comenzó a

hablar de nuevo.

—Era encantador conmigo, siempre con gestos tiernos, con miradas

cómplices, pero me arrastró a ese otro mundo para hacer conmigo lo que

quiso mientras estaba con otra. Ahora entiendo que en estas últimas semanas

no hiciera más que ponerme excusas para no verme, y es que estaba con esa

periodista.

Apreté la mandíbula con fuerza porque estaba claro que esto no era solo

cosa de Natalia, sino de alguien más que a pesar de que ya había conseguido

lo que quería, me la había jugado al saber por la prensa que estaba viéndome

con Lara.

—No sé si ella sabría de mi existencia, pero cuando leí la entrevista que le

hizo y hablaba de esa mujer a la que quería seguir conociendo, estaba

convencida de que se refería a mí. —Más lágrimas mientras encontraba la

voz para seguir hablando—. Me sentí feliz porque yo tenía sentimientos hacia

él, porque pensaba que era real todo lo que estábamos viviendo Paul y yo.

»Pero, al verle en esas fotos con ella, besándola y acariciándola,

sonriendo como lo había conmigo, supe que para él esto era un juego. Que

había estado jugando conmigo y con ella al mismo tiempo. ¿Quién sabe con

cuántas más lo habrá hecho desde que llegó a España? Porque está claro que

la lista de conquistas de Paul debe ser infinita.

El vídeo acabó justo ahí, y dejé el móvil en la mesa con rabia.

—No me lo puedo creer, lo ha hecho. A pesar de que pensé que cediendo a

lo que me pedía no iba a hacerlo, lo ha hecho —dije poniéndome en pie.

—Espera, ¿Natalia te chantajeó con algo para no contar lo que hiciste con

ella?
—No hablo de Natalia, sino de Grace. Cedí a la entrevista y di por hecho

que no iba a decirle a Natalia que hiciera esto, qué equivocado estaba.

—Vamos, Paul, no estarás pensando en serio que de verdad esto ha sido

cosa de Grace.

—Tú mismo fuiste testigo de cómo lo dijo, y ahí está la prueba. Esto es una

puta locura, va a acabar con mi carrera.

—Buenos días, hermano. Buenos días, Robert. Qué espléndida mañana

tenemos hoy para no hacer nada más que, tumbarnos al sol y disfrutar —dijo

mi hermana con una sonrisa de oreja a oreja, y a mí me carcomía la rabia.

—Ey, hermano, tranquilo, antes de actuar, mejor vamos a hablar.

—No puedo, Robert, lo siento, pero esto ha cruzado todos los límites —

respondí yendo a por mi hermana.

—Paul, ¿qué pasa? —preguntó al verme tan cabreado.

—¿En serio lo preguntas, Grace? Te juro que siempre quise pensar que no

me harías esto, pero estaba muy equivocado. ¿Cómo has podido? —grité—

¿Cómo se te ha podido pasar por la cabeza joderme de este modo?

—¿Qué dices? Robert, ¿de qué habla mi hermano?

—La palabra hermano, Grace, te queda grande en este momento.

—Paul, no entiendo nada.

—Entra en las redes, vamos, ve al perfil de tu amiga Natalia y contempla tu

obra.

—¿Qué?

—Grace, hazle caso —le pidió Robert, y ella cogió el móvil.


No quería volver a escucharlo y por suerte, o por desgracia, mi móvil

empezó a sonar con una llamada de mi mánager.

Mientras mi hermana estaba allí sentada viendo el vídeo y con alguna que

otra lágrima cayendo por sus mejillas, yo hablé con mi mánager para decirle

que iba a solucionar aquello, y es que no quería que por esta estupidez mi

carrera se fuera a la mierda y toda mi familia quedara destruida.

Estaba claro que cada cual con su vida podía hacer lo que le diera la gana,

que no era yo la única persona del mundo con unos gustos diferentes en el

sexo, pero mi vida privada siempre había sido privada y no iba aireando lo

que hacía en mi tiempo libre.

Y por eso huía tanto de la prensa, por eso esquivaba las preguntas cuando

me acorralaban y seguían en algún sitio, porque las preguntas sobre mi vida

privada, no me gustaba ni escucharlas.

—Paul, yo no le he dicho a Natalia que haga nada de esto —me dijo Grace

llorando—. De verdad, que no lo he hecho.

—¿Y pretendes que te crea después de cómo me amenazaste? Hice esa

maldita entrevista y, aun así, mira lo que nos encontramos hoy en las redes.

—Te juro que no es cosa mía, Paul, soy tu hermana, tú me conoces.

—Creía que te conocía, pero veo que no es así. Empezaste por dar una

entrevista que no te iba a beneficiar hablando sobre la infidelidad de tu ex, y

ahora haces esto. No, no te reconozco.

—Di esa entrevista porque no quería que nadie hablara de lo que no sabía,

no quería que mi ex o la mujer con la que se acostaba fueran con alguna

mentira a la prensa. Preferí quedar como una tonta que no vio las señales y

contar que ese hombre que tanto sonreía posando conmigo me había

traicionado, antes de que los rumores empezasen a existir y todo el mundo se

creyera con el derecho de hablar de mi vida.

»Por eso, Paul, por eso di aquella entrevista y la propia Lara te lo puede

decir. Y no, yo no he tenido nada que ver en lo que ha hecho Natalia, pero si
no me crees no sé cómo convencerte.

—No quiero verte en una temporada en mi casa —dije, y Grace abrió los

ojos ante mis palabras del mismo modo que lo había hecho Robert, quien

además me miraba sin entender por qué la estaba echando—. Vete donde

quieras, pero no vuelvas a mi casa.

—Ya veo que has tomado tu propia decisión —contestó secándose las

lágrimas y entró en la casa.

—Paul.

—Ni una palabra, Robert, te lo advierto. —Le señalé, y él se limitó a

levantar ambas manos en señal de rendición antes de entrar en la casa.

Me quedé solo y no pasaron ni cinco minutos cuando apareció Lara, esa

mujer a la que me moría por abrazar en ese momento, y así lo hice.

—¿Estás bien? —preguntó.

—¿No has visto las redes hoy?

—Si te refieres a ese vídeo que se ha hecho viral en poco más de una hora,

y que te deja un poquito mal, sí.

—¿Y no vas a decirme nada?

—¿Qué puedo decirte, Paul? A ver, somos adultos, y antes de estar juntos

está claro que ha habido otras personas. Porque no has estado con las dos al

mismo tiempo, ¿verdad?

—No, pequeña —sonreí apenas, y le acaricié la mejilla.

—Pues ya está, no me molesta porque yo también me he acostado con

otros antes que contigo. Pero tengo una curiosidad.

—Y me temo que sé lo que es —suspiré.


—¿Ella es la que estuvo en el yate contigo y con Lolo?

—Sí, es ella.

—Ha dicho que hubo más personas, ¿es cierto?

—Sí, hubo otra mujer. Lo que empezó siendo un trío se convirtió en una

orgía, como dirías tú.

—Vaya, pues, solo tengo algo que decirte.

—Dime. —La pegué a mí y apoyé la frente en la suya.

—Si has hecho un trío con esa chiquilla y Lolo, yo también quiero, que ya

ves que puedo aguantar bien en el sexo. —Me hizo un guiño y, sin más, me

salió una carcajada.

—No puedo contigo, en serio, eres única. —La besé en los labios—. Esto

es cosa de Grace.

—¿Por qué dices eso?

Suspiré y le conté lo que me había dicho mi hermana, lo que debería hacer

para pagar ese momento vergonzoso al sacarla de la fiesta según ella, y lo que

ella haría si no accedía a hacer la entrevista.

—Pero la hicimos, ¿qué sentido tendría que Grace hiciera esto? —

preguntó.

—Pues que no es la persona que pensaba que era.

—No digas eso, Paul, es tu hermana y te quiere.

—Le he pedido que se vaya de casa.

—Tú has hecho, ¿qué?


—Ya me has oído, no quiero verla en unos días, necesito poner en orden

todo.

—¿Y dónde se va a ir?

—Que se vaya con Natalia, ya que son tan amigas y la ha convencido para

que haga esto.

—Paul, no sabes lo que estás diciendo.

—Ya me voy, hermano. —Escuchamos a Grace y nos giramos para verla

—. Lara, hola —le sonrió con una cara de tristeza que realmente no quería ni

creerme.

—Grace, ¿dónde vas?

—Pues no sé, a buscarme la vida porque mi hermano me ha echado de

casa.

—Ve con Natalia, seguro que con lo que has hecho por ella, te acoge

encantada.

—No vas a creerme nunca, por mucho que te diga, no lo harás —suspiró

—. Me voy, no molesto más.

—No puedo dejarla así, Paul —me dijo Lara cuando mi hermana cogió sus

cosas—. Alguien tiene que cuidar de ella, si tú no puedes, ¿no?

—Sigue siendo mi hermana, aunque no la quiera en casa unos días.

—Yo me encargo de que esté bien, y, tal vez, consiga averiguar algo.

—Mi periodista favorita —sonreí mientras me inclinaba para besarla—.

Tengo mucho que resolver, pero te debo un fin de semana en alta mar.

—Y un trío con Lolo, no lo olvides. —Me señaló con el dedo y yo reí.


Me dio un beso rápido en los labios y se fue corriendo mientras llamaba a

mi hermana. Robert salió de nuevo y arqueó la ceja.

—Se la va a llevar a su casa, no quiere dejarla sola —le dije.

—¿Cómo se ha tomado ella lo del vídeo?

—Mejor de lo que podrías pensar —sonreí—. Solo ha querido saber si

estaba con Natalia y con ella al mismo tiempo.

—Pero no lo estabas.

—No, y ella me ha creído.

—¿Puedo hacerte una pregunta, hermano?

—Dime.

—¿Estás enamorado?
Capítulo 54

Lara

Grace se había pasado el camino a mi casa llorando, diciendo que ella no

había tenido nada que ver con ese vídeo como pensaba su hermano. Ni

siquiera sabía por qué lo habría hecho, por qué contó aquella parte privada de

su hermano para dejarle en tan mal lugar de cara al mundo después de que

Paul se abriera en la entrevista que le hice yo.

Incluso llamó a esa chica, Natalia, para hablar con ella, pero esta no atendía

sus llamadas. Probó suerte con la hermana de Natalia y aunque respondió al

teléfono, tan solo le dijo que su hermana no quería hablar con nadie.

Cuando llegamos a casa y Amanda me vio entrar, se quedó de piedra al ver

a Grace, la pusimos al tanto de lo que ocurría y entre las dos procuramos

hacer que nuestra invitada se sintiera bien.

Le dijimos que no íbamos a dejar que se fuera a un hotel, que, aunque

pequeño, nuestro apartamento era también su casa durante el tiempo que el

cabezota de su hermano entrara en razón, porque sí, yo sentía algo por Paul y

no iba a negarlo, pero la creía a ella cuando decía que no le había pedido esa

chica que contara aquello.

Paul ya había hecho la entrevista conmigo, que era lo que Grace quería, así

que, ¿qué sentido tendría que ella quisiera que Natalia contara todo aquello?
Pasamos esos dos días en casa viendo películas, comiendo pizza, palomitas

y helado, e incluso nos bebimos más de un mojito.

Yo tuve a Paul informado en todo momento, porque, aunque estuviera

enfadado con ella por pensar que había sido la causante de todo ese embrollo,

en el fondo era su hermana, la quería y estaba segura de que se preocupaba

por ella.

Toda la prensa se hizo eco del vídeo viral de Natalia, y muchos periodistas

querían hablar con ella, en nuestra revista lo sabíamos porque teníamos buena

relación con nuestros compañeros de profesión, aunque fueran la

competencia, y, como siempre en estos casos, querían contrastar cualquier

información.

Me constaba, por lo que me había dicho Paul, que algunos periodistas

incluso hablaron con varias de las mujeres con las que se le había relacionado

en el pasado, queriendo saber si las prácticas sexuales de las que hablaba

Natalia eran ciertas, pero por suerte mantenía una buena relación cordial con

ellas y todas decían que era un gran hombre.

Desde el principio, tenía claro que Paul nunca obligaría a una mujer a hacer

algo que no quisiera. Cuanto más miraba el vídeo, más claro tenía que esa

chica hablaba de tal manera que daba la impresión de que Paul la había

obligado a participar en ese trío y en la orgía. Sin embargo, cuando hablé con

él por teléfono, me dijo que todo había sido consensuado y que ella había

accedido de manera voluntaria.

No nos habíamos visto porque el hecho de que Paul saliera de casa sería

una pesadilla, la prensa si le veía se le acabaría echando encima y ahora lo

que hacían era tratar de arreglar todo este desastre.

Esperaba que lo consiguiera porque no se merecía que le arruinaran la vida

y la carrera de ese modo.

Estaba preparando el desayuno cuando Amanda entró en casa.

—Vaya, buenos días —sonreí.


—Buenos días.

—¿Qué tal con Eros?

—Bien —respondió con tristeza.

—Ey, ¿qué pasa?

—Buenos días, preciosas —dijo Grace regresando del cuarto de baño—.

Amanda, ¿y esa carita que tienes?

—Esto es porque Eros se va a Miami, ¿verdad? —Supuse, y ella asintió.

—Pero solo se iba un par de semanas, no es como si se marchara dos años.

—Grace le pasó el brazo por los hombros y le dio un beso en la mejilla—.

Además, si me permites un comentario, ese hombre está enamorado de ti, y

mucho, que se lo veo en los ojos.

—¿Y si no es así? ¿Y si conoce a alguien, o vuelve a ver a alguna de sus

antiguas novias? Que estoy enamorada de él.

—Eso no va a pasar, eres su musa, todo el disco habla de ti. Y sabes que ha

ido allí para terminar de grabar las canciones —le recordé.

—Además, si se te atreve a ponerte los cuernos, le boicoteamos en las

redes, decimos que es un mal tipo y que no sabe cantar, que todo lo hace en

playback porque tiene voz de pito —dijo Grace y nos echamos a reír las tres.

Por un momento, nos quedamos mirando las unas a las otras, como si

aquellas palabras de Grace fueran la clave de algo.

—¿Y si es eso lo que ha hecho Natalia con mi hermano? —preguntó—

Solo hace unos días que salió en la televisión lo de que estaba contigo, hizo

referencia a eso, te nombró a ti, ¿y si lo hizo por despecho? ¿Y si decidió que

en vez de hablar con él directamente, era mejor hacerlo así, sacando a la luz

sus secretos?
—Joder, es fuerte eso que dices, Grace.

—Pero no le falta razón, Amanda. No sería la primera vez que alguien

arremete contra una persona con la que ya no tiene ninguna relación, a través

de las redes, o de la prensa, como me pasó a mí —le dije.

—Tengo que hablar con Natalia, tengo que hacer que me cuente la verdad

como sea.

Grace cogió el móvil y la llamó, pero por más que sonaba no tenía

respuesta, ninguna de las cuatro veces que lo hizo pudo contactar con ella.

Llamó a su hermana y esta sí que atendió a la primera.

—Claudia, no me cuelgues y no me digas que Natalia no quiere hablar —le

pidió—. Necesito hablar con ella, quiero saber por qué ha hecho esto —

silencio—. ¿Cómo que no sabes dónde está? ¿Desde cuándo? —Se sentó en

el taburete mientras suspirada— Joder, ¿y no habéis intentado localizarla? —

Nos miró a una y a otra, y yo ya estaba con el móvil en la mano.

»Vale, pues si vuelve a casa, dile que por favor me llame, mi hermano no

se merece esto, y lo sabes. Él siempre la trató con cariño, y no tiene la culpa

de haberse enamorado de otra persona que no sea ella, sé que lo entiendes. —

Tragué con fuerza al escucharla decir aquello porque era imposible que Paul

se hubiera enamorado de mí.

—¿No sabe dónde está su hermana? —preguntó Amanda cuando Grace

cortó la llamada tras despedirse de Claudia.

—Dice que se fue de casa esa misma tarde, después de que toda la prensa

estuviera contactando con ella por redes. No saben dónde puede estar, y no se

llevó el móvil, lo dejó en su habitación en silencio.

—Pues, en algún sitio estará, alguien la habrá visto, no sé, digo yo.

—Ahora vuelvo —dije.


—Puedes llamar a mi hermano desde aquí —me dijo Grace y la miré

sorprendida—. ¿Qué? ¿Creíste que no iba a saber que le decías cómo estoy?

Sé que te preocupas por mí, Lara —sonrió—, y me encanta que estés en la

vida de mi hermano.

Sonreí negando y me fui a mi habitación.

—¡Salúdale de mi parte! —me gritó.

—Eso, para que la mande a la mierda de vuelta —resopló Amanda, y las

dos rieron a carcajadas.

Cerré la puerta mientras me acercaba el móvil al oído, y esperé a que

respondiera.

—Hola, pequeña. ¿Cómo estáis?

—Bien, pero creo que sabemos por qué ha podido hacer Natalia ese vídeo.

—Se lo dijo Grace, Lara, no busques más posibles intenciones.

—Paul, ¿por qué dio Álvaro aquella exclusiva sobre nosotros? ¿Qué

razones tenía según nosotros y otros periodistas?

—Porque le dejaste, porque estaba despechado, dijo alguien.

—Exacto.

—Espera, ¿me estás diciendo que Natalia pudo hacerlo, porque se sintió

despechada?

—Sí.

—No puede ser, no había nada entre nosotros.

—Por eso, Paul. Grace la ha llamado hoy otra vez, pero no ha contestado

ninguna de sus llamadas. En cambio, sí ha podido hablar con su hermana.


Natalia se ha ido de casa y no saben dónde puede estar.

—No es que yo tampoco vaya a saberlo, pero deja que haga algunas

llamadas.

—Vale. Y, Paul.

—Dime, pequeña.

—Me sigues debiendo un trío con Lolo. —Se rio a carcajadas.


Capítulo 55

Paul

No me iba a perdonar, o si lo hacía, me lo iba a poner difícil, lo tenía claro.

Después de que Lara me dijera unos días antes que nadie de la familia de

Natalia sabía dónde estaba, por un momento temí que hubiera hecho alguna

tontería si era cierto lo que ella y Grace pensaban.

Le pedí a Robert que le dijera a Claudia que viniera a mi casa, ya que

quería hablar con ella y, si sabía algo que no le había contado a mi hermana,

que me lo contara a mí. Sin embargo, lo único que sabía era que Natalia se

había marchado sin decirle nada a su familia y había dejado el móvil en su

habitación, sin duda alguna para que nadie pudiera localizarla.

Era mi última carta en la mano, así que decidí arriesgarlo todo, como en

una partida de póquer, y aposté sin dudarlo.

Llamé a Lolo, sabía que Natalia había congeniado bien con él, y tenía la

esperanza de que supiera dónde estaba. Pero no era el caso, sí que había

estado al tanto de las noticias y lo que habían hablado de mí desde que ella

lanzó aquel vídeo en redes, pero no la había visto.

Y entonces me dijo que tal vez Leila pudiera saber algo, así que la llamó

mientras yo hablaba con mi mánager porque tenía a la prensa muy encima,

querían declaraciones sobre lo que contaba Natalia en el vídeo y no iban a

parar hasta que yo dijera algo.


Lo que estaba claro era que no iba a dar una sola declaración hasta

aclararlo con ella y, cuando lo hiciera, sería en exclusiva a una periodista en

concreto.

Tuvimos suerte, porque Natalia había llamado a Leila antes de irse y estaba

con ella, así que me fui para allá a verla y le pedí explicaciones.

Y aquí estaba ahora, esperando a que Lara regresara a su casa con mi

hermana, tal como habíamos acordado. Ellas habían salido a hacer algunas

compras, y fue Amanda quien me abrió para que las esperara, ya que puso

como excusa que tenía que acabar un artículo muy urgente.

Me puso un café y se sentó en una de las sillas mirándome.

—¿Pasa algo? —pregunté.

—Quiero hacerte una pregunta.

—¿En calidad de periodista? —Arqueé la ceja.

—No, en calidad de mejor amiga y hermana adoptiva de Lara —sonreí al

escucharla y dejé la taza en la mesa.

—Vale, dime, ¿qué quieres saber?

—¿Vas en serio con ella? Mira que, después de Álvaro, no quiero a otro

capullo con ínfulas de famoso a su lado que le joda la vida.

—Permíteme que te corrija, yo no tengo ínfulas de famoso como ese tipo,

yo soy famoso, y lo mío me ha costado llegar a donde estoy.

—Vale, eso te lo concedo, Álvaro se creía lo que no era. —Volteó los ojos

—. Aun así, si le haces daño a Lara, te aseguro que el vídeo de Natalia no va

a ser nada comparado con toda la mierda que puedo contar sobre ti, y sí, me

demandarás y todo eso, pero te costará limpiar tu reputación, advertido

quedas. —Me señaló mientras me miraba fijamente, como si fuera hija de

algún mafioso.
—Lo capto. Pero puedes estar tranquila porque, como le dije a Lara, no

estuve con otra mientras me veía con ella. ¿Si voy en serio? Eso me lo guardo

para nosotros, el tiempo lo dirá. —Me encogí de hombros—. Y me alegro de

que te tenga en su vida, a pesar de que esa mujer es fuerte y tiene un carácter

que a veces da miedo.

—No te lo discuto, y es una cabezota, pero Grace dice que tú también así

que, quién sabe, igual sí que estáis hechos el uno para el otro.

No dije nada porque en ese momento se abrió la puerta y entraron Lara y

mi hermana riendo, gesto que a Grace se le borró en cuanto me vio allí de

pie.

—¿Qué haces aquí? —preguntó frunciendo el ceño.

—He venido a hablar contigo. —Me acerqué a ella.

—Si es para seguir diciendo que Natalia hizo lo que hizo porque yo se le

dije, ya puedes irte. —Fue hacia la cocina y dejó algunas bolsas de compra en

la encimera.

—Grace, escúchale, es tu hermano —le dijo Lara mientras le frotaba el

brazo.

—Él no quiso escucharme, aquel día simplemente me echó de la casa y

mírame, estoy en tu apartamento de prestado.

—Eso no es cierto, estás aquí porque eres nuestra amiga —le recordó.

—Y porque tienes unas cremas que me encantan —soltó Amanda quitando

un poco de tensión, a lo que todos sonreímos.

—Grace, ante todo eres mi hermana.

—¿Qué es lo que quieres, Paul? ¿Que te perdone?

—Sí, porque sé que no tuviste nada que ver.


—¿Y quién te lo ha dicho?

—Natalia, la encontré y fui a verla. Ya sé por qué lo hizo, y vosotras teníais

razón.

—Estaba despechada —dijo Amanda, y asentí.

—Le dolió que no quedara con ella, pensaba que de verdad estaba muy

ocupado y no viéndome con Lara.

—Tendrías que haberle dicho la verdad —suspiró Grace al tiempo que

negaba—. Lo hiciste mal, Paul.

—Lo sé, y le he dicho a Natalia que lo siento. Pero ella sabía que no había

nada serio entre nosotros. Además, ahora tiene pareja, ha empezado a salir

con alguien. —Miré a Lara porque ella sabía que Natalia se había quedado

con Leila, y le expliqué quién era ella.

—Y has venido para pedirme perdón.

—Sí, porque debí creerte, pero ya sabes que después de lo que me habías

dicho, lo más lógico para mí era que tú se lo dijeras.

—Te va a costar que te perdona —me advirtió mirándome por encima del

hombro—. Soy tu hermana y aunque te dijera aquello, sabes que nunca haría

tal cosa. Nunca haría que algo te perjudicara en tu vida personal y en tu

carrera.

