0% encontró este documento útil (0 votos)
76 vistas13 páginas

Asamblea Parroquial

La asamblea parroquial se centra en la celebración del Cuerpo y Sangre del Señor, organizando el espacio y la oración, y promoviendo la participación activa de los asistentes. Se busca priorizar temas de comunión, participación y misión en la comunidad, fomentando la escucha y el respeto entre los participantes. Además, se eligen representantes para la Asamblea Decanal y se plantean diversas propuestas para fortalecer la comunidad y su labor social.

Cargado por

Lovato jose luis
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
76 vistas13 páginas

Asamblea Parroquial

La asamblea parroquial se centra en la celebración del Cuerpo y Sangre del Señor, organizando el espacio y la oración, y promoviendo la participación activa de los asistentes. Se busca priorizar temas de comunión, participación y misión en la comunidad, fomentando la escucha y el respeto entre los participantes. Además, se eligen representantes para la Asamblea Decanal y se plantean diversas propuestas para fortalecer la comunidad y su labor social.

Cargado por

Lovato jose luis
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

ASAMBLEA PARROQUIAL

Fiesta del Cuerpo y Sangre del Señor

Para tener en cuenta previamente a la asamblea y preparar para el encuentro.

 Disponer el espacio para recibir a los que participen de la asamblea: sillas, la canción
“Jesús Eucaristía”, y demás elementos que se necesiten.
 Para la oración: disponer un espacio con algún aguayo, el cirio Pascual, unas flores, la
Palabra de Dios, algunas huellas que expresen lo que se ha caminado en el tiempo
sinodal. Tener la canción preparada para poder cantarla con el coro o desde un equipo
de audio.
 Pedirle a una o dos personas que tomen nota de lo que se expresa en los grupos o que
cada grupo lo deje por escrito.
 Saludo y Oración inicial.
 En este día del Cuerpo y Sangre de Jesús cantamos el canto “Jesús Eucaristía” JESÚS
EUCARISTÍA (J. Zini - A. Rossi - Pocho Roch)
 Himno X Congreso Eucarístico Nacional de Argentina (libro de cantos diocesanos
“Somos tu pueblo”, número 26, pág. 37)
 Nos reunimos en pequeños grupos, de 4 ó 6 personas, para compartir una frase o
pensamiento de lo cantado.
 Reunión plenaria: quienes deseen pueden decir adelante de todos lo que siente o
piensa en el momento de acuerdo a lo reflexionado o rezado.

• Canto: Se vuelve a cantar solo la primera estrofa y el estribillo de la canción.

• Invocamos al Espíritu Santo para que nos acompañe en esta Asamblea Parroquial rezando
esta oración: (un lector lo lee en voz alta)

Ven Espíritu Divino,


manda tu luz desde el cielo,
Padre amoroso del pobre;
don en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.
Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.
Entra hasta el fondo del alma,
divina luz y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre
si Tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado
cuando no envías tu aliento.
Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.
Reparte tus Siete Dones
según la fe de tus siervos.
Por tu bondad y tu gracia
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno.

• A continuación, se responde a las consignas sobre “comunión, participación y

misión”. (Es conveniente que alguien tome nota de lo que se va diciendo. Después lo escrito se
llevará al Consejo Diocesano del Camino Sinodal, para retomarlo en las Asambleas Decanales).
Ver hoja a parte con las consignas.

• Finalmente se elegirán a al menos 15 (quince) miembros de la comunidad que participarán


de la Asamblea Decanal. Es necesario que estén representados todos los estamentos,
instituciones, grupos, equipos de animación, catequistas… de la comunidad. Se enviarán los
nombres de los elegidos al Consejo Diocesano para el Camino Sinodal.

CONSIGNAS A RESPONDER EN LAS ASAMBLEAS PARROQUIALES

Mirando nuestra realidad parroquial, y en camino a los 50 años de la creación de nuestra


Diócesis de Quilmes, ¿qué nos gustaría que sea prioridad diocesana?
Elegir algunas de cada uno los ejes (comunión, participación y misión) en base a lo ya trabajado
en el Encuentro del 18 de marzo en Brochero y/o agregando prioridades que no se dijeron
hasta ahora.

La actitud principal es la escucha activa, respetuosa y agradecida.


