Previos (Mensaje Cristiano)
1.- Hemos partido, por tanto, de la enorme distancia tanto a nivel de creencia como
cultural que nos separa del núcleo original del cristianismo. Para que la pregunta sobre la
creencia tenga algún tipo de sentido, hemos de reflexionar sobre el salto cultural. Ese
salto cultural se deja ver, con bastante fuerza, en el desplazamiento de algunos conceptos
que eran centrales para el Nuevo Testamento. Nosotros no podemos entenderles de la
misma forma. Hagamos, por ejemplo, ese ejercicio con ideas como “pecado”, “salvación”
o “creencia” misma.
Eso implica preguntarnos cómo nos adentramos en los textos bíblicos y qué tipo de
teología o cristología nos permiten hacer. Esta cuestión ha sido debatida largamente
durante el siglo XIX y el siglo XX. Fue Reimarus, si bien no lo publicó en vida, el primero
que afirmó que sobre Jesús de Nazareth se había ido construyendo un engaño colectivo
(1778)1. Se abría así lo que se ha dado en llamar el problema del “Jesús histórico” y el
“Cristo de la fe”. Esta cuestión ha complicado enormemente la cuestión de Jesús en
nuestra actualidad y surge, al fin y al cabo, de la conciencia de una “sospecha”.
Cuando la historia comienza a ser una disciplina científica nos encontramos con una
pregunta: ¿podría ser que los testimonios sobre Jesús sufran una inflación ideológica
insostenible? Por tanto, ¿cómo volver al Jesús que realmente fue y existió? De esta forma,
la mentalidad científica de nuestra época se hace de “altavoz” sobre la pregunta cristiana.
El intento es (así lo ha sido en la historia de esta disputa) encontrar la capacidad de
formular quién es Jesús en el respeto a la mentalidad científica de nuestra época, en el
marco de juego que esta supone.
A ello, Harnack, un gran historiador del dogma, añadió la afirmación de que ese engaño
tenía que ver con la pretensión del cristianismo frente al helenismo. De hecho,
“helenismo” es una palabra que saldrá a menudo. De momento, nos basta decir de ella
que es el elemento cultural dominante en los siglos de la antigüedad en los que se mueve
la figura de Jesús. Como el elemento cultural dominante nuestro está marcado por la
cultura norteamericana y el inglés, en aquella época se pensaba en griego y se escribía en
griego. Esta cuestión tiene su importancia, como iremos viendo.
En cualquier caso, lo que hemos referido en el primer párrafo abrió una serie de búsquedas
del Jesús histórico. Ya se comenzaba a comprender que había una enorme diferencia entre
el Jesús que narraban los evangelios y el Jesús de la fe, el Cristo de la fe, como se le
llamó. Esta cuestión socavó hasta el fondo la pretensión de verdad de los evangelios.
Había un engaño en ellos. ¿Cómo, por tanto, comprender lo que decían y lo que querían
decir los evangelios?
2.- Fue R. Bultmann uno de los primeros en sacar a la conciencia esta cuestión. Bultmann
era un autor protestante de mediados del siglo pasado. Reaccionó contra la “escuela
liberal”, de la que sentía que había fracasado en su búsqueda de verdad histórica. Su
propuesta es bastante radical: todo el texto bíblico es una mitología, se expresa como
1
“Reimarus sostiene que el Jesús que existió realmente en Nazaret y el Cristo que predican los Evangelios
no son lo mismo” (González Faus, 1984).
1
mitología y llega a nosotros en mitología. La cuestión es sencilla de ver, por otro lado.
Basta con leer los relatos de Navidad, las curaciones de Jesús o la misma resurrección. A
un lector actual no le puede sonar más que a “mitología” las curaciones milagrosas, el
relato del nacimiento de Jesús, etc. Bultmann, además, estaba ayudado por un instrumento
exegético2 de primer orden: la “escuela de la historia de las religiones” y, en menor
medida, la “escuela de la historia de las formas”. En la época en la que Bultmann piensa
y escribe van saliendo a la luz relatos de otras religiones. Bultmann percibe que las
semejanzas son tantas con mitologías como la asiria y la babilónica que no queda más
remedio que postular una relación muy estrecha.
Sin embargo, Bulmtann afirma que, tras la mitología, se esconde el auténtico mensaje del
Evangelio. De esa forma, otorga a la reflexión crítica un punto muy importante para llegar
a lo que auténticamente se quiere decir en los diversos relatos. La crítica ayuda a
distinguir lo importante de lo secundario, nos abre a la captación de los diversos géneros
literarios e imágenes que se están usando. Se ayuda para ello, de forma bastante
paradójica, de la reflexión del filósofo existencialista M. Heidegger.
Para ello, elaboró la idea de la “des-mitologización”. Esta ha sido muy discutida en la
ciencia teológica, pero nos puede ayudar. Si todo el texto bíblico es una mitología, cómo
accedemos al núcleo íntimo de esa mitología, qué es realmente “salvable” del texto
bíblico. Bultmann ve claro que la cuestión no está en el relato en sí. Este podría haber
sido de otra forma. Más bien está en lo que el relato quiere expresar. Y esto no es una
verdad sobre cómo es Dios o sobre si Dios existe o no.
Es más bien una expresión de la intención de Dios: él está para que el ser humano llegué
a una vida auténtica, esto es, salvada, reconciliada. Por tanto, Dios se muestra como
comprometido con el ser humano, más que como solamente existente. El texto bíblico
quiere contar esa cuestión y no tanto dar una información sobre cómo vivió o murió Jesús.
Le interesa decir que esa vida y esa muerte son el compromiso de Dios con el ser humano.
Ahora bien, si nació en un sitio o en otro, si murió de esta forma u otra, son elementos
segundos.