—Lo sé, y de verdad que siento haber dudado de ti. ¿Qué voy a tener que

hacer para que ganarme tu perdón?

—Pues, si la última vez te pidió que le concedieras una entrevista a Lara,

no quiero ni imaginar qué te va a pedir ahora —dijo Amanda.

—Tendría que pensarlo, ahora mismo no se me ocurre nada —contestó

Grace—. Pero te aseguro que vas a sufrir hasta que te perdone, como he

sufrido yo porque me culparas de esto. —Me señaló a modo de advertencia.


—Ya está otra vez con la ofensa en plan Edad Media —dijo Lara con una

sonrisilla, y no pude evitar mirar a esa mujer que me tenía cautivado.

Estos días solo habíamos hablado por teléfono, no nos habíamos visto

porque la prensa estaba de lo más revolucionada. Sí, sabía que a ella le habían

preguntado otros periodistas y que no daba la más mínima respuesta para no

perjudicarme más, cosa que le agradecía, pero había echado de menos el

poder verla y estar tranquilos en mi casa.

—Hermano, estás mirando a Lara como el lobo queriendo comerse a

Caperucita —me dijo Grace, y vi que Lara se sonrojaba.

—Llevan días sin verse, así que imagina las ganas que deben tener. —Rio

Amanda.

—Pues nada, nosotras nos vamos y os dejamos aquí solos, así os dais

besitos y mimitos —soltó mi hermana.

—No, no, que no hace falta que os vayáis —les dijo Lara.

—A ver, Lara, que mi hermano te mira con ganas, que seguro que tiene el

asunto dolorido.

—Qué bruta eres. —Rio Amanda—. Venga, vamos a tomarnos un café que

me apetece ir a una terracita —dijo mientas cogía su bolso.

Y antes de que se fueran, Grace me llamó moviendo el dedo índice para

que me acercara.

—Te lo advierto, te va a costar que te perdone, pero creo que sé cómo

puedo hacerlo —sonrió con esa mezcla de picardía y malicia que me daba

miedo.

—¿Cómo?

—¿Estás enamorado de Lara?


Capítulo 56

Lara

Desde que Paul apareció en mi casa para pedirle perdón a Grace, no nos

habíamos vuelto a separar más de dos días, y porque los dos teníamos

compromisos de trabajo.

Había pasado una semana y en ese tiempo me presentó a Natalia y a Leila,

perdonó a la primera y le pidió que por favor se retractara de todo lo que

contó en aquel vídeo porque no solo su carrera dependía de eso, sino también

lo concerniente a su vida personal, a sus padres y lo que estos pensarían, y

ella desmintió todo aquello diciendo que lo había hecho porque sintió celos

de que él estuviera con otra persona, sin contar mucho más.

A mí me habían caído las dos muy bien, incluso hicimos una cena en casa

de Paul a la que también vino Lolo y yo me pasé la noche diciéndole a Paul

que, si con Natalia había hecho un trío y hasta orgía, yo también quería

probarlo, porque Leila tenía un cuerpo de lo más sensual que no era de

extrañar que ellos tres hubieran caído en tentaciones prohibidas.

Pero nada, él solo se reía como hacía con la prensa y negaba, y así cada vez

que le sacaba el tema del trío y demás.

Después de eso, y dado que la prensa estaba detrás del mánager de Paul

para que se pronunciara al respecto, él decidió hacer una entrevista y me

pidió que fuera yo quien se la hiciera, pero su gente había organizado todo

para que esta se emitiera en televisión y pudiera verla todo el mundo.


Pensé que íbamos a grabarla, pero en lugar de eso, me dijo que se iba a

emitir en directo y en primicia por un canal de Hollywood con el que su

mánager había estado en negociaciones. Así que, decidimos hacerlo de

madrugada, de modo que se pudiera emitir en ese canal durante su horario de

máxima audiencia por la noche. Tuvimos que organizarlo de esta manera

debido a la diferencia horaria con Estados Unidos.

Yo estaba de los nervios, porque una cosa era entrevistar a alguien en un

lugar tranquilo, sin más gente que el personal de seguridad con el que

contara, que allí, rodeada de cámaras porque querían grabarnos desde todos

los ángulos posibles.

Mis padres, Lola, Amanda e incluso Grace estaban allí también,

apoyándome para que no me sintiera tan nerviosa. Mi mejor amiga me ayudó

a repasar las preguntas y Grace nos comentó que ya le había dicho a su

hermano lo que tenía que hacer para que ella le perdonara por esa segunda

ofensa, pero no dijo qué era lo que le había pedido que hiciera.

—Más vale que Paul no te ofenda más, porque al final veo que le pides un

papel en alguna de sus películas —comentó Amanda.

—No lo descarto, si me la juega otra vez, eso será lo próximo que le pida.

—Rio en plan brujilla.

—Pues recemos para que no haya más ofensas por su parte. —Reí.

Me eché un último vistazo al maquillaje, comprobé que el vestido rosa

pastel estaba perfecto y que en cámara daba bien con los zapatos rosa chicle

como dijo Grace, que fue la que me vistió para la ocasión, fui a sentarme a la

terraza del restaurante donde Paul y yo cenamos aquella vez, y donde nos

habían hecho la foto.

Habían colocado un par de sillones de mimbre, con cojines mullidos que

eran súper cómodos, y en el centro, una mesa baja de café. Estábamos de

espaldas a la ciudad; si la entrevista hubiera sido durante el día, la habríamos

hecho con el mar de fondo, pero al ser de noche, se decantaron por que la
ciudad fuera el escenario. Por lo que puede observar en la cámara, la

entrevista iba a ofrecer unas vistas impresionantes de fondo.

Revisé de nuevo mis papeles y no tardé en ver aparecer a Paul, sonriente,

caminando con su elegancia habitual y con una mano en el bolsillo.

Estaba guapísimo con un traje azul marino, camisa blanca y, para mi

sorpresa, un pañuelo en rosa pastel en la solapa de la chaqueta.

—Estás preciosa, pequeña —dijo inclinándose y me dio un beso rápido en

los labios.

—Tú también estás muy guapo —sonreí con las mejillas sonrojadas.

Nos avisaron de que en el estudio estaban listos para que empezásemos, y

Paul se acomodó en su sillón con un tobillo cruzado sobre la rodilla.

—Tres, dos, uno —dijo el cámara al que yo debía mirar primero—. Dentro.

—Buenas noches desde Marbella. Soy Lara, y obvio que me conocen

porque en las últimas semanas tuve el placer de entrevistar, en exclusiva, al

actor con el que muchos medios han soñado. Y sí, también porque se filtró en

prensa que nos veíamos, pero, qué puedo decir, a veces así es la prensa —

sonreí y noté que Paul lo hacía a mi lado—. Hoy vuelvo a ponerme delante de

él, tras lo ocurrido recientemente, para darle voz y la posibilidad de hablar

sobre ello. Paul, gracias por estar aquí para esclarecer lo ocurrido con ese

vídeo.

—Gracias a ti por acceder a hacerme la entrevista. —Me hizo un guiño.

—Como sabes, el vídeo que subió esa chica se hizo viral en poco más de

una hora, contaba ciertas cosas en las que, obviamente, no vamos a entrar

porque no estamos aquí para alimentar el morbo de la gente, y yo nunca he

hecho preguntas que dieran lugar a ello. Pero, cuéntanos, ¿has hablado con

ella después de que publicara el vídeo?


—Sí, lo hice. Los medios nos han estado persiguiendo a los dos durante

varios días y ella se sintió tan agobiada que decidió alejarse de todo. Como

mencionó, nos conocimos justo cuando yo llegué a España, congeniamos y

vimos que había química entre ambos. Nos estuvimos viendo, tuvimos una

bonita relación de amistad y no voy a ocultar que me acosté con ella, pero en

ningún momento hubo deslealtades de parte de ninguno de los dos.

—Y ahora, ¿todo ese asunto está solucionado?

—Así es. Ella me confesó que lo había hecho porque sintió celos de que

me viera con otra persona, y por eso dijo aquellas cosas sobre mí. Pero le fui

sincero cuando le dije que uno no elige de quién se enamora; es el corazón el

que toma la palabra por nosotros en un momento dado, y a pesar de que no

creía en esas cosas, al final no tuve más remedio que aceptarlo.

—Paul, ¿qué estás haciendo? —le pregunté tan bajo como pude.

—Abrir el corazón, como me dijo mi hermana una vez que hiciera.

Le vi levantarse mientras me miraba con una leve sonrisa y me cogió de la

mano.

—A pesar de que sé que siempre dijiste que no era tu tipo —soltó tan

tranquilo, y escuché que Grace y Amanda se reían—, que no era gran cosa y

que te parecía muy serio con la prensa, sé que empezaste a sentir algo por mí

al igual que yo por ti. Te vi mucho antes de nuestro encontronazo, ya sabes —

elevó las cejas y me tapé la cara con la mano—, y como te dije, esa risa me

pareció perfecta, preciosa, y me hizo sonreír.

»La gente de la prensa tampoco han sido mis personas favoritas, la verdad,

pero tú, en cambio, siempre serás mi periodista favorita. Cada día que pasaba

contigo sentía que quería volver a pasar un día más. Tú has hecho que vea

muchas cosas de la vida de un modo distinto, y, por cómo eres, sé que eres

perfecta para mí. —Se inclinó para hincar rodilla ante mí, que seguía sentada

en el sillón y completamente en shock.

—Paul, por Dios —murmuré.


—Tú eres la periodista, pero en esta ocasión yo tengo una pregunta que

hacerte. —Sacó una cajita del bolsillo y al abrirla, vi un anillo de oro blanco

con varios diamantes pequeños engarzados—. Lara, ¿quieres casarte

conmigo?

—¿Cuándo? Porque digo yo que tendremos que prepararlo todo bien —

contesté nerviosa perdida.

—Cuando tú quieras, pequeña, siempre que me aceptes como marido.

—El verano que viene, nos casamos el verano que viene —sonreí.

—¿Eso es un sí?

—Pues claro que es un sí, Paul —dije ya llorando a mares.

Me puso en anillo y me besó mientras me ayudaba a levantarme del sillón.

Todos los que estaban allí empezaron a aplaudir, y entonces recordé que

esto se estaba retransmitiendo en directo.

—¿Cómo se te ha ocurrido hacer esto, ahora? —pregunté.

—Es el pago por no haber creído a Grace con lo de Natalia. —Se encogió

de hombros.

—Espera, ¿esto es una farsa? —Fruncí el ceño.

—No, pequeña, esto es real —sonrió y me dio un beso rápido en los labios

—. Grace me preguntó, el día que fui a pedirle perdón a tu casa, si estaba

enamorado de ti, pero me dijo que no quería saberlo, solo que, si lo estaba,

debía pedirte que te casaras conmigo delante de todo el mundo y solo

entonces me perdonaría. Y aquí estamos.

—No sé quién está más loco, si Grace o tú.

—Los dos por igual, va en los genes.


Solté una carcajada al escucharle y volvimos a besarnos antes de que todos

nos dieran la enhorabuena.

Sabía que Paul había hecho algunas locuras a lo largo de su vida, pero

desde luego que esta, se llevaba el premio gordo.


Capítulo 57

Paul

Había llegado el día, ese en el que por fin iba a convertirse en mi mujer la

chica de la risa contagiosa, la morenaza en la que me fijé un día y fue

entrando en mi vida gracias a la cabezonería de mi hermana.

Habían pasado muchas cosas desde que puse un pie en España para

afincarme largas temporadas en Sotogrande, sin poderme imaginar la de giros

que iba a dar mi vida y la de momentos que iba a vivir de todos los colores y

gustos. Muchos buenísimos, otros excitantes y otros que te dejan con un

cabreo de esos que no puedes controlar los nervios.

Hoy iban a estar todos sus familiares y entorno, entre ellos Amanda y su

marido Eros, Lola, la madre de esta, Oliver, que también es cantante y amigo

de Eros, Rodri, su jefe, y sus compañeros Mireia, Fran y Aitor, junto con

algunos otros familiares.

Por mi parte, indudablemente también mis padres, Cata, Lolo, Leila y

Natalia y algunos compañeros de cine y productores que no podían faltar para

acompañarme en este día, al igual que mi familia de Irlanda que no podían

ser menos.

En total había sesenta y tres invitados, pocos, pero los suficientes, ya que

queríamos que estuviera en nuestra boda la gente que nos apetecía de verdad

y nadie por compromiso. Esto lo teníamos más que claro.


Se iba a celebrar en la playa, en un precioso restaurante que estaba lleno de

detalles que creaban un ambiente mágico y singular. La arena estaba

adornada con columpios y balancines de madera, sostenidos por cuerdas

gruesas, ideales para capturar momentos inolvidables en fotografías.

Ya había ido saludado a todos los invitados mientras caminaba del brazo de

mi madre, que iba de lo más orgullosa y emocionada, al igual que me pasaba

a mí, que en este día tan especial estaba de lo más sensible. Además, de

ansioso por ver a mi futura mujer e impaciente por ponerle la alianza.

Sillas frente al altar al que se accedía por un pasillo de madera sobre la

arena y que estaba decorado con un arco con rosas blancas, como quería mi

mujer.

Me puse en el centro mirando hacia fuera y esperando a que apareciera

Lara del brazo de su padre. Cuando la vi, la boca se me abrió del asombro de

observar a la mujer más bonita del mundo con un precioso vestido muy

elegante y sensual, a la vez que nada ostentoso. Iba preciosa. Perfecta.

Impecable.

La emoción se podía ver en su cara y cuando su padre me la entregó en el

altar, no pude reprimir las lágrimas ni ella tampoco. Nos fundimos en un

abrazo en el que nos dijimos mutuamente un «te quiero».

La ceremonia fue bonita pero corta, así lo habíamos decidido los dos. No

queríamos alargar ese momento, ya que queríamos vivir el día y celebrar que

el amor había triunfado entre los dos y que estábamos dispuestos a vivir una

vida en común.

Nos intercambiamos las alianzas y nos dimos un beso digno de una

película, donde ambos éramos los protagonistas de nuestra propia historia. La

incliné hacia un lado, tumbándola, manteniendo nuestros labios unidos,

mientras todos aplaudían y comenzaba a sonar una balada de fondo.

Hicimos el pasillo entre los invitados, y mis ojos se cruzaron con los de

Natalia que lucía feliz junto a Leila. Le hice un guiño y esbozó su preciosa

sonrisa.
Todo estaba bien y en su sitio. Sentía una paz mezclada con la emoción que

era difícil de describir.

Brindamos y fuimos saludando a todos personalmente en el rincón donde

pusimos un photocall, y por el que ellos iban pasando.

Lolo subió con Natalia y Leila, momento en que en vez decir que

sonriésemos para la foto, Lara murmuró que le debíamos una orgía. Ahí sí

que nos salieron las carcajadas perfectas para inmortalizar ese momento.

Luego se unió Claudia con Robert, que habían desaparecido como por arte

de magia y que seguían con sus líos amorosos.

No era una boda de estas con reglas para sentarse todos en el mismo

momento, obligados a comer a la hora que pongan los menús, no, nos

negamos los dos a eso.

Había mesas a un lado para los que se quisieran sentar a comer más

formalmente y cuando quisieran, que siempre serían atendidos. Había mesas

altas para tomar copas y degustar todas las tapas que iban pasando y luego

una pista de baile. El lugar estaba para disfrutarlo como cada uno quisiera y

se sintiera a gusto, ese era nuestro deseo.

Se iban formando diferentes grupos y se notaba que todos estaban a gusto.

Nosotros decidimos ponernos a charlar un rato y a disfrutar de unas copas en

una de esas mesas altas donde estaban Lolo, Natalia y Leila.

—Tu mujer nos está poniendo cachondas —murmuró Leila, causando una

risa en todos.

—A mi marido no le voy a perdonar en la vida el que no me añada en un

trío con este —señalo a Lolo— y en una orgía con los cuatro —se refirió a

ella, Lolo y a mí.

—Quizás algún día… —bromeé carraspeando.


—Ya te he dicho que solo te amaré por completo el día que eso pase, así

que ponte las pilas, porque hasta ese momento seguirás siendo, para mí,

medio hombre.

—¡Dios lo que te ha dicho! —Calentó Leila, y nos echamos a reír todos.

Se tiró todo el día bromeando sobre eso cuando estábamos con ellos. Las

chicas no dejaban de picarla diciéndole que cuando probara todo, se volvería

una obsesa del sexo grupal, que eso era celestial y de otro nivel.

Mis padres y suegros estuvieron mucho tiempo juntos sentados charlando

en muy buena armonía y sin perder las risas. Me gustaba ver a mi familia de

sangre y a la política llevarse de esa manera.

Bailamos muchísimo toda la música nueva que pegaba ahora y que tanto le

gustaba a la gente e incluso hicimos un baile nupcial que salvó mi mujer en

todo momento, ya que yo era más lacio como decía ella.

Estaba siendo un día como el que habíamos soñado, sin protocolos, en la

playa, con nuestros seres queridos y gente que apreciábamos, y sintiéndonos

cómodos sin tantas tonterías que al final te hacían estar pendiente a todo el

día más importante de nuestras vidas, hasta ahora, porque estaba seguro de

que esto sería el principio de grandes momentos.

A media tarde, salimos a saludar a los periodistas que estaban cubriendo el

evento. No les faltaron bocadillos y bebida durante todo el tiempo de espera.

Estuvimos un buen rato con ellos, posando para las fotos y respondiendo a

sus preguntas, ya que queríamos mostrar nuestro apoyo a los compañeros de

prensa de mi mujer, porque, al fin y al cabo, era una forma de reconocer la

labor tan crucial que realizan. ¿Qué sería el mundo del famoseo sin ellos?

Nada, eran la voz en todos los sentidos, aunque me hubiera costado

entenderlo.

Leila y Natalia no paraban de bromear con llevarse a mi mujer al servicio,

cosa que me hizo estar en alerta porque conociéndolas eran capaces de ser las

primeras en consumar mi matrimonio. Las risas de Lolo eran impagables, ya


que decía que él estaba al loro por si eso pasaba, para unirse también a la

fiesta.

A eso de la medianoche, nos dirigimos todos al hotel donde estábamos

alojados. Los más mayores se retiraron a sus habitaciones para descansar,

mientras que el resto decidimos quedarnos en uno de los bares que había en

los jardines del hotel, para seguir con la fiesta. Como decía Lolo, a esas

alturas ya estábamos todos bien pasados de copas.

Lara iba la que más, ya que no dejaba de soltar tiritos a un Lolo que le

decía que, si se tenía paciencia en la vida, todos los sueños se cumplían. A mí

me estaban volviendo majara con el tema, pero reconozco que estaba siendo

un día especial, divertido y emotivo en todos los sentidos.

A las tres de la madrugada, mi estrenada mujer me hizo cogerla en brazos y

llevarla hasta la habitación, mientras ella iba cantándome una canción de un

tal Pablo Alborán al que no conocía, pero reconozco que la letra era preciosa

y a mí me sacaba alguna sonrisa.

No podía ser, cuando me vine a dar cuenta y atravesé la puerta de la suite,

mi mujer ya iba dormida completamente. Tuve que dejarla caer en la cama,

quitarle el vestido, arroparla y darle un beso a la vez que le decía que la

amaba con todo mi corazón.

Me acosté pegado a ella y la abracé. No iba a tener mi gran noche de

bodas, pero nos quedaba toda una vida para vivir esos momentos de pasión

que nunca nos faltarían. Era mi mujer y eso, no había orgasmo en el mundo

que lo pagase.
Capítulo 58

Paul

¿Qué era una luna de miel sin la emoción de la sorpresa de llevarla a vivir

unos momentos que recordara con una sonrisa a lo largo de su vida?

Y de eso me había encargado yo. Así que la sorpresa fue mayúscula cuando

descubrió que nuestro destino era Las Vegas, pero claro, lo que no sabía es

que no sería el único.

Después de un vuelo en que Lara lo pasó durmiendo completamente,

aterrizamos en Nevada donde los medios parecía que se habían hecho eco de

nuestro destino y nos estaban esperando.

Los saludamos con amabilidad porque ahora más que nunca entendía la

profesión de mi recién estrenada esposa, así que después de decir unas

palabras, nos montamos en el coche que nos esperaba con el conductor que

ya estaba metiendo el equipaje en el maletero.

Nos trasladaron al hotel que había reservado y que era todo un espectáculo

para la vista. Lara no salía de su asombro, mientras se tomaba el cóctel con el

que nos habían recibido en el momento de hacer el registro.

El hotel era un complejo gigante, en el que costaba un mundo orientarse

dado que tenía accesos por todos lados. Nos acomodaron en una de las

lujosas villas que contaba con jacuzzi en el jardín y una piscina privada,

donde nos trajeron una bandeja con frutas, zumos y vino blanco.
Lara no paraba de sacar fotos por todas partes, diciendo que iba a hacer que

sus redes sociales se vieran increíbles. Yo solo podía sonreír, observando a

esa mujer que se había apropiado de mi vida y de mi corazón.

Se puso un bañador blanco tipo trikini que le hacía un cuerpazo

espectacular. No tardé en acercarme hasta ella para disfrutar de su cuerpo y

rozar esa piel aterciopelada que era toda una provocación para mí.

—Estás preciosa, te queda genial. —Le apreté las nalgas contra mis

caderas.

—Tú sí que estás precioso, amor mío. ¡Vaya pedazo de luna de miel que

me has regalado!

—Pero sí aún ni la has empezado a vivir.

—¿Qué no? Esto es un sueño, Paul, por Dios, que en mi vida imaginé

verme en una mejor. En Las Vega y en una villa de uno de los hoteles más

impresionantes. ¿Qué más necesito para comenzarlo a vivir? Bueno sí, a ti,

que eres lo más bonito que hay sobre la faz de la tierra después de mí. —

Mordisqueaba mi labio y yo me deshacía por completo.

—¿Sabes lo que te va a durar el trikini?

—Mucho, porque si me lo quitas que sea con cuidado, que me he dejado un

dineral al comprarlo. —Me miró divertida.

—Lo puedo reemplazar. —Besé la punta de su nariz.

—No, mejor no, que, con mi suerte, para uno que encuentro ideal seguro

que ya no quedarían más.

—Pero si todos te quedan ideales. —La cogí en brazos y, sin pensarlo, la

metí en la piscina.

Lara me miraba con esa sonrisita que tanto me contagiaba, como la risa el

día que la conocí, esa que no se me quitó a modo réplica por lo que ella me
había provocado.

Y recordé esas palabras que un día mi madre me dijo: «La vida no está

para entenderla, solo hay que vivir cada momento que se nos presenta».

Este era uno de esos momentos, ya que podía estar disfrutando de la mujer

que me robó el corazón cuando apenas ni creía en esas cosas. Sabía que

existía esa posibilidad, pero solo ella fue capaz de mover cada cimiento de

mis sentimientos para querer un todo a su lado.

Mire hacia nuestros dedos anulares, ya que teníamos las manos

entrelazadas. Nuestras alianzas brillaban tanto como nuestro momento. Si ella

supiera lo infinito que me hacía sentir, ni se lo creería. No se podía hacer ni la

más remota idea de todo lo que significaba para mí.

—Me estás mirando pensativo…

—Te miro como un tonto enamorado que no ve más allá de la mujer que

ama.

—Dentro de un año espero que sigas diciendo lo mismo. —Se mordió el

labio.

—Y todos los años de nuestras vidas. —Choqué mi copa de vino contra la

suya, y nos dimos un beso antes de dar un trago.