Entre los participantes pueden elegir una persona facilitadora que recuerde el tiempo para
cada uno. Así todos son iguales a la hora de participar y tienen el mismo tiempo para hablar,
callar y escuchar. Cada participante expresa lo que quiere y desea compartir, sin forzarse a más,
eligiendo lo que desea comunicar.
Recordamos que el grupo no es el lugar para hacer una homilía, para imponer ideas o convertir
a los otros a nuestro punto de vista. Tampoco es el lugar para resolver los problemas de los
demás, hacer terapia o socorrer al otro.

Prioridades diocesanas que nos gustarían elegir:

 COMUNIÓN: ¿qué podemos priorizar para que nadie quede afuera?

1.- Generar, desde las comunidades parroquiales, espacios de encuentro. Puede realizarse en
conjunto con comunidades vecinas e instituciones aledañas.
En dichos encuentros se podrán compartir las problemáticas de nuestras zonas e invitar a
distintos agentes pastorales de espacios diocesanos para hacer
conocer su trabajo y brindar herramientas para el trabajo en los barrios
(adicciones, migrantes, trata de personas, pastoral juvenil, Cáritas, etc.)
Será clave que esos espacios sean para escuchar al que viene, como viene, y
que trabajemos fraternalmente. Puede ser útil generar canales de comunicación
virtual de la red zonal.
2.- Recuperar el modo de Jesús y de las primeras comunidades, buscando
propiciar espacios concretos de participación, que permitan hacer carne las
propuestas del Papa Francisco y acercarse aún más a la dimensión social del
Evangelio sin descuidar la espiritualidad y la formación de los laicos y laicas.
Estos espacios deberán seguir la lógica de lo circular, lo abierto a la diversidad,
lo dispuesto a la comunicación, lo que busque la puesta en común de dones y
carismas y lo que se anime a la novedad de jóvenes y niños; además de ser en
clave de una iglesia en salida.
3.- Será clave fortalecer los lazos en medio de tantas tensiones, para ello se
deben recuperar o mejorar las relaciones con instituciones, ampliar el trabajo en
redes con apoyos escolares, centros de acompañamiento de prevención;
parroquias, capillas, comedores, merenderos, Hogares de Cristo y demás
instituciones; además de trabajar ecuménicamente para salir al encuentro de
todos llevando la Buena Noticia de Jesús, utilizando métodos renovados y
habilitando espacios virtuales de comunicación entre instituciones zonales.
PARTICIPACIÓN: ¿Qué podemos hacer para que otros nos den una mano?
1.- Formación: Formar para la corresponsabilidad, para la animación
comunitaria, para visualizar las necesidades barriales: por ejemplo, prevención
de adicciones, violencia de género. Formar en cursos de oficios y otros intereses
variados de la comunidad ([Link].: tejido, costura…). Capacitación. Formación en
modalidad de talleres ([Link].: lectura de cuentos). Formación para el abordaje del
mundo juvenil. Formación de liderezas y animadoras de la comunidad.
Formación a la “escucha” y la “acogida”.
2.- Eventos Parroquiales/Diocesanos: Congreso o Concilio de Jóvenes. “Mate y
Encuentro”. Encuentros similares a éste de Brochero (18/03/23). Encuentros y
Jornadas que alienten la participación de todos/as. Encuentros integradores de
niños/as y adultos/as.
3.- Apertura y participación de las mujeres. Formación para la animación
comunitaria. Participación de las mujeres en espacios de discernimiento y
decisión (a nivel diocesano, parroquial, de las capillas…). Abrir espacios de
discernimiento y decisión para mujeres y jóvenes.
4.- Sugerencias sobre estructuras: Revisar estructuras “caducas”, que ya no
responden ni congregan. Creación de Consejos Sinodales en los distintos
niveles. Consejo Diocesano de Mujeres Laicas.
5.- Propuestas de servicios deportivos: Torneos parroquiales y diocesanos.
Escuelitas para niños/as incentivándolos con juegos.
6.- Jóvenes: Recibir proyectos de jóvenes. Respetar y animar sus proyectos.
Evitar mirada “adultocéntrica”. Enfocarnos en jóvenes marginados/as y más
pobres. Espacios para jóvenes (desde ellos/as y para ellos/as) dentro de las
comunidades. No hablar por los/as jóvenes. Dejarlos/as hablar a ellos/as y estar
abiertos a sus propuestas.
MISIÓN: ¿qué podemos construir con otros?
1.- Salir a Misionar: Crear grupos misioneros, salir una vez al mes, misión
barrial, misiones de los Obispos, misión “puerta a puerta”, misionar con la Virgen,
carpa misionera, Misas o celebraciones de la Palabra en espacios públicos,
misiones inter parroquiales, Misas temáticas: por nacionalidades, discapacidad,
etc.,
Fortalecer las expresiones de religiosidad popular: el rezo del vía crucis en las
casas de los enfermos, las visitas de la Virgen a los hogares, etc. Y continuar
con la modalidad de la carpa misionera.
2.- Jóvenes: generar un espacio para ellos, formación de jóvenes líderes,
inclusión, crear “consejo de pastoral juvenil parroquial”. Salir al encuentro de
ellos en sus ámbitos de pertenencia: clubes, escuelas, redes sociales; con
propuestas atractivas como recitales, torneos deportivos, espacios de escucha y
acompañamiento. Y promoviendo su participación en los voluntariados del
ámbito diocesano.
3.- Trabajar en red con otras instituciones. Diseño y participación de
proyectos sociales en los barrios con otras organizaciones. Abriendo los límites
de las comunidades parroquiales, propiciando la participación de todos,
destacando el rol de la mujer y trabajando en red con otras instituciones barriales
para el servicio hacia los más necesitados.
4.- Adultos mayores y discapacidad: visita, atención, diseñar y activar una
pastoral para ellos, inclusión, evangelización (inclusive en forma digital). Atender
sus necesidades de cercanía y acompañamiento frente a las limitaciones para
participar activamente.
5.- Familia: hacer llegar el Anuncio en los hogares. Animar a los distintos
miembros en los complejos desafíos actuales: pobreza, adicciones, violencia,
enfermedad.
6.- Mujer: mayor participación y protagonismo.