En parte, esta cuestión tiene que ver con la forma en los autores del Nuevo Testamento se
ven seducidos por la impresión de Jesús. Bultmann quiere, en definitiva, recoger ese
mismo impulso. Para nosotros, más allá de los debates que tuvo su propuesta y que no
acaban de estar cerrados (es, de hecho, un autor bastante proscrito en el ámbito católico),
la desmitologización es una invitación a centrarnos en lo importante. Saber leer el texto
bíblico distinguiendo aquello que tiene de accesorio y, por tanto, decir sin miedo, que ahí
podemos criticar: afirmar que no importa cómo nació Jesús, que los elementos bíblicos
están para decir otra cosa, que podemos creer que Dios crea el mundo y afirmar que no
lo hace como lo dice el texto bíblico o que la resurrección de Jesús puede ser todo menos
la reanimación de un cadáver. Todo eso, con la libertad de pensamiento que conlleva, nos
lo ofrece la desmitologización. A fin de cuentas, se trata de una herramienta conceptual
2
La exegesis es el saber encargado de leer en su contexto original y desde ahí interpretar, los textos
antiguos. No es como tal teología, se trata de la reconstrucción material lo más fiel posible de los textos.
Se trata de un primer acercamiento para posteriormente poder interpretar el texto.
2
que nos invita a pensar, con coherencia racional, la cuestión de la Biblia sin discusión con
las referencias científicas y técnicas de nuestra actualidad.
3.- Este horizonte mental conecta con lo que P. Ricoeur denominó en Finitud y
culpabilidad la “segunda inocencia”. En la lectura de los mitos sobre el origen del mal,
incluido el del pecado original, el filósofo francés comprendió que, si los leemos desde
las categorías estrictamente racionales, estos nunca dirán nada. Elaboró una “tercera vía”
entre la comprensión acrítica y la incomprensión crítica: la donación de sentido. Esto es,
los símbolos hablan otros registros, afectan a otras dimensiones de la persona y de las
comunidades.
Eso requiere de una interpretación. Es decir, me acerco a los textos sabiendo que no me
“informan”, como me informan otros textos. No están ahí para darme una información,
más bien quieren ofrecer un sentido. La “segunda inocencia” implica el paso por la crítica,
pero implica igualmente, la posibilidad de cerrar un “nuevo pacto” que nos pone en
disposición de entender los textos como ellos quieren darse. En un párrafo denso nos dice:
“¿Quiere esto decir que podemos volver a la primera ingenuidad? En absoluto. De todos
modos, algo se ha perdido, se ha perdido de forma irremediable: la inmediatez de la
creencia. Pero, si ya no podemos vivir, de acuerdo con la creencia originaria, las grandes
simbólicas de lo sagrado, los modernos podemos tender, con la crítica y gracias a ella,
hacia una segunda ingenuidad. En resumidas cuentas, al interpretar, podemos de nuevo
entender; de esta forma, en la hermenéutica es donde se anuda la donación de sentido por
el símbolo y la iniciativa inteligible del desciframiento” (484).
Así pues, sería absurdo creer de forma inocente al texto. Y, sin embargo, el texto encierra
creencia. He de acercarme a esa creencia de la forma en la que se da. No como un relato
fidedigno, si no a la búsqueda del sentido. Eso es trabajoso y pasa necesariamente por la
crítica.
4.- Ese ejercicio se ha denominado, de forma general, hermenéutica. En su primera
acepción, esta palabra griega significa precisamente eso: interpretar. Ya desde antiguo se
percibía que interpretar es algo equívoco. Es decir, que bajo el mismo texto existen una
multitud de miradas. En general esas miradas son legítimas. A no ser que desdigan
completamente el texto, todos interpretamos y fallamos en la interpretación. Todos
decimos algo al leer y, a su vez, ocultamos el significado de lo que leemos.
Acercarse a los textos bíblicos requiere de interpretación. Esto conlleva un pre-juicio. En
este contexto el prejuicio no es, ni mucho menos, negativo. Es la afirmación de que cada
uno tenemos un horizonte mental propio, hecho de nuestros contextos sociales y
psicológicos, que orienta las preguntas que hacemos al texto. Es decir, aunque no sea
plenamente consciente, cuando me acerco a cualquier texto ya tengo una imagen previa
de lo que estoy buscando. Esa imagen previa marca mi lectura del texto.
Algunos pre-juicios se muestran muy conscientes. Así, un gran prejuicio es mi relación
con la creencia, o con la Iglesia. Otros son profundamente inconscientes y han de ser
desmontados. Un ejemplo claro de prejuicio inconsciente es el machismo. Muchas veces
me acerco al texto con una pre-comprensión machista, dispuesto a ver la realidad desde
una mirada previa a mí.
3
Esto hace que la hermenéutica se vaya especializando. Es decir, que surjan diversas
escuelas de hermenéutica. Quizá las más fecundas en los últimos tiempos sean las que se
han relacionado con la liberación, en América Latina y con el feminismo, sobre todo en
Estados Unidos y en Europa. Ambas hermenéuticas nos dicen que nos acercamos al texto
con prejuicios que no están dispuestos a comprender el lugar de los oprimidos, por una
causa u otra. Es decir, nacen de la constatación de una sospecha: el mundo no es el lugar
que los relatos ganadores nos han contado. Por tanto, hemos de esforzarnos por mirar
desde “otros” lugares.
Esta sospecha deconstuye el texto, al preguntarle por los intereses no-dichos que están
sustentando su construcción. Permite, así, atender a una re-construcción que tiene como
punto original descubrir aquello que se ha dicho, pero que está presente. Desde ahí, se
vuelve a leer el texto con una nueva posibilidad.