Salimos a comer a un restaurante japonés que me habían recomendado, y

que todos decían que tenía una variedad de sushi increíble, de primera

calidad. No me lo podía perder por nada del mundo y, además, a Lara

también es una fan de esta comida, lo cual es un punto en común con Natalia,

mi revoltosa favorita a la que le guardaba un gran cariño y con quien tenía

muy buenos recuerdos.

—Joder, qué bueno está esto —decía comiendo un sushi de salmón.

—Tu marido te lleva a sitios de calidad. —Le hice un guiño.


—No sabes lo cachonda que me pones —murmuró.

—Nada que luego no se pueda solucionar.

—¿Luego? ¿Sabes la de cosas que se pueden hacer por debajo de la mesa?

—insinuó en un claro ejemplo de provocación.

—¿Segura? —Metí mi mano por debajo de su falda cortita, asegurándome

de que desde el rincón privado en el que estábamos no nos vería nadie.

Abrió sus piernas para dejar más movilidad a mi mano, que estaba ya por

debajo de su braguita. Solo el contacto hizo que mi miembro comenzara a

revivir y solté el aire al introducirme en su parte más profunda.

Ella me miraba comiendo, a la vez que en la cara no podía reprimir esos

gestos de placer que le salían entremezclados con una sonrisa, menos mal que

estaba de espaldas a las otras zonas, todas privatizadas con un tablón que solo

dejaba nuestras cabezas al descubierto.

Los saqué y comencé a jugar con su clítoris, pellizcándolo y acariciándolo

alternativamente. Cada vez se iba estremeciendo más y noté cuando estaba a

punto de culminar. Se agarró con fuerza al borde de la mesa.

Tanto la cena como el postre que yo le había dado había sido todo un éxito.

Salió de allí diciendo que por ahora ese restaurante se había convertido en su

favorito.

De allí nos fuimos al casino más importante de Las Vegas. Ella estaba de

lo más emocionada con tirarse una foto allí. Aprovechamos para tomar una

copa y jugar a la ruleta europea, cosa que tuvimos una suerte tremenda

porque fue llegar, apostar y ganar veinte mil dólares.

Los gritos de Lara debieron resonar por toda la ciudad. Yo no podía reírme

más al verla, como si le hubiera tocado un premio tan grande que le

solucionaría la vida, aunque en realidad ese premio ya lo tenía conmigo; solo

debía seguir sujetando mi mano.


Salió de allí lo más emocionada, y no quiso jugar más porque decía que no

lo pensaba perder, que eso era para disfrutarlo.

Entramos a tomar una copa en un sitio que estaba de lo más ambientado.

Tanto, que Lara se puso a bailar para mí mientras tomaba un cóctel con una

cañita. Me encantaba observarla, conseguía ponerme de lo más caliente.

Estuvimos de fiesta hasta las dos de la madrugada, momento en que nos

fuimos al hotel a descansar. El día había dado para mucho.

No eran ni las nueve de la mañana cuando Lara estaba encima de mí

moviéndose para despertarme a ritmo de caderas. Sonreí agarrándome a ellas

y se agachó para darme un beso.

—¿Qué tal has dormido? —me preguntó dándome muchos besitos.

—Genial. ¿Cómo iba a ser de otra manera si te tengo a mi lado?

—Miedo me da el día que se te pase esa manera de mirarme tan bonito.

—Pero ¿por qué piensas que eso sucederá? Yo creo en la infinidad del

amor, ahora te toca creértelo a ti.

—¿Y si no puedo?

—Eres muy testaruda. —Me reí mientras la abrazaba con fuerzas.

Después de disfrutar de un rato muy íntimo y placentero en la cama, nos

duchamos para bajar a desayunar. La terraza del jardín nos esperaba, y era

realmente bonita, lo que a Lara le hacía especial ilusión, ya que había echado

un vistazo la carta y se le hacía la boca agua con las opciones de desayuno

que ofrecían.

El día lo aprovechamos bien, ya que un chófer nos recogió para llevarnos a

visitar El Gran Cañón. Fue una pasada, ya que entramos por la parte oeste y

ahí era justamente donde estaba el desfiladero más conocido mundialmente.


Nos detuvimos en el lago Mead donde el chófer nos sacó también

innumerables fotos, muy románticas y bonitas. Tenía una mano enorme como

fotógrafo, era increíble cómo captaba el momento y con la calidad que lo

hacía. También dejamos plasmado el momento en el río Colorado, en el que a

ella le sacó una foto espectacular que me puse, sin dudarlo, como fondo de

pantalla.

La mayor sorpresa llegó cuando nos paramos cerca de un helicóptero y le

dije que ahora vería El Gran Cañón desde el cielo. Su reacción fue increíble,

eufórica, y vivió un momento tan intenso que no pudo contener las lágrimas,

mientras yo me emocionaba al ver su felicidad.

Fue, sin duda, un día increíble, no menos que al día siguiente que nos

fuimos con el mismo chófer a visitar Los Ángeles y cómo no, Hollywood.

Incluso nos tiramos una foto con el famoso letrero en las colinas con su

nombre.

Y, el último día, que ella no sabía que lo era, ya que solo llevábamos allí

tres días, lo dedicamos a hacer compras, visitar lugares de la ciudad, comer

en un famoso restaurante de carnes y por la noche disfrutamos de una cena en

un lugar que era de lo más romántico, y que dejó a Lara de lo más

impresionada.

Llegamos a la suite y cayó agotada. Sonreí mirándola y pensando en la

sorpresa que se llevaría al día siguiente cuando le dijera que nos íbamos, lo

que ella no sabía es que lo haríamos a un lugar no menos fascinante.


Capítulo 59

Paul

—¿Cómo que nos vamos? ¿Qué clase de luna de miel es esta? No, tú debes

estar bromeando. —Se levantó de la cama y me miró esperando una

respuesta.

—Pero ¿qué te creías, que nos íbamos a quedar un mes?

—No, joder, pero qué mínimo, como poco, siete días, pero es que…

—Nada de es que, nos vamos, ya nos traen el café y un sándwich para

desayunar rápido.

—No me vaciles. Menos mal que según tú soy el amor de tu vida, porque si

soy fuese un capricho, me traes una noche y me metes de nuevo en el avión

de cabeza.

—Como hoy te voy a meter. De algún modo tendremos que regresar.

—Vaya mierda de vida, y vaya mierda de todo. —Se dirigió al baño.

Estuve a punto de decirle que las íbamos a continuar, pero la iba a dejar

sufriendo un poquito hasta que lo descubriera, así la sorpresa sería más

grande.
Salió de morros después de ducharse. Ya nos habían traído un suculento

desayuno que nos pusieron en la terraza.

—¿No era un café y un sándwich?

—Me has hablado tan feo que he llamado para pedir un desayuno completo

—bromeé.

—Dime que es broma el que se acaba nuestra luna de miel, porque tengo

ganas de llorar.

—Hija, pensé que con tres noches en Las Vegas sería suficiente, no

imaginé que se te quedaría corto.

—Qué desastre eres, no sé cómo pude dejar esto en tus manos. —Se sentó

con unas expresiones de mucho agobio, solo le faltaba llorar.

—Lo siento, el año que viene ya haremos el viaje que desees, vida. —Le

acaricié la mano.

—No entiendo cómo has podido no pensar bien en estos días. No lo

entiendo. —Se le cayeron las lágrimas.

—Lara, pero lo hemos vivido con intensidad.

—No me hables hasta que se me pase, de verdad, ahora todo me sienta

mal.

—Lo siento —murmuré, pero no me pensaba bajar del burro. La sorpresa

iba a ser inmensa.

Triste estaba, pero desayunó bien. Me duché mientras ella arreglaba su

maleta y la pude escuchar quejarse en voz alta de que no sabía para qué había

traído tanta ropa que se iban de vuelta sin estrenar. Eso se creía ella.

Dejamos el hotel en un profundo silencio y el chófer nos llevó hacia el

aeropuerto. En el momento que se dio cuenta de que íbamos a facturar


nuestras maletas para un vuelo a Bora Bora, me miró y, ahí sí, no pudo

contener las lágrimas que comenzaron a brotar sin parar.

—Amor, ¿nos vamos a la Polinesia?

—¿Ahora vuelvo a ser tu amor? —Carraspeé poniendo las maletas en la

cinta después de darle a la azafata los pasaportes.

—¿De verdad? ¿En serio? —Estaba de lo más incrédula.

—Señores, sus tarjetas de embarque.

—Gracias. —Las cogí y en ese momento al girarme, Lara saltó a mis

brazos, se enganchó como un mono y comenzó a comerme a besos.

—Eres el mejor marido del mundo.

—Solo vamos a hacer escala una noche —bromeé.

—¿Escala en la Polinesia? ¡Ya no te creo! —Se reía emocionada.

El vuelo lo pasó hecha un manojo de nervios, ya que no paraba de moverse

ni de hablar. Incluso se había hecho amiga de las azafatas de primera clase,

que nos pidieron fotos y todo.

Cuando bajamos, pasamos el control de inmigración y fuimos en un carrito

directos a por las maletas y al salir de la terminal, nos estaba esperando un

chófer.

—Te voy a perdonar todo el sufrimiento que me has hecho pasar —me dijo

dándome un beso cuando nos montamos en el asiento trasero del vehículo.

—¿A mí perdonar? —Soltó una carcajada de esas que seguían

contagiándome por completo— Tendrás valor… —negué observando cómo

seguía riendo y mirando a la vez por la ventanilla para empaparse de toda esa

belleza que tenía ante ella, porque si existía el paraíso, estoy seguro de que

estábamos en él.
Llegamos al resort, ni que decir tiene, que era uno de los más lujos de la

zona y que contaba con villas en el mar y tenía piscina privada. Las aguas

turquesas y cristalinas causaban impresión para la vista. En la cara de Lara

podía ver el impacto que estaba teniendo sobre ella, ya que no salía de su

asombro y no atendía ni a lo que yo le decía mientras nos hacían el registro.

—Lara… —dije por tercera vez.

—Perdón, perdón. —Se giró con el cóctel de bienvenida en la mano y se

sacudió la cara para salir de sus pensamientos.

—Vamos. —Reí echándole el brazo por encima y dándole un beso

mientras nos dirigíamos en el carrito, que tendríamos durante toda la estancia

para movernos por el resort y para llegar por la pasarela de madera hasta

nuestra cabaña.

—Estoy flipando, te lo juro, esto es más bonito de lo que se ve en las fotos

por Internet —decía observando todo, mientras yo conducía hasta la villa—.

Coge mi móvil y grábame entrando una vez que abras la puerta y sígueme,

que voy a hacer una cosa que hacen ahora en las redes cuando vienen a estos

lugares.

—A sus órdenes. —Hice el gesto de llevarme la mano a la frente antes de

coger el móvil.

Comenzó a andar animada, girarse, abrió las puertas de cristales de la

terraza, pasó por un lado de la piscina y se tiró al mar, con ropa. La seguí

grabando y comenzó a lanzar besitos. Ese iba para sus redes antes de que

cantase un gallo.

Ni se había secado ni quitado la ropa, y la muy impaciente se puso a mirar

el vídeo para ver que había quedado como ella quería. Lo vio unas diez veces

en las que me dio tiempo hasta de deshacer mi maleta y ella seguía en la

terraza mira que mira para ver que todo había quedado impoluto.

—Ya te he deshecho hasta tu maleta —dije saliendo.


—Gracias, amor. ¡Qué chulo el vídeo! Ya lo he subido, no había ni que

editarlo. ¡He muerto de amor!

—Anda, cámbiate que nos vamos a dar una vuelta por el resort y a comer

algo, quiero que conozcas el lugar.

—No, no, yo me quedo aquí en la villa, por Dios, a mí no me saques de

aquí porque me ato a la silla y no me mueve ni emergencias.

—Pido entonces que nos traigan la comida. —Carraspeé, y vi cómo se le

dibujaba una sonrisa en la cara de salirse con la suya.

Mientras yo elegía el menú que íbamos a comer, ella se quitó la ropa y se

puso un bikini que le quedaba de infarto en color negro. No podía ser más

preciosa y sensual.

Pedí una bandeja de pescado, ya que era algo que siempre estaba presente

en la dieta de Tahití, además, según había leído lo solían marinar con leche

de coco antes de hacerlo, en mi caso, lo pedí a la parrilla, pero también era

característico que lo hicieran en el horno.

A un lado de nuestra villa, en el mar, había una moto acuática que yo había

contratado para los cuatro días que íbamos a estar, cosa que ella no sabía, de

nuevo la sorprendería con un último y nuevo destino. El caso es que esto era

una preciosidad, pero solo era mar, así que cualquier actividad que

hiciésemos todo tenía que ir relacionado con esto, de ahí a que pensase como

en Las Vegas, que con tres noches era suficiente.

Disfrutamos de la comida en la terraza y con un buen vino que pedí para

acompañarlo. Luego nos echamos un rato en las hamacas donde no nos

pudimos resistir y de nuevo la tensión hizo que terminásemos dejándonos

llevar por la pasión. Entre el calor, el calentón y la hora que era, cuando

terminamos tuvimos que tirarnos a la piscina y luego al mar para

refrescarnos, ya que nuestros cuerpos habían acabado de lo más sudorosos.

Esa misma noche, le tenía preparada una sorpresa que la dejó de lo más

boquiabierta y es que hicimos un crucero al atardecer con cena incluida y


platos autóctonos, cosa que ella disfrutó en todo momento.

Al día siguiente, nos levantamos temprano y nos fuimos a desayunar a uno

de los restaurantes del resort, en el que había bufé libre, y mi mujer se puso

las botas. Ni vergüenza le daba llenar los platos como si se fuera a acabar el

mundo, pero como decía ella, se iba a comer la luna de miel de mil maneras

diferentes, eso que se llevaría.

El día lo aprovechamos para tomar el sol, pasear en la moto acuática y

hasta hicimos esnórquel, exactamente lo mismo que al día siguiente, dado que

como había dicho, no había nada más que hacer en la isla.

El último día, de nuevo la desperté con la noticia de que teníamos que

irnos. Me miró arqueando la ceja.

—Pero ¿para España o queda alguna sorpresa más?

—¡Mierda! Me has pillado… —Me hice el interesante.

La llevé de los nervios hacia el aeropuerto porque quería descubrir cuál era

nuestro siguiente destino.


Capítulo 60

Paul

Lara se quedó de lo más impactada al descubrir que nuestro siguiente

destino era Miami. Tocaba las palmas delante de la azafata mientras esta nos

entregaba las tarjetas de embarque.

El vuelo de nuevo se lo pasó nerviosa y hablando con las azafatas, como

ella decía, era un gusto volar en primera clase porque las atenciones eran un

lujo.

No se esperaba lo que se iba a encontrar en Miami como despedida de una

luna de miel que estaba siendo de lo más idílica.

Cuando aterrizamos, nos esperaba un chófer que nos llevó hasta el dúplex

de lujo que había alquilado en Miami Beach, que contaba hasta con una

piscina que cogía todo el ancho de la terraza. Una maravilla que cuando

descubriera Lara con el regalo que había allí, iba a flipar en colores como ella

decía.

Miraba por la ventanilla y grababa vídeos, mientras yo la observaba y

pensaba en la suerte que tenía de haber convertido en mi mujer a la chica de

la risa contagiosa.

Llegamos a la puerta de la casa y nos bajamos con el equipaje. La puerta se

abrió y ella me miró arqueando la ceja. Le hice un gesto de que pasara.


—¡Lolo! —gritó dejando la maleta en medio del jardín y corriendo hacia

él.

Me reí al verla tan impresionada comiéndose a besos la mejilla de él.

—¿Qué pasa, hermano? —Nos dimos un abrazo.

—¿Qué es esto? —preguntó Lara emocionada.

—Pues nada, aquí estoy para cumplir ese sueño tuyo —le contestó, y ella

me miró arqueando la ceja y abriendo la boca.

—Cumpliré todos tus deseos. —Le apreté la nalga.

—Esperad, que no estoy preparada para esto. —Se puso la mano en el

pecho y los dos nos echamos a reír.

—Demasiado tarde, bonita, que he recorrido medio mundo para

complacerte por petición de tu marido.

—Decidme que hay doce o trece botellas de vino que las necesito todas en

este cuerpo —decía riendo nerviosa.

—Ya tengo una lista para servir, además de unos canapés preparados en la

cocina.

—Me estás ganando, Lolo —dijo ella con ese arte de su tierra que tanto le

caracterizaba.

—Tienes un morro que te lo pisas. ¿Cómo que, ganando, cuando me has

dicho cada vez que nos hemos visto que soy tu fantasía sexual en un trío con

tu ya marido?

—A mí más vale que dejéis el listón más alto de lo que se lo dejasteis a

Natalia, que de lo contrario —nos miró sacando hocico—, vais a salir en

todos los titulares como los huevones de Miami.


—Lolo, más vale que te tires al ruedo y hagas la faena de tu vida —le dije

riendo.

—Te recuerdo que es tu mujer, y estaría muy feo que no fuese el marido el

que dejase el listón bien alto.

—Ver para creer. Los dos tirándose la pelota. —Cogió un canapé, su copa

de vino y se fue hacia el salón a sentarse fresquita con el aire acondicionado.

Afuera hacía una calor y humedad muy grandes, era la hora más fuerte y

como dentro, no se estaba en ningún lado.

Lolo cogió el plato y yo las copas, y juntos nos dirigimos hacia ella para

acomodarnos en un sofá que era rinconera y parecía súper cómodo. Nos

sentamos a cada lado de ella, y ella miró primero a uno, luego al otro, y

vuelta a hacer lo mismo.

—¿Te hemos asustado? —preguntó Lolo, viendo que seguía con esas

miradas de lado a lado.

—¿Os conozco de algo para que os peguéis a cada lado?

—Anda, hermano, ¡qué poco te ha durado el casamiento! —Se reía.

—Ya veo, esto ha sido un visto y no visto. —Miraba de lado y fijo hacia la

cara de Lara que seguía mirando a uno y a otro sin girar la cabeza, solo el

movimiento de sus ojos. Para verla.

—Nada, esta chica se quedó en shock, tanto decir que le debíamos el trío

de su vida y ahora resulta que se nos pone tímida y ni nos reconoce.

—Lolo, ¿y no es mejor tenerla así, tímida? —pregunté para ver si Lara

reaccionaba, pero nada.

—O buscarnos a otra para que no sea aburrido. —Carraspeó.

—Te la buscas tú, a este me lo dejas aquí —dijo ella reaccionando de

golpe, y me encantó que lo hiciera para decir eso.


—Ah bueno, que ya revivió, Paul, que podemos seguir adelante con el plan.

—Os voy a decir una cosa, a mí dadme tiempo para asimilarlo y te

garantizo que con vosotros dos no tengo ni, para empezar —dijo causándonos

que abriésemos la boca atónitos a lo que habíamos escuchado.

—¿Cuánto tiempo necesitas? —pregunté aguantando la risilla.

—Un rato. Me lo he comido muy de golpe, cuando pensaba que ya no me

podías sorprender más, ¡zas! Lo haces a lo grande. —Me dio un beso en los

labios. Se levantó y fue a cambiarse de ropa para ponerse cómoda.

Lolo y yo nos quedamos con la risa suelta, eso de que con nosotros no

tenía por dónde comenzar, había sido buenísimo.

Apareció con una camiseta de tirantes hasta media pierna y se sentó de

nuevo entre medio de los dos para seguir disfrutando de esos canapés de

marisco que había preparado Lolo, y que le habían salido riquísimos.

—¿Y cuándo has llegado? —le preguntó ella curiosa.

—Anteayer. —Carraspeó—. He aprovechado para hacer la compra de

comida para estos días, también para hacer una visita al sex-shop y comprar

muchísimos juguetitos que te van a encantar…

—Espero que hayas cogido los mejores, que para jugar a los médicos no

tengo tiempo.

—Nos quiere dar duro —murmuró él aguantando la risa.

—No, simplemente os voy a enseñar lo que es dejar el listón alto.

—¿Nos está vacilando? —me preguntó a mí.

—Claramente.
—¿Cómo que claramente? Desde luego que no sabes con quién te has

casado —negó riendo.

—Es hora de descubrirlo.

—Dadme un rato, y os vuelvo corderitos.

—Yo me estoy asustando —dijo Lolo haciendo el que se iba.

—Vete, vete, que la noticia va a salir con el titular más llamativo del

mundo.

—¿En qué quedamos? Porque mira que me has dicho veces lo del trío y

ahora que estoy aquí, me dices que me vaya.

—Tú eres el que te has levantado.

—Yo voy a la cocina a por otra botella de vino que nos va a faltar alcohol

para tanta patrona —decía Lolo mientras yo tenía la risa suelta de

escucharlos.

—¿Bien? —le pregunté a ella mientras él iba a coger la botella.

—Sí —sonrió—. Estoy preparada. —Me hizo un guiño y esbocé una

risilla.

Lolo apareció con una fusta y la botella. Lara comenzó a reír.

—Pero hombre, no me la asustes de esta manera —dije riendo, buscando a

la vez la lengua de ella.

—¿Qué vamos a jugar a intercambiarnos fustazos? Porque por mí perfecto,

que, si os tengo que poner el culo morado con eso, no me voy a reprimir.

—Creo que no contamos con lo autoritaria que es, pero eso lo debiste

prever tú, que eres el marido.


—¡Que te calles! —le gritó ella a la vez que le quitó la fusta y le dio

rápidamente en el culo mientras yo me moría de la risa.

—¡Joder! ¡Así no se juega! —exclamaba riendo e intentando esquivar los

demás fustazos. Lara era todo un personaje.

—Tú eres el que lo has traído, si no sabes usarlo no es mi problema, para

dar un latigacito de mierda, no te gastes el dinero. —Le seguía dando y

corriendo para que no se escapara.

El caso es que yo conocía a mi mujer y sabía que podía salir por cualquier

lado, pero de ahí a controlar la situación cargándose todas mis expectativas,

iba un mundo. Solo con lo que me estaba riendo merecía la pena toda esta

locura que ella tanto pedía vivir.

Al final, Lolo le quitó la fusta y la cogió en volandas, llevándola hasta el

sofá y dejándola caer bocabajo sobre sus piernas a la vez que la sujetaba para

que no pudiera moverse. Ella no dejaba de lanzarle insultos de todo tipo, no

se salvaba ni su familia, ni él, ni sus ancestros, pero a pesar de todo, ambos se

estaban riendo tanto como yo.

Lolo le metió la mano por debajo de la camiseta agarrando su nalga con

fuerza por debajo de la braguita. Vi cómo sus dedos pulgares jugaban entre

ellas y Lara reía intentándose mover. Estiraba su mano que yo cogí y me la

llevé a mis labios para besarla.

—Me va a follar por detrás, marido —decía a carcajadas.

—Relájate, Lolo sabe lo que hace.

—Tener marido para esto —resopló, y a la vez dio como un intento de

respigón cuando Lolo le tocaba un poco más profundo.

—Tráeme la vaselina y el látex —me pidió Lolo.

—No se lo traigas, a mí me va lo duro, sin nada —me dijo ella, pero sabía

que estaba bromeando.


Cogí todo de la habitación que Lara aún no había visto y que era la joya de

la casa, estaba destinada para los placeres sexuales. Iba a alucinar cuando la

viera, esto no podía ni imaginarse que estuviera en la casa.

Le di las cosas a Lolo. Se puso el guante de látex y ella no hizo por

escapar. Se reía entre sus piernas, bocabajo, diciéndonos que la hiciéramos

una mujer de una vez por todas.

Le puso la vaselina y comenzó a masajear su culo con el dedo, ella no tardó

en comenzar a excitarse y no poder reprimir esos jadeos que le salían. Lolo

fue adentrando su dedo y estimulando la zona para que dilatara y se aflojara.