Participación, misión y comunión: estas son las palabras clave para


un estilo sinodal de la Iglesia recomendado por el Papa Francisco a la
Curia Romana durante la audiencia anual de felicitación de Navidad
celebrada esta mañana, jueves 23 de diciembre, en el Aula de las
Bendiciones.

Queridos hermanos y hermanas: ¡Buenos días!

Como cada año, tenemos oportunidad de encontrarnos a pocos días


de la Navidad. Es un modo para manifestar nuestra fraternidad “en
voz alta” por medio de las felicitaciones navideñas, pero es también
para cada uno de nosotros un momento de reflexión y de revisión,
para que la luz del Verbo, que se hace carne, nos haga ver cada vez
mejor quiénes somos y cuál es nuestra misión.
Todos lo sabemos: el misterio de la Navidad es el misterio de Dios
que viene al mundo por el camino de la humildad. Se hizo carne: esa
gran synkatábasis. Este tiempo parece haber olvidado la humildad, o
haberla relegado a una forma de moralismo, vaciándola de la fuerza
desbordante que posee.

Pero si tuviéramos que expresar todo el misterio de la Navidad en una


palabra, creo que la palabra humildad es la que más podría
ayudarnos. Los Evangelios nos hablan de un entorno pobre, sobrio,
inapropiado para acoger a una mujer que está por dar a luz. Sin
embargo, el Rey de reyes no viene al mundo llamando la atención,
sino suscitando una misteriosa atracción en los corazones de quienes
sienten la presencia desbordante de una novedad que está por
cambiar la historia. Por eso me gusta pensar y también decir que la
humildad ha sido su puerta de entrada y nos invita, a todos nosotros,
a atravesarla. Me viene a la mente aquel pasaje de los Ejercicios: no
se puede avanzar sin humildad, y no se puede avanzar en la
humildad sin humillaciones. Y san Ignacio nos dice que pidamos las
humillaciones.

No es fácil entender qué es la humildad. Esta es el resultado de un


cambio que el mismo Espíritu obra en nosotros por medio de la
historia que vivimos, como le ocurre por ejemplo a Naamán el sirio
(cf. 2 Re 5). En la época del profeta Eliseo, este personaje gozaba de
gran fama. Era un valiente general del ejército arameo, que había
demostrado en varias ocasiones su valor y su audacia. Pero junto con
la fama, la fuerza, la estima, los honores, la gloria, este hombre
estaba obligado a convivir con un drama terrible: era leproso. Su
armadura, la misma que le proporcionaba prestigio, en realidad
cubría una humanidad frágil, herida, enferma. Esta contradicción a
menudo la encontramos en nuestras vidas: a veces los grandes dones
son la armadura para cubrir grandes fragilidades.

Naamán comprende una verdad fundamental: uno no puede pasar la


vida escondiéndose detrás de una armadura, de un rol, de un
reconocimiento social; al final, hace mal. Llega un momento, en la
existencia de cada uno, en el que se siente el deseo de no vivir más
detrás del revestimiento de la gloria de este mundo, sino en la
plenitud de una vida sincera, sin más necesidad de armaduras y de
máscaras. Este deseo impulsa al valiente general Naamán a ponerse
en camino para buscar a alguien que pueda ayudarlo, y lo hace a
partir del consejo de una esclava, una muchacha hebrea, prisionera
de guerra, que habla de un Dios capaz de curar semejantes
contradicciones.

Tomando consigo plata y oro, Naamán se puso en camino y llegó ante


el profeta Eliseo. Este le pidió a Naamán, como única condición para
su curación, el sencillo gesto de desvestirse y bañarse siete veces en
el río Jordán. Nada de fama, nada de honor, oro ni plata. La gracia que
salva es gratuita, no se reduce al precio de las cosas de este mundo.

Naamán se resistió a ese pedido; le pareció demasiado banal,


demasiado sencillo, demasiado accesible. Pareciera que la fuerza de
la sencillez no tenía espacio en su mente. Pero las palabras de sus
servidores lo hicieron recapacitar: «Si el profeta te hubiese mandado
una cosa difícil, ¿no lo habrías hecho? Cuánto más si te ha dicho:
“Báñate y sanarás”» (2 Re 5,13). Naamán se rindió y con un gesto de
humildad “descendió”, se quitó su armadura, se sumergió en las
aguas del Jordán, «enseguida la carne de su cuerpo se renovó y
quedó limpia como la carne de un niño pequeño»(2 Re 5,14). Es una
gran lección. La humildad de dejar al descubierto la propia
humanidad, según la palabra del Señor, llevó a Naamán a obtener la
curación.

La historia de Naamán nos recuerda que la Navidad es un tiempo en


el que cada uno ha de tener la valentía de quitarse la propia
armadura, de desprenderse de los ropajes del propio papel, del
reconocimiento social, del brillo de la gloria de este mundo, y asumir
su misma humildad. Podemos hacerlo a partir de un ejemplo más
fuerte, más convincente, de autoridad: el del Hijo de Dios, que no se
sustrajo a la humildad de “descender” en la historia haciéndose
hombre, haciéndose niño, frágil, envuelto en pañales y acostado en
un pesebre (cf. Lc 2,16). Todos, despojados de nuestros ropajes, de
nuestras prerrogativas, cargos y títulos, somos leprosos, todos
nosotros, necesitados de curación. La Navidad es la memoria viva de
esta certeza y nos ayuda a comprenderla más profundamente.

Queridos hermanos y hermanas, si olvidamos nuestra humanidad


vivimos sólo de los honores de nuestras armaduras, pero Jesús nos
recuerda una verdad incómoda y desconcertante: “¿De qué le sirve a
uno ganar el mundo entero si se pierde a sí mismo?” (cf. Mc 8,36).

Esta es la peligrosa tentación —lo he señalado otras veces— de la


mundanidad espiritual, que a diferencia de todas las otras tentaciones
es difícil de desenmascarar, porque está cubierta de todo lo que
normalmente nos da seguridad: nuestro cargo, la liturgia, la doctrina,
la religiosidad. Escribí en la Evangelii gaudium: «En este contexto, se
alimenta la vanagloria de quienes se conforman con tener algún
poder y prefieren ser generales de ejércitos derrotados antes que
simples soldados de un escuadrón que sigue luchando. ¡Cuántas
veces soñamos con planes apostólicos expansionistas, meticulosos y
bien dibujados, propios de generales derrotados! Así negamos
nuestra historia de Iglesia, que es gloriosa por ser historia de
sacrificios, de esperanza, de lucha cotidiana, de vida desgastada en el
servicio, de constancia en el trabajo que cansa, porque todo trabajo
es “sudor de nuestra frente”. En cambio, nos entretenemos vanidosos
hablando sobre “lo que habría que hacer” —el pecado del
“habriaqueísmo”— como maestros espirituales y expertos pastorales
que señalan desde afuera. Cultivamos nuestra imaginación sin límites
y perdemos contacto con la realidad sufrida de nuestro pueblo fiel»
(n. 96).