Lara, en poco tiempo tuvo un orgasmo anal sin necesidad de tocarla más

que de esa manera. Lolo sabía cómo hacerlo, y me gustaba por lo meticuloso

que era.

—Me encanta el comienzo —dijo ella intentando recuperarse.

—¿Preparada o necesitas más tiempo? —le pregunté, a sabiendas que

ahora estaba un tanto agotada.

—Preparadísima para doblegaros a mi voluntad. —Cogió su copa de vino y

dio un trago.
Capítulo 61

Paul

Después de recuperarse, le dijimos que nos acompañara a la habitación

sorpresa. Cuando abrimos la puerta, se le quedó una cara de impacto que

hasta ahora no la había visto de esa manera.

—¿Hola? ¿En serio esto existe?

—Claro y lo vas a disfrutar…

Aquí estaba la piscina que cogía todo el largo de la terraza, en el jardín

había otra, pero esta estaba en la parte de arriba de la casa con lo cual tenías

unas vistas a la playa.

No hizo falta decirle nada a Lara cuando se desnudó por completo y se

dirigió a la piscina, a la vez que pedía que le sirviésemos una copa y se la

llevásemos. Lolo sonreía por la soltura que estaba teniendo ella y lo bien que

lo íbamos a pasar.

Echamos tres rones con cola y nos dirigimos a la piscina donde nos

metimos con ella una vez nos desnudamos, la ropa ya sobraba, por el

momento, y ahora tocaba disfrutar de los placeres del sexo.

Ella se dio la vuelta, quedando de cara hacia nosotros, con las manos en

cruz hacia atrás, apoyadas en el borde de la piscina. Sus pechos llamaron la


atención de los dos. Duros y erectos, como si estuvieran esperando que pasara

algo que los saciaría por completo.

—Cuando queráis —dijo ella mirándonos pícara.

—Con paciencia, Lara. —Le pellizqué un pezón y Lolo otro. Ella movió de

golpe las caderas y soltó el aire en lo que parecía un gemido.

Llevé mi otra mano entre sus piernas y fui directo a introducirle dos dedos.

Ella se movía con ansias, pidiendo más, mientras Lolo ya estaba disfrutando

de sus pechos, lamiéndolos y mordisqueándolos, a la vez que ella se aferraba

con fuerza a su cabello.

La mano de Lolo se fue a su clítoris, mientras yo seguía penetrándola con

mis dedos y él continuaba con su boca en los pechos de ella.

—Dadme más fuerte, por favor —pidió ella agitada, y la penetré con tres

dedos y aligeré la velocidad al igual que hacía Lolo.

Metí mi otra mano por detrás y jugueteé con su ano para ponerla más

excitada todavía. Se corrió cayendo en mis brazos casi desfallecida.

Dimos unos tragos a las copas mientras ella se reponía, y cuando nos

fuimos a dar cuenta, ya estaba comiéndole el miembro de Lolo y

masturbándome a la vez, luego intercambiaba para darnos a los dos el mismo

placer. Nos corrimos casi a la vez y fue de agradecer, ya que nos habíamos

excitado muchísimo con ese primer asalto con ella.

—Quiero que hoy me deis el día de mi vida —nos pidió inesperadamente

—. Necesito que me agotéis y dejéis temblando, sin fuerzas. —Se

mordisqueó el labio.

—Tus deseos son órdenes para nosotros —le dijo Lolo, con su mano

estirada pero cerrada hacia arriba como si fuera un italiano y acercándose a

su cara para dejarle un beso en los labios.


—Yo quiero vivir una experiencia de esas que se te quedan grabadas para

siempre, así que no me defraudéis.

—¿Cómo de fuerte? —pregunté, porque ella no sabía lo que se le venía

encima.

—¿En serio os lo tengo que explicar?

—No, mujer, tu marido que tiene unas cosas. —Volteó los ojos—. Tú

déjate llevar, que ya iremos interpretando en tu lenguaje no verbal cuánta más

intensidad necesitas.

—Qué bien quedas. —Se reía—. Solo quiero deciros que si este es mi

regalo de bodas, que lo quiero del mejor.

—Nos ha quedado claro, ¿verdad Lolo? —le pregunté con ironía—

¿Quieres un masaje erótico?

—Hombre, si no es erótico me voy a unos profesionales. —Volteó los ojos

saliéndose de la piscina y cogiendo una toalla para secarse—. Os espero

tumbada en la camilla. —Nos hizo un guiño.

—Illo, tu mujer viene pidiendo guerra. —Se reía.

—No podemos defraudarla —le advertí.

—Tranquilo, ahora le vamos a dar la madre de todos los masajes.

Nos secamos, y ella ya estaba tumbada en la camilla bocabajo y con la

cabeza de lado sobre sus manos. Oscurecí todo, encendí varias velas y puse

música relajante. Lolo le colocó un antifaz para dejarla más íntima. Los tres

permanecíamos en silencio.

Me puse a un lado y Lolo al otro. Yo, con sus hombros y espalda, y él,

desde sus piernas hasta la cintura. Comenzamos a aplicar aceite a lo largo de

su espalda, bajando hasta sus nalgas, y también lo pusimos entre ellas para

que la zona se empapara bien, continuando luego por sus piernas. Ella, solo
con esa sensación, ya mostraba signos de que se estaba viniendo arriba de

nuevo. En esos instantes, el silencio prevalecía y era importante no romperlo.

La masajeábamos, mientras Lolo metía sus dedos rozando su culo para ir

excitándola más. Cogió una pluma especial para el ano y abrió sus nalgas, y

comenzó a introducirla por detrás. Era una locura porque hacía que la

sensibilidad se multiplicara por mil. Ella comenzó a moverse superexcitada y

la tuve que aguantar por las caderas.

La llevó al límite y sacó la pluma cuando ya vio que ella no podía más.

—Siéntate sobre tus rodillas y deja caer tu cuerpo hacia adelante —le pedí.

Lo hizo de manera inmediata, dejando sus caderas levantadas. Volvimos a

echar aceite tanto por la entrada de atrás como la de delante. Dilató ambas

entradas mientras yo le tocaba el pecho con la mano por debajo de su cuerpo.

La penetraba con movimientos que la estaban volviendo loca, pero sin

permitir que se corriera. Eran técnicas que él sabía controlar a la perfección.

Cuando ya la tenía bien preparada, le pidió que se fuera levantando con

cuidado para no marearse y que se pusiera de pie.

Lolo se colocó detrás de ella, colocó su pene entre sus nalgas y la rodeó

por el pecho. Me pegué a ella y le puse el pene en la vagina para ir

metiéndolo al mismo tiempo que él.

Lara me miraba jadeando y con el rostro lleno de placer. Ella estaba

deseando este momento. La fuimos penetrando, y se agarró fuerte a mis

hombros. Se notaba que le costaba acomodarse con los dos dentro, pero

fuimos dando forma al momento y terminó por estar más relajada en las

penetraciones que se fueron aligerando un poco más, pero sin ser excesivos.

Cuando noté que Lolo estaba a punto de correrse, me centré en acabar al

mismo tiempo. Fue una locura total que nos dejó a los dos sintiéndonos

totalmente exhaustos.
Salimos poco a poco, y ella se sintió aliviada, aunque lo había disfrutado.

—Necesito meterme allí. —Señaló al jacuzzi y le hice un gesto de que

fuera.

Me dio un beso en los labios, otro a Lolo y nos dijo que nos esperaba allí.

Al final iba a ser verdad que iba a acabar con nosotros.

Nos metimos en el agua con ella, dejando las copas en el borde. Lara se

lanzó sobre Lolo, apoyándose bocabajo, y comenzó a moverse y a rozarse de

una manera provocativa. Solo con verla de esa tesitura, me estaba poniendo

malísimo otra vez.

Se rozaba y hasta jugaba con su miembro, metiéndoselo en la boca. Luego

se levantó y se acercó a mí, agachándose justo frente a mi cara, y comencé a

lamerle su zona. Estaba dispuesta a jugar y se notaba que quería llegar hasta

ese punto en el que ya no pudiera con su cuerpo.

Gemía de placer. Se echó hacia delante de rodillas con las piernas por fuera

de las mías y dejando sus caderas en mi boca, y ella la suya en mi miembro

que cogió en su mano y comenzó a lamernos.

La lamí y hasta la penetré de nuevo con los dedos. Lolo nos miraba

soltando el aire y de lo más excitado, comenzando a mover su mano arriba y

abajo por todo el largo de su miembro. Mi mujer parecía insaciable. No me

dejó correrme, ni ella lo hizo. Se quitó y se puso bocabajo, comenzando a

rozarse con mi cuerpo, como había hecho con Lolo, que, por cierto, dejó de

masturbarse y se acercó a nosotros, se puso encima de ella y comenzó a

rozarse también.

Mientras se rozaba conmigo, Lolo la penetró por delante desde atrás y se lo

comenzó a hacer mirándome a mí. Ambos lo hacían. Metí la mano por debajo

y comencé a tocarle el clítoris con fuerza, tanta que se aceleró a la vez de

Lolo, que iba a destajo mientras mi mujer chillaba de placer.

De nuevo se corrieron, esto estaba siendo un sin parar. En la cara de mi

mujer, que me regaló una sonrisa, pude interpretar que para ella el día no
había hecho más que empezar.

Eché un poco de crema relajante en cada rincón de sus zonas íntimas para

que se sintiera mejor. Ella me miraba con una sonrisa traviesa, fija en mis

ojos, y eso me encantaba. Me fascinaba cada una de sus versiones, siempre

tan auténtica y llena de vida.

Regresamos al salón, en la habitación había muchas más cosas que probar,

pero ahora tocaba un merecido descanso.

Abrimos el sofá y nos acostamos, los tres juntos, buscando descansar un

rato. Desnudos y con ella en el centro. En un gesto íntimo, cogió una de

nuestras manos y las guio hacia sus nalgas. Aunque quería dormir, también

deseaba esa conexión con nosotros.

Nos levantamos dos horas después, momento en que merendamos y ella

quería ir a la habitación a probar algo nuevo. Lo decía tan feliz y

descaradamente.

Entramos en la habitación y ella se fue directa a coger unas esposas,

antifaz, succionador de pechos y un doble vibrador que era de una buena

talla. Lo puso en una mesita al lado de la camilla y nos miró.

—El resto podéis elegirlo vosotros, pero como poco, quiero todo esto en

mí.

—A sus órdenes, Lara —le dijo Lolo en plan retintín.

Se sentó en un borde de la camilla, donde le puse el antifaz y le coloqué los

succionadores de pecho después de echarle un poco de crema hidratante. La

hicimos tumbar con las rodillas flexionadas y las piernas abiertas. Le até las

manos con las esposas por encima de su cabeza, agarrada a la camilla con

una cuerda.

Lolo le estaba metiendo unas bombas liquidas en el interior de cada

orificio antes de penetrarla con los vibradores, ya que quería estimularla


también por el ano para que le entrase con fluidez. Yo miraba mientras jugaba

con los succionadores de sus pechos y ella se retorcía de placer.

La excitaba mucho verse con cuatro manos para ella. Era increíble lo que

se relajaba facilitando en todo momento nuestros juegos.

Le introdujo los vibradores, mientras yo le puse mi miembro en su boca

para que me lamiera un poco. Se volvió loca mordisqueándolo y moviendo su

boca como podía, ya que estaba atada y no podía usar sus manos.

Lolo comenzó a pasarle el succionador de clítoris para ayudarla con los

aparatos que tenía dentro, y cada vez que lo hacía, ella se ponía más excitada

y jadeante. Era todo un espectáculo para mis oídos, vista y sentido.

La hizo correrse manteniéndole sus piernas rectas para que no se moviera y

fuera más apoteósico el placer.

Estábamos para ella como había fantaseado durante todo este tiempo, pero

es que era insaciable, incansable. Quería mantener un ritmo en el día de hoy

que ni yo sabía cómo acabaría. Dejamos que se repusiera un poco.


Capítulo 62

Paul

Después de un día lleno de actividades y sin un momento de descanso, se

había acomodado entre nosotros dos para dormir. Habíamos tenido un día de

lo más intenso, en el que no nos faltó nada por hacer, al menos con los

medios que teníamos hasta ese momento. Sin embargo, lo que no se

imaginaba era la sorpresa que estaba a punto de llegar en cuestión de

minutos, algo que ya venía de camino.

Desayunábamos en el jardín cuando de repente sonó el timbre de la puerta

y ella arqueó la ceja. Lolo riendo y moviendo sus manos rápido en plan

nervioso fue a abrir, mientras Lara miraba sin entender nada, hasta que lo

entendió todo.

—¡¡¡No me jodas!!! —gritó levantándose y corriendo hacia Natalia y Leila

que habían venido con Lolo, pero se quedaron en un hotel para que el primer

día fuera para los tres en una primera toma de contacto.

Se dieron un abrazo las tres y hasta se dieron picos. Me moría viendo a mi

niña tan relajada y feliz con las otras chicas, con quienes también había

vivido momentos impresionantes. Lara, que siempre fantaseaba con tener una

orgía con ellas, sabía todo lo que había vivido yo, así que ahora era el

momento perfecto para que ella pudiera disfrutar de esos momentos que tanto

deseaba experimentar al menos una vez en la vida, como solía decir.

—Marido, ¿en serio?


—Tú lo querías —sonreí abrazando a Natalia y luego a Leila.

Acomodamos a las chicas en la habitación donde Lolo tenía sus cosas, que

contaba con una cama gigante de matrimonio, donde cabían seis personas

tranquilamente, esta casa era una lujuria y estaba preparada para todo.

Se sentaron a desayunar con nosotros y, como siempre, Leila, que era la

más perspicaz para estas cosas, no dudó en meter la mano entre los muslos de

Natalia y Lara. Desde donde estaba, vi cómo Lara abría las piernas, como si

estuviera dando a entender que estaba dispuesta a lo que fuera. Al menos, eso

fue lo que me había dejado claro en otras ocasiones.

Lolo me lanzó una mirada cómplice y su sonrisa decía más que mil

palabras. Sabía que la situación iba a volverse bastante intensa.

—Quiero decir algo —murmuró Leila que no dejaba de acariciar las

entrepiernas de las chicas a las que tenía a cada lado—. Estos días que vamos

a pasar aquí, somos almas libres y nos trataremos todos con igualdad.

—¡Bien dicho! —Aplaudió emocionada Lara—. Yo ya he tenido en Las

Vegas y en Bora Bora mi luna de miel soñada, esto tiene que ser unas

vacaciones alocadas. ¿Con cuántos días contamos?

—Ocho, vamos a estar ocho días —le contestó Natalia, y ella sonrió feliz.

—Lo que quería decir es que no siempre podremos coincidir los cinco en

una misma situación, pero eso no impide que podamos disfrutar de la

compañía de cada uno de nosotros de manera individual, ya sea en la piscina,

en la cocina o en un calentón.

—Si es que tienes unas ideas magníficas —dijo Lolo que era el único que

no estaba en pareja.

Natalia estaba de lo más risueña y me miraba con esa carita que hasta de

vez en cuando se sonrojaba. Me apetecía tocarla, pero eso sería más tarde,

aunque obviamente también a Leila que era toda una tentación, pero la que
más, mi mujer, esa que estaba de lo más suelta y disfrutona dejando que las

chicas la tocaran cariñosamente mientras desayunaba.

Las chicas estaban locas por conocer la habitación de arriba, ya que Lara

les estaba hablando de ella. Así que, cuando terminamos de desayunar,

recogimos todo y nos fuimos para allá.

—Joder, qué de cosas, yo quiero probarlo todo —decía Natalia, dando

saltitos como una niña pequeña.

Nos dirigimos a la piscina de la terraza y las chicas se desnudaron sin

perder el tiempo. Eso era una locura para cualquier hombre. Tres bellezas en

todo su esplendor.

Lolo descorchó una botella de vino blanco y puso las copas alrededor de la

piscina, y también música de fondo.

Las chicas hablaban en un rincón de la piscina mirando hacia el mar y

nosotros nos sentamos en la esquina del borde charlando relajadamente

mientras tomábamos el vino.

—Tu mujer es un punto —me dijo Lolo mientras miraba hacia ellas.

—Tremenda, es tremenda y a mí me tiene loco. Y ayer me dejó más loco

aún con lo suelta que estaba.

—Y mira ahora, no se achanta, con las chicas desnudas y se dan unos roces

que me estoy poniendo malo.

—Ya te digo, pero dejémoslas a ver hasta dónde llegan, que ver la película

desde aquí también tiene su punto.

Leila comenzó a acariciar los pechos de Lara mientras Natalia le metía la

mano por su entrepierna. Solté el aire y también escuché un rebufo de Lolo,

nos estábamos calentando a más no poder.


Las chicas nos miraban sonrientes y en plan provocación, pero la escena

era tan perfecta que queríamos seguir disfrutando de ella.

Fueron subiendo de nivel y enroscando las bocas unas con otras. Natalia le

estaba tocando el clítoris a Lara que gemía echando la cabeza hacia atrás

mientras Leila le seguía pellizcando los pechos y lamiéndoselos.

Le hice una señal a Lolo y le pasé uno de los preservativos que teníamos en

una cestita en el borde de la piscina. Nos los pusimos y fuimos a por las

chicas; yo me coloqué detrás de Leila y él se puso detrás de Natalia, que eran

las que estaban jugando con Lara. Miré a mi mujer y le lancé un guiño. Ella

sonrió.

Le hice un gesto a Leila para que levantase un poco sus caderas, y en

cuanto lo hizo, sujeté su cuerpo mientras colocaba mi pene en la entrada de

su vagina.

La penetré como también lo hizo Lolo con Natalia. Las chicas aceleraban

el ritmo con Lara, que gemía mirándome descaradamente.

Fue un momento de pura locura, con una energía desbordante por parte de

todos que podía sentirse en el aire. Las chicas chocaron sus manos cuando

terminamos, algo que parecía increíble, pero la verdad es que me tenían tan

encantado como a Lolo, quien lo reflejaba en su mirada.

—Os propongo algo —murmuró Leila levantando su copa y dirigiéndose a

las chicas—. Podríamos disfrutar de un masaje cada una por parte de las otras

dos. Cosa exclusivamente de chicas.

—¡Me niego! —grité causando una carcajada en todos.

—Tú no te puedes negar. Este es mi regalo de bodas y lo pienso disfrutar

de mil maneras. Así que, chitón. —Se llevó el dedo a la boca en señal de que

me callara.

Ellas iban a su aire, y con esas tres no íbamos a poder llevar las riendas del

asunto, y menos con una Leila que tiene una personalidad fuerte y
concienzuda, pero, de todas formas, lo íbamos a disfrutar igual.

Mientras ellas bailaban al ritmo de la música, riendo y disfrutando de sus

bebidas en la piscina, Lolo y yo hablábamos de nuestras cosas, temas como el

deporte y su empresa de seguridad. A pesar de estar entretenidos en nuestra

conversación, no podíamos evitar observarlas; se notaba que se estaban

divirtiendo a lo grande, compartiendo besos, caricias y un sinfín de coqueteos

que hacían la escena aún más animada.

—Y yo que pensaba que a mí nunca me podría poner una mujer —me dijo

a gritos Lara, causándome una risilla floja—. De aquí me voy con las piernas

como el Arco del Triunfo.

Se fueron hacia dentro dispuestas a buscar ese masaje que querían darse

entre las tres. Nosotros nos quedamos fuera, sentados en la hamaca y con las

cristaleras abiertas viendo cómo comenzaban con Lara, que era la que menos

experiencia tenía y así luego sabría cómo actuar.

No se achantaba ante nada; abría sus piernas flexionadas en amplitud para

que la tocaran fácilmente. Le lamieron sus partes, le masajearon todo su

cuerpo y le hicieron tener dos orgasmos, uno tras otro.

Luego le tocó el turno a Leila, que ni siquiera había tenido tiempo de

tumbarse en la camilla cuando ya estaba Lara disfrutando de sus partes

íntimas. No podía creer lo que estaba viendo, me tenía completamente

asombrado.

Estaban disfrutando de una manera increíble y, para colmo, utilizando

dispositivos que incluso succionaban en la vagina. Se lo estaban montando a

lo grande.

Natalia era la más nerviosa y tocaba a la vez que le tocaban, no paraba

quieta. Lolo y yo teníamos un calentón que se podía ver en nuestros

miembros.

Cuando terminaron, se fueron a la piscina de lo más felices, pero frenamos

a Leila. Bueno realmente fue Lolo quien la cogió de la muñeca parándola en


seco.

—Nos toca a nosotros, ¿no? —le preguntó este llevando su vista a su

miembro.

—Rifaros el agujero. —Me hizo un guiño.

—Yo te doy por detrás —dijo Lolo haciéndome un gesto de que me

levantase.

Me puse delante de ella, la penetré y Lolo hizo lo mismo desde atrás.

Cuando miré hacia la piscina, vi a Natalia y Lara comiéndose la boca y

tocándose los pechos, eso me hizo ponerme más cachondo y acelerar el ritmo

mientras apretaba los pezones de Leila.

Nos esperaban unos días muy intensos, y yo estaba dispuesto a vivirlos.

Bajamos a la cocina y, siguiendo lo que habíamos acordado, solo

llevábamos la parte inferior de la ropa interior. Allí, entre risas y un ambiente

relajado, nos pusimos manos a la obra para preparar la comida.

Había ciertas reglas que debíamos seguir, como el hecho de que solo

podíamos estar con la parte baja de la ropa interior o completamente

desnudos. Cada noche, nos dividiríamos en dos habitaciones, la mía y la de

Lolo. Un día nos tocaría pasar la noche con dos chicas y al siguiente con una

sola, alternando para que cada noche fuera diferente. Otra de las reglas era

que podíamos ir a la habitación del sexo en grupo, o Lolo y yo podríamos

estar con una de ellas a la vez, pero también tendríamos la oportunidad de

disfrutar de momentos con las tres en diferentes ocasiones. Las chicas, por su

parte, también podían hacer lo mismo entre ellas. La idea era que esos días

fueran de total libertad, donde todos pudiéramos disfrutar y experimentar a

nuestro ritmo.

Hoy habíamos decidido preparar un almuerzo a base de comida mexicana

y, entre todos, nos organizamos para prepararla rápidamente. En un abrir y

cerrar de ojos, tuvimos todo listo y lo servimos en la mesa del salón, que era

bastante espaciosa y perfecta para disfrutar de la comida juntos.


Bebimos cerveza Coronita que era la perfecta para esa comida. Lo que nos

reímos no tenía precio. Natalia estaba disparatada relatando su lista de deseos

para estos días.

—En serio, quiero que me atéis y me hagáis barbaridades.

—No te la juegues, cariño —le dijo Leila, advirtiéndola de que eso podía

tener unas consecuencias brutales.

—Quiero jugármela, quiero estar en ese cuarto atada y que entréis de uno

en uno, luego en grupo y como os venga en gana, pero quiero ser vuestra

sumisa por unas horas y que me hagáis de todo lo inimaginable.

—Pues nada, tus deseos serán cumplidos —contesto Lara dando un golpe

sobre la mesa.

—Claro que sí, la veo probando hasta el burro —dijo Leila, y Lolo y yo la

miramos pensando que no era posible que propusiera eso sutilmente.

—¿Qué es el burro? —le preguntó curiosa Natalia, y Lara miraba atenta

para saber también de qué se trataba.

—Es cuando intervienen tres o cuatro personas para satisfacer a otra, pero

en un nivel demasiado fuerte y agotador. Casi inmovilizador. La presión, el

dolor y el placer van de la mano todo el tiempo.