La humildad es la capacidad de saber habitar sin desesperación, con


realismo, alegría y esperanza, nuestra humanidad; esta humanidad
amada y bendecida por el Señor. La humildad es comprender que no
tenemos que avergonzarnos de nuestra fragilidad. Jesús nos enseña a
mirar nuestra miseria con el mismo amor y ternura con el que se mira
a un niño pequeño, frágil, necesitado de todo. Sin humildad
buscaremos seguridades, y quizás las encontraremos, pero
ciertamente no encontraremos lo que nos salva, lo que puede
curarnos. Las seguridades son el fruto más perverso de la
mundanidad espiritual, que revelan la falta de fe, esperanza y
caridad, y se convierten en incapacidad de saber discernir la verdad
de las cosas. Si Naamán sólo hubiera seguido acumulando medallas
para poner en su armadura, al final habría sido devorado por la lepra;
aparentemente vivo, sí, pero cerrado y aislado en su enfermedad. Él
buscó con valentía lo que podría salvarlo y no lo que lo gratificaría de
forma inmediata.

Todos sabemos que lo contrario de la humildad es la soberbia. Un


versículo del profeta Malaquías, que me ha impactado mucho, nos
ayuda a comprender, por contraste, qué diferencia hay entre el
camino de la humildad y el de la soberbia: «Todos los arrogantes y
todos los malhechores serán como paja. El día que se acerca los
quemará hasta no dejarles rama ni raíz —dice el Señor del universo
—» (3,19).

El Profeta usa una imagen sugestiva que describe bien la soberbia:


esta —dice— es como paja. Entonces, cuando llega el fuego, la paja
se convierte en cenizas, se quema, desaparece. Y nos dice también
que quien vive apoyándose en la soberbia se encuentra privado de
las cosas más importantes que tenemos: las raíces y las ramas. Las
raíces hablan de nuestra relación vital con el pasado del que
tomamos la savia para poder vivir en el presente. Las ramas son el
presente que no muere, sino que se convierte en el mañana, se
vuelve futuro. Estar en un presente que no tiene más raíces ni ramas
significa vivir el final. Así el soberbio, encerrado en su pequeño
mundo, no tiene más pasado ni futuro, no tiene más raíces ni ramas y
vive con el sabor amargo de la tristeza estéril que se adueña del
corazón como «el más preciado de los elixires del demonio» [1]. El
humilde, en cambio, vive guiado constantemente por dos verbos:
recordar —las raíces— y generar, fruto de las raíces y de las ramas, y
de este modo vive la alegre apertura de la fecundidad.

Recordar significa etimológicamente “traer al corazón”, re-cordar. La


memoria vital que tenemos de la Tradición, de las raíces, no es un
culto del pasado, sino un gesto interior por medio del cual traemos
constantemente al corazón aquello que nos ha precedido, aquello que
ha atravesado nuestra historia, aquello que nos ha conducido hasta
aquí. Recordar no es repetir, sino atesorar, reavivar y, con gratitud,
dejar que la fuerza del Espíritu Santo haga arder nuestro corazón,
como a los primeros discípulos (cf. Lc 24,32).

Pero para que recordar no se convierta en una prisión del pasado,


necesitamos otro verbo: generar. Al humilde —al hombre humilde, a
la mujer humilde— no sólo le interesa el pasado, sino también el
futuro, porque sabe mirar hacia adelante, sabe contemplar las ramas
con la memoria llena de gratitud. El humilde genera, invita y empuja
hacia aquello que no se conoce; el soberbio, en cambio, repite, se
endurece —la rigidez es una perversión, una perversión actual— y se
encierra en su repetición, se siente seguro de lo que conoce y teme a
lo nuevo porque no puede controlarlo, lo hace sentir desestabilizado,
porque ha perdido la memoria.

El humilde acepta ser cuestionado, se abre a la novedad y lo hace


porque se siente fuerte gracias a lo que lo precede, a sus raíces, a su
pertenencia. Su presente está habitado por un pasado que lo abre al
futuro con esperanza. A diferencia del soberbio, sabe que ni sus
méritos ni sus “buenas costumbres” son principio y fundamento de su
existencia, por eso es capaz de tener confianza; el soberbio no la
tiene.

Todos nosotros estamos llamados a la humildad porque estamos


llamados a recordar y a generar, estamos llamados a volver a
encontrar la relación justa con las raíces y con las ramas; sin ellas
estamos enfermos y destinados a desaparecer. Jesús, que viene al
mundo por el camino de la humildad, nos abre una vía, nos indica un
modo, nos muestra una meta.

Queridos hermanos y hermanas, si es cierto que sin humildad no


podemos encontrar a Dios ni experimentar la salvación, también es
cierto que sin humildad no podemos encontrar al prójimo, al hermano
y a la hermana que viven a nuestro lado.