—¡Me la juego! —gritó Lara dejándonos a todos alucinados.

—Y yo, y yo —decía Natalia—. A mí no me da miedo el placer mezclado

con el dolor, es más, me gusta muchísimo. Diría que demasiado.


Capítulo 63

Paul

Habíamos hecho un sorteo con papeles y esta noche le tocó dormir a Lolo

con Leila y Lara, y a mí con Natalia.

A todas les pareció perfecto y estaban de lo más animadas, pero cuando me

despedí de mi mujer con un beso, vi cierto recelo.

Natalia fue la primera en entrar en la habitación, y yo tras ella. Cerré la

puerta detrás de nosotros y la pegué a mí, dándole un beso de tornillo. Entre

los dos había una cuenta pendiente de la que jamás hablamos, pero la verdad

es que nunca nos despedimos como se debía, y esta noche parecía la ocasión

perfecta para hacerlo.

A ella se le notaba que le ponía muchísimo y se seguía sonrojando con mis

roces. La pegué bien a mis caderas moviéndome de manera que la excitara

más.

No hablábamos, no hacía falta. Había tensión acumulada entre nosotros,

aunque, eso no significaba que amasemos menos a nuestras parejas.

Me senté en el filo de la cama y la puse sobre mí de lado, después de

haberle quitado la braguita. Metí mi mano entre sus piernas y echó la cabeza

hacia atrás al sentir esa excitación que le causaba con mis manos.
El tacto de su piel me traía demasiados recuerdos, reconozco que me estaba

encantando volver a disfrutar de ella. Le mordisqueaba el labio y el pecho a la

vez. No iba rápido, ya que quería que disfrutásemos de un buen rato de

preliminares y tensión.

Se bajó y se puso de rodillas entre mis piernas para lamer mi miembro. Le

recogí el pelo en mi mano para ir indicándole la intensidad. No quería llegar

al clímax, solo era un poco de excitación para elevar el nivel de intensidad.

Hice que se volviera a poner de pie y la tiré sobre mí echándome hacia

atrás. La abrazaba con caricias mientras nos besábamos como lo hacíamos en

el pasado.

Ella se movía buscando su placer y dándome el mío. Era una situación

especial en la que los dos podíamos por unas horas volver a ser lo que un día

fuimos.

La hice poner abajo y bocarriba para lamer cada rincón de su cuerpo y que

esta disfrutara de la sensación que un día tuvo. Gemía y temblaba de placer,

mientras yo la penetraba con mis dedos, untados de aceite, por ambos

orificios. Quería más, pero yo deseaba alargar el momento, así que supe cómo

ir subiendo y bajando para empeorar la situación, llevándonos al límite.

La hice poner bocabajo y me puse encima, penetrándola por detrás

mientras le hacía presión en la espalda para que no se moviera. Gritaba de

placer mientras yo la iba penetrando.

Me moví unos segundos en su interior para luego salir. Ella cada vez estaba

peor y me suplicaba que la llevara al clímax, pero a mí me encantaba verla en

esa tesitura y no se lo iba a poner fácil.

La hice sentar sobre mi miembro de cuclillas, y ella se movía rápidamente

mientras con mi dedo pulgar le acariciaba su clítoris, pero para aumentar el

placer, no para llevarla aún al orgasmo. Quería hacerla enloquecer.

Le indiqué que se levantara y la recosté frente a mí, la rodeé con mi brazo

agarrando sus nalgas mientras la besaba con intensidad y con la otra mano
pellizcaba duramente sus pechos.

—Por favor, Paul, luego seguimos, pero necesito un orgasmo.

La tiré bocarriba, le abrí las piernas, metí mis labios en su zona y comencé

a mordisquear su clítoris haciendo que se agarrase a las sábanas con fuerza.

La llevé a un orgasmo que la dejó laxa por completo sobre la cama. Le había

penetrado a la vez con tres dedos que llegaban a sus profundidades.

Cuando recuperó fuerzas, la puse a perrito y la penetré por la vagina. Me

agarraba duro a sus caderas dándole algún que otro azote que ella recibía

convirtiéndolo en un jadeo.

Nos metimos en la ducha que había en la habitación, y la masajeé con la

esponja y el gel. Su preciosa sonrisa indicaba lo cómoda que se sentía.

—Nunca te he dejado de amar, solo acepté que no eras para mí —me

confesó, dejándome en shock.

—Pero se te ve feliz con Leila.

—Lo soy —sonrió—, pero solo quería que supieras que nunca te he dejado

de amar y que lo que estoy viviendo ahora contigo es para mí muy bonito y

fuerte.

No sabía qué contestar, así que la besé bajo el agua que caía sobre nuestros

cuerpos. De nuevo lo volvimos a hacer, pero de una manera más pasional,

menos sexual, aunque igual de excitante.

Nos tumbamos en la cama y se echó sobre mí. La tapé con las sábanas y la

abracé.

—Tú también has sido algo muy bonito en mi vida —dije dándole un beso

en la coronilla.

Nos quedamos dormidos en un profundo abrazo y el cansancio del día que

habíamos vivido.
Debían de ser las ocho de la mañana cuando abrí los ojos y aún la tenía

sobre mí con su mano rodeando mi cintura. Abrió los ojos al presentir que yo

estaba observándola. Sonrió.

—¿Hasta qué hora tenemos de inmunidad? —preguntó sonriendo.

—Creo que disponemos de un ratito aún —murmuré y le besé los labios.

—Ojalá pudiera parar el tiempo —contestó besándome y dejándome un

poco sobrecogido.

Le acaricié el cabello y fui bajando mi mano por su espalda hasta pararme

en las nalgas, en las que me recreé un poco. Ella no dudó en girarse y ponerse

bocarriba con las piernas abiertas y flexionadas. Me puse en medio y

comencé a dar lamidas en su zona. Con calma y subiendo de intensidad, al

igual que la excitación de ella.

Se corrió en mi boca y luego la penetré moviéndome lentamente sobre ella.

Fue un momento muy personal entre ambos, que nos mirábamos

reviviendo una situación del pasado que nos tenía atrapados en estos

instantes.

Nos duchamos antes de salir a la cocina, donde ya estaban los chicos

preparando el desayuno. Lara al verme vino hacia mí y me abrazó con fuerza.

—¿Has disfrutado? —le pregunté acariciando su cara.

—Sí, pero yo a ti no te pienso preguntar lo mismo —dijo riendo y

tirándose en mi pecho.

Nos sentamos en el jardín a desayunar. Lolo estaba de lo más bromista

diciendo que con esas dos locas juntas no dormía más.

—Chicas, propongo algo —dijo Natalia.

—Miedo me da. —Se persignó Lolo.


—De miedo nada, porque no es para contar con vosotros dos. Las chicas

nos vamos de compras en plan salida de amigas.

—Ah, bueno —dije yo riendo y mirando a Lolo en plan broma.

Las chicas se emocionaron con esa propuesta, y comenzaron a planear

cómo irse tal y como terminaran de desayunar. Estaba claro que Lolo y yo

nos iríamos a la playa a tomar algo y darnos un baño. Además, que había una

zona muy bien preparada para hacer deporte al aire libre, así que iríamos a

dar un poco de entrenamiento a nuestro cuerpo.

No tardaron en prepararse monísimas y se despidieron dándonos un beso

cada una en los labios a los dos, y bromeando que lo mismo conocían a unos

millonarios de esos sexis y no volvían más.

Lolo y yo nos fuimos a hacer un poco de deporte. Había más gente usando

esas máquinas que había y que tenían unos cuerpos espectaculares. Esta zona

era la típica donde la gente exhibía orgullosos sus músculos.

Cuando terminamos, nos dimos un baño en la playa antes de tomarnos una

cerveza en una terraza que estaba de lo más ambienta. Esto era Miami y

había que gozarlo de todas las maneras posibles.

Lolo me confesó algo que no me esperaba, y es que estaba pillado por

Leila, que tenía algo con ella que iba más allá de un calentamiento y que

notaba que ella también, pero como estaba muy ilusionada con Natalia, él

perdía las esperanzas.

Me dejó sobrecogido esa revelación por parte de Lolo. Era una gran

persona, con un corazón de lo más noble y eso que representaba un tipo

fuerte, atractivo y seductor, pero nada que ver con esa imagen que podía dar

de primera impresión. Era un hombre que amaba a una mujer y se

conformaba con estos ratos de pasión, que, como decía, no se había visto en

otras mejores.

—Para serte sincero, no creo que Natalia esté realmente enamorada de

Leila. La veo como que siente esa atracción de experimentar algo nuevo en su
vida, pero no creo que sea la persona con la que quiera establecer una

relación duradera —le dije.

—Yo he pensado lo mismo, pero al final del día, están juntas y se ven

felices. Tal vez con el tiempo, esa cercanía les ayude a tener sentimientos más

profundos y terminen realmente locas la una por la otra.

—Puede ser, pero no lo veo —me sinceré.

Decidimos pedir un par de tacos que habíamos visto que pusieron en la

otra mesa, y que nos llamaron la atención. Justo al lado, había un grupo de

chicas que parecían haberme reconocido, y de repente, una de ellas se atrevió

a pedirme una foto con ellas. No había lugar en el mundo en el que poder

esconderme.
Capítulo 64

Lara

Aquella mañana salimos las tres a quemar tarjeta. Queríamos airearnos y

darnos una alegría para el cuerpo comprando modelitos, aunque las

verdaderas alegrías que les estábamos dando a nuestros cuerpos eran otras.

Veníamos de quedarnos paradas en el escaparate de una boutique, que nos

dejó pegadas a él.

—Yo quiero ese outfit, Paul se va a volver loco cuando me vea con él.

—Créeme que ese se volverá más loco cuando te vea sin él.

—Tienes razón, Natalia. Pero quiero que sea mío.

—¿Paul? Si ya le tienes comiendo de tu mano, ¿qué más pretendes de él?

Has logrado hasta que te jure amor eterno. —Volteó los ojos.

—Servirías para actriz. Qué melodramática. Prefiero que me jure sexo

eterno.

—Ese no nos puede faltar —añadió Leila—. Venga, entra ya y te lo llevas.

Se trataba de un short vaquero monísimo con unas puntas de encaje

rematándolo, de lo más sexi, y una camiseta a juego. Un conjunto ideal para

lucir por Miami.


—Toma ya, mira las piernas que le hace —le comentó Natalia a Leila.

—Pues anda que el escote de la camiseta, normal que tenga al irlandés

babeando.

—Lo tiene al rojo vivo, echando fuego todo el día.

—Pues como todos los demás, capullas, que os estoy escuchando. ¿Me lo

llevo entonces?

—Es que, si no te lo llevas, te damos de palos. Venga, que te lo envuelvan

para regalo.

—Si es para mí.

—¿Y qué? Te lo regalamos nosotras.

—Oíd, mucho regalo, pero no paráis de mirarme las tetas. Parad ya, no me

seáis cabronas.

Las veía con muchas ganas de guerra. Y eso que todavía no habíamos

llegado a ese templo de las compras de lencería erótica que es Victoria’s

Secret.

—¡Para dentro que vamos! —dijeron tirando de mí cuando llegamos.

—No sé a dónde mirar, es que me gusta todo.

—Pero lo que más, nosotras dos, ¿a que sí? —Me miraron poniendo

morritos.

—Solo faltaba que diéramos aquí un escándalo.

—¿Un escándalo? No, que el silencio también tiene su punto, no todo se

reduce a los gritos.


—Lo dicen las que no gritan en el sexo, que nos tenéis puesto un hilo

musical que no veáis, sordos nos vais a dejar a todos.

—Claro, como que tú no gritas. Pero aquí podemos hacerlo calladitas. —

Miraban a los probadores.

—No me lo puedo creer. No calláis ni debajo del agua. Seguro que nos

detienen por escándalo público.

—Ojalá, así nos lo montamos en el calabozo delante de los polis. Íbamos a

empalmar a la comisaría entera. ¿Nunca lo habéis hecho en un sitio así?

—No, Leila. Y, la verdad, eso no sé si me mola.

—Pues las esposas y el resto de los juguetes bien que te gustan.

—¿Podéis decirlo un poco más alto? Creo que el de seguridad de la puerta,

no se ha enterado.

—Joder, pues anda que no está bueno. Llámalo y ya verás cómo se entera.

—Y menuda porra que tiene.

—Y tú no te refieres a la del uniforme, guarrilla, ¿a qué no?

—Pues claro que no. Es que la otra se le marca. Menudo paquete, si parece

un torero ahí con los pantalones ajustados.

—Vale, vale, que el tío está trabajando.

—Pues tú, si te vas a probar algo, cógelo ya, que nosotras te vamos a hacer

también un trabajo en el probador.

—Esto es coacción.

—Esto es gusto.
La complicidad era total, y Natalia me estaba pellizcando el trasero como

quien no quería la cosa. A mí me estaba poniendo. Entre que hacía calor y

que las dos se me aproximaban mucho, casi acorralándome, como que me

faltaba el aire.

—Muy juguetonas os veo a las dos esta mañana.

—¿Juguetonas? Eso lo estarán otras. Nosotros lo que estamos es cachondas

perdidas.

—Y se nota, y se nota…

—Tira para un probador, y te lo demostramos.

—Joder, esperad un momento, que no puedo ni elegir. No sé qué narices

quiero.

—¿No? Pues esta y yo lo tenemos claro…

Apenas si me dio tiempo a tirar de un bodi totalmente transparente que

pondría a Paul taquicárdico. Nos metimos con él en el probador, que menos

mal que no era demasiado estrecho, y ya las tenía encima.

—Un momento, que me lo voy a probar.

—Eso es lo que queremos nosotras, probarte.

No me dio tiempo a decir nada más porque ya tenía los labios de Natalia

aprisionando los míos. El bodi cayó al suelo mientras que Leila iba metiendo

las manos por la parte inferior de mi vestido en busca de mis bragas.

Poco a poco, fui soltando el aire de mi interior.

—Me ponéis a mil, joder, vaya dos —murmuré cuando Natalia dejó mis

labios para meter sus manos en mi escote.


Fue ella quien tiró de mi vestido y me dejó en ropa interior. También cayó

al suelo y le di una patada para no pisarlo, momento que aprovechó Leila para

sujetar mi pierna en el aire e ir subiendo por mi muslo, mientras su lengua

parecía derretirse sobre él en dirección a mi sexo.

—Joder, que voy a echar a hervir, qué calor…

Natalia me echó aire en el rostro y, a continuación, volvió a mi escote.

—Y luego los brutos son los tíos, menos mal.

Se lo dije porque tiró de mi sujetador y lo partió. A Leila le dio la risilla

maliciosa y le siguió el juego, tirando de mi tanga con los dientes hasta

partirlo también.

—Eso, vosotras no os cortéis.

—¿Es que no has visto dónde estamos? Te puedes comprar todo lo que

quieras, es el puto paraíso, así que calla. —Me puso los dedos en los labios,

de lo más insinuante.

No dudé en llevarlos hacia el interior de mi boca donde los lamí. Veía la

excitación en sus ojos mientras lo hacía.

Luego, sacó los dedos de mi boca y, sin pensarlo, los introdujo

directamente en mi vagina.

—Eso, tú no te cortes —le dije mientras entraba directa hasta hacer tope,

con un movimiento de dedos que me volvía loca.

—¿Cortarme? Ven aquí. —Tiró de mi pelo y le ofrecí la más sugerente y

morbosa de las sonrisas, mientras comenzaba a besarme.

Al mismo tiempo, Natalia amasaba mis senos con sus manos, los miraba

como si fueran un oscuro objeto de deseo en el que deseaba perderse. Y así lo

hizo, metiendo su cabeza.


La forma en la que la punta de su lengua rozaba mis pezones me hacía

hervir mientras que me los endurecían hasta que sobresalían una barbaridad.

—Ten cuidado con eso, que te pueden sacar un ojo —decía la otra

cachonda.

—No paréis, no paréis…

—Esta era la que no quería entrar…

No puede evitar el hecho de comenzar a jadear. Me cuesta mucho

mantenerme silenciosa cuando estoy sintiendo un placer tan intenso, como en

ese momento, y pronto escuchamos los pasos de una de las dependientas,

cuyos finos zapatos de tacón nos anunciaron que estaba al otro lado de la

puerta.

—¿Estáis bien? ¿Os puedo ayudar en algo? —nos preguntó extrañada.

—Falta no nos hace, pero si quieres entrar, entra, y te llevas también lo

tuyo —le dijo Natalia sin pelos en la lengua.

Todas las dependientas eran muy finas y elegantes. Para mí que debió

escandalizarla, porque no dijo nada más y la escuchamos marcharse.

—Nos van a decir cuatro cosas cuando salgamos, cabronas.

—Sí, claro, y nos van a cobrar el alquiler del probador también, no te

digo…

Me tenían excitadísima entre las dos. La humedad de mi vagina resbalaba

hacia mis muslos y eso no era algo que se le pasara por alto a Leila, quien

metió su lengua mientras que sus dedos dibujaban círculos sobre mi clítoris.

Si a ello le uníamos que Natalia estaba alternando los lametones en los

pezones con unos pellizcos que también me ponían muchísimo, comencé a

notar cómo mi corazón bombeaba sangre a toda pastilla y esas contracciones

que indicaban la cercanía de un orgasmo que les anuncié a gritos.


—Ahora sí que nos detienen —decía Leila mientras que Natalia me calló

con un beso largo y húmedo, que llevó a su lengua a entrelazarse con la mía.

—Vais a acabar conmigo —les aseguré en el momento en el que me quedé

laxa, después de haber disfrutado de un orgasmo largo e intenso que me llegó

en aquel probador, en el último lugar en el que lo esperaba.

—Venga, venga, que esto no ha sido nada…

—¿No? ¿Y vosotras qué?

—Nosotras te lo hemos provocado, ¿o es que te ha entrado amnesia de

golpe?

—No, lo que me ha entrado ha sido un golpe de calor. ¿A vosotras no?

Venga, a despelotaros también.

—Pues menudo problema…

Las dos lo hicieron de inmediato, y entonces fui yo quien me dispuse a

devolverles el favor. Tenía a tiro la delantera de Natalia y mi mano se fue

hacia el sexo de Leila, el cual encontré tan húmedo como el mío.

—Joder, qué manos tienes —murmuró ella cuando despegué sus labios

vaginales y me fui abriendo camino hacia su estrecho canal, el cual ya estaba

empapado.

—Y qué boca, no se te ocurra parar —me pedía Natalia mientras mi lengua

erizaba toda su piel a la par que eran sus senos los lamidos en ese momento.

Me mordisqueé el labio inferior con el superior. No pensaba moverme de

ese probador hasta haberles devuelto a ambas el favor que me hicieron. Lo

sabían muy bien, porque había mucha química entre nosotras y ya me

conocían.

La primera que se corrió fue Leila, porque enseguida me dediqué a

masajear su clítoris con mi lengua mientras con las manos acariciaba los
senos de Natalia, quien también jadeaba lo suyo.

Una vez se hubo corrido, me fui igualmente para el sexo de Natalia y lo

saboreé mientras que Leila la abrazaba desde detrás, acariciándole todo el

cuerpo.

—Cómo me estáis poniendo, voy a arder aquí mismo por vuestra culpa.

—Solo nos faltaba prenderle fuego al Victoria’s Secret. Al final nos

hacemos virales.

No se lo había terminado de decir a Leila, cuando tuvo que besarla para

cortar sus gritos. También se estaba corriendo mientras que las piernas le

temblaban hasta un punto que parecía que no la sujetarían más.

—Creo que hasta me he mareado —decía muerta de la risa mientras se

sentaba después.

—Pues digo yo que habrá que comprar algo, porque a las dependientas

debemos tenerlas contentas —les comenté.

—Contentas nos vamos a ir nosotras. Y esto es solo para abrir boca. Luego

cogeremos a esos dos por banda y los exprimiremos.

—Sí, pero antes vamos a provocarles un infarto con la ropita que nos

llevemos.

—Esos dos ya han visto de todo. Tienen el corazón a prueba de bombas.

—Una buena bomba es la que tiene cada uno entre las piernas, que se

ponen a bombear y… Joder, qué calor.

Un poco más y, con el cachondeo, abrimos el probador desnudas como

estábamos. Al final, salí a por unos cuantos conjuntos y entré con ellos.

—Son para las tres, una cucada total.


—Si tú lo dices, nos los llevamos y punto, que yo sigo mareada y paso de

probarme nada.

—Ni falta que hace. Vais a estar increíbles con ellos.

—Increíbles ya somos. Vaya tres que nos hemos venido a juntar.

Salimos con los modelitos y pedimos que nos los cobraran.

—A esto invito yo, chicas.

—Mira, Natalia, si lo llego a saber me llevo diez más.

—Pues vamos a entrar en el probador otra vez.

Ya estaban a punto de entrar. Tenían mucho peligro y cada vez que nos

juntábamos las tres, cualquier cosa podía pasar. Me di cuenta de esto desde el

instante en que las vi llegar a la casa durante mi luna de miel.

Mientras nos tomábamos un aperitivo después de salir de la tienda, íbamos

pensando en la que les liaríamos a los chicos cuando llegásemos.

Aquella luna de miel estaba resultando un verdadero escándalo y nos lo

estábamos pasando de vicio, nunca mejor dicho.

Con las dos me compenetraba a la perfección, y todavía no nos habíamos

puesto la mano encima cuando sabíamos cómo calentarnos más que a una

estufa. Calentita fue la conversación y también la llegada a casa, porque todas

lo llevábamos en la cabeza, aparte de que sabíamos que a ellos les pondría

muy duros que les contáramos con pelos y señales la que habíamos liado en

el probador.
Capítulo 65

Lara

Nos pusimos finas en el aperitivo, en el cual comenzamos a pedir unas

tapas y unas copas de vino.

—Es que entra solo —les decía yo mientras disfrutábamos de las vistas

de la terraza de aquel bar tan chulo que miraba a la playa.

—Tú lo que estás deseando es que te entre otra cosa, guarrilla. Termina

ya y nos vamos, que tengo unas ganas de sexo que me muero.

—Esta es la que estaba mareada, menos mal. Venga, que nos vamos ya.

—Y tú eres la que no tiene ganas de llegar. Anda que no.

Los chicos estaban en el jardín, metidos en la piscina, y con sendas copas

en la mano cuando llegamos.

—Creíamos que no llegabais para comer.

—Ay, Paul, es que tu mujercita y nosotras ya hemos comido. —Se agachó

Natalia a decirle.

—¿Qué es lo que habéis comido?

—Espera, que se lo cuento.


Me agaché y se lo solté bajito en el oído. Pese a que estaba metido en el

agua, noté cómo se venía arriba, pues se le fue levantando la tela del

bañador.

—Joder —murmuró.

—Yo también quiero saberlo.

—Ay, que Lolito se nos pone celoso. Te lo vamos a contar nosotras…

Las dos se fueron hacia él y se lo contaron, una en cada oído.

—Y ahora, ¿qué hacemos nosotros con estas tres? —le preguntó a Paul.

—Pues un gazpacho —le solté.

—¿Tú sabes lo que es un gazpacho, Paul?

—¿Este? Este sabe más de lo que le han enseñado —le aseguré.

Los dos salieron de la piscina con ganas de que nos liásemos de

inmediato, pero no era eso lo que estaba en nuestros planes.

Queríamos que se demorase más el momento, aumentar mucho más el

morbo, y nos quedamos allí, dándoles más pistas de lo que estábamos por

hacer. Las tres bebíamos sin control y ellos iban tragando saliva

ruidosamente cuando les describíamos lo que teníamos pensado.

Los dos nos observaban. También eran muy cómplices y especialistas en

darnos placer sin freno. Un rato después, las tres notábamos correr el

alcohol por nuestras venas y ese efecto que produce, desinhibiéndonos al

máximo, aunque no era algo que nos hiciera falta.

Los chicos se pusieron en pie y las ganas les salían por la punta de las

orejas. Habíamos sido muy malas y los habíamos llevado al límite con

nuestros comentarios. Mucho estaban aguantando, había que reconocerlo.


—Alto, no tan deprisa, que antes vamos a hacer una cosa.

—Sí, un desfile—soltó Leila junto con el típico hipo de cuando estás

piripi.

—Leila, no seas bocazas.

—Si lo van a ver igual.

—Sí, sí, van a flipar viéndonos a las tres. Vamos a dejar a las angelitas

esas de Victoria’s Secret en bragas. Ah, mira, y tanto que en bragas. —Nos

dio por reír a carcajadas, sin ningún tipo de control, totalmente borrachinas

y con unas ganas imponentes de pasarlo bien.

Nos fuimos al interior de la casa. Al final nos habíamos llevado un

montón de modelitos que eran de lo más sexi, todos en negro y rojo.

—El primer pase lo vamos a hacer así. —Elegí los tres modelos, aunque

creía verlos doble. Pero no, los volví a contar y eran tres.

El mío era el bodi negro de las transparencias que al final me llevé. Los de

ellas eran en rojo pasión.

—Más bien es rojo putón —me corrigieron cuando se lo dije, tirándose

sobre la cama.

Eran muy parecidos, con algunas diferencias en el sujetador y con el

cierre del tanga distinto: uno con lazos rojos cruzados y el otro con un

finísimo encaje que seguía la línea que separa una nalga de la otra.

Salimos las tres juntas y nos pusimos a desfilar. Aunque, nos cogimos por

los brazos porque íbamos con altos zapatos de tacón, más de un tropezón

dimos. A los dos se les salían los ojos y lo que no eran los ojos, pues algo

comenzó a salir por encima de sus bañadores.

—¡Se acabó el desfile!


Lo exclamaron mientras que se nos echaron encima. No se les veía la más

mínima intención de dejarnos escapar.

Paul me tenía cogida por detrás y comencé a patalear. Lolo cogió a las

dos chicas, cada una por un brazo. Ellas no patalearon, sino que se le

acercaron y comenzaron a besarle.

—He muerto y estoy en el jodido paraíso.

—Claro, por eso estás viendo angelitas.

—Vosotras tenéis de angelitas lo que yo de cura —decía Lolo sin perder

esa adorable sonrisa que tenía.

Tenía para las dos. Ya las estaba comenzando a acariciar por todas las

partes de su cuerpo. Paul hizo lo mismo conmigo, solo que me soltó y

entonces me cogió desde atrás, para que no me perdiera detalle de lo que

estaba sucediendo con ellos.

El sexo a cinco me resultaba tan morboso que aún no me había tocado y

ya me tenía chorreando por completo. Las chicas se relamían y yo sentía mis

pezones duros y toda la piel de gallina mientras que Paul comenzó a bajar

lentamente y me retiró el bodi.

Ya desnuda, iba contemplando cómo también Lolo las desnudaba en un

momento. Bien sabíamos de antemano que esos conjuntitos serían un «visto

y no visto» en nuestros cuerpos.

Paul se agachó detrás de mí y, mientras comenzó a acariciar mi clítoris

con sus dedos, me estremecí al notar cómo llevaba su lengua hacia mi sexo

y la metía en él. Poco a poco, fui soltando el aire de mi interior como si así

lograra tener más cabida, librándome de esa presión que me oprimía por la

mucha excitación.

En momentos así, notaba cómo el corazón se me iba desbocando y era

lujuria la que encontraba en los ojos de todos nosotros, la misma que


derrochaban los míos.

Las chicas comenzaron a jadear al mismo tiempo que lo hice yo. Lolo las

había tumbado bocarriba en un par de tumbonas. Y entonces comenzó a

lamer su sexo, lo mismo que estaba haciendo Paul de rodillas con el mío.

Sentía que me derretía por dentro. Entre el arte que derrochaba mi marido

con la lengua y la visión de aquellos tres liados a tope, me costaba mantener

el corazón dentro del pecho.

No fue eso solo lo que me costó, también tuve que hacer malabares por no

perder el equilibrio, ya que estaba de pie a duras penas con la borrachera y

encima las piernas me temblaron lo más grande cuando me corrí.

Las otras dos también lo hicieron. Parecía que nos hubiésemos puesto de

acuerdo.

De fondo sonaba Te felicito de Shakira, y eso nos sirvió para hacer una

broma entre las tres.

—También es para felicitaros, hay que tener arte para hacer que nos

corramos a la vez.

—Paul, lo mismo se creen que es casualidad o algo. Vamos a demostrarles

que no.

—A mí demostradme lo que queráis, pero que me corra a gusto, ya estoy

abierta de patas y todo.

—Natalia, que casi me sacas un ojo con un tacón…

—Mira que si dejo a mi mujercita tuerta y le tengo que poner un parche…

Pero vamos, que a mí me gustarías igual, Leila.

—Esta lo que quiere es que no me mire nadie más, qué grande es.
—Sí, ¿no ves lo celosa que soy? Ahora mismo pasa un dron y nos

fotografía y es lo que pensarían, que soy súper celosa.

—¿Un dron? Que pase un avión y se tire el piloto, que aquí hay sitio para

otro más.

—Paul, para mí que están insinuando que no tienen bastante con nosotros

dos.

No dijeron nada más. Aquellos dos eran muy orgullosos. Lo primero que

hicieron fue ponernos bocabajo.

—Chicas, creo que nos están castigando —les dije.

En ese instante, recibí una buena nalgada por parte de Paul.

—¡Cabrón, que me ha dolido!

—Eso, eso. —Corearon las otras dos, sin saber que las suyas venían de

camino por parte de Lolo.

Sin más, las dos se volvieron y le dieron una cachetada cada una en sus

mejillas, que desató las carcajadas de él.

—Pues yo también te debo una. —Se la di a Paul y, a continuación, me

dio un beso tan profundo que me robó la respiración. No por eso

escarmentaron, porque nos pusieron a cuatro patas y nos dieron unas

cuantas nalgadas más.

Nos ponían muchísimo, y entonces nos penetraron. Antes, Lolo entró en

la casa y sacó un consolador de un tamaño más que considerable.

—¿Es que hay fuego? Porque ese cabrón trae el extintor de incendios —

nos dijo Natalia.

No lo era, pero casi. Fue ella la primera que lo probó, por hablar. Él lo

introdujo en su vagina después de dárselo a probar.


—Quita, quita, que sabe a plástico. ¿Y eso es lo que me toca a mí?

—No, mujer, es porque son dos y nosotras tres, eso es para que rule.

—Como las pastillas en las discotecas. Tú, con más cuidado. —Se volvió

para decirle, porque debió entrarle de golpe y hasta el mismo sentido.

Paul me penetró a mí y Lolo a Leila. Y, a partir de ese momento, fueron

cambiando. A la que no le tocaba con uno de ellos, recibía la embestida del

consolador. Y así hasta que lograron que nos corriéramos las tres.

Una vez que acabaron, quisimos premiarles por su aguante.

Les dijimos que se quedaran de pie y fuimos nosotras quienes nos

arrodillamos en esa ocasión. Teníamos ambos miembros a tiro y también

comenzamos a rotar, lamiendo a tres.

—No paréis hasta que les volvamos los ojos —propuso Leila con la

borrachera.

Y no, no pensábamos parar. A ellos se les notaba increíblemente puestos.

Sus miembros no podían estar más duros y rígidos, y eran verdaderos

rugidos los que salían de sus gargantas.

Logramos que se corrieran así y las tres lo celebramos como si

hubiéramos ganado algo. Enseguida les pedimos otra copa.

No volveríamos a salir ese día, de modo que podíamos emborracharnos

cuanto nos diera la gana. Y encima, también intuíamos que aquella no

habría sido la única ración de sexo del día. No, ni mucho menos, porque

habría más.

—Menudo par de camareros que nos han salido —decíamos mientras nos

servían las copas.

—Igual podrían hacernos también de gigolós.


—¿Y cobrarnos por lo que nos dan gratis? Leila, deja de beber, que no te

sienta bien.

—No sé, es por añadirle más chispa a esto.

—¿Más chispa? Si aquí tenemos montado ya un buen incendio.

—Pues hablando de montar, yo quiero cabalgar sobre uno mientras el otro

me la mete por detrás, que estoy de antojo.

—¿De antojo? A ver si vas a estar embarazada.

—Pues de mí no será. —Rio Natalia.

No podíamos dejar de decir pamplinas. Estábamos de lo más excitadas y

todos desnudos, porque dijimos de pasar de la ropa de baño.

Al final, sí que comimos, porque ellos encargaron un arroz con marisco

que estaba de vicio… De más vicio todavía. Y encima lo regamos con vino,

después de habernos metido un buen montón de copas en el cuerpo.

Nos despertamos a media tarde y en las hamacas. Ellos ya habían pensado

en la cena y, aunque estábamos resacosas, decidimos ir a darles un buen

aperitivo.

En esa ocasión nos liamos directamente los cinco. La confusión de todos

los cuerpos unidos era una verdadera tentación a la que no habría tenido

ningún sentido renunciar. Y así nos pasamos hasta la hora de la cena, que

fue de lo más divertida, hasta que terminamos todos rendidos tras los

postres.

Ni nos acostamos en una noche en la que nos quedamos dormidos sobre

las hamacas. Paul me abrazaba y yo le aseguraba que una luna de miel

mejor que esa no existía. Me había salido con la mía y la estaba disfrutando

a tope. A él le pasaba lo mismo, por lo que me decía mientras me acariciaba


la frente y velaba mi sueño, mostrándome su preciosa sonrisa. ¿Se podía

pedir más?
Capítulo 66

Lara

Al día siguiente nos despertamos todos juntos en el jardín.

—Si no fuera porque estamos en Miami, creería que salimos de la peli

Resacón en Las Vegas —les dije mientras me desperezaba.

—Claro, lo que faltaba… Con Lolo sin un diente y Paul con un tatuaje en

la cara, ¿te imaginas?

—¿Para él el tatuaje y yo sin diente? ¿Y no puede ser al revés?

—¿Tú has visto la peli? Créeme que es mejor que te falte un diente. Eso

tiene remedio —le dijo Natalia.

—Sí, estaría guay… Con un tigre corriendo por nuestro baño.

—¿Un tigre? Yo os como mucho mejor que un tigre —rugió.

—Hoy me apetece salir a tomar el sol y dar una vuelta por South Beach —

les propuse.

—A mí también, porque como nos quedemos aquí todo el día, acabaremos

escaldadas, a mí me duele ya hasta rozar las piernas —comentó Leila.

—Pues nadie se quejaba anoche.


—Lolo, porque íbamos muy borrachas todas. A mí todavía me da vueltas

el jardín. O igual es la cabeza o yo qué sé. Lo único que sé es que todo

comenzó ayer por la mañana en un probador y que desde entonces no hemos

parado de follar.

—Así me gusta, que seas fina —le respondió su pareja.

—Si es la verdad. Hoy toca calle, que a Miami no hemos venido solo a

follar.

—Otra finura que te ha salido.

—Tú no te enamoraste de mí por fina, aparte de que no sé de qué hablas,

cuando las mayores burradas las sueltas tú por la boca. —Se besaron. Eran tal

para cual.

Al rato, ya estábamos en la calle. La temperatura era espléndida, con un sol

que lucía radiante en un cielo azul despejado y precioso.

Nos habíamos levantado muy tarde y ni desayunamos, ya que a la pastilla

que me tomé para el dolor de cabeza creo que no se le puede llamar

desayuno. Las chicas iban también con gafas de sol y nos pedían que

habláramos flojito.

—Y lo dicen ellas, que nos tienen siempre la cabeza como un bombo, Paul.

¿En Irlanda también habláis así de alto?

—Ni de coña, nos detendrían.

—¿Detenernos por tener un buen torrente de voz? Pues vaya tiquismiquis.

—Ya has despertado a las bestias que llevan dentro, Paul.

—Habló la prudente. No me jodas, Lara, que te gusta mucho una juerga y

un cachondeo también.
Buscábamos directamente un lugar para almorzar. Todo estaba abarrotado

de turistas, al ser una de las zonas más visitadas de la ciudad.

Buscamos un restaurante muy cercano a la playa desde el que comer con

vistas al mar, una auténtica gozada. La gente paseaba, patinaba, montaba en

bicicleta… Había mucho bullicio y alegría alrededor de esa estupenda playa

de arenas blancas que invitaban a ser pisadas y adentrarte en ellas.

—A mí es que me encantan las casetas de los socorristas, así tan coloridas

—les comenté mientras me ponía la mano a modo de visera porque me había

dejado las gafas de sol.

—A ti lo que te gustan son los socorristas directamente, no disimules. Los

hay que crujen. —Se fijaban ellas.

—Yo también os puedo socorrer —les sugirió Lolo.

—¿Tú por qué no te echas a un lado y nos dejas ver? No acapares, que a ti

te tenemos muy visto.

—Joder con la resaca, qué mala leche os da.

—Qué va, esa la traemos de serie. La resaca solo la intensifica. Pero mira,

luego se ven cosas como estas y te das cuenta de que todavía quedan hombres

que merecen la pena. Dos o tres nada más, pero quedan. —Rio Leila.

Estaban mirando cómo Paul se quitó sus gafas de sol para ofrecérmelas.

Eran tipo piloto, en verde oscuro.

—¿No se me ve mal? —le pregunté.

—¿A ti cómo se te va a ver mal? Estás para comerte, preciosa.

—Este te tiene ganas. Te va a hincar el diente aquí mismo sin meterte en

adobo ni nada —me decían ellas.

—Pues no sería mala idea.


—No, si verás tú. Lolo, que se te ha ido la mano —le informó Leila.

—Las dos, se te han ido las dos —añadió Natalia.

Se las puso en los muslos e iba subiendo poco a poco. En esto que llegó el

camarero para tomarnos nota, y Leila se quedó sin voz al notar cómo la mano

se le iba a una zona bastante más prohibida.

—Leila, que te pregunta que qué te trae.

—Me da lo mismo —me contestó ella con los ojos como en trance.

—Pues tráele una de «me da lo mismo», ya la has escuchado.

—Que no, joder.

—¿Aquí? Bueno, un aliciente más para South Beach —le sonrió Lolo,

malicioso.

—Una cerveza bien fría y otra para este, que está muy caliente —le pidió

ella.

No por eso Lolo les retiró las manos. Es más, sentí la de Paul avanzando

también por mi muslo.

—Tú lo vas a tener más complicado, llevo el short que me compré ayer.

—Y que te hace un culo imponente.

—No, el culo me lo hizo mi madre.

—Tu padre también pondría algo.

—Las ganas de cachondeo, que es lo único que ponéis los hombres en esos

casos —le respondió Natalia.

—Nos están vacilando, Lolo.


Fue entonces cuando supe que no se cortaría un pelo. Paul aprovechó el

mantel de la mesa, que me tapaba, para abrirme el botón y bajar la cremallera

del short. Las otras dos también se dieron cuenta y lo fliparon.

—Son pulpos, son un par de pulpos.

—¿Alguna queja?

—Ninguna, ninguna—le respondió Leila, medio bizca del gusto que le

estaba produciendo el juego de manos de Lolo por debajo de la mesa.

Ni cuando el camarero se volvió a acercar a la mesa con las bebidas

pararon. Ni mucho menos lo hicieron. Y a mí me llegó el momento con el

chaval delante.

Noté que me corría y me mordí el labio inferior de un modo que hasta me

cayó un hilillo de sangre. Y no se me cayó la baba de milagro.

—¿Está bien, señorita? —me preguntó el chaval.

—Sí, sí, está genial. Es que ella es así, de pronto se queda como en trance.

Tiene como pérdidas de memoria —le respondió Lolo.

—Mientras no las tenga de orina —le contestó Leila.

Se fue el chaval y no daba crédito.

—Es que no conocéis la vergüenza.

—Límpiate un poquito la boca, anda. —Me acercó la servilleta Paul.

—Hay que ser capullo, saca ya la mano de ahí. Y tú ve terminando, que

después querrás tocar el pan —le dije a Lolo.

Después del almuerzo, se nos antojó entrar en un Beach Club, en el que

había música latina en directo. Allí la gente tomaba cócteles mientras bailaba.
Otros estaban en sus tumbonas relajadamente escuchando. El ambiente era de

lo más exclusivo y es que la entrada no fue precisamente barata.

Las chicas decidimos darles a tomar de su propia medicina por lo que nos

habían hecho en la mesa. Entonces comenzamos a bailar entre nosotras de lo

más insinuantes. Vaya, que, de no haber música, más bien parecería que

estábamos liadas.

Nuestras caderas se movían al ritmo de las sensuales letras. Jugábamos con

nuestro pelo, los mirábamos intensamente, lo estábamos dando todo.

Vinieron a bailar con las tres e hicimos una rueda. Nos encantaba. La

sorpresa fue que más de uno y de una, que se nos habían quedado mirando,

quiso participar. Y así la rueda comenzó a crecer. Cada poco, le tocaba a uno

entrar y al resto bailar con él. Estábamos causando furor.

Bailamos hasta que los pies nos echaron humo y luego nos tumbamos en

las hamacas.

Yo estaba recostada sobre Paul, mientras que las chicas se dejaron caer

sobre Lolo, quien se mostraba encantado de tenerlas así de cerca.

—Os podíais haber casado los tres.

—No, no, que según para qué cosas, tres son multitud —me contestó

Natalia.

—Pues poco os estorbo en otros momentos.

—Saca la mano de mi vestido que todavía nos detienen, que aquí no hay

mantel —le pidió.

—Y del mío, qué habilidad tienes —le siguió Leila.

—Es que nos habéis calentado mucho bailando.


—Pues claro, porque somos unas diosas del sexo. —Se le insinuaron a la

vez.

A ellas no les hacía falta abuela, se lo decían todo solitas. Paul estaba

encantado y no paraba de besar mi cuello desde atrás.

—Me estás poniendo más caliente que un horno de leña, cariño —le dije

dándome la vuelta y encontrándome con sus labios.

Era inevitable. Si estábamos así, frente a frente, nos teníamos que besar. La

atracción era irresistible.

Nos quedamos en aquel lugar unas cuantas horas, porque el ambiente era

impresionante. Y ya al final de la tarde, salimos a dar un paseo con intención

de buscar después un buen restaurante en el que cenar.

—Esto es vida, podría acostumbrarme a vivir siempre así —comentó Lolo.

—Hombre, tú y cualquiera. Lo dices como si fuera un martirio. Yo me

quedaba aquí y no daba un palo al agua más.

—Es verdad, chicos, pero lo mejor es que tenemos unas vidas muy bonitas

esperándonos a la vuelta, Natalia.

—Ay, mi Lara, que se me ha puesto tierna. —Me cogió Leila de un brazo y

ella del otro.

—Y eso que el culo lo tiene para partir nueces —añadió Paul.

—Te ha quedado de un romántico que no veas —le respondí.

—¿Y quién quiere romanticismo pudiendo tener esto que tenemos aquí?

—Pues es verdad, Leila.

Acabamos la tarde en una de las calles más comerciales de la zona, Lincoln

Road Mall, una avenida súper animada en la cual entramos en una tienda de
Sephora en la que las chicas nos compramos un montón de productos para

hacernos una rutina facial.

—Eso será si esos mamones nos dejan, que nos tienen todo el día dándole

al tema —decía Leila.

—Pues que nos den con las mascarillas puestas y todo.

—Tú, con tal de que te den…

Lo que nos estaba dando era mucha alegría pasar esos días tan fantásticos y

distintos allí, donde el aburrimiento no lo conocíamos y todo era emoción.

Acabamos sentados en un restaurante desde el que observamos el trasiego

de gente.

—Es que esto parece una manifestación, de verdad.

—Pues yo quiero manifestar que ya llevamos muchas horas sin sexo —

bromeó Lolo.

—Tú ten cuidado, no sea que nos pongamos las chicas en huelga de sexo y

se te acabe el chollo, que no te veo liándote solo con Paul.

—No, desde luego que no —dijo el otro, a quien le cogió de improviso y

casi echa el sorbo de vino que tenía en la boca por la nariz.

Nos pasábamos el día bromeando entre nosotros, aunque lo cierto era que

no veíamos la hora de volver a disfrutar de esas horas de intimidad en las que

estábamos compartiendo mucho más que amistad.

Toda la curiosidad que tuve por vivir ese tipo de experiencia la estaba

saciando en la mejor de las compañías. Cenamos, bailamos un rato en una

discoteca al aire libre en la que no cabía ni un alfiler y luego volvimos a la

casa, reventados ya, pero con ganas de continuar la noche allí.


De nuevo fue el jardín el testigo de la velada que teníamos por delante, con

una luna llena que nos servía de alumbrado natural. Achispadas, las chicas

comenzamos a hacerles un bailecito de lo más sensual que terminaba

dándonos nalgadas entre nosotras.

No hace falta decir que eso los disparató del todo y que nos cayeron encima

como un león sobre su presa. Entre los dos, nos tiraron al agua y allí

comenzamos a besarnos, a tocarnos entre todos y a iniciar unos juegos

capaces de echar el agua a hervir.

—Veréis que la piscina termina como caldo de puchero. —Se reía Lolo.

Nos lo estábamos pasando sensacional una vez más. El ambiente no paraba

de subir de nivel y aquello se convirtió en una orgía acuática en toda regla.

Incluso empezamos a hacer juegos de esos que te envuelven en llamaradas y

al que perdía le tocaba salir a preparar en bolas la siguiente ronda de copas.


Capítulo 67

Lara

Habían pasado tres meses…

Tres meses repletos de felicidad en los que no tuve ni la más mínima duda

de que me había casado con el hombre perfecto, con ese con el que deseaba

compartir mi vida. Paul no solo era el amante perfecto, sino quien

comprendía hasta la última de mis manías o mis caprichos, como bien me

demostró. Y lo seguía haciendo.

Resultó que aquella mañana de domingo nos habíamos despertado tarde.

La noche anterior salimos a cenar una buena mariscada y sentí el estómago

revuelto al levantarme.

Por cierto, que miré hacia su lado de la cama y no encontré a Paul. Intenté

poner el oído y le escuché canturreando por la cocina. Me hacía mucha gracia

mi irlandés, que estaba cantando por Luis Miguel: «Es que no sabes lo que tú

me haces sentir…»

¿Y lo que me hacía sentir él a mí? Infinita, me hacía sentir la mujer más

feliz del mundo. Así era, siempre tan atento y haciéndome la vida tan fácil.

Si estaba en la cocina a esas horas, era porque se había levantado para

prepararme un buen desayuno. Sabía que me gustaba levantarme y


encontrarme con uno en el que no faltase una buena taza de café, eso por

supuesto. Me levanté, fui de puntillas hacia allí y, curiosamente, ese olor a

café que cualquier otro día me hubiese encantado me terminó de revolver por

completo el estómago y no pude llegar hasta él, sino correr hasta el baño.

Digamos que llegué a lo justo y que eché hasta la primera papilla. Fueron

tales mis vómitos que él me oyó y acudió corriendo.

—Cariño, ¿estás bien?

—¿Tú me estás viendo? Me deshidrato, estoy echando lo más grande, ¿qué

parte de que así no se puede estar bien es la que no entiendes? —le respondí

con muy malas pulgas.

El pobre, en lugar de ofenderse porque le respondiese así, se culpó

directamente. Es que era un amor.