El pasado 17 de octubre iniciamos el camino sinodal, al que


dedicaremos los próximos dos años. También aquí, sólo la humildad
puede ponernos en condiciones de encontrarnos y escuchar, de
dialogar y discernir, para rezar juntos, como indicaba el Cardenal
Decano. Si cada uno se queda encerrado en sus propias convicciones,
en sus propias experiencias, en la coraza de sus propios sentimientos
y pensamientos, es difícil dar cabida a esa experiencia del Espíritu
que, como dice el Apóstol, va unida a la convicción de que todos
somos hijos de «un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos,
actúa por medio de todos y habita en todos» (Ef 4,6).
¡“Todos” no es una palabra que pueda ser malinterpretada! El
clericalismo, que como tentación —perversa— serpentea a diario
entre nosotros, nos hace pensar siempre en un Dios que le habla sólo
a algunos, mientras que los demás sólo deben escuchar y ejecutar. El
Sínodo trata de ser la experiencia de sentirnos todos miembros de un
pueblo más grande: el santo Pueblo fiel de Dios y, por tanto,
discípulos que escuchan y, precisamente por esa escucha, pueden
comprender también la voluntad de Dios, que se manifiesta siempre
de manera imprevisible. Sin embargo, sería un error pensar que el
Sínodo es un acontecimiento reservado a la Iglesia como entidad
abstracta, alejada de nosotros. La sinodalidad es un estilo al que
debemos convertirnos, sobre todo nosotros que estamos aquí y que
vivimos la experiencia del servicio a la Iglesia universal a través de
nuestro trabajo en la Curia romana.

Y la Curia —no lo olvidemos— no es sólo un instrumento logístico y


burocrático para las necesidades de la Iglesia universal, sino que es el
primer órgano llamado a dar testimonio, y por eso mismo adquiere
más autoridad y eficacia cuando asume personalmente los retos de la
conversión sinodal a la que también está llamada. La organización
que debemos implementar no es de tipo corporativa, sino evangélica.

Por ello, si la Palabra de Dios le recuerda al mundo entero el valor de


la pobreza, nosotros, miembros de la Curia, debemos ser los primeros
en comprometernos a una conversión a la sobriedad. Si el Evangelio
proclama la justicia, nosotros debemos ser los primeros en intentar
vivir con transparencia, sin favoritismos ni grupos de influencia. Si la
Iglesia sigue el camino de la sinodalidad, nosotros debemos ser los
primeros en convertirnos a un estilo diferente de trabajo, de
colaboración, de comunión; y esto sólo es posible a través de la senda
de la humildad. Sin humildad no podremos hacer esto.

En la apertura de la asamblea sinodal utilicé tres palabras clave:


participación, comunión y misión. Y nacen de un corazón humilde: sin
humildad no se puede hacer ni participación, ni comunión, ni misión.
Estas palabras son los tres requisitos que me gustaría indicar como
un estilo de humildad al que hay que aspirar aquí en la Curia. Tres
maneras para hacer de la humildad un itinerario concreto que
podamos poner en práctica.

En primer lugar, la participación. Esta debería manifestarse mediante


un estilo de corresponsabilidad. Por supuesto, en la diversidad de
funciones y ministerios las responsabilidades son diferentes, pero
sería importante que cada uno de nosotros se sintiera partícipe y
corresponsable del trabajo, sin limitarse a vivir la experiencia
despersonalizadora de llevar a cabo un programa establecido por otra
persona. Siempre me quedo sorprendido cuando encuentro
creatividad —me gusta mucho— en la Curia, y no pocas veces se
manifiesta sobre todo allí donde se deja y se encuentra espacio para
todos, incluso para aquellos que, jerárquicamente, parecen ocupar un
lugar secundario. Doy las gracias por estos ejemplos —los encuentro,
y me gusta— y los animo a que trabajen para que seamos capaces de
generar dinámicas concretas en las que todos sientan que tienen una
participación activa en la misión que realizan. La autoridad se
convierte en servicio cuando comparte, involucra y ayuda a crecer.