—Creo que me pasé anoche pidiendo marisco. La culpa ha sido mía. Ven,

que te ayudo a levantarte.

Lo hizo con todo el mimo y con la mejor de las intenciones. Lo que no

sabía en ese momento era que yo me había convertido en un grifo abierto y, al

tratar de hacerlo, mi estómago se agitó como si fuese una coctelera y eché un

nuevo caño que le vino a caer encima.

No salió una queja de su boca y eso que si llega a pasar al revés me hubiera

escuchado toda la urbanización, que los vómitos no los he soportado nunca y

me ha bastado con escuchar vomitar a alguien para ir detrás, cuanto y más si

me potan encima. Es que puedo matar directamente.

—Vaya —murmuró.

—¿Para qué te metes por medio? —Fue lo único que me salió en ese

momento en el que me sentí muy débil, como si se me estuviese yendo la

vida.
—Lo siento, no quería molestarte, solo ayudarte, ¿estás mejor?

A duras penas logró que me incorporase y, cuando me miré al espejo, casi

me echo a llorar. Me sentía fatal.

—¿Cómo voy a estar mejor? ¿No me ves? Mira qué pinta se me ha

quedado. ¿Y el pelo qué? Si parece que me ha dado un lametazo una vaca,

con todo el flequillo ahí pegado.

Tuvo que aguantar las ganas de reírse por mi comentario porque no estaba

el ambiente para cachondeo. De veras que me sentía mal.

—¿Qué hago contigo, bonita? —me preguntó dándome un abrazo.

—Ingresarme para que me pongan un gotero, obviamente —le contesté sin

pensar.

—No creo que sea para tanto….

—Claro, como no has vomitado tú.

—Lo que vamos a hacer es otra cosa. Te vas a meter en la cama y…

—Espero que no me estés sugiriendo tener sexo conmigo ahora porque no

tengo el cuerpo para nada, no me seas egoísta.

—Claro que no, solo quiero que descanses y, cuando te apetezca, te llevo

un cafelito o lo que quieras.

Bastó con escuchar solo la palabra café para que volviese a echar lo poco

que me quedase en el estómago, que no era más que bilis ya.

—Ni lo menciones —le advertí cuando terminé.

—¿El café?
—Y dale, otra vez… Que no lo menciones, qué asquito más grande. A este

paso, vas a lograr hasta que me vaya por abajo.

—Te prometo que no lo entiendo. Si a ti te encanta.

—Y yo tampoco lo entiendo, me habrán echado un mal de ojo o algo. Creo

que voy a morir potando entre terribles sufrimientos, como diría el Recio.

—Ay, Lara, tú no vas a morir ni ahora ni nunca.

—¿Y eso cómo lo sabes, listo? Porque estoy a las puertas de la muerte, a la

vista está. Igual tengo algo malo y…

—Lo único que tienes es que te has levantado sensible. Míralo, si hasta te

está saliendo una lagrimilla.

—Pues sí que es verdad, me he levantado un poco tonta y lo he pagado

contigo, lo siento.

—No tienes que sentir nada, de verdad.

—Vale, pues entonces lo sigo pagando, porque la verdad es que un poco sí

que me alivia, no te voy a mentir.

No paraba de abrazarme y hasta me llevó en brazos a la cama.

Una vez allí, recordé que una vez le había escuchado a la madre de una

amiga contar que, cada vez que se quedaba embarazada, el café le sentaba

como si fuese veneno, y que, con solo olerlo, se ponía peor que mal.

¿Podía ser? ¿Lo estaría? Pues las papeletas de la rifa las llevábamos todas,

porque el día nos lo pasábamos enganchados como conejos y cuidado, lo que

se dice cuidado, no es que tuviésemos demasiado, por no decir ninguno.


No quise comentarle nada y, una vez que los vómitos cesaron, me mantuve

lejos del café, por si acaso.

El resto del día lo pasé mejor, pero la fiesta comenzó de nuevo a la mañana

siguiente cuando él se estaba tomando uno antes de salir a trabajar, ya que

tenía que cerrar un contrato de una película y yo corrí como en una prueba

olímpica hasta el baño otra vez.

No podía más con la intriga, porque la idea me rondaba la cabeza desde el

día anterior, así que, en cuanto me quedé sola, volé hacia una farmacia a por

una prueba. Tan rápida la pedí, que no me di cuenta de que me colé delante

de una anciana muy simpática que no se ofendió por eso.

—Si yo te entiendo, chiquilla —me dijo al ver de lo que se trataba—. Diez

hijos he tenido, aunque te digo que a ti no te hace falta ni hacerte la prueba:

tú estás preñada hasta la boca —me soltó en plan bruto y se me abrieron

tanto los ojos que debía parecer una muñequita de cómic.

No se equivocó ni un poquito, porque en nada estaba en el cuarto de baño

de mi casa, ¡con un positivo en la mano!

Me cuesta trabajo explicar la mezcla de sensaciones que experimenté en

ese momento. Con la prueba en mi temblorosa mano, noté una alegría

inmensa y un poco de miedo también. Miedo porque sentí que ya quería a esa

personita que era mía y de Paul, que debía tener el tamaño de una lenteja y a

la que protegería con mi propia vida si era necesario.

No tuve ninguna duda respecto a que él se lo tomaría genial. Me quería con

toda su alma y la idea de que tuviésemos un hijo le volvería loco de contento.

Se lo contaría de una manera muy especial porque la ocasión lo merecía,

eso desde luego, así que ideé algo que supe que le encantaría.

Podía haber optado por una cena romántica a la luz de las velas en la que,

por ejemplo, acompañase el postre con un chupete. Eso lo había visto alguna
que otra vez y resultaba muy emotivo. O también escoger una tarta coronada

por una cigüeña, lo cual le haría entender el mensaje a la primera.

Sin embargo, opté por algo más sencillo, quizás porque mi estómago seguía

muy revuelto y, hasta que las náuseas no cesasen un poco, no quería saber

demasiado de dulces. Y mucho menos de café para acompañarlos, que ese lo

aborrecí por completo.

Me tomé el día para pensar y me decanté por una idea que me pareció

bastante bonita. Al mediodía, salí un rato de compras y elegí un conjunto de

dos piezas de seda, en color malva y con lacitos negros, una verdadera

virguería en ropa interior que también le abriría los ojos a Paul como un

búho.

Quería que pasásemos una noche especial, así que le esperé con él puesto

cuando volvió a casa a última hora de la tarde, pues tuvo un día complicado,

ya que le costó negociar lo que quería, pero lo consiguió.

—¿Estás en casa, cariño? —me preguntó al entrar.

—Sí, en la cama —le respondí alto y claro porque temblaba de ganas por

darle la noticia. No podía esperar más.

—¿Es que sigues mal?

—No, estoy mejor que nunca…

Lo había ideado para que me pillase bocabajo, con las piernas en alto y

cruzadas, haciendo como que leía. Sabía de antemano que esa postura le

resultaría irresistible y que se daría patadas en el culo para voltearme,

comenzar a besarme, retirarme el delicado conjunto de ropa interior y

poseerme.

—Increíblemente mejor —dejó caer al verme, con la voz entrecortada por

la excitación.
Esperé a que se acercase, cosa que hizo en milésimas de segundo. Y

entonces me giró.

Juro que fue uno de los momentos más tiernos de nuestra vida. Todo lo que

tuviera que ver con ese bebé lo terminaría siendo, pero el anuncio de que

estaba ya cociéndose a fuego lento en mi interior le pilló de sorpresa e hizo

que sus ojos se convirtieran en dos cascadas. La causa fue que había visto lo

que escribí en mi barriga con letras grandes: «Baby en camino».

—¿De verdad vamos a ser padres? ¿De ahí las náuseas? —me preguntó.

—De verdad de la buena, ¿qué te parece?

—¿Qué me va a parecer? ¿No me ves? Me parece que en este momento

habrá muchos hombres felices en el mundo, pero ninguno tanto como yo. Te

quiero, Lara, te quiero con todo mi corazón. Y ya quiero también a este bebé

que va a ser el niño más deseado del planeta.

No lo decía por decir, desde luego. Paul era un hombre de palabra y que no

hablaba a tontas y a locas. Todo lo que salía de sus labios estaba garantizado.

Se tumbó a mi lado y comenzó a acariciar mi vientre, el cual también se

acercó a besar. Lo hacía con tanto tacto que tuve que hablarle.

—Tranquilo, que no me voy a partir, ¿eh? Es más, que sepas que, a muchas

embarazadas, con la revolución esa de las hormonas, les da por querer sexo a

todas las horas, así que prepárate.

—Pienso cumplir hasta el último de tus antojos, así que por eso no te

preocupes. —Me abrazaba, me besaba, y luego volvía a comenzar de nuevo.

Lo más tierno de todo fue que desde esa primera noche adoptó la

costumbre de hablarle al bebé. Y menciono la costumbre porque lo hizo

durante todas las noches hasta que nació. Me emocionó muchísimo

escucharle por primera vez dirigirse a él.


—«Toc, toc» —Llamó con los nudillos, muy simpático—. ¿Estás ahí,

bebé? Te habla tu padre. ¿Sabes que ya te quiero con locura? Hasta hoy, tu

madre era mi absoluta prioridad, el ser al que más amo en el mundo, pero

ahora le ha salido competencia —me sonrió—. Te prometo que procuraré ser

para ti el mejor padre y que jamás dejaré de cuidaros a los dos. Te adoro ya,

así que fíjate cuánto te voy a querer cuando te vea la carita.

—Palabra de irlandés, hijo —bromeé acariciando también mi vientre y

hablándole.

—Del irlandés que ya te quiere más aún, porque esta noticia no la esperaba.

Es que te quiero más que ayer, Lara.

—Y espero que menos que mañana o te las verás conmigo. —Le besé.
Capítulo 68

Lara

Ya estaba de cinco meses y las náuseas quedaron muy atrás.

Desde el principio, mi ginecóloga me recetó unas pastillas estupendas que

las mantuvo a raya a los pocos días de comenzar a tomarlas. Yo le decía que

nunca se lo podría agradecer lo suficiente porque volví a tener calidad de vida

gracias a ellas.

Paul, como era previsible, estaba cada día más implicado conmigo y con

ese embarazo. Ya hacía bastantes semanas que nos habían comentado que se

trataba de una niña, y elegimos el nombre de Marta para ella.

Nunca olvidaré tampoco el emocionante momento en el que la vimos en

una de esas modernísimas ecografías en las que puedes observar la mayoría

de los rasgos del bebé.

—¿Queréis saber lo que es? —nos preguntó Sonia, la ginecóloga.

—Es un bebé, el más bonito del mundo —murmuró entonces Paul

quedándose embobado mirando el monitor.

—Hasta ahí llegamos todos, pero que si queréis saber el sexo.


Los dos asentimos y lo único que salió de la boca de mi marido cuando nos

confirmó que era una niña, me hizo llorar de la emoción: «Es una mini Lara»,

me dijo besándome.

Durante el primer trimestre, y por precaución, no habíamos comprado

nada. Pero a esas alturas ya estábamos convirtiendo la casa en una especie de

museo del bebé en el que no faltase un detalle.

Muñecos de peluche, cantidad de ropita, accesorios para su cuidado. Nos

faltaba, sin embargo, lo principal: los muebles de su dormitorio. Y aquella

mañana de sábado la dedicaríamos a su emocionante búsqueda.

Tenía claro a qué tienda dirigirme: a una del centro donde tenían un

mobiliario de bebé que era para morir de amor. Y no solo te vendían los

muebles, sino todo lo necesario para decorar el dormitorio al completo, como

el papel de pared, las lámparas y demás.

La chica que nos atendió era muy amable. Le gustó ver nuestra actitud, en

todo momento muy cómplices y cogidos de la mano.

—Si me permitís el comentario os diré que por aquí pasan muchas parejas,

pero no tan bonitas como la que formáis vosotros. Es que se os nota una

química…

—Pues no creas que siempre se lo pongo fácil. Al principio del embarazo

sentí unas náuseas de muerte y las pagaba con él. Y todavía estoy muy

sensible. De vez en cuando se la lio por nada y aguanta el tipo que no veas —

le comenté riendo.

—Ni caso, que no es para tanto.

—Y dice que no. Pues nada, te la tendré que liar más, que parece que no te

enteras mucho.
—Creo que este hombre te querrá, aunque le líes cada día la de Troya, se le

nota en los ojos.

Tenía razón la chica. Los ojos de Paul eran de enamorado total. Lo sabía

porque él me miraba como yo a él, enamorada hasta las trancas que estaba de

mi marido.

No queríamos un dormitorio estrafalario, sino uno que derrochase ternura.

Y nada más verlo sentí un flechazo.

—Paul, me he enamorado. —Lo señalé.

Lo más gracioso fue que el dueño de la tienda estaba en ese rincón, y él no

entendió muy bien.

—¿Cómo? —me preguntó inquieto.

—Que me he enamorado, no he visto nada más deseable en mi vida. Mira,

con esas nubecitas y estrellas en rosa.

En ese momento suspiró tranquilo y caí en la cuenta.

—¿En qué estabas pensando? ¿Quién es el sensible ahora?

—Es que solo de pensar que pusieras tus ojos en otro…

—¿Y cómo voy a poner mis ojos en otro si tú eres todo lo que soñé? —dejé

salir de mis labios— Eso sí, negaré haber dicho esto ante cualquier tribunal y

solo lo repetiré si es en presencia de mi abogado.

Sin más, me echó hacia atrás y me dio un beso de tornillo. El dueño se giró

y miró a la dependienta. Los dos nos dejaron a solas, viviendo el momento, y

a los pocos minutos llegó ella de nuevo.

—Creo que ya habéis tomado una decisión, ¿verdad?


—Sí, por favor, queremos estos muebles, son de dulce.

—Parecen para comérselos, sí.

El mobiliario al completo estaba lacado en blanco. Y las nubes y estrellas

que he mencionado sobresalían en rosa, dándole un toque elegante e infantil,

porque además se trataba de un rosa bebé también muy tierno.

Nos sentamos con la chica para que nos diera ideas. Nos enseñó un papel

de pared que era para morir de amor, en tonos rosa con topitos blancos que

complementaba a los muebles a la perfección, dándole el necesario tono de

color a las paredes.

Pero la cosa no quedó ahí. La lámpara también estaba cantada: un globo

aerostático blanco con un osito rosa montado en su cesta que era para

chillarle. Y luego cantidad de complementos más.

La chica también nos aconsejó que colocásemos los zócalos de la tarima en

blanco y que lacásemos de ese mismo tono las puertas del armario empotrado

para que el conjunto resultase ideal. Así lo haríamos.

En los siguientes días, nos pusimos manos a la obra. Un carpintero se

encargó de hacer esas tareas lo primero. De colocar el papel de las paredes se

encargó Paul, pues me comentó que le hacía mucha ilusión hacerlo con sus

propias manos para algún día poder contárselo a su hija.

No voy a negar que me ponía mucho verlo trabajando así y hasta le pedí

que hiciera alguna que otra paradita que nos llevó de cabeza a la cama,

porque nosotros trabajamos codo con codo para que esa decoración quedase

genial. Y lo hicimos muy divertidos y contentos.

Por un hijo se hacen muchas cosas y a mí, que no soy hábil con las

manualidades, me dio por hacerle un cuadro de punto de cruz con su nombre.

Como ya he mencionado, el baile de hormonas me ponía de vez en cuando de

mala leche, y Paul, en más de una ocasión, me escuchó maldecir, hasta que le
cogí el truco. Por suerte, una vez terminado, quedó bastante bonito, así que lo

colgamos de una de las paredes.

El resultado fue de nuestro gusto totalmente y el día que llegaron los

muebles ya lo teníamos todo preparado.

—Es el dormitorio de bebé más bonito del mundo —le comenté cuando

retiraron los plásticos y colocaron cada uno en su lugar.

—El que se merece la mujer más bonita del mundo que a su vez será la

madre de la niña más bonita del mundo —me aseguró él.

El dormitorio estaba compuesto por una cuna, una cómoda maravillosa con

una parte superior que simulaba también una gran nube, un perchero y un

baúl que llenamos hasta arriba de peluches.

Suspiré al colocar toda su ropita en el armario empotrado, pues era de lo

poco que nos faltaba por hacer. Lo hice con todo el mimo, seleccionándola

por colores en aquellas perchas aterciopeladas en rosa bebé que también nos

vendieron en la tienda.

No le faltaba ni un solo detalle al dormitorio de nuestra deseada Marta y,

cuando aquella noche nos fuimos a la cama, ya lo teníamos todo listo para

recibirla, y eso que aún faltaban cuatro meses.

Al universo le pedía que nuestra hija naciera sana, porque de hacerla feliz

ya nos ocuparíamos nosotros. Todo indicaba que así sería porque hoy en día,

por suerte, la mayoría de los problemas se detectan durante el embarazo y el

mío iba viento en popa.

Me cuidaba mucho y me mantenía alejada del café, que ese lo aborrecí por

completo. Pero quien de verdad me cuidaba era Paul, que estaba pendiente de

cumplir hasta el más mínimo de mis deseos a cada momento. Más de una

noche se levantó de la cama y salió a buscar cualquier cosa que se me

antojase. No tendría vida para agradecerle tanto cuidado.


También, sobra decirlo, me acompañaba con toda la paciencia a las clases

de preparación al parto, porque ese aspecto no lo he comentado, pero a mí me

tendrían que preparar a conciencia.

El dolor físico nunca lo he llevado demasiado bien y él sabía que el

momento del parto me aterrorizaba. Santa paciencia debería tener conmigo

llegado el momento. De todos modos, si alguien podía hacerlo, era él.

Ya en la cama, la sonrisa me salía sola y se la contagiaba.

—¿Está quedando todo a tu gusto? —me preguntó.

—Sí, mi vida entera está quedando a mi gusto.

—Te preguntaba por el dormitorio del bebé, pero me alegra escuchar eso.

—Pues todavía te va a alegrar mucho más saber cómo estoy.

Cogí una de sus manos y la llevé a mis partes íntimas. Me ponía

muchísimo ver cómo el hombre al que amaba se estaba convirtiendo también

en el que sería un padre increíble. Y eso me llevaba a quererle todavía más.

Como ya le adelanté en su día, el embarazo me revolucionó por completo y

quería sexo a todas las horas. Paul estaba encantado y en ese sentido, igual

que en los demás, se pasaba el día complaciéndome.

Siempre quedarían en nuestra memoria los momentos de sexo compartidos

con otros. Lo que habíamos vivido entonces no nos lo quitaría nadie. Pero

habíamos llegado a otra etapa de nuestra vida en la que estábamos ampliando

la familia y eso lo disfrutábamos entre nosotros.

No cambiaría nada de lo que había vivido ni tampoco de lo que estaba

viviendo entonces. Cada día mi barriguita lucía más abultada, indicando que

Marta estaba creciendo en su interior.


Su padre le seguía hablando cada noche, como ya indiqué, y también

adoptamos el ritual de pasar por su dormitorio antes de acostarnos,

imaginando cómo sería tenerla allí, dormidita plácidamente, y poder darle un

beso antes de acostarnos.

Cuando vas a ser madre, los segundos se convierten en semanas, aunque a

Paul le sucedía lo mismo. Con todo preparado, teníamos la sensación de que

el calendario se había parado y que los días no avanzaban. No obstante, lo

que hicimos fue vivir cada uno de esos días con toda la intensidad, creando

una dulce espera repleta de momentos imborrables.

Cada mañana, él me decía que me había despertado más guapa que la

anterior y eso que había días que me sentía hinchada y poco favorecida. No

para sus ojos que, como digo, hacían que sus labios me halagaran siempre.

Poco a poco, los meses fueron pasando y llegaron algunas molestias del

último tramo del embarazo, las cuales deberíamos sobrellevar. Sobre todo,

Paul, porque algo me decía que la cercanía del parto me pondría de un humor

de perros. Había muchas posibilidades de que así fuera, ya que el temor no se

me iba, aunque lo amortiguaba su promesa de que no me soltaría de la mano

ni un solo segundo.
Capítulo 69

Lara

Apenas me faltaban un par de semanas para dar a luz y me sentía fatal

cuando me levantaba.

—Si estás preciosa, mi amor, ¿me quieres contar dónde está la pega? —me

preguntaba Paul.

—¿Y tú me quieres contar cuándo fue la última vez que te graduaste la

vista? Parezco un pez globo, estoy hinchadísima, mírame.

—Pues yo apenas lo aprecio.

—Dios te conserve el oído, porque al menos así escucharás a la niña

cuando llore. Lástima que la vista la estés perdiendo, con lo bonita que va a

ser, ¿verdad?

—Claro.

—No lo dices muy convencido.

—Que sí, amor, claro que sí.


—¿Es que piensas que no va a ser bonita? Dime la verdad, porque si es fea,

cuando llegue el momento, no quiero que me mientas. O sí, yo qué sé, porque

igual me dices que parece una mona y te doy palos hasta en el cielo de la

boca, que todo puede ser. ¿Por qué te ríes?

—¿Tú te estás escuchando?

—Sí, yo no he perdido ningún sentido de momento. Igual el sentido común

un poco sí, la verdad, al dejarme preñar.

—Pero si estás encantada con este embarazo.

—Lo estoy. Y cagada de miedo también, que todo hay que decirlo.

—Anda, ven aquí. Sabes que jamás dejaría que te sucediera nada malo,

¿verdad?

—Y tú sabes que por muy bien puesto que te pongas, no te podrás abrir de

patas en el paritorio por mí, listo, que eres muy listo. Hablar es gratis, pero

quien va a parir entre terribles sufrimientos soy yo.

—Te pondrán la epidural, cariño. Ya lo hemos hablado con Sonia.

—No, si te parece paro a palo seco. Y entonces palmo, te lo juro.

—Eso ni lo menciones. Tú lo que vas es a dar una vida, no a perder

ninguna.

—Yo estoy de muy mala leche, así es como estoy.

Me levanté de la cama y entonces noté una sensación muy extraña y

molesta que se estaba convirtiendo poco a poco en un dolor.

—¡Paul, que estoy de parto! —le grité.


—¿Así de un momento para otro? Además, que no has salido de cuentas.

—Las cuentas te las voy a ajustar a ti como no me hagas caso, ¡coño, que

duele tela! ¡Muévete!

Eso era una contracción, lo tenía claro. Y no fue la única camino del

hospital, hasta donde llegamos practicando los métodos de respiración que

me habían enseñado en las clases de preparación. Bueno, si soy honesta,

quien los iba practicando era Paul, pues yo perdí los nervios y no sabía ya ni

cómo me llamaba.

Tenía claro que esas contracciones podían indicar un parto algo prematuro

y, en el fondo, casi que deseaba que así fuera si la niña estaba ya deseando

salir. Quiero decir que así superaría el terror que me producía enfrentarme al

parto.

—¡Que voy a parir aquí mismo! —chillé en la sala de espera, totalmente

histérica, mientras mi marido daba los datos en administración.

—Pero ¿es su primer parto? —le preguntó el hombre que los tomaba.

—Sí —le respondió él.

—Pues entonces no creo que salga tan pronto, ojalá fuese así de rápido.

—¿Qué es lo que estás queriendo decir? ¿Que esto va a durar un porrón de

horas?

Me fui hacia él con la cabeza por delante, con la intención de dejarlo

inconsciente de un cabezazo, y Paul me agarró a tiempo de que el muy

cobarde del otro se echase para atrás.

Justo entonces vimos pasar a Sonia, que por suerte estaba de guardia, y que

se vino hacia mí.


—Lara, ¿qué estás haciendo aquí?

—He venido de turismo, ¿a ti qué te parece? Sonia, que va a salir ya…

Creo que siento hasta la pelusilla de su cabeza medio fuera.

—Ven, anda, que te voy a explorar.

—Ni que tuviera yo una selva ahí abajo, que no tengo ni un pelo, parezco

una muñeca. Bien que le pone eso a Paul, por eso me hizo un hijo a traición,

porque esto ha sido a traición.

—Si es lo más bonito que te ha podido pasar en la vida, mujer.

—Y lo más doloroso. Y tú no corras, ven a darme la mano, recuerda lo que

prometiste.

—Claro que sí, cariño. —Se acercó.

—Te estabas riendo, ibas corriendo porque te estabas riendo.

—Mujer, es que nos harás reír a todos, ¿tú te estás escuchando? —me

preguntó Sonia.

—De momento me estáis escuchando, pero este… ¡Este se va a enterar!

Me comenzó a explorar y por el gesto de su cara entendí que el tema no

tenía nada de urgente.

—Lara tienes contracciones, es cierto, pero no son de parto todavía. Les

sucede a muchas mujeres un tiempo antes y necesitarás una medicación,

pero, sobre todo, reposo hasta que llegue el momento, que ya no falta mucho.

—Un par de semanas faltan, ¿te parece poco?


—No es mucho, créeme. Y en tu caso es primordial que guardes reposo

absoluto.

—Lo que me voy a guardar es lo que pienso de todo esto y en cuanto llegue

a casa se lo pienso soltar a este, que no se piense que se irá de rositas.

—Venga, tómalo como una oportunidad para descansar. Tienes que

acumular fuerzas para el parto, que las necesitarás.

—Pero a ver, en el parto lo hará todo la epidural, ¿no?

—La epidural no empuja, eso lo tienes que hacer tú. Te la pondré, claro, y

eso te quitará el dolor, pero solo cuando hayas dilatado, antes no puedo.

—¿Y eso cuándo va a ser? ¿En unos minutos?

—Eso depende de cada mujer, a veces pueden pasar varias horas, bastantes.

No pienses en nada, deja la mente en blanco.

—¿Que no piense en nada? Me voy a cagar en la madre que…

—Cariño, por favor —me pidió Paul.

—¿Y a ti qué te pasa con tanto favor? ¿Ahora te ha entrado miedo? ¡Pues

menos miedo y más vergüenza!

—No tengo miedo, solo ilusión. Por eso quiero que te tranquilices.

—Qué listo. Yo tendré ilusión cuando nos vayamos a Disney porque Marta

haga la Primera Comunión, pero mientras, hasta que no llegue al mundo, voy

a seguir largando por la boquita lo más grande.

Salí de allí con un tratamiento y con la obligación de no moverme de la

cama. Y eso fue lo más desesperante. Paul no me dejaba ni un segundo a


solas y se pasaba las 24 horas a mi lado. Su paciencia era infinita porque no

había quien me aguantase, qué desesperación sentía.

El problema era que me notaba más hinchada por momentos y que la falta

de movimiento no ayudaba. Para colmo, en esa etapa final ya no podíamos

tener relaciones, lo que complicaba aún más las cosas, y la verdad es que me

sentía como si estuviera a punto de explotar. Todo esto lo pensaba en mi

cabeza, claro, porque no podía moverme como quisiera.

En fin, que me pasaba el día pagando mi mal humor con él. Y si solo fuese

el día… Al fin y al cabo, al estar acostada todo el tiempo, a veces dormía

demasiadas horas y luego me pasaba las noches en vela.

Para colmo, me movía mucho en la cama y no le dejaba pegar un ojo. No se

quejó en ningún momento, de veras que tenía el cielo ganado conmigo.

Luego amanecía y era yo quien me quedaba dormida. Y en cuanto me

despertaba, ya comenzaba con mis exigencias.

Otro me hubiese mandado a la mierda o, al menos, habría dormido en el

sofá con tal de poder planchar la oreja unas horitas, pero Paul no. Me había

prometido no dejarme sola ni un solo momento, y así lo hacía.

Había veces en las que tomaba conciencia de que él no tenía la culpa de

nada y hasta me disculpaba, si bien a la más mínima me pillaba un cabreo

que trepaba y volvía a convertirle en el blanco de mi diana.

Si yo contaba los días que faltaban para que naciera Marta, no digamos

cómo tenía que hacerlo él, pues menos mal que aquello acabaría pronto,

puesto que estaba convirtiendo su vida en un tormento.

Dicen que a las personas se las conoce bien en los malos momentos, no en

los buenos. Y en esa ocasión conocí a mi marido a fondo. Sabía de antes que

era un tipo fenomenal, uno de esos hombres que merecen la pena. Pero me lo
demostró con creces en aquellas dos semanas tan complicadas en las que no

sabía más que pedir por esa boquita mía de la que no salía nada bueno.

Su sonrisa era tan bonita como siempre, o más aún, cada vez que llegaba al

pie de la cama para complacer alguno de mis deseos o cuando me ahuecaba

en su pecho por las noches, tratando de que descansara.

—No sé cómo me aguantas —le dije en plan premonición porque no sabía

que horas después me pondría de parto. Y esa vez en serio.

—No digas eso, mi amor.

—En serio, ¿has pedido ya el divorcio?

—Jamás, ¿me oyes? Jamás me separaré de ti.

—Eso lo dices ahora, pero ya veremos.

—Jamás, te lo juro.
Capítulo70

Lara

Sucedió a medianoche. El cuerpo es muy sabio y aquella madrugada sí que

estaba durmiendo a pierna suelta, cargándome las pilas.

De pronto, me noté las piernas mojadas y me removí en la cama, de lo más

incómoda.

—Paul, Paul… ¡Paul! —le chillé.

—¿Qué pasa? ¿Qué pasa?

—Pasa que te has hecho pis, so cochino, ¡qué la cama está chorreando!

Pronto empiezas con la incontinencia, estamos apañados. No duermo más

contigo, ¡qué asco!

—Cariño, que eso no es mío.

—¿Qué estás insinuando? ¿Qué me he meado yo? Te juro que esta me la

pagas.

—No, Lara, eso no es pis… Has roto aguas.


Debía estar muy empanada a esas horas para no darme cuenta. O quizás

tuviera que ver con el hecho de que el miedo me paralizase. Él tenía razón.

Allí había agua para empapar el colchón.

—¡¡Qué estoy de parto!! —le chillé con todas mis ganas.

—Ya lo sé, voy a por la bolsa.

—Coño, ¿no te enteras? ¡Que la bolsa la he roto ya!

—No, la bolsa con las cositas de la niña, la que tienes preparada. Y con las

tuyas.

—Ya veremos si las necesito porque de esta, palmo. Voy a necesitar un

cura.

—No, no, que a ti no te va a pasar nada, no necesitas la extremaunción,

solo vas a dar a luz.

—Lo digo para que me haga un exorcismo, idiota, ¡que parece que estoy

poseída!

Juro que se lo dije hasta con otra voz. En mi idioma, pero con otra voz,

hasta él se asustó.

—Vale, voy corriendo a Robert para que saque el coche.

—Más te vale…

Cuando Robert nos avisó que estaba en la puerta, vino a buscarme. Para

entonces ya había sentido una contracción fuerte. Joder, no se parecía a las

anteriores, esa sí que dolía como para subirme en la lámpara. Si no lo hice,

fue porque teníamos focos halógenos.


Me encontró tirando de las sábanas, que hasta partí de la fuerza con la que

lo hice. Y al verle aparecer, di un salto que casi levito. Él me miró asustado y

no dijo nada por prudencia, pero sí que le debí parecer la niña del exorcista.

—¡¡Vade retro Satanás!! —le chillé entonces como en la película y él no

echó mano a un crucifijo de milagro, más que nada porque no lo teníamos, ya

que esa frase que le solté en latín quiere decir «Apártate, Satanás».

—Venga, cariño, que esto está ya casi hecho. Venga —me dijo sin dar

crédito y cogiéndome en brazos.

—¿Casi hecho? A mí no me pillas más en tu vida, ¿me oyes? A partir

ahora te matas a pajas, que lo sepas, pero otro niño no me haces porque no

me da la gana. Me arden los bajos que parece que me han puesto una plancha

ahí.

—Piensa que dentro de unas horitas tendrás a Marta en los brazos y se te

olvidará todo.

—Otro con unas horitas. Esto no hay cuerpo que lo aguante tanto tiempo,

bien se nota que a ti no te duele.

—Me duele todo lo que te duela a ti.

—¡Y una mierda! Quiero conducir yo, que iré más rápido.

—No, no, eso no puede ser. Compréndelo.

—Comprende tú que, como intentes que se siente otro en el asiento del

piloto, te tiro del coche abajo.

Lo entendió porque me dejó. De ninguna manera le hubiera permitido

conducir a él o a Robert. Vale que no era lo más prudente que yo llevase el

volante, pero me empeñé y no había fuerza humana ni divina que me hiciese

cambiar de opinión.
Más o menos llevaba el coche, hasta que me llegaba una contracción y

entonces era él quien tenía que enderezar el volante. No nos dimos una buena

hostia de milagro.

Enseguida llegamos al hospital, eso sí, porque me salté todos los

semáforos. Paul ya había llamado a Sonia, que esa noche no estaba de

guardia, para que nos esperase allí.

¿Quién sí estaba de guardia? El mismo tipo de la anterior vez y volví a

irme hacia él de cabeza y eso que no había abierto el pico.

El tío salió corriendo, el muy cobarde. Aunque si lo pienso bien era lo

normal, porque llevaba una cara de loca que imponía. Los datos no los di,

pero me pasaron directa a planta y me monitorizaron.

—Deberás tener paciencia —me indicó Sonia poniéndome las correas esas.

—¿Son para que no me escape? No me jodas, ¿tan loca me ves? Ve

también por una camisa de fuerza. ¿Quién te ha sugerido que me las pongas?

¿Él? —Miré a Paul.

—Que no, Lara, que se le hace a todas las embarazadas. Es para controlar

el latido fetal y la potencia de las contracciones.

—Pues eso ya te lo digo yo: son de una potencia bestial, me están

reventando por dentro, esto no lo voy a contar. Quiero hacer testamento y este

—miré de nuevo a Paul— este que se joda, encárgate de que no se case de

nuevo. Y que se atreva a hacerlo, que vuelvo por la noche y le saco los ojos.

—No me volveré a casar en la vida porque lo estoy contigo y no te va a

pasar nada, mi niña. —Me acarició la cara, retirándome el sudor, y luego me

recorrió los labios con sus dedos.

Hay que tener valor y él lo tenía, estaba claro, porque me lo puso a huevo y

le di un bocado en el dedo que casi se lo arranco. Dio tal alarido que Sonia,
que había salido en ese momento, volvió corriendo, pensando que me estaba

muriendo.

—Sigo igual, jodida, pero igual. Quien ha chillado ha sido este, que los tíos

son unos quejicas.

—Es que, si no llego a chillar, pierdo el dedo.

—Joder, ven que te curo.

—Oye, no te lo quieras llevar para ligártelo, que en realidad no me pienso

morir. A ver si los ojos te los tengo que sacar a ti.

Estaba fuera de mí, no podía con el dolor y con el miedo que sentía. No

consintió en moverse de mi lado ni para que le curasen. Era todo cariño

conmigo y eso que cada vez que se acercaba se llevaba un pellizco, un

manotazo u otro bocado donde le pillase, que me había vuelto un arma letal

encima de aquella cama.

El día amaneció sin que hubiese dilatado lo suficiente y mi boquita era para

escucharla. De todo salía por ella, con decir que hasta llegó gente de otras

habitaciones para escucharme. Se formó un buen corrillo en la puerta y él la

cerró.

—Llama a Sonia, ahora sí que no puedo más. O paro o me voy para el otro

mundo. Con el vestidor tan lindo que tengo lleno de ropa y el dineral que ha

costado, qué desgracia.

—Esa ropa la lucirás espléndida, porque siempre has sido bellísima, pero

ahora se te está poniendo una cara más bonita todavía. Debe ser la

maternidad, que embellece.

—Y la paternidad debe ser que engilipollece, me cago en todo lo que se

menea, ¡que llames a Sonia!


Estaba terminando de atender otro parto y tardó unos minutos en los que

creí que la vida se me iba. Cuando entraron por la puerta, los puse a caldo.

—No estaríais liados en tu despacho, ¿no?

—Lara, por favor.

—Ni por favor ni leches. Que llevas dos semanas sin hincar y no paras de

decirme lo guapa que estoy. Para mí que estás cachondo perdido y a esta le ha

venido muy bien.

Tenía para todo el mundo. Suerte que Sonia se reía con mis cosas y no me

las tenía en cuenta, que si no…

—Ahora sí, Lara, ahora has dilatado lo suficiente. Nos vamos a paritorio.

—¿Te has enterado, Marta? Pues ahora a empujar como una campeona,

que yo me he portado y te toca —le advertí a mi niña porque estaba enfadada

con el mundo.

En el paritorio, y poniendo en riesgo su propia vida, no se movió Paul de

mi lado, agarrando mi mano.

—Empuja un poco más, cariño, un poco más.

—¿Y qué crees que estoy haciendo? ¿Perrear? Eso no me lo vas a ver hacer

más en la vida, que te pone cachondo perdido y me querrás hacer otro. Y por

ahí no paso.

—¡Que ya casi está, Lara! —me chilló Sonia.

—Pues cógela de los pelos o lo que sea, pero sácamela. Si la dejas calva,

eso vuelve a crecer, no te voy a denunciar ni nada. Le pongo un gorro.


Ya estaba tarumba con tanto dolor y entonces sentí que aquel cuerpecito

salía del mío. En principio, solo la vi de espaldas, aunque enseguida le dio la

vuelta y le vi la carita y el pelo, que tenía una buena mata.

—¡Es nuestra niña! —le chillé a Paul, a quien me encontré hecho un mar

de lágrimas.

—Y es tan bonita como tú, mi amor, tan bonita —murmuró con un nudo

en la garganta.

—Paul, ¿quieres cortar tú el cordón umbilical? —le ofreció Sonia.

—Deja, deja, que está llorando a mares y a ver lo que me corta, dale tú…

—No, no, quiero hacerlo, por favor. —Se las secó él.

—Pues atina o no te digo nada…

Lo hizo y fue él quien me entregó a Marta. Lo hizo con todo el amor del

mundo, sujetándola con mimo y depositándola sobre mi dolorido pecho,

porque me dolían hasta las pestañas, aunque al notar su cuerpecito encima del

mío se me olvidaron todos los dolores.

—Es preciosa, Paul, la hemos bordado.

—Es lo más bonito de nuestras vidas. Gracias por haberme dado todo lo

que me hace feliz. —Me besó en la frente y nos abrazó a las dos.

Ni siquiera recuerdo cómo terminaron de prepararme para llevarme a mi

habitación. No sentí nada, tan feliz como me sentía apoyada por mi marido y

con mi hija en brazos.

Era una maravilla de niña, bonita a rabiar, y en el físico estaba muy

mezclada. Paul decía ver en ella rasgos míos y yo también los veía de él.
No podía dejar de sostenerla en brazos mientras las lágrimas brotaban

libremente de mis ojos. Su padre lloraba igualmente. Por fortuna, eran

lágrimas de alegría, dado que el destino nos había dado la posibilidad de

conocer aquel día a quien era y sería por siempre el gran amor de nuestras

vidas, esa personita que venía a complementar la pareja tan magnífica que

hacíamos.
Epílogo

Paul

18 años después…

La vida es todo aquello que necesitamos para sentirnos realizados y yo me

sentía pleno, en mi mejor momento…

Hoy era el decimoctavo cumpleaños de nuestra hija Marta. Habían pasado

en un abrir y cerrar de ojos, pero reconozco que los viví con intensidad.

Lara no volvió a quedarse embarazada más, ni nos preocupó ese hecho, ya

que con Marta nos sentíamos plenos y llenaba nuestras vidas por completo.

Estábamos afincados en Sotogrande, nunca más salí de este país para

regresar a vivir a Irlanda, solo íbamos a visitar a la familia y pasar unos días,

pero España era el lugar que vio nacer a mi hija y en el que encontré al amor

de mi vida.

Marta tenía la suerte de contar con sus cinco abuelos, pues Lola, la madre

de Amanda, también ejercía como tal con mi hija.

Ellos, aunque mayores, aún estaban llenos de vitalidad y morían por su

nieta, esa que amaban con todo su corazón, al igual que a los hijos de mi
hermana Grace. Tenía tres, dos gemelos de diez años llamados Elías y Mark y

una niña de trece, llamada Grace como ella.

Se casó con un actor que conoció cuando yo rodaba una película y vino a la

grabación con mi mujer, ahí surgió la chispa entre ellos y dos años después se

dieron el «sí, quiero» y formaron una preciosa familia. Luke era californiano

y muy reconocido por importantes papeles que había protagonizado.

Los padrinos de Marta fueron Leila y Lolo, lo sorteamos también con

Natalia, pero ellos dos fueron los afortunados, precisamente ellos, un año

después, comenzaron a salir juntos.

Sí, tal como escucháis. Seis meses atrás, Natalia dejó a Leila por un joven

surfero que había conocido y Lolo le sirvió de apoyo. Entre eso y el cariño

que se tenían, terminaron en una relación que, sorprendentemente, aún

perduraba y con eso, Lolo conseguía tener al que era el gran amor de su vida.

Se sentía pleno por completo y eso lo transmitía. Leila también era muy feliz

y decía que bendito el día que la loquilla la dejó.

Esa loquilla llamada Natalia, ya no tenía relación con nosotros, y teníamos

claro que todo se debía a esa persona con la que se había ido en ese momento,

lo que la distanció de nosotros. Supongo que, para evitar cualquier tipo de

relación con Leila, o quizás ella le contó todo lo que había pasado entre

nosotros y él no quería ni vernos en pintura. La cuestión es que se alejó y nos

ignoraba por completo.

Digo que nos evitaba porque su hermana terminó casándose con Robert y

vivían en Sotogrande. Asistimos a la boda como era lógico, pero ella no se

nos acercó en ningún momento, triste pero cierto. A Lara eso le dolió mucho.

Robert tuvo con Claudia un hijo llamado Daniel, que ahora tenía quince

años y era un excelente chico centrado en sus estudios; al igual que mi hija,

que recién había empezado su primer año de una doble carrera; Criminología

y Derecho.
Marta estaba de lo más nerviosa en este día en el que le habíamos

preparado en nuestros jardines su gran fiesta, a la que no iba a faltar ni un

detalle. Por no faltar, no faltaría ni Ezequiel, el novio con el que llevaba un

año y era un chaval que cursaba el último año de ingeniería, ya que era cuatro

años mayor que ella. En casa lo queríamos mucho y los apoyábamos sin

pensar en si sería o no para toda la vida, pero al menos que los momentos que

estuvieran juntos notasen que podían contar con nosotros.

Amanda y Eros tuvieron dos niñas; Clara que ahora contaba con quince

años y Salma que tenía trece. Era una familia muy unida y siempre estaban

presentes en nuestras vidas. La unión que tenía con Lara era de esas con los

cimientos muy fuertes.

Oliver también formaba parte de nuestra vida, no tanto como Eros, pero

cuando sus compromisos no se lo impedían, venía a hacernos una visita y

venía acompañado de Roxana, su mujer, y sus dos hijos, Ian y Gabriel, que a

sus dieciséis y quince años respectivamente, ya apuntaban maneras para ser

grandes cantantes como su padre.

Nunca más después de la luna de miel, volvimos a tener encuentros

sexuales con nuestros amigos. Además, que los dos, pese a lo que habíamos

hecho en esos días, éramos muy celosos. Lo disfrutamos en su momento,

pero no lo queríamos en nuestra vida. Ni siquiera Lolo y Leila, que

comenzaron de una manera tradicional dejando atrás todo lo vivido.

Lara y yo seguíamos ejerciendo nuestras profesiones, ella desde casa

haciendo artículos de entrevistas que hacía con grandes personajes del medio

social y yo haciendo una película al año para poder estar el mayor tiempo

posible en casa con mi familia.

Y sí, tal como mencionamos en aquella primera entrevista que me hizo,

donde ambos quisimos saber cómo sería nuestra vida en cinco años, en ese

momento ya estábamos juntos, disfrutando de ese amor que siempre nos

hemos tenido.
Aunque la anécdota de cómo nos conocimos había traído cola en nuestras

familias, y mi hija decía que nunca un tropiezo tuvo un resultado tan bonito,

porque ella nos veía a los dos muy enamorados, y es que lo estábamos.

Si había algo que tenía claro con respecto a mi Lara y todo lo que vivimos,

era que, por encima de todo, siempre estaría nuestro amor, que pasara lo que

pasara la amaría cada día con todo mi corazón y ella a mí, al igual que

amaríamos a nuestra hija.

La vida se mueve a toda velocidad, así que por eso debemos vivirla

segundo a segundo, No hay que perder la ocasión de regalarle a alguien una

sonrisa, ofrecerle unas palabras de aliento y querer bonito a quienes nos

rodean y nos aprecian.

Y yo a mis chicas las amaba con locura, eran mi vida, mi mundo, y todo

giraba y siempre giraría en torno a ellas y su felicidad, porque si ellas lo eran,

yo lo era.

Jamás olvidaría aquella noche en que vi a esa morenaza de ojos azules con

un vestidito negro de lo más sexi y me cautivó su sonrisa, esa que me

esforzaba cada día para que no perdiera ni una vez.

—Amor, ¿en qué piensas? —me preguntó Lara, mientras yo disfrutaba de

un vino viendo lo perfecto que había quedado todo para la celebración tan

especial que teníamos en este día.

—En aquellas orgías… —bromeé cogiéndola por la cintura y pegándola a

mí.

—Eres un idiota, ¿lo sabías? —Se reía en mi pecho y me contagiaba a mí

como lo llevaba haciendo desde el día que la conocí.

—Pero soy tu idiota favorito. —Le mordisqueé el labio.


—Dejar de comeros los morros y decidme si estoy bien. —La voz de Marta

nos interrumpió y al girarme me di cuenta de que ya no tenía una niña,

aunque para mí siempre lo sería, sino a toda una mujercita preciosa que lucía

un vestido que le hacía un cuerpo de infarto. Estaba espectacular.

—Eres la chica más guapa del universo. —Me acerqué a ella emocionado y

la cogí de la mano.

—Y yo la más grande —dijo su madre riendo y acariciándole la mejilla—.

Estás preciosa, hija, impresionantemente preciosa.

No tardó en llegar su novio con sus padres que eran un encanto y adoraban

a nuestra hija, a la que trataban con mucho amor y respeto, lo suficiente para

ganarnos a nosotros dos por completo.

Y así fueron llegando todos, sin faltar ninguno de los que estaban en

nuestras vidas para celebrar un día especial, en que nuestra hija cumplía la

mayoría de edad. Tampoco faltaron sus amigos, esos que conservaba desde

que era una enana y que la querían muchísimo.

Marta corrió al ver a Lolo entrar con Leila, tenía pasión por él y lo llamaba

tito, a ella también la apodaba así, pero todos sabíamos que tenía especial

amor por él, ya que siempre le dio mucho juego, la consintió y estuvo muy

pendiente de ella. Lo adoraba como si fuera su segundo padre y a mí me

encantaba la relación que tenían porque si algo claro había, es que él y Robert

la defenderían a muerte si a mí me pasara algo.


RRSS:

Facebook: Ariadna Baker

Instagram: @ariadna_baker_escritora

Amazon: relinks.me/AriadnaBaker

También podría gustarte