La segunda palabra es comunión. No se expresa por mayorías o


minorías, sino que nace esencialmente de la relación con Cristo.
Nunca tendremos un estilo evangélico en nuestros ambientes si no
ponemos a Cristo en el centro, y no este partido o el otro, esa opinión
o la otra: Cristo en el centro. Muchos de nosotros trabajamos juntos,
pero lo que fortalece la comunión es también poder rezar juntos,
escuchar la Palabra juntos, construir relaciones que vayan más allá
del mero trabajo y fortalezcan los vínculos de bien, vínculos de bien
entre nosotros, ayudándonos mutuamente. Sin esto, corremos el
riesgo de ser sólo extraños que trabajan juntos, rivales que intentan
posicionarse mejor o, peor aún, allí donde se crean relaciones, éstas
parecerían tomar el aspecto de la complicidad por intereses
personales, olvidando la causa común que nos mantiene unidos. La
complicidad crea divisiones, crea facciones, crea enemigos; la
colaboración exige la grandeza de aceptar la propia parcialidad y la
apertura al trabajo en equipo, incluso con aquellos que no piensan
como nosotros. En la complicidad se está juntos para lograr un
resultado externo. En la colaboración se permanece juntos porque
nos interesa el bien del otro y, por tanto, el de todo el Pueblo de Dios
al que estamos llamados a servir: no olvidemos el rostro concreto de
las personas, no olvidemos nuestras raíces, el rostro concreto de
quienes fueron nuestros primeros maestros en la fe. Pablo decía a
Timoteo: “Recuerda a tu madre, recuerda a tu abuela”.

La perspectiva de la comunión implica, al mismo tiempo, reconocer la


diversidad que habita en nosotros como un don del Espíritu Santo.
Siempre que nos desviamos de este camino y vivimos la comunión y
la uniformidad como sinónimos, debilitamos y silenciamos la fuerza
vivificante del Espíritu Santo en medio de nosotros. La actitud de
servicio nos pide, yo diría que nos exige, la magnanimidad y la
generosidad de reconocer y vivir con alegría la riqueza multiforme del
Pueblo de Dios; y sin humildad esto no es posible. A mí me hace bien
releer el comienzo de la Lumen gentium, los números 8, 12: el santo
Pueblo fiel de Dios. Recuperar estas verdades es oxígeno para el
alma.

La tercera palabra es misión. Es la que nos salva de replegarnos


sobre nosotros mismos. El que está replegado en sí mismo «mira de
arriba y de lejos, rechaza la profecía de los hermanos, descalifica a
quien lo cuestione, destaca constantemente los errores ajenos y se
obsesiona por la apariencia. Ha replegado la referencia del corazón al
horizonte cerrado de su inmanencia y sus intereses y, como
consecuencia de esto, no aprende de sus pecados ni está
auténticamente abierto al perdón. Estos son los dos signos de una
persona “cerrada”: no aprende de los propios pecados y no está
abierta al perdón. Es una tremenda corrupción con apariencia de
bien. Hay que evitarla poniendo a la Iglesia en movimiento de salida
de sí, de misión centrada en Jesucristo, de entrega a los pobres»
(Exhort. ap. Evangelii gaudium, 97). Sólo un corazón abierto a la
misión garantiza que todo lo que hacemos ad intra y ad extra esté
siempre marcado por la fuerza regeneradora de la llamada del Señor.
Y la misión siempre conlleva una pasión por los pobres, es decir, por
los “carentes”: aquellos que “carecen” de algo no sólo en términos
materiales, sino también en términos espirituales, emocionales y
morales. Los que tienen hambre de pan y los que tienen hambre de
sentido son igualmente pobres. La Iglesia está invitada a salir al
encuentro de todas las pobrezas y está llamada a predicar el
Evangelio a todos, porque todos, de un modo u otro, somos pobres,
tenemos carencias. Pero la Iglesia también sale a su encuentro
porque nos hacen falta: nos hace falta su voz, su presencia, sus
preguntas y discusiones. La persona de corazón misionero siente que
su hermano le hace falta y, con la actitud del mendigo, va a su
encuentro. La misión nos hace vulnerables —es hermoso, la misión
nos hace vulnerables—, nos ayuda a recordar nuestra condición de
discípulos y nos permite descubrir la alegría del Evangelio una y otra
vez.

Participación, misión y comunión son las características de una Iglesia


humilde, que se pone a la escucha del Espíritu y coloca su centro
fuera de sí misma. Henri de Lubac decía: «Al igual que su Maestro, la
Iglesia a los ojos del mundo, hace papel de esclava. Vive aquí abajo
“en forma de esclava”. [...] No es una academia de sabios, ni un
cenáculo de intelectuales sublimes, ni una asamblea de
superhombres. Sino que es precisamente todo lo contrario. Los cojos,
los contrahechos y los miserables de toda clase se dan cita en la
Iglesia y la legión de los mediocres [...]; resulta difícil, o por mejor
decir, imposible al hombre natural, en tanto que sus pensamientos
más íntimos no hayan sido transformados, descubrir en semejante
hecho el cumplimiento de la Kenosis salvadora y el adorable vestigio
de la “humildad de Dios”» (Meditación sobre la Iglesia, 292-293).

Para concluir quisiera desearles a ustedes, y a mí en particular, que


nos dejemos evangelizar por la humildad, por la humildad de la
Navidad, por la humildad del pesebre, de la pobreza y la esencialidad
con la que el Hijo de Dios entró en el mundo. Incluso los magos de
oriente, que evidentemente podemos pensar que provenían de una
condición más acomodada que María y José o que los pastores de
Belén, se postran cuando se encuentran en presencia del niño (cf. Mt
2,11). Se postran. No es sólo un gesto de adoración, es un gesto de
humildad. Los Reyes magos se ponen a la altura de Dios postrándose
rostro en tierra. Y esta kenosis, este descenso, esta synkatábasis es el
mismo que hará Jesús en la última noche de su vida terrenal, cuando
«se levantó de la mesa, se quitó el manto y, tomando una toalla, se la
ató a la cintura. Luego echó agua en una palangana y comenzó a
lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía a
la cintura» (Jn 13,4-5). La consternación que causa este gesto,
provoca la reacción de Pedro, pero al final el propio Jesús da a sus
discípulos la clave adecuada para entenderlo: «Ustedes me llaman
“Maestro” y “Señor”, y dicen bien, porque lo soy. Pues si yo, que soy
su Señor y Maestro, les he lavado los pies, también ustedes deben
lavarse los pies unos a otros. Les he dado ejemplo para que hagan lo
mismo que yo hice con ustedes» (Jn 13,13-15).

Queridos hermanos y hermanas, recordando nuestra lepra,


rehuyendo la lógica de la mundanidad que nos priva de las raíces y
las ramas, dejémonos evangelizar por la humildad del Niño Jesús. Sólo
sirviendo y pensando en nuestro trabajo como servicio podemos ser
verdaderamente útiles a todos. Estamos aquí —yo el primero— para
aprender a ponernos de rodillas y adorar al Señor en su humildad, y
no a otros señores en su vacía opulencia. Seamos como los pastores,
seamos como los magos de Oriente, seamos como Jesús. He aquí la
lección de la Navidad: la humildad es la gran condición de la fe, de la
vida espiritual, de la santidad. Quiera el Señor concedernos ese don a
partir de la manifestación primordial del Espíritu dentro de nosotros:
el deseo. Lo que no tenemos, podemos al menos empezar a desearlo.
Y pedir al Señor la gracia de poder desear, de convertirnos en
hombres y mujeres de grandes deseos. Y el deseo es ya el Espíritu
actuando en cada uno de nosotros.

¡Feliz Navidad para todos! Y les pido que recen por mí. ¡Gracias!

Como recuerdo de esta Navidad, quisiera darles algunos libros. Pero


para leerlos, no para dejarlos en la biblioteca, para que los nuestros
los reciban en herencia. En primer lugar, uno de un gran teólogo,
desconocido porque es demasiado humilde, un subsecretario de la
Doctrina de la Fe, Mons. Armando Matteo, que reflexiona un poco en
un fenómeno social y en cómo provoca la pastoralidad. Se llama
Convertir a Peter Pan. Sobre el destino de la fe en esta sociedad de la
eterna juventud. Es provocativo, hace bien. El segundo es un libro
sobre los personajes secundarios u olvidados de la Biblia, del Padre
Luigi Maria Epicoco: La piedra descartada, y como subtítulo Cuando
los olvidados se salvan. Es hermoso. Es para la meditación, para la
oración. Leyéndolo, me vino a la mente la historia de Naamán el Sirio,
de quien les hablé. Y el tercero es de un Nuncio Apostólico, Mons.
Fortunatus Nwachukwu, que ustedes conocen bien. Él hizo una
reflexión sobre el chismorreo, y me gusta lo que ha retratado: que el
chismorreo hace que se “disuelva” la identidad. Les dejo estos tres
libros, y espero que nos ayuden a todos a seguir adelante. ¡Gracias!
Gracias por su trabajo y su colaboración. Gracias.

También podría gustarte